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miércoles, 3 de enero de 2018

Conquista del desierto: Política contra el indio desde la conquista hasta 1830

Guerra de la pampa hasta 1833



Primer combate en suelo patrio

En los días en que la nacionalidad argentina empezaba a forjarse y nuestros próceres discernían las fórmulas de patria y civilización, la indómita fiereza autóctona llevaba sus violencias hasta los límites mismos de la jurisdicción urbana, como ramalazos de la barbarie del desierto.  El atavismo araucano, capitaneado por caudillos inexorables, volvía por sus fueros primitivos asolando la llanura cultivada por el blanco y sembrando el terror con la lanza y las boleadoras.  Acaso intuyera en la gestación política y social de la cosmópolis porteña una pausa de vigilia armada.

España, al penetrar en las pampas, debió enfrentarse con el indio, su auténtico dueño.

Desde la fundación misma de la capital del Plata hasta la presidencia del general Julio Argentino Roca, con muy breves intervalos de paz, la pugna de la civilización con el desierto refractario estuvo jalonada de estoicismos inéditos, sólo conocidos de la posterioridad por los nombres simbólicos del fortín, del teatro de acción, o del jefe, como hitos de virtud y coraje.

Un partícipe y cronista de los primeros hechos, Ulrich Schmidl, que acompañaba al adelantado don Pedro de Mendoza, relata con crudo realismo la iniciación de esta dramática guerra de exterminio entre el aborigen y el conquistador.  En su testimonio se evidencia la iniciativa española en al ruptura de las hostilidades, a la que replicó el salvaje con inesperada violencia.  El primer combate ocurrió en las inmediaciones del río Luján (1), el 15 de junio de 1536.  Trescientos soldados de infantería, armados de arcabuz y ballesta, y treinta y tantos jinetes de los veteranos conquistadores, al mando de don Diego, hermano del adelantado, se trabaron en lucha con los pampas, que Schmidl llama “carendíes”.  Los españoles quedaron dueños del campo, pero “bien escarmentados”.  En la lucha murieron cerca de cuarenta españoles y aproximadamente unos mil indios.  Poco después los indígenas ponían sitio a la aterrorizada aldea de Buenos Aires, a la que hicieron soportar inauditos horrores.  La guarnición, que incluía también mujeres y niños, llegó a carecer de municiones, agua y víveres, e iba quedando diezmada y maltrecha, sin la fuerza necesaria para intentar una salida y despejar así la situación.  Por último, los sitiadores, lanzando flechas incendiarias sobre los techos de paja de la ranchería, lograron prenderle fuego y aniquilar a la mayor parte de los sitiados.

Aquel derramamiento de sangre encendió el odio del indio contra el cristiano en estas tierras, lo que habría de llenar la crónica de trescientos cincuenta años de lucha, hasta finalizar con las campañas del general Lorenzo Vintter en 1885.

Para crear el “hinterland” o zona de tierra indispensable para el normal desarrollo de las actividades comerciales y civiles, también el intrépido don Juan de Garay, chocó más de una vez con la hostilidad de las tribus.  En el sector denominado Matanza, más allá del actual puente Pueyrredón o Barracas, que entonces constituía  parte de la línea exterior del recinto de seguridad, fue pasado por las armas un importante núcleo de prisioneros capturados en una de las salidas de la guarnición encaminadas a romper el cerco de flechas y lanzas que amenazaba asfixiar a la naciente ciudad.

En las crónicas de la conquista se leen a cada paso narraciones como esta que se transcribe de R. Levene: “En 1628 serranos (indios que bajaban de la cordillera) bien montados y armados de lanzas, arcos y flechas, olas y hondas, avanzaron desde el lejano Sur, acampando por las cercanías de la ciudad.  Después de un amago de invasión, los pobladores se rodearon de precauciones.  La matanza de ganado vacuno silvestre, que, como se sabe, era una de las más pingües ocupaciones y por tanto a la que se entregaban la mayor parte de los habitantes, se hizo desde entonces faena arriesgada.  En 1629, los campesinos reunidos para salir a vaquear, tuvieron que hacerlo al mando del capitán Amador Baz de Alpoin, para evitar tropelías de los salvajes”.

Pero los ataques de los indios no tienen carácter de ofensiva de gran envergadura sino a partir de 1740.  En efecto, hasta entonces hubo escasos motivos de fricción, ya que la frontera de Buenos Aires circunscribía un área determinada, siguiendo el curso del Salado, y abarcaba los antiguos dominios de los llamados querandíes.  Los españoles no habían llevado aún su acción colonizadora y ni siquiera expedicionaria a los territorios propiamente pampas, en que señoreaban los tehuelches, ranqueles, puelches y huiliches, y posteriormente los temidos vorogas, de origen araucano.

Tales tribus fueron a mediados del siglo XVIII avasalladas por nuevas corrientes araucanas, las que realizaban sus invasiones a sangre y fuego.

La inteligencia pacífica no estaba aún obstruida por la serie de exacciones, conquistas territoriales y su réplica, el malón, transgresiones de tratados, etc., que luego iban a suceder.  La guerra contra los indios no tienen un pretexto que pidiéramos llamar geográfico o político.  Es más bien consecuencia de una táctica desacertada para con ellos, que frecuentemente se mostraban sumisos y serviles con el cristiano limítrofe.  He aquí la apertura de una era hostil, cuando la situación era aún oportuna para asegurar la concordia.

Los españoles expulsaron violentamente a la tribu del cacique Mayu Pliya, que vivía en pacto de amistad dentro de la jurisdicción civilizada, y divorciado, por este hecho,  de sus congéneres de Leuvucó, de Salinas Grandes y del sur del Colorado.  A la muerte de ese cacique a mano de los indios enemigos, sucedió la invasión de los partidos de Areco y Arrecife.  Para castigar a los invasores, emprendió expedición el maestre de campo Juan de San Martín, quien, no pudiendo alcanzarlos, hizo sentir su ferocidad en la pacífica tribu de Caleliyán, pasando a cuchillo, según Falkner (2), hasta mujeres y niños.

Del desquite se encargó un hijo de Caleliyán, que se hallaba ausente en el momento del injusto atropello.  Con los escasos supervivientes y el concurso de trescientos picunches, llevó un malón terrible, sobre todo contra Luján, cuya guarnición, así como los civiles puestos a su amparo, fueron lanceados sin piedad, quedando cautivas las mujeres y las criaturas.

La cólera del maestre de campo ante tan fiera venganza lo impulsó a otra “expedición punitiva”.  En todo el trayecto hasta Salinas Grandes no encontró indios en quienes desahogarse.  Desde allí se desvió hasta Casuhatí (actual Sierra de la Ventana) y Vulcán, donde halló una partida de huiliches mansos, sin armas, que ajenos a toda idea de violencia, vinieron a cumplimentar al jefe español.  Por orden de éste fueron “cortados en pedazos”.  A la vuelta pasó por las tolderías del cacique sometido Talmichi Ya, de la familia de Cangapol, que residía a unas cuarenta leguas de Buenos Aires, con licencia escrita del gobernador Salgado.  Cuenta el misionero inglés Falkner que, mientras el cacique exhibía confiadamente su documento, el propio San Martín lo mató de un disparo de pistola.  Luego aniquiló a la tribu y se llevó prisioneros a mujeres y niños.

El resultado de esta represión inhumana fue el que cabía esperar.  Todas las tribus indígenas se confabularon para llevar la expoliación y el terror a las poblaciones, horrorizando a la propia Buenos Aires.

En 1770 organiza el maestre de campo Manuel de Pinazo una batida contra los tehuelches, para escarmentarlos, según el cronista Juan Antonio Hernández, por una acción llevada a cabo por éstos contra las tolderías de una tribu reducida.  La expedición, compuesta de 232 soldados y 291 indios auxiliares, después de una marcha prolongada a través de Casuhatí, Coluleuvú (río Colorado) y Quequén, encuentra en las proximidades de la reducción de Vulcán a unos indios que arreaban hacienda robada.  Tras breve combate fueron recuperados 4.000 equinos, y el enemigo dejó 102 cadáveres en el campo.  El gran número de víctimas revela el ensañamiento por parte de Pinazo.

En 1777 el virrey don Pedro Cevallos eleva a la corte un oficio en que indica la conveniencia de emprender un ataque combinado desde varios ángulos, incluso desde Chile.  “Yo medito, dice, que se haga una entrada general en la vasta extensión adonde se retiran y tienen su madriguera estos bárbaros, favorecidos de la gran distancia y de la ligereza y abundante provisión de caballos.  Convocaré para después de la cosecha a la gente de Córdoba, de Mendoza, de San Luis de la Punta y de la jurisdicción de esta ciudad (se refiere a Buenos Aires).  Estoy haciendo un pequeño mapa donde se descubrirán los rumbos por donde deba conducirse cada uno de los cuerpos de gente, el tiempo en que, consideradas las distancias, deben salir de sus respectivos distritos y el punto de reunión adonde hayan de dirigirse.  Avisaré igualmente al presidente de Chile, por si le pareciese salir también con su gente, por ser esencialmente interesado en esta expedición, la cual hago juicio que se podrá efectuar a principios de febrero, que estarán desocupadas las gentes, y me persuado que en el espacio de tres meses puede haber tiempo suficiente para concluir la diligencia y que todos vuelvan a sus casas antes que entre el invierno”.

En 1780 parte Amigorena de Mendoza para castigar a los pehuenches, que habían llevado algunos malones contra la provincia.  Luego de una larga marcha hasta más allá del río Colorado, declara no haber hallado ni rastros de indios.

Los reyes de España adoptaron a su tiempo una serie de medidas oportunas, tales como la provisión de hombres y armas para las fronteras con el indio por parte de los cabildos, los que debían con esos elementos garantizar el avance de la civilización en las inmensas planicies de la América sudoriental.  El cabildo de Buenos Aires construyó, en consecuencia, los fuertes de Nuestra Señora del Pilar de los Ranchos, San Miguel del Monte, San Juan Bautista de Chascomús, San Lorenzo de Navarro y muchos otros, según se lee en un “estado” hecho por el comandante general de fronteras don Francisco Balcarce en 1792.

Táctica de los primeros gobiernos patrios


A principios del siglo XIX los indígenas eran señores indiscutidos de la pampa.  Las actividades guerreras languidecían allí en razón de encontrarse los blancos ocupados en la organización de sus ejércitos, realista y argentino respectivamente..

Los gobiernos de la revolución emancipadora atrajeron psicológicamente al autóctono a su causa y lo incorporaron a la lucha común.  La independencia que forjaban los caudillos argentinos lo afectaba también a él, cuya existencia cambiaría en el sentido de una mayor dignidad y civilización.  De ahí que fuese secundada la causa libertadora por las tribus propiamente argentinas; no así por los vorogas y puelches, que, procedentes de las tierras chilenas, habíanse establecido, con fines de guerra y pillaje, en las Salinas Grandes y el Neuquén, particularmente en la época subsiguiente, de que nos ocuparemos más adelante.  En junio de 1810 la Junta ordena una inspección de los fuertes de la frontera, con el objeto de averiguar “su estado y medios de su mejoría, tanto por las variaciones convenientes a su situación cuanto por las reformas que debían adoptarse en el sistema de su servicio”, y sobre “los medios de reunirlos en pueblos; si tenían ejido y manera de darse los terrenos realengos, sin las trabas usadas”.

Don Pedro Antonio García (3) partió de Guardia de Luján (hoy Mercedes) el 21 de octubre de 1810 en dirección al Palantelén, distante 17 leguas, paraje indicado como punto de reunión, con 25 soldados del regimiento 4, 50 milicianos de caballería, armados con lanzas, 2 pequeños cañones de campaña servidos por 10 artilleros, 25 carretas y 3 vehículos.  El 28 de octubre llegaba al lugar llamado Cruz de Guerra, donde aparecieron los indios.  Un año después se presenta en la ciudad de Buenos Aires el cacique Quintelán, respondiendo a una invitación que la Junta le había hecho por intermedio de dicho jefe expedicionario, y con numerosa comitiva es recibido por el presidente de turno don Feliciano Chiclana.  En tal circunstancia el indígena reconoce a las nuevas autoridades y ratifica los convenios de paz negociados.

Los indios esperaban verse aliviados de los tributos que pesaban sobre ellos y equipararse así a los criollos.  Esto ocurrió cuando, en nombre del rey de España Fernando VII, la Junta Provisional del Río de la Plata tomó tal decisión.

Para el Congreso Nacional de 1811 se pensó elegir, en el norte del país, diputados indígenas, con iguales derechos y representación que los cristianos, a fin de que, “confundidas las generaciones”, pudieran reunirse bajo un mismo techo y compartir los frutos de la conquistada independencia.  La derrota de Huaqui malogró este proyecto, por la invasión realista que le siguió.

El comandante Pedro Nolasco López, el 14 de julio de 1815, pide armamento para reforzar la defensa de la Guardia del Monte ante un ataque de tribus araucanas y ranqueles.

En enero del año siguiente, por resolución del gobierno y bajo el comando del capitán Ramón Lara, marchan nuevos contingentes a reforzar la guarnición estacionada al sur del río Salado con el nombre de Compañía de Blandengues de Frontera.  Por el beneficio que significó para Chascomús, al defenderlo contra las invasiones, así como por haber conquistado para la civilización nuevos territorios, esa compañía fue el núcleo de un escuadrón que más adelante el gobernador general Juan Martín de Pueyrredón resuelve transformar en Regimiento de Blandengues de la Frontera.  En 1817 el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata envía al coronel Juan Ramón Balcarce, conocedor del desierto, para que estimule a los pobladores a establecerse definitivamente en las tierras que el gobierno les adjudicara gratuitamente.  Posteriormente, hacendados de la provincia forman un cuerpo de tropas veteranas, “Coraceros de Buenos Aires”, que es puesto a las órdenes del coronel Juan Lavalle, y, de acuerdo con los antecedentes que tenía el jefe del estado mayor, general José Rondeau, dichos hacendados entran en negociaciones con el ministro de relaciones exteriores, Dr. Gregorio Tagle.

El coronel Eduardo Holmberg es comisionado para inspeccionar los fortines que se construirán en Salto, Pergamino y Rojas.

En el año 1818 avanza hacia el desierto Feliciano Chiclana.  En el año siguiente se interna hasta Mamul Mapú, a doscientas leguas de la ciudad de Buenos Aires, y concluye un tratado de paz con los ranqueles en diciembre de 1820.

El general chileno José Miguel Carrera provoca una situación tensa en el territorio de soberanía argentina, el 2 de diciembre de ese mismo año.  Expulsado de Buenos Aires y Santa Fe, emprende viaje a Melincué, y penetra en la pampa al frente de un malón al Salto y, al igual que los indios que lo secundan, siembra el terror entre los pobladores.

En sus “Escritos históricos” incluye el coronel Pueyrredón un comunicado del comandante del fuerte Areco al inspector del ejército, general Rondeau, que dice así: “Acaban de llegar a este punto el cura de Salto, don Manuel Cabral, don Blas Represa, don Andrés Maracuci, don Diego Barruti, don Pedro Canoso y otros varios, que es imponderable cuanto han presenciado en la escena horrorosa de la entrada de los indios a Salto, cuyo caudillo es don José Miguel Carrera y varios oficiales chilenos con alguna gente con los cuales han hablado todos estos vecinos que en la torre se han escapado.  Han llevado sobre trescientas almas de mujeres, criaturas, etc., sacándolas de la iglesia, robando todos los vasos sagrados, sin respeto, el copón con las formas sagradas, ni dejarles como pitar un cigarrillo, en todo el pueblo, incendiando muchas casas; luego se retiraron tomando el camino de la Guardia de Rojas, pero ya se dice que anoche han vuelto a entrar en Salto…”(4)

En 1822 nuevamente sale en misión pacífica don Pedro Andrés García, quien llega hasta Casuahatí o Sierra de la Ventana.

De la Guardia del Monte salieron, el 10 de marzo de 1823, 2.500 hombres, con 7 piezas de artillería y una gran columna de carretas, al mando del gobernador de Buenos Aires general Martín Rodríguez, para internarse en las pampas y construir una línea avanzada de fortines destinados a proteger la campaña.  Se llegó a la sierra de Tandil, donde se estableció como avanzada el fortín Independencia.  La conducta cruel en exceso del gobernador suscitó el recrudecimiento de los malones como represalia.  Bernardino Rivadavia, sobre la base de reconocimientos hechos con anterioridad, establece en 1826 una nueva línea de fronteras, con tres fuertes que se construirían en Curalafquen, Cruz de Guerra y Potrero respectivamente.  Así hablaba Rivadavia al enterarse de una invasión reciente: “Sólo el poder de la fuerza puede imponer a estas hordas y obligarlas a respetar nuestra propiedad y nuestro derecho”.

La sala de representantes autoriza el 14 de noviembre de 1827 al comandante de milicias Juan Manuel de Rosas para llevar la frontera hasta Bahía Blanca mediante la preparación de un plan.  Más de 3.000 indios llegan a un acuerdo con Rosas, y en sus campos se ven, en virtud de lo tratado, apuntar al cielo las lanzas de colihue destinadas a reforzar el ejército que llevará a cabo la primera conquista formal del desierto.

En 1828 Federico Rauch, por orden del coronel Manuel Dorrego, hizo avanzar las fronteras desde Fuerte Federación (actual Junín), por Veinticinco de Mayo y Tapalqué, hasta la zona de Sierra de la Ventana.

Al año siguiente el general Viamonte consigna en un decreto el mal estado económico y espiritual en que vivían muchas familias como consecuencia de la guerra, e indica la necesidad de resolver perentoriamente el problema del indio, cada día más peligroso para las poblaciones, ya que resultaban insuficientes las guarniciones de que se disponía.  Se otorgaron entonces a argentinos nativos parcelas entre los fortines, a fin de que se trasladaran a ellas con sus familias, con la obligación de construir ranchos y trabajar la tierra, y de contribuir a defender la frontera con armas y ganado.  Sólo después de diez años de permanencia quedarían exentos de este servicio militar.  Al mismo tiempo se remontaron los efectivos de las guarniciones, se crearon nuevos cuerpos y se dividió el territorio de la provincia en dos comandancias. Norte y Sur, que, al mando respectivo de los coroneles Ramón Estomba y Angel Pacheco, defendieron la tierra conquistada y combatieron junto a los valientes pobladores de la zona.

Estas sabias disposiciones trajeron largos períodos de paz.  Pero el advenimiento de grupos étnicos andinos que impusieron en las llanuras su hegemonía despiadada, coincidió con una época de continuas querellas intestinas en la República, lo que favoreció ampliamente el recrudecimiento de la actividad belicosa de las tribus.

Referencia


  1.  Así llamado por Diego Luján, uno de los españoles muerto en el lugar, de acuerdo a ciertas crónicas.  Sin embargo el hombre no figura en los registros.  Hay, sí, un capitán Pedro de Luján.
  2. Tomás Falkner, misionero jesuita, nació en Manchester, Inglaterra, el 6 de octubre de 1707, y falleció en Ploden Hall el 30 de enero de 1784.
  3. El coronel Pedro Andrés García nació en Santander.  Incorporado a los 18 años de edad en la expedición del general Pedro Cevallos al Río de la Plata, fue más adelante organizador de milicias con motivo de las invasiones inglesas y finalmente se le encomendó la incursión mencionada.
  4. Gaceta de Buenos Aires del 16 de diciembre de 1820.


Fuente

Clifton Goldney, Adalberto A. – El cacique Namuncurá – Buenos Aires (1963).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
Portal www.revisionistas.com.ar

martes, 2 de enero de 2018

Guerra en Chechenia: Las caras del conflicto

Caras de guerra (Chechenia, 1999)

English Russia





Esas son fotos fuertes. Esas son las caras de los jóvenes soldados rusos que lucharon en la guerra de Chechenia en la década de 1990. Muchos de ellos tienen solo dieciocho años y fueron lanzados a una verdadera guerra contra un enemigo fuerte.




Las batallas se llevaban a cabo en invierno, hacía frío y el enemigo podía esconderse en cualquier lugar.



Si fueron capturados por el enemigo, casi siempre fueron torturados con cuchillos, les cortaron las orejas, etc.



Entonces ellos tuvieron demasiada pelea.



"Cortaremos a los rusos como ovejas" fue una moto de guerreros chechenos.



Algunos de ellos estaban a solo unos meses de la escuela secundaria.

lunes, 1 de enero de 2018

Guerra del Paraguay: Segunda invasión de Felipe Varela

Segunda Invasión de Felipe Varela



Coronel Felipe Varela (1821-1870)

Varela no cuenta con el menor apoyo de Bolivia.  Pero no se declara vencido.  Aunque Dolores Díaz, la Tigra, no está con él, hay otros compañeros y compañeras en lucha.  “Iban ya doce días que se mantenían con carne de asnos, y comenzaban ya a comerse una que otra mula que quedaba, cuando resolví abandonar esas regiones e irme sobre los enemigos en dirección a Salta.  Así lo verifiqué, en efecto, marchando hacia los Molinos, donde me aguardaba una columna enemiga de 700 hombres de las dos armas, al mando del coronel Don José Frías.

Combate de la Cuesta de Tacuil


“Mis soldados marchaban la mayor parte a pies o en burros, porque todas las caballadas del ejército habían perecido, como se ha dicho.  Sin embargo, eligiendo lo mejor de la tropa, desplegué mi vanguardia compuesta de 250 hombres de las dos armas, al mando del coronel Don Sebastián Elizondo, en busca del enemigo.

“El 29 de agosto de 1867, avistaron mis soldados la columna de Frías en la Cuesta de Tacuil (Molinos), y a pesar de su doble número, cargaron sobre ella, exasperados por la larga serie de sufrimientos que habían pasado.  Su excesiva intrepidez, su descomunal arrojo los llevó por el camino de la gloria, pues el enemigo fue completamente batido por ese puñado de valientes, no pudiendo hacer una persecución larga a los derrotados por hallarse de a pies.

“Esa acción fue para mi demasiado fecunda, no sólo por la grande influencia moral que daba a mis soldados de esas provincias, sino porque se consiguieron tomar algunos recursos de guerra al enemigo que aliviaron en mucho mi situación.

“Recibido que fue por mí, el parte de esta gloriosa jornada, continué con toda la columna mi marcha hacia Salta, con la resolución de apoderarme a toda costa de mi plaza”, decía Varela.

Desmoralizadas las tropas salteñas abandonaron todo intento de hostilidad.  En la capital se organizó una resistencia, pero a pesar del heroísmo de sus defensores cedió la plaza al invasor, el 10 de octubre de 1867, desde entonces se canta en Salta esta “chilena”.

En las calles de Salta
se oyen los ayes,
porque Don Peque Frías
vendió los Valles.

¿Qué había ocurrido mientras tanto con el resto de los jefes montoneros?  El 11 de setiembre de 1867, desde Valparaíso, Mariano de Sarratea le escribía al vicepresidente Paz: “…Olascoaga, Videla, Saá, y demás asilados argentinos traman una nueva invasión desde esta República a Mendoza y por lo que sabemos de sus planes y recursos si llega a efectuarse ha de ser de bastante consideración.  Desde que tuve el primer anuncio, di algunos pasos que produjeron buenos resultados, pues conseguimos comprar a uno de los allegados de confianza de Videla, quien nos comunicó todo lo que hacen, que llega a su conocimiento.

“La derrota de Varela ha venido a desconcertar los planes de aquellos perversos; pero no creo que desistan de ellos, y si por desgracia nuestras armas sufriesen algún contraste en el Paraguay, tengo por seguro que habrían de volver a envolver en sangre y ruina a las provincias vecinas, y entonces temo que el incendio sería muy extenso.

“Medina el segundo jefe de Varela, ha llegado a Copiapó con un arreo de 400 vacas y jactándose de las atrocidades que ha cometido en suelo argentino.  Medina fue dado de baja en el ejército de Chile, en el que era capitán, por borracho perdido y estaba en el Huazú de instructor de Guardias Nacionales cuando Varela lo contrató, haciéndole su segundo, con el grado de sargento mayor…”.

Los demás jefes de Varela se preparaban para unirse a los intentos de Varela, según lo advertía el “ilustre” y “honrado” empresario de minas Mariano de Sarratea.

José Posse escribía también a Marcos Paz, el 10 de setiembre de 1867: “Los ejércitos vencedores en San Ignacio y Pozo de Vargas, no pudieron ser licenciados; al contrario hubo necesidad de movilizar otras fuerzas en el norte, puesto que los montoneros de Felipe Varela dominaban la región de los Valles Calchaquies y amagaban el resto de las provincias de Salta y Jujuy.  Era esta una guerra interminable, a la que no se le veía fin, todos los ejércitos y los mejores generales fracasaban ante la prodigiosa movilidad del imbatible montonero que se escapa del medio de los ejércitos como una sombra impalpable”.

Felipe Varela toma la ciudad de Salta

El caudillo catamarqueño avanza entonces hacia Salta.  La toma de esta ciudad por la montonera de Varela, es uno de los acontecimientos que la historiografía oficial jamás ha “perdonado” al caudillo.

Sin embargo, a esa misma historiografía se le han escapado ciertos datos importantes.  Por ejemplo, Atilio Cornejo, en un ensayo honesto, aunque confuso, sostiene: “Es que indudablemente, algunos amigos tenía Varela en Salta.  Así resulta, por ejemplo, del sumario instruido por el Ayudante Mayor del Regimiento Nº 10 “Gorriti”, don Marcelino Sierra, por orden de su comandante D. Eugenio Figueroa, en San José de Metán el 2 de octubre de 1867, contra el alférez D. Cirilo Ríos, del que resulta que éste “dio vivas por repetidas ocasiones a Felipe Varela”, afirmando uno de los testigos que Ríos dijo: “Que viva Varela que dentro de treinta días verían lo poco que habían de valer todos, y que él era varelista”.

Varela aclara al respecto: “El día 9 del mismo octubre, a las diez de la mañana, tendí mi línea en los alrededores de la población y allí permanecí todo el día esperando que los del pueblo saliesen a atacarme afuera, a fin de evitar a los vecinos los desastres consiguientes.  Pero como ya todo el día había aguardado en vano, al día siguiente (10 de octubre) muy de mañana, pasé al Gobernador de la Provincia la siguiente nota:

“Al Exmo. Señor Gobernador de la Provincia Don Sisto Obejero, Salta Octubre 10 de 1867 – Exmo. Señor: Debiendo a toda costa ocupar militarmente con mi ejército esa plaza, en servicio de la libertad de mi patria, y deseoso de evitar a esa población las desastrosas consecuencias de la guerra, tengo el honor de dirigir a V. E. la presente, con el objeto de manifestarle que, si tiene a bien ordenar en el término de dos horas, la deposición de las armas a sus órdenes, será garantida su persona y la de todos los suyos previniéndole que, en caso contrario, hago a V. E. responsable ante Dios y la Patria de los perjuicios consiguientes y de la sangre que se derrame en los momentos del combate. – Dios guarde a V. E. – Felipe Varela.

Antonio Esquivel Yañez, Ayudante Secretario en Campaña.  Es copia.  Esquivel Yañez”.

“Por conductos fidedignos supe que el Gobernador de la Provincia vacila en lo que debiera responderme, cuando se presentó a él el señor Don Nicanor Flores que se titulaba General Boliviano, ofreciendo responder con su vida de mi derrota y de mi cabeza.
“Fue entonces que recibí respuesta verbal del Jefe de la Plaza de Salta, diciéndome que, si yo tenía soldados, también los tenía él y cañones para defenderse.  Llegado a mi conocimiento este mensaje impolítico, ordené en el acto batir marcha de ataque sobre la plaza.  Y después de dos horas y media de un vivísimo fuego, quedó definido el combate por los míos, quedando yo dueño del campo.  Como no pude permanecer en la Ciudad por más de una hora, porque se echaba sobre mí el general Navarro con una columna de dos mil quinientos hombres, en aquellos momentos, de agitación y de desorden en que mi ejército estaba algo desorganizado, no me fue posible saber a punto fijo el número de muertos en el combate, pero noté en mi columna al día siguiente una pérdida como de cincuenta individuos de tropa (…).  Verdad es que yo tomé algunos pertrechos de guerra de artillería con que se defendieron en la plaza los 700 hombres que la guarnecían, algunos carros de munición para esta arma, y unos pocos vestuarios para la tropa”.

Después de la toma de Salta Varela continúa su marcha libertadora, que se hace, lamentablemente, cada vez más penosa.


Toma de Jujuy

El 13 de octubre de 1867 entra en Jujuy.  Toma la ciudad.  La recepción popular es tan emocionante como la de Salta una vez que la oligarquía es derrotada.  Todos los antivarelistas han huido a los montes.  No hay prácticamente combate.

El 17 el caudillo se retira de Jujuy.  El 25, Guayama llega a Orán para aprovisionarse.  Sus hombres están hambrientos y cansados.  Pero no hay hacienda.  La división tucumano-mitrista, en saqueo extremo, que es “olvidado” por los historiadores oficiales, se ha alzado con todo lo que allí existía.  Tres días después, en Tilcara, los mitristas dispersan a un grupo de paisanos que trataban de plegarse a la montonera de Varela.

El cinco de noviembre, al llegar a Sococha, Varela pide asilo a las autoridades de Tupiza, Bolivia.  La decisión es una prueba más de la serenidad del caudillo americano.  Comprende claramente, ante la falta de víveres de sus hombres que la lucha ha de convertirse en una mera guerra de recursos.  Precisamente es la experiencia adquirida junto al Chacho Peñaloza, la que le impulsa a adoptar tal decisión.  Felipe Varela no llevará estérilmente a la muerte a sus hombres.

Es por eso que resuelve asilarse.  El gobierno no pierde tiempo.  Inicia los pasos tendientes a lograr la extradición del jefe revolucionario.  Lo acusa de haber “saqueado Salta”, y trata de lograr, por lo menos, que se desarme a sus hombres y se remita al jefe.

Pero no logra ni lo uno ni lo otro.  No se trata de un mérito de la cancillería de Melgarejo.  Es por el contrario, el resultado del esfuerzo de la honradez de la montonera, que no se ha apoderado ni de alhajas ni de dinero –como acusan los calumniadores- y que sólo tiene en su poder tacuaras y cuchillos de monte.

El mitrismo respira.  Varela en Bolivia equivale a Varela en la lejanía.  El 8 de noviembre de aquel año, Santiago Alvarado, gobernador de Jujuy, quien había “observado” la toma de la ciudad desde sus afueras, le escribe a Bartolomé Mitre: “…Informado V. E. de la dura prueba por las que ha pasado esta provincia con motivo de la desastrosa invasión de Felipe Varela y sus hombres, que cual ejército de vándalos en completa desmoralización y sin elementos de guerra, se han enseñoreado en estas provincias teniendo a sus frentes las poderosas armas nacionales que por una aberración incomprensible fueron impotentes para destruirlo de un solo golpe no extrañará que ahora vaya yo a llamar su atención sobre el peligro que nos amenaza de una nueva invasión a esta provincia de la montonera refugiada en el sur de Bolivia, y de la parte que se ha recostado hacia Antofagasta.  La conducta negligente de los jefes nacionales que han operado contra las hordas que devastaron estas provincias en la última campaña, no permite esperar que en una invasión tolerada y quizá protegida por el Presidente de Bolivia, pudiéramos salvar a favor del poder de que disponen esos jefes.  La provincia tiene que atenerse y bastarse a si misma, fiada en el ardor y patriotismo de sus hijos, y en el apoyo directo que pueda recibir del Gobierno Nacional, por el auxilio de armas y recursos necesarios que les proporcione”.

El mitrismo provinciano, con su conciencia culpable, temía a Varela.  Imploraba armas y dinero a sus amos porteñistas, porque sabía, precisamente, que el pueblo lo abandonaría, para plegarse a las filas patrióticas del caudillo de la Unión Americana.

La “barbarie” revolucionaria, con las vinchas y las tacuaras, hacía temblar una vez más, con su aliento de patria, a la “civilización de la libra”.

Fuente


Carrizo, Juan Alfonso – Cancionero popular de Salta

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

Revisionistas

martes, 6 de junio de 2017

La miserable generación de los 70s que arruinaron un país

Las llamas de los 70 nos siguen devorando
Jorge Fernández Díaz
LA NACION



Era una variante casera de la "bomba vietnamita": setecientos gramos de trotyl en una lata redonda y chata, con cien postas de 9 milímetros, un mecanismo de relojería y una manija para enganchar en el elástico de la cama. La cargaba en su cartera una angelical estudiante de voz cheta, que había nacido en Punta Chica y que bruscamente se había vuelto amiguísima de la hija del jefe de la Policía Federal: el general Cesáreo Cardozo, figura ascendente de la dictadura de Videla y hombre clave en la represión más oscura. Todo había comenzado unos meses atrás en el Colegio María Auxiliadora de San Isidro: la chica le había revelado a un referente de Montoneros a quién tenía por compañera de estudios; la información ascendió la escala interna y la Conducción tomó cartas en el asunto, le ordenó estrechar vínculos y la ayudó a planificar detalladamente el atentado. Ana María González se ganó la confianza de toda la familia, incluso el afecto de Cardozo, y por lo tanto los custodios no le revisaron a ella la cartera cuando pasaron a recogerlas a las dos por el instituto: con armas y sirenas, condujeron a las estudiantes hasta el departamento de su jefe sin sospechar que también trasladaban una bomba en el interior de una lata de perfumes. La secuencia parece extraída de un thriller de Brian De Palma: Anita y su amiga comienzan sus tareas, pero ella al rato pide permiso para hablar por teléfono (había una extensión en el dormitorio de los padres), pasa antes por el baño, activa la bomba, y luego la coloca bajo la cama. Tiene unos segundos de vacilación, porque no quiere fallar y calcula que colgó el "caño" a la altura de los pies: se imagina en ese momento que a pesar de todo Cardozo puede quedar vivo. No quiere correr riesgos. Vuelve entonces sobre sus pasos para reubicar el explosivo a la altura de la cabeza. Después anuncia que se siente mal y que prefiere irse a casa. A las 1.36 de la madrugada del 18 de junio de 1976 sobreviene la explosión: el cuarto del general queda reducido a escombros; su sangre salpica el techo. La hija de Cardozo grita, desesperada: "¡Nos traicionó, nos traicionó!"

El historiador Federico Lorenz, inscripto quizá sin pretenderlo en un nuevo revisionismo de los 70, rescata del pasado este hecho maldito en Cenizas que te rodearon al caer (extraordinario verso de Gelman), un libro flamante que intenta reconstruir la vida enigmática y la muerte nunca aclarada de esa chica paqueta que a través de un novio llegó a las villas y a la militancia revolucionaria, que después de la explosión se volvió tristemente célebre y fue buscada por cielo y tierra, y que era considerada "una santa de la Orga". El asunto condensa todas las contradicciones de una época manipulada por unos y otros, y recientemente glorificada con peligrosa banalidad por el aparato kirchnerista. La víctima era una pieza fundamental del terrorismo de Estado y de un régimen que cometió las peores atrocidades, y la victimaria era integrante de una organización con delirio militarista que pasó a la clandestinidad en democracia, que consagró como metodología el crimen político y que, tal como le admitió Firmenich a García Márquez, apostó al golpe militar: preferían esa dictadura a que continuara la guerra peronista.


Es interesante aunque completamente azaroso que este libro se publique la misma semana en que se desclasificó un decreto secreto firmado por Perón en abril de 1974. Allí el líder del Movimiento disponía la elaboración de un plan para "eliminar las acciones subversivas violentas y no violentas". Las primeras se entienden con claridad; las segundas abren incógnitas, y ambas recuerdan el amplio espectro con que a continuación la Triple A asesinó a simpatizantes y soldados de la JP, y cómo en paralelo, amenazó de muerte y persiguió a simples artistas de izquierda. Ya se sabe: bajo la administración justicialista se perpetraron 1500 ejecuciones y hay registrados 900 desaparecidos en la Conadep. Nadie reclama por esos muertos. El decreto en cuestión tiene una frase donde Perón, por oportunismo o por convicción renovada (venía de largos años en Europa) expone lo que decide atacar y lo que dice defender en esa hora: "El Estado argentino enfrenta la subversión armada de grupos radicalizados que buscan la toma del poder para modificar el sistema democrático pluripartidista".

Este revisionismo permite refrescar la rapidez con que aquellos adolescentes de "familias bien" pasaban de la frivolidad a la idealización de la lucha armada, y el encuentro entre esa vanguardia esclarecida y el peronismo real; una vez mientras Anita disertaba acerca de su repentina preocupación por la pobreza, un compañero de origen humilde estalló y le dijo en la cara: "¡Pero qué mierda hablás de la villa, si nunca pasaste hambre, vos no sabés un carajo de los pobres!" Más adelante, Lorenz la ubica en la columna de "imberbes" que es echada de Plaza de Mayo. Finalmente, durante la admisión regocijada de la Operación Cardozo, cuando Anita da una conferencia de prensa bajo la consigna "Perón o muerte". Ese Perón era, claramente, una construcción ficcional; como lo fue también la Evita revisitada. No les importaba la realidad, sino el obstinado relato que hacían de ella.

Lo cierto es que la estruendosa muerte del general Cardozo resultó una pésima decisión de la cúpula montonera. Ya no se trataba de la acción callejera contra un hombre armado y protegido o del ataque a un regimiento, sino de la infiltración aviesa de una familia para cometer desde adentro un homicidio íntimo. El asunto les vino como anillo al dedo a los jerarcas militares, que se victimizaron y dieron a entender que quienes rompían de tal manera las reglas básicas merecían una cacería sin códigos. El hecho provocó una serie de matanzas y un revanchismo sangriento y torturador, y además desató una opresiva campaña pública de sospecha y vigilancia contra toda la juventud. La guerrilla peronista confirmaba una vez más su mediocridad política y su insistencia en ser funcional a sus más enconados enemigos.

La generación que siguió a los setentistas fue bombardeada, en sus primeros años, por ese atentado icónico e indefendible con el que se pretendía justificar cualquier respuesta. Más tarde denunció la infame maquinaria de exterminio montada desde el Estado y tendió, a lo largo de la primavera alfonsinista, a aceptar que Anita, sus compañeros y sus superiores, se inscribían en aquella épica romántica del Che Guevara. Los últimos juicios a los responsables de la dictadura y la repugnante exaltación de Montoneros, dos operaciones (una buena y una mala) del kirchnerismo, construyeron un nuevo jalón en la conciencia y crearon la necesidad de revisar la historia para empezar a poner las cosas en su lugar. Que es este lugar incómodo, lleno de mentiras y falsos héroes, donde pocos sectores de la sociedad argentina se salvan del infierno de la complicidad. En ese contexto debe leerse Cenizas que te rodearon al caer: su autor cuenta cómo Ana María González vivió para siempre escondida, porque la Orga no quería correr el riesgo de que fuera capturada ni abatida por los militares. El investigador conjetura, con algunas pruebas a la vista, que la chica de la bomba vietnamita fue herida en San Justo, durante un tiroteo casual, y murió más tarde en una casa alquilada por Montoneros: como era un trofeo político, sus camaradas decidieron incendiar la vivienda y carbonizar el cadáver. Esas llamas nos siguen devorando a todos.

sábado, 20 de mayo de 2017

La política más barata fija la historia en Argentina

Vidal promulgó la ley que fija en 30.000 la cifra de desaparecidos
El gobierno bonaerense puso en vigencia la incorporación de las expresiones "30.000 desaparecidos" y " Dictadura Cívico-Militar" en las comunicaciones oficiales que aborden el tema. La norma había sido votada en marzo luego de una serie de polémicas surgidas en el oficialismo.
Por Urgente 24




Vidal promulgó la ley que fija en 30.000 la cifra de desaparecidosLa ley fue aprobada en marzo y fue una iniciativa del senador peronista Daría Díaz Pérez, a partir de una seguidilla de polémicas en cuanto al número de desaparecidos.
El gobierno de la provincia de Buenos Aires puso este viernes en vigencia la ley que fija en 30.000 el número de desaparecidos durante el último gobierno de facto y, además, impone el término " Dictadura Cívico-Militar" cada vez que se haga alusión a ello en las comunicaciones oficiales.

Dichas expresiones deben ser incluidas "de manera permanente en las publicaciones, ediciones gráficas y/o audiovisuales y en los actos públicos de gobierno, de los tres poderes" indica el primer artículo de la ley, que fue promulgada este viernes con su publicación en el Boletín Oficial bonaerense.

Tales términos deben figurar en las comunicaciones oficiales "cada vez que se haga referencia al accionar genocida en nuestro país, durante el 24 de marzo de 1976 al 9 de diciembre de 1983", dice el texto de la legislación

La ley fue aprobada en marzo y fue una iniciativa del senador peronista Darío Díaz Pérez, a partir de una seguidilla de polémicas en cuanto al número de desaparecidos.

La controversia había resurgido con declaraciones del exfuncionario porteño Darío Lopérfido y del jefe de la Aduana, Juan José Gómez Centurión. Hasta el mismo Mauricio Macri dijo que no tenía "ni idea" sobre cuál era la cifra de desaparecidos, además de intentar correr el feriado del 24 de Marzo.

En ese marco, con el repudio de la organizaciones vinculadas a las víctimas de represión ilegal, se impulsó una ley "anti-negacionista".

Tal como informó Urgente24 en abril, lejos de alimentar la polémica, la gobernadora María Eugenia Vidal resolvió no vetar la ley. Cabe destacar que la mandataria tiene mejor relación con Estela de Carlotto, titular de Abuelas de Plaza de Mayo, que la que tiene la Casa Rosada.

El tema sobre los desaparecidos y la última dictadura reapareció nuevamente con fuerza en los últimos días cuando la Corte Suprema le reconoció el beneficio del 2x1. Las organizaciones de Derechos Humanos vincularon al Gobierno con la decisión y lo enmarcaron junto con los otros antecedentes.

martes, 11 de abril de 2017

SGM: Desertores olvidados del Tercer Reich

Los desertores de la Segunda Guerra Mundial se disgustan cuando la exposición se centra en Alemania Oriental
Una exhibición de la justicia militar en Torgau ha atraído la indignación para dedicar más espacio a las víctimas de la dictadura comunista que el régimen nazi. Los desertores alemanes de la Segunda Guerra Mundial han sido a menudo las víctimas olvidadas de los nazis.
DW


Una exposición sobre la injusticia en las dictaduras alemanas está bajo fuego por sub-representar a las víctimas del sistema de justicia militar nazi a favor de las víctimas del régimen comunista alemán oriental.

La exposición se encuentra en un castillo de Torgau, al este de Alemania, donde el ejército alemán, llamado entonces Wehrmacht, trasladó su tribunal principal en 1943 y donde mantuvo la mayor prisión militar del país en Fort Zinna. Miles de desertores alemanes y otras víctimas fueron sentenciados, encarcelados y ejecutados allí durante la guerra, ya menudo llevaban décadas para que sus antecedentes penales fueran eliminados.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Torgau era casero a un tribunal militar soviético así como a los campos de prisioneros usados ​​por la policía secreta soviética hasta 1949, cuando fue asumido el control por la policía popular del este alemán.
Dos tercios del espacio de la exposición está dedicado a la opresión comunista de la posguerra, mientras que sólo un tercio cuenta la historia de la brutal justicia militar del régimen nazi.
De acuerdo con la sociedad alemana de las víctimas de la justicia militar nazi, eso significa que la exposición no sólo omite aspectos importantes de la historia, sino que también renega de un acuerdo hecho con la fundación conmemorativa estatal de Sajonia, que prometió que la exposición se centrará en el período nazi , Y viola la política del gobierno federal para recordar a esas víctimas.

Distorsión de la historia

"La judicatura militar nazi dictó 30.000 sentencias de muerte durante la Segunda Guerra Mundial, de las cuales más de 20.000 fueron llevadas a cabo", dijo Rolf Surmann de la sociedad de víctimas de la justicia militar de la Nación. "Era un poder judicial excepcionalmente cruel, pero algunas partes de la exposición no se presentan, como los retratos de los ciudadanos luxemburgueses que fueron reclutados a la Wehrmacht, se negaron a servir y fueron fusilados en Torgau".
La injusticia continuó después de la guerra. Unos cuantos libros de historia han sido escritos sobre cómo la judicatura de la posguerra, tanto en Alemania Oriental como en Alemania Occidental, falló en perseguir crímenes del Holocausto y protegió a ex jueces nazis que habían perseguido a opositores al régimen nazi. Todo este aspecto de la historia, dijo Surmann, también ha sido borrado de la exposición.
En 2004, las organizaciones que representaban a las víctimas del régimen nazi (incluido el Consejo Central de Judíos en Alemania) retiraron su cooperación con Sajonia por razones de estado Leyes que conmemoraban en pie de igualdad a todas las víctimas de las dictaduras alemanas.
Esto fue resuelto con un acuerdo en 2011, pero la asociación dice que la nueva exposición muestra que la fundación de Sajonia no está logrando mantener su fin del acuerdo. "El concepto nunca fue realizado, ese es el problema básico", dijo Surmann a DW.
"Esto es inaceptable - tememos que cuando se presente una exposición adecuada, ninguna de las víctimas que representamos siga viva", dijo Surmann.


Jan Korte condenó al gobierno alemán por permitir a Sajonia determinar cómo se enmarcó la exposición

Desertores de la Wehrmacht

Los desertores de la Segunda Guerra Mundial de Alemania han enfrentado tradicionalmente prejuicios significativos entre las víctimas de Adolf Hitler. "Las víctimas de la judicatura militar nazi han tenido dificultades a menudo en toda Alemania, no sólo en Sajonia", dijo Jost Rebentisch, director de la asociación nacional para todas las víctimas del nacionalsocialismo. "Su rehabilitación es una historia muy triste, que duró hasta finales de los 90, e incluso entonces sólo se encontró con una resistencia considerable.Para muchos en los círculos conservadores, los desertores de la Wehrmacht siguen siendo traidores. ver."
"Es justo e importante que el concepto conmemorativo del gobierno alemán vea a Torgau como central para recordar a este grupo de víctimas", dijo Rebentisch a DW. El hecho de que esto no se haya hecho realmente es triste, a menudo Torgau está asociado con el tribunal militar nazi, por lo que el monumento allí tiene que centrarse en eso ".
Algunos políticos alemanes, por su parte, han criticado al gobierno por permitir que Sajonia se salga con su propia política conmemorativa y el suministro de fondos federales sin exigir ningún cambio en la exposición. "El hecho de que en el centro de la justicia militar nacionalsocialista todavía no hay una exposición digna sobre la función de la justicia militar de la NN, sus víctimas y la lucha de sus víctimas por la rehabilitación después del final de la Segunda Guerra Mundial es escandalosa", dijo Jan Korte, diputado líder parlamentario del partido de izquierda.
"El gobierno federal podría haber utilizado sus muchas posibilidades de control dentro de la fundación de memoria de Sajonia años atrás", dijo Korte a DW en un correo electrónico. "A través de su inactividad, el gobierno está protegiendo la escandalosa posición de la fundación hacia las víctimas de la justicia militar de la N".

sábado, 8 de abril de 2017

USA: JFK vs las FFAA

JFK contra los militares
El presidente Kennedy se enfrentó a un enemigo más implacable que Jruschov, justo al otro lado del Potomac: los jefes militares belicosos defendieron el despliegue de armas nucleares y siguieron presionando para invadir Cuba. Un historiador de la presidencia revela que el éxito de Kennedy en defenderlos pudo haber sido su victoria más consecuente.


En 1962, el presidente Kennedy mira bombarderos B-52 en FLorida mientras sus pilotos demuestran su disposición para la guerra. El general Curtis LeMay, jefe de estado mayor de la Fuerza Aérea y antagonista frecuente de JFK, mira por encima del hombro. Associated Press

ROBERT DALLEK - The Atlantic

Todos los hombres alistados sueñan con él: jalando el rango en el más alto de los militares. El heroísmo de John F. Kennedy, teniente de grado junior, en el Pacífico Sur después de que su PT-109 fue hundido en 1943 le facilitó, 17 años más tarde, ser elegido comandante en jefe de la nación. En la Casa Blanca, luchó -y derrotó- a sus más decididos enemigos militares, al otro lado del Potomac: los miembros del Estado Mayor Conjunto del Pentágono. "Aquí había un presidente que no tenía ninguna experiencia militar en absoluto, una especie de patrón de barco de patrulla en la Segunda Guerra Mundial", dijo el presidente de los jefes conjuntos, Lyman Lemnitzer, sobre Kennedy. El respeto mutuo, desde el principio, era escaso.

En comparación, Nikita Khrushchev fue un obstáculo, al menos durante los acontecimientos que trajeron los logros más notables del presidente Kennedy. Al persuadir al líder soviético de retirar los misiles de la Cuba de Fidel Castro y acordar la prohibición de los ensayos nucleares en la atmósfera, bajo el agua y en el espacio ultraterrestre, Kennedy evitó una guerra nuclear y mantuvo radiactivas precipitaciones del aire y los océanos. País por su eficacia como gerente de crisis y negociador. Pero menos reconocido es cuánto de ambos acuerdos descansa en la capacidad de Kennedy para controlar y eludir a sus propios jefes militares.

Desde el comienzo de su presidencia, Kennedy temía que los actores del Pentágono reaccionaran exageradamente a las provocaciones soviéticas y llevaran al país a un desastroso conflicto nuclear. Los soviéticos podrían haber estado satisfechos -o, comprensiblemente, asustados- de saber que Kennedy desconfiaba del establishment militar de Estados Unidos casi tanto como ellos.

Los Jefes de Estado Mayor Conjunto rechazaron las dudas del nuevo presidente. Lemnitzer no hizo ningún secreto de su incomodidad con un presidente de 43 años de edad, que sentía que no podía estar a la altura de Dwight D. Eisenhower, el ex general de cinco estrellas Kennedy había tenido éxito. Lemnitzer era un graduado de West Point que había ascendido en las filas del personal de la Segunda Guerra Mundial de Eisenhower y ayudó a planificar las exitosas invasiones del norte de África y Sicilia. El general de 61 años, poco conocido fuera de los círculos militares, tenía 6 pies de alto y pesaba 200 libras, con un marco de bearlike, voz en auge y profunda, risa contagiosa. La pasión de Lemnitzer por el golf y su capacidad para conducir una pelota de 250 yardas por un fairway le hicieron querer a Eisenhower. Más importante aún, compartió el talento de su mentor para maniobrar a través de la política del Ejército y Washington. Igual que Ike, no era un librero ni se sentía especialmente atraído por la gran estrategia o por el pensamiento de grandes figuras; era un tipo de generalista que hacía suya la gestión de los problemas del día a día.

Para Kennedy, Lemnitzer encarnaba el antiguo pensamiento militar sobre las armas nucleares. El presidente pensó que una guerra nuclear traería destrucción mutuamente asegurada -enloquecida, en la taquigrafía del día- mientras que los jefes conjuntos creían que los Estados Unidos podían luchar contra tal conflicto y ganar. Al sentir el escepticismo de Kennedy sobre las armas nucleares, Lemnitzer cuestionó las cualificaciones del nuevo presidente para manejar la defensa del país. Desde la salida de Eisenhower, lamentó en taquigrafía, ya no era "un Pres con mil exp disponibles para guiar a JCS". Cuando el general de cuatro estrellas presentó al ex capitán una información detallada sobre los procedimientos de emergencia para responder a una amenaza militar extranjera, Kennedy parecía preocupado por posiblemente tener que tomar una "decisión instantánea" sobre si lanzar una respuesta nuclear a una primera huelga soviética, por cuenta de Lemnitzer. Esto reforzó la creencia del general de que Kennedy no comprendía suficientemente los desafíos que tenía delante.

El Almirante Arleigh Burke, el jefe de operaciones navales de 59 años de edad, compartió las dudas de Lemnitzer. Un graduado de Annapolis con 37 años de servicio, Burke era un halcón anti-soviético que creía que los oficiales militares de los EEUU necesitaban intimidar a Moscú con la retórica amenazante. Esto representó un problema temprano para Kennedy, ya que Burke "empujó sus puntos de vista en blanco y negro de los asuntos internacionales con la persistencia naval del farol", escribió más tarde el asistente e historiador de Kennedy, Arthur M. Schlesinger Jr.. Kennedy apenas se había instalado en la Oficina Oval cuando Burke planeó asaltar públicamente "la Unión Soviética desde el infierno a desayunar", según Arthur Sylvester, un oficial de prensa del Pentágono designado por Kennedy, quien llevó el texto propuesto a la atención del presidente. Kennedy ordenó al almirante que retrocediera y requirió a todos los oficiales militares en servicio activo para limpiar cualquier discurso público con la Casa Blanca. Kennedy no quería que los oficiales pensaran que podían hablar o actuar como quisieran.

La mayor preocupación de Kennedy con respecto al ejército no eran las personalidades involucradas, sino la libertad de los comandantes de campo de lanzar armas nucleares sin permiso explícito del comandante en jefe. Diez días después de convertirse en presidente, Kennedy aprendió de su consejero de seguridad nacional, McGeorge Bundy, que "un comandante subordinado ante una acción militar rusa sustancial podría iniciar el holocausto termonuclear por iniciativa propia". Como Roswell L. Gilpatric, Secretario de la ONU, recordó que "nos horrorizamos cada vez más por el poco control que el presidente tenía sobre el uso de este gran arsenal de armas nucleares". Para contrarrestar la disposición de los militares a usar armas nucleares contra los comunistas, Kennedy empujó al Pentágono para que sustituyera a Eisenhower Estrategia de "represalias masivas" con lo que él llamó "respuesta flexible" -una estrategia de fuerza calibrada que su asesor militar de la Casa Blanca, el general Maxwell Taylor, había descrito en un libro de 1959, The Uncertain Trompeta. Pero el bronce resistió. El estancamiento en la Guerra de Corea había frustrado a los jefes militares y los había dejado inclinados a usar bombas atómicas para asegurar la victoria, como había propuesto el general Douglas MacArthur. Consideraban a Kennedy tan renuente a poner la ventaja nuclear de la nación para utilizar y así resistieron cederle el control exclusivo sobre decisiones sobre una primera huelga.

El comandante de la OTAN, el general Lauris Norstad, y dos generales de la Fuerza Aérea, Curtis LeMay y Thomas Power, se oponían obstinadamente a las directivas de la Casa Blanca que reducían su autoridad para decidir cuándo ir a la energía nuclear. Norstad, de 54 años, confirmó su reputación como ferozmente independiente cuando dos destacados emisarios de Kennedy, considerados como el secretario de Estado Dean Rusk y el secretario de Defensa Robert S. McNamara, visitaron el comando estratégico militar de la OTAN en Bélgica. Preguntaron si la obligación principal de Norstad era para los Estados Unidos o para sus aliados europeos. "Mi primer instinto fue golpear a" uno de los miembros del gabinete por "desafiar mi lealtad", recordó más tarde. En su lugar, trató de sonreír y dijo: «Caballeros, creo que termina esta reunión.» Entonces Norstad se mostró tan renuente a conceder la autoridad suprema de su comandante en jefe que Bundy instó a Kennedy a que recordara El general que el presidente "es jefe".


El General Power también se oponía abiertamente a limitar el uso de las últimas armas de los Estados Unidos. "¿Por qué estás tan preocupado por salvar sus vidas?", Le preguntó al autor principal de un estudio Rand que aconsejó no atacar las ciudades soviéticas al comienzo de una guerra. "La idea es matar a los bastardos ... Al final de la guerra, si hay dos estadounidenses y un ruso, ganamos". Incluso Curtis LeMay, superior de Power, lo describió como "no estable" y "sádico".

LeMay de 54 años, conocido como "Old Iron Pants", no era muy diferente. Compartió la fe de su subordinado en el uso sin trabas del poder aéreo para defender la seguridad de la nación. La caricatura de un general que creía que los Estados Unidos no tenía otra opción que bombardear a sus enemigos en sumisión. En la Segunda Guerra Mundial, LeMay había sido el principal arquitecto de los ataques incendiarios de los bombarderos pesados ​​B-29 que destruyeron una gran franja de Tokio y mataron a unos 100.000 japoneses, y, según estaba convencido, acortaron la guerra. LeMay no tenía ningún reparo en atacar a las ciudades enemigas, donde los civiles pagarían por el mal juicio de sus gobiernos al elegir una pelea con los Estados Unidos.

Durante la Guerra Fría, LeMay estaba preparado para lanzar un primer ataque nuclear preventivo contra la Unión Soviética. Desechó el control civil de su toma de decisiones, se quejó de una fobia estadounidense sobre las armas nucleares y se preguntó en privado: "¿Serían las cosas mucho peores si Khrushchev fuera secretario de defensa?" Theodore Sorensen, discursista de Kennedy y alter ego, Ser humano favorito ".

Las tensiones entre los generales y su comandante en jefe se manifestaron de manera exasperante. Cuando Bundy pidió al director del Estado Mayor Conjunto una copia del plan para la guerra nuclear, el general del otro lado de la línea dijo: "Nunca lo soltamos". Bundy explicó: "No creo que lo entiendas. Estoy llamando al presidente y él quiere verlo ". La repugnancia de los jefes era comprensible: su Plan Conjunto de Capacidades Estratégicas prevé el uso de 170 bombas atómicas e hidrógeno solo en Moscú; La destrucción de todas las grandes ciudades soviéticas, chinas y de Europa del Este; Y cientos de millones de muertes. A causa de un informe formal sobre el plan, Kennedy se volvió a un alto funcionario del gobierno y dijo: "Y nos llamamos la raza humana".

FIASCO EN CUBA

Las tensiones entre Kennedy y los jefes militares eran igualmente evidentes en sus dificultades con Cuba. En 1961, después de haber sido advertido por la CIA y el Pentágono sobre la determinación del dictador cubano Fidel Castro de exportar el comunismo a otros países latinoamericanos, Kennedy aceptó la necesidad de actuar contra el régimen de Castro. Pero dudaba de la sabiduría de una invasión abierta por los exiliados cubanos, temiendo que socavara la Alianza para el Progreso, el esfuerzo de su administración para obtener el favor de las repúblicas latinoamericanas ofreciendo ayuda financiera y cooperación económica.

Las tensiones nucleares, y el despiole en la Bahía de Cochinos, Kennedy quedó convencido que una tarea primaria de su presidencia era traer al ejército bajo control estricto.

La cuestión primordial para Kennedy al comienzo de su mandato no era si atacar a Castro sino cómo hacerlo. El truco era derrocar a su régimen sin provocar acusaciones de que el nuevo gobierno en Washington defendía los intereses estadounidenses a expensas de la autonomía latina. Kennedy insistió en un ataque de exiliados cubanos que no sería visto como ayudado por los Estados Unidos, una restricción a la que los jefes militares aparentemente estaban de acuerdo. Sin embargo, estaban convencidos de que si una invasión vacilaba y el nuevo gobierno se enfrentaba a una embarazosa derrota, Kennedy no tendría más remedio que tomar medidas militares directas. Los militares y la CIA "no podían creer que un nuevo presidente como yo no entrara en pánico y tratara de salvar su propia cara", dijo Kennedy posteriormente a su ayudante Dave Powers. Reuniéndose con sus asesores de seguridad nacional tres semanas antes del asalto a la Bahía de Cochinos de Cuba, según los registros del Departamento de Estado, Kennedy insistió en que se dijera a los líderes de los exiliados cubanos que "Estados Unidos Las fuerzas de huelga no se les permitiría participar o apoyar la invasión de ninguna manera "y que se les preguntó" si deseaban que sobre esa base para proceder. "Cuando los cubanos dijeron que sí, Kennedy dio la orden final para el ataque.

La operación fue un fracaso miserable: más de 100 invasores muertos y unos 1.200 capturados de una fuerza de unos 1.400. A pesar de su determinación de impedir que los militares tomen un papel directo en la invasión, Kennedy no pudo resistirse a un recurso de última hora para usar el poder aéreo para apoyar a los exiliados. Los detalles sobre las muertes de cuatro pilotos de la Guardia Nacional Aérea de Alabama, que participaron en combate con el permiso de Kennedy mientras la invasión estaba colapsando, fueron enterrados durante mucho tiempo en una historia de la CIA del fiasco de Bay of Pigs (desenterrado después de Peter Kornbluh del National Security Archive Presentó una demanda de la Ley de Libertad de Información en 2011). El documento revela que la Casa Blanca y la CIA dijeron a los pilotos que se llamaran mercenarios si fueran capturados; El Pentágono tardó más de 15 años en reconocer el valor de los aviadores, en una ceremonia de medallas que sus familias debían mantener en secreto. Aún más inquietante, esta historia de Bahía de Cochinos incluye notas de reunión de la CIA -que Kennedy nunca vio- predijo el fracaso a menos que los Estados Unidos intervinieran directamente.

Posteriormente, Kennedy se acusó de ingenuidad por confiar en el juicio militar de que la operación cubana estaba bien pensada y era capaz de triunfar. "Esos hijos de puta con toda la ensalada de frutas se sentaron asintiendo, diciendo que funcionaría", dijo Kennedy de los jefes. Kennedy llegó a la conclusión de que era demasiado poco educado en los caminos encubiertos del Pentágono y que había sido demasiado deferente con la CIA y los jefes militares. "¡Oh, Dios mío, el grupo de asesores que hemos heredado! Más tarde dijo a Schlesinger que había cometido el error de pensar que "la gente militar y de inteligencia tiene alguna habilidad secreta que no está al alcance de los mortales comunes". Su lección: nunca confíe en los expertos. O por lo menos: sea escéptico respecto al asesoramiento interno de los expertos y consulte con personas externas que puedan tener una visión más separada de la política en cuestión.

La consecuencia del fracaso de la Bahía de Cochinos no fue una aceptación de Castro y su control de Cuba, sino más bien una renovada determinación de derribarlo sigilosamente. El fiscal general Robert F. Kennedy, hermano menor del presidente y confidente más cercano, hizo eco del pensamiento de los jefes militares cuando advirtió sobre el peligro de ignorar a Cuba o negarse a considerar una acción armada de Estados Unidos. McNamara ordenó a los militares que "desarrollaran un plan para el derrocamiento del gobierno de Castro mediante la aplicación de la fuerza militar estadounidense".

El presidente, sin embargo, no tenía ninguna intención de precipitarse en nada. Estaba tan decidido como todos los demás en la administración a deshacerse de Castro, pero seguía esperando que los militares estadounidenses no tuvieran que estar directamente involucrados. La planificación para una invasión significaba más como un ejercicio para calmar a los halcones dentro de la administración, el peso de la evidencia sugiere, que como un compromiso para adoptar la belicosidad del Pentágono. El desastre en la Bahía de Cochinos intensificó las dudas de Kennedy acerca de escuchar a asesores de la CIA, el Pentágono o el Departamento de Estado que lo habían engañado o le habían permitido aceptar malos consejos.

TOMANDO EL CONTROL

Durante las primeras semanas de su presidencia, otra fuente de tensión entre Kennedy y los jefes militares era un pequeño país sin salida al mar en el sudeste asiático. Laos parecía un terreno probatorio para la voluntad de Kennedy de enfrentarse a los comunistas, pero le preocupaba que ser arrastrado a una guerra en selvas remotas fuera una propuesta perdedora. A finales de abril de 1961, mientras todavía se recuperaba de la Bahía de Cochinos, los jefes conjuntos recomendaron que aplastara una ofensiva comunista patrocinada por el norte de Vietnam en Laos lanzando ataques aéreos y trasladando tropas estadounidenses al país a través de sus dos pequeños aeropuertos . Kennedy preguntó a los jefes militares qué iban a proponer si los comunistas bombardearan los aeropuertos después de que los Estados Unidos hubieran volado en unos pocos miles de hombres. "Tú lanzas una bomba en Hanoi", Robert Kennedy recordó que respondían, "¡y empiezas a usar armas atómicas!" En estas y otras discusiones, sobre peleas en Vietnam del Norte y China o en intervenir en otras partes del sudeste asiático, Lemnitzer prometió " Si se nos da el derecho a usar armas nucleares, podemos garantizar la victoria ". Según Schlesinger, el presidente Kennedy descartó este tipo de pensamiento como absurdo:" Puesto que [Lemnitzer] no podía pensar en ninguna escalada adicional, tendría que prometer Nosotros la victoria ".

El enfrentamiento con el almirante Burke, las tensiones sobre la planificación de la guerra nuclear y los bacheles en la Bahía de Cochinos convencieron a Kennedy de que una de las principales tareas de su presidencia era llevar a los militares bajo estricto control. Artículos en el tiempo y Newsweek que retratado Kennedy como menos agresivo que el Pentágono lo enfureció. Le dijo a su secretario de prensa, Pierre Salinger: "Esta mierda tiene que parar".

Sin embargo, Kennedy no podía ignorar la presión para acabar con el control comunista de Cuba. No estaba dispuesto a tolerar el gobierno de Castro y su objetivo declarado de exportar el socialismo a otros países del hemisferio occidental. Estaba dispuesto a recibir sugerencias para poner fin al gobierno de Castro mientras el régimen cubano demostraba provocar una respuesta militar estadounidense o mientras el papel de Washington pudiera permanecer oculto. Para cumplir con los criterios de Kennedy, los jefes conjuntos aprobaron un plan de locura llamado Operación Northwoods. Propuso llevar a cabo actos terroristas contra exiliados cubanos en Miami y culparlos de Castro, incluyendo atacar físicamente a los exiliados y posiblemente destruir un barco cargado de cubanos que escapan de su tierra natal. El plan también contemplaba ataques terroristas en otras partes de la Florida, con la esperanza de impulsar el apoyo interno y mundial para una invasión estadounidense. Kennedy dijo que no.

La política hacia Cuba seguía siendo un campo minado de malos consejos. A finales de agosto de 1962, la información estaba inundando en una acumulación militar soviética en la isla. Robert Kennedy instó a Rusk, McNamara, Bundy y los jefes conjuntos a considerar nuevos "pasos agresivos" que Washington pudiera tomar, incluyendo, según notas de una discusión, "provocar un ataque contra Guantánamo que nos permitiría tomar represalias". Los jefes insistieron en que Castro podría ser derribado "sin precipitar la guerra general"; McNamara favoreció el sabotaje y la guerra de guerrillas. Sugirieron que los actos de sabotaje fabricados en Guantánamo, así como otras provocaciones, podrían justificar la intervención estadounidense. Pero Bundy, hablando en nombre del presidente, advirtió contra acciones que podrían provocar un bloqueo de Berlín Occidental o una huelga soviética contra misiles estadounidenses en Turquía e Italia.

Los acontecimientos que se convirtieron en la crisis de los misiles cubanos desencadenaron el temor de los estadounidenses a una guerra nuclear, y McNamara compartió las preocupaciones de Kennedy acerca de la disposición informal de los militares a confiar en las armas nucleares. "El Pentágono está lleno de artículos que hablan de la preservación de una" sociedad viable "después de un conflicto nuclear", dijo McNamara a Schlesinger. "Esa frase de" sociedad viable "me vuelve loco ... Un elemento de disuasión creíble no puede basarse en un acto increíble".

La crisis de misiles de octubre de 1962 amplió la división entre Kennedy y los militares. Los jefes favorecieron una campaña aérea de escala completa de cinco días contra los misiles soviéticos y la fuerza aérea de Castro, con la opción de invadir la isla después si creían necesario. Los jefes, respondiendo a la pregunta de McNamara sobre si eso podría conducir a una guerra nuclear, dudaban de la probabilidad de una respuesta nuclear soviética a cualquier acción estadounidense. Y realizando una huelga quirúrgica contra los misiles y nada más, aconsejaron, dejaría a Castro libre para enviar su fuerza aérea a las ciudades costeras de Florida -un riesgo inaceptable.

Kennedy rechazó la llamada de los jefes para un ataque aéreo a gran escala, por temor a que creara una crisis "mucho más peligrosa" (como fue grabada diciéndole a un grupo en su oficina) y aumentar la probabilidad de "una lucha mucho más amplia" Con repercusiones a nivel mundial. La mayoría de los aliados de Estados Unidos pensó que la administración estaba "ligeramente demente" al ver a Cuba como una seria amenaza militar, informó, y consideraría un ataque aéreo como "un acto de locura". Kennedy también era escéptico sobre la sabiduría de desembarcar tropas estadounidenses en Cuba: "Las invasiones son duras, peligrosas", una lección que había aprendido en la Bahía de Cochinos. La mayor decisión, pensó, era determinar qué acción "disminuye las posibilidades de un intercambio nuclear, que obviamente es el fracaso final".

Kennedy dijo a su amante algo que nunca podría haber admitido en público: "Prefiero que mis hijos sean rojos que muertos".
Kennedy decidió imponer un bloqueo - lo que describió más diplomáticamente como una cuarentena - de Cuba sin consultar a los jefes militares con ninguna seriedad. Necesitaba su apoyo tácito en caso de que el bloqueo fracasara y se requerían pasos militares. Pero tuvo cuidado de mantenerlos a distancia. Simplemente no confiaba en su juicio; Semanas antes, el Ejército había tardado en responder cuando el intento de James Meredith de integrar la Universidad de Mississippi provocó disturbios. "Siempre te dan sus tonterías acerca de su reacción instantánea y su tiempo de fracción de segundo, pero nunca funciona", dijo Kennedy. "No es de extrañar que sea tan difícil ganar una guerra". Kennedy esperó tres días después de enterarse de que un avión espía U-2 había confirmado la presencia de los misiles cubanos antes de sentarse con los jefes militares para discutir cómo responder, 45 minutos.


Esa reunión convenció a Kennedy de que le habían aconsejado evitar el consejo de los jefes. Al comienzo de la sesión, Maxwell Taylor, entonces presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, dijo que los jefes habían acordado una línea de acción: un ataque aéreo sorpresa seguido de vigilancia para detectar nuevas amenazas y un bloqueo para detener los envíos de armas adicionales .. Kennedy respondió que no veía "alternativas satisfactorias", sino que consideraba un bloqueo el menos propenso a provocar una guerra nuclear. Curtis LeMay fue fuerte en oponerse a cualquier cosa menos de acción militar directa. El jefe de la Fuerza Aérea desestimó el temor del presidente de que los soviéticos respondieran a un ataque a sus misiles cubanos por la ocupación de Berlín Occidental. Por el contrario, LeMay argumentó: el bombardeo de los misiles disuadiría a Moscú, mientras que dejarlos intactos sólo animaría a los soviéticos a moverse contra Berlín. "Este bloqueo y la acción política ... conducirán directamente a la guerra", advirtió LeMay, y los jefes del Ejército, la Marina y el Cuerpo de Marines acordaron.

-Esto es casi tan malo como el apaciguamiento en Munich -declaró LeMay-. -En otras palabras, en estos momentos estás en una situación muy mala.

Kennedy se ofendió. "¿Qué dijiste?"

-Estás en una situación bastante mala -contestó LeMay, negándose a retroceder-.

El presidente enmascaró su ira con una carcajada. -Estás ahí conmigo -dijo-.

Después de que Kennedy y sus consejeros abandonaran la sala, un magnetófono capturó al soldado de guerra que volaba el comandante en jefe. "Sacaste la alfombra de debajo de él," Comandante de la Marina David Shoup cantó a LeMay. "Si alguien pudiera evitar que hicieran la maldita cosa poco a poco, ese es nuestro problema. Vas adentro y friggin alrededor con los misiles, estás jodido ... Hacerlo bien y dejar de friggin alrededor. "


Kennedy también estaba enojado, "simplemente colérico", dijo el subsecretario de Defensa Gilpatric, que vio al presidente poco después. "Él estaba justo fuera de sí mismo, tan cerca como él nunca consiguió."

"Estos sombreros de bronce tienen una gran ventaja", dijo Kennedy a su antiguo ayudante Kenny O'Donnell. "Si hacemos lo que quieren que hagamos, ninguno de nosotros vivirá más tarde para decirles que estaban equivocados".

MEJOR "ROJO QUE MUERTO"

Jackie Kennedy le dijo a su esposo que si la crisis cubana terminaba en una guerra nuclear, ella y sus hijos querían morir con él. Pero fue Mimi Beardsley, su pasante de 19 años convertido en amante, quien pasó la noche del 27 de octubre en su cama. Ella fue testigo de su expresión "grave" y "tono funerario", escribió en un libro de memorias de 2012, y le dijo algo que nunca podría haber admitido en público: "Prefiero que mis hijos sean rojos que muertos". Casi todo era mejor , Pensó, que la guerra nuclear.

Los asesores civiles de Kennedy se alegraron cuando Khrushchev acordó retirar los misiles. Pero los jefes militares se negaron a creer que el líder soviético haría lo que había prometido. Enviaron al presidente un memorándum acusando a Jruschov de retrasar la salida de los misiles "mientras preparaban el terreno para el chantaje diplomático". Ausente "evidencia irrefutable" del cumplimiento de Jruschov, continuaron recomendando un ataque aéreo a gran escala y una invasión.

Kennedy ignoró su consejo. Horas después de que terminara la crisis, cuando se reunió con algunos de los jefes militares para agradecerles su ayuda, no ocultaron su desdén. LeMay retrató el establecimiento como "la mayor derrota en nuestra historia" y dijo que el único remedio era una invasión rápida. El almirante George Anderson, jefe de estado mayor de la Armada, declaró: "¡Se nos ha hecho!". Kennedy fue descrito como "absolutamente sorprendido" por sus comentarios; Poco después, Benjamin Bradlee, un periodista y amigo, lo escuchó estallar en "una explosión ... sobre su contundente y positiva falta de admiración por los Jefes de Estado Mayor Conjunto".

Sin embargo, Kennedy no podía simplemente ignorar su consejo. "Debemos operar bajo la presunción de que los rusos pueden volver a intentarlo", le dijo a McNamara. Cuando Castro se negó a permitir que los inspectores de las Naciones Unidas buscaran misiles nucleares y siguiera planteando una amenaza subversiva en toda América Latina, Kennedy continuó planeando expulsarlo del poder. No por una invasión, sin embargo. "Podríamos terminar atascados", escribió Kennedy a McNamara el 5 de noviembre. "Debemos tener constantemente en mente a los británicos en la guerra de los Boers, a los rusos en la última guerra con el finlandés ya nuestra propia experiencia con los norcoreanos". También preocupado de que violar el entendimiento que tenía con Jruschov de no invadir Cuba, invitaría a la condena de todo el mundo.

Sin embargo, el objetivo de su administración en Cuba no había cambiado. "Nuestro objetivo final con respecto a Cuba sigue siendo el derrocamiento del régimen de Castro y su reemplazo por uno que comparte los objetivos del mundo libre", lee un memorando de la Casa Blanca a Kennedy fechado el 3 de diciembre, que sugirió que "todo lo posible diplomático económico, Y otras presiones ". Todos, de hecho. Los jefes conjuntos se describieron a sí mismos como listos para usar "armas nucleares para operaciones de guerra limitadas en el área cubana", afirmando que "los daños colaterales a instalaciones no militares y las bajas de población se mantendrán en un mínimo compatible con la necesidad militar" -una aserción seguramente sabían Fue absurdo. Un informe de 1962 del Departamento de Defensa sobre "Los efectos de las armas nucleares" reconoció que la exposición a la radiación era probable que causara hemorragia, produciendo "anemia y muerte ... Si la muerte no se produce en los primeros días después de una gran dosis de radiación , La invasión bacteriana de la corriente de la sangre ocurre generalmente y el paciente muere de la infección. "

Kennedy no vetó formalmente el plan de los jefes militares para un ataque nuclear contra Cuba, pero no tenía intención de actuar sobre él. Sabía que la noción de frenar los daños colaterales era menos una posibilidad realista que una forma de justificar la multitud de bombas nucleares. "¿De qué sirven?", Le preguntó Kennedy a McNamara ya los jefes militares unas semanas después de la crisis cubana. "No puedes usarlos como primera arma tú mismo. Sólo sirven para disuadir ... No veo por qué estamos construyendo tantos como estamos construyendo. "

Tras la crisis de los misiles, Kennedy y Khrushchev llegaron a la sobria conclusión de que necesitaban controlar la carrera de armamentos nucleares. La búsqueda anunciada por Kennedy de un acuerdo de control de armas con Moscú reavivó las tensiones con sus jefes militares -específicamente, sobre la prohibición de probar bombas nucleares en cualquier lugar, excepto en el subsuelo. En junio de 1963, los jefes aconsejaron a la Casa Blanca que todas las propuestas que habían revisado para tal prohibición tenían deficiencias "de importancia militar importante". Una prohibición de pruebas limitada, advirtieron, erosionaría la superioridad estratégica de los Estados Unidos; Más tarde, dijeron tan públicamente en el testimonio del Congreso.

El mes siguiente, mientras el veterano diplomático W. Averell Harriman se preparaba para marcharse a Moscú para negociar la prohibición de los ensayos nucleares, los jefes, en privado, calificaron tal medida de desacuerdo con el interés nacional. Kennedy los vio como el mayor impedimento interno del tratado. "Si no conseguimos que los jefes estén en lo cierto", le dijo a Mike Mansfield, el líder de la mayoría del Senado, "podemos ... volar". Para calmar sus objeciones a la misión de Harriman, Kennedy les prometió una oportunidad de expresar su opinión en el Senado Audiencias si un tratado surgiera para la ratificación, incluso cuando él les indicó que consideraran más que factores militares. Mientras tanto, se aseguró de excluir a los oficiales militares de la delegación de Harriman y decretó que el Departamento de Defensa -excepto Maxwell Taylor- no recibiera ninguno de los cables informando sobre los acontecimientos en Moscú.


"Lo primero que voy a decirle a mi sucesor", dijo Kennedy a los invitados en la Casa Blanca, "es observar a los generales y evitar sentir que sólo por ser militares, sus opiniones sobre asuntos militares valían la pena . "

Persuadir a los jefes militares de que se abstengan de atacar el tratado de prohibición de los ensayos en público requería una intensa presión de la Casa Blanca y la redacción del texto del tratado que permitía a los Estados Unidos reanudar las pruebas si se consideraba esencial para la seguridad nacional. Kennedy y McNamara habían prometido seguir probando el armamento nuclear en el subsuelo y continuar la investigación y el desarrollo en caso de que las circunstancias cambiaran, dijo, pero no habían discutido " Si lo que [los jefes] consideran un programa de salvaguardia adecuado coincide con su idea sobre el tema ". Sin embargo, el Senado aprobó decisivamente el tratado.

Esto le dio a Kennedy otro triunfo sobre un grupo de enemigos más implacables que los que enfrentó en Moscú. El presidente y sus generales sufrieron un choque de visiones del mundo, de generaciones -de ideologías, más o menos- y cada vez que se enfrentaban en la batalla, prevalecía la manera más fresca de luchar de JFK.

jueves, 2 de marzo de 2017

Historia Argentina: El asesino de Urquiza

El apuñalador de Urquiza

Revisionistas



Nicomedes Coronel

A menudo la crónica histórica argentina ha preferido apelar a la explicación simplista de ciertos hechos que, como el asesinato del general Justo José de Urquiza en 1870, han tenido honda repercusión e insospechadas ramificaciones hasta bastante después de sucedidos.

Cuando se comenta sobre el deceso de Urquiza en su posada predilecta –Palacio San José-, aquella simpleza se vuelve la respuesta más cómoda y, por lo mismo, más errada. Dicen sus cultores: “El que mató a Urquiza fue el general Ricardo López Jordán hijo“. Otros agregan: “López Jordán entró en la estancia del entrerriano y él mismo lo ultimó”. Y sigue el equívoco tan reiterativo como obsesivo que, entre borrascas de inexactitudes, nubla la verdad de nuestra historia, la vida de ilustres desconocidos que jamás verán la póstuma reivindicación.

Ahondando en el tema de la muerte de Urquiza, algunas personas con mayor grado de ilustración parecieran comprender que tuvo por protagonistas al sargento mayor de milicias Simón Luengo (1), que fue, precisamente, quien comandó la partida que lo fue a buscar, y a Ambrosio Luna, responsable de accionar el arma de fuego sobre la humanidad del entrerriano y ante la presencia de sus hijas.

Pero no fueron solamente Luengo y Luna los que mataron al general Urquiza, pues, a continuación de los disparos, otro personaje, el mayor Nicomedes Coronel, aligerando su filoso puñal, le asestó al moribundo unas cuantas puñaladas que acabaron con su vida. Y salta la pregunta: ¿Quién era Nicomedes Coronel?

Pecaría yo también de simplista si lo refrendo apenas como “el que apuñaló a Urquiza”. Este rasgo sería digno de una pobreza historiográfica que, lejos de reivindicar su existencia, lo catapultaría, sin pausa, hacia el abismo de los infiernos y la desdicha. Aclarado lo anterior, metámonos en su desconocida biografía.

Nicomedes Coronel, al que también se lo conoció como Nico Coronel, había nacido en la República Oriental del Uruguay, siendo sus padres don Juan Francisco Coronel Muniz (1809-1858) y doña Dionisia Cavero (1810-1898). Se desconoce el año exacto de su natalicio.

Un tío de Nicomedes, de nombre Dionisio Coronel, fungió como caudillo y jefe político del Partido Blanco del brigadier general Manuel Oribe, trabando lucha contra Fructuoso Rivera en 1844 cerca de la localidad uruguaya de Melo. Años más tarde, por 1860, era tal su prestigio que el presidente Bernardo Prudencio Berro (2) lo designa Comandante Militar de Cerro Largo. Se aprecia en este familiar de Nicomedes Coronel, entonces, una fuerte raigambre de cuño federal que, en alguna medida, exaltó su joven espíritu y acendró su carácter cuando adulto.

Revistó don Nicomedes Coronel durante algún tiempo como Comisario de Policía en el pueblo de Aceguá, Uruguay, el cual se sitúa en el límite con Brasil. Allí va a cometer, junto a una gavilla, un doble crimen que tomó notoria relevancia por la investidura de los occisos: las víctimas fueron, el Teniente Alcalde de Aceguá, don Juan Campón (3), y un hacendado de la zona llamado Leonardo Pereyra da Silva.

Mayordomo de Urquiza


Por este episodio, Coronel y sus compañeros cayeron detenidos y fueron trasladados prisioneros a la cárcel de Melo. Tiempo después lograron fugar y, al menos Nicomedes Coronel, cruzó el río Uruguay para instalarse en la Confederación Argentina. Este momento podemos ubicarlo en el año 1861, que es cuando un amigo de Coronel, el general Lucas Moreno (4), lo recomienda a Urquiza para su protección.

El autor Manuel Macchi presenta este momento, diciendo que tal pedido se debió a que Urquiza era una suerte de “protector de los desvalidos” y que Nicomedes Coronel, apremiado por la persecución que recaía en su contra por los crímenes de Aceguá, bien podía ser ayudado por el hombre político más importante de la Provincia de Entre Ríos.

En una carta que el general Moreno le dirigió a Urquiza el 23 de febrero de 1861, le mandó decir lo siguiente:

“Me permito recomendar a V. E. el ciudadano D. Nicomedes Coronel que se halla en Entre Ríos y que pertenece a una familia de mi amistad. Él es un joven laborioso y honrado y anhela tener una colocación para trabajar. A. V. E. protector de los hombres laboriosos y desgraciados es a quien pido amparo para mi recomendado”.

Urquiza, sin perder tiempo, le da un empleo a Nicomedes Coronel como capataz, administrador o mayordomo en la Estancia “San Pedro”, que era propiedad suya, la cual quedaba distante seis leguas del famoso Palacio San José. Aquí, Coronel va a vivir por casi una década junto a su esposa (5) y seis hijos, algunos de los cuales fueron ahijados de Urquiza. Cada tanto, Coronel solía pasearse por San José para ir a conversar con Urquiza, granjeándose una insospechada amistad si tenemos en cuenta el desenlace de 1870.

No obstante, nuestro biografiado también va a emplearse en otra estancia, denominada “Santa Cándida”, extensión que también pertenecía al general Justo José de Urquiza, y que evocaba el nombre de su madre. Quedaba en las afueras de Concepción del Uruguay, uno de los epicentros políticos y educativos del Entre Ríos de entonces.

Durante un envío de hacienda que hizo desde la Estancia “Rincón del Calá” (6) hasta la Estancia “Santa Cándida”, don Nicomedes Coronel fue visto por el escritor Martiniano Leguizamón quien, para ese tiempo, era un niño y frecuentaba el primero de los establecimientos en razón de que era un dominio de su padre, el coronel Martiniano Leguizamón. Ya de grande, el literato anotó unas interesantes impresiones que le causó el semblante de Coronel:

“Lo veo patente y si supiera dibujar ensayaría trazar su imborrable perfil sin que le faltara un solo detalle. Tenía ese rostro pálido y macilento con que suelen representar a los nazarenos; el bigote fino, la barba negra, rala y larga, y la cabellera enrulada que, echada hacia atrás, caía sin gracia rozándole los hombros. Los ojos pequeños, renegridos, como dos piedras duras miraban desde el fondo de las cuencas hondas con ese brillo frío del ojo de la víbora, causando inquietud”.

Y referido a la vestimenta usada por el sargento mayor Coronel, esto decía:

“Vestía una blusa oscura, amplia bombacha de merino y un chambergo de felpa con el ala volcada hacia adelante, como para ocultar la mirada recelosa. Llevaba altas botas granaderas, calzadas con espuelas de plata, y en la mano un pesado arreador de larga azotera trenzada. Ceñía a la cintura un tirador tachonado con monedas de plata y rosetas de oro, del que sobresalía atravesado sobre los riñones, la empuñadura del facón”.

Tan pintoresca descripción, no hace más que advertir la agreste galanura de un paisano de pura cepa. Nicomedes Coronel no solamente era un gaucho auténtico del litoral, sino que, además, sabía leer, redactaba con corrección y era poseedor de una excelsa caligrafía. No era, pues, un criollo cualquiera.

Para concluir con este apartado, agregamos que Coronel visitó con alguna frecuencia la nombrada estancia del padre de Martiniano Leguizamón, como lo prueba una estadía de varios días que hizo en mayo de 1869. Esa vez, lo acompañaba el paisano Ambrosio Luna, también protagonista del asesinato contra Urquiza un año más tarde. (7)

Motivos de una decisión


Como todo buen criollo, don Nicomedes Coronel advertía la injerencia extranjera que asolaba al país casi dos décadas después de la derrota de Rosas en Caseros. Aquél se sentía un ser extraño en su propia tierra, un desplazado –o próximo a serlo- por la novedad del “progreso”, del “mundo libre” o del liberalismo humillante.

Dicho lo anterior, podemos inferir que Coronel tuvo motivos más que suficientes para introducir en las carnes del habitante de San José el puñal que llevaba entre sus ropas.

Así, por ejemplo, el nobel Nicomedes Coronel, como su tío Dionisio, fervorosos adherentes del blanco Bernardo Berro, apoyaron su ascenso al poder en Uruguay el 1º de marzo de 1860, terminando con siete años de gobiernos colorados o riveristas. Ese acontecimiento de 1860, sin embargo, no fue bien visto por Urquiza, motivo suficiente para generarse la bronca y el desprecio de “los emigrados blancos y los mismos partidarios de la revuelta (de los blancos de Berro)”, agrega Macchi.

En este sentido, Coronel era simpatizante del Partido Blanco fundado por Oribe porque en su familia había guerreros de esa causa, y porque su amigo, el general Lucas Moreno, el mismo que lo acercó a Urquiza en 1861, también había combatido en las filas blancas hasta la capitulación del Defensor de las Leyes en octubre de 1851.

Otro motivo, tiene que ver con su desconfianza hacia los extranjeros. Nicomedes Coronel advirtió, en octubre de 1866, que su propiedad estaba siendo invadida por un inglés que acababa de adquirir unos campos lindantes. “Yo temo mucho –escribió Coronel- a los extranjeros por la poderosa razón que nos están tragando insensiblemente”.

Hubo quienes advirtieron en 1868, que los campos que administraba Coronel se encontraban algo abandonados, sin el esmero que él mismo le dedicaba para mantenerlos cuidados y prestos para el normal desarrollo de las actividades rurales. Además, Nico Coronel ya tenía bajo su cuidado las estancias “San Pedro”, “Santa Cándida” y, como última expansión, la finca “Santa Rosa”.

Una persona de nombre Juan P. Solano le había hecho saber al propio Urquiza la desatención que Coronel dispensaba a sus campos. Al enterarse Coronel, éste salió a desmentirlo en reiteradas cartas que envió a conocidos y amigos. El 30 de mayo de 1868, escribió a uno de ellos, Mariano Aráoz de La Madrid, a quien le expuso que “si Solano está acostumbrado a andar con intrigas, conmigo no ha de ser, esto le aseguro como amigo que soy de Ud”. Y el 10 de febrero de 1869, Nicomedes Coronel le escribió a Urquiza que él no estaba implicado “con los hombres que quieren ofender su persona”.

Las cinco puñaladas


Teniendo en cuenta la confianza que Urquiza le tenía a Coronel, nada hacía suponer la participación de éste en los hechos ocurridos en el Palacio San José en 1870. Sin embargo, todos los que participaron del suceso tenían, al igual que Nicomedes Coronel, profundas convicciones o recelos en contra del general entrerriano como responsable de buena parte de las desgracias que entonces vivía el país y, por qué no, la región. (8)

Los ultimadores de Urquiza se concentraron el 9 de abril de 1870 en la Ea. “San Pedro”, y, como bien nos lo dice Fermín Chávez, allí Coronel tenía “a sus órdenes unos veinte hombres, algunos de ellos peones de don Justo”. A ellos se les sumaría una partida de hombres provenientes de la estancia que en Arroyo Grande poseía el general Ricardo López Jordán hijo, al mando del sargento mayor Vera (9) y el capitán Mosqueira.

Reunida una partida de 50 hombres, el coronel Simón Luengo ordenó a las 14 horas del 11 de abril de 1870 enfilar hacia el Palacio San José. López Jordán quería que a Urquiza se lo capturara vivo y, de acuerdo al testimonio posterior que brindó el capitán José María Mosqueira en el juicio que se le siguió, que lo llevaran ante su presencia.

Hay que decir que en San José existió una pequeña guarnición que resguardaba la seguridad de Urquiza y su familia a 1700 metros del palacio, a cuyos servicios estuvo destinado el subteniente Julio Argentino Roca entre 1858 y 1859. Fue esa guarnición la que detuvo, momentáneamente, la irrupción de las fuerzas del sargento mayor Robustiano Vera, que tenía la misión de entretener a quienes iban a capturar al entrerriano con Simón Luengo y Nicomedes Coronel.

Dentro del Palacio San José, tampoco se cumplía lo planificado, esto es, capturar a Justo José de Urquiza por sorpresa, pues advertido por el tiroteo que se había desatado en las afueras logró tomó un arma y, mientras huía hacia el interior de las habitaciones, efectuó algunos disparos. Uno de ellos dio en el cuerpo de Ambrosio Luna. Los demás continuaban avanzando hacia el objetivo.

En la hecatombe, un tiro de Ambrosio Luna le da a Urquiza en el lado izquierdo de su rostro, tumbándolo, herido, en el suelo. Lo abrazaba su hija Dolores. Entonces, lejos de seguir la regla máxima de aquella justa, como era la de capturar con vida a Urquiza, Nicomedes Coronel, sin piedad y vengando algunas injusticias acumuladas por durante varios años, desnuda su puñal y se lo hunde en el pecho a Urquiza en cinco oportunidades, causándole la muerte. De modo inobjetable, Coronel pasaría a la eternidad como el autor material del crimen.

Entre el 12 y 13 de abril de 1870, el médico de Policía, Esteban del Castillo, había indicado que al examinar el cuerpo del occiso vio que las cuatro o cinco heridas que el mismo tenía “habían sido producidas por un instrumento agudo y cortante” y que eran profundas, por cuanto “sondeándolas con el dedo no tocaba su profundidad en algunas”. A su vez, no hubo dudas de que el deceso de Urquiza fue producto de las puñaladas que le hizo Nicomedes Coronel, dado que, una autopsia realizada en octubre de 1951 sobre el cadáver, reveló que “la referida herida de bala no le produjo la muerte, sino las lesiones de arma blanca posteriores”.

Dolores Urquiza Costa, una de las hijas mayores de Justo José, declararía que uno de la partida –no sabía si Mosqueira, Simón Luengo o Álvarez- le dijo mientras herían de muerte a su padre: “Con ustedes no es la guerra sino con el tirano y sus hijos varones”. Y una vez consumado el asesinato, escuchó que los conjurados gritaron: “Ya murió el tirano vendido a los porteños. ¡Viva López Jordán!”.

La posteridad


La única persona que fue capturada después del asesinato de Urquiza, fue el capitán Mosqueira; los demás lograron darse a la fuga. Así aconteció con Nicomedes Coronel, quien regresó a la República Oriental del Uruguay, presumiblemente ayudado por algunos viejos partidarios blancos.

En suelo oriental, Coronel decidió unirse a las filas del caudillo blanco Timoteo Aparicio cuando, en 1870, se preparaba para lanzar la “Revolución de las Lanzas” contra los miembros del Partido Colorado que, desde 1865 y hasta 1868, habían perseguido a los del Partido Blanco o Nacional con saña particular.

No obstante, Nicomedes Coronel ya se había ganado una mala fama por haber dado muerte a Justo José de Urquiza, el cual, dada su característica dualidad, conservaba amistades de años con algunos militares blancos a quienes había dado cobijo en esos años de dictadura colorada.

Por eso mismo, el coronel Ángel Muniz expulsó de las tropas revolucionarias a Nicomedes Coronel en ese mismo año de 1870, o sea, le negó su participación junto a Timoteo Aparicio.

De este modo, Coronel vivió el final de su carrera militar en el Plata, y sabiéndose perseguido y vituperado por propios y ajenos, decidió exiliarse en la zona de Río Grande do Sul, Brasil. Y fue allí, en la localidad de Saõ Gabriel, donde halló la muerte en noviembre de 1894 (10) de forma natural.

Para terminar con esta nota biográfica, diremos que en 1872 la señora Justa Urquiza, que había casado con el general Luis María Campos, al quedar como heredera de la Estancia “San Pedro”, lo primero que hace al tomar posesión de la misma es demoler la casa que habitó Nicomedes Coronel con su familia. En su lugar, hizo levantar una construcción de cuatro piezas o habitaciones que Justa Urquiza disfrutó hasta el final de sus días.

Referencias


(1) Luengo fue, nos dice el cronista Rodolfo Barraco Mármol, un agricultor que cultivaba “sabrosísimas manzanas” en una quinta que poseía en Córdoba capital a comienzos de la década de 1860. Desde la provincia mediterránea apoyó la causa federal y alcanzó la jerarquía de lugarteniente del caudillo riojano Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza, a cuyas órdenes se alzó en armas en 1863. Unos años antes, por 1859, su nombre salía en las hojas del diario La Voz del Pueblo, órgano que pertenecía a los federales “rusos” de Córdoba, o sea, a los que eran como Luengo.
(2) Como miembro del Partido Blanco o Nacional, Bernardo Berro resultó un activísimo colaborador de Oribe, sirviéndole como ministro de Gobierno e integrante del Tribunal Supremo del Gobierno del Cerrito (1845-1851).
(3) En abril de 1857, Juan Campón fue una de las personalidades encargadas de trazar los límites territoriales entre el Imperio del Brasil y la República Oriental del Uruguay en el punto extremo de Aceguá.
(4) El general Moreno (1821-1878) también era de nacionalidad uruguaya y miembro del Partido Blanco. Se vinculó a Justo José de Urquiza en 1838, cuando éste le dio protección a Moreno tras el golpe de Estado de Rivera contra Manuel Oribe. En 1848 ganó enorme prestigio como militar cuando recuperó la ciudad de Colonia, que desde 1845 estaba en manos de fuerzas riveristas (Gobierno de la Defensa).
(5) La señora esposa de Nico Coronel fue su prima Elmira Coronel. Contrajeron nupcias el 8 de abril de 1860 en Río Branco, Cerro Largo, Uruguay. Los padres de Elmira se llamaban José Pío Coronel Muniz y María de las Mercedes Cordero.
(6) Quedaba a pocos kilómetros de Rosario del Tala y cerca del arroyo Calá, en la Provincia de Entre Ríos, de allí su nombre.
(7) Luna era capataz y esquilador en la Ea. “San Juan”, que estaba próxima a la Ea. “San Pedro” donde trabajaba Coronel.
(8) Los que fueron de la partida que entraron a caballo en San José, eran, entre otros: Pedro Aramburu (criador de ovejas); Facundo Teco (marcador de ganado); y, el capitán Juan Pirán (pulpero en el distrito de Gená que sabía leer y escribir con corrección).
(9) El sargento mayor Robustiano Vera entró en contacto con Urquiza en 1860. Era representante en el periódico “El Eco de Corrientes”, donde hizo algunos aportes don José Hernández. Una particularidad: Vera ofició como tropero, tarea a través de la cual entró en contacto con López Jordán en su finca de Arroyo Grande.
(10) Según otra fuente, Nicomedes Coronel murió en San Juan Bautista, Brasil, en 1890.

Por Gabriel O. Turone

Bibliografía:


-Brun Almirati, Amilcar. “Cronología departamental comparada de Treinta y Tres. 1737-1903”, 2003.
-Chávez, Fermín. “Vida del Chacho”, Ediciones Theoría, 1974.
-Leguizamón, Martiniano. “Rasgos de la vida de Urquiza”, Buenos Aires, 1920.
-Macchi, Manuel E. “Urquiza, última etapa”, Editorial Castellvi, Santa Fe, 1974.