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martes, 21 de abril de 2026

Biografías argentinas: Gral Antonio Donovan (EA)

Gral. Antonio Donovan 





Antonio Dónovan (n. Buenos Aires, 26 de abril, de 1849 – † Federal, provincia de Entre Ríos, 14 de agosto de 1897), militar argentino que participó en la Guerra del Paraguay, en las últimas guerras civiles argentinas y en las campañas previas a la Conquista del Desierto. Fue también gobernador del Territorio Nacional del Chaco. 

Inicios y Guerra del Paraguay 
Hijo del doctor Cornelius Donovan Crowley y de Mary Atkins Brown, en 1863 – tras la muerte de su padre – se enroló en el Batallón de Infantería Nº 2 sin autorización de su madre, por lo que fue dado de baja por orden directa del ministro de Guerra y Marina, general Gelly y Obes. Poco después logró conseguir la autorización materna y se incorporó al Regimiento de Artillería Ligera, en julio de 1864, y fue destinado a la isla Martín García. 
Tras la invasión paraguaya de Corrientes participó en la efímera reconquista de esa ciudad por las fuerzas del general Wenceslao Paunero. A sus órdenes participó en la batalla de Yatay, del 17 de agosto de 1865. Participó también en el sitio de Uruguayana. 
En abril del año siguiente participó en la captura de la Fortaleza de Itapirú, y en las batallas de Estero Bellaco, Tuyutí, Yatayty Corá, Boquerón, Sauce y Curupaytí. El 31 de octubre fue dado de baja del Ejército Argentino, sin que haya quedado referencia de la causa. 
Se reincorporó al Ejército en junio del año siguiente, en el Batallón de Infantería de Línea Nº 2, con el grado de capitán. Participó en la campaña en que fuerzas nacionales enfrentaron y derrotaron al general Nicanor Cáceres, defensor del gobierno legal de esa provincia. En 1869, su regimiento pasó a Córdoba. 
Regresó al frente paraguayo en mayo siguiente, destinado en varios destinos, pero no alcanzó a combatir. Regresó a Buenos Aires a fines de ese año. 

Rebelión de López Jordán 
Al estallar en la provincia de Entre Ríos la rebelión de Ricardo López Jordán, acompañó al coronel Luis María Campos como ayudante, sin haber comunicado esa decisión a su regimiento, que lo dio de baja del mismo. No obstante, a órdenes de Campos participó en la batalla de Santa Rosa y en otros combates menores. 
En mayo de 1871, recién llegado a la provincia de Buenos Aires, combatió contra los indígenas en la zona de Tapalqué. Posteriormente pasó a Martín García. 
En junio de 1873 fue destinado a Paraná, participando en la lucha contra la segunda rebelión de López Jordán. En la batalla de Don Gonzalo, del 9 de diciembre de ese año, la infantería al mando del mayor Dónovan tuvo una actuación decisiva para hacer retroceder a los federales. 
En febrero del año siguiente pasó a ser ayudante del ministro de guerra, Martín de Gainza. A órdenes del coronel Julio Campos participó en la campaña contra los revolucionarios del año 1874. 
Por esos años compró un campo en la zona norte de la provincia de Entre Ríos, donde sería fundada la localidad de Federal. 

Campañas al desierto y rebelión porteña 
En febrero de 1875 pasó a Gualeguaychú, en Entre Ríos, ascendiendo al grado de teniente coronel. En enero del año siguiente, trasladado nuevamente a Buenos Aires, participó en el avance de las fronteras ordenado por el ministro Adolfo Alsina, participando en la ocupación del punto estratégico de Carhué, pasando después a las guarniciones de Puán, Azul y Olavarría. En este último lugar dirigió las tropas nacionales en una batalla contra los jefes indígenas Namuncurá y Juan José Catriel, el 6 de agosto de 1876, recuperando unas de 50.000 cabezas de ganado vacuno. 
Fue ascendido al grado de coronel en junio de 1877. Participó en varios combates más contra los indígenas en los años siguientes, y en las expediciones de avanzada que prepararon la Conquista del Desierto del año 1879, de la que no participó por haber sido incorporado al Colegio Militar y ocupar la guarnición de la ciudad de Zárate. 
Participó en la represión de la revolución porteña de 1880, comandando el Regimiento de Infantería Nº 8 en las batallas de Puente Alsina y Corrales. 

El Regimiento 1 de Infantería y el Chaco 
En febrero de 1883 fue nombrado Jefe del Regimiento de Infantería Nº 1. Dos años antes había sido uno de los fundadores del Círculo Militar. 
En agosto de 1886 fue ascendido al grado de general, y provisoriamente puesto al mando de la 1ª División de Ejército; fue posteriormente director del Parque de Artillería, Jefe de Estado Mayor de las fuerzas destacadas en el Chaco, con sede en Resistencia. Entre 1897 y 1891 fue gobernador del Territorio Nacional del Chaco, y hasta fines del año 1895 continuó siendo el comandante de todas las tropas militares del Chaco, pasando posteriormente a retiro. 
Falleció en su estancia en Federal el 14 de agosto de 1897. 
Casado con Cándida Rosa Blanco, habían tenido 12 hijos. Su nieto Carlos Alberto Dónovan y Salduna murió en un accidente, y en su memoria fue compuesta la la Marcha del Teniente Dónovan, utilizada por la caballería argentina.1 

Referencias 

↑ Marcha militar Teniente Dónovan 

Fuentes 

[1] Su biografía en Revisionistas.com. 
Planell Zanone, Oscar J. y Turone, Oscar A., Patricios de Vuelta de Obligado. 
Yaben, Jacinto R., Biografías Argentinas y Sudamericanas, Bs. As., 1938. 

Wikipedia

viernes, 8 de agosto de 2025

Argentina: El guerrero José Ignacio Warnes

 

José Ignacio Warnes: el general con el pecho roto y la causa encendida


José Ignacio Warnes, nacido en Buenos Aires en 1770, provenía de una familia acomodada del virreinato, pero eligió un camino contrario al de sus privilegios: la lucha por la libertad. Desde joven se involucró en la vida militar, integrando el Cuerpo de Blandengues de Montevideo, y combatiendo en las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Con la Revolución de Mayo de 1810, se sumó al bando patriota, alentado por su amistad con Manuel Belgrano, quien lo consideraba de plena confianza y lo integró a su campaña.

Warnes participó en batallas fundamentales como Tucumán y Salta, y fue asignado al mando del Regimiento N.º 6. Belgrano le encomendó una misión decisiva: liberar Santa Cruz de la Sierra, una ciudad aislada y dominada por los realistas. Con pocos recursos pero con gran determinación, Warnes cruzó el Chaco Boreal y logró organizar una resistencia popular compuesta por esclavos liberados, indígenas y mestizos. Formó el Batallón de Pardos y Morenos, promovió la igualdad y decretó la libertad de los esclavos sin esperar órdenes. Gobernó con justicia, disciplina y coraje.

Sin respaldo real desde Buenos Aires, Warnes defendió Santa Cruz con convicción. En 1814 triunfó en la batalla de La Florida, derrotando al comandante realista Blanco. Pero su independencia política y militar lo enfrentó con las autoridades porteñas, que enviaron a Santiago Carrera a reemplazarlo. Carrera fue asesinado por el pueblo, que defendía a Warnes.

La situación se agravó cuando el apoyo militar disminuyó y otros líderes patriotas caían uno a uno. En 1816, tras recibir el Acta de la Independencia, Warnes enfrentó a las tropas del traidor cruceño Aguilera en la batalla de El Pari, librada el 21 de noviembre. A pesar de luchar con inferioridad numérica y recursos precarios, resistió con valentía. Murió en combate, destrozado por una bala de cañón. Su cabeza fue exhibida en una pica en la plaza pública. Sin embargo, su muerte no aplacó la resistencia: el pueblo de Santa Cruz continuó luchando en su nombre.

Años después, en 1825, Santa Cruz fue liberada y los restos de Warnes fueron enterrados con honores. Aguilera, el traidor, también fue ejecutado y su cabeza terminó como la de Warnes: en una pica, en un acto de justicia histórica.

Belgrano, profundamente dolido, escribió a la madre de Warnes destacando su heroísmo y calificándolo como un verdadero hijo de la patria. En Bolivia, Warnes es recordado como prócer: una ciudad y una provincia llevan su nombre. En Argentina, su memoria permanece relegada, reducida a una calle de repuestos en Buenos Aires. El reconocimiento oficial como general aún no ha sido formalizado.

Warnes representa a los héroes que pelearon en los márgenes, con barro en los pies y la patria en el corazón. Su legado no es solo el de un combatiente, sino el de un hombre que creyó en la libertad de los más olvidados. Su historia es un llamado a la memoria y a la justicia.

martes, 22 de abril de 2025

Chile: Araucanos recuerdan con cariño la Pacificación de la Araucanía

Estatuas y culto a los genocidas




Usted se preguntará, ¿quién era ese weón que estaba arriba de un caballo en la plaza más famosa de Chile? ¿Por qué los fascistas lo quieren tanto?
Bueno, lo primero que debe saber es que el general Baquedano era un soldado de limitada capacidad táctica, famoso por promover saqueos, robos, violaciones y muerte por donde transitaba.
Estuvo a cargo de la usurpación y genocidio del Wallmapu, mal llamada pacificación de La Araucanía, luego de que el Estado de Chile rompiera los tratados pactados con las comunidades Mapuche durante la independencia.
Sí, la aristocracia latifundista, históricamente carente de principios, rompió lo pactado en el "Parlamento de Tapihue" y envió al ejército a realizar una de las labores más atroces de su historia: el genocidio Mapuche.
Uno de los encargados de comandar esa tarea fue el general Baquedano, el weón que tuvo por casi un siglo una estatua en uno de los lugares más emblemáticos del país.
Cabe recordar que el tratado de Tapihue era un tratado de paz que garantizaba una sana convivencia entre Chile y el Wallmapu:

“Los gobernadores o Caciques, desde la ratificación de estos tratados, no permitirán que ningún chileno exista en los terrenos de su dominio por convenir así al mejor establecimiento de la paz y unión, seguridad general y particular de estos nuevos hermanos.” (Tratado de Tapihue, art. 18).


Fue tan cruenta la campaña del ejército que se cifra en 70 mil los Mapuche asesinados, sin contar los cientos de miles que murieron por hambre y desolación luego de la campaña.
Posteriormente, durante la Guerra del Pacífico, Baquedano utilizó lo aprendido en el Wallmapu y dirigió en persona las batallas de Miraflores y Chorrillos, dos actos de ocupación en donde el Ejército de Chile realizó saqueos, violaciones e incendios contra la población civil.
Hay fuentes que atestiguan la crueldad de la operación. El New York Times por ejemplo recogió la protesta por el “bárbaro asesinato de numerosos extranjeros” cometido por los criminales de guerra chilenos en Chorrillos, Barranco y Miraflores. Cabe recordar que EE.UU era un país aliado en dicha guerra, aun así no pudo desconocer las atrocidades cometidas por el general y sus colegas, y alzó la voz.
Finalmente, no hay que olvidar que Baquedano traicionó al presidente Balmaceda, permitiendo que la aristocracia latifundista se consolidara en el poder en 1891, sumiendo a Chile y su clase obrera en un período de hambre y dolor.
Con esta pequeña información, podemos entender por qué la figura de Baquedano es tan importante para esos que tienen sueños húmedos con los fusiles. Baquedano es un reflejo de lo que ha sido el ejército y la élite chilena, por eso la derecha defiende su estatua.
PD: La estatua en la plaza la inauguró el dictador Carlos Ibáñez del Campo, otro genocida.

Fuentes

Ahumada, Pascual, editor. 1888. Guerra del Pacífico. Tomo V. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello.
New York Times, New York, 2 de marzo de 1881
Vargas, Moisés editor, Ministerio de Guerra de la República de Chile. 1979. Boletín de la Guerra del Pacífico 1879-1881. Santiago: Editorial Andrés Bello.


jueves, 6 de marzo de 2025

Argentina: Fallece el Gral Manuel Escalada de la Quintana

13 de diciembre de 1871

Fallece el General Manuel José Escalada de la Quintana



Con apenas 17 años se une al Regimiento de Granaderos a Caballo junto con su hermano, Mariano. Dicho Regimiento estaba bajo las órdenes de su cuñado, esposo de su hermana Remedios, el Coronel José de San Martín.



Participa del "Combate de San Lorenzo" en 1813, en donde tuvo una destacada actuación. Cuenta la Historia que ya repuesto malamente de su caída San Martín, se le acerca a éste, y lo increpa, diciéndole:
"-¡Reúna usted al Regimiento, y vayan a morir!".
Está en el Sitio de "Montevideo" en 1814.
Hizo la tercera Expedición al Alto Perú, junto con su hermano, estando presente en "Venta y Media" y "Sipe-sipe" en 1815.
Hizo el Cruce de los Andes, distinguiéndose en "Chacabuco" (12 de febrero de 1817). Es el encargado de traer el parte de la victoria hasta Buenos Aires, tardando 14 días en llegar.
Estuvo en "Cancha Rayada" y "Maypo".
Regresó a Buenos Aires en 1820, entremezclándose en las luchas internas entre unitarios y federales. Tuvo un trato tenso con el rosismo, por ser "lomo negro".
Ocupó diversos cargos públicos.
Falleció el 13 de diciembre de 1871.
Obra de Eleodoro Marenco que rememora al viaje de Escalada desde el Campo de Batalla de Chacabuco, hasta Buenos Aires, trayendo el parte de la Victoria y una bandera capturada al realista.
Cruzó montañas, nieves, ríos, desiertos, valles y llanuras, esquivando indios y bandoleros, realizando el viaje en solo 14 días, toda una proeza para la época.
Luego de Maypo, volvió a traer el parte de la Victoria a Buenos Aires. ¡Pero esta vez batió su propio récord! Lo hizo en "sólo" 12 días.

jueves, 22 de agosto de 2024

Guerras napoleónicas: El escape de Ney (2/2)

El escape de Ney (2/2)

Weapons and Warfare



 

 
En la noche del 25 de noviembre, Napoleón le ordenó construir dos puentes de 300 pies a través del Berezina para conectar con la calzada a través de las extensas marismas del otro lado.

Oudinot se embarcó en un brillante engaño: envió rezagados a otros vados río abajo para dar la ilusión de que los franceses intentarían cruzar allí. Afortunadamente, el general Eble se había negado a cumplir la orden de Napoleón de destruir todo el equipo pesado y había salvado seis vagones de equipo puente. En la noche del 25 de noviembre, Napoleón le ordenó construir dos puentes de 300 pies a través del Berezina para conectar con la calzada a través de las extensas marismas del otro lado.

Fue una operación tremendamente arriesgada y ardua, posible sólo porque el grueso de las fuerzas rusas había abandonado Cisjordania para enfrentarse a lo que creían que sería el principal lugar de cruce más al sur. Los puentes se erigieron a unos 200 metros de distancia, sostenidos por veintitrés caballetes. Estaban conectados por zapadores que hacían turnos de quince minutos durante la gélida noche en las gélidas aguas, que era todo lo que podían sostener; muchos fueron arrastrados y ahogados o murieron por exposición. Sólo sobrevivieron cuarenta de los 400 'pontonniers' que construyeron el puente. El sargento Bourgogne describió la escena: «Vimos a los valientes pontoneros trabajando duro en los puentes para que pudiéramos cruzar. Habían trabajado toda la noche, de pie hasta los hombros en aguas heladas, alentados por su general. Estos valientes hombres sacrificaron sus vidas para salvar al ejército. Uno de mis amigos me dijo que había visto al propio Emperador entregándoles vino.

A pesar de estos valientes esfuerzos, Napoleón creía que el fin era inminente. Con la artillería rusa al otro lado del río, sólo se necesitarían unos pocos disparos de artillería afortunados para destruir los puentes: la calzada que cruzaba las marismas era igualmente vulnerable. De todos modos, los grandes ejércitos rusos se estaban acercando por todos lados: el este, el norte y el sur. Kutuzov al este tenía 80.000 hombres, Wittgenstein al norte 30.000 y al otro lado del río Tchaplitz tenía 35.000. Al sur, Chichagov tenía 27.000. Incluso reforzados por Oudinot y Víctor, los franceses sólo tenían 40.000 y 40.000 rezagados. Sin embargo, Kutuzov todavía estaba a unos treinta kilómetros de distancia, involucrado en la búsqueda de la pequeña fuerza de Ney, mientras Wittgenstein y Chichagov dudaban, este último desviado por los informes de que los franceses cruzarían hacia el sur. Sorprendentemente, el 26 de noviembre, la división de Tchaplitz se retiró hacia el sur, haciendo posible cruzar el río.

Napoleón aprovechó su oportunidad. Utilizando balsas, hizo transportar a 400 hombres a través del río para tomar la orilla opuesta como cabeza de puente y limpiarla de los pocos cosacos que quedaban. A las 13.00 horas se terminó el puente de infantería y a las 16.00 horas se terminó el puente de artillería y carretas. Al día siguiente, Napoleón cruzó con la Guardia. A los rezagados se les dijo que cruzaran por la noche, pero muchos prefirieron refugiarse en el pueblo de Studzianka, en la orilla este. Resultó ser un error fatal. Esa misma noche, una división francesa cayó en medio de una tormenta de nieve hacia las líneas rusas y 4.000 hombres murieron o fueron capturados.

En la noche del 28, los tres ejércitos rusos se habían concentrado con fuerza en la orilla este, lanzando una feroz andanada de artillería contra la retaguardia francesa comandada por Víctor, Ney y Oudinot. Ney, intrépido como siempre, encabezó una carga e infligió unas 2.000 bajas a los rusos. Pero eran demasiados incluso para él: un total de 60.000 hombres ya, apoyados por el ejército de 80.000 efectivos de Kutuzov, en comparación con los 18.000 soldados franceses restantes y los 40.000 rezagados y civiles.



Mientras se llevaba a cabo esta desesperada acción de retaguardia, se desató un caos en los puentes: el puente de artillería se rompió y los que iban delante fueron empujados al río helado, mientras que los que estaban detrás luchaban por retroceder contra la presión de los refugiados y llegar al otro puente. Muchos de los civiles bajaron por la orilla del río e intentaron cruzar nadando, agarrándose a los costados de los pontones antes de ser arrastrados. Ségur escribió:

Había también, a la salida del puente, al otro lado, un pantano en el que se habían hundido muchos caballos y carruajes, circunstancia que nuevamente enfureció y ralentizó el despeje. Entonces fue que en aquella columna de forajidos, apiñados sobre aquel único tablón de seguridad, surgió una lucha perversa, en la que los más débiles y en peor situación fueron arrojados al río por los más fuertes. Estos últimos, sin volver la cabeza y huyendo apresuradamente por instinto de conservación, avanzaban furiosos hacia la meta, sin tener en cuenta los gritos de rabia y desesperación de sus compañeros o de sus oficiales, a quienes así habían sacrificado. . . Sobre el primer pasaje, mientras el joven Lauriston se arrojaba al río para ejecutar más rápidamente las órdenes de su soberano, un pequeño barco en el que viajaban una madre y sus dos hijos se volcó y se hundió bajo el hielo. Un artillero, que luchaba como los demás en el puente por abrirse un paso, vio el accidente. De repente, olvidándose de sí mismo, se arrojó al río y, con un gran esfuerzo, logró salvar a una de las tres víctimas: era el menor de los dos niños. El pobrecito seguía llamando a su madre con gritos de desesperación y se oyó al valiente artillero decirle que no llorara, que no lo había salvado del agua sólo para abandonarlo en la orilla; que no le faltaría nada; que él sería su padre y su familia.

A las ocho y media de la mañana los franceses prendieron fuego al puente para impedir el paso a los rusos:

El desastre había llegado a sus límites máximos. Una multitud de carruajes y cañones, varios miles de hombres, mujeres y niños, fueron abandonados en la orilla enemiga. Fueron vistos deambulando en grupos desolados por la orilla del río. Algunos se arrojaron a él para cruzarlo nadando; otros se aventuraban sobre los trozos de hielo que flotaban; Hubo también algunos que se arrojaron de cabeza a las llamas del puente en llamas, que se hundió bajo ellos: quemados y congelados al mismo tiempo, perecieron bajo dos castigos opuestos. Poco después, se vieron cadáveres de todo tipo amontonados contra los caballetes del puente. El resto esperaba a los rusos.


Unos 20.000 soldados franceses habían muerto junto con unos 35.000 civiles. También murieron unos 10.000 rusos.

En lo que había sido una de las escenas más terribles de la historia, el ejército francés escapó de una destrucción aparentemente completa y sobrevivió con aproximadamente la mitad de sus fuerzas anteriores. El orgullo francés había sido salvado por aquellos heroicos constructores de puentes, nueve décimas partes de los cuales habían perecido, del mismo modo que los capitanes de pequeñas embarcaciones rescatarían el orgullo británico en Dunkerque más de un siglo después.

Oudinot, uno de los héroes de la batalla, que había resultado herido, fue evacuado a una aldea en Plechenitzi; allí, él y su pequeña fuerza fueron sorprendidos por unos 500 cosacos: el mariscal, con la herida curada, salió corriendo de la casa blandiendo dos pistolas para unirse al general italiano Pino. Con siete u ocho hombres lucharon contra sus atacantes rusos, incluidos disparos de cañón, antes de ser rescatados.

La marcha de la semana siguiente por la parte trasera de la Grande Armée se vio facilitada por muchos menos ataques rusos: Kutuzov pareció retroceder en el lado oriental de la Berezina, prefiriendo no perseguir. Pero el frío volvió ahora con toda su ferocidad. Miles más murieron de frío, cayendo en la nieve o simplemente sin levantarse por la mañana. El 2 de diciembre, cuando Napoleón entró cojeando en Moldechno, sólo quedaban 13.000 hombres, aproximadamente una decimotercera parte del ejército original.


martes, 20 de agosto de 2024

Guerras napoleónicas: El escape de Ney (1/2)

El escape de Ney (1/2)

Weapons and Warfare



 
Mariscal Ney apoyando a la retaguardia durante la retirada de Moscú” 1856 por el artista Aldolphe Yvon .

retirada-ney-como-retaguardia

Michel Ney era un hombre de apariencia llamativa, cabello rojo intenso, poseedor de absoluta valentía, aunque de inteligencia limitada. Obedeció la orden de Napoleón casi demasiado tiempo, permaneciendo en Smolensk con su retaguardia de 6.000 hombres y doce cañones para retrasar el avance ruso y proteger a la principal fuerza francesa con su ciudad en movimiento de rezagados. Se encontró aislado por el ejército principal de Kutuzov, de 80.000 hombres.

Los rusos enviaron un oficial para negociar la aparentemente inevitable rendición, pero incluso cuando esto sucedía, las indisciplinadas tropas rusas abrieron fuego contra los franceses. Ney declaró furioso al oficial: 'Un mariscal nunca se rinde. No se puede parlamentar bajo fuego. Eres mi prisionero.' Ney ordenó a su vanguardia atacar por un barranco y subir por el otro lado contra las decenas de miles de rusos atónitos: y fue rechazado.

Ney se hizo cargo él mismo y dirigió personalmente a tres mil hombres en un asalto frontal. Esta vez alcanzaron la línea del frente rusa, pero fueron bloqueados por una segunda fila concentrada de tropas rusas y obligados a retroceder a través del barranco, que los rusos no se atrevieron a cruzar para atacarlos. Los hombres que le quedaban ahora se enfrentaron al ejército ruso a lo largo del camino, que de manera similar se abstuvo de atacar, creyendo que los franceses eran más fuertes que ellos. En cambio, se abrió un enorme bombardeo de artillería sobre la posición francesa, al que los seis cañones restantes de Ney respondieron valientemente, aunque débilmente.

Para consternación de sus hombres, Ney ordenó regresar a Smolensk: lo último que querían era retirarse más hacia Rusia. En el camino, Ney vio un barranco con un arroyo en el fondo: llegó a la conclusión de que debía conducir al Dniéper y decidió seguirlo, con la ayuda de un guía campesino, pensando que sus hombres estarían a salvo si podían cruzar el gran río. Ségur describió la siguiente historia heroica y espantosa:

Por fin, como a las ocho, después de pasar por un pueblo, el barranco terminó y el campesino, que caminaba primero, se detuvo y señaló el río. Imaginaron que esto debía haber sido entre Syrokorenia y Gusinoë. Ney y los que estaban inmediatamente detrás de él corrieron hacia él. Encontraron el río lo suficientemente helado para soportar su peso; Al verse obstaculizado el curso del hielo que llevaba por un repentino giro de sus orillas, el invierno lo había congelado completamente en ese lugar: tanto arriba como abajo, su superficie seguía moviéndose.

Esta observación bastó para que su primera sensación de alegría diera paso a la inquietud. Este río hostil sólo podría ofrecer una apariencia engañosa. Un oficial se comprometió por el resto: pasó al otro lado con gran dificultad, regresó y informó que los hombres y tal vez algunos de los caballos podrían pasar; pero que el resto debe ser abandonado; y no había tiempo que perder, ya que el hielo empezaba a ceder a causa del deshielo.



Pero en esta marcha nocturna y silenciosa a través de los campos, de una columna compuesta de hombres y mujeres debilitados y heridos con sus hijos, no habían podido mantenerse lo suficientemente cerca como para impedir que se separaran en la oscuridad. Ney se dio cuenta de que sólo una parte de su gente había subido. Sin embargo, podría haber superado el obstáculo, asegurando así su propia seguridad, y haber esperado al otro lado. La idea nunca pasó por su mente. Alguien se lo propuso pero él lo rechazó al instante. Dedicó tres horas a la concentración, y sin dejarse perturbar por la impaciencia ni por el peligro de esperar tanto, se envolvió en su manto y pasó el tiempo en un sueño profundo a la orilla del río.

Por fin, alrededor de medianoche, comenzó la travesía. Pero los primeros que se aventuraron sobre el hielo gritaron que se estaba doblando bajo sus pies; que se estaba hundiendo; que estaban sumergidos en el agua hasta las rodillas: inmediatamente después se oyó que aquel frágil soporte se partía con espantosos crujidos, como al romperse una escarcha. Todos se detuvieron alarmados.

Ney les ordenó pasar uno a la vez. Avanzaban con cautela, sin saber en la oscuridad si ponía los pies en el hielo o en un abismo: pues había lugares donde se veían obligados a salvar grandes grietas y saltar de un trozo de hielo a otro, a riesgo de estrellarse. cayendo entre ellos y desapareciendo para siempre. Los primeros vacilaron pero los que iban detrás seguían llamándoles para que se dieran prisa.

Cuando por fin, después de varios de estos espantosos pánicos, llegaron a la orilla opuesta y se creyeron salvados, una pendiente vertical, enteramente cubierta de escarcha, se opuso nuevamente a su desembarco. Muchos fueron arrojados hacia atrás sobre el hielo, que rompieron en su caída o que los lastimó. Según su relato, este río ruso sólo parecía haber contribuido con pesar a su fuga.

Pero lo que pareció afectarles con mayor horror fue la distracción de las hembras y los enfermos, cuando se hizo necesario abandonar, junto con todo el equipaje, los restos de su fortuna, sus provisiones y, en definitiva, todos sus recursos. contra el presente y el futuro. Los vieron desnudándose, seleccionando, desechando, retomando y cayendo con cansancio y pena sobre la orilla helada del río. Parecían estremecerse de nuevo al recordar el horrible espectáculo de tantos hombres esparcidos sobre aquel abismo, el continuo ruido de las personas que caían, los gritos de los que se hundían y, sobre todo, los lamentos y la desesperación de los heridos que, de sus carros, extendieron sus manos a sus compañeros y rogaron que no los dejaran atrás.

Su líder decidió entonces intentar el paso de varios carros cargados con estas pobres criaturas; pero en medio del río el hielo se hundió y se separó. Entonces se oyeron, procedentes del abismo, gritos de angustia largos y penetrantes; Luego, débiles gemidos ahogados y, finalmente, un silencio espantoso. ¡Todos habían desaparecido!

Sólo 3.000 soldados y unos 3.000 rezagados lograron cruzar: otros tantos se habían perdido en la marcha y en el cruce.

Los supervivientes marcharon en tropel durante la noche hasta un pueblo llamado Gusinoë que, sorprendentemente, estaba bien abastecido y cuyas casas de madera proporcionaban un respiro que necesitaban desesperadamente. Pero mientras descansaban, una fuerza de unos 6.000 cosacos al mando del general Platov apareció desde el bosque, amenazándolos. Ney ordenó a sus hombres que salieran de sus refugios y colocó despiadadamente a los rezagados entre sus soldados y el enemigo, que ahora se abrió con artillería ligera.

Durante dos días, las dos fuerzas marcharon en paralelo a lo largo de las orillas del Dnieper, mientras los 1.500 franceses restantes eran seguidos por los 6.000 cosacos. De repente, una ráfaga de mosquetería y artillería se abrió contra los franceses desde un bosque; pero Ney ordenó a sus hombres cargar directamente contra el fuego y los cosacos se retiraron. Los franceses cruzaron otro río más pequeño en fila india bajo el fuego cosaco, pero Ney volvió a atacar al enemigo. Se trasladaron más al sur al día siguiente. De Beauharnais salió por fin de Orsha para darles una escolta segura durante los últimos kilómetros. Napoleón saltó de alegría cuando escuchó que Ney había sido salvado. Entonces he salvado mis ojos. Antes hubiera dado 300 millones de mi tesoro antes que perder a un hombre así.'

A pesar de estas buenas noticias y de que los franceses obtuvieron el resto en Orsha, ahora se estaba tendiendo una trampa mortal. El almirante Chichagov, que había tomado Minsk, estaba ahora decidido a aniquilar finalmente a los franceses: tenía la intención de apoderarse y destruir el único puente que cruzaba el Berezina en Borisov antes que las fuerzas francesas. Los franceses ya habían quemado los puentes que cruzaban el Dnieper detrás de ellos. La vanguardia de Napoleón desde Minsk había viajado a Borisov en un intento de asegurar el puente, encontrándose con otras tropas francesas, polacas y alemanas.

El 21 de noviembre de 1812 estas fuerzas se enfrentaron a un abrumador ejército ruso. Aunque lucharon furiosamente, finalmente se vieron obligados a retirarse hacia los restos de la Grande Armée en Orsha. Desde allí Napoleón había partido a través de una nieve cegadora que había convertido los caminos en un atolladero. Cuando Napoleón se enteró de la captura de Borisov, exclamó en voz alta, mirando hacia arriba: "¿Está escrito arriba que ahora no cometería más que faltas?" Ordenó que el resto de la caballería avanzara sobre los pocos caballos que no habían sido devorados ni muertos, en un "escuadrón sagrado" que actuaría como guardaespaldas personal. Parece claro que creía que el fin estaba cerca, tanto para su ejército como para él mismo, y tenía intención de morir luchando.

Oudinot, sin el conocimiento de Napoleón, salió con un grupo de búsqueda de alimento y sorprendió a los rusos en Borisov, obligándolos a cruzar el puente que cruzaba el Berezina; pero Oudinot no pudo evitar que la ciudad fuera incendiada. Los franceses quedaron atrapados. Entonces surgió un rayo de esperanza: se había descubierto un vado a través del enorme río, que normalmente en esta época del año estaba helado pero que ahora era una gran corriente que llevaba enormes bloques de hielo. Esto fue en Studzianka, donde el río tenía sólo seis pies de profundidad; el vado tenía unos 100 metros de ancho.

Tanto los hombres de Oudinot como el mariscal Víctor, que había sido rechazado por el general ruso Wittgenstein en el norte, llegaron para reforzar a Napoleón: estas tropas relativamente frescas quedaron consternadas al presenciar el lamentable estado de la Grande Armée de Napoleón. Ségur escribió:

Cuando en lugar de aquella gran columna que había conquistado Moscú, sus soldados vieron detrás de Napoleón sólo un séquito de espectros cubiertos de harapos, pellizas femeninas, trozos de alfombra o mantos sucios, medio quemados y acribillados por el fuego, y sin nada en sus pies más que harapos. de todo tipo, su consternación fue extrema. Parecían aterrorizados al ver a aquellos desventurados soldados, mientras desfilaban ante ellos con cadáveres flacos, rostros negros de tierra y horribles barbas erizadas, desarmados, desvergonzados, marchando confusamente con la cabeza inclinada, los ojos fijos en el suelo y silenciosos, como una tropa de cautivos. Pero lo que más les asombró fue ver el número de coroneles y generales dispersos y aislados, que parecían sólo ocupados en sí mismos, sin pensar más que en salvar los restos de sus bienes o de sus personas. Marchaban desordenados con los soldados, que no los notaban, a quienes ya no tenían órdenes que dar, y de quienes no tenían nada que esperar: todos los vínculos entre ellos estaban rotos y toda distinción de rangos borrada por la miseria común. .

Napoleón agradeció ser reforzado por los dos pequeños ejércitos que lo flanqueaban: el suyo se había reducido de 100.000 a 7.000 hombres, quizás una de las tasas de desgaste más terribles de la historia, sin sufrir una sola derrota. Víctor tenía 15.000 hombres y Oudinot 5.000. Pero todavía había 40.000 rezagados, refugiados, mujeres, niños y heridos detrás.

jueves, 4 de julio de 2024

Biografía: Eustoquio Frías, el granadero de San Martín que llegó a general

El granadero Eustoquio Frías que llegó a general







EL 20 DE SEPTIEMBRE DE 1801, EN CACHI, SALTA, NACE EUSTOQUIO FRÍAS, GRANADERO DE SAN MARTÍN, QUIEN LLEGARÍA AL GRADO DE TENIENTE GENERAL DEL EJÉRCITO ARGENTINO, Y FUE EL ÚLTIMO GRANADERO QUE VIO BUENOS AIRES: "...LA PATRIA ERA POBRE Y YO TAMBIÉN."

Eustoquio Frías fue el último de los jefes del Ejército de los Andes que vio Buenos Aires. Un día le preguntó el presidente de la Nación Argentina, Caros Pellegrini, si aún conservaba alguna de sus espadas usadas en las campañas Libertadoras, y Frías le contestó con voz pausada: "No, aunque he cuidado mucho mis armas, porque la Patria era pobre y yo también. El sable que me regaló Necochea en Mendoza, lo rompí en Junín. Ya estaba algo sentido...."
Nacido el 20 de septiembre de 1801 en Cachi, Salta, Virreinato Español del Río de la Plata, era hijo del comandante Pedro José Frías Castellanos, que perdió una pierna en la batalla de Tucumán, y de la patriota María Loreto Sánchez Peón y Ávila, junto con Juana Moro una de las líderes de la organización de espionaje constituida por las salteñas. En esa batalla, por orden del mismo general Manuel Belgrano, el niño se dedicó a alcanzar agua a los soldados de la artillería patriota.



Tuvo contacto por primera vez con el Regimiento de Granaderos a Caballo en 1814, época en que el entonces coronel José de San Martín era Jefe del Ejército del Norte, y juró que algún día iba a pertenecer a mismo. Cuando su familia se mudó a San Juan, antes de cumplir los 15 años se incorporó como cadete a los Ganaderos, en marzo de 1816, gracias al padrinazgo del comandante Mariano Necochea, que había conocido a su padre durante las campañas del Alto Perú, aunque no participó en el Cruce de los Andes ni en la campaña de Chile.
No obstante en 1818 fue trasladado a Chile con el último Batallón de Granaderos y participó de la campaña de Chillán, o segunda del sur de Chile. Hizo la campaña del Perú y participó de las campañas de la sierra, de Quito, de Puertos Intermedios y de Ayacucho, y en las batallas de Nasca, Cerro de Pasco, Callao, Riobamba y Pichincha, en todos los casos a órdenes del coronel Juan Lavalle.
Cuando Lavalle regresó a Lima, dejó los Granaderos a cargo de Frías, que los llevó hasta la capital peruana unos meses más tarde. Hizo toda la campaña del Perú, fue de la primera y segunda expedición a la sierra, a las órdenes de Arenales, se batió en Nazca y en cerro de Pasco. Concurrió al asalto del Callao, a la campaña de Quito y fue uno de los noventa y seis granaderos con que Lavalle cumplió la hazaña de Riobamba. Lo condecoraron en Pichincha. Volvió a Lima conduciendo a los granaderos que habían quedado en la capital del Ecuador. A mediados de enero de 1823 combatió en Chunchanga, donde una bala le cruzó el brazo derecho. En 1824 formó entre los 120 granaderos que se incorporan al Ejército de Simón Bolívar en Huarar. Con ellos llegó hasta la batalla de Junín.
En la batalla de Ayacucho fue una de las 80 lanzas, todas en manos de granaderos argentinos, que participaron en la victoria; y allí fue herido de un bayonetazo en la rodilla.
Regresó a la Argentina en diciembre de 1825, como bien se reflejó el 25 de diciembre de 1825 cuando se publicó la noticia de que había llegado a Mendoza, conducido por el coronel Félix Regado (o Bogado), el "resto del Ejército de Los Andes, después de nueve años de campaña", y se dio la lista de los diecinueve o veinte "sobrevivientes", entre los cuales figuraba el portaestandarte Eustoquio Frías. Estos restos del Regimiento de Granaderos arribaron a Buenos Aires en febrero de 1826, y allí la unidad fue disuelta; no obstante Frías se incorporó a la campaña del Brasil en el Regimiento de Caballería N° 16, a órdenes de Olavarría, luchando en el Ombú. En la batalla de Ituzaingó combatió a órdenes del coronel Juan Lavalle, siendo ascendidos ambos al término de la batalla; Lavalle alcanzó el grado de general, y Frías el de capitán.



A su regreso a Buenos Aires, acompañó a Lavalle en la revolución contra Manuel Dorrego y en la guerra contra Juan Manuel de Rosas; luchó en Navarro y Puente de Márquez. Permaneció en Buenos Aires cuando Lavalle se exilió, y fue destinado a la frontera oeste con los indígenas.
A fines de 1830, cuando se estaba organizando la campaña contra la Liga del Interior, Frías fue convocado para la misma. Pero escribió al gobernador Rosas, pidiéndole su pase a retiro, ya que, según su puño y letra, "pertenezco al partido contrario al de V.E. y mis sentimientos tal vez me obliguen a traicionarle, y para no dar un paso que me desagrada, suplico a V.E. se digne concederme el retiro."
Rosas lo llamó -según Ibarguren- para manifestarle "que le agradaba su franqueza", le donó quinientos pesos, le concedió el retiro y le aseguró que en caso de necesidad lo buscara -"no al gobernador, sino a Rosas"- pues no lo iba a olvidar.
Permaneció en Buenos Aires, dedicado al comercio. Cuando la presión de los partidarios de Rosas se hizo insostenible, en 1839 se exilió en Montevideo, desde donde pasó a la provincia de Entre Ríos, incorporándose al ejército de Lavalle.
Fue uno de los oficiales del segundo ejército correntino contra Rosas, combatiendo en las batallas de Don Cristóbal, Sauce y Quebracho Herrado. El general Lavalle lo nombró segundo jefe de la división del coronel José María Vilela, destinada a la campaña de Cuyo, con el grado de teniente coronel. En la derrota de Sancala fue tomado prisionero y conducido a pie hasta Buenos Aires.
Durante ocho meses permaneció encerrado en un calabozo del cuartel de Retiro, hasta que fue liberado por pedido expreso del jefe de la escuadra francesa del Río de la Plata.
En marzo de 1842 se fugó a Montevideo, donde participó de la defensa de la ciudad durante el sitio impuesto por el general Manuel Oribe. Luego pasó a Corrientes a órdenes del general José María Paz, y se quedó allí después de las desavenencias entre éste y los Madariaga. Participó en la batalla de Vences y (tras la derrota) huyó al Paraguay.
Regresó al Uruguay cuando le llegó la noticia de la rendición de Oribe. Se incorporó al Ejército Grande de Urquiza y participó en la batalla de Caseros. Apoyó la revolución del 11 de septiembre de 1852 y la defensa contra el sitio de Buenos Aires impuesto por los federales.
Fue destinado como comandante a la frontera oeste, con sede en Salto, y realizó varias campañas contra los indígenas a órdenes de Emilio Mitre. Mandó en jefe una importante campaña hacia la sierra de la Ventana en 1858, que no obtuvo resultados satisfactorios.
Participó en la victoria porteña en la batalla de Pavón, tras la que fue ascendido al grado de general, y regresó a la frontera.



No fue admitido en la guerra del Paraguay por su avanzada edad, salvo en breves misiones de intendencia y administración. Después de la batalla de Tuyutí fue ascendido al grado de general de división. Pero, ¡molesto porque no se le permitía luchar!, pidió el pase a retiro.
Fue ascendido a teniente general en retiro en 1882. Dos años más tarde, fue nombrado comandante de la Guarnición Militar Buenos Aires, un cargo puramente administrativo.
Destaca de esa época una fotografía de él junto a un moreno asistente, tomada por Witcomb, pudiéndose leer al dorso de la misma “Dedicada en recuerdo de amistad a la amable y simpática señorita Brígida López”, y firmada “Eustoquio Frías”, con fecha: “Buenos Ays. Enero 28 de 1886”.
Aún ocupaba el cargo de comandante de la Guarnición Militar Buenos Aires cuando se sucedió la golpista revolución radical de 1890, pero no tuvo actuación alguna en la misma. Pasó definitivamente a retiro en diciembre de ese año.
Falleció en Buenos Aires el 16 de marzo de 1891, descansando sus restos durante 40 años en el Cementerio de la Recoleta, hasta ser trasladados a la ciudad de Salta, donde aún permanecen hoy, en el Panteón de las Glorias del Norte, de esa ciudad.


jueves, 2 de mayo de 2024

Argentina: El linaje Justo

El Linaje Justo




El comerciante y marinero genovés Giovanni Battista Giusto en compañía de su esposa, la andaluza, Salvadora Morales Becerra, en una fotografía tomada en Gibraltar. Giusto y Morales eran los bisabuelos del general Agustín P. Justo, presidente de la Nación entre 1932 y 1938, y del dirigente socialista Juan Bautista Justo, y tatarabuelos del general Alejandro Agustín Lanusse, presidente de facto de la Nación entre 1971 y 1973.



Los hermanos Agustín Pedro (1803-1874) y Francisco Domingo Justo (1808-1883), llegaron a Buenos Aires desde su Gibraltar natal en 1826 con pasaporte británico y como súbditos del rey Jorge III. En la fotografía se puede ver el documento expedido por el consulado británico de Buenos Aires que dejaba exento de realizar el servicio militar obligatorio al gibraltareño Agustín Pedro Justo, datado el 28 de marzo de 1831.



En 1838, Agustín Pedro Justo se establecería en la ciudad de Goya, en la provincia de Corrientes, donde se casaría con Victorina Rolón, hija de familias tradicionales de esa localidad. En Corrientes logró llegar a ser un hombre de fortuna y se convirtió en estanciero teniendo varias tierras tanto en Corrientes como en la provincia de Buenos Aires, teniendo sus estancias en los partidos de Lomas de Zamora y San Fernando. En 1866 figuró su firma en el acta de fundación de la Sociedad Rural Argentina.





Con Victorina Rolón tuvo siete hijos, entre ellos Agustín P. Justo (h), que sería gobernador de la provincia de Corrientes entre 1871 y 1872, uno de los hombres mas importantes del mitrismo y del Partido Liberal en la provincia. Justo en su infancia había sido alumno de Camila O'Gorman, fusilada por orden de Rosas en 1848, siguió estudios secundarios en Uruguay y luego se trasladó a Buenos Aires para seguir la carrera de derecho. Simultáneamente se dedicó al periodismo fundando el diario La Patria, el primero editado en Goya y en toda la provincia, y luego La Esperanza. Fue diputado provincial a principios de la década de 1860, durante el cargo colaboró en la redacción de la ley de tierras de Corrientes, así como del Código del Superior Tribunal de Justicia de la provincia, junto con Juan Eusebio Torrent y Juan Lagraña.




Al cabo de su mandato obtuvo una banca de diputado nacional; proyectó un puente entre Paso de los Libres y Uruguayana que finalmente inauguraría su hijo como presidente y que hoy lleva su nombre. Acompañó al ejército del coronel Santiago Baibiene, gobernador de la provincia, como corresponsal de guerra cuando éste se puso al frente de las tropas que acompañaron al Regimiento VII de Infantería, comandado por Julio Argentino Roca, en su regreso de la guerra del Paraguay para hacer frente a la insurrección de Ricardo López Jordán, al que derrotaron en la batalla de Ñaembé. A fines de ese año fue elegido gobernador de Corrientes como sucesor de Baibiene; asumió el 25 de diciembre de 1871, sin embargo, menos de dos semanas más tarde, el 9 de enero de 1872 una revolución antimitrista encabezada por el coronel Desiderio Sosa lo depuso.



Justo se exilió en Entre Ríos, donde se afincaría en Concepción del Uruguay. En 1880 se mudó con su familia a la provincia de Buenos Aires, al ser nombrado juez en la Cámara de Apelaciones de Dolores; siete años más tarde se trasladaría a la de San Nicolás, donde ejercería hasta su muerte. En 1890 lideró localmente el movimiento de oposición a Miguel Juárez Celman, y encabezó los actos en ocasión de su renuncia. En 1896 fue rechazada una propuesta de nombrarlo ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación debido a su mala salud, de la que terminaría sucumbiendo en noviembre de 1896. Justo también fue Gran Maestre de la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones entre 1877 y 1879.




Durante el exilio de la familia Justo en Concepción del Uruguay, nacería su tercer hijo, Agustín Pedro, que se convertiría en general del ejército argentino, ingeniero, presidente de la Nación en el periodo 1932-1938 (poco más de cien años después de la llegada de su abuelo al país), y en actor principal de la política nacional de aquellos años.





Virginia Catalina Justo, otra de las hijas del gibraltareño Agustín Pedro, se casaría con el hacendado, comerciante y dirigente mitrista porteño Antonio Lanusse, con quien tendría doce hijos, entre ellos Luis Gustavo, que sería el padre del general Alejandro Agustín Lanusse, presidente de facto de la Nación entre 1971 y 1973.





Francisco Domingo Justo, hermano de Agustín Pedro con quien llego a la Argentina en 1828, fue un prospero comerciante en Buenos Aires. Llegó con suficiente capital y pronto estableció y fue dueño de un molino en el barrio porteño de San Telmo. Sus negocios prosperaron y con ellos alcanzó una gran fortuna. Con ese dinero que había ganado organizó junto con otros dos ciudadanos británicos, de apellidos Halle y Atkinson, una célula antirrosista que se ocupaba de sacar clandestinamente unitarios de Buenos Aires.



El 3 de abril de 1840 se jugó la vida al salvar de la persecución de Rosas a varios conspiradores, entre ellos el general José María Paz, y al ser descubierta su actuación, debió emigrar a Montevideo, al ser advertido de que iba a ser asesinado por la Mazorca.




Justo se casaría con la porteña Sixta Olavarría en 1834, con quien tuvo trece hijos, entre ellos Juan Felipe, que fue un estanciero en Tapalqué y dirigente político del Partido Autonomista y luego de la Unión Cívica durante las jornadas de la Revolución del Parque. En 1865 vería el nacimiento de su nieto llamado Juan Bautista Justo, que con los años se convertiría en uno de los principales cirujanos del país, y más tarde el líder y fundador del Partido Socialista, además de senador y diputado de la Nación.

 

jueves, 4 de enero de 2024

Argentina: Lanusse, su gobierno, su oposición al golpe del 76 y su muerte

A 27 años de la muerte de Lanusse: el “error más grave” que cometió y la persecución que sufrió de Videla


El 26 de agosto de 1996 falleció quien fue presidente de facto en los albores de la década del ‘70. Su vida ligada al Ejército. Su cárcel luego del intento de golpe contra Perón. Su cercanía con los radicales. Las críticas a la dictadura del ‘76 y la sanción que recibió


Alejandro Agustin Lanusse

Hoy, hace 27 años y un día, falleció el teniente general Alejandro Agustín Lanusse. Integró una familia que llevaba varias generaciones en la Argentina y estaba muy ligada a la industria agrícola y ganadera. Ingresó al Colegio Militar de la Nación el 6 de marzo de 1935, egresando a la edad de 19 años como subteniente del Arma de Caballería el 30 de julio de 1938. Siendo un joven oficial participó en la asonada militar contra el gobierno de Juan Domingo Perón en septiembre de 1951. Perón diría “una chirinada”. Ello le valió permanecer preso en una cárcel en el helado sur argentino, hasta septiembre de 1955, cuando la “Revolución Libertadora” derrocó a Perón. Estuvo detenido en la Penitenciaría de la avenida Las Heras, en la cárcel de Rawson y posteriormente en la cárcel de Río Gallegos, época en la que según Lanusse era controlado, hasta en su correspondencia, por el jefe de la guarnición, el “justicialista” coronel Carlos Rojas, hermano del almirante Isaac Francisco Rojas. Los relatos sobre sus días de prisión algún día merecerán contarse, en especial por los sacrificios de Ileana Bell, su esposa e hijos, para comunicarse con el “recluso”.

En mayo del 72, como presidente de facto, Lanusse visita su vieja celda en Río Gallegos

Fue jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo en 1955, durante la corta presidencia de Eduardo Lonardi. Luego fue designado Agregado Militar en México. A su vuelta fue ascendiendo en la jerarquía militar - sumergido en los enfrentamientos castrenses de la época y vio cómo gobiernos civiles (Frondizi, Guido e Illia) se derrumbaban en medio de planteos y exigencias de las Fuerzas Armadas. El 31 de diciembre de 1962 asciende a general de brigada. No “gambeteó” ninguna de las crisis que asolaron la Argentina de esos años. No era hombre para pasar desapercibido, hacerse el distraído, ni de esconder sus opiniones, sea a quien sea. Equivocadas o ciertas. Me solía decir que “en los momentos clave hay que tener actitudes”. Y vaya si las tuvo. Por ejemplo, en agosto de 1976, en plena gestión de Jorge Rafael Videla fue sancionado por publicar una severa carta al general Acdel Vilas, quien acusaba a Gustavo Malek (ex Ministro de Educación de Lanusse) de tener afinidades con la subversión.

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Sanción de Videla a Lanusse por “dar a publicidad una carta dirigida a un Oficial Superior en actividad, en la que se arroga facultades que son responsabilidad del Comandante en Jefe del Ejército”

“Cano”, como le decían sus íntimos, por cuna un conservador con afinados contactos familiares, su madre era una Gelly Cantilo, con el Partido Radical. Con el tiempo, ya como Presidente de la Nación, se dio el lujo – si así se lo puede calificar – de una excentricidad de la época, decir, durante una visita a Lima, que su gobierno era de “centro izquierda”. Tuvo un papel preponderante dentro del generalato que llevó a Juan Carlos Onganía a la presidencia de la Nación, luego del derrocamiento del presidente constitucional Arturo Illia. En ese tiempo, Lanusse era el jefe de Operaciones del Estado Mayor del Ejército. Años más tarde reconocería que haber participado en el golpe era “el error más grave” que había cometido. Ya como comandante en Jefe del Ejército y miembro de la Junta Militar decidió la remoción de Onganía, la designación de Roberto Marcelo Levingston y a los pocos meses su remoción. ¿Cómo se explica esto? En una ocasión, el general Rafael Panullo, secretario general de la Presidencia durante la gestión de Lanusse, me relató (y más tarde me lo ratificó el propio Lanusse) que durante 1970 lo convocó su superior inmediato y le pidió que analizara quién podía ser el reemplazante de Juan Carlos Onganía. Trabajó con el coronel Colombo y elaboraron un documento de 3 carillas donde la conclusión “elemental” era que “la única persona que no podía reemplazar a Onganía era Lanusse, para que no se repitiera la cadena de golpes… y porque además cuando Lanusse asumió la jefatura del Ejército, el 28 de agosto de 1968, a la edad de 50 años, dijo que no quería ser nada más que Comandante en Jefe del Ejército”.

“En esas reuniones para analizar quién sería el sucesor de Onganía, el almirante Pedro Gnavi –que había estado con Levingston en Washington—propuso su nombre y el brigadier Rey aceptó de inmediato, para bloquear a Lanusse. Estas reuniones fueron en una residencia de la Fuerza Aérea en Ezeiza. Esto fue un sábado y el domingo citaron a los generales para informarlos. Y cuando se enteraron, algunos consideraron que tenían más méritos. Había en ese momento 10 generales “pesados” y nadie pensó en Levingston, sino en Tomás Sánchez de Bustamante, Alcides López Aufranc, Mario Aguilar Pinedo, Juan Carlos Sánchez. Al enterarse Sánchez pidió su retiro de la fuerza, pero Lanusse no lo aceptó. Más tarde, Levingstone le reprocharía no haberlo pasado a retiro. Le tocó a Juan Carlos Sánchez reemplazar al general Roberto Fonseca en el Comando del Cuerpo de Ejército II, el 17 de diciembre de 1970, y su área de competencia bullía entre la intranquilidad social y la actividad de las organizaciones guerrilleras. Ya se habían sufrido los efectos de dos convulsiones que llamaron “Rosariazo”. En abril de 1972, Sánchez sería asesinado por un comando conjunto del PRT-ERP y las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Levingston jura como presidente de la Nación, el 18 de junio de 1970. Detrás, Lanusse

El período de Roberto Marcelo Levingston fue corto, plagado de intrigas palaciegas, desinteligencias y la cotidiana violencia subversiva que aparecía siempre por detrás de la crispación ciudadana. No pasaron muchas semanas de gestión cuando el Delegado Jorge Daniel Paladino le escribe a Perón, en Puerta de Hierro: “La situación política general evoluciona rápidamente (…) Ya está el desacuerdo entre Levingston y Lanusse. No se ha llegado todavía al enfrentamiento pero la lucha por el poder ya está planteada. Levingston quiere ‘sacarse de encima’ a la Junta pero, por supuesto, no muestra sus cartas. Su problema lo lleva al seno del Ejército; la batalla se va a librar ahí.”

Levingston abandona la Casa Rosada tras su derrocamiento

El 29 de septiembre de 1970, Levingston – que seguía sin darse cuenta que el poder residía en la Junta de Comandantes-- pronunció un discurso que dio por tierra con todo lo que se había sostenido para terminar con el “onganiato”. Dijo por Cadena Nacional que “la disolución de los partidos políticos, concretada por la Revolución Argentina, es, para este gobierno una decisión irreversible”. Como un signo de esos momentos, en septiembre de 1970 Perón se carteó con Ricardo Balbín y el 11 de noviembre de 1970 se creó en la casa del “independiente” Manuel Rawson Paz el agrupamiento La Hora del Pueblo. El martes 13 de octubre de 1970, el Ministro del Interior, Eduardo Mac Loughlin, abandonó el gabinete de Levingston. “Creo que con esto comienza una crisis que puede desembocar en cualquier cosa”, opinó Paladino, porque “Mac Loughlin representa la posición de la Junta de Comandantes en cuanto a la salida política prometida el 8 de junio. Levingston está directamente en la vieja trampa de quedarse él y preparar lo que prepararon todos, el sueño de robarle el peronismo a Perón. En este sentido no nos conviene la ida de Mac Loughlin. Pero esto es un tembladeral y tiene relación directa con la situación militar…”

El martes 2 de marzo de 1971, Lanusse asumió la presidencia de la Junta de Comandantes en Jefe e inmediatamente comenzó a pulsar la opinión de los mandos superiores del Ejército sobre el estado del país. “La sociedad está cansada”, opinó por escrito, Alcides López Aufranc (prueba que tengo), el jefe del Cuerpo III. El 12 de marzo de 1971 se dio el “Viborazo” en Córdoba, armado contra el interventor José Camilo Camilo Uriburu y de ahí en más se sucedieron una serie de hechos que llevaron al aislamiento absoluto de Levingston.


Últimas palabras de la reunión de Levingston y la Junta Militar en que se pretendió relevar a Lanusse

Durante el último encuentro del Presidente de facto con los tres comandantes en Jefe, del 22 de marzo de 1971, que comenzó a las 17.30 en la Sala de Situación de la Casa de Gobierno a solicitud de la Junta Militar, Levingston intento la detención de Lanusse, pero el 23 de marzo, a las dos y diez de la madrugada, presentó su renuncia. Todo fue seguido con un gran desinterés por la sociedad. La cumbre entre Levingston y la Junta Militar fue grabada y transcripta en 60 páginas, y resulta ser la apología del disparate. El general Rafael Panullo me lo contó así: “El final de Roberto Levingston fue cuando le ordenó al general Horacio Rivera que metiera preso a Lanusse con pistola en mano. Luego citó a Jorge Corchito Cáceres Monié (en 1975 asesinado por Montoneros) y lo nombró Comandante en Jefe. El jefe militar designado dijo a sus íntimos: Me voy a hacer cargo para reponer a Lanusse.”

La Junta de Comandantes reasumió el poder y Alejandro Lanusse ocuparía el despacho presidencial de la Casa Rosada el viernes 26 de marzo cuando juró como el último presidente de facto de la Revolución Argentina. Así se hizo cargo Lanusse, el último caudillo militar del Siglo XX y las Fuerzas Armadas comenzaron a planear entonces una retirada decorosa del poder. Lanusse dijo: “cuando llegué a la Revolución Argentina ya había transitado, en la soledad, por dos etapas. Y así llegué debilitado al poder, porque estaba debilitada, confundida, desorientada, la estructura en la que yo me apoyaba”.

Lanusse en sus últimos años, en familia tomando mate

En el gabinete del nuevo mandatario se destacaban cuatro figuras Arturo Mor Roig, Ministro del Interior; Francisco “Paco” Manrique, Ministro de Bienestar Social; Jacques Perriaux, Ministro de Justicia (e inspirador de la Cámara Federal Penal de la Nación que terminó con las incipientes “patotas” y juzgo a los terroristas con la ley en la mano) y Luis María de Pablo Pardo, Ministro de Relaciones Exteriores, con el que puso fin a “las barreras ideológicas” en la escena internacional.

Frecuente al ex presidente de facto a partir de enero de 1978 gracias a una gestión del teniente coronel (R) Arnoldo Díaz, por la persecución del que era víctima por parte del gobierno de Videla. En particular le achacaban haber sido el responsable de la vuelta definitiva de Perón a la Argentina, pero yo intuía que había cuestiones de otro tipo. Como ya no sabían cómo pegarle lo hicieron único responsable del Acuerdo del Beagle de 1971 con el chileno Salvador Allende y yo le llevé las pruebas de que no era así. Antes de mí dos miembros de mi familia lo habían tratado: Mi padre cuando intentó lograr su libertad en 1953 y mi hermano Ricardo que trabajó con Arturo Mor Roig. Entre las tantas liberalidades que me tomé con Lanusse fue invitarlo a mi casa a almorzar y mantener un ameno diálogo con los justicialistas Jorge Antonio y el teniente (R) Julián Licastro y el militar Arnoldo Díaz. La última fue cuando falleció y el gobierno de Carlos Menem se hizo el distraído; el Ministro de Defensa no participó en nada y solo asistió el viceministro Jorge Pereyra de Olazábal a una ceremonia en el Regimiento Patricios. Fui a despedirlo al Regimiento de Granaderos donde lo velaban. Como era conocido, el periodismo se me vino encima a la salida de la unidad. Me bajé de mi automóvil, me preguntaron qué hacía ahí y solo me limité a responder: “Era un amigo de mi familia, también mío a pesar de la diferencia de edad. Vine a despedir a una persona que con sus aciertos y sus errores quiso mucho a la Argentina y, fundamentalmente, vine a despedir a un hombre honrado.”