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viernes, 6 de julio de 2018

SGM: Hitler murió definitivamente en 1945 según sus dientes

Hitler definitivamente murió en 1945 según un nuevo estudio de sus dientes




"Podemos detener todas las teorías de la conspiración sobre Hitler. Él no huyó a la Argentina en un submarino, no está en una base oculta en la Antártida o en el lado oscuro de la luna", dijo el profesor Philippe Charlier

Phys.org

Adolf Hitler definitivamente murió en 1945 en Berlín, de tomar cianuro y una bala, según investigadores franceses a los que se les dio acceso poco frecuente a los fragmentos de los dientes del dictador en Moscú.


"Los dientes son auténticos, no hay ninguna duda. Nuestro estudio prueba que Hitler murió en 1945", dijo el profesor Philippe Charlier a la AFP.

"Podemos detener todas las teorías de la conspiración sobre Hitler. Él no huyó a la Argentina en un submarino, no está en una base oculta en la Antártida o en el lado oscuro de la luna", dijo Charlier.

El estudio, que Charlier es coautor de otros cuatro investigadores, fue publicado el viernes en la revista científica European Journal of Internal Medicine.

El análisis de los dientes malos de Hitler y de numerosas dentaduras postizas encontró depósitos de sarro blanco y no rastros de fibra de carne: el dictador era vegetariano, dijo Charlier.

En marzo y julio de 2017, el servicio secreto de Rusia, el FSB y los archivos estatales rusos, autorizaron a un equipo de investigadores a examinar los huesos del dictador, por primera vez desde 1946, dijo.

El equipo francés pudo ver un fragmento de cráneo presentado como del Fuhrer, que mostraba un agujero en el lado izquierdo que con toda probabilidad fue causado por el paso de una bala.

Los científicos no estaban autorizados a tomar muestras de este fragmento.

Tal como está, la morfología del fragmento era "totalmente comparable" a las radiografías del cráneo de Hitler tomadas un año antes de su muerte, encontró la investigación.

Si este estudio confirma la opinión generalmente aceptada de que Hitler murió el 30 de abril de 1945 en su búnker de Berlín con su compañera Eva Braun, también arroja nueva luz sobre las causas exactas de la muerte, dijo Charlier.

"No sabíamos si había usado una ampolla de cianuro para suicidarse o si se trataba de una bala en la cabeza. Probablemente ambas cosas sean así", dijo.

El examen de los dientes no encontró rastros de polvo, lo que indica que no había un revólver en la boca, más probablemente el cuello o la frente.

Del mismo modo, los depósitos azulados que se ven en sus dientes postizos podrían indicar una "reacción química entre el cianuro y el metal de las dentaduras postizas", dijo el investigador.

Charlier, un especialista en antropología médica y legal, también participó en el análisis del corazón momificado de Richard Corazón de León.

domingo, 1 de julio de 2018

PGM: Harold Duggan, un héroe irlandés argentino en las trincheras


El héroe argentino que sobrevivió a las trincheras de la Primera Guerra Mundial

La Nación

Debía ser la última guerra, la que iba a resolver todos los pleitos. Y sería breve. Los soldados rasos se despedían de sus novias, con besos apasionados, en los muelles del puerto y los andenes del tren. Los oficiales contaban con una victoria rápida, segura y aplastante. Y los políticos de las grandes capitales europeas, de París a Berlín y de Londres a Viena, soñaban con la rendición incondicional del enemigo, para dejar en claro quién era el más fuerte.

Pero se equivocaban. Miles, millones de jóvenes combatientes y civiles de todas las edades no volverían a ver la luz del día. Fueron arrastrados por el vértigo de un conflicto interminable, que arrasó en unos meses con las ingenuas previsiones trazadas en las salas de guerra.



Pasada la sorpresa, cuando ya estaban claros los tantos, el argentino Harold Duggan, de familia irlandesa, decidió dejarlo todo y entrar al conflicto enrolándose en el ejército británico. Las fuerzas alemanas avanzaban en Europa y no planeaban detenerse. Pero Harold, a sus 18 años, estaba entre quienes estaban dispuestos en demostrarles su error.


Harold Duggan, el segundo (de izquierda a derecha) en la fila de adelante, junto a otros oficiales del ejército británico Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero/AFV

"Nunca habló con su familia sobre la guerra, no hubo bajada de línea a sus hijos de cómo fueron las cosas. Sólo estaban las cartas y algunas anécdotas", dijo a La Nación uno de sus nietos, Paul Duggan, que estudió a fondo esos años oscuros de trincheras, bombas y gases.

Paul quería saber quién era ese ancestro aventurero que de pronto, a los 18 años, dejó la seguridad de una carrera universitaria, en Londres, para saltar a los pozos infectos de las trincheras en el norte de Francia, convertidas en el hábitat natural de los soldados de los dos bandos.

Y así fue descubriendo cómo fue que Harold llegó a obtener esas tres grandes condecoraciones de las que se hablaba en la familia, de generación en generación, y que lo hicieron casi con seguridad el argentino más condecorado por el gobierno británico en esa guerra lejana: obtuvo dos veces la Military Cross y una la Distinguished Service Order.


Paul Duggan, nieto de Harold, con algunas de las medallas con las que fue condecorado Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero/AFV

No hay consenso sobre cuántos combatientes partieron de la Argentina a pelear en el teatro de guerra europeo. Pero fueron decenas de miles, la mayoría descendientes de inmigrantes de las naciones en conflicto, o ciudadanos de esos países que trabajaban como expatriados.

Harold, nacido en Rojas, en la provincia de Buenos Aires, estaba en Londres cuando estalló la guerra en 1914. Tiempo después se presentó a la oficina de reclutamiento y le dio un giro dramático a una vida comenzada en el campo de Rojas y que pasaba al campo de batalla. Debía enfrentar no sólo las armas de los alemanes, sino la corte de enfermedades que atacaban como enemigos invisibles a soldados y oficiales.

Harold pudo estar entre esos miles de jóvenes que se ven en las fotos de la época, chicos retratados en sepia que esperan en colas serpenteantes frente a la puerta de la Army Recruiting Office. Chicos de gorra o sombrero, abrigos largos, sonrisas anchas y miradas decididas.


Mapas del ejército británico de los distintos frentes de batalla Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero/AFV

"Me alisté como voluntario para una misión bastante dura pero para el momento en que recibas esto va a haber terminado todo y te voy a escribir en la primera oportunidad. Sé que voy a estar bien y si da resultado va a ser una gran cosa", decía en una carta enviada a su padre en julio de 1916.

¿Misión bastante dura? Harold no quería preocupar a su familia y se quedó deliberadamente corto. Comenzaba la batalla del Somme, en el norte de Francia, donde ganó su primera condecoración y donde los británicos sufrieron 60.000 bajas sólo el primer día. Un saldo que se recuerda como la peor masacre sufrida por las tropas británicas en su larga historia. Entre alemanes, franceses y británicos, los cinco meses de combate del Somme dejaron un millón de bajas.

Harold ejerció desde el vamos funciones de mando, aunque siempre estaba un paso delante del nombramiento oficial. La primera condecoración la recibió durante un episodio brutalmente sangriento con los alemanes, donde las bajas eran tan numerosas que, según averiguó Paul, "cuando llegó al lugar donde había frenado su grupo, no había nadie a quien obedecer, así que se hizo cargo".


Mapa trazado a mano por el propio Harold Duggan en una de las posiciones desplegadas por los británicos en Francia Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero/AFV

"Estoy en un descanso pero he estado en el mismo centro de este show desde la última vez que te escribí. Estoy al frente de una compañía (.) espero que un mayor o un capitán no tarde en tomar el mando porque soy demasiado joven para una posición de esta responsabilidad", escribió Harold en otra carta a su padre. Tenía 20 años.

Harold voló tres veces por los aires en esos meses del Somme, y dos veces quedó completamente enterrado, según relató en sus cartas. Pero no se quejaba. Todo lo contrario: decía que era un hombre de suerte. ¿Acaso no seguía vivo? Y eso que a las heridas le sumó el llamado "pie de trinchera", una enfermedad provocada por la humedad en esos túneles donde las tropas desgajaban las hojas del calendario.

Una medalla se la colgó el rey George V, en el Palacio de Buckingham, donde asistió tras recibir un telegrama de invitación. Estaba orgulloso por el llamado. Pero no se dejó impresionar por los fastos del palacio, por el eco de sus pasos en los salones, ni por los largos corredores cubiertos de retratos de la realeza en los que avanzaba caminando con un abigarrado grupo de escoltas.


Condecoraciones y otros recuerdos personales de la guerra Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero/AFV

"Traté de no tropezarme con la espada", dijo Harold en tono de broma, como resumen de esa expedición a Buckingham a la que fue con traje de gala. Para él lo más importante, sin duda, estaba en el campo de batalla, en la zona de guerra donde regresaba (medianamente) recuperado de sus aflicciones. Las trincheras eran su elemento. Un elemento incómodo e insalubre, pero el lugar que le exigía la hora.

¿Y cómo era Harold cuando no estaba embarrado en las trincheras, peleando cuerpo a cuerpo, esquivando la munición enemiga o volando por los aires? Paul recuerda que no perdía el buen ánimo ni en los peores momentos, que era un líder natural entre la tropa y que sabía poner paños fríos donde otros se dejaban ganar por el pánico.

Irónico y sutil, tenía el rasgo de quitarle dramatismo a la situación. Como esa mañana en que un soldado entró a las corridas al búnker donde conversaba con un comandante. Era temprano, no se oían estruendos de morteros ni silbidos de balas. Pero habían descubierto bombas no detonadas en las instalaciones y debían salir cuanto antes. No cabían dilaciones... O tal vez sí. "Primero vamos a desayunar -respondió Harold- y después nos vamos".

jueves, 21 de junio de 2018

Guerra hispano-norteamericana: Carta del Jefe de la Armada española en memoria del Alte. Cervera

Carta abierta del jefe de la Armada a Ada Colau por el trato dado al almirante Cervera

por Esteban Villarejo | ABC






A continuación reproducimos la carta abierta que ha enviado el almirante jefe del Estado Mayor de la Armada Española (Ajema), Teodoro López Calderón, ante el hecho de que el Ayuntamiento de Barcelona quitara la calle al almirante Pascual Cervera Topete.

Un acto en el que la alcaldesa Ada Colau tildó al almirante Cervera, fallecido en 1909, de «facha». Sí, un calificativo político que él ni siquiera conoció.

Este trato es calificado de «decepcionante» por el jefe de la Armada Española:



«La Armada, como institución secular, cuyos valores y tradiciones han sido forjados a través de una larga historia, tiene la obligación de velar por el buen nombre y el honor de sus miembros, especialmente de aquellos que se han distinguido por algún hecho relevante afrontado con dignidad y espíritu de servicio.

Recientemente, el Ayuntamiento de Barcelona ha tomado una decisión que afecta al vicealmirante D. PASCUAL CERVERA TOPETE, Comandante de la Escuadra de Operaciones de las Antillas durante los hechos que dieron lugar a la pérdida de Cuba como territorio español, que, según lo informado en los medios de comunicación, se ha basado en una evaluación negativa de la actitud del almirante que daña a su honorabilidad y respetabilidad.


El almirante Pascual Cervera

La Armada custodia las hojas de servicio de sus miembros a lo largo de la historia, en las que constan los hechos contrastados de su actividad durante sus años de servicio. Ante el calificativo dado al almirante por la autoridad del Ayuntamiento de Barcelona para justificar su decisión, aporto una breve reseña sobre este insigne marino, conforme a los datos históricos que constan en los archivos de la Armada:

Nace D. Pascual en Medina Sidonia, Cádiz, el 18 de febrero de 1839, ingresando en el Colegio Naval Militar de San Carlos (San Fernando, Cádiz) el 30 de junio de 1852, cuando sólo contaba con la edad de 13 años, y recibiendo su despacho como alférez de navío con apenas 21 años.

Si se repasa la dilatada y brillante hoja de servicios de D. Pascual Cervera Topete, no cabe duda de que pueden encontrarse evidentes signos de lealtad, valor y sacrificio para el servicio a España. La primera prueba de ello fue su ascenso a teniente de navío por méritos de guerra durante su estancia en Filipinas los primeros años de su vida militar, en la lucha contra los rebeldes malayos y en los combates que se desarrollaron durante los asaltos a los fuertes de la Cotta de Pagalugan, defendiendo a la patria y reprimiendo la piratería filipina y joloana que se llevaba por delante vidas y haciendas.

También durante su primera estancia en Filipinas levantó cartas náuticas en costas intrincadas y peligrosas, así como socorrió a náufragos y a pescadores en peligro.

De vuelta en la Península, entre 1865 y 1868 estuvo a cargo de la formación de guardiamarinas. Siendo capitán de fragata, participó activamente en la lucha cantonal, defendiendo a la Primera República española, tanto en Cartagena como en Cádiz, siendo nombrado benemérito de la Patria.

Posteriormente volvió a Filipinas, donde ejerció el mando de la corbeta “Santa Lucía”, interviniendo en acciones de guerra en Mindanao, y en 1876 fue nombrado Gobernador de la isla de Joló.

De nuevo volvió a la Península y ocupó diversos cargos en el Ministerio de Marina. En 1879 fue comandante del buque escuela de guardiamarinas y en 1880 fue nombrado Comandante Militar de Marina de Cartagena.

Posteriormente, siendo Presidente de la Comisión de construcción del acorazado “Pelayo” y durante su estancia en Francia, se le concedió la condecoración de la Legión de Honor francesa.

Entre el 14 de diciembre de 1892 y el 23 de marzo de 1893 ocupó el cargo de Ministro de Marina en un gobierno liberal presidido por Sagasta, lo que pone de manifiesto que el Almirante Cervera tenía un pensamiento ciertamente liberal para su época. En la legislatura de 1893-94 fue elegido como senador por Cádiz, siendo durante este período Jefe de la Comisión de Marina de España en Londres.

Tras este paréntesis en su carrera militar, volvió al servicio activo en puestos de la Marina y en 1896 fue nombrado Comandante General del Arsenal de la Carraca (San Fernando, Cádiz).

Pero, sobre todo, D. Pascual Cervera Topete es conocido y será recordado por el cumplimiento del deber durante la defensa de Cuba contra las pretensiones de los Estados Unidos en 1898, obedeciendo las órdenes recibidas de enfrentarse al enemigo aun conociendo la inferioridad en que se encontraba la escuadra española con respecto a la de la Marina de Guerra de los Estados Unidos, lo que supuso la pérdida de la escuadra bajo su mando y de los territorios españoles en ultramar.

Tras la pérdida de la escuadra en Cuba, fue hecho prisionero por los Estados Unidos, junto con los supervivientes de las dotaciones de sus barcos. Al volver a España y tras el sobreseimiento de la causa (consejo de guerra) que se le incoara por la pérdida de la escuadra en Cuba, en la legislatura de 1903-04 fue nombrado senador vitalicio.

En 1902 se le dio el primer cargo público después de la Guerra, Jefe de Estado Mayor Central de la Armada, al que seguirían, en años siguientes, el de miembro del Consejo Supremo de Guerra y Marina; Capitán General del Departamento Marítimo del Ferrol; Jefe de la Jurisdicción  Central y Presidente de la Junta de Adjudicación de los barcos de la nueva escuadra en proyecto.

Falleció en Puerto Real (Cádiz) el 3 de abril de 1909, habiendo alcanzado el grado de vicealmirante. Desde el 19 de junio de 1916 sus restos descansan en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz), al considerarse que D. Pascual Cervera Topete fue un héroe para la historia.

 Por otra parte y ya ajeno al contenido de su hoja de servicios, el respeto que el almirante Cervera despertó en sus antiguos enemigos está patente en lugares a miles de kilómetros de España:

 Las dos ciudades más importantes de la República de Cuba exhiben bustos del almirante Cervera, sin ningún tipo de complejo. Uno se encuentra en el Castillo del Morro de Santiago de Cuba (desde 2005) y el otro en el Castillo de la Real Fuerza, de La Habana (desde 2012).

En 2015 el gobierno cubano organizó un homenaje a los marinos españoles caídos en la Guerra de 1898, en la costa oriental de Cuba. A 12 metros de profundidad, en el pecio donde reposan los restos hundidos del Crucero “Almirante Oquendo” se colocó una tarja (lápida) de bronce, y dos submarinistas, uno catalán y otro vasco, depositaron una corona de laurel alrededor de la misma, como reconocimiento de los cubanos a los marinos españoles muertos en el combate contra la Marina de los Estados Unidos.

Para la Armada ha sido decepcionante el trato y el calificativo dado al almirante Cervera por la autoridad municipal de Barcelona, ciudad de gran tradición marinera y muy vinculada a la Armada, con la que siempre ha mantenido una relación de afecto y cooperación cercana».

AG. Teodoro López Calderón

martes, 19 de junio de 2018

Edad Media: Guerreros y caballeros

Siete de los caballeros más famosos de la Edad Media: guerreros, eruditos, grandes líderes de los hombres

 Andrew Knighton | War History Online




Los caballeros medievales se encontraban entre las celebridades de su época: guerreros, líderes y eruditos. Se convirtieron en figuras de romance e inspiración, dándoles un estatus especial en nuestra imaginación.

Aquí están siete de los hombres más famosos que dieron su título a la caballería.

William Marshal (1146-1219)

Descrito como "el mejor caballero que jamás haya existido" por el arzobispo Stephen Langton, William Marshal se levantó de la nobleza menor para convertirse en el caballero más respetado de Inglaterra. Después de avergonzarse con un comportamiento enérgico en su primera batalla a la edad de veinte años, se unió al glamoroso circuito de torneos franceses, convirtiéndose en un combatiente popular. Después de la muerte de su amigo cercano Henry, hijo del rey Henry II, el mariscal hizo una cruzada en la memoria de su amigo.

Al regresar a Inglaterra, Marshal luchó por Enrique II, ayudó a gobernar el país en ausencia de Ricardo I y fue signatario de la Carta Magna durante la rebelión contra el Rey Juan. Después de la muerte de Juan en 1216, Mariscal se convirtió en el protector del joven Enrique III. Con 70 años, tomó el campo en la Batalla de Lincoln, derrotando la rebelión combinada y la invasión francesa que amenaza al joven rey. En su lecho de muerte, fue nombrado miembro de los Caballeros Templarios y enterrado en la Iglesia del Templo en Londres.


Cabeza de la efigie de William Marshal, 1er conde de Pembroke, en Temple Church, Londres. Por Kjetilbjørnsrud - CC BY-SA 3.0

Geoffroi de Charny (1300-1356)

Un noble francés, Sir Geoffroi de Charny era conocido por muchos como "un caballero verdadero y perfecto". También fue un estudioso de la caballería, escribiendo al menos tres libros sobre el tema. Su libro de caballería sigue siendo una de las fuentes más importantes sobre el comportamiento caballeresco del siglo XIV.

Luchando contra los ingleses en la Guerra de los Cien Años, Charny fue capturado dos veces. Tal era su reputación de honestidad que lo dejaron en cautiverio para obtener su propio rescate.


La batalla de Poitiers (1356) Eugène Delacroix.

Después de luchar valientemente en varias batallas importantes, Charny fue asesinado en primera línea en la Batalla de Poitiers, llevando el Oriflamme, el estandarte real francés, hasta el final.

James Douglas (1286-1330)

James Douglas era solo un niño cuando su padre murió luchando junto a William Wallace contra la invasión inglesa de Escocia. Enviado a París por su propia seguridad, fue allí donde aprendió los caminos de la caballería. A su regreso a Gran Bretaña, se encontró con que el rey Eduardo I no estaba dispuesto a restaurar las tierras de su familia, por lo que se unió a Robert the Bruce en la exitosa primera guerra escocesa de la Independencia.


Un luchador destacado en la guerra de guerrillas escocesa, Sir James capturó Douglas y Roxburgh Castles (1307 y 1314) y luchó en la famosa victoria escocesa en Bannockburn (1314). Se convirtió en uno de los compañeros más cercanos de Bruce, y fue conocido por los ingleses como el Black Douglas.


Una representación victoriana de Sir James (tercero desde la izquierda), y otros líderes de las Guerras de la Independencia por William Brassey Hole, parte de un mural en la National Portrait Gallery en Edimburgo, Escocia. Por William Hole - CC BY-SA 3.0

Cuando Bruce, ahora el rey Robert I, murió en 1329, le pidió a Sir James que llevara su corazón a Jerusalén. Desviado a una cruzada contra los sarracenos en España, Douglas vio a un caballero compañero envuelto en la Batalla de Teba. Lanzando el corazón de Bruce delante de él, cargó en medio de la lucha y murió como un guerrero hasta el final.

Sir Henry Percy (1364-1403)

La familia Percy era una de las más poderosas del norte de Inglaterra. A lo largo de los siglos XIV y XV, esta parte del país estuvo plagada de violencia, incluidas disputas locales, incursiones escocesas e incluso rebeliones. Sir Henry Percy, conocido como Hotspur, se convirtió en parte de esto.


El Pennon o estandarte volado por Sir Henry Percy alias Harry Hotspur y tomado de él en combate por James Douglas, conde de Douglas.

Caballero a la edad de 13 años, Hotspur luchó en su primera batalla solo un año después, ayudando a capturar el Castillo de Berwick. Resultó ser un excelente guerrero y líder, famoso por su habilidad y coraje en los torneos, en la cruzada en Prusia, en las guerras de Inglaterra con Francia y en la lucha contra los atacantes de la frontera escocesa.

Hotspur ayudó a poner al rebelde Henry Bolingbroke en el trono como el rey Enrique IV en 1399. Pero los dos se cayeron. El propio Hotspur se rebeló en 1403 y las fuerzas reales de Shrewsbury lo mataron en batalla. El rey lloró por la muerte de su amigo, pero mostró su cabeza en un poste como advertencia a otros traidores.

Tancredo de Hauteville (1075-1112)


Posible estatua de Tancred de Hauteville en el lado norte de la catedral de Coutances. Este es un reemplazo de 1875 para una estatua dañada en la Revolución Francesa. Por Giogo - CC BY-SA 3.0

Un señor normando del sur de Italia, Tancred se unió a la Primera Cruzada junto a su tío Bohemond de Taranto. La Primera Cruzada fue lo más cerca que estuvieron los cruzados de tomar la Tierra Santa, y Tancredo fue uno de sus líderes. Su coraje, su liderazgo y su habilidad política le permitieron forjarse tierras en el territorio conquistado, convirtiéndose en el primer Príncipe de Galilea y regente de Antioquía. Durante la próxima década, reforzó su posición, mientras que su reputación como caballero se extendió por toda Europa y a lo largo de los siglos. Murió de tifus, pero su leyenda vivió a través de Radulph de Caen, Gesta Tancredi.

Sir John Chandos (? -1370)



La muerte de Sir John Chandos en Lussac.

Un caballero Derbyshire de ascendencia normanda, Sir John Chandos llegó por primera vez a la fama por derrotar a un escudero francés en combate singular en el sitio de Cambrai en 1339. Se convirtió en una figura destacada en la corte del rey inglés Eduardo III, y un compañero cercano de el hijo y heredero del Rey Edward, el Príncipe Negro.

Famoso como hombre cortés y civil, Chandos fue un destacado diplomático inglés en las negociaciones con los franceses. Fue visto por algunos como la mejor esperanza para la paz. Pero como cualquier caballero de la época, también era un guerrero formidable. Se encontró con su muerte en la batalla, fatalmente herido en la víspera de Año Nuevo de 1369, murió al día siguiente, llorado por enemigos y amigos.

Edward de Woodstock, El Príncipe Negro (1330-1376)


Edward, el Príncipe Negro.

El hijo mayor del rey Eduardo III de Inglaterra, el Príncipe Eduardo de Woodstock, es una de las grandes figuras de la historia medieval.

La introducción de Edward a la realidad de la caballería fue dramática. A la edad de 16 años, estuvo a la vanguardia del ejército inglés en la Batalla de Crécy, donde participó en combates desesperados y se convirtió en un héroe para sus compatriotas. Diez años más tarde, dirigió a los ingleses en Poitiers, y por eso estuvo involucrado en dos de las tres mayores victorias inglesas de la Guerra de los Cien Años.

Dado el control de las tierras inglesas en Francia, Edward se convirtió en un estadista y también en un modelo de caballería. Parecía establecido para convertirse en uno de los reyes más grandes de Inglaterra, pero atrapó la disentería y murió un año antes que su padre, una gran vida acortada.

martes, 5 de junio de 2018

Guerra del Paraguay: La muerte del soldado Tránsito Argañaraz

Muerte en el Paraguay




Montonero de los llanos riojanos

Este tampoco llega a la noche.  ¡Angá!  ¡Pobrecito!   El soldado Tránsito Argañaraz, del “Batallón Rioja y Catamarca”, alcanzó a oír a través de un denso velo de torpor y fiebre.  Sentía que era todo entero un dolor y un diluirse entre el olor ácido del hospital de campaña.  Trató de entender el sentido de las palabras, pero la cabeza se le iba en un loco vuelo de tinieblas y deslumbres.  Optó, entonces, por seguir muriéndose.

Si hubiera podido en ese momento echar una ojeada sobre su vida agonizante, recordaría más o menos esto:

Había nacido en Ñoqueve, en la Costa Alta de la sierra de los Llanos, al lado de la sierra de Argañaraz.  Eran gente de alguna fortuna, y su padre se jactaba de ser pariente del general Quiroga; en una petaca de cuero repujada con asas retobadas, guardaba el viejo un fajo de papeles olorosos que demostraba que toda la sierra había sido de ellos: “de cuánta, sería, en tiempos del Rey” solía decir.  La vida le fue dulce y dura.  Trabajó en arreos a San Juan, arañó la tierra, tuvo días de alegría y días de aflicción.  Como todo el mundo.  Anduvo varias veces con las partidas llanistas cuando el alzamiento de Peñaloza contra el gobierno surgido en Pavón.  Galopó por cuatro provincias y supo del encontronazo a lanza y grito.  Tuvo suerte: nunca lo pillaron y cuando todo terminó volvió a su casa igual como saliera.

Se dispuso entonces a trabajar.  La guerra había terminado con el asesinato del General, y parecía que las correrías habían concluido para siempre.  Pasó un año.  Tenía echado el ojo a la menor de los Tello y no parecía disgustarle a ella.  Todo andaba bien, al parecer.  Mas cierto día, un arriero que venía del lado de las sierras de Córdoba les trajo la noticia de que el país estaba en guerra.  Siempre lo había estado, así que la nueva no alarmó a nadie en Ñoqueve.  Pero después se fueron agravando las novedades: que esta era una guerra muy brava, que de Buenos Aires estaban saliendo ejércitos enteros contra el Paraguay, que en todo el país se hacían levas de paisanos para mandarlos al frente.

La cosa ya no gustaba.  Pelear con los caudillos de siempre, bien estaba.  Ya se sabía que eso era una obligación en la vida de cada cual.  Pero que los reclutaran oficiales extraños, que les pusieran uniformes y los llevaran a un lejanísimo matadero por causas que no entendían…

Sin embargo era cierto.  Y el gobierno de La Rioja había recibido orden de integrar una cuota de mil cien hombres con destino al teatro de guerra paraguayo.  Si hubiera sido un riojano el gobernador, tal vez supiera hasta qué punto era absurda esa orden en una provincia asolada por la guerra civil, diezmada en su población, pasada de hambre y de miseria.  Pero sucedía que el gobernador era un porteño, segundo jefe del Regimiento 6 de Línea de guarnición en La Rioja, que, después de la muerte del Chacho, había sido elevado al cargo por sus compañeros de armas.  Era un joven de bellas prendas que tomó muy en serio su papel de civilizador: organizó retretas jueves y domingos, puso faroles en la plaza de La Rioja y, desde luego, proyectó una reforma judicial y administrativa.  Pero no conocía a sus gobernados e ignoraba sus inquietudes, sus esperanzas, el estilo heroico y acosado de sus pobres vidas.

Por eso, cuando recibió orden de juntar el número de hombres establecido desde Buenos Aires –“un fuerte y lindo batallón” como le escribía el ministro de Guerra y Marina de la Nación- mandó a los comandantes José María Linares y Ricardo Vera a reclutar paisanos hasta enterar el cupo humano, como fuera.

Claro que el gobernador sabía hasta qué punto los riojanos eran reacios a dejarse reclutar.  Por eso escribía al presidente de la República que “es tal el pánico que les inspira el contingente, que a la sola noticia de que iba a sacarse, se han ganado las sierras y no será chica hazaña si consigo que salgan”.

Los medios de que echaron mano para lograrlo, eran, por consiguiente, de la clase que relataba el comandante Nicolás Barros al propio gobernador, poco después: “En mi comisión a la sierra se han presentado cuarenta y tantos hombres.  De éstos, la mitad buenos y la otra presentados a bola.  Pero para infundirles confianza los he ido agregando a la División, fuera de once que tengo entramojados”.  A boleadora limpia y engrillados.  Así iban cazando esta mísera carne de cañón.

Cuando Tránsito supo lo del contingente, también ganó la sierra como todos los paisanos.  Sólo mujeres y viejos quedaban en los poblados.  Estuvo una semana en lo fragoso del monte, bebiendo agua de las pirhuas (1) y comiendo patay y charqui.  Desesperado al fin de hambre, sed y soledad, retornó a Ñoqueve, y allí lo pilló el piquete de enganche.  Lo juntaron con otros voluntarios y llevaron a todos a Santa Rita de Catuna, en la Costa Baja, donde sería el punto de reunión de todo el contingente.

Allí estaban, bajo el mando del comandante Vera, preguntándose cuál sería su suerte, cuando una mañana, a fines de junio, apareció el gaucho Aurelio Zalazar con unos pocos hombres y dando grandes alaridos, se echó sobre el destacamento que los custodiaba.  Los reclutados sacaron fuerzas de flaqueza y entre todos mataron al juez departamental y a dos o tres milicos.  Tránsito sintió de nuevo que el aire se podía respirar a pleno pecho y metió fierro con rabia.  Cuando terminaron, Zalazar los arengó.  Les dijo que el amigo Asensio Rivadera estaba en esos momentos libertando el contingente que el comandante Linares tenía concentrado en La Hedionda; que quería derrotar al gobernador para que nadie fuera reclutado en adelante y que los enemigos del despotismo tenían que seguirlo.  Pegó un grito ¡mueran los collarejos! y todo el contingente lo rodeó, vivándolo.

También Tránsito.  No le pareció decente volver ahora a su casa sin ayudar primero a los demás paisanos a huir del enganche.  Después de eso, cada uno regresaría a su pago.  Así que montó en el caballo que le dieron –un oscuro pico blanco, argel de la mano derecha, medio charcón (2) y sumido pero que se veía sin hiel para andarse-, ató a la cintura el sable de uno de los finados y cortó un garrote de algarrobo, hincándole en la punta media tijera asegurada con tientos.

A todo esto, sabedor del desastre, el gobernador salió de La Rioja para castigar a los sublevados y reunir de nuevo el contingente.  En Punta de los Llanos, ya de noche, se topó con una partida desconocida y ordenó atacar.  Resultó ser el comandante Linares, que venía de vencida, después de la disparada en La Hedionda.  Se reunieron ambas fuerzas, malhumoradas con el gratuito encontronazo, y se largaron hacia los llanos a perseguir a Zalazar, que a su vez se había unido ya con Rivadera.

A la montonera le constaba que en los llanos era invencible.  Conocían el terreno en sus vericuetos más escondidos, sabían que la gente habría de confundir con falsas noticias a los del gobierno, eran dueños de los pastos y las aguadas, señores de las sendas y las constelaciones…  Por eso no ofrecieron batalla al gobernador sino que prefirieron rodear toda la sierra de los Llanos, por el Sur, sobrepasando Chepes y orillando la Costa Alta hasta hacer el periplo completo y aparecer camino a La Rioja, dejando a sus perseguidores al otro lado del macizo: una ronda de burla con la masa árida de la sierra puesta en medio.  Cuando pasaron por Ñoqueve, en su veloz desfile hacia el Norte, Tránsito estuvo por quedarse.  Pensó en la niñita Tello y en la paz de la aldea.

Pero ya le gustaba la correría.  Quería vengarse de los que lo habían cazado como un malhechor, quería demostrarles que no era por miedo que se había escapado del piquete sino porque no le daba la gana de ir a una guerra que no le importaba.  Miró de reojo el pimiento a cuya sombra se levantaba su casa y castigó nomás el caballo.

Dos semanas después de la dispersión de Catuna, los montoneros llegaban a La Rioja.  Estaban derrengados.  A los caballos les temblaban las patas, después del bárbaro galope.

Era el 14 de julio a la oración.  Tras un breve conciliábulo, los caudillos decidieron entrar al otro día.  La plaza estaba desguarnecida, con su gobernador buscándolos por los llanos…  A la mañana siguiente tomarían la ciudad.  La noche se deslizó en guitarra y vino, demorando la exaltada sensación del saqueo próximo.

Pero el gobernador había advertido la intención que se traían los montoneros.  Al llegar a Olta se enteró del itinerario de Zalazar.  Atravesó entonces la sierra transversalmente para cortarle el paso a la altura de Atiles, mas cuando llegó, la horda ya había pasado hacia La Rioja.  Desesperadamente se puso a perseguirlos.  No los hubiera alcanzado con su caballada cansada después de tanta marcha; pero ocho leguas al sur de la ciudad, se apoderó de una gran tropilla que pastaba en un campo, y remontada la tropa pudo acelerar la persecución.  Al alba del día 15 llegó a la ciudad y entró sigilosamente, sin que los atacantes, situados en Pango, supieran de la maniobra.

Cuando Zalazar se enteró de que el gobernador ocupaba la ciudad con su tropa, se preparó para defenderse.  Sabía que sus enemigos eran soldados de línea, bien armados y disciplinados.  Sus fieles, munidos tan sólo de armas blancas y sin instrucción militar, no podían ofrecer gran lucha.  Toda la mañana estuvieron espiando.  A la hora de la siesta avanzaron los nacionales escopeteando nutridamente.  Luego formaron en cuadro y resistieron el ataque a caballo de los montoneros.  Durante media hora se luchó sin pausa.  Al cabo, Zalazar abandonó el campo, dejando veinte muertos y cantidad de prisioneros y bastimento.  Se corrió hasta los llanos y de allí pasó la raya de Córdoba donde fue vencido de nuevo; bajó entonces al sur de Chepes y subió otra vez por Tama hasta Patquía.  Perseguido por el comandante Vera, reducida su hueste a dos docenas de paisanos, llegó a Tasquín y allí fue hecho prisionero.  Lo fusilaron dos años más tarde, de sus dos principales secuaces, uno había muerto en singular combate y el otro, fusilado poco antes.

Tránsito fue de los prisioneros de Pango.  Un planazo en la cabeza lo había dejado fuera de combate en seguida de empezar.  Cuando salió de su aturdimiento, se encontró dentro de un corral de pirca con otros paisanos, algunos todavía a caballo.  Buen número de centinelas los apuntaban con sus armas desde el cerco.

Presumió que los iban a fusilar y pensó que tal vez eso fuera lo mejor.  La cabeza le dolía mucho.  Tenía la boca como llena de tierra.  Un rato estuvieron todos así.  Súbitamente apareció en el portón un militar con el uniforme cubierto de polvo, seguido de dos oficiales: era el gobernador.  Los hizo formar y les dirigió la palabra.  Les dijo que ellos eran culpables de la sublevación del contingente, que eran reos de traición a la Patria, que en esos momentos de peligro para la Nación habían soliviantado a la tropa que se destinaba a defender el honor nacional.  Pero –agregó- el Gobierno no los haría castigar como merecían y en cambio les daba la oportunidad de rehabilitarse luchando bajo los pliegues de nuestra gloriosa bandera azul y blanca.

Tránsito sentía que las palabras del gobernador iban penetrando irresistiblemente en su corazón simple y dolorido.  Nadie le había hablado nunca así.  “La bandera… el honor argentino ultrajado… los oscuros designios del bárbaro tirano López…”  No entendía mucho pero la gallardía del gobernador hablando solo y sin armas en el potrero, frente a ellos, hombres armados todavía casi todos, le llegaba al alma.  Quizá (pensó), merecía la pena servir por la causa de este hombre.  Morir aquí o en el Paraguay, lo mismo es.  Tal vez todas las causas son buenas.

Cuando el gobernador le preguntó su nombre y lo escribió en su libreta, Tránsito sintió que su destino estaba irrevocablemente sellado.  Pero esta vez ya no le importaba tanto.

Fueron a Olta, bajo el mando del gobernador.  Allí se concentraron cuatrocientos cincuenta hombres.  Los bautizaron “Cazadores de la Rioja”, los proveyeron de una bandera y los llevaron hacia el litoral.  Eran todos riojanos, salvo un oficial salteño y dos soldados.  En el Rosario los embarcaron en un vapor.  Viendo el enorme río ardiendo bajo el sol de enero, el buque con sus ruedas paleteando el agua barrosa, los muelles llenos de soldados, Tránsito se sintió atado a un hado cuyo sentido no alcanzaba a desentrañar, pero que estaba ya dispuesto a aceptar sin lucha.  El uniforme lo tornaba impersonal, minúsculo.  Era algo tan infinitamente pequeño, hasta tal punto se daba cuenta de lo insignificante que resultaba su vida frente a este sistema que disponía de él, que cuando (ya embarcándose) un sargento Agüero pegó unos gritos subversivos, Tránsito ni se mosqueó para apoyarlo.  Con indiferencia vio como desarmaban al rebelde y allí mismo lo fusilaban.

Los bajaron en Las Ensenaditas y empezó la instrucción militar.  Tránsito, que sólo conocía la vida libre y la voluntad desbocada, debió obedecer órdenes y aprender todo lo necesario para morir.  Se sentía solo y trasplantado, y muchas veces, deseó que los paraguayos lo mataran pronto.  Pero esto ocurrió mucho después.  Antes, debió descubrir que es difícil morir.  Descubrió también, cosas que no se había imaginado nunca en Ñoqueve.  Que la lluvia podía durar semanas enteras, y que cuando ocurre, el mundo, los hombres y las cosas se convierten en un limo pegajoso.  Que los riojanos también sudan como los demás seres humanos cuando se los saca de sus soles, y entonces, se sienten desgraciados y sucios.  Que el mate se puede tomar frío.  Que hay argentinos que hablan un incomprensible idioma indio o que barbarizan la lengua con extrañas tonadas, ¡tan distintas del natural modo riojano!  Descubrió una guerra de a pie, donde no se usa lanza ni se va al ataque a pecho desnudo, sino que se está uno pudriendo en las trincheras enlodadas días y días, hasta que alguien (no se sabe quién), da la orden de salir a morir.  Todas esas cosas descubrió, algunas importantes y otras no; y también, que vivir así puede redimirlo a uno de pecados ignorados y convertir un montonero alzado y rebelde, en un soldado de la Patria a quien los sargentos nombran con un poco de afecto.

Estuvo con su batallón en Paso de la Patria y tomó la batería de Itapirú; estuvo en Estero Bellaco, en Tuyutí, en Yataytí-Corá, en Boquerón y en Curupaytí.  En todos lados fueron cayendo sus compañeros.  Después de Humaitá estaban tan diezmados los riojanos que no alcanzaban a integrar un batallón y los juntaron entonces con los catamarqueños para formar el “Batallón Rioja y Catamarca”.  Pelearon en Loma Valentina y Angostura.  Fue aquí, terminando ya la guerra, cuando un obús paraguayo le destrozó medio cuerpo.

Allí estaba.  No volvería a La Rioja.  La vieja tierra no ampararía sus huesos.  Lo extrañaría la sierra de Argañaraz y el viejo pimiento de su casa.  Y los compañeros que todavía seguían galopando los llanos.  Y tal vez, también, la niña Tello.  No se pudriría bajo la arena calcinada de su pago, con los cardones velando su despojo como candelabros litúrgicos; se tornaría barro y fiebre bajo las palmeras extrañas.  Allí estaba.  Se moría oscuramente en un hospital de campaña del frente paraguayo, sin saber todavía por qué.

- Tránsito Argañaraz.  Este ya se cortó ¡Angá! ¡Pobrecito!

Referencias


(1) Pirhuas: cavidad en la piedra echa por los indígenas

(2) Charcón: chupado, magro, enjuto.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Luna, Félix – La última montonera – Biblioteca Boedo, Buenos Aires (1992).

www.revisionistas.com.ar

jueves, 31 de mayo de 2018

Virreinato del Río de la Plata: Cisneros luego de la Revolución de Mayo

¿Qué pasó con el virrey Cisneros luego de la Revolución de Mayo?









Don Baltasar Hidalgo de Cisneros y la Torre Cejas y Jofre vivió en el fuerte de Buenos Aires hasta el 24 de mayo, junto con su espléndida mujer, doña Inés Gaztambide y Ponce. Pero en cuanto fue desplazado, alquiló una casa en la actual calle Bolívar 553, entre Venezuela y México. Tenía con qué pagarlo, ya que continuó cobrando sus haberes, de acuerdo con lo resuelto por la Junta. Pero su estadía en la Buenos Aires revolucionaria iba a ser corta.
Cerró mucho su núcleo de amistades. Solía reunirse con Antonio Caspe, Francisco Anzoátegui, Manuel Villota, Manuel de Reyes y Manuel de Velazco, integrantes de la Real Audiencia, el más alto Tribunal de Justicia de Buenos Aires. Esta situación planteó cierta tirantez con el gobierno que recién había asumido. Entre el 7 y el 9 de junio tomó estado público un cruce de notas entre la Real Audiencia y la Primera Junta. Los magistrados le hacían ligeros planteos a la Junta que encendieron la chispa. Las repercusiones por esas notas fueron inmediatas.
Cerca de la medianoche del 10 de junio, cinco hombres con sus rostros cubiertos con pañuelos, protegidos a la distancia por un pelotón de cuatro soldados y un oficial, destrozaron los ventanales del hogar del fiscal del crimen Antonio Caspe, cuando el hombre se regresaba a su casa. Le dispararon y lo golpearon con sables, ocasionándole tres heridas en la cabeza. El fiscal quedó tendido en el piso. Su familia pensó que había muerto. Pero vivía. Según expresó en un informe la víctima, su mujer se desmayó del susto.
A sólo tres semanas de asumir la Primera Junta, ya se topaba con una acción que ponía en juego la capacidad de controlar los hechos y las personas.
A pesar de que se dijo que la agresión estuvo relacionada con el cruce de notas entre la Audiencia y la Junta, algunos atribuyeron la brutalidad a otro hecho. El lunes 28 de mayo, Caspe se había presentado en el fuerte para jurar obediencia al nuevo gobierno, junto con el resto de los integrantes de la Real Audiencia, del Consulado, del Cabildo y de otros organismos. El fiscal llamó la atención por haber acudido al acto con un escarbadientes en la boca. No fue el único imprudente. Otro de los tribunos, Manuel de Reyes, "hizo ostentación de limpieza de uñas durante la ceremonia", según un informe que publicó el nuevo gobierno.
Nadie demostró mucho ánimo de investigar el atentado del 10 de junio. Sobre todo porque Caspe prefirió no hacer la denuncia. de todos modos, no pasó desapercibido el hecho de que a los violentos los había cubierto un piquete de soldados amparados en la negra noche. Fuera de los ámbitos oficiales, se señaló a Feliciano Chiclana (futuro triunviro) como el oficial que cubría a los embozados. El damnificado y sus compañeros de tribunal mencionaron a Domingo French y Antonio Beruti como partícipes. Entre los enemigos de la revolución, el violento episodio se denominó "solfa Berutina".
En el gobierno existía preocupación porque este tipo de acciones se le iba de las manos y los desprestigiaba. Saavedra, Paso, Moreno y compañía se reunieron para debatir qué hacer. Apelaron a la Gaceta (el diario oficial) para dar su visión de los hechos. Pero eso no fue todo.
El 22 de junio de 1810 por la noche, dos soldados llegaron hasta la casa de Cisneros y le pidieron que se dirigiera al fuerte porque los integrantes de la Junta de Gobierno querían tratar asuntos referidos a la situación en España. El ex virrey comunicó que en breve asistiría. Le respondieron que lo aguardarían para acompañarlo. Con uno de sus mejores trajes se presentó ante las nuevas autoridades. Lo mismo ocurrió con los ministros de la Real Audiencia, cuyo peso institucional es equiparable al de nuestra Corte Suprema de Justicia.
Una vez que estuvieron todos en el una sala del fuerte, aparecieron Matheu y Castelli. El último, sin preámbulos no palabras suaves, les dijo que estaban todos detenidos. Mientras le informaba al grupo su condición de reo por intriga y su extradición a las islas Canarias, un piquete de soldados comandados por Juan Ramón Balcarce ingresó a apresarlos. Los subieron a dos carruajes rodeados de húsares. Balcarce viajó en el estribo del coche en el que viajaba Cisneros. Se dirigieron al muelle, donde los embarcaron. Caspe llevaba vendas en su cabeza. Las heridas aún estaban abiertas.
Inés Gaztambide de Cisneros se enteró por un criado de que a su marido lo habían embarcado. Al día siguiente le escribió una esquela a Saavedra en la que le decía: "La precipitación con que se llevaron anoche a mi marido no dio lugar a que le pusiese en el baúl más que tres o cuatro camisas. Si es que hay aún oportunidad para remitirle un baúl con lo preciso, he de merecerle a Vuestra Excelencia me lo avise y me franquee proporción para remitírselo. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. Buenos Aires, 22 de junio de 1810. Inés Gaztambide de Cisneros".
No recibió respuesta -al menos oficial- y vivió días de zozobra porque no le informaban con claridad qué había ocurrido con su marido ni adónde estaban llevándolo. Oyó, como todos, la clásica salva de quince cañonazos que solía despedir al barco en donde viajaba un virrey que partía.
La última virreina del Río de la Plata no tardaría en abandonar Buenos Aires. El único mueble que cargó fue la cama matrimonial. El resto lo dejó en manos de José Santos de Inchaurregui, amigo de la familia, para que los vendiera.
¿Qué dejó Cisneros al partir? Un coche grande que le había regalado el Cabildo de Buenos Aires cuando se hizo cargo del virreinato, y otro más pequeño. Cuatro docenas de sillas (eran de tres juegos distintos). Un costoso sillón con espaldar, dos sofás, dos mesas de sala, un ropero, un armario de comedor de caoba (al que le faltaban las llaves), fuentes de loza para baño, dos catres de cuero, dos esteras, varios cueros de alpaca, zorro y zorrino, seis globos de cristal para velas (dos estaban deteriorados), un farol roto, más el pardo Mariano, esclavo del virrey, que compró por trescientos pesos Pedro Antonio Cerviño.
Los Hidalgo de Cisneros se reencontraron en Cádiz. Sus años finales los pasaron en Cartagena, la ciudad natal del exiliado. Allí murió don Baltasar en junio de 1826, cuando se apagaban los últimos fuegos de las Guerras por la Independencia en América del Sur.

sábado, 19 de mayo de 2018

Entreguerra: Biuro Szyfrów, rompiendo las claves soviéticas y nazis

Biuro Szyfrów, los polacos que descifraron primero los códigos soviéticos y luego los alemanes

Jorge Álvarez | La Brújula Verde



Máquina Enigma / foto Shutterstock

Después de haberla visto en unas cuantas películas y novelas sobre la II Guerra Mundial, casi todo el mundo sabe que Enigma era el nombre de una máquina alemana que se usaba para cifrar y descifrar códigos de transmisión mediante un sistema electromecánico.

También es conocido que el funcionamiento de este aparato, que tenía sus equivalentes en Reino Unido y EEUU (la Typex y la SIGABA respectivamente), fue descubierto por los técnicos aliados.

Lo que ya no sabrán tantos es que un organismo polaco dedicado precisamente al criptoanálisis fue el que sentó las bases genéricas de la decodificación mucho antes de que estallara la guerra; hablamos del Biuro Szyfrów.

En realidad, sí hubo un guerra que motivara su actividad: la que enfrentó a Polonia con lo que en breve se llamaría URSS entre 1919 y 1921.

Los polacos del mariscal Józef Piłsudski, estaban lanzados en una expansión que pretendía recuperar los territorios tradicionales que poseía en el siglo XVIII mientras que los soviéticos trataban de recobrar los perdidos a causa del abandono del frente durante la I Guerra Mundial, cuando estalló la Revolución. Dado que el Tratado de Versalles había pasado de puntillas por esa cuestión. El conflicto se soluciónó tras la victoria de los primeros en la batalla de Varsovia, repartiéndose los susodichos territorios mediante el Tratado de Riga.


Soldados polacos en 1920/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

En el desarrollo de los acontecimientos jugó un papel importante la Sekcja Szyfrów, una agencia predecesora del Biuro Szyfrów creada por el teniente Józef Serafín Stanslicki en la primavera de 1919. Ayudado por un trío de prestigiosos matemáticos (Stefan Mazurkiewicz, Wacław Sierpiński y Stanisław Leśniewski), fue capaz de descifrar los códigos criptográficos empleados por el Ejército Rojo, que estaban algo anticuados porque el continuo estado bélico del país había impedido modernizar los de la época zarista. Por ello, las fuerzas armadas polacas estuvieron siempre informadas de los movimientos que planeaba el enemigo, pudiendo hacerle frente con ventaja.

Sorprende saber que los criptógrafos polacos descifraban, a veces en veinticuatro horas pero otras en el mismo día, no sólo los mensajes de mandos importantes como los generales Tukhachevsky, Sergieyev, Budionny o Gaya, sino incluso los del mismísimo Trotsky, permitiendo movilizar tropas con inusitada rapidez allá donde se necesitaran.

Al parecer, hasta se enteraron de una célebre discusión que mantuvieron radiotelegráficamente Tukhachevsky y Budionny. Lo cierto es que los técnicos especialistas iban por delante de sus adversarios en ambos bandos, ya que también los soviéticos interceptaron transmisiones enemigas, sólo que en mucha menor cantidad por la escasez de estaciones de radio que tenía Polonia y unos sistemas de seguridad más modernos.

En cualquier caso, el excelente trabajo de la Sekcja Szyfrów ayudó a que el ejército polaco abriera una brecha en el flanco izquierdo de las líneas soviéticas, permitiendo una entrada en cuña que les dio la victoria en Varsovia y, a la postre, obligó a la Unión Soviética a pactar un alto el fuego; así lo afirmaría años después el propio Piłsudski.

Fue un primer y glorioso paso antes de que en 1931 la agencia pasara a rebautizarse Biuro Szyfrów tras fusionarse la Referat Radiowywiadu (Oficina de Radio-Inteligencia) y la Referat Szyfrów Własnych (Oficina de Criptografía Polaca), dedicándose a elaborar códigos para su país y, sobre todo, descifrar los de otros, en una labor que incluía el rastreo y localización de estaciones móviles de radio de posibles agentes enemigos infiltrados en Polonia.


Palacio Saxon, primera sede del Biuro Szyfrów/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

A caballo entre 1927 y 1928 Polonia se había hecho con una máquina de cifrado de códigos alemana al interceptar un envío de correos que oficialmente contenía equipos de radio sin mayor trascendencia; pero las quejas de la embajada alemana exigiendo su devolución levantaron la liebre y los polacos abrieron el paquete, analizaron cuidadosamente el artefacto y luego lo volvieron a envolver con sumo cuidado entregándoselo a los germanos como si nunca se hubiera abierto.

Dado que la Enigma aún no se había fabricado probablemente era una precursora, pero permitió a los polacos familiarizarse con los códigos teutones y sus sistemas de cifrado. Cuando la máquina empezó a emitir los primeros mensajes por radio, los técnicos fueron capaces de descifrarlos. La guerra todavía estaba lejos así que la cosa no tuvo mayor trascendencia.

En 1930 Alemania ya disponía de un primer tipo de Enigma y los polacos, enterados por supuesto, empezaron a trabajar en una réplica. No fue fácil porque los alemanes fueron complicando progresivamente los mecanismos pero en Polonia empezaban a recelar de la agresividad del gobierno nazi que se había aúpado al poder en 1933 y redoblaron sus esfuerzos.

Para enero de 1938 el porcentaje de decodificaciones realizadas con éxito estaba en torno al 75%, que el propio Marian Rejewski, uno de los brillantes jóvenes matemáticos contratados para ello junto a Jerzy Różycki y Henryk Zygalski, consideraba que podían mejorar si contaran con más personal, aunque siempre quedaría un resto irresoluble a causa de la mala calidad de las transmisiones.

En 1937 la sede de la agencia se trasladó del cuartel del Estado Mayor -el palacio dieciochesco de Saxon- al bosque de Kabaty, donde se habían construido unas instalaciones ex profeso, en parte para mejorar las condiciones de trabajo del personal y en parte para dificultar el acceso de espías de la Abwehr alemana.


Marian Rejewski/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

El 1 de septiembre de 1939 estalló la II Guerra Mundial. El ataque de la Wehrmacht a Polonia no fue ninguna sorpresa para el Estado Mayor de ésta, adecuadamente advertido por el Biuro Szyfrów, aunque ello no bastó para detener la potente maquinaria bélica germana.

Por eso a finales de julio de ese año los polacos habían informado a los criptólogos de Francia y Reino Unido de sus avances, ofreciéndoles todo el material de que disponían e incluso una réplica de Enigma que habían fabricado. Muchos analistas consideran hoy que si los submarinos alemanes no lograron estrangular el tráfico marítimo británico fue gracias a los datos proporcionados por los polacos, que permitieron descifrar tempranamente las señales que los capitanes germanos enviaban desde el océano.

Cuando Polonia cayó, el Biuro Szyfrów destruyó sus archivos para evitar que cayeran en poder del enemigo; parte del personal fue evacuado a la zona sudeste del país, pero la invasión soviética el día 17 de septiembre obligó a trasladarlos a Rumanía para finalmente, en un rocambolesco periplo, llegar a Francia. Sin embargo, otros se quedaron y pese a ser detenidos por la Gestapo, ninguno reveló que sabían descifrar sus mensajes.

El famoso Alan Turing tuvo la oportunidad de intercambiar conocimientos con los criptólogos polacos en 1940; una colaboración que permitió a los aliados decodificar definitivamente todos los mensajes alemanes -que cambiaban los códigos cada poco intentando evitarlo- y, si bien Turing fue quien realizó el trabajo decisivo, un importante porcentaje se lo debió a sus colegas de Polonia. Así lo explicó luego Rejewski, recordando que los británicos tenían a diez mil personas trabajando en el asunto mientras que ellos sólo eran tres. El principal beneficio fue evitar la duplicación de esfuerzos y acelerar el proceso.


Alan Turing

Al ser tomada Francia, los polacos tuvieron que refugiarse en Argelia, de donde pasaron a Vichy. Desde allí facilitaron información de multitud de movimientos de las SS y la Gestapo; curiosamente, también analizaron los códigos soviéticos y los descifraron.

Más tarde, se vieron obligados a dejar suelo francés e intentaron llegar a España pero varios de ellos -incluido Różycki- murieron en 1942 en el naugragio del barco Lamoricière. Jerzy Rekewski y Henryk Zygalski atravesaron a pie los Pirineos, fueron atracados por su guía y dieron con los huesos en una prisión española antes de que la Cruz Roja los liberase al año siguiente. Al final pudieron alcanzar Gran Bretaña, donde se unieron al ejército polaco en el exilio.

Con el final de la guerra el Biuro Szyfrów se cerró, pues ya era innecesario. Rekewski regresó a Polonia donde vivió tres décadas más dedicado a otras cosas falleciendo en 1980, mientras Zygalski prefirió quedarse en Inglaterra hasta su muerte en 1978.

Varios de sus compañeros y sus jefes cayeron en manos de la Gestapo cuando intentaban huir a España, pero, al igual que los que habían permanecido en Polonia, ninguno confesó, por lo que los alemanes nunca supieron que su máquina Enigma era una valiosa fuente de información para los Aliados.


Fuentes: Enigma. How the poles broke the nazi code (Władysław Kozaczuk y Jerzy Straszak) / Alan Turing, Enigma and the breaking of german machine ciphers in World War II (Lee A. Gladwin) / Enigma. The battle for the code (Hugh Sebag-Montefiore) / Mathematics and War (Bernhelm Booß-Bavnbek y Jens Høyrup) / Wikipedia.

Libro recomendado: Enigma: How the German Machine Cipher Was Broken, and How It Was Read by the Allies in World War Two (Christopher Kasparek y Thomas Troy)

domingo, 6 de mayo de 2018

Ases: Combatientes polacos sobre Francia

Stanisław Chałupa y combatientes polacos sobre Francia en 1940.


Escrito por Grzegorz Slizewski - Aces Stories


Pilotos de combate polacos en Francia (desde la izquierda): Józef Brzezinski, Stanisław Chałupa, Antoni Beda. En el fondo - caza francés Morane Sauliner MS-406.

Stanislaw Chalupa nació el 14 de enero de 1915. En 1937 completó la Escuela Piloto Oficial en Deblin. Luego fue enviado a 123 Eskadra Mysliwska (123 Escuadrón de Caza). Cuando la guerra comenzó el 1 de septiembre de 1939, 123 Eskadra voló sobre cazas obsoletos P-7 (mientras que casi todas las otras unidades usaron P-11). Esta unidad experimentó grandes pérdidas, que se vieron afectadas por la destrucción de 3 aviones alemanes, uno de los cuales fue compartido por el equipo Sec.Lt. Chałupa, Sec.Lt. Kawnik y Cadet Kawnik. Después de la evacuación a Francia a través de Rumania, Chałupa se unió al GC I / 2 'Montpellier Group'.

"El 29 de marzo, tres Moranes, con damas rojas y blancas pintadas en los fuselajes, aterrizaron en Xaffévillers, una base para GC I / 2. Fueron pilotados por por. Józef Brzeziński, ppor Stanisław Chałupa y Plut. Antoni Beda Los polacos fueron asignados al vuelo "A". A principios de abril, el escuadrón se trasladó a Toul-Ochey. Hasta la ofensiva alemana, los pilotos polacos participaron en diez misiones de escolta a los Potez 63, que reconocieron territorio enemigo principalmente en la zona de Saarbrücken y Zweibrücken. Esas misiones fueron voladas a altitudes de 15-21 miles de pies y los cazas alemanes nunca fueron encontrados, pero su flak fue una amenaza. Durante uno de esos vuelos, la metralla golpeó el avión de un oficial francés. La fuerza del piloto aterrizó en el centro de una pequeña ciudad - su avión se volcó. Mientras ayudaba al piloto a salir, alguien presionó accidentalmente el gatillo de las ametralladoras, matando a cuatro transeúntes.

El primer roce del Vuelo Polaco con el enemigo llegó el 10 de mayo. Mientras patrulla sobre su aeródromo, ppor. Chałupa se enfrentó con tres Ju88 al este de Nancy, sin resultados concluyentes. Más tarde ese día, plut. Beda y S / L Husson atacaron y dañaron un He111. Al día siguiente, Chałupa y Beda persiguieron a cinco Ju88, y se les atribuyó el daño de un bombardero alemán.

No hubo ninguna advertencia antes del ataque a Toul-Ochey, realizado por la Luftwaffe el 12 de mayo. Los bombarderos alemanes tomaron el aeródromo completamente desprevenidos y los tres aviones polacos resultaron dañados. Sin embargo, volaron al día siguiente durante la escolta al área de Zweibrücken.

A partir del 15 de mayo, GC I / 2 voló en su mayoría contra los bombardeos alemanes y sobre el frente sureste de Montmédy. Desafortunado para ppor. Chałupa demostró ser el 17 de mayo. Después del combate en St. Vallier-sur-Marne, el radiador del motor que no funcionaba lo forzó a aterrizar. El tren de aterrizaje de Morane (n. ° 951, L-982, "6") no bajó y el avión fue destruido.

Tras recibir una herida grave en la cabeza en ese accidente, Chałupa fue hospitalizado hasta el 22 de mayo. Mientras tanto, por. Brzeziński dejó la unidad, no estando en condiciones de volar debido a algunos problemas estomacales. Su partida estuvo marcada por una separación de los otros dos polacos. A partir de ese momento, volaron solo con pilotos franceses. Siendo un oficial, Chałupa disfrutó de mucha más libertad que Beda. Acompañado por un suboficial francés, a menudo despegaba para una patrulla no programada. Durante una de esas patrullas en parejas, el 1 de junio, atacaron dos veces y persiguieron, sin éxito, formaciones de He111s y Ju88s. La C / O de la unidad ignoró las actividades de este Pole. Solo los prohibió cuando se acercaba la salida de un escuadrón entero.

El 2 de junio, la víctima del escuadrón con ppor. Chałupa, se encontró con un grupo de He111s que regresaban de una misión de bombardeo, derribando a uno de ellos. El 5 de junio, plut. Beda obtuvo una victoria. Su víctima se estrelló cerca de Chaumont.

El aeródromo de Coulommiers se convirtió en la nueva ubicación de la unidad el 8 de junio. Este día resultó ser una suerte para Chałupa. Él recordó:

Estábamos patrullando a 12,000 pies cuando vimos nueve Bf109s volando en la dirección opuesta, unos 600 pies más abajo y ligeramente a un lado. Probablemente no nos vieron ya que teníamos el sol a nuestras espaldas. El líder de nuestro Vuelo permitió que los otros pares atacaran primero, y luego, él y yo seguimos. Rebotamos el último par de aviones enemigos, disparando desde un alcance de unos 40 m. Después de un par de ráfagas de mis armas, vi golpes en el avión, que voló en el lado derecho de la formación. Empezó a arder, dispersando algunas partes metálicas. Teniendo su cola disparada hacia arriba, cayó en espiral todo el camino hasta el suelo. El líder de mi vuelo derribó a los otros dos. Otros pilotos de nuestro Vuelo lo presenciaron.

El mismo día, a las 7:45 p.m. los seis de nosotros atacamos una fuerza de unos 20 Ju87 "Stuka", volando a 6.000 pies. Sucedió a unos 2 km de la ciudad de Soissons. Comencé un combate aéreo en el que destruí un Ju87 haciendo un pase frontal, desde poco más arriba. Se zambulló abruptamente y se estrelló. A continuación, ataqué a otro Junkers, que comenzó a fumar y se dirigió a un mazo. En ese caso, otros dos se unieron a Moranes. Después de volar temblorosamente durante unos pocos kilómetros, el avión enemigo intentó forzar la tierra pero se estrelló, golpeando un árbol.

Dispararon Ju87s probablemente del StG2, que perdió cuatro aviones ese día. Los cazas alemanes del encuentro de ese día, podrían haber sido de JG27, que el 8 de junio perdió en combate, el Leutnant Herman Dörr del 7. ° Staffel y el Leutnant Walter Reimer del 2. ° Staffel. 30

El 15 de junio, el escuadrón se mudó a Chalon-Champforgueil.

Para los polacos, el próximo enfrentamiento con los combatientes de la Luftwaffe llegó el 15 de junio (algunas fuentes francesas indican el 11 de junio), cuando seis Bf110 atacaron el aeródromo GC I / 2. Los dos pilotos polacos fueron los únicos que lograron luchar. Inmediatamente, plut. Beda se mete en problemas con un Messerschmitt en la cola. Al ver esto, ppor. Chałupa persiguió al atacante con un largo tiro de desviación. Beda aterrizó una aeronave mal disparada (número 947, que fue rápidamente cancelada) mientras Chałupa, siendo encerrada por los Zerstörers, voló bajo la cubierta de los aeródromos AAA.

El próximo movimiento del escuadrón se produjo el 17 de junio en St. Symphorien-d'Ozon, y tres días después en Nîmes-Courbessac. Sus últimas incursiones operacionales se hicieron desde Montpellier, el mismo aeródromo donde los polacos volaron un avión francés por primera vez. Desde allí, en tren, se dirigieron a St. Luiz, donde abordaron un barco británico a Inglaterra, sufriendo un severo caso de artritis, ppor. Chałupa tuvo que ser continuado. "

El texto anterior es un extracto del libro que trata sobre la participación de las Unidades Aéreas Polacas en camapign francés de 1940. Este libro único ofrecerá la cuenta más exhaustiva presentada hasta ahora sobre los combates aéreos entre la Luftwaffe y los pilotos de combate polacos en estos días dramáticos de verano de 1940. Hechos desconocidos, relaciones del piloto, comparación de fechas y hechos, puede descubrir en el libro publicado, escrito en polaco e inglés por Grzegorz Śliżewski, periodista e investigador de historia de la aviación:


Título: Stracone zludzenia. Polskie lotnictwo mysliwskie nad Francja w 1940 roku
Esperanzas perdidas. Combatientes polacos sobre Francia en 1940
ISBN 83-914259-0-8
Formato B5, 220 páginas, 106 imágenes, 3 mapas, biogramas de 190 luchadores polacos

Precio: 10 USD + 3 USD para P & P

Para ordenar el libro, póngase en contacto con el autor: Grzegorz Śliżewski.


Después de la campaña francesa Chałupa, como muchos otros aviadores polacos, llegó a Gran Bretaña. El 6 de agosto de 1940 fue enviado a la nueva formación, en el aeródromo de Leconfield, 302 Escuadrón de Caza Polaco "Ciudad de Poznań". El 20 de agosto hubo un primer encuentro enemigo: 3 huracanes de 302 pies cuadrados, liderados por S / Ldr Satchell (comandante británico de 302.) encontraron un solo Ju 88 sobre la costa británica. El bombardero alemán fue compartido por Satchell y Sec.Lt. Wapniarek.

Un día después, la sección de 3 Huracanes (Riley, Chałupa, Paterek) fue dirigida contra un par de Ju 88s. En combate sobre el puerto de Hull, Sec.Lt. Stanisław Chałupa anotó su primer asesinato bajo el cielo británico, mientras que el segundo fue compartido por Railey y Paterek. El huracán Chałupa recibió algunos golpes y el piloto se vio obligado a aterrizar.

Durante los días más calurosos del BoB 302 Sq se trasladó al aeródromo de Duxford, ubicado al norte de Londres. El famoso día 15 de septiembre, los pilotos de 302 volaron dos misiones, anotaron 11 muertes confirmadas y 7 probables (se perdieron 3 huracanes y un piloto murió). En la primera salida (alrededor de las 12:00) Chałupa derribó 2 bombarderos Do 17.

En la primavera de 1941 Chałupa se envió al Comando de Caza (OPS) en el sector de Kenley. Al tener algunos problemas de salud, no regresó al servicio activo del piloto hasta el final de la guerra. El puntaje oficial de Chałupa es de 4 muertes confirmadas.

Después de la guerra, Stanisław Chałupa emigró a Canadá, pero en 1995 finalmente regresó a Polonia.



Stanisław Chałupa a la derecha, a la izquierda Antoni Beda.

jueves, 26 de abril de 2018

Japón imperial: El film "El último samurái" y las rebeliones en la era Meiji

El último samurai: la verdadera historia detrás de la película

William Mclaughlin | War History Online



The Last Samurai es una película bastante sólida, aunque subestimada. La acción está bien hecha, y la fusión de lo viejo y lo nuevo, así como también las muchas ideologías a lo largo de la película se presentan de una manera interesante y agradable.

Ninguna epopeya histórica de Hollywood es precisa, aunque casi todas se basan en una historia conocida o un período particularmente importante. The Last Samurai escoge un tiempo y un lugar fascinantes; el período de Restauración Meiji de Japón.

Este fue un período difícil. A menudo se simplifica al explicar que fue la modernización de Japón, específicamente la evolución de su ejército y el declive de su clase guerrera de samuráis.


La Restauración Meiji usualmente se refiere a cuando el Emperador Meiji fue restaurado al poder. Sin embargo, durante la guerra civil que provocó la Restauración se adoptaron enormes avances en la modernización, incluidos los estilos occidentales de vestimenta y armas. Estas modernizaciones se racionalizaron cuando el gobierno se estabilizó más.

Japón inicialmente había permitido que algunos comerciantes europeos entraran en su nación. Vinieron con armas y productos de todo el mundo. Temiendo una dilución de los valores tradicionales, el shogunato Tokugawa expulsó a todos los europeos de las islas en el siglo XVII, limitando el comercio europeo a un pequeño puerto holandés en Nagasaki.

El comodoro Matthew Perry llegó con enormes naves que transportaban docenas de cañones unos 200 años después. Los japoneses se encontraron completamente superados por casi todas las demás naciones establecidas en el mundo desarrollado.

Japón estaba firmemente atrapado en la Edad Media, mientras que Estados Unidos estaba construyendo su conflicto más mortífero en su Guerra Civil. Europa ya tenía la experiencia de las Guerras Napoleónicas. Cámaras, electricidad e innumerables inventos habían penetrado en el resto del mundo, mientras que Japón todavía estaba en un sistema feudal.

Como era de esperar, el sentido común prevaleció cuando los japoneses vieron los enormes buques de guerra en sus bahías. Abrieron el comercio y alentaron a las naciones extranjeras a incorporarlas a la era moderna.


En The Last Samurai, esto se presenta como una idea completamente mezclada. El personaje de Tom Cruise, el Capitán Algren, es traído para entrenar a un nuevo ejército japonés. Hombres previamente considerados como una clase demasiado baja para servir están preparados para luchar contra samuráis rebeldes.


La flota del comodoro Perry realmente abrió los ojos de los japoneses.

Estos samuráis son condenados como beligerantes rebeldes hasta capturar al Capitán Algren y llevarlo a una tierra ineludible del samurai. Allí se entera de su forma de vida pacífica y sencilla. Algren descubre cómo el Emperador japonés está siendo manipulado y los samurai están siendo oprimidos hasta el punto de ser eliminados por completo.


Tropas imperiales modernizadas que se preparan para ir en una campaña contra la rebelión de Satsuma.

Cuando Algren regresa a Tokio, descubre que la modernización japonesa ha avanzado rápidamente. Los diplomáticos están haciendo lanzamientos de ventas para sus armas. Se parece más a Londres, con personas con sombreros de copa y carros tirados por caballos que recorren las calles entrecruzadas por cables eléctricos.

El líder samurai Katsumoto está extremadamente deprimido al saber que su Emperador es simplemente una marioneta de empresarios japoneses que cosechan los frutos de los negocios y la guerra en Europa.

Los hombres individuales del nuevo Ejército Imperial no fueron demonizados, pero su mando superior y casi todos los aspectos del gobierno y las influencias extranjeras fueron vilipendiados. Hollywood simplifica el escenario para mostrar al samurai como simplista, bueno y puro, y la modernización como bastante malvada y opresiva.

En realidad, la Restauración Meiji mediante la destrucción de las clases sociales fue todo lo contrario. El nuevo gobierno se puso a trabajar para abolir la clase samurai. Los samurai fueron apoyados principalmente por campesinos y fueron a menudo crueles y tiránicos a lo largo de la historia japonesa.

Al darles a los plebeyos el derecho de unirse al ejército, el gobierno estaba ampliando el papel tradicional del samurai a cada hombre. También trajeron el reclutamiento obligatorio.

Todos los Samurai no estaban en contra de esto. Como los samuráis formaban parte de las clases altas, muchos de ellos encontraron papeles en el nuevo régimen. Samurai formó el núcleo de oficiales veteranos del nuevo ejército, y muchos se convirtieron en empresarios exitosos.


Varios samuráis occidentalizados. Los samuráis podían prosperar y prosperaron bajo la regla Meiji, pero algunos todavía luchaban por conservar los roles y valores tradicionales.

Algunos samurai, sin embargo, no estaban emocionados por todos los cambios. Vieron que el nuevo gobierno les quitaba directamente su poder y así se produjeron rebeliones armadas.

The Last Samurai combina varias rebeliones que ocurrieron durante muchos años en una. El líder ficticio Katsumoto se basó en el influyente y honorable Saigō Takamori, líder de la rebelión final.

La combinación de eventos persiste hasta la última batalla de la película, que es una correlación directa con la batalla final de la Rebelión Satsuma. Katsumoto / Takamori muere a manos de un ejército imperial completamente modernizado, poniendo fin a las rebeliones.

Los samuráis en combate están maravillosamente representados en la película desde una perspectiva de entretenimiento. La primera batalla muestra cómo el samurai hábilmente empuñó sus espadas y arcos para desgarrar a un ejército armado pero inexperto.

La última batalla muestra al samurai usando tácticas excelentes para atrapar unidades de infantería y desgastarlas en cuerpo a cuerpo antes de finalmente cargar a la muerte frente al fuego del cañón y las ametralladoras Gatling. Esta dicotomía además muestra las diferencias ideológicas de los samuráis y les da simpatía por quedarse con sus armas anticuadas.


Una de las batallas durante las rebeliones samurai. los samuráis están a la derecha con armas y oficiales con uniformes occidentales. las únicas diferencias reales son que muchos de los samuráis usan ropas más tradicionales mientras que las tropas imperiales usan más uniformes.

La historia, sin embargo, muestra una historia muy diferente. Mientras que una de las rebeliones evitó las armas modernas, el resto de los levantamientos, incluido el Satsuma final, usaron armas modernas.

Los rebeldes de Satsuma, incluido Takamori, usaron rifles y, a menudo vestían uniformes de estilo occidental, y unos pocos llevaban armadura de samurai tradicional. Los rebeldes tenían más de 60 piezas de artillería y las usaban.

El Ejército Imperial en la batalla final de Shiroyama ganó debido a números superiores más que cualquier otra cosa. La carga final del samurai era simbólicamente muy similar a cómo se presentó en la película.


Una representación idealizada de la batalla de Shiroyama. Los Samurai están a la derecha, y la mayoría de ellos tienen armas.

Aunque el Capitán Algren parece ser un personaje ficticio incluido para tener a alguien con quien relacionarse, sin embargo, está basado en un personaje histórico con visiones y acciones sorprendentemente similares.

El verdadero hombre, Jules Brunet, era francés. Fue enviado a entrenar a soldados en el uso de la artillería moderna mucho antes que la rebelión de Satsuma, y ​​antes de la Restauración Meiji oficial.

Brunet fue llamado de regreso a Francia, pero prefirió quedarse y luchar en la guerra de Boshin, una guerra civil que terminó con una victoria Meiji y la restauración del gobierno imperial. Brunet luchó en el lado derrotado del Shogunato y participó en una última batalla gloriosa y épica que sobrevivió. Los paralelos entre Algren y Brunet muestran que Brunet fue una influencia definitiva.

Jules Brunet.

The Last Samurai combina más de una década de historia real en una narración más corta, mientras convierte a un héroe francés en uno estadounidense. También altera enormemente las actitudes de los bandos, haciendo que el nuevo gobierno sea malvado y opresivo. En realidad, este nuevo gobierno otorgó a los japoneses más libertades y un lugar en el escenario nacional por primera vez en su historia.

Algunos de los samurais eran honorables, pero otros lucharon contra el sistema porque les molestaba amargamente su papel muy disminuido en el nuevo Japón. La batalla final de Shiroyama fue simbólica y un momento agridulce de la historia japonesa.

Cuando se rebelaron, los samurai fueron una amenaza, pero una vez vencidos se volvieron más idealizados. Finalmente, la historia del samurai y la cultura del guerrero se utilizaron para motivar a las tropas japonesas durante sus grandes guerras en el siglo XX.

La película hace un excelente trabajo al basar Katsumoto en uno de los rebeldes más respetados y en Algren en una figura histórica real.

Al mostrar los grandes cambios en Japón durante el siglo XIX, aunque con una versión muy idealizada de las diversas rebeliones, la película aporta un aspecto a menudo oculto de la cultura japonesa en Occidente.

jueves, 29 de marzo de 2018

Argentina: Quiroga, su salud y su entierro de pie

Facundo Quiroga, la leyenda del caudillo que fue enterrado de pie

En un nuevo aniversario de su muerte, tres pequeñas historias que revelan aspectos casi desconocidos del político y militar argentino: su ludopatía, la relación con su caballo Moro y el curioso recorrido de sus huesos

Por Omar López Mato Infobae



Facundo Quiroga, en el clásico cuadro de Alfonso Fermepin

El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta
Jorge Luis Borges ("El general Quiroga va en coche al muere")

Si bien todos sabemos que Facundo Quiroga murió de un tiro en la cara, una enfermedad invalidante carcomía las articulaciones del general, que le impedía montar. De allí esta galera que lo condujo "al muere", como relata Borges en su poema. De haber podido andar a caballo, es muy probable que hubiese escapado de esa trampa mortal.


Después de la derrota de Oncativo, aunque Juan Manuel de Rosas astutamente la hizo pasar como una victoria, y durante su permanencia en Buenos Aires, se agravaron las dos afecciones que hostigaban a Quiroga: la ludomanía y el reuma. Ninguna de las dos lo abandonaría hasta Barranca Yaco. Con la primera no le fue tan mal, gastó y ganó fortunas, pero el balance debe haber sido positivo porque en poco le cambió el ritmo de vida. Dicen que el hombre era supersticioso, que nada hacía los días 13 y que creía o hacía creer que su famoso caballo Moro podía ver el futuro y que solo a él se lo confiaba. Sus soldados estaban convencidos de estos poderes y antes de iniciar una batalla, el Moro y Quiroga sostenían largos diálogos que la tropa contemplaba en reverencial silencio. Hasta antes de partir, en el que sería su último viaje, Quiroga le reclamó a Estanislao López la devolución de su Moro, extraviado después de Oncativo. Estanislao le dio larga al asunto y al final el general y Moro nunca se volvieron a ver. Quizás el Moro le hubiese advertido sobre su aciago destino.

Si bien fue afortunado en el juego, con el reuma la historia fue distinta, ya que durante la batalla de Rodeo de Medio, el estado físico de Quiroga era tan lamentable que debió contentarse con ver el combate desde una carreta. El comandante Aresti, jefe de la caballería unitaria, pasó varias veces frente a él sin reconocerlo. Tal era su decadencia que nadie identificaba al Tigre de los Llanos con ese viejo tullido. De haberlo hecho, quizás otra hubiese sido la historia, de la misma forma que una casual boleada terminó con la carrera del general Paz.

"Mi salud sigue en una alternativa cruel. Los ratos de despejo no compensan los del decaimiento y destemplanza que sufro; sin embargo yo pugno contra los males y no desmayo si del todo no me abandonan las fuerzas", le escribió a Rosas, quien, pocos días después de su partida, le envió una fórmula casera para el reumatismo, preparado con base en ajo machacado, polvo dulce de mercurio y aceite para frotarse sobre las articulaciones doloridas. No tuvo oportunidad de usarla porque, para entonces, todos sus males se habían curado con una bala que le entró al cráneo por la órbita izquierda. Facundo perdió la última partida jugando mano a mano con la muerte.

Félix Luna sostenía que Quiroga podía haber sido la figura del país: el hombre hablaba de Constitución y organización nacional, su figura tenía relieve político en todo el territorio de la Confederación, a punto tal de competir en prestigio con el mismísimo Restaurador, pero los Reinafé (cuyo nombre original era Queenfaith) se cobraron antiguas deudas en un oscuro paraje de Córdoba.


Fueron tantos los avisos de la partida que lo acechaban que solamente una persona enceguecida por la soberbia podía negarse a creer que nadie se atrevería a ultimarlo. Murió por una bala certera, tan certera como los rencores que había generado, tan certera como su orgullo indomable.

Sobre huesos y tumbas

Aun después de muerto, los huesos maltrechos de Facundo Quiroga continuaron conjurando su historia de gloria. De la capilla ardiente de Sinsacate fueron a reposar al cementerio de la catedral de Córdoba y finalmente, a pedido de su esposa, terminaron en la cripta de la Iglesia San Francisco y, por último, una bóveda en el Cementerio de la Recoleta bajo la imagen de la Dolorosa, la estatua que su yerno, el barón Demarchi, había encargado a su amigo, el escultor Tartarini. En este rincón recoleto una leyenda fue tomando cuerpo: El Tigre había sido enterrado de pie, siguiendo una vieja tradición de los caballeros castellanos.



Hace 10 años, el arquitecto y arqueólogo argentino Daniel Schávelzón, Jorge Alfonsín y quien escribe quisieron develar este misterio. ¿El general Quiroga estaba de pie? En realidad en esta tumba no había un ataúd del general, ni de pie ni acostado. ¿Dónde estaba el general? Schávelzón, valiéndose de un eco sonar, buscó tras las paredes asimétricas de esta tumba y con el permiso de la familia se perforó una pared donde se descubrió un esplendido ataúd de bronce. De pie, como le corresponde a un macho argentino que se presenta ante el Creador.

Hasta allí seguimos la sombra del general, porque la familia no permitió examinar el contenido del sarcófago. Por pedido de sus descendientes, finalmente el brigadier Quiroga no espera más de pie. Desdiciendo el poema de Borges, aunque siga siendo inmortal y un fantasma, ese hombre que supo poner retemblor en las lanzas que lo siguieron en las batallas y entreveros donde se ganó la fama que aún hoy lo persigue como una sombra.