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viernes, 15 de junio de 2018

SGM: El asalto conjunto germano-americano al castillo de Itter

Esa vez cuando los estadounidenses y los alemanes lucharon juntos durante la Segunda Guerra Mundial


Paul Szoldra, We Are The Mighty
Business Insider


Castillo de Itter y camino de entrada en 1979

El castillo de Itter visto desde el este, a lo largo del camino a la entrada, en 1979. Steve J. Morgan a través de Wikimedia Commons

Cinco días después de que Hitler se suicidara en su búnker en Berlín y dos días antes de que Alemania se rindiera, las tropas estadounidenses y alemanas luchaban juntas una al lado de la otra en lo que se ha llamado la batalla más extraña de la Segunda Guerra Mundial.
Fueron los últimos días de la guerra en Europa el 5 de mayo de 1945, cuando prisioneros franceses, combatientes de la resistencia austriacos, soldados alemanes y petroleros estadounidenses lucharon en defensa del Castillo de Itter en Austria.

En 1943, el ejército alemán convirtió el pequeño castillo en una prisión para prisioneros de "alto valor", como primeros ministros, generales, estrellas del deporte y políticos franceses.

Para el 4 de mayo de 1945, con Alemania y su ejército colapsándose rápidamente, el comandante de la prisión y sus guardias abandonaron su puesto.

Los prisioneros ahora dirigían el asilo, pero no podían simplemente salir por la puerta principal y disfrutar de su libertad. Las Waffen SS, la unidad paramilitar alemana comandada por Heinrich Himmler, tenían planes de reconquistar el castillo y ejecutar a todos los prisioneros.

Fue entonces cuando los prisioneros solicitaron la ayuda de las tropas estadounidenses cercanas lideradas por el capitán John "Jack" Lee, combatientes de la resistencia local y sí, incluso soldados de la Wehrmacht para defender el castillo durante la noche y la madrugada del 5 de mayo. El libro " The Last Battle "de Stephen Harding cuenta la verdadera historia de lo que sucedió a continuación.

De The Daily Beast:

"Hay dos héroes primarios de esto, como debo reiterar, completamente factual, historia, ambos directamente del reparto central.
"Jack Lee era el guerrero por excelencia: inteligente, agresivo, innovador y, por supuesto, un hombre que bebía puros y masticaba cigarros que cuidaba de sus tropas y estaba dispuesto a pensar de una manera muy diferente cuando la situación táctica exigía esto, como sin duda lo hizo una vez que las Waffen-SS comenzaron a asaltar el castillo.
"El otro fue el muy condecorado oficial de la Wehrmacht, el mayor Josef 'Sepp' Gangl, que murió ayudando a los estadounidenses a proteger a los VIP. Esta es la primera vez que se cuenta la historia de Gangl en inglés, aunque con razón se lo honra en la actual Austria y Alemania como un héroe de la resistencia antinazi ".

Como señala el New York Journal of Books en su reseña del trabajo de Harding, el capitán del ejército Lee asumió inmediatamente el mando de la lucha por el castillo sobre sus líderes: el capitán Schrader y el mayor Gangl, y lucharon contra una fuerza de 100 a 150. Tropas SS en una batalla confusa, por decir lo menos.

Durante la batalla de seis horas, las SS lograron destruir el único tanque estadounidense de los defensores ampliamente superados en número, y la munición de los Aliados resultó extremadamente baja. Pero los estadounidenses pudieron pedir refuerzos, y una vez que aparecieron, los SS retrocedieron, según Donald Lateiner en su reseña.



Unas 100 tropas de la SS fueron tomadas prisioneras, según la BBC. La única víctima amistosa de la batalla fue Maj. Gangl, que recibió un disparo de un francotirador. La cercana ciudad de Wörgl luego nombró una calle en su honor en honor a él, mientras que el capitán Lee recibió la Cruz del Servicio Distinguido por su valentía en la batalla.
En cuanto al libro, aparentemente se ha optado por convertirlo en una película. Con una historia loca como esta, uno pensaría que ya se habrá hecho.

martes, 29 de mayo de 2018

SGM: El colaboracionismo saca la cola de paja en Europa

Cómo lidian con su pasado los países europeos que tuvieron colaboradores del régimen nazi

Con su polémica ley aprobada hace pocos días, Polonia dio uno de los pasos más osados para borrar de la historia la ayuda que muchos de sus ciudadanos brindaron a los invasores alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Otras naciones, en cambio, tomaron un rumbo distinto para no olvidar su pasado más negro

Por Germán Padinger || Infobae
gpadinger@infobae.com



Polonia está en el centro de la polémica, pero no es un caso aislado

La reciente disputa entre Polonia e Israel por una ley que prohíbe menciones a la responsabilidad polaca en el Holocausto ha vuelto a interpelar a nuestros tiempos con el recuerdo y la interpretación de una de las páginas más oscuras de la historia europea y mundial.

Ni Polonia ni Israel pretenden, por supuesto, ir en contra de la idea de que fue la Alemania nazi la principal, y quizás única, responsable del genocidio de judíos y muchas otras minorías durante los años de la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945.

Pero sí están chocando por el reconocimiento del rol activo de los individuos, de diferentes nacionalidades y credos, en diferentes actos violentos perpetrados por los nazis.

Así, el gobierno nacionalista y conservador polaco intenta callar con penas de prisión a quienes citen este colaboracionismo para hablar de una responsabilidad polaca, y en su férrea defensa han incluso traído a la discusión el caso de colaboradores judíos dentro de los ghettos y campos de concentración.


Colaboradores judíos dentro del ghetto de Varsovia

El miércoles el periódico israelí Times of Israel se involucró en el debate promoviendo el argumento de que si bien hubo colaboradores entre polacos y judíos de toda nacionalidad, los primeros lo hacían para buscar un beneficio de las autoridades alemanas o bien por antisemitismo, mientras que los segundos, prisioneros llamados a administrar prisiones y mantener el orden, lo hacían bajo una constante amenaza de muerte.

Lo cierto es que hubo colaboracionismo, en mayor o menor medida, en todos los países europeos conquistados por Alemania durante la guerra y era inevitable. También lo hubo en los países ocupados por Japón e Italia, aliados que conformaban el llamado "Eje".

Ya sea por búsqueda de beneficio, por supervivencia o por simple obediencia, el fenómeno existió e incluso hemos podidos observar ejemplos contemporáneos en las ciudades sirias e iraquíes conquistadas por el grupo terrorista Estado Islámico (ISIS) en 2014.

Pero quizás el debate actual en torno al holocausto esté relacionado a cómo cada una de las naciones reprimidas por los nazis lidió con el fenómeno de los colaboradores y qué responsabilidad aceptó durante la posguerra.


El primer ministro polaco Mateusz Morawiecki, que alimentó la polémica igualando a colaboradores polacos y judíos (AFP)

Estos son algunos de los casos de colaboracionismo más emblemáticos de la guerra, y cómo fueron tratados cuando los invasores finalmente fueron expulsados.

Francia

El ejército francés se derrumbó en junio de 1940 tras un mes y medio de durísimos combates contra los alemanes. Poco antes había ocurrido algo similar con sus aliados en la Fuerza Expedicionaria Británica, que logró ser evacuada en Dunquerque.

En consecuencia inició una larga ocupación del país que duraría hasta 1944.

Pero a pesar de que el movimiento de resistencia ante los invasores cobró una enorme notoriedad durante y luego de la guerra, Francia se convirtió también en un emblema del colaboracionismo porque sólo la mitad norte del país fue ocupada por los alemanes.


Voluntarios franceses peleando en Rusia en 1941 en las filas del ejército alemán

La mitad sur fue "devuelta" a un gobierno francés con capital en Vichy, al mando del general Philippe Pétain, pero a las órdenes de Berlín.

En la Francia de Vichy la policía rutinariamente hallaba y deportaba judíos, gitanos romani, homosexuales y otros "indeseables" a los campos de concentración y de exterminio en Polonia. Además de proveer trabajadores, inteligencia y hasta asistencia militar principalmente en las colonias francesas en África, así como voluntarios para la 33° división SS de infantería "Carlomagno".

Tras la invasión de las tropas aliadas en Normandía en junio de 1944 y la posterior entrada en París, y del sur del país mediante la operación Dragoon en agosto, la Francia liberada se lanzó a un caería brutal de colaboracionistas.

Los hombres eran ejecutados en juicios sumarios, con estimaciones que llegan a los varios miles, y las mujeres recibían cortes de pelo al ras para ser luego fácilmente reconocidas y humilladas.


Tropas aliadas se preparan para desembarcar en Argel, capital argelina defendida por las tropas de la Francia de Vichy, colaboradora de Alemania (Getty)

Cuando se restauró el orden, iniciaron entonces los juicios contra cerca de 127.000 personas, que incluyeron unas 1.500 sentencias a muerte, según señala el historiador francés Claude Liauzu en su obra de 1999 "La sociedad francesa frente al racismo: de la Revolución hasta nuestros días". Hubo además 56.000 ciudadanos "degradados" al perder sus derechos civiles.

El extenso alcance del colaboracionismo en Vichy y las brutales represalias son un recuerdo difícil de abandonar en el país, donde el historiador Henry Rousso habla incluso de un "Síndrome de Vichy".

Pero más allá de la ola de ejecuciones ilegales y legales a colaboradores, sin embargo, Francia tardó en establecer una postura oficial con respecto a su rol en el Holocausto, e incluso por muchos años cargó la culpa entera sobre el gobierno de Vichy, extinto.

Pero en 1995 el entonces presidente Jacques Chirac admitió la responsabilidad del estado francés por la deportación de 76.000 judíos. "Estas horas oscuras son un insulto contra nuestro pasado y tradiciones. La locura criminal de los ocupadores fue secundada por los franceses, por el Estado francés", explicó, según recuerda la BBC.


El presidente francés Emmanuel Macron volvió a reconocer el año pasado la responsabilidad de su país en el Holocausto (Reuters)

La postura fue retomada por el actual presidente Emmanuel Macron en 2017. "Fueron definitivamente los franceses quienes organizaron esto, ningún alemán participó", dijo el mandatario en un acto de recuerdo en el  Vélodrome d'Hiver, el velódromo parisino donde fueron reunidos 13.000 judíos antes de su deportación.

"Es conveniente ver al régimen de Vichy como surgido de la nada, y vuelto a la nada. Es conveniente, pero falso. No podemos construir orgullo basado en mentiras", argumentó, de acuerdo al periódico El País.

Bélgica y Holanda

Bélgica y Holanda cayeron bajo dominio alemán en 1940, poco antes de la derrota de Francia.

En el primero la colaboración sucedió principalmente en la región de Flandes, donde antes de la guerra ya existían partidos fascistas cercanos a los nazis, como el Vlaams Nationaal Verbond y el Partido Rexista.


Un acto del partido belga Vlaams Nationaal Verbond en 1941

Los miembros de estas fuerzas crecieron en número y poder bajo la ocupación alemana, accediendo a las órdenes de Berlín. Además, unos 15.000 belgas marcharon a las filas de las Waffen SS para luchar en Rusia.

Se estima que entre 29.000 y 65.000 judíos fueron deportados a los campos de concentración, la mayoría de los cuales murió allí, de acuerdo al Yad Vashem, institución del Estado de Israel dedicada a la memoria del Holocausto.

En Bélgica no existe una declaración de responsabilidad como la realizada en Francia, pero en 1995 se aprobó una ley que penaliza la negación del Holocausto, una legislación que, al igual que la promovida en estos tiempos por Polonia, tiene su cuota de polémica.

En tanto en 2007 se publicó un largo y detallado informe final sobre el colaboracionismo en el país, titulado "La Bélgica dócil", que tuvo un alto impacto al mostrar el alcance de la ayuda local ofrecida a las fuerzas ocupadoras.


En la posguerra a muchas mujeres acusadas de colaborar o mantener relaciones con alemanes se les cortó el cabello para que fueran identificadas y humilladas

En especial se cita el momento en 1940 cuando el gobierno belga accedió a crear un registro de judíos que luego proporcionó a los alemanes y fue instrumental en las redadas previas a la deportación.

En Holanda existía una variante local del partido Nacional Socialista de los Trabajadores, nombre oficial del nazismo, que aumentó su poder tras la derrota militar del país.

Durante la ocupación el país estuvo gobernado por una administración civil poblada por alemanes, que a su vez controlaban a los empleados públicos holandeses.

En los primeros años este gobierno mixto realizó un registro de judíos y sus bienes, y aplicó la prohibición para ellos de participar de la administración pública y otras ocupaciones.


Cartel de reclutamiento a las Waffen SS destinado a los holandeses

En 1942 comenzaron las deportaciones a Auschwitz y Sobibor, y según estimaciones citadas por el Museo del Holocausto en Estados Unidos, 107.000 judíos holandeses fueron enviados a estos dos campos de exterminio. Sólo 5.200 sobrevivieron.

Además de esta colaboración con el gobierno, numerosos holandeses se enlistaron también en la 11° divisón SS "Nordland" y en la famosa 5° división SS "Wiking", para luchar contra la Unión Soviética.

En la posguerra Holanda evitó cualquier tipo de referencia a sus colaboradores, enfatizando en cambio los numerosos casos de ayuda a los judíos y su activa resistencia.

Pero el desproporcionado número de muertos entre la población judía del país y los asuntos inconclusos con respecto a la propiedad confiscada por las autoridades mantuvo el tema en agenda.

La situación comenzó a cambiar en 2005, cuando la compañía nacional de ferrocarriles Nederlandse Spoorwegen pidió perdón por su rol en el traslado de los judíos a los campos de exterminio. Ese mismo año el primer ministro Jan Peter Balkenende había condenado la complicidad holandesa en el Holocausto, según reportó Haaretz, aunque aún no hubo una pedido de disculpas formal.

Ucrania y los países oprimidos por la URSS

En los años previos a la guerra el descontento de los ucranianos con la Unión Soviética a la que pertenecían, y especialmente frente a Rusia, su república más importante, había llegado a niveles muy altos.

Especialmente el recuerdo del Holodomor, la hambruna provocada por políticas deficientes en las que se cree que murieron millones de personas, las purgas políticas ordenadas desde Moscú y la colectivización de las fértiles tierras ucranianas, habían potenciado los sentimientos independentistas.

Cuando los alemanes entraron triunfantes en 1941 en el territorio, persiguiendo al ejército rojo, muchos lo vieron casi como una liberación y los nazis fomentaron que los ucranianos obtuvieran puestos políticos en la nueva administración, en reemplazo de judíos y rusos desplazados.


Durante los rápidos avances de 1941, muchos ucranianos vieron a los alemanes como “liberadores”

Basada en un antisemitismo preexistente entre los ucranianos, a la colaboración con los esfuerzos bélicos alemanes (al que se sumaron como soldados voluntarios) se sumó la ayuda prestada para llevar a cabo el Holocausto mediante el despliegue de policías especiales en todo el territorio, que como Polonia albergó también campos de exterminio.

Ucrania logró separarse definitivamente del control de Rusia en 1991 con la caída de la Unión Soviética, y desde entonces no ha condenado oficialmente las instancias de colaboración.

Por el contrario, en 2014 aprobó dos leyes de censura. La primera, con el número 2558, prohíbe la propagación de símbolos tanto del nazismo como de la URSS.

Una segunda norma, la 2538-1, celebra los diferentes grupos de partisanos y milicias ucranianas que combatieron esta ocupación, y criminaliza a quienes cuestionan su legado en la lucha por la independencia, a pesar de que algunas perpetraron masacres.


Estonios, lituanos, latvios, bielorrusos y ucranianos colaboraron con los nazis, buscando en el proceso liberarse de la presión ejercida por la Unión Soviética

En Bielorrusia los nazis recibieron el apoyo de los políticos que fomentaban el movimiento independentista, y a cambio de tomar las riendas del país éstos participaron activamente en la búsqueda y exterminio de judíos.

Algo similar ocurrió con los países del báltico Estonia, Lituania y Letonia, los cuales, ansiosos de liberarse de la URSS, no dudaron en implementar las políticas raciales de los alemanes y gestionaron diversas masacres contra los judíos y los romani, a cambio de lograr una administración independiente de su territorio.

Tampoco hubo reconocimiento de responsabilidad en estos países, que se defienden alegando que no eran estados independientes al momento de los crímenes.

En el caso de Letonia y Lituania, aprobaron en 2010 y 2014 leyes similares a la de Ucrania, que penalizan con prisión a quienes niegan los crímenes de genocidio y cuya responsabilidad la norma claramente restringe sólo a la Alemania Nazi y la URSS.


Tras la caída de la Unión Soviética, las repúblicas que se independizaron cargaron todas las culpas sobre ésta (Archivo)

Polonia

A diferencia de Vichy y los estados bálticos, no hubo gobierno polaco durante la ocupación y el país entero estuvo administrado por los alemanes entre 1939 y 1945.

Además, debido al hecho de que Polonia fue derrotada militarmente pero nunca se rindió, algunos miembros de su ejército pasaron a la clandestinidad y forjaron el movimiento de resistencia más grande de Europa.

Por esta razón los alemanes no confiaban en los polacos y no les daban cargos administrativos de alto nivel, excepto a los descendientes de alemanes cuyas familias habían quedado en el país luego de los cambios en las fronteras que produjo la Primera Guerra Mundial.

En esta situación particular se han basado los sucesivos gobiernos polacos de pos guerra para evitar el rótulo de "colaboracionismo", aún más en lo referido a la implementación del Holocausto.


La estación de llegada a Auschwitz, en Polonia (Reuters)

Sin embargo, también hubo numerosas instancias de ayuda a los nazis de parte de polacos, según ha documentado el Museo del Holocausto en Estados Unidos.

Potenciado por el antisemitismo, presente en toda Europa en los años anteriores a la guerra, hubo instancias de polacos que informaban a los nazis de la ubicación de sus vecinos judíos a cambio de beneficios.

Una investigación privada del historiado Jan Grabowski, por ejemplo, vincula la muerte de hasta 200.000 judíos a la cacería activa o información proporcionada por sus vecinos polacos.

Hubo, además, un extenso trabajo en conjunto durante la ocupación entre las fuerzas policiales polacas y los trabajadores en el sistema de ferrocarriles con las tropas de ocupación alemanas para ordenar y trasladar a los "indeseables" a los campos de exterminio.


Otra faceta: el militar polaco y miembro de la resistencia Witold Pilecki, quien arriesgó su vida para entrar en Auschwitz

Además, dos famosas masacres de judíos realizadas por polacos en Jedwabne y Kielce, en 1941 y 1946, continúan siendo un recuerdo amargo para muchos.

Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Belzec y Sobibor son algunos de los campos de exterminio que fueron instalados en Polonia por los alemanes y en donde murieron millones de personas, y que han trazado una vinculación casi instantánea entre el país y el Holocausto. De hecho la ley impulsada por el gobierno polaco busca también prohibir el uso de la expresión "campo de exterminio polaco", ya que además de su ubicación geográfica el término puede dar lugar a dudas sobre quién operaba esas instalaciones.

Muchos polacos resienten esta asociación, considerando que, al menos a nivel estatal, su país colaboró menos que Francia, Holanda o Estonia, pero que aún así se los considera como partícipes del Holocausto.

Pero lo cierto es que los gobiernos polacos no han reconocido ninguna responsabilidad ni han ahondado en investigaciones sobre el alcance del colaboracionismo en el país, debate que ahora planean cerrar con una ley.

sábado, 3 de marzo de 2018

SGM: Los misterios de los submarinos alemanes en la costa argentina previo a la rendición

El misterio de los submarinos nazis que emergieron en Mar del Sur antes de rendirse




El Hotel Boulevard Atlantic, construído a finales del siglo XIX, era lugar de reunión del entorno de espías nazis del colaboracionista alemán Gustav Einckenberg Crédito: Archivo Pablo Grigera

Facundo Di Genova  || La Nación


Mar del Sur tiene pocos habitantes y una cantidad de historias de suspenso que suelen atrapar incluso a los más incrédulos.

Como agreste y solitario paraje de veraneo que combina el campo con el mar y la piedra con la arena en dosis no siempre equilibradas, son frecuentes los cuentos sobre avistajes de ovnis, barcos piratas con tesoros hundidos y vacas que los días de calor se mojan las patas en el mar.

Una de estas historias sostiene que tras la Segunda Guerra Mundial, un submarino emergió desde lo profundo del mar y desembarcó a parte de su tripulación en botes negros, perdiéndose rápidamente entre los médanos una vez que tocaban la orilla.

Después de muchos años de trabajo, un poblador de Mar del Sur logró dar por probado este relato de intrigas propio de una novela de espionaje. Se llama Laureano Clavero, es investigador y guionista, actualmente vive en Barcelona y acaba de publicar el libro Segunda Guerra Mundial: diez historias apasionantes, escrito en colaboración con el español Pere Cardona.

Laureano recolectó testimonios de vecinos, hallazgos personales y documentos oficiales que confirman la presencia de los sumergibles U-Boats del Tercer Reich en las costas de este pueblo ubicado 17 kilómetros al sur de Miramar, días antes de que el primer submarino alemán se rindiera en el puerto de Mar del Plata, el 10 de julio de 1945.

Un cuchillo perdido en la arena

¿Qué hacían en Mar del Sur los submarinos de la marina de guerra alemana (Kriegsmarine) antes de capitular en Mar del Plata? ¿Hubo un desembarco operado por el teniente de navío Otto Wermouth, comandante del sumergible U-530? ¿Hizo lo mismo el capitán de navío Heinz Schäffer con el U-977, quien se entregó una semana después, en el mismo puerto, el 17 de julio de 1945?

"Ambos oficiales fueron interrogados y sus respuestas acerca del itinerario preciso de sus embarcaciones nunca resultaron claros. Admitieron haber estado navegando un tiempo cerca de la costa y que no hubo ningún desembarco antes de rendirse, pero mintieron", dice Clavero, sosteniéndose en varias pruebas.



Cuchillo Krupp Bendorf, encontrado en las playas de Mar del Sur, perteneciente a la vajilla a de U-boat alemán Crédito: L. Clavero

El primer indicio lo recogió de un vecino, que le acercó un cuchillo de alpaca que halló entre los médanos, enterrado en la arena. Si bien lucía deteriorado, se veía claramente la marca de fábrica en el cabo: el logo de un oso y la inscripción Krupp Berndorf, el nombre de la corporación que producía metales para la fabricación de armamento nazi. Y lo más importante: "Krupp era proveedora de la cubertería de los submarinos alemanes".


Los avistamientos

Mientras de una punta a la otra de la Costa Atlántica argentina se sucedían los relatos de avistamientos de submarinos tras la rendición alemana del 8 de mayo de 1945, en Mar del Sur tres pobladores aseguraron haber visto situaciones extraordinarias durante aquel frío invierno.

Por ejemplo, torretas que emergían y desaparecían a pocos metros de la costa, de acuerdo con el testimonio de Osvaldo Aramendi, antiguo vecino y autor del libro Mar del Sur, Historias y vivencias.

O como el de Justo Rodolfo Charra, un paisano que vio cuando, desde lo alto de una duna, un grupo de seis hombres que hablaban un idioma para él desconocido operaba una radio y, minutos después, emergía un submarino desde las entrañas del mar.


El libro que documenta 10 historias poco conocidas sobre la Segunda Guerra Mundial
Fuente: LA NACION

Pero un relato iba más allá y era el de Juan Carrizo, el lechero del pueblo. Carrizo vio una situación extraña mientras amanecía y paseaba sus vacas por la zona de Rocas Negras, muy cerca de la playa.

Para no ser detectado y observar en detalle, se mimetizó entre las pasturas doradas que bordean los breves acantilados marsurenses con la pericia que solo un descendiente de tehuelches puede tener.

De esta manera fue testigo privilegiado de lo que nunca nadie había presenciado antes: el desembarco de hombres con uniformes, armas y pesados bolsos, que venían desde adentro del mar a bordo de botes negros.

Fue el mismo Charra, por entonces un joven campesino de 14 años, quien le relató a Clavero que, en esos helados días de invierno, los patrones de las estancias cercanas reunieron a la peonada y pidieron reserva de todo cuanto habían visto.

¿Quiénes eran estos personajes que desde la costa dirigían las acciones de desembarco?

¿Quiénes eran los patrones que pedían silencio a los paisanos?


Karl Gustav Einckenberg, patrón de estancia

Una de las hojas de la declaración de Gustav Einckenberg ante Coordinación Federal en los días posteriores a los desembarcos clandestinos en Mar del Sur Una de las hojas de la declaración de Gustav Einckenberg ante Coordinación Federal en los días posteriores a los desembarcos clandestinos en Mar del Sur
Fuente: LA NACION - Crédito: Archivo Julio B. Mutti

Clavero encontró la respuesta en la historia del empresario alemán Karl Gustav Einckenberg, quien llegó al país luego de haber hecho negocios mineros en Bolivia a principios de los años 40.

Su figura tomó relevancia en Mar del Sur cuando compró la estancia El Porvenir, en 1943, para instalarse con su mujer y sus hijas luego de una enfermedad que había superado en el Hospital Alemán de Buenos Aires.

La ubicación de la estancia era estratégica: 2.5 kilómetros al sur del pueblo, cercada por una cadena de médanos, a pocos metros de donde el paisano Carrizo vería el desembarco mimetizado entre los pastos dorados.

Contactado con dos estudiosos de la presencia nazi en el país, Julio B. Mutti y Carlos De Napoli [ya fallecido], quienes le compartieron documentación para seguir atando cabos, Clavero pudo reconstruir la historia del estanciero alemán entrevistando a su hija, Ingeborg Einckenberg.

Y dice así: que Einckenberg trabajó junto al agente secreto nazi Wilhelm Seidlitz y al aviador y marinero colaboracionista Alberto Germán Wollkopf para llevar adelante el desembarco de oficiales y valores alemanes con un velero. Capitaneado por Wollkopf, el velero Alga se acercaría a los sumergibles U-Boats, para estibar la carga y refugiarse en la estancia El Porvenir.

Sin embargo, el marinero se echó atrás, pero el plan siguió su curso: no era necesario ningún velero, sino botes que salieran al encuentro de los submarinos alemanes, como los que vio el lechero tehuelche aquel amanecer de julio de 1945 en Rocas Negras.

Por esos días, la prima del paisano Justo Rodolfo Charra contaba que solía llevar abundante comida a un grupo de personas que vivía en la estancia de los Einckenberg, que ella tenía vedado mirarles a la cara, que hablaban un idioma extraño y que solo salían de sus habitaciones por las noches.

Túneles de hormigón

Finalizada la guerra, los desembarcos y la capitulación de los submarinos alemanes en Mar del Plata, la declaración de un arrepentido apodado El Piernas [porque no las tenía] señaló al estanciero mardelsurense Einckenberg como agente de la inteligencia nazi.

El estanciero fue detenido y quedó preso en la cárcel de Caseros acusado de ser miembro de una red de espionaje que debía cumplir con el plan de desembarcar oficiales del Eje en territorio argentino.

Karl Gustav Einckenberg fue liberado al poco tiempo, sin que nadie pudiera probar ninguna de las acusaciones. Murió en 1986 llevándose todos sus secretos al más allá.

La estancia fue vendida a otra familia alemana y su casco demolido sin dejar un solo rastro de la antigua construcción. Solo sobrevive el relato de un paisano que asegura haber descubierto en esos campos el ingreso oculto a profundos túneles de hormigón que se dirigen hacia la ruta 88.

No se sabe cuántos alemanes desembarcaron aquél invierno de 1945, ni quiénes eran y mucho menos qué guardaban dentro sus pesados bolsos.

Todo parece indicar que el plan se concretó a la perfección.

jueves, 1 de marzo de 2018

Peronazismo; Riphagen, el nazi holandés amigo de Perón y Evita

Engaño criminal: el nazi holandés que prometió proteger a los judíos, les robó sus bienes y los mandó a las cámaras de gas

No sólo se salvó de la condena: huyó a la Argentina, se hizo amigo de Juan y Eva Perón y colaboró con sus servicios secretos

Por Alfredo Serra
Especial para Infobae



Si nos fueran dados la maravilla y la crueldad del Aleph, ese punto que según el cuento de Borges está en un escalón de una desvencijada casa de la calle Garay, y contiene todos los puntos, seres y objetos del universo –hasta cada grano de arena de cada desierto–, podríamos, en el espacio dedicado al Mal Absoluto, aterrarnos con Hitler, los nazis, su Tercer Reich y su plan de La Solución Final: el exterminio de todos los judíos de Europa, y más tarde, del entero mundo.

El diabólico proyecto llevó a su desiderátum las proverbiales eficacia y eficiencia alemanas. Los judíos eran capturados, despojados de todos sus bienes, enviados a los campos de exterminio, y después de hacerlos trabajar hasta la extenuación con poca comida y mucho látigo, asesinados en las cámaras de gas y convertidos sus cuerpos en materia prima rentable: carne, grasa, huesos, oro de los dientes postizos…

No alcanzarían los nueve círculos de Dante, de su Divina Comedia, para el castigo eterno de los creadores y ejecutores de esa maquinaria.

Sin embargo, believe it or not, un personaje fue aún peor que el peor de esa factoría de degradación, dolor y muerte.


Andreas Riphagen

Su nombre: Andreas Riphagen. Su sobrenombre: Dries. Su nacionalidad: Holandés, nacido en Amsterdam el 7 de septiembre de 1909.

Undécimo hijo de padre alcohólico y de madre muerta antes de los cinco años de Andreas, fue un adolescente difícil, un díscolo cadete de la marina, un inmigrante ilegal en los Estados Unidos aprendiendo, entre otros oficios, el de matón a sueldo, y eligiendo como ídolo y modelo a Al Capone…

Y de vuelta en Holanda, a sus 18 años, antisemita, proxeneta, ladrón de autos y de joyas (sus pasiones…), estricto personaje de los bajos fondos, vio un nuevo amanecer cuando, en 1940, las hordas nazis ocuparon su país.

No tardó en jurar fidelidad al invasor y –a fuerza de delaciones y otras canalladas–, entrar en la temible y elitista SD (Sicherheitsdienst), servicio de seguridad alemán que operaba como apoyo de las SS, la más feroz de las fuerzas de choque del nazismo.

Pero aún faltaba la última –o penúltima– vuelta de tuerca…

Durante la requisa de una casa cuya familia escondía a Esther Schaap, judía, cuyo marido ya había sido deportado, Riphagen descubrió que la mujer ocultaba en su pelo una bolsita con diamantes. Un mínimo y dudoso reaseguro de las familias judías como vaga esperanza de eludir su muerte y comprar su fuga al mundo todavía libre… Diamantes, anillos, collares, relojes, muchos de valor más sentimental que material, y frágiles esperanzas… Y en ese instante, ante la bolsita y algunos diamantes que cayeron al suelo, los ojos de Riphagen brillaron más que esas piedras.

Educado y casi dulce ante el terror y el temblor de la mujer, le dijo "Yo puedo ayudarla".

Fue su Sésamo, ábrete… El principio de un negocio que superaba en crueldad y cinismo a la habitual rutina de la Solución Final ordenada por Hitler y urdida por Adolf Eichman contra el pueblo judío.



Ante el estupor y la desconfianza de Esther, que le preguntó cómo y por qué quería y podía ayudarla a escapar del tiro en la nuca, el rito aplicado a quienes escondían bienes, Riphagen inventó una historia conmovedora:
–Trabajo con los nazis, pero estuve casado con una judía… ¡y no pude salvarla! Eso me decidió a ayudarla. Y no sólo a usted…

La trampa fue de alta, altísima perversión. Anticipo de la célebre estafa urdida por el italiano Carlo Ponzi (1882–1949): la pirámide financiera de estrepitoso final que imitó con igual destino el norteamericano Bernard Madoff, hoy de 79 años, y condenado a un siglo y medio de cárcel…

La incauta y luego desdichada Esther Schaap, previo pago de unos pocos diamantes, lograría protección y casa hasta el fin de la guerra, y debía presentarle a Riphagen, para el mismo fin, otras familias judías que, siempre con previo pago, estarían a salvo y bajo techo… en casas vacías y amuebladas ya incautadas por los nazis, y cuyos habitantes sufrían o habían muerto en los campos cuyo mayor y más atroz modelo fue Auschwitz.

Para que el negocio pareciera aún más serio y confiable, Riphagen se hacía fotografiar con las familias protegidas, y les entregaba recibos por los valores entregados… que les serían devueltos al acabar la pesadilla bélica. Y por si fuera poco, el espantoso benefactor solía tomar el té con todos ellos…

Entretanto y usando lo contrario, la extorsión y la amenaza de pena de muerte, logró que Bette Wery, una joven mujer que militaba en la resistencia antinazi, entregara a sus compañeros a cambio de que Riphagen no ordenara matar a su familia, refugiada en Polonia…



Ya cerca del fin de la guerra, Riphagen le puso el broche trágico a su plan. Mientras en un banco de Luxemburgo sus cajas de seguridad apenas podían contener tantas joyas y rollos de dinero, en un coupe de foudre, un rayo, delató a todos sus judíos protegidos –tenía sus nombres y sus fotos– y los mandó a morir en las cámaras de gas.

Y ante los primeros cañonazos aliados, huyó de modo novelesco: abandonó Amsterdam oculto en el ataúd de un coche fúnebre, un ex agente secreto, Frits Kerkhoven, lo ayudó a pasar a Bélgica, y en bicicleta por una de las rattenlinien (las Rutas de las Ratas por la que muchos criminales huyeron de Europa a Sudamérica), este doble Judas llegó a España.

Preso por no tener documentos, Kerkhoven vuelve a ayudarlo. Le compra ropa, le consigue documentos falsos, y unos diamantes escondidos en los tacos de sus zapatos completan la fuga: el siniestro Riphagen llega –¡oh casualidad!– a la Argentina, no tarda en acercarse y ganar la amistad de Juan y Eva Perón, y más aún: como tantos de los criminales de guerra amparados bajo la bandera azul y blanca y el escudo peronista, fue un factótum para organizar los servicios secretos del peronismo. Por ejemplo, la siniestra Sección Especial, donde volvió a funcionar la picana eléctrica creada por el execrable hijo del poeta fascista Leopoldo Lugones, y donde verdugos como el comisario Cipriano Lombilla, y los oficiales José González, José Faustino Amoresano y Salomón Wasserman molían a golpes –eléctricos o de puño– a los contreras nombre genérico de todo antiperonista.  Golpes que, por supuesto, violaban las reglas establecidas para ese deporte por John Douglas, noveno marqués de Queensberry y padre de lord Alfred, amante, dicha y desdicha de Oscar Wilde.



Entre otros intelectuales, uno de los atormentados en la Sección Especial fue el historiador Félix Luna.

Según una anécdota que ya es leyenda, Luna le dijo a Perón:

– En su gobierno hay torturadores, general.
– Por favor, Luna, no macanee… ¿A quién torturaron?
– A mí, general.

En 1988 llegó al país un pedido internacional de captura para Riphagen. Demasiado tarde. En 1977, a sus 63 años, murió de cáncer en una clínica de Suiza.




Post scriptum. Un día de 1953 la Sección Especial –o tres de sus esbirros, por lo menos– llegó a mi casa. Fui testigo lúcido, no un niñito bobo: tenía 14 años y cursaba el tercer ciclo del secundario. Por leer "de corrido" a los cuatro años se acortó mi ciclo primario… Los hombres se parecían a los burdos y amenazantes dioses que Borges describe en su brillante pieza Ragnarök, de su deslumbrante libro El Hacedor. Cito: "El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras (…) Elegíamos autoridades (…) Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: ¡Ahí vienen! Y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro o cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Uno sostenía una rama (…) Otro extendía una mano que era una garra (…) Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar (…) Frente muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel; en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos.
Sacamos los pesados revólveres ( de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los dioses".

Hombres como esos preguntaron por mi abuelo Justo, obrero ferroviario, y le dijeron que el gobierno peronista sufría muchas amenazas y conspiraciones, y que por eso recurrían a vecinos antiguos y respetables: para que delataran cualquier reunión o cosa rara que descubrieran en el barrio (Núñez, para más datos). Mi abuelo no necesitó que de pronto hubiera revólveres en el sueño. Entró a su pieza, sacó de su caja de cedro el Orbea de cinco tiros que trajo desde Aragón en su atadito de inmigrante, y apenas vieron relucir su caño cromado… ¡los dioses huyeron como ratas!

Por estas y muchas cosas ni siquiera vale la pena preguntarse porqué ese gobierno protegió a criminales nazis. O porqué fueron sus amigos y guardaespaldas otros atroces alemanes y croatas. O porqué fueron protegidos por el peronismo y vivieron a sus anchas nazis como Adolf Eichmann, Walter Kutschmann, Edward Roschmann y hasta estuvieron de paso, y con documentos legales entregados por el peronismo, monstruos como Klaus Barbie y Josef Mengele. O porqué, en mis primeros años de periodismo, colegas que me doblaban en edad se reían cuando yo, o algún otro joven, mencionaban ese primer e histórico encuentro de Perón y Eva en el verano del 44, Luna Park, festival para lograr fondos de ayuda a las víctimas del terremoto de San Juan. Recuerdo las exactas palabras de uno de ellos, que acompañó a Perón en casi todo su periplo madrileño:
–Pibe, ésa es la estampita… Perón y Eva se conocieron antes en la embajada alemana en Buenos Aires. Tenían mucho que ver con esa gente. Negocios, ¿sabés?…

jueves, 4 de mayo de 2017

SGM: Polonia reescribe la Historia con autoindulgencia

Polonia reescribe su historia de la II Guerra Mundial
Un instituto oficial publica una lista con casi 9.000 guardias de Auschwitz, casi todos alemanes, que siembra dudas entre los historiadores

GUILLERMO ALTARES - El País


Guardias de la SS en el campo nazi de Auschwitz.

¿Se puede ser víctima y verdugo en un mismo conflicto? Polonia se enfrenta desde hace años a ese dilema: fue uno de los países que más sufrió en la Segunda Guerra Mundial, pero, a la vez, ciudadanos polacos cometieron actos atroces contra judíos durante el conflicto. Sin embargo, los historiadores que han tratado de sacarlos a la luz se han enfrentado a duras campañas, incluso a problemas legales, desde la llegada al poder del Gobierno ultraconservador de Ley y Justicia (PiS). El Instituto Polaco de la Memoria Nacional (INR), promovido desde el Estado, difundió  recientemente en su web los nombres de casi 9.000 guardias que trabajaron en el campo de exterminio nazi de Auschwitz. La lista ha sido bien recibida por historiadores y juristas, que consideran que representa una oportunidad para señalar y perseguir a los perpetradores, pero también ha generado ciertas dudas sobre las motivaciones políticas que esconde.


"Las autoridades polacas están llevando a cabo una política histórica radical, que tanto dentro como fuera del país presenta una visión muy idealizada del pasado nacional", explica el historiador Jan Grabowski. Polaco exiliado durante la dictadura comunista, hijo de un superviviente del Holocausto, profesor de la Universidad de Ottawa (Canadá) y uno de los grandes historiadores del exterminio, Grabowski ha publicado un libro sobre el antisemitismo en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial, Caza de judíos. Traición y asesinato en la Polonia ocupada por los nazis, traducido a varios idiomas y que recibió en 2014 el premio Internacional del Yad Vashem, institución oficial israelí constituida en memoria de las víctimas del Holocausto.

La positiva recepción internacional de su ensayo, sobre todo en Alemania, provocó un aluvión de críticas por parte de la web ultraconservadora Fronda.pl, contra la que ganó una querella por difamación. Ese mismo medio calificó de “antipolaca” la película Ida, ganadora del Oscar en 2015, que también trataba el antisemitismo en la Polonia ocupada por los nazis. Jan T. Gross, profesor de la universidad estadounidense de Princeton y gran pionero en el estudio del antisemitismo polaco con su libro Vecinos, padeció también una ofensiva desde el Gobierno –con amenazas de querellas por parte del fiscal general incluidas– por haber escrito que “los polacos mataron más judíos que alemanes durante la guerra”.

“De acuerdo con un número interminable de declaraciones, conferencias y publicaciones apoyadas por las autoridades polacas, la principal característica de esa sociedad durante el Holocausto fue la ayuda que proporcionaron a sus conciudadanos, judíos perseguidos. Eso es, naturalmente, totalmente falso”, prosigue Grabowski desde Ottawa en una entrevista por correo electrónico. "En Polonia existía muy poca simpatía hacia los judíos que estaban siendo asesinados en masa, y la gente que se arriesgó a ocultarlos se enfrentaba ante todo a una posible denuncia por parte de sus vecinos".

Preguntado sobre si los historiadores que tratan estos asuntos sensibles pueden acabar siendo perseguidos en Polonia, respondió: “Todavía no, pero el Parlamento está tramitando una ley sobre la historia que impondrá penas de hasta tres años de prisión a quienes se atrevan a sostener que la sociedad polaca fue cómplice con la Shoah". Esta norma prevé también la persecución de aquellos que utilicen la expresión "campos de exterminio polacos" en vez de "campos de exterminio nazis en Polonia". Históricamente, no hay duda de que la segunda expresión es la correcta, porque los polacos no tuvieron nada que ver ni con la instalación ni con el funcionamiento de estos campos de la muerte. Sin embargo, el debate no está en torno a lo que ocurrió en los seis campos de exterminio nazis en Polonia –Chelmno, Belzec, Sobibor, Treblinka, Auschwitz-Birkenau (parte del complejo de Auschwitz) y Majdanek–, sino a lo que ocurrió fuera de ellos, que es lo que narran Gross o Grabowski en sus obras.

Cazas de judíos

En Caza de judíos, el historiador asentado en Canadá se basa en documentos de diferentes archivos que recogen procesos en los que se juzgaron casos de crímenes antisemitas durante la ocupación, perpetrados por ciudadanos polacos. Narra también lo que se conoció como Judenjagd, o Cazas de judíos, cometidas casi siempre por polacos, en las que participaron desde bomberos hasta campesinos. Según Grabowski, fueron asesinados así más de 200.000 judíos.

Para muchos observadores, la publicación de la lista de guardias de Auschwitz se enmarca en esta polémica porque la inmensa mayoría de los nombres que aparecen en ella son alemanes. En cambio, según el Instituto Polaco de la Memoria Nacional, el objetivo es señalar a los culpables del peor centro de la muerte del Holocausto, en el que fueron asesinadas 1,1 millones de personas, la inmensa mayoría judíos, y subrayar el fracaso de la justicia internacional en la persecución de los crímenes nazis. "Hemos publicado la lista más amplia y creíble con datos de los SS que trabajaron en Auschwitz, que incluye 8.502 nombres de guardias. Han sido necesarios años de investigación", señalan fuentes del Instituto. “El sistema internacional de justicia ha fracasado en la persecución de los crímenes que se cometieron en Auschwitz. La mayoría de los culpables nunca fueron procesados”.

En cuanto al hecho de que todos los nombres que aparecen en la lista sean alemanes, las mismas fuentes responden: “Todos los guardias de las SS eran alemanes y sus orígenes y familias eran comprobados por una oficina especial, responsable de la pureza racial de las SS en la Alemania nazi".

Efraim Zuroff, uno de los últimos cazadores de nazis, responsable de la oficina en Jerusalén del Centro Simon Wiesenthal, afirma: “En principio, es positivo que se haya difundido la lista, aunque el motivo real es aparentemente político y forma parte de una campaña del Gobierno polaco para enfatizar que Auschwitz era un campo nazi, no polaco, y que no sirvió allí ningún polaco”. Zuroff asegura que, efectivamente, la mayoría de los guardias de Auschwitz eran alemanes, aunque también había Volksdeutsche, personas de origen alemán que vivían en Europa del Este. La lista, recalca, es importante desde un punto de vista penal, porque una legislación alemana reciente decreta que el solo hecho de haber trabajado en un campo de exterminio es un delito en sí, cuando antes había que demostrar que se hubiese participado en crímenes concretos.

En otras palabras, antes había que demostrar con testigos y documentos que habían cometido asesinatos, ahora basta con demostrar que estuvieron en Auschwitz. En cualquier caso, tanto la lista como la polémica llegan muy tarde para los verdugos, la mayoría de los cuales han muerto sin haber sido procesados, y sobre todo para las víctimas de uno de los periodos más negros de la historia de la humanidad, que nunca acaba de cerrarse.

jueves, 16 de febrero de 2017

SGM: Los alemanes sabían del Holocausto

Los alemanes conocían el Holocausto
Hijo de un judío emigrado a Australia, Nicholas Stargardt recrea la vida de la población germana durante la guerra en un libro muy necesario en la era de la posverdad

JESÚS CEBERIO - El País


Ciudadanos alemanes ante víctimas del Holocausto del campo de concentración de Landsberg (Alemania), en 1945. AP

¿Por qué lucharon los alemanes con tanta tenacidad durante los cinco años largos de la Segunda Guerra Mundial? ¿Cuándo supieron que participaban en una guerra genocida? ¿Cómo vivió la población civil los avatares de un conflicto que en sus tres primeros años hizo de Hitler el amo de Europa, desde el Cáucaso a los Pirineos, y que en su tramo final se convirtió en un infierno de bombardeos aéreos sobre las ciudades y millones de soldados muertos en los frentes de batalla? Nicholas Stargardt, hijo de un judío alemán emigrado a Australia, formado en la mejor tradición historiográfica de Oxbridge, ha dedicado 20 años de su vida académica a cribar archivos públicos y privados para tratar de responder a estas cuestiones.

No es una historia de hazañas o derrotas bélicas, ni de honores o estrategias militares, es un relato de cómo vivieron la guerra los alemanes
La guerra alemana expone al menos dos conclusiones: es falso que la mayoría de la población civil ignorase el exterminio sistemático de los judíos, dentro del Reich y en los territorios conquistados, desde Polonia y el Báltico hasta Ucrania y Rusia; tampoco se puede sostener que el patriotismo bélico fuera solo un subproducto del terror creado por la dictadura nazi. Stargardt registra que dos tercios de los alemanes estaban encuadrados en organizaciones nazis en vísperas de la guerra. Solo las iglesias contaban con una afiliación superior (94%), pero la doble militancia de la mayoría hizo que jerarcas protestantes y católicos contribuyeran al esfuerzo bélico con su clamoroso silencio ante el genocidio y sus encendidas arengas sobre el deber de defender a la patria frente al judeobolchevismo.

Esta no es una historia de hazañas o derrotas bélicas, ni de honores o estrategias militares, es un relato de cómo vivieron la guerra los alemanes, escrito a partir del intenso diálogo epistolar entre los soldados alemanes y sus familias, que no cesa ni en las peores condiciones de combate. El servicio aéreo postal entraba en la Bolsa de Stalingrado hasta días antes de la rendición del general Paulus. Goebbels concedía un gran valor a la correspondencia familiar para mantener alta la moral de combate mientras la Blitzkrieg condujo a la Wehrmacht a las puertas de Moscú, pero el impacto de las cartas del frente pasó a ser dañino en cuanto empezó la retirada del Este en condiciones tan terribles como las de la Grande Armée de Napoleón en 1812.



Estas cartas rebosan emociones — patriotismo, miedo, nostalgia del hogar lejano, espíritu de combate—, pero transmiten también abundante información sobre el rastro de sangre que los Ejércitos alemanes dejan en su avance por la estepa rusa y ucraniana. Además de narrar hechos aterradores, muchos soldados toman fotografías de ejecuciones masivas, como la del barranco de Babi Yar, cerca de Kiev (33.771 judíos asesinados en dos días), que envían a sus casas a revelar no en clave de denuncia, sino para subrayar el cumplimiento del deber patriótico de combatir a los judeobolcheviques. El Ejército Rojo encontró miles de fotografías de ejecuciones en los bolsillos de los soldados alemanes junto a las de sus novias y familiares.

Una de las fuentes más ricas de Stargardt es el archivo de la SD, el servicio de inteligencia de las SS, que durante toda la guerra elaboró informes semanales sobre cómo evolucionaba el ánimo colectivo, todo un estudio de opinión pública basado no en encuestas sino en el espionaje. Ya en el otoño de 1941 el exterminio de los judíos comenzaba a conocerse ampliamente. El 16 de noviembre Goebbels publicaba un artículo en Das Reich titulado ‘Los judíos son culpables’, en el que afirmaba que debía cumplirse la profecía de Hitler sobre su exterminio. Desde el 1 de septiembre los judíos estaban obligados a identificarse en público mediante una estrella amarilla. Un año después ese distintivo había desaparecido prácticamente de las calles alemanas. En el verano de 1943 la SD se hacía eco de la extendida convicción popular de que los bombardeos aéreos masivos, especialmente los de Hamburgo, eran una venganza por “lo que hicimos a los judíos”.

Stargardt establece que “a comienzos de 1942 la mayor parte de los judíos de Europa todavía estaban vivos; al final de la guerra la mayoría había muerto”. Goebbels protegió con una espiral de silencio los detalles de este exterminio masivo mientras abundaba sobre la culpabilidad de los judíos en el estallido de la guerra. A esta perversión del lenguaje dedicó gran parte de sus Diarios Victor Klemperer, cuya imagen cuasi fantasmal emerge en estas páginas huyendo a pie tras el bombardeo de Dresde. Contra toda lógica, una parte sustancial del pueblo alemán hizo suya la inculpación de los judíos hasta la capitulación, momento en que el Holocausto entró en el limbo de la amnesia colectiva. Nadie había visto nada, nadie sabía nada acerca de aquel secreto de familia que casi todos habían compartido. En la era de la posverdad, La guerra alemana es un libro más necesario que nunca.

La guerra alemana. Nicholas Stargardt. Traducción de Ángeles Caso Machicado Galaxia Gutenberg, 2016. 800 páginas. 29,50 euros