Mostrando entradas con la etiqueta colaboracionismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta colaboracionismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de mayo de 2017

SGM: Polonia reescribe la Historia con autoindulgencia

Polonia reescribe su historia de la II Guerra Mundial
Un instituto oficial publica una lista con casi 9.000 guardias de Auschwitz, casi todos alemanes, que siembra dudas entre los historiadores

GUILLERMO ALTARES - El País


Guardias de la SS en el campo nazi de Auschwitz.

¿Se puede ser víctima y verdugo en un mismo conflicto? Polonia se enfrenta desde hace años a ese dilema: fue uno de los países que más sufrió en la Segunda Guerra Mundial, pero, a la vez, ciudadanos polacos cometieron actos atroces contra judíos durante el conflicto. Sin embargo, los historiadores que han tratado de sacarlos a la luz se han enfrentado a duras campañas, incluso a problemas legales, desde la llegada al poder del Gobierno ultraconservador de Ley y Justicia (PiS). El Instituto Polaco de la Memoria Nacional (INR), promovido desde el Estado, difundió  recientemente en su web los nombres de casi 9.000 guardias que trabajaron en el campo de exterminio nazi de Auschwitz. La lista ha sido bien recibida por historiadores y juristas, que consideran que representa una oportunidad para señalar y perseguir a los perpetradores, pero también ha generado ciertas dudas sobre las motivaciones políticas que esconde.


"Las autoridades polacas están llevando a cabo una política histórica radical, que tanto dentro como fuera del país presenta una visión muy idealizada del pasado nacional", explica el historiador Jan Grabowski. Polaco exiliado durante la dictadura comunista, hijo de un superviviente del Holocausto, profesor de la Universidad de Ottawa (Canadá) y uno de los grandes historiadores del exterminio, Grabowski ha publicado un libro sobre el antisemitismo en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial, Caza de judíos. Traición y asesinato en la Polonia ocupada por los nazis, traducido a varios idiomas y que recibió en 2014 el premio Internacional del Yad Vashem, institución oficial israelí constituida en memoria de las víctimas del Holocausto.

La positiva recepción internacional de su ensayo, sobre todo en Alemania, provocó un aluvión de críticas por parte de la web ultraconservadora Fronda.pl, contra la que ganó una querella por difamación. Ese mismo medio calificó de “antipolaca” la película Ida, ganadora del Oscar en 2015, que también trataba el antisemitismo en la Polonia ocupada por los nazis. Jan T. Gross, profesor de la universidad estadounidense de Princeton y gran pionero en el estudio del antisemitismo polaco con su libro Vecinos, padeció también una ofensiva desde el Gobierno –con amenazas de querellas por parte del fiscal general incluidas– por haber escrito que “los polacos mataron más judíos que alemanes durante la guerra”.

“De acuerdo con un número interminable de declaraciones, conferencias y publicaciones apoyadas por las autoridades polacas, la principal característica de esa sociedad durante el Holocausto fue la ayuda que proporcionaron a sus conciudadanos, judíos perseguidos. Eso es, naturalmente, totalmente falso”, prosigue Grabowski desde Ottawa en una entrevista por correo electrónico. "En Polonia existía muy poca simpatía hacia los judíos que estaban siendo asesinados en masa, y la gente que se arriesgó a ocultarlos se enfrentaba ante todo a una posible denuncia por parte de sus vecinos".

Preguntado sobre si los historiadores que tratan estos asuntos sensibles pueden acabar siendo perseguidos en Polonia, respondió: “Todavía no, pero el Parlamento está tramitando una ley sobre la historia que impondrá penas de hasta tres años de prisión a quienes se atrevan a sostener que la sociedad polaca fue cómplice con la Shoah". Esta norma prevé también la persecución de aquellos que utilicen la expresión "campos de exterminio polacos" en vez de "campos de exterminio nazis en Polonia". Históricamente, no hay duda de que la segunda expresión es la correcta, porque los polacos no tuvieron nada que ver ni con la instalación ni con el funcionamiento de estos campos de la muerte. Sin embargo, el debate no está en torno a lo que ocurrió en los seis campos de exterminio nazis en Polonia –Chelmno, Belzec, Sobibor, Treblinka, Auschwitz-Birkenau (parte del complejo de Auschwitz) y Majdanek–, sino a lo que ocurrió fuera de ellos, que es lo que narran Gross o Grabowski en sus obras.

Cazas de judíos

En Caza de judíos, el historiador asentado en Canadá se basa en documentos de diferentes archivos que recogen procesos en los que se juzgaron casos de crímenes antisemitas durante la ocupación, perpetrados por ciudadanos polacos. Narra también lo que se conoció como Judenjagd, o Cazas de judíos, cometidas casi siempre por polacos, en las que participaron desde bomberos hasta campesinos. Según Grabowski, fueron asesinados así más de 200.000 judíos.

Para muchos observadores, la publicación de la lista de guardias de Auschwitz se enmarca en esta polémica porque la inmensa mayoría de los nombres que aparecen en ella son alemanes. En cambio, según el Instituto Polaco de la Memoria Nacional, el objetivo es señalar a los culpables del peor centro de la muerte del Holocausto, en el que fueron asesinadas 1,1 millones de personas, la inmensa mayoría judíos, y subrayar el fracaso de la justicia internacional en la persecución de los crímenes nazis. "Hemos publicado la lista más amplia y creíble con datos de los SS que trabajaron en Auschwitz, que incluye 8.502 nombres de guardias. Han sido necesarios años de investigación", señalan fuentes del Instituto. “El sistema internacional de justicia ha fracasado en la persecución de los crímenes que se cometieron en Auschwitz. La mayoría de los culpables nunca fueron procesados”.

En cuanto al hecho de que todos los nombres que aparecen en la lista sean alemanes, las mismas fuentes responden: “Todos los guardias de las SS eran alemanes y sus orígenes y familias eran comprobados por una oficina especial, responsable de la pureza racial de las SS en la Alemania nazi".

Efraim Zuroff, uno de los últimos cazadores de nazis, responsable de la oficina en Jerusalén del Centro Simon Wiesenthal, afirma: “En principio, es positivo que se haya difundido la lista, aunque el motivo real es aparentemente político y forma parte de una campaña del Gobierno polaco para enfatizar que Auschwitz era un campo nazi, no polaco, y que no sirvió allí ningún polaco”. Zuroff asegura que, efectivamente, la mayoría de los guardias de Auschwitz eran alemanes, aunque también había Volksdeutsche, personas de origen alemán que vivían en Europa del Este. La lista, recalca, es importante desde un punto de vista penal, porque una legislación alemana reciente decreta que el solo hecho de haber trabajado en un campo de exterminio es un delito en sí, cuando antes había que demostrar que se hubiese participado en crímenes concretos.

En otras palabras, antes había que demostrar con testigos y documentos que habían cometido asesinatos, ahora basta con demostrar que estuvieron en Auschwitz. En cualquier caso, tanto la lista como la polémica llegan muy tarde para los verdugos, la mayoría de los cuales han muerto sin haber sido procesados, y sobre todo para las víctimas de uno de los periodos más negros de la historia de la humanidad, que nunca acaba de cerrarse.

jueves, 16 de febrero de 2017

SGM: Los alemanes sabían del Holocausto

Los alemanes conocían el Holocausto
Hijo de un judío emigrado a Australia, Nicholas Stargardt recrea la vida de la población germana durante la guerra en un libro muy necesario en la era de la posverdad

JESÚS CEBERIO - El País


Ciudadanos alemanes ante víctimas del Holocausto del campo de concentración de Landsberg (Alemania), en 1945. AP

¿Por qué lucharon los alemanes con tanta tenacidad durante los cinco años largos de la Segunda Guerra Mundial? ¿Cuándo supieron que participaban en una guerra genocida? ¿Cómo vivió la población civil los avatares de un conflicto que en sus tres primeros años hizo de Hitler el amo de Europa, desde el Cáucaso a los Pirineos, y que en su tramo final se convirtió en un infierno de bombardeos aéreos sobre las ciudades y millones de soldados muertos en los frentes de batalla? Nicholas Stargardt, hijo de un judío alemán emigrado a Australia, formado en la mejor tradición historiográfica de Oxbridge, ha dedicado 20 años de su vida académica a cribar archivos públicos y privados para tratar de responder a estas cuestiones.

No es una historia de hazañas o derrotas bélicas, ni de honores o estrategias militares, es un relato de cómo vivieron la guerra los alemanes
La guerra alemana expone al menos dos conclusiones: es falso que la mayoría de la población civil ignorase el exterminio sistemático de los judíos, dentro del Reich y en los territorios conquistados, desde Polonia y el Báltico hasta Ucrania y Rusia; tampoco se puede sostener que el patriotismo bélico fuera solo un subproducto del terror creado por la dictadura nazi. Stargardt registra que dos tercios de los alemanes estaban encuadrados en organizaciones nazis en vísperas de la guerra. Solo las iglesias contaban con una afiliación superior (94%), pero la doble militancia de la mayoría hizo que jerarcas protestantes y católicos contribuyeran al esfuerzo bélico con su clamoroso silencio ante el genocidio y sus encendidas arengas sobre el deber de defender a la patria frente al judeobolchevismo.

Esta no es una historia de hazañas o derrotas bélicas, ni de honores o estrategias militares, es un relato de cómo vivieron la guerra los alemanes, escrito a partir del intenso diálogo epistolar entre los soldados alemanes y sus familias, que no cesa ni en las peores condiciones de combate. El servicio aéreo postal entraba en la Bolsa de Stalingrado hasta días antes de la rendición del general Paulus. Goebbels concedía un gran valor a la correspondencia familiar para mantener alta la moral de combate mientras la Blitzkrieg condujo a la Wehrmacht a las puertas de Moscú, pero el impacto de las cartas del frente pasó a ser dañino en cuanto empezó la retirada del Este en condiciones tan terribles como las de la Grande Armée de Napoleón en 1812.



Estas cartas rebosan emociones — patriotismo, miedo, nostalgia del hogar lejano, espíritu de combate—, pero transmiten también abundante información sobre el rastro de sangre que los Ejércitos alemanes dejan en su avance por la estepa rusa y ucraniana. Además de narrar hechos aterradores, muchos soldados toman fotografías de ejecuciones masivas, como la del barranco de Babi Yar, cerca de Kiev (33.771 judíos asesinados en dos días), que envían a sus casas a revelar no en clave de denuncia, sino para subrayar el cumplimiento del deber patriótico de combatir a los judeobolcheviques. El Ejército Rojo encontró miles de fotografías de ejecuciones en los bolsillos de los soldados alemanes junto a las de sus novias y familiares.

Una de las fuentes más ricas de Stargardt es el archivo de la SD, el servicio de inteligencia de las SS, que durante toda la guerra elaboró informes semanales sobre cómo evolucionaba el ánimo colectivo, todo un estudio de opinión pública basado no en encuestas sino en el espionaje. Ya en el otoño de 1941 el exterminio de los judíos comenzaba a conocerse ampliamente. El 16 de noviembre Goebbels publicaba un artículo en Das Reich titulado ‘Los judíos son culpables’, en el que afirmaba que debía cumplirse la profecía de Hitler sobre su exterminio. Desde el 1 de septiembre los judíos estaban obligados a identificarse en público mediante una estrella amarilla. Un año después ese distintivo había desaparecido prácticamente de las calles alemanas. En el verano de 1943 la SD se hacía eco de la extendida convicción popular de que los bombardeos aéreos masivos, especialmente los de Hamburgo, eran una venganza por “lo que hicimos a los judíos”.

Stargardt establece que “a comienzos de 1942 la mayor parte de los judíos de Europa todavía estaban vivos; al final de la guerra la mayoría había muerto”. Goebbels protegió con una espiral de silencio los detalles de este exterminio masivo mientras abundaba sobre la culpabilidad de los judíos en el estallido de la guerra. A esta perversión del lenguaje dedicó gran parte de sus Diarios Victor Klemperer, cuya imagen cuasi fantasmal emerge en estas páginas huyendo a pie tras el bombardeo de Dresde. Contra toda lógica, una parte sustancial del pueblo alemán hizo suya la inculpación de los judíos hasta la capitulación, momento en que el Holocausto entró en el limbo de la amnesia colectiva. Nadie había visto nada, nadie sabía nada acerca de aquel secreto de familia que casi todos habían compartido. En la era de la posverdad, La guerra alemana es un libro más necesario que nunca.

La guerra alemana. Nicholas Stargardt. Traducción de Ángeles Caso Machicado Galaxia Gutenberg, 2016. 800 páginas. 29,50 euros