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domingo, 22 de marzo de 2026

JMR: La batalla de Caseros y su desarrollo

La Batalla de Caseros y los hechos que merecen ser recordados

Por Horacio Callegari (CMN)



1. Contexto y situación previa a la batalla

La batalla de Caseros, librada el 3 de febrero de 1852, constituye uno de los episodios militares decisivos de la historia argentina. Enfrentó al Ejército Grande comandado por el general Justo José de Urquiza contra las fuerzas federales de Juan Manuel de Rosas. Más allá de su dimensión estrictamente militar, el enfrentamiento significó el derrumbe del orden rosista y abrió el proceso que conduciría a la organización constitucional del país.

El 2 de febrero, Urquiza cruzó el río de las Conchas (actual Reconquista) por el puente de Márquez y avanzó hasta el arroyo Morón, donde constató la presencia de fuerzas federales desplegadas en las alturas de Caseros. La moral del Ejército Grande era alta, producto de una campaña exitosa y de avances sostenidos sin grandes obstáculos. En contraste, las fuerzas de Rosas llegaban a la confrontación con una moral debilitada tras sucesivas retiradas.

La noche previa al combate, Rosas reunió a sus mandos. El coronel Chilavert manifestó su desacuerdo con mantener una posición defensiva rígida en Caseros, pues consideraba que limitaba la maniobrabilidad. No obstante, la mayoría de los jefes federales optó por sostener la posición.

2. Despliegue inicial y orden de batalla

Ejército de Urquiza

En la madrugada del 3 de febrero, el Ejército Grande cruzó el arroyo Morón. La caballería lo hizo por vado; la infantería y la artillería utilizaron un único puente, lo que obligó a concentrar la marcha en columna, maniobra que fue disimulada mediante movimientos de caballería (Virasoro).

Hacia las 7:30, Urquiza desplegó aproximadamente 24.000 hombres y 50 piezas de artillería a un kilómetro de las posiciones rosistas.

La disposición fue la siguiente:

  • Centro-frente (Casa de Caseros): División Oriental.

  • Ala izquierda: División Brasileña apoyada por la Brigada Rivera y 28 piezas de artillería al mando de Pirán.

  • Ala derecha: Cinco batallones bajo Galán y divisiones de caballería (Medina, Galarza, Avalos y Lamadrid).

  • Reserva: Divisiones de caballería de López y Urdinarrain.

Urquiza planteó una ofensiva combinada, con predominio de la maniobra de caballería como elemento decisivo.

Ejército de Rosas

Rosas contaba con aproximadamente 23.000 hombres, 50 piezas de artillería y 4 coheteras.

Su despliegue fue marcadamente defensivo:

  • Ala derecha: apoyada en la Casa de Caseros, con un “martillo” defensivo de carretas y apoyo de dos batallones; reserva de caballería.

  • Sector entre Casa y Palomar: dos batallones con artillería.

  • Reducto del Palomar: infantería en triple línea, artillería y coheteras.

  • Centro: tropas de Chilavert con 30 piezas de artillería.

  • Ala izquierda: caballería bajo Lagos.

  • Reserva general: divisiones de Sosa y Bustos.

Rosas optó por una defensa escalonada con puntos fuertes (Casa y Palomar) y un potente centro artillero.

3. Desarrollo del combate: maniobras principales

Inicio del fuego

Apenas pasadas las 8:00, las baterías rosistas abrieron fuego, obligando a retroceder inicialmente a la artillería brasileña. Esto muestra que el primer impulso fue federal, intentando desorganizar el despliegue enemigo.

Ataque principal de Urquiza: ruptura del ala izquierda rosista

Cerca de las 9:00, Urquiza lanzó su ofensiva decisiva: una carga masiva de caballería contra el ala izquierda de Rosas.

  • Medina atacó frontalmente a los lanceros de Lagos.

  • Lamadrid intentó envolver el ala federal.

  • Medina fue inicialmente rechazado, pero en una segunda carga logró desorganizar a los lanceros.

  • Rosas envió su reserva (Sosa y Bustos).

  • Urquiza respondió con Galarza y Avalos, cuya intervención fue decisiva.

La caballería federal cedió ante la presión sostenida y la coordinación superior del Ejército Grande. El ala izquierda rosista comenzó a desmoronarse.

Lamadrid, por exceso de desplazamiento lateral, no llegó a intervenir decisivamente, lo que muestra cierta falta de coordinación en el ala derecha de Urquiza, compensada por la superioridad numérica y moral.

Ataque al centro y a la Casa de Caseros

Simultáneamente, Urquiza ordenó el avance de su ala izquierda:

  • La División Oriental (coronel Díaz) avanzó hacia el Palomar.

  • Se formó en ángulo respecto del ala rosista.

  • Urdinarrain se posicionó detrás de un bosquecillo.

El batallón de Voltígeros intentó tomar la Casa de Caseros, pero el ataque inicial se frenó por falta de sincronización con la división brasileña y las tropas de Galán.

Cerca del mediodía, el ataque se reanudó con éxito:

  • Pereyra Pintos neutralizó la resistencia en la Casa.

  • Galán obligó a retroceder a la Brigada Díaz.

  • La División Oriental ocupó la Casa de Caseros.

Resistencia final del centro rosista

El centro, comandado por Argentino Díaz con apoyo artillero de Chilavert, resistió con firmeza.

Sin embargo:

  • Fue embestido por las fuerzas de Galán.

  • Ambos jefes depusieron las armas.

  • El dispositivo defensivo rosista colapsó.

Hacia las 14:00, la batalla estaba decidida. El campo dejaba unos 400 muertos.

4. Desorganización y violencia final

El autor subraya episodios de indisciplina:

  • Soldados rosistas ultimaron a oficiales que intentaban frenar la retirada.

  • Caso emblemático: el coronel Hernández, muerto por sus propios hombres.

Además, tras un incidente de fuego a quemarropa en la Casa de Caseros, las tropas vencedoras respondieron con violencia, generándose escenas de masacre.

Aquí cae el doctor Claudio Cuenca, médico y poeta, considerado el “mártir de Caseros”, muerto en circunstancias trágicas mientras intentaba mediar.

5. La retirada y la doble renuncia de Rosas

Derrotado, Rosas inició una retirada estratégica con pocos acompañantes.

En el trayecto su yegua “Victoria” tropezó, episodio que la tradición recogió como simbólico (origen del nombre “Tropezón”).

Rosas redactó dos renuncias:

  • Una, con lápiz y en el campo.

  • Otra, en Londres.

Ambas mencionan que estaba herido en la mano derecha.

La duplicidad responde a correcciones formales y desprolijidades del primer documento.

6. Hechos poco recordados

El artículo rescata aspectos no estrictamente militares:

Purvis, el perro de Urquiza

Mencionado por Sarmiento, acompañó toda la campaña. Simboliza fidelidad y presencia constante en la empresa militar.

El ombú de Caseros

Árbol histórico, declarado monumento en 1946. Ya no existe. Se convirtió en símbolo paisajístico de la batalla.

El monte de durazneros

Alimentó a la población porteña.

Medallas de Caseros

Argentina no otorgó condecoraciones.
Uruguay y Brasil sí lo hicieron, estableciendo distinciones por jerarquía (oro, plata, latón, zinc).
También existió el botón militar “Federación Urquiza o Muerte”.

7. Conclusión

La batalla de Caseros fue una confrontación decisiva, donde:

  • Rosas adoptó una defensa estática con puntos fuertes y potente artillería central.

  • Urquiza ejecutó una ofensiva móvil basada en cargas de caballería y ataques combinados.

La ruptura del ala izquierda rosista y la ocupación de la Casa de Caseros desarticularon el sistema defensivo federal.

No fue solo una victoria táctica: significó el colapso del régimen rosista y el inicio del proceso de organización nacional.

El artículo, además de reconstruir las maniobras militares, integra memoria, símbolos y consecuencias humanas, ampliando la comprensión de Caseros más allá del campo de batalla.

Citas Bibliográficas

  1. CALLEGARI, H.; (2017); Historia del Partido de Tres de Febrero y sus localidades, Buenos Aires, Ediciones 3F.
  2. COLEGIO MILITAR DE LA NACIÓN; (1969); El Museo Histórico del Palomar de Caseros, Morón, CMN.
  3. GARCIA ENCISO, I.; (1970); Historia del Colegio Militar de la Nación; Buenos Aires, Círculo Militar.
  4. LEGUIZAMÓN, M.; (1926). Hombres y Cosas que pasaron; Buenos Aires, Lajoune &Cía.
  5. MORENO, C.; CALLEGARI, H.; (2018); La antigua chacra de Diego Casero, Buenos Aires, Ediciones 3F.
  6. SALDÍAS, A.; (1907); Papeles de Rozas, La Plata, tomo 2 (pág. 246-254), Talleres Gráficos Sesé, Larrañaga y Cía.
  7. ZUBIZARRETA, I.; RABINOVICH, A.; CANCIANI, L.; (2022). Caseros, la batalla por la organización nacional; Buenos Aires. Sudamericana

lunes, 9 de marzo de 2026

Guerra de los Boers: Aniversario de Majuba

¡Majuba!





Uno de los eventos más importantes y simbólicos de la historia afrikáner. Fue la batalla decisiva de la Primera Guerra Bóer entre la República Sudafricana (bóers del Transvaal) y el Reino Unido, que resultó en una contundente victoria sobre los británicos.

La derrota conmocionó a Gran Bretaña y demostró la eficacia de los comandos móviles y la puntería de los bóers.



La batalla restauró la independencia bóer y obligó a Gran Bretaña a negociar la Convención de Pretoria (1881), que restauró el autogobierno del Transvaal después de que los británicos lo anexaran en 1877.

Para los afrikaners, Majuba simboliza la resistencia al dominio imperial, la defensa de la independencia y el triunfo de los agricultores ciudadanos sobre un imperio global.

Estas fotos de Majubafees (conmemoración de la fiesta de Majuba) de hace unos días.


sábado, 7 de febrero de 2026

Organización Nacional: La batalla de Campos de Álvarez

Combate de Campos de Álvarez





Monolito emplazado en el sitio donde se libró el combate de Campos de Alvarez, el 31 de enero de 1852

Juan Manuel de Rosas y Angel Pacheco, respectivamente, le propiciaban al Imperio del Brasil y a Urquiza el éxito fácil que éstos alcanzaban en su marcha triunfante hasta las campañas de Buenos Aires.  Rosas lo refería todo a Pacheco; y Pacheco a nada proveía atinadamente.  Júzguese por estos hechos, decisivos en el orden de las operaciones que terminaron en Caseros.  Un mes antes de la capitulación de Oribe, el coronel Martiniano Chilavert le dirigió a Rosas una memoria en la que le demostró con caudal de razones y mejores probabilidades, la conveniencia de que Oribe marchase a batir a Urquiza y de que simultáneamente se aprestase un ejército para invadir el Brasil (1).  Rosas aprobó la memoria, manifestó que la consultaría con Pacheco, pero dejó que le minasen el ejército a Manuel Oribe.  Cuando Urquiza reunía sus fuerzas en Gualeguaychú, el mismo Chilavert le encareció a Rosas la urgencia de defender la línea del río Paraná, y se ofreció a hacerlo personalmente.  Rosas le hizo decir que lo consultaría con Pacheco, y poco después Pascual Echagüe se vio en la precisión de abandonar a Santa Fe.  Cuando Urquiza se mueve de Rosario y Pacheco hace retirar a Lucio Norberto Mansilla de las posiciones en la costa del Paraná, Mansilla imagina que ello tiene por objeto destinarlo con infantería y artillería al extremo norte que domina Lagos con 8.000 jinetes, y defender la línea del arroyo del Medio, adonde irá a apoyarlo oportunamente Pacheco con las fuerzas que tiene en la Villa de Luján, y reunidos presentarle allí a Urquiza una batalla.  En caso de un desastre, quedaba asegurada la retirada a los cuarteles de Santos Lugares; y en todo caso se daba tiempo a que Rosas levantase la campaña del sur como un solo hombre y pusiese a Urquiza en críticas circunstancias, cercándolo de enemigos y cortándole la línea de sus recursos.  En este sentido le representó Mansilla a Rosas.  Pero Rosas le respondió que se entendiese con Pacheco; y Urquiza adelantó su vanguardia hasta el arroyo del Medio.  Cuando a la vista de Urquiza sobre este arroyo, Pacheco insiste en que Hilario Lagos se repliegue hacia el cuartel general, y Lagos le declara a Rosas por vía de protesta que él y sus soldados están resueltos a quedar allí defendiendo el suelo invadido por los aliados, Rosas le responde que está seguro de su patriotismo, y que armonice su conducta con las órdenes del genera Angel Pacheco.

Hay momentos en que Rosas reacciona.  Es cuando palpa la desorganización de todas sus fuerzas.  Entonces llama al mayor Antonino Reyes, jefe de Santos Lugares, y le habla de llamar a junta de guerra a los oficiales superiores.  Pero la reacción dura un minuto.  Es Pacheco; siempre la necesidad de Pacheco lo que lo hace variar de resolución.  Sin embargo, le dice a Reyes: “He de necesitarlo a usted a mi lado; es urgente ver a quién se ha de nombrar para que mane su batallón, y el de costeros y demás piquetes que reunidos formarán como 1.500 hombres con 6 piezas de artillería”.  Reyes indica al coronel Pedro José Díaz, experimentado militar que residía en Buenos Aires desde que fue hecho prisionero en el Quebracho Herrado (28 de noviembre de 1840) con el último cuadro de la infantería de Juan Lavalle.  “Dígale usted al señor Gobernador, le respondió Díaz a Reyes, que aprecio la confianza con que me honra: que aunque “unitario”, he de cumplir mi deber como soldado a las órdenes del gobierno de mi patria”.  Por tal incidencia se organizó esa brigada de infantería, la única que con la famosa artillería de Chilavert sostuvo hasta el fin el fuego contra los imperiales.

Lo cierto es que las disposiciones del general Pacheco daban por resultado dejar expedito a los aliados el camino que traían.  El 26 de enero, cuando los aliados llegaban al arroyo del Gato, y seguían de aquí a la laguna del Tigre (chacras de Chivilcoy), ordenó que se retiraran todas las fuerzas de la “Guardia de Luján” (actual ciudad de Mercedes), dejándole sólo 600 hombres al coronel Lagos que era el único que hostilizaba al enemigo.  Sin embargo, el 28 le escribe a Lagos que disponga lo conveniente para sus movimientos, “como lo verificó en la noche del 26 con las divisiones acampadas en el arroyo de Balta”; y que si ha hecho retirar al mayor Albornoz es por ser innecesario en presencia de la fuerte división que Lagos comanda.

Pero resultaba que no se habían verificado los movimientos que suponía el general Pacheco, pasando por alto el hecho grave de ordenar la retirada de todas las reservas a las órdenes del jefe de la vanguardia, y dejando a éste aislado con una diminuta división enfrente del enemigo a quien hostilizaba:  Lagos le respondió el mismo día 28: “El coronel Lagos, señor general, no ha verificado movimiento de ninguna especie con las divisiones acampadas en el arroyo de Balta en la noche del 26; sabía por el mayor Albornoz que V. S. había mandado retirar todas las fuerzas de la Guardia de Luján y con prontitud aquel día 26.  Si el infrascripto ha llegado a verse últimamente precisado a maniobrar, y hostilizar al enemigo, sólo por su flanco izquierdo, ha sido a consecuencia de la reprimenda que recibió por haber ido con su fuerza a la laguna de las Toscas a ponerse al frente del enemigo y en la ruta inerrable que calculó debía éste traer, como traía en efecto”. (2)

Simultáneamente con esto circulan graves acusaciones contra el general Pacheco.  Algunos avanzan que entre el 26 y 27 de enero se ha puesto al habla con el general Urquiza, a cuyo efecto hizo retirar hasta a los ayudantes del coronel Bustos de las inmediaciones de Luján.  El coronel Bustos se decide a transmitírselo a Rosas por intermedio del mayor Reyes.  “Está loco señor”, se limita a responder Rosas.  “Esta loco”, dice de un juez de paz que baja expresamente de su destino para repetir lo que sabe al respecto.  Y de uno de los que más importante papel desempeña en la legislatura, y que igualmente se lo repite, “esta loco”, dice también.

El ejército aliado avanzó de Chivilcoy hasta Luján adonde llegó en la mañana del 29 de enero.  El día 30 su vanguardia se hallaba en los campos de Alvarez, a poco más de dos leguas de algunas divisiones de la vanguardia de Buenos Aires, situada en la margen izquierda del río de las Conchas (actual río Reconquista), cubriendo el puente de Márquez.  Pacheco acababa de pasar este puente sin dar disposición alguna y tomó camino de su estancia del Talar.  Al comunicar Lagos la aproximación del enemigo, Rosas le ordenó que lo batiese, advirtiéndole que el general Pacheco, con fuerzas superiores defendería el puente de Márquez.  Con su división y las de los coroneles Domingo Sosa y Ramón Bustos (hijo del caudillo cordobés Juan Bautista Bustos), Lagos reunió como 2.500 hombres.  En la madrugada del 31 de enero formó tres columnas paralelas, cubrió su frente con algunos escuadrones ligeros y marchó al encuentro del enemigo.

Este tomo posiciones prolongándose sobre la izquierda en la dirección que Hilario Lagos traía, y donde se colocó el general Juan Pablo López con su división; en el centro el coronel Galarza con las caballerías entrerrianas, y a derecha e izquierda de este último las divisiones de los coroneles Aguilar y Caraballo, formando un total de 5.000 hombres.  Los mejores escuadrones de Buenos Aires chocaron con las aguerridas caballerías entrerrianas, y éstas vacilaron cuando Lagos en persona les llevó esas cargas que justo renombre le valieron en los ejércitos argentinos.  Pero rehechas sobre algunos regimientos que López lanzó oportunamente, mientras él maniobraba de flanco con rapidez, pudo Lagos penetrarse de la desigualdad de la lucha cuando, al generalizarse el combate, se arremolinaron algunos de los escuadrones bisoños ante aquella masa de caballería que comenzaba a envolverlos.  Entonces reunió sus mejores fuerzas, dio una brillante carga que contuvo al enemigo, y se retiró en orden sobre el puente de Márquez; perdiendo como 200 hombres, entre ellos el comandante Marcos Rubio y algunos oficiales, armas y caballos.

Los boletines del ejército aliado y el general César Díaz en sus “Memorias inéditas” (páginas 265 a 267) dan a Lagos 6.000 soldados de la mejor caballería, y contradiciéndose en los términos, así dicen que no hubo resistencia por parte de Lagos, como afirman que éste tuvo 200 muertos entre ellos jefes y oficiales, y que los aliados sólo tuvieron 26 hombres fuera de combate.  No es de extrañar que el general Díaz aceptase tales datos, pues que no tenía otros, hallándose como se hallaba a dos leguas del campo de Alvarez, e incorporándose a la vanguardia de los aliados en la mañana siguiente a la de la acción.  “Es que se creyó (y a la verdad que debía creerse) que Lagos conservaba bajo su mando la misma fuerza con que se retiró de la línea del norte.  Pero es lo cierto que en la acción de Alvarez, Lagos tenía únicamente las siguientes fuerzas: su división inmediata, milicia del Bragado y piquetes veteranos, 600 hombres; división Sosa 1.300; división Bustos 600 hombres.  La división Echagüe no estuvo en la acción, ni tampoco la división Cortina; y el grueso de la división que Lagos organizó en Bragado la hizo pasar consigo Pacheco por el puente de Márquez.

En el puente de Márquez, Lagos creía encontrar a Pacheco con infantería y artillería, conforme a las prevenciones que había recibido.  Pero Pacheco no estaba allí, ni había dejado un hombre.  Pidió órdenes, comunicando que seguía tiroteándose con las avanzadas enemigas.  Se le respondió de Santos Lugares que conservase su posición.  En la mañana del 11 de febrero se reunió a la vanguardia todo el ejército aliado en los campos de Alvarez.  Lagos lo comunicó a Santos Lugares, y recién al caer la tarde se le ordenó que si el enemigo avanzaba a pasar el río se replegase al cuartel general.

En estas circunstancias, Pacheco renunció a su cargo de general en jefe.  Fundaba su renuncia en que Rosas se hallaba en Santos Lugares a la cabeza del ejército.  Rosas recibió el golpe en medio del pecho.  Enseñándole la renuncia al mayor Reyes para que la contestase, le dijo: “Pero ¿no ve señor?…. Pacheco está loco, señor”. (3)  Y como Pacheco les ha comunicado su renuncia a los jefes para que se entiendan directamente con Rosas, y el jefe de la vanguardia pide órdenes a Santos Lugares, Rosas le responde que “no ha accedido a los deseos del señor general Pacheco, por lo que en el importantísimo destino que ocupa y que tan acertada como honorablemente desempeña, es que el ilustre general prosigue sus distinguidos servicios”. (4)

Sin embargo, Rosas montó en cólera cuando se le dijo que Pacheco no había defendido el puente de Márquez con la infantería y artillería que hizo retrogradar desde Luján, y como se le había ordenado.  “Si no puede ser -le decía a Reyes paseándose irritado- si no puede ser que el general Pacheco haya desobedecido las órdenes del gobernador de la Provincia”.  En la noche del 31 de enero, Benjamín Victorica fue a Santos Lugares de parte de Pacheco.  Rosas le habló sobre la conveniencia de poner la suma en las notas que se le dirigían, y lo despidió sin escucharle el mensaje.  En la tarde siguiente llegó el general Pacheco a Santos Lugares.  Reyes fue a anunciarlo y se volvió a conversar con el coronel Bustos.  No habían pasado cinco minutos cuando con asombro estos jefes vieron salir de las habitaciones de Rosas al general Pacheco, cabizbajo, que pasó sin saludarlos, montó a caballo y se dirigió a la chacra de Witt (5) desde donde asistió a los hechos de armas que tuvieron lugar en esos días.

La victoria de Alvarez fue naturalmente celebrada en el campo de Urquiza, y retempló la moral de los aliados quienes, en presencia de ella y de las facilidades que venía proporcionándoles el enemigo, llegaron a imaginarse, y no sin motivo, que en breves días entrarían con el arma a discreción en Buenos Aires.  En el campo de Rosas, si se experimentó la impresión de esa derrota, no se tradujo en signo visible alguno; que antes por el contrario, en la noche del 1º de febrero se pasaron de los aliados a Santos Lugares como 400 hombres, los cuales fueron recibidos entre las aclamaciones de sus antiguos compañeros.  El mismo espíritu de decisión en favor de Rosas mostraban las poblaciones de Buenos Aires, movidas por cierto atavismo encarnado en sentimientos enérgicos, que vivían al calor del esfuerzo común iniciado en la adversidad, e incontrastablemente mantenido entre los rudos vaivenes de la lucha.  Los que formaban en el ejército creían defender el honro nacional contra un extranjero que invadía la Patria.  ¿Sería eso pura poesía?  Es la poesía del honor, el cual no tiene más que un eco para la conciencia individual: las gentes de las campañas no veían más que el hecho inaudito de la invasión del Imperio del Brasil y rodeaban a Rosas en quien personificaban la salvación de la Patria.

Véase lo que respecto de esto último decía el general César Díaz, jefe de la división oriental del ejército aliado: “Los habitantes de Luján manifestaban hacia nosotros la misma estudiada indiferencia que los de Pergamino; y a los signos exteriores con que éstos habían hecho conocer su parcialidad con Rosas, agregaban otras acciones que denotaban con bastante claridad sus sentimientos.  Exageraban el número y calidad de las tropas de Rosas.  Traían a la memoria todas las tempestades políticas que aquél había conjurado, y tenían por cosa averiguada que saldría también victorioso del nuevo peligro que lo amenazaba”.

Y cuando todo el ejército aliado acampó en Alvarez, véase cuales eran las impresiones del general Urquiza, según el mismo general Díaz: “Fui a visitar, dice el general Urquiza y lo encontré en la tienda del mayor general.  Se trató primero de la triste decepción que acabábamos de experimentar respecto del espíritu de que habíamos supuesto animado a Buenos Aires.  Hasta entonces no se nos había presentado un pasado.  Si no hubiera sido –dijo el general- el interés que tengo en promover la organización de la República, yo hubiera debido conservarme aliado a Rosas, porque estoy persuadido que es un hombre muy popular en este país”.  Y el general Díaz agrega: “Si Rosas era públicamente odiado, como se decía, o más bien, si ya no era temido, ¿cómo es que dejaban escapar tan bella ocasión de satisfacer sus anhelados deseos?  ¿Cómo es que se les veía hacer ostentación de un exagerado celo en defensa de su propia esclavitud?  En cuanto a mí, tengo una profunda convicción, formada por los hechos que he presenciado, de que el prestigio del poder de Rosas en 1852 era tan grande, o tal vez mayor, de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión y aun la confianza del pueblo en la superioridad de su genio, no le habían jamás abandonado”. (6)

Referencias


(1) Papeles de Martiniano Chilavert (Copia en archivo de Adolfo Saldías).

(2) Manuscrito en el Archivo de Adolfo Saldías.

(3 )Referencia del señor Antonino Reyes.

(4 )Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.

(5) Referencia del señor Antonio Reyes.

(6) Véase “Memorias inéditas”, páginas 263 y 270.

Fuente

Díaz, César – “Memorias Inéditas” – Publ. Adriano Díaz – Buenos Aires (1878).

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Portal www.revisionistas.com.ar

Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo, Buenos Aires (1951)

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

viernes, 6 de febrero de 2026

Guerra Civil: Los veteranos de Caseros


Héroes de Caseros




Fotografías que retratan a soldados veteranos integrantes de las filas del Ejército Grande durante la Batalla de Caseros, que concurrieron a los actos realizados en homenaje a Justo José de Urquiza, en la Escuela Normal Mixta de la ciudad entrerriana de Concordia, el 10 de noviembre de 1920.




Más fotografías que muestran a veteranos de Caseros durante las décadas de 1900 y 1910.



viernes, 9 de enero de 2026

Roma: El clima y la batalla de los Campos Raudios

Batalla de los Campos Raudios





Imagina ver a más de cien mil guerreros gigantescos marchando hacia tu hogar con la única intención de borrarlo del mapa. Esto no es una película de fantasía, fue el terror absoluto que vivió Roma en el año 101 antes de Cristo en los Campos Raudios. Los cimbrios, una tribu germánica imparable que ya había humillado a las legiones romanas anteriormente, cruzaron los Alpes listos para el golpe final. El pánico en la Ciudad Eterna era total, pues nadie creía que sobrevivirían a esta marea humana que descendía buscando sangre y tierras fértiles, amenazando con destruir los cimientos de la civilización latina.
Pero Roma tenía un as bajo la manga, un general que no entendía de miedo: Cayo Mario. En lugar de luchar en desventaja, eligió el campo de batalla cerca de Vercellae con una astucia letal. Mario posicionó a sus tropas de tal manera que el sol y el viento soplaran directamente a la cara de los invasores. Cegados por la luz del mediodía y asfixiados por nubes de polvo, la fuerza bruta de los cimbrios se desmoronó ante la disciplina de las nuevas legiones reformadas. Lo que prometía ser el fin de Roma se convirtió en una masacre sistemática donde la estrategia venció a la furia.
El final fue tan trágico como sangriento. Al ver la derrota inminente, las mujeres de la tribu, que esperaban en la retaguardia, prefirieron acabar con sus propias vidas y las de sus hijos antes que ser esclavas de Roma. Fue una victoria total para la República, pero el campo quedó teñido de un silencio estremecedor. Esta batalla no solo salvó una civilización, sino que cimentó el poder de Mario y cambió la forma de hacer la guerra para siempre. A veces, la historia se escribe en un solo día de polvo y acero bajo el sol abrasador.


jueves, 1 de enero de 2026

Roma de Julio César: Análisis de la batalla de Sambre

 


La importancia de la batalla de Sambre

Antonio Salinas || War on the Rocks


En el verano del 57 a. C. , Julio César se encontraba en lo profundo de territorio belga, con sus legiones dispersas e inconscientes de la trampa que les aguardaba. A orillas del río Sambre, decenas de miles de guerreros nervios irrumpieron entre los setos, sorprendiendo a los mejores de Roma con los escudos agachados y los cascos desprendidos. En cuestión de minutos, el orden se disolvió en caos. Lo que siguió no fue un triunfo táctico, sino de algo mucho más antiguo y humano: el latido de la cohesión y el coraje de un comandante que se negó a ceder.

La Batalla del Sambre es importante porque demuestra cómo las fuerzas disciplinadas pueden resistir el factor sorpresa y la confusión resultante. Las legiones de César sobrevivieron no gracias a su superioridad numérica o tecnológica, sino a la cohesión, la iniciativa y la voluntad de sus comandantes para restablecer el orden bajo extrema presión.


Viejos enemigos, nuevas ambiciones

Durante siglos, la República Romana —y posteriormente el Imperio— mantuvo una relación tensa y a menudo violenta con los pueblos al norte de los Alpes, en lo que hoy es Francia, Bélgica y Suiza. Conocidos por los romanos como galos y por los historiadores modernos como celtas, estos supuestos bárbaros desafiaron repetidamente la fuerza de las legiones romanas y el coraje de sus comandantes.

La rivalidad comenzó en desastre. En 390 a. C., guerreros galos bajo un jefe llamado Breno saquearon Roma después de derrotar a las fuerzas romanas en el río Alia, dejando atrás la inquietante frase vae victis: "¡Ay de los conquistados!". La amenaza resurgió con el paso de los siglos: los guerreros galos ayudaron a Aníbal en la Segunda Guerra Púnica y aniquilaron varios ejércitos romanos entre 218 y 216 a. C. Regresó de nuevo durante la Guerra Cimbria (113-101 a. C.), cuando las fuerzas galas y germánicas destruyeron legiones romanas hasta que Cayo Mario finalmente las aplastó en Vercellae en 101 a. C. Sin embargo, incluso después de esta victoria, las tribus más allá de los Alpes siguieron siendo una amenaza real para la seguridad romana.

En el 59 a. C., Julio César se convirtió en gobernador de la Galia Transalpina (actual sur de Francia) e inició rápidamente una nueva fase, más brutal, de la expansión territorial de Roma hacia Europa occidental. Al año siguiente, los helvecios, una tribu gala procedente de Suiza, comenzaron a migrar hacia el oeste, hacia la Galia central, amenazando a los aliados de Roma y representando una amenaza directa para las tierras romanas. César aprovechó esta situación, presentando su campaña como una defensa de sus aliados y como una forma de prevenir una migración descontrolada que pudiera extenderse a territorio romano. Derrotó a los helvecios en una batalla campal y, más tarde ese mismo año, giró hacia el este para enfrentarse al rey germánico Ariovisto, haciendo retroceder a su ejército a través del Rin.

Para el 57 a. C., César había logrado dos victorias decisivas que demostraron tanto la eficacia de sus legiones como su habilidad como general. Sin embargo, las tribus del norte de Bélgica —ubicadas en las actuales Francia y Bélgica— permanecieron invictas e inflexibles. Orgullosas de su independencia y alejadas de la influencia de Roma, eran conocidas por su tenacidad.

Cuando se difundió la noticia de las victorias de César, los belgas formaron una gran coalición para oponerse a él. Entre ellos, destacaron los nervios, que rechazaban los lujos romanos, como el vino y el comercio, por considerarlos influencias corruptoras . Para César, eran «los más feroces de los belgas». Para ellos mismos, eran los últimos galos libres.

La Batalla del Sambre enfrentó a dos bandos radicalmente distintos. Las legiones romanas eran profesionales, organizadas y adaptables. Por el contrario, los guerreros galos eran feroces, rápidos y estaban ligados por el honor tribal.

Los soldados romanos usaban cota de malla, cascos abiertos y espadas cortas gladius para embestir en formaciones cerradas. Sus escudos curvos ( scutum ) servían tanto de armas como de protección, mientras que sus lanzas arrojadizas ( pila ) podían atravesar tanto la carne como los escudos. Sin embargo, la verdadera ventaja de Roma residía en su estructura: legiones de unos 5000 hombres, divididas en cohortes de 480 hombres, centurias de 80 hombres y escuadras de ocho hombres ( contubernia ), que vivían y luchaban juntas. Esta organización fomentaba la cohesión a todos los niveles, una disciplina sin parangón en el mundo antiguo.

Los guerreros galos dependían de la furia . Armados con largas espadas cortantes, grandes escudos y lanzas, cargaban con una ferocidad aterradora diseñada para destrozar las líneas enemigas y la moral. Los nobles luchaban con cota de malla, pero la mayoría iba con el torso desnudo para mayor velocidad y conmoción. Sus ejércitos, unidos por el parentesco y el carisma más que por una jerarquía estricta, podían atacar con una fuerza abrumadora. Sin embargo, si su ímpetu flaqueaba, se desintegraban rápidamente.

En el Sambre, estos dos mundos chocaron: el orden romano contra la pasión gala. El resultado dependería no solo del coraje, sino también de la voluntad y la disciplina de cada bando capaz de resistir el caos de la batalla.

Una emboscada planeada

A medida que César avanzaba hacia tierras belgas, los galos eran muy conscientes de la destrucción que sus legiones habían infligido a las tribus galas y germánicas al intentar derrotar a César en batallas campales. Decididos a no compartir su destino, identificaron una de las pocas debilidades de la guerra romana: nunca permitir que los romanos formaran en sus líneas de batalla bien organizadas y de apoyo mutuo. En cambio, atacarlos en movimiento, antes de que pudieran desplegar la maquinaria de guerra romana.

Oponiéndose a las fuerzas de César se encontraba una coalición gala de aproximadamente 75.000 guerreros: 50.000 nervios, 15.000 atrebates y 10.000 viromanduis, todas tribus unidas por el temor compartido a la conquista romana y la determinación de atacar antes de que fuera demasiado tarde. La coalición basó su estrategia en aprovechar un momento de vulnerabilidad: el cambio de marcha a campamento. La doctrina romana exigía que los ejércitos establecieran un campamento fortificado cada noche, una notable proeza de organización que proporcionaba a los romanos tanto protección como influencia psicológica. Estas castras —el equivalente antiguo de las bases de operaciones avanzadas— permitían a los soldados descansar con seguridad y reagruparse cada mañana como la fuerza bien engrasada que ya había dominado gran parte de la Galia.

Gracias a espías, los nervios supieron que el ejército de César, compuesto por ocho legiones —unos 40.000 soldados romanos—, avanzaba en una larga columna, cada legión separada por su convoy de bagajes. Su plan era simple pero devastador: emboscar a la legión que iba en cabeza antes de que las demás pudieran desplegarse, aplastarla por completo y expulsar a César de tierras belgas.

César, anticipándose al peligro, dispuso sus fuerzas con cuidado: seis legiones veteranas al frente, seguidas por el convoy de bagajes, y dos legiones recién reclutadas custodiando la retaguardia. Los nervios, por su parte, eligieron su terreno con igual precisión. Cerca del río Sambre, poco profundo, junto a la actual Hautmont, Francia, ocultaron a sus guerreros en una colina tras densos setos que enmascaraban su número y sus movimientos. La batalla se desarrolló en tres fases.

Escaramuzas iniciales

Los exploradores romanos detectaron actividad gala al otro lado del río. César respondió enviando caballería y honderos para despejar la orilla opuesta. Los galos fingieron retirarse y desaparecieron entre los bosques. Creyendo que la zona estaba segura, el ejército de César comenzó la rutina nocturna de acampar: se quitaron los cascos y apilaron los escudos. Los soldados se convirtieron entonces en obreros y albañiles.

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La emboscada

En cuanto apareció el convoy romano, los galos prepararon su emboscada. Con un fuerte rugido, miles de guerreros irrumpieron entre los setos y cargaron contra las legiones romanas, que no estaban preparadas para la batalla. Para la mayoría de los ejércitos, esto habría significado la aniquilación. Pero los veteranos de César reaccionaron instintivamente. Pequeños grupos se reunieron alrededor de sus centuriones, formando líneas defensivas improvisadas.

A la izquierda, cuatro legiones —X, XI, VIII y IX— se reagruparon y contraatacaron. La X y la IX hicieron retroceder a los atrebates a través del Sambre, mientras que la VIII y la XI masacraron a los viromandui en el río. Por un breve instante, las fuerzas de César evitaron una masacre, pero la batalla estaba lejos de terminar.


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Una brecha y casi un desastre

Los nervios aprovecharon una debilidad crítica en el centro romano, aislando a las legiones VII y XII en el flanco derecho. Aproximadamente 50.000 guerreros nervios invadieron la brecha, rodeando a las legiones atrapadas.

César presenció el colapso. Galopando hacia el punto crítico, desmontó y envió a su caballo lejos, una sutil promesa de compartir el destino de sus hombres. Arrebatando un escudo a un soldado de retaguardia, se lanzó a la refriega, llamando a sus centuriones por su nombre y reuniendo a los supervivientes. Casi todos los centuriones de la XII Legión murieron o resultaron heridos. Los restos de la VII y la XII formaron un cuadro y resistieron.

Al ver a César en el fragor de la batalla, la X Legión avanzó para relevarlo. Momentos después, llegaron las Legiones XIII y XIV, arremetiendo contra el flanco nervio. El contraataque destruyó la emboscada.

Lo que debería haber sido la destrucción de César se convirtió en su triunfo decisivo. Los nervios fueron aniquilados, su poder quebrantado. La batalla fue un testimonio de la disciplina en medio del caos, del instinto de cohesión y de un comandante que, escudo contra escudo con sus hombres, convirtió el desastre en victoria.


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La última resistencia de los galos en campo abierto

La Guerra de las Galias no fue una lucha asimétrica en el sentido moderno, pero el desequilibrio en la capacidad bélica entre Roma y las tribus galas, germánicas y britanas era inmenso. Desde las Guerras Púnicas, los excedentes de grano y las vastas reservas de mano de obra de Roma le permitieron sostener campañas continuas a una escala que ninguna confederación tribal podría igualar. Sambre marcó uno de los últimos intentos de las tribus galas por enfrentarse a Roma en batalla abierta. Tras esta derrota, los líderes galos reconocieron que la confrontación directa con las legiones de César resultaría desafiante. La apuesta por la batalla campal —una característica definitoria de la guerra inicial contra los helvecios, los germanos y los nervios— no era la opción más favorable.

La resistencia gala no desapareció: evolucionó. Los galos se adaptaron a la sombría nueva realidad de luchar contra las legiones romanas profesionalizadas de César. Antes de sus campañas, los ejércitos galos podían derrotar a Roma, y ​​lo habían hecho, saqueándola en el 390 a. C. y en las guerras cimbria y teutónica. Pero tras las reformas marianas , el ejército romano renació. Dejó de ser una milicia temporal de ciudadanos-soldados para convertirse en una fuerza permanente y profesional. Los legionarios se alistaban durante 16 años y se entrenaban como equipos cohesionados desde el contubernio de ocho hombres hasta la centuria, la cohorte y la legión. A esta disciplinada máquina de guerra, César añadió su genio para la velocidad, la psicología y la crueldad calculada.

Ante semejante adversario, los galos transformaron su estrategia. Este cambio se asemejaba a la evolución norvietnamita tras la Ofensiva del Tet de 1968 : abandonaron las costosas y decisivas batallas por una guerra prolongada y de baja intensidad. Las fuerzas galas comenzaron a priorizar la emboscada, el desgaste y la resistencia fortificada sobre la confrontación abierta.

En los últimos años de la guerra, las tácticas galas se centraron en aislar legiones y atacar cuarteles de invierno vulnerables. En Atuatuca, en el 54 a. C., los combatientes galos aniquilaron una legión y media (más de 7500 romanos ) en un solo día. Incluso cuando el rey galo Vercingétorix unió a las tribus bajo un solo estandarte, reconoció la inutilidad de enfrentarse a César de frente. En cambio, lanzó una campaña de tierra arrasada: quemó granjas, destruyó cosechas y abandonó pueblos indefensos para matar de hambre a los invasores. Las principales batallas se centraron entonces en fortalezas como Gergovia y Alesia, donde el ingenio galo al utilizar sus fortalezas en la cima de las colinas, u oppida , fortificadas por empinadas laderas y terreno natural, contrarrestó brevemente la disciplina romana.

Esta evolución también obligó a César a adaptarse. Sin la opción de batallas a gran escala, adoptó una brutal estrategia de divide y vencerás: enfrentó a las tribus galas entre sí y destruyó el campo para privar a sus enemigos de alimento y refugio. Sus campañas se convirtieron en herramientas precisas de destrucción, caracterizadas por una eficiencia despiadada y una guerra psicológica. Tribus enteras fueron blanco de exterminio, se quemaron campos y se esclavizó a poblaciones. Los académicos modernos han descrito aspectos de estas operaciones como actos de ecocidios . Contra la tribu gala de los eburones, César pretendía nada menos que la erradicación, una campaña que rozaba el genocidio .

A medida que la resistencia gala se retiraba a las ciudades fortificadas de las colinas, Roma respondió con maestría en ingeniería. Los asedios de Alesia y Uxellodunum revelaron cómo la logística, las fortificaciones y la determinación romanas podían sofocar incluso a los defensores más desesperados. En Uxellodunum, los hombres de César excavaron túneles en la roca para cortar el suministro de agua de la ciudad, forzando la rendición sin un asalto directo.

La batalla del Sambre, por lo tanto, representa un punto de inflexión. Fue la última gran resistencia de las tribus galas en Europa contra Roma en una batalla campal. Fue donde el coraje se unió al profesionalismo y la pasión al orden. Lo que siguió no fue paz, sino transformación: un cambio del choque de ejércitos a una guerra de resistencia y desgaste.


Leyendo la Guerra de las Galias

Durante más de 100 años, los historiadores han analizado los Commentarii de Bello Gallico (La Guerra de las Galias) de Julio César , una mezcla de informe de campo, memorias y propaganda. Los primeros académicos, desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, a menudo aceptaban los relatos de César al pie de la letra. Consideraban su prosa como un registro directo de un general que combinaba inteligencia con una determinación inquebrantable. Para ellos, César era el estratega definitivo : un hombre capaz de poner orden en el caos, ganando batallas en tierras extranjeras mientras se encontraba aislado de las líneas de suministro y lejos de la seguridad de Roma. Estas interpretaciones ven los Commentarii como un testimonio de la disciplina romana y el talento individual, un registro de victorias escrito por el hombre que las logró.

Sin embargo, a finales del siglo XX, esa confianza comenzó a debilitarse. Los historiadores comenzaron a ver el relato de César no solo como un informe directo, sino como retórica, un acto intencionado de autopromoción . Los Commentarii , argumentaban, eran el arma de César más allá del campo de batalla: una herramienta para moldear la opinión pública, alardear de sus victorias e intimidar a sus rivales políticos en casa. Los académicos ahora analizan sus elecciones estilísticas (escritas como una narración en tercera persona, representaciones de enemigos "bárbaros" y curiosas omisiones) como actos de persuasión, no de objetividad. Desde esta perspectiva, la Galia de César no solo fue conquistada, sino también cuidadosamente diseñada: una frontera imaginaria donde la virtud romana triunfó sobre el caos, todo bajo la mano firme de su comandante.

Y, sin embargo, dentro de la prosa calculada, hay momentos que sin duda debieron describir con precisión el enorme riesgo que implicaba la batalla. En la Batalla del Sambre, César escribe que casi todos los centuriones de la XII Legión murieron o resultaron heridos. Tal detalle es impactante precisamente porque carece de utilidad política: ningún general romano en busca de gloria inventaría la aniquilación de su cuerpo de oficiales. Inventar algo así habría sido una mentira imperdonable para quienes lucharon y sobrevivieron a su lado. Este momento —cuando el texto desangra la humanidad a través del horror— sugiere que ni siquiera la propaganda de César pudo suprimir por completo la realidad del caos de la guerra.

Esa tensión entre la autopromoción y la sinceridad es la base de cómo deberíamos leer a César hoy. Sus Commentarii son propaganda, sí, pero también un registro invaluable escrito por un hombre que comprendía tanto el teatro político como el bélico. Sus adornos eran reales, pero tenían límites. El público de César —senadores, soldados y ciudadanos por igual— incluía hombres que habían recorrido con él el lodo de la Galia. Alejarse demasiado de la verdad invitaría a la exposición y al ridículo .

Así, los Commentarii ocupan un extraño espacio dual: automitificador y autorrevelador a la vez. En sus páginas encontramos el esbozo de una campaña tanto política como militar. Sin embargo, incluso a través de la neblina retórica, aún resuenan los gritos del campo de batalla. Bajo el latín pulido se esconde la lucha desesperada de un comandante por controlar no solo la Galia, sino también la narrativa de su propia grandeza.

Liderazgo en la batalla

Las lecciones del Sambre trascienden la antigüedad. Esta batalla revela por qué algunos ejércitos resisten lo insoportable; por qué, incluso rodeados por el caos y una muerte segura, los hombres se niegan a rendirse. La respuesta no reside en la doctrina, la tecnología ni la armadura, sino en algo más antiguo y difícil de medir: la cohesión y el coraje. El ejército de César no sobrevivió en las llanuras entre la actual Francia y Bélgica porque estuviera mejor equipado. Sobrevivió porque estaba unido por la confianza, la disciplina y la voluntad de su comandante.

Los soldados del Sambre no eran los reclutas de la República anterior, sino profesionales curtidos. Se habían alistado durante 16 años, viviendo, entrenando, comiendo y sangrando juntos. Las dificultades compartidas los unieron en algo más grande que individuos: una hermandad más fuerte que el miedo. No lucharon por Roma como una idea ni por nociones abstractas de gloria. Lucharon los unos por los otros: por el hombre a la izquierda y a la derecha, y por el centurión que los llamaba a través de la bruma. Cuando los nervios surgieron de los setos, ese vínculo perduró.

Sorprendidos mientras construían su campamento nocturno, sin cascos ni escudos a punto, las legiones hicieron lo que siempre hacen los soldados bien entrenados cuando la muerte acecha: se encontraron, formaron una línea y contraatacaron. Las legiones VII y XII, rodeadas y ensangrentadas, podrían haber sido destruidas hasta el último hombre de no haber llegado refuerzos del otro flanco de César. La batalla estuvo a punto de convertirse en el Bosque de Teutoburgo de César , una catástrofe en la que tres legiones fueron masacradas en el desierto de Germania. Lo que salvó a los romanos no fue la suerte, sino la disciplina y la cohesión que definieron a las legiones posmarianas.

Y luego estaba el propio César. Su conducta en el Sambre sigue siendo una lección atemporal de mando firme bajo fuego. Liderar es fácil en el campo de desfiles o en una sala de conferencias. Es algo completamente distinto entre el polvo, la confusión, el miedo y el olor a sangre. Cuando su línea flaqueó y la batalla estuvo al borde del colapso, César no se retiró ni delegó. Tomó un escudo, corrió al frente y se mantuvo firme en la tormenta. Rodeado de hombres que creían estar a punto de morir, se convirtió en su ancla, el punto de calma en el caos. A través del tiempo, cuando el miedo se apodera de las filas, ninguna tecnología —ni un dron, ni un satélite, ni un algoritmo— puede reemplazar la presencia de un líder que se mantiene hombro con hombro con sus tropas.

Las secuelas del Sambre también ofrecen una advertencia a los responsables políticos. La destrucción de los nervios no pacificó la Galia, sino que endureció la resistencia. Las victorias tácticas rara vez producen paz política. Las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán reflejan esta verdad. Una potencia de fuego abrumadora puede destruir una fuerza enemiga, pero no la voluntad de un pueblo.

La Batalla del Sambre, entonces, es más que una historia antigua. Es un estudio de la anatomía del coraje: de lo que une a los soldados cuando el mundo se derrumba a su alrededor y de cómo se manifiesta el verdadero liderazgo cuando la muerte parece inminente.


jueves, 25 de diciembre de 2025

Revolución Americana: Arnold en Fort Griswold

El maldito traidor Benedict Arnold en Fort Griswold





El 4 de septiembre de 1781, Benedict Arnold —antaño celebrado como un valiente héroe de la causa estadounidense y ahora tildado de traidor— regresó a su Connecticut natal al frente de una expedición británica. Siendo ya general de brigada del ejército británico, Arnold lideró a más de 1500 hombres, incluyendo tropas regulares británicas, tropas lealistas y auxiliares hessianas, río Támesis arriba para atacar el puerto de New London.
New London era un objetivo prioritario. Su puerto bullía de corsarios, los barcos estadounidenses semioficiales que se aprovechaban del comercio británico durante la guerra. La ciudad almacenaba material militar y provisiones, y sus defensas se basaban principalmente en dos pequeños fuertes que custodiaban las orillas opuestas del río: Fort Trumbull, en el lado de New London, y Fort Griswold, en Groton Heights, al otro lado del río.



Arnold dividió sus fuerzas. Una columna desembarcó cerca de New London y rápidamente invadió Fort Trumbull, cuya guarnición se retiró tras una defensa simbólica. Los soldados británicos marcharon entonces hacia la ciudad, donde comenzaron a incendiar almacenes, barcos y viviendas. Arnold afirmó posteriormente que solo había ordenado la destrucción de objetivos militares, pero las llamas se propagaron sin control, consumiendo casi todo el asentamiento. Al final del día, casi 150 edificios yacían en ruinas, y la prosperidad de New London se vio mermada.


En la orilla opuesta, una segunda columna británica avanzó hacia Fort Griswold, comandada por el coronel William Ledyard y defendida por unos 160 milicianos de Connecticut. Aunque muy superados en número, los estadounidenses lucharon tenazmente. Tras un feroz asalto, los británicos tomaron por asalto las murallas y Ledyard se rindió. Lo que siguió se convirtió en una de las atrocidades más notorias de la guerra: en el caos posterior a la rendición, las tropas británicas masacraron a muchos de los defensores, matando a más de 80 hombres e hiriendo a docenas más. El propio Ledyard fue asesinado con su propia espada. La incursión tenía como objetivo desviar al ejército de Washington de su marcha hacia el sur, rumbo a Virginia, donde se avecinaba el decisivo enfrentamiento con Cornwallis. Pero la brutalidad del ataque a New London y la masacre de Fort Griswold solo acentuaron la indignación estadounidense y endurecieron la resistencia. En lugar de atraer a Washington hacia el norte, las acciones de Arnold acrecentaron la infamia de su nombre, marcándolo para siempre como el mayor traidor de la Revolución.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Guerra del Paraguay: Batalla de Humaitá

Batalla de Humaitá

Revisionistas






Batalla de Humaitá – 18 de febrero de 1868

Guerra de la Triple Alianza. Marcos Paz, vicepresidente de la República Argentina, había muerto en Buenos Aires por la epidemia de cólera que traída del frente de guerra, se propagó como una maldición durante el verano de 1867-68. La verdad es que los brasileños – dueños casi únicos de la guerra, pues solamente del Imperio llegaban refuerzos y armas – se pusieron serios con Mitre después del feo desastre de Tuyú-Cué y le impusieron volverse a Buenos Aires. Constitucionalmente no era necesaria su presencia, no obstante la muerte de Paz, porque el gabinete desempeñaba sus funciones (no había ley de acefalía) y faltaban escasamente ocho meses para la conclusión del período presidencial. Pero Brasil quería apresurar la conclusión de la guerra.

Alejado Mitre (para no volver más), las perspectivas fueron más risueñas para Brasil: Caxias volvió a tomar el mando en jefe. Tal vez no había leído a Federico II, pero llevaba a Mitre la ventaja de ganar batallas.

Sin el general en jefe todo resultaría fácil. El 19 de enero el almirante Inácio fuerza el paso de Humaitá; el 24 dos monitores brasileños llegan hasta Asunción y bombardean la capital paraguaya. Dominado el río por los brasileños, no le era posible al mariscal mantener las fortificaciones de Humaitá y Curupaytí, y el 10 de marzo hizo el repliegue del grueso de su ejército por el camino del Chaco. Apenas dejó cuatro mil hombres de Humaitá para cubrir la retirada. En canoas, chatas y jangadas, los diezmados paraguayos que han defendido hasta más allá del heroísmo la línea de Curupaytí y Humaitá, cruzan el río Paraguay, y por el Chaco toman rumbo norte: en Monte Lindo vuelven a atravesar el río y acampan finalmente en San Fernando. Esa operación resulta un alarde de conducción y valor: es todo un ejército con sus bagajes y armas, heridos y enfermos, evacuando una posición comprometida y en presencia del enemigo. Dos veces cruzaron el río sin que “la escuadra de Brasil se diera por enterada de la doble y audaz maniobra”, dice Arturo Bray.

El coronel Martínez quedó en Humaitá como cebo para inmovilizar al ejército aliado. Pero ya la fortaleza inexpugnable carecía de objeto. El julio recibe la orden de abandonarla con sus pocos efectivos clavando los 180 cañones que no pueden transportarse. Pero el impaciente mariscal Osorio quiere darse la satisfacción de tomarla por las armas y ataca con 8.000 soldados. Martínez hará en Humaitá y con Osorio la misma defensa de Díaz en Curupaytí y ante Mitre: lo deja acercar hasta las primeras líneas y allí lo envuelve en la metralla de su fuego de artillería. Muy cara pagaría Osorio la pretensión de entrar en Humaitá tras un ataque; finalmente se vio obligado a desistir y ordenar la retirada. Fue Humaitá la última gran victoria paraguaya. Pero más afortunado que Mitre, Osorio ha dado a tiempo la orden de retirada y consigue salvar gran parte de sus efectivos. Los cambá (negros brasileños) entrarían en Humaitá y en Curupaytí solamente después de que el último paraguayo las hubiera evacuado el 24 de julio. El 23 a la noche, Martínez ha hecho salir por el río a los efectivos postreros, hombres y mujeres. El 24 al amanecer los brasileños izan la bandera imperial en la ya legendaria fortaleza; poco antes lo habían hecho en Curupaytí. No es feliz la retirada de Martínez a través del Chaco. Los heroicos defensores de la fortaleza han debido sacrificarse para proteger el repliegue del grueso del ejército; van por el Chaco hostilizados por fuerzas muy superiores, ametrallados desde el río por la escuadra. Inácio y Osorio quisieran vengar en Martínez el respeto que le han tenido a Humaitá durante tres años. Finalmente la diezmada guarnición queda encerrada en Isla Poi; logra resistir durante diez días y debe rendirse agobiada por el hambre y el número. Se rinden así los últimos paraguayos que quedaban en ese teatro de guerra. Conmovido, el general Gelly y Obes, hace desfilar a los nuestros “ante los grandes héroes de la epopeya americana”. Hermoso ejemplo que nos debe llenar de orgullo.

Un paraguayo no puede rendirse, aunque la inanición le impida moverse y la falta de municiones no le permita contestar el fuego enemigo. Solano López, ya convertido en el frenético “soldado de la gloria y el infortunio” que dice Bray, es implacable con quienes no demuestran tener su mismo temple. Es imposible ganar la guerra y no han sido prósperas las gestiones de una paz honrosa. Por lo tanto el solo camino que queda a los paraguayos es la muerte; dar al mundo una lección de coraje guaraní.

El coronel Martínez se había conducido como un héroe en su defensa de Humaitá y en su imposible retirada por el Chaco. Pero se había rendido. No importa que contara con mil doscientos hombres y mujeres sin más uniforme que un calzón desgarrado, un quepí, sin pólvora para su fusil de chispa, ni alimentos, frente a tropas veinte veces superiores. Pero el mariscal se había rendido y eso no le era permitido a un paraguayo: la palabra “rendición” había sido borrada del léxico. López declara traidor al defensor de Humaitá.

Los tres años de guerra injusta y desproporcionada han hecho del atildado Francisco Solano una verdadera fiera: está resuelto a morir con su patria y no comprende ni perdona otra conducta. Ni a sus amigos ni a sus jefes más capaces ni a su misma madre y hermanos. Ante todo está Paraguay y por él sacrificará sus afectos más caros. No es la suya una conducta “humanitaria”, seguro; pero López no es en aquella agonía un ser humano sometido a la moral corriente. Es el símbolo mismo de un Paraguay que quiere morir de pie; un jaguar de la selva acosado sin tregua por sus batidores.

En esa última etapa de la guerra nacerá la versión del monstruo, del tirano sanguinario, del gran teratólogo, que alimentaría medio siglo de liberalismo paraguayo. Se le imputaron hechos terribles y no todo fue leyenda urdida por el enemigo. Hay cosas que estremecen, pero pongámonos en la tierra y en el tiempo para juzgarlos; en ese Paraguay de fines de la guerra envuelto en un halo de tragedia. Pensemos en los miles de paraguayos muertos en los combates por defender su tierra o caídos de inanición o de peste en la retaguardia. Sólo así puede juzgarse ese conductor que no puede perdonar a quienes manifiestan flaqueza, hablen de rendirse o tengan simplemente otro pensamiento que no sea morir en la guerra. Para comprenderlo hay que tener un corazón como el de los paraguayos y un alma lacerada por la inminencia de la derrota de la patria. Porque ocurrirán ahora cosas espantosas: el fusilamiento del obispo Palacios, los azotes y el fusilamiento de la esposa de Martínez, la muerte de los hermanos de López, acusados de conspiración; la prisión y los azotes de sus hermanos y hasta de su misma madre. En la atmósfera de tragedia, se yergue la figura del mariscal implacable, convencido de que a los paraguayos, con él a la cabeza, sólo les queda disputar palmo a palmo el querido suelo o morir.

Fuente

Bray, Arturo – Solano López Soldado de la Gloria y el Infortunio, Asunción  (1984)

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

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Rosa, José María – La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas, Buenos Aires (1985)

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