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viernes, 3 de julio de 2020

Nazismo: Östarbeiter (Trabajadores del Este)

Östarbeiter  (Trabajadores del Este)

W&W




Las “trabajadoras del este” (Ostarbeiter) eran en su mayoría mujeres de Europa del Este traídas a Alemania para realizar trabajos forzados. Llevaban un parche de identificación "OST" (centro inferior de la fotografía) Alemania, después de 1942.

Utilizando los métodos más brutales, Sauckel había estado reclutando a civiles Ostarbeiter (trabajadores orientales) en la Unión Soviética.

El término alemán para varios millones de civiles de los "territorios orientales conquistados" llevados a Alemania para realizar trabajos forzados durante la Segunda Guerra Mundial. El reclutamiento de trabajadores no era parte de la planificación previa a la invasión de los alemanes, pero comenzó en noviembre de 1941, cuando se hizo evidente que no habría una victoria rápida en el frente oriental. El jefe del Plan Nazi de Cuatro Años, Hermann Göring, emitió instrucciones en ese mes en el sentido de que los trabajadores "rusos" deberían ser utilizados en beneficio de Alemania. El mismo mes, la oficina laboral de Distrikt Galizien informó que 60.709 trabajadores habían sido enviados a Alemania. A principios de 1942 se instituyó una campaña bajo los auspicios del Plan de cuatro años para suministrar 380,000 trabajadores para la agricultura alemana y 247,000 para la industria alemana. El 21 de marzo, F. Sauckel fue nombrado plenipotenciario general para la asignación laboral (Generalbevollmüachtiger für den Arbeitseinsatz, o GBA); se convirtió en el subordinado de Göring a cargo de reclutar "toda la mano de obra disponible, incluidos extranjeros y prisioneros de guerra", para trabajar en la industria alemana y permitir así la liberación de alemanes para el esfuerzo de guerra. Ucrania fue, con mucho, la fuente más importante de Ostarbeiter: de los aproximadamente 2.8 millones de civiles deportados a Alemania en 1941–4, aproximadamente 2.2 millones eran de Ucrania.

Inicialmente, muchos ucranianos saludaron a los alemanes como liberadores del dominio soviético, y el 80 por ciento de las primeras cuotas laborales fueron ocupadas por voluntarios. Pero el trato brutal de los voluntarios, que fueron empacados en vagones de carga sin comida o instalaciones sanitarias, pronto se hizo conocido en Ucrania. Para el verano de 1942 no había más voluntarios. Con su creciente apetito por la mano de obra, los alemanes recurrieron a medios de reclutamiento forzosos. Las personas fueron detenidas arbitrariamente para compensar las cuotas impuestas por el GBA. Se ordenó a los pueblos y las aldeas que registraran a los aptos y que suministraran cuotas de trabajadores; los que no se presentaron al servicio fueron sujetos a la confiscación de granos y propiedades, la quema de sus casas y pueblos, y el encarcelamiento en campos de concentración. Los informes oficiales y las cartas de los soldados alemanes a sus familiares describieron las palizas y los malos tratos a Ostarbeiter como hechos cotidianos en Ucrania. Las familias a menudo se separaron, y los parientes que intentaron dar comida y ropa a los trabajadores que fueron despedidos fueron brutalmente apartados. Todo eso ayudó a convertir el sentimiento popular de manera decisiva contra los alemanes y alentó a quienes se enfrentaron a la deportación a unirse a los partidarios soviéticos o al Ejército Insurgente de Ucrania. El regreso de Ostarbeiter discapacitado a Ucrania, los enfermos graves, heridos o desnutridos, que no podían contribuir de manera útil al esfuerzo bélico, intensificó los sentimientos anti-alemanes. A lo largo de 1942 y 1943, la requisa forzosa de trabajadores en Ucrania tuvo un costo terrible en mano de obra. En Kiev, por ejemplo, se dieron instrucciones en abril de 1942 para reunir a 20,000 trabajadores de entre 16 y 55 años. En septiembre de 1942, se acordonó parte de la ciudad y todos los habitantes desempleados sin discapacidad fueron obligados a entrar en servicio. Para el verano de 1943, 440,000 trabajadores habían sido deportados del área metropolitana de Kiev, con el resultado de que la policía de seguridad alemana protestó porque no quedaban suficientes trabajadores para recolectar la cosecha.
Los aspectos irracionales de la política nazi disminuyeron la efectividad del reclutamiento de Ostarbeiter. Decenas de miles de trabajadores fueron traídos a Alemania solo para ser devueltos cuando se los encontró inadecuados para el empleo. Un informe de Kharkiv de octubre de 1942 señalaba que los trabajadores especializados se veían obligados a abandonar Ucrania sin la ropa adecuada y eran golpeados con tanta severidad que no estaban en condiciones de trabajar. El esquema de Adolfo Hitler de reclutar medio millón de mujeres ucranianas ‘capaces de ser germanizadas’ como trabajadoras domésticas no logró los resultados esperados: Sauckel solo pudo traer 15,000. En Alemania, Ostarbeiter recibió un trato peor que los trabajadores forzados de otros países ocupados por Alemania. Los ucranianos del Reichskommissariat Ucrania no fueron reconocidos como ciudadanos ucranianos, un estado otorgado solo a los del Distrikt Galizien. Se hizo todo lo posible para aislar al Ostarbeiter de la población alemana y de los trabajadores de otras nacionalidades colocándolos en residencias cerradas. El temor a la "contaminación" por parte de los orientales, a quienes la propaganda nazi describió como infrahumanos, fue tan grande que se impuso la pena de muerte por mantener relaciones sexuales con ellos y por muchos otros delitos. Cada prenda de vestir que usaba Ostarbeiter tenía que identificarse con una insignia de "Ost". Mientras que el trabajador industrial alemán promedio ganó 3.50 reichsmarks (RM) por día, un Ostarbeiter ganó 2.30, 1.50 de los cuales se dedujeron por alojamiento y comida; Ostarbeiter trabajando en agricultura promedió un salario neto de 3 rm por semana. Ostarbeiter recibió raciones de comida más pequeñas que otros trabajadores extranjeros. Las leyes de maternidad alemanas no se aplicaron a las mujeres Ostarbeiter, y sus hijos recibieron la mitad de las raciones asignadas a los niños alemanes. La mayoría de Ostarbeiter trabajaba en empresas privadas, pero la policía alemana y las SS las mantenían bajo estrecha vigilancia. Los atrapados tratando de escapar fueron enviados a campos de concentración o asesinados. En el otoño de 1942, los funcionarios del Ostministerium comenzaron a quejarse de que el trato brutal de Ostarbeiter estaba volviendo a la población contra los alemanes, y los oficiales militares advirtieron que estaba llevando a un aumento en el número de partisanos antialemanes. La crítica resultó en una ligera mejora en el estado del Ostarbeiter: sus salarios para llevar a casa se elevaron a 1.14 rm, se otorgó un descuento del 20 por ciento de los impuestos sobre los salarios por un excelente trabajo, y se creó una agencia central de inspección para supervisar las condiciones de trabajo. .

A pesar de la retórica oficial que insta a un mejor tratamiento de Ostarbeiter y una tendencia creciente a igualar su estatus con el de otros trabajadores extranjeros, las medidas diseñadas para ayudarlos dependían de la buena voluntad de los empleadores alemanes y se vieron obstaculizadas por las condiciones de guerra. La productividad del trabajo de Ostarbeiter fue sorprendentemente alta. Según una encuesta exhaustiva realizada en 1944, la productividad de los trabajadores varones era del 60 al 80 por ciento de la de sus homólogos alemanes, y la de las trabajadoras alcanzó un nivel del 90 al 100 por ciento. Después de la guerra, la mayoría de los Ostarbeiter ucranianos en la Alemania ocupada fueron repatriados por la fuerza a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, donde muchos fueron victimizados por haber "traicionado a la Patria" al permitirse ser capturados.

Bibliografía

Dallin, A. Gobierno alemán en Rusia, 1941–1945: un estudio de las políticas de ocupación (Londres y Nueva York 1957; Londres 1981)
Homze, E. Trabajo extranjero en la Alemania nazi (Princeton 1967)
Herbert, U. Una historia del trabajo extranjero en Alemania, 1880–1980: Trabajadores estacionales / Trabajadores forzados / Trabajadores invitados (Ann Arbor 1990)

Myroslav Yurkevich

[Este artículo apareció originalmente en la Enciclopedia de Ucrania, vol. 3 (1993)].

viernes, 8 de mayo de 2020

Alemania de la posguerra: ¿Derrota total o liberación?

8 de mayo de 1945: ¿Derrota total o día de liberación?

DW


El final de la Segunda Guerra Mundial fue seguido por una batalla ideológica sobre la culpa y la responsabilidad. Alemania Occidental fue más lenta para enfrentar el desafío que la Alemania Oriental comunista con su política estatal de antifascismo.


Sowjetisches Ehrenmal im Treptower Park Berlín (picture-alliance / dpa / P. Zinken)

El 8 de mayo de 1945 las armas finalmente se callaron. La Segunda Guerra Mundial, iniciada por el Tercer Reich nazi de Adolf Hitler en 1939, había terminado. La rendición incondicional de las fuerzas armadas de Alemania, la Wehrmacht, puso fin al sufrimiento de millones, inicialmente, sin embargo, solo en Europa porque el aliado de la Alemania nazi, Japón, continuó luchando y solo admitiría la derrota en agosto cuando los estadounidenses arrojaron bombas atómicas. en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

Para la coalición internacional anti Hitler, liderada por la Unión Soviética, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, el 8 de mayo fue, a pesar de todo el sufrimiento que había pasado antes, un día para celebrar. Esa alegría no fue compartida por la mayoría de los alemanes. Su país había sido destruido y luego dividido en cuatro zonas de ocupación por los poderes victoriosos. La derrota había sido completa y abrumadora. Provocó emociones de culpa y vergüenza. El Tercer Reich había puesto en marcha el terrible conflicto con su invasión de Polonia. Siguieron crímenes de lesa humanidad sin precedentes, sobre todo el exterminio sistemático de seis millones de judíos.

En los años de la posguerra, cualquier sentimiento de indignación por estos crímenes todavía no era suficiente para que la mayoría de los alemanes consideraran el 8 de mayo como un día de liberación, en contraste con los países europeos que las fuerzas alemanas habían ocupado durante los seis años de guerra. Ahora las cosas habían cambiado: Alemania vencida y ocupada. Una guerra ideológica entre la Unión Soviética comunista y una alianza de democracias en Occidente comenzó a consolidarse, señalando la división de Alemania y la división de Europa.

Theodor Heuss: "Sabíamos de estas cosas"

El 8 de mayo de 1949, exactamente cuatro años después del final de la Segunda Guerra Mundial, representantes de los partidos políticos del país se reunieron en la ciudad de Bonn para promulgar una nueva constitución (Ley Básica) para la emergente República Federal de Alemania (FRG, Alemania Occidental). ) El demócrata libre Theodor Heuss (FDP) estaba reflexivo mientras miraba hacia el final de la guerra: "El hecho fundamental es que para cada uno de nosotros el 8 de mayo de 1945 sigue siendo la paradoja más trágica y cuestionable de la historia. ¿Por qué? Porque fuimos, al mismo tiempo, redimidos y aniquilados ".

En septiembre de 1949, Heuss fue elegido como el primer presidente federal de Alemania. Tres años después, su visita al antiguo campo de concentración de Bergen-Belsen fue vista como un momento decisivo. "Los alemanes nunca deben olvidar lo que hicieron las personas de su nación durante estos años vergonzosos", dijo el jefe de Estado de Alemania Occidental mientras contemplaba el mayor crimen de Alemania: el Holocausto. Y, agregó Heuss, "Sabíamos de estas cosas".

Un monumento al Ejército Rojo: "El Libertador"

Mientras que los altos políticos de Alemania Occidental luchaban por encontrar los gestos correctos y las palabras correctas para describir los crímenes cometidos en nombre de Alemania, la República Democrática Alemana (RDA, Alemania Oriental), fundada el 7 de octubre de 1949, había adoptado la ocupación. El culto estatal del antifascismo de la Unión Soviética. La manifestación más visible de este desarrollo fue el gigantesco War Memorial y Military Cemetery en Treptower Park para más de 5,000 muertos de guerra, inaugurado en el cuarto aniversario del fin del conflicto.

En el corazón del complejo hay un soldado acunando a un niño pequeño en su brazo y al mismo tiempo aplastando una esvástica nazi bajo el tacón de su bota. Con este monumento, que se eleva a 30 metros hacia el cielo, los líderes de Alemania del Este tomaron firmemente las imágenes que se emplearían para conmemorar el final de la guerra. "El Libertador", como se llamaba a la gigantesca figura, encarnaba el triunfo de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi. Su sistema político, basado en la violencia y la opresión, sería impuesto en todo el Bloque del Este por el dictador soviético Joseph Stalin.


El Memorial de guerra soviético en Berlín fue construido para conmemorar a los 80,000 soldados soviéticos que murieron en la Segunda Guerra Mundial.

Walter Ulbricht ataca la adhesión de Alemania Occidental a la OTAN

Alemania Oriental se definió como un baluarte contra el fascismo y el imperialismo. Los enemigos del país se encontraban al oeste del río Elba y al oeste del Atlántico: en Alemania occidental y Estados Unidos. No hubo foro para una evaluación crítica de la responsabilidad de Alemania por los horrores cometidos durante la era nazi. Walter Ulbricht marcó la pauta al, a instancias de los soviéticos, imponiendo el Zwangsvereinigung, la fusión forzada del Partido Comunista (KPD) y el Partido Socialdemócrata (SPD) en Alemania Oriental para formar el gobernante Partido de la Unidad Socialista (SED).

Bajo su liderazgo, el 8 de mayo se convirtió en el "Día de la Liberación", un ritual anual que Alemania Oriental instrumentalizó con fines de propaganda hasta los últimos días del comunismo, con un enfoque en los eventos u objetivos actuales. Walter Ulbricht, por ejemplo, usó el décimo aniversario del fin de la guerra para frenar la adhesión de Alemania Occidental a la OTAN. En una manifestación masiva en Berlín Oriental, a la que asistieron unas 200,000 personas, acusó a Occidente de bloquear la reunificación alemana, mientras que Alemania Oriental, "un estado democrático y amante de la paz", luchó por unir al país dividido.

Konrad Adenauer habla de "limpieza y transformación"

Al mismo tiempo, el canciller de Alemania Occidental, Konrad Adenauer (CDU), habló de la membresía de la OTAN en Alemania, que él mismo había forzado, como una expresión de confianza en la incipiente democracia. En París, diez años después del final de la guerra, el político demócrata cristiano argumentó que el pueblo alemán había pagado con "sufrimiento ilimitado" por las atrocidades llevadas a cabo en su nombre por un liderazgo fanatizado: "En este sufrimiento se produjo una limpieza y transformación pasar."

Para conmemorar el vigésimo aniversario del fin de la guerra, el sucesor de Adenauer, Ludwig Erhard (CDU), se convirtió en el primer político de alto rango en Occidente en usar la palabra "liberación". Sin embargo, lo usó para referirse a las restricciones a la libertad en los estados comunistas. Si la derrota de la Alemania de Hitler hubiera desterrado toda injusticia y tiranía del mundo, entonces la humanidad tendría suficientes razones, dijo, "para celebrar el 8 de mayo como un monumento a la libertad".


Konrad Hermann Josef Adenauer fue el primer canciller de Alemania de la posguerra de 1949 a 1963.

Willy Brandt elogia a las mujeres, los refugiados y las personas desplazadas

Pasarían otros cinco años antes de que la élite política en Alemania Occidental realmente comenzara a repensar su posición sobre el final de la guerra. En 1970, bajo el primer canciller socialdemócrata, Willy Brandt, se firmaron los Tratados de Moscú y Varsovia. Fue la reconciliación con enemigos únicos en la guerra, la Unión Soviética y Polonia, y los hitos en lo que se conoció como la política de distensión. Llevaría, un año después, a que el socialdemócrata reciba el Premio Nobel de la Paz.

En su discurso del 8 de mayo, Willy Brandt no usó la palabra "liberación" sino que se esforzó por reconocer y conmemorar el papel de las mujeres, los refugiados y las personas desplazadas en la reconstrucción de Alemania. Fue especialmente efusivo en sus elogios a "nuestros compañeros alemanes en la RDA". Tenían, como él lo expresó, ante una gran adversidad que no fue su elección, "lograron éxitos de los que pueden estar orgullosos y que debemos respetar plenamente".

Helmut Kohl habla dos veces de un "Día de Liberación"

Bajo el ex ministro de Asuntos Exteriores de Willy Brandt, Walter Scheel (FDP), quien se desempeñó como presidente federal desde 1974, hubo un cambio decisivo en el enfoque de Alemania Occidental sobre el significado del 8 de mayo de 1945: "Fuimos liberados de un terrible yugo. De la guerra, asesinato, subyugación y barbarie ", dijo en el trigésimo aniversario del fin de la guerra:" Pero no hemos olvidado que esta liberación vino del exterior. Que nosotros, los alemanes, no fuimos capaces de sacudirnos este yugo ". El jefe de Estado señaló que no fue en 1945 que Alemania perdió su honor, sino mucho antes: en 1933, con la toma del poder por Hitler.

Otro presidente federal llegó a una conclusión notablemente similar en 1985: el demócrata cristiano Richard von Weizsäcker. Su discurso cuatro décadas después del final de la guerra es generalmente visto como el más grande e importante sobre este tema. Curiosamente, estaba lejos de ser la primera persona en hablar explícitamente de un "Día de Liberación". El canciller Helmut Kohl (CDU) usó el mismo idioma en ese mismo año, dos veces. Inicialmente en febrero en su "Informe sobre el estado de la nación en una Alemania dividida" y luego el 21 de abril en presencia del presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, en el 40 aniversario de la liberación del campo de concentración de Bergen-Belsen.



El presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, y luego el canciller de Alemania Occidental, Helmut Kohl, en su visita al cementerio militar en Bitburg, Alemania occidental, en 1985.

Richard von Weizsäcker: "Mira la verdad a los ojos"


Lo que hace que el discurso de von Weizsäcker sea tan especial es que cuando se refiere al 8 de mayo de 1945 como un "Día de Liberación", nadie está excluido: "Nos liberó a todos del sistema inhumano de violencia y persecución que los nazis establecieron". Mientras tanto, en Alemania Oriental, el líder Erich Honecker insistió en resaltar las cosas que dividieron Oriente y Occidente. Dijo que la liberación de Hitler y su sistema fascista le dio al pueblo alemán la oportunidad de construir sus vidas sobre una base completamente nueva, y "Usamos esta oportunidad".

Los dos estados alemanes no lograron llegar a una evaluación similar del final de la guerra hasta después de la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Durante solo un par de meses, Alemania Oriental fue gobernada por el país libremente. primer ministro electo: Lothar de Maizière (CDU). En el 45 aniversario del fin de la guerra en 1990, dijo en una reunión del Congreso Judío Mundial en Berlín que el 8 de mayo "arrojará largas sombras sobre la historia de los alemanes de la posguerra" y al mismo tiempo demostrará su " incapacidad para llorar ". Dijo que los alemanes deben aprender, "a vivir con esta historia honesta y sinceramente, a estar abiertos a sus amonestaciones y recuerdos". Las palabras de De Maizière recuerdan a las de von Weizsäcker en su famoso discurso de 1985: "Hoy, 8 de mayo, permítanos lo mejor que podamos, mirar la verdad a los ojos".

lunes, 6 de abril de 2020

Objetos símbolos del Nazismo

Del cepillo de bigote de Hitler al tanque Tigre: cien objetos para explicar el III Reich

El historiador Roger Moorhouse selecciona en un libro los elementos más representativos de la Alemania nazi a fin de contar su historia
Jacinto Antón || El País


Águila nazi del acorazado 'Graf Spee', rescatada en aguas uruguayas. AP


¿Qué cien objetos representan mejor lo que fue el III Reich hitleriano? Parece uno de esos juegos (si se puede considerar lúdico algo relacionado con el nazismo) que consisten en confeccionar listas frívolas de casi cualquier cosa. Pero en este caso se trata de una cuestión completamente seria y la respuesta -los cien objetos- la ofrece un libro magníficamente documentado, muy ameno y revelador, obra de un bien conocido historiador especializado en la historia moderna de Alemania. El británico Roger Moorhouse, autor de obras como Matar a Hitler (publicado por Debate), Berlin at war o The devil’s Alliance, Hitler’s pact with Stalin 1939-1941, selecciona en The Third Reich in 100 objets, a material history of nazi German (Greenhill Books) cien objetos icónicos del régimen nazi, y lo hace con un rigor y una precisión asombrosos, y al servicio de una cierta narratividad. Están todos los que uno puede imaginar y bastantes más, todos, hay que convenir, bastante indiscutibles. En el recorrido que hace por ellos, explicándolos, a lo largo de 250 páginas, el autor desgrana la historia completa de la Alemania de Hitler. Cada elemento está ilustrado con fotografías y da pie a un texto con cantidad de información histórica.

El volumen, que dedica entre dos y tres páginas a cada objeto y cuenta con prólogo del gran historiador Richard Overy (otra garantía), arranca con una caja de acuarelas de Hitler y se cierra con la cápsula del veneno con que se suicidó Hermann Goering en Núremberg. En medio, iconos del III Reich como la tristemente célebre estrella amarilla que se impuso a los judíos, la placa de identificación de la Gestapo, o medallas como la Cruz de Hierro, por supuesto, ese gran símbolo que, parafraseando al buen sargento Steiner, de Peckinpah, crecía en los lugares más peligrosos del Frente del Este, y la Mutterkreuz, que premiaba a las buenas madres alemanas (en bronce, plata y oro, según tuvieran cuatro, seis u ocho o más hijos) y que fue popularmente conocida, por lo bajito, como la Kaninchenorden, la Orden de la Coneja.

Mucha memorabilia nazi en la lista, como es natural, pero no de exhibición gratuita sino consagrada a explicar la historia y las raíces ideológicas y simbólicas del régimen. El brazalete del Leibstandarte Adolf Hitler; la Bandera de Sangre, empapada en la de los mártires del golpe de Múnich de 1923 y que, se explica en el libro, siempre enarbolaba el mismo tipo, un enorme SS llamado Jakob Grimminger (Hitler ungía las nuevas banderas y estandartes tocándolos con esta primigenia Blutfahne); el águila nazi, ilustrada con el impresionante ejemplar de aleación de cobre de la Cancillería que se exhibe en el Imperial War Museum de Londres y en cuyos agujeros de bala, recuerdo de la caída de Berlín, yo mismo he metido los dedos como un santo Tomás de lo militar; el carnet de Hitler del Partido de los Trabajadores Alemanes (DAP), firmado por Anton Drexler y con el número inflado 555 (¡casi 666!), que en realidad correspondía al 55; un ejemplar del Mein Kampf o la insignia de oro del partido nazi (la número 1 es la que usaba Hitler y la única condecoración que portaba junto a su Cruz de Hierro de primera clase y el emblema de herido de guerra); Moorhouse explica que el Führer se la regaló a Magda Goebbels antes de suicidarse en el búnker de la Cancillería -ella no la aprovechó mucho- y sigue la pista de la insignia hasta su robo en 2005 en Moscú, donde había recalado tras la guerra. También está la limusina Mercedes-Benz de Hitler (“los mejores momentos de mi vida los he pasado en coche”, decía).

Una metralleta Schmeisser, uno de los cien objetos del libro.


El libro recoge patrimonio nazi no solo material sino inmaterial, como el saludo brazo en alto o el himno Host Wessel. Y desde objetos pequeñitos como un pote de tabletas de anfetamina Pervitin, el speed de la Wehrmacht en la guerra relámpago, o un estuche de barra de labios de Eva Braun regalo de Hitler y que sirve para explicar la extraña condición de la primera dama nazi y su personalidad, hasta elementos arquitectónicos y edificios enteros: la infame villa de Wansee, donde se pusieron las bases administrativas del Holocausto, el estadio olímpico de Berlín, el letrero de “Arbeit macht frei” de la entrada de Auschwitz, o la puerta de la muerte de Birkenau por donde pasaban los trenes camino al exterminio.

Por supuesto la lista incluye la máquina de codificar Enigma, la caja metálica cilíndrica para máscara de gas que es quizá el objeto más icónico del soldado alemán de la II Guerra Mundial (y que se usaba para llevar raciones de campaña), el casco de acero (con una interesante entrada sobre los cambios en su diseño) y la daga de las SA. También una primera página del infame diario Der Stürmer. Entre lo más curioso, el cepillo para bigote de Hitler, una entrada en la que se recuerda como hubo algunos de sus partidarios que le recomendaron no lucir tan pequeño ornamento capilar, por risible, e incluso dejarse una buena barba.
En la selección, el reactor Me-262, la gorra del Afrika Korps, el anticarro Panzerfaust y la hélice del crucero 'Prinz Eugen'
La parafernalia bélica está muy representada: el Stuka, el submarino, especialmente el modelo tipo VII - el 70 % de la flota-, que hundió más barcos que ningún otro y que mandaron comandantes como Prien o Kretschmer; la pistola Luger, tan codiciada como souvenir por los soldados estadounidenses; el cañón de 88 milímetros, la granada de palo, el tanque Tigre, un carro estupendo -que le pregunten al Brad Pitt de Fury-, pero del que solo se fabricaron 1.350 unidades, mientras que del T-34 se hicieron 60.000 y del Sherman, 50.000; el Junkers Ju 52, Tante Ju, que compite con el Stuka por la consideración del avión más icónico del III Reich; el Messerschmitt Bf-109 (otro candidato), las V-1 y V-2, y la metralleta MP-40 (Moorhouse señala que, pese a los filmes de Hollywood, no era tan omnipresente en el ejército alemán y que el popular nombre de Schmeisser es una denominación errónea de los aliados). Alguien echara a faltar la motocicleta de orugas Kettenkrad.

Figuran en la lista elementos de vestuario, como las botas militares de marcha, a juego con el paso de la oca, el uniforme de las Juventudes Hitlerianas o la gorra de diario del Áfrika Korps (Afrikamütze). Muy acertada la inclusión de las camisolas de camuflaje de las Waffen SS, recordando que las tropas de élite del ejército alemán fueron pioneras en tomarse muy en serio la ropa de camuflaje que reducía, se calculaba, las bajas en un 15 %, y que luego todos los ejércitos modernos han copiado. Moorhouse explica que en la II Guerra Mundial los estadounidenses eran reacios a usarla porque les recordaba demasiado, precisamente, a la de las despiadadas unidades de combate de las SS, y no querían llevar nada parecido.


Tropas de las SA desfilando con despliegue de banderas.


Entre los objetos más terribles, una lata Zyklon-B, el gas usado en las cámaras de Auschwitz y Birkenau, y la cama metálica de un asilo psiquiátrico alemán, reminiscencia del programa T4 de eutanasia eugenésica nazi. Entre los más emotivos, el certificado de matrícula universitaria de Sophie Scholl, la líder del movimiento antinazi la Rosa Blanca. Cosas inesperadas también, como las autopistas o el Volkswagen escarabajo. Y elementos muy específicos que muestran como afina el autor: la gorguera de la Feldgendarmerie (la policía militar, a la que se denominaba, aunque nunca en su cara, Kettenhunde, “perros encadenados”), el bastón de almirante de Doenitz, el caza a reacción Me-262, el arma contracarro unipersonal Panzerfaust, el tanque miniatura Goliath, empleado por Otto Skorzeny en Budapest, la hélice del Prinz Eugen -el buque compañero del Bismarck y que acabó radioactivo al usarlo los EE UU en pruebas nucleares tras la guerra-, las latas de combustible copiadas por todos los ejércitos (las famosas jerrycans), o la Leica de Heinrich Hoffmann, el hombre encargado de la imagen oficial de Hitler.

Como historiador británico, Roger Moorhouse no podía evitar, pese a lo terrible del asunto, un detalle de humor: con el número 72 figuran en la selección los calzoncillos largos de Rudolf Hess, confiscados después de su vuelo a Gran Bretaña y que el autor señala que no eran de gran calidad.

lunes, 2 de marzo de 2020

El revisionismo le cayó a Hindenburg

Berlín despoja al hacedor de Hitler von Hindenburg de la ciudadanía honoraria

DW




La ciudad-estado de Berlín ha rescindido la ciudadanía honoraria de Paul von Hindenburg. En 1933, el presidente general de la era alemana de Weimar nombrado a Adolf Hitler como canciller, dándole poderes para su dictadura nazi de 12 años.

El soldado y estadista, el presidente Paul von Hindenburg, entrega el gobierno de Alemania al líder nazi Adolf Hitler

El alcalde de Berlín, Michael Müller, retiró el jueves formalmente a Paul von Hindenburg, quien al igual que Hitler se había convertido en ciudadano honorario en 1933, promulgando una renuncia decidida por la asamblea gobernada por el centro-izquierda de la capital el mes pasado.

Berlín eliminó el título del difunto Hitler en 1948, luego bajo ocupación aliada.

En los últimos años, numerosos organismos locales alemanes han dado de baja a Hindenburg, un ex general de la Primera Guerra Mundial que murió en 1934, incluidos Dortmund, Kiel, Colonia, Leipzig, Múnich y Stuttgart.

Müller, cuyos socialdemócratas gobiernan con los Verdes de la ciudad y el partido de izquierda poscomunista, actuó el jueves por una decisión tomada en su asamblea parlamentaria, el Senado de Berlín, el 30 de enero.

Hindenburg un 'perpetrador'

Durante esas deliberaciones, la parlamentaria de izquierda Regina Kittler declaró: "Hindenburg fue un perpetrador", diciendo que el ex mariscal de campo de la Primera Guerra Mundial contribuyó a la destrucción de la democracia en Alemania.

"Los tiempos en que vivimos requieren una defensa de la democracia", dijo Kittler.

Robbin Juhnke de los Demócratas Cristianos de la canciller Angela Merkel (CDU), quienes en la ciudad-estado de Berlín están en oposición, rechazó la exclusión de Hindenburg como reflejo de una perspectiva "ahistórica".

Dos veces, en fases anteriores de la República de Weimar de Alemania, creada en la posguerra en 1920, Hindenburg había sido elegido libremente por los votantes como su presidente (Reichspräsident), dijo Juhnke.

El ex general fue un futuro históricamente controvertido, pero era falso privarlo de la ciudadanía honoraria de Berlín, afirmó Juhnke.

Tormenta sobre la cabeza-arco en Turingia

Una escena el 5 de febrero en la cámara de la asamblea estatal de Turingia causó una tormenta, cuando la figura de la extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD), Björn Höcke, pareció replicar a Hitler inclinándose mientras saludaba a Hindenburg el 21 de marzo de 1933, en Potsdam, solo tres días antes el incendio del Reichstag, luego utilizado por los nazis para librar a Alemania de las restricciones democráticas.

La cabeza de Höcke se inclinó ante el primer ministro de Turingia, Thomas Kemmerich, instalado brevemente por los votos de la AfD regional y la CDU, y recibió una condena, incluida una trampa "totalmente inaceptable" de Guy Verhofstadt, líder del grupo liberal en el Parlamento Europeo.
Björn Höcke AfD se inclina ante Thomas L Kemmerich


Höcke (R) se inclina ante Kemmerich

Caminos y plazas también renombrados

Las calles y plazas de "Hindenburg" también han sido renombradas en toda Alemania, incluida la Hausdorff Strasse (calle) de Bonn, que recuerda al profesor de matemáticas Felix Hausdorff de origen judío que eligió el suicidio en 1942 por la deportación nazi.

Otros lugares permanecen asociados con Hindenburg, incluida una calzada estuarina a la isla de Sylt, en el Mar del Norte, en el estado de Schleswig-Holstein. Hindenburg abrió esa conexión ferroviaria en junio de 1927.

Clave de Brunswick para el ascenso de Hitler

El ascenso de Hitler al poder bajo Hindenburg dependía del flimflam legal dentro del estado de Braunschweig (Brunswick) de la República de Weimar.

Desde 1925, Hitler, nacido en Austria, había sido un extranjero apátrida y se le negó repetidamente la ciudadanía dentro de Alemania.

Evitado en Baviera y luego en Turingia, el gobierno de los miembros nazis de Braunschweig finalmente le otorgó la ciudadanía en 1932, declarando a Hitler uno de sus funcionarios y su emisario en Berlín.

Solo unas semanas más tarde, Hitler perdió en las elecciones nacionales ante Hindenburg, que permaneció como presidente alemán, pero dejó que Hitler en enero de 1933 se convirtiera en canciller después de meses de disputas a raíz de las ganancias parlamentarias nazis.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Nazismo: Las últimas horas de Eichmann

Las últimas horas de Adolf Eichmann, el "arquitecto" del Holocausto: una botella de vino, temibles palabras finales y la horca

Con una identidad falsa llegó a Sudamérica en 1950. Durante 10 años esquivó a la Justicia hasta que un comando israelí lo detectó y lo atrapó en la Argentina. Murió condenado por la Justicia el 31 de mayo de 1962. El estremecedor relato del hombre que ejecutó al criminal nazi

Infobae

Adolf Eichmann fue uno de los criminales nazis que se ocultó en Argentina

Era uno de los criminales del nazismo más buscados del mundo y fue encontrado en la Argentina, donde vivió como un supuesto "buen vecino alemán" en la localidad bonaerense de San Fernando. El 11 de mayo de 1960, después de pasar una década en la Argentina bajo el nombre de Ricardo Klement, Adolf Eichmann era detenido y sacado del país de incógnito luego de uno de los golpes más espectaculares que dio el Mossad, el servicio de inteligencia israelí en el exterior en toda su historia.

Aquel día comenzaría el principio del fin para el temible "arquitecto" del Holocausto, uno de los hombres más temibles del llamado Tercer Reich y responsable de miles de crímenes contra la humanidad.

Poco después de aquella osada operación secreta llegó un estruendoso anuncio mundial realizado por el primer ministro israelí Ben Gurión. De inmediato, el mundo conocería una noticia inédita hasta entonces: por primera vez, un líder del nazismo sería juzgado en Israel.
  Un grupo de prisioneros, durante la liberación de Auschwitz en enero 1945

El juicio

Con la atención de todo el planeta puesta en el proceso judicial que la televisión de Israel mostraba para el resto del mundo, comenzó el juicio contra Eichmann en Jerusalén. El acusado se encontraba en la sala detrás de un vidrio especial blindado.

Jerusalén. 11 de abril de 1961. El acusado atraviesa un oscuro pasillo. Dos policías lo escoltan. Al traspasar la puerta, le quitan las esposas de sus muñecas. Ingresan a la sala de audiencias. Frente a ellos, una mesa y cientos de papeles.
  Adolf Eichmann durante su juicio en Jerusalén en 1961

Antes de tomar asiento, el acusado quita, con un pañuelo, el polvo de una de las pilas de carpetas y las alinea con prolijidad. Recién en ese instante puede sentarse con tranquilidad. Un poco más atrás se ubican los dos guardias israelíes de rostro pétreo.

Sin embargo, la sala es grande: un amplio estrado espera a los tres jueces, el fiscal Hausner y sus asistentes despliegan sus pruebas en largas mesas, el abogado defensor piensa en alguna otra cosa que dejó en Alemania, las decenas de intérpretes controlan que sus auriculares y micrófonos funcionen, el público aguarda con ansiedad el inicio de las sesiones.

Cientos de ojos siguen el ingreso del monstruo, el acusado de organizar desde su escritorio la muerte de más de seis millones de judíos.

A lo largo de las jornadas del juicio, Eichmann pretendió durante los interrogatorios evitar su responsabilidad escudándose en una suerte de obediencia debida. Sostuvo que sólo fue un pequeño engranaje de una gran máquina.

Sus ejes defensivos básicos se repetían: sostuvo siempre que pudo que él solamente obedecía órdenes. Nada más. Por otro lado, alegaba que sus actos no podían ser juzgados por otro país, por ningún país: sus actos habían sido actos de Estado. Sólo se encargó, según su testimonio, de llevar a cabo, y con una extremada eficacia, aquello que era ley en su país, en la Alemania de la que Eichmann había sido funcionario.

Mientras pasaban los días, por el estrado se escuchaban centenares de testimonios que revelaban las atrocidades del nazismo.

Adolf Eichmann, durante sus días como teniente coronel de las SS

Según se pudo comprobar, desde su lugar en la estructura burocrática nazi, Eichmann organizó, sucesivamente, la expulsión de los judíos de Alemania, su deportación de los territorios ocupados por los nazis y el traslado de millones de personas a los campos de exterminio.

Fue por este motivo que el jerarca nazi fue conocido con los años como "el arquitecto" de la Shoah.

Pero eso no fue lo único. Eichmann también ofició de anfitrión de quince altos funcionarios nazis en la llamada Conferencia de Wansee. Allí, desde su rol de secretario, labrando las actas de la reunión y dejando constancia para la posteridad, se decidió establecer la llamada "Solución Final". Por aquella decisión se llevaron adelante asesinatos de masas. Fue el propio Eichmann quien enviaba a miles a la muerte.

Después de las deliberaciones, el tribunal halló culpable a Eichmann de por lo menos 15 crímenes contra la humanidad. Se probó que el jerarca nazi había sido el organizador de un operativo criminal de exterminio minuciosamente preparado, según el modelo que Adolf Hitler ya había detallado en su libro Mi lucha.

En la sentencia los jueces estimaron que "estaba probado fuera de toda duda que el reo había actuado sobre la base de una identificación total con las órdenes y una voluntad encarnizada de realizar los objetivos criminales".

Sin más, el 11 de diciembre de 1961 fue condenado a morir en la horca.

Adolf Eichmann se hacía llamar Ricardo Klement

Las últimas horas

Madrugada del 31 de mayo de 1962. El gobierno israelí anuncia que rechaza todos los pedidos de clemencia recibidos de parte de Eichmann.

El reo, en la celda, queda frente a una botella de vino. Había sido un pedido especial, su última voluntad.

Poco después llega hasta allí un ministro protestante que le propone leer la Biblia juntos. Eichmann se niega y decide beber sorbos cortos de vino, con la mirada fija sobre una de las paredes hasta que lo van a buscar.

El destino es la horca, donde un verdugo le ofrece, como a todos los condenados a muerte, una capucha. El reo se niega.

Adolf Eichmann durante su juicio en Jerusalén en 1961

"No la necesito", responde. Le atan las piernas a la altura de los tobillos y las rodillas. En medio del silencio, Eichmann lanza su última provocación: "Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Estos son los países con los que más me identifico y nunca los olvidaré. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo".

En el recuerdo de Shalom Nagar, su verdugo, Eichmann parecía estar tranquilo.

"Yo lo vi colgado. Su rostro era blanco. Sus ojos estaban salidos. Su lengua colgaba, y había un poco de sangre en ella", recordó tiempo después la primera persona en ver el cadáver del arquitecto del Holocausto.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Nazismo: El juez sangriento

Se cumplen 75 años de la muerte del “juez sangriento de Hitler”

La Vanguardia


Como presidente del Tribunal Popular, Roland Freisler condenó a muerte a más de 2.000 personas


Roland Freisler, en una imagen de archivo (Wikipedia)

EFE, Berlín 03/02/2020 16:39

El 3 de febrero de 1945, hoy hace 75 años, las bombas aliadas que caían sobre Berlín alcanzaron a una de las figuras más siniestras del nazismo, el juez Roland Freisler, responsable de numerosas condenas a muerte contra opositores al régimen. Freisler, nacido en Celle (norte de Alemania) en 1893, había ingresado en el partido nazi en los años 20 y con la llegada de Hitler al poder, en 1933, hizo una carrera vertiginosa que lo llevó a la presidencia del llamado Volksgerichtshof (Tribunal Popular), la máxima instancia del régimen en asuntos penales.

Entre los condenados a muerte por Freisler destacan los hermanos Sophie y Hans Scholl, integrantes del grupo de resistencia “La rosa blanca”, así como los oficiales que participaron en la conjura contra Hitler el 20 de julio de 1944. Del proceso contra los conjurados del 20 de julio se conservan imágenes formadas por encargo del régimen que inicialmente pensaron hacer una película de propaganda de ellos.

Sin embargo, el comportamiento de Freisler durante el juicio fue tan extremo, con insultos permanentes contra los acusados, que el ministro de Propaganda de Hitler, Josef Goebbels, optó por descartar el proyecto. También las respuestas de algunos de los condenados, que no perdieron la compostura ante la inminencia de la muerte ni ante los insultos de Freisler, hacían la filmación de difícil uso para la propaganda nazi. “Tiene usted que darse prisa para colgarnos. De lo contrario lo colgarán a usted antes que a nosotros”, le dijo, por ejemplo, el general Erich Fellgiebel.

Condenada por decir que Alemania perdía la guerra

Otra víctima de Freisler fue Elfriede Scholz, la hermana del escritor Erich Maria Remarque, condenada a muerte el 16 de diciembre de 1943 por afirmar que la guerra estaba perdida para Alemania. “Su hermano lamentablemente se nos ha escapado pero usted no se nos escapará”, le dijo Freisler a Scholz al anunciar la sentencia. Efriede Scholz fue decapitada el 16 de diciembre de 1943 en la prisión berlinesa de Plotzensee.

Como presidente del Tribunal Popular Freisler condenó a muerte a más de 2.000 personas. En la historia del tribunal, fundado en 1934, se pronunciaron más de 5.000 condenas a muerte Antes de llegar a la presidencia del tribunal, Freisler había sido secretario de Estado en el Ministerio de Justicia y, como tal, participó en la célebre conferencia de Wannsee, en la que se planificó la llamada “solución final”, un eufemismo para referirse al exterminio de los judíos en Europa.


La muerte de Freisler en los bombardeos del 3 de febrero de 1945 impidió que fuera llevado ante los tribunales

La muerte de Freisler en los bombardeos del 3 de febrero de 1945 impidió que fuera llevado ante los tribunales después de la guerra. No obstante, ninguno de los otros jueces del Tribunal Popular llegó a ser condenado por la justicia alemana, según datos de la fundación Topografía del Terror.

La viuda de Freisler, incluso, Marion Freisler, gozó de una pensión, hasta su muerte en 1997, que se calculaba a partir de lo que su marido hubiera ganado en el sistema judicial alemán después de le guerra. Sólo después de la muerte de Marion Freisler la justicia determinó que había percibido esa pensión indebidamente.

martes, 28 de enero de 2020

Nazismo: 5 momentos clave de este horrendo movimiento político

Cinco momentos clave en el ascenso del nazismo

Del declive electoral a la decisión de exterminar a los judíos en campos de concentración de la Polonia ocupada


Adolf Hitler es saludado por sus partidarios en Nuremberg en 1933 (Photo by Hulton Archive/Getty Images) (Hulton Archive / Getty)



AROLa Vanguardia

Thomas Childers (Tennessee, 1946) enseña Historia en la Universidad de Pensilvania desde 1976 y ha escrito media docena de libros sobre el nazismo. El último, El Tercer Reich: una historia de la Alemania nazi (Crítica), que arranca con un jovencísimo Hitler y culmina con su ascenso y consolidación en el poder. A petición de La Vanguardia, enumera cinco momentos clave:

1. La elección de noviembre de 1932


Por primera vez desde su dramático aumento en las encuestas después de la Gran Depresión, los nazis sufrieron una gran pérdida en las elecciones de noviembre de 1932, tanto a nivel regional como nacional. Fue el comienzo de una tendencia electoral descendente que continuó en 1933. Se hizo cada vez más evidente que la coalición electoral nazi tenía recorrido pero poca profundidad, y comenzó a mostrarse en una serie de elecciones regionales y nacionales.

Un discurso de Adolf Hitler en 1932 en Berlín (/ Bundesarchiv)

La importancia de esto es que el ascenso nazi al poder no era inevitable. Hitler, ciertamente, no fue arrastrado al poder en una ola de apoyo público y victorias electorales. Cuando se le dio una oportunidad en una elección libre y justa, dos tercios de la población alemana optó por otro partido. No había nada inevitable en la asunción nazi del poder y no era la “voluntad del pueblo alemán”.

2. El incendio del Reichstag en febrero de 1933


Cuando se declaró el incendio en el Reichstag , el edificio del Parlamento en Berlín, los nazis lo usaron como una excusa para clausurar el poder legislativo. Los nazis afirmaron que fueron los comunistas quienes prendieron fuego y dijeron que estaban planeando un derrocamiento del gobierno y una revolución a gran escala. Muchas otras personas en Alemania pensaron que fueron los nazis quienes prendieron el fuego.

Incendio del Reichstag en febrero de 1933 (wikmedia)

Pero lo que se sabía en ese momento, les dio a los nazis la excusa para forzar a través de una serie de decretos de emergencia la muerte de la democracia en la República de Weimar. El gobierno por decreto de emergencia parecía necesario debido al siniestro, pero con estas medidas se allanó el camino para los decretos autoritarios que dictaría Hitler posteriormente.

3. La noche de los cristales rotos en noviembre de 1938


La Kristallnacht, o “La noche de los cristales rotos”, se llamó así porque durante la noche del 9 al 10 de noviembre se destruyeron negocios y viviendas judías, se incendiaron sinagogas y se desató la violencia contra los judíos de forma individual. Esta fue la primera vez que Alemania fue testigo de un pogromo en todo el país contra la comunidad judía que fue claramente orquestado desde arriba y dirigido desde los altos niveles del gobierno. Esto representó una radicalización importante de la política racial nazi, desde actos individuales de discriminación y violencia contra los judíos hasta una campaña coordinada a nivel nacional.

Una imagen del día siguiente a la Kristallnacht (9-11-1938), en Berlín (wikimedia)

Sin embargo, la destrucción de Kristallnacht no fue popular entre los alemanes, lo que demostró a los nazis que la violencia contra los judíos no era aceptable para una porción significativa de la población . Si bien no les impidió perseguirlos, sí que hizo que cambiaran sus tácticas contra la comunidad judía.


La mayoría de los alemanes desaprobó la persecución de los judíos en la noche de los cristales rotos

4. La invasión de la Unión Soviética el 22 de junio de 1941


El 22 de junio de 1941, los nazis lanzaron la “Operación Barbarroja”, la invasión de la Unión Soviética. El ataque sorpresa comenzó en la misma fecha en que Napoleón, en 1812, había invadido Rusia, y rompió el Pacto Molotov-Ribbentrop de no agresión entre la Alemania nazi y la Rusia soviética que había estado vigente desde justo antes de la invasión de Polonia en 1939. Soldados alemanes con un antiaéreo y un carro de combate en junio de 1941 en el marco de la invasión contra la URSS (Bieling / Bundesarchiv)

La invasión de la Unión Soviética fue un punto de inflexión significativo en la guerra y redujo en gran medida las posibilidades de una victoria nazi. Aunque una cruzada contra el “judeo-bolchevismo” siempre había sido central en la ideología de Hitler, abrió a Alemania a una guerra de dos frentes después de que Hitler declarara la guerra a Estados Unidos en diciembre de 1941. La invasión de la Unión Soviética pareció exitosa al principio, pero luego empujó a los soldados alemanes a un combate para el que no estaban preparados.

5. La Conferencia de Wannsee el 20 de enero de 1942


En esta fecha, el oficial de las SS Reinhard Heydrich convocó a un pequeño grupo de líderes nazis en una villa en Wannsee, un suburbio de Berlín. Durante la reunión, Heydrich presentó lo que llamó la “solución final” al “problema judío” en Europa. Dejó claro que esto significaba el exterminio de judíos en los campos que se crearían en la Polonia ocupada. La política racial nazi se había intensificado hasta el genocidio y señaló un intento de eliminar la “raza” judía de Europa.
  La villa en que tuvo lugar la conferencia de Wannsee, un suburbio de Berlín, en 1942, en una imagen actual (A.Savin / A.Savin/wikimedia)

Aunque no hubo evidencia de órdenes escritas directas de Hitler, durante esta reunión quedó claro que el “problema judío” ahora estaba exclusivamente en manos de las SS, y ya no debía ser manejado por una variedad de diferentes organizaciones de la Alemania nazi.


La “solución final” se tomó en una villa de Wannsee y quedó en manos de las SS

martes, 17 de diciembre de 2019

Uruguay no sabe que hacer con el mascarón de proa del Admiral Graf Spee

El águila nazi encerrada en una fortaleza militar de Uruguay

El miedo a que se use para venerar la simbología nazi ha hecho que las autoridades uruguayas se resistan a autorizar su venta


El águila del acorazado Admiral Graf Spee con la cruz gamada nazi tapada (LV)


La Vanguardia

Un águila nazi se percibe en la Fortaleza del Cerro, una dependencia militar del Estado uruguayo. Este fue uno de los restos rescatados del fondo de la bahía de Montevideo, donde descansa el armazón del imponente acorazado Admiral Graf Spee, hundido en 1939, hace ahora ochenta años.



Tras la derrota ante los británicos en la Batalla del Río de la Plata, que tuvo lugar en Punta del Este (sureste de Uruguay) el 13 de diciembre de 1939, el navío germano se dirigió al puerto montevideano para reparar los daños sufridos y enterrar a sus caídos en combate.

Sin embargo, el desenlace fue otro. Tras las 72 horas marcadas como plazo por las autoridades uruguayas para abandonar la costa montevideana, el capitán Hans Langsdorff hizo explotar el 17 de diciembre el barco para impedir que cayera en manos enemigas.

Durante las décadas transcurridas, muchas fueron las personas interesadas en los restos hundidos en las profundidades de la bahía de Montevideo. Entre ellas, el empresario Alfredo Etchegaray y el investigador Daniel Acosta y Lara explican a Efe cómo, ante la curiosidad por conocer qué se oculta en ese impresionante navío de guerra, emprendieron un arduo camino de rescate.

El águila del Graf Spree


El Graf Spee era el orgullo de la Kriegsmarine (Armada) de la Alemania nazi y, durante los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial, sembró el pánico como corsario en las rutas comerciales del Atlántico Sur.

Etchegaray explica que tiene unos 40 cajones con miles de documentos sobre el navío. Su obsesión por conocer cada detalle sobre este acorazado le llevó a recopilar fotos, vídeos, planos, documentación académica e incluso recortes de diarios y revistas que trataron el tema.

Su relación con el barco comenzó hace varias décadas y en 2004 logró retirar el impresionante telémetro que hoy se exhibe en las instalaciones del puerto de Montevideo. Dos años después el equipo de trabajo descubrió el águila de bronce, con sus alas extendidas, de más de 300 kilos, dos metros de alto y 2,8 de ancho ubicado en la proa del navío. La esvástica en la zona inferior provocó “una repercusión en la prensa de todo el mundo”, comenta.

”Se decía que había la posibilidad del águila, que la podían haber retirado los alemanes en forma secreta; también los ingleses que tuvieron buzos trabajando allí. Sin embargo, el águila estaba allí con sus bulones y en muy buen estado”, recuerda.

 
Fotografía de archivo del 25 de febrero de 2019 que muestra el telémetro del acorazado nazi Graff Spee (Camilo Martizzoni / EFE)

Por su parte, Acosta y Lara, experto en la historia del barco y autor del libro “Graf Spee. 1939-2009 De Wilhelmshaven al Río de la Plata”, cuenta que comenzó investigando la artillería alemana y luego se integró al grupo de Etchegaray para aportar su conocimiento.

Describe como “impresionante” el momento de extraer el águila de las marrones aguas del Río de la Plata y apunta que fue él quien propuso cubrir la esvástica -cuando se exhibió públicamente la pieza- por la sensibilidad que despierta en la comunidad judía.

”Emotivamente para mí tuvo un efecto impresionante ver surgir el águila. No porque tenga ningún tipo de inclinación por las imágenes nazis, todo lo contrario. Cuando me preguntan del barco digo que estuvo bien hundido y siempre me interesa aclarar eso”, subraya.

Acosta y Lara asegura que no es posible retirar del río el barco en su totalidad porque está muy deteriorado y el buceo en las costas montevideanas “es ciego totalmente”. Ambos resaltan su orgullo por haber recuperado esta pieza, con la colaboración del buzo Héctor Bado (fallecido en 2017), y las dificultades para poder decidir sobre su destino.

¿Qué hacer con los símbolos nazis?

Desde su extracción, el águila ha pasado por idas y vueltas y quienes la sacaron no pueden acceder a ella, ya que es custodiada por el Ministerio de Defensa Nacional en la Fortaleza del Cerro de Montevideo. El miedo a que se use para venerar la simbología nazi ha hecho que las autoridades uruguayas se resistan a autorizar su venta.

Aunque su valor es inmenso, Etchegaray asegura que hay interesados en adquirir la pieza y ninguno pertenece a grupos neonazis sino que, por el contrario, son académicos o personas que quieren donar la pieza al Museo del Holocausto. La situación fue puesta en manos de la Justicia, que decidió meses atrás que el Ministerio debía dar las condiciones para que se vendiera.

Una vez vencido el plazo para la apelación de la cartera de Defensa y, tras un proceso de negociación entre ambas partes, el asunto está en manos del presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, quien se espera que emita “un decreto que beneficia con recursos económicos al Estado y además cumplen con el contrato y el dictamen de la Justicia”, explica Etchegaray.

El empresario afirma que se quedó con ganas de ir en busca de más restos, pero le ha costado conseguir la autorización del Gobierno. ”El barco está escorado, en muy mal estado pero no importa, hay que dejarlo que se vea. No es el barco, es todo el contexto cultural, cómo era Montevideo”, explica.

Para el empresario, la reflexión “es de las cosas más importantes”, ya que ayuda a no cometer errores del pasado y con ese espíritu considera que este elemento debe ser expuesto para que la gente tome conciencia sobre las atrocidades del nazismo.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Vida civil: Los sueños en el nazismo

Cómo cambian los sueños bajo el autoritarismo

Cuando los nazis llegaron al poder, la escritora Charlotte Beradt comenzó a coleccionar sueños. ¿Qué aprendió ella?

Por Mireille Juchau || The New Yorker

Los sueños que tuvieron los alemanes mientras los nazis estaban en el poder revelan los efectos que el régimen tuvo en el inconsciente colectivo.



Ilustración de Isabel Seliger.

No mucho después de que Hitler llegó al poder, en 1933, una mujer de treinta años en Berlín tuvo una serie de sueños extraños. En uno, su vecindario había sido despojado de sus signos habituales, que fueron reemplazados por carteles que enumeraban veinte palabras verboten; el primero fue "Señor" y el último fue "yo". En otro, la mujer se encontró rodeada de trabajadores, incluidos un lechero, un gasista, un quiosco y un fontanero. Se sintió tranquila, hasta que vio entre ellos un deshollinador. (En su familia, la palabra alemana para "deshollinador" era el código para el S.S., un guiño a la ropa ennegrecida del comercio). Los hombres blandieron sus billetes y saludaron a los nazis. Luego corearon: "No se puede dudar de su culpa".

Estos son dos de los setenta y cinco sueños recopilados en "El Tercer Reich de los Sueños", un libro extraño y apasionante de la escritora Charlotte Beradt. Ni el estudio científico ni el texto psicoanalítico, "El Tercer Reich de los sueños" es un diario colectivo, un relato de testigos sacado de las sombras de una nación hacia la luz forense. El libro fue lanzado, en Alemania, en 1966; una traducción al inglés, por Adriane Gottwald, se publicó dos años después, pero desde entonces se ha agotado. (A pesar del continuo interés de los editores, nadie ha podido encontrar al heredero de Beradt, quien posee los derechos). Pero el libro merece una nueva visita, no solo porque hoy vemos ecos del populismo, el racismo y el gusto por la vigilancia que fueron parte de Tiempo de Beradt pero porque no hay nada más parecido en la literatura del Holocausto. "Estos sueños, estos diarios de la noche, fueron concebidos independientemente de la voluntad consciente de sus autores", escribe Beradt. "Fueron, por así decirlo, dictados por la dictadura".

Beradt, quien nació Charlotte Aron, en Forst, una ciudad cerca de la frontera entre Alemania y Polonia, era una periodista judía. Tenía su sede en Berlín cuando Hitler se convirtió en canciller, en 1933. Ese año, se le prohibió publicar su trabajo, y ella y su esposo, Heinz Pol, fueron arrestados durante las redadas masivas de comunistas que siguieron a la aprobación del Decreto de Fuego del Reichstag. . Después de su liberación, comenzó a grabar en secreto los sueños de sus compañeros alemanes. Durante seis años, cuando los judíos alemanes perdieron sus hogares, sus trabajos y sus derechos, Beradt continuó tomando notas. Para 1939, ella había reunido trescientos sueños. El proyecto era arriesgado, sobre todo porque era conocida por el régimen. Pol, que una vez trabajó para Vossische Zeitung, el principal periódico liberal de Alemania, pronto huyó a Praga, y Beradt finalmente se mudó con su futuro esposo, el escritor y abogado Martin Beradt.

Los Beradts vivían en Charlottenburg, un suburbio judío de Berlín, que albergaba figuras como Walter Benjamin y Charlotte Salomon, y los sueños que Beradt reunió reflejan el medio ambiente secular y de clase media del área. "No estaba fácilmente accesible para mí", dijo Beradt, entusiasta "sí, hombres" o personas que obtuvieron alguna ventaja del régimen. "Le pregunté a un modista, vecino, tía, lechero, amigo, generalmente sin revelar mi propósito, porque quería las respuestas más sinceras y no afectadas posibles". Sus amigos incluyeron a un médico que encuestó "discretamente" a los pacientes en su gran práctica.

Para protegerse a sí misma y a las personas que entrevistó, Beradt escondió sus transcripciones dentro de encuadernaciones y luego las archivó en su biblioteca privada. Ella disfrazó figuras políticas, convirtiendo los sueños de Hitler, Göring y Goebbels en "anécdotas familiares" sobre los tíos Hans, Gustav y Gerhard. Una vez que la quema de libros y las búsquedas de viviendas se convirtieron en elementos de control estatal, Beradt envió sus notas por correo a sus amigos en el extranjero. En 1939, ella y Martin abandonaron Alemania y finalmente llegaron a Nueva York, como refugiados. Se establecieron en la avenida West End, y su apartamento se convirtió en un lugar de reunión para los emigrados, como Hannah Arendt (para quien Beradt tradujo cinco ensayos políticos), Heinrich Blücher y el pintor Carl Heidenreich. En 1966, después de recuperar sus transcripciones, Beradt finalmente publicó los sueños, en Alemania, como "Das Dritte Reich des Traums".

"El Tercer Reich de los Sueños" se desarrolla en once capítulos, organizados por símbolos y preocupaciones recurrentes. Los epígrafes de Arendt, Himmler, Brecht y Kafka dan lastre al material surrealista que sigue, y los capítulos están titulados con figuras emblemáticas: "El no héroe", "Aquellos que actúan" y citas gnómicas como "Nada me da placer". Más ". Estos títulos refuerzan la premisa del libro: que los vínculos entre la vida de vigilia y los sueños son indiscutibles, incluso evidentes. En un epílogo, el psicólogo nacido en Austria Bruno Bettelheim señala los muchos sueños proféticos de la colección, en los cuales, ya en 1933, "el soñador puede reconocer en el fondo cómo es realmente el sistema".

Al igual que las historias orales de Svetlana Alexievich de ciudadanos soviéticos de la posguerra, el trabajo de Beradt descubre los efectos de los regímenes autoritarios en el inconsciente colectivo. En 1933, una mujer sueña con una máquina de leer la mente, "un laberinto de cables" que detecta su asociación de Hitler con la palabra "diablo". Beradt encontró varios sueños sobre el control del pensamiento, algunos de los cuales anticiparon los absurdos burocráticos utilizados por los nazis. para aterrorizar a los ciudadanos. En un sueño, una mujer de veintidós años que cree que su nariz curvada la marcará como judía asiste a la "Oficina de Verificación del Descenso Ario", no una agencia real, pero lo suficientemente cerca de las de la época. En una serie de "cuentos de hadas burocráticos" que evocan la propaganda de la vida real del régimen, un hombre sueña con pancartas, carteles y voces de cuartel que pronuncian un "Reglamento que prohíbe las tendencias burguesas residuales". En 1936, una mujer sueña con nieve. camino sembrado de relojes y joyas. Tentada a tomar una pieza, siente una configuración de la "Oficina para probar la honestidad de los extraterrestres".

Estos sueños revelan cómo los judíos alemanes y los no judíos lidiaron con la colaboración y el cumplimiento, la paranoia y el auto repugnancia, incluso cuando, en la vida de vigilia, ocultaron estas luchas a otros y a ellos mismos. Los relatos están entretejidos con el comentario agudo y sin adornos de Beradt, que se profundiza por su propia experiencia del nazismo y la emigración. Al poner en primer plano los sueños, en lugar de relegarlos a material secundario colorido en una historia más convencional, Beradt permite que los detalles fantásticos hablen más fuerte que cualquier interpretación. Su libro recuerda los fotomontajes de Hannah Höch, en los que los objetos, el texto y las imágenes de los medios alemanes se recortan y se yuxtaponen, produciendo escenarios inesperados que se sienten aún más sinceros por su extrañeza.

A veces, "El Tercer Reich de los sueños" también se hace eco de Hannah Arendt, quien vio el gobierno totalitario como "verdaderamente total en el momento en que cierra el vicio de terror sobre las vidas sociales privadas de sus súbditos". Beradt parece estar de acuerdo con esta premisa: ella entendió los sueños como continuos con la cultura en la que ocurren, pero ella también presenta los sueños como el único reino de la libre expresión que perdura cuando la vida privada cae bajo el control del estado. Bajo tales condiciones, el soñador puede aclarar lo que podría ser demasiado arriesgado para describir en la vida de vigilia. Beradt cuenta el sueño del dueño de una fábrica, Herr S., que no puede reunir un saludo nazi durante una visita de Goebbels. Después de luchar durante media hora para levantar su brazo, su columna vertebral se rompe. El sueño necesita poca elaboración, escribe Beradt; es "devastadoramente claro y casi vulgar". En un período durante el cual el individuo fue reducido a un parásito o a un miembro de una mafia sin rostro ("Soñé que ya no podía hablar excepto en coro con mi grupo"), Los sueños ofrecían una rara oportunidad para restablecer un sentido de agencia.

El libro de Beradt no incluye ningún sueño con contenido religioso, y no hay sueños de los judíos de Europa del Este que vivían en la ciudad, en Grenadierstrasse y Wiesenstrasse, es decir, los judíos que ya habían sobrevivido a los pogromos. Pero estas ausencias no restan valor a los detalles vívidos e indelebles de Beradt, que profundizan nuestra comprensión de la vida durante los primeros años del nazismo, un período aún eclipsado en la literatura por relatos de asesinatos en masa y guerra. Especialmente novedoso es el estudio de Beradt de las muchas mujeres urbanas, judías y no judías, que narran sus propias vidas (soñadas). Aquí está Göring tratando de tocar a tientas a una vendedora en el cine; Aquí está Hitler, vestido de noche, en el Kurfürstendamm, acariciando a una mujer con una mano y distribuyendo propaganda con la otra. "No puede haber una descripción más clara de la influencia de Hitler en un gran sector de la población femenina de Alemania", escribe Beradt, señalando el número de mujeres que votaron por él y la manipulación calculada de su partido de su supuesto poder "erótico". Pero los sueños también representan mujeres, reducidas a esposas obedientes y portadoras de hijos en la propaganda nazi, que buscan una mayor autoridad social. En un caso, una mujer acaba de ser clasificada por las leyes raciales como un cuarto judío. Y sin embargo, en un sueño, Hitler la conduce por una gran escalera. "Había una multitud de personas debajo, y una banda tocaba, y estaba orgullosa y feliz", le dijo a Beradt. "No molestaba en absoluto a nuestro Führer ser visto en público conmigo".

lunes, 2 de diciembre de 2019

Nazismo: La noche de los cristales rotos

La noche de los Cristales Rotos: la masacre que marcó el comienzo del horror nazi en Alemania 

Las hordas nazis asesinaron 91 judíos en las calles. No fue todo, hubo 30 mil deportados a los campos de concentración, se destruyeron 7.500 locales y se incendiaron 1.500 sinagogas. Ocurrió entre el 9 y 10 de noviembre de 1938. Y dejó grabado a fuego el inicio del Holocausto

Por Matías Bauso ||  Infobae

  Los virdios rotos de un negocio judío en Berlín, Alemania. En total se destrozaron 7.500 locales judíos (Granger/Shutterstock)

La mañana del 10 de noviembre de 1938, las calles de muchos barrios alemanes estaban desoladas. Los pocos que se animaban a caminar por ahí, soportando el frío intenso, producían un raro sonido, un sonido inusual en medio de un silencio desesperante. Cada paso generaba un crujido leve. En el piso, una alfombra casi perfecta de pequeños fragmentos de vidrios rotos. En el medio, algún abrigo olvidado, alguna gorra que se había caído en una huída desesperada.

Por todos lados rastros de sangre oscura, espesa, que regaba el suelo y algunas paredes y teñía los cristales deshechos.

Un niño abandonado con los ojos perdidos, un viejo llorando, alguien que recoge del suelo un objeto y sale corriendo. Y casi nadie más.

La noche anterior, la del 9 de noviembre no fue una noche como cualquier otra. Para muchos (muchísimos) fue la peor noche de su vida. Pasaría a la historia como La Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht). Las hordas habían destruido todo a su paso.

Persecución, daño y muerte. Las estadísticas hablan de al menos 91 muertos, 30 mil judíos deportados a los campos de concentración, 7.500 locales comerciales destruidos, 1500 sinagogas incendiadas, casi la totalidad de las existentes en Alemania.

Esa noche no fue el comienzo de la barbarie, que había tenido inicio al menos un lustro antes. Persecuciones, segregación y maltratos permanentes para los judíos. Sin embargo, el 9 de noviembre se produce un quiebre evidente, se cruza una frontera, se logra superar un nivel más en la escala de la abyección.

  El fuego en 1.500 sinagogas. Los bomberos intentaron detener las llamas que llegaban hasta las casas vecinas (Granger/Shutterstock)

La tarde anterior, el 8 de noviembre de 1938, en París había ocurrido un hecho que sirvió al régimen nazi de perfecta excusa para continuar la caza iniciada años antes y que concluiría con la Solución Final.

Un joven de 17 años había ingresado a la embajada alemana en París, había pedido hablar con algún funcionario y cuando fue llevado ante él, con pulso firme, sacó un arma de entre sus ropas y disparó. Tres veces. Ernst von Rath, tercer secretario de la embajada, cayó al suelo. La agonía fue breve. Herschel Grynszpan, el asesino de 17 años, se quedo inmóvil en la oficina, esperando sin resistir el inminente arresto.

Sereno, explicó que quería vengar la desgracia de 17 mil judíos polacos que ese mes habían sido deportados de Alemania hacia Polonia pero a los que le impidieron cruzar la frontera. Casi toda su familia se encontraba allí.

Los 17 mil estuvieron hacinados en la frontera un largo tiempo, en esa especie de limbo, de antesala infernal, repleto de carencias y hambre. Alemania se desentendió de ellos, los rechazó. Muchos murieron allí, el resto fue llevado a campos de concentración.

Al día siguiente de este asesinato, el gobierno alemán publicó una serie de medidas punitivas. Así las llamó. No se trataba de otra cosa que de una feroz represalia hacia los judíos. Se prohibió la circulación de cualquier publicación de la comunidad judía: diarios, revistas y hasta boletines barriales fueron censurados; también se aplicaron sanciones económicas.
  Las vidrieras y ventanales de los comercios judíos (muchos de los cuales habían sido marcados previamente) fueron destrozados con palos y piedrazos. Las mercaderías y muebles de esos locales fue destruida o saqueada. Era una ola humana feroz y malvada que avanzaba, ciega, por las calles buscando víctimas desaforadamente (Granger/Shutterstock)

Pero lo más grave que sucedió esa tarde fue el discurso que dio Joseph Goebbels ante una multitud en un acto por la celebración de una de las tantas efemérides que los nazis elegían celebrar. El nivel de antisemitismo y violencia del mensaje fue brutal (aún para los parámetros nazis).

Cuando oscureció, luego de que las familias hubieran terminado su cena, mientras varios ya se encontraban en la cama, ruidos violentos se empezaron a escuchar en las calles. Al principio todo era confusión, todo sucedía imprecisamente. Algún golpe, gritos, vidrios rotos, alaridos de dolor, el galopar furioso de la multitud. El aullido rumoroso de la masa fue creciendo. Todo era destrucción y violencia.

Las vidrieras y ventanales de los comercios judíos (muchos de los cuales habían sido marcados previamente) fueron destrozados con palos y piedrazos. Las mercaderías y muebles de esos locales fue destruida o saqueada. Era una ola humana feroz y malvada que avanzaba, ciega, por las calles buscando víctimas desaforadamente.

Los que se refugiaron en sus casas no estuvieron a salvo tampoco. Nunca falta quien señale o delate al que se esconde, al que intente huir del malón. El contagio del horror. Las viviendas también fueron destruidas. Quienes intentaban defender sus pertenencias o la integridad de su familia eran linchados. Golpes, patadas, saltos sobre su cuerpo inerte.

El blanco más fácil fueron las sinagogas. Casi no quedó una intacta en todo el suelo alemán. Ardieron bajo el fuego. Tampoco se salvaron algunos alemanes no judíos, a los que el ataque encontró imprevistamente en la calle. Fueron atacados porque parecían judíos. Ante la duda era preferible no dejar escapar a la presa, razonaba la horda.
  Todo ocurrió entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938; asesinaron 91 judíos en las calles e incendiaron la sinagogas (Granger/Shutterstock)

Una vez que eran desalojadas de sus comercios o de sus hogares los judíos eran arriados hacia camiones en los que serían deportados a diferentes campos de concentración.

Estos linchamientos masivos, estos ataques grupales con destrucción de bienes dirigidos hacia un grupo étnico o religioso (muchas veces sufridos por los judíos) eran conocidos como Pogroms.

El gobierno alemán, a la mañana siguiente, trató de despegarse de los ataques. Sin condenarlos quiso instalar la versión que todo había sido fruto de la indignación espontánea producida por aquel asesinato en París del día anterior. Lo cierto es que estos Pogroms estuvieron perfectamente orquestados y premeditados por las SA, milicias del partido nacionalista alemán. Sin embargo, se debe resaltar que la participación de los ciudadanos alemanes, que se sumaron con fruición al ataque, fue espontánea y masiva.

Alemania tenía un largo historial de antisemitismo. Sin embargo, hasta los inicios de la década del 20 los judíos estaban integrados a su sociedad. Triunfaban en sus profesiones y negocios, muchos combatieron en la Primera Guerra Mundial. Luego comenzó el rechazo cada vez más impúdico y sin freno. Hubo varios Pogroms en esa década y con la llegada nazi al poder todo empeoró de manera dramática. Boicots a comercios judíos, leyes raciales, políticas antisemitas, actos de segregación explícita, persecuciones y varios Pogroms más.

Es por ello que no se puede sostener que La Noche de los Cristales Rotos inició las persecuciones. El clima ya estaba instalado. Es por eso, también, que participaron tantos civiles alemanes esa fatídica noche. Pero a partir de esa noche, a pesar que muchos de los 30 mil, fueron liberados en los meses siguientes, la suerte estaba echada y los límites se irían corriendo hasta alcanzar la inhumanidad.
  El día después algunos medios se refirieron a la "orgía de violencia de las juventudes hitlerianas" o lo describieron como "la página más negra del Tercer Reich" (a ese libro, el de la barbarie nazi, le faltaban todavía muchas páginas). En cambio en Italia, La Stampa, siguiendo las ideas fascistas de Mussolini habló de "reacciones espontáneas, legítimas e incontrolables del pueblo alemán como respuesta al atentado judío"(Granger/Shutterstock)

La repercusión internacional no fue tan contundente como podría esperarse. Todavía había esperanzas de evitar las confrontaciones. Dominaba el miedo y la cautela. El Times de Londres avisó lo que podía suceder en la edición de la mañana de ese día: "Más de 400 mil judíos esperan con temor la llegada de la noche, esperan otro ataque a su raza". Lo que indica que no se trataba del primer ataque ni que no hubiera había movimientos preparatorios de los cuales hasta la prensa extranjera estaba avisada.

El día después algunos medios se refirieron a la "orgía de violencia de las juventudes hitlerianas" o lo describieron como "la página más negra del Tercer Reich" (a ese libro, el de la barbarie nazi, le faltaban todavía muchas páginas). En cambio en Italia, La Stampa, siguiendo las ideas fascistas de Mussolini habló de "reacciones espontáneas, legítimas e incontrolables del pueblo alemán como respuesta al atentado judío".

Las consecuencias inmediatas fueron devastadoras. Al día siguiente una multitud de civiles alemanes (se calcula que asistieron más de cien mil) se reunió en Nuremberg a celebrar los destrozos; el gobierno alemán impuso una multa millonaria a los ciudadanos judíos y sus organizaciones para que compensen los daños producidos, los niños judíos fueron expulsados de las escuelas públicas y se libraron leyes y decretos cercenando aún más sus libertades laborales y civiles. Ya no había lugar para los judíos en la sociedad alemana.

  Las consecuencias inmediatas fueron devastadoras. Al día siguiente una multitud de civiles alemanes (se calcula que asistieron más de cien mil) se reunió en Nuremberg a celebrar los destrozos; el gobierno alemán impuso una multa millonaria a los ciudadanos judíos y sus organizaciones para que compensen los daños producidos, los niños judíos fueron expulsados de las escuelas públicas y se libraron leyes y decretos cercenando aún más sus libertades laborales y civiles (Granger/Shutterstock)

Esa noche de violencia desenfrenada permitió, también, que las acciones contra los judíos fueron más agresivas y desembozadas. Mientras un grupo de jerarcas nazis propiciaba que los hechos discriminatorios y violentos fueran los más acotados y discretos posibles para no avivar la queja internacional ni predisponer mal a los alemanes, otro grupo, numeroso, abogaba por medidas drásticas e impiadosas.

Luego de La Noche de los Cristales Rotos se impusieron los segundos. Dado que las actividades delictivas y homicidas habían sido públicas y masivas, y habían tenido el apoyo de buena parte de la población, no veían por qué debían morigerar su modus operandi. A partir de ese momento recrudecería el antisemitismo.

Otro aspecto que cargó de valor y les aseguró la impunidad fue la tibia y escasa reacción internacional ante los hechos de barbarie. La Noche de los Cristales Rotos fue un gran punto de inflexión. Fue el momento en que las víctimas comprendieron que todo sería peor y en que los victimarios descubrieron que, durante muchos años, la impunidad estaría de su lado.

martes, 8 de octubre de 2019

Libro: "1943" ahonda en el pasado fascista y golpista del pedófilo Perón

Perón, un militar admirador de Mussolini y de Hitler que llegó a la política a través de un golpe de Estado 

En "1943″, que Sudamericana publicará en octubre, la historiadora María Sáenz Quesada cuenta cómo era la Argentina antes del derrocamiento del gobierno de Ramón Castillo, repasa la formación del líder justicialista y sus consideraciones sobre lo que ocurría en Europa. Infobae publica un adelanto
Por María Sáenz Quesada | Infobae






En los años de la Concordancia, los oficiales del Ejército Argentino dividieron su actividad entre lo profesional y lo político. Respon­dían así a los estímulos que les llegaban desde los institutos mi­litares, las publicaciones especializadas y los estudios sobre el terreno en los sucesivos destinos en que se desempeñaron; asi­mismo, en los tiempos convulsionados de entreguerras, fueron sensibles al mundo externo de la política nacional e internacional. Ese fue el caso de Juan Domingo Perón, dueño de una buena foja de servicios profesionales, cuando el golpe de Estado del 4 de ju­nio de 1943 le abrió las puertas de la política. Como su acceso al poder se vincula con la actividad de la logia militar Grupo de Oficiales Unidos (GOU), en este capítulo se verá en primer lugar su trayectoria profesional hasta 1943, seguida por la fundación del GOU, proyecto político según el cual el Ejército se constituía en custodio de la República.

Un oficial de porvenir

Egresado del Colegio Militar en 1913, donde no se destacó como es­tudiante, Juan Domingo Perón revistó en la infantería. Entre sus destinos figuraban Paraná, Santa Fe, Chaco —durante la huelga de La Forestal—, Jujuy, Neuquén, Mendoza y Comodoro Rivada­via. Sus sucesivos jefes le pronosticaron un excelente porvenir. De su desempeño como instructor en la Escuela de Suboficiales dijeron: “Nervio, actividad, eterno buen humor, parece un niño y sin embargo su pasta es la del verdadero soldado, despierta en el más apático el deseo de trabajar. Vive para la compañía, es un atleta campeón de espada, absolutamente sincero y leal”. En cartas dirigidas a sus padres, que vivían en una estancia en Chubut, el joven subteniente revela una temprana vocación por la historia argentina y fuertes sentimientos antibritánicos. “Fui con­trario siempre a lo que fuera británico, y después de Brasil, a nadie ni a nada tengo tanta repulsión”, escribía en noviembre de 1918. Todo esto lo llevó a apoyar la neutralidad del país en la Primera Guerra Mundial, contra la opinión de sus padres, partidarios de los Aliados (la Entente). Más tarde manifestó su oposición al presiden­te Hipólito Yrigoyen; justificaba su enojo en “todo el daño que este infame causó en desmedro de la disciplina de nuestro tan querido Ejército, que siempre fue modelo de abnegación y de trabajo honra­do”. El descontento hacia el gobierno radical era común en el ámbito militar, no solo por haber reincorporado en las filas a oficiales dados de baja por participar en las intentonas revolucionarias, sino tam­bién por el uso de las fuerzas armadas en tareas de represión y en las intervenciones a las provincias. Según el joven oficial, Yrigoyen no tenía “la talla moral de un Mitre o de un Sarmiento”, cuando el bien disciplinado Ejército era “la admiración de Sudamérica”. Perón, que simpatizaba con las corrientes nacionalistas y ar­gentinistas de la época, criticaba las consecuencias de la inmigración al advertir que “la honradez criolla” desaparecía: [...] contaminada por el torbellino de gringos muertos de ham­bre que diariamente vomitan los transatlánticos en nuestro puerto; después, uno oye hablar a un gringo y ellos nos han civilizado; oye hablar a un gallego, ellos nos han civilizado; oye hablar a un inglés y ellos nos han hecho los ferrocarriles; [...] no se acuerdan de que cuando vinieron eran barrenderos, sirvientes y peones.

Oficial de Estado Mayor

Ya oficial de Estado Mayor y profesor de historia militar en la Escuela Superior de Guerra, Perón escribió artículos sobre his­toria y teoría bélicas. Su libro, Apuntes de historia militar, tuvo varias ediciones. Entre los pensadores militares que influyeron en su preparación académica figuraba Juan Lucio Cernadas, quien lo introdujo en la lectura de Carl von Clausewitz, Colmar von der Goltz y Ferdinand Foch y en la concepción amplia de la doctrina de guerra que incluye “la nación en armas”. El coronel José María Sarobe fue el jefe al que más admiró. Según Carlos Piñeiro Iñíguez, esta relación tuvo carácter discipular. El libro en el que Sarobe proponía tareas pendientes de unificación aduanera y una coope­ración basada en el eje Argentina­-Brasil resultó un antecedente de la relación de Perón y Vargas años después, en la que revirtió la antipatía hacia el país vecino manifestada en sus cartas juveniles. En la presidencia de Justo, Perón se desempeñó como ayudan­te del ministro de Guerra, general Manuel Rodríguez. Agregado militar en Chile en 1936, sus informes fueron valorados por el general Luis César Perlinger: pudo sortear el fracaso de la misión de espionaje que inició en Santiago y que recayó en su sucesor en el cargo, el entonces mayor Eduardo Lonardi. Enviado a Italia en 1939 en misión de estudio, Perón mereció muy buenas califi­caciones. Regresó dos años después y fue destinado a Mendoza. Ascendido a coronel llegó a buenos Aires en diciembre de 1942, a la inspección de Tropas de Montaña. una sola sombra en esta foja: en 1940, el general Juan Monferini reclamó tribunal de ho­nor porque Perón y el coronel Enrique Rottjer, autores de la obra Las operaciones en 1870, no lo incluyeron en las citas bibliográ­ficas. La sanción que mereció fue leve, y nada obstaría para que ese año obtuviera excelentes calificaciones.

  Agustín P. Justo, presidente de la Nación entre 1932 y 1938.

En la conspiración del 6 de septiembre

Su historia política fue más intensa que lo revelado en la foja. Según su propio relato, Perón se incorporó a la conspiración del general José Félix Uriburu en 1930. Era entonces ayudante del co­ronel Francisco Fasola Castaño, jefe de ideas nacionalistas. Asistió a reuniones secretas, a las que concurrían, entre otros oficiales, Juan bautista Molina, Álvaro Alsogaray, Pedro Pablo Ramírez, urbano de la Vega, José Humberto Sosa Molina, Miguel Mascaró y Franklin Lucero; allí se hablaba del hartazgo de la oficialidad con yrigoyen, de la prensa nacionalista, de lo conversado entre uriburu y Leopoldo Lugones y de otros temas. Aunque todo le pareció muy improvisado, el capitán Perón si­guió adelante. El destino que le asignó el “Estado Mayor” de Uri­buru fue la Escuela de Suboficiales. Perón intuyó el fracaso de su misión, se consideró desligado del compromiso y fue expulsado del grupo revolucionario. Se acercó entonces al teniente coronel Descal­zo y al coronel Sarobe, que formaban parte del sector liberal de la conspiración que orientaban el general Justo, los socialistas inde­pendientes y el diario Crítica. La intención de este grupo era derro­car a Yrigoyen con el objetivo de convocar a elecciones y retornar al sistema constitucional cuanto antes. A ese efecto, Descalzo redactó un programa de acción, y Perón lo imprimió en mimeógrafo.

En un relato sobre los sucesos del 6 de septiembre, escrito a pedido de Sarobe, en enero de 1931, dice Perón:

Solo un milagro pudo salvar la revolución. Ese milagro lo rea­lizó el pueblo de Buenos Aires, que en forma de una avalancha humana se desbordó en las calles al grito de “viva la revolu­ción”, que tomó la Casa de Gobierno, que decidió a las tropas en favor del movimiento y cooperó en todas formas a decidir una victoria que de otro modo hubiera sido imposible.

En este texto, la palabra “pueblo” se identifica con los grupos juveniles de clase media y alta, movilizados por los partidos de la oposición y por los nacionalistas. Como observó Carlos Fayt, el autor se manifiesta como un frío oficial de Estado Mayor, dispues­to a no exponer inútilmente su vida y su carrera, partidario del orden y de las jerarquías, que actúa en defensa de la Constitución y que aprenderá la lección acerca de cómo, con quiénes y bajo qué condiciones puede organizarse una acción revolucionaria. 8 Años después, Perón explicó que era muy joven y se había equivocado al sumarse al golpe militar. No obstante, siguió la misma línea del grupo de oficiales justistas que en un principio fue relegado por Uriburu. Destinado a La Quiaca, considerado un castigo, aprove­chó la oportunidad para profundizar su conocimiento del lugar y de su gente.

  José Félix Uriburu

Cartas a Sarobe

En 1931, el coronel José María Sarobe fue designado como agre­gado militar en la embajada argentina de Japón. Era una forma elegante de alejarlo. En esas circunstancias, Perón le escribía dando cuenta de lo que sucedía en el país. En abril de 1931 le informó a Sarobe sobre la actividad de la Legión Cívica Argen­tina, “una especie de milicia ciudadana que cooperaría en caso de alteración del orden”, apoyada desde la Escuela Superior de Guerra. Dijo también que debido al fracaso del gobierno en las elecciones de la provincia de Buenos Aires, que le dieron un nue­vo triunfo al radicalismo, volvió Justo al centro de la escena: “El general Justo parece ser en estos momentos el árbitro de la situación [...] no creo que otra persona pueda salvar al gobierno provisional”. A continuación, lamentaba el desorden en el cuadro de oficiales, consecuencia negativa de la revolución, y proponía más disciplina:

Será necesario que los hombres que vengan a gobernar vuel­van las cosas a su lugar. Esto no tiene otro arreglo que dupli­car las tareas. El año 1932, por lo menos, debe ser para los oficiales, en general, un año de extraordinario trabajo de todo orden, solo así podrá evitarse el mal que produce en el Ejército la ociosidad, la murmuración y la política. Será necesario que cada militar esté ocupado en asuntos de su profesión, de diana a retreta. De lo contrario, esto irá de mal en peor.

Perón calificó de “inicuo” el frustrado levantamiento radical de Gregorio Pomar en Corrientes. Con respecto a las elecciones presidenciales de noviembre de 1931 en las que la fórmula radical fue vetada, y compitieron Justo­-Roca contra Repetto-­De la Torre, se burló de Lisandro de la Torre y concluyó: “En general, la gente que piensa entiende que la única solución es el general Justo, y creo que será Presidente”. Casado con María Aurelia Tizón, joven de clase media porte­ña, hija de inmigrantes de origen gallego y vasco, Perón desplegó una intensa actividad de propaganda en la campaña electoral del justismo y justificó su trabajo político en la ya citada correspon­dencia:

Muchos oficiales que no entendemos nada de política esta­mos en plena tarea de movilización de familiares y amigos. Pensamos que hoy no es una falta intervenir en favor del candidato de nuestra predilección y lo hacemos con la con­veniente y necesaria discreción. yo tengo a todos los varones de la familia y amigos civiles ocupados en la propaganda política activa y siento que las mujeres no voten porque, en ese caso, de la familia nomás me llevaba más de veinte votantes [...] Varios amigos curas que tengo, a quienes he encargado que hagan propaganda, me han dado un alegrón porque me hicieron una reflexión muy acertada: los curas votan y propician al candidato más probable que permita asegurarles la estabilidad.

Destaca Rosendo Fraga en esta carta las tres ideas que serán centrales en la concepción política de Perón más de una década después:

[...] el valor electoral de tener a la iglesia a favor, la potenciali­dad política de la mujer y el concepto dualista respecto al pro­fesionalismo militar, que implica por un lado subordinación, pero que no excluye simultáneamente la toma de posición frente a los acontecimientos políticos.

En la presidencia de Justo, el mayor Perón fue ayudante de campo del ministro de Guerra, Manuel A. Rodríguez, y de su sucesor, Eleazar Videla. De allí salió para destinos en Chile y en italia.

Bartolomé Descalzó: el fascismo sazonó sus ideas

Bartolomé Galíndez relata que a mediados de 1955 conversó lar­gamente con Descalzo, que había sido amigo de Perón y después se distanció, como tantos otros. A la pregunta de si encontró a lo largo del tiempo un signo que revelara al hombre de la revolución de junio de 1943, recibió esta respuesta:

Perón fue siempre un muchacho pobre y ahorrativo a la vez: tenía en su cuenta corriente una pequeña suma de dinero. Sus hábitos eran normales y sus procederes correctos. Se cuidaba en las comidas pues durante una época padeció del hígado. Desempeñaba sus funciones con dedicación como todo buen oficial. Esto, hasta que fue designado agregado militar en Chi­le. Ahí se despertó su primera ambición. Se trasladó a Italia y el fascismo sazonó sus nuevas ideas.
  Benito Mussolini, haciendo el saludo fascista ante la multitud desde un balcón

Cartas romanas

En cartas escritas por Perón desde Italia —conocidas gracias a la laboriosa investigación del doctor ignacio Martín Cloppet— se re­velan sus sentimientos y reflexiones en la etapa en que simpatizó con el fascismo. Arribó a Génova en abril de 1939, a bordo del tran­satlántico Conte Grande, meses antes de que estallara la guerra. Destinado al Comando de la División Andina Tridentina (Merano, Bolzano), a la división de infantería de montaña de Pinerolo en el Piamonte y a la Escuela de Alpinismo de Aosta en los Alpes, también fue asignado brevemente a la embajada en Roma.

Las cartas a su cuñada, la profesora María Tizón Erostarbe, contienen interesantes observaciones. De la escala en los puertos brasileños dice Perón:

La impresión que tengo de Brasil, salvo de Río de Janeiro que es una ciudad moderna, es que están un siglo atrás de nosotros, como los chilenos. Aquí los negros y allá los rotos y los indios. República Argentina hay solo una, y Buenos Aires, hasta ahora, inigualable.

Ya en Roma quedó deslumbrado.

Italia en lo que he visto es una maravilla. Gente buena, mucho orden, trenes lujosos y muy buen servicio. Hoteles ba­ratos, comida cara. Roma grandiosa: he visto ya hoy mucho y mañana seguiré viendo. Hay para rato. No es ciudad para divertirse, es para visitar y recorrer los siglos de historia que uno se ha morfado en el colegio y estudios [...] Mucha gen­te de uniforme, mucha tranquilidad, la agitación de guerra que nosotros sentimos allá es obra de la prensa, propaganda de los miserables yanquis, franceses y compañía. Aquí hay mucho orden, disciplina, patriotismo y se trabaja mucho [...] Mañana salgo de turista inglés a las 8:30. Voy a misa canta­da en San Pedro y luego turismo.

Perón visitó a la madre de un sacerdote amigo, que vivía en un pueblito edificado sobre la cumbre de un cerro, cerca de Nápoles, ciudad que no le gustó. De esa excursión dijo:

Casi todas estas “citadinas”, “borghos”, “paesi”, como los lla­man aquí según el grado de su importancia, son los resabios de la Edad Media que aún quedan. Qué suerte, María, que en nuestro país la Edad Media no se hizo presente.

A la distancia estableció comparaciones:

Lo mejor de Italia: Roma; lo mejor de Roma: lo histórico y el Vaticano; lo mejor del mundo: Buenos Aires [...] Lo mejor de Buenos Aires: sus habitantes, con todos sus defectos y macanas [...] La única desgracia que apreciamos en nuestro pueblo proviene del exceso de bienestar. Creo sin duda que estos países han llegado a un grado de organización, orden y trabajo, difícil de igualar [...] Hoy he comprobado que la necesidad es un factor poderoso para hacer virtuosos a los pueblos [...] Con todo prefiero pertenecer a un pueblo sin necesidades, especialmente si ese pueblo es nuevo como el nuestro y tiene aún por delante un gran porvenir para forjar. De Europa, al contrario de lo que muchos piensan, no creo que tengamos nada que aprender en el orden material, pero es honrado reconocer que tenemos mucho que imitar en el orden espiritual.

  "1943", el libro de María Sáenz Quesada que publicará Sudamericana en octubre

Mussolini, el modelo fascista

Esa Europa estaba a punto de precipitarse en una guerra total, en la que el militar argentino tomó partido por los fascismos a contrapelo de las simpatías de sus referentes liberales del jus­tismo, que fueron aliadófilos. En cartas a su cuñada definió al fascismo como “un gran movimiento espiritual contemporáneo, lógica reacción contra un siglo de materialismo ‘comunizante’”. Narró que había asistido a una concentración de 70.000 mucha­chas de toda Italia.
Comienza la obra de la mujer y de la mujer joven [...] Este gran hombre que es Mussolini sabe lo que quiere y conoce bien el camino para llegar a ese objetivo. Si las fuerzas desatadas al servicio del mal se oponen a sus designios, luchará hasta morir, y si lo matan, quedará su doctrina, aunque yo siempre he tenido más fe al hombre que a las doctrinas.El panorama social de italia es igual al de los demás países: Un capitalismo sin grandes recursos, pero que mueve lo que tiene para crear valores; un laborismo sufrido y pujante, que en combinación con el capitalismo elabora valores y crea rique­zas donde la naturaleza ha negado gran parte de sus dones. La dirección a cargo de otra clase nueva (el fascismo) que gobierna y administra, vale decir dirige el capital, el trabajo y las fuerzas espirituales que no descuida. Lo más difícil es mantener la justa proporción que debe exis­tir, en todos los regímenes, entre la parte de la población que produce (capital y trabajo) y la que dirige (que no produce). Hasta ahora el fascismo mantiene esta justa proporción, pero si las necesidades político­-internas lo llevan a aumentar el personal que dirige, caerá en la burocracia, que un país pobre como Italia no podrá resistir. Nuestro régimen burocrático que ya es una rémora, lo aguan­tamos porque la Argentina es inmensamente rica, pero un país europeo sin colonias para exprimir, como lo hace Inglaterra, Francia, etcétera, no puede cosechar una burocracia sin sucumbir.
Como se aprecia en esta correspondencia, Perón estaba con­vencido de que el fascismo era el mejor sistema de gobierno para equilibrar las relaciones entre capital y trabajo y pensaba, como la mayoría de sus compatriotas, que la Argentina era un país inmen­samente rico, en condiciones de soportar la mala administración de sus recursos. Estas reflexiones políticas constituían el componente intelectual de la estadía romana, matizada por una vida social in­tensa, la relación sentimental con la joven Giuliana dei Fiori, los destinos militares en el norte y el aprendizaje del idioma.
  Adolf Hitler

Hitler y los grandes valores morales

Al comenzar la guerra, Perón le escribió a su cuñada desde el apostadero de Merano, en Bolzano, en el norte de Italia, próximo a la frontera austríaca. Esbozó un inteligente análisis de las posibilidades de los bandos enfrentados y de la actitud que la Argentina tendría que asumir: “Tarde o temprano habrá que embanderarse en una de las dos tendencias... Solo se trata de saber elegir”. Con respecto a su visión del conflicto, en el Frente oriental, “se des­prende que, por mal que siga el asunto, cuando reciban ustedes esta carta, Alemania habrá terminado con los polacos, mediante la ocupación de casi todo su territorio”. En el Frente occidental, constituido por Bélgica, Francia y Luxemburgo:
Alemania les meterá fuerzas superiores a los nueve millo­nes de hombres, que Francia e Inglaterra no podrán poner aunque se esfuercen mucho [...] Mi pálpito es que, si contra lo que pienso, el conflicto no se generaliza y dejan solos a Alemania, Francia e Inglaterra, las operaciones continenta­les están terminadas antes de mayo de 1940 con la derrota absoluta de los franceses a ingleses. Quedaría después en pie Inglaterra en el mar y ahí está a mi entender la dificultad de los alemanes, que en este elemento no podrán vencer nunca a Inglaterra.

En síntesis, le tenía fe al Führer y estaba convencido de que mientras “los grandes valores materiales están del lado de los aliados, los grandes valores morales están del lado de los alema­nes". La historia dirá después cuál de estos valores tiene la supre­macía de la influencia en la guerra”. Sin duda, Perón acertó en cuanto al éxito militar de la primera fase de la guerra, así como en prever la dificultad que tendría Alemania para enfrentar al imperio británico en los mares. otras previsiones fueron menos felices. En cuanto a los “grandes valores morales del nazismo”, la guerra iría desnudando la tragedia que se escondía tras los discursos patrióticos. Desde lo personal, Perón quería quedarse el mayor tiempo posible en Europa. No obstante llegó la orden de que todos los oficiales argentinos en misión de estudio en los países en guerra volvieran al país. Perón lo hizo en un largo recorrido que lo condu­jo a España, donde visitó los lugares históricos de la guerra civil, como el Alcázar de Toledo. De su estadía en Roma queda una fotografía, tomada en un día de fiesta patria en la embajada argentina. En el centro, los diplo­máticos; en la segunda fila se asoma el rostro sonriente de Perón; delante del grupo, unos niños sentados, entre ellos, Magdalena, la pequeña hija del embajador en el Vaticano, Enrique Ruiz Guiñazú. Está claro que las impresiones que Perón recibió en los dos años que duró su destino en el exterior influyeron en forma de­cisiva en su visión del mundo y en su propio concepto del papel que quería desempeñar en el futuro argentino, cuya grandeza descontaba