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viernes, 25 de agosto de 2017

SGM: El hijo de Alá que salvó a los hijos de David

El musulmán que salvó a cientos de judíos de París en la SGM

Javier Sanz | Historias de la Historia


De vez en cuando viene bien echar la vista atrás y comprobar que muchos conflictos que hoy en día parecen enquistados en nuestras sociedades… no siempre fueron así. Concretamente, al conflicto político, entre árabes e israelíes, y al religioso, entre musulmanes y judíos. Esta es la historia de Si Kaddour Benghabrit, fundador y rector de la Gran Mezquita de París, que durante la Segunda Guerra Mundial proporcionó refugio y certificados de identidad musulmana a cientos de judíos para evitar la detención y la deportación.



Si Kaddour Benghabrit nació en Argelia en 1873. Tras completar los estudios en una madrasa se trasladó hasta Fez (Marruecos) para matricularse en la Universidad de Qarawiyyin donde adquirió una sólida formación en francés y árabe. Gracias a este doble aprendizaje comenzó a trabajar en la administración marroquí como intérprete en sus relaciones con Francia, ganándose el favor de unos y de otros. En 1916 fue enviado a Hiyaz (Arabia Saudita) para ayudar y asegurar el bienestar de los musulmanes que iban en peregrinación a la Meca desde el Norte de África, para lo que fundó la Société des Habous et des lieux saints de l’islam (Sociedad de las dotaciones y de los lugares santos del Islam). En 1920, la Sociedad solicitó autorización para construir en París una mezquita que simbolizase la eterna amistad entre Francia y el Islam, además de un homenaje a los miles de soldados musulmanes que cayeron defendiendo Francia durante la Primera Guerra Mundial. Con el apoyo del Presidente de la República y del parlamento, la donación de los terrenos por parte de la ciudad de París y las aportaciones económicas de musulmanes de todo el mundo, el 15 de julio de 1926 se inauguraba la Gran Mezquita. Desde su apertura, no sólo se dedicó a la oración, la mezquita también era un centro cultural y un lugar donde los visitantes eran alimentados, podían bañarse y descansar en sus jardines. Como miembro muy activo de la sociedad parisina, a Benghabrit se le comenzó a llamar le plus parisien des musulmans (el más parisino de los musulmanes).



Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial se demostraría que el espíritu solidario de Benghabrit no entendía de credos. Con la ocupación de Francia, la Gran Mezquita de París se convirtió en lugar de refugio para la comunidad musulmana… y judía. Sin un plan previo y fruto únicamente de la solidaridad y la compasión, Benghabrit organizó una red que recogía a los judíos perseguidos y los escondía en los sótanos de la mezquita hasta conseguirles documentos falsos para sacarlos de París y llevarlos al Magreb haciéndolos pasar por musulmanes. Es difícil cuantificar el número de judíos que se salvaron gracias a Benghabrit, ya que, dependiendo de las fuentes consultadas, el número varía entre los 500 y los 1.700, pero creo que lo importante de esta historia es que Benghabrit y los musulmanes de París se jugaron la vida por salvar a cientos de judíos.

Después de la liberación, sufrió un accidente de coche y abandonó su trabajo en la Gran Mezquita para organizar conferencias relativas a la ciencia y la medicina en el mundo musulmán. Benghabrit cayó en desgracia con sus compatriotas cuando se opuso a la independencia de Argelia. Murió en 1954.



En 2011, el cineasta franco-marroquí, Ismaël Ferroukhi, llevó a la gran pantalla la historia de Si Kaddour Benghabrit y de los musulmanes de la resistencia francesa en Les hommes libres.

martes, 18 de julio de 2017

SS: "Intelectuales comprometidos" con el modelo criminal

Asesinos de las SS con doctorado
El historiador francés Christian Ingrao subraya en un estudio monumental el papel decisivo de los intelectuales en la élite de la Orden Negra de Himmler
JACINTO ANTÓN
El País


Oficial del SD en Ucrania en 1941 VÍDEO: EPV

La imagen que se tiene popularmente de un oficial de las SS es la de un individuo cruel hasta el sadismo, corrupto, cínico, arrogante, oportunista y no muy cultivado. Alguien que inspira (aparte de miedo) una repugnancia instantánea y una tranquilizadora sensación de que es un ser muy distinto, un verdadero monstruo. El historiador francés especializado en el nazismo Christian Ingrao (Clermont-Ferrand, 1970) nos ofrece ahora un perfil muy diferente, y desasosegante. Hasta el punto de identificar a un alto porcentaje de los mandos de las SS y de su servicio de seguridad, el temido SD, como verdaderos "intelectuales comprometidos".

El término, que ha escandalizado en el mundo intelectual francés, resulta escalofriante cuando se piensa que esos son los hombres que estuvieron a la cabeza de las unidades de exterminio. En su libro de reciente aparición en castellano Creer y destruir, los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado, 2017) Ingrao analiza pormenorizadamente la trayectoria y las experiencias de ochenta de esos individuos que eran académicos —juristas, economistas, filólogos, filósofos e historiadores— y a la vez criminales. Hay un fuerte contraste entre ellos y el cliché del oficial de las SS. Asesinos de masas en uniforme con un doctorado en el bolsillo, como describe el propio autor. Lo que hicieron los "intelectuales comprometidos" , teóricos y hombres de acción, de las SS fue espantoso. Ingrao cita el caso del jurista y oficial de la SD Bruno Müller, a la cabeza de una de las secciones del Einsatzgruppe D, una de las unidades móviles de asesinato en el Este, que la noche del 6 de agosto de 1941 al transmitir a sus hombres la nueva consigna de exterminar a todos los judíos de la ciudad de Tighina, en Ucrania, se hizo traer una mujer y a su bebé y los mató él mismo con su arma para dar ejemplo de cuál iba a ser la tarea.


Christian Ingrao, retratado en Barcelona. MASSIMILIANO MINOCRI

"Resulta curioso que Müller y otros como él, gente muy formada, pudieran meterse así en la práctica genocida", dice Ingrao que ha presentado su libro en Barcelona, "pero el nazismo es un sistema de creencias que genera mucho fervor, que cristaliza esperanzas y que funciona como una droga cultural en la psique de los intelectuales".

LA BASE DE ‘LAS BENÉVOLAS’
Ingrao y Littell. Cualquiera que lea Creer y destruir percibirá los paralelismos con la novela de Jonathan Littell Las benévolas (2006).Ingrao la describe como “una réplica temática en ficción” de su trabajo, y recuerda que éste, que fue su tesis, circuló ampliamemente antes de la publicación de Las benévolas.
¿Max creíble? Max Aue, el protagonista de Las benévolas guarda muchos parecidos con los intelectuales del SD de Ingrao. “Excepto en lo de la homosexualidad y el incesto. Pero, claro, es un personaje de novela”. ¿No es demasiado refinado y esteticista para ser un SS? “Bueno, Heydrich leía mucho y tocaba el violín. Y no olvides que Eichmann leía a Kant”, responde.
También otro nazi tomado por Littell, Leon Degrelle (en su ensayo Lo seco y lo húmedo) presenta paralelismos con otro estudiado por Ingrao en su libro Les chasseurs noirs: Oskar Dirlewanger. El primero era favorito de Hitler y el segundo de Himmler.
El historiador recalca que el hecho es menos excepcional de lo que parece. "En realidad, si examinamos las masacres de la historia reciente veremos que hay intelectuales bajo el felpudo. En Ruanda, por ejemplo, los teóricos de la supremacía hutu, los ideólogos del Hutu Power, eran diez geógrafos de la Universidad de Lovaina. Casi siempre que hay asesinatos de masas hay intelectuales detrás". Pero, uno no espera eso de los intelectuales alemanes. Ingrao ríe amargamente. "Es cierto que eran los grandes representantes de la intelectualidad europea, pero la generación de intelectuales que nos ocupa experimentó en su juventud la radicalización política hacia la extrema derecha con marcado énfasis en el imaginario biológico y racial que se produjo masivamente en las universidades alemanas tras la Gran Guerra. Y entraron de manera generalizada en el nazismo a partir de 1925". Las SS, explica, a diferencia de las vocingleras SA, ofrecían a los intelectuales un destino mucho más elitistas.
¿Pero el nazismo no les inspiraba repugnancia moral? "Desgraciadamente, la moral es una construcción social y política para estos intelectuales. La Primera Guerra Mundial ya los había marcado: aunque la mayoría eran demasiado jóvenes para haber luchado, el duelo por la muerte generalizada de parientes y la sensación de que se libraba un combate defensivo por la supervivencia de Alemania, de la civilización contra la barbarie, prendieron en ellos. La invasión de la URSS en 1941 significó el retorno a una guerra total aún más radicalizada por el determinismo racial. Hasta entonces había sido una guerra de venganza, pero a partir de 1941 se convirtió en una gran guerra racial, y una cruzada. Era la confrontación decisiva frente a un enemigo eterno que tenía dos caras: la del judío bolchevique y la del judío plutócrata de la Bolsa de Londres y Wall Street. Para los intelectuales de las SS, no había diferencia entre la población civil judía que exterminaban al frente de los Einsatzgruppen y las tripulaciones de bombarderos que lanzaban sus bombas sobre Alemania. En su lógica, parar a los bombarderos implicaba matar a los judíos de Ucrania. Y si no sería el final de Alemania. Ese imperativo construyó la legitimidad del genocidio. Era 'o ellos o nosotros".

Así se explican casos como el de Müller. "Antes de matar a la mujer y el niño habló a sus hombres del peligro mortal que afrontaba Alemania. Era un teórico de la germanización que trabajaba para crear una nueva sociedad, así que el asesinato era una de sus responsabilidades para crear la utopía. Curiosamente Había que matar a los judíos para cumplir los sueños nazis".

Ingrao sostiene que los intelectuales de las SS no eran oportunistas, sino personas ideológicamente muy comprometidas, activistas con una cosmovisión en la que se daban la mano el entusiasmo, la angustia y el pánico, y que, paradójicamente, abominaban de la crueldad. "Las SS era un asunto de militantes. Gente muy convencida de lo que decía y hacía, y muy preparada". Pues resulta más preocupante aún. "Por supuesto. Hay que aceptar la idea de que el nazismo era atractivo y que atrajo como moscas a las élites intelectuales del país”.



LA BRIGADA DE CAZADORES SALVAJES DE DIRLEWANGER
Christian Ingrao es el autor también de un apasionante estudio sobre la Brigada Dirlewanger, la unidad de siniestra reputación que creó el comandante de las SS (ascendido luego a general) Oskar Dirlewanger para luchar contra los partisanos y que se nutrió inicialmente de delincuentes convictos de delitos relacionados con la caza. Les chasseurs noirs (Perrin, 2006) es un libro más asequible para un lector generalista que Creer y destruir aunque los dos tienen muchas cosas en común, y desde luego Dirlewanger es un buen ejemplo de la formación ideológica de un mando nazi. La brigada, denostada por muchos mandos del Ejército, participó en numerosas operaciones en el Este contra los partisanos granjeándose una reputación de brutalidad incluso en el marco de las unidades de las SS, que ya es decir. Ingrao apunta que combatía al estilo despiadado de la Guerra de los Treinta Años. Realizó acciones de exterminio de población civil y judíos e intervino en el aplastamiento de la sublevación de Varsovia de manera especialmente vil. Finalmente incorporó ¡presos políticos de izquierdas!, los únicos antifascistas que vistieron uniformes de las SS (la cosa no funcionó). Ingrao resigue la historia de la brigada (que acabó en fantasmagórica división de las Waffen SS) y la de su líder (que iba singularmente por libre en el ejército alemán). “El personaje es abyecto, por supuesto, pero fascinante”, señala. “Todos los testimonios coinciden en señalar que era un hombre carismático y valiente, casi estúpidamente intrépido". De sus 32 años de adulto, el "lansquenete nazi" pasó 19 en guerra. Capturado por los franceses al acabar la guerra, murió en junio de 1945 a causa de las palizas que le propinaron guardianes polacos.

viernes, 30 de junio de 2017

Nazismo: Encuentran diario alemán de 1943 en reliquias nazis

Encontraron un diario nazi de 1943 dentro de una de las gorras secuestradas en San Telmo
El hallazgo refuerza la idea de que son artículos originales
Infobae




Cuchillos, dagas, medallas, hebillas, un lienzo y gorras. En total fueron 76 los objetos nazis que secuestró la Policía Federal Argentina (PFA) durante un operativo en una galería del barrio porteño de San Telmo.

La autenticidad de los objetos con simbología nazi era una de las cosas que la División Unidad de Investigación de Conductas Discriminatorias de la PFA buscaba determinar, y una de las cinco gorras secuestradas en el local 3 de la Galería Inmaculada Concepción, ubicada en Defensa 845 brindó una pista inesperada.



Dentro del gorro militar los efectivos policiales hallaron una amarillenta y ajada hoja de un diario nazi publicado el 10 de diciembre de 1943. Se trata de una publicación que el NSDAP, el partido de Adolf Hitler, tenía en el "Gau" de Baviera. Los Gau eran las divisiones administrativas de la época del Tercer Reich, presididas por los "Gauleiter", que muchas veces eran viejos miembros de la agrupación del genocida, de los tiempos anteriores a su nombramiento como canciller en 1933.

Los cinco gorros militares fueron apenas una parte de los 76 objetos nazis hallados hoy durante un allanamiento en una galería en San Telmo. La PFA también encontró cuatro cascos, un birrete, cinco dagas, dos cuchillos, cinco hebillas, un lienzo y 53 medallas, todas ellas con simbología nazi como esvásticas, la cruz de hierro y el águila imperial.



Hasta el momento no hay personas detenidas, pero sí quedó imputado el dueño del local, que deberá presentarse ante el fiscal acusado de violar el artículo 3° de la ley 23.592, que regula los actos discriminatorios. Si es hallado culpable, podría ir a la cárcel por hasta tres años.

martes, 27 de junio de 2017

Vikingos: La espada nazi

La espada Sæbø una espada vikinga del siglo IX con una inscripción de esvástica 
Vintage News




La espada de Sæbø, también conocida como la espada de Thurmuth, es una espada Vikinga del siglo IX, encontrada en una carretilla en Sæbø, Vikøyri, en la región de Sogn de Noruega en 1825. Ahora se exhibe en el Bergen Museum de Bergen, Noruega. La espada tiene una inscripción en su hoja, que ha sido identificada como una inscripción rúnica que incorpora un símbolo de la esvástica por Stephens (1867). La hoja está mal preservada, y la inscripción apenas legible, pero si la interpretación de Stephens es correcta, la espada sería un ejemplo único de una espada de época vikinga con una inscripción de hoja rúnica.


Dibujo de George Stephens de la espada Sæbø y detalle de la decoración incrustada en el reverso 

La propia espada es categorizada como "Tipo C" por Petersen (1919), quien señala que es única en mostrar restos de un hilo metálico en los costados de la empuñadura superior, en comparación con otros especímenes del tipo que muestran crestas horizontales o protuberantes Bordes o menos frecuentemente incrustaciones de rayas forjadas o molduras sobresalientes que parecen ser imitaciones de hilo retorcido o liso. Se describe como una imitación de una inscripción de espada extranjera [continental] debido a la falta de paralelos en la tradición nativa. Hay una inscripción realizada en incrustaciones de hierro a lo largo del centro de la hoja, cerca de la empuñadura.


Dibujo de la inscripción publicada por Stephens 

La espada fue descrita en 1867 por George Stephens, un arqueólogo y filólogo inglés que se especializó en las inscripciones rúnicas de Escandinavia, en su libro


Los restos de la inscripción como en exhibición en Bergen Museum

La espada fue descrita en 1867 por George Stephens, un arqueólogo y filólogo inglés que se especializó en las inscripciones rúnicas de Escandinavia, en su libro Handbook ofthe Old-Northern Runic Monuments of Scandinavia and England. En este trabajo mostró un dibujo de la espada con una inscripción muy clara que comprende cinco runas o letras rúnicas con un símbolo de esvástica en el centro. Según Stephens, la inscripción dice "oh 卍 muþ" de derecha a izquierda. Interpretó que la svástica era usada en la escritura de los rebus para representar la sílaba þur para el dios Thor, y así amplió la lectura a "oh Þurmuþ", significando "Pertenece [a], Thurmuth". Esta lectura se inspiró en la idea de que la esvástica se utilizó como símbolo de Thor (más precisamente, del martillo de Thor) en el paganismo de la era vikinga nórdica. Fue objeto de discusión académica en el Congreso Internacional de Antropología y Arqueología Prehistórica en Budapest en 1876, donde la opinión predominante era que la esvástica representaba "bendición" o "buena suerte".


Espada vikinga (siglo VIII), encontrada en Sæbø, Hoprekstad, municipio de Vik i Sogn, condado de Sogn og Fjordane, Noruega. Exhibido en el museo de Bergen. Fuente


En 1889, en una reseña de un libro de AL Lorange, Stephens señaló que la espada había sido tratada con ácido mientras que en el museo danés, con el resultado de que la espada y su inscripción fueron gravemente dañados y, en consecuencia, la inscripción mostrada en un color En el libro de Lorange era indescifrable.

sábado, 24 de junio de 2017

Argentina: Todavía nos sorprendemos del Peronazismo

El refugio que Juan Domingo Perón brindó a los nazis, una verdad que incomoda
No es extraño que un anticuario de Olivos tenga 75 piezas nazis. Las localidades de Vicente López, San Fernando y Tigre fueron el asilo preferido de los criminales de guerra que ingresaron a Argentina durante el primer peronismo.

Por Silvia Mercado | Infobae
smercado@infobae.com



Rodolfo Freude y Juan Domingo Perón

De ningún modo es una casualidad que un anticuario de la zona norte de la provincia de Buenos Aires tenga en su poder 75 piezas con simbología del régimen nazi. Vicente López, Florida, San Fernando, Tigre fueron refugios para buena parte de los criminales de guerra, miembros de la SS y del partido nazi que vinieron a la Argentina desde 1946, cuando Juan Domingo Perón ganó las elecciones presidenciales, en parte, gracias al respaldo del empresario Ludwig Freude, considerado por entonces el alemán más influyente, incluso más que el propio embajador Edmund von Thermann.

Freude había conocido a Perón cuando éste revistaba en la Agrupación de Montaña de Mendoza, luego de haber pasado tres años en el lado Eje de Europa, tomando contacto con el fascismo y el nazismo en forma personal, y acompañando la avanzada alemana sobre Francia. En su libro El cuarto lado del triángulo, el profesor canadiense de historia latinoamericana Ronald Newton, escribió que "debido a que una de las especialidades más lucrativas de la Compañía General de Construcciones  de Freude era la construcción militar, había logrado desarrollado amplios contactos en el Ejército", incluyendo el joven Perón, ya que estaba construyendo una ruta entre San Juan y Mendoza.

Cuando el Eje cayó derrotado, y el agregado de negocios de la embajada norteamericana, John Cabot, le pidió al presidente de facto Edelmiro Farrell que extradite a Freude (considerado en Estados Unidos un agente nazi), se dispuso su expulsión. Pero el empresario presentó una solicitud urgente de naturalización, buscó defenderse legalmente y pudo zafar.


El filonazi pedófilo Perón y la resentida atorranta de Eva Duarte

Mientras tanto, el coronel Perón también había caído en desgracia y tuvo que presentar la renuncia a sus cargos como vicepresidente de la Nación, ministro de guerra y secretario de trabajo. ¿Dónde se refugió? En la casa de Rodolfo Freude, hijo de Ludwig, en el delta de Tigre, a donde Perón concurrió junto a Eva Duarte. De ahí fue llevado preso días después a la isla Martín García. Meses después, esa misma casa fue escenario, en mayo de 1946, de una pomposa fiesta de cumpleaños de la que ya se había convertido en Primera Dama. Por su lado, el hijo de Freude ya se había transformado en el primer secretario privado de Perón.

Quien más investigó la vasta red de agentes que trabajaron durante el peronismo original para rescatar criminales de guerra fue el periodista Uki Goñi, sobre todo para su excepcional obra La auténtica Odessa. La fuga nazi a la Argentina de Perón, un minucioso esfuerzo documental publicado en el 2002, que demuestra que esa organización, lejos de ser clandestina, trabajaba directamente desde la Casa Rosada.

Investigando en Bruselas los archivos del colaboracionista Pierre Daye, un escritor y "diarista compulsivo" que vivió en la Argentina, Goñi encontró detalladas descripciones de las reuniones del ex capitán de las SS Carlos Fuldner con Perón en la Casa de Gobierno, donde se decidía el listado de nazis que serían rescatados.

Para protegerlos, se puso en marcha un complejo mecanismo que empezaba en Suiza y el Vaticano, continuaba con barcos de la familia Dodero especialmente contratados para la misión  y terminaba en la mismísima Dirección Nacional de Migraciones, que fraguaba documentación y entregaba pasaportes con nombres falsos.

Se facilitaba así el ingreso de los criminales de guerra que en la Argentina pudieron confundirse con el resto de la población y mantener una vida normal. Solo unos pocos colaboraron, además, con el diseño y fabricación de algunas novedades tecnológicas de la época, como el avión Pulqui.


Josef Mengele

De este modo llegaron a la Argentina, entre 1946 y 1950, Josef Mengele, Adolf Eichmann y Eric Priebke, entre los 250 acusados de crímenes de guerra en las cortes europeas y miles de miembros del partido nazi y organizaciones como la SS, muchos de los cuales todavía no pudieron ser identificados.

Habiendo constatado que cada inmigrante tenía un número de legajo, Goñi pidió los archivos de cada uno y comprobó que no estaban, habían desaparecido. "Los habían limpiado". El periodista cuenta que "se armó un gran revuelo, y un día un funcionario me dice, '¿qué quiere que haga? ¿que le admitamos que nos ordenaron quemarlos en 1996? Nunca lo admitiremos'. Aún así hubo información valiosísima. Por ejemplo, que los expedientes de inmigración de Mengele y Priebke tienen números consecutivos, lo que muestra que fueron abiertos por una misma persona, al mismo tiempo".


Adolf Eichmann

Esa fecha, 1996 no puede ser casual. Y valdría una nueva investigación periodística. En 1992, el Ministerio del Interior que comandaba Carlos Corach ordenó por un decreto, el 232/92, "difundir la existencia y contenido" de toda la documentación en poder de los organismos estatales "vinculado al accionar de criminales nazis" en la Argentina. Dos años depsués esa decisión tomaba impulso y en 1997, finalmente, la DAIA publicó el "Proyecto Testimonio", dos tomos, 650 páginas, con 6000 imágenes documentales y 400 fotografías que daban cuenta de los trabajos para trasladar refugiados nazis de Alemania -u otros países de Europa a donde había logrado huir- a la Argentina.

El médico y antropólogo Mengele, tristemente famoso por sus macabros experimentos con prisioneros, vivió en Vicente López, en el barrio de Florida, donde trabajó como comercial de una empresa agrícola. Entre ese trabajo y viajes a Paraguay juntó dinero para comprar una empresa de carpintería y se pudo mudar a una casa más acomodada, en Olivos. Allí es donde lo encontró Simon Wiesenthal, el famoso cazanazis, pero Argentina rechazó la solicitud de extradición bajo la excusa de que ya no vivía en esa dirección. Murió en Brasil en 1979.

Eichmann, responsable directo de la solución final y de los transportes de deportados a los campos de concentración, utilizó el nombre de Ricardo Klement durante su estancia en Olivos, donde alquilaba un inmueble, para luego mudarse a la casa que se construyó en Bancalari (partido de San Fernando), donde trabajó como gerente en la fábrica de automóviles de Mercedes Benz. Tras las dificultades para la extradición de Mengele, fue raptado en la Argentina por un comando israelí en 1960, juzgado en Jerusalén y ejecutado en 1962. Sus últimas palabras antes de ser colgado fueron "¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria!". En ese orden.


Erich Priebke

El oficial de la SS Priebke, responsable de la Masacre de las Fosas Ardeatinas, también vivió un tiempo en el norte de Buenos Aires después de haber logrado huir de su cárcel en Rimini, por la ayuda del grupo ODESSA, que tomó contacto con Fulder y lo hizo ingresar a nuestro país. Luego se instaló en San Carlos de Bariloche, otro de los destinos preferidos por los criminales nazis en la Argentina, donde dirigió el Instituto Cultural Germano Argentino Bariloche y sus colegios primario y secundario, el Instituto Primo Capraro. Cuando en 1994 trascendió su verdadera identidad, Italia pidió la extradición que le fue concedida a los pocos meses. Fue juzgado y murió en la cárcel en 2013.

Que haya peronistas que todavía sigan negando los lazos entre el nazismo y el peronismo original, el vínculo personal entre Perón y muchos criminales de guerra, el crucial aporte de recursos nazis para su llegada de al gobierno, la ausencia de críticas del fundador del movimiento al Holocausto y -por el contrario- el disgusto que expresó en reiteradas oportunidades a los tribunales de Nuremberg, es otra prueba más de la poca tolerancia a la verdad que sigue habiendo en la Argentina.

lunes, 8 de mayo de 2017

Entreguerra: La expedición científica de las SS al Tibet

Los nazis en el techo del mundo
Una extraña expedición SS al Tíbet
En 1938, una expedición SS dirigida por el zoólogo alemán Ernst Schäfer se trasladó al Tíbet, regresando con especímenes de valor inestimable. Muchos creen que realmente habían sido enviados a buscar una raza aria perdida, pero un nuevo libro argumenta que la verdad es más complicada.
Der Spiegel


 © Foto: Bernhard Riedmann / DER SPIEGEL Por Matthias Schulz

El Museo de Historia Natural de Berlín, incluso más allá del famoso esqueleto Tyrannosaurus Rex en su sala de exposiciones, es bien conocido por sus preciados artefactos naturales y es considerado una colección de clase mundial. Es uno que incluye unas 3.500 aves momificadas mantenidas en gabinetes altos - artículos muy valorados que fueron adquiridos hace unos 80 años por un oficial de la SS en el techo cubierto de nieve del mundo.


"En la vertiente sur del Himalaya, el subcontinente indio tropical se desplaza contra el hielo de Asia central", explica la comisaria Sylke Frahnert. "Como resultado del choque entre estas zonas ecológicas, grupos de fauna completamente diferentes se han mezclado allí". Los taxonomistas y los genetistas hacen frecuentemente la peregrinación a la colección de Berlín, donde se han descubierto 10 especies de aves previamente desconocidas a lo largo de los años.

Pero la historia de los artefactos es desafortunadamente oscura. Poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, el zoólogo Ernst Schäfer viajó al Tíbet en nombre del líder de las SS Heinrich Himmler ya pesar de la prohibición del gobierno, rápidamente comenzó a matar pájaros para llevarlos a casa como muestras.

La expedición alemana de 1938-39 es considerada como una de las incursiones más polémicas en la ciencia moderna. El equipo de Schäfer midió cabezas humanas, se sentó en tiendas de caballos de yak y derribó las comidas de albóndigas de Prusia Oriental de un solo trago con los funcionarios locales, que calificaron las frivolidades de beber alemanas como "taza seca".


La expedición regresó con 7.000 muestras de semillas de flores silvestres, variedades de grano y otra flora. Estos se encuentran ahora en el Instituto Leibniz de Genética Vegetal en Gatersleben, una ciudad en el centro de Alemania. Los hombres también trajeron máscaras de madera y muebles extraños, 17.500 metros (57.400 pies) de película usada y una carta del jefe de Estado tibetano a "Su Excelencia, el Sr. Hitler".

La cuestión de por qué la carta nunca llegó a su destino (y ahora se encuentra en la Biblioteca Estatal de Baviera) es tan misteriosa como el resto de la expedición. Según los informes, Himmler había ordenado al grupo que buscara una "raza raíz" con cabello rubio y rizado - los arios originales. Los alemanes también estaban interesados ​​en encontrar razas de caballos resistentes al frío para la economía de guerra.

El servicio de inteligencia británico, que observó la marcha alemana por la India británica con sospecha, sospechó espionaje. El historiador Wolfgang Kaufmann, por su parte, cree que los nazis querían explorar la zona donde las esferas de interés de Japón y Alemania, los esperados ganadores de la próxima guerra, chocarían.

Un nuevo libro en alemán, "Nazis in Tibet", de Peter Meier-Hüsing, un erudito religioso de la ciudad de Bremen, en el norte de Alemania, examina las verdaderas razones detrás de la misión. Hüsing investigó archivos y documentos originales para su libro y concluyó que el viaje al Himalaya cubierto de nieve no era una misión de comando secreta cuidadosamente planeada por la SS, sino una trofeo de caza por un brillante investigador y aventurero que había llegado en parte por casualidad .

Schäfer era un "excelente tirador" y un trampero, obsesionado por la soledad del desierto y disgustado por los "suaves cojines" de la civilización, escribe Meier-Hüsing. Los funcionarios coloniales británicos lo llamaban fuerte, temperamental y bien educado, pero también infantilmente vano.



Un talentoso explorador

Había adquirido su talento a una edad temprana. El hijo de un ejecutivo de negocios, Schäfer había cazado ciervos en la región de Odenwald como un adolescente antes de comenzar sus estudios de zoología a la edad de 19. Más tarde entró en contacto con el millonario estadounidense Brooke Dolan II, que estaba planeando una expedición a relativamente inexplorado occidental China y necesitaba un compañero capaz.

En 1931, los dos jóvenes se zambulleron en los lejanos bosques de bambú, donde el alemán demostró ser un excelente cazador, de tal manera que sus troncos pronto se llenaron de raras pieles de animales, incluyendo gorales de cabra, serows y takins. También mató a un panda - una primera.

La Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia estaba tan entusiasmada con su incursión zoológica que hizo de Schäfer un miembro. De regreso a casa, el joven estudiante de ornitología escribió un relato largo y mejor vendido de sus aventuras y se unió a las SS en 1933. Pero eso no le impidió responder una vez más a la llamada de la naturaleza, pasando casi dos años en la intacta La región de las cabeceras del río Yangtze Kiang con "Yankee" Dolan.



La estrella de la zoología naciente pasó su cumpleaños de 26 bebiendo whisky y jugando al golf en el rancho de lujo de los Dolans. Los estadounidenses recurrieron a este Indiana Jones de zoología, mientras sus benefactores alemanes, entre ellos el jefe de la prensa extranjera del Partido Nazi Ernst Hanfstaengl y el cónsul general alemán en Shanghai, buscaron partidarios en el Tercer Reich para una expedición que Schäfer planeaba al Tíbet.

En ese momento, el reino del Dalai Lama parecía una fortaleza aislada llena de secretos naturales. Los británicos habían abierto ya forzosamente el Tíbet cuando invadieron el país con 3.000 soldados en 1903. Usando ametralladoras, degollaron a los soldados locales, que montaron potros y armados con lanzas. Pero la región sigue siendo semi-autónoma, rechazando el progreso y rechazando la entrada a los extranjeros.

Cuando Himmler se enteró de los audaces planes para la expedición, inmediatamente expresó su interés, y en la primavera de 1936, envió un cable transatlántico que decía: "Regreso a Alemania solicitado". Schäfer obedeció.

Más tarde llamó a la alianza con Himmler, quien se convirtió en el arquitecto del Holocausto, su "mayor error". El autor Meier-Hüsing, sin embargo, describe a Schäfer como un oportunista que tenía un "enorme deseo de reconocimiento".

La negociación faustiana del joven erudito con las SS pronto lo llevó a la órbita de la Sociedad "Ahnenerbe" de Himmler, cuyos miembros defendían la "Welteislehre" (teoría mundial del hielo), que sostenía que había una "cultura original nórdico-atlántica" que era Destruido cuando una luna se estrelló contra la Tierra, y que los restos de esta super-raza sobrevivieron sólo en el Himalaya.

'Absolutamente mistificado'

Karl Maria Wiligut, ex coronel del ejército austro-húngaro, había inventado esta tontería, creyendo ser una encarnación del dios alemán Thor. Cuando Schäfer visitó al charlatán en su villa en el distrito de Dahlem en Berlín, dejó escapar sus profecías, aparentemente mientras estaba en el opio.

Es este aspecto de la misión del Tíbet que los esotéricos de derecha se engancharon. En las novelas y en los sitios web nazis, el zoólogo sigue siendo retratado como un sirviente de Hitler en busca del Santo Grial.

Este absurdo culminó en el llamado "Buda del espacio", que emergió hace unos años. La escultura está adornada con una esvástica inversa, un símbolo de suerte en el Lejano Oriente. La escultura tenía unos 1.000 años de antigüedad y formaba parte del botín de la misión de Schäfer. Un análisis realizado por el Instituto de Planetología de Stuttgart mostró que el ídolo fue hecho a partir del meteorito ferroso Chinga, que cayó hace más de 10.000 años entre Siberia y Mongolia.

Fue un resultado asombroso, pero la decepción pronto siguió: el material es de hecho desde el espacio, pero el Buda mismo fue hecho por un fraude moderno. Al parecer, un individuo desconocido había intentado crear una leyenda fuente dramática para el objeto con el fin de aumentar su valor.

La expedición fue "absurdamente desconcertada", dice Meier-Hüsing. La burla de Himmler sobre los arios originales no significaba nada para el líder de la misión, insiste. El presidente de la Sociedad Ahnenerbe estaba a veces tan irritado con Schäfer que quería retirarse del proyecto. Himmler finalmente asumió el patrocinio y, con el golpe de una pluma, convirtió a todo el equipo en oficiales de SS. Pero no proporcionó casi ningún financiamiento.

Sin embargo, las insignias nazis en los cascos tropicales de los exploradores fueron suficientes para alarmar a los británicos. Cuando los "Vikingos de la Ciencia" comenzaron su viaje en abril de 1938, no tenían documentos de entrada para la India británica, y el Imperio bloqueó su camino.

Pero el líder de la expedición aplicó su encanto. Después de llegar a Calcuta, tomó un tren de 36 horas por el país y solicitó una audiencia con el virrey de la India, Lord Linlithgow. Él era "tan patético y servil", según un memorándum de la autoridad colonial, que los británicos prometieron su ayuda.

El carrusel diplomático también se estaba convirtiendo en Londres. El almirante británico Sir Barry Domvile, un antisemita y amigo de Himmler, intervino personalmente con el primer ministro británico Neville Chamberlain, quien finalmente dio luz verde a la expedición con el espíritu de apaciguamiento.

Pero la visa que se emitió sólo era válida para el principado de Sikkim, un pequeño país alto en las montañas. ¿Qué podrían hacer los alemanes? Estaban atrapados en la India con toneladas de equipo.

Entrada al Tibet

Sin esperar otro permiso, emprendieron su expedición de todos modos. Ya era junio cuando comenzaron su viaje en Darjeeling, usando carros de bueyes y caballos. Las pesadas nubes de las llanuras bengalíes construidas contra las cordilleras del Himalaya mientras la caravana comenzaba a trepar por caminos fangosos hacia los majestuosos picos.

La caravana se detuvo temporalmente en el paso de Kongra La. El Tíbet, con su misteriosa vida silvestre, estaba al otro lado del paso de 5.130 metros, pero los aventureros de las SS no tuvieron más remedio que establecer un campo base cerca de la frontera.

Por la noche, la melancólica Schäfer se sentaba en su tienda leyendo el Fausto de Goethe. Su esposa había sido asesinada antes de la expedición en noviembre de 1937, después de haber sido golpeada en la cabeza por una bala perdida durante una caza de patos.

La música de baile procedente de una radio de onda corta que habían traído secretamente de Berlín no era suficiente para levantar su estado de ánimo, ni la comida monótona, que consistía en "fideos, nada más que fideos".

Pero entonces surgió una oportunidad. Un administrador tibetano de la frontera visitó el campamento de los alemanes y Schäfer halagó al hombre, le sirvió té y pasteles y le dio botas de goma, galletas Bahlsen y un colchón de aire. A cambio, el hombre usó su poder de persuasión para solicitar una visa para Lhasa.

Fue exitoso. Después de semanas de espera, el consejo de ministros del Tíbet permitió que el "maestro de cien ciencias" visitara la capital cerrada del budismo tibetano, pero sin equipo científico. A él tampoco se le permitió "matar aves o mamíferos", lee el permiso.

El 22 de diciembre de 1938, los hombres de la SS entraron en la meseta prohibida y dos días más tarde, decoraron un árbol de Navidad con oropel hecho en casa. Después de la víspera de Año Nuevo, la temperatura bajó a -35 ° C y quemaron el estiércol de yak como combustible.

A pesar de la prohibición, el equipo había traído consigo su equipo técnico. Caminaron por 400 kilómetros a través de estepas cubiertas de nieve, a través de tormentas de hielo y granizo. Cuando llegaron a Lhasa, los alemanes parecían vagabundos. "Tenían el pelo rubio, los ojos azules y las barbas sucias y desaliñadas", observó un tibetano.

Había 25.000 personas que vivían en la ciudad santa en ese momento y aproximadamente el mismo número de monjes budistas vestidos de rojo vivían en los tres monasterios del gobierno en el área circundante. El Potala masivo, la sede del gobierno, estaba en el centro de Lhasa.

A diferencia de los vistosos y rígidos funcionarios británicos en Lhasa, los alemanes permanecieron vestidos y relajados, incluso después de su primer baño. Su afición por la bebida se convirtió rápidamente en el tema de la ciudad: invitaron a los notables de Tíbet a numerosas fiestas, donde la cerveza Chang fluía libremente y las canciones alemanas se tocaban en el gramófono.

A pesar de haber sido enviado por "la raza maestra aria" para buscar "por primos olvidados en el Este", escribe Meier-Hüsing, el equipo no se puso al aire. Lo que se denominó oficialmente una reunión de las "esvásticas occidentales y orientales" fue, de hecho, una "fiesta indolente".

Documentación y Medidas Invasivas

Pero los alemanes también estaban ocupados recolectando e investigando. Mataron a mamíferos y aves, completaron mediciones geomagnéticas y realizaron estudios etnológicos. Filmaron a sacerdotes y funerarios borrachos que realizaban enterramientos clásicos del cielo, que implicaron cortar los cadáveres y lanzar las piezas a los buitres. La tripulación era tan intrusiva con su cámara en algunos de estos rituales que los hombres eran casi linchados.

El comportamiento del antropólogo Bruno Berger fue especialmente atroz. Utilizó una brújula, unas pinzas de cráneo y un dispositivo para la mandíbula inferior para medir los cuerpos de los residentes locales. También untó un material llamado Negocoll sobre las caras de los sujetos de prueba para hacer impresiones de cráneo.

En sus expedientes, los británicos acusaron a los alemanes de comportamiento grosero, describiendo a Schäfer como un "sacerdote del nazismo", pero su evaluación también contenía un toque de celos.

A pesar de la crítica británica, Schäfer se levantó cada vez más en favor. Como maestro de lo que Meier-Hüsing llama "declamaciones halagadoras", incluso convenció al gobernante del estado, Radreng Rinpoche, de extender el permiso del grupo por otros seis meses. De acuerdo con un memorando de las SS de finales de 1939, Schäfer también ofreció secretamente armas al regente, aunque hoy no está claro si algo salió de ello.

La misión - una extraña mezcla de espionaje, juerga borracha y una incursión zoológica - terminó tres semanas antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. Además de los más de 3.000 cadáveres de aves, el grupo se llevó a casa 2.000 huevos, 400 cráneos y pieles de mamíferos, así como reptiles, anfibios, varios miles de mariposas, saltamontes, 2.000 objetos etnológicos, minerales, mapas topográficos y 40.000 - fotografías blancas.

Muchos de estos tesoros aún están escondidos en los archivos de hoy, frunció el ceño debido a su asociación con los nazis. Schäfer cayó en una oscuridad similar. Si se hubiera trasladado a los Estados Unidos a tiempo, probablemente se habría metido en el panteón de grandes descubridores. Pero en la Alemania de la posguerra, estaba manchado de nazismo y apenas fue absuelto en su juicio de desnazificación. Finalmente, terminó escribiendo para una revista de caza alemana.

sábado, 6 de mayo de 2017

SGM: Un sobreviviente de Treblinka y su testimonio

El estremecedor testimonio de un judío que sobrevivió a siete campos de concentración y perdió a toda su familia
Pero no perdió la memoria. Esa lucidez que le permite conservar el horror de cada día en ese infierno, y que también trasmite una advertencia: cuidado, porque la historia puede repetirse
Por Alfredo Serra | Especial para Infobae




Nada puede reemplazar a sus palabras. Nada. Su testimonio, atroz y luminoso al mismo tiempo, es también la voz de los seis millones de judíos masacrados por el nazismo, y de los que sobrevivieron en ese infierno para contarle al mundo el mayor crimen de la historia.

Lo dejo hablar. Y en todo caso, completo su retrato.

Se llama Moisés Borowicz. Tiene 86 años empezados en Sokoly, entonces un pequeño pueblo de Polonia.


Polonia. El primer botín y el primer crimen de Hitler. Primer día de septiembre de 1939.

Fue fácil arrasar con todo. Vidas y almas.


Moisés estuvo en siete campos de concentración: los motores del diabólico plan nazi: el exterminio del pueblo judío. De cada hombre, mujer, niño, allí donde estuviera.

Perdió a toda su familia. Padres, dos hermanos, y la felicidad de vivir moliendo harina: algo de lo más noble de la Tierra.
Doce empleados hubo en ese molino. Pero nada quedó.

Cuando llegaron los nazis, los Borowicz buscaron refugio entre otros molineros. Y conocieron la traición. Uno de su misma sangre que les prometió pan y casa… los entregó a los nazis.

Muchas almas ya se habían corrompido. Por interés o por miedo. Pero siempre traición.

Huyeron a tiempo. Se perdieron en un bosque. Cavaron un hoyo: su bunker. Pero los nazis descubrieron el escondite, y los rodearon. En este punto hay que detenerse. Oírlo. Y escribir aquí esas palabras, para que voz y letra perduren.



Un soldado disparó su fusil contra un árbol. Un pájaro cayó muerto. El soldado le dijo a la madre de Moisés: "Este muchacho tiene destino de vivir, porque cuando escapaba quise matarlo, pero se me trabó el fusil. Y ahora la bala salió para matar un pájaro".

Los arrastraron, siempre a palos y a humillaciones, al gueto de Bialystock. Los separaron: el más doloroso preludio del crimen. Por un lado sus padres, por otro él y sus hermanos.

El tren arrancó.
Al pasar por Treblinka (otro campo de horror) dejaron dos vagones. Que ya no eran vagones: eran cámaras de gas. El método del que se ufanaban los nazis: matar a miles en el menor tiempo posible y con el menor gasto.
En esos vagones y así murieron sus padres.

El tren siguió. Muchos, desesperados, se tiraron. Pero los recibieron los fusiles y las ametralladoras. Uno de ellos fue el hermano de Moisés.

El calvario se alargó. Los dos fueron prisioneros del campo Majdanek, y después al Blyzin. Allí… ¡tifus! Su hermano se enferma. Lejos de atenderlo, lo tiran al piso en una de las infectas barracas, y cada día le dan un pedazo de pan negro y "un poco de agua negra que llamaban café" (Moisés dixit).


Muere al fin su hermano. Uno más de la espantosa disyuntiva: ¿mejor morir y liberarse, o soportar el horror hasta que la providencia tire un naipe a favor?

Moisés también se enferma, también lo tiran… pero se salva y vuelve a trabajar en el oficio que fingió, y del que nada sabe: talabartero.

Ese infierno que ni Dante imaginó se multiplica. Moisés pasa, penuria a penuria, por los campos de Plaszow, Wielicza, Mauthausen, Melk, Ebensee.

Ahora es 6 de mayo de 1945.
Hitler se ha matado con cianuro y bala el 30 de abril.
Nada queda del Tercer Reich, salvo los criminales que encontrarán refugio en países no menos cómplices. Brasil, Paraguay, Bolivia… y el nuestro.

Los soldados norteamericanos que liberan Ebensee, al poner el pie en esa pesadilla, vomitan. No pueden soportar ni por un minuto lo que Moisés soportó años.

Moisés y todos los que murieron en los campos, y el puñado de sobrevivientes. Judíos. Gitanos. Negros. Homosexuales. Lisiados. Todo lo que no fuera de la raza superior. Los arios… que violaban mujeres y mataban niños a palos y patadas.



O como aquel soldado ario… que ayudó a una niña de tres años a subir los escalones hacia la cámara de gas, porque sus piernas eran demasiado cortas.

O como, según me confió León, otro sobreviviente, el soldado ario que ante el ruego de una madre… mató a su hijo aplastándole la cabeza con su bota.

Moisés llegó a la Argentina en 1947. Dos veces viudo. Tres hijos varones. Nueve nietos. Se resistió por años, pero volverá a Polonia para ver a Sokoly, su aldea, por última vez.

Y después a Israel para celebrar el día de la Independencia.
Y de regreso… seguir contando.

Porque como rogó un judío mientras lo llevaban a la cámara de gas "Buenas gentes, cuenten… Buenas gentes, no olviden", para eso sigue sobre la Tierra.

El relato completo de Moisés Borowicz en el acto por el Día del Holocausto

jueves, 4 de mayo de 2017

SGM: Polonia reescribe la Historia con autoindulgencia

Polonia reescribe su historia de la II Guerra Mundial
Un instituto oficial publica una lista con casi 9.000 guardias de Auschwitz, casi todos alemanes, que siembra dudas entre los historiadores

GUILLERMO ALTARES - El País


Guardias de la SS en el campo nazi de Auschwitz.

¿Se puede ser víctima y verdugo en un mismo conflicto? Polonia se enfrenta desde hace años a ese dilema: fue uno de los países que más sufrió en la Segunda Guerra Mundial, pero, a la vez, ciudadanos polacos cometieron actos atroces contra judíos durante el conflicto. Sin embargo, los historiadores que han tratado de sacarlos a la luz se han enfrentado a duras campañas, incluso a problemas legales, desde la llegada al poder del Gobierno ultraconservador de Ley y Justicia (PiS). El Instituto Polaco de la Memoria Nacional (INR), promovido desde el Estado, difundió  recientemente en su web los nombres de casi 9.000 guardias que trabajaron en el campo de exterminio nazi de Auschwitz. La lista ha sido bien recibida por historiadores y juristas, que consideran que representa una oportunidad para señalar y perseguir a los perpetradores, pero también ha generado ciertas dudas sobre las motivaciones políticas que esconde.


"Las autoridades polacas están llevando a cabo una política histórica radical, que tanto dentro como fuera del país presenta una visión muy idealizada del pasado nacional", explica el historiador Jan Grabowski. Polaco exiliado durante la dictadura comunista, hijo de un superviviente del Holocausto, profesor de la Universidad de Ottawa (Canadá) y uno de los grandes historiadores del exterminio, Grabowski ha publicado un libro sobre el antisemitismo en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial, Caza de judíos. Traición y asesinato en la Polonia ocupada por los nazis, traducido a varios idiomas y que recibió en 2014 el premio Internacional del Yad Vashem, institución oficial israelí constituida en memoria de las víctimas del Holocausto.

La positiva recepción internacional de su ensayo, sobre todo en Alemania, provocó un aluvión de críticas por parte de la web ultraconservadora Fronda.pl, contra la que ganó una querella por difamación. Ese mismo medio calificó de “antipolaca” la película Ida, ganadora del Oscar en 2015, que también trataba el antisemitismo en la Polonia ocupada por los nazis. Jan T. Gross, profesor de la universidad estadounidense de Princeton y gran pionero en el estudio del antisemitismo polaco con su libro Vecinos, padeció también una ofensiva desde el Gobierno –con amenazas de querellas por parte del fiscal general incluidas– por haber escrito que “los polacos mataron más judíos que alemanes durante la guerra”.

“De acuerdo con un número interminable de declaraciones, conferencias y publicaciones apoyadas por las autoridades polacas, la principal característica de esa sociedad durante el Holocausto fue la ayuda que proporcionaron a sus conciudadanos, judíos perseguidos. Eso es, naturalmente, totalmente falso”, prosigue Grabowski desde Ottawa en una entrevista por correo electrónico. "En Polonia existía muy poca simpatía hacia los judíos que estaban siendo asesinados en masa, y la gente que se arriesgó a ocultarlos se enfrentaba ante todo a una posible denuncia por parte de sus vecinos".

Preguntado sobre si los historiadores que tratan estos asuntos sensibles pueden acabar siendo perseguidos en Polonia, respondió: “Todavía no, pero el Parlamento está tramitando una ley sobre la historia que impondrá penas de hasta tres años de prisión a quienes se atrevan a sostener que la sociedad polaca fue cómplice con la Shoah". Esta norma prevé también la persecución de aquellos que utilicen la expresión "campos de exterminio polacos" en vez de "campos de exterminio nazis en Polonia". Históricamente, no hay duda de que la segunda expresión es la correcta, porque los polacos no tuvieron nada que ver ni con la instalación ni con el funcionamiento de estos campos de la muerte. Sin embargo, el debate no está en torno a lo que ocurrió en los seis campos de exterminio nazis en Polonia –Chelmno, Belzec, Sobibor, Treblinka, Auschwitz-Birkenau (parte del complejo de Auschwitz) y Majdanek–, sino a lo que ocurrió fuera de ellos, que es lo que narran Gross o Grabowski en sus obras.

Cazas de judíos

En Caza de judíos, el historiador asentado en Canadá se basa en documentos de diferentes archivos que recogen procesos en los que se juzgaron casos de crímenes antisemitas durante la ocupación, perpetrados por ciudadanos polacos. Narra también lo que se conoció como Judenjagd, o Cazas de judíos, cometidas casi siempre por polacos, en las que participaron desde bomberos hasta campesinos. Según Grabowski, fueron asesinados así más de 200.000 judíos.

Para muchos observadores, la publicación de la lista de guardias de Auschwitz se enmarca en esta polémica porque la inmensa mayoría de los nombres que aparecen en ella son alemanes. En cambio, según el Instituto Polaco de la Memoria Nacional, el objetivo es señalar a los culpables del peor centro de la muerte del Holocausto, en el que fueron asesinadas 1,1 millones de personas, la inmensa mayoría judíos, y subrayar el fracaso de la justicia internacional en la persecución de los crímenes nazis. "Hemos publicado la lista más amplia y creíble con datos de los SS que trabajaron en Auschwitz, que incluye 8.502 nombres de guardias. Han sido necesarios años de investigación", señalan fuentes del Instituto. “El sistema internacional de justicia ha fracasado en la persecución de los crímenes que se cometieron en Auschwitz. La mayoría de los culpables nunca fueron procesados”.

En cuanto al hecho de que todos los nombres que aparecen en la lista sean alemanes, las mismas fuentes responden: “Todos los guardias de las SS eran alemanes y sus orígenes y familias eran comprobados por una oficina especial, responsable de la pureza racial de las SS en la Alemania nazi".

Efraim Zuroff, uno de los últimos cazadores de nazis, responsable de la oficina en Jerusalén del Centro Simon Wiesenthal, afirma: “En principio, es positivo que se haya difundido la lista, aunque el motivo real es aparentemente político y forma parte de una campaña del Gobierno polaco para enfatizar que Auschwitz era un campo nazi, no polaco, y que no sirvió allí ningún polaco”. Zuroff asegura que, efectivamente, la mayoría de los guardias de Auschwitz eran alemanes, aunque también había Volksdeutsche, personas de origen alemán que vivían en Europa del Este. La lista, recalca, es importante desde un punto de vista penal, porque una legislación alemana reciente decreta que el solo hecho de haber trabajado en un campo de exterminio es un delito en sí, cuando antes había que demostrar que se hubiese participado en crímenes concretos.

En otras palabras, antes había que demostrar con testigos y documentos que habían cometido asesinatos, ahora basta con demostrar que estuvieron en Auschwitz. En cualquier caso, tanto la lista como la polémica llegan muy tarde para los verdugos, la mayoría de los cuales han muerto sin haber sido procesados, y sobre todo para las víctimas de uno de los periodos más negros de la historia de la humanidad, que nunca acaba de cerrarse.

sábado, 29 de abril de 2017

SGM: El nazi (otro más) que vivió en Argentina y murió en Paraguay

La asombrosa historia del criminal nazi que acabó bajo el bisturí de estudiantes de medicina paraguayos
Eduard Roschmann, alias Federico Wegener, vivió en Argentina y murió en Paraguay después de una larga fuga y con un periodista pisándole los talones. El tercer capítulo de los nazis que se escondieron en Sudamérica, en la pluma y el recuerdo de Alfredo Serra
Por Alfredo Serra | Especial para Infobae




Eduard Roschmann, comandante del campo de concentración en la capital de Letonia y responsable de la muerte de 40.000 judíos, terminó en una morgue paraguaya como objeto de estudio de aprendices de medicina

"En los ómnibus que oficiaban como cámaras de gas, Roschmann había ordenado pintar en los vidrios las figuras de seres humanos sonriendo. El que los veía pensaba, tal vez, que era gente feliz camino a su weekend. Pero en ese mismo momento, morían asfixiados adentro". (Frederick Forsyth, testimonio de 1977)

De cuantos sucesos extraños me ha deparado mi oficio, éste es el mayor. En 1972, Forsyth escribió uno de sus grandes best-sellers: "Odessa", basado en la organización del mismo nombre que protegió a criminales nazis del derrotado Tercer Reich. Eligió como protagonista a Eduard Roschmann, un SS que huyó de Alemania sin dejar rastros.


La primera mitad del libro es real: una biografía del SS hasta su desaparición. La segunda, ficción: un periodista lo busca para vengarse porque Roschmann asesinó a su padre. Pero esa segunda parte -la real- es la que yo investigué hasta su muerte siguiendo cada uno de sus pasos. Completé lo que para Forsyth hubiera sido imposible…

Lo que sigue es la exacta verdad.


Eduard Roschmann también fue protagonista de la novela best seller “Odessa”, del británico Frederick Forsyth, y del film del mismo nombre

Casi todos los pasajeros que iban en el ómnibus sonreían. Casi todos. El único gesto hosco, huidizo, era el del hombre del asiento número 23 -izquierda, ventanilla-: un hombre gordo, de cara roja y espeso bigote negro. A las ocho en punto de la noche del 6 de julio de 1977, el ómnibus de la compañía La Internacional -gris, con los colores de la bandera paraguaya pintados a lo largo- salió de Buenos Aires rumbo a Puerto Falcón, a 15 kilómetros de Asunción del Paraguay.

Un cuarto de hora antes, el hombre había llegado en un taxi a la estación terminal, jadeante, y se había desplomado en su asiento. Vestía pantalón negro, saco sport gris muy grueso, camisa blanca, corbata azul, y un sombrero brilloso por el uso y algo echado hacia delante le tapaba la cara. Mientras aseguraba su equipaje, su compañero de asiento bajó la vista: el hombre, a pesar de su sombrero y de su severa ropa, llevaba zapatillas deportivas blancas. Más tarde, en la primera parada, cuando el hombre bajó para tomar un café, su compañero de asiento notó que rengueaba.

A lo largo del viaje, el hombre se mantuvo despierto. Mientras pudo se sumergió en las páginas de un libro escrito en alemán. Cuando el chofer apagó las luces, guardó el libro en uno de los bolsillos de su saco y se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el vidrio, como si quisiera descifrar el paisaje borrado por la noche.

El ómnibus llegó a Puerto Falcón el 7 de julio a las tres de la tarde. Asunción gemía bajo 32 grados y 90 de humedad. Unas nubes oscuras con borde violeta estaban a punto de estallar en diluvio.

El hombre bajó del ómnibus y se mezcló entre la gente, en la ruidosa terminal Brújula: una confusa geografía en la esquina de Presidente Franco y Colón. Adormilado, entró a una de las casas de cambio y metió un billete de 100 dólares por el hueco abierto en el vidrio blindado de la ventanilla. El empleado le dio 11.300 guaraníes.


Eduard Roschmann, “el carnicero de Riga”, vivió en Olivos, Buenos Aires, con documentos argentinos a nombre de Federico Wegener

A las tres y veinte se sentó en una mesa de la Pez Mar, una antigua taberna, y pidió una gaseosa de cualquier marca, "pero bien helada", exigió. Le sirvieron Guaraná, y se la tomó de un golpe. Mientras pagaba le preguntó al mozo si conocía alguna pensión tranquila. El mozo anotó en una servilleta: "Señora Ríos, Iturbe 859".

A las cuatro de la tarde, Juana Echagüe de Ríos, flaca, morena, de 65 años, tomaba tereré en el ancho patio de su pensión de la calle Iturbe, sentada en un sillón de mimbre, cuando un taxi celeste frenó delante de la puerta. El hombre, con el pesado saco colgado del brazo, cruzó el angosto pasillo de entrada y saludó. Juana Echagüe lo miró de arriba abajo: un hábito que después de cuarenta años de oficio le bastaba para aprobar o rechazar al cliente.

-Necesito una pieza. ¿Tiene algo?

-Tengo.

-¿Cuál es el precio?

-Cuatrocientos guaraníes por día con pensión completa.

Aceptó sin mirar siquiera el lugar. Pagó diez días por adelantado. Puso su cédula de identidad en la rugosa mano de la mujer y se hundió en la pieza: un cuadrado de cinco por cinco pintado de rosa furioso, con puerta y ventana verdes, cinco camas de una plaza (una, coronada por un enorme mosquitero), dos roperos que conocieron tiempos mejores y una mesa cubierta por hule deshilachado, albergue de botellas de vino vacías, fruta, remedios y revistas deshojadas.


El hombre no abrió la valija. Colgó el sombrero en un clavo y se tiró en la cama. Sus cuatro compañeros dormían la siesta con los pies desnudos y la cara tapada con revistas. Cuando se despertaron los saludó apenas con un gesto. Los cuatro eran chinos y sólo hablaban chino. Esa noche, mientras devoraba un guiso de fideos en la mesa común, instalada en el patio, se enteró de que los chinos trabajaban como vendedores ambulantes.

En los días que siguieron, Juana Echagüe trató de arrancarle algunas confesiones. Inútil. Se estrelló contra un pétreo silencio. Pero, como una araña en su tela, la dueña de la pensión esperaba su oportunidad. "En algún momento –pensaba–, este hombre me contará su historia". Acaso con la complicidad de la noche, o el café, que tanto le gustaba.


Eduard Roschmann era austríaco y había nacido en 1908. Pero, según el documento argentino, se llamaba Federico Wegener, y era un checo nacido en junio de 1914 (Nazis en las sombras, Atlántida)

Pero el hombre no se rendía. Se levantaba al amanecer. Desayunaba -pan, manteca, dulce, mucho café- y volvía a la miserable pieza. No se levantaba de la cama ni siquiera cuando limpiaban. Respiraba con dificultad y se agitaba por nada. Leía revistas (siempre las mismas), y el libro escrito en alemán. No hablaba por teléfono ni recibía llamadas. Jamás le llegó una carta. Una vez, ella lo sorprendió mientras quemaba en el baño una de las revistas que guardaba debajo del colchón…

A la hora del almuerzo se sentaba, puntual, en la cabecera. Oía la charla de todos, pero no abría la boca. Comía con avidez. Casi con ferocidad. Con el último bocado volvía a la pieza. Salía otra vez para tomar la merienda y esperaba en la cama, alumbrado por una lámpara sin pantalla, las palmadas que anunciaban la comida de la noche. Aceptaba cualquier menú. Luego, vuelta a la cama. No intentaba hablar con los chinos ni los chinos se esforzaban por hablar con él. Vivían juntos. Los unía la promiscuidad. Pero no había entre ellos siquiera una precaria forma de comunicación.

El día número diez, la dueña de la pensión le preguntó a quemarropa qué hacía en Asunción. El hombre le dijo que había ido a visitar a una amiga alemana, pero que no podía encontrarla. Ella advirtió que mentía: nunca había salido de la pensión… Pero aprovechó la brecha para preguntarle algunas cosas más.

El hombre le dijo que nació en Checoslovaquia. Hablaba con fuerte acento alemán y no entendía bien el español. Había que repetirle frases, ya que preguntaba con muletillas: "¿Cómo dice? ¿Dice usted?". También reveló no tener familia y trabajar como empleado. Pero el undécimo día rompió la reclusión.

Salió a las cinco de la tarde y volvió tres horas después con un paquete en la mano. Un pantalón que compró en la casa Monarca, en pleno centro, y que pagó 1.500 guaraníes. Cuando la dueña estaba a punto de darse por vencida empezaron a suceder cosas extrañas.

El día decimoquinto, por la mañana, uno de los chinos abandonó la pensión. Una hora después ocupó la cama libre un uruguayo joven, de pobrísimo aspecto. Al otro día, cuando Juana asomó su cabeza para anunciar que el desayuno estaba servido descubrió que el uruguayo había desaparecido. En ese momento, su enigmático cliente salía del baño.

-Me robó. El uruguayo me robó cinco mil guaraníes y dos camisas.

-Ya mismo llamo a la policía.

-No, por favor. No llame a nadie. No importa.

Ella insistió. Y por primera vez, el hombre perdió la calma.

–¡La policía no! ¡La policía no! ¡Deje todo como está!


El terrible hacinamiento en los campos de concentración. Así dormían los prisioneros judíos del régimen nazi (Archivo)

Tres días más tarde empezó el final de la historia. La noche del 25 de julio comió con brutalidad. Después del postre -dos enormes pedazos de mamón en almíbar- rechazó el café, dijo que estaba muy fatigado y se acostó vestido. A las seis de la mañana del otro día, uno de los chinos se despertó sobresaltado por unos ronquidos.

Saltó de la cama. El hombre estaba violeta. Tenía los ojos abiertos, y su boca dejaba escapar algo parecido a la espuma. Los gritos del chino alertaron a toda la pensión.

Epifanio Ríos, hijo de la dueña, salió a la calle y llamó un taxi. Lo envolvieron en una frazada, lo metieron en el taxi y lo llevaron al Hospital de Clínicas, a unos tres kilómetros del centro. Félix Motta, uno de los médicos residentes, ordenó que lo internaran en la sala B de la primera cátedra de Clínica Médica: un rectángulo de quince por siete casi centenario y recién pintado de verde claro. Lo acostaron en la cama número 16, debajo de una repisa llena de flores de material plástico.

Motta, después de revisarlo, informó que estaba en coma. Sin embargo, no murió. Resistió ese día, el otro, el tercero. Los médicos le hicieron una traqueotomía.

El primer día de agosto se levantó de la cama. El 4 pidió permiso para volver a la pensión y sacar su equipaje. Tomó un taxi en la puerta del hospital, entró en la pensión, hizo su valija en cinco minutos y se despidió de la dueña.

-¿No va a volver?

-No sé. Pero me espera un tratamiento muy largo. No vale la pena que pierda un cliente por guardarme la pieza…

Al otro día, 5 de agosto, la enfermera Mirtha Rodríguez no lo encontró en su cama. Temprano, mezclado entre los otros enfermos y las visitas, bajó por la escalera (la sala B está en el primer piso), atravesó el enorme patio y salió a la calle. Volvió cinco horas después. Le preguntaron adónde había ido, pero se encerró en un terco silencio: como en sus días en la pensión.

El día 10 a las siete de la mañana, la misma enfermera se acercó a la cama 16 con el termómetro en la mano. El hombre tenía los ojos abiertos. El brazo derecho colgaba fuera de la cama. La sábana, retorcida, dejaba sus pies al descubierto. Pies mutilados. Un solo dedo en el derecho y cuatro en el izquierdo.


A Roschmann le faltaba un dedo del izquierdo y tres del derecho, amputados después de su fuga por la nieve tras el suicidio de Hitler (Nazis en las sombras, Atlántida)

Estaba muerto. Hora del final: 0.45. Causa: infarto de miocardio. Cerca de la medianoche del mismo día 10, uno de los secretarios de redacción del diario ABC Color revisaba las últimas pruebas de la edición. Sonó el teléfono. Una voz de una mujer dijo: "Esta mañana murió un hombre en el Hospital de Clínicas, Federico Wegener. Investiguen. Ese hombre es Eduard Roschmann, el criminal de guerra".

Una hora más tarde, la morgue del Hospital de Clínicas se iluminó con el resplandor de los flashes. Federico Wegener, el pensionista silencioso de la calle Iturbe, estaba sobre una gastada mesa de mármol. Su cara, su bigote, las cicatrices de su cuerpo, sus pies mutilados, eran pistas. Pero no definitivas.

Al amanecer del 11 de agosto, el comisario de la primera sección de Asunción revisó todos los papeles del muerto. Entre ellos, una libreta de enrolamiento argentina número 8209470 a nombre de Federico Wegener, nacido el 21 de junio de 1914 en Eger, Sudeti, Checoslovaquia. Y una cédula de identidad argentina, Policía Federal, número 7.550.943, del 9 de noviembre de 1967. Fecha de entrada a la Argentina: 2 de octubre de 1948.

"No es Roschmann. Alguien murió por él", dijo Simón Wiesenthal en su bunker: el Centro de Documentación Judía de Viena. Acababa de recibir un cable con la noticia de la muerte de Federico Wegener. Con esa misma frase empezó, dos horas más tarde, esta conversación telefónica con él.

-Insisto. No es Roschmann. Alguien murió por él. La organización es tan grande que puede disponer de cadáveres de reemplazo. Según mis informantes, Roschmann está en Bolivia.

-Pero hay muchas coincidencias, Wisenthal. Los dedos de los pies cortados, por ejemplo.

-Sí, lo leí en un cable. Eso me confunde. No tengo ese dato.

-Sin embargo, Forsyth asegura que sí. (Nota: un mes antes, el escritor le dijo a una enviada especial que Roschmann perdió los dedos de los pies por congelamiento. A fines del invierno de 1948, mientras lo llevaban detenido de Graz a Dacha, saltó del tren por la ventanilla del baño. Había mucha nieve, y caminó varios kilómetros hasta una población. Se le congelaron los pies. La gangrena obligó a un médico a cortarle los dedos).

-¿Qué archivos consultó Forsyth para lograr sacar esos datos?

-Los archivos británicos.

-Entonces es posible que sea Roschmann. Mi ficha sobre él no es demasiado completa.


Roschmann en la camilla de la morgue de Asunción, Paraguay. Murió en julio de 1977 de un ataque al corazón. Nadie sabía su nombre: era un NN (Nazis en las sombras, Atlántida)

Emilio Wolf es un fiambrero próspero. Su negocio, La Alemana número 1, está en la calle Yegros, centro de Asunción. Cuando vio la fotografía de Wegener en los diarios no pudo reprimir el grito: "Ese hombre es Roschmann! No puedo equivocarme. Si lo hubiera encontrado por la calle, yo mismo lo habría matado!

Ese mismo día lo entrevistó un periodista del ABC Color. Y veinticuatro horas después, siete balas se clavaron en el frente de la fiambrería. Crucé la calle -yo vivía en el hotel de enfrente-.

-¿Qué pasó?

-Lo que tenía que pasar. Ayer, después de la nota en el diario, recibí cuarenta amenazas de muerte. Pero no le tengo miedo ni a un batallón de nazis.

-¿Por qué está tan seguro de que el muerto es Roschmann?

-Estuve en siete campos de concentración. En tres estuvo Roschmann. Pasaron muchos años. Pero cuando alguien te da una paliza todos los días, no te olvidás de él aunque engorde, se quede pelado o se haga cirugía estética. La mirada de su fotografía es la misma del hombre que gozaba castigando a los prisioneros con un látigo de alambre.

Doce del mediodía del sábado 13 en Asunción. Estoy a punto de partir. Bajo la luz agónica de una lámpara, sobre una mesa de mármol, veo por última vez el cadáver de Federico Wegener o Eduardo Roschmann. Afuera, 160 estudiantes del primer curso de Anatomía ríen, hablan, cantan. Salgo. Uno de ellos me pregunta.

-¿Nadie reclamó el cadáver?

-Nadie.

-Qué bien.

-¿Por qué?

-Somos futuros médicos. Necesitamos cadáveres para estudiar, y no tenemos muchos. Podemos usar su cuerpo para las clases prácticas.

En 1944, ese hombre que está tapado con una lona verde sobre una mesa de mármol, mandó a la muerte a 80 mil judíos. Y ahora, mediodía del sábado, es apenas un despojo que espera el bisturí.

Su fuga duró 34 días: su infierno privado. No lo alcanzó el castigo: extradición, juicio, condena, horca. Caso cerrado. Me voy. Lo último que veo y oigo es un grupo de muchachos con guardapolvo blanco celebrando la llegada de un cadáver sin dueño. Como un acto de justicia. Como una sinfonía.

martes, 25 de abril de 2017

Nazismo: La educación y la juventud

La juventud alemana y la educación nazi
Javier Sanz - Historias de la Historia





La juventud comenzó a experimentar una revalorización a comienzos del siglo XX. Hasta entonces, se había tomado como un periodo en tierra de nadie. Se deja de ver a la persona como un niño pero no se le daba un estatus o trabajo de adulto. Sin embargo, a partir de la regulación del acceso al mercado laboral, del establecimiento de un periodo de educación obligatorio, de la creación de ejércitos nacionales y de la regulación del derecho a voto se favoreció el desarrollo de la juventud como un grupo social definido. En Europa en general, y en Alemania en particular, la primera gran oleada de movilización juvenil apareció tras la Gran Guerra, la cual tuvo un especial impacto en los jóvenes: muchos se quedaron huérfanos y asumieron responsabilidades que antes no tenían, numerosas familias quedaron completamente desestructuradas, lo que aumentó el nivel de autonomía de la juventud y, en consecuencia, el acrecentado interés de los grupos políticos en ella.

Durante aquellos años, la programación tanto de actuaciones como de publicaciones o discursos políticos iban a ir dirigidos, en su mayoría, a captar jóvenes desencantados de la posguerra que buscaban nuevos caminos y soluciones. Habían escarmentado y abandonado, casi por completo, los valores sociales tradicionales defendidos por sus mayores que habían sido aplastados por la Primera Guerra Mundial. Esta crisis ideológica y social comenzó a manifestarse a partir de 1919. El descontento juvenil fue aumentando durante el periodo de la República de Weimar debido a las consecuencias del Tratado de Versalles, a la hiperinflación que tuvo lugar entre 1921 y 1924 y a la Gran Depresión económica de 1929, cuya consecuencia más significativa fue el aumento de la tasa de desempleo: de 1.320.000 parados en septiembre de 1929 se pasó a unos 6.000.000 a comienzos de 1932.


Niños alemanes jugando con fajos de marcos

¿Qué más podía pasar? Solo faltaba que se pusiera a llover…y así fue. Las dificultades económicas que atravesaba la sociedad alemana junto a la incertidumbre política y a la baja moral de los adolescentes tuvieron un efecto devastador: la tasa de suicidios entre los estudiantes universitarios era tres veces más alta que la de la población en general. El suicidio pasó a convertirse en un acto extremo de protesta social. En definitiva, los alemanes nacidos entre 1903 y 1915 -que tendrían entre 18 y 30 años cuando Hitler llegó al poder en 1933– estuvieron afectados por problemas psicológicos, políticos, sociales y económicos.

Hitler entró en escena en medio de este panorama de malestar, la situación de inestabilidad que se respiraba en la sociedad facilitó su trabajo. El Führer dio un paso al frente y se presentó como una nueva fuerza y esperanza de cambio para el futuro. Así mismo, la gente joven veía en él un hermano mayor, una figura de referencia en la que confiar. Al César lo que es del César, Hitler tuvo el mérito de saber aprovechar la situación y sacarle el mayor partido posible a lo que estaba sucediendo. Los jóvenes, con su energía, sus ideales e inquietudes, fueron especialmente vulnerables a sus propósitos. Por ello, fueron tomados como pilares fundamentales de la política nacionalsocialista. Antes de llegar al poder, Adolf Hitler ya había dejado muy claro en Mein Kampf cuáles eran sus intenciones respecto a la juventud:

habrá que atender antes que a ninguna otra cosa, a la formación del carácter, al fomento de la fuerza de voluntad […] El Estado debe actuar en la presunción de que un hombre educado, sano de cuerpo, firme de carácter y lleno de confianza en sí mismo es más valioso para la comunidad que el poseedor de una alta cultura pero encanijado y pusilánime
Un alto número de niños y jóvenes fueron cautivados por el sentimiento de comunidad, de fe nacional y de odio racial que profesaba el régimen nazi. Esta nueva educación buscaba dar un mayor énfasis al entrenamiento, la disciplina y el ordenamiento… el sistema escolar fue suplantado por un entrenamiento, a todas luces, militar.



Por supuesto, el factor clave en el moldeamiento de los jóvenes fue el control del sistema educativo. Se creó un instrumento de regulación social para moldear a las juventudes dependiendo del objetivo que en ese momento persiguiera el gobierno. Los nazis estaban tan obsesionados con el control que crearon el Servicio de Patrulla de la Juventud Hitleriana para vigilar y combatir tanto la delincuencia como la mala conducta de los adolescentes. Como vemos utilizaban también a los jóvenes como un mecanismo de control y de guía para con sus iguales. Para Hitler el destino estaba en manos de la sangre de la raza, los jóvenes encontrarían la felicidad plena cuando adquiriesen conciencia de que era la sangre nórdica, única y exclusivamente, la que creaba unión entre los distintos individuos, formando así un sentimiento de comunidad. Este declive del individualismo -propio del siglo XIX- hizo su aparición en la educación.



Los elementos de mayor atracción para el ingreso en las Juventudes Hitlerianas (Hitlerjugend o HJ) fueron la naturaleza autoritaria del régimen nazi, la ideología despiadada de la supervivencia del más fuerte, el uso de armas y uniformes, las altas posibilidades de movilidad social o de estudiar una carrera y de conseguir estabilidad a partir de la educación. Quizás, otro motivo de atracción fue la edad de los dirigentes nazis, la mayoría eran jóvenes, lo que les hacía identificarse con la gente adolescente. Hitler era el mayor, contaba con 44 años en 1933, al frente de las HJ estaba Baldur Von Schirach con apenas 26, Himmler tenía 33 y Goebbels 36. No hay que olvidar que algunas adhesiones fueron obligadas mediante miedos y amenazas.

Con la llegada de Hitler al poder se produjeron cambios en la educación escolar. Las asignaturas de educación física -en la que si sacabas calificaciones bajas suponía la expulsión inmediata de la escuela- historia, alemán y biología -para el estudio de la raza y de la exclusión judía- tendrían mayor importancia. Además, la práctica del boxeo sería obligatoria porque aumentaba la obediencia, la coordinación, la camaradería, el espíritu varonil, la capacidad de autocontrol, una mayor disciplina y un desarrollo del carácter (casi ná). También se organizaban excursiones por la naturaleza para conocer mejor su patria y a los compañeros de otras partes del Reich.



Con el paso del tiempo, la formación intelectual pasó a un segundo plano en beneficio del fortalecimiento del carácter y el aumento de autoestima para los jóvenes. En 1938 el régimen nazi llevó a cabo una reorganización de la educación: ahora las lecciones debían ir dirigidas al desarrollo de la fortaleza, del sacrificio, de la lealtad y del silencio antes que al desarrollo intelectual. El nuevo rol que estaban adquiriendo los jóvenes en Alemania produjo una separación de la familia todavía mayor a la existente hasta 1933. Ahora los hijos debían ser los faros de sus padres, seres inadaptados de la época que estaban viviendo.

Hemos hablado de los alumnos pero ¿qué hay de los profesores? Cuando Hitler llega al poder, el 97% de ellos estaban enrolados en la Unión Nacionalsocialista de Profesores (Nationalsozialistische Lehrerbund). En 1936, el 32% de esta unión pertenecía al partido nazi y el 14% de este último porcentaje pertenecía al cuerpo de la dirección política del partido. En el caso de que los profesores no fueran simpatizantes del ideal nazi podían ser condenados, excluidos de su trabajo o formados para simpatizar con el régimen.



Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial muchos alumnos e integrantes de las juventudes, sobre todo los más competentes y comprometidos, tuvieron que alistarse y combatir. A medida que la guerra avanzaba se iban alistando sin apenas entrenamiento militar, lucharon de manera desigual los últimos meses de la guerra y sufrieron elevadísimas bajas: el 30 de enero de 1945, en la localidad de Gotenhafen, perdieron la vida cerca de 8.000 jóvenes. Parece clara la finalidad del sistema educativo nazi: formar jóvenes para que estuvieran preparados para morir y luchar por la nación. Al final de la guerra, la imagen de la HJ cambió. Pasaron a ser jóvenes desencantados, a sentirse abandonados y comenzaron a realizar actividades más solidarias como la identificación y el enterramiento de cadáveres o la extinción de incendios. Algunos historiadores han llegado a afirmar que Hitler renegaba de la HJ, así como que sus muertes le importaban más bien poco. Sin embargo, dejó escrito en su testamento político lo siguiente: “muero con el corazón feliz, consciente de los incalculables legados y logros de nuestros soldados en el frente, nuestras mujeres en casa, los logros de nuestros campesinos y obreros en su trabajo, únicos en la historia, y de las juventudes que llevan mi nombre”

Si queremos buscar una evidencia más reciente de lo decisiva que fue la educación del régimen nacionalsocialista podemos tomar como referencia un estudio realizado por la Universidad de California entre 1996 y 2006. Se realizaron 5.300 entrevistas a alemanes nacidos entre los años 20 y 30 y se llegó a la conclusión de que la propaganda y el adoctrinamiento tuvo un resultado espectacular, sobre todo, aquel que se centraba en fomentar el odio racial: los jóvenes alemanes nacidos entre esas fechas eran mucho más antisemitas que los nacidos antes o después. ¡Qué sencillo resulta cambiar las creencias e ideales a través de la política!

viernes, 14 de abril de 2017

Argentina: El descubrimiento del criminal SS Walter Kutschmann

La historia del criminal nazi entregado a un periodista por el precio de tres caramelos
Walter Kutschmann fue otro asesino SS refugiado y protegido en la Argentina. Pero en 1975 alguien interrumpió con un grito sus días entre Wagner, rosas y ovejeros alemanes. Una segunda entrega de los criminales nazis escondidos en Sudamérica en primera persona, escrita y vivida por Alfredo Serra
Por Alfredo Serra | Infobae




En la Alemania nazi a Walter Kutschmann le decían “el carnicero de Riga”.  Aquí ya en su estadía segura en Buenos Aires, primero en CABA y  luego en Miramar, provincia de Buenos Aires. Allí,  todos lo consideraban “un buen vecino”.

"¿Un peso, dice? ¿Un peso moneda nacional?". Y dijo que sí.

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Wulencka, Ucrania, 28 de abril de 1941. Un brumoso sol de primavera ilumina la verde colina. Temblando, veinte profesores polacos judíos y sus familias, arrancados de su patria, esperan la muerte.

El pelotón de fusilamiento, rígido, en posición de firme, sugiere una línea de Federico García Lorca sobre la Guardia Civil en los criminales días del Generalísimo Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España por la gracia de Dios. Título que apenas agitaba su helada sangre de serpiente.

Pero el ejecutor, el amo de los verdugos, camina de un lado a otro: sabe que el suspenso aumenta el terror. Es alto, marcial en el uniforme negro de Schutz-Staffel (S.S.), y ha llegado su gran momento: la Bluttorden, la orden de sangre, que lo hará por mil años, como ha prometido el fracasado pintor austríaco Adolf Hitler, glorioso e inmortal.

Por fin, antes de que el barro mancille sus altas y relucientes botas, negras también, ordena fuego. Luego, como quien cuenta reses sacrificadas, hace el inventario: sesenta cadáveres, contando mujeres y niños. Misión cumplida.


Hitler y sus acólitos hacia 1934. En el círculo, Walter Kutschmann, quien tras la guerra se ocultó y vivió en la ciudad de Miramar, provincia de Buenos Aires.

"El Fürher sabrá agradecerlo", piensa. Walter Kutschmann tiene 27 años. Es el miembro 404.651 del Partido Nazi, y su doble S lo entroniza como cuerpo de élite. No es un cualquiera, y ése no será su último crimen.

En el invierno de 1945, el sueño del milenio nazi ha terminado. La ciudad de Dresden parece arrasada por un terremoto. Berlín, un aquelarre. De Hitler y su mujer, Eva Braun, sólo quedan cenizas, incinerados -su última voluntad- después de suicidarse. Pero él, Walter Kutschmann, ha sobrevivido, eludiendo las balas aliadas y sin atreverse a morder la cápsula de cianuro: el rápido final urdido por Hitler para sus monstruos ante el derrumbe del Tercer Reich.

Busca, como tantos, y gracias a los pasaportes argentinos en blanco derramados por el peronismo, el más seguro de los refugios: Buenos Aires. Se emplea en una empresa alemana: Osram. Ocupa un escritorio en el segundo piso de Bernardo de Irigoyen 330, y pasa largos y grises años controlando la calidad y el precio de lámparas eléctricas, filamentos de tungsteno, vidrios y cajas de cartón. Un refugio perfecto para esfumarse y eludir la mano implacable del cazador de criminales nazis, Simon Wiesenthal.

Desde luego, ya no se llama Walter Kutschmann. Sus tarjetas dicen "Peter R. Olmo", y para sus compañeros es simplemente "Don Pedro". La letra R significa "Ricardo". Nadie, hasta 1975, lo reclama. En rigor, apenas existe más allá de su oficina y de las varias casas que cada tanto alquila en algunos barrios porteños para borrar aun más sus huellas.


Nazis en Argentina: Klaus Altmann, sanguinario comandante SS; Walter Kutschmann, oficial a cargo de un grupo de exterminio; Eduard Roschmann ordenó ejecutar a miles de judíos

Pero un día entre sus serenos días de Wagner, rosas y perros fieles, sólo habitados por los fantasmas del ayer, la larga y paciente mano del cazador, el hombre que sobrevivió a once campos de concentración, lo delata. Se abre una investigación de fórmula: el país que lo amparó, como a tantos, sigue siendo cómplice. La empresa Osram lo separa "hasta que su identidad sea aclarada". Y Kutschman desaparece.

Allí se inicia mi investigación, en dónde no sólo pongo en juego mi largo oficio; sino también -y en especial- mi convicción moral de castigo a La Bestia. Los primeros treinta días sólo suman fracasos. El fantasma, como tal, es inasible. Pero una tarde de verano, ya listo para dejar la redacción, alguien se anuncia en la portería y pregunta por mí bajo un nombre que desconozco y un argumento tentador: "Tengo una información que puede interesarle".  Lo recibo. Tiene unos 35 años. Está muy bien vestido: impecable traje beige y corbata.

-Soy un industrial textil de Junín. He leído algunas de sus notas, y sé que anda detrás de Kutschmann.

–Es cierto.

-No creo que lo encuentre. Está bien encaminado, pero le faltan datos clave. Y yo los tengo…

–Lo escucho.

-No todavía. Eso tiene un precio.

–Lo siento, pero no estoy autorizado a comprar información. Soy un simple redactor, y a esta hora no hay en la editorial un jefe a quien consultar.

-No se preocupe. La suma que quiero no es alta.

–Pero aun así…

-Yo quiero un peso.

–¿Un peso moneda nacional?

-Sí. Un peso.

Busco en uno de mis bolsillos y le doy un peso. Total, si se trata de un delirante, poco pierdo…

-No. Quiero que me lo paguen en la caja, y a cambio de un recibo. Una operación en regla.

Miro el reloj. Son las seis menos cuarto de la tarde, y la caja de la editorial Atlántida cierra a las seis. Bajamos un piso al trote: edificio antiguo, muchos escalones. Le explico el problema al cajero, no menos asombrado que yo. Pero la operación se cumple. Recibe la ridícula suma, firma un recibo con un nombre seguramente falso, y recién entonces escribe en mi libreta de apuntes dos datos esenciales.


Kutschmann fue fotografiado por primera vez en 1975. El periodista Alfredo Serra lo descubrió en Miramar. Confesó su identidad, pero siguió libre muchos años más.

Yo tenía una pista: el criminal de guerra vivía en Miramar. Pero "el industrial textil de Junín" -posiblemente un service judío que por alguna razón no podía o no debía actuar- describió el edificio costero… ¡y el auto del personaje! Un Mercedes Benz de la década del 50, gris. Acaso el único de Miramar. Al irse me dijo: "Si lo encuentra, tenga cuidado. Le va a tirar los perros encima. Los secuaces que lo protegen también son asesinos fugitivos".

Esa misma noche, con el fotógrafo Ricardo Alfieri (h), me embarco en un ómnibus. Destino: Miramar. Nos alojamos en un hotelucho como simples turistas.

Al alba del otro día, desde un taxi, montamos guardia esperando al auto y al hombre. Y la taba grita "¡Suerte!". Algo después de las once de la mañana vemos el auto. A lo lejos, pero inconfundible. Con su teleobjetivo, Alfieri lee la chapa: C465177. Avanza a baja velocidad. Frena a veinte metros de nuestro mangrullo.

Baja. Pantalón gris, camisa leñadora a cuadros marrones y amarillos, canoso, gruesos lentes, zapatillas deportivas, una bolsa de feria en la mano derecha. Camina hasta un sencillo edificio de tres pisos, con la llave en la otra mano. Antes de que la haga girar, salgo del auto, corro a zancadas, y le grito a sus espaldas: "¡Kutschmann!".

Salta como si hubiera pisado una serpiente.

-¿Quién es usted? ¡Yo no soy ese hombre! Me llamo Pedro Ricardo Olmo.

–Soy Alfredo Serra, periodista. Y usted es Walter Kutschmann. Ya es tarde para negarlo.

-¡Usted! ¡Usted es el hombre que destruyó mi vida con las notas que publicó!

–Según Simon Wiesenthal, usted destruyó muchas más. ¿Se acuerda de las colinas de Wulencka? ¿Se acuerda de que lo llamaban "el carnicero de Riga"? Hable…

-No puedo hablar. No quiero publicidad. Vuelva en marzo, cuando mis abogados ya hayan completado el alegato de mi defensa, y lo recibiré.

–Para mí, marzo es la eternidad.

-Si hablo, usted me entrega a mis asesinos. Pero de todas maneras, soy un hombre muerto…

Por fin, entre altivo y vencido, acepta el diálogo. Lentamente bajamos a la playa. Para entonces, la cámara de Alfieri lo ha capturado en más de veinte tomas: el fantasma tiene cara y cuerpo. La entrevista es previsible: preguntas directas, respuestas esquivas.

–¿Cómo entró al país? ¿Quién le dio el pasaporte? ¿Quién lo protege?

-Etcétera.

De pronto, aterida -desmintiendo a enero, la mañana es gélida-, al borde de la histeria, llega su mujer: "Dígale a los asesinos que vengan con dos balas. Una para mí y otra para él", dice, abrazándolo.


La mujer de Kutschmann, Gerlada de Olmo, interrumpió la entrevista de Serra en Miramar

Insisto.

–¿Niega sus crímenes, Kutschmann?

-Aquello era una guerra. Cumplí órdenes. Pero no tuve nada que ver con las cámaras de gas ni con las matanzas de judíos.

–Es curioso. Hace tres años, en Bolivia, Klaus Altmann, Barbie, me dijo lo mismo…

No quiso hablar más y remontó la playa hacia su departamento del tercer piso, fumando el enésimo cigarrillo, que prendía con un encendedor de plata.

Recordé aquello de los perros. Corrimos al hotel, pagamos, y en la ruta, a dedo, nos zambullimos en un ómnibus que iba a Mar del Plata. Era enero de 1975. Publicamos la entrevista, las fotos, el paradero, todas las señales. Pero recién… ¡en noviembre de 1985, en Florida, provincia de Buenos Aires, agentes de Interpol lo capturaron!

Empezó una larga serie de chicanas legales para impedir su extradición y su segura condena. Pero antes, la muerte cerró el capítulo. Su corazón claudicó el 30 de agosto de 1986 en el Hospital Fernández. La policía argentina, a pesar del grueso expediente de denuncia, jamás se dio por enterada.

En aquella tarde de verano, cuando sucedió la enigmática negociación, con un peso moneda nacional apenas era posible comprar tres caramelos.