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lunes, 13 de febrero de 2017

Chile: Calaña y resentimiento hacia San Martín

A 200 años del Cruce de Los Andes, Chile no reconoce aún a San Martín como su Libertador
En la escuela, su gesta es apenas una frase -“pasó la cordillera”- y la batalla de Chacabuco la condujo O’Higgins, mientras que el general argentino fue sólo un colaborador. No falta quien lo acuse de haber “invadido” Chile
Por Claudia Peiró - Infobae


La batalla de Chacabuco. Litografía del artista francés Théodore Géricault


Edwards Gajardo vive en Argentina desde el año 2009, es periodista y trabaja en la web de noticias Mendoza on Line. Hace unos años escribió allí un artículo con el título "San Martín libertador de Chile: una parte de la historia que allá nadie me contó", en el que relataba cómo recién al llegar a nuestro país tomó conocimiento de la magnitud de la expedición libertadora organizada por el general argentino, cuya figura, dice, "está (en Chile) debajo de la de (los chilenos) Bernardo O'Higgins, José Miguel Carrera o Manuel Rodríguez".



"En la historia de Chile la figura del general José de San Martín no es destacada como la de un libertador -escribió Gajardo en aquella ocasión- y sólo se resalta su relación con Bernardo O'Higgins, como un gran aliado y amigo, pero muy lejos de la imagen de prócer que tiene en la Argentina".


"Cuando vas a la escuela, te hablan de O'Higgins como el libertador y de San Martín como una especie de colaborador y te dicen que la batalla de Chacabuco la condujo O'Higgins", afirma Gajardo en charla con Infobae.


La Batalla de Chacabuco tuvo lugar el 12 de febrero de 1817


Aclara sin embargo que hay una excepción a este "ninguneo": el ejército chileno, el sector que más rescata el rol de San Martín y estudia su gesta. "En esos círculos es muy valorado", afirma.

"Pero San Martín no aparece en las monedas, ni en las plazas, ni en monumentos; la calle principal de Chile, que todos conocen como Alameda, se llama Libertador Bernardo O'Higgins", dice Gajardo.

La televisión chilena copió el formato de la serie que aquí hicieron Mario Pergolini y Felipe Pigna. En el breve extracto que sigue de "Algo habrán hecho por la historia de Chile", puede apreciarse la parcialidad con la que se refieren a la batalla cuyo bicentenario se conmemora este 12 de febrero y que fue la exitosa coronación de un Cruce de la Cordillera por el Ejército de San Martín, que el gobernador realista de Chile, Casimiro Marcó del Pont, no esperaba porque lo consideraba imposible.

No debe culparse a Bernardo O'Higgins por esto. Sucedió a pesar suyo y tras su muerte, ya que en vida, como a su amigo San Martín, le pagaron con el derrocamiento y el exilio. Este héroe chileno, de origen irlandés, siempre reconoció a San Martín como su jefe y la amistad entre ambos sólo la interrumpió la muerte.

Pero uno de los motivos de esta malversación histórica es la larga querella que enfrentó a los dos líderes independentistas de Chile, José Miguel Carrera y Bernardo O'Higgins. El cliché dice que el primero era republicano y el otro conservador; que uno quería una "revolución nacional chilena", mientras que el otro se subordinaba a los intereses porteños. Lo cierto es que, cuando los chilenos llegaron a Mendoza, tras ser derrotado el primer gobierno patrio en Rancagua por los realistas, San Martín se entendió de inmediato con O'Higgins y lo privilegió entre los demás jefes. No se equivocó. Carrera era demasiado vanidoso como para subordinársele. Y cuando San Martín y O'Higgins liberaron Chile ésa no fue para él una buena noticia, y no dudó en conspirar -incluso con el extranjero- para derrocar al nuevo gobierno independiente.

El Cruce de Los Andes no es estudiado en la escuela chilena, sí en el ámbito militar

"O'Higgins comulgaba con San Martín y estaba contra los Carrera. Muchos en Chile ven a San Martín como el hombre que mató a los hermanos Carrera", señala Gajardo, como uno de los motivos de la desconsideración hacia su figura. Se trata de otra tergiversación, ya que esos fusilamientos -fruto del exceso de celo de algunos funcionarios cuyanos- ocurrieron en ausencia de San Martín que incluso intentó impedirlos.

En los años 90 y 2000, cuenta Gajardo, la televisión chilena emitió una serie, "Héroes", tendiente a mostrar a los próceres con un rostro más humano. San Martín no está en la lista; aparece sólo como personaje secundario. "Las últimas generaciones se quedan con esa historia, despreciativa hacia O'Higgins, el 'guacho Riquelme', le dicen por ejemplo, usando el apellido de su madre y en alusión a su condición de bastardo", comenta Edwards Gajardo.

Recientemente también apareció un libro, que es best seller, La historia oculta de Chile, de Jorge Baradit, que llega a decir que, "técnicamente, San Martín invadió Chile" (ver video al pie de esta nota). 

Desde Francia, en correspondencia privada con amigos, alguna vez el Libertador comentó que el primer país que le mostró reconocimiento y gratitud fue Perú, paradójicamente, decía, el que menos le debía, dado que de allí se marchó sin poder completar su misión. Argentina, en cambio, se tomó su tiempo para empezar a poner las cosas en su lugar. Recién en tiempos de Rosas, la legislatura bonaerense empezó a rendirle homenaje anualmente. En Chile, el prestigio de San Martín siguió siendo víctima indirecta de la querella que todavía se proyecta hoy sobre los debates entre carreristas y o'higginistas, aunque el país trasandino, como lo señaló nuestro embajador allá, José Octavio Bordón, ha saldado esa querella mediante una póstuma reconciliación entre los dos próceres, poniendolos en un mismo plano.

Queda pendiente reconocer el papel de ideólogo y jefe de la expedición libertadora que desempeñó San Martín y de conductor de las dos batallas que le dieron la independencia a Chile. En Chacabuco, O'Higgins comandaba uno de los dos cuerpos en los que dividió San Martín su ejército. El otro lo dirigía Miguel Estanislao Soler, también relegado en el recuerdo. El general argentino condujo una batalla cuya suerte O'Higgins, por temerario, casi compromete, al lanzar el ataque prematuramente sin dar tiempo a Soler para completar la maniobra envolvente que debía realizar para caer sobre el flanco enemigo mientras el brigadier chileno atacaba de frente. Este contratiempo obligó a San Martín a intervenir personalmente en la batalla con la caballería. De hecho, esa fue la última vez que desenvainó el sable en un campo de batalla y la escena que inspiró la estatua ecuestre en la cual apunta con el dedo hacia adelante que hoy nos es tan familiar.   

Jorge Baradit, historiador mediático, efectista y por momentos de escasísimo rigor histórico, ha hecho sin embargo un aporte, como puede verse en el video a continuación. Pasemos por alto las flagrantes contradicciones en que incurre, como decir que San Martín invadió Chile -olvidando que estaba en manos de los realistas- o que en Chacabuco derrotó al ejército "chileno" (sic), cuando se trataba de tropas realistas, y segundos después sostener que, gracias a que San Martín cruzó Los Andes se salvó toda América.

Rescatemos en cambio el hecho de que Baradit dedica buena parte de su intervención a exaltar la gesta del cruce de Los Andes, reconociendo que en la escuela chilena no le consagran ni 5 minutos al tema, pese a que la campaña de San Martín -dice Baradit- se equipara a otras hazañas militares como el desembarco en Normandía o el cruce de los Alpes por Aníbal. Es un aporte innegable y un primer paso hacia una mayor justicia histórica con San Martín.

miércoles, 17 de agosto de 2016

San Martín: Observaciones del más grande de los argentinos

Qué decían sobre San Martín quienes lo conocieron y trataron
Amigos, subordinados y agentes extranjeros han dejado testimonio de su trato con el Libertador en diferentes circunstancias de su vida. Aquí un retrato del “Aníbal de los Andes” a través de esos recuerdos


El General José de San Martín

Los extractos de testimonios que se reproducen aquí fueron compilados en su mayoría por José Luis Busaniche en el libro –lamentablemente agotado- San Martín visto por sus contemporáneos. El informe de Bowles al Almirantazgo británico fue publicado por Ricardo Piccirilli en San Martín y la política de los pueblos (Ed. Cure, 1957).


Informe al Almirantazgo británico del Comodoro William Bowles, comandante en jefe de la estación sudamericana de la Armada Real (año 1818)

Quizás no carezca de interés si concluyo este despacho con un pequeño boceto de la persona que ha sido su principal sujeto y que ciertamente no tiene igual al presente, en esta parte de América del Sur, sea por su influencia o por su talento. […]

El general San Martín tiene como cuarenta y cinco años; alto, reciamente constituido, de tez obscura y notable porte. Es perfecta su buena crianza y extremadamente placentero en sus modales y conversación. Su modo de vida es en sumo grado simple y austero y raramente se sienta siquiera a la mesa, comiendo en pocos minutos cualquier vianda que acontece estar lista cuando se siente con hambre. Se dedica laboriosamente a los asuntos, no tolerando que nada escape a su personal atención y llevando toda la correspondencia oficial sin ayuda de terceros.

 Desdeña el dinero, aunque si sus miras hubieran sido interesadas o personales, hubiese podido fácilmente amasar una voluminosa fortuna
Su única diversión es la práctica de tiro; de lo cual se paga mucho, declarando siempre su intención de retirarse de los negocios públicos en cuanto se concluya la guerra. Desdeña el dinero, y creo que está muy poco más rico que cuando yo vine a este país, aunque, si sus miras hubieran sido interesadas o personales, hubiese podido fácilmente amasar una voluminosa fortuna desde su entrada a Chile. Es ilustrado, lee mucho y posee mucha información general. Su concepción política es amplia y liberal, y lo es particularmente respecto del comercio, que entiende bien (…)

San Martín es extremadamente bien querido por todas las clases de su ejército, como que, con ser rigurosa su disciplina, sabe conciliar su respeto así como obtener su obediencia. […] Su salud es mala y está sujeto a violentas hemorragias pulmonares, lo que es consecuencia de una caída del caballo hace algunos años. Sólo es de esperar que la pacificación de este país tenga efecto antes de que pierda el único hombre en cuya integridad y desinterés se puede depositar confianza y cuya muerte sería seguida probablemente por nuevas escenas de anarquía y confusión.[…]


Testimonio del Capitán Basilio Hall, "viajero" inglés, probablemente espía (año 1920)

 Nunca he visto persona cuyo trato seductor fuese más irresistible
A primera vista había poco que llamara la atención en su aspecto, pero cuando se puso de pie y empezó a hablar, su superioridad fue evidente. Es hombre hermoso, alto, erguido, bien proporcionado. Es sumamente cortés y sencillo, sin afectación en sus maneras, excesivamente cordial e insinuante y poseído evidentemente de gran bondad de carácter; en suma, nunca he visto persona cuyo trato seductor fuese más irresistible. En la conversación abordaba inmediatamente los tópicos sustanciales, desdeñando perder el tiempo en detalles; (…) mostraba admirables recursos en la argumentación… pero su manera tranquila era no menos sorprendente y reveladora de una inteligencia poco común.


Retrato de San Martín, por Samuel Haigh, viajero inglés  (año 1817)

 Me impresionó mucho el aspecto de este Aníbal de Los Andes
Esa noche  [N. de la E.: de mayo de 1817, en Santiago de Chile, durante un agasajo al comodoro Bowles, de la armada inglesa, cuya fragata estaba anclada en Valparaíso] fui presentado al general San Martín por míster Ricardo Price y me impresionó mucho el aspecto de este Aníbal de Los Andes. Es de elevada estatura y bien formado, y todo su aspecto sumamente militar: su semblante es muy expresivo, color aceitunado obscuro, cabello negro, y grandes patillas sin bigote; sus ojos grandes y negros tienen un fuego y animación que se harían notables en cualesquiera circunstancias. Es muy caballeresco en su porte, y cuando le vi conversaba con la mayor soltura y afabilidad con los que le rodeaban; me recibió con mucha cordialidad, pues es muy partidario de la nación inglesa.  (…)

Muchos de mis compatriotas estaban en el ejército patriota y entre los presentes a la reunión se contaban el capitán O'Brien y los tenientes Bownes y Lebas; estos habían estado en la batalla de Chacabuco.  [Extractado de Bosquejos de Buenos Aires , Chile y el Perú]


San Martín visto por un agente norteamericano –  W.G.D. Worthington (envía un informe a su Ministro en Washington; este documento se encuentra en los archivos de la diplomacia estadounidense)

San Martín es una personalidad sobre la cual es necesario que usted tenga todos los datos que estoy en condiciones de hacerle conocer, aunque no sean muy prolijos y nada parecido a una biografía regular. Sin embargo, trataré de esbozar algunos de sus rasgos más salientes. Es nativo de la región del Virreinato de Buenos Aires colonizada en forma tan original por los jesuitas y que se llama el territorio de Misiones. San Martín vio la luz en un pueblo denominado Yapeyú. Tiene, según creo, 39 años; es hombre muy bien proporcionado, ni muy robusto ni tampoco delgado, más bien enjuto; su estatura es de casi seis pies, cutis muy amarillento, pelo negro y recio, ojos también negros, vivos, inquietos y penetrantes, nariz aquilina; el mentón y la boca, cuando sonríe, adquieren una expresión singularmente simpática. Tiene maneras distinguidas y cultas y la réplica tan viva como el pensamiento.



 Es sencillo y enemigo de la ostentación en el vestir, y no le tienta la pompa ni el fausto
Es valiente, desprendido en cuestiones de dinero, sobrio en el comer y el beber (…). Es sencillo y enemigo de la ostentación en el vestir, decididamente retraído y no le tienta la pompa ni el fausto. Aunque un tanto receloso y suspicaz, creo que esta personalidad sobrepasa las circunstancias de tiempo en que le ha tocado actuar y las personalidades con quienes colabora. Habla francés y español y fue ayudante del Marqués de la Solana en la guerra peninsular. (…)

Confía mucho, según creo, en sus cualidades de estratego como militar y en su sagacidad y fineza en materia de partidos y de política; sin embargo parece haber encontrado en sus cualidades militares los mejores y más eficaces medios para seguir adelante. Me temo que si lo hacen Director, en Buenos Aires no tardará en descubrir algún complot y si ocupa el sillón de gobernante aunque sea por un año, su salud, lo mismo que su fama, sufrirán mucho, si no resultan destruidas para siempre. Cuando se concentra demasiado en asuntos políticos y diplomáticos, suele sufrir hemorragia de los pulmones y es de natural predispuesto a la melancolía, con alguna sombra de superstición. (…)

Mi primera entrevista con él tuvo lugar después del desastre de Talca (Cancha Rayada). Me pareció que lo había conmovido mucho, pero lo soportaba como un hombre. (…)

Vi a San Martín después de la batalla de Maipú, porque estuve por la noche a congratular al Director (Bernardo de O'Higgins). San Martín estaba sentado a su derecha. Me pareció despreocupado y tranquilo. Vestía un sencillo levitón azul. Al felicitarlo muy particularmente por el reciente suceso, sonriendo con modestia, me contestó: -Es la suerte de la guerra, nada más.

 Lo considero el hombre más grande de los que he visto en la América del Sur
Acompaño a Usted la proclama que dio después de la derrota de Cancha Rayada; me parece que es una muestra de sinceridad, no diferente al reconocimiento que hizo Napoleón de su desastre en la Campaña de Rusia. (…)

Con lo que dejo escrito estará usted en condiciones de formar una opinión sobre el Héroe de los Andes, a quien considero el hombre más grande de los que he visto en la América del Sur; creo que, de haber nacido entre nosotros, se hubiera distinguido entre los republicanos; creo también que, si se dirige al Perú, habrá de emanciparlo y que será el jefe de la Gran Confederación.



Retrato físico y moral del general San Martín, por Jerónimo Espejo (subordinado del Libertador en las campañas de Chile y Perú)
El general San Martín era de una estatura más que regular; su color, moreno, tostado por las intemperies; nariz aguileña, grande y curva; ojos negros grandes y pestañas largas; su mirada era vivísima; ni un solo momento estaban quietos aquellos ojos; era una vibración continua la de aquella vista de águila: recorría cuanto le rodeaba con la velocidad del rayo, y hacía un rápido examen de las personas, sin que se le escaparan aún los pormenores más menudos. Este conjunto era armonizado por cierto aire risueño, que le captaba muchas simpatías. El grueso de su cuerpo era proporcional a su estatura, y además muy derecho, garboso, de pecho saliente; tenía cierta estructura que revelaba al hombre robusto, al soldado de campaña. Su cabeza no era grande, más bien era pequeña, pero bien formada; sus orejas medianas, redondas y asentadas a la cabeza; esta figura se descubría por entero por el poco pelo que usaba, negro, lacio, corto y peinado a la izquierda, como lo llevaban todos los patriotas de los primeros tiempos de la revolución.

 Su trato era fácil, franco y sin afectación. Jamás se le escapaba una palabra descomedida o que pudiese humillar
Su boca era pequeña: sus labios algo acarminados, con una dentadura blanca y pareja; (…) Lo más pronunciado de su rostro eran unas cejas arqueadas, renegridas y bien pobladas. (…)

Su voz era entonada, de un timbre claro y varonil, pero suave y penetrante, y su pronunciación precisa y cadenciosa. Hablaba muy bien el español y también el francés (dice Pueyrredón) aunque con un si es no es de balbuciente. Cuando hablaba, era siempre con atractiva afabilidad, aun en los casos en que tuviera que revestirse de autoridad. Su trato era fácil, franco y sin afectación, pero siempre dejándose percibir ese espíritu de superioridad que ha guiado todas las acciones de su vida. Tanto en sus conversaciones familiares cuanto en los casos de corrección, cargo o reconversión a cualquier subalterno suyo, jamás se le escapaba una palabra descomedida o que pudiese humillar el amor propio individual; elegía siempre el estilo persuasivo aunque con frases enérgicas, de lo que resultaba que el oficial salía de su presencia convencido y satisfecho y con un grado más de afección hacia su persona.

 Como político, era observador, creador, administrador. De una laboriosidad infatigable, y popular en sumo grado
Jamás prometía alguna cosa que no cumpliera con exactitud y religiosidad. Su palabra era sagrada. Así todos, jefes, oficiales y tropa, teníamos una fe ciega en sus promesas. (…)

El general San Martín era de una inteligencia perspicaz, discreta y privilegiada. Como militar era tan diestro como experimentado en el servicio de campaña: estratégico como pocos; matemático hasta para las trivialidades; y previsor sin igual. (…) Como político, era observador, creador, administrador, con una pureza y tacto exquisitos. De una laboriosidad infatigable, y popular en sumo grado. Estas eran las cualidades que lo hacían apto para el mando.


viernes, 17 de junio de 2016

Radiografía de la batalla de Chacabuco

Cómo fue la batalla de Chacabuco, por la que el mundo conoció a San Martín
Estaba cuidadosamente planeada, pero las cosas no salieron según lo previsto. El jefe del Ejército de Los Andes debió improvisar sobre la marcha y hasta involucrarse él mismo en el combate
Infobae


Pese a la habitual parquedad de San Martín cuando tomaba la pluma, se lo nota orgulloso y exultante en la comunicación que envía a Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas después de Chacabuco, el 22 de febrero de 1817: "... el eco del Patriotismo resuena por todas partes a un tiempo mismo, y al Ejército de los Andes queda para siempre la gloria de decir: en 24 días hemos hecho la Campaña, pasamos las Cordilleras más elevadas del globo, concluimos con los tiranos y dimos la Libertad a Chile".

Diez días antes, el 12 de febrero, había tenido lugar la batalla de Chacabuco, que sería la coronación de una operación audaz por su concepción y brillantemente ejecutada: el cruce de Los Andes por el ejército que San Martín venía organizando y entrenando en la gobernación de Cuyo desde hacía tres años. Derrotados en Rancagua, los patriotas chilenos habían pasado a Mendoza. Entre ellos, Bernardo O'Higgins y Ramón Freire ayudaron a San Martín a organizar el Ejército de Los Andes y se pusieron bajo su mando.

La sorpresa era un factor fundamental para un ejército patriota que disponía de menos hombres y armas que el realista. Las tropas de San Martín habían cruzado divididas, por tres pasos diferentes, algo que les fue hábilmente ocultado a los realistas. El gobernador de Chile, Casimiro Marcó del Pont, no tenía un plan claro de defensa; la llegada del Ejército de los Andes lo sorprendió con la tropa dispersa, algo a lo que lo había forzado San Martín al multiplicar los cruces. Además de los tres principales, hubo cuatro secundarios, dos al norte y dos al sur. La operación estuvo tan bien coordinada que, pese a su complejidad, la altura de la cordillera a atravesar y la extensión de los cruces en un frente de unos 800 kilómetros, las tropas patriotas llegaron casi todas al mismo tiempo a Chile, entre los días 6 y 7 de febrero.


El cruce de los Andes

Luego de varios combates menores, los patriotas estaban dominando el norte de Chile, por donde había pasado el grueso del ejército.

San Martín prepara entonces el enfrentamiento decisivo en la cuesta de Chacabuco, a 50 kilómetros al norte de la ciudad de Santiago. Para ello concentra sus tropas en Curimón.

Marcó del Pont designa al brigadier Rafael Maroto para enfrentar a los patriotas y detener su avance, defendiendo la Capital. Tendrá 2500 hombres a su mando: una compañía de húsares y varios batallones de Infantería..

San Martín por su parte disponía de 3500. Los patriotas se dividen en dos columnas, dirigidas por Miguel Estanislao Soler y por Bernardo O'Higgins, integradas por los Batallones nº1 de Cazadores de los Andes y nº11 de infantería, con el apoyo de los batallones 7 y 8 de Infantería, y 4 escuadrones de Granaderos a Caballo.

Los realistas fijan campamento en la víspera de la batalla en las casas de la hacienda de Chacabuco.

El plan del jefe del Ejército de los Andes era que una de las columnas atacara de frente a los realistas, para fijarlos –"aferrarlos", en lenguaje militar- en el terreno, para dar tiempo a la otra columna a avanzar dando un rodeo y atacarlos por el flanco y la retaguardia en un movimiento envolvente. Una táctica napoleónica que San Martín había tenido tiempo y oportunidad de estudiar muy bien. El mapa que acompaña esta nota muestra el escenario y los movimientos planeados.


El plan de batalla de San Martín

San Martín envía a O'Higgins al frente de la división menos numerosa, por el camino más corto y más escarpado –la cuesta vieja-, para atacar a las fuerzas realistas que él cree están aun en las casas de Chacabuco. Soler, mientras tanto, marcha con su división hacia el mismo lugar pero por el camino más largo (llamado cuesta nueva), para aparecer por el flanco y decidir la suerte de la batalla. Por eso O'Higgins debía demorar el combate hasta la llegada de Soler.

"El general O'Higgins –escribe Carlos A. Pueyrredón en La Campaña de los Andes-, al divisar a las tropas opresoras de su Patria, no pudo contenerse, e impulsado por su valor legendario se lanzó a la carga, resuelta e imprudentemente, contrariando las instrucciones de San Martín de esperar a la División Soler, para iniciar juntos el combate".

En este punto, hay cierto debate entre los historiadores. Algunos señalan que, habiendo San Martín dado la orden de no atacar hasta la llegada de Soler, que debía rodear el cerro, el apresuramiento de O'Higgins –inspirado en su arrojo, virtud en la cual todos coinciden- comprometió la estrategia del Libertador y lo obligó a intervenir. Cabe señalar que la primera carga de O'Higgins contra los realistas había fracasado y el jefe chileno se había visto forzado a retroceder.

Otros señalan que, en realidad, como el ejército realista marchó cuesta arriba –no se quedó en las casas de Chacabuco- al avanzar O'Higgins según lo previsto para posicionarse con el fin de atacarlos de frente, se encuentra de pronto con que las fuerzas de Maroto están a una distancia mucho menor de la que se esperaba. Por eso la batalla se empeña antes de lo previsto.



Fue ese el momento en que O'Higgins, desenvainando el sable, gritó: "¡Vivir con honor o morir con gloria, el que sea valiente que me siga!" y cargó contra el enemigo.

Según el historiador Isidoro Jorge Ruiz Moreno, San Martín consideraba a O'Higgins "valiente hasta la temeridad", pero "le criticaba la falta de conocimientos estratégicos". A diferencia de San Martín, O'Higgins, como otros jefes revolucionarios –y podemos pensar en el caso de Manuel Belgrano- se habían formado en el mismo proceso.

Pero el terreno no era propicio para el ataque, había quebradas que dificultaban el avance de la caballería, y esa primera carga de O'Higgins contra los españoles será vencida. Un segundo ataque lanzado por el jefe chileno estaba encontrando serias dificultades.


La batalla de Chacabuco, librada el 12 de febrero de 1817

Advertido San Martín de lo que ocurre, ordena a Soler atacar de inmediato. Más aún, decide intervenir él mismo en la batalla (ver video al pie de esta nota). Baja la cuesta al frente de sus granaderos y llega en el momento en que O'Higgins se disponía a lanzar un nuevo ataque frontal contra el enemigo realista. "El gran capitán venía bajando la cuesta al frente de sus granaderos cuando se apercibió del acto de arrojo de O'Higgins –sigue el relato de Carlos Pueyrredón en la obra citada-. Ordenó inmediatamente a los regimientos 7 y 8 de infantería que calaran bayoneta y atacaran resueltamente al centro del ejército realista; enseguida, a lanza y sable, arremetió contra el enemigo, para auxiliar a O'Higgins".

El general Gerónimo Espejo, que participó de la Campaña de los Andes, lo cuenta así: "Al ver en tan inminente riesgo la obra que le costaba tantos sudores y desvelos, el pundonor, la responsabilidad, el despecho, quizás lo condujeron (a San Martín) a la cabeza de los Granaderos, resuelto a triunfar o no sobrevivir si se consumaba el infortunio".

Miguel Ángel de Marco (ver su análisis en esta misma edición) recuerda que la estatua del general San Martín espoleando el caballo, con el dedo señalando en el aire, que nos es tan familiar, está inspirada en ese momento crucial de la batalla de Chacabuco cuando, al ver lo que estaba ocurriendo con O'Higgins, le dijo a su ayudante "Vaya y dígale al general Soler que ataque de inmediato", y luego montó a caballo para avanzar él mismo con sus granaderos.


La estatua ecuestre de San Martín, inspirada en la batalla de Chacabuco

Fue la última vez que se involucró físicamente como comandante en el combate, algo absolutamente inhabitual y que inquietó sobremanera a Pueyrredón: "Lo que sé por Luzuriaga –le escribe preocupado- es que usted con dos escuadrones de granaderos tuvo que meterse entre las líneas enemigas. De esto infiero, o que la cosa estuvo apurada, o que no tuvo usted jefe de caballería de confianza, porque en todo otro caso yo acusaría a usted del riesgo en que se puso. Dígame usted con la franqueza que debe lo que hubo en esto (...). Por Dios, cuídese usted, porque su vida y su salud interesan extraordinariamente al país y a sus amigos".

El ataque combinado de O'Higgins y San Martín, sumado al de Soler, rompe las filas realistas. Se retira la caballería, mientras que la infantería es perseguida varios kilómetros. La batalla, cuyos primeros movimientos se habían iniciado de madrugada, concluye entre las 3 y 4 de la tarde.

El parte de San Martín a Pueyrredón es brevísimo pero completo: "Una división de mil ochocientos hombres del ejército de Chile acaba de ser destrozada en los llanos de Chacabuco por el ejército de mi mando en la tarde de hoy. Seiscientos prisioneros, entre ellos treinta oficiales, cuatrocientos cincuenta muertos y una bandera que tengo el honor de dirigir es el resultado de esta jornada feliz con más de mil fusiles y dos cañones. La premura del tiempo no me permite extenderme en detalles, que remitiré lo más breve que me sea posible: en el entretanto, debo decir a V. E., que no hay expresiones como ponderar la bravura de estas tropas: nuestra pérdida no alcanza a cien hombres. Estoy sumamente reconocido a la brillante conducta, valor y conocimientos de los señores brigadieres don Miguel Soler y don Bernardo O'Higgins. Dios guarde a V. E. muchos años. Cuartel general de Chacabuco en el campo de batalla, y febrero 13 de 1817."

Chacabuco fue una victoria completa que les dio a los patriotas el dominio de Santiago. Marcó del Pont huye pero es capturado en Valparaíso cuando se preparaba para abordar un barco hacia Lima.


San Martín en la batalla de Chacabuco

El propio enemigo describe con gran precisión el impacto estratégico de la batalla. Desde Lima, el virrey Joaquín de la Pezuela admitirá que "la desgracia" padecida por sus fuerzas en Chacabuco había transformado "enteramente el estado de las cosas". "Cambióse el estado de la guerra", dijo.

La primera consecuencia es la entrada de los patriotas a la capital de Chile el mismo día 14, dos días después de Chacabuco. Los chilenos le ofrecen la titularidad del gobierno a San Martín la máxima jefatura de gobierno, como Director Supremo de Chile. Él declina el ofrecimiento y recomienda el nombramiento de O'Higgins.

Como vimos, en su parte de la batalla, San Martín no hace ningún reproche a O'Higgins. Muy por el contrario. Más tarde, en carta detallada a Pueyrredón sobre el desenvolvimiento de la batalla, nuevamente destaca el desempeño de sus subordinados y agrega varios nombres a la lista. "Sin el auxilio que me han prestado los brigadieres Soler y O'Higgins, la expedición no hubiera tenido resultados tan decisivos; les estoy sumamente reconocido, asimismo a los individuos del Estado Mayo, cuyo segundo jefe, el coronel Beruti, me acompañó en la acción y comunicó mis órdenes, así como lo ejecutaron a satisfacción mía mis ayudantes de campo el coronel don Hilarión de la Quintana, don José Antonio Álvarez, don Antonio Arcos, don Manuel Escalada y don Juan O'Brien". También nombra a los comandantes Cavot, Rodríguez y Freyre –que actuaron en otras zonas de Chile- y promete ampliar la lista de patriotas que se destacaron en la acción de Chacabuco, cuando reciba los informes del desempeño de toda la tropa, "para que sus nombres no queden en el olvido".


O'Higgins y San Martín, victoriosos

La amistad entre San Martín y O'Higgins fue una de las más fructíferas para la causa de la emancipación americana. Unió a dos hombres dispuestos a todo renunciamiento personal en aras del interés del conjunto. Entre ellos no hubo celos ni competencias que pudieran comprometer sus objetivos.

O'Higgins jamás escatimó a San Martín el reconocimiento que éste merecía por la emancipación de Chile y le brindó su amistad y lealtad hasta el fin.


Bernardo O'Higgins

Al asumir el gobierno de Chile, el 17 de febrero de 1817, se dirigió a sus compatriotas en estos términos: "Nuestros amigos los hijos de las Provincias del Río de la Plata [...] acaban de recuperaros la libertad usurpada por los tiranos. Estos han desaparecido cargados de su vergüenza al ímpetu primero de un ejército virtuoso y dirigido por la mano maestra de un general valiente experto y decidido a la muerte o a la extinción de los usurpadores".



Claudia Peiró cpeiro@infobae.com

lunes, 4 de abril de 2016

Independencia: San Martin arriba a Chile

"Mis amigos me han abandonado"
El 25 de marzo se cumple otro aniversario de la proclama que San Martín dirigió al pueblo chileno en uno de los momentos más dramáticos de la guerra independentista.

Los Andes


"Mis amigos me han abandonado" Juan Marcelo Calabria - Asociación Cultural Sanmartiniana “Mi Tebaida”
Después de la batalla de Chacabuco ocurrida el 12 de febrero de 1817, José de San Martín creyó haber afianzado la independencia de Chile definitivamente, y así lo confirmaba en el parte de la acción que envió al Superior Gobierno de la Provincias Unidas del Río de la Plata, en cuyo último párrafo expresaba: "Al Ejército de Los Andes queda para siempre la gloria de decir: en veinticuatro días hemos hecho la campaña, pasamos la cordillera más elevada del globo, concluimos con los tiranos y dimos la libertad a Chile".

Estas arrogantes palabras dan idea sin duda del orgullo que sentía el Libertador en aquellos momentos de victoria; sin embargo la realidad determinaba que el resto de los ejércitos realistas se refugiaba en el sur para hacerse fuertes en la Plaza de Talcahuano y desde allí resistir la avanzada patriota. A partir de ese momento la guerra de la Independencia allende los Andes se estancaba en una meseta en la que realistas y americanos disputarían palmo a palmo el territorio chileno.

A principio de 1818 y luego de un año de acciones infructuosas, San Martín y la Logia Lautaro de Santiago decidieron que la división del sur, comandada por O'Higgins se replegara hacia la capital a fin de reunir las fuerzas y dar una batalla decisiva contra el enemigo.

La retirada de Concepción comenzó en enero con el fin de concentrar las tropas en el campamento instalado al sur de Valparaíso.

Entre tanto en la capital, a fin de retemplar los ánimos y dar un nuevo impulso a la guerra independentista, el Libertador José Francisco de San Martín, unido a las autoridades de Chile, proclamaba solemnemente el 12 de febrero de 1818 la Independencia de aquel país.

El 19 de marzo con las tropas patriotas ya reunidas y ante la amenaza del ejército de Osorio, San Martín ordenó que el ejército unido acelerara su marcha con el fin de cortar el avance de su adversario, sin lograrlo por las dificultades que presentaba el terreno cortado por barrancas y pantanos, irregularidades topográficas que le dan el nombre de Cancha Rayada; por dos veces la caballería patriota al mando de Antonio González Balcarce trató de romper las filas enemigas sin conseguirlo.

Así las cosas en la noche de ese día 19 uno de los más intrépidos oficiales realistas, el general Ordóñez decidió cargar contra el ejército sanmartiniano logrando una pronta victoria en lo que se conoce, para las huestes patriotas, como el desastre de Cancha Rayada.

La derrota produjo la dispersión del ejército unido y gran parte de las tropas y pertrechos se perdieron, incluso el mismo O'Higgins que había participado en la acción, fue gravemente herido y su caballo muerto en batalla.

Al llegar la noticia a Santiago, la confusión hizo presa del pueblo chileno y muchos que habían apoyado la causa independentista huyeron prontamente a Mendoza.

Mientras la incertidumbre crecía y se desconocía el paradero de O'Higgins y San Martín, en Santiago, Tomás Guido junto a los patriotas chilenos, tomaban los recaudos necesarios para resistir la avanzada realista que se suponía se concretaría en breve sobre la capital chilena.

Así estaban las cosas cuando se conoció la noticia de que el General Las Heras había salvado una de las divisiones patriotas y escapaba del enemigo al frente de 3.500 hombres dirigiéndose hacia San Fernando. Allí se encontró con San Martín que le encomendó reorganizar las tropas en tanto él seguía camino hacia Santiago.

Al llegar a la capital Guido se adelantó para recibirlo y allí, acongojado por la derrota, San Martín dijo a su querido lancero: "Mis amigos me han abandonado, correspondiendo así a mis afanes". A lo que Guido respondió: "No General, rechace usted con su genial coraje todo pensamiento que lo apesadumbre. Sé bien lo que ha pasado y si algunos hay que sobrecogidos después de la sorpresa le han vuelto la espalda, muy pronto estarán a su lado. A Ud. se le aguarda en Santiago como su anhelado salvador".

En efecto el 25 de marzo, San Martín ingresaba a Santiago y, ante la mirada expectante de los chilenos, exclamó: "El ejército de la patria se sostiene con gloria al frente del enemigo? los tiranos no han avanzado un punto de su atrincheramiento? la Patria existe y triunfará y yo empeño mi palabra de honor de dar un día de gloria a la América del Sur".

Y el día de gloria llegaría pronto. Tan sólo 11 días después el Ejército de los Andes, junto a las divisiones de Chile, daba la gran victoria de Maipú que aseguró no sólo la independencia de Chile sino que abría la puerta para la expedición Libertadora hacia el Perú y animaba los esfuerzos de los ejércitos bolivarianos.

Simón Bolívar se encontraba en Angostura cuando, al conocer la victoria lograda por el Ejército de los Andes en los llanos de Maipú, exclamó: "El día de la América ha llegado", San Martín había dado ese día como muchos otros que lo consagrarían como uno de los hombres más grandes de América cumpliendo con su palabra empeñada aquel 25 de marzo de 1818.

lunes, 22 de febrero de 2016

Argentina: La apabullante entrada de San Martín en la vida porteña

La insólita entrada de San Martín en la historia argentina
Rolando Hanglin - Infobae


La entrada de San Martín en la historia argentina es insólita. Era en 1808 un destacado militar español "indiano" (nacido en América) de gran valor y experiencia, probado desde los 13 años en batallas marítimas y terrestres, en Francia, Cataluña y África, prisionero a veces y condecorado otras. En mayo de 1811, participa de la batalla de Albuera, en Badajoz, donde fuerzas españolas, portuguesas e inglesas (a las órdenes del general William Beresford, que había sido gobernador de Buenos Aires durante 1806, en la primera invasión inglesa) derrotan a los franceses, comandados por el general Soult. Luego se recomponen las posiciones.

A principio de 1812, San Martín llega a Buenos Aires, es designado al frente del Regimiento de Granaderos a caballo, se casa a los 35 años con Remedios de Escalada (la flor de la burguesía porteña, 15 años) y el 8 de octubre da el primer golpe militar de nuestra historia junto a Carlos María de Alvear, un bisoño oficial de 23 años que había sido el presentador de San Martín en Buenos Aires, donde el de Yapeyú no tenía parientes ni amigos, y también –no es un dato menor- su padrino de bodas en el enlace con Remedios.

¡Todo esto lo hace San Martín durante el primer año de su vida en nuestra ciudad! Como cumpliendo un plan o persiguiendo un objetivo que requería pasos sucesivos... tal vez un programa concebido en Cádiz... o en Londres. La asonada concluye con el reemplazo del Primer Triunvirato por el Segundo, integrado por hombres de la Logia Lautaro.


José de San Martín y Carlos María de Alvear

No es imposible que San Martín haya conocido personalmente a Beresford en Albuera, inquiriendo sobre sus impresiones acerca de Buenos Aires. Beresford, después de la fallida Primera Invasión Inglesa, era partidario de evitar la vía militar y colaborar con la emancipación sudamericana, reservando para Inglaterra un ventajoso papel comercial. De todos modos, en Londres circularon durante años distintos proyectos y borradores estratégicos para arrebatarle a España sus colonias. Existió, por ejemplo, un Plan Vansittart (1796) destinado a atacar Buenos Aires, Valdivia, Valparaíso y la Concepción. Después, una vez afirmados en Chile, los invasores pasarían a Callao y Lima. Bastante similar a lo que finalmente realizaría San Martín, en 1817. No es imposible que don José conociera estos proyectos militares. Como, por otra parte, los españoles y franceses habían colaborado notoriamente con la Independencia Norteamericana, es posible que los ingleses desearan devolverles la atención, en especial porque, después de la Revolución de América del Norte, en 1778, Inglaterra necesitaba un gran territorio capaz de producir buenas materias primas (caucho, cuero, sal, maderas, etc) y un mercado de numerosos puertos y grandes poblaciones, ávido de sus productos manufacturados. Inglaterra fue el país pionero de la revolución industrial.

Otro plan, aún más parecido al de San Martín, formulado por Thomas Maitland y descubierto por Rodolfo Terragno en archivos escoceses, incluía también el cruce de los Andes para el proceso Buenos Aires-Santiago-Callao-Lima. Está claro que el corazón económico del mundo hispanoamericano era Lima, aunque el Imperio Hispano abarcaba lugares tan remotos como Filipinas y Veracruz. Si Inglaterra se apoderaba de las colonias españolas, bien por conquista militar, bien por dominio naval y comercial, cosa que desde 1805 (Trafalgar) era perfectamente posible, habría perdido de cualquier modo los 13 Estados Norteamericanos iniciales, pero ganando a cambio un inmenso mercado de negocios: la América Hispana.

SEPARADAS DE ESPAÑA, LAS COLONIAS DEBÍAN RESOLVER SU INDEPENDENCIA TOTAL, ACUDIR A LA PROTECCIÓN DE UN MONARCA EUROPEO O ACEPTAR EL DOMINIO DE LA NUEVA POTENCIA

Entre 1805 y 1811, toda la región se conmovió con Cabildos Abiertos y revueltas civiles, ya que España caía en manos de los franceses, quedaba separada de sus colonias y éstas debían resolver su independencia total, o acudir a la protección de un monarca europeo, o aceptar el dominio de la nueva potencia emergente: Gran Bretaña. En este contexto, algunos sostienen que San Martín fue seducido por agentes ingleses después de la batalla de Trafalgar (1805) en la que el almirante Nelson destruyó la flota franco-española. Inglaterra quedaba, así, dueña de todos los mares. Con las colonias españolas, francesas y holandesas a disposición de sus temibles barcos de guerra. Según el historiador británico J.C. Metford, San Martín fue reclutado por James MacDuff, cuarto conde de Fife, liberal y masón, que se alistó como voluntario en las guerras peninsulares contra Napoleón, a partir del 2 de mayo de 1808. Sea como fuere, parece haber existido algún contacto entre militares y políticos ingleses, por un lado, y el español San Martín por el otro. Cuando éste pide la baja a los 34 años, alega que debe atender negocios familiares en Lima, pero en realidad viaja a Londres con pasaporte facilitado por Lord MacDuff o Lord Charles Stuart. Una vez allí, se aloja en la Casa de los Diputados de Venezuela, en Grafton Street. Allí traba relación con Luis López Méndez, Andrés Bello, Vicente Rocafuerte y, en fin, el grupo de los latinoamericanos partidarios de la independencia. Entendemos que la casa aún existe y que perteneció a la familia del venezolano Miranda, precursor de todos los libertadores.

El hecho es que, según Oriol Anguera, San Martín desertó de las armas españolas en Cádiz, en 1811. El Libertador ha señalado en sus cartas que los militares españoles nacidos en Indias, al ver que se avecinaba un gran conflicto por la Independencia que estaban declarando sus colonias natales, habían decidido acudir en defensa de sus tierras de origen. En el informe de la Gazeta de Buenos Aires sobre la Fragata Canning, se destacan los antecedentes de Alvear, San Martín, Vera, Zapiola, pero también de Francisco Chilavert (español nativo) y Eduardo Kailitz, tirolés, barón de Holmberg y fundador de una gran familia argentina. No todos eran "indianos": algunos eran, simplemente, militares profesionales que buscaban trabajo en un mundo resquebrajado.

El 9 de marzo de 1812 había atracado en Buenos Aires la fragata inglesa "George Canning", trayendo a bordo un grupo nutrido de oficiales. Entre los más destacados está Carlos María de Alvear y Balbastro, nacido en Misiones en 1789. Su padre había sido brigadier de la Real Armada. Otros: José de San Martín, Francisco de Vera, Matías Zapiola... en total: 19 profesionales de la guerra. Sin duda, todos ellos de orientación liberal y contrarios al absolutismo borbónico.

Informe del Primer Triunvirato a Juan M. de Pueyrredón: "No olvide que en la Fragata Canning han llegado 19 oficiales facultativos, y de crédito, que desesperan de la suerte de España. Quieren salvarse, y que se salven estas preciosas provincias".

EN AQUEL PRIMER AÑO, SAN MARTÍN SE UBICA BIEN EN BUENOS AIRES Y LUEGO AVANZA EN SU DECIDIDO -AUNQUE RESERVADO- PLAN CONTINENTAL

En aquel primer año (1812) San Martín se ubica bien en Buenos Aires (a pesar de que lo sospechan espía español, francés o inglés). En nuestro país, sólo conocía la aldea de Yapeyú, que su padre había administrado hasta que don José cumplió 5 años y la familia volvió a España. El caso es que entró pisando fuerte. Los primeros años registran, empero, dificultades. San Martín sólo combate en la escaramuza de San Lorenzo, su única acción en territorio argentino. Concibe un Plan Continental Buenos Aires-Santiago-Callao-Lima. Logra la evidente ayuda de Inglaterra que, a partir del Primer Ministro Castlereagh, va dejando sus ambiciones coloniales y se inclina por establecer una útil relación comercial con las colonias españolas, sin conquistarlas. Así resulta suceder al final. No debe olvidarse que en toda Latinoamérica, desde Buenos Aires hasta México y Haití, pero muy especialmente Caracas y también Chile, se verificaba una efervescencia que puede sintetizarse en esta pregunta: ¿qué hacer ahora sin España, que ha caído en manos de Napoleón? Es en este contexto que debe entenderse el decidido (aunque muy reservado) proyecto de San Martín.

El 11 de febrero de 1817, después de cruzar los Andes, José de San Martín ve que se acerca el choque armado con los españoles que defendían sus posiciones en Chile, y entusiasmado le dice a su edecán, Manuel de Olazábal: "¡Duro con los latones a la cabeza de los matuchos, que queden pataleando...!" (Nota: "matucho" era la denominación del animal castrado en Mendoza y Chile, "latones" eran figuradamente los sables).

Unos 2.450 hombres, con cinco piezas de artillería, al mando del general Rafael Maroto, se nuclean junto al pabellón rojo y gualda que representa a España, en lo alto de la cuesta de Chacabuco, en el valle del Aconcagua. Al pie del monte, 3.600 hombres con nueve piezas de artillería avanzan bajo la bandera del Ejército de los Andes (ni argentina, ni chilena) de formato vertical, que podría denominarse gallardete.

EL HISTORIADOR FRANCÉS ANDRÉ FUGIER APUNTARÍA QUE SAN MARTÍN HABÍA ASIMILADO BRILLANTEMENTE LAS NUEVAS TÁCTICAS DE NAPOLEÓN

En la madrugada del 12 de febrero, San Martín pone en marcha su estrategia, consistente en envolver a los españoles mediante dos columnas: la de Soler por el Oeste, la de O´Higgins por el Este. El combate es encarnizado. Parte de batalla que firma San Martín: "La carnicería fue terrible, y la victoria completa". El historiador francés André Fugier apuntaría después que San Martín había asimilado brillantemente las nuevas tácticas de Napoleón, reemplazando el ataque frontal por el movimiento de columnas envolventes. En particular, la batalla de Chacabuco le resulta muy similar a la de Montenotte, librada por Napoleón después de cruzar los Alpes, el 12 de abril de 1796.

Ha de recordarse que los grandes jefes militares, los mariscales y estrategas de aquella época, eran celebridades de amplia formación académica y sus "creaciones" en combate se valoraban como sinfonías de consumados maestros. Ellos (los Napoleón, los Nelson, los Bolívar) hicieron el mundo y el mapa de su tiempo.

San Martín entra triunfante a Santiago de Chile y escribe al Director Supremo de las Provincias Unidas, Juan Martín de Pueyrredón, en Buenos Aires: "En veinticuatro días hemos hecho la campaña. Cruzamos la cordillera más alta del mundo, concluimos con los tiranos y dimos la libertad a Chile". Al día siguiente es capturado el General Marcó del Pont, que buscaba escapar por Valparaíso. Este hombre se presentaba así: "Don Francisco Casimiro Marcó del Pont, Caballero de la Orden de Santiago, de la Real y Militar de San Hermenegildo, de la Flor de Lis, Maestrante de la Real de la Ronda, benemérito de la patria en grado heroico y eminente, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos, Superior Gobernador, Capitán General, Presidente de la Real Audiencia, Superintendente subdelegado del General de Real Hacienda y del de Correos, Postas y Estafetas y Vice Patrono Real de este reino de Chile". Los títulos enunciados son de una soberbia belleza, sobre todo en contraste con el Libertador, que simplemente (en su clásico alarde de austeridad) se presentaba como "José San Martín". Al ver a su enemigo ya detenido, le dice: "Ah general... ¡Venga esa mano blanca!"

VIENDO LOS TÚMULOS DONDE ESTÁN ENTERRADOS LOS INFANTES, SAN MARTÍN SE CONDUELE Y EXCLAMA: "¡MIS POBRES NEGROS!"

Esta famosa ironía tiene una pequeña historia. Cuando el enviado tucumano Antonio Álvarez Condarco visita a Marcó de parte de San Martín para hacerle conocer las decisiones del Congreso de Tucumán, donde Chile se consideraba una más de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el español echa una ojeada al papel y luego lo tira al fuego. Garabatea ligeramente una respuesta para San Martín y mirando fijamente a los ojos de Condarco, le dice: "Firmo con mano blanca, no como San Martín que la tiene negra". No se sabrá jamás si el Capitán General de Chile se refería al color de la piel de don José (famosamente morena como la de un indio, dixit Alberdi) o a su traición a la bandera española. En cuanto a negros africanos, los había muchos en el ejército. Entre otras cosas, se les ofrecía la manumisión si se enrolaban. Casi todos infantes, porque no eran buenos jinetes. Cuando recorre el valle de Aconcagua regresando a Mendoza y ve los túmulos donde están enterrados los infantes, San Martín se conduele y exclama: "¡Mis pobres negros!" Lo acompañaba su edecán inseparable, el irlandés John O´Brien. Pues, como decía Mitre, San Martín no hacía ni decía nada si no había un británico escuchando, tomando nota o arrimando respetuosas sugerencias.

El caso es que, con Chacabuco, se inició concretamente el Plan Continental de San Martín, hacia Perú. Aún faltaba, claro, que Álvarez Condarco contratara una flota importante, seleccionara a su almirante (que resultó ser William Cochrane, con el que San Martín terminó entre insultos y casi trompadas) y la correspondiente tripulación británica o yanqui, para flanquear desde el Pacífico la expedición al Perú. Marineros de guerra argentinos, prácticamente no los había. Y barcos, menos. Ya llegaría el tiempo del irlandés-argentino William (Guillermo) Brown. La historia es larga y llena de misterios. Pero así comenzó el Plan Continental. Ahora mismo, estamos a las vísperas de su Bicentenario.



El autor es vicepresidente del Instituto de Estudios Historicos Julio Roca

viernes, 31 de julio de 2015

San Martín: Las necrológicas francesas

Así informaron en Francia la muerte de José de San Martín
Claudia Peiró - Infobae
Por: Claudia Peiró cpeiro@infobae.com




El 21 de agosto de 1850, un diario de Boulogne-sur-mer publicó una necrológica que sorprende por lo completa y detallada. Escrita por un amigo francés, es una minibiografía exenta de algunas deformaciones de que fue objeto luego la trayectoria del Libertador

Adolph Gérard era el propietario de la casa que San Martín habitó en Boulogne-sur-mer durante poco más de un año y medio y en la cual murió. El general alquilaba un piso del edificio de la Grande Rue 105 –hoy propiedad de la República Argentina– en cuya planta baja residía el propio Gérard, abogado, periodista y por entonces director de la biblioteca de esa ciudad marítima del noroeste de Francia.

Gérard cultivó la amistad de San Martín en ese período y cuando éste murió auxilió a su hija y yerno en todos los trámites relativos a su sepelio. Días después, el 21 de agosto, publicó un extenso artículo en el diario local sobre la vida y la trayectoria político-militar de su ilustre inquilino.



Considerando que no se había escrito aún la historia de la Independencia Sudamericana y de sus protagonistas, y teniendo en cuenta también la inmediatez de esta publicación –hecha a tan sólo cuatro días de la muerte del general– cabe suponer que la fuente de los detallados conocimientos de que hace gala Adolph Gérard en su texto sobre la vida de San Martín era el mismo protagonista. De ahí su incalculable valor. Y por eso también la sorpresa ante la escasa atención que le prestaron posteriormente los estudiosos de la vida de San Martín a este texto, en el cual hay referencias a aspectos de su trayectoria que luego fueron reinterpretados, polemizados o silenciados por biógrafos supuestamente más “rigurosos” y documentados. Un caso es el de la famosa entrevista de Guayaquil. Gérard refiere lo allí discutido –no habla de secreto– y da por cierta –citando un párrafo– una famosa carta de San Martín a Bolívar –posterior a su célebre encuentro– que hizo correr ríos de tinta a los historiadores en una interminable polémica sobre su autenticidad.

“Aunque cinco años mayor que su rival de gloria, (San Martín) le ofreció (a Bolívar) su ejército –dice Gérard sobre la entrevista que tuvo lugar en Guayaquil el 22 de julio de 1822–, le prometió combatir bajo sus órdenes, lo conjuró a ir juntos al Perú y a terminar allí la guerra con brillo, para asegurar a las desdichadas poblaciones de esas regiones el descanso que tanto necesitaban. Con vanos pretextos, Bolívar se negó. Su pensamiento no es, parece, difícil de penetrar: quería anexar el Perú a Colombia, como había anexado el territorio de Guayaquil. Para eso, debía concluir solo la conquista. Aceptar la ayuda de San Martín era fortalecer a un adversario de sus ambiciones. Bolívar sacrificó por lo tanto sin hesitar su deber a sus intereses”.

Y sobre la que se conoce como “carta de Lafond” por el nombre del autor francés que primero la publicó completa, agrega Gérard: “De Lima misma, y con fecha del 29 de agosto, había anunciado a Bolívar sus designios en una carta mantenida secreta hasta estos últimos años, y que es como un testamento político (…): ‘He convocado, le decía, para el 20 de septiembre, el primer congreso del Perú; al día siguiente de su instalación, me embarcaré para Chile, con la certeza de que mi presencia es el único obstáculo que le impide venir al Perú con el ejército que usted comanda… No dudo de que después de mi partida el gobierno que se establecerá reclamará vuestra activa cooperación, y pienso que usted no se negará a una tan justa demanda’”.

Otro detalle interesante en el artículo del Impartial de Boulogne-sur-mer es la síntesis que hace Gérard del pensamiento político de San Martín, en términos que iluminan la futilidad de la discusión sobre el monarquismo del Libertador; no porque lo niegue, sino porque lo explica, al ponerlo en contexto: “Partidario exaltado de la independencia de las naciones, sobre las formas propiamente dichas de gobierno no tenía ninguna idea sistemática. Recomendaba sin cesar, al contrario, el respeto de las tradiciones y de las costumbres, y no concebía nada menos culpable que esas impaciencias de reformadores que, so pretexto de corregir los abusos, trastornan en un día el estado político y religioso de su país: ‘Todo progreso, decía, es hijo del tiempo’. (…) Con cada año que pasa, con cada perturbación que padece, la América se acerca más aún a esas ideas que eran el fondo de su política: la libertad es el más preciado de los bienes, pero no hay que prodigarla a los pueblos nuevos. La libertad debe estar en relación con la civilización. ¿No la iguala? Es la esclavitud. ¿La supera? Es la anarquía”.



Gérard nos deja también una descripción del aspecto y carácter de San Martín por aquel entonces. Cabe señalar que, dos años antes de su muerte, en 1848, su hija Mercedes lo convenció de posar para un daguerrotipo, por entonces toda una novedad. Esa es por lo tanto la única “fotografía” que tenemos de él: aquella en la cual está sentado y luce el cabello encanecido. Permite calibrar cuáles de los tantos retratos pintados de él son los más fidedignos.


Así describía Gérard a su inquilino: “El señor de San Martín era un bello anciano, de una alta estatura que ni la edad, ni las fatigas, ni los dolores físicos habían podido curvar. Sus rasgos eran expresivos y simpáticos; su mirada penetrante y viva; sus modales llenos de afabilidad; su instrucción, una de las más extendidas; sabía y hablaba con igual facilidad el francés, el inglés y el italiano, y había leído todo lo que se puede leer. Su conversación fácilmente jovial era una de las más atractivas que se podían escuchar. Su benevolencia no tenía límites. Tenía por el obrero una verdadera simpatía; pero lo quería laborioso y sobrio; y jamás hombre alguno hizo menos concesiones que él a esa popularidad despreciable que se vuelve aduladora de los vicios de los pueblos. ¡A todos decía la verdad!”.



Del relato de Gérard, emerge además una imagen diferente del ostracismo de San Martín, presentado por muchos de sus biógrafos como un período de oscuridad y silencio. Aunque, “menos conocido en Europa que Bolívar, porque buscó menos que él los elogios de sus contemporáneos”, dice Gérard, no era un exiliado ignoto: “En sus últimos tiempos, en ocasión de los asuntos del Plata [el bloqueo anglo-francés del Río de la Plata en tiempos de Rosas], nuestro Gobierno se apoyó en su opinión para aconsejar la prudencia y la moderación en nuestras relaciones con Buenos Aires; y una carta suya, leída en la tribuna por nuestro Ministro de Asuntos Extranjeros, contribuyó mucho a calmar en la Asamblea nacional los ardores bélicos que el éxito no habría coronado sino al precio de sacrificios que no debemos hacer por una causa tan débil como la que se debatía en las aguas del Plata”.

Este hecho –la lectura de una carta de José de San Martín en el parlamento francés en la cual el general les advertía de que no podrían doblegar al pueblo argentino– muestra no sólo que su presencia en Francia no era ignorada por las autoridades de ese país sino que él se mantuvo siempre atento a lo que sucedía en su Patria e intervino cada vez que pudo con los medios a su alcance en defensa de la independencia que había conquistado.

domingo, 21 de junio de 2015

Guerra de la Independencia: Eufrasio Videla, el último granadero

Entrevista al Último Soldado del General San Martín 
Nota del 21.05.1910

Eufrasio Videla - El Ultimo Soldado




San Lorenzo


Falleció en Mendoza en 1916 en un estado de pobreza y abandono que otorga vergüenza a su propia estirpe.

Don Eufrasio Videla es un viejo alto, flaco, nudoso, erguido, casi tan erguido como los álamos que cortan las perspectivas en los alrededores de Mendoza.
Apenas un saludo y le espeté mi invariable pregunta:

- ¿Cuántos años?
- Treinta y ocho
- ¿Nada más?

El viejo sonríe, baja la cabeza para detener la mirada en el sombrero de anchas alas, color té con leche, al que sus dedos retorcidos como sarmientos hacen girar con porfía. Pienso en que el pobre hombre ha perdido la noción del tiempo, que desvaría su cabeza, que su memoria, más flaca que su cuerpo, yace tendida bajo la nieve de muchas décadas, porque me dijeron que Don Eufrasio es hombre que ha traspuesto los cien, y recupero mi actitud de moderno inquisidor,

- ¿Treinta y ocho nada más Don Eufrasio?
Sus labios mascullan un “ciento” y sale de nuevo, bien nítido, el “treinta y ocho”.

Ahora me parecen muchos los años, más no me detengo a aclarar el punto y prosigo el interrogatorio, haciendo que repita las respuestas dos y tres veces -y hasta cuatro y cinco-, a fin de alcanzar su sentido, pues resultan ininteligibles la mitad de las palabras en el lento balbucir de sus labios. Dijéronme que fue soldado de San Martín, pero no estuvo en el Plumerillo, ni se acuerda del general.

-Yo estaba en San Juan, entonces, cuando decían que en su Mendoza se formaba el ejército, y pasamos por ahí arriba, por Los Patos.

- ¿Peleó usted?
- ¿Y cómo no? Ahí en el Zanjón de Maipú, cuando ya no quisieron pelear más.

- ¿Pero, se acuerda de Maipú?
- Si que me acuerdo. Fue allí, pues, la última batalla, donde se rindieron.

-¿Y cómo empezó la cosa?
-Unos cuantos días antes yo había llegado con los que salimos de San Juan. Después fueron viniendo otros grupos de prisioneros y así se fue formando el ejército. (pudiera el relato muy bien referirse a la llegada de dispersos de Cancha Rayada). Nosotros estábamos de la parte de aquí –prosigue Don Eufrasio, y al hacerlo sale al descanso de la escalera, poniendo cara a Los Andes, y como en la parte de allí enfrente, en un cerrito blanco, estaban los godos.

-Flojanazos, ¿verdad?
-Hum… ¡Fieros habían sido! Peleamos y peleamos y no aflojaban… Después no quisieron pelear más cuando vieron que nosotros tampoco aflojábamos. Entonces corrimos atrás pa’ que se rindieran.

-¿Y se rindieron?
-¿Y cómo no? Si ya no tenían más ganas de pelear.

-¿Y se entregaban?
-Muchos se entregaban, otros querían escapar. Pero nosotros los alcanzábamos.

-¿Y no decían nada, los españoles?
-¿Quiénes, los godos? Si, decían: “¡No mate, corcho, no mate!”, cuando los alcanzábamos.

Brillaron un punto sus pupilas, las arrugas dibujaron con gran esfuerzo una sonrisa y luego enmudeció el hombre, bajó la cabeza, y el sombrero retornó a girar entre los dedos.

Lo demás que nos contó forma un maremagnum de hechos y episodios confundidos, en que se mezclan sin distinción de épocas, Rosas y Quiroga y las montoneras y la Guerra del Paraguay.

El viejecito Videla vive en la casa del ingeniero Fossati en la calle San Martín, 1778. Nos dijo este caballero que Videla no conserva papel alguno y que las medallas que poseyó en un tiempo las ha perdido o regalado, según relato del mismo Don Eufrasio y que el coronel Morgado, guerrero del Paraguay, lo conoció en el ejército y de aspecto casi tan viejo entonces como ahora.

El gobierno de Mendoza le pasa una pequeña pensión, que le alcanza para cubrir sus modestos gastos. Lo demás se lo otorga la caridad de las personas que le recogen en su casa.

No podemos establecer a ciencia cierta si ha sido o no guerrero de la independencia porque ni siquiera la edad consta por documento público, pero si los 138 años son muchos años, es en cambio verdad que por estos pagos no son escasos los hombres de 110 o 115 años, y Videla bien puede oscilar entre estas dos últimas cifras y haber pertenecido a alguna de las milicias o cuerpos auxiliares del ejército de San Martín.

NOTA: Eufrasio no es un nombre común y en la historia aparece un Eufrasio Videla, al mando de unos indios, peleando en San Luis y es derrotado en “Las Quijadas” el 2 de enero de 1841 por el gobernador de Mendoza, el “Fraile Aldao”.

Consultamos la Historia de San Martín por Bartolomé Mitre.
Esta obra ha sido escrita respetando fielmente la documentación existente acerca de la Campaña Libertadora, misma que se encuentra archivada y clasificada en el Museo Mitre.

1)- Referencia Zanjón de Maipú y Cerrito Blanco

“Ahí, en el Zanjón de Maipú”
“…Y como en la parte de allí enfrente, en un cerrito blanco, estaban los godos”

Al sur de Santiago se prolonga por el espacio como de diez kilómetros, una lomada baja, de naturaleza caliza, que por su aspecto lleva el nombre de LOMA BLANCA. Sobre la meseta de ésta lomada evolucionaba el ejercito patriota. En su extremidad oeste y a su frente, se alza otra lomada mas alta…ESTA ERA LA POSICIÓN QUE OCUPABA EL EJERCITO REALISTA. LAS DOS LOMADAS ESTAN DIVIDIDAS POR UNA DEPRESION PLANA DEL TERRENO U HONDONADA LONGITUDINAL.

2)- Referencia Fuerza Libertadora en San Juan.

“Unos cuantos días antes yo había llegado con los que salimos de San Juan.”
La Expedición del Norte bajo el mando superior del comandante Cabot, se movió de San Juan el 12 de enero de 1817.

3)- Referencia a la Columna de Las Heras, Luego del Desastre en Cancha Rayada.

Después vinieron otros grupos de prisioneros, y así se fue formando el ejercito…”
El 28 de marzo llegó al nuevo campamento la columna salvadora de Las Heras; fue saludada por una salva de 21 cañonazos.

Nota: Don Eufrasio llama “prisioneros” a los integrantes de los batallones que habían sufrido una marcha de tres días bajo el fuego enemigo.

4)- Referencia a la Lucha

“Peleamos y peleamos y no aflojaban (…) entonces corrimos pa’ que se rindieran…”
“No mate corcho, no mate”
Se da la señal de asalto: el Numero 11 carga por el flanco rompiendo tapias, y pasa a bayoneta cuanto se le presenta. La batalla está terminada, los realistas se dispersan en pelotón. En ese momento hace su aparición en LA LUCHA FINAL un regimiento auxiliar de milicias del Aconcagua, que, lazo en mano, se apodera de centenares de prisioneros.
Los vencedores, continuaban matando cuando se presento Las Heras y ordeno cesar la inútil carnicería.

El viejo guerrero vivía en la calle San Martín al 1700 de la ciudad de Mendoza, en la casa de la familia del Ingeniero Fossatti.
El cronista anónimo nos dice que la Provincia le pasaba una pequeña pensión y que “lo demás” se lo otorgaba la caridad de las personas.
Vergüenza.
Solo una palabra, Vergüenza. El olvido engendra ignorancia y la ignorancia engendra corrupción, cuna de todos nuestros males.
Don Eufrasio Videla vivió con humildad pero partió con honor, ese honor que nosotros hemos perdido.
La Organización del Bicentenario lo Recuerda …falleció tiempo después de la nota en 1916, longevo, solitario y humilde ultimo guerrero.

jueves, 12 de marzo de 2015

Biografía: Los San Martín y los Chilavert

San Martín y los Chilavert


Bóveda donde se hallan los restos del coronel Martiniano Chilavert, Cementerio de la Recoleta

Versiones de distintas fuentes, pues, concurren a establecer tácitamente una sugestiva relación entre el capitán de milicias don Francisco Chilavert, padre de Martiniano, y el futuro vencedor en San Lorenzo, por el solo y no desdeñable hecho de integrar juntos ese reducido puñado de hombres de confianza, dispuestos a desempeñar una trascendente misión en el Nuevo Mundo. Todos lo mencionan a ese español americanista: “…los amigos… Chilavert y otros cuantos….”, dice Manuel Moreno a su íntimo corresponsal de tantas informaciones importantes. Camarada de San Martín, le llaman objetivamente los historiadores. Peo no es sólo a través de la influencia paterna, como el pequeño viajero recibirá del Libertador su misterioso influjo: su hermano mayor, José Vicente, traba con San Martín durante el largo viaje transoceánico, una amistad que será duradera; a los treinta y cuatro años que a la sazón contaba el hijo elegido de Yapeyú, parco y sencillo, pero sicólogo natural para juzgar a los hombres, habrá ofrecido el mayor de los hermanos Chilavert sus aproximados veinte años bien aprovechados, de joven serio y estudioso. Puede colegirse, de dos importantes cartas de San Martín a José Vicente, algunos años después, todo lo que ambos, pese a la diferencia de edades, barajaron juntos en relación con los intereses de la tierra natal (1). Muchas veces, sobre la imponente grandeza del mar, bajo el cielo infinito del trópico, el pequeño Martiniano fue el oyente respetuoso y absorto de cosas que todavía no alcanzaba a comprender cabalmente… Muchas palabras le oyó decir, con acentos que preludiaban el bronce, a ese austero teniente coronel de caballería que entablaba largos coloquios con su hermano mayor. Esas frases quedaron grabadas con caracteres indelebles en su mente, como esclarecidas primicias de historia.

En efecto, a su regreso del Perú, en 1823, cargado de gloria, pero también de amarguras, desde su chacra de Mendoza le escribe el Libertador -¡once densos años después de haber llegado a Buenos Aires!- a José Vicente Chilavert esta carta de amigo. Hay en ella una alusión a cierta diferencia de edades, y campea en sus párrafos el amargo escepticismo que ha dejado en el alma del Capitán de los Andes la ingratitud de que ya era víctima por parte de algunos conspicuos políticos de su patria. Dice así la carta:

“Sr. Dn. Vicente Chilavert
Mendoza

Amigo: No he contestado con más antelación a la de Ud. de 29 de julio por haberme hallado en el campo, del que no he regresado hasta hará diez días.

Se funda Ud. en decir que mi situación me permitirá el tiempo suficiente para leer las cartas de mis rancios amigos; sin embargo, no lo tengo muy sobrante, pues él es dedicado a prepararme a bien morir, no como Ud., sino como un cristiano que por su edad (contaba entonces sólo 45 años) y achaques ya no puede pecar, y a tributar al que dispone de la suerte de los guerreros y profundos políticos las más humildes gracias por haberme separado de unos y otros.

Me dice Ud. que por los papeles públicos formaré una idea exacta de la política de ese país; hace cinco meses que no leo ningún papel público y me va muy bien con este sistema; que no exista la anarquía en nuestro territorio y que los españoles ya no vuelvan a dominar; es cuanto necesito saber, de lo demás poco me importa.

Veo lo que me dice de haberle asegurado Alvear me había escrito a mi entrada en Lima y en otras diferentes ocasiones sin haber tenido nunca contestación mía; protesto a Ud. que no he recibido carta de él desde su salida de Buenos Aires.

Viva, goce Ud., más que Salomón, son los deseos de su amigo. José de San Martín”.

Es bueno tener en cuenta, para evaluar correctamente la importancia de esta correspondencia y, consecuentemente, la jerarquía del destinatario, que San Martín, libertador de Chile y de Perú, era ya ante el mundo uno de los preclaros hombres de América. Su actuación político-militar, por lo tanto, conocida en todos los países civilizados, Constituía una de las grandes figuras del siglo XIX, aunque el huracán de las ingratitudes agitara su espíritu en esa hora.

Y aquí tenemos, desde el primer exilio del Libertador en Bélgica, la otra carta, fechada en Bruselas el 1º de enero de 1825. La dirige así: “Al señor D. Vicente Chilavert primer profesor de Economía Política de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Buenos Aires”, y dice:

“Apreciable amigo:
Al contestar a la de Ud. del 10 de setiembre, permítame le tribute infinitas gracias por las noticias que me da de los favorables sucesos del Perú; ellos son para mí un consuelo que me hace más llevadera la separación de mi patria, separación que todas las distracciones que presenta la civilización europea no pueden hacerme soportable.
Todo cálculo en revolución es erróneo; los principios admitidos como acciones son por lo menos reducidos a problemas; las acciones virtuosas son tergiversadas y los desprendimiento más palpables son actos de miras secundarias; es que no puede formarse un plan seguro, y al hombre justo no le queda otro recurso, en medio de las convulsiones de los Estados, que proponerse como norte de su conducta obrar bien; la experiencia me ha demostrado que ésta es el ancla de esperanza en las tempestades políticas; nada de este exordio comprenderá Ud.; pero me explicaré.
A mi regreso del Perú (y no a mi retirada, como dice el Argos) yo no trepidé en adoptar un plan que al mismo tiempo que lisonjeaba mi inclinación, ponía a cubierto de toda duda mis deseos de gozar una vida tranquila, que diez años de revolución y guerra me hacían desear con anhelo; consiguiente a él establecí mi cuartel general en mi chacra de Mendoza, y para hacer más inexpugnable mi posición corté toda comunicación (excepto con mi familia); yo me proponía, en mi retrincheramiento, dedicarme a los encantos de una vida agricultora y a la educación de mi hija, pero ¡vanas esperanzas! en medio de estos planes lisonjeros, he aquí que el espantoso Centinela principia a hostilizarme; sus carnívoras falanges se destacan y bloquen mi pacífico retiro; entonces fue cuando se me manifestó una verdad que no había previsto a saber: que yo había figurado demasiado en la revolución para que me dejasen vivir en tranquilidad. Conocí que mi posición era falsa y que a la guerra de pluma que se me hacía, yo no podía oponer otra que esta misma arma, para mi desconocida; en lucha tan desigual me decidí a abandonar mi fortificación y adoptar otro sistema de operaciones. He aquí mi primer plan destruido.
He tenido el honor de atravesar en compañía de Ud. el borrascoso Atlántico; sin trepidar me entrego nuevamente a sus caprichos, creyendo que en sus insondables aguas se ahogarían las innobles pasiones de los enemigos de un viejo patriota; pero contra toda esperanza, el Argos de Buenos Aires se presenta sosteniendo los ataques de su conciliador hermano el Centinela y protegido de Eolo y de Neptuno atraviesa el océano, y en el mes de las tempestades arriba a este hemisferio con la declaración de una nueva guerra.
Aquí me tiene Ud., paisano, sin saber qué partido tomar. En mi retiro de Mendoza yo proponía una federación militar de provincias; vengo a Europa, y al mes de mi llegada un agente del gobierno de Buenos Aires en París (que sin duda alguna acude a los consejos privados del ministro francés) escribe que uno u otro americano residente en Londres, tratan de llevar (metido en el bolsillo) a un reyesito para con él formar un gobierno militar en América. He aquí, indicado al general San Martín…”.

Después de todo esto, tan significativo que merecería por si solo un denso capítulo (2), se despide en estos términos:

“Que el acierto acompañe sus calendarios estadísticos financieros; que la salud sea completa, y la alegría y las fuerzas no lo abandonen, son los deseos de su compatriota”.

Esta interesante pieza, encontrada por una feliz casualidad en el Archivo de los Tribunales de Buenos Aires a fines de siglo -¡setenta y cinco años ignorada por la historia!- prueba sin réplica la amistad a que nos referíamos. Pero también prueba definitivamente la sorda e implacable maquinación contra el Padre de la Patria, sostenida con singular virulencia por el Argos y el Centinela, conspicuos representantes de la prensa rivadaviana. ¡Lo fueron a buscar al ostracismo para atacarlo, océano por medio! Pero el héroe de la causa grande, lo fue también por el desprecio olímpico que demostró hacia sus detractores. Incapaz de rumiar sentimientos pequeños, como el rencor, sólo se confesaba ante sus íntimos, para que comprendieran la razón de un alejamiento que distaba de ser indiferencia. Ya lo probaría con creces en el futuro.

En esa carta recuerda el Libertador al amigo, el viaje que realizaron juntos a través del Atlántico en 1812, y en el medio tono de la confidencia fraternal desahoga la queja viril contra las diatribas que pretendían alcanzarlo. Todo eso, con respetuoso aprecio hacia quien llama “primer profesor de Economía Política de las Provincias Unidas del Río de la Plata”.

Existió entre ambos, pues, una buena amistad, más allá del tiempo y de la distancia. Hemos visto, asimismo, según todos los testimonios –verbigracia, la aludida carta de Moreno a Guido y la información de la Gaceta del 12 de marzo de 1812- , que don Francisco Chilavert, el padre, se contaba en el grupo de militares que se alejó de Cádiz y, pasando por Inglaterra, embarcó luego –mancomunados todos en un mismo propósito- rumbo a Buenos Aires. Es decir, camarada de hecho de San Martín, Alvear, Zapiola y los demás.

Así fue como Martiniano, el niño de trece años, hijo de un español americanista, regresa a la Patria casi de la mano de quien habría de ser el héroe máximo de la Gran Epopeya. ¡Quién sabe si este ilustre vínculo no fuera entonces, para él, algo así como el germen misterioso del encendido fervor patriótico que caracterizó siempre, entre aciertos y errores, al artillero científico y valiente de Ituzaingó y de Caseros!.

Por lo tanto, bajo esos auspicios y apenas desembarcado, sintiendo aún en su espíritu virginal el poderoso influjo de la personalidad del gran hombre, continuaría en Buenos Aires –como en efecto lo hace-, con una aplicación superior a lo exigible a sus años, los estudios matemáticos que había iniciado con éxito en España. Luego se incorpora en calidad de cadete al Regimiento de Granaderos de Infantería, adquiriendo allí conocimientos que contribuirían a darle más adelante una seria preparación militar. Desde su iniciación se destacó por su temperamento estudioso y analítico, y por la profundidad de sus preocupaciones y juicios. Es bueno tener presente que en un país que está librando una guerra por su independencia, resulta fundamentalmente importante formar oficiales capaces, única posibilidad de tener ejércitos y soldados idóneos y eficientes. De ahí que resultara altamente promisoria la incorporación de un jovencito con las bellas cualidades de Martiniano, quien el 23 de enero de 1817 alcanza el grado de subteniente de artillería.

Pero no por eso deja las matemáticas. Antes al contrario, parece aumentar su vocación por ellas, y dos años después (26 de enero de 1819) se presenta a rendir prueba de suficiencia. Lo hace con todo éxito, en solemne acto público –según prácticas de la época-, ante altas autoridades civiles y militares.

El estudio metódico comenzó a nutrir su inteligencia, de suyo lucida, y templó su carácter en la disciplina y el orden. En la frente despejada de este joven nostálgico e introvertido, algo indefinible se revelaba ya, como si el destino le reservara para transitar nada comunes rumbos.

Al dar término el curso, el 19 de febrero de ese mismo año, se incorpora al servicio activo. Ya está iniciado, pues, en la profesión de las armas, cuyos galones ostentaría siempre con honor. Por su muy estimada preparación técnica, todos los juicios y todos los acontecimientos lo califican a Chilavert como el artillero científico, destacándose como sobresaliente entre las promociones de su época. Cumple consignar ahora, al mismo tiempo, que la rigidez de cuáquero de su carácter le ganó numerosos enemigos, aunque sus juicios no fueron alimentados siempre por sentimientos confesables. Todo individuo puntilloso y exigente molesta, y muchas veces surgen en su torno reacciones que le crean situaciones desfavorables y delicadas. No hay que descartar, sin embargo, que ya hacia su madurez fuera acentuándose una naturaleza temperamentalmente díscola, según se desprende también de algunos indicios y testimonios concurrentes. Pero en cuanto a su conducta, que es lo que realmente importa, tirios y troyanos, amigos y adversarios, y sobre todo la posterioridad, lo consideran con unánime respeto. A veces, la reticencia egoísta o sectaria procura disfumar en la penumbra una no mentida admiración. Esto es ya significativo y definitorio.

Referencias


(1) Las aludidas cartas, que a continuación se transcriben fueron publicadas en el diario La Prensa, en marzo de 1900, bajo el título de “Documentos históricos – Dos cartas del general San Martín, encontradas últimamente en los Archivos de los Tribunales de la Capital”.

“El alma lacerada del Libertador –comenta el periodista- se ve a través de las líneas rápidamente trazadas de estas cartas. Sus impresiones, trasmitidas rápidamente a un amigo, dan con toda nitidez los perfiles del carácter del héroe de nuestra gran batalla nacional. La rectitud del soldado patriota se revela en la primera carta, y en la segunda pinta en un solo párrafo, con un solo rasgo, su aversión a los conquistadores españoles y su anhelo por la paz en la Patria que él nos había legado.

“La primera carta tiene una importancia fundamental en nuestra historia, y se presta a observaciones y aclaraciones que será necesario hacer, como acto de justicia histórica, en hora propicia”.

(2) Véase el trabajo “San Martín y Rivadavia, una cordial enemistad”, publicado por la revista Todo es Historia, noviembre de 1967.

Fuente

Diario La Prensa, Buenos Aires, 7 de marzo de 1900.
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Uzal, Francisco Hipólito – El fusilado de Caseros, Editorial La Bastilla, Buenos Aires (1974)

domingo, 25 de enero de 2015

San Martín: El hermano del Libertador en las Filipinas

El hermano desconocido de San Martín que luchó y murió en Filipinas
Claudia Peiró - Infobae

La visita del pontífice argentino al archipiélago asiático es una buena ocasión para recordar que un pariente de nuestro héroe nacional tiene su tumba en Manila. El homenaje de Perón y el orgullo filipino



Busto de San Martín en Manila. Fotografía tomada por el embajador argentino en Filipinas Joaquín Otero

Homenaje a San Martín en Manila

Homenaje a San Martín en Manila



¿Un San Martín sepultado y honrado en los confines del mundo? Es una noticia que sorprende, tan poca ha sido la atención prestada por nuestros historiadores a muchos detalles de la vida del Libertador y, particularmente, de su familia. Existe una excepción, y es el libro Los hermanos de San Martín, publicado hace unos diez años. Su autor es Armando Rubén Puente, periodista, historiador y escritor argentino radicado en España desde hace muchos años.



Reunión de la IDC en Manila Filipinas. De pie, Ricardo Romano (PJ). Sentado en el centro, el lider democristiano filipino Raúl Manglapus

El libro de Armando Puente sobre el exilio de San Martín

El Capitán Juan de San Martín, padre del Libertador

Puente es tal vez el único historiador que se dedicó a estudiar la vida de los hermanos de San Martín. Volcó el resultado de sus investigaciones en el libro mencionado -ampliamente agotado-, que por fortuna se encuentra a la espera de una reedición. Allí describe la trayectoria de Juan Fermín Rafael, nacido en 1774, y por lo tanto cuatro años mayor que José Francisco. Este hermano de nuestro prócer fue destinado a Filipinas en 1805. Ya no regresaría a España. Murió en Manila el 17 julio de 1822, a los 48 años.

Recordemos que fueron cinco los hijos del matrimonio formado por el Capitán Juan de San Martín y Gregoria Matorras, ambos oriundos de la actual Castilla. Todos nacieron en tierra americana, en las antiguas misiones jesuíticas, donde el padre fue Teniente Gobernador y se desempeñó en la defensa de la frontera, permanentemente amenazada por las incursiones de los bandeirantes portugueses. María Elena (1771), la hija mayor y única mujer, y los dos primeros varones, Manuel Tadeo (1772) y Juan Fermín (1774), nacieron en Calera de Vacas, actual territorio uruguayo, mientras que los dos menores, Justo Rufino (1776) y José Francisco (1778), en Yapeyú, hoy provincia de Corrientes. Toda la familia regresó a España en 1784. No se conocen retratos de todos los hermanos de San Martín; sólo de Justo, de María Elena. También éste, del padre, Juan.



Fuerte de Zamboanga, en Mindanao (Filipinas), la plaza que defendió Juan Fermín de San Martín, hermano del Libertador, en 1821.

Fuerte de Zamboanga, en Mindanao (Filipinas), la plaza que defendió Juan Fermín de San Martín, hermano del Libertador, en 1821. 

Fuerte de Zamboanga, en Mindanao (Filipinas), la plaza que defendió Juan Fermín de San Martín, hermano del Libertador, en 1821.

Desde Madrid, Armando Puente sintetizó para Infobae los datos que pudo recabar para reconstruir la trayectoria de este hermano del Libertador que vivió y murió en Filipinas que, recordemos, era una colonia española desde 1521, cuando fue reclamada para la Corona de España por Fernando de Magallanes en su truncada vuelta al mundo.

Todos los varones de la familia San Martín ingresaron al ejército español desde muy jóvenes, a los 13, 14 ó 15 años. Juan Fermín lo hizo como cadete en el Regimiento de Infantería Soria el 23 de septiembre de 1788, en el cual revistó durante 14 años. Luego pasó tres años en el Batallón Veterano Príncipe Fernando. Tras combatir en el continente, pasó a la Real Armada y se embarcó en enero de 1797 y participó en la batalla de San Vicente contra la flota inglesa. Luego, permaneció en Brest hasta 1801, con la escuadra española coaligada a la francesa. De regreso a España fue destinado al Escuadrón Húsares de Luzón, la más grande de las islas Filipinas, y donde se encuentra la capital, Manila. Allá fue nombrado sargento del regimiento de húsares y años después coronel, es decir que alcanzó el mismo grado que sus hermanos. En 1815, llegó a ser Comandante de Húsares del Regimiento Luzón.

Aunque permaneció la mayor parte del tiempo en Manila, en 1821 fue destinado a Mindanao, la segunda en tamaño de las islas del archipiélago. Estuvo un año entero a cargo del fuerte de Sanboanga (o Zamboanga) –entonces apenas una aldea, pero hoy una gran ciudad de casi un millón de habitantes-, que en tiempos coloniales era una plaza estratégica, por ser una de las dos puertas del estrecho de Joló, un paso cuyo control los españoles no podían perder. Sanboanga había sido fundada en 1635 como fortaleza militar española contra los moros que acechaban desde Borneo e Indonesia. Durante su estancia allí, Juan Fermín de San Martín tuvo que defender la plaza de una insurrección de sectores musulmanes en conflicto con la población indígena y las autoridades europeas, cuenta Armando Puente. Para esa tarea, dice, tenía bajo su mando una compañía de artillería y 4 de infantería, una de ellas conformada por tropa indígena.


En Manila, en el año 1813, Juan Fermín se había casado con Josefa Manuela Español de Alburu, hija de un militar español y de una mujer indígena. Con ella tuvo tres hijos, siendo el único San Martín en haber engendrado descendencia masculina.

La curiosidad natural lleva a preguntarse si Juan Fermín, viviendo a 20.000 kilómetros del escenario americano, y considerando la lentitud de los viajes y comunicaciones entre diferentes dominios españoles, estaría al tanto de las peripecias y hazañas de su hermano menor. Y, más en general, cuánto contacto hubo entre ellos en esos años.

Seguramente sí lo había, aunque con el correspondiente delay. Una carta entre Manila y Buenos Aires bien podía demorar un año. Pero Armando Puente aportó en su charla con Infobae un detalle singular.

En el año 1819, Antonio José de Escalada, el suegro de San Martín, viajó a Filipinas para visitar a uno de sus hermanos, Bernabé Antonio Escalada, quien tenía un cargo importante en esa Capitanía General (el archipiélago no tenía categoría de virreinato). Bernabé Escalada, que era abogado, también se dedicaba al comercio y amasó una importante fortuna con esa actividad antes de regresar a Buenos Aires.

En su visita, el padre de Remedios se entrevistó con su pariente político, Juan Fermín. Podemos imaginar que el hermano de San Martín aprovechó la presencia de Escalada para ponerse al día respecto a la vida y obra del Libertador. Al menos, de lo que su suegro podía contarle. Lo comprobado es que Juan Fermín le entregó una carta para su ya célebre hermano, que en ese momento estaba tratando de organizar la campaña al Perú y a punto de entrar en conflicto con los unitarios porteños.


Según Armando Puente, el último descendiente directo de Juan Fermín murió en 1945, justo después del fin de la Segunda Guerra Mundial y cuando concluía la ocupación japonesa de Filipinas.

Ahora bien, en el año 2010, a raíz del Segundo Centenario de la Revolución de Mayo, el embajador argentino en Filipinas, Joaquín Otero, descubrió que había un busto de José de San Martín en una avenida de Manila. Cuando indagó sobre los motivos de este homenaje, supo que se trataba de un obsequio hecho por el general Juan Perón al enterarse de que un hermano del Libertador había muerto allí.

En declaraciones a TN, el 17 de agosto de 2012, el embajador Otero aseguró haber hablado con "la esposa del nieto de Juan Fermín". "Se llama Mildred San Martin", dijo. La mujer le dijo que su esposo había fallecido en 1998.

Armando Puente, quien ha incursionado en otros aspectos de la vida del Libertador, como sus años de exilio –es autor, entre otros, de Historia de una amistad: Alejandro Aguado y José de San Martín (Claridad, 2011)-, asegura que aún quedan cosas por investigar sobre los otros San Martín y, más concretamente, en Filipinas, sobre la trayectoria de Juan Fermín. Evidentemente, el tema de la línea sucesoria y la fecha exacta de la desaparición del linaje es una de ellas. El autor de Los hermanos de San Martín desconoce si alguien en Filipinas se ha abocado al tema.

El embajador Otero dijo en la nota citada: "Nosotros estamos contando quién era San Martín a los filipinos. Nos parece importante transmitir qué hizo San Martín para que se sepa más sobre Argentina, y que este conocimiento promueva el intercambio en varios niveles". En la foto, uno de los actos de homenaje al Libertador en el Bicentenario (2010).


Sin embargo, matizando lo que dice el diplomático, para la clase política filipina la presencia de un San Martín en su suelo no era algo desconocido.

En el año 1997, un histórico dirigente filipino, Raúl Sevilla Manglapus (1918-1999), que fue senador y secretario de Asuntos Exteriores, y que presidía la Internacional de Partidos de Centro (IDC, ex Internacional Demócrata Cristiana) llevó a los delegados argentinos a ese foro a visitar la tumba de Juan Fermín de San Martín y depositar allí una ofrenda floral. En la fotografía, Manglapus está sentado en el centro. De pie, Ricardo Romano, delegado del justicialismo en la IDC. Esto ocurría bajo la presidencia de Fidel Ramos (1992-1998), cuyo padre, como veremos más abajo, también está vinculado a esta historia.


El homenaje al hermano de San Martín en Manila tuvo lugar durante una reunión de ese importante foro plural de partidos de centro del cual el Partido Justicialista era miembro hasta que, inexplicablemente, el kirchnerismo lo retiró.

Por otra parte, el busto de San Martín en Manila demuestra que el dato era conocido también por el Estado argentino. En 1945, al concluir la segunda guerra y la ocupación japonesa, Narciso Ramos –padre de Fidel Ramos, quien, como se vio, llegó a la presidencia varias décadas después- fue el encargado de organizar el servicio exterior filipino y varias de sus embajadas, como la de EEUU y varios países latinoamericano, el nuestro entre ellos, fue la primera persona que indagó acerca de la presencia de Juan Fermín de San Martín en su país. Y en 1950, al cumplirse los 100 años de la muerte de José de San Martín, el entonces presidente Juan Domingo Perón decretó el "Año del Libertador General San Martín" y, entre otros muchos homenajes, envió un busto de San Martín a Manila.

El fallecido Raúl Manglapus, héroe de la resistencia anti-japonesa y uno de los líderes del partido Lakas-Unión Nacional de los Cristianos Demócratas, luego fusionado por iniciativa suya con una agrupación islámica, con el nombre de Lakas-Tao-Christian Muslim Democrats, conocía y honraba estos lazos de sangre entre Argentina y Filipinas.