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jueves, 19 de enero de 2017

Infografía: La farsa mapuche

miércoles, 18 de enero de 2017

Patagonia: El genocidio aonikenk por parte de los araucanos

Polémica por genocidio: Aseguran que los mapuches exterminaron a los tehuelches

Actual Río Negro


“Roca no enca­bezó una cam­paña pri­vada en 1879. Fue como coman­dante en jefe del Ejér­cito Nacio­nal a cum­plir la misión que Ave­lla­neda, pre­si­dente de la Nación Argen­tina, ele­gido por el pue­blo, le había asig­nado. Y esa cam­paña estuvo des­ti­nada a inte­grar, a incor­po­rar de hecho a la geo­gra­fía argen­tina prác­ti­ca­mente la mitad de los terri­to­rios his­tó­ri­ca­mente nues­tros y que esta­ban bajo el poder tirá­nico del malón arau­cano, cuyos fru­tos más nota­bles eran el robo de ganado, de muje­res y la pro­vo­ca­ción de incendios.

Los arau­ca­nos, hoy deno­mi­na­dos mapu­ches, lle­ga­ron a la Argen­tina allá por 1830, cuando la Nación Argen­tina era ya inde­pen­diente y sobe­rana. Por lo tanto, fue­ron inva­so­res. El pri­mer grupo de inva­so­res los cons­ti­tu­ye­ron apro­xi­ma­da­mente unos 100 indí­ge­nas capi­ta­nea­dos por Yan­que­truz. Se afin­ca­ron en Neu­quén y desde allí se fue­ron exten­diendo hacia el sur y el norte.

El ver­da­dero geno­ci­dio lo come­tie­ron los arau­ca­nos cuando ani­quila­ron a los Gue­na­ken, tam­bién lla­ma­dos Tehuel­ches, que eran lo autén­ti­cos abo­rí­ge­nes de la Pata­go­nia Norte.

Actual­mente como argen­ti­nos tie­nen todos los dere­chos al igual que los demás argen­ti­nos, pero no a inten­tar fal­sear la his­to­ria y pre­ten­der les devuel­van tie­rras que nunca les pertenecieron.

  1. En 1879 las tro­pas de Caful­curá eran pode­ro­sas, lo prueba el hecho de que gana­ron las pri­me­ras bata­llas con­tra el Ejér­cito Nacional.
  2. Ambos ban­dos con­taba con fusi­les Reming­ton. Los arau­ca­nos los traían de Chile, donde se los ven­dían los ingle­ses a cam­bio del ganado argen­tino robado en los malo­nes. Prueba de ello es que la columna del Ejér­cito Nacio­nal coman­dada por el general Ville­gas tenía como obje­tivo clau­su­rar y con­tro­lar los pasos andi­nos por donde les lle­ga­ban a los arau­ca­nos los Remington.
  3. Los indí­ge­nas arau­ca­nos eran tra­di­cio­nal­mente muy gue­rre­ros. Recor­de­mos que en los pri­me­ros tiem­pos de la con­quista espa­ñola aso­la­ron varias impor­tan­tes ciu­da­des en Chile que los chi­le­nos tar­da­ron siglos en reconquistar.
  4. Los arau­ca­nos, en el año 1250 subie­ron hacia el Norte y des­tru­ye­ron el Impe­rio de Tiahua­naco. Este Impe­rio era mayor y mucho más civi­li­zado que el pos­te­rior impe­rio de los Incas que comenzó luego en el año 1280.
  5. El uso actual del tér­mino “mapu­che” y las fal­sas reivin­di­ca­cio­nes de estos son manio­bras disol­ven­tes y dis­gre­gan­tes que prac­ti­can polí­ti­cos con minús­cula en las últi­mas déca­das con fina­li­da­des antinacionales, y para bene­fi­cio propio.


Arau­ca­nos y Tehuelches


Los mapu­ches son sólo originarios de la inven­tiva del Foreign Office británico.

Ni Rosas o Roca los men­cio­nan en la Cam­paña al Desierto, tam­poco los his­to­ria­do­res, ni la famosa expe­di­ción a los Indios Ran­que­les. Tam­poco los men­ciona la his­to­ria ofi­cial en las pro­vin­cias ni museos de His­to­ria del Neu­quén Santa Cruz, Chu­but, Río Negro, Men­doza, ni San Juan…

¿Desde cuándo han apa­re­cido estos mapu­ches en escena? Su pro­pia ban­dera es simi­lar a la nueva Sudafri­cana, luego del apart­heid uti­li­za­ron a Man­dela y ahora desean uti­li­zar a un pue­blo que no es ori­gi­na­rio de nada, sólo Tehuel­ches y Arau­ca­nos lo son.

Quede en claro que la expe­di­ción de Roca resultó la pri­mera gue­rra con­tra Chile y no una cam­paña con­tra el indio, como muchos pre­ten­den hacerlo notar. A las prue­bas me remito cuando sos­tengo que por enton­ces el 90% de la pobla­ción chi­lena era indí­gena, que no es cosa menor. En sín­te­sis, nues­tro país defen­día la sobe­ra­nía sobre una Pata­go­nia que los caci­ques desea­ban y ellos… eran chilenos.

Enci­clo­pe­dia Sal­vat — Dic­cio­na­rio — Edi­tado en Bar­ce­lona — 1972:

MAPU­CHE: Adj.- Natu­ral de Arauco — Per­te­ne­ciente a esta Pro­vin­cia de Chile.

Mas­cu­lino — Idioma de los araucanos.

TEHUEL­CHE: Adj. y sust. — Dícese de un indi­vi­duo de un pue­blo ame­rin­dio caza­dor, que, con otros gru­pos inte­gró la lla­mada “Cul­tura de las Pam­pas” en Argen­tina y Uru­guay. Exter­mi­na­dos en gran parte por los con­quis­ta­do­res espa­ño­les y los arau­ca­nos que­dan redu­ci­dos núcleos en Tie­rra del Fuego.

Hoy todos los naci­dos en el suelo patrio somos argentinos y ya no caben fal­sas reivin­di­ca­cio­nes indi­ge­nis­tas ni de pue­blos ori­gi­na­rios inexis­ten­tes. Desde comien­zos del siglo XVI está pre­sente la san­gre his­pana en todo el suelo argen­tino y los pue­blos ori­gi­na­rios de la Pata­go­nia ante­rio­res a esa fecha fue­ron las etnias tehuelches.

El invento “mapu­che” data sólo del siglo XIX, insisto que hoy todos somos argen­ti­nos y nadie tiene nin­gún dere­cho a reivin­di­car etnias ni pue­blos dife­ren­tes al argen­tino so pena de cola­bo­rar con los inten­tos ingle­ses, nor­te­ame­ri­ca­nos e israe­li­tas para des­mem­brar y des­po­ten­ciar a la patria argentina.

Este tema mapu­che y su pro­pa­ganda ins­ta­lada por mar­xis­tas que han hecho del indi­ge­nismo una cues­tión de stado, es pre­ciso comen­zar a des­ba­ra­tarla de raíz. Lamen­ta­ble­mente, no sólo los polí­ti­cos vena­les y perio­dis­tas paga­dos por el sis­tema sir­ven de difu­so­res de una men­tira infame, sino que han caído en ella y no siem­pre por ingenuidad.

Obis­pos y curas que fie­les a sus pos­tu­ras ter­cer­mun­dis­tas, impul­san como ver­dad de Pero­gru­llo, dando así por sen­ta­das todas y cada una de esas falacias.

Se llegó al extremo incon­ce­bi­ble de enga­ñar al Santo Padre Juan Pablo II y ahora al Papa Bene­dicto XVI cuando les hicie­ron decir que el gran santo Cefe­rino era mapu­che y no tehuel­che. Es difí­cil creer en la inocen­cia por des­co­no­ci­miento de los obis­pos pata­gó­ni­cos en esta manio­bra vil, por­que es dable supo­ner que si han lle­gado a esas ins­tan­cias de la jerar­quía, deben poseer una cul­tura gene­ral his­tó­rica de su patria com­pa­ti­ble con su rango.

Uti­li­ce­mos en toda su ple­ni­tud este medio fan­tás­tico que la tec­no­lo­gía nos brinda, para rever­tir la opi­nión errada de muchos argen­ti­nos sobre temas de tras­cen­den­cia como el que se trata”.

Fuente: Gentileza – Eduardo A. Castro

Autor: Fredy Carbano

sábado, 24 de diciembre de 2016

JAR: El eterno olvido de uno de los más grandes

La demonización de Roca y el olvido de Sarmiento
Por Mariano Grondona | LA NACION


Para el "kirchnerismo duro", la historia no es algo real -lo que en verdad ocurrió, que sólo puede conocerse mediante serias investigaciones- sino algo imaginario, el relato , esa visión del pasado que impone hacia atrás el grupo dominante. La llamada batalla cultural en que la que están empeñados los ultrakirchneristas consiste en sustituir la visión hasta ahora predominante de nuestro pasado, lo que ellos llaman "el relato liberal", por "otro relato", en el cual los próceres de antaño pasan a ser los villanos y las figuras emblemáticas del proceso nacido en 2003, particularmente Néstor Kirchner, pasan a ser los nuevos próceres. La batalla cultural que ha emprendido el ultrakirchnerismo apunta a dos objetivos centrales: de un lado, beatificar a Kirchner; del otro, demonizar a los representantes de la que ellos llaman "la Argentina liberal" y, particularmente, a Julio Argentino Roca, que presidió nuestro país de 1880 a 1886, y de 1898 a 1904.

La demonización de Roca es un proyecto que discurre a través de tres vías convergentes cuya intención común es destronarlo de la consideración de los argentinos de hoy y, particularmente, de los jóvenes que, a la inversa de los ciudadanos de edad madura, no pueden refutar a los promotores de la "batalla cultural" desde sus propios recuerdos. La primera de estas vías es la publicación de supuestos libros de historia que, en realidad, no son otra cosa que piezas de propaganda para el consumo de los menos informados. La segunda vía tiende a manchar, destruir o mutilar los monumentos que, desde la Patagonia hasta Buenos Aires, han venido exaltando a Roca desde hace un siglo. La tercera vía es borrar su imagen hasta de los billetes de cien pesos.

Bastan algunos ejemplos para ilustrar esta campaña. El escritor Osvaldo Bayer ha propuesto retirar la estatua de Roca de la ciudad de Buenos Aires porque, en su opinión, "fue el Hitler argentino". La diputada Cecilia Merchán propuso reemplazar la figura de Roca de los billetes de cien pesos por la imagen de Juana Azurduy, una heroína indudable de nuestra independencia. Otro diputado, esta vez agrario y radical, Ulises Forte, quiere sustituir a Roca en los billetes de cien pesos por estampas del famoso Grito de Alcorta de 1912, que dio nacimiento a la pujante Federación Agraria. Los diputados del Frente para la Victoria han anunciado que impulsarán el reemplazo de Roca en los billetes por la figura, sin duda elogiable, de Hipólito Yrigoyen. En el imponente Centro Cívico de San Carlos de Bariloche, el monumento a Roca que todavía lo preside ha sido un blanco incesante de pintadas agresivas que anuncian la intención de removerlo.

ATAQUE Y DEFENSA
El principal argumento que se utiliza para denostar a Roca es que en la Campaña del Desierto de 1877, que condujo como ministro de Guerra, incurrió en genocidio para aniquilar a los "pueblos originarios" que poblaban la Patagonia. Bastaría recurrir a verdaderos historiadores como Félix Luna en su espléndida biografía, que lleva por título Soy Roca , o a otros estudiosos, como Luis Alberto Romero, para desenmascarar esta falacia. En primer lugar, porque los mapuches a los que derrotó Roca no eran "pueblos originarios" de la Patagonía sino pueblos "invasores", ya que eran araucanos que provenían de Chile y que habían aniquilado a los verdaderos pueblos originarios, los tehuelches, antes de que llegara Roca. En segundo lugar, porque habría que anotar que muchos mapuches, aunque no todos, sin ser por cierto los idílicos "buenos salvajes" de Rousseau, desataron los malones que mataban a nuestros pioneros rurales, y raptaban a sus mujeres, llevándose el producto de sus sangrientas correrías al otro lado de la cordillera. En tercer lugar, porque Roca, lejos de ser un despiadado "genocida", pactó la paz con casi todas las tribus invasoras.

La calificación de "genocida" mediante la cual se lo pretende demonizar incurre en un pecado que el propio Max Weber denunció cuando sostuvo que el verdadero historiador no es quien retroproyecta sus propios valores al pasado, sino quien describe a los protagonistas del pasado desde los valores que ellos mismos poseían. En la Argentina de 1877 había un consenso prácticamente unánime por librar a los colonos del flagelo del malón, y Roca lo instrumentó no sólo con solvencia militar, sino también con mesura política, reduciendo su acción militar a batir en combate a los pocos miles de lanzas que, pese a sus ofertas de paz, lo desafiaban.

Debe reconocerse también que Roca no consiguió que Chile admitiera nuestra soberanía sobre la Patagonia mediante una guerra que supo evitar, sino que, haciendo gala de su insuperada astucia, justamente cuando Chile libraba contra Perú y Bolivia la Guerra del Pacífico de 1879-1883, con sólo insinuar al gobierno trasandino que, a menos que aceptara nuestros reclamos en el Sur, entraríamos en esa guerra del lado de sus enemigos, obtuvo lo que pretendía sin disparar un tiro. Fue gracias a esta incruenta estratagema como consolidó el dominio argentino de la Patagonia, y logró que millones de pobladores ulteriores, entre ellos el propio Kirchner, pudieran sentir más tarde el aguijón de la argentinidad. Roca nos dio la Patagonia sin derramamiento de sangre. ¿Decretar su demonización agregándole la beatificación simultánea, fulminante y antagónica de Kirchner no es llevar la ideología demasiado lejos?


DE ROCA A SARMIENTO
A Sarmiento no se lo ha demonizado como a Roca. Aún hoy, se lo sigue honrando desde todos los rincones del arco ideológico. Pero ¿estamos prolongando en verdad su legado, que no fue otro que asentar el futuro argentino sobre el pilar de la educación? Sarmiento nos puso a la cabeza de América latina a partir de un acontecimiento sin parangón: la irrupción revolucionaria de la educación pública y gratuita. Fue gracias a su extraordinaria visión como los niños y los jóvenes, sea cual fuere su origen económico, recibieron el don de la igualdad de oportunidades. Una igualdad que estaba fundada, eso sí, sobre la disciplina y el esfuerzo. Hoy, hasta las familias más pobres pugnan por ingresar en la educación privada y pagan lo que no tienen para escapar del derrumbe de la educación pública.

¿A Sarmiento aún lo honramos, entonces, sólo de la boca para afuera? Su obra revolucionaria fue posible porque giró en torno de la exaltación de la figura del maestro , por todos venerada. ¿Qué padre se atrevía a contradecir al maestro, supuestamente en nombre de sus niños? Hoy, hay padres que agreden a los maestros en representación de esos hijos a quienes consienten, si los maestros osan aplicarles una mala nota. ¿Dónde ha quedado el exigente ideal de "mi hijo el doctor"? Llama la atención que los propios docentes hayan sido los primeros en rebajarse a sí mismos al renunciar a su título egregio de "maestros" para autodenominarse modestamente "trabajadores de la educación", como si la dependencia laboral fuera su única condición. Pero ¿no hay acaso entre nosotros miles de docentes que querrían volver a ser considerados maestros y se sienten asfixiados por sus ligaduras sindicales? Con Sarmiento, nuestra tabla de valores ponía en la cumbre al maestro por encima hasta de los propios padres, mientras la misión principal de los niños era, por lo pronto, aprender. A Sarmiento, es verdad, no lo hemos atacado como algunos a Roca. Simplemente, lo hemos olvidado , lo cual es aún más grave porque, en tanto que ya nadie podría quitarnos la Patagonia que Roca nos legó, el olvido de Sarmiento nos está privando de su legado sin que ni siquiera nos demos cuenta.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Roca: Un grande gramscianamente transformado en genocida

¿Fue Roca el malo de la película de la historia argentina?
Dos veces presidente constitucional, fue uno de los protagonistas principales de la generación que edificó el Estado argentino y consolidó nuestras fronteras. ¿Genocida o estadista? En todo caso, mucho más que una cara en el billete de 100 pesos
Por Rolando Hanglin - Infobae



Roca, blanco de una campaña que busca declararlo “genocida”

"Hace poco más de un siglo, el 12 de octubre de 1904, el general Roca entregó al doctor Manuel Quintana los atributos de la presidencia de la República. Había cumplido su segundo mandato, pero su influencia política desde 1880 había transformado el país. La Argentina era una potencia respetada. El general Mitre, ya anciano y verdadero patriarca de la argentinidad, fue a su casa ese mismo día para felicitarlo por su gestión: 'Ha cumplido', le dijo parcamente, porque el juramento de su asunción, en 1898 lo había hecho ante Mitre." (Juan José Cresto, presidente de la Academia Nacional de Historia, 2004)

Puede decirse que el malo de la película, en la Historia Argentina, hoy es Julio Roca. Por el momento, se le han concedido unas merecidas vacaciones a Don Juan Manuel de Rosas, que en sus tiempos realizó, junto a Facundo Quiroga y el fraile José Félix Aldao, una expedición punitiva a los indios pampas y ranqueles (1833), y ahora está de turno Julio Roca, también perseguidor de indios indefensos, a la vez que  aliado del Imperio Británico. Lo mismo que Rosas, quien tras su caída en Caseros vivió como "farmer" durante veinticinco años en Swaythling, cerca de Southampton y de su admirado Lord Palmerston, ex canciller inglés.


Julio Argentino Roca (1843-1914), dos veces presidente constitucional

Algunos críticos de Roca, sus contemporáneos (1879-1880), exclamaron: "¡El general Roca ha descubierto que en la Patagonia no hay Indios!"(Sarmiento) o señalaron que la expedición al Río Negro había sido un mero paseo  en calesa, en el que no se registraron combates ni escaramuzas, ni siquiera una discusión acalorada. Nada. Un desfile de mascaritas. Algún autor ha señalado que, durante la campaña, Roca montó a caballo cuatro veces en total, una para la foto. Nos cuesta comprender cómo un hombre tan insignificante, del que no se sabe si fue guerrero feroz o farolero impar, logró figurar en el billete de 100 pesos y en miles de calles, avenidas, pueblos, ciudades y monumentos de la República Argentina. Y, a la vez, hacerse de la negra fama de genocida que hoy rodea al general tucumano.

 En 1810 ya había comenzado la ‘araucanización de la pampa’
Vale apuntar que, en 1810, año del inicio del proceso de independencia de Argentina y de muchas otras naciones, había comenzado ya lo que se conoce como "araucanización de la pampa". Grandes poblaciones aborígenes chilenas, perseguidas por haber apoyado a los españoles en la guerra de la emancipación, o bien buscando un espacio más amplio para su desempeño económico, basado en la caza y la recolección, cruzaron los Andes buscando en las llanuras de la falda oriental sus presas de caza (el venado, el guanaco, el peludo, la vizcacha, la misma yegua) y disputaron estos territorios a los pampas argentinos y a los propios cristianos, que instalaban sus estancias fronterizas y desarrollaban sus sangrientas vaquerías. Los araucanos, raza militar de fuerte carácter, dotada de un lenguaje práctico, dominaron paulatinamente a las indiadas argentinas (tehuelches, querandíes y puelches) cuyas lenguas se consideran hoy desaparecidas. En el crisol de las llanuras y serranías se formaron nuevas agrupaciones, habitualmente con predominio araucano (la palabra "mapuche" empezó a usarse mucho más tarde) y potenciadas por nuevos recursos, todos provenientes de la conquista española: el caballo, la vaca, la oveja, el hierro (la moharra metálica, el cuchillo) más tarde el rémington.

 La década de 1870 había sido tremenda en materia de malones indios
Conviene recordar que la Campaña al Desierto le valió a Roca un enorme prestigio en el campo argentino entre 1879 y 1880, gracias al cual llegó con facilidad a la presidencia de la nación. La década de 1870 había sido tremenda en materia de malones indios. El problema de las indiadas se había acentuado desde 1820 en adelante: las ciudades cristianas (Buenos Aires, Córdoba, Salta, Carmen de Patagones) eran islas en medio de un mar de lanzas. Tras la muerte del ministro de guerra Adolfo Alsina, en 1877, Roca se presentó ante el Senado de la Nación y expuso su plan de batalla con gran simpleza: "Necesito un año para planearlo y otro para realizarlo, dos años en total, a cuyo término los indios habrán sido absorbidos y asimilados por la civilización, pero para ello es necesario salir de la actitud defensiva de Alsina e ir a buscarlos a sus tolderías, hasta someterlos".


La década de 1870 había sido tremenda en materia de malones

Conviene recordar algunos hechos, aunque sea investigándolos en Google, para no aburrirnos con largos libros. ¿Por qué pensar hoy en Roca? Porque en 2014 se cumplieron 130 años de la sanción de la Ley 1420 (conocida como de enseñanza laica, gratuita y obligatoria) y el primer centenario de la muerte de Roca, al que nosotros consideramos, modestamente, el gran estadista de nuestra historia.

Pero la fecha no obtuvo el recuerdo que se merecía. Efectivamente, fue Roca quien promulgó la gran ley de enseñanza laica, junto a su ministro de Justicia e Instrucción Pública, don Eduardo Wilde. Domingo F. Sarmiento militó, por así decirlo, como fogoso propagandista de la enseñanza pública. Algunos números: al comenzar el primer mandato de Roca, había 1214 escuelas públicas. Seis años después eran 1804. Las escuelas normales, en las que se formaban los maestros, pasaron de 10 a 17. Los alumnos, de 86.927 a 180.768. Docentes: de 1.915 a 5.348 en seis años. Con fuerte influencia de Sarmiento, en su segundo mandato propone un sesgo laboral en los estudios, al modo estadounidense: se crean escuelas de Artes y Oficios, de Agronomía y Veterinaria, de Ingenieros en Minería para San Juan, de Agricultura vinícola en Mendoza.

Roca fue el único presidente argentino que cumplió dos mandatos constitucionales (1880-1886 y 1898-1904) con doce años de intermedio. No intentó amañar la reelección mediante cadenas de amigos y socios para perdurar indefinidamente en el poder y los negocios.


Con Roca termina la guerra entre unitarios y federales

Con Roca termina la guerra entre unitarios y federales: la ciudad de Buenos Aires queda federalizada y las rentas de la Aduana del Puerto (que eran el principal ingreso de aquel tiempo) se convierten en propiedad nacional, terminando así un conflicto de 70 años entre Capital e Interior.

Roca defendió el orden constitucional, incluso con las armas, pero buscando siempre la pacificación y la amnistía.

Roca reconoció lo obvio: la primera potencia del mundo no era otra que Inglaterra, y superaría por largos años a los Estados Unidos, España, Francia y Rusia. Se considera que el Reino Unido empezó a perder su preeminencia recién al fin de la Primera Guerra Mundial, con la construcción del Canal de Panamá. Esta novedad dejó fuera de juego a Buenos Aires, aliada de Gran Bretaña, como puerto de paso obligado en el cruce del Atlántico al Pacífico y viceversa. Los Estados Unidos se adueñaron de los mares.


Roca reconoció lo obvio: la primera potencia del mundo no era otra que Inglaterra, y superaría por largos años a Estados Unidos, España, Francia y Rusia

En el inolvidable 1880, Roca impulsó una útil asociación comercial con Londres, con una visión realista muy similar a la de Rosas en su tiempo. Por otra parte, el gobierno inglés había sido un discreto pero eficaz aliado de la Argentina, sobre todo desde enero de 1825, cuando Jorge IV reconoció nuestra independencia. El crecimiento logrado por el país en tiempos de Roca sólo puede compararse con el que hoy ostentan los Tigres asiáticos o la propia China.

Obra de Roca: a partir de 1881, no se discutieron ya territorios con Chile, sino sólo líneas divisorias. Cabe recordar que habíamos librado una guerra con el Brasil, cincuenta años antes de Roca: éste promueve un acercamiento que diluye los conflictos.

En su segunda presidencia, Roca crea el servicio militar obligatorio, para unir en la civilización a todos los jóvenes, criollos, indios y gringos, pues estos últimos empezaban a llegar. En este período se incorpora al Congreso el primer diputado socialista de América, don Alfredo Palacios.

Roca sostuvo un concepto estratégico del territorio nacional: ocupar la Patagonia hasta la Tierra del Fuego anulando de raíz cualquier reclamo territorial de Chile, integrar el país mediante una red ferroviaria -hoy destartalada-, resolver todo conflicto de límites y modernizar a la Nación para insertarla en el mundo.


Roca sostuvo un concepto estratégico del territorio nacional

El ex ministro del Interior de Roca, Joaquín V. González, presenta al Congreso el primer Código de Trabajo, muchas  de cuyas iniciativas serían plasmadas recién en la década de 1940 por el General Perón. Lo mismo puede decirse de las políticas de protección  industrial que Roca esbozó, y continuó su antiguo aliado, el presidente Carlos Pellegrini.

 Todos los hombres de la Generación del 80 fueron aliados y adversarios en distintos tiempos
Una aclaración: todos los hombres de la Generación del 80, que convierten a la Argentina en la décima potencia mundial, quinta exportadora del globo y más alfabetizada que la mayoría de las naciones de Europa, fueron aliados y adversarios en distintos tiempos. Esto incluye al propio Roca,  y a Sarmiento, Mitre, Avellaneda, Alsina, Pellegrini.

Sobre la derrota militar y cultural de los indios araucanos, cabe señalar que la debacle había comenzado en tiempos de la Zanja de Alsina. Este foso, que cruzaba la provincia de Buenos Aires, dificultaba los grandes malones ya en 1877, y en especial trababa la retirada de los indios con su inmenso arreo de cautivas, caballos, ovejas y sobre todo ganado vacuno. La carne de yegua era el alimento favorito para la gente de las tolderías, mientras que las vacas (robadas por cientos de miles) permitían un fabuloso comercio de carnes en Chile, cruzando la cordillera tras una prudente invernada en Neuquén o en Choele-Choel. Volviendo a la zanja: en ella los malones se atascaban, pugnando por arrear océanos de cabezas de ganado. Esto daba tiempo a las tropas argentinas para alcanzarlos y sablearlos, recuperando lo robado. En tiempos de la Zanja de Alsina, diseñada por el ingeniero francés Alfred Ebelot (autor de Adolfo Alsina y la Ocupación del Desierto), los indios tuvieron que desplazarse hacia el sur y el oeste. Los productores agrarios ganaron vastas extensiones.


La Zanja de Alsina fue un primer obstáculo al malón y al robo de ganado

Ya se había librado, el 8 de marzo de 1872, la batalla de San Carlos (hoy Bolívar) donde el General Ignacio Rivas vence al chileno Calfucurá, considerado el Napoleón de las Pampas, que muere al año siguiente: 4 de junio de 1873, en Chilihué. El nombre de este asentamiento significa "Pequeño Chile" y recordaba la querencia originaria de Piedra Azul y su gente. Durante aquel combate se movilizaron 3.600 lanceros argentinos y chilenos encabezados por Calfucurá, Reuquecurá, Mariano Rosas, Catricurá y Pincén. La muy cuestionada zanja, de 300 kilómetros, cavada en 1877 (aún se hallan algunos tramos en nuestro campo) dificultó los malones y, a la larga, generó escasez y hambruna en las tolderías.

 No cabe duda de que aquello fue una guerra a muerte entre dos civilizaciones irreconciliables
Pampas y araucanos consideraban que la riqueza y los alimentos debían adquirirse virilmente, mediante la guerra y el pillaje, despreciando todo trabajo "de a pie", por ejemplo, la siembra. En San Carlos chocaron 3.600 lanceros indios contra otros tantos soldados argentinos, reforzados por la indiada amiga de Catriel. En aquel entonces comenzaba a manifestarse claramente, entre los indios, la separación de  argentinos  y chilenos. Se disolvía la gran Confederación Indígena de Salinas Grandes encabezada por Calfucurá, con perfiles de auténtico imperio, de allí que Piedra (Curá) Azul (Calfú) fuera conocido como el Napoleón de las Pampas.


Una guerra a muerte entre dos civilizaciones

En fin, no cabe duda de que aquello fue una guerra a muerte entre dos civilizaciones irreconciliables. No se trata de exculpar a Roca por una matanza. Más bien, la victoria fue el tramo final de una guerra de 300 años,  facilitada  por el hecho de que los indios se encontraban ya  desmoralizados… y con hambre. Enfrentaron al Ejército Argentino en un combate frontal, que no era su fuerte. Fueron derrotados y comenzó su declinación. Puede decirse que, cuando Roca realizó su famosa expedición al Río Negro, ya los encontró dispersos.

Roca tuvo un lema: "Paz y Administración".  Válido para todos los tiempos, incluso el actual.

martes, 12 de julio de 2016

Conquista del desierto: La batalla de San Ignacio

Batalla de San Ignacio
Revisionistas


Soldado de Línea

El 26 de marzo de 1881 se produce el encuentro entre la tropa de la Primera Brigada de la 2º División de Ejército, en campaña al lago Nahuel Huapi, almando del teniente coronel Rufino Ortega con las indiadas de Ñancucheo y Huincaleo. El lugar de la batalla fue el desfiladero de San Ignacio, en el valle del río Aluminé, en donde éste recibe las aguas del Catan Lil y forma el Collon Curá (unión de los departamentos de Catan Lil, Huiliches y Collón Curá, en la precordillera.

Versión oficial

“En todo este trayecto se ha avistado al flanco izquierdo de la columna varios jinetes. Son indios que observan nuestra marcha desde la cumbre de elevados cerros, que tan pronto se aproximan como desaparecen, y van, a medida que vamos avanzando, encendiendo el campo en diversas direcciones. Sin temor de equivocarse puede asegurarse que por ese medio avisan nuestra aproximación y el rumbo que seguimos.

Diez baqueanos a las órdenes del ayudante R. Guevara son enviados a examinar el camino del Oeste que se interna en un estrecho cajón, y a la vez, alejar a la partida de indios que tenemos al frente, que con toda osadía llegan a aproximarse hasta un tiro de fusil.

Parece que quieren lucir los magníficos caballos que montan. Bajan y suben a escape empinadísimos cerros y en cuyas cumbres hacen mil molinetes.

El ayudante Guevara regresó sin haber obtenido ningún resultado después de más de una hora de inútiles correrías.
Para llegar al paso del río tenemos que costearlo algunas cuadras; pero todas ellas forman un estrecho desfiladero donde sólo se puede ir de a uno. Nos internamos en él. Los indios nos contemplan desde la orilla opuesta, desde donde pueden contarnos con toda impunidad.

A la conclusión del desfiladero se llega al paso del río. En el momento de vadearlo, el Jefe del 11 de Caballería avisa que los indios han avanzado por nuestra retaguardia y se tirotea con la guardia que la cubre; que ha desprendido al mayor Ruibal con el 3er Escuadrón en su protección.

Efectivamente, un grupo de indios aprovechándose encontrarnos comprometidos en el paso del desfiladero, pasan el río un poco más abajo donde marchábamos y caen de improviso sobre las reses que conducen para nuestra provisión. Los que las cuidan, peones de proveeduría, no ofrenden resistencia; pero los caballerizos más próximos los contienen hasta la llegada de la guardia y del mayor Ruibal que los obliga a repasar el río.

Al propio tiempo que esto pasa a retaguardia, también la cabeza de la columna se bate. Marchan a vanguardia 20 hombres a las órdenes del ayudante Guevara, e inmediatamente detrás sigue la columna. Pásase el río y se emprende la ascensión de un cerro por una pendiente algo inclinada. En la cumbre de éstos, están todavía los indios. Esta osada insistencia hace suponer que intentan algún golpe. Parte del 12 y todo el Regimiento 11 está todavía encajonado en el desfiladero y paso del río.

Hago situar sobre el paso una compañía del Batallón para que proteja y cubra el paso que es susceptible de un ataque por el flanco derecho. El resto avanza. Al coronar el cerro, el ayudante Guevara es cargado violentamente por más de 60 indios. Es apoyado inmediatamente por granaderos del 12 a órdenes del capitán O`Donnell.

Estas fuerzas cargan y doblan a los indios que en su retirada se dividen en dos grupos. La mayor parte de la vanguardia persigue a los de nuestra izquierda, pues los de la derecha han ido a caer a un cajón por donde sigue la columna. A la izquierda son cargados por retaguardia, y por los indios que perseguían, pero son completamente rechazados.

Mientras esto pasa a la izquierda, seis o siete soldados han continuado persiguiendo a los de la derecha y siguen avanzando a su frente.

De improviso son cargados por retaguardia por un número considerable de indios y por los que perseguían. Aunque el resto de la fuerza acude velozmente desde la izquierda, no se puede evitar que lanzeen (sic) a seis.

Aquí muere el sargento Romero, el cabo Cortez y dos soldados del Batallón, quedando un baqueano y un soldado del 12 heridos.

Uno de los muertos debe ser un cacique o capitanejo, pues de su cadáver se ha recogido una espada. Esta tiene en su tasa el escudo de Chile. Los indios que he tenido al frente son los de Ñancucheo y Huincaleo, tal lo asegura el capturado por el comandante Torres, dice haberlos reconocido en los caballos que montan. Su número se calcula en más de 200 los que se han presentado a vanguardia”.

Comentarios

La Primera Brigada había partido desde su acantonamiento en el fuerte 4ª División, el 8 de marzo de 1881, siguiendo el curso descendente del río Agrio, primeramente, para luego proseguir por el de Catan Lil, hasta encontrar, en las cercanías del lugar donde se desarrolló el combate que hemos referido, al río Aluminé.

Más tarde prosiguieron por este río, que cambia de denominación trocándose en Collón Cura, para proseguir su marcha hasta el lago Nahuel Huapi, donde Villegas había dispuesto instalar el campamento central de la División.

Las fuerzas de la Brigada estaban compuestas por: Plana Mayor, 2 jefes, 2 oficiales y 21 soldados; Regimiento 11 de Caballería, 2 jefes, 7 oficiales y 190 tropa; Batallón 12 de Infantería, 2 jefes, 7 oficiales y 263 tropa. Total: 6 jefes, 16 oficiales y 474 tropa.

Nótese la audacia y la estrategia de la indiada que aprovecha al máximo su conocimiento de la topografía de la región por la cual deben pasar los expedicionarios, como así también la ventaja de poseer magníficas caballadas, aclimatadas y acostumbradas a trepar los cerros de la zona.

Esta expedición tenía como fin primordial reconocer todo el territorio “del Triángulo” y tratar de someter a las tribus indias. Esto posibilitó que en la segunda campaña ya se conociera el terreno y las indiadas que se oponían al avance.

Respecto a los dos valientes suboficiales que perdieron la vida, con los dos soldados que lo acompañaron en su entrada en la gloria, no tuvieron el consuelo que el poeta y soldado Ricardo Gutiérrez anhelaba para aquellos que iban al Paraguay, a luchar, enviados a esos campos donde caerían tantos argentinos.

Inspirándose en la blanca figura del que fuera capellán de las tropas argentinas en aquella guerra, canónigo Tomás O. Canavery, habría de aspirar a contar con el consuelo de:

El misionero

Poncho blanco no te apartes
de las huestes argentinas denodadas,
cuando suenen los clarines de la guerra,
cuando ruja la batalla
y en el peplo de su sangre
el soldado herido caiga;
que te vea discurriendo
como lirio entre las rosas escarlatas
despertando bendiciones en las bocas
alegrías en las almas,
besos cálidos de amor sobre los pliegues
de la enseña azul y blanca;
y en la noche de la muerte, sé la aurora
de la vida que no muere,
de la vida que no pasa
para el héroe que ha sabido dar su vida
por la vida de la Patria.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Raone, Juan Mario – Fortines del desierto – Biblioteca del Suboficial Nº 143

jueves, 28 de abril de 2016

Conquista del desierto: "Tabletas" de indio

Las tabletas malditas


Los indios habían avanzado la población de Río Cuarto, haciendo toda clase de iniquidades. Los cautivos pasaban de cien, el arreo era de veinte mil cabezas entre ovejas y vacas, y la guarnición, a órdenes del coronel Baigorria, no daba señales de vida. La confusión era espantosa y el terror verdaderamente pánico. El coronel Lagos, de guarnición en La Carlota, comprendió que era necesario proteger la población, pero no tenía elementos para ello.

Con la viveza de carácter que le es característica y esa rapidez audaz de concepción que le distingue, se pone en marcha con unos cuantos milicos y vecinos, entre los que iba el doctor Avila y otras personas conocidas. Hace una marcha forzada de catorce leguas, bajo todas las penurias posibles, pero ya los indios se habían retirado, llevando los cautivos y un arreo inmenso.

Del coronel Baigorria no se tenía noticias y no era posible dejar en poder de los indios aquellos cautivos, sin hacer, por lo menos, un esfuerzo para rescatarlos. La jornada era penosa y peligrosa en extremo, pero esto mismo era un aliciente para Lagos, a quien los peligros atraen con fuerza desconocida. Sin más pensamiento que el de salvar a los ctabautivos, se lanza en persecución de los indios, acompañado de unos cuantos milicos, dos o tres oficiales y los vecinos, de los que siempre formaba parte el doctor Avila, apasionado por estas aventuras.

Después de galopar toda la noche y gran parte del día, dio alcance a un grupo como de veinte indios. Estos, que se sienten alcanzar, dan vuelta, cuentan el enemigo y encuentran más prudente disparar, abandonando el arreo que llevaban. Y huyen con toda la rapidez de sus caballos pampas, pues los milicos vienen cerca y alguna bala de revólver les ha pasado ya rascándoles las costillas.

Uno de los indios siente que su caballo se le aplasta y se va quedando atrás del grupo de sus perseguidos compañeros. Apura su caballo de todos modos, lo azota, le clava la espuela, pero el caballo no da más y amenaza caerse. Entonces el indio, con un ademán bravío y soberbio, empuña la lanza con las dos manos, y echando pie a tierra hace frente al grupo que lo persigue. Dos de los otros indios que han visto la acción del compañero, retroceden valientemente y se ponen a su lado tratando de alzarlo en ancas, y el combate desesperado se empeña, entre los indios que quieren salvar al compañero y el grupo de Lagos que desea tomar a los tres.

Sólo Lagos tenía revólver, y matarlos, así a mansalva, parecía al bizarro jefe una cobardía. Saca el sable y atropella resuelto, pero las lanzas y el grito de los indios asustan al caballo, que se resiste a la espuela. Los soldados quieren avanzar, pero les sucede lo mismo. Un nuevo grupo de indios acude, pero en aquel momento los milicos logran avanzar el caballo y, después de una lucha rápida y enérgica, dan muerte a dos de los indios, haciendo huir al tercero.

El nuevo grupo, compuesto de treinta indios, había llegado en son de carga y hasta acometido con bríos. El combate era álgido y al arma blanca. A los indios se les había hecho bueno el partido al ver el corto número de los enemigos, y peleaban duro, creyendo tener el triunfo seguro. Era preciso concluir antes de que cerrara la noche, y el coronel Lagos cargó resueltamente. Poco resistieron los indios: cuando vieron que ocho o diez compañeros quedaban estirados en el suelo; arremolinearon, dispersándose después en todas direcciones.

Lagos los persiguió una o dos leguas más, hasta que tuvo que abandonarlos, pues disparaban de a uno tratando de presentar el menor blanco posible y obligar a fraccionarse al grupo de perseguidores para batirlos después en detalle. Vuelto al sitio donde había tenido lugar la refriega, decidieron acostarse un momento para dar descanso a los caballos; pero fueron asaltados por un enemigo más incómodo y cruel: el hambre. Hacía dos días que no comían, y la imposibilidad de hacerlo en dos días más, aumentaba el hambre de una manera insoportable.

Estaban a veintidós leguas de todo recurso y tenían que esperar a que descansaran los caballos, pues de otro modo estaban expuestos a quedarse a pie. Los platos más suculentos desfilaban por la imaginación hambrienta, al extremo de no poder conciliar el sueño. Los milicos, que todo lo hurgan, empezaron a matar el tiempo registrando los cadáveres de los indios para quitarles las pocas pilchas que pudieran tener. Eran indios que venían de invadir y era natural que algo llevaran consigo.

A lo mejor que cada cual pensaba con una voracidad canina en el plato de su predilección, uno de los milicos lanzó un grito de fabulosa alegría:

-¡Comida! –gritó-, quesadillas y tabletas; ¡viva la Patria!

Efectivamente, entre el seno de dos cadáveres, los soldados habían hallado una mina de tabletas, de aquellas famosas cuya masa leve y bien batida se deshace en la boca. Todos rodearon los cadáveres y empezaron a devorar las tabletas con una ansiedad de sesenta horas de dieta rigurosa. El doctor Avila y Lagos se le habían afirmado con tanta fe a las quesadillas que comieron con exceso, dejando de hacerlo porque ya lo les cabía más en el estómago.

Y tal era la provisión de tabletas que llevaban en el seno los indios que, a pesar de haber comido de aquella manera excesiva, quedaron todavía para almorzar al día siguiente. Satisfecha la imperiosa necesidad del estómago, el cansancio reclamó para el cuerpo el sueño reparador, y después de colocar la vigilancia necesaria, se acostaron a dormir cada cual sobre sus caronas. A la mañana siguiente todos estaban en pie y listos para marchar.

En el primer momento nadie pensó sino en ensillar su caballo, pues se le había sacado la montura para hacerla dragonear de cama. Concluida la tarea y viendo a un milico que raspaba una tableta para comer, Lagos y Avila se acercaron y sintieron con espanto que el pelo se les enderezaba sobre la cabeza. Aquella tableta estaba empapada de sangre. Horrorizados revisan todas las que habían quedado y todas presentaban el mismo aspecto espantoso. Las heridas causadas en el cuerpo de los indios les había llenado de sangre el seno y las tabletas se habían bañado en aquella levadura horrible.

-¡Hemos comido tabletas con sangre de indio! –dijo Avila, haciendo un gesto formidable.

-¡Hemos comido sangre de indio con tabletas! –contestó Lagos, sintiendo que las tabletas le bailaban un malambo en el estómago. Y ambos se dieron vuelta en un movimiento símil. La vista de los cadáveres había precipitado el resultado formidable.

Hablando anteayer con el coronel Lagos, le recordábamos este episodio de su penosa vida militar y haciendo un gesto espantoso nos decía:

-Cállese, por Dios, se me figura que todavía estoy mascando las quesadillas.


Fuente

Gutiérrez, Eduardo – Croquis y Siluetas militares – Ed. Edivérn – Buenos Aires (2005).


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martes, 26 de abril de 2016

Conquista del desierto: El coronel Chanampa

El coronel Chanampa




El coronel Ceferino Chanampa, alias el indio Shefe, escuchaba el ruido apagado de los cascos contra el arenoso camino. Una luna de algodón acuchillado jugaba a resplandecer y apagarse entre las nubes. Cuando asomaba, podía verse la pequeña tropa desarrapada, desgreñada, caminando en silencio. Apenas se veían los espesos romerales, los ariscos chañares. Cuando se escondía la luna, parecía que tierra, yuyos y caballos fueran una sola cosa oscura y palpitante.

El coronel Ceferino Chanampa sacó un pie del tosco estribo para no entumecerse. Se balanceó un poco. Si tan siquiera pudiera pitar. Pero la sorpresa del Carrizalito había sido desastrosa. No hubo tiempo más que para encarar un poco a la tropa de línea y escapar con lo puesto. Jodida suerte. Desde que murió el General en nada les había ido bien. Cierto que cuando peleaban a su lado tampoco habían ganado muchas batallas, pero por lo menos el desbande era una táctica y el huir un anticipo de victoria. Y, además, ellos sabían que como quiera, el General arreglaría las cosas. Pero esto era la derrota bárbara, la derrota sin remedio, pobre y desolada como choco que los rondara toriándolos con sus fauces sumidas de hambre. El tintín del sable contra la espuela casi lo sobresaltó. Ese ruidito juguetón era cosa que sobraba. Todo parecía obligadamente trágico en esta ocasión. El coronel Ceferino Chanampa arrugó la jeta aindiada y se encasquetó el gorro sobre los ojos. ¡Bah! El sable… ¡Para lo que servía…! Fueran otros tiempos, cuando la cosa se resolvía en la primera arremetida a fuerza de fierro y pechazo: pero ahora, con los cañones de los Regimientos quemándolos de lejos y los Remingtons minuciosos bajándolos como cachilitas, ¡adónde! ¡Qué guerra ésta! El coronel Ceferino Chanampa revolvía palabras y sucedidos mientras estiraba alternativamente sus piernas sobre los bastos duros. ¡Qué destino éste! Ya ni sabía para qué peleaban, salvo para defender el cuero. Cuando estaba con el General todo era más fácil. El General pensaba por ellos y les decía si iban a pelear o no. A veces estaban semanas de ociosos en el campamento o en la ciudad, comiendo y chupando. Y un día entre los días los hacía reunir y decía:

- Bueno, muchachos, hay que largarse de nuevo…

Entonces el secretario les leía trabajosamente una proclama y después empezaban otra vez los días iluminados y heroicos, acribillados de muerte, de dolor, de miedo y de exaltación; días enaltecidos de victorias y guitarras, de saqueo jocundo y risas bárbaras resonando gloriosamente en la calles de las ciudades conquistadas. ¡Ah, Catamarca la empinada! ¡Ah, San Juan resistente! ¡Ah, Córdoba la orgullosa! Y el desbande luego, planeado en la voz cadenciosa del General:

- De aquí en cinco días, en La Hedionda.

O en el Chamical. O en Mollaco. O en Anjullón. O en Guaja. Donde fuera. Y allí estaban todos a los cinco días, firmes, esperando la nueva orden. El General… Era como si lo viera, los ojos mansos, el cabello enrubiado ya encanecido, la vincha desflecada… Sí: antes había sido más fácil. Es difícil vivir mandando uno. Acaudillar ¡qué difícil es! El coronel Ceferino Chanampa recordaba. Si por él fuera, no hubiera pasado de soldado. Total, la vida era densa y áspera lo mismo. Pero el coraje lo va siguiendo a uno y lo señala. Un jefe que lo distingue, un instante cargado de destino que se le rinde, una desmesura celebrada por los compañeros, y de repente cata que uno es caudillo. Se acordaba cuando el General lo ascendió a su grado actual. Había sido después de la derrota grande. Sin que nadie se lo mandara, el Indio Shefe juntó una docena de muchachos y se puso a guardar las espaldas de la gente en retirada. Al pisar lugar seguro, el General lo mandó llamar, lo miró con esos ojos que de puro zarcos parecían mostrar el alma, y le dijo:

- Hijito, sos coronel.

Desde entonces, el Indio Shefe era coronel. ¡Y que se le hubiera muerto su General así, tan enteramente indefenso, sin haber estado él para ponerse delante de la lanza y hacerse rajar el pecho antes de que lo atravesara al viejo jefe derrotado! ¡Mala suerte! El coronel Ceferino Chanampa sintió un picor en los ojos y pegó un feroz espolazo al caballo.

Atrás, los montados de sus diez hombres hacían un ruido acolchonado sobre el polvo. Los muchachos casi no hablaban. Se dejaban andar, sin palabras. La noche seguía cargada, mezquinando luna.

Iban hacia Chile por Jagüe. Tal vez allí tuvieran más fortuna. Algunos amigos habían logrado pasar. Si la expedición pacificadora no los alcanzaba a la altura de Los Hornillos, ya no les preocuparía nada. Eran todos baquianos y con un poco de charqui y unos chifles de aguardiente podrían atravesar las montañas grandes. Los caballos estaban cansados, pero verdeando antes de meterse en el Paso andarían bien. La cosa era llegar a Los Hornillos. De allí a Chile, ya se vería. En Chile podrían trabajar en las minas o irse al sur, a los fundos. Total, un conocido nunca falta para buscar conchabo. Un hombre está bien en cualquier lado. Lo único, estar en tierra extraña. Cuando pensaba esto una inquieta desazón le ponía regustos amargos en la boca. Dejar la patria era como si le arrancaran las entrañas. Una escondida voz le decía a gritos esto: el coronel Ceferino Chanampa seguiría siendo el mismo hombre en Chile; sus greñas ásperas, sus pómulos marcados, su voz aflautada y esdrújula no cambiarían; pero el coronel Ceferino Chanampa era también la tierra, el paisaje, el cielo, las gentes, las cosas. El era él, con su cuerpo y su alma, con sus días y sus noches; pero él era también todo lo cotidiano y si le arrancaban esto, quedaría mutilado. Cuando así pensaba, se le achicaba el corazón y sentía lo que sintió hacía muchos años, cuando estuvieron a punto de degollarlo tras una revolución fracasada…

Menos mal que los muchachos lo acompañaban. Sus muchachos. Allí estaban ellos, cada uno con sus mañas. Los conocía como si fueran hijos. Sin darse vuelta podía señalar de quién era la voz que se escuchaba de tanto en tanto. Werfil Herrera, con su corpachón enorme y su cara de niño, agrandado y su risa extemporánea. El negro Sostaita, que solía rasguear implacablemente con sus dedos torpes, frente a los fogones benignos, una percudida guitarra. El sargento Avallay del lado de los Pueblos, agobiado de tantos trabajados años. Don Shola Carrizo, sentencioso y grave, que nadie sabía por qué andaba en cosas de guerra. Y los tres pasados de San Luis, con sus barbazas y sus vinchas, taciturnos y eficaces. Y el “Shulco”, el chiquilín alocado y gritón que todos querían y que se permitía macanear con todos, hasta con el capitán Carmen Barrionuevo, costeño, que tenía una voz bronca y sonora y jamás se reía. De todos podía el coronel Ceferino Chanampa dar testimonio. A algunos los conocía de años atrás, cuando la guerra larga. Otros habían sido compañeros suyos al lado del General. Menos mal que iban juntos. Pensaba que verlos en Chile sería como tener cerca un pedazo de patria…

Seguían andando sin pausa. Agitó innecesariamente el chifle para verificar si tenía aguardiente. A él no le gustaba macharse, pero antes del entrevero y en las retiradas largas solía chupar. Eran las únicas veces que le brillaban los ojos achinados y soltaba su grito agudo y sostenido. Pensó, con una sonrisa resignada, que nunca se le había dado por las farras. Casi no bailaba. Esas fantásticas cuecas de los cuyanos, esos gatos cordobeses, nunca los había bailado. Cuando lo llevaban a alguna farra, él se quedaba enculado, retraído bajo la enramada, escuchando discutir a los hombres.

- ¡Ay, indio! Así no has de encontrar nunca mujer…

Le decía, riéndose, su compadre Sotomayor. A él no le importaba eso de no conseguir mujer. Tener mujer, ¿para qué? Tomaba alguna hembra al pasar, después de una campaña o cuando se le daba la gana. Una, lo quiso bastante. Se acordaba. ¡La pobre! Tenía unos ojos grises y el modo sumiso y querendón. Vivió un tiempo con ella en un rancho de adobe, decente como el que más, cerca de Cochangasta, frente a la acequia. Tenía unos naranjos al fondo y el agua cantaba día y noche cerca de la casa. El, trabajaba de compositor de caballos. Ella hacía dulces y tortas. Fueron días pacíficos. Pero esa vida lo cansaba. Y en cuanto supo que el General estaba preparando otra campaña, montó su mejor caballo, buscó los amigos más cerca y enfiló hacia los llanos, sintiendo como si se hubiera arrancado unos grillos, pesados y dulces a la vez. Nunca la volvió a ver. Le dijeron, mucho después, que ella se había ido con un desertor del Regimiento de Arredondo. No se le importó. Pero a veces extrañaba un poco su modito y el gris de sus ojos. ¡Bah! El hombre no debe atarse a polleras. Por lo menos, el que anda en estas cosas… Suspiró fuerte, y miró hacia atrás. La luz de la luna ponía escalas de polvo plateado sobre el grupo que lo seguía. Se arrebujó en su áspero poncho y avivó el paso del caballo. Si los alcanzaban los de línea antes de meterse en los contrafuertes de la Cordillera, estaban perdidos.

Buenas tropas, los nacionales. Armas largas, ganado fresco, ropa entera. ¡Qué podían hacer contra ellos las raquíticas chuzas, los trabucos desvencijados de los montoneros! El coronel Ceferino Chanampa los había visto de lejos, con no disimulada admiración. Observaba sus maniobras perfectas, sus conversiones cerradas, sus formaciones impecables: y tenía que contener un secreto impulso para no largarse hacia ellos pegando gritos amistosos y abrazarlos. ¿Y los oficiales? Los había visto de cerca en dos o tres ocasiones: cuando hicieron un tratado de paz que fue traicionado muy luego y otra vez en la ciudad, al entrar el Regimiento al son de la banda y con las banderas desplegadas. El estaba escondido en la casa de un compadre, cerca del Estanque. Los había visto pasar. ¡Esos sí que eran oficiales! Todos traían entorchados y charreteras decorándoles los combados pechos; Las peras y los bigotillos cuidadosamente recortados. Recordaba al ayudante del General, que una vez apareció con un poncho agujereado por todo vestido, tan en la miseria estaba. Y a ese capitán Wamba que nunca usó zapatos. Tal vez si ellos hicieran unos arreos como los de las tropas nacionales, andarían mejor. ¿Quién podría creerlo Coronel a él, Ceferino Chanampa, más conocido por el Indio Shefe, con esos pantalones remendados, ese blusón hecho harapo, ese gorro agujereado donde lucía una escarapela argentina para distinguir su jerarquía…? Y, sin embargo, ¡carajo! Era tan Coronel como el mismísimo Arredondo, que había visto entrar en la ciudad tan churito, al frente del Regimiento, resplandeciente de oros y sin un remiendo ¡sin un solo remiendo! en su uniforme azul y rojo.

Al coronel Ceferino Chanampa le hubiera gustado hablar con ellos, con los hombres contra quienes tanto había luchado. Le hubiera gustado sentarse mano a mano, pitando despacio, y hablar sin apuro toda una tarde, toda una noche. Le hubiera gustado saber por qué peleaban. Les hubiera preguntado por qué los perseguían, con qué derecho habían matado al General, cómo era que se largaban sobre los pueblos para asolarlos. Ellos, que sabían leer y escribir, podrían hablarle largamente de sus motivos. Debían tenerlos, y seguramente muy importantes.

Sonrió un poco: ¿y si se lo preguntaban a él? ¿Qué diría? Bueno, no diría muchas palabras. Nunca decía muchas. Pero por lo menos les haría saber que él luchaba porque siempre lo había hecho, porque ésa era su tierra y no le gustaba ver regimientos extraños paseándose por sus pagos; que luchaba contra los cogotudos de la ciudad que eran enrevesados para hablar y le hacían desconfiar siempre; que peleaba porque el General siempre había peleado contra ellos, y porque no tenía casa ni tenía mujer ni otra cosa mejor que hacer. Porque la guerra era linda y dura y lo hacía sentir más hombre; porque eso de estar cuerpeando a la muerte parece que a uno lo purificara. Por todo eso ¡y que se yo! Tal vez por otras cosas más grandes, cosas tan altas y tan oscuras que no podía descubrirlas ni entenderlas y era preferible callarlas, para no disminuir su grandeza con sus pobres palabras de indio iletrado. El las sentía: eran cosas que venían en tumulto desde el fondo de la noche, una cabalgata de muertos queridos que desfilaban borrosamente o las palabras bellas que había escuchado en las proclamas del General y que ya no recordaba… ¡Pelear! Qué otra cosa podía hacer… Pelear hasta terminar, como fuera. Una resignación orgullosa lo iba invadiendo. Era como un juego. Ahora comprendía. Era como jugar a la taba o al monte, con apuestas mucho más valiosas que las que solía hacer. Se apostaba la vida.

Cuando ganaba, tenía a su Mercer la vida de sus enemigos. Cuando perdía, su vida era de ellos. Juego limpio y riesgoso. Ahora estaba jugando las últimas vueltas. Lástima que en la apuesta también estuvieran implicados los compañeros. Eso hacía todo más complicado. Cuando el General se largaba a una campaña, él sabía que era parte de su apuesta y aceptaba ese mínimo destino sin protestas ni responsabilidades. Ahora, en cambio, era él, el coronel Ceferino Chanampa, quien tiraba sobre la mesa esas diez paradas. Eso lo desazonaba. Pero podía tranquilizarse pensando que todo obedecía a un ritmo ciego e inexorable al que era ajeno. Otro, alguien, lo estaría jugando a él. Ganar o perder, no importaba. Cumplir un destino, tal vez sí.

Amanecía. A la derecha, muy lejos, se adivinaba la roja imponencia de Los Colorados. Patquía quedaba atrás. Con un poco de suerte habrían de llegar al otro día, a la oración. El cielo estaba ahora limpio de nubes y llegaba a ratos un olor fresco a retamo, como un regalo del campo pobre a sus derrotados. Ya estaba saliendo el sol cuando avistaron a retaguardia la polvareda de los nacionales. Pronto se distinguirían sus uniformes azules y rojos, sus Remingtons certeros, sus caballos frescos.

Miró a los compañeros. Nadie decía nada. Un aliento eterno suspendía a todos y transfiguraba sus rostros atezados. Detuvieron las derrengadas cabalgaduras y se prepararon. Cuando dio, rutinariamente, las últimas órdenes, el coronel Ceferino Chanampa tuvo la sensación de ser un ciclo cerrado y que en ese instante estelar se completaba su existencia armoniosamente, auténticamente. Sintió lo que nunca había sentido a través de sus correrías: una plenitud, una paz infinita, la oscura certeza de que todo debía pasar así y no de otro modo. Se sintió leal a su destino anónimo y desolado, y no trató de eludirlo. Desató el chifle y bebió con largueza. Después esperó.

Fuente


Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Luna, Félix – La última montonera – Biblioteca Boedo, Buenos Aires (1992).

www.revisionistas.com.ar

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martes, 12 de abril de 2016

Aonikenk y Araucanos, argentinos y extranjeros

La Mentira Mapuche y la verdad Tehuelche


La Verdad Tehuelche y la Gran Mentira Mapuche


Este paradigma de la Nación Argentina es denostado por una campaña intencional que pretende disolver los verdaderos valores de la argentinidad. Lamentablemente la ignorancia histórica hace que muchos honestos ciudadanos se presten a colaborar con esta aviesa campaña.


El General Julio Argentino Roca:

El General Roca no encabezó una campaña privada en 1879. Fue como Comandante en Jefe del Ejército Nacional a cumplir la misión que Avellaneda, presidente de la Nación Argentina, elegido por el pueblo, le había asignado. Y esa campaña estuvo destinada a integrar, a incorporar de hecho a la geografía argentina, prácticamente la mitad de los territorios históricamente nuestros, y que estaban bajo el poder tiránico del malón Araucano, cuyos frutos más notables eran el robo de ganado, de mujeres y la provocación de incendios.
Los Araucanos, tal como su nombre lo indica, eran 'originarios' de Chile, más precisamente de la región de Arauco.



Bandera Mapuche


Enciclopedia Salvat - Diccionario - Editado en Barcelona - 1972:
MAPUCHE: Adj.- Natural de Arauco - Perteneciente a esta Provincia de Chile.
Masculino - Idioma de los araucanos.
TEHUELCHE: Adj. y sust. - Dícese de un individuo de un pueblo amerindio cazador, que, con otros grupos, integró la llamada "Cultura de las Pampas" en Argentina y Uruguay. Exterminados en gran parte por los conquistadores españoles y los araucanos, quedan reducidos núcleos en Tierra del Fuego.

Los araucanos, que hoy se hacen denominar Mapuches, llegaron a la Argentina allá por 1830, catorce años después de nuestra Declaración de la Independencia, es decir, cuando la Nación Argentina era ya independiente y soberana. Por lo tanto, fueron invasores. El primer grupo de invasores los constituyeron aproximadamente unos 100 indígenas capitaneados por Yanquetruz. Se afincaron en Neuquén y desde allí se fueron extendiendo hacia el sur y el norte.

El verdadero genocidio lo cometieron los Araucanos cuando aniquilaron a los Guenenaken, también llamados genéricamente Tehuelches, que eran los auténticos 'aborígenes originarios' de la Patagonia norte.

Actualmente como argentinos tienen todos los derechos al igual que los demás argentinos, pero no a intentar falsear la historia y pretender que les devuelvan tierras que nunca les pertenecieron, de las que NO SON "PUEBLO ORIGINARIO", sino que fueron sus invasores.

Ya para el año 1879, las tropas de Calfucurá eran poderosas, y lo prueba el hecho de que ganaron las primeras batallas contra el Ejército Nacional que emprendió la Reconquista de esas tierras usurpadas.

Ambos bandos contaban con fusiles Rémington y carabinas “Rolling Block”, mod. 1866, 11mm. Los araucanos los traían de su país, de Chile, a donde se los vendían los ingleses a cambio del ganado argentino robado en los malones. Prueba de ello, es que la columna del Ejército Nacional comandada por el Gral. Villegas tenía como objetivo clausurar y controlar los pasos andinos por donde les llegaban a los araucanos los Rémington y el abastecimiento de municiones.

Carabina Rémington llamada vulgarmente “Tercerola”

Los indígenas araucanos eran tradicionalmente muy guerreros. Recordemos que en los primeros tiempos de la conquista española asolaron varias importantes ciudades en Chile que los chilenos tardaron siglos en reconquistar. Los araucanos, en el año 1250 subieron hacia el norte y destruyeron el Imperio de Tiahuanaco. Este Imperio era mayor y mucho más civilizado que el posterior Imperio de los Incas que comenzó luego en el año 1280.

El uso actual del término "Mapuche" y las falsas reivindicaciones de estos son maniobras disolventes y disgregantes que practican políticos con minúscula en las últimas décadas con finalidades anti-nacionales, y para beneficio propio.

Araucanos y Tehuelches:




Bandera Tehuelche





Los denominados "Mapuches" son sólo ORIGINARIOS de la inventiva del Foreign Office Británico.
Ni Rosas o Roca los mencionan en la Campaña al Desierto, tampoco los historiadores, ni la famosa expedición a los Indios Ranqueles. Tampoco los menciona la Historia Oficial en las Provincias, ni en los Museos de Historia del Neuquén, de Santa Cruz, Chubut, Río Negro, Mendoza, ni tampoco San Juan…

¿Desde cuándo han aparecido estos mapuches en escena? Su propia bandera es similar a la nueva Sud Africana, luego del apartheid. Utilizaron a Mandela, y ahora desean utilizar a un pueblo que no es originario de nada, sólo Tehuelches y Araucanos lo son.

Quede en claro que la expedición de Roca, resultó ser la primer guerra contra Chile y no una campaña contra el indio, como muchos pretenden hacerlo notar. A las pruebas me remito cuando sostengo que por entonces el 90% de la población chilena era indígena, que no es cosa menor. En síntesis, nuestro país defendía la soberanía sobre una Patagonia que los caciques deseaban y ellos... eran chilenos.

Hoy, todos los nacidos en el suelo patrio somos ARGENTINOS, y ya no caben falsas reivindicaciones indigenistas ni de pueblos originarios inexistentes. Desde comienzos del siglo XVI está presente la sangre hispana en todo el suelo argentino y los pueblos originarios de la Patagonia anteriores a esa fecha fueron las etnias TEHUELCHES, conformadas por distintos pueblos o 'tribus' como los Ranqueles, los Puelches, Guenenaken, Pampas, Pehuenches, Aónikenk, etc, etc, etc...

El invento "mapuche" data sólo del siglo XIX, insisto que hoy todos somos argentinos y nadie tiene ningún derecho a reivindicar etnias ni pueblos diferentes al argentino so pena de colaborar con los intentos Ingleses, Norteamericanos y otras yerbas para desmembrar y despotenciar a la Patria Argentina.

Este tema mapuche y su propaganda instalada que han hecho del indigenismo una cuestión de estado, es preciso comenzar a desbaratarla de raíz. Es más que evidente La Gran Mentira, ya que al hacerse llamar "Mapuches", pretenden ocultar o hacer pasar desapercibido su verdadero e invasor 'origen' Araucano, es decir, 'Natural de Arauco, Chile'. Y simultáneamente, intentan ocultar el genocidio Tehuelche a manos de los araucanos, como si estos últimos genocidas fueran otros, cuando se trata de ellos mismos. Y, lamentablemente, no sólo los políticos venales y periodistas pagados por el sistema, sirven de difusores de una mentira infame, sino que han caído en ella y no siempre por ingenuidad.

Obispos y Curas que fieles a sus posturas tercermundistas, impulsan como verdad de Perogrullo, dando así por sentadas todas y cada una de esas falacias.

Se llegó al extremo inconcebible de engañar al Santo Padre Juan Pablo II y al Papa Benedicto XVI cuando les hicieron decir que el gran santo Ceferino era Mapuche y no Tehuelche. Es difícil creer en la inocencia por desconocimiento de los Obispos patagónicos en esta maniobra vil, porque es dable suponer que si han llegado a cargos en esas instancias de la jerarquía eclesiástica, deben poseer una cultura general histórica de su Patria compatible con su rango.

Utilicemos en toda su plenitud este medio fantástico que la tecnología nos brinda, para revertir la opinión errada de muchos argentinos sobre temas de trascendencia como el que se trata.

En nuestro país, la comunidad Araucana que se hace llamar Mapuche aún no ha desarrollado acciones radicalizadas y violentas para hacerse de la posesión de tierras, pero en Chile -donde la población de etnia araucana es muy numerosa- ya han comenzado, a través de la vinculación con las F.A.R.C.

lunes, 21 de marzo de 2016

Conquista del desierto: Batallas victoriosas para los indios

Caciques derrotan al ejército



La vuelta del malón, pintura del artista Angel Della Valle (1852-1910)

Revisionistas

Después de Caseros las indiadas volvieron a las andadas atacando con saña a las poblaciones de la campaña. Al tratar de contener y castigar las acciones depredatorias realizadas con una amplitud hasta ahora desconocida, las fuerzas porteñas sufrieron sangrientas derrotas por su falta de conocimiento del terreno y por la inexperiencia de los jefes que la condujeron.

En 1855 Calfucurá atacó la población del Azul al frente de 5.000 jinetes, asesinando a 300 personas, saqueando los comercios y llevándose una gran cantidad de haciendas y cautivos (1).

El clamor originado por la ferocidad y despiadados instintos con que procedió este cacique, motivó que el ministro de guerra, coronel Bartolomé Mitre, saliera a campaña para asegurar el orden en las fronteras. En su plan de operaciones Mitre resolvió atacar a las tolderías de Catriel y Cachul, para lo cual el coronel Laureano Díaz trataría de sorprender a Cachul para luego con todas las fuerzas reunidas caer sobre Catriel. Pero la acción fracasó pues ambos caciques se reunieron en el arroyo del Sauce y aprestaron unos 1.000 lanceros. Inicialmente se pudieron arrollar a las primeras tolderías, arrebatarles caballadas y hacer unos cuantos prisioneros. Pero las fuerzas se dispersaron en un afán de perseguir en todas direcciones y de registrar los toldos. Este desorden permitió a los indios organizar un contraataque consiguiendo rodear a las fuerzas porteñas y dispersarles sus caballadas y el ganado de consumo. El coronel Mitre se vio obligado a pasar a la defensiva para esperar la noche y retirarse del campo de la acción bajo la presión de las indiadas de Calfucurá. La marcha de regreso hacia el Azul debió hacerse con toda la columna a pie, inclusive su jefe. El saldo del combate deparó las siguientes novedades: 16 muertos, 234 heridos, la pérdida de la caballada y casi todo el equipo. El coronel Mitre atribuyó el fracaso de la expedición a la falta de buenos caballos y al desconocimiento del terreno frente a un enemigo que lo conocía perfectamente y estaba muy bien montado.


Batalla de San Antonio de Iraola


En esa misma época, el 13 de setiembre, ocurrió la trágica muerte, a manos de los indios, del comandante Nicolás Otamendi quien se hallaba haciendo tareas de observación al frente de un cuerpo de 128 plazas de Carabineros de Guardias Nacionales. Este sale desde Azul, siempre bajo la atenta vigilancia de descubiertas indias que no le perdían pisada, y que a medida que se aleja de esa base de operaciones comienzan a acosarlo con mayor insistencia. Así, al atardecer del día 12 de setiembre llegan a la Estancia “San Antonio”, de José G. Iraola, donde ante la cada vez más comprometida situación, ordena parapetar hombres y animales en el gran corral de palo a pique, distante algunas cuadras de la población principal, decidido a resistir y dar combate, esperando recibir refuerzos.

En la madrugada del día 13 de setiembre la gente de Yanquetruz ataca de firme, mandando los caballos por delante desplazando a los lanceros como infantes, pudiendo así llegar a la empalizada sufriendo menos bajas, y comenzar el combate cuerpo a cuerpo; a todo esto, los montados de los soldados, totalmente enloquecidos por la gritería infernal, el estruendo de las armas y el revuelo del combate, atropellaban sin control al no poder escapar del corral. Como resultado del combate, 126 hombres murieron, salvándose un “trompa” que es llevado cautivo, y un soldado apellidado Roldán, que gravemente herido, fue dado por muerto, quien recuperado narró lo sucedido.

Entre los muertos, además del coronel Otamendi, estaban el Capitán Cayetano de la Canal y su hijo, el Tnte. 1°, Pedro. Ambos descansan en una pequeña y siempre pulcra bóveda del Cementerio de Magdalena, donde una placa de mármol, según el lenguaje y abreviaturas de la época, reza: “Aquí descansan los restos del Capitán de Gs. Ns. Dn. Cayetano de la Canal é hijo Dn. Pedro de la Canal Teniente 1° del mismo escuadrón murieron peleando valientemente con los Salbajes de la Pampa en San Antonio ala Cabesa de su Escuadrón el día 12 de octubre de 1855 este benemérito y buen amigo murió a los 48 años siete meses y su hijo a los 24 dos meses. Su esposa é hijos y demás deudos le dedican este recuerdo para que inmortalise su memoria y valiente comportación”.

Batalla de San Jacinto


El general Hornos fue designado entonces para hacer el escarmiento no realizado por Mitre, con ese objeto salió desde el Azul al frente del Ejército de Operaciones del Sur, que constaba de 3.000 hombres y 12 cañones. Los indios fueron avistados en las sierras de Tapalqué pero Calfucurá logró atraer al ejército porteño hacia una llanura que resultó ser un tembladeral, en el que inmovilizó por completo a la caballería. Así se inició el combate de San Jacinto, el 29 de octubre de 1855. Los salvajes bien familiarizados con esa clase de suelo pronto dieron cuenta del enemigo que sufrió una penosa derrota. Hornos tuvo que abandonar la lucha dejando 18 jefes y oficiales y 250 hombres de tropa muertos y 280 heridos. Numerosos caballos, armas, municiones y otros pertrechos quedaron en poder de Calfucurá.

La derrota del general Hornos conmovió profundamente a la opinión pública y hubieron interpelaciones en la Legislatura, por lo que el ministro de la guerra, el coronel Mitre, ofreció su renuncia al cargo.

Con sus triunfos sobre Mitre y Hornos, Calfucurá confirmó su prestigio ante la indiada, para la que resultó un conductor invencible y reconocido como la suprema autoridad de las pampas.

El gobernador hacía cargos al ministro de la guerra diciéndole: “… a costa de trabajo y gastos se logra al fin reunir en tres meses, mil caballos en el sur para el ejército que tanto los necesita y salimos con que en su marcha a Bahía Blanca se perdieron como 600….”.

El gobernador Pastor Obligado resolvió hacer las paces con Catriel y Cachul firmando un convenio por el que se obligaba a pasarles grandes cantidades de yerba, azúcar, tabaco, harina, aguardiente, vino de Burdeos, ginebra y 200 yeguas trimestralmente. Y como si ello no fuera bastante se le concedió a Catriel el grado de general y cacique superior de las tribus del sur y con el derecho a usar el uniforme militar de su jerarquía.

Esta debilidad del gobierno al pactar en forma humillante mediante tratados de paz que eran una vergüenza nacional, al otorgar grados militares y honores a los más sanguinarios caciques, se atribuyó a la crítica situación política por que atravesaba el Estado de Buenos Aires frente a la Confederación, aunque ello no puede ser justificado en forma alguna.

Como Calfucurá no quiso entrar en tratos y siguió en actitud hostil desde sus aduares en las Salinas Grandes, se procedió a organizar un nuevo ejército, que al mando del coronel Nicolás Granada, operaría sobre dichas tolderías. Iniciadas las operaciones se produjeron algunos choques indecisos en Sol de Mayo, en Cristiano Muerto y en la zona del arroyo Pigüé. La vanguardia llegó a las Salinas Grandes para encontrar tan sólo los rastros de la indiada que se retiraba al centro de la pampa.

De regreso a sus guarniciones las tropas fueron hostilizadas en toda forma por el enemigo, que llegó hasta incendiar los campos inmediatos a las columnas en marcha.

Mientras en el sur de Buenos Aires los indios luchaban contra el ejército porteño, en la frontera oeste los indómitos ranqueles invadían a Rojas y Pergamino para retirarse con los cargueros colmados del producto de sus robos.

El coronel Emilio Mitre, comandante de la frontera, salió en su persecución alcanzándolos en Melincué, donde los batió recuperando los cautivos y parte del botín.

Alentado por ello el gobernador Pastor Obligado ordenó al coronel Emilio Mitre que efectuara una batida contra los ranqueles en sus tolderías de Leuvucó. El coronel Emilio Mitre partió en enero de 1858 al frente de 2.000 hombres. Al llegar a Witalobo los baquianos erraron la senda, con lo que la columna se desorientó en medio del desierto. La sequía causó graves trastornos a la expedición y el coronel Mitre resolvió regresar sin haber cumplido con su misión luego de encontrarse a unas veinte leguas al noroeste de Leuvucú. Los indios no dieron señales de vida durante el mes que duró la operación. En la marcha de regreso se abandonaron los cañones y las tropas se condujeron como en derrota a pesar de no ser hostilizadas por el enemigo.

Se habían cometido errores apreciables, pues se iniciaron las operaciones en pleno verano y a través de zonas carentes de agua y de pastizales. El cuidado de las fronteras requería considerable esfuerzos del personal y las tropas carecían de armas adecuadas, estaban muy mal vestidas y peor alimentadas. El pago de los haberes nunca estaba al día sin que se tomaran medidas para remediarlo y hasta se retrasaba el licenciamiento de los voluntarios cumplidos. Don José Hernández, el autor de Martín Fierro, ha relatado en sus difundidas poesías la ruda vida que llevaban nuestros bravos soldados, hecho que mueve a una justificada indignación y también a preguntarse si los jefes –en el orden jerárquico- ignoraban tales anomalías que conspiraban contra el espíritu de las tropas a las que sólo se les exigían cruentos sacrificios. ¿No sabía el Dr. Obligado, su ministro de guerra y los comandantes de las fronteras que los soldados carecían de lo más necesario para vivir y para combatir? Las injusticias y las calamidades comentadas por Hernández han sido ratificadas por numerosos escritores de la época sin que jamás hayan sido rebatidas por sus responsables.

Esta crítica situación hizo que las líneas de fronteras retrogradaran considerablemente perdiéndose unos 64.000 kilómetros de tierras útiles para la civilización. (2)

Referencias

(1) Estamos haciendo una síntesis expresado en la obra “La Conquista del Desierto” del mayor D. Juan Carlos Walther, editada por la Biblioteca de Oficial el año 1948.
(2) En una carta dirigida a su esposa, fechada en Rosario el 7 de octubre de 1857, el general Lagos después de hacer algunos comentarios sobre la última invasión a Pergamino, decía: “…Que lamentable desgracia la de tantas infelices cautivas que aquellos bárbaros se llevan. Ya sabrás todo lo que llevaron de la estancia, para qué repetírtelo, pronto y muy pronto volverán a arrear cuanto quieran llevarse y sin remedio, porque las fuerzas que allí hay no hacen sino lucirse en simulacros y oprimir a sus semejantes y para los indios sólo son unos cobardes. Pobre campaña de Buenos Aires en poder de Emiliomé (sic) Mitre. Tuyo… etc.”.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Lagos, Tte. Gral. Julio Alberto – General Don Hilario Lagos – Círculo Militar, Buenos Aires (1972).
Portal www.revisionistas.com.ar
Risso, Carlos Raúl – Combate de San Antonio de Iraola

domingo, 31 de enero de 2016

Diplomacia: La Patagonia y del estrecho de Magallanes

Las relaciones con los demás países americanos durante las presidencias de Mitre y Sarmiento
Chile y el problema de la Patagonia y del estrecho de Magallanes

Aparte de lograr la alianza antihispánica, el enviado chileno José Victorino Lastarria traía a Buenos Aires el objetivo secundario de llevar a cabo lo estipulado por el artículo 39º del tratado de 1856 de paz, amistad, comercio y navegación entre la Argentina y Chile, que proponía o bien la negociación diplomática directa o bien el arbitraje como mecanismos para saldar el conflicto sobre la Patagonia y el estrecho de Magallanes. Pero Lastarria, procediendo más allá de sus instrucciones, propuso al gobierno argentino en febrero de 1865 una transacción que implicaba renunciar a las 9/10 partes de la Patagonia, a cambio de que el gobierno argentino reconociera al chileno la posesión de las 2/3 partes del Estrecho de Magallanes, toda la Tierra del Fuego y la faja que quedaba al sur de la línea imaginaria que se extendía desde Bahía San Gregorio hasta el grado 50 de latitud sur y desde allí hasta el paralelo de Reloncaví. (1) El memorándum que Lastarria envió a la cancillería chilena el 22 de febrero de 1865 permite conocer el contenido de la propuesta. En él decía lo siguiente:


La transacción sería ventajosa para nosotros porque no son sostenibles nuestros títulos a la Patagonia, y aunque lo fueran, no debemos hacernos ilusiones creyendo que aquella extensión sea otra cosa que tierras primitivas, incultivables y de todo punto ingrata a los hábitos y aspiraciones de la industria.
Nuestro límite en el Estrecho hasta la bahía Gregorio nos deja en él una extensión necesaria y aún mayor que la que necesitamos, para nuestra seguridad y para la ocupación de nuestro territorio austral, y como nuestra colonia allí necesita los territorios adyacentes, propongo que nos den el cuadrilátero que formaría una línea que se prolongase desde aquella bahía hasta el grado 50 en dirección recta, al norte, sin embargo, de que nos bastaría con el triángulo que formase esta línea, si se prolongase desde el mismo paraje al punto de intersección del grado 50 con la línea de nuestro límite oriental en la cordillera... Este será el último término de la transacción si no admiten el otro.
En cuanto a nuestro límite oriental al norte del grado 50 hasta el paralelo del cerro Reloncaví, propongo una línea en la base de las ramas exteriores orientales de la cordillera, con ánimo de cederles en este punto y fijar una línea en las alturas culminantes que determinan corrientes, como la tenemos en el resto de la cordillera que no está en disputa. Al sur del grado 50, el límite correría por una de las líneas propuestas para dejar territorios adyacentes a la colonia de Magallanes. (2)



José Victorino Lastarria


Lastarria estaba personalmente convencido de que Chile no poseía derechos válidos sobre la Patagonia y así se lo hizo saber al jurista chileno Miguel Luis Amunátegui, quien justificaba los derechos chilenos sobre la Patagonia y Magallanes. Decía Lastarria:


Siento saber por su carta del 14 que Ud. se ocupa en probarme que somos dueños de la parte austral del continente americano. Semejante tarea es completamente inútil y no servirá más que para que Ud. luzca su ingenio. Puede ser que no sepa yo como Ud., pero el estudio que he hecho de la cuestión me da la convicción invencible de que no somos dueños de la Patagonia (...). (3)

Finalmente, las gestiones negociadoras de Lastarria fracasaron por partida doble, pues fueron rechazadas tanto por el gobierno argentino como por el chileno. En el primer caso, el rechazo provenía del hecho de que la diplomacia argentina no aceptaba siquiera poner sobre la mesa de negociaciones la región patagónica. De acuerdo con el historiador chileno Encina, la política exterior de la Argentina apuntaba en este conflicto limítrofe a cerrar a Chile la posibilidad de acceder al Atlántico. En su opinión, contra los deseos de los "americanistas" chilenos de cerrar el conflicto limítrofe, la intención del gobierno argentino era proseguir una política de aplazamiento indefinido de las negociaciones, en espera de que el crecimiento económico argentino en relación a su vecino o una circunstancia adversa para Chile permitiese al gobierno argentino imponer su punto de vista sin necesidad de recurrir a las armas. (4)
En el caso del gobierno chileno, la oposición de aquellos de sus miembros convencidos de la importancia de la región patagónica quitó posibilidad a las gestiones de Lastarria. Además el hecho de que el gobierno chileno desaprobara las negociaciones de Lastarria pero no repudiara formalmente sus acciones constituyó un error que la Argentina explotaría frecuentemente en las negociaciones futuras, presionando a Chile para que abandonara sus reclamos sobre la Patagonia. Esta semidesautorización por parte del entonces canciller chileno Alvaro Covarrubias a Lastarria fue planteada en los siguientes términos:


las bases propuestas por V.S., están lejos de ser ventajosas, y por mucho que hubiéramos de restringir nuestras exigencias, no podríamos renunciar, en ningún caso, al dominio de todo el Estrecho de Magallanes y de las tierras adyacentes. (5)

 La débil respuesta de Covarrubias a Lastarria dejó la puerta abierta para una polémica entre ambos. Lastarria respondió al canciller chileno en una nota del 2 de mayo de 1865 defendiendo su misión en los siguientes términos:


Respecto del dominio de la Patagonia, V.S. cree que nuestros títulos al dominio de la parte austral del continente son mucho más sólidos que los que puede alegar el gobierno argentino y que, por tanto, están lejos de ser ventajosas las bases propuestas por mí. Yo adopté esas bases porque estoy persuadido de que no tenemos tales títulos, pues que aun el señor Amunátegui, tratando de probar ese dominio, no emplea como medio de prueba sino puras inducciones, fundadas en la interpretación que da muy ingeniosamente a los documentos oficiales antiguos que señalan el límite austral de Chile en el estrecho de Magallanes (...) Si no son otros los títulos que tenemos para reclamar la parte de la Patagonia que se extiende al sur del grado 50, como V.S. me lo ordena, es necesario que reconozcamos entre nosotros que dichos títulos no merecen el nombre de tales, y que, si ellos no son bastantes para darnos derechos a reclamar de San Luis, de Córdoba y de Buenos Aires, tampoco lo son para autorizarnos a reclamar la Patagonia desde dicho grado al sur, mucho menos cuando desde ese paralelo, en que se encuentra el puerto de Santa Cruz, hasta la boca del Estrecho, hay además otros muchos varios puertos que los argentinos navegan y en los cuales esta República (Argentina) ejerce jurisdicción.
En cuanto al dominio de todo el Estrecho, a mí me parece inútil reservárselo a Chile, porque ese dominio no nos daría la posesión exclusiva ni nos salvaría de que las demás naciones del mundo nos forzaran a respetar las leyes de libre navegación; por eso no había trepidado en ceder a la Argentina la parte de ese Estrecho que corre desde la Bahía Gregorio al oriente. (6)

El ofrecimiento de "renuncia" de la región patagónica por parte de Lastarria al gobierno de Mitre no constituyó un gesto aislado del diplomático chileno, sino que estaba de acuerdo con toda una línea que Encina llama “corriente conciliadora o americanista”. Esta había nacido, en el caso chileno, junto a los primeros incidentes entre autoridades chilenas y mendocinas por la cuestión de los potreros cordilleranos en marzo de 1845; se había congelado durante los reclamos de Rosas al dominio del estrecho de Magallanes en diciembre de 1847 (efectuados como réplica a la ocupación chilena de Fuerte Bulnes en 1843) y había renacido con la agresión del gobierno español a los países de América del Sur entre 1864 y 1867. Cabe recordar al respecto que tanto el bombardeo de Valparaíso y del Callao en 1866 como la instauración del Imperio de Maximiliano de Habsburgo en México habían estimulado el americanismo en muchos países latinoamericanos como reacción a la intervención española y francesa.
Este sentimiento americanista, por el cual la Argentina y Chile debían hermanarse y resolver de una vez y para siempre sus conflictos limítrofes, era un sentimiento que Lastarria compartía con otros miembros destacados de la clase política chilena, tales como Barros Arana, Matta, Vicuña Mackenna -éste tenaz crítico de Amunátegui-. Estos nombres tendrían un importante papel en las negociaciones con la Argentina. Para estos "americanistas" la posibilidad de guerra con la Argentina resultaba equivalente a una locura y, a diferencia del futuro canciller Adolfo Ibañez, percibían que la incorporación de la Patagonia a Chile sería un factor de debilitamiento del poder económico chileno. Encina, citando al "americanista" Vicuña Mackenna, afirma que la incorporación de la Patagonia, percibida como "tierra maldita",


sería arruinar a Chile, contrariar al menos su desarrollo. En esos momentos nos faltaban brazos, capital y cerebro para explotar nuestro valle central, pidiendo a gritos riego artificial; (...). En el norte, la minería clamaba por capitales y brazos. Con estos antecedentes, la mayor insensatez que se podía cometer era reñir con la Argentina por una comarca estéril, maldita por la naturaleza, donde nuestra escasa población y nuestros más escasos capitales se consumirían a fondo perdido. (...)
Luego, después, dejarían nuestro flanco abierto oriental a las acometidas de un vecino, que ya no sería nuestro hermano, sino nuestro rival. Sin la Patagonia, Chile proseguiría su firme y segura expansión, libre de rivales. Con la Patagonia, a menos de dejarla como una cosa perdida, su crecimiento se debilitaría, como consecuencia del desgaste que importaba la anexión de un territorio, donde todo lo que se invirtiese sería agua vertida en un tonel sin fondo (...). (7)

Pero paralelamente a la existencia de esta corriente americanista mencionada por Encina se produjo el creciente fortalecimiento de un sentimiento nacionalista en ambos países, provocado por el resultado exitoso de las guerras en que Chile y la Argentina participaron. El conflicto de la Triple Alianza -la Argentina, Brasil y Uruguay- contra Paraguay, y el de la Cuádruple Alianza -Chile, Perú, Ecuador y Bolivia- contra España si bien obligaron a la Argentina y Chile a aplazar sus problemas territoriales, produjeron el mencionado efecto que sería disfuncional para la solución del conflicto limítrofe.
Por otra parte, Rauch señala como un dato interesante que existen indicios de que el gobierno chileno asistió con hombres y armas modernas a Felipe Varela -el montonero que intentó desafiar al gobierno de Mitre- en su invasión a La Rioja. Este hecho y otros posteriores en que el gobierno chileno intentó sacar provecho de los compromisos externos y los problemas internos del gobierno argentino -en la década de 1860, la Guerra del Paraguay y el conflicto entre el gobierno central y las montoneras provinciales; en la década de 1870, las invasiones indígenas y la posibilidad de guerra con el gobierno de Brasil- demostrarían según este autor que el gobierno de Chile, motivado por la disputa limítrofe, intentó desestabilizar a la Argentina y aprovechó esas circunstancias para comenzar la exploración y asentamiento en la costa patagónica. (8)

NOTAS
Francisco A. Encina, La cuestión de límites entre Chile y la Argentina desde la independencia hasta el tratado de 1881, Santiago de Chile, Nascimento, 1959, p. 131.

Nota de José Victorino Lastarria, 22 de febrero de 1865, citada en Legación de Chile en las Repúblicas de la Plata y Brasil, tomo III, citado a su vez en ibid., pp. 25-26.

Domingo Amunátegui Solar, Archivo epistolar de Don Miguel Luis Amunátegui, Santiago, 1942, pp. 166-167, cit. en F.A. Encina, op. cit., p. 29 y en George Victor Rauch, The Argentine-Chilean boundary dispute and the development of the Argentina armed forces: 1870-1902, Ph.D. dissertation, New York University, 1989, p. 52 y nota 30, pp. 70-71.

F.A. Encina, op. cit., pp. 21-26 y 133-134.

Covarrubias a Lastarria, citado en ibid., p. 26.

Lastarria a Covarrubias, 2 de mayo de 1865, cit. en ibid., pp. 27-28.

Ibid., pp. 129-130.

Ver G.V. Rauch, op. cit., pp. 54-55.


Historia de las Relaciones Internacionales de Argentina