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domingo, 13 de octubre de 2019

Patagonia: El origen del nombre Bariloche

Bariloche debe su nombre a una precisión del Correo






Valioso testimonio, en Beschtedt y Tiscornia.

Por: Adrián Moyano Fotos: Facundo Pardo || El Cordillerano


Como eran numerosas las localidades o parajes que se llamaban San Carlos y ante la necesidad de la exactitud, el servicio postal añadió la denominación que hoy predomina. Previamente deformada, claro.

En desuso los viejos nombres mapuches del paraje, como Tequel Malal o inclusive Nahuel Huapi, fue la intervención del servicio de correos la que imprimió la denominación San Carlos de Bariloche al poblado que antecedió a la ciudad, a principios del siglo XX. Al menos, esa es la especulación que compartió Susana Bandieri en su “Historia de la Patagonia”, obra que publicó en 2005 por Editorial Sudamericana.

La historiadora neuquina, especializada en la región, indicó en su libro que “si bien el turismo sobre todo internacional de altos ingresos, es en la actualidad uno de los rubros que mayores entradas producen en la Patagonia frente a la crisis de las actividades productivas antes dominantes, no hay todavía trabajos suficientes para reconstruir desde la historia tal proceso, con la sola excepción de su expresión más antigua en el tiempo, la ciudad de San Carlos de Bariloche, que cuenta con una interesante producción historiográfica”.

En efecto, tales trabajos establecieron con precisión cuáles fueron los orígenes de la ciudad, después de la Campaña al Desierto (1879-1885). “Recuérdese que la localidad del oeste rionegrino […] reconoce un pasado ganadero común con el resto de las zonas andinas por su condición fronteriza. Migrantes chilenos y colonos suizos y alemanes radicados en las provincias del sur de Chile fueron los primeros en aventurarse a estos lugares luego de la conquista militar”.

Como más o menos se sabe, “en el sitio donde hoy se encuentra la ciudad de San Carlos de Bariloche se instaló primero, en 1895, un almacén de ramos generales, propiedad de uno de esos pioneros, Carlos Wiederhold, de origen alemán. El comercio, llamado primero ‘La Alemana’ y luego ‘San Carlos’, daría sin proponérselo nombre al futuro asentamiento. Dicen que el correo, para no confundirse con otro lugares llamados de igual modo, decidió agregar al paraje el nombre con que se conocía el famoso paso de conexión con Chile que usaban los indios del lugar –llamado de los ‘vuriloches’-, luego por deformación Bariloche”, según la especulación de Bandieri.

En realidad, ya hacia 1850 se hablaba de Bariloche, aunque en mapas chilenos de principios del siglo XIX se lee claramente “Paso Buriloche”. La versión más difundida habla de un error que se cometió al redactar el decreto que reconoció la existencia del poblado de San Carlos. No obstante, la confusión parece datar de medio siglo antes, cuando al momento de comentar un mapa que tuvo como autor al chileno José de Moraleda alrededor de 1810, Ignacio Domeyko escribió Bariloche cuando en la cartografía del primero se lee claramente Buriloche.


El mapa de José de Moraleda.

Error de larga data

Entre otros, esclareció el asunto Juan Martín Biedma, autor de “Toponimia del Parque Nacional Nahuel Huapi”, obra de periódica consulta por nuestra parte. Según ventiló, “Bariloche” refiere “al famoso paso cordillerano” que según su criterio, descubriera el jesuita Guillelmo a comienzos del siglo XVIII. Su “nombre correcto es Vuriloche o Buriloche. Así lo mencionan los primitivos cronistas y viajeros. El uso de la voz Bariloche es un error, como ya hace 60 años señalara Fonck”, sostuvo Biedma hace más de cuatro décadas.

Por su parte, Francisco Fonck publicó su obra sobre los viajes del sacerdote Menéndez en 1900. En ella el investigador escribió que “la lección (sic) Bariloche usada con frecuencia por los autores modernos y aceptada oficialmente en la República Argentina por la denominación del departamento Bariloche, no está bien fundada a mi humilde modo de ver. Parece que es debido a un error de pluma o de imprenta en que es fácil incurrir por consistir la diferencia sólo en una vocal”, según interpretó.

Fue Fonck -chileno de origen alemán- quien afirmó: “tengo el conocimiento de un ejemplo relativo a este mismo caso. Antes de publicarse la obra de Olivares yo escribía también Bariloche siguiendo la lección de mi ilustre maestro Domeyko. Pues bien su versión está basada en un manifiesto aunque involuntario error de esta clase: en una luminosa reseña de los adelantos geográficos en Llanquihue hasta 1850 reproduce una cita textual del mapa de Moraleda, escribiendo Bariloche cuando en el mapa dice Buriloche”. En consecuencia, “este error no es moderno como muchos afirman”, subrayaba por su parte Biedma.

Más allá de la diferencia de vocal, “en el año 1902, el Estado nacional decidió la creación de una colonia agrícola-ganadera en las tierras que bordeaban el gran lago, llamada ‘Nahuel Huapi’. Para ese entonces había en el lugar más de 100 productores -la mitad de ellos con apellidos indígenas- con más de 10.000 vacunos, 15.000 lanares y producción de cereales para el consumo interno”, completa el texto de Bandieri.

Como sabemos, “el 3 de mayo del mismo año se firmó el decreto por el cual se reservaban 400 ha para la creación de un pueblo en el paraje San Carlos, procediéndose a su parcelamiento, donde muchos de los antiguos ocupantes accedieron a la propiedad. El perfil del paraje fue cambiando a medida que el asentamiento de la población inmigrante fue mayor, en tanto que la identidad mapuche, mayoritaria en las áreas rurales, se diluía en la nueva urbanización, cuyas casas de madera pronto adquirieron el mismo perfil centroeuropeo de las provincias chilenas limítrofes”. Vestigios de ese pasado casi primordial todavía resisten aunque como recientemente sucedió, en cualquier momento el mercado inmobiliario se los lleva por delante. Que la memoria quede.



Resistencia a pie firme en Elflein y Otto Goedecke.


Molinos, fábricas de cerveza y aserraderos

Aquella fisonomía puede resultar entrañable, si se ve desde los estropicios urbanísticos de las últimas décadas. “Surgieron así los primeros molinos harineros, fábricas de cerveza y de carros, aserraderos y astilleros para reparar las embarcaciones que hacían un comercio activo y traslado de personas hacia Chile. Mientras en sólo tres días, combinando viajes por tierra y vapor, se arribaba a Valdivia, un penoso viaje de un mes separaba a la nueva localidad del Alto Valle del río Negro o de la costa atlántica”, reconstruyó la neuquina.

La historia “empresarial” de Bariloche arroja que “en el año 1900 el viejo almacén de Wiederhold pasó a manos de Hube y Achelis, los empresarios de Puerto Montt que dieron lugar al nacimiento de la ‘Chile-Argentina’, un verdadero emporio ganadero y comercial que perduró en la zona hasta la Primera Guerra Mundial. También desde Chile provinieron los interesados en explotar los bosques nativos cuyas maderas se trabajaban y comercializaban en la Argentina”.

He ahí los orígenes del perfil turístico. “A la misma empresa de capitales germano-chilenos […] se deben, como ya dijimos, las primeras experiencias de explotación turística de las bellezas paisajísticas del lugar, en un sistema que integraba hoteles y transportes terrestres y lacustres desde Puerto Montt hasta San Carlos. Recuérdese que el ferrocarril, cuya construcción se inició en San Antonio en 1908, llegó en 1917 a Ingeniero Jacobacci y recién en 1929 a Pilcaniyeu. Esto obligaba a los turistas, que eventualmente vinieran desde otros sitios de la Argentina, a realizar desde allí penosos recorridos en auto por precarias huellas de tierra”.

Y hablando de estropicios, “uno de los primeros visitantes de Buenos Aires en calidad de turista fue Aarón Anchorena, quien arribó a Bariloche en 1902 y quedó prendado de las bellezas del lugar. A su regreso inició los trámites para conseguir la adjudicación de la isla Victoria, la mayor del Nahuel Huapi. Una vez obtenida la concesión, introdujo ganado, un vivero de plantas exóticas, ciervos y jabalíes europeos. Se dice que allí se inició una de las costumbres más perniciosas para el medio natural cordillerano, como lo ha sido la introducción de especies de flora y fauna extranjeras”, destaca y en este caso con razón, el texto de Bandieri.



La célebre Casita Azul, de Tiscornia y Rolando.

sábado, 22 de junio de 2019

Biografías: Adolfo Alsina

Adolfo Alsina: la sorprendente vida de un político muy querido para su época que combatió a los malones y tuvo una muerte trágica

Durante su infancia vivió el exilio por la persecución de Rosas a su familia. De regreso en la Argentina, fue diputado, vicepresidente y ministro de Guerra hasta su trágico final


Por Luciana Sabina | Infobae

  Adolfo Alsina fue una figura clave en la historia argentina

Alto, musculoso, de facciones viriles, recias espaldas y conductas sueltas, desde mediados del siglo XIX Adolfo Alsina lució su oscura y desprolija melena por cada esquina porteña. Llevaba el paso impetuoso y seguro ante el que se rinden los pueblos. Rescatar la historia de una figura de su talla -fue gobernador de la provincia de Buenos Aires, fundador del Partido Autonomista en 1862 y vicepresidente durante el mandato de Domingo Faustino Sarmiento– resulta un buen camino para comprender con mayor profundidad las bases de la vida política del país.

En 1835, siendo un niño de 6 años, escapó de Juan Manuel de Rosas junto a su familia. Lo hizo en barco, escondido bajo la capa de su madre. Como a tantos argentinos Montevideo le abrió sus puertas. Quizá allí el exilio dolía menos. Contaba con apenas 10 años cuando supieron que el Restaurador había mandado a asesinar a su abuelo materno, Vicente Maza, y a fusilar a un tío. El drama familiar parecía no tener fin: poco después la abuela de Alsina decidió suicidarse. La trágica noticia llegó de manos del mismísimo general Juan Lavalle, también exiliado en Uruguay.

Recién tras la caída de Rosas, hacia 1852, la familia logró regresar a Buenos Aires. Una ciudad a la que el pequeño Adolfo recordaba tenuemente, pero que pronto hizo suya.

La pluma del escritor Octavio Amadeo permite imaginarlo por entonces: "(Adolfo) Tenía una de esas almas desbordantes, que salen de la madre, como ciertos ríos para fecundar otras almas que hubieran sido estériles. Por donde él pasaba, nadie quedaba indiferente; el efecto o el encono levantaban sus pechos, como se agitan las aguas cuando pasa un Leviatán (…) El alma de Alsina siempre estaba, como su casona, con todas las puertas abiertas, llena de sol y de amigos. Se acostaba a la madrugada. Sin ser un jugador, tenía esa afición a las cartas que ha hecho perder tanto tiempo y salud a muchos de nuestros hombres públicos".

  “Por donde él pasaba, nadie quedaba indiferente”, señaló el escritor Octavio Amadeo sobre Alsina

Sobre su aspecto, Amadeo señala: "Conservaba de su viaje a Francia aquella célebre galera anticuada. Era un 'tic', como el de otros es la levita, una barba o una idea vieja. Alsina era casi tan alto como Pellegrini, ágil (…) moreno, de pelo abundante echado hacia atrás y rociado con agua florida, era algo desprolijo en su vestir externo, pero lujoso y pulcro en su ropa blanca. Alsina llegaba derecho al corazón del pueblo (…) Tenía ese magnetismo misterioso que orienta todas las agujas hacia el mismo norte".

Tras la batalla de Pavón —donde combatió contra las fuerzas de Justo José de Urquiza— fue electo diputado. Tenía entonces 33 años. Era sólo el comienzo. En mayo de 1866 se convirtió en gobernador de Buenos Aires, como lo habían sido su abuelo materno y su padre, Valentín. A pesar de ser opositor, apoyó al entonces presidente, Bartolomé Mitre, y facilitó parte del financiamiento para la Guerra del Paraguay desde la gobernación bonaerense.

El siguiente gran paso fue llegar a la vicepresidencia del país. Las elecciones de 1868 se llevaron a cabo de forma ordenada. Por entonces los votos eran muy pocos —porque se elegía el cargo presidencial a través de electores— y el recuento quedaba en manos del Congreso.



Aunque Alsina fue diputado, vicepresidente, gobernador de la provincia de Buenos Aires, varios lo recuerdan por la célebre “zanja” que ideó

Finalizando la sesión, el viejo Valentín Alsina se echó a llorar emocionado. Le tocaba comunicar los resultados y no pudo terminar de pronunciar el nombre de su hijo. Fue el senador Ángel Elías quien terminó comunicando la fórmula ganadora: Sarmiento era el nuevo presidente y Adolfo Alsina su flamante vice.

Conducir el país junto al prócer sanjuanino no fue tarea fácil. Al respecto escribió el historiador Ricardo Rojas: "El nuevo presidente no tardó en reñir con su vice (…) hombre también aficionado a mandar. Enfriadas las relaciones por una cuestión de ascensos militares, Sarmiento habría dicho algo como esto: 'Se quedará a tocar la campanilla del Senado durante seis años, y lo invitaré de tiempo en tiempo a comer para que vea mi buena salud'. Mala manera de empezar…".

Finalizando la sesión, el viejo Valentín Alsina se echó a llorar emocionado. Le tocaba comunicar los resultados y no pudo terminar de pronunciar el nombre de su hijo. Fue el senador Ángel Elías quien terminó comunicando la fórmula ganadora: Sarmiento era el nuevo presidente y Adolfo Alsina su flamante vice


Sarmiento logró marginarlo y prácticamente anularlo durante los años de gobierno. De todos modos la impronta de Alsina no se vio afectada. El hombre representaba a las clases bajas de Buenos Aires. La sola mención de su nombre despertaba mucho entusiasmo entre los desposeídos.


  Adolfo Alsina fue vicepresidente durante el mandato de Sarmiento

La juventud estudiantil y los intelectuales también simpatizaban con él. Era tan popular que, según los investigadores Guillermo Gasio y María San Román, para librarse de aquél verdadero acoso solía salir y entrar de su casa —en la actual calle Alsina— escondido en el carruaje.

Terminando el periodo presidencial de Sarmiento, Alsina aspiró a convertirse en próximo primer mandatario. Pronto entendió que no tenía los votos suficientes para imponerse y concretó una alianza con Nicolás Avellaneda. Al asumir éste último, se convirtió en su ministro de Guerra.

Sarmiento logró marginarlo y prácticamente anularlo durante los años de gobierno. De todos modos la impronta de Alsina no se vio afectada. El hombre representaba a las clases bajas de Buenos Aires. La sola mención de su nombre despertaba mucho entusiasmo entre los desposeídos

La relación entre ambos fue excelente. Un episodio en particular lo refleja. El 4 de julio de 1876, con motivo de los festejos de la independencia estadounidense, el presidente estuvo al borde de ser atacado en plena calle. Alsina, que era un hombre corpulento, enfrentó a la multitud protegiéndolo.

Desde su ministerio buscó combatir los malones. Ideó correr progresivamente la línea de frontera construyendo un foso que cubriría kilómetros. Para esto contrató al ingeniero francés Alfredo Ebelot, quien planificó y dirigió la creación de la famosa "Zanja de Alsina".

Para la construcción de la “Zanja de Alsina” fue convocado el ingeniero francés Alfredo Ebelot

La zanja se construyó con dos metros de profundidad y tres de ancho. Todavía hoy puede observarse en algunas zonas. Contaba con una defensa lateral hecha con la tierra extraída. La ventaja principal del foso consistió en que los aborígenes no podían llevarse el ganado. Paralelamente fueron fundados algunos pueblos, se construyeron ciento nueve fortines y se plantaron doscientos mil árboles.

Además se fue incorporado un novedoso tendido telegráfico para comunicarse en cada punto. Hasta entonces los soldados avisaban a otros de alguna invasión con un cañonazo.

La respuesta de Julio Argentino Roca —por entonces subalterno inmediato de Alsina— fue rebatirlo y presentar un plan opuesto. Pero terminó siendo rechazado. En una carta personal Roca escribió: "¡Qué disparate la zanja de Alsina! Y Avellaneda lo deja hacer. Es lo que se le ocurre a un pueblo débil y en la infancia, atacar con murallas a sus enemigos. Así pensaron los chinos y no se liberaron de ser conquistados por un puñado de tártaros, insignificantes, comparado con la población china".

El ministro de Guerra no se inmutó ante las críticas que se multiplicaban en la prensa, donde lo llamaban "cobarde", y siguió con sus planes. Lamentablemente en una de las visitas a la frontera se intoxicó y comenzó su lenta agonía. El golpe fue grande: con 48 era el hombre político del momento.

Julio Argentino Roca fue subalterno de Alsina y se opuso a la zanja

Padeció durante días postrado en una cama. El 28 de diciembre Avellaneda escribió en sus anotaciones personales: "Adolfo Alsina está agonizando. Delira y da voces de mando a las fuerzas de la frontera. Esta mañana tuvo un momento lúcido y pronunció dos veces mi nombre, llamándome con palabras de cariño. No ha recordado a ninguna otra persona".

Un amigo personal del político, Eduardo O'Gorman —sacerdote y hermano de la desdichada Camila— le dio la extremaunción. El pueblo comenzó a agolparse en las cercanías, incrédulo y triste. Alsina murió poco después, en diciembre de 1877.

Ebelot dejó una serie de textos entre los que relata aquel momento. "Apenas había dado el último suspiro -escribió- y ya no se podían contener las oleadas de la multitud que colmaba los lugares adyacentes. Miles y miles de admiradores desconocidos querían contemplar por última vez sus rasgos. Desfilaban sollozando por la cámara mortuoria. Un viejo negro, arrojando sobre él al pasar su pañuelo empapado en lágrimas exclamó: '¡Doy todo lo que tengo, mis lágrimas!' Sus funerales fueron un duelo público. La pompa oficial, con sus salvas y sus uniformes, se perdía en la imponente manifestación de los lamentos del pueblo. Esta emoción tan profunda es el más bello elogio hecho al doctor Alsina y la explicación de su poder. Lo obedecían porque lo amaban".

Algunos lograron acceder al cadáver y cortaron mechones de su melena para guardarla como recuerdo, otros lo perfumaron o vistieron. El fanatismo que despertaba era tal que al conocer la noticia uno de sus custodios se suicidó.

Los restos del prócer —ya embalsamados— fueron llevados bajo una intensa lluvia a la Catedral metropolitana, donde fue velado el último día de 1877.

La actual Plaza de Mayo, atril indiscutible de nuestra historia, amparó a aquella multitud lúgubre. Desde allí partieron hacia el cementerio de Recoleta. A la cabeza marchó caminando el presidente.

Algunos lograron acceder al cadáver y cortaron mechones de su melena para guardarla como recuerdo, otros lo perfumaron o vistieron. El fanatismo que despertaba era tal que al conocer la noticia uno de sus custodios se suicidó

Según el historiador Enrique de Gandía, unas cincuenta mil personas fueron parte del cortejo fúnebre. Así despidió Buenos Aires a uno de sus hijos más amados que curiosamente —a pesar de tanta popularidad— pasó a la historia por una "zanja". Ninguno de sus contemporáneos lo hubiese creído posible.

Roca ocupó inmediatamente el puesto vacante e impuso un nuevo plan conocido como "Conquista del Desierto". El éxito de esta acción terminó abriéndole las puertas hacia una presidencia que meses antes todos creían destinada a Alsina.

lunes, 18 de marzo de 2019

Argentina: Mapa de la Conquista del Desierto

Mapa de las fronteras y Conquista del Desierto


Líneas de Fronteras y Conquista del Desierto (1744-1883). Trazado de acuerdo a los datos históricos de la época. Buenos Aires, 1934. Mapoteca I-V.


viernes, 7 de diciembre de 2018

Biografía: Coronel Juan José Hernández

Juan José Hernández


Revisionistas



Coronel Juan José Hernández (1798-1852)

Nació en Buenos Aires el 13 de diciembre de 1798, siendo bautizado el mismo día a las 19 horas en la Catedral, por el cura canónigo Cayetano Roo, bajo el padrinazgo de su tío, el presbítero Bernardino Hernández y de su señora abuela. Fue su padre José Gregorio Hernández Plata, nacido en Jerez de los Caballeros, Obispado de Badajoz, Extremadura, España, el 17 de noviembre de 1760, quien llegó a esta ciudad el 2 de marzo de 1790, provisto de las correspondientes licencias para la contratación de Indias; y que el 11 de Junio de 1793 contrajo matrimonio con María Antonia de los Santos Rubio y Moreno, del cual nacieron doce hijos, entre ellos los después coroneles Juan José Luciano y Eugenio María, y también Pedro Pascual Rafael Hernández, padre del celebrado poeta José Hernández, autor del “Martín Fierro”.

Don José Gregorio fue comerciante, siendo propietario de una barraca de comercio en la zona sur bonaerense. Fue regidor del Cabildo de Buenos Aires y participó el 22 de mayo de 1810 en el histórico Cabildo Abierto. Murió en Buenos Aires el 26 de junio de 1820.

Juan José Hernández concurrió de niño a los colegios de su ciudad natal, cursando en ellos sus primeros estudios, pasando luego a España, donde se inició en la carrera de las armas. En su niñez había presenciado los épicos episodios de las invasiones inglesas, que hirieron vivamente su cerebro infantil. También dejaron señal indeleble en su espíritu los acontecimientos de mayo de 1810 y la partida del Ejército Auxiliar.

En 1814 realizó un viaje a Cádiz en compañía de su hermano Eugenio, a bordo de un buque a vela, el que empleó tres meses en su recorrido. Regresó en abril de 1818 a Buenos Aires, partiendo a los 21 días de su llegada nuevamente para el Viejo Mundo, por asuntos de familia. Regresó en 1819.

Se alistó como voluntario bajo las órdenes del entonces sargento mayor Angel Pacheco, durante el interinato de gobierno del coronel Manuel Dorrego, después del sitio que soportó Buenos Aires por las montoneras vencedoras en la Cañada de la Cruz. Entró a formar parte en clase de “aventurero” en el Batallón de Cazadores, cuando este cuerpo se pronunció en esta ciudad, el 9 de julio de 1820.

Con él marchó a campaña el día 18 del mismo mes a las órdenes de Dorrego, asistiendo a la toma de San Nicolás, el 2 de agosto; así como también a la batalla de Pavón, el 12 de este mes, en la que fue derrotado Estanislao López. Se encontró en la acción de Gamonal, o de “Cañada del Monte”, el 2 de setiembre de igual año donde fue batido Dorrego por el caudillo santafecino. Cinco días después, el 7 de setiembre de 1820, aquel Gobernador le extendía a Hernández despachos de teniente 2º agregado al Batallón 2º de Cazadores.

El 11 de abril de 1821 pasó a desempeñar su tenencia en la 5ª Compañía del cuerpo de referencia, y el 3 de julio del mismo año a su pedido, formulado el 25 de junio, fue destinado como teniente 2º a la 1ª Compañía del Regimiento “Húsares de Buenos Aires”, y a las órdenes de sus jefes: coroneles Domingo Saez y Antonio Saubidet se halló en el curso del mismo año en dos acciones de guerra contra los bárbaros, en la cañada del “Burro Muerto” a inmediaciones de la Guardia del Salto; saliendo herido el teniente Hernández en una de ellas. En octubre de 1821 pasó de guarnición a la Guardia del Monte, volviendo en abril de 1822 a la del Salto.

En octubre de 1822 ascendió a teniente 1º de la Compañía del 2º Escuadrón del Regimiento de Húsares, a la que pertenecía. Al año siguiente hizo la campaña hasta Tandil formando parte del ejército del gobernador Rodríguez, asistiendo a numerosas guerrillas que tuvieron lugar contra los indios, especialmente en Arroyo de los Huesos, Azul y Chapeleofú. Terminada la campaña, en noviembre de 1823 pasó a la 1ª Compañía del 1er Escuadrón de su Regimiento, que estaba mandado por el coronel Domingo Saez.

Bajo el mando de este Jefe asistió a la victoria de “Las Saladas” contra los salvajes; así como también a la del “Puesto del Rey”, a las órdenes del coronel Federico Rauch, en la que fue recomendado por haber asistido a pesar de hallarse bastante enfermo.

Participó en la segunda expedición a las órdenes del general Martín Rodríguez, en el primer avance que se dio hasta la Sierra de la Ventana “de este lado y en los diversos ataques –dice el coronel Nicolás Granada en informe fechado el 9 de octubre de 1832-, que en la retirada resistió de un modo recomendable el 2º Escuadrón en que el Jefe suplicante se hallaba, habiéndose distinguido por la firmeza y valor con que fue sostenida aquélla por dicho escuadrón, que cubría la retaguardia, sufriendo todos los ataques del enemigo”. Protegió la retirada de las fuerzas expedicionarias hasta las líneas de fortines que existían a inmediaciones de Tandil. Desde este último punto el Regimiento de Húsares regresó a la Guardia del Salto. Participó en la segunda expedición del coronel Rauch a la Sierra de la Ventana contra los indios, desde octubre de 1826 a enero de 1827, en la que tomaron parte cinco regimientos de caballería y un piquete del Batallón de Artillería.

El 3 de octubre de 1825 ascendió a ayudante mayor, y el 9 de octubre de 1826 fue promovido a capitán de la 2ª Compañía del 2º Escuadrón del Regimiento 5º de Caballería de Línea. Poco después se incorporó al ejército de operaciones contra el Brasil, asistiendo a la batalla de Ituzaingó, por lo que recibió el cordón de honor y el escudo discernido por el Superior Gobierno.

Con fecha 7 de enero de 1828 el gobernador Dorrego le extendió despachos de sargento mayor del Escuadrón llamado “Defensores del Honor Nacional”, cuerpo con el cual permaneció acampando un tiempo en la Isla de Martín García, hasta que marchó a incorporarse a las fuerzas en operaciones contra los imperiales. Sublevado dicho Escuadrón por las intrigas del general Rivera, este último tomó a su cargo la conquista de las Misiones Orientales, ocupadas por los brasileños; el sargento mayor Juan José Luciano Hernández marchó en julio de 1828 a formar parte del Ejército del Norte, que bajo el superior comando del general Estanislao López, debía operar contra los imperiales en el territorio de Misiones; prestando servicios en el Regimiento de Dragones desde el mes de setiembre, en Itaquí, sede de la comandancia en jefe de aquel Ejército, que ejerció el general Fructuoso Rivera hasta el final de la guerra, operando sobre San Borja, San Francisco y Cruz Alta. En el curso de la campaña, Rivera propuso a la Superioridad que otorgara a Hernández la jerarquía de teniente coronel, la que se le concedió más adelante.

Hernández participó en la lucha contra el general Lavalle, y el 1º de julio de 1829 fue dado de alta en la Plana Mayor del Ejército, en la que revistó hasta el 5 de octubre del mismo año, en que fue promovido a teniente coronel de caballería con antigüedad del 24 de junio de 1829; pasando a prestar servicios al Regimiento “Patricios de Buenos Aires”, cuerpo destacado a la sazón en la Guardia del Monte, acantonamiento que alternó con el lugar denominado la “Hacienda de Rodríguez”, en el curso del año siguiente.

El 26 de enero de 1830 marchó con su cuerpo a incorporarse a la División del Departamento del Norte, a las órdenes del coronel Angel Pacheco; obteniendo Hernández despachos de comandante del 2º Escuadrón de su Regimiento, el 1º de febrero de 1830.

Hizo la campaña de Córdoba contra el general José María Paz, asistiendo al combate de Fraile Muerto, el 5 de febrero de 1831, bajo el mando de Pacheco; y en el cual fue derrotada la vanguardia del ejército enemigo mandada por el coronel Pedernera. Hernández pasó el día 9 de aquel mismo mes, a comandar el 1er Escuadrón de su regimiento, a cuyo frente se halló en las jornadas de Calchín y Villa de los Ranchos, contra el ejército de Paz. Terminada la campaña, el 19 de julio de 1831 fue designado su edecán por Juan Manuel de Rosas; revistando desde esta fecha en la Plana Mayor de Edecanes.

Acompañó al Restaurador en su campaña al Desierto, en 1833, mandando el Escuadrón Escolta; asistiendo a la toma de la Isla de Choele-Choel y a otras operaciones de importancia que tuvieron lugar en aquella expedición. En noviembre del mencionado año se hallaba acampando en Salinas Chicas, y el 1º de enero de 1834 en Napostá; llegando a Buenos Aires en el mes de marzo del último año, pasando a revistar en la Plana Mayor del Ejército.

En enero de 1835 fue ascendido a coronel graduado y el 1º de marzo del mismo año fue nombrado comandante militar de Patagones, en reemplazo del teniente coronel Sebastián Olivera. El coronel Hernández se embarcó en el buque “Esperanza” para ir a hacerse cargo de su puesto. Hallándose en el ejército de este, recibió la efectividad de coronel el 4 de setiembre de 1838. Desempeñó la comandancia de Patagones hasta diciembre de 1841, en que regresó a Buenos Aires.

El 12 de abril de 1849 se le encuentra al coronel Hernández comandando el Batallón “Palermo”.

Desde esta fecha revistó en la Plana Mayor de Edecanes de Juan Manuel de Rosas y para la campaña de Caseros fue nombrado jefe de uno de los agrupamientos de infantería. Asistió a la Junta de Guerra convocada por Rosas la noche del 2 de febrero de 1852, y en la batalla del día siguiente, junto con el coronel Jerónimo Costa, Hernández tuvo a sus órdenes 8 batallones de infantería y varias piezas de artillería, que ocuparon el centro del dispositivo rosista. Combatiendo con denuedo por la causa que había sostenido por espacio de un cuarto de siglo, murió gloriosamente al frente de las tropas, cuyo comando se le había confiado.

El coronel Hernández halló la muerte en circunstancias en que trató de imponer la disciplina a sus tropas contagiadas por el ejemplo desalentador de otros cuerpos, y que empezaban a desbandarse. Sus propios soldados cometieron la infamia de volverse contra su Coronel y hacerlo víctima de su cobardía, acribillándolo a golpes de lanza. Sus restos quedaron en el campo de batalla, y allí hubieran permanecido abandonados hasta ser sepultados en montón, si su cuñado, el Dr. Antonio Marcó del Pont, no se hubiese impuesto la piadosa misión de ir a recogerlos y conducirlos hasta el Cementerio de la Recoleta, donde fueron inhumados. Según la tradición de familia, Marcó del Pont pudo identificar el lugar donde estaban los restos del coronel Hernández, gracias a la lealtad de un hermoso perro de este último, que le acompañó en la batalla, y muerto su amo, permaneció a su lado dos días, aullando tristemente, lo que permitió hallar el cuerpo de Hernández.

Casado con María Ignacia Reyna Correa de Silva, perteneciente a una antigua familia porteña, de este matrimonio nacieron dos mujeres y un varón: Manuela, Martina y Vicente Hernández.

Fuente

  • Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
  • Pérez Calvo, Lucio – Genealogía de don José Hernández, autor del “Martín Fierro”.
  • Portal www.revisionistas.com.ar
  • Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1939).

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

domingo, 2 de diciembre de 2018

Argentina: Los territorios ganados desde el Virreinato

Expansión territorial Argentina


Historia digital - Artículos y fotos


Escrbí este artículo hace muchos años para tratar de desterrar la idea de las pérdidas territoriales de Argentina y tratar de mostrar cómo fue el proceso completo de formación de las fronteras nacionales más allá de una afirmación vacía. En un futuro espero poder expandir y profundizar mi trabajo para armar un estudio más complejo pero, mientras tanto, los invito a leerlo.



Por lo general la gente tiende a repetir una falacia que nos inculcaron desde la escuela "los argentinos somos unos boludos, desde 1810 que no hacemos otra cosa que perder territorio".
Muchos de los argumentos esgrimidos por los defensores de tal falacia es:
  • Perdimos la Banda Oriental
  • Perdimos Tarija
  • La guerra contra el Paraguay no nos dejó nada y solo le sirvió a Brasil.
  • Chile nos negó la salida al Pacifico.
Pero lo cierto es que muy poca gente (incluso muy pocas de las personas con alto nivel educativo) siquiera conocen la realidad que existió en estos territorios luego de 1810 y, por lo general, solo les queda en la cabeza esa estupidez que nos enseñaron en la primaria, que Argentina por fuerza debería haber conservado los territorios que le pertenecían al Virreinato del Río de la Plata.




En la imagen se puede ver claramente que si la Argentina se ubiese constituido sobre los restos del Virreynato, hoy controlaría: Uruguay, Paraguay y Bolivia en su totalidad.

Pero es importante remarcar un error garrafal de todos los que tratan de interpretar la historia desde un mapa. El Virreynato del Río de la Plata existía como tal en los papeles y por obra del poder real que venía desde España. Si el rey afirmaba que los territorios de la Banda Oriental debían ser gobernados desde Buenos Aires, así sería, y si disponía lo contrario también se cumpliría.
Pero al desaparecer la figura del rey, con la invasión de Napoleon Bonaparte, a princpios del siglo XIX, el elemento aglutinador desapareció y todos los focos de poder que existían dentro del Virreynato comenzarón a reclamar el liderazgo regional.
En esta circunstancia era imposible que el territorio se mantuviera bajo el control de Buenos Aires, simplemente ninguno de los focos de poder tenía el poder para acaparar la supremacia sobre los demás.



Una vez que eliminamos las distracciones y nos centramos en el territorio que REALMENTE poseía el virreynato podemos ver que ya no es tanto como parecía ser.
La poderosa Buenos Aires apenas controla un 10% de lo que hoy es su territorio provincial, las actuales Córdoba, San Luis y Mendoza apenas tienen un 50% de su territorio actual e, incluso, la provincia de Santa Fe tiene frontera con los idios al norte y al sur.
La Banda Oriental se encontraba amenazada por los portugueses (de hecho este territorio fue siempre campo de batalla entre españoles y portugueses), lo mismo que Misiones que se adentraba directamente al territorio brasileño. Paraguay fue de los primeros en romper con el virreynato y nunca se plegó a los intentos de Buenos Aires de consolidar un gobierno.
Chile, al contrario de la creencia popular de muchos, jamás formó parte del virreynato, por lo que ya era un "estado" por su cuenta mucho antes de 1810.
En lo que respecta a los territorios del norte, su situación era delicada, ya que era el frente de batalla entre los revolucionarios y los realistas. Solo Tarija se plegó a las Provincias Unidas, pero fue imposible tener un gobierno sobre estos territorios dada la debilidad del poder de Buenos Aires y las constantes riñas internas.
Incluso viendolo muy por arriba, es muy claro que el Virreynato del Río de la Plata no era una unidad organica, se mantenía unido únicamente por la autoridad del rey y al desaparecer esta, la construcción que se mantenia por su poder se desplomó como un castillo de naipes.
Lo que quedó fue una serie de poderes locales que, primero, se solidarizaron en su guerra contra los españoles, pero que, una vez concuida esta, comenzaron un conflicto por ver quien era el que debía controlar a los demás.
El conflicto entre federales y unitarios fue, sin duda, uno de los problemas más grandes que tuvo el país y que frenó su expanción durante varias décadas.
Sin ir más lejos, la frontera sur del país apenas si se movió durante ese periodo (salvo la excepción de Buenos Aires que corrió sus fronteras unos cientos de kilómetros).



Esta imagen que adjunto es una resumen muy por arriba de como se encontraba el país aproximadamente en 1830. Hay muchas desprolijidades y obvie muchos detalles, pero mi idea no es dar una imagen puntillosa del proceso fronterizo (al menos no en este post, me falta mucha investigación para poder dar detalles como corresponde) sino que se pueda ver en un vistazo lo precario de la frontera en esos años.

En azul remarqué los territorios más antiguos de la argentina, que si bien llegaron a cambiar de manos durante su historia, casi no corrieron riesgo de haber caido bajo el poder de competidores locales.
En rojo se ve la expanción territorial de Buenos Aires durante el periodo de Rosas.
Casi no se ve bien, pero más abajo se encuentra la ubicación de la Fortaleza Protectora Argentina (Fundada en 1828 y que luego se volvería Bahía Blanca) y más abajo Carmen de Patagones, fundada por los españoles antes de 1810.
La frontera sur casi no cambió desde 1779, fecha en la que los espaoles expandieron un poco la línea fronteriza de Buenos Aires. Si bien el empuje hacia el sur fue constante, también fue lento y no fue sino hasta los tiempos de Roca en los que el país estuvo en condiciones de volver efectivo su poder sobre los territorios patagónicos.
Aunque el tema del indio siempre fue un problema en el sur (que se encontraba abierto a los malones), en el norte la situación era más delicada ya que era donde se encontraban los principales competidores del país.
Misiones, por ejemplo, pasó de manos varias veces, entre los brasileños, los paraguayos y los argentinos. El Gran Chaco también fue un territorio disputado entre la Argentina y Paraguay y solo la Guerra de la Triple Alianza aseguró la poseción argentina sobre estos dos territorios (Gran Chaco y Misiones), fijando la frontera entre Paraguay y Argentina en el Río Pilcomayo.



Aunque Argentina pretendía más territorio del que actualmente posee, sus ambiciones territoriales no lograron cristalizarse al 100%.
En 1878 el Presidente de Estados Unidos Rutherford B. Hayes se desempeñó como arbitro en el laudo entre Argentina y Paraguay, dandolé la razón a este último y cediendole la soberanía sobre este territorio (el cual, hoy día, lleva su nombre).
Aun con esta "perdida" territorial, no se puede negar que la guerra de la Triple Alianza, aunque trágica en si misma, representó una ampliación y un fortalecimiento de la frontera noreste del país, sobre todo con la recuperación de Misiones. (Ganancias territoriales argentinas 1870).
Es curioso que la cuestión de la frontera noroeste sea un poco menos conocido por la gente que no ha pasado de la historia básica de la primaria/secundaria.
Grande fue mi sorpresa, cuando comencé a interesarme un poco más por la formación del Estado Argentino, sobre la existencia de Tarija como una de las firmantes de la independencia Argentina, incluso siendo una provincia de las Provincias Unidas.
No voy a discutir en este post sobre la perdida de este territorio ya que es algo muy extenso y por ahora no tengo el tiempo como para investigar esto a fondo.
Sin embargo remarcaré una de las consecuencias de este conflicto fronterizo y esto es: La Puna de Atacama.
Este territorio se encontraba, hacia 1879, bajo control chileno como resultado de la Guerra del Pacífico. Sin embargo, como resultado de las negociaciones entre Argentina y Bolivia, este territorio fue cedido a nuestro país como compensación por Tarija.
No fue sino hasta 1898 que Argentina y Chile buscaron solucionar su conflicto fronterizo por medio de un laudo (ya que este territorio había sido excluido del tratado de límites de 1881).
El resultado del laudo fue ampliamente favorable para la Argentina que conservó el 85% de la superficie disputada (unos 64.000 kilómetros cuadrados).
Este nuevo territorio fue denominado Territorio Nacional de los Andes. Existió como tal hasta 1943 cuando, por su escasa población, este territorio fue disuelto y repartido entre las provincias de Salta, Jujuy y Catamarca.




La frontera sur fue, sin duda, una de las ganancias territoriales más grandes del país.
Si bien los indios de la zona resistieron el avance de los españoles (y luego de los revolucionarios) por cientos de años, sin duda su resistencia, aunque era tenaz, se vio ayudada por el hecho de que ninguno de los primeros conquistadores hubiese contado con los medios para hacer efectiva esta conquista.
Para 1879 Julio Argentino Roca lanzó su famosa "Campaña al Desierto", que fue el golpe final contra los indios.
La campaña de Roca se concentró en atacar a los indios en su territorio y aniquilar los focos de resistencia, penetrando en un movimiento de cuña.
Una de las columnas bajó desde mendoza, y otra, comandada por Roca, salió desde la provincia de Buenos Aires con rumbo a Choele Choele para luego reunirse en Neuquen con la columna mendocina.
Otras varias columnas descenderian hasta el interior del territorio pampeano para limpiar a los grupos que escaparan.
Si bien la campaña tuvo un exito sin precedentes, no fue la primera en actuar en la zona. Sin ir más lejos, Rosas mismo llegó hasta Choele-Choele.
La gran diferencia entre Rosas y Roca eran los medios de los que cada uno disponía.
No fue hasta 1860 que Argentina comenzó a articularse realmente como un país, dejando de ser una mera unión de provincias recelosas y desconfiadas las unas de las otras.
Esta unión de la nación fue la que permitió que se lanzara una campaña realmente exitosa, afianzando el dominio argentino hasta el Río Negro.
Sin embargo la colonización de la Patagonia también tuvo otros protagonistas no tan famosos como Julio A. Roca.
Para ir terminando con el articulo, quisiera destacar que, hacia 1865, el movimiento colonizador fue impulsado desde el estado nacional con el fin de acentar población en los territorios pretendidos.
Si bien, en la imaginación colectiva moderna, la patagonia es y fue argentina, esto no era algo cierto en el siglo XIX.
Para la gran mayoría de los estados, sobre todo los europeos, la patagonia era Res Nulus, osea, tierra de nadie. Incluso existió un efimero reino en la patagonia.
Quizás hoy día paresca una idea graciosa sobre un loco frances que quiso formar un país en las comarcas autrales. Lo cierto es que en su época no fue muy bien visto ni por Chile, ni por Argentina. Sin duda cualquier país europeo podría llegar con la idea de ocupar el territorio (como ya lo habían demostrado los ingleses con las Malvinas).
La colonización de la Patagonia fue uno de los primeros movimientos del Estado Nacional para asegurar su soberanía sobre este territorio.
Como ya dije, en 1865, se fundaron las colonias galesas en el valle del Río Chubut. Por suerte para el país, los políticos de aquella época no eran tan incompetentes como se nos dice hoy día, y se aseguraron de que esas colonias reconocieran la soberanía argentina (sino es probable que hoy los territorios del sur fueran conocidos como New Shout Wales!).
Otro hecho destacado, y mucho menos conocido por el ideario común, fue la acción del Comodoro Py (quien prestó su nombre para la calle de los famosos tribunales) quien navegó hasta Santa Cruz e hizó la bandera nacional en 1878.

Sin duda es muy claro que la Argentina es un estado que expandió sus fronteras sin parar desde 1810 hasta 1890. Las fronteras actuales del país son el resultado de 80 años de luchas contra vecinos y conflictos internos.
No cabe duda que las ganancias territoriales del país podrian haber sido mayores. Quizás la perdida más vergonzosa del país haya sido la de la Banda Oriental, por culpa de una política de Buenos Aires; pero sin duda las ganancias fueron mayores que las perdidas.
Argentina es, hoy día, el octavo país en cuanto a superficie. Entre los primeros diez se encuentran: China, Estados Unidos, Canada, Rusia, Brasil, Australia e India.
En esta lista se encuentran los dos contendientes de la guerra fría, potencias de primer orden y potencias de segundo orden, además de potencias emergentes.
Obviamente que esto no quiere decir nada sobre la calidad de nuestro país (por estár en esta lista no somos una potencia per se), pero si hablamos en terminos de conquista territorial, sin duda es claro que el resultado de las políticas expancionistas nacionales existieron y ubo un deseo de ampliar los territorios. La idea de que Argentina perdió territorio por sabotaje de su clase política o estupides de la misma, es una idea sin sentido que no se condice con la realidad que vemos.
Muchas de las perdidas territoriales que sufrió el país fueron el resultado de elegir el menor de dos males. Asegurar Tarija probablemente ubiese desatado una guerra entre Argentina y Bolivia (y quizás también con Chile), podriamos haber anexianado más territorio del Paraguay si las tropas argentinas se ubiesen dedicado a masacrar paraguayos una vez que la guerra se había ganado, la pérdida de Uruguay fue, hasta cierto punto, un buen resultado dada la dificil circunstancia que vivía el país, sumido en guerra civil y en guerra contra el Brasil.
Lamentablemente existe una constumbre del pueblo argentino de desmerecer los logros nacionales, de un derrotismo constante y una necesidad de minimizar el poderio de la nación así como su historia.
Tratar de explicar esto sería dejar de lado la historia para sumirnos en la sociología, lamento que mis conocimientos sobre la materia sean reducidos, pero por ello me abstendré de profundizarlo.
De todas formas creo que mi objetivo está cumplido. Es muy claro que Argentina, en una escala global, NO perdió, DE NINGUNA MANERA, territorios, todo lo contrario. Desde 1810 en adelante se ha dedicado (con diferentes grados de éxito) a expandir sus fronteras y solo se detuvo cuando era imposible continuar creciendo sin el riesgo de desatar una guerra.


miércoles, 28 de noviembre de 2018

Conquista del desierto: Fortín de Rojas (1822)

Fuerte de Rojas 1822 - Modelo 3d Sketchup

Historia digial - Artículos y fotos





Recientemente el Archivo General de la Nación publicó un plano donde puede verse el Fuerte de Rojas de 1822 (fuente). Dado que la ilustración venía acompañada no solo de un dibujo de la planta, sino de cuatro cortes transversales, vi inmediatamente la facilidad con la que se podría modelar en 3d y estos son los resultados.
Debo aclarar que tanto los edificios del interior como los agregados estéticos no fueron realizados teniendo en cuenta la precisión histórica. Si tuve en cuenta que estos fortines solían ser bastante precarios por lo que no lo equipé demasiado y hasta evité agregar cañones. Los que estén más instruidos en este tipo de temas me sabrán decir si la decisión fue correcta o no.
Tengan en cuenta que realicé el modelo en unas 8 horas de trabajo así que falla en los detalles pero creo que el resultado es muy bonito.

domingo, 5 de agosto de 2018

Biografía: José María Bulnes Yanquetruz

José María Bulnes Yanquetruz





 Cacique José María Bulnes Yanquetruz (1831-1858)

Nació en la provincia de Buenos Aires, en 1831, hijo del cacique Cheuqueta. A los seis años de edad, fue tomado prisionero por los pehuenches del norte, y seguramente vendido llegó a Chillán para formar parte de la servidumbre de algún potentado local (¿General Manuel Bulnes?) que se preocupó de darle instrucción. Aprendió a leer y escribir de manera rudimentaria y conoció las costumbres del pueblo.

En 1850, repitió la proeza de su padre dándose a la fuga. Logró reclutar una partida de guerreros, quizá mocetones que estuvieron a las órdenes de su progenitor con los que cometió una serie de tropelías por Patagones y Bahía Blanca.

Luego de aumentar las filas de su escuadrón, optó por incorporarse a las huestes de Calfucurá. Su alianza no fue duradera. Adquirió gran ascendiente, y tomó como mujer a una de sus hijas llamada Mashal. Durante la época en que estuvo al lado suyo participó activamente en las campañas depredatorias. Temeroso aquél de su combatividad y talento, urdió trama para eliminarlo, pero Yanquetruz consiguió ponerse a salvo con su gente yendo a ocupar el territorio de sus mayores.

Al sur del río Limay venció a una parcialidad de patagones, que dominó aliándose de inmediato con ellos. Reforzadas sus tropas, atacaron a Calfucurá, quien los derrotó, obligándolos a retirarse a sus lares, y ambos jefes quedaron más enemistados que nunca.

Después de la caída de Juan Manuel de Rosas buscó la amistad del cristiano, pero sin conseguirla mayormente. A fines de 1854 o 1855, atacó a Calfucurá, el que ya actuaba a favor de Urquiza, en Salinas Grandes, consiguiendo arrebatarle crecida cantidad de hacienda que comerció en Patagones con la autorización del comandante Julián Murga.

Desvinculado de Calfucurá, por estar distanciado, realizó por su cuenta varios ataques sucesivos a Patagones en el postrer año.

Combate de San Antonio de Iraola


El 8 de septiembre de 1855, Yanquetruz y sus hombres invadieron campos y poblados en la zona donde hoy se ubican, entre otras, las ciudades de Juárez, Chillar y Tandil; ante tal situación, el general Hornos, acantonado en Azul, ordenó al teniente coronel Nicanor Otamendi que, con 124 soldados, marchara en auxilio de las poblaciones en peligro. El 12 de septiembre, el escuadrón llegó a la estancia San Antonio de Iraola (actual Partido de Benito Juárez)

Al parecer, tanto Yanquetruz mismo como la indiada en general tenían mucho respeto por el teniente coronel Otamendi y, como se dirigían en esa dirección, le mandó a su lenguaraz (traductor), a los efectos de convencerlo de que lo dejara pasar sin entrar en combate, ya que arreaba, como producto de sus correrías, 20.000 animales robados, amén de algunas cautivas, con el propósito de venderlos en Chile. Otamendi aprisionó al lenguaraz, ante lo cual la indiada, enardecida, se lanzó contra sus tropas.

Al amanecer del 13 de septiembre, y después de algunas escaramuzas, advirtiendo que no sería posible enfrentar a 2.500 indios de lanza en campo abierto, el teniente coronel y sus hombres se abroquelaron en un corral de palo a pique de la estancia mencionada, comenzando un combate desesperado. Otamendi resolvió atacar, abriendo el fuego con un pequeño cañón y disparos de carabinas; a la ca­beza de sus soldados fue el primero en cargar contra el enemigo cayendo muerto en la puerta del corral. Los indios echaron pie a tierra y llevaron un ataque formidable con sus lanzas y boleadoras en medio de una gritería infernal, que hizo espantar a la caballada encerrada, lo que motivó que los animales pisotearan a los defensores.



Batalla de San Antonio de Iraola


Los soldados, entorpecidos por su propia caballada, resistían el ataque de oleadas de indios, los cuales desmontaban y echaban por delante sus caballerías, para protegerse de las balas de los defensores. Tras más de dos horas de lucha, los pocos soldados de Otamendi que aún se encontraban vivos, incluyendo los heridos, se reunieron en círculo alrededor de su jefe y del glorioso estandarte celeste y blanco, peleando cuerpo a cuerpo y cayendo uno a uno, sin dar ni pedir piedad. Cuando el humo de la pólvora y el polvo de la caballada se disipó, sólo se sintió el grito victorioso de la indiada degollando a los enemigos heridos.

En el lugar, yacían los cuerpos de 124 soldados, así como los de más de 300 indios, amontonados en inmediaciones del corral. Sólo quedaron vivos un corneta de alrededor de 15 años, herido levemente, a quien Yanquetruz llevó a Chile con él, pues le gustaba oír tocar ese instrumento, así como un soldado de apellido Roldán (gravemente herido, con 7 lanzazos en el cuerpo), quien fue encontrado por una patrulla de la división Azul y llevado a esa localidad, donde médicos militares le salvaron la vida.

Aún calientes los cuerpos del teniente coronel Otamendi y sus 124 soldados muertos en combate, el capitanejo Yanquetruz, ebrio de poder y ginebra, se pavoneaba de la victoria en las tolderías del cacique Calfucurá, arengando a la indiada manifestándole que las cautivas cristianas iban a ser entregadas a ese jefe indio, previo sometimiento de las mismas, y que él se iría a Valdivia por el Camino de los Chilenos, a fin de negociar la hacienda robada con comerciantes de ese país, que eran sus únicos amigos.

Firma del tratado de paz


Durante los siguientes meses de 1855, Yanquetruz continuó maloneando por la zona de Tandil, Lobería y La Tinta, robando hacienda, asaltando estancias, secuestrando cautivas y matando a cualquier colono y/o soldado que tratara de impedir su obra maléfica.

Relevado Julián Murga, lo reemplazó el comandante Benito Villar, en octubre de ese año, quien no tardó en trabar amistad con Yanquetruz, logrando pocos meses después su alianza, sin reticencias, alentado sobre todo, por su resolución de aniquilar el poderío de Calfucurá con la ayuda de milicianos bien armados.

El gobernador Pastor S. Obligado, interesado en evitar los malones, y asegurar un refuerzo serio para la lucha contra Calfucurá, le remitió en 1856, dos cartas en las que le hizo ofertas tentadoras. Por su parte, el coronel Villar comisionó al capitán Pablo Morón, de Guardias Nacionales y al teniente Morando para que sirvieran de enlace entre los caudillos indios y las autoridades.

Con el ánimo dispuesto para celebrar la paz y alianza ofensiva y defensiva contra las tribus enemigas del Estado, Yanquetruz llegó a Patagones el 13 de abril de 1857, para entrevistarse con el coronel Villar. Terminadas las ceremonias protocolares en la Comandancia, se embarcó en el vapor “Belisario” para dirigirse a Buenos Aires a fin de ratificar y firmar el tratado de paz y alianza, recomendado a Mitre por el Juez de Paz, Manuel B. Alvarez.

El 14 de mayo de 1857, el gobierno de la provincia de Buenos Aires firma un tratado de paz con el capitanejo Yanquetruz, donde se le reconoce el grado militar (teniente coronel), sueldo y cargo, así como uso del uniforme.

Invitado de honor a Buenos Aires, es recibido personalmente por el gobernador Obligado. Entre muchos agasajos y banquetes que tuvo, fue convidado, con su comitiva, a una función de gala en el teatro Colón, donde se les brindó la ópera “Il Trovatore”; Yanquetruz no sólo se durmió en la butaca de tan respetable Coliseo, sino que, embebido en alcohol, dejaba escapar todo tipo de gases de naturaleza humana ante lo más encumbrado de la sociedad porteña. También fue invitado a una fiesta en una residencia particular

El 19 de mayo de 1857, en el acto de asunción del nuevo gobernador, Valentín Alsina, Yanquetruz estuvo a su lado, presidiendo la festividad y la parada militar correspondiente. Con el gobernador saliente, recorrió la ciudad de Buenos Aires a caballo, acompañado por su séquito.

Estuvo en los festejos del aniversario de la Revolución de Mayo, y el 26 se embarcó en una lujosa goleta en el puerto de Buenos Aires, con rumbo a Carmen de Patagones (donde se encontraban sus toldos y casi siempre realizaba sus correrías), siendo despedido por el gobernador en ejercicio, funcionarios de turno, políticos y la banda del Ejército tocando marchas acordes con el “emocionante momento”.

Llanquetruz, indudablemente, era el más talentoso entre sus pares, porque “sin haber estudiado en la Escuela Superior de Guerra, ni derecho internacional y sin ser un estadista –como dice el doctor Vignati- supo comportarse a la altura de cualquiera de ellos con rasgos bien perfilados”.

Apenas llegado a Patagones se entregó a los excesos y desarreglos del alcohol. Reconvenido seriamente por el coronel Villar, prometió abstenerse de beber para cumplir sus compromisos. Finalmente cambió su comportamiento y se situó en Valcheta interesado en formar un establecimiento.

En 1858, arribaron a Patagones, Yanquetruz y su primo Sayhueque, con otros capitanejos, animados de las mejores disposiciones de obediencia al gobierno, lo que exasperaba a Calfucurá. A pesar de ello, mantenían relaciones diplomáticas, ya sea por correspondencia o por emisarios.

Guardó mucha afición por el alcohol, y una vez ebrio, le daba por pelear. En uno de esos entreveros, el 28 de octubre de 1858, fue muerto de una puñalada por la espalda, en la pulpería de Luis Silva, frente a la plaza de Bahía Blanca, por el capitán de Guardias Nacionales Jacinto Méndez.

Al conocer su trágico fin, Calfucurá y sus huestes olvidaron todos los resquemores y no pensaron más que en vengar en él la muerte de uno de los suyos. Con ese fin organizaron prontamente una expedición formidable que saqueó el pueblo de Bahía Blanca, el 19 de mayo de 1859, último malón, donde Calfucurá salió mal parado.

El viajero y cronista Augusto Guinnard no ocultó su admiración por el cacique, y según él, la destreza y valentía de Yanquetruz eran tan relevantes que lo convirtieron “en una especie de personaje que los españoles (seguramente debería decir argentinos) procuraron atraerse a toda costa”.

El explorador Guillermo Cox, informa que Yanquetruz no era alto, pero tenía su imponencia; su rostro, aunque feo, expresaba audacia y franqueza; magnífico en su indumentaria, casi siempre vestía casaca fina, sombrero claro, chiripá azul y calzoncillos bordados. Y jamás se desprendía del sable, cuya empuñadura y vaina era de plata maciza, como los estribos, el freno, las cabezadas y otras prendas de su apero. Y les complacía que los mocetones de su escolta fueran así, igualmente ostentosos”.

A su vez, George G. Musters, que anduvo por Patagones en 1870, lo cita en su obra, titulándolo poderoso cacique, y dice que logró concluir los antiguos feudos, y unir bajo su mando a los indios de ellos. Era alto ( a diferencia de lo que expone Cox), musculoso, de serio y grave continente, de agilidad felina, tenía músculo de acero, ha escrito un contemporáneo, Sánchez Ceschi. Presumía de elegante.

Por último el doctor Vignati, ha expresado: “Llanquetruz no era un indio vulgar; era capaz de elevarse a especulaciones intelectuales de orden étnico –la influencia telúrica es tan violenta en él como en otros de mayor prosapia- que, por disparatadas y pueriles que sean, muestran un cerebro que pensaba en algo más que en satisfacciones materiales como lo hacían sus connacionales. Llegó a exponer tesis propia relativa al parentesco que vinculaba a los alemanes con los habitantes norpatagónicos”. Posteriormente agrega: “no era un hombre vulgar”.


Fuente


Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo diccionario biográfico argentino – Buenos Aires (1985).

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Pérez, Daniel Eduardo – Nicanor Otamendi, el héroe de San Antonio de Iraola.

Portal www.revisionistas.com.ar

Torti, Enrique – El escuadrón inmolado – La Nueva Provincia (Bahía Blanca).

Vignati, Milcíades A. – Un capítulo de etno-historia norpatagónica – Buenos Aires (1972).

viernes, 27 de julio de 2018

JAR: Por enésima vez, no hubo genocidio de indios

Roca no fue un genocida

No sólo los malones afectaban a miles de pobladores sino que los aborígenes decían estar bajo la bandera de Chile. Se plegaban así a los deseos del vecino país de avanzar por nuestro territorio
Por Luciana Sabina | Infobae




A principios de 1878 Roca recibió una carta del presidente: "Acabo de firmar el decreto nombrándolo Ministro de la Guerra (… ) Encontrará V.S. una herencia que le impone grandes deberes. Es el plan de fronteras que el Dr. Alsina deja casi realizado, respecto a esta providencia, y a que es hoy más que nunca necesario llevar sin interrupción hasta el último término".

Adolfo Alsina -que ocupaba ese puesto- había muerto y la estrella de Julio Argentino comenzaba a brillar en el firmamento. Por entonces se encontraba en Mendoza e inmediatamente se trasladó hacia Buenos Aires. En el camino casi murió, debido a una grave intoxicación. Pero sobrevivió y siguió su marcha, como todos aquellos que tienen cita con la historia.

En agosto de ese año se dirigió al Congreso de la Nación Argentina: "Hasta nuestro propio decoro como pueblo viril nos obliga a someter cuanto antes, por la razón o por la fuerza, a un puñado de salvajes que destruyen nuestra principal riqueza (… ) La importancia política de esta ocupación se halla al alcance de todo el mundo. No hay argentino que no comprenda que en estos momentos, agredidos por la presiones chilenas, debamos tomar posesión real y efectiva de la Patagonia".

No sólo los malones afectaban a miles de pobladores sino que los aborígenes decían estar bajo la bandera de Chile, porque aquel gobierno los protegía y mandaba regalos, mientras el nuestro había dejado de hacerlo. Se plegaban así a los deseos del vecino país de avanzar por nuestro territorio.


El Congreso nacional autorizó la campaña. Desde mayo hasta diciembre de 1878 se llevaron a cabo 23 expediciones, que arrojaron la suma de 3.668 prisioneros. 150 cautivos regresaron a su hogar.



Al año siguiente, el ejército formó 5 divisiones distribuidas entre Buenos Aires y Mendoza. Las partidas contaban con médicos, ingenieros, sacerdotes y hasta las familias de muchos soldados. Parecían pueblos en éxodo. El 16 de abril Roca dejó la capital y se internó con sus hombres en el desierto, prontos a escribir un nuevo capítulo de nuestro pasado.

Las tropas trajeron muerte y vida. Cautiverio para unos, libertad para otros.

El historiador Isidoro Ruiz Moreno realiza una defensa del Ejército argentino, adjuntando documentación que descarta cualquier fin genocida. Señala la "falta de consistencia con que algunos escritores achacan a los jefes militares del Desierto el dar muerte sistemáticamente a los indios que combatían. Con tal desaprensión que revela falta de rigor científico -al no basarse en documentos fehacientes-, se procura desmerecer la acción heroica y positiva que significó concluir con un estado espantoso de la vida en la frontera, duplicando la extensión de nuestro país".

El mismo Roca difundió una orden a los miembros del Ejército días antes de comenzar la campaña buscando evitar una matanza: "En esta campaña no se arma vuestro brazo para herir compatriotas y hermanos extraviados por las pasiones políticas, para esclavizar o arruinar pueblos, o conquistar territorios de Naciones vecinas. Se arma para algo más grande y noble: para combatir por la seguridad y el engrandecimiento de la Patria, por la vida y fortuna de millares de argentinos, y aún por la reducción de esos mismos salvajes que tantos años librados a sus propios instintos, han pesado como un flagelo en la riqueza y bienestar de la República".

Pero los soldados estaban hartos de la vida en la frontera y odiaban profundamente a sus enemigos salvajes. Fue muy difícil que cumplieran la orden de no eliminar a quienes se rindieran.

El resto de la historia es bien conocida.

domingo, 22 de julio de 2018

Conquista del desierto: La Babel bahiense en su fundación

¿Hubo solo criollos entre los primeros pobladores?

La Nueva
Lejos de la antigua versión historiográfica, los documentos de época revelan que la Bahía Blanca fundacional era una verdadera Torre de Babel.


Ramón Estomba condujo una fuerza variopinta. Protagonistas de la fundación bahiense: africanos, entrerrianos, araucanos, tehuelches y gauchos. Ilustración de César Puliafito.

César Puliafito | La Nueva

   La Bahía Blanca fundacional era una verdadera Torre de Babel. Un mundo particular, en donde la lucha común por la supervivencia en el establecimiento exigía los esfuerzos y la inclusión de todos los protagonistas, sea cual fuera su raza o condición. La identidad bahiense debe reconciliarse con su propio origen y entender que su “gen” se conformó con “gente bravía”. Lejos de la antigua visión historiográfica fundada en la antinomia “blancos civilizados y aborígenes salvajes”, ahora la realidad marca que era difícil determinar quienes eran unos y otros… si los había.

   Los dos principales protagonistas de la fundación de la actual ciudad–puerto de Bahía Blanca, el “alma mater del proyecto”, Juan Manuel de Rosas, y el “fundador del enclave”, el coronel Ramón Estomba, superaron los obstáculos políticos, logísticos, administrativos y militares. Pero el máximo logro de ambos fue convencer a la gente.

   Rosas movilizó el contexto político y sobre todo al “gauchaje” que lo seguía. Muchas familias se sumaron a la “idea” del caudillo que respetaban. Los “parlamentos” con los caciques pampas en los que se empeñó personalmente (hablaba tehuelche y araucano) fueron indispensables para convencerlos de permitir el paso por sus territorios ancestrales.

   Estomba, veterano de la Guerra de la Independencia, condujo una fuerza variopinta conformada por criollos entrerrianos del 7 de Caballería, soldados africanos y brasileños de la Compañía de Cazadores”; soldados del Ejército de Chile, tehuelches del cacique Tetruel, araucanos vorogas del cacique Venancio Campos Coñuepan, europeos que revistaban en su Plana Mayor y en el Puerto de la Esperanza.



El coronel Estomba en uniforme de gala durante la campaña fundacional de Bahía Blanca. Ilustración de César Puliafito

   Alrededor de 400 militares, 450 auxiliares aborígenes, más las familias, el personal logístico, constructores, y pulperos. El total hablaba 5 idiomas distintos, sin contar dialectos y costumbres diametralmente opuestas. Estomba, que era uruguayo, logró conducirlos en una situación crítica de aislamiento y hostilidades violentas.

Los aborígenes

   Los Tehuelches autorizaron y apoyaron la expedición fundadora. El 1 de abril 1828, a la altura de la ciudad de Coronel Dorrego, el cacique Tetruel recibió a la columna de Estomba en su aproximación a la bahía Blanca con un gesto contundente: “portaba una Bandera Argentina”. Creía en la integración y fue fiel amigo de la Fortaleza. Falleció en 1830, enfrentando la invasión de los guerrilleros realistas Pincheira en las márgenes del arroyo Curamalal.

   Venancio Coñuepán nació en Chile. Era araucano de extracción voroga, por ser ese pueblo mapuche originario de la zona de Boroa. Ingresó desde Chile al territorio bonaerense persiguiendo a los Pincheira entre 1826 y 1827. Fue junto a su gente uno de los fundadores de Bahía Blanca. Llegó al grado de teniente coronel del Ejército Argentino. Murió defendiendo el pueblo, durante el malón de Calfucurá en 1836.

Los criollos

   Al Regimiento 7 de Caballería lo integraban santafesinos, y mesopotámicos en general, enrolados por un acuerdo entre las provincias de Buenos Aires y de Entre Ríos. También llegaron gauchos, colonos y trabajadores de la campaña bonaerense y la capital.
En 1829, llegó de Córdoba, donde estudió, la morena Ana María Piñeiro, tucumana de nacimiento y primera partera bahiense. Con el rescate de cautivos, mujeres y niños, el rango geográfico se ampliaba.

Los chilenos y el “Paraguay González”

   Junto a Venancio vinieron 30 soldados del Ejército de Chile al mando del teniente Juan de Dios Montero, de importante accionar contra los Pincheira, como en la fundación y defensa de la Fortaleza. Entre ellos el sargento Francisco Iturra, vaqueano y “lenguaraz”, llegó al grado de teniente coronel y Comandante Interino de la Guarnición en 1858 Murió en combate en marzo de 1859. Iturra contrajo enlace con la chilena y heroína bahiense Juana Seguel, que había sido secuestrada en Chile y rescatada de los Pincheira, por las fuerzas de la Fortaleza.

   El “Paraguay González”, apodado así por su nacionalidad, fue uno de los primeros pobladores. Se instaló en lo que hoy se conoce como “Loma Paraguaya”.

Los africanos

   Una proporción de más del 30% de las tropas regulares de Estomba eran negros africanos. Sesenta soldados de ese origen conformaban la 1º Compañía de Cazadores. Se les sumaron 80 prisioneros brasileños que fueron traídos de Patagones en julio de 1828. Combatieron con honor y se integraron a la comunidad.

   Otros hombres y mujeres de esa raza vinieron con el Regimiento Nº7 y entre los civiles.

Los europeos

   Algunos europeos se radicaron en 1828, o poco tiempo después; por ejemplo franceses como el agrimensor Narciso Parchappe, el comerciante Pierre Gascogne y los marinos destinados al Puerto de la Esperanza: Juan Riber, Francisco Buergar, Julio Montaña, Juan Ponche y Pedro Andrio.

   Los capitanes de marina Enrique Livanus Jones, Santiago “el cojo” Harris y su primo Edmundo Elsegood eran ingleses; Juan Plunkett, galés o irlandés; Domingo Laborde, español de Galicia; y Santiago Dasso, italiano. Con sus viajes entre Buenos Aires y Patagones fueron importantes en la consolidación del poblado.

   Otros españoles fueron el ingeniero militar Manuel de Molina y el sargento primero escribiente Pedro Sánchez.

Faustino, el bebé fundacional

   En 1834, el Estado definió los límites de ejido bahiense e instituyó las autoridades del poblado. Se designó Juez de Paz al escribano Francisco Xavier Casal, un catalán arribado a la Argentina en 1826. La pequeña aldea contaba con 741 habitantes, en su gran mayoría militares y familiares de las tropas.

   El arribo del cura italiano Giovanni Battista Bigio en 1835 fue vital en lo espiritual, como por la regulación de la inscripción de los nacidos, fallecidos y matrimonios en el libro parroquial: único registro civil en esa época. Recién a la edad de 9 años, el Cura inscribió y bautizó al primer ciudadano nacido en la Guarnición Bahía Blanca.

   El texto decía: “Marzo 27 de 1837 – En la Parroquia de N.S. Mercedes en Bahía Blanca, yo el cura bauticé a Faustino, hijo del finado Luís Espinosa y Dominga Godoy, Misioneros, nacido en abril de 1828.

   Fueron padrinos el sargento  Ignacio Olivera y Antonia Flores. En fe, Juan Baustista Bigio, Cura”

   El registro de los bautismos es elocuente “…150 indios; 133 mulatos; 27 negros africanos y 320 blancos”… una verdadera “Torre de Babel bahiense”.

jueves, 12 de abril de 2018

Conquista del desierto: La Fortaleza Protectora Argentina que daría lugar a Bahía Blanca


Fundación de Bahía Blanca.
Daniel Hammerly Dupuy

Oscar Fernando Larrosa



 Sistemáticamente desalojados de las cercanías de Buenos Aires, los nativos seguían refugiándose en los escondrijos de las serranías del centro y del sur. La Sierra de la Ventana continuaba siendo un estratégico apostadero de las hordas nativas, que no podían resignarse a la suerte de abandonar definitivamente el antiguo teatro de sus correrías.
La nueva República demandaba seguridades para sus ciudadanos, que se iban desbordando de los primitivos centros poblados para adentrarse en las tierras del indio. La travesía a las salinas se hacía cada vez más arriesgada. En Tandil fundóse, en 1822, el fortín terminal de una línea eslabonada de defensas. El sur se presentaba inhóspito. Era imperioso que la seguridad se extendiera hasta el océano, pues, en tal caso, frente a contingencias de serio contratiempo se podría tener contacto con las líneas de defensa mediante la navegación, eludiendo así las penosas travesías terrestres.

Los primeros proyectos

Hacia fines del siglo XVIII los mapas no ostentaban muchos detalles de la costa sud, pero el gobierno español, en 1805, mandó reconocerla oficialmente. En el curso de la década que comienza en 1810 aparecen algunos croquis que esbozan las líneas generales de una bahía que a causa del tono blanquecino de sus barrancas y del color de su costa anegadiza fue conocida como la "Bahía Blanca". Era indudable que dicha región que figuraba en el mapa de Brué, ofrecía un lugar estratégico para fundar un puerto que permitiera extender hasta la costa la línea de fortines.
Hasta donde se sepa, el primer proyecto en ese sentido data de diciembre de 1823, cuando el gobierno destacó a José Valentín García para que fuese a la Bahía Blanca a los efectos de estudiar, con el personal necesario para tales tareas, el lugar más estratégico de la bahía para establecer un puerto. Con fecha del 16 de febrero de 1824 se publicó un valioso informe en el "Registro Estadístico de la Provincia de Buenos Aires". Los datos expuestos ahondaron la convicción de la factibilidad de una empresa definitiva.
El segundo proyecto data del año 1824 cuando el general Martín Rodríguez, siendo gobernador de Buenos Aires, tenía por ministros de Gobierno y de Hacienda a Bernardino Rivadavia y a Manuel José García. Según se desprende de los documentos existentes parece ser que el principal promotor de dicho plan colonizador era un comerciante, Vicente Casares, cuyas ideas fueron aprobadas el 26 de febrero de dicho año. Entre las resoluciones tomadas estaban la de facilitarle todas las armas, herramientas, materiales de construcción, 20.000 pesos y 100 hombres para que la fundación se llevara a efecto. Poco después se rescindía el contrato. El proyecto siguió interesando profundamente a Rivadavia, quien reunió todas las informaciones de interés hasta poder elevar una documentada memoria.
Un episodio inesperado, el ataque de Patagones por la escuadra imperial brasileña, trajo a la realidad palpitante la necesidad inaplazable de poblar y gobernar el dilatado territorio de la Nación. Ese incidente de marzo de 1827, que no tuvo mayores consecuencias históricas dada la enérgica actitud de los pobladores de Patagones, puso nuevamente sobre el tapete el proyecto de avanzar la conquista hacia la Bahía Blanca, no sólo para entregar las tierras a los hombres que quisieran arraigarse en ellas, sino para defender la soberanía nacional sobre la costa del Atlántico.
Tales eran los motivos que apresuraron las disposiciones para llevar el plan proyectado a la vía de los hechos. El coronel Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, teniendo como ministro de guerra y marina al general Juan Ramón Balcarce, considerando la extraordinaria importancia de llevar a su realización inmediata el plan cabalmente esbozado por Rivadavia, escribió a Juan Manuel Rosas, quien a la sazón era general de fronteras del Sur, pidiéndole que partiera de inmediato para el fuerte Independencia (Tandil) y que de allí se dirigiera hacia el océano para fundar el nuevo fuerte. Como Rosas solicitara que se le enviara personal técnico que se responsabilizara del levantamiento de planos y de la dirección de las construcciones, hubo una breve postergación.


¿Quiénes fueron los fundadores del fortín?

Piensan algunos que fue Rosas el ejecutor del proyecto de erigir el fuerte de la bahía Blanca, como jefe militar y que Alcide D'Orbigny fue el técnico de la expedición. Pero la circunstancia de que el coronel Ramón Estomba fuera designado como jefe de la fuerza expedicionaria en noviembre de 1827 hizo que la futura ciudad no fuera fundada por Rosas. La actuación de Rosas en este asunto puede ser medida por las siguientes líneas que firmó el 16 de enero de 1828: "El que suscribe tiene el honor de dirigirse al Señor Inspector General para poner en su conocimiento que ha terminado los aprestos para la formación del Establecimiento de Bahía Blanca, y que su parte queda expedito el Señor Comisionado para fundarlo, Cor. Estomba para marchar". Rosas no visitó al fortín sureño sino cuatro años después, mientras se hallaba de paso hacia el río Colorado.
Por otra parte, según lo ha demostrado el historiador Paul Groussac, D'Orbigny no pudo estar en Bahía Blanca en la fecha de la fundación de su fuerte porque consta que sólo once días después se embarcaba en Corrientes. La confusión ha debido ser posterior. La repiten diversos autores sin notar que D'Orbigny, inicia los capítulos XIV, XV y XVI de su obra "Viaje a la América Meridional", con una nota aclaratoria en donde manifiesta que no habiendo visitado las regiones meridionales de la región de la Bahía Blanca, tiene que valerse de los escritos de Narciso Parchappe. Además Darwin. quien visitó el fuerte de Bahía Blanca dentro del primer lustro de su fundación menciona las investigaciones de Parchappe sobre el terreno del emplazamiento de la fundación.
El ingeniero militar Parchappe, había sido designado, como director técnico con un sueldo de 300 pesos mensuales, para trazar la frontera Sur de Buenos Aires. Era sobrino de un militar francés del mismo apellido. Nacido en Epernay (Marne) había egresado de los estudios militares con el grado de subteniente de artillería. Las convulsiones políticas de su patria lo trajeron a Buenos Aires en 1818. Cuando estaba a punto de embarcarse para el Brasil se vio envuelto entre los acusados de haber participado en el "complot de los franceses". Después de demostrar su inocencia pasó a Corrientes donde ejerció la profesión de agrimensor. Es allí donde se conoció con su compatriota D'Orbigny, naturalista que realizó posteriormente un viaje de exploración del Alto Paraná, no sin antes haber recomendado a su joven amigo que, en vista de su designación para ir al sur, le remitiera todas las informaciones posibles sobre la geología, paleontología, la fauna y la flora de los lugares que visitara. Tales son las circunstancias que han generalizado el equívoco que atribuye a D'Orbigny la elección del sitio donde se fundó el fortín.
El coronel Estomba, encargado de la jefatura de la fuerza expedicionaria y fundadora había nacido en Montevideo, siendo su madre uruguaya y su padre español. Habiendo ingresado en el ejército patriota en 1810 como cadete, al año siguiente era abanderado. Participó en la campaña del Alto Perú. Luego acompañó a Belgrano en diversas batallas y en 1820 se incorporó al Ejército Libertador pasando por diversas alternativas. Sufrió heridas, cárcel y destierro allende los Andes pero fue reincorporado al ejército argentino. Su regreso a Buenos Aires se efectuó en enero de 1827. Como fuera nombrado jefe del séptimo regimiento de caballería, tuvo a su cargo la expedición que debía marchar hacia la bahía Blanca para cumplir con una misión bien definida, como "coronel comisionado", según las expresiones de Balcarce.
La primera entrevista de los dos hombres que habrían de fundar el histórico fortín se efectuó en Buenos Aires. Acerca de ella Parchappe se expresa en tales términos que permiten conocer la cordialidad que caracterizaba a Estomba; como un caballero "cuya afabilidad y modales tan nobles como francos, me hicieron formar de él la más ventajosa opinión decidiendome a correr los azares de esta nueva empresa".

 La búsqueda de un lugar estratégico

Mientras el ingeniero Parchappe ultimaba los preparativos para la importante misión que se le había confiado, el coronel Estomba se adelantaba en su marcha llegando hasta el fuerte Independencia (Tandil) donde se encontraron el 8 de marzo de 1828. El ingeniero permaneció en Tandil sólo dos días y sin que resulte claro cuáles fueron los motivos de tal determinación se anticipó hacia la bahía Blanca con una escolta de 25 coraceros, comandados por el teniente coronel Andrés Morel, seguidos de 30 indígenas amigos con su correspondiente cacique.
Las descripciones que el francés hace de su viaje permiten reconocer su talento de observador. A pesar del siglo transcurrido rebosan de un colorido tal que las imágenes se agolpan con los caracteres vividos de lo visto. Los sauces y chañares que bordean los arroyos lo llenan de satisfacción después de la penosa travesía por la pampa desnuda.
 Veamos cuáles fueron sus primeras impresiones al llegar, el 21 de marzo, al sitio que habría de ser el centro de sus actividades:
"Llegaba al término de mi viaje. Al placer de haberlo logrado sin accidentes, se reunía el de contemplar el océano, que yo no veía desde hacía varios años y cuya superficie azulada hacía contraste con el aspecto amarillento y triste de las planicies que recorría desde hacía tanto tiempo. El baqueano que había tomado la delantera, vino a advertirme que había percibido un buque de dos mástiles anclado en la bahía; no podía ser otro que la embarcación enviada de Buenos Aires, con los materiales propios para la construcción con que se debía levantar el nuevo fuerte; todo concurría a asegurar el éxito de la empresa, y fui aliviado de un gran peso viendo disiparse las inquietudes que yo había alimentado hasta entonces sobre el resultado de mi misión. Caminamos aún una legua al O.N.O. a través de terrenos minados y cubiertos por chañares; después, habiendo descubierto las pendientes que bordean la fuente de la bahía Blanca, en una planicie extendida entre sus pies y la playa de la bahía, llegamos al borde de un pequeño arroyo, que supimos después era el Napostá de los indios. . . Acampamos en medio de un buen campo de pastoreo, resueltos a quedarnos provisoriamente en ese sitio, hasta que un más amplio reconocimiento de la bahía nos permitiera elegir el sitio para el fuerte proyectado".
La nave avistada era la ballenera "Luisa", propiedad de Enrique Jones. A bordo de la misma iban el piloto Laborde y seis marineros franceses. La baja marea había dejado la embarcación en seco en el lugar conocido como arroyo Pareja. El reconocimiento de la región requirió varios días en el curso de los cuales la embarcación se extravió al remontar equivocadamente un arroyo que no era el indicado por Parchappe. Después de muchos padecimientos, entre los cuales estaba el del hambre, los marinos franceses fueron encontrados por los indios amigos y traídos al campamento. Las provisiones que les brindaban los indios consistían en carne de guanaco y otros animales de la región.
Cuando el viajero llega por primera vez a Bahía Blanca, lo primero que le sorprende es que la fundación no se hiciera en las lomas que están a más de 70 metros de altura desde donde se domina toda la bahía, en lugar de su ubicación a sólo 4 metros sobre el nivel del mar. Pero es preciso recordar que para la estrategia que tenía en cuenta al aborigen y a sus armas de corto alcance era necesario estar cerca del agua dulce. Parchappe eligió un lugar caracterizado por hallarse resguardado por dos arroyos, que venían a ofrecer un limite natural ademas de un puerto proximo en la desembocadura de uno de ellos.
Refiriéndose al valor estratégico del lugar elegido, Estanislao S. Zeballos, en su obra "Viaje al país de los Araucanos", expresa:
"En el centro de la pampa, que es la tercera gradería formada por las grandes convulsiones geológicas entre las cumbres y el mar, álzase la Villa Bahía Blanca, arrinconada en la Orqueta de los arroyos: el Napostá y el Maldonado, hijo el segundo del primero, que cae bullicioso de las alturas vecinas. . . Fundado el fuerte La Argentina, hoy Villa Bahía Blanca, en 1828 con miras estratégicas, su posición contra los indios es de primer orden. Hoy mismo, cuando el peligro ha desaparecido, los arroyos que ayer le sirvieron de baluarte, son arterias de fecundación y vida. . .".
Los aborígenes, al sospechar que serían desplazados de otro de sus países de correría, hicieron cundir la voz de los propósitos de los hombres blancos. Pronto se oyeron los rumores del estallido de las hostilidades. El ingeniero francés escribe lo siguiente, en sus notas del 27 de marzo:
"A nuestro arribo el cacique Venancio había enviado un mensaje a su lugarteniente Montero, acampando con el resto de su gente en las cercanías del río Colorado; llegó, al anochecer, acompañado de un enviado del mismo Montero. Estos indios nos informaron haber visto nueve hombres a caballo en dirección a la Cabeza de Buey; los suponían espías o vanguardia de indios enemigos, que aseguraban venían en gran número con intención de atacarnos y de oponerse, con todo su poder, a nuestra instalación, mirada por ellos como una usurpación a sus posesiones; lo anunciaban, además como conocedores de nuestra poca fuerza y no ignorando que el resto de la expedición no llegaría hasta pasado un tiempo. . . Lo que parecía justificar las precauciones e indicar un peligro real era que el cacique Venancio parecía atemorizado; reunió en asamblea a todos los suyos y mantuvo consejo durante toda la noche. Nuestra posición parecía tornarse más crítica y despachamos al día siguiente, un expreso al coronel Estomba instándolo a apresurar la marcha y de a enviarnos refuerzos de tropa".
Pocos dias después, el 9 de abril, llegó un mensaje de Estomba. Parchappe se apresuró a salir a su encuentro. El coronel venía al frente de una columna. La marcha, según consta por el informe de ese viaje, se efectuó con lentitud siendo que el 7° regimiento de caballería de línea venía seguido de dos piezas de artillería y un gran convoy de carretas que conducían numerosos elementos para la construcción del fuerte, además de los víveres.

¿Cuál fue la verdadera fecha de la fundación?

Debido al hecho de que las dos fuentes que suministran las informaciones referentes a la fundación del fortín bahiense no detallan los mismos incidentes, no han faltado personas que se hayan planteado el problema de cuál fue la verdadera fecha de la fundación de Bahía Blanca.
El historiador Groussac, en su artículo de la revista "Humanidades" afirma que "dos días después (el 11 de abril) llegó el convoy con el resto de la fuerza. El campamento fue establecido en la colina ya designada, ese mismo día, 11 de abril; en una tienda levantada al efecto, se redactó el acta de fundación que firmaron los jefes y oficiales presentes y además los tres primeros pobladores". El historiador añade: "no insertamos aquí este documento por ser muy conocido, así como las notas elevadas por el coronel Estomba dando cuenta de lo efectuado". Dicho documento, cuya reproducción facsimilar damos, dice textualmente lo siguiente:
"En la Fortaleza Protectora Argentina A nuebe de Abril de mil ochocientos veinte y ocho reunidos en la tienda del Crel. Ramón Estomba Jefe de la Expedición de Bahía Blanca el Teniente Coronel Andrés Morel, los Sarg. Mayores del Valle y Juan de Elias, el Cap. Martiniano Rodrigez, el Ingeniero agrimensor Narciso Parchappe y los vecinos pobladores Nicolás Peres, Pablo Acosta y Polidoro Couhn para tomarles su parecer sobre el lugar en que deve situarse la Fortaleza y Población, combinieron de opinión unánime que la posición elegida por el Sr. Parchapp, y aprobada por el referido Coronel es la mejor que puede presentar la Campaña en esta parte de la Costa por la inmediación de su buen Puerto, y la reunión de un Río, de excelente agua; y la mejor tierra bejetal, pastos abundantes; combustible para muchos siglos; por cuya reunión de circunstancias está llamado a ser algún día uno de los establecimientos de más interés para la Provincia de Buenos Aires" Firmado R. Estomba - Andrés Morel — Narciso del Valle - J. de Elias — Nicolás Peres - Pol. Coulin — Narc. Parchappe -Mart. Rodríguez - Pablo Acosta".
El precitado documento fue fechado el 9 de abril de 1828, vale decir que el mismo día de la llegada de Estomba a la vera de la bahía Blanca. De ese mismo documento se desprende que el propósito de la reunión era consultar el parecer de todos los presentes referente al lugar conveniente para fundar el fuerte. En el informe del ingeniero Parchappe tocante a lo sucedido en el día 9 de abril y los dos días subsiguientes, leemos:
"9 de Abril: Habiéndome enterado por una nota del coronel Estomba, escrita en los Manantiales del Napostá y recibida la víspera, que llegaría hoy con la primera división de carretas y la caballería de la expedición, monté a caballo para ir a su encuentro; y habiéndolo encontrado a corta distancia llegamos al campamento a eso de las 10 de la mañana. Después de algunos momentos de descanso, el coronel quiso reconocer los alrededores. Le informé sobre las ventajas de la posición que había elegido para el fuerte, tanto a causa de la hermosa colina sobre la que debía construirse éste como por la proximidad de un buen puerto. Quedó encantado de todo lo que yo había hecho y aprobó mis planes. Dos días después arribó el resto del convoy con la infantería y el campamento general fue establecido cerca de la altura por mí elegida. Comencé el trazado del puerto e hice sucesivamente el de la población, de los cuarteles, etc. Se comenzaron a cavar los fosos y todo mi tiempo fue consagrado a los trabajos".
Es evidente que la decisión referente al lugar donde debía ubicarse el fuerte fue tomada el 9 de abril, pero resulta igualmente cierto que los trabajos de fundación no se iniciaron hasta el 11 del mismo mes, porque se esperó el resto de la caravana. Esta aclaración explica por qué el diario del coronel Estomba, donde informa del cumplimiento de su misión a partir del fuerte Independencia no fue concluido hasta el día 12, puesto que el verdadero propósito de su viaje era la fundación del fuerte en las proximidades de la bahía Blanca, obra que fue iniciada el día 11 de abril del año 1828.


Delineamiento de Bahía Blanca. Cuadro A. Pellegrini. Museo de Bellas Artes.

La "Fortaleza Protectora Argentina"

Soplaban los primeros fríos cuando se iniciaron los trabajos de erección del fuerte. Aguijoneados por el frío los trabajos fueron iniciados con entusiasmo. Apremiaba asegurar no solamente un refugio seguro para las tropas sino un baluarte en condiciones de resistir la avalancha de rencores que se venía acumulando en la indiada de muchísimas leguas a la redonda. En las dilatadas soledades del sur se iba a enclavar otro testimonio de la soberanía de la pujante nacionalidad.
Grande fue la decepción de los fundadores cuando realizaron un recuento de los materiales, mientras se cavaban los fosos. El cargamento que había venido por vía marítima consistía solamente en los siguientes elementos: 366 troncos de palmera; 295 tijeras; 253 tacuaras; 220 balas de cañón; 105 tablones; 60 atados de cañas; 25 puertas con sus correspondientes llaves; 21 tirantes; 21 cajones; 14 espeques; 10 atacadores y cucharas; 8 ventanas; 4 postes para portones; 3 cañones; 3 encerados; 3 martillos; 3 arrobas de estopa; 2 hojas de portón; 2 tenazas; 1 ballenera; 1 fuelle, una bigornia; 1 barril de alquitrán, una tina deshecha y algunos útiles de herrería.
Aunque en el convoy de carretas trajeron otros materiales y objetos indispensables, distaban mucho de suplir las necesidades reclamadas por la obra que debía realizarse con tanta premura. Por otra parte, no se habían recibido todos los elementos que habían sido convenidos. En vista de esto el coronel Estomba elevó una nota de protesta a la superioridad, en la que se expresaba del siguiente modo: "Las maderas que ha conducido el barco y cuya relación incluyo, no son en totalidad las que me dieron como cargadas en el Salado: han venido como 200 palmas menos y de 400 atados de cañas sólo han venido 70 y la mayor parte rotas; esto nos pone en un apuro de primera necesidad, pues V. E. conoce que faltando lo principal de las maderas es imposible hacer otra cosa que malas barracas y la estación no da espera. . . En la última comunicación que dirigí a V. E. manifestaba la necesidad que tendremos, también, dentro de muy poco tiempo de algún ganado y particularmente de caballos que han llegado aquí en muy mal estado y se ensillan todos los días de sesenta a setenta. .. estos recuerdos continuos pueden ser molestos y yo me abstendría de repetirlos si ellos no tuvieran el interés que tienen y los resultados que pueda esperar de su parte".
Los expedicionarios no permanecieron inactivos. Consta que enviaron rápidamente la embarcación a Patagones para que trajera todo lo conveniente para la construcción del fuerte y de los edificios accesorios. Desde Ensenada fue fletada una goleta cuyo arribo a la bahía solucionó muchos problemas. Tan avanzados estaban los trabajos al cabo de un mes que el ingeniero Parchappe pudo abandonar la obra por algunos días para ir a realizar un reconocimiento del Napostá.
El 19 de mayo llegó un refuerzo de animales y un correo de Buenos Aires por medio del cual se comunicaba que según el proyecto de ley que había sido presentado a la Cámara de Representantes acordando 100 leguas cuadradas a cada uno de los nuevos campamentos de frontera, debía ser medida esa extensión, colocándose los correspondientes mojones. Al día siguiente llegaron otros despachos conteniendo los decretos del gobierno sobre la forma del pueblo y la distribución de los terrenos para la agricultura y para la ganadería.
La llegada del 25 de mayo fue un motivo de verdadero júbilo para los patriotas pobladores de aquellas soledades que habían pasado largos días de constante trabajo y vigilancia ante el rumor de que los indios vendrían en gran número para desarraigar a los blancos. "La fiesta fue celebrada — escribe Parchappe — con todo el ruido de que era capaz nuestra bosquejada colonia: la bandera nacional fue izada en el fuerte y saludada con cuatro cañonazos, por la mañana y por la tarde; y por primera vez, sin duda, el eco silencioso de los alrededores repitió la entonación de la artillería
La obra tesonera de los fundadores llegó a su término unos cuatro meses después. El fuerte, de forma cuadrangular, contaba con cuatro bastiones orientados hacia los cuatro puntos cardinales. Los muros medían cuatro metros de altura y otros cuatro de espesor. Cada baluarte tenía sesenta y cinco metros de longitud, formando un ángulo de unos sesenta grados. Por su parte externa estaban rodeados de un foso de cinco metros de ancho y tenían aproximadamente la misma profundidad. Sólo había una entrada, al Noroeste, que consistía en un portón de madera que daba frente a un puente levadizo que permitía salvar el foso. Los cañones estaban emplazados sobre el terraplén del fuerte. Los edificios se hallaban dispuestos de tal manera que dejaban un patio central. El cuerpo de guardia estaba a la izquierda de la entrada y la Comandancia a la derecha. El bastión Sur había sido destinado al polvorín. Para la caballada se había formado un corral con empalizada hacia el lado Sureste.
Tales eran algunas de las características más notables de esa última avanzada de la civilización que daba su cara al océano y sus espaldas a la Sierra de la Ventana tras de la cual se extendía la pampa monótona y hostil donde los vientos peinaban la cabelleras hirsutas de los aborígenes y las crines de sus veloces corceles, sin que nada hiciera pensar que se avecinaba el día cuando la pampa se transformaría en el mar de oro con espigas de trigo que saludarán reverentemente al caminante .. .


Vista del Fuerte en 1880

El anónimo redactor del diario de la Expedición fundadora de la fortaleza fechó el interesante documento del siguiente modo: "Bahía Blanca, abril 12 1828". La primera denominación aparece tachada por un puño enérgico que escribió con caracteres muy marcados: "Fortaleza Protectora Argentina". Indudablemente, esa intervención pertenece al coronel Estomba puesto que en su diario y en una nota que lo acompaña, aparece la siguiente cláusula: "Toda la División se halla establecida en la parte occidental del Sauce Chico — (debió haber dicho con propiedad: el Napostá) a una legua del puerto que desde hoy tiene el nombre de Puerto de la Esperanza", "Al puerto que para el establecimiento se ha preferido en esta inmensa bahía se le ha dado el nombre de Puerto de la Esperanza — con alusión a su destino y a la Fortaleza y Población el de Protectora Argentina haciendo alusión, también, en otro sentido al General San Martín, servidor esclarecido de nuestra Patria y que obtuvo ese título combatiendo en honor de ella".
Entre los documentos alusivos a los primeros proyectos referentes a Bahía Blanca, se ha hallado hace poco uno que permaneció inédito hasta que lo diera a conocer su descubridor, el erudito historiador Ernesto H. Celesia. Trátase de una carta firmada por B. Rivadavia, dirigida al Comandante de Patagones, en la que se expresa de la siguiente manera:

"Buenos Aires 5 de Marzo de 1824
"Habiéndose acordado por el Gob"° el establecimto de una fortificación en la Bahía Blanca, que por contrata celebrada con el Gobno pasa a fortificarla el Comerciante Dn Vicente Casares bajo la inspección Oficial Comisionado en Jefe para dha expedición Dn Jaime Montoro y bajo la dirección de los ingenieros Dn Martiniano Chilavert y Dn Fortunato Lemoine; como asimismo el conocimto que por los expresados ingenieros debe practicarse de los puertos y calas de la costa del Sud desde el cabo Corrientes hasta la mencionada Bahía, el Gobno ha resuelto que el Comandte de Patagones preste a la preindicada expedición los auxilios que al efecto se requieren; poniéndose con su virtud en comunicacion con el Gefe de otra fortificación, y dando aviso de todo cuanto condusca al mejor servicio y buen éxito de la expedición".