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jueves, 14 de diciembre de 2017

Argentina: Operación río Fénix, una genialidad del Perito Moreno

Operación río Fénix


Francisco Pascasio Moreno (1852-1919)


La llamada operación río Fénix, que consistió en restituir el curso natural de sus aguas, constituyó una verdadera victoria geográfica y diplomática de Francisco Pascasio Moreno, que aportó un elemento de juicio indiscutible en contra de la tesis sostenida por Chile.  Para explicarla, recurriremos a los conceptos expuestos por Moreno, antes de su designación como Perito, al referirse a este problema:

“El río Fénix nace de los ventisqueros del macizo cordillerano que domina el lago Buenos Aires, en el territorio de Santa Cruz, y desciende de inmediato al pie de la meseta, en la depresión entre las dos líneas principales de morenas.  Este río da mil vueltas, según los caprichos de los montículos areniscos, hacia el sudeste, para volver violentamente al oeste, a desaguar en un lago, después de un curso de más de 50 km entre las morenas.  Este río Fénix, que corría antes permanentemente hacia el Atlántico, ha sido interrumpido en su curso por uno de los fenómenos comunes en los ríos que cruzan terrenos sueltos, principalmente glaciales.  Un simple derrumbe de piedras ha interrumpido su curso, llevándolo a un lago hacia el oeste, mientras al oriente corren aguas sólo durante las grandes crecientes (…)  Su viejo cauce esta hoy casi relleno, pero bastarían algunas horas de trabajo para que sus aguas volvieran a su dirección primitiva, hacia el este, para alcanzar el océano Atlántico…”.

Más tarde, cuando a Moreno, en su carácter de perito argentino en la cuestión limítrofe con Chile le tocó abordar el estudio de esta zona urdió, con la complicidad de su secretario y amigo, Clemente Onelli, lo que él mismo llamó una travesura.  Mediante el trabajo de una cuadrilla de peones, dirigida por Onelli, en muy pocos días se logró que las aguas del río Fénix, nacido en las altas cumbres del lado oriental, volvieran a su antiguo cauce.  La prueba fue categórica, y quedó demostrado lo que Moreno sostenía: que el “Divortium acquarum” continental era un límite arbitrario y mutable.

Lógicamente, esta acción dio lugar a una nota del plenipotenciario de Chile, dirigida a la Cancillería argentina, en la que se pidió una investigación “… por cuanto había circunstancias que le hacían creer que los autores de la desviación fueron miembros de las comisiones argentinas de límites”.  En cuanto a la contestación de la Cancillería argentina, precisa en sus argumentos, expresó lo siguiente en su remate final: “En realidad, los ayudantes del Perito restablecieron el curso natural del río, pero no intentaron cambiar la situación de la Cordillera de los Andes…”.

Los trabajos realizados para restituir el curso natural de las aguas del río Fénix fueron confiados por Moreno a un colaborador de su absoluta confianza: Clemente Onelli.  Este naturalista italiano, nacido en Roma, llegó a Buenos Aires en 1889, cuando tenía veinticinco años.  Después de realizar diversos trabajos se relacionó con Moreno, quien mucho apreció su inteligencia y conocimientos en ciencias naturales.  Fue así que lo incorporó a su equipo como secretario personal, y además lo designó Asesor de la comisión de límites argentino-chilena, funciones que cumplió en forma brillante durante siete años (1896-1903).  Entre ambos prevaleció un mutuo respeto y se generó una sincera amistad.

En el libro de Onelli, publicado en 1904, el autor describe una exploración realizada en 1903, desde la confluencia de los ríos Negro y Limay hasta el extremo sur de la provincia de Santa Cruz.  Al encontrarse con su viejo conocido, el río Fénix, rememora un acontecimiento que lo tuvo como principal protagonista: la denominada Operación río Fénix.

“En este paraje en el año 1898, siguiendo las instrucciones del perito Dr. Moreno, desviamos el curso de ese río que desagua en el lago Buenos Aires, haciéndole correr como afluente del río Deseado.  Quedé un rato contemplando la obra que los años y las inundaciones habían completado abriendo más caudaloso lecho; recordé los once días de trabajo febril con las manos llagadas por el uso de la pala; recordé que se debía terminar esa prueba de la teoría de Moreno para el día que llegase a pasar por allí el perito chileno, y recordé el motín de algunos hombres que tuve que dominar, revólver en mano, acobardados por la ímproba tarea: se me presentaron a la mente esas horas de ansia, cuando abierta la boca del canal, las aguas durante una noche, se estancaron allá donde termina la pampa, irresolutas en seguir la pendiente del cañadón del río Deseado.  Ahora el río entra tranquilo por ese canal y sus aguas se deslizan veloces como si siempre hubiesen hecho eso desde el principio de los siglos”.

Concluye así este comentario de Clemente Onelli:

“El día en que el gobierno corrija un tanto la entrada del Fénix al río Deseado, la obra imaginada por Moreno dará también riego y vida a unos cuantos millones de hectáreas de campos resecos, coronando así la obra de este sabio infatigable que ha conseguido para su patria miles de leguas discutidas por el vecino, y bajo su impulso enérgico e incansable dirección, la geografía argentina, que estaba atrasada en cincuenta años, se puso al día en poco tiempo, tanto que geógrafos como Reclús, Rabot, Lapparent y Gallois, declararon al conjunto del trabajo por él presentado al Arbitro inglés como el más bello ejemplo de la energía y actividad americanas”.

Fuente


Fasano, Héctor L. – Perito Francisco Pascasio Moreno, Un héroe civil – La Plata (2003).

Onelli, Clemente – Trepando los Andes – Buenos Aires (1904).

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lunes, 11 de diciembre de 2017

Biografía: Cesare Cipolletti

Cesare Cipolletti


Ing. Cesare Cipolletti (1846-1908)

Nació en la isla Tiberina, Roma (Italia), el 11 de noviembre de 1843, siendo hijo de Pietro y de Benedetta Ciardafelli. Luego de graduarse como agrimensor, realizó sus estudios superiores en la Universidad La Sapienza de esa misma ciudad, recibiéndose de ingeniero hidráulico en 1864 Desde joven sobresalió como técnico, e instaló las aguas potables en Florencia, construyó el canal Villoresi (1), en Lombardía, y el monumental dique en el Tesino, importantes trabajos que duraron diez años, dándole experiencia y reputación. Llegó a ser una autoridad europea en hidráulica.

El ingeniero Guillermo Villanueva lo contrató en 1888, para la organización de las obras básicas del régimen de riego en la provincia de Mendoza, gobernada a la sazón por Tiburcio Benegas. Se construyeron bajo su dirección técnica las tomas de riego en los ríos Tunuyán y Mendoza, las que se consideraron obras maestras en su género. Esta obra permitió la irrigación de 130.000 hectáreas de terreno.

Con posterioridad fue invitado por el gobierno de San Juan para proyectar el dique nivelador de la Puntilla, en el río San Juan. Este dique no subsistió mucho tiempo, pues el aumento extraordinario del agua lo destruyó, siendo la falla imputable a las restricciones económicas impuestas por el gobierno en la ejecución de la obra.

En 1895, fue llamado por las autoridades de Tucumán, quien lo contrató para que construyese el dique que sirve de contención a los desbordes del río Salí, y que permite la utilización de grandes masas de agua. Además organizó el régimen de riego que impera en aquella provincia. Allí mismo dirigió Cipolletti otros trabajos.

En 1898, el gobierno nacional, siendo presidente por entonces el general Julio Argentino Roca, le confió un estudio general del Río Negro. De febrero a mayo de 1899, Cipolletti con algunos colaboradores, recorrieron la zona desde la Cordillera hasta el Océano Atlántico, inspeccionando unos 200.000 kilómetros cuadrados. A mediados de junio regresó a Buenos Aires donde comenzó a redactar un informe que presentó en setiembre al Ministerio de Obras Públicas bajo el título de Estudios de irrigación, ríos Negro y Colorado, de 342 páginas. (2) Después de presentar su informe regresó a Italia, y luego se ocupó de la irrigación del tío Tiber para convertirlo en vía fluvial.

En 1903, publicó en Roma La navigazione del Tevere dal mare ad Orte e la bonifica idraulica e agricola della sua vallata, que es un preciso trabajo técnico sobre la regulación del régimen hídrico, a fin de prevenir los desastres, sobre la utilización del agua para la generación de energía eléctrica y también acerca de la navegación con barcos, que en el tramo del mar a Roma podrían llegar hasta las 1.000 toneladas de carga.

Nuevamente el gobierno del doctor José Figueroa Alcorta llamó al ingeniero Cipolletti en 1907, para dirigir las obras que proyectara en Río Negro, en su informe de diez años antes. Se embarcó, ya en mal estado de salud, junto a su esposa Ida Grossi y a sus hijos Pedro, Luis, Benedicto y Emilio, en el puerto de Génova en el “Tommaso di Savoia”. Cuatro días después, el 23 de enero de 1908, cuando la nave se hallaba en las proximidades de las Islas Canarias, falleció de una repentina complicación de su enfermedad. La llegada de sus restos dio lugar a demostraciones de pesar y cálidos homenajes a su extraordinario talento. Su cuerpo fue embalsamado y sepultado primero en el cementerio de la Recoleta. Más tarde lo trasladarían a Mendoza, donde hoy descansa junto a su mujer.

Las obras proyectadas se realizaron, y en homenaje a su memoria, se le dio su nombre al pueblo de Limay, del territorio de Río Negro. Una calle de la ciudad lleva su nombre, como homenaje.

En diciembre de 1946, al cumplirse el centenario de su nacimiento, la provincia de Mendoza le erigió un monumento en el dique situado en el departamento de Luján de Cuyo, y que lleva su nombre. En la Isla Tiberina (Roma), existe una lápida que lo recuerda, en las inmediaciones de su casa natal.

Algunas de sus publicaciones fueron: Studi eseguiti per provvedere di acque potabili le città di Padova e Vicenza (Milano 1881); Canale Villoresi, modulo per la dispensa delle acque, stramazzo libero diforma trapezia (ibid. 1886); Delle forze idrauliche che possono crearsi nell’alto Milanese e condursi nella città di Milano (Roma 1887); Acquedotto di Milano: considerazioni sulla temperatura e distribuzione delle acque e sul servizio industriale per forza motrice (Milano 1887); Relazioni sulla ricostruzione dell’acquedotto per la città di Brescia (Brescia 1888).

Referencias


(1) Obra que, mediante el riego de 65.000 hectáreas de tierra entre Ticino y Adda, sumado al suministro de las centrales eléctricas, representó un hito clave en el desarrollo agrícola e industrial de la zona.
(2) Por falta de medios, Cipolletti pudo concretar solamente una parte del proyecto. La obra fue finalizada luego de su muerte por sus colaboradores Decio Severini, G. Iacoboni y Orestes Vulpiani. Son dignos de mencionar los canales de irrigación de Villa Regina y la represa de veinte arcos sobre el río Neuquén en su confluencia con el río Limay.

Fuente

Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1969).
D’Aquino, Humberto – Cipolletti, Cesare – Roma (1981).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar

viernes, 8 de diciembre de 2017

Conquista del desierto: El combate de Paragüil

Batalla de Paragüil



Monolito que recuerda el sitio en donde se libró el combate de Paragüil

El 1 de marzo de 1876 el coronel Salvador Maldonado tiene que hacer frente en Horquetas del Sauce a 2.500 lanzas, que resultan batidas.  Pero, rehechos los indígenas del revés sufrido, vuelven a irrumpir en los poblados, y son nuevamente vencidos por el coronel Victoriano Rodríguez y el teniente coronel Antonio Dónovan en el Paso de los Chilenos.  El salvaje combatía con furia a pie o a caballo, como lo demostró en el combate de La Tigra, cuando miles de vacunos, lanares y yeguarizos eran arreados para la toldería.  Después de dos días de seria refriega, los comandantes Vintter y Freire consiguen arrebatarle 250.000 cabezas.

Sin embargo, la batalla decisiva que dio en tierra con el propósito terrorista y de intimidación de esta serie pavorosa de malones, fue la de Paragüil.  Del 16 al 18 de marzo se desata sobre el torturado escenario de Juárez, Tres Arroyos y Necochea una ola brutal de 3.000 jinetes al mando del propio cacique Manuel Namuncurá, de Juan José Catriel y de Pincén.  Al coronel Levalle corresponde la grave responsabilidad de hacerles frente.  Junto a la laguna de Paragüil se da la más encarnizada batalla de la serie conocida por “invasión grande”.  Los indios rugían como bestias embravecidas, resueltos a triunfar o morir en el combate, y la suerte de la batalla se tornaba adversa para Levalle después de cinco horas de sangriento entrevero.  La superioridad numérica del aborigen se imponía gradualmente, y ya tocaba a su fin la resistencia de los nuestros, encerrados en un estrecho círculo de lanzas y alaridos, cuando se produce la intervención providencial de Maldonado, “la mejor lanza del ejército, discípulo de Sandes, que entra en la batalla como un ciclón de aceros relumbrantes, a cuya vista el indio se sobrecoge de terror y huye abandonándolo todo y para siempre”. (1)

El coronel Nicolás Levalle dirige la siguiente nota al Ministro de Guerra y Marina, Coronel Alsina: “Campo de Combate, Laguna Paragüy (sic) Marzo 19 de 1876  - Estimado Sr. Ministro y Amigo: Tengo el placer de comunicarle que ayer a las 5 de la tarde he batido a los indios que estaban en este punto, derrotándolos completamente, no habiendo podido efectuar persecución por haberse fraccionado los indios en su derrota, unos hacia el sur, los que probablemente saldrán entre Libertad y Lamadrid, y otros al sur-oeste, lo que me supongo saldrán entre Aldecoa y Defensa.  Esto por una parte y por otra, por haber cerrado la noche y estar casi a pie, pues en el trayecto que he recorrido, que son nueve o diez leguas de campo completamente guadaloso, con una caballada que había hecho mas de 40 leguas, se postró completamente, dejando la mayor parte de ella, pues era necesario batirlos a esa hora y en todo trance, después que nos habían descubierto, a fin de que no se llevasen el arreo”

“Sr. Ministro, no puedo calcular en este momento el inmenso arreo que había, debiendo hacerle presente que los indios tenían muchas majadas de ovejas y muchos otros objetos.  Sr. Ministro, los indios que había en este punto serían 1.500, lo que me hace suponer que hay indios adentro, y temiéndome que muchos de ellos puedan reunir la inmensa cantidad de hacienda que había aquí que se retiraba para adentro.  No pudiendo darle a V.E. datos exactos hasta este momento, pues ha amanecido una neblina tan densa y que dura hasta este momento, que son las 10 de la mañana, que no se distingue a una cuadra de distancia, sin embargo he mandado los tres Regimientos de Caballería a explorar el campo en distintas direcciones, buscando las rastrilladas, los que hasta este momento no tengo parte, sin embargo, abrigo la esperanza que algo mas se puede hacer, pues se han avistado grupos de indios por parte de unos bomberos que acabo de recibir”.

“Sr. Ministro, al terminar ésta, debo hacer presente la brillante comportación de los Regimientos que han chocado, que son el 1º y el 11º, no habiendo cabido tal suerte al Regimiento 5º por haber iniciado su carga apoyado por infantería, a la vista de la que, los indios se retiraron a media rienda, habiendo seguido el Regimiento hasta donde pudo, y completamente cerrada la noche, mande tocar reunión a fin de organizar las fuerzas y que se nos incorporasen grupos de soldados que habían quedado a la retaguardia con los caballos cansados”.

“Sr. Ministro y amigo: Lo felicito con el profundo pesar de que esta jornada no haya sido tan completa como yo deseaba, los indios han dejado treinta y tantos muertos, llevando muchos heridos, por nuestra parte no tenemos mas que dos heridos del Regimiento 1º de Caballería y un soldado de mi escolta, un piquete de 20 hombres del Batallón 5º, la que también una parte de ella cargo. – Nicolás Levalle”

“P.S. Sr. Ministro, entre los indios que había, en su mayor parte eran los de Catriel, los que se han batido bravamente, haciéndonos fuego con muchas carabinas, Remington y revolver, encontrándose Juan José (Catriel) enancado y el que se supone herido. El caballo del coronel Plácido López recibió en la cabeza un balazo de Remignton. Vale”.

Este combate tuvo enormes trascendencias en el curso de la campaña.  Cada vez arraigaba con mayor fuerza en la conciencia del enemigo el sentimiento de inferioridad ante la eficaz organización del cristiano.  A partir de entonces las cosas fueron de mal en peor para el ambicioso y astuto cacique de la última gran confederación india que dominó en las llanuras.  De ahí que empezase a retroceder tierra adentro, dejando para siempre la iniciativa en manos de las tropas nacionales.

Los hombres del gobierno tenían conciencia de su superioridad indiscutida, aunque seguían negociando como de “potencia a potencia”.

En la mayoría de los casos, sin embargo, los frutos de la diplomacia eran malogrados por ejecutores subalternos.  El Dr. Alsina trataba de excluir la violencia en beneficio recíproco, eliminando motivos de represalias por parte de los aborígenes; pero éstas se producían fatalmente.  Unas veces era porque la yerba o el azúcar ofrecidos no llegaban, o porque las vacas convenidas eran flacas y viejas, otras porque algún indio era maltratado, infringiéndose así la solemne estipulación.  Resultaba de todo ello que los indígenas atribuían falta de seriedad al gobierno de los huincas, el que no le merecía crédito ni confianza.  Esto y la carencia de recursos los movía muchas veces al malón.

Tal estado de cosas hacía temer la renovación de la lucha secular.  Namuncurá trataba de eludir la guerra abierta, siempre que ello no redundase en su descrédito, ni socavase la confianza de las tribus en su jerarquía política y militar.

Informado, ya por los bomberos que espiaban los movimientos de las tropas gubernamentales, ya por la lectura de la prensa de oposición bonaerense, que denunciaba indiscretamente los supuestos errores de los planes ministeriales, y aún, en última instancia, por la impresión directa de sus hábiles “cancilleres”, que entrevistaban a las autoridades argentinas para negociar acerca de cualquier extremo de sus relaciones; al corriente, en fin, de los designios del Dr. Alsina, disponía ataques aislados y distantes para desarticular el dispositivo enemigo.  Conocedor de los efectos del Remington, se dispersaba y alejaba inmediatamente después del asalto, esquivando todo choque sostenido y formal cuando no se producía al amparo de las sombras.  Considerando que los planes militares del adversario podían ponerlo en peligro, organizó una serie de malones con la idea de enmascarar su verdadero propósito, que era llevar un ataque a la propia ciudad de Buenos Aires, para lo cual había convocado hasta 6.000 lanzas.  Las acciones dispersas le depararon cuantioso botín.

Quince kilómetros al norte de la estación ferroviaria de Paragüil se halla un monolito que recuerda el sitio en donde se libró el combate.

Referencia


(1) E. Stieben – De Garay a Roca – Buenos Aires (1941).

Fuente

Clifton Goldney, Adalberto A. – El cacique Namuncurá – Buenos Aires (1963).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
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domingo, 26 de noviembre de 2017

Conquista del desierto: Un regimiento espartano

Un regimiento espartano




Cuando la revolución de 1874, las fronteras habían quedado completamente abandonadas porque las tropas que guarnecían habían acudido al llamado del Gobierno, unas, mientras las otras se habían plegado a la revolución, siguiendo al prestigioso general Rivas.  En el fuerte General Paz, comandancia de la frontera Oeste, no había quedado un solo soldado susceptible de dar un paso.  Todos habían marchado al campamento de Mercedes con el benemérito coronel Lagos, jefe de aquella frontera.

La noticia de la revolución los había tomado ignorantes de todo; el Regimiento 2 venía de corretear unos indios, recibiendo Lagos en la marcha, la noticia de lo que sucedía en Buenos Aires.  Llegó al campamento, hizo montar a caballo inmediatamente la fuerza que allí quedaba y se puso en marcha hacia Chivilcoy, a esperar órdenes, o ver qué giros tomaban los sucesos.

Cada cual salió con lo puesto, considerándose feliz el que pudo echarse una muda de ropa a los tientos, por lo que pudiera suceder.  Nadie sabía a dónde iba, lo que sucedía y cuánto duraría aquella marcha precipitada.  Todo quedó abierto y tirado, y a disposición del primero que quisiera agarrarlo.  Allí quedaban la ropa, las armas de repuesto, las camas, y hasta la correspondencia amorosa.  Los quillangos comprados a los indios para traerlos a sus novias unos y a sus madres otros, los retratos de familia y de amor, todo, en fin, quedaba a la vista y a disposición del primer indio que allí entrara.

En el hospital no había más que un soldado moribundo de fiebre maligna, el loco Echeverría, con una indigestión de maíz, y dos soldados más, enfermos de golpes de caballo que les privaban de todo movimiento.

Los buenos milicos se despidieron de sus consortes, que quedaban allí a cuidar las cuadras, los oficiales saludaron aquellas covachas donde dejaban su tesoro y la columna se puso en marcha, con gran espanto del médico Franceschi, que no sabía andar a caballo y temía lo basureara el mancarrón.

El abandono era peligroso, porque el campamento quedaba situado entre las tribus amigas, que no por ser amigos dejaban de ser indios: Manuel Grande, Coliqueo y Tripailaf.

Allí quedaban armamento en desuso, polvorín bien provisto y casuchas como la del coronel Lagos, que guardaba cuanto tenía éste, y que no había querido llevar nada para quedar en iguales condiciones a sus oficiales.

No había más amparo que la negra Carmen, sargento primero del 2 de Caballería, y a ella se la nombró jefe de la frontera mientras duraba la ausencia del coronel Lagos.  Era mamá Carmen el único sargento primero que quedaba en el campamento, y a ella le correspondía el comando accidental de la frontera.

La pequeña columna se puso en marcha, y mama Carmen se quedó dando sus primeras órdenes para arreglar el servicio de vigilancia.  Los vivanderos encajonaban apresuradamente sus limetas y galletas revenidas, para apretarse el gorro sobre tablas, porque podían entrar los indios, que son, por lo general, malos marchantes.

Sevilla, Bastos, don Pedro, todos andaban apuradísimos en arreglar sus efectos, cuando sentimos, ya al salir del campamento, la voz sonora de mamá Carmen, que dirigiéndose a Bastos le decía:

- ¡Que se quede ése que se llama como baraja!  No quiero que se vaya, porque por un flojo no nos hemos de quedar sin ginebra ni vicio de entretenimiento.
- ¡Que se quede mi pulpería! –gritó Bastos-, pues mis matambres los pongo en salvo.

Y uniendo la acción a la palabra, vino a formar a retaguardia de la columna, mientras mamá Carmen ponía de guardia en la pulpería de Bastos a la mujer del sargento Romero, una negra buena moza, más grande que un rancho.

La columna siguió la marcha en medio de las más alegres carcajadas, marcha que fue un verdadero vía crucis para el médico Franceschi, quien, como Cristo, no hacía sino caer y levantarse para volver a caer.

Aquella misma tarde mamá Carmen vistió con uniforme de tropa a todas las mujeres que quedaron en el campamento, para que en un caso dado pudiera fingirse un piquete dejado de guarnición en él.  En el mangrullo había dos piecitas de bronce, la misma que tomó Arredondo en San Ignacio, y que estaban en buen estado de servicio.  En aquel mangrullo estaban perfectamente seguras, pues levantando la tabla no había quien trepara a la estrella, y en último caso, mama Carmen sabía manejar las piezas con bastante acierto.

Allí subían a dormir de noche, estableciéndose de día la más estricta vigilancia.  Los indios amigos veían a la distancia que en el campamento habían quedado soldados y no se atrevieron a ir.

Manuel Grande era un cacique que siempre había sido leal al gobierno y que protegía al campamento en cualquier caso de apuro.

Una siesta en la que mamá Carmen estaba entregada con sus amigas y soldados ya mejorados a las delicias de una carne con cuero, sintieron a la centinela que gritaba:

- ¡Indios en el fortín Luna!

Medio atorándose con un bocadote matambre, mamá Carmen mandó formar sobre el mangrullo y subió ella misma a preparar las piezas.  Efectivamente; a la derecha del campamento se veía una indiada que avanzaba con el mayor descuido, como si supiera que el campamento estaba abandonado.

Los caballos estaban atados a la estaca y nada acusaba la presencia de tropas.  La negra Carmen cargó las piezas, levantó la tabla y se escondió como las demás mujeres detrás del parapeto.

Los dos soldados tenían su carabina con su dotación de tiros, otra carabina mamá Carmen y otras dos tenían la mujer del sargento Romero y la mujer del trompa Martinone.

Los indios, que sin duda estaban convencidos de que no había nadie, entraron alegremente y mirando a todas partes, como si quisieran descubrir el paraje que debían asaltar primero.  Aquí fue donde mamá Carmen hizo asomar a sus tiradores, asomando ella misma, y rompiendo el fuego sobre los indios.

Aturdidos y aterrados por aquel inesperado fuego de fusilería, los indios se hicieron una pelota y salieron del cuadro dando alaridos terribles.  Mamá Carmen, que los vio hechos un pelotón que no atinaba por dónde romper, hizo un disparo de artillería que concluyó por aterrarlos.  Al segundo cañonazo los indios se ponían en fuga, dejando dos heridos dentro del mismo campamento.

Mamá Carmen salió entonces del mangrullo seguida de los dos soldados, montó a caballo y se puso en persecución de los derrotados, haciéndoles frecuentes tiros de carabina.  Si los indios volvían, siempre tendría ella tiempo de volver al mangrullo a jugar su artillería.

Pero los indios no atinaban a volver; los disparos de las piezas los había llenado de espanto y sólo trataban de ponerse a salvo.  Tres indios que fueron alcanzados, en un trayecto de veinte cuadras que duró aquella persecución, los ató mamá Carmen y los trajo al mangrullo, diciéndoles:

- No tengan cuidado, hijitos: aquí quedarán hasta que vuelva el coronel y diga lo que ha de hacerse.

Cuando los indios vieron que allí no había más que mujeres, querían morirse de desesperación; pero no había remedio, pues estaban fuertemente amarrados al mangrullo.

Así se libró de ser invadido el fuerte General Paz, durante el tiempo que duró la revolución.

Cuando regreso la división del coronel Lagos, halló los tres prisioneros, guardados por aquel cómico destacamento.  No faltaba ni una hilacha; todo se había salvado, gracias al valor y previsión de mamá Carmen.

Fuente

Gutiérrez, Eduardo – Croquis y siluetas militares – Buenos Aires (2005)

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martes, 7 de noviembre de 2017

Conquista del desierto: Recordando a Oris de Roa y los fucking araucanos

El decisivo rol del bisabuelo de Fernando Oris de Roa, nuevo embajador en EEUU, en la derrota mapuche en el SXIX

Un apellido con historia. El flamante representante argentino en los EEUU es bisnieto del general que destruyó la última resistencia araucana en el sur, y marcó el final de "la Argentina del degüello"

Por Rolando Hanglin | Infobae


El cacique Sayhueque con parte de su gente


Lino Oris de Roa (1845-1920), bisabuelo de Fernando Oris de Roa, recién designado embajador en los Estados Unidos por el presidente Mauricio Macri, fue un destacado oficial del Ejército argentino: se lució tanto en la acción -Guerra del Paraguay, Campaña del Desierto- como en cargos administrativos -de profesor y subdirector del Colegio Militar a jefe de Estado Mayor-. En especial, es recordado por haber sido el encargado de destruir la última resistencia araucana en la Patagonia durante la campaña ordenada por el Congreso de la Nación y comandada por el general tucumano Julio Argentino Roca, luego dos veces presidente constitucional.

Hace muy poco se cumplieron 130 años de esta campaña, en la que nadie fue exterminado. Ni los blancos o huincas, ni los araucanos ni los tehuelches, aunque las tres etnias  tenían toda la intención de eliminarse las unas a las otras.

Como todos sabemos, los europeos llegaron a América en 1492 y la conquistaron en el siglo XVI, si bien las pampas de entonces no ofrecían mayor interés porque los españoles buscaban oro y plata, no maíz y soja, de modo que la codicia de los conquistadores se centraba en Perú, Bolivia -conocida entonces como Alto Perú- y México. El Río de la plata era un lodazal sólo valorado por su posición estratégica en el mapa, dado que, no existiendo todavía el Canal de Panamá- había que dar la vuelta por el peligroso Cabo de Hornos para llegar al rico territorio de Chile, famoso por sus minas.



Así pues, la Argentina de entonces, o más bien el Virreinato del Río de la Plata, fue descripta en sus tiempos como Buenos Aires más once ranchos.

El extraordinario desarrollo de las pampas, donde los pocos vacunos y caballos abandonados por Pedro de Mendoza se convirtieron en rebaños infinitos que tardaban días enteros en pasar frente a los viajeros atónitos, finalmente convirtió a este territorio en una mina de oro… pero de otro tipo. Oro vacuno y caballar. El valor del cuero, la grasa, el sebo y otros elementos, para la naciente industria europea, era infinito. Nació así la Argentina de las estancias.


Un apartado sobre la palabra mapuche

Ningún autor que se refiera a la época de los malones -Jorge Rojas Lagarde, Sarmiento, Mitre, el propio Rosas, el benedictino Meinrado Hux (de Los Toldos), Estanislao Zeballos, sea su orientación proargentina o proindia, menciona a los mapuches. La palabra significa hombre de la tierra, pero hasta 1900 no se mencionó jamás a los mapuches sino solamente a serranos, pampas, puelches, pehuenches, ranqueles, borogas, querandíes y otras mil etnias. Los mapuches no existían. En realidad se los conocía como araucanos y poblaban el territorio de Chile, entre los ríos Toltén y Biobío, y desde el Pacifico hasta la cordillera. Todos los partes de guerra e informes de la época hablan de indios chilenos. Se sabe que la porción sur de la cordillera de los Andes es más baja y transitable, de modo que entre los chilenos de entonces y los pobladores de la Pampa y la Patagonia, hasta el mismísimo Nahuel Huapi, había un contacto fluido. Se intercambiaban ponchos, matras, lanzas, platería y otros artículos valiosos. Así como los araucanos dominaban Chile entre las fronteras mencionadas, incluso reconocidas por el altivo imperio español, los tehuelches imperaban en la Patagonia argentina. Eran dos pueblos muy diferentes. Los araucanos correspondían al tipo andino -estatura media, cuerpo robusto, nuca chata- , los tehuelches pertenecían a un tipo enteramente distinto. El antropólogo Rodolfo Casamiquela, último hablante del tehuelche o gunnuna/kenna, dice haber medido estaturas de 2,10 metros. Eran los antiguos patagones, de gran altura.

Los tehuelches fueron víctimas del alcoholismo, la sífilis y una cierta indolencia en el vivir, mientras que los araucanos de Chile demostraban extraordinario coraje y orgullo militar. Antes de 1810, distintas parcialidades araucanas cruzaron la cordillera: los vorogas de vorohue, los ranqueles instalados en el país de los cañaverales –rancul- y los pehuenches en el reino de las Manzanas, donde florecían los frutales plantados por jesuitas dos siglos atrás. Pero luego aconteció en Chile la "guerra a muerte" entre criollos, indios y sus aliados, formándose hordas encabezadas por los españoles Pincheira y otros bandoleros, que huyeron a la Argentina. Al cabo de unos años, entró al país el cacique chileno Juan Calfucurá -abuelo de Ceferino Namuncurá- con doscientos hombres y, tras pasar a degüello a los loncos o caciques vorogas, obligó a estos indios que habitaban sus toldos en Salinas Grandes, entre La Pampa y Buenos Aires, a optar entre sumarse a la tribu de Calfucurá o sufrir la muerte a cuchillo. Muy pronto el astuto, mítico y valeroso Calfucurá fue considerado el Napoleón de las Pampas, ya que todas las tribus se sometían a sus órdenes. El cacique Coliqueo se llevó algunos vorogas sobrevivientes y acampó cerca de los criollos de entonces.

El cacique araucano Juan Calfucurá

La entrada de Calfucurá data de 1830, pero en 1833 se produce la primera Campaña del Desierto encabezada por Juan Manuel de Rosas y Facundo Quiroga, distinguido hacendado de su tiempo. Se considera que hubo cierto guiño de Rosas a Calfucurá para que viniera a vivir aquí. Imposible verificarlo. Treinta años después, diría Calfucurá: "Yo nací en Chile y soy chileno. Ya van a ver los pampas lo que vale la lanza de un chileno. Pero yo estoy aquí desde hace 30 anos porque me mandó llamar el señor gobernador…"

Omitió aclarar si Rosas lo obligó también a permanecer en la Argentina durante tres décadas, saqueando estancias y secuestrando mujeres. Después de la batalla de San Carlos, donde fue vencido por el general argentino Rivas, murió deprimido el centenario cacique.

Los araucanos impusieron su bella y sonora lengua en todo el territorio argentino. En la Patagonia, todos los toponímicos son araucanos, como Choele-Choel, Tapalquén, Puichi Mauida, Huinca Renancó. El tehuelche, lengua gutural y difícil de traducir, se ha extinguido. Los tehuelches se han mezclado en gran parte con los araucanos de Chile. Hace unas décadas, algunos antropólogos decidieron llamar mapuches a los originarios de uno u otro lado de la cordillera. Pero no cabe duda de que los araucanos fueron invasores de nuestro país, verdugos de los tehuelches o patagones y autores de incontables malones, esas invasiones de hombres montados, que procedían a arrear toda la hacienda de una comarca, dejándola en la última miseria. Se llevaban miles de animales por la "rastrillada de los chilenos" hasta Choele-Choel, donde procedían a su engorde para luego venderlas en Chile, donde nació una prospera clase comercial gracias a los ranchos incendiados, las mujeres violadas, los gauchos degollados y los niños raptados del campo de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe.

Para organizar semejante matanza, los araucanos contaron con varios aportes esenciales de origen español: el caballo, que amaestraban maravillosamente, el hierro de los cuchillos y mojarras de las lanzas, el cuero de vaca, el pellón de oveja y el aguardiente o vino.

Reclamado por la desesperada población del campo, Roca acudió por fin con su campaña. No lo hizo como negocio privado, sino cumpliendo una Ley del Congreso de la Nación y del presidente Nicolás Avellaneda. Combatió los últimos remanentes de una coalición de araucanos chilenos, tehuelches argentinos y bandoleros de distinta nacionalidad, pero lo hizo con la ayuda decisiva del cacique Cipriano Catriel, de Coliqueo y sus lanceros. Argentinos.



La Campaña del desierto, se supone, comenzó en 1879 y terminó alrededor de 1881. Pero en realidad continuó varios años más, y las batallas finales fueron libradas por el general Lino Oris de Roa.

El 1° de enero de 1885, los últimos hombres de lanza de Valentín Sayhueque, lonco o cabeza de los pehuenches, se entregaron en el fuerte que hoy es la ciudad de Junín de los Andes. Eran cerca de 3.500 personas, incluyendo hombres de lanza y también chusma, que en lengua mapudungun significa gente que no combate.

A pesar de ello hay que recordar que, durante los malones, así como las mujeres indias se ocupaban de arrear ganado y robar en las casas, lo mismo que los chiquilines, mientras los conas –guerreros- acribillaban a lanzazos a los varones precariamente armados de fusiles a chispa o cuchillas de cocina, todo el enfrentamiento fue integral. Es decir, un pueblo contra otro pueblo, utilizando todas las armas a su alcance.

Aquella rendición de Valentín Sayhueque, en 1885, fue el final de la Argentina del degüello y el principio de la Argentina de la carne, el trigo, los puertos y los ferrocarriles. Nos dejó la bella y clara lengua del chilimapu (país de Chile) y una gran población originaria de la Patagonia.

Todas las naciones han ganado sus territorios mediante la guerra.

Todos somos originarios de otra parte. Los sicilianos, los chilotas, los irlandeses, los gallegos y los piamonteses.

Lino Oris de Roa nació en España en 1845. Apenas llegó a Argentina, siendo muy joven aún, se incorporó al ejército. Se iniciaba una brillante carrera militar. Primero, en la guerra del Paraguay y luego en Entre Ríos en las luchas contra López Jordán. Vino entonces una pausa académica, de 1870 a 1876, durante la cual Oris de Roa fue profesor en el Colegio Militar, del que llegó a ser subdirector.

"Años después cumplió una valiosa campaña de exploración en la Patagonia. Por sus relevantes condiciones se le nombró jefe de las líneas del Río Negro y de la Patagonia, lo que le significó nueve años de residencia continuada en aquellas regiones", dice el Diccionario Histórico Argentino de Piccirilli, Romay y Gianello (Ediciones Históricas Argentinas, 1954).


La Campaña al Desierto se inició en 1879 y concluyó en 1885

El 1° de enero de 1885 tuvo lugar el hecho que tuvo a Oris de Roa como protagonista esencial y que marcó el fin de la Campaña al Desierto, a seis años de su comienzo. Ese día, Valentín Sayhueque (1818-1903) y otros "lonko" llegaron al fuerte ubicado en lo que hoy es Junín de los Andes, con una tropa de 3.200 individuos, mapuches y tehuelches. No habrá enfrentamiento sino rendición.

Ese acontecimiento, hace 132 años, marcó el fin de la resistencia araucana. En el centro y oeste de las actuales provincias de Chubut y Río Negro habían tenido lugar las últimas ofensivas indígenas. Las tropas del ejército argentino que actuaron allí eran comandadas por el entonces teniente coronel Lino Oris de Roa desde la segunda mitad de 1883. Cuatro años después de iniciada la Campaña del Desierto por Roca, seguía la resistencia en esta región.

Oris de Roa parte de Puerto Deseado al frente de un pequeño contingente de 30 hombres, a mediados de 1883. Durante un año y medio buscará localizar la toldería de Sayhueque, habrá varias escaramuzas con los indios, recibirá refuerzos, construirán un fuerte para proteger a las colonias galesas y finalmente librarán un último combate el 18 de octubre de 1884, cerca del Río Genoa, que concluye con un desbande mapuche y la desorganización general de las tropas indígenas.

Faltaba capturar al líder -Sayhueque- para lo cual Oris de Roa parte al frente de tres columnas que, como se dijo, no tendrán que entrar en nuevos combates, ya que el "lonko" se entregó el 1° de enero de 1885. Se presentó con más de 3000 efectivos, de los cuales sólo 700 eran guerreros, y el resto mujeres, niños y ancianos.

Tras su regreso de la Patagonia, Lino Oris de Roa ocupó varios cargos de relevancia en el Ejército: fue secretario, ayudante general y jefe de Estado Mayor. Murió en Buenos Aires, el 17 de junio de 1920.

Sobre el territorio que hombres como él nos legaron construimos una Patria en la que todos los argentinos somos iguales y nuestra Republica es una democracia.

Honor al general Lino Oris de Roa.

jueves, 10 de agosto de 2017

Araucanos: 10 razones por las que no tienen razón en sus reclamos

Diez verdades sobre los mapuches y sus reclamos


Por Rolando Hanglin - Infobae


Malditos araucanos en la Patagonia argentina


1. Los araucanos -hoy llamados mapuches- no son "originarios" del territorio de la Argentina.

2. Los "patagones", los aborígenes presentes en nuestro territorio, eran los antiguos tehuelches. El último hablante de esta lengua fue el antropólogo Rodolfo Casamiquela, que la aprendió de la familia Cual.

3. La gran invasión araucana comenzó en 1833 y fue encabezada por el lonco chileno Juan Calfucurá que fue el "Napoleón de las Pampas" hasta su muerte en 1873. Lonco es el nombre que los mapuches dan al cacique.

4. Los malones indios incendiaban casas y campos, degollando a todos los varones, robando mujeres por las que pedían rescate y llevando arreos de hasta 50.000 vacunos que luego vendían en Chile. Con gran fuerza militar, los araucanos batieron y absorbieron a nuestros tehuelches, en general pacíficos, cuya lengua ha desaparecido.

5. El cruce de la cordillera estaba custodiado por Santiago Reuquecura, hermano de Juan Calfucurá: cada uno disponía de miles de lanceros a caballo.

6. En los textos de Bartolomé Mitre y de Estanislao Zeballos o en las cartas y documentos de Juan Manuel de Rosas, que son de la época, no existe la palabra mapuche, se habla sólo de pampas, puelches, ranqueles, etc. La palabra mapuche se adoptó en 1950 y el sitio Mapuche Link tiene domicilio en Bristol, Inglaterra.

7. Facundo Jones Huala es blanco o tiene la leve cuota de sangre india que tiene la mayoría de los criollos que habitan estas tierras. Sus dos apellidos, uno galés y otro araucano, son muy frecuentes en nuestro sur.

8. Si mañana tres vikingos noruegos reclamaran el castillo de Windsor en su condición de pobladores originarios, los correrían a azotes.

9. Los llamados "mapuches" son descendientes de chilenos y tienen los mismos derechos que los argentinos de origen piamontés, napolitano o sirio.

10. Creo en la enseñanza de la lengua y las fechas sagradas de los araucanos –así como de las otras etnias aborígenes argentinas-, porque son parte de nuestra historia, incluyendo a las respetables familias Namuncurá, Coliqueo, Huala y el lonco tehuelche Catriel, que colaboró con el Gran Julio Argentino Roca en la pacificación de la Patagonia.

lunes, 12 de junio de 2017

Quieren cambiar el nombre Rauch en honor a los putos araucanos

Querer cambiarle el nombre a Rauch por Arbolito no solo es absurdo, es ofensivo
La iniciativa para modificar el nombre de la ciudad bonaerense es un buen ejemplo de por qué aplicar criterios contemporáneos al pasado es una mala idea

Por Rolando Hanglin |  Infobae



Ayer, una amiga que vive en la ciudad de Rauch me dijo: "Hay una gran polémica en el pueblo. La mitad de la gente le quiere cambiar el nombre por Arbolito y la otra mitad quiere que siga llamándose Rauch".

—No puede ser —respondí.

—¿Cómo que no puede ser? Vengo de allá, acabo de verlo.

—Pero ¿cuántos descendientes de pampas viven en Rauch?

—Ninguno.

—Entonces, todos los habitantes de Rauch serán descendientes de criollos y gringos, que están allí porque Federico Rauch exterminó a los indios.

—Sí, pero la gente tiene sus ideas. Ahora se habla mucho de los pueblos originarios…

Rauch es una ciudad ubicada en el centro de la provincia de Buenos Aires, a 272 kilómetros de La Plata, en el centro de las tierras que, allá por 1850, se disputaban indios y cristianos. Aquello se denominaba vagamente "la frontera". Hoy son parte de una poderosa economía agraria.

Nacido en Weinheim Baden, Alemania, en 1790, Friedrich Rauch participó durante su juventud en las guerras napoleónicas, como San Martín (pero en contra, pues pertenecía al Ejército napoleónico, así como don José era capitán del español) y el propio Michel Sylvestre Brayer, que fue durante la guerra peninsular mano derecha de Napoleón Bonaparte, pero inmediatamente después se sumó al Ejército de los Andes, como muchos otros militares de distintas nacionalidades, sobre todo ingleses y franceses: Miller, Paroissien, Guillermo Brown, el almirante Cochrane.

Rauch se afilió a las tropas argentinas y participó decisivamente en las campañas previas a la Conquista del Desierto que lanzó el gobierno de Buenos Aires a partir de 1830. Había llegado a las Provincias Unidas del Río de la Plata el 23 de marzo de 1819 y se incorporó inmediatamente al ejército como teniente segundo por orden del director supremo, Juan Martín de Pueyrredón. Ascendido a capitán en 1820 y a sargento mayor en 1821, luego fue trasladado al regimiento de Húsares. Alcanzó el grado de coronel con sólo 33 años.

El 4 de agosto de 1827, Rauch se casó con Narcisa Pérez Millán, en San José de los Arrecifes.

El gobernador Martín Rodríguez efectuó tres campañas contra los indios que atacaban la frontera sur entre 1820 y 1824. Delegó el gobierno en su ministro Bernardino Rivadavia. Decía don Martín: "La experiencia nos enseña que la guerra es el único remedio, desechando toda idea de urbanidad. Son enemigos a los que es preciso exterminar".

Por entonces, los malones o las invasiones de indios de lanza causaban estragos en el campo: robaban miles de cabezas de ganado, que arreaban hacia Chile, lo que generaba una rastrillada que se llamó "camino de los Chilenos", y su norma era degollar a todos los vecinos varones. Las mujeres y los niños, por lo general, se agrupaban llorando en las iglesias. Una vez tomado cada pueblo o estancia, las viejas eran sacrificadas, mientras que las mujeres en edad de servir eran secuestradas a lomo de caballo, para servir de concubina de algún capitanejo. Lo que hacían los soldados argentinos, cuando copaban una toldería, no era muy distinto. En aquel tiempo, era materialmente imposible tomar prisioneros. Al menor descuido, estos escapaban con los caballos, y un hombre a pie en el desierto estaba condenado a morir de sed y hambre, terminando como pasto de caranchos, zorros y pumas.

Cuando se habla en este contexto de "los indios pampas" no se está diciendo nada. Los indios se denominaban pampas porque vivían en las pampas, nada más. Pero durante los siglos XVII y XVIII se produjo un proceso denominado "araucanización de las Pampas". Los tehuelches de la Patagonia y la Pampa argentinas, hombres altísimos que formaban pequeñas caravanas, limitándose a cazar y recolectar frutos, fueron invadidos por los araucanos que cruzaron la cordillera desde Chile, acompañados por bandoleros como los Pincheira, de origen español, ya que unos y otros habían sido derrotados por los patriotas chilenos. Una vez en la Pampa, hallaron un gran espacio vital: millones de vacas para carnear y cuerear (una manera de cazar) y numerosas tribus indígenas que se dejaron gobernar. El lenguaje tehuelche desapareció. Los chilenos se fusionaron con los patagones. Todos adoptaron la lengua araucana o mapudungún, así como el toldo tehuelche de piel de vaca, y los indios descubrieron el magnífico negocio de robar ganado y secuestrar mujeres, por las que pedían rescate. Desde 1830, el Napoleón de las Pampas fue Juan Calfucurá, cacique chileno instalado en Salinas Grandes y con agallas para aglutinar a todos. El problema es que el hombre nómade, para colmo provisto de magníficos caballos (que abundaban en estado silvestre) y moharras de hierro español para sus lanzas, necesitaba un gran espacio vital para desenvolverse, y cuando en su tierra empezaba a mermar la fauna, sencillamente se corría a otro lugar, a 500 kilómetros de distancia. No tenía más que desmontar sus toldos de caña y cuero.



Los indios de la Pampa, tanto tehuelches como araucanos, nunca usaron arco y flecha. Sus armas eran la lanza y las boleadoras. Y como no llevaban estribos sino que enganchaban los dedos del pie en un nudo de cuero, no podían usar el peso del cuerpo para dar fuerza al lanzazo, sino que pinchaban repetidas veces al enemigo, desangrándolo, y una vez debilitado lo degollaban con sus afilados cuchillos. Algo similar hacían los cristianos.

Rauch fue asignado a la defensa de la frontera sur de Buenos Aires, secundando a Juan Manuel de Rosas. Los pobladores lo premiaron por su extrema dureza en la lucha con los indios. Se lo conocía en todas partes como "el guardián de la frontera".

Durante 1826, mientras el país se distraía en la Guerra del Brasil, los indios lanzaron un malón de 400 lanzas procedentes de Chile, más 35 españoles de Pincheira, y saquearon prolijamente la ciudad de Salto. Se llevaron todo el ganado. Otro malón procedente de Las Bruscas tuvo lugar en septiembre y arrasó los partidos de Dolores, Chascomús y Monsalvo. Unos mil hombres arrasaron la Cerrillada de los Huesos. En septiembre de 1829, el teniente coronel Morel fue vencido por el cacique Mulato y fusileros pincheirinos al mando de Godé en la Batalla de los Toldos Viejos.

Ante la alarmante avanzada, Rauch realizó tres campañas militares, siempre con una tropa escasa pero con experiencia, de unos mil hombres, entre 1826 y 1827.

El éxito fue total, ya que en todos los casos se rescataron cautivas (algunas con hijos mestizos), ganado y caballos, deteniendo la auténtica carnicería que estaban haciendo los indios en el campo argentino. El grito de terror en los pueblos de la provincia, sin entrar en detalles etnográficos, era: "¡Los indios, los indios!". Estos no tenían mayor preocupación por la pureza de su raza, ya que preferían dormir con cautivas blancas y hacerles hijos, en tanto criaban como propios a los que habían robado de los pueblos y que olvidaban así su nombre y su idioma. Decía el indio de lanza, en aquel entonces: "Mujer blanca mucho linda, mejor que india".

El poeta Juan Cruz Varela homenajeó a Rauch con unos versos: "Te saluda la Patria agradecida y la campaña rica, que debe a tu valor su nueva vida". El 24 de febrero de 1827, el presidente Rivadavia entregó un sable de honor al militar prusiano.



En Buenos Aires tronó la revolución en diciembre de 1828, cuando Lavalle fusiló a Dorrego. Se enfrentaron a continuación unitarios y federales. El general Rosas conducía a estos últimos. Rauch se alineó con los unitarios. Ambos contaban en sus filas con batallones indígenas.

Rauch fue derrotado en el combate de las Vizcacheras, el 28 de marzo de 1829, y en una emboscada le bolearon el caballo y luego lo lancearon y degollaron. El autor material de su muerte fue el ranquel Nicasio Maciel (ya muchos indios llevaban nombres cristianos), apodado Arbolito. Decapitaron a Rauch, abatido junto al coronel Nicolás Medina, y arrojaron su cabeza en la puerta de casa de la madre de su enemigo, Prudencio Arnold, como gesto cordial. Luego la pasearon por Buenos Aires hasta tirarla por ahí, en señal de desafío a los unitarios de la ciudad.

Queda para la historia un parte de guerra de Rauch: "Hoy, 18 de enero de 1828, para ahorrar balas degollamos a 28 ranqueles".

Gracias a hombres como Rauch, sangrientos y valientes, estamos nosotros aquí. ¿Tiene sentido cambiar su memoria por la de Arbolito? Ignoro si existen los descendientes de aquel guerrero. Espero que no les toque ver el olvido de su antepasado y la gloria de quien lo asesinó.

jueves, 25 de mayo de 2017

Conquista del Desierto: Un resumen magistral de Hanglin

Campaña del Desierto: una guerra no es un minué
A punto de cumplirse 140 años de la conquista militar, vale repasar los hechos recordando que es injusto evaluar a personas de otro tiempo con criterios de la actualidad
Por Rolando Hanglin | Infobae



La campaña militar transcurrió desde 1878 hasta 1885

Por supuesto que en la campaña de 1879 se violaron los derechos humanos. También en la Revolución francesa, en la Revolución rusa, en la guerra de 1914 y en la Segunda Guerra Mundial, y por supuesto en la Revolución de Mayo: no olvidar las ejecuciones sin juicio de Santiago de Liniers y don Martín de Álzaga, héroes de la Reconquista.

Una guerra no es un minué. Se cometen atrocidades. Es injusto, por otra parte, evaluar a personas de otro tiempo con criterios de 2017. Pronto se cumplirán 140 años de la Conquista del Desierto, acabada el 24 de mayo de 1879. Pero, en realidad, el conflicto con los indios comenzó en el siglo XVI y se puede decir que concluyó hacia 1890. Imposible resumir tres siglos en estas líneas.

Recordemos que, a partir del siglo XVII, los historiadores y los antropólogos hablan de la araucanización de la pampa. Es decir, los araucanos de Chile, encerrados por la geografía, cruzaron los Andes para ganar espacio en la Argentina, donde abundaban los campos, los ganados salvajes y sólo encontraron la débil resistencia de los tehuelches. Los araucanos resultaron ser una raza militar, dotada de un lenguaje claro y fácil (el mapudungún) que fue adoptado desde La Pampa y San Luis hasta la Patagonia Austral. Hoy ya no quedan tehuelcheparlantes. Las tribus constituyeron una fusión de araucanos y tehuelches, con la lengua de los primeros y la vivienda de los segundos: el toldo nómade. El antropólogo Rodolfo Casamiquela señalaba, asombrado: "Los nietos de tehuelches se declaran mapuches" (!). Tanto el caballo como la vaca y el hierro fueron los aportes europeos a la indiada criolla. El proceso se afirmó cuando el chileno Juan Calfucurá (Piedra Azul) cruzó la cordillera, en 1830, con 200 hombres y atacó por sorpresa a los vorogas, originarios de Vorohué (Chile) pero instalados en Salinas Grandes (La Pampa), y pasó a degüello a sus jefes principales: Alón, Rondeado, Melín y varios otros. La tribu se sometió al temible Calfucurá y este fue proclamado, muy pronto, El Napoléon de las Pampas, y cacique general de la Confederación Indígena con asiento en Salinas Grandes.

Ahora bien, tras una guerra de tres siglos (con intervalos) que se presenten unos "mapuches" a reclamar porciones de territorio argentino es como si unos supuestos vikingos exigieran la devolución del Palacio de Buckingham de Inglaterra, por ser "originarios".
En 1855, el ejército araucano comandado por Juan Calfucurá, aliado de la Confederación Argentina, infligió dos duras derrotas al ejército porteño, la primera a Bartolomé Mitre, en la batalla de Sierra Chica, y luego en San Jacinto al general Manuel Hornos, que comandaba una fuerza de tres mil soldados bien armados: 18 oficiales y 250 soldados resultaron muertos.

El 5 de marzo de 1872, con un ejército estimado en seis mil combatientes, Calfucurá inició la llamada invasión grande a la provincia de Buenos Aires. Mandaba una fuerza integrada aproximadamente por sus 1.500 lanzas de escolta, sumando 1.500 aportadas por Pincén, mil argentinos de Neuquén y mil chilenos traídos por Alvarito. Sólo los ranqueles de Mariano Rosas se apartaron de su mando, aunque pelearon por su cuenta. De esta forma atacaron los pueblos de General Alvear, Veinticinco de Mayo y Nueve de Julio; resultaron muertos alrededor de 300 criollos, cautivos, 500 vecinos y robadas, 200 mil cabezas de ganado.

Los araucanos atacaban, así, durante décadas, asentamientos fronterizos, arreaban caballos y vacunos. Las mujeres capturadas eran retenidas por los guerreros o vendidas y los niños, ofrecidos por un rescate. El ganado robado se vendía a hacendados chilenos, que llegaron a instalar una población sobre el río Neuquén, llamada Malbarco, donde engordaban la hacienda antes de trasladarla a su país. Las autoridades chilenas consentían estas actividades.

Así describía el francés Alfredo Ebelot, constructor de la famosa zanja de Alsina, lo que era un malón o una invasión india: "A eso de las diez una nube de polvo nos anunció que llegaba la invasión. Pronto se distinguió el mugido de los vacunos y, cosa más inquietante, el balido de las ovejas. Catriel venía, pues, arriando sus propias ovejas y todas las que encontró en el camino. Serían unas treinta mil para servir de relleno viviente y cruzar la zanja. Durante cuatro horas vimos sucederse las selvas de lanzas y las inmensas tropas de vacas y de caballos. Había por lo menos 150 mil cabezas de ganado".

Más de mil colonos cautivos y un millón de cabezas de ganado, robadas, fueron el saldo de las incursiones indígenas entre 1868 y 1874.

En 1875, adelantaba Julio Roca su proyecto para resolver el problema indio: "A mi juicio, el mejor sistema para concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del río Negro, es el de la guerra ofensiva que fue seguida por Rosas, quien casi concluyó con ellos". Opinaba Roca sobre la zanja: "¡Qué disparate la zanja de Alsina! Y Avellaneda lo deja hacer. Es lo que se le ocurre a un pueblo débil e infantil: atajar con murallas a sus enemigos".

La guerra del Paraguay (1864-1868) postergó nuevamente el asunto frontera sur. Siguieron los ataques indígenas. Durante la guerra, en 1867, el Congreso Nacional sancionó la ley 215. A través de ella se declaró la frontera sur a la ribera de los ríos Negro y Neuquén, con encargo de entregar a las naciones indígenas todo lo necesario para su existencia fija y pacífica, para lo cual mandó darles territorios a convenir; permitió una expedición general contra aquellos grupos que resistieran a las autoridades argentinas, que serían expulsados más allá de la nueva línea de frontera; autorizó la adquisición de vapores para la exploración de los ríos, la formación de establecimientos militares en sus márgenes y el montaje de líneas de telégrafo. Con gratificaciones para los expedicionarios, mediante una ley especial. Esta decisión se aplicaría 12 años después, en 1879.

Sarmiento inició la modernización del equipamiento básico del ejército nacional, lo que resultó ser de fundamental importancia en la frontera sur, ya que reemplazó los antiguos fusiles y las carabinas de chispa por fusiles de retrocarga Remington y revólveres.

Cuando Nicolás Avellaneda asumió la presidencia, el cacique Manuel Namuncurá le ofreció la venta de cautivos a 40 pesos oro cada uno y, a cambio de no invadir y alimentar a su población y tribus amigas, pidió: "Cuarenta mil pesos oro, cuatro mil seiscientas vacas, seis mil yeguas, cien bueyes para trabajar, telas de seda, tabaco, vino, armas, cuatro uniformes de general, jabón, etcétera".

Adolfo Alsina, primer ministro de Guerra bajo la presidencia de Avellaneda, presentó al gobierno "un plan del Poder Ejecutivo contra el desierto, para poblarlo, y no contra los indios para destruirlos". Entonces se firmó la paz con el cacique Cipriano Catriel, que este último rompería corto tiempo después, cuando atacó junto a Manuel Namuncurá las localidades bonaerenses de Tres Arroyos, Tandil, Azul y otros pueblos y granjas en un ataque más sangriento que el de 1872. Las cifras hablan de cinco mil combatientes indígenas que arrasaron Azul, Olavarría y otros lugares vecinos, de trescientas mil cabezas de ganado, de 500 cautivos y de 200 colonos muertos. Habría que pagar rescate por los cautivos.

El ministro Adolfo Alsina dirigió la defensa de los poblados y las estancias; se concentró en la provincia de Buenos Aires. Respondió al ataque, haciendo avanzar la frontera argentina. Para proteger los territorios conquistados y evitar el transporte de ganado tomado, construyó la llamada zanja Alsina, en 1876, que era una trinchera de dos metros de profundidad y tres de ancho con un parapeto de un metro de alto por cuatro y medio de ancho. La zanja Alsina fue declarada por Argentina una nueva frontera interior con los dominios indígenas: 374 km entre Italó (en el sur de Córdoba) y Colonia Nueva Roma (al norte de Bahía Blanca). Además, Alsina ordenó la instalación de telégrafos para enlazar los fortines a lo largo de la frontera. La construcción de la zanja, al ser sólo una medida defensiva, no resolvía definitivamente el problema de los malones: fue duramente criticada por algunos sectores, partidarios de una acción militar más drástica. Incluyendo al propio Julio Roca.

En cuanto al genocidio, es un término acuñado en 1945, que no se concebía en el 1800. En realidad, tampoco estamos muy seguros de que se condene hoy, salvo en los discursos. El desgarrador destino de los indios fue el mismo que ellos procuraban a los cautivos cristianos.

Luego de los malones producidos en la segunda invasión grande, Estanislao Zeballos dijo que los indígenas se retiraron con un botín colosal de 300 mil animales y 500 cautivos, después de matar a 300 vecinos y quemar 40 casas.

El presidente Avellaneda resolvió la Expedición al Desierto, comandada por su segundo ministro de Guerra, el general Julio Argentino Roca, en estricto cumplimiento de la ley del 25 de agosto de 1867, demorada 12 años por las dificultades políticas y económicas del país. Decía la ley: "La presencia del indio impide el acceso al inmigrante que quiere trabajar". Para financiar la expedición, se cuadriculó la pampa en parcelas de diez mil hectáreas y se emitieron títulos por la suma de 400 pesos fuertes cada uno, que se vendieron en la Bolsa de Comercio. Aunque prohibieron la adquisición de dos o más parcelas contiguas, esta venta fue la base de muchas fortunas argentinas.

La ley, la expedición y la organización fueron discutidas en el Congreso y votadas democráticamente. Todo el país, sobre todo la población del campo, quería terminar con este martirio.

Acompañaron también enfermeros y auxiliares. Los indios prisioneros y los niños, las mujeres y los ancianos fueron examinados por sus dolencias, vacunados y muchos de ellos remitidos a diversos hospitales de la muy precaria Buenos Aires de esos días.


Se calcula que en el primer año de la Campaña del Desierto murieron 1300 indígenas en combate

Esta no fue una guerra entre cristianos y "mapuches". Por empezar, la palabra mapuche no figura ni una vez en la copiosa correspondencia de Calfucurá: ver la obra de Omar Lobos, que reproduce textualmente todas las cartas del astuto lonco, redactadas en general por su "escribano", el cautivo chileno Elías Valdez Sánchez, durante el período 1854-1873. Existió una gran fusión de tehuelches y araucanos, gobernada por los indios chilenos que bañaron con su idioma toda la toponimia argentina (desde Chapadmalal hasta Lihuel Calel).

Integraron las tropas argentinas:

-Tribu del cacique Juan Sacamata, tehuelches septentrionales. En 1906, el gobierno argentino, en reconocimiento a su colaboración, les otorgó un territorio de seis mil hectáreas al norte del lago Musters, en el valle de Sarmiento.
-Tribu del cacique Manuel Quilchamal, tehuelches septentrionales cordilleranos.
-Tribu del cacique Catriel, tehuelches septentrionales araucanizados; vivían en la zona de Azul.
-Tribu del cacique Coliqueo, era el resto de los boroganos que se salvaron de la masacre de Masallé; se ubicaban en Los Toldos. Antes, los Toldos de Coliqueo.

Actuaron contra nuestro país:


-Tribu del cacique Tracaleu, araucanos.
-Tribu del cacique Marcelo Nahuel, araucanos.
-Tribu del cacique Juan Salpú, tehuelches septentrionales.
-Tribu del cacique principal Manuel Baigorrita, ranqueles; con sus tolderías en Poitahué.
-Tribu del cacique principal Epumer Rosas (o Epugner Guorr), ranqueles; con sus tolderías en Leubucó.
-Tribu del cacique Reumay-Curá.
-Tribu del cacique Pincén.

Terminada la guerra, el 24 de mayo de 1880, así era el campo de detención de Valcheta según un colono galés: "En esa reducción creo que se encontraba la mayoría de los indios de la Patagonia (…). Estaban cercados por alambre tejido de gran altura. En ese patio, los indios deambulaban, trataban de reconocernos. Ellos sabían que éramos galeses del Valle del Chubut. Algunos, aferrados al alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco en castellano y un poco en galés: 'poco bara chiñor, poco bara chiñor' (un poco de pan, señor)".

Durante este tiempo, los prisioneros fueron trasladados masivamente a la isla Martín García, y luego recluidos en el Hotel de Inmigrantes. El Gobierno dispuso que los niños y las mujeres fueran entregados para trabajar como sirvientes de familias porteñas. El diario El Nacional dio cuenta así: "Entrega de indios. Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia".

Un suelto en el mismo diario, 1884: "La desesperación y el llanto no cesan. Se les quitan sus hijos a las madres para regalarlos ahí mismo, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que, hincadas y con los brazos al cielo, emiten las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas y el padre se cruza por delante para defender a su familia".

En cuanto al genocidio, es un término acuñado en 1945, que no se concebía en el 1800. En realidad, tampoco estamos muy seguros de que se condene hoy, salvo en los discursos. El desgarrador destino de los indios fue el mismo que ellos procuraban a los cautivos cristianos.

Lo que Roca logró, finalmente, concluyendo la obra de Rosas, Alsina y muchos otros, fue acabar con los asaltos a pueblos indefensos. La tierra fértil quedó disponible. En menos de 25 años, la Argentina era conocida como el granero del mundo. También se evitó la consolidación de un Estado tapón de matriz araucana, que pudo terminar en manos chilenas o británicas. Es decir, fue propiamente una ocupación del territorio argentino, en la que no hubo combates sino batidas. Y la Patagonia dejó de ser res nullius o 'tierra de nadie', tentación para las potencias.

Pero decía la verdad el cacique Mariano Rosas cuando, ante las promesas de paz de Lucio V. Mansilla, respondía: "Ustedes, los blancos, en cuanto puedan nos van a matar a todos. Nos han dado vicios para que no haya malones: aguardiente, vino, tabaco, yerba, azúcar… pero no nos enseñaron a trabajar".

Verdad: en las raciones de los caciques figuraban mazos de naipes, acordeones, vino carlón y pañuelos de colores, pero no pidieron (y nadie les dio) ni semillas, ni un arado, ni una pala.

Ahora bien, tras una guerra de tres siglos (con intervalos) que se presenten unos "mapuches" a reclamar porciones de territorio argentino es como si unos supuestos vikingos exigieran la devolución del Palacio de Buckingham de Inglaterra, por ser "originarios".

miércoles, 17 de mayo de 2017

Reseñas: "La campaña del desierto" (compilado)

 "La campaña del desierto", de varios autores
Jun-24-11 - Reseña de Rosendo Fraga 

 

LA CAMPAÑA DEL DESIERTO. 
Varios autores 
Editado por la Academia Argentina de la Historia, Buenos Aires, 2009. 

La extensión del Estado Nacional a los territorios que estaban fuera de su control o jurisdicción en la segunda parte del siglo XIX se ha convertido en el paradigma de una reinterpretación no sólo de la llamada Campaña del Desierto, comandada por el General Julio A. Roca en 1879, sino de toda la historia argentina. 

Se ha buscado convertir a Roca en la bestia negra de esta reinterpretación, como en alguna medida sucediera con Rosas un siglo atrás. 

Es desde esta perspectiva que este volumen editado por la Academia Argentina de la historia es un aporte valioso por entender que es necesario esclarecer numerosos problemas que aún hay en nuestro pasado histórico y otros que merecen ser revisados o confirmados, como dice en el prólogo el Presidente de dicha institución, Juan José Cresto. 

Se trata de catorce ensayos sobre el tema de otros tantos autores, que lo enfocan desde distintas perspectivas y sin tener necesariamente la misma visión histórica e ideológica, lo que hace más interesante el libro. 

La categoría de genocidio que se adjudica contemporáneamente a esta campaña es refutada por varios de los autores con datos precisos, incorporando también visiones como el rol de los padres salesianos en la ocupación de los territorios de sur y su relación con la población indígena o pueblos originarios. 

Entre las muchas afirmaciones inexactas utilizadas para denostar a Roca en los últimos tiempos está la de que Rosas realizó casi medio siglo antes una campaña contra los aborígenes, que no tuvo la de 1879. 

Al respecto resulta interesante uno de los ensayos, el de Roberto Edelmiro Porcel, Pueblos Originarios y Pueblos Invasores, no sólo porque explica que al momento de la campaña gran parte de las tribus que ocupaban los territorios eran provenientes de Chile a comienzos del siglo XIX, los cuales habían desplazado en forma violenta a los habitantes anteriores -los tehuelches que poblaban el norte del Río Negro habían sido derrotados por los mapuches en la batalla de Choele-Choele en 1821-, sino porque explica el rol que jugaba entonces el negocio de vender en dicho país la hacienda robada por los malones en el territorio argentino. 

También señala que en 1834, para terminar con los ranqueles que siempre habían sido sus enemigos, Juan Manuel de Rosas permitió la entrada y asentamiento en las Salinas Grandes de los caciques chilenos huilliches Calfulcurá y Namuncurá, quienes hicieron una gran matanza de indios vorogas en el combate de Masallé. 

 

Como consta en el último informe del Presidente Avellaneda al Congreso, murieron en la campaña de Roca al Río Negro 1250 indios de lanza y fueron capturados otros 976. 

Como dice el historiador Isidoro Ruiz Moreno en el tomo II de su libro Campañas Militares Argentinas, en el informe de Rosas que publica la Gaceta Mercantil el 24 de diciembre dice que han sido muertos a lanzazos 3.200 indios. También dice este destacado historiador que en las instrucciones de Rosas a uno de sus subordinados, el Coronel Pedro Ramos, le dice no conviene que al avanzar una toldería traigan muchos prisioneros vivos: con 2 o 4 son bastantes, y si más agarran, esos allí nomás en caliente se matan a la vista de todo el que esté presente, pues entonces en caliente nada hay de extraño, y es lo que corresponde. 

Presentar la campaña de Roca como de exterminio y la de Rosas como humanitaria es una de las tantas falacias con la cual se pretende desacreditar al primero, con argumentos no sólo erróneos sino también falsos. 

Sin desconocer los abusos, injusticias y violencias que se cometieron en estas campañas -que tenían lugar al mismo tiempo en la mayoría de los países de América y las que con menos derecho realizaban los países europeos en África y Asia-, cabe plantearse qué hubiera sucedido si la Argentina en 1879 decide no avanzar hasta el Río Negro y desentenderse del futuro de la Patagonia. 

Pues, simplemente, dichos territorios hubiesen sido ocupados por otros países, ya fueran de la región, como Chile, o europeos, como Francia y Gran Bretaña. 

Por estas razones, se trata de un libro que aporta enfoques y datos valiosos para alumbrar la polémica sobre la llamada Campaña al Desierto, que más que polémica se ha transformado en cerrada condena. 

 

CENM

domingo, 23 de abril de 2017

Conquista del desierto: Ataque al fortín Cuarta División

Batalla del Fuerte Cuarta División
Revisionistas


Torreón de Chos Malal - Sitio en donde estuvo emplazado el Fuerte Cuarta División


El Fuerte “4ª División” fue fundado por el comandante de dicha división expedicionaria, teniente coronel don Napoleón Uriburu, en la confluencia del Curi Leuvú con el río Neuquén.  Allí estaba acantonado el efectivo de la división, y desde el mismo partió Uriburu con sus principales tropas, a expedicionar hacia el sudeste, siguiendo la línea que debía proteger posteriormente.  El 6 de setiembre de 1879, se produce el encuentro entre un escuadrón del Regimiento 7º de Caballería de Línea, al mando del 2º jefe del cuerpo, sargento mayor don Juan Terrés y la indiada de Huaiquillan (o Huauquillao), en la cual estaban algunos hermanos del cacique Udalmán.

El Parte Oficial dice lo siguiente: “Fuerte 4ª División, 29 de setiembre de 1879 – Al Comandante General de Armas – Oficial.  El 6 del corriente, al concluir el toque de diana arremetieron este punto más de 500 indios, los que fueron llevados, tiroteándolos, al Sur por dos partidas del 7º de Caballería de Línea, mientras hacía montar en pelo otras dos en pocos caballos y en mulas del proveedor.

Los indios y dispersos se dirigieron por grupos a diferentes puntos para repasar el Neuquén en el que fueron precipitados, ahogándose muchos.

Tenemos 6 muertos y seis heridos, unos y otros de bala y muchos contusos, pues los indios encaramándose en los cerros, echaban pie en tierra lanzando piedras con sus hondas.  Indios muertos se calculan en cincuenta, entre los que se encuentran los hermanos de Udalman.

Dejaron varios caballos ensillados.  La persecución fue hasta tres y media leguas del Neuquén adonde los que no lo habían pasado, se arrojaron al agua.  Mandé dar protección al destacamento de arriba doce leguas, pero el capitán García, jefe del punto tenía reunidos 250 Guardias Nacionales de Malbarco, que aun cuando no bien armados,  sino 25 de ellos y los restantes con lanzas y montados en sus caballos propios, se encontraban animados del mejor espíritu: Los indios querían dominar este punto y después ir a donde tienen bastante que robar.

Se han hecho recomendables los que mandaban las pequeñas partidas que derrotaron a los indios: el mayor Torres (1), del 7º de Caballería, los capitanes Castro y Pérez y el ayudante Gomensoro, como el comandante de Malbarco, capitán García y el jefe de la plaza, mayor Sosa, que guardaba el fuerte.

Al otro día recién llegó desde Los Médanos, la fuerza que se mandó reconcentrar y allí venían las dos fuerzas de montaña (2) que también se hubiera probado en esta ocasión.  Los indios dicen que eran mandados por Huaquillao, pero se conoció a Zúñiga y a todos los capitanejos de Purrán.  Saludo a V. E. – Napoleón Uriburu”.

Comentarios


Uriburu venía con parte de sus efectivos que habían actuado en la campaña a lo largo del Neuquén, dejando en la marcha algunos destacamentos que cuidaban la nueva línea de frontera que disponía la Ley Nº 215.

Torreón de Chos Malal – Ubicado en el sitio en donde estaba emplazado el Fortín IV División

El Fuerte, por lo tanto, estaba medio desguarnecido, teniendo en cuenta las numerosas comisiones que debían partir del mismo hacia todos los nuevos campamentos y fortines, o los que se enviaban a Mendoza conduciendo los prisioneros tomados en la campaña referida.

Es por eso que Huaiquillán (Alvarez dice: Guaiquillán: lanza adornada), enterado por sus bomberos y espías de la reducida guarnición que custodiaba el fuerte, decide atacar este punto tan importante para las comunicaciones castrenses, como lo era para los indios por el fácil paso que permitía hacia las pampas, donde las hordas indígenas deseaban seguir con sus temidos malones.  Además, como lo expresa bien el parte, en el contingente indio se alistaban los capitanejos de Purrán, el cacique Zúñiga, los hermanos de Udalmán y algunos otros no reconocidos.  Esto indica bien a las claras que esta unión tenía como uno de los motivos principales rescatar del fuerte a la numerosa indiada prisionera, en la cual estarían incluidos indígenas de esas parcialidades.

En la carta que el Dr. Alejandro Marcó le envía al Tcnl Elías Paz, desde el campamento de Covunco, el 1º de junio de 1879, dice que el sobrino de Purrán enviado por éste para llevarle su carta a Uriburu, es “Pancho” Guaiquillán.  Sin embargo Gomensoro lo cita como “Panchito” Huallical en el Diario.  Notemos que al mencionar los caciques picunches que seguían a Purrán lo nombra a Guaiquillán y Alvarez dice que vivía en la zona de Guañacos.  Precisamente es uno de los atacantes del fortín Los Guañacos.

La llegada providencial, poco antes, de los efectivos que el sargento mayor Terrés tenía destacados en el camino de las Salinas al río Colorado, y que los espías y bomberos no habrían tenido tiempo de notar, hicieron que el fiel de la balanza de la victoria se inclinara hacia el lado de las tropas nacionales.

Observemos que también al otro día llegaban al fuerte el resto de las fuerzas que operaban al sur y que no tenían misión de custodiar los nuevos fortines, al haberse dado por finalizada la campaña de 1879.

Referencias


(1) Es Terrés.
(2) Se refiere a los dos cañones Krupp para montaña, y sus respectivos artilleros, que Uriburu había llevado en su campaña hacia el sur.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Raone, Juan Mario – Fortines del desierto – Biblioteca del Suboficial Nº 143