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jueves, 22 de diciembre de 2016

SGM: La cueva de supervivencia de Yokoi en Guam

La cueva de la Segunda Guerra Mundial de Yokoi

Slate

 
La cueva de Yokoi, Talofofo Falls Resort Park, Guam.
Groverva / Dominio Público


La fecha aceptada para el final de la Segunda Guerra Mundial es el 14 de agosto de 1945, aunque Japón no se entregó formalmente hasta el 2 de septiembre. Lo que no saben es que para muchos soldados japoneses la guerra terminó mucho luego.

Un recuento oficial de 127 holdouts o rezagados se rindió en varios lugares de la zona del Pacífico entre 1947 y 1974. Este número no incluye a los muchos que murieron en sus escondites, descubiertos sólo décadas más tarde.

Para estos soldados, los fuertes principios militaristas hicieron la rendición imposible. Creían en lo que sus líderes militares les decían, que era mejor morir o ser capturado que rendirse. En algunos casos, ni siquiera sabían sobre el final de la guerra. Algunos de los retenidos continuaron luchando contra las tropas estadounidenses o más tarde contra la policía; Otros simplemente se esconden. Los rezagados creían que era imposible volver a Japón, ya que temían ser tratados como desertores y castigados con la pena de muerte.

Uno de esos rezagados fue Yokoi Shoichi, sastre de oficio, reclutado al ejército japonés en 1941. Haciéndose al rango de sargento, formó parte de las fuerzas japonesas en Guam cuando las tropas estadounidenses bajo el general Douglas MacArthur conquistaron la isla en el verano de 1944. Las fuerzas estadounidenses avanzaron rápidamente, y mientras muchos soldados japoneses fueron capturados o asesinados, Yokoi, en un grupo de 10, se retiró profundamente en la selva.

Los 10 hombres rápidamente se dieron cuenta de que un grupo tan grande sería fácilmente descubierto. Siete de ellos salieron para ir a otras áreas; Lo que les sucedió es desconocido. Los tres hombres restantes, incluido Yokoi, se dividieron en diferentes escondites en la zona, pero se mantuvieron visitando unos a otros. Los tres hombres escucharon que la guerra había terminado alrededor de 1952. No estaban seguros de si la información era verdadera y temían por sus vidas si eran capturados o entregados, por lo que decidieron quedarse escondidos. Alrededor de 1964, cuando Yokoi quizo visitar a los otros dos hombres, los encontró muertos y los enterró. Él cree que murieron de hambre. Otras fuentes dicen que murieron en una inundación.

Yokoi tardó tres meses en excavar su "cueva", no muy lejos de las cataratas de Talofofo, a unos 7 pies bajo tierra. Apoyada por grandes cañas de bambú, la pequeña sala subterránea tenía unos 3 pies de alto y 9 pies de largo, con una pequeña entrada y una segunda apertura como suministro de aire. Dentro de él se escondió todo el día y guardó sus pocas pertenencias. Yokoi sólo abandonó su cueva por la noche y vivió de peces, ranas, serpientes o ratas atrapados y aprendió a usar las frutas y verduras desconocidas que encontró. Dos de sus tesoros más grandes eran una trampa de anguila auto-fabricada, y un telar auto-hecho, con el que hizo ropa de fibras locales de la corteza de hibisco.

Finalmente en 1972 dos pescadores locales descubrieron Yokoi a orillas del río Talofofo y cuando, temerosos de su vida, los cargó, lo capturaron. Suplicó a los dos hombres que lo mataran. En cambio lo llevaron a casa, le dieron su primera comida real en 28 años, y lo trajeron a las autoridades. Dos semanas más tarde Yokoi regresó a Japón y fue recibido como un héroe. Él mismo pensaba de manera diferente sobre eso. Sus famosas palabras fueron: "Es con mucha vergüenza, pero he regresado".

Después de la muerte de Yokoi a los 82 años, la cueva original fue protegida como un monumento histórico, pero se derrumbó. En su lugar se erigió una réplica de la cueva junto con un santuario y monumentos para los últimos tres rezagados japoneses. Algunas de las pertenencias de Yokoi de la época en la cueva se pueden ver en un museo en la entrada del parque del centro turístico de las cataratas de Talofofo.

sábado, 15 de octubre de 2016

ARA: El asesinato del Comandante Mallo

El Asesinato del Comandante Mallo
Historia Digital - Artículos y fotos




El asesinato del Comandante Mallo, en la base naval de Punta Alta, fue un evento que caló hondo en la opinión pública del país en el año 1900. Raúl Oscar Infrán nos relata la historia de Mallo y su matador, Pablo Funes, protagonistas de un crimen del que nunca se llegó a saber toda la verdad.


El asesinato del Comandante Mallo: Entre la historia y la leyenda.
por Raúl Oscar Ifrán (Blog Personal)



I - Un hombre libre

El hombre se arregló el impecable traje oscuro, se acomodó el bigote de manubrio a la usanza de la época y saludó cortesmente al director del Hospital Militar. Había concluido los exámenes médicos que la ley imponía para su liberación.
- A partir de este momento, las puertas están abiertas para usted - le dijo el funcionario - es un hombre libre.
Eran las 9.00 a.m del martes 1 de agosto de mil novecientos once. Nadie hubiera reconocido en este joven de treinta y cuatro años, de aspecto distinguido y modales educados, al penado número 40 del Presidio Militar de Ushuaia, ó al sargento segundo distinguido del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar de Bahía Blanca, y menos aún, al alevoso matador del teniente coronel Carlos A. Mallo, primer comandante de este cuerpo, cuna de la actual Base de Infantería de Marina Baterías. Pablo L. Funes, culminaba una dolorosa etapa de su vida iniciada trágicamente once años antes en las desoladas dunas de la Punta sin Nombre.
En el exterior, un grupo de amigos que lo aguardaba impaciente, prorrumpió en exclamaciones de júbilo. El comandante Aníbal Villamayor fue el primero en abrazarlo. Habían sido compañeros de celda en 1905, cuando el ex jefe del Batallón II de Infantería de Bahía Blanca fuera condenado por su adhesión a la revolución radical, involucrado en la masacre de Estación Pirovano. Funes, con la cara hundida en el pecho de su amigo, no pudo contener el llanto. El teniente Orfila, a unos pasos, aguardaba su turno para manifestar su alegría y su afecto.
Un fotógrafo y un cronista de la revista Caras y Caretas documentaban el momento.
- Estoy resuelto a formar en las filas de los hombres honrados y de trabajo - expresó lacónicamente el ex sargento.
Luego cruzó la calle del brazo de sus compañeros y cerró un capítulo escrito con sangre en la historia del primer puerto militar de la República Argentina.




El ex sargento Pablo Funes, en el centro, rodeado por el comandante Villamayor y el teniente Orfila, en las puertas del Hospital Militar, el 1 de agosto de 1900, al momento de recuperar su libertad.

II - Tormenta en el Cuartel de Artillería de Costas

La noche del jueves diez de mayo de mil novecientos, una paloma mensajera levantó vuelo desde el Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar hacia la unidad del ejército de la que dependía en Bahía Blanca. Abajo, entre los muros de piedra y hormigón de la flamante fortificación, un grupo de hombres alentaba su vuelo con desesperación. Una rigurosa tormenta, típica de la inhóspita región, confundió el rumbo del animal e hizo que llegara muy tarde a su destino.
Portaba un mensaje del doctor Sixto Laspiur dirigido a sus colegas Lucero y Vigo para que, provistos de algunos equipos de cirugía, se trasladasen con urgencia a Puerto Belgrano; el teniente coronel Carlos Mallo, sufría una violenta hemorragia. El doctor Lucero se comunicó enseguida por teléfono para obtener precisiones de lo que ocurría en el cuartel. La respuesta lo dejó atónito. Nada podía hacerse, ya. El comandante había fallecido el día once a la mañana, entre las 7 y 8.30 horas.
Poco a poco comenzó a destejerse la maraña del luctuoso acontecimiento. La muerte del jefe había sido ocasionada por 18 heridas punzantes causadas por un machete de máuser, esgrimido por su subalterno el sargento distinguido Pablo L. Funes.
Las cosas fueron así. En las últimas horas de la tarde del jueves, luego de las formalidades del cambio de guardia de prevención, el comandante Mallo requirió la presencia del sargento Funes en su despacho que se encontraba en el edificio de la séptima batería. A los pocos minutos se escucharon gritos desgarradores y desesperados.
- ¡Me asesinan! - vociferaba alguien - ¡Me asesinan!
Cuando los efectivos de la guardia y los oficiales de la comandancia acudieron al patio de la batería, encontraron al teniente coronel acribillado a puñaladas, yacente en un charco de su propia sangre. Parado frente a él, absorto, en actitud contemplativa, el sargento aún aferraba el arma. Uno de los cabos desarmó al victimario que no ofreció resistencia, mientras el resto de los hombres auxiliaba al jefe.
El doctor Laspiur, en un ligero examen, contó 18 heridas, todas en la caja del tórax, muchas de ellas afectando órganos vitales. Hizo unas primeras curas pero su rostro sombrío anticipaba el peor final. No existían esperanzas para el desdichado oficial. El agresor fue engrillado, incomunicado y encerrado en una de las mazmorras de la fortificación. El motivo del crimen era un misterio y, aún hoy, es motivo de controversias. Un redactor del diario “El porteño” de Bahía Blanca escribió con genuina amargura que esas 18 puñaladas se llevaban dos gratas esperanzas a la tumba.


Foto donde se observa al teniente coronel Mallo, a pocos metros del sitio donde fue herido (1) y donde cayó para no volver a levantarse (2).

III - El tren de la muerte pasó por Punta Alta

Eran varias chatas de hierro negro atravesando la nada.
El domingo 13 de mayo de mil novecientos, la formación que procedía del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar trasladando los restos mortales del comandante Mallo, pasó por Punta Alta y llegó a la Estación del Ferrocarril del Sud en Bahía Blanca a las 2:20 horas de la madrugada. En diez minutos se agregaría al tren ordinario con destino a la Capital Federal. Allá, el almirante Daniel de Solier, ya organizaba los honores fúnebres a tributar por orden del Ministro de Marina. Allá, destrozada por el dolor, aguardaba una madre, la señora Magdalena García de Mallo.
Escoltaba el convoy una compañía de artilleros, en guardia de honor, con uniforme de gala y fusiles al hombro. En la estación de Bahía Blanca, por orden del ministerio de marina, esperaba una comisión de oficiales que, en señal de duelo, lucían un crespón negro en la empuñadura de sus espadas. A la comitiva se sumaron los hermanos del extinto jefe, señores Martín e Ignacio Mallo, llegados de La Plata apenas conocida la infausta nueva. Una verdadera multitud se agolpaba en el andén para despedir al distinguido jefe. Quedaron registrados, entre otros, los nombres de Ramón Zabala, Ángel Brunel, Luis Costa, Felipe Machado, Lorenzo Garay, Manuel Tobia, Sixto Laspiur, Rafael Rica, Guillermo Barker, Víctor Foricher, Juan Manuel López Camelo, Juan Rufrancos, Santos Brian, Augusto Brunel, Juan Lamberti, Eugenio Villanueva, Eduardo Córdoba, Bernardo Feinberg, Juan Schap, Marcos Mora, Martín Delpech, Manuel Moneta, Antonio Viñas, Juan Canata, Agustín López Camelo, Mario Fernández, Tomás Gutiérrez, Acacio Paiva, Santiago Rubert. Todos querían estar presentes en el último adiós al amigo .
El teniente coronel Carlos A. Mallo era un militar muy competente e ilustrado. Alumno destacado del Colegio Militar de la Nación, gozaba de mucho prestigio entre sus pares. Los cinco galones de su divisa eran fruto de su contracción al trabajo y su permanente capacitación. Su preparación fuera de lo común hizo posible que integrara numerosas comisiones técnicas en las que siempre sobresalió. El ejército y la artillería habían sido su vida. El ejército, la artillería y la sociedad argentina sufrían una gran pérdida.
Cuando el pito del tren anunció la partida, en medio del cataclismo ferruginoso de las ruedas, obnubilado por el humo de las calderas, el comandante Mallo emprendió su último viaje, dejando atrás las desoladas extensiones, feudo de las tribus de los Ancalao y los Linares. Partía el primer jefe del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar, y por designios de la fatalidad, lo hacía para siempre.


Teniente Coronel Carlos Mallo, primer jefe del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar.



Formación ferroviaria conduciendo los restos del comandante Mallo a Buenos Aires.

IV - Un destino sellado en un día

Mientras en Puerto Belgrano se instalaba la capilla ardiente, con el cadáver del comandante todavía caliente, el capitán Badaró puso al tanto de la situación al comodoro Martín Rivadavia, ministro de marina. Éste le ordenó hacerse cargo de la jefatura de policía del Puerto Militar y envió un telegrama al ingeniero Luiggi para que facilitara toda la colaboración que el caso requería.
El capitán de fragata Eduardo Lan, designado Juez instructor del proceso, partió hacia Bahía Blanca con la misión del levantamiento del sumario y el esclarecimiento de los hechos.
El doctor Adolfo J. Orma, antiguo rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, se ofreció para llevar adelante la defensa del sargento. En ese establecimiento, Funes había cursado estudios hasta el tercer año, antes de ingresar al ejército y había dejado una excelente im-presión y amables recuerdos.
Correspondía actuar al Consejo Permanente de Guerra para marinería presidido por el capitán de navío Manuel Guerrico, a quienes secundaban los tenientes de navío Alegre, Pozzo, Aparicio, Bello y César, el subteniente Bosch como secretario y el doctor Escalada como auditor. En esa época, la ley tenía previsto para este tipo de delito, la sustanciación del juicio en una misma jornada. En un procedimiento breve y sumario, se oiría la acusación del fiscal, la defensa del doctor Orma y se dictaría sentencia. El destino de Funes, tenía que quedar sellado en un día.
Las opiniones estaban muy divididas. Había trascendido que el teniente coronel Mallo trataba con excesiva dureza al sargento y que existía una profunda antipatía entre ambos. Funes, en reiteradas ocasiones había confesado a sus camaradas que estaba profundamente disgustado con este trato. Días antes de la tragedia, en rueda de amigos, dijo que había soportado demasiados insultos y hasta bofetones de su superior, pero que no iba a tolerar otra vez aquella ofensa que ningún buen hijo puede perdonar. Evidentemente, se refería a un insulto que involucraba el honor de su madre.
Otra versión que circuló en esos días, afirmaba que Mallo había degradado a Funes por cuestiones del servicio, arrancándole brutalmente las jinetas y despojándolo del destacamento que tenía a su cargo. Los comentarios que hizo el sargento entre la tropa y en algunas casas de la guarnición, fueron motivo para que el jefe lo llamara a su despacho la noche del 10 de mayo cuando se desencadenó el sangriento drama.
Algunos hablaban de un pleito de polleras.
Unos doscientos vecinos de Puerto Belgrano, hicieron llegar a la redacción del diario “El porteño” de Bahía Blanca una petición dirigida al ministro de marina. Pedían consideración para el sargento Funes, mostrándolo víctima de humillaciones. La gente del diario, se negó a publicar esta petición. El comodoro Martín Rivadavia también desestimó el pedido.
En la memoria de la floreciente sociedad crecida alrededor de las obras del puerto, aún cruzaban las imágenes de la conmemoración, el último marzo, del primer aniversario del cuartel. Hubo una nutrida concurrencia que quedó impactada por la galantería, gallardía y hospitalidad del comandante Mallo y sus subordinados. La fiesta, en medio del desierto, duró todo un día.
Un mes después, con motivo de las pruebas de tiro de la batería III, el teniente coronel Mallo impresionó a personalidades de la zona, como el coronel Arent, los doctores Arata y Laspiur, el coronel Day, los mayores Lagos y Dieserens, el ingeniero Luiggi y el capitán Badaró. Era innegable, que el alto jefe, gozaba de mucho prestigio.
El 30 de mayo el capitán Lan dio por terminado el sumario, caratulándolo “Homicidio alevoso sin ninguna causa atenuante”. El fiscal pidió la pena de muerte. El doctor Orma, en tanto, pedía que se declare a su defendido exento de pena por sufrir de epilepsia. La epilepsia de Funes, decía Orma, estaba comprobada fehacientemente por exámenes médicos y otros medios de prueba, y era causa suficiente de exención de pena. De la actuación sumarial los médicos forenses habían determinado que Funes era epiléptico y que, en el acto de cometer el crimen se encontraba bajo los efectos de un paroxismo epiléptico. Esto lo impulsaba irresistiblemente a hundir una y otra vez el machete en el cuerpo de la víctima sin responsabilidad de su acción. Sugerían que el propio jefe lo había puesto en situación de violencia.
Una década más tarde, el ilustre José Ingenieros, comentó este caso y demolió el alegato del doctor Orma en su obra “Simulación de la locura ante la criminología, la psiquiatría y la medicina legal”, aduciendo que el epiléptico impulsivo es el más peligroso de todos los criminales, y por ende, merece la más grave de las condenas. Según Ingenieros, la condena de Funes se fundó en la responsabilidad de su acto y no en su verdadera peligrosidad criminal. Según este experto en criminología, la circunstancia de su enfermedad en lugar de absolverlo lo condenaba.
Gran conmoción causó la noticia del fallo absolutorio que, en un brillante triunfo forense, logró el doctor Orma, diputado nacional por Buenos Aires, para el sargento Funes ante el Consejo permanente, con solo dos votos en contra del tribunal, el 11 de julio de 1900. Sobre todo, considerando que prima facie, los argumentos de la fiscalía parecían abrumadores. Sin embargo, el 1 de agosto de 1900, en la próxima instancia, el Supremo Consejo de Guerra hizo lugar a la apelación del procurador fiscal y anuló esta sentencia condenando al sargento Funes a presidio indeterminado, a cumplirse en la Cárcel Militar de la Isla de los Estados.

El caso estaba cerrado.



La oficialidad del Cuartel de Artillería de Costas, con el comandante Mallo detrás del oficial sentado, en ocasión de la fiesta por el aniversario del Cuartel, en marzo de 1900.



Otra imagen de esa fiesta, donde los invitados posan junto al cañón nro 4 de la Tercera Batería.



Comida en el Cuartel de Artillería de Costas, en Abril de 1900, donde el comandante Mallo homenajeó a distinguidas personalidades.



El consejo de Guerra encargado de enjuiciar a Funes.



Izquierda dr. Adolfo Orma, defensor de Funes. Derecha, capitán de fragata Eduardo Lan, fiscal.

V - Un viaje al fin del mundo

El círculo de amistades de Pablo L. Funes se mostró consternado ante la noticia del crimen. Tenía veintitrés años y había sido alumno aventajado del Colegio Nacional de Buenos Aires, donde había cursado hasta el tercer año de estudios. El doctor Orma era rector del Establecimiento cuando Funes fue alumno.
Pablo Funes era nativo del Bragado y, huérfano desde muy pequeño, había sido recogido por el señor Miró, diputado provincial. Parte de su familia biológica residía en Tucumán, en el departamento de Famaillá.
Fue uno de los fundadores del Centro Literario Nicolás Avellaneda, y en más de una oportunidad demostró sus condiciones de poeta, sentimental y romántico.
En 1893 se incorporó al Batallón de Infantería de Marina creado el 26 de agosto de ese año en Capital Federal, permaneciendo en él hasta el 27 de noviembre de 1898 en que se disolvió el cuerpo. Junto con el resto de los efectivos pasó a revistar en la Artillería de Costas. Era buen subordinado, muy aplicado, y sus fojas de servicio muy satisfactorias. Llegó a desempeñarse como subteniente en comisión, teniendo un destacamento bajo su mando en el Cuartel de Puerto Belgrano.
Tenía auténtica vocación militar, y gran pasión por el arma de artillería. No perdía ocasión de devorar cuanto libro cayera en sus manos, y siempre estaba buscando alguna materia nueva que aprender.
El miércoles 16 de mayo de 1900, engrillado y custodiado por un piquete formado por un sargento, un cabo y cuatro soldados al mando del teniente Spurr, Funes llegó en tren a la Estación Constitución, donde lo aguardaba una pequeña muchedumbre que le hizo muestras de simpatía y le deseó suerte. Luego, el reo fue entregado al jefe de la prisión militar instalada en el pontón “La Paz”, viejo casco de madera del vapor Rosetti estacionado en el dique 3 de la darsena Sud.
En los últimos días de agosto Funes fue embarcado en el transporte “Guardia Nacional” con rumbo a los mares del sur, hacia el presidio del fin del mundo en la Isla de los Estados. Unos cronistas se habían apostado en el puerto para arrancarle alguna declaración. Su caso había interesado a la opinión pública de todo el país.
- Estudiaré zoología, botánica y mineralogía - dijo -Trataré de prestar mi concurso a la ciencia de aquellas apartadas y casi desconocidas regiones.


Sargento distinguido Pablo L. Funes.


Cárcel Militar en el Pontón La Paz, en la Dársena Sur.



El sargento Funes en el bote que lo conduce al transporte Guardia Nacional.

VI - El despensero del presidio

La colorida y variada población que despidió al “Guardia Nacional” fue el último contacto de Funes con la civilización por varios años. Este barco viajaba periódicamente hacia las áridas y salvajes zonas de nuestro sur, de modo que cada vez que partía reunía en el muelle a misioneros salesianos, buscadores de oro, marinos extranjeros, parientes de los escasos tripulantes y comerciantes que cargaban sus provisiones.
No hay registros de su estadía en isla de Los Estados. No hay fotos vistiendo el traje de rayas horizontales amarillas y negras. A la prisión de San Juan de Salvamento, y luego la de Puerto Cook, los hombres iban a morir de frío y soledad. Los presos gozaban de cierta libertad porque el clima y el mar, profundo y gélido, desbarataban cualquier idea de fuga. La cárcel no eran las miserables casuchas de chapa y madera, era el aire húmedo y enfermizo, era la vegetación rala y descolorida, era la turba que devoraba sus pisadas, era el silencio cubriéndolo todo. Como había dicho el mercenario rumano Julius Popper, la verdadera cárcel era la isla. El único descanso que esperaba a esos desdichados, era una tumba en el cementerio del presidio, anónima y sin flores.
En 1902 el gobierno decide, por razones humanitarias, trasladar el presidio a Puerto Golondrina, en Ushuaia. Este movimiento propició el cruento escape de cincuenta y un presos con muertos y heridos. Aquí se destacó el nombre del penado Pablo L. Funes, ex sargento del cuerpo de Artillería de Costas del Puerto Militar, se negó a participar del motín. Se quedó en el presidio auxiliando a los guardias heridos. Este comportamiento le valdrá el reconocimiento y la consideración de las autoridades del presidio.
En 1909, en el presidio militar de Ushuaia, había 62 penados a quienes custodiaba un destacamento de conscriptos. El director del penal era el mayor Herrera, secundado por el teniente Gregory y el contador Zambra. Los presos se dedicaban a diferentes trabajos. Martín Alfonso era boyero, Evaristo Sosa era pastor de una majada de carneros, Felipe Arce era el panadero, Angelino Arancibia cortaba y repartía leña, Martín Alfonso era boyero, Angel Urueña ayudaba al contador con sus libros. Todos estos nombres tenían un triste pasado, protagonistas de oscuros crímenes.
Todas las mañanas, los vecinos del pequeño pueblo de Ushuaia, veían un carrito pintado color plomo tirado por un caballo, pasar frente a la iglesia y devorar los tres kilómetros que separaban el presidio del almacén del señor Piqué. Lo conducía un joven alto, a quien todos conocían y estimaban. Era el ex sargento Pablo L. Funes encargado de comprar los víveres que consumían en la cárcel. Como no era practicable una licitación pública en el Territorio de Tierra del Fuego para proveer a la Cárcel de Reincidentes de racionamiento y artículos en general por falta de licitantes, el Ministerio de Hacienda asignaba 15.000 pesos moneda nacional para que la Dirección del Penal afrontara ese abastecimiento administrativamente.
Funes no sólo hacía las compras, también era responsable del reparto de la mercadería y llevaba la contabilidad de los gastos. Era el despensero del presidio.
Era un buen muchacho y los jefes lo querían mucho. Le permitían comer en la cocina del jefe de la cárcel el mismo rancho de los oficiales. En sus ratos libres se dedicaba a la lectura y a la fotografía. De Punta Arenas le habían mandado de regalo una cámara y con ella tomaba vistas de los paisajes fueguinos.
A los penados de buena conducta se les permitía tener su quinta y su gallinero. Con la venta de las aves y los huevos juntaban algunos pesos para sus gastos. Otros, se dedicaban a las tallas de madera que comercializaban con los pasajeros de los barcos que llegaban al puerto.
En la publicación “Registro Nacional de la República Argentina-Año 1910-Segundo Trimestre”, página 202, se lee “Decreto acordando indultos en conmemoración del primer centenario de la emancipación nacional- Buenos Aires. Mayo 18 de 1910. En conmemoración del primer centenario de la emancipación nacional y en uso de los poderes de guerra que la Constitución le acuerda, el Presidente de la República decreta: Artículo 1.0. Conmútase las penas de presidio indeterminado por la de presidio por 11 años, a los siguientes penados que han demostrado conducta intachable y demostrado arrepentimiento: Ejército.- Vicente Castillo, Teodoro Sánchez, Arturo Ortiz, Justino Sánchez, Angelino Arancibia, Pedro Ilcyesy, Amadeo Rinaldi. Armada.- Esteban Britos Pereyra y PABLO L. FUNES.”





El ex sargento Funes, en el carrito color plomo del presidio, de compras en el pueblo de Ushuaia.



El sargento Funes con el señor Pique, dueño del comercio que abastecía al presidio. Año 1910.

VII - Conclusión

Una de las primeras leyendas que los habitantes de Punta Alta, Puerto Belgrano, Baterías y toda la región aprenden, es la del Capitán sin Cabeza. Pero claro, es una leyenda borrosa, difuminada por la transmisión boca a boca de abuelos a padres y de padres a hijos. A veces se parece mucho y se confunde con la Leyenda de Sleepy Hollow de Washington Irving. Hablan de un soldado que espera trepado en las ramas de un árbol el paso del capitán, montado en su caballo, y le corta la cabeza que luego entierra en un lugar nunca revelado. Hablan de un duelo a espada, en las playas de Baterías, por una mujer que no se decide por uno o por otro.
En algún momento se descubre que la historia fantástica nace a partir de una historia real.
Aquí se sabe que el capitán era un teniente coronel y el asesino un sargento, porque en un principio, el Cuartel de Artillería de Costas pertenecía al ejército. Se sabe que los protagonistas de este drama eran dos caballeros ejemplares y admirados y que tenían rostros y nombres propios, Carlos Mallo y Pablo Funes.
No se sabe, y ya no se sabrá nunca, porqué las cosas sucedieron como sucedieron.
Inútil es emitir juicios cuando ha pasado tanto tiempo. Hubo mucha gente que simpatizaba con uno ó con otro y que justificaba a éste y denostaba a aquél. Sólo ellos dos conocieron lo que sucedió el 10 de mayo de 1900 por la noche, y las causas que condujeron a la muerte de Mallo y la condena de Funes. Lo cierto es que la muerte nunca se justifica y que nuestra historia, como dijo el periodista de “El porteño”, perdió con aquellas puñaladas dos gratas esperanzas.

Raúl Oscar Ifrán.
Punta Alta.


Fuentes:

  • Revista Caras y Caretas primera época.
  • Diarios "El porteño" y "La Prensa"
  • Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados 1905
  • Revista Militar del Círculo Militar Vol. 49
  • Revista Jurídica Argentina La Ley Vol. 126
  • José Ingenieros. "Simulación de la locura"
  • Alfredo Becerra. "Los prófugos de la is. de Los Estados según diarios de la época"
  • Argentina hacia el sur. Construcción social y utopía en torno a la creación del primer puerto militar de la República. 1895-1902
  • Revista Argentina Austral vol. 15
  • Registro Nacional 1901
Las fotos son, en su totalidad, de revista Caras y Caretas primera época.

jueves, 11 de agosto de 2016

Samurai: El harakiri

Cómo hacerse el harakiri en 10 sencillos pasos (no intenten hacerlo en sus casas)
   
Javier Sanz — Historias de la Historia


Japón ha dado grandes inventos al mundo: el tren bala, los sudoku, los fideos instantáneos, el karaoke… El harakiri, truculento ritual mediante el cual los antiguos samuráis se rajaban las entrañas para suicidarse, es otra de esas aportaciones genuinamente japonesas a la cultura universal. Estrictamente hablando, eso de destriparse a espadazo limpio tampoco es tan japonés como pueda pensarse. Los centuriones romanos ya se quitaban discretamente de en medio, dejándose caer tripa abajo sobre su herreruza cuando eran derrotados en batalla. Los guerreros íberos hacían otro tanto (la famosa “devotio ibérica”). Pero es innegable que los japoneses de antaño supieron darle al macabro y pringoso asunto del suicidio un toque de distinción.

Harakiri

Las razones que podían empujar a un samurái a hacerse el seppuku (término más correcto que el vulgar “harakiri“) eran muy diversas. Podía ser un modo de aplicar la pena capital a un reo, una alternativa para salvar el honor ante una derrota, o incluso una forma de protesta. Pero uno no podía hacerse el seppuku de cualquier manera. Había una serie de reglas y protocolos que, en la medida en que la situación lo permitiese, era preciso observar para marcharse de este mundo con estilo. Veamos en qué consiste la perfecta etiqueta para un suicidio ejemplar.

1. La indumentaria

Solo los samuráis podían hacerse el seppuku, y para un samurái el momento culminante de su vida es, precisamente, el de la muerte. Para irse al otro barrio con el debido decoro, hay que hacerlo ataviado con las mejores galas. En este caso, un kimono de ceremonia, que vendría a significar más o menos lo que para nosotros sería suicidarse de esmoquin. El color queda a gusto del consumidor, pero es preferible el blanco. Huelga decir que el sujeto, llamémoslo “suicidante”, debe presentarse debidamente peinado y aseado.

2. El lugar

El seppuku puede practicarse en cualquier sitio, según lo dicten las circunstancias, pero los lugares más recomendables son las dependencias de un templo, la propia casa o la celda donde uno se halle recluido. Los samuráis de alto rango pueden optar por hacerlo al aire libre, en algún patio o jardincillo acondicionado a tal efecto, mientras que los de condición más humilde, por regla general, procederán a destriparse en habitaciones interiores. No se necesitan grandes preparativos. Basta con una sencilla tarima, sobre la que el suicidante se colocará para ejecutar la faena, y un pequeño cesto (u hoyo en el suelo) para recoger su cabeza una vez debidamente cercenada. A partir de ahí, según el rango social del suicidante, pueden añadirse más elementos y decorar el espacio con cortinajes (siempre blancos), pasarelas, esteras de tatami, etc. Es preferible que la iluminación sea más bien tenue, para hacer el espectáculo un poco menos desagradable a los asistentes a la ceremonia. También es buena idea poner a quemar cantidades generosas de incienso, para disimular en lo posible el hedor a vísceras e higadillos.

3. El poema de despedida

El ritual del seppuku se realiza en el más estricto silencio, no hay lugar para que el suicidante pronuncie sus últimas palabras. Pero siempre tiene la opción de dejarlas por escrito, lo que se considera un gesto de gran elegancia. Un epitafio de lo más estiloso antes de partir al más allá. Algunos de los versos más sublimes de la literatura japonesa se han escrito, precisamente, como poemas de despedida.

4. Los testigos 

Todo suicidio que se precie debe contar con la presencia de testigos que den fe de que el suicidante ha quedado bien muerto tras el proceso. Se espera de ellos que acudan a la cita vestidos de rigurosa etiqueta.

5. El asistente

Abrirse las entrañas es un asunto doloroso. Por mucho temple que tenga uno, es muy posible que el dolor acabe haciéndole perder los papeles. No queremos afear tan sublime del momento dando el espectáculo, así que, para ahorrar sufrimientos innecesarios al suicidante y evitar mayores engorros, todo seppuku que se precie debe contar con la figura del asistente, también llamado kaishaku. Su tarea consiste en cortar la cabeza de un tajo limpio al sujeto una vez este ha terminado de eviscerarse (más sobre esto en el punto 9). El asistente suele ser alguien elegido por el suicidante, generalmente un amigo, aunque en caso necesario también se puede contar con un kaishaku de oficio. Si bien de todo samurái se espera cierta destreza con la espada, es preferible asegurarse de que el asistente tenga buena mano, ya que decapitar a un hombre no es tarea precisamente fácil.

6.La herramienta

En vez de la espada larga, la famosa katana, poco manejable para estos menesteres, lo ideal es usar la espada corta, llamada kodachi o wakizashi. También se puede usar una daga, llamada tanto. Evidentemente, conviene que esté debidamente afilada. Para mayor refinamiento y belleza estética, la espada ha de presentarse con la hoja desnuda, sin guardamanos ni empuñadura, sobre una bandeja de madera. Antes de entrar en faena, el suicidante envolverá la hoja en un trozo de papel o de tela para no cortarse la mano al empuñarla.

7. La postura

El suicidante se posiciona sentado en suelo (al modo japonés) sobre un pequeño estrado o tarima, a la vista de los testigos. Frente a él, al alcance de su mano, se coloca la espada a utilizar en el seppuku. El asistente, por su parte, permanecerá de pie detrás suyo en todo momento, listo para actuar cuando sea necesario. Antes de empezar con la carnicería, el suicidante saluda a los testigos con una reverencia. Ante todo, es importante mantener las formas. Una vez concluidas las salutaciones, se despoja de la parte superior del kimono y se queda con el torso al descubierto, para que la hoja penetre más fácilmente en la carne.

8.El corte

Llegamos al meollo del asunto, al seppuku en sí. La palabra “seppuku”, igual que su sinónimo vulgar “harakiri”, significa “rajar la tripa” en japonés. Y eso es es exactamente lo que hay que hacer. Se coge la espada y se la clava uno en el bajo vientre; una vez hundida la punta en la barriga, se tira de la hoja para rasgar la carne. Para hacer más fuerza, es recomendable asir el acero con ambas manos. Lo habitual es sajar en sentido horizontal, de izquierda a derecha. Cuanto más largo y profundo sea el corte, mejor. Si quedan arrestos suficientes, se puede dar un segundo tajo, en dirección vertical, para quedar como un señor. Este seppuku en dos cortes, en forma de L o de cruz, es el más habitual (ver imagen adjunta). Pero, en realidad, llegados a este punto no hay reglas estrictas. Da igual el número o dirección de las cuchilladas, el caso es rajarse bien rajado. El seppuku es un asunto de honor, en el que uno ha de demostrar su hombría, así que cuantos más tajos se dé, mejor. Hay registros de samuráis que llegaron a abrirse en canal de arriba abajo, y otros se daban hasta tres y cuatro cortes antes de estirar definitivamente la pata. Las posibilidades son infinitas.


9. El golpe de gracia

El instante preciso en que darle la puntilla al suicidante es un asunto delicado. El “timing”, en última instancia, queda a entera discreción del asistente. En algunos casos, para evitar sufrimientos, el kaishaku se realiza en cuanto el suicidante hace el ademán de coger la espada, sin darle siquiera tiempo a clavársela en el vientre. Pero lo habitual es esperar a que haya terminado con los cortes y aguardar al momento justo en que empiecen a fallarle las fuerzas. Por la cuenta que le tiene, es de agradecer que el suicidante coopere dejándose caer levemente hacia delante, estirando el pescuezo, para que el asistente tenga un mejor ángulo de corte. En caso de no tener a mano ningún asistente, el sujeto puede guardar sus últimas fuerzas (si es que le quedan) para darse un tajo en el cuello que acabe con su agonía.

10. Recogida y cierre

Una vez el sujeto está debidamente eviscerado y decapitado, se procede a retirar el cadáver y limpiar el estropicio. Un criado recoge la cabeza y se la presenta a los testigos, con lo que se da por concluida la ceremonia.

Naturalmente, cada caso es un mundo, y dependiendo de las circunstancias este ritual podía variar bastante. Por ejemplo, si uno está huyendo a uña de caballo de una hueste de enemigos y no quiere que lo cojan vivo, lógicamente no puede andarse con demasiados remilgos para quitarse de en medio. Además, el seppuku es una tradición muy antigua que ha ido evolucionando a lo largo de los siglos. Pero podemos considerar los puntos arriba citados como una especie de decálogo estándar, unas reglas generales por las que, en la medida de lo posible, debía guiarse todo samurái que se quisiera destripar como Dios manda.

Eso sí, por lo que pueda pasar, rogamos a nuestros lectores que no intenten hacerlo en sus casas.

Colaboración de R. Ibarzabal

Fuente: Seppuku: A History of Samurai Suicide – Andrew Rankin

miércoles, 13 de julio de 2016

Anécdotas militares: El "Tuerto" Méndez

Una hazaña del “Tuerto” Méndez



El teniente coronel Eusebio José Méndez era un valiente que había nacido en Guaymallén (Mendoza), el 15 de dicimbre de 1848.
Poco antes de que se declarase la guerra contra el Paraguay ingresó como soldado distinguido en el Regimiento 6 de línea.
Su cuerpo cubierto de heridas decía a las claras que siempre había estado en lo más terrible del entrevero.
Sus camaradas le llamaban el “Tuerto Méndez” por un culatazo le había hundido la frente sobre el ojo izquierdo.
Terminada la contienda con el Paraguay era ya sargento mayor y ese grado marchó al Chaco con el general Donovan en 1876.
En ese año, siendo gobernador de Corrientes el señor Virasoro y vicegobernador D. Juan Ramón Vidal, estalló una revolución encabezada por un mayor de apellido La Rosa. El gobierno sitiado en su sede pidió auxilio a Doriovan, que a la sazón se hallaba en Resistencia, quien, en seguida, mandó al mayor Méndez a la cabeza de 100 hombres a sofocar el movimiento.
El cruce del río se hizo en canoa y rio bien desembarcaron, el famoso tuerto se encontró frente a frente con el mayor La Rosa, que lo estaba esperando en el puente para pasarlo a degüello con todas sus fuerzas.

Dándose cuenta del peligro y viendo que las tropas insurgentes eran muy superiores a las suyas, Méndez resolvió salvar la situación con un golpe de audacia:


 ¿Así que vos sos el revolucionario? Me parece que sos pura espuma y no te animás a pelear mano a mano conmigo.
El mayor La Rosa, que era un verdadero gigante, se le acercó una sonrisa despreciativa y resuelto a darle una lección ejemplar. El veterano del Paraguay tenía un hermoso arriador de mango de plata que manejaba con rara habilidad. En cuanto lo tuvo a La Rosa a tiro lo volteó de un certero golpe y ya en el suelo le dió tantos lonjazos, a la vista misma de su tropa, que le rompió la chaquetilla y dicen que le sacó hasta la piel del cuello.
La Rosa, vencido, le rogó que no le pegara más, y el terrible “Tuerto”, poniéndole la bota en el pecho, dió por terminada la revolución.

miércoles, 13 de enero de 2016

Japón medieval: Musashi, el invicto samurai

Un punto de inflexión en la vida de Musashi, El invicto Samurai



Miyamoto Musashi fue de tres horas de retraso. Esta fue su manera. En la playa de la tensión en el aire era palpable. Sasaki Kojiro se paseaba arriba y abajo en la arena fina con las manos detrás de su espalda. Su ira se levantaba con el sol, y con cada minuto que pasaba se sentía el insulto a su honor cada vez mayor. La fecha era el 13 de abril 1612.

Kojiro fue considerado uno de los más grandes Samurai en Japón. Era famoso por todo el país por su velocidad y precisión, que se hizo aún más notable por su arma preferida. Él manejaba una pala-no dachi enorme, una espada japonesa curva en el estilo clásico, pero con una hoja de más de un metro de longitud. El tamaño y el peso de la no-dachi hicieron un arma brutal, poco sutil, pero Kojiro habían perfeccionado su uso en un grado sin precedentes en todo Japón.

Como su habilidad había crecido, se había ganado muchos duelos, y por el tiempo que esperó en la playa de Isla Ganryu había asegurado una posición cómoda como maestro armas al Daimyo del clan Hosokawa. Su fama había crecido con su habilidad, y, finalmente, se llegó a la atención de Miyamoto Musashi.




Un grabado que muestra un samurai armado con un enormeespadón no dachi 

Musashi era un Ronin, un samurai sin señor. Había matado a su primer rival en combate singular a la edad de trece años y había llegado a ganar el duelo después de duelo mientras viajaba Japón y perfeccionó sus habilidades. En Japón en ese momento, no era raro para desafiar a otros a duelo, incluso a la muerte, por ninguna otra razón que para mostrar la propia maestría. Musashi no fue la excepción. Su talento era tan grande que, por la edad de treinta años, se había enfundado sus dos katana, y hecho un punto de duelo únicamente con bokken - espadas de práctica de madera - no importa qué arma su enemigo eligió usar.

Séquito de Kojiro consistió en siervos del cuerpo, amigos, estudiantes, cocineros, y un puñado de funcionarios que habían acudido a presenciar el evento e informar a los daimyo. Habían llegado en barco por la mañana temprano, y los criados habían levantado una sombra para los funcionarios de más arriba en la playa. Se había iniciado un pequeño fuego, comida y té preparados, y todo hecho listo para el gran samurai para conocer a su oponente. El duelo se había organizado a través de un intermediario, a petición de Miyamoto, y la fecha y hora fijado por él.

Kojiro había llegado tres horas antes, y al amanecer lentamente y sus sirvientes se ocuparon con la creación de campamento, se había sentado en profunda meditación cierta distancia, preparándose mentalmente para el combate. Se levantó un poco de tiempo antes de que su oponente debía llegar y tomó un poco de té, haciendo conversación cortés con los funcionarios, y bromeando con sus amigos. Su compostura fue sublime, y su séquito, estudiantes y perchas en no tenía ninguna duda de que él haría el trabajo por debajo de su rival.


Tres horas más tarde, sin embargo, a la mañana llevaba encendido en la tarde, y Kojiro ya no se compone. Se paseó, refunfuñó, juró y espetó a sus siervos, y estaba claro que aquellos que lo observaba que su rabia por el comportamiento ofensivo de su rival estaba construyendo en un grado peligroso. En un intento de aplacarlo, uno de los funcionarios habían sugerido que Musashi no llegaría, y habían huido del duelo en el terror ante la perspectiva de enfrentarse a la gran Kojiro, pero Kojiro no aceptó esto. Conocía la reputación de Musashi como espadachín. Este comportamiento sólo podía tener como objetivo insulto.

De hecho, Miyamoto no estaba muy lejos. Se sentó con las piernas cruzadas en un pequeño barco de pesca que se balanceaba suavemente en la marea en una pequeña ensenada al sur de la playa, donde el enfurecido Kojiro paseaba. El fondo de la embarcación estaba llena de virutas de madera rizadas, como el maestro de la espada trabajó sin prisa en una larga pieza de madera con el cuchillo. También ocupa el barco era su propietario, una arrugada, pescador ancianos, bronceada, que había sido pagado generosamente para poner a sí mismo, su barco y su remo de repuesto al servicio de Musashi para el día.

Este remo de repuesto ahora estaba sentado en el regazo de Musashi, y con su cuchillo afilado, el samurai había pasado cuidadosamente la mañana trayendo una nueva forma de salir de ella. Era largo y se había convertido elegantemente curvado y perfectamente equilibrado: un bokken de la mejor mano de obra. Musashi observaba el sol mientras trabajaba.

Era una persona de aspecto extraño. No llevaba galas, sólo un traje sencillo y cinturón de la espada. Sus pies estaban desnudos, y sus ojos tenían una que sobresale, mirando de calidad que era desconcertante. Su pelo recogido en un moño sencillo y funcional en la parte superior de la cabeza. Había varios días el crecimiento de la barba en su cara pálida y huesuda, y su piel estaba cubierta con muchas cicatrices pequeñas, lívidos.

Estaba claro desde muy cerca que no había lavado desde hace algún tiempo, y su túnica llanura llevaba muchas manchas y parches descoloridos. En total, se cortó una figura más de mala reputación, muy diferente de los ostentación de riqueza y armas preferidas por muchos samurai del tiempo. La única parte de su atuendo que parecía bien cuidada era la katana emparejado en el cinturón. La madera oscura pulida de sus vainas brillaba en el sol de la mañana.



Con una palabra tranquila, Musashi preguntó el pescador para llevarlos y vuelta a la playa donde Kojiro esperó. El pescador obedeció, y juntos remando hacia el mar un poco, antes de volver a acercarse a la playa.

Al principio, Kojiro no reconoció a su oponente. Musashi se sentó bajo y transmita en el pequeño barco, sus armas oculto, que parecía sumido en sus pensamientos.

"Es él!", Gritó uno de los criados, que habían corrido hasta la línea de agua. "Musashi llega al duelo!"

La sangre abandonó el rostro de Kojiro como Musashi lentamente se puso de pie en el barco. La insolencia, era algo inaudito. Esto no fue un camino para un Samurai comportarse! Para llegar tan tarde era bastante malo, pero para llegar así ... sin afeitar, sucio, con ropa desaliñada y sin séquito, sino un viejo pescador miserable; Kojiro sintió el insulto a su honor con mayor intensidad, y la ira que había estado construyendo lentamente durante toda la mañana se desbordó. Temblaba de rabia y le tendió una mano al portador espada que se apresuraron a presentarlo con su gran no-dachi.

La enorme espada brilló en el sol como Kojiro entró por la playa hacia su oponente. Se centró su ira a un punto fino, que se desarrolló a través de sus brazos y manos y se estableció en la cruel punta de la cuchilla. En su mente, donde hace un momento se había producido un gran enojo, ahora se hizo el silencio. Pero, ¿qué fue eso? Musashi saltó en el surf y se lanzó hacia la izquierda, pero él sacó ninguna lámina; su única arma era un bokken de madera, similar en tamaño y alcance de la espada de Kojiro. Kojiro vaciló durante una fracción de segundo.

¿Qué podría significar esto? La arrogancia del hombre que pondría en entredicho la gran Kojiro con una espada de madera de la práctica era incomprensible. Se dio la vuelta para seguir Musashi y se metió en con un gran movimiento de su espada. El hombre insolente agachó justo a tiempo para evitar el golpe. La no-dachi barrió sólo centímetros por encima de la cabeza. Una pequeña nube de pelo negro flotaba en el aire quieto.



Entonces Musashi estaba debajo de su guardia. El bokken estaba subiendo, pero el gran no-dachi estaba en las manos de un maestro, y Kojiro no lo hizo retroceder. Él trajo su espada silbando hacia abajo a su oponente ... pero Musashi había desaparecido. Había caminado paso a la derecha, y su bokken golpear carne. El aliento de Kojiro salió de él, y su siguiente golpe se volvió loco.

La espada de madera le asestó un duro golpe en el lado de la cabeza y en el momento que se tambaleó, el arma de su enemigo se estrelló contra el costado izquierdo con una fuerza increíble. Sintió que su grieta costillas, seguido de un terrible dolor agudo en el interior de su pecho. No podía respirar, y el mundo nadó ante sus ojos.

La funcionarios, el personal y los funcionarios vieron con horror como Sasaki Kojiro cayó hacia delante sobre la arena. La participación ha sido más en cuestión de segundos, y el victorioso Samurai ahora estaba haciendo una profunda reverencia a su oponente caído, a continuación, hacia ellos. Él los miró por un momento, a punto, y luego comenzó a retirarse rápidamente hacia el barco. Hubo un anillo de acero y un grito como un número de amistades de Kojiro, y los estudiantes sacaron sus espadas y corrió por la playa hacia Musashi, pero estaba en el surf, que estaba en el barco, se había ido. Su propósito en la isla Ganryu se cumplió, pero las lágrimas cayeron de sus extraños ojos como el viejo pescador que remó lejos.

Miyamoto Mushashi salió victorioso, pero él había destruido uno de los más grandes guerreros de la tierra, y la inutilidad del acto lo golpeó tan duro como su propio golpe de muerte había golpeado Kojiro. No había nada adquirida por su victoria, y todo lo perdido. Como bokken de Mushashi, habilidad de Kojiro había sido tallada lentamente de la materia prima de su vida. Ahora él se había ido, pero su muerte se había servido de nada.

Musashi siguió estudiando y enseñar el arte de la espada lo largo de su vida, pero nunca de nuevo mató a un oponente en un duelo.

War History Online

domingo, 3 de enero de 2016

Chile: Conscriptos chilenos confiesan crímenes de la dictadura de Pinochet

Conscriptos chilenos rompen el silencio y cuentan las atrocidades de la dictadura
El régimen de Pinochet
Clarín
Empiezan a surgir casos de reclutas, confesando sus crímenes en medios de comunicación. Sería la llave que permita saber dónde están cientos de desaparecidos. Mirá lo que cuentan.


Un cartel contra el fallecido Augusto Pinochet yace en el piso tras una manifestación en Santiago, Chile./ AP


Un conscripto chileno confesó que ejecutó a 10 personas de un tiro en la cabeza y que luego dinamitó sus cuerpos para no dejar rastro de su existencia. Otro dijo que la patrulla militar a la que pertenecía roció con gasolina a dos adolescentes y los quemó vivos.

Ambas confesiones, hechas públicamente este año, tienen a los chilenos sorprendidos con los detalles de los crímenes cometidos durante la sangrienta dictadura (1973-1990) que cambió la historia de Chile. Grupos de derechos humanos y familiares de las víctimas creen que las confesiones indican la existencia de pacto de silencio entre los militares sobre muchas de las atrocidades cometidas durante el gobierno del general Augusto Pinochet, y que finalmente pueden salir a la luz pública.


Conscriptos chilenos rompen el silencio y cuentan las atrocidades de la dictadura./ AP

"Siento que por fin se está rompiendo porque los criminales ya no aguantan más'', dijo a The Associated Press, Verónica de Negri, madre del joven Rodrigo Rojas, que murió quemado vivo en 1986, cuando tenía 19 años. "Fíjate en el último, quienes realmente están rompiendo son todos hombres jóvenes que fueron obligados a cometer crímenes. Van a seguir cayendo, esto es como un dominó''.

Durante casi tres décadas, muchos de los autores de estas matanzas y masacres han gozado de impunidad. Pero después de que un ex soldado testificara sobre el asesinato de Rojas, en julio pasado, un juez acusó a siete ex militares del crimen en el que también resultó gravemente quemada Carmen Quintana, entonces adolescente.


Conscriptos chilenos rompen el silencio y cuentan las atrocidades de la dictadura./ AP

La última y sorpresiva confesión llegó a principios de diciembre: sucedió durante un programa de radio que, por lo general, se centra en anécdotas personales, algunas humorísticas, otras sobre asuntos del corazón y unas más de un talante más grave.

Al aire y haciéndose llamar simplemente ``Alberto'', un conscripto llamó y dijo que quería contarle a la audiencia su historia de amor. Pero, a renglón seguido, narró una historia mucho más oscura. Dijo que era veterano del Ejército y que se llevó a varias personas al desierto, les disparó en la cabeza y les voló los cuerpos a punta de dinamita.

``Yo participaba de una misión especial y llevábamos a varios de estos tipos a la pampa (el desierto), les pegábamos un balazo en la cabeza, dinamita, y `paf' no quedaba ni la sombra'', dijo quien luego fue identificado como el recluta Guillermo Reyes Rammsy, ahora de 62 años, al programa `Chacotero sentimental', de radio Corazón. ``Ni siquiera su sombra se quedó''.


Una manifestación con actores que simulan sesiones de tortura durante la dictadura, en Santiago, Chile. / AP

En su testimonio radial, que se extendió por 25 minutos, dijo que tras el golpe militar de 1973 se convirtió en francotirador y que cumplía órdenes superiores y admitió al menos 18 asesinatos.

También reconoció que aunque recibía órdenes, le quedó gustando eso de matar.

``Uno actuaba por maldad y después cachabas (entendías) que te gustaba y te volvías loco'', dijo. ``Luchabas contra ese sentimiento''.

Días después de revelar el secreto con el que vivió durante 42 años, Reyes fue detenido por orden del juez Mario Carroza, que sólo investiga crímenes de lesa humanidad, quien lo mantiene bajo arresto domiciliario. La AP intentó contactar a Reyes Rammsy pero no fue posible.

El psicólogo Giorgio Agostini dice que después de tanto tiempo hay ``personas que están con un sentimiento complicado de culpa, y quieran de alguna manera liberarse, y el hecho de hablarlo, y en este caso de hacerlo público, les provoque una liberación''.

Muchos conscriptos están dispuestos a contar las atrocidades en las que participaron cuando tenían unos 18 años y cómo el ejército chileno, que los reclutó obligatoriamente, se transformó en una fuerza de ocupación y exterminio al mando de Pinochet.

También podrían convertirse en la llave para abrir la puerta que permita saber dónde están cientos de desaparecidos, y darían los nombres de los oficiales que participaron u ordenaron los crímenes, dijo a la AP Fernando Mellado, líder de un grupo organizado de conscriptos.

Los familiares de las víctimas de la dictadura también esperan que otros reclutas hablen mientras que activistas de derechos humanos critican lo que consideran una inefectiva acción del gobierno de Michelle Bachelet en el esclarecimiento de las violaciones a los derechos humanos.

El gobierno respondió en diciembre con la creación de la Subsecretaría de Derechos Humanos, que entre sus tareas tendrá el establecer políticas públicas sobre las víctimas de la dictadura.

Pero la madre de Rojas, cuyo hijo murió incinerado, dijo que cuando descubrió en una estación del metro de Santiago un mural en homenaje a los jóvenes quemados, concluyó que el gobierno ``no quiere... no tiene la más mínima intención de hacer justicia''.

Otro camino alternativo está en manos de la justicia, que podría aceptar el ofrecimiento de los conscriptos de decir la verdad a cambio de sentencias cortas que puedan cumplirse en libertad, como las que han disfrutado centenares de militares.

"Hoy día hay gente que está dispuesta a hablar, pero cuál es el temor, justamente lo que le pasó a Guillermo Reyes'', dijo Medallo en referencia al conscripto que confesó en la radio.

``Si el Estado me libera de responsabilidad... yo creo que lo vamos a hacer (hablar) sin ningún problema, porque los responsables no somos nosotros'', añadió Mellado. Cuando el golpe de estado ocurrió ``éramos niños que fuimos brutalmente avasallados, para simplemente convertirnos en autómatas y hacer lo que se nos ordenaba''.

Pero los conscriptos, además, alegan que son víctimas de militares de alto rango.

``Al clase (cabo, sargentos, suboficiales) los dejaban a cargo de las dos o tres compañías (del regimiento de telecomunicaciones) el fin de semana... (militares de alto rango) se curaban, se mimetizaban, se pintaban las caras con corchos y asaltaban la cuadra'', dijo Medallo. ``Se metían por las ventanas, con pistola en mano, se iban donde los más chicos, les ponían las pistolas en la cabeza y los violaban''.

Las atrocidades relatadas por el líder de los soldados y uno de los pocos que logró recuperarse y estudiar una carrera universitaria, parecen ser infinitas.

Durante 13 años los conscriptos, organizados como grupo de hecho, tocaron sin éxito las puertas de los Ministerios de Defensa, del Interior, de parlamentarios y hasta de autoridades eclesiásticas, pidiendo contar la verdad para luego pedir la reparación a las violaciones a los derechos humanos de las que dicen que fueron víctimas mientras cumplían su servicio militar.

``Se nos negó toda posibilidad de reparación, nos dijeron que estaba prescrito'', dijo Mellado, quien precisó que a comienzos de 2014 se convirtieron en una corporación con existencia legal y demandaron por denegación de justicia al Estado de Chile ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA. Hasta el momento representan a unos 10.000 ex conscriptos, y cada día inscriben a más personas.

A la Comisión le pidieron que investigue la muerte de unos 4.000 soldados y de un número similar que quedó inválido por ``desobedecer órdenes'' superiores, muchas de las cuales incluían, según Medallo, reprimir, matar y desaparecer a opositores izquierdistas.

De los 400.000 reclutas que sirvieron en 1973 y los años siguientes, muchos ahora son alcohólicos, drogadictos, se divorciaron o maltrataron a sus hijos y varios sobreviven en las calles, según Medallo. Pero no hay cifras oficiales sobre el tema.

``Todas las personas que hicimos la conscripción estamos tan dañados, tanto física como sicológicamente, por lo tanto yo no acepto que alguien me apunte con el dedo y me diga que soy un victimario'', agregó.

La dictadura dejó un saldo oficial de 40.018 víctimas, incluidos 3.095 izquierdistas asesinados y más de 1.200 desaparecidos. En 25 años de democracia el Servicio Médico Legal chileno apenas ha identificado los restos de 166 personas. Si el pacto de silencio se rompe, más de un millar de familias podrían saber qué pasó a sus parientes.


Una mujer lleva una flor durante una manifestación frente a la Moneda, en ocasión de un nuevo aniversario del golpe en Chile. / Archivo. AP

La analista política y socióloga Marta Lagos dijo a la AP que ``a Chile le haría muy bien darle impunidad a 20 conscriptos selectos a cambio de la información... si me entregan el mapa y los lugares, y los hechos, me la compró (aceptó) en un día. Juicio abreviado, pena remitida o las prescripciones''.

Los llamados pactos de silencio no existen, según las Fuerzas Armadas. ``Jamás en la institución, en mis 44 años, supe de pactos de silencio en ninguna materia'', dijo el ex Vicecomandante en Jefe del Ejército, el general retirado Guillermo Garín.

Garín, muy cercano a Pinochet, dijo que el general ``estaba ocupado en gobernar al país, no en temas de lucha antisubversiva y contra organismos clandestinos'', aseveró.


Dictador Augusto Pinochet./ AP

Sin embargo, según documentos desclasificados por la administración estadounidense, indican que Pinochet sí sabía de la muerte de Rojas y que ocultó el papel de los militares en su muerte.

Cables del Departamento de Estado, desclasificados en 1986, citan una fuente de la policía nacional de Chile quien dijo que un informe sobre el ataque le fue presentado a Pinochet, quien se negó a aceptarlo y rechazó el pedido de una investigación.

En cambio, Pinochet acusó a Rojas y Quintana de ser terroristas que planeaban usar la gasolina en contra de las barricadas militares y que accidentalmente la patearon y se quemaron.

El Programa de Derechos Humanos del Ministerio del Interior informó que a primero de diciembre 1.373 antiguos y actuales oficiales del ejército enfrentaron juicio, de los que 344 fueron condenados de manera definitiva y sólo 163 recibieron una pena de presidio efectivo.

Los 181 restantes recibieron condenas alternativas, porque los jueces consideraron el tiempo transcurrido desde el crimen, y redujeron sus sentencias. Sólo 117 están encarcelados.

El magistrado Sergio Muñoz, coordinador de los jueces que llevan causas por violaciones de los derechos humanos, ha dicho a la AP que los tribunales han abierto procesos en el 100% de los casos relacionados con muertes y desaparecimientos.

A la fecha, hay 1.048 causas abiertas por 1.762 desaparecidos y ejecutados y aunque muchos procesos concluyen en condenas, en la inmensa mayoría los militares no dice qué hicieron con los asesinados.

Para las familias, se trata de una lucha contra el tiempo porque tanto ellos como los victimarios se encuentran en edad avanzada.

(Fuente: AP)

lunes, 12 de octubre de 2015

Frente Oriental: La División Azul en Rusia

Violentos y ladrones, pero más humanos que los nazis
Un historiador ruso rastrea a la División Azul española por la URSS y su impacto
PILAR BONET - El País


Soldados de la División Azul leen el 'Marca'. La imagen pertenece al documental 'Extranjeros de sí mismos'.

Los españoles de la División Azul (DA) que, en apoyo de los invasores nazis, lucharon en tierras de la URSS de 1941 a 1943 fueron percibidos por los habitantes de las provincias rusas donde se acuartelaron -Nóvgorod y Leningrado- como más benignos que los alemanes y, a diferencia de estos, no se vieron involucrados en represalias masivas a la población, según el historiador Boris Kovalev, profesor de la Universidad Estatal de Nóvgorod.

Para su libro Voluntarios en una guerra ajena, dedicado a la DA, el investigador ha consultado los archivos provinciales de los servicios de Seguridad e Interior y el archivo central del ministerio de Defensa, además de entrevistar a una cincuentena de personas que habitaron en pueblos del territorio controlado por la DA a las orillas del lago Ilmén o en las riberas del río Vólkov, en la provincia de Nóvgorod, y en la de Leningrado.

Kovalev estudió también los diarios de los españoles caídos, la correspondencia incautada y más de 100 expedientes personales, entre transcripciones de interrogatorios de presos, desertores y tránsfugas, y actas de los procesos contra miembros de la DA. En conjunto, su obra presenta una visión polifacética del episodio histórico protagonizado por la Wehrmacht Alemana y los españoles que la siguieron a Rusia en una misión de solidaridad limitada que movilizó a más de 20.000 personas de diversos grupos, desde falangistas convencidos, voluntarios con motivaciones variadas, en gran parte económicas y de ascenso social, y una minoría deseosa de pasarse a la Unión Soviética.

Los españoles de la División no se vieron involucrados en represalias masivas
El frio y el hambre dominan los testimonios de españoles y rusos. Desde Alemania, los españoles marcharon a pie por el oeste de la URSS en el verano de 1941. No tenían ropa de invierno y en los pueblos de la provincia de Nóvgorod donde tomaron posiciones ya en otoño se dedicaron a robar prendas de abrigo, desde pañuelos de lana de las campesinas a edredones, que se echaban sobre los uniformes cada vez más harapientos. También se apoderaban de las válenki, las botas de fieltro rusas, que arrebataban a vivos y a muertos. Espoleados por el frío, prendían fuegos que amenazaban con incendiar las modestas viviendas campesinas donde se alojaban.

Sin haberse bañado desde que salieron de Alemania, piojosos y hambrientos, los divisionarios abandonaban su mugrienta ropa interior y se llevaban todo lo que encontraban a su paso: gallinas, vacas, y hasta los gatos. Una anciana invitada por los divisionarios a comer lo que creía un conejo descubrió con horror que había degustado su propio gato, cuando buscó a éste para darle las sobras del banquete.

Soldados irascibles

Espoleados por el frío, prendían fuegos que amenazaban con incendiar sus modestas casas
Los recuerdos de los habitantes de la zona ocupada y las actas de la Comisión Estatal Extraordinaria (ChGK, en ruso, la institución creada por la URSS para investigar los crímenes de guerra de los ocupantes) indican que los españoles eran muy excitables y podían matar a alguien en una riña, como Fédor Morózov, el alcalde colaboracionista con los nazis en Nóvgorod, tiroteado por un soldado español al que empujó en un reparto de leche. La maestra Alexandra Ojapkina, en 1941 una niña de 12 años evacuada al pueblo de Shevélevo, calificaba a los divisionarios de “muy ladrones, pero no crueles y con cierta compasión por los habitantes locales”.

La población rusa aprendió pronto que los participantes en la “cruzada contra el bolchevismo” se distinguían entre ellos, señala Kovalev en una conversación con EL PAIS, y afirma que los españoles, “pese a todo, eran mucho más humanos que los alemanes”. Ojapkina recordaba que los alemanes acusaron a la población civil de Shevélevo del saqueo del almacén de provisiones de los españoles, situado en aquella localidad. Los alemanes hicieron salir a la calle a la gente para fusilarla y la pusieron en fila, siendo una mujer madre de seis hijos la última en salir. Con disimulo, un soldado español apartó a la mujer del grupo, salvándole así la vida. Los responsables del saqueo del almacén, aparentemente, eran los habitantes de un pueblo vecino, donde vivían descendientes de colonos alemanes.

Los divisionarios se llevaban todo lo que encontraban a su paso: gallinas, vacas, y hasta los gatos
En una ocasión, en diciembre de 1941, la artillería alemana comenzó a disparar contra un grupo de 11 presos españoles capturados por los soviéticos, matando a cuatro presos.

El mando soviético recibía informes de los interrogatorios, en los que se constataba que la moral de combate de la DA había mermado al aumentar las dificultades. Los españoles jugaban a las cartas por dinero y algunos pagaban a sus compañeros para que hicieran guardia por ellos. En la DA se dio una orden contra quienes se autolesionaban para evitar el frente. Uno de los presos, Juan Trias Diego, confirmó a los soviéticos que en la División se había fusilado a soldados por autolesionarse y que otros recibieron castigos tales como patrullar en calzoncillos o ser abandonado frente a las trincheras con un farol encendido. Los soldados se “perdían” cuando volvían al frente desde el hospital, por lo que el mando de la DA organizó el transporte en grupos vigilados por un oficial. El método no fue eficaz, a jugar por un caso en el que además del grupo desapareció también el oficial controlador.

En Chudovo, a 100 kilómetros de Leningrado, había dos campos de prisioneros de la Wehrmacht donde fueron exterminados más de 53.000 personas. Al iniciarse la retirada, el comandante del campo hizo formar a los prisioneros y pidió dar varios pasos al frente a quienes no se valían por sí mismos. Los 55 hombres que avanzaron, esperando que les facilitaran el transporte, fueron fusilados a la vista del resto. Chudovo estaba 40 kilómetros al norte de la zona controlada por la DA.

domingo, 25 de mayo de 2014

Tres anécdotas de una Argentina sin corrupción para festejar el Día de la Patria

Viva la Patria sin corrupción


Bajo la presidencia del Gral. Roca, ante los riesgos de algunos conflictos fronterizos, éste, con patriótica previsión, encomendó al Gral. Pablo Riccheri, que viajara a Alemania y adquiriera 40 mil fusiles Máuser para equipar convenientemente al ejército.
El general Riccheri formalizó rápidamente la compra de los máuseres con las fábricas alemanas. En la entrevista final, se le acercó un representante de los fabricantes, quien le presentó un sobre y le expresó: -General, los fabricantes me han encomendado que le entregara este sobre con el importe de ´´la comisión´´ que le corresponde por su intervención.
Riccheri abrió el sobre y encontró un cheque de un considerable monto. Sin titubear, tomó el cheque, lo endosó y se lo devolvió al funcionario diciéndole:
-Mande tres mil Máuser más.


Unos años después, el gobierno argentino, envió al Almirante Onofre Betbeder a Inglaterra, para controlar la entrega de buques construidos allí en las debidas condiciones.
Éste viajó a los astilleros de Southampton y por 4 meses inspeccionó los barcos tornillo a tornillo. Al concluir satisfactoriamente su inspección, telegrafió al gobierno argentino para que saldara la cuenta. Al día siguiente, un empaquetado funcionario de levita, se presentó a su oficina y le dijo:
-Almirante, permítame que le entregue este sobre en reconocimiento por su trabajo y la imparcialidad con que ha cumplido su misión.
Betbeder abrió el sobre y retiró un cheque, e inmediatamente llamó a un secretario y le dictó la siguiente nota:
´´El gobierno de la República Argentina cumple en agradecer a los directores de los astilleros la rebaja por la cantidad de 300 mil libras esterlinas, que han tenido a bien hacerle sobre el precio de los barcos´´.






Otros años más tarde, bajo la presidencia de Victorino de la Plaza, el presidente del Brasil viajó a la Argentina en una visita de confraternidad. Entre los agasajos se programó el banquete oficial. Como éste no podía realizarse en la Casa Rosada, por hallarse en reparaciones, resolvió que se celebrara en la casa particular del presidente, en la calle Libertad. Al día siguiente del banquete, Victorino de la Plaza, llamó a su ama de llaves y comenzó a extender los cheques de su cuenta personal, para pagar a los proveedores. Al concluir le observó al ama de llaves:
-Señora, falta la cuenta de los vinos.
Ésta le explicó:
-Sr. Presidente, como era una comida oficial, se trajo los vinos de la bodega de la Casa de Gobierno.
Plaza le contestó:
-Señora, en mi casa el gobierno no paga los vinos. Vaya al almacén y reponga a la bodega las botellas que se consumieron.
En aquel entonces, la Argentina ocupaba el 6º lugar en la escala mundial


Jamás vamos a escuchar anécdotas así de Perón ni Yrigoyen, lamentablemente.

martes, 25 de marzo de 2014

Recordando el rol social del "viejo" ejército


Sobre el “viejo” Ejército
Por María Lilia Genta

Me tocó deambular por distintas unidades y barrios militares allá por los años de la Revolución Argentina. Nadie más austero y parco que el “dictador” Onganía. ¿Sería por eso que todo se hacía sin grandilocuencias ni la menor ostentación?

El Regimiento 4 de Caballería (con asiento en San Martín de los Andes) prestaba sus instalaciones al Ministerio de Educación: dos enormes habitaciones para que funcionara allí una escuela de frontera. El único inconveniente para nosotras, las maestras (dos para todos los grados) era que la banda ensayaba allí cerca, tan cerca que sus sones atronaban las aulas.

Allí, en esa escuelita, enmarcada por el bellísimo paisaje, conocí la pobreza. La pobreza total, sin apelaciones.

Venían los chicos bajando por las laderas, vestidos con andrajos, sin abrigo, sin calzado. Las piernitas crecían curvadas hacia afuera -signo evidente de la desnutrición desde el nacimiento-; niños casi sin lenguaje, un poco por el ambiente de sus hogares y mucho más por los efectos de la desnutrición sobre el cerebro.

En Buenos Aires, en la escuela de una “villa”, había conocido la miseria que es cosa muy distinta de la pobreza. En esa “villa” del conurbano bonaerense se comía y los chicos iban a la escuela parroquial, también a la “academia” donde aprendían a robar, y al “rancho de los maricas” donde les enseñaban a prostituirse. Pero comían y, colgados de la electricidad, se calentaban con buenas estufas (mejor no averiguar de dónde venían esas estufas). Esa era la miseria. No había droga por esos años. Ella vendría después.

Pero volvamos a la pobreza, la de esos chicos, hijos de los “chilotes” explotados en los aserraderos cuyos dueños eran, en algunos casos, izquierdistas de salón dados a cantar las canciones “de protesta” de Violeta Parra… Pues bien, esa pobreza sólo la paliaba, en la medida que podía, el “viejo” Ejército. En el primer recreo, en aquella mi escuelita de frontera, aparecían los soldados portando la “morocha” (la gloriosa olla de los cuarteles) con mate cocido azucarado y pan. Al mediodía, después de las clases, volvía con el rancho de tropa que contenía todas las proteínas habidas y por haber.

Les llenábamos los “platos” (la mayoría simples tapas de hojalata) todas las veces que querían, y lo que sobraba lo llevaban a la casa, en latas con manija de alambre, y seguramente lo comerían los hermanitos.

En la enfermería del cuartel les solucionaban los problemas de salud agudos (los crónicos venían de lejos y escapaban a las posibilidades de aquel más que modesto centro médico). Aparte de los chicos, en esa enfermería se internaban los marginados, los pobres de toda clase, sin obras sociales, dejados de la mano de un Estado ausente, habitantes de todas las “periferias existenciales”: es que ese lugar de ensueño que era y es San Martín de los Andes carecía por aquellos años de un hospital.

También el Ejército ayudaba a los chiquitos de la guardería que funcionaba en la parroquia sin fijarse mucho en que el párroco era un tercermundista cabal como correspondía a todos los curas (o casi) de aquella diócesis gobernada por monseñor De Nevares. Los que no entraban por la “teología de la liberación” tenían que irse de la diócesis.

Así actuaba el “viejo” Ejército. Claro, faltaban en aquella “acción civil”, como le decían entonces, las musas inspiradoras Hebe Bonafini y Estela Carloto, y el codo a codo con el “Cuervo” Larroque y los chicos de La Cámpora.

Esto lo aporta ahora el “nuevo” Ejército de Milani, que con tanta alharaca y apoyo mediático limpia un terrenito de poca monta en Florencio Varela.

María Lilia Genta es hija del profesor Jordán B. Genta, asesinado por el ERP en 1974.

La Nueva