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domingo, 24 de septiembre de 2017

Arqueología militar: Hallazgos en la estepa rusa

Hallazgos escabrosos de tiempos de guerra



Entusiastas de la arqueología de guerra peinaron bosques y campos en busca de objetos y reliquias de la guerra. Los descubrimientos son a menudo bastante espeluznante.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Vikingos: Confirman tumba de guerrera vikinga

Guerrero vikingo encontrado en Suecia era una mujer, los investigadores confirman

Louise Nordström | The Local

   

Foto de archivo de un casco de inspiración vikingo. De archivo: Ludvig Thunman / TT


¿Los investigadores han descubierto finalmente la versión real de Suecia de Lady Brienne of Tarth o Xena the Warrior Princess? Las nuevas pruebas sugieren que en realidad tienen ...
Durante más de un siglo, arqueólogos e historiadores han asumido que los restos de una persona encontrada enterrada junto con armas y caballos en una de las tumbas más espectaculares descubiertas en la ciudad de Birka, en Suecia, pertenecía a un hombre. Resulta que estaban equivocados. Pruebas de osteología y ADN ahora muestran que él siempre ha sido una mujer, y que probablemente fue un poderoso líder militar.

Charlotte Hedenstierna-Jonson, arqueóloga de la Universidad de Uppsala, dijo a The Local de los hallazgos que fueron publicados en el American Journal of Physical Anthropology el viernes.

"Aparte del equipo completo de guerreros enterrado junto con ella - una espada, un hacha, una lanza, flechas de armadura, un cuchillo de batalla, escudos y dos caballos - ella tenía un juego de mesa en su regazo, o más de una guerra -planning juego utilizado para probar batalla tácticas y estrategias, lo que indica que ella era un poderoso líder militar. Probablemente es planeada, dirigida y participó en batallas ", dijo.


Lo que la tumba puede haber parecido. Ilustración de Evald Hansen basada en las excavaciones de Hjalmar Stolpe en Birka en el siglo XIX (Stolpe 1889).

La tumba, que Hedenstierna-Jonson describe como la "tumba vikinga del guerrero final" del mundo, fue descubierta y excavada por el arqueólogo sueco Hjalmar Stolpe a finales del siglo XIX. Debido al equipo guerrero "varonil" encontrado en la tumba, se suponía -y no se probó- que los restos eran los de un hombre.

Pero hace unos años, Anna Kjellström, osteóloga de la Universidad de Estocolmo, sacó los restos para estudiarlos para otro proyecto de investigación y notó que algo andaba mal. Los pómulos eran más finos y más finos que los de un hombre, y los huesos de la cadera eran típicamente femeninos. Se llevó a cabo un análisis osteológico, dando aún más apoyo a su sospecha.

Ahora, sin embargo, se ha llevado a cabo un análisis de ADN, confirmando claramente que el guerrero vikingo era de hecho una mujer.

"Esta imagen del varón guerrero en una sociedad patriarcal fue reforzada por tradiciones de investigación y preconcepciones contemporáneas. Por lo tanto, el sexo biológico del individuo se dio por sentado ", escribió Hedenstierna-Jonson, Kjellström y los otros ocho investigadores detrás del estudio, en su informe.


Otro dibujo de lo que la tumba puede haber parecido. Ilustración: Þórhallur Þráinsson (copyright: Neil Price)

"Aunque algunas mujeres vikingas enterradas con armas son conocidas, una mujer guerrera de esta importancia nunca ha sido determinada y los eruditos vikingos han sido renuentes a reconocer la agencia de mujeres con armas", dijeron.

Hedenstierna-Jonson dijo que la mujer era probablemente una guerrera misma.

"No puedes alcanzar una posición tan alta (militar) sin tener experiencia de guerrero, así que es razonable creer que ella tomó parte en batallas".

Hedenstierna-Jonson lo describió como un hallazgo fantástico, pero dijo que es improbable que la opinión de los historiadores sobre la sociedad vikinga sea totalmente patriarcal, constituyéndose principalmente en hombres guerreros.

"Probablemente era bastante inusual (para una mujer ser un líder militar), pero en este caso, probablemente tenía más que ver con su papel en la sociedad y la familia de la que ella era, y que llevaba más importancia que su género".

Hedenstierna-Jonson dijo que desde los primeros indicios de que la guerrera era una mujer, los investigadores se han encontrado con una parte justa de escepticismo, con los críticos que se preguntan si los huesos analizados son realmente de esa tumba específica.

"Creo que es debido a cómo vemos la historia, y muchos de nosotros nos gustaría pensar que vivimos en los mundos mejores (y más iguales a los géneros) ahora".

miércoles, 30 de agosto de 2017

SGM: Encuentran restos de un piloto incrustados en un árbol

Los restos del aviador de la Segunda Guerra Mundial se encuentran incrustados en el árbol

Por Laura Italiano | New York Post





Dos aviadores de mejor amigo del estado de Washington, uno que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, y uno que no lo hizo, ahora están enterrados uno al lado del otro - una triste reunión fue posible después de que los huesos del veterinario fueron descubiertos en Alemania, incrustados en las raíces de un árbol.

Durante más de 70 años, un árbol había crecido alrededor de los restos de las Fuerzas Aéreas del Ejército, el primer teniente William Gray, protegiendo sus huesos de ser dispersados ​​y perdidos después de que su avión de un solo asiento se estrelló en los bosques de Lindau.

"Creció sobre sus restos y realmente protegido y marcó el lugar", dijo el sobrino de Gray, Doug Louvier, a la filial de Seattle Fox.

Gray se había alistado junto con su amigo de la infancia del valle más lluvioso del estado de Washington, 1r teniente Jim Louvier de las fuerzas aéreas del ejército.

Los dos jóvenes hicieron una promesa cuando salieron juntos, dijeron los miembros de la familia a la estación de televisión.

Si uno de ellos muere, el otro se encargaría de su familia en casa.

"Se amaban como hermanos y amigos", dijo Doug Louvier.

Luego, el 16 de abril de 1945, Gray se estrelló después de que su avión tomara fuego enemigo durante una misión de bombardeo de buceo.

Tenía apenas 21 años.

Los miembros de la familia asumieron, después de un tiempo, que su último remanente tangible serían las más de 100 cartas que escribió en casa durante la guerra, la última que se jactó de haber hecho 68 misiones.

Mientras tanto, Louvier, el sobreviviente, regresó a casa para cumplir la promesa de los hombres.

Louvier se casó con la hermana de Gray.

"Sé que la amó mucho y se comprometió con ella 64 años antes de morir", dijo su hijo, Jan Bradshaw, a la estación.

Louvier moriría a los 89 años, en 2010, pero la familia no podía decidir dónde se enterrarían sus cenizas.

Entonces, el año pasado, las cuadrillas del Ejército de Estados Unidos se encontraban en Alemania en el área cerca de donde Gray se había estrellado, y un par de lugareños los llevaron a donde habían visto el avión bajar.

Tardaron 15 días en excavar antes de encontrar los huesos bien protegidos.

El ADN de los huesos resultó ser un fósforo para sus dos hermanas.

El héroe de guerra fue transportado a su casa el miércoles, y el viernes, las cenizas de Louvier y los huesos de Gray fueron enterrados con honores militares, uno al lado del otro en el cementerio nacional de Tahoma en Kent, WA.

"No pudimos decidir qué hacer" con las cenizas de Louvier durante todos esos años, señaló Bradshaw.

Y ahora sabemos por qué.

El hijo de Louvier, bromeó: "Creo que están tomando una bebida fría allá arriba, golpeando las gafas y diciendo que finalmente estamos de nuevo juntos".

domingo, 27 de agosto de 2017

Roma: Teutoburgo y el Vietnam romano

El atroz Vietnam de las legiones romanas

Recorrido por el campo de batalla de Teutoburgo de la mano de Valerio Manfredi, autor de una novela sobre la derrota de las tropas de Augusto por los germanos

JACINTO ANTÓN - El País


Legionarios romanos en un acto de reconstrucción histórica en Kalkriese.

Valerio Manfredi se arrodilla y deposita sentidamente una rosa sobre la hierba (una rosa, por cierto, que le han prestado en una cafetería cercana). Aquí y en los alrededores, de hecho a todo lo largo de una ruta infernal de unos 50 kilómetros a través de los espesos bosques de Germania, cayeron millares de legionarios romanos, compatriotas del novelista (Castelfranco Emilia, 1942), hace dos milenios, masacrados a lanzazos y espadazos por las tribus enfurecidas de los queruscos, brúcteros y angivaros, entre otros. La peor derrota de Roma junto a Cannas, Carras y Adrianópolis. Manfredi suspira y agita la leonina cabeza orlada de cabello blanco mientras con porte de centurión musita un fragmento de Velleius Paterculus sobre el combate, en latín.

Estamos en uno de los escenarios estelares de la batalla de Teutoburgo, una de las mayores y de más trascendencia de la Antigüedad, pues acabó con el sueño de romanizar Germania y convertirla en provincia del imperio (lo que hubiera ahorrado muchos problemas futuros, aunque quizá también nos habría privado de Beethoven, Kant y Beckenbauer). Junto al lugar de la genuflexión del escritor se ha reconstruido parte del terraplén que en su día, en aquel tempestuoso y sangriento final de verano del 9 después de Cristo, levantaron con insólito sentido de la estrategia los guerreros germanos para, tras varios días de acosarlas, estrechar el ya difícil paso de las legiones, embotellarlas entre montaña y pantanos y diezmarlas con hierro. Esto es el “Varusschlacht”, el lugar del desastre de Varo, la gran trampa al pie de la colina de Kalkriese, al noroeste de Alemania, por encima de Bonn y Colonia, el único espacio identificado arqueológicamente hasta ahora de la famosa batalla de Teutoburgo. En ella, desarrollada a lo largo de varias jornadas de enfrentamientos salvajes, culminados un (otro) infausto 11 de septiembre, se desangraron hasta la aniquilación completa tres legiones enteras, el orgullo de Roma, las numeradas XVII, XIIX (el 18 lo escribían así) y XIX, junto con sus correspondientes tropas auxiliares, hasta un total de unos 17.000 combatientes, más la impedimenta y seguidores civiles, un concepto que incluía desde comerciantes y familiares de los militares a prostitutas que marchaban animosamente detrás del ejército.


El museo sobre la batalla de Teutoburgo, en Kalkriese.

Manfredi ha dedicado su última y muy emocionante novela, Teutoburgo (Grijalbo, 2017), a narrar las causas y el desarrollo de esa batalla, remontándose a la juventud del artífice de la victoria germana, el caudillo y príncipe querusco Arminio, al que el relato le imagina una estancia como rehén en Roma, donde aprende el funcionamiento y las tácticas de las legiones, lo que le permitirá luego –después de formar parte del mando de ellas, lo que sucedió en la realidad- destruirlas (el clímax de la novela).

Si la llegada de las tropas romanas al matadero de Teutoburgo, mandadas por un inepto y arrogante general, Publio Quintilio Varo –amigo del emperador Augusto-, fue un Via Crucis, la nuestra a esta zona de Baja Sajonia no ha sido menos complicada (salvando las distancias). El trayecto desde Colonia, a altas horas de la noche, con un automóvil alquilado que no conseguíamos arrancar y cuyo sistema de navegación solo informaba en alemán, resultó complejo. Además, la reserva en el hotel de Gütersloh, donde debíamos pernoctar había sido hecha por error para el mes siguiente. Así que tuvimos que refugiarnos durante unas horas en un tronado bar regentado por armenios y frecuentado por seguidores del Olympiakos griego, antes de conseguir in extremis una única habitación en otro hotel, que compartimos con alivio (“dalle stalle alle stelle”, se exclamó el novelista) y gran sentido de la camaradería, lo que permitió la excepcional visión del célebre autor de Alexandros en calzoncillos.

Hacerle de auriga a Manfredi, que decidió no conducir en todo el trayecto y dedicarse a recitar los clásicos, resulta muy ameno. El escritor va desgranando tanta información sobre la antigüedad que uno ya no sabe si está a la altura de Osnabrück o en un desvío al reino de los marcomanos, adonde Arminio envió la cabeza de Varo, que se suicidó durante la batalla (el rey de los marcomanos, Marbod, se la mandó a su vez a Augusto, por quedar bien: así acaso el emperador pudo decirle a la cara aquello de “¡Varo, devuélveme mis legiones!”). Manfredi explica que en una ocasión se vio involucrado en un acto de recreación histórica de la batalla de Teutoburgo en la que participaban entusiastas italianos caracterizados de legionarios y empeñados en ganar a sus rivales alemanes. Un profesor de Heildeberg les hizo ver lo inadecuado e inexacto de su testaruda actitud y solo entonces se dejaron masacrar, pero con desgana.

Un letrero de “Teutoburger Wald” (Bosque de Teutoburgo) nos hace saltar de entusiasmo en la autopista. Luego vemos un MacDonald’s. Al poco llegamos por carreteras secundarias al Varusschlacht Museum und Park de Kalkriese, el moderno centro creado en 2002 para explicar los hallazgos arqueológicos de la batalla de Teutoburgo. Entramos en tromba, como los galos de Astérix. Del edificio de admisión, con las taquillas y tienda de recuerdos (desgraciadamente con la mayor parte de los libros en alemán), se accede a través de un espacio abierto, en el que unos niños están formando una cohorte bajo el entusiasta mando de una profesora, al museo propiamente dicho, que es un cubo con una alta e intimidatoria torre revestida de hierro oxidado. Es evidente que alude al armamento y a las atalayas de vigilancia de la frontera del Rhin. La panorámica en lo alto es espectacular.


Manfredi, en la terraza del museo de Kalkriese.

En las salas se despliegan una pormenorizada y muy didáctica explicación de la historia de la batalla, con dispositivos multimedia (Arminio, de 26 años, y Varo de 51, en 3D se materializan para darte sus versiones de lo ocurrido) y los hallazgos arqueológicos que atestiguan que una parte sustancial de la contienda tuvo lugar aquí. Las excavaciones en los alrededores las inició el voluntarioso cazatesoros, entusiasta del detector de metales y oficial británico estacionado en Osnabrück Tony Clunn, reconocido descubridor en 1987 del lugar de la batalla, un enigma durante siglos aunque la localización en Kalkriese había sido ya propuesta por el gran Mommsen hacia 1880.


Manfredi, con una réplica de la máscara de caballería romana hallada en Kalkriese.

Los trabajos arqueológicos han permitido desenterrar un material tan fascinante como elocuente y que prueba sin lugar a dudas que hubo en el sitio un choque espectacular entre las legiones y los bárbaros germanos en las fechas exactas que atestiguan las fuentes clásicas (Tácito, Patérculo –esencial para Manfredi, que recuerda que el historiador era legado en Germania en la época de la batalla), Dion Casio y Floro, principalmente). Millares de objetos, más de seis mil –piezas de equipo militar, armas, proyectiles (piedras o plomos de honda con “SMS” como “culum pete”, “dale en el culo”), restos humanos, monedas, hasta sandalias-, la mayoría hechos trizas, reflejan la enormidad e intensidad del combate. Aquella, recalca Manfredi, fue una lucha feroz, despiadada, una “batalla de aniquilamiento” que culminó en una matanza salvaje de romanos, incluido luego el terrible sacrificio de prisioneros a los dioses germanos. Un soporte de penacho de un casco de centurión apareció junto a un trozo de mandíbula, un cráneo mostraba espeluznantes heridas de espada. Incluso se encontraron (y se exhiben), restos de las acémilas que empleaban las legiones aniquiladas, así como testimonios de la vida cotidiana de los soldados.

Manfredi, que recorre la exhibición sobrecogido, recuerda que los objetos son solo lo que quedó tras el minucioso pillaje de los vencedores. Y señala que la escasez de material propiamente germano se explica porque su equipo era más somero (era tradición combatir desnudo, empuñando la temible framea, la lanza germana) y los que portaban equipamiento Premium es porque éste era precisamente de factura romana (arrebatados en los puestos de vigilancia sobre el territorio). En una vitrina se muestra la famosa e inquietante máscara de jinete romano hallada en las excavaciones y que, multiplicada en reproducciones y postales, se ha convertido en el omnipresente icono del museo y de la batalla de Teutoburgo. La Historia misma parece mirar a través de sus ojos vacíos. Originalmente estaba revestida de una capa de plata que le fue arrancada. “Generalmente se usaban para ejercicios de equitación, no sabemos por qué la llevaría un combatiente”, apunta Manfredi, que hace aparecer la máscara en su novela y que se ha probado una réplica en la tienda. Richard Helmer, experto en reconstrucción facial (identificó los huesos de Mengele) ha realizado un molde del rostro que se escondía tras la máscara.


Soldados romanos en el bosque de Teutoburgo en un espectáculo de reconstrucción histórica en Kalkriese.

En el centro de la sala principal se despliegan las tres legiones en miniatura para que te hagas un efecto de cómo era el inmenso ejército de Varo en formación de marcha: una columna de 20 kilómetros de largo: cuando los últimos salían de un campamento los primeros ya estaban construyendo el siguiente. Mantener la capacidad operativa y las comunicaciones con esa extensión en un paisaje accidentado, sufriendo ataques sorpresa y con mal tiempo (hubo grandes tormentas, “horribile caelum”, dice Manfredi citando a Tácito), resultó tarea imposible, incluso para los romanos. Varo pagó el exceso de confianza, considera Manfredi, al dejar en manos de los auxiliares germanos, mandados por el propio Arminio la misión de explorar y detectar posibles peligros para las legiones, lo que era como confiar al zorro el cuidado de las gallinas. El general creía que Germania estaba ya pacificada, y no solo sometida, y se fiaba completamente del príncipe querusco romanizado, que hablaba latín y hasta poseía el rango ecuestre. No se dio cuenta de que se metía en una trampa.

“En formación de marcha y en ese terreno, boscoso y embarrado por las lluvias, la máquina de guerra de las legiones no pudo desplegarse y se vio atascada”, explica Manfredi, al corro que se ha formado espontáneamente a su alrededor; “una fuerza invencible en orden abierto se convirtió en muy vulnerable”.


Las legiones de Varo en miniatura en el Museo de Kalkriese.

El museo barre un poco para casa (al cabo la batalla ha sido uno de los elementos míticos de la construcción del imaginario del nacionalismo alemán) al enfatizar cómo los germanos lograron resistir y hasta vencer al imperio romano, que entonces contaba con 38 legiones, 11 flotas, 7.000 ciudades, 100.000 kilómetros de calzadas, y 70 millones de habitantes, una tercera parte de la humanidad. Pero Arminio, el gran líder pangermánico, aunque parte de la historiografía alemana lo ha reivindicado como un libertador y Hitler lo calificó de “el gran arquitecto de nuestra libertad”, no deja de ser un personaje complejo. “Es un héroe difícil de manejar”, recalca Manfredi. “Se lo puede ver como un traidor doble, primero a los suyos, a los que combatió como oficial de las tropas auxiliares romanas, y luego a sus camaradas de las legiones: es un ciudadano romano que crea una emboscada fatal a su propio ejército”. A Manfredi, pese a convivir con él toda una novela, no le es muy simpático el querusco.

Salimos del museo hacia la Killing zone. Seguimos un pequeño sendero en el bosque empedrado con planchas de metal cuadradas que sugieren escudos romanos o lápidas. De los árboles penden algunas cuerdas para trepar y columpiarse, a fin de amenizar la visita a los niños, pero que causan un efecto perturbador; crees ver a los germanos emboscados o los cadáveres de los prisioneros romanos ofrecidos a Wotan colgados de las ramas. Manfredi no resulta muy tranquilizador evocando la matanza. “Había una tempestad, caían árboles derribados por los rayos, el suelo estaba enfangado. De repente surgió el clamor de los bárbaros escondidos en la colina”. Es como visionar las primeras escenas de La caída del imperio romano o Gladiator. Pero aquí los germanos ganan por goleada. Los soldados se vieron atacados por el flanco, desde la altura, apelotonados en el estrecho paso que dejaba el muro disimulado con vegetación en un lado y los pantanos en el otro”.

Hoy el lugar, el campo llamado Oberesch, está muy cambiado. Hace solete y canta un petirrojo. Los pantanos de antaño son una amable y extensa planicie cubierta de hierba y diente de león, excepto una pequeña porción que, con cañas e inundada artificialmente, permite imaginar cómo era el terreno en el que lucharon y murieron los romanos. Nos acercamos al talud germano reconstruido. Frente a él se indica el lugar del hallazgo de una asombrosa cantidad de elementos, incluida la máscara, trozos de armas, y restos humanos. Los legionarios, apunta Manfredi, probablemente trataron de escalar el letal terraplén componiendo la testuto valaria, la tortuga para escalar muros, protegiéndose con los escudos y subiendo una fila de soldados sobre los de los compañeros (espero que no quiera que lo probemos: seguro que me toca a mí debajo). En todo caso, no sirvió. El autor evoca in situ, de manera impresionante -como en su novela- a las tropas romanas diezmadas, apretados los legionarios escudo con escudo, hombro con hombro, los gladios en la mano, protegiendo sus enseñas alzadas, resplandecientes fugazmente los golpeados y ensangrentados cascos y corazas por la iluminación fugaz de un relámpago. “No les quedaba más que coraje”.


Restos humanos con marcas de heridas de armas en el Museo de Kalkriese.

En el cielo vuelan muy alto tres rapaces. ¿Serán las águilas perdidas de las legiones? Los germanos capturaron las preciosas insignias, incluida la que trató de esconder sumergiéndola en el pantano su portador. “Se tardó años en recuperarlas las tres, y con ellas el honor de Roma”, recuerda Manfredi. “Los germanos las habían depositado en los altares de sus dioses”.

Tras hacer Manfredi su ofrenda floral y picarme yo con una ortiga (¡herido en Teutoburgo!) al tratar de coger lo que me parecía un denario romano y que resultó ser una chapa de cerveza, regresamos cabizbajos. Como reliquia me he llenado los bolsillos con tierra del lugar, tierra que una vez estuvo empapada de sangre, me parece más emotivo que un pin. “Esto fue el Vietnam de Roma”, comenta el novelista. “Y el fin de un sueño de imperio universal, Augusto no buscaba llevar la frontera hasta el Elba, 600 kilómetros al este del Rin, sino más allá, hasta el confín del mundo conocido”. Manfredi acaba el paseo como su libro: “Con la batalla de Teutoburgo Roma perdió Germania, y Germania perdió Roma”.

jueves, 3 de agosto de 2017

GCE: Encuentran munición de mortero de la batalla de Teruel

Las 538 granadas sumergidas durante 80 años
Hallado en el fondo de un acuífero de Teruel uno de los "mayores arsenales" de la Guerra Civil

J.J. Galvez | El País



Un agente revisa parte del arsenal encontrado en Monreal del Campo. GC | EFE / EPV

Cuando Ángel Gimeno desapareció de su casa el pasado 1 de mayo, los efectivos de la Guardia Civil se lanzaron en su búsqueda. El instituto armado desplegó un dispositivo por los alrededores de Monreal del Campo (Teruel), el municipio de apenas 2.500 habitantes donde vivía este hombre de 75 años, que les llevó hasta el acuífero de Los Ojos del Río Jiloca. Allí, entonces, se sumergieron los buzos. Y allí, hundidas, encontraron 538 granadas de mortero del calibre 81, ocultas desde la Guerra Civil. "Posiblemente fueron abandonadas por alguna posición de los bandos en contienda para evitar su posterior utilización", han explicado los investigadores. A Gimeno no lo localizaron.

"Es el mayor arsenal de explosivos hallado en Aragón y uno de lo mayores de España", han añadido los agentes, que han trabajado durante dos meses en la extracción de estos artefactos explosivos: "Debido a la gran cantidad que había y a las dificultades del lugar donde se encontraban". "Todas las granadas estaban sumergidas en el lodazal del fondo del acuífero", ha detallado la Guardia Civil, que "no ha podido determinar, de momento, a qué bando pertenecían por su estado de deterioro". Las armas se han trasladado hasta una cantera cerca de Monreal del Campo, donde los especialistas en desactivación han procedido a su "neutralización".

Casi ocho décadas después del final de la Guerra Civil, los hallazgos de bombas y arsenales aún se suceden en Aragón. Según los datos de la Guardia Civil, la Comandancia de Teruel ha registrado más de un centenar de avisos en 2017 por la localización de armas usadas en ese conflicto: proyectiles de artillería, detonadores, bombas de aviación, granadas de mano y de mortero, entre otras.

"Es importante resaltar la extrema peligrosidad de estos artefactos. Si no se les somete a ninguna acción permanecen en estado latente. Y, en caso de cualquier manipulación, por pequeña que sea, el resultado más probable es la explosión", subraya el instituto armado. En 2013, un hombre de 66 años y su hijo, de 22, resultaron heridos de gravedad tras estallar un antiguo artefacto explosivo de la Guerra Civil depositado en el garaje en el que se encontraban.

jueves, 6 de julio de 2017

Arqueología: La causa de muertes de soldados en una batalla en la guerra de los 30 años

Tumba en masa de la batalla de la guerra de treinta años revela heridas mortales de los soldados
Por Megan Gannon, Life Science



El 16 de noviembre de 1632, el ejército imperial protestante sueco y el Imperio Romano Católico Romano se enfrentaron durante la batalla de Lützen en Alemania.
Crédito: J. Lipták, O. Schröder

En noviembre de 1632, los habitantes de Lützen, Alemania, se vieron obligados a enterrar a unos 9.000 soldados que quedaron muertos en un campo de batalla después de una sangrienta pelea durante la Guerra de los Treinta Años.

Los arqueólogos recientemente desecharon parte de ese trabajo.

Hace unos años, los investigadores descubrieron una fosa común en el sitio de la Batalla de Lützen. Al analizar los huesos, ahora han aprendido más sobre las vidas violentas y las muertes de soldados de esta época. [Ver imágenes de la tumba de guerra y lesiones de batalla]

La Guerra de los Treinta Años fue uno de los acontecimientos más sangrientos de la historia europea, más mortal que la Muerte Negra y la Segunda Guerra Mundial, en términos de la proporción de la población perdida. Luchó entre 1618 y 1648, el conflicto comenzó como una lucha entre católicos y protestantes dentro del Sacro Imperio Romano. Los enfrentamientos brutales tocaron gran parte de Europa central, pero la mayoría de las batallas se libraron en lo que hoy es Alemania.

Fuera de la matanza en los campos de batalla, el hambre y los brotes de la enfermedad devastaron poblaciones. Ambas partes en el conflicto dependían en gran medida de los mercenarios extranjeros que buscan riquezas (cuyas lealtades podrían cambiar en base a quién pagaba más), y los ejércitos de ocupación aterrorizaban a los civiles en las ciudades y aldeas.

Un momento decisivo en la guerra llegó cuando Suecia intervinió en 1630, prestando apoyo a las fuerzas protestantes. El rey sueco Gustav II Adolf lideró una serie de batallas victoriosas, hasta que fue asesinado en una pelea contra el general Albrecht von Wallenstein, comandante de las tropas imperiales del Santo Imperio Romano, durante la batalla de Lützen, al suroeste de Leipzig, el 16 de noviembre, 1632.

Heridas de guerra

Los arqueólogos localizaron el sitio de la batalla de Lützen en 2006 después de que una investigación del detector del metal levantara cerca de 3.000 proyectiles, municiones y otros objetos de la lucha. Una trinchera excavada en 2011 reveló entonces una fosa común. Para evitar que el sitio de entierro sea saqueado por los cazadores de tesoros y erosionado por el mal tiempo, los científicos no excavaron los esqueletos en el sitio. En su lugar, levantaron los restos del suelo en un bloque de 55 toneladas de suelo, dividido en dos.

Dirigido por Nicole Nicklisch, de la Oficina Estatal de Gestión del Patrimonio y Arqueología Sajonia-Anhalt, un equipo de bioarqueólogos analizó los 47 esqueletos en este bloque de tierra, buscando las lesiones mortales que los hombres sufrieron durante la batalla.

Según sus resultados, publicados en la revista PLOS ONE el 22 de mayo, la mayoría de los hombres ya estaban en mal estado cuando se dirigieron a su batalla final. Dieciséis habían experimentado lesiones en la cabeza; Un hombre había sufrido incluso cuatro heridas en la cabeza en conflictos anteriores antes de morir. Veintiún tenían otras lesiones óseas cicatrizadas o curativas, como fracturas en los brazos, piernas y costillas.

Al mirar las heridas no cicatrizadas, los investigadores pudieron ver lo que los hombres sufrieron en el campo de batalla. Aunque algunos hombres habían cortado las marcas y cortado heridas en sus huesos, las armas de la lámina parecían desempeñar un papel secundario en las muertes de estos soldados. En cambio, más de la mitad de los hombres habían sido golpeados por disparos. Veinte y uno sufrieron heridas de bala en la cabeza, y 11 de ellos tenían balas todavía alojadas en sus cráneos.

Ataque de caballería

El alto número de heridas de bala era inusual para el tiempo - por lo menos comparado con otras fosas comunes de la Guerra de los Treinta Años encontró sitios alemanes como Wittstock y Alerheim. Las espadas y los cuchillos eran todavía "las armas elegidas para el combate cuerpo a cuerpo", escribieron los investigadores. [Fotos: Los Túmulos de Masas Mantienen Prisioneros de Guerra del Siglo XVII]

Este tiroteo inusual en Lützen podría coincidir con un relato de la batalla. Los registros históricos sugieren que una unidad de élite (en su mayoría compuesta por soldados alemanes contratados) del ejército sueco llamó a la Brigada Azul una derrota mortal en la zona donde se encontró la tumba, después de que fueron atacados por sorpresa por una unidad de caballería del Imperio Católico Ejército, dijeron los investigadores.

Los restos de balas revelan que los soldados habían sido atacados con pistolas, mosquetes y carabinas, armas que los caballeros usaban para distancias cortas. Los registros históricos mencionan que los soldados guardaban balas en la boca para que pudieran recargar rápidamente sus armas durante la batalla, y dos de los esqueletos en la tumba todavía tenían balas de plomo en su cavidad oral.

viernes, 30 de junio de 2017

Nazismo: Encuentran diario alemán de 1943 en reliquias nazis

Encontraron un diario nazi de 1943 dentro de una de las gorras secuestradas en San Telmo
El hallazgo refuerza la idea de que son artículos originales
Infobae




Cuchillos, dagas, medallas, hebillas, un lienzo y gorras. En total fueron 76 los objetos nazis que secuestró la Policía Federal Argentina (PFA) durante un operativo en una galería del barrio porteño de San Telmo.

La autenticidad de los objetos con simbología nazi era una de las cosas que la División Unidad de Investigación de Conductas Discriminatorias de la PFA buscaba determinar, y una de las cinco gorras secuestradas en el local 3 de la Galería Inmaculada Concepción, ubicada en Defensa 845 brindó una pista inesperada.



Dentro del gorro militar los efectivos policiales hallaron una amarillenta y ajada hoja de un diario nazi publicado el 10 de diciembre de 1943. Se trata de una publicación que el NSDAP, el partido de Adolf Hitler, tenía en el "Gau" de Baviera. Los Gau eran las divisiones administrativas de la época del Tercer Reich, presididas por los "Gauleiter", que muchas veces eran viejos miembros de la agrupación del genocida, de los tiempos anteriores a su nombramiento como canciller en 1933.

Los cinco gorros militares fueron apenas una parte de los 76 objetos nazis hallados hoy durante un allanamiento en una galería en San Telmo. La PFA también encontró cuatro cascos, un birrete, cinco dagas, dos cuchillos, cinco hebillas, un lienzo y 53 medallas, todas ellas con simbología nazi como esvásticas, la cruz de hierro y el águila imperial.



Hasta el momento no hay personas detenidas, pero sí quedó imputado el dueño del local, que deberá presentarse ante el fiscal acusado de violar el artículo 3° de la ley 23.592, que regula los actos discriminatorios. Si es hallado culpable, podría ir a la cárcel por hasta tres años.