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miércoles, 11 de enero de 2017

Pelea de ratas: Cuando Fidel quiso fusilar a Raúl

Cuando Fidel Castro quiso fusilar a su hermano Raúl
Se publica un libro inédito del periodista Enrique Meneses sobre el fallecido líder cubano


Guillermo Altares - El País


Guerrilleros en Sierra Maestra. Che Guevara (en el centro) y Fidel Castro, con gafas. ENRIQUE MENESESEL PAÍS


Sierra Maestra, invierno de 1958. Tras una jornada agotadora, el periodista español Enrique Meneses duerme en una hamaca. Acompaña desde hace semanas a la guerrilla cubana que pretende derrocar al dictador Fulgencio Batista. De repente, le despiertan unos gritos en mitad de la noche. "¡En cuanto llegue lo fusilo! ¡Me importa un carajo que sea mi hermano! ¡Lo fusilo!". La voz enfurecida pertenece a Fidel Castro, entonces un joven revolucionario y el principal líder de los insurgentes, y el objetivo de su ira es su hermano menor, Raúl. "Celia Sánchez (una guerrillera muy cercana a Fidel) intentó calmarlo diciéndole que no era posible que un hermano fusilase a otro por mucha culpa que tuviese", prosigue el relato de Meneses, que aparece recogido en su último libro, Fidel Castro, patria y muerte.


El reportero, fallecido en 2013 a los 83 años, pidió que esta biografía personal de Fidel se publicase después de la muerte del líder cubano, que se produjo el sábado 26 de noviembre a los 90 años. El libro, que cuenta con un prólogo de Jon Lee Anderson, se pone a la venta este lunes publicado por Ediciones del Viento, que editó también las memorias de Meneses, Hasta aquí hemos llegado.


¿Qué había ocurrido para sacar de sus casillas a Fidel Castro? Meneses, que pasó cuatro meses en dos etapas diferentes con los insurgentes, narra que Raúl Castro y Ernesto Che Guevara se intercambiaban una incesante correspondencia sobre teoría marxista desde las columnas guerrilleras en las que combatía cada uno de ellos. Pero una de las cartas fue interceptada por el Ejército y utilizada por el régimen de Batista para expandir que pretendían imponer un régimen comunista en la isla. Tras una tremenda bronca, Fidel convenció a su hermano Raúl, actual presidente cubano, de 85 años, para que interrumpiese los intercambios epistolares y luego gritó: "¡Odio tanto el imperialismo yanki como el soviético! ¡No estoy rompiéndome los cuernos luchando contra una dictadura para caer en otra!".

En el corazón de la biografía se encuentra precisamente el abismo que separó al Fidel Castro de Sierra Maestra, con el que Meneses pasó muchas horas hablando, del político que se hizo con el poder en Cuba después de derrocar al régimen de Batista. "Su egocentrismo, su sentido mesiánico, su afán de publicidad lo convierten en un monologuista que rehúsa toda clase de diálogo, todo tipo de crítica, por constructiva que sea", escribe el veterano reportero.

El periodista español fue además un excelente fotógrafo que retrató alguno de los momentos icónicos del siglo XX. Fidel Castro, patria y muerte —que es una versión actualizada de un libro que Meneses publicó en 1966 y actualmente agotado— recoge las imágenes que tomó en Sierra Maestra, que también pueden verse en una exposición, organizada por La Fábrica, que ha recorrido diferentes ciudades españolas y que actualmente se encuentra en Zaragoza.

Meneses conoció a Castro en diciembre de 1957 y subió a la sierra en enero de 1958. Consiguió que las fotos llegasen a Miami a través de un correo de su confianza —una joven de 17 años que las escondió entre su ropa— y Paris Matchpublicó el reportaje, para que nadie le robase la exclusiva, cuando el autor todavía se encontraba en la isla, una imprudencia que estuvo a punto de costarle la vida y que le hizo pasar por las cárceles de Batista.

El reportero español no había sido el primero en entrevistar a Castro, pero sí en hacer un reportaje a fondo sobre la guerrilla. La exclusiva sobre Castro la dio un histórico periodista de The New York Times, Herbert L. Matthews, compañero de Martha Gellhorn, Robert Capa y Ernst Hemingway en la Guerra Civil española, que fue el primero en hablar con el dirigente cubano, en febrero de 1957. La entrevista tuvo tanta repercusión que Matthews acabó por ser definido como "el hombre que inventó a Fidel Castro".

Meneses llegó más tarde a la isla pero consiguió, pese a ser un freelance que andaba corto de dinero, arrebatar la primicia a los principales medios estadounidenses. Jon Lee Anderson le define así en el prólogo del libro: "Fue un periodista de raza, sempiterno joven de espíritu y, para alguien de su generación, un hombre singularmente libre de dogmas. Tenía además un gran apetito por la aventura".

JOHN WAYNE EN EL PAPEL DE FIDEL
La publicación del reportaje en Sierra Maestra representó un éxito enorme y las fotos se vendieron en medio mundo. Pero Enrique Meneses también vendió otra exclusiva durante su estancia con la guerrilla cubana: cuenta en sus memorias Hasta aquí hemos llegado que durante su segunda incursión con la guerrilla viajó con una cámara de cine con la que pudo grabar imágenes de los insurgentes. El cliente era una productora de Hollywood, que pagó una cantidad considerable para la época, porque la idea era rodar una película sobre Castro en la que sería encarnado por un actor no conocido precisamente por su progresismo, John Wayne. El filme nunca se hizo, las imágenes se han perdido, pero la leyenda Meneses se ha ido haciendo más grande.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Guevara: Ahora habla su hermano

El hermano del Che habla
Juan Martín se explaya en un libro sobre la influencia de sus padres en el mito


JESÚS RUIZ MANTILLA - El País


El Che Guevara y su madre con el hermano pequeño Juan. FAMILIA GUEVARA

De Ernestito al Che, hay un trecho muy, muy largo. Un camino que mental y emocionalmente ha sido interminable para Celia, Roberto, Ana María y Juan Martín Guevara, sus hermanos. No digamos para sus padres, mudos después de conocer su muerte en Bolivia hace ahora 49 años. Ninguno de ellos quiso hablar de quien poco después de caer en la guerrilla marcó el futuro de la izquierda a nivel global, hasta el punto de acabar canonizado por sus seguidores como un mito y denostado al tiempo como un demonio contagioso. Ahora, el más joven de todos rompe su silencio con Mi hermano, el Che (Alianza), escrito junto a la periodista francesa Armelle Vincent.

Los recuerdos de Ernesto Che Guevara son aún cristalinos para su hermano pequeño, que hoy ha cumplido ya 72 años. Juan Martín Guevara ha tardado 47 en asomarse a la Quebrada del Yuro (Bolivia), donde fue abatido el Che un 9 de octubre de 1967. Pero finalmente venció a los fantasmas y se acercó, quizás para empezar a rendir cuentas. Se desplazó en coche desde Buenos Aires: 2.600 kilómetros. Una vez allí, se calzó unas deportivas nuevas y se adentró en la profunda garganta que cae a plomo tras el municipio de La Higuera.

Durante medio siglo, Juan Martín Guevara había ido conservando muy dentro a Ernestito, su hermano 15 años mayor. Pero ese recuerdo se fue fundiendo con la naciente leyenda del Che. También, con su mala digestión, que le hacía soportar con arcadas ese póster de santón con el que tantos han mercadeado sin remilgos. “Se han dado muchas razones para abandonar lo que yo he llamado perfil subterráneo. Mientras Ernesto Guevara fue solo Ernestito; era uno de mis hermanos mayores. Cuando se convirtió en el Che, yo, automáticamente, pase a ser el hermano del Che. Y cuanto más creció la figura, más se acentuó mi posición”, afirma Juan.

“Nos educamos dentro de una familia con gran tendencia a leer, pensar, opinar y obrar en libertad. En mi caso, agregué la influencia lógica de los colegios y fundamentalmente de la calle”, prosigue. Eso le hizo militar pronto en movimientos estudiantiles antes del triunfo de la revolución cubana. “Por tanto, mi hermano, en vida, fue considerado por mí como un compañero de lucha y un referente”.

La santificación en unos casos es indignante, en otros se comprende”, asegura Juan Martín Guevara

Incluso, al seguir viviendo en Argentina, donde su figura no ha sido reivindicada con el entusiasmo de otros —Gardel, Evita, Maradona…— como mito local. “La santificación en unos casos es indignante, en otros se comprende”, asegura Juan Martín Guevara. Pero esa deuda con su país de origen le duele: “En cada época o periodo político de los gobiernos de Argentina tuvieron características, en general poco amigables con el pensamiento revolucionario del Che. Baste contarle que en nuestra casa familiar pusieron bombas, ametrallaron, tirotearon. Yo estuve ocho años preso durante la dictadura y, anteriormente, tres meses en la época del gobierno de Perón”.

Salió libre en 1983, pero fue a partir de 2001 y la gran crisis política, social y económica de una Argentina ahogada en brazos de Carlos Menem, cuando la juventud comenzó a retomar el interés por la política activa. “Fue algo que se acentuó con el Gobierno de Néstor Kirchner. Entonces comencé a actuar públicamente. Entre otras razones, he escrito este libro para reivindicar su argentinidad”.

También por mantener vivos ideales necesarios encarnados por Ernesto como un tronco insobornable en su acción y pensamiento: “Las dos imágenes más conocidas en el mundo son las de Cristo y la del Che. Ambas son manipulables y manipuladas. La del Che, por ser contemporáneo y porque en sus obsesiones persistía la lucha frente a la injusticia, la desigualdad o la rapiña de los centros de poder. Estos continúan vigentes en el contexto actual y, por tanto, su filosofía es mucho más peligrosa. Por eso, la manipulación y la frivolización de su pensamiento resulta más notoria. Creo que tratan de lograr el mismo objetivo: sacralizarlo y, al tiempo, desvalorizarlo”.

Más allá de todas esas reivindicaciones, el libro es una obra testimonial muy íntima. En sus páginas se abren las puertas de la casa familiar: la influencia de su madre, el disparate efervescente de su padre, que nada más triunfar la revolución en Cuba, se presentó allí, para sonrojo de su hijo, que lo frenó, pretendiendo hacer negocios en la isla. “Se trataba de contar también cómo era la familia, desvelar en qué contexto creció Ernesto y que este no salió de una galera de mago. He tratado de ser lo más estricto con la verdad. Por lo menos con lo que uno entiende como verdad y aclarar algo, que creo importante. Los conflictos entre mi viejo y Ernesto, existieron”.

En torno a su madre, solo pervive la luz, por contra. “Hay algunas referencias a la importancia de la vieja en la formación de Ernesto y, en general, de la nuestra. Creo que del que nunca se habla es de mi padre y su influencia positiva o negativa. Yo he tratado de poner en la balanza ambas cosas. Por ejemplo la ruptura con las convenciones venía de ambos. Mi padre, con objetivos que se convertían en irrealizables y casi en sueños nada más emprenderlos…”.

De la madre queda un legado de persistencia notable. Eso marcó a todos sus hijos. “La conjunción de los sueños de mi padre y la constancia de mi madre, creo que se unieron en Ernesto de la mejor manera. Los dos nos empujaron a ser dueños de nuestro pensamiento y decisiones propias desde muy chicos. Creo que en el libro esto queda bastante claro”. Ella impulsaba al estudio, a formarse. Él a relacionarse, a poder ser, con élites y por conveniencia, cuenta Juan.

El Che se veía a sí mismo un poeta frustrado. Leía con pasión versos y los componía también. No faltaban en sus equipajes libros de Rubén Darío, León Felipe, Nicolás Guillén o los clásicos del siglo de Oro. Contaba con una luz muy lorquiana en su presencia. Un halo, que como el del poeta granadino, acabó difuminándose en mitad de una quebrada huérfana.

martes, 11 de agosto de 2015

Cuba: ¿USA intentó peronizar la isla?

Hubo un fallido plan secreto para ‘peronizar’ Cuba
En 1960, Eisenhower quiso que Perón, exiliado en España, lo ayudara a evitar que Cuba cayera en la órbita soviética. Casi lo logran, pero el Congreso norteamericano lo impidió. 


Por Claudio Negrete - Perfil




La visión contrafáctica de la historia especula acerca de qué hubiese ocurrido si un hecho real del pasado hubiera sucedido de otra manera, más allá de sus circunstancias. En esta línea interpretativa queda claro que, de no haberse producido el bloqueo económico y comercial que los Estados Unidos impusieron a Cuba en 1962, la relación entre ambos países y Latinoamérica habría resultado muy distinta de la que fue. Esto es, más de medio siglo de violentos enfrentamientos políticos, diplomáticos, económicos y militares que alimentaron y justificaron en el continente la vigencia de la Guerra Fría entre Washington y la Unión Soviética, con un saldo de millones de víctimas.

Un planteo contrafáctico de esta historia impone una pregunta obvia: ¿qué hubiese pasado de no haber existido el bloqueo? Sin dudas, otra sería la historia, y muy especialmente si hubieran prosperado las negociaciones secretas que en 1960 realizaron representantes de Juan Domingo Perón, exiliado en España, el gobierno de Eisenhower y líderes de la Revolución.

¿Por qué hubo campo fértil para esa intentona? Es muy probable que haya sido consecuencia directa del acercamiento que hubo entre Eisenhower y Perón durante la segunda presidencia del argentino. Estados Unidos había iniciado un proceso de recomposición de las relaciones con nuestro país, justificado a partir de las necesidades económicas que había aquí en esos años por el visible agotamiento del modelo de sustitución de importaciones impuesto a partir de 1946.

A fines de los 50, el Departamento de Estado llegó a la concusión de que el gobierno peronista era un aliado clave en Sudamérica 
A finales de los años 50, el Departamento de Estado norteamericano había llegado a la conclusión de que, a pesar de las rispideces que había con el gobierno peronista, finalmente debía ser tomado como un aliado clave en Sudamérica para la contención del avance comunista en la región. En esa política de acercamiento, el secretario de Estado John Foster Duller (1953 y 1959) envió un primer mensaje amistoso a Perón diciendo: “La Argentina y los Estados Unidos son ambos líderes reconocidos de la comunidad americana”. Y Perón respondió con picardía: “Transmita a su gobierno que los problemas fueron con Truman, pero que con el general Eisenhower no los habrá. Entre soldados nos vamos a entender. Y lo respeto, además, porque es un general más antiguo que yo”.



En 1953, el gobierno argentino inicia un proceso de apertura al capital internacional sancionando la Ley de Inversiones Extranjeras para alentar el desarrollo industrial y minero. En realidad, se buscaba captar inversiones capaces de oxigenar la economía doméstica. Una semana después, fue enviado a Buenos Aires, en visita oficial, el coronel Milton Eisenhower, hermano del presidente norteamericano, quien fue recibido en Ezeiza con todos los honores y por el propio presidente Perón, vestido con su uniforme militar. Durante esos días comenzaron una estrecha relación de seducciones mutuas que, incluso, los llevó a compartir un partido de River-Boca y una pelea en el Luna Park. A su regreso, Milton desplegó gestiones en los diferentes estamentos del poder de su país para que se levantaran las restricciones contra la Argentina y se la apoyara económicamente. En sintonía, el gobierno argentino autorizó la radicación de ocho plantas automotrices y dos químicas; firmó el convenio con la Standar Oil California para la exploración y explotación petrolera de Santa Cruz, y gestionó un importante crédito del Eximbank para una planta siderúrgica. Además, firmó los acuerdos con Mercedes-Benz, controlada por los EE.UU., y con Henry Kaiser naciendo así la empresa IKA.

Cuba y EE.UU. reanudaron formalmente sus relaciones diplomáticas
El 28 de junio de 1954, Perón tomó la iniciativa y le envió a Milton una nota proponiéndole hacer en Buenos Aires una reunión hemisférica para tratar la penetración del comunismo en Latinoamérica y analizar posibles acciones a seguir. Pero la conspiración para derrocarlo ya estaba en marcha. Cuando ocurrieron los bombardeos sobre Plaza de Mayo, en junio de 1955, Perón estaba reunido en Casa Rosada con el embajador norteamericano Albert Nufer. Y al momento del golpe de Estado, sucedido tres meses después, hubo naves norteamericanas apostadas frente a Buenos Aires para defender al gobierno de Perón si así se solicitaba, según lo relata el historiador Julio Horacio Rubé en su libro El General Lonardi y la Revolución Libertadora.


Estampa. Perón con el hermano de Eisenhower, Milton, en 1954, en un River-Boca cuando había comenzado el deshielo, después de Braden. Las embajadas abiertas en La Habana y en Washington. | Cedoc

Un plan para Cuba. Fuera del poder y en múltiples exilios, a fines de la década del 50 la novedad política de alto impacto regional fue la irrupción de la Revolución Cubana en 1959. Al año siguiente, hubo un intento de sumarse al gobierno castrista con el objetivo de encauzar el movimiento rebelde hacia un proceso social-nacionalista de corte latinoamericano de la mano de la experiencia peronista.

De visita en Cuba, Daniel Scioli se reunió con Raúl Castro
Aristóbulo Barrionuevo venía de una familia fundadora del radicalismo ya que su abuelo, Fermín Muñoz, había sido un íntimo amigo y operador político de Alem. Como joven médico, en los años 40 se sumó al naciente peronismo, al que dedicó toda su vida. Fue uno de mis tíos segundos con quien, ya de adulto, logramos congeniar y desarrollar una relación afectiva e intelectual que aún se extraña. Fue el único asesor que tuvo el ministro de Salud Pública de aquellos años, Ramón Carrillo, y por ello trató varias veces al Che Guevara cuando era dirigente comunista de los estudiantes de Medicina y lideraba las protestas gremiales de la facultad. Solía describirme al Che como alguien de fuerte personalidad, temperamental, que en las reuniones que tenía con él casi siempre asistía su asma crónico con un inhalador manual que llevaba consigo. Un día me reveló que en 1960, siendo integrante del Consejo Superior Peronista, formó parte del grupo de dirigentes del justicialismo que reservadamente intercedió ante los EE.UU. para intentar encaminar las difíciles relaciones que tenía con la Revolución Cubana, cuyo nuevo gobierno se iba radicalizando día a día a la luz de la intransigencia norteamericana, inclinándose hacia posiciones prosoviéticas.



La idea madre era que, a partir de que la propia dinámica revolucionaria se superponía con los desafíos de la gestión de un gobierno que carecía de experiencia, el peronismo podía aportar técnicos y planes, además de sumar a la estructura burocrática estatal de La Habana a los exiliados peronistas que residían en la isla y a otros que podrían agregarse.

El interlocutor del gobierno norteamericano en esa negociación fue, precisamente, aquel Milton Eisenhower que había logrado empatía con Perón.

Las gestiones avanzaron bien. Se realizaron varias reuniones secretas en Río de Janeiro con la anuencia del propio Perón y el visto bueno del gobierno cubano, con el cual el peronismo tenía contactos. Se delinearon las formas en que se sumarían los cuadros peronistas y los programas que se podrían poner en marcha. A cambio, se esperaba que Estados Unidos cediera en su dura posición dejando que el proceso revolucionario pudiera desarrollarse sin presiones externas y, al mismo tiempo, ser encapsulado regionalmente evitando ser absorbido por el bloque comunista.

Se llegó a un acuerdo y sólo faltaba el compromiso final y formal de Washington para comenzar a destrabar la situación. El gobierno de Eisenhower, básicamente a través de su hermano, intentó convencer a los legisladores norteamericanos del camino a seguir. Sin embargo, en octubre de ese mismo año, el Congreso respondió endureciendo aún más su posición. Impuso el embargo comercial, económico y financiero que fue el primer paso a la ruptura total. Eisenhower buscó una salida política y diplomática a la crisis bilateral para que no se trasformara en un problema de política internacional, como sucedió después. El Capitolio optó por el castigo a Cuba: el lobby económico afectado por las medidas tomadas por La Habana contra EE.UU., con expropiaciones y la pérdida de importantes negocios, había logrado torcer una decisión, y esto fue determinante para que la revolución castrista buscara en la Unión Soviética un aliado protector.

La suerte se había echado. Pocos días antes de dejar el gobierno, el 3 de enero de 1961, Eisenhower rompió relaciones diplomáticas con Cuba. El 20 de enero, John Kennedy asumió como presidente con la situación resuelta; y al tiempo la respuesta de Fidel Castro fue declarar al mundo que Cuba era un Estado socialista más. Meses después, sobrevino la crisis de los misiles, que puso a la región al límite del primer enfrentamiento atómico entre las superpotencias. Y el 22 de noviembre de 1963, JFK fue asesinado iniciándose un largo período de odios, operaciones cruzadas y sospechas permanentes, cuyo recuerdo hoy empieza a ser ganado por el olvido.

*Escritor y periodista.

domingo, 19 de julio de 2015

Cuando Cuba no había sido "liberada" y hambreada

Cuba antes de la revolución
Un periodista británico aterrizó en La Habana en 1957 con el encargo de contactar con Hemingway y conocer las posibilidades de la guerrilla de Fidel
El cambio estaba en marcha. Y la isla, una mezcla de casinos, espías y prostitutas, despertaba la misma expectación que hoy frente a lo desconocido

ANTONIO JOSÉ PONTE - El PAÍS


Estadounidenses apostando en el hotel Nacional en 1958. / FRANCIS MILLER (GETTY)

Norman Lewis, el más grande escritor de viajes desde Marco Polo según Auberon Waugh, viajó a La Habana en 1957 con la doble misión de consultarle a Hemingway las posibilidades de la guerrilla de Fidel Castro e investigar qué vendría después de El viejo y el mar. Por el camino dio con un mechón de vello púbico de Catalina la Grande, consultó a la santera del dictador Batista y medió en un duelo a muerte provocado por Ava Gardner.

Fue su editor londinense, Jonathan Cape, quien le pidió que averiguara qué escribía ahora Hemingway, al que publicaba en Inglaterra. La consulta sobre política cubana era encargo de Ian Fleming, inventor de la saga de James Bond, jefe de la sección internacional de The Sunday Times y con lazos en la inteligencia naval británica, donde sirviera durante la guerra. Fleming y Lewis se habían conocido en la fiesta navideña de Jonathan Cape. Los reunió el azar alfabético, pues las escasas dimensiones del local obligaban a más de una convocatoria. A ellos les correspondía la segunda, aunque Fleming malició que aquella era la fiesta de los autores de segundo rango, y señaló a unas cuantas letras que no tendrían por qué estar allí. Elogió la novela más reciente de Lewis, conversaron de poesía y cuando Lewis confesó que García Lorca era su poeta favorito, le preguntó si lo leía en español y quiso conocer de sus viajes por Centroamérica. Así que quedaron para almorzar al día siguiente y a los postres le propuso la expedición a Cuba.

Acreditado por The Sunday Times, Norman Lewis llegó a La Habana un domingo de fines de diciembre. Había estado allí 20 años antes y ahora encontraba mayores razones para admirarla: La Habana era la ciudad más hermosa de las Américas. Tomó una habitación en el Sevilla Biltmore y preguntó por Edward Scott, editor de The Havana Post, quien vivía en una suite del hotel y cuyas señas le había pasado Fleming.

Se decía que Scott era uno de los cuatro individuos que sirvieron de modelo para James Bond, aunque aquel hombre bajo y de expresión aniñada decepcionaba bastante como cuarta parte de 007. Con un habano en sus manos regordetas, pluma de oro en el bolsillo, zapatos bien lustrados y la amante de turno (negra, según alcanzó a ver Lewis) esperándolo en su habitación, a Scott le pareció risible la idea de consultar al novelista estadounidense. Pero Lewis insistió en que Ian Fleming tenía noticias de un encuentro entre Castro y Heming­way en una de las cacerías del escritor por las montañas. “La única montaña donde Hemingway caza es el Montana Bar”, cortó Scott. En cualquier caso, él era el peor conducto para llegar al novelista, pues acababa de retarlo a duelo.

Lewis tuvo que sonreír, ¿es qué allí la gente se batía a duelo todavía? Bueno, si visitaba la morgue de la ciudad (y tal visita valía la pena), descubriría entre los cadáveres de estudiantes revolucionarios a uno o dos duelistas. Noches antes, Ava Gardner acompañó a Hemingway a la fiesta del embajador británico por el cumpleaños de la reina, y en un momento de jolgorio se desembarazó de su ropa interior, agitándola en el aire. Scott lo consideró un insulto a la corona, Hemingway lo amenazó con darle una paliza y él no tuvo más remedio que enviarle invitación para batirse. Así que tendría que apresurarse si deseaba encontrarlo con vida.

El escritor Norman Lewis preguntó por el apoyo que tenían las fuerzas de Fidel Castro. “Hay un montón de jóvenes de clase media que ven en él su única oportunidad de llegar a alguna parte”

Luego de enviar una nota al novelista estadounidense, Norman Lewis se dedicó a husmear en busca de gente interesante y dio con el general Enrique Loynaz del Castillo y el también general Carlos García Vélez, embajador en Londres durante 12 años.

“En la prensa suele aparecer que tengo 94 años”, saludó García Vélez. “No es verdad, solo tengo 93.”

Plantas y muebles victorianos repletaban el salón. El general tenía siempre a mano su lectura favorita, el Edinburgh Journal, que coleccionaba desde el número inicial de 1764. Hijo del general Calixto García Iñíguez, un bisabuelo suyo había peleado contra Bolívar en Carabobo. Hollywood había hecho una película con la historia de su padre, pero él no la conocía. No sentía el más mínimo interés por el cine o la televisión. Loynaz del Castillo recordó entonces que Barbara Stanwyck protagonizaba el filme, Mensaje a García. “Una chica muy guapa”, lamentó no haber coincidido con ella.

Graduado de cirujano dental en Madrid, Carlos García Vélez fue el director fundador en 1894 de la Revista Española de Estomatología, segunda de su clase en el mundo. Sin embargo, debió regresar entonces a Cuba y estrenarse como combatiente. “Cuando digo que la guerra se dirigió con la brutalidad más extrema me refiero a los dos bandos”, resumió. Él la recordaba como un historiador y dejaba los aspavientos del patriotismo para su amigo Loynaz.

Ambos generales sopesaron si el visitante merecía conocer el álbum. Decidida la consulta a su favor, García Vélez buscó un manojo de llaves, apartó una aspidistra y colocó sobre la mesa el legado de Francisco de Miranda, antecesor suyo, combatiente de las guerras de independencia de Estados Unidos y Venezuela, y cuyo nombre aparecía inscripto en el Arco del Triunfo como héroe de la Revolución Francesa.

Cada página de aquel álbum dieciochesco contenía un puñado de cabellos y una dedicatoria de la dama a la que pertenecieran. Allí tenían, al alcance de los dedos, más de 50 muestras de vello púbico de algunas de las muchas amantes de Miranda. Al menos una de aquellas muestras tenía gran interés museístico, la perteneciente a Catalina II, emperatriz de todas las Rusias. Al pie de su pelusa real podía verse rubricada una espléndida y arrogante K. El general García Vélez comentó que, descontando lo que pudiese contener su sepulcro, aquello era cuanto sobrevivía del cuerpo de Catalina la Grande. Y pensar que su propuesta de donación del álbum le había deparado el rechazo del Museo Nacional…

(Norman Lewis se vio con el magnate azucarero Julio Lobo para hablar del apoyo empresarial a Castro, y de haber tratado acerca de sus colecciones, habría tenido noticias de otro mechón notable: el de Napoleón, que Lobo atesoraba junto a una muela del emperador. En La Habana coexistían, por tanto, dos mechones imperiales, el de Napoleón y el de Catalina. La primera de estas reliquias se exhibe hoy en el Museo Napoleónico, adonde fue a dar la colección de Julio Lobo incautada por el régimen revolucionario, pero del álbum de Francisco de Miranda no conozco más que lo que cuenta Lewis).


El dictador Fulgencio Batista en 1959, año en que triunfó la revolución castrista. / JOSEPH SCHERSCHEL (GETTY)

Dejando atrás batallas y galanterías de otros siglos, Norman Lewis preguntó por el apoyo que tenían las fuerzas de Fidel Castro. “Hay un montón de jóvenes de clase media que ven en él su única oportunidad de llegar a alguna parte”, le aseguró García Vélez.

Meses antes, en febrero de 1957, el reportero de The New York Times Herbert L. Matthews entrevistaba al jefe de la guerrilla en su campamento. La entrevista resultó tan crucial que un libro sobre el tema considera a Matthews “el hombre que inventó a Fidel Castro”. Vaquero, uno de los organizadores del viaje de Matthews a la Sierra Maestra, se citó con Norman Lewis en el hotel Sevilla. Parecía hacer tan descuidadamente su trabajo que iniciaron tratos sin chequeo previo, y cuando un limpiabotas se les acercó, él siguió hablando como si nada.

Estaban a pocos metros de la sede de la inteligencia militar. En la calle se produjeron disparos y vieron hombres corriendo a lo lejos. Los jugadores de un billar cercano iban armados y continuaron en lo suyo. Una prostituta cara aprovechó la ocasión para dejarles su tarjeta. Vaquero dijo estar aburrido de la vida en la sierra y sentirse solo en la capital, donde no conocía a nadie. En un cine cercano echaban una película de gánsteres y le preguntó a Lewis si no le apetecía acompañarlo. Entretanto, Edward Scott practicaba tiro en la redacción de The Havana Post. Con puntería muy distinta a la de Bond.

Lewis viajó a Santiago de Cuba siguiendo instrucciones de Vaquero. En el parque del centro de la ciudad, un negro le pidió su opinión sobre el filósofo Kant. No era, contra lo que pudiera suponerse, una contraseña. (Quizá el lugar sea proclive a esta clase de encuentros porque el escritor Virgilio Piñera, de visita en la ciudad unos años después, preguntó a una transeúnte dónde vivía Franz Kafka, a lo que la santiaguera contestó que no sabría decirle, pero que un rato antes lo había visto cruzar en una bicicleta).

En Santiago de Cuba consultaba lo invisible Tía Margarita, a quien se encomendaba el propio Fulgencio Batista y cuyo preparado contra las enfermedades nerviosas, a base de huesos de perro, gozaba de fama milagrera. Exvotos de peloteros y senadores repletaban el altar del dios de la guerra Changó, del cual era sacerdotisa. ¿Acaso él quería conocer la fecha exacta de su muerte? No, lo que de veras preocupaba a Lewis era quién ganaría la guerra en Cuba. “Changó dice que la victoria le llegará a quien la merezca”, respondió Tía Margarita. Prometió que faltaba un año para la victoria, y no anduvo errada en esto.

Cada noche los disparos empezaban a las diez en punto. Vaquero avisó a Lewis que ya podía salir rumbo a Manzanillo. Allí lo esperaban con una contraseña que no alcanzó a intercambiar, pues nada más bajarse del autobús lo interceptaron tres soldados. Muy cortésmente, le requisaron la guerrera que comprara en una tienda de efectos militares de Oxford Street y le notificaron que en media hora saldría un autobús y un agente iba a ocuparse de que llegara a la capital sano y salvo.

Lewis había imaginado a un Hemingway imponente y vigoroso, y descubrió a un viejo exhausto, vestido de pijama y emborrachándose con Dubonnet desde temprano

En La Habana encontró una invitación de Hemingway, que lo esperaba al día siguiente. Lewis lo había imaginado imponente y vigoroso, y descubrió a un viejo exhausto, vestido de pijama y emborrachándose con Dubonnet desde temprano. Su aspecto era tan triste que en cualquier momento podría ponerse a lagrimear. ¿Era aquello una entrevista?, quiso saber. Él procuró tranquilizarlo: le traía un mensaje de su devoto amigo Jonathan Cape. Tan devoto que evitaba gastar demasiado en la cubierta de sus libros, le reprochó el viejo. ¿Conocía él a Edward Scott? Someramente, adujo Lewis. Bien, quería que le echara una ojeada a la carta a The Havana Post que estaba preparando.

En la carta rechazaba el reto a batirse con el argumento de que Scott se debía a los lectores de su diario y no habría de exponer su vida. Quiso saber si la consideraba una respuesta digna. Lewis opinó que lo era. El viejo le pidió entonces su sincera opinión sobre todo aquel asunto. Él comentó que le parecía ridículo. Exacto, sonrió por primera vez. Y cuando lo consultó acerca de las oportunidades de la guerrilla, el viejo novelista respondió tan sibilino como una santera: “Mi respuesta es inseparable del hecho de que vivo aquí”.

Otra vez de visita en Cuba, en 1959 Lewis fue testigo de cómo una paloma se posaba en el hombro de Fidel Castro, que discurseaba. La escena, orquestada por un entrenador de palomas de quien entonces no se tuvo noticia, surtió efecto también sobre Lewis. Fidel Castro era el mejor orador desde Demóstenes, sostuvo temerariamente.

Edward Scott inclinaba ahora su diario hacia la izquierda, se retrataba con Ernesto Che Guevara y sabía de un local donde jugar al bingo pese a las prohibiciones. Lewis olfateó cierto puritanismo en el ambiente. Los borrachos eran mandados a centros de desintoxicación, las prostitutas eran reeducadas. Un Cadillac oficial lo condujo al centro donde unos jóvenes aprendían a autocriticarse. Y le llegaron noticias de que el propietario del mejor restaurante chino de la ciudad, quien fuera astrólogo de Chiang Kai-shek, había elegido el suicidio después de que le ordenaran suprimir el lujo en su cocina.

Norman Lewis asistió a un juicio militar y pudo conocer al estadounidense Herman Marks, jefe del pelotón de fusilamiento de La Cabaña, a quien dejó hablar con largueza. Marks alardeó de que a la gente le gustaba dejarse ver con él. En el hotel Riviera le procuraban la mejor mesa, Fidel lo saludaba efusivamente. Creía en el trabajo bien hecho, y el suyo era fusilar. Había elegido aquel emplazamiento del paredón, con vista al Cristo de La Habana. Consentía que los sentenciados ordenaran su propia muerte, si acaso deseaban esa fanfarronada última. No aceptaba regalos, ninguno de esos relicarios o patas de conejo que tanto significaban para sus dueños. Únicamente gemelos de camisa, que regalaba luego a sus amigos. Estaba en contra de que los proyectiles usados se vendieran por cinco pesos para hacer brujería. Y conocía a diplomáticos y visitantes extranjeros que daban cualquier cosa por asistir a una de sus noches de trabajo.


Ernest Hemingway, paseando por la bahía de Cojímar en 1952. / ALFRED ESISENSTAEDT (GETTY)

Existía, al parecer, un turismo de las ejecuciones. “El artista de Fidel”, bautizó Lewis a Marks, y un año más tarde lo dio por fusilado en aquel paredón. La historia de Herman Frederick Marks resultó, sin embargo, distinta. Nacido en Milwaukee en 1921 y arrestado más de treinta veces por robo, asalto, secuestro y violación, conoció desde temprano la cárcel. En Cuba combatió bajo las órdenes de otro extranjero, Ernesto Che Guevara, quien lo menciona en uno de sus diarios. Ponía un entusiasmo carnicero en su trabajo: en lugar del tiro de gracia, vaciaba su pistola en el rostro del ejecutado para hacer más difícil el reconocimiento por parte de los familiares. Lo acompañaba un perro, cruce de pastor alemán con otra raza, aficionado a lamer sangre humana. “El Carnicero”, lo llamaban. A ­Marks, no al perro.

En alguna de sus madrugadas, Marks debió temer que aquella estatua de Cristo fuese su última imagen y que el perro que criaba terminara probando su sangre. De manera que, acompañado de su esposa, la modelo y fotógrafa neoyorquina Jean Sécon, secuestró una embarcación. Luego de una semana a la deriva, recalaron en Yucatán. En julio de 1960 se encontraba en terreno estadounidense. En enero de 1961 fue arrestado por oficiales de Inmigración que iniciaron los trámites para deportarlo. Apelaciones mediante, logró librarse del reencuentro con sus jefes habaneros, recuperó su ciudadanía estadounidense y puede que viva aún, a los 94 años.

El Pabellón de Jade, el mejor restaurante chino mencionado por Lewis, no aparece en la guía telefónica de La Habana de 1958. Quizá se trataba del Pacífico. La lectura favorita del general García Vélez debió ser no el Edinburgh Journal, sino el Edinburgh Adviser, fundado en 1764. Podría pensarse que en estas aventuras cubanas de Norman Lewis hay materia suficiente para una novela. Pero él la escribió ya, y espléndidamente. En cambio, lo que sí aguarda por algún novelista, mitad Walter Benjamin y mitad Patrick Modiano, es la guía telefónica habanera de 1958. La Habana de entonces concitaba un interés muy parecido al que en la actualidad concita. Igual que en época de Norman Lewis, quienes hoy la visitan hablan de una hermosa capital a punto de muy grandes cambios.

sábado, 4 de julio de 2015

Cuba: Cómo el cubano Guevara terminó siendo lo que fue

Cómo Ernesto acabó siendo Che Guevara
El documental ‘La huella’ de Jorge Denti repasa el viaje que cambió la vida del mito


CRÍTICA | La huella del doctor Ernesto Guevara. Por J. OCAÑA
TOMMASO KOCH - El País


Ernesto Guevara, en un fotograma de 'La huella'.

¿Quién no conoce al Che Guevara? Su espíritu rebelde todavía enamora a muchos soñadores. Su mirada seduce en las camisetas de medio mundo. Y sus luchas ocupan, con luces y sombras, los manuales de historia. Sin embargo, pocos saben quién fue Ernesto. Es decir, cómo ese médico argentino sediento de conocimiento acabó siendo el icono inmortal que lideró en los cincuenta la revolución cubana. Convencido de ello, el cineasta Jorge Denti (Buenos Aires, 1943) ha tratado de colmar esta laguna. Su remedio es un documental que se titula La huella del doctor Ernesto Guevara y se estrena hoy en España.

Al fin y al cabo, Denti se lo debía al propio padre del mito. “En una cena, en el Festival de La Habana, me dijo que le gustaría que se hiciera una película que le perteneciera a Ernesto. No algo del Che, que ya le pertenece al mundo”, relata el director. Denti se tomó la misión tan en serio como para volcarse durante décadas en el intento. Él mismo, en el fondo, sufría el hechizo del Che: “Recuerdo leer un día en un periódico ‘Ernesto Guevara ha tomado La Habana’ y quedarme impresionado. Cada 10 años se me ocurre algún proyecto sobre él”.

La huella del doctor Ernesto Guevara narra su segundo gran viaje por América Latina, entre 1953 y 1954, el mismo que ya filmó Walter Salles en Diarios de la motocicleta. Denti, sin embargo, sustituye la ficción por la realidad: la aventura avanza gracias al relato de los amigos y familiares de Guevara, mientras una voz en off lee de vez en cuando alguna carta que el joven intercambiaba con su madre, su hermana o su gran amiga Tita Infante.


LA HUELLA del Doctor Ernesto Guevara Trailer 2-SD from Luis Angel Bellaba on Vimeo.

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“Es una historia para jóvenes narrada por octogenarios”, remata Denti. Así, el retrato del Che es pintado por Carlos Calica Ferrer, su gran amigo de infancia, Alberto Granado, quien compartió con él viajes e ideales, o Juan Martín Guevara, hermano del icono. “Es un investigador que sale a ver los males del continente. La clave es su pasión por conocer el mundo”, agrega Denti. En La huella, apenas se entrevén Fidel Castro y la venidera revolución cubana. No se habla del Guevara que viajó a despertar África o de su captura y ejecución en Bolivia. Lo que se descubre es el prólogo del icono.

Ernesto Guevara tenía 25 años cuando, el 7 de julio de 1953, cogió un tren con Calica rumbo a Bolivia y a un destino extraordinario. A la sazón, había estudiado y descartado Ingeniería y soñaba con especializarse en alergología en París. Denti cree que la apuesta por la medicina tenía que ver con “sus propios males”, del asma al fallecimiento de su abuela. Estudiante perezoso, Guevara compensaba con su inteligencia y su cultura. “A los 15 años ya lo había leído todo. Podía hablar con cierto conocimiento de cualquiera”, asevera Denti. Entre los intereses de aquel viajero estaban también la poesía y la Guerra Civil española, gracias a las misivas y las crónicas de su tío, enviado a cubrir el conflicto.

“La chica boliviana que trabajaba en su casa le habló de su país. Él conocía Bolivia cuando viajó allí”, asegura Denti. Sin embargo, el periplo le enseñó a Guevara muchas cosas que no sabía. En La Paz se asomó a la revolución que a la sazón combatía el Movimiento Nacionalista Revolucionario; descubrió sus virtudes y sus defectos, como el estilo elitista de algunos de sus líderes. Vio, en palabras de Denti, que “no era la revolución que él quería”.

De ahí, Guevara y Calica pasaron a Perú. El joven mostraba ya entonces una pulsión que caracterizaría tanto ese viaje como su vida. “Yo quiero unir mis destinos a los de los pobres del mundo”, lo resumía él mismo. Por eso, no se limitaba a curar a los leprosos en Lima sino que dormía y jugaba al fútbol con ellos. Y por eso, tras pisar Ecuador, Panamá, Honduras y El Salvador, se lanzó a Guatemala, a ver con sus ojos la joven revolución que allí se gestaba. “Va, entrega, pelea, sufre”, sintetiza Denti. Le dolió, sobre todo, el golpe de Estado que Washington apoyó para defender los intereses en el país de la empresa United Fruit, dañada por la reforma agraria del gobierno.

“Era latinoamericanista”, lo define Denti. En esto, cineasta y guerrillero se parecen. Y en unos cuantos aspectos más: Denti ha filmado varios conflictos, hecho películas en la clandestinidad y apostado siempre por un cine social. “Las películas no pueden hacer una revolución, pero sí acompañarla”, reza. El director habla con la misma pasión y cariño de su Argentina o de México –donde vive desde hace 30 años-. Se indigna por el abandono que padece Haití y se emociona al recordar cuándo entró en Managua, cámara en mano, al lado de los sandinistas que echaron de Nicaragua al dictador Somoza. El cineasta se muestra preocupado por la “grave polarización izquierda-derecha” que padece hoy América Latina, aunque celebra que sus pueblos estén “más unidos”.

Otro panorama, a su modo de ver, respecto a una quincena de años atrás. A la sazón, en torno a 1997, Denti quiso rodar Un fuerte abrazo para todos, un filme de ficción que siguiera el viaje de Ernesto Guevara, lo llevara a nuestros días y demostrara como los mismos problemas seguían en pie. “Hice 12 o 14 versiones del guion, dos veces la preproducción. Vendí mi casa para hacer la película”, relata Denti. Sin embargo, el filme no encontró financiación en América Latina y nunca se rodó. Un proyecto soñado que se quedó en utopía. Suena a una revolución.

martes, 9 de junio de 2015

Cuba: Fidel Castro, la sabandija más putrefacta de Latinoamérica

La vida secreta de Fidel Castro
Por Mary Anastasia O'Grady  | The Wall Street Journal
La Nación


Por 17 años, Juan Reinaldo Sánchez fue parte del equipo élite de especialistas en seguridad de Cuba a cargo de proteger la vida y la privacidad de Fidel Castro . Pero en 1994, su lealtad quedó en duda cuando, aparte de tener una hija que vivía fuera del país, uno de sus hermanos se subió en una balsa con destino a la Florida. Fidel Castro lo echó.
Un cobarde burgués asesino
Sánchez fue encarcelado por dos años y torturado. En 2008, desertó a Estados Unidos, con lo cual se ha convertido en el único miembro de la escolta personal del máximo líder en huir de la isla.

El mes pasado, Sánchez murió, semanas después de publicar en Estados Unidos la versión en inglés de La vida oculta de Fidel Castro (The Double Life of Fidel Castro), el libro que había publicado originalmente en España en 2014. El momento de su muerte ha hecho que algunos se pregunten si el largo brazo de la dictadura no lo alcanzó para vengarse por las revelaciones sobre su ex jefe. La causa oficial de su muerte fue reportada como cáncer de pulmón.

La leyenda de Castro como un gran revolucionario que se sacrifica por su gente es preservada con el ocultamiento de los detalles sobre su vida como un secreto de estado. La historia que cuenta Sánchez muestra al Castro verdadero: vengativo, ensimismado y dado a pataletas infantiles, conocidas como "tormentas tropicales". "La mejor forma de vivir con él", escribió Sánchez "era aceptar todo lo que decía y hacía".

La traducción del libro al inglés llega en el momento justo. El gobierno del presidente Barack Obama acaba de sacar a Cuba de su lista de países que patrocinan el terrorismo, en medio de las críticas de los exiliados. Las preocupaciones de estos son sensatas: aunque se escuchan rumores de que la salud mental de Castro se ha deteriorado, el aparato de inteligencia que construyó, que se especializa en violencia para desestabilizar la democracia y trafica con drogas y armas, sigue tal y como ha sido por medio siglo.

Aunque se escuchan rumores de que la salud mental de Castro se ha deteriorado, el aparato de inteligencia que construyó sigue tal y como ha sido por medio siglo Sánchez fue testigo presencial de la indiferencia de Castro a la pobreza cubana. El comandante daba discursos interminables pidiendo el sacrificio revolucionario, pero vivía a lo grande, con una isla privada, un yate, cerca de 20 casas por toda Cuba, un chef personal, un doctor de tiempo completo y una dieta cuidadosamente seleccionada y preparada.

Un imbécil admirado en
toda Latinoamérica
Cuando una compañía canadiense ofreció construir un centro deportivo moderno para el país, Castro usó la donación para crear una cancha de baloncesto privada. Sin importar a qué lugar del mundo viajaba, su cama era desarmada y enviada con anterioridad para asegurar la comodidad que exigía.

 Castro estaba obsesionado con expandir su revolución. En las afueras de La Habana, en un campo secreto llamado Punto Cero de Guanabo, escribió Sánchez, Cuba "entrenaba, formaba y asesoraba a movimientos guerrilleros [y organizaciones] de todo el mundo". Reclutas de lugares como Venezuela, Colombia, Chile y Nicaragua practicaban el secuestro de aviones y aprendían a usar explosivos.

"El Chile de Salvador Allende a principios de los 70", escribió Sánchez "era sin lugar a dudas el país en el que la influencia cubana había penetrado con mayor profundidad. Fidel dedicó un enorme esfuerzo y recursos a ello" y lo infiltró a fondo con operativos de inteligencia cubana.

El comandante daba discursos interminables pidiendo el sacrificio revolucionario, pero vivía a lo grande Sánchez supo sobre lo que había sucedido en Chile de boca de Manuel Piñeiro, el conocido jefe de espías revolucionarios de Castro quien "estaba siempre rondando cerca del palacio presidencial" hablando de ello.

El régimen cubano "penetró e infiltró el séquito de Allende" con el objetivo de crear "un aliado incondicional en Santiago de Chile". Los marxistas "Miguel Enríquez, el líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile, y Andrés Pascal Allende, cofundador de ese movimiento radical y sobrino del presidente Allende" eran protegidos de Castro que entrenaron en Cuba.

Beatriz, la hija de Allende que estaba casada con un diplomático cubano en Santiago, persuadió a su padre de despedir a la guardia presidencial que había heredado. Fue reemplazada con "militantes de la izquierda" incluyendo agentes cubanos. Después de la caída de Allende, Castro continuó entrenando reclutas chilenos en Cuba. Uno de ellos fue Juan Gutiérrez Fischmann, quien según Sánchez ha sido "buscado desde hace mucho tiempo por la Interpol" por su papel en el asesinato del senador chileno Jaime Guzmán.

Esta lacra alentó y entrenó a
todo el terrorismo latinoaméricano
Un día en 1988, mientras Sánchez hacía guardia afuera de la oficina de Castro, el comandante recibió al ministro del Interior. Castro le indicó a Sánchez que rompiera con la rutina y no grabara la reunión de manera secreta.

Cuando pasó el tiempo y Castro no abrió la puerta para pedir un whisky como siempre lo hacía, un curioso Sánchez se puso sus audífonos y escuchó cómo los dos hombres discutían una "enorme transacción de tráfico de drogas" que se "estaba llevando a cabo en los niveles más altos del estado". Ahí fue cuando la venda se cayó de sus ojos, dijo Sánchez en una entrevista en Miami en octubre.

Al año siguiente, Castro condenó a morir frente al pelotón de fusilamiento por tráfico de drogas al general Arnoldo Ochoa, el héroe militar cubano más admirado desde la Bahía de Cochinos hasta el conflicto en Angola, y a otros tres altos mandos militares.

Sánchez se dio cuenta de que Fidel usaba a las personas "y luego se deshacía de ellas sin el más mínimo tapujo". Es la historia de la Revolución Cubana, pero no está claro si el gobierno de Barack Obama lo entiende..

miércoles, 27 de mayo de 2015

Cuba: Cuando el hambre y las ganas de comer se juntaron

Fidel Castro y el Che, detenidos
El Archivo General de México guarda el informe secreto sobre la captura en junio de 1956 del líder cubano y de Ernesto Guevara
JAN MARTÍNEZ AHRENS - El País



Castro (izq) y el Che en cárcel tras ser detenidos en 1956, en México.

Fue rápido. La Dirección Federal de Seguridad sabía bien lo que hacía. Dentro del Packard verde, modelo 1950, iban cinco hombres. En el cruce de la calle de Mariano Escobedo con Kepler, tres bajaron. Uno era alto y corpulento, de paso firme. A distancia se advertía que era el líder. Cuando iba a perderse en las sombras, los agentes que le seguían se lanzaron a por él. El hombre alto, al verlos venir, echó mano a su automática. Pero antes de que pudiera sacarla, ya tenía una pistola besándole la nuca. Si en aquel instante el policía hubiese apretado el gatillo, la historia de América habría cambiado. Aquella noche del 21 de junio de 1956, en esa esquina de la Ciudad de México, Fidel Alejandro Castro Ruz acababa de ser detenido sin un disparo. Tenía 29 años y una revolución por hacer.

La célula cubana había caído. En pocos días fueron apresados 22 castristas. El nudo de la trama se ubicaba en el número 49 de la calle de Emparán, donde vivía la opositora peruana Hilda Gadea. Su esposo fue el más desafiante ante la policía y, a diferencia de sus compañeros, se declaró marxista-leninista. Era asmático, argentino y pobre. Se llamaba Ernesto Guevara de la Serna.
Después de tres días de interrogatorios, el cerebro de la redada, el capitán Fernando Gutiérrez Barrios, redactó su informe sobre la “conjura contra el Gobierno de la República de Cuba”. El texto, de cinco folios mecanografiados y guardado en el Archivo General de México, se ha convertido, desde que fue desclasificado, en un documento clave para comprender la génesis de la revolución castrista, pero también el ambivalente papel de México en el hervidero de la época y que el propio Gutiérrez Barrios encarnó como nadie. El capitán, que sería jefe de los servicios de inteligencia, conjugó a lo largo de su imperio la represión feroz a la izquierda mexicana con la acogida de destacados exiliados y prófugos de dictaduras. Algo que, a la postre, acabó haciendo con aquel carismático cubano que había caído en sus manos.
Castro había llegado a México en julio de 1955. Desde que descendió las escalerillas del DC-6 bimotor, su objetivo había sido preparar el regreso. Para ello había tejido una red de 40 fieles. Era el núcleo duro de una revolución. Una organización secreta que reclutaba y se entrenaba para el asalto final. “El objeto es capacitarse militarmente para integrar mandos que dirijan en su país a los descontentos”, señala el documento. Los instructores eran el mismo Castro, y el antiguo coronel de la República española Alberto Bayo Giraud. Las clases se impartían en el rancho Santa Rosa, en Chalco, e incluían “prácticas de tiro, topografía, táctica, guerrilla, explosivos, bombas incendiarias, voladura con dinamita…”.
El informe, en el que se atisba cierta admiración por el “dirigente máximo” cubano, muestra que Castro era el eje de toda la maquinaria. Él clasificaba a los reclutas por su rendimiento, disciplina y cualidades para el mando. Incluso, en un anticipo del control omnímodo que luego practicaría en Cuba, reglamentó con detalle la vida en el interior de la “casa residencia”. “[Castro les] hace ver que para estar preparados a una acción armada se necesita una disciplina estricta”.
De poco sirvió la advertencia. Gutiérrez Barrios, de un manotazo, había dejado todo al descubierto: pisos francos, armamento, correspondencia, claves, fondos, contactos, financiadores…, hasta los incómodos cuestionarios que los revolucionarios debían cumplimentar dando cuenta de sus compañeros. Con este material en su poder, el futuro de Castro y su revolución dependía del maquiavélico capitán. Y este jugó sus cartas. En sus conclusiones descartó cualquier nexo con el Partido Comunista, minimizó la importancia de las armas requisadas (“pocas y fáciles de adquirir”) y enfatizó que se trataba de un “grupo opositor independiente” que solo buscaba derribar a Fulgencio Batista: “Dicen contar con el 90% de la población de su país y señalan que el pueblo cubano […] ha recibido gran cantidad de armamento”.
Un mes después, Fidel y el Che quedaban libres. Gutiérrez Barrios sería en adelante su amigo. México también. A primera hora del 25 de noviembre de 1956, bajo una lluvia fría, el Granma zarpaba desde Tuxpan rumbo Cuba. Daba comienzo la revolución.

martes, 26 de mayo de 2015

Cuba: ¿Que quedó de esa fucking revolución?

Rebobinando la revolución cubana
Rafael Rojas rescata matices solapados bajo los tópicos del proceso que cambió la isla
Cuba sin marcha atrás
PABLO DE LLANO - El País


El historiador cubano Rafael Rojas. / RODOLFO VALTIERRA

Si, como en el fútbol, se ve la jugada a cámara lenta, se aprecia que no todo consistió en un definitivo tiro a la escuadra de Fidel Castro a pase del Che Guevara tras recuperación de balón de Raúl Castro y cambio de orientación de Camilo Cienfuegos. Hubo más jugadores, otras intervenciones de mérito, zancadillas, fueras de juego, tarjetas rojas, expulsiones. En la repetición de la jugada aparecen los detalles. Historia mínima de la Revolución cubana (Colegio de México-Turner), el nuevo libro del historiador cubano Rafael Rojas, trata de rescatar la pluralidad ideológica y política que hubo dentro de un proceso cuya complejidad, afirma el académico, se ha visto menoscabada por los “fuertes tópicos, equívocos y lugares comunes” generados por la batalla de narrativas entre el oficialismo castrista y la historiografía opositora del exilio.

Rojas demarca la Revolución cubana como un periodo de 20 años: desde que se generaliza la lucha contra el dictador Batista en 1956 hasta que en 1976 es aprobada la Constitución socialista, cierre según Rojas de lo que en sentido estricto se debe llamar Revolución cubana. Dentro de la fase de rebelión que derivó en el derrocamiento del régimen de Batista en 1959, el investigador subraya la heterogeneidad de fuerzas opositoras: el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), cuyo líder Carlos Prío Socarrás era presidente cuando el golpe de estado Batista, 1952; el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), en el que de joven militó Fidel Castro, aprendiendo de su líder Eduardo Chibás el poder de la oratoria; el Partido Socialista Popular, comunista, que rechazó públicamente el primer intento armado de Fidel Castro y los suyos, el asalto al cuartel Moncada de 1953; el foco de resistencia que fue la Universidad de La Habana; la organizada red civil de Santiago de Cuba; o el Directorio Revolucionario, que asaltó el Palacio Presidencial en 1957 y armó una importante guerrilla en la sierra del Escambray.

El autor, radicado en México, considera que en aquella época la ideología mayoritaria de la oposición “gravitaba hacia un tipo de izquierda democrática entre populista y nacionalista revolucionaria”, incluido Fidel Castro, aunque, según Rojas, la historia oficial cubana insiste en que era comunista desde sus inicios: “Dicen que los asaltantes del Moncada ya eran marxistas-leninistas, y que lo ocultaban por el macartismo y el anticomunismo que había entonces en Cuba”.

Rojas define el año 1960 como “el parteaguas de la historia contemporánea de Cuba”. Lo caracterizan dos acontecimientos: la estatalización de la economía, nacionalizando las compañías americanas y buena parte de la empresa privada cubana, y la inserción diplomática de Cuba en el bloque socialista: “No sólo de Europa del Este sino también de China”. Tal vez la pregunta clave de la historiografía de la Revolución cubana sea saber si en el giro comunista de Fidel Castro hubo más de convicción ideológica o de coyuntura geopolítica. “Si fue una operación defensiva”, formula Rojas, “o una toma de conciencia doctrinal, o una mezcla de las dos cosas: yo creo que fueron las dos cosas a la vez”, sostiene.

Del Che ratifica que creía en el comunismo desde que se enroló en la insurgencia. En una carta de diciembre de 1957 reproducida en Historia mínima, Guevara escribe: “Pertenezco por mi preparación ideológica a los que creen que la solución de los problemas del mundo está detrás de la llamada cortina de hierro”. La misiva formaba parte del debate ideológico que había en aquel momento sobre el programa de la Revolución y sobre qué relación tener con Estados Unidos. En la Sierra Maestra los comandantes guerrilleros iban adoptando posiciones más tajantes, mientras que en el Llano, como se conocía al espacio urbano de apoyo clandestino a la insurgencia, los puntos de vista eran más moderados. “No es ahora el momento de discutir dónde está la salvación del mundo”, le responde en otra carta el destinatario de la misiva del Che, René Ramos Latour, líder del Llano, de orientación demócrata, que finalmente terminó combatiendo con la guerrilla y muriendo en la Sierra.

Con respecto a la nueva era abierta por el deshielo entre Cuba y Estados Unidos, Rojas celebra el ensanchamiento que ha traído en el ámbito del debate académico. “Antes la discusión estaba siempre atravesada por el tema del embargo, por el nacionalismo, por el conflicto entre Estados Unidos y Cuba. Ahora creo que hay más posibilidades de que en los medios intelectuales de la isla y de la diáspora se concentre el debate en la cuestión de la democracia”.