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jueves, 30 de abril de 2026

España Colonial: La heroica Cartagena

Cartagena, la heroica 


REVISTA GUARDACOSTA

Fuente: Revista GUARDACOSTA- N°   Año 19    Autor: Gabriel Porras Troconis



El 20 de enero de 1533 echó el madrileño Pedro do Heredia, en la amplia bahía denominada Cartagena por el experimentado marino y cartógrafo Juan de la Cosa, los fundamentos de la ciudad que después habría de tomar ese nombro. La fundación la narra Juan de Castellanos y la confirma Gonzalo Fernández do Oviedo cuando dice: "Primero de junio de aquel año de mil ó quinientos treinta y tres años, nombró el gobernador por primeros alcaldes ó regidores para el pueblo de Calamar, donde hizo su asiento, é mandó que se llamase la ciudad de Cartagena". En efecto, Castellanos, en el relato que hace de la fundación, reconoce que en ese momento no se dio a la nueva población nombre alguno, sino que lo adquirió más tarde. En el primer Congreso Hispano Americano de Historia reunido en Cartagena a fines de diciembre de 1933, después de cinco sesiones dedicadas a dilucidar cuidadosamente la fecha de la fundación, la opinión de los congresistas unificada aceptó como indiscutible, la dicha fecha del 20 de enero. El propio Oviedo en el capítulo VII de la obra ya citada, enfáticamente reconoce que "Calamar es Cartagena". Pueden releerse los relatos citados.

Fundada la población española y denominada Cartagena como lo dice Oviedo, inicia el reconocimiento del territorio, conforme a las capitulaciones por él firmadas, le correspondía, y halla que en él hay oro en tanta abundancia, que pudo decirse con fundamento: "Pobre el Perú si se descubre el Sinú". Con la riqueza, el desarrollo de la población aumentó con rapidez inusitada, llegaron de la Península las primeras mujeres españolas y el modesto caserío fue cobrando contornos de auténtica urbe civilizada.

No descuidaban los reyes las necesidades espirituales de sus subditos ultramarinos y así un año después, en 1534, la corte de Madrid solicitó y obtuvo del papa Clemente VII, por mediación de su embajador ante la' Santa Sede, el marqués de Dosfuentes, la erección del obispado y el nombramiento de fray Tomás de Toro, como primer obispo. Fue éste protector constante y misericordioso de los indios "varón no menos santo que letrado", al decir de Castellanos; pero no tuvo la dicha de poder erigir su catedral.  Una modesta construcción pajiza, al estilo de los bohíos indígenas, sirvió para la celebración de los oficios divinos y las festividades de San Sebastián. Un incendio que arrasó con la mayor parte del poblado consumió aquel primer esfuerzo de la religiosidad de los habitantes de Cartagena, el año de 1552.

Los conquistadores y colonizadores españoles tenían en mucho los títulos y dignidades para sus personas, como para sus familias y las poblaciones por ellos fundadas. Los cartageneros no fueron excepción de aquella regla general, sino que la siguieron y acataron. Por eso algunos vecinos no descuidaron estas, al parecer, minucias, que en verdad no lo eran en aquella época caballeresca y batalladora. Insistentes fueron sus solicitudes ante Felipe II, quien al cabo concedió a Cartagena títulos de ciudad, escudo de armas y calidad de nobleza y lealtad, por reales cédulas de 1574 y 1575. El escudo debía ostentar, en campo de oro una cruz natural, con dos leones levantados, tan altos como la cruz y sobre el conjunto una corona, con su correspondiente timbre y follaje. Con estas donaciones Cartagena se ponía ya al nivel de otras ciudades del Nuevo y Viejo Mundo.

Al finalizar el siglo XVI, la nueva urbe americana gozaba de cuanto en materia de honores y distinciones oficiales podía aspirar a poseer una ciudad tan reciente.

Mas tampoco habían faltado los sufrimientos. Los mares del Nuevo Mundo se hallaban ya cruzados en todas direcciones por hábiles y arrojados marinos ingleses, franceses, holandeses y escoceses, acechando los navios españoles transportadores del oro, la plata, maderas de tinte y otros productos del territorio sujeto a los dominios de los reyes de España, que sus bravos y audaces colonizadores enviaban a su patria. La piratería era una actividad reprobable pero productiva. La fama de las riquezas de Cartagena andaba de boca en boca y muchos eran tentados por ellas. En 1544 la venganza de un piloto castigado por mandato del teniente de gobernador Alonso Vejines facilitó la entrada a la bahía al pirata Roberto Baal.


Detalle de la fachada de la iglesia de Santo Domingo, construida en el siglo XVI. La concha marina simboliza a los peregrinos. Actualmente las efigies ya no están... ladrones...

 Del tranquilo sueño con perspectivas de grandes fiestas de bodas para el día siguiente, despertaron los vecinos a los estampidos del cañón del pirata. Por suerte para ellos si padecieron un saqueo que no perdonó los bienes materiales, las mujeres fueron preservadas de violencias, porque el vencedor no se olvidó que procedía de la patria de Bayardo. Doscientos mil pesos de buen oro, gruesa copia de paños y otros objetos de valor, se llevaron como botín los asaltantes.

Pasados apenas diez y seis años de aquella ruina de Cartagena, se tomaron sorpresivamente la indefensa ciudad los piratas Martín Cote y Juan Buen Tiempo, quienes entraron a la bahía con siete gruesos navios, la saquearon e impusieron fuerte rescate para no reducirla a cenizas. El obispo Juan de Simancas pudo negociar con los asaltantes, y salvar de total destrucción a Cartagena. Los vecinos, alentados por los capitanes Ñuño de Castro y Alvaro de Mendoza, acompañados por el cacique Marídalo, postraron en la lucha a numerosos piratas.

Pasada la tormenta, prosiguió el desarrollo de la ciudad: se construyeron los primeros fuertes llamados la Tranchera de la Caleta, el Boquerón, el de San Matías y la plataforma de Santángel. Se iniciaron las edificaciones dé la' iglesia catedral en el sitio en que ahora se halla, el convento e iglesia de San Francisco en el arrabal de Getsemaní. En la Machina, frente al castillo primitivo del Boquerón, se reparaban los navios de las averías sufridas en la larga navegación desde la Península. El tráfico de esclavos negros, en manos de ingleses, portugueses y genoveses, daba fisonomía mercantil al puerto. Menudeaban asimismo las reales cédulas para el fomento de las obras públicas, la protección militar de la ciudad y la seguridad de los vecinos. La sociedad cobraba buen aspecto urbano, numerosas iban siendo las edificaciones particulares, como lo comprueba el inventario hecho al finalizar el siglo por el pirata Francisco Drake. Pero en la historia de los pueblos las bonanzas alternan con las amarguras.

Este audaz, experto e implacable corsario inglés, protegido por la reina Isabel de Inglaterra, el miércoles de ceniza, 9 de abril de 1586, con velas enlutadas, anunciadoras de sus proditorias intenciones, se presentó frente a Playa' Grande, o sea la de Santo Domingo, y echando su gente a tierra comenzó el ataque. Aún no poseía Cartagena suficientes defensas militares para resistir la acometida de un marino tan atrevido y formidable como Drake, así que, convencido el gobernador Pedro Fernández de Bustos y sus principales tenientes de la inutilidad de la resistencia, abandonaron la ciudad, y aunque Pedro Mexia de Mirabal quiso mantenerse en el pequeño castillete del Boquerón, llamado Pastelito, hubo de retirarse para no sacrificar sin fortuna a sus compañeros de armas. Nombrados negociadores por el gobernador, el obispo Juan de Montalvo, Juan de Fernández, Francisco de Carvajal, Pedro Mexia de Mirabal, José Barros, Tris-tán' de Uribe Salazar, Esteban Fernández, Pedro López Triviño y Juan Manuel, se concertó el rescate, en pesos 463.915 de plata, para que no se prosiguiese la destrucción, comenzada por el interior de la iglesia catedral. Pero la soldadesca tuvo libertad para adelantar el saqueo. Drake estaba furioso por haber hallado una comunicación de la corte española en que se le anunciaba al gobernador la venida suya, mencionándolo como pirata. Trabajo costó al obispo calmarlo.

Duro fue aquel golpe para Cartagena pero no se abatieron sus vecinos ni lloraron como mujeres los que estuvieron incapacitados para defenderse como hombres. El siglo XVII es período de intensa y variada actividad constructiva y de realizaciones. Durante él la ciudad adquiere carácter externo de tal  su sociedad alcanza a equipararse con cualquiera otra de las más antiguas de América. Ya no es el poblado indígena con injertos españoles, sino bien encarada urbe en camino de llegar a ser de las mejores del Nuevo Mundo. Ingenieros como Cristóbal de Rodas, Juan Bautista Antonelli, Juan de Semovilla Texada, José de Lara, Francisco Ficardo, Juan de Hita y Ledesma, Luis de Venegas, Juan de Herrera y Sotomayor y el holandés Ricardo Car, autor de los planos del castillo deSan Felipe de Barajas, tienen a su cargo las múltiples obras materiales que por doquiera se adelantaban en esos cien años de la vida de la ciudad de Heredia. Aún resisten la demoledora acción del tiempo muchas de ellas, para honra de quienes las realizaron y grandeza histórica de la ciudad.
Dentro de las enormes murallas de Cartagena hay veintitrés bóvedas de doce metros de altura y de un ancho de quince a dieciocho metros, construidas en 1789 para resguardo de la tropa y almacén de víveres y municiones. Posteriormente fueren usadas como cárcel para presos políticos. Vista de la muralla desde el interior.

La iglesia catedral quedó concluida en sus obras principales el año 1612; a los conventos de Santo Domingo, San Francisco y San Agustín siguieron el de la Candelaria de la Popa, las iglesias de la Trinidad, de San Roque y Santo Toribio, el convento e iglesia de Santa Teresa, el convento e iglesia de la Merced, los de la Compañía de Jesús, los conventos e iglesias de Santa Clara y recoleta de San Diego. En 1610 se estableció el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, tan condenado por quienes en realidad desconocen cómo fue su funcionamiento en Cartagena, y cuyo edificio es uno de los más hermosos y artísticos de dicha ciudad.

Entre las edificaciones oficiales para servicio público figuran la Casa de la Moneda (destruida por un incendió en este siglo), las Casas reales, o sea las ahora denominadas de la Aduana, la Casa de la Isla para el cobro de ciertos impuestos reales, demolida en mala hora para erigir allí el edificio de la Andian, y la casa del Ayuntamiento, hoy Palacio de Gobierno departamental.

Las edificaciones castrenses se prosiguieron con no menor interés, actividad y eficacia. Bajo el gobierno de Diego de Acuña (1611-1613), se comenzó con gran solemnidad el baluarte que se llamó de San Felipe. Se puso bajo tierra una lámina metálica con la fecha y el año (8 de setiembre de 1614), acompañada por una medalla de la Virgen y varias monedas de las circulantes en ese tiempo. Ese baluarte es el llamado hoy de Santo Domingo. Los planos fueron de Cristóbal de Roda. Se prosiguieron los tramos de muralla o baluartes hacia el Oriente bajo los gobiernos de García Girón de Loayza (1618-1626), de gloriosa memoria por su persecución a los piratas, y de Francisco de Murga (1629-1626).

En 1654, un temporal que amenazó inundar la ciudad destruyó gran parte de la llamada Muralla de la Marina, o sea el baluarte de Santa Clara, y la parte posterior del convento de ese nombre. El resto de las construcciones en esa direccióncorresponde al siglo XVIII. El naufragio, ocurrido el 17 de marzo de 1640, de la nave capitana y dos navios más de la escuadra portuguesa de Rodrigo Labod de  Silva, a la entrada del canal de Bocagrande, entonces de acceso a la bahía, produjo allí una acumulación de arena en forma tan excesiva que terminó por cerrar del todo dicha entrada, uniéndose así la península de Bocagrande con la isla fronteriza de Codego. Se comentó si debería abrirse de nuevo ese canal o dejarlo cerrado y despejar el de Bocachica para que sirviese de entrada a los navios que viniesen a la ciudad. Se decidió esto último y entonces se hizo fortificar esta nueva entrada, comenzándose la construcción de San Luis de Bocachica y una plataforma fronteriza, que vino a ser el castillo de San José. Estas obras fueron terminadas por Pedro Zapata de Mendoza, constructor también del castillo de San Felipe de Barajas.

Cartagena iba a grandes pasos recorriendo la vía de su engrandecimiento y fortificación y motivando a los pregones de la fama para hacer sonar su nombre en los ámbitos del mundo. Pero de nuevo vendría el infortunio a torturarla. En 1689 se había desatado en Europa la guerra de la última coalición de naciones contra Luis XIV dé Francia, por causa de la sucesión del Palatinado. Del Viejo pasó la contienda al Nuevo Mundo.

Una escuadra a las órdenes de Jean Bernard Janes,  barón de Pointis, fue despachada por el Rey Sol, para que con la cooperación de Juan Bautista Ducasse, gobernador de Petit-Goave y de los bucaneros de Tortuga, se apoderase de Cartagena de Indias. Gobernaba en ésta don Diego de los Ríos y Quesada, mandatario de notoria incapacidad e indecisión, circunstancias que facilitaron la toma de la ciudad por el marino francés. El honor de las armas españolas quedó, sin embargo, a salvo con la tenaz y prolongada defensa que del castillo de San Luis de Bocachica hizo Sancho Jimeno de Orozco y por la lucha cuerpo a cuerpo librada por una parte de la tropa y algunos vecinos notables y valerosos que cerraba el paso de los invasores en la brecha abierta al baluarte de la Media Luna.

Tristes y duros los días de permanencia de los franceses en Cartagena, por los desmanes de los bucaneros que la saquearon a despecho de la oposición de Pointis. En la relación de la toma de la plaza hecha por el coronel José Valle jo,' dice éste que en París vio pesar en la Casa de Moneda el oro, la plata, y avaluar las joyas y piedras preciosas' del botín" por la toma de Cartagena, lo cual se elevó a siete millones de pesos plata.

De los castillos y baluartes se llevaron noventa y ocho cañones de grueso calibre y todos los pertrechos existentes en los almacenes de guerra. Pointis mandó volar algunas porciones de las fortalezas y quemar las estacadas de las orillas del mar e hizo otros desperfectos en las fortificaciones, actos de destrucción inaceptables entre ejércitos regulares de naciones civilizadas. Luego que Pointis evacuó la ciudad, los bucaneros volvieron sobre ella y de nuevo se produjeron, y con mayor saña ahora, las escenas de violencia anteriores.

A la catedral fueron llevadas cuantas personas notables pudieron hallar a mano, y colocándolas entre barriles de pólvora destapados, las amenazaban con hacerlas volar si no denunciaban las riquezas que tuvieran escondidas. Nunca antes, ni después, Cartagena estuvo tan entregada a la violencia como en esta ocasión de la vuelta de los bucaneros. Durante muchos años se conservó el recuerdo angustioso de aquellos días entre las familias principales de la ciudad. El autor de este trabajo oyó, de niño, referencias trasmitidas por sus antepasados a sus padres y abuelos.

Pero Cartagena, como el Ave Fénix de los helenos, renació de sus cenizas. No vale ella tanto en sus días de prosperidad y gloria, como en los de postración y vencimiento. Y así la vemos, en la aurora del siglo XVIII, bajo la enérgica conducta de Juan Díaz Pimienta y Zaldívar, acometer la singular hazaña de expulsar del itsmo de Panamá a los escoceses conducidos y establecidos allí por la aventurera personalidad de William Paterson y comandados ahora por Alejandro Campbell. En las inmediaciones del sitio en donde estuvo la antigua Acia, los escoceses habían levantado una ciudad llamada Nueva Edimburgo, un fuerte con título de San Andrés, dominando un territorio apellidado Nueva Caledonia.

Aquella parecía una conquista definitiva. Pero de Cartagena zarpó su gobernador Díaz Pimienta el 12 de febrero del año 1700, con una pequeña escuadra al mando del almirante Salomón, y tropas criollas de la ciudad, de la villa de Santiago de Tolú y de la comarca del Sinú, dispuesto a arrojar de allí a los invasores. El 22 de abril del mismo año entró Díaz Pimienta a Nueva Edimburgo, después de otorgar una honrosa capitulación a los escoceses! Las almas nobles son siempre generosas. Los vencidos salieron con armas y banderas para no volver.

Páginas inolvidables en la historia de Cartagena fueron las de las vidas esclarecidas de fray Alonso de Sandoval y el padre Pedro Claver, en la empresa de redimir las almas de los esclavos negros. Los capitanes negreros que saqueaban las costas de África para proveer de esclavos a los explotadores de las minas y de las plantaciones de caña de azúcar en los territorios del Nuevo Mundo y llegaban con su mercancía al puerto de Cartagena de Indias, allí topaban con Sandoval, el Precursor, primero, y luego con Pedro Claver, el Apóstol, enseñando al mundo cómo debe practicarse la doctrina de Cristo. Nunca en ningún otro lugar de la tierra y en ningún tiempo se ha llevado a cabo una empresa más hermosa, más justiciera ni más noble que la de aquellos dos santos varones. Las modernas campañas en pro de las clases obreras son grotescas caricaturas de la magnífica labor de auténtica caridad de Sandoval y Claver. Su labor iba dirigida no sólo al cuerpo, sino principalmente al alma.

Torre de la Iglesia de San Pedro Claver. Llamado "el esclavo de los esclavos", Claver evangelizó y protegió a los esclavos africanos que construyeron las fortificaciones de la ciudad.
 
Fortaleza de San Felipe de Barajas, diseñada por el holandés Richard Car y construida par Pedro Zapata de Mendoza, fortificación clave de la heroica defensa de Cartagena contra los ingleses en 1741.

El hombre no podrá nunca despojarse de sus pasiones ni substraerse a las flaquezas de la naturaleza orgánica. La adquisición de la santidad atempera, mas no suprime los impulsos de la materia. Las consecuencias de tales fallas de la voluntad causan a veces sorpresas dolorosas. En el siglo XVII, un sonado escándalo religioso sembró en Cartagena la intranquilidad y desorientó las conciencias de los cartageneros. Las monjas adoratrices del convento de Santa Clara de Asís de Cartagena elevaron al obispo Antonio de Benavides y Piérola (1681-1712) una queja razonada contra los padres franciscanos, a quienes estaban espirítualmente sujetas. El prelado halló justas las quejas y desligó al monasterio de la dirección de los padres franciscanos, tomándolo a su cuidado personal.

Mas pasados algunos días, veleidades femeninas muy humanas, habiendo tenido noticia las monjas de que sería electo provincial de los franciscanos fray Antonio Chávez, hermano de cinco de las monjas clarisas, pidieron al prelado que volviese las cosas a su primitivo estado. El señor Benavides no era hombre que atendiese caprichos mujeriles y negó la petición.

De acuerdo ahora franciscanos y clarisas, se revelaron contra el obispo y acudieron a la Audiencia de Santafé en queja contra su diocesano. Los oidores, hombres también sujetos a pasiones y flaquezas, invadiendo jurisdicción que no les correspondía, decretaron conforme se les pedía. El prelado reclamó para ante el rey y mantuvo las cosas como estaban. Prodújose la escisión. Apoyaron a los frailes y monjas rebeldes otros conventos de la ciudad, excepto los jesuitas. Toda la población se dividió, según sus simpatías, por el obispo o por los frailes y monjas.

El gobernador Rafael Capsir y Sanz, el obispo de Santa Marta Diego de Baños y Sotomayor, comisionado por la Audiencia, los gobernadores siguientes, Juan de Pando y Estrada, Francisco de Castro y Martín de Pardo y Cevallos, y hasta el Tribunal de la Inquisición, abrazaron el partido de los rebeldes. El señor Benavides hubo de salir de Cartagena para Turbaco y después para la Península, y sólo al cabo de años fallaron el rey y el papa en favor del perseguido prelado; pero cuando se disponía a regresar a su grey, postrado por las amarguras soportadas, falleció en Sevilla, en 1712. En la historia de Cartagena hay esta sombra de ofuscación y pecado.

La política de extensión comercial instaurada en Inglaterra por el primer ministro Walpole en el siglo XVIII llevó al país a fuertes choques con el gobierno español. Llegó un momento en que el Parlamento estuvo por la guerra y se preparó una expedición como antes no había sido vista, al mando del marino y parlamentario Sir Edward Vernon para que viniese a la América a apoderarse de Cartagena. Aproximadamente 115 navios de combate, entre los cuales se contaban 34 de línea con 9.000 marinos y 14.569 hombres de desembarco y 2.070 cañones, y abundancia de pertrecho constituían la expedición. La plaza sólo tenía 1.774 hombres de tropa, 150 marinos armados y 500 milicianos, con 369 cañones de grueso calibre. La inferioridad numérica era notoria, no así el potencial humano y las formidables fortalezas castrenses. El asedio se prolongó desde el 13 de marzo, fecha en la cual se vieron las primeras naves enemigas acercándose desde Punta de Canoas hacia la plaza, hasta el 8 de mayo, que salieron de la bahía los últimos navios ingleses.

Blas de Lezo, comandante de la marina, resistió en el castillo de San Luis de Bocachica desde el 14 de marzo hasta el 9 de abril. La acción de armas más violenta fue el asalto al castillo de San Felipe de Barajas, el 20 de abril conforme al calendario gregoriano (9 de marzo para los ingleses). Los héroes de la defensa fueron el virrey Sebastián de Eslava, Blas de Lezo, el gobernador Melchor de Navarreta, el ingeniero Carlos de Noux, el comandante Pedro Casellas, el ayudante mayor Francisco Piñeiro, los capitanes Pedro Mur, Nicolás Carrillo, Lorenzo Alderete, Miguel Pedrol, Juan Jordán, Félix Celdrán, Bernardo Fuentes, Francisco Obando, Baltasar de Ortega, el edecán Manuel Briceño, los tenientes José Campuzano, Joaquín Andrade, Carlos Gil Frontín, Jerónimo Loayzaga, Manuel Moreno y E. Conni y el vecino Andrés de Madariaga. De Londres enviaron, creyendo asegurada la toma de Cartagena, un variado surtido de medallas conmemorativas, en las cuales se exaltaba la supuesta victoria, con frases elogiosas para los imaginarios vencedores y ridiculizantes de Eslava y Lezo. Triste despertar de un sueño ilusorio.

Monumento d Blas de Lezo, frente al castillo de San Luis

Los acontecimientos políticos y militares que se sucedían en Europa tenían necesaria repercusión en la América. Napoleón había cambiado la división política del Viejo Mundo en los quince primeros años del siglo XIX. España estuvo a punto de sucumbir. Las posesiones españolas, inspiradas por un sentimiento de lealtad a su metrópoli, se alistaron para la defensa. Pero mal comprendidas en la Península, intuyeron que había llegado la hora de constituirse en estados libres e independientes y surgió así la prolongada guerra de emancipación Cartagena realiza entonces la parte más gloriosa de su historia. Se declara independiente, se constituye en estado libre y adelanta campañas llenas de gloria y heroísmo, como la de la reconquista de Venezuela bajo el mando de Simón Bolívar y la resistencia al Pacificador Pablo Morillo en 1815. Se defiende denodadamente hasta el límite de la resistencia humana, agotando cuantos recursos le fue posible obtener y, antes que rendirse o capitular, se embarcan sus defensores en los pocos navios con que contaban, y pasando a velas desplegadas por en medio de la escuadra española, partieron el exilio llevando las banderas de la libertad, para regresar vencedores a recuperar la ciudad y entrar triunfantes en ella el 10 de octubre de 1821, después de conceder una honrosa capitulación al gobernador español Gabriel de Torres.

Muchos de sus hijos prosiguieron tras el penacho blanco del Libertador Simón Bolívar, oyendo las dianas victoriosas de Pantano de Vargas, Boyacá, Carabobo segundo, Pichincha, Junín, batalla naval del Lago de Maracaibo y Ayacucho. Ninguna otra ciudad de América ha hecho tanta historia como ella, ni ha padecido más que ella por la causa de la independencia y la libertad. Los sufrimientos, la miseria, los sacrificios, la despoblación y la muerte han sido ofrendas en los altares de la patria, soportadas con decisión, entereza y constancia. Bolívar, cambiándole los títulos de muy noble y muy leal que le otorgara Felipe II, dijo: "Salve Cartagena Redentora", y la apellidó "Heroica".

Ahora, Cartagena, bajo el tricolor colombiano y persuadida de que sólo la democracia es fuente de bienestar para las naciones, libra las campañas del trabajo, ufana y confiada en su porvenir.

Ha desbordado los viejos muros que la Circundan y se extiende con ritmo acelerado por la campiña circundante en nuevos barrios industriales y residenciales, para albergar una población que en breve superará el medio millón. Las fábricas más variadas en ella hallan favorable acogida, el mar la provee de toda clase de productos agrícolas o fabriles y la navegación aérea la mantiene en comunicación con el mundo entero con la brevedad del sonido. Edificaciones modernas la embellecen y a la sombra de la paz y de la libertad va triunfadora hacia el porvenir.


domingo, 1 de marzo de 2026

Malvinas: La frustada noche del Banzai

 

La Noche del Banzai




Breve Crónica de un frustrado ataque a la Flota Británica —- El 25 de abril los ingleses recuperan las islas Georgias del Sur, a partir de ese momento comenzó una tensa calma en las islas Malvinas en espera de la presencia del enemigo en ellas. Por entonces la Flota de Mar argentina procuraba interdictar los movimientos de la Flota británica. Para los cual había desplegado dos Grupos de Tareas, uno al norte de Malvinas, y otro al Sudeste de las mismas.
El primero de ellos se centraba en el portaaviones A.R.A 25 de Mayo, desde el cual los aviones Tracker realizaban misiones de Exploración para detectar el enemigo, sobre el cual en los últimos días de abril se autorizó abrir fuego. El 29 de abril con el buque a unas 150/200 Millas Naúticas al Norte del Estrecho San Carlos comenzaron vuelos de exploración a máxima distancia que al día siguiente, 30 de abril, por la noche dieron como resultado que se obtuvieran contactos MAE de frecuencia de radares ingleses al N-NE de Puerto Argentino.
En las primeras horas del 1 de mayo se materializa el ataque de un avión británico Vulcan al aeropuerto de esa localidad, a ello se sumó horas más tarde bombardeo naval inglés, la vigilia en Malvinas había terminado. Ese día a primera hora se había realizado un vuelo de exploración desde el portaaviones sin llegar a tener contactos radar. Un segundo vuelo a 1513 horas obtiene contacto radar con seis buques medianos y uno grande, era un Grupo de Tareas de la Flota británica. Ambos Grupos estaban a 150/200 millas de distancia, uno el argentino sabía donde estaba el enemigo, no así el británico. La ventaja táctica estaba de nuestro lado. Sin embargo la falta de capacidad de ataque y operación nocturna de los A4Q, impidió que se materializaran acciones ofensivas de inmediato. En este punto se continuaron las tareas de exploración desde el portaviones a fin de mantener la posición de la Flota inglesa, para que a primeras horas del día 2 de mayo se materializara un ataque con seis aviones A4Q con cuatro bombas MK82 cada uno. La última posición del enemigo se obtuvo a 2300 del 1 de mayo por medio de un vuelo de exploración de un Tracker. 1- El Comandante británico sabía que había sido detectado, pero no tenía la certeza de la posición de la Fuerza naval argentina. Su problema era ubicarnos, para ello ordenó vuelos de exploración con sus aviones Harrier. Uno de ellos interceptó al avión Tracker mencionado en el párrafo anterior, avión que pudo eludir a su perseguidor volando nocturno a ras del agua. Pero ese Harrier obtuvo la posición, cuanto menos bastante aproximada, de la Flota argentina.
Esto se tradujo en que en la misma se cubrieran puestos de combate y se autorizara al destructor Santísima Trinidad a lanzar sus misiles sobre el avión inglés, que nunca entró en el alcance de los mismos.
En la noche de marras por lo menos tres veces se tocó “combate” en el Grupo de Batalla argentino, cada vez que secciones de acciones Harrier se acercaran al Grupo de Batalla argentino, que hizo que pocos durmieran, esto permitió la Comandante británico conocer la posición de los buques argentinos, como asimismo apreciar cabalmente su capacidad de combate.
El Comandante del H.M.S. Invencible luego del Conflicto refirió que: ”Los Tracker a lo largo de los 45 días de combate fueron un serio dolor de cabeza, porque sabiendo que me habían detectado, en diez y siete oportunidades envié a mis Harrier para derribarlos, sin poder concretar nunca este objetivo”.
La situación táctica obligaba a mantener la posición del enemigo británico, así fue como a 0528 del 2 de mayo se destacó un avión Tracker a confirmar su presencia, para que luego en pocas horas más despegara un segundo avión con la tarea de ir al punto dato que obtuviera o confirmara el primero, y mantener exploración en contacto con el enemigo para guiar el ataque de seis aviones A4Q. 2- El prevuelo de la misión lo realizó el Personal del Departamento Operaciones del buque, en el mismo estaban presentes los tripulantes del avión explorador y los Oficiales de la Tercera Escuadrilla Aeronaval de Ataque, con quienes se determinaron todos los detalles de la operación a realizar. Un hecho demoró la ejecución de la tarea, la falta de viento, cosa poco común en esas latitudes. Para explicarlo en pocas palabras hay Tablas que determinan la cantidad y el tipo de bombas que se necesitan para batir un blanco, ellas determinaban que en esa situación táctica el número era cuatro. El viento real, casi nulo, permitía que con el buque a máxima velocidad, alcanzara una velocidad relativa que sólo se traduciría en una carga de una bomba por avión. Así las cosas con el prevuelo realizado se decidió esperar más viento real para lanzar el ataque.
Si analizamos la capacidad aérea y contraaérea británica de los seis aviones A4Q que hubiesen despegado, cuatro tenían posibilidad de llegar al blanco y lanzar sus bombas y dos podrían haber regresado a al buque. De dieciséis bombas lanzadas, el 25 %, cuatro, hubiese alcanzado un buque, que si hubiese sido un portaaviones hubiese significado su neutralización. Salir con una bomba por avión no hubiese causado daño significativo alguno al enemigo, con pérdida de vidas y de la mitad de la capacidad aérea de ataque e interceptación embarcada propia. 3- El avión Tracker que había sido lanzado a 0528 no obtuvo contacto con la Flota inglesa, la misma había tomado un arrumbamiento E en alejamiento del Grupo de batalla argentino, no obstante durante esa mañana aviones Harrier se aproximaron al mismo en repetidas oportunidades para conocer su posición, con el consabido toque de combate en nuestras Unidades.
Cabe recordar que existía la posibilidad cierta de un ataque aéreo sobre el Grupo naval propio, lo que obligaba a tener una sección de A4Q sobre cubierta a cinco minutos de aviso como Interceptores. De hecho el tiempo de catapultaje se cumplió en cada alarma de combate y, en al menos una o dos oportunidades, se lanzó una segunda Sección que estaba de reserva.
En una pausa de combate, el Comandante del Portaaviones conversa con el copiloto del avión explorador guiador y le da su apreciación táctica: la capacidad antiaérea de ambas Flotas era la misma, la capacidad misilística antisuperficie también, se suponía que los Harrier embarcados era un número similar a los A4Q y que estos podrían enfrentarlos con éxito, cuando habló de la amenaza submarina dijo algo así como mejor no pensarlo.



Empeñar seis A4Q en una misión a ataque, significaba además que la capacidad de interceptación con esos aviones desde el portaaviones quedaba reducida a cero. La sección, dos aviones, que quedaría abordo preveía mantener un avión como de reserva para el ataque y el segundo como tanquero, para reabastecer los aviones atacantes en su regreso al portaaviones en caso de ser necesario. 4- El demorado vuelo de exploración despegó a 1435 horas, se realizó a exploración máxima distancia, obtuvo contactos radar y MAE sobre el enemigo, aterrizó a 1900 horas, su tripulación vió que en el personal del buque rostros con distinta expresión que a la mañana, el crucero A.R.A General Belgrano había sido hundido, la amenaza submarina se había materializado. Seguirían días y noches interrumpidos por cubrir puestos de combate.
Si el 2 de mayo de 1982 se hubiese materializado el ataque a la Flota inglesa, quizás se recordaría como el día de la Aviación Naval, pero no fue así. Sin embargo dos días más tarde una sección de aviones Super Etendart, guiados por un avión Neptune, hundieron el destructor británico H.M.S. Sheffield sin duda una clara muestra de nuestra voluntad de presentar batalla. Y así ese día que significó en Bautismo de Fuego de la Aviación Naval argentina luego fue instituido como día de la “Aviación Naval Argentina”.
La noche del 1 al 2 de mayo quedó en el imaginario de sus protagonistas como la llamada “Noche del Banzai”. TEXTO: Por CL VGM (RE) Rafael L. Sgüeglia PINTURA🖼: Iustrativa, hecha por Caros Adrian Garcia
@aviationart_argentina 🎨

sábado, 8 de noviembre de 2025

Segunda Guerra del Sudán: Venganza en Omdurman

La venganza en Omdurman

War History


 

 

La Segunda Guerra del Sudán, 1896-1898

A pesar de sus reveses tácticos, los derviches aprovecharon la retirada británica del Sudán. En el sector del Nilo, su avance hacia el norte fue frenado en Ginnis el 30 de diciembre de 1885, en una batalla recordada también por ser la última vez que la infantería británica combatió con su tradicional uniforme rojo. Bajo mando de oficiales británicos, el Ejército egipcio fue reorganizado: los soldados recibieron paga regular, mejores condiciones de servicio, posibilidades de ascenso y un entrenamiento completo. Hubo escaramuzas en la frontera, hasta que el 3 de agosto de 1889 se dio una batalla campal de siete horas en Toski, donde los derviches fueron derrotados con mil bajas (un cuarto de sus fuerzas), incluyendo a uno de sus jefes más importantes, el Emir Wad-el-Najumi.

En 1896 se decidió reconquistar el Sudán. No fue por un gesto humanitario para liberar a los sudaneses de la opresión del califa, sino por razones más pragmáticas: los italianos habían sufrido una grave derrota frente a los abisinios en Adowa en 1892, lo que dañó el prestigio de todas las potencias coloniales. Además, Francia mostraba interés en controlar la parte alta del Nilo.

El comandante en jefe del ejército egipcio, el Sirdar, era el general Horatio Herbert Kitchener, designado en 1892. No era un gran táctico, pero sí un maestro en logística, algo clave para una campaña en distancias tan enormes. Inspirado por el aporte de las lanchas cañoneras en la guerra de 1884-85, decidió que su avance contaría siempre con apoyo fluvial. Empezó con cuatro viejas lanchas de rueda de popa, armadas con cañones y ametralladoras Maxim, y fue sumando más embarcaciones modernas, algunas construidas en Inglaterra y enviadas en secciones para ser ensambladas en Egipto.

Las tripulaciones eran mixtas: británicos, egipcios y sudaneses. Entre sus comandantes había nombres que luego serían famosos, como David Beatty o Walter Cowan. El plan de Kitchener era mantener la línea de suministro gracias a transporte moderno —ferrocarril y barcos— y llegar a la batalla final con fuerzas frescas y superiores.

Tras capturar Dongola, Kitchener tomó la decisión que le daría la victoria: construir un ferrocarril de 235 millas a través del desierto entre Wadi Halfa y Abu Hamed. Se trabajó a un promedio de una milla por día, encontrando fuentes de agua para las locomotoras en el camino. Al mismo tiempo, se hicieron ataques de distracción para confundir al enemigo.

La campaña tuvo episodios dramáticos, como cuando la lancha El Teb volcó en el cuarto catarata y dos tripulantes sobrevivieron atrapados dentro del casco, rescatados después de horas. Con avances coordinados por río y tierra, los anglo-egipcios fueron tomando posiciones clave como Abu Hamed y Berber, hasta aislar a las fuerzas derviches en Omdurman.

En abril de 1898, tras la victoria en Atbara, el camino a Omdurman quedó abierto. El 2 de septiembre, en la famosa Batalla de Omdurman, la artillería, las ametralladoras y los cañoneros barrieron los ataques masivos de los derviches. Winston Churchill, entonces un joven oficial, describió cómo los cañoneros abrían boquetes en las murallas y desarticulaban las defensas. La batalla terminó con unas 9.700 bajas derviches y apenas 48 muertos del lado anglo-egipcio.

Después, Kitchener se encontró con la expedición francesa de Marchand en Fashoda, un episodio que rozó el conflicto internacional, pero que se resolvió diplomáticamente.

Con Omdurman tomada, el califa quedó como fugitivo hasta su muerte en combate el 25 de noviembre de 1899. El control del Nilo por parte de la flotilla fue absoluto, y su sola presencia bastaba para que pueblos enteros se rindieran.

De las lanchas cañoneras de esa época, dos sobreviven: la Bordein, que sirvió en el asedio de Jartum, y la Melik, que luego fue club náutico en el Nilo Azul y hoy espera restauración.


martes, 9 de septiembre de 2025

Tripulación de la fragata de sexta clase HMS Surprise

Tripulación del HMS Surprise


Es sorprendente la poca cantidad de oficiales comisionados que se necesitaban en una fragata de sexta clase. La verdadera fuerza residía en los suboficiales, los marineros de mayor rango y la tripulación que la mantenían a flote.


viernes, 23 de mayo de 2025

Virreinato del Río de la Plata: El naufragio de piratas en Mar del Plata

Speedwell. El naufragio de los piratas británicos que precedió a la fundación de Mar del Plata


En 1742, antes de la llegada de los jesuitas y la fundación del Puerto de la Laguna de los Padres, un grupo de marinos ingleses padeció mil desventuras hasta que fue capturado.

Pablo Junco || La Nación


El Wager poco antes de encallar.

El 18 de septiembre de 1740 salió de Inglaterra una escuadra con seis embarcaciones a cargo del almirante George Anson rumbo al Pacífico. El objetivo era claro: saquear las colonias españolas de América del Sur.

El MS Wager integraba una escuadrilla de seis barcos que el Comodoro Anson había enviado el 18 de setiembre de 1740 a las colonias españolas del Pacífico, para apoderarse de sus riquezas.

El 14 de mayo de 1741, a causa de un temporal, una de las naves –la fragata Wager– se separó de la flota y naufragó en el Golfo de Penas dentro del archipiélago de Guayaneco, muy cerca de caleta Tortel (Chile). La situación de la tripulación no pudo ser más caótica y penosa, al punto de no poder evitar un motín. Luego de encallar en esa suerte de restinga frente a los desolados cantiles de aquella ribera, se trasladaron a una isla a doscientas millas de Chile. Del naufragio se salvaron los botes, todo el malotaje, armamentos, víveres, una campana de bronce y lo que tenían en cubierta.

La isla les sirvió de refugio. Utilizaron maderas para levantar unas viviendas muy precarias y se dedicaron por completo a reparar las embarcaciones. Por suerte, en el lugar había habitantes indígenas pacíficos que les proporcionaban alimentos. Fue entonces cuando se escuchó un disparo que inició el principio de sus desventuras. El capitán Cheap con su pistola humeante en la mano, le había disparado al oficial Cozens, quien sangraba profusamente por una herida en el pecho. Mientras Cozens se quejaba del dolor, el segundo capitán de la fragata, Pemberton, un sargento de brigada y el carpintero Cummius se juntaron para ponerse de acuerdo y desarmar al capitán Cheap.


Capitán David Cheap. Wikipedia


Por la noche, entre varios hombres encabezados por Pemberton, lograron desarmar y reducir a Cheap. Finalmente, se tomó la decisión de volver a Inglaterra. No había chances de reunirse con la escuadra de Anson: encontrarla en el Pacífico era como buscar una aguja en un pajar. Resolvieron entonces construir una embarcación pequeña con los restos de la fragata Wager, que solo alcanzaban para una balandra pequeña o, a lo sumo, una goleta.

Un largo regreso a casa

Al cabo de cinco meses, el carpintero Cummius armó, en un improvisado astillero, una goleta que bautizaron con el nombre de Speedwell. Fueron cinco interminables meses desprovistos de las más elementales normas de convivencia. Quien llevaba el mando de los trabajos, era el designado capitán Pemberton. Había dispuesto una guardia para mantener vigilado a Cheap y sus hombres. Algunos de ellos se dedicaban a la pesca y a la caza, el resto ayudaba a Cummius en la construcción de la nave y los que quedaban sin tareas, montaban guardia cuidando a Cheap.


El Wager quedó encallado el 14 de mayo de 1741 a 200 millas al sur de Chiloé.

Ese capitán había sido tan malvado en todo el viaje, que todos preferían estar a las órdenes de Pemberton. Cuando terminaron la goleta, se pasaron largas horas observándola. Se sentían dueños de ella, ya que la habían construido con sus propias manos. No pasó mucho tiempo hasta tener todo listo para partir. Pemberton no quería correr riesgos de un motín a bordo. Se decidió que el capitán Cheap y sus oficiales irían en la falúa y en el bote del Wager. El resto, navegarían a bordo de la Speedwell.

Comenzaron su largo retorno siguiendo la línea de la costa hacia el sur. La goleta navegaba extraordinariamente bien, pero su línea de flotabilidad no era la indicada. Era demasiado peso el que movía, y si el mar se embravecía, corrían un serio riesgo de hundimiento. Pemberton lo sabía. Decidió volver hacia la orilla y dejar a doce hombres librados a su suerte.

Mar del Plata a la vista

La navegación diaria se hacía muy difícil. Las existencias de comida se habían terminado y se alimentaban muy mal. En esas condiciones, Pemberton decidió tocar tierra nuevamente y comenzaron a buscar un lugar adecuado para fondear el buque. Finalmente encontraron lo que estaban buscando. Era una costa extraña. Cuando se estaban acercando, podían divisarse con el catalejo gran cantidad de lobos marinos, caballos salvajes, perros cimarrones, cerdos montaraces o pecaríes, lo cual les llamó mucho la atención. Los hombres estaban famélicos, algunos se encontraban sin fuerzas ya. Cuando vieron tanta vida salvaje sin poder resistirse, se tiraron al agua para ser los primeros en cazar algo que llevarse a la boca. Uno se ahogó.


Los tripulantes del Speedwell llegaron a las costas de Mar del Plata en 1742
Ricardo Hogg. Colección César Gotta.

A esta altura ya estaban hartos de comer foca hedionda. De los 43 hombres que partieron de Puerto Deseado, solamente quince se encontraban en buenas condiciones para nadar, mientras que los otros se encontraban con claras muestras de desnutrición y cansancio. Los que siguieron nadando llegaron a la costa y pudieron conseguir alimento y agua. Podían considerarse salvados.

Era un 10 de enero de 1742, cuando la goleta Speedwell llegó a esas playas a una distancia relativamente corta de la costa y a una profundidad de ocho brazas se detuvieron y la denominaron “Bahía del Bajío” por haber coincidido la llegada con una bajamar. Los hombres que se encontraban en la goleta, desenrollaron la baderna para hacer una balsa improvisada que sirvió para desembarcar parte de los tripulantes. Llevaban, además, armas, municiones, implementos para pescar, cuchillos y hachas. El 12 de enero decidieron echar ancla frente a esas costas bravías.

Una vez obtenidas las provisiones, el grupo de tierra se dividió. Se asignó a cinco hombres la tarea de llevar algunos víveres a bordo del Speedwell. El resto, Guy Broadwater, Samuel Cooper, Benjamín Smith, John Duck, Joseph Clinch, John Andrews, John Allen e Isaac Morris, serían los encargados de buscar alimentos en tierra.

Abandonados a su suerte

Al pretender volver a la nave, no pudieron hacerlo por estar el viento al sudeste, temible por su violencia en esta costa. Y luego sucedió lo inconcebible. La goleta levó anclas, se alejó del fondeadero, y se perdió de vista. Era evidente que habían sido abandonados.

Ese golpe inesperado dejó a esos ocho sobrevivientes –los ocho primeros “turistas” de Mar del Plata– en una parte del mundo salvaje y desolada, fatigados, enfermos y desprovistos de víveres. El lugar habitado más cercano del que tenían noticias era Buenos Aires, a unas 300 millas al noroeste, pero estaban por el momento en muy pobre condición para emprender ese viaje.


Los ocho marinos abandonados en la costa marplatense improvisaron un refugio en las cavernas de la barranca costera.Ricardo Hogg. Colección César Gotta.

No tuvieron mas remedio que enfrentar la situación y construyeron un refugio al pie de la barranca, excavando una de las tantas cavernas naturales que había en el lugar, cuya formación de arcilla arenosa lo permitía. Para alimentarse, se dedicaron a la pesca y a cazar pecaríes. A pocos metros tenían un ojo de agua dulce.

Al comienzo de la primavera intentaron dos veces llegar a Buenos Aires para entregarse a las autoridades españolas y terminar así ese calvario. Mientras caminaban sin éxito –prácticamente sin un rumbo fijo– luego de haber recorrido un tercio del camino, retornaron desanimados por no conocer el terreno.

Una tarde, la desgracia ensombreció el razonable equilibrio que habían conseguido, pues al regresar de una de sus acostumbradas excursiones de caza por los alrededores, Isaac Morris y Duck se encontraron frente a un macabro hallazgo: tirados en el piso y sangrando copiosamente de sus gargantas se encontraban muertos Broadwater y Smith. ¡Estaban degollados! Clinch y Allen habían desaparecido... ¡Y la caverna había sido saqueada! Ante estas terribles circunstancias, Cooper, Duck, Andrews y Morris, se sintieron empujados a emprender el proyectado camino a Buenos Aires.
Epílogo de una larga desventura

Al día siguiente prepararon las pocas cosas que les quedaban e iniciaron la marcha, seguidos de algunos perros y un par de chanchos. Pero siempre volvían al punto de partida. No estaban seguros de exponerse por la costa, teniendo en cuenta, además, que eran sólo cuatro. No podían protegerse de las amenazas, y así, a un año de haber llegado a esas costas, los náufragos fueron capturados por la tribu del cacique Cangapol quien, después de tenerlos prisioneros por un tiempo, los vendió como esclavos.


El investigador Alberto E. Flugel junto al autor de la nota, Pablo Junco, en la Reducción de Nuestra Sra. del Pilar de Puelches. Gentileza Pablo Junco

Fueron pasando de mano en mano hasta que todos se perdieron de vista. John Duck, que era de raza negra, terminó vendido como esclavo cerca de Córdoba en manos de un acaudalado del norte de Buenos Aires. Cooper, Andrews y Morris años después fueron rescatados por un buque negrero inglés que pasó por Buenos Aires, llamado Grey y más tarde destinados a trabajos forzados en el buque inglés Asia, que estaba en el puerto de Montevideo. Morris pudo embarcar hacia Londres el 28 de abril de 1746, previo paso por Montevideo.

Siete meses más tarde de esta aventura, unos padres jesuitas decidieron instalarse muy cerca de esas tierras y fundar una orden a la que llamarían Nuestra Señora del Pilar de Puelches, lo que más tarde sería el Puerto de Laguna de los Padres, y finalmente Mar del Plata. Pero esa es otra historia…


lunes, 3 de febrero de 2025

Ración militar: La ración de ron en la Marina Real

 

La ración de ron en la Marina Real

Craig Ryan || Naval Historia

La ración de ron, una ración diaria de ron que se daba a los marineros de la Marina Real, era una larga tradición que comenzó en el siglo XVII y continuó hasta 1970.

Introducido inicialmente para reemplazar a la cerveza, sirvió como un refuerzo moral y una herramienta para mantener la disciplina entre la tripulación.

La práctica fue finalmente abolida debido a preocupaciones sobre la salud, la seguridad y la necesidad de una mayor eficiencia operativa en una fuerza naval moderna.


Orígenes de la ración de ron

Los orígenes de la ración de ron están profundamente arraigados en los desafíos y oportunidades prácticas que encontró la Marina Real durante el siglo XVII. Inicialmente, la ración diaria estándar para los marineros consistía en cerveza. Esta elección era práctica por varias razones: la cerveza era relativamente fácil de producir, era una bebida familiar para los marineros británicos y proporcionaba hidratación y una pequeña cantidad de nutrición. Sin embargo, la cerveza planteaba importantes problemas logísticos para la marina. Era voluminosa y perecedera, lo que dificultaba su almacenamiento y transporte en viajes largos, que a menudo duraban varios meses.

A medida que el Imperio Británico expandía sus territorios, particularmente en el Caribe, surgieron nuevas oportunidades para el aprovisionamiento de la flota. Las islas del Caribe, con su clima cálido y suelo fértil, eran ideales para el cultivo de la caña de azúcar. La industria azucarera en estas colonias se convirtió rápidamente en una piedra angular de la economía británica. Uno de los subproductos de la producción de azúcar era la melaza, que podía fermentarse y destilarse para obtener ron. El ron, a diferencia de la cerveza, era altamente concentrado y no perecedero, lo que lo convertía en una alternativa ideal para las provisiones navales.


Dibujo de WRNS entregando a los marineros su ración de ron durante la Segunda Guerra Mundial.

El momento decisivo para la introducción del ron en la Marina Real Británica llegó en 1655, tras la captura de Jamaica por parte de los británicos a los españoles. Jamaica pronto se convirtió en una de las colonias productoras de azúcar y ron más importantes del Imperio Británico. Con un suministro constante y abundante de ron disponible, se hizo posible reemplazar la cerveza por ron como ración diaria de los marineros.

La transición del ron de un complemento ocasional a una ración regular se formalizó en 1731, cuando el Almirantazgo emitió una normativa que estandarizaba su distribución. Según estas normas, cada marinero tenía derecho a media pinta de ron al día, que normalmente se dividía en dos raciones. Se trataba de una cantidad considerable teniendo en cuenta el alto contenido de alcohol del ron, que a menudo superaba el 50% de alcohol por volumen.

La decisión de ofrecer ron en lugar de cerveza también tuvo implicaciones estratégicas. El fuerte licor destilado no solo era más compacto y duradero, sino también más potente, lo que significaba que se podían transportar cantidades más pequeñas para lograr el efecto deseado. Además, el ron se podía almacenar en barriles de madera, que ya eran un estándar en los barcos para almacenar otras provisiones, lo que simplificaba aún más la logística.

La ración de ron y la disciplina naval

La vida a bordo de un barco de la Marina Real Británica durante los siglos XVII y XVIII era dura y monótona. Los marineros se enfrentaban a largos periodos en el mar, a menudo en condiciones incómodas y de hacinamiento, con la amenaza constante de enfermedades, mala alimentación y los peligros del combate. La ración de ron proporcionaba un momento de respiro y consuelo en una rutina que de otro modo sería agotadora. La anticipación del trago diario era un estímulo moral, un placer pequeño pero significativo que los marineros esperaban con ansias en medio de los rigores diarios de la vida naval.

El ritual de la ración de ron también fomentaba un sentido de camaradería entre la tripulación. Las experiencias compartidas, como el acto comunitario de recibir y consumir el trago, ayudaban a crear vínculos entre los marineros, creando una fuerza de combate unificada y cohesionada. Este sentido de unidad y moral era crucial para mantener altos niveles de rendimiento y preparación, especialmente durante los viajes largos y arduos.


Midiendo 'The Tot' a bordo del HMS Belfast. Imagen de Kjetil Bjørnsrud CC BY 2.5 Midiendo 'The Tot' a bordo del HMS Belfast. Imagen de Kjetil Bjørnsrud CC BY 2.5

Por otra parte, la distribución del ron estaba estrictamente controlada por los oficiales navales, que lo utilizaban como medio para imponer la disciplina y recompensar el buen comportamiento. La ración diaria de ron era distribuida por el sobrecargo del barco bajo la atenta mirada de los oficiales, que se aseguraban de que se distribuyera de forma justa y de acuerdo con las normas. Este mecanismo de control también permitía a los oficiales retener el ron como forma de castigo por las infracciones, reforzando así la disciplina.

La posibilidad de embriaguez y los problemas asociados exigían una regulación estricta. Para mitigar los riesgos, el ron se solía diluir con agua para crear grog, una práctica introducida por el almirante Edward Vernon en 1740. La iniciativa de Vernon de mezclar ron con agua, creando grog en una proporción de 4:1, tenía como objetivo reducir la probabilidad de intoxicación. El grog también tenía el beneficio práctico de hacer que la ración durara más, lo que proporcionaba un aumento sostenido de la moral durante todo el día.

El almirante Vernon, conocido como “Old Grog” por la capa de grog que vestía, instituyó este cambio para combatir los efectos nocivos del consumo de ron puro. La dilución no solo disminuyó el impacto inmediato del alcohol, sino que también ayudó a prevenir la deshidratación y mitigar algunos riesgos para la salud. Además, la adición de jugo de cítricos al grog ayudó a prevenir el escorbuto, una afección común entre los marineros debido a la falta de vitamina C.

El aspecto ritualista de la ración de ron también contribuyó a la cultura de la Marina Real. Los horarios y procedimientos específicos para distribuir el ron se convirtieron en parte de la tradición naval, con frases fijas como “¡Ánimo!” que marcaban el inicio de la distribución. Estas tradiciones ayudaron a inculcar un sentido de identidad y continuidad entre los marineros, vinculando a generaciones de personal naval a través de costumbres compartidas.


La decadencia de la ración de ron

A mediados del siglo XX, la naturaleza de la guerra naval había experimentado cambios significativos. La introducción de tecnología más avanzada y sofisticada en los buques de guerra exigía a los marineros mantener mayores niveles de alerta, precisión y pericia técnica. El manejo y mantenimiento de maquinaria compleja, sistemas de navegación avanzados y nuevo armamento exigía que los marineros estuvieran en óptimas condiciones físicas y mentales. Los efectos del consumo de alcohol, incluso en cantidades moderadas, se consideraban cada vez más incompatibles con estas exigencias.

A medida que los buques de guerra se hicieron más rápidos, más maniobrables y equipados con armamento más sensible y poderoso, el margen de error se redujo considerablemente. La posibilidad de que el alcohol afectara el juicio, ralentizara los tiempos de reacción y redujera la coordinación se convirtió en una preocupación seria. La seguridad y la eficacia de las operaciones navales dependían de la capacidad de la tripulación para realizar sus tareas con la máxima eficiencia y el mínimo riesgo, lo que hacía que el consumo diario de alcohol fuera cada vez más insostenible.

En la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, se hizo cada vez más hincapié en la salud y el bienestar del personal militar. Los avances en la ciencia médica y una mejor comprensión de los efectos a largo plazo del consumo de alcohol en la salud llevaron a un mayor escrutinio de las raciones de ron. El consumo crónico de alcohol se asoció a una serie de problemas de salud, entre ellos enfermedades hepáticas, problemas cardiovasculares y deterioro de la función cognitiva.


La tripulación a bordo del HMS Royal Oak recibe sus raciones de ron en 1916.

La presión para lograr estándares profesionales más elevados dentro de la Marina Real también jugó un papel crucial en la decisión de abolir la ración de ron. A medida que la Marina buscaba presentarse como una fuerza moderna y profesional, el consumo diario de alcohol por parte de su personal se consideraba cada vez más anacrónico y poco profesional. La Marina Real pretendía alinearse con las prácticas de otras armadas modernas, muchas de las cuales ya habían eliminado tradiciones similares.

La decisión de poner fin al racionamiento de ron fue impulsada tanto por presiones internas como externas. En el ámbito interno, los líderes navales reconocían cada vez más que la tradición, si bien históricamente significativa, ya no era adecuada para la marina moderna. Los informes y estudios que destacaban el impacto negativo del alcohol en la salud y el rendimiento de los marineros proporcionaban pruebas contundentes de que se debía cambiar. Además, el movimiento de abstinencia, que había cobrado impulso a lo largo del siglo XIX y principios del XX, seguía influyendo en la opinión pública y la política militar.

En el ámbito externo, las actitudes sociales respecto del consumo de alcohol estaban cambiando. En el período de posguerra, se observó un mayor apoyo a los estilos de vida más saludables y una mayor conciencia de los peligros del abuso del alcohol. Estos cambios de actitud se reflejaron en el contexto cultural más amplio e influyeron en el apoyo público y político a la reforma en el ejército.

La decisión de la Junta del Almirantazgo en 1969 de eliminar gradualmente la ración de ron fue trascendental. Para facilitar la transición, la decisión se implementó gradualmente, y culminó con la entrega final del tot diario el 31 de julio de 1970, un día que se conoció como el "Día del Tot Negro". En este día, los marineros recibían su última ración de ron y se celebraban ceremonias especiales para marcar el final de la tradición. Algunos marineros lamentaron la pérdida de una preciada costumbre que había sido parte de la vida naval durante más de 300 años, mientras que otros lo vieron como un paso necesario hacia adelante.

En lugar de la ración de ron, la Marina Real introdujo una compensación monetaria conocida como “asignación de grog”, destinada a proporcionar a los marineros un beneficio alternativo. Además, se puso a disposición cerveza a bordo en condiciones controladas, lo que permitió un consumo de alcohol más moderado y regulado.







miércoles, 17 de enero de 2024

Argentina: Primer registro de la bandera flameando en Buenos Aires

Acuarela del Fuerte de Buenos Aires en 1816 mostrando orgullosa la albiceleste





6 de septiembre de 1816:
Emeric Essex Vidal, acuarelista británico, desde la borda de la fragata inglesa “Hyacinth”, pintó una acuarela de gran valor documental, donde se ve a pleno color la insignia celeste y blanca tremolando en la torre del Fuerte de la ciudad. Es la primer representación de la Bandera Nacional.
Esta acuarela sobre papel, mide 25 x 37 cm. Firmado E. E. Vidal y fechada 1816 abajo a la derecha.
Ref: En el reverso una detallada descripción de la costa de la ciudad de Buenos Ayres, debajo lleva la inscripción "The Castle of Buenos Ayres, and the beach beneath taken from the Mole Head: 6 sept. 1816 -
E.E. Vidal".
Reproducida en la lámina 58 del libro "Iconografía de Buenos Aires" de Bonifacio del Carril y Anibal Aguirre Saravia. Citamos el comentario de esta acuarela tomada del libro ".. En la primera acuarela que Vidal pintó al llegar a Buenos Aires el 6 de septiembre de 1816 dibujó, precisamente la imagen del Fuerte. Se estaban realizando en esos días las ceremonias del juramento de la independencia, declarada el 9 de julio en Tucumán.
Aparece enarbolada en el bastión norte la bandera adoptada como símbolo patrio por el Congreso. Es también la primera representación pictórica de la Bandera que se conoce. Para ejecutar esta acuarela, Vidal se situó en el antiguo muelle que existía desde la época colonial a la altura de las calle Cangallo y Sarmiento, frente a la Alameda ...".

domingo, 19 de febrero de 2023

España Imperial: La derrota de Cartagena de Indias por Blas de Lezo

Así fue la humillante derrota de los británicos en Cartagena de Indias

Blas de Lezo obtuvo su última victoria en Cartagena ante una flota británica de proporciones descomunales.
Muy Historia
Fran Navarro






El 13 de marzo de 1741, la mayor flota conocida hasta entonces asedió Cartagena de Indias, uno de los principales puertos del comercio español en América. Entre los motivos del ataque estaban la ambición política y económica de Gran Bretaña, el honor mancillado y una oreja.
La oreja de Jenkins

A inicios del siglo XVIII, España continuaba teniendo el monopolio del opulento comercio con América. El Nuevo Mundo y sus riquezas pertenecían a la corona española y el resto de estados buscaban la manera de hacerse con un trozo del pastel. El Tratado de Utrecht, en 1713, dio una oportunidad a Gran Bretaña. Se le concedió el llamado “navío de permiso”, una autorización por la que Inglaterra podía enviar un barco al año con capacidad para 500 toneladas de mercancía para comerciar en los territorios españoles de América.

Este comercio resultó muy beneficioso para Reino Unido y, claro, con un trozo tan rico, no pudo resistirse a meter las manos en el resto del pastel. Gran Bretaña utilizó el navío de permiso para ejercer el contrabando. No eran los únicos, lo que, sumado a un aumento de la piratería, hizo que España se pusiera seria defendiendo su comercio. Los encontronazos entre guardia costera y contrabandistas se intensificaron hasta que todo explotó.

En 1731, los españoles a bordo de La Isabela detuvieron al bergantín británico Rebecca cerca de Florida. El capitán Julio León Fandiño comprobó que la carga excedía las 500 toneladas permitidas, así que requisó la mercancía, acusó de contrabando al navío y le cortó una oreja al capitán inglés, Robert Jenkins, mientras le decía:

"Ve y di a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”.


Unos años más tarde, Jenkins relató lo sucedido en el Parlamento británico. Se cuenta que incluso mostró su oreja cortada en un frasco de cristal. Fue el casus belli para que el 23 de octubre de 1739, el rey Jorge II de Gran Bretaña declarara la guerra a la corona española, por entonces con Felipe V en el trono.



domingo, 11 de septiembre de 2022

Guerras coloniales: La batalla de San Agustín (1740) en la Florida española

Batalla de San Agustín

Weapons and Warfare

 


Grabado contemporáneo de Thomas Silver que representa el asalto británico a la española St. Augustine, Florida, en junio de 1740.

Transcripción del Mapa de Silver:

“Una vista de la ciudad y el castillo de San Agustín, y el campamento inglés antes, 20 de junio de 1740. Por Thos. Plata.

  1. The English South Trench [?] 3 18 libras y 2 morteros pequeños
  2. Un Pantano de donde jugamos con 20 Cohorns
  3. Isla Eustatia, que es principalmente arena y arbustos
  4. Marineros lanzando cañones al alcance del castillo
  5. Una Trinchera Norte 3 18 prs y un Mortero de 24:1:10
  6. Genl. Tiendas de soldados, indios y marineros de Oglethrop
  7. Un mirador tomado el 12 de junio
  8. Soldados y marineros desembarcando el 11 de junio
  9. Una batería de arena abandonada en nuestro enfoque
  10. Capitán Warren Comandante de los marineros izando la bandera de unión a bordo de una goleta
  11. Los pozos marineros para regar la navegación

Barcos1.

  1. Flamborough
  2. Héctor
  3. Ardilla
  4. Sarro
  5. Fénix
  6. Woolf
  7. gasto

Emplearon en esta expedición unos 200 marineros, 400 marineros y 300 indios.

Fuerzas de los Españoles 1000 además de un Fuerte Castillo y 4 Barcas Fortificadas y un Río Poco Profundo obstaculizando nuestras Naves Jugando sobre ellas.

Una cuenta del asedio de San Agustín en la carta a bordo ye Héctor. El 30 de mayo llegamos cerca de St. Augustine, el 1 de junio se nos unió el Flamborough. El Capitán Pearse, el Capitán Fénix Fanshaw, el Capitán Tártaro Towshend y el Capitán Ardilla Warren de 20 cañones cada uno además del Capitán Spense Sloop Laws y el Capitán Lobo Dandrige.

En el segundo coronel Vander Dufen con 300 Carolina Soldiers apareció en el norte de la ciudad. El día 9 Genl. Oglethorpe llegó por mar con 300 soldados y 300 indios de Georgia. El día 10 fueron llevados a tierra en los barcos Men of Wars al amparo de los pequeños Ships Guns. Desembarcaron en la Isla Eustatia sin Oposición y tomaron la Vigía de G.

El 13º Capitán Warren en una goleta y otras balandras armadas y Pettyaugers anclados en su puerto justo fuera de Cannon disparó hasta el 26 cuando los marineros se emplearon en desembarcar artillería y otras tiendas al alcance del cañón enemigo. Ocasión en la que descubrieron un Espíritu e Intrepidez sorprendentes. La misma noche se levantaron dos baterías, pero demasiado lejos.

El 27, el general convocó al gobernador a rendirse, quien envió un mensaje de que estaría encantado de estrecharle la mano en su castillo. Esta arrogante respuesta fue ocasionada por una Victoria muy cara, que 500 españoles habían obtenido sobre 80 montañeses, 50 de los cuales fueron asesinados, pero murieron como héroes matando el triple de ellos.

El 29, el mal tiempo obligó a los hombres de guerra a hacerse a la mar desde [?], pero un hombre murió. Acto seguido se levantó el sitio”.

Fecha de inicio: 13 de junio de 1740

Fecha de finalización: 20 de julio de 1740

Asedio británico fallido de St. Augustine, Florida, controlado por los españoles, que tuvo lugar durante junio-julio de 1740 y la guerra anglo-española (1739-1744). En 1733, James Oglethorpe fundó la colonia de Georgia en Savannah, cerca de la desembocadura del río Savannah. Estableció Georgia en tierras ya reclamadas por España.

Desde el principio, Oglethorpe hizo los preparativos para una eventual confrontación con España, esperando el momento oportuno hasta que pudiera reunir la fuerza suficiente para atacar San Agustín, entonces el bastión más valioso de España en Florida. Mientras tanto, Londres, cauteloso de iniciar una guerra con España en el Nuevo Mundo, restringió a Oglethorpe de cualquier esfuerzo por realizar sus ambiciones militares.

Asaltar a San Agustín no sería fácil. Las islas de barrera protegían el puesto español y el puerto era demasiado poco profundo para que se acercaran grandes buques de guerra. Las rupturas ocasionales entre las islas proporcionaron entradas a través de las cuales los barcos más pequeños podían acercarse a San Agustín y su principal bastión defensivo, el Castillo de San Marcos.

El comienzo de la guerra anglo-española en 1739 (la guerra de la oreja de Jenkins) llevó a Londres a alentar a Oglethorpe a lanzar incursiones contra los españoles en el sur y, a fines del invierno de 1739, Oglethorpe comenzó a hacer preparativos para un ataque en San Agustín. tanto por tierra como por mar. La fuerza terrestre de Oglethorpe de unos 180 colonos y nativos americanos tomó fácilmente los pequeños fuertes satélites al norte y al oeste de St. Augustine: Mosé, Picolata y Pupo. Sus fuerzas principales llegaron por mar frente a St. Augustine en ocho barcos el 13 de junio de 1740, lo que proporcionó a Oglethorpe 1000 tropas coloniales adicionales y 200 guerreros nativos americanos, la mayoría de los cuales eran cherokees.

Casi de inmediato, los ingleses aseguraron el control de Anastasia, la isla barrera directamente frente al Castillo. Setecientos cincuenta soldados españoles que defendían el fuerte ahora se enfrentaban a los 1.400 hombres de Oglethorpe.

El gobernador español de San Agustín, Manuel de Montiano, envió un llamamiento inmediato a Cuba en busca de refuerzos y suministros. Al igual que con su asalto a San Agustín en 1702, los ingleses pronto se dieron cuenta de que su única esperanza de victoria era matar de hambre a los defensores del fuerte. Montiano estimó que tenía raciones para menos de un mes. A diferencia del gobernador Joseph de Zúñiga y Cerda, que había defendido la fortaleza en 1702, Montiano no estaba dispuesto a librar una batalla puramente defensiva.

Aprovechando el hecho de que las fuerzas terrestres y navales inglesas estaban dispersas debido a la geografía del puerto y, por lo tanto, no podían coordinar de manera efectiva las medidas defensivas, Montiano montó una salida que recuperó Fort Mosé el 26 de junio.

Oglethorpe entonces inició un bombardeo del Castillo de San Marcos que duró 27 días. Sin embargo, el fuerte se salvó del impacto total del fuego del cañón debido a las aguas poco profundas y la distancia resultante de los barcos de Oglethorpe desde la fortaleza. Además de los problemas de Oglethorpe, estaba el carácter único de las paredes del fuerte. Fue construido de coquina, una piedra caliza blanda formada por fragmentos de concha comprimidos. En lugar de romperse con el impacto, las paredes absorbieron el impacto de las balas de cañón con sorprendente facilidad.

El mayor peligro para los defensores era el hambre y, a principios de julio, Montiano ordenó la mitad de las raciones. Al mismo tiempo, recibió la grata noticia de que se habían avistado barcos de socorro españoles frente a la costa, aproximadamente a 70 millas al sur. Desafortunadamente para Montiano, estos barcos no pudieron llegar al puerto porque los barcos de Ogle-thorpe estaban protegiendo la mayoría de las ensenadas navegables que permitían el acceso más allá de las islas de barrera al paso interior. Montiano luego envió cinco botes de poco calado para recuperar los suministros. Esperando hasta que un buque de guerra inglés estuvo fuera de la vista de la ensenada de Matanzas, estos barcos pudieron deslizarse por el paso interior y llegar al fuerte el 3 de julio. A mediados de julio, los hombres de Oglethorpe estaban muy desmoralizados. Aquejados por el calor y los mosquitos, estuvieron a punto de amotinarse.

Referencias Arnade, Charles W. “Raids, Sieges, and International Wars”. En The New History of Florida, editado por Michael Gannon, 100-116. Gainesville: University Press of Florida, 1996. Baine, Rodney E. “General James Oglethorpe and the Expedition Against St. Augustine”. Georgia histórico trimestral 84 (2000): 197-229. Waterbury, Jean Parker, ed. La ciudad más antigua: San Agustín, Saga of Survival. St. Augustine, FL: Sociedad Histórica de St. Augustine, 1983.