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viernes, 20 de febrero de 2015

España: Los bastardos de la línea Borbón

Los reales hijos bastardos de los Borbones

Javiero Sanz - Historias de la Historia

Lo de la sangre azul ya no se lleva. Y mejor no analizar la sangre de las monarquías del Viejo Mundo porque las podemos encontrar de todos los colores. Hace milenios, la realeza se mantenía pura en cuanto a que la descendencia tenía que ser del mismo linaje sanguíneo, sin mezclas foráneas. Desde hace siglos ese fin ya está desvirtuado por mucho que los cronistas se hayan empeñado en ocultar los deslices de algunos monarcas y las consecuencias que ello ha traído. Pasó con los Austrias (Felipe IV, famoso por sus infidelidades, tuvo más de 37 hijos bastardos, uno de ellos con una famosa actriz María Calderón “La Calderona“) y ha pasado, como era de suponer, con los Borbones.

Son varios libros los que han hecho referencia a esta manía de coleccionar amantes regios, pero uno de los últimos es Bastardos y borbones: Los hijos desconocidos de la dinastía (2011) donde José María Zavala desmenuza la compleja red de hijos ilegítimos que los reyes Borbones han traído al mundo desde los tiempos de Carlos IV hasta el siglo XX.


Árbol genealógico Borbones

Empecemos la lista con Carlos IV. En realidad, ninguno de sus hijos los engendró él, así que fueron borbones por parte de madre, la promiscua María Luisa de Borbón Parma, una prima hermana, y ya se sabe que esos matrimonios no traen buenas consecuencias genéticas. Tuvieron 14 hijos de las veinticuatro veces que la reina estuvo embarazada, pero sólo siete llegaron a la edad adulta. Quien llegó a sucederle en el reino, Fernando VII, fue casi con toda seguridad hijo bastardo de María Luisa y su amante Manuel Godoy. Y hay pruebas. Un sobre, con la indicación de “Reservadísimo”, incluía una carta fechada el 8 de enero de 1819 en la que fray Juan de Almaraz, confesor de la reina, afirmaba que seis días antes, tras escuchar la última confesión, in articulo mortis, de María Luisa, ésta le había transmitido…

ninguno, ninguno de sus hijos y hijas, ninguno, era del legítimo matrimonio… Ninguno de mis hijos lo es de Carlos IV y, por consiguiente, la dinastía de Borbón se ha extinguido en España.
carta


Duras palabras expresadas para obtener el perdón divino y el descanso de su alma. Este documento se conserva en el archivo del Ministerio de Justicia. Su hijo Fernando VII se casó cuatro veces y sólo tuvo descendencia con la última, María Cristina de Borbón. Para permitir que reinase su primogénita, promulgó la Pragmática Sanción que abolía la Ley Sálica impuesta por Felipe V que prohibía reinar a las mujeres, lo que originó una guerra civil pues su hermano Carlos María Isidro no lo aceptó de buena gana y fue el comienzo de las Guerras Carlistas.

Conclusión: si ninguno de los hijos de María Luisa de Parma eran hijos de su marido, entonces Fernando VII (padre de Isabel II) y los infantes Carlos María Isidro (cabeza de la rama carlista) y Francisco de Paula, el padre de Francisco de Asís, marido de Isabel I, ¿eran Borbones auténticos?

Aquí no acaba la cosa del fornicio. Cuando Isabel II contaba 16 años, el Gobierno arregló un matrimonio con su primo hermano Francisco de Asís. Aseguran los historiadores que cuando la reina se enteró de quién iba a ser su futuro esposo exclamó: “¡No, con Paquita no!” Tal y como relató al embajador Fernando León y Castillo durante su exilio parisino, Isabel II dijo: «¿Qué podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes que yo?». Por encima de tales anécdotas, escritores próximos a los hechos (como Baroja) refieren que el Rey consorte (al que tanto le iba el conejo como la trucha) era padre de varios hijos ilegítimos y se le conocían diversas amantes. Oficialmente, Isabel II de Borbón tuvo doce embarazos, contando varios abortos, de los que sólo sobrevivieron cinco hijos. Uno de ellos fue concebido por el capitán de ingenieros Enrique Puigmoltó, según los rumores más persistentes y maliciosos. Tal era así que el futuro rey Alfonso XII, a nivel popular, tenía el sobrenombre de “Puigmoltejo“.

La licenciosa vida de la reina Isabel II no quedó desmerecida en absoluto por las correrías de su hijo Alfonso XII, padre de dos bastardos que no llegaron a reinar: Alfonso, nacido en 1880, y Fernando, al año siguiente, fruto de su relación con la cantante de ópera Elena Sanz, a los que pasaba una pensión como buen padre de familia lejana. Muerto el rey en 1885, su viuda y regente María Cristina de Habsburgo, apodada Doña Virtudes, se negó a continuar pagando a los que consideraba hijos del pecado. La cantante supo hacer valer su condición y mediante un hábil chantaje en el que utilizó las cartas que conservaba de su amante, logró una importante suma de dinero, nada menos que 750.000 pesetas de 1886, una fortuna que pagó el Patrimonio del Estado para que no se dieran a conocer públicamente estos descendientes bastardillos. Algo que no consiguió. Una de las cartas de amor decía: “IDOLATRADA ELENA: Cada minuto te quiero más y deseo verte, aunque esto es imposible en estos días. No tienes idea de los recuerdos que dejaste en mí. Dime si necesitas guita y cuánta. A los nenes un beso de tu Alfonso”.

Y su sucesor legítimo, Alfonso XIII, tampoco le fue a la zaga en las hazañas que hizo su abuela o su padre. Fue el introductor del cine porno en España pues le gustaban con delirio estos pequeños cortos de la Royal Films (curioso nombre para no levantar sospechas, digo yo) y tal vez, fruto de esos ardores del celuloide, dio rienda suelta a su imaginación y tuvo varios hijos ilegítimos, tres de ellos con la actriz Carmen Ruiz Moragas. Uno fue el famoso Leandro Alfonso Ruiz de Moragas (nacido en 1929) que consiguió el derecho judicial a usar el apellido Borbón. El destino, que es muy caprichoso, quiso que otro de ellos, el actor Ángel Picazo, representase el papel de su padre en la película Las últimas horas (1965).


Leandro Alfonso Ruiz de Moragas

Y aquí dejamos la lista borbónica sin añadir más nombres a la misma porque al final tendrían razón los hermanos Bécquer cuando Gustavo Adolfo escribió y Valeriano dibujó un álbum de láminas procaces e irreverentes, con el seudónimo de Sem, para avisar de los excesos sexuales del reinado de Isabel II y toda su corte, con el expresivo título de “Los Borbones en pelota“. Pues punto pelota y a otra cosa, mariposa.

lunes, 16 de febrero de 2015

Los Borbones en América

Borbones en América


Felipe V de Borbón y su familia

El absolutismo auspiciado por los Borbones, y la pretensión de hacer olvidar las ideas populistas enseñadas por los jesuitas, mediante la acción de funcionarios peninsulares designados para actuar en América, no tuvo suficiente fuerza como para borrar las tesis fundamentales de la neoescolástica. Sin embargo, tanto en España como en las provincias del Nuevo Continente, el cambio de dinastía significó la paulatina consolidación de medidas gubernamentales que constituían la negación de toda una tradición de varios siglos. En la península ibérica murieron “en manos del primer Borbón (nieto de Luis XIV), las libertades locales, el régimen foral, el municipio y los gremios, quedando anulados en su influencia política las clases sociales, especialmente la eclesiástica, por el atropello a la Iglesia en sus inmunidades y fueros, que cometió el naciente regalismo” (1).

En América, “en lo que a la vida administrativa se refiere, el absolutismo no innovó de entrada. La experiencia había demostrado la bondad del régimen creado por los Austrias, bondad confirmada por la circunstancia de que las provincias americanas se mantenían fieles a la corona sin necesidad de apelar a fuerzas de ocupación ni a medidas de carácter coercitivo. Es así como los cabildos continuaron con sus libertades hasta la aparición de la Ordenanza de Intendentes, acto de cercenamiento de esas libertades, que el Virreinato del Río de la Plata fue el primero en sufrir. Antes de él, la expulsión de la Compañía de Jesús constituyó una demostración de que algo había cambiado en la península y, por cierto, el comprobarlo, lejos de contribuir a la unidad del imperio, produjo en él una primera fisura, pues los americanos tenían muy fundadas razones para respetar la obra realizada por los jesuitas en la tarea de elevar el nivel de civilización y cultura en el Nuevo Mundo” (2).

Además, habiendo sucedido a la expulsión de la Compañía, las reales cédulas encaminadas a obtener el destierro de las doctrinas populistas y a la prohibición de estudiar en los claustros universitarios las teorías referentes al “regicidio” o “tiranicidio”, y las restantes medidas encaminadas a difundir los principios absolutistas de la dinastía borbónica, a manera de ultra compensación contribuyeron a prestigiar en América a la Compañía, favoreciendo así, por paradoja, el posterior movimiento emancipador. No es sorprendente, pues, que en 1784, Ambrosio Funes, en carta dirigida a uno de los sacerdotes expatriados por Carlos III, le dijera, con motivo de la insurrección de Tupac Amaru: “Ni en diez y ocho siglos acabaremos de soltar las raíces que ustedes plantaron en nuestro interior y exterior modo de pensar”. Ramiro de Maetzu, en su obra Defensa de la hispanidad, asegura que la expulsión de los jesuitas fue uno de los factores que más eficazmente contribuyó a indisponer los ánimos de los criollos contra las arbitrariedades de la metrópoli (3). “Aquel acto de embravecido despotismo, por el que fueron expatriados los jesuitas en 1767, pudo ser aplaudido en algunos centros o núcleos liberales de la península, pero fue universalmente repudiado en América. No puede dudarse de esta realidad, y la prueba más elocuente la hallamos en el hecho de que no bien se produjo la emancipación en las diversas regiones hispanoamericanas, una de las primeras iniciativas fue, doquier, la referente a la vuelta de los jesuitas. Media centuria no había bastado para borrar ni aun para debilitar el altísimo concepto que de ellos tenía la América hispana. Aún más: no pocos de los que pretendieron trabajar en pro de la emancipación, como el famoso Manquiano, se disfrazaron de jesuitas sin serlo para poder así conquistarse más fácilmente los ánimos de las gentes” (4). Por el prestigio que aun después de la expulsión conservaba la Compañía, “se creía que el arroparse de jesuita era una garantía de éxito ante las gentes americanas. Fue así la palabra jesuita como una alborada de la palabra democracia… y con ella se confundía doctrinalmente, ya que antes y después de 1767 fueron los religiosos de la Compañía de Jesús los más decididos y fervorosos paladines de las doctrinas populistas, plenamente antiabsolutistas” (5).

Sin lugar a dudas, las ideas despóticas pregonadas por los españoles durante la segunda mitad del siglo XVIII unidas a la arbitraria expulsión de 1767, contribuyeron a amenguar la influencia de la neoescolástica. Empero, a pesar de estos factores, las doctrinas políticas de los expulsos sobrevivieron a las medidas dictadas con el objeto de extirparlas (6). “Si bien es cierto que el despotismo monárquico persiguió la escueal jesuítica y logró la extinción de la Compañía, privando repentinamente a la cultura rioplatense de las cátedras en que se nutría, no pudo su ensañamiento desarraigar de las mentes las ideas suarecianas sobre el origen democrático de la autoridad que iluminan los primeros movimientos populares de nuestra independencia nacional. Esto último constituye el hecho más extraordinario en la historia de las ideas políticas argentinas, y revela la hondura y perseverancia con que maduraron en la conciencia de las sucesivas generaciones las enseñanzas difundidas, con autoridad y coherencia, desde las primeras cátedras universitarias del país” (7).

La influencia de los antecedentes doctrinales que se remontan a Vitoria, a Suárez y a todos los autores de la escuela política española, se prolonga –como lo veremos más adelante- superando las vallas opuestas por el absolutismo borbónico, durante los años en que, como consecuencia de la expansión napoleónica, los virreinatos y capitanías generales reasumieron el poder conferido a la momentáneamente acéfala Casa de Castilla. Los iberoamericanos se limitaron, en tal emergencia, a aplicar principios políticos seculares y preceptos contenidos en la misma legislación hispánica. “El argumento jurídico de la instalación de las Juntas en América estaba dado por el derecho político español, y los mismos supuestos sobre los que se erigieron las Juntas en España iban a servir para que se organizasen los nuevos gobiernos en este lado del Atlántico” (8). En la península ibérica obraban los españoles siguiendo lo dispuesto en las Leyes de Partidas. “En la ley tercera, título décimoquinto de la partida segunda, se indicaba que, para los casos en los cuales el rey estaba impedido para gobernar y no había designado regentes, debía constituirse una junta de gobierno cuyos vocales serían designados por los mayorales del reino, prelados, hombres ricos, demás hombres buenos y honrados de las villas, con el objeto de evitar el despotismo que pudiera originarse si se designaba para la regencia una persona solamente” (9).

No es extraño, pues, que en América los criollos procedieran de manera análoga. Por todo ello, sin minimizar las restantes influencias ideológicas que vamos a analizar, estimamos que la objetividad obliga a acordar prioridad en la génesis del pensamiento emancipador a las doctrinas de origen hispánico. Nos explicamos que tales precedentes hayan sido soslayados o ignorados por nuestros primeros historiadores en razón de que, en la época en que escribieron, subsistía –parcialmente al menos- la hispanofobia difundida en América con motivo de las guerras provocadas por nuestra emancipación. “La Revolución de Mayo –ha escrito Ricardo Levene- está enraizada en su propio pasado y se nutre en fuentes ideológicas hispanas e indianas. Se ha formado durante la emancipación española y bajo su influencia, aunque va contra ella, y solo periféricamente tienen resonancia los hechos y las ideas del mundo exterior a España e Hispano-América que constituía un orbe propio. Sería absurdo filosóficamente, además de serlo históricamente, concebir la Revolución de Mayo como un acto de imitación simiesca, como un epifenómeno de la Revolución Francesa o de la Revolución Norteamericana. El solo hecho de su extensión y perduración en veinte Estados libres es prueba de las causas lejanas y vernáculas que movieron a los pueblos de América a abrazar con fe la emancipación, hecho trascendental que está en la serie universal de las revoluciones libertadoras” (10).

Referencias


(1) Belisario Montero. Un filósofo colonial: el doctor Carlos Joseph Montero, Buenos Aires, 1915, ps. 117 y 119.
(2) Vicente D. Sierra. Historia de las ideas políticas en Argentina, Buenos Aires, 1950, página 121.
(3) Ver Archivo de la Provincia Argentina de la Compañía de Jesús: Carta de don Ambrosio Funes, 1784; y Defensa de la hispanidad, p- 106, citados por Guillermo Furlong S. J., en Los jesuitas y la escisión del Reino de Indias, ps. 106 y 107.
(4) Guillermo Furlong S. J., ob. Cit., p. 106.
(5) Ídem, p. 83.
(6) Ver Guillermo Furlong S. J., Nacimiento y desarrollo de la filosofía en el Río de la Plata, p. 219. Ver también la supervivencia de las doctrinas populistas en Raúl A. Orgaz, Cuestiones y notas de historia, Córdoba, 1922, ps. 28 a 30. Sobre las enseñanzas del padre franciscano Juan José Casal ver la citada obra Los jesuitas y la escisión del Reino de Indias, p- 60.
(7) Atilio Dell’Oro Maini, Presencia y sugestión del filósofo Francisco Suárez, Buenos Aires, 1959, p. 19.
(8) Edberto Oscar Acevedo, América y los sucesos europeos de 1810, en revista “Estudios”, nº 513, p. 173, mayo de 1960.
(9) Ídem, p. 173.
(10) Ricardo Levene, Historia filosófica de la Revolución de Mayo, La Plata, 1941, p. 11.

Fuente

Rodríguez Varela, Alberto, Romero Carranza , Ambrosio y Ventura Flores Pirán, Eduardo – Ediciones Pannedille, “Historia Política de la Argentina”, Tomo 1, Buenos Aires (1970).
Turone, Gabriel O. – Portal www.revisionistas.com.ar

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