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jueves, 5 de noviembre de 2026

Chile: El Boinazo de Pinochet (h)

“Boinazo” a Aylwin por un hijo de Pinochet

Pocos momentos en la historia de Chile un caso de corrupción termina sacando militares a la calle para amedrentar al poder civil. Lo ocurrido en mayo de 1993 fue uno de esos tristes casos, que se adornó con otras demandas institucionales pendientes.




El 28 de mayo de 1993 la imagen de militares con boinas negras y tenidas de camuflaje sorprendió al país: Un problema familiar de Augusto Pinochet ligado al manejo irregular de dineros de uno de sus hijos llevó al Ejército a provocar una crisis con el mundo político.


Por Oscar Sepúlveda P. || La Segunda


Escudriñar en lo ocurrido en Santiago de Chile ese viernes 28 de mayo de 1993 es un ejercicio tenso, nervioso y a ratos incluso triste, pero necesario.

El tiempo transcurrido desde entonces –casi tres décadas– ayuda a separar lo esencial de lo accesorio, y a distinguirlo negro del blanco, superados temores y sensibilidades que en esos años imponían lecturas en extremo cautelosas.

A Patricio Aylwin –quien acababa de cumplir entonces tres de los cuatro años que duraba el mandato para el que había sido elegido en 1989– le tocó vivir entre fines de mayo y comienzos junio del 93 una nueva pesadilla, y esta vez a la distancia, porque desde hacía una semana se encontraba fuera de Chile, en gira por los países nórdicos de Europa y la Rusia de Boris Yeltsin, acompañado de cuatro de sus ministros: Alejandro Foxley, Edgardo Boeninger, Enrique Silva Cimma y Alejandro Hales.

Personaje principal de ese episodio que remecía al país y agitaba los cuarteles, una vez más, era Augusto Pinochet Ugarte.
Habiendo perdido, en el plebiscito del 5 de octubre de 1988, la conducción del gobierno que ejerció a sangre y fuego durante 17 años, y utilizando una norma estipulada en su Constitución de 1980, permanecía aún al mando del Ejército como capitán general, uno de los tantos rasgos sui generis de la llamada “transición” chilena que eran incomprensibles para el mundo. Hoy hasta el nombre de esa etapa resulta controversial.

Cuando avisaron al Presidente Aylwin, en medio de una cena oficial en Copenhague, que los altos mandos militares en Chile se estaban movilizando nuevamente por orden de Pinochet –y esta vez, además, luciendo boinas negras, propias de las tenidas de combate–, el septuagenario gobernante debe de haber sentido una mezcla de desagrado y temor, pero no de sorpresa. Mal que mal, el primer gran gesto de amenaza lo conoció en diciembre de 1990 –cuando daba los primeros cuidados a la recién nacida criatura democrática, que aún ni siquiera cumplía un año–, bajo el tragicómico eufemismo de “ejercicio de enlace”.

Para Aylwin, lo que ocurría ahora en Santiago era uno más de los tironeos que él supo que tendría que soportar desde el minuto en que aceptó convertirse en Presidente elegido por el pueblo, pero bajo las reglas dictadas por la Constitución de Pinochet

Para Aylwin, lo que ocurría ahora en Santiago era uno más de los tironeos que él supo que tendría que soportar desde el minuto en que aceptó convertirse en Presidente elegido por el pueblo, pero bajo las reglas dictadas por la Constitución de Pinochet. De hecho, cuando en las reuniones de coordinación del cambio de mando, Aylwin insinuó al general derrotado que sería mejor para la democracia que él renunciara y aceptó recibir de vuelta esa irónica respuesta de que “nadie lo va a defender mejor que yo”, intuía en lo que se estaba metiendo.

Lo que asomaba en el trasfondo de ambas movilizaciones militares, bien lo sabía Aylwin, era uno de los problemas que más preocupaba al general: los efectos para él, su familia y su institución, del escándalo de los “pinocheques”. Se trataba de documentos por 971 millones de pesos (unos tres millones de dólares de esa época) girados por el Ejército a la cuenta del mayor de sus hijos varones, Augusto Pinochet Hiriart, por la compra de su empresa Valmoval, que se encontraba en quiebra. En 1990, el asunto derivó en la formación de una comisión investigadora de la Cámara de Diputados, que presidió el PPD Jorge Schaulsohn. Según este parlamentario, los cheques habían sido usados por el hijo de Pinochet para pagar deudas contraídas en razón de créditos conseguidos para sostener su empresa.

De todos los sinsabores que el poder trajo a Pinochet, sin duda que lo relativo a sus hijos era lo que más lo conmovía. Me lo comentó él mismo en una entrevista que me concedió ese año para el diario “La Época”. El lugar escogido para ese encuentro periodístico fue el Comando de Telecomunicaciones del Ejército, ubicado en los faldeos de la cordillera, en La Reina. Acudí esa mañana acompañado del editor fotográfico del diario, Miguel Ángel Larrea. Pinochet se mostraba,al comienzo, un tanto desconfiado sobre lo que le iba a preguntar, pero finalmente adoptó un tono distendido y cordial, mientras unos cuarenta generales lo esperaban en medio de un notorio nerviosismo para conocer las evaluaciones de la Junta Calificadora de la institución, es decir, para saber si continuaban o pasaban a retiro. Hablamos largamente de ello, del proceso de reinserción del Ejército en la nueva etapa que vivía el país y de varios otros temas. Cuando le pregunté qué haría ante la evolución del proceso por el caso de los millonarios cheques pagados por la institución a su hijo, se puso melancólico, hizo una mueca con la barbilla, y confesó que las cosas que más le dolían en la vida eran los problemas que le originaban sus hijos con sus líos de negocios. La sola mención de los “pinocheques” puso en alerta al coronel Mortimer Jofré, su ayudante, quien le recordó que lo estaban esperando hace largo rato los demás generales, lo que había parecido no importar al ex dictador. En ese momento concluyó la entrevista. Mientras nos dirigíamos con Larrea hacia la salida, venía llegando el general Jorge Ballerino, quien me había anunciado que quería estar presente durante la reunión.


–¿Y por qué te vas yendo? –me interrogó, nervioso.
–Porque ya hice la entrevista –le respondí.

–¡¿Cómo?! Pucha, yo no alcancé a llegar, mi chofer tuvo un problema con el auto. ¿Y qué pasó? ¿Qué te dijo mi general?
-¡Uf, fue bombástica la entrevista! Llega a echar humo la grabadora –me sonreí mientras le mostraba mi casetera Sony.


No sé si la cara de angustia que puso Ballerino fue sobreactuada o real, pero me divertí con la broma.

En la lectura que hacía Pinochet, acostumbrado como estaba a considerar que él y la institución eran prácticamente lo mismo, el revuelo en torno a los cheques pagados a su hijo no era más que una persecución política y una vendetta en contra del Ejército. Pese a la presión militar y a los esfuerzos del gobierno por administrar la crisis en 1990, luego de una investigación parlamentaria en la Cámara de Diputados el asunto parecía haberse cerrado. Sin embargo, cuando ya muchos lo daban por enterrado, se conoció públicamente la decisión del Consejo de Defensa del Estado(CDE) de traspasar a la justicia el caso por considerar que había presunción de delitos.




La contraparte en las negociaciones del Ejercito con el gobierno fue el general Jorge Ballerino, de larga relación con Pinochet. Aquí se ve como su edecán el 11 de septiembre de 1980, cuando se aprobó la Constitución. Al lado mira Margarita Riofrío de Merino, esposa del Almirante José Toribio Merino.

Ello motivó la amenazante reacción de Pinochet: La mañana del viernes 28 de mayo las calles en torno al palacio de La Moneda amanecieron envueltas en oscuros nubarrones, y no solo por el cielo gris con que se inauguraba esa fría jornada otoñal, sino también por los numerosos uniformes verde oscuro con manchas de camuflaje y las boinas negras de los militares apostados en los exteriores del edificio de las Fuerzas Armadas, en la esquina de la Alameda Bernardo O’Higgins con Zenteno, desde cuyo quinto piso el general Pinochet ejercía su nuevo estatus de comandante en jefe.

Comandos portando de forma visible armamento de guerra escoltaban el ingreso y salida de generales y otros altos oficiales, e impedían acercarse a los numerosos periodistas chilenos y corresponsales extranjeros que intentaban averiguar qué estaba pasando.

Coronaba la escena el bamboleo irónico de la Llama de la Libertad que el gobierno militar había instalado en el denominado Altar de la Patria, en plena Plaza Bulnes, como un homenaje a los héroes nacionales.

Horas tensas se vivían dentro y fuera de La Moneda. Desde las distintas regiones del país confirmaba el acuartelamiento y estado de alerta grado uno en que se encontraban las unidades militares y la creciente inquietud en las otras instituciones de la Defensa. No eran pocos los que temían un nuevo golpe de Estado. En los días previos había corrido insistente el rumor de un nuevo “ejercicio de enlace”, similar al realizado en diciembre de 1990.

La primera y obvia interpretación sobre la agitación castrense apuntaba a una reacción ante el titular publicado esa mañana por el diario “La Nación”, que anunciaba: “Reabren caso cheques del hijo de Pinochet”. El antetítulo agregaba: “Ocho generales citados a declarar ante la justicia”. La información aludía al traspaso realizado un mes antes por el Consejo de Defensa del Estado al 5º Juzgado del Crimen de los antecedentes de la compra de la empresa en crisis Valmoval, de Pinochet Hiriart. Sin duda, ese era el motivo central del movimiento en el tablero, aunque a medida que pasaban las horas el petitorio de los generales se iría ampliando a otros temas, que si bien también les resultaban preocupantes desde antes, en esta ocasión les resultaba oportuno plantearlos para hacer más presentable el pliego de demandas,y evitar que esta manifestación se interpretara como motivada solo por un problema familiar que angustiaba a su líder.

Cuando esa mañana el brazo político del comandante en jefe, el general Jorge Ballerino, pidió, en nombre de un Pinochet enfurecido, ser recibido en forma inmediata por el Vicepresidente de la República, Enrique Krauss, se deslizaron las primeras exigencias extras del Ejército. Sin embargo, todos sobreentendían que la situación del hijo de Pinochet era lo crucial. El titular que llameaba desde todos los quioscos era lo que hizo estallar la crisis. Una vez más, la gran historia era gatillada por una puntual herida personal.

Que el Ejército no tenía espacio para un golpe, es una aseveración fácil de formular hoy, pero no había certeza de ello en esos primeros años post dictadura saturados de peligros.

Esas consideraciones las debe de haber tenido en cuenta Krauss al ofrecer tan prestamente a Ballerino una salida a la impasse con La Nación: “No te preocupes, de eso yo me encargo”, le dijo, en respuesta a la solicitud de un desmentido del diario. El Vicepresidente estimaba que necesitaba ofrecer algo rápido para bajar la presión, puesto que frente a la decisión del Consejo de Defensa del Estado, en proceso de autonomía legal, nada podía hacer. Menos aun cuando Aylwin un mes antes había sido informado por el presidente del CDE, Guillermo Piedrabuena, de que pensaban traspasar los antecedentes a la justicia y no se había opuesto. “Haga lo que le indica la ley”, le respondió el mandatario.

A medida que pasaban las horas el petitorio de los generales se iría ampliando a otros temas, que si bien también les resultaban preocupantes desde antes, en esta ocasión les resultaba oportuno plantearlos para evitar que esta manifestación se interpretara como motivada solo por un problema familiar que angustiaba a su líder

Tras hablar Krauss con el ministro secretario general de Gobierno, Enrique Correa, sobre la exigencia del Ejército de que“La Nación” desmintiera su titular, apelando al vinculo legal del Ejecutivo con ese medio, el vocero quedó de hablar con el diario. Llamó primero al director, Abraham Santibáñez, quien se encontraba en una recepción. Habló entonces con el subdirector, Alberto Luengo. Cuando este le comentó el titular que pretendía dictarle el general Manuel Concha, director del Comité Asesor –“Ejército actúa conforme a la ley en el caso cheques”–, Correa coincidió en que esa exigencia era, además de absurda, improcedente, y le dijo que el diario se sintiera libre de hacer lo que estimara conveniente de acuerdo a sus criterios editoriales. La solución encontrada fue no llevar titular al día siguiente. En su lugar, solo una foto de los militares emboinados y embetunados. De esa forma, La Nación dio su propio boinazo en medio de ese clima tenso.

El asunto no tuvo mayores costos, porque el pliego de peticiones ya se había extendido a otros varios asuntos. Para los mismos generales, exceptuado Pinochet, no era cómodo aparecer centrando toda su fuerza en la protección del hijo del jefe.

A medida que pasaban las horas, en la reunión entre deliberativa y conspirativa que sostenía el cuerpo de generales de Ejército en los salones de Zenteno la tensión no bajó; más bien se incrementó.


 


El ministro del Interior, Enrique Krauss, enfrentó esta crisis como vicepresidente de la República, en una de las jornadas tensas que tuvo durante el gobierno de Aylwin. Aquí en otro momento: una visita de uno de sus nietos a La Moneda.

Pinochet encontraba insuficientes las respuestas del gobierno y no creía en sus explicaciones. Y mientras empezaba a ampliarse el pliego de demandas –incluyendo ahora la aceleración de los juicios a oficiales inculpados de violaciones a los derechos humanos; el no exponer a los funcionarios citados a los tribunales al escarnio de manifestantes; el retiro de la anunciada reforma a la ley orgánica de las Fuerzas Armadas; el desbloqueo de un centenar de asuntos administrativos por parte del Ministerio de Defensa, y la renuncia del titular de esa cartera, Patricio Rojas, a quien responsabilizaban de esas trabas–, surgían voces exaltadas que proponían nuevas demostraciones de fuerza, entre ellas se mencionó hasta la posibilidad de un ingreso a La Moneda. ¿Una simple visita de los generales? ¿Un copamiento? ¿Una toma del palacio?

La impasse con La Nación había sido solo el comienzo de una serie de delicadas conversaciones con el Ejército en que entraron Krauss y Correa, en los días siguientes. Como Vicepresidente de la República, Krauss invitó a Pinochet a dialogar en La Moneda, pero él no aceptó. Contrapropuso un recinto militar, a lo que Krauss se negó. Finalmente, consensuaron un encuentro en la casa del general Ballerino, en Vitacura. Allí se revisó la extensa lista de problemas que el Ejército pedía solucionar. Krauss se comprometió a hacer gestiones para resolver algunos de esos temas y estudiar otros. Lo que descartó de plano, por no estar entre sus facultades, fue acceder a la petición de cambiar al ministro de Defensa, Patricio Rojas, a quien Pinochet siempre ninguneaba y trababa de evitar. Respecto del subsecretario de Defensa, Marcos Sánchez, Krauss planteó que se podría pensar en un cambio, y agregó que de momento pondría a trabajar en los temas administrativos a su propio asesor Jorge Burgos. Tampoco aceptó firmar un acta con esos acuerdos como en un momento pidió Pinochet. Sí se concordó formar un equipo bilateral de trabajo para avanzar en el abordaje de esa agenda.

A medida que trascendían cada vez más contenidos sensibles de esas reuniones con los militares, otros asesores se encargaron de convencer al Presidente Aylwin de que era indispensable emitir desde Noruega una señal de autoridad: “No hay ni podría haber, ni el gobierno aceptaría, ningún tipo de petitorio que implicare ejercicios por parte de instituciones de la Defensa de deliberación o de actividades en el campo político. El gobierno no negocia con instituciones sujetas a obediencia respecto del gobierno”, declaró Aylwin.

El Ejército comunicó días después al gobierno que daba por suspendidas las medidas de presión.

Cuando Patricio Aylwin volvió al país, lo primero que hizo fue citar a Pinochet y representarle su molestia por lo ocurrido. El general, en su estilo cazurro, le reiteró que no había desobediencia en la actuación del Ejército sino expresión de malestar por la cantidad de problemas que estaban afectando a su institución.

Las demandas más ambiciosas, como una reinterpretación de la ley de amnistía o, incluso,una ley de punto final, naufragarían más tarde por falta de piso político

El mandatario se negó a pedir la renuncia de Rojas y solo accedió a remover al subsecretario Sánchez, nombrando en su lugar a Burgos. La solución al resto de los temas seguiría siendo analizada por la vía institucional y por los equipos de trabajo que ya estaban avanzando. Algunos asuntos lograron pronta solución. La ley orgánica fue congelada y los juicios a militares decrecieron en intensidad y empezaron a volverse más discretos. Las demandas más ambiciosas, como una reinterpretación de la ley de amnistía o, incluso,una ley de punto final, naufragarían más tarde por falta de piso político.

El espinudo tema de los cheques pagados al hijo de Pinochet se selló dos años más tarde, cuando el Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle pidió al CDE no volver a apelar y dar por cerrado el caso. Esto, luego de un picnic de militares de civil en Punta Peuco, como nuevo acto “creativo” de presión.

Tras el boinazo del ’93, en términos formales en el país no había pasado nada. La transición seguía su curso con aparente normalidad. Pero todos sabían –y en sordina comentaban– que a la democracia chilena la habían obligado a tomar un nuevo trago amargo, que afectaba su salud. El gobierno de Aylwin había aliviado los síntomas con unos calmantes y creyó haber terminado con esa enfermedad del pretendido tutelaje militar, pero no podría disimular nunca más la dolorosa mancha de debilidad que le marcó a fuego ese 28 de mayo el batallón de boinas negras, con armas automáticas y lanzacohetes, parapetado en torno a su cuartel general.


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jueves, 27 de febrero de 2025

España: El Búnker en la transición española

Búnker




Carlos Arias Navarro


Se denominó búnker al posicionamiento político de extrema derecha que se manifestó en España durante el tardofranquismo y la Transición, y que mantuvieron aquellas personalidades del franquismo que se oponían radicalmente a introducir ningún tipo de cambio en el régimen franquista y que tras la muerte de Franco rechazaron de forma absoluta a la reforma del régimen defendiendo en su lugar la continuidad del Movimiento Nacional. El periódico más importante del búnker era El Alcázar. El término hace referencia a la resistencia a ultranza que mantuvo Hitler hasta el último momento en el búnker de Berlín.

Según el historiador José Luis Rodríguez Jiménez, «el concepto de "búnker" hace referencia a un conjunto de personas afectas a posicionamientos inmovilistas y asentadas en las instituciones del Estado franquista. Es decir, se trata de un conglomerado político, económico y eclesiástico, en ocasiones no muy bien sincronizado. Sus pilares más sólidos estaban en el Consejo Nacional, las Cortes, el Consejo del Reino y la Organización Sindical, así como en la prensa y en la oficialidad del Ejército. Por tanto el término "búnker" hace referencia, mucho más que a una ideología o a un programa determinado, a una forma de defender unos intereses políticos y económicos, así como una mentalidad ligada al esquema de valores impuestos por los vencedores en la guerra civil». Sus tres principales representantes fueron los neofranquistas José Antonio Girón de Velasco, Raimundo Fernández Cuesta y Blas Piñar.

Miembros

A la cabeza del movimiento se situó quien fuera ministro de Trabajo, el falangista José Antonio Girón de Velasco​ y junto a él, corrientes tanto en el ejército (Carlos Iniesta Cano, Milans del Bosch, Fernando de Santiago, Alfonso Pérez-Viñeta) como en la Iglesia (Hermandad Sacerdotal Española​ y nombres como Fernando Quiroga Palacios o José Guerra Campos)​ y la política, encarnadas por Falange Española (José Luis Arrese, Raimundo Fernández-Cuesta, Tomás García Rebull, Juan García Carrés, Luis Valero Bermejo...) y por la organización Fuerza Nueva, de Blas Piñar.


Historia

Origen

El término fue utilizado por primera vez en 1968 en un artículo publicado en el diario ABC por su director, Torcuato Luca de Tena, para referirse a los que se oponían a la evolución del régimen franquista y a la apertura a Europa.​ Sin embargo, el vocablo búnker para referirse al colectivo de extremistas de derecha lo popularizó Santiago Carrillo,​ que lo empleó en un artículo titulado O la libertad o el búnker,​ dando a entender que la negativa a iniciar la senda democrática supondría para los defensores de la dictadura un final análogo al de Adolf Hitler en el búnker de Berlín, que a la postre terminó siendo su tumba.​

El búnker comenzó a constituirse en 1974,10​ año previo a la muerte del dictador Francisco Franco, aunque algún autor remonta su génesis a 1970, coincidiendo con los primeros signos de agotamiento del régimen y las voces que clamaban por su renovación,​ e identifican el movimiento con la figura de quien durante unos meses fue presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco.

Actuaciones

Como corriente de pensamiento inmovilista, los miembros del búnker se opusieron sistemáticamente, y mediante distintas vías, a todos y cada uno de los pasos que se fueron tomando para el desarrollo de la Transición Española desde la dictadura a la democracia, comenzando por su radical oposición al denominado Espíritu del 12 de febrero y su eventual corolario, la Ley de Asociaciones Políticas; oposición expresada mediante artículos de opinión en medios de comunicación afines, siendo el más destacado el firmado por Girón de Velasco en el diario Arriba, el 28 de abril de 1974, conocido popularmente como el Gironazo,​ dando así al traste con cualquier intento de reforma​ y precipitando la destitución del aperturista Ministro de Información y Turismo Pío Cabanillas.

El mismo día 28 de abril en que en las páginas de Arriba aparecía el gironazo, Nuevo Diario publicaba una entrevista con el teniente general Tomás García Rebull, otro destacado miembro del búnker, en las que decía que «como falangista no admito asociaciones de ninguna clase» porque «las asociaciones derivan inevitablemente en partidos políticos y los partidos, para mí, son el opio del pueblo, y los políticos sus vampiros». Además afirmaba que detrás del asesinato de Carrero Blanco había estado la masonería. Preguntado en qué se basaba respondió: «Pues... en las cosas que veo. Muchas veces me pregunto: pero bueno ¿de dónde viene esto? Y siempre digo: nada, masonería. Yo creo que hasta hemos exportado masones».

Antes de la muerte de Franco hubo todavía presiones para que la Corona recayese no en el designado Juan Carlos, sino en su primo, Alfonso de Borbón y Dampierre,​ a la sazón casado con la nieta del dictador, María del Carmen Martínez-Bordiú, por lo que la operación contaba con el apoyo de su padre, Cristóbal Martínez-Bordiú, y su abuela, Carmen Polo.

Con posterioridad a la muerte del dictador, el búnker intentó impedir cada uno de los cambios que se iban sucediendo en la vía de la democratización.

Se han señalado las conexiones del búnker con los sucesivos intentos de acabar con el sistema democrático que comenzaba a gestarse en la España de la década de 1970, identificándose los sucesos de 1978, 1979, 1980 y 23 de febrero de 1981.

El "Gobierno Yenka" de Arias Navarro y el Espíritu del 12 de febrero

A principios de 1974, era evidente que la vida del General Franco estaba llegando a su fin y el régimen enfrentaba una crisis, especialmente tras el asesinato del Primer Ministro Carrero Blanco en 1973. A pesar de la intención inicial de Franco de nombrar a su amigo Pedro Nieto Antúnez como jefe de gobierno, la presión de su círculo cercano llevó al nombramiento de Carlos Arias Navarro. Arias, conocido por su severa apariencia de "enterrador", fue visto como un símbolo de la decadencia del régimen.

El 12 de febrero de 1974, Arias pronunció un discurso ante las Cortes, insinuando una posible apertura política y afirmando que los españoles no debían seguir delegando la responsabilidad del cambio político únicamente en Franco. Este discurso fue posteriormente conocido como el "Espíritu del 12 de febrero", lo que sugería una posible transición hacia una apertura política limitada.

Sin embargo, el gobierno de Arias se caracterizó por la indecisión, lo que le valió el apodo de “Gobierno Yenka” (en referencia a una canción popular con pasos hacia adelante y hacia atrás). Sus intentos tímidos de apertura, que buscaban crear una democracia restringida que excluyera a la izquierda, se contradecían con medidas autoritarias severas, como la ejecución del anarquista Salvador Puig Antich. Este hecho evidenció la renuencia del régimen a realizar cambios significativos.

La Iglesia Católica, ahora liderada por el progresista Cardenal Tarancón, puso a prueba la voluntad reformista de Arias. El obispo Añoveros de Bilbao pronunció una homilía en defensa del derecho del pueblo vasco a conservar su identidad, lo que Arias consideró una amenaza a la unidad de España. Intentó expulsar al obispo, pero Tarancón amenazó con la excomunión de cualquiera que interfiriera en las funciones del obispo. Ante la presión, Franco ordenó retroceder, lo que inquietó a los sectores más inmovilistas del régimen, conocidos como el “búnker”, quienes se oponían a cualquier tipo de reforma.

Las tensiones aumentaron con la publicación del “Gironazo”, un artículo de José Antonio Girón de Velasco, destacado dirigente falangista, en el periódico Arriba. Girón criticó cualquier intento de modernización, afirmando que socavaban el legado de Franco y traicionaban los principios sagrados de la Guerra Civil. Este ataque debilitó significativamente la autoridad de Arias y puso en duda la sinceridad del “Espíritu del 12 de febrero”. Incapaz de enfrentarse a Girón, Arias afirmó que su discurso no se apartaba de los principios del franquismo, temiendo que Franco lo destituyera.

Cuando Franco murió el 20 de noviembre de 1975, el futuro de España era incierto. El rey Juan Carlos I buscó introducir gradualmente la democracia sin alienar a los leales al franquismo. La relación entre el rey y Arias fue tensa, con Juan Carlos considerando a Arias como terco, mientras que Arias veía al rey como inexperto. Finalmente, el rey logró forzar la dimisión de Arias, otorgándole como "premio de consolación" un título nobiliario. Arias, resentido, describió la acción como una "borbonada" (una crítica a la astucia política de la dinastía Borbón). Su sucesor, Adolfo Suárez, una figura más joven y con ideas reformistas, se convertiría en el protagonista de la transición democrática española.




sábado, 22 de octubre de 2022

China: La masacre de Tiananmen

A 33 años de la masacre de Tiananmen: minuto a minuto, cómo fue la matanza que el régimen chino pretende ocultar

En la madrugada del 4 de junio de 1989, tropas del Ejército Popular de Liberación entraron con tanques a la icónica explanada de Beijing y dispararon con rifles de asalto a la multitud que protestaba allí desde el 15 de abril para pedir reformas democráticas. Miles de estudiantes fueron asesinados
Infobae



Un hombre desafía a una columna de tanques un día después de la masacre de la plaza Tiananmén

Fue hace exactamente 33 años el último gran grito de libertad del pueblo chino ahogado de la manera más brutal. Y ahora, el régimen conducido por Xi Jinping pretende borrar los homenajes a sus víctimas. El movimiento de protesta surgió de forma espontánea el 15 de abril de 1989, tras la muerte de Hu Yaobang, un ex secretario general del Partido Comunista de China (PCC) que había intentado una serie de reformas que apuntaban a liberalizar el régimen. Culminó el 5 junio, con el heroico gesto del “hombre del tanque” como suspiro final, horas después de la masacre ejecutada contra la multitud reunida en la plaza Tiananmen.

Eran tiempos de cambio en China y en todo el mundo comunista, que se estaba desmoronando. Pero la esperada transición hacia alguna forma de democracia se había visto súbitamente interrumpida en la nación dos años antes, cuando el ala dura del régimen comandado entonces por Deng Xiaoping desplazó a Hu y puso en heló muchas de sus iniciativas más audaces.

La noticia del fallecimiento del dirigente de 73 años, de un paro cardíaco, llevó a miles de personas, especialmente estudiantes universitarios, a reunirse en la icónica plaza de Beijing para recordarlo. Rápidamente, lo que había empezado como un homenaje se convirtió en un reclamo de libertad y democracia.



(Infografía: Marcelo Regalado)

Cientos de miles de personas empezaron a movilizarse todos los días en el centro de la capital china, siempre en torno a Tiananmén, donde los jóvenes montaron un campamento. El movimiento pasó a otra etapa el 13 de mayo, con el comienzo de una huelga de hambre, con la que esperaba forzar al Gobierno a aceptar sus demandas.

El Comité Central del Partido Comunista estaba cada vez más nervioso, y sus dudas animaban a una sociedad civil más despierta que nunca. La imposibilidad de organizar en la plaza una ceremonia oficial para recibir a Mijaíl Gorbachov, el líder soviético, fue un punto de inflexión. Cinco días más tarde, el 20 de mayo, el régimen declaró el estado de sitio y envió a más de 200.000 soldados a Beijing.

Lejos de amedrentar a la población, la decisión causó indignación. Muchos más se sumaron, y se instalaron barricadas en distintas calles de la ciudad, para evitar el avance de las tropas. Hasta ese momento, los militares tenían órdenes de no disparar. Con el correr de los días, crecía la expectativa de los manifestantes, que el 30 de mayo erigieron en el centro de la plaza la Estatua de la Democracia, realizada por estudiantes de arte. Veían al régimen impotente.

Sin embargo, el Comité Central aprobó el 2 de junio una ofensiva para terminar, como fuera necesario, con la “contrarrevolución”. Fue la orden que llevaría a la infame masacre. Así se sucedieron los hechos.

Un grupo de jóvenes sobre un tanque cerca de la plaza Tiananmén

3 de junio: el comienzo

20:00: La televisión y la radio estatal comenzaron a advertir a la población de que debían quedarse en sus casas para liberar el paso de las tropas del Ejército de Liberación del Pueblo. Obviamente, el mensaje provocó el efecto contrario. Cientos de miles salieron a la calle y bloquearon con autobuses los principales accesos al centro de la ciudad.

22:00: El 38.º Batallón del Ejército comenzó a disparar al aire sobre la avenida Chang’an, en un intento por dispersar a quienes les cortaban el paso. Como la estrategia no funcionó, empezaron a tirar directamente a los manifestantes. Era la primera vez que disparaban con munición real desde el comienzo de las protestas. Allí se produjeron las primeras muertes.

La brutalidad de la represión iría en aumento. En las siguientes barricadas que detuvieron su paso, los jefes militares ni se preocuparon por realizar advertencias. Directamente ordenaban abrir fuego con rifles automáticos contra civiles desarmados.

Algunos jóvenes resistieron el avance de los blindados con piedras, palos y bombas molotov (AP Photo/ Jeff Widener, File)

22:30: Cuando llegaron al complejo de apartamentos de Muxidi, donde vivían muchos estudiantes, los uniformados ya estaban completamente fuera de control. Al toparse con trolebuses prendidos fuego, dispuestos por los manifestantes para que no pudieran llegar a la plaza, ubicada a unos cinco kilómetros por la avenida Chang’an, empezaron a disparar a mansalva.

La masacre quedaría chica frente a la que se produciría horas más tarde, pero se estima que 36 personas fueron asesinadas. Muchas estaban en los edificios aledaños, que se convirtieron en blanco de los uniformados, aunque muchos de sus vecinos ni siquiera participaban de las protestas.

Los tanques arrollaron a muchos de los manifestantes que trataron de resistir (AP)

4 de junio: la carnicería

00:30: La plaza Tiananmén estaba completamente a oscuras, hasta que una bengala iluminó el cielo y permitió divisar las primeras tropas. En pocos minutos, todos los flancos del epicentro de las protestas quedaron rodeados de tanques y vehículos blindados. Algunos jóvenes de los cientos de miles que aguardaban la llegada de los militares con la decisión de resistir empezaron a arrojar piedras y bombas molotov para frenar el avance de los soldados, que no dudaron en disparar a matar. Varios vehículos militares quedaron destruidos, pero la mayoría siguió avanzando.

01:30: Tras vencer la resistencia civil, los tanques entraron a la plaza por distintos rincones, aplastando a todos los que se les interponían. Los soldados empezaron a salir también del Gran Salón del Pueblo y del Museo Nacional, arrinconando al campamento. Las tropas establecieron luego un bloqueo, para evitar que otros grupos de manifestantes pudieran ingresar a asistir a los miles que habían quedado adentro.

“Los blindados abrieron fuego contra la multitud (…) antes de pasarles por encima”, escribió en un telegrama secreto enviado al día siguiente Alan Donald, embajador del Reino Unido en China. “Pasaron sobre los cuerpos varias veces, haciendo una especie de ‘papilla’, antes de que los restos fuesen recogidos por una excavadora. Restos incinerados y arrojados con un chorro de agua por las alcantarillas”, contó en el texto, que se hizo público recién en 2017.

“Cuatro estudiantes heridas que suplicaban por sus vidas recibieron golpes de bayoneta”, agregó el embajador. El desquicio de algunos soldados llegó al punto de ametrallar a las ambulancias militares que trataban de socorrer a los heridos, según el diplomático británico.

Un grupo de personas traslada a dos de los tantos heridos a un hospital (Foto: AP/ Jeff Widener, archivo)

04:00: Un tanque derribó la Estatua de la Democracia, un símbolo de que la protesta que había sacudido al país durante un mes y medio había sido pulverizada. Algunos líderes estudiantiles trataron de negociar con los jefes militares para que dejen salir a los sobrevivientes. La propuesta fue aceptada de palabra, aunque enfureció a los manifestantes más radicalizados, que querían seguir resistiendo.

04:30: Las negociaciones se interrumpieron. Algunos grupos de jóvenes marcharon por un corredor hacia el sureste de la plaza y lograron salir por allí, pero varios cayeron tras recibir disparos por la espalda. El Ejército Popular de Liberación había conseguido despejar la plaza a un costo humano incalculable.

06:00: La masacre continuó tras la salida del sol. Enterados del horror que había acontecido durante la madrugada, miles de personas se dirigieron a la plaza. Algunos gritaban “¡Huelga general!”, pero otros eran familiares de quienes estaban acampando, que querían saber qué había pasado con sus seres queridos. Las tropas respondieron disparándoles a todos, para asegurarse de que nadie se acercara al perímetro. Las ráfagas de balas continuaron durante todo el día, hasta que ya nadie más se atrevió a aproximarse. La Plaza Tiananmén permaneció dos semanas ocupada por los militares y cerrada al público.

Como el régimen chino jamás hizo una autocrítica de lo ocurrido, 31 años después, sigue siendo una incógnita el número exacto de víctimas. La información “oficial” que difundieron los periódicos estatales fue que 200 civiles murieron, pero la Cruz Roja china calculó 2.700 a partir de un relevamiento entre los hospitales. “La estimación mínima de los civiles muertos es de 10.000”, sostuvo por su parte el embajador Donald en su telegrama.

Una joven herida de bala agoniza en los alrededores de la plaza Tiananmén (AFP)

5 de junio: el hombre del tanque

Con la plaza despejada, Beijing nuevamente bajo su control y una ciudadanía aterrorizada, que nunca se recuperaría del todo del abuso sufrido, el Comité Central del Partido Comunista de China celebraba. Su dominio sobre el pueblo chino volvía a ser total.

No obstante, tendría que enfrentar un último acto de rebeldía, que se convertiría en un ícono increíblemente potente. Mientras empleados públicos levantaban los escombros y corrían los restos de las barricadas, un hombre de identidad desconocida, vestido con una camisa blanca y pantalón negro, y cargando dos bolsas del mercado en sus manos, se detuvo frente a una columna de tanques que avanzaba por la avenida Chang’an, a pocos metros de la plaza.

Inicialmente detuvo a los blindados mostrando la palma de su mano derecha, con la señal de “stop”. Luego, se trepó al frente del vehículo que encabezaba el convoy y trató de hablar con la tripulación, que debía mirarlo atónita. Después volvió al pavimento. Los tanques trataron de rodearlo, pero el hombre se fue moviendo para bloquearlos una y otra vez.

Algunas personas contemplan el saldo de destrucción la mañana posterior a la masacre (AFP)

La secuencia duró varios minutos, que fueron fotografiados y filmados por periodistas internacionales que la vieron desde la ventana de un hotel. Hasta que dos hombres se acercaron y se lo llevaron, permitiendo el paso de los blindados. Nunca más se volvió a saber de él, pero se transformó en una de las imágenes más reconocidas en el mundo de la resistencia civil ante la brutalidad de los regímenes autoritarios.

La revista Time lo incluyó en la lista de las 100 personalidades más importantes del siglo XX, identificándolo como “el rebelde desconocido”. La prensa británica le dio el nombre por el que se lo conoce hasta hoy, “el hombre del tanque”. Pero su verdadera identidad es un misterio.

The Sunday Express publicó ese mismo año que era un estudiante de 19 años llamado Wang Weilin y que había sido arrestado, pero nadie corroboró esa versión. Otros medios afirmaron que había sido enviado a un campo de trabajo y ejecutado. Pero el régimen nunca admitió siquiera saber quién era. En cualquier caso, el anonimato sirvió para agrandar aún más su figura, convirtiéndolo en un símbolo en estado puro.




domingo, 4 de agosto de 2019

Suiza: Cazas y democracia con el Mirage IIIS

Mirage IIIS: antecedente de Suiza en la elección de un 'caza que sólo existe en papel'
por Guillermo Poggio




Cita:
"En la década de 1960, la Saab había ofrecido a Suiza el J35F Draken, que terminó eligiendo el Mirage III - y luego gastó una fortuna equipando el Mirage con un radar y un sistema de control de fuego de misiles Hughes Falcon y una capacidad el despegue en pistas cortas, todo estaba ya venía de serie en el Draken. La venganza es un plato que se sirve frío. "

Bill Sweetman - Aviation Week

 (Adición de un artículo sobre la elección del Gripen a Suiza, en noviembre de 2011)


William Poggio y Fernando "Nunão" De Martini

El 30 de noviembre de 2011, el mismo día en que Suiza anunció la selección de los Gripen como su nuevo caza, un concurso en el caza de Suecia estaba compitiendo con el francés Rafale y el consorcio Eurofighter Typhoon, la Dassault francesa emitió una declaración comentando sobre la elección. Se hizo una crítica al caza seleccionado, diciendo: "El Gripen" adoptado por los suizos "sólo existe en papel". El riesgo de desarrollo y producción aumentará significativamente los esfuerzos financieros requeridos por las autoridades suizas para cumplir con el programa de aviones de combate en el país. "Ese mismo día, salió del campo en el sitio de Aviation Week firmado por el experto en aviación Bill Sweetman, terminando con la el párrafo seleccionado anteriormente (y las palabras no eran "dulces" como el apellido del autor).

Sweetman se refirió al "caso Mirage" de la década de 1960 - cuando Suiza seleccionó el avión de combate Mirage III de Dassault, decidiendo que iba a tener una configuración que también existía "solamente en el papel." Ya que tenemos estas palabras de Sweetman, al final del año pasado, hemos querido saber más sobre el asunto y llevar a los lectores del blog Poder Aéreo de un recorrido de esta historia.

Siempre es bueno recordar que la historia es algo que no se repite, aunque a menudo parecen que ciertas coincidencias suceden. Cada estación tiene su contexto, y la gente mira más allá de las referencias a sus próximas acciones, pero siempre parte de las necesidades que existen ahora sólo en el momento en el que viven. En los últimos meses, la prensa suiza ha estado haciendo referencias al "caso Mirage" cuando se refiere a la elección actual del caza, como si la historia se repitiera. Pero ¿es que el contexto no ha cambiado en el ínterin? Sweetman, dijo en la venganza como un plato frío, pero vale la pena analizar los hechos fríamente, calientes en ese momento. Es decir, la historia.

El "F-X" de la suiza en 1960


Después de decidir la elección de los Hawker Hunter en 1958, la Fuerza Aérea Suiza comenzó a estudiar la adquisición de un interceptor de combate supersónico, ya que el caza británico no tenía estas características. Entre las opciones en el mercado en la década de 1960, Suiza decidió excluir a los cazas, como el English Electric Lightning, el Fiat G.91, el Grumman F-11F-1F y el Lockheed F-104 y comenzaron a evaluar sólo dos opciones: Dassault Mirage IIIC y Saab 35H Draken.

Para los suizos, el Mirage era un sistema de armas mucho más evolucionado en relación a su competidor, además de ganar al Draken en varios modalidades, tales como la capacidad de velocidad, altitud, alcance y de ataque al suelo.

El Mirage perdió en algunas cuestiones, como la necesidad de más pistas para el despegue (alrededor de un 35% más que el Draken) y la tasa inicial de elevación de la mayoría de las configuraciones, pero estas deficiencias podían ser corregidas con el uso de RATO (Rocket Assisted Take-Off) y de otras eventuales cambios en el proyecto.

El 28 de diciembre de 1960, el Consejo Federal decidió comprar 100 cazas Mirage III. Cabe señalar que en el momento que el avión estaba todavía un prototipo y su puesta en funcionamiento de la Fuerza Aérea Francesa se llevó a cabo sólo en el año siguiente.

El contrato fue por valor de 900 millones de francos. El importe incluía la compra de licencia de fabricación y la producción local de las aeronaves. En el momento del valor del contrato se consideraba inferior a la compra realizada por Australia por una cantidad de Mirages similar. Poco después de Sudáfrica, también compró la aeronave, e Israel cortejaba el caza. En 1962, el Parlamento suizo aprobó la solicitud del gobierno de ese país.

Cambios complicados

 
Para cumplir con los requisitos de Suiza, el Mirage debía someterse a cambios importantes. Suiza tiene un interés en cambiar el radar de control de tiro original del Mirage III (Cyrano II), para que el caza sea más adaptable para el despegue y aterrizaje corto (STOL) y le da las características que permitan el almacenamiento y el funcionamiento de los refugios excavados en la roca.

Para satisfacer plano de la célula fue reconstruida parcialmente con refuerzos estructurales, tanto para absorber las vibraciones de la utilización de RATOs (véase la imagen) y para el manejo de una grúa en las cavidades cerradas en las rocas. El tren de aterrizaje también recibió refuerzos con el fin de abordarlo desde un avión STOL.

El radar de control de tiro y de navegación podría ser el Airpass de Ferranti 2 o el Taran Mk-1S de la Hughes. Este último fue elegido a principios de 1962, modificado para disparar el misil GAR-11 Falcon producido en Suecia. Esta versión fue llamada HM-55 y montado en el Draken. Otros productos de aviónica de origen de EE.UU. también se incorporaron.

Al final, el Mirage "de papel" suizo terminó siendo más parecido al Draken, que había sido pasado por alto. La versión suiza del Mirage tenía algunas características STOL, capacidad de almacenamiento en las cavidades de las montañas y el empleo de misiles Falcon. Pero en el camino para llegar a este resultado, el costo del programa aumentó violentamente.

El gasto sin control


En abril de 1964, la falta de control financiero del programa se hizo pública. El gobierno no tuvo otra opción que ir al Parlamento y solicitar una mayor financiación para la continuación de los programas Mirage IIIS. Para que el total de 100 aviones pedidos se completaran, requeriría un gasto de alrededor de 600 millones de francos. Esto significó un aumento del 66% sobre el valor inicial de 900 millones de dólares.

El caso se convirtió en un escándalo nacional y se hizo conocido como el "caso Mirage". Al mes siguiente, en mayo, una comisión parlamentaria de investigación (CPI) se formó con el fin de vigilar, investigar y evaluar el gasto excesivo del gobierno suizo para el programa. Cabe señalar que este enfoque no se había tomado antes en la historia moderna de la democracia suiza.

Una de las primeras medidas de la comisión redujo el número de aeronaves para mantener los costos bajo control. Por 133 votos a 57, el comité decidió reducir la orden final de 100 a 57 cazas. Además del recorte, el informe de la comisión dijo que el gobierno había actuado deliberadamente negligente en relación al control del costo del programa Mirage IIIS.

Incluso para completar la compra de 57 cazas, el parlamento tuvo que votar en un aditivo de 200 millones de francos. El daño no fue sólo el aumento del gasto y la reducción de la fuerza aérea en Suiza. Alrededor de 300 contratos con grandes empresas suizas, francesas y americanas, y otros 4.000 contratos con empresas menores, tuvieron que ser renegociados.

También como consecuencia de las conclusiones de la CPI, el gobierno suizo eliminó al coronel Etienne Primault de sus funciones como comandante de la Fuerza Aérea Suiza, para cuando el informe final se publicó. En diciembre de 1964, llegó el Jefe del Estado Mayor del ejército suizo, el coronel Jacobo Annasohn, dejaría el cargo voluntariamente, pero moralmente deprimido.


El jefe del Departamento de Defensa, Paul Chaudet (foto dentro de un Mirage), fue citado nominalmente, en el informe por no haber informado al Parlamento sobre el progreso del programa. A pesar de que cometió errores, la mayoría de sus decisiones se tomaron sobre la base de datos técnicos pasaron por su equipo de asesores.

Permaneció en el gobierno, pero se lo convirtió en una figura políticamente débil. La sombra del "caso Mirage", continuó acosando a él por el resto de su mandato, y en noviembre de 1966, se vio obligado a renunciar por su propio partido.

Aprender de la experiencia pasada
Parece que Suiza ha aprendido de la historia en sí. Considere la posibilidad de la competencia de combate actual, que busca un reemplazo para la flota de F-5E / F y se terminó en noviembre pasado con el anuncio de la elección del Gripen. El concurso tenía requisitos muy definidos, teniendo en cuenta los costos de adquisición y operación y la reducción de las preguntas posibles máximos.

La experiencia con el programa Mirage IIIS puso de manifiesto que los objetivos técnicos y económicos deben ir de la mano y no siempre el mejor caza es la mejor opción para el país. Recuerde que la familia Mirage III, en su configuración original en francés (o con pequeñas variaciones) fue un éxito comercial por el equilibrio entre las ventajas técnicas y económicas. El equilibrio no fue alcanzado por la versión suiza.

Debido a la falla en el programa Mirage, buscar siempre lo mejor sin preocuparse por el control de recursos, la fuerza en su conjunto resultó siendo afectada. Debido al alto coste, el número total de aeronaves se mantuvo por debajo del primer conjunto, con una reducción de la potencia para combatir Suiza.

El gasto incontrolado se vio frenado por un Parlamento exigente y vigilante, como debe ser cualquier legislatura en las democracias. Pero los legisladores actuaron demasiado tarde. La culpa del fracaso del programa de Mirage cayó sobre los hombros de sus intérpretes y directores, pero quien perdió en esa época fue la sociedad suiza.


Por esta razón, las preguntas no son sorprendentes, sobre el proceso actual, que llevó a la elección del Gripen sueco. De hecho, es recomendable que cualquier cuestionamiento se haga, ya que se espera que todos los directores de los programas adquieran la información necesaria para dar a los cazas y convencer para que no sobrem dudas.

Es probable que incluso un referéndum popular se haga pronto (posiblemente este año), que legitimar aún más todo el proceso -, e incluso podrá decidir no comprar ningún caza. Cabe señalar que se celebraron referendos sobre cuestiones relacionadas con la aviación de combate del país. Este fue el caso cuando el 57% de los votantes decidieron la compra de cazas Hornet y, más recientemente, cuando el 68% de la población decidió continuar con los entrenamientos de los cazas en los cielos del país.

Si la selección actual de nuevos cazas será una "venganza que se sirve frío" suiza, sólo a la aprobación de los procedimientos políticos, y un posible referéndum, lo dirá. Sin embargo, Suiza parece haber aprendido, con el pasado, cómo hacer frente a este tema "caliente".

FOTOS: Schweizer Luftwaffe

Poder Aéreo

lunes, 10 de junio de 2019

Democracia y discusiones para el armado de una nación

La hora de la palabra

En democracia se discuten todas las propuestas, y se decide

José Andrés Rojo | El País



La sala del Manège, donde se reunió el poder legislativo durante los años de la Revolución Francesa.

Malos tiempos para la democracia. Se desconfía cada vez más de los políticos y de la capacidad de la palabra para dar impulso a sus iniciativas. Y se impone el lenguaje de la calle, donde lo que importa es que cada movilización sea más grande que la anterior. Nunca está de más manifestarse para reclamar atención sobre asuntos que están quedando fuera de la agenda política, pero en la calle muchas veces se mezclan proyectos diferentes bajo un mismo paraguas. Hace falta darle forma a cada reivindicación y que existan propuestas alternativas sobre las que pronunciarse y buscar acuerdos y armar las leyes que convengan para transformar las cosas. Para eso está la democracia.

El historiador estadounidense David A. Bell reconstruye de manera magistral en La primera guerra total una de las más importantes batallas parlamentarias. Año 1790, la Asamblea Nacional surgida de la Revolución Francesa tiene que dar respuesta a un asunto enrevesado. Al otro lado del mundo, una fragata española se ve obligada a asegurar su soberanía sobre la isla de Vancouver frente a la presencia de buques británicos y estadounidenses, y reclama ayuda de Francia. En 1761, los Borbones Luis XVI y Carlos IV firmaron un pacto familiar para defenderse en caso de hostilidades, así que la Asamblea tiene que decidir si aprueba los fondos para que Francia construya catorce buques y ayude a su aliado. El gran asunto que toca tratar es, pues, el de la paz y la guerra.

La democracia tenía entonces todavía algunos rasgos primitivos. La Asamblea la componían 1200 miembros de los Estados Generales elegidos el año anterior, aunque solo intervenían con regularidad unos 50. Para ocuparse de esta delicada cuestión se instalaron en la sala del Manège, en el Jardín de las Tullerías: los conservadores se colocaron a la derecha; a la izquierda, los radicales del Club de los Jacobinos y los más moderados de la Sociedad de 1789. De ahí viene esa vieja división.

En la calle, una multitud se interesaba en un estado de alta tensión por lo que ocurría dentro. Ahí, los espectadores interrumpían a los tribunos que defendían sus posiciones con pasión y sólidos argumentos, y tomaban notas “y las ataban con un gancho y las pasaban desde la ventana a lo largo de un hilo a sus amigos en el exterior”, cuenta Bell, para que terminaran llegando a las redacciones de los múltiples periódicos que se publicaban entonces, cada cual con su postura y con su mirada. “Europa nunca había visto nada parecido”, e incluso se tuvo que redefinir la palabra revolución:“Ya no se trataba, como antes, de un cambio súbito e imprevisible en el destino de un país, sino el significado más moderno de la explosiva e ilimitada expresión de la voluntad colectiva de una nación”. De la mano de las instituciones democráticas.

En el debate sobre la guerra se pronunciaron 35 diputados con algunas intervenciones de gran altura, y llegó a haber alguno que defendió, ¡en tiempos de revolución!, la monarquía absoluta. Se discutieron las propuestas, se pulieron, se introdujeron enmiendas y al final la Asamblea trazó el camino, y la aristocracia perdió “su tradicional razón de ser: la guerra”. Aquel pacto de familia de los Borbones tardó en morir lo que duraron unos cuantos días de acaloradas sesiones. La democracia mostraba su razón de ser: una ciudadanía exigente, una prensa que informa y que genera opinión, unos representantes que construyen sus argumentos con finura y solvencia: y luego la feroz batalla parlamentaria (con respeto a las minorías) y, al fin, los acuerdos.

domingo, 29 de julio de 2018

Nazismo: Cómo abusó de la democracia

 ¿Cómo ganaron los nazis el poder en Alemania?


Joseph Goebbels habla en un mitin nazi. CreditCorbis, a través de Getty Images


Por Timothy Snyder | The New York Times





LA MUERTE DE LA DEMOCRACIA
El ascenso de Hitler al poder y la caída de la República de Weimar
Por Benjamin Carter Hett
Ilustrado. 280 pp. Henry Holt & Company. $ 30.

Preguntamos sobre el ascenso de los nazis desde lo que creemos que es una gran distancia. Damos por sentado que los alemanes de la década de 1930 eran bastante diferentes de nosotros mismos, y que nuestra consideración de sus errores solo confirmará nuestra superioridad. Ocurre justo lo contrario. Aunque Benjamin Carter Hett no hace comparaciones entre Alemania entonces y los Estados Unidos ahora en "La muerte de la democracia", su estudio extremadamente fino sobre el fin del gobierno constitucional en Alemania, disuelve esas suposiciones reconfortantes. No está discutiendo una guerra en la que los alemanes eran enemigos ni describe las atrocidades que estamos seguros de que nunca podríamos cometer. Presenta el ascenso de Hitler como un elemento del colapso de una república frente a los dilemas de la globalización con instrumentos imperfectos y líderes defectuosos. Con una prosa cuidada y una excelente beca, con finos esbozos de individuos y discusiones concisas sobre instituciones y economía, nos acerca estos eventos.

Los nazis, en la cuenta de Hett, eran sobre todo "un movimiento nacionalista de protesta contra la globalización". Incluso antes de que la Gran Depresión trajo un enorme desempleo a Alemania, el capricho de la economía global ofreció una oportunidad a los políticos que tenían respuestas simples. En su programa de 1920, los nazis proclamaron que "los miembros de naciones extranjeras (no ciudadanos) deben ser expulsados ​​de Alemania". Luego vendría la autarquía: los alemanes conquistarían el territorio que necesitaban para ser autosuficientes, y luego crearían su propia economía en aislamiento de la del resto del mundo. Como dijo Goebbels, "queremos construir un muro, un muro de protección". Hitler sostuvo que las vicisitudes de la globalización no eran el resultado de fuerzas económicas, sino de una conspiración internacional judía.
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Hett, profesor de historia en Hunter College y el Graduate Center de City University de Nueva York, describe con sensibilidad una crisis moral que precedió a una catástrofe moral. Si a los judíos se los responsabiliza por lo que sucedió en Alemania, entonces los alemanes fueron víctimas y sus acciones siempre a la defensiva. La irresponsabilidad política surgió del desafortunado ejemplo del presidente Paul von Hindenburg. Él era famoso como el vencedor en una batalla en el frente oriental de la Primera Guerra Mundial, a pesar de que el crédito no era totalmente merecido. Hindenburg no pudo enfrentar la realidad de la derrota en el frente occidental en 1918, y así difundió la mentira de que el ejército alemán había sido "apuñalado en la espalda" por judíos y socialistas. Esta debilidad moral de un hombre irradiaba hacia afuera. Una vez que Hindenburg ganó las elecciones presidenciales de 1925, Alemania quedó atrapada por su hipersensibilidad a una reputación que no resistiría el escrutinio. Creía que solo él podía salvar a Alemania, pero no se mostraría dispuesto a hacerlo, por temor a dañar su imagen. Sin la ficción fundadora de Hindenburg y sus extrañas posturas, es poco probable que Hitler haya llegado al poder.
Como demuestra hábilmente Hett, los nazis fueron los grandes artistas de ficción de victimización. Hitler, que había servido con judíos alemanes en la guerra, difundió la idea de que los judíos habían sido el enemigo interno, y propuso que el ejército alemán habría ganado si algunos de ellos hubieran sido asesinados a gaseamiento. Goebbels hizo que las tropas de asalto nazis atacaran a los izquierdistas precisamente para poder afirmar que los nazis fueron víctimas de la violencia comunista. Hitler creía en decir mentiras tan grandes que su misma escala dejaba un poco de credibilidad. El programa Nazi previó que los periódicos servirían al "bien general" en lugar de informar, y prometió "guerra legal" contra los opositores que difunden información que no les gustó. Se opusieron a lo que llamaron "el sistema" al rechazar su base en el mundo fáctico. Los alemanes no eran individuos racionales con intereses, según el razonamiento, sino miembros de una tribu que quería seguir a un líder (Führer).

Mucho de esto era familiar del fascismo italiano, pero el intento de Hitler de imitar la marcha de Mussolini hacia Roma fracasó. Cuando Hitler intentó un golpe de estado en 1924, él y los nazis fueron derrotados fácilmente y fue sentenciado a prisión, donde escribió "Mein Kampf". En la cuenta de Hett, el ascenso electoral de los nazis a fines de la década de 1920 y principios de la de 1930 tuvo menos que ver con sus ideas particulares y más con una apertura en el espectro político. Los nazis llenaron un vacío entre el electorado católico del Partido del Centro y una clase trabajadora que votó Socialista o Comunista. Sus principales constituyentes, indica Hett, eran protestantes del campo o de pequeños pueblos que se sentían víctimas de la globalización.

¿Los nazis llegaron al poder a través de elecciones democráticas? En Alemania en la década de 1930, como en otras partes, las elecciones continuaron incluso cuando su significado cambió. El hecho de que los nazis usaran la violencia para intimidar a otros significaba que las elecciones no eran libres en el sentido normal. Y el sistema fue manipulado a su favor por hombres en el poder que no tenían ningún uso para la democracia o para los demócratas. Los nazis no fueron de ninguna manera siervos de la industria alemana o del ejército alemán, pero, como Hett sostiene, tanto los hombres de negocios como los oficiales formaron lobbies a fines de la década de 1920 que pretendían romper la república y su bastión, los socialdemócratas. Tienden a confundir sus intereses particulares en salarios más bajos y mayores gastos militares con los de la nación alemana en su conjunto. Esto facilitó ver a los socialdemócratas como extranjeros y hostiles.



En un libro con el mismo título, "Cómo mueren las democracias", los politólogos Daniel Ziblatt y Steven Levitsky han argumentado recientemente que los asesinos de la democracia comienzan por usar la ley en contra de sí mismos. Las Constituciones se rompen cuando los líderes mal motivados exponen deliberadamente sus vulnerabilidades. Ciertamente este fue el caso en Alemania en 1930. El presidente Hindenburg estaba técnicamente dentro de sus derechos de disolver el Reichstag, nombrar un nuevo canciller y gobernar por decreto. Sin embargo, al convertir lo que se suponía que era una situación excepcional en la regla, transformó al gobierno alemán en una camarilla enemistada desconectada de la sociedad. Los gobiernos que dependen del presidente no tenían motivos para pensar creativamente sobre la política, a pesar de la Gran Depresión. Los votantes fluyeron a ambos extremos, a los comunistas y aún más a los nazis. Los nazis aprovecharon una oportunidad creada por personas que podrían destruir una república sin tener la imaginación para ver qué viene después.

Cuando se convocaron las elecciones en 1932, el propósito no era confirmar la democracia sino derribar la república. Hindenburg y sus consejeros vieron a los nazis como un grupo capaz de crear una mayoría para la derecha. Las elecciones fueron una "solución" a una crisis falsa que había sido, como lo expresa Hett, "fabricada por un ala derecha política que quería excluir a más de la mitad de la población de la representación política y rechazaba incluso el compromiso más leve". Al campamento del presidente le ocurre que los nazis harían tan bien como lo hicieron, o que su líder escaparía a su control. Y así los esquemas irresponsables de los conservadores se dieron cuenta de los sueños violentos de los nazis. Los nazis ganaron el 37 por ciento de los votos, y Hitler se convirtió en canciller en enero de 1933. Unas semanas más tarde, utilizó el pretexto del incendio del Reichstag para aprobar un acto habilitante que en efecto reemplazó a la constitución.

Hindenburg murió en 1934 creyendo que había salvado a Alemania y su propia reputación. De hecho, él había creado las condiciones para el gran horror de los tiempos modernos. El libro de Hett está dirigido implícitamente a los conservadores. En lugar de preguntar cómo la izquierda pudo haber actuado para detener a Hitler, él cierra su libro al considerar a los conservadores alemanes que ayudaron al ascenso de Hitler, luego cambiaron de opinión y conspiraron contra él. Tras el reciente trabajo de Rainer Orth, Hett dice que la Noche de los Cuchillos Largos, la purga de sangre de junio de 1934, fue dirigida principalmente contra estos oponentes de derecha.

Las conclusiones para los conservadores de hoy emergen claramente: No rompa las reglas que mantienen unida a una república, porque algún día necesitarán orden. Y no destruyas a los oponentes que respetan esas reglas, porque un día las echarás de menos.