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martes, 29 de agosto de 2017

Guerra del Pacífico: Restos de casas de la guerra

Brigada Naval Combatientes del Pacífico

Identifica casas sobrevivientes a la destrucción de Chorrillos en 1881 por el Ejército chileno. Casas tendrían más de 120 años.

brigadanaval@mail.com

Chorrillos 7 de abril del 2001, Lima Perú

Casa identificadaLa Brigada Naval Combatientes del Pacífico, grupo de entusiastas de los temas históricos militares, nos brinda otra primicia para WAR BOOK. Nos cuenta Reynaldo Pizarro que tratando de ubicar la posición de la antigua glorieta del malecón de Chorrillos, usando fotografías de la época y con la colaboración del pueblo chorrillano; no sólo encontraron la posible ubicación de la Glorieta, si no la existencia de 2 casas que aparecen en las fotos de 1881. Estas casas sobrevivieron a la destrucción del pueblo de Chorrillos y una de ellas todavía está en uso y mantenida con mucho esmero por sus habitantes.



Foto original tomada por Couret, 1881  Choriilos Lima Perú


Clara Garcia, Angela Garcia, Carola Rivas, nos muestran una foto de Chorrilos que tiene mas de 100 añosLos pobladores de los alrededores de estas casas y sus moradores, participaron entusiastamente con los de la Brigada Naval, mostrándole fotos de fines del siglo XIX y contándoles anécdotas de la ocupación chilena en esa zona.


Fachada en peligro



Fachada a punto de desplomarse

Fachada de casa que habría presenciado la destrucción de Chorrillos, está a punto de desprenderse de su precario soporte.
La propiedad está deshabitada y pasa desavertida por las autoridades.

Cabe resaltar que la Brigada Naval es una de dos agrupaciones que se dedica seriamente a la investigación sobre temas histórico-militares.

Entre las anteriores actividades de la Brigada Naval, está la restauración de dos cañones Voruz de la Corbeta Unión, un Cañón de bronce perteneciente al Navío San Martín hundido en aguas chorrillanas y recolección y restauración de material de artillería de diferentes embarcaciones y fortificaciones.

War book 2000 (C)

lunes, 28 de agosto de 2017

Guerra del Pacífico: Homenaje a Miraflores

Exposición, por la tragedia y gloria de Miraflores 
Conmemoración de la batalla de Miraflores enero 15 de 1881. 

Después de una simple ceremonia castrense con todos los regimientos históricos peruanos (Legión peruana de la guardia, Húsares de Junín, y Regimiento Fannig) como pequeños destacamentos de todas las fuerzas militares, policiales y un agrupamiento de Bomberos. Emplazados en el Reducto Nº2 de Miraflores, ciudad de Lima - Perú. 
Pudimos apreciar en el museo, una exposición extremadamente simple pero con un aporte a la historia de primer orden aportando en cada vitrina material recientemente encontrado. 


Entrevistamos al investigador histórico Rómulo Rubato Suárez; descendiente del General Suárez, héroe de la Guerra del Pacífico. 

 

Acompañado del Señor Rubato recorrimos todas las salas de la exposición, el cual nos dio una breve reseña histórica de la infantería de marina peruana. Para esta exposición se quiso exponer la mayor cantidad de Material fotográfico, dándonos una visión mucho más exacta de lo acontecido hace 120 años por la toma de Lima. 

 

Se puede notar que los peruanos no olvidan los resultados catastróficos de esa guerra y se esmeraron en mostrarnos los destrozos resultado del saqueo de Chorrillos, Barranco y Miraflores por las tropas chilenas. Es irónico que todos los textos de la exposición fueron sacados de fuentes chilenas, que cuentan exactamente lo que se ve en los cuadros y fotos. 

Una colección de uniformes peruanos usados en la guerra, que denotan lo precario de sus equipos de campaña, y lo mal preparados que estaban para la guerra que los tomó por sorpresa. 

 

En la sala Cáceres, existe una maqueta del campo de batalla de Miraflores y parte del de Chorrillos, que es muy ilustrativa, pero lo que es inigualable es un cuadro de la batalla de Miraflores. 

Hablando con el señor Pedro Olaechea, dueño de muchas de los uniformes expuestos, nos da un dato interesante, "los peruanos no usaron gorras blancas hasta la capitulación de Lima" como se cree en Chile, " se comenzaron a usar en la campaña de la Breña" (desde fines de 1881 hasta 1884) "Las gorras peruanas son azules al estilo francés". 

 

Nos mostró además cual era el armamento usado por los marinos peruanos en la defensa de Lima: el fusil remington rolling block cal 43 como pueden ver en la foto. 

 

A las afueras del museo está un cañón recientemente rescatado que participó en la defensa de Lima. Es un cañón Federal Bureau tipo Dahlgrin de 8 " ánima lisa de avancarga que lanzaba balas esféricas. Este tipo de cañón fue desarrollador por los Norteamericanos durante la Guerra de Secesión de 1862. 

 

El cañón está desbocado. Según documentos expuestos en el museo los artilleros peruanos, recibieron órdenes de destruir todas las piezas de artillería para que no caigan en manos chilenas. 

Este cañón fue recuperado por la "Brigada Naval Combatientes del Pacífico" grupo muy entusiasta que en los últimos dos años ha recuperado y restaurado varios cañones como valioso material fotográfico y documentario sobre el pasado peruano y sobre todo de la "Guerra del Pacífico". Entre algunos de sus logros, puede mencionar la restauración de los cañones Voruz de la corbeta peruana "Unión", la restauración de una hermoso cañón de bronce del Navío "San Martín" primer buque insignia Chileno. Es más, podemos decir que si Ud. estimado lector, quiere hacer algún estudio sobre la "Guerra del Pacífico" tiene obligadamente que contactarse con la "Brigada Naval Combatientes del Pacífico" al mail brigadanaval@mail.com

martes, 28 de marzo de 2017

Las 4 guerras más sangrientas de Sudamérica

Las 4 guerras más grandes de la historia de América del Sur
Luciano Camano - War History Online


Historia de la guerra en línea presenta esta pieza por invitado Autor: Luciano Camano

El Imperio español, junto con la corona portuguesa, colonizó América del Sur y ahora es el hogar de 13 países, cada uno con un pasado común pero una historia muy diferente. América del Sur es una de las regiones más pobres del mundo; Sin embargo, no han surgido muchos conflictos entre ellos, y cuando lo han hecho, han sido escasos y esporádicos. Pero hay algunas excepciones a esta regla, a continuación presentamos los conflictos más brutales en tierras sudamericanas:

Guerra de la independencia española

Los virreinatos del Río de la Plata, Nueva Granada y el Perú, que abarcaban todos los dominios españoles del país, influidos por el pensamiento liberal procedente de Europa, libraron una guerra contra los realistas que deseaban seguir siendo parte del Imperio español. La guerra se inició oficialmente en 1810 y después de que ambos lados iban y venían por el territorio, las recién creadas repúblicas de Sudamérica se consolidaron finalmente en 1826 después de tomar los últimos bastiones realistas en islas y territorios remotos.

Las tácticas empleadas por los ejércitos y la población en general incluían el uso de tierra quemada, tácticas de línea regular, guerrillas, asesinatos y espionaje. A diferencia de sus contrapartes norteamericanas, la guerra en esta región del mundo dio lugar a guerras internas en algunos casos, como Gran Colombia y Argentina.


La Revolución de Mayo. Fuente: Wikipedia / Public Domain

Los ejércitos regulares se disolvieron y dieron lugar a bandas de guerra ordenadas por generales deshonestos. La amenaza inminente de una invasión española procedente de Cuba o de la Península fue siempre una amenaza actual hasta finales del siglo XIX cuando España reconoció oficialmente la legitimidad sudamericana. 15 años de guerra que involucra a todo el continente no dejan registros de víctimas en ambos lados, pero debido al gran volumen de participantes, puede considerarse el conflicto más importante en la historia militar moderna de Sudamérica.

Guerra de Paraguay

Una guerra entre Uruguay, Argentina y Brasil contra Paraguay. Duró de 1865 a 1870 y causó la diezmación de la mitad de la población de Paraguay. Las causas de la guerra están abiertas al debate ya la interpretación hasta nuestros días. Las interpretaciones revisionistas del punto de la guerra en el desdén de Gran Bretaña para el desarrollo y la industrialización de Paraguay.

Por otro lado, otras interpretaciones de la guerra incluyen el interés de Brasil por las tierras del norte de Paraguay y la percepción de Argentina de que Paraguay es un enemigo debido al creciente interés del gobierno de Solano López por la provincia argentina de Corrientes.


Artillería uruguaya en Batalla de Sauce, 18 de julio de 1866. Fuente: Wikipedia / Public Domain

La chispa que inició el conflicto fue la eliminación del único aliado de Paraguay en la región, el gobierno uruguayo de Colorado, apoyado por Buenos Aires y la Armada brasileña. Argentina inicialmente mantuvo neutralidad, pero después de ser invadida desde el norte por Solano López, rápidamente se unió a la alianza brasileña y uruguaya. Así, creó una guerra en dos frentes para el Paraguay. Inicialmente, Solano López ganó terreno en el frente de Mato Grosso, pero la alianza combinada rápidamente le superó en número. El resultado fue un desastre total para el Paraguay, sellando cualquier tipo de disputa fronteriza con Argentina por la fuerza de las armas, Argentina reclamó la plena propiedad de la provincia de Chaco (disputada por ambos países) y ganó la provincia de Formosa y Misiones. Brasil reclamó la plena soberanía sobre el sur de Matto Grosso y ocupó el país durante seis años.

Guerra del Pacífico

Fue una guerra emprendida por Chile contra una alianza combinada de fuerzas peruano-bolivianas sobre la propiedad de las reservas de salitre en los territorios del norte de la provincia boliviana del Litoral. Duró de 1879 a 1883 e implicó la guerra naval, el uso de barcos acorazados, y las invasiones anfibias.


"Huáscar" entrando al puerto de Valparaíso, después de la Batalla Naval de Angamos, 1879. Fuente: Wikipedia / Public Domain

El conflicto comenzó cuando el gobierno boliviano elevó los impuestos a la compañía chilena de Saltpeter and Railroads Antofagasta Company, a pesar de un tratado firmado en 1874 que prohibía recaudar nuevos impuestos durante un período de 25 años. Después de un terremoto que azotó la región de Antofagasta, Bolivia, Bolivia aumentó el impuesto en 10 centavos.

Tras la denegación de pago por parte de la Compañía Chilena, fue expropiada, y el conflicto comenzó abiertamente. Una vez que la guerra terminó, Perú perdió la región de Tarapacá, Tacna y Arica fueron devueltos después de 40 años, y Bolivia seguía siendo un país sin litoral hasta el día de hoy. A pesar de los esfuerzos de Bolivia por su provincia perdida, las posiciones chilenas sobre la región del Litoral se han mantenido duras y estáticas durante un siglo.

Guerra del Chaco

La exploración española a principios del siglo XIX era dudosa ya menudo contradictoria. Después de que las repúblicas recién creadas se organizaron, adoptaron el principio de Uti Possidetis Juri, que significa "como usted posee según la ley, usted poseerá" significando que las fronteras entre los países se significaron para ser dejadas como estaban en 1810, el último año La corona española gobernaba América del Sur.


Tropas paraguayas en 1932. Fuente: Wikipedia / Dominio Público

Sin embargo, hubo un vacío legal en áreas inexploradas. Una de estas áreas es el Chaco Boreal, entre Paraguay y Bolivia.

Bolivia intentó repetidamente emprender una guerra contra los países vecinos después de perder las provincias en la Guerra del Pacífico. Esta vez, no sería diferente. Entre 1928 y 1936, el ejército modernizado de Bolivia, con equipos de última generación entre equipos y tácticas de guerra, intentó ocupar por la fuerza de las armas el área entre ambos países, pero finalmente fracasó. Las compañías petroleras también jugaron su papel, tanto Standard Oil como Shell concediendo créditos para comprar armas modernas. En última instancia, ambos países movilizaron a los campesinos pobres que pagaban con su sangre.


Luciano Camano es maestro de escuela primaria con una licenciatura en Relaciones Internacionales.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Guerra del Pacífico: La resistencia peruana a la ocupación de Lima

El Paredón de la Resistencia,
Una Cruz para no olvidar
 
Por Rómulo Rubatto Suárez 

Cuando por culposo olvido o aparente ignorancia se pretende sepultar los testimonios de nuestra historia, quienes lo intentan cometen un delito de lesa Patria. Por que atentar contra la tradición y la identidad nacional es únicamente eso, delinquir contra la Patria misma. 

Nosotros, los que por suerte vivimos con el pasado presente en la memoria, nos rebelamos cuando esto sucede, por que aun sentimos en los oídos el estruendo de los cañones de la COVADONGA bombardeando ciudades inermes... 

-el traqueteo de la fusilería de esa misma nave masacrando a los náufragos de la INDEPENDENCIA... 
el silencio impotente del soldado herido, rematado por los autores del inhumano "Repase" en Tacna y Arica... 
-el quejido angustioso de mujeres violadas mientras crepitaban sus casas incendiadas en Chorrillos... 
-el rechazo de los defensores de Lima al contubernio ruin, del alcalde y sus "hermanos" con el invasor, para entregar Lima, concertado en la tenida de Lurín.. 


-la injuria de los cincuenta años de cautiverio de Tacna que se inicia después del primer "repase"... 
-o el significado de una Cruz de madera que cruje aún ante el ruido de las descargas de los fusiles invasores ejecutando patriotas en la Plazuela de "La Salud", cerca, a tan sólo quinientos metros de la Universidad de San Marcos, convertida por Pedro Lagos en Cuartel de su División, según se acota en un epígrafe a la "Narración Histórica de la Guerra de Chile contra el Perú y Bolivia" de Mariano Felipe Paz Soldán Tercer Tomo página 103, Editorial Milla Batres 1979. 


La Plazuela de la Salud era y es, un triángulo rectángulo de tierra descuidada, situado en la novena cuadra de la avenida Wilson, intersección de las calles "Callejón Largo de la Recoleta" con "La Salud", que desembocan en la "La Colmena", arterias que hoy responden, en el catastro ciudadano, a nombres que me resisto a mencionar con respeto. 

El arrinconado y venido a menos parquesito a que nos referimos no se resigna a desaparecer, se debate en una injusta agonía, sirviendo al lumpem urbano como letrina de ebrios madrugadores, mercado de drogas al menudeo, cuartel de pirañas y prostíbulo vespertino, sin que las autoridades municipales hagan algo por impedirlo. Seguramente nuestras autoridades ediles ignoran o quieren ignorar lo que la tradición oral había hecho conocer a los vecinos de Lima. 

Contaban nuestros mayores que donde se levanta el edificio de la "Fenix Peruana" frente a la Plazuela de "La Salud", hoy "Plaza Elguera", existía una enorme pared medianera con las casas de la calle "Mono pinta", última cuadra del jirón "Cailloma", pared que fue convertida en cadalso regular por Patricio Lynch Zaldívar, desde los primeros días de la ocupación. 

Coherente con esta información, otro epígrafe a la obra de Mariano Felipe Paz Soldán antes citada, dice en la página 108 del mismo Tomo: "...Lynch impuso un Tribunal Militar de Justicia, que llegó al escarnio de condenar a muerte a inocentes peruanos que defendían su honra o por que reclamaban por los robos chilenos de sus pertenencias..." , el mismo autor califica a los miembros de estos Tribunales como " ...un conjunto de tigres, disfrazados de jueces...". 

Durante años escuchamos diferentes versiones de estos hechos, coincidentes todas de una u otra forma: don Carlos Suárez Rodríguez contaba estos episodios tal como los hemos descrito añadiendo que, durante muchos años acompañó a su padre el General Belisario Suárez Vargas a rendir homenaje a los peruanos asesinados en ese lugar, signado por una pequeña Cruz de madera, colocada allí por las viudas de esos mártires. Nosotros acompañamos alguna vez a don Carlos en esta Romería. 



La señorita limeña, Margarita Callirgos Merino de 84 años de edad a la fecha, recuerda haber escuchado decir a su padre, Sergio Elicer Callirgos Rendón, pequeño vecino de Lima en los años de la ocupación, que cuando niño vio, en una plazuela a las afueras de Lima, sin duda la de La Salud, una multitud expectante; se acercó al grupo y aprovechando su corta estatura, se deslizó entre las piernas del gentío hasta llegar a la primera fila, desde allí observó como un hombre, parado frente a un pelotón de soldados, gritaba "...muero por mi Patria y por no delatar a un amigo...", cayendo después herido de muerte. 

En la recopilación de "Curiosidades Limeñas" publicado en 1974, don Ernesto Ascher F. rescata el caso que nos ocupa y es, hasta donde tenemos conocimiento, el primero en hacerlo público; don Ernesto, acucioso investigador, muestra la fotografía que reproducimos y sitúa la Plaza de La Salud a las afueras de Lima, basado de seguro en los escritos de don José Gálvez editados en 1945 bajo el título de "Calles de Lima y meses de año" , afirma además que en ese lugar existía una "casa de citas" convertida en centro de operaciones de los peruanos que se resistían a la ocupación enemiga. 
 

Desgraciadamente todas estas informaciones adolecían de fuente documental, vale decir que este capítulo de nuestra historia estaba, hasta hoy, en la categoría de "tradición oral". Por lo tanto, para los historiadores académicos, el episodio no pasaba de ser una anécdota poco probable. Lo cierto es que, pese a ello, la pequeña Cruz de madera que hasta hoy existe, fue colocada en el paredón de fusilamiento poco después de 1884, que los limeños rendían en ese lugar homenaje a sus mártires y por último, que cuando el progreso arquitectónico de "esta Lima que se va", ordenó derrumbar el inopinado patíbulo y construir en esa área un moderno edificio, los constructores respetaron la burda y conmovedora Cruz, símbolo de la Resistencia de nuestro pueblo, anatema a la crueldad del invasor, que permanece en su lugar, no con igual entorno pero incólume, enorme en su pequeñez, haciendo las veces de emblema de un Santo Oficio Patriótico que no olvida, que no puede ni debe olvidar. 

Buscamos incansablemente la comprobación de estos testimonios producto de la tradición oral y un texto apropiado para retratar con exactitud aquellos sucesos, difícil tarea, Patricio Lynch Zaldívar, ejecutor de estas acciones, nos dio la solución para ambos problemas; el cobrador de los "cupos de guerra" en el Norte del Perú, el director de los saqueos e incendio de los pueblos y haciendas ribereñas de la costa peruana, dice así en sus "Primeras Memorias", publicadas en Lima en 1882, Tomo I página 251: 


"... En la mañana del veinte de Julio fueron asaltados en la plazuela de la "Salud" dos soldados del Regimiento de Artillería, resultando uno de ellos muerto i el otro herido. Puesto el hecho en conocimiento de varios chilenos que se encontraban próximos al lugar indicado, fueron aprehendidos muchos vecinos y transeúntes que podían dar noticias del crimen. Después de tomadas las declaraciones, resultaron complicados cinco individuos, de los cuales los de mayor grado de culpabilidad no pudieron ser habidos. De los tres restantes se sorteó uno i fué pasado por las armas el día veinticinco en la misma plazuela de la <>... " (sic.) 

Probado está que allí se fusiló a un patriota. Probado está que se le condenó en base a testimonios obviamente parciales. Es evidente que las características del lugar y su cercanía al Cuartel de las tropas de ocupación, hacían de él un ámbito apropiado para cadalso, Todo esto queda claramente establecido por el mismo Lynch que en sus "Memorias", reclama la autoría del hecho y lo hace de oficial y público conocimiento. 

Pero no es del caso filosofar sobre la validez de las fuentes de la historia; reclamamos el homenaje del recuerdo, para aquellos escogidos a los que la Patria les otorgó la gracia de morir por Ella. rrs. 

 

Nota WAR BOOK:

Actualmente, la Cruz fue retirada cuando se instaló en ese edificio Aero Continente, que esperemos tome cartas en el asunto ahora que tanto apela al Nacionalismo.
 

Warbook (c) 18/03/2003

viernes, 9 de diciembre de 2016

Guerra del Pacífico: La química diluyó el rol del guano


La Química derrotó a los vencedores de la Guerra del Guano y el Salitre
Javier Sanz - Historias de la Historia


Mediados-finales del siglo XIX. La población europea se enfrentaba, acaso por primera vez, a los presagios de la teoría de Malthus que venía a decir que la producción de alimentos no aumentaría en la misma proporción que la población, lo que quería decir que, de hecho, habría a corto plazo graves problemas de abastecimiento de productos básicos. Los campos del Viejo Mundo estaban agotados después de décadas de sobreexplotación y erosión. Fueron los británicos, a partir de la década de 1840, los que descubrieron las magníficas propiedades fertilizantes del Guano y en esa época comenzó la explotación a gran escala de tan preciado abono desde Perú:

los alcatraces y las gaviotas, alimentados por los fabulosos cardúmenes de las corrientes que lamen las riberas, habían ido acumulando en las islas y los islotes, desde tiempos inmemoriales, grandes montañas de excrementos ricos en nitrógeno, amoníaco, fosfatos y sales alcalinas.

Chincha (Perú) – Las islas del guano

Una década después, la química agrícola vino a descubrir que eran aún mayores las bondades del Salitre y su uso en Europa como abono se popularizó, proveniente, en forma de nitrato de soda, de las salitreras peruanas y bolivianas: Tarapacá y Antofagasta, respectivamente:

Gracias al salitre y al guano, que yacían en las costas del Pacífico casi al alcance de los barcos que venían a buscarlos, el fantasma del hambre se alejó de Europa.
Hasta entonces, la oligarquía limeña había prosperado gracias a la Plata de Potosí (les suena al expresión “esto vale un potosí”); a partir este momento pasaron a florecer gracias a los excrementos de pájaro y al “grumo blanco y brillante de las salitreras”. Y allí estuvieron los británicos, en sustitución de los españoles, para hacerse con el negocio: los créditos que el estado pedía -como consecuencia del derroche despilfarrador en el que se había instalado-, hipotecando su porvenir, estaban en manos inglesas. En 1868 el tema se agravó definitivamente cuando los gastos y deudas del estado superaron con creces los ingresos que generaban las exportaciones (¿a que también le suena esta situación?). Para terminar de liarla, los depósitos de guano se utilizaron como garantía de pago, lo que de hecho generó la pérdida de soberanía sobre los recursos naturales. Mientras, los obreros padecían unas condiciones laborales y vitales rayanas en la esclavitud.

Según cuenta Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, publicado en 1971 y reeditado posteriormente en numerosas ocasiones, “la explotación del salitre rápidamente se extendió a la provincia boliviana de Antofagasta, aunque el negocio no era boliviano, sino peruano y, sobre todo, chileno”. El gobierno de Bolivia pretendió aplicar un impuesto a las explotadoras y exportadoras de salitre ubicadas en su territorio y fue entonces cuando el ejércido chileno invadió la provincia y ya nunca se marchó de allí. Quizá sepan que Bolivia es en único país de América (junto al ninguneado Paraguay) que no tiene salida al mar. Antes de 1879, fecha de comienzo de la Guerra del Guano y del Salitre, también llamada Guerra del Pacífico, esto no era así. En aquel conflicto Chile se anexionó una serie de territorios costeros y desde entonces Bolivia viene periódicamente reclamando lo que fue suyo o, al menos, un corredor que le dé salida natural al mar. Como supondrán, Chile y Perú no quieren ni oir hablar del tema.


Guerra del Guano y el Salitre

Perú y Bolivia sufrieron a partir de entonces una sangría cuyas consecuencias todavía padecen, en parte por la pérdida de sus principales recursos naturales. Pero ¿qué pasó con los vencedores de aquel conflicto, los chilenos?

Al comenzar el conflicto los ingresos de Chile dependían en un 5% del salitre y el yodo. Una década después la cifra ascendía a más de la mitad, matoritariamente provenientes de la explotación de los recursos que obtenían de los territorios recién conquistados. Y, como quizá hayan sospechado, las inversiones inglesas en la región se triplicaron hasta convertir la región del salitre en “una factoría británica”. Mientras chilenos, bolivianos y peruanos peleaban entre ellos, los británicos se apoderaban de esa próspera industria sin haber desembolsado ni un penique, pues la financiación la proporcionaron gustosamente los propios bancos chilenos.



En 1890 Chile ya destinaba las tres cuartas partes de sus exportaciones a Inglaterra y recibía de ella la mitad de sus importaciones, mayor dependencia comercial incluso que con la India colonial. Con esa aparente bonanza, el presidente Balmaceda afrontó un ambicioso plan de progreso para el país: desarrollo industrial, obras públicas, educación… y, consciente de su dependencia de Inglaterra, cerró el grifo a la expansión territorial británica en el país. En 1891 estalló la guerra civil (sí, amigos; Chile también tuvo su guerra civil) y ya imaginarán a qué bando apoyaron los británicos y quién resultó derrotado. Como informó el embajador británico a la urbe:

No es ningún secreto que para la comunidad británica es una satisfacción la caída de Balmaceda, cuyo triunfo habría implicado serios perjuicios a los intereses comerciales británicos.
Así que las empresas británicas afianzaron y ampliaron sus dominios, mientras los planes reformadores del gobierno derrocado se vinieron abajo. Y la prosperidad de las explotaciones salitreras no sirvió para el desarrollo local, sino para acrecentar las desigualdades y las deformaciones estructurales de su economía.

Y aquí es cuando entran en escena los químicos Fritz Haber y Carl Bosch, prusiano y alemán, respectivamente. Ellos fueron los responsables del desarrollo, patente y comercialización del proceso Haber-Bosch, que, básicamente, consiste en obtener nitrógeno del aire y producir amoníaco a nivel industrial que, al oxidarse, forma nitritos y nitratos, esenciales en la producción de fertilizantes. Este proceso no tiene competencia actualmente en este ámbito. Ambos recibieron el Premio Nobel de Química, Haber en 1918 y Bosch en 1931. La consecuencia evidente fue el derrumbe progresivo pero inexorable de la econonía chilena en las décadas siguientes, excesivamente dependiente del comercio del salitre, que dejó de ser materia prima fundamental a nivel mundial en la producción de abonos y fertilizantes.

Así es como la química acabó por derrotar a los vencedores de esa otra Guerra del Pacífico.

miércoles, 20 de julio de 2016

Guerra del Salitre: Especuladores antes e industriosos después

¿Especuladores o industriosos? La política chilena y el problema de la propiedad salitrera en Tarapacá durante la década de 1880

SERGIO GONZÁLEZ MIRANDA
HISTORIA No 47, vol. 1, enero-junio 2014: 39-64
ISSN 0073-2435

RESUMEN
La propiedad salitrera fue uno de los problemas más complejos que enfrentó la administración chilena cuando anexó la provincia de Tarapacá en el contexto de la Guerra del Pacífico, determinando lo que sería la política salitrera en la década de 1880. La existencia de certificados o bonos no solo dificultó la restitución de esa propiedad, sino que permitió la especulación en medio de un proceso de industrialización. En este artículo se analiza el caso de las Compañías Salitreras formadas por J. T. North. La política salitrera diseñada en la década de 1880 resultó fundamental para asegurar una expansión de la economía del nitrato, puesto que estructuró no solo un tipo de industria en todo el territorio comprendido entre Pisagua y Taltal, sino también un tipo de organización empresarial que llegó a constituirse en un trusteconómico hasta 1910.

Palabras clave: Propiedad salitrera, especulación, industrialización, trusteconómico, política salitrera.

INTRODUCCIÓN

La década de 1880 fue decisiva para el desarrollo posterior de la industria del salitre, no solo por la incorporación de la provincia peruana de Tarapacá al territorio y a la economía de Chile, sino porque en ese periodo se definió la política salitrera nacional y el grupo empresarial que se organizó en torno al Comité Salitrero y a las Combinaciones Salitreras.
Aunque Chile hubiese diseñado concienzudamente una política salitrera hacia 1879, previendo la ocupación de Tarapacá, nadie habría imaginado la complejidad del problema que le heredaba la política peruana de expropiación, ya que la propiedad salitrera se transformó en el principal nudo gordiano. Una de las hebras del problema fueron los certificados o bonos emitidos por el gobierno peruano para la compra de las salitreras, a través de la banca de ese país. Existieron certificados al portador, nominales con el nombre de la oficina e intransferibles, que pertenecían a quienes se mantenían en posesión del establecimiento vendido, siendo los primeros los más numerosos.

El ordenamiento de la propiedad salitrera que debió realizar el gobierno de Chile en la provincia de Tarapacá y en el cantón del Toco (provincia de Antofagasta), a partir de 1880, fue una de las tareas administrativas más arduas en esa década y en la siguiente. En primer lugar, para lograr reconocer y transferir las propiedades a sus verdaderos dueños y, en segundo lugar, saber cuándo realizar remates de nuevos estacamentos, tarea que, además, debía ejecutarse con rapidez, atención e incluso recelo. Tenía que actuar con prisa, porque la autoridad debía tratar de restaurar la economía del nitrato lo antes posible, debido a las urgentes necesidades de recursos que el Estado requería para solventar los gastos de la guerra. Debía hacerlo con atención y recelo, porque el proceso de expropiación iniciado por el gobierno peruano fue enmarañado y dificultoso, a tal punto que circularon certificados falsos [1], debido al clima de incertidumbre que generó el conflicto bélico y por el desconocimiento que las nuevas autoridades tenían sobre la propiedad salitrera. No es extraño que, bajo ese clima, el primer jefe político de Tarapacá, Patricio Lynch, recomendara al inspector fiscal de salitreras del gobierno peruano, el ingeniero inglés Robert Harvey, para que cumpliera la misma función bajo el gobierno chileno. Por esta medida, durante ese periodo de incertidumbre, Harvey quedó bajo sospecha de haber utilizado el cargo para su beneficio y del grupo empresarial al que pertenecía: J. T. North y Co.
[2], lo que será analizado más adelante. Bastaría solamente observar la frase de un contemporáneo de Harvey: “Fácilmente se concibe que siendo el Inspector Harvey extranjero, y penetrado como estaba de que su posición oficial no podía ser sino enteramente transitoria, procurase trabajar pro domo suaen el desempeño de su comisión” [3]
.
A pesar de la complejidad del problema de los certificados salitreros, las autoridades chilenas, tales como jefes políticos de la Provincia de Tarapacá, delegados fiscales, comisiones consultivas, directores del tesoro, entre otros, restablecieron rápidamente la economía salitrera en la década de 1880, ya que al exigirles a los empresarios el cumplimiento de los contratos firmados con el gobierno del Perú, consiguieron que la exportación de salitre se expandiera desde 4.590.684 quintales en 1881, a 10.797.530 quintales en 1883, año que marcó el término de la Guerra del Pacífico. Al año siguiente la exportación cayó en 383.759 quintales, producto de la crisis internacional del azúcar.
La política salitrera chilena se vio necesariamente determinada por Tarapacá, pero terminó afectando a todo el territorio salitrero ubicado al sur del río Loa. En Taltal, por ejemplo, donde se habían instalado con mucho esfuerzo oficinas salitreras que debían trabajar caliches de menor ley, y con una infraestructura caminera y portuaria más precaria, se debió asumir el mismo impuesto sugerido en 1880 por la Comisión Consultiva de Salitres. Esos industriales debieron levantar su voz para que se les respetaran las condiciones de excepción que tenían antes de la Guerra del Pacífico.

Salitrera en Tarapacá 

El gobierno chileno se preocupó tempranamente de establecer un tributo a la exportación de salitre. Incluso antes de la ocupación de Tarapacá, el 12 de septiembre de 1879, se promulgó una ley con el número 750, que estableció un impuesto sobre el salitre equivalente a cuarenta centavos por cada quintal métrico. También, rápidamente, el 3 de enero de 1880 se creó una Comisión Consultiva del Salitre, para que recomendara la forma de organizar esta industria y practicar “los estudios convenientes para su mejor explotación, bajo el punto de vista fiscal como el de los intereses legítimos radicados en esas localidades”[4]. La forma en que se resolvería este problema sería determinante para el futuro de esta industria y de las economías nacional y regional. El 28 de marzo de 1882 “se dictó por primera vez una resolución Suprema encaminada a resolver radicalmente el problema legado por el Gobierno del Perú i a restablecer sobre sólidas bases la propiedad privada que el estanco del salitre había destruido” [5]. En base a este decreto, se devolvieron oficinas a los tenedores que le entregaron al Fisco el total de su valor en moneda corriente o su equivalente en certificados –numerados– iniciándose, además, las primeras subastas públicas de salitreras que no fueron rescatadas. Sería este decreto del 28 de marzo de 1882 el que provocaría, por una parte, las principales demandas en contra del Fisco chileno por parte de los tenedores de bonos o certificados salitreros –al portador– emitidos por el gobierno del Perú [6] ; y, por otra, permitió la conformación del grupo empresarial que determinaría el destino de esta industria hasta las postrimerías de la Primera Guerra Mundial[7].


LOS CERTIFICADOS Y LA PROPIEDAD SALITRERA

El origen de los certificados salitreros se debió a una política peruana del nitrato construida sobre la base de un probable préstamo internacional. Este empréstito fue definido en el artículo 4° de la ley de expropiación del 28 de mayo de 1875, que no superaría la suma de siete millones de libras esterlinas, y cuyo destino era la adquisición de la industria salitrera, concluir trabajos ferroviarios pendientes y gastos generales del Estado peruano [8]. La decisión del gobierno peruano de aplicar esta ley de expropiación sin tener el efectivo para la compra de las oficinas, tuvo consecuencias especulativas incluso antes de la administración chilena del territorio de Tarapacá, como bien lo señala O’Brien: “En este caso, la nacionalización fue un esfuerzo desesperado de un gobierno sin peculio e inestable para mantener un contradictorio y en ese entonces tambaleante sistema, construido sobre la base de un enclave de exportación extranjera” [9]. La contradicción surge de inmediato, porque este proceso de nacionalización fue en directo beneficio de las grandes casas salitreras como la casa Gibbs y la compañía Gildemeister, entre otras, como bien lo apunta O’Brien: “La expropiación, como fue calificada, se había convertido en una posibilidad atractiva para los salitreros de Tarapacá”[10]; pero en ningún caso se trataba de los pequeños salitreros peruanos originarios de Tarapacá o de los chilenos que llegaron antes de la primera expansión salitrera en la década de 1870 [11].

El fracaso peruano de conseguir el préstamo internacional, en cierta forma, fue heredado por Chile a partir de 1880, pues se encontró con tenedores de bonos o certificados que no necesariamente eran empresarios salitreros, sino especuladores. D. W. Graña fue representante de la Compañía Salitrera del Perú, continuadora de los bancos a través de los cuales el gobierno del Perú implementó su política expropiatoria [12]. En su demanda contra del fisco de Chile, D. W. Graña señala que “los certificados salitreros emitidos por el Gobierno del Perú en pago de los terrenos y oficinas salitreras que adquirió de particulares en la provincia de Tarapacá, se convirtieron en títulos de deuda permanente con 6% de interés y 4% de amortización anuales” [13]
.
Efectivamente, según Pedro Nolasco Gandarillas –director del Tesoro durante el gobierno de Domingo Santa María– los certificados salitreros “devengaban interés a razón de ocho por ciento anual”[14]; por tanto, continuaban siendo un negocio para los portadores mientras esta economía estuviera en auge, gracias a la organización empresarial e industrial de quienes ellos vieron como sus adversarios y los beneficiarios de la política chilena.
Según Graña esos bonos se emitieron en Lima porque su servicio se había radicado en esa ciudad y casi todos eran “al portador”. El problema es que no todos fueron emitidos con referencia a alguna oficina salitrera, pues pudieron ser emitidos por otros motivos, por ejemplo, por simples maquinarias o herramientas. Graña indica que “consta en los talones de esos mismos bonos, que el gobierno tomó en las oficinas de la Compañía Salitrera, que más de la mitad de esos bonos se entregaron a ciudadanos peruanos dueños de salitreras y terrenos salitreros” [15]. Sin embargo, los demandantes –durante el gobierno de J. M. Balmaceda– no eran precisamente de esa nacionalidad, sino mayoritariamente europeos.
Este es el centro del problema de la propiedad salitrera que encontró la autoridad chilena: al ser la gran mayoría de los certificados “al portador”, imposibilitaba la devolución de una salitrera en particular, pues la cantidad de certificados superaba a la cantidad de salitreras y estacamentos reconocidos. Billinghurst afirma que el Congreso peruano aprobó todas las acciones del gobierno de ese país para la adquisición de salitreras, incluyendo las del Toco boliviano, “con excepción del temerario abuso de emitir certificados salitreros para darlos en préstamo a los contratistas de obras públicas” [16]. Contradictoriamente, en las postrimerías del gobierno de Domingo Santa María, el director del Tesoro de Chile, Pedro Nolasco Gandarillas, había podido identificar  certificados salitreros por un total de novecientos setenta mil soles que fueron emitidos para la construcción de obras públicas [17]. El problema se volvía más complejo debido a que los nombres que aparecían en los talonarios no necesariamente eran de los tenedores. Por otra parte, como los certificados circularon rápidamente en un mercado donde proliferaron los especuladores, las nacionalidades de quienes posteriormente demandaron al Estado chileno no fueron ni la peruana ni la chilena, como habría podido esperarse.
¿Por qué la mayoría de los tenedores optó por los certificados “al portador”? Consideramos que se debió a las siguientes razones: 1) evitar quedar vinculados con una salitrera que podría estar siendo ocupada por terceros, como aquellas que fueron arrendadas por el gobierno peruano después de la compra y continuaron en esa condición bajo el gobierno chileno; por lo tanto, al recibirlas por devolución su precio sería más bajo, porque su capacidad productiva habría disminuido; 2) el gobierno peruano, supuestamente, habría dejado en prenda toda la provincia de Tarapacá al comprar las salitreras a través de bonos o certificados; por ende, teóricamente, se podría acceder a nuevos mantos calichales; 3) hubo certificados que fueron entregados, más que por la calidad y/o cantidad de estacas salitreras, por el valor de maquinarias y herramientas, las que se habrían depreciado aceleradamente; entonces, no era conveniente poner la referencia a dicha operación en los certificados; 4) como los certificados o bonos eran un buen negocio que generaba intereses bancarios, el que fueran “al portador” no afectaba su valor; incluso podía ser más fácil su venta.
Como hemos adelantado, el decreto del 28 de marzo de 1882 fue el que más afectó a los tenedores de certificados, porque señalaba que:

“El Jefe Político de Tarapacá procederá a otorgar títulos de propiedad definitivos a las personas que, en virtud del decreto de 6 septiembre de 1881, estuvieren en la tenencia provisoria de establecimientos salitreros de aquel territorio y hubieren enterado en las arcas fiscales el total de los certificados o vales provisionales emitidos por el Gobierno del Perú, en representación del precio de venta de los referidos establecimientos” [18].

El plazo que se les otorgaba a los tenedores era de noventa días a partir de la promulgación del señalado decreto. Es decir, quienes estaban ocupando físicamente las oficinas salitreras, si acreditaban los certificados  suficientes, podían transformarse en sus dueños definitivos, mientras quienes no estaban en posesión de una salitrera y poseían certificados “al portador” se consideraban en una condición de exclusión.
Estar produciendo y exportando salitre entre 1880 y 1883 era fundamental para un gobierno que estaba en plena actividad bélica. Muchos tenedores solo estaban desempeñando un papel especulativo, esperando un giro a su favor en la política salitrera chilena, como fue el caso del canciller chileno Melquíades Valderrama durante las Conferencias en la bahía de Arica a bordo del USS Lackawannaentre el 22 y el 27 octubre de 1880, quien afirmó que “la cesión de territorio que Chile reclamaba habría importado para nuestro país el reconocimiento de los gravámenes hipotecarios constituidos por el Gobierno del Perú a favor de los acreedores extranjeros” [19]. Esta frase fue empleada por los tenedores para exigir esos derechos; sin embargo, para la Comisión Consultiva, Chile no debía reconocer hipoteca alguna a favor de los tenedores de certificados.

Los tenedores que iniciaron la demanda señalaron, entre otros aspectos, que:
Esto es precisamente lo que ha sucedido con los títulos fiduciarios del salitre. Todos se cotizaron, sin distinción, al mismo tipo, mientras que, conforme a la lei i según su testo estuvieron todos i cada uno de ellos garantizados con la riqueza fiscal de Tarapacá. Solo después de ocupada esta provincia por las Fuerzas de Chile, empezó a sentirse en la plaza la demanda por especiales numeraciones, solicitadas por los especuladores que habían sorprendido el secreto pensamiento del Gobierno de Chile i poseían las claves necesarias para saber el número i estado de las oficinas. Desarrollóse entonces una especulación tan vasta como inicua, i el más alarmante pánico cundió entre los que ignoraban esos secretos […] [20]
.
Analizando esta argumentación caben varias precisiones:
1.  Supuestamente el gobierno peruano habría dejado en prenda toda la riqueza salitrera de Tarapacá por la emisión de los certificados o bonos, según la ley de expropiación de 1875. ¿Debería entenderse, según los tenedores, que los certificados emitidos para obras públicas también estarían respaldados por el patrimonio salitrero de Tarapacá? Como sabemos, se emitieron certificados sobre salitreras del Toco [21]; ¿estaba, para los tenedores, también hipotecado el territorio salitrero
de esa provincia, entonces boliviana?
2. Sostenían que el gobierno chileno habría introducido “especiales numeraciones” en los certificados y que habrían sido “solicitadas por los especuladores”. ¿Quiénes serían esos especuladores que tenían tanto poder como para presionar al gobierno de Chile en pleno desarrollo de la Guerra del Pacífico? Al parecer no eran chilenos, puesto que no aparecen entre los tenedores de bonos o certificados que terminaron rescatando oficinas salitreras. Las nacionalidades de aquellos que rescataron oficinas salitreras con arreglo al decreto del 28 de marzo de 1882, se distribuyen de la siguiente forma:

Oficinas salitreras rescatadas según nacionalidad de los tenedores de bonos




El decreto del 31 de julio de 1882 permitió la primera subasta de salitreras, donde observamos la siguiente distribución




Los empresarios que rescataron más oficinas fueron de nacionalidad inglesa y alemana, y la casa Gibbs fue notoriamente la más destacada, incluso, por sobre las compañías creadas por North Co.[22]. Este grupo empresarial fue la base de aquel que formó el Comité Salitrero en 1884, y que actuó como un trust–o sindicato– económico, al organizar las Combinaciones Salitreras a partir de ese año.

3. Los tenedores demandantes afirmaban que los “especuladores” conocían “el secreto pensamiento del Gobierno de Chile i poseían las claves necesarias para saber el número i estado de las oficinas”. El informe de la Primera Comisión Consultiva de Salitres –presidida por Álvaro Covarrubias– fue presentado el 8 de junio de 1880 al ministro de Hacienda, Augusto Matte Pérez, y publicado en Santiago por la Imprenta Nacional. Es decir, estuvo al alcance de todo lector, cuya conclusión fue:

“Al proponer la abolición del monopolio fiscal que el Gobierno peruano había establecido en Tarapacá i la sustitución de ese sistema por el réjimen de absoluta libertad, tanto para la constitución de la propiedad cuanto para la elaboración i estraccion de los salitres, i al recomendar el establecimiento de un impuesto de exportación igual sobre esa sustancia y sobre el yodo que salgan para el estranjero de puertos de jurisdicción chilena, la Comisión cree servir los intereses lejítimos i bien entendidos del país […]”[23]

No fue un secreto, desde 1881, el deseo del gobierno de Chile de restituir la propiedad salitrera expropiada por el gobierno peruano; pero no era posible satisfacer a todos los tenedores, porque había más certificados que oficinas salitreras disponibles. Por lo tanto, se priorizó a quienes estaban en posesión de las salitreras –mejor si estaban produciendo– y tuvieran certificados que pudieran estar relacionados a la oficina respectiva. A lo anterior se sumaron todos los litigios en torno a los estacamentos que fueron declarados en despueble de acuerdo a los decretos peruanos del 13 de julio de 1876, 16 de agosto de 1877 y 15 de marzo de 1879 [24]

4.  Los tenedores afirmaban que “los especuladores” también “poseían las claves necesarias para saber el número i estado de las oficinas” [25]. Aquí, por fin, podemos identificar claramente a un supuesto “especulador” según el criterio de los demandantes que, sin bien no es nombrado, se trata del ingeniero inglés Robert Harvey, inspector general de salitreras tanto del gobierno del Perú como del gobierno de Chile. Trataremos más adelante este caso específico. De todos modos, sigue pendiente la pregunta respecto de ¿qué entienden los tenedores de certificados al portador por “especuladores”? En definitiva, ¿quiénes fueron especuladores y quiénes industriosos?, ¿hubo momentos de especulación y otros de inversión e innovación?.

¿Serían estos tenedores de bonos empresarios industriosos que trataban de proteger la economía del nitrato de especuladores que pretendían comprar certificados baratos, supuestamente aprovechándose de un pánico que se habría generalizado entre los tenedores, para después venderlos más caros a quienes efectivamente levantarían la industria del salitre?; o ¿eran ellos los especuladores, esperando recibir beneficios de sus operaciones financieras y, por ello, demandaban al gobierno de Chile? [26]

Años después, el gobierno de José Manuel Balmaceda terminará reconociendo esos supuestos derechos e indemnizando a los tenedores, más por presiones políticas ejercidas por los países europeos –como Francia, Alemania, España e Italia– que por convicción de justicia.
Durante el gobierno de Balmaceda se promulgó la ley n° 2984, del 21 de abril de 1887, que autorizaba al presidente “a pagar los certificados emitidos por el Gobierno peruano en conformidad a la ley de 28 de mayo de 1875” [27], para lo que fue necesario contratar en el extranjero un empréstito de 1.113.781 libras esterlinas [28]. El presidente de Chile pudo haber pensado que con esa medida la propiedad salitrera pasaba al Estado, sin esa sombra de supuesta hipoteca heredada por el gobierno peruano de Manuel Pardo, pudiendo rematar nuevos mantos de caliche para beneficio del empresariado nacional.
Cabe señalar que la crítica realizada desde la perspectiva chilena a la política salitrera peruana por haber utilizado bancos para la operación de compra –expropiación– de las oficinas salitreras, pudo expresarse en el fracaso de la Compañía de Salitres del Perú en alcanzar una indemnización similar a la de los tenedores europeos de certificados por parte del Estado nacional. Sin embargo, poco se ha estudiado el papel que tuvo el Banco de Valparaíso en el rescate de salitreras de Tarapacá en beneficio de los capitalistas ingleses, y tampoco el monto de los intereses que pudo obtener este banco chileno de esas operaciones. Cuando se afirma que el capital nacional estuvo ausente en el rescate de salitreras de Tarapacá en la década de los años de 1880, solo se refiere al capital industrial, no así al financiero. Billinghurst nos recuerda que “de las 35 máquinas que había en explotación en 1880, solamente las correspondientes a Gibbs & Co., Gildemeister & Co., J. D. Campbell & Co., y Fölsch y Martin, trabajaban con capital propio. Todas las restantes se explotaban con capital suministrado por el Banco de Valparaíso” [29].

INDUSTRIOSOS EN LA REACTIVACIÓN POSBÉLICA

La tecnología de la industria salitrera experimentó un cambio relevante entre 1876 y 1878. Aquel cambio se produjo en las oficinas salitreras San Antonio de Zapiga y Agua Santa, ambas pertenecientes en esos años a Campbell, Outram & Sayers Jones. Después esta compañía pasó a denominarse “Salitres y Ferrocarril de Agua Santa”, incluyendo a un grupo de salitreras –Abra, Napried, Irene, Tres Marías, Democracia,etc.– que tuvieron por puerto de embarque a Caleta Buena, el que fue diseñado por J. T. Humberstone, el mismo ingeniero que introdujo el sistema de lixiviación Shanks. Después de finalizada la Guerra del Pacífico este sistema comenzó a ser utilizado por otras compañías salitreras, provocando un salto productivo. En el periodo anterior a la guerra, la exportación de salitre alcanzó los 7 millones de quintales españoles, la que, por cierto, en los años más difíciles de este conflicto, bajó ostensiblemente a poco más de 3 millones en 1879. Sin embargo, en 1883 ya se alcanzaba la impensada cifra de 12.820.000 quintales españoles; y a fines de la década ya se podía exportar sin problemas 20 millones.
Fue tan importante esta innovación tecnológica que no se modificó  sustancialmente por cuatro décadas, con la consecuente obsolescencia técnica y el aumento de los costos de producción. Empero, a fines de la década de 1880 y comienzos de la siguiente se llegó a un óptimo de la capacidad industrial salitrera en Chile. Por ejemplo, en 1892, Alejandro Bertrand, a la sazón delegado fiscal de salitreras, intentando calcular el precio en cancha de un quintal de salitre, realiza una separación de costos:

1) trabajo de la calichera y acarreo; 2) pólvora, dinamita, gastos de herramientas, operarios, auxiliares, etc.; 3) carbón; 4) elaboración en cachuchos y bateas, administración; 5) gastos de casa; 6) ensacadura, hilo carguío. Llegó a un costo total del quintal español que oscilaba entre 16,0 y 22,3 peniques. Había notorias diferencias entre las oficinas salitreras –algunas eran más eficientes porque poseían tecnología de mejor calidad– y también hubo diferencias en la infraestructura caminera y en la calidad del caliche. Bertrand descuenta 0,5 peniques por las ganancias obtenidas en la pulpería [30].

En 1904 los ingenieros alemanes Semper y Michels calcularon el costo del salitre en cancha en 22,3 peniques, lo que consideraba los costos de explotación del caliche, de elaboración y los gastos generales, que a su vez incluía: sueldos, salarios, materiales diversos, carbón y forraje. Estos autores le descuentan a ese precio las ganancias de la pulpería, que estiman en 1,2 peniques; por lo tanto, el precio del quintal en cancha llegaría a los 21,1 peniques [31]. Ese precio sería un promedio entre las distintas salitreras, que tendrían costos en cancha entre 36 peniques como máximo y 14,4 peniques como mínimo [32].
Cabe agregar que los traductores de los ingenieros alemanes –Javier Gandarillas y Orlando Ghigliotto– indican en una nota al pie de página que para 1907 se debía ajustar el cálculo de Semper y Michels, llegando a los 28,84 peniques, como consecuencia de la escasez de brazos y el alza en algunos insumos[33].
Si comparamos el rango señalado por Semper y Michels para 1904 entre 36 y 14,4 peniques, con el establecido por Bertrand para 1892, que fluctuaba entre 16,0 y 22,3 peniques, sin duda que en el periodo más temprano habría tenido una mayor eficiencia promedio.
El costo total al costado del buque no lo consideramos relevante porque el transporte –como el derecho de exportación–[34] se mantuvo relativamente estable; por lo tanto, el costo del quintal de salitre en cancha nos ha parecido el mejor indicador de la eficiencia industrial. La conclusión es que la mayor eficiencia se logró en los años del primer impulso industrial y tecnológico posterior al término de la Guerra del Pacífico.

El problema de la caída en la productividad de esta industria estuvo en el rendimiento por operario que, como lo demuestra Alejandro Bertrand, comenzó a caer de modo más acentuado a partir de la década de 1890. Este autor define de este modo el rendimiento: “quintales de salitre producidos por operario, calculado en vista de la producción y del número de operarios de cada oficina”, agregando que “el rendimiento máximo (2.200 quintales por operario) ocurrió en 1884 y el mínimo (1.050) en 1907” [35]. La cifra de 1907 pudo verse afectada por la huelga obrera de ese año, pero el propio Bertrand entrega el rendimiento para 1908 (1.950) y para 1909 (1.214). ¿Por qué esa baja en la productividad en el momento de mayor auge salitrero? El argumento de la disminución de la calidad de caliche no tiene mayor sustento, pues todavía se estaba explotando la flor de los mantos calichales de Tarapacá y Antofagasta. Posiblemente, la rigidez de las oficinas salitreras, con plantas y campamentos fijos, hizo que el costo del transporte entre las calicheras y la máquina de elaboración fuera inevitablemente creciente, empero no fue determinante.



Hemos señalado que la mayor innovación tecnológica en la industria salitrera fue la planta de elaboración del salitre Shanks; es decir, en el proceso de lixiviación. Sin embargo, el principal costo de producción nunca estuvo allí, sino en el proceso de explotación del caliche; es decir, su extracción y transporte, donde la mano de obra fue extensiva y de baja calificación. En el cálculo realizado por Semper y Michels para 1904, vemos que el costo de explotación del caliche alcanzaba los 12,3 peniques, mientras los costos de elaboración ascendían a 8 peniques y los gastos de administración a 2 peniques [36]. En otras palabras, la mano de obra que trabajaba en la pampa –empleados y obreros– y sus insumos superaban el 50% del costo total de un quintal de salitre. Por tanto, más que en el cachucho, la clave de esta industria estaba en la calichera. El talón de Aquiles era la organización del trabajo, que se sustentó en contratos precarios, especialmente en las calicheras, donde se laboraba a trato o destajo y se pagaba en fichas, lo que generó protestas sociales tan referidas en la historia social. En vez de capacitar a los trabajadores y mejorar sus condiciones laborales, se optaba por reemplazarlos a través de un sistema de enganches, que proporcionaban mano de obra nueva pero sin los conocimientos técnicos necesarios. Mientras, los patrones se esmeraron por instalar grandes plantas de lixiviación, pensando que allí estaba la palanca de desarrollo de esta industria, como veremos más adelante al describir las primeras oficinas salitreras de John Thomas North, en la que claramente se trató de una gran inversión industrial, pero donde se descuidó el proceso de extracción.

Sin perjuicio de lo anterior, los salitreros enfrentaron un desafío relevante en el desierto de Atacama, lo que no habría sido posible de no haber tenido un espíritu industrioso. Además de la inversión de las plantas de lixiviación y la construcción de campamentos, los empresarios asumieron la construcción de escuelas y el financiamiento de la policía, entre otros gastos propios del Estado nacional. En los Memorialesde los patrones de 1907, como respuesta a lo presentado por los gremios de obreros del salitre, calculaban la inversión que debieron realizar en la adquisición de terrenos salitrales, la implantación de maquinarias y establecimientos de elaboración, la construcción de ferrocarriles, muelles de embarque y propiedades en los puertos para el servicio de bodegaje, alcanzando la suma de “20.750.000 libras esterlinas, equivalentes más de $287.000.000 de 18 peniques” [37]. Adicionalmente esta industria dinamizaba la economía consumiendo productos del país [38]. Respecto de la economía del guano, Shane Hunt afirma que “el ingreso generado por el guano debe haber creado una demanda sustancial por bienes y servicios producidos por la economía doméstica”[39], y podríamos decir lo mismo respecto de la economía del nitrato. Y, como corolario, podemos recordar que el porcentaje con que la industria salitrera contribuyó al erario nacional subió, en solo una década, de un 4,7% en 1880 a un 48,15% en 1890 [40], lo que es notable. Shane Hunt señala respecto de la economía del guano que “este sector extraordinario fue casi un monopolio que no tenía costo, pero no fue un enclave”[41]. Parafraseando al autor, el salitre fue casi un monopolio y tampoco fue un enclave; pero aún más, a diferencia del guano, fue una industria en toda la extensión moderna del término, incluyendo el riesgo para sus inversionistas.


EL CASO DE NORTH YCO.

Hemos mencionado la crítica que los tenedores de bonos o certificados “al portador” le hicieron al Estado de Chile por haber favorecido a algunos personajes bien informados sobre las decisiones políticas de gobierno entre 1880 y 1884. Todas las miradas apuntaban hacia Robert Harvey y, por añadidura, hacia John Thomas North y John Dawson, un triunvirato exitoso que organizaría diversas compañías en Londres para financiar numerosas oficinas salitreras [42].

Tanto la historiografía peruana como la chilena apuntan a J. T. North como el principal empresario que se habría beneficiado de la especulación comercial en los años de incertidumbre que generó la Guerra del Pacífico, debido a la información privilegiada que le habría entregado su socio Robert Harvey, y también gracias al apoyo financiero que le habría entregado su otro socio, John Dawson, gerente del Banco de Valparaíso en Iquique. Como lo afirmara Bermúdez, “las oficinas adquiridas mediante la compra y entrega de los certificados, Primitiva, Buen Retiro, Jazpampa, Ramírez y Peruana, serían las perlas del collar con que se iban a engalanar los dos ciudadanos ingleses (North y Harvey)” [43]. ¿Es realmente efectiva esta visión? ¿Fueron North, Harvey y Dawson simples especuladores o también fueron industriosos? ¿La principal especulación realizada por estos personajes estuvo centrada en la compra a vil precio de salitreras de propiedad de empresarios salitreros peruanos o en realidad especularon en la bolsa de Londres?

Aníbal Pinto Santa Cruz, siguiendo a Francisco Encina, apunta hacia la figura de J. T. North [44], señalando que
“[…] para colmo de ironías, realizó fantástica especulación que lo transformó en el ‘rey del salitre’ con capitales chilenos, provistos por el Banco de Valparaíso. Esta institución y otros prestamistas chilenos facilitaron a North y sus asociados $6.000.000 para acaparar los certificados salitreros, y los ferrocarriles de Tarapacá” [45].
Para aumentar más el mito en torno al personaje, se pudo haber agregado su propiedad de la Compañía de Aguas, que generó una ácida crítica de parte de Billinghurst, debido a la forma como adquirió este negocio[46]. Esta es la imagen que ha quedado arraigada en la historiografía salitrera de North: un especulador más que un industrioso.
En cambio, sabemos que North pudo ostentar esa corona de “rey del salitre” solo alrededor de una década, pues, como veremos más adelante, sus compañías solo lograron consolidarse con el boomsalitrero de fines de la década de 1880 y, especialmente, en la década siguiente, después de concluida la revolución de 1891; y North falleció en 1896, en el punto más alto de su gestión. Podemos afirmar que antes de la Guerra del Pacífico y durante los años que duró este conflicto bélico, North, Harvey y Dawson estaban lejos de aproximarse al poder económico y a la influencia política que tuvieron, por ejemplo, las Compañías Gibbsy Gildemeisteren Perú y Chile.
Con el propósito de demostrar la forma autoritaria de trabajar de Harvey, Guillermo Billinghurst cita una carta que Harvey le envió a Domingo Vernal, respecto de la intención de vender los derechos de su oficina Rosario. En una de las partes de la misiva dice:

“Si ahora ha perdido Ud. toda esperanza de trabajar mientras que no haya paz […]. Si Ud. hubiera sido guiado por mí, muy bien podía haber hecho la solicitud de otra manera con el fin de conseguir el permiso pedido […]. Ud. tiene toda la culpa […] sin embargo, hablaré con el señor North y otros amigos y veré si es posible vender o arrendar siquiera sus derechos o esperanzas. Ud. sabe muy bien que su oficina fue considerada ilegal y confiscada por el Gobierno Peruano […]” [47].

Solamente para transparentar la relación de Billinghurst con Harvey, recordemos que este se casó en 1881 con una ciudadana peruana, teniendo por testigo de bodas precisamente a Guillermo Billinghurst [48].
Enrique Amayo utiliza esta carta para demostrar la estrategia depredadora inglesa en concomitancia con la autoridad chilena, y específicamente apunta hacia Patricio Lynch. Para explicar la rápida fortuna de J. T. North, Enrique Amayo, señala que
“Apenas los territorios peruanos fueron invadidos, su ayuda [la de Lynch como jefe político de Tarapacá [49] convirtió al otro aventurero, Robert Harvey, en el todopoderoso Inspector General. En ambos casos, Lynch actuó para premiar la ayuda de esos británicos a las tropas invasoras. El cargo de Harvey le permitió no solo información de primera mano para saber que Chile reprivatizaría, sino, también, poder para influenciar en esa dirección” [50].
Amayo se refiere a una supuesta ayuda de Patricio Lynch, pero olvida mencionar que Harvey ya era Inspector General de Salitreras bajo el gobierno del Perú [51], cuyo cargo dependía directamente del Agente de los Bancos Asociados de Lima. ¿Por qué Lynch confió en Harvey, considerando que, si bien era inglés, también era un funcionario del gobierno del Perú?
Sobre este cargo de Harvey, el punto crítico es la acusación –como lo hemos visto respecto de los tenedores de bonos “al portador”– de informarle a North sobre el decreto del 11 de junio de 1881 del gobierno de Chile que, en lo sustancial, señala que las oficinas salitreras compradas por el gobierno del Perú, y por cuyo precio se expidieron certificados, serían regresadas provisionalmente a quienes depositaran a lo menos tres cuartas partes de dichos certificados [52]. Thomas O’Brien afirma que, si bien “el comportamiento ético no era una de las cualidades sobresalientes de Harvey, probablemente no podía comunicarle acerca del decreto con más de unos meses de antelación, debido a la incertidumbre de los círculos del Gobierno sobre qué política salitrera ejercer” [53]. Bermúdez afirma que la aseveración de Billinghurst respecto que Harvey, en su calidad de Inspector General de Salitreras, conoció la decisión política de devolución antes que el gobierno chileno expidiera el decreto del 11 de junio de 1881, “se ha hecho famosa” [54]. Quizás esto se refiere, precisamente, a que se ha utilizado más como un recurso literario que historiográfico, para explicar un fenómeno complejo, relativo a la propiedad salitrera y la política chilena durante los años del conflicto del Pacífico.
Revisando algunas de las principales adquisiciones de North y Co., se pueden extraer algunas conclusiones interesantes. Con relación a la oficina Ramírez, Billinghurst nos dice que “North y Harvey adquirieron esta oficina más o menos en £5,000, organizaron en Londres una sociedad por £150,000, a la cual se la traspasaron por £50,000”[55]. Algo similar ocurrió con las demás salitreras que compraron; es decir, “inflaron” el precio en Londres y no en Tarapacá. Por barata que haya sido la compra, el negocio estuvo en la constitución de las sociedades anónimas; en otras palabras, en la venta. Sin embargo, para despejar esta afirmación es bueno analizar la “compra” de las primeras tres salitreras de North y sus socios, plataforma sobre la cual el “rey del salitre” montó su imperio. En 1872, la oficina Ramírez era solo una “parada”, pero el ferrocarril salitrero procedente de Iquique terminaba allí su ruta, lo que la hizo más atractiva, porque se aseguraba la exportación. Era de propiedad de Simeón Castro, con doscientas estacas salitreras y una capacidad productiva de nueve mil quintales españoles mensuales.

Fue comprada por el gobierno peruano, por lo cual Castro recibió cuatro certificados
serie A y treinta y cinco serie B, para después pasar a manos de la Liverpool Nitrate Company, compañía creada por J. T. North. Según Billinghurst, Ramírez y Primitiva no estaban en operaciones para 1879 [56], es decir, North y sus socios debieron transformar productivamente las instalaciones, levantando una oficina Shanks para iniciar actividades. El álbum de Louis Boudat, de 1889, señala que Ramírez poseía un capital social de 200.000 libras esterlinas divididas en 40.000 acciones de 5 libras cada una; es decir, muy lejos de las 5.000 libras esterlinas que le pagaron a Simeón Castro. Pero ya no se trataba de la misma tecnología; ahora tenían una capacidad productiva de 140.000 quintales españoles mensuales, con unos 15 empleados y 420 trabajadores [57]. Poseía alumbrado eléctrico para trabajar de noche, carros a vapor para el transporte de caliche y ripios, además de vías férreas desmontables para trasladar a los trabajadores a las faenas. Tenía 3 locomotoras y 70 carros, una planta de elaboración que –afirma Boudat– fue traída desde Inglaterra, con 12 cachuchos, 6 calderos, 90 bateas y 4 acendraderas. También poseía una máquina para el beneficio de yodo, además de 22 carretas y 140 mulas [58]. Es decir, el boom salitrero de fines de la década de los años 1880 fue el momento más industrioso de J. T. North.
¿Quién era Simeón Castro? La administración chilena lo destaca por un pleito de deslindes con José Devéscovi, propietario de la salitrera Constancia, mientras él era dueño de Rosario de Huara [59]. En realidad se trataba de deslindes de estacamentos.
En referencia a Rosario de Huara, Bermúdez sostiene que “Harvey y North habían tratado, sin éxito, comprar a Castro sus yacimientos. Schmidt tuvo la suerte de inspeccionarlos, en un recorrido a caballo para convencerme de la buena calidad de los mismos. Propuso a Castro la venta a la casa Gildemeister de 162 estacas al precio de $ 200.000, o £ 30.000 al cambio de 36 d.”
[60]. Al parecer, Simeón Castro tenía la capacidad de litigar bajo la temprana administración chilena y también de negarse a vender sus propiedades a North o Harvey. Bermúdez señala que Gildemeister consideró excesivo el precio de venta solicitado por Castro, pero igual lo compró porque sabía que podía obtener mucho más. La venta de la “Parada Ramírez” al grupo de North no debió ser una negociación tan distinta.
No creemos que Vernal Hnos.haya tenido menos capacidad de negociación que Simeón Castro durante la venta de los estacamentos de Primitiva, permitiéndole a North especular con su valor al formar The Primitiva Nitrate Co.La máquina moderna de Primitiva fue una de las de mayor capacidad productiva de la pampa salitrera de la época. Fue construida por James Thomas “Santiago” Humberstone, el más reputado ingeniero que introdujera el sistema de lixiviación Shanksen Tarapacá. Producía 300.000 toneladas de nitrato anual, lo que significaba un rápido agotamiento de los terrenos calichales de sus 219 estacas originales y las de Abra de Quiroga, que sumó posteriormente, llegando a abarcar 374 hectáreas, notoriamente insuficiente, lo que fue un certificado de defunción de esta gran salitrera.
Nada se compararía con Primitiva. Según Boudat, su capital social en 1889 era de 200.000 libras esterlinas, podía elaborar 330.000 quintales españoles al mes. Tenía 14 empleados y 1.070 trabajadores, con una planta de elaboración con 24 cachuchos, 12 calderos, 160 bateas, 6 acendraderas, 20 estanques, 37 carretas, 350 mulas, 3 coches, 10 caballos y 4 locomotoras con 50 carros y líneas férreas portátiles [61].
En 1886, North formó en Londres la Primitiva Nitrate Company [62], su más emblemática compañía; por tanto, debía dar a conocerla en la city, y para ello contrató al más importante periodista de su época: William Howard Russell[63]. El libro que escribió como resultado de su viaje al desierto de Tarapacá, además de ser una pieza notable de diario de viaje, también fue una joya de propaganda para promover el nitrato chileno en el mercado internacional de la época. En otras palabras, este “especulador” entendía perfectamente la importancia de la publicidad para el desarrollo de la industria. Curiosamente, años después, Alejandro Bertrand, fiscal de propaganda en Europa, debió emprender una dura tarea para que el Estado chileno y la Asociación Salitrera de Propaganda comprendieran la importancia de esta actividad para asegurar el mercado internacional de los fertilizantes para el nitrato de Chile [64].
De las salitreras que adquirió North y Co.,la que tuvo una historia más compleja fue Buen Retiro –que incluía además los terrenos de la Peruana y Nueva Carolina– a tal punto que el historiador tarapaqueño Óscar Bermúdez la analiza como un caso especial [65]. A partir de estos estacamentos, en 1885 North formó The Colorado Nitrate Co. Siguiendo a Bermúdez, “la oficina Buen Retiro había pertenecido 50 años antes al peruano Hermenegildo García Manzano. Era una oficinita de paradas, vecina al lugar en que se desarrolló más tarde el pueblo de Pozo Almonte, y solo constaba de 22 estacas”[66]. El problema surgió con la viuda de García Manzano, quien demandó a todos quienes detentaron los papeles de esta salitrera, hasta llegar a North y Harvey. Es decir, esos papeles pasaron por varias manos antes de ser comprados por el grupo de North y Harvey. En 1889, ya tenía un capital social de 120.000 libras esterlinas, divididos en 24.000 acciones de 5 libras cada una. Silva Narro, en su Guía de 1917, señala que Buen Retiro paralizó sus faenas el 21 de julio de 1910 [67].
Louis Boudat señala que The Colorada Nitrate Company tenía como capital social 120.000 libras esterlinas, con una capacidad productiva de 60.000 quintales españoles mensuales. Tenía un personal administrativo de 13 personales y 400 trabajadores, contaba con 9 cachuchos, 4 calderos, 60 bateas, 25 carretas, 200 mulas, 3 caballos, 2 acendraderas, además de bombas, estanques, carros, pozos, etc. También contaba con una máquina de elaboración de yodo. Esta salitrera tenía alumbrado público para trabajar de día y de noche, pulpería, bodegas, casas para empleados y campamento para los trabajadores [68]. No cabe duda que todas las salitreras del grupo North estuvieron dotadas con los adelantos técnicos más modernos de la época, con el propósito de ser las más productivas de Tarapacá.
Estas fueron las primeras oficinas salitreras que adquirieron North y sus socios, quienes rápidamente sumaron otras propiedades, incluyendo el ferrocarril salitrero, con el que pretendió el monopolio del transporte de salitre y pasajeros. Este concepto fue, al parecer, el más repetido en las bocas de quienes pensaron en usufructuar de la economía salitrera desde 1873 en adelante, pero no fue un objetivo exclusivo de North y sus socios, sino de todos los salitreros organizados.
Volviendo a la carta que Harvey le enviara a Domingo Vernal, cabe señalar que la oficina Rosario de Negreiros no salió de las manos de la familia Vernal, tarapaqueños peruanos [69], sino continuó en su poder hasta la cuarta combinación. Vernal Hnos.eran los dueños de esa salitrera para la gran huelga obrera de 1907; cambió de nombre por el de Slavia en 1911, cuando pasó a ser de propiedad de Baburizza y Cicarelli Co., con capitales croatas.
Francisco Riso Patrón nos dice que Rosario era una “salitrera del cantón de Negreiros, con 27 estacas, tasada por el Gobierno del Perú en 27.000 soles de plata y vendida a este por Marcelino Luza, recibiendo en pago un certificado serie A y 5 serie B. Pertenece a Juan Vernal y Castro, por devolución de los certificados salitreros” [70]. En otras palabras, los hermanos Vernal también se beneficiaron de la venta de certificados en ese periodo de incertidumbre. Además, rescataron salitreras que fueron de propiedad de otros tarapaqueños peruanos, como Rosario de Huara. Los hermanos Vernal participaron como salitreros durante todo el auge de esta economía, formando parte del trustde las Combinaciones Salitreras.
Como bien nos recuerda Thomas O’Brien, no fue fácil para North y Harvey llevar adelante todas las operaciones que requerían para consolidar sus industrias, ya que ellos no habían acumulado capital durante el periodo del guano como las casas nombradas. Incluso tuvieron serios problemas para conseguir créditos: en 1881 Robert Harvey “le escribió a Gibbs explicando que él y North carecían de fondos suficientes para construir una oficina en la propiedad Ramírez y le ofreció a la empresa la agencia de envío si podía suministrar el capital necesario. Cuando Gibbs rechazó la propuesta, North fue a Inglaterra para buscar una solución alternativa”[71]. Las conductas de North y Harvey, ¿podrían calificarse, exclusivamente, de especuladoras, considerando que ellos no prestaban dinero como las Casas Gibbs o Gildemeister[72] y, en cambio, levantaron oficinas salitreras, proveyéndolas de la mejor tecnología de la época? Contrataron al propio J. T. Humberstone para levantar la planta de elaboración y para administrar Primitiva, que sirvió de modelo para promover la industria
salitrera en Londres.
La pregunta si hubo salitreros industriosos que no hayan sido en ningún momento especuladores, es de difícil respuesta. Posiblemente los hubo, pero no lograron sobrevivir a las diversas crisis que enfrentó la economía salitrera desde 1872 en adelante. Personajes como George Smith, Pedro Gamboni, Daniel Oliva, Pedro Perfetti, Eduardo Cavallero, Pascual Baburizza, entre otros, parecen haber tenido biografías de esfuerzo para alcanzar el éxito empresarial. Sin embargo, de un modo u otro, todos estuvieron asociados a las grandes casas salitreras o tuvieron litigios de dudosa legalidad, compraron certificados baratos o formaron parte de las combinaciones.
Un ejemplo de salitrero industrioso es el de James Thomas Humberstone, ingeniero que no solo introdujo la revolución tecnológica en la lixiviación del nitrato en 1876 –como fue el sistema Shanks– sino también construyó caminos y oficinas salitreras, un puerto de embarque, un puente para el ferrocarril, diversas innovaciones tecnológicas, etc. Se podría discutir que no fue un empresario sino un administrador o gerente; sin embargo, su biografía nos dice que fue uno de los dueños de la oficina Tres Marías.
Antes de la guerra, esta salitrera perteneció a don Damián Coques, quien la vendió al gobierno del Perú, y luego fue comprada por Pedro Perfetti. Siguiendo a Bermúdez, Perfetti le ofreció a J. T. Humberstone, quien había concluido su contrato con Campbell, construir una planta de lixiviación Shanksen los terrenos de Tres Marías, “formándose en 1881 la sociedad J. T. Humberstone y Cía, integrada con H. B. Jameson, Thomas Whitelegg, J. M. Inglis y Humberstone. La oficina Tres Marías se construyó en los terrenos de Perfetti, pagándose a este una regalía por quintal de salitre elaborado”
[73]. Esta etapa de empresario fue para Humberstone un duro golpe. La dificultad de poder responder a los compromisos con Perfetti lo llevó a dejar atrás su sueño empresarial y aceptar la oferta de J. T. North para administrar Primitiva.
En ese breve periodo de empresario, Humberstone formó parte activa del Comité Salitrero, el primer cartelo trustorganizado en 1884, y también de las primeras combinaciones. Incluso, Humberstone fue nombrado como perito para definir las cuotas de producción de algunas salitreras, la misma labor que le encomendaron, entre otros, a Robert Harvey. Ambos se podían definir igualmente como ingenieros y expertos en tecnología salitrera. Harvey escribió un interesante libro titulado: Machinery for the manufacture of nitrate of soda at the Ramírez factory Northern Chili [74], editado en 1885. Humberstone escribió sobre técnica en Historia de la técnica salitrera en Chile en 1926
[75], pero también escribió otros textos más personales como su Huida de Agua Santa en 1879, publicado por la editorial Andrés Bello en 1980. La historiografía salitrera, sin embargo, no ha recogido de igual forma a uno y otro: al primero como especulador y al segundo como industrioso, lo que, sin duda, no es del todo justo.


CONCLUSIONES

Hacia 1884, ya creado el Comité Salitrero y organizada la primera Combinación Salitrera, es posible observar un tipo de industria del nitrato basada en el sistema de lixiviación Shanks, el más avanzado de la época –y que no será reemplazado hasta 1920 [76]–, con ferrocarriles y vapores modernos, así como en los puertos, pueblos y campamentos salitreros se podía observar un consumo moderno. Sin embargo, junto a los ferrocarriles, persistió el arrieraje transfronterizo basado en mulares, muy
similar al que se conoció en el periodo colonial en torno a la economía de la plata.
También, a pesar de los vapores, prevalecieron los veleros o clippers [77]. Asimismo, el
consumo doméstico demandó productos tradicionales provenientes de regiones del interior del continente, como Bolivia [78]. Del mismo modo, así como los ingenieros y químicos proliferaron en las secciones correspondiente a la planta de lixiviación, gracias al sistema Shanks, en el proceso extractivo continuaban siendo importantes los prácticos, empleados y obreros especializados, y una mayoría de trabajadores sin especialización alguna, agrupados bajo el concepto de “particulares”, porque no tenían contrato estable con la empresa, es decir, trabajaban a destajo. Esta dualidad,
entre lo tradicional y lo moderno, caracterizó las relaciones laborales de la economía salitrera.
Por otra parte, a partir de 1884 esta industria funcionó con el marco regulatorio de una política estatal que le entregaba cierta autonomía económica y administrativa, donde se pueden identificar con claridad dos grupos de “empresarios salitreros”:

1.  Aquellos que se adecuaron rápidamente a esa política estatal, adquirieron certificados numerados y recuperaron salitreras. Este grupo se organizó sumando a los salitreros del Toco, Antofagasta y Taltal, primero en el Comité Salitrero y en la Asociación Salitrera de Propaganda después. En la década estudiada, ellos crearon las combinaciones y llevaron la economía salitrera a una expansión y eficiencia técnica que no existió antes y tampoco se logrará después.

2.  Los portadores de certificados o bonos al portador, quienes no pudieron –o no quisieron
[79]– acceder a oficinas o estacas salitreras, conformándose con demandar al fisco chileno sobre la base de los criterios establecidos en la ley peruana de expropiación de 1875. Ellos acusaron de “especuladores” a los primeros por haber tenido acceso a información privilegiada respecto de la política salitrera que Chile definiría después de concluida la Guerra del Pacífico.

En definitiva, es el primer grupo aquel que merece ser calificado de “salitreros”, y sobre quienes cabe la pregunta de si fueron ¿especuladores o industriosos? Sin desconocer que la economía salitrera estuvo sustentada en una industria con una tecnología relativamente moderna, el grupo económico que se conformó en la década de 1880 fue especulativo, donde las “Combinaciones Salitreras” fueron indicadores de ese carácter del empresariado salitrero [80]. Pero también fueron industriosos, porque en una década (1880-1889) llevaron a una economía en grandes dificultades a dominar el mercado mundial de los fertilizantes, sobre la base de factorías eficientes. Lamentablemente, este impulso tecnológico terminó por ser subsumido y condenado al estancamiento por la acción especulativa.

La política salitrera chilena, a pesar que en su discurso criticaba y se distanciaba de su similar peruana de la década anterior, permitió la colusión de los empresarios salitreros en un cartel o trust, llamado Comité Salitrero, Asociación Salitrera de Propaganda o Permanent Nitrate Committee, desde donde intentaron un monopolio, no tan diferente del que soñó el presidente peruano Manuel Pardo. En cambio, en la imagen historiográfica construida por Francisco Encina, los presidentes Aníbal Pinto y Domingo Santa María quisieron

“[…] hacer alarde de honradez pagando lo no debido; creían que el gesto de renunciar, sin que nadie se lo exigiera, a las normas del derecho internacional, en obsequio de los acreedores del Perú, repercutiría en Europa y América, mejorando la posición de Chile en la opinión mundial y especialmente en el concepto de los gobiernos europeos. Además, no querían tener siquiera contacto con el foco de corrupción del monopolio peruano del salitre” [81]
.
Poco o nada se le puede acusar al presidente Pinto de haberle pagado a los “tenedores de certificados”, puesto que las demandas fueron después del decreto supremo del 28 de marzo de 1882 y no del decreto de junio de 1881. Pinto estuvo en el gobierno, precisamente, hasta 1881. En cambio, el gobierno de J. M. Balmaceda decidió pagar las demandas de los “tenedores” de certificados en 1887. Tampoco es cierto que Chile, al reconocer los derechos de los tenedores o de otros demandantes, renunciara a las normas del derecho internacional. Más bien, se puede señalar que pudo seguir adelante un juicio, pero que estaba conforme al derecho, al indemnizar a los demandantes. Encina acierta al decir que los gobernantes chilenos quisieron alejarse del “monopolio peruano” e, irónicamente, permitieron que, a través de las combinaciones, se intentara otro monopolio del salitre, intenciones que no se ocultaban entre los directivos del Comité Salitrero [82].
Sin embargo, cabe reconocer que estos especuladores-industriosos del Comité Salitrero –después de la Asociación Salitrera de Propaganda– fueron los que llevaron a la economía del nitrato a su auge; y, curiosamente, cuando dejaron de existir las Combinaciones Salitreras en la década de 1910, comenzó el declive definitivo de esta economía.
Pareciera que la diferencia entre la política salitrera peruana y la chilena se enmarcó en la discusión entre Estado y mercado, donde la peruana habría optado por el primero y la chilena por el segundo. Sin embargo, hemos podido concluir que ambas pusieron su acento en el mercado, donde los intereses privados empresariales, fueran de casas importadoras-exportadoras, bancos, empresarios especuladores o industriosos, estuvieron por sobre los intereses públicos. De igual forma, en ambos casos, el Estado nacional impulsó la política salitrera en el contexto ideológico de un discurso de desarrollo y progreso. Si bien este aspecto ha sido más destacado para el caso peruano, asociado a la figura del presidente Manuel Pardo [83], en Chile también hubo una visión de desarrollo nacional asociada a la economía del nitrato. Fue el presidente José Manuel Balmaceda quien la expresó de modo más notorio en sus discursos y medidas. Norbert Lechner nos recuerda que
“En América Latina –a diferencia de Europa– no se ha conformado una sociedad capitalista con anterioridad al desarrollo del Estado durante el siglo XIX. El capitalismo no es un ‘dato histórico’ dado que preceda a la regulación estatal. Ello tiene una consecuencia decisiva para la configuración del orden social: es el Estado quien asume la tarea de ‘instaurar’ una sociedad moderna. De ahí la especificidad de un intervencionismo estatal dedicado explícitamente a ejecutar un ‘modelo de desarrollo’ para la sociedad en su conjunto. Es decir, la intervención del Estado no corresponde tanto a una función de ‘correctivo’ del mercado como a un esfuerzo deliberado de promover el desarrollo económico y social. Ello implica, por otra parte, que la economía de mercado no solo depende de la iniciativa estatal sino que guarda una estrecha relación con la ‘razón de Estado’” [84]
.
Por ello, posiblemente, cuando se busca una explicación del porqué de algunas
medidas tomadas por los gobiernos chilenos a partir de 1880 respecto de la economía
del salitre, cabe solo recurrir al concepto de “razón de Estado”.
Los presidentes Aníbal Pinto y Domingo Santa María gobernaron mientras se desarrollaba un conflicto bélico y sus consecuencias sociales, políticas y económicas eran recientes, por lo tanto, las medidas que tomaron –leyes y decretos– y que estructuraron lo que hemos denominado “la política salitrera chilena”, se pensaron con arreglo al bien común y el interés general de la nación. Es por ello que la historiografía chilena no ha calificado este periodo como de especulación o monopolio sino de “expansión del salitre”, extendiéndolo incluso hasta 1930; es decir, una década más allá de lo que cualquier análisis económico podría aceptar. Del mismo modo, en Perú, el periodo de Manuel Pardo ahora se reconoce como de “proyecto nacional” y no de expropiación o monopolio [85]. En otras palabras, el Estado ejerció su hegemonía y logró resolver las contradicciones entre lo público y lo privado [86] en la economía del nitrato, permitiendo y legitimando la organización de un cartel, sindicato o trust empresarial que fue exitoso y definió el futuro de toda la sociedad del salitre, desde la fundación del Comité Salitrero, en mayo de 1884, hasta la desaparición de la Asociación Salitrera de Propaganda, en enero de 1919.
Al analizar la conducta del Estado peruano en comparación con el chileno, Billinghurst afirmó que Chile actuó a la inversa que Perú: “Dueño absoluto de todos los yacimientos salitreros de la costa del Pacífico, como consecuencia de la Guerra de 1879-84, se apresuró a entregar al dominio privado, la propiedad y explotación de todas las pampas que contienen caliche” [87]. Una “razón de Estado” justificó la temeraria conducta de los presidentes Pardo y Prado para asegurar la economía del salitre para un supuesto proyecto modernizador del Perú. También fue una “razón de Estado” la que sustentó las medidas implementadas por los gobiernos chilenos de Pinto, Santa María y Balmaceda, que transfirieron a particulares las oficinas salitreras de Tarapacá, los mejores estacamentos de caliche de todo el territorio desde Pisagua hasta Taltal, y que entregaron una cierta autonomía política y administrativa, a cambio de un alto impuesto que solventara el gasto público.
Por lo tanto, cabe señalar que es necesario revisar con sentido crítico la “razón de Estado” que, en lo económico, le entregó a un grupo empresarial la propiedad salitrera y las normativas necesarias para su conformación como un cartel o trust y, en lo político y social, le permitió establecer sus propios reglamentos y condiciones, como
la circulación de la ficha salario, las pulperías, la violación de la correspondencia en los campamentos, el enganche, el trabajo a destajo, etc., entre otras instituciones.
Posiblemente, el primer cuestionamiento profundo a esta “razón de Estado” emergió con el centenario de la República, donde reflexiones importantes discutieron su desarrollo y la cuestión social. Coincidentemente, las Combinaciones Salitreras, principal herramienta del monopolio y de control de la Asociación Salitrera de Propaganda, dejaron de funcionar ese año. La “razón de Estado” justificó una acción gubernamental en beneficio de los trabajadores salitreros –como albergues, alimentación, pasajes– cuando la crisis del salitre llegó a su máxima expresión y el desempleo asoló el desierto.
A pesar de la notoria especulación que realizaron los salitreros en la década estudiada, especialmente con la creación del Comité Salitrero y de las tres primeras Combinaciones, no se puede negar el aporte del salitre y yodo al fisco chileno en ese periodo, y tampoco la importancia del mercado que se generó en el Norte Grande, dinamizando la economía agraria del centro-sur de Chile y de regiones de países fronterizos, como Cochabamba y el noroeste argentino. Estuvo también lejos de la responsabilidad de los salitreros el destino que el Estado chileno le dio a esos flujos de ingresos provenientes de esa industria, y tampoco fueron responsables que Chile haya padecido del síndrome holandés [88]. Los salitreros que organizaron la economía del nitrato chileno durante la Guerra del Pacífico y en los años posteriores, fueron tanto industriosos como especuladores y, posiblemente, una categoría no hubiese sido posible sin la otra en esta década específica, no es posible deducir los mismo para las siguientes.
En esta década estudiada, la industria necesitó de la audacia de quienes compraron certificados y estacamentos a bajos precios para después formar compañías anónimas extranjeras, especialmente inglesas, las cuales abultaron “excesivamente los capitales que eran necesario para poner en movimiento los establecimientos”[89]. Del mismo modo, las Combinaciones Salitreras fueron especulativas y, aunque no hayan afectado de forma relevante el precio de este fertilizante en el mercado internacional, permitieron la unidad de todos los salitreros desde Pisagua hasta Taltal, consolidando una posición política estratégica frente al Estado nacional y al movimiento obrero. Esta relación entre especulación e inversión cambió en las décadas posteriores del ciclo de expansión del nitrato, especialmente porque la tecnología comenzó su obsolescencia, no mejoraron significativamente los procesos de extracción y transporte del caliche, la creciente pérdida de competitividad de este fertilizante frente a otros en el mercado internacional, la baja inversión estatal en publicidad, mientras el impuesto fiscal a la exportación de salitre y yodo se mantuvo rígido, entre otras razones. En definitiva, la política salitrera chilena optó por un impuesto alto a cambio de una libertad empresarial en la economía del nitrato de soda, que tenía una ventaja comparativa respecto de los demás fertilizantes en la década estudiada. Esos dos factores permitieron una colusión empresarial que, por una parte, estimuló la inversión (especialmente en el transporte y en el proceso de lixiviación del salitre; no así en el transporte y en el proceso de extracción del caliche, donde se utilizaba la mayor cantidad de mano de obra) y, por otra, el control de la exportación del nitrato chileno.

Notas

[1] Algunas oficinas reclamadas existieron efectivamente, pero cayeron en despueble durante el periodo peruano. En cambio, otras señalaban deslindes en terrenos que eran fiscales, especialmente la zona sur de a provincia, que estaba menos trabajada. Por ejemplo, la oficina salitrera Santa Emma no solo fue declarada en despueble bajo del gobierno del Perú, sino que tampoco tenía deslindes bien definidos; sin embargo, el Fisco chileno fue demandado por el señor Justino Pellé, quien no era uno de los dueños originales. El fiscal señaló sobre esta salitrera: “aparece que el nombre de ‘Santa Emma’ se ha dado a una reunión de pedimentos salitrales de diversas fechas hechos por diversas personas, que se midieron y volvieron a mensurarse cada vez que el transcurso del tiempo hacía temer su pérdida a sus legítimos dueños; que estas pertenencias transferidas de mano en mano, se presentan ahora como de propiedad del señor Pellé…”. Ejemplos como este fueron relativamente comunes en esos años: Carlos Aldunate Solar, Leyes, decretos i documentos relativos a salitreras, Santiago, Imprenta Cervantes, 1907, 156.
[2] Posiblemente, en parte, desde allí surge cierta mitología en torno a la figura de John Thomas North –que el propio North se encargará de promover– como expresión de la ambición y el poder, resumidos en el apodo de “rey del salitre”.
[3] Guillermo Billinghurst, Los capitales salitreros de Tarapacá, Santiago, Imprenta de El Progreso, 1889, 44.
[4] Alejandro Bertrand, Memoria acerca de la condición actual de la propiedad salitrera en Chile y exposición relativa al mejor aprovechamiento de los salitrales del Estado, Santiago, Imprenta Nacional, 1892, 84.
[5] Francisco Valdés, La crisis salitrera y las medidas que se proponen para remediarla, Santiago, Im
prenta de El Progreso, 1884, 9.
[6] Agregando además las demandas de la Compañía de Salitres de Perú, heredera de los bancos limeños que tuvieron a cargo el proceso de expropiación.
[7 ] Basados en el informe de 1884 del jefe político de Tarapacá, Francisco Valdés Vergara, observamos que se rescataron 35 salitreras y estacamentos, 18 fueron subastadas, 20 tenían contratos de arrendamiento vigentes, 67 salitreras y estacamentos seguían tenidas por el Estado y una oficina fue devuelta por el jefe político de Tarapacá a su dueña: Francisco Valdés Vergara, Memoria sobre la administración de Tarapacá presentada al Supremo Gobierno, Santiago, Imprenta de La República, 1884.
[8] J. F. Campaña, Memoria del delegado fiscal de salitreras, Iquique, Tipografía y Litografía Rafael
Bini, 1900, 138.
[9] Thomas O’Brien, The nitrate industry and Chile’s crucial transition: 1870-1891, New York, New
York University Press, 1982, 28.
[10] Ibid., 28.
[11] Billinghurst, op. cit.,7 y ss
[12] Bancos Asociados primero, después el Banco de La Providencia y, por último, la Compañía Salitre ra del Perú.
[13] D. W. Graña, Compañía Salitrera del Perú. Memorial presentado a los Excmos. Sres. Ministros
Plenipotenciarios de España, Estados Unidos de Norte América e Italia y encargado de negocios de la Gran Bretaña, Santiago, Imprenta, Litografía y Encuadernación Barcelona, 1899, 6.
[14] Pedro Nolasco Gandarillas, Certificados salitreros. Informe i liquidación, Santiago, Imprenta Na
cional, 1887, VI.
[15] Graña, op. cit., 6.
[16 ] Guillermo Billinghurst, Legislación sobre salitre y bórax en Tarapacá, Santiago, Imprenta Cervantes, 1903, XI.
[17] Gandarillas, op. cit., X.
[18] Bertrand, op. cit., 96.
[19] Comisión Consultiva de Guanos y Salitres, Informe de la Comisión Consultiva de Guanos i Salitres sobre las reclamaciones de ciudadanos alemanes, franceses, italianos i españoles, en que piden revocación del decreto espedido por el Supremo Gobierno de Chile el 28 de marzo de 1882, Santiago, Imprenta Nacional, 1882, 57.
[20] Ibid., 12.
[21] Fue el caso de la salitrera Virginia que fue rescatada mediante la entrega total de los certificados
por un valor de cincuenta y dos mil soles: Gandarillas, op. cit., XIII.
[22] Cabe destacar que Francisco Valdés Vergara, jefe político de Tarapacá en 1884, entregóad corpus
a la señora Idelfonsa Albarracín, hija de la señora Lucía C. de Albarracín, la salitrera (parada) Yungay de Albarracín, a pesar que no poseía títulos ni certificados, porque su investigación le permitió concluir que eran sus dueñas y que nunca el gobierno peruano la compró ni emitió certificados.
[23] Comisión Consultiva de Salitres, Informe que la Comisión Consultiva de Salitres presenta al Señor Ministro de Hacienda,Santiago, Imprenta Nacional, 1880, 26.
[24] Aldunate, op. cit., 41 y ss.
[25] Comisión Consultiva de Guanos y Salitres, Informe de la Comisión Consultiva de Guanos i Salitres sobre las reclamaciones de ciudadanos alemanes, franceses, italianos i españoles, en que piden revocación del decreto espedido por el Supremo Gobierno de Chile el 28 de marzo de 1882, Santiago, Imprenta Nacional, 12.
[26]  En la demanda de los “tenedores” se hace referencia solamente a un salitrero, Otto Harnecker, a
quien se le acusa de estar en posesión de la salitrera Santa Catalina, “sin ser dueño de la oficina, ni poseer los certificados respectivos desde octubre de 1880”, habiendo generado 800.000 quintales de salitre equivalentes a 640.000 pesos fuertes como derechos de exportación, supuestamente agotando su estacamento: Comisión Consultiva, op. cit., 43. En la historia del salitre se pueden nombrar a varios industriales innovadores que hicieron importantes aportes tecnológicos o abrieron nuevos mercados, uno de ellos fue precisamente Otto Harnecker, quien estaba muy lejos de ser un “especulador”. Santa Catalina fue rematada y su pampa siguió generando caliche por muchos años más, transformándose en una de las más importantes del sector norte. Terminó transformada en un pueblo salitrero y un cantón llevó su nombre, mientras Harnecker debió tomar rumbo hacia el Toco, donde prosiguió su labor industriosa.
[27] Aldunate, op. cit., 98.
[28]  Idem.
[29] Billinghurst, Los capitales…, op. cit., 51.
[30] Bertrand, op. cit.,54.
[31] E. Semper y E. Michels, La industria del salitre en Chile, Santiago, Imprenta Barcelona, 1908, 94 y ss.
[32] Ibid.,111.
[33] Ibid.,95.
[34] El impuesto salitrero o derecho de exportación se mantuvo estable en 27,97 peniques por quintal
español hasta 1907; por lo tanto, no fue un factor que desincentivara la innovación tecnológica o el emprendimiento industrial
[35] Alejandro Bertrand, La crisis salitrera. Estudio de sus causas y caracteres y de las condiciones
favorables que caracterizan a la industria y comercio del salitre, Paris, Editor Louis Michaud, 1910, 14.
[36] Semper y Michels, op. cit., 94.
[37] Enrique Reyes, El desarrollo de la conciencia proletaria en Chile, Santiago, Editorial Orbe, 1973, 193.
[38] Carmen Cariola y Osvaldo Sunkel, Un siglo de historia económica de Chile 1830-1930, Santiago, Editorial Universitaria, 1991, 161 y ss.
[39] Shane Hunt, La formación de la economía peruana. Distribución y crecimiento en la historia del Perú y América Latina, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú / Instituto de Estudios Peruanos, 2011, 111.
[40] Cariola y Sunkel, op. cit., 138.
[41] Hunt, op. cit.,110.
[42] El concepto de «triunvirato», asociado a North, Harvey y Dawson, lo utilizó Osgood Hardy, al
sostener que “North was the Caesar of this triunvirat”: “British Nitrates and the Balmaceda Revolution”, Pacific Historical Review17:2, Oakland, mayo 1948, 171. También en Osgood Hardy, “Los intereses salitreros ingleses y la revolución de 1891”, Revista chilena de historia y geografía113, Santiago, 1949, 60-81. Posteriormente siguió siendo utilizado por Michael Monteon, “John T. North, the Nitrate King, and Chile’s Lost Future”, Latin American Perspectives30:6, Riverside, 2003, 69-90.
[43] Óscar Bermúdez, Historia del salitre: desde la Guerra del Pacífico hasta la Revolución de 1891,
Santiago, Ediciones Pampa Desnuda, 1984, 245.
[44] Posiblemente la disputa intelectual más conocida sobre el papel de J. T. North en la economía
salitrera y en la política chilena fue aquella entre Hernán Ramírez Nocochea (Balmaceda y la contra revolución de 1891, Santiago, Editorial Universitaria, 1958) y Harold Blakemore (Gobierno chileno y salitre inglés, 1886-1896. Balmaceda y North, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1977).
[45] Aníbal Pinto Santa Cruz, Chile, un caso de desarrollo frustrado, Santiago, Editorial Universitaria,
1973, 85.
[46] Guillermo Billinghurst, El abastecimiento del agua potable del puerto de Iquique, Iquique, Imprenta La Industria, 1883.
[47] Billinghurst, Los capitales…, op. cit., 45.
[48] Blakemore, Gobierno chileno…, op. cit., 37.
[49] Enrique Amayo presenta a Lynch como responsable de todas las operaciones imaginables en contra de la población e intereses peruanos de Tarapacá y del Perú, incluso de llevar a trabajadores “chinos encadenados a trabajar en las salitreras de Tarapacá”: Enrique Amayo, La política británica en la Guerra del Pacífico, Lima, Editorial Horizonte, 1988, 226. El cargo de Jefe Político de Tarapacá Lynch lo ocupó en muy breve tiempo como se muestra a continuación: jefes políticos de Tarapacá titulares: Patricio Lynch (23/11/1879), Antonio Alfonso (24/8/1880), Rafael Muñoz (27/6/1881), José N. Hurtado (28/10/1881) y Francisco Valdés Vergara (16/6/1882).
[50] Amayo, op. cit., 223.
[51] Valdés, Memoria…, op. cit., 26.
[52] Aldunate, op. cit.,75.
[53] O’Brien, op. cit., 65.
[54] Bermúdez, op. cit., 244.
[55] Billinghurst, Los capitales…, op. cit., 62.
[56] Ibid., 67.
[57] Blakemore señala como ejemplo de las utilidades generadas por el “triunvirato” el alto precio de
venta de la oficina Ramírez, que de ser comprada por Harvey en £5.000 fue transferida a la Liverpool Nitrate Company en £50.000: Harold Blakemore, “John Thomas North, the Nitrate King”, History Today 12, Londres, 1962, 467-475.
[58] Louis Boudat, Salitreras de Tarapacá, Iquique, L. Boudat y Co. Editores, 1889, s/p.
[59] Valdés, La crisis…, op. cit., 19.
[60] Bermúdez, op. cit., 250.
[61] Boudat, op. cit., s/p.
[62] Respecto a esta compañía, Rippy sostiene que North habría manipulado a los accionistas que se
aventuraron en esta empresa, puesto que las condiciones en que se encontraba la oficina Primitiva no
eran las mejores, pero no por eso dejaban de tener oportunidad de proyectar una mejoría: J. Fred Rippy, “Economic Enterprises of the ‘Nitrate King’ and his Associates in Chile”, Pacific Historical Review 17:4, 1948, cit. en William Edmundson, The Nitrate King. A biography of “Colonel” John Thomas North, New York, Palgrave Macmillan, 2011, 159. Billinghurst establece que esta oficina se componía originariamente de 215 estacas, estando la mayor parte en terreno estéril, y solamente habría tenido 22 estacas con caliche, las cual no soportarían una extracción con una máquina por sobre los 50.000 quintales mensuales: Billinghurst, Los capitales…, op. cit., 76.
[63] Se doctoró en el Trinity Collegede Dublín y fue corresponsal de The Times. Estuvo en la guerra de Crimea, en la guerra civil de los Estados Unidos, en la “guerra de siete semanas” entre Austria y Prusia, en Egipto durante la rebelión de Arabí Pacha, etc. En 1889 viajó a Chile formando parte de la comitiva de J. T. North, y su destino específico eran las salitreras de Tarapacá. En la numerosa delegación estaba el dibujante Melton Prior, quien ilustró el libro de William H. Russell titulado A visit to Chile and the Nitrate Fields of Tarapacá, publicado en Londres en 1890.
[64] Bertrand, La crisis salitrera…, op. cit. y Alejandro Bertrand, Tercera Conferencia sobre cuestiones salitreras, Santiago, Editorial de la Universidad de Chile, 1912.
[65] Óscar Bermúdez, Historia del Salitre. Desde sus Orígenes hasta la Guerra del Pacífico. Ediciones de la Universidad de Chile, 1963, 420.
[66] Bermúdez, Historia del Salitre: Desde la Guerra del Pacífico…, op. cit., 247.
[67] Domingo Silva Narro, Guía administrativa, industrial y comercial de las provincias de Tacna, Ta
rapacá y Antofagasta, Santiago, Imprenta Gutemberg, 1917, 283.
[68] Boudat, op. cit., s/p.
[69] Rosario de Negreiros perteneció a don Juan Vernal y Castro después de la Guerra del Pacífico
(1888), pues antes fue propiedad de don Marcelino Luza. A comienzos del siglo veinte Rosario de Negreiros fue propiedad de The Santa Rosa Nitrate Co. Ltd., representada por Harrington Morrison y Co., con domicilio en Iquique, embarcando por Pisagua. Para 1909 su administrador era W.E. Walden Vincent. A partir de 1911 fue propiedad de Baburizza y Cicarelli Cía., cambiando su nombre por el de Slavia.
[70] Francisco Riso Patrón, Diccionario peográfico de las provincias de Tacna y Tarapacá, Iquique,
Imprenta de La Industria, 1890, s/p.
[71] O’Brien, op. cit., 70.
[72] Casas salitreras como Gildemeistero Gibbsfueron también prestamistas, un medio por el cual fue
ron adquiriendo propiedades y minas, pero ello era legal. En esa época y en las anteriores hubo “aviadores de minas” que estaban plenamente reconocidos en los códigos mineros desde la Colonia. Se trataba de inversionistas que financiaban el trabajo minero, según el concepto que viene de “aviar a premios de plata”, que era una utilidad: Carlos Ibáñez, Minas i salitreras. Contiene las leyes, decretos supremos dictados y jurisprudencia vijente sobre estas materias, Santiago, Imprenta La Lira, 1906, 85.
[73] Bermúdez, Historia del Salitre. Desde sus Orígenes…, op. cit., 252.
[74] Robert Harvey, Machinery for the manufacture of nitrate of soda at the Ramírez factory Northern Chili. By permission of de Council. Except Minutes of Proceedings of The Institution of Civil Engineers, Vol. XXXII, Session 1884-85. Part IV. Edited by James Forrest, Secretary. London, 1885
[75] J. T. Humberstone, “Historia de la técnica salitrera en Chile”, en Darío Urzúa (compilación) Semana del Salitre. Organizada por la Academia de Ciencias Económicas. Santiago, Imprenta y Litografía La Ilustración, 1926, 121-123.
[76] Y lo sería solo parcialmente, pues en los cantones de Tarapacá, Taltal e, incluso, Antofagasta se
continuó trabajando con un Shanksmodificado.
[77] Basil Lubbock, The Nitrate Clippers, Glasgow, Brown, Son & Ferguson Ed., 1953.
[78] Sergio González, “¿Espacio o territorio? la integración transfronteriza de la economía salitrera. El caso de Bolivia (1870-1920)”, en Andrés Núñez, Federico Arenas, Rafael Sánchez (eds.), Fronteras, territorios y montañas. La cordillera de los Andes como espacio cultural, Santiago, RIL Editores / Instituto de Geografía, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2013, 275-306. Recordemos que hubo recurrentes remates de estacas salitreras que expandieron la capacidad pro
ductiva de esta industria.
[80] Debemos reconocer la observación que realizara Alejandro Bertrand respecto de los agentes especuladores que se dedicaban a la comercialización del salitre en el mercado internacional.
[81] Pinto Santa Cruz, op. cit., 84.