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jueves, 30 de abril de 2026

España Colonial: La heroica Cartagena

Cartagena, la heroica 


REVISTA GUARDACOSTA

Fuente: Revista GUARDACOSTA- N°   Año 19    Autor: Gabriel Porras Troconis



El 20 de enero de 1533 echó el madrileño Pedro do Heredia, en la amplia bahía denominada Cartagena por el experimentado marino y cartógrafo Juan de la Cosa, los fundamentos de la ciudad que después habría de tomar ese nombro. La fundación la narra Juan de Castellanos y la confirma Gonzalo Fernández do Oviedo cuando dice: "Primero de junio de aquel año de mil ó quinientos treinta y tres años, nombró el gobernador por primeros alcaldes ó regidores para el pueblo de Calamar, donde hizo su asiento, é mandó que se llamase la ciudad de Cartagena". En efecto, Castellanos, en el relato que hace de la fundación, reconoce que en ese momento no se dio a la nueva población nombre alguno, sino que lo adquirió más tarde. En el primer Congreso Hispano Americano de Historia reunido en Cartagena a fines de diciembre de 1933, después de cinco sesiones dedicadas a dilucidar cuidadosamente la fecha de la fundación, la opinión de los congresistas unificada aceptó como indiscutible, la dicha fecha del 20 de enero. El propio Oviedo en el capítulo VII de la obra ya citada, enfáticamente reconoce que "Calamar es Cartagena". Pueden releerse los relatos citados.

Fundada la población española y denominada Cartagena como lo dice Oviedo, inicia el reconocimiento del territorio, conforme a las capitulaciones por él firmadas, le correspondía, y halla que en él hay oro en tanta abundancia, que pudo decirse con fundamento: "Pobre el Perú si se descubre el Sinú". Con la riqueza, el desarrollo de la población aumentó con rapidez inusitada, llegaron de la Península las primeras mujeres españolas y el modesto caserío fue cobrando contornos de auténtica urbe civilizada.

No descuidaban los reyes las necesidades espirituales de sus subditos ultramarinos y así un año después, en 1534, la corte de Madrid solicitó y obtuvo del papa Clemente VII, por mediación de su embajador ante la' Santa Sede, el marqués de Dosfuentes, la erección del obispado y el nombramiento de fray Tomás de Toro, como primer obispo. Fue éste protector constante y misericordioso de los indios "varón no menos santo que letrado", al decir de Castellanos; pero no tuvo la dicha de poder erigir su catedral.  Una modesta construcción pajiza, al estilo de los bohíos indígenas, sirvió para la celebración de los oficios divinos y las festividades de San Sebastián. Un incendio que arrasó con la mayor parte del poblado consumió aquel primer esfuerzo de la religiosidad de los habitantes de Cartagena, el año de 1552.

Los conquistadores y colonizadores españoles tenían en mucho los títulos y dignidades para sus personas, como para sus familias y las poblaciones por ellos fundadas. Los cartageneros no fueron excepción de aquella regla general, sino que la siguieron y acataron. Por eso algunos vecinos no descuidaron estas, al parecer, minucias, que en verdad no lo eran en aquella época caballeresca y batalladora. Insistentes fueron sus solicitudes ante Felipe II, quien al cabo concedió a Cartagena títulos de ciudad, escudo de armas y calidad de nobleza y lealtad, por reales cédulas de 1574 y 1575. El escudo debía ostentar, en campo de oro una cruz natural, con dos leones levantados, tan altos como la cruz y sobre el conjunto una corona, con su correspondiente timbre y follaje. Con estas donaciones Cartagena se ponía ya al nivel de otras ciudades del Nuevo y Viejo Mundo.

Al finalizar el siglo XVI, la nueva urbe americana gozaba de cuanto en materia de honores y distinciones oficiales podía aspirar a poseer una ciudad tan reciente.

Mas tampoco habían faltado los sufrimientos. Los mares del Nuevo Mundo se hallaban ya cruzados en todas direcciones por hábiles y arrojados marinos ingleses, franceses, holandeses y escoceses, acechando los navios españoles transportadores del oro, la plata, maderas de tinte y otros productos del territorio sujeto a los dominios de los reyes de España, que sus bravos y audaces colonizadores enviaban a su patria. La piratería era una actividad reprobable pero productiva. La fama de las riquezas de Cartagena andaba de boca en boca y muchos eran tentados por ellas. En 1544 la venganza de un piloto castigado por mandato del teniente de gobernador Alonso Vejines facilitó la entrada a la bahía al pirata Roberto Baal.


Detalle de la fachada de la iglesia de Santo Domingo, construida en el siglo XVI. La concha marina simboliza a los peregrinos. Actualmente las efigies ya no están... ladrones...

 Del tranquilo sueño con perspectivas de grandes fiestas de bodas para el día siguiente, despertaron los vecinos a los estampidos del cañón del pirata. Por suerte para ellos si padecieron un saqueo que no perdonó los bienes materiales, las mujeres fueron preservadas de violencias, porque el vencedor no se olvidó que procedía de la patria de Bayardo. Doscientos mil pesos de buen oro, gruesa copia de paños y otros objetos de valor, se llevaron como botín los asaltantes.

Pasados apenas diez y seis años de aquella ruina de Cartagena, se tomaron sorpresivamente la indefensa ciudad los piratas Martín Cote y Juan Buen Tiempo, quienes entraron a la bahía con siete gruesos navios, la saquearon e impusieron fuerte rescate para no reducirla a cenizas. El obispo Juan de Simancas pudo negociar con los asaltantes, y salvar de total destrucción a Cartagena. Los vecinos, alentados por los capitanes Ñuño de Castro y Alvaro de Mendoza, acompañados por el cacique Marídalo, postraron en la lucha a numerosos piratas.

Pasada la tormenta, prosiguió el desarrollo de la ciudad: se construyeron los primeros fuertes llamados la Tranchera de la Caleta, el Boquerón, el de San Matías y la plataforma de Santángel. Se iniciaron las edificaciones dé la' iglesia catedral en el sitio en que ahora se halla, el convento e iglesia de San Francisco en el arrabal de Getsemaní. En la Machina, frente al castillo primitivo del Boquerón, se reparaban los navios de las averías sufridas en la larga navegación desde la Península. El tráfico de esclavos negros, en manos de ingleses, portugueses y genoveses, daba fisonomía mercantil al puerto. Menudeaban asimismo las reales cédulas para el fomento de las obras públicas, la protección militar de la ciudad y la seguridad de los vecinos. La sociedad cobraba buen aspecto urbano, numerosas iban siendo las edificaciones particulares, como lo comprueba el inventario hecho al finalizar el siglo por el pirata Francisco Drake. Pero en la historia de los pueblos las bonanzas alternan con las amarguras.

Este audaz, experto e implacable corsario inglés, protegido por la reina Isabel de Inglaterra, el miércoles de ceniza, 9 de abril de 1586, con velas enlutadas, anunciadoras de sus proditorias intenciones, se presentó frente a Playa' Grande, o sea la de Santo Domingo, y echando su gente a tierra comenzó el ataque. Aún no poseía Cartagena suficientes defensas militares para resistir la acometida de un marino tan atrevido y formidable como Drake, así que, convencido el gobernador Pedro Fernández de Bustos y sus principales tenientes de la inutilidad de la resistencia, abandonaron la ciudad, y aunque Pedro Mexia de Mirabal quiso mantenerse en el pequeño castillete del Boquerón, llamado Pastelito, hubo de retirarse para no sacrificar sin fortuna a sus compañeros de armas. Nombrados negociadores por el gobernador, el obispo Juan de Montalvo, Juan de Fernández, Francisco de Carvajal, Pedro Mexia de Mirabal, José Barros, Tris-tán' de Uribe Salazar, Esteban Fernández, Pedro López Triviño y Juan Manuel, se concertó el rescate, en pesos 463.915 de plata, para que no se prosiguiese la destrucción, comenzada por el interior de la iglesia catedral. Pero la soldadesca tuvo libertad para adelantar el saqueo. Drake estaba furioso por haber hallado una comunicación de la corte española en que se le anunciaba al gobernador la venida suya, mencionándolo como pirata. Trabajo costó al obispo calmarlo.

Duro fue aquel golpe para Cartagena pero no se abatieron sus vecinos ni lloraron como mujeres los que estuvieron incapacitados para defenderse como hombres. El siglo XVII es período de intensa y variada actividad constructiva y de realizaciones. Durante él la ciudad adquiere carácter externo de tal  su sociedad alcanza a equipararse con cualquiera otra de las más antiguas de América. Ya no es el poblado indígena con injertos españoles, sino bien encarada urbe en camino de llegar a ser de las mejores del Nuevo Mundo. Ingenieros como Cristóbal de Rodas, Juan Bautista Antonelli, Juan de Semovilla Texada, José de Lara, Francisco Ficardo, Juan de Hita y Ledesma, Luis de Venegas, Juan de Herrera y Sotomayor y el holandés Ricardo Car, autor de los planos del castillo deSan Felipe de Barajas, tienen a su cargo las múltiples obras materiales que por doquiera se adelantaban en esos cien años de la vida de la ciudad de Heredia. Aún resisten la demoledora acción del tiempo muchas de ellas, para honra de quienes las realizaron y grandeza histórica de la ciudad.
Dentro de las enormes murallas de Cartagena hay veintitrés bóvedas de doce metros de altura y de un ancho de quince a dieciocho metros, construidas en 1789 para resguardo de la tropa y almacén de víveres y municiones. Posteriormente fueren usadas como cárcel para presos políticos. Vista de la muralla desde el interior.

La iglesia catedral quedó concluida en sus obras principales el año 1612; a los conventos de Santo Domingo, San Francisco y San Agustín siguieron el de la Candelaria de la Popa, las iglesias de la Trinidad, de San Roque y Santo Toribio, el convento e iglesia de Santa Teresa, el convento e iglesia de la Merced, los de la Compañía de Jesús, los conventos e iglesias de Santa Clara y recoleta de San Diego. En 1610 se estableció el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, tan condenado por quienes en realidad desconocen cómo fue su funcionamiento en Cartagena, y cuyo edificio es uno de los más hermosos y artísticos de dicha ciudad.

Entre las edificaciones oficiales para servicio público figuran la Casa de la Moneda (destruida por un incendió en este siglo), las Casas reales, o sea las ahora denominadas de la Aduana, la Casa de la Isla para el cobro de ciertos impuestos reales, demolida en mala hora para erigir allí el edificio de la Andian, y la casa del Ayuntamiento, hoy Palacio de Gobierno departamental.

Las edificaciones castrenses se prosiguieron con no menor interés, actividad y eficacia. Bajo el gobierno de Diego de Acuña (1611-1613), se comenzó con gran solemnidad el baluarte que se llamó de San Felipe. Se puso bajo tierra una lámina metálica con la fecha y el año (8 de setiembre de 1614), acompañada por una medalla de la Virgen y varias monedas de las circulantes en ese tiempo. Ese baluarte es el llamado hoy de Santo Domingo. Los planos fueron de Cristóbal de Roda. Se prosiguieron los tramos de muralla o baluartes hacia el Oriente bajo los gobiernos de García Girón de Loayza (1618-1626), de gloriosa memoria por su persecución a los piratas, y de Francisco de Murga (1629-1626).

En 1654, un temporal que amenazó inundar la ciudad destruyó gran parte de la llamada Muralla de la Marina, o sea el baluarte de Santa Clara, y la parte posterior del convento de ese nombre. El resto de las construcciones en esa direccióncorresponde al siglo XVIII. El naufragio, ocurrido el 17 de marzo de 1640, de la nave capitana y dos navios más de la escuadra portuguesa de Rodrigo Labod de  Silva, a la entrada del canal de Bocagrande, entonces de acceso a la bahía, produjo allí una acumulación de arena en forma tan excesiva que terminó por cerrar del todo dicha entrada, uniéndose así la península de Bocagrande con la isla fronteriza de Codego. Se comentó si debería abrirse de nuevo ese canal o dejarlo cerrado y despejar el de Bocachica para que sirviese de entrada a los navios que viniesen a la ciudad. Se decidió esto último y entonces se hizo fortificar esta nueva entrada, comenzándose la construcción de San Luis de Bocachica y una plataforma fronteriza, que vino a ser el castillo de San José. Estas obras fueron terminadas por Pedro Zapata de Mendoza, constructor también del castillo de San Felipe de Barajas.

Cartagena iba a grandes pasos recorriendo la vía de su engrandecimiento y fortificación y motivando a los pregones de la fama para hacer sonar su nombre en los ámbitos del mundo. Pero de nuevo vendría el infortunio a torturarla. En 1689 se había desatado en Europa la guerra de la última coalición de naciones contra Luis XIV dé Francia, por causa de la sucesión del Palatinado. Del Viejo pasó la contienda al Nuevo Mundo.

Una escuadra a las órdenes de Jean Bernard Janes,  barón de Pointis, fue despachada por el Rey Sol, para que con la cooperación de Juan Bautista Ducasse, gobernador de Petit-Goave y de los bucaneros de Tortuga, se apoderase de Cartagena de Indias. Gobernaba en ésta don Diego de los Ríos y Quesada, mandatario de notoria incapacidad e indecisión, circunstancias que facilitaron la toma de la ciudad por el marino francés. El honor de las armas españolas quedó, sin embargo, a salvo con la tenaz y prolongada defensa que del castillo de San Luis de Bocachica hizo Sancho Jimeno de Orozco y por la lucha cuerpo a cuerpo librada por una parte de la tropa y algunos vecinos notables y valerosos que cerraba el paso de los invasores en la brecha abierta al baluarte de la Media Luna.

Tristes y duros los días de permanencia de los franceses en Cartagena, por los desmanes de los bucaneros que la saquearon a despecho de la oposición de Pointis. En la relación de la toma de la plaza hecha por el coronel José Valle jo,' dice éste que en París vio pesar en la Casa de Moneda el oro, la plata, y avaluar las joyas y piedras preciosas' del botín" por la toma de Cartagena, lo cual se elevó a siete millones de pesos plata.

De los castillos y baluartes se llevaron noventa y ocho cañones de grueso calibre y todos los pertrechos existentes en los almacenes de guerra. Pointis mandó volar algunas porciones de las fortalezas y quemar las estacadas de las orillas del mar e hizo otros desperfectos en las fortificaciones, actos de destrucción inaceptables entre ejércitos regulares de naciones civilizadas. Luego que Pointis evacuó la ciudad, los bucaneros volvieron sobre ella y de nuevo se produjeron, y con mayor saña ahora, las escenas de violencia anteriores.

A la catedral fueron llevadas cuantas personas notables pudieron hallar a mano, y colocándolas entre barriles de pólvora destapados, las amenazaban con hacerlas volar si no denunciaban las riquezas que tuvieran escondidas. Nunca antes, ni después, Cartagena estuvo tan entregada a la violencia como en esta ocasión de la vuelta de los bucaneros. Durante muchos años se conservó el recuerdo angustioso de aquellos días entre las familias principales de la ciudad. El autor de este trabajo oyó, de niño, referencias trasmitidas por sus antepasados a sus padres y abuelos.

Pero Cartagena, como el Ave Fénix de los helenos, renació de sus cenizas. No vale ella tanto en sus días de prosperidad y gloria, como en los de postración y vencimiento. Y así la vemos, en la aurora del siglo XVIII, bajo la enérgica conducta de Juan Díaz Pimienta y Zaldívar, acometer la singular hazaña de expulsar del itsmo de Panamá a los escoceses conducidos y establecidos allí por la aventurera personalidad de William Paterson y comandados ahora por Alejandro Campbell. En las inmediaciones del sitio en donde estuvo la antigua Acia, los escoceses habían levantado una ciudad llamada Nueva Edimburgo, un fuerte con título de San Andrés, dominando un territorio apellidado Nueva Caledonia.

Aquella parecía una conquista definitiva. Pero de Cartagena zarpó su gobernador Díaz Pimienta el 12 de febrero del año 1700, con una pequeña escuadra al mando del almirante Salomón, y tropas criollas de la ciudad, de la villa de Santiago de Tolú y de la comarca del Sinú, dispuesto a arrojar de allí a los invasores. El 22 de abril del mismo año entró Díaz Pimienta a Nueva Edimburgo, después de otorgar una honrosa capitulación a los escoceses! Las almas nobles son siempre generosas. Los vencidos salieron con armas y banderas para no volver.

Páginas inolvidables en la historia de Cartagena fueron las de las vidas esclarecidas de fray Alonso de Sandoval y el padre Pedro Claver, en la empresa de redimir las almas de los esclavos negros. Los capitanes negreros que saqueaban las costas de África para proveer de esclavos a los explotadores de las minas y de las plantaciones de caña de azúcar en los territorios del Nuevo Mundo y llegaban con su mercancía al puerto de Cartagena de Indias, allí topaban con Sandoval, el Precursor, primero, y luego con Pedro Claver, el Apóstol, enseñando al mundo cómo debe practicarse la doctrina de Cristo. Nunca en ningún otro lugar de la tierra y en ningún tiempo se ha llevado a cabo una empresa más hermosa, más justiciera ni más noble que la de aquellos dos santos varones. Las modernas campañas en pro de las clases obreras son grotescas caricaturas de la magnífica labor de auténtica caridad de Sandoval y Claver. Su labor iba dirigida no sólo al cuerpo, sino principalmente al alma.

Torre de la Iglesia de San Pedro Claver. Llamado "el esclavo de los esclavos", Claver evangelizó y protegió a los esclavos africanos que construyeron las fortificaciones de la ciudad.
 
Fortaleza de San Felipe de Barajas, diseñada por el holandés Richard Car y construida par Pedro Zapata de Mendoza, fortificación clave de la heroica defensa de Cartagena contra los ingleses en 1741.

El hombre no podrá nunca despojarse de sus pasiones ni substraerse a las flaquezas de la naturaleza orgánica. La adquisición de la santidad atempera, mas no suprime los impulsos de la materia. Las consecuencias de tales fallas de la voluntad causan a veces sorpresas dolorosas. En el siglo XVII, un sonado escándalo religioso sembró en Cartagena la intranquilidad y desorientó las conciencias de los cartageneros. Las monjas adoratrices del convento de Santa Clara de Asís de Cartagena elevaron al obispo Antonio de Benavides y Piérola (1681-1712) una queja razonada contra los padres franciscanos, a quienes estaban espirítualmente sujetas. El prelado halló justas las quejas y desligó al monasterio de la dirección de los padres franciscanos, tomándolo a su cuidado personal.

Mas pasados algunos días, veleidades femeninas muy humanas, habiendo tenido noticia las monjas de que sería electo provincial de los franciscanos fray Antonio Chávez, hermano de cinco de las monjas clarisas, pidieron al prelado que volviese las cosas a su primitivo estado. El señor Benavides no era hombre que atendiese caprichos mujeriles y negó la petición.

De acuerdo ahora franciscanos y clarisas, se revelaron contra el obispo y acudieron a la Audiencia de Santafé en queja contra su diocesano. Los oidores, hombres también sujetos a pasiones y flaquezas, invadiendo jurisdicción que no les correspondía, decretaron conforme se les pedía. El prelado reclamó para ante el rey y mantuvo las cosas como estaban. Prodújose la escisión. Apoyaron a los frailes y monjas rebeldes otros conventos de la ciudad, excepto los jesuitas. Toda la población se dividió, según sus simpatías, por el obispo o por los frailes y monjas.

El gobernador Rafael Capsir y Sanz, el obispo de Santa Marta Diego de Baños y Sotomayor, comisionado por la Audiencia, los gobernadores siguientes, Juan de Pando y Estrada, Francisco de Castro y Martín de Pardo y Cevallos, y hasta el Tribunal de la Inquisición, abrazaron el partido de los rebeldes. El señor Benavides hubo de salir de Cartagena para Turbaco y después para la Península, y sólo al cabo de años fallaron el rey y el papa en favor del perseguido prelado; pero cuando se disponía a regresar a su grey, postrado por las amarguras soportadas, falleció en Sevilla, en 1712. En la historia de Cartagena hay esta sombra de ofuscación y pecado.

La política de extensión comercial instaurada en Inglaterra por el primer ministro Walpole en el siglo XVIII llevó al país a fuertes choques con el gobierno español. Llegó un momento en que el Parlamento estuvo por la guerra y se preparó una expedición como antes no había sido vista, al mando del marino y parlamentario Sir Edward Vernon para que viniese a la América a apoderarse de Cartagena. Aproximadamente 115 navios de combate, entre los cuales se contaban 34 de línea con 9.000 marinos y 14.569 hombres de desembarco y 2.070 cañones, y abundancia de pertrecho constituían la expedición. La plaza sólo tenía 1.774 hombres de tropa, 150 marinos armados y 500 milicianos, con 369 cañones de grueso calibre. La inferioridad numérica era notoria, no así el potencial humano y las formidables fortalezas castrenses. El asedio se prolongó desde el 13 de marzo, fecha en la cual se vieron las primeras naves enemigas acercándose desde Punta de Canoas hacia la plaza, hasta el 8 de mayo, que salieron de la bahía los últimos navios ingleses.

Blas de Lezo, comandante de la marina, resistió en el castillo de San Luis de Bocachica desde el 14 de marzo hasta el 9 de abril. La acción de armas más violenta fue el asalto al castillo de San Felipe de Barajas, el 20 de abril conforme al calendario gregoriano (9 de marzo para los ingleses). Los héroes de la defensa fueron el virrey Sebastián de Eslava, Blas de Lezo, el gobernador Melchor de Navarreta, el ingeniero Carlos de Noux, el comandante Pedro Casellas, el ayudante mayor Francisco Piñeiro, los capitanes Pedro Mur, Nicolás Carrillo, Lorenzo Alderete, Miguel Pedrol, Juan Jordán, Félix Celdrán, Bernardo Fuentes, Francisco Obando, Baltasar de Ortega, el edecán Manuel Briceño, los tenientes José Campuzano, Joaquín Andrade, Carlos Gil Frontín, Jerónimo Loayzaga, Manuel Moreno y E. Conni y el vecino Andrés de Madariaga. De Londres enviaron, creyendo asegurada la toma de Cartagena, un variado surtido de medallas conmemorativas, en las cuales se exaltaba la supuesta victoria, con frases elogiosas para los imaginarios vencedores y ridiculizantes de Eslava y Lezo. Triste despertar de un sueño ilusorio.

Monumento d Blas de Lezo, frente al castillo de San Luis

Los acontecimientos políticos y militares que se sucedían en Europa tenían necesaria repercusión en la América. Napoleón había cambiado la división política del Viejo Mundo en los quince primeros años del siglo XIX. España estuvo a punto de sucumbir. Las posesiones españolas, inspiradas por un sentimiento de lealtad a su metrópoli, se alistaron para la defensa. Pero mal comprendidas en la Península, intuyeron que había llegado la hora de constituirse en estados libres e independientes y surgió así la prolongada guerra de emancipación Cartagena realiza entonces la parte más gloriosa de su historia. Se declara independiente, se constituye en estado libre y adelanta campañas llenas de gloria y heroísmo, como la de la reconquista de Venezuela bajo el mando de Simón Bolívar y la resistencia al Pacificador Pablo Morillo en 1815. Se defiende denodadamente hasta el límite de la resistencia humana, agotando cuantos recursos le fue posible obtener y, antes que rendirse o capitular, se embarcan sus defensores en los pocos navios con que contaban, y pasando a velas desplegadas por en medio de la escuadra española, partieron el exilio llevando las banderas de la libertad, para regresar vencedores a recuperar la ciudad y entrar triunfantes en ella el 10 de octubre de 1821, después de conceder una honrosa capitulación al gobernador español Gabriel de Torres.

Muchos de sus hijos prosiguieron tras el penacho blanco del Libertador Simón Bolívar, oyendo las dianas victoriosas de Pantano de Vargas, Boyacá, Carabobo segundo, Pichincha, Junín, batalla naval del Lago de Maracaibo y Ayacucho. Ninguna otra ciudad de América ha hecho tanta historia como ella, ni ha padecido más que ella por la causa de la independencia y la libertad. Los sufrimientos, la miseria, los sacrificios, la despoblación y la muerte han sido ofrendas en los altares de la patria, soportadas con decisión, entereza y constancia. Bolívar, cambiándole los títulos de muy noble y muy leal que le otorgara Felipe II, dijo: "Salve Cartagena Redentora", y la apellidó "Heroica".

Ahora, Cartagena, bajo el tricolor colombiano y persuadida de que sólo la democracia es fuente de bienestar para las naciones, libra las campañas del trabajo, ufana y confiada en su porvenir.

Ha desbordado los viejos muros que la Circundan y se extiende con ritmo acelerado por la campiña circundante en nuevos barrios industriales y residenciales, para albergar una población que en breve superará el medio millón. Las fábricas más variadas en ella hallan favorable acogida, el mar la provee de toda clase de productos agrícolas o fabriles y la navegación aérea la mantiene en comunicación con el mundo entero con la brevedad del sonido. Edificaciones modernas la embellecen y a la sombra de la paz y de la libertad va triunfadora hacia el porvenir.


martes, 24 de junio de 2025

Asalto y guerra medieval (1/2)

Asaltos y guerra medieval

Parte I || Parte II
War History






Danevirke: fases de construcción

Con toda la evidencia medida, examinada y sopesada, ha llegado el momento de incorporar las incursiones a la narrativa de la guerra medieval temprana, donde ahora sabemos que pertenecen. Muchas vidas, crónicas e historias de santos contienen referencias a «batallas», pero esto posiblemente se deba a que las acciones decisivas puntuales eran más importantes para los cronistas que las incursiones a pequeña escala. Aunque existen ejemplos de batallas indecisas, participar en una batalla era una estrategia muy arriesgada, ya que un bando podía ser derrotado e incluso el líder podía morir; las incursiones conllevaban menos probabilidades de una derrota catastrófica, por lo que probablemente estaban más extendidas. Existen claras referencias a las incursiones en fuentes medievales tempranas, como la Crónica Anglosajona, y muchas «batallas» posiblemente fueron simplemente incursiones exitosas. Dado que la mayoría de los ejércitos medievales tempranos eran relativamente pequeños, las incursiones estarían dentro de sus posibilidades, pero la invasión masiva probablemente no. Si bien es imposible cuantificar la cantidad de incursiones, incluso a pequeña escala, estas podían tener un impacto psicológico generalizado (el miedo a algo a menudo puede tener tanto efecto en las personas como la probabilidad de que ocurra). Los diques evidencian que algunas personas decidieron hacer algo al respecto.

La naturaleza militar de los diques

Si bien los diques pueden ser la única evidencia sólida de guerra medieval temprana que tenemos en el paisaje antes de la construcción de los burhs en el siglo IX, ¿podemos estar realmente seguros de que se relacionan con las incursiones medievales tempranas? Aunque algunos diques eran simples marcadores de límites (Bwlch yr Afan, Clawdd Seri, el dique de Aelfrith y el dique de Bica, por ejemplo), la mayoría de los diques medievales tempranos parecen contramedidas contra las incursiones. Algunos de los más largos pueden haber sido multifuncionales, ya que contrarrestaban las incursiones, además de promover el poder de un rey y unir su reino (el dique de Offa, el dique de Wat y posiblemente los dos diques de Wans, por ejemplo). A pesar de la sólida evidencia de que los diques contrarrestaban las incursiones, algunos estudios aún descartan esta idea, así que recapitulemos brevemente la evidencia. Uno de nuestros pocos testigos presenciales de este período, Gildas, afirma que los británicos construían muros para ahuyentar a los enemigos y proteger a la población. Hemos visto que algunos poemas galeses de la Alta Edad Media asocian los diques con la lucha. Cabe destacar, por ejemplo, que cuando se excavaron las zanjas de los diques prehistóricos de Norfolk a principios de la Edad Media (Bichamditch, Launditch y la Zanja del Diablo en Garboldisham son posibles ejemplos), la cara interior de la zanja era casi vertical y la exterior más plana. Esto acentuaría la superficie de la fortificación y podría haber atraído a la gente a una zona de exterminio. Existe abundante evidencia arqueológica de armas y cuerpos que resultaron heridos en los diques (decapitaciones en el dique de Bokerley y la zanja de Bran, un cementerio de batalla en Heronbridge, armas extrañas del foso del Diablo en Cambridgeshire, esqueletos de hombres "caídos en batalla" en el dique de Bedwyn, etc.). No podemos descartar todos estos hallazgos como lugares de ejecución posteriores o tumbas amuebladas alteradas: la evidencia arqueológica sugiere claramente que los diques eran lugares asociados con la violencia. Si las ranuras encontradas en las zanjas de al menos cuatro diques eran rompe-tobillos, sugieren que las fortificaciones fueron diseñadas para repeler y herir a quienes intentaran cruzarlas.

La escala de los terraplenes/zanjas sugiere estructuras militares, especialmente porque la mayoría ofrece buenas vistas, vitales para los defensores de un elemento militar. La mayoría están orientadas cuesta abajo, lo que las hace mucho más difíciles de asaltar, pero más difíciles de construir; en terrenos inclinados, la forma más fácil de construir una simple marca delimitadora en el paisaje es arrojar la tierra de la zanja cuesta abajo. Los diques suelen terminar en accidentes geográficos como marismas, barrancos, estuarios o ríos, lo que dificultaría cualquier intento de flanquearlos; a veces, los extremos se curvan, haciéndolos parecer más largos de lo que son. Hemos visto que fuentes escritas como códigos legales, crónicas, cartas, poesía y vidas de santos sugieren que esta fue una época de incursiones y guerras; el poema Y Gododdin, por ejemplo, describe una incursión derrotada, con parte de la lucha ocurriendo en un dique. Puede que no haya batallas registradas en Wansdyke, pero sí en las inmediaciones, incluyendo dos en el túmulo que posiblemente dio nombre al dique. La evidencia escrita, la evidencia física y la falta de explicaciones alternativas creíbles confirman que muchos diques tenían un propósito militar.

Estos diques se ubican deliberadamente para interceptar a los invasores. Además de cruzar el trazado de las carreteras modernas, como hemos visto, existen pruebas de cartas que indican que numerosos diques cortaban rutas en el período anglosajón. Las cartas nos indican que los senderos, o caminos militares (rutas comúnmente utilizadas por asaltantes o invasores), fueron trazados por Wansdyke (S 711 y S 735) y Bury's Bank (S 500). Los diques de East Hampshire (especialmente las fortificaciones de Froxfield) cortan el acceso a lo largo de valles pedregosos sin vegetación, mientras que sus flancos están protegidos por tierras arcillosas densamente arboladas. Muchos de las incursiones en Glamorganshire parecen bloquear las rutas a lo largo de las crestas que dan acceso a las tierras bajas del sur.

La lucha contra la violencia, en particular las incursiones a pequeña escala que a menudo implicaban robo de ganado, es un tema claro en todos los códigos legales de la Alta Edad Media. La caída del Imperio Romano puso fin al uso de ejércitos profesionales en gran parte de Europa y a la militarización de la población civil. Las lanzas encontradas en tumbas anglosajonas pueden haber tenido un significado simbólico, pero probablemente también representan una sociedad donde la necesidad de protección personal era una preocupación diaria. Los agricultores podrían haber tenido buenas razones para temer las incursiones de guerreros fuertemente armados. Dado que grupos muy pequeños de personas podrían haber construido la mayoría de las fortificaciones medievales tempranas, quizás comunidades rurales anodinas o grupos de aldeas construyeron diques para disuadir o repeler las incursiones.

La falta de evidencia escrita directa más explícita de diques como defensas contra los invasores es quizás comprensible en una época en la que se conservan pocas fuentes. Las fuentes medievales tempranas tienden a elogiar las victorias (o las derrotas heroicas), así que, como los diques eran defensivos más que ofensivos, quizás los escritores medievales tempranos no considerarían que la protección de su ganado por parte de los agricultores fuera digna de registro. Si algunos diques funcionaron con éxito como elemento disuasorio, es posible que no hubiera combates que registrar ni cadáveres que enterrar; existen numerosos fuertes y fortines en toda Gran Bretaña diseñados para repeler invasiones que nunca se materializaron.

¿Acaso los asaltantes podrían haber simplemente rodeado los diques? La respuesta es no, ya que la mayoría habrían sido increíblemente difíciles de sortear. El extremo sur de la Tumba del Gigante, por ejemplo, se encuentra en un barranco empinado, mientras que hay una ciénaga al norte, y ambos extremos de la Zanja Corta Inferior se encuentran en barrancos empinados. Muchos diques están agrupados; circunnavegar uno significaría que un invasor se enfrentaría a otro. Ningún asaltante podía simplemente rodear el Dique de Dane o los diques de Cornualles, ya que el mar o los estuarios eran los extremos de estas fortificaciones. El Seto del Gigante, por ejemplo, termina bajo el punto vadeable más bajo de los estuarios en ambos extremos.

Los extremos de muchos diques probablemente estaban protegidos por bosques. Aunque los bosques medievales eran más abiertos que los bosques modernos, dado que grandes mamíferos como los ciervos (más numerosos en la época medieval) mantenían la maleza despejada, navegar por cualquier bosque (o pantano) en buen estado no es fácil. Para un historiador con un mapa de Ordnance Survey es obvio cómo circunnavegar un dique, pero si los invasores de la Alta Edad Media se acercaban incluso a un dique muy corto donde los árboles, el pantano o una elevación del terreno ocultaban los extremos, no sabían cómo rodearlo sin enviar patrullas. Incluso si un asaltante pudiera rodear un dique, esto causaría retrasos y posiblemente implicaría la división de la fuerza invasora para reconocer una ruta. En busca de presas fáciles, los asaltantes probablemente se dirigirían a otro lugar.

El mejor ejemplo de diques que cortan rutas son probablemente los Diques de Cambridgeshire, que parecen bloquear el acceso a Anglia Oriental a lo largo del Camino de Icknield. Se extienden a lo largo de una estrecha franja de tiza de unos 5 km de ancho, que corre de suroeste a noreste, flanqueada por lo que entonces eran pantanos al noroeste y lo que se cree que fue un antiguo bosque sobre arcilla calcárea al sureste. Un enemigo que sorteara con éxito una de las fortificaciones se enfrentaría al problema de superar la siguiente.

Estudios previos a menudo no han logrado apreciar la importancia de estas enormes fortificaciones en la historia de la guerra medieval temprana. Ahora debemos analizar las incursiones y la guerra en detalle, integrando estas fortificaciones en la narrativa.



Técnicas de asalto en la primera etapa medieval

Existe evidencia de la existencia de grandes ejércitos medievales de miles de habitantes, como el poderoso ejército vikingo que invadió Inglaterra en el año 866. Estos grandes ejércitos propiciaron grandes batallas como las de Stamford Bridge y Hastings en 1066, pero antes del año 850, los conflictos a menor escala eran probablemente la norma. Entablar una batalla es una estrategia muy arriesgada, ya que un bando puede ser derrotado y, en casos extremos, el líder podría morir o incluso el reino podría derrumbarse. Parece contradictorio, pero la mayoría de las bajas se producen tras una batalla, cuando un bando está en fuga; una derrota por un estrecho margen en el campo de batalla podía conducir a una masacre generalizada y, según un sermón de principios del siglo XI, un solo asaltante vikingo podía hacer huir a diez defensores anglosajones. Las incursiones a pequeña escala, con menos probabilidades de una derrota catastrófica, eran probablemente más generalizadas y más susceptibles a las capacidades de los líderes medievales.

En la Alta Edad Media, la gente no atacaba constantemente a sus vecinos y existían mecanismos para prevenir la violencia descontrolada. Sin embargo, sí se producían incursiones, y este conflicto de baja intensidad (o al menos el miedo a él) probablemente estaba lo suficientemente extendido como para ser un importante estímulo para la construcción de la mayoría de los diques. Quizás, utilizando evidencia de la Gran Bretaña medieval temprana y de otros lugares, podamos recrear la mecánica de una incursión típica y luego analizar cómo un dique podría contrarrestar esa amenaza. El período estudiado fue uno de los de cambios fundamentales (la situación en Gran Bretaña en el año 400 d. C. era muy diferente a la del año 850 d. C.), pero como no podemos datar con precisión los diques, los siguientes escenarios se basan, en general, en evidencias que indican el probable auge de la construcción de diques a finales del siglo VI y principios del VII.

El colapso del Imperio Romano puso fin al uso de ejércitos profesionales en gran parte de Europa y a la militarización de la población civil. Si bien los agricultores podían atacar a sus vecinos, probablemente estaban demasiado ocupados produciendo alimentos como para hacerlo. Los guerreros eran más propensos a realizar incursiones, aunque probablemente no hubo una división clara entre ambas clases durante gran parte de este período. Las sagas vikingas sugieren que, mientras algunos se ganaban la vida exclusivamente con las incursiones, otros complementaban sus formas de alimentar a sus familias (agricultura, comercio o artesanía) con algunas incursiones estacionales. Los líderes de las bandas de guerra invasoras podrían haber sido reyes o, especialmente en las primeras etapas del período, simplemente guerreros exitosos. Además de elegir guerreros entre sus parientes, los líderes más exitosos atraían a guerreros de otras comunidades. Quienes se ganaban la vida con la guerra se armaban con escudos, espadas, yelmos y posiblemente incluso cotas de malla. Aunque los gobernantes contaban con un grupo de guerreros leales, los thegns en la época anglosajona, hábiles con la espada, muchos de los que lucharon en batallas o incursiones de la Alta Edad Media pudieron haberse ganado la vida con la tierra. La guerra se profesionalizó a finales de la Edad Media, pero incluso reinos bien organizados como la Inglaterra anglosajona tardía recurrían a los agricultores locales para conformar el grueso de su ejército.

Cómo se preparaba la gente para una incursión es tema de especulación, pero quizás la poesía pueda darnos algunas pistas. Un líder reunía a sus guerreros, elegía un objetivo y atacaba con rapidez antes de que las víctimas pudieran organizar sus defensas. Antes de embarcarse, probablemente se hacían juramentos de lealtad, y la noche anterior podemos imaginar a los guerreros alardeando de su valentía, posiblemente con el alcohol contribuyendo a exagerar su ardor. A primera hora de la mañana, se revisaban y afilaban las armas mientras se prometían cómo se dividiría el botín. Montaban a caballo y partían hacia su objetivo. Hay numerosas referencias en Beowulf a todas estas actividades, por ejemplo, cuando Beowulf se prepara para encontrarse con la madre de Grendel. Desconocemos si se realizaba un reconocimiento antes de un ataque; si se avistaba a un espía, se advertía al enemigo, por lo que quizás no se emplearon exploradores. Los desastrosos resultados de incursiones como la registrada en Y Gododdin sugieren que no siempre se obtenía información.

La forma más rápida y sencilla de viajar a la guerra era a caballo. Sin mapas detallados de los reinos vecinos, los asaltantes probablemente utilizarían calzadas romanas y antiguas rutas montañosas para adentrarse en territorio enemigo sin temor a perderse ni a desviarse innecesariamente. Cabe destacar que, a lo largo de muchas calzadas romanas, las aldeas con nombres de origen anglosajón se encuentran a pocos kilómetros de distancia, en lugar de en la carretera. Si recorres la calzada romana más cercana a donde vivo, no hay pueblos en los alrededores en unos 32 km. Esto sugiere que los asaltantes no se alejaban mucho de estas rutas, posiblemente por miedo a una emboscada o a perderse. Es quizás significativo que la palabra anglosajona rád no solo significara «ir a caballo», sino también «saltar» y «un camino».

Como hemos visto, en otras culturas la incursión ideal sería aquella que no encontrara resistencia o, en su defecto, aquella que venciera rápidamente a los defensores. Los asaltantes intentarían que el enemigo se dispersara y huyera (como hemos dicho, la mayoría de las bajas en batalla se producían cuando un bando huía), pero si esto no se conseguía rápidamente, los atacantes podían retirarse precipitadamente. Si los asaltantes atacaban granjas, los defensores serían campesinos locales, o ceorls, armados posiblemente con lanzas y escudos, así como con las armas improvisadas que se usaban normalmente como herramientas, como hachas, cuchillos o arcos de caza. Si los asaltantes se enfrentaban a enemigos armados, probablemente se producía un intercambio de proyectiles antes de usar armas portátiles a corta distancia. Si los asaltantes atacaban lugares religiosos, su oponente habría sido sacerdotes o monjes desarmados. Podrían atacar al gobernante de un reino vecino, con la esperanza de atraparlo con solo unos pocos miembros de su séquito para defenderlo.

Si bien los anglosajones viajaban a la guerra a caballo, no se sabe con certeza si luchaban a caballo. No contaban con caballos de guerra especialmente diseñados, ni herraduras de hierro que se pudieran clavar a los cascos para protegerlos en terreno pedregoso. Es posible que no tuvieran estribo, esencial cuando se usa un caballo como plataforma de combate. Los anglosajones sí perseguían a caballo a un enemigo que huía, a menudo durante muchas horas después de una batalla, aunque durante una incursión una huida rápida probablemente era más ventajosa que perseguir a un enemigo.

Tras la incursión, los atacantes recogían sus bienes robados y regresaban a casa por la ruta más directa (probablemente un camino de montaña o una calzada romana), pasando la noche festejando, presumiendo y bebiendo en su salón. Las incursiones desataban venganzas que desencadenaban ataques de venganza y un ciclo de contraataques; cuando los reyes surgían, intentaban frenar esto, en parte, mediante el uso de códigos legales escritos.

Una incursión podía tener varios objetivos: desmoralizar al enemigo, reducir su capacidad de contraataque y obtener botín. Si los asaltantes intentaban emboscar y matar al líder de un reino vecino (como ocurrió en Wessex en 755 cuando Cynewulf fue asesinado), esto podría explicar el gran número de reyes asesinados registrados en las fuentes medievales tempranas. Los bienes robados podían ser ganado que los asaltantes podían llevar de regreso a su comunidad. Quemar las granjas y almacenes de alimentos de sus víctimas reducía su fuerza y ​​capacidad de contraataque. Los saqueadores podían llevarse esclavos (como en el caso de San Patricio) y bienes de gran valor (como joyas); el líder de la incursión podía usar dichos bienes para recompensar a sus seguidores. Esta generosidad atraía a los guerreros hacia el vencedor, mientras que las víctimas podían volverse contra sus líderes por no protegerlas. Si había violación (y las fuentes anglosajonas sugieren que era frecuente en períodos de inestabilidad), esto sobrecargaba aún más la zona invadida con jóvenes no deseados que alimentar, que podrían ser vistos con sospecha, ya que sus padres serían enemigos. El hallazgo de broches femeninos hechos de metal británico e irlandés reutilizado en la Escandinavia de la época vikinga ha dado lugar a la sugerencia de que las incursiones también se realizaban para obtener una dote, es decir, una dote necesaria para que un joven se casara. Los ricos y con mejor educación, pero menos capacitados para el combate (como sacerdotes, maestros, abogados y poetas), huían de una comunidad que sufría incursiones, lo que destruía aún más su cultura. En numerosos reinos de la Britania medieval temprana, facciones rivales o ramas de familias reales luchaban por el control del reino; Quizás los diferentes grupos se centraron en zonas controladas por sus rivales para debilitar su poder.

Existen movimientos de tierra cerca del dique de Bokerley, en Dorset, que confirman que el robo de ganado, en particular, fue un problema real a principios del período medieval (tales incursiones son un tema recurrente en las leyendas irlandesas de la Alta Edad Media). Al este del dique de Bokerley (y, por lo tanto, sin su protección) se encuentran dos enormes cercados para ganado (las muestras de suelo del interior de los terraplenes confirman la presencia de grandes cantidades de estiércol). El primero, el Anillo del Soldado, es un recinto poligonal de 10,5 hectáreas rodeado de terraplenes dobles, construido hacia el final del dominio romano, mientras que el otro recinto (de 39 hectáreas) se encuentra 5 km más al este, en Rockbourne, y se superpone a los campos romanos. Estos movimientos de tierra reflejan la transición generalizada en Gran Bretaña de la agricultura a los pastos a finales del período posromano e inmediatamente después, cuando los nuevos ganaderos necesitaban cercados para proteger a su ganado de los saqueadores. Las incursiones ganaderas probablemente se convirtieron en un problema tan grande que los lugareños decidieron construir el cercano dique de Bokerley para intentar controlarlas.

Armas utilizadas en la guerra

Además de los hallazgos en turberas continentales ya mencionados, como los de Esjbøl-North en Dinamarca, disponemos de evidencia de las armas utilizadas en Inglaterra. Hasta su conversión al cristianismo en el siglo VIII, los anglosajones solían enterrar a sus muertos con objetos que simbolizaban su estatus; en la mitad de las tumbas masculinas, esto significaba un arma. Aunque he señalado anteriormente que algunas de estas armas podrían haber sido simbólicas en lugar de lo que la persona fallecida utilizó en vida, la mayoría parecen capaces de causar daños en batalla. No podemos saber si las proporciones de los diferentes tipos de armas halladas en las tumbas son típicas de las que se portaban en vida. Si bien los arcos y las flechas están poco representados en el registro arqueológico, evidencias escritas, como el poema de la Batalla de Maldon, sugieren que se utilizaban en batalla. No tenemos motivos para suponer que las proporciones utilizadas en la Inglaterra anglosajona fueran significativamente diferentes a las encontradas en las turberas continentales.

La mayoría de los entierros anglosajones amueblados contenían una lanza (algunas más ligeras, diseñadas para lanzar, mientras que otras con hojas más largas y pesadas eran, sin duda, armas de mano), casi la mitad contenía escudos, el 11 % espadas y algunos cuchillos o hachas que podrían haber sido herramientas además de armas. Los cascos y las cotas de malla son raros. Las espadas anglosajonas solían soldarse con un patrón, es decir, se retorcían barras de hierro y luego se aplanaban a martillazos hasta formar una hoja, lo que daba una superficie que, si se pulía con cuidado, me parece piel de serpiente metálica. Los vikingos posteriores tenían mejor acero, por lo que usaban una sola pieza de metal. La referencia a la espada que se rompió durante el combate cuando Beowulf luchó contra el dragón puede explicar por qué algunos fueron enterrados con múltiples armas, ya que habría sido ventajoso tener una de repuesto en tales circunstancias.

Si bien es posible que la gente fuera más propensa a enterrar objetos que fueran más fáciles de reemplazar, parece que la lanza y el escudo constituían la combinación de armas de la mayoría de las personas en este período. Para los pictos, escoceses y britanos de Gales, Cornualles, Cumbria y Escocia, hay muchos menos hallazgos con los que trabajar y menos literatura sobreviviente, pero es probable que usaran equipos similares. La piedra de Aberlemno en Escocia muestra a guerreros pictos usando lanzas y escudos, mientras que el escritor británico Gildas hace referencia al uso de espadas y lanzas en batalla. Si hubieran luchado con un estilo muy diferente y utilizando armas muy distintas a las de los anglosajones, autores de la Alta Edad Media como Gildas y Beda, quienes se preocupaban por enfatizar las diferencias entre las naciones, probablemente lo habrían mencionado.

La evidencia arqueológica de heridas por armas que causaron traumatismos esqueléticos demuestra los efectos de las armas. Los cuerpos de los siglos VII/VIII de Eccles en Kent y Heronbridge en Cheshire sugieren que los guerreros abatían con golpes en la cabeza con una espada pesada. Los daños encontrados en cráneos en estos yacimientos confirman la evidencia de los entierros amueblados que indicaban que los cascos eran una rareza. Como ya se ha comentado, el punto de equilibrio de una espada anglosajona se encuentra a mitad de la hoja; las espadas vikingas se fabricaban con acero de mejor calidad, eran más ligeras y tenían un punto de equilibrio más cerca de la empuñadura. La primera estaba diseñada para golpear la parte superior del cuerpo, la segunda para estocada y parada. Quizás los primeros guerreros anglosajones esperaban atacar a víctimas mal armadas, mientras que los vikingos posteriores a menudo se enfrentaban a enemigos también armados con espada. Los primeros guerreros anglosajones parecen tener predilección por usar el peso de su arma para abatir a su oponente, apuntando a la cabeza. Subir a un defensor a un dique hace que la espada del atacante sea mucho menos efectiva. El daño por lanza es más difícil de detectar que los golpes fuertes en la cabeza (especialmente si no se alcanzan los huesos), pero en la galería del museo The Collection de Lincoln, donde trabajó el autor, se exhibe una tibia con una punta de lanza incrustada que habría causado la muerte desangrada de la víctima.


lunes, 3 de julio de 2023

Invasión a España: El asedio de Cádiz

Bastión de España: el asedio de Cádiz y la guerra en España

Por Anthony C. Marco || Small Wars Journal



Tifón de Napoleón:


El emperador tuvo suficiente. Después de presenciar la humillante derrota del general Pierre Dupont en Bailén, que resultó en más de 17.635 prisioneros de guerra franceses, y la calamidad del general Junot en Vimeiro, Napoleón sabía que la situación en la Península requería su mando. Para rectificar la situación francesa, el emperador francés reunió aproximadamente 200.000 hombres para su campaña a través del río Ebro. Cuando Napoleón reanudó la guerra en España el 7 de noviembre , las fuerzas españolas se derrumbaron bajo el peso de la ofensiva. [2]En tres semanas cayó Madrid y los ejércitos españoles se retiraron en todas direcciones. Mientras sus mariscales perseguían a los españoles, Napoleón centró su atención en el general Sir John Moore y su relativamente insignificante fuerza británica. Desafortunadamente para el emperador, Moore se le escapó de las manos en La Coruña y la aniquilación completa de los ejércitos españoles quedó incompleta; sin embargo, Napoleón, en gran parte satisfecho con los acontecimientos de reversión desde su segunda invasión y el espectro de un resurgimiento de Austria, desvió su atención de la península. [3] La guerra continuó rugiendo y expandiéndose a medida que los británicos, portugueses y españoles intentaban constantemente arrebatarle el control de Iberia a los ejércitos franceses que avanzaban. Los franceses pronto descubrieron que en lugares como Cádiz, al borde de su imperio, no les esperaba nada más que la muerte y la derrota.


Figura 1, Orange, Maurice. “El general Dupont entrega su ejército a los españoles en Bailén y el evento que rompió el mito de la invencibilidad napoleónica”, óleo sobre lienzo, 1906, In Life of Napoleon Bonaparte , de William M. Sloane, Nueva York, https://commons. wikimedia.org/wiki/File:Orange-Capitulation_at_Bailen.jpg.

A medida que la guerra se expandía en 1809, las fuerzas anglo-portuguesas bajo el mando de Sir Arthur Wellesley establecieron un largo récord de batalla al hacer retroceder la invasión de Portugal por parte de Soult y entregar a los franceses una dura derrota en Talavera. [4] A pesar de tales éxitos, Wellesley, ahora vizconde de Wellington, se sintió obligado a retirar su ejército a Portugal para la próxima ronda de ofensivas francesas. Mientras tanto, los españoles vacilaron y sufrieron más reveses militares. En Ocaña, el general español Juan Carlos de Areizaga sufrió una seria derrota ante los 34.000 hombres del mariscal Édouard Mortier y el general Horace Sébastiani; El historiador napoleónico Charles Esdaile acentúa el impacto de la batalla señalando que “[selló] el destino de Andalucía”. [5]

A raíz de la derrota, Areizaga se retiró a Andalucía y consolidó las formaciones que quedaban alrededor de Sevilla con el Ejército de Extremadura del Duque de Albuquerque; sin embargo, solo pudieron concentrar 25.000 hombres en cualquier punto, mientras intentaban defender los pasos de montaña de Sierra Morena que se extienden por la frontera de Andalucía de 150 millas. Esdaile afirma que los efectos combinados de la retirada de Wellington y la paliza sufrida por Areizaga hicieron perder la iniciativa operativa a los franceses, lo que les proporcionó la oportunidad de invadir Andalucía y apoderarse de Cádiz. [6]Con un ataque francés inminente, Wellington expresó a su enlace en Andalucía, el general de división Sir Samuel Whittingham, la importancia estratégica de Cádiz; sin embargo, sugirió que los españoles deberían llevar a cabo la defensa sin la participación de las fuerzas terrestres británicas, mientras que la Royal Navy permanecía en espera para ofrecer ayuda. [7] Dadas las circunstancias, la evaluación de Wellington de las fuerzas españolas en Andalucía tiene muy en cuenta su historial militar después de Ocaña. La posición de Wellington sigue siendo comprensible ya que su enfoque estaba en la defensa de Portugal.

Figura 2, Lawrence, Thomas, "Arthur Wellesley, 1 st Duke of Wellington (1769-1852)", óleo sobre lienzo, 1815-16, en Aspley House Collection, Londres, https://en.wikipedia.org/wiki/ Archivo:Sir_Arthur_Wellesley,_1er_Duque_de_Wellington.png.

Con el nuevo año, los franceses acumularon 62.000 hombres al mando del mariscal Jean-de-Dieu Soult divididos en tres comandos independientes: I Cuerpo al mando del mariscal Victor, IV Cuerpo al mando del general Sébastiani y V Cuerpo al mando del mariscal Mortier. En una carta a su cuñado, Whittingham ofreció una evaluación sombría que decía: "Me temo que Andalucía se perderá". [8] El 19 de enero , el ejército de Soult marchó hacia el sur y atravesó Sierra Morena en dos días con una escasa pérdida de 500 hombres. [9]Poco pudieron hacer los españoles para frustrar el ataque francés, ya que las legiones de Soult concentraron sus esfuerzos en capturar la ciudad de Sevilla, cien millas al sur: la sede de la Junta Suprema en España. Operando bajo el supuesto de que la oposición española se evaporaría, el liderazgo francés se volvió cada vez más cauteloso sobre Sevilla, mientras que, como señaló el historiador napoleónico Charles Oman, “Cádiz parecía un asunto secundario en este momento”. [10] Wellington, sin embargo, se mantuvo optimista y expresó al Secretario de Estado, el Conde de Liverpool, "Cádiz posiblemente aún resista, y la Junta Central puede continuar existiendo en esa ciudad". [11]Wellington permaneció preparado para enviar un destacamento a Cádiz por orden de Lord Castlereagh, pero Wellington esperó noticias del plenipotenciario de Gran Bretaña ante la Junta Suprema, el Sr. John H. Frere. [12]



Figura 3, Gros, Antoine-Jean, “Claude-Victor Perrin, duc de Bellune, márchal de France (1764-1841)”, óleo sobre lienzo, 1807, en la colección del Palacio de Versalles, Versalles, https://commons.wikimedia .org/wiki/File:Claude-Victor_Perrin.jpg.


Los días 23 y 24 de enero la Junta abandona Sevilla y se traslada a Cádiz; sin embargo, Cádiz quedó completamente expuesta con poco más que una milicia local para defenderla. [13] La desesperación de la situación obligó al Sr. Frere a escribir al Comandante del puesto británico en Gibraltar, Sir Colin Campbell. Frere pidió refuerzos y dijo: "Sin las tropas británicas, este lugar caerá". [14] Afortunadamente, Colin fue receptivo e inmediatamente envió al general de brigada William Bowes con 1000 hombres para complementar las defensas de la ciudad. [15] Una vez que Wellington se enteró del deterioro de las circunstancias en Andalucía por Frere, envió rápidamente al mayor general William Stewart con dos compañías de artillería, la 79Regimientos 87º , 94º y 2º Batallón , 2.100 hombres en total, a Cádiz. [16] Mientras los británicos hacían preparativos rápidos para reforzar Cádiz, la ciudad permaneció abierta. Los franceses tenían la oportunidad de apoderarse de la ciudad indefensa, pero permanecieron obsesionados con Sevilla cuando el Ejército de Extremadura de Albuquerque tomó la decisión crucial de marchar 260 millas hacia Cádiz. [17] Sólo después de marchar a Sevilla el 1 de febrero , José envió a Víctor tras Albuquerque, pero ya era demasiado tarde; Albuquerque llegó a Cádiz el 4 de febrero con 11.000 hombres tras una fatigosa marcha forzada. [18]Según el Contraalmirante Purvis a bordo del HMS Atlas, “los ánimos de los habitantes de Cádiz estaban muy elevados con la llegada del Ejército del Duque de Albuquerque”. [19] A pesar de la celebración, la vanguardia de Víctor llegó a la distancia de un cañón de Cádiz al día siguiente, el asedio finalmente comenzó. [20]

Mientras los españoles organizaban su defensa, los británicos, empleando el poder de la Royal Navy, desembarcaron con éxito el destacamento de Bowes el día 7 y la fuerza de Stewart el día 11 : elevando la guarnición total a aproximadamente 14.000 efectivos. [21] Aunque los franceses eran dueños de Andalucía, la vital ciudad de Cádiz evitaría su captura. Las implicaciones estratégicas de la situación francesa se hicieron evidentes cuando se prepararon para un asedio extenso.

Cádiz:

Cádiz se situó como la tercera ciudad más grande de España en 1810 con una población de más de 75.000 habitantes y un importante puerto de aguas profundas capaz de sostener una importante fuerza terrestre. El miembro del parlamento británico (MP) William Jacob, durante su visita a Cádiz, comentó sobre la infraestructura altamente urbana de la ciudad que incluía innumerables caminos pavimentados y casas “magníficas” a lo largo de cada calle; señaló además la falta de sombra debido a una cantidad mínima de árboles, pero afirma que la ubicación junto al mar de la ciudad proporciona una brisa suficiente. [22]El mar no solo actuó como un efecto refrescante para los vecinos de Cádiz, sino que sirvió como línea viva durante el asedio. En sus memorias, el General de División Sir Thomas Graham acentuó este punto, señalando que “la toma de Cádiz [francesa] y la Isla de León con sus puertos y lugar fortificado, habría sido un golpe fatal a la causa patriótica”. [23]El puerto de Cádiz comunicaba directamente la ciudad con la Marina Real, que continuamente reforzaba y reabastecía la guarnición de la ciudad durante el asedio. Para los británicos, la ubicación funcionó como otra base de operaciones para utilizar como trampolín para expediciones y operaciones en toda la región. El secretario Liverpool consideró a Cádiz vital para continuar la resistencia en España y expresó este sentimiento a Wellington, “con Cádiz y Gibraltar en nuestras manos, y las de su oficina [Portugal], el continente aún puede mantenerse”. [24]

El vuelo de la Junta Central de Sevilla a Cádiz influyó enormemente en el cálculo estratégico de Gran Bretaña. Los británicos consideraron que el poder de gobierno ejecutivo de la Junta era esencial para mantener el control de las fuerzas españolas en la Península, al mismo tiempo que servía como un símbolo continuo de resistencia para los ejércitos y las guerrillas en el campo. [25] La decisión de Gran Bretaña de preservar la Junta, que se transformó en el Consejo de Regencia de España, poseía motivos ocultos, que se referían al liderazgo del general Francisco Javier Castaños . [26] Liverpool articuló a Wellington que debido a la predisposición de Castaños hacia la "conexión británica", se puede confiar en él para cooperar con los británicos en lugar de protestar por sus decisiones. [27]En general, los británicos consideraron que Cádiz era estratégicamente valiosa, pero sin sus características geográficas ventajosas, los británicos probablemente no habrían considerado preservar la ciudad.


Figura 4, Vallejo, José Mariano, “Sitio de Cádiz, entre 1810 y 1812,”
Mapa, 1850, https://commons.wikimedia.org/wiki/File:SitiodeCadiz.jpg.

Durante una correspondencia con el almirante Richard Keats durante el sitio de Cádiz, Wellington declaró: "Soy tan firmemente de la opinión de que no se puede realizar ningún ataque serio en Cádiz". [28]La evaluación de Wellington tuvo en cuenta las características geográficas de Cádiz que hacían que el sitio fuera ideal para defender. La ciudad en sí se encontraba al final de un delgado istmo conectado a la Isla de León que abrazaba el continente español a lo largo del canal de agua salada del Río Santi Petri. La Isla de León se extendía aproximadamente 7,4 millas en su punto más largo a lo largo del Río Santi Petri y se extendía aproximadamente 2,9 millas de ancho. El Río Santi Petri permaneció inundado por densas marchas de sal que restringieron el movimiento a través de él. Para amplificar el impacto hidrológico, Albuquerque destruyó el único puente que cruza el Río Santi Petri en Zuazo. Además, la Isla de León poseía varias baterías que se extendían a lo largo del Río Santi Petri, que dominaban cualquier posible punto de cruce. Si los franceses lograran vadear el Río Santi Petri y ocupar la Isla de León, lucharían inmensamente tratando de cruzar el istmo de Cádiz, que contenía un tramo de dos millas de solo un cuarto de milla de ancho. Intentar asaltar la ciudad en un espacio tan reducido habría sido un suicidio.[29]

Sin embargo, el puerto interior de Cádiz seguía siendo vulnerable. Al otro lado de la ciudad hacia el norte, el Trocadero Spit sobresalía hacia el puerto, que contenía tres fortificaciones: Fuerte San José, Matagorda y Fuerte San Luis. El Matagorda, que yacía en las marismas frente a la lengua, se encontraba a sólo tres cuartos de milla de distancia de las fortificaciones controladas por los españoles en Puntales, en la península de Cádiz. Si estaban ocupadas, estas posiciones brindaron a los franceses la oportunidad de bombardear la península y apuntar a las rutas marítimas que conducían a Cádiz, por lo que los británicos y españoles destruyeron los fuertes. La disposición geográfica de Cádiz descalificó en gran medida un asalto terrestre directo en el istmo, y los franceses carecían de las capacidades navales para intentar un desembarco marítimo, lo que les dejó con una opción viable: un asedio. [30]

El asedio:

El final de la campaña de iluminación de la Andalucía francesa marcó un cambio rápido hacia las operaciones de asedio. Como era de esperar, Víctor buscó un asalto rápido a través del río Río Santi Petri y pronto se dio cuenta de la inutilidad de tal ataque contra las formidables posiciones españolas junto con las condiciones de marisma salada del río. [31] El 24 de marzo llegó Graham para tomar el mando de Cádiz por tiempo indefinido. [32]A su llegada, buscó ampliar la guarnición y fortalecer las defensas en la Isla de León con un sistema de reductos para disuadir aún más un ataque francés. Alternativamente, Victor y sus ingenieros percibieron Trocadero Spit como el lugar ideal para establecer una serie de baterías para bombardear la ciudad. Sin embargo, británicos y españoles reevaluaron el valor de Fort Matagorda y optaron por volver a ocuparlo con una compañía del 94º Regimiento de Infantería; Para fortalecer el fuerte, la guarnición de Cádiz transportó cañones de gran calibre a través del puerto interior en preparación para el ataque inminente. Los franceses, que buscaban la captura del fuerte, prepararon seis baterías con cuarenta cañones para bombardear a la mísera guarnición británica. [33]Cuando los cañones franceses lanzaron sus salvas iniciales contra el fuerte en ruinas el 2 de mayo , los defensores sufrieron mucho. El soldado Joseph Donaldson de la 94 capta la masacre: “El primer hombre muerto era un marinero. Toda su cara fue arrastrada… Me había agachado para tomar una nueva presa cuando una bala de cañón me quitó la gorra de forraje de la cabeza y golpeó al hombre que estaba detrás de mí, y él cayó para no levantarse más”. [34] Mientras el cañón francés disparaba a un ritmo acelerado, cuerpos y miembros sin vida yacían esparcidos por todo el fuerte con bajas que ascendían a 68 de 140. Los británicos reconocieron la futilidad de su posición y abandonaron el fuerte, cediendo el derecho a los franceses. que ocuparon apresuradamente y se dispusieron a bombardear Cádiz. [35]

Bajo Graham, la guarnición en Cádiz creció lentamente a medida que refuerzos adicionales llegaban a la ciudad para disgusto de Víctor. Para el verano, más de 30.000 soldados guarnecían Cádiz: una ventaja numérica sobre los 20.000 hombres de Víctor. A mediados de mayo, comenzaron las operaciones de asedio a gran escala, pero el bombardeo francés desde Trocadero Spit resultó ineficaz. Alcála Galiano, residente en Cádiz, explicó que el fuego francés se produjo "muy pocas veces" y "causó pocos daños y al final se les tomó poca atención más que para convertirlos en objeto de humor". [36]El asedio continuó pero tuvo poco efecto ya que la guarnición permaneció continuamente reabastecida por la Royal Navy; sin embargo, con las condiciones cada vez más opresivas asociadas con el clima de finales de primavera y verano, los asaltantes franceses sufrieron terriblemente. Antoine Fée, un farmacéutico del personal de Victor, registró las temperaturas de finales de mayo en “40 grados centígrados a la sombra”; contó además que “los arroyos se secan, las plantas se marchitan y los animales mueren de asfixia”. [37]Debido a la posición geográfica de Cádiz, Fee atribuyó los casos episódicos de temperaturas extremas al viento Solano que se origina en el desierto del Sahara y sopla a través de Marruecos hasta Cádiz. Las temperaturas extremas infligieron varias bajas a los franceses que no eran de combate como resultado del agotamiento por calor, pero la escasez de alimentos acreditada a la falta de búsqueda de alimento magnificó aún más el recuento de bajas de Victor. La escasez de provisiones, el intenso calor y los pantanos que rodeaban las líneas de asedio provocaron varios casos de enfermedad según Fee. Para aumentar los problemas de los franceses, sufrieron la falta de correo, lo que desplomó aún más la moral. [38]



Figura 5, “Thomas Graham, Lord Lynedoch”, Retrato, 1880, en Thomas Graham, Lord Lynedoch de Alexander M. Delavoye , https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Thomas_Graham_Lord_Lynedoch.jpg.

Mientras tanto, Cádiz siguió con su vida como de costumbre, excepto por el ligero inconveniente de una bala de cañón ocasional. Para ilustrar la normalidad de la vida en Cádiz durante el asedio, cuenta Jacob, “se ve a las damas bebiendo agua helada, y los caballeros se dedican a fumar puros”. [39] Como un hecho casi diario, la ópera española permaneció abierta con una audiencia repleta que consistía en hombres uniformados. Jacob también habla de los mercados de Cádiz que permanecieron “excesivamente llenos”. [40]Como lo ilustró Jacob, el asedio francés actuó como poco más que un inconveniente y probablemente impulsó la economía local con la presencia de miles de soldados británicos y españoles. Con Cádiz firmemente en posesión de británicos y españoles, una brutal guerra de guerrillas preocupó a decenas de miles de franceses en toda Andalucía. [41] Los franceses, que sufrían inmensamente por un punto muerto frente a Cádiz y una guerra de guerrillas que se intensificaba, se enfrentaron a la perspectiva de una salida desde Cádiz.


Figura 6, Lejune, Louis-Fran çois, “Battle of Chiclana, 5th March 1811,” Oil on Canvas, 1812, In Palace of Versailles Collection, Versailles, https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Battle_of_Chiclana .jpg

Después de aproximadamente un año de asedio, Graham preparó una fuerza expedicionaria capaz de desafiar a Víctor, quien probó y empujó cada vez más las defensas a lo largo del Río Santi Petri. Al recibir refuerzos adicionales de Sicilia, Graham poseía 6.000 soldados en vísperas de su ofensiva; para su expedición, planeó tomar 4.000 tropas británicas y 7.000 españoles al mando del general Manuel Lapeña y desembarcar en Tarifa a lo largo del Estrecho de Gibraltar. [42] Una semana después del desembarco en Tarifa, los angloespañoles marcharon hacia Cádiz para enfrentarse al ejército de Víctor. Durante las primeras horas del 5 de marzo , los británicos y españoles llegaron a una colina prominente conocida coloquialmente como Barossa Ridge y esperaron la llegada de la fuerza de Victor. [43]Estalló un furioso enfrentamiento entre los dos ejércitos, pero los británicos devastaron cada uno de los ataques de Víctor, que produjeron más de 3.000 bajas francesas, incluido el jefe de personal de Víctor y un águila. Los angloespañoles sufrieron 1.200 bajas en comparación, pero, según Graham, Lapeña vaciló y se negó a perseguir a los franceses que huían debido a la "cobardía". [44] El relato de Graham está respaldado por Wellington, quien audazmente afirmó: “[los británicos] habrían levantado el sitio de Cádiz si los españoles hubieran hecho algún esfuerzo por ayudar”. [45]

El ejército anglo-español volvió a Cádiz y el sitio continuó; sin embargo, tras su desastrosa actuación, los franceses carecían de los medios y la voluntad para llevar a cabo el asedio de manera efectiva. Con campañas cada vez más importantes que perseguir y Cádiz firmemente en manos anglo-españolas, Wellington llamó a Graham para que sirviera como comandante de división en su ejército. El asedio continuó durante otro año y medio, pero permaneció en gran parte sin incidentes con bombardeos y salidas ocasionales. Dado que los franceses reconocieron la inutilidad de capturar Cádiz, su enfoque en apoderarse de la ciudad disminuyó a medida que ocurrían campañas importantes en otros lugares. Debido al éxito de la campaña de verano de 1812 de Wellington y la victoria en Salamanca, los franceses finalmente levantaron el sitio el 24 de agosto de 1812 y se retiraron de Andalucía. [46]

Análisis de Cádiz:

Sin duda, mantener el control de Cádiz resultó ser esencial para el éxito angloespañol en la Península en su conjunto. Cádiz no solo sirvió como refugio para la Junta Suprema de España, sino también como la persistencia de un órgano de gobierno en España que sirvió para coordinar los esfuerzos españoles en toda la Península. Es importante destacar que Cádiz actuó como un importante centro de transporte de suministros y tropas para los británicos a través del Teatro Mediterráneo; sin Cádiz, Gibraltar, que carecía de la capacidad naval de Cádiz, probablemente se habría visto abrumado. Desde la perspectiva de Liverpool y del liderazgo civil británico en Londres, Cádiz ocupaba un mayor nivel de importancia que Lisboa. El Liverpool consideró a Cádiz un punto de reserva vital para reanudar la guerra en la Península en caso de éxito francés en Portugal.[47]

Mientras tanto, los franceses calcularon mal la importancia de Cádiz cuando no lograron capturar la ciudad. Procedieron a subestimar la geografía de Cádiz, lo que les dejó en total desventaja. Wellington incluso le expresó al almirante Keats que Cádiz era "inexpugnable" y que los franceses probablemente no capturarían la ciudad. Los franceses no podían vadear el río Santi Petri sin grandes pérdidas y, de ser así, habrían sido masacrados a lo largo del cuello de botella de una milla de largo del istmo. Para las operaciones de asedio, la única posición razonable para sus baterías era Trocadero Spit, que resultó ineficaz de todos modos. En general, los franceses poco podían hacer más que acordonar los accesos terrestres de Cádiz y evitar que la creciente guarnición angloespañola irrumpiera a través de sus líneas de asedio. Más importante, el sitio de Cádiz coincidió con la invasión de Portugal por Massena. Los resultados de la campaña de Massena serían decisivos para la guerra. Mientras persistió el asedio de Cádiz, 20.000 hombres del Victor's Corps sufrieron desgaste debido al calor opresivo y la exposición a enfermedades letales, mientras permanecían relativamente inactivos. Wellington estaba profundamente preocupado de que los franceses abandonaran el asedio y trasladaran el Cuerpo de Víctor a Portugal después de la Batalla de Bussaco. Al resistir en Cádiz, la guarnición anglo-española eliminó efectivamente a 20.000 o más hombres de Portugal, lo que podría haber tenido graves consecuencias para Wellington. 000 hombres del Victor's Corps sufrieron desgaste debido al calor opresivo y la exposición a enfermedades letales, mientras permanecían relativamente inactivos. Wellington estaba profundamente preocupado de que los franceses abandonaran el asedio y trasladaran el Cuerpo de Víctor a Portugal después de la Batalla de Bussaco. Al resistir en Cádiz, la guarnición anglo-española eliminó efectivamente a 20.000 o más hombres de Portugal, lo que podría haber tenido graves consecuencias para Wellington. 000 hombres del Victor's Corps sufrieron desgaste debido al calor opresivo y la exposición a enfermedades letales, mientras permanecían relativamente inactivos. Wellington estaba profundamente preocupado de que los franceses abandonaran el asedio y trasladaran el Cuerpo de Víctor a Portugal después de la Batalla de Bussaco. Al resistir en Cádiz, la guarnición anglo-española eliminó efectivamente a 20.000 o más hombres de Portugal, lo que podría haber tenido graves consecuencias para Wellington.[48]

Conclusión:

El asedio de Cádiz, que duró aproximadamente dos años y medio, sirvió como símbolo del desafío angloespañol tras una serie de catastróficas derrotas españolas en los primeros días de 1810. Siempre considerado importante por cualquiera de los bandos, el valor de Cádiz rápidamente se convirtió en evidente cuando el duque de Albuquerque condujo su fatídica marcha hacia la ciudad. Una vez que Albuquerque ocupó Cádiz, las exhaustas tropas de Víctor, después de semanas de campaña, no pudieron hacer nada más que asediar una posición anglo-española superior, lo que significó agonía y miseria para miles de soldados franceses en el duro clima alrededor de Cádiz. Con miles de franceses comprometidos con el asedio, las consecuencias para la defensa de Portugal por parte de Wellington y toda la guerra en la península solo pueden imaginarse si el extremo sur de España no se mantiene.





Citas de imágenes:




















[1] Charles J. Esdaile, Puestoavanzado del imperio: la ocupación napoleónica de Andalucía, 1810-1812(Norman: University of Oklahoma Press, 2012) 13.


[2] Charles J. Esdaile,The Peninsular War: A New History(Nueva York: Palgrave Macmillan, 2003) 83; David G. Chandler,Las campañas de Napoleón: la mente y el método del soldado más grande de la historia(Nueva York: Schribner, 1966) 630-633.


[3] Ibíd., 664.


[4] Esdaile,La Guerra Peninsular: Una Nueva Historia, 213.


[5] Charles MA Oman,Una historia de la guerra peninsular: vol. III sept.-dic. 1810 OcañaCádiz Bussaco Torres Vedras(Oxford: Clarendon Press, 1908) 96; Esdaile, Puestoavanzado del imperio: la ocupación napoleónica de Andalucía, 1810-1812, 8. Las fuerzas de Areizaga superaban en número a las francesas con más de 51.000 hombres, lo que ilustra la calamidad de su derrota.


[6] Omán,Historia de la Guerra Peninsular,III:112; Esdaile,Avanzada del Imperio: La ocupación napoleónica de Andalucía, 1810-1812, 6-7.


[7] Wellesley a Whittingham, 22 de enero de 1809, Arthur Wellesley,primerduque de Wellington,The Dispatches of Field Mashal, duque de Wellington: durante sus diversas campañas en la India, Dinamarca, Portugal, España, los Países Bajos y Francia, de 1799 a 1818, vol. 5 (Seleccionado y arreglado por Walter Wood. Nueva York: EP Dutton & Co., 1902) 374-375.


[8] Whittingham a su cuñado, 22 de enero de 1810, Sir Samuel Ford Whittingham,A Memoir of the Services of Lieutenant-General Sir Samuel Ford Whittingham(2ªed. Editado por Ferdinand Whittingham. Londres: Longmans, Green, And Co., 1868) 110. Whittingham acompañó a Albuquerque en el campo.


[9] Esdaile,Avanzada del Imperio: La ocupación napoleónica de Andalucía, 1810-1812, 27.


[10] Omán,Historia de la Guerra Peninsular,III:135.


[11] Wellesley a Liverpool, 31 de enero de 1810, Wellesley,The Dispatches of Field Mashal the Duke of Wellington, V:466.


[12] Ibíd. Lord Castlereagh proporcionó esta guía a Wellington la primavera anterior en caso de que Cádiz estuviera bajo amenaza.


[13] Omán,Historia de la Guerra Peninsular,III:138.


[14] Jason R. Musteen,Refugio de Nelson: Gibraltar en la era de Napoleón(Annapolis: Naval Institute Press, 2011) 108.


[15] Ibíd.


[16] Wellesley a Stewart, 5 de febrero de 1810, Wellesley,The Dispatches of Field Mashal the Duke of Wellington, V:473.


[17] Whittingham a su cuñado, 22 de enero de 1810, Sir Samuel Ford Whittingham,A Memoir of the Services of Lieutenant-General Sir Samuel Ford Whittingham, 110,


[18] Richard Humble,Alguaciles peninsulares de Napoleón(Nueva York: Taplinger Publishing Company, 1974) 119; Musteen,Refugio de Nelson: Gibraltar en la era de Napoleón, 108.


[19] Almirante John Child Purvis a Robert Banks Jenkinson, Lord Liverpool, 2 de febrero de 1810, Liverpool Papers, Add. MS 38244, ss. 192-196, Biblioteca Británica, Londres; microfilm:The Papers of Lord Liverpool, (Papeles de los Primeros Ministros de Gran Bretaña, Serie 3) (Brighton, Reino Unido: Harvester Microform, 1983) Carrete 7. Purvis comandó un escuadrón a bordo del HMS Atlas. Su escuadrón llegó a Cádiz antes de que llegaran los franceses y ayudó a proteger la flota española de cualquier posible amenaza francesa.


[20] Omán,Historia de la Guerra Peninsular,III:145.


[21] Musteen,Refugio de Nelson: Gibraltar en la era de Napoleón, 108.


[22] Esdaile, Puestoavanzado del imperio: la ocupación napoleónica de Andalucía, 1810-1812, 5; Charles J. Esdaile,Peninsular Eyewitnesses: The Experience of War in Spain and Portugal 1808-1813(South Yorkshire: Pen & Sword Military, 2008) 127. Además de ser diputado conservador en la Cámara de los Comunes, Jacobs y su hermano participaba en el comercio del lino.


[23] Sir Thomas Graham,1.er barón de Lynedoch,Memoriasdel general Lord Lynedoch (2.ªed. Editada por John Murray Graham. Edimburgo y Londres: William Blackwood and Sons, 1877) 98.


[24] Liverpool to Wellesley, 13 de febrero de 1810, Liverpool Papers, Add. MS 38244, ss. 199-201, Biblioteca Británica, Londres; microfilme:The Papers of Lord Liverpool, (Documentos de los Primeros Ministros de Gran Bretaña, Serie 3) (Brighton, Reino Unido: Harvester Microform, 1983) Carrete 7.


[25] Charles J. Esdaile,Fighting Napoleon: Guerrillas, Bandits, and Adventurers in Spain 1808-1814(New Haven y Londres: Yale University Press, 2004) 50-52.


[26] Esdaile,Outpost of Empire: The Napoleonic Occupation of Andalucía, 1810-1812, 413. El Consejo de Regencia finalmente impulsó la creación de la Constitución Española de 1812.


[27] Liverpool to Wellesley, 13 de febrero de 1810, Liverpool Papers, Add. MS 38244, ss. 199-201, Biblioteca Británica, Londres; microfilme:The Papers of Lord Liverpool, (Documentos de los Primeros Ministros de Gran Bretaña, Serie 3) (Brighton, Reino Unido: Harvester Microform, 1983) Carrete 7.


[28] Wellesley a Keats, 2 de agosto de 1810,The Dispatches of Field Mashal the Duke of Wellington, VI:607. [28] Antes de su mando naval fuera de Cádiz, el almirante Keats participó en la desastrosa campaña de Walcheren, que lo dejó enfermo y debilitado durante sus últimos años.


[29] Omán,Historia de la Guerra Peninsular,III:145-147.


[30] Ibíd., III: 145-147.


[31] Musteen,Refugio de Nelson: Gibraltar en la era de Napoleón, 109.


[32] Graham,Memorias del General Lord Lynedoch, 102.


[33] Omán,Historia de la Guerra Peninsular,III:319-320; Esdaile,Peninsular Eyewitnesses: The Experience of War in Spain and Portugal 1808-1813, 132. El soldado Joseph Donaldson de la 94afirmóla presencia de 20 cañones y 10 morteros. El número real de piezas de artillería francesa probablemente oscile entre 30 y 40.


[34] Esdaile,Peninsular Eyewitnesses: The Experience of War in Spain and Portugal 1808-1813, 132. Curiosamente, el soldado Donaldson nació en Glasgow y se escapó de casa para unirse al ejército con solo 16 años en 1809. Dentro del año , Donaldson se encontró soportando las pruebas y tribulaciones del combate en Matagorda.


[35] Omán,Historia de la Guerra Peninsular,III:320.


[36] Esdaile,Testigos oculares peninsulares: La experiencia de la guerra en España y Portugal 1808-1813, 133.


[37] Ibíd., 133.


[38] Ibíd., 133-135. 40 grados centígrados equivalen a 104 grados farenheight.


[39] Esdaile,Testigos oculares peninsulares: La experiencia de la guerra en España y Portugal 1808-1813, 134.


[40] Esdaile,Testigos oculares peninsulares: La experiencia de la guerra en España y Portugal 1808-1813, 134.


[41] Esdaile,Fighting Napoleon: Guerrillas, Bandits, and Adventurers in Spain 1808-1814, 50-52.


[42] Graham,Memorias del General Lord Lynedoch, 106-107.


[43] Graham a Liverpool, 6 de marzo de 18111, Sir Arthur Wellesley,primerduque de Wellington,The Dispatches of Field Mashal, duque de Wellington: durante sus diversas campañas en la India, Dinamarca, Portugal, España, los Países Bajos y Francia , de 1799 a 1818. (Seleccionado y arreglado por Walter Wood. Nueva York: EP Dutton & Co., 1902) 247-248. El Jefe de Estado Mayor de Víctor era el General Bellegarde, y el águila capturada pertenecía al 8ºRegimientoFrancés, que fue incautado por los Royal Irish Fusiliers.


[44] Graham,Memorias del General Lord Lynedoch, 106-107.


[45] Wellesley a Graham, 25 de marzo de 1811, Wellesley,The Dispatches of Field Mashal, el duque de Wellington: durante sus diversas campañas en la India, Dinamarca, Portugal, España, los Países Bajos y Francia, de 1799 a 1818, seleccionado y arreglado: 248-250. El registro histórico corrobora en gran medida las acusaciones de Graham y Wellington contra Lapeña.


[46] Graham,Memorias del General Lord Lynedoch, 118; Wellesley a Liverpool, 23 de noviembre de 1812, Wellesley,The Dispatches of Field Mashal, el duque de Wellington: durante sus diversas campañas en la India, Dinamarca, Portugal, España, los Países Bajos y Francia, de 1799 a 1818, seleccionado y arreglado: 336 .


[47] Joshua Moon,La guerra de dos frentes de Wellington: las campañas peninsulares, en casa y en el extranjero, 1808-1814(Norman: University of Oklahoma Press, 2011) 64-65; Wellesley a Graham, 2 de agosto de 1810, Wellesley,The Dispatches of Field Mashal the Duke of Wellington, VI: 300.


[48] Wellesley a Liverpool, 3 de noviembre de 1810, Wellesley,The Dispatches of Field Mashal the Duke of Wellington, VI:552; Ibid., Wellesley to Keats, 2 de agosto de 1810, Wellesley,The Dispatches of Field Mashal the Duke of Wellington, VI: 607.