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miércoles, 8 de noviembre de 2017

Montoneros: Asesinan a Aramburu para evitar la pacificación nacional

La carta de Ricardo Rojo a Perón que reaviva sospechas sobre el móvil del asesinato de Aramburu

El autor de "Mi amigo el Che" le escribe al líder exiliado informándolo de charlas que ha mantenido con Arturo Frondizi y con Pedro Eugenio Aramburu, en 1969, poco antes del secuestro y muerte de este general

Por Claudio Chaves | Infobae



Ricardo Rojo fue un entrerriano inquieto nacido en 1923, que adhirió al reformismo cuando cursaba Leyes en la Universidad de Buenos Aires. Lo hizo en el preciso momento en que surgía a la vida política argentina el peronismo. No tuvo suerte o eligió mal. Razón por la cual fue a parar a la cárcel en 1945. Al salir, se afilió a la Unión Cívica Radical, identificándose con el Programa de Avellaneda. Industrialista y estatista.

Por defender en 1953 a huelguistas ferroviarios fue detenido nuevamente, pero en este caso logró escapar, refugiándose en la embajada de Guatemala. Obtiene un salvoconducto y se va de la Argentina. Inicia, entonces, su periplo latinoamericano, uno de cuyos tramos lo hará en compañía de Ernesto Guevara a quien conoce en Bolivia, cuando todavía no era el Che.

A la caída de Perón retorna al país y se vincula con Arturo Frondizi, es decir, con el sector radical dispuesto a cerrar heridas con el peronismo. Caído Frondizi, brinda sus servicios de abogado a la CGT y luego a la CGT de los Argentinos en defensa de los presos políticos de aquellos años, en su mayoría peronistas. Perseguido por la dictadura del general Juan Carlos Onganía, decide irse del país y marcha a Francia. Desde París le escribe una interesante carta al general Juan Domingo Perón, exiliado en Madrid, con quien ya había tenido varios contactos.

Gobernaba la Argentina el general Juan Carlos Onganía, luego del golpe de Estado que derrocó al presidente radical Arturo Illia. Habían pasado tres años y el país era un polvorín: Rosario, Córdoba y Tucumán habían vivido puebladas jamás vistas en nuestra historia. En ese marco, Rojo le escribe a Perón. La carta que se trasncribe aquí está depositada en el Archivo General de la Nación.



París, Francia 18 de diciembre de 1969

Distinguido compatriota y estimado amigo.

Desde nuestra entrevista del pasado 14 de agosto en Madrid no he tenido noticias directas suyas.

Aquí en París he tenido un par de entrevistas que pongo en su conocimiento por considerarlas de utilidad en la apreciación de la situación argentina, aunque discrepemos en la formulación e instrumentación.

Con el doctor Arturo Frondizi el 10 de diciembre último… Privadamente me explicó: "La posición de Onganía es muy débil. Insostenible. Se impone su sustitución. Después de los gravísimos hechos de Rosario, Córdoba y Tucumán que mostraron la realidad, Onganía no puede continuar. Su indecisión, su plan económico-social, el estancamiento de nuestro país, exigen un cambio inmediato en la conducción ejecutiva".

Me llamó la atención esta argumentación, ya que hasta aquí Frondizi galopaba de costado a Onganía en la creencia de ser llamado… Insistió en "la necesidad de coincidir en un plan mínimo a través de un gobierno que abriera un paréntesis de diez años. Expresamente rechazó la consulta popular como una maniobra mistificadora".



Con el general Pedro Eugenio Aramburu, el 17 de diciembre último. Califica al general Onganía de "mediocre, sin rumbo. Parálisis de nuestra economía. Descontento social creciente. Chatura del país. Decadencia en todos los órdenes. Entrega y satelización".

Sostuvo que "nuestros males demandan una solución política previa, con la participación leal de las grandes corrientes de opinión: en especial el peronismo y el radicalismo. El entendimiento sobre un programa mínimo es el paso necesario para hacerse cargo de la conducción ejecutiva. Sin mezquindades, sin recelos sobre el pasado donde todos cometimos errores que aun nos dividen. Comprensión y unidad nacional."

Cuando le pregunté acerca de la actitud de las FFAA dijo: "aun el general Alejandro Lanusse comprende la necesidad de sustituir a Onganía."

Dejó entrever que él sería la figura llamada, quedando Lanusse como Comandante en Jefe del Ejército. Agregó que: "luego de arar profundo, la ciudadanía sería consultada en elecciones, sin exclusiones ni veto de ningún tipo, entregando el poder a quien resultare electo."

Pedro Eugenio Aramburu

Dado sus antecedentes, le pregunté expresamente acerca suyo y de su movimiento, contestó: "El general Perón podría regresar al país y participar decisivamente en el gran esfuerzo común."

Al fin de evitar malentendidos lo consulté si podía informarle a usted acerca de lo discutido y declaró "por supuesto" y así lo hago sin asumir representaciones ni mandatos de ninguna clase. Sólo con el patriótico intento de encontrar fórmulas nuevas para superar la continuada crisis en que se debate nuestra Patria. Convinimos en reunirnos nuevamente en los primeros días de 1970. Quedo a la espera de sus reflexiones. Hacia fines de enero lo buscaré en Madrid.

Le deseo a usted a su esposa y demás compañeros Felices Fiestas y un 1970 en nuestra tierra, trabajando duramente por su grandeza.

Hasta aquí la carta. El insinuado acuerdo no pudo ser: el general Aramburu fue asesinado por los incipientes Montoneros. Un disparate olímpico. Sacar del medio al general de la Revolución Libertadora dispuesto a borrar con el codo lo hecho con la mano, no tiene perdón de Dios. Esta conversación con el general Aramburu ponía en evidencia el fracaso del golpe de Estado de 1955. Que Ricardo Rojo, un radical preso y perseguido por el peronismo, fuera el vehículo de una posible salida electoral hablaba a las claras de la frase de Aramburu: todos cometimos errores. ¿Qué otra cosa se necesitaba para cerrar viejas heridas?


El almirante Rojas y el general Aramburu

Años después de ser asesinado el General Aramburu, los Montoneros explicaron el porqué de su decisión criminal: "El último objetivo del Aramburazo se inscribió en la situación que vivía el país en aquel momento. Aramburu conspiraba contra Onganía. Pero el proyecto de Aramburu era políticamente más peligroso. Aramburu se proponía lo que luego se llamó el Gran Acuerdo Nacional, la integración del peronismo al sistema liberal. Aramburu había superado hacía mucho la torpeza del 55 en materia política." (Revista La Causa Peronista, 1974)

Más claro imposible.


Alejandro Lanusse (al centro, en segundo plano) e Isaac Rojas (con lentes negros) en el sepelio de Aramburu

viernes, 29 de septiembre de 2017

Peronismo: Montoneros asesina a Rucci

El día en que Montoneros mató a José Ignacio Rucci, el sindicalista de Perón

Hace 44 años, el secretario general de la CGT era asesinado en lo que se conoció como la "Operación Traviata"

Por Ceferino Reato | Infobae

Cuarenta y cuatro años después del asesinato de José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT y alfil del general Juan Domingo Perón, Infobae reproduce parte del Capítlo 1 de Operación Traviata, del periodista Ceferino Reato, cuyo último libro es Salvo que me muera antes.



"Lino" apunta su bigote renegrido hacia el fusil FAL; el caño penetra el agujero en forma de 7 que acaba de hacer en la tela roja con las letras "Se Vende" que cubre una de las ventanas del primer piso de una casa vecina a la de José Ignacio Rucci. "¡Perfecto! Desde aquí seguro que le doy en el cuello a ese burócrata traidor," exclama satisfecho con su tonada cordobesa. Es el jefe del grupo montonero que está por matar a Rucci, secretario general de la Confederación General del Trabajo y pieza clave en el pacto entre los empresarios y los sindicalistas auspiciado por Juan Perón para contener la inflación, impulsar la industria nacional y volver a un reparto "peronista" de la riqueza: la mitad para el capital y la otra mitad para el trabajo. Un esquema con una mayor participación del Estado, con obstáculos y topes para el libre juego de las fuerzas del mercado, pero dentro del capitalismo.

Es el martes 25 de septiembre de 1973 y faltan quince minutos para el mediodía. Dos días antes Perón fue elegido presidente por tercera vez con un aluvión de votos, casi 7,4 millones, el 61,85 por ciento. Los peronistas siguen festejando el regreso triunfal del General luego de casi 18 años de exilio; los que no lo son confían en que el anciano líder, que ahora se define como "un león herbívoro" y "una prenda de paz", tenga la receta para terminar con la violencia desatada durante la dictadura, que también fue fogoneada por él. Pero, Lino ya no tiene muchas esperanzas en Perón: las fue perdiendo con la matanza de Ezeiza y con la caída del "Tío" Héctor Cámpora. Perón se les está yendo a la derecha y ellos han decidido apretarlo, "tirarle un fiambre", el de su querido Rucci, para que los vuelva a tener en cuenta en el reparto del poder, tanto en el gobierno como en el Movimiento Nacional Justicialista.



Por eso, Lino no está para festejos. Más bien, luce genuinamente interesado por alguien que no conoce. "¿Cómo está la dueña de casa?", pregunta en alusión a Magdalena Villa viuda de Colgre, quien sigue atada de pies y manos en el dormitorio con un previsor cartelito en la falda que dice: "No tiren en el interior. Dueña de casa", escrito con un lápiz de labios número 3 Richard  Hudnut, color rosado. "Bien, no te hagas problemas que ´El Flaco` la cuida", le contesta "El Monra". Más allá de eso, Lino está sereno; él tiene nervios de acero y por algo es, seguramente, el mejor cuadro militar de Montoneros. Fue adiestrado en Cuba y hasta sus enemigos lo elogian. Hace más de un año, el 14 de abril de 1972, cuando acribilló al general Juan Carlos Sánchez, que era amo y señor de Rosario y sus alrededores y tenía fama de represor duro, el último presidente de la dictadura, el general Alejandro Lanusse, opinó en el velatorio: "Debe haber sido un comando argelino: en nuestro país no hay nadie capaz de tirar así desde un auto en movimiento". Sólo que Lino es un revolucionario al estilo de su admirado Che Guevara, capaz de sentir un amor muy intenso por los pueblos y por sus anónimos semejantes sin que eso le impida cumplir otro requisito del Che: llenarse de "odio intransigente" por el enemigo y convertirse en "una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar". Una complicada dialéctica de amor-odio, de ternura y dureza, el fundamento de la ética del Che que distingue al verdadero revolucionario, por la cual Lino tuvo que abandonar hasta a sus dos hijos tan queridos. Todo, por la revolución socialista, la liberación nacional, el comunismo y el hombre nuevo tan soñados.



Al acecho, Lino y sus hombres esperan que Rucci salga en dirección al Torino colorado de la CGT, chapa provisoria E75.885 pegada en el parabrisas y en el vidrio trasero, que acaba de estacionar frente a la casa chorizo de la avenida Avellaneda 2953, entre Nazca y Argerich, en el barrio de Flores. Los Rucci viven desde hace poco más de cuatro meses en el último departamento, al fondo de un largo pasillo de mosaicos color sangre que el chofer del sindicalista, Abraham "Tito" Muñoz, recorre con paso ligero para avisar que ya llegó y que también están listos los "muchachos", el pelotón de guardaespaldas reclutados entre los metalúrgicos que ahora esperan charlando en la vereda sobre fútbol, boxeo y mujeres. Rucci lo recibe en camiseta, tomando unos mates que le ceba su esposa, Coca. Ya ordenó al albañil que le está haciendo unos arreglos en el patio que se apure porque "el domingo cumple años mi pibe y quiero hacerle un asadito", y está conversando con su jefe de prensa, Osvaldo Agosto, repasando el mensaje que piensa grabar dentro de una hora en el Canal 13 para el programa de Sergio Villarroel, un famoso periodista que saltó a la pantalla grande por su cobertura del Cordobazo, la revuelta popular de mayo de 1969 contra la dictadura.

—Así está bien, tiene que ser un mensaje de conciliación, como para iniciar una nueva etapa. Tenemos que ayudar al General: dieciocho años peleando para que él vuelva y ahora estos pelotudos de los montos y de  los "bichos colorados" del ERP quieren seguir en la joda, dice Rucci, conocido como José o "El Petiso", con su tono exaltado de siempre.

Agosto, que fue uno de los jóvenes que en 1963 robó el sable corvo de San Martín del Museo Histórico Nacional como un golpe de efecto para reclamar contra la proscripción de Perón, escucha con atención, intuye que están por suceder cosas importantes en la cúpula del sindicalismo peronista y saca un tema que no lo había dejado dormir tranquilo.



—Ayer recibimos otra amenaza en la CGT. Un dibujo de un ataúd con vos adentro. Y anoche, cuando salíamos con Pozo (Ricardo, principal asesor político de Rucci, NDR), nos dispararon desde un auto, le contó Agosto por lo bajo, aprovechando que la esposa, Coca, se había alejado en busca de otra pava para seguir el mate.

—Yo sé que me la quieren dar esos hijos de puta, pero no me voy achicar. Por algo cantan "Rucci traidor, a vos te va a pasar lo mismo que a Vandor". Igual, tenemos que arreglar con esos pelotudos de los Montoneros. Estos chicos están confundidos: ¡querer sustituir a Perón!, ¡pelearle la conducción al General!… Sobre las amenazas, vos sos testigo que las tomo en serio y que me cuido mucho. Más no puedo hacer.

—¿Por qué no haces que te custodie la policía? Tus muchachos de la custodia son buenos para repartir piñas en los actos pero no son profesionales.

—¿Para qué? ¿Para que me mate la policía por la espalda? Ya voy a cambiarlos, cuando Perón asuma la presidencia… Hablando de eso, Tito: ¿por qué no vas al fondo a decirle a los muchachos que vengan, que se nos hace tarde?



Rucci se refería a los tres "culatas" que esa noche habían quedado de custodia en la casa: Ramón "Negro" Rocha, un ex boxeador santafesino que había peleado tres veces con el mismísimo Carlos Monzón; Jorge Sampedro, más conocido como Jorge Corea o Negro Corea, otro ex boxeador pero de Villa Lugano, y Carlos "Nito" Carrere, a quien había traído de San Nicolás. Tres muchachos de confianza, del gremio, pero que ese día estaban bastante averiados: no habían dormido bien, habían tomado bastante e incluso uno de ellos había vuelto muy tarde del cabaret, a las 7 de la mañana. Coca lo había visto cuando entró casi a los tumbos. Ella estaba por llevar a los chicos, a Aníbal y a Claudia, a la escuela cuando vio que se movía el picaporte de la puerta de entrada. Pensó que venían a matarlos y abrazó a sus hijos, pero enseguida se dio cuenta que era uno de los escoltas de su marido.

Mientras Tito Muñoz vuelve al living a la cabeza de una fila adormilada, Agosto menea la cabeza y echa un vistazo a su reloj: "Uy, son casi las 12, tendríamos que ir saliendo…"



Rucci se pone una camisa bordó y un saco marrón a cuadros, y ordena a Muñoz, su chofer: "Tito, avisale a los muchachos que están en la puerta que se suban a los autos, que se preparen que ya salimos. Pero, que no hagan mucho lío con las armas, que no las muestren mucho. ¡A ver si se cuidan un poco!".

Otro llamado telefónico lo interrumpe. Esta vez es Elsa, una amiga de Coca, que la enreda en una charla interminable sobre un juego de copas regalo de casamiento que para su desgracia acaba de rompérsele. Coqueto como siempre, Rucci se retoca el jopo y el bigote frente a un espejo, y le hace señas a su mujer.

—Dale Coca, apurate que me tengo que ir.

—No le puedo cortar, José, la pobre me quiere hablar, le contesta su mujer, tapando el tubo.

—Bueno, me voy, le dice Rucci tirándole un beso.

—Elsa, esperame que se está yendo José… Chau José, chau, le contesta, y sigue la charla con su amiga Elsa.



Cuando abre la puerta de la casa chorizo, sus trece guardaespaldas ya están en sus puestos, sentados en los cuatro autos estacionados sobre Avellaneda: tres lo esperan en el Torino colorado sin blindar; cuatro en un Torino gris ubicado a unos 50 metros, casi llegando a Argerich; los otros seis, en los dos coches del medio, un Dodge blanco y un Ford Falcon gris, que es el que saldrá primero, encabezando la caravana, y al que Agosto recién se está subiendo.

Las últimas palabras que se le escuchan a Rucci son un trivial "Negro, pasate adelante y dejame tu lugar así te ocupas de la motorola", una orden suave dirigida a Rocha, que en el apuro se había ubicado atrás, junto a Corea. Rocha sale del asiento trasero y está por abrir la puerta delantera cuando lo sorprenden el estruendo de un disparo de Itaka que abre un agujero en el parabrisas y una ráfaga de ametralladora.

En el primer piso de la casa de al lado a Lino no se le mueve un pelo; apunta con cuidado, espera el segundo preciso e inmediatamente después de la ráfaga de ametralladora, aprieta el gatillo del FAL. Son las 12,10 y la bala penetra limpita en la cara lateral izquierda del cuello de Rucci, de un metro setenta de altura, que a los 49 años estira su mano pero no llega nunca a tocar la manija de la puerta trasera del Torino colorado. De izquierda a derecha entra el plomo, que parte la yugular y levanta en el aire los 69 kilos del "único sindicalista que me es leal, creo", como dijo Perón la primera vez que lo vio, en Madrid. Los pies dibujan un extraño garabato en el aire y cuando vuelven a tocar la vereda el secretario general de la CGT ya está muerto. Un tiro fatal, definitivo, disimulado entre los 25 agujeritos que afean su cuerpo, abiertos por el FAL de Lino pero también por la Itaka y la pistola 9 milímetros que usan "El Monra" y Pablo Cristiano. De nada sirve que el fiel Corea eluda las balas y le levante la cabeza gimiendo "José, José". Rucci está tirado en el piso, la cabeza casi rozando esa puerta trasera que no abrió, los zapatos italianos en dirección a la pared. Ya no puede oír los disparos furiosos de sus confundidos custodias, que, luego de la sorpresa, apuntan contra fantasmas ubicados en la vereda de enfrente, en las vidrieras del negocio de venta de autos usados Tebele Hermanos, que se hacen añicos, y en el colegio Maimónides, una escuela primaria y secundaria a la que asisten unos 400 chicos judíos y en cuya terraza algunos de sus culatas han creído divisar las siluetas de los atacantes. No consigue ver al joven sobrino y ahijado de Coca, Ricardo Cano, que cruza la calle como un loco, disparando con un fusil contra el colegio, pero que no logra abrir el portón que el portero ha cerrado para proteger a los alumnos, ni siquiera con la ayuda de otros dos de sus muchachos. Tampoco puede socorrer al Negro Rocha, a quien un disparo le ha abierto la cabeza, ni a Tito Muñoz, su chofer, que se arrastra con su arma hasta un garaje vecino y no alcanza a llegar al lavadero que se desmaya, todo ensangrentado por los cuatro balazos que le han agujereado la espalda, uno de los cuales le rozó el corazón. Ya es tarde para José Ignacio Rucci. Tantos "culatas" no le han servido ni siquiera para adivinar el lugar de dónde partieron los disparos asesinos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Revolución Libertadora: Huye por tirante el tirano

Cómo fue el golpe de Estado que derrocó a Perón en 1955

Sesenta y dos años atrás, en un 16 de septiembre, un alzamiento militar pondría fin a la segunda presidencia del líder justicialista. Los origines del derrocamiento y por qué Perón no opuso resistencia

Por Claudio Chaves | Infobae



En septiembre de 1955 el general Juan Domingo Perón ya no era el mismo. Su amigable sonrisa contagiosa era ahora un gesto agrio, enmarcado en un rostro sombrío. Asomaba silenciosa su ojeriza como también su desapego por las cosas. Raro, pues su personalidad extrovertida e inquieta no condecía con ese presente. Era, si se quiere, el semblante de los nuevos y malos tiempos. No obstante haber ganado por escándalo los comicios a vicepresidente, diputados y senadores con el 62% de los votos el año anterior, 1955 se anunciaba negro y tormentoso. El conflicto con la Iglesia, inexplicable en un gobierno amigable con el clero y su doctrina social, se sumaba al desconcierto sembrado en su propia tropa a partir de haber cesado la época de las vacas gordas y verse obligado a encarar otra política económica.

El segundo plan quinquenal explicitó el ajuste. Austeridad, productividad e inversiones y en este último caso, para colmo de males (¿'¡?), extranjeras. El peronismo cambiaba de idioma y había que aprenderlo urgentemente. Mejor dicho, Perón hablaba en argot y solo unos pocos comprendían. Los cambios fueron olímpicos. Recomponer relaciones con los Estados Unidos, como nos los cuenta, en sus memorias, Hipólito Paz, cuando fue nombrado embajador en dicho país: "Seguiremos la misma línea de cuando era ministro me dijo Perón: usted será el simpático, el amigo de los EE.UU. y yo reservaré para mí el papel de duro al que usted deberá convencer." Antonio Cafiero en sus recuerdo manifiesta la confusión en la cual estaba sumergido un sector del peronismo: "Su personalidad (la de Perón) no alcanzo a descifrarla. Por caso el acercamiento a los EE.UU. y la evolución a una economía de equilibrio. Los planteos económicos parecen decir de un cambio hacia el individualismo, los grandes negocios, las fantasías industrializadoras, el petróleo, la StándardOil y Bunge Born. El cambio que se percibía es hacia formas liberales. Hay sobre todo una gran desorientación acerca del objetivo que persigue el Presidente. Muchos piensan que este es el principio del fin"

No había dudas, Perón viraba hacia posiciones cercanas a un capitalismo moderno, sin ataduras, dejando atrás el intervencionismo de Estado. Muchos han fundamentado este giro en el pragmatismo del personaje. Puede ser. Aunque probablemente ese pragmatismo estaba fundado en las raíces liberales del General, cuando años atrás siendo Mayor acompañó el proyecto del general Agustín P. Justo. Al respecto de este cambio del que Cafiero se quejaba decía Alfredo Gómez Morales: "A partir de 1949 Perón era decididamente antiestatista, sin prescindir de la obligación del estado de dirigir los aspectos sustanciales del proceso económico. Solía comentar que un tornillo producido por Fabricaciones Militares salía a precio de oro. Tanto es así que muchos convencionales constituyentes de aquella época pueden recordar que el artículo 40 de la Constitución del 49 se aprobó contra los deseos del Presidente. Perón pensaba, ya entonces, que la intervención del Estado en la economía era excesiva y que había que pensar en privatizar todo lo posible y mantener en la órbita del Estado nada más que lo que resultara imprescindible desde el punto de vista político institucional".



El peronismo estaba devastado. Construido en la cultura del 43', esto es en el marco de un duro capitalismo de Estado y de un nacionalismo de fines, ahora diez años después resultaba que aquellos argumentos, no servían. ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde dirigirse? ¿Perón estaba en sus cabales? A este malestar interior se sumaba la estrecha pero hiperactiva indisposición de "la contra", como se decía entonces. Algunas quejas eran parecidas, feroz crítica a la política liberalizante y de acuerdos con los EE.UU. y la Stándar Oil, lo que venía a resultar que el nacionalismo había ganado al conjunto de los partidos políticos o era solo una buena excusa, y las otras, se orientaban a descalificar como autoritario y dictatorial a su gobierno. Lo que no estaba tan alejado de la realidad.

Grandilocuente y bocón, el General cometía errores gruesos al hablar y otras, al dejar hacer. Provocaba, hería inútilmente sin prever que sus palabras podían caer en manos de desquiciados de un lado u otro del conflicto instalado. Félix Luna, que jamás tuvo un desvío pro-peronista, decía de Perón que no obstante sus bravuconadas no era un hombre violento.¡Qué lejos se hallaba el Presidente de aquella conducta de otro general, Julio Argentino Roca, que en carta a su concuñado le aconsejaba: "En política no se debe herir inútilmente a nadie, ni lanzar palabras irreparables, porque uno no sabe si el enemigo con quien hoy se combate será un amigo mañana".

Lo que aún quedaba en pie de la revolución peronista, herencia de todos los argentinos, eran sin dudas las leyes sociales y la incorporación del trabajador a la vida política. ¿Estaba en esta jurisprudencia las razones del abismo que se abría entre los argentinos? Puede ser. También en la insistencia de que para un peronista no había nada mejor que otro peronista. Pero fundamentalmente se hallaba en la incapacidad de la oposición de ganar votos, de ser creíbles al pueblo.

En un clima de crispación generalizada, que aumentaba día a día, se produjeron los bombardeos a la Casa de Gobierno el jueves 16 de junio de 1955. La Aviación Naval y la Infantería de Marina, más un sector de la Fuerza Aérea y Comandos Civiles, repartidos en los alrededores de la Plaza Mayo con el claro objetivo de asesinar al Presidente y volcar la situación política hacia el anti-peronismo sin votos, se prepararon para el golpe. Falló. No lograron matar a Perón, aunque sí a cuatrocientos argentinos. Este acto de locura explícito transparentó el odio que se acumulaba en un minoritario pero poderoso sector de la sociedad argentina. Esa noche se quemaron iglesias. Al parecer, grupos enrolados en la Alianza Restauradora Nacionalista de Patricio Kelly, sumados a un matonaje de marginales tan violentos como los aviadores sublevados, organizaron la hoguera que arrasó con santos, vírgenes y un formidable reservorio histórico colonial, acelerando los pasos hacia un final previsible. De nada sirvió el envío de un proyecto de ley al Congreso para reparar las Iglesias. Ya todo estaba jugado.

Cuando todo indicaba que Perón había entendido el mensaje para pacificar al país con una serie de permisos políticos cedidos y cambio de gabinete, el 31 de agosto en una concentración vespertina dio un vuelco inexplicable. Horas antes de la concentración había dicho a un grupo pequeño de militantes que lo rodeaba: "Yo ya estoy demás. Soy como aquel aficionado de relojero que sirve para desarmar un reloj, pero ya no se armarlo. Tanto he estado maniobrando con las piezas que, ahora, la única forma de que el reloj siga andando, es que yo lo deje" Y en un discurso de una violencia inusitada e irreflexiva, puso final a su gobierno. Luego de lo dicho no podía gobernar más. Esa noche manifestó que sus enemigos, al no querer la pacificación, buscaban la violencia: "A esa la violencia le hemos de contestar con una violencia mayor. Con nuestra tolerancia exagerada nos hemos ganado el derecho de reprimirlos violentamente. Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas o en contra de la ley o de la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino". Luego vino el fatídico 5 por 1. El final era cuestión de días.

El 16 de setiembre en Córdoba comenzaba el alzamiento. El general Eduardo Lonardi, bajo la angelical receta de proceder con la máxima brutalidad, se erguía al frente de una sublevación -minoritaria, en el Ejército, pero absoluta en la Marina. El día indicado era un viernes. Lluvioso y ventoso. Una fuerte sudestada se abatía sobre el litoral bonaerense haciendo crecer el nivel de las aguas del Plata. La situación política era de total indefinición puesto que Perón al tanto de los acontecimientos no procedía con la celeridad del caso. Sencillamente no procedía. Le negó a la CGT la posibilidad de armarse en defensa del gobierno. Luminosamente, no aceptó la idea. Parecía recobrar el raciocinio. El 17 y 18, sábado y domingo, todo indicaba que la situación se movía en dirección del gobierno, aunque Perón no era claro y decisivo en sus órdenes.



De pronto se entera del comunicado que el Almirante Rojas le ha hecho llegar a la base de submarinos de Mar del Plata. Bombardearemos los tanques de petróleo y combustible del puerto. En consecuencia le solicitó, al Jefe de la Base que alejara de la costa a la población de entre Playa Grande y la Bristol, más allá de cinco cuadras. Dispuesto a romper todo. Rompió todo. El Jefe de la Base Naval no estuvo de acuerdo con la salvajada y luego supimos que marinos en los buques rechazaron semejante decisión. Igual se realizó. El viento del sudeste al levantar el Río permitió que las naves sublevadas pudieran operar tranquilamente fuera de los canales y aproximarse a las costas de Buenos Aires. Sus cañones tenían una efectividad de 20 kilómetros. Rojas amenazó con cañonear La Plata, Dock Sud y Buenos Aires.

Después de lo realizado en Mar del Plata, había que creerle. La ciudad sería barrida hasta los cimientos alcanzando los límites de la avenida general Paz. Algo que no se atrevió siquiera el teniente general Whitelocke en la segunda invasión inglesa. Frente a esa bestialidad vino una burrada de igual tenor, el Ministro del Interior, Oscar Albrieu, le sugiere a Perón que para alcanzar el acuerdo con los sublevados traslade a las refinerías de La Plata y Dock Sud a los familiares de los marinos a ver si con sus madres, esposas e hijos se animan a bombardear. No había nada más que hacer.

El general Perón abandonó la lucha. Bajó los brazos. Se fue.
En mi modesta opinión se negó a una guerra civil pues al decir de Félix Luna, Perón, no era un hombre violento. Sin embargo, hasta el día de hoy continúa hablándose de su cobardía, de que se negó a profundizar la revolución, que su programa estaba agotado. Anos se especuló sobre los motivos de su retirada. No se lo escuchó a él o se ignoró su explicación. Lo dijo claramente. Entre la sangre y el tiempo elijo el tiempo.

jueves, 27 de julio de 2017

Depósito de causas históricas en Bahía Blanca

Un misterioso túnel del tiempo frente a la Plaza Rivadavia

La Nueva

 Un misterioso túnel del tiempo frente a la Plaza Rivadavia. 

Fotos: Pablo Presti-La Nueva.


Juan Pablo Gorbal / jgorbal@lanueva.com

    Buen día, una consulta, ¿ustedes tienen la causa contra Butch Cassidy?

   - No, acá no está, es de la provincia de Chubut.

   Los expedientes que la justicia argentina le abrió al bandido norteamericano más famoso de principios del siglo XX, cuando vivió a orilla del río Blanco, en la cordillerana localidad de Cholila, no quedaron archivados en nuestra ciudad. Ello, pese a que algunos historiadores creen lo contrario.

   “Es la única causa que nos falta”, dice, con cierta ironía, la doctora Norma Raquel Copércido, responsable local del Programa de Relevamiento, Organización y Destrucción de Expedientes (PRODE), que depende de la Suprema Corte de Justicia bonaerense.

   Como apéndice del archivo judicial, el programa tiene un tesoro incalculable. En Sarmiento 36, detrás de una puerta de aluminio blanca que pasa inadvertida para las cientos de personas que caminan a diario frente a la Plaza Rivadavia, se acumula un patrimonio histórico, político y social. Que no solo es bahiense y regional, sino también nacional.



   Después de una oficina, como cualquier otra, emerge un imponente e impecable depósito de 25 metros de largo por 15 de ancho, con estanterías repletas de legajos que invitan a detener el reloj y rebobinarlo hasta el siglo pasado.

   La luz es tenue; el silencio, casi indestructible. Y la temperatura ambiental más fría que templada. Todo se conjuga para retroceder calendarios.

   El PRODE es un espacio que selecciona, preserva y “elimina” los sumarios ya extinguidos -tienen sentencia definitiva o están archivados-, con el fin de mitigar la emergencia edilicia. Pero también es un túnel del tiempo donde se resguardan expedientes que serían una real tentación para cualquier cátedra de Politología, Psicología o Sociología.

   La causa judicial del crimen que inspiró “¿Quién mató a Rosendo?”, uno de los libros más famosos del escritor y periodista Rodolfo Walsh -hecho clave para la política nacional y, en particular, la sindical de los años '60-, descansa en las instalaciones del PRODE Bahía Blanca, pese a que el delito sucedió en Avellaneda.



   “Este programa pasa desapercibido, y no lo digo de manera peyorativa, sino porque casi no tenemos atención al público. Nuestro trabajo es muy interesante y cuidado, a partir del análisis de expedientes importantes desde el punto de vista sociológico. Acá se puede ver, absolutamente, la evolución del delito y cómo cambió la mirada de la justicia”, reconoce Copércido, quien realiza la función junto con los empleados Jessica Cristiano y Juan Manuel Vallejos.

   Una denuncia de 1947, contra la “suba indiscriminada en el precio de los zapatos” es un claro ejemplo de cómo cambiaron las épocas.

   “También podemos ver que entre los '40 y los '50 había muchas causas por prostitución y, a la par, por abortos, de lo cual se infiere una vinculación. En esa fecha, además, se observaba mucho juego clandestino. En décadas posteriores, otros expedientes que llamaban la atención son los que presentaban 'detenidos por vagancia'”, sostiene Copércido.


¿Por qué terminó en Bahía Blanca la causa Rosendo?

La noche del viernes 13 de mayo de 1966, en la confitería La Real de Avellaneda, se produjo un enfrentamiento armado que fue bisagra para la historia sindical de nuestro país, que se disputaba la conducción de la CGT, en medio del debilitamiento del gobierno radical de Arturo Illia.

   Rosendo García, Domingo Blajaquis y Juan Salazar murieron a los tiros. La conmoción del hecho motivó el reconocido libro de Walsh, en alusión a García, que era el más influyente de los tres abatidos.

   La causa judicial se instruyó y cerró en Bahía Blanca y hoy continúa en la ciudad. ¿Por qué? Es que el juez capitalino Néstor Cáceres le tomó declaración indagatoria a uno de los sospechosos, Norberto Imbelloni, y el acusado reconoció que tenía un sumario anterior abierto, por estafa, en este medio. Cáceres se declaró incompetente y le mandó las actuaciones a su par de Bahía, Juan José Llobet Fortuny.

   Justamente Llobet Fortuny no pudo llegar a acreditar la autoría de ninguno de los varios acusados y los sobreseyó.



La causa que inspiró el libro ¿Quién mató a Rosendo?, de Walsh, reposa en Bahía. El revólver y el plano de la confitería donde sucedió un hecho histórico.


   Walsh, en su libro, presentó a Augusto Timoteo Vandor como responsable del homicidio y evaluó que la justicia, la policía y algunos medios procuraron encubrir los acontecimientos.

   La doctora Copércido leyó el libro y la causa judicial y tiene la convicción de que el juez agotó todas las instancias para tratar de llegar a la verdad.

   En el expediente, que tiene 4 cuerpos y lleva el número 43.216, se observan fotos del interior de La Real, de los lugares donde impactaron los proyectiles, del revólver Colt calibre 38 utilizado y de maniquíes vestidos con las ropas de las víctimas, que permiten observar los orificios y la proyección de los disparos.

   También existe un plano con la ubicación de cada uno de los protagonistas, declaraciones testimoniales de rigor y hasta un comunicado del PJ de Avellaneda que advertía sobre el enfrentamiento.

   “Se puede decir que es el expediente más significativo, por la importancia cultural, literaria, política e histórica que tiene”, advierte la abogada.

La “quema de las iglesias” en el 55, también



   El 16 de junio de 1955, luego de que aviones de la Marina y la Aeronáutica bombardearan la Plaza de Mayo, y provocaran una masacre con la intención de derrocar al presidente Juan Domingo Perón, se produjeron ataques masivos a distintos templos religiosos. Sucedió ante la sospecha de que la Iglesia había instigado el Golpe de Estado.

   Esos incidentes también se trasladaron a Bahía y motivaron la formación de una causa judicial, de 6 cuerpos, que hoy también reposa en el PRODE, como documento histórico.

   Los manifestantes, según se consigna, habrían partido desde el edificio cegetista de Mitre y Rodríguez, para dirigirse a la Catedral. De ese lugar habrían retirado bienes para provocar destrucción e incendio. Y consta que uno de los reaccionarios le cortó la manguera a los bomberos para evitar que apagaran el incendio. Hay fotos del lamentable desenlace.

   Luego la horda siguió hasta La Inmaculada, donde se enfrentó con el cura párroco.



La causa de la “quema de las iglesias”, que se originó después del bombardeo a Plaza de Mayo de 1955, tuvo su apéndice en la ciudad. Una imagen contundente de las roturas en la Catedral.


   Los manifestantes, inorgánicos, fueron asociados al peronismo, aunque en la causa local existe un recorte del diario El Atlántico, publicado ese día, con declaraciones previas del entonces presidente, que llamaban a la cautela.

   “Nosotros, como pueblo civilizado, no podemos tomar medidas que sean aconsejadas por la pasión sino por la reflexión. Les pido que estén tranquilos, que cada uno vaya a su casa. La lucha tiene que ser entre soldados, yo no quiero que muera un solo hombre más del pueblo, les pido a los compañeros que repriman su propia ira, que se muerdan como me muerdo yo en estos momentos, que no cometan ningún desmán”, figura como declaración textual de Perón.

Un crimen que conmocionó a Bahía en 1976

Motivado por la venganza, Jorge Kraiselburd asesinó a su expareja, Alicia Lía Solana, y a su exsuegra, Sila Peralta Bergna. Fue en abril de 1976, en una casa de la primera cuadra de Yrigoyen, a metros de la Plaza Rivadavia. Alicia había decidido cortar la relación con Jorge y él la había amenazado. Lo delató, al parecer, la caligrafía, porque en las paredes interiores de la casa dejó pintadas con un rotulador.

   La causa, número 51.677, es muy voluminosa: tiene 18 cuerpos y también se archivó, como un caso referente de lo que hoy es la violencia de género, entonces encuadrado como un hecho pasional.

   “Fue trascendente, por la notoriedad del homicida y porque las personas fallecidas también eran muy conocidas en la sociedad. Se trata de una causa trabajada, porque este hombre vivía en los Estados Unidos, tenía un antecedente allá, y habría ingresado de manera clandestina en el país, presuntamente para cometer el delito”, explica Copércido.

   Las notas que dejó escritas en las paredes del escenario del hecho buscaban desviar la atención hacia un crimen dirigido a su exsuegro, a partir de un presunto conflicto gremial. Pero no lo logró.


La causa Kraiselburd sacudió a la ciudad hace 41 años. Las inscripciones que dejó el homicida fueron la clave.


   Los peritos caligráficos cotejaron esa letra y las de sus cartas a mano y no hubo dudas. La justicia le impuso 22 años de prisión.

   Las fotos con los mensajes y los manuscritos comparados figuran en el expediente, así como una abundante prueba documental, testimonial y pericial.

   Salvador Roberto Hospital es otro nombre que inscribió la historia delictiva bahiense. El 14 de agosto de 1981 la justicia le impuso 14 años de prisión por encabezar una asociación ilícita destinada al robo de automotores, una organización con perfil atípico para esos tiempos.

   En la recorrida por Sarmiento 36, La Nueva. también se topó -aunque sin posibilidad de acceso- con la causa (de 7 cuerpos y fuerte repercusión nacional e internacional), contra la maestra puntaltense Patricia Chávez, acusada de mantener relaciones con un alumno de 12 años, en 1997, y finalmente absuelta por no probarse delito, más allá de la existencia del hecho.

   El PRODE es interminable. Su halo de misterio lo hace fascinante. Es un túnel del tiempo que no solo refleja la historia del crimen sino de qué manera fue evolucionando la sociedad. Nada menos.


La doctora Norma Copércido y Jéssica Cristiano, una de sus auxiliares, delante de un archivo de valor incalculable.

En 2011

El PRODE se creó por la emergencia edilicia

   El Programa de Relevamiento, Organización y Destrucción de Expedientes (PRODE) fue creado por la Suprema Corte de Justicia Bonaerense en mayo de 2011, con la idea de fortalecer las medidas para destruir expedientes en los archivos departamentales.

   La intención final era contrarrestar la emergencia edilicia en todo el Poder Judicial y racionalizar espacios, debido al impacto que sufren no solo los Archivos departamentales sino cada uno de los órganos judiciales que debían postergar la remisión de material.

   La función del PRODE es relevar, clasificar, seleccionar y destruir expedientes archivados.

   En el caso de la destrucción, se deben respetar distintos tiempos desde que queda firme la resolución: 5 años en las causas contravencionales; 10, en las correccionales y 15 en las penales.

   Las causas instruidas entre 1972 y 1983, relacionadas con delitos de lesa humanidad, se conservan sin distinción.

   "Desde que yo estoy, en 2013, hemos realizado 5 destrucciones y estamos al día con los objetivos fijados por la Suprema Corte. En septiembre realizaremos la sexta destrucción", afirma Nora Copércido.

   Si algún historiador está interesado en consultar contenidos del PRODE tendrá que presentarse en la sede de la entidad y completar un procedimiento establecido por la Corte.



Fin benéfico

   El papel a desechar del PRODE no se destruye en el lugar, sino que, una vez por año, lo retira una empresa papelera, que se lo paga al Centro de Rehabilitación Luis Braille.

   Es decir que la eliminación de las causas tiene un fin benéfico para la entidad dedicada a los discapacitados visuales, con asiento en Thompson 44.

   El aporte es valioso, teniendo en cuenta las dificultades que tiene el Braille para mantener su estructura, porque se sostiene, básicamente, a través de la venta de papel y cartón en desuso.

   En 2015, el PRODE aportó unos 3.000 kilos de papel, aunque el año pasado triplicó la cesión (llegó a 9 toneladas), al eliminar 1.265 legajos, con 29.074 expedientes.

   Este año, seguramente, será un cargamento similar, ya que también se prevé la "destrucción" de poco más de 1.000 legajos.

   “Es un sostén importante para el Braille”, reconoce la abogada.

martes, 11 de julio de 2017

Fascismo: Evita, la resentida trepadora, se queja que Franco era gordito

Por qué Evita despreció a Franco y otros secretos de su visita a España
Hace 70 años, un 8 de junio de 1947, llegaba la entonces primera dama argentina a Madrid como primer destino de su ambiciosa gira europea, donde fue agasajada por el sanguinario dictador, con quien sin embargo tuvo una relación distante
Infobae




La gente había empezado a llegar al aeropuerto de Barajas después del mediodía, y a media tarde ya había trescientas mil personas semi-desmayadas y agobiadas por el calor, atendidas por puestos móviles de la asistencia pública.

Los edificios estaban engalanados con banderas argentinas y españolas; alfombras y tapices colgaban de las ventanas, y decenas de miles de flores hacían irrespirable el ambiente. De una fila interminable de ómnibus descendían las muchachas de la Sección Femenina de la Falange, vestidas con trajes típicos regionales, a tomar posición para las danzas que bailarían en las terrazas.

Madrid, como contrapartida, estaba desierta. Desde el día anterior los diarios españoles habían publicado proclamas invitando a ir a Barajas, y anticipando para el lunes una suerte de asueto general. […] Eva le contaría meses después a su peluquero Julio Alcaraz:

–Cuando Franco se me vino a los pies, yo pensé que era idéntico a Caturla, el que vendía pollos en Junín. Era petiso, barrigón, con pinta de almacenero, y llevaba una banda que se le apoyaba en la panza. Hasta la mujer y la hija se parecían a la mujer y la hija de Caturla ¡Y con todo lo que Perón me había hablado de él…!

[…] Franco, en uniforme de gala, besó con torpeza de soldado la mano de la visitante. Su esposa, Carmen Polo, lucía un aparatoso sombrero adornado de plumas que acababa de afearla, y Carmencita, la hija, miraba con curiosidad a aquella mujer rubia de la que pronto oiría decir que era el mismísimo demonio.

Eva, que no era alta, miraba a ese hombre desde arriba y no lograba entender la admiración que Perón sentía por él. Franco era el general más joven de España (tenía 54 años); ocho años antes había sido el vencedor en la guerra civil, y el primero en combinar tácticamente la infantería con la caballería blindada en las batallas del Ebro y de Guadalajara.

La multitud, contenida a duras penas por la Guardia Civil, coreaba desafinada: "¡Franco, Perón/ un solo corazón!".

Eva, sensible y perspicaz, comprendió la situación sin necesidad de explicaciones, y al principio no dijo nada. Tiempo después, de regreso en Buenos Aires, contaría:

-A la mujer de Franco no le gustaban los obreros, y cada vez que podía los tildaba de "rojos" porque habían participado en la guerra civil. Yo me aguanté un par de veces hasta que no pude más, y le dije que su marido no era un gobernante por los votos del pueblo sino por imposición de una victoria. A la gorda no le gustó nada.

El de aquella tarde fue el primer round de una pelea que iba a prolongarse durante toda la estada de Eva en España.

Los beneficios de una visita millonaria


Con un pie en el avión que la sacaría de España, para Eva y Franco era hora de balances.

Desde el punto de vista de Eva (o, más propiamente, de Perón), la visita a tierra española había sido un comienzo promisorio para la gira. La apuesta del peronismo a un reconocimiento internacional que lo sacara de la cuarentena había empezado bien, y terminaría mejor en la medida en que a España la siguieran otros países mejor vistos políticamente.

La Argentina se alineaba en un bloque inequívocamente anticomunista y cristiano, y Perón sentaba las bases externas de lo que llamaba la "tercera posición". España, en definitiva, había sido un buen comienzo, y Eva -que había logrado una adhesión mayor que la que tenía entonces en su propio país, que había lucido joyas y vestidos de película, que había recibido honores y condecoraciones con las que jamás había soñado, y que se había sentido tratada como una reina- ignoraba que de allí en adelante ya nada sería igual.

Desde el punto de vista español, la visita había significado un agradecimiento tardío a lo que el peronismo ya había hecho por Franco, y uno anticipado a lo que haría en los meses siguientes. España necesitaba de la Argentina como ninguno de los países europeos, y Buenos Aires había tendido una mano no del todo desinteresada.

Cuando Eva había llegado a Madrid, a mediados de 1947, los españoles tenían derecho a una ración diaria de pan de entre ciento y ciento cincuenta gramos. Seis meses más tarde, con Eva de regreso en su país, esa cuota diaria se había incrementado al doble y el peronismo se había convertido en el primer copartícipe comercial de España, vendiéndole insumos por casi cuatrocientos millones de pesetas de oro al año.

¿Cuánto se había gastado España en el homenaje? Aunque en la prensa española la cuestión de los costos no se mencionaba, informes de la prensa extranjera los estimaban en alrededor de cuatro millones de dólares. Para el franquismo había sido una inversión dolorosa, y los hombres que mandaban en España no dudaron en hacerla contra viento y marea. El vendaval mayor quizás no estaba en el costo económico sino en el riesgo social que significaba esa mujer agitadora e irreverente, y los jefes franquistas tuvieron que apretar los dientes para soportar sus desplantes.

sábado, 24 de junio de 2017

Argentina: Todavía nos sorprendemos del Peronazismo

El refugio que Juan Domingo Perón brindó a los nazis, una verdad que incomoda
No es extraño que un anticuario de Olivos tenga 75 piezas nazis. Las localidades de Vicente López, San Fernando y Tigre fueron el asilo preferido de los criminales de guerra que ingresaron a Argentina durante el primer peronismo.

Por Silvia Mercado | Infobae
smercado@infobae.com



Rodolfo Freude y Juan Domingo Perón

De ningún modo es una casualidad que un anticuario de la zona norte de la provincia de Buenos Aires tenga en su poder 75 piezas con simbología del régimen nazi. Vicente López, Florida, San Fernando, Tigre fueron refugios para buena parte de los criminales de guerra, miembros de la SS y del partido nazi que vinieron a la Argentina desde 1946, cuando Juan Domingo Perón ganó las elecciones presidenciales, en parte, gracias al respaldo del empresario Ludwig Freude, considerado por entonces el alemán más influyente, incluso más que el propio embajador Edmund von Thermann.

Freude había conocido a Perón cuando éste revistaba en la Agrupación de Montaña de Mendoza, luego de haber pasado tres años en el lado Eje de Europa, tomando contacto con el fascismo y el nazismo en forma personal, y acompañando la avanzada alemana sobre Francia. En su libro El cuarto lado del triángulo, el profesor canadiense de historia latinoamericana Ronald Newton, escribió que "debido a que una de las especialidades más lucrativas de la Compañía General de Construcciones  de Freude era la construcción militar, había logrado desarrollado amplios contactos en el Ejército", incluyendo el joven Perón, ya que estaba construyendo una ruta entre San Juan y Mendoza.

Cuando el Eje cayó derrotado, y el agregado de negocios de la embajada norteamericana, John Cabot, le pidió al presidente de facto Edelmiro Farrell que extradite a Freude (considerado en Estados Unidos un agente nazi), se dispuso su expulsión. Pero el empresario presentó una solicitud urgente de naturalización, buscó defenderse legalmente y pudo zafar.


El filonazi pedófilo Perón y la resentida atorranta de Eva Duarte

Mientras tanto, el coronel Perón también había caído en desgracia y tuvo que presentar la renuncia a sus cargos como vicepresidente de la Nación, ministro de guerra y secretario de trabajo. ¿Dónde se refugió? En la casa de Rodolfo Freude, hijo de Ludwig, en el delta de Tigre, a donde Perón concurrió junto a Eva Duarte. De ahí fue llevado preso días después a la isla Martín García. Meses después, esa misma casa fue escenario, en mayo de 1946, de una pomposa fiesta de cumpleaños de la que ya se había convertido en Primera Dama. Por su lado, el hijo de Freude ya se había transformado en el primer secretario privado de Perón.

Quien más investigó la vasta red de agentes que trabajaron durante el peronismo original para rescatar criminales de guerra fue el periodista Uki Goñi, sobre todo para su excepcional obra La auténtica Odessa. La fuga nazi a la Argentina de Perón, un minucioso esfuerzo documental publicado en el 2002, que demuestra que esa organización, lejos de ser clandestina, trabajaba directamente desde la Casa Rosada.

Investigando en Bruselas los archivos del colaboracionista Pierre Daye, un escritor y "diarista compulsivo" que vivió en la Argentina, Goñi encontró detalladas descripciones de las reuniones del ex capitán de las SS Carlos Fuldner con Perón en la Casa de Gobierno, donde se decidía el listado de nazis que serían rescatados.

Para protegerlos, se puso en marcha un complejo mecanismo que empezaba en Suiza y el Vaticano, continuaba con barcos de la familia Dodero especialmente contratados para la misión  y terminaba en la mismísima Dirección Nacional de Migraciones, que fraguaba documentación y entregaba pasaportes con nombres falsos.

Se facilitaba así el ingreso de los criminales de guerra que en la Argentina pudieron confundirse con el resto de la población y mantener una vida normal. Solo unos pocos colaboraron, además, con el diseño y fabricación de algunas novedades tecnológicas de la época, como el avión Pulqui.


Josef Mengele

De este modo llegaron a la Argentina, entre 1946 y 1950, Josef Mengele, Adolf Eichmann y Eric Priebke, entre los 250 acusados de crímenes de guerra en las cortes europeas y miles de miembros del partido nazi y organizaciones como la SS, muchos de los cuales todavía no pudieron ser identificados.

Habiendo constatado que cada inmigrante tenía un número de legajo, Goñi pidió los archivos de cada uno y comprobó que no estaban, habían desaparecido. "Los habían limpiado". El periodista cuenta que "se armó un gran revuelo, y un día un funcionario me dice, '¿qué quiere que haga? ¿que le admitamos que nos ordenaron quemarlos en 1996? Nunca lo admitiremos'. Aún así hubo información valiosísima. Por ejemplo, que los expedientes de inmigración de Mengele y Priebke tienen números consecutivos, lo que muestra que fueron abiertos por una misma persona, al mismo tiempo".


Adolf Eichmann

Esa fecha, 1996 no puede ser casual. Y valdría una nueva investigación periodística. En 1992, el Ministerio del Interior que comandaba Carlos Corach ordenó por un decreto, el 232/92, "difundir la existencia y contenido" de toda la documentación en poder de los organismos estatales "vinculado al accionar de criminales nazis" en la Argentina. Dos años depsués esa decisión tomaba impulso y en 1997, finalmente, la DAIA publicó el "Proyecto Testimonio", dos tomos, 650 páginas, con 6000 imágenes documentales y 400 fotografías que daban cuenta de los trabajos para trasladar refugiados nazis de Alemania -u otros países de Europa a donde había logrado huir- a la Argentina.

El médico y antropólogo Mengele, tristemente famoso por sus macabros experimentos con prisioneros, vivió en Vicente López, en el barrio de Florida, donde trabajó como comercial de una empresa agrícola. Entre ese trabajo y viajes a Paraguay juntó dinero para comprar una empresa de carpintería y se pudo mudar a una casa más acomodada, en Olivos. Allí es donde lo encontró Simon Wiesenthal, el famoso cazanazis, pero Argentina rechazó la solicitud de extradición bajo la excusa de que ya no vivía en esa dirección. Murió en Brasil en 1979.

Eichmann, responsable directo de la solución final y de los transportes de deportados a los campos de concentración, utilizó el nombre de Ricardo Klement durante su estancia en Olivos, donde alquilaba un inmueble, para luego mudarse a la casa que se construyó en Bancalari (partido de San Fernando), donde trabajó como gerente en la fábrica de automóviles de Mercedes Benz. Tras las dificultades para la extradición de Mengele, fue raptado en la Argentina por un comando israelí en 1960, juzgado en Jerusalén y ejecutado en 1962. Sus últimas palabras antes de ser colgado fueron "¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria!". En ese orden.


Erich Priebke

El oficial de la SS Priebke, responsable de la Masacre de las Fosas Ardeatinas, también vivió un tiempo en el norte de Buenos Aires después de haber logrado huir de su cárcel en Rimini, por la ayuda del grupo ODESSA, que tomó contacto con Fulder y lo hizo ingresar a nuestro país. Luego se instaló en San Carlos de Bariloche, otro de los destinos preferidos por los criminales nazis en la Argentina, donde dirigió el Instituto Cultural Germano Argentino Bariloche y sus colegios primario y secundario, el Instituto Primo Capraro. Cuando en 1994 trascendió su verdadera identidad, Italia pidió la extradición que le fue concedida a los pocos meses. Fue juzgado y murió en la cárcel en 2013.

Que haya peronistas que todavía sigan negando los lazos entre el nazismo y el peronismo original, el vínculo personal entre Perón y muchos criminales de guerra, el crucial aporte de recursos nazis para su llegada de al gobierno, la ausencia de críticas del fundador del movimiento al Holocausto y -por el contrario- el disgusto que expresó en reiteradas oportunidades a los tribunales de Nuremberg, es otra prueba más de la poca tolerancia a la verdad que sigue habiendo en la Argentina.

jueves, 22 de junio de 2017

Argentina: El brigadier que no apoyó el golpe del 76

La historia del militar que enfrentó a Videla y Massera y se negó a participar del golpe contra Isabel Perón
El brigadier Héctor Fautario murió a los 93 años. Fue el comandante en jefe de la Fuerza Aérea que rechazó ser parte del golpe de Estado de 1976, y perdió su cargo por una rebelión interna ante la indiferencia del peronismo. Anécdotas sobre un militar republicano, que no quería prensa
Por Ceferino Reato - Infobae



El brigadier Héctor Fautario, en su carácter de comandante en jefe de la Fuerza Aérea, junto al presidente Juan Domingo Perón y a la vicepresidente Isabel Martínez

El viernes 17 de octubre de 1975, mientras los peronistas marchaban a Plaza de Mayo para escuchar a la presidenta Isabel Perón, los jefes del Ejército, la Armada y la Aeronáutica almorzaban por los canales del Delta a borde del yate Itatí.

El general Jorge Videla y el almirante Emilio Massera intentaban convencer al brigadier Héctor Fautario para que se plegara al golpe de Estado que venían organizando desde mediados de aquel año.

"Me parece que ustedes se están apresurando. El año próximo hay elecciones y se termina el mito de que el peronismo no puede ser derrotado en las urnas. Dejemos que las cosas se solucionen como tienen que solucionarse. Nosotros no estamos preparados para gobernar", les dijo Fautario, según me contó él en una de las entrevistas para mis libros "Operación Primicia" y "Disposición Final".


El brigadier Héctor Luis Fautario murió el 12 de febrero de 2017

Fautario debería ser estudiado en las escuelas como el jefe militar que se opuso al golpe que ocurriría apenas seis más tarde de aquella comida náutica, pero no lo es, en parte por su propia decisión: nunca quiso ser grabado ni, mucho menos, filmado. A principios del año pasado, en ocasión de la reedición de "Disposición Final", me dijo que su familia no quería que él se expusiera.

Una pena que este brigadier entrerriano de fortísimo carácter se haya muerto el domingo 12 de febrero, a los 93 años, sin que casi nadie lo notara, más allá de sus familiares, camaradas y amigos. Porque su negativa al golpe merecía un reconocimiento público. Recordemos el contexto: vastos sectores sociales, económicos y políticos —incluidos, por otras razones, los grupos guerrilleros— propiciaban la caída de Isabelita.


Isabel Perón en el balcón de la Casa Rosada. Desde 1975 los comandantes de las Fuerzas Armadas estaban preparando el golpe (Getty)

Los diarios de la época, incluida La Opinión, de Jacobo Timerman, reflejaban ese clima en la opinión pública y utilizaban en sus tapas palabras como "guerra", "subversión" y "extremistas".

Según Videla, en una explicación en la que se quita culpas propias, el golpe de Estado ya era irreversible: "No era una situación aguantable: los políticos incitaban, los empresarios también; los diarios predecían el golpe. La Presidente no estaba en condiciones de gobernar, había un enjambre de intereses privados y corporativos que no la dejaban. El gobierno estaba muerto".

En ese marco, había que tener mucho valor para nadar a contracorriente y negarse a involucrar a su fuerza en la lucha de los militares contra el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en la provincia de Tucumán, como Fautario había hecho a principios de 1975.


Fecha trágica para la historia Argentina: 24 de marzo de 1976 (Getty)

Fautario me dijo también que en aquel almuerzo en el Delta, Massera le reveló la fecha del golpe: sería el 24 de marzo de 1976 dado que el Ejército y la Armada necesitaban algunas semanas para adiestrar a los conscriptos (el servicio militar era obligatorio) de la clase 1955, pero que, al mismo tiempo, no podían demorar mucho porque debían anticiparse al inicio de la campaña electoral.

Por su lado, en una serie de entrevistas Videla me confirmó que "la Fuerza Aérea no participaba en las conversaciones sobre el golpe" y lo atribuyó al "marcado peronismo de su comandante", algo que Fautario negaba. "Se lo miraba con desconfianza", afirmó Videla.


Isabel Perón, el brigadier Fautario y el almirante Emilio Massera pocos meses antes del golpe

Fautario fue el jefe de la Fuerza Aérea en los cuatro gobiernos constitucionales del peronismo entre 1973 y 1976, que fueron encabezados por Héctor Cámpora, Raúl Lastiri, Juan Domingo Perón y, a su muerte, su esposa, Isabelita, que había sido elegida vicepresidenta. Pero, Fautario fue desplazado a fines de 1975, luego de una rebelión en la Fuerza Aérea, que comenzó el 18 de diciembre con la toma del aeroparque Jorge Newbery y duró cuatro días, encabezada por el brigadier Orlando Capellini.

Videla señaló que él, en acuerdo con Massera, respaldó el alzamiento de Capellini: "Lo apoyamos por la pasiva, demorando la represión. Era lógico reprimir ese levantamiento, pero, por un lado, era otra fuerza y no quedaba nada simpático que saliésemos a tirar contra ellos; por el otro, sabíamos que Capellini había tomado esa actitud porque iba a ser pasado a retiro por Fautario y nosotros, con Massera, simpatizábamos más con Capellini que con Fautario. Al brigadier Agosti, sucesor de Fautario, lo considerábamos más confiable que él desde todo punto de vista".


La Junta Militar: Emilio Eduardo Massera, Jorge Rafael Videla y Orlando Ramón Agosti (Getty)

Tres meses después de ese levantamiento, Orlando Agosti sería el tercer hombre de la Junta Militar que tomaría el poder.

Premonitorias las palabras de Fautario, antes de perder su cargo. En un momento de la crisis en su fuerza, fue a la residencia de Olivos e intentó ver a Isabelita, que no lo recibió. Le envío entonces un mensaje a través del edecán de la Aeronáutica: "Cuídese, señora, porque a usted la van a echar en marzo".

*Editor ejecutivo de la revista Fortuna, su último libro es Disposición Final.

martes, 6 de junio de 2017

La miserable generación de los 70s que arruinaron un país

Las llamas de los 70 nos siguen devorando
Jorge Fernández Díaz
LA NACION



Era una variante casera de la "bomba vietnamita": setecientos gramos de trotyl en una lata redonda y chata, con cien postas de 9 milímetros, un mecanismo de relojería y una manija para enganchar en el elástico de la cama. La cargaba en su cartera una angelical estudiante de voz cheta, que había nacido en Punta Chica y que bruscamente se había vuelto amiguísima de la hija del jefe de la Policía Federal: el general Cesáreo Cardozo, figura ascendente de la dictadura de Videla y hombre clave en la represión más oscura. Todo había comenzado unos meses atrás en el Colegio María Auxiliadora de San Isidro: la chica le había revelado a un referente de Montoneros a quién tenía por compañera de estudios; la información ascendió la escala interna y la Conducción tomó cartas en el asunto, le ordenó estrechar vínculos y la ayudó a planificar detalladamente el atentado. Ana María González se ganó la confianza de toda la familia, incluso el afecto de Cardozo, y por lo tanto los custodios no le revisaron a ella la cartera cuando pasaron a recogerlas a las dos por el instituto: con armas y sirenas, condujeron a las estudiantes hasta el departamento de su jefe sin sospechar que también trasladaban una bomba en el interior de una lata de perfumes. La secuencia parece extraída de un thriller de Brian De Palma: Anita y su amiga comienzan sus tareas, pero ella al rato pide permiso para hablar por teléfono (había una extensión en el dormitorio de los padres), pasa antes por el baño, activa la bomba, y luego la coloca bajo la cama. Tiene unos segundos de vacilación, porque no quiere fallar y calcula que colgó el "caño" a la altura de los pies: se imagina en ese momento que a pesar de todo Cardozo puede quedar vivo. No quiere correr riesgos. Vuelve entonces sobre sus pasos para reubicar el explosivo a la altura de la cabeza. Después anuncia que se siente mal y que prefiere irse a casa. A las 1.36 de la madrugada del 18 de junio de 1976 sobreviene la explosión: el cuarto del general queda reducido a escombros; su sangre salpica el techo. La hija de Cardozo grita, desesperada: "¡Nos traicionó, nos traicionó!"

El historiador Federico Lorenz, inscripto quizá sin pretenderlo en un nuevo revisionismo de los 70, rescata del pasado este hecho maldito en Cenizas que te rodearon al caer (extraordinario verso de Gelman), un libro flamante que intenta reconstruir la vida enigmática y la muerte nunca aclarada de esa chica paqueta que a través de un novio llegó a las villas y a la militancia revolucionaria, que después de la explosión se volvió tristemente célebre y fue buscada por cielo y tierra, y que era considerada "una santa de la Orga". El asunto condensa todas las contradicciones de una época manipulada por unos y otros, y recientemente glorificada con peligrosa banalidad por el aparato kirchnerista. La víctima era una pieza fundamental del terrorismo de Estado y de un régimen que cometió las peores atrocidades, y la victimaria era integrante de una organización con delirio militarista que pasó a la clandestinidad en democracia, que consagró como metodología el crimen político y que, tal como le admitió Firmenich a García Márquez, apostó al golpe militar: preferían esa dictadura a que continuara la guerra peronista.


Es interesante aunque completamente azaroso que este libro se publique la misma semana en que se desclasificó un decreto secreto firmado por Perón en abril de 1974. Allí el líder del Movimiento disponía la elaboración de un plan para "eliminar las acciones subversivas violentas y no violentas". Las primeras se entienden con claridad; las segundas abren incógnitas, y ambas recuerdan el amplio espectro con que a continuación la Triple A asesinó a simpatizantes y soldados de la JP, y cómo en paralelo, amenazó de muerte y persiguió a simples artistas de izquierda. Ya se sabe: bajo la administración justicialista se perpetraron 1500 ejecuciones y hay registrados 900 desaparecidos en la Conadep. Nadie reclama por esos muertos. El decreto en cuestión tiene una frase donde Perón, por oportunismo o por convicción renovada (venía de largos años en Europa) expone lo que decide atacar y lo que dice defender en esa hora: "El Estado argentino enfrenta la subversión armada de grupos radicalizados que buscan la toma del poder para modificar el sistema democrático pluripartidista".

Este revisionismo permite refrescar la rapidez con que aquellos adolescentes de "familias bien" pasaban de la frivolidad a la idealización de la lucha armada, y el encuentro entre esa vanguardia esclarecida y el peronismo real; una vez mientras Anita disertaba acerca de su repentina preocupación por la pobreza, un compañero de origen humilde estalló y le dijo en la cara: "¡Pero qué mierda hablás de la villa, si nunca pasaste hambre, vos no sabés un carajo de los pobres!" Más adelante, Lorenz la ubica en la columna de "imberbes" que es echada de Plaza de Mayo. Finalmente, durante la admisión regocijada de la Operación Cardozo, cuando Anita da una conferencia de prensa bajo la consigna "Perón o muerte". Ese Perón era, claramente, una construcción ficcional; como lo fue también la Evita revisitada. No les importaba la realidad, sino el obstinado relato que hacían de ella.

Lo cierto es que la estruendosa muerte del general Cardozo resultó una pésima decisión de la cúpula montonera. Ya no se trataba de la acción callejera contra un hombre armado y protegido o del ataque a un regimiento, sino de la infiltración aviesa de una familia para cometer desde adentro un homicidio íntimo. El asunto les vino como anillo al dedo a los jerarcas militares, que se victimizaron y dieron a entender que quienes rompían de tal manera las reglas básicas merecían una cacería sin códigos. El hecho provocó una serie de matanzas y un revanchismo sangriento y torturador, y además desató una opresiva campaña pública de sospecha y vigilancia contra toda la juventud. La guerrilla peronista confirmaba una vez más su mediocridad política y su insistencia en ser funcional a sus más enconados enemigos.

La generación que siguió a los setentistas fue bombardeada, en sus primeros años, por ese atentado icónico e indefendible con el que se pretendía justificar cualquier respuesta. Más tarde denunció la infame maquinaria de exterminio montada desde el Estado y tendió, a lo largo de la primavera alfonsinista, a aceptar que Anita, sus compañeros y sus superiores, se inscribían en aquella épica romántica del Che Guevara. Los últimos juicios a los responsables de la dictadura y la repugnante exaltación de Montoneros, dos operaciones (una buena y una mala) del kirchnerismo, construyeron un nuevo jalón en la conciencia y crearon la necesidad de revisar la historia para empezar a poner las cosas en su lugar. Que es este lugar incómodo, lleno de mentiras y falsos héroes, donde pocos sectores de la sociedad argentina se salvan del infierno de la complicidad. En ese contexto debe leerse Cenizas que te rodearon al caer: su autor cuenta cómo Ana María González vivió para siempre escondida, porque la Orga no quería correr el riesgo de que fuera capturada ni abatida por los militares. El investigador conjetura, con algunas pruebas a la vista, que la chica de la bomba vietnamita fue herida en San Justo, durante un tiroteo casual, y murió más tarde en una casa alquilada por Montoneros: como era un trofeo político, sus camaradas decidieron incendiar la vivienda y carbonizar el cadáver. Esas llamas nos siguen devorando a todos.

sábado, 29 de abril de 2017

SGM: El nazi (otro más) que vivió en Argentina y murió en Paraguay

La asombrosa historia del criminal nazi que acabó bajo el bisturí de estudiantes de medicina paraguayos
Eduard Roschmann, alias Federico Wegener, vivió en Argentina y murió en Paraguay después de una larga fuga y con un periodista pisándole los talones. El tercer capítulo de los nazis que se escondieron en Sudamérica, en la pluma y el recuerdo de Alfredo Serra
Por Alfredo Serra | Especial para Infobae




Eduard Roschmann, comandante del campo de concentración en la capital de Letonia y responsable de la muerte de 40.000 judíos, terminó en una morgue paraguaya como objeto de estudio de aprendices de medicina

"En los ómnibus que oficiaban como cámaras de gas, Roschmann había ordenado pintar en los vidrios las figuras de seres humanos sonriendo. El que los veía pensaba, tal vez, que era gente feliz camino a su weekend. Pero en ese mismo momento, morían asfixiados adentro". (Frederick Forsyth, testimonio de 1977)

De cuantos sucesos extraños me ha deparado mi oficio, éste es el mayor. En 1972, Forsyth escribió uno de sus grandes best-sellers: "Odessa", basado en la organización del mismo nombre que protegió a criminales nazis del derrotado Tercer Reich. Eligió como protagonista a Eduard Roschmann, un SS que huyó de Alemania sin dejar rastros.


La primera mitad del libro es real: una biografía del SS hasta su desaparición. La segunda, ficción: un periodista lo busca para vengarse porque Roschmann asesinó a su padre. Pero esa segunda parte -la real- es la que yo investigué hasta su muerte siguiendo cada uno de sus pasos. Completé lo que para Forsyth hubiera sido imposible…

Lo que sigue es la exacta verdad.


Eduard Roschmann también fue protagonista de la novela best seller “Odessa”, del británico Frederick Forsyth, y del film del mismo nombre

Casi todos los pasajeros que iban en el ómnibus sonreían. Casi todos. El único gesto hosco, huidizo, era el del hombre del asiento número 23 -izquierda, ventanilla-: un hombre gordo, de cara roja y espeso bigote negro. A las ocho en punto de la noche del 6 de julio de 1977, el ómnibus de la compañía La Internacional -gris, con los colores de la bandera paraguaya pintados a lo largo- salió de Buenos Aires rumbo a Puerto Falcón, a 15 kilómetros de Asunción del Paraguay.

Un cuarto de hora antes, el hombre había llegado en un taxi a la estación terminal, jadeante, y se había desplomado en su asiento. Vestía pantalón negro, saco sport gris muy grueso, camisa blanca, corbata azul, y un sombrero brilloso por el uso y algo echado hacia delante le tapaba la cara. Mientras aseguraba su equipaje, su compañero de asiento bajó la vista: el hombre, a pesar de su sombrero y de su severa ropa, llevaba zapatillas deportivas blancas. Más tarde, en la primera parada, cuando el hombre bajó para tomar un café, su compañero de asiento notó que rengueaba.

A lo largo del viaje, el hombre se mantuvo despierto. Mientras pudo se sumergió en las páginas de un libro escrito en alemán. Cuando el chofer apagó las luces, guardó el libro en uno de los bolsillos de su saco y se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el vidrio, como si quisiera descifrar el paisaje borrado por la noche.

El ómnibus llegó a Puerto Falcón el 7 de julio a las tres de la tarde. Asunción gemía bajo 32 grados y 90 de humedad. Unas nubes oscuras con borde violeta estaban a punto de estallar en diluvio.

El hombre bajó del ómnibus y se mezcló entre la gente, en la ruidosa terminal Brújula: una confusa geografía en la esquina de Presidente Franco y Colón. Adormilado, entró a una de las casas de cambio y metió un billete de 100 dólares por el hueco abierto en el vidrio blindado de la ventanilla. El empleado le dio 11.300 guaraníes.


Eduard Roschmann, “el carnicero de Riga”, vivió en Olivos, Buenos Aires, con documentos argentinos a nombre de Federico Wegener

A las tres y veinte se sentó en una mesa de la Pez Mar, una antigua taberna, y pidió una gaseosa de cualquier marca, "pero bien helada", exigió. Le sirvieron Guaraná, y se la tomó de un golpe. Mientras pagaba le preguntó al mozo si conocía alguna pensión tranquila. El mozo anotó en una servilleta: "Señora Ríos, Iturbe 859".

A las cuatro de la tarde, Juana Echagüe de Ríos, flaca, morena, de 65 años, tomaba tereré en el ancho patio de su pensión de la calle Iturbe, sentada en un sillón de mimbre, cuando un taxi celeste frenó delante de la puerta. El hombre, con el pesado saco colgado del brazo, cruzó el angosto pasillo de entrada y saludó. Juana Echagüe lo miró de arriba abajo: un hábito que después de cuarenta años de oficio le bastaba para aprobar o rechazar al cliente.

-Necesito una pieza. ¿Tiene algo?

-Tengo.

-¿Cuál es el precio?

-Cuatrocientos guaraníes por día con pensión completa.

Aceptó sin mirar siquiera el lugar. Pagó diez días por adelantado. Puso su cédula de identidad en la rugosa mano de la mujer y se hundió en la pieza: un cuadrado de cinco por cinco pintado de rosa furioso, con puerta y ventana verdes, cinco camas de una plaza (una, coronada por un enorme mosquitero), dos roperos que conocieron tiempos mejores y una mesa cubierta por hule deshilachado, albergue de botellas de vino vacías, fruta, remedios y revistas deshojadas.


El hombre no abrió la valija. Colgó el sombrero en un clavo y se tiró en la cama. Sus cuatro compañeros dormían la siesta con los pies desnudos y la cara tapada con revistas. Cuando se despertaron los saludó apenas con un gesto. Los cuatro eran chinos y sólo hablaban chino. Esa noche, mientras devoraba un guiso de fideos en la mesa común, instalada en el patio, se enteró de que los chinos trabajaban como vendedores ambulantes.

En los días que siguieron, Juana Echagüe trató de arrancarle algunas confesiones. Inútil. Se estrelló contra un pétreo silencio. Pero, como una araña en su tela, la dueña de la pensión esperaba su oportunidad. "En algún momento –pensaba–, este hombre me contará su historia". Acaso con la complicidad de la noche, o el café, que tanto le gustaba.


Eduard Roschmann era austríaco y había nacido en 1908. Pero, según el documento argentino, se llamaba Federico Wegener, y era un checo nacido en junio de 1914 (Nazis en las sombras, Atlántida)

Pero el hombre no se rendía. Se levantaba al amanecer. Desayunaba -pan, manteca, dulce, mucho café- y volvía a la miserable pieza. No se levantaba de la cama ni siquiera cuando limpiaban. Respiraba con dificultad y se agitaba por nada. Leía revistas (siempre las mismas), y el libro escrito en alemán. No hablaba por teléfono ni recibía llamadas. Jamás le llegó una carta. Una vez, ella lo sorprendió mientras quemaba en el baño una de las revistas que guardaba debajo del colchón…

A la hora del almuerzo se sentaba, puntual, en la cabecera. Oía la charla de todos, pero no abría la boca. Comía con avidez. Casi con ferocidad. Con el último bocado volvía a la pieza. Salía otra vez para tomar la merienda y esperaba en la cama, alumbrado por una lámpara sin pantalla, las palmadas que anunciaban la comida de la noche. Aceptaba cualquier menú. Luego, vuelta a la cama. No intentaba hablar con los chinos ni los chinos se esforzaban por hablar con él. Vivían juntos. Los unía la promiscuidad. Pero no había entre ellos siquiera una precaria forma de comunicación.

El día número diez, la dueña de la pensión le preguntó a quemarropa qué hacía en Asunción. El hombre le dijo que había ido a visitar a una amiga alemana, pero que no podía encontrarla. Ella advirtió que mentía: nunca había salido de la pensión… Pero aprovechó la brecha para preguntarle algunas cosas más.

El hombre le dijo que nació en Checoslovaquia. Hablaba con fuerte acento alemán y no entendía bien el español. Había que repetirle frases, ya que preguntaba con muletillas: "¿Cómo dice? ¿Dice usted?". También reveló no tener familia y trabajar como empleado. Pero el undécimo día rompió la reclusión.

Salió a las cinco de la tarde y volvió tres horas después con un paquete en la mano. Un pantalón que compró en la casa Monarca, en pleno centro, y que pagó 1.500 guaraníes. Cuando la dueña estaba a punto de darse por vencida empezaron a suceder cosas extrañas.

El día decimoquinto, por la mañana, uno de los chinos abandonó la pensión. Una hora después ocupó la cama libre un uruguayo joven, de pobrísimo aspecto. Al otro día, cuando Juana asomó su cabeza para anunciar que el desayuno estaba servido descubrió que el uruguayo había desaparecido. En ese momento, su enigmático cliente salía del baño.

-Me robó. El uruguayo me robó cinco mil guaraníes y dos camisas.

-Ya mismo llamo a la policía.

-No, por favor. No llame a nadie. No importa.

Ella insistió. Y por primera vez, el hombre perdió la calma.

–¡La policía no! ¡La policía no! ¡Deje todo como está!


El terrible hacinamiento en los campos de concentración. Así dormían los prisioneros judíos del régimen nazi (Archivo)

Tres días más tarde empezó el final de la historia. La noche del 25 de julio comió con brutalidad. Después del postre -dos enormes pedazos de mamón en almíbar- rechazó el café, dijo que estaba muy fatigado y se acostó vestido. A las seis de la mañana del otro día, uno de los chinos se despertó sobresaltado por unos ronquidos.

Saltó de la cama. El hombre estaba violeta. Tenía los ojos abiertos, y su boca dejaba escapar algo parecido a la espuma. Los gritos del chino alertaron a toda la pensión.

Epifanio Ríos, hijo de la dueña, salió a la calle y llamó un taxi. Lo envolvieron en una frazada, lo metieron en el taxi y lo llevaron al Hospital de Clínicas, a unos tres kilómetros del centro. Félix Motta, uno de los médicos residentes, ordenó que lo internaran en la sala B de la primera cátedra de Clínica Médica: un rectángulo de quince por siete casi centenario y recién pintado de verde claro. Lo acostaron en la cama número 16, debajo de una repisa llena de flores de material plástico.

Motta, después de revisarlo, informó que estaba en coma. Sin embargo, no murió. Resistió ese día, el otro, el tercero. Los médicos le hicieron una traqueotomía.

El primer día de agosto se levantó de la cama. El 4 pidió permiso para volver a la pensión y sacar su equipaje. Tomó un taxi en la puerta del hospital, entró en la pensión, hizo su valija en cinco minutos y se despidió de la dueña.

-¿No va a volver?

-No sé. Pero me espera un tratamiento muy largo. No vale la pena que pierda un cliente por guardarme la pieza…

Al otro día, 5 de agosto, la enfermera Mirtha Rodríguez no lo encontró en su cama. Temprano, mezclado entre los otros enfermos y las visitas, bajó por la escalera (la sala B está en el primer piso), atravesó el enorme patio y salió a la calle. Volvió cinco horas después. Le preguntaron adónde había ido, pero se encerró en un terco silencio: como en sus días en la pensión.

El día 10 a las siete de la mañana, la misma enfermera se acercó a la cama 16 con el termómetro en la mano. El hombre tenía los ojos abiertos. El brazo derecho colgaba fuera de la cama. La sábana, retorcida, dejaba sus pies al descubierto. Pies mutilados. Un solo dedo en el derecho y cuatro en el izquierdo.


A Roschmann le faltaba un dedo del izquierdo y tres del derecho, amputados después de su fuga por la nieve tras el suicidio de Hitler (Nazis en las sombras, Atlántida)

Estaba muerto. Hora del final: 0.45. Causa: infarto de miocardio. Cerca de la medianoche del mismo día 10, uno de los secretarios de redacción del diario ABC Color revisaba las últimas pruebas de la edición. Sonó el teléfono. Una voz de una mujer dijo: "Esta mañana murió un hombre en el Hospital de Clínicas, Federico Wegener. Investiguen. Ese hombre es Eduard Roschmann, el criminal de guerra".

Una hora más tarde, la morgue del Hospital de Clínicas se iluminó con el resplandor de los flashes. Federico Wegener, el pensionista silencioso de la calle Iturbe, estaba sobre una gastada mesa de mármol. Su cara, su bigote, las cicatrices de su cuerpo, sus pies mutilados, eran pistas. Pero no definitivas.

Al amanecer del 11 de agosto, el comisario de la primera sección de Asunción revisó todos los papeles del muerto. Entre ellos, una libreta de enrolamiento argentina número 8209470 a nombre de Federico Wegener, nacido el 21 de junio de 1914 en Eger, Sudeti, Checoslovaquia. Y una cédula de identidad argentina, Policía Federal, número 7.550.943, del 9 de noviembre de 1967. Fecha de entrada a la Argentina: 2 de octubre de 1948.

"No es Roschmann. Alguien murió por él", dijo Simón Wiesenthal en su bunker: el Centro de Documentación Judía de Viena. Acababa de recibir un cable con la noticia de la muerte de Federico Wegener. Con esa misma frase empezó, dos horas más tarde, esta conversación telefónica con él.

-Insisto. No es Roschmann. Alguien murió por él. La organización es tan grande que puede disponer de cadáveres de reemplazo. Según mis informantes, Roschmann está en Bolivia.

-Pero hay muchas coincidencias, Wisenthal. Los dedos de los pies cortados, por ejemplo.

-Sí, lo leí en un cable. Eso me confunde. No tengo ese dato.

-Sin embargo, Forsyth asegura que sí. (Nota: un mes antes, el escritor le dijo a una enviada especial que Roschmann perdió los dedos de los pies por congelamiento. A fines del invierno de 1948, mientras lo llevaban detenido de Graz a Dacha, saltó del tren por la ventanilla del baño. Había mucha nieve, y caminó varios kilómetros hasta una población. Se le congelaron los pies. La gangrena obligó a un médico a cortarle los dedos).

-¿Qué archivos consultó Forsyth para lograr sacar esos datos?

-Los archivos británicos.

-Entonces es posible que sea Roschmann. Mi ficha sobre él no es demasiado completa.


Roschmann en la camilla de la morgue de Asunción, Paraguay. Murió en julio de 1977 de un ataque al corazón. Nadie sabía su nombre: era un NN (Nazis en las sombras, Atlántida)

Emilio Wolf es un fiambrero próspero. Su negocio, La Alemana número 1, está en la calle Yegros, centro de Asunción. Cuando vio la fotografía de Wegener en los diarios no pudo reprimir el grito: "Ese hombre es Roschmann! No puedo equivocarme. Si lo hubiera encontrado por la calle, yo mismo lo habría matado!

Ese mismo día lo entrevistó un periodista del ABC Color. Y veinticuatro horas después, siete balas se clavaron en el frente de la fiambrería. Crucé la calle -yo vivía en el hotel de enfrente-.

-¿Qué pasó?

-Lo que tenía que pasar. Ayer, después de la nota en el diario, recibí cuarenta amenazas de muerte. Pero no le tengo miedo ni a un batallón de nazis.

-¿Por qué está tan seguro de que el muerto es Roschmann?

-Estuve en siete campos de concentración. En tres estuvo Roschmann. Pasaron muchos años. Pero cuando alguien te da una paliza todos los días, no te olvidás de él aunque engorde, se quede pelado o se haga cirugía estética. La mirada de su fotografía es la misma del hombre que gozaba castigando a los prisioneros con un látigo de alambre.

Doce del mediodía del sábado 13 en Asunción. Estoy a punto de partir. Bajo la luz agónica de una lámpara, sobre una mesa de mármol, veo por última vez el cadáver de Federico Wegener o Eduardo Roschmann. Afuera, 160 estudiantes del primer curso de Anatomía ríen, hablan, cantan. Salgo. Uno de ellos me pregunta.

-¿Nadie reclamó el cadáver?

-Nadie.

-Qué bien.

-¿Por qué?

-Somos futuros médicos. Necesitamos cadáveres para estudiar, y no tenemos muchos. Podemos usar su cuerpo para las clases prácticas.

En 1944, ese hombre que está tapado con una lona verde sobre una mesa de mármol, mandó a la muerte a 80 mil judíos. Y ahora, mediodía del sábado, es apenas un despojo que espera el bisturí.

Su fuga duró 34 días: su infierno privado. No lo alcanzó el castigo: extradición, juicio, condena, horca. Caso cerrado. Me voy. Lo último que veo y oigo es un grupo de muchachos con guardapolvo blanco celebrando la llegada de un cadáver sin dueño. Como un acto de justicia. Como una sinfonía.