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sábado, 24 de marzo de 2018

Guerra antisubversiva: Los muertos invisibles

Los muertos invisibles de la Argentina

Jorge Fernández Díaz || LA NACION




El último gesto de vida de Antonio Muscat, segundos después de recibir una lluvia de plomo, es esta lágrima furtiva que le cruza el rostro final, tendido sobre la vereda ensangrentada. Nació en Dock Sud, provenía de una humilde familia de inmigrantes malteses y se casó con una bella croata de tres nombres a quien todos llamaban Beba. Se recibió de contador público, ingresó en Molinos e hizo una larga carrera en el grupo Bunge & Born. Su vida personal siguió siendo sencilla, frugal y feliz: se lo veía siempre cortando el pasto del jardín de su casa de Quilmes, acompañando a sus tres hijas mujeres y ayudando a los más pobres desde sociedades de fomento, club de leones y parroquias ribereñas. Beba lo esperaba todas las tardes con la alegría de una novia. Al día siguiente del secuestro de los hermanos Born, ella atendió un llamado: "Decile al hijo de puta de tu marido que va a ser el próximo". Al principio de los violentos años 70, la compañía le había ofrecido trasladarse a Brasil; luego le intervinieron el teléfono y le pusieron una custodia. Pero Antonio no quería asilarse ni vivir vigilado; pensó sinceramente que nadie querría matar a un simple gerente, a un tipo de barrio. Más bien cavilaba, y no sin algo de razón, que esos amagues eran simples presiones para que el patriarca de los Born soltara por fin el dinero del rescate. Pero el patriarca se ponía duro y las negociaciones se dilataban, y entonces los responsables de la Operación Mellizas tomaron secretamente la decisión de "ejecutar" a algún empleado de la compañía para ablandar la voluntad, para aceitar el diálogo. Antonio Muscat no tenía forma de saber que ya se había transformado en un blanco móvil.

Esta mañana del 7 de febrero de 1975 gobierna Isabel Perón, y hay un sol radiante. Muscat, como todos los días, se levanta temprano, sale a hacer flexiones y ejercicios de respiración, se ducha y despierta a Beba: siempre se sienta a su lado en la cama y le ceba unos mates. Luego carga a dos hijas en su Ford Falcon y cambia su itinerario de rutina, puesto que debe dejar a una de ellas en la estación de trenes. "Apurate que tengo varios coches atrás", le dice. Ella se apura y, por lo tanto, solo le deja un beso fugaz. Todavía hoy, 43 años después y con la perspectiva del drama, se arrepiente de aquella fugacidad. El dolor nos vuelve injustos con los detalles.

En la barrera Rodolfo López un coche le frena a Muscat por la retaguardia, y otro se adelanta y se le pone a la par. El contador entiende que algo grave está por suceder, porque comienzan a sonar dos sirenas. La barrera se alza y él pisa el acelerador. Pero a los pocos metros un tercer auto sale de la nada y lo bloquea, y lo encierran hacia la derecha. De ellos surgen nueve tipos armados con ametralladoras y le arrojan gas pimienta. La otra hija de Muscat baja aturdida y se refugia por un instante detrás del Falcon, y Antonio parece alejarse de ella quizá porque intuye que van a rociarlo de muerte, y no quiere que las balas la alcancen. Los asesinos se concentran en él: uno de los proyectiles le entra por el brazo, le atraviesa el tórax y le toca el corazón.



Cuando se acerca, su hija lo ve caído y por el rabillo del ojo divisa a los nueve homicidas, que regresan a sus coches con las ametralladoras humeantes. Es en ese instante de conmoción cuando observa que aquella lágrima solitaria y última surca la cara de su padre. Un conscripto que pasa por ahí la ayuda a cargar el pesado cuerpo y a conducirlo a la Clínica Modelo. Beba Muscat, pocos minutos más tarde, entra en el quirófano sin saber que su marido ya ha expirado y le grita: "¡Vamos, Antonio, fuerza!". Hasta que una enfermera la acaricia amorosamente, ella se da cuenta de la verdad y se desmorona.

Muscat fue sepultado en el cementerio de Avellaneda; dentro de la caja fuerte de su oficina encontraron varias amenazas firmadas por Montoneros y ERP. Born, que lo conocía y lo estimaba, ordenó fríamente que pagaran una indemnización, pero solo envió unas flores y una tarjeta impersonal. Sus dos hijos recobraron la libertad, pero nadie se acordó nunca de esa familia mutilada. Ni una línea, ni una palabra, ni un llamado. Beba se sintió abandonada emocionalmente por los patrones de su esposo. Estuvo un año entero muerta en vida, hasta que de pronto resucitó: dijo que nunca más iba a consumir la yerba ni la harina ni ningún otro producto que fabricaran las empresas de los Born, y se dedicó con risas y con garra a sacar adelante a sus hijas. Jamás volvió a enamorarse, pero logró que todas hicieran un buen duelo y que no se agitara obsesivamente en el hogar la memoria de aquel terrible atentado; no quería que sus nietos crecieran con resentimiento. La dictadura militar les pareció a todas ellas una aberración inexcusable: lavar sangre con más sangre, combatir el terrorismo transformando al Estado en terrorista y en sádico asesino en masa. Los posteriores negocios de Born con Galimberti les hicieron rechinar los dientes. Y la irresponsable mitificación de los montoneros operada por el gobierno kirchnerista les crispó los nervios. Tuvieron que romper su propio criterio con esos hijos y sobrinos cuando descubrieron que el clima de época les inculcaba la épica de la "juventud maravillosa". Se vieron forzadas a sentar a esos chicos y a explicarles seriamente lo que había sucedido con el abuelo. Y cómo los miembros de aquellas bandas armadas jamás pidieron perdón, y el modo en que se silenciaron a todas sus víctimas mediante una extraña extorsión pública según la cual evocar las aberraciones terroristas implicaba necesariamente disculpar el exterminio de Videla y de Massera, o sustentar de manera automática la "teoría de los dos demonios".

Por esa misma razón, hay 1094 muertos invisibles en la Argentina; la mayoría de ellos, eliminados en tiempos de democracia. Civiles y no combatientes. Personas que trabajaban para una multinacional y eran fusiladas con alevosía bajo la acusación de "colaborar con el capitalismo", o que se encontraban en el lugar equivocado a la hora equivocada, y una bomba las volaba en pedazos. O policías recién salidos de la escuela que eran agentes de tránsito y servían como bautismo de fuego para los militantes más ambiciosos: les disparaban a los vigilantes a mansalva en una esquina y ganaban así prestigio en el escalafón interno de la Orga. Hirieron, por ese camino, a 2362 ciudadanos y secuestraron a 756 hombres y mujeres.



Los Muscat no reivindican la represión ilegal, ni repudian las condenas a los militares, ni siquiera esperan que un juez alcance alguna vez a las cúpulas guerrilleras: parece demasiado tarde. Solo aspiran a salir del pozo del olvido, ese averno de silencios donde la muerte es omitida por el Estado y por la sociedad. Los desaparecidos, con gran justicia, tienen actos, homenajes, museos, parques de la memoria, lugar en los libros. Estos muertos, en cambio, no tienen nada. Su recuerdo no solo es necesario para reparar esa sustracción, sino para cuestionar esta nueva historia oficial que se cuenta en las aulas colonizadas, según la cual hubo una generación "heroica" que dio todo por cambiar el mundo. Incapaces de un mínimo pedido de disculpas, muchos de ellos fueron en verdad asesinos autoindulgentes, arrogantes e impunes recubiertos bajo la piel de "idealistas". Pensé mucho en ellos y en Muscat al leer esta semana la novela Patria, sobre ETA y el País Vasco. Fernando Aramburu, su autor, vino a Buenos Aires y lo dejó claro: "Matar por un ideal es un crimen".

domingo, 18 de marzo de 2018

Guerra Antisubversiva: La copera y el operativo Independencia

Isabel Perón y el "Operativo Independencia": la firma del decreto secreto que condujo al golpe de Estado

Hospedada en una base naval, la Presidenta decidió la intervención del Ejército en Tucumán en 1975. La disputa de López Rega y Massera por el control de la represión, y de Isabel

Por Marcelo Larraquy || Infobae
Periodista e historiador (UBA)




El miércoles 5 de febrero de 1975, hace 43 años, Isabel Perón y siete ministros de su gobierno firmaron en la Casa Rosada un decreto de carácter "secreto".

En su artículo 1, facultaba al Ejército la ejecución de "las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos" en Tucumán.

Pasados los años se discutió si la orden de "aniquilar el accionar…" implicaba la "eliminación física", pero en los hechos fue lo que sucedió.



Aún más: el decreto aceleró la autonomía de las Fuerzas Armadas frente al sistema político, que la condujo a la toma del poder, y terminó por encarcelar o perseguir a los funcionarios que lo habían firmado.


Ese verano de 1975 la agenda política estaba marcada por la convocatoria a paritarias –y la consecuente negociación entre el Gobierno y los gremios- y la posibilidad de un llamado a la elección de Vicepresidente, cargo que había quedado vacante tras la asunción de Isabel Perón.

En la rutina política veraniega se transmitía el malestar que había generado –aún en el Justicialismo- la creación de la Secretaría Privada de la Presidencia, un decreto concebido por una iniciativa del ministro de Bienestar Social y Secretario José López Rega.


Isabel Perón y José López Rega

Era el hombre fuerte del país, que acompañaba día y noche a la Presidenta.
Ambos dormían en la residencia de Olivos.

Se sospechaba que, después de la muerte del comisario Alberto Villar, jefe de la Policía Federal –muerto por Montoneros en noviembre de 1974- López Rega era quien detentaba el mayor poder para la represión no institucional.

Nadie del Gobierno ni del Justicialismo le reservaba críticas públicas ni se animaba a reclamar su renuncia. La oposición apenas hacía notar "el centralismo del poder" y requería que las decisiones las tomara "la Presidenta, y no un Supersecretario".

Hasta ahí se llegaba. No más.

El analista Mariano Grondona describió con crudeza todo lo que no se decía.

Escribió:

"La caída, que muchos desean, entrañaría peligros. López Rega ha promovido o facilitado una serie de desenvolvimientos que se aprueban en voz baja y se critican en voz alta. La firmeza ante la guerrilla, la desideologización del peronismo, la recuperación de la universidad, pasan por el discutido secretario ministro. De la estirpe de los Ottalagano y los Lacabanne, José López Rega es uno de esos luchadores que recogen, por lo general, la ingratitud del sistema al que protegen". (Mariano Grondona, revista "Carta Política", diciembre de 1974).

En la esfera presidencial se vivía un verano calmo.

La Presidenta, de vacaciones, hospedada en la Unidad Turística Chapadmalal, realizaba paseos en auto por Cabo Corrientes y la Playa Bristol de Mar del Plata. También caminaba las calles del balneario acompañaba de López Rega y otros colaboradores.

La Secretaría de Prensa le acondicionó una habitación del Hotel Provincial para que disfrutara del Gran Premio de Brasil de Fórmula Uno, con un equipo con sistema francés de televisión en color.

Alternaba las vacaciones con reuniones de trabajo. Recibió al ministro de Defensa Adolfo Savino, al jefe de la Policía Federal Luis Margaride, y también a los sindicalistas Lorenzo Miguel y Casildo Herrera.

Después de una semana de reuniones y paseos, López Rega decidió distanciarse de la rutina presidencial, dejó a Isabel al cuidado de su yerno, y subsecretario de Prensa y Difusión Jorge Conti y el peluquero Bruno Porto, y se fue a Brasil.

La distracción del ministro

Hacía tiempo quería hacer ese viaje y no encontraba el momento.

El ministro fue a conocer un terreno que le había comprado Claudio Ferreira, un brasileño amigo, umbandista, que había conocido en la casa de su Madre Espiritual, Victoria Montero, en los años '50.

El terreno estaba sobre la playa Arena Blanca, en el municipio de Sombrío, al sur de Santa Catarina. Tenía 350 metros de frente y 1.000 de fondo. Aspiraba a construir un complejo hotelero.

Llegar a esa playa le resultó accidentado.

En el camino, fue detenido en el balneario de Torres junto a Ferreira y sus custodios Miguel Ángel Rovira y Rodolfo Almirón, quienes muchos años más tarde serían procesados en la causa de Triple A.

El conserje de hotel Sao Paulo Palace se asustó por el nivel armamentístico -supuso que llegaban para robar el banco-, y alertó a la comisaría. El 25 de enero, al amanecer, ocho policías irrumpieron en la habitación de López Rega, lo detuvieron y esposaron.


José López Rega

El ministro les mostró una cédula de identidad brasileña a nombre de "José López", con domicilio en Uruguayana, pero como la verificación de su autenticidad se demoraba, López Rega explicó que era el secretario privado de la presidenta argentina y el resto de los detenidos eran sus colaboradores. Al cabo de unas horas lo liberaron.

López Rega les regaló postales que promocionaban el Mundial '78.

Mayúscula fue su sorpresa cuando, de regreso al país, se enteró que Isabel Perón había abandonado la Unidad Chapadmalal y se había hospedado en la Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina, en Punta Mogotes. Su director, el capitán de fragata Roque Funes, ya había dispuesto un cuarto para que hiciera gimnasia y refaccionó otro para que lo usara de estudio.
López Rega entendió que, aprovechando sus cuatro días de ausencia, la Armada había tendido un cerco sobre Isabel.

Era la primera vez que la Presidenta escapaba de su radar.

Era cierto que fue Perón el que había borrado su histórica enemistad con la Marina, expresada en los bombardeos de 1955, y había designado como jefe del arma a Eduardo Massera, uno de los partícipes de aquella masacre que dejó cientos de muertos. Su presencia, expuesto al viento y al frío, un mes y medio antes de su muerte, en la base naval de Puerto Belgrano, con Massera como anfitrión, confirmaba la reconciliación con esa fuerza.

Pero ahora era Massera el que atravesaba la línea de la intimidad presidencial y le daba alojo a su viuda.

Isabel había quedado bajo protección naval.

Este hecho tensó la disputa de poder entre el ministro y el contralmirante en torno a la Presidenta.



Desde hacía meses que López Rega desconfiaba del exceso de cortesía del contralmirante. Y en el último diciembre, en una reunión de hermanos masones –ambos eran miembros de la logia P2- expresaron sus diferencias con insultos a la vista de todos.

Incluso más: se supo que el ministro había ordenado a su custodia que mataran a Massera y que el contralmirante planificó con sus grupos de tareas el incendio de dos automóviles Ford Falcon de los parapoliciales de López Rega, como advertencia.

La relación se astilló aún más cuando, a su regreso de Brasil, el ministro intentó ver a la Presidenta en la Escuela de la Armada y le prohibieron el acceso.


El control de la represión


La estadía de Isabel en la base naval fue el anticipo del despliegue de las Fuerzas Armadas para la "lucha antisubversiva".

En una de sus reuniones con el comandante del Ejército Leandro Anaya, Isabel fue persuadida de la necesidad de firmar el decreto para intervenir en Tucumán.

Para López Rega, que la represión se institucionalizara en tropas militares implicaba una pérdida importante de su poder. Hasta entonces esa tarea se libraba desde fuerzas clandestinas reunidas bajo el sello de la "Triple A". Él, desde el Estado, había sido su impulsor original.

En su génesis, la Triple A se había gestado para enfrentar a "los infiltrados en el Movimiento" –la izquierda peronista- y luego ese radio se había ampliado para combatir a los "zurdos", armados o no armados, peronistas o no peronistas. Para las Fuerzas Armadas, la "lucha contra la subversión" excedía las fricciones internas del peronismo, por más violenta que fuesen. Se enmarcaba en la guerra contra el comunismo, por la defensa de Occidente.

Se había instruido en distintas academias militares para esa guerra.

Las Fuerzas Armadas estaban por encima de la "Triple A". De hecho, luego la absorberían.

Las horas decisivas


Después de tres semanas en Mar del Plata, Isabel Perón retomó la actividad en la Casa Rosada el lunes 3 de febrero. Los temas de la agenda política que reflejaba la prensa eran más o menos los mismos.

Isabel Perón en Mar del Plata

Sólo había impactado la irrupción de alrededor de sesenta hombres armados, que colocaron cuatro bombas en las máquinas rotativas del diario "La Voz del Interior" de Córdoba.

Y las habían volado.

La semana política transcurrió sin otros sobresaltos.

Isabel fue a almorzar dos veces a lugares públicos, una vez a "La Cabaña" y otra en el hotel Plaza, acompañada de ministros y colaboradores.

Al día siguiente festejó su cumpleaños 44 en la residencia presidencial. Una multitud se acercó al portón para saludarla y la Presidenta correspondió la gratitud con un saludo desde un helicóptero, en un corto vuelo por los alrededores de Olivos.

El miércoles 5 de febrero, Isabel presidió la ceremonia de entrega de sables a nuevos oficiales de las tres armas en el Teatro Colón, junto a los tres comandantes de las Fuerzas Armadas.

Ese día firmó con su gabinete el decreto secreto que habilitó la intervención militar en Tucumán.

Dos días después ya estaba descansando en el hotel Llao Llao de Bariloche, aprovechando las fiestas de Carnaval. La acompañaba López Rega.

Las tropas militares comenzaron a desplegarse en Tucumán el domingo 9 de febrero en camiones, Unimog, y Jeeps, a lo largo de la ruta 38.



Eran alrededor de 3500 efectivos, dispuestos en los valles Calchaquíes, desde Lules hacia el sudoeste, casi hasta el límite con Catamarca. Lo secundaban tropas de la Gendarmería, la Policía Federal y la provincial.

Los militares también se instalaron en Acheral, a 45 km al sur de San Miguel de Tucumán. Era un pueblo de dos mil habitantes que en mayo de 1974 había sido tomado por algunas horas por el ERP, y se vio a guerrilleros desfilar con uniforme verde oliva y fusiles al hombro.

Los comunicados oficiales sobre la intervención militar comenzaron a emitirse por la tarde del domingo 9, por radio y televisión. Se leyeron dos. Uno era de la Secretaría de Prensa y Difusión.

"La Argentina marcha hacia su destino de potencia. Es nuestro triunfo. El triunfo del pueblo. La victoria de la voluntad mayoritaria de la ciudadanía que votó libremente su destino de grandeza. Combatir a los enemigos del pueblo se convierte así en un imperativo de la hora actual".

El otro fue redactado por la V Brigada de Infantería, a cargo del general Acdel Vilas.

Aseguraba que la operación del Ejército tenía por objetivo "restituir la tranquilidad a sus habitantes alterada por el accionar de delincuentes subversivos que pretenden explotar la impunidad que garantiza la imposición del miedo".

El ministro del Interior Rocamora manifestó que, con el decreto, la autoridad presidencial se mantendría "incólume" y las Fuerzas Armadas acatarían el orden constitucional. Sobre la duración del operativo manifestó: "…habría que preguntárselo a los guerrilleros. Dependen de cuánto duren ellos", afirmó, en tono de broma.

Las respuestas políticas desde la UCR fueron dispares.

Ricardo Balbín apoyó la intervención militar; aseguraba que "no tenía segundas intenciones".



Raúl Alfonsín, en cambio, criticó que el Congreso hubiese sido marginado. Dijo que la decisión del Poder Ejecutivo no contribuía a consolidar el proceso político y ponía en evidencia "la ineficacia del gobierno para solucionar un problema ajeno a esa fuerza (el Ejército)".

Además Alfonsín también atacó la Ley de Seguridad para combatir la guerrilla "que en realidad amenaza a dirigentes políticos y gremiales que luchamos por la liberación nacional".

Desde aquel domingo 9 de febrero de 1975, las tropas militares actuaron sin ningún control político ni judicial en Tucumán.

El gobernador peronista Amado Juri, elegido el 25 de mayo de 1973, se limitó a prestar su "más amplio apoyo a las operaciones militares". Pronto quedó en un segundo plano.


La autoridad política de la provincia era el general Acdel Vilas.

El jefe de la V Brigada de Infantería –que alguna vez había comandado el general Videla- instaló su centro operativo en la localidad de Famaillá.

Y transformó la escuela del pueblo en el primer centro de detención ilegal durante gobierno de Isabel, "La Escuelita".

Los pasos previos


Durante su Presidencia, Perón había confiado en la Policía Federal para enfrentar a la guerrilla. Tras su muerte, las Fuerzas Armadas fueron obteniendo una autorización progresiva para la represión.

En agosto de 1974, luego de que ERP intentara asaltar el Regimiento 17 de Catamarca, el Ministerio de Defensa autorizó la acción militar para aprehender a una veintena de guerrilleros que habían quedado aislados en una lomada, cuando emprendían la fuga.

Las tropas del Ejército intervinieron. Los detectaron, los rodearon y luego de la rendición, los mataron con tiros en la nuca.

Eran 16. Fueron enterrados como NN en un cementerio de la zona.

El gobernador de Catamarca (Montt), el de La Rioja (Menem) y la Presidenta felicitaron a las fuerzas de seguridad y al Ejército por los servicios a la Nación.

El ERP decidió vengar cada uno de los fusilados. Los objetivos fueron tomados al azar. En dos meses ejecutaron a nueve oficiales del Ejército en distintas provincias.

El último sería el capitan Humberto Viola, en el centro de Tucumán, en diciembre de 1974. Lo mataron cuando ingresaba el auto en una casa, y en forma no prevista, también mataron a su hija María Cristina, de 3 años.

A partir de este ataque, la represalia indiscriminada del ERP se detuvo.

Al mes siguiente, las tropas del Ejército, aún sin el decreto presidencial, comenzaron a rastrillar Famaillá y Monteros en busca de campamentos guerrilleros asentados en la selva. En uno de los operativos de reconocimiento, el 5 de enero de 1975, cayó un avión militar en la zona boscosa y provocó la muerte del jefe del III Cuerpo de Ejército, general Eugenio Salgado y el jefe de la Brigada V, general Ricardo Muñoz y otros once oficiales.

Como consecuencia, el general Carlos Delía Larroca fue designado jefe del III Cuerpo y el general Vilas, de la V Brigada, quienes comandaron el "Operativo Independencia", autorizado por Isabel Perón y su gabinete a partir del 5 de febrero de 1975.



Muchos años más tarde, la justicia federal de Tucumán requirió la extradición de Isabel para juzgarla por su responsabilidad en la represión ilegal que sobrevino luego de su firma en el decreto 261/75.

Se argumentó que no podía ignorarla, dado que como Presidenta había visitado Santa Lucía y Famaillá, donde se habían asentado centros de detención ilegal.

Ésa era la tercera causa por delitos de lesa humanidad que afrontaba la ex Presidenta.

Pero una vez más, la Audiencia Nacional de España denegó la extradición.

Desde 1981, Isabel Perón vive en Madrid.

Ayer cumplió 87 años.

*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "Primavera Sangrienta. Argentina 1970-1973. Un país a punto de explotar. Guerrilla, Presos políticos, represión ilegal".
Bibliografía: "López Rega, el peronismo y la Triple A", ed Aguilar, y artículos de "La Opinión" y "La Nación", de enero y febrero de 1975.

jueves, 8 de marzo de 2018

Guerra Antisubversiva: Las desapariciones en la democracia peronista

Las desapariciones antes del golpe militar

El general Menéndez, virtual jefe politico en la provincia de Córdoba, fue el primer el "adelantado" durante el gobierno peronista. Cómo fue la oleada de secuestros de enero del '76 que conmovió al país

Por Marcelo Larraquy || Infobae
Periodista e historiador (UBA)



Centro Clandestino de Detención “La Perla”, en la provincia de Córdoba

A finales del año 1975 y en enero de 1976, la provincia de Córdoba estaba en la tapa de los diarios con titulares que, después del golpe de Estado del 24 de marzo, ya no se publicarían más.

"Denuncian en Córdoba la ola de secuestros". "Llegan a 16 los secuestrados en sólo dos días". "Los desaparecidos en Córdoba llegan a 18". "La ciudad de Córdoba vive un pánico sin esperanzas".

Durante el gobierno de Isabel Perón, la provincia se había convertido en epicentro de una figura novedosa para el Estado de derecho: "Las desapariciones".

Los atentados y las ejecuciones eran hechos de rutina, que conmovían a la provincia, pero con las desapariciones se inició una modalidad nueva. Ya no se exhibían los cuerpos; los secuestrados, no se sabía dónde estaban.


El gobierno provincial sólo podía hacer una caracterización: "Estos actos de barbarie nos retrotraen al primitivismo animal". Así explicó el interventor federal de la provincia, Raúl Bercovich Rodríguez, la oleada de secuestros de la primera semana de enero de 1976.

Blues del terror azul

La desestabilización institucional de la provincia se había iniciado con un golpe policial del coronel Antonio Navarro -destituyó al gobernador Ricardo Obregón Cano en febrero de 1974-, en un acto de sedición que Perón avaló y el Congreso Nacional también. No repusieron al gobernador en su cargo, sino que definieron una intervención federal.

En primera instancia la asumió Duilio Brunello.

En septiembre de 1974 lo sucedió el brigadier (RE) Raúl Lacabanne, que llegó al mando provincial anunciando la "limpieza ideológica". Finalmente, un año después, fue reemplazado por Raúl Bercovich Rodríguez.

Para esta época ya existía una fuerte influencia policial y militar en la política local. Durante la intervención de Lacabanne se fue conformó una estructura paralela dentro del Departamento de Informaciones (D2) que actuaba en forma autónoma a la policía provincial. Luego se identificarían con un nombre propio, "Comando Libertadores de América".



Su primera acción firmada fue la ejecución de los nueve estudiantes –cinco de ellos bolivianos-, secuestrados de una misma casa cuando estaban preparando trabajos de examen final, en la madrugada del 4 de diciembre de 1975. Aparecieron amordazados y baleados en un camino de tierra, lateral a la ruta 5, que conduce al dique Los Molinos.

Las imágenes de de cuerpos torturados o carbonizados, expuestos a la sociedad, eran prácticas habituales en casi todas las ciudades y provincias.
Pero el vuelco de la práctica represiva paraestatal se dio cuando los cuerpos, tras los secuestros, dejaron de exhibirse. Y desaparecieron.

Córdoba no era la única provincia afectada por esta nueva modalidad. "En el '75 trabajaba en el bloque de diputados del Partido Intransigente y empezaron a llegar familiares de gente que había desaparecido. En ese momento no entendíamos qué era eso, ¿cómo iba a desaparecer la gente? Los familiares iban a la morgue, a la policía, a hablar con sus sacerdotes, pastores o rabinos, y también venían a ver a los diputados. Era el camino que hacían para ver si alguien les podía averiguar algo", refirió Susana Pérez Gallart, miembro fundadora de de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), que se constituyó el 18 de diciembre de 1975.



De hecho, el acta de declaración inicial, la APDH reclama "no someter a los familiares de presos, desaparecidos o asesinados a un trato vejatorio que multiplica los efectos de su dolor".

La desaparición, para consumarse, necesitaba de una logística nueva: el centro clandestino de detención.

Si bien en Tucumán, con el "Operativo Independencia", a fin de "neutralizar y/o aniquilar el acción de elemento subversivos", creó el primer centro clandestino del país en 1975, las detenciones militares se produjeron en el contexto de un enfrentamiento con el ERP en un territorio determinado.

La diferencia fue que en Córdoba, las desapariciones fueron consecuencia de una cacería urbana, en las calles de la ciudad, durante la madrugada o a la luz del día, sin ocultar sus metralletas o pistolas.



A la vista de todos.

Los días 6 y 7 de enero de 1976 se produjo una sucesión de secuestros que generó terror y sorpresa: la mayoría de sus víctimas no eran reconocidas como militantes obreros, políticos o estudiantiles.

Ese mes se produjeron 26.

Y en el último cuatrimestre, ya sumaban 59.

¿Dónde estaban?

"Aún entre aquellos que no han sido tocados por la desoladora desaparición de un ser próximo, la zozobra, la indignación y sobre todo el miedo, parecen haberse impuesto al espíritu de la ciudad", describió un enviado especial del diario La Opinión.

Todo sucedía en el marco del Estado de derecho, durante el gobierno de Isabel Perón.

Según referían los testigos en artículos de prensa de la época, grupos de 15 ó 20 personas que se movilizaban en tres o cuatro autos, se introducían en las casas y se llevaban gente. O levantaban gente en las calles o paradas de colectivos. También estallaban bombas en locales partidarios y o casas de dirigentes políticos.



"Todo esto ocurre frente a un Gobierno cuyas fuerzas de seguridad, curiosamente, no han descubierto ninguno de estos hechos ni apresado siquiera a un solo sospechoso", firmó la UCR provincial en un comunicado.

En un artículo de "La Opinión", el jefe de la policía provincial, comisario Miguel Ángel Brochero confirmó haber escuchado la versión de un "campo de concentración donde estarían confinados algunos de los desaparecidos de los últimos días", pero subrayó que la policía "detiene, no secuestra".

El comisario Brochero pidió contribución a las instituciones políticas para "esclarecer los graves hechos".

En las homilías del cardenal Raúl Primatesta comenzaron a acercarse familiares de desaparecidos. Uno de ellos era el novio de Norma Waquin, secuestrada junto a su hermana Gloria, el 7 de enero. La madre de las hermanas Waquim denunció el hecho de inmediato a la comisaría, pero le respondieron que "no tenían vehículos" para perseguir a los secuestradores.

Esa semana el interventor Bercovich Rodríguez estaba de vacaciones en Mar del Plata.



Si bien condenó los hechos, quiso dejar a salvo a las fuerzas de seguridad. "Cualquier cosa que sucede en Córdoba es atribuida a la policía. Hay sectores interesados en desprestigiar a la institución y al gobierno provincial", afirmó.

La autoridad provincial que salió a dar una respuesta política fue el ministro de Gobierno, Carlos Saúl Risso. Decidió presentarse ante una asamblea en la fábrica de Ika Renault. En esos días, sectores fabriles y los empleados municipales abandonaban tareas en repudio a las desapariciones. En la planta automotriz cuatro mil obreros se habían reunido para reclamar información al III Cuerpo de Ejército por las desapariciones –"utilizando términos hostiles", según la crónica de prensa- y debatir futuras acciones.

Frente a la multitud, Risso desligó a la policía y atribuyó la escalada de violencia a un "ajuste de cuenta entre sectores que participan en la subversión", en referencia al ERP y Montoneros. Tuvo que interrumpir su discurso y retirarse en forma abrupta, por la disconformidad que generó en la asamblea.

En reportajes posteriores, Risso aclaró que el "ajuste de cuentas" era la información que le había brindado el III Cuerpo de Ejército y la policía, que ellos no tenían ninguna responsabilidad en las desapariciones, y él no dudaba que esa información era correcta.



Mientras tanto, una recién conformada "Comisión de Familiares de los Desaparecidos" organizó una "Marcha del Silencio", que saldría desde el Arzobispado hasta la legislatura provincial.

En principio la marcha había sido alentada por el propio Risso –había sugerido que recorriera las calles con banderas blancas y la consigna "Paz, basta de violencia"-, pero luego fue prohibida por el Gobierno con el argumento de que "la Comisión organizadora no fija domicilio alguno ni real ni legal".

Los partidos políticos organizaron una reunión multisectorial e invitaron al Ejército, pero la institución castrense rechazó la convocatoria porque "el arma no puede inmiscuirse en un problema político".

El huevo de la serpiente

En los hechos, el jefe político de Córdoba era el general Luciano Benjamín Menéndez. El hombre que recibía los pedidos de audiencia por parte de Bercovich Rodríguez, Risso o el cardenal Raúl Primatesta. A este último, Menéndez admitió que algunas detenciones las había producido el Ejército.

El general Menéndez había estado a cargo de la V Brigada de Infantería de Tucumán, con "comisiones de servicio" en el norte argentino pero sin capacidad de reprimir al ERP, ya instalado en la provincia. Hasta entonces esa una competencia de las fuerzas policiales.

Cuando en febrero de 1975 se instauró el "Operativo Independencia", y el Ejército tuvo el poder represivo en Tucumán, Menéndez fue desplazado, e ingresó al Estado Mayor, que planificaba la estrategia del arma. Después asumió en la comandancia del III Cuerpo de Ejército, con sede en Córdoba, en septiembre de 1975. Fue designado por el general Jorge Rafael Videla, nuevo titular del Ejército.

El nuevo destino castrense le permitió a Menéndez encarar "la guerra antisubversiva" desde el llano.

Fue el primer ejecutor de las desapariciones.

El primer adelantado.

Su tarea se anticipó al golpe de Estado de 1976.

Hasta entonces, en Córdoba, la represión ilegal estaba en poder de las bandas operativas del Departamento de Informaciones (D2) que hacían el trabajo de calle, con el mando del comisario inspector Raúl Telleldín.
Otro de sus jefes operativos era Héctor Vergéz.

Cada noche los "brigadistas" traían secuestrados y luego de algunos días de interrogatorios, notificaban a la justicia o los mataban y tiraban sus cuerpos. La sede del D2 se transformó en una cárcel clandestina. Hasta que llegó el general Menéndez.

"Cuando Menéndez asume como comandante en el III Cuerpo, operaban bandas autónomas del D2. —afirma Camilo Ratti, autor de 'Cachorro'. Vida y muertes de Luciano Benjamín Menéndez, (editorial Raíz de Dos)—. No respondían a una estructura central. Eran un poco lúmpenes. Buscaban plata, extorsionaban, mezclaban represión política con delincuencia. Y actuaban con impunidad: el D2 quedaba en el centro de Córdoba, al lado del Cabildo y la Catedral. Y entraban y salían, llevaban gente. Menéndez agradece todo el servicio de informaciones que venían haciendo –desde 1974- sobre ámbitos obreros y estudiantiles, se nutre de ellos, lo utiliza, pero luego los va apartando. Arma una 'comunidad informativa' que le permite tener un control de la represión y aplicar su plan. Allí surge la idea de los secuestros y el desaparecido, para que no se sepa quiénes son ni dónde están, como un mensaje de terror. Esto sucede después de que (el presidente provisional Italo) Luder firma los decretos de 'aniquilación de la guerrilla' en octubre de 1975. Y ahí surgen los campos de concentración. El primero es 'La Ribera', una vieja cárcel militar para soldados que faltaban al Código Militar. Menéndez lo convierte en un centro de detención ilegal. Después empieza a construir 'La Perla', para detenidos de mayor peso. A 'La Ribera' le decían 'La escuelita' y a 'La Perla', 'la Universidad'".


Luciano Menéndez (Enrique Rosito/Argra)

¿Cómo fue la reacción del poder político y judicial frente a los secuestros?

"El interventor Rodríguez Bercovich no tenía margen de autonomía frente a Menéndez. Y su ministro de Gobierno, Carlos Risso, tampoco. Ellos no provienen del peronismo ultraderechista. Tienen su origen en el peronismo histórico, conservador, digamos, moderado. El único que podía interceder ante Menéndez era el cardenal Primatesta. Y la justicia federal no tenía peso. El juez federal (Adolfo) Zamboni Ledesma se tomó licencia y todas las denuncias le quedaron al juez (Humberto) Vázquez que intenta imponer justicia, pero cuando iba al D2 le escondían los detenidos".

En su entrevista con Ratti, publicada en el libro "Cachorro", Vázquez recuerda: "La mayoría de los detenidos que traía la policía eran por simples sospechas, sin pruebas firmes de su vinculación con la guerrilla o de que hubiera participado en una acción contra el Estado. A cualquier ciudadano se lo acusaba de asociación ilícita o de violar la ley de seguridad nacional. Pero un juez no puede basarse en indicios para procesar ni condenar a una persona, mucho menos en aquella época, cuando la vida de las persona corría serios riesgos. Cuando iba a recorrer las comisarías con Telleldín o a las dependencias de la D2, en busca de detenidos, que él tenía en una lista, no aparecían. Nunca estaban, me lo escondían porque seguro habían sido torturados por grupos de tareas que estaban bajo su órbita y respondían a Menendez".


El general Menéndez es el único de los “señores de la guerra”, con dominio territorial para la represión ilegal que se mantiene vivo

En la madrugada del 24 de marzo de 1976, el general Menéndez, el primer impulsor de las desapariciones, que tenía subordinadas a cargo de 50 unidades militares, con una jurisdicción de mando sobre siete millones de personas, tomó el poder en la Casa de Gobierno de la Provincia de Córdoba. Estaba casi vacía y a oscuras. Menéndez ingresó al frente de su equipo militar y ordenó detener a las dos únicas personas que estaban en el despacho, esperando novedades desde Buenos Aires: el interventor federal Bercovich Rodríguez y su ministro de Gobierno Carlos Risso. Uno de los primeros desaparecidos, esa misma noche, sería su hijo, Fernando Risso.

Lo llevarían a "La Ribera".

Desde entonces, "La Ribera y "La Perla" se comenzarían a utilizarse con mayor libertad.

Y los secuestros y desapariciones dejarían de publicarse en los titulares de los diarios.

Dejarían de publicarse.

Hoy, a sus 90 años, con doce condenas a prisión perpetua, el general Menéndez es el único de los "señores de la guerra", con dominio territorial para la represión ilegal que se mantiene vivo.

Es difícil encontrar motivos para reconciliarse con él.



*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "Primavera Sangrienta. Argentina, 1970-1973. Un país a punto de explotar. Guerrilla, presos políticos y represión ilegal". Ed. Sudamericana.

Bibliografía: "Córdoba, a 40 años del Golpe. Estudios de la dictadura en clave local. Ana Carol Solis y Pablo Ponza (comps), Editorial Filosofía y Humanidades UNC" y artículos de "La Opinión" y "Clarín", diciembre de 1975 y enero de 1975.

jueves, 1 de marzo de 2018

Peronazismo; Riphagen, el nazi holandés amigo de Perón y Evita

Engaño criminal: el nazi holandés que prometió proteger a los judíos, les robó sus bienes y los mandó a las cámaras de gas

No sólo se salvó de la condena: huyó a la Argentina, se hizo amigo de Juan y Eva Perón y colaboró con sus servicios secretos

Por Alfredo Serra
Especial para Infobae



Si nos fueran dados la maravilla y la crueldad del Aleph, ese punto que según el cuento de Borges está en un escalón de una desvencijada casa de la calle Garay, y contiene todos los puntos, seres y objetos del universo –hasta cada grano de arena de cada desierto–, podríamos, en el espacio dedicado al Mal Absoluto, aterrarnos con Hitler, los nazis, su Tercer Reich y su plan de La Solución Final: el exterminio de todos los judíos de Europa, y más tarde, del entero mundo.

El diabólico proyecto llevó a su desiderátum las proverbiales eficacia y eficiencia alemanas. Los judíos eran capturados, despojados de todos sus bienes, enviados a los campos de exterminio, y después de hacerlos trabajar hasta la extenuación con poca comida y mucho látigo, asesinados en las cámaras de gas y convertidos sus cuerpos en materia prima rentable: carne, grasa, huesos, oro de los dientes postizos…

No alcanzarían los nueve círculos de Dante, de su Divina Comedia, para el castigo eterno de los creadores y ejecutores de esa maquinaria.

Sin embargo, believe it or not, un personaje fue aún peor que el peor de esa factoría de degradación, dolor y muerte.


Andreas Riphagen

Su nombre: Andreas Riphagen. Su sobrenombre: Dries. Su nacionalidad: Holandés, nacido en Amsterdam el 7 de septiembre de 1909.

Undécimo hijo de padre alcohólico y de madre muerta antes de los cinco años de Andreas, fue un adolescente difícil, un díscolo cadete de la marina, un inmigrante ilegal en los Estados Unidos aprendiendo, entre otros oficios, el de matón a sueldo, y eligiendo como ídolo y modelo a Al Capone…

Y de vuelta en Holanda, a sus 18 años, antisemita, proxeneta, ladrón de autos y de joyas (sus pasiones…), estricto personaje de los bajos fondos, vio un nuevo amanecer cuando, en 1940, las hordas nazis ocuparon su país.

No tardó en jurar fidelidad al invasor y –a fuerza de delaciones y otras canalladas–, entrar en la temible y elitista SD (Sicherheitsdienst), servicio de seguridad alemán que operaba como apoyo de las SS, la más feroz de las fuerzas de choque del nazismo.

Pero aún faltaba la última –o penúltima– vuelta de tuerca…

Durante la requisa de una casa cuya familia escondía a Esther Schaap, judía, cuyo marido ya había sido deportado, Riphagen descubrió que la mujer ocultaba en su pelo una bolsita con diamantes. Un mínimo y dudoso reaseguro de las familias judías como vaga esperanza de eludir su muerte y comprar su fuga al mundo todavía libre… Diamantes, anillos, collares, relojes, muchos de valor más sentimental que material, y frágiles esperanzas… Y en ese instante, ante la bolsita y algunos diamantes que cayeron al suelo, los ojos de Riphagen brillaron más que esas piedras.

Educado y casi dulce ante el terror y el temblor de la mujer, le dijo "Yo puedo ayudarla".

Fue su Sésamo, ábrete… El principio de un negocio que superaba en crueldad y cinismo a la habitual rutina de la Solución Final ordenada por Hitler y urdida por Adolf Eichman contra el pueblo judío.



Ante el estupor y la desconfianza de Esther, que le preguntó cómo y por qué quería y podía ayudarla a escapar del tiro en la nuca, el rito aplicado a quienes escondían bienes, Riphagen inventó una historia conmovedora:
–Trabajo con los nazis, pero estuve casado con una judía… ¡y no pude salvarla! Eso me decidió a ayudarla. Y no sólo a usted…

La trampa fue de alta, altísima perversión. Anticipo de la célebre estafa urdida por el italiano Carlo Ponzi (1882–1949): la pirámide financiera de estrepitoso final que imitó con igual destino el norteamericano Bernard Madoff, hoy de 79 años, y condenado a un siglo y medio de cárcel…

La incauta y luego desdichada Esther Schaap, previo pago de unos pocos diamantes, lograría protección y casa hasta el fin de la guerra, y debía presentarle a Riphagen, para el mismo fin, otras familias judías que, siempre con previo pago, estarían a salvo y bajo techo… en casas vacías y amuebladas ya incautadas por los nazis, y cuyos habitantes sufrían o habían muerto en los campos cuyo mayor y más atroz modelo fue Auschwitz.

Para que el negocio pareciera aún más serio y confiable, Riphagen se hacía fotografiar con las familias protegidas, y les entregaba recibos por los valores entregados… que les serían devueltos al acabar la pesadilla bélica. Y por si fuera poco, el espantoso benefactor solía tomar el té con todos ellos…

Entretanto y usando lo contrario, la extorsión y la amenaza de pena de muerte, logró que Bette Wery, una joven mujer que militaba en la resistencia antinazi, entregara a sus compañeros a cambio de que Riphagen no ordenara matar a su familia, refugiada en Polonia…



Ya cerca del fin de la guerra, Riphagen le puso el broche trágico a su plan. Mientras en un banco de Luxemburgo sus cajas de seguridad apenas podían contener tantas joyas y rollos de dinero, en un coupe de foudre, un rayo, delató a todos sus judíos protegidos –tenía sus nombres y sus fotos– y los mandó a morir en las cámaras de gas.

Y ante los primeros cañonazos aliados, huyó de modo novelesco: abandonó Amsterdam oculto en el ataúd de un coche fúnebre, un ex agente secreto, Frits Kerkhoven, lo ayudó a pasar a Bélgica, y en bicicleta por una de las rattenlinien (las Rutas de las Ratas por la que muchos criminales huyeron de Europa a Sudamérica), este doble Judas llegó a España.

Preso por no tener documentos, Kerkhoven vuelve a ayudarlo. Le compra ropa, le consigue documentos falsos, y unos diamantes escondidos en los tacos de sus zapatos completan la fuga: el siniestro Riphagen llega –¡oh casualidad!– a la Argentina, no tarda en acercarse y ganar la amistad de Juan y Eva Perón, y más aún: como tantos de los criminales de guerra amparados bajo la bandera azul y blanca y el escudo peronista, fue un factótum para organizar los servicios secretos del peronismo. Por ejemplo, la siniestra Sección Especial, donde volvió a funcionar la picana eléctrica creada por el execrable hijo del poeta fascista Leopoldo Lugones, y donde verdugos como el comisario Cipriano Lombilla, y los oficiales José González, José Faustino Amoresano y Salomón Wasserman molían a golpes –eléctricos o de puño– a los contreras nombre genérico de todo antiperonista.  Golpes que, por supuesto, violaban las reglas establecidas para ese deporte por John Douglas, noveno marqués de Queensberry y padre de lord Alfred, amante, dicha y desdicha de Oscar Wilde.



Entre otros intelectuales, uno de los atormentados en la Sección Especial fue el historiador Félix Luna.

Según una anécdota que ya es leyenda, Luna le dijo a Perón:

– En su gobierno hay torturadores, general.
– Por favor, Luna, no macanee… ¿A quién torturaron?
– A mí, general.

En 1988 llegó al país un pedido internacional de captura para Riphagen. Demasiado tarde. En 1977, a sus 63 años, murió de cáncer en una clínica de Suiza.




Post scriptum. Un día de 1953 la Sección Especial –o tres de sus esbirros, por lo menos– llegó a mi casa. Fui testigo lúcido, no un niñito bobo: tenía 14 años y cursaba el tercer ciclo del secundario. Por leer "de corrido" a los cuatro años se acortó mi ciclo primario… Los hombres se parecían a los burdos y amenazantes dioses que Borges describe en su brillante pieza Ragnarök, de su deslumbrante libro El Hacedor. Cito: "El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras (…) Elegíamos autoridades (…) Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: ¡Ahí vienen! Y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro o cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Uno sostenía una rama (…) Otro extendía una mano que era una garra (…) Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar (…) Frente muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel; en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos.
Sacamos los pesados revólveres ( de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los dioses".

Hombres como esos preguntaron por mi abuelo Justo, obrero ferroviario, y le dijeron que el gobierno peronista sufría muchas amenazas y conspiraciones, y que por eso recurrían a vecinos antiguos y respetables: para que delataran cualquier reunión o cosa rara que descubrieran en el barrio (Núñez, para más datos). Mi abuelo no necesitó que de pronto hubiera revólveres en el sueño. Entró a su pieza, sacó de su caja de cedro el Orbea de cinco tiros que trajo desde Aragón en su atadito de inmigrante, y apenas vieron relucir su caño cromado… ¡los dioses huyeron como ratas!

Por estas y muchas cosas ni siquiera vale la pena preguntarse porqué ese gobierno protegió a criminales nazis. O porqué fueron sus amigos y guardaespaldas otros atroces alemanes y croatas. O porqué fueron protegidos por el peronismo y vivieron a sus anchas nazis como Adolf Eichmann, Walter Kutschmann, Edward Roschmann y hasta estuvieron de paso, y con documentos legales entregados por el peronismo, monstruos como Klaus Barbie y Josef Mengele. O porqué, en mis primeros años de periodismo, colegas que me doblaban en edad se reían cuando yo, o algún otro joven, mencionaban ese primer e histórico encuentro de Perón y Eva en el verano del 44, Luna Park, festival para lograr fondos de ayuda a las víctimas del terremoto de San Juan. Recuerdo las exactas palabras de uno de ellos, que acompañó a Perón en casi todo su periplo madrileño:
–Pibe, ésa es la estampita… Perón y Eva se conocieron antes en la embajada alemana en Buenos Aires. Tenían mucho que ver con esa gente. Negocios, ¿sabés?…

martes, 23 de enero de 2018

Argentina: La guerrilla de los Urutuncos, pelotudos profesionales

Uturuncos: La guerrilla comenzó en Navidad

Antes que el ERP, Montoneros, FAP, FAL, EGP, RL, y MTP, existió Uturuncos, la 1ra. guerrilla del siglo 20 en la Argentina, de pertenencia peronista, que procuraba conseguir el regreso de Juan Domingo Perón de su exilio, tras haber sido derrocado en 1955 por la Revolución Libertadora. La Resistencia peronista nació tras el bombardeos de los marinos de Isaac Francisco Rojas sobre Plaza de Mayo y se extendió hasta ya entrados los años '70. Fue integrada por diversas organizaciones sindicales, juveniles, guerrilleras, religiosas, estudiantiles, barriales y culturales, todos compartían un mismo objetivo: la vuelta de Perón. Pero fue el germen para que, una vez regresado Perón, se intentara condicionarlo sobre el rumbo a tomar, y ante su negativa, muchos de ellos terminaron enfrentados con Perón, José Ignacio Rucci, María Estela Martínez de Perón, José López Rega y los otros.
Por Urgente 24


  • la derecha (COR - Centro de Operaciones de la Resistencia), dirigida por el general Miguel Iñiguez, y
  • la izquierda (FRP - Frente Revolucionario Peronista), dirigida por John William Cooke, quien en 1959 se había exiliado en Cuba, donde frecuentó a otro argentino, Ernesto Guevara.

Cooke, 'el Gordo', había sido designado por Juan Perón como apoderado del Movimiento Nacional Justicialista y, por lo tanto, principal líder de la Resistencia peronista luego del golpe de Estado de 1955.

Ya exiliado el General y con Arturo Frondizi, con el voto peronista, el 26/06/1958, el Congreso Nacional prohibió al peronismo (Ley N°4.161/56), pero dispuso una ley de amnistía que dejó en libertad a los miles de peronistas y sindicalistas encarcelados.

El entonces mandatario Arturo Frondizi esperaba que, ante el beneficio, los seguidores de Perón se dieran por vencidos y la Resistencia muriera.

Sin embargo, Frondizi cometió 3 errores:
  • no generó, en simultáneo, algún movimiento que absorbiera a los que él imaginaba serían ex peronistas,
  • no consideró la necesidad de generar un incremento de su propia popularidad antes de alejarse de Perón, y
  • no reflejó en lo cotidiano los eventuales éxitos en la economía.

Pero Perón también cometió errores al avalar el terrorismo:
  • Perón era hombre del cabotaje, creía que podía abstraerse de las consecuencias de la Guerra Fría;
  • Perón no consideró que la guerrilla que él o toleraba o alentaba sí estaba inmersa en la Guerra Fría, inspirada en la Revolución Cubana que había comenzado en 1953 y gobernaba la isla desde 1959; y
  • Perón no había contemplado un mecanismo eficiente para cesar la guerrilla cuando fuese necesario (y esto lo pagó muy caro después).
La guerrilla había sido un rasgo de la Revolución Cubana (Movimiento 26 de Julio), y fue casi una obviedad que 'el Gordo' creara lo que sería el 1er. grupo guerillero argentino, "Uturuncos", que integraba el Movimiento Peronista de Liberación (MPL).

En 1956 un porteño llamado Enrique Manuel Mena había organizado en Tucumán un grupo de la Resistencia Peronista que se autodenominó “Comando 17 de Octubre”, y tomó contacto con el Comando Nacional Peronista que comandaba Cooke.

El “17 de Octubre” era equivalente a otras organizaciones que había en el país, que pintaban los muros con consignas a favor del retorno de Perón y en contra de la “Revolución Libertadora”, y hasta hacían estallar algunos “caños” de fabricación casera, aunque Mena y Cooke comenzaron con el tráfico de gelinita desde Bolivia. La gelinita (60% nitroglicerina) era utilizada en canteras, y en voladuras bajo agua.

Historia de los Uturuncos




'El Gallego' Mena invitaba a obreros y campesinos a "combatir al Imperio" (se supone que a USA). Decenas de pequeños sabotajes ocurrían en diferentes lugares, acciones inofensivas de alto contenido emocional. Cuando los militares decidieron la exhibición compulsiva de la única película que había filmado Eva Duarte (luego de Perón), "La Cabalgata del Circo", los comandos tucumanos se robaron la copia del largometraje que había llegado a San Miguel y se la enviaron de regalo a Perón en Panamá.

De pronto, Félix Serravalle, peronista de La Banda (Santiago del Estero), y militante peronista de padre sindicalista ferroviario anarquista, tomó contacto con Mena. Era audaz, buen tirador, subteniente de reserva.

Otro contacto decisivo fue Juan Carlos Díaz, el comandante Uturunco, jornalero hijo de un foguista del ferrocarril Mitre, de la localidad tucumana Lamadrid (en el cruce de la Ruta Nacional 157 y la Ruta Provincial 308), donde su madre, Dominga Heredia, tenía una Unidad Básica peronista. A los 16 años, Juan Carlos migró a San Miguel de Tucumán, obtuvo empleo como obrero metalúrgico, quedó desocupado y se integró a los comandos de la Resistencia peronista.

En 1959 el comando "17 de Octubre", bajo la influencia de Abraham Guillén, discutió la eficacia de los métodos utilizados por la Resistencia, y comenzó a hablarse de "estrategia insurrecional".

Entonces ocurrió una fractura:
  • el Comando Insurreccional Perón o muerte (CIPOM),
  • el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), que derivó en el Ejército de Liberacion Nacional (ELN).
En octubre, en la base del cerro Cochuna, casi en el límite con Catamarca, comenzó el 1er. agrupamiento guerrillero argentino. Los comandantes eran Juan Carlos Diaz, 'el Uturunco' (en lengua quechua "uturunco" significa "Hombre Puma"); Franco Lupi, 'el Tano'; y Ángel Reinaldo Castro. La tropa: Juan Silva, alias 'Polo'; Diógenes Romano, alias 'Búfalo'; Miranda, alias 'Rulo'; Villafañe, alias 'Azúcar'; y Santiago Molina, alias 'el Mejicano', todos tucumanos.

Gabriel Rot y los archivos de la guerrilla argentina




Más tarde llegaron León Ibañez y Pedro Anselmo González, 'Gorrita'.

La formación militar era casi nula y el armamento era escaso (1 ametralladora PAM, 1 pistola .45 y 1 revólver .38) aunque habían participado en sabotajes y acciones menores.

La zona era de una selva tupida. Desde allí hasta el ingenio Concepción era todo terreno azucarero.

Contexto: luego de la presidencia de facto de Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu, con el regreso de la "democracia" y el nacimiento de los Uturuncos, Frondizi dictó el decreto secreto N°9.880/58, conocido con "Plan Conintes", que restringía la vigencia de los derechos y garantías constitucionales y habilitaba la militarización de la sociedad y la declaración del Estado de Sitio. El 9880/58 consideraba ilegal toda huelga y/o manifestación, y autorizaba a las Fuerzas Armadas a realizar allanamientos y detenciones sin cumplir las normas constitucionales.

Volviendo a la selva tucumana, el grupo perdió el contacto con el Estado Mayor. En noviembre fueron descubiertos. Comenzó un policial, y divergencias internas.

Franco Lupi, Juan Silva y Ángel Castro se separaron del grupo para buscar un nuevo campamento, más arriba.

En tanto, se aproximaba una patrulla policial, y los que estaba en el campamento, huyeron. La policía montó una emboscada en la que cayeron, de regreso de su exploración, Lupi, Silva y Castro.

El Estado Mayor del "17 de Octubre" se reunió y decidió encarar una operación que les diera prestigio, y para “ver si los dirigentes peronistas que vivían en Uruguay se decidían a prestar su apoyo”.

Díaz y Felipe Genaro Carabajal, 'comandante Alhaja' o 'Pila', miembro del Estado Mayor y cuñado de Manuel Mena, fueron enviados a Santiago del Estero con un grupo de militantes para acompañar a Serravalle, quien había elegido el alias "comandante Puma" (según él, siglas de Perón Unico Mandatario Argentino y Por Una Mejor Argentina).

Lograron reunir 22 hombres, y se hizo un entrenamiento en la finca ladrillera de Manuel Paz, en Chumillo.

Una entrevista al Comandante Uturunco, Juan Díaz


El 23/12/|959, el contingente de tucumanos, simulando ser acampantes fueron trasladados en un ómnibus prestado por gitanos amigos de Serravalle, hasta Puesto del Cielo, a 35 kilómetros de Santiago del Estero.

El 24/12/1959 fueron recogidos por un camión que los llevó a Frías, una localidad que tenía 25.000 habitantes.

En la Nochebuena, Serravalle -vestido de teniente coronel-, Carlos Alberto Gerez y Pedro Adolfo Velardez, tomaron un automovil de alquiler, de Timoteo Rojo, y fueron hasta los talleres de Obras Sanitarias, donde les habían preparado un camión Ford modelo 1957, y buscaron al resto del grupo guerrillero.

En aquel entonces se hablaba de un golpe de Estado contra Frondizi. A las 4:00 del 25/12/1959 llegaron a la comisaría, y encararon al guardia:

-¡Ha triunfado una revolución, venimos a hacernos cargo!

La tropa policial formó frente a los supuestos militares, sin sospechar. Así, con un ardid, los Uturuncos tomaron la comisaría. Luego metieron en el calabozo a los policías, tras quitarles las armas y los uniformes, rompieron la radio policial y cortaron los cables del teléfono.

Un agente aseguró después a la prensa que quién los dirigía se hacia llamar 'comandante Uturunco' y el nombre llegó a los diarios. En la huída dejaron el camión abandonado en un lugar llamado El Potrerillo y se internaron en el monte.

Al día siguiente la noticia conmovió la país y fue tapa de todos los diarios: había un grupo guerrillero peronista al mando del “capitán Uturungo” (sic).

El ministro del Interior, Alfredo Vítolo, en conferencia de prensa identificó a varios de los asaltantes: los había denunciado el remisero Timoteo Rojo. Así fue conocida la identidad de Félix Serravalle y la de su compadre Gerez.

El gobierno comprobó que la guerrilla y sus apoyos eran conocidos peronistas de la zona. El gobernador de Santiago del Estero, Eduardo Miguel; y su par de Tucumán, Celestino Gelsi, ctendieron una trampa a los guerrilleros. Pero es otra historia.

martes, 26 de diciembre de 2017

Guerra Antisubversiva: La Navidad de 1975 en Tucumán

La Nochebuena del General Videla

En 1975, después del intento de copamiento del ERP al Batallón Arsenal de Monte Chingolo, el entonces comandante del Ejército voló a Tucumán para brindar con los soldados del Operativo Independencia. Su mensaje al país para “vencer el desorden y la inseguridad”

Por Marcelo Larraquy || Infobae
Periodista e historiador (UBA)



Todavía había cuerpos tirados en el Batallón de Arsenales 601 Domingo Viejobueno, y en sus calles adyacentes, cuando el comandante del Ejército, general Jorge Rafael Videla volaba hacia Tucumán para celebrar la Nochebuena de 1975 junto a los soldados del "Operativo Independencia"

Los títulos de los diarios, ese día, informaban: "Más de cien guerrilleros asaltaron un arsenal del Ejército en Monte Chingolo"; "La lucha más encarnizada se libró ante el portón de la unidad militar"; "Mueren más de 50 extremistas al atacar un batallón en M. Chingolo".

El ataque, al general Videla, no lo sorprendió.

Lo esperaba.

Había recibido la información el domingo 21 en una reunión de altos mandos, de boca del coronel Alfredo Valín, el jefe del Batallón de Inteligencia 601. Desde 1974 la inteligencia militar había "infiltrado" a un espía en las filas del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). El espía, Jesús Rainier, "El Oso", después transportar durante semanas las armas para una operación de la que no conocía su blanco, finalmente lo informó: "Monte Chingolo".

El ataque al Batallón sería el lunes 22 de diciembre. Su arsenal tenía 13 toneladas de armamentos.

Los altos mandos dispusieron refuerzos. Se movilizaron tanques, carriers, miles de efectivos en torno a la unidad.

Un militante del ERP que había instalado en los días previos una mesa de venta de pan dulce en las cercanías del Batallón alertó la novedad.

El ataque no se produjo.

Decepcionados, los altos mandos militares decidieron bajar el "alerta roja", disponer los francos correspondientes, restablecer la rutina, reducir la guardia, para inducir al ERP al ataque que había anunciado su espía. La violencia guerrillera convenía a las Fuerzas Armadas, impactaba a la sociedad, los acercaba al golpe de Estado.

El jefe del ERP, Roberto Santucho, recibió informes de que la operación había sido advertida por el enemigo. Había un infiltrado. La ordenó igual.



El ataque guerrillero se produjo en las últimas horas de la tarde del martes 23, mientras Videla compartía un vino de honor con los periodistas acreditados el edificio del Libertador.

La operación se inició cuando un camión de transporte de bebidas robado rompió el portón de la unidad, y le abrió el paso a tantos otros nueve vehículos. Un coronel apostado en una torre del tanque de agua del arsenal lo advirtió desde sus binoculares.

En forma simultánea, los guerrilleros tomaron puentes a lo largo del Camino General Belgrano, en el sur del conurbano bonaerense, también atacaron comisarías y el Regimiento 7° de Infantería de La Plata.

La respuesta militar fue terrestre y aérea, con helicópteros artillados, birreactores Aeromacci y aviones bombarderos livianos Camberra.

A las tres horas de combate, en las filas del ERP se escuchó la orden de retirada. Durante toda la madrugada del 24 de diciembre, iluminada por los helicópteros, la Infantería hizo rastrillajes por las villas y los bordes del Riachuelo, donde algunos se habían dispersado. La guerrilla tuvo entre 60 y 70 bajas. Algunos de ellos fueron fusilados luego de haberse rendido. En las villas se calculó que hubo 40 muertos. Las Fuerzas Armadas y de seguridad perdieron 10 hombres.

Videla sabía que sus sectores afines apoyarían la masacre posterior al intento de copamiento.

No erraba.

"Es posible decir que el saldo impresionante (…) del episodio de Monte Chingolo produjo en muchos un sentimiento de alivio: cien muertos son cien enemigos menos, y si fueron más, mejor, cualquiera haya sido la manera de su muerte", editorializaría la revista católica Criterio, al mes siguiente.

El 24 de diciembre al mediodía, cuando la violencia guerrillera ya estaba controlada, el general Videla voló a Tucumán.

Pensó que desde allí debía hablarles a los argentinos. El país estaba conmovido y entendería sus palabras. Ya no debía arengar a los soldados del Ejército ni hacer discursos para el Gobierno, como único destinatario.

Era hora de hablarle al país, y lo haría junto a los soldados que rastrillaban la espesura del monte tucumano en busca de los guerrilleros del ERP, que aspiraban a instalar una "zona liberada".

Sería el marco adecuado para dar a conocer su pensamiento en su mensaje de Nochebuena.

Apenas asumió la Comandancia, con un decreto de Isabel Perón en la madrugada del 28 de agosto, el general Videla, de 50 años, frío, pulcro, reglamentarista, sin condecoraciones, pero tampoco sin manchas en su legajo, sin haberse sumado nunca a complots o facciones internas, fue recibido con beneplácito por sectores civiles afines.

Se esperaba de él que fuese algo más que un jefe del Ejército.

La revista Cuestionario se preguntó, al mes siguiente de su designación, con la imagen serena de su rostro en tapa: "¿Cuál es el próximo paso de Videla?".

La revista Extra, del periodista Bernardo Neustadt, lo presentó, también en septiembre de 1975, como "uno de los más serios pensamientos que hoy se hospedan en el país".

El general Videla transmitía la imagen de un ejército que sólo quería orden y paz frente a una sociedad horrorizada por la violencia de la guerrilla, de la Triple A, de los que fueran.

Para ese orden, para esa paz, deberían morir los que debieran morir. Era el sacrificio. El general Videla lo explicó el 23 de octubre de 1975 en la XI Conferencia de Ejércitos Americanos, en Montevideo: "si es preciso, en la Argentina van a morir todas las personas necesarias para lograr la paz del país", diagnosticó.

Esa clase de discursos, que el gobierno de Isabel Perón avalaba con su silencio, luego se respaldarían con instrumentos jurídicos, decretos, directivas secretas.

*Con la creación del Consejo de Defensa –rubricado por la firma del gabinete de ministros y el presidente provisional Italo Luder, luego del ataque montonero al cuartel militar de Formosa del 5 de octubre-, las Fuerzas Armadas fueron autorizadas a intervenir en todo el país en la "lucha antisubversiva".


*El día 28 de octubre, una directiva secreta del Ejército (404/75) marcó las prioridades. Prioridad 1: Tucumán. Prioridad 2: Capital Federa – La Plata. Prioridad 3: Córdoba. Prioridad 4: Rosario/Santa Fe.

*Se modificó el Reglamento Militar, con la incorporación de LRD, "Lugar de Reunión de Detenidos". El "sospechoso" sería detenido en base a informes de inteligencias y trasladado al LRD para interrogatorios, sin posibilidad de defensa legal. LRD era el eufemismo de de "centros clandestinos".

Durante el gobierno de Isabel Perón, las Fuerzas Armadas y de seguridad crearían seis LRD.

Uno de ellos era "La Escuelita", en Famaillá, localidad de Tucumán donde el general Videla celebraría la Nochebuena. Dependía del Destacamento 142 de Inteligencia del Ejército, y reportaba información al comando del General Vilas.

Hasta ese momento, en diez meses de actuación del "Operativo Independencia", por allí habían pasado 1507 personas; 113 habían desaparecido.

El "exterminio físico del enemigo subversivo" era un discurso predominante en las fuerzas vivas de la provincia, identificadas con la acción militar.

En los hechos, el general Acdel Vilas, a cargo del "Operativo Independencia", era el poder fuerte en la provincia, por encima del gobernador peronista Amado Juri.

El comando táctico del general Vilas estaba asentado en la V Brigada de Infantería y además tenía a cargo tenía a cargo a la policía provincial, Federal y la Gendarmería.
El gobernador Juri había dado la bienvenida al  "Operativo Independencia" en la provincia en febrero de 1975.

"La intervención de las Fuerzas Armadas en la lucha contra la subversión apátrida ha encontrado el apoyo y la solidaridad del pueblo y el gobierno", había afirmado.

Pero el hecho de que el mismo Juri hubiera recibido  a los presos políticos tucumanos amnistiados en mayo de 1973, no lograba satisfacer el nivel de confianza que requería el ámbito castrense.

Durante 1975, guiados por el general Vilas, algunos diputados nacionales con cascos y chaquetas militares, se introdujeron en la pegajosa atmósfera del monte tucumano, con soldados que le abrían el paso a machetazos para que pudieran recorrer el bosque entre ramas hostiles; luego regresaban al llano saludando la labor de las Fuerzas Armadas y reclamando al pueblo que colaborara con "desinterés y alto sentido patriótico en la guerra contra la subversión".

El campeón del mundial de boxeo Carlos Monzón y otras figuras del deporte y el espectáculo viajaron al frente tucumano para saludar a los soldados conscriptos.

El Ejército quería dar a conocer la épica de su accionar para desterrar algunas "campañas de prensa" que desde el exterior desacreditaban al Operativo.

Las visitas se producían en un marco de violencia.



El 28 de agosto  de 1975 Montoneros había detonado una bomba a control remoto en el aeropuerto de Tucumán cuando despegaba un avión Hércules C-130 de la Gendarmería: provocó 6 muertos y 23 heridos.

Para contrarrestar la propaganda montonera de ese operativo, el General Vilas no dudó en presentar los triunfos militares a la prensa. En una oportunidad, luego de una emboscada a una columna de la Compañía del Monte del ERP en el arroyo San Gabriel, el Ejército mató a catorce guerrilleros. A dos periodistas que acompañaron el operativo militar, Vilas los invitó a regresar a la capital provincial junto a los cadáveres, en el camión Unimog del Ejército. Y lo hicieron.

La violencia no sólo estaba en el monte.

Estaba en las calles.

El 1° de diciembre de 1975, un año después que el ERP ametrallara al capitán Humberto Viola, y lo matara a él y también diera muerte a su hija de tres años, una camioneta con siete de guerrilleros del ERP explotó en el mismo lugar, sobre Ayacucho al 200. Lo firmó el comando "Dios, Patria o Muerte".

Videla sentía afinidad por Tucumán.

En esa provincia había servido como jefe de Estado Mayor de la V Brigada de Infantería desde fines de 1968, en momentos en que se sentían las consecuencias del cierre los ingenios azucareros. La desocupación obligó a miles de tucumanos a la migración interna. Incluso, cuando era coronel, en 1970, Videla llegó a gobernar la provincia por algunas semanas.

Cuando llegó al aeropuerto el 24 de diciembre de 1975 fue recibido por cientos de soldados del Operativo Independencia y recibió el saludo del arzobispo de Tucumán monseñor Blas Victorio Conrero. Ya no estaba el general Vilas en el mando  del Operativo Independencia. Seis días antes lo había reemplazado el general Antonio Bussi.

"General, usted no me ha dejado nada por hacer", anotaría Vilas con orgullo en su "Diario de Campaña", las palabras que le ofrendaría Bussi en el traspaso de mando.

Vilas dejaría el Operativo condecorado por el senado provincial.

A esas alturas, los pocos guerrilleros del ERP que se mantenían en el monte habían sido trasladados a Buenos Aires para participar del ataque al Arsenal de Monte Chingolo

El mensaje de Nochebuena del general Videla sería reflejado con sentido patriótico, sin desdeñar poesía, por la prensa política.

"El comandante general del Ejército Jorge Rafael Videla, pasó la Nochebuena en Tucumán, junto a sus soldados. Si es que hizo algún brindis, con seguridad fue con el jarrón de latón que impera en los vivaques desde los que se combate a la acción subversiva desplegada en el norte argentino", se publicó "La Opinión".

Desde la sede de la zona de operaciones del Ejército  en Famaillá, el general Videla habló a los argentinos (Extractos):

 "Mientras la Cristiandad festeja en Famaillá la llegada del niño Dios, El Ejército Argentino en operaciones, aquí en el corazón del monte tucumano, como en todo el ámbito del país, lucha armas en mano para lograr esa felicidad y esa paz que mi mensaje clama.

Lucha nuestro ejército, el ejército de la Nación, contra delincuentes apátridas que pretenden mediante el vil asesinato, quebrar al Estado y ocupar el poder para cambiar el sistema de vida nacional tan caro a los sentimientos profundamente cristianos de nuestro pueblo. Y lucha como lo hizo ayer en el batallón de Arsenales 601, con fuerza, con fe, con el coraje propio de nuestra estirpe, con la seguridad de que ese nuevo triunfo se extenderá a lo largo y lo ancho de la República allí donde la delincuencia subversiva pretenda hacer pie.

Frente a esta situación, es imprescindible que el pueblo argentino y sus Fuerzas Armadas tomen conciencia de la gravedad de las horas que vive la Patria.

Tenga presente el ejército y compréndalo así la Nación, que la delincuencia subversiva si bien se nutre de una falsa ideología, actúa favorecida por el amparo que le brinda una pasividad cómplice. (…)

Ante esta dura realidad que aceptamos con patriotismo y espíritu de servicio, miramos consternados a nuestro alrededor y observamos con pena, pero con la sana rabia del verdadero soldado, las incongruentes dificultades en las que se debate el país, sin avizorarse solución.

Frente a estas tinieblas la hora del despertar del pueblo argentino ha llegado. La paz no sólo se ruega, la felicidad no sólo se espera, sino que también se ganan. El Ejército argentino, en el justo derecho que le concede la cuota de sangre generosamente derramada por sus hijos héroes y mártires, reclama con angustia pero también con firmeza una inmediata toma de conciencia para definir posiciones. La inmoralidad y la corrupción deben ser adecuadamente sancionadas. La especulación política, económica e ideológica, deben dejar de ser medios utilizados por grupos de aventureros para lograr sus fines. El orden y la seguridad de los argentinos deben vencer el desorden y la inseguridad. (…).

El 14 de septiembre de 2017, casi 42 años después de aquel discurso de Nochebuena del general Videla, el Tribunal Oral Federal de Tucumán finalizó el juicio por el "Operativo Independencia" con la condena de policías y militares por delitos de lesa humanidad –secuestros, torturas, violaciones sexuales y homicidios-, contra 271 víctimas.


*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "Primavera Sangrienta. Argentina 1970-1973. Un país a punto de explotar. Guerrilla, presos políticos y represión ilegal". Ed. Sudamericana.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Argentina: Violencia política interna de parte de sindicalistas

Aquel crimen, estos sindicalistas

El papel del sindicalismo peronista entre 1973 y 1976 ha quedado sepultado en los archivos. Debería conocerse.



Sergio Bufano, asesinado por una patota sindical en 1974. 

El 13 de diciembre de 1974 un grupo armado perteneciente a la Juventud Sindical Peronista salió del sindicato en dos automóviles Falcon. Eran seis o siete, no se conoce el número exacto; llevaban armas cortas y ametralladoras. Llegaron a la puerta de la fábrica Miluz, en Florida, y esperaron a sus presas. Desde el interior del establecimiento, al verlos, los obreros llamaron a la comisaría de la zona y poco después un patrullero se hizo presente; su dotación conversó con los miembros de la patota y se retiró rápidamente: territorio liberado.

Los buscados eran Miguel Angel Bufano y Jorge Fisher, miembros de la Comisión interna y militantes del Partido Obrero. Ambos habían cometido un error, tratar de despedirse de sus compañeros porque ya no podrían volver a la fábrica debido a las amenazas de los sindicalistas. Al verlos ingresar en la planta, los directivos de Miluz llamaron al sindicato y le avisaron: están acá. No hicieron la denuncia a la policía, porque ninguno de los dos estaba buscado; avisaron a la patota, que no perdió tiempo y partió hacia el lugar. Velozmente, porque los sindicatos controlados por el peronismo tenían arsenales en sus sedes. En pocos minutos juntaron las armas y estacionaron en la puerta de Miluz.
Al ver que no se iban, Bufano y Fisher intentaron aprovechar la salida de sus compañeros que terminaban su horario de trabajo y mezclados entre ellos subieron todos a un colectivo. No hubo caso. La patota lo advirtió y pocas cuadras después cruzaron un vehículo delante del transporte, subieron con sus armas largas e inspeccionaron a los pasajeros: a ellos dos los bajaron a culatazos y los metieron en los autos.
“A mí me defienden los trabajadores”, me había dicho Miguel Angel, mi hermano, cuando una semana atrás le previne que con esa gente no se jugaba. Por supuesto, los trabajadores que debían defenderlo quedaron paralizados frente a ametralladoras y pistolas. Por una orden de la dirección del partido al que pertenecían, y que ellos aceptaron ingenuamente, fueron a un lugar al que no tendrían que haberse acercado. Esa decisión termino trágicamente.
Miguel Angel fue golpeado hasta quebrarle huesos. Después fue llevado hasta un basural y allí, en medio de la noche, acribillado con cuarenta disparos. Cuarenta tiros sólo para él. No bastaba uno, había que dejar una huella intimidatoria. Un ejemplo.
Miguel Angel no usaba armas, no era violento, estaba en contra de los grupos guerrilleros a los que calificaba de foquistas y apresurados. Pero disputaba la conducción de la Comisión Interna a los miembros del sindicato peronista.
En 1973 había sido invitado a una reunión de delegados en Mar del Plata organizada por la CGT. Instalado en el hotel, recibió la visita de un miembro del sindicato que le ofreció una buena cantidad de dinero: “aprovechá para ir al casino, pibe”, le dijo. Por supuesto, mi hermano no aceptó el soborno. Minutos más tarde llamaron a la puerta dos hermosas muchachas que se ofrecieron a pasar la noche con él. Enviadas, claro, por los sindicalistas. Nuevamente las rechazó, sin advertir que allí estaba sellando su destino. Quien no acepta dinero sucio ni “chicas” para divertirse, es un enemigo. Y al enemigo, ya fue dicho: ni justicia.
Quienes lo mataron eran veinteañeros, como Miguel. Ahora que se cumplen 44 años del crimen, mi hermano tendría alrededor de 65. También sus asesinos, que a lo largo de estas décadas habrán ascendido en los puestos gremiales. Deben de ser dirigentes. Confieso que cuando los veo a todos juntos, posando para los medios, vociferando discursos combativos, me pregunto si alguno de ellos habrá participado, si aquél que está hablando o el que lo acompaña a su lado fueron miembros de la patota que gastó el cargador de su pistola sobre el cuerpo.
Porque investigar, no se investigó nada. Lo sabemos. El papel del sindicalismo peronista entre 1973 y 1976 ha quedado sumergido en vaya a saber qué archivos. Y eso que mataron, eh, mataron sin que les temblara la mano, al amparo de políticos miembros de un Poder Ejecutivo que hubieran merecido un castigo como el que recibieron los militares de la dictadura.
*Escritor y periodista.

Sergio Bufano*

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Montoneros: Asesinan a Aramburu para evitar la pacificación nacional

La carta de Ricardo Rojo a Perón que reaviva sospechas sobre el móvil del asesinato de Aramburu

El autor de "Mi amigo el Che" le escribe al líder exiliado informándolo de charlas que ha mantenido con Arturo Frondizi y con Pedro Eugenio Aramburu, en 1969, poco antes del secuestro y muerte de este general

Por Claudio Chaves | Infobae



Ricardo Rojo fue un entrerriano inquieto nacido en 1923, que adhirió al reformismo cuando cursaba Leyes en la Universidad de Buenos Aires. Lo hizo en el preciso momento en que surgía a la vida política argentina el peronismo. No tuvo suerte o eligió mal. Razón por la cual fue a parar a la cárcel en 1945. Al salir, se afilió a la Unión Cívica Radical, identificándose con el Programa de Avellaneda. Industrialista y estatista.

Por defender en 1953 a huelguistas ferroviarios fue detenido nuevamente, pero en este caso logró escapar, refugiándose en la embajada de Guatemala. Obtiene un salvoconducto y se va de la Argentina. Inicia, entonces, su periplo latinoamericano, uno de cuyos tramos lo hará en compañía de Ernesto Guevara a quien conoce en Bolivia, cuando todavía no era el Che.

A la caída de Perón retorna al país y se vincula con Arturo Frondizi, es decir, con el sector radical dispuesto a cerrar heridas con el peronismo. Caído Frondizi, brinda sus servicios de abogado a la CGT y luego a la CGT de los Argentinos en defensa de los presos políticos de aquellos años, en su mayoría peronistas. Perseguido por la dictadura del general Juan Carlos Onganía, decide irse del país y marcha a Francia. Desde París le escribe una interesante carta al general Juan Domingo Perón, exiliado en Madrid, con quien ya había tenido varios contactos.

Gobernaba la Argentina el general Juan Carlos Onganía, luego del golpe de Estado que derrocó al presidente radical Arturo Illia. Habían pasado tres años y el país era un polvorín: Rosario, Córdoba y Tucumán habían vivido puebladas jamás vistas en nuestra historia. En ese marco, Rojo le escribe a Perón. La carta que se trasncribe aquí está depositada en el Archivo General de la Nación.



París, Francia 18 de diciembre de 1969

Distinguido compatriota y estimado amigo.

Desde nuestra entrevista del pasado 14 de agosto en Madrid no he tenido noticias directas suyas.

Aquí en París he tenido un par de entrevistas que pongo en su conocimiento por considerarlas de utilidad en la apreciación de la situación argentina, aunque discrepemos en la formulación e instrumentación.

Con el doctor Arturo Frondizi el 10 de diciembre último… Privadamente me explicó: "La posición de Onganía es muy débil. Insostenible. Se impone su sustitución. Después de los gravísimos hechos de Rosario, Córdoba y Tucumán que mostraron la realidad, Onganía no puede continuar. Su indecisión, su plan económico-social, el estancamiento de nuestro país, exigen un cambio inmediato en la conducción ejecutiva".

Me llamó la atención esta argumentación, ya que hasta aquí Frondizi galopaba de costado a Onganía en la creencia de ser llamado… Insistió en "la necesidad de coincidir en un plan mínimo a través de un gobierno que abriera un paréntesis de diez años. Expresamente rechazó la consulta popular como una maniobra mistificadora".



Con el general Pedro Eugenio Aramburu, el 17 de diciembre último. Califica al general Onganía de "mediocre, sin rumbo. Parálisis de nuestra economía. Descontento social creciente. Chatura del país. Decadencia en todos los órdenes. Entrega y satelización".

Sostuvo que "nuestros males demandan una solución política previa, con la participación leal de las grandes corrientes de opinión: en especial el peronismo y el radicalismo. El entendimiento sobre un programa mínimo es el paso necesario para hacerse cargo de la conducción ejecutiva. Sin mezquindades, sin recelos sobre el pasado donde todos cometimos errores que aun nos dividen. Comprensión y unidad nacional."

Cuando le pregunté acerca de la actitud de las FFAA dijo: "aun el general Alejandro Lanusse comprende la necesidad de sustituir a Onganía."

Dejó entrever que él sería la figura llamada, quedando Lanusse como Comandante en Jefe del Ejército. Agregó que: "luego de arar profundo, la ciudadanía sería consultada en elecciones, sin exclusiones ni veto de ningún tipo, entregando el poder a quien resultare electo."

Pedro Eugenio Aramburu

Dado sus antecedentes, le pregunté expresamente acerca suyo y de su movimiento, contestó: "El general Perón podría regresar al país y participar decisivamente en el gran esfuerzo común."

Al fin de evitar malentendidos lo consulté si podía informarle a usted acerca de lo discutido y declaró "por supuesto" y así lo hago sin asumir representaciones ni mandatos de ninguna clase. Sólo con el patriótico intento de encontrar fórmulas nuevas para superar la continuada crisis en que se debate nuestra Patria. Convinimos en reunirnos nuevamente en los primeros días de 1970. Quedo a la espera de sus reflexiones. Hacia fines de enero lo buscaré en Madrid.

Le deseo a usted a su esposa y demás compañeros Felices Fiestas y un 1970 en nuestra tierra, trabajando duramente por su grandeza.

Hasta aquí la carta. El insinuado acuerdo no pudo ser: el general Aramburu fue asesinado por los incipientes Montoneros. Un disparate olímpico. Sacar del medio al general de la Revolución Libertadora dispuesto a borrar con el codo lo hecho con la mano, no tiene perdón de Dios. Esta conversación con el general Aramburu ponía en evidencia el fracaso del golpe de Estado de 1955. Que Ricardo Rojo, un radical preso y perseguido por el peronismo, fuera el vehículo de una posible salida electoral hablaba a las claras de la frase de Aramburu: todos cometimos errores. ¿Qué otra cosa se necesitaba para cerrar viejas heridas?


El almirante Rojas y el general Aramburu

Años después de ser asesinado el General Aramburu, los Montoneros explicaron el porqué de su decisión criminal: "El último objetivo del Aramburazo se inscribió en la situación que vivía el país en aquel momento. Aramburu conspiraba contra Onganía. Pero el proyecto de Aramburu era políticamente más peligroso. Aramburu se proponía lo que luego se llamó el Gran Acuerdo Nacional, la integración del peronismo al sistema liberal. Aramburu había superado hacía mucho la torpeza del 55 en materia política." (Revista La Causa Peronista, 1974)

Más claro imposible.


Alejandro Lanusse (al centro, en segundo plano) e Isaac Rojas (con lentes negros) en el sepelio de Aramburu