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sábado, 29 de abril de 2017

SGM: El nazi (otro más) que vivió en Argentina y murió en Paraguay

La asombrosa historia del criminal nazi que acabó bajo el bisturí de estudiantes de medicina paraguayos
Eduard Roschmann, alias Federico Wegener, vivió en Argentina y murió en Paraguay después de una larga fuga y con un periodista pisándole los talones. El tercer capítulo de los nazis que se escondieron en Sudamérica, en la pluma y el recuerdo de Alfredo Serra
Por Alfredo Serra | Especial para Infobae




Eduard Roschmann, comandante del campo de concentración en la capital de Letonia y responsable de la muerte de 40.000 judíos, terminó en una morgue paraguaya como objeto de estudio de aprendices de medicina

"En los ómnibus que oficiaban como cámaras de gas, Roschmann había ordenado pintar en los vidrios las figuras de seres humanos sonriendo. El que los veía pensaba, tal vez, que era gente feliz camino a su weekend. Pero en ese mismo momento, morían asfixiados adentro". (Frederick Forsyth, testimonio de 1977)

De cuantos sucesos extraños me ha deparado mi oficio, éste es el mayor. En 1972, Forsyth escribió uno de sus grandes best-sellers: "Odessa", basado en la organización del mismo nombre que protegió a criminales nazis del derrotado Tercer Reich. Eligió como protagonista a Eduard Roschmann, un SS que huyó de Alemania sin dejar rastros.


La primera mitad del libro es real: una biografía del SS hasta su desaparición. La segunda, ficción: un periodista lo busca para vengarse porque Roschmann asesinó a su padre. Pero esa segunda parte -la real- es la que yo investigué hasta su muerte siguiendo cada uno de sus pasos. Completé lo que para Forsyth hubiera sido imposible…

Lo que sigue es la exacta verdad.


Eduard Roschmann también fue protagonista de la novela best seller “Odessa”, del británico Frederick Forsyth, y del film del mismo nombre

Casi todos los pasajeros que iban en el ómnibus sonreían. Casi todos. El único gesto hosco, huidizo, era el del hombre del asiento número 23 -izquierda, ventanilla-: un hombre gordo, de cara roja y espeso bigote negro. A las ocho en punto de la noche del 6 de julio de 1977, el ómnibus de la compañía La Internacional -gris, con los colores de la bandera paraguaya pintados a lo largo- salió de Buenos Aires rumbo a Puerto Falcón, a 15 kilómetros de Asunción del Paraguay.

Un cuarto de hora antes, el hombre había llegado en un taxi a la estación terminal, jadeante, y se había desplomado en su asiento. Vestía pantalón negro, saco sport gris muy grueso, camisa blanca, corbata azul, y un sombrero brilloso por el uso y algo echado hacia delante le tapaba la cara. Mientras aseguraba su equipaje, su compañero de asiento bajó la vista: el hombre, a pesar de su sombrero y de su severa ropa, llevaba zapatillas deportivas blancas. Más tarde, en la primera parada, cuando el hombre bajó para tomar un café, su compañero de asiento notó que rengueaba.

A lo largo del viaje, el hombre se mantuvo despierto. Mientras pudo se sumergió en las páginas de un libro escrito en alemán. Cuando el chofer apagó las luces, guardó el libro en uno de los bolsillos de su saco y se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el vidrio, como si quisiera descifrar el paisaje borrado por la noche.

El ómnibus llegó a Puerto Falcón el 7 de julio a las tres de la tarde. Asunción gemía bajo 32 grados y 90 de humedad. Unas nubes oscuras con borde violeta estaban a punto de estallar en diluvio.

El hombre bajó del ómnibus y se mezcló entre la gente, en la ruidosa terminal Brújula: una confusa geografía en la esquina de Presidente Franco y Colón. Adormilado, entró a una de las casas de cambio y metió un billete de 100 dólares por el hueco abierto en el vidrio blindado de la ventanilla. El empleado le dio 11.300 guaraníes.


Eduard Roschmann, “el carnicero de Riga”, vivió en Olivos, Buenos Aires, con documentos argentinos a nombre de Federico Wegener

A las tres y veinte se sentó en una mesa de la Pez Mar, una antigua taberna, y pidió una gaseosa de cualquier marca, "pero bien helada", exigió. Le sirvieron Guaraná, y se la tomó de un golpe. Mientras pagaba le preguntó al mozo si conocía alguna pensión tranquila. El mozo anotó en una servilleta: "Señora Ríos, Iturbe 859".

A las cuatro de la tarde, Juana Echagüe de Ríos, flaca, morena, de 65 años, tomaba tereré en el ancho patio de su pensión de la calle Iturbe, sentada en un sillón de mimbre, cuando un taxi celeste frenó delante de la puerta. El hombre, con el pesado saco colgado del brazo, cruzó el angosto pasillo de entrada y saludó. Juana Echagüe lo miró de arriba abajo: un hábito que después de cuarenta años de oficio le bastaba para aprobar o rechazar al cliente.

-Necesito una pieza. ¿Tiene algo?

-Tengo.

-¿Cuál es el precio?

-Cuatrocientos guaraníes por día con pensión completa.

Aceptó sin mirar siquiera el lugar. Pagó diez días por adelantado. Puso su cédula de identidad en la rugosa mano de la mujer y se hundió en la pieza: un cuadrado de cinco por cinco pintado de rosa furioso, con puerta y ventana verdes, cinco camas de una plaza (una, coronada por un enorme mosquitero), dos roperos que conocieron tiempos mejores y una mesa cubierta por hule deshilachado, albergue de botellas de vino vacías, fruta, remedios y revistas deshojadas.


El hombre no abrió la valija. Colgó el sombrero en un clavo y se tiró en la cama. Sus cuatro compañeros dormían la siesta con los pies desnudos y la cara tapada con revistas. Cuando se despertaron los saludó apenas con un gesto. Los cuatro eran chinos y sólo hablaban chino. Esa noche, mientras devoraba un guiso de fideos en la mesa común, instalada en el patio, se enteró de que los chinos trabajaban como vendedores ambulantes.

En los días que siguieron, Juana Echagüe trató de arrancarle algunas confesiones. Inútil. Se estrelló contra un pétreo silencio. Pero, como una araña en su tela, la dueña de la pensión esperaba su oportunidad. "En algún momento –pensaba–, este hombre me contará su historia". Acaso con la complicidad de la noche, o el café, que tanto le gustaba.


Eduard Roschmann era austríaco y había nacido en 1908. Pero, según el documento argentino, se llamaba Federico Wegener, y era un checo nacido en junio de 1914 (Nazis en las sombras, Atlántida)

Pero el hombre no se rendía. Se levantaba al amanecer. Desayunaba -pan, manteca, dulce, mucho café- y volvía a la miserable pieza. No se levantaba de la cama ni siquiera cuando limpiaban. Respiraba con dificultad y se agitaba por nada. Leía revistas (siempre las mismas), y el libro escrito en alemán. No hablaba por teléfono ni recibía llamadas. Jamás le llegó una carta. Una vez, ella lo sorprendió mientras quemaba en el baño una de las revistas que guardaba debajo del colchón…

A la hora del almuerzo se sentaba, puntual, en la cabecera. Oía la charla de todos, pero no abría la boca. Comía con avidez. Casi con ferocidad. Con el último bocado volvía a la pieza. Salía otra vez para tomar la merienda y esperaba en la cama, alumbrado por una lámpara sin pantalla, las palmadas que anunciaban la comida de la noche. Aceptaba cualquier menú. Luego, vuelta a la cama. No intentaba hablar con los chinos ni los chinos se esforzaban por hablar con él. Vivían juntos. Los unía la promiscuidad. Pero no había entre ellos siquiera una precaria forma de comunicación.

El día número diez, la dueña de la pensión le preguntó a quemarropa qué hacía en Asunción. El hombre le dijo que había ido a visitar a una amiga alemana, pero que no podía encontrarla. Ella advirtió que mentía: nunca había salido de la pensión… Pero aprovechó la brecha para preguntarle algunas cosas más.

El hombre le dijo que nació en Checoslovaquia. Hablaba con fuerte acento alemán y no entendía bien el español. Había que repetirle frases, ya que preguntaba con muletillas: "¿Cómo dice? ¿Dice usted?". También reveló no tener familia y trabajar como empleado. Pero el undécimo día rompió la reclusión.

Salió a las cinco de la tarde y volvió tres horas después con un paquete en la mano. Un pantalón que compró en la casa Monarca, en pleno centro, y que pagó 1.500 guaraníes. Cuando la dueña estaba a punto de darse por vencida empezaron a suceder cosas extrañas.

El día decimoquinto, por la mañana, uno de los chinos abandonó la pensión. Una hora después ocupó la cama libre un uruguayo joven, de pobrísimo aspecto. Al otro día, cuando Juana asomó su cabeza para anunciar que el desayuno estaba servido descubrió que el uruguayo había desaparecido. En ese momento, su enigmático cliente salía del baño.

-Me robó. El uruguayo me robó cinco mil guaraníes y dos camisas.

-Ya mismo llamo a la policía.

-No, por favor. No llame a nadie. No importa.

Ella insistió. Y por primera vez, el hombre perdió la calma.

–¡La policía no! ¡La policía no! ¡Deje todo como está!


El terrible hacinamiento en los campos de concentración. Así dormían los prisioneros judíos del régimen nazi (Archivo)

Tres días más tarde empezó el final de la historia. La noche del 25 de julio comió con brutalidad. Después del postre -dos enormes pedazos de mamón en almíbar- rechazó el café, dijo que estaba muy fatigado y se acostó vestido. A las seis de la mañana del otro día, uno de los chinos se despertó sobresaltado por unos ronquidos.

Saltó de la cama. El hombre estaba violeta. Tenía los ojos abiertos, y su boca dejaba escapar algo parecido a la espuma. Los gritos del chino alertaron a toda la pensión.

Epifanio Ríos, hijo de la dueña, salió a la calle y llamó un taxi. Lo envolvieron en una frazada, lo metieron en el taxi y lo llevaron al Hospital de Clínicas, a unos tres kilómetros del centro. Félix Motta, uno de los médicos residentes, ordenó que lo internaran en la sala B de la primera cátedra de Clínica Médica: un rectángulo de quince por siete casi centenario y recién pintado de verde claro. Lo acostaron en la cama número 16, debajo de una repisa llena de flores de material plástico.

Motta, después de revisarlo, informó que estaba en coma. Sin embargo, no murió. Resistió ese día, el otro, el tercero. Los médicos le hicieron una traqueotomía.

El primer día de agosto se levantó de la cama. El 4 pidió permiso para volver a la pensión y sacar su equipaje. Tomó un taxi en la puerta del hospital, entró en la pensión, hizo su valija en cinco minutos y se despidió de la dueña.

-¿No va a volver?

-No sé. Pero me espera un tratamiento muy largo. No vale la pena que pierda un cliente por guardarme la pieza…

Al otro día, 5 de agosto, la enfermera Mirtha Rodríguez no lo encontró en su cama. Temprano, mezclado entre los otros enfermos y las visitas, bajó por la escalera (la sala B está en el primer piso), atravesó el enorme patio y salió a la calle. Volvió cinco horas después. Le preguntaron adónde había ido, pero se encerró en un terco silencio: como en sus días en la pensión.

El día 10 a las siete de la mañana, la misma enfermera se acercó a la cama 16 con el termómetro en la mano. El hombre tenía los ojos abiertos. El brazo derecho colgaba fuera de la cama. La sábana, retorcida, dejaba sus pies al descubierto. Pies mutilados. Un solo dedo en el derecho y cuatro en el izquierdo.


A Roschmann le faltaba un dedo del izquierdo y tres del derecho, amputados después de su fuga por la nieve tras el suicidio de Hitler (Nazis en las sombras, Atlántida)

Estaba muerto. Hora del final: 0.45. Causa: infarto de miocardio. Cerca de la medianoche del mismo día 10, uno de los secretarios de redacción del diario ABC Color revisaba las últimas pruebas de la edición. Sonó el teléfono. Una voz de una mujer dijo: "Esta mañana murió un hombre en el Hospital de Clínicas, Federico Wegener. Investiguen. Ese hombre es Eduard Roschmann, el criminal de guerra".

Una hora más tarde, la morgue del Hospital de Clínicas se iluminó con el resplandor de los flashes. Federico Wegener, el pensionista silencioso de la calle Iturbe, estaba sobre una gastada mesa de mármol. Su cara, su bigote, las cicatrices de su cuerpo, sus pies mutilados, eran pistas. Pero no definitivas.

Al amanecer del 11 de agosto, el comisario de la primera sección de Asunción revisó todos los papeles del muerto. Entre ellos, una libreta de enrolamiento argentina número 8209470 a nombre de Federico Wegener, nacido el 21 de junio de 1914 en Eger, Sudeti, Checoslovaquia. Y una cédula de identidad argentina, Policía Federal, número 7.550.943, del 9 de noviembre de 1967. Fecha de entrada a la Argentina: 2 de octubre de 1948.

"No es Roschmann. Alguien murió por él", dijo Simón Wiesenthal en su bunker: el Centro de Documentación Judía de Viena. Acababa de recibir un cable con la noticia de la muerte de Federico Wegener. Con esa misma frase empezó, dos horas más tarde, esta conversación telefónica con él.

-Insisto. No es Roschmann. Alguien murió por él. La organización es tan grande que puede disponer de cadáveres de reemplazo. Según mis informantes, Roschmann está en Bolivia.

-Pero hay muchas coincidencias, Wisenthal. Los dedos de los pies cortados, por ejemplo.

-Sí, lo leí en un cable. Eso me confunde. No tengo ese dato.

-Sin embargo, Forsyth asegura que sí. (Nota: un mes antes, el escritor le dijo a una enviada especial que Roschmann perdió los dedos de los pies por congelamiento. A fines del invierno de 1948, mientras lo llevaban detenido de Graz a Dacha, saltó del tren por la ventanilla del baño. Había mucha nieve, y caminó varios kilómetros hasta una población. Se le congelaron los pies. La gangrena obligó a un médico a cortarle los dedos).

-¿Qué archivos consultó Forsyth para lograr sacar esos datos?

-Los archivos británicos.

-Entonces es posible que sea Roschmann. Mi ficha sobre él no es demasiado completa.


Roschmann en la camilla de la morgue de Asunción, Paraguay. Murió en julio de 1977 de un ataque al corazón. Nadie sabía su nombre: era un NN (Nazis en las sombras, Atlántida)

Emilio Wolf es un fiambrero próspero. Su negocio, La Alemana número 1, está en la calle Yegros, centro de Asunción. Cuando vio la fotografía de Wegener en los diarios no pudo reprimir el grito: "Ese hombre es Roschmann! No puedo equivocarme. Si lo hubiera encontrado por la calle, yo mismo lo habría matado!

Ese mismo día lo entrevistó un periodista del ABC Color. Y veinticuatro horas después, siete balas se clavaron en el frente de la fiambrería. Crucé la calle -yo vivía en el hotel de enfrente-.

-¿Qué pasó?

-Lo que tenía que pasar. Ayer, después de la nota en el diario, recibí cuarenta amenazas de muerte. Pero no le tengo miedo ni a un batallón de nazis.

-¿Por qué está tan seguro de que el muerto es Roschmann?

-Estuve en siete campos de concentración. En tres estuvo Roschmann. Pasaron muchos años. Pero cuando alguien te da una paliza todos los días, no te olvidás de él aunque engorde, se quede pelado o se haga cirugía estética. La mirada de su fotografía es la misma del hombre que gozaba castigando a los prisioneros con un látigo de alambre.

Doce del mediodía del sábado 13 en Asunción. Estoy a punto de partir. Bajo la luz agónica de una lámpara, sobre una mesa de mármol, veo por última vez el cadáver de Federico Wegener o Eduardo Roschmann. Afuera, 160 estudiantes del primer curso de Anatomía ríen, hablan, cantan. Salgo. Uno de ellos me pregunta.

-¿Nadie reclamó el cadáver?

-Nadie.

-Qué bien.

-¿Por qué?

-Somos futuros médicos. Necesitamos cadáveres para estudiar, y no tenemos muchos. Podemos usar su cuerpo para las clases prácticas.

En 1944, ese hombre que está tapado con una lona verde sobre una mesa de mármol, mandó a la muerte a 80 mil judíos. Y ahora, mediodía del sábado, es apenas un despojo que espera el bisturí.

Su fuga duró 34 días: su infierno privado. No lo alcanzó el castigo: extradición, juicio, condena, horca. Caso cerrado. Me voy. Lo último que veo y oigo es un grupo de muchachos con guardapolvo blanco celebrando la llegada de un cadáver sin dueño. Como un acto de justicia. Como una sinfonía.

domingo, 16 de abril de 2017

Argentina: Perón represor

Los impunes de siempre están de regreso
Jorge Fernández Díaz
LA NACION




Después de haber echado a los Montoneros de la Plaza y antes de encontrarse con su viejo amigo Alfredo Stroessner, Perón se reunió para coordinar acciones con el mismísimo Augusto Pinochet. La presencia del dictador chileno en tierra argentina levantó repudios en las propias filas del peronismo. Irritado por ellas, y muy especialmente por una declaración que firmaban los concejales porteños, el General los paró en seco: "Yo tengo dos funciones, las relaciones exteriores y la defensa nacional, mientras que ustedes, en el Concejo Deliberante, tienen tres: Alumbrado, Barrido y Limpieza".

Contrariamente a lo que se piensa, el último discurso del líder antes de morir no fue en su famosa despedida ("llevo en mis oídos la más maravillosa música"), sino en un cónclave con la dirigencia sindical, cuyos matones ya habían realizado represalias letales contra la izquierda siguiendo sus expresas directivas. El contenido de ese discurso puede leerse en la página 362 del extraordinario libro "Perón y la Triple A", que escribieron Sergio Bufano y Lucrecia Teixidó. Allí Perón instruyó a los caciques de la CGT en la idea de emplear una "represión un poco más fuerte y más violenta". Los sindicalistas obedecieron la sugerencia y recrudecieron sus incursiones ilegales y sus matanzas. Tiene razón Arturo Pérez-Reverte: leer historia no soluciona nada, pero al menos sirve como analgésico para digerir el presente. ¿Cómo pudimos olvidar todas estas graves circunstancias, qué extraño virus social o demencia colectiva hizo que perdonáramos los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el justicialismo? Esa misma desmemoria operó desde entonces con pecados menos trágicos pero igualmente destructivos. Una extraña amnesia perdonó el Rodrigazo, el intento de autoamnistía de 1983, el jaqueo con 14 paros y todo tipo de zancadillas que le efectuamos a Raúl Alfonsín, la política entreguista y turbia junto con el indulto y la hiperdeuda externa que caracterizaron la reencarnación noventista, la participación subterránea en la destitución de Fernando de la Rúa, la pesificación bestial, y los 12 años de megacorrupción de Estado, descalabro económico, aislamiento, autoritarismo y florecimiento del narcotráfico. Apenas dos o tres de estas calamidades hubieran bastado para borrar del mapa electoral a una fuerza política en cualquier otro país más o menos evolucionado. Pero ya se sabe: aquí los culpables nunca pagan, y tienen además el descaro de arrinconar a cualquiera que no pertenezca a su rancia corporación y pretenda gobernar, lo que implica casi siempre levantar la hipoteca que ellos mismos dejaron y ligarse los tomatazos de la calle. No todo el peronismo es este adefesio: las innegables conquistas de los años 40 y la renovación intentada por Cafiero, Bárbaro y Bordón todavía inspiran a muchos militantes, y no hemos perdido la esperanza de un peronismo republicano. Pero ese proyecto inestable convive con la "tara autoritaria" (Pichetto dixit) y con un reflejo caníbal según el cual cuando alguien sangra debe ser inmediatamente devorado.

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Las torpezas del Gobierno y la tardanza en la reactivación enardecen a los caranchos. En dos semanas, los triunviros que Cristina combatía y Cambiemos corteja lanzaron un paro nacional; los gremios docentes cortaron abruptamente el diálogo y anunciaron una huelga salvaje; las organizaciones sociales aceptaron y violaron los millonarios acuerdos de diciembre y armaron nueve piquetes por día, y el kirchnerismo y el propio titular del Partido Justicialista pidieron un juicio político contra el presidente constitucional, preocupados por "la transparencia y las instituciones" (sic). Los impunes, con una pequeña ayudita de los desmemoriados y de los vivillos, están de regreso. Peronistas de todos los pelajes y con responsabilidades en distintos tramos de la "década saqueada" o con complicidad indirecta en la quiebra económica, son ahora impiadosos fiscales de quienes tratan de arreglar el mecanismo roto que les legaron. Vamos a decirlo en lenguaje elegante: los argentinos vivimos en una nube de gases, el rojo fiscal sobre el que estamos sentados es de 400 mil millones de pesos e hizo falta pedir prestados 25.000 millones de dólares para poder financiarlo y seguir en Babia. Estamos fundidos, y encima andamos con ínfulas. Pero ¿quiénes fueron los responsables de crear semejante bola de nieve? Los mismos millonarios que en nombre de los pobres se ponen ahora en pie de guerra.

Tampoco hay por qué asombrarse: los libros de historia contemporánea demuestran que después de los fiesteros vienen siempre los pagadores, y que los primeros se dedican a limar a los segundos como si nada tuvieran que ver con el desaguisado ni con los consecuentes dolores y sacrificios. Baradel responde a Sabbatella y los triunviros mayormente a Massa, Pérsico confiesa intenciones políticas detrás de sus movidas callejeras, Gioja y los Suturados de Cristina no han sido capaces de la mínima autocrítica, e Insaurralde, Katopodis y otros prohombres de las nuevas generaciones se abrazaron por fin con Máximo Kirchner y cerraron filas con la Pasionaria del Calafate, en una ceremonia bonaerense que cancela cualquier ilusión renovadora y que confirma una notable falta de escrúpulos, porque pretende convertir las investigaciones judiciales de la democracia en persecución política y porque reivindica a la mayor sospechosa, a su estado mayor corrupto y a su inefable secta del helicóptero. Todos juntos triunfaremos, compañeros; total la Argentina tiene Alzheimer y nadie nos pedirá cuentas. Quienes destrozaron la casa se postulan como plomeros y albañiles de su reconstrucción, para felicidad del pueblo y salvación de la patria.

El gran truco del peronismo es muy conocido; consiste en señalar que sus sucesivos disfraces no le pertenecen. Cristina no era peronista, ni Josecito López ni Boudou ni De Vido ni Jaime. Menem tampoco. Ni Luder ni Isabel ni López Rega ni los Montoneros. Ni siquiera Perón era peronista, con lo que el peronismo siempre está a salvo de sus trastadas y en condición de alumbrar en la próxima estación su verdadera y esplendorosa identidad. Fue interesante leer, en este contexto, un excelente artículo de Fernando "Chino" Navarro que publicó el viernes en este diario, donde defiende con inteligencia la ley de emergencia social. Al final no puede, sin embargo, evitar el malabarismo peronista de autoexculpación. "Es curioso que en un país con familias con una tercera generación sin trabajo -escribe, se le diga al nieto que es mejor que espere a un posible empleo formal cuando son las políticas que defendieron los abanderados del libre mercado las que dejaron sin trabajo regular a su abuelo y a su padre". ¿Quién es responsable de esa familia desgraciada, diputado? Porque la fuerza que más gobernó durante estas décadas de desigualdad fue el peronismo. Si esas políticas son las culpables de la miseria y la demolición de la cultura del empleo, alguna factura debería caerles a los últimos cuatro presidentes peronistas. A menos que pensemos seriamente que Alfonsín y Macri inventaron la pobreza. Hay un agregado fatal: a ese nieto desocupado que menciona lo alcanzó últimamente la maldición del paco y la tentación del tráfico; el kirchnerismo de arcas llenas fue incapaz de devolver a esas familias al sistema y entregó inermes a esos chicos sin destino a la mafia de la droga. No se puede ser a un mismo tiempo el partido hegemónico y el inocente perpetuo de un país quebrado y decadente.

domingo, 5 de marzo de 2017

Perón, el terrorista de Estado

Terrorismo de estado: las culpas de Perón que el PJ calla
Marcelo Larraquy escribe sobre el renovado debate acerca de los ´70. Apunta a la culpa del líder que alentó a la Triple A y persiguió a Montoneros.
Por Marcelo Larraquy
Noticias



Ningún león herbívoro. Perón no fue el viejo bonachón de su propaganda. En la foto, con López Rega e Isabel.

Los años ’70 vuelven como un fulgor inesperado al debate histórico. Basta una frase sobre “la complicidad con la dictadura”, “el accionar de la guerrilla”, o “el número de desaparecidos”, para que la mecha se encienda. Después de los juicios por lesa humanidad contra los militares, en la mayoría de los casos, juzgados y condenados, la evidencia jurídica permitió probar que existió un terrorismo de Estado conducido por las Fuerzas Armadas, que estableció un plan sistemático de represión ilegal.
Quizás el temor de que se pensara que la represión ilegal y la actuación del peronismo y la guerrilla fueran males simétricos evitó ampliar el marco temporal del debate público, que fue limitado al período que arranca con el golpe del 24 de marzo de 1976. O dicho de otro modo, la magnitud del terror que la dictadura militar impuso contribuyó a oscurecer u olvidar el terror que ya se venía ejerciendo desde el Estado, que funcionó como un desordenado ensayo general de la represión militar posterior.
El peronismo lo explicaría como el resultado de la acción mesiánica e individual del secretario y ministro de Perón, José López Rega, o a lo sumo, como la consecuencia de “la lucha interna peronista”.
Pero la Conadep registró alrededor de 1.000 denuncias sobre desapariciones de personas perpetradas durante el gobierno constitucional de 1973-1976, además de los crímenes paraestatales. Este dato a menudo omitido o negado, conduce a una nueva pregunta: ¿cuándo comenzó el terror?
El peronismo –que en su historia desde 1955 a 1973 había sido perseguido, encarcelado y proscripto por gobiernos militares y civiles– buscó excluir al gobierno de Perón de cualquier responsabilidad política.
Sin embargo, para un debate abierto, no habría que prescindir de la revisión de su actuación en relación con los actores centrales del conflicto en los primeros años de la década del ‘70: las Fuerzas Armadas, la guerrilla, Cámpora y la Triple A. Esa es la intención de este artículo.

Los hechos

En 1971, Alejandro Lanusse fue el primer general de las Fuerzas Armadas que decidió dialogar con Perón aún en contra de la opinión de la mayoría de los generales y la totalidad de la Armada. Perón había sido bombardeado, arrojado del poder, desterrado, y además le secuestraron el cuerpo de su esposa. Fue la palabra prohibida por más de 15 años. Pero en el exilio y con el mito permanente de su retorno, ningún gobierno militar o civil pudo construir un orden político estable con su proscripción.
En 1970, el secuestro y crimen de Aramburu desencadenó la caída del gobierno de Onganía –ya golpeado por el “Cordobazo” del año anterior– y los levantamientos sociales provocaron la renuncia del general Levingston. Ambas instancias despertaron a los partidos, que reclamaron el fin de la veda política y elecciones democráticas.
El general Lanusse entendió que era la única salida y para ello era inevitable conocer la opinión de Perón. Necesitaba saber si participaría del proceso de “normalización institucional” y cuál era su posición frente a la guerrilla.
De hecho, el crimen de Aramburu, según lo justificó Montoneros, se había realizado en favor de su regreso. Perón, que no lo había reclamado, tampoco lo desautorizó: “Nada puede ser más falso que la afirmación que con ello ustedes estropean mis planes tácticos porque nada puede haber en la conducción peronista que pueda ser interferido por una acción deseada por todos los peronistas (…)”. Y también avaló la beligerancia para el desgaste progresivo del enemigo. “Organizarse para ello y lanzar las operaciones para ‘pegar cuando duele y donde duele’ es la regla. (…) todo es lícito si la finalidad es conveniente”, escribió a los jefes montoneros. También le escribiría una carta de aliento a Carlos Maguid, detenido por su participación en el crimen de Aramburu: “La hora de la redención de los proscriptos llegará a su tiempo, y en ella, cada uno recibirá su merecido porque no se puede escarnecer a un pueblo, sin que un día ‘se sienta tronar el escarmiento’”.
El coronel Francisco Cornicelli, en un viaje secreto a Madrid como enviado personal de Lanusse, dialogó con Perón en Puerta de Hierro. La conversación fue grabada por ambas partes. Cornicelli, sobre la guerrilla, afirmó: “En este momento hay muchos que masacran vigilantes y asaltan bancos en su nombre”. “Habrá más”, respondió Perón. “Lo seguirán haciendo hasta tanto usted no defina su posición respecto de ellos”, insistió Cornicelli, pero en más de cuatro horas de conversación no logró que moviera una letra de su aval inicial a Montoneros.
Lanusse creía que con la oferta de un retiro político honorable, la devolución del cadáver de su esposa, de su grado militar, las pensiones y los bienes patrimoniales incautados, lograría que Perón apoyara la salida institucional por la vía del Gran Acuerdo Nacional (GAN). E incluso bendijera un candidato propio y se quedara en Madrid.
Perón tenía otros planes
En su dispositivo para el retorno al país, manejó dos variables: presentarse como la garantía de pacificación, con el acuerdo del PJ con los partidos políticos, denominado “La Hora de los Pueblos, como antítesis del GAN; y, por otro andarivel, el apoyo implícito a la “guerra revolucionaria”, sostenida con la consigna montonera “Perón o guerra”, que se ejecutaba con ataques a fuerzas policiales y militares.
Esa coordinación de esfuerzos entre el Movimiento Peronista y la guerrilla fue conjunta y convergían en la conducción estratégica de Perón. La acción de la guerrilla le permitía a Perón mantener el “dedo en el gatillo” en su duelo con Lanusse, en el marco de una posible “trampa electoral” y la negociación por las condiciones de su regreso.
En agosto de 1972, los militares le allanaron el camino: el fusilamiento de 16 guerrilleros en la base naval de Trelew bloqueó la continuidad del régimen militar, incluso por legitimidad electoral, como secretamente aspiraba Lanusse.
Sin aceptar el GAN ni las imposiciones electorales, con la candidatura de su delegado Héctor Cámpora, Perón polarizó la elección del 11 de marzo de 1973: se votaba “peronismo o dictadura militar”; el candidato radical Ricardo Balbín ni siquiera era mencionado como adversario. De este modo, en poco menos de tres años, Perón se convirtió en el “mito unificador”, la gran esperanza para la resurrección argentina en 1973, después de 17 años de inestabilidad política.
Pero bajo la superficie de su victoria frente a las Fuerzas Armadas, emergerían dos distorsiones en su arte de conducción, que hicieron que las cosas salieran mal.
La primera de ellas fue Cámpora. Por su lealtad –que había sido su capital político-electoral–, Perón convirtió al presidente electo en un sujeto vulnerable, sin poder propio, al que manejaba con su ambigüedad. Y no quedaba claro qué quería Perón de Cámpora después de la victoria del 11 de marzo, y tampoco estaba claro cuál sería el rol de Perón durante su gobierno.
Cámpora suponía que, una vez ungido el 25 de mayo, gobernaría él y con el apoyo de Perón. Cuando le preguntaron sobre la posibilidad de un doble poder, la rechazó. “Si ejecutamos toda la inspiración que el General nos transmite, y la que nosotros tratamos de auscultar en él, no habrá doble poder. Y el primero que se encargará de que no lo haya –si está en Argentina cuando el Frente ejerza el gobierno– será el mismo general Perón”. (“Clarín”, 9/3/73).
La otra distorsión en la conducción de Perón fue la guerrilla. Perón sabía cómo crispar a las Fuerzas Armadas, que “tienen la cabeza de florero”, como decía, pero no supo cómo controlar a la guerrilla, tras la descomposición del régimen militar con acciones armadas, boicot o sabotajes.
Perón creía que, después de la victoria, la guerrilla desaparecería. “La violencia popular en la Argentina ha sido consecuencia de la violencia gubernamental de la dictadura militar y, naturalmente, todo nos hace pensar que desaparecidos los sistemas de represión violenta y sus deformaciones hacia el campo de la delincuencia oficial, no tendrán ya razón de ser los métodos violentos que el pueblo puso en ejecución como elemento de defensa de sus derechos conculcados”. (“Clarín”, 15/3/73)
Cámpora no obtuvo el respaldo político de Perón en sus pocos días de gobierno. Ni siquiera lo visitó en la Casa Rosada, como lo hizo con López Rega en el Ministerio de Bienestar Social. La conspiración contra Cámpora ya anidaba desde Puerta de Hierro, con sus reuniones con dirigentes de la ortodoxia peronista, que habían quedado afuera del armado electoral, y luego de su retorno al país, en la casa de la calle Gaspar Campos, donde se gestaría un poder latente dentro del peronismo. Faltaba resolver cómo se iría Cámpora, si con una salida elegante o indecorosa, y para ello Perón eligió la segunda opción. Se sirvió de la matanza de Ezeiza, el 20 de junio, para respaldar a los organizadores –López Rega, coronel Osinde, entre otros– y amenazar al día siguiente “a los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro Movimiento (…), les aconsejo que cesen en sus intentos porque cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento”.
Ahora, en la visión de Perón, la amenaza de escarmiento no sería para los represores, sino para los que antes apoyaba, la “juventud maravillosa”.
Esta imprevista reconversión pública de Perón desacomodó a Cámpora. Y cuando el Presidente le pidió a Perón su aval para despedir Osinde del Ministerio de Bienestar, y no lo obtuvo, ya no le quedaba margen de acción para gobernar.
No era del estilo de Perón pedirle que la renuncia y la convocatoria a nuevas elecciones; sólo hacía llegar a sus oídos su disgusto por la “situación del país”. Perón dejó que los hechos tomaran su propia dinámica y fuese el propio Cámpora quien, en medio de una reunión de gabinete en el living de Gaspar Campos, subiera a la habitación de Perón y le ofreciera la renuncia, mientras reposaba en una mecedora, convaleciente de un infarto. Camino a su tercer gobierno, la salud de Perón se consumía, pero desde su perspectiva, la consolidación de Cámpora también podría implicar la de Montoneros, que conservaba su autonomía.
La “unidad de acción en la lucha” para el retorno había sido exitosa, pero tras la victoria de marzo se iniciaba una relación nueva, incierta para ambas partes. Pronto emergerían las tensiones. Ya no se sostenía que “Sin Perón no hay pacificación”. No bastaba Perón. Montoneros continuó con sus formas violentas que podía brindarle un mecanismo de guerrilla urbana que no había desactivado: el 5 de abril mató al coronel Héctor Iribarren, jefe de inteligencia del III Cuerpo de Ejército en Córdoba. En un comunicado, explicó las razones: “Con los votos conseguimos el gobierno, pero tanto nosotros como nuestro enemigo sabemos que el poder brota de la boca de un fusil. Por eso, con el mismo fervor con que trabajamos para ganar el gobierno mediante las elecciones, seguimos apoyando nuestras ideas, nuestras organizaciones y nuestras armas en la persecución del enemigo, para impedirle su reorganización y destruirlo”.
No se conoció una reacción pública de Perón. Pero dos semanas después, en las “Instrucciones del Consejo Superior”, dio por terminada la misión del FREJULI, ordenó no modificar las autoridades partidarias, y sobre todo, a través del periodista argentino Emilio Abras, de la agencia EFE, anticipó que con las “Instrucciones…” Perón quería “dar un ‘grito de alarma’ para evitar que a los elementos ‘exitistas” o “arribistas” se infiltren en la estructura peronista e impedir la infiltración en el justicialismo de “elementos disolventes empeñados en entorpecer o hacer naufragar el propósito justicialista de lograr un gobierno de auténtica unidad nacional con participación de todos los sectores políticos patrióticos o populares”. (“Clarín”, 18/4/1973). Diez días después, en un “careo” en Madrid, Perón destituyó a Rodolfo Galimberti de su cargo de Delegado Juvenil, por haber convocado a las “milicias populares”. Galimberti explicaría los alcances a la conducción montonera: “Perón nos bajó a todos”.
En los meses que siguieron, con Cámpora fuera de circulación y Raúl Lastiri como presidente interino, López Rega fue engrosando su guardia armada en el Ministerio de Bienestar Social –ex policías exonerados por crímenes y robos, el primer círculo de la Triple A– y juntó un puñado de jóvenes peronistas –la Juventud Peronista República Argentina (JPRA)– a los que empleó en el Estado para “ganarles la calle” a los montoneros y “defender la doctrina”. El microcine del ministerio fue utilizado como depósito de armas, importadas por contrabando. En agosto de 1973, después de Ezeiza, comenzaron las primeras señales: ametrallamientos, bombas, incendios en unidades básicas de la Tendencia (la izquierda peronista), secuestros, y también algunos militantes muertos en Rosario, San Nicolás y Córdoba. Los “grupos de choque” del sindicalismo también se organizaban: autos, armas y las decisiones sobre posibles “blancos”: delegados de fábricas, militantes barriales.
El enfrentamiento estaba instalado. “En la guerra hay momentos de enfrentamiento, como los que hemos pasado, y momentos de tregua en los que cada fuerza se prepara para el próximo enfrentamiento”, afirmó Firmenich, en una conferencia de prensa, en septiembre.
Perón fue reduciendo la capacidad de maniobra de Montoneros en el nuevo esquema de poder, ahora dominado por la ortodoxia y el sindicalismo, y la fórmula “Perón – Perón”, en la que se cerraban las filas del Movimiento. El justicialismo blindaba la herencia de Perón en la figura de Isabel, en “el peronismo verdadero”.
La intención de Perón de conducir una coalición intrapartidaria –en la que pugnaban proyectos ideológicos contrapuestos– daba señales de fracaso. Perón había agitado las aguas de la violencia contra la dictadura de Lanusse y ahora no podía controlarlas en su propio Movimiento. El clima de enfrentamiento estaba instalado.
Perón advertía que su ala izquierda no tendría espacio en el Movimiento si no se adecuaba a sus directivas. Pero no quería romper con Montoneros: tenía por delante las elecciones del 23 de septiembre de 1973 (ganaría con el 62%). Montoneros, aturdido en la confusión, navegaba en su impotencia política, entre la subordinación y el rechazo a su líder, tampoco quería romper con Perón. Pero, cerrados los canales de comunicación interno, quería llevarle un mensaje: dos días después de su triunfo electoral, mató a José Rucci, su sindicalista más leal, que controlaba el movimiento obrero.
Una semana después, el Consejo Superior Justicialista se declaró en “estado de guerra”. Y esa guerra, desde el Estado, la condujo Perón como presidente.
Las nuevas “Instrucciones” ordenaban: “Deben excluirse de los locales partidarios a todos aquellos que se manifiesten de cualquier modo vinculados al marxismo. En todos los distritos se organizará un sistema de inteligencia al servicio de esta lucha, el que estará vinculado con el organismo central que se creará. Se utilizarán todos los medios de lucha que se consideren eficientes, en cada lugar y oportunidad. Los compañeros peronistas, sin perjuicio de sus funciones específicas, deben ajustarse a los propósitos de esta lucha, haciendo actuar todos los elementos de que dispone el Estado para impedir los planes del enemigo y reprimirlo con todo rigor”.
A partir de entonces, comenzó la purga de funcionarios en municipios, gobernaciones y organismos del Estado, una purga que no admitía matices y contradicciones: el nuevo enemigo eran “los elementos infiltrados”, “los infiltrados marxistas”. Había que detectarlos y depurarlos. “Corresponde a los organismos del Movimiento hacer una limpieza”, aconsejó Perón. (Conferencia de prensa, 8/2/74).
La ley pasó a ser una referencia ambigua. Después del ataque del ERP a un cuartel militar en Azul, en enero de 1974, Perón amenazó con reprimir a la guerrilla en forma ilegal. “A la lucha, y yo soy técnico en esto, no hay nada que hacer más que imponerle y enfrentarla con la lucha. Nosotros, desgraciadamente, tenemos que actuar dentro de la ley, porque si en este momento no tuviéramos que actuar dentro de la ley ya lo habríamos terminado en una semana. Nosotros estamos con las manos atadas dentro de la debilidad de nuestras leyes. Queremos seguir actuando dentro de la ley. Pero si no contamos con la ley, entonces tendremos que salirnos de la ley y sancionar en forma directa, como hacen ellos. Si nosotros no tenemos en cuenta la ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato”.
También prometía el “aniquilamiento cuanto antes del terrorismo criminal” y, para el bien de la República, el exterminio del “reducido número de psicópatas que van quedando”. Perón anticipaba en forma verbal una represión que comenzaba a ejecutarse en forma ilegal desde el Estado. Del mismo modo que no desautorizó la violencia guerrillera frente al coronel Cornicelli tampoco lo haría con los atentados y crímenes de la Triple A durante el gobierno constitucional.
Ese verano del ’74, la consigna de “eliminar al infiltrado” fue asumida por bandas armadas paraestatales, sindicales y agrupaciones de la ortodoxia peronista, como un permiso de impunidad para la acción. El Estado no decía nada. A lo sumo, Perón, cuando se le consultaba por grupos parapoliciales de ultraderecha “que habían volado 25 unidades básicas, que no pertenecen precisamente a la ultraizquierda, y había matado a doce militantes muertos en las últimas dos semanas”, respondía: “Esos asuntos policiales, lo están provocando la ultraizquierda y la ultraderecha; la ultraizquierda que son ustedes (a la periodista) y la ultraderecha que son los otros señores. Arréglensela entre ustedes. El Poder Ejecutivo lo único que puede hacer es detenerlos a ustedes y entregarlos a la Justicia. A ustedes y a los otros”.
Dos días después, a la periodista Ana Guzzetti, –Perón pidió sus datos para iniciarle una causa judicial por su pregunta–, le colocaron una bomba en la casa y fue detenida en Coordinación Federal. A las dos semanas fue liberada. Durante su detención, le escribió una carta al presidente: “General. Usted no ignora mi trayectoria, cuatro veces presa y torturada por luchar, no sólo por la liberación sino también por su retorno. Vi caer compañeros gritando ¡Perón o Muerte! General, mientras usted estaba en Madrid nosotros hicimos la resistencia, pasamos el Plan Conintes, nos tragamos tres dictaduras militares, gestamos los cordobazos, los rosariazos, los tucumanazos, y toda esa lucha, General, no se la vamos a regalar. Nos costó cárcel, torturas, sangre. ¿Qué quiere decirnos? ¿Qué Ramus, Abal Medina, Cambareri, Olmedo, Blajaquis eran infiltrados? Bueno, si usted cree eso lo tendría que haber dicho antes. ¿Se acuerda? Éramos las gloriosas formaciones especiales, los héroes”.
Después de la pregunta, la bomba en su casa, la detención y la carta, a fines de abril de 1974 Guzzetti fue secuestrada “por desconocidos” durante dos semanas. Apareció en un zanjón de la ruta Panamericana, con signos de tortura.
Para entonces, la represión ilegal del Estado había avanzado en su desarrollo con el reingreso del comisario Alberto Villar a la Policía Federal. Fue una decisión presidencial. Perón le pidió que actuara porque “el país lo necesita”. Sabía quién era el comisario Villar porque, durante la dictadura de Lanusse, había reprimido al peronismo. Un día después del regreso de Villar a la Policía Federal apareció la primera lista de “condenados” de la Triple A. Una de sus primeras medidas fue la creación del Departamento de Extranjeros –el embrión del Plan Cóndor– para perseguir a los exiliados de las dictaduras de Chile, Brasil y Uruguay, que luego empezarían a aparecer fusilados en la Argentina, entre tantos cadáveres carbonizados lanzados a la calle.
Fin y principio. Cuando Perón murió el 1 de julio de 1974, de la debilidad de las instituciones devino un vacío de poder que fue agigantado por las Fuerzas Armadas, quienes atizaron más fuego al caos de violencia, y desde marzo de 1976 organizaron un terror más profesionalizado y pulcro, frente a una sociedad que, también vaciada de responsabilidad civil, prefirió cerrar los ojos para no ver más nada. En 1983, un pacto político por la “unidad nacional” del gobierno de Raúl Alfonsín e Isabel Perón, para no generar un clima de tensión que amenazara la estabilidad democrática, se propuso olvidar la represión ilegal entre 1973-1976 para preservar al Partido Justicialista.
Después, en la revisión posdictadura de aquellos años, la historia oficial, la hipocresía política y la necesidad de buscar alguna explicación a tanto terror y tanta muerte, la culpa empezó a centralizarse en la figura de José López Rega y su cerrado círculo de policías, gestores originales, pero no únicos, de la Triple A, que actuaban con el aval del Estado. El peronismo, en cualquiera de sus variantes, trató de desligar a Perón e incluso a su esposa, de sus responsabilidades políticas sobre crímenes que luego la Justicia Federal definiría como “de lesa humanidad”. Prefirieron imaginar a un Perón ausente en los últimos meses de su vida, a una sucesora inexperta dominada por un “brujo” que había ingresado a la intimidad del poder por afuera de las estructuras del Movimiento, y de ese modo dejar en el olvido las complicidades y alianzas que Perón y López Rega cosecharon en el justicialismo para la campaña desde el Estado de la “eliminación del infiltrado”, que luego los militares ampliaron y continuaron a su modo, para “eliminar la subversión”.
*Historiador (UBA) y periodista. Autor de “Los 70. Una historia violenta”.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Terrorismo: Montoneros reclutaba niños de 13 años

Montoneros me reclutó a los 13 años. Yo también soy una víctima
Marcelo Vagni - Infobae



Un adolescente Marcelo Vagni

Fui invitado, hace unos días, al programa Intratables para intentar participar de un debate sobre los años 70. Pretendía aportar al mismo desde mi experiencia personal, por haber sido secuestrado en 1977, a los 15 años, por mi militancia secundaria (primero dentro de la UES, Montoneros, y luego en la Juventud Guevarista, expresión juvenil del PRT-ERP). Por otra parte, durante treinta años, entre 1984 y 2014 inclusive, he sido convocado en numerosas oportunidades por la Justicia para declarar en calidad de testigo en varias causas por delitos de lesa humanidad desde mi vivencia personal de ex desaparecido y ex preso político.

Digo bien, "intentar participar de un debate", porque mi intención y la de la producción del programa de TV quedaron sólo en eso, en un deseo, un intento. Sucede que, mientras hablaba, fui interrumpido agresivamente y descalificado por Miguel Bonasso, también presente en el estudio. "Contanos para quién trabajás…", inquirió primero. "Con vigilantes no discuto", me acusó luego en el aire.

Hasta esas interrupciones sólo había alcanzado a decir que, visto a la distancia y con la serenidad que permiten los años, sentía que mi reclutamiento a los 13 años de edad, las actividades que se me ordenaba llevar a cabo (a mí como a tantos jóvenes de mi edad), la actitud que se me convenció debía adoptar a partir del golpe de Estado de marzo de 1976 ("Se impone al pueblo argentino…afrontar con heroísmo los sacrificios necesarios y librar…la victoriosa guerra revolucionaria de nuestra segunda y definitiva Independencia", El Combatiente, 31 de marzo de 1976), nos puso tanto a mí como a muchos más en una situación de riesgo de vida de la que sólo tomé conciencia dentro de un calabozo oscuro, orinado, muy lastimado, seguro de que iba a morir, y pensando en mi mamá y mi papá antes que en la guerra revolucionaria.

Dije textualmente en el programa: "Soy una víctima de la represión militar pero antes de eso fui una víctima de la guerrilla que me reclutó a los 13 años, para convertirme a los 14 en un miliciano de la guerra revolucionaria".

Respecto de aquella historia trágica de los años 70, estoy convencido de otra cosa: que a los efectos de nuestros objetivos y planes (los de la guerrilla) no importaba que estuviésemos viviendo en democracia, bajo un gobierno que -pese a sus características por todos conocidas-, había sido elegido por una enorme mayoría en 1973. Tanto la organización de la que yo participaba como la organización Montoneros (de la que Bonasso era un importante dirigente, un "jefe") llevamos adelante acciones contra los gobiernos de Perón e Isabel, desconociendo la voluntad popular y asumiendo que esa voluntad la expresábamos nosotros mismos, como "vanguardia lúcida", como "destacamento de avanzada". No nos preparaban entonces para las próximas elecciones. Nos preparaban para los próximos combates revolucionarios.

Por eso la interrupción con gritos e insultos de Bonasso la interpreté claramente como un: "No cuentes, no digas nada, nadie se tiene que enterar de eso".

Tal actitud sólo confirma mi idea de que se pretende manipular esa porción de nuestra historia contando lo que no pasó. Y no contando lo que efectivamente sucedió. Yo había llegado a Intratables por propia voluntad, a expresar mi rechazo a un proyecto de ley que impulsa la diputada Nilda Garré, que busca poner una mordaza legal a un debate que viene siendo contado de manera falsa y tendenciosa. Para hablar en contra de este intento de imponer una mentira de prepo. Una cosa que, por la dinámica del programa y debido a la interrupción de Bonasso, ni siquiera llegué a esbozar.

Bonasso, visiblemente enojado, expresó que mi discurso reavivaba la teoría de los dos demonios. Ni siquiera conozco en profundidad esa teoría. Ni intento emparentar nada con nada. Sí acuerdo con denominar "demoníaca" -si se quiere- a la salvaje e ilegal represión que viví al igual que miles de argentinos (aunque no todos, ya que hubo excepciones, como Firmenich y Bonasso por ejemplo).

Pero yo no estoy hablando de la dictadura. Estoy hablando de nuestro accionar -del entonces adulto Bonasso y del mío propio, que era casi un niño- en los años previos al Golpe de Estado. ¿Qué palabra podríamos encontrar para denominar ese accionar, con su secuela de muertos y el enorme daño que le provocó al país? ¿Si no fue "demoníaco", qué fue? ¿Angelical? ¿Justo? ¿Necesario?

Conmigo no, Bonasso. Simplemente porque yo estoy hablando de mi experiencia personal: yo la viví. Vos también la viviste: fuiste uno de los jefes de una organización que no dejó gobernar a Perón, que lo atacó sistemáticamente, y sólo porque pensaban que el proyecto que debía imponerse en la Argentina no era el de Perón (que acababa de ganar las elecciones con más del 60% de los votos) sino el de ustedes. Por eso le advirtieron que no iban a dejarlo gobernar y asesinaron a Rucci sólo dos días después de su triunfo electoral. Y lo siguieron enfrentando hasta que los echó. Y pasaron a la clandestinidad en plena democracia e intensificaron el accionar armado.

En aquellos años, sólo algunos, como usted Bonasso, tuvieron la ventaja de la clandestinidad y acceso a mecanismos para eludir o enfrentar la represión. Los miles de jóvenes que creían en ustedes, en las facultades, en las escuelas, en las fábricas y en los barrios, tuvieron que seguir ocupando sus lugares, "escrachados" y "quemados", claramente identificados por la represión. Una mayoría de nosotros siguió haciéndolo, valiente o inconsciente del riesgo, hasta que la Triple A o la dictadura los secuestró y los asesinó.

Conmigo no, Bonasso. Hubiera sido más digno que me interrumpieras para reconocer aquellos tremendos errores, o para contarles a los jóvenes de hoy que hay que vivir en democracia y cuidar de ella, y que te equivocaste cuando la atacaste. Hubiera sido genial que dijeras que para imponer ideas hay que convencer a los demás, no asesinarlos ni secuestrarlos. Y decirles a los peronistas que cuando Perón ya no enfrentaba ni al Almirante Rojas, ni a Aramburu, ni a Lanusse… aparecieron ustedes –los jóvenes de vanguardia- y se constituyeron en su principal enemigo en sus últimos años.

Aquellos últimos años en los que justamente Perón se abrazaba con Balbín y nos decía que "para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino".

Me vi obligado a responderte de este modo Miguel Bonasso, por escrito, porque durante el programa no me dejaste hablar ni decir estas cosas. Vos tenés una enorme posibilidad de contribuir a la verdad histórica no ocultando datos, no falseando hechos, sin engañar a las nuevas generaciones, que tienen derecho a saber qué sucedió realmente en la Argentina de aquellos años. Y, además, pidiendo perdón por todo el daño y sufrimiento causados.

lunes, 6 de febrero de 2017

Guerra Antisubversiva: Videla confesó que hubo plan respaldado por el peronismo

Cuando Videla confesó el plan de la Dictadura y lo vinculó al gobierno peronista de Isabelita
En las entrevistas para mi libro “Disposición final” y al admitir un plan sistemático de represión ilegal, el ex dictador aseguró que Ítalo Luder le pidió una solución para luchar contra las guerrillas
Por Ceferino Reato - Infobae



Jorge Rafael Videla durante su jura como presidente de facto.

Más allá de la sentencia de los jueces que condenaron a los jefes militares en 1985, fue el propio general Jorge Rafael Videla quien admitió un año antes de morir que hubo un plan sistemático para capturar y "eliminar a un conjunto grande de personas que no podían ser llevadas a la justicia ni tampoco fusiladas".

"No había otra solución; (en la cúpula militar) estábamos de acuerdo en que era el precio a pagar para ganar la guerra contra la subversión y necesitábamos que no fuera evidente para que la sociedad no se diera cuenta", me dijo Videla en una de las entrevistas que derivaron, junto con otros testimonios, en mi libro "Disposición Final".

"Por eso, para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera. Cada desaparición puede ser entendida ciertamente como el enmascaramiento, el disimulo, de una muerte".

Incluso, el nombre del libro alude a la manera cómo los jefes militares se referían al método para eliminar a "las siete mil u ocho mil personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión".

"Esa frase 'Solución Final' nunca se usó. 'Disposición Final' fue una frase más utilizada: son dos palabras muy militares y significan sacar de servicio una cosa por inservible", señaló Videla.

En las entrevistas, el ex dictador explica en detalle cómo era ese plan sistemático y cómo fue que llegaron a la conclusión que tenían que hacer desaparecer los cuerpos de esas miles de personas.

Incluso, vincula ese plan con la orden que jura haber recibido en la reunión de gabinete del 24 de septiembre de 1975, cuando él ya era el jefe del Ejército y el senador Ítalo Luder se desempeñaba como presidente interino debido a la licencia por enfermedad de la presidenta Isabel Perón.

 “No había otra solución, dijo Videla al admitir el plan sistemático de la cúpula militar para eliminar personas
En esa reunión de gabinete, a pedido de Luder y seis meses antes del golpe de Estado, Videla expuso cuatro alternativas para luchar contra las guerrillas, donde "la diferencia esencial consistía en la graduación que se establecía en la centralización del comando y de la toma de decisiones".

Videla asegura que Luder eligió la alternativa más dura contra las guerrillas, el "Curso de Acción Número 4, que implicaba un despliegue amplio y simultáneo de las Fuerzas Armadas, de Seguridad y policiales para detectar la presencia de un enemigo mimético que se escondía en el ambiente y aniquilarlo. Con un súmmun de libertad de acción para esas fuerzas desplegadas en todo el territorio". Como contrapartida, "a lo sumo en un año y medio el terrorismo estaría, cuanto menos, controlado".


María Estela Martínez de Perón (Getty Images)

Luder, que también está muerto, siempre negó que esa decisión implicara una ruptura del estado de derecho y un aval a las violaciones a los derechos humanos. La sentencia contra los comandantes, en 1985, avaló su interpretación.

Al mes siguiente, en octubre de 1975, el gobierno delegó por decreto en las Fuerzas Armadas la lucha contra las guerrillas —en la práctica, sin el control de un gobierno que, a esa altura, estaba muy debilitado— y el país fue dividido en cinco zonas, cada una a cargo de un comandante.

En una de las entrevistas que le hice, Videla sostuvo que, "siguiendo con el cronograma que le habíamos prometido al presidente Luder, a fines de 1977 la guerra estaba controlada; no derrotada, pero era cuestión de tiempo. Para el Mundial (1978), la guerra estaba prácticamente terminada".

Videla sostuvo que los militares llegaron al golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 sin saber bien cómo eliminar a ese "conjunto grande de personas" que era "irrecuperable". La mayoría de esas personas estaban siendo capturadas o lo serían en los próximos meses.

Tanto fue así que en los primeros meses de la Dictadura algunos jefes militares organizaron fusilamientos durante traslados de presos y los disfrazaron como intentos de fuga. Pero, pronto los desecharon porque despertaban lógicas sospechas.

Agregó que "la solución fue apareciendo de una manera espontánea, con los casos de desaparecidos que se fueron dando. Casos espontáneos, pero que, repito, no eran decididos por un joven oficial recién recibido; no, casos que eran ordenados por un capitán que, a su vez, recibía la orden del jefe de la brigada, que, a su vez, recibía la orden del comandante o jefe de Zona".

Y señaló: "Era una figura (la del desaparecido) que venía del gobierno peronista", en especial luego de aquellos decretos firmados en octubre de 1975.

Algo más sobre el carácter descentralizado en la ejecución del plan: "La responsabilidad de cada caso recayó en el comandante de la zona", que utilizó la forma que consideró más apropiada para capturar a los "objetivos" y hacer desaparecer sus cuerpos.

 La secretaría de Derechos Humanos durante el kirchnerismo determinó que los registros oficiales indican que hubo 6.348 desaparecidos
"A mí los comandantes o jefes de zona no me pedían permiso para proceder; yo consentía por omisión. A veces, me avisaban. Recuerdo el caso de una visita a Córdoba y el general Luciano Menéndez me recibe con esta novedad: ´El hijo de Escobar andaba en malas juntas y los liquidamos anoche´. Era el hijo de un coronel que había sido compañero nuestro de promoción; entonces, yo ya sabía que si Escobar venía, le tenía que decir: ´De ese tema no quiero hablar´".

La primera edición de este libro fue publicada en 2012 y resultó muy criticada por el kirchnerismo gobernante, las organizaciones de derechos humanos y los periodistas y medios afines. A simple vista, esa reacción parece inexplicable dado que Videla admitió la existencia de un plan sistemático en la represión ilegal. Pero, hubo otros tramos reprobables desde el punto de vista del kirchnerismo y los liderazgos de derechos humanos. Uno de ellos fue cuando Videla sostuvo que "eran siete mil u ocho mil las personas que debían morir".

Políticamente interesados, los organismos de derechos humanos consideran que la cifra de víctimas fue de 30 mil y de ahí no se mueven, por más que la propia secretaría de Derechos Humanos haya determinado al final de la gestión anterior que los registros oficiales indican que hubo 6.348 desaparecidos durante la dictadura.

Tampoco les gustó que Videla hablara sobre el respaldo de la mayoría de los partidos políticos, incluido el Partido Comunista, y de buena parte de la opinión pública a la dictadura que él encabezó durante cinco de los siete años y medio que duró el llamado Proceso de Reorganización Nacional.
Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio (Serrat).

lunes, 24 de octubre de 2016

Argentina: Chantas y mentiras en el discurso fundacional peronista

Una refutación de la leyenda peronista
Desde su origen, el partido fundado por Perón reivindicó como propias las conquistas sociales logradas a partir de mediados del siglo pasado; una mirada atenta y precisa de la realidad desmiente esta lectura

Fernando A. Iglesias - LA NACION

Han pasado 71 años del 17 de octubre original y la interpretación que se le dé sigue dividiendo aguas en la Argentina.



Han pasado 71 años del 17 de octubre original y la interpretación que se le dé sigue dividiendo aguas en la Argentina. De ella depende todavía, en gran parte, nuestra ubicación frente a la realidad nacional. Conocemos lo que sostiene el peronismo. Según la leyenda, el 17 de octubre de 1945 el subsuelo de la patria se sublevó y salió a la calle para cambiar la historia. Hubo un antes, el de la Argentina agraria y oligárquica, con su miseria general y sus derechos conculcados, y un después, signado por la obra del general Perón, al que los argentinos le debemos los derechos sociales, la mejora en los salarios y el pasaje de un país agropecuario a otro industrial.

Dejemos de lado el lado oscuro de la luna, que la leyenda no menciona. La conculcación de los derechos individuales, los diputados opositores en prisión, la obligación de afiliarse para mantener el empleo estatal, de usar crespón por la muerte de Evita y de poner fotos del General en despachos y verdulerías, las provincias no peronistas intervenidas, la red barrial de delatores, la tortura de disidentes en las comisarías, las huelgas militarizadas, los artistas presos, la sumisión del sindicalismo al Estado, el ominoso aparato de propaganda, los libros de lectura con "Amo a mi mamá y a Evita", el clientelismo distribuido con el sello "Fundación Eva Perón", la división de las familias por la primera grieta y los llamados del presidente y la jefa espiritual de la Nación a colgar opositores e iniciar hogueras en las que los cipayos y gorilas hallaran apropiada incineración. Al enemigo, ni justicia.

Pongamos el foco en los aspectos que quienes inician su discurso con "Yo no soy peronista, pero..." reconocen como méritos del peronismo: las leyes sociales, la distribución del ingreso y la Argentina industrial. Y bien, desde el fin de la crisis del 30 hasta 1945, la industria crecía al 5,6% anual, en línea con la Argentina "agropecuaria", cuya industria había crecido por 70 años al impresionante promedio del 5,5% anual. Eso permite otra perspectiva sobre el 17 de octubre, no ya como producto de la maldad oligárquica, las condiciones de vida inhumanas y el atraso productivo, sino como expresión de un país en rápida industrialización y con una clase trabajadora en alza que reclamaba, con justicia, mayores participación y derechos.

En la Argentina "industrial" que parió el peronismo, el crecimiento industrial bajaría a casi la mitad: 3% (1946-2015). Y el descenso empezó con Perón. La media 1946-1955 fue 4,9%, más baja que la de la oligarquía pastoril anterior y que la revolución fusiladora posterior: 8,8% entre 1955 y 1958. Y venía creciendo al 7,1% entre 1964 y 1974 cuando Perón volvió a la patria para evitar la desindustrialización. Así fue como Cámpora-Perón-Isabelita promediaron 1,6% anual promedio (1973-1975). ¡Hasta Menem lo hizo mejor!: 2% entre 1991 y 2001. ¿Neoliberalismo? Puede ser. Pero el siguiente peronista, Duhalde, marcó el récord desindustrializador: -10% en 2002 del "salvador de la patria", que sólo salvó al peronismo y les abrió la puerta a Néstor y la década saqueada.

Lo que el peronismo presenta como "los principios sociales que Perón ha establecido" fue fruto de una larga lucha de la sociedad argentina que contó con el apoyo de la mayoría de los partidos. El descanso dominical es de 1905, gobierno de Roca; las vacaciones pagas son de 1933 (Uriburu); la jornada de ocho horas es de Yrigoyen (1929), y la primera ley de jubilaciones fue sancionada durante el gobierno de Alvear (1924). También fueron fundamentales los aportes de los diputados socialistas. De su autoría fue la primera ley de protección del trabajo de mujeres y niños (1907, Figueroa Alcorta); la de accidentes de trabajo (1915, Sáenz Peña); la primera reglamentación del trabajo a domicilio (1918, Victorino de la Plaza), y las leyes de indemnización por despido sin causa, protección de la maternidad y licencia paga por enfermedades (1933, Uriburu).

Lejos de las pretensiones de la leyenda peronista, la legislación social argentina era la más avanzada de América latina y una de las más completas del mundo antes del peronismo. Los logros de Perón -el estatuto del peón de campo, la ampliación del sistema jubilatorio, los fueros laborales y el aguinaldo- fueron en su carácter de miembro de la dictadura militar de 1943-1946 y no hay forma de reivindicarlos sin aceptar que Perón fue un golpista. Además, eran la estrategia central de la campaña presidencial que preparaba la dictadura para perpetuarse en el poder y formaban parte de una profundización de los derechos sociales que estaba teniendo lugar en todo el mundo sin necesidad de dictaduras ni populismos.

Hasta donde sé (acepto desmentidas), no hay una sola ley social de importancia sancionada originalmente por un gobierno democrático peronista. Ampliaciones, sí. Pero las hay de todos lados, como el famoso artículo 14 bis, que es de 1957, plena revolución fusiladora.

En cuanto al fifty-fifty de distribución del ingreso peronista, tampoco es cierto. Es verdad que los días más felices fueron peronistas: en 1946-1949, 1973-1974, 1991-1994 y 2003-2007 hubo aumento de los salarios y de la participación de los trabajadores en la renta. Pero fueron platas dulces efímeras e insustentables que terminaron en crisis y planes de ajuste, como el Plan de Austeridad de Perón, de 1952. Y los mayores retrocesos de la historia también fueron peronistas. Los 6,9 puntos de participación en la renta laboriosamente ganados por el General entre 1946 y 1955 se perdieron entre 1973 y 1976 (-14,8%) gracias al Rodrigazo. Si sumamos los 10,7 puntos perdidos en el ajustazo 2002 de Duhalde y reagrupamos los datos según los tres grandes grupos políticos argentinos (peronistas, militares, radicales), el que peor lo hizo fue el peronismo.

No existe ninguna evidencia de que el peronismo haya jugado un rol a favor de la justicia social más allá de las declaraciones. El 17 de octubre de 1945, las condiciones de vida del pueblo argentino eran peores que las de hoy, pero eran las mejores de América latina; superiores, incluso, a las de países europeos como España e Italia, de los que nos seguían llegando miles de emigrantes. En cambio, hoy, miles de argentinos se han vuelto a la tierra de sus abuelos y la única inmigración que nos llega proviene de los países más pobres de América del Sur.

La pobreza argentina casi triplica la de Uruguay y la de Chile, que hasta 1945 nos miraban con admiración y envidia. Y desde entonces el peronismo ha gobernado 34 años y seis meses, tanto como los radicales y los militares juntos; con tres décadas de hegemonía ininterrumpida en manos de Perón, Menem y los Kirchner; caso único. Han gobernado, además, 24 de los 26 años transcurridos entre 1989 y 2015, y controlado sin interrupción el Senado, la mayoría de las provincias, la provincia que es casi la mitad del país, los sindicatos y la policía bonaerense, dejando un 29% de pobres después de doce años de soja por las nubes y corrupción. ¿Se harán cargo, alguna vez, de lo que les han hecho a los que decían representar y defender?

En cuanto al rol de payador perseguido que la leyenda le adjudica, el peronismo participó de todos los golpes militares del siglo XX, excepto, claro, los que se dieron contra sus gobiernos; así como de las destituciones de Alfonsín y De la Rúa, como han admitido muchos de sus dirigentes, incluida la ex presidenta de la Nación. Perón fue un conspicuo miembro del Partido Militar, con el cual participó de los golpes de 1930 y 1943, llegando a vicepresidente de aquella dictadura; recibió el ofrecimiento de la candidatura presidencial de los jefes del Ejército y ante ellos renunció en 1955, y no ante la CGT ni el Congreso. Lo que también permite ver el 17 de octubre de 1945 desde otra perspectiva; no ya como la lucha entre el pueblo y el Ejército oligárquico, sino como un enfrentamiento interno en el Ejército entre su rama elitista y su rama populista, que Perón lideraba.

El peronismo tiene, qué duda cabe, todo el derecho a abrazar su interpretación de la historia y a festejar el 17 de octubre y la leyenda, de cuyo último capítulo, el relato, acabamos de deshacernos. Por nuestra parte, quienes somos críticos del peronismo tenemos derecho a reconocer los genuinos anhelos de democratización que el peronismo generó, pero considerar, también, que los traicionó, y desde el primer día. Así como tenemos derecho a exigir que de vez en cuando los peronistas acerquen algún dato que corrobore la leyenda en vez de andar insultando a sus refutadores. Después de todo, la única verdad es la realidad, compañeros.

Ex diputado, escritor y periodista

martes, 18 de octubre de 2016

El invento del mito del 17 de Octubre

La mentira peronista del 17 de octubre
Por Nicolás Márquez - Prensa Republicana





Una vez más, nos acercamos al 17 de octubre y la delincuencia peronista en sus más diversas metástasis se prepara para celebrar una fecha talismánica con pretensiones fundacionales, en la cual (según reza el mito popular) un postergado Juan Perón salía airoso ante la “oligarquía y los poderosos” ante la espontánea peregrinación de un “pueblo” que salió a la calle a defenderlo y venerarlo.

Dejemos el relato difundido por tan innoble partido y vamos a los hechos reales.

Corría octubre de 1945, el clima político y social se tornaba efervescente puesto que en los círculos opositores a la dictadura capitaneada por el General Edelmiro Farrel y el Coronel Juan Perón, se vivía una atmósfera de euforia ante la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial, lo cual animó a los dirigentes de los demás partidos políticos (radicales, conservadores y socialistas por igual) a presionar a las autoridades de facto (enroladas en favor del nazifascismo derrotado) para que otorguen el poder a la Corte Suprema de Justicia a fin de que el Poder Judicial administre la transición hacia elecciones democráticas y limpias. Persiguiendo este objetivo, el 19 de septiembre se llevó a cabo una histórica manifestación callejera titulada “La Marcha de la Constitución y la Libertad” que se inició en la Plaza del Congreso, en la cual se congregó cerca de medio millón de opositores que desde allí circularon hasta Plaza Francia.

El lema de los manifestantes consistente en pedir el traspaso del gobierno a la Corte Suprema de Justicia fue considerado por muchos observadores como un craso error político: “si como consigna de lucha lo de ´el gobierno a la Corte´ no era mala, como táctica política era pésima. Tratar de imponer esa solución era utópico. Ni el Ejército podía aceptar esa vergonzosa confesión de su fracaso ni la oposición disponía de poder para implantarla”[1] anotó Félix Luna.

Si bien la dictadura de Farrell y Perón intentó minimizar los alcances de la nutrida concurrencia en cuestión, sin dudas el gentío constituyó un llamado de atención para el régimen, que reaccionó declarando el Estado de sitio, encarcelando masivamente opositores y recrudeciendo la censura a la prensa. Días después, se produjeron en las universidades múltiples rebeliones estudiantiles que clamaban libertad y predicaban consignas contra el dúo gobernante, quienes de inmediato ordenaron una represión brutal (en la misma murió un niño de 10 años[2]) acompañada con arrestos generalizados que superaron los 1500 alumnos detenidos[3], episodios que consolidaron el clima de tensión y división existente.

En tanto, en el seno del gobierno, el indefinido dictador Farrell debía lidiar entre las rencillas e internismos que se presentaban entre su VicePresidente el coronel Perón y el coronel Eduardo Ávalos[4], otro hombre fuerte del régimen de gran predicamento entre la oficialidad de Campo de Mayo, que le disputaba a Perón poder e influencia política así como también encono ideológico, puesto que Ávalos no le perdonaba a Perón haber convencido a Farrell de declararle la guerra a Alemania (traicionando el espíritu de ese gobierno) a tan solo horas de rendirse.

Ávalos contaba con alto consenso dentro de las filas del Ejército (que en definitiva era la estructura institucional que gobernaba el país), pero Perón contaba con el aval de numerosos sectores sindicales que lo respaldaban con motivo de la política condescendiente que él venía desplegando desde la Secretaría de Trabajo y Previsión que él manejaba en consonancia con el Ministerio de Guerra y la mismísima Vice-Dictadura.

Durante los últimos tiempos, Ávalos se había movido con astucia en el seno del régimen militar y había logrado presionar lo suficiente a Farrell para que se deshiciera de Perón. En medio de la tensión, finalmente Perón fue forzado a renunciar intempestivamente el 9 de octubre de 1945 a todos sus cargos.

El coronel caído en desgracia, hábilmente le pidió a Farrell que le diera la oportunidad de dirigir unas palabras de despedida por radio (que Farrell ingenuamente le concedió). Perón convocó al día siguiente a los dirigentes sindicales adictos, montó una escenografía con parlantes en la entrada de la Secretaría de Trabajo, puso en duda que los beneficios sociales que él había conseguido prosiguieran en su ausencia y entre otras de sus trapisondas, como “última medida en funciones” anunció un decreto mediante el cual se aumentaban los sueldos y salarios a la vez que se implantaba el salario móvil, vital y básico[5]. Pero ocurre que para que este beneficio tuviera validez legal debía ser firmado luego por Farrell, de modo que Perón se despidió de su cargo anunciando la buena noticia salarial a su gente y encajándole el engorro al dictador. Esta picardía final de Perón colmó la paciencia de sus enemigos, que lograron convencer a Farrell de solicitar su inmediata detención.

Sin embargo, Perón se trasladó rápida y secretamente a una casa situada en una isla del Tigre, cuyo propietario era un connotado agente alemán llamado Ludwig Freude (sindicado como el representante de los capitales nacionalsocialistas en la Argentina), que era un hombre de su más estrecha confianza. Pero finalmente, el mismo régimen al que Perón había servido y pertenecido desde su inicio con tanto protagonismo y ascendencia, el 12 de octubre lo detuvo allí en el Tigre siendo arrestado en su refugio y trasladado a la cárcel de la Isla Martín García.

Es evidente que en esta puja Ávalos logró influir en Farrell a expensas de Perón, tanto es así que mientras este último estaba detenido, Farrell nombró a Ávalos como Ministro de guerra[6], cargo que justamente ocupaba Perón antes de su destitución y posterior encarcelamiento. Sostiene el historiador Robert Potash que a partir de este nuevo nombramiento: “El general Ávalos, que asumió el cargo de ministro de Guerra el 10 de octubre, se convirtió en la figura dominante del nuevo orden; pero ni su temperamento ni su experiencia anterior lo habían preparado para este papel”[7], algo que luego veremos confirmado por las vacilaciones y errores políticos que cometería durante su breve rol ministerial.

En definitiva, la detención efectuada a fin de neutralizar definitivamente la figura e influencia de Perón en el gobierno fue una maniobra torpe por parte de Ávalos y sus acólitos, porque a partir de entonces una ebullición se generó entre varios sindicalistas leales a Perón, quienes comenzaron a movilizar su gente por las calles clamando por su libertad. En tanto, desde el encierro en la isla y desorientado por la situación, muchos investigadores sostienen que Perón creía estar ante el final de su carrera, al menos así lo pone de manifiesto él mismo al escribirle una carta a su amante Eva Duarte, la cual más allá de ser encabezada con una vulgar cursilería como “mi tesoro adorado”, deja advertir a un Perón afectivo que le promete a su pretendida que ni bien él obtuviera la libertad ambos vivirán juntos en el marco de una vida despolitizada: “Hoy sé cuánto te quiero y que no puedo vivir sin vos. Esta inmensa soledad está llena de tu recuerdo. Hoy he escrito a Farrell pidiéndole que me acelere el retiro, en cuanto salgo nos casamos y nos iremos a cualquier parte a vivir tranquilos” anotó.

El tono de la carta confirmaría que Perón estuvo a punto de “tirar la toalla”[8] y no estaba en su estrategia ni en sus planes redoblar la apuesta. Sin embargo, otros observadores sostienen que Perón sospechaba que la carta sería leída y es por eso que él le imprimió un tono pacifista y cariñoso. Más aún, no faltaron quienes sostuvieron que todo esto se trató de un perfectísimo plan diseñado y calculado estratégicamente por Perón salido a la perfección, alegando que Perón habría forzado ex profeso a Farrell y a sus enemigos a echarlo del gobierno y encarcelarlo para promover luego una suerte de “operativo clamor” entre sus fieles y finalmente retornar al poder fortalecido. Sin descartar que Perón haya incurrido en alguna de sus habituales especulaciones, Juan José Sebreli brinda una explicación menos complicada de lo ocurrido a la que adherimos: “La historia no es, como pretenden los ideólogos del bonapartismo, el producto de la acción extraordinaria del Gran Hombre, el hombre del destino, el superhombre, el genio individual, la personalidad creadora, el salvador supremo. Por el contrario, muy frecuentemente los conductores de pueblos son personajes insignificantes. La biografía de Perón lo muestra como un pequeño burgués diletante, de vida sedentaria y mediocre hasta los cincuenta años, de ideas simples y estereotipadas y de gustos vulgares, box, cine de cowboys, televisión y pocas lecturas”[9]. No descartamos que Perón haya calculado por entonces algunos movimientos, pero sin dudas fueron los hechos concomitantes y la historia por su propio peso la que lo fue arrastrando a jugar los distintos papeles protagónicos que él ocupó y ejerció.

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Efectivamente, con Perón neutralizado y encarcelado, del otro lado del riachuelo bandas sindicalistas en franca rebeldía paralizaron los transportes y provocaron el cierre de fábricas exhortando y obligando a los obreros a engrosar el alcance de una movilización que clamaba la libertad del coronel. Para elevar la presión, en el seno de la CGT un sector propuso llamar a huelga general para el día 18 de octubre si la situación no se solucionaba. Vale aclarar que no toda la CGT compartía simpatía hacia Perón[10] sino que eran numerosísimos los gremios[11] que desconfiaban de él (de hecho sobre 40 votos la postura huelguista de la CGT ganó 21 contra 19), tal el caso de la Unión Obrera Local, que denunció la prepotencia de la convocatoria comunicando formalmente que “Bandas armadas del pistolero peroniano, que responden al execrable sujeto Cipriano Reyes han atacado a mansalva a obreros del frigorífico Wilson, del que resultaron numerosas víctimas”[12]. Autores como Hugo Gambini señalan que el ajustado margen de votos por el que la CGT logró proclamar la huelga para el 18 de octubre no impulsó tal medida de fuerza para liberar a Perón sino para que se garantizasen sus demandas gremiales[13], independientemente de la suerte del coronel caído en desgracia.

Hasta donde la construcción de los hechos pudo demostrar, Perón -detenido en la isla- desconocía por completo la movilización en su favor que en las calles de Buenos Aires estaban promoviendo determinados líderes sindicales afectos a su persona, la cual era facilitada y auxiliada por la Policía (que le era leal)[14] que liberó las calles y facilitó los puentes para agilizar el paso de los manifestantes. El dirigente metalúrgico Ángel Perelman, otro de los artífices de la movilización recuerda que los policías “Nos miraban, ya sea con una actitud confusa o con una vaga simpatía. La situación se aclaró de repente cuando vimos, a eso de las 15 horas, atravesar a toda velocidad, cruzando enfrente de nuestro taxi, a un camión de correos cargado de vigilantes que gritaban ante nuestra sorpresa. ¡Viva Perón!”[15].

Una vez anoticiado Perón de las auspiciosas novedades (no sólo de la movilización popular en ciernes sino de que la CGT planificaba una huelga general prevista para el 18 de octubre), simulando una supuesta dolencia pulmonar en connivencia con su médico personal (el capitán Miguel Ángel Mazza quien le diagnosticó falsamente “pleuresía”), el 16 de octubre el detenido solicitó “por recomendación médica” ser trasladado bajo custodia al Hospital Militar. Cuenta Perón que “Mazza me propuso falsear las radiografías que él tenía y que mostraban una dolencia aguda de ´hemidiafragma derecho´, de probable origen tumoral, y a continuación, elevarlas a la superioridad aconsejando mi traslado al Hospital Militar para la atención prescripta y porque la salud del enfermo en un clima tan húmedo como el de la isla era contraproducente”[16]. Farrell cayó nuevamente en la trampa y la petición de traslado del preso fue candorosamente concedida.

En medio de las manifestaciones callejeras, al enterarse de que Perón se hallaba ahora en el Hospital Militar sus prosélitos se apersonaron en las inmediaciones reclamando la presencia de su líder quien en ningún momento amagó a salir del establecimiento médico: “Durante los días más difíciles de octubre del ´45 Perón estaba todo cagado, y el 17 no se animaba a salir del hospital por temor a que lo liquidaran”[17] recuerda el inclemente Cipriano Reyes, quien fuera uno de los principales promotores y organizadores sindicales de la movilización.

Mientras tanto, el delegado político de Perón para negociar su situación con Farrell fue justamente el coronel Domingo Mercante[18] -cuya posición en las tratativas se iba fortaleciendo a medida que la muchedumbre proveniente de la zona sur del Gran Buenos Aires marchaba invadiendo la Capital porteña-. La movilización despertaba un intenso desconcierto en Farrell y Ávalos, quienes se sintieron dubitativos en todo momento. Tanto es así que hasta el Partido Comunista le propuso a sendos militares “terminar con la concentración en pocos minutos”[19] lanzando militantes armados del PC sobre las columnas peronistas, siempre que el gobierno garantizara la abstención de la policía y del Ejército en la gresca; pero la propuesta comunista fue rechazada por Farrell, quien temía que se desatase una matanza de proporciones.

¿Cuál era el papel de Eva Duarte en ese trajinado contexto? Mucho menor al que le adjudicaron luego sus hagiógrafos rentados: deambulaba por Buenos Aires con suma preocupación buscando un abogado que redactara un hábeas corpus en favor de su amante[20]. Interesa esta aclaración porque recién a partir de mayo de 1948 el aparato de propaganda de Perón fabricó el artificio incluyendo relatos de la Primera Dama recorriendo los suburbios para organizar el respaldo popular al líder preso, algo que no era cierto, pero que nadie osó discutir y entonces esa leyenda quedó grabada en la mitología urbana[21].

El 17 de octubre, las columnas de Cipriano Reyes y otros contingentes provenientes de Avellaneda, Lanús, Berisso y Ensenada comenzaron al fin a poblar la plaza. Con el correr de las horas un considerable gentío se había aunado en derredor de la Casa Rosada clamando la presencia de Perón. La presión iba en aumento y entrando la tarde, el flamante Ministro de Guerra Ávalos pretendió que Mercante le hablara a la muchedumbre en nombre de Perón a fin de tranquilizarla, pero ello fue imposible. Seguidamente, Ávalos intentó también hablarle al gentío, pero ni bien este tomó el micrófono desde el balcón de la Casa Rosada la multitud lo abucheó estruendosamente. Siendo las ocho de la noche, el desconcertado Ávalos no tuvo más remedio que acudir al Hospital Militar en donde mantuvo una reunión secreta con Perón para negociar su libertad. En la conversación se arribó a un compromiso para que Perón se dirigiera a sus acólitos desde el balcón en mensaje que además sería transmitido por la red nacional de radiodifusión. Perón había ganado definitivamente la pulseada.

Pasadas las 23hs, aparece por fin la figura de Perón en el balcón de la Casa de Gobierno para júbilo de la muchedumbre que fielmente se mantenía aunada desde muy temprano. Primeramente habló Farrell, anunció la formación de un gobierno provisorio conformado por gente leal a Perón y descartó categóricamente la entrega del gobierno a la Corte Suprema de Justicia. Seguidamente le pasó el micrófono al caudillo recién liberado, presentándolo como “el hombre que supo ganar el corazón de todos”[22] (horas antes acababa de encarcelarlo y ahora lo adulaba condicionado por las circunstancias). En medio de la ovación, Perón entre otras cosas dijo: “Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser patriota y la de ser el primer trabajador argentino.

Hoy, a la tarde, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del Ejército. Con ello he renunciado voluntariamente al más insigne honor a que puede aspirar un soldado: llevar las palmas y laureles de general de la nación. Lo he hecho porque quiero seguir siendo el coronel Perón y ponerme con este nombre al servicio integral del auténtico pueblo argentino”[23].

Perón salía fortalecido y convertido en el indiscutido hombre fuerte del régimen.

El mito peronista

¿Cuán grande fue la convocatoria del 17 de octubre? Todo indica que fue mucho más modesta que la que fabricó posteriormente la propaganda peronista. ¿Con qué objetivo el peronismo sobredimensionó luego los acontecimientos? Se reescribió el pasado a fin de pretender inventar una fecha fundacional del peronismo a modo de mito iniciático y así poder romper con la imagen de Perón como un candidato continuista del régimen militar vigente y presentarlo así en las elecciones venideras como la paradojal “alternativa” a un injusto orden vigente del que curiosamente él formaba parte desde su inauguración misma el 4 de junio de 1943.

Que con  el tiempo Perón haya logrado inventar su inicio político con “el 17 de octubre” y haya fabricado su futura candidatura presidencial como alguien “transformador” y ajeno al régimen militar fue una de sus tantas e innegables habilidades personales al servicio del timo político e historiográfico, puesto que su condición de candidato y garante de la continuidad de la dictadura militar fue confesada por él mismo años después: “Llegado al salón, el general Ávalos, en presencia del presidente y de todos los jefes, se cuadró a mi frente y me dijo más o menos estas palabras. ´coronel Perón, pensando en la continuidad de la revolución (…) hemos pedido al señor presidente que se tomen las medidas para que usted pueda ser el candidato de la futura presidencia´” a lo que Perón respondió de esta sacrificada manera: “señores, me cargan ustedes con una enorme responsabilidad, pero si ello es el sentir del Ejército, aceptaré una vez más, porque como soldado me debo a la Patria y a la Institución”[24].

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Que por entonces el 17 de octubre no tuvo la resonancia ni la movilización que el folklore peronista agigantó con posterioridad lo confirman, entre otras cosas, el hecho de que no se registran tomas fílmicas ni fotográficas que revelen la supuesta grandilocuencia de la convocatoria. El cinematógrafo Leonardo Favio, conocido fundamentalista de Perón  confesó que las imágenes que aparecen respecto del 17 de octubre en su filme “Perón, Sinfonía del Sentimiento” (saga suya de cinco documentales plagada de sensiblerías y groseras falsedades destinada al vulgo en la pretensión de exaltar la figura de Perón) provienen de manifestaciones posteriores, puesto que no hay filmación alguna en el Archivo General de la Nación sobre ese santificado día. Una de las muy pocas y pintorescas postales que se han registrado de esa fecha, fue la toma de un puñado de hombres en camisa con los pantalones arremangados refrescando sus pies descalzos en una fuente de la Plaza de Mayo, imagen que fue considerada un escándalo para una sociedad porteña que a la sazón vestía traje y galera hasta para asistir a las canchas de fútbol.

Para los periódicos de la CGT aparecidos la semana siguiente al 17 de octubre no había sido una jornada especial ya que ni siquiera se publicaron fotos,[25] y los tres diarios tradicionales en sus portadas sólo informaron al día siguiente acerca del cambio de Gabinete dispuesto por Farrell y nada decían de la concentración en Plaza de Mayo. El diario La Nación dispuso en su tapa: “Luego de inquieta jornada fue anunciado anoche que se formará un nuevo gabinete”; el diario La Prensa tituló: “El presidente de la Nación anunció anoche las renuncias de los ministros de Guerra y Marina” y Clarín, con tono sensacionalista encabezó: “Una jornada dramática vivió ayer Buenos Aires”[26].

En rigor, la más certera y oportuna crónica respecto de lo sucedido supo brindarla el 18 de octubre (al día siguiente de los hechos) la revista estadounidense The Times, al titular su publicación con una concisa y rotunda frase: “Todo el poder a Perón”.

Desafortunadamente le asistía toda la razón a la citada publicación extranjera. Por entonces la Argentina era la sexta potencia mundial y a partir del 17 de octubre de 1945 se entró en un irrefrenable descenso del cual jamás pudo recuperarse…

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[1] LUNA, FÉLIX: “El 45, Crónica de un año decisivo”; Bs.As, 1969, págs. 303-331. Citado en: Enrique Díaz Araujo, “La Conspiración del 43´. El GOU, una experiencia militarista en la Argentina”. Ediciones La Bastilla; Bs.As, 1969, pág. 299.

[2] PAGE, JOSEPH A: “Perón, una Biografía”. Sudamericana de Bolsillo; 1ª edición, 2005, pág.140.

[3] Conforme Hugo Gambini, en  “Historia del peronismo, el poder total (1943-1951)”. Ediciones B, Argentina, Tomo 1, año 2007. Pág. 32.

[4] Eduardo Jorge Ávalos (nacido en Buenos Aires 22 de abril de 1892 y murió en Buenos Aires el 17 de mayo de 1971.) fue un militar argentino que desempeñó un papel importante en la Revolución del 43 (1943-1946). Teniendo grado de coronel se sumó como uno de los líderes del Grupo Obra Unificación o Grupo de Oficiales Unidos (GOU) reclutado por el entonces Coronel Juan D. Perón en julio de 1943. Se desempeñó como jefe de la guarnición de Campo de Mayo durante el gobierno del General Pedro Pablo Ramírez (1943-1944) y luego Ministro de Guerra hasta los hechos del 16 y 17 de octubre de 1945.

GAMBINI, HUGO: “Historia del peronismo, el poder total” (1943-1951). Ediciones B Argentina, Tomo 1, año 2007,pág. 34.

[6] PAGE, JOSEPH A: “Perón, una Biografía”. Sudamericana de Bolsillo; 1ª edición, 2005, pág. 147

[7] POTASH, ROBERT A: “El Ejército y la Política en la Argentina (I) 1928 – 1945. De Yrigoyen a Perón”. Hyspamérica; Bs.As, 1985, pág.387.

[8] Expresión deportiva propia del mundo boxístico que simboliza abandonar la pelea.

[9] SEBRELI, JUAN JOSÉ: “Los deseos imaginarios del peronismo”. Ed. Legasa; Bs.As, 1983, pág. 29

[10] Sólo apoyaban a Perón los dirigentes del comité confederal de la CGT que habían colaborado con él, los cuales a su vez contaban con la colaboración de la Federación de Empleados de Comercio que respondía a Angel Borlenghi, de la Unión Tranviarios dirigida por Valentín Rubio y del Sindicato de la Carne de Berisso que tenía en Cipriano Reyes a uno de sus “activistas”.

[11] A la sazón no apoyaban a Perón un sinfín de gremios tales como la Unión de Empleados de Comercio e Industria, el gremio ferroviario La Fraternidad, la federación Obrera de la Carne, Federación Gráfica Bonaerense, la Unión Obrera local, la Unión Obrera Textil, Sindicato autónomo de Luz y Fuerza, Federación Obrera Nacional de la Construcción, Unión Obrera textil, Obreros de las Barracas de la Capital federal, Lavaderos de Lanas y Anexos, sindicato de Choferes de Camiones y Afines y muchísimas otras entidades más de similar envergadura. Esta incompletísima nómina confirma que la disidencia a Perón no estaba conformada por un sector marginal del sindicalismo sino por numerosos gremios representativos.

[12] ORONA, JUAN V: “La dictadura de Perón, Colección Ensayos Políticos Militares”. Tomo IV. Talleres Gráficos Zlotopioro; Bs.As.1970, pág. 20.

[13] GAMBINI, HUGO: “Historia del peronismo, el poder total” (1943-1951). Ediciones B Argentina, Tomo 1, año 2007, pág. 69.

[14] Años después fue el propio Perón quién le agradecerá a la mismísima Policía Federal (creada en diciembre de 1943 por el gobierno del GOU) por los servicios prestados ese histórico 17 de octubre: “Que sea esta hora histórica cara a la República y cree un vínculo de unión que haga indestructible la hermandad entre el Pueblo, el Ejército y la Policía” dijo Perón desde los balcones del 17 de octubre. Citado en Juan José Sebreli, los deseos imaginarios del peronismo” Ed. Legasa, BsA, 1983, pág. 31.

[15] Citado en Hugo Gambini, “Historia del peronismo, el poder total” (1943-1951). Ediciones B, Argentina, Tomo 1, año 2007, pág. 66.

[16] PAVÓN PEREYRA, Enrique: “Yo Perón…”  Editorial M.I.L.S.A. Argentina, 1993, pág.180

[17] Citado en: Hugo Gambini, “Historia del peronismo, el poder total” (1943-1951). Ediciones B, Argentina, Tomo 1, año 2007, pág 90.

[18] “Mercante se había portado como un león” recordará Perón sobre esas jornadas. Citado en:. Enrique Pavón Pereyra, “Yo Perón”.  Editorial M.I.L.S.A. Argentina, 1993. pág.181.

[19] GAMBINI, HUGO: “Historia del peronismo, el poder total” (1943-1951). Ediciones B Argentina, Tomo 1, año 2007, pág. 72.

[20] Entre los abogados visitados por Eva Duarte se encontró Juan Bramuglia (futuro Canciller de Perón), quien por razones políticas y de prudencia se negó a interponer un hábeas corpus, gesto que Eva jamás le perdonó.

[21] Ver: MERCADO, SILVIA: “El Inventor del Peronismo: Raúl Apold, el cerebro oculto que cambió la política argentina”. Ed. Planeta; 2013, pág. 140.

[22] PAGE, JOSEPH A: “Perón, una Biografía”. Sudamericana de Bolsillo; 1ª edición, 2005, pág164

[23] Al culminar el evento con el discurso triunfal de Perón, tras la dispersión de la concurrencia se produjo una gresca en las proximidades del diario Crítica, en donde un grupo peronista pretendió destrozar a piedrazos sus instalaciones. Se produjo entonces un tiroteo del cual resultaron varios heridos y hubo un muerto de 17 años llamado Darwin Pasaponti, que era un activista de la Alianza Libertadora Nacionalista.

[24] Bill de Caledonia, ¿Dónde estuvo?, Buenos Aires, S/E S/F, pág 11 y 12. Citado en Juan José Sebreli, “Los deseos imaginarios del peronismo” Ed. Legasa, Bs.As, 1983, pág. 77

[25] MERCADO, SILVIA: “El Inventor del Peronismo: Raúl Apold, el cerebro oculto que cambió la política argentina”. Ed. Planeta; 2013, pág. 139

[26] Citado en Hugo Gambini, “Historia del peronismo, el poder total” (1943-1951). Ediciones B, Argentina, Tomo 1, año 2007, págs. 80 y 81.