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viernes, 23 de junio de 2017

Coraje en combate: 5 batallas en que los cojones se impusieron (1/2)

5 Batallas donde el espíritu luchador superó las adversidades
Parte 1
Andrew Knighton | War History Online



Las batallas se pueden perder por cien razones diferentes. Pobres números, estrategia imprudente, armas inferiores, la lista continúa. Pero sólo de vez en cuando, una fuerza de combate supera las barreras que deben conducir a su derrota. De vez en cuando, el espíritu de lucha supera las probabilidades.

Agincourt



Para los ingleses, la batalla de Agincourt es la materia de la leyenda. Era una batalla que no podía haber sido ganada sin la asombrosa fuerza del espíritu.

El ejército inglés que luchó en Agincourt el 25 de octubre de 1415 fue una fuerza maltratada. Hambrientos y llenos de enfermedades, habían estado marchando durante días por el norte de Francia. 6.000 de ellos enfrentaron alrededor de 25.000 franceses. La mayoría de los ingleses eran arqueros, hombres pobres que llevaban poca armadura. Contra ellos estaba un ejército que consistía principalmente de hombres de armas - guerreros ricos vestidos de pies a cabeza en reluciente metal.


Las decisiones tácticas desempeñaron un papel importante en la decisión de la batalla, pero no hubieran sido por nada, sino por el espíritu de lucha de las tropas inglesas, inspiradas por su líder, el rey Enrique V, que vagaba por las líneas antes de la batalla y guió a los hombres en oración . Una delgada línea de tropas se defendía una y otra vez contra una fuerza más grande y mejor equipada, desgastando a los franceses en un brutal combate cuerpo a cuerpo que finalmente logró vencer a los ingleses.

Albuera


El espíritu de lucha volvería a salvar a los británicos en el flanco de la batalla de Albuera el 16 de mayo de 1811.

Durante los combates, una tormenta de granizo barrió el campo de batalla. El 3rd (de Infantería a Pie) Foot británico, conocido como los Buffs, se encontró con mosquetes empapados y casi sin visibilidad. Hacia esta miseria cabalgaban las caballerías francesa y polaca, llegando tan de repente que los Buffs no pudieron formar plazas defensivas. Los Buffs fueron abrumados, su Teniente Latham salvando el estandarte del regimiento ocultándolo en su chaqueta, incluso cuando su brazo y la mitad de su rostro estaban cortados.


Los Buffs defienden sus colores, pintados por William Barnes Wollen

Otras tropas se apresuraron a detener a los franceses. Entre ellos estaba el 57º Regimiento de Fusileros. El coronel Inglis, el comandante del 57, recibió una munición de racimo en el pulmón y se tendió en el campo instando a sus hombres a volverse "duros de morir".

Pagar carísima la derrota hicieron. Del 57, sólo 160 hombres sobrevivieron de 600, mientras que sólo 85 de los 728 Buffs salieron de Albuera vivos. Pero su coraje había ganado el día. El comandante francés, el mariscal Soult, los culpó por su derrota, diciendo: "Ellos estaban completamente golpeados, el día era mío, pero no lo sabían y no huirían".

El teniente Latham, notablemente, sobrevivió.

viernes, 2 de junio de 2017

San Martín: Entrenador de héroes

San Martín, el gran entrenador de héroes
Paso a paso, cómo fue la preparación profesional de los gloriosos granaderos que tuvieron influencia decisiva en la Guerra de la Independencia.
Daniel Balmaceda | LA NACION



El combate de San Lorenzo, obra del artista chileno Pedro Subercaseaux


En Buenos Aires, el coronel José de San Martín fue el principal maestro de los reclutas que iban incorporándose al Cuerpo de Granaderos. Se puso al frente de los entrenamientos que durante los dos meses iniciales se llevaron a cabo en el descampado conocido con el nombre de Ranchería, en las actuales Alsina y Perú. Además del jefe, cada recluta tenía su instructor particular. El sistema de adiestramiento era al estilo francés (San Martín admiraba a Napoleón) con algunas adaptaciones hechas por el propio coronel.

Lo primero que les enseñó fue a marchar. Los aprendices de héroes recibieron una instrucción completa sobre los movimientos de las columnas y en menos de dos semanas estaban capacitados para marchar, contramarchar y realizar giros en orden. Pero a pie, ya que aún no había llegado la etapa en que se les permitiría montar. A San Martín no le gustaba saltear pasos. Recién cuando advirtió que sus hombres dominaban el movimiento coordinado, comenzó con una nueva instrucción.

La segunda etapa consistía en dominar el manejo de las armas. Los reclutas aprendieron a usar las tercerolas, es decir una arma de fuego que podría definirse como un fusil tosco que funcionaba con chispa y contaba con la bayoneta para el ataque cuerpo a cuerpo. Pero esta no fue una enseñanza muy intensiva porque San Martín no confiaba mucho en este tipo de armamento. Lo que él dominaba era el uso del sable y de la lanza. Los secretos de su empleo fueron brindados por el ilustre militar a cada uno de sus granaderos. En ese sentido, puede decirse que actuaba como un personal trainner de cada uno de sus hombres. Formaba rondas, se plantaba en el medio, convocaba a alguno de los aprendices al centro del círculo. Allí el elegido ejecutaba los movimientos de ataque y defensa enfrentando al propio comandante, quien lo corregía delante de todos.

Estas clases de esgrima y lanceo a cargo del Padre de la Patria eran de lo más provechosas. San Martín les enseñaba de qué manera colocar el cuerpo, la cabeza, el torso, las piernas, las rodillas y las manos. Incluso les explicaba el efecto de cada pegada para que de manera mecánica emplearan la más efectiva de acuerdo con la situación.

Por ejemplo, para los sables existían tres tipos de golpe. Con el plano de la hoja se infería un planchazo que provocaba al adversario un mareo y un aturdimiento que lo anulaba. La estocada con la punta se empleaba para infligir una herida profunda. El filo, en cambio, era empleado para cortar en forma completa; un brazo, una mano, una pierna o, sobre todo, una cabeza. Terminadas las lecciones en ronda, armaba parejas para que practicaran y caminaba entre ellos, marcando defectos y señalando virtudes.

Luego, ya instalados en Retiro, se ejecutaron los movimientos a caballo. El clarín o trompa sonaba y todos podían entender a la distancia cuál era la orden general. El conocimiento de los distintos sones y la disciplina, aún en los momentos críticos, salvaban vidas.

El dominio del sable terminó otorgándoles una ventaja inmensa: a medida que los realistas se enfrentaban a estos sableadores profesionales, fue aumentando el respeto que inspiraban. Aquellos guerreros fueron dignos embajadores de la hidalguía sanmartiniana.

lunes, 29 de mayo de 2017

URSS: Un homenaje a los héroes de Stalingrado

Una historia de la Segunda Guerra Mundial que todavía da temblores en espina 

George Winston - War History Online



Octubre 1942: Un Oberleutnant alemán (teniente primero) con una ametralladora soviética PPSh-41 en los escombros de la fábrica de Barrikady. 

A lo largo de Rusia, muchas personas están tomando el tiempo para rendir homenaje a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Un 22 de junio, marcó el 75 aniversario de la Alemania nazi invadiendo la Unión Soviética. Encendió algunas de las batallas más sangrientas en la historia humana conocida en Rusia como la Gran Guerra Patriótica.

Una mujer vino a encender una vela en el terraplén del río Moskva. Ella habló a RT y dijo: "Vine aquí hoy para honrar la memoria de mis dos grandes tíos y mis abuelos - que sobrevivieron a la batalla de Stalingrado, los horrores de los campos de concentración y el resto de la guerra. Mi abuela me habló de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, que siguen vivas en mi mente. Envían escalofríos por mi espina dorsal y me hacen estallar en lágrimas. "

La guerra en el frente oriental duró del 22 de junio de 1941, hasta el 9 de mayo de 1945, cuando la Alemania nazi se rindió. En honor de cada día de la guerra, 1.418 velas se encendieron en Moscú. Otra mujer en la asistencia describió esto como: "Un recordatorio de lo difícil que fue para nuestros antepasados ​​para luchar y restaurar nuestro país sacudido, la forma en que renunció a todo para su patria".


Los soviéticos defienden una posición, Stalingrado. 

Según las estadísticas oficiales, la guerra costó 26,6 millones de vidas en la Unión Soviética. En total, más de 8 millones de personas murieron en la línea de frente de la guerra para repeler la invasión de la máquina de guerra nazi. Era la única manera de derrotar al nazismo. Sin duda, la Unión Soviética sufrió más durante la Segunda Guerra Mundial con más del 75% de las fuerzas de los nazis y aliados en Europa en el Frente Oriental. El Frente Oriental fue también donde Alemania nazi sufrió el 74% de sus pérdidas de guerra.

En el frente oriental, tuvo lugar la batalla de Stalingrado. Esta fue la batalla más grande y más sangrienta de la Segunda Guerra Mundial. Más de un millón de soldados participaron a través de ambos lados.

En última instancia, fue el punto de inflexión en el teatro europeo de la Segunda Guerra Mundial. Los nazis nunca fueron capaces de recuperar el impulso que tenían antes. El ejército soviético tomó este éxito militar en la gran batalla siguiente de Kursk que comenzó durante julio / agosto de 1943. Aquí, una de las batallas blindadas más grandes en historia ocurrió; Resultando en otro éxito estratégico soviético. Después de esto, no habría más empujones nazis importantes en el frente del este.

Los civiles soviéticos también sufrieron en esta guerra. Casi 7,5 millones de civiles fueron asesinados deliberadamente por los nazis que ocuparon varios territorios durante la guerra. Otros 4,1 millones de personas murieron debido a las terribles condiciones perpetradas por el régimen.


Leningradinos en la avenida de Nevsky durante el cerco. 

Durante el Sitio de Leningrado, más de 630.000 civiles murieron de hambre y exposición al frío. Durante 872 días, los nazis y sus aliados bloquearon la ciudad. Durante la peor parte del bloqueo, la ración de alimentos en la ciudad disminuyó a sólo 125-250 gramos de pan por día. Sería difícil encontrar una familia soviética que no sufriera una pérdida durante la guerra. Una vez terminada la guerra, el país quedó devastado. La producción agrícola para el país fue de 40% en comparación con los tiempos anteriores a la guerra.

Durante la ceremonia, la élite política de Rusia colocó coronas en la Tumba del Monumento al Soldado Desconocido, ubicada junto al muro del Kremlin. Cientos de miles de rusos conmemoraron a los héroes y víctimas de la Segunda Guerra Mundial en el día nacional de la conmemoración y el dolor. Aproximadamente, 3.000 personas participaron en "Una vela de la memoria" en la ciudad Urals rusa de Yekaterinburg. La gente allí también formó una palabra gigante "recordar" en una de las plazas. La primera vela fue encendida a las 3:15 para conmemorar las primeras bombas nazis que cayeron sobre la ciudad en 1941.

10.000 musulmanes de varias regiones de Rusia se reunieron en la ciudad de Kazan para celebrar una ceremonia religiosa especial. Fue en recuerdo de las víctimas de la Gran Guerra Patriótica. Belarús también celebró ceremonias conmemorativas el mismo día.

sábado, 11 de marzo de 2017

Biografía: Sargento Juan Bautista Cabral

Juan Bautista Cabral
Revisionistas


Combate de San Lorenzo, 3 de febrero de 1813

Nació en Saladas, Pcia. de Corrientes, a fines del siglo XVIII. Era hijo natural de José Jacinto Cabral y Soto, y de la morena Carmen Robledo. Su madre posteriormente se casó con el moreno Francisco que llevaba el apellido Cabral por ser también servidor de esa antigua familia.

Criado desde pequeño en la casa, recibió muy buena instrucción por parte de Luis Cabral y Soto que fue Alcalde Provincial de Corrientes y del sacerdote José Baltasar de Casajús.

Cuando se produjo la segunda invasión inglesa se hallaba en Buenos Aires y por carta del 19 de agosto de 1807, dirigida a sus familiares, les comunicaba que se había salvado, en un rancho, de ser descubierto por las tropas enemigas que pasaron adelante “saqueando los demás, y degollando a los que se encontraban dentro sin tener la más mínima piedad de nadie”.

Se incorporó a un contingente reclutado en 1812 por el gobernador intendente de Corrientes, Toribio Luzuriaga. Enviado este contingente a Buenos Aires, realizó el viaje en una embarcación fluvial. Cabral fue destinado al Cuerpo de Granaderos Montados, primitivo nombre del Regimiento de Granaderos a Caballo, al cual se incorporó el 15 de noviembre de 1812, al organizar el coronel San Martín su cuerpo. Dice Pastor S. Obligado que por su “viveza y natural inteligencia le hizo subir a cabo instructor antes de concluir ese año, y por su puntualidad y distinción llegó a sargento al siguiente”.

Con dicho escuadrón marchó al mando de San Martín y combatió en San Lorenzo el 3 de febrero de 1813. En la acción, la metralla hirió en el pecho al caballo del jefe, que cayó pesadamente a tierra apretando su pierna derecha en medio del fragor del combate. El peligro en que se hallaba fue evitado por el puntano Juan Bautista Baigorria, quien mató de un lanzazo a un soldado realista que atacaba a San Martín. En el entrevero que se originó alrededor del jefe de los granaderos, el soldado Cabral, ya herido de bala, se aproximó para sacarlo de la comprometida acción en que se hallaba. Momentos después salvaba a San Matín, mientras era atravesado su cuerpo sufriendo dos heridas, oyéndosele decir: “¡Viva la Patria! Muero contento por haber batido a los enemigos”. Cabral fue sepultado cerca del pino histórico de San Lorenzo.

Era alto, grueso, bizarro, de robusta contextura. En la comunicación con que acompaña a la lista de muertos, y que lleva fecha 27 de febrero, dice San Martín: “No puedo prescindir de recomendar…. a la familia del granadero Cabral”. El gobierno de Buenos Aires por decreto del 6 de marzo del mismo año, dispuso que se fijase “en el cuartel de Granaderos un monumento que perpetúe recomendablemente la existencia del bravo granadero Juan Bautista Cabral en la memoria de sus camaradas”.

Refiere el historiador José Juan Biedma que “el santo y seña del Regimiento de Granaderos en el aniversario del combate fue: “Cabral mártir de San Lorenzo”.

Cuando San Martín regresó con su regimiento, en cumplimiento de la disposición del Triunvirato ya recordada, mandó colocar en lo alto de la puerta del cuartel, situado en la plaza del Retiro, un cuadro conmemorativo de su muerte con la leyenda: “Juan Bautista Cabral. ¡murió heroicamente en el campo del honor”, al cual, desde el primer jefe al soldado más modesto, saludaban militarmente al entrar. Esta inscripción se conservó –dice Mitre- hasta 1824, en que se disolvió el regimiento.

No hay manual de historia en nuestro país, que no haga referencia al “Sargento” Cabral. Acaso el general Mitre en su Historia de San Martín, es el único historiador que no llama “sargento” al hazañoso correntino. La figura de Cabral se nos aparece en esa importante obra, tan heroica como la que más.

Un historiador (1) ha llegado a negar la existencia del grado de sargento a Cabral, pues dice que “Cabral no era sino granadero el día del combate y no pudo modificar tal situación”. Agrega que no sabe a punto fijo quién inventó y difundió la versión de que Cabral era sargento, versión que hizo gran carrera. Manifiesta además que la permanencia del granadero Cabral en el ejército apenas alcanzó tres o cuatro meses cuando más, desde octubre de 1812 hasta el 3 de febrero de 1813.

En homenaje a Cabral, el escultor Camilo Romairone modeló una estatua suya utilizando el metal de algunos cañones españoles antiguos, que el gobierno de la Nación cedió al de Corrientes, en 1883. Fue colocada en la plaza que tiene su nombre en la capital de esa provincia, el 9 de julio de 1887. En el Convento de San Carlos, por iniciativa del doctor Adolfo P. Carranza se colocó una lápida en el cementerio de los padres franciscanos, con la siguiente inscripción: “A la memoria de Juan Bautista Cabral. Muerto en la acción de San Lorenzo el 3 de febrero de 1813. Su abnegación salvó la vida del Libertador San Martín”.

A pesar de que un autor insista que la sargentía de Cabral es una leyenda falaz, sin fundamento alguno, el homenaje al benemérito granadero se rinde permanentemente. Una localidad de la provincia de Santa Fe lleva su nombre como sendas calles de Rosario y Buenos Aires.

El único retrato pictórico del héroe lo realizó Gaspar Besares Soraire, en 1930, y se halla entronizado en el Casino de Suboficiales del Regimiento 20 de Infantería de Montaña, de Jujuy. Su monumento fue obra del escultor Juan Carlos Oliva Navarro, inaugurado en el Cuartel de Granaderos a Caballo.

Referencia


(1) En referencia a Jacinto R. Yaben, quien sostiene que “En realidad Cabral revistó simplemente como granadero en las listas de su cuerpo”.

Fuente
Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1969).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

miércoles, 22 de febrero de 2017

Prusia: La disciplina prusiana en Leuthen

La disciplina inigualable del ejército prusiano bajo Federico el Grande: Leuthen, 1757
 Barney Higgins - War History Online




La nieve amortiguaba todo el sonido salvo el gemido del viento. Los esqueletos de invierno de los árboles mostraban negro contra el lienzo en blanco. El cielo gris lleno de nubes de hierro se alzaba todavía por encima. Mirando al norte y al oeste, una gama de colinas bajas. Al norte, la pequeña ciudad de Leuthen, su población huyó.

Esparcidos por Leuthen, una serie de otras pequeñas aldeas mineras y agrícolas, igualmente desiertas. A once millas al oeste estaba la capital devastada por la guerra de la provincia de Silesia. Hoy en día esto se llama Wrocław, en Polonia, pero a principios de diciembre de 1757 el nombre de la ciudad era Breslau, y acababa de ser capturado por el príncipe Carlos II de la gran casa real austriaca de Habsburgo-Lorena. Breslau estaba ahora bajo el control del Imperio Austríaco.

Carlos había capturado la ciudad con un ejército de más de sesenta mil hombres; Tropas de la línea, infantería ligera, caballería rápida y una batería de más de doscientos cañones. Breslau había sido tomado, pero Charles ahora hacía frente a un nuevo desafío, y había colocado a su ejército al oeste de la ciudad para encontrarla.


Los prusianos avanzan en Leuthen.

En el silencio apagado de la llanura blanca se oyó un sonido constante de tambores. Desde el Oeste, en el refugio de las colinas, salió de la niebla un chorro de color, y luego otro. Ricos abrigos azules y sombreros altos de oro brillante, destellos de amarillo, estallidos de rojo y salpicaduras de crema pálida. El cuero negro pulido brillaba a través de la penumbra.


Aquí estaba el rico marrón de los rifles llevados con orgullo, un destello de luz en los afilados y fríos puntos de las bayonetas. Bajo el tambor constante se podía oír el tintineo del engranaje y el crujido de cuero y en la nieve crujiente y sin marcar el crujido sincronizado de muchos pies botados. Dos columnas de infantería, cincuenta hombres de frente, avanzaron lentamente hacia la vista, marchando hacia el este.


Las fuerzas de Federico marchan alrededor de las colinas para atacar el flanco austríaco.

Proyectando las columnas en su lado izquierdo, líneas de luz, caballería en movimiento rápido explorando hacia adelante y hacia atrás. A la derecha, proyectada por las columnas de infantería, cañón tras cañón tras cañón, tirado por hombres sobre caballos robustos. El hálito caliente de decenas de miles de hombres y caballos fumaba y vaporizaba en el aire helado.

Este era el ejército del Reino de Prusia bajo el mando directo de su rey, Federico II, llamado Federico el Grande. Federico fue el consumado rey de los soldados, un gran general con muchas victorias, así como algunas derrotas notables en su carrera. Sus soldados fueron el producto de un siglo de entrenamiento y desarrollo sostenido y rápido, paralelo a la rápida expansión del territorio controlado por Prusia en la masa terrestre del norte de Europa.


Federico II el Grande de Prusia.

Entre ellos Frederick, tres generaciones de reyes prusianos habían prestado su atención a los asuntos militares. Para cuando Frederick II el gran marchó en Leuthen, la precisión y la disciplina de sus tropas eran sin par. Incluso Roma, a la altura de su antiguo poder, pensó Federico, no podía mostrarse tan bien como esto. Cabalgó con su bastón en medio de su caballería, una figura poderosa físicamente, pero vestida sin ostentación, con practicidad y velocidad en mente; Sólo un oficial de caballería. Los mensajeros cabalgaron cerca de él, listos para acelerar sus órdenes a cualquier punto de su ejército en cualquier momento.


Era un erudito y practicante táctico y estratega. En 1757, Frederick estaba en sus cuarenta años, como era su oponente en este día temprano en diciembre. Al oír la noticia de la llegada de Frederick a Silesia, Charles había colocado su enorme fuerza en una línea orientada al oeste. La línea se extendía por completo cuatro millas de largo de norte a sur con la esperanza de protegerse contra una rápida maniobra flanqueante por los prusianos. El ejército de Carlos superaba en número a los dos a uno de Frederick, y ambos lo sabían.

martes, 6 de diciembre de 2016

Esparta: La derrota de Esfacteria

Los espartanos nunca se rindieron, hasta esta batalla

William Mclaughlin - War History Online




A menudo se dice que los guerreros espartanos nunca se retiraron y nunca se rindieron. Lucharían hasta la muerte, no importa las probabilidades, y fueron entrenados para hacerlo desde una edad temprana. Sin embargo, hay al menos una clara excepción.

La lucha titánica que fue la guerra del Peloponeso vio la rendición de la clase más elite de los espartanos. En la batalla de Sphacteria, los espartanos no sólo perdieron una fuerza de infantería ligera, sino que fueron forzados a una rendición vergonzosa que cambió la dinámica de la guerra.

La guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta fue una larga guerra con múltiples cambios de impulso y un montón de lados de cambio. La estrategia espartana era simple: invadir el territorio ateniense del Ática, destruir tierras de cultivo y amenazar a Atenas misma. Debería haber sido una táctica simple y eficaz considerando los impresionantes soldados de Esparta. Los atenienses tenían una estrategia basada en su imponente armada que los envió por toda Grecia.




Unos cuantos años después de la guerra, en 425 AEC, los Espartanos lanzaron un asalto anfibio contra la fortaleza ateniense de Pilos. Pilos tenía un puerto natural, protegido por la larga isla de Sphacteria. También se encontraba en el Peloponeso, controlado principalmente por espartanos, y por lo tanto era importante para los espartanos expulsar a los atenienses.

En un tipo raro de asalto para el mundo antiguo, los espartanos desembarcaron sus trirremes en la orilla cerca de la ciudad fortificada y lanzaron un ataque anfibio. Los atenienses tuvieron la suerte de contar con el talento general, Demóstenes, que fue capaz de reunir a los defensores precisamente donde eran necesarios. Incluso los poderosos espartanos no podían atravesar la playa.


A pesar de la superioridad de la infantería espartana, los atenienses fueron capaces de cumplir con las naves, ya que aterrizó incluso las probabilidades.

Después de más de un día de asaltos fallidos, la armada ateniense apareció. Después de una confusa batalla naval / terrestre, los espartanos superados en número se retiraron a la estrecha isla de Sphacteria. En este punto, los espartanos enviaron embajadores para negociar mientras los atenienses se apoderaron de los barcos espartanos para encadenar el ejército derrotado en Sphacteria.

La larga serie de negociaciones terminó en última instancia y los atenienses, que sólo habían estado sosteniendo a los barcos espartanos bajo la premisa de negociaciones justas, se negaron a devolverlos y comenzaron a asediar la isla que tenía a los 440 espartanos. 120 de este grupo eran los Spartiates, la clase más alta de espartanos, completando la formación más rigurosa y convirtiéndose en la clase dominante de la ciudad.

Resultó que los atenienses tenían más dificultades para abastecerse que los espartanos. El agua dulce ateniense era terriblemente escasa y tenían una fortaleza solitaria en el Peloponeso dominado por espartanos, dificultando el suministro de alimentos. Los espartanos tenían un montón de barcos de suministro a través de deslizamiento. Algunas personas incluso nadaron a la isla con bolsas de comida, nadando bajo el agua para evitar el bloqueo ateniense.



Los generales atenienses sabían que debían atacar o que los espartanos esfingianos acabarían escapando. Los atenienses tenían varios miles de hombres, en su mayoría infantería ligera, pero se enfrentaron al mejor de los hombres de combate espartanos. Al lanzar sus ataques al sur, a ambos lados de la larga isla, los atenienses tomaron a los espartanos por sorpresa. Incluso los remeros de la flota tomaron a las orillas con cualquier arma que pudieran agarrar.

Esta gran fuerza era suficiente para llenar el estrecho ancho de la isla. Los espartanos estaban preparados para lanzar un contraataque, confiando en que podrían ganar el día contra cualquier número de infantería ligera. Después de todo, los espartanos estaban acostumbrados a suprimir brutalmente los levantamientos regulares de esclavos de Helot. Esta vez, sin embargo, los escaramuzadores sostenían los diversos puntos altos de la isla.

Batalla de las sphacterias


Cada vez que los espartanos trataban de atacarlos, fueron recibidos por un aluvión de flechas, jabalinas y eslingas. El bombardeo fue tan intenso que muchos Spartans fueron asesinados, incluido su general. Los espartanos no tuvieron más remedio que retirarse al extremo norte de la isla. Aquí tenían una posición elevada, con varios descensos irregulares a la orilla.

Aquí la batalla alcanzó otro punto muerto. Los espartanos ya no atacaron y permitieron que la infantería ligera los desgastara y los atenienses no se atrevieron a arriesgarse a un asalto cuesta arriba. Un comandante ateniense se ofreció voluntariamente para llevar a un grupo de hombres escogidos a escabullir el paso más peligroso para atacar el corazón del campo espartano. Los espartanos no consideraron que alguien intentara este acercamiento así que dejaron a este lado sin vigilancia.


La vista hacia las ruinas de Pylos desde el extremo norte de Sphacteria. Aquí los espartanos hicieron su última parada antes de que las tropas ligeras escalaran los acantilados para alcanzarlos.

Una vez lanzado el ataque simultáneo, los espartanos no podían hacer nada. El asalto de los acantilados los había tomado por sorpresa tanto que los otros atenienses pudieron asaltar la colina. Los espartanos rodeados y condenados hicieron lo que ningún otro antes de ellos había hecho; Arrojaron sus escudos y pidieron términos.

Los comandantes atenienses suspendieron el ataque final antes de que se hicieran demasiados daños, ya que tenían sus propios sueños salvajes de conseguir algunos verdaderos prisioneros espartanos.


Un ejemplo de una de las tropas más ligeras que contribuyó significativamente a la victoria ateniense. Las tropas ligeras a menudo fueron despedidas en batallas hasta el punto de que algunos historiadores antiguos dieron sólo números de infantería pesada para una batalla. Después de Sphacteria, comandantes como Felipe dieron a las tropas ligeras mayor énfasis.

Múltiples heraldos viajaban de Esparta de un lado a otro mientras el grupo rodeado buscaba el consejo de su ciudad natal. Después de mucho debate, Esparta envió a sus hombres un mensaje diciéndoles que debían decidir su propio destino, siempre y cuando no fuera deshonroso. Después de mucha deliberación, los Spartans atrapados decidieron entregarse.

La decisión sacudió a todo el mundo griego. Atenas había logrado forzar a los Espartanos, los Spartiates, a rendirse. Los atenienses utilizaron a los prisioneros como rehenes, amenazando con matarlos si los espartanos invadían el Ática. Esto llevó a los atenienses a ser especialmente agresivos en los próximos años. Esta oscilación de poder equilibraría una guerra que continuaría y continuaría durante otros 21 años.


La guerra fue ganada irónicamente por los espartanos después de que ganó una aplastante victoria naval sobre los atenienses marítimos. La reputación de los espartanos se humedeció por la rendición en Sphacteria, pero recuperaron el respeto de sus compatriotas durante el resto de la guerra.

Por William McLaughlin para la historia de la guerra en línea

lunes, 28 de noviembre de 2016

SGM: Sobreviviente de Pearl Harbor cuenta detalles del ataque



El sobreviviente de Pearl Harbor recuerda a los bombarderos "sonriendo y saludando" desde los aviones
Por Donald Stratton - New York Post
Donald Stratton era un joven de 18 años de Red Cloud, Nebraska, cuando se unió a la Armada en 1940 - y se encontró en el frente de la historia.



Horas después del amanecer, el 7 de diciembre de 1941, el Seaman 1st Class Stratton se encontraba a bordo del USS Arizona en Pearl Harbor, frente a la costa de Honolulu, Hawaii, cuando Japón lanzó su ataque aéreo. Estaba a sólo 500 pies de distancia de donde una bomba golpeó el barco.

Tan implacable fue el ataque furtivo en Pearl Harbor que en sólo dos horas 2.403 estadounidenses murieron. Stratton habría estado entre los 1.177 compañeros de asalto de USS Arizona - de 1.511 a bordo - que perecieron, si no por un escape de clavos a un barco vecino.

Ahora, de 94 años, reside en Colorado Springs, Colorado, con su esposa de 66 años (tienen cinco nietos y cinco bisnietos).



A medida que el 75 aniversario del bombardeo se acerca, Stratton cuenta su historia épica en las memorias “All the Gallant Men” (William Morrow) - y lo comparte con The Post Michael Kaplan.

La mañana del 7 de diciembre de 1941, parecía como cualquier otra. Trabajamos un poco y comimos chow. Cogí algunas naranjas para traer a un amigo mío que estaba en la bahía enferma. Luego salí a la cubierta y vi a algunos marineros congregándose en el lado de estribor del barco. Estaban mirando al otro lado del agua en la Isla Ford, un islote en el centro de Pearl Harbor, y estaban gritando - los aviones con la insignia japonesa Cero estaban atravesando el cielo.

-¡Oh, demonios, son los japoneses! -gritó alguien. Están bombardeando la torre de agua en la isla Ford.

Vimos la caída de la torre y los aviones en la pista de allí estallaron en llamas.


Donald Stratton tenía 18 años cuando se encontró bajo ataque en Pearl Harbor. Él tiene 94 años. Foto: Folleto; Ryan Dearth

Un anuncio se produjo en el sistema de mensajes públicos del buque: "Man tus estaciones de combate! ¡Esto no es un ejercicio!

Era sorprendentemente tranquilo, con todo el mundo haciendo lo que habían sido entrenados para hacer.

Corrí hasta cinco escaleras para llegar a mi estación de batalla, "el director" - una percha cubierta, a unos 60 pies sobre la cubierta. Yo era un espectador de las armas antiaéreas. Mi trabajo era conseguir un alcance en donde estaban los aviones para poder derribarlos. Pero todo el infierno se estaba soltando en el cielo, y estábamos sentados. Había tan malditos aviones, tan cerca que podía ver a los pilotos sonriendo y saludando. Estaban haciendo su trabajo, pero pensé que eran un agujero!

Tratamos de disparar los aviones, pero nuestros proyectiles antiaéreos no podían alcanzar lo suficiente. Los vi explotar antes de golpear los ceros. Vi torpedos que venían hacia Battleship Row; Había una bola de fuego en el USS Pennsylvania y el Oklahoma había sido volcado. Seis de los acorazados de Estados Unidos habían sido dañados y cuatro de ellos estaban hundidos; Todo dicho, 19 barcos fueron dañados o destruidos. El aire olía a aceite quemado, y el agua estaba ardiendo por todo el combustible que se había derramado.

Cuando cada bomba nos golpeó, el Arizona se estremeció y parecía al borde del colapso. Entonces el grande golpeó. Los japoneses tuvieron suerte. Una de sus bombas de 1.700 libras golpeó un área de almacenamiento que contenía 1.000.000 libras de munición y 180.000 galones de gasolina de la aviación. Eso estaba a 500 pies de distancia de mí, y me sacudió completamente con el golpe.

Mi cuerpo estaba quemado, mis manos estaban a piel cruda, y yo estaba enfocado en la supervivencia. Nunca pensé en no hacerlo.
Una serie de explosiones ensordecedoras se fue. Había 110 pies de la nave que se voló. La torre número uno voló en el aire y aterrizó duro en la cubierta. Una bola de fuego - alimentada con munición y gasolina - de repente se fue 800 pies en el aire. Se disparó a través de mí y muchos otros. El setenta por ciento de mi cuerpo fue quemado: Mi camiseta quedó envuelta en llamas y quemó mi torso; El pelo en mi cabeza fue quemado lejos; Mis piernas sufrieron graves daños. De alguna manera, perdí parte de la oreja. Pero mi auto-preservación se inició, y no podía pensar en morir como una opción.

Otros lo tenían mucho peor. Abajo, en la cubierta inferior, vi a los hombres literalmente en llamas. Allí estaba tan caliente que salté de un pie al otro, agradecido por un alivio momentáneo.

Todo el barco estaba en llamas. Las escotillas se habían abierto y perdimos a 1.177 hombres ese día. Podría haber sido uno de ellos, si no por un gran, heroico hombre con el nombre de Joe George.

Su rango era compañero 2 de Boatswain Mate en el USS Vestal. A través de humo y llamas, lo vi sentado a 70 pies de distancia en la cubierta del Vestal, que también había sido golpeada y tenía fuegos propios. Joe estaba en el proceso de cortar las líneas que unían su nave a la nuestra para que la Vestal pudiera ser llevada al mar abierto. Entonces vio a seis hombres antiaéreos en el director. Él optó por desobedecer órdenes de un superior y el riesgo de la corte marcial mediante el lanzamiento de una línea ponderada de plomo a nuestra manera.


El USS Arizona Photo: Folleto

Los seis de nosotros pasamos la mano a través de la línea y por encima del agua inflamada. Mi cuerpo estaba quemado, mis manos estaban crudas, y yo estaba enfocado en la supervivencia. Nunca pensé en no hacerlo. Seis de nosotros tuvimos nuestras vidas salvadas por Joe George. Nos reunimos para que recibiera una Medalla de Honor por su valor, pero, lamentablemente, nunca sucedió. Debido a que desobedeció una orden directa para cortar las líneas, la Marina no vería en forma para darle el reconocimiento que creíamos que se merecía. Sólo recibió una medalla menor.

Después del ataque, pasé 10 meses hospitalizado en Hawai y California. Cuando llegué a la escala en el hospital, yo era 92 libras, la mitad de mi peso corporal desde el día en que me alisté. Pasé tanto tiempo en la cama que cuando traté de estar de pie, mis pies sólo colgaba; Habían dejado de trabajar. No hubo reacción muscular. Tuve que aprender a caminar de nuevo. Todo había desaparecido. Incluso mis huellas digitales se quemaron. Mi mamá quería visitarme, pero le pedí que no lo hiciera. No quería que me viera en tan malas condiciones.


Donald Stratton (a la derecha) visto aquí con otros sobrevivientes de Pearl Harbor. Foto: Folleto

Mi piel era tan tierno que si alguien me tocaba mientras dormía, reaccionaba de una manera extrema, a veces lanzando un puñetazo! En una ocasión, los doctores pusieron gusanos en mi carne y los cubrieron con vendajes. La razón era simple: los gusanos comen carne muerta, y yo tenía mucho de ella.

Pero la curación fue más lenta de lo que los médicos esperaban que fuera. Temiendo que mi brazo izquierdo no sanara en absoluto, los médicos querían amputarlo. Le dije: "No, no me cortarás el maldito brazo. Preferiría que estuviera ahí, que no lo hubiera visto. "Durante los siguientes años, recuperé el uso del 100 por ciento del brazo.

A través de todo esto, reconocí que necesitaba volver a estar saludable. Seguí caminando, nadando en la piscina del hospital, vadeando en el jacuzzi, trabajando para recuperar mis fuerzas.

En septiembre de 1942, recibí un alta médica y se consideró no apto para el combate. Salí del hospital y regresé a Nebraska. Mi familia lloró cuando me vieron, pero no preguntaron qué pasó en el Arizona. Traté de adaptarme a la vida en Red Cloud. Conseguí un trabajo de transporte de trigo en los campos y trabajé como camarero en la taberna de mi padre, pero vi que todos los jóvenes de la zona habían entrado al servicio.

Yo quería volver.

No puedo decirte lo que me hizo querer volver a enlistarme, pero lo hice. Estoy seguro de que ayudar a mi país fue parte de ello. Estoy seguro de que conseguir venganza pasó por mi mente varias veces también.

Después de más de un año en casa, convencí a la junta de borrador para que me devolviera y pasé por el campamento de entrenamiento por segunda vez. Me enviaron al Pacífico Sur en un destructor. En el camino, pasamos por Pearl Harbor, y vi el Arizona, completamente destruido.

Miré el vaso y pensé en los más de 1.100 hombres que perecieron. Seguí pensando en cómo dieron sus vidas por nuestro país.


Donald Stratton muestra las medallas que le otorgaron. Foto: Ryan Dearth

Esta vez estuve allí para la Batalla de Okinawa en la primavera de 1945 - 82 días de infierno. Los kamikazes japoneses llegaron hasta nosotros con la única intención de volar uno de sus aviones a uno de nuestros barcos. Recuerdo que uno se acercaba a mí. Si hubiera golpeado, habría muerto. Por suerte, se perdió y se estrelló contra el agua. Un centenar de nuestros buques fueron destruidos o dañados.

En julio de '45 recibí permiso del combate y fui a San Diego a asistir a la escuela de hidráulica eléctrica. El próximo mes, bombas nucleares fueron lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Cuando ocurrió, pensé que íbamos a volver a los japoneses. Sentí alivio.

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que los japoneses estaban haciendo su deber de la manera que estábamos.

En este momento, sin embargo, quiero que Estados Unidos sepa lo que pasó en Pearl Harbor - no creo que mucha gente lo piense más - y reconocer que, en este mundo, incluso en Estados Unidos, cualquier cosa puede suceder en cualquier hora.


lunes, 3 de octubre de 2016

Esparta: Termópilas

La batalla de las Termópilas

Apuntes de Historia


El rey persa Darío el Grande murió cuatro años después de la batalla de Maratón, por lo que no pudo cumplir el objetivo de castigar a los griegos, como vimos cuando traté aquí mismo de esa batalla. Sí, ya sé, pensarás que cuatro años es tiempo más que suficiente, pero es que había más.

Su objetivo no era sólo entrar en Grecia: quería conquistar Europa. Así que ordenó levas (alistamientos forzosos) en todas las satrapías y nuevos impuestos para reunir el mayor ejército que había visto la historia hasta entonces.

En esas estaba, a punto de partir ya hacia Grecia (pensaba dirigir la campaña personalmente) cuando se produjo un alzamiento en la satrapía de Egipto. Demasiados impuestos, quizá. Aunque tampoco pudo hacer nada al respecto ya que, mientras se preparaba para aplacar la rebelión egipcia, le sorprendió la enfermedad y la muerte.

Así que subió al trono su hijo Jerjes, quien se dispuso a completar los asuntos que su padre había dejado pendientes: primero Egipto y, más tarde, Grecia y Europa toda.


Esparta

Sobre el imperio persa en la época ya hablé en el artículo sobre la batalla de Maratón, y a él te remito. Pero para entender bien qué paso y por qué ocurrió así tenemos que detenernos un momento a repasar cómo era la sociedad del otro protagonista de esta historia, Esparta.

Maratón, el (primer) final de los persas Maratón, el (primer) final de los persas
Pero antes me gustaría pedirte algo, y es que olvides (aunque sea por un momento) la imagen de héroes luchadores por la libertad y con fuertes convicciones morales que posiblemente tengas de los espartanos gracias al cine.


Ruinas de Esparta

Porque, como vamos a ver en las siguientes líneas, la espartana era una sociedad belicista, autoritaria, esclavista, supersticiosa, inmovilista, hipócrita, machista, ultraconservadora y profundamente egoísta. Lo tenían todo, como puedes ver; aunque claro, no sería justo juzgarles según patrones modernos.

La espartana era una sociedad belicista, machista, esclavista,supersticiosa y ultraconservadora

Esparta era una polis griega regida por una diarquía (dos reyes), un “generalato hereditario y vitalicio”, como lo definió Aristóteles, cuya sociedad estaba absolutamente regida por dos ejes centrales: la religión y la guerra. Todo ello fuertemente regulado por la Gran Retra, la ley suprema espartana.

Aunque realmente los reyes espartanos tenían muy poco poder, ya que estaban limitados por un lado por la voluntad divina (expresada a través del Oráculo de Delfos o de los augures y adivinos que leían las vísceras de los sacrificios) y por otro por el poder ciudadano (representado por la Asamblea y el Consejo de Ancianos). Los reyes eran, más bien, líderes militares al servicio de los designios divinos.


El Santuario de Delfos

Todo en la sociedad espartana estaba dirigido a un único fin: crear soldados altamente entrenados, alienados y preparados para obedecer ciegamente, incluso hasta la muerte, las órdenes del rey que, como hemos visto, eran los deseos de los dioses. Convenientemente influenciados por el Consejo, por supuesto.

Las mujeres sólo tenían un cometido: dar a luz futuros guerreros espartanos. Cuando nacía un niño era examinado y, si presentaba algún defecto, era descartado sin piedad. “Descartado” es un eufemismo, en realidad quiero decir arrojado por un precipicio cercano a la ciudad. Si no podía ser un soldado, no tenía cabida en Esparta.

A los siete años los niños eran apartados de su familia para recibir formación militar y se anulaba su identidad propia: no había individuos en Esparta, sólo espartanos iguales unos a otros.

Por supuesto, si los ciudadanos de Esparta sólo podían dedicarse a la vida militar, las tareas agrícolas debían recaer en alguien más. El asunto quedó resuelto esclavizando las ciudades cercanas, creándose así una clase esclava, los ilotas, cuya única misión era cultivar las tierras que debían alimentar Esparta.

De hecho, el número de ilotas era tan alto que Esparta vivía con la amenaza constante de una revuelta de esclavos. Su ejército no podía alejarse demasiado de la ciudad ni ausentarse durante un periodo prolongado por el peligro que un alzamiento de los ilotas podía suponer.

Es curioso que una sociedad esclavista haya pasado a la historia como un adalid de la libertad y un pueblo cargado de valores. Por supuesto, en eso tiene mucho que ver el modo en que la historia de la batalla de las Termópilas ha llegado hasta nosotros.

Y es que este episodio nos ha llegado a través de Heródoto y, para empezar, como griego que era debemos dudar de su imparcialidad. Pero es que además él no conoció estos acontecimientos de primera mano, sino que su relato proviene de las historias que le contaron cuando visitó Esparta, cuarenta años después que sucedieran los hechos.

Así que lo que Heródoto plasmó fue una versión ya parcialmente mitificada de la batalla. Es una lástima que no podamos contar con la versión de los persas. Como vimos en el artículo sobre la batalla de Qadesh, la diferencia puede ser radical.

Pero en fin, es lo que ha llegado hasta nosotros y, salvo sorpresa, será la única versión con la que contemos de lo ocurrido allí. Así que a ella nos tendremos que atener. Sirva esto como advertencia: no creas a pies juntillas los detalles de la historia.

La resistencia griega

Habíamos dejado a Jerjes reuniendo el mayor ejército que habían visto los tiempos. Y claro, las noticias sobre un hecho así llegaron finalmente a Grecia.

Las polis, preocupadas por lo que se les venía encima, se reunieron y decidieron forjar una alianza: sólo uniéndose podrían hacer frente a tamaña fuerza invasora. El mando de los ejércitos de esta unión, la Liga Helénica, recayó en Esparta.

Y aquí tuvieron que hacer frente a la cuestión de dónde hacer frente a los persas. Sabiendo que venían por Macedonia (el ejército persa había cruzado desde Asia Menor a través del estrecho del Helesponto, actualmente llamado de los Dardanelos, por medio de un puente flotante que fabricaron uniendo barcos), optaron por reunir sus ejércitos en Tesalia.

Sin embargo pronto se dieron cuenta de que si reunían sus ejércitos ahí los persas podían fácilmente evitarlos y penetrar en Grecia sin resistencia. Debían situarse en un paso obligado para no dejar opción al ejército persa.

Finalmente se optó por desplazar los ejércitos más al sur, hasta el istmo de Corinto, un estrechamiento que separa la península del Peloponeso del resto del continente. Ni que decir tiene que las ciudades más al norte se opusieron, ya que los persas las atacarían sin resistencia. Pero no había alternativa.

Así que finalmente se optó por el paso de las Termópilas. Thermopylae, las puertas calientes. El paso recibía este nombre por los manantiales de aguas termales que abundaban en él.

Hoy en día la línea de costa ha cambiado debido a la erosión (puedes verlo en la imagen de satélite de Google Maps, aquí), y existe un amplio terreno llano y bajo entre las montañas y el mar, usado como tierra de cultivo.


El paso de las Termópilas en la actualidad

Pero hace dos mil quinientos años el de las Termópilas era un estrecho paso entre los acantilados y el mar. Y si los ejércitos de Jerjes querían alcanzar la Grecia central, tendrían que atravesarlo.

La invasión

Jerjes comenzó su invasión en el año 481 a.C. Cruzó, como he dicho antes, el estrecho del Helesponto y avanzó a través de Macedonia. Ejército y armada avanzaban juntos por tierra y por mar siguiendo la costa.

Y aquí es obligado volver al asunto de las versiones, porque las cifras de Heródoto son un poco exageradas, por decirlo de una forma suave. El historiador griego habla de un ejército formado por un millón ochocientos mil asiáticos más trescientos mil europeos de los pueblos conquistados, a los que hay que añadir un séquito de auxiliares, concubinas, marinos y demás, de otras dos millones seiscientas mil personas.

Cuatro millones setecientas mil personas. ¡Vamos hombre! ¿Imaginas cómo sería alimentar semejante masa en movimiento a través de Asia y Europa? Sería complicado incluso en la actualidad; en la Antigüedad habría sido, sencillamente, imposible.

Evidentemente las cifras de Heródoto están infladas para magnificar la victoria griega (la victoria final en la guerra, ya que la victoria en esta batalla sería para los persas). Afortunadamente también hay una mención a las naves: mil doscientos siete trirremes y otras tres mil naves más o menos con funciones diversas. Así que un cálculo aproximado, aún tirando por arriba, nos daría un ejército de entre ciento cincuenta mil y un cuarto de millón de hombres. Animales aparte.


Trirremes

Este era el ejército que se disponía a invadir Europa. No se volvería a ver una invasión de este calibre hasta el desembarco de Normandía.

No se vio otro ejército de invasión como el persa hasta el desembarco de Normandía

¿Has oído decir que frente a este ejército se opusieron trescientos espartanos? Pues esto tampoco es del todo verdad. De nuevo, la gesta de Leónidas y sus hombres fue magnificada y mitificada. Pero vamos por orden.

Hacia la batalla

Desde el momento en que se supo que Jerjes se disponía a invadir Grecia, los espartanos consultaron al Oráculo de Delfos sobre la suerte que correría la ciudad. Su respuesta fue ambigua como solía ser. ¿Cómo si no iba a acertar? El oráculo predijo:

Mirad, habitantes de la extensa Esparta, o bien vuestra poderosa y eximia ciudad es arrasada por los descendientes de Perseo, o no lo es; pero en ese caso, la tierra de Lacedemón llorará la muerte de un rey de la estirpe de Heracles pues al invasor no lo detendrá la fuerza de los toros o de los leones ya que posee la fuerza de Zeus. Proclamo en fin, que no se detendrá hasta haber devorado a una u otro hasta los huesos.

O la ciudad era arrasada o uno de sus reyes moriría en la batalla. Hay que decir aquí que, hasta el momento, ningún rey espartano había muerto en batalla. Sobre todo porque cuando un rey de Esparta entraba en batalla lo hacía al frente de su ejército. Y el ejército de Esparta no era fácil de vencer.

Y en el 480 a.C., el año en que el ejército persa de Jerjes I entró en Grecia, uno de los diarcas de Esparta era Leónidas I.

Cuando llegó el momento clave, en Esparta se estaban celebrando las Carneas. ¿Recuerdas que hablamos de ellas en el artículo sobre la batalla de Maratón? Sí, era esa festividad durante la cual los espartanos no podían luchar. Mal asunto.

Sin embargo Leónidas tenía que ponerse al mando de la Liga helénica así que, para no contravenir los designios divinos que prohibían al ejército espartano entrar en batalla durante las Carneas, Leónidas marchó al frente acompañado sólo por su guardia personal: trescientos soldados escogidos de entre los que tenían descendencia. Los trescientos espartanos que pasarían a la historia.

Pero claro, también estaban el resto de fuerzas helenas. Junto a los trescientos espartanos marchaban dos mil arcadios, mil locrios, mil focenses, novecientos ilotas, setecientos tespios, cuatrocientos tebanos, cuatrocientos corintios y otros contingentes menores.

Aproximadamente entre seis y ocho mil hoplitas, según las cifras más probables. Pocos en comparación con las fuerzas de Jerjes, pero decir que aquellos trescientos hombres se enfrentaron solos a los persas es mucho decir, ¿no crees?

Y así se dirigieron a las Termópilas, dispuestos a impedir el paso de los persas o a morir intentándolo.

En las Termópilas

A lo largo del paso de las Termópilas había tres estrechamientos conocidos como “puertas”. En la puerta central, más estrecha, había un antiguo muro levantado por los focenses para defenderse de las invasiones procedentes del norte. Ése fue el lugar elegido por los griegos, que reconstruyeron el muro como ayuda a la defensa.

Sin embargo, había un modo de evitar ese camino: un viejo camino de pastores, escondido entre los riscos, permitía el paso de la puerta central a través de una ruta alternativa, llegando hasta las posiciones a retaguardia del ejército heleno: la senda Anopea.

Los griegos, claro está, conocían este camino, así que tomaron precauciones para evitar que los persas pudieran encontrarlo y atacarles por sorpresa desde su retaguardia: Leónidas envió a los mil focenses a custodiar la senda.

Una decisión inteligente enviar allí a los focenses, sin duda, ya que eran de la región (de Fócida, en la Grecia central, no de Focea, que era una colonia griega de Asia Menor, hoy Turquía). Debido a ello no sólo conocían bien la zona, sino que además Leónidas se aseguraba de que defenderían el paso y no huirían, puesto que la integridad de su ciudad y de sus familias dependía de que los persas no consiguiesen salirse con la suya.

A finales de agosto del año 480 a.C. Jerjes llegó a las Termópilas con su ejército. Al ver lo estrecho del paso envió exploradores en busca de rutas alternativas, pero ninguno de ellos encontró la senda Anopea, oculta en la montaña.

Lo que sí vieron, claro está, fue al ejército griego. Cuando Jerjes fue informado de la presencia de los hoplitas envió un emisario a negociar. A sobornarles, más bien, ofreciéndoles la libertad y ser asentados en tierras fértiles si entregaban sus armas y franqueaban el paso.

Ven y cógelas fue la respuesta de Leónidas. Así que, con un innegable espíritu práctico, Jerjes acampó a la espera de que los griegos decidieran marcharse por sí mismos viendo la diferencia tan abismal entre ambas fuerzas.

Comienza la batalla

No se fueron. Cuatro días esperó Jerjes antes de que se le agotara la paciencia. El quinto día ordenó a sus ejércitos atacar. Aunque, para ser sincero, no lo hizo del modo más inteligente.

Contra una falange de hoplitas armados con largas lanzas (llamadas doru) y enormes escudos (hoplon) de madera forrados con una placa de bronce, cerrada e impenetrable, envió Jerjes a su infantería ligera. Muy numerosa sí, pero con lanzas más cortas y escudos de mimbre.

Imagina la escena dantesca que se vivió ese día… por parte de los persas. Las tropas entrando en el desfiladero, cuyo estrechamiento anulaba su superioridad numérica, y yendo a encontrarse con las largas lanzas que sobresalían del firme muro que formaba la falange hoplita, mientras las filas de atrás de la formación persa empujaban a las de delante hacia una muerte.

Mientras, los hoplitas griegos se dedicaban a mantener la formación por turnos, cerrar bien el muro de escudos y dejar que los pobres medos se ensartaran, ellos solos y sin remedio, contra las dorus. La oleada persa fue hecha pedazos sin apenas bajas por parte de los helenos.

Viendo como se desarrollaban los hechos, Jerjes cambió de táctica; quería a los griegos fuera del paso inmediatamente, así que envió a sus mejores hombres: los Inmortales.

El nombre asusta, ¿verdad? Bueno, en realidad no eran inmortales. Los llamaban así porque siempre eran el mismo número de hombres: diez mil. Eran la unidad de élite del ejército de Jerjes, la guardia real, infantería pesada de procedencia exclusivamente persa (nada de tropas reclutadas en las regiones conquistadas). “Pesada” porque llevaban una cota de metal. Al menos iban algo más protegidos que la infantería ligera, aunque sus escudos eran igualmente de mimbre.

Así que Jerjes, tras el estrepitoso fracaso de su primer ataque envió a los Inmortales. Sinceramente, les fue igual de mal que a sus compañeros. Al acabar el primer día de batalla la situación era la misma que antes de empezar… solo que con algunos cientos (seguramente incluso miles) de soldados persas menos.

El infame Efialtes

El segundo día no fue distinto del primero. Jerjes repitió su táctica, y con ella su fracaso así que, malhumorado y perplejo, detuvo el ataque y se retiró a su campamento. Necesitaba replantear el combate.

Sin embargo la suerte se puso ese día de su parte. Nos cuenta Heródoto que, ya en su campamento, recibió la visita de un griego llamado Efialtes, originario de Tesalia, que le habló de la senda Anopea, ofreciéndose a guiar a sus tropas a lo largo de esa ruta a cambio de una recompensa.

Imagina la mirada de Jerjes según escuchaba la propuesta de Efialtes. Casi puedo ver su sonrisa ensanchándose, con una gran carcajada final de villano de cine cuando el traidor le cuenta que la ruta le conducirá directamente tras las filas griegas. Ni que decir tiene que el emperador aceptó la propuesta.

Así que Jerjes envía a los Inmortales que no habían muerto el día anterior, junto con un refuerzo de tropas, a través de la senda Anopea. Veinte mil persas en total dirigiéndose a través de la montaña hacia la retaguardia griega.

Y se encontraron con los focenses que guardaban el paso.

Fue un encuentro cuanto menos curioso, ya que supuso una gran sorpresa para ambas partes. Los persas habían partido durante la noche, y al amanecer del que ya era el tercer día de batalla los focenses oyeron las pisadas a los persas avanzar (veinte mil soldados deben oírse con cierta facilidad) y se pusieron a las armas rápidamente.

Por su parte los persas tampoco esperaban encontrar mil griegos allí arriba, así que se quedaron sorprendidos… y asustados de pensar que podían ser espartanos. ¡Ya habían experimentado cómo se las gastaban!

El caso es que los focenses se dirigieron a una altura para hacerse fuertes frente a tamaño ejército, pero viendo el paso franco y sin necesidad de pararse a luchar, los persas simplemente siguieron camino.

Pobres focenses, viéndose en lo alto de un risco observando cómo los persas pasaban por el camino que debían guardar sin que pudieran hacer nada para evitarlo.

La batalla final

No está claro si Leónidas tuvo noticia del suceso por un mensajero focense o por un desertor persa, pero el caso es que lo supo. Y tenía claro lo que aquello significaba: la misión de detener a los persas en las Termópilas había fracasado.

Ya sólo quedaba una cosa por hacer: evitar la masacre del ejército griego, de modo que quizás pudieran tomar nuevas posiciones y defender otro paso más al sur. Pero no podían retirarse todas las tropas al tiempo, o la caballería persa podría atravesar el paso y dar caza en campo abierto a los soldados en retirada, lo que significaría la debacle.

Alguien debía quedarse a defender el paso de las Termópilas mientras el resto del ejército heleno se replegaba.

Así que Leónidas tomó la única decisión honorable que podía tomar: sus trescientos espartanos y él se quedarían a defender las Termópilas. El resto debía retirarse.

No todos lo hicieron, y éste es un punto que a menudo olvidan el cine y la literatura: los setecientos tespios y los cuatrocientos tebanos se quedaron junto a los guerreros de Esparta para defender el paso. Mil cuatrocientos valientes que sabían que iban a morir.

El resto es de sobra conocido. Jerjes, tras dar tiempo a que sus tropas descendieran de la montaña, envió su ataque contra los defensores griegos. Y éstos, sabiéndose ya muertos e intentando acabar con tantos persas como pudieran, salieron a luchar a la zona más ancha del paso.

Aunque no todos. Los tebanos soltaron sus armas, levantaron sus manos y se rindieron a los persas. Se libraron de la muerte pero no de la vergüenza.

Leónidas fue muerto en el ataque y los griegos formaron un círculo en torno a su cuerpo para que los persas no pudieran cobrarlo. La lucha fue feroz, sin descanso. Primero con las lanzas y, cuando éstas se rompían, con las espadas. Y, según se acercaban los Inmortales, las filas griegas intentaron hacerse fuertes en lo alto de una colina.


Monumento a Leónidas en las Termópilas. Puedes verlo a pantalla completa en una nueva pestaña.

Pragmático, Jerjes decidió no gastar más vidas en el asunto y ordenó una lluvia de flechas sobre los griegos, hasta que el último de ellos hubo caído.

Continuó entonces el ejército persa su avance por Grecia saqueando las ciudades de Platea y Tespias y dirigiéndose rumbo a Atenas. Aunque esta es ya otra historia.

Epílogo

Quizá te consuele saber que el traidor Efialtes nunca obtuvo su recompensa. Conseguida la victoria sobre los espartanos acompañó a Jerjes esperando su premio, pero tras la derrota que los persas sufrieron en Salamina (como quizá veamos otro día para continuar la serie sobre las Guerras Médicas) se retiró a su región natal, Tesalia.

Su cabeza había sido puesta a precio por los habitantes de Esparta, así que podemos suponer que no vivió en paz… el poco tiempo que llegó a vivir después de aquello. Y es que Efialtes murió apenas un año después de su traición por motivos desconocidos para nosotros, aunque aparentemente no relacionados con su acto de felonía.

Su nombre y su recuerdo quedaron malditos para siempre en Grecia.

domingo, 21 de agosto de 2016

Indepedencia: María Remedios del Valle, la Madre de la Patria

“LA MADRE DE LA PATRIA” 
Por: Federico Andahazi




Era mujer, en la época en que ser mujer era una condena. Era negra, cuando ser negra significaba ser esclava. Era pobre, cuando ser pobre era la moneda más frecuente entre los que no tenían una sola moneda ni para comer.
Fue soldado cuando ser soldado significaba dejar el cuerpo en el campo de batalla, aun cuando sobreviviera.
Fue sepultada por el olvido cuando en el panteón de los héroes no entraban las mujeres, ni los negros, ni los pobres, ni los soldados. Y ella fue todo eso junto.
Y a pesar de todo, Belgrano la declaró la madre de la Patria. Pero por la visto, esta patria todavía no puede aceptar que su madre sea negra y pobre.
Todos sabemos quién es el Padre de Patria; ni hace falta mencionarlo. ¿Pero es posible que la mayoría de este pueblo desconozca quién es la madre?
Se llamaba María Remedios del Valle y era parda. Parda, sí, aquella categoría aún vigente entre los que creen, insisto, todavía hoy, en que el color de la piel es una cuestión de casta. Algunos dicen que era afroargentina. Yo prefiero decir que era negra.
Tenía una mirada compasiva que podía volverse fiera como la de las hembras cuando ven peligrar la cría; los ojos tan negros que no se distinguía la pupila del iris, siempre estaban alerta.
Tenía la frente alta, orgullosa, rematada en un pelo mota que formaba un halo como el de las santas, pero no dorado al hoja, sino dibujado con carbonilla.
María Remedios nació en Santa María de los Buenos Aires un día incierto de 1766, ya que la historia ni siquiera tuvo el decoro de preservar la fecha exacta. Se propuso defender este suelo acaso para soñar con una patria que nunca tuvo. Combatió junto al Tercio de Andaluces, uno de los varios grupos de milicianos que expulsó a los ingleses durante las segundas invasiones.
Luego de la Revolución de Mayo, marchó al Alto Perú con el Ejército del Norte. Con su marido y sus dos hijos, uno de ellos adoptado, se incorporó al Regimiento de Artillería de la Patria. Volvió sola. En el campo de batalla quedó toda su familia. No sobrevivieron su esposo ni sus hijos. Ni siquiera los nombres para recordarlos como corresponde.
Lejos de rendirse ante el rigor de la existencia, ahora tenía tres motivos más para seguir luchando. Le suplicó a Manuel Belgrano que le permitiera participar en la batalla de Tucumán. Atado a la disciplina y a los reglamentos militares, Belgrano al principio se negó. Pero esa voz firme y esa mirada aguerrida se impuso y finalmente, desde la retaguardia, llegó al frente de batalla codo a codo con los soldados.
Fue un triunfo decisivo en la lucha por la Independencia. Belgrano pasa revista de la tropa en formación y al llegar a ella, se detiene, le tiende la mano y la nombra capitana de su ejército y Madre de la Patria.
La Negra Remedios Acompañó a Belgrano en la victoria pero, sobre todo, en la derrota.
Cuando fue derrotado en Vilcapugio, María de los Remedios del Valle combatió, recibió una bala y, herida, fue tomada prisionera. Apresada, ayudó a escapar a los jefes patriotas. No le salió gratis: durante nueve días recibió el azote público: la piel negra se tiñó con la sangre roja y le quedó ese estigma para siempre como un trofeo de guerra. Consiguió escapar y se unió a las tropas de Güemes.
Una anciana indigente, busca cobijo en la recova del Cabildo, un lugar de paseo terminada la guerra por la Independencia, ya en tiempos menos convulsionados.
La anciana extiende su palma blanca para recibir la limosna de los viandantes. Una palma blanca y vacía que contrasta con los ojos negros en los que no se distingue la pupila del iris.
Alguien se detiene y cree ver en esa vieja negra, pobre de toda pobreza a una antigua conocida. El hombre es el general Viamonte.: «¡Usted es la Capitana, la que nos acompañó al Alto Perú, es una heroína!», exclama emocionado el ahora diputado.
La negra Remedios Del Valle, que mal podía esconder las cicatrices en el brazo, le cuenta cuántas veces había llamado a la puerta de su casa para saludarlo, pero el personal doméstico la había echado como a una pordiosera.
En estos días en los que tenemos que escuchar a otra señora, una que se dice perseguida y no sabe cómo justificar sus cuentas en dólares y en pesos, sus plazos fijos y sus cajas de seguridad, quiero recordar que esta patria ya tiene una madre
Una madre que enterró a su amor y a sus hijos en el campo de batalla, una madre que no tenía nada, que era negra, que era pobre y que tenía las palmas de las manos blancas como lo son las palmas de los negros: claras… Y sobre todo, vacías.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Samurai: La tregua que salvó libros

El día que se firmó una tregua para poner a salvo... los libros

JAVIER SANZ —


A veces tendemos a idealizar todo lo que viene de Oriente. Sin ir más lejos, a ojos occidentales la figura del samurái suele estar rodeada de un halo de misticismo que poco tiene que ver con la realidad. Nos pensamos que eran guerreros honorables, espirituales y de elevados principios morales, pero a la hora de la verdad tampoco eran tan distintos de los caballeros medievales europeos. Otro mito es el pintarlos como cultos, refinados y amantes de las bellas artes. Como si todo samurái, cuando no estaba en el campo de batalla, dedicara su tiempo libre a cultivar bonsáis y componer versos. Es cierto que el nivel cultural de los japoneses de la época, sobre todo entre la nobleza, era más bien elevado. Pero de ahí a pensar que todos eran gentilhombres doctos e instruidos va un trecho bastante largo. De hecho, como suele pasar con la gente de armas en todas las culturas, en general eran tipos bastante brutos.

Pero sí que había honrosas excepciones. Samuráis que, además de guerreros, fueron auténticos humanistas. Almas sensibles y exquisitas, de gustos distinguidos, capaces de apreciar las cosas bellas y entender las verdades más elevadas de la vida. Uno de ellos fue Hosokawa Fujitaka, un verdadero hombre del Renacimiento que, además de aguerrido soldado, era maestro en ceremonia del té, experto calígrafo, historiador, poeta, pintor, filósofo, coleccionista de antigüedades y a saber cuántas cosas más. La perfecta encarnación del ideal de guerrero ilustrado que tanto se asocia con la figura del samurái.


Hosokawa Yusai, el samurái poeta

Hosokawa Fujitaka nació en 1534, en plena era de las guerras civiles, una época de caos y luchas intestinas en las que Japón entero se desangraba sin remisión en conflictos interminables. Buenos tiempos para los samuráis, cuyo oficio principal es la batalla. Pero nuestro protagonista, además de un señor de la guerra, caudillo de mesnadas y jefe de uno de los clanes más poderosos del país, era también un hombre de letras de renombre en todo el imperio. Como buen poeta, era más conocido por su nombre artístico, Yusai. Para él, la pluma era tan poderosa como la espada, y ambas las manejaba con igual soltura.

Su fama de hombre sabio, culto y árbitro del buen gusto venía de lejos. Yusai había servido en la corte de los últimos shogunes de la dinastía Ashikaga, antes de que las guerras civiles acabaran por hundir del todo al país en el caos. Cuando el shogunato cayó, los nuevos amos de Japón también quisieron contar con el talento y experiencia de Yusai. Así, el docto general pasó por la corte de Oda Nobunaga y después por la de su sucesor, Toyotomi Hideyoshi. Su reputación de erudito no hizo sino crecer en todo el imperio.

A finales del s. XVI, el bueno de Yusai se iba haciendo viejo. Decidió retirarse a sus dominios en la provincia de Tango (al norte de Kyoto) y dejar los asuntos de la familia en manos de su hijo y heredero, Tadaoki. Pero, por desgracia, no iba a poder disfrutar de la tranquilidad de sus fincas mucho tiempo. Tras un breve intervalo de paz, en 1600 Japón entero volvía a estar en pie de guerra. Hideyoshi, amo y señor del país, había muerto dejando como heredero a su hijo aún niño, y el recién unificado imperio amenazaba con hacerse pedazos de nuevo. El país se dividió en dos bandos: los partidarios del poderoso Tokugawa Ieyasu, en el Este, y los del heredero de Hideyoshi, en el Oeste. Ambas facciones acabarían chocando en la madre de todas las batallas, Sekigahara, donde se decidiría el destino de la nación. Si se nos permite el spoiler, diremos que la cosa acabó con victoria total de los Tokugawa.

Todos los grandes clanes se vieron obligados a tomar partido: Este u Oeste, Tokugawa o Toyotomi. La familia Hosokawa se declaró del lado Tokugawa. Tadaoki, el joven líder del clan, partió a la batalla con el grueso de sus legiones, y su padre Yusai quedó en Tango cuidando del feudo familiar. Pero en los prolegómenos del choque final entre ambos ejércitos, un contingente de 15.000 hombres de las fuerzas Toyotomi se adentró en Tango y puso sitio al castillo de Tanabe, donde el anciano Yusai residía. La guarnición que le quedaba era de apenas 500 hombres, mas no estaban dispuestos a rendirse. Por mucha fama de hombre de letras que tuviera, Yusai era ante todo un samurái, y como tal debía de comportarse. A sus 66 años, superado en número por prácticamente 30 hombres a 1, Hosokawa Yusai se aprestó para la batalla. El viejo poeta iba a vender cara su vida.


Castillo de Tanabe

Con una superioridad tan aplastante, el asedio debería haber sido pan comido para el ejército del Oeste. Sin embargo, las cosas no se desarrollaron a la manera habitual. El prestigio de Yusai le precedía, y el aprecio que se le tenía en todo el imperio a este sabio venerable era inmenso. El respeto que inspiraba en los propios soldados enemigos era tal, que no pusieron demasiado empeño en ganar la batalla. Muchos de aquellos samuráis habían sido pupilos de Yusai en la corte de Hideyoshi unos años antes. Llegaron a “olvidarse” convenientemente de cargar los cañones con balas a la hora de bombardear el castillo. Los disparos de los artilleros Toyotomi eran simples salvas de fogueo. No querían acabar con una gloria nacional.



Entre unos atacantes sin excesivas ganas de combatir y un defensor amante de la poesía y la porcelana fina, aquel debió de ser el asedio más pacífico de la historia de Japón. Pero tampoco era todo sake y rosas. Yusai se enfrentaba a una situación límite, y en esa batalla se arriesgaba a perder algo más que su honor y sus tierras. A lo largo de los años, el anciano esteta había ido acumulando en su castillo una exquisita colección de pinturas, manuscritos y obras de arte de valor incalculable. Piezas únicas en todo Japón. Para que no se dañaran en el asedio, quiso ponerlas a salvo, y la mejor solución era enviárselas al mismísimo emperador para dejarlas bajo su custodia. La corte de Kyoto era el único destino digno para la colección de Yusai. Sin tiempo que perder, mandó un emisario a palacio y el hijo del cielo atendió a sus ruegos. Ambos bandos acordaron un alto al fuego (aunque fuego, precisamente, no había mucho) para que se pudieran evacuar… los libros.

Preocupado por el destino del anciano Yusai, en su regio mensaje el emperador también lo conminaba a rendirse. En aquellos tiempos el emperador de Japón era una figura meramente decorativa que apenas pintaba nada en la política del país. Vivía apartado del mundo en su corte de Kyoto, por encima del bien y del mal, y cumplía un papel puramente ceremonial. Pero el respeto que inspiraba su figura era absoluto. Pocas veces abría la boca pero, cuando lo hacía, su palabra era ley. Lamentaba profundamente que la valiosa vida de un humanista de la talla de Yusai se pusiera tontamente en riesgo en aquella estúpida batalla. Con apenas 500 efectivos, no tenía ninguna oportunidad de resistir un asalto serio. Seguir luchando era a todas luces un suicidio. Pero Yusai era samurái antes que sabio, y estaba empeñado en demostrarlo. No se iba a rendir a los Toyotomi.

Por desgracia para el empecinado anciano, el emperador tampoco estaba dispuesto a dejarlo morir. Su siguiente mensaje ya no fue ningún ruego, sino una orden directa: su vida era demasiado preciosa para el imperio, y no podía tirarla a la basura alegremente. Debía claudicar y evacuar el castillo de inmediato. Ante tal ultimátum, Yusai no pudo negarse: el 19 de octubre de 1600 rindió el castillo al ejército del Oeste. Los asaltantes lo dejaron salir con sus hombres y Yusai, harto de batallas, se retiró a Kyoto para dedicarse a las artes a tiempo completo. En cualquier caso, su terca resistencia había rendido un buen servicio a la causa de su señor Tokugawa: había tenido ocupado durante casi dos meses a un contingente entero de tropas enemigas, soldados que ya no llegarían a tiempo de participar en la gran batalla decisiva.

Yusai vivió hasta la venerable edad de 76 años, esta vez sin guerras que le amargaran la existencia. Dedicado por entero a sus versos y sus cerámicas, pasó sus últimos días tal y como siempre quiso. Pero nadie dudaba de que, cuando la ocasión lo requería, aquel abuelete sibarita y refinado sabía luchar y morir como un verdadero samurái. Así era Hosokawa Yusai, el epítome del ideal caballeresco de su época. El guerrero que blandía con igual destreza la pluma que la espada.

Colaboración de R. Ibarzabal de Historias de Samuráis

Historias de la Historia

viernes, 1 de enero de 2016

Conflictos americanos: Camarón y la Legión Extranjera en México

El combate de Camarón y la Legión Extranjera. 
La invasión de Napoleón III a México. 
Por: Juan Del Campo 

El 17 de julio de 1861, el presidente mexicano Benito Juárez, líder del partido liberal, decretó una moratoria en el pago de la deuda externa de su país, suspendiéndola por un período de dos años, al cabo de los cuales se comprometió a reanudarla. Las razones de esta medida eran consecuencia de la cruenta guerra civil que había aquejado a aquel país entre 1857 y 1860 y que concluyó con la derrota de los conservadores y la elección de Juárez como presidente de la república. En octubre de ese año tres potencias europeas acreedoras, Gran Bretaña, Francia y España, se reunieron en Londres para asumir una posición conjunta con respecto a la decisión unilateral del gobierno mexicano. Estos países no aceptaron la moratoria y decidieron forzar el cumplimiento de las obligaciones financieras mexicanas. Además del pago en moneda pretendieron compensaciones en tierras y otras concesiones. De este modo conformaron una alianza y organizaron una expedición armada a ese país. 

Hacia fines de diciembre de 1861 las primeras fuerzas europeas llegaron a Veracruz. Se trataba de un fuerte contingente español al mando del general Juan Prim. Posteriormente, en enero, arribaron los contingentes franceses y británicos al mando de Dubois de Saligny por parte de los primeros y de Sir Charles Wike por los segundos. El presidente Juárez ordenó no oponer resistencia para evitar que estallara una guerra y propuso negociaciones para buscar una salida a tan compleja situación, lo que fue aceptado por las naciones de la triple alianza. Las conversaciones se llevaron a cabo en el poblado de la Soledad cerca de Veracruz, dirigidas por el ministro Manuel Doblado en representación del gobierno mexicano y el general Juan Prim, como representante de la triple alianza. El 19 de febrero de 1862 se firmaron los tratados preliminares de La Soledad. Sus principales puntos establecían que las potencias aliadas no atentarían contra la independencia, la soberanía o la integridad del territorio mexicano, que las futuras negociaciones continuarían en Orizaba y que hasta entonces las fuerzas extranjeras ocuparían Córdoba, Orizaba y Tehuacán. En caso de la suspensión o rompimiento de las negociaciones las potencias aliadas dejarían las poblaciones ocupadas y se fortificarían cerca del puerto de Veracruz. Al ser ratificados por el presidente Juárez y por los comisionados de Inglaterra y España, los tratados de la Soledad adquirieron carácter oficial. Posteriormente México se comprometió a cancelar sus deudas mediante bonos de garantía, que fueron aceptados por los gobiernos de Londres y Madrid, más no así por el de París. Como consecuencia, los ejércitos español y británico se retiraron de México en abril de ese año, mientras que el destacamento francés permaneció en el país. Las señales eran claras. El emperador Napoleón III, quien gobernaba Francia desde 1848, había utilizado aquel problema de acreencias externas como el pretexto para expandir el área de influencia francesa en América del Norte. En otras palabras, el emperador francés pretendía crear en México un imperio que serviría de muralla contra el expansionismo estadounidense, en el entendido que sería una tarea fácil gracias a la guerra de secesión que se desarrollaba en Estados Unidos y que distraía su atención de acciones en el frente externo, tales como poder hacer valer la Doctrina Monroe. 

A inicios de abril, el nuevo ministro peruano en Washington, Federico Barreda, propuso al Secretario de Estado norteamericano William H. Seward que Estados Unidos y todos los países de América Central y del Sur emitiesen una declaración en la cual afirmarían que jamás tolerarían el reconocimiento de una fuerza extranjera en el continente americano, en clara alusión a las pretensiones de Napoleón III. Sin embargo Seward se negó a aceptar la propuesta manifestando que tal declaración podría amenazar las relaciones de los Estados Unidos con las potencias europeas, lo que no convenía mientras estuviesen luchando contra la Confederación. El Perú propuso entonces convocar un Congreso panamericano, lo que tampoco fue aceptado por Washington. 



El 25 de abril el general conde Charles Ferdinand de Lorencez, recientemente nombrado por Napoleón como comandante en jefe de las fuerzas francesas en México, escribió al mariscal Randon, ministro de guerra en París, una deplorable carta que no hacia más que reflejar el real propósito de la presencia militar francesa así como una actitud adversa hacia la nación mexicana: 

“Somos tan superiores a los mexicanos por la raza, la organización, la disciplina, la moral y la elevación de los sentimientos, que ruego a su excelencia tenga la bondad de informar al emperador de que, a la cabeza de 6,000 soldados, ya soy el amo de México”. 

Como tantos otros oficiales europeos de su época, el general galo había cometido un error de apreciación basado en presunciones destempladas. Unos días después de esa comunicación, en la mañana del cinco de mayo de 1862, la fuerza de Lorencez atacó la ciudad de Puebla como primer paso para tomar la capital mexicana. El presidente Juárez había actuado con prontitud para repeler a los invasores, nombrando al joven general Ignacio Zaragoza para defender la ciudad. Los franceses ejecutaron un ataque de artillería desde diferentes posiciones que no surtieron ningún efecto. Después de una hora y media habían gastado más de la mitad de sus municiones y Lorencez envió a su infantería con la orden de capturar el fuerte Guadalupe. Las gallardas tropas de Napoleón III fueron recibidas con un intenso fuego. Dos coroneles franceses fueron muertos cuando encabezaban el ataque de sus regimientos y pronto Lorencez observó horrorizado como los cadáveres de sus tropas iban apilándose frente a los muros del fuerte Guadalupe. Zaragoza ordenó entonces a su caballería que atacase a la infantería francesa desplegada frente al fuerte. Fue suficiente. A las 17:00 horas se escuchó el clarín de retirada del considerado mejor ejército del mundo, que sufrió casi 500 bajas. La supuesta superioridad que Lorencez atribuía a sus hombres había probado ser lo que realmente era, es decir, una falacia. Este triunfo sin embargo no marcaría el final de la aventura francesa. Por el contrario, el humillado general Lorencez solicitó a París refuerzos de 15 mil a 20 mil hombres y más armamento, explicando que sólo así lograría con buen éxito la campaña. Evidentemente que 6 mil soldados no eran suficientes para conquistar México. 

En 1863, con la llegada de numerosos refuerzos y otro general, Elie Frederick Forey, se decidió atacar nuevamente Puebla. Para ello ahora los franceses contaban con 18,000 hombres de infantería, 1,400 de caballería, 2,150 artilleros, 450 zapadores y un cuerpo auxiliar de 2,300 individuos, además de 2,000 soldados mexicanos proporcionados por el general conservador Márquez. También disponían de 56 cañones y 2.4 millones de proyectiles. 

Entre las nuevas tropas recibidas de Francia se encontraban tres batallones de la Legión Extranjera al mando del coronel Jeanningros, un eficiente veterano con más de 30 años de servicio, quien había participado en la batalla de Moulay-Ishmael en Argelia. Dos de sus batallones desembarcaron en Veracruz el 31 de marzo de 1863 y el tercero lo haría en los próximos días. Los mexicanos disponían de un ejército de 20 mil hombres en el norte al mando del propio presidente Juárez y otros 20 mil efectivos en el sur comandados por el general Porfirio Díaz. Estas tropas, apoyadas por guerrillas, ejecutaban constantes ataques a la línea de comunicaciones francesa entre Veracruz y las afueras de Puebla, en una extensión de mas de 240 kilómetros de longitud, por lo cual se requería un elevado numero de efectivos para proteger el envío de provisiones y comunicaciones. 

En marzo de ese año, los soldados franceses y trece mil auxiliares mexicanos marcharon contra la heroica ciudad que separaba a Veracruz de la capital. Los legionarios franceses, para su decepción, recibieron tareas menores, como resguardar los convoyes en la sección oriental, donde abundaban enfermedades como la fiebre amarilla y el tifus. A este respecto, el comandante en jefe del ejercito francés, general Elie Frederic Forey había señalado que prefería que fuesen extranjeros y no franceses quienes tuvieran la responsabilidad de resguardar el área más insalubre, es decir la zona tropical entre Veracruz y Córdoba, donde reinaba la malaria. 

Para los legionarios este desdén no era cosa nueva y lo asumieron con estoicismo y sin resentimiento. Desde que fue creada en 1831 por el rey Luis Felipe, buena parte de la opinión publica francesa consideraba a la Legión como una desgracia y se mostraba profundamente ofendida por el hecho que mercenarios foráneos fuesen empleados para pelear las batallas de Francia, pues todos sus cuadros, con excepción de los oficiales, no eran franceses sino ciudadanos de otros países enlistados bajo condiciones muy difíciles. Por esta misma razón el ejército regular francés tomó distancias de la Legión, no sin antes asegurarse que si había algún trabajo sucio que realizar, seria la Legión quien lo ejecutaría. Así, aislados de su familia, de sus hogares, de sus países y de la propia Europa, los legionarios pronto comprendieron que eran rechazados por la propia gente por la que luchaban. Como lógica reacción, hubo una retrospección interna y pronto se desarrolló un fiero esprit de corps, que mejor se reflejaba en la frase “Legio Patria Nostra” -La Legión es nuestra patria-. Así, era a la Legión a la que el soldado debía lealtad. No a Francia. Los hombres se enrolaban por una variedad de razones. Algunos eran simples mercenarios en busca de empleo; otros eran refugiados políticos; algunos buscaban escapar de sus esposas o sus deudas; otros, sin suerte en la vida, buscaban empezar de nuevo; el resto eran simples aventureros atraídos por la posibilidad de servir en tierras exóticas. Pero contrario a la creencia popular, la Legión no era un refugio para criminales ni se permitía a aquellos convictos por crímenes enlistarse en sus filas como una alternativa para cumplir con sus condenas. La Legión sirvió sus primeros años en Argelia y en 1835 se le destaco al servicio del gobierno de España durante las guerras carlistas. Pocos sobrevivieron a tan cruento conflicto, pero el concepto sobre la valía de este cuerpo quedó asentado. Durante la Guerra de Crimea regimientos de la Legión tomaron parte en las batallas de Alma y de Inkerman así como en el sitio de Sebastopol. En 1859, durante la guerra entre Francia y el imperio Austro-Húngaro, los legionarios combatieron en las batallas de Magenta y Solferino y esta ultima resulto tan sangrienta que una de sus consecuencias fue la creación de la Cruz Roja. Así, hasta entonces, la Legión había probado ser igual a cualquier cuerpo de infantería en el mundo, pero aun debía probar que era el mejor de todos. La oportunidad pronto se presentaría en México. 

El 15 de abril un convoy compuesto por 64 carretas que llevaban varios cañones destinados a demoler las defensas de Puebla, municiones, provisiones y cofres de oro para pagar a las tropas, partió desde Veracruz. La inteligencia mexicana era buena y gracias a ella pronto tomaron conocimiento sobre la existencia de este convoy. El gobernador civil y militar del Estado de Veracruz, coronel Francisco de Paula Milán, ensambló una fuerza integrada por tres batallones de infantería de 400 hombres cada uno: El Veracruz, el Córdoba y el Jalapa, más 800 hombres de caballería -500 lanceros y 300 irregulares- para interceptar y capturar el valioso cargamento enemigo. A primera impresión parecía ser una tarea fácil, particularmente porque la caballería mexicana era eficiente y estaba armada con rifles de repetición Rémington y Winchester y modernos revólveres Colt, Paterson y Starr. Por su parte, mantener la seguridad de este convoy era de particular preocupación para los franceses, razón por la cual el 27 de abril el comandante en jefe de los legionarios, el coronel René Jeanningros, quien había establecido su cuartel general en Chiquihuite, decidió que la tercera compañía del primer regimiento de la Legión debía llevar a cabo la tarea de escoltarlo mientras recorriera el área bajo su responsabilidad. La mayoría de oficiales de dicha compañía se encontraban enfermos. Tres oficiales se ofrecieron como voluntarios, el capitán Jean Danjou, ayudante del Estado Mayor de la compañía, el teniente Napoleón Villain y el teniente segundo Maudet. Estos hombres conformaban un trío formidable. El capitán Danjou era un legionario con varios años de antigüedad que sirvió con distinción el Argelia, Crimea e Italia. En Crimea perdió una mano, que había reemplazado con una prótesis de madera. Villain y Maudet aparentemente eran de nacionalidad francesa, pero se enlistaron como belgas ya que, como se indicó, la legión prohibía que ciudadanos franceses se enrolaran como soldados. Estos hombres comenzaron como rasos, lucharon con eficacia y fueron promovidos al rango de oficiales en mérito a la conducta demostrada en la batalla de Magenta. La compañía a la que pertenecían estos oficiales estaba compuesta por un total de 120 soldados, pero en aquel momento sólo 62 hombres de nacionalidad polaca, italiana, alemana y española, estaban aptos para realizar la tarea. 

El 29 de abril, cuatro semanas después de su llegada a México, las tropas bajo Danjou se prepararon para ejecutar esta acción de rutina y se integraron al convoy para proteger la siguiente fase de su recorrido. A medianoche la tercera compañía, provista de 60 cartuchos por hombre, partió de Chiquihuite en misión de avanzada, adelantándose al recorrido del convoy para comprobar que la ruta se encontraba despejada. A las 02:30 horas del día 30, alcanzaron una posta defensiva preparada por la Legión en el Paso del Macho y el comandante de la misma, el capitán Saussier, impresionado por el reducido número de la escolta, ofreció a Danjou un pelotón de refuerzo, lo que este rechazó, continuando la marcha, para lo cual dividió a su fuerza en dos secciones separadas por 200 metros de distancia, mientras que él, al centro, marcharía con las provisiones. Atrás venía un pequeño destacamento de retaguardia. Sin embargo Danjou carecía de avanzadas, pues la Legión no disponía de caballería. 

 

Poco antes de las 06:00 horas, la tercera compañía cruzó por la aldea del Camarón, o Camerone, como la bautizaron los franceses, la misma que como todas las rancherías de la región, se encontraba media destruida por la guerra. La construcción principal, conocida como la Hacienda de la Trinidad, consistía de una pequeña vivienda con modestas edificaciones de adobe alrededor. A un kilómetro y medio del Camarón Danjou ordenó a sus tropas detenerse para tomar la ración de desayuno y como medida preventiva ordenó desplegar algunos centinelas. Unos minutos después vino la alarma. Los legionarios observaron que un fuerte contingente de caballería mexicana se acercaba hacia el lugar. De inmediato Danjou ordenó a sus hombres preparar sus rifles y conformar un rectángulo defensivo. Los legionarios sólo contaban con una ventaja natural en aquel campo abierto, cual era la profusa vegetación existente, que se convertía en una barrera natural contra la caballería adversaria. Cuando los mexicanos estuvieron a una corta distancia, los legionarios, al grito de ¡viva el emperador! abrieron fuego impidiendo su avance. Los mexicanos prefirieron no arriesgar una carga y ejecutarron una maniobra dirigida a rodearlos. Danjou entonces ordenó una retirada hacia el único lugar donde podrían organizar y mantener una defensa sostenida, no el Paso del Macho como algunos pretendían, sino a la hacienda del Camarón. En pequeños grupos, la caballería mexicana hostilizaba a la compañía de la Legión mientras esta se dirigía hacia su objetivo, haciendo de su repliegue un infierno. En dos ocasiones los legionarios se detuvieron y los hicieron retroceder con descargas. Finalmente Danjou y la mayoría de sus hombres lograron su cometido pero a costa de perder las raciones y las mulas con las municiones. Cuarenta y seis de ellos alcanzaron la casa hacienda, algunos heridos, pero otros dieciséis fueron interceptados y capturados por las fuerzas de Milán. Lo peor de todo es que los mexicanos lograron llegar al Camarón casi simultáneamente, con lo cual se establecieron en las partes altas y en uno de los establos ubicado en las esquinas. 

Fin de la Primera Parte