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jueves, 16 de febrero de 2017

SGM: Los alemanes sabían del Holocausto

Los alemanes conocían el Holocausto
Hijo de un judío emigrado a Australia, Nicholas Stargardt recrea la vida de la población germana durante la guerra en un libro muy necesario en la era de la posverdad

JESÚS CEBERIO - El País


Ciudadanos alemanes ante víctimas del Holocausto del campo de concentración de Landsberg (Alemania), en 1945. AP

¿Por qué lucharon los alemanes con tanta tenacidad durante los cinco años largos de la Segunda Guerra Mundial? ¿Cuándo supieron que participaban en una guerra genocida? ¿Cómo vivió la población civil los avatares de un conflicto que en sus tres primeros años hizo de Hitler el amo de Europa, desde el Cáucaso a los Pirineos, y que en su tramo final se convirtió en un infierno de bombardeos aéreos sobre las ciudades y millones de soldados muertos en los frentes de batalla? Nicholas Stargardt, hijo de un judío alemán emigrado a Australia, formado en la mejor tradición historiográfica de Oxbridge, ha dedicado 20 años de su vida académica a cribar archivos públicos y privados para tratar de responder a estas cuestiones.

No es una historia de hazañas o derrotas bélicas, ni de honores o estrategias militares, es un relato de cómo vivieron la guerra los alemanes
La guerra alemana expone al menos dos conclusiones: es falso que la mayoría de la población civil ignorase el exterminio sistemático de los judíos, dentro del Reich y en los territorios conquistados, desde Polonia y el Báltico hasta Ucrania y Rusia; tampoco se puede sostener que el patriotismo bélico fuera solo un subproducto del terror creado por la dictadura nazi. Stargardt registra que dos tercios de los alemanes estaban encuadrados en organizaciones nazis en vísperas de la guerra. Solo las iglesias contaban con una afiliación superior (94%), pero la doble militancia de la mayoría hizo que jerarcas protestantes y católicos contribuyeran al esfuerzo bélico con su clamoroso silencio ante el genocidio y sus encendidas arengas sobre el deber de defender a la patria frente al judeobolchevismo.

Esta no es una historia de hazañas o derrotas bélicas, ni de honores o estrategias militares, es un relato de cómo vivieron la guerra los alemanes, escrito a partir del intenso diálogo epistolar entre los soldados alemanes y sus familias, que no cesa ni en las peores condiciones de combate. El servicio aéreo postal entraba en la Bolsa de Stalingrado hasta días antes de la rendición del general Paulus. Goebbels concedía un gran valor a la correspondencia familiar para mantener alta la moral de combate mientras la Blitzkrieg condujo a la Wehrmacht a las puertas de Moscú, pero el impacto de las cartas del frente pasó a ser dañino en cuanto empezó la retirada del Este en condiciones tan terribles como las de la Grande Armée de Napoleón en 1812.



Estas cartas rebosan emociones — patriotismo, miedo, nostalgia del hogar lejano, espíritu de combate—, pero transmiten también abundante información sobre el rastro de sangre que los Ejércitos alemanes dejan en su avance por la estepa rusa y ucraniana. Además de narrar hechos aterradores, muchos soldados toman fotografías de ejecuciones masivas, como la del barranco de Babi Yar, cerca de Kiev (33.771 judíos asesinados en dos días), que envían a sus casas a revelar no en clave de denuncia, sino para subrayar el cumplimiento del deber patriótico de combatir a los judeobolcheviques. El Ejército Rojo encontró miles de fotografías de ejecuciones en los bolsillos de los soldados alemanes junto a las de sus novias y familiares.

Una de las fuentes más ricas de Stargardt es el archivo de la SD, el servicio de inteligencia de las SS, que durante toda la guerra elaboró informes semanales sobre cómo evolucionaba el ánimo colectivo, todo un estudio de opinión pública basado no en encuestas sino en el espionaje. Ya en el otoño de 1941 el exterminio de los judíos comenzaba a conocerse ampliamente. El 16 de noviembre Goebbels publicaba un artículo en Das Reich titulado ‘Los judíos son culpables’, en el que afirmaba que debía cumplirse la profecía de Hitler sobre su exterminio. Desde el 1 de septiembre los judíos estaban obligados a identificarse en público mediante una estrella amarilla. Un año después ese distintivo había desaparecido prácticamente de las calles alemanas. En el verano de 1943 la SD se hacía eco de la extendida convicción popular de que los bombardeos aéreos masivos, especialmente los de Hamburgo, eran una venganza por “lo que hicimos a los judíos”.

Stargardt establece que “a comienzos de 1942 la mayor parte de los judíos de Europa todavía estaban vivos; al final de la guerra la mayoría había muerto”. Goebbels protegió con una espiral de silencio los detalles de este exterminio masivo mientras abundaba sobre la culpabilidad de los judíos en el estallido de la guerra. A esta perversión del lenguaje dedicó gran parte de sus Diarios Victor Klemperer, cuya imagen cuasi fantasmal emerge en estas páginas huyendo a pie tras el bombardeo de Dresde. Contra toda lógica, una parte sustancial del pueblo alemán hizo suya la inculpación de los judíos hasta la capitulación, momento en que el Holocausto entró en el limbo de la amnesia colectiva. Nadie había visto nada, nadie sabía nada acerca de aquel secreto de familia que casi todos habían compartido. En la era de la posverdad, La guerra alemana es un libro más necesario que nunca.

La guerra alemana. Nicholas Stargardt. Traducción de Ángeles Caso Machicado Galaxia Gutenberg, 2016. 800 páginas. 29,50 euros

martes, 14 de febrero de 2017

Nazismo: El broker británico que salvó 669 niños del Holocausto



El hombre que salvó a 669 niños durante el Holocausto no tiene idea de que están alrededor de él, observe su reacción
James Gould-Bourn - Bored Panda


En 1939, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, un joven corredor de bolsa británico llamado Nicholas Winton hizo algo realmente increíble. Arriesgó su vida para salvar con éxito a 669 niños mayoritariamente judíos de Checoslovaquia durante el Holocausto asegurando su paso seguro a Gran Bretaña. Y entonces, como un verdadero héroe, nunca volvió a hablar de ello hasta cincuenta años más tarde, cuando su esposa encontró un libro de recuerdos en el ático de su casa que contenía los nombres, imágenes y documentos de los niños que él salvó.
Sir Nicholas, que fue nombrado caballero por la Reina Isabel II en 2003 y que recibió la Orden Checa del León Blanco en 2014, murió el 1 de julio de 2015, a los 106 años. Bautizado el "Schindler británico" por la prensa británica, apareció en un Reino Unido programa de televisión llamado That's Life! En 1988. Fue invitado como un miembro de la audiencia, totalmente inconsciente de que la gente sentada a su alrededor sólo estaban vivos debido a su valentía y altruismo. Mira el video de abajo para ver el momento en que finalmente se dio cuenta. Consigue tu pañuelo listo ...

 

lunes, 9 de enero de 2017

Hereros y Namas demandan a Alemania por genocidio colonial

Alemania está siendo demandada por su genocidio olvidado
Quartz



Consecuencias históricas. (Foto AP / Markus Schreiber)

Los descendientes de las personas masacradas en el olvidado genocidio de Alemania hace 110 años están demandando al actual gobierno de Berlín. Las personas de Herero y Nama de Namibia presentaron una demanda colectiva en una corte de Nueva York el 5 de enero, exigiendo daños y perjuicios por el primer genocidio del siglo XX.
Después de más de un siglo, Alemania finalmente se disculpó por el genocidio de 1904-1907 el año pasado y entabló conversaciones con el gobierno de Namibia sobre un entendimiento y una política comunes para abordar el asesinato en masa a menudo ignorado. Los jefes de los dos grupos dicen que han sido excluidos de las negociaciones.
"Ellos han decidido poner sus cabezas en la arena la manera del avestruz, la falta de respeto a nuestra gente y nuestro gobierno. Tenemos fe en que prevalecerá la justicia restaurativa ", declaró Vekuii Rukoro, jefe supremo de ovaHerero, al periódico namibiano.
El jefe, que también es un defensor legal, dijo que había intentado la ruta diplomática y no tenía resultados, diciendo que él creía que el derecho internacional y de derechos humanos estaba de su parte.
Hace un siglo, las tropas coloniales alemanas cometieron lo que los historiadores creen que fue un precursor del Holocausto. En tres años, las tropas alemanas supervisaron el exterminio del 85% de la población de Herero y miles de Nama, expropiaron sus tierras y se apoderaron de su ganado, su principal fuente de riqueza. Muchas mujeres y niñas indígenas también fueron violadas por colonos y utilizadas como trabajo forzoso.
Hoy en día, los Herero, una vez poderosos, representan alrededor del 10% de la población de Namibia y viven en algunas de las regiones más subdesarrolladas del país, luchando con el alto desempleo juvenil. Los demandantes también están pidiendo reparaciones por los miles de kilómetros cuadrados de tierra que fueron incautados por las autoridades coloniales alemanas, de acuerdo con la demanda.
Berlín se ha negado a pagar reparaciones, diciendo que en su lugar financiaría proyectos de desarrollo específicos. La demanda no afectará las negociaciones en curso, dijo Ruprecht Polenz, enviado especial de Alemania para el diálogo con Namibia. Para Alemania, tratar el genocidio no es una cuestión legal, sino una cuestión política y moral, dijo.
"Estamos negociando con el gobierno de Namibia las consecuencias políticas y morales", dijo a la cadena alemana Deutsche Welle.
"No hay garantía de que ninguna de las propuestas de ayuda externa de Alemania llegue o ayude a las comunidades indígenas de minorías que fueron directamente perjudicadas", dijo el abogado de los demandantes, Ken McCallion, a Reuters. "No puede haber negociaciones o acuerdos sobre ellos que se haga sin ellos".

viernes, 4 de marzo de 2016

SGM: Cómo surgieron los campos de concentración

Los orígenes de los campos de concentración nazis
En su nuevo libro, el prestigioso historiador Nikolaus Wachsmann realiza un exhaustivo análisis de los infernales centros de exterminio de judíos e investiga sus antecedentes en guerras coloniales y regimenes autoritarios. Infobae publica un adelanto



Infobae

Se calcula que casi 2 millones de personas fueron asesinados en los campos de concentración nazisSe calcula que casi 2 millones de personas fueron asesinados en los campos de concentración nazis En abril de 1941, el público alemán acudía en tropel a los cines para ver una película protagonizada por grandes estrellas, supuestamente basada en una historia real y publicitada por las autoridades nazis a bombo y platillo. El clímax de la película se desarrollaba en un desacostumbrado escenario: un campo de concentración. No habría final feliz para los internos, famélicos y aquejados de enfermedades, todos víctimas inocentes de un régimen letal: un valeroso prisionero es ahorcado, su esposa muere fusilada y otros internos son masacrados por sus sanguinarios captores, que no dejan más que tumbas a su paso. Estas espeluznantes escenas guardaban un asombroso parecido con la vida en los campos de concentración contemporáneos (se llegó a preparar un pase especial para los guardias de Auschwitz). Pero esta no era una tragedia sobre los campos de la SS. La película se había contextualizado décadas antes, durante la guerra de los Bóer, y los malos eran los imperialistas británicos. Ohm Krüger, así se titulaba la película, fue una poderosa herramienta de la propaganda nazi en la guerra contra Gran Bretaña y se hacía eco del discurso que Adolf Hitler pronunció ante el gran público unos meses antes: "Alemania no había inventado los campos de concentración —había declarado—. Fueron los ingleses quienes aprovecharon esta institución para ir hundiendo a otras naciones".

La cantinela era bien conocida. El propio Hitler había dicho lo mismo antes, cuando anunció al pueblo alemán que su régimen no había hecho sino copiar los campos de concentración de los ingleses (aunque no los maltratos). La propaganda nazi jamás se cansó de hablar de los campos extranjeros. Durante los primeros años del régimen, los discursos y los artículos evocaban rutinariamente los campos británicos de la guerra de los Bóer, que tanta indignación había despertado en toda Europa, y señalaban también los campos en activo de países como Austria, de donde se decía que los activistas nacionales del nazismo vivían escenas de gran sufrimiento. El verdadero mensaje de esta propaganda —que los campos de la SS no constituían una excepción— difícilmente podía pasar desapercibido, pero para asegurarse de que todo el mundo lo recibía, el dirigente de la SS, Heinrich Himmler, quiso explicarlo con todo detalle en un discurso emitido por la radio alemana en 1939. Los campos de concentración eran una "institución consagrada" en el extranjero, anunció, y añadió que la versión alemana era considerablemente más moderada que las extranjeras.

Aquellos intentos de relativizar los campos de la SS tuvieron poco éxito, al menos fuera de Alemania. Pese a todo, existía un ápice de verdad en la cruda propaganda nazi. "El campo", en tanto que centro de detención, era realmente un fenómeno muy extendido en los escenarios internacionales. En las décadas previas a la toma del poder por parte de los nazis, los campos para el confinamiento masivo de sospechosos políticos y de otra índole —fuera del alcance de las cárceles o el código penal— habían proliferado en Europa y otros territorios, generalmente en épocas de guerra o agitación política, y aquellos centros continuaron floreciendo tras la desaparición del Tercer Reich, lo que llevó a unos cuantos observadores a describir toda la época como una "Edad de los Campos".

Los primeros recintos de estas características aparecieron en tiempos de las guerras coloniales de finales del siglo xix y principios del xx, como una brutal respuesta militar a las guerrillas. Las potencias coloniales pretendían derrotar a los insurgentes locales internando a masas de civiles no combatientes en pueblos, ciudades o campos, una táctica adoptada por España en Cuba, por Estados Unidos en las Filipinas y por los británicos en Suráfrica (allí empezó a usarse el nombre de "campo de concentración"). La indiferencia y la ineptitud de las autoridades en las colonias provocaron hambrunas generalizadas, enfermedades y muerte entre los internos de aquellos centros. Pese a ello, estos no fueron el prototipo de los posteriores campos de la SS y existían grandes diferencias entre ellos en cuanto a su función, diseño y funcionamiento.15 Lo mismo sucedió con los campos alemanes en el África occidental (en lo que hoy es Namibia), dirigidos por autoridades coloniales entre 1904 y 1908 durante una feroz contienda contra la población indígena. Varios millares de hereros y namas fueron encarcelados en lo que a veces han dado en llamarse campos de concentración, y se dice que casi la mitad murió por el desprecio y la negligencia de sus captores alemanes. Estos campos eran distintos a otros centros de internamiento coloniales, en tanto que estaban movidos menos por la estrategia militar que por el deseo de castigar y de forzar al trabajo. Pero tampoco fueron el "tosco modelo" de los campos de la SS, tal como se ha afirmado, y cualquier intento de vincularlos directamente con Dachau o Auschwitz resulta poco convincente.

La era de los campos comenzó realmente con la primera guerra mundial, cuando fueron importados de las lejanas colonias a la Europa central. Además de los campos de prisioneros de guerra, que albergaban a millones de soldados, buena parte de las naciones beligerantes fundó campos de trabajos forzosos, de refugiados y campos de internamiento para civiles, movidos por las doctrinas de la movilización global, del nacionalismo radical y de la higiene social. Aquellos recintos eran fáciles de construir y de custodiar, gracias a las innovaciones recientes como las ametralladoras, las baratas alambradas de espino y los barracones móviles fabricados a gran escala. Las condiciones eran peores en la Europa central y del Este, donde los presos solían tener que soportar trabajos forzosos sistemáticos, manifestaciones de desprecio y actos violentos; varios centenares de miles murieron allí. A finales de la primera guerra mundial, Europa estaba plagada de campos y su recuerdo perduró hasta mucho tiempo después de su clausura. En 1927, por ejemplo, una comisión parlamentaria alemana denunció aún con ira los abusos durante la época de guerra a presos alemanes en los "campos de concentración" británicos y franceses.


Portada de "KL. Una historia de los campos de concentración", de Nikolas Wachsmann (Crítica).

En las décadas de 1920 y 1930 aparecieron muchos otros campos, al tiempo que buena parte de Europa se iba apartando de la democracia. Los regímenes totalitarios, con su maniquea división del mundo entre amigos y enemigos, se convirtieron en aguerridos paladines de los campos en tanto que armas para aterrorizar a los presuntos enemigos y aislarlos de forma permanente. Por sus orígenes, el KL pertenecía a esta variedad de campos y compartía con ella ciertos elementos básicos. Existían incluso algunos lazos directos. El sistema de campos en la España de Franco, por ejemplo, que retuvo a centenares de miles de presos durante la guerra civil y después de ella, parece haberse inspirado en cierta medida en sus antecesores nazis.

Probablemente, el pariente extranjero más cercano a los campos de concentración de la SS se hallase en la Unión Soviética de Stalin. Aprovechando la experiencia de las detenciones en masa durante la primera guerra mundial, los bolcheviques usaron los campos (a veces denominados campos de concentración) ya en tiempos de la revolución. En los años treinta, controlaban un extenso sistema de detención —conocido como el Gulag— en el que se integraban los campos de trabajo, las colonias, las prisiones y otros más. Solo los campos de trabajo disciplinarios del Comisariado del Pueblo para los Asuntos Internos (NKVD) albergaban a un millón y medio de reclusos a principios de enero de 1941, muchísimos más que el sistema de campos de la SS. Como el complejo del KL, el soviético estaba movido por una utopía destructiva, que pretendía crear una sociedad perfecta eliminando a todos los enemigos, y sus campos siguieron una trayectoria en cierta medida similar: pasaron de ser caó- ticos centros de terror para convertirse en una inmensa red de campos dirigidos desde una central; pasaron de la detención de los sospechosos políticos al encarcelamiento de otros marginados sociales y étnicos; pasaron del énfasis inicial en la rehabilitación a unos trabajos forzosos a menudo letales.

A la vista de estos paralelos, y del surgimiento previo del sistema soviético, algunos estudiosos han apuntado la posibilidad de que los nazis simplemente se hubieran adueñado del concepto de campo de concentración estalinista; una afirmación, sin embargo, que puede inducir a error aunque sea casi tan antigua como los propios campos de la SS. Existen dos problemas concretos. En primer lugar, hubo profundas diferencias entre ambos sistemas de campos. Aunque los soviéticos tuvieron una época inicial más mortífera, por ejemplo, el KL posterior experimentó un vuelco hacia el radicalismo y desarrolló bastantes más líneas letales, que culminaron en el complejo de exterminio de Auschwitz, sin parangón en la URSS ni en ninguna otra parte. Los presos del NKVD tenían más probabilidades de recuperar la libertad que de morir, mientras que los reclusos en tiempo de guerra de un campo de concentración de la SS solo podían esperar lo contrario. En conjunto, el 90% de los internos del Gulag logró sobrevivir; en el KL, la cifra de presos registrados que lograron sobrevivir probablemente era inferior a la mitad. Tal como señaló la filósofa Hannah Arendt en su pionero estudio del totalitarismo, los campos soviéticos eran el purgatorio, pero los nazis eran el infierno.

En segundo lugar, disponemos de pocas pruebas para demostrar que los nazis copiasen a los soviéticos. A decir verdad, la SS observó de cerca la represión estalinista en el Gulag, sobre todo tras la invasión alemana del verano de 1941: los jefes nazis consideraron la posibilidad de hacerse con los "campos de concentración de los rusos", tal como decían ellos, y enviar un resumen de las condiciones y la organización en aquellos «campos de concentración» a las comandancias de sus KL. En un plano más general, la violencia bolchevique en la Unión Soviética, tanto la real como la imaginada, fue un punto de referencia constante en el Tercer Reich. En Dachau, los oficiales de la SS indicaron a los guardias en 1933 que actuasen con la misma brutalidad que la Checa (el cuerpo de seguridad) practicaba en la URSS. Años más tarde, en Auschwitz, los de la SS se referían a uno de sus instrumentos de tortura más crueles como el "golpe de Stalin".

Pero no debemos confundir el interés general hacia el terror soviético con su influencia. El régimen nazi no obtuvo del Gulag una inspiración relevante y cuesta pensar que la historia de los campos de concentración de la SS hubiera sido muy distinta de no haber existido el Gulag. Los KL se construyeron sobre todo en Alemania, del mismo modo que el Gulag era fundamentalmente el producto del mandato soviético. Existen similitudes entre ellos, por supuesto, pero estas quedan muy superadas por las diferencias; cada sistema de campos tenía una forma y una función propias, modeladas por unas prácticas, unos objetivos y unos antecedentes nacionales específicos.

jueves, 25 de febrero de 2016

SGM: Polonia y su colaboración en el Holocausto

Polonia y las sombras del Holocausto

El Gobierno de Varsovia inicia una cruzada contra el historiador Jan T. Gross, que desveló la matanza de judíos en Jedwabne, perpetrada por polacos

Guillermo Altares
Fuente: El País

Judíos de Jedwabne asesinados durante el pogromo de 1941. Getty Images


Jan T. Gross, profesor de la universidad estadounidense de Princeton de origen polaco, desveló en 2001 uno de los últimos secretos de la II Guerra Mundial, y uno de los más oscuros: la matanza el 10 de julio de 1941 de los judíos del pueblo de Jedwabne, en Polonia. Los autores no fueron los nazis, sino sus propios vecinos polacos, que tras someterlos a todo tipo de torturas y vejaciones públicas quemaron vivos a los supervivientes en un pajar.

Aunque 21 perpetradores habían sido juzgados y 11 condenados por un tribunal polaco al final del conflicto, la atrocidad acabó por ser atribuida a las SS y así quedó en la memoria colectiva. El libro de Gross, Vecinos, causó hace 15 años un impacto tremendo en Polonia, un país que este historiador y sociólogo abandonó en 1968. Ahora, el Gobierno polaco, cuyas medidas autoritarias están causando una honda preocupación en la UE, ha lanzado una cruzada contra este investigador.

La Fiscalía polaca está estudiando presentar una demanda contra Gross por un texto publicado en septiembre en el diario alemán Die Welt, titulado "La vergüenza de Europa del Este", en el que reprochaba a los Gobiernos de Polonia, Hungría y Eslovaquia su insolidaridad con los refugiados. La frase por la que el fiscal estudia procesarlo por el delito de "insulto público a la nación" es: "Aunque los polacos están orgullosos con razón de su resistencia ante los nazis, mataron más judíos que los alemanes durante la guerra". El Gobierno califica esta frase de "calumnia y un bofetón a los millones de polacos que perdieron la vida en aquella época".

En el texto, Gross reprocha el profundo antisemitismo de la sociedad polaca, antes, durante y después de la guerra. La oficina del presidente Andrzej Duda anunció esta semana que está estudiando además despojar a Gross de la orden del mérito civil, una medida que ha provocado dos manifiestos públicos de solidaridad por parte de diferentes profesores. Desde la victoria en octubre delpartido ultraconservador Ley y Justicia, numerosos periodistas e intelectuales críticos han sido acorralados en medio de una intensa retórica nacionalista.

"Mis libros sobre las relaciones entre polacos y judíos durante la guerra son el motivo real por el que este régimen populista y nacionalista me está atacando", responde el profesor Gross (Varsovia, 1947) desde Estados Unidos por correo electrónico. "La fiscalía ha iniciado una investigación oficial que puede conducir a mi procesamiento. El Gobierno actual es nacionalista, xenófobo y autoritario y va a imponer su propia agenda con respecto a la enseñanza de la historia polaca". Gross tuvo que abandonar Polonia en 1968, dentro de una persecución de disidentes, de la dictadura comunista, marcadamente antisemita.


El historiador Jan T. Gross, en 2008. Radoslaw Nawrocki ZUMAPRESS.com

Un portavoz de la Presidencia polaca, Marek Magierowski respondió ayer a una pregunta sobre este tema: "El profesor Gross es un personaje muy controvertido. Muchos historiadores polacos de renombre lo llaman 'novelista'. Sus libros están repletos de errores, basados en prejuicios. Gross aborda en sus libros temas muy delicados: matanzas de judíos cometidas por campesinos polacos; antisemitismo polaco después de 1945. Algunos de sus libros y algunas sus declaraciones parecen formar parte de una campaña cuyo objetivo es crear la imagen de una nación ferozmente antisemita. Paradójicamente es la misma que más representantes tiene en la lista de Los Justos entre las Naciones. No es que no haya antisemitas en Polonia. No es que no debamos avergonzarnos de algunos hechos de nuestro pasado. Pero Gross ha cruzado la línea que separa la historiografía de la propaganda".

Una verdad oculta

La publicación de Vecinos provocó un profundo choque en la sociedad polaca y, aunque se han editado más investigaciones sobre el tema e incluso se realizó una película en 2012, El secreto de la aldea, sigue siendo una verdad a la que le cuesta salir a la luz. "El tratamiento de los judíos por parte de los polacos durante la guerra ha sido investigado a fondo desde hace una década. Pero los resultados no han calado en el conocimiento general de la guerra. Los polacos mantienen una profunda ignorancia sobre la mayor tragedia de la II Guerra Mundial, el Holocausto", prosigue Ross.

El gran problema es que Polonia es uno de los países que más sufrió durante aquel conflicto, invadido por la Alemania nazi y por la URSS, totalmente destruido, con cinco millones de muertos —tres de ellos polacos judíos, asesinados en gran parte en los campos de exterminio nazis instalados en la Polonia ocupada—. El Gobierno de Varsovia ha anunciado una ley que penalice la utilización de la expresión "campos de exterminio polacos", porque Polonia no tuvo nada que ver con la organización de estos centros de muerte, de los que sus ciudadanos fueron víctimas.

Cuando se reveló en 2001 lo ocurrido en Jedwabne, un pogromo en el que fueron asesinadas entre 300 y 1.600 personas, el director de Gazeta Wyborcza, Adam Michnik, uno de los más importantes intelectuales polacos, escribió: "Es difícil valorar la dimensión de ese choque. El libro de Gross ha provocado reacciones que pueden ser comparadas con las que motivó el libro de Hannah ArendtEichmann en Jerusalén". El filósofo George Steiner aseguró entonces que "el relato de Gross de las atrocidades durante la guerra ha despertado a una nación que ha escondido sistemáticamente su pasado". En sus investigaciones, Gross también destapó otros pogromos cometidos por ciudadanos polacos.

Narrativa de la guerra

"Es muy difícil para los ciudadanos polacos admitir cualquiera de esas cosas porque durante la guerra la narrativa fue la misma: sólo los nazis cometieron crímenes y los polacos fueron víctimas", ha señalado la periodista Anna Bikont, autora de otro libro sobre Jedwabne, en el que no sólo relata los hechos sino que describe el antisemitismo que persiste en parte de la sociedad polaca y el silencio que sigue planeando sobre la matanza. Su estudio, El crimen y el silencio, fue publicado en polaco en 2005, en francés en 2011 (ganó el Premio del Libro Europeo) y el año pasado en inglés.

En una reseña significativamente titulada "Peor de lo que pensábamos", el escritor británico Julian Barnes aseguró en The New York Review of Books que el trabajo de Bikont "amplia nuestro conocimiento sobre el antisemitismo en Polonia, encabezado por la Iglesia católica y las élites profesionales y el todavía más terrible antisemitismo posterior al conflicto". Según Gross, entre 1.500 y 2.000 judíos fueron asesinados en los años posteriores a la ocupación alemana. "El episodio más trágico fue el pogromo de Kielce, el 4 de julio de 1946, en el que 80 judíos fueron asesinados en un día", explica.

En septiembre 2011, el memorial de Jedwabne dedicado a las víctimas judías apareció marcado con cruces gamadas y con mensajes como: "Eran altamente inflamables". Anna Bikont entrevistó a dos de los perpetradores que fueron condenados. Dice que es lo más duro que ha hecho en su vida profesional: "Fueron completamente cínicos. No mostraron ningún tipo de arrepentimiento".

martes, 22 de julio de 2014

Holocausto: Un chanta catalán

El falso sobreviviente del holocausto



La Segunda Guerra Mundial ha dejado incontables testimonios del horror y el sufrimiento humano, multiplicado por millones en los campos de concentración del nazismo; por eso una de las historias más extrañas es la del catalán Enric Marco Batlle, quien durante tres décadas dijo ser un sobreviviente del campo de concentración de Flossenburg.



El descubridor de la farsa fue el historiador español Benito Bermejo, quien a principios del año 2005 comenzó a sospechar de la autenticidad de la historia ya que en su relato aparecían varios datos que no coincidían con la historia, como que había sido detenido y entregado en Marsella a la Gestapo en el 41, cuando en ese año Marsella era zona no ocupada de Francia, y normalmente los republicanos españoles no eran entregados a los alemanes. Luego de investigar en los archivos de Flossenburg confirmó que allí no había habido nadie con su nombre, “pero esto no era concluyente porque podía haber ocurrido que no quedase rastro". Bermejo descubrió el engaño sin que fuera ese el objetivo de su estudio "Conocí a este hombre y a muchas personas supervivientes del campo de Mauthausen, y en ocasiones ellos me comentaban que les parecía raro y se extrañaban porque él siempre evitaba entrar en materia con ellos".



Marco, quien llegó a dar más de ocho mil charlas en su rol de sobreviviente del holocausto, confesó, luego de que la verdad fuera develada, que el engaño surgió en 1978, y él lo mantuvo ya que "me parecía que me prestaban más atención y podía difundir mejor el sufrimiento de las muchas personas que pasaron por los campos de concentración". “No mentí por maldad”, intentó explicar en sus últimas apariciones públicas este extrañísimo e inexplicable personaje.



FUENTE E IMÁGENES
BAFICI; Público; Jewish Virtual Library; Oregon State

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