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lunes, 12 de septiembre de 2016

Catalunia y el 11 de Septiembre

La diada, el estado catalán y… Almanzor
Javier Sanz — Historias de la Historia




Hoy, como todos los años desde 1886, se celebra la Diada, la fiesta oficial de Cataluña, en la que se realizan ofrendas florales en la estatua de Rafael Casanova, conseller en cap, el héroe de la resistencia contra la ofensiva borbónica en 1714.

En 1700, tras la muerte de Carlos II sin descendencia, las potencias europeas se disputan el trono español. Por un lado, Felipe de Anjou (casa de los Borbones) –con el apoyo de Francia– y por otro, el archiduque Carlos (casa de los Austrias, a la que pertenecí­a el rey muerto) –con la coalición formada por Austria, Inglaterra, Holanda, Saboya, Prusia y Portugal– . Comenzaba la Guerra de Sucesión en 1701. El miedo a la pérdida de libertad (fueros propios) y a la instauración del absolutismo borbónico (recordemos que Felipe de Anjou era nieto de Luis XIV, el rey Sol) hace que los territorios de la Corona de Aragón apoyen al archiduque Carlos –mejor malo conocido que bueno por conocer, debieron pensar-. Tras varios años de guerra, y circunstancias que no vienen al caso, en 1713 se firmaba el Tratado de Utrech en el que se reconocía a Felipe de Anjou (Felipe V) como rey de España y de las Indias y renunciaba al trono de Francia –además todas las potencias implicadas pillaron cacho-.

Este triunfo implantó el absolutismo y los territorios que apoyaron al archiduque Carlos sufrieron las peores consecuencias. En los territorios de la Corona de Aragón (Aragón, Valencia, Cataluña y Mallorca) se suprimieron los Fueros, las Cortes… en resumen, la organización polí­tico-administrativa. Entonces, ¿qué pasó en Barcelona el 11 de septiembre de 1714?.


"L'Onze de Setembre de 1714" - d'Antoni Estruch i Bros (1909)

Tras el Tratado de Utrech, Cataluña no reconoce al nuevo monarca. Con la renuncia del archiduque Carlos al trono de España, la única ví­a que le queda a Barcelona (sola contra el Borbón) es la negociación. Felipe V, como medida de presión, enví­a el ejército, encabezado por James Fitz-James, sobre Barcelona. Tras el bloqueo marí­timo, y dos meses de asedio, el 11 de septiembre se ordenó el asalto a la ciudad; al dí­a siguiente Barcelona capitulaba. La resistencia más que militar fue popular, el propio James Fitz-James harí­a referencia a la valentí­a y obstinación de los habitantes de Barcelona.

Rafael Casanova, conseller en cap, era partidario de la negociación, pero las cosas se complicaron y cayó herido en el asalto – pero no murió como se rumoreó -. Posteriormente fue amnistiado y ejerció la abogací­a. Desde 1888, fecha en la que se inauguró la estutua en su honor, se utiliza su figura como icono representativo de la resistencia catalana. Sus palabras arengando a la defensa de Barcelona dejan claro que nada tenía de independentista:

Señores, hijos y hermanos: hoy es el dí­a en que se han de acordar del valor y gloriosas acciones que en todos tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no somos dignos de ser catalanes e hijos legí­timos de nuestros mayores. Por nosotros y por la nación española peleamos. Hoy es el dí­a de morir o vencer. Y no será la primera vez que con gloria inmortal fuera poblada de nuevo esta ciudad defendiendo su rey, la fe de su religión y sus privilegios.
La celebración del 11 de septiembre, al principio, sólo era un homenaje a la resitencia, el coraje y la valentí­a de los que defendieron la ciudad y a las propias instituciones catalanas. Fue tras la celebración de 1977, la primera en democracia y en la que se congregaron más de un millón de personas, cuando se empieza a reivindicar la recuperación de las instituciones y la parte de autogobierno perdidas a manos de Felipe V. Tras el Estado de las Autonomí­as, estas reivindicaciones fueron atendidas. Mi crítica, por llamarlo de alguna forma, es el uso que se hace de esta fecha – la Diada – y de la figura de Rafael Casanova como fundamento de la reivindicación de independencia.

Yo creo, humildemente, que una fecha más representativa para reivindicar la independencia sería el 6 de julio de 985. Almanzor arrasó la ciudad de Barcelona. Se perdió todo: casas, haciendas, cultivos, propiedades… y, sobre todo, muchas vidas. Multitud de catalanes fueron hechos esclavos y enviados a Al-Andalus. Esta fecha es más exacta para pedir la independencia porque a finales del siglo X, con Borrell II, el Condado de Barcelona SÍ QUE ERA TOTALMENTE INDEPENDIENTE.  Posteriormente, con la boda de Ramón Bereguer IV y Petronila de Aragón, pasarí­a a formar parte de la Corona de Aragón.

Y para terminar, y simplemente con algo anecdótico, os dejo el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra del 7 de octubre de 1934, un día después de que Lluís Companys, presidente de la Generalitat, se asomase al balcón de la plaza de Sant Jaume y gritase:

En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del poder en Cataluña y proclamo el Estado catalán en la República federal española.
Espero que sirva para no repetir errores pasados… y me refiero a la reacción del Gobierno de la República.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Aztecas: Un tesoro escondido en Catalunya

El secreto catalán de Moctezuma
Jordi Soler - El País



Xipaguazin Moctezuma, hija del emperador azteca, se casó con don Juan Grau, barón de Toloriu, un diminuto pueblo del pirineo leridano. Enterró un tesoro allí y aún hay gente que lo busca.

En 1934, un grupo de aventureros alemanes compró, por 3.000 pesetas de entonces, todas las tierras que había alrededor de una gran masía. La propiedad comenzaba a las afueras de Toloriu y llegaba más allá del camino a Querforadat, dos poblaciones que están al pie de la sierra del Cadí, en la Cerdaña catalana, muy cerca de la frontera francesa. Esta masía, que hasta hoy se llama Casa Vima, ha sido durante siglos objeto de un considerable número de especulaciones y la ilusión de una variada fauna de cazadores de tesoros, como ese grupo de aventureros alemanes que llegó hasta ahí, armado con palas y zapapicos, y el objetivo impostergable de desenterrar el tesoro de Moctezuma. La historia del tesoro del emperador azteca enterrado en un pueblo perdido en el norte de España parece un cuento; durante quinientos años, sus pormenores han dado tumbos, de boca en boca, por toda la región, y quien se acerque hoy a Toloriu, ese misterioso pueblo de 14 habitantes que está encaramado en una montaña, se encontrará con una placa, puesta en el portal de la iglesia, donde dice que la princesa Xipaguazin Moctezuma, hija del emperador mexicano y esposa de Juan de Grau, barón de Toloriu, murió en el año 1537. Por si esto fuera poco, la placa está escrita en francés, firmada por los "Caballeros de la orden de la corona azteca de Francia" y por un tal Chevalier L. Vidal Pradal de Mir, que es, al parecer, uno de los heterónimos de SMI príncipe Guillermo III de Grau-Moctezuma, descendiente del barón de Toloriu, que en los años sesenta del siglo veinte hizo su agosto en Barcelona vendiendo títulos nobiliarios y condecoraciones de la corona azteca a la gente que deseaba, y podía pagarse, un sitio en la realeza. Aquel grupo de aventureros alemanes llegó a Toloriu siguiendo la estela de unos pagarés donde constaba que los antiguos habitantes de la Casa Vima prestaban dinero y, además, hacían operaciones mercantiles con monedas de oro extranjeras; este dato, más la historia de la princesa mexicana que había llegado hasta allá con parte de la fortuna de su padre a cuestas, constituyó un motivo sólido para que los alemanes en 1936, una tropa de espeleólogos de Madrid en 1960 y un sinnúmero de avariciosos equipados hasta los dientes, que aparecen todavía de vez en cuando por la región, escarbaran agujeros periódicamente con la ilusión, un poco infantil, de dar con un cofre lleno de lingotes de oro que, cuando menos de manera teórica, debe ser un baúl mucho más dotado y valioso que aquellos que enterraban los piratas en las islas del Caribe. Sobre este tesoro y sus forofos, los habitantes de Toloriu prefieren guardar silencio, pero, como suele suceder con las historias estupendas, ésta se ha ido contando en diversos documentos y publicaciones, y de paso se ha ido enredando con las historias del resto de los herederos del emperador Moctezuma, que hoy son más de mil y viven entre México y España.

Resulta que don Juan de Grau, a la sazón barón de Toloriu, se embarcó hacia el Nuevo Mundo con Hernán Cortés y que, una vez efectuada la conquista, buscando su media naranja entre la realeza local, se casó con la princesa Xipaguazin Moctezuma, aunque hay historiadores que sostienen, ante la falta de un acta que lo compruebe, que aquello no fue una boda, sino un simple amancebamiento, e incluso hay quien dice que el barón, que era alérgico a los trámites y a la espera que éstos suponen, optó por la vía rápida y expedita del secuestro. Moctezuma, no está de más decirlo porque es parte del sainete, tuvo diecinueve hijos de diversas mujeres, y Xipaguazin era una de sus herederas; Xipaguazin, que ya para esas alturas, y con el fin de poder dirigirse a ella por su nombre, había sido rebautizada por el barón como María. La princesa se embarcó con don Juan de Grau a Toloriu, acompañada por uno de sus hermanos y un séquito de asistentes que llenó la Casa Vima, entonces propiedad de la familia del barón. Años más tarde, y uno antes de abandonar este mundo, la princesa tuvo un hijo que fue bautizado el 17 de mayo de 1536; el niño era un mestizo canónico, encarnaba la síntesis de las razas y también la de los títulos, privilegio que lo hizo poseedor de este potente e inconcebible nombre: Juan Pedro de Grau y Moctezuma, barón de Toloriu y emperador legítimo de México. Justamente aquí, en la palabra "legítimo", comienza este enredo que pronto cumplirá quinientos años. No es difícil imaginar la vida que llevaba la pobre princesa mexicana en aquel pueblo medieval de piedra, pegado a los Pirineos, con un clima de perros y un ambientillo que nada tenía que ver con la vida templada, colorida, sabrosa y llena de bullicio que llevaba en la corte azteca, cuando todavía era Xipaguazin y no María; no hay registro de los esfuerzos que debe de haber hecho para adaptarse a su nueva realidad de baronesa catalana, pero se sabe que su hermano, pasado el primer invierno, regresó a México y que su séquito, una docena de indios tristísimos, trashumaban los domingos por la única calle que tiene Toloriu, rumiando conceptos depresivos y soltando de cuando en cuando un espeso lagrimón. La hija de Moctezuma murió el 10 de enero de 1537 y fue enterrada en la parroquia del pueblo; meses antes, probablemente ofuscada de tanta melancolía, había tomado la precaución de enterrar sus bienes en algún sitio alrededor de la Casa Vima. Cuatrocientos años más tarde, en 1936, en los albores de la Guerra Civil, la tumba de la princesa fue saqueada y destruida, y todo lo que queda hoy de ella es la placa que puso a la entrada de la iglesia SMI el príncipe Guillermo III de Grau-Moctezuma, ese brumoso heredero que hace cincuenta años, como se ha dicho más arriba, vendía títulos nobiliarios y condecoraciones de la corona azteca. Hay un refrán catalán que da una idea de la dimensión que tiene Toloriu en el imaginario de los vecinos de la zona: Toloriu a on les bruixes hi fan el niu (Toloriu, donde las brujas hacen el nido); al margen del porcentaje de verdad que pueda tener este refrán, es cierto que el pueblo termina en una planicie que se abre, de manera sobrecogedora, hacia las montañas, y que dentro de la composición de este paisaje cabría perfectamente una vieja, vestida de negro, montando una escoba.

Mientras la descendencia de la princesa Xipaguazin tejía sus líneas desde Toloriu, Diego Luis, hijo de Pedro de Moctezuma y nieto del emperador, lo hacía desde Granada; se había casado con Francisca de la Cueva, que era española, y con ella procreó siete hijos; el mayor de éstos, Pedro Tesifón de Moctezuma y la Cueva, ostentaba los títulos, potentes e inconcebibles como los de su primo, de señor de Tula y de la Villa de Monterrojano de la Peza, primer conde de Moctezuma de Tultengo, primer vizconde de Ilucán y caballero de la Orden de Santiago. Los mil herederos, los auténticos y los opinables, reclaman hoy su tajada del imperio azteca; a algunos les basta con saberse poseedores de unas gotas de sangre real, pero otros, que miran con más practicidad el parentesco, reclaman lo que, según ellos, se les debe de la "pensión Moctezuma", una partida mensual de dinero que el Gobierno mexicano otorgaba a los miembros de esta distinguida estirpe desde la época del Virreinato hasta el año 1934, cuando el presidente Abelardo Rodríguez decidió cortarla por lo sano. Los miembros de la estirpe contemporánea de Moctezuma cargan con unos nombres kilométricos, que son imprescindibles para sacar a flote ese apellido clave que los distingue; por ejemplo, el de esta señora: María de los Ángeles Fernanda Olivera Beldar Esperón de la Flor Nieto Silva Andrada Moctezuma, cuyo padre, Fernando Olivera (y aquí otro apellido kilométrico), recibió hasta 1934 una pensión de 413,59 pesos y después, como el recorte del presidente Rodríguez le pareció arbitrario e injusto, interpuso un amparo. El asunto de los herederos del emperador, en México y España, se mantuvo en la sombra durante los años de la Guerra Civil y la dictadura, ese periodo en que no había relaciones diplomáticas entre los dos países, pero, como el asunto de la "pensión Moctezuma" puede todavía dar algún coletazo legal y los nexos familiares con el imperio azteca siguen granjeando cierto caché, la rebatiña llega periódicamente a las páginas de la prensa. En septiembre del año 2003, el diario mexicano El Universal publicó esta noticia: "El Estado mexicano adeuda las tierras que en 1526 los españoles reconocieron como propiedad de los herederos de Moctezuma Xocoyotzin, también conocido como Moctezuma II". Jesús Juárez Flores, abogado y marido de Blanca Barragán, una de las herederas, explica en aquella nota que "el caso de la deuda a los Moctezuma no está cerrado, porque el Gobierno de la colonia española lo inscribió en el Gran Libro de la Deuda Pública, y la deuda pública es imprescriptible. Simplemente se ha dejado de cobrar desde 1934, por lo que el Gobierno mexicano debe, sumado a la gran deuda, casi otro siglo de intereses. Es una cantidad para volverse locos". Blanca Barragán, que pertenece a la decimoquinta generación de herederos, dice que tiene en su poder "la documentación necesaria para ganar un juicio al Estado mexicano por concepto de la deuda". Por otra parte, hay dos familias, los Acosta en México y los Miravalle en España, que también hacen esfuerzos legales por recuperar esas pensiones.

Estos casos específicos hay que multiplicarlos por los cientos de herederos que, en la medida de sus documentos y sus posibilidades, exhiben ese brumoso linaje que llega hasta Toloriu, a los pies del Pirineo catalán, y que sirve para varias cosas: para ir por el mundo de mexicano auténtico, o exigir, con toda la autoridad que les confiere su linaje, que el Gobierno austriaco regrese el valioso penacho de su pariente, o recuperar la jugosa pensión o, ¿por qué no?, perpetrar una cadena de estafas como, aprovechando el desorden de esa turbamulta que bien podría denominarse el planeta Moctezuma, llevó a efecto SMI el príncipe Guillermo III, el supuesto heredero del barón de Toloriu y de la triste y compungida princesa Xipaguazin. El linaje que exhiben los herederos es brumoso porque, pongámonos serios: ¿qué tan pariente se puede ser de un hombre que murió en el siglo XVI?

Guillermo III de Grau-Moctezuma iba por España, en los años sesenta, autoinvestido de heredero del imperio azteca, y paralelamente fingía como gran maestre de la versión peninsular de los caballeros del Temple. En la cronología de los templarios en Europa, el príncipe heredero aparece mencionado en el año 1959: "Los templarios españoles, dirigidos por el príncipe 'William' Grau-Moctezuma, se separan de la orden". La fecha de la separación coincide con la fase expansiva de los negocios del príncipe, que se había instalado una suerte de embajada en Barcelona desde donde otorgaba, a cambio de una suma considerable de dinero, diplomas, condecoraciones, marquesados y ducados de la "Soberana e Imperial Orden de la Corona Azteca". En 1960, un año después de su separación de la orden del Temple, otorgó al jurista José Castán Tobeñas la condecoración de "Caballero del gran collar de la soberana e imperial orden" que él representaba. Castán era entonces presidente del Tribunal Supremo y, según cuenta Antonio Serrano González en su libro Un día en la vida de José Castán Tobeñas (Universitat de Valencia, 2001), el connotado jurista recibió la condecoración en su despacho de manos del príncipe Guillermo III. Serrano González concluye este episodio, que aparece en la página 59, haciendo notar que esta condecoración ha sido extirpada del listado oficial de condecoraciones que Castán Tobeñas recibió a lo largo de su vida. Lo mismo ha pasado con el resto de los condecorados: duques y marqueses que fueron investidos por el escurridizo príncipe han ido borrando de su historial cualquier contacto con la realeza azteca, con la excepción del jurista y repostero Ramón March, que en 1974, en un acto que se acercaba peligrosamente al jolgorio, recibió, aunque en realidad debe de haberla comprado, la condecoración de "Pastelero de honor de la corona azteca". A partir de ese año, la historia de SMI el príncipe Grau-Moctezuma comienza a disolverse en una cadena de fraudes cada vez más vulgares y oscuros, que no tenían ya ni el glamour ni la pátina de sus chapuzas soberanas e imperiales. Su último rastro aparece en los archivos de la orden del Temple, esa institución que, al parecer, nunca le quitó el ojo de encima. En el capítulo correspondiente a Inglaterra y Gales hay una línea que dice lo siguiente: "Grau-Moctezuma, para evitar su arresto en España, huyó a Andorra. Se le acusaba de vender falsos títulos nobiliarios".

miércoles, 5 de agosto de 2015

GCE: Siguen los recelos por una misa en el castillo de Montjuic

Colau prohíbe la misa en el castillo de Montjuïc por los sublevados de 1936
El acto en el foso de Santa Elena se celebraba casi ininterrumpidamente desde 1940
JACINTO ANTÓN - El País


Misa en el foso de Santa Elena en el Castillo de Montjuïc, tras la guerra. / JAUME BIOSCA (ARXIU CENTRE EXCURSIONISTA DE CATALUNYA)

La tradicional misa en al antiguo santuario en el castillo de Montjuïc dedicado a los caídos en la Guerra Civil del autodenominado bando nacional no va a celebrarse este año. El Ayuntamiento de Barcelona que encabeza Ada Colau ha decidido no autorizar el uso de la fortaleza, de la que es titular, para la realización del acto, que se ha llevado a cabo en el foso de Santa Elena casi ininterrumpidamente desde la inauguración allí el 1 de diciembre de 1940 de un espacio monumental de recuerdo de los “héroes y mártires del Glorioso Movimiento Nacional”.

El consistorio aduce que la misa, que pretendía celebrarse el domingo, 19 de julio, y se presentaba como acto por todos los difuntos de la guerra, contravenía la ley de memoria histórica al encubrir en realidad “un acto de exaltación” del alzamiento militar, como ha señalado esta tarde en una rueda de prensa el teniente de alcalde Jaume Asens, que ha recalcado lo muy significativo de la fecha elegida.

Asens ha añadido que diversas asociaciones de víctimas del franquismo, como la de expresos políticos y la de Inmolados por la libertad, habían expresado su queja por la convocatoria de la misa y manifestó que la prohibición —”no autorización” en su lenguaje— responde en buena medida al deseo de “salvaguardar el sentimiento de las víctimas”, El teniente de alcalde ha recordado que uno de los compromisos de campaña de Barcelona en Comú era ser especialmente sensible en temas de memoria histórica y que el Ayuntamiento no podía favorecer un acto como el que se pretendía.

La misa estaba organizada por la asociación Amigos del Castillo, cuya presidenta, Carmen Fuster, fue, según fuentes municipales, destacada participante en el acto de jura de bandera de civiles celebrada el pasado 27 de junio en el Acuartelamiento de El Bruc.El consistorio ha ofrecido la posibilidad de celebrar la misa en otro espacio público municipal en una fecha que no coincida con el aniversario del alzamiento militar en la ciudad.

El comisionado de Memoria, Xavier Doménech, ha admitido que todo el mundo tiene derecho a su memoria y que hay que trabajar la coexistencia en Montjuïc de esas diferentes memorias, pero sin olvidar, puntualizó, los aspectos éticos y el predominio de la memoria democrática.

En el foso de Santa Elena, del que se ha ido retirando toda la iconografía franquista y que desde hace un año está abierto a la ciudadanía, se fusiló durante la Guerra Civil a más de un centenar de presos del bando sublevado. Al poco de acabar la contienda, el 16 de abril de 1939 tuvo lugar ya un primer homenaje a esos ejecutados con asistencia del capitán general Eliseo Álvarez Arenas y el Conde de Montseny, entre otras autoridades. El espacio devino santuario —se enterró una arqueta con tierra “empapada con la sangre redentora de nuestros mártires”— y las misas ocasión multitudinaria de autoafirmación franquista con profuso despliegue de simbología del régimen.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Catalanes quieren sacar la estatua de su asediador madrileño

Una estatua reabre la guerra de 1714 
Madrid rechaza quitar la efigie a Blas de Lezo, al que Barcelona culpa de asediar la ciudad 
BRUNO GARCÍA GALLO - El País


Detalle de una ilustración sobre el primer asedio a Barcelona, datada en 1706, dentro de la exposición 'Memória gráfica de una guerra'.

“En ningún momento, bajo ningún concepto y en ningún caso contemplo quitar el monumento a Blas de Lezo, que lo es a la verdad, contra el olvido y contra la manipulación de quienes pretenden cambiar la historia de una gran nación como es España”, ha respondido la alcaldesa de Madrid, Ana Botella (PP) a EL PAÍS sobre la exigencia del Ayuntamiento de Barcelona (CiU), para que se retire la estatua al militar.

“¿Qué dirían si Barcelona homenajeara a una persona que hubiera bombardeado Madrid?”, se preguntaba el miércoles el primer teniente de alcalde barcelonés, Joaquim Forn (CiU). “Homenajear al cómplice de la pérdida de nuestras libertades, de la prohibición de nuestra lengua y un largo etcétera, no nos parece de justicia, ni digno de admiración”, censuró Joan Laporta (Democràcia Catalana), que, junto a Jordi Portabella (ERC), presentó la moción, informa Clara Blanchar.

Según Laporta, “Blas de Lezo tuvo “un protagonismo destacado” en el asedio a Barcelona, al “capitanear el bombardeo”. En opinión de la historiadora Carolina Aguada, comisaria de la última gran exposición sobre el militar y asesora en la elaboración de la estatua, “ese punto de partida es erróneo”. Según su reconstrucción, aún bajo investigación, Blas de Lezo (Pasaia, 1689) acababa prácticamente de iniciar su carrera y era alférez de bajel de alto bordo cuando le mandaron a Barcelona durante el primer (y fracasado) sitio, en 1706, en el que participó Felipe V y que por mar capitaneó Luis Alejandro de Borbón.

En 1713, relata la historiadora, Barcelona era el último bastión leal al archiduque Carlos de Austria cuando las tropas de Felipe V, comandadas por el duque de Popoli, cercaron de nuevo la ciudad. Blas de Lezo formó parte del asedio por mar como capitán del Campanela en una flota al mando de Manuel López Pintado. En los combates, perdió la movilidad en un brazo por un disparo de mosquete; en 1704 había perdido una pierna en Vélez-Málaga por un cañonazo, y dos años después un ojo en Santa Catalina de Tolón.

Laporta, apoyado por CiU e ICV, le acusa de “capitanear” el ataque a la ciudad condal
“Las autoridades catalanas resolvieron continuar la guerra contra Felipe V ante la posibilidad de perder sus leyes y autogobierno”, aseguró la Generalitat de Cataluña (CiU) con motivo de una exposición en febrero que conmemoraba el tricentenario de la caída de Barcelona. La ciudad “capituló después de 14 meses de asedio” (aquel 11 de septiembre es la fiesta nacional catalana, la Diada).

“Los decretos de Nova Planta (en 1716) pusieron fin a las leyes catalanas y su gobierno. En el siglo XIX, el movimiento catalanista de la Renaixença contribuyó a crear un imaginario colectivo sobre el pasado catalán”, y aquel día “se convirtió en símbolo y un referente importante de las reivindicaciones nacionalistas”, añadía.


Estatua a Blas de Lezo inaugurada el día 15 en Madrid. / ÁNGEL DÍAZ (EFE)

Así lo explica el catedrático Joaquim Albareda (UPF): “Fue la pérdida de un sistema jurídico y político propio; no sólo se perdieron las Cortes, la Generalitat y un tribunal de tipo constitucional, sino la capacidad de que el hombre común participara en política. De golpe y porrazo, se impuso un sistema militarizado y absolutista”.

Así, la estatua es “inoportuna por sus connotaciones en un momento político ya de por sí bastante complejo y envenenado”. “Con la memoria histórica hay que tener respeto por lo que significa, sobre todo porque en la guerra hubo una España vencida”, zanja.

Botella: “En ningún caso y bajo ningún concepto retiraré el monumento”
Disiente Ricardo García Cárcel, catedrático de la UAB y miembro de la Real Academia de la Historia: “La participación de Blas de Lezo fue casi anecdótica, y no sirviendo a España sino a Felipe V contra los partidarios del archiduque. Me produce un rechazo enorme la interpretación de Guerra de Sucesión en términos de España contra Cataluña. Es falso y maniqueo”. Fernando García de Cortázar, catedrático de Deusto, lo cree “una muestra más de la agotadora campaña nacionalista”. “La derrota de 1714 se prolonga en la imaginación colectiva como esos relatos de ficción que niegan la historia y pretenden reconstruirla. Dudo de que en ninguna parte de Europa se haya asistido a tal labor de manipulación cultural como la que estamos sufriendo con ocasión del tricentenario. Ahora le toca a Blas de Lezo, uno de los marinos más destacados. Aquí no cabe ni indiferencia profesional ni desidia cívica porque el nacionalismo nunca construye sus espejismos sin arrebatarnos nuestras realidades”, asegura.

José Álvarez Junco, catedrático emérito de la UCM, coincide en que “todo esto nada tiene que ver con lo que ocurrió hace 300 años sino que responde a intereses políticos actuales”.

Albareda: “Es inoportuno en un momento ya complejo y envenenado”
La estatua, sin embargo, tuvo una génesis aparentemente inocente, según explica su impulsor, Íñigo Paredes. “Queremos recuperar la memoria de aquel almirante que, ante una flota mucho mayor que la Armada Invencible, hizo gala de un heroísmo inigualable”, señaló en una petición en change.org. Recabó 10.700 firmas, concitó la respuesta entusiasta de Botella, y permitió recaudar 150.000 euros entre ciudadanos de a pie para construir la estatua (obra de Salvador Amaya), que el rey Juan Carlos I inauguró en la plaza de Colón el sábado 15.

La referida gesta fue la defensa victoriosa de Cartagena de Indias (ahora, Colombia) con 6.000 soldados y 990 cañones ante las tropas inglesas, que contaban con 23.600 hombres y 3.000 piezas de artillería. Blas de Lezo murió seis meses después de peste.

Poco antes de la inauguración de la estatua, el edil barcelonés de Cultura, Jaume Ciurana (CiU), publicó en Twitter: “Madrid mañana inaugura una escultura a Blas de Lezo, que, entre otras cosas, bombardeó Barcelona durante el sitio de 1714. En fin”. Aquello levantó una tormenta en esa red social, convirtiéndose en uno de los temas más comentados.

García Cárcel y García de Cortazar rechazan la crítica al militar del siglo XVIII
El miércoles, en el Ayuntamiento catalán, también ICV vio “plenamente justificada” la petición de retirar la estatua. Los socialistas aseguraron no entenderlo, y calificaron la moción de “injerencia” en asuntos de Madrid. Acusaron a los proponentes de querer “borrar todo lo que tiene que ver con la historia común”, pero se abstuvieron; el PP votó en contra. En Madrid, el candidato socialista a la Alcaldía, Antonio Miguel Carmona, achacó el jueves la iniciativa a “la incultura, el provincianismo y un deseo de reescribir la historia para que los hechos cuadren con sus delirios”.