
Distribución de católicos en Alemania, 1934.
División entre protestantes (rojo) y católicos (azul) en Alemania durante los últimos siglos
Todos los 24 de marzo la Iglesia Católica celebra el martirio de San Simeón de Trento, asesinado por talmudistas en 1475. Como era de esperar, la secta conciliar lo eliminó del martirologio romano en 1965, hacia el final del Concilio Vaticano II.

En 1480, un ejército otomano (18 000 hombres, al mando de Gedik Ahmed Pasha) atacó la ciudad de Otranto, en el sur de Italia. Tras un asedio de 15 días, la ciudad fue conquistada. A los supervivientes (mayores de 15 años) se les dio un ultimátum: convertirse al islam o morir. Unos 800 se negaron. Fueron conducidos a la colina a las afueras de la ciudad (actualmente la Colina de los Mártires), donde fueron decapitados uno a uno.
El primero fue el sastre Antonio Primaldo, quien exclamó: “¡Ahora es el momento de luchar por el Señor por nuestras almas!”.
El arzobispo fue decapitado frente al altar de la catedral.
Otros sacerdotes fueron serrados por la mitad.
Mujeres y niños fueron vendidos como esclavos o asesinados. Total: decenas de miles de muertos y miles de personas esclavizadas.
Esta no fue una guerra "normal", sino una masacre motivada por razones religiosas contra cristianos indefensos que se negaron a renunciar a su fe.
Tras la reconquista en 1481, los cuerpos (que habían permanecido insepultos en la colina durante meses) fueron recogidos y trasladados a la catedral. Hoy en día, en la Capilla de los Mártires, vitrinas de cristal exhiben sus cráneos reales: filas y filas, cientos de ellos.
Un fragmento de la historia que rara vez aparece en los libros de texto escolares…
¿Que pasa en el año 2026?
Las iglesias organizan iftars de forma voluntaria en todo el mundo.
¿Acaso esos 800 mártires sufrieron por esto?
¿Para las iglesias que ahora entregan voluntariamente lo que defendieron con su sangre?

¿Imaginas un ejército donde los monjes empuñaban espadas y gobernaban como reyes? En el corazón de Europa Oriental, los Caballeros Teutónicos no solo rezaban; forjaron un imperio de hielo y acero. Desde el siglo XII hasta el XVI, esta orden militar-religiosa, inicialmente formada para proteger a los peregrinos en Tierra Santa, se transformó en una potencia formidable en el Báltico. Su misión, la cristianización forzosa de los pueblos paganos de Prusia y Livonia, se convirtió en una cruzada brutal que dejó una profunda huella en la historia de la región.
Su fortaleza más imponente, el Castillo de Malbork, no era solo una residencia, sino el centro neurálgico de un estado. Construido ladrillo a ladrillo, esta maravilla gótica albergaba a miles de monjes-soldados, sirvientes y artesanos. Desde sus muros, los Grandes Maestres teutónicos dirigían campañas militares, administraban vastas tierras y gestionaban una red comercial que se extendía por toda Europa. Sus ejércitos, compuestos por caballeros de élite y mercenarios, eran temidos y respetados, sembrando tanto el terror como la admiración.
Pero el poder de los Teutónicos no duraría para siempre. La Batalla de Grunwald en 1410 marcó un punto de inflexión. Enfrentados a la coalición polaco-lituana, sufrieron una derrota catastrófica que puso fin a su hegemonía. ¿Crees que un imperio construido sobre la fe y la fuerza podía realmente perdurar? ¡Cuéntanos tu opinión en los comentarios y comparte esta fascinante historia!

Bélgica es uno de los países más tolerantes con los derechos LGBTQ+. Pero no siempre ha sido así. En ningún lugar de Europa Occidental los hombres homosexuales fueron perseguidos con tanta intensidad como en Brujas a finales de la Edad Media. Una investigación del historiador Jonas Roelens muestra que la crisis económica, la necesidad de chivos expiatorios y los prejuicios contra los extranjeros podrían haber influido en ello.
Brujas, 26 de enero de 1558. Dos jóvenes, François van Daele, de 19 años, y Willem de Clerck, de tan solo 14, fueron condenados al cadalso. A pesar de su juventud, ambos recibieron duras condenas. François y Willem debían ser azotados con varas hasta sangrar, y luego quemarles el cabello con un hierro candente. Tras estas extenuantes torturas, los jóvenes fueron expulsados de Flandes. ¿Su castigo? Habían mantenido relaciones sexuales antinaturales con un sacerdote. Este impactante caso ofrece una perspectiva intrigante sobre el procesamiento de la sexualidad desviada en los Países Bajos meridionales y la importancia del capital social en la imposición de sentencias.
François y Willem fueron acusados de sodomía. Este término bíblico se refiere a la historia de Sodoma y Gomorra, del Antiguo Testamento. Ambas ciudades fueron destruidas por el fuego sagrado porque los hombres mantenían relaciones sexuales. A finales de la Edad Media, el término sodomía se utilizaba para describir casi cualquier actividad sexual sin fines reproductivos. La masturbación, la zoofilia, el sexo anal entre hombres y mujeres, el abuso sexual infantil y las actividades homoeróticas se consideraban sodomía. La sociedad clasificaba bajo el término general de «sodomía» una serie de actividades sexuales que ni siquiera asociamos entre sí.
El concepto de «orientación sexual» ni siquiera existía. Cometer sodomía se consideraba una decisión individual. Y era una decisión que podía tener graves repercusiones. Se consideraba que los sodomitas actuaban contra el orden natural y la jerarquía divina, y que podían invocar la ira de Dios sobre la sociedad. Por ello, debían ser castigados severamente. Los sodomitas eran condenados a muerte en la hoguera. En ciertos casos, se tenía en cuenta que la persona no hubiera iniciado la sodomía, sino que solo fuera un participante pasivo. A veces tenían la «suerte» de recibir un castigo menor. Este fue el caso de François y Willem.

La historia de los dos jóvenes se encuentra en el «Bouc vanden Steene» de Brujas, que incluye los relatos de todos los interrogatorios y confesiones bajo tortura en la prisión. Estas declaraciones se realizaron, por lo tanto, en la cámara de tortura. De este relato, se desprende que el sacerdote con quien mantuvieron relaciones sexuales tenía preferencias poco convencionales por alguien de su origen. El sacerdote se reunía con los jóvenes en el Hospital de San Juan de Brujas y los invitaba regularmente, individualmente, a pasar la noche con él en su casa.
Allí mantuvieron relaciones sexuales, durante las cuales el sacerdote se masturbó y tuvo sexo con penetración con François y Willem varias veces. Al parecer, primero le gustaba penetrar analmente a los chicos con una vela antes de tener sexo con ellos. O, en palabras de Willem: «Ende nam een hende van een kerse ende stack hem confessant dat in zyn fondament ende datte terstont wut treckende stack zyn mannelickheyt in zyn fondament».

Con cierta ingenuidad, los chicos describieron cómo el sacerdote hizo esto varias veces seguidas hasta que «salió algo de humedad de su hombría» («natticheyt uit de 'mannelickhede»). Parece que no solo prefería a los chicos. En una ocasión, el sacerdote no logró una erección mientras tenía relaciones sexuales con Willem. Después, según los chicos, el sacerdote se quejó de que no podía «tener una erección, ni siquiera estando con todas las mujeres del mundo» («al ware ic tusschen alle vrauwen van de werelt, ic zoude niet staen»).
A pesar de este contratiempo, la actividad sexual entre el sacerdote y los chicos continuó. Durante el día, el sacerdote debía celebrar misa, pero en una ocasión, antes de prepararse para la misa, le ordenó a Willem que lo esperara en la cama, y luego, después de la misa, regresó a casa y tuvo relaciones sexuales con el chico. El comportamiento del sacerdote fue todo menos lo que se esperaría de un hombre religioso.
Aunque la sodomía era un «pecado innombrable», los clérigos eran castigados mucho más levemente que los laicos.
Aun así, no aparece en absoluto en los documentos legales de los tribunales magistrados de Brujas. De hecho, los sacerdotes estaban protegidos contra el enjuiciamiento bajo la ley secular. Solo respondían ante los tribunales eclesiásticos. Sin embargo, el sacerdote en cuestión ni siquiera compareció. Es improbable que fuera castigado con la misma severidad que Francisco y Guillermo.
Aunque la sodomía era un pecado innombrable y una de las transgresiones más graves que una persona podía cometer, los clérigos eran castigados con mucha menor intensidad que los laicos. Generalmente, se les multaba o se les obligaba a ayunar a pan y agua en las cárceles eclesiásticas durante un tiempo. En ocasiones se les prohibía o se les obligaba a realizar peregrinaciones, pero por lo general se les libraba de los castigos físicos.
François y Willem ciertamente no podían contar con ese tipo de protección. Ni siquiera su juventud se consideraba una circunstancia atenuante, aunque sí podía serlo en otros lugares. En otras ciudades, por ejemplo, Florencia, la actividad homoerótica entre adolescentes se consideraba a menudo una indiscreción juvenil. No se consideraba anormal que los jóvenes sin recursos económicos para casarse y formar una familia tuvieran experiencias sexuales como rito de paso a la vida adulta.

Ese tipo de razonamiento no era común en los Países Bajos Meridionales. Probablemente debido a la falta de una norma estricta que determinara cuándo los adolescentes podían ser considerados adultos y, por lo tanto, responsables de sus actividades sexuales. En los Países Bajos Meridionales, la mayoría de edad se determinaba por las costumbres sociales, que variaban según el lugar. Esta situación ambigua dejaba la puerta abierta a que los tribunales locales tomaran decisiones ad hoc en casos que involucraban a adolescentes. Mientras que un joven de 14 años podía ser considerado víctima inocente de abuso sexual, otro podía ser acusado de sodomía y ser severamente castigado.
Este enfoque ad hoc fue responsable del elevado número de procesamientos en los Países Bajos meridionales. Durante mi investigación doctoral, recopilé las cifras de cargos por sodomía entre 1400 y 1700 en Amberes, Brujas, el Franco de Brujas, Bruselas, Gante, Ypres, Lovaina y Malinas. Una exhaustiva investigación de archivo de numerosos documentos legales indica que en ese período se celebraron al menos 204 juicios, con 406 personas involucradas. Nada menos que 252 de los acusados tuvieron que sufrir por sus inclinaciones sexuales antinaturales y terminaron en la hoguera. Por lo tanto, más de la mitad de los acusados de sodomía en los Países Bajos meridionales fueron condenados a muerte.
Estas
cifras macabras contrastan marcadamente con la situación en el resto de
Europa. En otras ciudades, como Londres, París y Ámsterdam, los casos
de sodomía eran poco frecuentes en los siglos XV y XVI .
Por lo tanto, los Países Bajos Meridionales fueron una de las
regiones europeas con mayor actividad en los procesos por sodomía
durante la Edad Media y la Edad Moderna.
No existe una única causa para estas elevadas cifras de procesamientos. Por un lado, sirven como ejemplo de la Teoría del Chivo Expiatorio, desarrollada por Robert Moore en 1987. Moore propuso que, en la Edad Media, las autoridades buscaban cada vez más maneras de marginar a los grupos minoritarios. El enfoque en estos grupos como enemigos colectivos de la sociedad sirvió como pararrayos para el malestar comunitario. Procesar a un chivo expiatorio crea la ilusión de que las autoridades tienen bajo control cualquier crisis social.
La teoría del chivo expiatorio es ciertamente aplicable a Brujas, la ciudad donde Francisco y Guillermo fueron sentenciados. Entre 1450 y 1550, la ciudad atravesaba momentos difíciles. Poco a poco, Brujas había perdido su monopolio como centro comercial más importante de Europa Occidental. Tras varios ciclos de peste en el siglo XIV , la población había disminuido y, aunque aún se compraban y vendían muchos artículos de lujo en Brujas, la ciudad parecía haber dejado atrás su apogeo. El final del siglo XV estuvo marcado por revoluciones políticas que causaron gran agitación, una agitación que fue fatal para el clima mercantil de la ciudad.
Además, la sedimentación del Zwin impidió mantener el acceso directo al mercado entre Brujas y el Mar del Norte. Los comerciantes extranjeros optaron cada vez más por trasladar sus actividades comerciales a otras ciudades de los Países Bajos, como 's Hertogenbosch o Amberes, que con el tiempo se convirtió en la ciudad portuaria más importante de la región de Brujas.
Sea casualidad o no, el momento del estancamiento socioeconómico en Brujas coincide perfectamente con el creciente número de casos de sodomía en la ciudad, la mayoría de los cuales se registraron entre 1450 y 1525. Es en tiempos de malestar social, más que en momentos de prosperidad floreciente, cuando se necesitan chivos expiatorios.
Aun así, debemos ser cautelosos al aplicar la teoría del chivo expiatorio de Moore. Este atribuye la responsabilidad de la búsqueda de indeseables casi por completo a la Iglesia y a las autoridades seculares. Otros historiadores enfatizan que, en el pasado, la sodomía se utilizó como una herramienta útil en el proceso de construcción del Estado moderno. En consecuencia, el procesamiento de un grupo minoritario se consideraba una forma de mostrar a la población local quién mandaba en Brujas. Si bien este elemento ciertamente pudo haber influido, difícilmente podemos esperar que el duque borgoñón Felipe el Bueno o el rey español Felipe II pudieran vigilar cada dormitorio de Brujas en busca de comportamiento irregular. Incluso para los alguaciles locales, los representantes del gobernante en la ciudad, esto habría sido una tarea titánica.

Por lo tanto, la necesidad de abordar la sodomía con mayor rigor debió contar con el apoyo de las bases. La sodomía era un delito que, en comparación con otros delitos como el robo o el asesinato, rara vez dejaba rastro. Y mucho menos cuando los actos homoeróticos, prohibidos por el municipio, eran consensuales. Naturalmente, este no era el caso de los actos de seducción fallidos, en los que las insinuaciones sexuales en la posada o los baños públicos locales no eran bien recibidas por ciertas personas, que luego llevaban a los antiguos seductores a los tribunales. En muchos casos de sodomía no existían pruebas contundentes, por lo que los magistrados locales a menudo dependían de los chismes locales al investigar los casos de desviación sexual.
En muchos casos de sodomía, los magistrados locales a menudo dependían de la fuente de chismes local cuando daban seguimiento a los casos de desviación sexual.
En tales casos, el origen social de la persona desempeñaba un papel importante. En casos de sodomía, donde el acusado pertenecía a la clase media alta, estaba casado, era un ciudadano responsable y ejercía un oficio, contaban con testigos que podían presentar declaraciones favorables. Esto era menos probable cuando un acusado que ya pertenecía a un grupo o comunidad marginal era acusado de sodomía. Los migrantes y los indeseables, que a menudo ya eran considerados sospechosos, están sobrerrepresentados en estos casos en muchas regiones de Europa. Esto se debía a que los rumores sobre estos grupos ya circulaban y, en consecuencia, eran entregados a la justicia con mucha mayor facilidad.
Desconocemos cómo las actividades sexuales de François, Willem y su sacerdote acabaron en la corte. Sin embargo, es probable que sus aventuras eróticas ya fueran tema de conversación en Brujas. Rumores sobre el sacerdote, que vivía con los chicos «como un hombre vive con una mujer» («dat hy met hem relyant soude leeven of gheleeft hebben ghelick met een vrauwe»), aparecen en las pruebas documentales.
El sacerdote fue mantenido fuera de escena mientras los dos muchachos pagaban el precio.
Que incluso el destino erótico de un sacerdote llegara a oídos de las autoridades a través de los chismes locales dice algo sobre el espíritu de la época en 1558. Los clérigos estaban exentos de juicio en los tribunales seculares, pero la población aún murmuraba sobre ellos libremente. Es posible que la Reforma, la expansión efectiva del protestantismo y las críticas a los numerosos abusos perpetrados por sacerdotes en los Países Bajos del Sur hayan alimentado estos chismes. Pero es igualmente posible que este caso saliera a la luz porque la precaria situación socioeconómica en Brujas acentuó la necesidad de un chivo expiatorio y la denuncia de comportamientos considerados inaceptables. No obstante, ciertas tradiciones antiguas persistieron; así, el sacerdote en cuestión fue mantenido al margen mientras los dos jóvenes pagaban el precio.
En este sentido, el caso de François, Willem y su sacerdote simboliza tanto la intensa represión de la sodomía en Brujas como la teoría del chivo expiatorio. Además, esta historia ilustra la importancia del capital social y la doble moral que dominaba el procesamiento de las conductas sexuales desviadas. De esta manera, este caso podría incluso servir como reflejo de la sociedad contemporánea.

La masacre en el comedor policial endureció la represión ilegal de la dictadura y la primera reacción fue desplazar al flamante jefe de la Policía Federal, Arturo Corbetta, un general y abogado que quería luchar contra las guerrillas, pero “con el Código Penal en la mano”, como afirmó en su discurso de asunción, una semana antes del sangriento atentado.
Corbetta fue el último general “legalista” que ocupó una función relevante en el gobierno militar; en su lugar asumió el general Edmundo Ojeda. El cambio fue bien recibido por Montoneros porque, según ellos, revelaba la naturaleza fascista de la dictadura, que le impedía reprimirlos dentro de la ley, sin secuestros ni torturas y con tribunales que les permitieran la defensa.
“Cualquier tesis contraria es rápidamente derrotada, caso del general Corbetta, luego de nuestro rotundo golpe al centro de gravedad de la represión policial”, sostuvo el jefe del llamado Ejército Montonero, el “comandante” Horacio Mendizábal, Hernán, en relación al atentado que dejó veintitrés muertos y ciento diez heridos.
Para los montoneros, era una lucha entre buenos y malos, y, mientras más salvaje e inhumana fuera la represión, más motivos tendría el pueblo para darse cuenta que debían apoyar a quienes representaban lealmente sus intereses y aspiraciones, que eran, obviamente ellos. Cuanto peor, mejor.
Ya en la madrugada del domingo 4 de julio de 1976 un grupo de personas con cascos de acero bajó de un automóvil frente al Obelisco arrastrando a un joven; lo apoyaron contra una de las paredes de piedra blanca del monumento, formaron un pelotón de fusilamiento y lo agujerearon a balazos. Y se fueron, dejando allí el cadáver.

Según el Nunca Más, el informe de la Comisión sobre la Desaparición de Personas, entre el 3 y el 7 de julio ingresaron a la Morgue porteña 46 cadáveres, casi todos con el mismo diagnóstico: “Heridas de bala en cráneo, tórax, abdomen y pelvis; hemorragia interna”.
El punto culminante de la vendetta ocurrió en la zona más elegante del barrio de Belgrano, en la calle Estomba 1942, menos de dos días después de la voladura del comedor, cuando cinco religiosos fueron asesinados en la casa parroquial de la Iglesia de San Patricio. La “Masacre de San Patricio” fue la peor matanza sufrida por la Iglesia Católica en sus más de cuatrocientos años en territorio argentino.
El domingo 4 de julio a la madrugada cinco personas irrumpieron en la casa parroquial de los palotinos, hicieron arrodillar a tres curas y dos seminaristas en el living del primer piso, les ataron las manos, les vendaron los ojos y los acribillaron con veintiocho disparos en la cabeza y el tórax que partieron de cuatro pistolas Browning y una pistola ametralladora.
Antes de irse, pintaron en la puerta del living: “Por los camaradas dinamitados de Seguridad Federal. Viva la Patria”, y en la alfombra colorada del pasillo: “Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son MSTM”, en alusión al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Además, arrancaron de una de las habitaciones un poster de Mafalda que, señalando la cachiporra de un policía, comentaba: “¿Ven? Éste es el palito de abollar ideologías”, y lo arrojaron sobre el cuerpo de Salvador Barbeito, uno de los seminaristas.
El principal blanco de “La Masacre de San Patricio” fue el otro seminarista: Emilio Barletti, de veintitrés años. Tanto fue así que los asesinos redujeron primero a los tres sacerdotes que encontraron en la casa parroquial: Alfredo Leaden, Alfredo Kelly y Pedro Dufau; los dos primeros ya estaban en pijamas, y el otro, Dufau, recién había vuelto de una fiesta de bodas. Y esperaron a Barletti, que llegó del cine junto a Barbeito a las dos y media de la madrugada. Ni siquiera pudo sacarse la bufanda con la que había salido a la calle aquella noche fría de invierno.

Los asesinos buscaron un castigo ejemplar; de allí, la matanza de cuanto cura o seminarista encontraron en la parroquia aquella madrugada de terror. Los dos seminaristas que también habían ido a ver El Veredicto, con Jean Gabin y Sofía Loren, pero decidieron a último momento ir a dormir con sus padres, se salvaron de una muerta segura.
Era uno de los últimos días de Barletti en esa parroquia, un poco por las quejas de los palotinos sobre su excesiva politización; otro poco porque se sentía más cómodo entre religiosos más comprometidos con la opción pastoral por los pobres, como los Hermanitos del Evangelio de Charles de Foucault, que vivían en comunidad en un conventillo de La Boca.
Eran “curas obreros”: alternaban el sacerdocio con el trabajo concreto en los barrios populares, algo que fascinaba a Barletti, un joven carismático, vástago de una familia pudiente de San Antonio de Areco que entró al seminario cuando le faltaban solo cinco materias para recibirse de abogado.
Barletti era inquieto: también formaba parte de Cristianos Para la Liberación (CPL), un grupo de curas y laicos de Montoneros encabezado por uno de sus dirigentes más lúcidos, el periodista Norberto Habegger, e integrado por, entre otros, Pablo Gazzarri, de la parroquia vecina Nuestra Señora del Carmen, de Villa Urquiza, y monseñor Joaquín Carregal.
En ese rol, Barletti facilitaba la parroquia para esconder folletos, documentos y revistas de Montoneros. También para realizar reuniones de los integrantes de CPL y de jóvenes con dirigentes de la guerrilla más o menos conocidos, como Juan Carlos Dante Gullo y Roberto Perdía.
Emilio Jauretche, ex oficial primero de Montoneros, sostuvo en la revista 3 puntos que, en mayo de 1976, atravesó “todo Buenos Aires trasladando en un rapiflet el mimeógrafo y un abultado paquete de originales de Evita Montonera hasta una parroquia palotina de la calle Estomba”, donde, según él, imprimían la revista partidaria.

“Tiempo después, el grupo de sacerdotes que me recibieron, conocidos hoy como víctimas de la intolerancia religiosa, sumaron sus nombres a la vasta nómina de mártires montoneros”, agregó. Jauretche ya había estado allí inmediatamente después del golpe de Estado para “trasladar algunos papeles” de la oficina de prensa del Partido Peronista Auténtico —una criatura de Montoneros— debido a que en esa iglesia “tenían el contacto con unos curas compañeros”, según su biógrafo, el periodista Guillermo Paileman.
Pero, el compromiso de Barletti con la guerrilla no finalizaba ahí ya que integraba la llamada Columna Sur de Montoneros, donde estaba a las órdenes de un ex sacerdote, el cordobés Elvio Alberione, el Gringo o el Mayor Esteban. Su campo de acción abarcaba las zonas de Esteban Echeverría, Lanús, Avellaneda y Quilmes.
—Sí, conocí a Emilio. Yo era el jefe de su columna —le confirmó Alberione al periodista y escritor Gabriel Seisdedos en su muy documentado libro El Honor de Dios, sobre la matanza de los palotinos.
En junio de 1976, el mes anterior a su muerte, Barletti —Alberto era su nombre de guerra— había sido promovido en esa columna de Unidad Básica Revolucionaria a Unidad Básica Combatiente, es decir que era considerado no solo un “cuadro” —un dirigente— político sino también militar.
El valioso testimonio de Seisdedos ilustra los enojos que puede causar un buen periodista: cuando este libro estaba siendo escrito, un sector de los palotinos seguía atribuyendo a esa revelación el principal obstáculo para que los cinco religiosos fueran beatificados por el papa Francisco.
No todos los palotinos pensaban así. “La verdad cuesta decirla, pero más cuesta ocultarla. Si ésa es la verdad, tenemos que conocerla”, le dijo el padre Thomas O´Donnell, superior de los palotinos en el país, cuando, en plena investigación, el periodista le confió que “Emilio estaba metido”.
En la Iglesia, el martirio —el asesinato a causa de la defensa o del ejercicio de la fe católica— es suficiente para que una persona ascienda a la categoría de beato, que es el paso previo a la santidad. En ese caso, ya no necesita de un milagro para la beatificación.
En 2005, cuando todavía era arzobispo de Buenos Aires y cardenal primado de la Argentina, Jorge Bergoglio, impulsó la beatificación de los cinco palotinos e incluso afirmó que había sido confesor de Alfie Kelly, el párroco de San Patricio.

De todos modos, el expediente de beatificación puede ser dividido y personalizado, con lo cual bien podrían ser beatificados las otras cuatro víctimas en el supuesto de que solo Emilio Barletti hubiera estado efectivamente involucrado en la guerrilla.
—Pero, los palotinos quieren que sean los cinco juntos —me dijo Seisdedos. Por ese motivo, el expediente continuaba trabado en el Vaticano.
La matanza tensionó las relaciones de la cúpula eclesiástica con el gobierno militar; hubo quejas públicas y privadas de sus principales dirigentes, liderados por el cardenal Raúl Primatesta, y el nuncio, el italiano Pío Laghi. De todos modos, se esforzaron por no romper con el presidente Jorge Rafael Videla, a quien consideraban un “moderado”, como tantos otros, incluidos los dirigentes de la cúpula del Partido Comunista.
“Fue un acto de torpeza tremenda”, me dijo en prisión el ex dictador Videla en una de las entrevistas para mi libro Disposición Final. Y agregó: “Había dos seminaristas muy comprometidos con la subversión, que eran militantes montoneros, pero el problema podría haber sido evitado; derivó en una confrontación innecesaria con la Iglesia, que no nos lastimaba. Podríamos haberle pedido a la Iglesia que los sacaran del país, por ejemplo, a Venezuela, y lo hubiera hecho, si compresión les sobraba”.
“Nunca supimos quiénes fueron y por qué lo hicieron”, aseguró Videla. La dictadura culpó a “elementos subversivos”, según el comunicado del Comando de la Zona I, encabezado por el general Carlos Suárez Mason, que sostuvo que “el vandálico hecho demuestra que sus autores, además de no tener patria, tampoco tienen Dios”.
El comunicado del Ejército no convenció a nadie; en primer lugar, a la Iglesia, que siempre atribuyó la matanza a los sectores más duros de la represión ilegal; en especial, a Suárez Mason, quien se consideraba el dueño de la vida y de la muerte en su vasta zona de influencia, la ciudad de Buenos Aires en primer lugar.
Si bien la Iglesia sigue atribuyendo la matanza a Suárez Mason, con el tiempo y ante la ausencia de resultados en la Justicia, algunas sospechas también abarcaron a los marinos de la ESMA y a un grupo de policías federales vinculados al ministro del Interior, el general Albano Harguindeguy.
Con el tiempo, se desarrollaron cuatro grupos principales de monjes guerreros: los Hospitalarios, los Templarios, los Caballeros Teutónicos y los Caballeros del Santo Sepulcro. Creyendo que “luchar era una actividad caritativa”, los miembros de estas órdenes “dijeron la oficina y luego cabalgaron para matar a sus enemigos”. Algunos cuestionaron si estas órdenes estaban de acuerdo con los dictados del evangelio de Cristo, pero la realidad de la vida en el siglo XII era tal que “si los hermanos mendicantes predicaban el evangelio, los hermanos militares lo defendían”.
El
surgimiento de dos órdenes religiosas que combinaban los ideales de la
caballería y el monacato desempeñó un papel vital en el fortalecimiento
del Levante franco. Alrededor
de 1119, un pequeño grupo de caballeros, llamado encabezado por un
noble francés Hugo de Payns, se dedicaron a la caritativa tarea de
proteger a los peregrinos cristianos a Tierra Santa. En
términos prácticos, al principio esto significaba patrullar el camino
de Jaffa a Jerusalén, pero el grupo de Hugh obtuvo rápidamente un mayor
reconocimiento y patrocinio.El
patriarca latino pronto reconoció su condición de orden espiritual,
mientras que el propio rey les dio alojamiento en la mezquita Aqsa de
Jerusalén, conocido por los francos como el Templo de Salomón, y de este
sitio obtuvo su nombre: la Orden del Templo de Salomón . , los Templarios. Como los monjes, hacían votos de pobreza, castidad y obediencia, pero, como
líder (o maestro) de los templarios, Hugo de Payns viajó a Europa en
1127 en busca de validación y respaldo para su nuevo orden. El
reconocimiento formal por parte de la Iglesia latina se produjo en
enero de 1129, en un importante concilio eclesiástico celebrado en
Troyes (Champagne, Francia). En
los años siguientes, este sello oficial de aprobación fue adornado aún
más con el apoyo papal y amplios privilegios e inmunidades. Los
templarios también obtuvieron el respaldo de una de las grandes
luminarias religiosas del mundo latino, Bernardo de Clairvaux. Como
abad de un monasterio cisterciense, Bernardo era conocido por su
sabiduría y confiado consejero como en todas las cortes de Occidente.La
combinación de poder político y eclesiástico que ejercía no tenía
precedentes, pero en términos físicos, Bernard era un desastre.
Alrededor de 1130, Bernard compuso un tratado, titulado Elogio de la nueva caballería, en el que exaltaba las virtudes de la forma de vida de los templarios. El abad declaró que la orden era "muy digna de total admiración", elogiando a sus hermanos como "verdaderos caballeros de Cristo que pelean las batallas de su Señor", con la seguridad de un martirio glorioso si murieran. Esta exhortación lírica desempeñó un papel central en la popularización del movimiento Templario en toda Europa Latina, obteniendo la aceptación de una rama revolucionaria de la ideología de la cruzada que, en muchos sentidos, fue la máxima destilación y expresión de la guerra santa cristiana.
El ejemplo de los Templarios animó a otro movimiento religioso caritativo fundado por latinos en el Cercano Oriente a abrazar la militarización. Desde finales del siglo XI, el barrio cristiano de Jerusalén había albergado un hospital, financiado por comerciantes italianos y dedicado al cuidado de peregrinos y enfermos. Con la conquista de la Ciudad Santa por los primeros cruzados y la afluencia asociada de tráfico de peregrinos, esta institución, dedicada a Juan Bautista y conocida como el Hospital de San Juan, creció en poder e importancia. Reconocidos como una orden por el Papa en 1113, los Hospitalarios, como llegaron a ser conocidos, comenzaron a atraer un amplio patrocinio internacional.Bajo la dirección de su maestro, Raymond de Le Puy (1120-1160), el movimiento agregó un elemento marcial a sus funciones médicas en curso,
A lo largo de los siglos XII y XIII, los Templarios y los Hospitalarios se situaron en el corazón de la historia de las cruzadas, desempeñando papeles destacados en la guerra por Tierra Santa. En la Edad Media central, los nobles laicos latinos frecuentemente buscan afirmar su devoción a Dios dando limosnas a los movimientos religiosos, a menudo en forma de títulos de propiedad de la tierra o derechos sobre sus ingresos. La popularidad mercurial de las Órdenes Militares, por lo tanto, les presentó ricas donaciones en Ultramar y en toda Europa. A pesar de sus orígenes relativamente humildes, inmortalizados en el caso de los templarios por su sello, que representa a dos caballeros empobrecidos montados en un solo caballo, ambos pronto se dotaron de una enorme riqueza.También atrajeron un flujo constante de reclutas, muchos de los cuales se operaron en monjes guerreros altamente capacitados y bien equipados (como caballeros o sargentos de menor rango). La mayoría de las partidas de guerra europeas medievales eran sorprendentemente amateurs, acostumbradas solo a luchar en campañas cortas estacionales y compuestas predominantemente por irregulares mal perturbaciones y con armas ligeras. Los Templarios y los Hospitalarios, por el contrario, podrían reclutar fuerzas permanentes expertas a tiempo completo: en efecto, los primeros ejércitos profesionales de la cristiandad latina.
Las Órdenes Militares se cerraron en movimientos supranacionales. Centrados
principalmente en la protección de los estados cruzados, sin embargo,
desarrollaron una serie de otros intereses militares, eclesiásticos y
financieros europeos, incluido un papel destacado en las guerras
fronterizas ibéricas contra el Islam. En el Levante, su poder militar y económico sin precedentes les aportó un grado concomitante de influencia política. Ambas
órdenes disfrutaron del patrocinio papal, logrando la independencia de
las jurisdicciones seculares y eclesiásticas locales, por lo que tienen
el potencial de desestabilizar las entidades políticas soberanas del
Oriente latino.Como
poderes rebeldes, podrían incluso cuestionar o anular la autoridad de
la corona, o ignorar los edictos patriarcales y la instrucción
episcopal. Sin
embargo, por ahora, este peligro estaba más que compensado por los
beneficios transformadores de su participación en la defensa de
Ultramar.
Juntos, los Templarios y los Hospitalarios trajeron una afluencia de mano de obra y experiencia marcial que se necesitaba desesperadamente a los estados cruzados hambrientos de recursos militares. De manera crucial, también poseían la riqueza para mantener y, con el tiempo, extender la red de fortalezas y castillos de Outremer. Desde la década de 1130 en adelante, los señores laicos del Oriente latino comenzaron a ceder el control de los sitios fortificados a las órdenes, lo que a menudo les permitía desarrollar enclaves semiindependientes en las zonas fronterizas. El mando del castillo de Baghras dio a los templarios una posición dominante en el norte del principado de Antiochene. Los derechos a Safad en Galilea ya Gaza en el sur de Palestina trajeron a la orden derechos y responsabilidades similares. Los Hospitalarios, mientras tanto, ganaron centros en Krak des Chevaliers, encaramado sobre el valle de Bouqia entre Antioquía y Trípoli, y en Bethgibelin,
Caballeros del Santo Sepulcro
Godfrey
de Bouillon, el héroe de la Primera Cruzada, fundó los Caballeros del
Santo Sepulcro en 1099 como guardia militar de la Iglesia del Santo
Sepulcro. En
1138, el Papa Inocencio II (r. 1130-1143) destacó su carisma religioso
como cánones de la Iglesia que abrazaron los consejos evangélicos. La orden también contenía caballeros que vivían una vida secular que prometieron defender la tumba de Cristo. Operar
tan de cerca con los reyes de Jerusalén inicialmente hizo de la orden
una institución poderosa, pero gradualmente se convirtió en una
organización ceremonial y de servicio. En 1847, la orden fue reconstituida, reorganizada y modernizada por el Papa Bl. Pío IX, quien asumió el papel de gran maestre.Los
Caballeros del Santo Sepulcro cumplen sirviendo a la Iglesia a través
de su devoción espiritual a la Ciudad Santa y su asistencia a los
cristianos en Tierra Santa.
Los Caballeros Teutónicos
Los Caballeros Teutónicos del Hospital de Santa María de Jerusalén se originaron a través de las acciones de los comerciantes alemanes en el sitio de Acre en 1190, durante la Tercera Cruzada. Comenzaron simplemente a proporcionar un hospital en el campamento de los cruzados para atender a los combatientes enfermos, heridos y moribundos, pero en una década su enfoque cambió a asuntos militares. Como las demás órdenes religiosas militares, se comprometieron al servicio de Cristo y de la Iglesia. Adoptaron una identificación personal con el Salvador, evidenciada por la adopción del lema: “Quien nos combate, combate a Jesucristo”.
Aunque nunca influyeron en Tierra Santa, los Caballeros Teutónicos se despertaron en una poderosa fuerza política y militar en Europa del Este. A pesar de esto, fueron derrotados decisivamente por las fuerzas polacas en la batalla de Tannenberg el 15 de julio de 1410. La devastación provocada por esta derrota limitó severamente su influencia y eficacia. Aunque su número llegará a lo largo de los siglos, continuarán existiendo como una pequeña orden de nobleza centrada en Austria. Ya con una actividad limitada, sufrieron una pérdida aún mayor cuando doce caballeros fueron ahorcados en 1944 por el gobierno nazi alemán por su papel en el complot de asesinato contra Adolf Hitler.
Órdenes Militares y la Iglesia
El católico moderno puede preguntarse por qué la Iglesia reconoció y apoyó la creación de órdenes religiosas cuyos miembros vivieron los consejos evangélicos pero también lucharon en combate. La misma pregunta también fue planteada por algunos católicos durante el siglo XII, pero la Iglesia enfatizó con razón la diferencia entre matar a una persona inocente y a un soldado enemigo. San Bernardo usó el término “malecidio”—la muerte del mal; era “el exterminio de la injusticia más que de los injustos, y por lo tanto deseable”.
Las órdenes religiosas militares fueron una innovación espiritual única en la vida de la Iglesia. Mientras que las Cruzadas dieron a los guerreros medievales de la cristiandad una salida temporal para los beneficios espirituales a través del uso de su habilidad marcial, las órdenes militares proporcionaron un lugar permanente para el caballero en la vida monástica: “El guerrero, un hombre fuerte, orgulloso de su fuerza , se le pidió que usara esta fuerza y su espada al servicio de los débiles, que saliera de su propio mundo y se convirtiera en monje, pero que mantuviera su espada a su lado y su lanza en su mano”.


Tropas imperiales en la conquista de Túnez, 1535
Cisneros rompió con su soberano en 1509 y se retiró a la universidad de Alcalá. Durante el resto del reinado, prevaleció la política africana de Fernando: los españoles se contentaron con apoderarse y guarnecer una serie de puntos clave, mientras dejaban el interior a los moros. España iba a pagar un alto precio por esta política de ocupación limitada en años posteriores. La relativa inactividad de los españoles y su dominio incierto de nada más que una delgada franja costera permitió a los corsarios de Berbería establecer bases a lo largo de la costa. En 1529 los Barbarossas, dos hermanos piratas originarios del Levante, recuperaron el Peñón de Argel, la llave de Argel. A partir de este momento se sentaron las bases para un estado argelino bajo protección turca, que proporcionó la base ideal para los ataques de corsarios contra las vitales rutas mediterráneas de España.
La amenaza se volvió extremadamente grave en 1534 cuando Barbarroja arrebató Túnez a los vasallos moros de España, y así se aseguró el control de los estrechos mares entre Sicilia y África. Obviamente, ahora era una cuestión de extrema urgencia que España ahuyera el nido de avispas antes de que se produjera un daño irreparable. Al año siguiente, Carlos V emprendió una gran expedición contra Túnez y logró recuperarla, pero no pudo continuar su éxito con un asalto inmediato a Argel y se perdió la oportunidad de destruir a los piratas berberiscos. Cuando el emperador finalmente dirigió una expedición contra Argel en 1541, terminó en desastre. A partir de ahora, Carlos estaba totalmente ocupado en Europa, y los españoles no podían hacer más que defenderse en África. Su política de ocupación limitada significó que no lograron asegurar una influencia real sobre el Magreb, y sus dos protectorados de Túnez y Tlemcen sufrieron una presión morisca cada vez mayor. En el momento de la adhesión de Felipe II, el norte de África español se encontraba en un estado muy precario, del que los esfuerzos del nuevo rey no pudieron rescatarlo. El control de la costa tunecina habría sido un activo invaluable para España en su gran guerra naval de 1559 a 1577 contra los turcos, pero aunque Don Juan de Austria pudo recuperar Túnez en 1573, tanto Túnez como su fortaleza de La Goletta se perdieron. a los moros en el año siguiente. La caída de La Goletta fue fatal para las esperanzas africanas de España. El control español se redujo gradualmente a los puestos de guarnición de Melilla, Orán y Mers-el-Kebir, a los que más tarde se agregaron los restos africanos del Imperio portugués. Lamentablemente, pero no es sorprendente, la visión heroica de Cisneros de un norte de África español se había echado a perder en las arenas.
La razón más obvia del fracaso de España para establecerse eficazmente en el norte de África radica en el alcance de sus compromisos en otros lugares. Fernando, Carlos V y Felipe II estaban demasiado preocupados por otros problemas urgentes como para dedicar una atención más que intermitente al frente africano. El costo del fracaso fue muy alto en términos del crecimiento de la piratería en el Mediterráneo occidental, pero es discutible que la naturaleza del terreno y la insuficiencia de tropas españolas en cualquier caso hicieran imposible la ocupación efectiva. Es concebible, sin embargo, que las formidables dificultades naturales no hubieran sido insuperables si los castellanos hubieran adoptado un enfoque diferente de la guerra en el norte de África. En la práctica, tendieron a tratar la guerra como una simple continuación de la campaña contra Granada. Esto hizo que, al igual que en la Reconquista, pensaran principalmente en las expediciones de merodeo, en la captura del botín y en el establecimiento de presidios o guarniciones fronterizas. No había ningún plan de conquista total, ningún proyecto de colonización. La palabra conquista en castellano implicaba esencialmente el establecimiento de la "presencia" española: la obtención de puntos fuertes, la defensa de las reivindicaciones, la adquisición del dominio sobre una población derrotada. Este estilo de guerra, ensayado y probado en la España medieval, fue adoptado naturalmente en el norte de África, a pesar de las condiciones locales que amenazaban con limitar su eficacia desde el principio. Como el país era duro y el botín decepcionante, África, a diferencia de Andalucía, ofrecía pocos atractivos al guerrero individual, más preocupado por obtener recompensas materiales por sus penurias que la recompensa espiritual prometida por Cisneros. En consecuencia, el entusiasmo por el servicio en África decayó rápidamente, con consecuencias militares totalmente predecibles. El norte de África siguió siendo durante todo el siglo XVI la Cenicienta de las posesiones de ultramar de España, una tierra inadecuada para las características particulares del conquistador. Aquí quedaron expuestas las insuficiencias del estilo de guerra cruzado de la Castilla medieval; pero el fracaso en el norte de África fue eclipsado casi de inmediato por el sorprendente éxito del estilo tradicional de guerra en una empresa incomparablemente más espectacular: la conquista de un imperio en América.





-¡Tomen medidas inmediatamente porque estas son bandas comunistas que están quemando las iglesias, y después me lo van a atribuir a mí!El presidente no había terminado de hablar cuando Lucero llamó al general José Embrioni para indicarle que se debían adoptar medidas urgentes para proteger los templos históricos y los edificios amenazados. Embrioni se comunicó con el jefe de Policía pero aquel, recordando el llamado del ministro Borlenghi en cuanto a mantener acuartelada la fuerza en prevención de ataques de los comandos civiles revolucionarios, mantuvo su posición y no se movió. Estaba plenamente convencido que el Ejército se haría cargo de todo.
-Así como entraron que salgan. En cuanto a las banderas… eso es otra cosa.
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