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sábado, 29 de octubre de 2016

SGM: Los juicios de Nüremberg

Núremberg: de ciudad favorita de Adolf Hitler a emblema de justicia para la humanidad
El 1° de octubre de 1946, los jueces de los cuatro países vencedores de la Segunda Gran Guerra condenaron a algunos de los peores jerarcas del Tercer Reich. Quince días más tarde, diez de ellos murieron en la horca. Las cosas sucedieron así…
Por Alfredo Serra - Especial para Infobae



"Hoy, la ciudad de Núremberg, Franconia, estado de Baviera, es casi un paraíso de clima perfecto, rodeado de bosques, y enclavado a orillas del río Pegnitz. Medieval y amurallada, data del 1050. Población ideal: apenas 550 mil almas. Hoteles: 150, que agotan sus plazas durante el famoso Mercado de Navidad, que atrae a más de dos millones de turistas"
(De la Guía Práctica para conocer Núremberg)
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Pero otros aires, no de bosques, soplaban en la mañana del 16 de octubre de 1946 en el gimnasio de la prisión central: once cuerpos pendían de otras tantas sogas del improvisado patíbulo, y los verdugos, el sargento mayor del ejército norteamericano John Woods y el policía militar del mismo país Josep Malta, agotados, empezaban a comprender que habían entrado en la historia.

Porque los ahorcados eran Hans Frank, gobernador de la Polonia ocupada. Wilhelm Frick, el ministro que autorizó las Leyes Raciales de Núremburg: el exterminio (No por nada Adolf Hitler decía que esa ciudad era la más alemana y la más leal al Partido Nazi). Hermann Göring, presidente de la Luftwaffe (la Fuerza Aérea) y del Reichstag (el Parlamento), eludió la soga: se mató un día antes con una pastilla de cianuro…. Alfred Jodl, Jefe de Operaciones de la Wehrmatch (Fuerza de Defensa). Ernst Kaltenbrunner, jefe de la RSHA (Oficina Central de Seguridad) y de los einsatzgruppen (Grupos Operativos de Matanza). Wilhelm Keitel (comandante de la Wehrmatch). Joachin von Ribbentrop (ministro de Relaciones Exteriores). Alfred Rosenberg (ideólogo del racismo y ministro de los Territorios ocupados). Fritz Sauckel (director del Programa de Trabajo Esclavo).
Arthur Seyb-Inquart (líder del Anschluss (unión) usada para el anexo de Austria a Alemania. Julius Streichter (director del periódico antisemita "Der Stürmer").

 No fue casual elegir para los juicios la ciudad de Nuremberg: Hitler la consideraba la más alemana y la más leal al Partido Nazi
Los once cadáveres fueron cremados en el cementerio de Munich, y sus cenizas, esparcidas en el río Istar.

Las condenas fueron más. Cadena perpetua para el ministro de Economía Walter Funk, el ayudante de Hitler Rudolf Hess, y el comandante de la Kriegsmarine (Marina de Guerra), Erich Raeder. El arquitecto y ministro de Armamento Albert Speer (condenado a 20 años de prisión), venerado por Hitler, fue el hombre que proyectó colosales edificios y avenidas, fuera de escala humana, para aquella Alemania nazi que su criminal y demencial jefe hizo levantar para los siguientes mil años.

Diez de los reos recibieron penas menores y absoluciones. Y acaso el más terrible de los asesinos que lograron huir de los jueces, Martin Bormann, secretario del Partido Nazi, mano derecha de Hitler y condenado a la horca en ausencia, murió pocos días después del suicidio de Hitler, al parecer por la explosión de un puente, pero su fantasma fue agitado durante años por gente que creyó verlo vivo en varios puntos del planeta.

 Once de los condenados murieron en la horca por más que probados crímenes contra la paz y la humanidad. Sin embargo, hubo críticas legales desde ámbitos impensados
Cuando a Simon Wiesenthal, el célebre cazador de criminales nazis y sobreviviente de once campos de concentración, le mencionaban la palabra "Venganza", la rechazaba: "No quiero venganza. Quiero justicia".
Sin embargo, los juicios de Núremberg –sin duda el último acto de la Segunda Guerra Mundial y su monstruoso costo: casi 60 millones de vidas entre tropas y población civil– no fue un proceso fácil, rápido y fluido. Empezaron el 20 de noviembre de 1945 en la sala 600 del Palacio de Justicia nurenburgués, y terminaron con el último ahorcado el 16 de octubre de 1946.

El Tribunal Militar Internacional fue establecido por la Carta de Londres, y otros doce procesos posteriores –juicios a los doctores y a los jueces– fueron conducidos por el Tribunal Militar de los Estados Unidos. Pero no faltaron tropiezos ni chicanas… La legitimidad del tribunal fue cuestionada "por no existir precedentes similares en toda la historia del enjuiciamiento universal". En rigor, una verdad de Perogrullo, puesto que era el primero en su tipo. "Es como negarle legitimidad al primer vuelo de un nuevo avión… porque no hubo antes", argumentó uno de los juristas ingleses.

 Mientras duró el juicio, los acusados fueron tratados como prisioneros de guerra: visitas restringidas, derecho a ejercicios físicos, y traje y corbata para enfrentar al tribunal
Por supuesto, desde la Alemania derrotada llegaron otras oleadas de protesta. Como si la guerra no hubiera sucedido y los campos de concentración fueran una fantasía literaria o cinematográfica, se denunció "el maltrato contra los prisioneros".  En realidad, no hubo tal maltrato. Se les dio rango de prisioneros de guerra, se les permitieron visitas muy restringidas, podían hacer ejercicios diarios durante veinte minutos, y asistir al tribunal con traje y corbata. Recién al volver a la cárcel vestían el uniforme de reglamento.

Pero más allá de dimes y diretes, Núremberg sentó bases sólidas y perpetuas para el mundo. Por ejemplo, la figura "Crimen contra la humanidad", mencionada en La Haya en 1907, pero ambiguamente y con escasa fuerza. Finalmente, el tribunal reunió los cargos en tres grupos claramente definidos: Crímenes contra la paz, Crímenes de guerra, y Crímenes contra la humanidad: aquella simiente sembrada en La Haya.

Sin contar a los muchos criminales nazis que escaparon antes, durante y después de la derrota, entre los 611 acusados de todas las estructuras del nazismo hubo una súper figura: Karl Dönitz, Gran Almirante de la Flota Alemana y sucesor de Hitler luego de su suicidio en el bunker, último refugio de la mayor locura bélica (y acaso humana) del siglo XX.
Desde luego, no estaban ya todos los grandes monstruos: Joseph Goebbels se suicidó en el bunker con su mujer, no sin que ésta, antes, envenenara a sus seis pequeños hijos "para que no fueran criados fuera del nazismo". Heinrich Himmler, líder de la SS. Adolf Eichman, autor del plan de exterminio total del pueblo judío. Y el diabólico médico Josef Mengele, el coleccionista de ojos azules judíos y autor de atroces experimentos genéticos en Auschwitz. Murió ahogado en Brasil en 1979 mientras tomaba un plácido baño de mar…

 Además de las penas de muerte, hubo condenas a 20 años de prisión, a menos en algunos casos, y unas pocas absoluciones. No todos completaron sus años de cárcel
Mejores nombres quedaron en la historia: los hombres del supremo tribunal, compuesto por un juez titular de cada uno de los cuatro países vencedores (Reino Unido, Francia, Unión Soviética y Estados Unidos), y su respectivo suplente. A setenta años del bien llamado "Juicio del Siglo", es justicia recordarlos: Geoffrey Lawrence (Reino unido, titular), y Norman Birkett, suplente. Francis Biddle (Estados Unidos, principal), y John T. Parker, suplente. Henri Donnedieu de Vabres (Francia, titular), y Robert Falco, suplente. Ionna Nikítchenko, (Unión Soviética, titular), y Alexander Volchkov, suplente.

El fiscal jefe de la Corte fue el juez norteamericano Robert H. Jackson, ayudado por los fiscales Hartley Shawcross (Reino Unido), Román Rudenko (Unión Soviética), y Francois de Menthon y Auguste Champeier (Francia).

De los veinticuatro acusados, sólo el arquitecto Albert Speer, Hans Frank y Baldur von Schirach, líder de las salvajes Juventudes Hitlerianas, se arrepintieron públicamente de sus crímenes. En cuanto al poderoso industrial del acero Gustav Krupp, que se sirvió del trabajo esclavo para fabricar armas a destajo para el Tercer Reich, e incluso cañones experimentales capaces de alcanzar blancos ingleses desde Alemania, resultó indemne e impune: según los médicos, "su salud no podía soportar un juicio".

Y el canciller Joachim von Ribbentrop, en noviembre de 1945, al empezar el juicio que lo condenó a morir en la horca, se permitió un desafío que sonó tragicómico: "Ya lo verán. Dentro de unos años, los abogados de todo el mundo condenarán este juicio. No se puede hacer un juicio sin ley".

Pero no fue él único objetor. Quincy Wright, de la Escuela de Positivismo Legal, dijo un año y medio después de los juicios: "¿Cómo pudo el Tribunal de Núremberg lograr jurisdicción para culpar a Alemania de agresión, cuando Alemania no prestó su consentimiento para la existencia de tal tribunal, y someter a los imputados a juicio cuando sus actos fueron cometidos antes de la ley promulgada en 1945?". Ni tampoco el único viento de locura: Harlan Fiske Stone, Jefe de Justicia de la Corte Suprema norteamericana, dijo que "los juicios de Núremberg son un fraude. El fiscal Jackson lidera una fiesta de linchamiento".

Frente a estos argumentos presuntamente legales se impone otra realidad de sangre, fuego y muerte. La maquinaria nazi llegó a instalar 71 campos de concentración dentro y fuera de su territorio. Los cálculos –nada fáciles de precisar, pero coherentes con las desapariciones y el relato de sobrevivientes– sugieren que entre judíos, gitanos, lisiados, homosexuales, ancianos y niños (los dos últimos, desechados por incapacidad laboral), la suma supera los diez millones de muertos por fusilamientos masivos, cámaras de gas, torturas, enfermedades, etcétera.

 Hoy, Núremberg es una ciudad bella, rodeada de bosques, junto a un río, con escasa población (algo más de medio millón de habitantes), un gran mercado de Navidad, y apenas rastros de aquellos 26 días que fueron el verdadero fin de la guerra
¿Qué ley antes de 1945 podía imaginar tales atrocidades? ¿Qué recodos legales o tecnicismos podían defender y hasta liberar a ese diabólico ejército de asesinos, salvo que se estuviera de acuerdo, consciente o inconscientemente, con los flamígeros y delirantes discursos de Hitler, y con el sueño de un Tercer Reich para mil años?

En cambio y en aras de la civilización, los Juicios de Núremberg fueron vitales para redactar la Convención contra el Genocidio (1948), la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ese mismo año, y las Convenciones de Ginebra (1949) y sus protocolos (1977).
Con todos sus acierto, sus fallas y sus matices, instrumentos propios de la civilización, no de la barbarie.

Siete décadas han pasado desde 1° de octubre de 1946, día del veredicto final. Quince días más tarde, aquellos cuerpos pendían cada uno de su soga. Believe it or not esas ejecuciones también merecieron críticas. Hubo protestas contra el método (soga corta o soga larga), la extensión de las agonías (de catorce a vientiocho minutos, se dijo), y hasta contra el dolor extra que sufrieron los condenados por el escaso tamaño de las escotillas de caída, que el algún caso les lastimaron la cara.

Frente a eso, es válido recordar el testimonio del escritor y agente secreto británico John Forsyth en su libro "Odessa" al referirse al criminal de guerra Eduard Roschman, muerto en el Paraguay. "Lo que más me horrorizó de ese personaje es que hacía pintar en las ventanillas de los ómnibus que llevaban prisioneros a los campos de concentración y a una segura muerte, caras de hombres, mujeres y niños felices que parecían ir hacia un bello día de campo".

Ya pronto será 16 de octubre en Núremberg, y los hoteles empezarán a agotar sus reservas porque en diciembre, el mes del gran Mercado de Navidad, más de dos millones de almas agotarán hectolitros de cerceveza y gastarán hasta el último euro en regalos, souvenirs y cuanto se ofrezca. Es de sospechar que nadie visitará siquiera la sala 600 del Palacio de Justicia ni el gimnasio de la prisión central.

Ojalá, aunque estos días tampoco son miel sobre hojuelas en Europa ni en muchas partes del mundo. Ojalá. Porque lo que había que hacer, desesperadamente, en aquel primer día de los juicios, fue hecho.
Gloria y honor para aquellos hombres.

sábado, 15 de octubre de 2016

ARA: El asesinato del Comandante Mallo

El Asesinato del Comandante Mallo
Historia Digital - Artículos y fotos




El asesinato del Comandante Mallo, en la base naval de Punta Alta, fue un evento que caló hondo en la opinión pública del país en el año 1900. Raúl Oscar Infrán nos relata la historia de Mallo y su matador, Pablo Funes, protagonistas de un crimen del que nunca se llegó a saber toda la verdad.


El asesinato del Comandante Mallo: Entre la historia y la leyenda.
por Raúl Oscar Ifrán (Blog Personal)



I - Un hombre libre

El hombre se arregló el impecable traje oscuro, se acomodó el bigote de manubrio a la usanza de la época y saludó cortesmente al director del Hospital Militar. Había concluido los exámenes médicos que la ley imponía para su liberación.
- A partir de este momento, las puertas están abiertas para usted - le dijo el funcionario - es un hombre libre.
Eran las 9.00 a.m del martes 1 de agosto de mil novecientos once. Nadie hubiera reconocido en este joven de treinta y cuatro años, de aspecto distinguido y modales educados, al penado número 40 del Presidio Militar de Ushuaia, ó al sargento segundo distinguido del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar de Bahía Blanca, y menos aún, al alevoso matador del teniente coronel Carlos A. Mallo, primer comandante de este cuerpo, cuna de la actual Base de Infantería de Marina Baterías. Pablo L. Funes, culminaba una dolorosa etapa de su vida iniciada trágicamente once años antes en las desoladas dunas de la Punta sin Nombre.
En el exterior, un grupo de amigos que lo aguardaba impaciente, prorrumpió en exclamaciones de júbilo. El comandante Aníbal Villamayor fue el primero en abrazarlo. Habían sido compañeros de celda en 1905, cuando el ex jefe del Batallón II de Infantería de Bahía Blanca fuera condenado por su adhesión a la revolución radical, involucrado en la masacre de Estación Pirovano. Funes, con la cara hundida en el pecho de su amigo, no pudo contener el llanto. El teniente Orfila, a unos pasos, aguardaba su turno para manifestar su alegría y su afecto.
Un fotógrafo y un cronista de la revista Caras y Caretas documentaban el momento.
- Estoy resuelto a formar en las filas de los hombres honrados y de trabajo - expresó lacónicamente el ex sargento.
Luego cruzó la calle del brazo de sus compañeros y cerró un capítulo escrito con sangre en la historia del primer puerto militar de la República Argentina.




El ex sargento Pablo Funes, en el centro, rodeado por el comandante Villamayor y el teniente Orfila, en las puertas del Hospital Militar, el 1 de agosto de 1900, al momento de recuperar su libertad.

II - Tormenta en el Cuartel de Artillería de Costas

La noche del jueves diez de mayo de mil novecientos, una paloma mensajera levantó vuelo desde el Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar hacia la unidad del ejército de la que dependía en Bahía Blanca. Abajo, entre los muros de piedra y hormigón de la flamante fortificación, un grupo de hombres alentaba su vuelo con desesperación. Una rigurosa tormenta, típica de la inhóspita región, confundió el rumbo del animal e hizo que llegara muy tarde a su destino.
Portaba un mensaje del doctor Sixto Laspiur dirigido a sus colegas Lucero y Vigo para que, provistos de algunos equipos de cirugía, se trasladasen con urgencia a Puerto Belgrano; el teniente coronel Carlos Mallo, sufría una violenta hemorragia. El doctor Lucero se comunicó enseguida por teléfono para obtener precisiones de lo que ocurría en el cuartel. La respuesta lo dejó atónito. Nada podía hacerse, ya. El comandante había fallecido el día once a la mañana, entre las 7 y 8.30 horas.
Poco a poco comenzó a destejerse la maraña del luctuoso acontecimiento. La muerte del jefe había sido ocasionada por 18 heridas punzantes causadas por un machete de máuser, esgrimido por su subalterno el sargento distinguido Pablo L. Funes.
Las cosas fueron así. En las últimas horas de la tarde del jueves, luego de las formalidades del cambio de guardia de prevención, el comandante Mallo requirió la presencia del sargento Funes en su despacho que se encontraba en el edificio de la séptima batería. A los pocos minutos se escucharon gritos desgarradores y desesperados.
- ¡Me asesinan! - vociferaba alguien - ¡Me asesinan!
Cuando los efectivos de la guardia y los oficiales de la comandancia acudieron al patio de la batería, encontraron al teniente coronel acribillado a puñaladas, yacente en un charco de su propia sangre. Parado frente a él, absorto, en actitud contemplativa, el sargento aún aferraba el arma. Uno de los cabos desarmó al victimario que no ofreció resistencia, mientras el resto de los hombres auxiliaba al jefe.
El doctor Laspiur, en un ligero examen, contó 18 heridas, todas en la caja del tórax, muchas de ellas afectando órganos vitales. Hizo unas primeras curas pero su rostro sombrío anticipaba el peor final. No existían esperanzas para el desdichado oficial. El agresor fue engrillado, incomunicado y encerrado en una de las mazmorras de la fortificación. El motivo del crimen era un misterio y, aún hoy, es motivo de controversias. Un redactor del diario “El porteño” de Bahía Blanca escribió con genuina amargura que esas 18 puñaladas se llevaban dos gratas esperanzas a la tumba.


Foto donde se observa al teniente coronel Mallo, a pocos metros del sitio donde fue herido (1) y donde cayó para no volver a levantarse (2).

III - El tren de la muerte pasó por Punta Alta

Eran varias chatas de hierro negro atravesando la nada.
El domingo 13 de mayo de mil novecientos, la formación que procedía del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar trasladando los restos mortales del comandante Mallo, pasó por Punta Alta y llegó a la Estación del Ferrocarril del Sud en Bahía Blanca a las 2:20 horas de la madrugada. En diez minutos se agregaría al tren ordinario con destino a la Capital Federal. Allá, el almirante Daniel de Solier, ya organizaba los honores fúnebres a tributar por orden del Ministro de Marina. Allá, destrozada por el dolor, aguardaba una madre, la señora Magdalena García de Mallo.
Escoltaba el convoy una compañía de artilleros, en guardia de honor, con uniforme de gala y fusiles al hombro. En la estación de Bahía Blanca, por orden del ministerio de marina, esperaba una comisión de oficiales que, en señal de duelo, lucían un crespón negro en la empuñadura de sus espadas. A la comitiva se sumaron los hermanos del extinto jefe, señores Martín e Ignacio Mallo, llegados de La Plata apenas conocida la infausta nueva. Una verdadera multitud se agolpaba en el andén para despedir al distinguido jefe. Quedaron registrados, entre otros, los nombres de Ramón Zabala, Ángel Brunel, Luis Costa, Felipe Machado, Lorenzo Garay, Manuel Tobia, Sixto Laspiur, Rafael Rica, Guillermo Barker, Víctor Foricher, Juan Manuel López Camelo, Juan Rufrancos, Santos Brian, Augusto Brunel, Juan Lamberti, Eugenio Villanueva, Eduardo Córdoba, Bernardo Feinberg, Juan Schap, Marcos Mora, Martín Delpech, Manuel Moneta, Antonio Viñas, Juan Canata, Agustín López Camelo, Mario Fernández, Tomás Gutiérrez, Acacio Paiva, Santiago Rubert. Todos querían estar presentes en el último adiós al amigo .
El teniente coronel Carlos A. Mallo era un militar muy competente e ilustrado. Alumno destacado del Colegio Militar de la Nación, gozaba de mucho prestigio entre sus pares. Los cinco galones de su divisa eran fruto de su contracción al trabajo y su permanente capacitación. Su preparación fuera de lo común hizo posible que integrara numerosas comisiones técnicas en las que siempre sobresalió. El ejército y la artillería habían sido su vida. El ejército, la artillería y la sociedad argentina sufrían una gran pérdida.
Cuando el pito del tren anunció la partida, en medio del cataclismo ferruginoso de las ruedas, obnubilado por el humo de las calderas, el comandante Mallo emprendió su último viaje, dejando atrás las desoladas extensiones, feudo de las tribus de los Ancalao y los Linares. Partía el primer jefe del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar, y por designios de la fatalidad, lo hacía para siempre.


Teniente Coronel Carlos Mallo, primer jefe del Cuartel de Artillería de Costas del Puerto Militar.



Formación ferroviaria conduciendo los restos del comandante Mallo a Buenos Aires.

IV - Un destino sellado en un día

Mientras en Puerto Belgrano se instalaba la capilla ardiente, con el cadáver del comandante todavía caliente, el capitán Badaró puso al tanto de la situación al comodoro Martín Rivadavia, ministro de marina. Éste le ordenó hacerse cargo de la jefatura de policía del Puerto Militar y envió un telegrama al ingeniero Luiggi para que facilitara toda la colaboración que el caso requería.
El capitán de fragata Eduardo Lan, designado Juez instructor del proceso, partió hacia Bahía Blanca con la misión del levantamiento del sumario y el esclarecimiento de los hechos.
El doctor Adolfo J. Orma, antiguo rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, se ofreció para llevar adelante la defensa del sargento. En ese establecimiento, Funes había cursado estudios hasta el tercer año, antes de ingresar al ejército y había dejado una excelente im-presión y amables recuerdos.
Correspondía actuar al Consejo Permanente de Guerra para marinería presidido por el capitán de navío Manuel Guerrico, a quienes secundaban los tenientes de navío Alegre, Pozzo, Aparicio, Bello y César, el subteniente Bosch como secretario y el doctor Escalada como auditor. En esa época, la ley tenía previsto para este tipo de delito, la sustanciación del juicio en una misma jornada. En un procedimiento breve y sumario, se oiría la acusación del fiscal, la defensa del doctor Orma y se dictaría sentencia. El destino de Funes, tenía que quedar sellado en un día.
Las opiniones estaban muy divididas. Había trascendido que el teniente coronel Mallo trataba con excesiva dureza al sargento y que existía una profunda antipatía entre ambos. Funes, en reiteradas ocasiones había confesado a sus camaradas que estaba profundamente disgustado con este trato. Días antes de la tragedia, en rueda de amigos, dijo que había soportado demasiados insultos y hasta bofetones de su superior, pero que no iba a tolerar otra vez aquella ofensa que ningún buen hijo puede perdonar. Evidentemente, se refería a un insulto que involucraba el honor de su madre.
Otra versión que circuló en esos días, afirmaba que Mallo había degradado a Funes por cuestiones del servicio, arrancándole brutalmente las jinetas y despojándolo del destacamento que tenía a su cargo. Los comentarios que hizo el sargento entre la tropa y en algunas casas de la guarnición, fueron motivo para que el jefe lo llamara a su despacho la noche del 10 de mayo cuando se desencadenó el sangriento drama.
Algunos hablaban de un pleito de polleras.
Unos doscientos vecinos de Puerto Belgrano, hicieron llegar a la redacción del diario “El porteño” de Bahía Blanca una petición dirigida al ministro de marina. Pedían consideración para el sargento Funes, mostrándolo víctima de humillaciones. La gente del diario, se negó a publicar esta petición. El comodoro Martín Rivadavia también desestimó el pedido.
En la memoria de la floreciente sociedad crecida alrededor de las obras del puerto, aún cruzaban las imágenes de la conmemoración, el último marzo, del primer aniversario del cuartel. Hubo una nutrida concurrencia que quedó impactada por la galantería, gallardía y hospitalidad del comandante Mallo y sus subordinados. La fiesta, en medio del desierto, duró todo un día.
Un mes después, con motivo de las pruebas de tiro de la batería III, el teniente coronel Mallo impresionó a personalidades de la zona, como el coronel Arent, los doctores Arata y Laspiur, el coronel Day, los mayores Lagos y Dieserens, el ingeniero Luiggi y el capitán Badaró. Era innegable, que el alto jefe, gozaba de mucho prestigio.
El 30 de mayo el capitán Lan dio por terminado el sumario, caratulándolo “Homicidio alevoso sin ninguna causa atenuante”. El fiscal pidió la pena de muerte. El doctor Orma, en tanto, pedía que se declare a su defendido exento de pena por sufrir de epilepsia. La epilepsia de Funes, decía Orma, estaba comprobada fehacientemente por exámenes médicos y otros medios de prueba, y era causa suficiente de exención de pena. De la actuación sumarial los médicos forenses habían determinado que Funes era epiléptico y que, en el acto de cometer el crimen se encontraba bajo los efectos de un paroxismo epiléptico. Esto lo impulsaba irresistiblemente a hundir una y otra vez el machete en el cuerpo de la víctima sin responsabilidad de su acción. Sugerían que el propio jefe lo había puesto en situación de violencia.
Una década más tarde, el ilustre José Ingenieros, comentó este caso y demolió el alegato del doctor Orma en su obra “Simulación de la locura ante la criminología, la psiquiatría y la medicina legal”, aduciendo que el epiléptico impulsivo es el más peligroso de todos los criminales, y por ende, merece la más grave de las condenas. Según Ingenieros, la condena de Funes se fundó en la responsabilidad de su acto y no en su verdadera peligrosidad criminal. Según este experto en criminología, la circunstancia de su enfermedad en lugar de absolverlo lo condenaba.
Gran conmoción causó la noticia del fallo absolutorio que, en un brillante triunfo forense, logró el doctor Orma, diputado nacional por Buenos Aires, para el sargento Funes ante el Consejo permanente, con solo dos votos en contra del tribunal, el 11 de julio de 1900. Sobre todo, considerando que prima facie, los argumentos de la fiscalía parecían abrumadores. Sin embargo, el 1 de agosto de 1900, en la próxima instancia, el Supremo Consejo de Guerra hizo lugar a la apelación del procurador fiscal y anuló esta sentencia condenando al sargento Funes a presidio indeterminado, a cumplirse en la Cárcel Militar de la Isla de los Estados.

El caso estaba cerrado.



La oficialidad del Cuartel de Artillería de Costas, con el comandante Mallo detrás del oficial sentado, en ocasión de la fiesta por el aniversario del Cuartel, en marzo de 1900.



Otra imagen de esa fiesta, donde los invitados posan junto al cañón nro 4 de la Tercera Batería.



Comida en el Cuartel de Artillería de Costas, en Abril de 1900, donde el comandante Mallo homenajeó a distinguidas personalidades.



El consejo de Guerra encargado de enjuiciar a Funes.



Izquierda dr. Adolfo Orma, defensor de Funes. Derecha, capitán de fragata Eduardo Lan, fiscal.

V - Un viaje al fin del mundo

El círculo de amistades de Pablo L. Funes se mostró consternado ante la noticia del crimen. Tenía veintitrés años y había sido alumno aventajado del Colegio Nacional de Buenos Aires, donde había cursado hasta el tercer año de estudios. El doctor Orma era rector del Establecimiento cuando Funes fue alumno.
Pablo Funes era nativo del Bragado y, huérfano desde muy pequeño, había sido recogido por el señor Miró, diputado provincial. Parte de su familia biológica residía en Tucumán, en el departamento de Famaillá.
Fue uno de los fundadores del Centro Literario Nicolás Avellaneda, y en más de una oportunidad demostró sus condiciones de poeta, sentimental y romántico.
En 1893 se incorporó al Batallón de Infantería de Marina creado el 26 de agosto de ese año en Capital Federal, permaneciendo en él hasta el 27 de noviembre de 1898 en que se disolvió el cuerpo. Junto con el resto de los efectivos pasó a revistar en la Artillería de Costas. Era buen subordinado, muy aplicado, y sus fojas de servicio muy satisfactorias. Llegó a desempeñarse como subteniente en comisión, teniendo un destacamento bajo su mando en el Cuartel de Puerto Belgrano.
Tenía auténtica vocación militar, y gran pasión por el arma de artillería. No perdía ocasión de devorar cuanto libro cayera en sus manos, y siempre estaba buscando alguna materia nueva que aprender.
El miércoles 16 de mayo de 1900, engrillado y custodiado por un piquete formado por un sargento, un cabo y cuatro soldados al mando del teniente Spurr, Funes llegó en tren a la Estación Constitución, donde lo aguardaba una pequeña muchedumbre que le hizo muestras de simpatía y le deseó suerte. Luego, el reo fue entregado al jefe de la prisión militar instalada en el pontón “La Paz”, viejo casco de madera del vapor Rosetti estacionado en el dique 3 de la darsena Sud.
En los últimos días de agosto Funes fue embarcado en el transporte “Guardia Nacional” con rumbo a los mares del sur, hacia el presidio del fin del mundo en la Isla de los Estados. Unos cronistas se habían apostado en el puerto para arrancarle alguna declaración. Su caso había interesado a la opinión pública de todo el país.
- Estudiaré zoología, botánica y mineralogía - dijo -Trataré de prestar mi concurso a la ciencia de aquellas apartadas y casi desconocidas regiones.


Sargento distinguido Pablo L. Funes.


Cárcel Militar en el Pontón La Paz, en la Dársena Sur.



El sargento Funes en el bote que lo conduce al transporte Guardia Nacional.

VI - El despensero del presidio

La colorida y variada población que despidió al “Guardia Nacional” fue el último contacto de Funes con la civilización por varios años. Este barco viajaba periódicamente hacia las áridas y salvajes zonas de nuestro sur, de modo que cada vez que partía reunía en el muelle a misioneros salesianos, buscadores de oro, marinos extranjeros, parientes de los escasos tripulantes y comerciantes que cargaban sus provisiones.
No hay registros de su estadía en isla de Los Estados. No hay fotos vistiendo el traje de rayas horizontales amarillas y negras. A la prisión de San Juan de Salvamento, y luego la de Puerto Cook, los hombres iban a morir de frío y soledad. Los presos gozaban de cierta libertad porque el clima y el mar, profundo y gélido, desbarataban cualquier idea de fuga. La cárcel no eran las miserables casuchas de chapa y madera, era el aire húmedo y enfermizo, era la vegetación rala y descolorida, era la turba que devoraba sus pisadas, era el silencio cubriéndolo todo. Como había dicho el mercenario rumano Julius Popper, la verdadera cárcel era la isla. El único descanso que esperaba a esos desdichados, era una tumba en el cementerio del presidio, anónima y sin flores.
En 1902 el gobierno decide, por razones humanitarias, trasladar el presidio a Puerto Golondrina, en Ushuaia. Este movimiento propició el cruento escape de cincuenta y un presos con muertos y heridos. Aquí se destacó el nombre del penado Pablo L. Funes, ex sargento del cuerpo de Artillería de Costas del Puerto Militar, se negó a participar del motín. Se quedó en el presidio auxiliando a los guardias heridos. Este comportamiento le valdrá el reconocimiento y la consideración de las autoridades del presidio.
En 1909, en el presidio militar de Ushuaia, había 62 penados a quienes custodiaba un destacamento de conscriptos. El director del penal era el mayor Herrera, secundado por el teniente Gregory y el contador Zambra. Los presos se dedicaban a diferentes trabajos. Martín Alfonso era boyero, Evaristo Sosa era pastor de una majada de carneros, Felipe Arce era el panadero, Angelino Arancibia cortaba y repartía leña, Martín Alfonso era boyero, Angel Urueña ayudaba al contador con sus libros. Todos estos nombres tenían un triste pasado, protagonistas de oscuros crímenes.
Todas las mañanas, los vecinos del pequeño pueblo de Ushuaia, veían un carrito pintado color plomo tirado por un caballo, pasar frente a la iglesia y devorar los tres kilómetros que separaban el presidio del almacén del señor Piqué. Lo conducía un joven alto, a quien todos conocían y estimaban. Era el ex sargento Pablo L. Funes encargado de comprar los víveres que consumían en la cárcel. Como no era practicable una licitación pública en el Territorio de Tierra del Fuego para proveer a la Cárcel de Reincidentes de racionamiento y artículos en general por falta de licitantes, el Ministerio de Hacienda asignaba 15.000 pesos moneda nacional para que la Dirección del Penal afrontara ese abastecimiento administrativamente.
Funes no sólo hacía las compras, también era responsable del reparto de la mercadería y llevaba la contabilidad de los gastos. Era el despensero del presidio.
Era un buen muchacho y los jefes lo querían mucho. Le permitían comer en la cocina del jefe de la cárcel el mismo rancho de los oficiales. En sus ratos libres se dedicaba a la lectura y a la fotografía. De Punta Arenas le habían mandado de regalo una cámara y con ella tomaba vistas de los paisajes fueguinos.
A los penados de buena conducta se les permitía tener su quinta y su gallinero. Con la venta de las aves y los huevos juntaban algunos pesos para sus gastos. Otros, se dedicaban a las tallas de madera que comercializaban con los pasajeros de los barcos que llegaban al puerto.
En la publicación “Registro Nacional de la República Argentina-Año 1910-Segundo Trimestre”, página 202, se lee “Decreto acordando indultos en conmemoración del primer centenario de la emancipación nacional- Buenos Aires. Mayo 18 de 1910. En conmemoración del primer centenario de la emancipación nacional y en uso de los poderes de guerra que la Constitución le acuerda, el Presidente de la República decreta: Artículo 1.0. Conmútase las penas de presidio indeterminado por la de presidio por 11 años, a los siguientes penados que han demostrado conducta intachable y demostrado arrepentimiento: Ejército.- Vicente Castillo, Teodoro Sánchez, Arturo Ortiz, Justino Sánchez, Angelino Arancibia, Pedro Ilcyesy, Amadeo Rinaldi. Armada.- Esteban Britos Pereyra y PABLO L. FUNES.”





El ex sargento Funes, en el carrito color plomo del presidio, de compras en el pueblo de Ushuaia.



El sargento Funes con el señor Pique, dueño del comercio que abastecía al presidio. Año 1910.

VII - Conclusión

Una de las primeras leyendas que los habitantes de Punta Alta, Puerto Belgrano, Baterías y toda la región aprenden, es la del Capitán sin Cabeza. Pero claro, es una leyenda borrosa, difuminada por la transmisión boca a boca de abuelos a padres y de padres a hijos. A veces se parece mucho y se confunde con la Leyenda de Sleepy Hollow de Washington Irving. Hablan de un soldado que espera trepado en las ramas de un árbol el paso del capitán, montado en su caballo, y le corta la cabeza que luego entierra en un lugar nunca revelado. Hablan de un duelo a espada, en las playas de Baterías, por una mujer que no se decide por uno o por otro.
En algún momento se descubre que la historia fantástica nace a partir de una historia real.
Aquí se sabe que el capitán era un teniente coronel y el asesino un sargento, porque en un principio, el Cuartel de Artillería de Costas pertenecía al ejército. Se sabe que los protagonistas de este drama eran dos caballeros ejemplares y admirados y que tenían rostros y nombres propios, Carlos Mallo y Pablo Funes.
No se sabe, y ya no se sabrá nunca, porqué las cosas sucedieron como sucedieron.
Inútil es emitir juicios cuando ha pasado tanto tiempo. Hubo mucha gente que simpatizaba con uno ó con otro y que justificaba a éste y denostaba a aquél. Sólo ellos dos conocieron lo que sucedió el 10 de mayo de 1900 por la noche, y las causas que condujeron a la muerte de Mallo y la condena de Funes. Lo cierto es que la muerte nunca se justifica y que nuestra historia, como dijo el periodista de “El porteño”, perdió con aquellas puñaladas dos gratas esperanzas.

Raúl Oscar Ifrán.
Punta Alta.


Fuentes:

  • Revista Caras y Caretas primera época.
  • Diarios "El porteño" y "La Prensa"
  • Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados 1905
  • Revista Militar del Círculo Militar Vol. 49
  • Revista Jurídica Argentina La Ley Vol. 126
  • José Ingenieros. "Simulación de la locura"
  • Alfredo Becerra. "Los prófugos de la is. de Los Estados según diarios de la época"
  • Argentina hacia el sur. Construcción social y utopía en torno a la creación del primer puerto militar de la República. 1895-1902
  • Revista Argentina Austral vol. 15
  • Registro Nacional 1901
Las fotos son, en su totalidad, de revista Caras y Caretas primera época.

martes, 22 de marzo de 2016

Guerra de Vietnam: La injusticia militar sobre la masacre de My Lai

Nuestro informe sobre los procedimientos judiciales militares de Estados Unidos que siguió a la matanza de My Lai

A partir de 1971: ¿Cuáles son los criminales de guerra?
3 ª Abr de 1971 | WASHINGTON, DC | Estados Unidos
The Economist



A diferencia de la mayoría de los tribunales, un tribunal militar no explica sus juicios. Los largos procedimientos completos de los juicios en el caso del teniente William Calley no dejaban lugar a dudas de que él de hecho había matado a muchos aldeanos vietnamitas que no ofrecieron resistencia en My Lai 4, o Son My, o lo que sea el lugar es llamado con razón, cuando él era un comandante  de pelotón de infantería tres años antes. El número de víctimas podría estar, y lo fue, en disputa. La hoja de cargos tenía al menos 102 hombres, mujeres y niños; el jurado modificó la cifra de no menos de 22. La defensa de Sr. Calley nunca negó el asesinato, pero sostuvo que había sido hecho bajo órdenes y en la creencia de que era lo que requería su deber militar.

O bien el jurado hizo una conclusión de hecho, que el Sr. Calley no recibió las órdenes que dijo haber recibido, según él, o se hizo una conclusión de la ley, de que las órdenes eran ilícitas y deberían haber sido desobedecidas. Sin embargo, no tiene que decir cuál de los dos caminos que tomó para llegar al veredicto, culpable de asesinato premeditado, pronunciado el lunes, y en la sentencia, la cadena perpetua. En algún momento, tal vez, la serie de recursos que se prometió por el abogado de la defensa del Sr. Calley se escapará de la reticencia del proceso militar a la luz relativa de los tribunales civiles. Ciertamente el clamor legal y académico ascendente sobre las reglas de la guerra, ya que se han aplicado en Vietnam no dejará el caso por sí solo.

Hubo un tiempo cuando los abogados eminentes como el difunto Thurman Arnold defendió la intervención del presidente Johnson en Vietnam como "la aplicación del principio que Nuremberg anunció al mundo." Ese principio fue la criminalidad de la guerra agresiva. Sin embargo, los tribunales de Nuremberg y de Tokio de un cuarto de siglo atrás, declararon también otros principios, por ejemplo, que la responsabilidad por la forma en que se llevó a cabo la guerra descansaban más pesadamente sobre los comandantes en el rango superior. Como dijo el fiscal estadounidense en Estados Unidos contra Von Leeb, "la mitigación debe reservarse para aquellos a los que las órdenes superiores son empujados hacia abajo." General Yamashita fue ahorcado, después de un debido proceso, por su falta de prevención de las crueldades cometidas por su vasto Ejército. El fiscal de Nuremberg, el general (ahora profesor) Telford Taylor, reflexionó sobre estas memorias en un libro académico reciente ", Núremberg y Vietnam." Llegó a la conclusión de que la serie de los consejos de guerra que se deriven de la matanza de Son My o My Lai "no puede ser bastante determinado sin investigación completa sobre las responsabilidades más altas ", y que la salud moral del Ejército de Estados Unidos no se recuperará hasta que sus líderes están dispuestos a examinar su comportamiento por las mismas normas que sus predecesores venerados aplicar a Yamashita hace 25 años.

Fue el último general MacArthur, que confirmó la sentencia de muerte de Yamashita. La escala del alboroto que se ha acumulado en torno a estas cuestiones y otras relacionadas se ilustra por la bibliografía de títulos 33 del libro publicado el pasado fin de semana por el Times Book Review de Nueva York, junto con una amplia revisión por parte de un ex corresponsal de guerra en Vietnam, Sr. Neil Sheehan , exigiendo una investigación del Congreso general de los crímenes de guerra.

Esto no impide que el Sr. Calley recibiendo mucha simpatía en su desgracia. La corriente inevitable de los telegramas de protesta contra el veredicto está vertiendo en la Casa Blanca, el Departamento de Defensa y el Congreso. Dos temas marcan las protestas: una que un oficial subalterno tenue se está obligado a correr con culpa que pertenece mucho más arriba; la otra, que lo que hizo estaba en la naturaleza de la guerra y que la vida del soldado se hace imposible si sus acciones en la tensión de la batalla se van a coger una y diseccionado después por abogados y funcionarios.

En algunos aspectos, la ola de simpatía distorsiona los hechos. Desde casi seis años y millones de palabras de la transmisión de noticias no han revelado ninguna otra masacre por las tropas estadounidenses en algo parecido a la escala de Mi Hijo, la probabilidad de que Mi Hijo fue, de hecho, un hecho extraordinario parece abrumadora. Si el Sr. Calley entiende que nada extraordinario se había hecho o no, el comportamiento de muchas de las otras personas interesadas, los que se negaron a participar, los que callar para arriba y los que finalmente habló, sugiere que ellos lo sabían.

Pero mi hijo también estaba fuera de lo común de otra manera, como dice el profesor Taylor, en la sinceridad con que la operación fue llevada a cabo, con los fotógrafos del ejército en la escena y los comandantes en helicópteros volando en círculos.

Teniendo en cuenta todo esto, el desempeño del Departamento del Ejército en la búsqueda de lo que ocurrió y decidir qué medidas judiciales a tomar era increíblemente lento. Una primera investigación en 1968 fue derrotado por las negaciones sosos de la brigada y las autoridades divisionales. Después de toda la historia había salido en la prensa un alto general investigó la razón de la caída de la primera investigación.

Hizo su trabajo a fondo y, como resultado 14 agentes fueron acusados ​​de varios grados de la mentira, el ocultamiento y el incumplimiento de las regulaciones del personal. Pero los cargos han sido retirados o despedidos contra todos, excepto uno, el comandante de la brigada. El general Westmoreland, jefe del Estado Mayor del Ejército, ha recomendado que el general de división en el momento ser degradado a general de brigada y que su comandante adjunto debe ser degradado de general de brigada al coronel. Los descensos de categoría, si se van a través, son castigos. Como el New York Times comentó esta semana, "si los dos agentes son inocentes, obviamente, no deben ser castigados." Nadie ha tratado de explicar cómo, si su papel en el encubrimiento de la matanza merece ser castigado en absoluto, que pueden ser castigado adecuadamente por el descenso a general de brigada y coronel.

Una cosa que es totalmente imposible es que solo el Sr. Calley es culpable. Pero, dejando a un lado el comandante de la brigada que está acusado de no decir lo que pasó, sólo dos hombres además de Sr. Calley son en la actualidad enfrenta cargos de haber tenido un papel en la matanza. comandante de la compañía del Sr. Calley, el capitán Medina, quien negó haberle dado la orden de matar a la población, es acusado de asesinato. Otro oficial del grupo de trabajo, el capitán Kotouc, está acusado de la mutilación y el asalto. Un suboficial y un sargento fueron acusados ​​de homicidio y absueltos. Los cargos contra otros seis soldados en compañía del capitán Medina se han caído. Otros habían dejado de prestar servicio en el momento en el hecho de la matanza se hizo pública y el problema legal de llevar a ninguno de ellos a la justicia no ha sido resuelto.

Sentado que el hijo mi no fue un hecho habitual, todavía parecería que la guerra ha callosa muchas conciencias. Las actuaciones del juicio en sí, con su énfasis en la preponderancia de mujeres, niños y ancianos enfermos entre las víctimas, dieron evidencia de cómo se han deslizado normas; Sin embargo tampoco hay nada en las normas aceptadas de la guerra para justificar la matanza innecesaria de los hombres, que no ofrecían resistencia sin armas, sin discapacidad. Pero el Vietcong no observan exactamente la disposición de la Convención de Ginebra, que dice que un combatiente debe llevar "un signo distintivo fijo reconocible a distancia." Por lo tanto se ha convertido en algo común en Vietnam para las personas a ser tratadas como enemigos, incluso si no están llevar armas y no son vestidos, y no se ven a comportarse como soldados. Incluso las mujeres y los niños pueden, ya veces lo hacen, armas trampa de plantas.

En palabras de un estadounidense de la Fuerza Aérea importante ", en las montañas, casi cualquier cosa que se mueve es considerado como Vietcong." Son My no está en las montañas, pero está en una antigua zona comunista y la sección del teniente Calley, hombres de limitada bagaje intelectual en un estado de tensión nerviosa, que entró en la creencia de que todo ser viviente era hostil. Esto no justifica lo que hicieron. Eran, sin embargo, conoce la práctica por la cual los pueblos y aldeas están amenazados de forma rutinaria con la destrucción con bombas o armas de fuego, como sanción por haber albergado el Vietcong, y con la doctrina de fuego libre o zonas de impulso libres, que ordena la retirada de la población rural de un área para que cualquier personas que permanecen en ella pueden, si avistado, se mataron. El éxito en las operaciones de este tipo tiende a ser medida por el "número de muertos," un nivel de eficacia militar que sería risible si no fuera triste.

El año pasado el juicio del teniente Duffy sacó la importancia del número de muertos. Sr. Duffy, no se discute, tenía un prisionero firmemente amarrada a una estaca y cuando llegó la mañana tuvo uno de sus sargentos disparar el hombre muerto. En su juicio, el Sr. Duffy explicó que sus superiores previstos, de hecho insistido, un buen número de muertos y soldados que se convirtió en prisioneros vivos eran aptos para encontrarse con la desaprobación oficial. Lo curioso de juicio del señor Duffy fue que el tribunal militar revisó su primer veredicto de asesinato, entre el juicio y la sentencia, sustituido un nuevo veredicto, de "homicidio involuntario" y le dio sólo seis meses. Cualquier otra cosa se puede decir de la acción del señor Duffy, no había nada manifiestamente involuntaria al respecto. Corte observadores marciales llegaron a la conclusión, por lo tanto, que el tribunal consideró que había algo en su afirmación de que él pensaba que sólo estaba conforme con la política establecida y que se encuentra en esta circunstancia un atenuante.

Las aberraciones de este tipo en la observancia de las reglas de la guerra pueden ser obligados a arrastrarse en como resultado de alguna de las ondas cerebrales táctica o capricho de la burocracia militar, pero, una vez que se examinan y sacados a la luz, es imposible para el ejército americano y el americano administración hacer otra cosa que repudiar ellos y tratar de ponerlos abajo. Que el Vietcong y los norvietnamitas hacen cosas peores, y en una escala más grande, puede ser cierto, pero, como argumento, no es ninguna ayuda en absoluto. Por lo tanto, mientras que el presidente Nixon se expuso a censurar por una indiscreción cuando condenó la "masacre" de Son My en un momento en los procesos judiciales pendientes, que nunca podría haber contemplado hacer otra cosa que lo condenan.

Del mismo modo el Ejército como institución no puede defender o explicar o condone: si un efecto secundario del proceso de callosidades que se infligió a los militares estadounidenses en Vietnam llegue a su conocimiento, tiene que expresar su condena de la manera obvia, mediante el enjuiciamiento de los transgresores . En presionar para que las condenas penales contra el Sr. Duffy y el Sr. Calley, las autoridades militares estaban tratando de refutar la acusación de que las acciones inhumanas son una consecuencia inherente a las doctrinas estratégicas o tácticas o en el uso de la fuerza militar en sí como un instrumento político. Esto se tiene que hacer en defensa no sólo de la propiedad de sus políticas, sino también la legitimidad del propio Ejército.

miércoles, 14 de octubre de 2015

SGM: La mente de un juez nazi

El extraño caso del juez nazi

Konrad Morgen afirmó que trabajó para socavar el régimen nazi por rigurosa aplicación de sus propias leyes.

Por Charles Fried - Slate


Tarjeta de identificación del partido nazi de Konrad Morgen, 1936.

Cortesía de la Fritz Bauer Institut


Este ensayo se reimprime con permiso de la Nueva Rambler Review, una revisión en línea de libros.

Ley habla el lenguaje de la obligación. Estas obligaciones muy a menudo vienen como la conclusión de los sistemas a veces muy complejas de reglas. Estos sistemas de reglas son parte de las prácticas y las instituciones que hacen posible la coordinación humana de cada grado de complejidad. Nuestra vida social a través y por medio está constituida y habilitada por las normas legales. Pero hacer estas reglas, no la ley tiene un derecho moral sobre nosotros? La ley dice que debemos o no hacer esto o aquello, sino que debe realmente? Podemos estar obligados legalmente, pero estamos moralmente obligados? La conexión entre la obligación legal y moral es la cuestión de la firma de la filosofía del derecho. En un extremo se podría decir que los dos son sólo dos sistemas normativos relacionados que suceden a compartir (algunos) Vocabulario común. En el otro un extremo podría decir que son isomorfos: estar obligado legalmente solo es por esa razón que se moralmente obligado también. Muy pocas personas toman uno u otro de estos extremos, aunque este último se acerca a un punto de vista común, natural y irreflexiva. Yo digo que es sólo de cerca, porque debe haber algo sobre el sistema legal que nos conecta con ella, más allá del hecho de que existe un sistema en particular. Lo que los estudiantes del sistema de derecho romano clásico se siente moralmente obligado a sus preceptos sólo porque es un sistema y un intrincado elaborados en eso, de hecho uno de los cuales hace siglos muchos millones rigen su conducta?

Por lo general, las disputas como éstas parecen abstractos y alejados de los dilemas reales de la vida ordinaria. Podemos ignorar razonablemente ellos y seguir con nuestra vida cotidiana como si no importaban. De vez en cuando un conjunto concreto de circunstancias hace que su resolución vívidamente urgente. Herlinde Pauer-Studer y de J. David Velleman Konrad Morgen: La Conciencia de un juez nazi es una cuenta escrupulosa y agarrando por dos filósofos-an un austriaco y-Americana de la confrontación de estos dilemas de la filosofía moral y legal por una persona real, persona no es mejor o peor que cualquiera de nosotros, en circunstancias tan inimaginablemente extrema que podemos todos esperamos no tener que encontrarse con ellos. No hay hipotéticos inventados por académicos inteligentes para ilustrar sus reflexiones sobre estas abstracciones podrían acercarse a la realidad contada aquí en detalle meticuloso, verificado por documentación indiscutible.

El libro cuenta la historia de Konrad Morgen. Morgen, nacido en 1909 en Frankfurt para una familia de escasos recursos (él declaró que su padre "conduce un tren") prosiguió sus estudios en Alemania, con algunos períodos en otras ciudades continentales. A la edad de 24, cuando Hitler llegó al poder, se unió por primera vez el Partido Nazi "en el consejo de mis padres" y luego la SS. En sus interrogatorios por los estadounidenses, se retrata a sí mismo como primera engañar por las protestas de Hitler de estar dedicado únicamente a la paz, y como generalmente apolítica, principalmente interesados ​​en seguir la formación para el sistema judicial civil. En Alemania y en el continente en general, el poder judicial es una carrera distinta, a partir de las funciones de bajo nivel y progresando a filas judiciales superiores, como en otras partes del servicio civil de carrera. Su temprana carrera sufrió algunos reveses, tal vez porque su compromiso con la administración pública nazi era suficientemente entusiasta. Fue seleccionado en la rama militar de las SS (Waffen-SS) cuando se declaró la guerra a la invasión de Polonia, pero se las arregló para evitar el combate. En la invasión de Francia el próximo año, se nos dice, sorprendentemente, que fue desmovilizado y, informar a Berlín, encontró empleo en la SS judicial burocracia algo, supongo, al igual que el cuerpo de JAG de nuestros varios servicios. Los autores informan de la carrera temprana de Morgen, teniendo a su valor nominal por cuenta propia de los interrogatorios de la posguerra por los estadounidenses, al igual que estándar para los ex oficiales de las SS.

La imagen que surge es de un hijo obediente (que es ahora casi 30) tratando de hacer su camino y mantener la cabeza hacia abajo en tiempos peligrosos. Se suma a la credibilidad y, por tanto, el poder de este libro que los autores están ahorrando en sus juicios y evitan sobre todo reflexiones psicológicas y sociológicas sobre este hombre algo incoloro. Uno no puede dejar suponiendo que en estos interrogatorios de rutina que era en gran medida a las ventajas de Morgen retratarse como un engranaje burocrático de rutina, ya que difícilmente podría haber afirmado ser algún tipo de opositor. A través de este período, la imagen que ofrece es tal que si alguien como él estaba contaminado con algún tipo de culpa, entonces también lo fueron otros millones de alemanes-que bien puede ser el caso, pero difícilmente un juicio en el que las autoridades estadounidenses estaban dispuestos a actuar . Su relato de cómo llegó a encontrarse a sí mismo en el poder judicial SS está diciendo:

Le dije al hombre en la oficina de personal que me gustaría retomar el empleo en mi profesión, ya que si uno acaba de pasar los exámenes de uno y luego se va a la profesión por más de un año, es muy difícil trabajar el propio camino de nuevo. Él dijo: "OK, la Oficina Central de las SS Judicial está buscando jueces. Así obtendrá un trabajo allí ".
Es sólo después de que entra en ese servicio que la historia psicológica y moral que Morgen y los autores ofrecen toma un giro extraordinario. Él descubre que su verdadera pasión y vocación; es por la ley, o más bien la legalidad, y él la persigue sin descanso. Toma el credo de las SS y la auto-propaganda en serio, literalmente: Es un cuerpo desinteresado, la élite de los servidores dedicados, una especie de medieval, teutónica Reiterbund prometió lealtad absoluta y obediencia absoluta al ideal del Volk. La corrupción, el egoísmo, el sadismo, y sexual (es decir, racial) impureza son anatema para este ideal. El propio Heinrich Himmler, el Reichsführer de las SS, expresó esta idea en una alocución que figura en el detalle.

Les hemos tomado a ellos [los Judios] la riqueza que tenían. He dado órdenes estrictas ... que esta riqueza debe, como cuestión de rutina, se entregará al Reich. Hemos tomado nada de eso para nosotros mismos. ... El que toma tanto como una señal de que es un hombre muerto ... van a morir sin piedad. Teníamos el derecho moral, teníamos el deber de nuestro pueblo, para destruir a este pueblo que nos destruirían. Pero nosotros no tenemos el derecho de enriquecernos con tanto como una piel, un reloj, una marca o un cigarrillo o cualquier otra cosa.
Este es el ideal al que Morgen se dedica, o al menos esta es la historia que él dijo a sus inquisidores estadounidenses después de la derrota, pero hay un montón de pruebas que le dijo a sí mismo durante los años reales de su servicio. Un momento de la revelación viene a él cuando es llamado para investigar un pequeño paquete enviado por correo militar por un asistente médico en Auschwitz a su esposa en Alemania. Se había despertado las sospechas de las autoridades postales debido a su notable peso, y le dio la vuelta a las autoridades judiciales. Resultó contener varios kilos de oro dental de alta quilates. Qué impresionado y consternado Morgen fue el gran número de personas que deben haber sido asesinados, 20 o 50 o 100 000, dice a obtener esta cantidad de oro. Pero es difícil evitar la conclusión de que lo que particularmente consternado y energizado este funcionario investigadora no fue la escala de sufrimiento que estas muertes deben haber representado pero la extensión de la criminalidad, la corrupción descarada por parte del funcionario de bajo nivel que se había apropiado indebidamente este tesoro.

Hay otros ejemplos del enfoque de las sensibilidades de Morgen. Cuando lo hizo un completo recorrido por el complejo matando a Auschwitz-Birkenau, como parte de su investigación de la corrupción en las filas allí, estaba particularmente impresionado por una visita a la sala de guardia de las SS en Birkenau. Se trata de "aquí por primera vez que recibí un verdadero shock"; el explica:

Como ustedes saben, en todos los ejércitos del mundo una sala de guardia militar se distingue por espartana [sic] y simple. ... [Pero aquí] en lugar de un escritorio había estufa de hotel gigante, en el que cuatro o cinco chicas jóvenes estaban horneando tortitas de patata. Ellos eran, obviamente, judías, muy bonitas, bellezas orientales, ojos ardientes de pleno reventado, no usar los uniformes de los presos sino vestidos normales, incluso coquetas. Y trajeron las tortitas de patata a sus bajás, que ponen alrededor en los sofás y dormitaba, y les preguntó con ansiedad si había suficiente azúcar en ellos, y les alimentan. ... Yo no podía creer lo que oía: Estas mujeres presas y las SS, que llamaban entre sí "du".
Así que, después de recorrer toda la línea de montaje para el asesinato en masa, esta escena de familiaridad informal con el supuesto enemigo racial es lo que le dio el "verdadero shock." Y le dio este testimonio como testigo de la acusación en el juicio de Auschwitz en 1964, aparentemente sin apreciación de lo que esta observación callejero reveló acerca de su sistema de sensibilidades.

Pero, como señalan los autores, la postura moral de Morgen hacia la solución final fue complicada, contradictoria y conflictiva. Él aceptó declaraciones de Himmler que debido a la judería mundial había decidido a destruir a la raza aria, ahora era apropiada para eliminar los Judios. De hecho hasta el colapso del Tercer Reich, Morgen continuó en su admiración por Reichsführer Himmler, jefe de las SS. Por otra parte, él se esforzó en destacar que albergaba ningún odio personal para los Judios, y los autores a organizar y presentar el material de tal manera como para apoyar esta afirmación. Él se sorprendió por el asesinato brutal, a menudo al azar y no autorizada de Judios en Buchenwald, aunque acepta que el asesinato de Judios por los trenes cargados en Auschwitz fue autorizada por el orden de Hitler, cuya palabra era literal y constitucionalmente la ley. Y se reporta una noche sin dormir después de su gira de Auschwitz cuando reflexionó sobre la magnitud de la matanza masiva en Auschwitz y una masacre anterior, menos mecanizada y desinfectada, la masacre Fiesta de la Vendimia: En noviembre de 1943, 40.000 Judios se marchó en trincheras que habían sido obligados a cavar (supuestamente como refugios antiaéreos) y fueron asesinados uno por uno. Cuando las trincheras estaban llenas de cadáveres, que estaban cubiertos una y otras nuevas excavados.

Morgen procesó sin descanso incluso figuras de muy alto nivel en la jerarquía del campo de concentración por cualquier auto-enriquecimiento.
En su relato posterior de este episodio a sus interrogadores, Morgen dijo que estaba tan horrorizado por estas cosas; aunque, como señalan los autores, debe de haber sido conscientes de los asesinatos en masa en la frontal del Este que se determina que alguna acción sobre su parte era necesario. Dice que contempla tratar de asesinar a Hitler, pero llegó a la conclusión de que Hitler estaba tan bien guardado que no podía siquiera se acercan. Consideró huir a Suiza y denunciando el régimen de asesinato, pero decidió no hacerlo. Sus razones incluyen los pensamientos que no se cree, que después de todo no quería contribuir a la propaganda anti-alemana, que se utilizaría para justificar un programa similar de masacre por los aliados en caso de derrota alemana (una versión sangrienta del Plan Morgenthau?), y que él no podía abandonar su profesión y la buena situación, que su "querida madre y el padre" habían sacrificado tanto para que le permitiera alcanzar, una versión casi grotesca parodia del clásico "buen hijo "escrúpulo.

Al final se decidió a obstaculizar y socavar el progreso de la Solución Final de "trabajo a reglamento". Esto significaba hacer cumplir rigurosamente las normas de honor y obediencia a la ley que después de todo sí mismo Himmler había reclamado para insistir en. En consecuencia, se procedió a enjuiciar a cifras sin descanso, incluso de muy alto nivel en la jerarquía de campamento para cualquier irregularidad, enriquecimiento o pecadillo sexual racial. Él trató de ampliar su jurisdicción más allá de la corrupción para incluir actos no autorizados de asesinato. Los autores se adhieren a una, just-the-hechos-señora presentación admirablemente directa de la propia cuenta de Morgen y los documentos justificativos. Uno no puede dejar de preguntarse hasta qué punto esto era un brebaje después de los hechos por un hombre que había sido un alto oficial de la SS, íntimamente en contacto con sus peores ultrajes, tratando de evitar el destino de muchos nazis de alto rango: colgante o largas penas de prisión. Sin embargo, no es sólida documentación, objetivo de su realización sólo la campaña que él afirma haber establecido a sí mismo. Consiguió la ejecución por las SS de figuras como los comandantes de los campos Karl Koch y Hermann Florstedt y de Georg von Sauberzweig, hijo de un famoso general de la Primera Guerra Mundial. Y lo hizo buscar el auto de procesamiento, por haber malversado una bolsa de piedras preciosas de Adolf Eichmann, en medio del proyecto de Eichmann para reunir y transportar a sus muertes en Auschwitz 400.000 Judios de Hungría. Lo más sensacional, que había buscado y arengó el jefe de la Gestapo, Heinrich Mueller, sobre el efecto corruptor de la participación de los hombres de las SS en los programas de asesinato en masa en su espíritu, la moral, y la utilidad futura (después de una victoria nazi). Al final, la jerarquía de las SS se hartó de Morgen y le relegó a tareas menos estratégicas, aunque algunos habían pensado que una frase corta a un campo de concentración podría haberlo puesto en su lugar.

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Ningún filósofo legal puede evitar enfrentarse a la cuestión de las obligaciones morales del individuo en y para el sistema de derecho en el que ella se encuentra. H.L.A. Hart tomó la postura positivista de que la ley es una cosa, la moralidad otra, y para confusión de los dos disserves despejar pensar en ambos. Pero Hart también entiende que un sistema de normas jurídicas con mayor frecuencia es una condición necesaria para una solución pacífica, ordenada y productiva de la sociedad, particularmente una sociedad de cualquier tamaño y complejidad y que la moralidad de la justicia implica cumplir con el papel en el mantenimiento de un sistema en el que uno participa y de la que se beneficia. Esto me parece que he sido la visión de John Rawls también. Cualquier punto de vista, por supuesto, reconoce que llega un punto en el que las demandas sobre el individuo o el equilibrio de los objetivos del sistema son tan irrazonable, corrupto, o el mal que el individuo está dispensado de este deber de imparcialidad y de hecho pueden ser moralmente obligado a resistir, oponerse, o rebelarse. Ronald Dworkin distingue a sí mismo de Hart y la tradición positivista al insistir en que la moral impregna todos los aspectos de la ley, y que las mismas consideraciones morales que Hart concede comandar nuestra fidelidad en nombre de la justicia también a guiar el desarrollo y la comprensión de las normas que conforman el sistema, por lo que tenemos un deber moral no sólo a obedecer las normas, sino para hacer de ellos a cada paso la mejor versión del sistema que podrían ser. Pero su punto de vista también se encuentra con dificultades. Sin duda, en un fondo malvado régimen y el régimen nazi es el paradigma del régimen de un tal oficial, lejos de tener la obligación de llevar adelante y perfeccionar el "espíritu" de sus normas ruidosas, está moralmente obligado a resistir, disimular, y subvertir la eficacia del sistema y sus normas. Uno podría pensar que esto era sólo la situación de Morgen. De hecho, como Pauer-Studer y Velleman nos recuerdan, Dworkin tiene incluso un nombre para el juez justo en un sistema así: Él es Siegfried, y su deber es hacer todo lo posible para destruir la eficacia del régimen y sus normas. El problema es que incluso un régimen tan groseramente mal como el régimen nazi puede tener -y ciertamente tenía-grandes franjas de regulación social que eran propicias, incluso necesarias para las relaciones sociales pacíficas, ordenadas y productivas. Había reglas de propiedad y los contratos, normas que prohibía y castigaba algunas (no todas) las agresiones de los ciudadanos contra los demás, y los magistrados que interpretaron y administrados tales normas estaban en muchos casos el mantenimiento de relaciones justas entre las personas. Un juez ordinario civil en un régimen de este tipo podría ser una analogía a un médico que, como cuestión de probidad profesional, ministra a quien viene dentro de su gama de preocupación. Pero tal vez si el régimen es bastante malo y el nazi fue, entonces manteniendo aun esta maquinaria periférica va ayuda a sostener, y luego esa participación es la participación en el mal. La rebelión y sabotaje vuelven vocación de todos.

Lon Fuller ofreció una posición intermedia intrigante, centrada en lo que él llamó la moral interna de la ley. Ley, a su juicio, sea de derecho en todo debe a un puerto com mínimo con ciertas normas: la regularidad, publicidad, claridad, estabilidad. Esto no es sólo una cuestión de definición: Si el derecho al mínimo es la empresa general de la presentación de la conducta humana a la disciplina de las normas, hay características mínimas que las recetas de un régimen deben tener para cumplir esa función. Quizás Morgen tenía algo así concepción en mente cuando él insistió en la aplicación constante de las propias reglas promulgadas públicamente del régimen. Pero está lejos de ser claro que el proyecto de Morgen habría derribado o incluso mejorado el régimen nazi. Es cierto que el asesinato en masa de millones no se había promulgado explícita y públicamente. Está lejos de ser claro que habría fracasado si hubiera sido. Tal hecho Morgen estaba haciendo el régimen nazi más no menos eficaz en la ejecución de sus propósitos monstruosas.

Pauer-Studer y Velleman concluyen con reflexiones acerca de lo que Morgen y su situación nos dicen acerca de la moralidad y su relación con la ley. Como en todo el libro, estas reflexiones son ni pesada ni muy largo. Ellos no buscan ser definitiva; sino que nos invitan a considerar el caso y nos orientará en algunas de las direcciones nuestras reflexiones nos pueden tomar. Este es un aspecto de bienvenida y atractivo del libro. Y nos da aún más confianza en la imparcialidad de su cuenta, que tanto se transmite en los documentos y extractos de propio testimonio y escritos de Morgen. Me dejo llevar a preguntar: ¿Qué habría hecho yo en los zapatos de Morgen? ¿Qué debería haber hecho? Se nos ha dado la imagen de Morgen sólo en los años tensas desde 1933 en adelante, pero me pregunto qué Morgen habría sido como si no hubiera existido Hitler, ningún régimen nazi, sin la Segunda Guerra Mundial. ¿Y si él había vivido toda su carrera mucho antes de la Primera Guerra Mundial puso al mundo al revés? O incluso si él había nacido en 1970 en lugar de 1909? Me parece que habría sido un hombre corriente, más que un poco pedante, no profundamente cultivada, casi la caricatura del funcionario de nivel medio: trabajador, concienzudo, sin imaginación, incorruptible, y totalmente carente de interés. Las burocracias no sólo de Alemania, sino de todos los regímenes constitucionales desarrollados están llenos de gente así como así, y son probablemente mejor para él. A partir de entonces con este tipo completamente familiar, voy a preguntar: ¿Cómo podría uno esperar que una persona como para responder a las circunstancias extremas de la Alemania de Hitler? Habiendo se unió al Partido Nazi "en el consejo de mis padres", qué historias qué tiene que decirse a sí mismo que aceptar la doctrina, expuesta por Himmler, que los Judios deben ser aniquilados por una cuestión, si no de la legítima defensa, entonces represalia, que Alemania tiene no sólo el derecho, sino el destino de vacío de su población vastas porciones de un país colindante para que pueda ser resuelta por los miembros de su propio grupo étnico, que la gente de fuera de esta área podrían convertirse en una clase ilota, permitido existir sólo la medida en que sirve los intereses de sus conquistadores, que la matanza industrializada de millones de hombres, mujeres y niños es una necesidad lamentable, que las relaciones sexuales con alguien de otro grupo- étnica "frenar Polnisch", por no hablar de un Judio-era una transgresión grave y contaminante? Y habiendo aceptado todo esto, entonces ¿qué se necesita cuando se ha visto el funcionamiento de todos estos conceptos en la práctica, los uniformes, los trenes, las mujeres agarraban sus niños aterrorizados en las plataformas de ferrocarril, los cadáveres, la sangre derramada, la taquilla de simulación habitaciones, "duchas comunales" de cuyas cabezas de ducha no agua, sino gas venenoso vendrá, los montones de ropa, montañas de anteojos, bares kilo de oro dental, ¿qué se necesita para hacer que usted piensa de nuevo? ¿O es que todo esto te obligan a cavar a ti mismo más profundamente en estos términos en primeras nociones justificativos abstractas, para convencerse de que purgando esta maquinaria de la muerte de sus excrecencias accidentales de pequeños robos, de irregularidad administrativa, de la crueldad más allá de la necesidad del proyecto como un conjunto, de la conducta descuidada como en la sala de guardia de Auschwitz, están haciendo del mundo un poco mejor, tal vez apresurando el día en que nada de esto será necesario? ¿Qué tipo de personas son estos, estos burócratas de nivel medio común? En otras ocasiones, y en otras circunstancias habrían sido mucho como el resto de nosotros. De este vasto ejército de hombres y mujeres comunes, ¿cómo sabemos quiénes serán los asesinos, que los cómplices, quiénes son los que saben de tiempo servidores, y quiénes son los héroes? ¿Cómo sabemos por qué los procesos, movidos por lo que la confrontación, lo que la realización, algunos pueden pasar de ser temporales servidores culpables de ser héroes de la resistencia, o como Morgen algo intermedio? ¿Cómo sabemos lo que habría sido en tales circunstancias, ¿qué historias que podríamos haber dicho a nosotros mismos para justificar la aquiescencia o complicidad, ¿qué visión habría nos cambiaron a resistir? ¿Cómo sabemos lo que somos, lo que íbamos a estar en esos momentos?