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sábado, 23 de junio de 2018

Cruzadas: Los lazaristas, caballeros leprosos

Los Caballeros de San Lázaro, los suicidas guerreros leprosos de las Cruzadas

JORGE ALVAREZ | La Brújula Verde


Balduino IV en Montgisard rodeado de su guardia lazarista /Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A menudo parece que las órdenes de caballería se redujeran a una, la tan manida y adulterada del Temple, pero lo cierto es que hubo muchas más y una de las pioneras fue la de San Lázaro de Jerusalén.

Creada siglos antes de las Cruzadas y dedicada inicialmente a asistir a los peregrinos que acudían a los Santos Lugares, después se sumaría a las otras en lo de tomar las armas para defenderlos. Pero lo más significativo de esta institución es que, como indica su nombre, cuidaba especialmente de los leprosos, con la particularidad inaudita de que incluso los admitía en sus filas.

Es difícil hacerse una idea hoy de lo terrible que suponía sufrir ciertas enfermedades para las gentes de otros tiempos. No hablo sólo de males letales como el cólera o la Peste Negra (de cuyos fallecidos se encargaba la orden de los celitas o alexianos), sino de afecciones que, aunque no matasen al paciente, lo convertían en un proscrito, con lo que no sólo debía padecer los síntomas más o menos graves en su organismo sino que además quedaba marginado socialmente.

Hay un ejemplo muy evidente en la Historia: la lepra, cuyos síntomas resultan tan visualmente estigmatizantes que, junto con la posibilidad obvia de contagio, los enfermos eran apartados de la comunidad y/o recluidos en los llamados lazaretos.


Escudo de la orden/Imagen: Mathieu Chaine en Wikimedia Commons

La lepra, aunque actualmente no está considerada especialmente contagiosa gracias a los tratamientos, producía antaño auténtico terror por los nódulos deformantes que provocaba en la piel de quienes la padecían, confiriéndoles un aspecto terrible.

De origen bacteriológico (Mycobacterium leprae o Bacilo de Hansen), aunque relacionada con cierta predisposición genética al parecer, no se le encontró tratamiento hasta el siglo XX por lo que en otras épocas se recurrió al citado aislamiento y a la obligación, por parte del afectado, de llevar unas tablillas que debía hacer chocar entre sí para avisar de su proximidad y permitir que la gente se apartara a su paso.

Ese instrumento era conocido como tablillas de San Lázaro, porque dicho santo fue designado patrón de los leprosos y mendicantes. Y ese nombre se eligió también para bautizar a una de las órdenes hospitalarias que se dedicaba al cuidado de esos enfermos, presuntamente -según cuenta su tradición- desde que en el año 370 San Basilio Magno se proclamara maestre de una leprosería bajo la advocación de San Lázaro, aunque no sería hasta el siglo XI cuando se organizó como orden propiamente dicha.

La Primera Cruzada constituyó el contexto perfecto: Gerardo Tum, fundador de la Orden Hospitalaria y rector del hospital de San Juan de Jerusalén, puso las instalaciones a disposición del conquistador de la ciudad, Godofredo de Bouillon, quien le confirmó como maestre. Luego, se desgajó del hospital un lazareto extramuros.


Un leproso avisa de su presencia haciendo sonar las tablillas de San Lázaro / Imagen Dominio público en Wikimedia Commons

El primer documento que menciona la orden explícitamente es de 1227 (una concesión de indulgencias a quienes donen limosnas al hospital) y en 1255 una bula pontificia confirma que los lazaristas se regirán por la regla de San Agustín. Para entonces, los nuevos caballeros ya habían tomado parte en su primera batalla (Gaza, 1244), muriendo todos los participantes, y siguieron en esa línea en Mansura (1250) y otras campañas, incluyendo la defensa de San Juan de Acre ante los musulmanes.

En el año 1255 la constitución Cum a nobis promulgada por el papa Alejandro IV dotó a aquella orden hospitalaria de estructura militar, pasando entonces a regirse por la regla de San Basilio. ¿Por qué ese cambio? En realidad fue fruto de las circunstancias.

Como decía antes, una de las características insólitas de los caballeros de San Lázaro era que podían ser leprosos (aunque no participaban en la elección del Gran Maestre). Esta enfermedad, cuya infección favorecían las deplorables condiciones higiénicas de la guerra, afectaba a muchos miembros de otras órdenes militares, algo que les incapacitaba para continuar en ellas y encontraban en esta otra una alternativa para seguir con su estilo de vida como monjes guerreros.

Así parece deducirse de la lista de sucesores de Gerardo Tum (que falleció en 1120) y se corrobora en algunos fragmentos del Libro de Reyes del Reino Latino de Jerusalén, donde se especifica que los caballeros de San Juan y del Temple que hubieran contraído la lepra debían abandonar sus hábitos para tomar los lazaristas. Consecuentemente se fueron incorporando multitud de caballeros cuyo oficio, básicamente, era el de las armas, transformando o ampliando así el espíritu de su nueva orden.


Gerardo Tum, fundador de los hospitalarios/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El momento de auge de la orden tuvo lugar durante el reinado de Balduino III, joven monarca de trece años que contó con la regencia de su madre Melisenda, ya que uno de los cruzados, el rey Luis VII de Francia, se llevó consigo a su país a un grupo de caballeros lazaristas, que dieron así el salto a Europa.

Más tarde, en 1174, era coronado en Jerusalén Balduino IV, conocido como el Rey Leproso por razones obvias, a quien se atribuye la oficialización del nuevo carácter guerrero de la orden.

Balduino se hacía escoltar en sus campañas (batallas de Beqaa, Montgisard…) por un cuerpo de lazaristas que peleaban obstinadamente hasta la muerte porque al fin y al cabo ése era el destino que les esperaba en caso de derrota, ya que ningún enemigo estaba dispuesto a tener prisioneros con lepra y los ejecutaba inmediatamente.

De ahí la famosa hazaña del caballero Gismond D’Arcy, igualmente leproso, que en pleno combate y viendo que el rey había caído y era rodeado, le cubrió con su cuerpo y se cortó un brazo que arrojó a los atacantes, poniéndolos en fuga aterrorizados ante la idea de contagiarse. En su huida los islámicos abandonaron una bandera con el característico color verde mahometano, que a partir de entonces quedó asociado a la Orden de San Lázaro: una cruz de ese tono sobre fondo blanco..


Caballeros lazaristas / Imagen: st-lazarus.org.uk

Los lazaristas también pueden presumir de haber sido quienes protegieron las reliquias de la Santa Cruz que llevaba el obispo de Acre; lo hicieron en una batalla atroz, la de los Cuernos de Hattin (1187), que poco después permitiría a Saladino tomar Jerusalén.

La orden, que perdió sus posesiones en la ciudad santa, obtendría compensaciones en Acre tras su reconquista en la Tercera Cruzada, levantando un nuevo hospital y otra leprosería, y construyendo varios castillos. Se abrió un período de enriquecimiento que terminó abruptamente en 1244, cuando los cruzados recibieron una nueva y contundente derrota que supuso el exterminio de todos los lazaristas. Esta elevada mortandad entre los miembros de la orden se debía al motivo antes apuntado y se repetiría más veces a lo largo de su historia, como volvió a pasar en la defensa -y pérdida- de Acre en 1291.

Los escasos supervivientes que quedaban en Palestina se fueron a Europa, de cuyas fronteras ya no saldría la institución. Bajo la protección del monarca Felipe el Hermoso (el Capeto, no el de Borgoña) adoptó las formas que aún conserva en la actualidad, si bien no abandonaron las armas pues lucharon en el ejército de Juana de Arco.

El mayor peligro, no obstante, vino del intento del papa Inocencio VIII de unificar todas las órdenes en una bajo la adscripción a la de Malta; la Corona francesa eludió cumplir la orden de disolución y siguió manteniéndose ese vínculo entre lazaristas y reyes galos.

En la actualidad la orden sigue existiendo pero, evidentemente, ha abandonado la parte militar para centrarse en el cuidado de los enfermos; todos, no sólo los de lepra, pues de todas formas esta afección va siendo dominada y reducida poco a poco.

Fuentes: Gran Priorato de España de la Orden de San Lázaro / Leper Knights. The Order of St Lazarus of Jerusalem in England, C. 1150-1544 (David Marcombe) / Las órdenes militares: realidad e imaginario (María Dolores Burdeus, Elena Real y Joan Manuel Verdegal) / An abridged history of the Order of Saint Lazarus of Jerusalem (Charles Savona-Ventura).

martes, 19 de junio de 2018

Edad Media: Guerreros y caballeros

Siete de los caballeros más famosos de la Edad Media: guerreros, eruditos, grandes líderes de los hombres

 Andrew Knighton | War History Online




Los caballeros medievales se encontraban entre las celebridades de su época: guerreros, líderes y eruditos. Se convirtieron en figuras de romance e inspiración, dándoles un estatus especial en nuestra imaginación.

Aquí están siete de los hombres más famosos que dieron su título a la caballería.

William Marshal (1146-1219)

Descrito como "el mejor caballero que jamás haya existido" por el arzobispo Stephen Langton, William Marshal se levantó de la nobleza menor para convertirse en el caballero más respetado de Inglaterra. Después de avergonzarse con un comportamiento enérgico en su primera batalla a la edad de veinte años, se unió al glamoroso circuito de torneos franceses, convirtiéndose en un combatiente popular. Después de la muerte de su amigo cercano Henry, hijo del rey Henry II, el mariscal hizo una cruzada en la memoria de su amigo.

Al regresar a Inglaterra, Marshal luchó por Enrique II, ayudó a gobernar el país en ausencia de Ricardo I y fue signatario de la Carta Magna durante la rebelión contra el Rey Juan. Después de la muerte de Juan en 1216, Mariscal se convirtió en el protector del joven Enrique III. Con 70 años, tomó el campo en la Batalla de Lincoln, derrotando la rebelión combinada y la invasión francesa que amenaza al joven rey. En su lecho de muerte, fue nombrado miembro de los Caballeros Templarios y enterrado en la Iglesia del Templo en Londres.


Cabeza de la efigie de William Marshal, 1er conde de Pembroke, en Temple Church, Londres. Por Kjetilbjørnsrud - CC BY-SA 3.0

Geoffroi de Charny (1300-1356)

Un noble francés, Sir Geoffroi de Charny era conocido por muchos como "un caballero verdadero y perfecto". También fue un estudioso de la caballería, escribiendo al menos tres libros sobre el tema. Su libro de caballería sigue siendo una de las fuentes más importantes sobre el comportamiento caballeresco del siglo XIV.

Luchando contra los ingleses en la Guerra de los Cien Años, Charny fue capturado dos veces. Tal era su reputación de honestidad que lo dejaron en cautiverio para obtener su propio rescate.


La batalla de Poitiers (1356) Eugène Delacroix.

Después de luchar valientemente en varias batallas importantes, Charny fue asesinado en primera línea en la Batalla de Poitiers, llevando el Oriflamme, el estandarte real francés, hasta el final.

James Douglas (1286-1330)

James Douglas era solo un niño cuando su padre murió luchando junto a William Wallace contra la invasión inglesa de Escocia. Enviado a París por su propia seguridad, fue allí donde aprendió los caminos de la caballería. A su regreso a Gran Bretaña, se encontró con que el rey Eduardo I no estaba dispuesto a restaurar las tierras de su familia, por lo que se unió a Robert the Bruce en la exitosa primera guerra escocesa de la Independencia.


Un luchador destacado en la guerra de guerrillas escocesa, Sir James capturó Douglas y Roxburgh Castles (1307 y 1314) y luchó en la famosa victoria escocesa en Bannockburn (1314). Se convirtió en uno de los compañeros más cercanos de Bruce, y fue conocido por los ingleses como el Black Douglas.


Una representación victoriana de Sir James (tercero desde la izquierda), y otros líderes de las Guerras de la Independencia por William Brassey Hole, parte de un mural en la National Portrait Gallery en Edimburgo, Escocia. Por William Hole - CC BY-SA 3.0

Cuando Bruce, ahora el rey Robert I, murió en 1329, le pidió a Sir James que llevara su corazón a Jerusalén. Desviado a una cruzada contra los sarracenos en España, Douglas vio a un caballero compañero envuelto en la Batalla de Teba. Lanzando el corazón de Bruce delante de él, cargó en medio de la lucha y murió como un guerrero hasta el final.

Sir Henry Percy (1364-1403)

La familia Percy era una de las más poderosas del norte de Inglaterra. A lo largo de los siglos XIV y XV, esta parte del país estuvo plagada de violencia, incluidas disputas locales, incursiones escocesas e incluso rebeliones. Sir Henry Percy, conocido como Hotspur, se convirtió en parte de esto.


El Pennon o estandarte volado por Sir Henry Percy alias Harry Hotspur y tomado de él en combate por James Douglas, conde de Douglas.

Caballero a la edad de 13 años, Hotspur luchó en su primera batalla solo un año después, ayudando a capturar el Castillo de Berwick. Resultó ser un excelente guerrero y líder, famoso por su habilidad y coraje en los torneos, en la cruzada en Prusia, en las guerras de Inglaterra con Francia y en la lucha contra los atacantes de la frontera escocesa.

Hotspur ayudó a poner al rebelde Henry Bolingbroke en el trono como el rey Enrique IV en 1399. Pero los dos se cayeron. El propio Hotspur se rebeló en 1403 y las fuerzas reales de Shrewsbury lo mataron en batalla. El rey lloró por la muerte de su amigo, pero mostró su cabeza en un poste como advertencia a otros traidores.

Tancredo de Hauteville (1075-1112)


Posible estatua de Tancred de Hauteville en el lado norte de la catedral de Coutances. Este es un reemplazo de 1875 para una estatua dañada en la Revolución Francesa. Por Giogo - CC BY-SA 3.0

Un señor normando del sur de Italia, Tancred se unió a la Primera Cruzada junto a su tío Bohemond de Taranto. La Primera Cruzada fue lo más cerca que estuvieron los cruzados de tomar la Tierra Santa, y Tancredo fue uno de sus líderes. Su coraje, su liderazgo y su habilidad política le permitieron forjarse tierras en el territorio conquistado, convirtiéndose en el primer Príncipe de Galilea y regente de Antioquía. Durante la próxima década, reforzó su posición, mientras que su reputación como caballero se extendió por toda Europa y a lo largo de los siglos. Murió de tifus, pero su leyenda vivió a través de Radulph de Caen, Gesta Tancredi.

Sir John Chandos (? -1370)



La muerte de Sir John Chandos en Lussac.

Un caballero Derbyshire de ascendencia normanda, Sir John Chandos llegó por primera vez a la fama por derrotar a un escudero francés en combate singular en el sitio de Cambrai en 1339. Se convirtió en una figura destacada en la corte del rey inglés Eduardo III, y un compañero cercano de el hijo y heredero del Rey Edward, el Príncipe Negro.

Famoso como hombre cortés y civil, Chandos fue un destacado diplomático inglés en las negociaciones con los franceses. Fue visto por algunos como la mejor esperanza para la paz. Pero como cualquier caballero de la época, también era un guerrero formidable. Se encontró con su muerte en la batalla, fatalmente herido en la víspera de Año Nuevo de 1369, murió al día siguiente, llorado por enemigos y amigos.

Edward de Woodstock, El Príncipe Negro (1330-1376)


Edward, el Príncipe Negro.

El hijo mayor del rey Eduardo III de Inglaterra, el Príncipe Eduardo de Woodstock, es una de las grandes figuras de la historia medieval.

La introducción de Edward a la realidad de la caballería fue dramática. A la edad de 16 años, estuvo a la vanguardia del ejército inglés en la Batalla de Crécy, donde participó en combates desesperados y se convirtió en un héroe para sus compatriotas. Diez años más tarde, dirigió a los ingleses en Poitiers, y por eso estuvo involucrado en dos de las tres mayores victorias inglesas de la Guerra de los Cien Años.

Dado el control de las tierras inglesas en Francia, Edward se convirtió en un estadista y también en un modelo de caballería. Parecía establecido para convertirse en uno de los reyes más grandes de Inglaterra, pero atrapó la disentería y murió un año antes que su padre, una gran vida acortada.

jueves, 7 de junio de 2018

Guerra de Secesión: El rol de los caballos y la artillería de campaña

Guerra Civil de los Estados Unidos: Caballos y Artillería de Campaña

Por James R. Cotner || History Net



La artillería de campaña de la Guerra Civil fue diseñada para ser móvil. Cuando las tropas de la Unión o Confederadas marcharon por el país, las armas se movieron con ellos. Durante la batalla, las armas fueron movidas a las posiciones asignadas y luego fueron cambiadas de un lugar a otro, retraídas o enviadas hacia adelante según lo exigiera la fortuna. Las baterías de campo se fueron galopando para apoyar un avance o repeler un ataque. Cuando se retiraron, disputaron el campo a medida que avanzaban. El movimiento fue todo. Las armas podían cumplir su función esencial solo cuando podían moverse donde más se necesitaban.

En el momento de la Guerra Civil, tal movimiento requería animales de tiro: caballos, mulas o bueyes. Las mulas eran excelentes para tirar de cargas pesadas, pero no fueron utilizadas para sacar las armas y los cajones de la artillería de campaña. A ningún animal le gustaba estar bajo fuego. En la furia de la batalla, los caballos se asustarían y se alejarían y harían relucir sus cascos; pero las mulas llevaron sus protestas a los límites exteriores. Cuando se exponen al fuego, las mulas se venzan y patean y ruedan sobre el suelo, enredando los arneses y volviéndose imposibles de controlar.

Una excepción a la regla contra el uso de mulas fue su papel en la portación de pequeños obuses de montaña. Estas armas eran lo suficientemente ligeras como para romperse, y las partes componentes se llevaban en la espalda de los animales de carga. Habían sido desarrollados para su uso en un país montañoso y muy boscoso, con solo senderos o caminos miserables. Se necesitaban animales fuertes y seguros, y las mulas eran la elección obvia.

El peligro de usar mulas en la batalla se representa vívidamente en Confederate Brig. El informe del general John D. Imboden sobre su experiencia en el cómic en la Batalla de Port Republic en junio de 1862. En ese enfrentamiento, Imboden, un coronel en ese momento, comandaba una banda de caballería con una batería de obuses de montaña, llevados en mulas, en el ejército del mayor general Thomas 'Stonewall' Jackson. En Port Republic, Jackson ordenó a Imboden que pusiera su batería en un lugar protegido y que estuviera lista, tras la retirada del enemigo, para avanzar hasta un punto donde sus armas tuvieran un campo de tiro despejado. Imboden llevó a sus hombres y las mulas, llevando las armas y municiones, a un barranco poco profundo a unos 100 metros detrás de la batería de Virginia del capitán William Poague, que estaba muy ocupada.

A los pocos minutos, las granadas de artillería de la Unión cruzaban el barranco por encima de los hombres y las mulas. Imboden, en su relato de la acción, recordó: 'Las mulas se volvieron frenéticas. Patearon, se sumergieron y chillaron. Era imposible callarlos, y se necesitaron tres o cuatro hombres para evitar que una mula se separara. Cada mula tenía unas trescientas libras de peso sobre él, tan firmemente sujeta que la carga no podía ser desalojada por ninguna de sus alcaparras. Varios de ellos se tumbaron e intentaron quitarles la carga. Los hombres los retenían y eso sugería la idea de arrojarlos a todos al suelo y mantenerlos allí. El barranco nos protegió para que no estuviéramos en peligro por el disparo o el proyectil que pasó sobre nosotros.

El uso de mulas para llevar obuses de montaña fue una elección basada en su aptitud para la tarea, no debido a la escasez de caballos. El Manual de artillería de montaña, adoptado por el ejército de los EE. UU. En 1851, afirmaba que el obús de la montaña era 'generalmente transportado en mulas'. La superioridad de las mulas en el duro país compensaba su notoria oposición al fuego.

Los bueyes moviéndose lentamente obviamente no eran muy adecuados para transportar artillería de campaña, ya que a menudo se necesitaba un movimiento rápido. Los bueyes eran fuertes, su nombre es sinónimo de fuerza y ​​resistencia, pero eran demasiado lentos. Sin embargo, los bueyes fueron a veces puestos en servicio durante la Guerra Civil.



En noviembre de 1863, la fuerza del teniente general James Longstreet fue separada del ejército confederado de Tennessee bajo el mando del general Braxton Bragg, que entonces sitiaba Chattanooga. Las tropas de Longstreet se desplazaron hacia el norte a través del este de Tennessee para enfrentarse a la fuerza federal del mayor general Ambrose Burnside en Knoxville. Fue un viaje largo y duro para la artillería confederada. Cuando el ejército del sur se acercaba a Knoxville, los cajones confederados que transportaban munición para la artillería de campaña eran arrastrados por bueyes, una elección dictada por la escasez de caballos en la región.

Todo el movimiento de artillería de campo se hizo con limbers. Pistolas, cajones, forjas de baterías y vagones estaban todos sujetos a un ágil. Ninguno, en circunstancias normales, se movió de forma independiente. Un ágil era una caja de municiones montada en un eje entre dos ruedas, con un poste de proyección hacia adelante, al cual el equipo estaba enganchado. Debajo y en la parte trasera del águila había una pieza de hierro doblada llamada clavija. Al final del camino de armas o en la punta de un poste corto en el cajón había una pieza de hierro, perforada, llamada luneta. El rastro de la pistola fue levantado y el agujero en la luneta cayó sobre el pivote, haciendo que la pieza y el limber fueran una unidad de cuatro ruedas. La pieza estaba unida al limbo en un pivote, dando a la unidad un corto radio de giro.

La capacidad de un caballo saludable para tirar de una carga se vio afectada por una serie de factores. El principal de ellos era la naturaleza de la superficie sobre la cual se cargaba la carga. Un solo caballo podría tirar 3,000 libras de 20 a 23 millas por día sobre un camino pavimentado. El peso bajó a 1.900 libras sobre una carretera de macadamized, y bajó a 1.100 libras en terreno áspero. La capacidad de tirar se redujo aún más a la mitad si un caballo llevaba un jinete en su espalda. Finalmente, a medida que aumentó el número de caballos en un equipo, la capacidad de extracción de cada caballo se redujo aún más. Un caballo en un equipo de seis tenía solo siete novena parte de la capacidad de tiro que hubiera tenido en un equipo de dos. El objetivo era que la carga de cada caballo de la carga no debería ser más de 700 libras. Esto era menos de lo que un caballo saludable, incluso llevando un jinete y enganchado en un equipo de seis, podía tirar, pero proporcionaba un factor de seguridad que permitía la fatiga y las pérdidas.

Gibbon describió cuidadosamente lo que se quería, pero los caballos con estas cualidades no siempre estaban disponibles. Los caballos escaseaban y quedaban escasos en áreas de conflicto continuo. Tanto el Norte como el Sur pronto comenzaron a tomar caballos que pertenecían a simpatizantes del enemigo. Esto se hizo a menudo no por necesidad, sino simplemente para privar al enemigo de los caballos.



En abril de 1862, el Intendente General de la Unión, Montgomery C. Meigs, fue llamado para proporcionar una gran cantidad de caballos para que el Ejército Federal los usara en la Península de Virginia. Meigs le escribió al Secretario de Guerra Edwin M. Stanton, diciéndole que había caballos para los simpatizantes del sur en el Valle de Shenandoah y que buscaban la autoridad para apoderarse de los animales. La autoridad fue dada de inmediato, con la estipulación de que no se tomaría ningún caballo para el trabajo agrícola, incluso de un simpatizante enemigo. En su pedido, Meigs señaló: "Un caballo para el servicio militar es tanto un suministro militar como un barril de pólvora o una escopeta o un rifle".

Al comienzo de la guerra, los estados del norte tenían aproximadamente 3.4 millones de caballos, mientras que había 1.7 millones en los estados confederados. Los estados fronterizos de Missouri y Kentucky tenían 800,000 caballos adicionales. Además, había 100,000 mulas en el norte, 800,000 en los estados secesionistas y 200,000 en Kentucky y Missouri. La disparidad en la distribución de la población de mulas igualaba el número de animales de tiro disponibles para todos los propósitos. El sur proporcionó, involuntariamente, muchos caballos al norte. La mayoría de los combates se realizaron en suelo del sur, y las tropas del norte capturaron fácilmente los caballos locales. Mientras que los confederados tuvieron oportunidades de tomar caballos del norte durante la invasión de Pennsylvania por parte de Robert E. Lee y de las incursiones ocasionales en el territorio del norte, el número fue pequeño en comparación con los miles comandados por las tropas de la Unión, que ocuparon grandes áreas del sur durante varios años.

En mayo de 1863, la brigada federal del coronel John T. Wilder barrió el país al este y al norte de Murfreesboro, Tenn. Las tropas del norte habían estado en la zona durante meses, pero en cinco días la brigada tomó otros 196 caballos de la gente de la región. , a pesar de los intentos de esconder los caballos en bosques, barrancos y cuevas. Un caballo fue encontrado atado a un poste de la cama en el salón trasero de una dama.

El cuidado adecuado y adecuado de los caballos de artillería era esencial. Si se vieron debilitados por la negligencia, no podrían sobrevivir los rigores de una campaña activa. Los buenos comandantes estaban al tanto de esto y emitieron órdenes dirigidas a mejorar el cuidado de los animales.

El 1 de octubre de 1862, poco después de la campaña de Antietam, Robert E. Lee emitió la orden núm. 115, abordando la atención a todos los caballos del ejército y asignando responsabilidades a los oficiales específicos para el cuidado de los caballos en la reserva de artillería . Los culpables de negligencia de los caballos de batería deben ser castigados. Ningún caballo de artillería debía ser montado excepto por artilleros designados. El jefe de artillería estaba facultado para arrestar y llevar a juicio a cualquier hombre que usara un caballo que no fuera con servicio de batería.

El general de división Union William T. Sherman, cuando todavía era un comandante divisional, emitió una orden similar a los oficiales de artillería vinculados a su división. Después de delinear las muchas tareas que debían realizarse cuando una batería se detenía durante una marcha, Sherman indicó que "todas las oportunidades que se detengan durante una marcha deberían aprovecharse para cortar el pasto, el trigo o la avena y se debe tener un cuidado extraordinario. los caballos de los que todo depende ".

La alimentación, por supuesto, era una parte crítica de la atención de los caballos. La ración diaria prescrita para un caballo de artillería era 14 libras de heno y 12 libras de grano, generalmente avena, maíz o cebada. La cantidad de grano y heno que necesita una batería en particular depende de la cantidad de caballos que tenía la batería en ese momento. Varió casi día a día, pero siempre fue enorme. Los caballos de la batería tenían que ser alimentados todos los días, ya sea que la batería se moviera o no. Durante la Guerra Civil, una batería de artillería podría permanecer en el mismo lugar durante semanas y consumir miles de libras de heno y granos cada día.

Los caballos de artillería representaban solo un pequeño número de animales que debían ser alimentados por los militares. Además de los caballos con artillería, los caballos utilizados por la caballería y los caballos y mulas utilizados para jalar carretas de suministros y ambulancias, también había miles de caballos de silla que transportaban oficiales y mensajeros. El general de brigada Stewart Van Vliet, jefe de intendencia del Ejército del Potomac durante su campaña en la península de Virginia en 1862, informó que diariamente se necesitaban 800,000 libras de forraje y grano para alimentar a los caballos y las mulas. Como un vagón normalmente transportaba 1 tonelada, la asignación diaria de alimentos de los animales requería 400 vagonetas por día.

Las raciones prescritas no siempre estuvieron disponibles. Algunas veces, especialmente a medida que la guerra continuaba y las áreas fueron limpiadas por los ejércitos opuestos, se desarrolló una grave escasez de grano y heno. En otras ocasiones, había granos y heno disponibles, pero no podían entregarse a las baterías que los necesitaban. Los caballos de artillería del Cuerpo de la Unión V subsistían con una ración diaria de cinco libras de grano cuando el teniente general Ulysses S. Grant avanzó hacia el sur en mayo de 1864. Las raciones exiguas eran el resultado de una escasez de vagones, no de falta de grano. . Después de que los carros de artillería habían entregado heno y grano a las baterías, las unidades de infantería se apoderaron de ellos y los utilizaron como ambulancias improvisadas para transportar a los miles de heridos que regresaban de Wilderness y Spotsylvania.

El pasto estaba a veces disponible, pero la hierba verde y las plantas de campo no eran alimentos eficientes. Se necesitaron ochenta libras de pasto para igualar el valor nutricional de 26 libras de heno seco y grano, la ración diaria prescrita. Además, el pasto verde aumentó la probabilidad de que un caballo se pudriera. Sin embargo, los pastos se utilizaron, ya sea como un suplemento de la ración regular o como la principal fuente de nutrición durante períodos cortos, si el heno y el grano no estaban disponibles.

En enero de 1865, a los hombres en Kirkpatrick's Battery, que prestaron servicio en el ejército confederado del teniente general Jubal A., se les concedió 'permisos para el caballo'. Un verano caluroso y seco redujo en gran medida los cultivos en la zona. y había poca comida para los hombres y ninguna para los caballos. Para enfrentar esta crisis, a los artilleros cuyas casas estaban cercanas se les permitía regresar a casa si cada uno llevaba un caballo consigo. Se esperaba que el soldado furlou alimentara y cuidara al caballo; cuando llegaba la primavera, debía regresar a la batería con el caballo. Es cierto que este era un negocio arriesgado teniendo en cuenta la situación de la Confederación en enero. Aparentemente, valía la pena el riesgo de perder un veterano para salvar un caballo.

El agua para los caballos era un problema que exigía una solución adecuada todos los días. Mientras esté en el campamento, una batería descubrirá el arroyo o estanque más cercano y riega rutinariamente los caballos allí. En la marcha, el agua tenía que ser encontrada al final de cada día. Si el agua estaba a cierta distancia, como solía ser, el momento del riego era crítico. Las armas estaban inmóviles si los caballos estaban ausentes. Por lo general, solo la mitad de los caballos serían enviados al agua en cualquier momento. Esto significaba que en una emergencia se podía lograr algún movimiento, pero con solo la mitad de los caballos presentes, la batería estaba en clara desventaja.

En la Batalla de Stones River en diciembre de 1862, la Batería E de la 1ra Artillería de Ohio estaba estacionada a la derecha de la línea Union, de cara a los matorrales de cedro llenos de niebla de los cuales los confederados vendrían gritando al amanecer. Justo antes de que comenzara el ataque, la mitad de los caballos de la batería fueron llevados a una pequeña corriente a unas 500 yardas hacia atrás. En la debacle que siguió al ataque inicial, todas las pistolas de batería se perdieron. Algunos relatos de la batalla mencionan la ausencia de caballos y sugieren que fue un factor en la pérdida de las armas. La batería peleó valientemente donde estaba parada, lanzando disparos de cartuchos contra los rebeldes que avanzaban, hasta que toda la brigada de la Unión fue aplastada y enviada de regreso. Las tropas asignadas para soportar la batería lo abandonaron. Es difícil creer que el resultado hubiera sido diferente incluso si todos los caballos hubieran estado presentes.



Otro incidente donde el riego de los caballos de artillería provocó una demora y tal vez frustró un ataque ocurrió en Petersburg, Va., El 15 de junio de 1864. El general de brigada William F. 'Baldy' Smith y el XVIII cuerpo federal se presentaron ante la ciudad y luego defendieron por solo 2.200 hombres, muchos de los cuales eran milicias sin experiencia con poca o ninguna experiencia de combate. El supuesto asalto federal se demoró más de una hora cuando se descubrió que todos los caballos de artillería habían sido desenganchados y llevados al agua. El ataque no comenzó hasta las 7 p.m., cuando fue derrotado. Algunas cuentas culpan al fracaso de los caballos de artillería ausentes. Los refuerzos veteranos llegaron para reforzar la defensa justo cuando las líneas confederadas se rompieron. Algunos han especulado que sin el retraso, Petersburgo podría haber sido tomada nueve meses completos antes de que finalmente cayera.

A pesar del cuidado dado a los caballos de artillería, los animales aún perecieron a una velocidad asombrosa. Muchos murieron de enfermedades o fueron asesinados por agotamiento. Muchos más fueron asesinados junto con sus compañeros de la batería en la batalla.

Cuando una batería se desataba y tomaba su lugar en la fila, los caballos normalmente eran trasladados a un lugar protegido del fuego enemigo directo, detrás de un edificio o una colina, en un bosquecillo o en un barranco. Sin embargo, tales precauciones no siempre protegían a los animales del fuego hostil.

En el tercer día en Gettysburg en julio de 1863, muchos de los caballos de artillería de la Unión se colocaron en la ladera oriental de Cemetery Ridge, detrás y debajo de la cresta. En el gran bombardeo que precedió a Pickett's Charge, la posición se convirtió inadvertidamente en una trampa mortal. El general de brigada Henry J. Hunt, jefe de artillería de las fuerzas federales, informó que el fuego de las armas confederadas era alto. Pasó por encima de la cresta y explotó o cayó entre los caballos en la ladera oriental. Como Hunt informó, "Esto nos costó una gran cantidad de caballos y la explosión de una cantidad inusualmente grande de cajones y limbers." La artillería de la Unión perdió 881 caballos en Gettysburg. Todos esos animales no fueron asesinados en la ladera oriental de Cemetery Ridge, pero se puede suponer por los comentarios de Hunt que muchos lo fueron.

Los caballos sufrieron no solo por el fuego de artillería sino también por el fuego de la infantería que avanzaba. La captura de una pieza de artillería fue una gran hazaña, trayendo consigo el honor y el reconocimiento. Los regimientos confederados en el teatro occidental se les permitió colocar los cañones cruzados en sus banderas de batalla regimiento después de haber tomado un arma Federal.

Una táctica utilizada para atacar una batería era derribar a los caballos atados a ella. Si los caballos de la batería se mataban o se desactivaban, mover las armas de regreso a la seguridad era una tarea imposible. Pero los caballos podrían recibir mucho castigo. Fueron difíciles de derribar, y una vez abajo fueron difíciles de mantener, incluso con el impacto de las balas Minie de gran calibre.

En la estación de Ream en agosto de 1864, la 10ma Batería de Massachusetts luchó desde detrás de una barricada improvisada baja, con sus caballos completamente expuestos a solo unos metros detrás de las armas. La batería estaba luchando con cinco pistolas, y en poco tiempo los cinco equipos de seis caballos fueron atacados. En cuestión de minutos, solo dos de los 30 animales seguían en pie, y todos estos tenían heridas. A un caballo le dispararon siete veces antes de que cayera. Otros caballos fueron golpeados, cayeron y lucharon de nuevo, solo para ser golpeados de nuevo. El número promedio de heridas sufridas por cada caballo fue de cinco. Los confederados estaban disparando desde un campo de maíz a unos 300 metros de distancia.

Con mucho, el mayor número de caballos se perdió por enfermedad y agotamiento. Nuevamente refiriéndose a la 10ma Batería de Massachusetts, los informes revelan un triste rastro de caballos que mueren de enfermedades o que los matan a causa del agotamiento. Entre el 18 de octubre de 1862, cuando comenzó su servicio, y el 9 de abril de 1865, cuando Lee se rindió, la batería perdió un total de 157 caballos por causas distintas al combate. De estos, 112 murieron a causa de una enfermedad. La enfermedad más prevalente en la batería fue el muermo, que reclamó 45 caballos. El muermo, una enfermedad altamente contagiosa que afecta la piel, los conductos nasales y las vías respiratorias de caballos y mulas, también se denominó farcy o nasal gleet en los informes de tiempos de guerra.

Cuarenta y cinco de los caballos de la batería se perdieron debido a la fatiga cuando simplemente se agotaron y no pudieron trabajar, por lo que se les dio muerte. Las pérdidas por agotamiento pueden ser clave para eventos específicos. En junio de 1864, 13 caballos de batería se perdieron por agotamiento, lo que refleja el ritmo aplastante del avance de Grant después de abandonar el desierto. En los días posteriores a la caída de Richmond, cayeron 14 caballos como resultado de la dura persecución del ejército en retirada de Lee. Incluso cuando llegó la rendición, la persecución de la matanza continuó haciendo mella, con otros 22 caballos siendo asesinados por agotamiento entre el 10 de abril y el 15 de abril.



Los caballos fueron trabajados duro y largo, pero tenía que ser así. Una batería corriendo para ponerse al día con un enemigo en retirada o para obtener una posición de ventaja no tenía lugar para un tratamiento suave. Las apuestas eran altas, y los caballos pagaron el precio. La alternativa podría ser la derrota. Un hombre en una larga y ardiente marcha, empujado más allá de lo que su cuerpo podría soportar, podría abandonarlo temporalmente y ponerse al día con su compañía más tarde. Los caballos no tenían esa opción. Enganchados a los brazos, tiraban de ellos hasta que caían o, como sucedía en la mayoría de los casos, hasta que dañaban sus cuerpos más allá de la curación, y luego recibían disparos.

El barro o el polvo parecían plagar cada movimiento de tropas. De los dos, el barro era el mayor problema para la artillería. El polvo creaba una gran incomodidad, pero poco más. Mientras que un artillero podría tener dificultades para respirar e incesante comezón en el polvo sofocante, las pistolas y los cajones aún podrían moverse. El barro, por otro lado, a menudo hace que el movimiento sea imposible. Hundiéndose debajo de sus ejes en agujeros llenos de suciedad, pistolas y cajones se podían mover solo con un esfuerzo sobrehumano, los hombres empujando las ruedas y los caballos extra tirando de las huellas. A veces, las armas simplemente se abandonaban al barro.

Una batería se movió a la misma velocidad y cubrió la misma distancia que las tropas a las que estaba

sábado, 30 de diciembre de 2017

Conquista del desierto: El robo de los blancos de Villegas

Robo de los Blancos de Villegas


Los blancos de Villegas

De todos los episodios que integran la vasta y heroica tradición de la conquista del Desierto, uno de los más conocidos es el robo de los caballos del coronel Conrado Villegas, que fue relatado por el comandante Manuel Prado en su “Guerra al malón”.  Fue un golpe de audacia ejemplar de los indios, respondido por un acto de arrojo y sacrificio por parte de los soldados fronterizos que conmueve y asombra.  El solo episodio da para una película, tan vivaz y dinámica como la del mejor “western” norteamericano, pero con una ventaja en su favor: es auténtica.

En el año 1874, el general Bartolomé Mitre se había alzado contra el gobierno constituido aduciendo que se había hecho fraude en las elecciones presidenciales.  La Revolución mitrista alzó al interior bonaerense y contaba con el apoyo de estancieros que proveyeron de buen grado sus caballadas.  Pero la revolución fracasó con la derrota sufrida en los campos de La Verde, los revolucionarios depusieron sus armas, y el gobierno les confiscó las caballadas.  Las tropas gubernistas que sofocaron el alzamiento estaban integradas principalmente por efectivos avanzados de la frontera, y sus jefes se repartieron las numerosas caballadas.

El coronel Villegas, Jefe del Regimiento de Caballería Nº 3, había comprendido, tiempo atrás, que no habría victoria posible y duradera sobre los indios si no se contaban con buenos caballos.  Aprovechó entonces y reunió para su regimiento seis mil animales de silla.  De ellos, tras lentas y personales selecciones, se quedó con lo mejor.  Luego, de ese lote apartó 600 pingos blancos, tordillos y bayos claros, destinados exclusivamente a servir como reserva para el combate o para una retirada imprevista.

Villegas transformó a los caballos blancos en una obsesión, y finalmente en un mito.  Recibieron instrucción especial, y eran mejor cuidados que los soldados.  Estos, hasta llegaban a despojarse de su poncho si no tenían manta para cubrirlo en las noches de helada, y resignarse a pasar hambre, en tanto su flete blanco recibía ración de forraje -¡todo un milagro en la precaria economía militar de entonces!.  Cuando los soldados se adaptaron a las posibilidades que por fin tenían al alcance de sus riendas, el 3º de Caballería adquirió fama legendaria, y aún entre los indios se revistió de contornos fantasmales, de leyenda.

La caballería blanca de Villegas caía como un aluvión de nieve sobre las huestes pampas.  Y Villegas y sus hombres, curtidos en todos los extremos del coraje, daban pábulo a los más increíbles actos de heroísmo, validos de la fortaleza que daba semejante montura.  Los blancos de Villegas eran un azote para el indio y un orgullo para los soldados de la frontera.

En la noche del 21 de octubre de 1877, un grupo de indios concibió dar un golpe de audacia al campamento del 3º de Caballería, en Trenque Lauquen: robarle los caballos blancos al coronel Villegas.

Esa noche, como otras, los blancos habían sido encerrados en un corral, a pocas cuadras del campamento.  El corral estaba delimitado únicamente por una zanja bastante profunda y ancha, que las caballadas no podían cruzar.  Ocho soldados, al mando del sargento Francisco Carranza, quedaron comisionados para cuidar la puerta del corral.

La noche era tranquila.  Nada indicaba la proximidad de los indios.  La modorra fue aconándose en los párpados de los rudos hombres de Carranza, y con el primer frescor de la noche quedaron dormidos sobre sus carabinas.

Esta fue la oportunidad aguardada por los indios.  Practicaron un portillo en el fondo del corral, rellenando la zanja.  Con sus ojos, que penetraban la noche más cerrada,  distinguieron en las sombras a las madrinas.  Las tomaron sin que se espantaran, y las fueron sacando de a una.  Tras ellas, dócilmente, siguieron los caballos de cada tropilla.  Así, los seiscientos….

Cuando con la diana, la guardia despertó, se halló con la novedad: ¡Los blancos habían sido robados!….

La palidez con que Villegas recibió la noticia indicó que una tormenta de ira iba a estallar.  Mando buscar al segundo jefe del Regimiento, el mayor Germán Sosa.

La orden fue tajante: armar una dotación de 50 hombres, incluir en ella al sargento Carranza, y en media hora salir en persecución de los indios ladrones.  Si Carranza no se comportaba a la altura de las circunstancias, debía recibir cuatro tiro por la espalda.

Entre los cincuenta individuos había tres cadetes: Prado, Supiche y Villamayor.  Marchaban también el mayor Rafael Solís, el capitán Julio Morosini (el mismo que recibiera, años más tarde, la rendición de Manuel Namuncurá en Fuerte General Roca) y los tenientes Spikerman y Alba.

Se los racionó con una porción de charqui como para cuatro días, y cien balas por hombre.

Villegas los vio partir, con la mirada sombría, desde la puerta del rancho que oficiaba de comandancia, y le dijo al mayor Sosa, cuando pasaba frente a él:

- No se animen a volver sin los blancos.

Marcharon cuatro horas.  Cuando el solazo pampeano del mediodía comenzó a morderles la nuca y el cansancio pesaba como una mochila sobre las espaldas, acamparon a orillas de la laguna Mari Lauquen.

El mayor Sosa dispuso una guardia porque se hallaban ya en territorio dominado por los indígenas.  Durmieron hasta el atardecer, y reanudaron la marcha no bien entró la noche.  A las diez de la mañana del día siguiente, hicieron alto para acampar.

Sosa había marchado silencioso durante toda la noche.  Cuando detuvieron la marcha ya había tomado una resolución.  Llamó a Solís y se la explicó brevemente: continuar esa expedición era conducir el medio centenar de hombres a la muerte, sin beneficio alguno.  Por consiguiente, acamparían.  Luego Sosa saldría durante la noche con el sargento Carranza.  Irían los dos en dereceras a alguna patrulla de indios con la que se trabarían en lucha hasta caer muertos.  A la mañana siguiente, al percibir Solís la ausencia de Sosa y Carranza, debía despachar descubiertas para buscarlos.  Volverían sin encontrarlos, o con sus cadáveres, y entonces Solís debía disponer el regreso al campamento.

En tanto, debía salir ahora con el cabo Pardiñas a reconocer un monte, y un bajo que se hallaban próximos, y en los que Sosa pensaba establecer el campamento desde el que ejecutaría su plan suicida para salvar a sus demás hombres de las iras de Villegas.

Pero estaba de Dios, que Sosa no iría a terminar sus días en las trágicas circunstancias que había elegido.  Media hora más tarde, regresaba el cabo Pardiñas, haciendo señas desde lejos.  El propio mayor Sosa le salió al encuentro.  Dios había puesto en el camino de esos soldados la posibilidad de salvarse, a punta de coraje.

En el monte que desde la distancia Sosa había elegido para acampar, había precisamente unos toldos.  Y en el bajo de la laguna, ¡los caballos blancos robados!…. Con ellos, una gran caballada que pastoreaba sin vigilancia a la vista.

Cambiaron los caballos de marcha por los de reserva en un santiamén.  Y en el silencio más absoluto se acercaron, al paso.  El mayor Solís en tanto, había estado observándolo todo.  La mayoría de los indios de pelea -83 en total-, dormían en los toldos, o jugaba a los naipes.  Con ellos estaban 129 mujeres, niños y ancianos.  Confiados en exceso por la fortuna del golpe dado contra el cuartel de Villegas, no habían puesto custodia; ni siquiera atado sus caballos.  La forma de atacarlos podía ser ésta: Unos veinte hombres debían atropellar hacia el bajo y arrear las caballadas.  El resto cargaría sobre los toldos para aplastar cualquier intento de reacción.  Había que actuar rápidamente para que nadie del grupo pudiera dar aviso a otras tolderías.

El teniente Alba descargó su ataque con los veinte hombres hacia las caballadas.  Solís encabezó la carga a los toldos.  Los caballos blancos, no bien sintieron el ruido familiar de los sables y los gritos de sus antiguos dueños, arremolináronse e hicieron punta hacia el camino y el resto de la caballada los siguió.  Nunca arreo tan grande fue reunido en menos tiempo.

Sosa y Solís redujeron a la impotencia a la indiada.  Cayeron sobre ellos como una centella.  El trompa de órdenes tocó llamada y el pelotón al mando de Alba enderezó con los caballos hacia los toldos.  Mudaron caballos e iniciaron el regreso.


La furia en las lanzas

La retirada se dispuso de inmediato.  Una fina columna de humo elevándose en el horizonte indicaba el peligro.  Era la que había encendido el tropillero de la tolda, el único que alcanzara a escaparse del aluvión mortal del mayor Sosa.  Seguramente estaría llamando a otros indios en su auxilio.  ¡Pero los blancos se habían recuperado!.

La marcha iba a ser lenta.  Había que empujar un arreo importante, y la chusma prisionera.  Por eso, 30 hombres se pusieron detrás de la tropa como escolta.  Y encima de ellos, una nueva orden terrible: matar al animal que se cansara.  Y seguir adelante.

Promediaba la tarde cuando comenzaron a ver, a sus espaldas, los primeros contingentes indígenas, convocados por la llamada de humo.  Para los soldados, el recurso era acercarse lo más posible al campamento, y si era factible, atravesar la famosa zanja de defensa, que mandara construir por esos años el Ministro de Guerra y Marina,  Adolfo Alsina.  Es decir, dar tiempo al Regimiento a que saliera a defenderlos.  Los indios, que también habían comprendido, querían cortar a cualquier precio la marcha.

Caía la tarde cuando una numerosa columna les dio alcance.  Corrían de flanco para interponérseles.  El comandante Prado –que dejó relatado este episodio en su libro “La guerra al malón”- así describe el episodio:

“Nahuel Payun en persona –el capitanejo más valiente de Pincén- nos salía a la cruzada.  Reunió cincuenta o sesenta indios y se precipitó sobre las caballadas, resuelto a dispersarlas.  Antes de llegar tropezó con un  grupo que mandaba Sosa y al pretender desviarse cayó bajo los sables del pelotón de Morosini.  El espectáculo debió ser magnífico, imponente.  Nosotros huyendo en una nube de polvo, mezcladas mujeres y caballos, arreando las chinas y los animales a punta de lanza, gritando como locos, y allá un poco a la izquierda, la fuerza de Morosini, entreverada a sable con el malón, en un infierno de alaridos, en medio del estruendo de las armas, pretendiendo los unos a arrollar al puñado de bravos que se levantaba como inquebrantable barrera, entre el furor del bárbaro y la presa del cristiano; forcejeando los milicos por contener la horda ciega de ira y sedienta de venganza”.

Cuando el ataque fue rechazado, mudaron los caballos.  Y luego apretaron la marcha, ya con desesperación.  Un nuevo ataque fue rechazado.  A medianoche hicieron una hora de alto, y luego continuaron la marcha.  Los indios, en tanto, los seguían a prudente distancia, pero no atinaban a cargarlos nuevamente.

Poco antes de llegar al campamento, Sosa dispuso cambiar caballos.  Los soldados montaron los blancos.  Y así, con grave aire de compadres, como una palpitante masa fantasmal, entraron a Trenque Lauquen.

Marchaban alineados, al tranco.  Y Sosa pasó con la columna, polvorienta y victoriosa, frente a la comandancia.  Desde el vano de la puerta Villegas, con el chambergo sobre la nuca, según su costumbre paisana, los vio pasar.  Silencioso.  Todavía enculado….  Cuentan que estaba tan pálido como sus caballos.  Sin duda presentía que, a pesar de haber sido vengada la audacia de los indios, el episodio del robo de sus blancos correría por toda la pampa como una burla gritada, como el alarido del salvaje golpeándose la boca, como una basureada más, acaso una de las últimas que se permitía la indiada y como tal, todavía más sabrosa…

Fuente


  • Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
  • Nario, Hugo I. – Basuriando al cristiano!
  • Portal www.revisionistas.com.ar
  • Prado, Manuel – La guerra al malón – EUDEBA, Buenos Aires (1960).
  • Todo es Historia – Año II – Nº 14. Junio 1968.
  • Turone, Gabriel O. – El robo de los blancos de Villegas


• Los Blancos de Villegas (video)


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Guerra mexicano-estadounidense: Batalla de la Angostura (1847)

Batalla de la Angostura

Memoria Política de México

En la Batalla de la Angostura, luchan las tropas nacionales contra las invasoras norteamericanas.


Entre San Luís y Saltillo, en un paso de montaña llamado La Angostura, próximo a la hacienda de Buenavista, inicia el combate más impresionante de la guerra entre Estados Unidos y México, entre las fuerzas mexicanas -comandadas por Santa Anna, Mora, Villamil, Micheltorena, Blanco, Corona, Pacheco, Lombardini, Urrea y otros- y las invasoras norteamericanas al mando de Zacarías Taylor. Se trata de la Batalla de la Angostura o de Buenavista.


Febrero 22 de 1847

Serán dos días de encarnizada y crudelísima lucha, entre catorce mil mexicanos con buena caballería pero con viejos cañones de alcance y capacidad de fuego reducidos, y siete mil invasores mejor posicionados, que contaban con moderna artillería del doble de alcance.




Hoy Santa Anna exige a Taylor que se rinda, lo que sólo provoca su ira, y al negarse, se inician algunas escaramuzas para tomar posiciones y movilizar sus efectivos. Al día siguiente, Santa Anna atacará con todas sus fuerzas y al mediodía habrá roto la línea de los invasores, pero Taylor contraatacará y detendrá momentáneamente el avance de las tropas mexicanas. Cuando las columnas nacionales serán casi dueñas del campo de batalla, de pronto recibirán de Santa Anna la orden de retirada en plena noche.





La retirada del ejército mexicano en la madrugada del 24 de febrero, cuando Santa Anna parecía tener la victoria y podía apoderarse de Saltillo, será muy cuestionada. Al parecer la tropa estaba exhausta, carecía de elementos y llevaba varios días sin probar alimento, tras haber cruzado el desierto durante uno de los más crudos inviernos. Pero en Saltillo podía encontrar agua y alimentos. Además los invasores norteamericanos estaban desalentados y tan convencidos de su derrota, que cuando se dieron cuenta de la retirada de sus enemigos, estallaron en júbilo y hasta se cuenta que, llorando, los generales Taylor y Woolse abrazaron.



Santa Anna cargará su derrota a la falta de valor del general exrealista José Vicente Miñón, cuya caballería de unos mil quinientos efectivos, actúo erráticamente durante las horas más decisivas, por lo que será sometido a juicio militar.



En los "Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos", se da cuenta de la batalla en los siguientes términos:

Poco se dilató en alcanzar a los enemigos en el campo de batalla conocido con el nombre de la Angostura. EI terreno que se acababa de andar, estaba formado de vastas y estensas llanuras, en que no se hubiera podido resistir el empuje vigoroso de nuestras tropas, principalmente el de nuestra hermosa caballería; pero en donde el enemigo se había detenido para combatir, empezaban dos series sucesivas de lomas y barrancas, que constituían una posición verdaderamente formidable. Cada loma estaba defendida por una batería, pronta a dar la muerte a los que intentaran tomarla; y la disposición del lugar, que presentaba grandes obstáculos para el ataque, manifestaba con claridad que, aun cuando las armas mexicanas tuviesen el triunfo, no sería sin una perdida de consideración

Luego que la caballería llegó a la Encantada, desde donde avistó al enemigo, comenzó a batirse en tiradores. Inmediatamente envió orden el general en gefe para que la infantería apresurara su marcha, caminando a paso veloz. Así se verificó: a pesar del cansancio de la tropa, se siguió adelante hasta llegar a la Angostura, con lo que se completó una jornada de 12 leguas. La fatiga mató a varios soldados, que quedaron tendidos en el camino. Luego que llegó la infantería, la brigada del general Mejia se situó a la izquierda de éste entre unos sembrados, sostenida por un cuerpo de caballería. EI resto la infantería se colocó a la derecha, formando en dos líneas con sus competentes reservas y baterías. Las brigadas de caballería quedaron a la retaguardia.



Respecto de los cuerpos ligeros, el general en gefe dispuso que Ampudia, que los mandaba, fuera a apoderarse de un cerro que había quedado abandonado a nuestra derecha, y que importaba demasiado ocupar para el éxito de la batalla. Los cuerpos ligeros se dirigieron a esa posición; pero el general Taylor conoció entonces la falta que había cometido, y para remediarla envió por su parte una fuerza respetable, esperando que llegara primero que la nuestra. Las dos divisiones se acercaron una a otra: conociendo que la ocupación del cerro no era ya empresa fácil, y que no debía quedar sino en poder del vencedor, rompieron sus fuegos, trabando un reñido combate. Además de la oposición del enemigo, aquella eminencia presentaba por si misma obstáculos de consideración: el ascenso era casi perpendicular, de suerte que aun para subir el parque había penosas dlflcultades, siendo necesario valerse de mil arbitrios para superarlas.

El combate continúa con encarnizamiento: la noche cierra completamente, y está aun indeciso el resultado. Los cuerpos ligeros se baten con denuedo: el resto del ejército, simple espectador de la acción, sigue ansioso con la vista la dirección de los fuegos, luchando entre la duda y la esperanza. "Luego que oscureció”, dice la relación citada anteriormente "el espectáculo era magnífico. Se veía flotar realmente en los cielos una nube de fuego, que o se elevaba o se abatía, según los enemigos ganaban o perdían terreno". Por ultimo, los americanos ceden; sus soldados se retiran; los nuestros coronan el cerro  tenazmente defendido como intrépidamente ganado.

El resto de la noche se pasó al vivac y enfrente del enemigo. Estuvo lloviendo: el frío era crudísimo: se había prohibido hacer lumbradas, por lo que no se veía ninguna luz en el campamento. La mayor parte del ejército esperaba el combate indiferente y tranquilo,. como si la muerte no girara sonriendo sobre sus cabezas, mientras algunos oficiales velaban, agobiados de los pensamientos que siempre dominan la víspera de una gran batalla.

Amaneció el 23: la aurora de aquel día de grandioso recuerdo, fue saludada con las marciales dianas de los cuerpos: el general Santa-Anna estaba ya a esa hora a caballo dando sus disposiciones. El fuego de cañón comenzó: las tropas ocuparon sus puestos: la brigada del general Mejia pasó de la izquierda a la derecha del camino. La batalla se generalizó  poco después, y como no hubo tiempo para repartir el rancho, los soldados pelearon todo el día sin tomar alimento.



El combate comenzó por el cerro ganado la víspera, y que de nuevo disputaron los contrarios sin fruto a los cuerpos ligeros. Entre siete y ocho de la mañana ordenó el general en gefe que se diese una carga sobre el enemigo. Entonces avanzaron todas las tropas, moviéndose en batalla paralelamente: por el camino iba una columna a las órdenes del general Blanco (D. Santiago) compuesta de los batallones de zapadores, misto de Tampico y Fijo de México, llevando al regimiento de húsares a la izquierda. A la derecha de esta columna marchaba la división del general Lombardini, que formaba el centro de nuestra línea, y a su lado la del general Pacheco. Un poco atrás, y siempre a la derecha como sirviendo de reserva, seguía la del general Ortega; y el general Ampudia con los cuerpos ligeros, reforzados con el 4º de línea, seguía batiendo a las fuerzas americanas que había al pie del cerro.

La línea enemiga era oblicua, de suerte que, aunque nuestro ejército marchaba paralelamente como se ha dicho, la columna del camino empezó a recibir un mortífero fuego de cañón, mientras que las otras divisiones estaban aun lejos del enemigo. Sin embargo, aquella no se desconcertó: los soldados seguían impávidos para adelante, cerrando los claros que las balas abrían en sus filas, con la arma al brazo, y esperando llegar a la bayoneta para vengar la muerte de sus compañeros, impunemente sacrificados; pero el general Santa-Anna,. observando Ios estragos que sufría, dispuso que se detuviera, abrigándose tras de una colina que podía defenderla del fuego de los americanos.

Entretanto, las divisiones de Lombardini y Pacheco habían roto los suyos, que fueron al punto contestados. Cuando se empeñó el combate, recibió una herida honrosa el general Lombardini, que tuvo que retirarse del combate, recayendo el mando de su división en el general Pérez. La tropa del general Pacheco, casi toda bisoña, vacila y no tarda en desbandarse, acosada por el fuego certero que recibía de frente, y más aun por el de flanco, que la desordena completamente. La dispersión es general: en vano Pacheco, con un valor digno de elogio, procura contener a sus soldados, que no se detienen hasta que llegan a las últimas filas. El enemigo, por su parte quiere aprovecharse de la ventaja que ha obtenido para alcanzar el triunfo: avanza intrépidamente; pero la división del general Pérez, con serenidad y firmeza, hace un cambio de frente sobre la derecha, y lo obliga a retroceder. Aquel diestro movimiento es favorecido por una batería de a 8 que mandaba el capitán Ballarta, y que Santa-Anna puso a las inmediatas órdenes del sereno general Micheltorena. El fuego de las piezas que la componen, ocasiona a los contrarios pérdidas de consideración: todos los tiros se aprovechan por la corta distancia a que combaten unos de otros, siendo de una loma a la inmediata: los americanos, que han soñado un momento con la victoria, se retiran destrozados, quedando el campo cubierto con los cadáveres confundidos de los valientes que por ambas partes han caído en esta sangrienta lucha.



Grande había sido en efecto el arrojo con que unos y otros habían peleado: ya trepan nuestras soldados a la loma, cargando a la bayoneta; ya descienden a la barranca, revueltos con los enemigos: ahora suben de nuevo sin dejar de combatir; luego vuelven a precipitarse de arriba a abajo, como una avalancha; y así pierden o ganan terreno, y así perecen los mas distinguidos, así, por fin, quedan dueños del terreno ganado a costa de esfuerzos heroicos.

EI triunfo hubiera sido completo desde aquel instante, si la caballería hubiese estado a la mano, para arrojarse sobre los restos desorganizados de las fuerzas vencidas: por desgracia, estaba algo distante, y cuando llegó, ya las encontró rehaciéndose. Sin embargo, carga con denuedo, dirigida por el valiente general Juvera: todos cumplen con su deber: el general D. Ángel Guzmán, coronel del regimiento de Morelia, se distingue de una manera especial, rechazando al enemigo hasta la hacienda de Buena- Vista. Parte de la caballería siguió tan lejos en su persecución, que para volver a nuestro campo, tuvo que tomar por la retaguardia de las tropas de Taylor, viniendo a salir por la izquierda de la posición.

En la primera carga, que acabamos de referir, habían vencido las mexicanas; pero las ventajas que el terreno presentaba a los enemigos, exigían esfuerzos continuados y no una victoria, sino muchas. Replegadas sus tropas de una loma se reorganizaban en la siguiente: era necesario irIas tomando una por una, a costa de la sangre de la parte más escogida del ejército.

Para dar la segunda carga, antes que se disipe el entusiasmo del triunfo, se forma una nueva línea de batalla, a la que entran todas las tropas de reserva, incorporándose con las que se habían batido. La columna que hemos dejado en el caminó, defendida por una colina, viene ahora a formar la reserva de esa nueva linea. Nuestra tropa avanza ordenadamente; la batería del general Micheltorena, única que jugaba por nuestra parte, destroza a los contrarios: se llega a la bayoneta batiéndose los soldados cuerpo a cuerpo: por segunda vez  nuestros valientes vencen: los americanos se replegan a la loma inmediata, dejándonos por trofeo uno de sus cañones y tres banderas.

En estos momentos se presentan al general en gefe unos parlamentarios, intimando rendición. Santa-Anna les contesta con dignidad, negándose a acceder a tan original pretensión. Hubiéramos pasado este hecho en silencio, como insignificante, si no fuera porque el envío de los referidos parlamentarios provino de la inteligencia en que estaba el general Taylor de que Santa-Anna Ie había enviado otro previamente, y así asegura en su parte oficial. En aclaración de los hechos, vamos a esplicar en lo que consistió esta equivocación.

Al dar nuestras tropas la segunda carga, el teniente de plana mayor D. José Maria Montoya, que iba en las primeras filas quedó confundido entre los americanos. Viéndose solo, y no queriendo ser muerto ni hecho prisionero, se valió de la estratagema de fingirse parlamentario, por lo que fue llevado a presencia del general Taylor. Este lo hizo volver a nuestro campo, en compañía de dos oficiales de su ejército para que se entendieran con el general Santa-Ana; pero Montoya, que tenia sus razones para no presentársele, se separó de los comisionados, los que cumplieron con su encargo.

Despues del segundo combate, que seria entre las diez y las once del día, cayó una ligera llovizna: los soldados toman algún respiro, y a las doce vuelven a marchar de nuevo sobre las posiciones del enemigo. Habían vuelto ya a entrar entonces en batalla los zapadores y demás cuerpos, que estuvieron de reserva. El general Taylor, creyendo débil nuestra izquierda, hace avanzar algunas fuerzas en aquella dirección, las que hallan una resistencia invencible. La brigada de Torrejon carga sobre ellas, y pierde a sus mejores oficiales y soldados. La acción se generaliza: nuestra línea avanza: los cuerpos ligeros que en el curso de la batalla habían hecho retroceder a las tropas que encontraron al paso, estaban ya en el extremo de la loma misma en que se batían los enemigos. De nuevo se empeña la refriega: por ambos lados se multiplican los muertos y heridos: unos atacan bizarramente; otros se defienden con gallardía; ninguno cede: el combate se prolonga por horas enteras y solo al cabo de inauditos esfuerzos, es cuando se logra arrollar al enemigo hasta su última posición. Otras dos piezas y una fragua de campaña, cayeron en nuestro poder.

En aquellos instantes se suelta un fuerte aguacero: las tropas, muertas de cansancio, se detienen: el general Taylor, que ha 'tenido que retroceder de loma en loma, perdiéndolas todas después de una obstinada resistencia, se prepara a hacer el último esfuerzo antes de ceder enteramente la palma de la victoria pero la batalla ha cesado: la carga que se acababa de dar, fue el postrer empuje de nuestras fuerzas. EI enemigo no se cree derrotado, porque si bien ha perdido todas sus posiciones menos una, le basta conservar estar en actitud hostil para pretender la gloria del vencimiento. Por nuestra parte, se proclama el ejército vencedor: alega por títulos los trofeos adquiridos, las posiciones tomadas, las divisiones enemigas vencidas. La verdad es que nuestras armas derrotaron a los americanos en todos los encuentros, sin que el éxito de la batalla nos fuera favorable: hubo tres triunfos parciales, pero no una victoria completa.”



El general Wool comunica lo sucedido en la batalla. “Después que el fuego cesó, el Mayor General en comando regreso nuevamente a Saltillo para ver los asuntos en ese lugar y protegerlo contra la caballería del general Miñón (...) Las tropas permanecieron sobre las armas durante la noche en las mismas posiciones que ocupaban al cerrarse el día. Alrededor de las 2 de la mañana del día 23, nuestros vigías fueron rodeados por los mexicanos y a la alborada, la acción fue renovada por la infantería ligera mexicana sobre nuestros rifleros situados a un lado de la montaña (... ) una fuerte columna de la infantería y caballería enemigas junto con la batería localizada en el costado de la montaña, se movilizó sobre nuestra izquierda (...) la infantería norteamericana, en lugar de avanzar; se retiró en desorden y, a pesar de los esfuerzos de su general y oficiales, dejó a la artillería sin apoyo, al abandonar el campo de batalla (... ) lamento profundamente decir que la mayor parte de esta fuerza no regresó al campo de batalla y muchos continuaron su estampida rumbo a Saltillo. El enemigo de inmediato puso a la delantera una batería sobre nuestra línea de fuego iniciando un certero fuego sobre nuestro centro y continuó su avance perpendicular a nuestro costado izquierdo para cruzar el arroyo seco con objeto de tomar nuestra retaguardia. Un gran cuerpo de lanceros formó una columna en la garganta de la montaña, la cual se adelantó a la infantería para descender sobre la Hacienda de Buena Vista cerca de la cual habían sido estacionados nuestros trenes de reservas y equipaje (...) La columna que había pasado nuestra línea izquierda y había avanzado cerca de 2 millas de nuestra retaguardia, fue detenida y empezó a replegarse (...) muchos fueron forzados a escapar por las montañas y el resto fue dispersado (...) Este fue el último gran esfuerzo del general Santa Anna. Sin embargo, el fuego entre la artillería enemiga y la nuestra continuó hasta en la noche.”



Por su parte, Santa Anna y sus generales informan: “No se puede negar que los norteamericanos combatieron brillantemente ni que su general maniobró con habilidad; pero, a pesar de sus esfuerzos, tenían perdida la batalla desde el momento en que nuestras tropas desbordaron la izquierda de sus líneas. Sin las faltas cometidas por nuestros generales, con la carencia de la dirección que se nota desde aquel momento crítico, la posición del ejército norteamericano era insostenible. Así, sin duda, la juzgó el general Taylor comenzando a preparar su retirada por el camino de Saltillo (...) si aquella retirada se hubiera verificado, enorgullecidas nuestras tropas habían cargado con mayor brío (...) por desgracia nada de esto sucedió. La columna de carros que inicio la retirada sin duda tuvo noticias de la presencia del general Juan José Miñón. No pudieron seguir adelante ni esperar tropas que la protegieran [...] no tuvo más remedio que retroceder y formar un reducto con los carros en la Hacienda de Buena Vista para aumentar la resistencia. La polvareda y el gran movimiento de aquella columna de carros que llegaban al trote, por el camino de Saltillo, hizo creer al principio que los americanos recibían refuerzos [...] el general Taylor estaba, pues, sin retirada, encerrado en una garganta cuyas salidas ocupaba el ejército mexicano. Pero el enemigo tenía víveres, mientras nosotros no contábamos siquiera con una ración por plaza. Ni aun los oficiales tenían con qué alimentarse. Por consiguiente no había esperanza de obligar a Taylor a rendirse por hambre. Era indispensable destruirlo con las armas. Así pues, la combinación de colocar la columna de caballería del general Miñón a retaguardia del enemigo, salió contraproducente. La máxima de al enemigo que huye, puente de plata, hubiera sido conveniente observarla esta vez.”



El ejército mexicano declarará la “victoria” y se retirará de regreso hacia San Luís Potosí, en cuya penosa marcha perecerán otros miles. Esta retirada será muy importante porque causará mucho desaliento entre las tropas nacionales.





Más de 3,400 hombres de Santa Anna resultarán muertos o heridos, mientras que Taylor sólo perderá 650. Otras cifras que se citan son: 594 muertos y 1,039 heridos mexicanos; 267 muertos y 456 heridos estadounidenses. Lo cierto es que regresará menos de la mitad de los hombres que salieron de San Luis. Esta trágica campaña de Santa Anna resultará quizás la más costosa en vidas de nuestra historia militar. Aunque las tropas norteamericanas detendrán su avance en el norte, otras invadirán al país por Veracruz y marcharán hasta apoderarse de la capital mexicana.


Roa Bárcena, (Recuerdos de la Invasión Norteamericana) refiere que: “En cuanto á Santa-Anna, los enemigos de su gobierno le preguntaban en aquellos días por que fue á atacar á Taylor sin los elementos necesarios para vencerle; por qué avanzó hasta las posiciones del enemigo cuando carecía aun de los víveres necesarios para sitiarle en ellas durante dos ó tres días. La respuesta de entonces es la de ahora y será la de siempre: Santa-Anna se hallaba en la terrible disyuntiva de llevar desde luego al combate á un ejército que no contaba con otros elementos que sus armas y decisión, ó verle desaparecer por efecto de la pobreza y de la deserción si le hacia aguardar mejores circunstancias para batirse.”

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Caballeros Templarios: La masiva batalla de Tannenberg

Los caballeros teutónicos, los hospitalarios y los templarios: Batalla masiva de Tannenberg, 1410


William Mclaughlin | War History Online



Pintura del punto central de la batalla, mostrando la carga de caballería estancada de Ulrich. El príncipe Vytautas está en el centro vestido de rojo, mientras que Ulrich aparece con su muerte a la izquierda.


Las Cruzadas fueron monumentales esfuerzos militares para asegurar las tierras alrededor de Jerusalén. Dos órdenes de monjes guerreros, templarios y hospitalarios tuvieron grandes éxitos en el Levante y sus alrededores, creando vastas fortalezas y abogando agresivamente por el cristianismo.


La tercera orden de monjes, los Caballeros Teutónicos, tenían una fortaleza en Acre, pero se hicieron famosos en el noreste de Europa luchando contra los paganos y el cristianismo ortodoxo.
Enclavado contra la costa del mar Báltico, las tierras de los caballeros teutones limitaban con Lituania, Polonia y Rusia. La orden teutona se había apoderado de estas tierras de los clanes prusianos fracturados en el siglo XIII y construyó fortalezas masivas desde donde llevaron a cabo redadas.
Los Caballeros Teutónicos eran conocidos por sus ataques rápidos y agresivos y la feroz subyugación de las muchas rebeliones contra su gobierno.
Hubo unos cientos de caballeros teutones oficiales que lucharon con la armadura más pesada en el comienzo del período más avanzado de armadura de placas avanzada antes del uso generalizado de la pólvora. Fueron apoyados por miles de hermanos legos, caballeros que esperaban convertirse en miembros de pleno derecho con el servicio, y aún con armaduras pesadas.





Además, los caballeros teutónicos contrataron a muchos miles de hombres de armas para cumplir funciones más ligeras y algo de infantería pesada. Como esencialmente estaban llevando a cabo una larga cruzada, a los teutónicos se les unieron a menudo cruzados invitados, nobles que buscaban demostrar su piedad y destreza marcial uniéndose temporalmente a la causa. Estos nobles a menudo trajeron contingentes importantes de sus propios hombres también.

El impulso hacia la batalla titánica de Tannenberg comenzó con la unificación de Polonia y Lituania por el matrimonio de Jadwiga de Polonia con Jagiello de Lituania. El primo de Jagiello, Vitautas, buscó poder para sí mismo y negoció con los Caballeros Teutónicos para obtener apoyo. Jagiello y Vytautas finalmente se reconciliaron, y Vitautas recibió el título de Gran Príncipe.

La apertura inicial a la Teutónica fue suficiente para aumentar las tensiones entre los dos poderes. Lituania y Polonia habían declarado oficialmente el cristianismo como la religión oficial. Sin embargo, todavía había mucha animosidad ya que los teutónicos creían que esta era una declaración hueca ya que muchas personas seguían siendo paganas o cristianas ortodoxas.


Cuando las tensiones llegaron a un punto de ebullición, los ejércitos conjuntos de Polonia y Lituania se unieron para invadir tierras teutónicas con el objetivo de recuperar tierras perdidas y disputadas. El Gran Maestro de los teutónicos, Ulrich von Jungingen estaba preparado para la invasión y organizó rápidamente un gran ejército. Las dos fuerzas se encontraron cerca de las aldeas de Tannenberg y Grunwald el 15 de julio.


La campaña sinuosa de Tannenberg / Grunwald y la culminación en la fortaleza principal de Marienburg. Por S. Bollmann - CC BY-SA 3.0

El número preciso de fuerzas es muy difícil de determinar, pero parece que la orden teutónica tenía entre 20 y 30,000 fuerzas, incluyendo varios cientos de caballeros pesados ​​entre ellos y los cruzados invitados. Las fuerzas combinadas de Polonia y Lituania desplegaron una fuerza mayor, pero más liviana, de alrededor de 25-40,000. Antes de la batalla, el Gran Maestro Teutónico envió dos espadas al Rey Jagiello y al Príncipe Vitautas para "ayudarlos en la batalla", un duro insulto a los líderes y una invitación a la batalla.

Los ejà © rcitos se alinearon uno frente al otro con igual frente mientras el sol ardiente se reflejaba en la pesada armadura. Las dos partes cargaron directamente en un torbellino de color mientras cientos de banderas y estandartes nacionales e individuales volaron por todo el campo de batalla.


Los polacos mantuvieron la izquierda mientras que los lituanos mantuvieron la derecha contra los cruzados invitados. Los lados estuvieron bloqueados por hasta dos horas antes de que los lituanos comenzaran una retirada completa. Fueron perseguidos por los cruzados invitados hasta los trenes de equipajes donde los cruzados se detenían para saquear.

En la izquierda polaca, su centro expuesto estaba flanqueado, y el rey Jagiello estaba expuesto. La batalla fue feroz ya que los grupos de ambos lados se abrieron paso hacia pancartas reconocibles. La captura o caída de un estandarte durante la batalla tuvo un gran impacto en la moral y los portadores lucharon hasta la muerte para mantener los estandartes elevados.


Una escena de la batalla que muestra los muchos estándares y la mezcla de tropas armadas pesadas y ligeras

En un esfuerzo muy alejandrino para apuntar al rey, Ulrich tomó una gran fuerza de los caballeros teutones más pesados ​​y se zambulló a través del espacio expuesto hacia el Rey Jagiello. El príncipe Vitautas, que había sido parte de los lituanos en retirada, vio este ataque y condujo a su propia caballería pesada a interceptar justo cuando las fuerzas de Ulrich chocaban con la guardia del rey.

Se produjo una batalla agotadora cuando las fuerzas más elitistas y bien armadas de Europa del Este lucharon en su propia batalla rodeadas por una batalla mucho más grande. la carga teutónica se detuvo a la vista del rey Jagiello, pero un caballero teutón pudo cargar directamente contra el rey. El rey fue salvado por un joven secretario, Zbigniew Olesnicki, quien eventualmente se convertiría en uno de los hombres más influyentes en Polonia.

Con la batalla en un punto muerto, los lituanos derrotados regresaron al campo de batalla. Se debate seriamente si la derrota fue una maniobra planificada. Por un lado, los lituanos regresaron en buen orden y ganaron el día capitalizando a las fuerzas teutónicas desorganizadas. Por otro lado, los lituanos estuvieron fuera de la batalla por mucho más tiempo de lo que deberían haber estado si originalmente planearon una retirada falsa.

Independientemente de lo planificado o no, el regreso de los lituanos hizo retroceder a los ya dispersos cruzados invitados y atrapó la carga estancada de Ulrich. Ulrich junto con casi todos los miembros de rango de la orden teutónica fueron asesinados y muchos caballeros de élite fueron capturados.

Las fuerzas teutónicas restantes se pelearon, pero finalmente colapsaron unidad por unidad en un retiro total. Los restantes caballeros teutónicos y hermanos legos formaron una fortaleza de carretas e intentaron defender su campamento. El fuerte improvisado pronto se rompió y siguieron muchas más bajas.



La victoria total fue un gran golpe para el poder teutónico en Europa, ya que cientos de miembros prominentes fueron asesinados y se incautaron grandes extensiones de tierra. Las fuerzas combinadas de Lituania y Polonia no pudieron capturar la fortaleza principal de Marienburg, pero tomaron varios castillos circundantes. Finalmente, se negoció una paz y la orden teutónica se vio obligada a pagar reparaciones de guerra.

La victoria revirtió una campaña de larga data y agresiva contra las naciones que lentamente se estaban convirtiendo al cristianismo por su cuenta, el Rey Jagiello y la Reina Jadwiga eran devotos católicos que hicieron grandes esfuerzos para convertir a sus propias naciones.

La victoria sigue siendo un gran símbolo del orgullo nacional; las dos espadas insultantemente entregadas al rey y al príncipe se convirtieron en símbolos de la victoria y adornaron las medallas del valor otorgado por la valentía en la lucha contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial.

La orden teutónica realmente sobrevivió y se ha adaptado a los tiempos modernos para ser una organización puramente religiosa y caritativa.