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domingo, 26 de marzo de 2017

Conquista del desierto: La batalla de San Carlos (1872)

Batalla de San Carlos y el fin del raid de Calfucurá




 
Fortín San Carlos


El 8 de marzo de 1872 las fuerzas del Ejército Argentino dirigidas por el General Rivas y el Coronel Boerr derrotaron a más de 3. 500 indígenas mandados por el cacique chileno Juan Calfucurá marcando así el inicio del fin de un reinado de terror que por más de 20 años asoló las poblaciones de la campaña argentina. 

Introducción 
Desde la llegada de los españoles al actual territorio argentino las diversas tribus indígenas que lo habitaban ejercieron una fuerte resistencia al avance del hombre blanco, lo que motivó que continuamente se produjeran enfrentamientos entre las partes en conflicto. Producida la Revolución de Mayo, los primeros gobiernos patrios debieron realizar negociaciones con los naturales con el fin de evitar que éstos llevaran a cabo ataques contra las poblaciones de la frontera, a pesar de ello y aprovechando que las fuerzas militares debían ser empleadas en las guerras por la independencia, voroganos, ranqueles, pampas y araucanos continuamente asolaban las estancias y poblaciones del sur de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza. 

Con el fin de terminar con las depredaciones el gobernador bonaerense Martín Rodríguez efectuó dos campañas en 1823 y 1824 que no dieron los resultados esperados debido a la falta de tácticas adecuadas; mejor suerte tuvieron las realizadas por el coronel Rauch en 1826 y 1827 que junto con los tratados de paz firmados por el entonces coronel Juan Manuel de Rosas lograron mantener la frontera en relativa paz. En esos momentos el interés por lograr este propósito era mayor que nunca debido al peligro que se corría por estar desarrollándose la guerra contra el Brasil, no debe olvidarse que uno de los propósitos de la desastrosa incursión imperial a Carmen de Patagones había tenido como principal objetivo el establecimiento de una alianza con las tribus locales para abrir un segundo frente de batalla a nuestro país. 

En 1833, Juan Manuel de Rosas realizó la primera gran campaña para pacificar la frontera, logrando mediante una combinación de tratados de paz y acciones militares neutralizar a los salvajes y mantenerlos en relativa inacción hasta 1852. La frontera avanzó hasta el río Colorado. Con su caída el 3 de febrero del citado año, los indígenas reiniciaron los ataques asolando la campaña y dando inicio a una etapa durante la cual las fuerzas nacionales sufrieron continuas derrotas y la frontera fue devastada. A las malas tácticas y a la falta de medios se sumaron los continuos problemas internos y externos, las luchas entre liberales y federales, la guerra con el Paraguay y las tensiones con Chile y Brasil, que hábilmente fueron explotados por los indígenas en su favor. Esto fue posible por la presencia de un cacique chileno que fue capaz de utilizar todas estas circunstancias en su propio beneficio: Juan Calfucurá. 

Calfucurá y la confederación de tribus 
En 1835, una caravana de unos 200 indios araucanos llegados de Chile se presentó a comerciar, como era habitual al menos una vez al año, con la tribu vorogana de Salinas Grandes (actual provincia de La Pampa). En el momento en que debían iniciarse los festejos por la reunión, los araucanos atacaron a sus parientes y en medio de un infernal griterío degollaron a los caciques Rondeau, Melin, Venancio, Alún, Callvuquirque y a muchos capitanejos y ancianos. Por primera vez se escuchó en las pampas el nombre del cacique Juan Calfucurá que comandaba a los chilenos. Inmediatamente procedió a ejecutar a otros caciques de tribus vecinas y a buscar la alianza con las mismas una vez "decapitadas". Fue así como atrajo a voroganos, pampas, ranqueles y araucanos y en pocos años formó una enorme confederación con la que dominó rápidamente el sur de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba San Luis, Mendoza, y las actuales provincias de La Pampa, Neuquén y Río Negro teniendo como centro Salinas Grandes. Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas firmó una serie de pactos por los cuales, a cambio de vacas, yeguas, bebidas, azúcar, yerba y tabaco, se abstenía de atacar la frontera, con lo cual la misma pudo mantenerse en relativa seguridad, pero aunque los malones disminuyeron no cesaron completamente. Derrocado Rosas el 3 de febrero de 1852, Calfucurá (calfú azul, curá piedra) dio una muestra de la nueva etapa que comenzaba en la trágica historia de la lucha contra el indio al atacar al día siguiente Bahía Blanca con 5.000 guerreros. La línea de frontera retrocedió hasta la existente en 1826 y todo lo ganado en la campaña de 1833 se perdió. 

El 13 de febrero de 1855 arrasó el poblado de Azul con una fuerza de 5.000 lanceros asesinando a 300 personas, cautivando 150 familias y robando 60.000 cabezas de ganado pero esto sólo era el principio. En septiembre del mismo año el comandante Nicolás Otamendi murió junto a 125 de sus hombres en un combate contra los indígenas en la estancia de San Antonio de Iraola. Ocho días después Yanquetruz, subordinado del cacique chileno, al frente de 3.000 guerreros asoló Tandil. Mientras tanto, Calfucurá saqueó la población de Puntas de Arroyo Tapalqué. Ante tanta destrucción, Mitre organizó un ejército al que llamó "Ejército de Operaciones del Sur" que constaba de unos 3.000 hombres y 12 piezas de artillería poniendo al frente al General Manuel Hornos. El 29 de octubre las fuerzas nacionales fueron atraídas por Calfucurá hacia una zona llana y fangosa llamada San Jacinto ubicada entre las sierras de ese nombre y el Arroyo Tapalqué donde la caballería argentina casi no podía moverse. Las fuerzas de Hornos fueron atacadas desde todas direcciones y sufrieron una terrible derrota quedando muertos sobre el campo de batalla 18 jefes y oficiales y 250 soldados, además 280 resultaron heridos y se perdieron numerosas armas, pertrechos y municiones. Aprovechando la victoria, los naturales continuaron los malones sobre las ahora indefensas poblaciones de Cabo Corrientes, Azul, Tandil, Cruz de Guerra, Junín, Melincué, Olavarría, Alvear, Bragado y Bahía Blanca. El ganado robado era en parte utilizado por los indios para propio consumo pero en su gran mayoría se llevaba a Chile donde era vendido a los estancieros locales que luego a su vez lo comercializaban en Europa. 

A pesar del desastre, los coroneles Conesa, Granada y Paunero lograron infligir algunas derrotas a los indígenas. La separación de Buenos Aires de la Confederación Argentina y más tarde las guerras civiles y con el Paraguay aumentaron la vulnerabilidad de la frontera. Esto obligó al gobierno argentino a celebrar humillantes tratados de paz por los cuales a cambio de alimentos, mantas, ganado y vicios (yerba, tabaco, alcohol) Calfucurá no atacaría la frontera, aunque los malones continuaron. 

El 5 de marzo de 1872, rompiendo el tratado de paz firmado con el gobierno del entonces presidente D. F. Sarmiento, el cacique chileno al frente de 3.500 guerreros cayó sobre los partidos de Alvear, 25 de Mayo y 9 de Julio asesinando a 300 pobladores, cautivando a 500 y robando 200.000 cabezas de ganado. Para que el lector tenga una idea de la magnitud de las fuerzas empleadas en estas invasiones debe tener en cuenta, usándolo como punto de comparación, que el Ejército de los Andes apenas superó los 5.000 efectivos. Cuando el grueso de los salvajes se retiraban con el botín fueron interceptados por las tropas de Rivas y Boerr en las proximidades del fortín de San Carlos (actual Bolívar), generándose la batalla que nos ocupa tratar. 


EL FORTIN SAN CARLOS
El centro de la provincia de Buenos Aires estaba habitado por aborígenes. En 1850 se instaló el “Fortín San Carlos”, el primero de una línea de avanzada sobre los nativos.

El Fortín San Carlos junto a la Laguna Pichi Carhué alzó su mangrullo en la inmensidad de la pampa salvaje, anticipando sueños fundadores.
Un día caluroso y pesado, el 8 de marzo de 1872, se libró la batalla de San Carlos, una de las más importantes y encarnizadas, no sólo de la Conquista del Desierto, sino de la historia argentina. Calfucurá perdió esta vital batalla y su llama vital se extinguió el 3 de julio de 1873 en Chilihué. Desde ese momento, el fortín fue un punto de paso hacia la frontera que cada vez se internaba más empujando al indio.
Con el adelanto de la línea de fortines quedó entre los pueblos de Guaminí y 25 de Mayo, Olavarría y 9 de Julio, un gigantesco rombo de 270 kilómetros de largo por 170 de ancho, de tierras vacías.
En base a ello, se decidió fundar un pueblo aproximadamente en el centro del rombo, eligiéndose como punto poblador la ubicación del Fortín San Carlos.

Un decreto del gobernador de la Pcia. de Bs. As., Dr. Carlos Casares dio vida a una nueva población en la avanzada de la frontera hacia las Salinas Grandes. Fue el 26 de Octubre de 1877. Desde ese instante y a través de otras disposiciones gubernamentales se fue preparando la caravana fundadora que partió de la localidad de 25 de Mayo, pueblo en el cuál la oferta de tierras cercanas al Fortín San Carlos había tenido gran repercusión.

Tal es así que luego de la llegada del ingeniero geógrafo Rafael José Hernández, a quién se había otorgado el trazado de la nueva ciudad, bastaron sólo cuatro días para ultimar los preparativos de la partida que se concretó el 30 de Enero.

El 3 de Febrero llegaron al Fortín San Carlos y a su vera levantaron un campamento. Todo era improvisado para los futuros pobladores, quienes debieron cuerpearle a las penurias, mientras el Ing. Hernández reconocía los alrededores para estudiar la mejor ubicación del pueblo.
El mismo, realizando sus exploraciones, encontró mojones que le comunicaban que el fortín y sus inmediaciones se hallaban dentro de una propiedad privada.

Por esto, decidió apartarse de allí en busca de nuevos terrenos, y al cabo, tras consultar con los miembros de la Comisión, coincidieron de que el lugar más apropiado ( y en tierras fiscales ) se encontraba inmediatamente al sur de las lagunas Acollaradas.

El 2 de Marzo de 1878 comunicó esa decisión a las autoridades y desde entonces, en esta fecha se conmemora la fundación de la ciudad, que asoció para gloria nuestra, dos nombres: San Carlos y Bolívar. El primero ya en uso en la zona por una vieja tradición y el otro en homenaje al Libertador Simón Bolívar, militar de origen venezolano. 


Las fuerzas opuestas 

a) El Ejército Argentino 
La composición de las fuerzas nacionales que intervinieron en San Carlos presenta varias particularidades. En primer lugar la misma era bastante heterogénea, estando formadas por regulares, guardias nacionales, vecinos e indios amigos, curiosamente estos últimos integraron el grueso de las mismas. La razón para esta diversidad estuvo dada por el hecho de que la invasión no era esperada y Rivas debió echar mano rápidamente de cuanto efectivo tenía disponible para impedir que los naturales se retiraran impunemente tras los saqueos. Tras la apresurada convocatoria que motivó que varios de los contingentes pudieran concentrarse, como veremos más adelante, gracias a repetidas marchas forzadas, la fuerza nacional quedó conformada de la siguiente manera: 



 
· Batallón de Infantería de Línea Nº 5, con 95 hombres y una pieza de artillería al mando del Teniente Coronel Nicolás Levalle. 
· Batallón de Infantería de Línea Nº 2 con 170 hombres con el Sargento Mayor Pablo Asies al frente. 
· Regimiento Nº 5 de Caballería de Línea con 50 hombres a cargo del Mayor Echichury y Plaza. 
· Regimiento Nº 9 de Caballería de Línea con 50 hombres al mando del Teniente Coronel Pedro Palavecino. 
· Guardias Nacionales de 9 de Julio bajo el comando del Capitán Núñez con 150 hombres. 
· Guardias Nacionales de Costa Sud dirigidos por el Teniente Coronel Francisco Leyría con 170 hombres, 800 guerreros de la Tribu aliada del Cacique General Cipriano Catriel con 800 guerreros. 
· Tribu amiga del Cacique General Coliqueo con 140 guerreros. 
· A estos efectivos hay que sumar los del servicio sanitario de las fronteras oeste y sur dirigidos por los cirujanos Juan M. Franceschi y Eduardo Herter, respectivamente. 
· En total 1.525 hombres aproximadamente: 165 infantes de línea, 100 hombres de caballería, 320 Guardias Nacionales y 940 indios aliados. 

En cuanto al equipamiento de los mismos era variado. La Infantería llevaba las carabinas Merrol a fulminante y Rayada a fulminante, sable bayoneta y machetes. La Caballería estaba provista con carabinas rayada y lisa a fulminante, sables y lanzas. Los indios amigos portaban lanzas, cuchillos, boleadoras y algunas carabinas. 

Tanto la Infantería como la Caballería llevaban chaquetas de brin, pantalones del mismo material y kepís. El primer arma calzaba botas o pantorrilleras de cuero con botín y la segunda botas. La vestimenta de los Guardias Nacionales era provista por los medios de cada uno de sus integrantes por lo que era muy heterogénea. Los indios amigos tenían un vestuario rudimentario que variaba según las posibilidades y posición social del propietario del mismo. La calidad de las caballadas a disposición de las fuerzas nacionales era en general buena, pero la agotadora marcha hasta San Carlos hizo que los animales se fatigaran excesivamente teniendo este hecho especial influencia para el desarrollo de las operaciones finales de la batalla. 

b) Ejército de Calfucurá 
En total, el cacique chileno logró concentrar en San Carlos alrededor de 3.500 guerreros bajo su mando supremo. En el momento de la batalla los dividió en cuatro grupos, tres de ellos con 1.000 hombres cada uno al frente de los Caciques Renquecurá, Catricurá y Manuel Namuncurá y el cuarto con 500 con Mariano Rosas que actuó como reserva. Todos montaban a caballo siendo la calidad de los mismos excelente, como era común entre los indios. 

El armamento era bastante rudimentario, la lanza era el arma más usual, hecha en general con caña tacuara elegida por su flexibilidad, la punta de las mismas podía ser de piedra o metal. Otras armas de uso generalizado eran las boleadoras, utilizadas para enredar las patas del caballo del rival o para golpear al oponente con ellas en el combate cuerpo a cuerpo. También se utilizaban cuchillos de diversos materiales. 

La vestimenta dependía de las posibilidades del usuario aunque en general era pobre, andando semidesnudos cubriéndose con algunas pieles y una vincha para sujetarse la larga cabellera. Sobre el lomo de los caballos se ponía una manta o jerga para protegerlo. Como puede verse el equipamiento de los indígenas era sumamente liviano lo que les daba una gran agilidad sobre todo para escapar ya que en general evitaban el combate salvo que consideraran que eran superiores al enemigo. 

La aproximación a San Carlos 
Calfucurá concentró sus fuerzas en Salinas Grandes y se movió hacia 9 de Julio, recorriendo aproximadamente unos 300 kilómetros en 5 días, pasando el día 5 de marzo la línea defensiva por la zona ubicada entre los fortines Quemhuimn y San Carlos. Enseguida saqueó los partidos de 25 de Mayo, Alvear y 9 de Julio, tras lo cual retrocedió hacia el lugar por donde había penetrado la línea defensiva llevando consigo el botín consistente en ganado, cautivos y todo tipo de objetos producto del robo. 

El 5 de marzo a las 2 p.m. en 9 de Julio camino hacia Buenos Aires, el jefe de la frontera Oeste, Coronel Juan C. Boerr fue informado por el Capitán de Guardias Nacionales Núñez de la invasión de Calfucurá. Inmediatamente ordenó al citado Capitán la movilización de sus fuerzas, también giró órdenes para que el Cacique General Coliqueo ubicado en 9 de Julio se le incorporara por el lado de Quemhuimn y para que el Teniente Coronel Nicolás Levalle que estaba en el fuerte General Paz hiciera lo mismo. A la vez se pidió apoyo los jefes de la fronteras Norte de Buenos Aires y Sur de Santa Fe, Coronel Francisco Borges, y Sur, Costa Sur y Bahía Blanca General Ignacio Rivas. 

A las 2.30 p.m. de ese día, el Cnl. Boerr inició la marcha hacia la laguna del Curá con unos 100 Guardias Nacionales pero al enterarse de que los indios del cacique Raninqueo se habían plegado a los rebeldes modificó la dirección y se dirigió al fuerte General Paz buscando la incorporación de Levalle y Coliqueo. Allí llegó a las diez de la noche recibiendo la noticia de que los salvajes se encontraban en la laguna Verde en número aproximado a los 3.000. Al no llegar los refuerzos de la División Norte y ante el peligro de que los indios escaparan, el Cnel. Boerr decidió marchar hacia San Carlos con los Guardias Nacionales y los hombres de Coliqueo, ya incorporado, para cortar la retirada a Calfucurá. Partió el 6 de marzo a las 9 p.m. Al día siguiente, a las 9 a.m. llegó a San Carlos donde se le unió el Teniente Coronel Levalle con las fuerzas que había podido reunir procedentes de los fortines de la frontera Oeste. Durante el trayecto hacia el punto de reunión, Boerr debió enfrentar la dura resistencia ejercida por las avanzadas de Calfucurá. Mientras tanto el General Ignacio Rivas avanzaba a marcha forzada desde Azul para incorporársele con 390 soldados y 800 indios del Cacique Catriel. Rivas había partido desde Azul el 6 de marzo a las 2 a.m., llegando a San Carlos tras una marcha agotadora el día 8 a la madrugada, inmediatamente asumió el comando de las fuerzas nacionales. El Coronel Francisco Borges a la vez movilizó a sus hombres pero éstos llegarían recién a la tarde del día 8, cuando la batalla había concluido. 

El 8 de marzo a las 7 de mañana Rivas fue informado por el Sargento Mayor Santos Plaza, jefe de la descubierta, que la indiada de Calfucurá se movía. El comandante dispuso inmediatamente la partida de sus efectivos para interceptar a los salvajes. Las fuerzas nacionales quedaron organizadas en tres columnas de la siguiente manera: a la derecha el Cacique General Cipriano Catriel con 800 guerreros, en el centro el Mayor Asies con el Batallón Nº 2 de Infantería de Línea de 170 hombres junto con 50 del Regimiento Nº 9 de Caballería al mando del Teniente Coronel Palavecino. Finalmente el ala izquierda quedó conformada por el Batallón Nº 5 de Infantería de Línea al mando del Teniente Coronel Levalle con 100 plazas, 140 lanceros del Cacique General Coliqueo, 80 Guardias Nacionales de 9 de Julio y 70 vecinos protegidos por 50 hombres del Regimiento Nº 5 de Caballería de Línea, toda el ala era dirigida por el Coronel Boerr. La retaguardia fue cubierta por el teniente Coronel Leyría con 140 Guardias Nacionales y 40 indios amigos. Ante la proximidad del enemigo Rivas ordenó al Teniente Coronel Palavecino del Regimiento de Caballería Nº 9 que con sus tropas y 200 guerreros se constituyera en vanguardia de la división (ver gráfico fase I). Ante la inminente batalla, las fuerzas marchaban listas para enfrentarse a la indiada de Calfucurá en cuanto ésta se presentara, medida que resultó de lo más acertada.


 
Fase I: Avance de las fuerzas nacionales hacia San Carlos en los momentos previos a la batalla 

 
La batalla 
Palavecino que marchaba con la vanguardia a 3 kilómetros del cuerpo principal informó que los indígenas se aproximaban con fuerzas considerables por lo que Rivas ordenó al Coronel Ocampo que dirigía la columna del centro ubicarse con sus hombres a la izquierda de los de Palavecino. Entre tanto el Coronel Boerr ocupó la extrema izquierda y los guerreros de Catriel la derecha (ver gráfico fase II). 

 
Fase II: Movimiento final de las fuerzas nacionales previo a la batalla de San Carlos 



Calfucurá organizó su ejército en cuatro grupos: el Cacique Renquecurá con 1.000 guerreros formó el ala izquierda, Catricurá con otros tantos se ubicó en el centro (indios de Salinas y Pincén), Manuel Namuncurá con 1.000 más formó la derecha (araucanos) y finalmente Mariano Rosas con 500 ranquelinos quedó como reserva. 

Calfucurá arengó a sus tropas e hizo desmontar a parte de sus hombres con el fin de utilizar las mejores caballadas para atacar al ejército nacional por los flancos. A continuación el ala derecha y el centro del chileno cargaron contra las fuerzas argentinas que respondieron echando pie a tierra y disparando sus armas contra la indiada que a pesar de las bajas se aproximó produciéndose un durísimo combate cuerpo a cuerpo. La falta de entusiasmo de las cargas de la indiada del Cacique General Coliqueo en el ala izquierda de Boerr permitieron que el enemigo les arrebatara la caballada, ante lo crítico de la situación Rivas ordenó a la reserva del Teniente Coronel Leyría reforzar dicha ala (ver gráfico fase III). 

 
Fase III: Choque inicial de las fuerzas opuestas, movimiento de la reserva del Tte. Cnel. Leyría para apoyar el ala izquierda de las fuerzas nacionales. Ataques de Calfucurá sobre los flancos de Rivas 


En la derecha nacional Catriel hizo desmontar a la mitad de sus hombres, su indiada realizó las cargas sin decisión, fingiéndose vencidas. El valiente Cipriano solicitó a Rivas su escolta personal para colocarse a retaguardia de su propia indiada y fusilar a los que intentasen desertar con lo que permitió mantener firme este sector. Poniéndose él mismo al frente de sus hombres realizó una impetuosa carga contra la indiada de Renquecurá logrando rechazarla. A media hora de comenzado el combate el resultado del mismo era dudoso, las fuerzas de Calfucurá cargaban continuamente sobre los flancos nacionales siendo rechazados en todas las oportunidades; a medida que el tiempo pasaba los salvajes iban internando el ganado robado en el desierto por lo que Rivas decidió definir la batalla. A tal fin ordenó a Ocampo, Boerr, Coliqueo y Leyría que rompieran el cerco cargando contra el enemigo. 

El Batallón Nº 2 de Infantería de Línea abrió un intenso fuego contra la derecha enemiga a la vez que las fuerzas de Leyría, Coliqueo y Catriel dirigidas personalmente por el General Rivas realizaban una impresionante serie de cargas que rompieron las líneas enemigas comenzando el desbande de las fuerzas de Calfucurá. También Boerr con sus tropas reorganizadas se les unió contribuyendo con eficacia a la derrota de los salvajes. Rota la línea de batalla enemiga y desmoralizados los indios, Rivas comenzó la persecución que se extendió por unas 14 leguas completando de esta manera la completa dispersión del enemigo. La misma no pudo prolongarse más debido al cansancio de la propia caballada, el polvo, la falta de agua y el calor del día. 

 
Fase IV: Carga general de las fuerzas nacionales, desbandada del ejército de Calfucurá y persecución 


Las consecuencias de la batalla 
Al culminar la batalla quedaron sobre el campo 200 guerreros de Calfucurá muertos y numerosos heridos. Las fuerzas nacionales tuvieron 35 muertos y 20 heridos. El cacique chileno que por más de 20 años había asolado impunemente la campaña argentina había sido escarmentado y se retiraba a Salinas Grandes a curarse las heridas. La rapidez con la que reaccionaron Boerr y Rivas ante la invasión para cortar la retirada de los salvajes, la velocidad con que se efectuaron las marchas forzadas, el valor de las fuerzas nacionales e indios amigos y el coraje y acertadas tácticas de Rivas en el momento clave del combate permitieron la victoria que marcó el inicio del fin de la confederación de tribus creada por Calfucurá. El 4 de junio del año siguiente éste murió con casi 100 años de edad en Salinas Grandes, su testamento decía: "No entregar Carhué al huinca", lo que señalaba que aún quedaba una dura lucha por delante. Tras su muerte comenzó la disgregación de su confederación, el reinado de terror del cacique araucano tocaba sus horas finales y las campañas de Alsina y Roca terminarían para siempre con el peligro del malón afirmando la soberanía argentina en las tierras del sur. 


Bibliografía 

-Ramírez Juárez, Evaristo. Teniente Coronel: La Estupenda Conquista, segunda edición, Buenos Aires, Plus Ultra, 1968. 
-Piccinali, Héctor Juan. Coronel: Vida del Teniente General Nicolás Levalle, Buenos Aires, Círculo Militar, 1982. Biblioteca del Oficial, vol 708. 
-Prado, Manuel. Comandante: La Guerra al Malón, Buenos Aires, Xanadu, 1976. 
-Serres Güiraldes, Alfredo, M: La Estrategia del General Roca, Buenos Aires, Pleamar, 1979. 
-Walther, Juan Carlos: La Conquista del Desierto, cuarta edición, Buenos Aires, EUDEBA, 1980. 
-Zeballos, Estanislao. S: Callvucurá. Relmú. Painé, Buenos Aires, El Elefante Blanco, 1989. 
-Zeballos, Estanislao. S: La Conquista de las 15.000 leguas, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986. 
-Zeballos, Estanislao. S: Viaje al País de los Araucanos, Buenos Aires, Solar, 1994.


Por Sebastián Miranda 


Fuente 1
Fuente 2

martes, 12 de julio de 2016

Conquista del desierto: La batalla de San Ignacio

Batalla de San Ignacio
Revisionistas


Soldado de Línea

El 26 de marzo de 1881 se produce el encuentro entre la tropa de la Primera Brigada de la 2º División de Ejército, en campaña al lago Nahuel Huapi, almando del teniente coronel Rufino Ortega con las indiadas de Ñancucheo y Huincaleo. El lugar de la batalla fue el desfiladero de San Ignacio, en el valle del río Aluminé, en donde éste recibe las aguas del Catan Lil y forma el Collon Curá (unión de los departamentos de Catan Lil, Huiliches y Collón Curá, en la precordillera.

Versión oficial

“En todo este trayecto se ha avistado al flanco izquierdo de la columna varios jinetes. Son indios que observan nuestra marcha desde la cumbre de elevados cerros, que tan pronto se aproximan como desaparecen, y van, a medida que vamos avanzando, encendiendo el campo en diversas direcciones. Sin temor de equivocarse puede asegurarse que por ese medio avisan nuestra aproximación y el rumbo que seguimos.

Diez baqueanos a las órdenes del ayudante R. Guevara son enviados a examinar el camino del Oeste que se interna en un estrecho cajón, y a la vez, alejar a la partida de indios que tenemos al frente, que con toda osadía llegan a aproximarse hasta un tiro de fusil.

Parece que quieren lucir los magníficos caballos que montan. Bajan y suben a escape empinadísimos cerros y en cuyas cumbres hacen mil molinetes.

El ayudante Guevara regresó sin haber obtenido ningún resultado después de más de una hora de inútiles correrías.
Para llegar al paso del río tenemos que costearlo algunas cuadras; pero todas ellas forman un estrecho desfiladero donde sólo se puede ir de a uno. Nos internamos en él. Los indios nos contemplan desde la orilla opuesta, desde donde pueden contarnos con toda impunidad.

A la conclusión del desfiladero se llega al paso del río. En el momento de vadearlo, el Jefe del 11 de Caballería avisa que los indios han avanzado por nuestra retaguardia y se tirotea con la guardia que la cubre; que ha desprendido al mayor Ruibal con el 3er Escuadrón en su protección.

Efectivamente, un grupo de indios aprovechándose encontrarnos comprometidos en el paso del desfiladero, pasan el río un poco más abajo donde marchábamos y caen de improviso sobre las reses que conducen para nuestra provisión. Los que las cuidan, peones de proveeduría, no ofrenden resistencia; pero los caballerizos más próximos los contienen hasta la llegada de la guardia y del mayor Ruibal que los obliga a repasar el río.

Al propio tiempo que esto pasa a retaguardia, también la cabeza de la columna se bate. Marchan a vanguardia 20 hombres a las órdenes del ayudante Guevara, e inmediatamente detrás sigue la columna. Pásase el río y se emprende la ascensión de un cerro por una pendiente algo inclinada. En la cumbre de éstos, están todavía los indios. Esta osada insistencia hace suponer que intentan algún golpe. Parte del 12 y todo el Regimiento 11 está todavía encajonado en el desfiladero y paso del río.

Hago situar sobre el paso una compañía del Batallón para que proteja y cubra el paso que es susceptible de un ataque por el flanco derecho. El resto avanza. Al coronar el cerro, el ayudante Guevara es cargado violentamente por más de 60 indios. Es apoyado inmediatamente por granaderos del 12 a órdenes del capitán O`Donnell.

Estas fuerzas cargan y doblan a los indios que en su retirada se dividen en dos grupos. La mayor parte de la vanguardia persigue a los de nuestra izquierda, pues los de la derecha han ido a caer a un cajón por donde sigue la columna. A la izquierda son cargados por retaguardia, y por los indios que perseguían, pero son completamente rechazados.

Mientras esto pasa a la izquierda, seis o siete soldados han continuado persiguiendo a los de la derecha y siguen avanzando a su frente.

De improviso son cargados por retaguardia por un número considerable de indios y por los que perseguían. Aunque el resto de la fuerza acude velozmente desde la izquierda, no se puede evitar que lanzeen (sic) a seis.

Aquí muere el sargento Romero, el cabo Cortez y dos soldados del Batallón, quedando un baqueano y un soldado del 12 heridos.

Uno de los muertos debe ser un cacique o capitanejo, pues de su cadáver se ha recogido una espada. Esta tiene en su tasa el escudo de Chile. Los indios que he tenido al frente son los de Ñancucheo y Huincaleo, tal lo asegura el capturado por el comandante Torres, dice haberlos reconocido en los caballos que montan. Su número se calcula en más de 200 los que se han presentado a vanguardia”.

Comentarios

La Primera Brigada había partido desde su acantonamiento en el fuerte 4ª División, el 8 de marzo de 1881, siguiendo el curso descendente del río Agrio, primeramente, para luego proseguir por el de Catan Lil, hasta encontrar, en las cercanías del lugar donde se desarrolló el combate que hemos referido, al río Aluminé.

Más tarde prosiguieron por este río, que cambia de denominación trocándose en Collón Cura, para proseguir su marcha hasta el lago Nahuel Huapi, donde Villegas había dispuesto instalar el campamento central de la División.

Las fuerzas de la Brigada estaban compuestas por: Plana Mayor, 2 jefes, 2 oficiales y 21 soldados; Regimiento 11 de Caballería, 2 jefes, 7 oficiales y 190 tropa; Batallón 12 de Infantería, 2 jefes, 7 oficiales y 263 tropa. Total: 6 jefes, 16 oficiales y 474 tropa.

Nótese la audacia y la estrategia de la indiada que aprovecha al máximo su conocimiento de la topografía de la región por la cual deben pasar los expedicionarios, como así también la ventaja de poseer magníficas caballadas, aclimatadas y acostumbradas a trepar los cerros de la zona.

Esta expedición tenía como fin primordial reconocer todo el territorio “del Triángulo” y tratar de someter a las tribus indias. Esto posibilitó que en la segunda campaña ya se conociera el terreno y las indiadas que se oponían al avance.

Respecto a los dos valientes suboficiales que perdieron la vida, con los dos soldados que lo acompañaron en su entrada en la gloria, no tuvieron el consuelo que el poeta y soldado Ricardo Gutiérrez anhelaba para aquellos que iban al Paraguay, a luchar, enviados a esos campos donde caerían tantos argentinos.

Inspirándose en la blanca figura del que fuera capellán de las tropas argentinas en aquella guerra, canónigo Tomás O. Canavery, habría de aspirar a contar con el consuelo de:

El misionero

Poncho blanco no te apartes
de las huestes argentinas denodadas,
cuando suenen los clarines de la guerra,
cuando ruja la batalla
y en el peplo de su sangre
el soldado herido caiga;
que te vea discurriendo
como lirio entre las rosas escarlatas
despertando bendiciones en las bocas
alegrías en las almas,
besos cálidos de amor sobre los pliegues
de la enseña azul y blanca;
y en la noche de la muerte, sé la aurora
de la vida que no muere,
de la vida que no pasa
para el héroe que ha sabido dar su vida
por la vida de la Patria.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Raone, Juan Mario – Fortines del desierto – Biblioteca del Suboficial Nº 143

viernes, 17 de junio de 2016

Radiografía de la batalla de Chacabuco

Cómo fue la batalla de Chacabuco, por la que el mundo conoció a San Martín
Estaba cuidadosamente planeada, pero las cosas no salieron según lo previsto. El jefe del Ejército de Los Andes debió improvisar sobre la marcha y hasta involucrarse él mismo en el combate
Infobae


Pese a la habitual parquedad de San Martín cuando tomaba la pluma, se lo nota orgulloso y exultante en la comunicación que envía a Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas después de Chacabuco, el 22 de febrero de 1817: "... el eco del Patriotismo resuena por todas partes a un tiempo mismo, y al Ejército de los Andes queda para siempre la gloria de decir: en 24 días hemos hecho la Campaña, pasamos las Cordilleras más elevadas del globo, concluimos con los tiranos y dimos la Libertad a Chile".

Diez días antes, el 12 de febrero, había tenido lugar la batalla de Chacabuco, que sería la coronación de una operación audaz por su concepción y brillantemente ejecutada: el cruce de Los Andes por el ejército que San Martín venía organizando y entrenando en la gobernación de Cuyo desde hacía tres años. Derrotados en Rancagua, los patriotas chilenos habían pasado a Mendoza. Entre ellos, Bernardo O'Higgins y Ramón Freire ayudaron a San Martín a organizar el Ejército de Los Andes y se pusieron bajo su mando.

La sorpresa era un factor fundamental para un ejército patriota que disponía de menos hombres y armas que el realista. Las tropas de San Martín habían cruzado divididas, por tres pasos diferentes, algo que les fue hábilmente ocultado a los realistas. El gobernador de Chile, Casimiro Marcó del Pont, no tenía un plan claro de defensa; la llegada del Ejército de los Andes lo sorprendió con la tropa dispersa, algo a lo que lo había forzado San Martín al multiplicar los cruces. Además de los tres principales, hubo cuatro secundarios, dos al norte y dos al sur. La operación estuvo tan bien coordinada que, pese a su complejidad, la altura de la cordillera a atravesar y la extensión de los cruces en un frente de unos 800 kilómetros, las tropas patriotas llegaron casi todas al mismo tiempo a Chile, entre los días 6 y 7 de febrero.


El cruce de los Andes

Luego de varios combates menores, los patriotas estaban dominando el norte de Chile, por donde había pasado el grueso del ejército.

San Martín prepara entonces el enfrentamiento decisivo en la cuesta de Chacabuco, a 50 kilómetros al norte de la ciudad de Santiago. Para ello concentra sus tropas en Curimón.

Marcó del Pont designa al brigadier Rafael Maroto para enfrentar a los patriotas y detener su avance, defendiendo la Capital. Tendrá 2500 hombres a su mando: una compañía de húsares y varios batallones de Infantería..

San Martín por su parte disponía de 3500. Los patriotas se dividen en dos columnas, dirigidas por Miguel Estanislao Soler y por Bernardo O'Higgins, integradas por los Batallones nº1 de Cazadores de los Andes y nº11 de infantería, con el apoyo de los batallones 7 y 8 de Infantería, y 4 escuadrones de Granaderos a Caballo.

Los realistas fijan campamento en la víspera de la batalla en las casas de la hacienda de Chacabuco.

El plan del jefe del Ejército de los Andes era que una de las columnas atacara de frente a los realistas, para fijarlos –"aferrarlos", en lenguaje militar- en el terreno, para dar tiempo a la otra columna a avanzar dando un rodeo y atacarlos por el flanco y la retaguardia en un movimiento envolvente. Una táctica napoleónica que San Martín había tenido tiempo y oportunidad de estudiar muy bien. El mapa que acompaña esta nota muestra el escenario y los movimientos planeados.


El plan de batalla de San Martín

San Martín envía a O'Higgins al frente de la división menos numerosa, por el camino más corto y más escarpado –la cuesta vieja-, para atacar a las fuerzas realistas que él cree están aun en las casas de Chacabuco. Soler, mientras tanto, marcha con su división hacia el mismo lugar pero por el camino más largo (llamado cuesta nueva), para aparecer por el flanco y decidir la suerte de la batalla. Por eso O'Higgins debía demorar el combate hasta la llegada de Soler.

"El general O'Higgins –escribe Carlos A. Pueyrredón en La Campaña de los Andes-, al divisar a las tropas opresoras de su Patria, no pudo contenerse, e impulsado por su valor legendario se lanzó a la carga, resuelta e imprudentemente, contrariando las instrucciones de San Martín de esperar a la División Soler, para iniciar juntos el combate".

En este punto, hay cierto debate entre los historiadores. Algunos señalan que, habiendo San Martín dado la orden de no atacar hasta la llegada de Soler, que debía rodear el cerro, el apresuramiento de O'Higgins –inspirado en su arrojo, virtud en la cual todos coinciden- comprometió la estrategia del Libertador y lo obligó a intervenir. Cabe señalar que la primera carga de O'Higgins contra los realistas había fracasado y el jefe chileno se había visto forzado a retroceder.

Otros señalan que, en realidad, como el ejército realista marchó cuesta arriba –no se quedó en las casas de Chacabuco- al avanzar O'Higgins según lo previsto para posicionarse con el fin de atacarlos de frente, se encuentra de pronto con que las fuerzas de Maroto están a una distancia mucho menor de la que se esperaba. Por eso la batalla se empeña antes de lo previsto.



Fue ese el momento en que O'Higgins, desenvainando el sable, gritó: "¡Vivir con honor o morir con gloria, el que sea valiente que me siga!" y cargó contra el enemigo.

Según el historiador Isidoro Jorge Ruiz Moreno, San Martín consideraba a O'Higgins "valiente hasta la temeridad", pero "le criticaba la falta de conocimientos estratégicos". A diferencia de San Martín, O'Higgins, como otros jefes revolucionarios –y podemos pensar en el caso de Manuel Belgrano- se habían formado en el mismo proceso.

Pero el terreno no era propicio para el ataque, había quebradas que dificultaban el avance de la caballería, y esa primera carga de O'Higgins contra los españoles será vencida. Un segundo ataque lanzado por el jefe chileno estaba encontrando serias dificultades.


La batalla de Chacabuco, librada el 12 de febrero de 1817

Advertido San Martín de lo que ocurre, ordena a Soler atacar de inmediato. Más aún, decide intervenir él mismo en la batalla (ver video al pie de esta nota). Baja la cuesta al frente de sus granaderos y llega en el momento en que O'Higgins se disponía a lanzar un nuevo ataque frontal contra el enemigo realista. "El gran capitán venía bajando la cuesta al frente de sus granaderos cuando se apercibió del acto de arrojo de O'Higgins –sigue el relato de Carlos Pueyrredón en la obra citada-. Ordenó inmediatamente a los regimientos 7 y 8 de infantería que calaran bayoneta y atacaran resueltamente al centro del ejército realista; enseguida, a lanza y sable, arremetió contra el enemigo, para auxiliar a O'Higgins".

El general Gerónimo Espejo, que participó de la Campaña de los Andes, lo cuenta así: "Al ver en tan inminente riesgo la obra que le costaba tantos sudores y desvelos, el pundonor, la responsabilidad, el despecho, quizás lo condujeron (a San Martín) a la cabeza de los Granaderos, resuelto a triunfar o no sobrevivir si se consumaba el infortunio".

Miguel Ángel de Marco (ver su análisis en esta misma edición) recuerda que la estatua del general San Martín espoleando el caballo, con el dedo señalando en el aire, que nos es tan familiar, está inspirada en ese momento crucial de la batalla de Chacabuco cuando, al ver lo que estaba ocurriendo con O'Higgins, le dijo a su ayudante "Vaya y dígale al general Soler que ataque de inmediato", y luego montó a caballo para avanzar él mismo con sus granaderos.


La estatua ecuestre de San Martín, inspirada en la batalla de Chacabuco

Fue la última vez que se involucró físicamente como comandante en el combate, algo absolutamente inhabitual y que inquietó sobremanera a Pueyrredón: "Lo que sé por Luzuriaga –le escribe preocupado- es que usted con dos escuadrones de granaderos tuvo que meterse entre las líneas enemigas. De esto infiero, o que la cosa estuvo apurada, o que no tuvo usted jefe de caballería de confianza, porque en todo otro caso yo acusaría a usted del riesgo en que se puso. Dígame usted con la franqueza que debe lo que hubo en esto (...). Por Dios, cuídese usted, porque su vida y su salud interesan extraordinariamente al país y a sus amigos".

El ataque combinado de O'Higgins y San Martín, sumado al de Soler, rompe las filas realistas. Se retira la caballería, mientras que la infantería es perseguida varios kilómetros. La batalla, cuyos primeros movimientos se habían iniciado de madrugada, concluye entre las 3 y 4 de la tarde.

El parte de San Martín a Pueyrredón es brevísimo pero completo: "Una división de mil ochocientos hombres del ejército de Chile acaba de ser destrozada en los llanos de Chacabuco por el ejército de mi mando en la tarde de hoy. Seiscientos prisioneros, entre ellos treinta oficiales, cuatrocientos cincuenta muertos y una bandera que tengo el honor de dirigir es el resultado de esta jornada feliz con más de mil fusiles y dos cañones. La premura del tiempo no me permite extenderme en detalles, que remitiré lo más breve que me sea posible: en el entretanto, debo decir a V. E., que no hay expresiones como ponderar la bravura de estas tropas: nuestra pérdida no alcanza a cien hombres. Estoy sumamente reconocido a la brillante conducta, valor y conocimientos de los señores brigadieres don Miguel Soler y don Bernardo O'Higgins. Dios guarde a V. E. muchos años. Cuartel general de Chacabuco en el campo de batalla, y febrero 13 de 1817."

Chacabuco fue una victoria completa que les dio a los patriotas el dominio de Santiago. Marcó del Pont huye pero es capturado en Valparaíso cuando se preparaba para abordar un barco hacia Lima.


San Martín en la batalla de Chacabuco

El propio enemigo describe con gran precisión el impacto estratégico de la batalla. Desde Lima, el virrey Joaquín de la Pezuela admitirá que "la desgracia" padecida por sus fuerzas en Chacabuco había transformado "enteramente el estado de las cosas". "Cambióse el estado de la guerra", dijo.

La primera consecuencia es la entrada de los patriotas a la capital de Chile el mismo día 14, dos días después de Chacabuco. Los chilenos le ofrecen la titularidad del gobierno a San Martín la máxima jefatura de gobierno, como Director Supremo de Chile. Él declina el ofrecimiento y recomienda el nombramiento de O'Higgins.

Como vimos, en su parte de la batalla, San Martín no hace ningún reproche a O'Higgins. Muy por el contrario. Más tarde, en carta detallada a Pueyrredón sobre el desenvolvimiento de la batalla, nuevamente destaca el desempeño de sus subordinados y agrega varios nombres a la lista. "Sin el auxilio que me han prestado los brigadieres Soler y O'Higgins, la expedición no hubiera tenido resultados tan decisivos; les estoy sumamente reconocido, asimismo a los individuos del Estado Mayo, cuyo segundo jefe, el coronel Beruti, me acompañó en la acción y comunicó mis órdenes, así como lo ejecutaron a satisfacción mía mis ayudantes de campo el coronel don Hilarión de la Quintana, don José Antonio Álvarez, don Antonio Arcos, don Manuel Escalada y don Juan O'Brien". También nombra a los comandantes Cavot, Rodríguez y Freyre –que actuaron en otras zonas de Chile- y promete ampliar la lista de patriotas que se destacaron en la acción de Chacabuco, cuando reciba los informes del desempeño de toda la tropa, "para que sus nombres no queden en el olvido".


O'Higgins y San Martín, victoriosos

La amistad entre San Martín y O'Higgins fue una de las más fructíferas para la causa de la emancipación americana. Unió a dos hombres dispuestos a todo renunciamiento personal en aras del interés del conjunto. Entre ellos no hubo celos ni competencias que pudieran comprometer sus objetivos.

O'Higgins jamás escatimó a San Martín el reconocimiento que éste merecía por la emancipación de Chile y le brindó su amistad y lealtad hasta el fin.


Bernardo O'Higgins

Al asumir el gobierno de Chile, el 17 de febrero de 1817, se dirigió a sus compatriotas en estos términos: "Nuestros amigos los hijos de las Provincias del Río de la Plata [...] acaban de recuperaros la libertad usurpada por los tiranos. Estos han desaparecido cargados de su vergüenza al ímpetu primero de un ejército virtuoso y dirigido por la mano maestra de un general valiente experto y decidido a la muerte o a la extinción de los usurpadores".



Claudia Peiró cpeiro@infobae.com

domingo, 24 de abril de 2016

Guerra de la Independencia: Batalla de Sauce Redondo (1814)

Batalla de Sauce Redondo


Gral. Martín Miguel de Güemes (1785-1821)

Luego de la derrota de las tropas patriotas en Ayohuma y aprobado el plan sugerido por Dorrego para la reorganización de la vanguardia, éste permaneció unos días en las líneas avanzadoras, instruyendo oficiales y tomando diversas disposiciones.  En su transcurso llegó al cuartel general de Tucumán el mayor Martín Güemes, a quien Manuel Belgrano había expulsado del ejército en la primera retirada de Jujuy, a consecuencia de una historia de amoríos que se hizo pública y chocó con las ideas de riguroso orden social sustentadas por el general ahora en desgracia.  San Martín lo envió a la vanguardia, y Dorrego le colocó en el lugar que anteriormente había destinado a Pedro Zabala, que era de mucha acción y sirvió después a tan famoso y heroico guerrillero, para dar la medida de su capacidad.

Güemes pertenecía a una familia honorable de la Capital de la provincia que tanto habría de defender, y no carecía de cultura; pero, penetrado de la idiosincrasia del gaucho, especialmente en breve estadía en la Banda Oriental, donde contempló y admiró de cerca la popularidad de Artigas, aunque sin gustar de los propósitos de este caudillo, procuró identificarse con los campesinos el norte usando su traje, empleando su lenguaje, halagando en grotescas y zafadas peroraciones –que no dejaba escuchar a ninguna persona con alguna educación, ni aun a sus ayudantes- el odio a las clases superiores de la sociedad en general y a los falsos “nobles”, entre los cuales hubiera podido alternar, particularmente.  Tenía esbelta figura, ancha y despejada frente, ojos singularmente vivarachos, poblada barba negra que dejaba crecer hasta el pecho; pero su vos era trabajosa y confusa, a consecuencia de un defecto de la úvula, según un contemporáneo: “quien no estaba acostumbrado a su trato, sufría una sensación penosa al oírlo” (1).  Los jóvenes decentes, para vengarse de sus diatribas, en los tiempos que empezó a destacarse, pusieron en boga unos malos versos, que le llamaban

“Loco, vano, fullero, mentiroso;

Todo eso junto y ainda mais gangoso” (2)

Mientras el coronel Saravia daba cuenta a San Martín que habían sido distribuidas todas las partidas de acuerdo con las órdenes de Dorrego (10 de febrero de 1814), éste daba por terminada su misión en Salta y se retiraba al cuartel general de Tucumán.

Afanoso Güemes por probar en la pelea la bravura y la adhesión de los gauchos, como el enemigo no se atrevía a lanzar partidas a la campaña aleccionado por los percances ya sufridos, fue en su busca introduciéndose en el valle de Lerma; el 9 de marzo batió una avanzada realista en los suburbios de la ciudad, y el 11, habiendo realizado el coronel Castro una salida con toda su poderosa vanguardia para hacer lo que le parecía peligroso e inútil esperar de pequeños destacamentos, fue acosado de tal manera por los gauchos apostados detrás de los árboles, que se descorazonó muy pronto, y sin haber salido del valle, regresó a su cuartel a los tres días.  “Los gauchos de Salta solos –oficiaba San Martín al Gobierno General- están haciendo al enemigo una guerra tan terrible….”.

El 18 de marzo, otra avanzada de la plaza fue sorprendida por los gauchos de Güemes; pero a despecho de eso, un piquete realista de 56 hombres al mando del capitán José Lucas Fajardo, consiguió deslizarse hasta las cercanías de Guachipas.

El 24, habiendo sido sentido por José Apolinar Saravia –gaucho joven que sentía dio feroz a los “godos”, y del cual se refiere que en la gloriosa tarde de Tucumán riñó con otro oficial que se opuso al sacrificio de un prisionero, y un rato después, viendo a aquél agredido por un enemigo rezagado, le salvó la vida, exponiendo la suya, sin reconciliarse-, pagó su temeridad.  Saravia, reuniendo 30 “partidarios” de los que estaban a sus órdenes y algunos gauchos armados con garrotes y chuzas, lo acometió en Sauce Redondo, matando 11 hombres, entre los cuales cayó Fajardo, y haciendo 27 prisioneros, a cambio de cuatro bajas solamente.  “No puedo prescindir de manifestar a V. S., aunque de paso –escribió San Martín al coronel Pedro José Saravia-, cuán pausible y satisfactoria me ha sido la valerosa comportación del precitado comandante don José Apolinar, la de su hermano don Domingo y de toda la demás gente de su mando en la brillante guerrilla del 24”.

Filiberto de Oliveira Cezar en su obra “Güemes y sus Gauchos”, transcribe una carta referida a este combate del comandante Saravia, dirigida a Güemes, fechada en Guachipas el 25 de marzo de 1814: “……. A las 2 de la tarde observaron mis descubiertas que el enemigo en número de 56 hombres bien armados, al mando del Capitán D. José Lucas Fajardo, se dirigía por el paso del río de Guachipas hacia este rumbo; inmediatamente di orden para que mis descubiertas y avanzadas, que estaban en el Sauce Redondo, se replegasen hasta las casas de D. Manuel Castellanos, entre tanto yo hacía avanzar mi retaguardia que se hallaba situada en la capilla para protegerlas oportunamente.  En efecto, a las 3 ½ de la tarde campó el enemigo en el Sauce Redondo, y a las 4 rompí el fuego contra su avanzada, con una guerrilla de doce hombres al mando del Alférez de caballería de línea, D. José Antonio Suárez. Observando que muerto dicho alférez me rechazaban la guerrilla, cargué inmediatamente con el resto de mi división, y pasadas las primeras descargas de fusil, a las que se sostenía vigorosamente, mandé avanzar, sable, garrote y chuza en mano: en ese momento desordenado, el enemigo huyó vergonzosamente, de lo que resulta haber conseguido una completa victoria, haciéndoles 27 prisioneros, entre ellos 14 mal heridos; a más de éstos, 8 soldados, 2 sargentos y el Comandante Fajardo muerto; consistiendo mi pérdida únicamente en la muerte del Alférez Suárez, dos soldados y un paisano herido (…)  Después de encarecer a V.E. el valor, constancia y regocijo con que todos mis soldados y paisanos se han comportado, debo particularmente recomendar a la consideración de V. E., la viuda e hijos de dicho Alférez Suárez, cuyo ingente valor lo precipitó en la tumba donde yace, con solo el interés de la libertad…” .

El 29 salieron de la plaza 80 realistas mandados personalmente por Castro, para atacar a los patriotas mandados por Güemes, cuyas posiciones habían sido descubiertas, pero el segundo se anticipó al primero, logrando sorprenderlo y desbaratarle la mitad de la gente.

Los servicios de Güemes fueron premiados con el grado de teniente coronel y el mando superior de la vanguardia, en que relevó al coronel Saravia.  Aumentó su prestigio, su acción cobró aún mayor energía, y los realistas, cada vez más encerrados en la ciudad, creyeron sufrir el asedio de un gran ejército.  Pidieron nuevamente refuerzos, y obtenidos, destinaron mil hombres a la conquista de una zona de la campaña, que les sirviese para extraer recursos.  Esa fuerza, que maniobró fraccionada en dos divisiones mandadas respectivamente por los coroneles Gullermo Marquiegui (salteño) y Antonio María Alvarez, nada pudo conseguir; regresó a los pocos días, con gran fatiga y algunas pérdidas causadas por la diaria hostilización de los gauchos.

Referencias


(1) José María Paz – Memorias póstumas.

(2) Joaquín Carrillo – Historia civil de Jujuy.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Oliveira Cezar, Filiberto de – Güemes y sus Gauchos: escenas de la independencia argentina – Buenos Aires (1895).

Paz, José María – Memorias póstumas.

Portal www.revisionistas.com.ar

Uteda, Saturnino – Vida Militar de Dorrego – La Plata (1917).

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

miércoles, 20 de abril de 2016

Egipto Antiguo: Megido y el inicio de la historia militar

La batalla de Megido: El comienzo de la historia militar
por Andrew Knighton - War History Online



La primera batalla de la que tenemos un registro histórico clara se llevó a cabo en el Levante en el siglo BC 15 de. Aunque sabemos que la guerra había existido durante siglos de antemano, y algunos detalles de las batallas anteriores se registran en el folklore y las escrituras religiosas, los detalles siguen siendo turbia.

Eso cambió con la batalla de Meguido.

Las dificultades de citas

los registros del antiguo Egipto, en la que nos basamos para las cuentas de la batalla de Meguido, lo sitúan en el año 23 del reinado del faraón Tutmosis III, en el día 21 del primer mes de la tercera temporada. Exactamente cómo esto se relaciona con nuestro propio sistema de datación es incierta, y los historiadores han fechado diversamente la batalla de 1457, 1479 o 1482 antes de Cristo. Todo lo que podemos decir con certeza es que se llevó a cabo en la primera mitad del siglo 15 AC.

Guerra en el Levante

Tutmosis III llegó al trono en un momento en Egipto controlado amplias zonas del Levante - las tierras del este del Mediterráneo y el norte de Oriente Medio. Al principio de su reinado, se encontró frente a una revuelta en esta región, en torno a Siria moderna.

Líder de la revuelta fue el rey de Kadesh, una ciudad cuya gran fortaleza le dio una base segura. Los Canannites, Mitani y Amurru se unieron a su alianza rebelde, al igual que el rey de Meguido, otro gobernante con una fuerte base de fortaleza.

Meguido era estratégicamente vital, el control de la principal ruta comercial entre Egipto y Mesopotamia, ahora conocida como la Vía Maris. Las fuerzas rebeldes se reunieron allí.


La Marcha del Faraón 




Estatua de Tutmosis III en el Museo de Luxor 

Al igual que muchos gobernantes antiguos, Tutmosis III tomó personalmente el mando de sus fuerzas. Reunió un ejército de entre diez y veinte mil hombres, que consta de infantería y carros, en la fortaleza fronteriza de Tjaru.

Este fue el apogeo de la guerra carro. Caballos aún no habían sido criados lo suficientemente fuerte como para llevar un jinete armado, por lo que la única manera de carros para moverse rápidamente por todo el campo de batalla y entregar los ataques repentinos de choque. El arco compuesto desarrollado recientemente dio a los corredores de carros en un arma poderosa para atacar a la infantería antes galopante de distancia. armas de hierro, que eventualmente llevarían a la caída de las aristocracias de los carros, todavía no se habían desarrollado.

En el corazón del ejército del faraón eran las armas más mortíferas de su época.

La elección de la más directa, pero también más peligroso de los tres rutas disponibles, Tutmosis tomó Aruna - la zona que ahora se llama Wadi Ara - casi sin resistencia. El ejército Kadeshi había sido enviado lejos hacia el norte y el sur para bloquear sus otras vías de avance, y ahora podía marchar en Meguido.

El rey de Kadesh, sorprendido por la apariencia de los egipcios en el centro de su línea defensiva, se puso de reunir sus tropas en el terreno elevado fuera de la fortaleza de Meguido. Faraón le dio poco tiempo para prepararse.


Oportunidad aprovechada



Una carga en la batalla de Megido, en 1457 aC, en lo que hoy es el norte de Israel, a partir de la historia 'humanidad'

Tener establecido un campamento al final del día, Tutmosis hace avanzar sus fuerzas amparo de la noche. Mientras que el Kadeshi concentró sus tropas alrededor de la fortaleza, el faraón se extendió a cabo su. Dos alas amenazados los flancos del enemigo, mientras que el núcleo del ejército avanzó en el centro. Por la mañana, atacó.

Las dos partes fueron muy igualados en número, con alrededor de 10.000 soldados de infantería y 1.000 carros cada uno. Pero después de haber extendido sus fuerzas, el faraón estaba en mejores condiciones para hacer uso de sus números. Mientras que él dirigió el ataque en el centro, su ala izquierda hizo una huelga rápido, agresivo contra el flanco rebelde.

La voluntad del flanco rebelde se rompe fácilmente por la velocidad y la habilidad del ataque egipcio. El ala derecha se derrumbó, y el resto del ejército siguieron con rapidez, la moral del colapso como guerreros vieron sus compañeros huyen. Algunos corrieron a la ciudad, cerrando las puertas detrás de ellos para mantener a los egipcios a cabo.

Los egipcios ahora desperdicia la oportunidad rápida victoria les había dado. Al igual que muchos vencedores largo de la historia, que se dedicó a saquear el campamento enemigo, capturando 200 armaduras y 924 carros. Sin embargo, aunque lo hicieron los rebeldes dispersos encontraron su camino de regreso a Meguido, trepando por cuerdas improvisadas de ropa bajados por la gente dentro de las paredes. Los que lo hizo con la seguridad incluyen los reyes de Megido y Cades.

Asedio y Consecuencias

La batalla de Megido fue seguido inmediatamente por un sitio. Faraón había sus hombres cavar una fosa y construir su propio muro defensivo alrededor de la ciudad. Después de siete meses de inanición, la ciudad finalmente se rindió. El rey de Kadesh escapó, pero el resto de los de la ciudad fueron capturados, y salvó por un faraón misericordioso.

Así como la armadura y carros, los vencedores se llevó a casa más de 2.000 caballos, 340 prisioneros, casi 25.000 de ganado y ovejas, y el tren de guerra real del rey de Meguido.


Más importante aún, la victoria en Meguido les permitió conquistar otras ciudades en la región, asegurando una vez más por el Imperio Egipcio.

¿Cómo sabemos sobre Meguido?

¿Cómo se ha convertido en esta sola batalla nuestra primera imagen clara de la historia de la guerra?

La respuesta se encuentra con escribano personal de Tutmosis III, Tjaneni. Acompañando a su regla en campaña, Tjaneni mantuvo un registro diario de la guerra. Años después, Tutmosis quería tener sus hazañas militares talladas en las paredes del templo de Amón-Ra en Karnak. El diario de Tjaneni permitió a los acontecimientos de Meguido a ser inscritas en detalle glorioso, que ha durado nos largo de los años.

Por tanto, el ejército egipcio ocupa un lugar importante en la historia temprana de la guerra por dos razones. En primer lugar porque no tenían la fuerza para llegar hasta el momento, incluyendo un líder de éxito y los últimos desarrollos militares. Y en segundo lugar porque se registran sus hazañas en una forma que duraría - las piedras antiguas de Egipto.