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jueves, 22 de junio de 2017

Argentina: El brigadier que no apoyó el golpe del 76

La historia del militar que enfrentó a Videla y Massera y se negó a participar del golpe contra Isabel Perón
El brigadier Héctor Fautario murió a los 93 años. Fue el comandante en jefe de la Fuerza Aérea que rechazó ser parte del golpe de Estado de 1976, y perdió su cargo por una rebelión interna ante la indiferencia del peronismo. Anécdotas sobre un militar republicano, que no quería prensa
Por Ceferino Reato - Infobae



El brigadier Héctor Fautario, en su carácter de comandante en jefe de la Fuerza Aérea, junto al presidente Juan Domingo Perón y a la vicepresidente Isabel Martínez

El viernes 17 de octubre de 1975, mientras los peronistas marchaban a Plaza de Mayo para escuchar a la presidenta Isabel Perón, los jefes del Ejército, la Armada y la Aeronáutica almorzaban por los canales del Delta a borde del yate Itatí.

El general Jorge Videla y el almirante Emilio Massera intentaban convencer al brigadier Héctor Fautario para que se plegara al golpe de Estado que venían organizando desde mediados de aquel año.

"Me parece que ustedes se están apresurando. El año próximo hay elecciones y se termina el mito de que el peronismo no puede ser derrotado en las urnas. Dejemos que las cosas se solucionen como tienen que solucionarse. Nosotros no estamos preparados para gobernar", les dijo Fautario, según me contó él en una de las entrevistas para mis libros "Operación Primicia" y "Disposición Final".


El brigadier Héctor Luis Fautario murió el 12 de febrero de 2017

Fautario debería ser estudiado en las escuelas como el jefe militar que se opuso al golpe que ocurriría apenas seis más tarde de aquella comida náutica, pero no lo es, en parte por su propia decisión: nunca quiso ser grabado ni, mucho menos, filmado. A principios del año pasado, en ocasión de la reedición de "Disposición Final", me dijo que su familia no quería que él se expusiera.

Una pena que este brigadier entrerriano de fortísimo carácter se haya muerto el domingo 12 de febrero, a los 93 años, sin que casi nadie lo notara, más allá de sus familiares, camaradas y amigos. Porque su negativa al golpe merecía un reconocimiento público. Recordemos el contexto: vastos sectores sociales, económicos y políticos —incluidos, por otras razones, los grupos guerrilleros— propiciaban la caída de Isabelita.


Isabel Perón en el balcón de la Casa Rosada. Desde 1975 los comandantes de las Fuerzas Armadas estaban preparando el golpe (Getty)

Los diarios de la época, incluida La Opinión, de Jacobo Timerman, reflejaban ese clima en la opinión pública y utilizaban en sus tapas palabras como "guerra", "subversión" y "extremistas".

Según Videla, en una explicación en la que se quita culpas propias, el golpe de Estado ya era irreversible: "No era una situación aguantable: los políticos incitaban, los empresarios también; los diarios predecían el golpe. La Presidente no estaba en condiciones de gobernar, había un enjambre de intereses privados y corporativos que no la dejaban. El gobierno estaba muerto".

En ese marco, había que tener mucho valor para nadar a contracorriente y negarse a involucrar a su fuerza en la lucha de los militares contra el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en la provincia de Tucumán, como Fautario había hecho a principios de 1975.


Fecha trágica para la historia Argentina: 24 de marzo de 1976 (Getty)

Fautario me dijo también que en aquel almuerzo en el Delta, Massera le reveló la fecha del golpe: sería el 24 de marzo de 1976 dado que el Ejército y la Armada necesitaban algunas semanas para adiestrar a los conscriptos (el servicio militar era obligatorio) de la clase 1955, pero que, al mismo tiempo, no podían demorar mucho porque debían anticiparse al inicio de la campaña electoral.

Por su lado, en una serie de entrevistas Videla me confirmó que "la Fuerza Aérea no participaba en las conversaciones sobre el golpe" y lo atribuyó al "marcado peronismo de su comandante", algo que Fautario negaba. "Se lo miraba con desconfianza", afirmó Videla.


Isabel Perón, el brigadier Fautario y el almirante Emilio Massera pocos meses antes del golpe

Fautario fue el jefe de la Fuerza Aérea en los cuatro gobiernos constitucionales del peronismo entre 1973 y 1976, que fueron encabezados por Héctor Cámpora, Raúl Lastiri, Juan Domingo Perón y, a su muerte, su esposa, Isabelita, que había sido elegida vicepresidenta. Pero, Fautario fue desplazado a fines de 1975, luego de una rebelión en la Fuerza Aérea, que comenzó el 18 de diciembre con la toma del aeroparque Jorge Newbery y duró cuatro días, encabezada por el brigadier Orlando Capellini.

Videla señaló que él, en acuerdo con Massera, respaldó el alzamiento de Capellini: "Lo apoyamos por la pasiva, demorando la represión. Era lógico reprimir ese levantamiento, pero, por un lado, era otra fuerza y no quedaba nada simpático que saliésemos a tirar contra ellos; por el otro, sabíamos que Capellini había tomado esa actitud porque iba a ser pasado a retiro por Fautario y nosotros, con Massera, simpatizábamos más con Capellini que con Fautario. Al brigadier Agosti, sucesor de Fautario, lo considerábamos más confiable que él desde todo punto de vista".


La Junta Militar: Emilio Eduardo Massera, Jorge Rafael Videla y Orlando Ramón Agosti (Getty)

Tres meses después de ese levantamiento, Orlando Agosti sería el tercer hombre de la Junta Militar que tomaría el poder.

Premonitorias las palabras de Fautario, antes de perder su cargo. En un momento de la crisis en su fuerza, fue a la residencia de Olivos e intentó ver a Isabelita, que no lo recibió. Le envío entonces un mensaje a través del edecán de la Aeronáutica: "Cuídese, señora, porque a usted la van a echar en marzo".

*Editor ejecutivo de la revista Fortuna, su último libro es Disposición Final.

domingo, 18 de junio de 2017

SGM: El intento de asesinato de Hitler

El intento de asesinato de Hitler

William L. Shirer

Un coronel del ejército alemán penetra en el cuartel general de Hitler; coloca una bomba a menos de dos metros del Führer y se retira. Una explosión, llamas, gritos. En este fragmento extraído y traducido de su libro, «The rise and fall of the Third Reich», publicado en 1960, el periodista norteamericano William L. Shirer, analiza las fases del atentado del 20 de Julio de 1944, explicando las razones de su fracaso.


Coronel Klaus von Stauffenberg


El coronel Klaus von Stauffenberg era hombre de una amplitud de espíritu rara en un militar de carrera. Había nacido en 1907 y descendía de una vieja familia aristocrática del sur de Alemania, profundamente católica y muy cultivada. Dotado de una magnífica salud física, von Stauffenberg se forjó un pensamiento brillante, curioso y admirablemente equilibrado. Durante cierto tiempo había acariciado la idea de dedicarse a la música, luego a la arquitectura, pero, a los diecinueve años, entró como cadete en el ejército y, en 1936, fue admitido en la Escuela de Guerra de Berlín. Monárquico de corazón, como la mayoría de los hombres de su clase, no se opuso, por entonces, al régimen nacionalsocialista. Fueron, al parecer, los «pogroms» de 1938 los que sembraron en su espíritu las primeras dudas, que aumentaron cuando vio al Führer, en el verano de 1939, empujar a Alemania a una guerra que podía ser larga y terriblemente costosa en vidas humanas. No obstante, cuando llegó la guerra, se lanzó a ella con su energía característica. Pero en Rusia perdió von Stauffenberg sus últimas ilusiones sobre el Tercer Reich. El inútil desastre de Stalingrado le hizo caer enfermo. Inmediatamente después, en Febrero de 1943, solicitó ser enviado al frente de Túnez. Pero el 7 de Abril, su automóvil voló en un campo de minas y von Stauffenberg resultó gravemente herido. Perdió el ojo izquierdo, la mano derecha y dos dedos de la mano izquierda. Durante su larga convalecencia tuvo tiempo para reflexionar y llegar a la conclusión, a pesar de su estado, que tenía una misión que cumplir en bien de la patria. «Creo que debo hacer algo para salvar a Alemania» –dijo a su mujer, la condesa Nina, que había ido a verle al hospital- «Nosotros, oficiales del Alto Estado Mayor, tenemos todos que asumir nuestra parte de responsabilidad».


von Stauffenberg y su esposa Nina

A fines de Septiembre de 1943, estaba de vuelta en Berlín, en la comandancia general del ejército. Empezó a ejercitarse, valiéndose de pinzas, en la tarea de activar una bomba con los tres dedos de la mano que le quedaban. Hizo mucho más aún. Su personalidad dinámica, la claridad de su inteligencia y su notable talento de organizador, infundieron en los conspiradores una mayor resolución. Los conspiradores, sin embargo, no tenían en sus filas a ningún mariscal en actividad. Se hizo una propuesta al mariscal von Rundstedt, que mandaba las tropas del sector occidental, pero rehusó faltar a su juramento de fidelidad al Führer. El mariscal von Manstein dio una respuesta idéntica. Tal era la situación a comienzos de 1944, cuando un mariscal, muy activo y muy popular, prestó oídos a los conspiradores, sin que von Stauffenberg lo supiera al principio. Era Rommel, y su participación en el complot contra Hitler sorprendió mucho a los jefes de la conspiración. Pero, en Francia, Rommel se había dedicado a frecuentar a dos de sus viejos amigos, el general von Falkenhausen, gobernador militar de Bélgica y del Norte de Francia, y el general Karl Heinrich von Stülpnagel, gobernador militar de Francia. Estos dos generales formaban parte ya de la conspiración antihitleriana y, poco a poco, lo pusieron al corriente de sus actividades en este terreno.


General von Falkenhausen

General Karl Heinrich von Stülpnagel

Después de algunas vacilaciones, Rommel aceptó: «Creo –les dijo- que es mi deber acudir en socorro de Alemania». Y ahora que se acercaba el verano decisivo de 1944, los conspiradores comprendían la necesidad de actuar con urgencia. El ejército ruso estaba casi en las fronteras de Alemania. Los Aliados se disponían a lanzar una operación de gran envergadura en las costas francesas del Canal. En Italia, la resistencia alemana se derrumbaba. Si querían obtener una paz inmediata, que ahorrase a Alemania un aplastamiento y una ruina totales, tenían que desembarazarse lo más pronto posible de Hitler y del régimen nazi. En Berlín, von Stauffenberg y sus conjurados tenían, al fin, sus planes a punto. Los habían reunido bajo el nombre convencional de «Operación Valkiria», término apropiado, ya que las valkirias eran, según la mitología escandinava, cada una de las divinidades con forma de mujer, que se precipitaban sobre los campos de batalla, para designar a los héroes que debían morir en los combates. En el caso presente, era Adolf Hitler quien debía desaparecer. Resulta irónico que el almirante Canaris, antes de su caída, hubiera dado al Führer la idea de un plan Valkiria, destinado a garantizar, por el ejército del interior, la seguridad de Berlín y de las demás grandes ciudades, en caso de una insurrección de los millones de trabajadores extranjeros que vivían maltratados en estos centros. Semejante insurrección era muy improbable –en realidad era imposible-, pues los trabajadores no estaban armados ni organizados, pero el Führer, muy suspicaz en aquella época, veía acechar el peligro por todas partes y, como casi todos los soldados útiles estaban ausentes del país (ya en el frente o ya de guarnición), aceptó fácilmente la idea de que el ejército del interior garantizase la seguridad del Reich contra las “hordas” de los trabajadores forzados. De este modo, el plan Valkiria de Canaris llegó a ser una perfecta tapadera para los conspiradores militares, permitiéndoles elaborar casi a la luz del día unos planes para que el ejército del interior cercara la capital y algunas ciudades como Viena, Munich y Colonia, en el momento mismo en que Hitler fuese asesinado.
En Berlín, la principal dificultad residía en el hecho de que disponían de muy pocas tropas y las formaciones S.S. eran mucho más numerosas. Había también un número considerable de unidades de la Luftwaffe, en el interior mismo de la ciudad y en sus alrededores, que servían las defensas antiaéreas. Estas tropas, a menos que el ejército obrara rápidamente, seguirían fieles a Goering y lucharían por salvar el régimen nazi y colocarlo bajo la autoridad de su jefe, aun cuando Hitler hubiera muerto. Frente a las fuerzas de las S.S. y de las tropas de aviación, von Stauffenberg sólo contaba con la rapidez de las operaciones para asegurar el control de la capital. Las dos primeras horas serían las más críticas. En este breve tiempo, las tropas sublevadas deberían ocupar y defender la central de radio y las dos emisoras de la ciudad, las centrales telegráficas y telefónicas, la cancillería del Reich, los ministerios y los cuarteles generales de la Gestapo. Goebbels, el único alto dignatario nazi que salía raras veces de Berlín, debería ser detenido con los oficiales S.S. En cuanto Hitler hubiera muerto, su cuartel general de Rastenburg se aislaría de Alemania, para que ni Goering, ni Himmler, ni ninguno de los generales nazis, como Keitel y Jodl, pudieran tomar el mando y tratar de incorporar a las tropas y a la policía a un régimen nazi del que tan sólo el jefe habría cambiado. El general Fellgiebel, jefe de transmisiones, cuyas oficinas se hallaban en el cuartel general, se encargó de esta misión. Los planes, pues, estaban listos. A finales de Junio, los conspiradores tuvieron una baza a su favor. Klaus von Stauffenberg fue ascendido a coronel y nombrado jefe de estado mayor del general Fromm, general en jefe del ejército del interior. Este puesto no sólo le ponía en posición de dar órdenes a aquel ejército en nombre de Fromm, sino que le permitía acercarse a Hitler.


General Fellgiebel

Este último, en efecto, había adquirido la costumbre de convocar al jefe del ejército del interior, o a su ayudante, a su cuartel general, dos o tres veces por semana, para pedirle nuevos refuerzos para las divisiones diezmadas que luchaban en el frente ruso. En una de estas entrevistas pensaba von Stauffenberg hacer explotar su bomba.
En la tarde del 19 de Julio, Hitler convocó a von Stauffenberg en Rastenburg. Debía hacer su informe para la primera conferencia cotidiana, que tendría lugar en el cuartel general del Führer, al día siguiente, 20 de Julio, a la una de la tarde. Los oficiales que ocupaban los puestos más importantes en la guarnición de Berlín y sus alrededores recibieron aviso de que el 20 de Julio sería «Der Tag», el gran día. Poco después de las 6,00 hs. de la cálida y soleada mañana del 20 de Julio de 1944, el coronel von Stauffenberg, acompañado de su ayudante el teniente von Haeften, se dirigió hacia Rangsdorf, el aeropuerto de Berlín. En su cartera atestada, entre sus documentos, y envuelta en una camisa, llevaba una bomba con detonador retardado. El aparato despegó y, poco después de las 10,00 hs., aterrizaba en Rastenburg. El teniente von Haeften dio al piloto la orden de que estuviera listo para emprender el vuelo de regreso, en cualquier momento después del mediodía. Un coche del estado mayor condujo al grupo al cuartel general de «Wolfsschanze» (cubil del lobo), situado en un rincón sombrío, húmedo y muy boscoso de Prusia Oriental. No era fácil ni la entrada ni la salida, observó von Stauffenberg. El cuartel general se componía de tres recintos, protegidos cada uno de ellos por campos de minas, reductos de hormigón y una alambrada electrificada; día y noche hacían la ronda patrullas de S.S. Para penetrar en el recinto interior, donde vivía y trabajaba Hitler, hasta el general de mayor graduación tenía que presentar un salvoconducto especial, valedero para una sola visita, y sufrir una inspección individual. No obstante, ellos franquearon fácilmente los tres controles. Una vez en su interior, von Stauffenberg se dirigió en seguida a ver al general Fellgiebel, jefe de transmisiones en el O.K.W., uno de los ejes principales del complot, con el propósito de asegurarse de que el general estaba dispuesto a transmitir sin demora las noticias del atentado a los conspiradores de Berlín, para que entraran inmediatamente en acción. En tal momento, Fellgiebel aislaría al cuartel general del Führer, cortando todas las comunicaciones telefónicas, telegráficas y radiofónicas. Luego von Stauffenberg se encaminó a las oficinas de Keitel, colgó su gorra y su cinturón en la antesala, y entró en el despacho del jefe del O.K.W. Supo por él que tendría que actuar más rápidamente de lo proyectado. Ya era algo más del mediodía cuando Keitel le informó de la llegada de Mussolini en el tren de las 2,30 hs. de la tarde, por lo cual se había adelantado la conferencia cotidiana del Führer, que se celebraría a las 12,30 hs. en vez de a la 1,00 hs. A continuación, von Stauffenberg resumió a Keitel lo que se proponía decir a Hitler y, hacia el final, notó que el jefe del O.K.W. miraba su reloj con impaciencia. Unos minutos antes de las 12,30 hs., Keitel se levantó diciendo que debían dirigirse inmediatamente a la conferencia si no querían llegar con retraso. Salieron de su despacho, pero von Stauffenberg dijo que había olvidado su gorra y su cinturón en la antesala, y dio rápidamente media vuelta antes de que Keitel tuviese tiempo de enviar a su ayudante por ellos. En la antesala, von Stauffenberg abrió con celeridad su cartera, tomó una pinza con los tres dedos que le quedaban y rompió la cápsula del detonador de tiempo. Si no se producía una falla en el mecanismo, diez minutos después exactamente la bomba estallaría. Keitel, se irritó por este retraso y se volvió para gritar a von Stauffenberg que se apresurara. No obstante, como Keitel temía, llegaron con demora. La conferencia había empezado. En el momento en que Keitel y von Stauffenberg entraban en el barracón, el segundo se detuvo un instante en el vestíbulo de entrada para decir, al sargento jefe encargado de la central telefónica, que esperaba una llamada urgente de su despacho de Berlín, de donde tenían que transmitirle una información absolutamente necesaria para su exposición (esto lo dijo por Keitel, que estaba escuchando). Por lo tanto, había que avisarle en cuanto le llamaran. Los dos hombres entraron en la sala. Habían pasado ya cuatro minutos desde que von Stauffenberg rompió la cápsula. Quedaban seis minutos. La habitación era relativamente pequeña, de unos 9 metros de largo por 4,50 metros de ancho, y tenía diez ventanas, abiertas todas de par en par para dejar entrar un poco de aire. Todas aquellas ventanas abiertas iban a reducir, sin duda, el efecto de la explosión. En medio de ese cuarto había una mesa ovalada, de roble macizo, de unos 5 metros de largo. Esta mesa tenía la particularidad de que no descansaba sobre patas, sino sobre dos peanas (bases o soportes) grandes y pesadas, colocadas en sus extremos y casi tan anchas como ella. Este detalle iba a influir notablemente en el desarrollo de los sucesos. Cuando von Stauffenberg penetró en la estancia, Hitler estaba sentado en el centro del lado más largo de la mesa, de espaldas a la puerta. A su derecha estaban el general Heusinger, jefe de operaciones y jefe del estado mayor adjunto del ejército; el general Korten, jefe de estado mayor del Aire; y el coronel Heinz Brandt, jefe de estado mayor de Heusinger. Keitel tomó asiento a la izquierda del Führer; a su lado se hallaba el general Jodl. Había alrededor de la mesa dieciocho oficiales más, de los tres ejércitos y de las S.S. El coronel von Stauffenberg se sentó entre Korten y Brandt, a la derecha del Führer. Puso su cartera en el suelo y la empujó bajo la mesa para apoyarla contra la pared «interior» del pesado soporte de roble. Se hallaba de este modo, a unos dos metros de las piernas del Führer. Eran las 12,37 hs. Quedaban aún cinco minutos. Heusinger continuó hablando, refiriéndose constantemente al mapa desplegado sobre la mesa. Cuando von Stauffenberg salió de la habitación, parece que nadie se dio cuenta, con excepción quizá del coronel Brandt. Este oficial, absorto en lo que decía Heusinger, se inclinó sobre la mesa para ver mejor el mapa, y descubrió que la abultada cartera de von Stauffenberg le estorbaba, probó de empujarla con el pie y, finalmente, la tomó por el asa, la levantó y la apoyó sobre el lado «exterior» del soporte de la mesa, que ahora se interponía entre la bomba y Hitler. Esta circunstancia insignificante, salvó probablemente la vida del Führer y costó la suya a Brandt. «Los rusos –concluía Heusinger- se dirigen con fuerzas importantes desde el oeste del Dvina hacia el norte. Si nuestro grupo de ejércitos que opera alrededor del lago Peipus no se repliega inmediatamente, una catástrofe…». No pudo acabar la frase: en ese momento exacto, 12,42 hs., la bomba hizo explosión; von Stauffenberg estaba a 200 metros de allí, en compañía del general Fellgiebel, ante la mesa de trabajo de este último en el bunker 88. Mientras pasaban lentamente los segundos, su mirada iba ávidamente de su reloj al barracón de la conferencia. De repente, saltó de su asiento, una llamarada y una humareda se elevaron rugiendo –contó después- como si el sitio hubiera sido alcanzado de lleno por un proyectil de 155. Salían cuerpos proyectados por las ventanas y volaban escombros por el aire. En la imaginación sobreexcitada de von Stauffenberg, todos los que se hallaban en la sala de conferencias debían estar muertos o moribundos. Lanzó un rápido adiós a Fellgiebel, que debía telefonear a los conspiradores de Berlín para anunciarles que el atentado había salido bien, y luego cortar todas las comunicaciones hasta que los conspiradores se apoderaran de Berlín, proclamando el nuevo gobierno. Pero von Stauffenberg tenía ahora por objetivo inmediato salir del cuartel general con vida y lo más pronto posible. En los puntos de control, los centinelas habían visto y oído la explosión y habían cerrado inmediatamente todas las salidas. En la primera barrera, situada a unos metros del bunker de Fellgiebel, detuvieron el coche de von Stauffenberg. Este se bajó y solicitó hablar con el oficial de servicio del cuerpo de guardia. En su presencia, telefoneó a alguien –se ignora a quien-, habló brevemente, colgó y volviéndose hacia el oficial le dijo: «Teniente, estoy autorizado para salir». Era un «bluff», pero dio resultado y, según parece, después de haber anotado cuidadosamente en su registro: «12,44 hs. El coronel von Stauffenberg ha franqueado el control», el teniente ordenó a los controles siguientes que le dejaran pasar. A toda velocidad, el automóvil se dirigió al aeródromo, cuyo comandante aún no había recibido la alarma. El piloto tenía en marcha el motor cuando los dos hombres llegaron al campo. Un minuto después, el avión despegaba. Era un poco más de la 1,00 h. de la tarde. Las tres horas siguientes debieron parecer a von Stauffenberg las más largas de su vida. En aquel avión no podía hacer nada, sino tener la esperanza de que Fellgiebel hubiera transmitido a Berlín la importantísima señal, y que sus camaradas de conspiración se hubieran apoderado de la ciudad y enviado los mensajes, previamente redactados, a los comandantes militares en funciones en Alemania y en el oeste. Su avión aterrizó en Rangsdorf a las 3,45 hs. y von Stauffenberg, lleno de confianza, se precipitó hacia el teléfono más próximo para llamar al general Olbricht y saber exactamente lo que había sucedido en el curso de aquellas tres horas de las que todo dependía. Con gran consternación supo que no se había hecho nada. Inmediatamente después de la explosión recibieron una llamada telefónica de Fellgiebel, pero la comunicación era tan mala que los conspiradores no habían entendido si Hitler había muerto o no había muerto. En consecuencia, no se hizo nada.
Pero Hitler no había muerto como pensaba von Stauffenberg. Lo había salvado, sin sospecharlo, el coronel Brandt, al desplazar la cartera al otro lado del pesado soporte de la mesa. Sus heridas no eran graves, aunque se hallaba fuertemente conmocionado. Como un testigo diría más tarde, apenas se le reconocía cuando salió del edificio destrozado y en llamas, del brazo de Keitel, con el rostro ennegrecido, el pelo echando humo y el pantalón hecho jirones. Keitel, milagrosamente salió ileso. Pero la mayor parte de los que se hallaban sentados en el extremo de la mesa, cerca de lugar donde estalló la bomba, estaban gravemente heridos; sólo murió Brandt. En la confusión y alboroto reinantes, nadie se acordó, al principio, de que von Stauffenberg se había escabullido de la sala de conferencias poco antes de la explosión. Se creyó, en los primeros momentos, que se encontraba en el barracón y que debía figurar entre los heridos graves que habían sido trasladados rápidamente al hospital. Hitler, que no sospechaba de él todavía, ordenó que se pidiera información sobre los heridos. Unas dos horas después de la explosión comenzaron a conocerse indicios sospechosos. El sargento primero encargado del teléfono, se presentó para declarar que «el coronel tuerto», que le había dicho que esperaba una llamada de Berlín, había salido de la sala de conferencias y, sin aguardar esta comunicación, abandonó el barracón a toda prisa. Algunos oficiales asistentes a la conferencia se acordaron de que von Stauffenberg había dejado su cartera de mano bajo la mesa. En los puestos de control, los centinelas manifestaron que von Stauffenberg y su ayudante habían salido del campo inmediatamente después de la explosión. Hitler comenzó a sospechar. Una llamada telefónica al aeródromo de Rastenburg aportó un informe interesante: el coronel von Stauffenberg había tomado el avión precipitadamente después de la 1,00 h. de la tarde, indicando como destino el aeródromo de Rangsdorf. Hasta ese momento, nadie había sospechado en el cuartel general, que en Berlín se estaban desarrollando graves acontecimientos. Todos creían que von Stauffenberg había actuado solo. No sería difícil capturarlo, a menos que, como algunos sospechaban, hubiera aterrizado detrás del frente ruso. Hitler, que mostró mucha serenidad todo ese tiempo, tenía otra preocupación inmediata, la de recibir a Mussolini, cuya llegada estaba prevista para las 4,00 hs. de la tarde, por haberse retrasado su tren. Escena rara y grotesca la de ese último encuentro entre los dos dictadores, aquella tarde del 20 de Julio de 1944, contemplando las ruinas de la sala de conferencias, y tratando de persuadirse de que, el Eje que habían formado y que había dominado el continente, no estaba también en ruinas. Aquel Duce, anteriormente tan altivo, aquel hombre a quien gustaba pavonearse, ya era un simple «Gauleiter» (representante del partido nazi) en Lombardía, evadido de su prisión con la ayuda de comandos alemanes, y apoyado únicamente por Hitler y las S.S. Sin embargo, la amistad y la estimación que el Führer sentía por él, nunca se desmintieron, y le recibió con todo el entusiasmo que su estado físico le permitía. Hacia las 5,00 hs. de la tarde empezaron a llegar los primeros informes de Berlín, indicando que había estallado una sublevación militar, la cual posiblemente se extendía al frente del Oeste. Hitler tomó el teléfono y ordenó a las S.S. de Berlín que exterminaran hasta el menor sospechoso. Esta rebelión de Berlín, tan larga y meticulosamente preparada, se había iniciado con mucha lentitud. Entre la 1,15 hs. y las 3,45 hs. no se había hecho nada. Y cuando el general Thiele fue a avisar a los conspiradores que las emisoras de radio iban a lanzar la noticia que Hitler había escapado con vida a un atentado, no se les ocurrió aún que lo primero que había que hacer –y con toda urgencia- era apoderarse de la emisora nacional, impedir a los nazis servirse de ella, y difundir sus proclamas anunciando la formación de un nuevo gobierno. En lugar de ocuparse de ello inmediatamente, von Stauffenberg llamó al cuartel general de von Stülpnagel para que los conspiradores entrasen en acción en París, luego trató de convencer a su superior, el general Fromm (a quien Keitel acababa de comunicar que Hitler estaba vivo), cuya obstinada negativa a unirse a los rebeldes amenazaba seriamente con comprometer el éxito de la operación. Tras una violenta discusión, Fromm fue arrestado en el despacho de su ayudante. Los rebeldes tomaron la precaución de cortar los cables telefónicos de ese cuarto. Poco después de las 4,00 hs. de la tarde, después del regreso de von Stauffenberg, el general von Hase, que mandaba la plaza de Berlín, telefoneó al comandante del batallón escogido de la guardia Grossdeutschland, en Doeberitz, para ordenarle que tuviese preparada su unidad y que se presentara inmediatamente en la Kommandantur de la avenida Unter den Linden. El comandante del batallón, recientemente nombrado, se llamaba Otto Remer e iba a jugar un papel primordial en aquella jornada, aunque no el que esperaban los conjurados. Estos lo habían sondeado, puesto que iban a confiar a su batallón una misión muy importante, pero se contentaron con saber que era un militar sin opiniones políticas y que ejecutaría sin discutir las órdenes que le dieran sus superiores. Remer alertó a su batallón, de acuerdo con las instrucciones recibidas, y se dirigió apresuradamente a Berlín para recibir las órdenes particulares de von Hase. El general le anunció el asesinato de Hitler, la inminencia de un «putsch» S.S., y le dio instrucciones para que aislara totalmente los ministerios de la Wilhelmstrasse y la Oficina central de seguridad S.S. situada en el mismo sector, en el barrio de la estación de Anhalt. A las 5,30 hs., Remer, actuando con gran celeridad, ya había cumplido su misión y se presentó en la Kommandantur para recibir nuevas instrucciones. Pero en el Ministerio de Propaganda, Goebbels acababa de recibir una llamada telefónica de Hitler, informándole del atentado de que había sido víctima, y ordenándole que difundiera, lo antes posible, un comunicado anunciando que dicho atentado había fracasado. En ese mismo momento, advirtió que las tropas se apostaban alrededor del ministerio. Goebbels, entonces, llamó con urgencia a Remer, quien, por su parte, había recibido la orden de detener al ministro de propaganda. Así pues tenía la orden de apresar a Goebbels y el ministro se lo había facilitado, pidiéndole que fuera a verlo. Remer fue con veinte hombres al Ministerio de Propaganda y a continuación, revólver en mano, su ayudante y él entraron en el despacho del más alto dignatario nazi que estaba entonces en Berlín, para arrestarlo. Goebbels sabía hacer frente a las situaciones críticas; recordó al joven comandante el juramento de fidelidad que había prestado a Hitler. Remer replicó secamente que Hitler había muerto. Goebbels le respondió que el Führer estaba vivo, pues acababa de hablar con él por teléfono, y podía demostrarlo. Pidió una conferencia urgente con Rastenburg. El error cometido por los conspiradores al no apoderarse de la red telefónica de Berlín, iba a conducirlos al desastre. En un minuto estaba Hitler al aparato. Goebbels tendió el auricular a Remer: -«¿Reconoce usted mi voz?»-, preguntó el Führer. ¿Quién no iba a reconocer en Alemania aquella voz ronca, oída centenares de veces por la radio? Dicen que el comandante, al escucharlo, se cuadró en el acto. Hitler le ordenó reprimir la rebelión, y obedecer únicamente las órdenes de Goebbels y de Himmler, a quien enviaba a Berlín para que tomara el mando del ejército del interior. El Führer ascendió a Remer a coronel. Esto fue suficiente. Remer acababa de recibir órdenes de arriba y se apresuró a ejecutarlas con una energía de que carecían los conspiradores. Retiró su batallón de la Wilhelmstrasse, ocupó la Kommandantur de la avenida Unter den Linden, envió patrullas a detener a las unidades que pudieran estar en marcha hacia la capital y se encargó personalmente de descubrir el cuartel general de los conjurados, para detener a sus jefes.


Mayor Otto Remer

Comenzaba el último acto. Poco después de las 9,00 hs. de la noche, los conspiradores, defraudados en sus esperanzas, escucharon estupefactos por la radio que el Führer se dirigiría al pueblo alemán. Unos minutos después, se enteraban de que el general von Hase, que mandaba la plaza de Berlín, había sido detenido, y que el general nazi Reinecke, apoyado por las S.S., se había puesto al frente de todas las tropas de Berlín, para asaltar el puesto de mando de los rebeldes situado en la calle Bendlerstrasse. La enérgica acción emprendida inmediatamente en Rastenburg; lo rápido de la reacción de Goebbels; la movilización de las S.S. en Berlín, debido en gran parte a la sangre fría de Otto Skorzeny; la confusión y la inacción increíbles de los rebeldes de la Bendlerstrasse; hicieron que gran número de oficiales, a punto de unir su suerte con los conspiradores, cambiaran de opinión. Hacia las 8,00 hs. de la noche, después de cuatro horas de reclusión en el despacho de su ayudante, el general Fromm pidió autorización para retirarse a su propio despacho, situado en el piso inferior. Dio su palabra de honor de no intentar huir ni establecer ningún contacto con el exterior. El general Hoepner accedió a ello y, además, como Fromm se quejara de tener hambre y sed, hizo que le llevasen unos sandwiches y una botella de vino. Poco antes habían llegado tres generales de estado mayor, que se negaron a unirse a la rebelión, pero que solicitaron hablar con su jefe, el general Fromm. Inexplicablemente fueron llevados ante su presencia, aunque seguía arrestado. Fromm les dijo, inmediatamente, que había una puertecita de salida en la parte posterior del edificio y, faltando a la palabra dada a Hoepner, ordenó a los generales que fueran en busca de refuerzos, se apoderaran del edificio y reprimiesen la rebelión. Lo generales así lo hicieron. Asimismo, un grupo de oficiales del estado mayor de Olbricht había empezado a sospechar que la rebelión corría hacia el fracaso, y comprendieron que si ésta realmente fracasaba, a ellos los colgarían sin darles tiempo a cambiar de idea. A las 10,30 hs. de la noche estos oficiales solicitaron hablar con el general Olbricht. Querían saber exactamente lo que él y sus amigos pensaban hacer. El general se los dijo y se marcharon sin discutir. Veinte minutos más tarde, volvieron a presentarse seis u ocho de ellos y, con las armas en la mano, pidieron a Olbricht más explicaciones. Cuando von Stauffenberg acudió ante el escándalo, lo arrestaron. Como intentara escapar, echando a correr hacia el pasillo, dispararon sobre él, hiriéndolo en un brazo. Luego cercaron la parte del edificio que había servido de cuartel general a los conspiradores. Beck, Hoepner, Olbricht, von Stauffenberg, von Haeften y Mertz fueron metidos a empujones en el despacho vacío de Fromm, donde éste no tardó en aparecer, empuñando un revólver: -¡Muy bien, señores! –dijo-. Ahora voy a tratarlos como ustedes me han tratado- Pero no lo hizo.
-Depongan las armas –ordenó-. Están ustedes arrestados-
-No se atreverá usted a arrestar a su antiguo jefe –respondió tranquilamente Beck echando mano a su revólver-. Esto es cosa mía-
Beck apretó el gatillo para suicidarse, pero la bala no hizo más que rozarle la cabeza. Se desplomó en un sillón, sangrando ligeramente. -¡Ayuden a ese anciano!- ordenó Fromm a dos oficiales jóvenes, pero cuando quisieron quitarle el revólver, Beck protestó, pidiendo que le dieran otra oportunidad. Fromm accedió. Luego, volviéndose hacia los otros conspiradores, les dijo: -Señores, si ustedes tienen que escribir alguna carta, les concedo aún unos minutos- Olbricht y Hoepner se sentaron a escribir unas palabras de despedida para sus esposas. Mertz, von Stauffenberg, von Haeften y los demás, permanecieron en silencio. Fromm salió de la estancia. Volvió al cabo de cinco minutos para anunciar que, «en nombre del Führer», había formado un «tribunal militar» (no existen pruebas de que lo hiciera) y que éste había sentenciado a muerte al coronel del Alto Estado Mayor, Mertz; al general Olbricht; al general Hoepner; a ese coronel cuyo nombre no quiero acordarme (von Stauffenberg) y al teniente von Haeften. Los dos generales, Olbricht y Hoepner, estaban aún ocupados en escribir a sus mujeres. El general Beck yacía desplomado en su sillón, con el rostro manchado de sangre. -¡Y bien, señores! –dijo Fromm, dirigiéndose a Olbricht y Hoepner-, ¿están ustedes listos?- Hoepner y Olbricht terminaron sus cartas. Beck, que empezaba a recobrar el ánimo, pidió otro revólver. Se llevaron a von Stauffenberg y a los restantes «sentenciados». En el patio, a la luz de los faros oscurecidos de un coche militar, los oficiales «condenados» fueron rápidamente fusilados por un pelotón de ejecución. El coronel Klaus von Stauffenberg murió gritando: «¡Viva nuestra sagrada Alemania!».
Había pasado la media noche. La única rebelión importante que hubo contra Hitler, en los once años y medio transcurridos desde el advenimiento del Tercer Reich, fue sofocada en once horas y media. Otto Skorzeny llegó a la Bendlerstrasse al frente de un grupo S.S., prohibiendo inmediatamente que se procediera a nuevas ejecuciones (como buen policía quería someter a los detenidos a tortura para conocer la ramificación del complot). Esposó a los conspiradores, enviándolos a la prisión de la Gestapo, y dio orden de recoger los papeles que los conspiradores no hubieran destruido. Himmler, llegado de Berlín poco antes, había establecido temporalmente su cuartel general en el ministerio de Goebbels, y telefoneó a Hitler para anunciarle que la rebelión había sido reprimida. En Prusia Oriental un camión-radio rodaba a toda velocidad por la carretera de Königsberg a Rastenburg para que el Führer pronunciase por radio aquel mensaje que el «Deutschlandsender» anunciaba incesantemente de las nueve:

«¡Camaradas alemanes! Si me dirijo hoy a vosotros, es para que oigáis mi voz y sepáis que no estoy herido y también para que os enteréis que acaba de cometerse un crimen sin precedente en la historia. Una camarilla de militares ambiciosos, irreflexivos, estúpidos e insensatos, ha urdido un complot para eliminarme, y conmigo al estado mayor del alto mando de la Wehrmacht. La bomba colocada por el coronel conde von Stauffenberg ha estallado a dos metros de mí, hiriendo gravemente a varios de mis fieles y leales colaboradores y ha matado a uno de ellos. Yo sólo he sufrido algunos arañazos, contusiones y quemaduras superficiales. Este suceso es para mí la confirmación de la misión que me ha confiado la Providencia. Los conspiradores no constituyen más que un pequeño grupo que no representa a la Wehrmacht, y mucho menos al pueblo alemán. Se trata de una banda de criminales, y todos serán exterminados implacablemente. Los trataremos de la forma en que nosotros, nacionalsocialistas, hemos tratado siempre a nuestros enemigos».
Hitler cumplió su palabra. Una oleada de persecuciones asoló al país. El Tribunal del Pueblo se mantuvo en sesión permanente durante seis meses. Fueron ejecutadas cerca de 5.000 personas. Rommel fue el único de todos los conspiradores que tuvo derecho a un trato especial. Hitler, a pesar de su furor, se daba cuenta de que la detención del más popular de sus mariscales, causaría agitación y malestar en el país. El 14 de Octubre, dos generales, Burgdorf y Maisel, fueron a ver a Rommel, convaleciente en su casa de Herrlingen de la grave herida que había sufrido en Normandía. Una hora después, el mariscal se reunió con su mujer y le expresó lo siguiente: -«He venido a decirte adiós. Dentro de un cuarto de hora habré muerto. Sospechan que he tomado parte en la tentativa de asesinato contra Hitler. El Führer me deja escoger entre el veneno o el juicio por el Tribunal del Pueblo. Han traído el veneno. Dicen que obrará en tres segundos. No temo ser juzgado públicamente, pues puedo justificar todos mis actos. Pero sé que no llegaré vivo a Berlín»-. Eligiendo el suicidio, sabía que su mujer y su hijo no serían molestados. Un cuarto de hora después, el mariscal Erwin Rommel había dejado de existir.

Fuente
Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial













miércoles, 5 de abril de 2017

Bolivia: El casi fusilamiento de un periodista argentino

El increíble desenlace de un fusilamiento en Bolivia segundos antes de la orden de fuego
Fue en 1971 y en pleno golpe militar. El periodista Alfredo Serra y el fotógrafo Forte fueron despojados de sus documentos y equipos y condenados a muerte. Pero una triple coincidencia los arrancó de la muerte
Por Alfredo Serra | Especial para Infobae


La historia de suerte y tragedia del periodista Alfredo Serra en Bolivia de la década del 70

Y cuando el gordo de bigotes dijo "ya saben lo que tienen que hacer", el pelotón (o mejor, la pandilla) nos sacó a empujones del cuartucho en el que pasamos la noche y nos llevó hasta el fondo del corralón mientras cargaba sus armas.

Entre el terror y la resignación, apenas iluminada la escena por el alba, quedamos de espaldas a ese paredón que ni siquiera tenía la siniestra dignidad de tal: era un muro de chapas retorcidas y despintadas. El fotógrafo Eduardo Forte, compañero de muchos viajes -algunos riesgosos, otros felices y opulentos-, me susurró: "Alfredo… ¡venir a perder en Bolivia!". Como si morir fusilados en otra latitud del mundo fuera más heroico.

Desordenada y sin uniformes, la pandilla empezó a apuntarnos. Cerré los ojos, esperando la orden de fuego.


El General Hugo Banzer presidente de Bolivia en dos ocasiones: entre 1971 y 1978, tras un golpe de estado, y entre 1997 y 2001, por comicios presidenciales

Agosto de 1971. El general Hugo Banzer se alza en armas contra el presidente Juan José Torres, también general. Apenas el cable llega a la redacción, salimos casi con lo puesto. Avión a Jujuy, auto hasta el paso fronterizo de Aguas Blancas, y a pie hasta cruzar la línea blanca del límite.

El guardia, de camiseta musculosa y media de mujer en la cabeza para doblegar su indomable pelo negro, nos dice: "Está prohibido entrar al país". No se resiste al soborno -cincuenta dólares-, pero se niega a sellarnos los pasaportes.

Alquilamos un jeep maltrecho manejado por un boliviano de mudez absoluta que nos dota de dos cajones de manzanas a modo de asientos traseros. La travesía dura veintiséis horas entre áridos llanos, arenales y tierras inundadas. Sólo paramos para cargar nafta en ranchos que ostentan una tela blanca atada a un palo: la señal que indica su precaria condición de estación de servicio.

El único modo de soportar el viaje es hablar, entre nosotros, de nuestro oficio. Fotos, notas, otros viajes. De pronto, en plena y cerrada noche, la luz de los faros ilumina una figura humana: un hombre que hace desesperados gestos para abordar el jeep. Es pequeño, está bien vestido, nos saluda cordialmente, y se suma al silencio impenetrable del chofer. Pero nos oye…


El periodista Alfredo Serra y el fotógrafo Eduardo Forte visitaron Bolivia tras el golpe de Estado de Banzer

Llegamos, agotados, hambrientos y a media tarde, a la plaza principal de Santa Cruz de la Sierra. Suenan disparos lejanos. Pero no entramos en acción. Un grupo de soldados nos detiene y nos lleva a un cuartel. Nos interrogan.

Decimos la verdad: "Somos periodistas argentinos". Mostramos credenciales. Inútil.

"El Che Guevara también entró a Bolivia con una credencial de periodista", dice un teniente mientras revisa el equipo fotográfico de Eduardo. Cuando llega al flash se sobresalta: cree que los cables de la batería son parte de una bomba…

Nos despojan de pasaportes (que tampoco los convencen), credenciales, billeteras, cámaras, grabador. De pronto somos parias, sospechosos, enemigos. Y así, desnudos de identidad, nos encierran en una improvisada celda: un estudio de radio en el fondo del corralón.

El lugar del atroz instante final. Custodiados por civiles armados y sin más privilegio que una botella de agua, pasamos la noche en vela. Pero aun ignoramos lo peor: estamos condenados a muerte.

Vuelvo a mis palabras del principio. "Cerré los ojos esperando la orden de fuego". Pero entonces…

Un jeep, a toda velocidad, rompe una puerta lateral del galpón y llega al centro de la escena. A los gritos, en pantuflas, pijama y un impermeable sobre los hombros, alguien impide el crimen: "¡Paren! ¡No tiren! ¡Estos hombres son periodistas argentinos! ¡Van a matarlos sin motivo!". Empieza, entre él y los frustrados esbirros, una tensa discusión.


“El Che Guevara también entró a Bolivia con una credencial de periodista”, le respondieron cuando el periodista informó las razones de su visita

Quieren borrarnos del mapa. Quieren sangre. Pero un desconocido les demora el festín. El recién llegado -lo supimos después- era el cónsul argentino en Santa Cruz de la Sierra. Casi un personaje de Graham Greene o de Osvaldo Soriano. Apellido: Rodríguez. Les propone a los fusiladores hacernos unas preguntas. "Si las contestan bien, quiere decir que son periodistas argentinos", le dice al gordo de bigotes que comanda la pandilla y que ordenó matarnos.

A regañadientes, acepta. Las preguntas son casi infantiles: "¿A cuánto estaba el dólar cuando salieron de Buenos Aires?", "¿Quién es el ministro del Interior de la Argentina?", "¿Qué decían los títulos de los diarios el día en que viajaron hacia aquí?".

Pan comido. Respondimos sin vacilar. Y si hubiéramos errado, esas bestias no lo habrían advertido. Fusilamiento cancelado. Pero hay furia entre los asesinos. Furia sorda.

El cónsul nos lleva hasta un hotelucho. "Esta noche duermen aquí, y mañana se van en el primer avión de Aerolíneas que hace escala rumbo a Jujuy. Yo arreglo todo". Pero, conociendo el paño (algo aprendí en
mis días en Saigón, tres años antes), le digo: "Queremos custodia. Porque usted se va, esos tipos vienen al hotel, y somos boleta".

Comprende. Pone a dos soldados de Banzer en la puerta. Al rato, alguien deja en la portería nuestros documentos y equipos. Pero aun así, no dormimos. El miedo permanece. A las seis de la mañana, a casi exactas veinticuatro horas del momento en que pudimos morir, un jeep nos lleva hasta la escalerilla del avión.

Recién cuando las ruedas se despegan de la pista nos sentimos a salvo. Pero esta historia real, tan extraña como para perder tiempo con la fantasía (la frase es de Joseph Conrad), no revela todavía el gran enigma… ¿Cómo supo el cónsul adónde estábamos, y que iban a fusilarnos?


El periodista argentino estuvo a punto de morir fusilados por un pelotón boliviano

Levanto el telón. El hombrecito que subió al jeep de noche y en aquel páramo era el padre de un teniente de las fuerzas que respondían a Banzer, y le contó a su hijo que logró llegar a Santa Cruz de la Sierra gracias a nosotros. El teniente le preguntó por nuestra suerte, y el padre le dijo "los detuvieron en la plaza, y no los vi más".

No necesitó más para imaginar el fatal destino que nos esperaba. Buscó al cónsul y le señaló el lugar de la ejecución. Believe it or not, esa noche, en Jujuy, celebramos la vida en un restaurante, con un chivito a las brasas y un torrontés bien helado.

Aun hoy, a décadas del episodio, me cuesta creer que el azar haya tirado los dados con tanta fortuna. ¿Por qué ese hombrecito estaba en ese ignoto punto del mapa, y en una noche sin luna ni estrellas?

El azar jamás me deparó un golpe de suerte en el póker ni en la ruleta. Por eso dejé de jugar para siempre. Pero comprendo por qué. El único acierto no me esperaba en un tapete verde ni en una bolilla esquiva. Me esperaba esa madrugada y allí, cuando alguien congeló los dedos en los ocho gatillos.

domingo, 5 de febrero de 2017

Venezuela: A 25 años del principio del fin de la república


Hugo Chávez en 1992... lacra latinoaméricana que destrozó el sistema político y económico venezolano

Se cumplen 25 años del intento de golpe de estado comandado por Hugo Chávez en Venezuela
Durante las primeras horas del 4 de febrero de 1992, las tropas al mando del bolivariano salieron desde el Cuartel Páez, en Maracay, rumbo a la ciudad de Caracas, para tomar el Palacio de Miraflores. Fracasaron en su intento




Se cumplen 25 años del intento de golpe de estado comandado por Hugo Chávez

Un batallón de paracaidistas, apoyados por sus compañeros de armas en distintos puntos estratégicos del país, se desplazó en la madrugada por la Autopista Regional del Centro (ARC) hacia la capital de Venezuela, donde un grupo de soldados y oficiales de grados medios, en su mayoría capitanes y tenientes, los esperaban en Caracas para tomar por asalto el Palacio Blanco.

Entre ellos estaba el capitán Guillermo Gustavo Blanco Acosta, uno de los oficiales encargados de tomar el Batallón de Tanques Juan Pablo Ayala, en Fuerte Tiuna, Caracas. Hoy es miembro de la Junta Directiva de la petrolera estatal PDVSA.

En declaraciones recogidas por El Universal, señaló: "Hoy se cumplen 25 años de aquella rebelión, cuando un grupo de muchachos, al mando de los comandantes Hugo Chávez, Arias Cárdenas, Acosta Chirinos y Ortiz Contreras, nos desprendimos de nuestras carreras militares y de nuestras familias por el bien colectivo, el bien del pueblo. Ese pueblo masacrado el 27 de febrero de 1989″.


El golpe fue contra el entonces presidente constitucional Carlos Andrés Pérez

La intentona no logró sus objetivos y los rebeldes se rindieron

El mismo periódico recuerda que él tuvo la misión, encomendada por Chávez, de tomar por asalto el Palacio de Miraflores con los tanques del Batallón Ayala.

La misión fue cumplida y junto a otros capitanes lograron neutralizar a los oficiales de la Escuela de Blindados y se llevaron los tanques.


"Aunque ese día (4 de febrero) no alcanzamos los objetivos trazados, logramos una victoria política porque hubo un despertar del pueblo, que por fin vio por las pantallas de televisión a Hugo Chávez", destacó Blanco Acosta, ascendido al grado de mayor del Ejército, junto a los patriotas revolucionarios del 4F, en 2013.

El golpe fue contra el entonces presidente constitucional Carlos Andrés Pérez. La intentona no logró sus objetivos y los rebeldes se rindieron. Todos los participantes fueron llevados a prisión, siendo su causa posteriormente sobreseída y puestos en libertad dos años después, durante la presidencia de Rafael Caldera.

martes, 27 de septiembre de 2016

Chile: La CIA todavía no muestra todos sus archivos sobre Pinochet

La CIA sigue sin revelar todo lo que EE UU sabía del golpe de Pinochet

Un investigador reclama que se desclasifiquen todos los documentos relativos al golpe


Silvia Ayuso - El País



El dictador chileno Augusto Pinochet GETTY




El informe presidencial diario que Richard Nixon recibió el 11 de septiembre de 1973 destacaba cuatro asuntos que la comunidad de inteligencia de Estados Unidos consideraba que merecía la mayor atención del presidente: las “buenas posibilidades” que tenía el primer ministro de Laos de recibir la aprobación para firmar un acuerdo con los comunistas, un informe sobre movimientos militares en Vietnam, otro sobre la Unión Soviética y, finalmente, Chile. Pero lo que la CIA contaba al presidente estadounidense esa jornada sobre el golpe de Estado que el general Augusto Pinochet había dado horas antes contra el gobierno de izquierdas de Salvador Allende está aún por saberse. La CIA desclasificó este verano cientos de informes presidenciales de la era Nixon, pero decidió tachar o borrar numerosos párrafos, como mucha de la información sobre los acontecimientos que derivaron en una de las peores dictaduras de Sudamérica en la historia reciente.

“La CIA sigue reteniendo información sobre lo que le dijo al presidente incluso el día mismo del golpe hace 43 años”, sostiene Peter Kornbluh, periodista y especialista en Chile que lleva casi cuatro décadas investigando la implicación estadounidense en la dictadura pinochetista. “Está intentando encubrir lo que Nixon sabía sobre el compló golpista en Chile y desde cuándo lo sabía, y también esconde los propios contactos y conexiones de la CIA con los planificadores del golpe”.

El responsable del National Security Archive, una organización que analiza documentos desclasificados por las agencias de inteligencia, publicó en vísperas del 43 aniversario del golpe este domingo varios de los documentos desclasificados por la CIA el mes pasado y que conciernen a Chile. Aunque mucha de la información ya se conocía —en buena parte gracias al trabajo de Kornbluh de luchar para que se desclasifique la información—, numerosos párrafos de este nuevo paquete de documentos aparecen tachados o en blanco. Algo que para el autor de The Pinochet File, libro en el que reconstruye sobre la base de documentos desclasificados la última década los vínculos de Washington con el régimen dictatorial chileno, muestra que la CIA sigue intentando ocultar lo que hizo en el país sudamericano.

“Sigue siendo un crimen lo que la CIA hizo en Chile y sigue intentando distanciarse del golpe encubriendo el alcance de sus comunicaciones con los golpistas”, señaló Kornbluh en conversación con EL PAÍS.

Que EE UU estaba bien enterado de las intenciones golpistas no es novedoso. Aun así, resulta impactante ver lo detallado de la información de la agencia de inteligencia y del nivel de conocimiento del propio presidente Nixon, que días antes del golpe ya recibía intensa información sobre Chile, como muestra otro informe presidencial desclasificado del 8 de septiembre de 1973.

De ese mismo día datan otros documentos top secret rescatados por el equipo de Kornbluh que detallan cómo incluso la CIA sabía que en un principio el golpe estaba planeado para el 10 de septiembre y cómo todas las ramas de las fuerzas armadas chilenas estaban preparadas para unirse.

Para Kornbluh, que ha reclamado que el Gobierno de Barack Obama ordene la desclasificación de toda la información de inteligencia sobre Chile, se trata de una cuestión de principios.

“No es que esos documentos vayan a alterar lo que ya sabemos, pero tenemos una deuda con Chile mucho más amplia” porque “Pinochet nunca habría llegado al poder sin apoyo de EE UU”, explicó. “Y nunca habría estado en la posición de enviar asesinos y terroristas a EE UU y matar a dos personas inocentes”, agregó en referencia a otro aniversario clave de la historia más negra de Chile que se acerca: el del asesinato en Washington con una bomba del excanciller de Allende Orlando Letelier y de su joven asistente, la estadounidense Ronnie Moffit, el 21 de septiembre de 1976.

El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, entregó durante una visita a Chile en octubre del año pasado más de cien documentos desclasificados que apuntan a la autoría al más alto nivel del régimen pinochetista del asesinato de Letelier. Pero todavía faltan algunos documentos clave, entre otros los propios informes de la CIA que demostrarían, según Kornbluh, de forma inequívoca lo que ya se da por bueno: que fue el propio Pinochet el que dio la orden de asesinar a Letelier. El embajador chileno en Washington, Juan Gabriel Valdés, que era asistente de Letelier en la capital estadounidense 40 años atrás y vivió en primera persona su asesinato, manifestó esta semana su esperanza de que el Gobierno entregue en vísperas del siniestro aniversario la información que aún permanece en los archivos de la comunidad de inteligencia norteamericana.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Revolución Libertadora: 61° Aniversario



A 61´ años de la Revolución contra Perón. 
Por Nicolás Márquez - Prensa Republicana



¿Un gigante de cartón?

Una semana antes de que se consumara la Revolución Libertadora en el histórico septiembre de 1955´, el General Eduardo Lonardi, oficial retirado, sin mando de tropa, sin un programa previamente acordado con sus camaradas de armas (ni siquiera conocía en persona al Almirante Rojas) y sin coordinación alguna con los partidos políticos opositores osó viajar sin custodia en un micro de línea (acompañado de su mujer y su hijo) desde Buenos Aires a Córdoba con su uniforme militar doblado en un bolso de mano y una semana después, regresó a Buenos Aires como Presidente de la Nación. Indudablemente, lo suyo fue una hazaña digna de quedar en los anales de la historia: en ese lapso Lonardi tomó personalmente la Escuela de Artillería de Córdoba, tras ocho horas de desigual combate logró la rendición de la Escuela de Infantería, luego se plantó quijotescamente frente al Ejército leal (que lo quintuplicaba en efectivos) hasta hacerlo hocicar, paralizó al hegemónico Congreso de la Nación, neutralizó al movimiento sindical que días atrás había recibido la orden de del dictador Perón de matar “5 por 1” y se mantuvo imperturbable ante el bombardeo informativo de los medios de comunicación, todos en manos del régimen.

O lo de Lonardi fue una verdadera epopeya o el desmoronamiento de Perón y de todas sus estructuras dependientes fueron al margen del arrojo de Lonardi. Dicho de otro modo: ¿fue Lonardi un súper-héroe o fue Perón un gigante de cartón? Los súper-héroes no existen y en todo caso Lonardi obró inequívocamente como un héroe pero a su vez, Perón demostró que lo que verdaderamente tenía de gigante era su verba: “¡Compañeros!: los jefes de esta asonada, hombres deshonestos y sin honor, han hecho como hacen todos los cobardes: en el momento abandonaron sus fuerzas y las dejaron libradas a su propia suerte. Ninguno de ellos fue capaz de pelear y hacerse matar en su puesto. Compañeros: nosotros, los soldados, sabemos que nuestro oficio es uno solo: morir por nuestro honor; y un militar que no sabe morir por su honor no es digno de ser militar, ¡ni de ser ciudadano argentino!” arengó el bocón el 29 de septiembre de 1951 tras la frustrada rebelión de Menéndez. Pero cuatro años después él mismo escapaba sin morir, sin pelear, abandonando a los suyos y sin el menor gesto de honor. “Si el pueblo no me necesita, como argentino me sentiré más seguro en la cárcel que en ninguna Embajada extranjera. Digo esto no para no atribuirme méritos, sino para hacer resaltar la diferencia que hay entre nosotros y estos opositores a la violeta, que cuando se resfrían se van a una Embajada como exiliados” disparó en 1952. Pero en 1955 buscó desesperadamente escondite en la primera Embajada que le diera cabida: la del Paraguay comandada por su amigo el dictador Strossner.

Sin embargo, lo más curioso de todo este desenlace no son las mentiras y contradicciones en las que con insistencia y habitualidad recurría Perón, sino el hecho de que en septiembre de 1955 él le sobraba estructura política y militar (la proporción entre leales y rebeldes era de 7 a 1) como para haber podido aplastar a la revolución si acaso hubiese tenido verdaderos dones de mando militar y hubiese contado con las suficientes agallas como para asumir la responsabilidad de liquidar a los rebeldes en Córdoba. Vale decir: sin quitarle el menor mérito a los jefes revolucionarios y a sus heroicos hombres (cono el ContraAlirante Isaak Rojas o el General Pedro Eugenio Aramburu), si la misma prepotencia discursiva con la que Perón se pavoneaba desde los balcones la hubiese portado y aplicado como militar y jefe de Estado, muy probablemente el dictador no hubiese terminado escapando tan deshonrosa y miserablemente.

“Mejor que decir es hacer” decía siempre Perón, aunque paradojalmente si analizamos sus dichos y sus hechos notamos que durante los momentos cruciales o decisivos de su trajinada vida política y militar su gallardía acabara siendo oral y en su actuar concreto no hiciera más que desdecirse y/o autodestruirse, obrando como un verdadero gigante con pies de barro o una suerte de Goliat[1] de las pampas.


Es too much! 

Perón no sólo obró sin honor ni dignidad durante la Revolución Libertadora sino que tampoco contó con dichos atributos con posterioridad, es decir,  a la hora de reflexionar sobre lo sucedido. En efecto, tras fugarse intentó ensayar de inmediato explicaciones acerca del porqué de su caída, y una de sus primeras ficciones, sostenida el 5 de octubre de 1955 (semana posterior a la Revolución) se la concedió a la agencia norteamericana United Press en donde manifestó que su destitución obedeció a la conspiración desatada por determinados nacionalistas locales que se opusieron a su política “entreguista” para con la petrolera norteamericana Standard Oil: “Las causas son solamente políticas. El móvil, la reacción oligarco-clerical para entronizar el conservadorismo caduco; el medio, la fuerza medida por la ambición y el dinero. El contrato petrolífero, un pretexto de los que trabajaban de ultranacionalistas sui generis”[2]. Es decir, el fugitivo alegaba haber caído por culpa de los chauvinistas que no entendieron su acuerdo bilateral con el capitalismo estadounidense. Argumento raro el de Perón, teniendo en cuenta que posteriormente él mismo inventó que la causa de su caída fue paradojalmente consecuencia de una conspiración del capitalismo estadounidense: “A nosotros no nos volteó el pueblo argentino: nos voltearon los yanquis; y quién sabe si hubiéramos tomado otras medidas: tal vez hubiese venido una invasión como la de Santo Domingo (…) Todo fue orquestado por los Estados Unidos”[3]. Incluso, uno de sus delirios explicativos más intensos sobre esta última “tesis” la brindó Perón en el mes de noviembre de 1955 en Panamá, cuando se justificó ante la prensa diciendo que se fue de la Argentina para evitar una invasión norteamericana y de la “sinarquía internacional”: “P- General, si las fuerzas leales eran superiores a los insurgentes y además el pueblo estaba con Ud. y la CGT pidió armas para defender al gobierno ¿por qué no resistió? – JDP: ¿qué resolvíamos con eso? La sinarquía internacional se nos iba a echar encima más ruidosamente, quizás nos iban a mandar marines (marinos norteamericanos), pudieron haber muerto un millón de argentinos. ¿Qué favor le haríamos al país?”[4]. ¿En qué quedamos?. ¿Lo voltearon los nacionalistas por “cipayo” o lo voltearon los norteamericanos por “anti-imperialista”? Las recurrentes ficciones de Perón no pasan la prueba de la risa, no sólo por sus insalvables contradicciones sino porque en esta última fantasía suya (la de pretender evitar una “invasión norteamericana”), es el propio dictador el que semanas antes de huir le acababa de entregar la explotación del petróleo en bandeja a los Estados Unidos, y luego alegaba haber desistido la lucha para evitar una inminente invasión estadounidense, la cual acudiría en apoyo de la Revolución Libertadora que fue justamente la que días después anuló los contratos petroleros con la Standard Oil norteamericana que solícitamente había firmado Perón!

Sin embargo, meses después, Perón intentó reformular sus risueñas e inconsistentes excusas y para tal fin elaboró un libro auto-justificativo titulado “La fuerza es el derecho de las bestias”, en el cual sostuvo entre otras cosas que él renunció a la presidencia para salvar la refinería de petróleo que amenazaba bombardear la Marina, puesto que para él esa fábrica le despertaba una especial ternura: “yo la consideraba como un hijo mío. Yo había puesto el primer ladrillo” anotó sentimentalmente, siendo que además el bombardeo implicaría “la destrucción de 10 años de trabajo y la pérdida de 400 millones de dólares”[5]. ¿O sea que el jefe militar de una revolución “anti-oligárquica” abandona a sus “descamisados” a merced de los “explotadores” para salvar la integridad de una simple refinería que al cederla iba a ser luego usufructuada no por “su pueblo” sino por los “explotadores oligarcas”? Es decir, por un posterior gobierno “gorila” que por supuesto obraría al servicio del “imperialismo y las clases dominantes”.



Pero como estas estulticias justificativas no encajaban en ningún razonamiento que pretenda tomarse por serio, en ese mismo libro Perón tomó la precaución de completar su frágil explicación con un argumento un poco más elegante al sostener que en verdad se fue para “no derramar sangre” puesto que además él mismo se negó a armar a los obreros para defender su gobierno: “Influenciaba también mi espíritu la idea de una posible guerra civil de amplia destrucción, y recordaba el panorama de una pobre España devastada que presencié en 1939. Muchos me aconsejaban abrir los arsenales y entregar las armas y municiones a los obreros, que estaban ansiosos de empuñarlas, pero hubiera representado una masacre, y probablemente la destrucción de medio Buenos Aires”[6]. ¿O sea que el “macho”, el Primer Trabajador, el “Gran Conductor”, el General de la Nación y el Libertador de la Nueva Argentina tras haberle ordenado a su pueblo “dar la vida en su puesto de combate” y exhortarles “que caigan cinco de ellos por cada uno nuestro” ahora cedía ante la “oligarquía” bajo el argumento postrero de que no querer “derramar sangre” tras negarse otorgarles armar a los obreros que según él estaban “ansiosos de empuñarlas”? Resulta muy curioso este último silogismo pacifista de Perón, puesto que en carta escrita y remitida en 1956 a John William Cooke, el propio Perón escribió exactamente todo lo contrario y encima culpó a sus colaboradores militares de no haberse animado a armar a los obreros: “Tanto Lucero como Sosa Molina se opusieron terminantemente a que se le entregaran armas a los obreros, sus generales y sus jefes defeccionaron miserablemente, sino en la misma medida que la marina y la aviación, por lo menos en forma de darme la sensación que ellos preferían que vencieran los revolucionarios (sus camaradas) antes que el pueblo impusiera el orden que ellos eran incapaces de guardar e impotentes de establecer”[7]. Luego, en su citado libro, Perón argumenta lo mismo que anotó en la carta a Cooke, pero en esta ocasión no culpó a sus militares sino a sus Ministros: “En los primeros días de septiembre (…) Como un reaseguro, propuse a los Ministros movilizar parte del pueblo, de acuerdo con la ley, para la defensa de las instituciones; pero no encontré acogida favorable por consideraciones secundarias, referidas al efecto que una medida semejante podría ocasionar en los Comandos que, siendo leales, se sentirían objeto de una desconfianza injusta”[8] y en reportaje concedido el 12 de junio de 1956 se despacha contra ministros y militares por igual agregando: “Yo no acuso de traidores a mis Ministros, que fueron fieles, pero sí los acuso de haberme impedido usar al pueblo para la defensa, con el tonto concepto de que lo harían las fuerzas militares, que en la prueba demostraron que no valían nada o que no querían defender al pueblo. Ésa es la verdad, dura pero la verdad. Yo debía haberlos destituido, pero desgraciadamente ya era tarde”[9].

Es decir, siempre echándole la culpa a los demás y sin la menor autocrítica, Perón primero anotó que no quiso “derramar sangre” ni “armar a los obreros” y en declaraciones separadas culpó a sus generales y Ministros de no haber tenido éstos la voluntad de aplastar la rebelión ni de haberse animados a armar a los obreros. Pero hay más chivos expiatorios usados por Perón para justificar su derrumbe. En el colmo de la ingratitud, el “Primer Trabajador” en sus memorias grabadas, culpó a su “pueblo trabajador” no sólo de cobardía sino de haber facilitado su derrocamiento: “nuestro pueblo, que había recibido enormes ventajas y reivindicaciones contra la explotación de que había sido víctima desde hacía un siglo, debía haber tenido un mayor entusiasmo por defender lo que se le había dado. Pero no lo defendió porque todos eran ´pancistas´…! Pensaban con la panza y no con la cabeza y el corazón!…Esta ingratitud me llevó a pensar que darles conquistas y reivindicaciones a un pueblo que no es capaz de defenderlas, es perder el tiempo…Si no hubieran existido todas esas cosas que le dan asco a uno, yo hubiera defendido el asunto y…salgo con un regimiento, decido la situación y termina el problema…También me desilusionaron los gremios. La huelga general estaba preparada y no salieron…Entonces llegué a la conclusión de que el pueblo argentino merecía un castigo terrible por lo que había hecho”[10].

En otra ocasión, en una de las fantasías más ocurrentes que Perón haya esbozado para explicar su derrocamiento, se animó a sostener que él defeccionó porque sus propios militares de confianza pretendían matarlo: “Si yo no me hubiera dado cuenta de la traición  y hubiera permanecido en Buenos Aires, ellos mismos me habrían asesinado, aunque solo fuera para hacer méritos con los vencedores (…) de muchos ya tengo opinión formada como traidores, como cobardes y como felones”[11]. Pero curiosamente años después (en 1970) expuso todo lo contrario: “A mí las Fuerzas Armadas no me defeccionaron: sólo un pequeño sector de ellas. Si yo hubiese resuelto resistir no tenía problemas”[12].

No contento con todo este cúmulo de insensateces, más adelante en el tiempo Perón le expuso a su biógrafo Pavón Pereyra que él se fue por culpa de una conspiración pergeñada por el Primer Ministro de Inglaterra Winston Churchill en un contubernio conformado por el judaísmo, la masonería y el Papa: “Aquí es lícito hablar de factores supranacionales. Ya se sabe que el vaticanismo, la masonería y el sionismo aparecen simultáneamente unidos cada vez que se les disputan en las áreas nacionales el predominio del poder del espíritu, del poder político o del poder del dinero” agregando que “Nuestro error básico quizás haya consistido en no considerar a la lucha entablada contra el peronismo como un fragmento de la lucha secular con Inglaterra” resumiendo la componenda como una “vulgar estratagema churchilliana”[13]

De todas sus bromas explicativas, dejamos para el final la que consideramos más ficcionaria y es la que le brindó a Esteban Peicovich en reportaje concedido en Madrid en 1965, en donde la misma persona que se cansó de perseguir, torturar y encarcelar comunistas sostuvo que en 1955 cayó por falta de apoyo del comunismo internacional: “Si en 1954 Rusia hubiere estado tan fuerte como después, yo hubiera sido el primer Fidel Castro de América Latina”[14].

¿Sintetizamos tamaño abarrotamiento de incongruentes mentiras para no marearnos tanto? Tras excusarse de haber huido por culpa de los nacionalistas que lo voltearon como consecuencia de su acuerdo petrolero con el capitalismo estadounidense, Perón acusó luego a los Estados Unidos de haberlo derrocado (inminente invasión que iría en apoyo de los revolucionarios que derogaron el contrato petrolero que precisamente beneficiaba a los norteamericanos). Posteriormente sostuvo que escapó en salvaguarda de su coqueta refinería, la cual al abandonarla dejaba en pleno usufructo a la “oligarquía”. Seguidamente explicó su fuga inventando su pacífica pretensión de evitar derramar sangre al no querer armar a los obreros, pero luego culpó a sus generales de no haberlos armado, responsabilizó del mismo pecado a sus ministros y por último calificó de cobardía y pancismo a los mismísimos obreros por no haberse estos animados a empuñar armas en su defensa.

Pero todos estos divagues no le impidieron sostener a Perón en otra ocasión que a él lo volteó una conjura encabezada por el Primer Ministro inglés al encabezar una sórdida conspiración antiperonista conformada por el Vaticano, la masonería y el judaísmo. Y en el medio de todo este grotesco galimatías también supo perorar conque en verdad ocurrió que sus militares de confianza pretendían matarlo, aunque posteriormente sostuvo que no, que los militares locales jamás lo traicionaron y finalmente, quien fuera un confesado militar mussolinista y perseguidor de comunistas nos ilustró sosteniendo que en puridad él cayó por no contar con el anhelado apoyo soviético, lamentable ausencia que le impidió convertirse en el primer presidente comunista del hemisferio. ¡Es “too much”!. ¿Tanta pirueta verbal para intentar explicar sin éxito que el verdadero motivo de su fuga fue su cobardía?

sábado, 17 de septiembre de 2016

Guerra Antisubversiva: Sentencia cuida a Perón como terrorista de Estado

La Perla y Julio Yessi: pequeña corrección a sentencias justas
Acaba de finalizar la megacausa de La Perla, Córdoba, con la condena de la mayoría de los represores. Las sentencias evitan denostar al principal líder del movimiento justicialista.
Sergio Bufano - Perfil


La Perla y Julio Yessi: pequeña corrección a sentencias justas La Perla y Julio Yessi: pequeña corrección a sentencias justas 
Foto:Cedoc

Acaba de finalizar la megacausa de La Perla, Córdoba, con la condena de la mayoría de los represores. Finalmente, luego de las declaraciones de cientos de testigos, la justicia cordobesa cierra un capítulo nefasto de nuestra historia.

El tribunal, presidido por el juez federal Jaime Díaz Gavier, agrega con justeza que el terrorismo de Estado “imperaba en nuestro país aún con anterioridad al golpe del 24 de marzo de 1976”, aunque sitúa el inicio de este terrorismo en 1975. Coincide así con la jueza María Romilda Servini de Cubría, quien en marzo de este año, al condenar a Julio Yessi a cuatro años de prisión, sostuvo que la Triple A “fue proyectada, materializada, financiada y conducida por agentes públicos, más precisamente por un ministro de la Nación”, refiriéndose a José López Rega.

Es necesario introducir una pequeña corrección en ambas sentencias. Porque contienen el mismo error: en un caso se modifica la fecha del inicio del terrorismo de Estado, y en el otro, se evita nombrar a quien designó a Yessi y ascendió a los cinco jefes de la Triple A, el entonces Presidente de la Nación General Juan Domingo Perón.

El 29 de enero de 1974, el Presidente nombró como subjefe de la Policía Federal y Superintendente de la fuerza a Alberto Villar y Luis Margaride, respectivamente. El primero había sido formado por la temible Organisation de l´Armée Secrète (OAS) en París. Ambos tuvieron activa participación en la Triple A. Poco después, el 18 de febrero, el Presidente designó a Juan Ramón Morales como comisario inspector y a Rodolfo Eduardo Almirón como inspector (decreto 562/74). Todos ellos fueron la cabeza de los escuadrones de la muerte que asolaron al país.

En el mes de mayo el plan de nombramientos continuó con el decreto 1412, firmado por el General, que nombró a Julio Yessi como presidente del Instituto Nacional de Acción Cooperativa (Boletín Oficial, 13 de mayo 1974). Con despacho, naturalmente, en el ministerio de Bienestar Social, desde donde alían los grupos armados a matar opositores. Luego, mediante el decreto 1350, ascendió a comisario general de la Policía Federal, el cargo más alto de esa institución, a su hombre de confianza, José López Rega. En los fundamentos del decreto señaló “que de los antecedentes que se acompañan resta que el hoy ministro de Bienestar Social, don José López Rega, tuvo un brillante desempeño en la Policía Federal hasta la fecha de su retiro, dispuesto el 3 de abril de 1962”.

¿Cuál es el motivo por el que dos jueces federales evitan referirse a quien nombró a los cinco jefes de una organización terrorista previa a 1976? El mismo que recorre buena parte de la historiografía cuando se trata de Juan Domingo Perón: el temor a denostar al principal líder del movimiento justicialista.

Las pruebas son tan contundentes y abrumadoras que llama la atención la obstinada decisión de salvar su imagen. Es entendible que los partidarios de justicialismo lo hagan; su adhesión incondicional trasciende los delitos que haya cometido. Pero ¿por qué la Justicia? Debe reconocerse que hubo militantes peronistas de aquella época que llegaron a denunciar la tragedia: Juan Carlos Añón, dirigente de la Regional I de la JP, afirmó en abril de 1974: “nosotros creíamos que la violencia se terminaba el 25 de mayo y eso lamentablemente no fue cierto. Juventud Peronista tuvo más muertos del 25 de mayo (1973) hasta hoy que en los últimos ocho años de la dictadura militar”.

También Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde lo reconocieron en febrero de 1974, al titular en su revista Militancia que el gobierno de Perón era cada día más gorila: “En la Argentina hay bandas de ultraderecha, por supuesto. Pero no tienen vida propia si el Estado y su aparato represivo no las apoyan. Cuando dejan de ser puramente declarativas y entran a funcionar como  “escuadrones de la muerte” es porque han sido oficializadas”.

Acerca de que las Tres A comenzaron a actuar luego de la muerte del líder, conviene recordar que el primer atentado con su firma se produjo el 21 de noviembre de 1973 contra el senador Hipólito Solari Yrigoyen, defensor de presos políticos. Entre julio y diciembre de 1973 se cometieron más de 20 asesinatos y 17 secuestros seguidos de torturas; entre enero de 1974 hasta la muerte del Presidente, hubo 38 crímenes cometidos por la Triple A y 24 secuestros de personas que salvaron su vida pero fueron cruelmente torturadas. A ello hay que sumar cientos de atentados contra diarios, imprentas, locales de partidos políticos opositores al gobierno y también de la Tendencia. Que la Justicia disimule los hechos históricos no es un buen ejemplo. Ni para los jóvenes que están estudiando leyes, ni para la sociedad que necesita conocer su propio pasado.

(*) Coautor de Perón y la Triple A, las 20 advertencias a Montoneros.

jueves, 25 de agosto de 2016

Guerra Antisubversiva: El lado B del golpe del 76

Marzo del 76: la otra parte de la historia.




El golpe del 76 no ocurrió porque ese día se levantaron de malhumor 10 generales y empezaron a los tiros

Mantener el 24 de marzo como la fecha recordatoria de la ruptura institucional y del terrorismo de esta1do sigue siendo una hipocresía que solo una dirigencia política timorata puede sostenerlo. Si de golpes de estado se trata, la fecha a considerar debería ser la del golpe del 6 de septiembre de 1930 porque fue la primera ruptura de orden constitucional desde 1853 cuando fue sancionada la Constitución Argentina.

Si la razón para elegir el 24 de marzo es por el terrorismo de estado, tampoco es la fecha correcta porque el mismo empieza bajo el gobierno de Juan Domingo Perón con la Triple A que, luego del asesinato de Rucci, sale a cazar a los terroristas de izquierda que el mismo Perón había primero alentado desde Puerta de Hierro y luego perseguido cuando llegó a la Argentina. Para eso lo manda al brujo López Rega que, desde el entonces ministerio de Bienestar Social y con fondos de ese ministerio, había armado la persecución al margen de la ley.

Es más, hay serias sospechas de que el grupo terrorista que asesinó a Rucci recibió apoyo del gobierno provincia de Buenos Aires de ese momento. En ese caso se trataría, de acuerdo a la teoría de la Corte Suprema de Justicia, de terrorismo de estado.

El corte que se hace con el 24 de marzo de 1976 es solo por conveniencia de la dirigencia política, dado que si por el tema terrorismo de estado fueran más hacia atrás, encontraría que el peronismo estuvo muy comprometido en esas prácticas en los 70.

El desenlace sangriento que se produjo en los 70 tuvo que ver, primero, con el intento de tomar el poder por las armas que llevaron adelante los grupos terroristas. En casi toda América Latina, grupos entrenados, financiados e impulsados por la ex Unión Soviética y Cuba querían hacer revoluciones al estilo Vietnam tomando el poder por la fuerza. Los grupos terroristas tenían previsto fusilar a unas 500.000 personas en Argentina si tomaban el poder. Es decir, un esquema similar al que utilizó Fidel Castro cuando tomó el poder en Cuba. Castro había dividido la isla en varias zonas y sus lugartenientes, que estaban al mando de cada zona, recibieron la orden de fusilar a miles de personas que podían ser contrarías al régimen que Castro quería instalar. En su libro Cómo Llegó la Noche, Huber Matos, uno de los lugartenientes de Fidel Castro, que luego el dictador lo mantuvo preso por 30 años, cuenta esta parte de la historia en que él mismo hizo fusilar a posibles opositores. Cabe recordar que Huber Matos estuvo preso 30 años por oponerse al proyecto dictatorial de Fidel Castro. Camilo Cienfuegos murió misteriosamente y al Che Guevara, el otro lugarteniente, Fidel se lo sacó de encima y terminó muriendo en Bolivia.

El modelo de Montoneros, el ERP y demás grupos terroristas era el de Cuba. Establecer una dictadura comunista. Ellos decían que luchaban contra el imperialismo yankee, las multinacionales, la oligarquía y demás expresiones típicas de la propaganda de izquierda, pero en rigor querían tomar el poder por las armas. Y ese intento lo llevaron adelante durante el tercer gobierno constitucional de Juan Domingo Perón y muerto éste lo continuaron bajo el gobierno de Isabel Perón que había sido electa vicepresidente bajo la fórmula Perón-Perón. Es decir, las acciones terroristas fueron para derrocar un gobierno constitucional, no al gobierno militar de Videla. Deliberadamente se miente porque de difundirse la verdad se vería que los que se levantaron contra el orden constitucional fueron los terroristas. No las Fuerzas Armadas. Es más, es durante el gobierno constitucional de Perón-Perón que se produce la mayor cantidad de atentados con bombas, asesinatos y secuestros. Todos estos actos no fueron solo contra policías y militares, fueron en gran cantidad contra civiles, mujeres y niños.

Muerto Perón, Isabel Perón, una mujer que no estaba capacitada para ejercer la presidencia, pierde el control político a manos de López Rega que, en las sombras, era uno de los que decidía. La recesión era muy fuerte, la inflación se encaminaba a la hiperinflacicón y la violencia de los terroristas se hacía sentir todos los días.

A tal punto llegó el crecimiento del terrorismo que el ERP pasó a controlar una parte de la provincia de Tucumán, estableciendo un gobierno paralelo al constitucional. Es entonces cuando Isabel Perón le ordena al Ejército llevar a cabo el Operativo Independencia, es decir, retomar el control de la provincia de Tucumán.

El golpe llega por varias razones. En primer lugar, porque el peronismo se niega a hacerle juicio político a Isabel Perón e Italo Argentino Luder se niega a enjuiciarla y asumir la presidencia.

En segundo lugar porque la mayoría de la dirigencia política argentina no quería hacerse cargo de la crisis económica y política y apoyó que las Fuerzas Armadas tomaran el poder. El único que se opuso al golpe del 24 de marzo de 1976 fue Álvaro Alsogaray2.

Así como los actuales políticos van cambiando de bando de acuerdo a las conveniencias del momento, lo mismo ocurrió con el golpe del 76. Gran parte de la dirigencia política apoyó el golpe y hasta lo pidió y luego cambió de bando y denunció la ruptura del orden constitucional y la violación de los derechos humanos. Es más, equivocada o no, la inmensa mayoría de la población fue indiferente al golpe y en no pocos casos la gente lo vio como un alivio frente al caos que vivía el país.

En síntesis, con estas líneas no pretendo justificar el golpe del 24 de marzo de 1976 personalmente creo que fue un grueso error como bien lo anticipó Álvaro Alsogaray. Simplemente trato de explicarlo en el contexto de ese momento. Es decir, no ocurrió porque ese día se levantaron de malhumor 10 generales y empezaron a los tiros como pretenden vender falsos historiadores y periodistas de poca monta.

Ocurrió porque buena parte de la dirigencia política veía como idealistas a los terroristas. El mismo Perón los estimuló a usar la violencia y luego, cuando él llegó al gobierno, al no poder controlarlos, utilizó los resortes del estado para perseguirlos. Los terroristas creyeron que podían dominar a Perón y Perón usó a la Triple A para perseguirlos luego del asesinato de Rucci.

En definitiva, el golpe del 76 no fue por generación espontánea aislado de los hechos anteriores. Hay toda una secuencia que condujo a ese día, pero lo más importante es que, en todo caso, el terrorismo de estado comienza con Perón siendo presidente al tiempo que los grupos terroristas también hacían terrorismo de estado porque eran apoyados por los aparatos estatales de Cuba, Libia y la ex Unión Soviética1 para perseguir y aniquilar sistemáticamente a ciertos sectores de la sociedad.

Si en serio queremos un nunca más, es hora que contemos toda la historia de esos años para entender qué ocurrió y por qué ocurrió. No hacerlo es ser cómplice de la violencia del otro lado.

Prensa Republicana