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domingo, 5 de febrero de 2017

Venezuela: A 25 años del principio del fin de la república


Hugo Chávez en 1992... lacra latinoaméricana que destrozó el sistema político y económico venezolano

Se cumplen 25 años del intento de golpe de estado comandado por Hugo Chávez en Venezuela
Durante las primeras horas del 4 de febrero de 1992, las tropas al mando del bolivariano salieron desde el Cuartel Páez, en Maracay, rumbo a la ciudad de Caracas, para tomar el Palacio de Miraflores. Fracasaron en su intento




Se cumplen 25 años del intento de golpe de estado comandado por Hugo Chávez

Un batallón de paracaidistas, apoyados por sus compañeros de armas en distintos puntos estratégicos del país, se desplazó en la madrugada por la Autopista Regional del Centro (ARC) hacia la capital de Venezuela, donde un grupo de soldados y oficiales de grados medios, en su mayoría capitanes y tenientes, los esperaban en Caracas para tomar por asalto el Palacio Blanco.

Entre ellos estaba el capitán Guillermo Gustavo Blanco Acosta, uno de los oficiales encargados de tomar el Batallón de Tanques Juan Pablo Ayala, en Fuerte Tiuna, Caracas. Hoy es miembro de la Junta Directiva de la petrolera estatal PDVSA.

En declaraciones recogidas por El Universal, señaló: "Hoy se cumplen 25 años de aquella rebelión, cuando un grupo de muchachos, al mando de los comandantes Hugo Chávez, Arias Cárdenas, Acosta Chirinos y Ortiz Contreras, nos desprendimos de nuestras carreras militares y de nuestras familias por el bien colectivo, el bien del pueblo. Ese pueblo masacrado el 27 de febrero de 1989″.


El golpe fue contra el entonces presidente constitucional Carlos Andrés Pérez

La intentona no logró sus objetivos y los rebeldes se rindieron

El mismo periódico recuerda que él tuvo la misión, encomendada por Chávez, de tomar por asalto el Palacio de Miraflores con los tanques del Batallón Ayala.

La misión fue cumplida y junto a otros capitanes lograron neutralizar a los oficiales de la Escuela de Blindados y se llevaron los tanques.


"Aunque ese día (4 de febrero) no alcanzamos los objetivos trazados, logramos una victoria política porque hubo un despertar del pueblo, que por fin vio por las pantallas de televisión a Hugo Chávez", destacó Blanco Acosta, ascendido al grado de mayor del Ejército, junto a los patriotas revolucionarios del 4F, en 2013.

El golpe fue contra el entonces presidente constitucional Carlos Andrés Pérez. La intentona no logró sus objetivos y los rebeldes se rindieron. Todos los participantes fueron llevados a prisión, siendo su causa posteriormente sobreseída y puestos en libertad dos años después, durante la presidencia de Rafael Caldera.

martes, 27 de septiembre de 2016

Chile: La CIA todavía no muestra todos sus archivos sobre Pinochet

La CIA sigue sin revelar todo lo que EE UU sabía del golpe de Pinochet

Un investigador reclama que se desclasifiquen todos los documentos relativos al golpe


Silvia Ayuso - El País



El dictador chileno Augusto Pinochet GETTY




El informe presidencial diario que Richard Nixon recibió el 11 de septiembre de 1973 destacaba cuatro asuntos que la comunidad de inteligencia de Estados Unidos consideraba que merecía la mayor atención del presidente: las “buenas posibilidades” que tenía el primer ministro de Laos de recibir la aprobación para firmar un acuerdo con los comunistas, un informe sobre movimientos militares en Vietnam, otro sobre la Unión Soviética y, finalmente, Chile. Pero lo que la CIA contaba al presidente estadounidense esa jornada sobre el golpe de Estado que el general Augusto Pinochet había dado horas antes contra el gobierno de izquierdas de Salvador Allende está aún por saberse. La CIA desclasificó este verano cientos de informes presidenciales de la era Nixon, pero decidió tachar o borrar numerosos párrafos, como mucha de la información sobre los acontecimientos que derivaron en una de las peores dictaduras de Sudamérica en la historia reciente.

“La CIA sigue reteniendo información sobre lo que le dijo al presidente incluso el día mismo del golpe hace 43 años”, sostiene Peter Kornbluh, periodista y especialista en Chile que lleva casi cuatro décadas investigando la implicación estadounidense en la dictadura pinochetista. “Está intentando encubrir lo que Nixon sabía sobre el compló golpista en Chile y desde cuándo lo sabía, y también esconde los propios contactos y conexiones de la CIA con los planificadores del golpe”.

El responsable del National Security Archive, una organización que analiza documentos desclasificados por las agencias de inteligencia, publicó en vísperas del 43 aniversario del golpe este domingo varios de los documentos desclasificados por la CIA el mes pasado y que conciernen a Chile. Aunque mucha de la información ya se conocía —en buena parte gracias al trabajo de Kornbluh de luchar para que se desclasifique la información—, numerosos párrafos de este nuevo paquete de documentos aparecen tachados o en blanco. Algo que para el autor de The Pinochet File, libro en el que reconstruye sobre la base de documentos desclasificados la última década los vínculos de Washington con el régimen dictatorial chileno, muestra que la CIA sigue intentando ocultar lo que hizo en el país sudamericano.

“Sigue siendo un crimen lo que la CIA hizo en Chile y sigue intentando distanciarse del golpe encubriendo el alcance de sus comunicaciones con los golpistas”, señaló Kornbluh en conversación con EL PAÍS.

Que EE UU estaba bien enterado de las intenciones golpistas no es novedoso. Aun así, resulta impactante ver lo detallado de la información de la agencia de inteligencia y del nivel de conocimiento del propio presidente Nixon, que días antes del golpe ya recibía intensa información sobre Chile, como muestra otro informe presidencial desclasificado del 8 de septiembre de 1973.

De ese mismo día datan otros documentos top secret rescatados por el equipo de Kornbluh que detallan cómo incluso la CIA sabía que en un principio el golpe estaba planeado para el 10 de septiembre y cómo todas las ramas de las fuerzas armadas chilenas estaban preparadas para unirse.

Para Kornbluh, que ha reclamado que el Gobierno de Barack Obama ordene la desclasificación de toda la información de inteligencia sobre Chile, se trata de una cuestión de principios.

“No es que esos documentos vayan a alterar lo que ya sabemos, pero tenemos una deuda con Chile mucho más amplia” porque “Pinochet nunca habría llegado al poder sin apoyo de EE UU”, explicó. “Y nunca habría estado en la posición de enviar asesinos y terroristas a EE UU y matar a dos personas inocentes”, agregó en referencia a otro aniversario clave de la historia más negra de Chile que se acerca: el del asesinato en Washington con una bomba del excanciller de Allende Orlando Letelier y de su joven asistente, la estadounidense Ronnie Moffit, el 21 de septiembre de 1976.

El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, entregó durante una visita a Chile en octubre del año pasado más de cien documentos desclasificados que apuntan a la autoría al más alto nivel del régimen pinochetista del asesinato de Letelier. Pero todavía faltan algunos documentos clave, entre otros los propios informes de la CIA que demostrarían, según Kornbluh, de forma inequívoca lo que ya se da por bueno: que fue el propio Pinochet el que dio la orden de asesinar a Letelier. El embajador chileno en Washington, Juan Gabriel Valdés, que era asistente de Letelier en la capital estadounidense 40 años atrás y vivió en primera persona su asesinato, manifestó esta semana su esperanza de que el Gobierno entregue en vísperas del siniestro aniversario la información que aún permanece en los archivos de la comunidad de inteligencia norteamericana.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Revolución Libertadora: 61° Aniversario



A 61´ años de la Revolución contra Perón. 
Por Nicolás Márquez - Prensa Republicana



¿Un gigante de cartón?

Una semana antes de que se consumara la Revolución Libertadora en el histórico septiembre de 1955´, el General Eduardo Lonardi, oficial retirado, sin mando de tropa, sin un programa previamente acordado con sus camaradas de armas (ni siquiera conocía en persona al Almirante Rojas) y sin coordinación alguna con los partidos políticos opositores osó viajar sin custodia en un micro de línea (acompañado de su mujer y su hijo) desde Buenos Aires a Córdoba con su uniforme militar doblado en un bolso de mano y una semana después, regresó a Buenos Aires como Presidente de la Nación. Indudablemente, lo suyo fue una hazaña digna de quedar en los anales de la historia: en ese lapso Lonardi tomó personalmente la Escuela de Artillería de Córdoba, tras ocho horas de desigual combate logró la rendición de la Escuela de Infantería, luego se plantó quijotescamente frente al Ejército leal (que lo quintuplicaba en efectivos) hasta hacerlo hocicar, paralizó al hegemónico Congreso de la Nación, neutralizó al movimiento sindical que días atrás había recibido la orden de del dictador Perón de matar “5 por 1” y se mantuvo imperturbable ante el bombardeo informativo de los medios de comunicación, todos en manos del régimen.

O lo de Lonardi fue una verdadera epopeya o el desmoronamiento de Perón y de todas sus estructuras dependientes fueron al margen del arrojo de Lonardi. Dicho de otro modo: ¿fue Lonardi un súper-héroe o fue Perón un gigante de cartón? Los súper-héroes no existen y en todo caso Lonardi obró inequívocamente como un héroe pero a su vez, Perón demostró que lo que verdaderamente tenía de gigante era su verba: “¡Compañeros!: los jefes de esta asonada, hombres deshonestos y sin honor, han hecho como hacen todos los cobardes: en el momento abandonaron sus fuerzas y las dejaron libradas a su propia suerte. Ninguno de ellos fue capaz de pelear y hacerse matar en su puesto. Compañeros: nosotros, los soldados, sabemos que nuestro oficio es uno solo: morir por nuestro honor; y un militar que no sabe morir por su honor no es digno de ser militar, ¡ni de ser ciudadano argentino!” arengó el bocón el 29 de septiembre de 1951 tras la frustrada rebelión de Menéndez. Pero cuatro años después él mismo escapaba sin morir, sin pelear, abandonando a los suyos y sin el menor gesto de honor. “Si el pueblo no me necesita, como argentino me sentiré más seguro en la cárcel que en ninguna Embajada extranjera. Digo esto no para no atribuirme méritos, sino para hacer resaltar la diferencia que hay entre nosotros y estos opositores a la violeta, que cuando se resfrían se van a una Embajada como exiliados” disparó en 1952. Pero en 1955 buscó desesperadamente escondite en la primera Embajada que le diera cabida: la del Paraguay comandada por su amigo el dictador Strossner.

Sin embargo, lo más curioso de todo este desenlace no son las mentiras y contradicciones en las que con insistencia y habitualidad recurría Perón, sino el hecho de que en septiembre de 1955 él le sobraba estructura política y militar (la proporción entre leales y rebeldes era de 7 a 1) como para haber podido aplastar a la revolución si acaso hubiese tenido verdaderos dones de mando militar y hubiese contado con las suficientes agallas como para asumir la responsabilidad de liquidar a los rebeldes en Córdoba. Vale decir: sin quitarle el menor mérito a los jefes revolucionarios y a sus heroicos hombres (cono el ContraAlirante Isaak Rojas o el General Pedro Eugenio Aramburu), si la misma prepotencia discursiva con la que Perón se pavoneaba desde los balcones la hubiese portado y aplicado como militar y jefe de Estado, muy probablemente el dictador no hubiese terminado escapando tan deshonrosa y miserablemente.

“Mejor que decir es hacer” decía siempre Perón, aunque paradojalmente si analizamos sus dichos y sus hechos notamos que durante los momentos cruciales o decisivos de su trajinada vida política y militar su gallardía acabara siendo oral y en su actuar concreto no hiciera más que desdecirse y/o autodestruirse, obrando como un verdadero gigante con pies de barro o una suerte de Goliat[1] de las pampas.


Es too much! 

Perón no sólo obró sin honor ni dignidad durante la Revolución Libertadora sino que tampoco contó con dichos atributos con posterioridad, es decir,  a la hora de reflexionar sobre lo sucedido. En efecto, tras fugarse intentó ensayar de inmediato explicaciones acerca del porqué de su caída, y una de sus primeras ficciones, sostenida el 5 de octubre de 1955 (semana posterior a la Revolución) se la concedió a la agencia norteamericana United Press en donde manifestó que su destitución obedeció a la conspiración desatada por determinados nacionalistas locales que se opusieron a su política “entreguista” para con la petrolera norteamericana Standard Oil: “Las causas son solamente políticas. El móvil, la reacción oligarco-clerical para entronizar el conservadorismo caduco; el medio, la fuerza medida por la ambición y el dinero. El contrato petrolífero, un pretexto de los que trabajaban de ultranacionalistas sui generis”[2]. Es decir, el fugitivo alegaba haber caído por culpa de los chauvinistas que no entendieron su acuerdo bilateral con el capitalismo estadounidense. Argumento raro el de Perón, teniendo en cuenta que posteriormente él mismo inventó que la causa de su caída fue paradojalmente consecuencia de una conspiración del capitalismo estadounidense: “A nosotros no nos volteó el pueblo argentino: nos voltearon los yanquis; y quién sabe si hubiéramos tomado otras medidas: tal vez hubiese venido una invasión como la de Santo Domingo (…) Todo fue orquestado por los Estados Unidos”[3]. Incluso, uno de sus delirios explicativos más intensos sobre esta última “tesis” la brindó Perón en el mes de noviembre de 1955 en Panamá, cuando se justificó ante la prensa diciendo que se fue de la Argentina para evitar una invasión norteamericana y de la “sinarquía internacional”: “P- General, si las fuerzas leales eran superiores a los insurgentes y además el pueblo estaba con Ud. y la CGT pidió armas para defender al gobierno ¿por qué no resistió? – JDP: ¿qué resolvíamos con eso? La sinarquía internacional se nos iba a echar encima más ruidosamente, quizás nos iban a mandar marines (marinos norteamericanos), pudieron haber muerto un millón de argentinos. ¿Qué favor le haríamos al país?”[4]. ¿En qué quedamos?. ¿Lo voltearon los nacionalistas por “cipayo” o lo voltearon los norteamericanos por “anti-imperialista”? Las recurrentes ficciones de Perón no pasan la prueba de la risa, no sólo por sus insalvables contradicciones sino porque en esta última fantasía suya (la de pretender evitar una “invasión norteamericana”), es el propio dictador el que semanas antes de huir le acababa de entregar la explotación del petróleo en bandeja a los Estados Unidos, y luego alegaba haber desistido la lucha para evitar una inminente invasión estadounidense, la cual acudiría en apoyo de la Revolución Libertadora que fue justamente la que días después anuló los contratos petroleros con la Standard Oil norteamericana que solícitamente había firmado Perón!

Sin embargo, meses después, Perón intentó reformular sus risueñas e inconsistentes excusas y para tal fin elaboró un libro auto-justificativo titulado “La fuerza es el derecho de las bestias”, en el cual sostuvo entre otras cosas que él renunció a la presidencia para salvar la refinería de petróleo que amenazaba bombardear la Marina, puesto que para él esa fábrica le despertaba una especial ternura: “yo la consideraba como un hijo mío. Yo había puesto el primer ladrillo” anotó sentimentalmente, siendo que además el bombardeo implicaría “la destrucción de 10 años de trabajo y la pérdida de 400 millones de dólares”[5]. ¿O sea que el jefe militar de una revolución “anti-oligárquica” abandona a sus “descamisados” a merced de los “explotadores” para salvar la integridad de una simple refinería que al cederla iba a ser luego usufructuada no por “su pueblo” sino por los “explotadores oligarcas”? Es decir, por un posterior gobierno “gorila” que por supuesto obraría al servicio del “imperialismo y las clases dominantes”.



Pero como estas estulticias justificativas no encajaban en ningún razonamiento que pretenda tomarse por serio, en ese mismo libro Perón tomó la precaución de completar su frágil explicación con un argumento un poco más elegante al sostener que en verdad se fue para “no derramar sangre” puesto que además él mismo se negó a armar a los obreros para defender su gobierno: “Influenciaba también mi espíritu la idea de una posible guerra civil de amplia destrucción, y recordaba el panorama de una pobre España devastada que presencié en 1939. Muchos me aconsejaban abrir los arsenales y entregar las armas y municiones a los obreros, que estaban ansiosos de empuñarlas, pero hubiera representado una masacre, y probablemente la destrucción de medio Buenos Aires”[6]. ¿O sea que el “macho”, el Primer Trabajador, el “Gran Conductor”, el General de la Nación y el Libertador de la Nueva Argentina tras haberle ordenado a su pueblo “dar la vida en su puesto de combate” y exhortarles “que caigan cinco de ellos por cada uno nuestro” ahora cedía ante la “oligarquía” bajo el argumento postrero de que no querer “derramar sangre” tras negarse otorgarles armar a los obreros que según él estaban “ansiosos de empuñarlas”? Resulta muy curioso este último silogismo pacifista de Perón, puesto que en carta escrita y remitida en 1956 a John William Cooke, el propio Perón escribió exactamente todo lo contrario y encima culpó a sus colaboradores militares de no haberse animado a armar a los obreros: “Tanto Lucero como Sosa Molina se opusieron terminantemente a que se le entregaran armas a los obreros, sus generales y sus jefes defeccionaron miserablemente, sino en la misma medida que la marina y la aviación, por lo menos en forma de darme la sensación que ellos preferían que vencieran los revolucionarios (sus camaradas) antes que el pueblo impusiera el orden que ellos eran incapaces de guardar e impotentes de establecer”[7]. Luego, en su citado libro, Perón argumenta lo mismo que anotó en la carta a Cooke, pero en esta ocasión no culpó a sus militares sino a sus Ministros: “En los primeros días de septiembre (…) Como un reaseguro, propuse a los Ministros movilizar parte del pueblo, de acuerdo con la ley, para la defensa de las instituciones; pero no encontré acogida favorable por consideraciones secundarias, referidas al efecto que una medida semejante podría ocasionar en los Comandos que, siendo leales, se sentirían objeto de una desconfianza injusta”[8] y en reportaje concedido el 12 de junio de 1956 se despacha contra ministros y militares por igual agregando: “Yo no acuso de traidores a mis Ministros, que fueron fieles, pero sí los acuso de haberme impedido usar al pueblo para la defensa, con el tonto concepto de que lo harían las fuerzas militares, que en la prueba demostraron que no valían nada o que no querían defender al pueblo. Ésa es la verdad, dura pero la verdad. Yo debía haberlos destituido, pero desgraciadamente ya era tarde”[9].

Es decir, siempre echándole la culpa a los demás y sin la menor autocrítica, Perón primero anotó que no quiso “derramar sangre” ni “armar a los obreros” y en declaraciones separadas culpó a sus generales y Ministros de no haber tenido éstos la voluntad de aplastar la rebelión ni de haberse animados a armar a los obreros. Pero hay más chivos expiatorios usados por Perón para justificar su derrumbe. En el colmo de la ingratitud, el “Primer Trabajador” en sus memorias grabadas, culpó a su “pueblo trabajador” no sólo de cobardía sino de haber facilitado su derrocamiento: “nuestro pueblo, que había recibido enormes ventajas y reivindicaciones contra la explotación de que había sido víctima desde hacía un siglo, debía haber tenido un mayor entusiasmo por defender lo que se le había dado. Pero no lo defendió porque todos eran ´pancistas´…! Pensaban con la panza y no con la cabeza y el corazón!…Esta ingratitud me llevó a pensar que darles conquistas y reivindicaciones a un pueblo que no es capaz de defenderlas, es perder el tiempo…Si no hubieran existido todas esas cosas que le dan asco a uno, yo hubiera defendido el asunto y…salgo con un regimiento, decido la situación y termina el problema…También me desilusionaron los gremios. La huelga general estaba preparada y no salieron…Entonces llegué a la conclusión de que el pueblo argentino merecía un castigo terrible por lo que había hecho”[10].

En otra ocasión, en una de las fantasías más ocurrentes que Perón haya esbozado para explicar su derrocamiento, se animó a sostener que él defeccionó porque sus propios militares de confianza pretendían matarlo: “Si yo no me hubiera dado cuenta de la traición  y hubiera permanecido en Buenos Aires, ellos mismos me habrían asesinado, aunque solo fuera para hacer méritos con los vencedores (…) de muchos ya tengo opinión formada como traidores, como cobardes y como felones”[11]. Pero curiosamente años después (en 1970) expuso todo lo contrario: “A mí las Fuerzas Armadas no me defeccionaron: sólo un pequeño sector de ellas. Si yo hubiese resuelto resistir no tenía problemas”[12].

No contento con todo este cúmulo de insensateces, más adelante en el tiempo Perón le expuso a su biógrafo Pavón Pereyra que él se fue por culpa de una conspiración pergeñada por el Primer Ministro de Inglaterra Winston Churchill en un contubernio conformado por el judaísmo, la masonería y el Papa: “Aquí es lícito hablar de factores supranacionales. Ya se sabe que el vaticanismo, la masonería y el sionismo aparecen simultáneamente unidos cada vez que se les disputan en las áreas nacionales el predominio del poder del espíritu, del poder político o del poder del dinero” agregando que “Nuestro error básico quizás haya consistido en no considerar a la lucha entablada contra el peronismo como un fragmento de la lucha secular con Inglaterra” resumiendo la componenda como una “vulgar estratagema churchilliana”[13]

De todas sus bromas explicativas, dejamos para el final la que consideramos más ficcionaria y es la que le brindó a Esteban Peicovich en reportaje concedido en Madrid en 1965, en donde la misma persona que se cansó de perseguir, torturar y encarcelar comunistas sostuvo que en 1955 cayó por falta de apoyo del comunismo internacional: “Si en 1954 Rusia hubiere estado tan fuerte como después, yo hubiera sido el primer Fidel Castro de América Latina”[14].

¿Sintetizamos tamaño abarrotamiento de incongruentes mentiras para no marearnos tanto? Tras excusarse de haber huido por culpa de los nacionalistas que lo voltearon como consecuencia de su acuerdo petrolero con el capitalismo estadounidense, Perón acusó luego a los Estados Unidos de haberlo derrocado (inminente invasión que iría en apoyo de los revolucionarios que derogaron el contrato petrolero que precisamente beneficiaba a los norteamericanos). Posteriormente sostuvo que escapó en salvaguarda de su coqueta refinería, la cual al abandonarla dejaba en pleno usufructo a la “oligarquía”. Seguidamente explicó su fuga inventando su pacífica pretensión de evitar derramar sangre al no querer armar a los obreros, pero luego culpó a sus generales de no haberlos armado, responsabilizó del mismo pecado a sus ministros y por último calificó de cobardía y pancismo a los mismísimos obreros por no haberse estos animados a empuñar armas en su defensa.

Pero todos estos divagues no le impidieron sostener a Perón en otra ocasión que a él lo volteó una conjura encabezada por el Primer Ministro inglés al encabezar una sórdida conspiración antiperonista conformada por el Vaticano, la masonería y el judaísmo. Y en el medio de todo este grotesco galimatías también supo perorar conque en verdad ocurrió que sus militares de confianza pretendían matarlo, aunque posteriormente sostuvo que no, que los militares locales jamás lo traicionaron y finalmente, quien fuera un confesado militar mussolinista y perseguidor de comunistas nos ilustró sosteniendo que en puridad él cayó por no contar con el anhelado apoyo soviético, lamentable ausencia que le impidió convertirse en el primer presidente comunista del hemisferio. ¡Es “too much”!. ¿Tanta pirueta verbal para intentar explicar sin éxito que el verdadero motivo de su fuga fue su cobardía?

sábado, 17 de septiembre de 2016

Guerra Antisubversiva: Sentencia cuida a Perón como terrorista de Estado

La Perla y Julio Yessi: pequeña corrección a sentencias justas
Acaba de finalizar la megacausa de La Perla, Córdoba, con la condena de la mayoría de los represores. Las sentencias evitan denostar al principal líder del movimiento justicialista.
Sergio Bufano - Perfil


La Perla y Julio Yessi: pequeña corrección a sentencias justas La Perla y Julio Yessi: pequeña corrección a sentencias justas 
Foto:Cedoc

Acaba de finalizar la megacausa de La Perla, Córdoba, con la condena de la mayoría de los represores. Finalmente, luego de las declaraciones de cientos de testigos, la justicia cordobesa cierra un capítulo nefasto de nuestra historia.

El tribunal, presidido por el juez federal Jaime Díaz Gavier, agrega con justeza que el terrorismo de Estado “imperaba en nuestro país aún con anterioridad al golpe del 24 de marzo de 1976”, aunque sitúa el inicio de este terrorismo en 1975. Coincide así con la jueza María Romilda Servini de Cubría, quien en marzo de este año, al condenar a Julio Yessi a cuatro años de prisión, sostuvo que la Triple A “fue proyectada, materializada, financiada y conducida por agentes públicos, más precisamente por un ministro de la Nación”, refiriéndose a José López Rega.

Es necesario introducir una pequeña corrección en ambas sentencias. Porque contienen el mismo error: en un caso se modifica la fecha del inicio del terrorismo de Estado, y en el otro, se evita nombrar a quien designó a Yessi y ascendió a los cinco jefes de la Triple A, el entonces Presidente de la Nación General Juan Domingo Perón.

El 29 de enero de 1974, el Presidente nombró como subjefe de la Policía Federal y Superintendente de la fuerza a Alberto Villar y Luis Margaride, respectivamente. El primero había sido formado por la temible Organisation de l´Armée Secrète (OAS) en París. Ambos tuvieron activa participación en la Triple A. Poco después, el 18 de febrero, el Presidente designó a Juan Ramón Morales como comisario inspector y a Rodolfo Eduardo Almirón como inspector (decreto 562/74). Todos ellos fueron la cabeza de los escuadrones de la muerte que asolaron al país.

En el mes de mayo el plan de nombramientos continuó con el decreto 1412, firmado por el General, que nombró a Julio Yessi como presidente del Instituto Nacional de Acción Cooperativa (Boletín Oficial, 13 de mayo 1974). Con despacho, naturalmente, en el ministerio de Bienestar Social, desde donde alían los grupos armados a matar opositores. Luego, mediante el decreto 1350, ascendió a comisario general de la Policía Federal, el cargo más alto de esa institución, a su hombre de confianza, José López Rega. En los fundamentos del decreto señaló “que de los antecedentes que se acompañan resta que el hoy ministro de Bienestar Social, don José López Rega, tuvo un brillante desempeño en la Policía Federal hasta la fecha de su retiro, dispuesto el 3 de abril de 1962”.

¿Cuál es el motivo por el que dos jueces federales evitan referirse a quien nombró a los cinco jefes de una organización terrorista previa a 1976? El mismo que recorre buena parte de la historiografía cuando se trata de Juan Domingo Perón: el temor a denostar al principal líder del movimiento justicialista.

Las pruebas son tan contundentes y abrumadoras que llama la atención la obstinada decisión de salvar su imagen. Es entendible que los partidarios de justicialismo lo hagan; su adhesión incondicional trasciende los delitos que haya cometido. Pero ¿por qué la Justicia? Debe reconocerse que hubo militantes peronistas de aquella época que llegaron a denunciar la tragedia: Juan Carlos Añón, dirigente de la Regional I de la JP, afirmó en abril de 1974: “nosotros creíamos que la violencia se terminaba el 25 de mayo y eso lamentablemente no fue cierto. Juventud Peronista tuvo más muertos del 25 de mayo (1973) hasta hoy que en los últimos ocho años de la dictadura militar”.

También Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde lo reconocieron en febrero de 1974, al titular en su revista Militancia que el gobierno de Perón era cada día más gorila: “En la Argentina hay bandas de ultraderecha, por supuesto. Pero no tienen vida propia si el Estado y su aparato represivo no las apoyan. Cuando dejan de ser puramente declarativas y entran a funcionar como  “escuadrones de la muerte” es porque han sido oficializadas”.

Acerca de que las Tres A comenzaron a actuar luego de la muerte del líder, conviene recordar que el primer atentado con su firma se produjo el 21 de noviembre de 1973 contra el senador Hipólito Solari Yrigoyen, defensor de presos políticos. Entre julio y diciembre de 1973 se cometieron más de 20 asesinatos y 17 secuestros seguidos de torturas; entre enero de 1974 hasta la muerte del Presidente, hubo 38 crímenes cometidos por la Triple A y 24 secuestros de personas que salvaron su vida pero fueron cruelmente torturadas. A ello hay que sumar cientos de atentados contra diarios, imprentas, locales de partidos políticos opositores al gobierno y también de la Tendencia. Que la Justicia disimule los hechos históricos no es un buen ejemplo. Ni para los jóvenes que están estudiando leyes, ni para la sociedad que necesita conocer su propio pasado.

(*) Coautor de Perón y la Triple A, las 20 advertencias a Montoneros.

jueves, 25 de agosto de 2016

Guerra Antisubversiva: El lado B del golpe del 76

Marzo del 76: la otra parte de la historia.




El golpe del 76 no ocurrió porque ese día se levantaron de malhumor 10 generales y empezaron a los tiros

Mantener el 24 de marzo como la fecha recordatoria de la ruptura institucional y del terrorismo de esta1do sigue siendo una hipocresía que solo una dirigencia política timorata puede sostenerlo. Si de golpes de estado se trata, la fecha a considerar debería ser la del golpe del 6 de septiembre de 1930 porque fue la primera ruptura de orden constitucional desde 1853 cuando fue sancionada la Constitución Argentina.

Si la razón para elegir el 24 de marzo es por el terrorismo de estado, tampoco es la fecha correcta porque el mismo empieza bajo el gobierno de Juan Domingo Perón con la Triple A que, luego del asesinato de Rucci, sale a cazar a los terroristas de izquierda que el mismo Perón había primero alentado desde Puerta de Hierro y luego perseguido cuando llegó a la Argentina. Para eso lo manda al brujo López Rega que, desde el entonces ministerio de Bienestar Social y con fondos de ese ministerio, había armado la persecución al margen de la ley.

Es más, hay serias sospechas de que el grupo terrorista que asesinó a Rucci recibió apoyo del gobierno provincia de Buenos Aires de ese momento. En ese caso se trataría, de acuerdo a la teoría de la Corte Suprema de Justicia, de terrorismo de estado.

El corte que se hace con el 24 de marzo de 1976 es solo por conveniencia de la dirigencia política, dado que si por el tema terrorismo de estado fueran más hacia atrás, encontraría que el peronismo estuvo muy comprometido en esas prácticas en los 70.

El desenlace sangriento que se produjo en los 70 tuvo que ver, primero, con el intento de tomar el poder por las armas que llevaron adelante los grupos terroristas. En casi toda América Latina, grupos entrenados, financiados e impulsados por la ex Unión Soviética y Cuba querían hacer revoluciones al estilo Vietnam tomando el poder por la fuerza. Los grupos terroristas tenían previsto fusilar a unas 500.000 personas en Argentina si tomaban el poder. Es decir, un esquema similar al que utilizó Fidel Castro cuando tomó el poder en Cuba. Castro había dividido la isla en varias zonas y sus lugartenientes, que estaban al mando de cada zona, recibieron la orden de fusilar a miles de personas que podían ser contrarías al régimen que Castro quería instalar. En su libro Cómo Llegó la Noche, Huber Matos, uno de los lugartenientes de Fidel Castro, que luego el dictador lo mantuvo preso por 30 años, cuenta esta parte de la historia en que él mismo hizo fusilar a posibles opositores. Cabe recordar que Huber Matos estuvo preso 30 años por oponerse al proyecto dictatorial de Fidel Castro. Camilo Cienfuegos murió misteriosamente y al Che Guevara, el otro lugarteniente, Fidel se lo sacó de encima y terminó muriendo en Bolivia.

El modelo de Montoneros, el ERP y demás grupos terroristas era el de Cuba. Establecer una dictadura comunista. Ellos decían que luchaban contra el imperialismo yankee, las multinacionales, la oligarquía y demás expresiones típicas de la propaganda de izquierda, pero en rigor querían tomar el poder por las armas. Y ese intento lo llevaron adelante durante el tercer gobierno constitucional de Juan Domingo Perón y muerto éste lo continuaron bajo el gobierno de Isabel Perón que había sido electa vicepresidente bajo la fórmula Perón-Perón. Es decir, las acciones terroristas fueron para derrocar un gobierno constitucional, no al gobierno militar de Videla. Deliberadamente se miente porque de difundirse la verdad se vería que los que se levantaron contra el orden constitucional fueron los terroristas. No las Fuerzas Armadas. Es más, es durante el gobierno constitucional de Perón-Perón que se produce la mayor cantidad de atentados con bombas, asesinatos y secuestros. Todos estos actos no fueron solo contra policías y militares, fueron en gran cantidad contra civiles, mujeres y niños.

Muerto Perón, Isabel Perón, una mujer que no estaba capacitada para ejercer la presidencia, pierde el control político a manos de López Rega que, en las sombras, era uno de los que decidía. La recesión era muy fuerte, la inflación se encaminaba a la hiperinflacicón y la violencia de los terroristas se hacía sentir todos los días.

A tal punto llegó el crecimiento del terrorismo que el ERP pasó a controlar una parte de la provincia de Tucumán, estableciendo un gobierno paralelo al constitucional. Es entonces cuando Isabel Perón le ordena al Ejército llevar a cabo el Operativo Independencia, es decir, retomar el control de la provincia de Tucumán.

El golpe llega por varias razones. En primer lugar, porque el peronismo se niega a hacerle juicio político a Isabel Perón e Italo Argentino Luder se niega a enjuiciarla y asumir la presidencia.

En segundo lugar porque la mayoría de la dirigencia política argentina no quería hacerse cargo de la crisis económica y política y apoyó que las Fuerzas Armadas tomaran el poder. El único que se opuso al golpe del 24 de marzo de 1976 fue Álvaro Alsogaray2.

Así como los actuales políticos van cambiando de bando de acuerdo a las conveniencias del momento, lo mismo ocurrió con el golpe del 76. Gran parte de la dirigencia política apoyó el golpe y hasta lo pidió y luego cambió de bando y denunció la ruptura del orden constitucional y la violación de los derechos humanos. Es más, equivocada o no, la inmensa mayoría de la población fue indiferente al golpe y en no pocos casos la gente lo vio como un alivio frente al caos que vivía el país.

En síntesis, con estas líneas no pretendo justificar el golpe del 24 de marzo de 1976 personalmente creo que fue un grueso error como bien lo anticipó Álvaro Alsogaray. Simplemente trato de explicarlo en el contexto de ese momento. Es decir, no ocurrió porque ese día se levantaron de malhumor 10 generales y empezaron a los tiros como pretenden vender falsos historiadores y periodistas de poca monta.

Ocurrió porque buena parte de la dirigencia política veía como idealistas a los terroristas. El mismo Perón los estimuló a usar la violencia y luego, cuando él llegó al gobierno, al no poder controlarlos, utilizó los resortes del estado para perseguirlos. Los terroristas creyeron que podían dominar a Perón y Perón usó a la Triple A para perseguirlos luego del asesinato de Rucci.

En definitiva, el golpe del 76 no fue por generación espontánea aislado de los hechos anteriores. Hay toda una secuencia que condujo a ese día, pero lo más importante es que, en todo caso, el terrorismo de estado comienza con Perón siendo presidente al tiempo que los grupos terroristas también hacían terrorismo de estado porque eran apoyados por los aparatos estatales de Cuba, Libia y la ex Unión Soviética1 para perseguir y aniquilar sistemáticamente a ciertos sectores de la sociedad.

Si en serio queremos un nunca más, es hora que contemos toda la historia de esos años para entender qué ocurrió y por qué ocurrió. No hacerlo es ser cómplice de la violencia del otro lado.

Prensa Republicana

domingo, 7 de agosto de 2016

GCE: Los inicios de la sublevación

El golpe del 36: primeros instantes

Los fotógrafos Centelles, en Barcelona, y Albero y Segovia, en Madrid, captaron antes que nadie los inicios de la sublevación franquista contra la República hace 80 años


Diego Fonseca - El País




El fotógrafo Agustí Centelles tomó esta imagen de una camioneta de la CNT ocupada por hombres y mujeres que llevan cuadros con simbología republicana. La foto es en la barcelonesa Vía Laietana, el 19 de julio. CENTRO DOCUMENTAL DE LA MEMORIA HISTÓRICA




Cuando el 19 de julio de 1936 las tropas sublevadas quisieron conquistar Barcelona y Madrid, los núcleos industriales y políticos de la II República, miles de milicianos se echaron a las calles con las armas en la mano para intentar vencer a los insurrectos. Fueron pocos los fotógrafos que ese día captaron el golpe de Estado. Las imágenes de Agustí Centelles (1909-1985) son las únicas que, 80 años después, se conservan del 19 de julio en Barcelona, cuando la Guardia Civil, los guardias de asalto y los ciudadanos levantaron barricadas y montaron cañones para defender la democracia. En Madrid, la sociedad formada por Félix Albero (1894-1964) y Francisco Segovia (1901-1975) fue la que mejor documentó el asalto al cuartel de la Montaña, que había sido tomado por los golpistas, y que terminó con una victoria republicana de la que casi solo quedan estos documentos.

El trabajo de Centelles, que se guarda desde 2009 en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, es un relato preciso de lo que sucedió el 19 de julio en la capital catalana: milicianos con fusiles apostados tras caballos muertos usados como barricada; los primeros heridos llevados en camillas al hospital Clínic; personas celebrando en la calle de Valldonzella que el golpe ha fracasado; guardias civiles leales al Gobierno delante del hotel Colón; y hombres y mujeres del sindicato anarquista CNT encaramados en una camioneta. "A nivel histórico, Centelles tiene un valor enorme. No solo por el 19 de julio, sino por todo lo que hace luego en el frente de Aragón o en los juicios de guerra del vaporUruguay", explica María José Turrión, subdirectora del centro salmantino.

Mientras muchos fotógrafos se quedaron en casa por miedo o no tenían cámaras lo suficientemente rápidas, Centelles —al que se ha comparado con Robert Capa— salió a la calle con su cámara de paso universal, que le permitía hacer varias imágenes consecutivas y sacar hasta 30 en un mismo carrete. “Era un periodista muy sui géneris. Siempre se intentaba desmarcar de lo establecido. Recuerdo que en muchos juicios se colaba y cuando disparaba la cámara y el obturador sonaba, tosía alto para disimular. Muchas veces salió corriendo porque lo habían descubierto", cuenta Turrión.

Los días posteriores a la sublevación, Centelles, que tras la guerra se exilió a Francia —donde sobrevivió a dos campos de concentración—, siguió fotografiando la contienda. Suya, por ejemplo, es la imagen de un cartel en una valla con la inscripción Aquí caigueien els primers defensors de la REPUBLICA. A las 5.10; la de varios milicianos, uno con una lata de sardinas en la mano izquierda y un jamón en la derecha, avanzando con mirada feliz hacia la barricada de la calle Nueva de la Rambla; o el negativo de la puerta de una iglesia de Barcelona con carteles que rezan: Edificio propiedad del Estado y Edificio Incautat por la Generalitat per al Servici de les instituciones del poble. Las fotografías de Centelles fueron publicadas en medios internacionales, y en Ahora y La Vanguardia.


Guardias civiles leales a la República, en la barcelonesa plaza de Cataluña, después de que las tropas leales apresasen a los jefes de los sublevados. CENTRO DOCUMENTAL DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Las de Albero y Segovia también tuvieron difusión exterior y nacional. La portada, por ejemplo, del 25 de julio de 1936 de la revista Estampa —que se difundió hasta 1938 como órgano del Frente Popular (la coalición de partidos de izquierda que había ganado las elecciones de febrero del 36)— era una foto en la que aparecían varios hombres y una mujer sosteniendo armas. El semanario titulaba: “Una madre entra, fusil en mano, a buscar a su hijo en el cuartel de la Montaña”.

La respuesta masiva de las mujeres al golpe está en las fotos de Albero y Segovia, que se guardan en el Archivo General de la Administración. “Destaca cómo los reporteros de Madrid muestran a las mujeres ante la sublevación. Salen miles de ellas a la calle y a combatir en el frente, y los fotógrafos lo enseñan”, dice Turrión. Este rol femenino fue subrayado en los meses siguientes por la dirigente del Partido Comunista Dolores Ibárruri, con frases como "más vale ser viudas de héroes que mujeres de cobardes", y explicado por historiadores como Paul Preston, que en su libro La guerra civil española cuenta cómo una brigada de mujeres participó en los combates de la capital.

“También hay imágenes de Madrid de los fotógrafos Alfonso Sánchez y Atienza,pero muchas no se sabe si son del 19 o de días posteriores. El reportaje de Albero y Segovia es el más completo”, explica Turrión. Entre sus instantáneas del cuartel de la Montaña, está el primer ataque de los republicanos para reconquistarlo; los milicianos ovacionados por el pueblo; la bandera blanca de rendición izada por los sublevados; mujeres que habían entrado con las milicias al cuartel saliendo con armas; o un guardia de asalto deteniendo en la calle de Ferraz “a hombres del pueblo que sin ninguna clase de armas se quieren lanzar al ataque del cuartel". El recuerdo gráfico del primer gran combate de los insurrectos para conquistar Madrid.

martes, 28 de junio de 2016

Argentina: El golpe de 1966

A 50 años del golpe de 1966: un tiempo en el que todos eran víctimas y victimarios
Por Claudio Chaves | Infobae




Arturo Umberto Illia, su presidencia duró del 12 de octubre de 1963 al 28 de junio de 1966 Arturo Umberto Illia, su presidencia duró del 12 de octubre de 1963 al 28 de junio de 1966
Una primera reflexión sobre el abordaje de la década del 60 del siglo XX obliga al historiador o al cientista social a despojarse de aquellos principios y valores del presente, capaces de contaminar el escenario a estudiar. Similar a la labor del arqueólogo que se ve obligado a preservar el ambiente donde su pieza fue hallada. Pues texto y contexto definen al conjunto.

De modo que una aproximación al momento indica que, al menos en América Latina, seguían vigentes en los años 60 los fundamentos ideológicos forjados luego de la Primera Guerra Mundial. El nacionalismo y el comunismo surgidos de las ruinas bélicas impusieron a fuerza de revolución y golpes de mano su intemperancia de vértigo. La industrialización forzosa desde el centro del Estado como valor único de redención económica. La democracia de masas por fuera de la vida institucional, a la que se juzgaba perezosa, lenta y formal. El intervencionismo de Estado y la consecuente planificación económica como remedio a las fuerzas inorgánicas del capitalismo. Y una valoración de la fuerza como método de resolución de los conflictos sociales. Fueron estos algunos de los principios vigentes que permearon a la totalidad de los partidos políticos argentinos, sin excepción.

Ingresamos a la década del sesenta arrastrando sin resolver el malestar social y político ocasionado por el desplazamiento revolucionario del peronismo, en setiembre de 1955. Malestar hacia ambos lados del conflicto. El peronismo, por su proscripción, persecución y extrañamiento de la vida política, y la Revolución Libertadora, por su evidente fracaso en todos los frentes. Su última jugada antes de ingresar en el túnel del descrédito, le salió mal. Apostaron a que la Unión Cívica Radical fuese la heredera del golpe septembrino, capaz de cuidar sus espaldas al dejar el poder. Pero el viejo partido de Hipóliyo Yrigoyen se quebró y todo se fue al demonio. Apareció la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) bajo la conducción de Ricardo Balbín, amigable con los golpistas, y la Unión Cívica Radical Intransigente que, bajo la conducción de Arturo Frondizi, se alejó lentamente del golpe acercándose al peronismo interdicto, incluyendo por ejemplo en su gobierno acuerdos petroleros con empresas norteamericanas similares a los procurados por Perón con la California. El acuerdo Perón-Frondizi fue, de algún modo, un intento fallido de solución democrática y de integración política en una época que no creía en esos valores.


Ricardo Balbín y Arturo Frondizi, referentes de las dos corrientes en que se dividió el radicalismo a fines de la década del 50

Perón aceptó el acuerdo para retornar indirectamente a la vida política y obtener de esa manera una solución para su electorado, al comprometerse el candidato intransigente a la sanción de una Ley de Asociaciones Profesionales que permitiera el retorno de los dirigentes sindicales peronistas a los gremios y un aumento masivo de salarios que finalmente Frondizi realizó en el cálculo de alzarse con el peronismo si las cosas le iban bien. Los militares "libertadores" más antiperonistas observaron horrorizados su fracaso, a la espera de enmendar lo actuado y desplazar a don Arturo por su espurio acceso a la Casa Rosada. La espera dio sus frutos, aunque en treinta oportunidades intentaron apurar el trámite, pues Frondizi, convencido de que después de cuatro años de gobierno los guarismos electorales le serían favorables, convocó a elecciones a gobernadores en catorce provincias, tranquilizando a los militares pues su triunfo estaba asegurado, fundamentalmente en la provincia de Buenos Aires. Las cosas no salieron como pensaba y el peronismo ganó en diez provincias, camuflado bajo distintos nombres: Unión Popular, Bandera Popular, Tres Banderas, Partido Laborista, entre otros. Frondizi perdió en Buenos Aires y su futuro acabó allí. Su primera reacción fue intervenir las provincias, pero eso no afectaba a los ganadores sino que desplazaba a los gobernadores salientes, de modo que los militares no esperaron más y lo desalojaron del poder, anulando inmediatamente el acto electoral. Se avecinaban tiempos peores.

Del antiguo bloque compacto del anti peronismo del 55 no quedaba nada. El radicalismo, dividido y enfrentado (la UCRP de Balbín había incluso apoyado el desplazamiento de Frondizi), los conservadores, divididos, los socialistas, divididos, los liberales, igualmente divididos, y, lo más grave, los propios militares golpistas divididos: azules y colorados. Los azules por otra parte tampoco eran unívocos: estaban los que procuraban integrar al peronismo sobre la base de olvidar a Perón, razón por la que miraron con simpatías a Frondizi, quedando encolerizados con sus pares antiperonistas extremos (colorados) que lo habían echado del poder; estaban también los que pugnaban por una Dictadura Militar con apoyo corporativo de empresarios, obreros y la Iglesia Católica.

Los colorados, por su lado, buscaban lisa y llanamente una Dictadura que erradicara, para siempre y como fuera, al peronismo y a sus amigos, contando para la faena con el apoyo de algunos partidos "democráticos" como la UCRP de Balbín o el socialismo de Américo Ghioldi, capaces de adornarlos con algún ropaje popular. Los colorados también tuvieron deserciones, como fue el caso del general Pedro Eugenio Aramburu, que los abandonó al crear un partido, Udelpa (Unión del Pueblo Argentino), pergeñando la osada idea  de  integrar al peronismo a la vida institucional. El asunto no era sencillo puesto que la democracia social que proponía el justicialismo llevaba implícita la idea de revolución permanente, algunas veces por encima de las instituciones republicanas (aunque el General luego de los bombardeos de junio del 55 aseguró que la revolución había terminado); esta concepción de democracia plebeya había que trocarla necesariamente por una "democracia formal" que integrara al caudillo al libre juego de las instituciones y la división de poderes. Y esto requería un esfuerzo de ambos sectores. Lamentablemente no pudo darse por aquellos años.


El general Pedro Eugenio Aramburu

Azules y Colorados se enfrentaron en setiembre de 1962 y en abril de 1963, venciendo los primeros bajo la Jefatura del general Juan Carlos Onganía. Fueron convocadas nuevas elecciones a realizarse ese año. Frondizi y Perón acordaron una fórmula conformada por Vicente Solano Lima y Carlos Sylvestre Begnis. Balbín, jefe de la UCRP, desistió de su candidatura, porque imaginaba un tercer puesto detrás de Solano Lima y Aramburu, prohijando la fórmula Arturo Umberto Illia y Carlos Perette. Pero las cosas mudaban día a día y, al ser proscripta la candidatura de Solano Lima y Sylvestre Begnis, la compulsa se dio entre Illia, Aramburu y Oscar Alende, que ya había tomado distancia de Frondizi. Balbín, sorprendido en su mal cálculo, rumió un enorme disgusto, al triunfar la fórmula radical que él no había querido integrar.

Illia asume la presidencia con el 25% de los votos frente a un 20% en blanco, duramente peronista, con un Ejército en manos de los Azules que ya no creían en la UCRP y que, con la sangre en el ojo, esperaban el momento de devolverle el golpe, por la responsabilidad que le cupo a Balbín en el derrocamiento de Frondizi. La UCRP pagaría su tributo en carne propia al golpismo que había iniciado pues todas las formaciones políticas de entonces fueron víctimas y victimarias. El peronismo, al ver cerradas las puertas de acceso a la vida política, pegó un violento giro a la izquierda, complicando su institucionalización, y el sindicalismo, al ver trabado el retorno de Perón en diciembre de 1964 –el general fue retenido en Brasil por orden de Illia-, adhiere a la posibilidad de que algún militar eche a andar un nuevo proceso "popular". Lo cierto fue que ni el peronismo lograba imponerse, ni el antiperonismo alcanzaba el éxito final. Buscaban destruirse y no lo lograban. Cargaban sus mochilas con el odio propio de una etapa que se niega a resolver las diferencias en el marco de las instituciones. Si bien se mira, todo estaba dado para el juego virtuoso de la democracia, donde las diferencias son la fortaleza del sistema. Lamentablemente no era el tiempo ni la hora. Illia, dispuesto a permitir la participación electoral del peronismo, avaló su asistencia en las elecciones de Mendoza de 1965, desatando la furia "gorila". Los azules, entonces, promotores de la Revolución Nacional, no esperaron más y el 28 de junio de 1966 arrojaron fuera de la casa de gobierno al hombre de Cruz del Eje.


El presidente Arturo Illia abandona la Casa de Gobierno, ocupada por los militares, junio de 1966

Los otros conflictos del 60


Hubo durante esos años otros problemones, tanto o más graves que los anteriormente observados y que, por la brevedad de este artículo, no pueden ser desarrollados como el asunto amerita. De modo que los enunciaré por arriba a los efectos de tenerlos presentes pues sin ellos la comprensión del período resulta renga.

  • En la década del sesenta se alcanza el punto más alto de la Guerra Fría. La Unión Soviética ha logrado éxitos impensables en el campo científico y militar. El Sputnik en el espacio, la perra Laika paseando en la estratósfera y Yuri Gagarín dándole vueltas a la tierra; fue todo un símbolo de poder vertiginoso. Si a esto le adicionamos el desarrollo exponencial de la energía nuclear, entonces Occidente tenía razones para preocuparse. El triunfo final del socialismo no era una quimera, era una posibilidad palpable. La Revolución Cubana y el ingreso de América al conflicto nos enfrentaron de lleno a ese peligro. Las Fuerzas Armadas no fueron ajenas a esta guerra.
  • La retirada de Inglaterra de nuestro horizonte económico como mercado seguro, más la creación del Mercado Común Europeo dejó a nuestras exportaciones agrarias huérfanas de consumidores, adicionando a esto el deterioro de los términos de intercambio. Por varios años, nuestras exportaciones no superaron los mil millones de dólares.
  • En ese marco, la sustitución de importaciones y la producción industrial para el mercado interno alcanzó un límite que sólo podía ser superado, momentáneamente, por constantes devaluaciones, provocando la caída del salario urbano, el retroceso industrial y un enorme malestar social, dejando en evidencia la crisis de un modelo dependiente de la riqueza agraria y al cual había que ajustar. ¿Quién le pondría el cascabel al gato?
  • Por su parte la Iglesia y su opción por los pobres, luego de Medellín, fue con frecuencia leída como un aval o una no condena a los métodos violentos, lo que colmó la medida de un tiempo desgraciado.

Todo, absolutamente todo lo enumerado, se nos vino encima por aquellos años de la peste haciendo de esta década una de las peores de nuestra historia, paradójicamente en el marco mundial de un Estado de Bienestar que alcanzaba su pico más alto facilitando un revival, en este caso masivo y popular, de los elitistas años locos de la década de 1920.

jueves, 7 de abril de 2016

Subversión: La detención de una copera

’Señora, está destituida‘
En La primera presidente, la historiadora María Sáenz Quesada realiza una profunda investigación sobre la vida de aquella mujer que, a partir de un encuentro con Perón, no se volvió a separar de su lado. Desarrolla diferentes e importantes momentos para ella y los argentinos, como sus años de exilio, el regreso a la Argentina, el último mandato del General y su breve presidencia, acompañada por el mítico José López Rega.


Por María Sáenz Quesada | Perfil


 Guardaespaldas. Isabel con Jorge Videla y Emilio Massera en enero de 1976, meses antes del golpe militar que dejó muertos y desaparecidos.

Isabel llegó en helicóptero a mediodía del 23 de marzo a la Casa de Gobierno, almorzó y recibió a Norma López Rega, Lastiri, Vignes y Norma Kennedy. También la visitó un grupo de sindicalistas, encabezado por Lorenzo Miguel, quien volvió a mostrarse optimista: “La presidente no está dispuesta a irse, no se va ni pide descanso… pronto en los barrios y en la Plaza de Mayo se podrá ver que esta reacción nuestra tiene calor popular, no caeremos sin pena ni gloria”, pronosticó el metalúrgico.
Recuerda una funcionaria de la Cancillería, que concurrió a la Casa Rosada con motivo de un seminario de Naciones Unidas para América Latina sobre participación de la mujer en la vida pública, en la víspera del golpe: “La presidente nos recibió a Quijano, a mí y, por Naciones Unidas, a la secretaria general del tema de la mujer –que estaba interesada en conocer a una jefa de Estado mujer–. Nos sentamos. Isabel en la cabecera; no había traductor, de modo que hice de intérprete. Isabel pasó 45 minutos hablando de la situación de la mujer, como si no pasara nada. Parecía irrelevante para las circunstancias que se vivían. Pero ella cumplió con la entrevista con toda calma”.
“El 23 de marzo fue un día de esquizofrenia; por un lado, la noticia de que los tanques controlaban la avenida General Paz; por otro, una serie de actos protocolares. Había venido el alcalde de Moscú, alto personaje del Politburó, y en la recepción en la embajada soviética éste le preguntó al canciller si habría golpe, preocupado porque si se cerraba el aeropuerto no podría volver en fecha (como efectivamente ocurrió)”, recuerda el ex ministro Quijano, que ese día concurrió a la presentación de credenciales de dos nuevos embajadores.
El 23, el ministro Deheza tuvo dos reuniones con los comandantes, en las que repasaron la lista de exigencias que los jefes militares habían redactado como parte del intento de acuerdo del 5 de enero. Eran metas muy ambiciosas, un replanteo del gobierno desde el vamos más que una rectificación del plan económico, la política exterior y la indisciplina social. No obstante la tensión, se sintió aliviado porque al día siguiente tendría otra más con Videla, Massera y Agosti. “Esta noche no pasará nada”, le dijo a Julio González, a pesar de que el titular del vespertino La Razón decía: “La suerte está echada”.
“La tarde del 23 de marzo –escribe monseñor Laghi– la señora, según me ha confiado monseñor Galán, permaneció casi hasta la medianoche en la Casa Rosada, incluso para anticipar el saludo de cumpleaños de una colaboradora, Beatriz Galán, sobrina de monseñor”.
En los despachos de la Secretaría Privada y Técnica, los funcionarios se quedaron un rato más conversando con el intendente de Lanús, Manuel Quindimil, y unos diputados.
Pero el problema que los desvelaba era otro: desde el mes anterior, la presidente había dado órdenes muy estrictas de que hubiera disponible en caja una suma en efectivo de 16 millones de pesos ley, tomada de los gastos reservados.
El 22 de marzo la presidente recibió a su secretario a solas y le indicó que tuviese preparada esa suma sin darle ninguna explicación. Los trámites se hicieron y los millones llegaron puntualmente en la tarde del 23, en gruesos fajos del Banco Nación. Por eso, a la hora cero del 24 de marzo, antes de partir a Olivos en helicóptero, González habló con el subsecretario, doctor Noacco, y le indicó que en caso de producirse los acontecimientos que se temían, él debía retirar los fondos y entregarlos en una escribanía para restituirlos debidamente si la presidente no los disponía. (Así se hizo después por medio de la escribanía de Bernardino Montejano.)
A medianoche, Isabel, con el rostro tenso, el pelo recogido y un elegante traje beige, se retiró de la Casa de Gobierno a bordo de un helicóptero acompañada por González y por el jefe de la custodia. Al poco rato supieron en Presidencia que la máquina no había llegado a Olivos y casi enseguida el Ejército irrumpió en la Casa Rosada.

La captura

El operativo de detener a la presidente de la Nación se preparó cuidadosamente. Los comandantes habían sido advertidos por la interesada de que la tendrían que sacar por la fuerza de la Casa de Gobierno. La perspectiva no resultaba grata. Porque aunque secretamente la represión clandestina, en su metodología feroz, no discriminara entre varones y mujeres, era muy distinto arrestar a la presidente en el ejercicio del cargo. La opinión internacional miraría atentamente el procedimiento y la Iglesia se había constituido en garante de la integridad física de la señora.
El general Villarreal había pasado sus vacaciones en La Falda. Al regreso, a principios de febrero, le informaron que se iba a Buenos Aires, al Estado Mayor, donde se haría cargo de la Jefatura de Personal. Dependería del general Viola, que había sido su jefe directo muchos años. “Villarreal –me dijo Viola en la primera charla–, si acá se produce la ruptura del orden constitucional empiece a pensar en los cambios que tendríamos que hacer a nivel superior de Ejército, si este general va a tal lado y este general puede ir a tal otro, quién lo reemplaza, y empiece a pensar que usted también se va a ir”. Unos días después el general Galtieri, subjefe del Estado Mayor, le indica: “Villarreal, a usted le va a tocar una tarea delicada; no la va a hacer solo, la va a hacer con el brigadier Lami Dozo de la Fuerza Aérea y el almirante Santamaría; tienen que entrar a planificar la detención de la señora de Perón y el lugar donde se la va a trasladar… No se apure, yo le voy a avisar en una semana o diez días”. Pero todavía sin saber fecha. Esta se supo después.
“En el destino de Isabel no intervino el nuncio, como algunos suponen. Nosotros analizamos algunas variantes. El Messidor, en Neuquén, que resultó elegido, tenía la suficiente lejanía como para que no hubiera por ahí una manifestación de apoyo a la señora, y reunía las condiciones de aislamiento y de seguridad. Al único miembro de la Iglesia a quien yo hablé fue monseñor Tortolo, obispo de Paraná y capellán castrense, dado que una de las ‘exigencias’ que teníamos nosotros era evitar el derramamiento de sangre y que le pasara algo a la señora de Perón. Cuando hablé con el jefe de Granaderos, cuya misión es defender al presidente de la Nación, éste dijo: ‘Yo lo lamento, mi general, pero voy a cumplir con mi misión’; le digo: ‘Usted cumpla con su misión pero facilíteme la mía en el sentido de que no tenga que matar soldados, si entramos a Olivos o a la Casa Rosada, y si usted me va a colocar granaderos con ametralladoras, no me los coloque ahí delante, colóquelos al costado…”.
Esta precaución se justificaba. En efecto, en el intento revolucionario del 16 de junio de 1955, el Regimiento de Granaderos había luchado con valor en un combate terrestre contra la Infantería de Marina para defender al presidente.
En otros derrocamientos de presidentes de facto, como Eduardo Lonardi, o constitucionales, los casos de Frondizi y de Illia, esto no se había repetido, pero existía el antecedente y quizá por esta razón el operativo fue modificado.
“El día antes recorrimos con Basilio Lami Dozo Campo de Mayo y el regimiento de Palermo, a ver qué tropa tendríamos a disposición, en la hipótesis de que la detención fuera en Casa de Gobierno o en Olivos. Cuando llego de la recorrida nos llama Viola, y me dice: ‘Vamos a intentar otra alternativa; si la señora se desplaza en helicóptero hasta Olivos, el piloto simulará un desperfecto y aterrizará en Aeroparque. Prepárense para esa emergencia. Estén a las 10 pm en Aeroparque y tendrán el personal necesario’.
”Teníamos a disposición un mayor del Regimiento de Patricios, personal de Marina y el jefe de turno de Aeroparque. Organizamos de qué manera se iba a proceder. Sabíamos que el su-boficial Rafael Luisi, jefe de la custodia presidencial, era muy buen tirador, un oficial estaba encargado de seguirlo desde un control apuntándolo con un FAL… Nos quedamos esperando que nos informaran y a las 12.45 pm nos llamaron y dijeron que el helicóptero había salido de la Casa de Gobierno.
”Las luces del Aeroparque estaban apagadas y además, previamente, el avión presidencial estaba preparado del otro lado de la pista. Sentimos el rateo del helicóptero como si tuviera una falla y el aterrizaje. El jefe de turno la invitó a la señora a bajar, pero el jefe de la custodia le dice: ‘Señora, no baje del helicóptero, esperemos aquí a que los autos vengan de Olivos’.
”El piloto les advirtió que el problema de turbinas implica riesgo de incendio. Entonces bajaron. Nosotros estábamos en el dormitorio del jefe de la base, hasta que el comodoro jefe nos dice que Isabel se encontraba en su despacho. Abren la puerta, ella estaba sentada, me presenté y presenté a Lami Dozo y a Santamaría. Julio González y Luisi estaban detenidos en otro lugar, y el edecán naval, apartado. Mientras pedían el avión presidencial, pasaron 45 minutos de conversación con ella”.
“Cuando entramos nosotros estaba sentada en la pose que tenía normalmente”, dice el general Villarreal; “la saludo, le presento a Lami Dozo y a Santamaría y le digo: ‘Señora, las Fuerzas Armadas han asumido el poder político de la Nación y usted queda destituida’. ‘Estoy preparada para que hagan conmigo lo que hayan resuelto’, dice. Temblaba, era un temblor en la barbilla. Le digo: ‘No, señora, quédese tranquila, la presencia nuestra acá obedece a garantizar su seguridad personal’. Entonces pregunta: ‘¿Y se puede saber qué van a hacer conmigo?’. ‘Señora, la vamos a trasladar a la residencia El Messidor’. ‘¿Y dónde queda eso?’. ‘En la provincia del Neuquén’. ‘Pero yo estoy con lo puesto’. ‘¿Qué es lo que desea que hagamos?’. ‘Que llamen a la gobernanta de Olivos para que me prepare’”.
Los protagonistas de esta escena estaban muy nerviosos. El capitán de navío se había olvidado de grabar la conversación, como estaba convenido, y el brigadier de avisar a la Junta que ya se había concretado el operativo para que se pusieran en marcha las otras detenciones. Cuando cada uno partió a informar, la presidente y Villarreal se quedaron solos: “En la conversación dice ella: ‘General, el general Perón me dijo siempre que confiara en el Ejército y ahora el Ejército me traiciona’. ‘Mire, señora, no es el Ejército el que la traiciona, son las Fuerzas Armadas que han decidido ante la situación que vive el país asumir el poder político, no lo tome como una traición del Ejército’. ‘Pero general, en este momento en que todo el sindicalismo, la CGT, se iban a poner detrás mío para combatir la subversión, ¿ustedes me hacen esto?, ¿ustedes no saben que tienen en el propio Ejército gente que está ligada a los movimientos subversivos?’. ‘Es probable, señora, es probable’. ‘No se equivoque, hasta tienen algún general que está’. ‘Yo lo desconozco, señora’. ‘¿Usted tiene hijos, general?’. ‘Sí, señora, tengo; por eso es que estoy con toda convicción en esto que estoy haciendo’. ‘Espero que no se arrepienta, porque van a correr ríos de sangre cuando la gente salga a las calles a defenderme’. ‘Bueno, señora, son enfoques personales; usted tiene el suyo, nosotros
el nuestro’”.
Isabel no perdió la calma en ningún momento. Pasada la cuestión inicial de los nervios, se tranquilizó y empezó a conversar. (...)
Salieron. (...) Ella se fue con lo puesto (...). En el vuelo, Isabel no aceptó tomar café por temor a que la envenenasen.

miércoles, 6 de abril de 2016

Guerra Antisubversiva: La diplomacia oculta



La diplomacia secreta de la dictadura
En los primeros meses tras el golpe, Cancillería emitió 64 cables. Hasta ahora desconocidos, muestran al terrorismo de Estado en acción. Galería de imágenes.


Por Rodrigo Lloret - Perfil



Tienen la marca de las violaciones a los derechos humanos. Demuestran el apoyo de los diplomáticos civiles al plan de represión militar. Y durante muchas décadas fueron secretos, hasta ahora. A cuarenta años del sangriento golpe militar de 1976, PERFIL revela en exclusiva los documentos que fueron recientemente desclasificados donde se reflejan los primeros pasos dados por la dictadura en el escenario internacional.

Se trata de 64 cables emitidos por los funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores de Argentina en los primeros tres meses posteriores al golpe del 24 de marzo de 1976. En su mayoría están archivados bajo la carátula de “secretos” y revelan las mayores preocupaciones de la dictadura en esos primeros momentos: cómo frenar los pedidos de asilo que se multiplicaban en las embajadas extranjeras, cómo articular esfuerzos con las dictaduras sudamericanas contra “marxistas”, y cómo explicar en el mundo lo que denominaron una “guerra” contra “subversivos”.

La desclasificación se produjo luego de que el gobierno de Cristina Kirchner firmara un acuerdo con el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) para la creación de la Comisión de Relevamiento para la Recuperación de la Memoria Histórica en la Cancillería argentina. La liberación de archivos comenzó en 2009 y la última etapa se produjo recientemente.

Inicios del Plan Cóndor

El 2 de abril de 1976, se emitió un cable “secreto” fechado en la embajada argentina en Santiago de Chile. Fue titulado “Repercusión local situación política argentina”, y allí se informa sobre el sentimiento de los “círculos políticos” chilenos tras el golpe de Argentina. Se aseguraba que había una “total unanimidad en destacar imperiosa necesidad de que las Fuerzas Armadas procedieran a ocupar evidente vacío de poder”, a la vez que se anunciaba que había en el “ejército y mandos superiores” trasandinos una “total identificación y actitud de solidaridad”.

También se aseguraba que existía “admiración” por la “mesura con que se actuó, entendiéndola como dirigida a evitar los graves problemas internacionales que padece Chile”, en referencia a las críticas que tenía la dictadura de Augusto Pinochet en relación con las violaciones a los derechos humanos en el escenario internacional.

Es interesante observar en este cable que los militares chilenos se mostraban “un poco desencantados” con la relación entre la Junta argentina y el Partido Comunista porque se esperaba “una línea más coincidente con la del gobierno chileno”, lo que “aliviaría el actual rol de únicos objetivos de ataque del comunismo internacional”.

El 24 de abril otro cable “secreto” fue emitido desde la embajada argentina de Montevideo. Allí se revelan los primeros movimientos de la dictadura para establecer contactos con militares de la región. El documento fue preparado días antes de la visita de Pinochet a Uruguay y anunciaba el objetivo de las Fuerzas Armadas del Cono Sur de “tomar iniciativa conjunta en campaña antimarxista que planease orquestarse a nivel latinoamericano”.

En lo que podría ser uno de los primeros indicios del Plan Cóndor, el documento advertía sobre la necesidad de “asegurarse adopción de medidas colectivas de resguardo a seguridad interna a país del área”, para lo que proponía realizar un “permanente intercambio informativo, esencialmente centrado en materias vinculadas a la seguridad, orden económico, jurídico y político”. El cable cierra asegurando que las Fuerzas Armadas uruguayas y chilenas estarían de acuerdo en “concentrar esfuerzos de naciones de un mismo signo ideológico a fin de lograr mayores beneficios”.

Guardias en las embajadas

Pero el mayor problema que enfrentó la dictadura argentina en esos primeros meses fue el relacionado con las denuncias de exiliados y refugiados de países limítrofes que estaban residiendo en el país al momento de producido el golpe. Hasta el 24 de marzo de 1976, Argentina era una democracia rodeada de dictaduras y aquí habían encontrado refugio muchos exiliados de la región, principalmente uruguayos y chilenos. Las primeras denuncias sobre la persecución a estos refugiados llegaron en abril de 1976 cuando el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) emitió un mensaje desde su sede en Ginebra: la oficina de las Naciones Unidas estimó en 16 mil los casos de refugiados que podrían correr peligro en la Argentina.

La Consejería Legal de la Cancillería respondió a Acnur con un memorándum interno emitido el 14 de abril de 1976. El documento fue titulado “Información sobre asilo” y allí se informaba que “la concesión del asilo diplomático es resuelta por la Cancillería” y se recordaba que “la persona a la cual se le ha concedido asilo territorial no puede ser entregada a las autoridades de otro Estado sino por la vía de extradición”, para lo que remarcaba “la dificultad de determinar el límite entre el delito común y el delito político.

Como la situación de los refugiados de carácter político iba en aumento, la Dirección General de Política Exterior emitió un nuevo memorándum el 23 de abril de 1976 donde se anuncia que “las variables circunstancias por las que ha atravesado el país han hecho que últimamente ciudadanos argentinos y extranjeros buscaran ‘refugio’ en representaciones extranjeras”.

Para no sufrir una condena internacional, los diplomáticos de la dictadura recomendaron en ese cable “reservado” que se intentara evitar que los pedidos de asilo se transformaran en “incidentes” y advertía que “la mejor forma de procurarlo sería logrando soluciones oficiosas”, pero aclaraba, “no oficiales” para que no quedaran registros en las representaciones extranjeras involucradas. Por último, los civiles de la Cancillería directamente recomendaban “reforzar las guardias en las embajadas y oficinas extranjeras a fin de dificultar nuevos casos de asilo” y exigían “estricta reserva en todo lo que tenga vinculación con estos asuntos”.


Campaña antiargentina

El plan sistemático de represión había evitado que se produjeran protestas en Argentina, pero la dictadura fue desafiada en el extranjero. Un cable fechado en el consulado argentino de San Francisco, Estados Unidos, el 12 de abril de 1976 anuncia la primera alarma por “un grupo de 15 personas que desfilaban portando carteles críticos” de la Junta. Se mencionaba que se trataba de exiliados argentinos que protestaban contra “el nuevo gobierno”.

Como las críticas se repetían, la Cancillería produjo un protocolo para sus propios funcionarios. La circular telegráfica fechada el 28 de mayo de 1976 anunciaba a los diplomáticos que “en caso que en conversaciones con periodistas o personalidades se suscite cuestión relativa a Derechos Humanos en la República” se debería tener en cuenta “las siguientes pautas: Gobierno Junta Militar ha ratificado su decisión de respetar Derechos Humanos tal como lo expresó Presidente Videla en su discurso del 30 de marzo”.

La circular también pedía a los diplomáticos argentinos que recordaran que Argentina se encontraba “enfrentando una lucha abierta contra el terrorismo y la subversión con el objeto de cumplir su función primordial de salvaguardar estilo de vida democrático y la seguridad y bienes nacionales y extranjeros”. Y también se recomendaba a los funcionarios de la dictadura remarcar que “grupos subversivos habían incrementado sus esfuerzos a fin de lograr sus objetivos incluso confundiendo opinión pública internacional para deteriorar imagen externa”.

El cable cierra pidiendo a los diplomáticos que recuerden a las autoridades de “gobiernos responsables que no se hagan eco de esa campaña de propaganda internacional realizada precisamente por sectores que no manifestaron repudio por asesinatos cometidos por bandas terroristas subversivas”.

Ocultamiento, justificación e impunidad para justificar las violaciones a los derechos humanos. Así operó la diplomacia de la represión: un cuerpo de funcionarios civiles que trabajaron para la más sangrienta dictadura



miércoles, 30 de marzo de 2016

Perón temía el final de Allende

Perón temía un golpe en Argentina similar al de Pinochet
 En una carta de Juan Domingo Perón a su médico, Antonio Puigvert, fechada en septiembre de 1973, el entonces presidente dice que su gobierno podría correr una suerte similar a la de Salvador Allende. Dudas sobre Isabel y confianza en la JP.
Por Claudio R. Negrete | Perfil


 A los dos lados de la cordillera. Videla y Massera, figuras de un golpe militar que replicó poco más de dos años después el que instauró en Chile la dictadura de Augusto Pinochet, como temía el general Perón.


“A perro flaco nunca le faltan pulgas”

El aniversario de las cuatro décadas del último golpe militar a la Constitución Nacional nos vuelve al espejo de los turbulentos años políticos de los 70. Una década que, no por casualidad, empezó con la dictadura militar de Juan Carlos Onganía y terminó con otra, la de Rafael Videla. En el medio un breve y frustrado período democrático de tres años (1973-1976) que tuvo cuatro presidentes y un contexto de violencia política cruzada inédita hasta hoy por las formas y la virulencia de un encono marcado más por venganzas y prejuicios que por principios ideológicos. Con la actual experiencia de 32 años ininterrumpidos de presidentes democráticos, la dimensión del tiempo sirve para comprender la complejidad de aquellos años y los resultados de ese proceso caótico de intentar encauzar el desborde político en una sociedad con baja intensidad democrática. El presidente Héctor Cámpora ejerció su mando sólo 49 días. Luego lo reemplazó Raúl Lastiri por tres meses. La tercera presidencia de Juan Domingo Perón duró apenas nueve meses; y su viuda María Estela Martínez de Perón intentó completar el mandato pero a los 21 meses fue derrocada. Tiempos absolutamente lábiles, inestables, inciertos, líquidos, al decir actual del sociólogo Sygmunt Bauman. De difícil comprensión cuando se los contrapone a los cinco años y seis meses de la presidencia de Raúl Alfonsín, o a los más de diez años de Carlos Menem y del matrimonio Kirchner gobernando sin condicionamientos los destinos del país.
Los otros días, ordenando mis archivos, me reencontré con una copia de una carta manuscrita que escribiera Juan Perón a su médico personal, el catalán Antonio Puigvert. La fecha es del 15 de septiembre de 1973. Un documento revelador de lo que pensaba el líder justicialista en un contexto histórico de impactantes hechos sucedidos en pocos días: hacía cuatro del golpe de Estado en Chile con la trágica muerte del presidente Salvador Allende; faltaba una semana para las elecciones presidenciales que consagrarían a Perón por tercera vez como presidente; y a sólo diez días del asesinado de José Ignacio Rucci, el jefe de la CGT y hombre clave en el armado del nuevo gobierno. En esos días intensos, ahora históricos, Perón se tomó su tiempo para escribirle a su amigo español con quien compartió males físicos y secretos políticos durante sus años de exilio.

Primeras noticias. Después de las expresiones formales de toda carta, Perón comienza por lo que los unía desde siempre: “La salud marcha muy bien en cuanto a lo ‘urológico’ pues aun los análisis que hemos realizado aquí confirman su sabio juicio de siempre. Pero, como ‘a perro flaco nunca le faltan pulgas’, el doctor Pedro Cossio, célebre especialista cardiológico, descubrió que mis dolores pectorales obedecían a una pericarditis a virus que ya me la ha curado. De esa manera, estoy terminando de la consecuencia de tres meses de reposo prescriptos.”
En esas pocas líneas, Perón revela a la distancia un secreto de Estado de aquella Argentina expectante: su delicada salud. Cuando en junio de ese año regresó debió estar más de diez días en cama en la casa que habitaba en la calle Gaspar Campos, en Vicente López. Se ocultó la verdad diciendo que era por una bronquitis cuando en realidad había tenido el incidente cardíaco del que da cuenta en su misiva a Puigvert. Según me contó hace algunos años el doctor Pedro Cossio hijo, mostrándome los originales de los electrocardiogramas, conversando con Perón y con los estudios clínicos que entonces le realizaron se llegó a la conclusión de que ya había tenido otro problema en el corazón: una angina de pecho. Y se la pudo ubicar en Madrid cuando regresó por primera vez a la Argentina en noviembre de 1972. Con ese antecedente y el nuevo malestar se tuvieron que tomar medidas excepcionales. “Debido a la situación delicada de Perón mi padre decidió montar una unidad cardiológica de veinticuatro horas en Gaspar Campos, que yo integré. La condición era que tenía que estar formada por profesionales sin pertenencia partidaria alguna, ni siquiera del peronismo. Se buscó un equipo apolítico y así se armó el grupo con los mejores médicos del Hospital Italiano”, me explicó. Su otro médico de confianza, Jorge Taiana, le había recomendado por escrito y antes de las elecciones que si quería vivir más años y con buena calidad de vida no tenía que se presidente. Con este escenario, es de suponer que en un país convulsionado como el de entonces los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas, como los de las cúpulas guerrilleras, hayan tenido la información de la delicada salud de Perón que, sumada a su avanzada edad, auguraban un fin anticipado, como sucedió finalmente. Incluso, distintos historiadores y analistas de la época sostienen que la casi segura desaparición física de Perón, y el poder vacante que dejaría, alimentaron la ambición la ambición militar y las disputas dentro del peronismo y en los grupos armados para posicionarse ante el vació de poder que quedaría.

Emergencia y candidatura. En otra parte de su carta, Perón le explica a Puigvert la situación de la Argentina y cómo enfrentaría la complicada herencia que recibiría: “Para una situación de emergencia, espero hacer un ‘gobierno de emergencia’ en el que participarán todas las fuerzas políticas unidas, única manera de neutralizar las apetencias militares”. Esta afirmación se condice con otra que hizo tiempo después como presidente: “Me entregaron el gobierno pero no el poder”.
Es decir, tenía la sospecha de que las FF.AA. quedaban en una retaguardia armada dispuesta a recuperar lo entregado si hiciera falta, como después sucedió. La visión del desafío que según Perón tenía por delante era de una situación de emergencia y no de una mera crisis. De ahí su estrategia de armar un gran frente electoral con los principales partidos políticos participando de su gobierno para sostener la institucionalidad de esa frágil democracia. “El ejemplo de Chile es efectivamente elocuente como para que saquemos las enseñanzas correspondientes.
El golpe militar ha sido posible porque contaba con el apoyo explícito de la Democracia Cristiana: nosotros no le daremos esa “chance”, le explica a Puigvert para después agregar que “como imaginará, el único enemigo que tenemos será USA y los que ellos puedan comprar, pero desde el ‘vamos’ los estaremos vigilando. Nuestro pueblo y en especial su juventud están dispuestos a todo y cuando se cuenta con ese apoyo no hay empresa que no deba intentarse”.
Y hacia el final de la carta aparece uno de los grandes enigmas de la política nacional. ¿De dónde se impulsó la fórmula con Isabelita? Según la historiadora María Sáenz Quesada, que acaba de reeditar su libro La primera presidente, fue una decisión de Perón y hubo un intento fracasado para que la fórmula fuera
Perón-Cámpora. Difícil de lograrse a la luz de lo que el propio Cossio escuchó de Perón. “Mientras estaba en cama, cada vez que Perón veía por televisión a Cámpora se enojaba mucho, decía que se había dejado copar por la izquierda. Se sintió traicionado.
En el cuarto estaba armado, sospechaba que podían atentar contra él”, recordó de aquellos momentos junto al General durante las catorce horas por día que le tocaba acompañarlo.
También en el libro de Sáenz Quesada se afirma que según Abal Medina se había consensuado la fórmula con el líder radical Ricardo Balbín, pero que el intento también fracasó. El historiador peronista Enrique Pavón Pereyra, en su libro Perón, Balbín, sostiene directamente que ese acuerdo fue saboteado por
Cámpora y López Rega. Y en los años 80, fue el propio dirigente radical Enrique Vanoli, quien participó en esas negociaciones, quien me confirmó que el acuerdo existió pero fue saboteado. “Hubo un boicot dentro del peronismo y también en el radicalismo”, me confesó.
Entonces, ¿quién eligió la fórmula Perón-Perón”. El mismo Perón da su versión en la carta a Puigvert: “A Isabelita la han ‘candidateado’ en segundo término para ‘vicepresidenta’, y como tal candidatura ha sido proclamada  en el Congreso ‘por aclamación’, significa que mis muchachos quieren que yo gobierne solo y no hemos tenido más remedio que darles el gusto”. ¿Justificación? ¿Poner a “los muchachos” como una forma de encubrir la decisión personal? ¿Aceptación resignada de una situación que ya no controlaba? La carta anticipó lo que sucedería después en el país.

*Periodista y coautor del libro La profanación. El robo de las manos de Perón.

domingo, 27 de marzo de 2016

Guerra contra la Subversión: Otro 24 de Marzo sin memoria

40 años del golpe: es hora de contar la verdad. 
Por Nicolás Márquez - Prensa Republicana





Tal como viene sucediendo año tras año (máxime cuando la víspera es un número redondo como el 40´), es de esperar para este 24 de marzo (fecha convertida por el régimen anterior en insólito feriado turístico) un conglomerado de actos y encendidas alocuciones en repudio a las Fuerzas Armadas por haber tomado el poder del Estado en 1976.

En esta velada, al igual que en las predecesoras, recolectores de votos y figurones de circunstancia omitirán recordar el apoyo irrestricto que todos los partidos políticos, personalidades múltiples y diferentes estamentos de la sociedad civil de todas las ideologías le dieron a la pacífica sublevación militar que destituyó a Isabelita y la impresentable corte de ladrones que la secundaba.

Motivos para tal consenso no faltaban: antes del mentado 24, en los tres años de gobierno constitucional precedentes, el terrorismo peronista de la AAA había asesinado a medio millar de personas; el terrorismo marxista (“jóvenes idealistas” les llaman algunos medios) protagonizado por el ERP y Montoneros superaba los 7.000 atentados y los guerrilleros desaparecidos tras las órdenes presidenciales de “aniquilamiento del accionar subversivo” ya ascendían a 900.

La semana previa al cambio de gobierno, diarios antagónicos entre sí como La Prensa y La Opinión informaban que, desde mayo de 1973, el terrorismo había causado 1.358 muertes. En ese período, no sólo no se dictó ninguna condena a un solo terrorista, sino que centenares de ellos fueron amnistiados durante el lamentable pasaje del vacilante Héctor Cámpora. Otro dato que tampoco será evocado esta semana, es que entre 1969 y 1979, las bandas terroristas fueron autoras de 21.665 atentados subversivos (hechos y cantidades ratificados en la sentencia dictada el 9/10/1985 por la Cámara Federal de Apelaciones en lo Criminal y Correccional – Cap. 1. Cuestiones de hecho – Causa 13).


No había día en que el terrorismo marxista no masacrara inocentes.

Por entonces, ante la inminencia de un “golpe”, no sólo no hubo ni una sola voz en contra de la reacción cívico-militar en ciernes (a excepción de una solitaria solicitada del Ingeniero Alvaro Alsogaray), sino que la clase política promovía ansiosamente el reemplazo y cambio de gobierno a efectos de desembarazarse de una situación inmanejable. A modo sintético y ejemplificativo, el 21 de marzo el diario Clarín informaba: “Los legisladores que asistieron al Parlamento se dedicaron a retirar sus pertenencias y algunos solicitaron un adelanto de sus dietas”; el mismo día, el matutino La Razón completaba: “Hay tranquila resignación en el Congreso frente a los inevitables acontecimientos que se avecinan”.

El oficialismo, capitaneado por Isabelita  y el hechicero José López Rega (este último semanas atrás se había profugado al exterior), no sólo no brindaba respuesta eficaz a la guerra civil desatada por el terrorismo marxista, sino que potenciaba el caos con su manifiesta incompetencia gubernamental.

De la oposición nada podía esperarse, puesto que el jefe de ésta, Ricardo Balbín (a la sazón presidente de la UCR), efectuó un público y desembozado lavado de manos el 22 de marzo, alegando: “Hay soluciones, pero yo no las tengo”. Días atrás (el 27 de febrero), el comité nacional de la UCR publicó la siguiente declaración destituyente: “El país vive una grave emergencia nacional… ante la evidente ineptitud del Poder Ejecutivo para gobernar… Toda la Nación percibe y presiente que se aproxima la definición de un proceso que por su hondura, vastedad e incomprensible dilación, alcanza su límite”. Incluso, hasta el mismísimo Partido Comunista, el 12 de marzo reiteró su propuesta de formación de “un gabinete cívico-militar”. El senador radical Eduardo Angeloz, con sutil imprecisión arengaba: “Alguien tiene que dar la orden…alguien tiene que decir basta de sangre en la República Argentina”.


La bataclana Isabelita parodiando de Presidente, secundada por José López Rega, el chamán que horas después se profugara al exterior. Todos pedían a gritos un cambio de gobierno.

Como si la guerra civil y el desgobierno fueran insuficientes, los números económicos se desplomaban y la hiperinflación (según informe de FIEL) arrojaba una proyección anual del 17.000% para 1976. Durante los días previos al 24 de marzo, las declaraciones de personalidades y las notas de los diarios reflejaban el clima de terror y el desgarrador pedido de cambio de gobierno. La Opinión  publicaba: “Un muerto cada cinco horas, una bomba cada tres” (19/03/76). El 23, nuevamente el diario socialista La Opinión titulaba: “Una Argentina inerme ante la matanza”, y agregaba: “Desde el comienzo de marzo hasta ayer, las bandas extremistas asesinaron a 56 personas”; esa fecha, La Razón redundaba: “Es inminente el final. Todo está dicho”. Pero la expresión más clara de lo que la clase política podía dar fue del diputado Molinari: “¿Qué podemos hacer? Yo no tengo ninguna clase de respuesta”.

En efecto, la hipocresía de los que ahora cuentan la historia oficial a base de aforismos humanísticos ocultan que “la inmensa mayoría de los argentinos rogaba casi por favor que las Fuerzas Armadas tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos”, textuales palabras dirigidas a la revista alemana “Geo” en 1978 por el escritor Ernesto Sábato: el mismo tránsfuga que después presidió la Conadep y prologó el libro “Nunca Más” financiado por el inconcluso gobierno de Raúl Alfonsín.


El Presidente de la Nación Teniente General Jorge Rafael Videla amenizando con Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato.

Pero el apoyo generalizado a los militares de los mismos sectores que hoy repudian a los “genocidas” no se limitó al 24 de marzo. Una vez constituidas las nuevas autoridades, estos no sólo respaldaron al flamante gobierno sino que se sumaron al mismo ejerciendo diferentes cargos en la función pública. Tanto es así que el 25 de marzo de 1979, el diario La Nación detallaba que de las 1.697 intendencias vigentes en la gestión del Presidente Jorge Rafael Videla, solo el 10% de ellas eran comandadas por miembros de las FF.AA.; el 90% restante, estaba conformado por civiles repartidos del siguiente modo: el 38% de los intendentes eran personalidades ajenas al ámbito castrense de reconocida trayectoria en sus respectivas comunas, y el 52% de los municipios era comandado por los partidos tradicionales en el siguiente orden: la UCR contaba con 310 intendentes en el país, secundada por el PJ (partido presuntamente “derrocado”) con 192 intendentes; en tercer lugar se encontraban los demoprogresistas con 109, el MID con 94, Fuerza Federalista Popular con 78, los democristianos con 16, el izquierdista Partido Intransigente con 4 y el socialismo gobernaba la ciudad de Mar del Plata. En otras áreas gubernamentales, el socialista Américo Ghioldi se constituía en embajador en Portugal; en Venezuela, el radical Héctor Hidalgo Solá haría lo propio, Rubén Blanco en el Vaticano y Tomás de Anchorena en Francia; el demoprogresista Rafael Martínez Raymonda en Italia, el desarrollista Oscar Camilión en Brasil y el demócrata mendocino Francisco Moyano en Colombia. Asimismo, el Partido Comunista emitió proclamas de apoyo al gobierno. Tanto es así que ésta fue la primera gestión cívico-militar que no prohibió ni declaró ilegal al polémico partido.


El diario de los Timermann al igual que todos los de entonces, saludaron al nuevo gobierno.

Pero nada de todo esto será mencionado en este 24 de marzo en los respectivos carnavales de la memoria que se tienen previstos.
Por supuesto que lo que hoy más molesta a los vendedores de relatos no ha sido “el golpe” en sí, puesto que en la Argentina golpes hubo a borbotones y nadie se encarga de recordarlos: empezando por los golpes en los que participó el fundador del principal partido de la Argentina, Juan Perón, quien no sólo participó en la sublevación de 1930´ sino también en el de 1943´ y en este último gobierno militar Perón ejerció el cargo de VicePresidente de la Nación. En rigor de verdad, lo que molesta a los reescribidores de historietas es que los militares hayan impedido a la guerrilla liderada por Mario Firmenich (Montoneros) y Mario Roberto Santucho (ERP) tomar el poder del Estado e instaurar una dictadura comunista.

Por supuesto que el gobierno militar del Proceso de Reorganización Nacional cometió errores y horrores en el marco de la guerra civil desatada por el terrorismo marxista, pero en absoluto estos fueron en la proporción ni en la dimensión que pretenden endilgarles sus indecorosos enemigos. Tanto es así que hasta el propio Firmenich en torno al fenómeno de los “desaparecidos” le confesó y reconoció el periodista Jesús Quinteros (en nota publicada en Página 12, el 17 de marzo de 1991) que durante la guerra antiterrorista, el margen de error o daños colaterales de los militares fueron mínimos: “Habrá alguno que otro desaparecido que no tenía nada que ver, pero la inmensa mayoría era militante y la inmensa mayoría eran montoneros (…) A mí me hubiera molestado muchísimo que mi muerte fuera utilizada en el sentido de que un pobrecito dirigente fue llevado a la muerte”.


El asesino Mario Firmenich, lider de Montoneros, reconoció que salvo excepciones los desaparecidos eran todos terroristas.

Como vemos, el saldo de aquella guerra fue demasiado triste como para que hoy sea usado por los empresarios de los derechos humanos como fetiche proselitista o negocio rentístico: 8000 muertos entre caídos y desaparecidos por un lado más 1500 asesinados por la guerrilla por el otro es el doloroso legado de aquel largo y violento conflicto interno.

Se va otro 24 de marzo, el número 40´, y otra vez nos estamos perdiendo una renovada oportunidad de discutir y repensar en serio el pasado reciente, dejando atrás la ideologizada parcialidad de la memoria y abrevando en la historia, que es la única ciencia que nos puede facilitar armar de manera completa el rompecabezas setentistas y así arribar a una verdad integral lo más fiel y próxima cuanto sea posible, y con ello de superar los enconos del ayer, solucionar los problemas del presente y encarar un futuro con mejores perspectivas.