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martes, 1 de mayo de 2018

Guerra de la Independencia: Combate de la Quebrada de Salta

Combate de la Quebrada de Salta




Combate de la Quebrada de Salta - 21 de Enero de 1814


Luego de la derrota de Ayohuma, acaecida el 14 de noviembre de 1813, el general Manuel Belgrano, después de una peregrinación con mil penurias por entre sierras y montañas, encerrado en un largo mutismo, llegó a Potosí con 700 hombres; pidió enseguida se le trajeran a marchas forzadas los cañones que había en Jujuy, tal vez con mira de fortificarse; pero noticiado a los dos días que el enemigo, esta vez perseguidor implacable, estaba próximo, continuó la retirada, llevando la infantería a sus inmediatas órdenes y la caballería a las de su mayor general, que marchó a retaguardia.

Alvear renunció a su candidatura de jefe del Ejército del Norte cuando supo que de éste no quedaban sino reliquias, por cuyo motivo se pensó en el coronel José de San Martín, que se había distinguido en la Capital como organizador del regimiento de Granaderos a Caballo con que diera la bizarra sableada de San Lorenzo, hoy famosa como las grandes batallas, a causa de la nombradía conquistada en el Pacífico por el jefe vencedor.  San Martín se trasladó al norte con refuerzos para Belgrano, pero suspendiendo su aceptación del nombramiento de general en jefe, lo cual creía necesario para trazar un plan de campaña, aunque él fuese sólo defensivo.  Suceder a Belgrano era dejarse ceñir una verdadera corona de espinas.

El nombre de Manuel Dorrego no estaba olvidado en la Capital, por más que no es imaginable se supiera allí toda la importancia del papel que había desempeñado en Tucumán y Salta, quien lo llevaba.  El doctor Alvarez Jonte, conocedor de las glorias que aquél había conquistado en Chile, y amigo consecuente, pertenecía al partido dominante, había formado parte del gobierno anterior y conservaba prestigios en las esferas oficiales; el mismo Gervasio Antonio Posadas, el más caracterizado de los personajes que formaban el Triunvirato de entonces, tenía relación con el jefe titular de los “Cazadores”, según resulta de sus cartas a San Martín: ello explica que mientras salían los auxilios de Buenos Aires, Dorrego fuese encargado por el Gobierno General de reunir en la provincia de Salta los dispersos que llegaron del Alto Perú, reclutar nuevos soldados y acumular todos los artículos de guerra que pudiese, enviándosele pliegos reservados cuyo contenido no se han podido conocer. (1)  Tratábase, como se ve, de una misión de alta confianza que pudo darse al coronel Chiclana, y que revela no se le consideraba moralmente deprimido a Dorrego por el sumario que le instruían y del que Belgrano había dado cuenta en su oportunidad. (2)

Dorrego se desenvolvió con buen éxito.  En quince días solamente reunió 250 dispersos, alistó 500 soldados nuevos con los cuales organizó un nuevo regimiento que llamó de “Partidarios”, plantel de las heroicas huestes que había de realizar una de las resistencias más célebres y fructíferas de América, requisó 1.000 caballos y algún ganado vacuno; hizo fabricar lanzas, fornituras y municiones. (3)  ¡Jefe extraordinariamente laborioso y pueblo extremadamente patriota!  Chiclana facilitó en los primeros momentos la acción de Dorrego, y luego (el 8 de diciembre) se trasladó a Humahuaca para apreciar mejor la situación desde allí, transfiriendo el mando político de la provincia de Salta al Cabildo de su Capital, y el militar a Dorrego. (4)

Chiclana debió conferenciar con Belgrano en cada ocasión, preparando la vuelta de Dorrego al ejército con el relato de lo que hacía éste por orden del Gobierno General, reforzado por un consejo amistoso; pues coincidió con el viaje del gobernador de Salta el envío hecho por el general en jefe a su coronel suspendido, de una justiciera y reparadora carta, en la cual le pedía se le incorporase, diciéndole que atribuía a su ausencia los dos grandes descalabros sufridos. (5)  Cualesquiera sean los antecedentes del llamamiento a Dorrego, aún cuando entre ellos deba contarse alguna indicación directa hecha desde la Capital, que estaría en la lógica de las cosas, nada desmerece la nobleza del acto de Belgrano, realizado en tal forma que era un sacrificio de vanidades de que ningún hombre está exento, y una hermosa expansión del alma.

Dorrego se unió con las fuerzas que tenía, a sus antiguos compañeros en Jujuy, y Belgrano lo recibió afectuosamente “colmándolo de distinciones”, según un testigo presencial (6); no tuvo reparo alguno para repetir a presencia de jefes y oficiales el juicio que había consignado en su carta y dando públicas satisfacciones a su talentoso amigo, recordó que las discrepancias en materia religiosa lo arrastraron a escandalizarse demasiado por un duelo, y dijo repetidas veces: “Más me valiera tener al lado mío a Dorrego que al Papa”. (7)

El general oyó con la mayor deferencia a Dorrego, que le expresó sus puntos de vista para contener al enemigo ensoberbecido, y accedió a la reorganización del batallón de “Cazadores” realizada con los mejores soldados que quedaban.  Al saber la proximidad de San Martín, Belgrano entabló correspondencia con él, acogiéndolo como a un maestro, con olvido de su papel de rival desairado. (8)  En una de sus cartas al jefe que, ya debía colegir, venía a sucederle, fechada el 25 de diciembre en Jujuy, el infortunado general se expresaba de esta manera: “Estoy meditando montar los “Cazadores” y sacar cuantos sean buenos de los cuerpos para aumentarlos y ponerlos al mando del coronel Dorrego, único jefe con quien puedo contar por su espíritu, resolución, advertencia, talentos y conocimientos militares, para que en caso de una retirada me cubra la retaguardia y acaso pueda sostenerse en esta parte del Pasaje o río Juramento, a fin de que el paso, en caso de creciente, nos sea más fácil conseguirlo sin pérdida o la menor posible”. (9)

Con los salvados de Ayohuma y el contingente aportado por Dorrego, Belgrano veíase al frente de 1.800 hombres, pero ellos en gran parte estaban vencidos ya por la fatiga, y sin espíritu.

Deseaba el Triunvirato que San Martín aceptara el nombramiento de mayor general para ascenderlo a general en jefe después que Belgrano, obedeciendo a un llamado, se pusiera en viaje a la Capital, donde debía explicar sus derrotas; pero San Martín se resistía, pretextando ser aquello desagradable a las tropas que volvían del Alto Perú, por cuyo motivo Posadas le escribió confidencialmente el 27 de diciembre: “Tenemos el mayor disgusto por el empeño de usted en no tomar el mando en jefe, y crea que nos compromete mucho la conservación de Belgrano.  El ha perdido hasta la cabeza, y en las últimas comunicaciones ataca de un modo atroz a todos sus subalternos, incluso a Díaz Vélez, de quien dice que para cuidar de la recomposición de armas será bastante activo, y a eso lo ha destinado”. (10)  Le adjuntaba una carta de Tomás Guido, diciéndole contener la explicación más circunstanciada, sobre el desastre de Ayohuma, que se había podido lograr, previniéndole que este patriota lo vería pronto y estaba encargado de convencerlo de que no debía insistir en sus renuncias.

Del campo de Ayohuma los realistas salieron muy poco dañados, y por eso la persecución que hicieron fue tan activa que Belgrano tuvo que designarse a evacuar el Alto Perú, dando por terminada la campaña, aun cuando allí quedaban muchos amigos dispuestos a resistirse.

Pezuela lanzó tras los argentinos que se replegaban –con instrucciones  de invadir la provincia de Salta, dominarla y establecerse en la ciudad de Tucumán, donde combinaría operaciones con la plaza de Montevideo- una división de 1.500 hombres mandada por el general Juan Ramírez, que traía de jefe de vanguardia al coronel Saturnino Castro.

Al acercarse esta fuerza a Jujuy, Belgrano desalojó la población confiriendo el mando de su retaguardia a Dorrego, que con 300 hombres mal armados, compuestos por una compañía de infantería y un cuerpo de caballería, disputó el terreno “palmo a palmo”, según la expresión del honorable cronista. (11)

El mismo día del desalojo de Jujuy, la retaguardia patriota sostuvo un fuerte tiroteo y después hubo otros choques; el más importante y que ha merecido grato recuerdo, fue el de Quebrada de Salta.  Desgraciadamente, aquí tenemos que dejar una laguna que no hemos podido llenar, por el resultado negativo de muchas diligencias en procura de la documentación necesaria; ésta debe haberse destruido o estar en poder de algunos de esos coleccionistas que creen consiste el mérito de sus papeles en que no los conozca nadie más que ellos y la polilla, que poco a poco se los va engullendo. (12)

El combate


Dorrego contuvo el paso de la fuerza que avanzaba, pero cediéndolo; y en enero de 1814, Belgrano no había hecho el pasaje del río Juramento, y Castro se aproximaba a la ciudad donde hallaría la novia adorable que se mantenía fiel al traidor y perjuro, porque nada hay más indulgente que un corazón de mujer ilusionado.

Cerca de la ciudad existen cuatro lomas que se extienden en líneas paralelas “en forma de anfiteatro” y que a Dorrego parecieron trincheras que le brindaba la naturaleza para realizar hazaña digna de Leónidas; el paraje se llama “Quebrada de Salta”, y allí el 21 de enero de 1814, se situó la retaguardia patriota reforzada con un escuadrón de Granaderos a Caballo, para impedir el avance de castro, mientras Belgrano atravesaba el río Juramento.

Dorrego, que tenía como segundo al mayor Máximo Zamudio, que se distinguió muy señaladamente en la retirada de Ayohuma, y como oficiales a Manuel Rojas y Rudecindo Alvarado, dividió sus tropas en piquetes de cincuenta hombres que escalonó tras las lomas, ingeniosamente diseminados, y al aproximarse al enemigo hizo sonar incesantemente los clarines para engañarlo y atraer destacamentos a distintos sitios, a fin de hacerlos pedazos.  Pero Castro, que se presentó con toda su división a las 11 de la mañana, atemorizado, creyendo que todas las fuerzas patriotas se le oponían, no separó ni un hombre de su línea, y a vivo fuego atacó en masa las posiciones de su hábil adversario, quien, haciendo aparecer en una altura cincuenta tiradores que inmediatamente se ocultaban, apareciendo otros tantos en otra, según los movimientos de los realistas, sostuvo el combate durante todo el día, fusilando por todos los flancos a la vanguardia enemiga, hasta que al morir el crepúsculo, agotadas sus municiones y conseguido lo que se había propuesto –pues Belgrano ya estaba en la otra margen del Juramento- después de replegarse de loma en loma muy lentamente, desalojó la última de éstas y muy luego se ocultó a los ojos de sus contrarios en una serranía.  Los “Granaderos a Caballo” no dispararon un tiro en este combate, -después del cual, según la frase de Paz, “el enemigo se hizo más circunspecto”-, por haber servido de reserva.  No existe cálculo, ni aún aproximado, de las bajas sufridas por los realistas en la acción; pero Dorrego afirma haberles causado “un gran daño”, no teniendo él, en cambio, más que 3 muertos y 2 heridos.

Esa misma noche la retaguardia patriota vadeó el río Arias para establecerse en Guachipas, desde donde, según estaba convenido anticipadamente con el general, comenzó a hacer la guerra de recursos por medio de partidas sueltas, sólidamente apoyadas por el vecindario.  El audaz guerrillero había sido nombrado gobernador de Salta, y tenía instrucciones escritas de Belgrano, en que éste le transfería sus facultades, al norte del Juramento.

Castro entró, después de la acción de la Quebrada, a su ciudad nativa; pero la encontró casi desierta, porque una gran cantidad de vecinos había emigrado, llevándose casi todo aquello que podía serle útil.

Referencias


(1) Se ignora qué se hayan hecho los papeles de Dorrego.  En documentos originales del Archivo General de la Nación, consta que los pliegos fueron recibidos, pero nada más.

(2) Manuel Dorrego – Cartas apologéticas.

(3) Manuel Dorrego – Cartas apologéticas.

(4) Así lo dice Chiclana en nota al Gobierno General que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

(5) Manuel Dorrego – Cartas apologéticas.

(6) José María Paz – Memorias.

(7) Cornet – Memoria

(8) “Empéñese usted en valorar si es posible –escribía Belgrano a San Martín- y en venir no sólo como amigo sino como maestro mío, mi compañero y mi jefe si quiere, persuadido de que le hablo con mi corazón, como lo comprobará la experiencia”.

(9) Original en el Museo Mitre.

(10) Original en el Museo Mitre.

(11) José maría Paz – Memorias.

(12) Las operaciones de la retaguardia mandada por Dorrego, constan de las vagas referencias del general Paz, de las poco más explícitas en esa parte, contenidas en las “Cartas apologéticas” y de algunas cartas de Belgrano a San Martín, cuyos originales están en el Museo Mitre.  Hasta el parte del combate de la Quebrada de Salta no aparece; en el Museo Mitre se halló la carta con que Belgrano lo envió a San martín, pero nada más.

Fuente


  • Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
  • Paz, José María – Memorias póstumas.


Portal www.revisionistas.com.ar

Uteda, Saturnino – Vida Militar de Dorrego – La Plata (1917).

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

domingo, 29 de abril de 2018

SGM: El desembarco en Guadalcanal

El Cuerpo de Marines de los Estados Unidos en la batalla de Guadalcanal

Andrew Knighton |  War History Online


Una patrulla marina de los EE. UU. Cruza el río Matanikau en septiembre de 1942.


Una de las batallas más famosas en la historia del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, Guadalcanal toma su nombre de una pequeña isla volcánica en la cadena de islas del Pacífico occidental. Este lugar relativamente menor en la ruta desde el este de Asia hasta Australasia fue el sitio de una de las batallas más duras de la Segunda Guerra Mundial, que fue vital para cambiar el rumbo del avance japonés.

1. Alcanzar a Australia

A principios de 1942, Japón estaba a la ofensiva. Habiendo ocupado secciones del este de Asia continental, el imperio del sol naciente se expandía hacia el sur a lo largo de la cadena de islas que llevaba desde allí a Australia. Su agenda era simple: controlar las rutas comerciales en esa parte del Pacífico, asegurando así sus propios suministros y cortando los de sus enemigos, en particular, China.

Para hacer esto, el agresivo ejército japonés, apoyado por una armada más cautelosa pero no menos dedicada, intentó conquistar todo el camino hasta Australia, eliminando cualquier punto de apoyo desde el cual Estados Unidos y las potencias europeas pudieran devolver el golpe.

El punto más alejado de su expansión fue Guadalcanal, la mayor del sur de las Islas Salomón. Propiedad de los británicos desde 1893, fue ocupada por los japoneses en julio de 1942. Cuando los invasores se pusieron a construir una pista de aterrizaje, desde la cual podían lanzar defensas aéreas y bombardeos contra las flotas aliadas, la necesidad de volver a tomar la isla se hizo urgente.


El control japonés del área del Pacífico occidental entre mayo y agosto de 1942. Guadalcanal se encuentra en la parte inferior derecha del centro del mapa.

2. Traer a los Marines


Los marines de EE. UU. desembarcan de LCP (L) s en Guadalcanal el 7 de agosto de 1942.

La invasión de Guadalcanal fue lanzada a toda prisa, lo que le valió el apodo de "Operation Shoestring" entre las tropas que participaron. 19,000 tropas de la 1ª División de Marines de los Estados Unidos bajo el General Vandergrift tomaron parte en la invasión marina inicial.

La operación fue una perspectiva difícil. Los marines estaban escasos de fuerza y ​​muchos carecían de experiencia en combate. Inicialmente, sus lanchas de desembarco solo podían proporcionar diez días de municiones y sesenta días de combustible y alimentos. El almirante Fletcher, temeroso de colocar sus barcos en una posición vulnerable, no proporcionó el apoyo cercano de los bombardeos aéreos y navales que habían esperado.


Los marines de los Estados Unidos descansan en el campo durante la campaña de Guadalcanal.

Afortunadamente para los estadounidenses, los japoneses también estaban mal preparados. Informado mal de los acontecimientos en otras partes del Pacífico, el comandante local no creía que los estadounidenses pudieran lanzar un ataque importante.

La invasión inicialmente fue bien. Al desembarcar el 7 de agosto, los marines se apoderaron de las islas circundantes más pequeñas y avanzaron fácilmente desde las playas hacia el interior en Guadalcanal. Al día siguiente tomaron el aeródromo, dándoles una base de operaciones sólida con bunkers y un camino a la costa.

3. Guerra en el mar


El portaaviones USS Enterprise (CV-6) bajo ataque aéreo durante la Batalla de las Salomón Orientales.

Mientras tanto, Fletcher retiró su flota, dejando a los marines sin apoyo del mar. Un furioso Almirante Turner envió otras dos flotas, una estadounidense y una australiana, para llenar el vacío. Pero el almirante japonés Mikawa había llegado al área y castigaría a los aliados por la retirada de Fletcher.

La lucha en el mar fue vital para el destino de Guadalcanal, y comenzó mal para los aliados. La primera de las cinco batallas navales relacionadas terminó con la pérdida de cuatro cruceros, tres estadounidenses y un australiano, y un quinto gravemente dañado.

Con los japoneses controlando los mares, Turner tuvo que retirar las naves de suministro y transporte vulnerables, dejando a los marines cortados. A Fletcher se le ordenó regresar algunos de sus barcos a la zona, mientras que los japoneses aumentaron su propia presencia naval, esperando venganza por su derrota en Midway.


El acorazado estadounidense Washington dispara en el acorazado japonés Kirishima

Durante tres meses, los japoneses conservaron el control de los mares alrededor de Guadalcanal. Los estadounidenses y australianos no podían arriesgarse a avanzar sus barcos para apoyar a las fuerzas de tierra, y aunque lograron detener el aterrizaje de algunas tropas japonesas, muchos más lograron pasar. Mientras tanto, los barcos japoneses navegaban por los estrechos que bombardeaban a los marines, un evento diario que se conoció como el Tokyo Express.

Finalmente, en noviembre, los Aliados lograron la victoria naval que necesitaban. Hundiendo dos acorazados japoneses, un crucero y tres destructores a cambio de la pérdida de dos cruceros y cinco destructores propios, obtuvieron el control de los mares. Ahora las tropas japonesas eran las que no tenían suministros.

4. La batalla en tierra


El 182 ° Regimiento de Infantería del ejército de EE. UU. en la marcha durante la Batalla de Guadalcanal.

Mientras tanto, la batalla se había librado de Guadalcanal. Vandergrift hizo que sus tropas cavaran alrededor del aeródromo, lo que les permitió recibir suministros y apoyo aéreo de la Fuerza Aérea de Cactus, el grupo aéreo que se apretujaba y trabajaba duro allí.

Los estadounidenses se familiarizaron con la forma de guerra japonesa. Las acusaciones de Banzai, en las que cientos de hombres corrieron sin miedo a los cañones defensores, pusieron el temor de Japón en los soldados estadounidenses, pero cobraron un precio terrible en vidas japonesas.

La disentería y la malaria barrieron a los marines mientras luchaban por mantener su posición. No había posibilidad de retirada, y el Tokyo Express los dejó sin aliento y al borde con sus bombardeos.

Pero los transportes aéreos cada vez más regulares vieron la entrada de suministros mientras que los japoneses no recibieron tales lujos. Atrapados viviendo en la jungla, ellos también sufrieron de mala salud, mal clima y suministros restringidos.

Miles de tropas japonesas lanzaron ataques destinados a tomar el aeródromo y expulsar a los estadounidenses. Ninguno de ellos tuvo éxito. Mientras tanto, el gobierno japonés se volvió cada vez más cauteloso con respecto al número de muertos en Guadalcanal.

5. Un retiro secreto


La tripulación del barco PT PT PT 59 inspecciona los restos del submarino japonés I-1, hundido el 29 de enero de 1943 en Kamimbo en Guadalcanal por HMNZS Kiwi y Moa.

Del 1 al 7 de febrero de 1943, los japoneses finalmente retiraron sus fuerzas restantes de la isla. Con los mares en manos de los estadounidenses, esto tenía que hacerse de manera encubierta. Tal era el secreto que los estadounidenses al principio no sabían que habían ganado y que estaban solos en la isla.

Los japoneses retiraron 13,000 sobrevivientes. Pero la batalla les había costado mucho más que esto: 50,000 hombres perdidos en tierra, en el mar y en el aire. De mayor importancia estratégica fue la pérdida de 600 aviones.

Los infantes de marina perdieron 1,592 hombres de los 50,000 que eventualmente ocuparon la isla. Muchos más estadounidenses y australianos murieron en el mar. Su sacrificio supuso una victoria para la moral de los aliados, ya que la guerra pendía de un hilo y mantuvo abiertas las líneas de suministro aliadas a través de Australia.

Este fue el final de la expansión japonesa hacia el sur y el cambio de la marea.

jueves, 15 de marzo de 2018

Rumbo a Caseros: El combate de Campos de Álvarez (1852)

Combate de Campos de Alvarez






Juan Manuel de Rosas y Angel Pacheco, respectivamente, le propiciaban al Imperio del Brasil y a Urquiza el éxito fácil que éstos alcanzaban en su marcha triunfante hasta las campañas de Buenos Aires.  Rosas lo refería todo a Pacheco; y Pacheco a nada proveía atinadamente.  Júzguese por estos hechos, decisivos en el orden de las operaciones que terminaron en Caseros.  Un mes antes de la capitulación de Oribe, el coronel Martiniano Chilavert le dirigió a Rosas una memoria en la que le demostró con caudal de razones y mejores probabilidades, la conveniencia de que Oribe marchase a batir a Urquiza y de que simultáneamente se aprestase un ejército para invadir el Brasil (1).  Rosas aprobó la memoria, manifestó que la consultaría con Pacheco, pero dejó que le minasen el ejército a Manuel Oribe.  Cuando Urquiza reunía sus fuerzas en Gualeguaychú, el mismo Chilavert le encareció a Rosas la urgencia de defender la línea del río Paraná, y se ofreció a hacerlo personalmente.  Rosas le hizo decir que lo consultaría con Pacheco, y poco después Pascual Echagüe se vio en la precisión de abandonar a Santa Fe.  Cuando Urquiza se mueve de Rosario y Pacheco hace retirar a Lucio Norberto Mansilla de las posiciones en la costa del Paraná, Mansilla imagina que ello tiene por objeto destinarlo con infantería y artillería al extremo norte que domina Lagos con 8.000 jinetes, y defender la línea del arroyo del Medio, adonde irá a apoyarlo oportunamente Pacheco con las fuerzas que tiene en la Villa de Luján, y reunidos presentarle allí a Urquiza una batalla.  En caso de un desastre, quedaba asegurada la retirada a los cuarteles de Santos Lugares; y en todo caso se daba tiempo a que Rosas levantase la campaña del sur como un solo hombre y pusiese a Urquiza en críticas circunstancias, cercándolo de enemigos y cortándole la línea de sus recursos.  En este sentido le representó Mansilla a Rosas.  Pero Rosas le respondió que se entendiese con Pacheco; y Urquiza adelantó su vanguardia hasta el arroyo del Medio.  Cuando a la vista de Urquiza sobre este arroyo, Pacheco insiste en que Hilario Lagos se repliegue hacia el cuartel general, y Lagos le declara a Rosas por vía de protesta que él y sus soldados están resueltos a quedar allí defendiendo el suelo invadido por los aliados, Rosas le responde que está seguro de su patriotismo, y que armonice su conducta con las órdenes del genera Angel Pacheco.

Hay momentos en que Rosas reacciona.  Es cuando palpa la desorganización de todas sus fuerzas.  Entonces llama al mayor Antonino Reyes, jefe de Santos Lugares, y le habla de llamar a junta de guerra a los oficiales superiores.  Pero la reacción dura un minuto.  Es Pacheco; siempre la necesidad de Pacheco lo que lo hace variar de resolución.  Sin embargo, le dice a Reyes: “He de necesitarlo a usted a mi lado; es urgente ver a quién se ha de nombrar para que mane su batallón, y el de costeros y demás piquetes que reunidos formarán como 1.500 hombres con 6 piezas de artillería”.  Reyes indica al coronel Pedro José Díaz, experimentado militar que residía en Buenos Aires desde que fue hecho prisionero en el Quebracho Herrado (28 de noviembre de 1840) con el último cuadro de la infantería de Juan Lavalle.  “Dígale usted al señor Gobernador, le respondió Díaz a Reyes, que aprecio la confianza con que me honra: que aunque “unitario”, he de cumplir mi deber como soldado a las órdenes del gobierno de mi patria”.  Por tal incidencia se organizó esa brigada de infantería, la única que con la famosa artillería de Chilavert sostuvo hasta el fin el fuego contra los imperiales.

Lo cierto es que las disposiciones del general Pacheco daban por resultado dejar expedito a los aliados el camino que traían.  El 26 de enero, cuando los aliados llegaban al arroyo del Gato, y seguían de aquí a la laguna del Tigre (chacras de Chivilcoy), ordenó que se retiraran todas las fuerzas de la “Guardia de Luján” (actual ciudad de Mercedes), dejándole sólo 600 hombres al coronel Lagos que era el único que hostilizaba al enemigo.  Sin embargo, el 28 le escribe a Lagos que disponga lo conveniente para sus movimientos, “como lo verificó en la noche del 26 con las divisiones acampadas en el arroyo de Balta”; y que si ha hecho retirar al mayor Albornoz es por ser innecesario en presencia de la fuerte división que Lagos comanda.

Pero resultaba que no se habían verificado los movimientos que suponía el general Pacheco, pasando por alto el hecho grave de ordenar la retirada de todas las reservas a las órdenes del jefe de la vanguardia, y dejando a éste aislado con una diminuta división enfrente del enemigo a quien hostilizaba:  Lagos le respondió el mismo día 28: “El coronel Lagos, señor general, no ha verificado movimiento de ninguna especie con las divisiones acampadas en el arroyo de Balta en la noche del 26; sabía por el mayor Albornoz que V. S. había mandado retirar todas las fuerzas de la Guardia de Luján y con prontitud aquel día 26.  Si el infrascripto ha llegado a verse últimamente precisado a maniobrar, y hostilizar al enemigo, sólo por su flanco izquierdo, ha sido a consecuencia de la reprimenda que recibió por haber ido con su fuerza a la laguna de las Toscas a ponerse al frente del enemigo y en la ruta inerrable que calculó debía éste traer, como traía en efecto”. (2)

Simultáneamente con esto circulan graves acusaciones contra el general Pacheco.  Algunos avanzan que entre el 26 y 27 de enero se ha puesto al habla con el general Urquiza, a cuyo efecto hizo retirar hasta a los ayudantes del coronel Bustos de las inmediaciones de Luján.  El coronel Bustos se decide a transmitírselo a Rosas por intermedio del mayor Reyes.  “Está loco señor”, se limita a responder Rosas.  “Esta loco”, dice de un juez de paz que baja expresamente de su destino para repetir lo que sabe al respecto.  Y de uno de los que más importante papel desempeña en la legislatura, y que igualmente se lo repite, “esta loco”, dice también.

El ejército aliado avanzó de Chivilcoy hasta Luján adonde llegó en la mañana del 29 de enero.  El día 30 su vanguardia se hallaba en los campos de Alvarez, a poco más de dos leguas de algunas divisiones de la vanguardia de Buenos Aires, situada en la margen izquierda del río de las Conchas (actual río Reconquista), cubriendo el puente de Márquez.  Pacheco acababa de pasar este puente sin dar disposición alguna y tomó camino de su estancia del Talar.  Al comunicar Lagos la aproximación del enemigo, Rosas le ordenó que lo batiese, advirtiéndole que el general Pacheco, con fuerzas superiores defendería el puente de Márquez.  Con su división y las de los coroneles Domingo Sosa y Ramón Bustos (hijo del caudillo cordobés Juan Bautista Bustos), Lagos reunió como 2.500 hombres.  En la madrugada del 31 de enero formó tres columnas paralelas, cubrió su frente con algunos escuadrones ligeros y marchó al encuentro del enemigo.


Monolito emplazado en el sitio donde se libró el combate de Campos de Alvarez, el 31 de enero de 1852

Este tomo posiciones prolongándose sobre la izquierda en la dirección que Hilario Lagos traía, y donde se colocó el general Juan Pablo López con su división; en el centro el coronel Galarza con las caballerías entrerrianas, y a derecha e izquierda de este último las divisiones de los coroneles Aguilar y Caraballo, formando un total de 5.000 hombres.  Los mejores escuadrones de Buenos Aires chocaron con las aguerridas caballerías entrerrianas, y éstas vacilaron cuando Lagos en persona les llevó esas cargas que justo renombre le valieron en los ejércitos argentinos.  Pero rehechas sobre algunos regimientos que López lanzó oportunamente, mientras él maniobraba de flanco con rapidez, pudo Lagos penetrarse de la desigualdad de la lucha cuando, al generalizarse el combate, se arremolinaron algunos de los escuadrones bisoños ante aquella masa de caballería que comenzaba a envolverlos.  Entonces reunió sus mejores fuerzas, dio una brillante carga que contuvo al enemigo, y se retiró en orden sobre el puente de Márquez; perdiendo como 200 hombres, entre ellos el comandante Marcos Rubio y algunos oficiales, armas y caballos.

Los boletines del ejército aliado y el general César Díaz en sus “Memorias inéditas” (páginas 265 a 267) dan a Lagos 6.000 soldados de la mejor caballería, y contradiciéndose en los términos, así dicen que no hubo resistencia por parte de Lagos, como afirman que éste tuvo 200 muertos entre ellos jefes y oficiales, y que los aliados sólo tuvieron 26 hombres fuera de combate.  No es de extrañar que el general Díaz aceptase tales datos, pues que no tenía otros, hallándose como se hallaba a dos leguas del campo de Alvarez, e incorporándose a la vanguardia de los aliados en la mañana siguiente a la de la acción.  “Es que se creyó (y a la verdad que debía creerse) que Lagos conservaba bajo su mando la misma fuerza con que se retiró de la línea del norte.  Pero es lo cierto que en la acción de Alvarez, Lagos tenía únicamente las siguientes fuerzas: su división inmediata, milicia del Bragado y piquetes veteranos, 600 hombres; división Sosa 1.300; división Bustos 600 hombres.  La división Echagüe no estuvo en la acción, ni tampoco la división Cortina; y el grueso de la división que Lagos organizó en Bragado la hizo pasar consigo Pacheco por el puente de Márquez.

En el puente de Márquez, Lagos creía encontrar a Pacheco con infantería y artillería, conforme a las prevenciones que había recibido.  Pero Pacheco no estaba allí, ni había dejado un hombre.  Pidió órdenes, comunicando que seguía tiroteándose con las avanzadas enemigas.  Se le respondió de Santos Lugares que conservase su posición.  En la mañana del 11 de febrero se reunió a la vanguardia todo el ejército aliado en los campos de Alvarez.  Lagos lo comunicó a Santos Lugares, y recién al caer la tarde se le ordenó que si el enemigo avanzaba a pasar el río se replegase al cuartel general.

En estas circunstancias, Pacheco renunció a su cargo de general en jefe.  Fundaba su renuncia en que Rosas se hallaba en Santos Lugares a la cabeza del ejército.  Rosas recibió el golpe en medio del pecho.  Enseñándole la renuncia al mayor Reyes para que la contestase, le dijo: “Pero ¿no ve señor?…. Pacheco está loco, señor”. (3)  Y como Pacheco les ha comunicado su renuncia a los jefes para que se entiendan directamente con Rosas, y el jefe de la vanguardia pide órdenes a Santos Lugares, Rosas le responde que “no ha accedido a los deseos del señor general Pacheco, por lo que en el importantísimo destino que ocupa y que tan acertada como honorablemente desempeña, es que el ilustre general prosigue sus distinguidos servicios”. (4)

Sin embargo, Rosas montó en cólera cuando se le dijo que Pacheco no había defendido el puente de Márquez con la infantería y artillería que hizo retrogradar desde Luján, y como se le había ordenado.  “Si no puede ser -le decía a Reyes paseándose irritado- si no puede ser que el general Pacheco haya desobedecido las órdenes del gobernador de la Provincia”.  En la noche del 31 de enero, Benjamín Victorica fue a Santos Lugares de parte de Pacheco.  Rosas le habló sobre la conveniencia de poner la suma en las notas que se le dirigían, y lo despidió sin escucharle el mensaje.  En la tarde siguiente llegó el general Pacheco a Santos Lugares.  Reyes fue a anunciarlo y se volvió a conversar con el coronel Bustos.  No habían pasado cinco minutos cuando con asombro estos jefes vieron salir de las habitaciones de Rosas al general Pacheco, cabizbajo, que pasó sin saludarlos, montó a caballo y se dirigió a la chacra de Witt (5) desde donde asistió a los hechos de armas que tuvieron lugar en esos días.

La victoria de Alvarez fue naturalmente celebrada en el campo de Urquiza, y retempló la moral de los aliados quienes, en presencia de ella y de las facilidades que venía proporcionándoles el enemigo, llegaron a imaginarse, y no sin motivo, que en breves días entrarían con el arma a discreción en Buenos Aires.  En el campo de Rosas, si se experimentó la impresión de esa derrota, no se tradujo en signo visible alguno; que antes por el contrario, en la noche del 1º de febrero se pasaron de los aliados a Santos Lugares como 400 hombres, los cuales fueron recibidos entre las aclamaciones de sus antiguos compañeros.  El mismo espíritu de decisión en favor de Rosas mostraban las poblaciones de Buenos Aires, movidas por cierto atavismo encarnado en sentimientos enérgicos, que vivían al calor del esfuerzo común iniciado en la adversidad, e incontrastablemente mantenido entre los rudos vaivenes de la lucha.  Los que formaban en el ejército creían defender el honro nacional contra un extranjero que invadía la Patria.  ¿Sería eso pura poesía?  Es la poesía del honor, el cual no tiene más que un eco para la conciencia individual: las gentes de las campañas no veían más que el hecho inaudito de la invasión del Imperio del Brasil y rodeaban a Rosas en quien personificaban la salvación de la Patria.

Véase lo que respecto de esto último decía el general César Díaz, jefe de la división oriental del ejército aliado: “Los habitantes de Luján manifestaban hacia nosotros la misma estudiada indiferencia que los de Pergamino; y a los signos exteriores con que éstos habían hecho conocer su parcialidad con Rosas, agregaban otras acciones que denotaban con bastante claridad sus sentimientos.  Exageraban el número y calidad de las tropas de Rosas.  Traían a la memoria todas las tempestades políticas que aquél había conjurado, y tenían por cosa averiguada que saldría también victorioso del nuevo peligro que lo amenazaba”.

Y cuando todo el ejército aliado acampó en Alvarez, véase cuales eran las impresiones del general Urquiza, según el mismo general Díaz: “Fui a visitar, dice el general Urquiza y lo encontré en la tienda del mayor general.  Se trató primero de la triste decepción que acabábamos de experimentar respecto del espíritu de que habíamos supuesto animado a Buenos Aires.  Hasta entonces no se nos había presentado un pasado.  Si no hubiera sido –dijo el general- el interés que tengo en promover la organización de la República, yo hubiera debido conservarme aliado a Rosas, porque estoy persuadido que es un hombre muy popular en este país”.  Y el general Díaz agrega: “Si Rosas era públicamente odiado, como se decía, o más bien, si ya no era temido, ¿cómo es que dejaban escapar tan bella ocasión de satisfacer sus anhelados deseos?  ¿Cómo es que se les veía hacer ostentación de un exagerado celo en defensa de su propia esclavitud?  En cuanto a mí, tengo una profunda convicción, formada por los hechos que he presenciado, de que el prestigio del poder de Rosas en 1852 era tan grande, o tal vez mayor, de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión y aun la confianza del pueblo en la superioridad de su genio, no le habían jamás abandonado”. (6)

Referencias

(1) Papeles de Martiniano Chilavert (Copia en archivo de Adolfo Saldías).
(2) Manuscrito en el Archivo de Adolfo Saldías.
(3) Referencia del señor Antonino Reyes.
(4) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.
(5) Referencia del señor Antonio Reyes.
(6) Véase “Memorias inéditas”, páginas 263 y 270.

Fuente

Díaz, César – “Memorias Inéditas” – Publ. Adriano Díaz – Buenos Aires (1878).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo, Buenos Aires (1951)


Se permite la reproducción citando la fuente: http://www.revisionistas.com.ar/?p=7303

viernes, 16 de febrero de 2018

La primera gran batalla terrestre registrada en el Valle de Tollense

Guerra en la Edad del Bronce: un estudio del campo de batalla más antiguo de Europa sugiere 2,000 combatientes



Nancy Bilyeau || The Vintage News



Valle de Tollense

Los investigadores que estudian Europa siempre han tenido en su poder algunas armas asombrosas de la Edad de Bronce, desde hachas y alabardas hasta puñales y espadas, pero no un sentido claro del alcance de la guerra en el siglo II a. Eso está cambiando, después de un estudio del campo de batalla conocido más antiguo, en el Valle de Tollense, Alemania, concluyó que la batalla era entre dos grupos distintos de hombres entre las edades de 20 y 40, con algunos de los luchadores que venían desde lejos para luchar.

Fue analizando los huesos y los dientes de los cuerpos (aproximadamente 130 hombres fueron desenterrados) que los científicos pudieron hacer deducciones sobre lo que sucedió hace 3.250 años.

"Los restos humanos encontrados a lo largo del Valle de Tollense en el noreste de Alemania representan un hallazgo arqueológico de gran importancia", concluyó el nuevo estudio, "Procedencia multisoptope de restos humanos de un campo de batalla de la Edad de Bronce en el Valle de Tollense". La investigación fue realizada por la Universidad de Copenhague, la Universidad de Wisconsin-Madison, la Oficina Estatal de Patrimonio Cultural de Baja Sajonia y otros grupos académicos y culturales.

Hasta ahora, la suposición ha sido que cualquier enfrentamiento en el norte de Europa durante este período fue a lo largo de las escaramuzas locales, enfrentando ejércitos no entrenados, en contraste con lo que estaba sucediendo en Asia y África. Por ejemplo, la batalla de Kadesh en 1274 aC entre los ejércitos de los egipcios y los hititas hizo uso de al menos 5.000 carros, según los arqueólogos.


Pero este estudio de un sitio en Europa está haciendo que científicos e historiadores reconsideren esa suposición. "Se pueden distinguir dos grupos principales en los datos de isótopos, junto con la evidencia de diferentes patrias para algunas de las personas que murieron en el valle de Tollense", según el estudio.


Alabardas de la Edad de Bronce

El mundo tuvo su primer indicio de una gran batalla que tuvo lugar en esa parte de Alemania en la década de 1980, después de que los lugareños encontraron dagas, cuchillos y luego algunos cráneos humanos. En 1996, un arqueólogo aficionado descubrió un hueso del brazo con una flecha perforada que sobresalía del suelo, según LiveScience.

La investigación seria comenzó en 2007. "Se descubrieron cantidades significativas de material de la Edad del Bronce", incluyendo un casquete con una punta de flecha profundamente enterrada en él. Junto con los cuerpos de los hombres, los investigadores encontraron restos de caballos y cuchillos, puntas de flecha, puntas de lanza, dagas y fragmentos de espadas. Basado en la cantidad de cadáveres encontrados, y usando una fórmula histórica para el número de bajas en las batallas de esta época, los investigadores creen que 2,000 hombres pelearon en Tollense.

Curiosamente, las excavaciones en 2013 y 2014 también encontraron fundamentos de tierra, madera y piedra de una calzada cercana construida en la Edad del Bronce que "pudo haber servido como un punto focal de la batalla". La calzada todavía estaba en uso aún en el siglo XIV.

El análisis del hueso y los dientes de los restos humanos permitió a los científicos determinar que un número distinto no era local. Durante más de 20 años, los científicos han utilizado la procedencia isotópica de los dientes para analizar las proporciones de plomo, estroncio, oxígeno y carbono. Llegaron a la conclusión de que dos grupos diferentes lucharon en Tollense "en base a una dieta infantil". Un grupo es definitivamente local. En cuanto al grupo no local, "involucró a un grupo diverso de guerreros". La evidencia dietética señala a Europa Central como el origen del otro grupo, con su teoría más fuerte siendo Bohemia septentrional o central, lo que ahora es la República Checa.

"Los combatientes no locales no son del norte de Alemania y deben haber recorrido largas distancias para llegar al campo de batalla en Tollense", concluye el estudio.

Con base en su conocimiento de los combatientes en las batallas posteriores, es claramente posible que el segundo grupo estaba formado por soldados entrenados como mercenarios de alquiler.

"Esta vez, en 1300 aC, también estuvo marcada por la agitación cultural en Europa Central, cuando nuevas ideologías llegaban desde el Mediterráneo con el inicio de la cultura Urnfield (llamada así por la forma en que los muertos fueron cremados y enterrados en urnas)". de acuerdo con un artículo sobre el estudio en LiveScience.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Conquista del desierto: El combate de Paragüil

Batalla de Paragüil



Monolito que recuerda el sitio en donde se libró el combate de Paragüil

El 1 de marzo de 1876 el coronel Salvador Maldonado tiene que hacer frente en Horquetas del Sauce a 2.500 lanzas, que resultan batidas.  Pero, rehechos los indígenas del revés sufrido, vuelven a irrumpir en los poblados, y son nuevamente vencidos por el coronel Victoriano Rodríguez y el teniente coronel Antonio Dónovan en el Paso de los Chilenos.  El salvaje combatía con furia a pie o a caballo, como lo demostró en el combate de La Tigra, cuando miles de vacunos, lanares y yeguarizos eran arreados para la toldería.  Después de dos días de seria refriega, los comandantes Vintter y Freire consiguen arrebatarle 250.000 cabezas.

Sin embargo, la batalla decisiva que dio en tierra con el propósito terrorista y de intimidación de esta serie pavorosa de malones, fue la de Paragüil.  Del 16 al 18 de marzo se desata sobre el torturado escenario de Juárez, Tres Arroyos y Necochea una ola brutal de 3.000 jinetes al mando del propio cacique Manuel Namuncurá, de Juan José Catriel y de Pincén.  Al coronel Levalle corresponde la grave responsabilidad de hacerles frente.  Junto a la laguna de Paragüil se da la más encarnizada batalla de la serie conocida por “invasión grande”.  Los indios rugían como bestias embravecidas, resueltos a triunfar o morir en el combate, y la suerte de la batalla se tornaba adversa para Levalle después de cinco horas de sangriento entrevero.  La superioridad numérica del aborigen se imponía gradualmente, y ya tocaba a su fin la resistencia de los nuestros, encerrados en un estrecho círculo de lanzas y alaridos, cuando se produce la intervención providencial de Maldonado, “la mejor lanza del ejército, discípulo de Sandes, que entra en la batalla como un ciclón de aceros relumbrantes, a cuya vista el indio se sobrecoge de terror y huye abandonándolo todo y para siempre”. (1)

El coronel Nicolás Levalle dirige la siguiente nota al Ministro de Guerra y Marina, Coronel Alsina: “Campo de Combate, Laguna Paragüy (sic) Marzo 19 de 1876  - Estimado Sr. Ministro y Amigo: Tengo el placer de comunicarle que ayer a las 5 de la tarde he batido a los indios que estaban en este punto, derrotándolos completamente, no habiendo podido efectuar persecución por haberse fraccionado los indios en su derrota, unos hacia el sur, los que probablemente saldrán entre Libertad y Lamadrid, y otros al sur-oeste, lo que me supongo saldrán entre Aldecoa y Defensa.  Esto por una parte y por otra, por haber cerrado la noche y estar casi a pie, pues en el trayecto que he recorrido, que son nueve o diez leguas de campo completamente guadaloso, con una caballada que había hecho mas de 40 leguas, se postró completamente, dejando la mayor parte de ella, pues era necesario batirlos a esa hora y en todo trance, después que nos habían descubierto, a fin de que no se llevasen el arreo”

“Sr. Ministro, no puedo calcular en este momento el inmenso arreo que había, debiendo hacerle presente que los indios tenían muchas majadas de ovejas y muchos otros objetos.  Sr. Ministro, los indios que había en este punto serían 1.500, lo que me hace suponer que hay indios adentro, y temiéndome que muchos de ellos puedan reunir la inmensa cantidad de hacienda que había aquí que se retiraba para adentro.  No pudiendo darle a V.E. datos exactos hasta este momento, pues ha amanecido una neblina tan densa y que dura hasta este momento, que son las 10 de la mañana, que no se distingue a una cuadra de distancia, sin embargo he mandado los tres Regimientos de Caballería a explorar el campo en distintas direcciones, buscando las rastrilladas, los que hasta este momento no tengo parte, sin embargo, abrigo la esperanza que algo mas se puede hacer, pues se han avistado grupos de indios por parte de unos bomberos que acabo de recibir”.

“Sr. Ministro, al terminar ésta, debo hacer presente la brillante comportación de los Regimientos que han chocado, que son el 1º y el 11º, no habiendo cabido tal suerte al Regimiento 5º por haber iniciado su carga apoyado por infantería, a la vista de la que, los indios se retiraron a media rienda, habiendo seguido el Regimiento hasta donde pudo, y completamente cerrada la noche, mande tocar reunión a fin de organizar las fuerzas y que se nos incorporasen grupos de soldados que habían quedado a la retaguardia con los caballos cansados”.

“Sr. Ministro y amigo: Lo felicito con el profundo pesar de que esta jornada no haya sido tan completa como yo deseaba, los indios han dejado treinta y tantos muertos, llevando muchos heridos, por nuestra parte no tenemos mas que dos heridos del Regimiento 1º de Caballería y un soldado de mi escolta, un piquete de 20 hombres del Batallón 5º, la que también una parte de ella cargo. – Nicolás Levalle”

“P.S. Sr. Ministro, entre los indios que había, en su mayor parte eran los de Catriel, los que se han batido bravamente, haciéndonos fuego con muchas carabinas, Remington y revolver, encontrándose Juan José (Catriel) enancado y el que se supone herido. El caballo del coronel Plácido López recibió en la cabeza un balazo de Remignton. Vale”.

Este combate tuvo enormes trascendencias en el curso de la campaña.  Cada vez arraigaba con mayor fuerza en la conciencia del enemigo el sentimiento de inferioridad ante la eficaz organización del cristiano.  A partir de entonces las cosas fueron de mal en peor para el ambicioso y astuto cacique de la última gran confederación india que dominó en las llanuras.  De ahí que empezase a retroceder tierra adentro, dejando para siempre la iniciativa en manos de las tropas nacionales.

Los hombres del gobierno tenían conciencia de su superioridad indiscutida, aunque seguían negociando como de “potencia a potencia”.

En la mayoría de los casos, sin embargo, los frutos de la diplomacia eran malogrados por ejecutores subalternos.  El Dr. Alsina trataba de excluir la violencia en beneficio recíproco, eliminando motivos de represalias por parte de los aborígenes; pero éstas se producían fatalmente.  Unas veces era porque la yerba o el azúcar ofrecidos no llegaban, o porque las vacas convenidas eran flacas y viejas, otras porque algún indio era maltratado, infringiéndose así la solemne estipulación.  Resultaba de todo ello que los indígenas atribuían falta de seriedad al gobierno de los huincas, el que no le merecía crédito ni confianza.  Esto y la carencia de recursos los movía muchas veces al malón.

Tal estado de cosas hacía temer la renovación de la lucha secular.  Namuncurá trataba de eludir la guerra abierta, siempre que ello no redundase en su descrédito, ni socavase la confianza de las tribus en su jerarquía política y militar.

Informado, ya por los bomberos que espiaban los movimientos de las tropas gubernamentales, ya por la lectura de la prensa de oposición bonaerense, que denunciaba indiscretamente los supuestos errores de los planes ministeriales, y aún, en última instancia, por la impresión directa de sus hábiles “cancilleres”, que entrevistaban a las autoridades argentinas para negociar acerca de cualquier extremo de sus relaciones; al corriente, en fin, de los designios del Dr. Alsina, disponía ataques aislados y distantes para desarticular el dispositivo enemigo.  Conocedor de los efectos del Remington, se dispersaba y alejaba inmediatamente después del asalto, esquivando todo choque sostenido y formal cuando no se producía al amparo de las sombras.  Considerando que los planes militares del adversario podían ponerlo en peligro, organizó una serie de malones con la idea de enmascarar su verdadero propósito, que era llevar un ataque a la propia ciudad de Buenos Aires, para lo cual había convocado hasta 6.000 lanzas.  Las acciones dispersas le depararon cuantioso botín.

Quince kilómetros al norte de la estación ferroviaria de Paragüil se halla un monolito que recuerda el sitio en donde se libró el combate.

Referencia


(1) E. Stieben – De Garay a Roca – Buenos Aires (1941).

Fuente

Clifton Goldney, Adalberto A. – El cacique Namuncurá – Buenos Aires (1963).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
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domingo, 23 de abril de 2017

Conquista del desierto: Ataque al fortín Cuarta División

Batalla del Fuerte Cuarta División
Revisionistas


Torreón de Chos Malal - Sitio en donde estuvo emplazado el Fuerte Cuarta División


El Fuerte “4ª División” fue fundado por el comandante de dicha división expedicionaria, teniente coronel don Napoleón Uriburu, en la confluencia del Curi Leuvú con el río Neuquén.  Allí estaba acantonado el efectivo de la división, y desde el mismo partió Uriburu con sus principales tropas, a expedicionar hacia el sudeste, siguiendo la línea que debía proteger posteriormente.  El 6 de setiembre de 1879, se produce el encuentro entre un escuadrón del Regimiento 7º de Caballería de Línea, al mando del 2º jefe del cuerpo, sargento mayor don Juan Terrés y la indiada de Huaiquillan (o Huauquillao), en la cual estaban algunos hermanos del cacique Udalmán.

El Parte Oficial dice lo siguiente: “Fuerte 4ª División, 29 de setiembre de 1879 – Al Comandante General de Armas – Oficial.  El 6 del corriente, al concluir el toque de diana arremetieron este punto más de 500 indios, los que fueron llevados, tiroteándolos, al Sur por dos partidas del 7º de Caballería de Línea, mientras hacía montar en pelo otras dos en pocos caballos y en mulas del proveedor.

Los indios y dispersos se dirigieron por grupos a diferentes puntos para repasar el Neuquén en el que fueron precipitados, ahogándose muchos.

Tenemos 6 muertos y seis heridos, unos y otros de bala y muchos contusos, pues los indios encaramándose en los cerros, echaban pie en tierra lanzando piedras con sus hondas.  Indios muertos se calculan en cincuenta, entre los que se encuentran los hermanos de Udalman.

Dejaron varios caballos ensillados.  La persecución fue hasta tres y media leguas del Neuquén adonde los que no lo habían pasado, se arrojaron al agua.  Mandé dar protección al destacamento de arriba doce leguas, pero el capitán García, jefe del punto tenía reunidos 250 Guardias Nacionales de Malbarco, que aun cuando no bien armados,  sino 25 de ellos y los restantes con lanzas y montados en sus caballos propios, se encontraban animados del mejor espíritu: Los indios querían dominar este punto y después ir a donde tienen bastante que robar.

Se han hecho recomendables los que mandaban las pequeñas partidas que derrotaron a los indios: el mayor Torres (1), del 7º de Caballería, los capitanes Castro y Pérez y el ayudante Gomensoro, como el comandante de Malbarco, capitán García y el jefe de la plaza, mayor Sosa, que guardaba el fuerte.

Al otro día recién llegó desde Los Médanos, la fuerza que se mandó reconcentrar y allí venían las dos fuerzas de montaña (2) que también se hubiera probado en esta ocasión.  Los indios dicen que eran mandados por Huaquillao, pero se conoció a Zúñiga y a todos los capitanejos de Purrán.  Saludo a V. E. – Napoleón Uriburu”.

Comentarios


Uriburu venía con parte de sus efectivos que habían actuado en la campaña a lo largo del Neuquén, dejando en la marcha algunos destacamentos que cuidaban la nueva línea de frontera que disponía la Ley Nº 215.

Torreón de Chos Malal – Ubicado en el sitio en donde estaba emplazado el Fortín IV División

El Fuerte, por lo tanto, estaba medio desguarnecido, teniendo en cuenta las numerosas comisiones que debían partir del mismo hacia todos los nuevos campamentos y fortines, o los que se enviaban a Mendoza conduciendo los prisioneros tomados en la campaña referida.

Es por eso que Huaiquillán (Alvarez dice: Guaiquillán: lanza adornada), enterado por sus bomberos y espías de la reducida guarnición que custodiaba el fuerte, decide atacar este punto tan importante para las comunicaciones castrenses, como lo era para los indios por el fácil paso que permitía hacia las pampas, donde las hordas indígenas deseaban seguir con sus temidos malones.  Además, como lo expresa bien el parte, en el contingente indio se alistaban los capitanejos de Purrán, el cacique Zúñiga, los hermanos de Udalmán y algunos otros no reconocidos.  Esto indica bien a las claras que esta unión tenía como uno de los motivos principales rescatar del fuerte a la numerosa indiada prisionera, en la cual estarían incluidos indígenas de esas parcialidades.

En la carta que el Dr. Alejandro Marcó le envía al Tcnl Elías Paz, desde el campamento de Covunco, el 1º de junio de 1879, dice que el sobrino de Purrán enviado por éste para llevarle su carta a Uriburu, es “Pancho” Guaiquillán.  Sin embargo Gomensoro lo cita como “Panchito” Huallical en el Diario.  Notemos que al mencionar los caciques picunches que seguían a Purrán lo nombra a Guaiquillán y Alvarez dice que vivía en la zona de Guañacos.  Precisamente es uno de los atacantes del fortín Los Guañacos.

La llegada providencial, poco antes, de los efectivos que el sargento mayor Terrés tenía destacados en el camino de las Salinas al río Colorado, y que los espías y bomberos no habrían tenido tiempo de notar, hicieron que el fiel de la balanza de la victoria se inclinara hacia el lado de las tropas nacionales.

Observemos que también al otro día llegaban al fuerte el resto de las fuerzas que operaban al sur y que no tenían misión de custodiar los nuevos fortines, al haberse dado por finalizada la campaña de 1879.

Referencias


(1) Es Terrés.
(2) Se refiere a los dos cañones Krupp para montaña, y sus respectivos artilleros, que Uriburu había llevado en su campaña hacia el sur.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
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Raone, Juan Mario – Fortines del desierto – Biblioteca del Suboficial Nº 143

lunes, 27 de febrero de 2017

Conquista del desierto: Batalla de las barrancas del Neuquén

Batalla de las Barrancas del Neuquén
Revisionistas



Río Neuquén


Esta batalla se libró el 28 de junio de 1879 en las barrancas de la margen septentrional del Río Neuquén, paraje llamado hoy “Vanguardia”, nombre que tomó del antiguo fortín que allí se construyera poco después.  Por un lado combatieron las tropas al mando del teniente de baqueanos (de la Compañía de Voluntarios, llamados “choiqueros”) Isaac Torres, y 16 soldados de la 4ª División, y por el otro los indios del cacique Marillán.  El Parte Oficial dice lo siguiente: “El teniente que suscribe – Campamento el Mangrullo, junio 30 de 1879 – Al señor comandante en jefe de la 4ª División del Ejército, teniente coronel don Napoleón Uriburu. – Tengo el honor de dirigirme a usted poniendo en su conocimiento que con la comisión de 16 hombres con que usted se sirvió despacharme el 27 del corriente, después de haber marchado en dirección de Auca-Mahuida casi todo el día, supe por prisioneros hechos por el mayor Illescas, que un pequeño grupo de seis indios, con algunos animales de arreo, debían caer al Neuquén abajo procedentes de La Pampa y como a cinco o seis leguas de este campamento.  Marché toda la noche en su busca y a la diana de 28 di con ellos en el valle del río, pero no en número de seis como se me había informado, porque después de cargarlos sobre sus fogones, de día ya, se replegaron y formaron en las barrancas del río, en número de 90 de lanza, todos bien armados.

El desorden en que se puso la chusma y considerando que ésta se me escaparía si no andaba activo con ella, me obligó a juntarla, dejando que los indios se reunieran y así pude tomar ciento y tantas mujeres y criaturas, con una gran caballada, vacas y ovejas.

Entre los prisioneros hechos en la primera carga había quedado un viejo, y con éste mandé decir al cacique Marillán que mandaba los indios, y que con ellos formados me esperaba a una cuadra de distancia, que entregase las armas, bajo la formal garantía de sus vidas.  Contestó a esta intimación que dudaba de mi palabra, y que antes quería pelear, a lo que le repliqué que descendiera al bajo, pero sin hacerles un tiro aún, pues me suponía que quisiera entrar por tratados.  Un grito unánime de guerra fue su segunda contestación, y sin repararme mucho de la chusma prisionera y animales tomados, esperé, pie a tierra, haciendo fuego nutrido, la carga que rápidamente me traían a pie y a caballo, dirigida por el expresado Marillán.  Sin embargo, de ser ésta muy violenta y excelentes los caballos en que venían montados, antes de llegar hasta chocar cayeron como 16 indios; pero los restantes nos rodearon por todas partes, trabándose un combate reñido a arma blanca.  Muchos indios arrojaban al suelo las lanzas y luchaban brazo a brazo por arrancar a nuestros soldados las carabinas o fusiles; otros sacaban cuchillos y así duró un rato la pelea hasta desalojarlos y ponerlos en fuga, dejando ellos 14 muertos en el sitio, 5 prisioneros de lanza y 106 de chusma, con más de 80 caballos, 33 cabezas vacunas y 30 ovejas, teniendo por nuestra parte que lamentar la baja de 3 soldados heridos de lanza y cuchillo.

Los indios llevaban muchos heridos, pues dejaron en el camino un reguero de sangre.

Terminado el combate me regresaba y en seguida de marchar encontré al comandante Aguilar con una fuerza, parte de la cual se encargó de conducir los prisioneros y ganados al campamento, acampando esa noche allí todos juntos.  Ayer, 29, a la mañana, perseguimos a los indios nuevamente, el comandante Aguilar con la fracción de gente que tenía vacante, y yo con los trece hombres, los cuales todavía tomaron 5 indios de lanza prisioneros y 12 de chusma con 58 caballos y mulas.

Cada uno de los 16 individuos que componían la comisión que me ha cabido el honor de mandar en esta ocasión, se ha hecho digno de recomendación, pues todos ellos a la par han competido en valor y serenidad.  Dios guarde a V. S. – Isaac Torres”.

En este combate resulta por demás destacable el comportamiento que le cupo a la reducida tropa del bravo teniente de choiqueros, a quien veremos actuar en muchísimas ocasiones, tanto en esta campaña como en las posteriores.  Todos estuvieron a la altura de las circunstancias y dejaron bien alto el prestigio de esta tropa que, mal vestida, a veces mal montada y falta de abastecimientos, en pleno invierno neuquino (temperaturas de 8 y 10 grados bajo cero en ese invierno) supieron realizar el plan trazado por los altos mandos militares, llevando a cabo la construcción de los fortines que en aquella ocasión avanzaron la línea de frontera con el indio hasta la margen septentrional de los ríos Neuquén y Negro.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
Portal www.revisionistas.com.ar
Raone, Juan Mario – Fortines del desierto – Biblioteca del Suboficial Nº 143.

martes, 12 de julio de 2016

Conquista del desierto: La batalla de San Ignacio

Batalla de San Ignacio
Revisionistas


Soldado de Línea

El 26 de marzo de 1881 se produce el encuentro entre la tropa de la Primera Brigada de la 2º División de Ejército, en campaña al lago Nahuel Huapi, almando del teniente coronel Rufino Ortega con las indiadas de Ñancucheo y Huincaleo. El lugar de la batalla fue el desfiladero de San Ignacio, en el valle del río Aluminé, en donde éste recibe las aguas del Catan Lil y forma el Collon Curá (unión de los departamentos de Catan Lil, Huiliches y Collón Curá, en la precordillera.

Versión oficial

“En todo este trayecto se ha avistado al flanco izquierdo de la columna varios jinetes. Son indios que observan nuestra marcha desde la cumbre de elevados cerros, que tan pronto se aproximan como desaparecen, y van, a medida que vamos avanzando, encendiendo el campo en diversas direcciones. Sin temor de equivocarse puede asegurarse que por ese medio avisan nuestra aproximación y el rumbo que seguimos.

Diez baqueanos a las órdenes del ayudante R. Guevara son enviados a examinar el camino del Oeste que se interna en un estrecho cajón, y a la vez, alejar a la partida de indios que tenemos al frente, que con toda osadía llegan a aproximarse hasta un tiro de fusil.

Parece que quieren lucir los magníficos caballos que montan. Bajan y suben a escape empinadísimos cerros y en cuyas cumbres hacen mil molinetes.

El ayudante Guevara regresó sin haber obtenido ningún resultado después de más de una hora de inútiles correrías.
Para llegar al paso del río tenemos que costearlo algunas cuadras; pero todas ellas forman un estrecho desfiladero donde sólo se puede ir de a uno. Nos internamos en él. Los indios nos contemplan desde la orilla opuesta, desde donde pueden contarnos con toda impunidad.

A la conclusión del desfiladero se llega al paso del río. En el momento de vadearlo, el Jefe del 11 de Caballería avisa que los indios han avanzado por nuestra retaguardia y se tirotea con la guardia que la cubre; que ha desprendido al mayor Ruibal con el 3er Escuadrón en su protección.

Efectivamente, un grupo de indios aprovechándose encontrarnos comprometidos en el paso del desfiladero, pasan el río un poco más abajo donde marchábamos y caen de improviso sobre las reses que conducen para nuestra provisión. Los que las cuidan, peones de proveeduría, no ofrenden resistencia; pero los caballerizos más próximos los contienen hasta la llegada de la guardia y del mayor Ruibal que los obliga a repasar el río.

Al propio tiempo que esto pasa a retaguardia, también la cabeza de la columna se bate. Marchan a vanguardia 20 hombres a las órdenes del ayudante Guevara, e inmediatamente detrás sigue la columna. Pásase el río y se emprende la ascensión de un cerro por una pendiente algo inclinada. En la cumbre de éstos, están todavía los indios. Esta osada insistencia hace suponer que intentan algún golpe. Parte del 12 y todo el Regimiento 11 está todavía encajonado en el desfiladero y paso del río.

Hago situar sobre el paso una compañía del Batallón para que proteja y cubra el paso que es susceptible de un ataque por el flanco derecho. El resto avanza. Al coronar el cerro, el ayudante Guevara es cargado violentamente por más de 60 indios. Es apoyado inmediatamente por granaderos del 12 a órdenes del capitán O`Donnell.

Estas fuerzas cargan y doblan a los indios que en su retirada se dividen en dos grupos. La mayor parte de la vanguardia persigue a los de nuestra izquierda, pues los de la derecha han ido a caer a un cajón por donde sigue la columna. A la izquierda son cargados por retaguardia, y por los indios que perseguían, pero son completamente rechazados.

Mientras esto pasa a la izquierda, seis o siete soldados han continuado persiguiendo a los de la derecha y siguen avanzando a su frente.

De improviso son cargados por retaguardia por un número considerable de indios y por los que perseguían. Aunque el resto de la fuerza acude velozmente desde la izquierda, no se puede evitar que lanzeen (sic) a seis.

Aquí muere el sargento Romero, el cabo Cortez y dos soldados del Batallón, quedando un baqueano y un soldado del 12 heridos.

Uno de los muertos debe ser un cacique o capitanejo, pues de su cadáver se ha recogido una espada. Esta tiene en su tasa el escudo de Chile. Los indios que he tenido al frente son los de Ñancucheo y Huincaleo, tal lo asegura el capturado por el comandante Torres, dice haberlos reconocido en los caballos que montan. Su número se calcula en más de 200 los que se han presentado a vanguardia”.

Comentarios

La Primera Brigada había partido desde su acantonamiento en el fuerte 4ª División, el 8 de marzo de 1881, siguiendo el curso descendente del río Agrio, primeramente, para luego proseguir por el de Catan Lil, hasta encontrar, en las cercanías del lugar donde se desarrolló el combate que hemos referido, al río Aluminé.

Más tarde prosiguieron por este río, que cambia de denominación trocándose en Collón Cura, para proseguir su marcha hasta el lago Nahuel Huapi, donde Villegas había dispuesto instalar el campamento central de la División.

Las fuerzas de la Brigada estaban compuestas por: Plana Mayor, 2 jefes, 2 oficiales y 21 soldados; Regimiento 11 de Caballería, 2 jefes, 7 oficiales y 190 tropa; Batallón 12 de Infantería, 2 jefes, 7 oficiales y 263 tropa. Total: 6 jefes, 16 oficiales y 474 tropa.

Nótese la audacia y la estrategia de la indiada que aprovecha al máximo su conocimiento de la topografía de la región por la cual deben pasar los expedicionarios, como así también la ventaja de poseer magníficas caballadas, aclimatadas y acostumbradas a trepar los cerros de la zona.

Esta expedición tenía como fin primordial reconocer todo el territorio “del Triángulo” y tratar de someter a las tribus indias. Esto posibilitó que en la segunda campaña ya se conociera el terreno y las indiadas que se oponían al avance.

Respecto a los dos valientes suboficiales que perdieron la vida, con los dos soldados que lo acompañaron en su entrada en la gloria, no tuvieron el consuelo que el poeta y soldado Ricardo Gutiérrez anhelaba para aquellos que iban al Paraguay, a luchar, enviados a esos campos donde caerían tantos argentinos.

Inspirándose en la blanca figura del que fuera capellán de las tropas argentinas en aquella guerra, canónigo Tomás O. Canavery, habría de aspirar a contar con el consuelo de:

El misionero

Poncho blanco no te apartes
de las huestes argentinas denodadas,
cuando suenen los clarines de la guerra,
cuando ruja la batalla
y en el peplo de su sangre
el soldado herido caiga;
que te vea discurriendo
como lirio entre las rosas escarlatas
despertando bendiciones en las bocas
alegrías en las almas,
besos cálidos de amor sobre los pliegues
de la enseña azul y blanca;
y en la noche de la muerte, sé la aurora
de la vida que no muere,
de la vida que no pasa
para el héroe que ha sabido dar su vida
por la vida de la Patria.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Raone, Juan Mario – Fortines del desierto – Biblioteca del Suboficial Nº 143

miércoles, 25 de mayo de 2016

Guerra contra la Subversión: El combate de Pueblo Viejo

CARTA ABIERTA “ A 41 AÑOS DEL COMBATE DE PUEBLO VIEJO”
 por Julio Mendoza

“ No se gana una guerra muriendo por la Patria.
 Se gana una guerra asegurándose
que el otro hijo de perra muera por la suya.”
   - General George S. Patton –


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COMBATE DE PUEBLO VIEJO
PARA MIS LEALES VALIENTES OFICIALES, SUBOFICIALES Y SOLDADOS DEL “EQUIPO DE COMBATE GAM 5” DURANTE LA “OPERACIÓN INDEPENDENCIA”.


Como aún me encuentro imposibilitado de enviar personalmente este mensaje, dado que continúo en prisión como “Prisionero de Guerra” y “Preso Político” en la U3 de Güemes (Salta), le pedía a mi hermana Alejandra y a mi amiga Bety Sagastume que transcribieran este manuscrito y, como el año anterior, lo envíen públicamente a mis camaradas, a mis ex subordinados, a mis amigas y amigos. También les pedí que lo hicieran llegar a la Unión de Promociones, al Centro de Estudios de Historia, Política y Derechos Humanos de Salta, al periódico Tiempo Militar, a los fines que ellos consideren necesario y oportuno hacer.

Quiero que sepan mis soldados, de entonces y de ahora, que recuerdo las caras y los apellidos de todos y de cada uno de ustedes, pese a mis 72 años, claro que ayudado por mis numerosas fotografías y escritos en mi “agenda” de la época.

El próximo domingo 14 de Febrero se cumple un nuevo aniversario, el número 41, de nuestro bautismo de fuego, al este de “Las Compuertas” y frente a “Finca Sarmiento”, en la margen sur del río Pueblo Viejo (crecido ese día), en el monte “La Florida” (Tucumán).

Como les recordara el año pasado, ese día y en cumplimiento a lo ordenado por el Decreto “S” 261 del gobierno de María Estela Martinez de Perón, nuestro “Equipo de Combate” produjo a las 16.45 hs. el primer enfrentamiento contra la guerrilla subversiva, siendo entonces el Grupo de Artillería de Montaña 5 (GAM 5) la unidad del Ejército a la que le cupo el honor de iniciar las acciones bélicas, legal y legítimamente dispuestas, de la “Operación Independencia”, ofrendando a la Patria nuevos mártires entre sus soldados y demostrando al terrorismo subversivo la firme voluntad de las armas de la Nación para ANIQUILARLOS, como lo ordenara nuestro Gobierno Constitucional de entonces.

Ese día en que nos convertimos de artilleros de montaña en infantería de monte, quedó demostrado que el eficiente desempaño del “Equipo de Combate” fue producto, entre otros aspectos, de la instrucción militar y preparación espiritual que desde meses anteriores, nos brindaran nuestro Jefe de Unidad, el entonces Tte. Cnel. José Eduardo Durand Cornejo, quien también se desempeñó durante 1975 como uno de los jefes de la “Fuerza de Tarea Chañi” (RIM 20 – GAM 5), luego llamada “Capitán Cáceres”; y el Capellán, Monseñor Germán Mallagray, quienes en reiteradas oportunidades, ingresaron al monte al frente de la tropa. Sus enseñanzas, a no dudarlo, salvaron muchas vidas en el transcurso de la “Operación Independencia”.

Viene a mi memoria la imposición del escapulario de la Virgen del Carmen, que piadosamente confeccionaron las monjas del Convento de Carmelitas Descalzas, emplazado en Río Blanco (Jujuy), para cada uno de los Oficiales, Suboficiales y Soldados del GAM 5. Así pudimos llegar a ese combate “con la mente fría pero el corazón caliente”.

No desarrollaré el relato de la acción porque todos ustedes la recuerdan perfectamente. Solo quiero resaltar cuatro hechos. El primero, cuando regresábamos a nuestra base de combate en “los Sosa”, a las once de la noche, pasamos por numerosos bailes de carnaval, en la ciudad de Monteros. ¡¡¡FUERTE GOLPE en la cara para todos nosotros que íbamos honrando a nuestro muerto y a los heridos, mientras la sociedad bailaba disfrazada. Se repetiría en 1982, mientras se combatía en Malvinas, el país miraba el mundial de fútbol. Era la cruda realidad, era el carnaval ideológico, la desculturalización que nos habían infiltrado.

El segundo, cuando yacía herido el Tte. Richter, en el puesto de socorro (una zanja) y el soldado (a) “Bombolo”, lo cubría con su cuerpo “para que no le peguen más balazos al Teniente”.

El tercero, cuando el entonces Mayor Bidone cruzó el río crecido, solo y con su pistola como única arma, para atacar a la orilla norte, dando ejemplo de valor  determinación. Lo siguió el grupo del Cabo 1º Burgos con sus soldados jujeños.

El cuarto, cuando el entonces Capitán Arturo Grandineti, haciendo gala de un profesionalismo encomiable ,con su helicóptero rescató, entre el enmarañado monte y en medio de un nutrido fuego de armas largas, a los heridos y fallecidos, incluyendo los cuerpos de dos terroristas que los guerrilleros que huyeron, los abandonaron.

Este próximo 14 de Febrero, les pediré que recuerden y mediten, los detalles de ese día de hace 41 años y elevemos oraciones por el alma del eróico Capitán Hector Cáceres, muerto durante el combate cuando acudió a rescatar al Tte. Rodolfo Richter quien yacía herido gravemente por el disparo de un terrorista, en su columna vertebral, lesión que lo postró físicamente hasta el día de hoy, pero esa herida le inyectó una enorme energía positiva que hace que sea hoy un sobresaliente profesor universitario y continuar luchando como un valiente soldado.

Declaremos nuestra gratitud eterna por los ejemplos de entrega moral y voluntad de vencer que nos brindan nuestros heridos en el combate de ese día, el Subteniente Arias (disparo de escopeta en la cara y el cuello) y el Cabo 1º Orellana (disparo de FAL en el omóplato).

Pidamos también este 14 de Febrero, por las almas de los guerrilleros abatidos, en particular por los dos que pudimos trasladar, quienes se apellidaban Laser y Toledo., según el periódico del ERP “Estrella Roja” de ese mes.

Como hecho no casual, les reitero que de los siete oficiales que participamos en estas acciones en defensa de la Nación, uno resultó muerto, dos sobrevivieron con graves heridas físicas y los cuatro restantes nos encontramos en prisión (El entonces Mayor Julio Bidone, Capitán Juan C. Jones Tamayo, Tte. 1º Domingo Marengo y Sbte. Martinez Segón).

Y acá estamos hoy, 41 años después. Yo en esta nueva trinchera con alambres de púas y rejas, en Güemes, desde donde les recuerdo a nuestros enemigos de ayer….. y de hoy. ¡¡No nos vencerán. Sabemos donde se ocultan, ayer en el monte o en las sombras putrefactas de la clandestinidad y hoy, infiltrados en todos los sectores de la sociedad!! Pero pese a que el actual gobierno comenzó, tibiamente a depurar los estamentos estatales, aún persisten con su ideario “Gramsciano” y su inquina hacia la “cruz y la espada”. Y algo gravísimo es que haya funcionarios actuales que insisten con la mentira de los 30.000 (como el gobernador de Jujuy en declaraciones televisivas).

La justicia, hasta el momento, continúa desconociendo el art. 18 de la Constitución Nacional, entre otros y persiste en desarrollar el “circo” jurídico ideado desde el año 2003. Yo soy un veterano Coronel de 72 años y los “Gerentes del Circo” pretenden que acepte ser juzgado por leyes, procedimientos y delitos que no existían cuando era un Capitán de 32/33 años de edad.

Sigamos llevando adelante la defensa de la Patria, desde y como cada uno de nosotros pueda. ¡¡Este es hoy mi puesto de combate!!. No olvidemos nuestro lema de ¡¡SOLDADO, NUNCA TE ARREPIENTAS NI PIDAS PERDON POR DEFENDER A LA PATRIA!!

Muchas gracias por las visitas, llamadas telefónicas y cartas que recibo de muchos de ustedes, demostraciones de verdadera amistad y lealtad.

Me despido recordando un dicho que diariamente me reconforta cuando repito “SOLDADO, TU GUERRA ES JUSTA. NO ESTAS SOLO”. ¡¡Claro que no, atrás tengo a mi estoica familia, a mis abnegados amigos y a mis leales camaradas y soldados!!

Con orgullo les digo que estoy, donde y como estoy, por lo que fui, por lo que soy y por lo que siempre seré, un Oficial del Glorioso Ejército Argentino.

Equipo de Combate GAM 5 ¡¡FIRMES!! ¡¡SUBORDINACION Y VALOR!!

Abrazos para todos con FE, ESPERANZA, FORTALEZA, TEMPLANZA, SERENIDAD, PACIENCIA Y ALEGRIA, convencido, al igual que el centinela, que después de la larga noche llega el triunfante amanecer.

¡¡¡VIVA LA PATRIA!!! (y a no aflojar)


Juan Carlos Jones Tamayo
En 1975, Jefe Equipo de Combate GAM 5
En 2016 Cnel. (R) Veterano Guerra CS
-Prisionero de Guerra
- Preso Político
- Soldado que no se rinde
P.D. Alguien dijo “Han convertido la venganza en esta pseudo justicia”
General Güemes (Salta), febrero de 2016

domingo, 8 de mayo de 2016

PGM: Del Plan Schlieffen hasta la toma de Lieja

El Plan Schieffen y el rol de Lieja   

Por Ingeniero Rafael Mariotti

El Plan Schlieffen, debido al conde von Schlieffen, ministro de guerra alemán hasta 1910, contemplaba un ataque masivo a Francia por el flanco izquierdo francés, a través de Bélgica, para evitar las zonas densamente fortificadas de la frontera franco alemana, desde Luxemburgo a Suiza. Esto implicaba la invasión a Bélgica, país neutral garantizado desde 1830 por las potencias europeas, por lo que Alemania quedaría como agresora y enfrentada a Inglaterra. El plan debía realizarse rápidamente, y poder caer directamente sobre París, en las primeras semanas de la guerra, durante septiembre-octubre de 1914, este pareció cumplirse inexorablemente; pero en el momento crítico, los comandantes alemanes carecieron de la energía suficiente, e impresionados por los aparentemente gigantescos avances en el frente ruso, restaron unidades al fundamental ala derecha alemana, la que debía cumplir el envolvimiento, para enviarlas apresuradamente por ferrocarril al frente oriental. Esto debilitó el movimiento alemán, que fue aprovechado hábilmente por franceses e ingleses, pudiéndose detener la ofensiva en el Marne en octubre de 1914. A partir de entonces seguiría una larguísima e inédita guerra de posiciones, que se prolongaría por 4 años. 



Observese el mapa con movimientos para comprender las primeras fases de la guerra en el frente occidental. 
Afortunadamente para los aliados, el plan Schlieffen no funcionó como se esperaba, debido tanto a sus propias limitaciones como a la debilidad del Alto Mando Alemán al debilitar la crucial ala derecha del ataque. El resultado fue el triunfo parcial de los alemanes que fracasó en su meta final de destruir al ejército francés en la primera etapa de la guerra. Los ejércitos alemanes penetraron por Bélgica según el plan, pero el pequeño ejército belga no se rindió sino que opuso una férrea resistencia, lo que demoró el rígido cronograma alemán de campaña. Luego de superar a los belgas, los ejércitos alemanes del norte ingresaron por el norte de Francia, donde de nuevo fueron duramente enfrentados tanto por el recientemente llegado Cuerpo Expedicionario Británico (BEF) como por los 3ro y 4to ejércitos franceses en la región de las Ardenas. El 5to ejército francés del general Lanrezac fue atacado en condiciones de inferioridad y casi sobrepasado por sus flancos, gracias a que el estado mayor francés se negó a admitir la gigantesca maniobra alemana por el norte. Recién a último momento Lanrezac recibió el permiso de re-posicionar parte de su ejército para enfrentar la marea que se avecinaba. Sus tropas de refresco re-posicionadas fueron golpeadas con toda fuerza por el 2do ejército alemán, y se retiraron hacia el sur. Bien pronto, así como los británicos también se retiraban al sur por la presión alemana, todo el frente se desmoronó a medida que las topas de ambos bandos se desplazaban velozmente al sur, hacia el río Marne, y al premio final: París. 
La ofensiva alemana tan solo se detuvo cuando el general alemán Alexander von Kluck re-posicionó su Primer Ejército para poder tomar por el flanco al ahora exhausto 5to ejército francés. El general francés Joseph Gallieni, rápidamente envió el recientemente formado 6to ejército, y en coordinación con el comandante del 5to ejército, atacó el flanco expuesto de Von Kluck.


En el proceso de proteger a su ejército, Kluck dirigió sus tropas más al oeste, permitiendo así abrirse un peligroso espacio entre él y Von Bulow. Estos errores (que fueron reprendidos por el Alto Mando) evitaron a los alemanes cualquier avance posterior y tuvieron que retroceder a posiciones seguras al norte del rio Marne, donde resistieron los intentos franceses de desalojarlos. El fracaso no se debió sólo a Kluck, sino al propio Comandante en Jefe, Conde Hemut Von Moltke, y probablemente al mismísimo Plan Schlieffen, que falló al no considerar las limitaciones de las formaciones de infantería avanzando en tan estrechos márgenes de tiempo. Significativamente estos errores se resolverían recién en los inicios de la siguiente guerra mundial (la 2º) con la intervención de las unidades de infantería mecanizada, lo que sí permitiría avances fulminantes, dando origen a la guerra relámpago (Blitzkrieg).
El Plan Schlieffen, como se mencionó, debe su nombre al Jefe de Estado Mayor alemán Conde Von Schlieffen, quien lo elaboró en 1894. Lo había iniciado ya el Mariscal Helmuth Von Moltke (el viejo), el artífice de la victoria contra Francia en 1870 y contra Austria en 1866. Shlieffen lo concluyó y durante 20 años el ejército alemán se entrenó para poder dar cumplimiento al mismo. Daba mucha importancia al sector norte, de ahí la potencia del 1er ejército al mando de Von Kluck, que debía ser seguido en su flanco izquierdo por el 2do ejército de Von Bullow. Obsérvese la imagen. El movimiento preveía que la ciudad de Lieja debía ser tomada a más tardar para el 10 de agostos de 1914. El comandante en jefe del ejército alemán en ese entonces era Helmuth Von Moltke, sobrino del gran héroe de la guerra franco-prusiana. 

(Clic para ampliar)



La ciudad fortificada de Lieja (Bélgica) se erigía como un obstáculo al avance del 2do ejército alemán. Estaba rodeada de 12 fuertes modernos, de acero y hormigón armado ubicados en las afueras de la ciudad. Los fuertes habían sido construidos a finales del siglo XIX por el eminente ingeniero militar belga Henri Alexis Brialmont, y poseían artillería de 120 mm, 150 mm y 210 mm para blancos lejanos y cañones de tiro rápido de 57 mm para la defensa contra la infantería. Estos cañones estaban emplazados en cúpulas de acero a ras de los fuertes.





Los alemanes emplearon artillería pesada para aniquilar los fuertes belgas. La batalla de Lieja comenzó el 4 de agosto de 1914, para el 5 de agosto los alemanes habían aproximado los obuses de 210 mm que constituían el grueso de la artillería pesada germana (los alemanes los llamaban simplemente Der Morser pues a las piezas superiores de 150 mm ya no las denominaban obuses -haubitze- sino morteros -morser-) que pudieron destruir un fuerte del perímetro este (que cayó el día 8 de agosto) y prepararon el camino a la artillería REALMENTE PESADA, el mortero de 420 mm, del cual para 1914 los alemanes tenían 2 unidades (llegaron a tener 10 en toda la guerra). Estas piezas eran las realmente llamadas Dicke Bertha -correctamente traducido como "gorda Berta"- pesaban 42,6 toneladas y podían arrojar una granada de 810 kilos a 9.300 metros. La máxima velocidad de disparo era 10 tiros por hora. Pero no eran exactamente la Wunderwaffe que aclamaba la propaganda alemana. Si las granadas explotaban prematuramente, simplemente producían cráteres impresionantes, pero nada más. Pero si penetraban dentro del objetivo, los efectos podían se simplemente horrendos, con una sola granada bien colocada podían destruir todo un fuerte, por lo tanto el respeto que inspiró, no era infundado. Los Dicke Bertha llegaron el 11 de agosto a Lieja, y para el 16 de agosto, los fuertes estaban todos destruidos, y los restos de sus guarniciones se rindieron.


La artillería de sitio alemana
Estos obuses -llamados Mörser por los alemanes- constituían el grueso de la artillería pesada alemana -Fuss-Artillerie- y estaban destinados a dar apoyo de fuego indirecto y fueron empleados en todos los frentes. Eran el producto de 10 años de desarrollo entre las firmas Krupp y Rheinmetall. Al comienzo de la guerra Alemania disponía de unas 216 piezas de estas armas. Pesaban unas 15 toneladas y podían disparar una granada de 121 kilos a 9,4 kilómetros con una elevación de hasta 70º. Fueron las primeras piezas pesadas que arribaron a Lieja el 5 de agosto de 1914, y prepararon su captura destruyendo cada uno de los fuertes.








Dicke Bertha de 420mm

Algunas imágenes más del mortero alemán de 420 mm en acción real, obsérvese el tamaño de las granadas en la foto.
 
(Arriba) Imágenes de partes de un fuerte de Lieja destruido por estas armas

General Von Emmich, comandante del cuerpo de ejército que atacó Lieja, en las puertas de la ciudadela, en agosto de 1914

La resistencia belga fue tenaz, como atestigua una foto de tropas belgas preparándose para defender una población cercana a Lieja.