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miércoles, 5 de junio de 2019

Guerra contra la Subversión: Combate de Pueblo Viejo

sábado, 9 de marzo de 2019

Guerra de Secesión: Las heridas relucientes de los soldados


El misterio de las relucientes heridas de la guerra civil

Trisha Leigh Zeigenhorn | Did you know?




En 1862, en la batalla de Shiloh en Tennessee, cientos de hombres heridos cayeron y no pudieron levantarse. Debido a la batalla y la falta de recursos médicos, muchos sufrieron durante días en el suelo húmedo, frío y fangoso. Y mientras yacían allí (presumiblemente en agonía), algunos de ellos notaron que sus heridas comenzaron a brillar en un azul verdoso débil.

Una vez que los soldados se reunieron y fueron trasladados a un hospital del ejército, el misterio creció: los hombres que habían notado la tenue luz (ya que se llamaban Angel's Glow) resultaron ser mucho más propensos a recuperarse que los hombres cuyas heridas no brillaron en la oscuridad. .


Crédito de la foto: HistoryNet

El misterio de Angel's Glow se mantuvo hasta 2001, cuando Bill Martin, aficionado a la Guerra Civil de 17 años, visitó el campo de batalla de Shiloh con su madre. Allí se enteraron de la leyenda del brillo de Ángel, y su madre, microbióloga, comentó que la bacteria del suelo que estudió, Photorhabdus luminescens, es bioluminiscente, lo que significa que emite su propia luz.

Al enterarse de que el brillo de las bacterias es azul, su hijo se preguntó si podría haber sido la fuente del misterioso resplandor del ángel. Su madre alentó a Bill y su amigo Jonathan Curtis a abordar la pregunta para la feria de ciencias de su escuela.
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Mientras investigaban, quedaron perplejos cuando se enteraron de que la temperatura del cuerpo humano es demasiado alta para albergar a las bacterias brillantes, pero, después de enterarse de que los días de pasar los soldados en el suelo frío con poca o ninguna protección habrían reducido la temperatura de sus cuerpos. , siguieron adelante.

Los niños aprendieron que la bacteria P. luminescens vive dentro de pequeños gusanos parásitos llamados nematodos que se introducen en las larvas de insectos en el suelo, donde luego vomitan las bacterias brillantes. El vómito libera sustancias químicas que matan no solo las larvas, sino también cualquier otro microorganismo que vive dentro de ellas.


Crédito de la foto: Kids Discover

Y con eso, los chicos resolvieron el misterio. Se imaginaron que los hombres, tendidos en el suelo frío, tenían tierra contaminada en sus heridas. Los nematodos vomitaron las bacterias brillantes, que mataron a las otras bacterias (más dañinas) que infectaban los wills abiertos. Las bacterias brillantes funcionaban como un antibiótico, la razón por la que estos soldados tenían muchas más probabilidades de sobrevivir.

Proyecto de ciencia bastante genial, si me preguntas. Mucho mejor que el volcán de bicarbonato de soda o, más popular últimamente, el proyecto científico sobre cuánto estrés causa un proyecto científico a la familia promedio.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Rosismo: Batalla de Rodeo del Medio (1841)

Batalla de Rodeo del Medio

Revisionistas



 General Angel Pacheco (1795-1869)

Las ruidosas manifestaciones populares que provocó en Buenos Aires el asesinato frustrado contra Juan Manuel de Rosas del 27 de marzo de 1841, llegaron al interior envueltas en el sentimiento enardecido de los partidarios; y fue ese sentimiento, puede decirse, el que precedió las marchas del ejército federal sobre el de la coalición del norte, a cuyo frente iban Lavalle, Lamadrid y Brizuela.

El día 22 de setiembre el ejército federal llegó al Retamo, distante doce leguas de la ciudad de Mendoza. El general Gregorio Araoz de Lamadrid se encontraba con el suyo en los potreros de Hidalgo, entre el Retamo y la ciudad, a 5 leguas de ésta. El 23 Lamadrid avanzó hasta la Vuelta de la Ciénaga, a dos leguas del enemigo. El general Angel Pacheco ordenó entonces al coronel Jorge Velasco que con algunos escuadrones y compañías de volteadores marchase a reconocer el número y posición de los unitarios, sin empeñar ningún combate. Pero ese jefe tuvo que retroceder porque Lamadrid le llevó personalmente una carga, la cual quizá habría comprometido a todas sus fuerzas si no hubiese sobrevenido la noche.

Al amanecer del día 24 de setiembre el ejército federal se puso en marcha por el lado opuesto del puente de la Vuelta de la Ciénaga, en busca del unitario que se hallaba como a quince cuadras de este lado del referido puente, próximo al Rodeo del Medio, y que simultáneamente con aquel movimiento, avanzó como dos cuadras y tendió su línea al frente del puente. La columna de Lamadrid, inclusive los reclutas agregados a última hora en los cuerpos, apenas alcanzaba a 1.600 hombres que él distribuyó así: derecha, dos divisiones de caballería al mando de los coroneles Angel Vicente Peñaloza y Joaquín Baltar; centro, 400 infantes y 9 piezas de artillería al mando del coronel Salvadores; izquierda, una división de caballería al mando del coronel Crisóstomo Alvarez, y la reserva encomendada al coronel Acuña.

Análoga era la formación de las fuerzas federales, con la diferencia de que éstas alcanzaban a 3.000 hombres de los cuales 1.800 eran de infantería en su mayor parte veterana. Pacheco colocó en su derecha una división de caballería compuesta del regimiento escolta, de un escuadrón del número 3 de Línea, de otro del número 6, y del escuadrón Rioja, todo a las órdenes del coronel Nicolás Granada. En el centro, mandado por el coronel Gerónimo Costa, el batallón Independencia, compuesto de 600 hombres, y dividido en dos de maniobra a las órdenes del coronel Jorge Velasco y del mayor Teodoro Martínez; 10 piezas de artillería al mando del comandante Castro; el batallón Defensores de la Independencia con su jefe el coronel Rincón y el de Patricios al mando del comandante Cesáreo Domínguez. En la izquierda dos escuadrones del Nº 2 de Línea con su jefe el coronel Juan Ciriaco Sosa; uno del Nº 6 al mando del comandante Anacleto Burgoa; el escuadrón Quiroga y el de San Luis, todos a las órdenes del coronel José María Flores. Y en la reserva el batallón Libres de Buenos Aires y las compañías de San Juan y Mendoza, confiadas al coronel Pedro Ramos.

La columna de Pacheco hizo alto al llegar al puente sin que entretanto Lamadrid hubiese avanzado lo suficiente para impedirla que desplegase a su frente, ametrallándola en el momento en que tentase el pasaje y sacando ventaja así del mayor número de sus enemigos. Pacheco supuso a Lamadrid mucho más próximo al puente de lo que éste realmente estaba, y tomó las mayores precauciones, adelantando al mayor Martínez con algunas compañías de cazadores, para que hiciera un prolijo reconocimiento del campo y de la posición de su enemigo, y colocando una batería que protegiera su pasaje. Iniciado apenas este movimiento, Lamadrid descubrió sus baterías, que debió reservar para el momento propicio del pasaje del puente, y que no le dieron otro resultado que el de hacerle conocer a Pacheco la verdadera posición que ocupaba y la necesidad de comprometer sus fuerzas en el pasaje. En efecto, Pacheco ordenó inmediatamente al coronel Gerónimo Costa que con dos batallones sostuviese el pasaje y sirviese de base para desplegar su columna. Costa se lanzó al desfiladero bajo un vivo fuego de cañón de parte a parte, y por su retaguardia pasaron los demás cuerpos de infantería y caballería desplegando frente a la línea de Lamadrid.



Contando con que su centro era inconmovible, Pacheco intentó flanquear la derecha de la columna unitaria, y con este objeto hizo correr sobre su izquierda el batallón Rincón y una batería de artillería. Lamadrid comprendió el movimiento y se propuso conseguir una ventaja a su vez sobre el ala derecha de su enemigo, sin inquietarse de la que éste pretendía, pues confiaba en la excelente caballería al mando del “Chacho” Peñaloza y de Baltar. Simultáneamente con aquel movimiento ordenó al coronel Alvarez que cargase a la división Granada, y a aquellos dos jefes que hiciesen otro tanto con la infantería que los amenazaba. Alvarez realizó brillantemente lo que se proponía Lamadrid, pues arrolló a Granada que tenía doble fuerza que la suya, y lo obligó a repasar el puente, sacándolo del campo de batalla. Mas no sucedió lo mismo con Baltar, quien se resistió a cargar, alegando que tenía delante una fuerte columna de infantería, y arrastró en su increíble desobediencia y en dispersión al bravo e ingenuo coronel Peñaloza, de quien aquél era, según el general Paz, alma, sombra, consejero y director. Esta desobediencia inaudita en un jefe como Baltar, que además de las responsabilidades del mando inmediato que se le había confiado, tenía las inherentes a las funciones de jefe de Estado Mayor, fue fatal para Lamadrid. Un esfuerzo de la caballería de la derecha unitaria habría producido un resultado análogo al obtenido por la de Alvarez. Las columnas de caballería federal habrían repasado el puente, envolviendo quizá a una parte de la infantería del centro, y Lamadrid podría haber aprovechado ese momento para aumentar la confusión de su enemigo, enfilando contra éste sus cañones y llevándole una carga decisiva con su infantería. Cuando quiso verificarlo, ya su derecha lo había hecho derrotar.

El coronel Salvadores y el comandante Ezquiñego llevaron una carga brillante sobre el campo federal, pero sus 400 infantes fueron acribillados por más de 1.000 veteranos que se rehicieron completamente sobre la derecha de Lamadrid. Se puede decir que ese puñado de infantes y esos pocos artilleros era lo único que quedaba en pie de la columna unitaria, pues la división Alvarez había sido llevada fuera del campo en el ímpetu de sus cargas, y la división Baltar había huido en dispersión sin combatir. Al retroceder Salvadores y Ezquiñego, vencidos por el número superior, Lamadrid reproduciendo sus romancescas proezas en la guerra de la Independencia, se precipitó sobre ellos, les dirigió varoniles palabras de aliento, y los formó todavía sobre los fuegos enemigos. Así se replegó con ellos en orden, bajo los fuegos del centro federal, y cuando la caballería de Flores comenzaba a envolverlo. Perdida ya toda esperanza, Lamadrid se retiró con los pocos hombres que le quedaban en dirección a Mendoza, dejando en el campo de batalla cerca de 400 hombres fuera de combate, 9 cañones, su parque y bagajes, y como 300 prisioneros, los que alcanzaron a 500 en la persecución que llevaron las partidas que Aldao había situado de antemano en los desfiladeros de la cordillera de los Andes.

En su retirada contuvo todavía una partida de caballería federal, cargándola personalmente con 7 de sus soldados. En seguida corrió a contener a sus dispersos para hacer menos desastrosa la derrota, mientras el coronel Alvarez hacía otro tanto con los restos de su columna. Así reunió unos 500 hombres, y pretendió caer nuevamente sobre los vencedores. Pero la desmoralización había cundido en la tropa, y fue preciso seguir camino de Chile por Uspallata, y a cordillera cerrada. Este pasaje por los Andes era una nueva batalla librada contra elementos que se desencadenas destructores e inauditos, allí donde el esfuerzo y el heroísmo humano son impotentes. A ellos fue a desafiar todavía Lamadrid, seguido de sus compañeros de infortunio, a la cabeza de los cuales iban los coroneles Crisóstomo Alvarez, Angel Vicente Peñaloza, Lorenzo Alvarez, Sardina, Avalos, Fernando Rojas, Salvadores, los comandantes Ezquiñego, Acuña y Alvarez.

Con la derrota del Rodeo del Medio concluyó la coalición del norte en las provincias de Cuyo.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo, Buenos Aires (1951)

viernes, 30 de noviembre de 2018

Argentina: Convención de 1840 y combate de San Cala

Lavalle y la Convención de 1840


Revisionistas
 




General Juan Lavalle (1797-1841)

Luego de la firma del tratado de Makau-Arana Francia abandonó su actitud hostil contra la Confederación. Levantando el bloqueo, entregando la Isla de Martín García y restituyendo los buques y el armamento pertenecientes a la Confederación Argentina, se colocaba, pues, en el terreno en que Rosas planteó la cuestión desde el año 1838; y Rosas quedaba en perfecta libertad para aceptar o no un tratado por el cual los súbditos franceses domiciliados en Buenos Aires fuesen tratados como los de la nación más favorecida, sin que el hecho de negarse a suscribirlo pudiese dar margen a reclamación alguna.

Esto mismo lo había declarado el ministro Arana a Mr. Roger y Rosas al almirante Leblanc en sus comunicaciones oficiales del año 1838; y en guarda del derecho perfecto de soberanía, y para que la mera suspensión de las leyes y principios vigentes en la Confederación no pudiese ser interpretada como un asentimiento tácito a las pretensiones de Francia relativas a sus súbditos domiciliados en Buenos Aires, el artículo 6º de la convención contenía esta declaración concordante con aquellas; “Sin embargo de lo estipulado en el artículo 5º, si el gobierno de la Confederación Argentina acordase a los ciudadanos o naturales de alguno o de todos los Estados sudamericanos especiales goces civiles o políticos más extensos que los que disfruten actualmente los súbditos de todas y de cada una de las naciones amigas y neutrales, aun las más favorecidas, tales goces no podrán ser extensivos a los ciudadanos franceses residentes en el territorio de la Confederación Argentina, ni reclamarse por ellos” (1).

Aprobada que fue la convención por la legislatura, y ratificada por Rosas, el plenipotenciario de Francia mandó enarbolar a bordo de la Alcémene la bandera argentina y saludarla con veintiún cañonazos. Este saludo fue retribuido por la plaza de Buenos Aires: la bandera francesa fue izada en el campamento de Santos Lugares y al día siguiente, el 2 de noviembre, el barón Mackau y su estado mayor visitaron a Rosas concurriendo en seguida a las fiestas con que se solemnizó el restablecimiento de las relaciones con Francia.


Se comprende, pues, que este modo de zanjar las dificultades con una nación como Francia, fuese considerado como un triunfo para la Confederación Argentina. Por la convención del 29 de octubre de 1840, el gobierno argentino obtenía de Francia lo que no había podido obtener ninguno de los Estados sudamericanos, sobre los cuales esa nación hizo pesar la influencia decisiva de sus armas. Casi todos esos Estados se habían visto forzados a suscribir las exigencias de la Francia engreída con el éxito de sus expediciones sobre México y sobre Argel. Sólo Rosas se resistió a ello con firmeza inquebrantable. Y lo positivo es que después de dos años y medio de inútiles esfuerzos para amedrentar y sojuzgar por la fuerza, Francia obtenía por la convención muchísimo menos de lo que había exigido antes y después del bloqueo.

Y ante tales resultados, Rosas debió comprender, que por enérgicos que fuesen los sentimientos que conducían la lucha política en esa época en que ni se daba ni se pedía cuartel, él no podía seguir estimulando con la impunidad los ataques contra la propiedad y la vida que se perpetraban en Buenos Aires en los meses de setiembre y octubre de 1840. Sea que quisiese alentarlos realmente, dejando hacer al fanatismo; sea que no se creyese con poder bastante para reprimirlos en los días tremendos de la crisis, cuando el mismo se creía perdido ante la doble invasión de Lavalle y de la escuadra de Francia, es lo cierto que alrededor de su influencia y de sus prestigios se haba organizado en toda la Provincia la resistencia a esa invasión. Cuando su partido quedaba triunfante y él más fuerte que nunca, debía, pues, reaccionar por obra de su propia autoridad, siquiera fuere para no aparecer como autor de esos atentados ante propios y extraños, ante las clases principales de la sociedad que se habían asimilado con su gobierno por la tendencia conservadora, tal como lo presentaban sus enemigos interiores y de Montevideo.

Eso fue lo que hizo Rosas dos días después de ratificar la convención con Francia. Partiendo de que no había sido posible reprimir la exaltación popular producida por la invasión de los unitarios, pero que era justo que un pueblo valiente y generoso volviese a gozar de la seguridad cuando acababa de afianzar sus derechos, Rosas expidió un decreto según el cual sería considerado perturbador del orden público y castigado como tal, cualquier individuo, “sea de la condición o calidad que fuere”, que atacase la persona o la propiedad de argentino o de extranjero. La simple comprobación del crimen bastaba para que el delincuente sufriese la pena discrecional que el gobierno le impondría; y el robo y las heridas serían castigados con la pena de muerte.

Y a objeto de cumplir lo pactado en el artículo 3º de la convención del 29 de octubre (2), Rosas nombró al general Lucio Mansilla comisionado ad hoc, para que acompañado del comisionado francés Mr. Halley se dirigiese al campo de Lavalle, le presentase dicha convención, y le manifestase franca y confidencialmente que el gobierno de Buenos Aires quería concluir la guerra sangrienta en que se habían los partidos empeñado, y que se prolongaría mientras Lavalle y sus amigos de Montevideo la alimentasen; que si Lavalle peleaba por la organización de su país, el medio que empleaba era el menos conducente a ello, pues las provincias perseguían un ideal político distinto del que a él le servía de bandera, y contaban con recursos suficientes, sino para triunfar, cuando menos para quitarle toda esperanza en el triunfo, como lo comprobaban los sucesos. Que la organización vendría como consecuencia del convencimiento de los partidos políticos, y de las mutuas concesiones que se hicieran. Que en semejantes circunstancias le ofrecía al general Lavalle las seguridades y garantías que pidiese, con tal que dejase las armas, pudiendo residir donde quisiese, si no prefería venir a Buenos Aires, donde sería reconocido en su grado y antigüedad sin perjuicio de ser investido en primera oportunidad con una misión en el extranjero. Rosas le recomendó al comisionado que persistiese en su cometido, aunque encontrara resistencia en el general Lavalle; y que al ofrecer análogas seguridades y garantías a los jefes que a éste acompañaban, recogiese de dicho general proposiciones, si no admitía las que él llevaba para terminar la guerra.

El día 22 de noviembre los comisionados llegaron en el Tonnerre frente a la ciudad de Santa Fe. Como Lavalle ya se encontraba a unas leguas de la ciudad, le comunicaron en nota oficial su arribo y sus objetos. Tres días después, Lavalle le dirigió una carta particular a Mr. Halley en la que, sin reconocerle carácter oficial, se limitaba a manifestarle que pensaría si debía o no tratar sobre el arreglo que se le proponía. A la nota oficial del comisionado argentino no respondió ni con un simple acuse de recibo. A pesar de esto, Mr. Halley resolvió trasladarse al campo del general unitario. Ajustándose a sus instrucciones, el general Mansilla acompañó al comisionado francés. El día 30 supieron que Lavalle acababa de ser derrotado en el Quebracho y prosiguieron su camino llegando dos días después al cuartel general de Oribe. Este les hizo saber que Lavalle se encontraba reunido con Lamadrid a inmediaciones de la villa de Ranchos, y que no continuaría sus operaciones por el momento. Allí se dirigió el comisionado francés, seguido a cierta distancia del argentino.

Una vez en el campo de Lavalle, Mr. Halley abundó en consideraciones de carácter político y privado para persuadirlo que debía aceptar el artículo 3º de la convención, y le entregó una carta del barón Mackau que se contraía a lo mismo. Pero Lavalle eludió una respuesta definitiva, limitándose a reprochar duramente la conducta desleal de los agentes franceses, quienes le habían prometido su auxilio decidido en la campaña contra Rosas (2).

Halley lo instó reiteradamente a que tuviese una entrevista con el general Mansilla, manifestándole que éste traía instrucciones confidenciales, y el encargo especial de recibir proposiciones, si el general Lavalle no aceptaba las que desde luego podía formalizar para terminar la contienda armada. Lavalle declaró rotundamente que su honor le impedía aceptar los beneficios que le propusiera Rosas; y el comisionado francés fue a reunirse con el argentino quien lo esperaba a tres leguas de distancia, en la casa de Cabrera. “Allí le pregunté –dice el general Mansilla en la nota en que da cuenta del resultado de su comisión (4)- que contestación había recibido y qué disposiciones tenía Lavalle de conferenciar conmigo; y me respondió estas textuales palabras: que Lavalle no le había dicho si admitía o no el artículo 3º; que no quería recibirme; que si yo quería ir a él se separaría, pero que no respondía de mi vida; y que antes de ocho días le remitiría Lavalle la contestación de la carta del barón Mackau, por conducto del general en jefe del ejército de la Confederación”.

Como ésta no se recibiese, y todo inducía a creer que Lavalle rechazaba el arreglo, Oribe les manifestó a los comisionados que proseguía la marcha de su ejército, después de haberla suspendido con perjuicio de sus operaciones y sin otro motivo que el de dar lugar a dicho arreglo. Los comisionados obtuvieron todavía una tregua. Mr. Halley se dirigió nuevamente al campo de Lavalle llevando una carta del coronel Pedro J. Díaz (prisionero en el Quebracho) en la que interponía su amistad con aquél para que aceptase la convención y las proposiciones que se le hacían. Todo fue infructuoso. Lavalle resistió el arreglo y así se lo comunicó al barón Mackau.

Era un arranque de abnegación el de Lavalle rechazar el arreglo y las ventajas personales que Rosas le ofrecía, en circunstancias en que los ejércitos federales lo perseguían victoriosos y en que todo le anunciaba su ruina inevitable. El declaraba con arrogancia que su honor militar y su dignidad le impedían aceptar semejantes proposiciones, porque hacía cuestión de vida o muerte el derrocamiento de Rosas. Pero considerada esta profunda negativa del punto de vista del hecho político y sus consecuencias, se deduce sin violencia que Lavalle lo sacrificaba todo a su absolutismo partidario, exaltado por el odio que estimulaban en él sus consejeros, a quienes no se les ocultaba que si el animoso caudillo unitario renunciaba a encabezar la guerra civil, ellos quedarían reducidos a la impotencia relativa, sin otra bandera, sin otra esperanza que la constitución del año de 1826 a la cual hacían fuego todos los pueblos de la República. Y al proceder así se constituía fatalmente en causa retardataria de la organización nacional por la cual decía haber tomado las armas. Si reputaba inaceptables las proposiciones del adversario vencedor, lo natural era que propusiese por su parte cualquier arreglo en beneficio del país, en vez de rehusarse a recibir al comisionado argentino que lo seguía en el camino de la derrota, y llevar el rencor hasta hacer responder las notas de aquél por una corneta de su ejército y en términos ultrajantes (5). Quiroga, en posición militar mucho más ventajosa, en el año 1826 se limitó a devolver sin abrirlo el pliego del presidente Rivadavia, ignorando que en ese pliego se le reconocía como general del ejército y se ordenaba que fuese a tomar parte en la guerra contra el Brasil.

Los sacrificios que imponía el patriotismo ante el cuadro desconsolador de una guerra civil tremenda, conducida por un absolutismo que comprometía hasta el principio republicano y la integridad de la República, debían pesar sobre Lavalle más que la circunstancia de ser Rosas quien le proponía la paz y la concordia. Diez años antes Lavalle, fiado en el honor de si adversario, se había dirigido solo al campamento de Rosas; y después de celebrar con éste un arreglo honorable, lo había llamado públicamente el primero entre los porteños. Tarde era ya para que Lavalle invocase el honor y la dignidad como causa para proseguir una guerra cruenta, cuando desde dos años atrás venía haciéndolo aliado a los franceses y con los dineros y recursos de los mismos que agredían a la República Argentina y se habían apoderado de una parte de este territorio. Si Lavalle había admitido con todas sus consecuencias esa alianza de un poder extraño contra la propia patria, era lógico cuando Francia había zanjado satisfactoriamente la contienda, que entrase él también en el orden de cosas que tal hecho establecía, y que la misma Francia se empeñaba en dejar establecido por lo que hacía a Lavalle y su partido en armas. El general Lavalle prefirió dejarse conducir por el odio desatentado que arrasó su patria durante largos años de infortunio y de prueba; y si algo atenúa su gran yerro es que lo sacrificó todo, sobreponiéndose a los desencantos y a los reveses y dejando caer su espada recién cuando cayó él si vida.

Combate de San Cala



Despedida en la Sorpresa de San Calá en 1841, del pintor Juan Manuel Blanes

Los comisionados argentino y francés regresaron a Buenos Aires a fines de diciembre, y el general Oribe entró con su ejército en la ciudad de Córdoba, restableciendo en su cargo al gobernador de esa provincia Manuel López, y poniéndose en comunicación con los gobernadores de Mendoza y San Luis, quienes estaban al frente de fuerzas respetables. A la aproximación de Oribe sobre Córdoba, Lamadrid se había retirado con alguna fuerza, yendo a reunirse con Lavalle que se encontraba en Jesús María. Pero como este último no tenía elementos con qué resistirle a Oribe, marchó en dirección de Tucumán desprendiendo al coronel Vilela con una división de mil hombres para que apoyase en Mendoza un movimiento que acababan de hacer estallar sus partidarios. Encontrándose en el río de Albigasta, el cual divide la provincia de Santiago de la de Tucumán, supo que la división de Vilela había sido sorprendida y destruida los días 8 y 9 de enero de 1841en San Cala, por otra división que a su vez desprendió Oribe al mando del general Angel Pacheco. Este nuevo contraste, cuando ya no quedaban del ejército libertador mas fuerzas que la división del coronel Acha y los restos que conducía Lavalle, obligó a este último a hacer pie en Catamarca para organizar allí la resistencia.

“… sólo he disminuido en el parte la cantidad de muertos; porque siempre he querido dar a la guerra el carácter menos sangriento. 57 entre jefes y oficiales, y más de 500 individuos de tropa prisioneros acreditan hoy la verdad en nuestro campo. La guerra debió de haber concluido en Córdoba, teniendo los enemigos a su espalda tan largas travesías, que aun sin ser hostilizados, se han visto obligados a abandonar su artillería y a perder algunos centenares de hombres muertos de sed, y dispersos que han empezado a recalar a las poblaciones de Santiago. Puede ser que todavía intenten continuarla con sus miserables restos; pero los recursos de que pueden disponer están ya muy agotados y siempre fueron muy mezquinos; de ahí el interés de ir a proveerse de la provincia de Buenos Aires; pero ya es natural que hayan abandonado esta esperanza….” (Carta del general Angel Pacheco a Hilario Lagos, fechada en Trouco-pou, el 30 de abril de 1841).

Por lo demás, la convención Mackau-Arana, desligando de sus compromisos a las partes que habían celebrado en 1838 la triple alianza contra el gobierno de Rosas, colocaba a éstas en el caso de lanzarse en nuevos rumbos para buscar en otro género de combinaciones los medios de proseguir la guerra. Pero entretanto, una de esas partes –el general Rivera- sentía más directamente los efectos de aquella convención, tanto por lo que hacía a los escasos medios propios que le quedaban, cuanto por que iba a quedar enfrente de su adversario, el general Oribe, cuyos parciales pronto se agitarían. Como fracasase en sus tentativas para propiciarse nuevamente a los agentes franceses, y su situación se hiciese bastante crítica, creyó salvar su responsabilidad diciendo que sus amigos lo habían traicionado. Entonces se apoderó de él una especie de despecho furioso, que habría alcanzado a sus principales partidarios si éstos no se hubiesen apresurado a calmarlo y a mostrarle cómo la situación no estaba completamente perdida. No obstante cayeron en su desgracia los que con mayor abnegación lo habían servido. “El Eco del Pueblo -le escribía a Martiniano Chilavert- tuvo el comedimiento de ingerir al traidor ingrato Núñez y ponerlo al frente, y yo por amor das dividas lo metí en el Pereyra y de allí saldrá muy en breve para fuera de cabos. Y si me andan con vueltas otros más han de seguir la misma suerte”.

Referencias


(1) Véase La Gaceta Mercantil del 2 de noviembre de 1840.
(2) El mencionado artículo establece: “Si en el término de un mes, que ha de contarse desde la dicha ratificación, los argentinos que han sido proscriptos de su país natal en diversas épocas después del 1º de diciembre de 1828, abandonan todos, o una parte de entre ellos, la actividad hostil en que se hallan actualmente contra el Gobierno de Buenos Aires, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, el referido Gobierno, admitiendo desde ahora, para este caso, la amistosa interpretación de la Francia, relativamente a las personas de estos individuos, ofrece conceder permiso de volver a entrar en el territorio de su Patria a todos aquellos cuya presencia sobre este territorio no sea incompatible con el orden y seguridad pública, bajo el concepto de que las personas a quienes este permiso se acordare, no serán molestadas ni perseguidas por su conducta anterior. En cuanto a los que se hallan con las armas en la mano dentro del territorio de la Confederación Argentina, tendrá lugar el presente artículo sólo a favor de aquellos que las hayan depuesto en el término de ocho días, contados desde la oficial comunicación que a sus Jefes se hará de la presente convención, por medio de un Agente Francés y otro Argentino, especialmente encargado de esta misión. No son comprendidos en el presente artículo los Generales y los Jefes Comandantes de cuerpos, excepto aquellos que por sus hechos ulteriores se hagan dignos de la clemencia y consideración del Gobierno de Buenos Aires”.
(3) “El noble marino Mr. Halley -dice el señor Félix Frías- le ofreció al general Lavalle en nombre de su gobierno, para sus soldados, la amnistía de Rosas, y para él el grado y los honores de general francés. El general Lavalle contestó con la altivez de su carácter que no había peleado por miras personales, sino por patriotismo; y que no abandonaría a los pueblos que se habían sublevado contra Rosas confiando en ser guiados por él en la lucha”. (Discurso sobre la tumba del general Lavalle). Lacasa dice algo semejante en la Biografía del general Lavalle, pág. 179.
(4) Esta nota es de fecha 29 de diciembre de 1840 y va dirigida al Excelentísimo señor gobernador delegado don Felipe Arana, por el comisionado del gobierno para comunicar oficialmente a los argentinos armados dentro del territorio argentino lo contenido en el artículo 3º de la convención entre la Francia y la Confederación.
(5) Comunicación oficial del general Mansilla, ya citada.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo, Buenos Aires (1951)

jueves, 30 de agosto de 2018

Argentina: Combate de Villamayor (1854)

Combate de Villamayor



 

General Gerónimo Costa (1808-1856)

La mayor parte de los federales porteños, en particular los comprometidos con el sitio de Lagos, emigraron a Paraná, Rosario o Montevideo. Desde allí planearon regresar por medio de una invasión. El primer intento lo dirigió Lagos, en enero de 1854, esperando que las fuerzas de campaña se pasaran a su ejército; debió evacuar la provincia a los pocos días.

En noviembre de ese mismo año, el general Gerónimo Costa avanzó desde Rosario al frente de 600 hombres. Pero Manuel Hornos le salió al encuentro y lo derrotó en la batalla de El Tala, obligándolo a retirarse.

En diciembre de 1855 hubo un nuevo intento, más elaborado: el general José María Flores desembarcó en Ensenada, mientras Costa lo hacía cerca de Zárate, con menos de 200 hombres. El gobernador Pastor Obligado dictó la pena de muerte para todos los oficiales implicados en esa invasión —declarándolos bandidos, para no tener que respetarlos como a enemigos— y ordenó su fusilamiento sin juicio.

Flores avanzó hacia el interior de la provincia, pero debió retirarse a Santa Fe. Insólitamente, Costa avanzó hacia Buenos Aires con sus escasas tropas. El 31 de enero de 1856 fue derrotado por Emilio Conesa en el combate de Villamayor, cerca de San Justo.

Rescatamos del olvido este hecho, despiadado y verdadero, que no deja de ser una demostración de heroísmo, coraje y honor con el cual cada facción defendió sus ideales. El general Gerónimo Costa refriega su rostro cansado y melancólico, como tratando de comprender la noticia que su edecán le confirmaba. Se levanta raudamente de su asiento y mira el horizonte. Su vasta experiencia militar le indicaba que aquella columna de polvo, que se asemejaba a un gigante furioso, era el poderoso ejército de Buenos Aires que vendría a aplastar a sus aguerridas tropas rebeldes.

Sabía, mientras sus escasos 160 soldados se preparaban para lo que sería una batalla totalmente desigual, que en estos pagos de Matanza correría sangre de argentinos, su suerte ya estaba echada.

La acción se desarrolla en los campos de Villamayor cruzando el arroyo Morales (1). La caballada del general bebe a sorbos el agua del caluroso 31 de enero de 1856 que presagia lo inminente.

– Mi general -vuelve presuroso su edecán- Los porteños se aproximan y nuestros refuerzos no llegaron.

El jefe del reducido ejército Federal, arruga el papel que tiene en sus manos y lo deja junto a otro que descansan sobre su escritorio de campaña. Aquel escrito era la ley del Gobernador del Estado de Buenos Aires Pastor Obligado que ordenaba pasar por armas a todos los rebeldes que atentasen contra la seguridad de la provincia segregada (2).

Urgente reúne a su estado mayor, los coroneles León Benítez, Ramón Bustos y Juan Francisco Olmos a quienes les da la orden de preparar a los soldados para dar batalla.

La vanguardia de las tropas porteñas del coronel Emilio Conesa comandadas por el coronel Esteban García ya les pisaba los talones, no quedaba más remedio que pelear, si se quería tener una mínima esperanza. Ese era el momento indicado para intentar torcer la suerte de lo inevitable, ya que a pocos kilómetros de ese lugar se acercaba desde el norte a paso firme las tropas del coronel Bartolomé Mitre.

Por un instante el tiempo parece detenerse y el general Gerónimo Costa cree en su interior, que la causa que defiende es noble y justa, atempera su espíritu y deja fluir sus ansias de unir de una vez por todas a la Confederación Argentina con el Estado de Buenos Aires (3), sólo su sentimiento de patriotismo parece indestructible.

Su valor fue puesto a prueba mil veces, durante la guerra contra Brasil, volvió con el grado de capitán. Pasó a servir a Juan Manuel de Rosas e hizo campaña contra el general José María Paz, jefe de la Liga Unitaria en el interior y en 1833 realizó la Campaña al Desierto. En 1835 el Restaurador lo nombro comandante de la isla Martín García, tres años después la escuadra francesa atacó la isla y a pesar de tener órdenes de entregarla, el por ese entonces aguerrido coronel Costa la defendió heroicamente, batiéndose contra fuerzas muy superiores que finalmente se apoderaron de la isla. En reconocimiento al valor y la capacidad de combate el Capitán de Corbeta de la marina francesa Hipólito Daguenet le devolvió los prisioneros y la espada con una nota enviada a Rosas donde expresaba “los talentos militares del bravo Coronel Costa” posteriormente peleó contra el general Juan Galo Lavalle en Cagancha, Don Cristóbal, Sauce Grande y Quebracho Herrado. En Rodeo del Medio puso fin a la Coalición del Norte. Arroyo Grande y Caseros también vieron desplegar su coraje.

- Mi general, estamos listos.

Con estas palabras se envalentonó sabiendo que sería una parada brava

- Proceda – respondió Costa.

La fuerza del coronel García rompió fuego y aprovechando la ventaja numérica se llevó por delante a la tropa del general Costa, perdiendo en este acto 10 o 12 hombres entre ellos Ramón Bustos quien fue ultimado a lanzazos, Benítez quien demostró toda su audacia en la Batalla de Ituzaingó fue sacrificado de la misma manera después de entregar su espada.

El general Costa peleó como un león, sabía mientras veía caer a sus soldados (4), que todo estaba perdido, incluso su propia causa, incluso su propia vida.

Su cuerpo, ultimado a balazos, tocó el suelo asentando sus rodillas primero y luego sus manos que lentamente se hundían en el verde pasto del campo de batalla (5).

La mayor parte de los soldados fueron muertos cuando se rendían, y los oficiales fueron fusilados dos días más tarde.

Pese al reclamo de los federales por venganza, la matanza de Villamayor obligó a Urquiza a ser más prudente en el control de sus aliados porteños. Buenos Aires y la Confederación conservaron la paz por unos años.

La paz tan sangrientamente alcanzada a raíz de la masacre de Villamayor, a principios de 1856, no duró mucho.

La matanza de Villamayor fue una muestra elocuente de la ferocidad de las guerras civiles que dejaron un recuerdo indeleble en los pagos matanceros.

  1. Cuando ocurrió este suceso los campos del señor Villamayor estaban situados en el partido de La Matanza. Años después pasó a ser parte del partido de Marcos Paz.
  2. Textual del documento: “Todos los individuos titulados jefes que hagan parte de los grupos anarquistas capitaneados por el cabecilla Costa y fuesen capturados en armas, serán pasados por las armas inmediatamente al frente de la División o Divisiones en campaña, previo los auxilios espirituales”
  3. Recordemos que Buenos Aires había conformado un estado Independiente desde el 11 de septiembre de 1852 hasta la Batalla de Pavón cuando se reincorporó definitivamente al resto de las provincias.
  4. Conforme el acuerdo gubernativo, muchos de los oficiales que acompañaban fueron ejecutados y según una versión contemporánea indica que sólo 15 de los federales salvaron sus vidas. Entre estos está el Coronel Olmos quien gracias a una oportuna intervención de la señora Dolores Correa de Lavalle, viuda del general Lavalle, rogó clemencia para el antiguo camarada de su difunto esposo. Por el lado del ejército porteño no se sufrieron bajas.
  5. El cadáver del general Costa fue recuperado días después de la batalla por la señora Mercedes Ortiz de Rosas de Rivera, hermana de Juan Manuel de Rosas, según relata Doña Mercedes, debió de solicitar un permiso especial al gobernador Obligado para recoger los despojos que yacían en el campo de Villamayor a la merced de las alimañas y venganzas. Dichos campos eran linderos con la estancia El Pino (en Virrey del Pino) que fuera confiscada al caer su hermano y posteriormente vendida la familia Ezcurra.

Autor: Racedo, Dr. Leonardo A.


Fuente

Cambiasso, Martha – La Matanza de Villamayor.
Crónica histórica Argentina. Tomo IV, Editorial Codex S.A. (1972).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Periódico La Voz, 15 de noviembre de 2008.
Portal www.revisionistas.com.ar
Rebeliones y crisis internacional (1854-1865), Tomo III, Ed. Claridad 2008.
Rosa, José María – Historia Argentina, Tomo VI, Ed. Oriente (1970)
Ruiz Moreno, Isidoro J. – Campañas Militares Argentinas. La política y la guerra.

sábado, 11 de agosto de 2018

Argentina: Combate de la Quebrada de Miranda

Combate de la Quebrada de Miranda







Cuesta de Miranda - Pcia. de La Rioja


Denominada como Quebrada o Cuesta de Miranda, este accidente geográfico se encuentra a 35 kilómetros de la ciudad de Chilecito, dentro de la provincia de La Rioja. Allí tuvo lugar, en junio de 1867, la batalla de la Quebrada de Miranda, episodio en el que triunfaron las montoneras federales por sobre las fuerzas militares mitristas.

No se trató de una batalla más, dado que este acontecimiento significó, antes que nada, el resurgimiento inesperado de los federales del noroeste luego de la estrepitosa derrota que sufrieron en abril de ese mismo año en la batalla de Pozo de Vargas. Las pérdidas ocasionadas por la más sangrienta lucha civil argentina habían sido totales: de 4.000 federales armados, “cuando amaneció el día siguiente me hallaba rodeado de 180 hombres, unos sin armas, otros con armas inutilizadas, y ya toda tentativa de ataque por mi parte se hizo imposible, absolutamente imposible”, dirá en un documento el caudillo y coronel Felipe Varela.

Las montoneras dispersas se reagruparon como pudieron y enseguida asediaron nuevamente a las fuerzas militares, es decir, los portavoces más obstinados del liberalismo inglés proveniente del puerto de Buenos Aires. Desde luego, los montoneros jamás volverán a presentar combate en el número extraordinario de 4 mil hombres. Ahora, las luchas serían intermitentes y con menor cantidad de tropas. Estas últimas características rodearon, de alguna manera, la batalla que describimos.


Desarrollo de la contienda

Chilecito estaba controlado por las fuerzas “nacionales” del coronel José María Linares, a quien se le pidió que controle y siguiera de cerca a las montoneras que aparecían por doquier. En la zona, Linares tenía una guarnición de 300 soldados; más tarde, y provenientes del departamento de Arauco, se le sumarán doscientas tropas más que se hallaban bajo el mando del coronel Nicolás Barros.

Ambos jefes mitristas habían hecho un mal cálculo de la situación. Pensaban que el teniente coronel Martiniano Charras había exterminado a las fuerzas de Felipe Varela en la localidad de Las Bateas, cuyos restos pensaban encontrar cerca de Chilecito, pero grande fue la sorpresa cuando tanto Linares como Barros tuvieron en frente al ejército federal completo y dispuesto al enfrentamiento inminente.

Las acciones se desencadenaron el día 16 de junio de 1867, en la Quebrada de Miranda. Al frente de la montonera, que era superior en número al enemigo, estaba Felipe Varela, y lo secundaban, entre otros, el coronel Severo Chumbita y el capitán Ambrosio Chumbita. La infantería del comandante Barros, no pudiendo frenar la rabiosa embestida de los gauchos montoneros, emprendió rápidamente la huida, actitud que imitaron las fuerzas de caballería del coronel Linares.

Felipe Varela decide no darles tregua ordenando la inmediata persecución de las tropas unitarias. Jefes y tropas escapan con desesperación mientras que los soldados atrapados son rápidamente ejecutados. En dicha persecución logran dar con un ayudante de Linares, don Santiago Sierra, al cual degollarán días más tarde. Entre tanto, los montoneros federales, viéndose amos y señores de la situación, persisten en la búsqueda de los soldados mitristas. El coronel José María Linares había permanecido varios días escondido entre la vegetación de la Quebrada de Miranda, hasta que una partida federal lo captura y lo lleva prisionero.

Muy mala fama se había hecho este Linares por aquellas zonas, donde los lugareños lo tenían como uno de los más perversos matadores de montoneros. Las fuerzas del Quijote de los Andes organizaron un consejo de guerra contra el coronel Linares que lo condenó a ser pasado por las armas. En el proceso, el reo confesó con frialdad sus horripilantes crímenes. Su ejecución se llevó a cabo en la plaza principal de Famatina, el 24 de junio de 1867.

Un ex integrante de las tropas de Linares y, como él, enemigo acérrimo de las montoneras federales, don Vicente Almandoz Almonacid, expresó en su momento que “de este modo terminó el hombre que sirviendo a la causa de los principios, era odiado por las chusmas, porque siempre había sido el azote de los montoneros en estos departamentos”.

Tras este importante triunfo, los gauchos federales volvían a afianzar su poder en el noroeste argentino, al tiempo que cuidaban que los paisanos no vayan como carne de cañón a los frentes paraguayos y que el nuevo orden liberal no se imponga en las comarcas y provincias del interior. Luego de las acciones, Felipe Varela se dirigió a Chilecito en donde el montonero de nacionalidad chilena, Estanislao Medina, lo esperaba con los brazos abiertos. Ante estas novedades, un impaciente y desconcertado Bartolomé Mitre, como presidente de la nación, decide organizar una embestida más planificada y con mayor grado de dureza y represión sobre las montoneras criollas. Otra etapa comenzaría desde entonces.


Fuente


De Paoli, Pedro y Mercado, Manuel G. “Proceso a los Montoneros y Guerra del Paraguay”, Eudeba, 1973.

Luna, Félix. “Felipe Varela. Grandes Protagonistas de la Historia Argentina”, Editorial Planeta, Octubre de 2000.

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Turone, Gabriel O. – El triunfo federal de la Quebrada de Miranda – Buenos Aires (2009).

martes, 1 de mayo de 2018

Guerra de la Independencia: Combate de la Quebrada de Salta

Combate de la Quebrada de Salta




Combate de la Quebrada de Salta - 21 de Enero de 1814


Luego de la derrota de Ayohuma, acaecida el 14 de noviembre de 1813, el general Manuel Belgrano, después de una peregrinación con mil penurias por entre sierras y montañas, encerrado en un largo mutismo, llegó a Potosí con 700 hombres; pidió enseguida se le trajeran a marchas forzadas los cañones que había en Jujuy, tal vez con mira de fortificarse; pero noticiado a los dos días que el enemigo, esta vez perseguidor implacable, estaba próximo, continuó la retirada, llevando la infantería a sus inmediatas órdenes y la caballería a las de su mayor general, que marchó a retaguardia.

Alvear renunció a su candidatura de jefe del Ejército del Norte cuando supo que de éste no quedaban sino reliquias, por cuyo motivo se pensó en el coronel José de San Martín, que se había distinguido en la Capital como organizador del regimiento de Granaderos a Caballo con que diera la bizarra sableada de San Lorenzo, hoy famosa como las grandes batallas, a causa de la nombradía conquistada en el Pacífico por el jefe vencedor.  San Martín se trasladó al norte con refuerzos para Belgrano, pero suspendiendo su aceptación del nombramiento de general en jefe, lo cual creía necesario para trazar un plan de campaña, aunque él fuese sólo defensivo.  Suceder a Belgrano era dejarse ceñir una verdadera corona de espinas.

El nombre de Manuel Dorrego no estaba olvidado en la Capital, por más que no es imaginable se supiera allí toda la importancia del papel que había desempeñado en Tucumán y Salta, quien lo llevaba.  El doctor Alvarez Jonte, conocedor de las glorias que aquél había conquistado en Chile, y amigo consecuente, pertenecía al partido dominante, había formado parte del gobierno anterior y conservaba prestigios en las esferas oficiales; el mismo Gervasio Antonio Posadas, el más caracterizado de los personajes que formaban el Triunvirato de entonces, tenía relación con el jefe titular de los “Cazadores”, según resulta de sus cartas a San Martín: ello explica que mientras salían los auxilios de Buenos Aires, Dorrego fuese encargado por el Gobierno General de reunir en la provincia de Salta los dispersos que llegaron del Alto Perú, reclutar nuevos soldados y acumular todos los artículos de guerra que pudiese, enviándosele pliegos reservados cuyo contenido no se han podido conocer. (1)  Tratábase, como se ve, de una misión de alta confianza que pudo darse al coronel Chiclana, y que revela no se le consideraba moralmente deprimido a Dorrego por el sumario que le instruían y del que Belgrano había dado cuenta en su oportunidad. (2)

Dorrego se desenvolvió con buen éxito.  En quince días solamente reunió 250 dispersos, alistó 500 soldados nuevos con los cuales organizó un nuevo regimiento que llamó de “Partidarios”, plantel de las heroicas huestes que había de realizar una de las resistencias más célebres y fructíferas de América, requisó 1.000 caballos y algún ganado vacuno; hizo fabricar lanzas, fornituras y municiones. (3)  ¡Jefe extraordinariamente laborioso y pueblo extremadamente patriota!  Chiclana facilitó en los primeros momentos la acción de Dorrego, y luego (el 8 de diciembre) se trasladó a Humahuaca para apreciar mejor la situación desde allí, transfiriendo el mando político de la provincia de Salta al Cabildo de su Capital, y el militar a Dorrego. (4)

Chiclana debió conferenciar con Belgrano en cada ocasión, preparando la vuelta de Dorrego al ejército con el relato de lo que hacía éste por orden del Gobierno General, reforzado por un consejo amistoso; pues coincidió con el viaje del gobernador de Salta el envío hecho por el general en jefe a su coronel suspendido, de una justiciera y reparadora carta, en la cual le pedía se le incorporase, diciéndole que atribuía a su ausencia los dos grandes descalabros sufridos. (5)  Cualesquiera sean los antecedentes del llamamiento a Dorrego, aún cuando entre ellos deba contarse alguna indicación directa hecha desde la Capital, que estaría en la lógica de las cosas, nada desmerece la nobleza del acto de Belgrano, realizado en tal forma que era un sacrificio de vanidades de que ningún hombre está exento, y una hermosa expansión del alma.

Dorrego se unió con las fuerzas que tenía, a sus antiguos compañeros en Jujuy, y Belgrano lo recibió afectuosamente “colmándolo de distinciones”, según un testigo presencial (6); no tuvo reparo alguno para repetir a presencia de jefes y oficiales el juicio que había consignado en su carta y dando públicas satisfacciones a su talentoso amigo, recordó que las discrepancias en materia religiosa lo arrastraron a escandalizarse demasiado por un duelo, y dijo repetidas veces: “Más me valiera tener al lado mío a Dorrego que al Papa”. (7)

El general oyó con la mayor deferencia a Dorrego, que le expresó sus puntos de vista para contener al enemigo ensoberbecido, y accedió a la reorganización del batallón de “Cazadores” realizada con los mejores soldados que quedaban.  Al saber la proximidad de San Martín, Belgrano entabló correspondencia con él, acogiéndolo como a un maestro, con olvido de su papel de rival desairado. (8)  En una de sus cartas al jefe que, ya debía colegir, venía a sucederle, fechada el 25 de diciembre en Jujuy, el infortunado general se expresaba de esta manera: “Estoy meditando montar los “Cazadores” y sacar cuantos sean buenos de los cuerpos para aumentarlos y ponerlos al mando del coronel Dorrego, único jefe con quien puedo contar por su espíritu, resolución, advertencia, talentos y conocimientos militares, para que en caso de una retirada me cubra la retaguardia y acaso pueda sostenerse en esta parte del Pasaje o río Juramento, a fin de que el paso, en caso de creciente, nos sea más fácil conseguirlo sin pérdida o la menor posible”. (9)

Con los salvados de Ayohuma y el contingente aportado por Dorrego, Belgrano veíase al frente de 1.800 hombres, pero ellos en gran parte estaban vencidos ya por la fatiga, y sin espíritu.

Deseaba el Triunvirato que San Martín aceptara el nombramiento de mayor general para ascenderlo a general en jefe después que Belgrano, obedeciendo a un llamado, se pusiera en viaje a la Capital, donde debía explicar sus derrotas; pero San Martín se resistía, pretextando ser aquello desagradable a las tropas que volvían del Alto Perú, por cuyo motivo Posadas le escribió confidencialmente el 27 de diciembre: “Tenemos el mayor disgusto por el empeño de usted en no tomar el mando en jefe, y crea que nos compromete mucho la conservación de Belgrano.  El ha perdido hasta la cabeza, y en las últimas comunicaciones ataca de un modo atroz a todos sus subalternos, incluso a Díaz Vélez, de quien dice que para cuidar de la recomposición de armas será bastante activo, y a eso lo ha destinado”. (10)  Le adjuntaba una carta de Tomás Guido, diciéndole contener la explicación más circunstanciada, sobre el desastre de Ayohuma, que se había podido lograr, previniéndole que este patriota lo vería pronto y estaba encargado de convencerlo de que no debía insistir en sus renuncias.

Del campo de Ayohuma los realistas salieron muy poco dañados, y por eso la persecución que hicieron fue tan activa que Belgrano tuvo que designarse a evacuar el Alto Perú, dando por terminada la campaña, aun cuando allí quedaban muchos amigos dispuestos a resistirse.

Pezuela lanzó tras los argentinos que se replegaban –con instrucciones  de invadir la provincia de Salta, dominarla y establecerse en la ciudad de Tucumán, donde combinaría operaciones con la plaza de Montevideo- una división de 1.500 hombres mandada por el general Juan Ramírez, que traía de jefe de vanguardia al coronel Saturnino Castro.

Al acercarse esta fuerza a Jujuy, Belgrano desalojó la población confiriendo el mando de su retaguardia a Dorrego, que con 300 hombres mal armados, compuestos por una compañía de infantería y un cuerpo de caballería, disputó el terreno “palmo a palmo”, según la expresión del honorable cronista. (11)

El mismo día del desalojo de Jujuy, la retaguardia patriota sostuvo un fuerte tiroteo y después hubo otros choques; el más importante y que ha merecido grato recuerdo, fue el de Quebrada de Salta.  Desgraciadamente, aquí tenemos que dejar una laguna que no hemos podido llenar, por el resultado negativo de muchas diligencias en procura de la documentación necesaria; ésta debe haberse destruido o estar en poder de algunos de esos coleccionistas que creen consiste el mérito de sus papeles en que no los conozca nadie más que ellos y la polilla, que poco a poco se los va engullendo. (12)

El combate


Dorrego contuvo el paso de la fuerza que avanzaba, pero cediéndolo; y en enero de 1814, Belgrano no había hecho el pasaje del río Juramento, y Castro se aproximaba a la ciudad donde hallaría la novia adorable que se mantenía fiel al traidor y perjuro, porque nada hay más indulgente que un corazón de mujer ilusionado.

Cerca de la ciudad existen cuatro lomas que se extienden en líneas paralelas “en forma de anfiteatro” y que a Dorrego parecieron trincheras que le brindaba la naturaleza para realizar hazaña digna de Leónidas; el paraje se llama “Quebrada de Salta”, y allí el 21 de enero de 1814, se situó la retaguardia patriota reforzada con un escuadrón de Granaderos a Caballo, para impedir el avance de castro, mientras Belgrano atravesaba el río Juramento.

Dorrego, que tenía como segundo al mayor Máximo Zamudio, que se distinguió muy señaladamente en la retirada de Ayohuma, y como oficiales a Manuel Rojas y Rudecindo Alvarado, dividió sus tropas en piquetes de cincuenta hombres que escalonó tras las lomas, ingeniosamente diseminados, y al aproximarse al enemigo hizo sonar incesantemente los clarines para engañarlo y atraer destacamentos a distintos sitios, a fin de hacerlos pedazos.  Pero Castro, que se presentó con toda su división a las 11 de la mañana, atemorizado, creyendo que todas las fuerzas patriotas se le oponían, no separó ni un hombre de su línea, y a vivo fuego atacó en masa las posiciones de su hábil adversario, quien, haciendo aparecer en una altura cincuenta tiradores que inmediatamente se ocultaban, apareciendo otros tantos en otra, según los movimientos de los realistas, sostuvo el combate durante todo el día, fusilando por todos los flancos a la vanguardia enemiga, hasta que al morir el crepúsculo, agotadas sus municiones y conseguido lo que se había propuesto –pues Belgrano ya estaba en la otra margen del Juramento- después de replegarse de loma en loma muy lentamente, desalojó la última de éstas y muy luego se ocultó a los ojos de sus contrarios en una serranía.  Los “Granaderos a Caballo” no dispararon un tiro en este combate, -después del cual, según la frase de Paz, “el enemigo se hizo más circunspecto”-, por haber servido de reserva.  No existe cálculo, ni aún aproximado, de las bajas sufridas por los realistas en la acción; pero Dorrego afirma haberles causado “un gran daño”, no teniendo él, en cambio, más que 3 muertos y 2 heridos.

Esa misma noche la retaguardia patriota vadeó el río Arias para establecerse en Guachipas, desde donde, según estaba convenido anticipadamente con el general, comenzó a hacer la guerra de recursos por medio de partidas sueltas, sólidamente apoyadas por el vecindario.  El audaz guerrillero había sido nombrado gobernador de Salta, y tenía instrucciones escritas de Belgrano, en que éste le transfería sus facultades, al norte del Juramento.

Castro entró, después de la acción de la Quebrada, a su ciudad nativa; pero la encontró casi desierta, porque una gran cantidad de vecinos había emigrado, llevándose casi todo aquello que podía serle útil.

Referencias


(1) Se ignora qué se hayan hecho los papeles de Dorrego.  En documentos originales del Archivo General de la Nación, consta que los pliegos fueron recibidos, pero nada más.

(2) Manuel Dorrego – Cartas apologéticas.

(3) Manuel Dorrego – Cartas apologéticas.

(4) Así lo dice Chiclana en nota al Gobierno General que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

(5) Manuel Dorrego – Cartas apologéticas.

(6) José María Paz – Memorias.

(7) Cornet – Memoria

(8) “Empéñese usted en valorar si es posible –escribía Belgrano a San Martín- y en venir no sólo como amigo sino como maestro mío, mi compañero y mi jefe si quiere, persuadido de que le hablo con mi corazón, como lo comprobará la experiencia”.

(9) Original en el Museo Mitre.

(10) Original en el Museo Mitre.

(11) José maría Paz – Memorias.

(12) Las operaciones de la retaguardia mandada por Dorrego, constan de las vagas referencias del general Paz, de las poco más explícitas en esa parte, contenidas en las “Cartas apologéticas” y de algunas cartas de Belgrano a San Martín, cuyos originales están en el Museo Mitre.  Hasta el parte del combate de la Quebrada de Salta no aparece; en el Museo Mitre se halló la carta con que Belgrano lo envió a San martín, pero nada más.

Fuente


  • Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
  • Paz, José María – Memorias póstumas.


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Uteda, Saturnino – Vida Militar de Dorrego – La Plata (1917).

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

domingo, 29 de abril de 2018

SGM: El desembarco en Guadalcanal

El Cuerpo de Marines de los Estados Unidos en la batalla de Guadalcanal

Andrew Knighton |  War History Online


Una patrulla marina de los EE. UU. Cruza el río Matanikau en septiembre de 1942.


Una de las batallas más famosas en la historia del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, Guadalcanal toma su nombre de una pequeña isla volcánica en la cadena de islas del Pacífico occidental. Este lugar relativamente menor en la ruta desde el este de Asia hasta Australasia fue el sitio de una de las batallas más duras de la Segunda Guerra Mundial, que fue vital para cambiar el rumbo del avance japonés.

1. Alcanzar a Australia

A principios de 1942, Japón estaba a la ofensiva. Habiendo ocupado secciones del este de Asia continental, el imperio del sol naciente se expandía hacia el sur a lo largo de la cadena de islas que llevaba desde allí a Australia. Su agenda era simple: controlar las rutas comerciales en esa parte del Pacífico, asegurando así sus propios suministros y cortando los de sus enemigos, en particular, China.

Para hacer esto, el agresivo ejército japonés, apoyado por una armada más cautelosa pero no menos dedicada, intentó conquistar todo el camino hasta Australia, eliminando cualquier punto de apoyo desde el cual Estados Unidos y las potencias europeas pudieran devolver el golpe.

El punto más alejado de su expansión fue Guadalcanal, la mayor del sur de las Islas Salomón. Propiedad de los británicos desde 1893, fue ocupada por los japoneses en julio de 1942. Cuando los invasores se pusieron a construir una pista de aterrizaje, desde la cual podían lanzar defensas aéreas y bombardeos contra las flotas aliadas, la necesidad de volver a tomar la isla se hizo urgente.


El control japonés del área del Pacífico occidental entre mayo y agosto de 1942. Guadalcanal se encuentra en la parte inferior derecha del centro del mapa.

2. Traer a los Marines


Los marines de EE. UU. desembarcan de LCP (L) s en Guadalcanal el 7 de agosto de 1942.

La invasión de Guadalcanal fue lanzada a toda prisa, lo que le valió el apodo de "Operation Shoestring" entre las tropas que participaron. 19,000 tropas de la 1ª División de Marines de los Estados Unidos bajo el General Vandergrift tomaron parte en la invasión marina inicial.

La operación fue una perspectiva difícil. Los marines estaban escasos de fuerza y ​​muchos carecían de experiencia en combate. Inicialmente, sus lanchas de desembarco solo podían proporcionar diez días de municiones y sesenta días de combustible y alimentos. El almirante Fletcher, temeroso de colocar sus barcos en una posición vulnerable, no proporcionó el apoyo cercano de los bombardeos aéreos y navales que habían esperado.


Los marines de los Estados Unidos descansan en el campo durante la campaña de Guadalcanal.

Afortunadamente para los estadounidenses, los japoneses también estaban mal preparados. Informado mal de los acontecimientos en otras partes del Pacífico, el comandante local no creía que los estadounidenses pudieran lanzar un ataque importante.

La invasión inicialmente fue bien. Al desembarcar el 7 de agosto, los marines se apoderaron de las islas circundantes más pequeñas y avanzaron fácilmente desde las playas hacia el interior en Guadalcanal. Al día siguiente tomaron el aeródromo, dándoles una base de operaciones sólida con bunkers y un camino a la costa.

3. Guerra en el mar


El portaaviones USS Enterprise (CV-6) bajo ataque aéreo durante la Batalla de las Salomón Orientales.

Mientras tanto, Fletcher retiró su flota, dejando a los marines sin apoyo del mar. Un furioso Almirante Turner envió otras dos flotas, una estadounidense y una australiana, para llenar el vacío. Pero el almirante japonés Mikawa había llegado al área y castigaría a los aliados por la retirada de Fletcher.

La lucha en el mar fue vital para el destino de Guadalcanal, y comenzó mal para los aliados. La primera de las cinco batallas navales relacionadas terminó con la pérdida de cuatro cruceros, tres estadounidenses y un australiano, y un quinto gravemente dañado.

Con los japoneses controlando los mares, Turner tuvo que retirar las naves de suministro y transporte vulnerables, dejando a los marines cortados. A Fletcher se le ordenó regresar algunos de sus barcos a la zona, mientras que los japoneses aumentaron su propia presencia naval, esperando venganza por su derrota en Midway.


El acorazado estadounidense Washington dispara en el acorazado japonés Kirishima

Durante tres meses, los japoneses conservaron el control de los mares alrededor de Guadalcanal. Los estadounidenses y australianos no podían arriesgarse a avanzar sus barcos para apoyar a las fuerzas de tierra, y aunque lograron detener el aterrizaje de algunas tropas japonesas, muchos más lograron pasar. Mientras tanto, los barcos japoneses navegaban por los estrechos que bombardeaban a los marines, un evento diario que se conoció como el Tokyo Express.

Finalmente, en noviembre, los Aliados lograron la victoria naval que necesitaban. Hundiendo dos acorazados japoneses, un crucero y tres destructores a cambio de la pérdida de dos cruceros y cinco destructores propios, obtuvieron el control de los mares. Ahora las tropas japonesas eran las que no tenían suministros.

4. La batalla en tierra


El 182 ° Regimiento de Infantería del ejército de EE. UU. en la marcha durante la Batalla de Guadalcanal.

Mientras tanto, la batalla se había librado de Guadalcanal. Vandergrift hizo que sus tropas cavaran alrededor del aeródromo, lo que les permitió recibir suministros y apoyo aéreo de la Fuerza Aérea de Cactus, el grupo aéreo que se apretujaba y trabajaba duro allí.

Los estadounidenses se familiarizaron con la forma de guerra japonesa. Las acusaciones de Banzai, en las que cientos de hombres corrieron sin miedo a los cañones defensores, pusieron el temor de Japón en los soldados estadounidenses, pero cobraron un precio terrible en vidas japonesas.

La disentería y la malaria barrieron a los marines mientras luchaban por mantener su posición. No había posibilidad de retirada, y el Tokyo Express los dejó sin aliento y al borde con sus bombardeos.

Pero los transportes aéreos cada vez más regulares vieron la entrada de suministros mientras que los japoneses no recibieron tales lujos. Atrapados viviendo en la jungla, ellos también sufrieron de mala salud, mal clima y suministros restringidos.

Miles de tropas japonesas lanzaron ataques destinados a tomar el aeródromo y expulsar a los estadounidenses. Ninguno de ellos tuvo éxito. Mientras tanto, el gobierno japonés se volvió cada vez más cauteloso con respecto al número de muertos en Guadalcanal.

5. Un retiro secreto


La tripulación del barco PT PT PT 59 inspecciona los restos del submarino japonés I-1, hundido el 29 de enero de 1943 en Kamimbo en Guadalcanal por HMNZS Kiwi y Moa.

Del 1 al 7 de febrero de 1943, los japoneses finalmente retiraron sus fuerzas restantes de la isla. Con los mares en manos de los estadounidenses, esto tenía que hacerse de manera encubierta. Tal era el secreto que los estadounidenses al principio no sabían que habían ganado y que estaban solos en la isla.

Los japoneses retiraron 13,000 sobrevivientes. Pero la batalla les había costado mucho más que esto: 50,000 hombres perdidos en tierra, en el mar y en el aire. De mayor importancia estratégica fue la pérdida de 600 aviones.

Los infantes de marina perdieron 1,592 hombres de los 50,000 que eventualmente ocuparon la isla. Muchos más estadounidenses y australianos murieron en el mar. Su sacrificio supuso una victoria para la moral de los aliados, ya que la guerra pendía de un hilo y mantuvo abiertas las líneas de suministro aliadas a través de Australia.

Este fue el final de la expansión japonesa hacia el sur y el cambio de la marea.

jueves, 15 de marzo de 2018

Rumbo a Caseros: El combate de Campos de Álvarez (1852)

Combate de Campos de Alvarez






Juan Manuel de Rosas y Angel Pacheco, respectivamente, le propiciaban al Imperio del Brasil y a Urquiza el éxito fácil que éstos alcanzaban en su marcha triunfante hasta las campañas de Buenos Aires.  Rosas lo refería todo a Pacheco; y Pacheco a nada proveía atinadamente.  Júzguese por estos hechos, decisivos en el orden de las operaciones que terminaron en Caseros.  Un mes antes de la capitulación de Oribe, el coronel Martiniano Chilavert le dirigió a Rosas una memoria en la que le demostró con caudal de razones y mejores probabilidades, la conveniencia de que Oribe marchase a batir a Urquiza y de que simultáneamente se aprestase un ejército para invadir el Brasil (1).  Rosas aprobó la memoria, manifestó que la consultaría con Pacheco, pero dejó que le minasen el ejército a Manuel Oribe.  Cuando Urquiza reunía sus fuerzas en Gualeguaychú, el mismo Chilavert le encareció a Rosas la urgencia de defender la línea del río Paraná, y se ofreció a hacerlo personalmente.  Rosas le hizo decir que lo consultaría con Pacheco, y poco después Pascual Echagüe se vio en la precisión de abandonar a Santa Fe.  Cuando Urquiza se mueve de Rosario y Pacheco hace retirar a Lucio Norberto Mansilla de las posiciones en la costa del Paraná, Mansilla imagina que ello tiene por objeto destinarlo con infantería y artillería al extremo norte que domina Lagos con 8.000 jinetes, y defender la línea del arroyo del Medio, adonde irá a apoyarlo oportunamente Pacheco con las fuerzas que tiene en la Villa de Luján, y reunidos presentarle allí a Urquiza una batalla.  En caso de un desastre, quedaba asegurada la retirada a los cuarteles de Santos Lugares; y en todo caso se daba tiempo a que Rosas levantase la campaña del sur como un solo hombre y pusiese a Urquiza en críticas circunstancias, cercándolo de enemigos y cortándole la línea de sus recursos.  En este sentido le representó Mansilla a Rosas.  Pero Rosas le respondió que se entendiese con Pacheco; y Urquiza adelantó su vanguardia hasta el arroyo del Medio.  Cuando a la vista de Urquiza sobre este arroyo, Pacheco insiste en que Hilario Lagos se repliegue hacia el cuartel general, y Lagos le declara a Rosas por vía de protesta que él y sus soldados están resueltos a quedar allí defendiendo el suelo invadido por los aliados, Rosas le responde que está seguro de su patriotismo, y que armonice su conducta con las órdenes del genera Angel Pacheco.

Hay momentos en que Rosas reacciona.  Es cuando palpa la desorganización de todas sus fuerzas.  Entonces llama al mayor Antonino Reyes, jefe de Santos Lugares, y le habla de llamar a junta de guerra a los oficiales superiores.  Pero la reacción dura un minuto.  Es Pacheco; siempre la necesidad de Pacheco lo que lo hace variar de resolución.  Sin embargo, le dice a Reyes: “He de necesitarlo a usted a mi lado; es urgente ver a quién se ha de nombrar para que mane su batallón, y el de costeros y demás piquetes que reunidos formarán como 1.500 hombres con 6 piezas de artillería”.  Reyes indica al coronel Pedro José Díaz, experimentado militar que residía en Buenos Aires desde que fue hecho prisionero en el Quebracho Herrado (28 de noviembre de 1840) con el último cuadro de la infantería de Juan Lavalle.  “Dígale usted al señor Gobernador, le respondió Díaz a Reyes, que aprecio la confianza con que me honra: que aunque “unitario”, he de cumplir mi deber como soldado a las órdenes del gobierno de mi patria”.  Por tal incidencia se organizó esa brigada de infantería, la única que con la famosa artillería de Chilavert sostuvo hasta el fin el fuego contra los imperiales.

Lo cierto es que las disposiciones del general Pacheco daban por resultado dejar expedito a los aliados el camino que traían.  El 26 de enero, cuando los aliados llegaban al arroyo del Gato, y seguían de aquí a la laguna del Tigre (chacras de Chivilcoy), ordenó que se retiraran todas las fuerzas de la “Guardia de Luján” (actual ciudad de Mercedes), dejándole sólo 600 hombres al coronel Lagos que era el único que hostilizaba al enemigo.  Sin embargo, el 28 le escribe a Lagos que disponga lo conveniente para sus movimientos, “como lo verificó en la noche del 26 con las divisiones acampadas en el arroyo de Balta”; y que si ha hecho retirar al mayor Albornoz es por ser innecesario en presencia de la fuerte división que Lagos comanda.

Pero resultaba que no se habían verificado los movimientos que suponía el general Pacheco, pasando por alto el hecho grave de ordenar la retirada de todas las reservas a las órdenes del jefe de la vanguardia, y dejando a éste aislado con una diminuta división enfrente del enemigo a quien hostilizaba:  Lagos le respondió el mismo día 28: “El coronel Lagos, señor general, no ha verificado movimiento de ninguna especie con las divisiones acampadas en el arroyo de Balta en la noche del 26; sabía por el mayor Albornoz que V. S. había mandado retirar todas las fuerzas de la Guardia de Luján y con prontitud aquel día 26.  Si el infrascripto ha llegado a verse últimamente precisado a maniobrar, y hostilizar al enemigo, sólo por su flanco izquierdo, ha sido a consecuencia de la reprimenda que recibió por haber ido con su fuerza a la laguna de las Toscas a ponerse al frente del enemigo y en la ruta inerrable que calculó debía éste traer, como traía en efecto”. (2)

Simultáneamente con esto circulan graves acusaciones contra el general Pacheco.  Algunos avanzan que entre el 26 y 27 de enero se ha puesto al habla con el general Urquiza, a cuyo efecto hizo retirar hasta a los ayudantes del coronel Bustos de las inmediaciones de Luján.  El coronel Bustos se decide a transmitírselo a Rosas por intermedio del mayor Reyes.  “Está loco señor”, se limita a responder Rosas.  “Esta loco”, dice de un juez de paz que baja expresamente de su destino para repetir lo que sabe al respecto.  Y de uno de los que más importante papel desempeña en la legislatura, y que igualmente se lo repite, “esta loco”, dice también.

El ejército aliado avanzó de Chivilcoy hasta Luján adonde llegó en la mañana del 29 de enero.  El día 30 su vanguardia se hallaba en los campos de Alvarez, a poco más de dos leguas de algunas divisiones de la vanguardia de Buenos Aires, situada en la margen izquierda del río de las Conchas (actual río Reconquista), cubriendo el puente de Márquez.  Pacheco acababa de pasar este puente sin dar disposición alguna y tomó camino de su estancia del Talar.  Al comunicar Lagos la aproximación del enemigo, Rosas le ordenó que lo batiese, advirtiéndole que el general Pacheco, con fuerzas superiores defendería el puente de Márquez.  Con su división y las de los coroneles Domingo Sosa y Ramón Bustos (hijo del caudillo cordobés Juan Bautista Bustos), Lagos reunió como 2.500 hombres.  En la madrugada del 31 de enero formó tres columnas paralelas, cubrió su frente con algunos escuadrones ligeros y marchó al encuentro del enemigo.


Monolito emplazado en el sitio donde se libró el combate de Campos de Alvarez, el 31 de enero de 1852

Este tomo posiciones prolongándose sobre la izquierda en la dirección que Hilario Lagos traía, y donde se colocó el general Juan Pablo López con su división; en el centro el coronel Galarza con las caballerías entrerrianas, y a derecha e izquierda de este último las divisiones de los coroneles Aguilar y Caraballo, formando un total de 5.000 hombres.  Los mejores escuadrones de Buenos Aires chocaron con las aguerridas caballerías entrerrianas, y éstas vacilaron cuando Lagos en persona les llevó esas cargas que justo renombre le valieron en los ejércitos argentinos.  Pero rehechas sobre algunos regimientos que López lanzó oportunamente, mientras él maniobraba de flanco con rapidez, pudo Lagos penetrarse de la desigualdad de la lucha cuando, al generalizarse el combate, se arremolinaron algunos de los escuadrones bisoños ante aquella masa de caballería que comenzaba a envolverlos.  Entonces reunió sus mejores fuerzas, dio una brillante carga que contuvo al enemigo, y se retiró en orden sobre el puente de Márquez; perdiendo como 200 hombres, entre ellos el comandante Marcos Rubio y algunos oficiales, armas y caballos.

Los boletines del ejército aliado y el general César Díaz en sus “Memorias inéditas” (páginas 265 a 267) dan a Lagos 6.000 soldados de la mejor caballería, y contradiciéndose en los términos, así dicen que no hubo resistencia por parte de Lagos, como afirman que éste tuvo 200 muertos entre ellos jefes y oficiales, y que los aliados sólo tuvieron 26 hombres fuera de combate.  No es de extrañar que el general Díaz aceptase tales datos, pues que no tenía otros, hallándose como se hallaba a dos leguas del campo de Alvarez, e incorporándose a la vanguardia de los aliados en la mañana siguiente a la de la acción.  “Es que se creyó (y a la verdad que debía creerse) que Lagos conservaba bajo su mando la misma fuerza con que se retiró de la línea del norte.  Pero es lo cierto que en la acción de Alvarez, Lagos tenía únicamente las siguientes fuerzas: su división inmediata, milicia del Bragado y piquetes veteranos, 600 hombres; división Sosa 1.300; división Bustos 600 hombres.  La división Echagüe no estuvo en la acción, ni tampoco la división Cortina; y el grueso de la división que Lagos organizó en Bragado la hizo pasar consigo Pacheco por el puente de Márquez.

En el puente de Márquez, Lagos creía encontrar a Pacheco con infantería y artillería, conforme a las prevenciones que había recibido.  Pero Pacheco no estaba allí, ni había dejado un hombre.  Pidió órdenes, comunicando que seguía tiroteándose con las avanzadas enemigas.  Se le respondió de Santos Lugares que conservase su posición.  En la mañana del 11 de febrero se reunió a la vanguardia todo el ejército aliado en los campos de Alvarez.  Lagos lo comunicó a Santos Lugares, y recién al caer la tarde se le ordenó que si el enemigo avanzaba a pasar el río se replegase al cuartel general.

En estas circunstancias, Pacheco renunció a su cargo de general en jefe.  Fundaba su renuncia en que Rosas se hallaba en Santos Lugares a la cabeza del ejército.  Rosas recibió el golpe en medio del pecho.  Enseñándole la renuncia al mayor Reyes para que la contestase, le dijo: “Pero ¿no ve señor?…. Pacheco está loco, señor”. (3)  Y como Pacheco les ha comunicado su renuncia a los jefes para que se entiendan directamente con Rosas, y el jefe de la vanguardia pide órdenes a Santos Lugares, Rosas le responde que “no ha accedido a los deseos del señor general Pacheco, por lo que en el importantísimo destino que ocupa y que tan acertada como honorablemente desempeña, es que el ilustre general prosigue sus distinguidos servicios”. (4)

Sin embargo, Rosas montó en cólera cuando se le dijo que Pacheco no había defendido el puente de Márquez con la infantería y artillería que hizo retrogradar desde Luján, y como se le había ordenado.  “Si no puede ser -le decía a Reyes paseándose irritado- si no puede ser que el general Pacheco haya desobedecido las órdenes del gobernador de la Provincia”.  En la noche del 31 de enero, Benjamín Victorica fue a Santos Lugares de parte de Pacheco.  Rosas le habló sobre la conveniencia de poner la suma en las notas que se le dirigían, y lo despidió sin escucharle el mensaje.  En la tarde siguiente llegó el general Pacheco a Santos Lugares.  Reyes fue a anunciarlo y se volvió a conversar con el coronel Bustos.  No habían pasado cinco minutos cuando con asombro estos jefes vieron salir de las habitaciones de Rosas al general Pacheco, cabizbajo, que pasó sin saludarlos, montó a caballo y se dirigió a la chacra de Witt (5) desde donde asistió a los hechos de armas que tuvieron lugar en esos días.

La victoria de Alvarez fue naturalmente celebrada en el campo de Urquiza, y retempló la moral de los aliados quienes, en presencia de ella y de las facilidades que venía proporcionándoles el enemigo, llegaron a imaginarse, y no sin motivo, que en breves días entrarían con el arma a discreción en Buenos Aires.  En el campo de Rosas, si se experimentó la impresión de esa derrota, no se tradujo en signo visible alguno; que antes por el contrario, en la noche del 1º de febrero se pasaron de los aliados a Santos Lugares como 400 hombres, los cuales fueron recibidos entre las aclamaciones de sus antiguos compañeros.  El mismo espíritu de decisión en favor de Rosas mostraban las poblaciones de Buenos Aires, movidas por cierto atavismo encarnado en sentimientos enérgicos, que vivían al calor del esfuerzo común iniciado en la adversidad, e incontrastablemente mantenido entre los rudos vaivenes de la lucha.  Los que formaban en el ejército creían defender el honro nacional contra un extranjero que invadía la Patria.  ¿Sería eso pura poesía?  Es la poesía del honor, el cual no tiene más que un eco para la conciencia individual: las gentes de las campañas no veían más que el hecho inaudito de la invasión del Imperio del Brasil y rodeaban a Rosas en quien personificaban la salvación de la Patria.

Véase lo que respecto de esto último decía el general César Díaz, jefe de la división oriental del ejército aliado: “Los habitantes de Luján manifestaban hacia nosotros la misma estudiada indiferencia que los de Pergamino; y a los signos exteriores con que éstos habían hecho conocer su parcialidad con Rosas, agregaban otras acciones que denotaban con bastante claridad sus sentimientos.  Exageraban el número y calidad de las tropas de Rosas.  Traían a la memoria todas las tempestades políticas que aquél había conjurado, y tenían por cosa averiguada que saldría también victorioso del nuevo peligro que lo amenazaba”.

Y cuando todo el ejército aliado acampó en Alvarez, véase cuales eran las impresiones del general Urquiza, según el mismo general Díaz: “Fui a visitar, dice el general Urquiza y lo encontré en la tienda del mayor general.  Se trató primero de la triste decepción que acabábamos de experimentar respecto del espíritu de que habíamos supuesto animado a Buenos Aires.  Hasta entonces no se nos había presentado un pasado.  Si no hubiera sido –dijo el general- el interés que tengo en promover la organización de la República, yo hubiera debido conservarme aliado a Rosas, porque estoy persuadido que es un hombre muy popular en este país”.  Y el general Díaz agrega: “Si Rosas era públicamente odiado, como se decía, o más bien, si ya no era temido, ¿cómo es que dejaban escapar tan bella ocasión de satisfacer sus anhelados deseos?  ¿Cómo es que se les veía hacer ostentación de un exagerado celo en defensa de su propia esclavitud?  En cuanto a mí, tengo una profunda convicción, formada por los hechos que he presenciado, de que el prestigio del poder de Rosas en 1852 era tan grande, o tal vez mayor, de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión y aun la confianza del pueblo en la superioridad de su genio, no le habían jamás abandonado”. (6)

Referencias

(1) Papeles de Martiniano Chilavert (Copia en archivo de Adolfo Saldías).
(2) Manuscrito en el Archivo de Adolfo Saldías.
(3) Referencia del señor Antonino Reyes.
(4) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.
(5) Referencia del señor Antonio Reyes.
(6) Véase “Memorias inéditas”, páginas 263 y 270.

Fuente

Díaz, César – “Memorias Inéditas” – Publ. Adriano Díaz – Buenos Aires (1878).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo, Buenos Aires (1951)


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viernes, 16 de febrero de 2018

La primera gran batalla terrestre registrada en el Valle de Tollense

Guerra en la Edad del Bronce: un estudio del campo de batalla más antiguo de Europa sugiere 2,000 combatientes



Nancy Bilyeau || The Vintage News



Valle de Tollense

Los investigadores que estudian Europa siempre han tenido en su poder algunas armas asombrosas de la Edad de Bronce, desde hachas y alabardas hasta puñales y espadas, pero no un sentido claro del alcance de la guerra en el siglo II a. Eso está cambiando, después de un estudio del campo de batalla conocido más antiguo, en el Valle de Tollense, Alemania, concluyó que la batalla era entre dos grupos distintos de hombres entre las edades de 20 y 40, con algunos de los luchadores que venían desde lejos para luchar.

Fue analizando los huesos y los dientes de los cuerpos (aproximadamente 130 hombres fueron desenterrados) que los científicos pudieron hacer deducciones sobre lo que sucedió hace 3.250 años.

"Los restos humanos encontrados a lo largo del Valle de Tollense en el noreste de Alemania representan un hallazgo arqueológico de gran importancia", concluyó el nuevo estudio, "Procedencia multisoptope de restos humanos de un campo de batalla de la Edad de Bronce en el Valle de Tollense". La investigación fue realizada por la Universidad de Copenhague, la Universidad de Wisconsin-Madison, la Oficina Estatal de Patrimonio Cultural de Baja Sajonia y otros grupos académicos y culturales.

Hasta ahora, la suposición ha sido que cualquier enfrentamiento en el norte de Europa durante este período fue a lo largo de las escaramuzas locales, enfrentando ejércitos no entrenados, en contraste con lo que estaba sucediendo en Asia y África. Por ejemplo, la batalla de Kadesh en 1274 aC entre los ejércitos de los egipcios y los hititas hizo uso de al menos 5.000 carros, según los arqueólogos.


Pero este estudio de un sitio en Europa está haciendo que científicos e historiadores reconsideren esa suposición. "Se pueden distinguir dos grupos principales en los datos de isótopos, junto con la evidencia de diferentes patrias para algunas de las personas que murieron en el valle de Tollense", según el estudio.


Alabardas de la Edad de Bronce

El mundo tuvo su primer indicio de una gran batalla que tuvo lugar en esa parte de Alemania en la década de 1980, después de que los lugareños encontraron dagas, cuchillos y luego algunos cráneos humanos. En 1996, un arqueólogo aficionado descubrió un hueso del brazo con una flecha perforada que sobresalía del suelo, según LiveScience.

La investigación seria comenzó en 2007. "Se descubrieron cantidades significativas de material de la Edad del Bronce", incluyendo un casquete con una punta de flecha profundamente enterrada en él. Junto con los cuerpos de los hombres, los investigadores encontraron restos de caballos y cuchillos, puntas de flecha, puntas de lanza, dagas y fragmentos de espadas. Basado en la cantidad de cadáveres encontrados, y usando una fórmula histórica para el número de bajas en las batallas de esta época, los investigadores creen que 2,000 hombres pelearon en Tollense.

Curiosamente, las excavaciones en 2013 y 2014 también encontraron fundamentos de tierra, madera y piedra de una calzada cercana construida en la Edad del Bronce que "pudo haber servido como un punto focal de la batalla". La calzada todavía estaba en uso aún en el siglo XIV.

El análisis del hueso y los dientes de los restos humanos permitió a los científicos determinar que un número distinto no era local. Durante más de 20 años, los científicos han utilizado la procedencia isotópica de los dientes para analizar las proporciones de plomo, estroncio, oxígeno y carbono. Llegaron a la conclusión de que dos grupos diferentes lucharon en Tollense "en base a una dieta infantil". Un grupo es definitivamente local. En cuanto al grupo no local, "involucró a un grupo diverso de guerreros". La evidencia dietética señala a Europa Central como el origen del otro grupo, con su teoría más fuerte siendo Bohemia septentrional o central, lo que ahora es la República Checa.

"Los combatientes no locales no son del norte de Alemania y deben haber recorrido largas distancias para llegar al campo de batalla en Tollense", concluye el estudio.

Con base en su conocimiento de los combatientes en las batallas posteriores, es claramente posible que el segundo grupo estaba formado por soldados entrenados como mercenarios de alquiler.

"Esta vez, en 1300 aC, también estuvo marcada por la agitación cultural en Europa Central, cuando nuevas ideologías llegaban desde el Mediterráneo con el inicio de la cultura Urnfield (llamada así por la forma en que los muertos fueron cremados y enterrados en urnas)". de acuerdo con un artículo sobre el estudio en LiveScience.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Conquista del desierto: El combate de Paragüil

Batalla de Paragüil



Monolito que recuerda el sitio en donde se libró el combate de Paragüil

El 1 de marzo de 1876 el coronel Salvador Maldonado tiene que hacer frente en Horquetas del Sauce a 2.500 lanzas, que resultan batidas.  Pero, rehechos los indígenas del revés sufrido, vuelven a irrumpir en los poblados, y son nuevamente vencidos por el coronel Victoriano Rodríguez y el teniente coronel Antonio Dónovan en el Paso de los Chilenos.  El salvaje combatía con furia a pie o a caballo, como lo demostró en el combate de La Tigra, cuando miles de vacunos, lanares y yeguarizos eran arreados para la toldería.  Después de dos días de seria refriega, los comandantes Vintter y Freire consiguen arrebatarle 250.000 cabezas.

Sin embargo, la batalla decisiva que dio en tierra con el propósito terrorista y de intimidación de esta serie pavorosa de malones, fue la de Paragüil.  Del 16 al 18 de marzo se desata sobre el torturado escenario de Juárez, Tres Arroyos y Necochea una ola brutal de 3.000 jinetes al mando del propio cacique Manuel Namuncurá, de Juan José Catriel y de Pincén.  Al coronel Levalle corresponde la grave responsabilidad de hacerles frente.  Junto a la laguna de Paragüil se da la más encarnizada batalla de la serie conocida por “invasión grande”.  Los indios rugían como bestias embravecidas, resueltos a triunfar o morir en el combate, y la suerte de la batalla se tornaba adversa para Levalle después de cinco horas de sangriento entrevero.  La superioridad numérica del aborigen se imponía gradualmente, y ya tocaba a su fin la resistencia de los nuestros, encerrados en un estrecho círculo de lanzas y alaridos, cuando se produce la intervención providencial de Maldonado, “la mejor lanza del ejército, discípulo de Sandes, que entra en la batalla como un ciclón de aceros relumbrantes, a cuya vista el indio se sobrecoge de terror y huye abandonándolo todo y para siempre”. (1)

El coronel Nicolás Levalle dirige la siguiente nota al Ministro de Guerra y Marina, Coronel Alsina: “Campo de Combate, Laguna Paragüy (sic) Marzo 19 de 1876  - Estimado Sr. Ministro y Amigo: Tengo el placer de comunicarle que ayer a las 5 de la tarde he batido a los indios que estaban en este punto, derrotándolos completamente, no habiendo podido efectuar persecución por haberse fraccionado los indios en su derrota, unos hacia el sur, los que probablemente saldrán entre Libertad y Lamadrid, y otros al sur-oeste, lo que me supongo saldrán entre Aldecoa y Defensa.  Esto por una parte y por otra, por haber cerrado la noche y estar casi a pie, pues en el trayecto que he recorrido, que son nueve o diez leguas de campo completamente guadaloso, con una caballada que había hecho mas de 40 leguas, se postró completamente, dejando la mayor parte de ella, pues era necesario batirlos a esa hora y en todo trance, después que nos habían descubierto, a fin de que no se llevasen el arreo”

“Sr. Ministro, no puedo calcular en este momento el inmenso arreo que había, debiendo hacerle presente que los indios tenían muchas majadas de ovejas y muchos otros objetos.  Sr. Ministro, los indios que había en este punto serían 1.500, lo que me hace suponer que hay indios adentro, y temiéndome que muchos de ellos puedan reunir la inmensa cantidad de hacienda que había aquí que se retiraba para adentro.  No pudiendo darle a V.E. datos exactos hasta este momento, pues ha amanecido una neblina tan densa y que dura hasta este momento, que son las 10 de la mañana, que no se distingue a una cuadra de distancia, sin embargo he mandado los tres Regimientos de Caballería a explorar el campo en distintas direcciones, buscando las rastrilladas, los que hasta este momento no tengo parte, sin embargo, abrigo la esperanza que algo mas se puede hacer, pues se han avistado grupos de indios por parte de unos bomberos que acabo de recibir”.

“Sr. Ministro, al terminar ésta, debo hacer presente la brillante comportación de los Regimientos que han chocado, que son el 1º y el 11º, no habiendo cabido tal suerte al Regimiento 5º por haber iniciado su carga apoyado por infantería, a la vista de la que, los indios se retiraron a media rienda, habiendo seguido el Regimiento hasta donde pudo, y completamente cerrada la noche, mande tocar reunión a fin de organizar las fuerzas y que se nos incorporasen grupos de soldados que habían quedado a la retaguardia con los caballos cansados”.

“Sr. Ministro y amigo: Lo felicito con el profundo pesar de que esta jornada no haya sido tan completa como yo deseaba, los indios han dejado treinta y tantos muertos, llevando muchos heridos, por nuestra parte no tenemos mas que dos heridos del Regimiento 1º de Caballería y un soldado de mi escolta, un piquete de 20 hombres del Batallón 5º, la que también una parte de ella cargo. – Nicolás Levalle”

“P.S. Sr. Ministro, entre los indios que había, en su mayor parte eran los de Catriel, los que se han batido bravamente, haciéndonos fuego con muchas carabinas, Remington y revolver, encontrándose Juan José (Catriel) enancado y el que se supone herido. El caballo del coronel Plácido López recibió en la cabeza un balazo de Remignton. Vale”.

Este combate tuvo enormes trascendencias en el curso de la campaña.  Cada vez arraigaba con mayor fuerza en la conciencia del enemigo el sentimiento de inferioridad ante la eficaz organización del cristiano.  A partir de entonces las cosas fueron de mal en peor para el ambicioso y astuto cacique de la última gran confederación india que dominó en las llanuras.  De ahí que empezase a retroceder tierra adentro, dejando para siempre la iniciativa en manos de las tropas nacionales.

Los hombres del gobierno tenían conciencia de su superioridad indiscutida, aunque seguían negociando como de “potencia a potencia”.

En la mayoría de los casos, sin embargo, los frutos de la diplomacia eran malogrados por ejecutores subalternos.  El Dr. Alsina trataba de excluir la violencia en beneficio recíproco, eliminando motivos de represalias por parte de los aborígenes; pero éstas se producían fatalmente.  Unas veces era porque la yerba o el azúcar ofrecidos no llegaban, o porque las vacas convenidas eran flacas y viejas, otras porque algún indio era maltratado, infringiéndose así la solemne estipulación.  Resultaba de todo ello que los indígenas atribuían falta de seriedad al gobierno de los huincas, el que no le merecía crédito ni confianza.  Esto y la carencia de recursos los movía muchas veces al malón.

Tal estado de cosas hacía temer la renovación de la lucha secular.  Namuncurá trataba de eludir la guerra abierta, siempre que ello no redundase en su descrédito, ni socavase la confianza de las tribus en su jerarquía política y militar.

Informado, ya por los bomberos que espiaban los movimientos de las tropas gubernamentales, ya por la lectura de la prensa de oposición bonaerense, que denunciaba indiscretamente los supuestos errores de los planes ministeriales, y aún, en última instancia, por la impresión directa de sus hábiles “cancilleres”, que entrevistaban a las autoridades argentinas para negociar acerca de cualquier extremo de sus relaciones; al corriente, en fin, de los designios del Dr. Alsina, disponía ataques aislados y distantes para desarticular el dispositivo enemigo.  Conocedor de los efectos del Remington, se dispersaba y alejaba inmediatamente después del asalto, esquivando todo choque sostenido y formal cuando no se producía al amparo de las sombras.  Considerando que los planes militares del adversario podían ponerlo en peligro, organizó una serie de malones con la idea de enmascarar su verdadero propósito, que era llevar un ataque a la propia ciudad de Buenos Aires, para lo cual había convocado hasta 6.000 lanzas.  Las acciones dispersas le depararon cuantioso botín.

Quince kilómetros al norte de la estación ferroviaria de Paragüil se halla un monolito que recuerda el sitio en donde se libró el combate.

Referencia


(1) E. Stieben – De Garay a Roca – Buenos Aires (1941).

Fuente

Clifton Goldney, Adalberto A. – El cacique Namuncurá – Buenos Aires (1963).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
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