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miércoles, 31 de mayo de 2017

España: Cuando se pidió la cabeza de Serrano Suñer

El día en que un ministro de Franco planteó matar a Serrano Suñer
Una carta secreta del embajador británico hallada en un archivo británico revela la voluntad del titular de Comercio, Demetrio Carceller, de “liquidar” en 1941 al cuñado del dictador

J. A. AUNIÓN - El País



Serrano Suñer jura su cargo de ministro de Exteriores junto a otros compañeros de Gabinete. A la derecha, cabizbajo, está Demetrio Carceller. VIDAL. (EFE)

El Madrid de principios de los años cuarenta era un sitio peligroso. También para los vencedores de la Guerra Civil, que se movían dentro de una complejísima madeja de intereses cruzados en la que nadie podía estar del todo seguro de qué pie cojeaba el vecino. Había generales sobornados por los británicos para asegurar la neutralidad española en la Segunda Guerra Mundial, pactos secretos con la Alemania nazi, complots falangistas o monárquicos para ganar poder e, incluso, para quitar de en medio al dictador... El pulso soterrado entre unos y otros emergía, de cuando en cuando, con picos de tensión que amenazaban con hacer saltar todo por los aires. Uno de ellos se vivió en el verano de 1941, tras la entrada de Rusia en la guerra, cuando la presión alemana para que España hiciera lo mismo del lado del Eje tenía a su mejor aliado, al menos aparentemente, en el ministro de Exteriores y cuñado del dictador, Ramón Serrano Suñer.

Aquel 9 de julio, el embajador británico en Madrid, Samuel Hoare, envió una carta al secretario de Estado de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, para explicarle que no podía ausentarse de España porque aquello era una olla a presión. Y le ponía como ejemplo una “sorprendente conversación” que acababa de tener David Eccles, agregado económico británico en Lisboa de paso por Madrid, con el ministro español de Industria y Comercio, Demetrio Carceller, y el principal asesor de este. “Los dos declararon que Suñer es tan insoportable que debe ser liquidado, y con esa horrible expresión obviamente quieren decir asesinado”. Añadía que Carceller, sin embargo, veía dos objeciones: “La primera, el efecto sobre las tropas alemanas en la frontera [con Francia, permanente amenaza de una invasión nazi de la península] y la segunda, el resentimiento que provocaría un asesinato en la familia de Franco”. En todo caso, añade Hoare en la carta, “esta es en sí misma una sorprendente declaración procediendo de uno de los principales ministros y su segundo”.

Esta carta, que el Gobierno británico desclasificó junto a centenares de papeles de la Segunda Guerra Mundial en 2013, es parte de los documentos digitalizados que se pueden consultar a través de Internet en los Archivos Nacionales Británicos. En este caso, bajo el sugerente título de ‘Planes para liquidar a Suñer’.

El historiador Ángel Viñas ha sido el primer especialista que la ha recogido; lo hizo en su libro Sobornos, publicado en la editorial Crítica el año pasado, en el que hace una minuciosa descripción y analiza las consecuencias de la estrategia británica para mantener a España fuera de la contienda comprando las voluntades de generales franquistas como Nicolás Franco, el hermano del dictador, Kindelán, Orgaz o Aranda. Para Viñas, lo que hace Carceller en esta carta es expresar un mero deseo. “Este fue un episodio más, muy significativo porque demuestra hasta qué punto el cuñadísimo exasperaba a los propios franquistas. Ni que decir tiene que Churchillnunca dio luz verde a la eliminación de Serrano”.

Pero la carta de Hoare, además, hace referencia a un plan concreto, presuntamente urdido por distintos generales, para asesinar a Serrano Suñer, una amenaza a la que ya se había referido, quizá de forma más ambigua, en otras comunicaciones con Londres apenas un mes antes. En este caso, Hoare dice que una fuente, “al menos de la misma importancia”, asegura que el asesinato era inminente y que, para aplacar las iras alemanas, preveían “la firma inmediata de la Triple Alianza con el Eje”.

“De lo que la diplomacia británica se hace eco es únicamente de rumores sobre un golpe dirigido contra Serrano Suñer y su política de alineamiento incondicional respecto del Tercer Reich”, opina Carlos Collado Seidel, profesor de la Universidad de Marburg (Alemania) y experto en la materia. Además, pone precauciones tanto a las palabras del embajador como a las del ministro de Comercio. “Carceller perseguía intenciones determinadas y particulares en todo lo que les decía a los ingleses y Hoare también pretendía rehabilitarse dentro del partido conservador británico”, explica.


Una hambruna gigantesca

La postura de Carceller, empresario, falangista cercano a José Antonio y al propio Serrano (al que acompañó durante su visita al Berlín nazi en 1940), podría parecer realmente pasmosa. Sin embargo, Viñas dibuja un contexto en el que el ministro tenía que llevarse bien con los británicos porque de su bloqueo naval dependía la llegada de suministros a un país que estaba “sufriendo una hambruna como nadie puede imaginarse hoy”. Además, Carceller “hizo durante aquellos años una inmensa fortuna” como responsable de todos los permisos sobre los productos que entraban o salían del país, añade.

“Tal vez el vanidoso e incompetente Hoare estaba sondeando a Eden sobre su parecer en caso de ‘liquidar’ a Serrano. Que los militares desearan su muerte es una cosa; que la planearan, en pleno favor del caudillo, otra muy distinta”, aporta el escritor Ignacio Merino, autor de Serrano Suñer. Valido a su pesar (La Esfera, 2013). Y añade: “Don Ramón hizo algún vago comentario sobre el tema, pero yo no lo tomé en serio y creo que él tampoco, al menos jamás lo consideró un complot auténtico. O no se enteró”.

Sea como fuere, el propio Hoare también se pregunta en la carta de julio de 1941 si el cuñado del caudillo sería consciente de su delicadísima situación. La duda le surge porque solo un día antes Serrano Suñer se había mostrado, “por primera vez” en todos sus encuentros con él, “educado”. “Escuchó mejor que de costumbre mis reiteradas quejas”, añade, e incluso “se disculpó” por no haberle podido recibir una semana antes.

El hecho es que Serrano Suñer no sufrió ningún sospechoso accidente aquel verano, pero sí fue perdiendo poco a poco el favor de Franco hasta ser definitivamente defenestrado un año después, entre fuertes luchas internas de las distintas facciones del régimen. Terminada la Guerra Mundial, el cuñado mantuvo hasta su muerte en 2003 que ni su cercanía a la Alemania nazi fue tanta, ni fue tal su interés por que España entrara a toda costa en la contienda. Sin embargo, Viñas está convencido de que solo fue un intento de “reescribir su historia”. “Franco y Serrano iban a por el Imperio”, zanja el historiador.

martes, 9 de mayo de 2017

GCE: ¿Cómo empezó el conflicto civil?

¿Cómo empezó la Guerra Civil Española?

Javier Flores | Muy Interesante


El mismo año 1936 se celebraron elecciones generales en España, exactamente el 16 de febrero de 1936. A estas elecciones se presentaron muchos partidos políticos tanto de izquierdas como de derechas. El Frente Popular, la coalición de izquierdas que englobaba tanto al Partido Socialista Obrero Español como al Partido Comunista, Izquierda Republicana y otros tantos, consiguió la mayoría absoluta. Pero, ¿cómo comenzó exactamente la Guerra Civil Española?

Tras la victoria del bando de izquierda continuaron una serie de acciones terroristas que pretendían movilizar a la masa contra el gobierno, en el caso de los atentados de los falangistas y grupos de derecha, y para responder a los primeros en el caso de los grupos de izquierdas. Solo en el mes de febrero ya se contabilizaban por centenares los fallecidos en este tipo de acciones contra la situación política, social y económica del país.

En los meses sucesivos el panorama social y militar de España fue, de todo, menos tranquilo. Varios altos mandos militares planearon durante meses una posible sublevación frente al gobierno republicano que se haría efectiva el 17 de julio de 1936 y los días sucesivos. Pero, ¿qué hizo que los militares se alzaran justo ese día?

El 16 de abril de 1936 uno de los hombres de José Castillo, un instructor de las milicias de la juventud socialista, asesinó a Andrés Sáenz de Heredia, primo del mismísimo José Antonio Primo de Rivera. Como represalia el 12 de julio fue asesinado el propio José Castillo. Este hecho desencadenó la venganza de la izquierda que terminó con la vida del diputado de Renovación Española, José Calvo Sotelo, al mismo día siguiente. Este asesinato del líder de la derecha terminó por decantar la balanza de los indecisos al golpe de estado (entre los que, según Paul Preston, se encontraba el propio Franco) a llevar a cabo una acción que conllevaría un conflicto bélico en nuestro país.

Así comenzaría la Guerra Civil Española que duraría hasta el 1 de abril de 1939 con la victoria del bando nacional con el general Francisco Franco a la cabeza. Él mismo tomaría las riendas de España bajo un régimen dictatorial hasta su muerte el 20 de noviembre de 1975.

sábado, 22 de abril de 2017

GCE: Kim Philby, el agente doble con misión de matar a Franco

El mejor agente doble solo falló una misión: asesinar a Franco
Enrique Bocanegra gana el premio Comillas de biografía con la primera investigación sobre Kim Philby en la Guerra Civil española

GUILLERMO ALTARES - El País



A la derecha de la imagen, Philby herido durante la Guerra Civil.

Kim Philby, un inglés de clase alta, estudiante de Cambridge, renunció a todo para convertirse en un agente soviético en los años treinta. Una de las primeras misiones que recibió fue viajar a España durante la Guerra Civil y, utilizando la tapadera de periodista en el bando fascista, asesinar a Franco. No se sabe por qué nunca llevó a cabo esta misión, ni siquiera si llegó a recibir la orden, sólo que Franco sobrevivió al conflicto y que Philby se convertiría en el mejor agente doble de todos los tiempos, también en el topo más dañino que haya tenido nunca el servicio secreto exterior británico, el MI6. El periodista Enrique Bocanegra (Sevilla, 1973) ha rastreado durante cuatro años todos los documentos posibles para tratar de seguir los pasos de este espía en España, un territorio que sus biógrafos apenas habían explorado hasta ahora. Su ensayo, titulado Un espía en la trinchera. Kim Philby en la Guerra Civil española, ha recibido el premio Comillas de historia y biografía, que otorga la editorial Tusquets, y saldrá a la venta este martes.


"No sabemos lo que pasó", explica Bocanegra en una cafetería madrileña cerca de la Academia de Cine, donde trabaja desde hace diez años como coordinador de actividades culturales. "Sabemos que a principios de marzo de 1937, el controlador de Philby en Londres recibió la orden de enviar a alguien a España para espiar en el bando nacional, sobre todo la actividad de los militares alemanes e italianos; pero también debía matar a Franco. ¿Tenía Philby la capacidad para cometer el magnicidio? No había recibido ningún entrenamiento militar, no sabía manejar un arma, además de toda la protección que rodeaba a Franco", prosigue. No se sabe si lo intentó y no pudo; si no se atrevió o si, como sospecha el autor, nunca llegó a recibir la orden. Es uno de los muchos puntos oscuros del paso de Philby por España.

Mientras que en Inglaterra pudo encontrar muchos documentos, recuperar todas las crónicas que publicó en The Times –no era una misión sencilla porque no estaban firmadas y los documentalistas del diario británico tuvieron que cotejarlas una a una con los cables originales que todavía conservaban–, en los archivos españoles no queda prácticamente ningún papel, solamente algún telegrama. Otro misterio, porque Philby llegó a ser un periodista muy conocido, enviado de uno de los diarios más influyentes del mundo en ese momento, The Times, y, lo que es todavía más importante, fue condecorado por Franco. "¿Se quemaron en los años sesenta cuando se descubrió que Philby trabajaba para los soviéticos?", se pregunta el historiador.

Philby llegó a España en febrero de 1937, después de que en ocho meses de guerra The Times hubiese tenido cuatro corresponsales diferentes, que acabaron enfrentándose a los jefes de prensa del bando franquista. Como en la vida de todo espía, una serie de golpes de suerte le permitieron cumplir su misión. Por un lado, gracias a los contactos de su padre, un aventurero, diplomático y escritor llamado St John Philby, logró que el diario conservador británico le fichase –luego quedó muy contento con su cobertura–. Otro golpe de suerte evitó que le pillasen el papel donde escondía los códigos durante un registro y un tercero le convirtió en el único superviviente del impacto de un obús contra el coche en el que viajaba con otros tres colegas en Caudé, en el frente de Teruel. La propaganda fascista utilizó la muerte de los periodistas extranjeros y convirtió a Philby en un héroe, que fue recibido y condecorado por Franco. Eso le permitió moverse con toda la libertad posible –que tampoco era mucha– dentro de las filas de los golpistas.

Bocanegra contó con la ayuda de dos biógrafos de Philby, dos clásicos del periodismo británico, Patrick Seale y Phillip Knightley. Ambos fallecieron mientras estaba escribiendo el libro. Los dos, relata, fueron muy generosos con su tiempo, con sus conocimientos, pero también con sus documentos. En el caso de Seale, que fue amigo de Philby cuando ambos se encontraban en Beirut, mientras estaba entrevistándole en su casa de Londres, le confesó al autor que estaba muy enfermo. "Me dijo que tenía que ir al hospital y me dejó solo en su casa con una maleta en la que ponía Philby y que contenía numerosos documentos sobre él. Allí me quedé todo el día, fotografiando papeles como había hecho el espía tantas veces durante su vida".

El libro no sólo sigue los pasos de Philby durante la Guerra Civil, sino que traza un retrato del espionaje comunista en los años treinta cuando agentes de Stalin como Alexander Orlov trataban de extender, sin piedad, la dominación soviética sobre el bando republicano. Al final, ellos mismos se encontraron amenazados por las mismas purgas que habían ayudado a desatar. Sin embargo, nada de eso, ni siquiera el pacto entre la Alemania nazi y la URSS, hicieron que Philby rompiese su compromiso con el comunismo. España fue solo el principio.

EL ÚLTIMO VIAJE
"Normalmente los agentes dobles aguantan cinco años, diez como mucho. Él sobrevivió 30", explica Enrique Bocanegra sobre la extraordinaria carrera en el espionaje de Kim Philby (1912-1988). Como no podía ser de otra forma con alguien que basó toda su existencia en la mentira y el engaño, los misterios en torno a su vida son todavía numerosos, pese a que se han escrito muchos libros sobre él, entre ellos el excelente Un espía entre amigos (Crítica), de Ben Macintyre. Philby formó parte del círculo de Cambridge, un grupo de jóvenes que, por idealismo, decidieron espiar para Moscú. Fue el más hábil de todos ellos, el último en ser descubierto, que logró esquivar a los interrogadores del MI6 cuando todo indicaba que era un traidor y escabullirse finalmente a la URSS.
Cuando fue despedido del servicio secreto británico, en 1951, por las sospechas que pesaban sobre él tras la fuga de dos de sus colegas de Cambridge, Guy Burgess y Donald MacLean. Quedó libre porque Londres no encontró pruebas de que era un agente doble y entonces, en mayo de 1952, realizó un viaje de mes a España que sigue siendo un misterio. "¿Con quién mantuvo contactos? ¿Dónde se alojó? ¿Qué lugares visitó? ¿Por qué alguien en su situación, sin trabajo, sin dinero, sospechoso de ser un comunista, viajó a la España de Franco, el país más pobre y atrasado de Europa? ¿Fue una operación de inteligencia?". Otro misterio dentro de un enigma.

domingo, 18 de diciembre de 2016

GCE: Kati Horna, una fotógrafa en la guerra

Kati Horna, una de las pocas mujeres que fotografió el frente en la Guerra Civil Española

Nueva York acoge por primera vez una retrospectiva de la artista, desde sus años en Europa hasta su exilio en México



Amanda Mars - El País


El Iluminado, México, 1944. KATI HORNA




Profunda, algo melancólica, la mirada de uno de los pacientes que estaba en el hospital psiquiátrico La Castañeda, México, en 1944 llama la atención desde cualquier punto de la sala. El Iluminado es uno de los retratos más famosos que Kati Horna (1912-2000) hizo en su etapa mexicana, la que comenzó con su exilio tras la Guerra Civil española. Forma parte de la muestra que ha organizado la Americas Society en Nueva York y que reúne por primera vez en Estados Unidos los grandes originales de la artista de origen húngaro.

Exponer a Kati Horna significa exponer a una de las pocas mujeres que retrataron el frente, junto a archiconocidos como Robert Capa; es también dar un paseo por la prensa anarquista de la época y sirve, además, para curiosear por la comunidad artística mexicana de tres décadas. Exponer a Horna es, en definitiva, exponer la narrativa de una mujer fuera de lo ordinario en los momentos más convulsos del siglo XX.
Una noche en el Hospital de Muñecas, 1962. KATI HORNA


Katalin Deutsch Blau (como era su apellido de soltera) nace en Budapest en el seno de una familia judía pudiente, se muda a Berlín en el 30, entra en contacto con el grupo de Bertolt Brecht y empieza a trabajar en el incipiente mundo del fotoperiodismo, hasta que el nazismo le hace huir de Alemania en el 33. A Barcelona llega a los 24 años, pocos meses después del alzamiento militar. Su cámara se detiene tanto en unos milicianos del frente como en las viudas de Málaga o las madres y niños en los pueblos. Publica muchos de sus trabajos en Umbral, una revista anarquista de la que además es editora gráfica.

Dice Christina de León, curadora de la muestra junto a Michel Otayek, que para entender las sutilezas y complejidades de la obra posterior de Horna en México “es crucial tener en cuenta la profundidad de su educación intelectual, la magnitud de su radicalización política como joven artista y la verdadera naturaleza de su participación en la franja anarquista de la Guerra Civil española”.

Told and Untold. The Photo Stories in Illustrated Press (En español, Contadas y por contar, foto-historias de Kati Horna en la prensa ilustrada) incluye sus trabajos publicados en prensa junto con los originales (como la impresionante serie del manicomio de la Castañeda), además de algunos álbumes personales que no se habían expuesto nunca.

En el 39, al terminar la guerra, Kati se marchó a México con el artista José Horna. Sus fotografías de esos años se quedaron en España, pero muchos años después le fueron devueltas, según explican los organizadores de la exposición. En su exilio, empezó a publicar instantáneas en cabeceras como Nosotros, Arquitectura México o Mujeres. En aquella época trabó amistad como otras aristas, como Leonora Carrington y Remedios Varo, o el arquitecto Mathias Goeritz.

La exposición también acoge algunas series realizada para una publicación vanguardista llamada S.nob muy impactantes, en forma de relatos gráficos, como Historia de un vampiro, que protagonizó la actriz Beatriz Sheridan, o Una noche en el sanatorio de muñecas, donde al visitante a la muestra le puede sorprender cómo su cámara consigue captar en esos rostros inertes una increíble sensación de soledad. La exposición puede visitarse hasta el 17 de diciembre en la Americas Society.

Milicianos en Aragón, 1937. KATI HORNA

domingo, 7 de agosto de 2016

GCE: Los inicios de la sublevación

El golpe del 36: primeros instantes

Los fotógrafos Centelles, en Barcelona, y Albero y Segovia, en Madrid, captaron antes que nadie los inicios de la sublevación franquista contra la República hace 80 años


Diego Fonseca - El País




El fotógrafo Agustí Centelles tomó esta imagen de una camioneta de la CNT ocupada por hombres y mujeres que llevan cuadros con simbología republicana. La foto es en la barcelonesa Vía Laietana, el 19 de julio. CENTRO DOCUMENTAL DE LA MEMORIA HISTÓRICA




Cuando el 19 de julio de 1936 las tropas sublevadas quisieron conquistar Barcelona y Madrid, los núcleos industriales y políticos de la II República, miles de milicianos se echaron a las calles con las armas en la mano para intentar vencer a los insurrectos. Fueron pocos los fotógrafos que ese día captaron el golpe de Estado. Las imágenes de Agustí Centelles (1909-1985) son las únicas que, 80 años después, se conservan del 19 de julio en Barcelona, cuando la Guardia Civil, los guardias de asalto y los ciudadanos levantaron barricadas y montaron cañones para defender la democracia. En Madrid, la sociedad formada por Félix Albero (1894-1964) y Francisco Segovia (1901-1975) fue la que mejor documentó el asalto al cuartel de la Montaña, que había sido tomado por los golpistas, y que terminó con una victoria republicana de la que casi solo quedan estos documentos.

El trabajo de Centelles, que se guarda desde 2009 en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, es un relato preciso de lo que sucedió el 19 de julio en la capital catalana: milicianos con fusiles apostados tras caballos muertos usados como barricada; los primeros heridos llevados en camillas al hospital Clínic; personas celebrando en la calle de Valldonzella que el golpe ha fracasado; guardias civiles leales al Gobierno delante del hotel Colón; y hombres y mujeres del sindicato anarquista CNT encaramados en una camioneta. "A nivel histórico, Centelles tiene un valor enorme. No solo por el 19 de julio, sino por todo lo que hace luego en el frente de Aragón o en los juicios de guerra del vaporUruguay", explica María José Turrión, subdirectora del centro salmantino.

Mientras muchos fotógrafos se quedaron en casa por miedo o no tenían cámaras lo suficientemente rápidas, Centelles —al que se ha comparado con Robert Capa— salió a la calle con su cámara de paso universal, que le permitía hacer varias imágenes consecutivas y sacar hasta 30 en un mismo carrete. “Era un periodista muy sui géneris. Siempre se intentaba desmarcar de lo establecido. Recuerdo que en muchos juicios se colaba y cuando disparaba la cámara y el obturador sonaba, tosía alto para disimular. Muchas veces salió corriendo porque lo habían descubierto", cuenta Turrión.

Los días posteriores a la sublevación, Centelles, que tras la guerra se exilió a Francia —donde sobrevivió a dos campos de concentración—, siguió fotografiando la contienda. Suya, por ejemplo, es la imagen de un cartel en una valla con la inscripción Aquí caigueien els primers defensors de la REPUBLICA. A las 5.10; la de varios milicianos, uno con una lata de sardinas en la mano izquierda y un jamón en la derecha, avanzando con mirada feliz hacia la barricada de la calle Nueva de la Rambla; o el negativo de la puerta de una iglesia de Barcelona con carteles que rezan: Edificio propiedad del Estado y Edificio Incautat por la Generalitat per al Servici de les instituciones del poble. Las fotografías de Centelles fueron publicadas en medios internacionales, y en Ahora y La Vanguardia.


Guardias civiles leales a la República, en la barcelonesa plaza de Cataluña, después de que las tropas leales apresasen a los jefes de los sublevados. CENTRO DOCUMENTAL DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Las de Albero y Segovia también tuvieron difusión exterior y nacional. La portada, por ejemplo, del 25 de julio de 1936 de la revista Estampa —que se difundió hasta 1938 como órgano del Frente Popular (la coalición de partidos de izquierda que había ganado las elecciones de febrero del 36)— era una foto en la que aparecían varios hombres y una mujer sosteniendo armas. El semanario titulaba: “Una madre entra, fusil en mano, a buscar a su hijo en el cuartel de la Montaña”.

La respuesta masiva de las mujeres al golpe está en las fotos de Albero y Segovia, que se guardan en el Archivo General de la Administración. “Destaca cómo los reporteros de Madrid muestran a las mujeres ante la sublevación. Salen miles de ellas a la calle y a combatir en el frente, y los fotógrafos lo enseñan”, dice Turrión. Este rol femenino fue subrayado en los meses siguientes por la dirigente del Partido Comunista Dolores Ibárruri, con frases como "más vale ser viudas de héroes que mujeres de cobardes", y explicado por historiadores como Paul Preston, que en su libro La guerra civil española cuenta cómo una brigada de mujeres participó en los combates de la capital.

“También hay imágenes de Madrid de los fotógrafos Alfonso Sánchez y Atienza,pero muchas no se sabe si son del 19 o de días posteriores. El reportaje de Albero y Segovia es el más completo”, explica Turrión. Entre sus instantáneas del cuartel de la Montaña, está el primer ataque de los republicanos para reconquistarlo; los milicianos ovacionados por el pueblo; la bandera blanca de rendición izada por los sublevados; mujeres que habían entrado con las milicias al cuartel saliendo con armas; o un guardia de asalto deteniendo en la calle de Ferraz “a hombres del pueblo que sin ninguna clase de armas se quieren lanzar al ataque del cuartel". El recuerdo gráfico del primer gran combate de los insurrectos para conquistar Madrid.

miércoles, 27 de julio de 2016

GCE: El inicio

A 80 años del inicio de la Guerra Civil Española, una herida que todavía no cierra
El 18 de julio de 1936 estalló un conflictó bélico que derivó en la dictadura de Francisco Franco, quien mantendría el poder hasta su muerte cuatro décadas después. Un nuevo libro analiza este hecho histórico, que todavía repercute fuertemente en la vida de los españoles
Infobae



(Robert Capa)

En 1936 disputaban el poder quienes defendían la democracia republicana y quienes ansiaban el regreso de la monarquía o la implantación de una dictadura militar. También lo hacían quienes ya habían probado el sabor de la revolución, renegaban del parlamentarismo y aborrecían todo lo que tuviera que ver con las clases privilegiadas. Pero en ese año tormentoso no solo tomaba cuerpo la lucha de clases; lo que se avecinaba, además, era el enfrentamiento entre religiosos y laicos, nacionalistas de distinto cuño, españoles de derecha y de izquierda y, dentro de estos últimos, las desavenencias (que llegarían a ser sangrientas) entre socialistas, comunistas, comunistas disidentes y anarquistas.

En rigor de verdad, no había dos Españas sino tres. Quizás más.
Un abigarrado y complejo mapa ideológico, donde se podían distinguir al menos tres grandes proyectos políticos en pugna. Eran los mismos que, desde la década del veinte, venían poniendo en jaque a toda Europa. Se los conoce como "las tres erres": reforma, reacción, revolución. En otros términos: los sectores reformistas, que proponían la construcción de un Estado democrático capaz de conciliar la economía capitalista con la colaboración de clases, se enfrentaban con los partidarios de una reacción que estableciese un Estado autoritario, orientado a suprimir toda disputa de clase e instalar una dura disciplina social. Contraponiéndose a estas dos posturas estaban los revolucionarios, que clamaban por la destrucción del sistema capitalista y su sustitución por un régimen comunista o, del lado de los anarquistas, por un modelo libertario y colectivista.

En el caso español, la guerra que estalló en el verano de 1936 produjo el colapso del Estado republicano, lo que derivaría en una situación abiertamente revolucionaria. Uno de los objetivos de los sublevados contra el gobierno republicano era eliminar toda posibilidad de ejercicio revolucionario en territorio español. La gran paradoja: el alzamiento terminaría detonando aquello que quería evitar.

¿Anticipaban algo de esto los hombres que, unos seis meses antes, se disponían a encarar un nuevo ciclo de gobierno? Por lo pronto, el clima social no se mostraba precisamente plácido. Las agrupaciones de izquierda que nutrían el Frente Popular habían ganado las elecciones por muy poco margen con respecto a la coalición de derechas a la que se habían enfrentado (una diferencia de menos del 2%); no obstante, el entusiasmo era mayúsculo. Los sectores de la derecha contemplaban, espantados, los festejos que colmaban las calles y las multitudes que, sin esperar la sanción del prometido decreto de amnistía, tomaban las cárceles y liberaban a los presos políticos.

Manuel Azaña, ungido presidente de la República, conformó un gabinete a todas luces moderado: solo miembros de partidos republicanos; ningún representante del PSOE o cualquier otra agrupación de izquierda. Sin embargo, y pese a este evidente –al menos en lo que hacía a la gestión estatal– hacerse a un lado de los sectores más radicalizados del Frente Popular, "los políticos de la derecha reaccionaron como si los bolcheviques se hubiesen apoderado del gobierno de España", mientras la Iglesia "hacía un llamado a la España católica para que cumpliese su destino histórico y salvara a la nación de los peligros del laicismo y el socialismo", describe el historiador británico Antony Beevor.

En este contexto el gobierno intentaba, básicamente, retomar la senda del "bienio reformista": se concedió oficialmente la amnistía para los presos de octubre de 1934, se reestructuraron los mandos militares (intentando alejar de Madrid a los cuadros sospechosos de golpismo; entre ellos, Francisco Franco, quien fue enviado como comandante general a las islas Canarias), se reanudaron los trabajos del Instituto de Reforma Agraria y se reabrió el Parlamento catalán.

Pero la convulsión social no daba tregua.


Cerca de Fraga, frente Aragon, noviembre de 1938. (Robert Capa)

El 19 de febrero, a poco de conocerse los resultados de las elecciones, comenzó un intenso ciclo de huelgas. Obreros y jornaleros reclamaban la reincorporación de los despedidos durante el "bienio negro". Pedían también la recuperación salarial, la nacionalización de los medios de transporte, mejoras en las condiciones de trabajo. Cualquier reivindicación coyuntural derivaba rápidamente en huelga política.

La violencia comenzó a impregnar la vida de todos los días. La mayoría de las juventudes políticas se entrenaba en el uso de armas, prácticamente a la vista de todos. Lo hacían los sectores de izquierda, entre ellos, el PSOE. También los grupos de derecha.

Los carlistas, monárquicos que no defendían el regreso de Alfonso XIII, sino el de un descendiente de otra rama de la dinastía de los Borbones, habían creado su propia fuerza de choque: los requetés. También llamados "boinas rojas" –por el gorro que caracterizaba su uniforme–, se habían hecho fuertes en Navarra y allí hacían sus prácticas de combate.

Por esos días también asomaba al convulso escenario político la Falange Española, minúscula agrupación de derecha surgida en 1933, destinada a tener un enorme protagonismo en los tiempos por venir. Creada por José Antonio Primo de Rivera (hijo del antiguo dictador) e inspirada en el fascio italiano, supo atraer las simpatías de muchos literatos y jóvenes aristócratas, imbuidos del fervor revolucionario de la época, pero visceralmente refractarios a las prácticas izquierdistas.

"Siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización." Esta frase de Oswald Spengler, filósofo e historiador alemán, autor de La decadencia de Occidente, era una de las favoritas de José Antonio y sus seguidores, cultores del militarismo y cierta lírica exaltación de la violencia. Solían reunirse en los mismos bares de la calle Alcalá donde recalaban incipientes y elegantes escritores de izquierda. De mesa a mesa partían las provocaciones jocosas, los contrapuntos retóricos, quizás algún insulto. La ríspida aceleración de los tiempos políticos pronto iba a transformar aquellos amables enfrentamientos entre copas en discusiones de trinchera a trinchera, fusil contra fusil.

De hecho, en los meses calientes de la primavera y el verano de 1936, la Falange ya se había convertido en una agresiva fuerza de choque: era frecuentes sus sangrientos ataques callejeros a obreros, militantes de izquierda e incluso republicanos liberales. Dos respetados políticos, el socialista moderado Luis Jiménez de Asúa y el socialista por entonces radicalizado Francisco Largo Caballero, fueron víctimas –y azorados sobrevivientes– de sendos atentados promovidos por una Falange cada vez más audaz.

La conflictividad social se desmadraba y la percepción general era que el gobierno apenas si podía contener o seguir el ritmo de los acontecimientos. El 12 de julio esta sensación entró en zona crítica. Ese día, un grupo de falangistas asesinó al teniente José del Castillo, integrante de la Guardia de Asalto. Las razones por las que la Falange podría detestar a Castillo eran varias: no solo la Guardia de Asalto era una fuerza creada por el gobierno republicano y había participado en la represión de algunos disturbios protagonizados por los falangistas; también se decía que Castillo estaba colaborando con la formación militar de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), integradas por socialistas y comunistas.

La reacción no se hizo esperar. Al día siguiente, un grupo de guardias de asalto se presentó en la casa de José Calvo Sotelo, ex ministro de Hacienda del dictador Primo de Rivera y cuadro de la extrema derecha que, desde su escaño en las Cortes, venía sosteniendo encendidos discursos contra el sistema republicano e incitando a la sublevación militar. A Calvo Sotelo se le aplicó un "paseo", término que se haría tristemente célebre y frecuente durante la guerra: obligado a subir a un vehículo, fue llevado a las afueras de la ciudad y asesinado a tiros. El cuerpo amaneció abandonado en un descampado.

La portada de “Todo lo que necesitás saber sobre la guerra civil española” (Paidos) La portada de “Todo lo que necesitás saber sobre la guerra civil española” (Paidos)
El asesinato de Calvo Sotelo convulsionó a todo el arco conservador. Su entierro se convirtió en una inmensa manifestación política de las derechas; su muerte, en la gran justificación para un alzamiento militar que, de todos modos, ya tenía fecha y se venía planificando desde el mismo día en que el Frente Popular accedió al poder.

El mismo Francisco Franco, especialmente odiado por la izquierda por su papel en la represión de 1934, no se tomó demasiado tiempo tras conocerse los resultados de aquellas elecciones: cauteloso pero contundente, sugirió la posibilidad de un golpe de Estado a las autoridades de la gestión derrotada por las urnas. Su propuesta fue desoída. Poco tiempo después, el antiguo combatiente del Rif sería enviado a las islas Canarias por el gobierno de Azaña, que estaba relativamente al tanto de los movimientos conspirativos.



Poco efecto tuvo esa suerte de destierro simbólico. En paralelo al ofrecimiento de Franco, se sucedían los encuentros más o menos secretos entre representantes de sectores monárquicos, la Falange de José Antonio Primo de Rivera y algunos referentes del Ejército. Los conspiradores establecieron vías de diálogo con Italia, cuyo gobierno accedió a prestarles ayuda material, armas y dinero. El general Sanjurjo, en el exilio tras el fracasado levantamiento de 1932, viajó a Alemania en busca de contactos y apoyo.

El plan era que Franco se trasladase de Canarias a Marruecos y, una vez allí, se pusiera al frente del consolidado Ejército de África. Mientras tanto, los conspiradores evaluaban a generales y oficiales, estableciendo quiénes daban señales de una futura fidelidad al gobierno legal y quiénes podrían ser potenciales golpistas. Se fijaron las fechas: 18, 19 y 20 de julio. En esos tres días se tomarían ciudades y zonas clave para obtener el control de todo el país. Franco sublevaría Marruecos; Manuel Goded, Cataluña; Gonzalo Queipo de Llano, Sevilla; Emilio Mola, Navarra. Otros militares se ocuparían de Zaragoza, Valladolid, Madrid, Valencia.

La preparación del golpe era un secreto a voces; toda España lo esperaba. Sin embargo, la dirigencia republicana, presa de una inexplicable inercia, oscilaba entre los intentos por disuadir a los sectores ligados a la conspiración, la confianza en que la mayor parte del Ejército se mantendría leal a la República y una inquietante dificultad para calibrar el nivel de peligro en el que realmente se encontraba. Obreros y militantes tomaban sus propias medidas: muchas de las armas que tras la represión de 1934 se habían preservado celosamente de las requisas oficiales fueron sacadas de sus escondites.


 (Robert Capa)

Y llegó el día.

El 18 de julio, tras tomar Marruecos, el levantamiento militar se extendió al resto de las localidades previstas. Pero algo no salió como estaba planificado. En el minucioso armado del alzamiento, los conspiradores no habían contemplado la posibilidad de una resistencia efectiva. Que la hubo y, más que efectiva, fue feroz. En prácticamente todas las ciudades, el alzamiento se encontró con una multitud de civiles enardecidos, dispuestos, por la diversidad de razones que fuera, a defender a "su" República. La sangre manó, abundante. La dinamita reemplazó la carencia de armas. Hubo hasta actos suicidas: a falta de cañones, camiones cargados de explosivos se estrellaban contra las guarniciones sublevadas.
La resolución rápida, el simple "paseo" de Marruecos a Madrid, no habían acontecido. Aunque maltrecho, el gobierno legal de España seguía en pie. A fines de julio, ya no cabían dudas: el golpe de Estado había fracasado. Lo que se iniciaba era una guerra civil.

La primera reacción de las organizaciones obreras fue decretar la huelga general, tomar las calles y pedir armas a un gobierno que seguía debatiéndose entre la incredulidad, la necesidad de detener la avanzada golpista y el temor a la escalada revolucionaria que sin duda se desataría si las poderosas centrales gremiales, la CNT anarquista y la UGT socialista, se armaban.

Marruecos, Baleares, Valladolid, Burgos, Oviedo, Zaragoza y Sevilla habían caído en manos de los sublevados, quienes pasarían a llamarse "los nacionales" (por su defensa de una España única, católica y enemiga del "marxismo extranjerizante"). Barcelona, Madrid, Valencia, Málaga y Bilbao resistían, del lado de los que de aquí en adelante serían denominados por sus enemigos "los rojos": todos los que quedaban del lado de la República, desde los anarquistas más extremos hasta el más moderado de los liberales, considerados, en su conjunto, "marxistas, ateos y enemigos de la civilización occidental".


Noviembre de 1938. El frente Aragón en el Río Segre (Robert Capa) Noviembre de 1938. El frente Aragón en el Río Segre (Robert Capa)

Inesperadamente, la Armada se había revelado, casi en su conjunto, "roja": cuando sonaron los primeros llamados al alzamiento, los marinos no acataron las órdenes de sus superiores, a quienes redujeron, y se manifestaron leales a la República. Ese fue el primer dolor de cabeza del alzamiento: Franco, que contaba con la flota de la Armada, se vio repentinamente varado en África. Ya había alistado a la Legión fuerzas marroquíes que por esos días constituían la fuerza de combate terrestre más entrenada de España. Pero no tenía barcos con que trasladar a esa gran carta "nacional" al continente. La sublevación, sin el aporte de las aguerridas tropas africanas, perdía tiempo y empuje. Al cabo de unos días, llegó la solución. El 29 de julio, diez flamantes aviones de transporte alemanes y doce italianos aterrizaron en Marruecos. Alemania e Italia, en lo que sería su primera acción de ayuda evidente al levantamiento militar, habían enviado la dotación de unidades de transporte que, finalmente, permitiría el cruce entre Marruecos y el sur de España.

Mientras tanto, en Madrid, el gobierno republicano también dilapidaba un tiempo precioso. El Ejecutivo se tomó dos días de cavilaciones hasta aceptar la gravedad de los hechos. Al cabo de ese tiempo, disolvió el Ejército por decreto, abrió los arsenales de armas y los puso a disposición de las organizaciones obreras. Fue el primer paso hacia la formación de las míticas milicias populares de la guerra civil. Algunos historiadores aventuran que, de haberse tomado esa medida mucho antes, los posicionamientos iniciales hubieran sido distintos, lo que incluso podría haber modificado el curso del conflicto. Lo cierto es que cuarenta y ocho horas después de producirse el alzamiento, España estaba virtualmente partida en dos, en una suerte de momentáneo equilibrio de fuerzas.
Y seguían ocurriendo hechos destinados a marcar a fuego el carácter de la contienda.

Del lado "nacional", Sanjurjo, el militar en quien los sublevados confiaban poner la dirección de todos sus futuros movimientos, había muerto en un accidente aéreo, justamente cuando intentaba regresar a territorio español desde Portugal. Su lugar a la cabeza de la rebelión pasaría a ser ocupado por Francisco Franco.

Del lado "rojo" se iniciaba una etapa de enorme conflictividad, signada por la carencia de ejército propio, la necesidad urgente de organizar una respuesta bélica frente a los sublevados y la tarea casi imposible de poner de acuerdo a quienes insistían en defender las instituciones democráticas y quienes querían dar inicio inmediato a la revolución social.

jueves, 3 de marzo de 2016

GCE: La matanza de Casas Viejas

La matanza que hundió a Azaña
Se reedita el ejemplar reportaje de Ramón J. Sender sobre la brutal represión de una rebelión campesina en Casas Viejas por parte de las fuerzas del orden republicanas

RAMON J. SENDER - El País


Muertos en la revuelta de Casas Viejas (Cádiz) en 1933.

Destruida la choza, asesinado también con las esposas puestas Manuel Quijada y golpeada bárbaramente su mujer, Encarnación Barberán, que quiso protestar, los guardias bajaron en una columna disforme hacia la plaza y formaron en el centro. Más de doscientos hombres. El cura preguntaba tímidamente si había que usar sus servicios y preparaba un sermón para la primera ocasión en que hubiera que repartir en la iglesia “la limosna”. Los oficiales iban y venían con papeles. Después de los disparos últimos contra un grupo de curiosos, todo el mundo había vuelto temerosamente a sus casas, a sus albergues. La luz de las siete de la mañana llegaba por la parte del mar, lívida y penetrante. El jefe paseaba ante la doble fila de las fuerzas formadas. La humareda que seguía subiendo desde lo alto de la colina terciaba el cielo de la aldea con una faja negra. Ardían los cuerpos desmedrados de los campesinos. Todas las viviendas de la aldea estaban cerradas. Los jefes iban y venían con papeles. Uno dijo apresuradamente:

—Tengo órdenes rigurosas y concretas de hacer un escarmiento.

Miró el reloj y añadió:

—Doy media hora para hacer una razzia, sin contemplaciones.

Esta orden no se limitaba expresamente a los sucesos de Casas Viejas, sino que se había dado el día 11 con carácter general a todos los lugares donde se habían producido desórdenes, como otras órdenes no menos bárbaras; las fuerzas rompieron filas y se diseminaron en dirección a la torrentera, hacia las chozas de los jornaleros.

Un guardia preguntaba:

—¿Qué es una razzia?

Y otro respondía, cerrando la recámara del fusil:

—Que hay que cargarse a María Santísima.

En las calles no había un alma. Los campesinos permanecían con sus familias, silenciosos, en las chozas. A la puerta de una de ellas lloraba el niño de once años Salvador del Río Barberán. Llevaba en la mano un cartucho de fusil, disparado. Los guardias le dijeron, riendo:

—Tira eso, muchacho, que no es un pastel.

Luego empujaron la puerta. En el fondo, el viejo Antonio Barberán —el de la chaqueta de rayadillo— yacía sobre un charco de sangre. El muchacho lloraba y juraba que su abuelo no era anarquista. El guardia bisoño subió calle arriba con los otros, conocedor ya de lo que era una razzia. Atrás quedó el muchacho midiendo con los ojos la soledad de la calle. El pueblo había enmudecido. Después de las ilusiones de la noche del día 11, todo volvía a su viejo ser. Las tierras seguirían alambradas y cercadas “para nadie”. El hambre y la desesperación, el no hacer nada y la esperanza —como único horizonte— de que el cura los convocara un día u otro —quizá mañana, siempre ese “quizá”— para darles un bono de una peseta canjeable por sesenta céntimos de víveres; ese porvenir inmediato les aguardaba. No se veía otra cosa en los meses que faltaban hasta la siega. Las hoces esperaban clavadas en la paja de la techumbre. La ilusión de las cuarenta y ocho horas anteriores los había vivificado. Nadie se acordó de comer ni de dormir.

Pero la represión, la destrucción de la choza de Seisdedos, los asesinatos de Francisca Lago y de su padre cuando intentaban huir con las ropas ardiendo, todo aquel estruendo de bombas y fusilería al que estuvieron atentos los campesinos desde sus camastros; el recuerdo de Manuel Quijada, esposado, que caía bajo los culatazos de los guardias y era levantado a puntapiés para morir, por fin, ametrallado frente a la choza; los asesinatos de otros tres detenidos, muertos a bocajarro junto a las cercas; la muerte del septuagenario Barberán al lado de la cama que acababa de abandonar, esos acontecimientos eran conocidos rápidamente en todo el pueblo.

Durante la noche, los campesinos afiliados al sindicato, que tenían armas, huyeron. El campo los acogería en la noche fraternalmente. Por la tierra, por la superficie cultivable, todavía virgen, habían intentado implantar el “comunismo libertario”. En la conquista del campo empeñaban la vida. La habían dado ya muchos campesinos. Al campo fueron a refugiarse. Entre los que quedaban en el pueblo apenas se podrían contar dos o tres testigos de los sucesos y miembros del sindicato.

En la aldea había teléfonos misteriosos que comunicaban con Madrid y con Cádiz constantemente. Había papel para los atestados, sellos judiciales, casas donde tomaban el desayuno los oficiales y los enviados del Gobierno —había llegado uno, de Cádiz—. Había la inseguridad de ofrecer la paz sin que la aceptara el enemigo. La probabilidad de levantar los brazos inermes ante cuatro fusiles y recibir, sin embargo, la descarga. Estaba a cada paso la tapia de los fusilamientos. En el pueblo todo les podía ser hostil. En el campo, un obscuro instinto les decía que todo habría de serles favorable.

lunes, 29 de febrero de 2016

GCE: La interacción entre Hitler y Franco

"La sombra de Hitler", una visión novedosa de la Guerra Civil Española
Por: Matías Falco
Pierpaolo Barbieri, investigador argentino egresado de Harvard, explicó a Infobae por qué y cómo la Alemania nazi intervino en España. El papel del llamado "dictador económico" Hjalmar Schacht




Pierpaolo Barbieri, el argentino que investigó la relación entre Hitler y Franco.Pierpaolo Barbieri, el argentino que investigó la relación entre Hitler y Franco.Crédito: Veronica Jacobson
En su nuevo libro, La sombra de Hitler (Taurus), el joven historiador argentino Pierpaolo Barbieri se propone ofrece una nueva visión sobre la Guerra Civil Española y la intervención de la Alemania nazi. Es que para Barbieri, quien desarrolló una vasta investigación en seis países, no fueron ideológicos los motivos que llevaron a Hitler a realizar esta jugada, sino económicos. En este sentido, como explicará más adelante a Infobae, para comprender este proyecto y sus consecuencias es fundamental la figura de Hjalmar Schacht, responsable de la economía del Tercer Reich.

—¿Cuál es la tesis del libro?
—El libro trata de explicar la Guerra Civil Española de una manera novedosa. En vez de considerarlo historia nacional, lo que yo trato de hacer es tratar de ver el conflicto con un lente europeo y tratar de entender las relaciones económicas que llevaron a la intervención alemana e italiana en el conflicto, que fue lo que determinó el curso de la Guerra.

—¿En qué consistió la investigación?
—Empecé esto en la Universidad de Harvard. Fue mi tesis de grado, después fue mi tesis de posgrado y también hice investigación en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, lo que conllevó a hacer seguir en España, Italia, Alemania, Francia, Inglaterra y en los Estados Unidos. Estuve en distintos archivos, tratando de ver los documentos originales para ver si esta idea novedosa se podía probar con los documentos. En ese sentido, es un libro de Historia que trata de apuntar a un público general, pero también, para el que está interesado, tiene citas al final dando fuentes específicas de los distintos argumentos.

—¿Se encontró con información que superara la hipótesis inicial?
—Sí, por supuesto. Crear un libro es como pintar un cuadro: las cosas van cambiando a medida que uno avanza. Creo que los debates que no me esperaba encontrar fueron aquellos que hubo en la Alemania nazi. Algo que yo no esperaba es lo que yo llamo la Guerra Civil dentro del gabinete alemán, entre quienes proponían el imperio informal, como el que se trata de construir en España, y los que querían un imperio formal basado en el control pseudo racial de los pueblos. Como a todos, a mi me habían contado la historia del nazismo como una línea recta que iba desde 1933 a 1945, y eso era algo que no te explicaba estos debates económicos dentro del régimen.

—Es decir que es un punto de vista nuevo.
—Trato de presentar a estos actores de una manera nueva, y especialmente en lo que hace al conflicto español, porque era un conflicto en el que los nazis invirtieron muchos recursos y fue, si se quiere, la primera intervención extranjera del nazismo.

—Un poco la gran pregunta del libro es por qué Alemania intervino en la Guerra Civil Española, ¿podría explicar brevemente su visión?
—En principio es un tema estratégico, pero muy rápidamente y por la duración de la Guerra se convierte en un proyecto económico. Los españoles nacionalistas, el bando de Francisco Franco, necesitan de los alemanes porque necesitan recursos bélicos que no tienen. Necesitan crédito, pero ¿a cambio de qué? Por muchos años, nos contaron una historia que dice que intervinieron España por temas ideológicos. Lo que yo trato de proponer es que lo hicieron a cambio de un proceso de penetración económica donde las industrias alemanas se hacían de las españolas y proponían que esto continuara en el tiempo mucho más allá de la guerra civil.

—Por eso fue clave la figura de Hjalmar Schacht.
—Exactamente. Schacht era como la unión del poder monetario y fiscal en una sola persona. Desde ese lugar, el que llamaban "dictador económico" de la Alemania nazi construía una política en la que apuntaba al control informal de los territorios. Es decir, no conquistarlos sino ejercer la hegemonía económica. Y España fue, de acuerdo con mi investigación, el lugar en el que mejor funcionó el proyecto.

—¿Cómo fue la relación entre ambos países durante la Segunda Guerra Mundial?
—Técnicamente, Alemania nunca pidió que España entrara a la Guerra y se mantuvo estrictamente neutral, pero en términos económicos no existía la neutralidad, sino que se comerciaba mucho y eso fue lo que realmente produjo el quiebre de Franco con las democracias. Es muy interesante, porque la única reunión que existió entre Hitler y Franco fue un desastre: Hitler famosamente dijo que prefería ir al dentista antes que verlo a Franco en alguna otra oportunidad. Nunca se llegó a una alianza formal, lo que sí quedaba era este tema económico donde el 75 por ciento de todas las exportaciones de España iban al Eje, y eso era una dislocación que se había creado durante la Guerra. En la España de la pre Guerra, la mayoría del flujo comercial externo iba al Reino Unido o a Francia, y eso en el transcurso de la guerra civil se redirecciona a Alemania.

—Tras la derrota del Eje, ¿Franco se intentó desligar de la Alemania nazi?
—Exactamente. Franco no solamente entregó sus víctimas sino que también entregó las deudas que tenía con Mussolini o con Hitler, que eran muy distintas: Hitler tenía un proyecto de penetración económica que los italianos nunca tuvieron. En ese contexto, después de la Guerra Franco se intentó desligar de sus espónsores fascistas, porque ellos habían perdido y él no, y él planea quedarse en el poder. Entonces tiene que crear una ideología porque no la tiene: al principio Franco es una persona desprovista de ideología, entonces pivotea y trata de adaptar su relato ideológico para tener una perspectiva no fascista.

—¿Cómo lo construyó?
—Lo hace desde el conservadurismo, el autoritarismo político y de un alineamiento con los católicos conservadores. Crea lo que se llama un nacionalcatolicismo, que luego sobrevive hasta su muerte. Franco logró estar en el poder 30 años en el medio de una Europa cada vez más integrada. Logra una alianza con los Estados Unidos, basada en la idea del anticomunismo, pero lo que no logra es que Europa lo acepte. Todos los que habían luchado contra él o los que se acordaban de la guerra civil española sabían que había ganado un Franco que no fue exactamente respetuoso de los derechos humanos con los que perdieron.


Perón junto a Francisco Franco y Héctor. J. Cámpora.

—¿Cómo era la relación entre Perón y Franco?
—Cuando Perón va al exilio, va a la España de Franco, pero es muy importante recordar que la política fascista en la economía española de la guerra lleva a una gran hambruna, porque eran políticas muy poco eficientes. En ese contexto, Argentina va a la ayuda de Franco y hay contactos políticos y económicos donde ayuda con granos, aparte de con apoyo político, a que Franco no esté tan aislado.

—¿Ve puntos en común entre ambos líderes?
—No en el sentido de construcción de liderazgo, porque Perón, a pesar de que venía de una junta, fue elegido popularmente y Franco nunca participó de una elección. Franco tenía un perfil monárquico y muy atado a la Iglesia, que era distinto en el caso de Perón. Lo que sí se ve es que los dos fueron inspirados en su juventud por el fascismo de Mussolini y la estrategia económica corporatista, donde el Estado actúa como mediador entre los sindicatos y el capital. Ambos eran anticomunistas y venían de una tercera vía, que no era capitalista ni comunista.

—La Ley de Memoria Histórica continúa siendo un tema de debate en España, ¿cuál es su posición?
—Yo creo que en el proceso de la democratización de España se sacrifica saber todos los crímenes y ahondar en el pasado por la estabilidad política. Y así se crea una democracia afianzada, integrada a Europa y exitosa económicamente. España lo ha construido desde ese país poco desarrollado que dejó Franco en 1975. En ese contexto, creo que se sacrificó mucho en el momento de hacer la transición y luego, cuando está afianzado el proyecto democráctico, se ha vuelto a ver cosas que había que sacar de las fosas comunes. Y no solamente me refiero a los cuerpos, sino a dependencias políticas que se tenían y no se pueden ocultar para siempre. Franco cometió muchísimos crímenes de lesa humanidad, así como también hubo crímenes del otro lado de la guerra, porque fue un enfrentamiento fratricida y sin cuartel. En ese contexto, es importante para el futuro de los pueblos entender el pasado. Yo apoyo la iniciativa de entender cuales fueron los crímenes, juzgar a los responsables y tener una memoria que sea respetuosa con el pasado y las víctimas.

—El gobierno de Mariano Rajoy estuvo muchas veces en la mira de la oposición por la supuesta mala aplicación de la ley durante su administración, ¿qué análisis hace?
—Hay un debate. No se derogó la Ley ni se trató de eliminarla. Todavía está muy vivo el tema, por eso la perspectiva depende del partido al que uno le pregunte. Lo que sí es importante que en España se ha dejado a los jueces actuar sin problemas políticos. En la época de Baltasar Garzón creo que los hubo más que ahora.


"Franco debería estar en los museos, pero quizás no en el centro de la ciudad", opina Barbieri.
Veronica Jacobson

—Es un tema que todavía genera mucha confrontación.
—Sí, en ese sentido el libro propone una mirada mucho menos española. Si no, creo que caemos muy fácilmente en las divisiones ideológicas y considero que es muy interesante pensarlo desde lo que era este proyecto de imperialismo alemán para la integración de Europa. Yo lo que siempre digo es que hoy tenemos instituciones que muchos critican, que son proclives a la crisis y han sufrido la crisis de deuda soberana, pero sin embargo son instituciones mucho más plurales y democráticas que las que hubieran hecho los nazis. El proyecto de integración que quería Schacht y sus asociados no era para nada democrático, iba a ser manejado desde Berlín sin la posibilidad de que nadie más pudiera opinar, mientras que desde la Unión Europea se ha construido un proyecto democrático y respetuoso de los derechos humanos.

—¿Considera que la Ley de Amnistía va a seguir vigente?
—Creo que a la larga la ley en sí va a seguir vigente y sin embargo hay ciertos crímenes que igual se van a investigar. La gran ironía es que la ley de Amnistía fue originalmente pensada para proteger a las víctimas del franquismo y no a los líderes. Sin embargo, después fue usada para promover a los otros. Yo apoyo las iniciativas judiciales para tratar de entender cómo murieron las víctimas. Creo que la Historia no está para estar enterrada, si no no hubiera escrito el libro. Pero es importante saber que en 1975, cuando la democracia en España no existía y muchos la creían imposible, era necesaria una ley que permitiera que los que habían sido ministros de Franco pudieran meterse en una elección y crear un partido, y eso ha llevado a una democracia muy exitosa.

—¿Cómo se consolidó?
—Hubo un bipartidismo donde estaba el PSOE, que eran socialistas, y el PP, fundado por un ministro franquista que hacía una propuesta conservadora pero democrática. Rajoy viene de ese partido, y por eso es que hay mucha gente que critica iniciativas como la Ley de Memoria Histórica, pero yo no creo que Francisco Franco se merezca tener estatuas de él en el medio de Madrid.

—Era la próxima pregunta... Hay quienes sostienen que la iniciativa propone eliminar una parte de la Historia, ¿cuál es su opinión?
—Yo no apoyo eso, creo que para los que fueron sus víctimas es un recordatorio demasiado cruento del pasado. Tampoco quiere decir que vayamos a eliminar todo, porque no se puede borrar la Historia, pero sí ciertas figuras y, dados los crímenes del franquismo, es difícil que siga en ese estado de centralidad como si fuera Don Quijote. Creo que Franco debería estar en los museos, pero quizás no en el centro de la ciudad en una efigie cual Napoleón Bonaparte. Los franceses pueden amar el proyecto político de Napoleón, pero es muy difícil divorciar los crímenes del franquismo con sus políticas, porque Franco no creó un sistema más plural y democrático, sino que fue a un lugar aislado, autoritario y desprovisto de derechos.

Infobae

lunes, 18 de enero de 2016

GCE: La carta de un voluntario negro antifascista estadounidense

VOLUNTARIO NEGRO DE LA BRIGADA ABRAHAM LINCOLN EXPLICA POR QUÉ LUCHA EN ESPAÑA EN UNA GUERRA DE BLANCOS

JAVIER SANZ — Historias de la Historia


La Brigada Abraham Lincoln agrupó a los voluntarios de los Estados Unidos que lucharon junto a los republicanos contra las fuerzas de Franco durante la Guerra Civil española. De los cerca de 2.800 voluntarios estadounidenses que participaron en la contienda -soldados, técnicos o personal médico-, 800 de ellos nunca regresaron. El que sí lo hizo fue Canute Frankson, el protagonista de esta historia.


Miembros Voluntarios de la Brigada Abraham Lincoln

Canute Frankson era un mecánico de Detroit que en abril de 1937 viajó a España para luchar contra Franco. Tres meses después de llegar, le escribió una carta a un amigo de Detroit explicándole “por qué él, un negro, había optado por participar en una guerra entre los blancos que durante siglos nos han sometido a esclavitud“…

Albacete, España. 6 de julio de 1937.
Mi querido amigo: estoy seguro de que a estas alturas todavía estás esperando una explicación detallada de lo que tiene que ver esta guerra conmigo. Dado que es una guerra entre los blancos que durante siglos nos han esclavizado, insultado, despreciado… ¿por qué yo, un negro, que he luchado durante años por los derechos de mi pueblo, estoy ahora en España? Porque ya no somos una minoría aislada luchando desesperadamente contra un inmenso gigante, porque, querido amigo, nos hemos convertido en parte activa de una gran fuerza progresista sobre cuyos hombros descansa la responsabilidad de salvar la civilización de la destrucción planificada por un pequeño grupo de degenerados locos en su ansia de poder. Porque si aplastamos el fascismo aquí, vamos a salvar a nuestra gente en Estados Unidos y en otras partes del mundo […] Todo lo que tenemos que hacer es pensar en el linchamiento de nuestro pueblo. Podemos mirar las páginas de la historia de Estados Unidos manchadas con la sangre de los negros, el hedor de los cuerpos quemados de nuestro pueblo que colgaban de los árboles, los gritos de nuestros seres queridos torturados, los cuerpos marcados por atizadores al rojo vivo […] Vamos a aplastarlos. Nosotros vamos a construir una nueva sociedad, una sociedad de paz y abundancia. Por eso, amigo, estoy aquí en España. En los campos de batalla de España que lucha por la preservación de la democracia. Aquí, estamos sentando las bases para la paz mundial, por la liberación de un pueblo y de la raza humana. Aquí, donde estamos inmersos en una de las más amargas luchas de la historia humana, no hay diferencias de color, ni discriminación, ni odio racial. Sólo hay odio al fascismo. Sabemos quiénes son nuestros enemigos. Los españoles son muy comprensivos con nosotros. Son gente encantadora. […] Cada uno de nosotros tiene que dar todo lo que tiene para que esta bestia fascista sea destruida. Después de que todo esto termine, espero compartir mi felicidad con todos vosotros. Será una felicidad que no se podría haber logrado de ninguna otra forma sino que después de haber servido en una causa tan digna. Espero que el mal aparente que cometí [al marcharme] pueda compensarse por el servicio que doy aquí a la causa de la democracia. Mi sincero deseo es que seas feliz, y que cuando esto se acabe nos volvamos a encontrar. […] De una cosa estoy seguro: voy a estar satisfecho de lo que he hecho.
Hasta pronto. No sé cuándo podré volver a escribir. Hay tanto que hacer y tan poco tiempo.
Saludos. Canute
Frankson volvió a casa después de un año pero murió al poco tiempo en un accidente de tráfico

sábado, 16 de enero de 2016

Biografías: Ex-republicano preso en Mauthausen

DE LA BATALLA DEL JARAMA A MAUTHAUSEN.
JAVIER SANZ — Historias de la Historia


Jorge Pérez Troya nació en Torre de Juan Abad (Ciudad Real) en 1916. Con 20 años se vio envuelto en la Guerra Civil, combatió en el Alcázar de Toledo, en el alto de los Leones, en Guadarrama y en el Jarama (como sargento y a cargo de una baterí­a antiaérea).


TroyamilitarPT

Tras el final de la Guerra, 1 de abril de 1939, huye a Francia. Los primeros tiempos son difí­ciles, ya que Francia los encierra en campos donde las condiciones en las que viví­an eran deplorables (hambre, sed, disenterí­a, etc); allí­ toma contacto con los comunistas y pasa a ser uno más de ellos. Cuando estalla la II Guerra Mundial y Alemania invade Francia, en el 40, se cierran los campos y les ofrecen tres alternativas: enrolarse en la Legión Extranjera, en las Compañí­as de Trabajo o ser devueltos a España. Jorge decide enrolarse en la Compañí­a de Trabajo (en concreto en la 211). Estas compañí­as son utilizadas para trabajar en el campo, en las minas, en los caminos… Mano de obra barata.

Tras el armisticio firmado por Alemania y Francia en junio de 1940, Francia queda dividida en dos: una parte ocupada por los alemanes y la otra “libre” bajo el gobierno del Mariscal Petain (gobierno tí­tere de los alemanes). Su compañí­a es enviada a Brest, pero él decide que no ayudará a los nazis y escapa. Llega a Burdeos y allí­ se incorpora a la resistencia, tras algunas acciones de sabotaje le enví­an a Paris a “combatir” dentro de la Guerrilla Urbana. En 1942 ya dirige uno de los grupos de la guerrilla.

Tras varias acciones de éxito le ordenan atacar el puesto de guardia del  Estado Mayor alemán en Parí­s. Jorge y su grupo se preparan y durante unos dí­as vigilan los horarios del cambio de guardia. Deciden atacar a la compañí­a que iba a dar el relevo y, aunque fue todo un éxito, perdió a 11 de sus camaradas.

Jorge se oculta durante unos dí­as pero, como jefe de su grupo, tiene que ir a un “piso franco” donde tení­a el armamento. La portera del edificio sospechó del tejemaneje de aquel extranjero. Lamentablemente, para la suerte de Jorge, era la querida de un policí­a y dio el chivatazo. Cuando Jorge llegó al piso se encontró encañonado por dos policí­as que se lo llevaron y le dieron una terrible paliza. Casi sin vida, lo abandonaron a su suerte en una celda con otros miembros de la resistencia, entre ellos habí­a comunistas franceses que pudieron conseguir, del exterior, medicinas para curarle. Tras varios dí­as entre la vida y la muerte, es llevado a la cárcel de Fresnes donde permaneció durante dos meses con un panecillo y una sardina salada al dí­a.

A los dos meses los alemanes lo sacan de allí­ y lo llevan al Castillo de Romainville donde las cosas fueron mucho peor. Al desgaste fí­sico habí­a que añadir el psicológico, pues todas las mañanas eran formados los presos y 15 de ellos eran fusilados. Una de las mañanas le obligaron a coger todas sus cosas y Jorge pensó:

“Hasta aquí­ hemos llegado”
Pero no, todaví­a tení­a que sufrir más. Los “empaquetaron” en un tren cuyo destino era… Mauthausen (Austria). Se convertirí­a en el preso nº 25.537. Tení­an que trabajar en fábricas de armamento cercanas al campo o, como Jorge, en las canteras de granito donde debido al esfuerzo muchos morí­an. Según sus palabras:

“Habí­a una enorme cantera y nos hací­an trabajar de sol a sol para sacar piedras de gran tamaño. Hitler las necesitaba para los monumentos que querí­a construir en los lugares que iba conquistando“
“veinticuatro horas al dí­a asfixiando (cámaras de gas) a mujeres y a niños“
“Ninguno de los que llegaban sobreviví­a y sabí­as que cuando entraban les esperaba una muerte segura. Las paredes de las cámaras eran de cemento, de gran grosor, y podí­as ver los arañazos que hací­an las personas cuando iban a morir“


Jewish Virtual Library

Jorge Pérez Troya fue uno de los supervivientes de los campos de extermino nazis, pero unas 122.000 personas, sólo en estos campos, fueran asesinadas. Su pequeña venganza tomo cuerpo cuando, tras la liberación, algunos de los supervivientes persiguieron al oficial de más alto rango del campo y le dieron muerte cuando huí­a. El gobierno francés le concedió la Legión de Honor por méritos durante la resistencia.



Deportados de Mauthausen (Jorge a la izquierda, bajo la flecha)

Un hombre que luchó en una guerra entre hermanos, que tuvo que exiliarse de su paí­s, que padeció la desconfianza y el confinamiento de los franceses a los que luego ayudó en la resistencia contra la ocupación nazi y que sobrevivió a un campo de exterminio… Tendrí­a que ser el sí­mbolo de la RESISTENCIA Y LA FORTALEZA HUMANA.

Sirva este post como mi pequeño homenaje para un héroe casi desconocido (por lo menos para mi).

Fuentes: Documentos RNE (Españoles en la resistencia francesa), Testimonio Jorge Pérez Troya (información y fotos)

lunes, 16 de noviembre de 2015

Cine militar: There Be Dragons (2011)

There be Dragons
Encontrarás dragones

"There be Dragons" es la historia del creador de Opus Dei, José María Escrivá de Balaguer. Filmada en muchas partes en Argentina y España por Roland Joffe, está ambientada en la Guerra Civil Española. En Argentina fue filmada en Luján, Sierra de la Ventana y lago Epecuén, en el partido de Carhué, así como en el zoólogico y subterráneos de Buenos Aires.
En Sierra de la Ventana fue filmada en el Parque Provincial Ernesto Tornquist, en las estancias "Las Vertientes", "Hogar Funke" y "Sierras Grandes".
Acá les dejo algunas fotos (screenshots) de la misma:


Este es un carrito aguatero del EA, usado en esta escena en el Parque Provincial Ernesto Tornquist, en la comarca serrana de Sierra de la Ventana.

Paísaje de fondo típico de la zona de las Sierras

Otra sección, más al oeste de las sierras principales.



Un SK-105 del EA reformado para parecerse a un BT-7 soviético usado por los republicanos

Esta creo yo que es una MAG del EA reformada para parecerse a una Maxim

Escena de bombardeo a una columna, en el Parque Provincial

Este Puente Blanco es muy conocido en la entrada a Sierra de la Ventana, entrando por el Oeste.

Acá esta la foto del puente blanco verdadero (clic aquí)

Este es el pueblo de Epecuén, que fue cubierto hace 20 años por una inundación del lago Epecuén. Hace poco tiempo las aguas retrocedieron y quedó como un pueblo arrasado. Aprovecharon esa circunstancia para hacer parecer un pueblo afectado por la guerra.

Foto del Epecuén verdadero

Esta escena de la batalla de Madrid (1936) fue simulada en la ciudad de Luján, con la basílica de Luján al fondo.

Finalmente una escena en el subterráneo de Buenos Aires, con Lito Cruz haciendo de encargado de vagón.



lunes, 28 de septiembre de 2015

GCE: Ofrecimiento de rendición soviética

Oferta para españoles en URSS: Alojamiento y comida gratis, jornada de 8 hs. remuneradas en clima templado

JAVIER SANZ — Historias de la Historia


Aunque el título de este artículo pueda parecer una oferta de trabajo, es un ofrecimiento de rendición hecho por la URSS a los españoles de la División Azul, la unidad de voluntarios españoles que sirvió en la Wehrmacht entre 1941 y 1943 durante la Segunda Guerra Mundial.

Ofrecimiento de rendición
Lee esta hoja y pásala a tu compañero.
El Gobierno de la U.R.S.S.
Observa estrictamente todas las leyes internacionales en relación con los prisioneros de guerra. De acuerdo con la decisión del Gobierno Soviético Nº 1.798 del 1 de julio de 1.941, y la orden del Comisario de Defensa de la URSS Stalin, nº 55 del 23 de febrero de 1.942, a todo el que se entrega prisionero, el Ejército Rojo le garantiza la vida y el regreso a la patria después de terminada la guerra. Todos los prisioneros están alojados en campos especiales, visitados por representantes de la Cruz Roja Internacional. Los campos para los prisioneros de guerra españoles están situados en regiones de clima templado.
La jornada de trabajo para los prisioneros es de 8 horas.El trabajo es pagado.
A los prisioneros de guerra españoles en la URSS se les dá 3 comidas calientes al día, 400 gramos de pan, para los que trabajan 800 gramos, 300 gramos de verduras y patatas, embutidos, carne, pescado, azúcar, té y tabaco.
Los prisioneros tienen derecho a mantener correspondencia con sus familiares a través de la Cruz Roja Internacional. Esta hoja sirve de salvoconducto para presentar al Ejército Rojo.

lunes, 14 de septiembre de 2015

GCE: Los campos de concentración de Franco



Los campos de concentración de Franco: así eran y así se sobrevivía
El País

Las asociaciones memorialistas piden recuperar la memoria de los centros de esclavitud

Presos de un campo de concentración del franquismo en Sevilla. / GRUPO DE TRABAJO RECUPERANDO LA MEMORIA HISTÓRICA DE CGT-ANDALUCÍA Y CONFEDERACIÓN HIDROGRÁFICA DEL GUADALQUIVIR

“Trabajaban de sol a sol, a pico y pala, casi sin alimentación y recibían palizas constantes”. Así resume el profesor de Antropología Social de la Universidad de Sevilla, Ángel del Río, la vida en los campos de concentración del franquismo.



De los 188 centros donde se recluyó a medio millón de esclavos del franquismo en España cada vez quedan menos vestigios. Ese era el objetivo: borrar la memoria. La represión fue física, psicológica e ideológica, tanto para los presos como para sus familias. Miles de españoles trabajaron gratuitamente y casi sin comida para obras públicas y particulares de sus captores intentado eludir la muerte. Otros no lo consiguieron y fueron fusilados en los patios. El Grupo de Trabajo Recuperando la Memoria Histórica de CGT-Andalucía se reúne este martes de septiembre con el Ayuntamiento de Sevilla para rescatar del olvido el centro del que fue promotor junto al puerto así como otros complejos de represión franquista, como la cárcel de Ranilla. Así eran y esta era la vida de sus presos:


Un campo por 297.868 pesetas
En octubre de 1938 se creó el Patronato para la Redención de Penas por el Trabajo, en el organismo gestor de los campos del franquismo. Nueve meses antes, Sevilla se adelantó y creó uno situado junto al puerto de la capital que sirvió de modelo para otros.
En el expediente de construcción se habla de “campo de concentración”, sin los eufemismos que más tarde adoptó el franquismo, como centro de regeneración por el trabajo.
La distribución era rectangular. En un lado se disponían los barracones para los militares y vigilantes, oficinas y enfermería; en otro, los dormitorios; el tercero incluía comedores, cocina y capilla; y por último, se desplegaban los retretes, duchas y almacenes.
La extensión era de 78,10 por 68,10 metros. Los barracones, en el caso del puerto de Sevilla (en otros campos eran meras tiendas de campaña o chozas) eran de madera, ladrillo y suelo de hormigón.
El presupuesto de ejecución material y administrativo fue de 142.520, 61 más 155.347,45 pesetas. En total 297.868 pesetas (1.790 euros). La obra la culminó la empresa Entrecanales y Távora y, según el coordinador del El Grupo de Trabajo Recuperando la Memoria Histórica de CGT-Andalucía, Cecilio Gordillo, el coste final de la obra ascendió a 180.000 pesetas, muy por encima del presupuesto previsto y pese a la reducción de calidades. La financiación se cubrió con un impuesto especial sobre el alcohol de melaza, un licor elaborado a partir de caña o remolacha.


Al llegar, un médico y un oficial decidían si el recluso era apto para el trabajo, única alternativa para evitar la cárcel y la más que probable muerte.

Inmediatamente recibía ropa militar usada por las brigadas de soldados italianos en España durante la guerra: pantalones, una guerrera, un capote y unas botas; la ropa interior dependía de la familia. También obtenían una colchoneta y un par de mantas.



Con materiales muy rudimentarios, los presos eran obligados a excavar y remover miles de toneladas de tierra para obras públicas o en faenas agrícolas de afines al régimen. Dentro del campo, también eran los reclusos los que se encargaban de todas las labores. La semana laboral era de seis días de seis de la mañana hasta el anochecer.

El salario estipulado era de dos pesetas diarias (0,01 céntimo de euro) de media, que se las quedaba el Estado en concepto de manutención. La mayoría de supervivientes no recuerda haber recibido dinero alguno durante su condena o tan solo un 25%. El sueldo habitual de un trabajador sin cualificar de la época era de 10 pesetas al día (0.05 céntimos).

“Nos daban cuatro o cinco algarrobas para desayunar, un pescado hervido para comer y ya está, ya no había más. (...) Hubo muertos y el médico no sabía qué pasaba”, relató José Custodio Serrano, uno de los supervivientes, en un trabajo de Ángel del Río, quien ha coordinado, dirigido y publicado numerosas investigaciones sobre la represión franquista.

La supervivencia dependía de las familias de los presos, que se asentaban junto a los campos para poder alimentar a los reclusos. Esta situación fue cambiando cuando los franquistas se dieron cuenta de que era más rentable tener a los trabajadores alimentados para que continuaran con sus trabajos gratuitos. Café aguado con un bollo de pan, guisos de garbanzos, judías, lentejas o habas y sopa de pan y ajo o pescado componían los tres ranchos diarios de los últimos años. La carne se reservaba fechas religiosas y el 18 de julio. Pero para mantener la humillación como arma contra los presos, las comidas se denominaban pienso y coincidían con las horas de alimentar al ganado.

Para asegurarse el buen trato de los vigilantes, algunos presos compartían la comida que les llegaba de sus familias con los soldados.

Algunos presos, que eran obligados a trabajar aunque estuvieran enfermos, murieron por patologías derivadas de beber agua de pozo sin tratar, como el caso del topógrafo Baltasar Jiménez. Las plagas de sarna, pulgas, chinches, piojos y garrapatas eran habituales, así como las pulmonías y reumas. También los accidentes laborales, que llenaban las enfermerías.

El testimonio de Luis Adame recogido por Del Río detalla cómo un capitán médico inyectaba líquido en las zonas doloridas y si el preso era capaz de aguantar, concedía la baja. La mayoría volvía al trabajo para evitar el dolor añadido.



Pese a las penosas condiciones, el peor de los castigos era ser devuelto a prisión, medida que se convirtió en una vía de autorregulación por parte de los presos, que intentaban evitar a toda costa cualquier situación que pudiera ser considerada como indisciplina.



Entre las represalias psicológicas más habituales, enlazadas con una pretensión de adoctrinamiento, se encontraba la obligación de cantar a diario el Cara al Sol o el himno de los requetés brazo en alto, la asistencia obligatoria a los oficios religiosos, impedir el contacto físico con familiares que venían a ver a los presos, y presenciar palizas y castigos de compañeros.

Las fugas, aunque ocasionales, también se registraron. La resuelta con más crueldad fue la registrada en 1943 en el bajo Guadalquivir, donde cuatro de los seis presos huidos terminaron fusilados y uno abatido cuando escapaba.

Catálogo de Lugares de Memoria
La Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, a través de la Dirección General de Memoria Democrática, está elaborando el Catálogo de Lugares de Memoria de Andalucía, que hasta la fecha incluye 50 espacios declarados por el Gobierno andaluz y que incorporará los campos de concentración del franquismo.
Los Lugares de la Memoria se identifican a propuesta de ayuntamientos, asociaciones memorialistas, familiares de víctimas e historiadores, entre otros. Posteriormente son evaluados por una comisión de expertos y elevados a Consejo de Gobierno por parte de la Dirección General de Memoria Democrática.
Ese catálogo incluirá espacios de la significación de la Casa de Blas Infante, la fosa del cementerio de San Rafael de Málaga o las tapias del cementerio de Granada.
El Boletín Oficial de la Junta de Andalucía publicó el pasado 24 de junio una anuncio con la aprobación de la exhumación de una fosa común localizada y delimitada en la localidad sevillana de La Algaba, donde se encuentran los restos de decenas de víctimas del campo de concentración de las Arenas.
Los investigadores María Victoria Fernández Luceño y José María García Márquez realizaron un exhaustivo estudio sobre las lamentables condiciones de vida de los presos de ese campo. Los investigadores concluyeron que, entre 1941 y 1942, murieron 144 presos procedentes de las ocho provincias andaluzas y de Badajoz, Albacete, Alicante, Barcelona, Ciudad Real, Las Palmas, Palencia, Pontevedra, Toledo, Zaragoza y Portugal.