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miércoles, 2 de agosto de 2017

Anecdotario histórico argentino: Brown envuelto en la bandera

Una hazaña de Brown 

El 22 de enero de 1816, el Comodoro Guillermo Brown y el capitán Hipólito Buchard, que navegaban en común, atacaron con 4 navíos el puerto de Callao, y tres semanas después se presentaban ante Guayaquil, primer astillero del Pacífico. 
En medio de la acción, que era favorable a los patriotas, una recia ráfaga del norte, que coincidió con la bajante de la marea, arrebató al bergantín Trinidad que fué a varar cerca de la playa. 
El Comodoro se lanzó al agua tratando de alcanzar la goleta para acercarla al Trinidad y cubrirla con sus fuegos. Pero la nave había sido ya abordada por una columna de infantería y se vió precisada a arriar su bandera para salvar la vida de sus últimos tripulantes, pero el furor del enemigo no se apaciguó a pesar de que el acto de rendición así se lo exigía. 
Brown, al ver la matanza, regresó y, tomando un machete y un fanal encendido en la otra mano, se dirigió desnudo como estaba a la santa bárbara, amenazando que haría volar a todos si no se respetaban las leyes de la guerra. 
Esta actitud decidida del marino inglés surtió efecto y poco después, recibía la palabra de honor del gobernador, de que se trataría a todos como prisioneros de guerra. 





Al desembarcar, no quiso el futuro vencedor de Juncal, abandonar su bandera y, como no encontraba otra vestimenta, pues la nave había sido saqueada, se envolvió en ella y así atravesó rodeado de sus valientes las calles de la ciudad, hasta los cuarteles adonde lo conducían. 
Al pasar ante la multitud, un realista dijo: 
—¡De dónde es el pirata? ¿Cuya la bandera? 
Y alguien le contestó a su espalda, desapareciendo luego: 
No es un pirata, es un insurgente. La bandera es de un pueblo libre.

viernes, 21 de julio de 2017

Guerra de la Independencia: Belgrano y la batalla de las langostas

La batalla de las langostas




Vea usted: teníamos todo para perder aquel día, pero igual nos moríamos de ganas por salir a degollar. Todavía no había amanecido, y el general iba y venía dando órdenes en lo oscuro.
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Cualquiera de nosotros, la simple soldadesca de aquella jornada, sabía que nuestro jefe no tenía ni puta idea sobre táctica y estrategia militar.
Que era hombre de libros y de leyes, pero que había aceptado obediente el reto de conducir el Ejército del Norte y pararles el carro a los godos.
También sabíamos, de oídas, que al enemigo lo manejaba con rienda corta un americano traidor: Pío Tristán, nacido en Arequipa e instruido en España; nos venía pisando los talones con 3000 milicos imperiales y habíamos tenido que vaciar y quemar Jujuy para dejarles tierra arrasada. Muy triste, vea usted. Fue en los primeros días de agosto de 1812.
Y el general les ordenó a los pobladores que tomaran lo que pudieran y destruyeran todo lo demás. Le digo la verdad: el que se retobaba podía ser fusilado sin más trámite. No había muchas alternativas.
Ayudamos a arrear el ganado y a quemar las cosechas. Yo mismo lo vi con estos mismos ojos, señor: al final cuando no quedaba nada ni nadie Belgrano salió a caballo de la ciudad y se puso a la cabeza de la columna.
Íbamos en silencio, con sabor amargo, y tuvimos que cruzar tiros cuando una avanzada de los españoles jodió a nuestra retaguardia a orillas del río Las Piedras. El general mandó a la caballería, a los cazadores, los pardos y los morenos.
Meta bala y aceros. Y al final, a los godos no les daban las piernas para correr, señor, se lo juro.
Sospechábamos que nos habían atacado con muy poco, pero nosotros veníamos de capa caída: darles esa leña y salir victoriosos fue un golpe de orgullo.
Voy a decirle la verdad: cuando Belgrano se hizo cargo éramos un grupo de hombres desmoralizados, mal armados y mal entretenidos. Y al llegar a Tucumán no crea que habíamos mejorado mucho, aunque marchábamos con la moral en alto.
Ahí lo tiene a ese doctorcito de voz aflautada: nos acostumbró a la disciplina y al rigor, y nos insufló ánimo, confianza y dignidad. Aunque en las filas no nos chupábamos el dedo, señor.
Pío Tristán nos perseguía con legiones profesionales, sabía mucho más de la guerra y caería sobre nosotros de un momento a otro.
Nos enteramos por un cocinero que incluso el gobierno de Buenos Aires le había dado la orden a Belgrano de no presentar batalla y seguir hasta Córdoba. Pero el general había resuelto desobedecer y hacerse fuerte en Tucumán.
Adelantó oficial y tropas con la misión de que avisaran al pueblo que ya entraban para conquistar el apoyo de las familias más importantes y también para reclutar a todo hombre que pudiera empuñar un arma.
Había pocos fusiles, y casi no teníamos sables ni bayonetas, así que cuatrocientos gauchos con lanzas y boleadoras pusieron mucho celo en aprender los rudimentos básicos de la caballería.
Nosotros los mirábamos con desconfianza, para qué le voy a mentir. “¿Y estos pobres gauchos qué van a hacer cuando los godos se nos vengan encima?”. La teníamos difícil, no sé si se da cuenta.
Y estuvimos algunos días fortificando la ciudad, armando la defensa, cavando fosos y trincheras, y haciendo ejercicios.
“Voy a presentar batalla fuera del pueblo y en caso desgraciado me encerraré en la plaza para concluir con honor”, les dijo Belgrano a sus asistentes.
La noticia corrió como reguero de pólvora. No tiene usted idea lo que es aguardar la muerte, noche tras noche, hasta el momento de la verdad.
Le viene a uno un sabor metálico a la boca, se le clava un puñal invisible en el vientre y se le suben, con perdón, los cojones a la garganta.
Uno no piensa mucho en esas horas previas. Sólo desea que empiece la acción de una vez por todas y que pase nomás lo que tenga que pasar.
El general finalmente nos puso en movimiento en la madrugada del 24. Avanzamos en silencio absoluto hasta un bajío llamado Campo de las Carreras y ahí estábamos juntando orina y con ganas de salir a degollar cuando apareció el sol y comprobamos que los tres mil imperiales nos tenían a tiro de cañón.
Miré por primera vez a Belgrano en ese instante crucial, señor, y lo vi pálido y decidido. Hacía tres días nomás le había enseñado a la infantería a desplegar tres columnas por izquierda mientras la pobre artillería se ubicaba en los huecos.
Era la única evolución que habían ejercitado en la ciudad. Pero los infantes lo hicieron a la perfección, como si no fueran bisoños sino veteranos.
El general ordenó entonces que avanzara la caballería y que tocaran paso de ataque: los infantes escucharon aquel toque y calaron bayoneta.
Y antes o después, no lo recuerdo, dispuso Belgrano que nuestra artillería abriera fuego. Varias hileras de maturrangos se vinieron abajo. Volaban pedazos de cuerpos por el aire y se escuchaban los alaridos de dolor.
No puedo contarle con exactitud todos esos movimientos porque fueron muy confusos. Sepa nomás que los godos nos doblaban en número, pero que igualmente les arrollamos el ala izquierda y el centro.
Y que su ala derecha nos perforó a los gritos y a los sablazos. Tronaban los cañones y levantaba escalofríos el crepitar de la fusilería. Todo se volvió un caos.
Nos matábamos, señor mío, con furia ciega y no se imagina usted lo que fue la entrada en combate de los gauchos. Cargaron a la atropellada, lanzas enastadas con cuchillos y ponchos coloridos, pegando gritos y golpeando ruidosamente los guardamontes.
Parecían demonios salidos del infierno: atropellaron a los godos, los atravesaron como si fueran mantequilla, los pasaron por encima, llegaron hasta la retaguardia, acuchillaron a diestra y siniestra, y se dedicaron a saquear los carros del enemigo.
Eran brutos esos gauchos. Brutos y valientes, pero aquel saqueo los distrajo y los dispersó. Diga que los vientos estaban ese día de nuestra parte. Y esto que le refiero no es sólo una figura, señor.
Es la pura realidad. Vea usted: en medio de la reyerta se arma un ventarrón violento que sacude los árboles y levanta una nube de polvo. Y no me lo va a creer pero antes de que llegara el viento denso vino una manga de langostas.
De pronto se oscureció el cielo, señor. Miles y miles de langostas les pegaban de frente a los españoles y a los altoperuanos que les hacían la corte.
Los paisanos más o menos sabían de qué se trataba, pero los extranjeros no entendían muy bien qué estaba ocurriendo. Dios, que es criollo, los ametrallaba a langostazos. Parecía una granizada de disparos en medio de una polvareda enceguecedora.
Le juro que no le miento. Un apocalipsis de insectos, viento y agua misteriosa, porque también empezó a llover. Nuestros enemigos creían que éramos muchos más que ellos y que teníamos el apoyo de Belcebú.
Muchos corrían de espanto hacia los bosques. Y con tanto batifondo, sabe qué, apenas nos dimos cuenta de que nuestra derecha estaba siendo derrotada y que armaban un gran martillo para atacarnos por ese flanco.
Nosotros, que estábamos un poco deshechos, nos encontramos entonces en el medio del terreno y haciendo prisioneros a cuatro manos.
Unos y otros nos habíamos perdido de vista, y el general cabalgaba preguntando cosas y barruntando que las líneas estaban cortadas.
Se cruzaba con dispersos de todas las direcciones y los interrogaba para entender si la batalla estaba ganada o perdida. Y todos le respondíamos lo mismo: “Hemos vencido al enemigo que teníamos al frente”.
Belgrano permanecía grave como si nos hubiéramos vuelto locos o si le estuviéramos metiendo el perro. Ya no se oía ni un tiro, y mientras nuestro jefe regresaba a la ciudad, Tristán trataba de rearmarse en el sur.
La tierra estaba llena de sangre y de cadáveres, y de cañones abandonados. Pero el peligro seguía siendo tanto que muchos patriotas debieron replegarse sobre la plaza, ocupar las trincheras y prepararse para resistir hasta la muerte.
Creyendo aquel miserable godo que era dueño de la situación intimó una rendición y advirtió que incendiaría la ciudad si no se entregaban.
Nuestra gente le respondió que pasarían a cuchillo a los cuatrocientos prisioneros. Ya sabían adentro que Belgrano venía reuniendo a la caballería.
Pasamos la noche juntando fuerzas, cazando godos, despenando agónicos y pertrechándonos en los arrabales. No tengo palabras para narrarle cómo fueron aquellas tensas horas. Una batalla que no termina es un verdadero suplicio, señor. Anhelábamos de nuevo que saliera el sol para que fuera lo que Dios quisiera. Era preferible morir a seguir esperando.
Al romper el sol, el general había juntado a 500 leales. No se oían ni los pájaros aquella madrugada del 25 de septiembre, y el jefe mandó entrar por el sur y formar frente a la línea del enemigo. Estábamos cara a cara y a campo traviesa.
Eramos parejos y, después de tanta matanza, ahora el asunto estaba realmente para cualquiera. Fue Belgrano quien esta vez intimó una rendición. Les proponía a los realistas la paz en nombre de la fraternidad americana.
Tristán le contestó que prefería la muerte a la vergüenza. Presuntuoso hijo de la gran puta, nos rechinaban los dientes de la bronca. “Han de estar nerviosos -dijo mi teniente-. Cuando un gallo cacarea es que tiene miedo.”
Miramos a Belgrano esperando la orden de carga, pero el doctorcito tenía un ataque de prudencia. Tal vez pensara que no estaba garantizada una victoria, y que no podía arriesgarse todo en un entrevero.
En esos aprontes y dudas estuvimos todo el santo día, maldiciéndolo por lo bajo y agarrados a nuestras armas. Por la noche los españoles se dieron a la fuga. Habían perdido 61 oficiales.
Dejaban atrás más de seiscientos prisioneros, 400 fusiles, siete piezas de artillería, tres banderas y dos estandartes. Y lo principal: 450 muertos. Nosotros habíamos perdido 80 hombres y teníamos 200 heridos.
Belgrano ordenó que los siguiéramos y les picáramos la retaguardia. Los realistas iban fatigados, con hambre y sed, y en busca de un refugio. Y nosotros los perseguíamos dándoles sable y lanza, y escopeteando a los más rezagados.
No le cuento las aventuras que vivimos en esas horas, entre asaltos y degüellos, entrando y saliendo, ganando y perdiendo, porque se me seca la boca de sólo recordarlo, señor mío.
Regresamos a Tucumán con sesenta prisioneros más y muchos compañeros nuestros rescatados de las garras de los altoperuanos.
Eramos, en ese momento, la gloriosa división de la vanguardia, y al ingresar a la ciudad, polvorientos y cansados, vimos que el pueblo tucumano marchaba en procesión y nos sumamos silenciosamente a ella.
Allí iba el mismísimo general Belgrano, que era hombre devoto, junto a Nuestra Señora de las Mercedes y camino al Campo de las Carreras, donde los gauchos, los infantes, los dragones, los pardos y los morenos, los artilleros y las langostas habíamos batido al Ejército Grande.
Créame, señor, que yo estaba allí también cuando el general hizo detener a quienes llevaban a la Virgen en andas. Y cuando, ante el gentío, se desprendió de su bastón de mando y se lo colocó a Nuestra Señora en sus manos.
Un tucumano comedido comentó, en un murmullo, que la había nombrado Generala del Ejército, y que Tucumán era “el sepulcro de la tiranía”. La procesión siguió su curso, pero nosotros estábamos acojonados por ese gesto de humildad.
Había desobedecido al gobierno y se había salido con la suya contra un ejército profesional que lo doblaba en número y experiencia, pero el general no era vulnerable a esos detalles, ni al orgullo ni a la gloria.
No se creía la pericia del triunfo. Le anotaba todo el crédito de la hazaña a esa Virgen protectora, y no tenía ni siquiera la precaución de disimularlo ante el gentío.
Nosotros tampoco sabíamos, la verdad, que habíamos salvado la revolución americana, ni que el cielo había guiado el juicio de nuestro estratega ni que Dios había mandado aquellos vientos y aquellas langostas.
Recuerde: éramos la simple soldadesca y no creíamos en milagros. Veníamos de merendar godos y altoperuanos por la planicie y todo lo que queríamos en ese momento era un vaso de vino y un lugar fresco a la sombra.
Pero mirábamos a ese jefe inexperto y frágil y lo veíamos como a un gigante.
Y lo más gracioso, vea usted, es que a pesar del cuero curtido y el corazón duro de cualquier soldado viejo, a muchos de nosotros empezaron a corrernos las lágrimas por el morro. Porque Belgrano era exactamente eso. Un gigante, señor. Un gigante.
Relato extraído del libro Las mujeres más solas del mundo de Jorge Fernández Díaz.

jueves, 6 de abril de 2017

Guerra de la Independencia: San Martín y las minorías afro-americanas

San Martín y el aporte afro a la emancipación argentina
Entre 1810 y 1860 no hubo un solo batallón argentino que no tuviera presencia de soldados afrodescendientes, claves en las batallas sanmartinianas
Por Omer Freixa | Infobae
@OmerFreixa



Arrancó 2017 y las efemérides de la historia sanmartiniana se acumulan y dan (con motivo) de qué hablar y escribir. El Libertador las proveyó: 17 de enero, Bicentenario del inicio del heroico cruce de los Andes, 12 de febrero, batalla de Chacabuco, próximamente los doscientos años de Maipú, y así se puede seguir.

Sin embargo, si prevalece la siempre justa reivindicación del prócer, tal vez se pierde de vista la gesta de los de abajo, sus huestes, que hicieron posible la gloria sanmartiniana, tan bien relatada por Bartolomé Mitre en su insigne "Historia de San Martín" y de la emancipación sudamericana. Es un libro canónico y una completa biografía del "Padre de la Patria", aunque deje de lado la revisión sobre hombres y mujeres que hicieron posible el tan estudiado cruce de los Andes, entre ellos los afrodescendientes, al centrarse en una figura de la talla del prócer patrio.

Las exigencias al momento de escritura de la obra citada eran la de aportar relatos enaltecedores para justificar la construcción de un Estado-Nación, a la europea, blanco y borrando el registro de determinadas alteridades. En general, es un rasgo de la historiografía predominante que reconstruyó la vida del nacido en Yapeyú. Entonces, es el momento propicio para rescatar el aporte de los individuos de origen africano en este capítulo de la historia patria, como todo lo africano, invisibilizado en nuestro país, considerándose orgullosamente casi el más "blanco" de toda América del Sur.

Se relegó al afrodescendiente a la condición de desaparecido y las pocas menciones de su accionar, por caso, en las guerras de independencia, abonan la justificación de su desaparición, entre otros motivos, por esta vía, por la extinción física en los campos de batalla, sin casi resaltar su compromiso y heroísmo. Si bien es imposible hacer notar la presencia en el pasado de todos los combatientes de origen africano durante las luchas del siglo XIX (y menos homenajearlos por tamaño sacrificio), en algunos casos se pudo documentar su presencia, inclusive en el ejército sanmartiniano que cruzó los Andes, libertador de Chile y Perú.

San Martín debió cruzar los pasos andinos que en su opinión eran la preocupación que más le robaban sueño, más que el enemigo, siempre según Mitre, en una de las proezas más grandes de la historia militar mundial. El Ejército de los Andes contó con un aproximado de 5.000 efectivos, de los cuales entre el 40% y el 50% era afro, es decir unos 2.500 hombres. San Martín tuvo un trato muy cercano con varios de los afrodescendientes de su tropa y expresó la simpatía por ellos. El médico de confianza de San Martín era un negro de Lima y uno de entre sus favoritos era un cocinero negro, con el que gustaba conversar mucho. En una ocasión, el Libertador indicó que si los realistas eran los vencedores, los negros serían esclavizados de nuevo, por lo que con más tenacidad lucharon por la causa patriota. Por su parte, a un mes de librada Chacabuco, San Martín exclamó "¡Pobres negros!", en el espacio en donde yacían enterrados buena parte de los combatientes del Batallón N° 8, compuesto de libertos de Cuyo, en un gesto de reconocimiento y homenaje. Se decía que el líder tuvo predilección por los negros libertos entre los combatientes bajo su mando.

Entre los guerreros sobre los que se tiene constancia de haber integrado el Ejército de los Andes figuran el africano Batallón, el capitán Andrés Ibáñez, ambos nacidos en África a fines del siglo XVIII, y el sargento José Cipriano Campana. Entre las mujeres, se conoce la historia de Josefa Tenorio. También se puede incluir al cabo segundo Antonio Ruiz, más recordado como "Falucho" o "Negro Falucho", aunque se discute si este personaje no responde a una invención de la pluma del historiador y ex presidente argentino Mitre.

Batallón, Ibáñez y Campana cruzaron los Andes junto al Libertador y participaron en las batallas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Tenorio marchó en el ejército como esclava y, tras sus méritos, le fue aceptada su solicitud de liberación, en noviembre de 1820. Por último, tal vez es más conocida la historia del soldado apodado Falucho, que formó parte del Batallón N° 8 y que, llegado al Perú, en 1824 defendió la causa emancipadora a despecho de su vida, ya partido San Martín de la conducción del ejército y en una situación muy delicada signada por la inconformidad de las tropas atascadas en el país andino, desmoralizadas, sin recibir paga, encadenándose una rebelión a la que Falucho se opuso costándole la vida. Ruiz, según Mitre, fue fusilado por los alzados, quienes lo tildaron de revolucionario y a quienes respondió: "Malo es ser revolucionario, pero peor es ser traidor".

El escritor Jorge Luis Borges reconoció el mérito a los afrodescendientes: "Los negros de las guerras de la Independencia eran mucho mejores soldados que los blancos". Si bien estos no fueron debidamente reconocidos, muchos sí adquirieron la libertad por haber servido en la guerra. Fue el caso de las dos terceras partes de los esclavos en Mendoza, en los preparativos al cruce de los Andes, pese a la resistencia de los amos, conforme relató Mitre.

Entre 1810 y 1860 no hubo un solo batallón en el actual territorio argentino que no tuviera presencia de soldados afro. En Buenos Aires hubo al menos once afroargentinos con el grado de coronel o teniente coronel, aunque se les negó el grado mayor de general, en la pauta del racismo de la época. Dentro de lo poco que se conoce o cuenta, el sargento Juan Bautista Cabral tiene un sitial en la historia argentina, al haberle salvado la vida a San Martín en la batalla de San Lorenzo, años antes del cruce andino. Lo que hay que remarcar es que su origen era africano, cuestión que no siempre se reconoce, como así faltan subrayar los aportes de los afrodescendientes a la historia argentina en general, y no solo en el plano bélico. El cruce de los Andes fue un capítulo invalorable de la participación de este colectivo en la historia argentina. Gracias a la tropa sanmartiniana fue posible la liberación de Chile y más tarde la del Perú.

martes, 28 de marzo de 2017

Las 4 guerras más sangrientas de Sudamérica

Las 4 guerras más grandes de la historia de América del Sur
Luciano Camano - War History Online


Historia de la guerra en línea presenta esta pieza por invitado Autor: Luciano Camano

El Imperio español, junto con la corona portuguesa, colonizó América del Sur y ahora es el hogar de 13 países, cada uno con un pasado común pero una historia muy diferente. América del Sur es una de las regiones más pobres del mundo; Sin embargo, no han surgido muchos conflictos entre ellos, y cuando lo han hecho, han sido escasos y esporádicos. Pero hay algunas excepciones a esta regla, a continuación presentamos los conflictos más brutales en tierras sudamericanas:

Guerra de la independencia española

Los virreinatos del Río de la Plata, Nueva Granada y el Perú, que abarcaban todos los dominios españoles del país, influidos por el pensamiento liberal procedente de Europa, libraron una guerra contra los realistas que deseaban seguir siendo parte del Imperio español. La guerra se inició oficialmente en 1810 y después de que ambos lados iban y venían por el territorio, las recién creadas repúblicas de Sudamérica se consolidaron finalmente en 1826 después de tomar los últimos bastiones realistas en islas y territorios remotos.

Las tácticas empleadas por los ejércitos y la población en general incluían el uso de tierra quemada, tácticas de línea regular, guerrillas, asesinatos y espionaje. A diferencia de sus contrapartes norteamericanas, la guerra en esta región del mundo dio lugar a guerras internas en algunos casos, como Gran Colombia y Argentina.


La Revolución de Mayo. Fuente: Wikipedia / Public Domain

Los ejércitos regulares se disolvieron y dieron lugar a bandas de guerra ordenadas por generales deshonestos. La amenaza inminente de una invasión española procedente de Cuba o de la Península fue siempre una amenaza actual hasta finales del siglo XIX cuando España reconoció oficialmente la legitimidad sudamericana. 15 años de guerra que involucra a todo el continente no dejan registros de víctimas en ambos lados, pero debido al gran volumen de participantes, puede considerarse el conflicto más importante en la historia militar moderna de Sudamérica.

Guerra de Paraguay

Una guerra entre Uruguay, Argentina y Brasil contra Paraguay. Duró de 1865 a 1870 y causó la diezmación de la mitad de la población de Paraguay. Las causas de la guerra están abiertas al debate ya la interpretación hasta nuestros días. Las interpretaciones revisionistas del punto de la guerra en el desdén de Gran Bretaña para el desarrollo y la industrialización de Paraguay.

Por otro lado, otras interpretaciones de la guerra incluyen el interés de Brasil por las tierras del norte de Paraguay y la percepción de Argentina de que Paraguay es un enemigo debido al creciente interés del gobierno de Solano López por la provincia argentina de Corrientes.


Artillería uruguaya en Batalla de Sauce, 18 de julio de 1866. Fuente: Wikipedia / Public Domain

La chispa que inició el conflicto fue la eliminación del único aliado de Paraguay en la región, el gobierno uruguayo de Colorado, apoyado por Buenos Aires y la Armada brasileña. Argentina inicialmente mantuvo neutralidad, pero después de ser invadida desde el norte por Solano López, rápidamente se unió a la alianza brasileña y uruguaya. Así, creó una guerra en dos frentes para el Paraguay. Inicialmente, Solano López ganó terreno en el frente de Mato Grosso, pero la alianza combinada rápidamente le superó en número. El resultado fue un desastre total para el Paraguay, sellando cualquier tipo de disputa fronteriza con Argentina por la fuerza de las armas, Argentina reclamó la plena propiedad de la provincia de Chaco (disputada por ambos países) y ganó la provincia de Formosa y Misiones. Brasil reclamó la plena soberanía sobre el sur de Matto Grosso y ocupó el país durante seis años.

Guerra del Pacífico

Fue una guerra emprendida por Chile contra una alianza combinada de fuerzas peruano-bolivianas sobre la propiedad de las reservas de salitre en los territorios del norte de la provincia boliviana del Litoral. Duró de 1879 a 1883 e implicó la guerra naval, el uso de barcos acorazados, y las invasiones anfibias.


"Huáscar" entrando al puerto de Valparaíso, después de la Batalla Naval de Angamos, 1879. Fuente: Wikipedia / Public Domain

El conflicto comenzó cuando el gobierno boliviano elevó los impuestos a la compañía chilena de Saltpeter and Railroads Antofagasta Company, a pesar de un tratado firmado en 1874 que prohibía recaudar nuevos impuestos durante un período de 25 años. Después de un terremoto que azotó la región de Antofagasta, Bolivia, Bolivia aumentó el impuesto en 10 centavos.

Tras la denegación de pago por parte de la Compañía Chilena, fue expropiada, y el conflicto comenzó abiertamente. Una vez que la guerra terminó, Perú perdió la región de Tarapacá, Tacna y Arica fueron devueltos después de 40 años, y Bolivia seguía siendo un país sin litoral hasta el día de hoy. A pesar de los esfuerzos de Bolivia por su provincia perdida, las posiciones chilenas sobre la región del Litoral se han mantenido duras y estáticas durante un siglo.

Guerra del Chaco

La exploración española a principios del siglo XIX era dudosa ya menudo contradictoria. Después de que las repúblicas recién creadas se organizaron, adoptaron el principio de Uti Possidetis Juri, que significa "como usted posee según la ley, usted poseerá" significando que las fronteras entre los países se significaron para ser dejadas como estaban en 1810, el último año La corona española gobernaba América del Sur.


Tropas paraguayas en 1932. Fuente: Wikipedia / Dominio Público

Sin embargo, hubo un vacío legal en áreas inexploradas. Una de estas áreas es el Chaco Boreal, entre Paraguay y Bolivia.

Bolivia intentó repetidamente emprender una guerra contra los países vecinos después de perder las provincias en la Guerra del Pacífico. Esta vez, no sería diferente. Entre 1928 y 1936, el ejército modernizado de Bolivia, con equipos de última generación entre equipos y tácticas de guerra, intentó ocupar por la fuerza de las armas el área entre ambos países, pero finalmente fracasó. Las compañías petroleras también jugaron su papel, tanto Standard Oil como Shell concediendo créditos para comprar armas modernas. En última instancia, ambos países movilizaron a los campesinos pobres que pagaban con su sangre.


Luciano Camano es maestro de escuela primaria con una licenciatura en Relaciones Internacionales.


sábado, 11 de marzo de 2017

Biografía: Sargento Juan Bautista Cabral

Juan Bautista Cabral
Revisionistas


Combate de San Lorenzo, 3 de febrero de 1813

Nació en Saladas, Pcia. de Corrientes, a fines del siglo XVIII. Era hijo natural de José Jacinto Cabral y Soto, y de la morena Carmen Robledo. Su madre posteriormente se casó con el moreno Francisco que llevaba el apellido Cabral por ser también servidor de esa antigua familia.

Criado desde pequeño en la casa, recibió muy buena instrucción por parte de Luis Cabral y Soto que fue Alcalde Provincial de Corrientes y del sacerdote José Baltasar de Casajús.

Cuando se produjo la segunda invasión inglesa se hallaba en Buenos Aires y por carta del 19 de agosto de 1807, dirigida a sus familiares, les comunicaba que se había salvado, en un rancho, de ser descubierto por las tropas enemigas que pasaron adelante “saqueando los demás, y degollando a los que se encontraban dentro sin tener la más mínima piedad de nadie”.

Se incorporó a un contingente reclutado en 1812 por el gobernador intendente de Corrientes, Toribio Luzuriaga. Enviado este contingente a Buenos Aires, realizó el viaje en una embarcación fluvial. Cabral fue destinado al Cuerpo de Granaderos Montados, primitivo nombre del Regimiento de Granaderos a Caballo, al cual se incorporó el 15 de noviembre de 1812, al organizar el coronel San Martín su cuerpo. Dice Pastor S. Obligado que por su “viveza y natural inteligencia le hizo subir a cabo instructor antes de concluir ese año, y por su puntualidad y distinción llegó a sargento al siguiente”.

Con dicho escuadrón marchó al mando de San Martín y combatió en San Lorenzo el 3 de febrero de 1813. En la acción, la metralla hirió en el pecho al caballo del jefe, que cayó pesadamente a tierra apretando su pierna derecha en medio del fragor del combate. El peligro en que se hallaba fue evitado por el puntano Juan Bautista Baigorria, quien mató de un lanzazo a un soldado realista que atacaba a San Martín. En el entrevero que se originó alrededor del jefe de los granaderos, el soldado Cabral, ya herido de bala, se aproximó para sacarlo de la comprometida acción en que se hallaba. Momentos después salvaba a San Matín, mientras era atravesado su cuerpo sufriendo dos heridas, oyéndosele decir: “¡Viva la Patria! Muero contento por haber batido a los enemigos”. Cabral fue sepultado cerca del pino histórico de San Lorenzo.

Era alto, grueso, bizarro, de robusta contextura. En la comunicación con que acompaña a la lista de muertos, y que lleva fecha 27 de febrero, dice San Martín: “No puedo prescindir de recomendar…. a la familia del granadero Cabral”. El gobierno de Buenos Aires por decreto del 6 de marzo del mismo año, dispuso que se fijase “en el cuartel de Granaderos un monumento que perpetúe recomendablemente la existencia del bravo granadero Juan Bautista Cabral en la memoria de sus camaradas”.

Refiere el historiador José Juan Biedma que “el santo y seña del Regimiento de Granaderos en el aniversario del combate fue: “Cabral mártir de San Lorenzo”.

Cuando San Martín regresó con su regimiento, en cumplimiento de la disposición del Triunvirato ya recordada, mandó colocar en lo alto de la puerta del cuartel, situado en la plaza del Retiro, un cuadro conmemorativo de su muerte con la leyenda: “Juan Bautista Cabral. ¡murió heroicamente en el campo del honor”, al cual, desde el primer jefe al soldado más modesto, saludaban militarmente al entrar. Esta inscripción se conservó –dice Mitre- hasta 1824, en que se disolvió el regimiento.

No hay manual de historia en nuestro país, que no haga referencia al “Sargento” Cabral. Acaso el general Mitre en su Historia de San Martín, es el único historiador que no llama “sargento” al hazañoso correntino. La figura de Cabral se nos aparece en esa importante obra, tan heroica como la que más.

Un historiador (1) ha llegado a negar la existencia del grado de sargento a Cabral, pues dice que “Cabral no era sino granadero el día del combate y no pudo modificar tal situación”. Agrega que no sabe a punto fijo quién inventó y difundió la versión de que Cabral era sargento, versión que hizo gran carrera. Manifiesta además que la permanencia del granadero Cabral en el ejército apenas alcanzó tres o cuatro meses cuando más, desde octubre de 1812 hasta el 3 de febrero de 1813.

En homenaje a Cabral, el escultor Camilo Romairone modeló una estatua suya utilizando el metal de algunos cañones españoles antiguos, que el gobierno de la Nación cedió al de Corrientes, en 1883. Fue colocada en la plaza que tiene su nombre en la capital de esa provincia, el 9 de julio de 1887. En el Convento de San Carlos, por iniciativa del doctor Adolfo P. Carranza se colocó una lápida en el cementerio de los padres franciscanos, con la siguiente inscripción: “A la memoria de Juan Bautista Cabral. Muerto en la acción de San Lorenzo el 3 de febrero de 1813. Su abnegación salvó la vida del Libertador San Martín”.

A pesar de que un autor insista que la sargentía de Cabral es una leyenda falaz, sin fundamento alguno, el homenaje al benemérito granadero se rinde permanentemente. Una localidad de la provincia de Santa Fe lleva su nombre como sendas calles de Rosario y Buenos Aires.

El único retrato pictórico del héroe lo realizó Gaspar Besares Soraire, en 1930, y se halla entronizado en el Casino de Suboficiales del Regimiento 20 de Infantería de Montaña, de Jujuy. Su monumento fue obra del escultor Juan Carlos Oliva Navarro, inaugurado en el Cuartel de Granaderos a Caballo.

Referencia


(1) En referencia a Jacinto R. Yaben, quien sostiene que “En realidad Cabral revistó simplemente como granadero en las listas de su cuerpo”.

Fuente
Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1969).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938)

martes, 27 de diciembre de 2016

Anecdotario histórico argentino: Lavalle y Bolívar

Lavalle y Bolívar 


Juan Lavalle
Fué Lavalle uno de los campeones de nuestra maravillosa epopeya. Vulcano épico de mirada azul y de barba rojiza, tuvo por yunque los campos de Maipú, Chacabuco, Paseo y Río Bamba, y, por martillo su luciente corvo granadero. Luchador incansable de la Libertad desde muy niño, peregrínó por medio continente cosechando a su paso admiración y respeto.
Orgulloso y altivo, aun en la adversidad, no toleró jamás una ligereza, ni aún de los jefes de mayor rango, olvidando a veces los principios fundamentales de la disciplina.
Después de la victoria de Pichincha la ciudad de Quito se ha vertido de gala para homenajear a los vencedores. Una larga mesa llena de manjares y bebidas está rodeada por la brillante oficialidad patriota. El vino y la Gloria del día afiebraba las mentes. Bolívar amante de los brindis y de los discursos levanta su copa y dice:

¡No tardará mucho el día en que pasearé el pabellón triunfan de Colombia hasta el suelo Argentino! 
Un ambiente tenso sigue a las palabras del Libertador de Colombia que, probablemente las haya pronunciado sin medir el alcance de las mismas. Pero de cualquier manera el guante es recogido por el sargento mayor Lavalle que levantando su copa brinda con tono enérgico:
La Argentina se halla independiente y libre de toda dominación española, y lo ha estado desde el día en que declaró su emancipación el 25 de Mayo de 1810. En todas las tentativas para reconquistar territorio, los realistas han sido derrotados. Nuestro Himno consagra triunfos. ¡Brindo por la Independencia de América! 
En otra ocasión en que Bolívar pasaba revista a los granaderos cuyo jefe a la sazón era Lavalle, se molestó por una oportuna respuesta
de éste y le dijo amenazador:

¡Teniente coronel Lavalle! ¡Estoy acostumbrado a fusilar generales insubordinados! 
A lo que le contestó enérgico el bizarro oficial de San Martín llevando la diestra a la empuñadura de su corvo:
¡Esos generales no tendrían una espada como ésta...!


Simón Bolìvar

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Biografías: Manuel Isidoro Suárez (Argentina)

Coronel Manuel Isidoro Suárez 
 

Manuel Isidoro Suárez (nacido en Buenos Aires, 1799 - fallecido en Montevideo, 1846), coronel del Ejército Argentino, que luchó en las guerras de independencia hispanoamericana, dirigiendo la caballería peruana y colombiana en la batalla de Junín. Posteriormente participó en las guerras civiles argentinas. 

Sus inicios 
Se enroló muy joven en el Regimiento de Granaderos a Caballo, y cruzó los Andes con el Ejército de los Andes, del general José de San Martín; luchó en Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. También participó en las últimas campañas del sur de Chile. 
Hizo la campaña del Perú y luchó en Nazca, Cerro de Pasco y el sitio de El Callao. A órdenes de William Miller hizo la campaña de Arequipa y luchó en la batalla de Mirave, victoria que le valió el ascenso a teniente coronel. 

La batalla de Junín 
El 6 de agosto de 1824 en la Pampa de Junín se enfrentaron los ejércitos independentista y realista. Los patriotas estaban en peor terreno y la caballería realista estaba en mejores condiciones. En la tarde, a las cuatro, se produjo un choque terrible. En el primer choque de ambas caballerías “con sables y espadas”, la del general Miller fue avasallada. Esa impresión obligó a Simón Bolívar a abandonar el campo y reunirse con su infantería que se encontraba a retaguardia. Una vez reunidos sus hombres, apuró el paso y esperó nuevamente a la caballería realista al mando de José Canterac. 
Parte de la caballería de Miller, los Húsares del Perú, al mando de Manuel Isidoro Suárez, quedó emboscada en un recodo del camino, en uno de los flancos de las fuerzas principales de Miller. Allí se mantuvo Suárez, en espera. No salió inmediatamente a auxiliar al resto de la caballería de Miller, al observar que la caballería realista de Canterac, venía a todo galope en persecución . Isidoro Suárez la dejó pasar y luego ordenó el ataque; de improviso la caballería realista se vio atacada por su flanco descuidado y se desconcertó. Al darse cuenta de este hecho los de la caballería del ejército unido libertador que se encontraba en fuga, empezaron a reagruparse y volver al ataque. Los realistas no pudieron aguantar tan inesperada reacción y empezaron el desbande, perseguidos por los Húsares del Perú, Granaderos de Colombia, Regimiento de Granaderos a Caballo y Húsares de Colombia. 
Por sus meritos fue ascendido a coronel y el nombre de su escuadrón fue cambiado por Bolivar a Húsares de Junín, actualmente la escolta presidencial del Perú, a cuya cabeza volvió a combatir en la batalla de Ayacucho. 
Acusado de intentar derrocar a Bolívar, junto con otros muchos oficiales argentinos, fue arrestado y expulsado del Perú. Durante algún tiempo residió en Chile. 



Dice Borges de su bisabuelo el Coronel Isidoro Suárez :
Se llamaba Manuel Isidoro Suárez… Yo tenía unos 18 años cuando falleció mi abuela, que nos contaba las historias de él. Era hijo de Nicolás Suárez y Pérez y de Leonor Merlo y Rubio, nació en la esquina de San Martín y Cangallo, a tres cuadras de la Plaza de Mayo. A los catorce años se enroló como cadete en el Regimiento de Granaderos a Caballo y al año lo nombraron portaestandarte del tercer escuadrón, luego lo hicieron alférez y hacía parte del Ejército de los Andes de San Martín cuando la batalla de Maipú y en la batalla de Junín comandó los Húsares de Perú, un regimiento de caballería peruana y colombiana donde había pocos argentinos, ya San Martín se había ido, estaba a las órdenes de Bolívar y él comandó una carga de caballería que decidió la batalla. La batalla de Junín sería militarmente una escaramuza, sólo duró tres cuartos de hora y no se disparó un solo tiro, fue una batalla entre la caballería patriota y la caballería española y toda la batalla fue entre sable y lanza, y allí mi bisabuelo atravesó con su lanza a un español que había tomado prisionero al Coronel José Valentín de Olavaria, que era un amigo suyo, entonces él vio eso, fue al galope, y lo atravesó al godo, como se decía entonces, y le dio la libertad a su amigo, que era uno de los hombres más valientes del ejército de la independencia, pero, como Carlos XII, había una cosa a la que él le tenía mucho miedo, la oscuridad, no podía dormir en lo oscuro; Carlos XII de Suecia, para mí uno de los hombres más valientes que registra la historia, tenía miedo a la oscuridad también, Olavarría igualmente… Yo he dedicado demasiados poemas a mi bisabuelo, deben ser en verdad borradores… Sucre en las cartas que escribió a Bolívar hizo repetidos elogios de él… Era primo segundo de Rosas pero prefirió el destierro y la pobreza en Montevideo a vivir bajo su dictadura, le confiscaron los bienes y a uno de sus hermanos lo ejecutaron…

La Guerra del Brasil 

Regresó a Buenos Aires en 1827, y por orden del presidente Bernardino Rivadavia fue puesto al mando de un regimiento de lanceros, con el que puso sitio a Colonia, aún en manos brasileñas. Participó también a la campaña de Río Grande, luchando en el combate de Padre Filiberto. 
A su regreso a Buenos Aires, prestó servicios en la frontera contra los indígenas. 

La revolución de Lavalle 
Apoyó la revolución del 1 de diciembre de 1828, dirigida por Juan Lavalle contra el gobernador Manuel Dorrego. Combatió en la batalla de Navarro y participó en la campaña contra las montoneras federales del norte de la provincia de Buenos Aires. 
En febrero de 1829 derrotó al mayor Manuel Mesa y al caudillo Molina en Las Palmitas; en su honor, el gobernador delegado Guillermo Brown llamó al cercano Fuerte Federación con el nombre de Junín, hoy una ciudad importante. 
Después de la caída de Lavalle se exilió en Montevideo. Tuvo una estancia en Mercedes. 
Apoyó las revoluciones de Fructuoso Rivera contra el presidente Manuel Oribe, pero no llegó a combatir en ninguna batalla. 
Después de la batalla de Arroyo Grande, a principios de 1843, comandó una división de dispersos reunidos en Mercedes para intentar impedir el avance de Oribe sobre Montevideo. Fue obligado a refugiarse en la ciudad, donde participó en la defensa contra el sitio que le impuso Oribe. 
Falleció en febrero de 1846 en Montevideo. Curiosamente, sus cenizas fueron mezcladas con la de su amigo, el coronel José Valentín de Olavarría. 
Estuvo casado con Jacinta Haedo. 

Homenajes 
Además del nombre de la ciudad de Junín, también la ciudad de Coronel Suárez — de 30.000 hab — honra la memoria del heroico coronel, como así el partido de Coronel Suárez, división administrativa de la provincia de Buenos Aires. 



Monumento al Cnel. Suarez en el pueblo homónimo (Pcia de Buenos Aires)

Fue bisabuelo de Jorge Luis Borges, quien lo recordó en varios de sus poemas: 
Inscripción sepulcral, poema de Fervor de Buenos Aires, 
Página para recordar al coronel Suárez, vencedor en Junín (El otro, el mismo) 
Coronel Suárez (La moneda de hierro), 
La Recoleta (Atlas). 




Enlaces externos 
Información sobre el coronel argentino 
Wikipedia
Fuente 3

martes, 8 de noviembre de 2016

Grecia: La revolución griega contra los otomanos (1/2)

LA REVOLUCIÓN GRIEGA CONTRA EL DOMINIO OTOMANO
Apuntes de la Historia
Parte 1

En 1821, después de casi cinco siglos de dominio otomano, el pueblo griego, tras experimentar el resurgimiento de los sentimientos nacionalistas espoleado por los intereses rusos, se levantó contra el poder turco iniciando la guerra de independencia de Grecia.

Tras un comienzo de luchas fraticidas entre las distintas facciones griegas y casi una década de brutal represión otomana, Europa no pudo seguir mirando hacia otro lado y, cuando el alzamiento estaba a punto de ser aplastado de forma brutal y definitiva, le tendió la mano que necesitaba.


La Grecia otomana

La historia de hoy comienza siglos antes de su desenlace, con un desastre natural. Un terremoto que tuvo lugar en 1354 en la ciudad (hoy turca) de Galípoli, en la península homónima que forma el lado europeo de los Dardanelos, tristemente famosa por la batalla que en ella se produjo durante la Primera Guerra Mundial.

El Imperio bizantino se hallaba entonces inmerso en una serie de guerras civiles y el Imperio otomano, deseoso de ampliar sus fronteras hacia Europa tras haber ocupado Anatolia, aprovechaba esa debilidad para avanzar con la mirada puesta en Constantinopla.

En esas estábamos, como decía, cuando el 2 de marzo de 1354 se produjo en fuerte terremoto que asoló la costa de Tracia. Localidades enteras quedaron devastadas, y muchas de ellas fueron abandonadas por sus habitantes. Una de las ciudades que más sufrieron el seísmo fue Galípoli.


La caída de Galípoli

El temblor provocó el derrumbe no sólo de la mayor parte de sus edificios sino también de sus murallas. La ciudad, vital para la resistencia frente a la presión otomana por su situación geográfica, fue abandonada por sus habitantes.

Un sismo destruyó en 1354 las murallas de Galípoli, permitiendo a los otomanos entrar en Europa

Pero no permaneció abandonada por mucho tiempo. Menos de un mes después el hijo del sultán otomano cruzó el estrecho con tres mil hombres y todas las familias turcas que pudo reunir en la costa asiática de los Dardanelos y se instaló en la ciudad.

Era lo que los otomanos llevaban tres décadas esperando: una base permanente en Europa, una cabeza de playa que utilizar para comenzar una expansión por el continente, a costa de un Imperio bizantino dividido y en guerra contra sí mismo.


Otomanos en Europa



Las conquistas comenzaron a sucederse. En Adrianópolis, casi un milenio después de que los visigodos derrotaran al Imperio romano de Oriente, batalla que costó la vida al propio emperador Valente, los turcos tomaron la ciudad y la renombraron como Edirne.

Los otomanos establecieron en ella la capital de lo que ya podía considerarse un imperio por derecho propio. Edirne continuó siendo la ciudad principal de su imperio hasta que, menos de un siglo después, pudieron trasladar la capital a la recién conquistada Constantinopla, provocando la extinción del Imperio bizantino e inaugurando una nueva era en Europa.

Cinco siglos de dominio otomano

La llegada de los otomanos supuso en Grecia un movimiento de población sin precedentes. Huyendo del invasor, los griegos abandonaron pueblos y ciudades, refugiándose en zonas que nunca habían tenido ocupación humana debido a la pobreza de los recursos.

La población se refugió en montañas e islas y abandonó los valles, sufriendo unas difíciles condiciones de vida que se vieron agravadas por los caprichos de la administración otomana, a menudo corrupta y siempre represora, que castigaba con brutalidad el más mínimo amago de alzamiento de un pueblo refugiado para poder conservar sus costumbres y tradiciones.

Y así los griegos perdieron la identidad nacional, mantenida sólo por el clero ortodoxo, perdiéndose el nacionalismo ahogado en la lucha por pervivir en zonas paupérrimas bajo un invasor represivo, haciendo que durante más de cuatro siglos el desarrollo económico de Grecia fuera prácticamente nulo.

Aunque no para todos fue igual.

La élite fanariota

La realidad era bien distinta para las élites griegas. La Iglesia ortodoxa había establecido su base en la catedral patriarcal de San Jorge, en el barrio de Fanar, en Constantinopla.


Allí, a su alrededor, se establecieron las familias griegas más prominentes, ocupando puestos en la administración del Patriarcado y convirtiendo Fanar en el principal barrio griego de Constantinopla. Así pasaron a ser conocidos como fanariotas.

Los fanariotas fueron adquiriendo poder y fortuna durante la ocupación otomana, y durante el siglo XVIII alcanzaron altos puestos en la administración del imperio, llegando algunos incluso a ser nombrados voivodas (príncipes) de los principados de Moldavia y Valaquia en la Rumanía otomana.

El resurgimiento del nacionalismo griego

Fue a finales del siglo XVIII cuando el sentimiento nacional griego comenzó a resurgir. Con los fanariotas acumulando poder en Constantinopla, la Iglesia ortodoxa cada vez más rica y encerrada en sus propios ritos y el pueblo griego cada vez más pobre y reprimido, Rusia vio la ocasión de ampliar sus conquistas a costa de un imperio que ya respiraba decadencia.

Y ¿adivinas a quién utilizó Rusia para ello? Sí, ya sé que la respuesta es bastante obvia: a los campesinos griegos. Porque una cosa era que el Imperio otomano estuviera en decadencia, y otra muy distinta hacerse con Constantinopla por las bravas. Y es que ése era, en realidad, el objetivo de Catalina II de Rusia.

En realidad la guerra ruso-turca (la primera, porque hubo otra después) comenzó por el dominio de Ucrania, pero las victorias iniciales de Catalina le hicieron desear la capital otomana. Y su plan para conseguirla fue incitar una rebelión griega.

Primera guerra ruso-turca


Alegoría de la victoria de Catalina sobre los turcos (Stefano Torelli, 1772)

El alzamiento griego finalmente no se produjo y Catalina II se quedó sin Constantinopla, pero algo cambió en la Grecia otomana. Las injerencias cada vez más continuas de Rusia entre los griegos y el Imperio otomano, el descontento con la élite fanariota y la iglesia ortodoxa, alejados de la realidad del pueblo griego, y los aires revolucionarios que comenzaban a llegar de Francia, hicieron que el nacionalismo heleno comenzase a despertar.

Y fue así como, tras cuatro siglos y medio de agachar la cabeza y dedicarse a arar el terruño, el pueblo griego comenzó a desear la libertad.




domingo, 21 de agosto de 2016

Indepedencia: María Remedios del Valle, la Madre de la Patria

“LA MADRE DE LA PATRIA” 
Por: Federico Andahazi




Era mujer, en la época en que ser mujer era una condena. Era negra, cuando ser negra significaba ser esclava. Era pobre, cuando ser pobre era la moneda más frecuente entre los que no tenían una sola moneda ni para comer.
Fue soldado cuando ser soldado significaba dejar el cuerpo en el campo de batalla, aun cuando sobreviviera.
Fue sepultada por el olvido cuando en el panteón de los héroes no entraban las mujeres, ni los negros, ni los pobres, ni los soldados. Y ella fue todo eso junto.
Y a pesar de todo, Belgrano la declaró la madre de la Patria. Pero por la visto, esta patria todavía no puede aceptar que su madre sea negra y pobre.
Todos sabemos quién es el Padre de Patria; ni hace falta mencionarlo. ¿Pero es posible que la mayoría de este pueblo desconozca quién es la madre?
Se llamaba María Remedios del Valle y era parda. Parda, sí, aquella categoría aún vigente entre los que creen, insisto, todavía hoy, en que el color de la piel es una cuestión de casta. Algunos dicen que era afroargentina. Yo prefiero decir que era negra.
Tenía una mirada compasiva que podía volverse fiera como la de las hembras cuando ven peligrar la cría; los ojos tan negros que no se distinguía la pupila del iris, siempre estaban alerta.
Tenía la frente alta, orgullosa, rematada en un pelo mota que formaba un halo como el de las santas, pero no dorado al hoja, sino dibujado con carbonilla.
María Remedios nació en Santa María de los Buenos Aires un día incierto de 1766, ya que la historia ni siquiera tuvo el decoro de preservar la fecha exacta. Se propuso defender este suelo acaso para soñar con una patria que nunca tuvo. Combatió junto al Tercio de Andaluces, uno de los varios grupos de milicianos que expulsó a los ingleses durante las segundas invasiones.
Luego de la Revolución de Mayo, marchó al Alto Perú con el Ejército del Norte. Con su marido y sus dos hijos, uno de ellos adoptado, se incorporó al Regimiento de Artillería de la Patria. Volvió sola. En el campo de batalla quedó toda su familia. No sobrevivieron su esposo ni sus hijos. Ni siquiera los nombres para recordarlos como corresponde.
Lejos de rendirse ante el rigor de la existencia, ahora tenía tres motivos más para seguir luchando. Le suplicó a Manuel Belgrano que le permitiera participar en la batalla de Tucumán. Atado a la disciplina y a los reglamentos militares, Belgrano al principio se negó. Pero esa voz firme y esa mirada aguerrida se impuso y finalmente, desde la retaguardia, llegó al frente de batalla codo a codo con los soldados.
Fue un triunfo decisivo en la lucha por la Independencia. Belgrano pasa revista de la tropa en formación y al llegar a ella, se detiene, le tiende la mano y la nombra capitana de su ejército y Madre de la Patria.
La Negra Remedios Acompañó a Belgrano en la victoria pero, sobre todo, en la derrota.
Cuando fue derrotado en Vilcapugio, María de los Remedios del Valle combatió, recibió una bala y, herida, fue tomada prisionera. Apresada, ayudó a escapar a los jefes patriotas. No le salió gratis: durante nueve días recibió el azote público: la piel negra se tiñó con la sangre roja y le quedó ese estigma para siempre como un trofeo de guerra. Consiguió escapar y se unió a las tropas de Güemes.
Una anciana indigente, busca cobijo en la recova del Cabildo, un lugar de paseo terminada la guerra por la Independencia, ya en tiempos menos convulsionados.
La anciana extiende su palma blanca para recibir la limosna de los viandantes. Una palma blanca y vacía que contrasta con los ojos negros en los que no se distingue la pupila del iris.
Alguien se detiene y cree ver en esa vieja negra, pobre de toda pobreza a una antigua conocida. El hombre es el general Viamonte.: «¡Usted es la Capitana, la que nos acompañó al Alto Perú, es una heroína!», exclama emocionado el ahora diputado.
La negra Remedios Del Valle, que mal podía esconder las cicatrices en el brazo, le cuenta cuántas veces había llamado a la puerta de su casa para saludarlo, pero el personal doméstico la había echado como a una pordiosera.
En estos días en los que tenemos que escuchar a otra señora, una que se dice perseguida y no sabe cómo justificar sus cuentas en dólares y en pesos, sus plazos fijos y sus cajas de seguridad, quiero recordar que esta patria ya tiene una madre
Una madre que enterró a su amor y a sus hijos en el campo de batalla, una madre que no tenía nada, que era negra, que era pobre y que tenía las palmas de las manos blancas como lo son las palmas de los negros: claras… Y sobre todo, vacías.

miércoles, 17 de agosto de 2016

San Martín: Observaciones del más grande de los argentinos

Qué decían sobre San Martín quienes lo conocieron y trataron
Amigos, subordinados y agentes extranjeros han dejado testimonio de su trato con el Libertador en diferentes circunstancias de su vida. Aquí un retrato del “Aníbal de los Andes” a través de esos recuerdos


El General José de San Martín

Los extractos de testimonios que se reproducen aquí fueron compilados en su mayoría por José Luis Busaniche en el libro –lamentablemente agotado- San Martín visto por sus contemporáneos. El informe de Bowles al Almirantazgo británico fue publicado por Ricardo Piccirilli en San Martín y la política de los pueblos (Ed. Cure, 1957).


Informe al Almirantazgo británico del Comodoro William Bowles, comandante en jefe de la estación sudamericana de la Armada Real (año 1818)

Quizás no carezca de interés si concluyo este despacho con un pequeño boceto de la persona que ha sido su principal sujeto y que ciertamente no tiene igual al presente, en esta parte de América del Sur, sea por su influencia o por su talento. […]

El general San Martín tiene como cuarenta y cinco años; alto, reciamente constituido, de tez obscura y notable porte. Es perfecta su buena crianza y extremadamente placentero en sus modales y conversación. Su modo de vida es en sumo grado simple y austero y raramente se sienta siquiera a la mesa, comiendo en pocos minutos cualquier vianda que acontece estar lista cuando se siente con hambre. Se dedica laboriosamente a los asuntos, no tolerando que nada escape a su personal atención y llevando toda la correspondencia oficial sin ayuda de terceros.

 Desdeña el dinero, aunque si sus miras hubieran sido interesadas o personales, hubiese podido fácilmente amasar una voluminosa fortuna
Su única diversión es la práctica de tiro; de lo cual se paga mucho, declarando siempre su intención de retirarse de los negocios públicos en cuanto se concluya la guerra. Desdeña el dinero, y creo que está muy poco más rico que cuando yo vine a este país, aunque, si sus miras hubieran sido interesadas o personales, hubiese podido fácilmente amasar una voluminosa fortuna desde su entrada a Chile. Es ilustrado, lee mucho y posee mucha información general. Su concepción política es amplia y liberal, y lo es particularmente respecto del comercio, que entiende bien (…)

San Martín es extremadamente bien querido por todas las clases de su ejército, como que, con ser rigurosa su disciplina, sabe conciliar su respeto así como obtener su obediencia. […] Su salud es mala y está sujeto a violentas hemorragias pulmonares, lo que es consecuencia de una caída del caballo hace algunos años. Sólo es de esperar que la pacificación de este país tenga efecto antes de que pierda el único hombre en cuya integridad y desinterés se puede depositar confianza y cuya muerte sería seguida probablemente por nuevas escenas de anarquía y confusión.[…]


Testimonio del Capitán Basilio Hall, "viajero" inglés, probablemente espía (año 1920)

 Nunca he visto persona cuyo trato seductor fuese más irresistible
A primera vista había poco que llamara la atención en su aspecto, pero cuando se puso de pie y empezó a hablar, su superioridad fue evidente. Es hombre hermoso, alto, erguido, bien proporcionado. Es sumamente cortés y sencillo, sin afectación en sus maneras, excesivamente cordial e insinuante y poseído evidentemente de gran bondad de carácter; en suma, nunca he visto persona cuyo trato seductor fuese más irresistible. En la conversación abordaba inmediatamente los tópicos sustanciales, desdeñando perder el tiempo en detalles; (…) mostraba admirables recursos en la argumentación… pero su manera tranquila era no menos sorprendente y reveladora de una inteligencia poco común.


Retrato de San Martín, por Samuel Haigh, viajero inglés  (año 1817)

 Me impresionó mucho el aspecto de este Aníbal de Los Andes
Esa noche  [N. de la E.: de mayo de 1817, en Santiago de Chile, durante un agasajo al comodoro Bowles, de la armada inglesa, cuya fragata estaba anclada en Valparaíso] fui presentado al general San Martín por míster Ricardo Price y me impresionó mucho el aspecto de este Aníbal de Los Andes. Es de elevada estatura y bien formado, y todo su aspecto sumamente militar: su semblante es muy expresivo, color aceitunado obscuro, cabello negro, y grandes patillas sin bigote; sus ojos grandes y negros tienen un fuego y animación que se harían notables en cualesquiera circunstancias. Es muy caballeresco en su porte, y cuando le vi conversaba con la mayor soltura y afabilidad con los que le rodeaban; me recibió con mucha cordialidad, pues es muy partidario de la nación inglesa.  (…)

Muchos de mis compatriotas estaban en el ejército patriota y entre los presentes a la reunión se contaban el capitán O'Brien y los tenientes Bownes y Lebas; estos habían estado en la batalla de Chacabuco.  [Extractado de Bosquejos de Buenos Aires , Chile y el Perú]


San Martín visto por un agente norteamericano –  W.G.D. Worthington (envía un informe a su Ministro en Washington; este documento se encuentra en los archivos de la diplomacia estadounidense)

San Martín es una personalidad sobre la cual es necesario que usted tenga todos los datos que estoy en condiciones de hacerle conocer, aunque no sean muy prolijos y nada parecido a una biografía regular. Sin embargo, trataré de esbozar algunos de sus rasgos más salientes. Es nativo de la región del Virreinato de Buenos Aires colonizada en forma tan original por los jesuitas y que se llama el territorio de Misiones. San Martín vio la luz en un pueblo denominado Yapeyú. Tiene, según creo, 39 años; es hombre muy bien proporcionado, ni muy robusto ni tampoco delgado, más bien enjuto; su estatura es de casi seis pies, cutis muy amarillento, pelo negro y recio, ojos también negros, vivos, inquietos y penetrantes, nariz aquilina; el mentón y la boca, cuando sonríe, adquieren una expresión singularmente simpática. Tiene maneras distinguidas y cultas y la réplica tan viva como el pensamiento.



 Es sencillo y enemigo de la ostentación en el vestir, y no le tienta la pompa ni el fausto
Es valiente, desprendido en cuestiones de dinero, sobrio en el comer y el beber (…). Es sencillo y enemigo de la ostentación en el vestir, decididamente retraído y no le tienta la pompa ni el fausto. Aunque un tanto receloso y suspicaz, creo que esta personalidad sobrepasa las circunstancias de tiempo en que le ha tocado actuar y las personalidades con quienes colabora. Habla francés y español y fue ayudante del Marqués de la Solana en la guerra peninsular. (…)

Confía mucho, según creo, en sus cualidades de estratego como militar y en su sagacidad y fineza en materia de partidos y de política; sin embargo parece haber encontrado en sus cualidades militares los mejores y más eficaces medios para seguir adelante. Me temo que si lo hacen Director, en Buenos Aires no tardará en descubrir algún complot y si ocupa el sillón de gobernante aunque sea por un año, su salud, lo mismo que su fama, sufrirán mucho, si no resultan destruidas para siempre. Cuando se concentra demasiado en asuntos políticos y diplomáticos, suele sufrir hemorragia de los pulmones y es de natural predispuesto a la melancolía, con alguna sombra de superstición. (…)

Mi primera entrevista con él tuvo lugar después del desastre de Talca (Cancha Rayada). Me pareció que lo había conmovido mucho, pero lo soportaba como un hombre. (…)

Vi a San Martín después de la batalla de Maipú, porque estuve por la noche a congratular al Director (Bernardo de O'Higgins). San Martín estaba sentado a su derecha. Me pareció despreocupado y tranquilo. Vestía un sencillo levitón azul. Al felicitarlo muy particularmente por el reciente suceso, sonriendo con modestia, me contestó: -Es la suerte de la guerra, nada más.

 Lo considero el hombre más grande de los que he visto en la América del Sur
Acompaño a Usted la proclama que dio después de la derrota de Cancha Rayada; me parece que es una muestra de sinceridad, no diferente al reconocimiento que hizo Napoleón de su desastre en la Campaña de Rusia. (…)

Con lo que dejo escrito estará usted en condiciones de formar una opinión sobre el Héroe de los Andes, a quien considero el hombre más grande de los que he visto en la América del Sur; creo que, de haber nacido entre nosotros, se hubiera distinguido entre los republicanos; creo también que, si se dirige al Perú, habrá de emanciparlo y que será el jefe de la Gran Confederación.



Retrato físico y moral del general San Martín, por Jerónimo Espejo (subordinado del Libertador en las campañas de Chile y Perú)
El general San Martín era de una estatura más que regular; su color, moreno, tostado por las intemperies; nariz aguileña, grande y curva; ojos negros grandes y pestañas largas; su mirada era vivísima; ni un solo momento estaban quietos aquellos ojos; era una vibración continua la de aquella vista de águila: recorría cuanto le rodeaba con la velocidad del rayo, y hacía un rápido examen de las personas, sin que se le escaparan aún los pormenores más menudos. Este conjunto era armonizado por cierto aire risueño, que le captaba muchas simpatías. El grueso de su cuerpo era proporcional a su estatura, y además muy derecho, garboso, de pecho saliente; tenía cierta estructura que revelaba al hombre robusto, al soldado de campaña. Su cabeza no era grande, más bien era pequeña, pero bien formada; sus orejas medianas, redondas y asentadas a la cabeza; esta figura se descubría por entero por el poco pelo que usaba, negro, lacio, corto y peinado a la izquierda, como lo llevaban todos los patriotas de los primeros tiempos de la revolución.

 Su trato era fácil, franco y sin afectación. Jamás se le escapaba una palabra descomedida o que pudiese humillar
Su boca era pequeña: sus labios algo acarminados, con una dentadura blanca y pareja; (…) Lo más pronunciado de su rostro eran unas cejas arqueadas, renegridas y bien pobladas. (…)

Su voz era entonada, de un timbre claro y varonil, pero suave y penetrante, y su pronunciación precisa y cadenciosa. Hablaba muy bien el español y también el francés (dice Pueyrredón) aunque con un si es no es de balbuciente. Cuando hablaba, era siempre con atractiva afabilidad, aun en los casos en que tuviera que revestirse de autoridad. Su trato era fácil, franco y sin afectación, pero siempre dejándose percibir ese espíritu de superioridad que ha guiado todas las acciones de su vida. Tanto en sus conversaciones familiares cuanto en los casos de corrección, cargo o reconversión a cualquier subalterno suyo, jamás se le escapaba una palabra descomedida o que pudiese humillar el amor propio individual; elegía siempre el estilo persuasivo aunque con frases enérgicas, de lo que resultaba que el oficial salía de su presencia convencido y satisfecho y con un grado más de afección hacia su persona.

 Como político, era observador, creador, administrador. De una laboriosidad infatigable, y popular en sumo grado
Jamás prometía alguna cosa que no cumpliera con exactitud y religiosidad. Su palabra era sagrada. Así todos, jefes, oficiales y tropa, teníamos una fe ciega en sus promesas. (…)

El general San Martín era de una inteligencia perspicaz, discreta y privilegiada. Como militar era tan diestro como experimentado en el servicio de campaña: estratégico como pocos; matemático hasta para las trivialidades; y previsor sin igual. (…) Como político, era observador, creador, administrador, con una pureza y tacto exquisitos. De una laboriosidad infatigable, y popular en sumo grado. Estas eran las cualidades que lo hacían apto para el mando.