Mostrando entradas con la etiqueta Guerra Civil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra Civil. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de noviembre de 2017

Conquista del desierto: Un regimiento espartano

Un regimiento espartano




Cuando la revolución de 1874, las fronteras habían quedado completamente abandonadas porque las tropas que guarnecían habían acudido al llamado del Gobierno, unas, mientras las otras se habían plegado a la revolución, siguiendo al prestigioso general Rivas.  En el fuerte General Paz, comandancia de la frontera Oeste, no había quedado un solo soldado susceptible de dar un paso.  Todos habían marchado al campamento de Mercedes con el benemérito coronel Lagos, jefe de aquella frontera.

La noticia de la revolución los había tomado ignorantes de todo; el Regimiento 2 venía de corretear unos indios, recibiendo Lagos en la marcha, la noticia de lo que sucedía en Buenos Aires.  Llegó al campamento, hizo montar a caballo inmediatamente la fuerza que allí quedaba y se puso en marcha hacia Chivilcoy, a esperar órdenes, o ver qué giros tomaban los sucesos.

Cada cual salió con lo puesto, considerándose feliz el que pudo echarse una muda de ropa a los tientos, por lo que pudiera suceder.  Nadie sabía a dónde iba, lo que sucedía y cuánto duraría aquella marcha precipitada.  Todo quedó abierto y tirado, y a disposición del primero que quisiera agarrarlo.  Allí quedaban la ropa, las armas de repuesto, las camas, y hasta la correspondencia amorosa.  Los quillangos comprados a los indios para traerlos a sus novias unos y a sus madres otros, los retratos de familia y de amor, todo, en fin, quedaba a la vista y a disposición del primer indio que allí entrara.

En el hospital no había más que un soldado moribundo de fiebre maligna, el loco Echeverría, con una indigestión de maíz, y dos soldados más, enfermos de golpes de caballo que les privaban de todo movimiento.

Los buenos milicos se despidieron de sus consortes, que quedaban allí a cuidar las cuadras, los oficiales saludaron aquellas covachas donde dejaban su tesoro y la columna se puso en marcha, con gran espanto del médico Franceschi, que no sabía andar a caballo y temía lo basureara el mancarrón.

El abandono era peligroso, porque el campamento quedaba situado entre las tribus amigas, que no por ser amigos dejaban de ser indios: Manuel Grande, Coliqueo y Tripailaf.

Allí quedaban armamento en desuso, polvorín bien provisto y casuchas como la del coronel Lagos, que guardaba cuanto tenía éste, y que no había querido llevar nada para quedar en iguales condiciones a sus oficiales.

No había más amparo que la negra Carmen, sargento primero del 2 de Caballería, y a ella se la nombró jefe de la frontera mientras duraba la ausencia del coronel Lagos.  Era mamá Carmen el único sargento primero que quedaba en el campamento, y a ella le correspondía el comando accidental de la frontera.

La pequeña columna se puso en marcha, y mama Carmen se quedó dando sus primeras órdenes para arreglar el servicio de vigilancia.  Los vivanderos encajonaban apresuradamente sus limetas y galletas revenidas, para apretarse el gorro sobre tablas, porque podían entrar los indios, que son, por lo general, malos marchantes.

Sevilla, Bastos, don Pedro, todos andaban apuradísimos en arreglar sus efectos, cuando sentimos, ya al salir del campamento, la voz sonora de mamá Carmen, que dirigiéndose a Bastos le decía:

- ¡Que se quede ése que se llama como baraja!  No quiero que se vaya, porque por un flojo no nos hemos de quedar sin ginebra ni vicio de entretenimiento.
- ¡Que se quede mi pulpería! –gritó Bastos-, pues mis matambres los pongo en salvo.

Y uniendo la acción a la palabra, vino a formar a retaguardia de la columna, mientras mamá Carmen ponía de guardia en la pulpería de Bastos a la mujer del sargento Romero, una negra buena moza, más grande que un rancho.

La columna siguió la marcha en medio de las más alegres carcajadas, marcha que fue un verdadero vía crucis para el médico Franceschi, quien, como Cristo, no hacía sino caer y levantarse para volver a caer.

Aquella misma tarde mamá Carmen vistió con uniforme de tropa a todas las mujeres que quedaron en el campamento, para que en un caso dado pudiera fingirse un piquete dejado de guarnición en él.  En el mangrullo había dos piecitas de bronce, la misma que tomó Arredondo en San Ignacio, y que estaban en buen estado de servicio.  En aquel mangrullo estaban perfectamente seguras, pues levantando la tabla no había quien trepara a la estrella, y en último caso, mama Carmen sabía manejar las piezas con bastante acierto.

Allí subían a dormir de noche, estableciéndose de día la más estricta vigilancia.  Los indios amigos veían a la distancia que en el campamento habían quedado soldados y no se atrevieron a ir.

Manuel Grande era un cacique que siempre había sido leal al gobierno y que protegía al campamento en cualquier caso de apuro.

Una siesta en la que mamá Carmen estaba entregada con sus amigas y soldados ya mejorados a las delicias de una carne con cuero, sintieron a la centinela que gritaba:

- ¡Indios en el fortín Luna!

Medio atorándose con un bocadote matambre, mamá Carmen mandó formar sobre el mangrullo y subió ella misma a preparar las piezas.  Efectivamente; a la derecha del campamento se veía una indiada que avanzaba con el mayor descuido, como si supiera que el campamento estaba abandonado.

Los caballos estaban atados a la estaca y nada acusaba la presencia de tropas.  La negra Carmen cargó las piezas, levantó la tabla y se escondió como las demás mujeres detrás del parapeto.

Los dos soldados tenían su carabina con su dotación de tiros, otra carabina mamá Carmen y otras dos tenían la mujer del sargento Romero y la mujer del trompa Martinone.

Los indios, que sin duda estaban convencidos de que no había nadie, entraron alegremente y mirando a todas partes, como si quisieran descubrir el paraje que debían asaltar primero.  Aquí fue donde mamá Carmen hizo asomar a sus tiradores, asomando ella misma, y rompiendo el fuego sobre los indios.

Aturdidos y aterrados por aquel inesperado fuego de fusilería, los indios se hicieron una pelota y salieron del cuadro dando alaridos terribles.  Mamá Carmen, que los vio hechos un pelotón que no atinaba por dónde romper, hizo un disparo de artillería que concluyó por aterrarlos.  Al segundo cañonazo los indios se ponían en fuga, dejando dos heridos dentro del mismo campamento.

Mamá Carmen salió entonces del mangrullo seguida de los dos soldados, montó a caballo y se puso en persecución de los derrotados, haciéndoles frecuentes tiros de carabina.  Si los indios volvían, siempre tendría ella tiempo de volver al mangrullo a jugar su artillería.

Pero los indios no atinaban a volver; los disparos de las piezas los había llenado de espanto y sólo trataban de ponerse a salvo.  Tres indios que fueron alcanzados, en un trayecto de veinte cuadras que duró aquella persecución, los ató mamá Carmen y los trajo al mangrullo, diciéndoles:

- No tengan cuidado, hijitos: aquí quedarán hasta que vuelva el coronel y diga lo que ha de hacerse.

Cuando los indios vieron que allí no había más que mujeres, querían morirse de desesperación; pero no había remedio, pues estaban fuertemente amarrados al mangrullo.

Así se libró de ser invadido el fuerte General Paz, durante el tiempo que duró la revolución.

Cuando regreso la división del coronel Lagos, halló los tres prisioneros, guardados por aquel cómico destacamento.  No faltaba ni una hilacha; todo se había salvado, gracias al valor y previsión de mamá Carmen.

Fuente

Gutiérrez, Eduardo – Croquis y siluetas militares – Buenos Aires (2005)

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar 

domingo, 12 de noviembre de 2017

Biografía: Von Holmberg, un austríaco suelto en Argentina

Edouard Ladislaus Kaunitz Von Holmberg

Revisionistas


Coronel Edouard Ladislaus Kaunitz Von Holmberg (1778-1853)

Descendiente de antigua familia de Moravia, nació en Tirol en el año 1778. Era hijo de Eduardo Kaunitz Holmberg y Margarita von Elzen. Ingresó en el ejército imperial alemán, y la revolución tirolesa de 1809, lo contó entre sus sostenedores, muriendo en ella su padre y hermanos.

Fue capitán de la Legión Extranjera en España. Alcanzó el grado de teniente coronel de las Guardias Walonas. Hallándose en Inglaterra conoció a varios militares argentinos, y simpatizando con la causa de la revolución americana, se embarcó en el “George Canning”, conjuntamente con Alvear, San Martín, Zapiola y otros, con los cuales llegó a Buenos Aires, el 9 de marzo de 1812.

Fue dado de alta en el Ejército del Norte, que mandaba el general Manuel Belgrano, de quien llegó a ser consejero, según afirma José María Paz en sus Memorias. Fue designado Jefe de Estado Mayor en lo concerniente a Artillería e Ingenieros, y bajo sus órdenes se puso el Parque y la Maestranza de Ejército.

Trasladado a Jujuy, se incorporó al servicio, y tuvo el honor de llevar en sus manos la primera bandera argentina cuando Belgrano, su creador, la hizo bendecir en ese lugar, el 25 de mayo de 1812.

Trabajó intensamente para poner en condiciones el Parque y la Maestranza, y en la marcha hacia Tucumán recibió la comunicación del gobierno de Buenos Aires acordándole la ciudadanía el 28 de agosto de 1812.

Se halló en el combate de Las Piedras, y poco después, en la batalla de Tucumán, donde se estrenaron obuses y morteros construidos bajo su dirección.

Una de las cosas que más contribuyó a captarle la confianza del general Belgrano, fue el empeño que manifestaba en establecer una disciplina severa, llegando al extremo de querer aplicar a nuestros ejércitos los rigores de la disciplina alemana. De esta manera, se hizo odioso en el ejército, desprestigiándose aún más, por la protección que Belgrano le dispensaba. Por las desinteligencias que tuvo fue separado del mando, y Belgrano lo trasladó a Buenos Aires de un modo muy desairado.

El 19 de diciembre de 1812, el gobierno le encomendó la prosecución de los trabajos para artillar la batería de Punta Gorda, en Entre Ríos, que en marzo de 1813, entregó al teniente coronel Herrera. El 9 de agosto fue ascendido a coronel graduado y nombrado comandante de las baterías del Sitio de Montevideo, en clase de ingeniero, pero no se hizo cargo del mismo. Proyectó la instrucción de oficiales en esa materia, y en dicho año, se le confió la organización del primer regimiento de zapadores que fue incorporado al regimiento de Granaderos de Infantería. Nombrado jefe de la fuerza militar de Santa Fe, ejecutó un plan de defensa de esa ciudad la que consideró como una fortaleza natural.

En 1814, fue comisionado para que marchase a la provincia de Entre Ríos y tratase de batir a las fuerzas de Artigas. Atacado en febrero de ese año, en el Arroyo del Espinillo por las tropas de Hereñú y las orientales de Latorre, sufrió una aplastante derrota por el número superior de hombres, pero en su parte exaltó el comportamiento de los oficiales que lo acompañaban. Tenazmente perseguido por la montonera, se acordó capitular con el enemigo, con tal de regresar a Santa Fe. Con la llegada del comandante artiguista Otorgués y frente a las bajas experimentadas, Holmberg fue tomado prisionero. Elevó el parte de la batalla, el 17 de mayo de 1814, y poco después, obtuvo su libertad.

Pasó al ejército sitiador de Montevideo, donde se hizo cargo de la compañía de Zapadores, y al rendirse la plaza, por orden de Alvear recibió bajo inventario todo el material de guerra entregado por los realistas.

A fines de junio de 1815, regresó a Buenos Aires para quedar agregado al Estado Mayor, y en agosto fue nombrado Juez Fiscal del Tribunal Militar, cargo que desempeñaba en 1818. Con anterioridad, intervino como fiscal en el sumario contra el coronel Miguel Arauz y el general Eusebio Valdenegro. Destinado a La Rioja permaneció hasta julio de 1819, en que volvió a Buenos Aires, siendo nombrado jefe del Departamento de Artillería e Ingenieros.

Formó parte del ejército de Soler en febrero de 1820, del cual fue primer ayudante, y en tal carácter, firmó la famosa intimación que aquél envió desde el Puente de Márquez, al Cabildo porteño. Después de estos sucesos, lo desterró a la Isla Martín García.

En 1821, recibió órdenes para la construcción de fortines en el Salto, Rojas y Pergamino, y en 1822, fue reformado.

Se incorporó en 1826, cuando estalló la guerra con el Brasil, siendo comisionado para la construcción de una batería en Punta Lara. En 1826, revistó como comandante del Parque, y al año siguiente, fue destinado al Batallón de Artillería de Buenos Aires. Terminada la guerra, pasó de nuevo a su situación de reformado; fue dado de baja en 1828.

Llamado al servicio por tercera vez en 1832, fue agregado a la Sub-inspección de Campaña de la provincia de Buenos Aires, como coronel de artillería, y en 1834, se le dio de baja.

Entregado a la vida civil, su amplia cultura y la recia formación de su temple le permitieron desenvolverse con facilidad. Había fundado una quinta, que con el tiempo, fue de las mejores y más famosas de la ciudad. Se encontraba ubicada donde ahora se halla la avenida Santa Fe en su intersección con Scalabrini Ortiz. Posteriormente, se transformó en un establecimiento forestal, donde sobresalieron las colecciones de rosas. Introdujo nuevas variedades florísticas, siendo visitada por Bonpland, Juan Manuel de Rosas y Manuelita. Mantuvo contacto personal con Urquiza, a quien le vendió algunas plantas para el Palacio de San José.

Volvió a prestar servicios en forma ocasional, pues el 30 de marzo de 1843, el bergantín “Casualidad” lo condujo al campo sitiador de Oribe enviado por Rosas para arreglar la artillería del ejército que había iniciado el asedio de Montevideo. Luego, en 1844, figuró en el Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación, con el grado de coronel.

Falleció en Buenos Aires, el 24 de octubre de 1853. Contrajo matrimonio el 4 de diciembre de 1813 con María Antonia Balbastro Albín (1795-1842), prima hermana del general Alvear. Tuvo cuatro hijos: Eduardo, Camilo, Petrona y Amalia. Una calle de Buenos Aires lleva su nombre.

Fuente

Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1971).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar

Se permite la reproducción citando la

domingo, 1 de octubre de 2017

Catalunya: Guerra dels Segadors (1640)

Sublevación de Cataluña (1640)

Wikipedia


La sublevación de Cataluña, revuelta de los catalanes, guerra de Cataluña o guerra de los Segadores (guerra dels Segadors, en catalán) afectó a gran parte de Cataluña entre los años 1640 y 1652. Tuvo como efecto más duradero la firma de la Paz de los Pirineos entre la monarquía hispánica y el rey de Francia, pasando el condado del Rosellón y la mitad del de la Cerdaña, hasta aquel momento partes integrantes del principado de Cataluña, uno de los territorios de la monarquía hispánica, a soberanía francesa.

La sublevación comienza con el Corpus de Sangre del 7 de junio de 1640, explosión de violencia en Barcelona —cuyo hecho más trascendente es el asesinato del conde de Santa Coloma, noble catalán y virrey de Cataluña— protagonizada por campesinos y segadors ('segadores') que se han sublevado debido a los abusos cometidos por el ejército real —compuesto por mercenarios de diversas procedencias— desplegado en el Principado a causa de la guerra con la Monarquía de Francia, enmarcada dentro de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648).


Batalla de Montjuic

Antecedentes

La «decadencia» de Castilla y la crisis de la hacienda real

A principios del siglo XVII, la situación de Castilla —de donde hasta entonces habían salido los hombres y los impuestos que necesitaron Carlos I y Felipe II para su política hegemónica en Europa— ya no era la misma que la del siglo anterior. Como ha señalado Joseph Pérez, Castilla "se hallaba exhausta, arruinada, agobiada después de un siglo de guerras casi continuas. Su población había mermado en proporción alarmante; su economía se venía abajo; las flotas de Indias que llevaban la plata a España llegaban muchas veces tarde, cuando llegaban, y las remesas tampoco eran las de antes".1​

La difícil situación de Castilla y la caída de las remesas de metales preciosos de las Indias tuvo una repercusión inmediata en los ingresos de la Hacienda real, cuya crisis se vio agravada en 1618 cuando comenzó la que sería llamada guerra de los Treinta Años y cuando en 1621 expiró la Tregua de los Doce Años con las Provincias Unidas —reanudándose así la guerra de los Ochenta Años—. Esa compleja situación es la que tuvieron que afrontar el nuevo rey Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares.


El proyecto de Olivares: el memorial secreto de 1624 y la Unión de Armas

El proyecto de Olivares, resumido en su aforismo Multa regna, sed una lex («Muchos reinos, pero una ley»),3​ que era sin duda la ley de Castilla, donde el poder del rey era más efectivo que en cualquier "provincia" que mantuviese sus tradicionales "libertades", implicaba modificar el modelo político de monarquía compuesta de los Austrias en el sentido de uniformizar las leyes e instituciones de sus reinos. Esta política fue plasmada en el famoso memorial secreto preparado por Olivares para Felipe IV, fechado el 25 de diciembre de 1624, cuyo párrafo clave decía:

Tenga Vuestra Majestad por el negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España: quiero decir, Señor, que no se contente Vuestra Majestad con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona, sino que trabaje y piense, con consejo mudado y secreto, por reducir estas reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia, que si Vuestra Majestad lo alcanza será el Príncipe más poderoso del mundo.

Como este proyecto requería tiempo y las necesidades de la Hacienda eran acuciantes, el Conde-Duque presentó oficialmente en 1626 un proyecto menos ambicioso pero igualmente innovador, la Unión de Armas, según el cual todos los "Reinos, Estados y Señoríos" de la Monarquía Hispánica contribuirían en hombres y en dinero a su defensa, en proporción a su población y a su riqueza. Así la Corona de Castilla y su Imperio de las Indias aportarían 44 000 soldados; el Principado de Cataluña, el Reino de Portugal y el Reino de Nápoles, 16 000 cada uno; los Países Bajos del sur, 12 000; el Reino de Aragón, 10 000; el Ducado de Milán, 8000; y el Reino de Valencia y el Reino de Sicilia, 6000 cada uno, hasta totalizar un ejército de 140 000 hombres. El conde-duque pretendía hacer frente así a las obligaciones militares que la Monarquía de la Casa de Austria había contraído. Sin embargo, el conde-duque era consciente de la dificultad del proyecto ya que tendría que conseguir la aceptación del mismo par las instituciones propias de cada Estado —singularmente de sus Cortes—, y éstas eran muy celosas de sus fueros y privilegios.

Con la Unión de Armas Olivares retomaba las ideas de los arbitristas castellanos que desde principios del siglo XVII, cuando se hizo evidente la «decadencia» de Castilla, habían propuesto que las cargas de la Monarquía fueran compartidas por el resto de los reinos no castellanos.nota 1​ Unas ideas que cuando empezó la Guerra de los Treinta Años fueron también asumidas por el Consejo de Hacienda y el Consejo de Castilla. Este último en una «consulta» del 1 de febrero de 1619 afirmó que las otras "provincias", «fuera justo que se ofrecieran, y aun se les pidiera ayudaran con algún socorro, y que no cayera todo el peso y carga sobre un sujeto tan flaco y tan desuntanciado», en referencia a la Corona de Castilla.5​ Sin embargo, la opinión que tenían los arbitristas y los consejos castellanos sobre la escasa contribución de los estados de la Corona de Aragón a los gastos de la Monarquía no se ajustaba completamente a la realidad, además de que los castellanos sobrestimaban la población y la riqueza de los reinos y estados no castellanos, una idea que también compartía el Conde-Duque de Olivares.6​


La oposición de Cataluña a la Unión de Armas: las Cortes inacabadas de 1626 y 1632

Mientras en la corte de Madrid la Unión de Armas fue recibida con grandes elogios —«único medio para la sustentación y restauración de la monarquía»—, en los estados no castellanos ocurrió lo contrario, conscientes de que si se aprobaba tendrían que contribuir regularmente con tropas y dinero, y de que supondría una violación de sus fueros, ya que en todos ellos, como ha señalado Elliott, «reglas muy estrictas disponían el reclutamiento y la utilización de las tropas».7​

Según Joseph Pérez, la oposición de los estados no castellanos a la Unión de Armas se debió, en primer lugar, a que el cambio que se proponía «era demasiado fuerte como para ser aceptado sin resistencia» por unos "reinos y señoríos que habían disfrutado desde siglo y medio de una autonomía casi total"; y, en segundo lugar, porque "el propósito de crear un nación unida y solidaria venía demasiado tarde: se proponía a las provincias no castellanas participar en una política que estaba hundiendo a Castilla cuando no se le había dado parte ni en los provechos ni en el prestigio que aquella política reportó a los castellanos, si los hubo".8​

Para la aprobación de la Unión de Armas el rey Felipe IV convocó para principios de 1626 Cortes del Reino de Aragón, que se celebrarían en Barbastro; Cortes del Reino de Valencia, a celebrar en Monzón, y Cortes catalanas, que se reunirían en Barcelona.nota 2​ En las del Reino de Valencia Olivares tuvo que cambiar sus planes y aceptar un subsidio, que las Cortes concedieron de mala gana, de un millón de ducados que serviría para mantener a 1.000 soldados —lejos, pues, de los 6.000 previstos— que se pagaría en quince plazos anuales —72.000 ducados cada año—. De las Cortes del reino de Aragón obtuvo dos mil voluntarios durante quince años, o los 144.000 ducados anuales con los que se pagaría esa cantidad de hombres —muy lejos también de la cifra de 10.000 soldados prevista por Olivares para el reino de Aragón—.9​

El 26 de marzo de 1626 Felipe IV hizo su entrada triunfal en Barcelona y al día siguiente juró las Constituciones catalanas. Poco después se inauguraron las cortes catalanas con la lectura de la proposición real preparada por Salvador Fontanet y que fue leída por el protonotario Jerónimo de Villanueva:10​

Catalanes míos, vuestro conde llega a vuestras puertas acometido e irritado de sus enemigos, no a proponeros que le deis hacienda para gastar en dádivas vanas [...] Hijos, una y mil veces os digo y os repito que no sólo [no] quiero quitaros vuestros fueros, favores e inmunidades [...] os propongo el resucitar la gloria de vuestra nación y el nombre que tantos años ha está en olvido y que tanto fue el terror y la opinión común de Europa.
Sin embargo, estas palabras no ablandaron la oposición de los tres braços a la Unión de Armas, ni siquiera cuando Olivares propuso cambiar los soldados por un "servicio" de 250.000 ducados anuales durante quince años, o por un "servicio" único de más de tres millones de ducados. Los braços estaban más interesados en que se aprobaran sus propuestas de nuevas "Constituciones" y que se atendieran los "greuges" ('quejas') contra los oficiales reales que se habían acumulado desde la celebración de las últimas cortes catalanas en 1599. Como las sesiones se alargaban sin que se llegara a tratar el tema que le había llevado allí —la Unión de Armas—, el rey Felipe IV abandonó precipitadamente Barcelona el 4 de mayo de 1626 sin clausurar las Cortes.11​


El Conde Duque de Olivares, por Velázquez, 1632. Aparece un valido de gesto decidido en la cúspide de su poder y del de la Monarquía Hispánica, con el bastón de mando militar, en un cuadro que es pendant con uno de composición simétrica del propio rey, ambos en el Museo del Prado.

Olivares creyó que podría llegar a un acuerdo concediendo ciertas ventajas en cooperación militar por el Mediterráneo, pero no contó con la lentitud de las Cortes para sopesar su propuesta. Para colmo, un desaire protocolario a un principal noble catalán también influyó en aumentar el resentimiento de la facción más opuesta a Olivares (una disputa por la prelación a la hora de establecer los puestos en la comitiva del rey terminó sentando al almirante de Castilla en vez del duque de Cardona, hasta entonces principal valedor del rey en Cataluña, que incluso había llegado al extremo de cruzar su espada en una sesión de las cortes con el conde de Santa Coloma). Al desentendimiento entre la élite catalana y el propio rey también había contribuido la muerte de un consejero real de origen catalán, el marqués de Aytona, que no llegó a Barcelona (murió durante la estancia previa en Barbastro, el 24 enero de 1626).12​

Sin embargo, Olivares, "ignorando el hecho desagradable de que ninguno de los reinos [de Aragón y de Valencia] había votado tropas para el servicio más acá de sus propias fronteras, y de que los catalanes no habían votado siquiera una suma de dinero", proclamó el 25 de julio de 1626 el nacimiento oficial de la Unión de Armas.13​

En 1632 Olivares volvió a intentar que las cortes catalanas aprobaran la Unión de Armas o un "servicio" en dinero equivalente y se reunieron de nuevo. Pero éstas aún duraron menos que las de 1626 ya que cuestiones de protocolo —como la reivindicación de los representantes de Barcelona del privilegio de ir cubiertos con sombrero en presencia del rey— y los interminables greuges agotaron la paciencia del rey y de nuevo se marchó sin clausurarlas. Como ha señalado Xavier Torres, el fracaso de estas nuevas cortes sancionó "de hecho, el divorcio entre el monarca —o su valido— y las instituciones del Principado".14​

Por otro lado, los virreyes que se encargaban de la seguridad de los caminos y las rutas comerciales a duras penas podían contener los embates del bandolerismo al servicio de clanes o facciones nobiliarias que controlaban o estimulaban la actividad de bandas rivales de malhechores (en su mayoría campesinos y pastores afectados por la crisis económica de la zona, como Serrallonga. Además de responder a una secular dinámica interna, tampoco desaprovecharon la oportunidad de intensificarla para desestabilizar el sistema de gobierno. Durante el mandato del duque de Lerma el orden público en el Principado estaba en situación muy precaria; entre 1611 y 1615, ya actuando como virrey el marqués de Almazán, incluso empeoró. Sin embargo, una acción más decidida de los dos siguientes virreyes (el duque de Alburquerque y el duque de Alcalá) mantuvo el orden a partir de 1616 por encima de una Generalidad que ni dominaba ni tenía capacidad de dominar la situación. La firme voluntad de estos virreyes de acabar con el bandolerismo (incluso prohibiendo la posesión de determinadas armas) levantó las susceptibilidades de las instituciones catalanas, que creían ver en ello una violación de sus prerrogativas en materia de gobierno autónomo.

Otros puntos de fricción frente a la Generalidad fueron: los intentos de cobrar el quinto de los ingresos municipales, que habían quedado en suspenso en 1599 y se reanudaron en 1611, afectando a Barcelona desde 1620 (aunque la Diputación del General amparaba la resistencia de los ayuntamientos contra el impuesto); y el apresamiento en 1623 por los corsarios argelinos de las dos galeras armadas por la institución catalana para la defensa de las costas (desde 1599) y que se empleaban en el transporte de tropas a Italia (de forma irregular según la interpretación de la Generalidad).15​

La guerra llega a Cataluña (1635-1640)

En 1635 la declaración de guerra de Luis XIII de Francia a Felipe IV llevó la guerra a Cataluña dada su situación fronteriza con la monarquía de Francia, y con ello, con la ejecución de la Unión de Armas.16​

El Conde-Duque de Olivares se propuso concentrar en Cataluña un ejército de 40.000 hombres para atacar Francia por el sur y al que el Principado tendría que aportar 6.000 hombres. Para poner en marcha su proyecto en 1638 nombra como nuevo virrey de Cataluña al conde de Santa Coloma, mientras que ese mismo año se renueva la Diputación General de Cataluña de la que entran a formar parte dos firmes defensores de las leyes e instituciones catalanas, el canónigo de Urgel Pau Claris y Francesc de Tamarit. Pronto surgen los conflictos entre el ejército real —compuesto por mercenarios de diversas "naciones" incluidos los castellanos— con la población local a propósito del alojamiento y manutención de las tropas. Se extienden las quejas sobre su comportamiento —se les acusa de cometer robos, exacciones y todo tipo de abusos—, culminando con el saqueo de Palafrugell por el ejército estacionado allí, lo que desencadena las protestas de la Diputación del General y del Consejo de Ciento de Barcelona ante Olivares.17​

El Conde-Duque de Olivares, necesitado de dinero y de hombres, confiesa estar harto de los catalanes: «Si las Constituciones embarazan, que lleve el diablo las Constituciones». En febrero de 1640, cuando ya hace un año que la guerra ha llegado a Cataluña, Olivares le escribe al virrey Santa Coloma:18​

Cataluña es una provincia que no hay rey en el mundo que tenga otra igual a ella... Si la acometen los enemigos, la ha de defender su rey sin obrar ellos de su parte lo que deben ni exponer su gente a los peligros. Ha de traer ejército de fuera, le ha de sustentar, ha de cobrar las plazas que se perdieren, y este ejército, ni echado el enemigo ni antes de echarle el tiempo que no se puede campear, no le ha de alojar la provincia... Que se ha de mirar si la constitución dijo esto o aquello, y el usaje, cuando se trata de la suprema ley, que es la propia conservación de la provincia
Así a lo largo de 1640 el virrey Santa Coloma, siguiendo las instrucciones de Olivares, adopta medidas cada vez más duras contra los que niegan el alojamiento a las tropas o se quejan de sus abusos. Incluso toma represalias contra los pueblos donde las tropas no han sido bien recibidas y algunos son saqueados e incendiados. El diputado Tamarit es detenido. Los enfrentamientos entre campesinos y soldados menudean hasta que se produce una insurrección general en la región de Gerona que pronto se extiende a la mayor parte del Principado.19​

Otro hecho que condujo a un mayor deterioro de la ya enrarecida relación entre Cataluña y la Corona, fue la negativa en 1638 de la Diputación del General a que tropas catalanas acudieran a levantar el sitio de Fuenterrabía (Guipúzcoa), a donde sí habían acudido tropas desde Castilla, las provincias vascas, Aragón y Valencia. En fin, la nobleza y la burguesía catalanas odiaban por motivos personales al virrey, conde de Santa Coloma, por no haber defendido sus intereses de estamento por encima de la obediencia al gobierno de Madrid. Los campesinos odiaban a la soldadesca de los tercios por las requisas de animales y los destrozos ocasionados a sus cosechas, amén de otros incidentes y afrentas derivadas del alojamiento forzoso de la soldadesca en sus casas, algunas de las cuales llegaron a quemar. El clero también lanzaba prédicas contra los soldados de los tercios, a los que llegaron a excomulgar.


El inicio de la sublevación: El Corpus de Sangre

En mayo de 1640, campesinos gerundenses atacaron a los tercios que acogían. A finales de ese mismo mes, los campesinos llegaban a Barcelona, y a ellos se unieron los segadores en junio.

El 7 de junio de 1640, fiesta del Corpus Christi, rebeldes mezclados con segadores que habían acudido a la ciudad para ser contratados para la cosecha, entran en Barcelona y estalla la rebelión. "Los insurrectos se ensañan contra los funcionarios reales y los castellanos; el propio virrey procura salvar la vida huyendo, pero ya es tarde. Muere asesinado. Los rebeldes son dueños de Barcelona". Fue el Corpus de Sangre que dio inicio a la Sublevación de Cataluña.20​ El Virrey de Cataluña Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma fue asesinado en una playa barcelonesa cuando intentaba huir por mar.

La situación cogió por sorpresa a Olivares, ya que la mayoría de sus ejércitos estaban localizados en otros frentes y no podían acudir a Cataluña. El odio a los tercios y a los funcionarios reales pasó a generalizarse contra todos los hacendados y nobles situados cerca de la administración. Ni siquiera la Generalidad controlaba ya a los rebeldes, que lograron apoderarse del puerto de Tortosa.


El Corpus de Sang, de H.Miralles (1910). «¡Viva la fe de Cristo!», «¡Viva la tierra, muera el mal gobierno!» fueron los lemas de los segadores que originaron la revuelta popular del 7 de junio de 1640, día conocido como el Corpus de Sangre.

1640 a 1652

Pau Claris, al frente de la Generalidad de Cataluña impulsó poner el territorio catalán bajo la protección y soberanía francesa. Pero la revuelta también escapa a este primer y efímero control de la oligarquía catalana. La sublevación derivó en una revuelta de empobrecidos campesinos contra la nobleza y ricos de las ciudades que también fueron atacados. La oligarquía catalana se encontró en medio de una auténtica revolución social entre la autoridad del rey y el radicalismo de sus súbditos más pobres.

Conscientes de su incapacidad de reducir la revuelta y sus limitaciones para dirigir un estado independiente, los gobernantes catalanes se aliaron con el enemigo de Felipe IV: Luis XIII (pacto de Ceret). Richelieu no perdió una oportunidad tan buena para debilitar a la corona española. Olivares comienza a preparar un ejército para recuperar Cataluña con grandes dificultades ese mismo año de 1640 y, en septiembre, la Diputación catalana pide a Francia apoyo armamentístico.

En octubre de 1640 se permitió a los navíos franceses usar los puertos catalanes y Cataluña accedió a pagar un ejército francés inicial de tres mil hombres que Francia enviaría al condado. En noviembre, un ejército de unos veinte mil soldados recuperó Tortosa para Felipe IV, en su camino hacia Barcelona; dicho ejército provocó sobre los prisioneros unos abusos que determinaron a los catalanes a oponer una mayor resistencia. Cuando el ejército del marqués de los Vélez se acercaba a Barcelona, estalló una revuelta popular el 24 de diciembre, con una intensidad superior a la del Corpus, por lo que Claris tuvo que decidirse por una salida sin retorno, que tampoco era la deseable: pactar la alianza con Francia en contra de Felipe IV.

El 16 de enero de 1641, la Junta de Brazos (Las Cortes sin el rey) aceptaron la propuesta de Claris de poner a Cataluña bajo protección del rey de Francia en un gobierno republicano, y el Consejo de Ciento lo hizo al día siguiente. Pero esta situación república Catalana fue una solución transitoria para forzar un acuerdo con el gobierno de Madrid ante la amenaza de intervención francesa. Sin embargo, el enviado plenipotenciario del rey de Francia Bernard Du Plessis-Besançon logró influir en las autoridades catalanas en el sentido de que la implicación e intervención francesa solo podía realizarse si era reconocido como soberano. Así pues, el 23 de enero Pau Claris transmitió esta proposición a la Junta de Brazos, que fue aceptada, el Consejo de Ciento lo hizo al día siguiente, y el rey de Francia Luis XIII de pasó a ser el nuevo conde de Barcelona. Tanto la Junta de Brazos el Consejo de Ciento acordaron establecer una Junta de Guerra, que no fuera responsable ante ambos organismos y presidida por el conseller en cap Joan Pere Fontanella.21​22​23​ Días después, el 26 de enero, un ejército franco-catalán defendió Barcelona con éxito. El ejército de Felipe IV se retiró y no volvería hasta diez años más tarde. Poco tiempo después de esta defensa victoriosa moriría Pau Claris.

Cataluña se encontró siendo el campo de batalla de la guerra entre Francia y España e, irónicamente, los catalanes padecieron la situación que durante tantas décadas habían intentado evitar: Sufragar el pago de un ejército y ceder parcialmente su administración a un poder extranjero, en este caso el francés. La política francesa respecto a Cataluña estaba dominada por la táctica militar y el propósito de atacar Valencia y Aragón.


Tratado de los Pirineos.

Luis XIII nombró entonces un virrey francés y llenó la administración catalana de conocidos pro-franceses. El coste del ejército francés para Cataluña era cada vez mayor, y mostrándose cada vez más como un ejército de ocupación. Mercaderes franceses comenzaron a competir con los locales, favorecidos aquellos por el gobierno francés, que convirtió a Cataluña en un nuevo mercado para Francia. Todo esto, junto a la situación de guerra, la consecuente inflación, plagas y enfermedades llevó a un descontento que iría a más en la población, consciente de que su situación había empeorado con Luis XIII respecto a la que soportaban con Felipe IV.

En 1643, el ejército francés de Luis XIII conquista el Rosellón, Monzón y Lérida. Un año después Felipe IV recupera Monzón y Lérida, donde el rey juró obediencia a las leyes catalanas. En 1648, con el Tratado de Westfalia y la retirada de la guerra de sus aliados, los Países Bajos, Francia comienza a perder interés por Cataluña. Conocedor del descontento de la población catalana por la ocupación francesa, Felipe IV considera que es el momento de atacar y en 1651 un ejército dirigido por Juan José de Austria comienza un asedio a Barcelona. El ejército francocatalán de Barcelona se rinde en 1652 y se reconoce a Felipe IV como soberano y a Juan José de Austria como virrey en Cataluña, si bien Francia conserva el control del Rosellón. Felipe IV por su parte firmó obediencia a las leyes catalanas. Esto da paso a la firma del Tratado de los Pirineos en 1659.

Esta inestabilidad interna y su resultado final fue dañino para España, pero mucho más para Cataluña. Por otra parte, Francia aprovechó la oportunidad para explotar una situación que le rindió grandes beneficios a un coste prácticamente nulo.

Como resultado final, Francia tomó posesión definitiva del único territorio transpirenaico de España.


Bibliografía

  • Elliott, John H. (1982) [1963]. La rebelión de los catalanes. Un estudio sobre la decadencia de España (1598-1640) [The Revolt of the Catalans-A Study in the Decline of Spain (1598-1640)] (2ª edición). Madrid: Siglo XXI. ISBN 8432302694.
  • Elliott, John H. (2009). «Una Europa de monarquías compuestas». España, Europa y el mundo de ultramar (1500-1800). Madrid: Taurus. ISBN 978-84-306-0780-8.
  • Ricardo García Cárcel Felipe V y los españoles.
  • Pérez, Joseph (1980). «España moderna (1474-1700). Aspectos políticos y sociales». En Jean-Paul Le Flem; Joseph Pérez; Jean-Marc Perlorson; José Mª López Piñero y Janine Fayard. La frustración de un Imperio. Vol. V de la Historia de España, dirigida por Manuel Tuñón de Lara. Barcelona: Labor. ISBN 84-335-9425-7.
  • Torres, Xavier (2006). La Guerra dels Segadors (en catalán). Lérida-Vic: Pagès Editors-Eumo Editorial. ISBN 84-9779-443-5.

sábado, 26 de agosto de 2017

Interior argentino: El fucking caudillo Estanislao López

Estanislao, el patrón del Litoral
¿Qué hubiese hecho Estanilao López con Los Monos o cualquier otra organización que desafiara su autoridad? Inevitable preguntárselo el día cuando el juez Ismael Manfrín, quien presidirá el tribunal del juicio contra la banda narco, suspendió el inicio del juicio, invocando nuevo material probatorio y la posible inclusión en el pelotón de enjuiciados de Ramón Machuca, más conocido como Monchi Cantero, quien iba a ser juzgado separado de los otros 23 imputados. Pero también es necesario preguntarlo al cumplirse 179 años de la muerte de López.
Por Urgente 24




Nació en Santa Fe el 22 de noviembre de 1786, hijo del oficial de milicias, Juan Manuel Roldán Ávila y María Antonia López Isaurralde. Estanislao López asistió a la escuela franciscana de su ciudad hasta los 15 años, que ya estaba marchando a órdenes de su padre en la lucha contra los indios del Chaco y a los 17 años ingresó en la Compañía de Milicias provinciales.

En 1806, con la 2da. invasión británica, se unió a la expedición de Santa Fe que luchó en Ciudad de Buenos Aires, y 4 años después integró el movimiento militar patriota desde el Cuerpo de Blandengues de Santa Fe. Luchó a las órdenes del general Manuel Belgrano en la expedición al Paraguay, fue capturado por los españoles en la batalla de Paraguarí, conducido a Montevideo pero pudo escaparse y se puso a órdenes del general José Casimiro Rondeau.

En 1811 regresó a Santa Fe con el cargo de alférez y participó en los combates contra los españoles que bloqueaban los puertos sobre el río Paraná, pero también combatió contra los aborígenes del Chaco.

Más tarde peleó contra los caudillos federales de Entre Ríos en el Combate del Espinillo y otra vez fue prisionero, y así pudo conocer al caudillo José Artigas. Y hubo o empatía o respeto.

López se estrenó como caudillo en 1816, a órdenes del comandante Mariano Vera.

López y Artigas comandaron las tropas en la revuelta del ejército de Santa Fe contra el gobierno de Buenos Aires y derrotaron al ejército bonaerense del general Juan José Viamonte. Luego de esta batalla, fue ascendido a capitán y nombrado jefe de la frontera norte de Santa Fe, desde donde emprendió una nueva expedición contra los pueblos indígenas.

Los Combates del Brigadier Estanislao López



En 1818, aprovechó la revolución contra el Gobierno de Vera y el 23/07/1818, a sus 31 años, asumió como nuevo gobernador, y fue el patrón de Santa Fe hasta el día de su muerte.

López fue reelecto durante 2 décadas, y gozó de un amplio apoyo de la población que le reconoció el estímulo a la agricultura y a la ganadería, la separación de la provincia respecto al gobierno bonaerense, la tranquilidad de las fronteras, el inicio de escuelas y cierta mejora en la administración de Justicia.

López tuvo que ganarse el respeto de su gente reprimiendo el movimiento autonomista del gobernador Juan Ramón Balcarce, general del ejército de Buenos Aires, quien organizó una invasión a la provincia desde Córdoba, al mando del coronel Juan Bautista Bustos, y desde el sur.

López decidió desgastar a su enemigo con ataques relámpagos permanentes, una guerra de guerrillas. Esto hizo con Bustos en Fraile Muerto, dejándolo sin caballos y volviendo inmediatamente a Santa Fe para recibir a las tropas de Balcarce, aunque no tuvo el mismo resultado. Entonces, López huyo hacia el norte y los porteños tomaron Santa Fe. Pero después de un tiempo, López fue por la revancha y volvió a recuperar su capital.

Juan Martín de Pueyrredón no reconoció esta derrota y envió a Juan José Viamonte a Santa Fe para reforzar el frente de Bustos, y López reaccionó igual que en el pasado: un ataque rápido y precido a los cordobeses para regresar contra los bonaerenses, pero esta vez, luego del empate frente a Bustos y la victoria frente a Viamonte, se enteró, según sus apologistas, que las guerras domésticas afectaban la campaña del General José de San Martín.

Entonces, el 12/04/1819, firmó con el Directorio Supremo el armisticio de San Lorenzo, con el que consiguió un breve respiro, mientras hacía sancionar la 1ra. Constitución que hubo en las Provincias Unidas, la de Santa Fe.


Estanislao López y Pancho Ramírez



En Buenos Aires, Rondeau reemplazó a Pueyrredón, pero con similar estrategia pidió ayuda a las fuerzas orientales y al Ejército del Norte pero ambos se negaron y dejaron al Directorio sólo frente a los federales de López y Francisco Ramírez, que respondían a Artigas, y José Miguel Carrera y Carlos María de Alvear, el 01/02/1820 en la batalla de Cepeda.

La importancia del combate fue la disolución del Directorio y que Buenos Aires aceptara su igualdad respecto de las demás provincias. Poco después se firmó el Tratado del Pilar entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, que establecía la paz entre los federales y Buenos Aires.

Pero no se cumplió, López invadió nuevamente Buenos Aires y venció en la batalla de Cañada de la Cruz.

Pero los porteños, dirigidos por Manuel Dorrego, derrotaron a Alvear y Carrera en San Nicolás, y a López en Pavón.

Así se llegó a la sangrienta Batalla de Gamonas, en la que López volvió a derrotar a Buenos Aires.

Regresó la paz, el 24/11/1820 con el Tratado de Benegas. López consiguió una indemnización por las invasiones porteñas que su provincia había sufrido, y el coronel Juan Manuel de Rosas se encargó de pagarla.

Durante los años siguientes, López gobernó su provincia asegurado por el Tratado del Cuadrilátero, del 25/01/1822, entre Entre Ríos, Corrientes, Buenos Aires y Santa Fe. Entonces pudo enfocarse en mejorar su economía ganadera y comercial.

Liga de Pueblos Libres



Después de la Convención Nacional que se reunió en Santa Fe, los representantes de las Provincias Unidas nombraron a López jefe del ejército federal, y al gobernador de Buenos Aires, Dorrego, encargado de las relaciones exteriores.

En diciembre de 1828, Juan Lavalle derrocó y asesinó al gobernador Dorrego. López y Rosas se aliaron y lo derrotaron en la batalla de Puente de Márquez. Rosas fue el nuevo gobernador.

López y Rosas, al frente de la Liga del Litoral, atacaron juntos a José María Paz, líder de la Liga Unitaria del Interior y dos veces victorioso sobre el riojano Facundo Quiroga. La Batalla de Fraile Muerto (provincia de Córdoba, Argentina, 05/02/1831) enfrentó al coronel Juan Esteban Pedernera y los federales bajo la dirección del coronel Ángel Pacheco. El triunfo de los federales consolidó la hegemonía de López, Quiroga y Rosas.

López era una de las grandes figuras del Federalismo, en especial de quienes no querían someterse a Rosas, pero iba perdiendo prestigio e influencia porque los gobernadores sólo reconocían a Rosas como su jefe.

López, el árbitro del Litoral, murió de turbeculosis en Santa Fe en junio de 1838, a sus 52 años. El luto por su muerte duró 1 mes y Santa Fe fue escenario del mayor cortejo fúnebre de su historia.

miércoles, 28 de junio de 2017

Roma: La batalla de Farsalus

La batalla de Farsalus: cómo César ganó una guerra civil mientras que era superado a dos a uno

Andrew Knighton | War History Online




La batalla de Pharsalus era una de las más importantes en la carrera de Julio César. Luchó el 9 de agosto de 48 aC, fue el punto de inflexión que le dio la victoria en la guerra civil de Roma, tomando el control del imperio y efectivamente acabar con el gobierno republicano bajo el que se había dirigido durante cientos de años.

La guerra civil de César



Los romano en el 56 aC, cuando César, Craso y Pompeyo se reunieron en Luca para una conferencia en la que decidieron: añadir otros cinco años al proconsulso de César en la Galia; Para dar la provincia de Siria a Craso ya ambas España y África a Pompeyo. Crédito de la imagen.

La Gran Guerra Civil Romana, también conocida como Guerra de César, fue la culminación de un conflicto político de larga duración dentro de la élite romana. Los Populares, un grupo de líderes de la clase senatorial, habían tomado el uso de las asambleas populares y el apoyo popular para lograr un mayor poder y avanzar sus políticas. Esto alarmó a los Optimates, el grupo conservador del Senado, que veía el poder del Senado y la aristocracia ser erosionados por esta combinación de demagogia y voluntad popular.

Esto llegó a un clímax con la caída de Cayo Julio César y Cneo Pompeyo Magnus, recordado por la historia como Pompeyo el Grande. Los dos habían sido anteriormente aliados políticos dentro de un grupo de tres hombres que gobernó extraoficialmente Roma. Con el final de ese triunvirato, Pompey se alineó con los optimates para frenar el poder de César.


César respondió marchando su ejército sobre Roma. Los optimatos huyeron a las posesiones romanas en Grecia, para darles tiempo para montar un ejército. Después de afirmar el control sobre otros territorios romanos, César los siguió.


Los lideres



Busto de Julio César en el Museo Británico. Autor de la foto.

Julio César procedía de una familia senatorial, parte de la aristocracia que gobernaba Roma. Su familia había tenido una importancia relativamente menor en las últimas décadas, pero César terminó con eso. Formando una alianza con Pompeyo y Craso, se le concedió el consulado y el mando de los ejércitos romanos en la Galia durante diez años. A través de su desempeño superior como general, derrotó a los galos, ganando enorme riqueza, prestigio y popularidad entre el ejército y las masas.

Pompeyo comenzó su carrera en el ejército antes de entrar al Senado. Él sirvió en la guerra social y la guerra civil que vinieron una década antes del triumvirate. Sobre la base de sus éxitos tempranos, le dieron recursos masivos para combatir a los piratas en el Mediterráneo oriental, una guerra que ganó rápidamente. Campaña más al este, fue el primer romano en conquistar Jerusalén.


Pompeyo el Grande.

Estos dos hombres formaron una alianza secreta con un tercer hombre, Craso. Craso trajo su riqueza al grupo, el poder militar de Pompeyo, y la fama de César, y durante un tiempo, fueron la amenaza que los optimatos temían. Pero después de la muerte de Craso en el 53 aC los otros dos cayeron. La guerra siguió pronto.


Los ejércitos



Infantería auxiliar romana cruzando un río. Autor de la foto.

El ejército que César había llevado a Grecia sólo tenía la mitad de los hombres que esperaba ocupar. Había intentado atravesar el Adriático en dos grupos, pero el segundo fue bloqueado por la flota de sus oponentes. Consecuentemente, aunque colocó ocho legiones, estaban bajo fuerza, dejándole con 22.000 infantería, apoyados por alrededor mil caballería.


Pompeyo marcó el doble número de César. Sus once legiones estaban en plena fuerza, ascendiendo a 45,000 hombres. Fueron apoyados por 7.000 caballería.

El ejército de César era un lote mixto. Algunos eran veteranos de sus guerras galas. Estas tropas experimentadas, que incluían a la Legión X Equestris, la favorita de César, eran leales al hombre que les había dado fama, fortuna y éxito. El resto de sus legiones habían sido impuestas especialmente para la Guerra Civil.

Desplegando para la batalla



Despliegue inicial de fuerzas en la batalla de Pharsalus, el 48 de agosto AC. Crédito de la imagen.
Pompeyo tenía todas las ventajas de entrar en la batalla. Tenía el terreno más alto, tenía el doble de hombres y, a diferencia de César, no se le acababan los suministros. Podía optar por luchar en condiciones favorables, mientras que su oponente tenía poca opción pero aceptar la batalla.

Para el comandante del ejército optimista, Pompeyo se acercó a la batalla de manera conservadora. Sus legiones estaban dispuestas en las tres líneas tradicionales, cada diez hombres de profundidad, con las tropas más duras en los flancos. A su derecha estaba el río Enipeo, a su izquierda su caballería masiva.

César también se desplegó en tres líneas, pero tuvo que reducirlos a seis hombres de profundidad para cubrir la longitud del ejército de Pompeyo. Sacó a algunos hombres de estas filas para formar una cuarta línea oculta a su derecha, respaldando a su caballería superada en número en la carga que esperaba de los jinetes de Pompeyo. La décima legión, endurecida por la batalla, sostenía el extremo derecho de la línea principal.


La pelea

Sabiendo que el tiempo estaba de su lado, Pompeyo esperó a que César atacara. Pero su precaución le costó, ya que se retuvo con tanto éxito que las tropas de César fueron capaces de descansar a medio camino de su avance, la reforma y la captura de su aliento. Por fin, César alcanzó las líneas de Pompeyo, y las dos fuerzas de infantería se enfrentaron.

Mientras tanto, Pompeyo lanzó su caballería a la izquierda, empujando atrás los de César y desordenado en el proceso. Fue entonces cuando entró en juego la cuarta línea oculta de la infantería cesárea. Contraatacando inesperadamente a la desorganizada caballería con sus lanzas, los derrotaron, enviándolos huyendo de las líneas de Pompeyo.



Ahora César lanzó todo el peso de sus fuerzas en la batalla. Al otro lado del campo, su tercera fila ascendió, la última de sus reservas se unió al cuerpo a cuerpo mientras que la cuarta línea marchaba alrededor y atacaba el flanco expuesto de Pompeyo.

El ejército de Pompeyo se derrumbó. El general huyó a su campamento fortificado, reunió a su familia y huyó del país. Poco después, las tropas de César invadieron el campamento.

El resultado

Los informes de los números de las batallas antiguas siempre tienen que ser tomadas con una pizca de sal, debido a una tendencia hacia la exageración literaria. Sin embargo, está claro que Pompeyo y los optimistas perdieron mucho más hombres. El propio César afirmó que perdió 30 centuriones y 200 legionarios, mientras que Pompeyo perdió 15.000 muertos y 24.000 capturados, con nueve de sus preciosos estándares de águila incautados.

La guerra no había terminado. Pompeyo fue a Egipto, donde fue asesinado por un rey que esperaba obtener el favor de César. César se vio envuelto en la política egipcia, incluso mientras limpiaba al resto de sus oponentes romanos. Pero después de su victoria contra números abrumadores en Pharsalus, él nunca más enfrentaría un desafío militar serio de dentro de Roma.

martes, 30 de mayo de 2017

Guerra de Biafra: La guerra civil nigeriana



Guerra civil nigeriana 

Fecha 1967-1970 
Lugar Sur de Nigeria 
Resultado Victoria del gobierno federal 
Combatientes:Gobierno Federal de Nigeria, República de Biafra 
Comandantes: 

Yakubu Gowon 
 
Odumegwu Ojukwu 
 

Bajas:1.000.000 de soldados y civiles, Aprox. 2,000,000 civiles 

 

La Guerra Civil de Nigeria, también conocida como Guerra de Biafra (6 de julio de 1967 a 13 de enero de 1970, fue el conflicto político causado por el intento de secesión de las provincias del Sudeste de Nigeria bajo el nombre de República de Biafra. La guerra saltó a los medios por la hambruna en diversas zonas sitiadas, y la consecuente acusación de genocidio procedente en gran medida de los Igbo (Ibo) de estas regiones. Bernard Kouchner y otros doctores franceses que estuvieron en la Biafra sitiada crearon, en 1971, la ONG Médicos Sin Fronteras como resultado de la guerra. 



Golpe militar 
Las sospechas de fraude llevaron, el 15 de Enero de 1966, a un golpe militar de tendencia izquierdista por parte de los oficiales junior del ejército, en su mayoría comandantes y capitanes. Este golpe convirtió al jefe del ejército nigeriano, Johnson Aguiyi-Ironsi en presidente, y en el primer jefe de estado nigeriano de procedencia militar. El golpe benefició en su mayor parte a los Igbos, ya que la mayoría de golpistas eran Igbos o Ironsi. Un Igbo promocionaría a muchos de su misma etnia en el ejército, en detrimento de los oficiales Yoruba y Hausa. El 29 de Julio de 1966, los norteños realizaron un contra-golpe, dirigido por el alférez coronel Murtala Mohammed. Esto situó en el poder al alférez coronel Yakubu Gowon. Las tensiones étnicas consecuencia del golpe y contra-golpe aumentaron y condujeron, en Septiembre de 1966, a las masacres a gran escala de igbos cristianos residentes en el Norte musulmán. 

El descubrimiento de grandes cantidades de petróleo en el delta del río Níger, con su enorme red de ríos y ciénagas en la punta más al Sur del país, entre las regiones del Este y Sudoeste, llevó a las provincias del Sudeste a anexionarse esta región para ser autosuficientes y cada vez más prósperos. Sin embargo, la exclusión del poder de las regiones orientales hizo que muchos temieran que los beneficios obtenidos del petróleo fueran empleados en beneficio de las áreas del Norte y Oeste, y no en el Este. 

Todos estos factores llevaron al Este Igbo a reclamar la secesión. 

La secesión 
El gobernador militar del Sudeste Igbo, el coronel Odumegwu Ojukwu, aludiendo a las masacres norteñas y al fraude electoral, anunció en el parlamento sureño la secesión de la región del Sudeste de Nigeria y proclamó el 30 de mayo de 1967 (29 de Mayo en diversas fuentes) la República de Biafra como nación independiente. Aunque gozaban de la simpatía europea y de muchas otras partes del mundo, sólo cuatro países reconocieron la recién fundada república. También se dice que una de las principales razones por las que Ojukwu proclamó la República de Biafra fue que no reconocía a Gowon como jefe de estado ya que no era el siguiente oficial en al jerarquía militar tras Ironsi. Los diferentes acuerdos de paz, y especialmente el de Aburi, Ghana (Acuerdo de Aburi) no tuvieron resultado y los tiroteos continuaron. 

Guerra Civil 
El gobierno nigeriano lanzó una "acción policial" para recuperar el territorio secesionista tras una avance de las fuerzas de Biafra en territorio adyacente no perteneciente a los Igbos. La guerra empezó el 6 de Julio de 1967, cuando las tropas federales nigerianas avanzaron en dos columnas hacia Biafra. La columna derecha entró en la ciudad de Nsukka, que cayó el 14 de julio, mientras que la columna de la izquierda tomó Garkem, que fue capturada el 12 de julio. Pero Biafra respondió con una ofensiva el 9 de julio, cuando las tropas se movieron a través del río Níger, desde el Oeste hacia las tierras del centro del país, pasando por la ciudad de Benin City, que se había proclamado también "república independiente", hasta alcanzar el 21 de agosto la ciudad de Ore, justo sobre la frontera del estado, a 130 millas al este de la capital de Nigeria, Lagos. Aunque Benin City volvió a manos de los nigerianos el 22 de septiembre, Biafra cumplió con éxito su primer objetivo de sitiar el máximo de tropas federales de Nigeria posible. Se necesitaron cuatro batallones de la Segunda División de Infantería de Nigeria para hacer retroceder a Biafra y eliminar las conquistas territoriales conseguidas en la ofensiva. Pero los nigerianos fueron expulsados tres veces al intentar cruzar el Níger en octubre. 

Los nigerianos, en ese momento, calmaron sus ofensivas y empezaron un periodo de asedio a Biafra. Desembarcos anfibios de la flota naval nigeriana llevaron a la conquista de las ciudades sureñas de Bonny, al sur del Puerto Harcourt, el 26 de julio y del puerto de Calabar el 18 de octubre por parte de miembros de la tercera división de Marina de Nigeria. Al norte, las fuerzas de Biafra fueron obligadas a retroceder a su propio territorio, y la ciudad de Enugu (capital de Biafra) fue capturada por las fuerzas nigerianas de la primera División de infantería el 4 de octubre. Los biafreños resistieron en las tierras centrales igbos, siendo en seguida rodeados por las fuerzas nigerianas. 

Sin embargo, la reorganización del ejército nigeriano, la reticencia de la armada biafreña a lanzar nuevos ataques y los efectos del bloqueo naval, aéreo y terrestre sobre Biafra llevaron a un cambio en el equilibrio de las fuerzas. El excéntrico conde sueco Carl Gustav von Rosen dirigió una brigada de aviones miniCOINS (MFI-9b), la BAF o Fuerza Aérea de Biafra, formada por tres suecos y dos biafreños. 



T-6


Igualdad 
Desde 1968 en adelante, la guerra cayó en unas largas tablas, con las fuerzas nigerianas incapaces de realizar avances significativos en las zonas todavía bajo control biafreño. No obstante, otra ofensiva nigeriana, realizada de Abril a Junio de 1968, empezó a estrechar el círculo sobre Biafra, gracias a los avances en los dos frentes del Norte y a la conquista de Port Harcourt el 19 de mayo de 1968. Este asedio tuvo como consecuencia el desastre humanitario de hambruna e inanición en las áreas igbos, ya que una de las tácticas más utilizadas por las fuerzas nigerianas fue el sabotage de las tierras de cultivo. Las imágenes de niños biafreños afectados por la hambruna dieron la vuelta al mundo, mientras que el gobierno de Biafra acusó a Nigeria de utilizar el hambre y el genocidio para ganar la guerra, reclamando la ayuda del resto de naciones. 

Numerosos grupos de voluntarios organizaron vuelos de ayuda a Biafra, con comida, medicinas, e incluso en ocasiones armas (según diversas fuentes). Nigeria también acusó al gobierno de Biafra de reclutar mercenarios extranjeros para prolongar la guerra. Bernard Kouchner fue uno de los doctores voluntarios de la Cruz Roja francesa que trabajó en hospitales y centros de nutrición en la sitiada Biafra. La Cruz Roja requería a sus voluntarios la firma de un acuerdo, considerado por muchos (como Kouchner y sus partidarios) como un “acuerdo-mordaza”, y diseñado para mantener la neutralidad de la organización, sin importar las circunstancias. Kouchner y otros doctores franceses firmaron este acuerdo. 

Tras entrar en el país, los voluntarios, así como los trabajadores de hospitales y centros de salud biafreños, fueron atacados por el ejército nigeriano y fueron testigos de los asesinatos e inanición de civiles. 

Kouchner fue también testigo de estos acontecimientos, y particularmente del gran número de niños hambrientos. Cuando regresó a Francia criticó públicamente al gobierno nigeriano y a la Cruz Roja por la supuesta complicidad de sus comportamientos. Con el respaldo de otros doctores franceses, Kouchner situó a Biafra en el centro de la atención pública y reclamó una respuesta internacional para solucionar la situación. Estos doctores, liderados por Kouchner, vieron la inexistencia de una organización humanitaria que ignorara las fronteras politico-religiosas y que priorizara el bienestar de las víctimas y en 1971 constituyeron Médecins Sans Frontières (Médicos sin fronteras).

Durante todo 1968 y parte de 1969, las dificultades logísticas hicieron que las fuerzas federales nigerianas no dieran el golpe de gracia a una guerra que se decantaba a su favor. A pesar de la ayuda exterior y el daño político causado en Nigeria, el área controlada por el gobierno biafreño era cada vez más y más pequeña. Pero en Junio de 1969, los biafreños lanzaron una ofensiva desesperada con el objetivo de mantener el desequilibrio entre los nigerianos y prolongar la existencia de la nación separatista el máximo posible. Les apoyaron pilotos mercenarios extranjeros, que seguían proporcionando comida, medicamentos y armas. Uno de los mercenarios más notables fue el conde sueco Carl Gustav von Rosen, que dirigió a cinco MFI-9b MiniCOINS, pequeños aviones con motor de pistones, armados con lanzacohetes y ametralladoras, en el ataque a los campos de aviación militares de Nigeria en Port Harcourt, Enugu, Benin y Ughelli. En esta acometida, se consiguió alcanzar algunos de los jets nigerianos (utilizados para atacar los aviones de ayuda humanitaria) y tres de los seis bombarderos Ilyushin Il-28, usados diariamente para bombardear los pueblos y granjas de Biafra. Aunque desprevenidos ante la sorpresa de la ofensiva de Biafra, los nigerianos se recuperaron pronto y contuvieron a los biafreños lo suficiente como para paralizar su ofensiva. Los ataques aéreos biafreños desbarataron las operaciones de combate de la fuerza aérea nigeriana, pero sólo durante unos meses. 

Las fuerzas federales nigerianas lanzaron su ofensiva final contra Biafra el 23 de diciembre de 1969, con una gran acometida por parte de la tercera división Marine Commando, que consiguió dividir el territorio biafreño en dos partes hacia finales de año. La ofensiva final, llamada “Operación viento de cola”, se lanzó el 7 de enero de 1970 con la incursión de la tercera división Marine Commando, respaldada por la primera división de infantería en el Norte y la segunda en el Sur. Las ciudades biafreñas de Owerri y Uli cayeron el 9 y 11 de Enero, respectivamente. 

La guerra acabó el 13 de enero de 1970 con la rendición final de las fuerzas de Biafra en Amichi, última ciudad controlada por su ejército. Unos días antes, Ojukwu huyó al exilio hacia la república de Costa de Marfil, dejando los detalles de la rendición a su diputado Philip Effiong. Para sorpresa del resto del mundo, la mayoría de las represalias y masacres prometidas no tuvieron lugar, y se intentó de manera sincera la reconciliación. 



Niño biafrano con evidencia de hambruna

Secuelas 
Más de una docena de golpes han tenido lugar en Nigeria desde 1960. La guerra fue muy costosa para Nigeria en términos de vidas humanas, dinero e imagen exterior. Se estima que alrededor de tres millones de personas murieron a causa del conflicto, básicamente por hambre y enfermedades. La reconstrucción, impulsada por el dinero procedente del petróleo, fue rápida. Sin embargo, las antiguas tensiones étnicas y religiosas han seguido caracterizando la vida política nigeriana. El gobierno militar mantuvo el poder durante muchos años, y los habitantes de las áreas productoras de petróleo reclamaban una repartición justa de los beneficios procedentes del combustible. Se aprobaron leyes por las cuales los partidos no podía tener orígenes étnicos o tribales. Sin embargo, este punto ha sido difícil de llevar a la práctica. 

El 29 de mayo de 2000, el periódico The Guardian of Lagos informó que el presidente Olusegun Obasanjo retiraba los cargos contra todos los militares que lucharon por la secesión de Biafra en la Guerra civil nigeriana. En una retransmisión nacional, afirmó que esta decisión estaba basada en el principio de que "la justicia debía estar siempre suavizada por la compasión". También se cree que Obasanjo intentó a través de sus declaraciones apaciguar a los Igbos, ya que, durante las elecciones que tuvieron lugar el año anterior, había recibido un respaldo electoral masivo de estas regiones. 

Wikipedia