Mostrando entradas con la etiqueta Guerra Civil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra Civil. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de marzo de 2018

Argentina: Quiroga, su salud y su entierro de pie

Facundo Quiroga, la leyenda del caudillo que fue enterrado de pie

En un nuevo aniversario de su muerte, tres pequeñas historias que revelan aspectos casi desconocidos del político y militar argentino: su ludopatía, la relación con su caballo Moro y el curioso recorrido de sus huesos

Por Omar López Mato Infobae



Facundo Quiroga, en el clásico cuadro de Alfonso Fermepin

El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta
Jorge Luis Borges ("El general Quiroga va en coche al muere")

Si bien todos sabemos que Facundo Quiroga murió de un tiro en la cara, una enfermedad invalidante carcomía las articulaciones del general, que le impedía montar. De allí esta galera que lo condujo "al muere", como relata Borges en su poema. De haber podido andar a caballo, es muy probable que hubiese escapado de esa trampa mortal.


Después de la derrota de Oncativo, aunque Juan Manuel de Rosas astutamente la hizo pasar como una victoria, y durante su permanencia en Buenos Aires, se agravaron las dos afecciones que hostigaban a Quiroga: la ludomanía y el reuma. Ninguna de las dos lo abandonaría hasta Barranca Yaco. Con la primera no le fue tan mal, gastó y ganó fortunas, pero el balance debe haber sido positivo porque en poco le cambió el ritmo de vida. Dicen que el hombre era supersticioso, que nada hacía los días 13 y que creía o hacía creer que su famoso caballo Moro podía ver el futuro y que solo a él se lo confiaba. Sus soldados estaban convencidos de estos poderes y antes de iniciar una batalla, el Moro y Quiroga sostenían largos diálogos que la tropa contemplaba en reverencial silencio. Hasta antes de partir, en el que sería su último viaje, Quiroga le reclamó a Estanislao López la devolución de su Moro, extraviado después de Oncativo. Estanislao le dio larga al asunto y al final el general y Moro nunca se volvieron a ver. Quizás el Moro le hubiese advertido sobre su aciago destino.

Si bien fue afortunado en el juego, con el reuma la historia fue distinta, ya que durante la batalla de Rodeo de Medio, el estado físico de Quiroga era tan lamentable que debió contentarse con ver el combate desde una carreta. El comandante Aresti, jefe de la caballería unitaria, pasó varias veces frente a él sin reconocerlo. Tal era su decadencia que nadie identificaba al Tigre de los Llanos con ese viejo tullido. De haberlo hecho, quizás otra hubiese sido la historia, de la misma forma que una casual boleada terminó con la carrera del general Paz.

"Mi salud sigue en una alternativa cruel. Los ratos de despejo no compensan los del decaimiento y destemplanza que sufro; sin embargo yo pugno contra los males y no desmayo si del todo no me abandonan las fuerzas", le escribió a Rosas, quien, pocos días después de su partida, le envió una fórmula casera para el reumatismo, preparado con base en ajo machacado, polvo dulce de mercurio y aceite para frotarse sobre las articulaciones doloridas. No tuvo oportunidad de usarla porque, para entonces, todos sus males se habían curado con una bala que le entró al cráneo por la órbita izquierda. Facundo perdió la última partida jugando mano a mano con la muerte.

Félix Luna sostenía que Quiroga podía haber sido la figura del país: el hombre hablaba de Constitución y organización nacional, su figura tenía relieve político en todo el territorio de la Confederación, a punto tal de competir en prestigio con el mismísimo Restaurador, pero los Reinafé (cuyo nombre original era Queenfaith) se cobraron antiguas deudas en un oscuro paraje de Córdoba.


Fueron tantos los avisos de la partida que lo acechaban que solamente una persona enceguecida por la soberbia podía negarse a creer que nadie se atrevería a ultimarlo. Murió por una bala certera, tan certera como los rencores que había generado, tan certera como su orgullo indomable.

Sobre huesos y tumbas

Aun después de muerto, los huesos maltrechos de Facundo Quiroga continuaron conjurando su historia de gloria. De la capilla ardiente de Sinsacate fueron a reposar al cementerio de la catedral de Córdoba y finalmente, a pedido de su esposa, terminaron en la cripta de la Iglesia San Francisco y, por último, una bóveda en el Cementerio de la Recoleta bajo la imagen de la Dolorosa, la estatua que su yerno, el barón Demarchi, había encargado a su amigo, el escultor Tartarini. En este rincón recoleto una leyenda fue tomando cuerpo: El Tigre había sido enterrado de pie, siguiendo una vieja tradición de los caballeros castellanos.



Hace 10 años, el arquitecto y arqueólogo argentino Daniel Schávelzón, Jorge Alfonsín y quien escribe quisieron develar este misterio. ¿El general Quiroga estaba de pie? En realidad en esta tumba no había un ataúd del general, ni de pie ni acostado. ¿Dónde estaba el general? Schávelzón, valiéndose de un eco sonar, buscó tras las paredes asimétricas de esta tumba y con el permiso de la familia se perforó una pared donde se descubrió un esplendido ataúd de bronce. De pie, como le corresponde a un macho argentino que se presenta ante el Creador.

Hasta allí seguimos la sombra del general, porque la familia no permitió examinar el contenido del sarcófago. Por pedido de sus descendientes, finalmente el brigadier Quiroga no espera más de pie. Desdiciendo el poema de Borges, aunque siga siendo inmortal y un fantasma, ese hombre que supo poner retemblor en las lanzas que lo siguieron en las batallas y entreveros donde se ganó la fama que aún hoy lo persigue como una sombra.

jueves, 15 de marzo de 2018

Rumbo a Caseros: El combate de Campos de Álvarez (1852)

Combate de Campos de Alvarez






Juan Manuel de Rosas y Angel Pacheco, respectivamente, le propiciaban al Imperio del Brasil y a Urquiza el éxito fácil que éstos alcanzaban en su marcha triunfante hasta las campañas de Buenos Aires.  Rosas lo refería todo a Pacheco; y Pacheco a nada proveía atinadamente.  Júzguese por estos hechos, decisivos en el orden de las operaciones que terminaron en Caseros.  Un mes antes de la capitulación de Oribe, el coronel Martiniano Chilavert le dirigió a Rosas una memoria en la que le demostró con caudal de razones y mejores probabilidades, la conveniencia de que Oribe marchase a batir a Urquiza y de que simultáneamente se aprestase un ejército para invadir el Brasil (1).  Rosas aprobó la memoria, manifestó que la consultaría con Pacheco, pero dejó que le minasen el ejército a Manuel Oribe.  Cuando Urquiza reunía sus fuerzas en Gualeguaychú, el mismo Chilavert le encareció a Rosas la urgencia de defender la línea del río Paraná, y se ofreció a hacerlo personalmente.  Rosas le hizo decir que lo consultaría con Pacheco, y poco después Pascual Echagüe se vio en la precisión de abandonar a Santa Fe.  Cuando Urquiza se mueve de Rosario y Pacheco hace retirar a Lucio Norberto Mansilla de las posiciones en la costa del Paraná, Mansilla imagina que ello tiene por objeto destinarlo con infantería y artillería al extremo norte que domina Lagos con 8.000 jinetes, y defender la línea del arroyo del Medio, adonde irá a apoyarlo oportunamente Pacheco con las fuerzas que tiene en la Villa de Luján, y reunidos presentarle allí a Urquiza una batalla.  En caso de un desastre, quedaba asegurada la retirada a los cuarteles de Santos Lugares; y en todo caso se daba tiempo a que Rosas levantase la campaña del sur como un solo hombre y pusiese a Urquiza en críticas circunstancias, cercándolo de enemigos y cortándole la línea de sus recursos.  En este sentido le representó Mansilla a Rosas.  Pero Rosas le respondió que se entendiese con Pacheco; y Urquiza adelantó su vanguardia hasta el arroyo del Medio.  Cuando a la vista de Urquiza sobre este arroyo, Pacheco insiste en que Hilario Lagos se repliegue hacia el cuartel general, y Lagos le declara a Rosas por vía de protesta que él y sus soldados están resueltos a quedar allí defendiendo el suelo invadido por los aliados, Rosas le responde que está seguro de su patriotismo, y que armonice su conducta con las órdenes del genera Angel Pacheco.

Hay momentos en que Rosas reacciona.  Es cuando palpa la desorganización de todas sus fuerzas.  Entonces llama al mayor Antonino Reyes, jefe de Santos Lugares, y le habla de llamar a junta de guerra a los oficiales superiores.  Pero la reacción dura un minuto.  Es Pacheco; siempre la necesidad de Pacheco lo que lo hace variar de resolución.  Sin embargo, le dice a Reyes: “He de necesitarlo a usted a mi lado; es urgente ver a quién se ha de nombrar para que mane su batallón, y el de costeros y demás piquetes que reunidos formarán como 1.500 hombres con 6 piezas de artillería”.  Reyes indica al coronel Pedro José Díaz, experimentado militar que residía en Buenos Aires desde que fue hecho prisionero en el Quebracho Herrado (28 de noviembre de 1840) con el último cuadro de la infantería de Juan Lavalle.  “Dígale usted al señor Gobernador, le respondió Díaz a Reyes, que aprecio la confianza con que me honra: que aunque “unitario”, he de cumplir mi deber como soldado a las órdenes del gobierno de mi patria”.  Por tal incidencia se organizó esa brigada de infantería, la única que con la famosa artillería de Chilavert sostuvo hasta el fin el fuego contra los imperiales.

Lo cierto es que las disposiciones del general Pacheco daban por resultado dejar expedito a los aliados el camino que traían.  El 26 de enero, cuando los aliados llegaban al arroyo del Gato, y seguían de aquí a la laguna del Tigre (chacras de Chivilcoy), ordenó que se retiraran todas las fuerzas de la “Guardia de Luján” (actual ciudad de Mercedes), dejándole sólo 600 hombres al coronel Lagos que era el único que hostilizaba al enemigo.  Sin embargo, el 28 le escribe a Lagos que disponga lo conveniente para sus movimientos, “como lo verificó en la noche del 26 con las divisiones acampadas en el arroyo de Balta”; y que si ha hecho retirar al mayor Albornoz es por ser innecesario en presencia de la fuerte división que Lagos comanda.

Pero resultaba que no se habían verificado los movimientos que suponía el general Pacheco, pasando por alto el hecho grave de ordenar la retirada de todas las reservas a las órdenes del jefe de la vanguardia, y dejando a éste aislado con una diminuta división enfrente del enemigo a quien hostilizaba:  Lagos le respondió el mismo día 28: “El coronel Lagos, señor general, no ha verificado movimiento de ninguna especie con las divisiones acampadas en el arroyo de Balta en la noche del 26; sabía por el mayor Albornoz que V. S. había mandado retirar todas las fuerzas de la Guardia de Luján y con prontitud aquel día 26.  Si el infrascripto ha llegado a verse últimamente precisado a maniobrar, y hostilizar al enemigo, sólo por su flanco izquierdo, ha sido a consecuencia de la reprimenda que recibió por haber ido con su fuerza a la laguna de las Toscas a ponerse al frente del enemigo y en la ruta inerrable que calculó debía éste traer, como traía en efecto”. (2)

Simultáneamente con esto circulan graves acusaciones contra el general Pacheco.  Algunos avanzan que entre el 26 y 27 de enero se ha puesto al habla con el general Urquiza, a cuyo efecto hizo retirar hasta a los ayudantes del coronel Bustos de las inmediaciones de Luján.  El coronel Bustos se decide a transmitírselo a Rosas por intermedio del mayor Reyes.  “Está loco señor”, se limita a responder Rosas.  “Esta loco”, dice de un juez de paz que baja expresamente de su destino para repetir lo que sabe al respecto.  Y de uno de los que más importante papel desempeña en la legislatura, y que igualmente se lo repite, “esta loco”, dice también.

El ejército aliado avanzó de Chivilcoy hasta Luján adonde llegó en la mañana del 29 de enero.  El día 30 su vanguardia se hallaba en los campos de Alvarez, a poco más de dos leguas de algunas divisiones de la vanguardia de Buenos Aires, situada en la margen izquierda del río de las Conchas (actual río Reconquista), cubriendo el puente de Márquez.  Pacheco acababa de pasar este puente sin dar disposición alguna y tomó camino de su estancia del Talar.  Al comunicar Lagos la aproximación del enemigo, Rosas le ordenó que lo batiese, advirtiéndole que el general Pacheco, con fuerzas superiores defendería el puente de Márquez.  Con su división y las de los coroneles Domingo Sosa y Ramón Bustos (hijo del caudillo cordobés Juan Bautista Bustos), Lagos reunió como 2.500 hombres.  En la madrugada del 31 de enero formó tres columnas paralelas, cubrió su frente con algunos escuadrones ligeros y marchó al encuentro del enemigo.


Monolito emplazado en el sitio donde se libró el combate de Campos de Alvarez, el 31 de enero de 1852

Este tomo posiciones prolongándose sobre la izquierda en la dirección que Hilario Lagos traía, y donde se colocó el general Juan Pablo López con su división; en el centro el coronel Galarza con las caballerías entrerrianas, y a derecha e izquierda de este último las divisiones de los coroneles Aguilar y Caraballo, formando un total de 5.000 hombres.  Los mejores escuadrones de Buenos Aires chocaron con las aguerridas caballerías entrerrianas, y éstas vacilaron cuando Lagos en persona les llevó esas cargas que justo renombre le valieron en los ejércitos argentinos.  Pero rehechas sobre algunos regimientos que López lanzó oportunamente, mientras él maniobraba de flanco con rapidez, pudo Lagos penetrarse de la desigualdad de la lucha cuando, al generalizarse el combate, se arremolinaron algunos de los escuadrones bisoños ante aquella masa de caballería que comenzaba a envolverlos.  Entonces reunió sus mejores fuerzas, dio una brillante carga que contuvo al enemigo, y se retiró en orden sobre el puente de Márquez; perdiendo como 200 hombres, entre ellos el comandante Marcos Rubio y algunos oficiales, armas y caballos.

Los boletines del ejército aliado y el general César Díaz en sus “Memorias inéditas” (páginas 265 a 267) dan a Lagos 6.000 soldados de la mejor caballería, y contradiciéndose en los términos, así dicen que no hubo resistencia por parte de Lagos, como afirman que éste tuvo 200 muertos entre ellos jefes y oficiales, y que los aliados sólo tuvieron 26 hombres fuera de combate.  No es de extrañar que el general Díaz aceptase tales datos, pues que no tenía otros, hallándose como se hallaba a dos leguas del campo de Alvarez, e incorporándose a la vanguardia de los aliados en la mañana siguiente a la de la acción.  “Es que se creyó (y a la verdad que debía creerse) que Lagos conservaba bajo su mando la misma fuerza con que se retiró de la línea del norte.  Pero es lo cierto que en la acción de Alvarez, Lagos tenía únicamente las siguientes fuerzas: su división inmediata, milicia del Bragado y piquetes veteranos, 600 hombres; división Sosa 1.300; división Bustos 600 hombres.  La división Echagüe no estuvo en la acción, ni tampoco la división Cortina; y el grueso de la división que Lagos organizó en Bragado la hizo pasar consigo Pacheco por el puente de Márquez.

En el puente de Márquez, Lagos creía encontrar a Pacheco con infantería y artillería, conforme a las prevenciones que había recibido.  Pero Pacheco no estaba allí, ni había dejado un hombre.  Pidió órdenes, comunicando que seguía tiroteándose con las avanzadas enemigas.  Se le respondió de Santos Lugares que conservase su posición.  En la mañana del 11 de febrero se reunió a la vanguardia todo el ejército aliado en los campos de Alvarez.  Lagos lo comunicó a Santos Lugares, y recién al caer la tarde se le ordenó que si el enemigo avanzaba a pasar el río se replegase al cuartel general.

En estas circunstancias, Pacheco renunció a su cargo de general en jefe.  Fundaba su renuncia en que Rosas se hallaba en Santos Lugares a la cabeza del ejército.  Rosas recibió el golpe en medio del pecho.  Enseñándole la renuncia al mayor Reyes para que la contestase, le dijo: “Pero ¿no ve señor?…. Pacheco está loco, señor”. (3)  Y como Pacheco les ha comunicado su renuncia a los jefes para que se entiendan directamente con Rosas, y el jefe de la vanguardia pide órdenes a Santos Lugares, Rosas le responde que “no ha accedido a los deseos del señor general Pacheco, por lo que en el importantísimo destino que ocupa y que tan acertada como honorablemente desempeña, es que el ilustre general prosigue sus distinguidos servicios”. (4)

Sin embargo, Rosas montó en cólera cuando se le dijo que Pacheco no había defendido el puente de Márquez con la infantería y artillería que hizo retrogradar desde Luján, y como se le había ordenado.  “Si no puede ser -le decía a Reyes paseándose irritado- si no puede ser que el general Pacheco haya desobedecido las órdenes del gobernador de la Provincia”.  En la noche del 31 de enero, Benjamín Victorica fue a Santos Lugares de parte de Pacheco.  Rosas le habló sobre la conveniencia de poner la suma en las notas que se le dirigían, y lo despidió sin escucharle el mensaje.  En la tarde siguiente llegó el general Pacheco a Santos Lugares.  Reyes fue a anunciarlo y se volvió a conversar con el coronel Bustos.  No habían pasado cinco minutos cuando con asombro estos jefes vieron salir de las habitaciones de Rosas al general Pacheco, cabizbajo, que pasó sin saludarlos, montó a caballo y se dirigió a la chacra de Witt (5) desde donde asistió a los hechos de armas que tuvieron lugar en esos días.

La victoria de Alvarez fue naturalmente celebrada en el campo de Urquiza, y retempló la moral de los aliados quienes, en presencia de ella y de las facilidades que venía proporcionándoles el enemigo, llegaron a imaginarse, y no sin motivo, que en breves días entrarían con el arma a discreción en Buenos Aires.  En el campo de Rosas, si se experimentó la impresión de esa derrota, no se tradujo en signo visible alguno; que antes por el contrario, en la noche del 1º de febrero se pasaron de los aliados a Santos Lugares como 400 hombres, los cuales fueron recibidos entre las aclamaciones de sus antiguos compañeros.  El mismo espíritu de decisión en favor de Rosas mostraban las poblaciones de Buenos Aires, movidas por cierto atavismo encarnado en sentimientos enérgicos, que vivían al calor del esfuerzo común iniciado en la adversidad, e incontrastablemente mantenido entre los rudos vaivenes de la lucha.  Los que formaban en el ejército creían defender el honro nacional contra un extranjero que invadía la Patria.  ¿Sería eso pura poesía?  Es la poesía del honor, el cual no tiene más que un eco para la conciencia individual: las gentes de las campañas no veían más que el hecho inaudito de la invasión del Imperio del Brasil y rodeaban a Rosas en quien personificaban la salvación de la Patria.

Véase lo que respecto de esto último decía el general César Díaz, jefe de la división oriental del ejército aliado: “Los habitantes de Luján manifestaban hacia nosotros la misma estudiada indiferencia que los de Pergamino; y a los signos exteriores con que éstos habían hecho conocer su parcialidad con Rosas, agregaban otras acciones que denotaban con bastante claridad sus sentimientos.  Exageraban el número y calidad de las tropas de Rosas.  Traían a la memoria todas las tempestades políticas que aquél había conjurado, y tenían por cosa averiguada que saldría también victorioso del nuevo peligro que lo amenazaba”.

Y cuando todo el ejército aliado acampó en Alvarez, véase cuales eran las impresiones del general Urquiza, según el mismo general Díaz: “Fui a visitar, dice el general Urquiza y lo encontré en la tienda del mayor general.  Se trató primero de la triste decepción que acabábamos de experimentar respecto del espíritu de que habíamos supuesto animado a Buenos Aires.  Hasta entonces no se nos había presentado un pasado.  Si no hubiera sido –dijo el general- el interés que tengo en promover la organización de la República, yo hubiera debido conservarme aliado a Rosas, porque estoy persuadido que es un hombre muy popular en este país”.  Y el general Díaz agrega: “Si Rosas era públicamente odiado, como se decía, o más bien, si ya no era temido, ¿cómo es que dejaban escapar tan bella ocasión de satisfacer sus anhelados deseos?  ¿Cómo es que se les veía hacer ostentación de un exagerado celo en defensa de su propia esclavitud?  En cuanto a mí, tengo una profunda convicción, formada por los hechos que he presenciado, de que el prestigio del poder de Rosas en 1852 era tan grande, o tal vez mayor, de lo que había sido diez años antes, y que la sumisión y aun la confianza del pueblo en la superioridad de su genio, no le habían jamás abandonado”. (6)

Referencias

(1) Papeles de Martiniano Chilavert (Copia en archivo de Adolfo Saldías).
(2) Manuscrito en el Archivo de Adolfo Saldías.
(3) Referencia del señor Antonino Reyes.
(4) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.
(5) Referencia del señor Antonio Reyes.
(6) Véase “Memorias inéditas”, páginas 263 y 270.

Fuente

Díaz, César – “Memorias Inéditas” – Publ. Adriano Díaz – Buenos Aires (1878).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo, Buenos Aires (1951)


Se permite la reproducción citando la fuente: http://www.revisionistas.com.ar/?p=7303

lunes, 5 de marzo de 2018

China: Imágenes del desembarco en las Islas Yijiangshan

Fotos históricas raras del día: Batalla de las Islas Yijiangshan hace 63 años



Esta victoria del ELP sobre el KMT ocurrió el 20 de enero de 1955. La batalla fue considerada una exhibición de la moderna operación anfibia conjunta de la República Popular China con 182 aviones, 137 naves navales (incluyendo más de 70 embarcaciones de desembarco y más de 40 buques de escolta) .5000 tropas y 30,000 civiles de apoyo participaron.

Hay una entrada del wiki en esta batalla, así como la Operación Anfibia Conjunta del ELP Yijiangshan de Kevin McCauley: El Prólogo es Prólogo Publicado (aquí) Mejor aún, echa un vistazo a los Ataques de PL de Xioabing Li y las Operaciones Anfibias durante las Crisis del Estrecho de Taiwán de 1954-55 y 1958 en la guerra de China: la experiencia del ELP desde 1949 editada por Mark A. Ryan, David M. Finkelstein y Michael A. McDevitt. (aquí)

Huangpu Class FAG (Tipo 53A) que proporciona apoyo de fuego naval


Lancha de desembarco Dadui, 5ta Flota, Distrito militar de Huadong 




Lanchas de desembarco de 100 toneladas Tipo 066 y Tipo 363A





Tupolev Tu-2 proporcionando apoyo aéreo


Prisioneros de guera del KMT capturados



China Defense

lunes, 5 de febrero de 2018

Argentina: Batalla de Caseros logra la unificación nacional y la entrada en la modernidad

La Batalla de Caseros, punto de partida de la unión nacional

La contienda militar, celebrada el 3 de febrero de 1852, es el hecho que habilita la organización del país y la sanción de una constitución orientada a construir un estado central republicano

Por Diego Valenzuela ||  Infobae




La Batalla de Caseros (3 de febrero de 1852) es uno de los momentos clave en la fundación de la Argentina moderna. Por un lado representa la conclusión de un debate por el control del puerto de Buenos Aires, su aduana o el acceso a los ríos, y por otro es el epílogo final de un conflicto entre federalismo y centralismo. No es sólo una batalla, es el punto de partida para la unión nacional, el hecho que habilita la organización del país y la sanción de una constitución orientada a construir un estado central republicano, resguardando los valores del federalismo.

Siempre me sentí orgulloso de haber nacido en Caseros, muy cerca de donde ocurrió esta histórica batalla. Hoy me toca ser el intendente de Tres de febrero, justamente, municipio que debe su nombre a ese hecho y donde se asientan dos mudos testigos de aquellos acontecimientos: la chacra de Diego Casero y su histórico Palomar, ambos declarados monumentos históricos nacionales y situados dentro del predio del Colegio Militar de la Nación. En la casa de Casero -una chacra construida en 1788 que producía alimentos para la Buenos Aires colonial- se realizó además la primera reunión que culminó con el Pacto de Unión Nacional (San José de Flores).

El lugar merece una visita: en él se respira historia, se puede observar un paisaje casi como el que vieron Rosas y Urquiza.  Allí hacemos la Noche de los Museos y una muy entretenida carrera de 10 kilómetros que atraviesa no sólo los lugares históricos, sino la pista de entrenamiento de los cadetes del Colegio Militar y hasta un arroyo.

La batalla en sí misma se realizó probablemente entre las 8 y las 14 horas de aquel 3 de febrero de 1852. En total participaron algo más de 50 mil hombres y desde el mismo comienzo las tropas del Ejército Grande mostraron su superioridad, pese a que los federales contaban con cuatro coheteras, última tecnología en armas por entonces.

Según se sabe, algunos de los jefes rosistas -con Ángel Pacheco a la cabeza- desistieron en días previos al combate por estar en desacuerdo con los planes trazados por Rosas; cuando éste advirtió que el resultado del enfrentamiento era irreversible, comenzó a alejar a sus asistentes delegándoles diversas misiones y acompañado por un reducido grupo se alejó del campo de batalla.

Fue en estas circunstancias que su yegua Victoria, así llamada en homenaje a la reina de Inglaterra, rodó (se cree que metió una de sus patas en una vizcachera) y provocó una supuesta caída de Rosas. Las consecuencias de esto se ven claramente expresadas en su renuncia cuando pide perdón "por lo trabajoso de mi letra". La caída hizo que un almacén de ramos generales (pulpería) de las cercanías pasase a llamarse "El trompezón", término que dio el nombre a una estación del ferrocarril Urquiza: Tropezón, en el actual barrio de Caseros.

En la batalla sobresale la presencia, además de Rosas y de Urquiza, de futuros presidentes argentinos: Mitre y Sarmiento, quien obraba como boletinero del Ejército Grande. Es este último quién relata los hechos y pone foco en algo singular: Purvis, el perro de Urquiza. El nombre se lo puso el entrerriano como homenaje a Robert Purvis, un militar inglés que había adherido a la causa contra Oribe (sitio de Montevideo). Parece que el perro era celoso guardián de su jefe, quien lo halló en Montevideo y lo mantuvo cerca durante toda la campaña; aparece incluso en los grabados que realiza Penutti y que se editan en la imprenta del Ejército Grande. Sarmiento contaba que una vez se cruzó con Mitre volviendo de la carpa de Urquiza y lo primero que le preguntó don Bartolomé fue: ¿No lo mordió Purvis?

El autor es historiador e intendente de Tres de Febrero.

martes, 9 de enero de 2018

Argentina: Guerra del Litoral

Guerra del Litoral (1841-1842)


Gral. José María Paz (1791-1854)


Revisionistas

Muerto el general Lavalle, y restablecidas las autoridades federales en las provincias del interior, de Cuyo y del norte, la guerra contra el gobierno de Rosas quedó circunscripta en el litoral y mantenida por el presidente del Estado Oriental, general Fructuoso Rivera, y por el brigadier Ferré gobernador de Corrientes, en virtud de los arreglos que databan del año 1838, ratificados y ampliados a favor del primero, en el año 1840.  Los que han seguido la conducta de Rivera, comprenderán que esa guerra tenía una doble faz para el astuto caudillo oriental: la de destruir el poder de Rosas erigido sobre cimientos esencialmente argentinos; y la de realizar sus antiguos proyectos de extender el suyo propio a las provincias de Entre Ríos y Corrientes, al Paraguay y a Río Grande.  A este fin subordinaba ladinamente la guerra, los hombres y los recursos que caían en sus manos.  Después de Cagancha y de la retirada del general Lavalle, creyó que había llegado el momento de dar un gran paso adelante; y si no lo dio fue por las resistencias que encontró en los republicanos de Río Grande, y porque Rosas, que conocía también sus proyectos, no era tan tonto como para dejarle Entre Ríos a su merced.  Pero consiguió por lo menos extender su influencia dominadora en Corrientes y servirse del gobernador Ferré como de un instrumento dócil a sus miras, al favor del supremo mando militar con que este último lo hizo investir, y de los compromisos que contrajo de repeler con sus fuerzas la invasión anunciada de Echagüe.  Y tanto la había cimentado que fue necesario que esa invasión se hiciese inminente, y que se pronunciase la opinión de Corrientes contra la incapacidad del gobernador, para que Ferré se decidiese a nombrar a Paz general en Jefe de las fuerzas que debían reunirse y organizarse.

Esta alianza entre Rivera y Ferré no había producido mejores resultados hasta el año 1840 que el de neutralizar y anarquizar una buena parte de los importantes elementos de Corrientes, los cuales bajo la dirección de un hombre de las condiciones y talentos del general Paz, por ejemplo, habrían podido disputar con probabilidades serias el predominio del partido que venía luchando desesperadamente desde 1835.  Cierto es que muchos personajes de Montevideo y de Corrientes trabajaban con Rivera y con Ferré para que éstos le proporcionasen al general Paz los recursos de que carecía, y le dieran amplia libertad de acción; como quiera que estuviesen convencidos de que lo que él hiciese no eran capaces de hacerlo juntos esos dos personajes, aunque multiplicasen por sí mismos sus marcadas inclinaciones a ser los primeros.  Pero ello era completamente inútil; en primer lugar, porque no cabía en la mente de Rivera la idea de contribuir a que Paz se crease en el litoral una influencia de primer orden, que le cruzaría irremisiblemente a él los planes; y en segundo lugar, y esto era lo más notable, porque los mismos unitarios argentinos que rodeaban a Rivera, preferían que fuese éste, pero no Paz, el que tuviese en sus manos los hilos y todos los recursos con que manejaba y entretenía esa guerra cuyo desenlace a ser favorable a Rivera, le habría costado a la República Argentina dos de sus más importantes provincias.

Había esto de singular, sin embargo; que Rivera por frío y calculado egoísmo, y Ferré por el pavor que le inspiraba la invasión del ejército federal, concordaban en que Paz ofrecía garantías positivas de éxito al frente de las fuerzas de Corrientes.  En cuanto a darle un vasto campo de acción, Rivera y los argentinos “riveristas” se lo habrían dado a condición de que se subordinara a las miras y a la influencia del Director de la guerra.  Pero Paz conocía estas miras y si bien aceptó un rol secundario con la esperanza de inclinar a Ferré de su parte y poder dirigir por sí solo la guerra a la luz de conveniencias argentinas; se resistió a servirle de instrumento dócil al ambicioso caudillo oriental.

La firmeza de Paz le valió naturalmente la ojeriza y en seguida las hostilidades de Rivera.  El se sobrepuso a ellas y continuando hasta donde le fue posible la ruda y difícil tarea que le había confiado Ferré.  “Al principio, dice él mismo, Rivera disimuló y sólo trató de arrancarme un pronunciamiento contra el general Lavalle.  Cuando se desengañó de que no podía obtenerlo, se quitó la máscara y me declaró una guerra abierta”. (1)  A tan lejos llegó Rivera, que al mismo comisionado Valdés le aseguró que tenía motivos bastantes para durar de la fidelidad del general Paz, y le manifestó la conveniencia de separarlo del mando.  Valdés se la comunicó a Paz y a Ferré.  Paz, ofendido en su honor de caballero y de soldado, renunció al mando del ejército, pero Ferré no le admitió tal renuncia, y así se lo comunicó a Rivera en una nota en la que levantando el nombre de Paz le decía: “El gobierno por estos antecedentes tan bien conocidos como valorados por todos los pueblos de la República…. Se hubiera degradado a sus propios ojos, a los de los pueblos hermanos, y hubiera contrariado los intereses nacionales admitiendo la renuncia; y expresó al general de un modo tan irrevocable como él la hizo, que no la admitiría”. (2)

Hostilizado por Rivera; retado por Ferré, que a la circunstancia de dar crédito a las insidias de éste, añadía una ignorancia en materias militares y una obcecación proverbiales (3), Paz consiguió, sin embargo, algo como un prodigio.  Con los contingentes reclutados en los departamentos de Corrientes, contuvo la invasión del poderoso ejército de Echagüe, y organizó como él sabía hacerlo, el “ejército de reserva”.  Paz llevó a cabo esta ímproba tarea con los míseros recursos que le prestaba Ferré bajo el más escrupuloso inventario; luchando con todos los inconvenientes de la indisciplina fomentada por los caudillos locales en las barbas del gobernador; y supliendo con arte los medios que escaseaban; utilizando cuanto caía en sus manos para crear sus materiales de guerra; instruyendo a sus soldados con ejemplar perseverancia y dotándolos de oficiales formados por él mismo; estableciendo talleres y maestranzas sobre la más severa economía y hábil distribución; y sometiendo a todos los que estaban bajo sus órdenes a una disciplina y a un orden tan estrictos que no podían menos de aplaudir los que, dudando del éxito de Paz, apenas salían de su asombro al ver esos instruidos artilleros, esos cuadrados infantes en vez de las enormes masas de caballería como fuerza principal de los ejércitos y que se desbandaban al primer amago de la derrota.

Cuando tuvo Paz 1.500 soldados aproximadamente, levantó su campo de Laguna Avalos y se dirigió sobre el río Corrientes, en circunstancias en que el general Echagüe amagaba con su ejército la capital de la provincia y Goya simultáneamente.  Al saber Rivera que los soldados de Paz se batían ventajosamente con las partidas de la vanguardia federal al mando del general Servando Gómez, le escribió a Ferré que en breve pasaría al Uruguay para dirigir las operaciones contra Echagüe.  Ferré, que a pesar de ser brigadier general, no atinaba como Paz podía entretener a Echagüe hasta que se encontrase fuerte para vencerlo, lo instaba a su vez a que verificase su pasada, y duplicándole las fuerzas del ejército de Paz, como si quisiera darle ánimos, le escribía: “Tres mil valientes desean el día de un combate para desplegar su bravura, y a la par de los vencedores de Cagancha, ofrecen la más lisonjera idea del resultado; pero es preciso no dejarlos solos en la cuestión; es necesario que V. E., a costa de cualquier sacrificio, reúna sus esfuerzos a los de los correntinos para que un instante no vacilen en la cooperación oriental que tiene mucha parte en sus esperanzas”. (4)

Lo positivo es que Rivera entretenía a Ferré esperando un resultado de la campaña de Corrientes, para en caso de que éste fuese desfavorable a Paz presentarse él como indispensable, reunir bajo sus órdenes todos los elementos de esta provincia y proceder como se lo aconsejasen sus intereses.  Y, lo que era peor, Rivera mandaba continuamente a traer, con diferentes pretextos, oficiales y soldados correntinos que iban a engrosar su ejército acampado en el Durazno.  Halagando a esos jefes y oficiales, Rivera no ocultaba sus deseos de cimentar su influencia militar en Corrientes; y se resistía a entregar los soldados respondiéndole a Ferré, que se los reclamaba, que en breve irían con él mismo.  Mientras tanto entablaba relaciones con el general Urquiza por intermedio de don Benito J. Chaim, las cuales tenían por objeto entenderse directamente con ese general, separándolo de la causa federal que sostenía.  Y tanta importancia les atribuía que como Paz le avisase que la vanguardia de Echagüe estaba en la frontera, él le respondió que no tuviese el menor cuidado, pues este general había licenciado su ejército. (5)

Ferré alcanzó toda la trascendencia de la conducta de Rivera por lo que a Corrientes tocaba principalmente, y le encareció la necesidad de que celebrasen ambos una conferencia en un punto intermedio, dirigiéndole con tal motivo una extensa carta en la que le hacía sentir su resolución de conservar a Corrientes como provincia argentina, y de la que me ocuparé más adelante.  Rivera no pudo menos que responderle que se ponía en marcha; pero como transcurrieron otros dos meses y ni su ejército ni él aparecían, Ferré le escribió desde el campo de Paz en Villanueva que regresaba a la capital con el sentimiento de haberse frustrado la acordada entrevista.  “La premura del tiempo –agregaba- no permite al infrascripto extenderse en esta nota como debía; más no omitirá cumplir el sagrado deber, a que impelen las circunstancias, de retirar a V. E. su solicitud de que haga marchar a esta provincia los hijos de ella que están en esa república dispuestos a venir a prestar sus servicios en el ejército de reserva al lado de sus compatriotas; ello colmará los temores y desconfianzas que principian a sembrar nuevos enemigos en perjuicio de la causa que defendemos” (6).  Fuera o no exacto esto último, la verdad es que en Entre Ríos se hablaba públicamente de los planes ambiciosos de Rivera; y que Echagüe le había remitido a Rosas comunicaciones de éste a jefes de Entre Ríos en las que pretendía ganarlos para su causa, como asimismo las copias de las dirigidas a Urquiza por Chaim y por Vicente Montero en seguida.  Está demás decir que mucho más que todo esto, a lo que se daba verdadera importancia en Buenos Aires era a la presencia de un general como Paz al frente de 2.500 hombres con los cuales se preparaba a repeler la invasión que se le trajese a Corrientes.

Batalla de Punta Carretas

Hasta entonces el gobierno de Rosas pudo no abrigar temores respecto del litoral y de las aguas que lo bañan; pues el ejército de Echagüe, oportunamente reforzado, se bastaba para contener a Rivera; y la escuadra argentina al mando de su antiguo almirante el legendario Brown, había obtenido una serie de ventajas sobre la oriental mandada por el comodoro Coe.  A fines de marzo (1841) Brown se había dirigido a Montevideo, con los bergantines Belgrano, San Martín, Vigilante, Echagüe con la goleta 9 de Julio y la corbeta 25 de Mayo (7); y uno de sus primeros pasos había sido el de ofrecer las seguridades más amplias al comercio marítimo, respondiendo a la consulta que le hicieron el cónsul británico y el de los Estados Unidos, que los buques neutrales que se hallaban en este puerto podían continuar sus operaciones de carga y descarga, como también salir con carga del mismo puerto los buques con bandera argentina u oriental. (8)  La escuadra oriental, compuesta de los bergantines Pereyra y Montevideo, de la corbeta Constitución y tres goletas, permaneció al abrigo en el puerto de Montevideo hasta mediados de mayo, cuando Brown se retiró con dos buques como a una legua al noroeste del Cerro e hizo retirar los restantes calculando que Coe, suponiéndole débil, se decidiría a un combate.  En efecto, en la mañana del 24 e mayo Coe se vino con toda su escuadra sobre la Argentina, empeñándose la acción a sotavento.  Después de dos horas de fuego Brown pretendió interponerse entre el enemigo y el puerto, pero Coe, a pesar de su superioridad, maniobró para conservar su retirada, la que efectuó después de tres horas de un fuego sostenido, dejando a su adversario dueño de las aguas.  Al día siguiente el Belgrano y el San Martín dieron caza respectivamente a dos buques enemigos, sin que los que le quedaban a Rivera pudiesen impedirlo a causa de las averías que habían sufrido en el combate. (9)  En los subsiguientes combates navales la victoria había sido de Brown; de manera que a fines de 1841, la escuadra argentina surcaba triunfante las aguas del Plata (10) y Rivera, malavenido con Coe, aprestaba nuevos buques que puso a las órdenes del comandante Giuseppe Garibaldi.

Pero en sentir de Rosas estas ventajas podían quedar esterilizadas a consecuencia de un golpe decisivo del general Paz sobre el poderoso ejército al cual tenía en jaque frontera de por medio; y seguido probablemente de otros no menos importantes si, como no era de dudarse, se confiaba a las manos de este militar tan hábil como científico la suma mayor de elementos que constituían la resistencia, una vez que se sabía positivamente que el jefe prestigioso que la había encabezado acababa de morir en los confines de la República.  Desde este punto de vista, Rosas rendía a los méritos del general Paz, justicia más cumplida que los que diciéndose partidarios de éste, cohonestaban sus propósitos y pretendían someterlo a la voluntad de Rivera.  Rosas calculaba bien, porque lo hacía partiendo de la incapacidad de Rivera para dirigir los elementos que todavía podían oponérsele en el litoral; pero sus enemigos calcularon de distinto modo, y cuando se apercibieron de su error ya era demasiado tarde.  Y eso que aun los allegados de Rivera sentían la conveniencia de auxiliar a Paz en todo lo posible.  “La porción rica y vital de la revolución está intacta –le escribía en octubre de 1841 el doctor Juan Bautista Alberdi a Martiniano Chilavert, comandante general de artillería del ejército de Rivera-, reside en los dos litorales, de donde ha salido y saldrá siempre escrito el destino general de la República Argentina.  Usted que tiene voz delante del hombre que todo lo puede entre nosotros, trabaje por decidirlo a tomar la revolución como se la da formulada el tirano enemigo….. ocupemos el Entre Ríos volando…. No dejemos sucumbir a Paz; su existencia es solidaria con la nuestra.  Ante el enemigo somos una misma cosa”. (11)  “Entiendo que entre las primeras necesidades predomina la pronta presencia del general Rivera del otro lado del Uruguay”, le escribía al mismo coronel Chilavert el doctor Santiago Vásquez en noviembre del mismo año.  “Trabaje usted, pues, por conseguir este objeto a todo trance.  El general Paz hace buen uso de las posiciones que le ofrece su terreno; pero si Echagüe aumentase su ejército, es de recelar que todo se malograse, si nosotros no nos hubiésemos anticipado”. (12)

Batalla de Caaguazú

A pesar de sus compromisos, Rivera mantuvo su ejército acampado en Durazno.  Lo más que hizo fue situar una división en el Paso de los Higos cuando Echagüe inició operaciones sobre Paz.  Véase como se expresa Paz al respecto: “¿Qué decir de la promesa de estar pronto con 4.000 hombres para pasar el Uruguay antes de veinte días?  Diré solamente que no tuvo la intención de cumplirla; porque para él el ofrecimiento más solemne, hasta la fe jurada, no es más que un juego de voces sin consecuencia.  Establecido ya como está sobre bases indestructibles su crédito de falsario, ha declinado toda responsabilidad, de modo que ésta vendría a pesar sobre quien lo creyese, fiándose en sus promesas.  Así me habría sucedido si no las hubiese apreciado como se merecen.  Jamás pensó el general Rivera en hacer cosa alguna a favor de Corrientes relativamente a repeler la invasión que sufría, y voy a dar una prueba incontestable.  El coronel don Bernardino Baez estaba situado con 500 hombres en el Paso de Higos, mirando el territorio de Corrientes que sólo divide el río Uruguay. No sólo según sus órdenes no pasó un solo hombre de su fuerza, pero ni hizo una simple demostración, como pudo hacerlo sin compromiso y sin peligro…. Su única comisión se reducía a recoger los restos del ejército correntino, que pensaba habían de ir a asilarse en el territorio oriental”. (13)

Paz no contaba, pues, más que con los recursos que le proporcionaba la provincia de Corrientes; y a fe que supo sacar de ellos el mejor partido posible.  Intimamente persuadido, por otra parte, de que él era el principal punto de mira del poderoso ejército federal que se le venía encima, y de que un revés que él sufriese desbarataría irremisiblemente la resistencia en el litoral, si Rivera se apoderaba de los elementos de Corrientes una vez que él desapareciese de la escena, Paz dejó que Echagüe tomase para sí las primeras ventajas de la campaña, a condición de que lo dejase a él asegurarse del éxito definitivo por medio de una conducta hábil y prudente.  Cuando Echagüe vino en su busca, él eludió la batalla retirándose hacia los departamentos que mayores recursos le ofrecían, y entreteniéndolo con una guerra de partidas mientras completaba la organización y remonta del ejército de reserva.  Al efecto confió al general Núñez una división de vanguardia, formada de los cuerpos que mandaban los generales Juan y Joaquín Madariaga, la cual debía operar en los departamentos de Curuzú Cuatiá y Pay-ubre, tomando la ofensiva cuando se le presentasen probabilidades de éxito, y retirándose en el caso contrario.  Núñez chocó bien pronto con fuerzas federales en el arroyo de María Grande, donde perdió un capitán y le mataron más de veinte hombres.  Esto lo determinó a retirarse lentamente, observando al enemigo que avanzaba hacia el río Corrientes.

Entonces Paz resolvió hostilizarlo por retaguardia, haciendo pasar gruesas partidas que interceptaban las comunicaciones de Echagüe con Entre Ríos y lo obligaban a emplear fuertes divisiones para proveerse del ganado de consumo.  Y extendiendo estas operaciones le ordenó al coronel Velazco que reuniese todas las partidas al sur del río Corrientes y cayese sobre el pueblo de Mercedes, diez leguas a retaguardia de Echagüe, y defendido a la sazón por el coronel Desiderio Benítez.  Velazco chocó en la entrada del pueblo con un fuerte escuadrón del comandante Tacuavé, lo puso en fuga y se apoderó del pueblo haciendo varios prisioneros y entre ellos el mencionado Benítez, a quien Paz hizo fusilar en nombre de la suprema razón de la época, de ser activo cooperador del enemigo. (14)

Estas bien combinadas operaciones decidieron a Echagüe a precipitar los sucesos provocando a Paz a una batalla.  Con este designio marchó sobre el río Corrientes.  Paz se retiró en la misma dirección, pero tomando el camino de Pay-ubre, y atravesando este arroyo con su ejército por el paso de Pucheta.  Echagüe lo siguió pasando el arroyo arriba por el Naranjito, de manera que ambos quedaron situados en el rincón o embudo que forma el Pay-ubre con el río Corrientes.  Pero sea que reconociese mucho más ventajosa la posición de Echagüe, y calculase desde entonces batirlo en circunstancias en que éste pasase el río Corrientes, el hecho es que Paz atravesó la margen derecha del río por el paso de Caaguazú.  Este, el de Capitamini y el de Moreira eran los tres vados, siendo de advertir que el último era el que ofrecía mayores dificultades en la primavera y el verano, a causa de una planta acuática que se extiende en la superficie del agua y que los naturales la conocen con el nombre de camalote.

A ese paso fue a donde se aproximó Echagüe, acampando tranquilamente y dándole a Paz tiempo suficiente para que le obstaculizase el pasaje; en vez de haber atravesado el río simultáneamente con su enemigo por Capitamini, o sea como a dos leguas más arriba del de Caaguazú, si su intención era dar la batalla, y contaba probabilidades de un buen resultado.  Fue este un error capital de Echagüe, quien no supo repararlo –con grandes ventajas para sí- cuando Paz repasó el río para darle la batalla.  Su falta de resolución y su subsiguiente inacción fortalecieron la certidumbre que adquirió Paz de vencerlo, calculando científicamente sobre el terreno las probabilidades que mediaban de parte a parte, ni más ni menos que como San Martín lo había hecho la víspera de Maipú.

En estas circunstancias llegó al campo de Paz y se incorporó al ejército de reserva el coronel Salas con poco más e 300 hombres, que se separaron del general Lavalle en la provincia de Salta.  Casi al mismo tiempo recibió Paz al coronel Ramón Ruiz Moreno, comisionado del general Pablo López, gobernador de Santa Fe, para ajustar con Corrientes un tratado de alianza contra el gobierno de Rosas.  Es de advertir que Paz, fiado en el buen crédito que le asignaban sus hechos, y con la habilidad que le era característica, había iniciado de su parte esas negociaciones, calculando sobre el resentimiento de López contra Rosas y sobre que si López se prestaba a ayudarlo con los recursos de Santa Fe, él podía tener bajo su dirección los necesarios para llegar hasta Buenos Aires y luchar con el poder de Rosas.  Ya preparadas así las cosas, el doctor Ruiz Moreno a nombre de Santa Fe, y el doctor Derqui a nombre de Corrientes, ajustaron el mencionado tratado, acordando por cláusula especial mantenerlo secreto hasta la oportunidad conveniente. (15)  Paz exigió que López se dirigiese a ocupar el Paraná, mientras él se preparaba a atacar a Echagüe; y así lo prometió el enviado de Santa Fe al retirarse para su provincia.

En la noche del 26 de noviembre, Paz se resolvió a atravesar el río Corrientes por el paso de Caaguazú.  Cuando por la tarde ya estaban listos los botes para el pasaje de los cañones y de los soldados que no podían efectuarlo a nado, las columnas de Echagüe avanzaron por la ribera sur sobre el paso de Capitamini y empeñaron un fuerte tiroteo con las de Paz en la orilla opuesta.  Paz llegó a creer que su enemigo pretendía atravesar cuando él lo hiciese por el paso de Caaguazú; y vaciló ante las consecuencias fatales que esto podría traerle.  La razón era obvia.  A verificar esa acertada operación Echagüe habría decidido la campaña en su favor; pues Paz habría quedado fuera de la base de las suyas, en los departamentos despoblados que habían recorrido los invasores, y aquél habría quedado en posesión de la parte importante de la provincia y de los recursos que ella contenía; pudiendo al favor de movimientos rápidos llevar la influencia de sus armas hasta la misma capital, y batir en seguida a Paz cuyo ejército habría perdido en moral y en fuerza lo que él habría aprovechado en mérito del éxito de la invasión.  “El terror se había apoderado de todos –dice Paz refiriéndose a esas circunstancias- y mi mismo ejército corría peligro de desbandarse para ir sus individuos a socorrer sus familias que estaban a merced del enemigo.  No me quedaba sino repasar el río por donde lo había pasado, lo que podía estorbarme el enemigo; o ir a buscar otros pasos más abajo….” (16)  Pero Echagüe prefirió renunciar a todas esas ventajas permaneciendo encajonado en su misma posición; y todavía cometió el error de retirarse de la ribera dejándole a Paz expeditos los pasos de Caaguazú y de Capitamini.

En la noche indicada Paz hizo pasar su vanguardia al mando del coronel Velasco; y en pos de ésta pasaron las demás divisiones.  La primera avanzó para conocer la posición del enemigo, y las últimas, sin alejarse de la orilla del río, tomaron su orden de colocación, designado por el general en jefe, a saber: el ala izquierda de caballería correntina y división del coronel Salas a las órdenes del general Angel Núñez; el centro compuesto de tres batallones de infantería y de diez piezas de artillería a las del general en jefe; y la derecha, de caballería, a las del general Ramírez.  A las diez de la noche el coronel Velazco chocó con las guerrillas de Echagüe apoyadas en fuertes reservas; y como ese jefe fuese reforzado a su vez con algunas compañías de infantería se empeñó una verdadera batalla a pocas cuadras del grueso de ambos ejércitos y que duró hasta cerca de la madrugada  El 28 de noviembre Echagüe amaneció formado con su ejército fuerte de 5.000 hombres, apoyando su derecha en sus mejores caballerías al mando del general Servando Gómez; el centro en dos batallones de infantería y doce piezas de artillería al mando del coronel Juan B. Thorne; y la izquierda en dos fuertes columnas de caballería a sus inmediatas órdenes.

Entre estas dos posiciones, la de Paz era incuestionablemente más difícil, pues tenía a sus espaldas un gran estero y poco más lejos el río Corrientes; siendo de advertir que el extremo del primero formaba con los barrancos del segundo, como un ángulo agudo cuyos lados se cortaban antes de llegar a sus vértices formando una especie de cono, o mejor, de embudo.  Esta posición fue sin embargo la que sostuvo Paz, y alrededor de ella se desenvolvió la batalla.  La línea de Echagüe se extendía casi perpendicular al lado del ángulo formado por el estero, y su primer movimiento decisivo fue prolongar su derecha en dirección a río para flanquear a su enemigo y estrecharlo en el estero.  Pero Paz, calculando matemáticamente las probabilidades de parte a parte en esos momentos de solemne expectativa que tornan decisivas las concepciones rápidas del genio militar, se propuso sacar de ese movimiento todas las ventajas que esperaba para sí su contrario, dándole un jaque mate con las mismas piezas y por el mismo camino que éste había escogido.  Para esto, Paz varió inmediatamente la formación de su infantería haciéndola oblicuar de frente y retirando el ala derecha de manera que se apoyara en el estero; colocó un batallón y dos piezas de artillería en el estrecho referido; y ordenó al general Núñez que se moviese sobre su izquierda y que cuando el enemigo pronunciase su movimiento ofensivo, se replegase rápidamente, entrase por entre el ángulo que formaban el estero y el río y pasase el estrecho.

El general Núñez maniobró hábilmente en ese sentido.  Las caballerías de Gómez se lanzaron sobre él suponiéndolo en derrota; pero a medida que avanzaban les iba faltando el terreno en los costados del río y del estrecho y perdían su formación.  Al aproximarse al estrecho los fuegos cruzados de dos batallones acabaron de desmoralizar la división Gómez, la cual se precipitó en desorden fuera del campo de batalla.  Simultáneamente la derecha de Ramírez, después de llevar algunas cargas con éxito dudoso, arrojó lejos también a la izquierda de Echagüe, no quedándole ya a éste más fuerza organizada que el centro, el cual disputaba la victoria,  La artillería de Thorne apagó los fuegos de la de Paz; y le habría desmoralizado su infantería si ésta no hubiese iniciado un movimiento de frente, simultáneamente con las caballerías de Núñez y Ramírez que decidieron la retirada de Echagüe.  Esta se practicó en orden, con toda la artillería, parque, bagajes, etc.  Cuando Paz se aproximaba, Echagüe hacía alto, la artillería de Thorne recomenzaba sus fuegos, y proseguía la retirada después de haberlo contenido.  Pero acosado cada vez más, tuvo que abandonar sus carretas, en seguida algunos cañones y por fin su infantería, dirigiéndose él con sus restos dispersos a Entre Ríos. (17)

Sobre la marcha Paz resolvió ocupar Entre Ríos; sacar de aquí los recursos que pudiese; darse la mano con Santa Fe, e invadir oportunamente Buenos Aires.  Pero para precaverse contra una deserción, dada la obcecación con que Ferré sostenía que sus soldados no obedecerían otras órdenes que las suyas fuera del territorio de Corrientes, le fue menester detenerse en Curuzú Cuatiá y demostrarle al gobernador la conveniencia de la campaña inmediata sobre Entre Ríos.  Ferré llamó a sí a los jefes correntinos, y no fue sino después de repetidas conferencias, y de haberse reunido las caballadas para el ejército, que el vencedor de Caaguazú pudo llegar al río Mocoretá.  La influencia de Rivera y de los generales Madariaga sobre Ferré, maniobraron de modo que esta campaña se convirtiera en una guerra de pillaje en la rica provincia de Entre Ríos.

Fue para morigerarlo, cuando menos, que Paz propuso a Ferré que se destinase el gran rincón que forma el Miriñay con el Uruguay para depositar las haciendas de todos los federales de Entre Ríos y Corrientes, cuyos establecimientos clasificaría el mismo general o la persona que nombrase Ferré, y de la cuales se sacaría para el consumo del ejército, reservándose las que quedasen para repartirlas entre los que hubiesen hecho la campaña. (18)  Al dejar consignado este rasgo característico de la época, Paz dice que “aún los díscolos hubieran aprovechado mejor lo que debió ser el premio de sus buenas acciones y no el fruto de sus rapiñas”; olvidando que esa era la guerra de expoliación que abría la puerta a represalias como las que había tomado Rosas en Buenos Aires, después que Lavalle arreó de la campaña de esta provincia las haciendas que pudo; y como las que tomaban los demás gobiernos confederados en igualdad de circunstancias respecto de sus enemigos.

Por su parte, Rivera, así que tuvo noticia de la victoria de Caaguazú, y de que Paz avanzaba sobre Entre Ríos por el norte, pasó el Uruguay al frente de unos 2.500 hombres.  Una de sus primeras medidas fue la de acaparar cuantos ganados encontró en su tránsito.  El general Urquiza que había sido electo gobernador el mes anterior (15 de diciembre) tuvo que cederle el terreno, retirándose para Gualeguay, por donde avanzaba la vanguardia de Paz al mando del general Núñez.  Viéndose impotente para resistir a esta doble invasión, Urquiza pasó el Paraná como con 500 hombres, dejándole a Rivera algunos prisioneros y más de 6.000 caballos.  Simultáneamente Paz hizo ocupar la capital del Paraná por la división del general Ramírez; y la legislatura nombró (29 de enero) gobernador provisorio al comandante Pedro Pablo Seguí.

Cinco días después entró Paz en la capital, y se dirigió al nuevo gobernador manifestándole que esta elección “hecha por el voto libre de los representantes, hace ver que el grito de libertad y muerte a los tiranos que han lanzado luego que se vieron libres del ominoso poder que los oprimía, es el sentimiento  que proclaman y que están resueltos a cumplir”. (19)  Pero esta era mera fraseología de la época.  La provincia de Entre Ríos era decidida por la federación.  Paz y Rivera no eran dueños sino del terreno que pisaban.  Sin contar con que Urquiza reorganizaba sus fuerzas, los comandantes Crispín Velásquez, Olivera, Ereñú, Paez, Abrao y otros mantenían las hostilidades en los departamentos, esperando el momento de verificar operaciones más serias sobre el ejército de ocupación.  En el fondo, Paz no se hacía ilusiones al respecto, ni aun por lo que tocaba a la capital, pues dice: “la población me recibió con muestras de benevolencia, lo que nada tiene de extraño, porque si no era sincera la creían necesaria sus habitantes para desarmar el resentimiento del vencedor.  Adviértase que no había allí un partido que nos fuese favorable, y que los únicos que se dejaban sentir eran puramente personales, (Echagüista y Urquizista) sin dejar por eso de pertenecer a lo que llaman federación”. (20)

Dada esta posición de Paz, era más que nunca lógico suponer que se confiarían a sus manos todos los recursos disponibles para llevar la guerra a Buenos Aires.  Partiendo de este punto, Paz le pidió a Ferré que bajase al Paraná para concertar con el general Juan Pablo López las medidas conducentes a ese fin, según rezaba en el tratado que con este último había celebrado el año anterior.  Pero cediendo a las sugestiones de Rivera y celoso de la influencia que Paz alcanzaría si se le confiaba la dirección de la guerra, Ferré contribuyó a desbaratar ese plan.  Su venida a Entre Ríos tuvo por principal objeto impedir que el ejército correntino pasase el Paraná, su eterno e irrisorio fantasma; y tratar por su cuenta con los gobernadores de esa provincia y de la de Santa Fe sobre bases que él mismo redactó.

López movido por Paz, nombró a Urbando de Iriondo por la parte de Santa Fe; el mismo Paz hizo nombrar al doctor Florencio del Rivero por la de Entre Ríos; y Ferré envió al doctor Manuel Leiva por la de Corrientes.  En la primera conferencia este último presentó un proyecto de tratado sobre las bases de Ferré, según el cual cada una de las tres provincias daría 2.000 hombres para formar el ejército que sería mandado por el general Paz; cada contingente tendría su caja particular y su jefe dependiente del general en jefe “sin dejar de serlo de su gobierno respectivo”. (21)  Tan insólitas eran estas bases que los comisionados no pudieron menos que consultárselas a Paz, quien les objetó naturalmente que no podría aceptar la responsabilidad de mandar un ejército formado al paladar de los gobernadores y bajo las órdenes de cada uno de ellos.

Los unitarios que no estaban al cabo de las insidias y de los planes de Rivera, se asombraban ingenuamente de que Paz no hubiese proseguido desde luego sus operaciones; y hasta lo instaron en este sentido, como si fuese él realmente el causante de esta situación indefinida que esterilizaba la victoria de Caaguazú, y que debía dar un vuelco completo, pues Urquiza se preparaba a entrar nuevamente en acción; en Buenos Aires se aprestaba una buena división de las tres armas al mando de Lagos, con destino a Entre Ríos, y Oribe venía a marchas redobladas al teatro de la guerra que era el litoral.  Paz creyó poner a salvo su responsabilidad manifestando su resolución de ir a Corrientes a reunirse con su familia, ínterin se llevaban a efecto los arreglos proyectados.  Ferré asintió al punto, pero los vecinos y comerciantes principales del Paraná, solicitaron de la legislatura que intercediese para que Paz no se ausentase, dejándolos a merced de Rivera y de Ferré que expoliarían libremente la rica provincia de Entre Ríos. (22)  Movido por las reflexiones de los hombres del gobierno y de sus amigos, Paz resolvió quedarse, y fue elegido gobernador el día 13 de marzo.  Ferré no disimuló su despecho, y procedió con esa falsa energía que es la corteza que encubre comúnmente la hueca petulancia y la falta de vistas en ciertos hombres públicos, que se levantan como esas ramas largas y débiles en las cuales el sol por un capricho de la suerte jamás fecundó un fruto o una flor.  En vez de apoyar a Paz para que éste pudiese mantenerse en Entre Ríos y darle la mano a López oportunamente, quedando entretanto como un antemural respecto de Corrientes y del Estado Oriental, Ferré llevó su pasmosa obcecación al punto de tomar el mando del ejército correntino, él, que no sabía montar una guardia; de quitarle a Paz un batallón de infantería y algunos cañones que guarnecían el Paraná, y de llevarse en seguida ese ejército a Corrientes dejándolo a Paz indefenso en medio de una provincia que le era hostil”. (23)

Esto por lo que respecta a Ferré.  En cuanto a Rivera tenía un plan más vasto y trascendental.  Las generaciones futuras apreciarán los motivos que empujaban a Rivera a hacer la guerra, no a Rosas, sino a la Confederación Argentina; y si profesan la creencia en la integridad de la patria, deducirán necesariamente a la vista de los hechos y de los documentos, que Rivera hizo de consuno con los dirigentes del partido unitario cuanto pudo por romper esa integridad con miras egoístas; y que si no lo consiguió fue debido a la influencia esencialmente argentina del general Juan Manuel de Rosas.  Es el primer general del partido unitario, el que orienta en ese camino ingrato para los argentinos que lo recorrieron.  El fue el primero en protestar desde lo íntimo de su patriotismo herido contra ese tráfico vergonzoso de la nacionalidad argentina, la cual llegó a ponerse en subasta en cambio del oro y de los cañones de la Inglaterra y de la Francia, ostensiblemente para “hacerle la guerra al tirano Rosas”, pero en realidad para servir las pretensiones de Rivera y colmar los intereses egoístas de esas dos grandes potencias.  Es el general Paz quien ha dejado estampadas en sus “Memorias póstumas”, reputadas por sus antiguos partidarios “como un texto bíblico”, marcas de fuego que acusarán siempre, y que necesariamente explican los actos de represión del gobierno de la Confederación Argentina en esa época.

Desde que Rivera pisó Entre Ríos manifestó sin embozo sus intenciones, obrando como árbitro de la paz y de la guerra, y tratando de subordinar a Paz con la ayuda de Ferré, quien se dejaba conducir ciegamente por él, o era su cómplice.  Aunque en su primera nota al general Juan Pablo López le dice que se pondrá de acuerdo con él y con esos jefes, ya le declara que al ocupar Entre Ríos se halla irrevocablemente resuelto a no dejar las armas hasta haber destruido completamente el poder de los tiranos. (24)  Y todas sus medidas tendieron a ahondar las divisiones y apadrinar los caudillejos obscuros y reacios, lanzándolos a que aumentaran las montoneras de Santa Fe y hasta armándolos para que hiciesen lo mismo en Entre Ríos. (25)  Por estos medios tan familiares a la escuela del caudillaje en que se había creado, creía cimentar su prestigio y conseguir oportunamente la realización de sus miras.  De aquí resultaba que las medidas que tomaba Paz para proseguir la guerra encontraban un fuerte obstáculo en Rivera, no porque Rivera las reputase malas en el fondo, sino porque las desautorizaba sistemáticamente, para sublevarle resistencia, con ser que Paz ejercía la autoridad militar de la provincia.  Y lo mismo que en lo político procedía en lo administrativo y lo meramente civil.  “El hombre que se producía de esta manera –dice el general Paz (26)- asolaba y robaba al país escandalosamente por medio de sus paniaguados, en términos que por todo el territorio que había dejado a su espalda, no se veían sino esos arreos clandestinos de ganado, mulada y caballada que tan hábilmente saben practicar nuestros gauchos y los orientales que es lo mismo”. (27)  La resolución de Ferré de retirarse a Corrientes con su ejército, dejando a Paz sin fuerzas en medio de una población hostil a los unitarios, y a López aislado, vino en apoyo de las pretensiones de Rivera; porque era claro que primando su influencia en Entre Ríos, López tendría que echarse en sus brazos, y Paz se vería obligado a dejarle libre la escena en que actuaba con dificultades cada vez mayores.  Y esto fue lo que sucedió.  Obligado Paz a crear y organizar algunas fuerzas para sostenerse, y no ofreciéndole ventajas la posición del Paraná, delegó el gobierno en el comandante Seguí, y con los prisioneros de Caaguazú, únicos soldados que dejó Ferré, y un cuadro de jefes y oficiales fieles, se dirigió a Gualeguay donde el general Núñez tenía reunida una división como comandante general del departamento al este de dicho río.  Allí pensaba establecer su cuartel general.  Rivera no disimulaba la aversión que le inspiraba Núñez, prestigioso jefe entrerriano, que estaba muy lejos de prestarse a sus pretensiones (28)

La incorporación de Paz con Núñez podía llegar a ser un fuerte obstáculo para él.  Paz se encontraría desde luego con 1.500 hombres; distribuiría sus prisioneros entrerrianos en cuerpos que organizaría como él sabía hacerlo; su renombre militar le facilitaría el camino sobre esta base segura; inspiraría respeto al enemigo; y lo demás lo dirían el tiempo y los sucesos.  Entretanto, él no podría adelantar en sus soñados proyectos.  Calculando así, Rivera procedió como había procedido con los cuerpos del ejército republicano en campaña sobre el Brasil; como procedió siempre para dominar solo y exclusivo, esto es, resolviendo atacar al general Núñez para quitarse el obstáculo que le incomodaba!….  Al efecto convocó a sus jefes principales a una junta de guerra, en la costa del Uruguay, y se esforzó en convencerlos de la necesidad de llevar a cabo ese ataque.  Felizmente los coroneles Fortunato Silva, Bernardino Baez y otros se negaron rotundamente a ello, y Rivera se vio en el caso de no insistir temiendo las consecuencias de ese hecho que se hizo público, por otra parte. (29)

Con todo, Paz le comunicó su marcha y hasta solicitó de él unos 300 hombres para poder cruzar por departamentos que eran recorridos por fuertes partidas federales.  Ya se comprenderá que Rivera no pensó en mandárselos aunque le prometió hacerlo.  Rodeado de enemigos, Paz pudo llegar a Nogoyá el 2 de abril.  Esa misma mañana la pequeña división de los coroneles Velasco y Baez fue completamente derrotada por el comandante Paez, que era uno de los que el mismo Rivera había auxiliado para que mantuviese la resistencia al nuevo gobierno de Entre Ríos, como ya queda dicho.  Paz apresuró consiguientemente su marcha, la cual podía convertirse en el primer momento en la más desastrosa retirada, pues el comandante Paez lo perseguía por la derecha con más de quinientos hombres, pasados en su mayor parte de la división de Velasco; y el comandante Crispín Velásquez lo hacía por la izquierda con milicias que le eran adictas.  A poco andar se sublevaron los prisioneros entrerrianos y su fuerza quedó reducida a poco más de 60 hombres en su mayor parte jefes y oficiales, con los cuales llegó a Gualeguay. (30)   Aquí supo que Rivera no sólo no pensó enviarle un hombre, sino que había comisionado al comandante federal Ereñú para que indujese a Crispín Velásquez, Paez y demás jefes en armas, a que se entendiesen con él directamente.  A pesar de esta significativa conducta de Rivera, Paz no pudo menos que ir a reunírsele, pues de otra manera corría riesgo de caer con los que le acompañaban en manos de sus enemigos. (31)

Así destruía Rivera las “influencias argentinas” en el litoral para crear la suya omnipotente y “poder realizar su proyecto favorito de incorporar las provincias de Entre Ríos y Corrientes a la República del Uruguay, y la de San Pedro del sur que depende del Brasil, y el Paraguay, con lo que quedaba redondeada la nueva nación”, como dice el general Paz.  Sólo Ferré parecía no alcanzar ese proyecto, y eso que existían de antiguo antecedentes que podían iluminarlo.  Había otros que lo negaban ostensiblemente, o cuando más, declaraban que ello era un medio para debilitar el poder de Rosas:  Esto eran los emigrados argentinos influyentes, que agotaron en ese sentido todos los recursos de una diplomacia tenebrosa, explotando las tradicionales ambiciones del Imperio vecino del Brasil; subordinando lo mismo que pensaban crear al interés de la Inglaterra y de la Francia; y llamando a sí a todos los ilusos y a los demás ambiciosos con las ventajas excepcionales que aseguraba ese proyecto, las cuales reunieron en una “memoria” (32) como para mostrar que habían estudiado concienzudamente la conveniencia de romper la integridad de su patria!…

No era esta trama vergonzante lo que más desorientaba al general Paz; ni tan poco el que subordinase a ella el interés general de la revolución contra el gobierno de Rosas, excluyéndolo consiguientemente a él que lo condenaba.  Lo que realmente mortificaba su espíritu, según lo deja ver en sus Memorias era la ciega obcecación de Ferré que le arrebataba el medio de desbaratar esa trama que desprestigiaba la revolución.  Ese medio lo indicaba el simple buen sentido;  y consistía en que Ferré pusiese sin reserva el ejército correntino bajo la dirección de Paz, y ayudase al general Juan Pablo López, quien estaba en un todo de acuerdo con este último, a organizar el suyo, para que al frente de doce o quince mil soldados del litoral emprendiesen la campaña sobre Buenos Aires.  Y que Ferré tenía noticia del plan de Rivera lo dicen sus propias comunicaciones (cuyos originales poseía Adolfo Saldías).  Quizá no le daba importancia, o pensaba en su petulancia poder contrarrestarlo.

Le revelaron ese plan algunos de los jefes correntinos que Rivera había retenido en su ejército.  En seguida fue el mismo Rivera quien le dejó ver cuáles eran sus intenciones, al anticiparle que acreditaría un enviado para “arreglar la cuestión sobre las Misiones”; bien que sincerándose de las voces que corrían sobre sus pretensiones a Corrientes.  La respuesta de Ferré fue patriótica y terminante en el sentido de los intereses argentinos.  “Jamás he prestado ascenso decisivo a las inculpaciones vertidas generalmente en lo exterior contra ese Estado, sobre aspiraciones relativas a esta provincia, de que V. me hace referencia –le escribía el 8 de julio de 1841-, y si ella en las críticas circunstancias se ha puesto en guardia, esta es obra de la prudencia precautiva al golpe de luz comunicado por hechos inequívocos que diametralmente se oponen a su juicio particular”.  Y es en fuerza de estos “hechos inequívocos” que el gobernador Ferré rechaza la pretensión de Rivera de celebrar arreglos respecto de Misiones, y establece que esto es del resorte del Congreso Nacional, agregando “que se evidencia cuán repugnante debe ser la ingerencia que pretende tomar el gobierno oriental, extranjero en la República, sea cual sea la forma que quiera adoptar”. (33)

Aislado e impotente en Entre Ríos, Paz no pudo menos que abandonar esta provincia después de celebrado (abril de 1842) el tratado llamado de Galarza, que suscribieron los señores Bustamante, Derqui y Crespo, a nombre del Estado Oriental, Entre Ríos y Santa Fe, y por el cual se daba a Rivera la dirección de la guerra, mando en jefe de todas las fuerzas, facultad de celebrar tratados, etc.  Pero al alejarse pensó que no estaba perdido todo si Ferré volvía sobre sus pasos y consentía confiarle el ejército y recursos de Corrientes a él, que levantaba encima de las aspiraciones desembozadas de Rivera, los intereses de la nacionalidad argentina.  En este sentido dio instrucciones a su ministro y amigo, el doctor Santiago Derqui, el cual se dirigía a Corrientes con el objeto de hacerle suscribir a este gobierno el tratado de Galarza.  Un hombre como Derqui no podía ignorar los hechos tal como se pasaban.  Partiendo de ellos le hizo sentir a Ferré todo el peso de las responsabilidades que se echaba encima, abatiendo por sus manos la más fuerte, la única “influencia argentina”, y levantando virtualmente la influencia extranjera y absorbente de Rivera.  En el mismo orden de ideas les habló a algunos amigos del gobernador; y consiguió traer a este último al buen camino.  Pero Ferré, aunque patriota a su modo, era ante todo un carácter obtuso, que con la soberbia de la incapacidad vencida se revelaba contra el propio convencimiento que llevasen a su espíritu los esfuerzos más grandes del raciocinio y de la lógica.  Después de haber discutido largamente las respectivas posiciones de los que dirigían los sucesos en el litoral; de no poder menos que asentir a la conveniencia que había en robustecer y prestigiar la del general Paz; y cuando Derqui creía haberlo convencido de la necesidad y del deber en que estaba de proceder como habría procedido en su caso cualquiera que se diese cuenta cabal de sus compromisos políticos y hasta de su propia conservación, Ferré no sólo rehusó entenderse con Paz, sino que le negó hasta el derecho de celebrar tratado alguno a nombre de Entre Ríos, desató todas sus furias contra Derqui, y desahogó como siempre sus querellas con Rivera.

“Después de serias reflexiones -le escribía a Rivera el 3 de junio de 1842-, para reconocer autoridad bastante en los señores generales Paz y López como gobernadores el primero de Entre Ríos y el segundo de Santa Fe, y plegarse al tratado de Galarza, he tenido que paralizar la marcha que me conducía a este objeto, porque no encuentro en ellos la realidad de sus destinos (!) para poder celebrar convenciones entre gobiernos legalmente constituidos”.  Pero más que la legalidad del gobierno de Paz, tan dudosa como la del que ejercía él mismo, irritaba a Ferré, la personalidad política y militar de Paz que era el centro natural de la revolución argentina en el litoral; y de que esos hombres decididos y bien intencionados no hubiesen ocultado las alarmas que les inspiraba el giro que tomarían los sucesos dirigidos por Rivera.  Por esto agregaba en su nota; “Sobre estas urgentes cualidades se aglomeraban muchas más para no podernos entender con el doctor Derqui.  Su conducta pública y privada ha tocado los extremos: un idioma descortés (!) ha usado en sus reuniones para hacer decaer los prestigios de la autoridad…. ha puesto al vecindario y al ejército en acecho; lo ha prevenido, promulgando ideas y dando noticias falsas por el deseo de alarmar”. (34)  En la carta reservada de la misma fecha 3 de junio, le manifiesta a Rivera todo cuanto puede aglomerar contra el doctor Derqui… “Antes de tratar nada –le dice- ya empieza a infundir desconfianzas contra usted mismo, atribuyéndole aspiraciones a disponer de la República….”  Lo que no impide que lo inste a avenirse al tratado que celebraron poco después, “para tapar la boca a todos y mucho más a los que alarman a los pueblos con las pretensiones que suponen en usted”. (35)  En seguida cortó toda relación con Derqui y le dio pasaporte para fuera de la Provincia, comunicándoselo así a Rivera. (36)

Después de esto ya no le quedaba al general Paz más que salvar de un modo indubitable y terminante su responsabilidad como argentino y como soldado, para no aparecer colaborando en esa trama siniestra que tenía por objeto romper la integridad de su patria, y la cual dirigían argentinos extraviados y orientales de nota en exclusivo provecho de Rivera.  A tal efecto le dirigió al gobernador de Corrientes una nota memorable que sienta desde luego: “Cuando fui llamado a reincorporarme a los valientes del ejército correntino, para combatir contra el tirano, contesté que nada me sería más grato si veía asegurada la nacionalidad del objeto de la guerra, y organizada la revolución de modo que pudiera consultar y defender los verdaderos intereses argentinos”.  Refiriéndose a las conferencias habidas con motivo del tratado de Galarza, declara: “El excelentísimo señor general López y yo estuvimos de perfecto acuerdo, y animados de sentimientos verdaderamente argentinos; pero el excelentísimo señor gobernador don Pedro Ferré hizo a todo una alarmante resistencia, fundada en la no oportunidad que él concebía para centralizar la revolución, y en otras que él dijo no podía expresar en aquel acto”.  Paz conoce las causas de esta resistencia.  Son las mismas que destruyó el doctor Derqui en nombre del patriotismo y del honor, durante las conferencias que celebró con Ferré y con varios personajes notables de Corrientes.  Por eso agrega: “Creo conocer muy bien esas razones reservadas, entre otras cosas, por el hecho mismo de la reserva; y creo también por una consecuencia legítima que los intereses argentinos no están consultados, ni garantida la nacionalidad en la guerra contra el tirano.  Tal es mi opinión; y este convencimiento que no puedo deponer, me ha determinado a separar completamente mi persona de la actual lucha.  Mi honor, la nacionalidad de mis principios, y lo más caro de mis deberes como argentino, no me permiten derramar una gota de sangre de mis compatriotas, si no es con el exclusivo objeto de restituirles una patria libre y un régimen legal que haga la garantía de su bienestar”. (37)


Referencias


(1) Véase Memorias póstumas, tomo III, página 277.

(2) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.

(3) Véase Memorias, tomo III, página 290 y siguientes donde el general Paz abunda en detalles al respecto.  Baste el saber que la idea de Paz de establecer una maestranza fue reputada por Ferré como un gasto inútil; y que se resistía a entregarle unos sables para la tropa alegando que los soldados los romperían, y que lo conveniente era distribuirlos en la víspera de la batalla!.

(4) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.

(5) Véase Memorias póstumas de Paz, tomo III, página 307.

(6) M.M. S.S. originales en el archivo de Adolfo Saldías.

(7) El comercio de Buenos Aires inició suscripciones destinadas al entretenimiento de estos barcos, y una de ellas fue la de los barqueros y lancheros del cabotaje en la que figuran, por cantidades más o menos gruesas, los señores Daniel Gowland, Vicente Casares e hijos, Pelerán, Custodio José Moreira, Artagaveitía, Oliveira, Silva, Capurro, Acevedo Ramos, Riglos, Acuña, Amstrong, Juan y José Garay, Vivas, Appleyard, Thompson, Miller, Dolz, etc. etc. (Véase la Gaceta Mercantil del 4 de octubre de 1841).

(8) Véase parte de Brown al gobernador delegado de Buenos Aires, publicado en la Gaceta Mercantil del 19 de mayo de 1841.

(9) Véase parte de Brown al gobernador delegado, publicado en la Gaceta Mercantil del 14 de junio de 1841.

(10) Véase los partes y notas de Brown en La Gaceta Mercantil del 29 de enero de 1842.

(11) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.

(12) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.

(13) Memorias póstumas, tomo III, página 349.

(14) Es la que da el general Paz en sus Memorias, tomo III, página 339.

(15) Esta cláusula se estipuló a pedido de López, quien se resistía (noviembre de 1841) a pronunciarse abiertamente hasta no contar sobre ventajas adquiridas por sus nuevos aliados.  Lo hizo recién en abril de 1842, reuniendo algunas milicias que fueron derrotadas por fuerzas del coronel Andrada, a consecuencia de lo cual se refugió en Corrientes.

(16) Véase Memorias, tomo III, página 359.

(17) Para describir esta batalla se ha consultado las Memorias del general Paz, y el plano que de ella se levantó; las referencias del coronel Juan B. Thorne, jefe de la artillería de Echagüe sobre el croquis que este jefe hizo de la misma batalla; y los papeles del archivo de éste en el archivo de Adolfo Saldías.

(18) Véase Memorias póstumas del general Paz, tomo IV, página 9.

(19) Documentos oficiales.

(20) Memorias póstumas, Tomo IV, página 22.

(21) Memorias póstumas, Tomo IV, página 35.

(22) “Ferré, creyéndose ya solo en el teatro, se quitó la máscara y declaró sus exigencias.  Pedía que se abonase a Corrientes no recuerdo qué cantidad de pesos que había dado al gobierno de Entre Ríos y alguna otra cosa más de que no hago memoria.  Su alegría…. Reveló  a los entrerrianos el peligro que iban a correr desde que quedasen en poder del gobernador y ejército correntino”. (Paz, tomo IV, páginas 36 y 38).

(23) Véase Paz, Memorias póstumas, tomo IV.

(24) Notas de Rivera desde su cuartel general de la Barra del Salto.  Se publicaron en Entre Ríos y Santa Fe en hoja suelta.

(25) Véase Memorias póstumas, tomo IV, páginas 25 y 27.

(26) Véase Memorias póstumas, tomo IV, página 26.

(27) El general César Díaz, distinguido oficial de Paz y de Rivera, habla también de las dilapidaciones de este último.  (Véase Memorias inéditas, página 51)

(28) Rivera solía quejarse de que Núñez se separó de su ejército para ir al del general Lavalle.  Pero esta inconsecuencia, si es que la había, Núñez la compesó, pues es sabido que a él debió la ventaja relativa que obtuvo Rivera en la batalla de Cagancha.

(29) Véase Memorias póstumas, tomo IV, página 49.

(30) Memorias póstumas, tomo IV, página 75.

(31) Memorias póstumas, tomo IV, página 75.

(32) El general Paz hace referencia a esa “memoria” y hasta deja adivinar que fue el doctor Florencio Varela quien la redactó. (Véase Memorias póstumas, tomo IV, página 227)

(33) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.

(34) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.

(35) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.

(36) Manuscrito original en el archivo de Adolfo Saldías.

(37) Manuscrito en el archivo de Adolfo Saldias.  La nota está legalizada por el doctor Derqui.



Fuente


Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Portal www.revisionistas.com.ar

Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina

martes, 2 de enero de 2018

Guerra en Chechenia: Las caras del conflicto

Caras de guerra (Chechenia, 1999)

English Russia





Esas son fotos fuertes. Esas son las caras de los jóvenes soldados rusos que lucharon en la guerra de Chechenia en la década de 1990. Muchos de ellos tienen solo dieciocho años y fueron lanzados a una verdadera guerra contra un enemigo fuerte.




Las batallas se llevaban a cabo en invierno, hacía frío y el enemigo podía esconderse en cualquier lugar.



Si fueron capturados por el enemigo, casi siempre fueron torturados con cuchillos, les cortaron las orejas, etc.



Entonces ellos tuvieron demasiada pelea.



"Cortaremos a los rusos como ovejas" fue una moto de guerreros chechenos.



Algunos de ellos estaban a solo unos meses de la escuela secundaria.

lunes, 1 de enero de 2018

Guerra del Paraguay: Segunda invasión de Felipe Varela

Segunda Invasión de Felipe Varela



Coronel Felipe Varela (1821-1870)

Varela no cuenta con el menor apoyo de Bolivia.  Pero no se declara vencido.  Aunque Dolores Díaz, la Tigra, no está con él, hay otros compañeros y compañeras en lucha.  “Iban ya doce días que se mantenían con carne de asnos, y comenzaban ya a comerse una que otra mula que quedaba, cuando resolví abandonar esas regiones e irme sobre los enemigos en dirección a Salta.  Así lo verifiqué, en efecto, marchando hacia los Molinos, donde me aguardaba una columna enemiga de 700 hombres de las dos armas, al mando del coronel Don José Frías.

Combate de la Cuesta de Tacuil


“Mis soldados marchaban la mayor parte a pies o en burros, porque todas las caballadas del ejército habían perecido, como se ha dicho.  Sin embargo, eligiendo lo mejor de la tropa, desplegué mi vanguardia compuesta de 250 hombres de las dos armas, al mando del coronel Don Sebastián Elizondo, en busca del enemigo.

“El 29 de agosto de 1867, avistaron mis soldados la columna de Frías en la Cuesta de Tacuil (Molinos), y a pesar de su doble número, cargaron sobre ella, exasperados por la larga serie de sufrimientos que habían pasado.  Su excesiva intrepidez, su descomunal arrojo los llevó por el camino de la gloria, pues el enemigo fue completamente batido por ese puñado de valientes, no pudiendo hacer una persecución larga a los derrotados por hallarse de a pies.

“Esa acción fue para mi demasiado fecunda, no sólo por la grande influencia moral que daba a mis soldados de esas provincias, sino porque se consiguieron tomar algunos recursos de guerra al enemigo que aliviaron en mucho mi situación.

“Recibido que fue por mí, el parte de esta gloriosa jornada, continué con toda la columna mi marcha hacia Salta, con la resolución de apoderarme a toda costa de mi plaza”, decía Varela.

Desmoralizadas las tropas salteñas abandonaron todo intento de hostilidad.  En la capital se organizó una resistencia, pero a pesar del heroísmo de sus defensores cedió la plaza al invasor, el 10 de octubre de 1867, desde entonces se canta en Salta esta “chilena”.

En las calles de Salta
se oyen los ayes,
porque Don Peque Frías
vendió los Valles.

¿Qué había ocurrido mientras tanto con el resto de los jefes montoneros?  El 11 de setiembre de 1867, desde Valparaíso, Mariano de Sarratea le escribía al vicepresidente Paz: “…Olascoaga, Videla, Saá, y demás asilados argentinos traman una nueva invasión desde esta República a Mendoza y por lo que sabemos de sus planes y recursos si llega a efectuarse ha de ser de bastante consideración.  Desde que tuve el primer anuncio, di algunos pasos que produjeron buenos resultados, pues conseguimos comprar a uno de los allegados de confianza de Videla, quien nos comunicó todo lo que hacen, que llega a su conocimiento.

“La derrota de Varela ha venido a desconcertar los planes de aquellos perversos; pero no creo que desistan de ellos, y si por desgracia nuestras armas sufriesen algún contraste en el Paraguay, tengo por seguro que habrían de volver a envolver en sangre y ruina a las provincias vecinas, y entonces temo que el incendio sería muy extenso.

“Medina el segundo jefe de Varela, ha llegado a Copiapó con un arreo de 400 vacas y jactándose de las atrocidades que ha cometido en suelo argentino.  Medina fue dado de baja en el ejército de Chile, en el que era capitán, por borracho perdido y estaba en el Huazú de instructor de Guardias Nacionales cuando Varela lo contrató, haciéndole su segundo, con el grado de sargento mayor…”.

Los demás jefes de Varela se preparaban para unirse a los intentos de Varela, según lo advertía el “ilustre” y “honrado” empresario de minas Mariano de Sarratea.

José Posse escribía también a Marcos Paz, el 10 de setiembre de 1867: “Los ejércitos vencedores en San Ignacio y Pozo de Vargas, no pudieron ser licenciados; al contrario hubo necesidad de movilizar otras fuerzas en el norte, puesto que los montoneros de Felipe Varela dominaban la región de los Valles Calchaquies y amagaban el resto de las provincias de Salta y Jujuy.  Era esta una guerra interminable, a la que no se le veía fin, todos los ejércitos y los mejores generales fracasaban ante la prodigiosa movilidad del imbatible montonero que se escapa del medio de los ejércitos como una sombra impalpable”.

Felipe Varela toma la ciudad de Salta

El caudillo catamarqueño avanza entonces hacia Salta.  La toma de esta ciudad por la montonera de Varela, es uno de los acontecimientos que la historiografía oficial jamás ha “perdonado” al caudillo.

Sin embargo, a esa misma historiografía se le han escapado ciertos datos importantes.  Por ejemplo, Atilio Cornejo, en un ensayo honesto, aunque confuso, sostiene: “Es que indudablemente, algunos amigos tenía Varela en Salta.  Así resulta, por ejemplo, del sumario instruido por el Ayudante Mayor del Regimiento Nº 10 “Gorriti”, don Marcelino Sierra, por orden de su comandante D. Eugenio Figueroa, en San José de Metán el 2 de octubre de 1867, contra el alférez D. Cirilo Ríos, del que resulta que éste “dio vivas por repetidas ocasiones a Felipe Varela”, afirmando uno de los testigos que Ríos dijo: “Que viva Varela que dentro de treinta días verían lo poco que habían de valer todos, y que él era varelista”.

Varela aclara al respecto: “El día 9 del mismo octubre, a las diez de la mañana, tendí mi línea en los alrededores de la población y allí permanecí todo el día esperando que los del pueblo saliesen a atacarme afuera, a fin de evitar a los vecinos los desastres consiguientes.  Pero como ya todo el día había aguardado en vano, al día siguiente (10 de octubre) muy de mañana, pasé al Gobernador de la Provincia la siguiente nota:

“Al Exmo. Señor Gobernador de la Provincia Don Sisto Obejero, Salta Octubre 10 de 1867 – Exmo. Señor: Debiendo a toda costa ocupar militarmente con mi ejército esa plaza, en servicio de la libertad de mi patria, y deseoso de evitar a esa población las desastrosas consecuencias de la guerra, tengo el honor de dirigir a V. E. la presente, con el objeto de manifestarle que, si tiene a bien ordenar en el término de dos horas, la deposición de las armas a sus órdenes, será garantida su persona y la de todos los suyos previniéndole que, en caso contrario, hago a V. E. responsable ante Dios y la Patria de los perjuicios consiguientes y de la sangre que se derrame en los momentos del combate. – Dios guarde a V. E. – Felipe Varela.

Antonio Esquivel Yañez, Ayudante Secretario en Campaña.  Es copia.  Esquivel Yañez”.

“Por conductos fidedignos supe que el Gobernador de la Provincia vacila en lo que debiera responderme, cuando se presentó a él el señor Don Nicanor Flores que se titulaba General Boliviano, ofreciendo responder con su vida de mi derrota y de mi cabeza.
“Fue entonces que recibí respuesta verbal del Jefe de la Plaza de Salta, diciéndome que, si yo tenía soldados, también los tenía él y cañones para defenderse.  Llegado a mi conocimiento este mensaje impolítico, ordené en el acto batir marcha de ataque sobre la plaza.  Y después de dos horas y media de un vivísimo fuego, quedó definido el combate por los míos, quedando yo dueño del campo.  Como no pude permanecer en la Ciudad por más de una hora, porque se echaba sobre mí el general Navarro con una columna de dos mil quinientos hombres, en aquellos momentos, de agitación y de desorden en que mi ejército estaba algo desorganizado, no me fue posible saber a punto fijo el número de muertos en el combate, pero noté en mi columna al día siguiente una pérdida como de cincuenta individuos de tropa (…).  Verdad es que yo tomé algunos pertrechos de guerra de artillería con que se defendieron en la plaza los 700 hombres que la guarnecían, algunos carros de munición para esta arma, y unos pocos vestuarios para la tropa”.

Después de la toma de Salta Varela continúa su marcha libertadora, que se hace, lamentablemente, cada vez más penosa.


Toma de Jujuy

El 13 de octubre de 1867 entra en Jujuy.  Toma la ciudad.  La recepción popular es tan emocionante como la de Salta una vez que la oligarquía es derrotada.  Todos los antivarelistas han huido a los montes.  No hay prácticamente combate.

El 17 el caudillo se retira de Jujuy.  El 25, Guayama llega a Orán para aprovisionarse.  Sus hombres están hambrientos y cansados.  Pero no hay hacienda.  La división tucumano-mitrista, en saqueo extremo, que es “olvidado” por los historiadores oficiales, se ha alzado con todo lo que allí existía.  Tres días después, en Tilcara, los mitristas dispersan a un grupo de paisanos que trataban de plegarse a la montonera de Varela.

El cinco de noviembre, al llegar a Sococha, Varela pide asilo a las autoridades de Tupiza, Bolivia.  La decisión es una prueba más de la serenidad del caudillo americano.  Comprende claramente, ante la falta de víveres de sus hombres que la lucha ha de convertirse en una mera guerra de recursos.  Precisamente es la experiencia adquirida junto al Chacho Peñaloza, la que le impulsa a adoptar tal decisión.  Felipe Varela no llevará estérilmente a la muerte a sus hombres.

Es por eso que resuelve asilarse.  El gobierno no pierde tiempo.  Inicia los pasos tendientes a lograr la extradición del jefe revolucionario.  Lo acusa de haber “saqueado Salta”, y trata de lograr, por lo menos, que se desarme a sus hombres y se remita al jefe.

Pero no logra ni lo uno ni lo otro.  No se trata de un mérito de la cancillería de Melgarejo.  Es por el contrario, el resultado del esfuerzo de la honradez de la montonera, que no se ha apoderado ni de alhajas ni de dinero –como acusan los calumniadores- y que sólo tiene en su poder tacuaras y cuchillos de monte.

El mitrismo respira.  Varela en Bolivia equivale a Varela en la lejanía.  El 8 de noviembre de aquel año, Santiago Alvarado, gobernador de Jujuy, quien había “observado” la toma de la ciudad desde sus afueras, le escribe a Bartolomé Mitre: “…Informado V. E. de la dura prueba por las que ha pasado esta provincia con motivo de la desastrosa invasión de Felipe Varela y sus hombres, que cual ejército de vándalos en completa desmoralización y sin elementos de guerra, se han enseñoreado en estas provincias teniendo a sus frentes las poderosas armas nacionales que por una aberración incomprensible fueron impotentes para destruirlo de un solo golpe no extrañará que ahora vaya yo a llamar su atención sobre el peligro que nos amenaza de una nueva invasión a esta provincia de la montonera refugiada en el sur de Bolivia, y de la parte que se ha recostado hacia Antofagasta.  La conducta negligente de los jefes nacionales que han operado contra las hordas que devastaron estas provincias en la última campaña, no permite esperar que en una invasión tolerada y quizá protegida por el Presidente de Bolivia, pudiéramos salvar a favor del poder de que disponen esos jefes.  La provincia tiene que atenerse y bastarse a si misma, fiada en el ardor y patriotismo de sus hijos, y en el apoyo directo que pueda recibir del Gobierno Nacional, por el auxilio de armas y recursos necesarios que les proporcione”.

El mitrismo provinciano, con su conciencia culpable, temía a Varela.  Imploraba armas y dinero a sus amos porteñistas, porque sabía, precisamente, que el pueblo lo abandonaría, para plegarse a las filas patrióticas del caudillo de la Unión Americana.

La “barbarie” revolucionaria, con las vinchas y las tacuaras, hacía temblar una vez más, con su aliento de patria, a la “civilización de la libra”.

Fuente


Carrizo, Juan Alfonso – Cancionero popular de Salta

Peña, R. O. y Duhalde. E. – Felipe Varela – Schapire editor – Buenos Aires (1975).

Revisionistas