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miércoles, 27 de mayo de 2026

La animosidad de los mexicanos hacia los argentinos

México oscuro y hostil

¿Qué se esconde detrás de la persistente hostilidad del pueblo mexicano hacia los argentinos?

Gaucho malo

 


El chisporroteo suscitado recientemente a propósito de la gripe sirvió para sacar a la luz el profundo sentimiento de animadversión hacia los argentinos existente en el pueblo mexicano, algo bien conocido por quienes residen, han residido, o tienen contacto frecuente con el país norteamericano, pero más bien ignorado o desestimado por la opinión pública en su conjunto.

Éste, por supuesto, no es un problema de la Argentina ni de los argentinos. Es un problema de México y de los mexicanos, especialmente de quienes desde la esfera pública o la privada tienen la responsabilidad de formar opinión, y que con demasiada frecuencia alientan esos sentimientos negativos hasta convertirlos en una especie de misión nacional.

Para la Argentina y los argentinos esa enemistad ha de ser tomada simplemente como un dato de la realidad e incorporado al análisis a la hora de definir estrategias geopolíticas, buscar socios comerciales o seleccionar destinos turísticos. Sin embargo, una pregunta queda en pie: ¿por qué esa actitud de parte de un pueblo al que casi no conocemos y apenas nos interesa?

Mi trabajo me llevó a residir, o pasar algún tiempo, en diversos países de América y Europa. Conocía desde la distante cordialidad de los anglosajones, que es la misma que se dispensan entre ellos, hasta la efusiva hospitalidad de los centroamericanos, también propia de su carácter y prodigada con amplia generosidad.

Pero cuando llegué a México, en 1987, por primera vez me sentí -me hicieron sentir- extranjero. Mi condición de argentino se convirtió en una cualidad de mi persona, como mi nombre o mi cuerpo, y de la cual tenía que hacerme cargo. Por primera vez, también, tomé conciencia de ser blanco, y de que eso me aseguraba ciertas prerrogativas.

De a poco fui advirtiendo la duplicidad esencial de los mexicanos, o al menos de los chilangos, los habitantes de la capital. El trato explícito era cordial: “ay, qué rico que hablan”, “mi casa es su casa”, etc. Pero tan pronto me detectaban el acento en una comunicación ligada, escuchaba el clásico “vuélvete a tu país”. Detrás de las sonrisas acechaba la inquina.

La animosidad contra los argentinos es en México casi una política de estado.

Y me dí cuenta de que esa animosidad era casi una política de estado. Todos los lunes la agencia noticiosa oficial Notimex emitía un despacho en el que comparaba las actuaciones dominicales en Europa de Maradona y … ¡Hugo Sánchez! En el canal de dibujos animados, unas ratitas de inconfundible acento argentino le hacían la vida imposible a un sufrido gato mexicano. A través de una emisora cultural, probablemente estatal, un esforzado erudito procuraba desmontar la superchería de que el tango era una creación argentina.

Uno podía pensar que la animosidad contra nosotros era un pasatiempo arrojado por un régimen autoritario para entretener al populacho, dándole un punto de referencia desde el cual comparar favorablemente a México, aún a costa de la verdad y las estadísticas. Y algo de eso había, si se tomaba como muestra la política informativa de la entonces monopólica Televisa, la misma que ahora sigue puntualmente CNN en Español.

Pero el prejucio antiargentino impregna incluso a los sectores más empinados de la sociedad mexicana. Uno de mis primeros objetivos periodísticos al llegar a México fue el de entrevistar a Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del ex presidente Lázaro Cárdenas, y que en ese entonces asomaba como campeón de la disidencia dentro del PRI. Su primera reacción al recibirme en su oficina de las Lomas fue preguntar por qué la organización noticiosa internacional para la que yo trabajaba no le había “mandado” a un mexicano.

El escritor Carlos Fuentes, que frecuentemente es acogido con beneplácito en la Argentina, como disertante o colaborador de los medios locales, ha hecho de la denigración (sutil, maliciosa) de nuestro país un tópico reiterado de sus artículos periodísticos, muchas veces -es cierto- con “letra” prestada por su amigo, el sinuoso progresista Tomás Eloy Martínez. Y Fuentes no es el único intelectual mexicano que contribuye a la “misión nacional” antiargentina.

Hace un par de años me tocó tratar con un consultor de empresas mexicano, un hombre con buenos contactos en el gobierno y que había viajado bastante por el mundo. Mientras caminábamos por el centro de Buenos Aires, notó que locales cuyo alquiler era presumiblemente elevado alojaban librerías, indicador de que el público local seguía siendo tan buen lector como para que esos comercios continuasen siendo rentables.

Seguimos andando y se quedó en silencio, como si algo en el fondo de la conciencia le recordase su “misión nacional” tras una inesperada distracción. “¿Sabías -me espetó, sin que el tema viniera al caso- que muchos vienen a Buenos Aires a hacer turismo sexual?” Y se explayó sobre sus (tristes) experiencias personales en ese campo. La agresividad implícita, la falta de cortesía de su comentario me hizo acordar a la que su compatriota Cárdenas exhibiera veinte años atrás. (Cuando nos reencontramos un mes más tarde en la ciudad de México el consultor de marras trató de ocultar las tarjetitas que los “servicios de acompañantes” habían dejado en el parabrisas de su camioneta).

“Lo que se siente es: violencia. Violencia a punto de estallar, violencia que estalla”.

Conduciendo años antes por la avenida Horacio, en el barrio de Polanco, mi esposa tuvo la osadía muy porteña de reclamar con la bocina a un conductor que había hecho una mala maniobra. El hombre le cruzó el auto, se bajó y se lanzó hacia ella. Al verla, contuvo como pudo su furia. “¿Por qué hizo eso?”, le gritó. “¿No se da cuenta de que se arriesga a que yo la lastime?”. Mi esposa -que no abrió la boca para no delatar el acento- cree que la salvó su piel blanca, y el pelo de nuestro hijo que la acompañaba, del color del trigo al sol.

Veinte años antes de mi llegada a México, H. A. Murena, que dedicó buena parte de sus ensayos a interpretar la realidad americana, había volcado en un artículo sus impresiones sobre ese país: “Lo que se siente es: violencia. Violencia a punto de estallar, violencia que estalla; también el anverso de la violencia, la extremada amabilidad de los que conocen el peligro del estallido en un medio violento. (Se) descubre que en esta ciudad no conviene sostenerle la mirada a la gente”.

Esa violencia sorda, contenida, está en el fondo del carácter mexicano, y rara vez se expresa abiertamente: espera agazapada el momento de reparar el agravio, probablemente imaginario y del que el presunto agraviador tal vez sea absolutamente ignorante. La frontalidad con que los argentinos suelen expresar sus opiniones o sus desacuerdos es lo que en México se percibe como arrogancia o soberbia.

Esa violencia mexicana refleja una serie de profundas contradicciones, que nacen de su condición de mestizos y se expresan en complejos de inferioridad y resentimientos contra lo extranjero que no acaban de resolverse, y que por el contrario parecen ser realimentados deliberadamente como si fueran parte de un imaginario carácter nacional.

Los mexicanos se declaran orgullosos de su pasado indígena, pero a la vez se avergüenzan de él.

“Si un extranjero pudo escribir un buen libro sobre México, este libro es Vecinos distantes y ese extranjero es Alan Riding”, escribió Jorge Castañeda, quien más tarde sería canciller de la república, cuando apareció ese libro en 1985. Repárese en la duplicación del adjetivo “extranjero” que Castañeda, un intelectual de relieve, se sintió obligado a estampar en su comentario. El libro de Riding, efectivamente, me ayudó a encontrar explicaciones para los interrogantes que me planteaba el país donde estaba trabajando.

“A más de 460 años de la Conquista, no se ha asimilado el triunfo de Cortés ni la derrota de Cuauhtémoc, y aún se sienten repercusiones de aquel sangriento atardecer en Tlatelolco. Hoy día, 90 por ciento de los mexicanos son mestizos, en términos estrictamente étnicos, aunque como individuos sigan atrapados en las contradicciones de su ascendencia. Son tanto hijos de Cortés como de Cuauhtémoc, no son españoles ni indígenas, son mestizos, aunque no admitan su mestizaje”, escribió Riding.

“También como país, México busca interminablemente una identidad y oscila, en forma ambivalente, entre lo antiguo y lo moderno, lo tradicional y lo de moda, lo indígena y lo español, lo oriental y lo occidental. La complejidad de México radica tanto en el enfrentamiento como en la fusión de estas raíces”.

Ambivalencia, enfrentamiento y fusión, son, me parece, las palabras clave en este texto. Los mexicanos se declaran orgullosos de su pasado indígena, pero a la vez se avergüenzan de él. La historia oficial disimula cuidadosamente la despótica crueldad que caracterizaba a las mayores culturas precolombinas del área. Los mestizos tratan con desdén a los indios puros, y las señoras de las Lomas de Chapultepec describen despectivamente como “inditas” a sus empleadas.

Aunque sólo lo declaren abiertamente respecto de los argentinos (y por esa razón ésto lo iba a descubrir más tarde), los mexicanos odian por igual a todos los extranjeros, pero al mismo tiempo quieren imitarlos, jugar en sus mismas ligas, ser reconocidos como iguales. Y experimentan una fascinación hipnótica frente a la piel blanca. “Así de güera (blanca), aquí tendrías todos los caminos abiertos”, le dijo a mi hija adolescente Irma Carranza, nieta del ex presidente Venustiano Carranza, jefe de una de las facciones surgidas tras la revolución.

Los argentinos (como yo y mi familia descubrimos en México) somos blancos, y por eso caemos en el rango de los odios de los mexicanos, que se encarnizan porque también somos latinoamericanos, y ellos entienden que con nosotros pueden medirse. Pero también, por las mismas razones, caemos en el rango de sus fascinaciones. Ciertamente, las clases medias mexicanas conocen mucho más acerca de la Argentina que a la inversa.

Más allá de los exilios políticos, los argentinos empezaron a viajar a México a mediados de la década de 1990. Pero su conocimiento de ese país se reduce a una recorrida apurada por la capital y estadías en los centros turísticos, que son lugares anónimos acondicionados principalmente para una audiencia estadounidense. Las visitas a los sitios arqueológicos no aportan nada porque los mexicanos ocultan el sentido y función de esos lugares (vacío informativo que vino a llenar la película Apocalypto).

Muchos argentinos han encontrado en México los caminos abiertos, sea por güeros, como decía Irma Carranza, o por sus capacidades profesionales o empresariales. Desde Arnaldo Orfila Reynal, el editor infatigable que puso al Fondo de Cultura Económica en el primer nivel de las editoriales en castellano y fundó otra casa encomiable como Siglo XXI, hasta Gustavo Santaolalla, artífice en las sombras de muchas de las bandas de rock mexicanas. México siempre supo beneficiarse de las sucesivas diásporas argentinas.

Pero esto no lo sabe la mayoría del pueblo mexicano, como no sabe que buena parte de sus programas de televisión preferidos nacen de guiones o formatos comprados en Argentina, ni sabe que nuevas publicaciones como El Gráfico y Gente son réplicas de las creadas en Buenos Aires por Editorial Atlántida y adquiridas por Televisa.

México está enfermo, pero no de gripe sino de xenofobia.

Una joven mexicana, de razonable nivel de educación, me preguntó un día si Mafalda era conocida en la Argentina. El diario Excelsior publicaba la tira, pero eliminando todos los “vos”, los “che” y cualquier cosa que la identificara como argentina. Como si nosotros hubiésemos llamado “Pibe” al Chavo, y lo hubiésemos doblado al argentino … La ignorancia es la materia prima del fanatismo, el prejuicio y la discriminación.

No se crea que estas reflexiones son el efecto de una mala experiencia durante mi estadía en México o en los múltiples contactos con ciudadanos mexicanos que mantuve posteriormente. Por el contrario, tanto mi familia como yo pudimos vivir allí una vida normal, aunque tolerando el reiterado “Ustedes no parecen argentinos” que supuestamente debíamos recibir como un elogio.  En realidad, lo que nos querían decir es que no nos ajustábamos al estereotipo del argentino que ellos mismos habían creado.

Nuestra permanencia en México coincidió en parte con el período en que Jorge Abelardo Ramos fue el embajador argentino allí. Pocas personas han sostenido, como intelectuales y como políticos, el ideal latinoamericanista como lo hizo Ramos a lo largo de su vida, y por lo tanto pocos mejor dispuestos y más abiertos que él a un buen entendimiento con los mexicanos.

Pero en un encuentro casual mantenido años después, cuando ya todos estábamos de vuelta en Buenos Aires, Ramos le comentó a mi esposa que planeaba escribir un libro sobre su experiencia en México, “ese país oscuro y hostil”. Los acontecimientos de las últimas semanas revelan que esa oscuridad y esa hostilidad no se han disipado. Por el contrario, la canciller Patricia Espinosa y el presidente Felipe Calderón se encargaron de atizarlos.

A propósito de la cancelación de vuelos mexicanos que provocó todo este encono, recordemos que fue dispuesta por el gobierno argentino cuando el gobierno mexicano, responsablemente, avisó al mundo que padecía de una epidemia de gripe desconocida, con más de un centenar de muertos, y la Organización Mundial de la Salud alertó sobre el riesgo de una pandemia de grado cinco sobre seis. Irritarse después porque la gente reacciona sobre la base de la información que uno mismo provee parece poco serio.

La ministra de salud argentina Graciela Ocaña, por su parte, se equivocó dos veces al describir a México como el “hermano enfermo”. En primer lugar, México no es hermano de la Argentina: poco tenemos en común con ese país más allá de la lengua, y eso apenas en parte. Entre los países no hay lazos de parentesco sino una compleja red de intereses, comunes y divergentes.

En segundo lugar, México sí está enfermo, pero no de gripe como sugiere la ministra, sino de xenofobia, una enfermedad mucho más grave, que empieza con las descortesías verbales, sigue con los escupitajos a la cara en un estadio de fútbol, y continúa de forma seguramente peor. Las autoridades mexicanas, los responsables de sus medios de comunicación y de su sistema educativo debieran hacer algo al respecto.

–Santiago González

martes, 21 de noviembre de 2023

SGM: La vida del soldado

El infierno cotidiano de los soldados en la Segunda Guerra Mundial: qué comían, el sexo y sus temores

Cómo fueron los días de la infantería. Hambre, olores, suciedad, heridas y mucha muerte. Los sonidos del campo de batalla. De qué manera los enfermeros y los médicos elegían a quién priorizar. Pocas semanas atrás salió el libro Puro Sufrimiento de Mary Louis Roberts (Siglo XXI) que indaga estas cuestiones

Por Matías Bauso  ||  Infobae



Los soldados sufrían, además de los ataques enemigos, de hambre, frío, por el olor, por la falta de higiene, por el miedo (Photo by Taylor/US Army/Getty Images)

Cuando se habla y se escribe sobre la guerra se suele hacer foco en las grandes batallas, en las decisiones estratégicas claves, en los bombardeos a ciudades, en el movimiento de enormes batallones, en los desembarcos masivos que desequilibran la contienda; vemos los mapas en las salas con boiserie en las paredes en los que los generales mueven soldaditos de juguete, tanquecitos y trazan flechas. Los discursos memorables, los desfiles triunfales, los juicios aleccionadores a los criminales de masas. Pero hay otro plano, el humano, el de los soldados sin mayor preparación que deben poner el cuerpo en las peores condiciones, que se exponen a la muerte en cada segundo. ¿Cómo eran los días de esos jóvenes? ¿A qué se enfrentaban? ¿Cuáles eran las condiciones en las que luchaban? La Segunda Guerra Mundial ha sido contada por la literatura, por la historia y por el cine de muchas maneras posibles. A veces se ha soslayado una dimensión indispensable, la de la vida cotidiana de los soldados. Esa escala humana, por fuera de estrategias y grandes ataques tácticos, cambia la perspectiva de las cosas. Y modifica convicciones, debilita certezas, expone el horror.

Algo de eso consignó el General Patton en su diario después de visitar a los heridos en un hospital de campaña en Sicilia: “Había un herido muy grave. Era una masa de carne horrorosa y sangrienta que no me convenía mirar; de lo contrario, habría sentido algo personal al mandar soldados a la batalla. Algo fatal para un general”.

Lo humano de la guerra

La editorial Siglo Veintiuno acaba de editar Puro Sufrimiento. La vida cotidiana de los soldados en la Segunda Guerra Mundial de la historiadora Mary Louise Roberts. El libro es un estudio magnífico y cautivante sobre un aspecto algo menospreciado en la narrativa de los conflictos bélicos: las historias humanas, la manera en que transcurrían los días los soldados que estaban en el frente de batalla. Cómo vestían, qué comían, cómo lidiaban con el aseo, qué sucedía con los heridos y los muertos. Roberts a través de cartas, memorias, diarios y hasta obras de ficción de ex combatientes recrea esos días en el frente; se centra en los soldados de infantería en los últimos años de la Guerra.

La vida de los soldados en el frente era miserable. Pasaban hambre, frío, casi no dormían. Tenían miedo.

Muchos soldados querían sufrir una herida lo suficientemente grave como para ser enviados de regreso a su casa pero que no dejara secuelas permanentes ni alguna discapacidad (Undated World War II photograph. U.S. Coast Guard photo)

No sólo el enemigo provocaba bajas. Para el final de la Segunda Guerra Mundial había más muertos y heridos por las condiciones climáticas que por las balas de los otros. La lluvia, el frío, la nieve mataban.

A veces no había posibilidad de combatir la helada. Un soldado contó que si se dejaba las antiparras puestas, se congelaban en la nariz. Y que si se las quitaban, los ojos lloraban y las lágrimas quedaban petrificadas en la mitad de las mejillas o que, cosa peor, quedaban colgadas como estalactitas de los párpados y los sellaban: un candado de gélido.

Los soldados en muchas ocasiones no podían controlar los esfínteres, se hacían encima. A veces bajo el fuego enemigo. El miedo hacía su parte. También porque en medio de un bombardeo es difícil, ir detrás de un arbusto a hacer sus necesidades, o salir de la trinchera. Nadie quería morir con los pantalones bajos. Muchas otras veces por la mala alimentación y las enfermedades. La diarrea se volvía incontenible (ellos preferían llamarla disentería, un nombre algo más elegante). El olor los delataba pero nadie decía nada. Era algo habitual que a cualquiera le podía pasar. Un soldado recordó: “Ese invierno era fácil ubicar a nuestra unidad. Sólo había que seguir los charcos marrones que íbamos dejando en la nieve por la disentería”.

Los sonidos que alertan

Bajo situaciones de peligro, se sabe, los sentidos se aguzan. Y esos combates eran, entre otras cosas, un concierto de ruidos y sonidos con significados muy claros. Y cada soldado debía aprender a decodificar silbidos, explosiones, pasos apagados sobre hojas, motores de jeeps o de aviones, aun sin verlos. En esa capacidad de escucha estaba, muchas veces, la posibilidad de sobrevivir. Los sonidos brindaban información.

En su libro, Roberts cita a G.W.Target, un soldado británico. Es una descripción de la batalla desde el oído: “Continuo rechinar de un metal contra otro o contra la piedra, explosiones, chasquidos, gritos, llantos, rugidos o trueno mecánicos, convulsiones, temblores de la tierra o de la carne agonizante, crujidos de maderas o de huesos, estampidos cercanos o lejano, estallidos inesperados, tronar de cañones y de bombas”. Y eso sucedía de día, de tarde, de noche. Era un continuo desesperante.

El sonido más temido era el del cañón alemán de 88 mm. Era aterrador. Su poder letal era devastador. Y, era tan veloz, que no les daba tiempo siquiera de tirarse cuerpo a tierra. Roberts cita a un soldado que cada vez que escuchaba disparos del cañón de 88 tenía una inoportuna erección: “El pánico y la sangre me inundaban las ingles, una reacción casi pavloviana”.

La editorial Siglo Veintiuno publicó el magnífico "Puro Sufrimiento. La vida cotidiana de los soldados durante la Segunda Guerra Mundial" de Mary Louis Roberts. La autora narra las distintas vicisitudes de los combatientes en sus jornadas

Mientras había ataques y contraataques, los ruidos eran ensordecedores y enloquecían. Los generales querían provocar esa sensación en el enemigo: alienarlos, llenarlos de temor. No se daban cuenta de que sus hombres pasaban por lo mismo. Pero había algo mucho peor que el fuego cruzado. Lo que venía después. Ya sin detonaciones ni balazos, lo que reinaba no era el silencio. Nacía, crecía, un coro de gemidos, lamentos, alaridos de dolor, rezos y llamados desesperados de los agonizantes a sus madres.

Los soldados no sólo estaban a ciegas en sus trincheras, envueltos por la oscuridad, bajo el diluvio de balas y bombas enemigas. No sabían nada, tampoco, de los grandes movimientos. En la mayoría de las oportunidades, después de varias jornadas de marchas, batallas y ataques, desconocían en qué lugar se encontraban, cuál era su misión y hacia dónde se dirigían. Tampoco cuál era el panorama general: ¿estaban ganando? ¿Acaso perdían? Ellos sólo veían los muertos a su alrededor. Los que alfombraban los caminos. Los suyos y los de los otros. Y rezaban para salir con vida de ahí. Se puede decir que los soldados en el frente, los de infantería, sólo sabían dos cosas: que debían matar enemigos y evitar ser matados.

También creían saber, fueran del bando que fueran, que ellos eran los buenos y los otros los malos. Esa convicción se deshacía cuando se cruzaban con heridos muy graves y con cadáveres. El monstruo que estaba enfrente, de pronto, recuperaba su humanidad aunque ya fuera tarde.

Uno de los incentivos que encontraban era la amistad con sus compañeros de batalla. Otro el de alcanzar pequeños objetivos (muy) inmediatos. La siguiente comida, la próxima ducha.

Pero muchas veces estas instancias no eran tan habituales ni gratificantes. Empecemos por el baño.

Prohibido bañarse

A pesar de que los soldados estaban hechos sopa, siempre empapados por las lluvias y hasta por las nevadas, no era fácil acceder al agua potable. Por eso debían llevarla con ellos y se racionaba. Sólo era para beber. A nadie se le ocurría, como bien escaso, desperdiciarla en aseo.

Bill Mauldin fue soldado e historietista. Ganó dos premios Pulitzer por su tarea. Fue el primero en retratar a los soldados como seres permanentemente embarrados y con necesidades. El Gral. Patton le recriminó su trabajo por minar la moral de las tropas. Esta viñeta se basó en una situación que le sucedió: un camión embarró a los soldados de infantería

Los uniformes no se reemplazaban con asiduidad. En algunos casos parecían armaduras en vez de uniforme modernos. El barro los endurecía de tal manera que cuando se quería doblar una manga, se quebraba la tela. Se podía hacer percusión sobre ellos. Un corresponsal de guerra describió a un batallón como “piezas de barro con forma de hombres”.

La guerra presentaba un contrasentido para los militares. Siempre preocupados por el orden, por la pulcritud, por el vestuario reluciente y completo, en combate todo era suciedad, barro, olores penetrantes, calzoncillos con una costra congelada de material fecal. Tanto es así que la suciedad extrema se convirtió en sinónimo de heroísmo, casi una condición indispensable para la victoria.

De toda la vestimenta el mayor problema era el calzado. Las botas de los norteamericanos no eran lo suficientemente buenas (Roberts afirma que las inglesas eran mucho mejores). Eso era un verdadero problema. La muerte, en muchos casos, empezaba por los pies. Los soldados vivían sumergidos en el barro. Mientras marchaban, mientras esperaban para entrar en acción, en sus trincheras. El agua penetraba ese calzado que no estaba hecho con los mejores materiales (la industria norteamericana destinaba la goma primordialmente para las ruedas de los vehículos y las orugas de los tanques). Las medias escaseaban, entonces no se cambiaban con tanta asiduidad. Los soldados tenían sus pies siempre húmedos. Pocas veces se quitaban las botas. Nadie se exponía a que el ataque de los oponentes los sorprendiera descalzos. En un mes, tal vez, sólo se quitaban los zapatos tres veces. Todo lo hacían calzados.

Los médicos de campaña debían actuar con celeridad. Muchas veces debían elegir a quién operar y a quién no, fijando prioridades porque no daban abasto (U.S. Army Photo)

La mala calidad de las botas, la humedad permanente, que nunca estuvieran descalzos eran factores que provocaban enormes problemas. El más evidente y masivo era el pie de trinchera. Los pies negros, con hedor, deformados por la hinchazón, al borde la gangrena, con la piel que se desprendía a jirones. Una vez que se quitaban las botas no se las podían volver a poner, ni siquiera podían volver a caminar y debían ser hospitalizados. El pie de trinchera produjo muchísimas bajas.

El olor de la guerra

La guerra también es hedor: mierda, transpiración, el olor dulzón de la carne chamuscada, pólvora, el combustible, suciedad, la pestilencia de los cuerpos descomponiéndose.

Los soldados, sin poder bañarse, olían mal. Los campos de batalla aquietados apestaban.

En las campañas largas, los soldados comían las raciones que les enviaban, Estaban pensadas para proveerlos de energía y para que pudieran ser ingeridas en cualquier circunstancia. El gobierno norteamericano le pidió a Hershey que las barras de chocolate fueran nada más que un poco más sabrosas que una papa hervida. No querían que los soldados las utilizaran como moneda de cambio, ni que las comieran como un gusto, sino que las utilizaran para incorporar energía.

Los hombres se quejaban de esas raciones. Las latas con carne, por lo general, tenían una capa congelada que era impenetrable. Muchas veces usaban sus bayonetas para poder cortarlas. Al principio muchas se negaban a comer, pero con el correr de los días el hambre hacía su trabajo.

Cuando se las daban a algún prisionero alemán, solían bromear que esas raciones debían estar prohibidas por la Convención de Ginebra.

La comida era siempre fría. Excepto en campamentos seguros, no se podía prender fuego para que el humo no alertara al enemigo. Había algunas sopas pensadas para comer en campaña. Traían un pequeño dispositivo calentador en el medio que se activaba poniendo un cigarrillo encendido en la base de la lata. 3 o 4 minutos después el contenido estaba caliente.

Muchos soldados deseaban tener una herida grave pero que no los dejara incapacitados ni con secuelas permanentes (blightys las llamaban). Una herida con la gravedad suficiente para sacarlos de la guerra, para que los regresaran a sus casas, pero enteros. Sin mutilaciones, sin ceguera, sin la pérdida de sus genitales, ni discapacidades.

Las heridas más temidas eran en los genitales y en la cola. Muchos dormían con sus cascos sobre las ingles, para protegerse. Preferían no despertar que ser capados por las balas enemigas.

A los heridos los trasladaban de noche. Para que no fueran vistos ni por las poblaciones cercanas ni por sus compañeros, para no minar el ánimo. En los hospitales de campaña y en los de la retaguardia la actividad era constante. Los médicos podían operar decenas de pacientes durante guardias de 36 horas consecutivas. Algunos doctores han llegado a dormir parados durante unos pocos minutos para después continuar.

Los soldados de infantería caminaban gran parte del día. Pasaban sus jornadas en medio del barro. Las botas no eran lo suficientemente buenas. El pie de trinchera se convirtió en un problema grave que provocó muchas bajas (Photo by European/FPG/Getty Images)

Había una tarea sensible y muy desagradable. La de determinar a quién asistir. No tenían ni tiempo ni recursos para ocuparse de tantos heridos, en especial tras alguna refriega sangrienta. La primera selección la hacían los enfermeros y camilleros que recorrían el campo de batalla tras los enfrentamientos. No habían estudiado medicina pero fueron desarrollando el instinto para descubrir quienes necesitaban ayuda inmediata, quienes estaban desahuciados y quienes pese a la sangre abundante padecían heridas leves o al menos no mortales. A los que recibían morfina le escribían la hora y la dosis en la frente.

Los doctores debían tomar decisiones. Definir quiénes podrían ser salvados, por quién valía la pena hacer el esfuerzo. Sabían, por ejemplo, que una cirugía de abdomen les llevaba más de una hora y que la posibilidad de sobrevida era del 50 %. Debían sopesar que en ese lapso podían hacer cuatro operaciones de extremidades y asegurar la vida a cuatro soldados.

Lo que nadie podía tratar en ese lugar y en ese momento eran las secuelas de otro tipo. Nadie podía asegurar que no sufrieran durante mucho tiempo (o permanentemente) de problemas psiquiátricos y traumas varios por la vida miserable que llevaron, por el miedo que tuvieron que padecer, por los hombres que debieron matar, por los horrores y las toneladas de muerte que presenciaron.


martes, 9 de noviembre de 2021

Imperio Otomano: La jaula que volvía locos a los príncipes turcos


Exterior del kafes en el palacio Topkapi / foto dominio público en Wikimedia Commons

Cómo los príncipes otomanos vivían encerrados toda su vida en la Jaula de palacio


Por Guillermo Carvajal ||  La Brújula Verde




Desde su fundación en el siglo XIV el imperio Otomano domino buena parte del sureste de Europa, el norte de África y Oriente Medio. Incluso llegaron a sitiar Viena, en el corazón de Europa, en un par de ocasiones. Y hasta después de la Primera Guerra Mundial el imperio se mantendría como la principal potencia de la zona.

Los primeros sultanes otomanos heredaban el poder de una forma poco habitual en la Edad Media. No seguían, como hacían los estados cristianos, el principio de primogenitura, esto es, que el primer hijo era el heredero del trono (salvo durante el período entre 1566 y 1603, en que sí lo hicieron). Por el contrario, cuando un sultán moría, o incluso antes, se desataba una feroz batalla entre sus hijos y demás parientes.

Estancias del príncipe heredero / foto Derzsi Elekes Andor en Wikimedia Commons

Por ello, en ocasiones los diferentes pretendientes al trono buscaban alianzas en los estados vecinos, enemigos o amigos, y si fracasaban se quedaban en ellos so pena de muerte al regresar. Un ejemplo muy ilustrativo es el de Mehmed el Conquistador, cuando puso sitio a Constantinopla su propio tío le hacía frente desde el otro lado de las murallas alíado con los bizantinos.

El propio Mehmed resolvió el problema a la vieja usanza, siendo el primero en establecer la costumbre del fratricidio en 1451. Cuando accedió al trono hizo ejecutar a todos sus hermanos y parientes cercanos, salvo alguno que se le escapó. Incluyendo a su hermano pequeño, un bebé de apenas meses que murió estrangulado en su cuna. No solo eso sino que recomendaba a aquel de sus hijos que lograse heredar el trono que matase a todos sus hermanos. Una práctica hecha ley que el mundo otomano toleraría por cuestiones de estado.

Mehmed el Conquistador / foto dominio público en Wikimedia Commons

De modo que cada nuevo sultán siguió su consejo durante más de un siglo. Mehmed III, en 1595, ejecutó a sus 19 hermanos, y eso no puso a salvo al resto de sus parientes, muchos de los cuales optaron por poner pies en polvorosa.

El famoso Soleimán el Magnífico no dudó en permanecer impasible mientras su propio hijo, que se había hecho muy popular entre los soldados, era estrangulado en la habitación de al lado. Lo primero era la seguridad del poder.

Lo cierto es que esta política de asesinatos nunca fue muy popular, ni entre la élite religiosa ni política del imperio, principalmente por el estrés que suponía. De modo que los visires, consejeros y altos funcionarios buscaron una solución.

Esta llegó con la muerte del sultán Ahmed I en 1617. Su muerte inesperada y repentina dio tiempo a que todos los potenciales sucesores pudieran ser congregados en el palacio de Topkapi. Allí se les encerró en unas estancias especiales del Harén Imperial llamadas kafes (jaulas).

A partir de entonces esa fue la costumbre. Todos los príncipes otomanos eran encerrados en la jaula de por vida, evitando que pudieran conspirar para deshacerse de sus hermanos. Allí vivían cautivos pero lujosamente, custodiados por guardias en todo momento.

Solo se permitía salir a aquel que heredaría el trono. Cuando un sultán moría, su heredero elegido por los visires era conducido a la Puerta de la Felicidad para ser coronado, y esa era la primera vez en su vida que salía al exterior.

Mehmed VI, último sultán del Imperio Otomano / foto dominio público en Wikimedia Commons

El record de permanencia en la jaula alcanzó los 39 años, aunque durante el siglo XIX la media había bajado a unos 15 años. Muchos de los secuestrados terminaron por desarrollar desórdenes psicológicos graves, e incluso se sabe que hubo al menos dos suicidios dentro de la jaula.

No obstante el peligro nunca desaparecía, ya que los sultanes solían maniobrar para acabar con el mayor número posible de rivales. En 1621 Osman II hizo asesinar a uno de sus hermanos, y dejó al resto morir de hambre en sus jaulas. Al final el ejército se rebeló y los soldados consiguieron rescatar al último de ellos vivo haciendo un agujero en el tejado y sacándolo con una soga. El pobre hombre, que llevaba varios días sin comer, tardó algún tiempo en darse cuenta de que se había convertido en el nuevo sultán.

La práctica del fratricidio desapareció oficialmente en 1648 cuando ya estaba establecida la costumbre del principio de primogenitura, aunque todavía habría un caso más. En 1808 el sultán Mahmud II hizo ejecutar a su único hermano Mustafa IV, para evitarse posibles contratiempos.

El último sultán otomano, Mehmed VI, que gobernó el imperio entre 1918 y 1922, tenía 56 años cuando accedió al trono, habiéndose pasado toda su vida en la jaula. Fue confinado por su tío Abdulaziz, y tuvo que esperar a que terminasen los reinados de sus tres hermanos mayores para poder salir. Fue el último inquilino del Kafes y el que más tiempo estuvo encerrado, en toda la historia de la práctica.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Vida civil: Los sueños en el nazismo

Cómo cambian los sueños bajo el autoritarismo

Cuando los nazis llegaron al poder, la escritora Charlotte Beradt comenzó a coleccionar sueños. ¿Qué aprendió ella?

Por Mireille Juchau || The New Yorker

Los sueños que tuvieron los alemanes mientras los nazis estaban en el poder revelan los efectos que el régimen tuvo en el inconsciente colectivo.



Ilustración de Isabel Seliger.

No mucho después de que Hitler llegó al poder, en 1933, una mujer de treinta años en Berlín tuvo una serie de sueños extraños. En uno, su vecindario había sido despojado de sus signos habituales, que fueron reemplazados por carteles que enumeraban veinte palabras verboten; el primero fue "Señor" y el último fue "yo". En otro, la mujer se encontró rodeada de trabajadores, incluidos un lechero, un gasista, un quiosco y un fontanero. Se sintió tranquila, hasta que vio entre ellos un deshollinador. (En su familia, la palabra alemana para "deshollinador" era el código para el S.S., un guiño a la ropa ennegrecida del comercio). Los hombres blandieron sus billetes y saludaron a los nazis. Luego corearon: "No se puede dudar de su culpa".

Estos son dos de los setenta y cinco sueños recopilados en "El Tercer Reich de los Sueños", un libro extraño y apasionante de la escritora Charlotte Beradt. Ni el estudio científico ni el texto psicoanalítico, "El Tercer Reich de los sueños" es un diario colectivo, un relato de testigos sacado de las sombras de una nación hacia la luz forense. El libro fue lanzado, en Alemania, en 1966; una traducción al inglés, por Adriane Gottwald, se publicó dos años después, pero desde entonces se ha agotado. (A pesar del continuo interés de los editores, nadie ha podido encontrar al heredero de Beradt, quien posee los derechos). Pero el libro merece una nueva visita, no solo porque hoy vemos ecos del populismo, el racismo y el gusto por la vigilancia que fueron parte de Tiempo de Beradt pero porque no hay nada más parecido en la literatura del Holocausto. "Estos sueños, estos diarios de la noche, fueron concebidos independientemente de la voluntad consciente de sus autores", escribe Beradt. "Fueron, por así decirlo, dictados por la dictadura".

Beradt, quien nació Charlotte Aron, en Forst, una ciudad cerca de la frontera entre Alemania y Polonia, era una periodista judía. Tenía su sede en Berlín cuando Hitler se convirtió en canciller, en 1933. Ese año, se le prohibió publicar su trabajo, y ella y su esposo, Heinz Pol, fueron arrestados durante las redadas masivas de comunistas que siguieron a la aprobación del Decreto de Fuego del Reichstag. . Después de su liberación, comenzó a grabar en secreto los sueños de sus compañeros alemanes. Durante seis años, cuando los judíos alemanes perdieron sus hogares, sus trabajos y sus derechos, Beradt continuó tomando notas. Para 1939, ella había reunido trescientos sueños. El proyecto era arriesgado, sobre todo porque era conocida por el régimen. Pol, que una vez trabajó para Vossische Zeitung, el principal periódico liberal de Alemania, pronto huyó a Praga, y Beradt finalmente se mudó con su futuro esposo, el escritor y abogado Martin Beradt.

Los Beradts vivían en Charlottenburg, un suburbio judío de Berlín, que albergaba figuras como Walter Benjamin y Charlotte Salomon, y los sueños que Beradt reunió reflejan el medio ambiente secular y de clase media del área. "No estaba fácilmente accesible para mí", dijo Beradt, entusiasta "sí, hombres" o personas que obtuvieron alguna ventaja del régimen. "Le pregunté a un modista, vecino, tía, lechero, amigo, generalmente sin revelar mi propósito, porque quería las respuestas más sinceras y no afectadas posibles". Sus amigos incluyeron a un médico que encuestó "discretamente" a los pacientes en su gran práctica.

Para protegerse a sí misma y a las personas que entrevistó, Beradt escondió sus transcripciones dentro de encuadernaciones y luego las archivó en su biblioteca privada. Ella disfrazó figuras políticas, convirtiendo los sueños de Hitler, Göring y Goebbels en "anécdotas familiares" sobre los tíos Hans, Gustav y Gerhard. Una vez que la quema de libros y las búsquedas de viviendas se convirtieron en elementos de control estatal, Beradt envió sus notas por correo a sus amigos en el extranjero. En 1939, ella y Martin abandonaron Alemania y finalmente llegaron a Nueva York, como refugiados. Se establecieron en la avenida West End, y su apartamento se convirtió en un lugar de reunión para los emigrados, como Hannah Arendt (para quien Beradt tradujo cinco ensayos políticos), Heinrich Blücher y el pintor Carl Heidenreich. En 1966, después de recuperar sus transcripciones, Beradt finalmente publicó los sueños, en Alemania, como "Das Dritte Reich des Traums".

"El Tercer Reich de los Sueños" se desarrolla en once capítulos, organizados por símbolos y preocupaciones recurrentes. Los epígrafes de Arendt, Himmler, Brecht y Kafka dan lastre al material surrealista que sigue, y los capítulos están titulados con figuras emblemáticas: "El no héroe", "Aquellos que actúan" y citas gnómicas como "Nada me da placer". Más ". Estos títulos refuerzan la premisa del libro: que los vínculos entre la vida de vigilia y los sueños son indiscutibles, incluso evidentes. En un epílogo, el psicólogo nacido en Austria Bruno Bettelheim señala los muchos sueños proféticos de la colección, en los cuales, ya en 1933, "el soñador puede reconocer en el fondo cómo es realmente el sistema".

Al igual que las historias orales de Svetlana Alexievich de ciudadanos soviéticos de la posguerra, el trabajo de Beradt descubre los efectos de los regímenes autoritarios en el inconsciente colectivo. En 1933, una mujer sueña con una máquina de leer la mente, "un laberinto de cables" que detecta su asociación de Hitler con la palabra "diablo". Beradt encontró varios sueños sobre el control del pensamiento, algunos de los cuales anticiparon los absurdos burocráticos utilizados por los nazis. para aterrorizar a los ciudadanos. En un sueño, una mujer de veintidós años que cree que su nariz curvada la marcará como judía asiste a la "Oficina de Verificación del Descenso Ario", no una agencia real, pero lo suficientemente cerca de las de la época. En una serie de "cuentos de hadas burocráticos" que evocan la propaganda de la vida real del régimen, un hombre sueña con pancartas, carteles y voces de cuartel que pronuncian un "Reglamento que prohíbe las tendencias burguesas residuales". En 1936, una mujer sueña con nieve. camino sembrado de relojes y joyas. Tentada a tomar una pieza, siente una configuración de la "Oficina para probar la honestidad de los extraterrestres".

Estos sueños revelan cómo los judíos alemanes y los no judíos lidiaron con la colaboración y el cumplimiento, la paranoia y el auto repugnancia, incluso cuando, en la vida de vigilia, ocultaron estas luchas a otros y a ellos mismos. Los relatos están entretejidos con el comentario agudo y sin adornos de Beradt, que se profundiza por su propia experiencia del nazismo y la emigración. Al poner en primer plano los sueños, en lugar de relegarlos a material secundario colorido en una historia más convencional, Beradt permite que los detalles fantásticos hablen más fuerte que cualquier interpretación. Su libro recuerda los fotomontajes de Hannah Höch, en los que los objetos, el texto y las imágenes de los medios alemanes se recortan y se yuxtaponen, produciendo escenarios inesperados que se sienten aún más sinceros por su extrañeza.

A veces, "El Tercer Reich de los sueños" también se hace eco de Hannah Arendt, quien vio el gobierno totalitario como "verdaderamente total en el momento en que cierra el vicio de terror sobre las vidas sociales privadas de sus súbditos". Beradt parece estar de acuerdo con esta premisa: ella entendió los sueños como continuos con la cultura en la que ocurren, pero ella también presenta los sueños como el único reino de la libre expresión que perdura cuando la vida privada cae bajo el control del estado. Bajo tales condiciones, el soñador puede aclarar lo que podría ser demasiado arriesgado para describir en la vida de vigilia. Beradt cuenta el sueño del dueño de una fábrica, Herr S., que no puede reunir un saludo nazi durante una visita de Goebbels. Después de luchar durante media hora para levantar su brazo, su columna vertebral se rompe. El sueño necesita poca elaboración, escribe Beradt; es "devastadoramente claro y casi vulgar". En un período durante el cual el individuo fue reducido a un parásito o a un miembro de una mafia sin rostro ("Soñé que ya no podía hablar excepto en coro con mi grupo"), Los sueños ofrecían una rara oportunidad para restablecer un sentido de agencia.

El libro de Beradt no incluye ningún sueño con contenido religioso, y no hay sueños de los judíos de Europa del Este que vivían en la ciudad, en Grenadierstrasse y Wiesenstrasse, es decir, los judíos que ya habían sobrevivido a los pogromos. Pero estas ausencias no restan valor a los detalles vívidos e indelebles de Beradt, que profundizan nuestra comprensión de la vida durante los primeros años del nazismo, un período aún eclipsado en la literatura por relatos de asesinatos en masa y guerra. Especialmente novedoso es el estudio de Beradt de las muchas mujeres urbanas, judías y no judías, que narran sus propias vidas (soñadas). Aquí está Göring tratando de tocar a tientas a una vendedora en el cine; Aquí está Hitler, vestido de noche, en el Kurfürstendamm, acariciando a una mujer con una mano y distribuyendo propaganda con la otra. "No puede haber una descripción más clara de la influencia de Hitler en un gran sector de la población femenina de Alemania", escribe Beradt, señalando el número de mujeres que votaron por él y la manipulación calculada de su partido de su supuesto poder "erótico". Pero los sueños también representan mujeres, reducidas a esposas obedientes y portadoras de hijos en la propaganda nazi, que buscan una mayor autoridad social. En un caso, una mujer acaba de ser clasificada por las leyes raciales como un cuarto judío. Y sin embargo, en un sueño, Hitler la conduce por una gran escalera. "Había una multitud de personas debajo, y una banda tocaba, y estaba orgullosa y feliz", le dijo a Beradt. "No molestaba en absoluto a nuestro Führer ser visto en público conmigo".

viernes, 3 de agosto de 2018

US Army: Los equipos de operaciones extrasensoriales

El ejército de EE. UU. tenía una unidad completa de espías psíquicos

El proyecto resultó ser un, ejem, dolor de cabeza para el liderazgo del servicio

Joseph Trevithick | War History Online



Esta historia apareció originalmente el 27 de agosto de 2016.

El 15 de septiembre de 1995, el jefe de personal del ejército, general Gordon Sullivan, se reunió con un coronel de la agencia de vigilancia más importante del servicio, así como con otro coronel que había trabajado como psicólogo en el Comando de Inteligencia y Seguridad del Ejército.

La reunión cubrió un tema delicado y luego aún secreto: las llamadas "actividades de percepción extrasensorial" o ESPA.

Lo que realmente estaban discutiendo eran los experimentos del Ejército que involucraban a una unidad entera de espías psíquicos. El liderazgo de la rama de combate terrestre quería saber exactamente qué estaba pasando para poder hacer una declaración pública precisa.




En julio de 1995, una mujer había enviado una carta angustiosa al Secretario del Ejército Togo West, Jr. quejándose de los efectos negativos de la "guerra psíquica". El mes siguiente, el periodista y autor Jim Schnabel escribió un detallado artículo sobre los estudios del Ejército para el London Independent.

"El jefe de personal desconocía realmente Grill Flame y su historia", escribió más tarde el oficial del inspector general en un informe clasificado, usando el nombre oficial del código para el proyecto. "El jefe de personal me ha pedido que supervise los acontecimientos relacionados con Grill Flame y lo asesoremos en consecuencia".

War Is Boring obtuvo este informe y otros documentos relacionados a través de la Ley de Libertad de Información. Citando preocupaciones sobre la privacidad, los censores redactaron los nombres de los oficiales, así como el nombre de la mujer que escribió la carta.

Lo que el coronel descubrió -y otros en el Ejército ya lo habían documentado- fue que el proyecto había irritado durante mucho tiempo a la sección de combate terrestre. Y eso es ponerlo a la ligera.
Arriba: las tropas del Ejército de EE. UU. Practican la inteligencia humana tradicional. En la parte superior, un sistema experimental que vincula el cerebro de un soldado con una computadora. Fotos del ejército de los EE. UU.

Aunque rara vez publicitan el hecho, el Pentágono, las agencias de inteligencia de los EE. UU. Y las agencias de aplicación de la ley nunca se han apartado de lo paranormal o pseudocientífico. Los beneficios potenciales de los psíquicos, médiums, telequinesis y otras técnicas similares son inmensos, si realmente funcionan.

Durante la Guerra de Vietnam, las tropas estadounidenses trataron de encontrar túneles del Viet Cong con cañas de brujas. Los investigadores del contratista de defensa HRB Singer criticaron el escepticismo de la práctica ancestral como "algo académica" y dijeron, dada la importancia de la misión, que "se puede restar importancia al rigor científico, si es necesario".

En la década de 1970, los estadounidenses se enfrentaron al fantasma omnipresente de la aniquilación nuclear, así como a la creciente amenaza del terrorismo internacional. Algunos en Washington estaban dispuestos a tener ideas radicales.

¿Qué pasaría si los agentes de inteligencia pudieran "ver" en los búnkeres soviéticos desde la habitación de un hotel fuera de Washington, DC? ¿Qué pasaría si pudieran predecir un bombardeo o un secuestro de un avión?

En octubre de 1978, el mayor general Edmund Thompson, entonces el oficial de inteligencia más importante del ejército, ordenó que el Comando de Inteligencia y Seguridad investigara ESPA. Los especialistas en inteligencia del Ejército formaron un equipo después de peinar sus unidades y llamar a otras agencias. Seis años antes, la Agencia Central de Inteligencia había estudiado conceptos similares con la ayuda del grupo de expertos del Instituto de Investigación de Stanford.

"Motivados por la idea de que los soviéticos podrían desarrollar capacidades en esta área, las personalidades clave de la comunidad de inteligencia estaban decididas a explorar la utilidad potencial de los fenómenos psíquicos", explicó una visión general secreta del proyecto en diciembre de 1995. Grill Flame solo se aplicó a la porción del Ejército de lo que en esencia era un conjunto de experimentos del Pentágono.

Todo el proyecto fue altamente clasificado. Thompson inicialmente le había dicho literalmente a sus subordinados qué hacer en lugar de escribir algo.

Los espías de la rama de combate terrestre aparentemente sintieron que los estudios eran lo suficientemente prometedores como para seguir adelante. Aún así, el proyecto probablemente habría muerto sin el interés de un colorido grupo de personajes, incluido Thompson.

Preocupado por los propios esfuerzos paranormales del Kremlin, el general también era un verdadero creyente. "Nunca me gustó entrar en debates con los escépticos, porque si no creías que la visión remota era real, no habías hecho tu tarea", dijo Thompson, según el libro de Schnabel Visores remotos: La historia secreta de los espías psíquicos de Estados Unidos. .


Maj. Gen. Edmund Thompson, a la izquierda. A la derecha, Maj. Gen. Albert Stubblebine III. Fotos del ejército de los EE. UU.

Grill Flame se enfocó principalmente en entrenar y perfeccionar las habilidades de los televidentes remotos. La esperanza era que estas personas pudieran describir detalles confidenciales sobre equipos e instalaciones enemigas sin tener que salir de Estados Unidos.

"En resumen, implicó ubicar a un individuo en un ambiente oscuro y controlado, descenderlo en un trance autohipnótico y hacer que describa vocalmente las imágenes y otras impresiones que se le vinieron a la mente", según el resumen. "En un contexto de inteligencia, al sujeto se le daría algunos parámetros de un área objetivo o una pregunta de inteligencia y la verbalización del sujeto sería monitoreada de cerca".

En 1981, Thompson obtuvo un aliado importante cuando el general de división Albert Stubblebine III se hizo cargo del Comando de Inteligencia y Seguridad. Los dos oficiales compartieron un entusiasmo por las ideas no convencionales.

Cuando Thompson se fue a un puesto en la Agencia de Inteligencia de Defensa, le dio a Stubblebine el control total de Grill Flame. En septiembre de 1981, el ejército se levantó una unidad formal para manejar el proyecto.

La rama de combate terrestre enterró el Destacamento G en el Grupo de Operaciones del Ejército. Esta unidad de sonido banal maneja la misión de inteligencia humana del servicio: el negocio de salir a juntar información importante de otras personas.

Al principio, el personal del equipo incluía un total de cinco personas, tres soldados y dos civiles, incluida una secretaria de la oficina, según una instrucción ahora desclasificada que detalla la creación de la unidad. Todo lo que hicieron fue sobre una base de "necesidad de saber".
En todo el Pentágono, los televidentes a distancia recibieron inteligencia y otras tareas para poner a prueba sus habilidades. Grill Flame y el propio proyecto de la Agencia de Inteligencia de Defensa, apodado Sun Streak, intentaron encontrar el paradero exacto del líder libio Muammar Gaddafi antes de que aviones estadounidenses bombardearon su país en 1986, según el libro de Schnabel.

Tres años después, intentaron localizar a Manuel Noriega después de que las tropas estadounidenses persiguieran al dictador panameño desde su residencia. El Pentágono llamó a los espías psíquicos para tratar de averiguar si realmente había prisioneros de guerra estadounidenses en Vietnam, Laos o Camboya.



Pero a pesar de todos estos esfuerzos, el Ejército en particular se había agriado rápidamente en la idea. Para los principales líderes del servicio, los resultados no fueron concluyentes y los jugadores resultaron embarazosamente erráticos.

Después de hacerse cargo del comando de inteligencia principal del Ejército, Stubblebine había comenzado a promover una serie de ideas pseudocientíficas más allá de la visión remota. Se hizo famoso por llevar a otros oficiales a "fiestas de doblar cucharadas".

En estos eventos, los psíquicos y los telekinentics que se describían a sí mismos torcían los cubiertos en formas asombrosas. En las décadas de 1970 y 1980, individuos como Uri Geller, nacido en Israel, cautivó a audiencias de televisión estadounidenses y extranjeras con demostraciones similares.

"La clave de todo esto no tiene nada que ver con doblar metal", dijo Stubblebine, con una serie de cucharas dobladas y tenedores frente a él, al periodista Jon Ronson en una entrevista para su documental de 2001 The Secret Rulers of the World. "¿Qué tiene que ver con eso, señor, misericordia, si puedo hacer eso con mi mente, qué más puedo hacer?"

El general intentó "energizar" a las tropas de las Fuerzas Especiales del Ejército con estas ideas, pero las encontró despectivas. Finalmente les persuadió para darles la oportunidad a las técnicas diciéndoles que algún día podrían matar gente con sus mentes, una historia que Ronson describió más adelante en su libro The Men Who Stare At Goats.

Según Ronson, la Agencia Central de Inteligencia envió un psicólogo para evaluar la competencia de Stubblebine. En el proceso, el Dr. Ray Hyman entrevistó al sucesor del oficial, el mayor general Harry Soyster.

"Le pregunté si lo habían obligado a ir a una fiesta de doblado de cucharas y me dijo: 'Oh, sí'", le dijo Hyman a Ronson en otra entrevista para su documental. "Él dijo: 'Bueno, las cucharas se doblan, pero no pude ver ninguna aplicación militar, así que no pensé mucho en eso'".


Un soldado de inteligencia militar habla con niños en Afganistán. Foto del ejército de los EE. UU.

Cuando Soyster se hizo cargo en 1986, trabajó para reducir Grill Flame y proyectos similares. El general insistió en que el trabajo de su comando era "escuchar a los malos hablar entre ellos, atrapar espías [y] tomar fotos", según una revisión histórica oficial del Ejército, un individuo privado obtenido a través de la Ley de Libertad de Información y enviado al Sitio web GovernmentAttic.org.

Aún así, en Washington, miembros del Congreso de ideas afines mantuvieron vivo a Grill Flame y programas relacionados. En particular, el senador de Rhode Island Claiborne Pell, mejor conocido por las becas universitarias federales que llevan su nombre, fue un ferviente partidario de los experimentos paranormales.

"Pell y su personal fueron en gran medida instrumentales para mantener la financiación viva para este esfuerzo, incluso cuando el escepticismo se estaba construyendo a finales de los 80 y 90", según el organismo de vigilancia del ejército. En 1987, el legislador intentó llamar la atención sobre una "brecha de percepción extrasensorial" con Moscú al invitar a Geller a doblar cucharas para sus colegas.

Después del truco, la revista Time lo apodó "Senador Oddball". Los líderes del ejército y otros en Washington no estaban encantados con estas asociaciones.

Además de estas cuestiones de relaciones públicas, el ejército parecía tener preocupaciones sobre la ética de las actividades de Grill Flame. Ya en febrero de 1981, Thompson "recomendó ... continuar asegurando que todos los problemas legales / médicos de uso humano se cumplan antes de llevar a cabo cualquier nueva iniciativa [Grill Flame]".

Una cantidad de antiguos televidentes remotos y otros participantes en proyectos psíquicos desarrollaron enfermedades físicas y mentales o síntomas de los mismos. Si bien las teorías de la conspiración y la especulación son rampantes, es difícil decir si alguno de estos problemas estaba directamente relacionado con los proyectos.

"¿Habían estado viviendo demasiado en el borde chamánico de las cosas?", Se preguntó Joseph McMoneagle, uno de los televidentes remotos del Ejército que finalmente sufrió un ataque al corazón, esto según el libro de Schnabel. "¿El acto de ver a distancia, o incluso estar cerca de un visor remoto, produce algún tipo de efecto peligroso en el sistema nervioso humano o el sistema inmunitario?"

A pesar de su experiencia, McMoneagle continúa practicando y promoviendo la técnica. En una revisión de uno de sus libros, Reader's Digest llamó al ex soldado del ejército "el televidente más famoso de los Estados Unidos".

"Lo que es cierto es que el Ejército ... participó en esto en gran medida y resultaron algunos episodios vergonzosos", señaló el inspector general en su análisis. "La exageración de los medios puede herir claramente el nombre [del Comando de Inteligencia y Seguridad]".

Y mientras el coronel del inspector general cavaba en los antecedentes del proyecto como Sullivan le había preguntado, no podía encontrar casos en los que un televidente hubiera producido resultados reales.

La evaluación final fue que Grill Flame había sido "más humo que sustancia".

Mientras investigaba su documental y su libro posterior, Ronson describió las afirmaciones de visión remota y otras técnicas psíquicas que regresaban después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en la ciudad de Nueva York y Washington, DC Pero seis años antes, la opinión del Ejército era fuerte y clara que toda la idea había sido más problemática de lo que valía.

martes, 13 de febrero de 2018

Hitler: Diez frases de su personalidad

10 frases famosas de Adolf Hitler

El dictador nazi era un orador excepcional y utilizó su capacidad de atraer a las masas.


Victoria González || Muy Interesante




El líder alemán Adolf Hitler ha sido, sin duda alguna, uno de los personajes más relevantes de la historia del siglo XX. El dictador nazi era un excelente orador y utilizó su capacidad de atraer a las masas para sus fines políticos y expansionistas que desembocarían en el conflicto armado internacional más grande de la historia, la II Guerra Mundial. Recopilamos algunas de sus frases más famosas que aportan luz sobre su personalidad xenófoba y su populismo.

“Ante Dios y el mundo, el más fuerte tiene el derecho de hacer prevalecer su voluntad”.

"No es mi ambición esto de estar en guerra, pero sí lo es crear un nuevo estado nacional y social de la más alta cultura".

“Debe procurar que sólo engendren hijos los individuos sanos, porque el hecho de que personas enfermas o incapaces pongan hijos en el mundo es una desgracia, en tanto que el abstenerse de hacerlo es un acto altamente honroso”.

“Logré comprender igualmente la importancia del terror físico para con el individuo y las masas".

"Quizás la más grande y mejor lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia”.

"Cuando se inicia y desencadena una guerra lo que importa no es tener la razón, sino conseguir la victoria".

“Hay millones de huérfanos, lisiados y viudas entre nosotros. ¡También ellos tienen derechos! Para la Alemania de hoy ninguno ha muerto ni ha quedado lisiado, huérfano o viuda. ¡Tenemos la deuda con estos millones de construir una nueva Alemania!"

"Para poder continuar subsistiendo como un parásito dentro de la nación, el judío necesita consagrarse a la tarea de negar su propia naturaleza intima”.

"Con humanidad y democracia nunca han sido liberados los pueblos".

"Mañana muchos maldecirán mi nombre".

sábado, 3 de febrero de 2018

Teoría de la guerra: ¿Las sociedades modernos son menos proclives a la guerra?

A medida que las poblaciones aumentan, la proporción de personas muertas en la batalla disminuye, lo que sugiere que no somos más o menos violentos que nuestros antepasados que vivían en sociedades más pequeñas.

Por qué la sociedad humana no es más o menos violenta que en el pasado

Por Michael Price  ||  Science Magazine

¿Las personas en las grandes sociedades modernas son más o menos violentas que nuestros antepasados? La respuesta no es ninguna de las dos, según un nuevo estudio controvertido: las personas que vivían en pequeñas bandas en el pasado no tenían más tendencia a la violencia que nosotros hoy. El hallazgo, basado en estimaciones de víctimas de guerra a lo largo de la historia, socava el argumento popular de que los humanos se han convertido en una especie más pacífica en el tiempo, gracias a los avances en tecnología y gobernabilidad. Pero algunos críticos no están convencidos.

Eso incluye al hombre que más recientemente popularizó la idea, el psicólogo Steven Pinker de la Universidad de Harvard, que califica los nuevos hallazgos como "un truco estadístico". En su libro de 2011, Los mejores ángeles de nuestra naturaleza: por qué la violencia ha disminuido el surgimiento de instituciones como estados-nación con gobiernos centrales fuertes, redes comerciales y comunicación de amplio alcance aumentaron la interdependencia y redujeron las muertes debido a la violencia. Citó datos que sugieren que hoy en día mueren menos personas en las guerras, en relación con la población total de una sociedad, que entre las pequeñas tribus de cazadores-recolectores, pastores y horticultores: cómo la sociedad humana se organizó durante la mayor parte de su historia.

Pero un equipo dirigido por el antropólogo Rahul Oka de la Universidad de Notre Dame en Indiana se preguntó si había una explicación matemática de por qué menos personas se pierden proporcionalmente por la violencia hoy en día. Ellos razonaron que a medida que las poblaciones crecen, sus ejércitos no necesariamente crecen al mismo ritmo. En un pequeño grupo de 100 adultos, por ejemplo, sería perfectamente razonable tener 25 guerreros, dice el antropólogo y coautor del estudio Mark Golitko, también en Notre Dame. Pero en una población de 100 millones, apoyar y coordinar un ejército de 25 millones de soldados es logísticamente imposible, por no hablar de la efectividad de ese ejército. Los investigadores llaman a esa incongruencia un efecto de escala.

Los científicos cavaron tomos polvorientos y archivos digitales para armar una lista de 295 sociedades y 430 batallas, grandes y pequeñas, que datan de las 2500 a.C.E. hasta hoy. Trazaron dos conjuntos de datos: uno que compara el tamaño total de la población y el tamaño de la fuerza de combate de esa sociedad, y otro que compara el tamaño del ejército y la tasa de bajas.

Por ejemplo, una batalla de 1771 entre las facciones en guerra de los maoríes de Nueva Zelanda involucró a 60 guerreros, aproximadamente el 1% de su población total. Cuando 10 personas murieron en ese conflicto, los maoríes perdieron alrededor de una décima parte de su población. En comparación, durante la Batalla de Gettysburg en Pensilvania en 1863, aproximadamente 150,000 soldados lucharon (menos del 0.5% de la población del país dividido). Alrededor de 5745 murieron en esa batalla, lo que resultó en la pérdida de solo una minúscula fracción de la población en general.

Trazando estas batallas y cientos como ellos, Oka y su equipo descubrieron que cuanto mayor era la población, menos personas peleaban proporcionalmente y morían en la batalla, informan los investigadores esta semana en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias. Tomados en conjunto, los resultados sugieren que a medida que la población aumenta, las víctimas per cápita de violencia disminuyen, independientemente de la gobernanza, el comercio compartido o la tecnología.

Debido a que investigadores como Pinker atribuyen la tendencia a la no violencia a instituciones como la gobernanza y el comercio en lugar de una simple escala, Golitko dice que sobreestiman las tendencias violentas en las sociedades más pequeñas. El documento sale a la venta un mes después de que otro artículo denunciara de manera similar las afirmaciones de Pinker de que la sociedad moderna es menos violenta que en el pasado.

Pinker, sin embargo, no está convencido. Ajustar los números a una ecuación de esta manera solo da una mirada estrecha a un tipo de violencia: bajas de batalla, y no analiza la violencia de manera más amplia, incluidas las masacres de civiles que a veces siguen a batallas o redadas. "En una sociedad más grande ... no todos los hombres son guerreros, y no todas las personas son vulnerables a las incursiones y batallas, por lo que estás más seguro de la violencia", dice en un comunicado a Science. "[Los hallazgos del estudio] no son una alternativa a este tipo de explicación; no son una explicación en absoluto ".

Pero esas críticas no entienden el punto, dice Oka. Los investigadores nunca intentaron ver las motivaciones para la violencia, dice. En su lugar, se propusieron mostrar que al usar la escala poblacional, los investigadores podrían contextualizar la violencia histórica y moderna. "Algunos podrían interpretar que nuestra especie siempre ha sido violenta", dice. "Pero la otra cara es que también somos tan pacíficos como siempre lo hemos sido".

lunes, 13 de febrero de 2017

Chile: Calaña y resentimiento hacia San Martín

A 200 años del Cruce de Los Andes, Chile no reconoce aún a San Martín como su Libertador
En la escuela, su gesta es apenas una frase -“pasó la cordillera”- y la batalla de Chacabuco la condujo O’Higgins, mientras que el general argentino fue sólo un colaborador. No falta quien lo acuse de haber “invadido” Chile
Por Claudia Peiró - Infobae


La batalla de Chacabuco. Litografía del artista francés Théodore Géricault


Edwards Gajardo vive en Argentina desde el año 2009, es periodista y trabaja en la web de noticias Mendoza on Line. Hace unos años escribió allí un artículo con el título "San Martín libertador de Chile: una parte de la historia que allá nadie me contó", en el que relataba cómo recién al llegar a nuestro país tomó conocimiento de la magnitud de la expedición libertadora organizada por el general argentino, cuya figura, dice, "está (en Chile) debajo de la de (los chilenos) Bernardo O'Higgins, José Miguel Carrera o Manuel Rodríguez".



"En la historia de Chile la figura del general José de San Martín no es destacada como la de un libertador -escribió Gajardo en aquella ocasión- y sólo se resalta su relación con Bernardo O'Higgins, como un gran aliado y amigo, pero muy lejos de la imagen de prócer que tiene en la Argentina".


"Cuando vas a la escuela, te hablan de O'Higgins como el libertador y de San Martín como una especie de colaborador y te dicen que la batalla de Chacabuco la condujo O'Higgins", afirma Gajardo en charla con Infobae.


La Batalla de Chacabuco tuvo lugar el 12 de febrero de 1817


Aclara sin embargo que hay una excepción a este "ninguneo": el ejército chileno, el sector que más rescata el rol de San Martín y estudia su gesta. "En esos círculos es muy valorado", afirma.

"Pero San Martín no aparece en las monedas, ni en las plazas, ni en monumentos; la calle principal de Chile, que todos conocen como Alameda, se llama Libertador Bernardo O'Higgins", dice Gajardo.

La televisión chilena copió el formato de la serie que aquí hicieron Mario Pergolini y Felipe Pigna. En el breve extracto que sigue de "Algo habrán hecho por la historia de Chile", puede apreciarse la parcialidad con la que se refieren a la batalla cuyo bicentenario se conmemora este 12 de febrero y que fue la exitosa coronación de un Cruce de la Cordillera por el Ejército de San Martín, que el gobernador realista de Chile, Casimiro Marcó del Pont, no esperaba porque lo consideraba imposible.

No debe culparse a Bernardo O'Higgins por esto. Sucedió a pesar suyo y tras su muerte, ya que en vida, como a su amigo San Martín, le pagaron con el derrocamiento y el exilio. Este héroe chileno, de origen irlandés, siempre reconoció a San Martín como su jefe y la amistad entre ambos sólo la interrumpió la muerte.

Pero uno de los motivos de esta malversación histórica es la larga querella que enfrentó a los dos líderes independentistas de Chile, José Miguel Carrera y Bernardo O'Higgins. El cliché dice que el primero era republicano y el otro conservador; que uno quería una "revolución nacional chilena", mientras que el otro se subordinaba a los intereses porteños. Lo cierto es que, cuando los chilenos llegaron a Mendoza, tras ser derrotado el primer gobierno patrio en Rancagua por los realistas, San Martín se entendió de inmediato con O'Higgins y lo privilegió entre los demás jefes. No se equivocó. Carrera era demasiado vanidoso como para subordinársele. Y cuando San Martín y O'Higgins liberaron Chile ésa no fue para él una buena noticia, y no dudó en conspirar -incluso con el extranjero- para derrocar al nuevo gobierno independiente.

El Cruce de Los Andes no es estudiado en la escuela chilena, sí en el ámbito militar

"O'Higgins comulgaba con San Martín y estaba contra los Carrera. Muchos en Chile ven a San Martín como el hombre que mató a los hermanos Carrera", señala Gajardo, como uno de los motivos de la desconsideración hacia su figura. Se trata de otra tergiversación, ya que esos fusilamientos -fruto del exceso de celo de algunos funcionarios cuyanos- ocurrieron en ausencia de San Martín que incluso intentó impedirlos.

En los años 90 y 2000, cuenta Gajardo, la televisión chilena emitió una serie, "Héroes", tendiente a mostrar a los próceres con un rostro más humano. San Martín no está en la lista; aparece sólo como personaje secundario. "Las últimas generaciones se quedan con esa historia, despreciativa hacia O'Higgins, el 'guacho Riquelme', le dicen por ejemplo, usando el apellido de su madre y en alusión a su condición de bastardo", comenta Edwards Gajardo.

Recientemente también apareció un libro, que es best seller, La historia oculta de Chile, de Jorge Baradit, que llega a decir que, "técnicamente, San Martín invadió Chile" (ver video al pie de esta nota). 

Desde Francia, en correspondencia privada con amigos, alguna vez el Libertador comentó que el primer país que le mostró reconocimiento y gratitud fue Perú, paradójicamente, decía, el que menos le debía, dado que de allí se marchó sin poder completar su misión. Argentina, en cambio, se tomó su tiempo para empezar a poner las cosas en su lugar. Recién en tiempos de Rosas, la legislatura bonaerense empezó a rendirle homenaje anualmente. En Chile, el prestigio de San Martín siguió siendo víctima indirecta de la querella que todavía se proyecta hoy sobre los debates entre carreristas y o'higginistas, aunque el país trasandino, como lo señaló nuestro embajador allá, José Octavio Bordón, ha saldado esa querella mediante una póstuma reconciliación entre los dos próceres, poniendolos en un mismo plano.

Queda pendiente reconocer el papel de ideólogo y jefe de la expedición libertadora que desempeñó San Martín y de conductor de las dos batallas que le dieron la independencia a Chile. En Chacabuco, O'Higgins comandaba uno de los dos cuerpos en los que dividió San Martín su ejército. El otro lo dirigía Miguel Estanislao Soler, también relegado en el recuerdo. El general argentino condujo una batalla cuya suerte O'Higgins, por temerario, casi compromete, al lanzar el ataque prematuramente sin dar tiempo a Soler para completar la maniobra envolvente que debía realizar para caer sobre el flanco enemigo mientras el brigadier chileno atacaba de frente. Este contratiempo obligó a San Martín a intervenir personalmente en la batalla con la caballería. De hecho, esa fue la última vez que desenvainó el sable en un campo de batalla y la escena que inspiró la estatua ecuestre en la cual apunta con el dedo hacia adelante que hoy nos es tan familiar.   

Jorge Baradit, historiador mediático, efectista y por momentos de escasísimo rigor histórico, ha hecho sin embargo un aporte, como puede verse en el video a continuación. Pasemos por alto las flagrantes contradicciones en que incurre, como decir que San Martín invadió Chile -olvidando que estaba en manos de los realistas- o que en Chacabuco derrotó al ejército "chileno" (sic), cuando se trataba de tropas realistas, y segundos después sostener que, gracias a que San Martín cruzó Los Andes se salvó toda América.

Rescatemos en cambio el hecho de que Baradit dedica buena parte de su intervención a exaltar la gesta del cruce de Los Andes, reconociendo que en la escuela chilena no le consagran ni 5 minutos al tema, pese a que la campaña de San Martín -dice Baradit- se equipara a otras hazañas militares como el desembarco en Normandía o el cruce de los Alpes por Aníbal. Es un aporte innegable y un primer paso hacia una mayor justicia histórica con San Martín.

viernes, 15 de abril de 2016

El sacrificio humano como organizador de sociedades complejas

Ritual de sacrificio humano allanó el camino para las sociedades complejas


Publicado por Kambiz Kamrani en Blog,

Antropólogos de Nueva Zelanda han recogido evidencia que sugiere que el sacrificio humano ritual era un rito formativa que allanó el camino para gran escala, las sociedades estratificadas en el que vivimos hoy en día. Sus conclusiones se publican en línea en la revista Nature, en el que se afirma que fue utilizado como una herramienta para mantener las jerarquías sociales.
El ritual de sacrificio humano azteca Dominio Público sacrificios humanos rituales Como retratado en el Códice Mendoza, una historia del imperio azteca en forma de pictogramas.


Ritual azteca de sacrificio humano - tal como es representado en el Códice Mendoza, una historia del imperio azteca en forma de pictogramas.

Los autores examinaron la historia del sacrificio humano a través de 93 sociedades austronesios tradicionales en el Pacífico. El equipo registró la presencia o ausencia de sacrificio humano en cada una de estas culturas pasado ', y coincidía con el nivel de estratificación social en la actual. La ejecución de esta información a través de modelos para probar si los homicidios rituales humanos co-evolucionado con las jerarquías sociales, se encontró que, efectivamente, parece que lo han hecho. En las sociedades igualitarias observados en el estudio, sólo 5 de 20 habían practicado sacrificios humanos. Por otra parte, 18 de los 27 sociedades altamente estratificadas tenían. Más de iniciar la estratificación social, sin embargo, encontraron que el sacrificio humano realmente ayudó a estabilizar y mantener los sistemas de clase una vez que habían surgido.

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