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domingo, 22 de julio de 2018

Conquista del desierto: La Babel bahiense en su fundación

¿Hubo solo criollos entre los primeros pobladores?

La Nueva
Lejos de la antigua versión historiográfica, los documentos de época revelan que la Bahía Blanca fundacional era una verdadera Torre de Babel.


Ramón Estomba condujo una fuerza variopinta. Protagonistas de la fundación bahiense: africanos, entrerrianos, araucanos, tehuelches y gauchos. Ilustración de César Puliafito.

César Puliafito | La Nueva

   La Bahía Blanca fundacional era una verdadera Torre de Babel. Un mundo particular, en donde la lucha común por la supervivencia en el establecimiento exigía los esfuerzos y la inclusión de todos los protagonistas, sea cual fuera su raza o condición. La identidad bahiense debe reconciliarse con su propio origen y entender que su “gen” se conformó con “gente bravía”. Lejos de la antigua visión historiográfica fundada en la antinomia “blancos civilizados y aborígenes salvajes”, ahora la realidad marca que era difícil determinar quienes eran unos y otros… si los había.

   Los dos principales protagonistas de la fundación de la actual ciudad–puerto de Bahía Blanca, el “alma mater del proyecto”, Juan Manuel de Rosas, y el “fundador del enclave”, el coronel Ramón Estomba, superaron los obstáculos políticos, logísticos, administrativos y militares. Pero el máximo logro de ambos fue convencer a la gente.

   Rosas movilizó el contexto político y sobre todo al “gauchaje” que lo seguía. Muchas familias se sumaron a la “idea” del caudillo que respetaban. Los “parlamentos” con los caciques pampas en los que se empeñó personalmente (hablaba tehuelche y araucano) fueron indispensables para convencerlos de permitir el paso por sus territorios ancestrales.

   Estomba, veterano de la Guerra de la Independencia, condujo una fuerza variopinta conformada por criollos entrerrianos del 7 de Caballería, soldados africanos y brasileños de la Compañía de Cazadores”; soldados del Ejército de Chile, tehuelches del cacique Tetruel, araucanos vorogas del cacique Venancio Campos Coñuepan, europeos que revistaban en su Plana Mayor y en el Puerto de la Esperanza.



El coronel Estomba en uniforme de gala durante la campaña fundacional de Bahía Blanca. Ilustración de César Puliafito

   Alrededor de 400 militares, 450 auxiliares aborígenes, más las familias, el personal logístico, constructores, y pulperos. El total hablaba 5 idiomas distintos, sin contar dialectos y costumbres diametralmente opuestas. Estomba, que era uruguayo, logró conducirlos en una situación crítica de aislamiento y hostilidades violentas.

Los aborígenes

   Los Tehuelches autorizaron y apoyaron la expedición fundadora. El 1 de abril 1828, a la altura de la ciudad de Coronel Dorrego, el cacique Tetruel recibió a la columna de Estomba en su aproximación a la bahía Blanca con un gesto contundente: “portaba una Bandera Argentina”. Creía en la integración y fue fiel amigo de la Fortaleza. Falleció en 1830, enfrentando la invasión de los guerrilleros realistas Pincheira en las márgenes del arroyo Curamalal.

   Venancio Coñuepán nació en Chile. Era araucano de extracción voroga, por ser ese pueblo mapuche originario de la zona de Boroa. Ingresó desde Chile al territorio bonaerense persiguiendo a los Pincheira entre 1826 y 1827. Fue junto a su gente uno de los fundadores de Bahía Blanca. Llegó al grado de teniente coronel del Ejército Argentino. Murió defendiendo el pueblo, durante el malón de Calfucurá en 1836.

Los criollos

   Al Regimiento 7 de Caballería lo integraban santafesinos, y mesopotámicos en general, enrolados por un acuerdo entre las provincias de Buenos Aires y de Entre Ríos. También llegaron gauchos, colonos y trabajadores de la campaña bonaerense y la capital.
En 1829, llegó de Córdoba, donde estudió, la morena Ana María Piñeiro, tucumana de nacimiento y primera partera bahiense. Con el rescate de cautivos, mujeres y niños, el rango geográfico se ampliaba.

Los chilenos y el “Paraguay González”

   Junto a Venancio vinieron 30 soldados del Ejército de Chile al mando del teniente Juan de Dios Montero, de importante accionar contra los Pincheira, como en la fundación y defensa de la Fortaleza. Entre ellos el sargento Francisco Iturra, vaqueano y “lenguaraz”, llegó al grado de teniente coronel y Comandante Interino de la Guarnición en 1858 Murió en combate en marzo de 1859. Iturra contrajo enlace con la chilena y heroína bahiense Juana Seguel, que había sido secuestrada en Chile y rescatada de los Pincheira, por las fuerzas de la Fortaleza.

   El “Paraguay González”, apodado así por su nacionalidad, fue uno de los primeros pobladores. Se instaló en lo que hoy se conoce como “Loma Paraguaya”.

Los africanos

   Una proporción de más del 30% de las tropas regulares de Estomba eran negros africanos. Sesenta soldados de ese origen conformaban la 1º Compañía de Cazadores. Se les sumaron 80 prisioneros brasileños que fueron traídos de Patagones en julio de 1828. Combatieron con honor y se integraron a la comunidad.

   Otros hombres y mujeres de esa raza vinieron con el Regimiento Nº7 y entre los civiles.

Los europeos

   Algunos europeos se radicaron en 1828, o poco tiempo después; por ejemplo franceses como el agrimensor Narciso Parchappe, el comerciante Pierre Gascogne y los marinos destinados al Puerto de la Esperanza: Juan Riber, Francisco Buergar, Julio Montaña, Juan Ponche y Pedro Andrio.

   Los capitanes de marina Enrique Livanus Jones, Santiago “el cojo” Harris y su primo Edmundo Elsegood eran ingleses; Juan Plunkett, galés o irlandés; Domingo Laborde, español de Galicia; y Santiago Dasso, italiano. Con sus viajes entre Buenos Aires y Patagones fueron importantes en la consolidación del poblado.

   Otros españoles fueron el ingeniero militar Manuel de Molina y el sargento primero escribiente Pedro Sánchez.

Faustino, el bebé fundacional

   En 1834, el Estado definió los límites de ejido bahiense e instituyó las autoridades del poblado. Se designó Juez de Paz al escribano Francisco Xavier Casal, un catalán arribado a la Argentina en 1826. La pequeña aldea contaba con 741 habitantes, en su gran mayoría militares y familiares de las tropas.

   El arribo del cura italiano Giovanni Battista Bigio en 1835 fue vital en lo espiritual, como por la regulación de la inscripción de los nacidos, fallecidos y matrimonios en el libro parroquial: único registro civil en esa época. Recién a la edad de 9 años, el Cura inscribió y bautizó al primer ciudadano nacido en la Guarnición Bahía Blanca.

   El texto decía: “Marzo 27 de 1837 – En la Parroquia de N.S. Mercedes en Bahía Blanca, yo el cura bauticé a Faustino, hijo del finado Luís Espinosa y Dominga Godoy, Misioneros, nacido en abril de 1828.

   Fueron padrinos el sargento  Ignacio Olivera y Antonia Flores. En fe, Juan Baustista Bigio, Cura”

   El registro de los bautismos es elocuente “…150 indios; 133 mulatos; 27 negros africanos y 320 blancos”… una verdadera “Torre de Babel bahiense”.

martes, 5 de junio de 2018

Guerra del Paraguay: La muerte del soldado Tránsito Argañaraz

Muerte en el Paraguay




Montonero de los llanos riojanos

Este tampoco llega a la noche.  ¡Angá!  ¡Pobrecito!   El soldado Tránsito Argañaraz, del “Batallón Rioja y Catamarca”, alcanzó a oír a través de un denso velo de torpor y fiebre.  Sentía que era todo entero un dolor y un diluirse entre el olor ácido del hospital de campaña.  Trató de entender el sentido de las palabras, pero la cabeza se le iba en un loco vuelo de tinieblas y deslumbres.  Optó, entonces, por seguir muriéndose.

Si hubiera podido en ese momento echar una ojeada sobre su vida agonizante, recordaría más o menos esto:

Había nacido en Ñoqueve, en la Costa Alta de la sierra de los Llanos, al lado de la sierra de Argañaraz.  Eran gente de alguna fortuna, y su padre se jactaba de ser pariente del general Quiroga; en una petaca de cuero repujada con asas retobadas, guardaba el viejo un fajo de papeles olorosos que demostraba que toda la sierra había sido de ellos: “de cuánta, sería, en tiempos del Rey” solía decir.  La vida le fue dulce y dura.  Trabajó en arreos a San Juan, arañó la tierra, tuvo días de alegría y días de aflicción.  Como todo el mundo.  Anduvo varias veces con las partidas llanistas cuando el alzamiento de Peñaloza contra el gobierno surgido en Pavón.  Galopó por cuatro provincias y supo del encontronazo a lanza y grito.  Tuvo suerte: nunca lo pillaron y cuando todo terminó volvió a su casa igual como saliera.

Se dispuso entonces a trabajar.  La guerra había terminado con el asesinato del General, y parecía que las correrías habían concluido para siempre.  Pasó un año.  Tenía echado el ojo a la menor de los Tello y no parecía disgustarle a ella.  Todo andaba bien, al parecer.  Mas cierto día, un arriero que venía del lado de las sierras de Córdoba les trajo la noticia de que el país estaba en guerra.  Siempre lo había estado, así que la nueva no alarmó a nadie en Ñoqueve.  Pero después se fueron agravando las novedades: que esta era una guerra muy brava, que de Buenos Aires estaban saliendo ejércitos enteros contra el Paraguay, que en todo el país se hacían levas de paisanos para mandarlos al frente.

La cosa ya no gustaba.  Pelear con los caudillos de siempre, bien estaba.  Ya se sabía que eso era una obligación en la vida de cada cual.  Pero que los reclutaran oficiales extraños, que les pusieran uniformes y los llevaran a un lejanísimo matadero por causas que no entendían…

Sin embargo era cierto.  Y el gobierno de La Rioja había recibido orden de integrar una cuota de mil cien hombres con destino al teatro de guerra paraguayo.  Si hubiera sido un riojano el gobernador, tal vez supiera hasta qué punto era absurda esa orden en una provincia asolada por la guerra civil, diezmada en su población, pasada de hambre y de miseria.  Pero sucedía que el gobernador era un porteño, segundo jefe del Regimiento 6 de Línea de guarnición en La Rioja, que, después de la muerte del Chacho, había sido elevado al cargo por sus compañeros de armas.  Era un joven de bellas prendas que tomó muy en serio su papel de civilizador: organizó retretas jueves y domingos, puso faroles en la plaza de La Rioja y, desde luego, proyectó una reforma judicial y administrativa.  Pero no conocía a sus gobernados e ignoraba sus inquietudes, sus esperanzas, el estilo heroico y acosado de sus pobres vidas.

Por eso, cuando recibió orden de juntar el número de hombres establecido desde Buenos Aires –“un fuerte y lindo batallón” como le escribía el ministro de Guerra y Marina de la Nación- mandó a los comandantes José María Linares y Ricardo Vera a reclutar paisanos hasta enterar el cupo humano, como fuera.

Claro que el gobernador sabía hasta qué punto los riojanos eran reacios a dejarse reclutar.  Por eso escribía al presidente de la República que “es tal el pánico que les inspira el contingente, que a la sola noticia de que iba a sacarse, se han ganado las sierras y no será chica hazaña si consigo que salgan”.

Los medios de que echaron mano para lograrlo, eran, por consiguiente, de la clase que relataba el comandante Nicolás Barros al propio gobernador, poco después: “En mi comisión a la sierra se han presentado cuarenta y tantos hombres.  De éstos, la mitad buenos y la otra presentados a bola.  Pero para infundirles confianza los he ido agregando a la División, fuera de once que tengo entramojados”.  A boleadora limpia y engrillados.  Así iban cazando esta mísera carne de cañón.

Cuando Tránsito supo lo del contingente, también ganó la sierra como todos los paisanos.  Sólo mujeres y viejos quedaban en los poblados.  Estuvo una semana en lo fragoso del monte, bebiendo agua de las pirhuas (1) y comiendo patay y charqui.  Desesperado al fin de hambre, sed y soledad, retornó a Ñoqueve, y allí lo pilló el piquete de enganche.  Lo juntaron con otros voluntarios y llevaron a todos a Santa Rita de Catuna, en la Costa Baja, donde sería el punto de reunión de todo el contingente.

Allí estaban, bajo el mando del comandante Vera, preguntándose cuál sería su suerte, cuando una mañana, a fines de junio, apareció el gaucho Aurelio Zalazar con unos pocos hombres y dando grandes alaridos, se echó sobre el destacamento que los custodiaba.  Los reclutados sacaron fuerzas de flaqueza y entre todos mataron al juez departamental y a dos o tres milicos.  Tránsito sintió de nuevo que el aire se podía respirar a pleno pecho y metió fierro con rabia.  Cuando terminaron, Zalazar los arengó.  Les dijo que el amigo Asensio Rivadera estaba en esos momentos libertando el contingente que el comandante Linares tenía concentrado en La Hedionda; que quería derrotar al gobernador para que nadie fuera reclutado en adelante y que los enemigos del despotismo tenían que seguirlo.  Pegó un grito ¡mueran los collarejos! y todo el contingente lo rodeó, vivándolo.

También Tránsito.  No le pareció decente volver ahora a su casa sin ayudar primero a los demás paisanos a huir del enganche.  Después de eso, cada uno regresaría a su pago.  Así que montó en el caballo que le dieron –un oscuro pico blanco, argel de la mano derecha, medio charcón (2) y sumido pero que se veía sin hiel para andarse-, ató a la cintura el sable de uno de los finados y cortó un garrote de algarrobo, hincándole en la punta media tijera asegurada con tientos.

A todo esto, sabedor del desastre, el gobernador salió de La Rioja para castigar a los sublevados y reunir de nuevo el contingente.  En Punta de los Llanos, ya de noche, se topó con una partida desconocida y ordenó atacar.  Resultó ser el comandante Linares, que venía de vencida, después de la disparada en La Hedionda.  Se reunieron ambas fuerzas, malhumoradas con el gratuito encontronazo, y se largaron hacia los llanos a perseguir a Zalazar, que a su vez se había unido ya con Rivadera.

A la montonera le constaba que en los llanos era invencible.  Conocían el terreno en sus vericuetos más escondidos, sabían que la gente habría de confundir con falsas noticias a los del gobierno, eran dueños de los pastos y las aguadas, señores de las sendas y las constelaciones…  Por eso no ofrecieron batalla al gobernador sino que prefirieron rodear toda la sierra de los Llanos, por el Sur, sobrepasando Chepes y orillando la Costa Alta hasta hacer el periplo completo y aparecer camino a La Rioja, dejando a sus perseguidores al otro lado del macizo: una ronda de burla con la masa árida de la sierra puesta en medio.  Cuando pasaron por Ñoqueve, en su veloz desfile hacia el Norte, Tránsito estuvo por quedarse.  Pensó en la niñita Tello y en la paz de la aldea.

Pero ya le gustaba la correría.  Quería vengarse de los que lo habían cazado como un malhechor, quería demostrarles que no era por miedo que se había escapado del piquete sino porque no le daba la gana de ir a una guerra que no le importaba.  Miró de reojo el pimiento a cuya sombra se levantaba su casa y castigó nomás el caballo.

Dos semanas después de la dispersión de Catuna, los montoneros llegaban a La Rioja.  Estaban derrengados.  A los caballos les temblaban las patas, después del bárbaro galope.

Era el 14 de julio a la oración.  Tras un breve conciliábulo, los caudillos decidieron entrar al otro día.  La plaza estaba desguarnecida, con su gobernador buscándolos por los llanos…  A la mañana siguiente tomarían la ciudad.  La noche se deslizó en guitarra y vino, demorando la exaltada sensación del saqueo próximo.

Pero el gobernador había advertido la intención que se traían los montoneros.  Al llegar a Olta se enteró del itinerario de Zalazar.  Atravesó entonces la sierra transversalmente para cortarle el paso a la altura de Atiles, mas cuando llegó, la horda ya había pasado hacia La Rioja.  Desesperadamente se puso a perseguirlos.  No los hubiera alcanzado con su caballada cansada después de tanta marcha; pero ocho leguas al sur de la ciudad, se apoderó de una gran tropilla que pastaba en un campo, y remontada la tropa pudo acelerar la persecución.  Al alba del día 15 llegó a la ciudad y entró sigilosamente, sin que los atacantes, situados en Pango, supieran de la maniobra.

Cuando Zalazar se enteró de que el gobernador ocupaba la ciudad con su tropa, se preparó para defenderse.  Sabía que sus enemigos eran soldados de línea, bien armados y disciplinados.  Sus fieles, munidos tan sólo de armas blancas y sin instrucción militar, no podían ofrecer gran lucha.  Toda la mañana estuvieron espiando.  A la hora de la siesta avanzaron los nacionales escopeteando nutridamente.  Luego formaron en cuadro y resistieron el ataque a caballo de los montoneros.  Durante media hora se luchó sin pausa.  Al cabo, Zalazar abandonó el campo, dejando veinte muertos y cantidad de prisioneros y bastimento.  Se corrió hasta los llanos y de allí pasó la raya de Córdoba donde fue vencido de nuevo; bajó entonces al sur de Chepes y subió otra vez por Tama hasta Patquía.  Perseguido por el comandante Vera, reducida su hueste a dos docenas de paisanos, llegó a Tasquín y allí fue hecho prisionero.  Lo fusilaron dos años más tarde, de sus dos principales secuaces, uno había muerto en singular combate y el otro, fusilado poco antes.

Tránsito fue de los prisioneros de Pango.  Un planazo en la cabeza lo había dejado fuera de combate en seguida de empezar.  Cuando salió de su aturdimiento, se encontró dentro de un corral de pirca con otros paisanos, algunos todavía a caballo.  Buen número de centinelas los apuntaban con sus armas desde el cerco.

Presumió que los iban a fusilar y pensó que tal vez eso fuera lo mejor.  La cabeza le dolía mucho.  Tenía la boca como llena de tierra.  Un rato estuvieron todos así.  Súbitamente apareció en el portón un militar con el uniforme cubierto de polvo, seguido de dos oficiales: era el gobernador.  Los hizo formar y les dirigió la palabra.  Les dijo que ellos eran culpables de la sublevación del contingente, que eran reos de traición a la Patria, que en esos momentos de peligro para la Nación habían soliviantado a la tropa que se destinaba a defender el honor nacional.  Pero –agregó- el Gobierno no los haría castigar como merecían y en cambio les daba la oportunidad de rehabilitarse luchando bajo los pliegues de nuestra gloriosa bandera azul y blanca.

Tránsito sentía que las palabras del gobernador iban penetrando irresistiblemente en su corazón simple y dolorido.  Nadie le había hablado nunca así.  “La bandera… el honor argentino ultrajado… los oscuros designios del bárbaro tirano López…”  No entendía mucho pero la gallardía del gobernador hablando solo y sin armas en el potrero, frente a ellos, hombres armados todavía casi todos, le llegaba al alma.  Quizá (pensó), merecía la pena servir por la causa de este hombre.  Morir aquí o en el Paraguay, lo mismo es.  Tal vez todas las causas son buenas.

Cuando el gobernador le preguntó su nombre y lo escribió en su libreta, Tránsito sintió que su destino estaba irrevocablemente sellado.  Pero esta vez ya no le importaba tanto.

Fueron a Olta, bajo el mando del gobernador.  Allí se concentraron cuatrocientos cincuenta hombres.  Los bautizaron “Cazadores de la Rioja”, los proveyeron de una bandera y los llevaron hacia el litoral.  Eran todos riojanos, salvo un oficial salteño y dos soldados.  En el Rosario los embarcaron en un vapor.  Viendo el enorme río ardiendo bajo el sol de enero, el buque con sus ruedas paleteando el agua barrosa, los muelles llenos de soldados, Tránsito se sintió atado a un hado cuyo sentido no alcanzaba a desentrañar, pero que estaba ya dispuesto a aceptar sin lucha.  El uniforme lo tornaba impersonal, minúsculo.  Era algo tan infinitamente pequeño, hasta tal punto se daba cuenta de lo insignificante que resultaba su vida frente a este sistema que disponía de él, que cuando (ya embarcándose) un sargento Agüero pegó unos gritos subversivos, Tránsito ni se mosqueó para apoyarlo.  Con indiferencia vio como desarmaban al rebelde y allí mismo lo fusilaban.

Los bajaron en Las Ensenaditas y empezó la instrucción militar.  Tránsito, que sólo conocía la vida libre y la voluntad desbocada, debió obedecer órdenes y aprender todo lo necesario para morir.  Se sentía solo y trasplantado, y muchas veces, deseó que los paraguayos lo mataran pronto.  Pero esto ocurrió mucho después.  Antes, debió descubrir que es difícil morir.  Descubrió también, cosas que no se había imaginado nunca en Ñoqueve.  Que la lluvia podía durar semanas enteras, y que cuando ocurre, el mundo, los hombres y las cosas se convierten en un limo pegajoso.  Que los riojanos también sudan como los demás seres humanos cuando se los saca de sus soles, y entonces, se sienten desgraciados y sucios.  Que el mate se puede tomar frío.  Que hay argentinos que hablan un incomprensible idioma indio o que barbarizan la lengua con extrañas tonadas, ¡tan distintas del natural modo riojano!  Descubrió una guerra de a pie, donde no se usa lanza ni se va al ataque a pecho desnudo, sino que se está uno pudriendo en las trincheras enlodadas días y días, hasta que alguien (no se sabe quién), da la orden de salir a morir.  Todas esas cosas descubrió, algunas importantes y otras no; y también, que vivir así puede redimirlo a uno de pecados ignorados y convertir un montonero alzado y rebelde, en un soldado de la Patria a quien los sargentos nombran con un poco de afecto.

Estuvo con su batallón en Paso de la Patria y tomó la batería de Itapirú; estuvo en Estero Bellaco, en Tuyutí, en Yataytí-Corá, en Boquerón y en Curupaytí.  En todos lados fueron cayendo sus compañeros.  Después de Humaitá estaban tan diezmados los riojanos que no alcanzaban a integrar un batallón y los juntaron entonces con los catamarqueños para formar el “Batallón Rioja y Catamarca”.  Pelearon en Loma Valentina y Angostura.  Fue aquí, terminando ya la guerra, cuando un obús paraguayo le destrozó medio cuerpo.

Allí estaba.  No volvería a La Rioja.  La vieja tierra no ampararía sus huesos.  Lo extrañaría la sierra de Argañaraz y el viejo pimiento de su casa.  Y los compañeros que todavía seguían galopando los llanos.  Y tal vez, también, la niña Tello.  No se pudriría bajo la arena calcinada de su pago, con los cardones velando su despojo como candelabros litúrgicos; se tornaría barro y fiebre bajo las palmeras extrañas.  Allí estaba.  Se moría oscuramente en un hospital de campaña del frente paraguayo, sin saber todavía por qué.

- Tránsito Argañaraz.  Este ya se cortó ¡Angá! ¡Pobrecito!

Referencias


(1) Pirhuas: cavidad en la piedra echa por los indígenas

(2) Charcón: chupado, magro, enjuto.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Luna, Félix – La última montonera – Biblioteca Boedo, Buenos Aires (1992).

www.revisionistas.com.ar

lunes, 14 de mayo de 2018

EA: Cuerpo de ciclistas

Cuerpo de Ciclistas del Ejército Argentino

Militaria Arg



Archivista Ciclista en 1914. Caras y Caretas.



Compañía de Ciclistas en 1944 

jueves, 12 de abril de 2018

Conquista del desierto: La Fortaleza Protectora Argentina que daría lugar a Bahía Blanca


Fundación de Bahía Blanca.
Daniel Hammerly Dupuy

Oscar Fernando Larrosa



 Sistemáticamente desalojados de las cercanías de Buenos Aires, los nativos seguían refugiándose en los escondrijos de las serranías del centro y del sur. La Sierra de la Ventana continuaba siendo un estratégico apostadero de las hordas nativas, que no podían resignarse a la suerte de abandonar definitivamente el antiguo teatro de sus correrías.
La nueva República demandaba seguridades para sus ciudadanos, que se iban desbordando de los primitivos centros poblados para adentrarse en las tierras del indio. La travesía a las salinas se hacía cada vez más arriesgada. En Tandil fundóse, en 1822, el fortín terminal de una línea eslabonada de defensas. El sur se presentaba inhóspito. Era imperioso que la seguridad se extendiera hasta el océano, pues, en tal caso, frente a contingencias de serio contratiempo se podría tener contacto con las líneas de defensa mediante la navegación, eludiendo así las penosas travesías terrestres.

Los primeros proyectos

Hacia fines del siglo XVIII los mapas no ostentaban muchos detalles de la costa sud, pero el gobierno español, en 1805, mandó reconocerla oficialmente. En el curso de la década que comienza en 1810 aparecen algunos croquis que esbozan las líneas generales de una bahía que a causa del tono blanquecino de sus barrancas y del color de su costa anegadiza fue conocida como la "Bahía Blanca". Era indudable que dicha región que figuraba en el mapa de Brué, ofrecía un lugar estratégico para fundar un puerto que permitiera extender hasta la costa la línea de fortines.
Hasta donde se sepa, el primer proyecto en ese sentido data de diciembre de 1823, cuando el gobierno destacó a José Valentín García para que fuese a la Bahía Blanca a los efectos de estudiar, con el personal necesario para tales tareas, el lugar más estratégico de la bahía para establecer un puerto. Con fecha del 16 de febrero de 1824 se publicó un valioso informe en el "Registro Estadístico de la Provincia de Buenos Aires". Los datos expuestos ahondaron la convicción de la factibilidad de una empresa definitiva.
El segundo proyecto data del año 1824 cuando el general Martín Rodríguez, siendo gobernador de Buenos Aires, tenía por ministros de Gobierno y de Hacienda a Bernardino Rivadavia y a Manuel José García. Según se desprende de los documentos existentes parece ser que el principal promotor de dicho plan colonizador era un comerciante, Vicente Casares, cuyas ideas fueron aprobadas el 26 de febrero de dicho año. Entre las resoluciones tomadas estaban la de facilitarle todas las armas, herramientas, materiales de construcción, 20.000 pesos y 100 hombres para que la fundación se llevara a efecto. Poco después se rescindía el contrato. El proyecto siguió interesando profundamente a Rivadavia, quien reunió todas las informaciones de interés hasta poder elevar una documentada memoria.
Un episodio inesperado, el ataque de Patagones por la escuadra imperial brasileña, trajo a la realidad palpitante la necesidad inaplazable de poblar y gobernar el dilatado territorio de la Nación. Ese incidente de marzo de 1827, que no tuvo mayores consecuencias históricas dada la enérgica actitud de los pobladores de Patagones, puso nuevamente sobre el tapete el proyecto de avanzar la conquista hacia la Bahía Blanca, no sólo para entregar las tierras a los hombres que quisieran arraigarse en ellas, sino para defender la soberanía nacional sobre la costa del Atlántico.
Tales eran los motivos que apresuraron las disposiciones para llevar el plan proyectado a la vía de los hechos. El coronel Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, teniendo como ministro de guerra y marina al general Juan Ramón Balcarce, considerando la extraordinaria importancia de llevar a su realización inmediata el plan cabalmente esbozado por Rivadavia, escribió a Juan Manuel Rosas, quien a la sazón era general de fronteras del Sur, pidiéndole que partiera de inmediato para el fuerte Independencia (Tandil) y que de allí se dirigiera hacia el océano para fundar el nuevo fuerte. Como Rosas solicitara que se le enviara personal técnico que se responsabilizara del levantamiento de planos y de la dirección de las construcciones, hubo una breve postergación.


¿Quiénes fueron los fundadores del fortín?

Piensan algunos que fue Rosas el ejecutor del proyecto de erigir el fuerte de la bahía Blanca, como jefe militar y que Alcide D'Orbigny fue el técnico de la expedición. Pero la circunstancia de que el coronel Ramón Estomba fuera designado como jefe de la fuerza expedicionaria en noviembre de 1827 hizo que la futura ciudad no fuera fundada por Rosas. La actuación de Rosas en este asunto puede ser medida por las siguientes líneas que firmó el 16 de enero de 1828: "El que suscribe tiene el honor de dirigirse al Señor Inspector General para poner en su conocimiento que ha terminado los aprestos para la formación del Establecimiento de Bahía Blanca, y que su parte queda expedito el Señor Comisionado para fundarlo, Cor. Estomba para marchar". Rosas no visitó al fortín sureño sino cuatro años después, mientras se hallaba de paso hacia el río Colorado.
Por otra parte, según lo ha demostrado el historiador Paul Groussac, D'Orbigny no pudo estar en Bahía Blanca en la fecha de la fundación de su fuerte porque consta que sólo once días después se embarcaba en Corrientes. La confusión ha debido ser posterior. La repiten diversos autores sin notar que D'Orbigny, inicia los capítulos XIV, XV y XVI de su obra "Viaje a la América Meridional", con una nota aclaratoria en donde manifiesta que no habiendo visitado las regiones meridionales de la región de la Bahía Blanca, tiene que valerse de los escritos de Narciso Parchappe. Además Darwin. quien visitó el fuerte de Bahía Blanca dentro del primer lustro de su fundación menciona las investigaciones de Parchappe sobre el terreno del emplazamiento de la fundación.
El ingeniero militar Parchappe, había sido designado, como director técnico con un sueldo de 300 pesos mensuales, para trazar la frontera Sur de Buenos Aires. Era sobrino de un militar francés del mismo apellido. Nacido en Epernay (Marne) había egresado de los estudios militares con el grado de subteniente de artillería. Las convulsiones políticas de su patria lo trajeron a Buenos Aires en 1818. Cuando estaba a punto de embarcarse para el Brasil se vio envuelto entre los acusados de haber participado en el "complot de los franceses". Después de demostrar su inocencia pasó a Corrientes donde ejerció la profesión de agrimensor. Es allí donde se conoció con su compatriota D'Orbigny, naturalista que realizó posteriormente un viaje de exploración del Alto Paraná, no sin antes haber recomendado a su joven amigo que, en vista de su designación para ir al sur, le remitiera todas las informaciones posibles sobre la geología, paleontología, la fauna y la flora de los lugares que visitara. Tales son las circunstancias que han generalizado el equívoco que atribuye a D'Orbigny la elección del sitio donde se fundó el fortín.
El coronel Estomba, encargado de la jefatura de la fuerza expedicionaria y fundadora había nacido en Montevideo, siendo su madre uruguaya y su padre español. Habiendo ingresado en el ejército patriota en 1810 como cadete, al año siguiente era abanderado. Participó en la campaña del Alto Perú. Luego acompañó a Belgrano en diversas batallas y en 1820 se incorporó al Ejército Libertador pasando por diversas alternativas. Sufrió heridas, cárcel y destierro allende los Andes pero fue reincorporado al ejército argentino. Su regreso a Buenos Aires se efectuó en enero de 1827. Como fuera nombrado jefe del séptimo regimiento de caballería, tuvo a su cargo la expedición que debía marchar hacia la bahía Blanca para cumplir con una misión bien definida, como "coronel comisionado", según las expresiones de Balcarce.
La primera entrevista de los dos hombres que habrían de fundar el histórico fortín se efectuó en Buenos Aires. Acerca de ella Parchappe se expresa en tales términos que permiten conocer la cordialidad que caracterizaba a Estomba; como un caballero "cuya afabilidad y modales tan nobles como francos, me hicieron formar de él la más ventajosa opinión decidiendome a correr los azares de esta nueva empresa".

 La búsqueda de un lugar estratégico

Mientras el ingeniero Parchappe ultimaba los preparativos para la importante misión que se le había confiado, el coronel Estomba se adelantaba en su marcha llegando hasta el fuerte Independencia (Tandil) donde se encontraron el 8 de marzo de 1828. El ingeniero permaneció en Tandil sólo dos días y sin que resulte claro cuáles fueron los motivos de tal determinación se anticipó hacia la bahía Blanca con una escolta de 25 coraceros, comandados por el teniente coronel Andrés Morel, seguidos de 30 indígenas amigos con su correspondiente cacique.
Las descripciones que el francés hace de su viaje permiten reconocer su talento de observador. A pesar del siglo transcurrido rebosan de un colorido tal que las imágenes se agolpan con los caracteres vividos de lo visto. Los sauces y chañares que bordean los arroyos lo llenan de satisfacción después de la penosa travesía por la pampa desnuda.
 Veamos cuáles fueron sus primeras impresiones al llegar, el 21 de marzo, al sitio que habría de ser el centro de sus actividades:
"Llegaba al término de mi viaje. Al placer de haberlo logrado sin accidentes, se reunía el de contemplar el océano, que yo no veía desde hacía varios años y cuya superficie azulada hacía contraste con el aspecto amarillento y triste de las planicies que recorría desde hacía tanto tiempo. El baqueano que había tomado la delantera, vino a advertirme que había percibido un buque de dos mástiles anclado en la bahía; no podía ser otro que la embarcación enviada de Buenos Aires, con los materiales propios para la construcción con que se debía levantar el nuevo fuerte; todo concurría a asegurar el éxito de la empresa, y fui aliviado de un gran peso viendo disiparse las inquietudes que yo había alimentado hasta entonces sobre el resultado de mi misión. Caminamos aún una legua al O.N.O. a través de terrenos minados y cubiertos por chañares; después, habiendo descubierto las pendientes que bordean la fuente de la bahía Blanca, en una planicie extendida entre sus pies y la playa de la bahía, llegamos al borde de un pequeño arroyo, que supimos después era el Napostá de los indios. . . Acampamos en medio de un buen campo de pastoreo, resueltos a quedarnos provisoriamente en ese sitio, hasta que un más amplio reconocimiento de la bahía nos permitiera elegir el sitio para el fuerte proyectado".
La nave avistada era la ballenera "Luisa", propiedad de Enrique Jones. A bordo de la misma iban el piloto Laborde y seis marineros franceses. La baja marea había dejado la embarcación en seco en el lugar conocido como arroyo Pareja. El reconocimiento de la región requirió varios días en el curso de los cuales la embarcación se extravió al remontar equivocadamente un arroyo que no era el indicado por Parchappe. Después de muchos padecimientos, entre los cuales estaba el del hambre, los marinos franceses fueron encontrados por los indios amigos y traídos al campamento. Las provisiones que les brindaban los indios consistían en carne de guanaco y otros animales de la región.
Cuando el viajero llega por primera vez a Bahía Blanca, lo primero que le sorprende es que la fundación no se hiciera en las lomas que están a más de 70 metros de altura desde donde se domina toda la bahía, en lugar de su ubicación a sólo 4 metros sobre el nivel del mar. Pero es preciso recordar que para la estrategia que tenía en cuenta al aborigen y a sus armas de corto alcance era necesario estar cerca del agua dulce. Parchappe eligió un lugar caracterizado por hallarse resguardado por dos arroyos, que venían a ofrecer un limite natural ademas de un puerto proximo en la desembocadura de uno de ellos.
Refiriéndose al valor estratégico del lugar elegido, Estanislao S. Zeballos, en su obra "Viaje al país de los Araucanos", expresa:
"En el centro de la pampa, que es la tercera gradería formada por las grandes convulsiones geológicas entre las cumbres y el mar, álzase la Villa Bahía Blanca, arrinconada en la Orqueta de los arroyos: el Napostá y el Maldonado, hijo el segundo del primero, que cae bullicioso de las alturas vecinas. . . Fundado el fuerte La Argentina, hoy Villa Bahía Blanca, en 1828 con miras estratégicas, su posición contra los indios es de primer orden. Hoy mismo, cuando el peligro ha desaparecido, los arroyos que ayer le sirvieron de baluarte, son arterias de fecundación y vida. . .".
Los aborígenes, al sospechar que serían desplazados de otro de sus países de correría, hicieron cundir la voz de los propósitos de los hombres blancos. Pronto se oyeron los rumores del estallido de las hostilidades. El ingeniero francés escribe lo siguiente, en sus notas del 27 de marzo:
"A nuestro arribo el cacique Venancio había enviado un mensaje a su lugarteniente Montero, acampando con el resto de su gente en las cercanías del río Colorado; llegó, al anochecer, acompañado de un enviado del mismo Montero. Estos indios nos informaron haber visto nueve hombres a caballo en dirección a la Cabeza de Buey; los suponían espías o vanguardia de indios enemigos, que aseguraban venían en gran número con intención de atacarnos y de oponerse, con todo su poder, a nuestra instalación, mirada por ellos como una usurpación a sus posesiones; lo anunciaban, además como conocedores de nuestra poca fuerza y no ignorando que el resto de la expedición no llegaría hasta pasado un tiempo. . . Lo que parecía justificar las precauciones e indicar un peligro real era que el cacique Venancio parecía atemorizado; reunió en asamblea a todos los suyos y mantuvo consejo durante toda la noche. Nuestra posición parecía tornarse más crítica y despachamos al día siguiente, un expreso al coronel Estomba instándolo a apresurar la marcha y de a enviarnos refuerzos de tropa".
Pocos dias después, el 9 de abril, llegó un mensaje de Estomba. Parchappe se apresuró a salir a su encuentro. El coronel venía al frente de una columna. La marcha, según consta por el informe de ese viaje, se efectuó con lentitud siendo que el 7° regimiento de caballería de línea venía seguido de dos piezas de artillería y un gran convoy de carretas que conducían numerosos elementos para la construcción del fuerte, además de los víveres.

¿Cuál fue la verdadera fecha de la fundación?

Debido al hecho de que las dos fuentes que suministran las informaciones referentes a la fundación del fortín bahiense no detallan los mismos incidentes, no han faltado personas que se hayan planteado el problema de cuál fue la verdadera fecha de la fundación de Bahía Blanca.
El historiador Groussac, en su artículo de la revista "Humanidades" afirma que "dos días después (el 11 de abril) llegó el convoy con el resto de la fuerza. El campamento fue establecido en la colina ya designada, ese mismo día, 11 de abril; en una tienda levantada al efecto, se redactó el acta de fundación que firmaron los jefes y oficiales presentes y además los tres primeros pobladores". El historiador añade: "no insertamos aquí este documento por ser muy conocido, así como las notas elevadas por el coronel Estomba dando cuenta de lo efectuado". Dicho documento, cuya reproducción facsimilar damos, dice textualmente lo siguiente:
"En la Fortaleza Protectora Argentina A nuebe de Abril de mil ochocientos veinte y ocho reunidos en la tienda del Crel. Ramón Estomba Jefe de la Expedición de Bahía Blanca el Teniente Coronel Andrés Morel, los Sarg. Mayores del Valle y Juan de Elias, el Cap. Martiniano Rodrigez, el Ingeniero agrimensor Narciso Parchappe y los vecinos pobladores Nicolás Peres, Pablo Acosta y Polidoro Couhn para tomarles su parecer sobre el lugar en que deve situarse la Fortaleza y Población, combinieron de opinión unánime que la posición elegida por el Sr. Parchapp, y aprobada por el referido Coronel es la mejor que puede presentar la Campaña en esta parte de la Costa por la inmediación de su buen Puerto, y la reunión de un Río, de excelente agua; y la mejor tierra bejetal, pastos abundantes; combustible para muchos siglos; por cuya reunión de circunstancias está llamado a ser algún día uno de los establecimientos de más interés para la Provincia de Buenos Aires" Firmado R. Estomba - Andrés Morel — Narciso del Valle - J. de Elias — Nicolás Peres - Pol. Coulin — Narc. Parchappe -Mart. Rodríguez - Pablo Acosta".
El precitado documento fue fechado el 9 de abril de 1828, vale decir que el mismo día de la llegada de Estomba a la vera de la bahía Blanca. De ese mismo documento se desprende que el propósito de la reunión era consultar el parecer de todos los presentes referente al lugar conveniente para fundar el fuerte. En el informe del ingeniero Parchappe tocante a lo sucedido en el día 9 de abril y los dos días subsiguientes, leemos:
"9 de Abril: Habiéndome enterado por una nota del coronel Estomba, escrita en los Manantiales del Napostá y recibida la víspera, que llegaría hoy con la primera división de carretas y la caballería de la expedición, monté a caballo para ir a su encuentro; y habiéndolo encontrado a corta distancia llegamos al campamento a eso de las 10 de la mañana. Después de algunos momentos de descanso, el coronel quiso reconocer los alrededores. Le informé sobre las ventajas de la posición que había elegido para el fuerte, tanto a causa de la hermosa colina sobre la que debía construirse éste como por la proximidad de un buen puerto. Quedó encantado de todo lo que yo había hecho y aprobó mis planes. Dos días después arribó el resto del convoy con la infantería y el campamento general fue establecido cerca de la altura por mí elegida. Comencé el trazado del puerto e hice sucesivamente el de la población, de los cuarteles, etc. Se comenzaron a cavar los fosos y todo mi tiempo fue consagrado a los trabajos".
Es evidente que la decisión referente al lugar donde debía ubicarse el fuerte fue tomada el 9 de abril, pero resulta igualmente cierto que los trabajos de fundación no se iniciaron hasta el 11 del mismo mes, porque se esperó el resto de la caravana. Esta aclaración explica por qué el diario del coronel Estomba, donde informa del cumplimiento de su misión a partir del fuerte Independencia no fue concluido hasta el día 12, puesto que el verdadero propósito de su viaje era la fundación del fuerte en las proximidades de la bahía Blanca, obra que fue iniciada el día 11 de abril del año 1828.


Delineamiento de Bahía Blanca. Cuadro A. Pellegrini. Museo de Bellas Artes.

La "Fortaleza Protectora Argentina"

Soplaban los primeros fríos cuando se iniciaron los trabajos de erección del fuerte. Aguijoneados por el frío los trabajos fueron iniciados con entusiasmo. Apremiaba asegurar no solamente un refugio seguro para las tropas sino un baluarte en condiciones de resistir la avalancha de rencores que se venía acumulando en la indiada de muchísimas leguas a la redonda. En las dilatadas soledades del sur se iba a enclavar otro testimonio de la soberanía de la pujante nacionalidad.
Grande fue la decepción de los fundadores cuando realizaron un recuento de los materiales, mientras se cavaban los fosos. El cargamento que había venido por vía marítima consistía solamente en los siguientes elementos: 366 troncos de palmera; 295 tijeras; 253 tacuaras; 220 balas de cañón; 105 tablones; 60 atados de cañas; 25 puertas con sus correspondientes llaves; 21 tirantes; 21 cajones; 14 espeques; 10 atacadores y cucharas; 8 ventanas; 4 postes para portones; 3 cañones; 3 encerados; 3 martillos; 3 arrobas de estopa; 2 hojas de portón; 2 tenazas; 1 ballenera; 1 fuelle, una bigornia; 1 barril de alquitrán, una tina deshecha y algunos útiles de herrería.
Aunque en el convoy de carretas trajeron otros materiales y objetos indispensables, distaban mucho de suplir las necesidades reclamadas por la obra que debía realizarse con tanta premura. Por otra parte, no se habían recibido todos los elementos que habían sido convenidos. En vista de esto el coronel Estomba elevó una nota de protesta a la superioridad, en la que se expresaba del siguiente modo: "Las maderas que ha conducido el barco y cuya relación incluyo, no son en totalidad las que me dieron como cargadas en el Salado: han venido como 200 palmas menos y de 400 atados de cañas sólo han venido 70 y la mayor parte rotas; esto nos pone en un apuro de primera necesidad, pues V. E. conoce que faltando lo principal de las maderas es imposible hacer otra cosa que malas barracas y la estación no da espera. . . En la última comunicación que dirigí a V. E. manifestaba la necesidad que tendremos, también, dentro de muy poco tiempo de algún ganado y particularmente de caballos que han llegado aquí en muy mal estado y se ensillan todos los días de sesenta a setenta. .. estos recuerdos continuos pueden ser molestos y yo me abstendría de repetirlos si ellos no tuvieran el interés que tienen y los resultados que pueda esperar de su parte".
Los expedicionarios no permanecieron inactivos. Consta que enviaron rápidamente la embarcación a Patagones para que trajera todo lo conveniente para la construcción del fuerte y de los edificios accesorios. Desde Ensenada fue fletada una goleta cuyo arribo a la bahía solucionó muchos problemas. Tan avanzados estaban los trabajos al cabo de un mes que el ingeniero Parchappe pudo abandonar la obra por algunos días para ir a realizar un reconocimiento del Napostá.
El 19 de mayo llegó un refuerzo de animales y un correo de Buenos Aires por medio del cual se comunicaba que según el proyecto de ley que había sido presentado a la Cámara de Representantes acordando 100 leguas cuadradas a cada uno de los nuevos campamentos de frontera, debía ser medida esa extensión, colocándose los correspondientes mojones. Al día siguiente llegaron otros despachos conteniendo los decretos del gobierno sobre la forma del pueblo y la distribución de los terrenos para la agricultura y para la ganadería.
La llegada del 25 de mayo fue un motivo de verdadero júbilo para los patriotas pobladores de aquellas soledades que habían pasado largos días de constante trabajo y vigilancia ante el rumor de que los indios vendrían en gran número para desarraigar a los blancos. "La fiesta fue celebrada — escribe Parchappe — con todo el ruido de que era capaz nuestra bosquejada colonia: la bandera nacional fue izada en el fuerte y saludada con cuatro cañonazos, por la mañana y por la tarde; y por primera vez, sin duda, el eco silencioso de los alrededores repitió la entonación de la artillería
La obra tesonera de los fundadores llegó a su término unos cuatro meses después. El fuerte, de forma cuadrangular, contaba con cuatro bastiones orientados hacia los cuatro puntos cardinales. Los muros medían cuatro metros de altura y otros cuatro de espesor. Cada baluarte tenía sesenta y cinco metros de longitud, formando un ángulo de unos sesenta grados. Por su parte externa estaban rodeados de un foso de cinco metros de ancho y tenían aproximadamente la misma profundidad. Sólo había una entrada, al Noroeste, que consistía en un portón de madera que daba frente a un puente levadizo que permitía salvar el foso. Los cañones estaban emplazados sobre el terraplén del fuerte. Los edificios se hallaban dispuestos de tal manera que dejaban un patio central. El cuerpo de guardia estaba a la izquierda de la entrada y la Comandancia a la derecha. El bastión Sur había sido destinado al polvorín. Para la caballada se había formado un corral con empalizada hacia el lado Sureste.
Tales eran algunas de las características más notables de esa última avanzada de la civilización que daba su cara al océano y sus espaldas a la Sierra de la Ventana tras de la cual se extendía la pampa monótona y hostil donde los vientos peinaban la cabelleras hirsutas de los aborígenes y las crines de sus veloces corceles, sin que nada hiciera pensar que se avecinaba el día cuando la pampa se transformaría en el mar de oro con espigas de trigo que saludarán reverentemente al caminante .. .


Vista del Fuerte en 1880

El anónimo redactor del diario de la Expedición fundadora de la fortaleza fechó el interesante documento del siguiente modo: "Bahía Blanca, abril 12 1828". La primera denominación aparece tachada por un puño enérgico que escribió con caracteres muy marcados: "Fortaleza Protectora Argentina". Indudablemente, esa intervención pertenece al coronel Estomba puesto que en su diario y en una nota que lo acompaña, aparece la siguiente cláusula: "Toda la División se halla establecida en la parte occidental del Sauce Chico — (debió haber dicho con propiedad: el Napostá) a una legua del puerto que desde hoy tiene el nombre de Puerto de la Esperanza", "Al puerto que para el establecimiento se ha preferido en esta inmensa bahía se le ha dado el nombre de Puerto de la Esperanza — con alusión a su destino y a la Fortaleza y Población el de Protectora Argentina haciendo alusión, también, en otro sentido al General San Martín, servidor esclarecido de nuestra Patria y que obtuvo ese título combatiendo en honor de ella".
Entre los documentos alusivos a los primeros proyectos referentes a Bahía Blanca, se ha hallado hace poco uno que permaneció inédito hasta que lo diera a conocer su descubridor, el erudito historiador Ernesto H. Celesia. Trátase de una carta firmada por B. Rivadavia, dirigida al Comandante de Patagones, en la que se expresa de la siguiente manera:

"Buenos Aires 5 de Marzo de 1824
"Habiéndose acordado por el Gob"° el establecimto de una fortificación en la Bahía Blanca, que por contrata celebrada con el Gobno pasa a fortificarla el Comerciante Dn Vicente Casares bajo la inspección Oficial Comisionado en Jefe para dha expedición Dn Jaime Montoro y bajo la dirección de los ingenieros Dn Martiniano Chilavert y Dn Fortunato Lemoine; como asimismo el conocimto que por los expresados ingenieros debe practicarse de los puertos y calas de la costa del Sud desde el cabo Corrientes hasta la mencionada Bahía, el Gobno ha resuelto que el Comandte de Patagones preste a la preindicada expedición los auxilios que al efecto se requieren; poniéndose con su virtud en comunicacion con el Gefe de otra fortificación, y dando aviso de todo cuanto condusca al mejor servicio y buen éxito de la expedición".


martes, 27 de marzo de 2018

Guerra contra la Subversión: La arquitectura del golpe del 76

La arquitectura del 24 de marzo: cómo se gestaron los protocolos internos para la represión ilegal

Las Fuerzas Armadas comenzaron los preparativos para el “Día D” seis meses antes del golpe de Estado. Los reglamentos militares se modificaron y describían el funcionamiento de las “patrullas de allanamiento” y de los “lugares de reunión para detenidos”. La guardia nocturna de los “técnicos interrogadores” 

Por Marcelo Larraquy Infobae
Periodista e historiador (UBA)


Una máquina para matar… Jorge Videla

Las Fuerzas Armadas prepararon el golpe de Estado durante el gobierno de Isabel Perón con seis meses de anticipación.  El tiro de gracia para el quiebre del orden constitucional lo proporcionó el decreto 2770/75 firmado el 6 de octubre de 1975 por los ministros del gabinete y el presidente en ejercicio, el senador Ítalo Luder. El decreto trasladó toda la estructura represiva del Estado a la cúpula militar, liderada por el teniente general Jorge Videla.
A partir de entonces se sucedieron decretos, modificaciones reglamentarias y directivas secretas que fueron organizando la represión, mientras en el discurso público las Fuerzas Armadas continuaban anunciando su "prescindencia política" y "fidelidad al orden constitucional".
En octubre de 1975, la primera directiva del Ejército estableció a Tucumán, Capital Federal, La Plata, Córdoba, Rosario y Santa Fe como áreas prioritarias para "detectar y aniquilar a las organizaciones subversivas". Durante ese mismo mes se modificó el Reglamento Militar. Su idea rectora era "aplicar el poder de combate con la máxima violencia para aniquilar a los delincuentes subversivos donde se encuentren".
También se estableció que no habría encuadramiento legal, con trato de "prisioneros de guerra", para los "elementos subversivos". De este modo, el Ejército intentaba prevenirse de reclamos por violación a los acuerdos de la Convención de Ginebra, que prohíbe torturas, fusilamientos y desapariciones.
En el nuevo Reglamento Militar se describía:
"La acción militar es siempre violenta y sangrienta", por lo cual, "cuando las FFAA entran en operaciones no deben interrumpir el combate ni aceptar rendiciones. Las órdenes deberán aclarar, por ejemplo, si se detiene a todos o a algunos, si en caso de resistencia pasiva se los aniquila o se los detiene, si se destruyen bienes o se procura preservarlos".
La modificación también estableció la creación de centros clandestinos de detención. Se los mencionaba con LRD, "lugar de reunión de detenidos". Indicaba que el "sospechoso" sería detenido en base a informes de inteligencia y trasladado al LRD para interrogarlo, sin posibilidad de defensa legal.
Los centros clandestinos eran parte del "Operativo Independencia", constituido en Tucumán desde febrero de 1975. Ocho meses después, comenzarían construirse en el interior de guarniciones. Uno de ellos fue la cárcel militar de La Ribera, en Córdoba. También se crearía "La Perla", a 12 kilómetros de la capital de esa provincia. En la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA) se iniciarían las refacciones internas para la conformación de su campo de concentración.
Durante el gobierno de Isabel Perón ya había seis centros clandestinos "operativos". En 1976 funcionaron 365.

El Plan de la Marina

La Armada creó su protocolo interno para el "combate a la subversión" en noviembre de 1975. En su Plan de Capacidades Internas (Placintara) marcaba fases "defensivas" (preservación de instalaciones y personal de la institución) y "ofensivas" (hostigamiento, inteligencia previa, selección del objetivo y detención de personas) para destruir al "oponente subversivo".
La fuerza naval se propuso acabar con la "subversión y sus ideólogos" con "patrullas de allanamiento" de 15 hombres, que incluía también a otros miembros de fuerzas de seguridad. El Plan funcionaba como un manual operativo para los "allanamientos". Según la descripción, los "subversivos" debían desalojar su casa por el frente y con las manos en alto. Si esta orden no se cumplía, los miembros de la patrulla debían rodear el objetivo y batir a fuego puertas y ventanas a fin de "evitar fugas".


Centro clandestino de detención La Perla

Para los detenidos en procedimientos, la Armada preveía la creación de una instancia denominada "guardia transitoria", que funcionaría como un centro clandestino de detención, hasta que se resolviera su destino. El detenido podría ser juzgado por un tribunal militar, derivado a la autoridad policial, a una cárcel común –a disposición del Poder Ejecutivo-, decidir su libertad o mantenerlo secuestrado. No tenía posibilidad de defensa legal.
La Fuerza Aérea fue la última en incorporarse al plan del golpe de Estado. Fue a partir del pase a retiro del brigadier Héctor Fautario, el 22 de diciembre de 1975, que se había opuesto a la interrupción institucional. El centro clandestino de mayor relieve de la Fuerza Aérea sería la "Mansión Seré", en Morón.

Los técnicos interrogadores del 601

La clave para la represión ilegal se asentaba en la inteligencia, un área a cargo del Batallón 601, dependiente del Ejército. El edificio, ubicado en Callao y Viamonte, en Buenos Aires, había albergado en su sótano al cadáver de Evita, antes de ser trasladado a Italia en 1957.
El Batallón de Inteligencia 601 era un centro incesante de flujo informativo. Estaba a cargo del coronel Alfredo Valín.  A partir de la directiva secreta 404/75 del Ejército, conformó su "comunidad informativa", en la que confluían los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas, las de seguridad y de la SIDE.

El 601 concentraba a la elite de la inteligencia militar.

Sus agentes estaban formados para la infiltración en fábricas, universidades, sindicatos, ámbitos culturales, sociales. Lo venían haciendo desde hacía varios años. La información que recababa "la comunidad informativa" se evaluaba en la Sala de Reunión, en el sexto piso.



El Batallón 601 disponía de "técnicos de inteligencia" –militares y civiles- que servían de apoyo para "interrogar" a un detenido ilegal en un procedimiento. Los "técnicos" permanecían de guarda por la noche si algún "grupo de tareas" requería de sus servicios para un extraer información.
La información producida se analizaba en la Sala de Situación, que elaboraba un informe sobre el detenido que luego derivaba a los Comandos de Zona, que se correspondía con cada Cuerpo de Ejército, donde se decidían sobre el destino del secuestrado.
En febrero de 1976, el "Plan del Ejército" estableció que los detenidos ilegales estarían incomunicados y a disposición de la Junta de Comandantes, y no habría para ellos posibilidad de justicia.
El Plan también delimitó a sus enemigos: organizaciones gremiales del peronismo ortodoxo y del peronismo combativo, distintos frentes de izquierda, agrupaciones estudiantiles y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, al que asignaban peligrosidad por "su definida prédica socializante".
También preveía la detención de las autoridades provinciales, funcionarios públicos, legisladores, la suspensión del derecho a huelga, de los fueros sindicales y la actividad política. Las embajadas comenzaron a ser controladas para evitar el asilo político.
Hasta que llegó el "Día D", en la madrugada del 24 de marzo de 1976. La orden de represión comenzó a ejecutarse. Los centros clandestinos comenzaron a recibir secuestrados.
La máquina de matar se puso en marcha.
El autor es es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "Primavera Sangrienta" (Editorial Sudamericana, 2017).

jueves, 8 de marzo de 2018

Guerra Antisubversiva: Las desapariciones en la democracia peronista

Las desapariciones antes del golpe militar

El general Menéndez, virtual jefe politico en la provincia de Córdoba, fue el primer el "adelantado" durante el gobierno peronista. Cómo fue la oleada de secuestros de enero del '76 que conmovió al país

Por Marcelo Larraquy || Infobae
Periodista e historiador (UBA)



Centro Clandestino de Detención “La Perla”, en la provincia de Córdoba

A finales del año 1975 y en enero de 1976, la provincia de Córdoba estaba en la tapa de los diarios con titulares que, después del golpe de Estado del 24 de marzo, ya no se publicarían más.

"Denuncian en Córdoba la ola de secuestros". "Llegan a 16 los secuestrados en sólo dos días". "Los desaparecidos en Córdoba llegan a 18". "La ciudad de Córdoba vive un pánico sin esperanzas".

Durante el gobierno de Isabel Perón, la provincia se había convertido en epicentro de una figura novedosa para el Estado de derecho: "Las desapariciones".

Los atentados y las ejecuciones eran hechos de rutina, que conmovían a la provincia, pero con las desapariciones se inició una modalidad nueva. Ya no se exhibían los cuerpos; los secuestrados, no se sabía dónde estaban.


El gobierno provincial sólo podía hacer una caracterización: "Estos actos de barbarie nos retrotraen al primitivismo animal". Así explicó el interventor federal de la provincia, Raúl Bercovich Rodríguez, la oleada de secuestros de la primera semana de enero de 1976.

Blues del terror azul

La desestabilización institucional de la provincia se había iniciado con un golpe policial del coronel Antonio Navarro -destituyó al gobernador Ricardo Obregón Cano en febrero de 1974-, en un acto de sedición que Perón avaló y el Congreso Nacional también. No repusieron al gobernador en su cargo, sino que definieron una intervención federal.

En primera instancia la asumió Duilio Brunello.

En septiembre de 1974 lo sucedió el brigadier (RE) Raúl Lacabanne, que llegó al mando provincial anunciando la "limpieza ideológica". Finalmente, un año después, fue reemplazado por Raúl Bercovich Rodríguez.

Para esta época ya existía una fuerte influencia policial y militar en la política local. Durante la intervención de Lacabanne se fue conformó una estructura paralela dentro del Departamento de Informaciones (D2) que actuaba en forma autónoma a la policía provincial. Luego se identificarían con un nombre propio, "Comando Libertadores de América".



Su primera acción firmada fue la ejecución de los nueve estudiantes –cinco de ellos bolivianos-, secuestrados de una misma casa cuando estaban preparando trabajos de examen final, en la madrugada del 4 de diciembre de 1975. Aparecieron amordazados y baleados en un camino de tierra, lateral a la ruta 5, que conduce al dique Los Molinos.

Las imágenes de de cuerpos torturados o carbonizados, expuestos a la sociedad, eran prácticas habituales en casi todas las ciudades y provincias.
Pero el vuelco de la práctica represiva paraestatal se dio cuando los cuerpos, tras los secuestros, dejaron de exhibirse. Y desaparecieron.

Córdoba no era la única provincia afectada por esta nueva modalidad. "En el '75 trabajaba en el bloque de diputados del Partido Intransigente y empezaron a llegar familiares de gente que había desaparecido. En ese momento no entendíamos qué era eso, ¿cómo iba a desaparecer la gente? Los familiares iban a la morgue, a la policía, a hablar con sus sacerdotes, pastores o rabinos, y también venían a ver a los diputados. Era el camino que hacían para ver si alguien les podía averiguar algo", refirió Susana Pérez Gallart, miembro fundadora de de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), que se constituyó el 18 de diciembre de 1975.



De hecho, el acta de declaración inicial, la APDH reclama "no someter a los familiares de presos, desaparecidos o asesinados a un trato vejatorio que multiplica los efectos de su dolor".

La desaparición, para consumarse, necesitaba de una logística nueva: el centro clandestino de detención.

Si bien en Tucumán, con el "Operativo Independencia", a fin de "neutralizar y/o aniquilar el acción de elemento subversivos", creó el primer centro clandestino del país en 1975, las detenciones militares se produjeron en el contexto de un enfrentamiento con el ERP en un territorio determinado.

La diferencia fue que en Córdoba, las desapariciones fueron consecuencia de una cacería urbana, en las calles de la ciudad, durante la madrugada o a la luz del día, sin ocultar sus metralletas o pistolas.



A la vista de todos.

Los días 6 y 7 de enero de 1976 se produjo una sucesión de secuestros que generó terror y sorpresa: la mayoría de sus víctimas no eran reconocidas como militantes obreros, políticos o estudiantiles.

Ese mes se produjeron 26.

Y en el último cuatrimestre, ya sumaban 59.

¿Dónde estaban?

"Aún entre aquellos que no han sido tocados por la desoladora desaparición de un ser próximo, la zozobra, la indignación y sobre todo el miedo, parecen haberse impuesto al espíritu de la ciudad", describió un enviado especial del diario La Opinión.

Todo sucedía en el marco del Estado de derecho, durante el gobierno de Isabel Perón.

Según referían los testigos en artículos de prensa de la época, grupos de 15 ó 20 personas que se movilizaban en tres o cuatro autos, se introducían en las casas y se llevaban gente. O levantaban gente en las calles o paradas de colectivos. También estallaban bombas en locales partidarios y o casas de dirigentes políticos.



"Todo esto ocurre frente a un Gobierno cuyas fuerzas de seguridad, curiosamente, no han descubierto ninguno de estos hechos ni apresado siquiera a un solo sospechoso", firmó la UCR provincial en un comunicado.

En un artículo de "La Opinión", el jefe de la policía provincial, comisario Miguel Ángel Brochero confirmó haber escuchado la versión de un "campo de concentración donde estarían confinados algunos de los desaparecidos de los últimos días", pero subrayó que la policía "detiene, no secuestra".

El comisario Brochero pidió contribución a las instituciones políticas para "esclarecer los graves hechos".

En las homilías del cardenal Raúl Primatesta comenzaron a acercarse familiares de desaparecidos. Uno de ellos era el novio de Norma Waquin, secuestrada junto a su hermana Gloria, el 7 de enero. La madre de las hermanas Waquim denunció el hecho de inmediato a la comisaría, pero le respondieron que "no tenían vehículos" para perseguir a los secuestradores.

Esa semana el interventor Bercovich Rodríguez estaba de vacaciones en Mar del Plata.



Si bien condenó los hechos, quiso dejar a salvo a las fuerzas de seguridad. "Cualquier cosa que sucede en Córdoba es atribuida a la policía. Hay sectores interesados en desprestigiar a la institución y al gobierno provincial", afirmó.

La autoridad provincial que salió a dar una respuesta política fue el ministro de Gobierno, Carlos Saúl Risso. Decidió presentarse ante una asamblea en la fábrica de Ika Renault. En esos días, sectores fabriles y los empleados municipales abandonaban tareas en repudio a las desapariciones. En la planta automotriz cuatro mil obreros se habían reunido para reclamar información al III Cuerpo de Ejército por las desapariciones –"utilizando términos hostiles", según la crónica de prensa- y debatir futuras acciones.

Frente a la multitud, Risso desligó a la policía y atribuyó la escalada de violencia a un "ajuste de cuenta entre sectores que participan en la subversión", en referencia al ERP y Montoneros. Tuvo que interrumpir su discurso y retirarse en forma abrupta, por la disconformidad que generó en la asamblea.

En reportajes posteriores, Risso aclaró que el "ajuste de cuentas" era la información que le había brindado el III Cuerpo de Ejército y la policía, que ellos no tenían ninguna responsabilidad en las desapariciones, y él no dudaba que esa información era correcta.



Mientras tanto, una recién conformada "Comisión de Familiares de los Desaparecidos" organizó una "Marcha del Silencio", que saldría desde el Arzobispado hasta la legislatura provincial.

En principio la marcha había sido alentada por el propio Risso –había sugerido que recorriera las calles con banderas blancas y la consigna "Paz, basta de violencia"-, pero luego fue prohibida por el Gobierno con el argumento de que "la Comisión organizadora no fija domicilio alguno ni real ni legal".

Los partidos políticos organizaron una reunión multisectorial e invitaron al Ejército, pero la institución castrense rechazó la convocatoria porque "el arma no puede inmiscuirse en un problema político".

El huevo de la serpiente

En los hechos, el jefe político de Córdoba era el general Luciano Benjamín Menéndez. El hombre que recibía los pedidos de audiencia por parte de Bercovich Rodríguez, Risso o el cardenal Raúl Primatesta. A este último, Menéndez admitió que algunas detenciones las había producido el Ejército.

El general Menéndez había estado a cargo de la V Brigada de Infantería de Tucumán, con "comisiones de servicio" en el norte argentino pero sin capacidad de reprimir al ERP, ya instalado en la provincia. Hasta entonces esa una competencia de las fuerzas policiales.

Cuando en febrero de 1975 se instauró el "Operativo Independencia", y el Ejército tuvo el poder represivo en Tucumán, Menéndez fue desplazado, e ingresó al Estado Mayor, que planificaba la estrategia del arma. Después asumió en la comandancia del III Cuerpo de Ejército, con sede en Córdoba, en septiembre de 1975. Fue designado por el general Jorge Rafael Videla, nuevo titular del Ejército.

El nuevo destino castrense le permitió a Menéndez encarar "la guerra antisubversiva" desde el llano.

Fue el primer ejecutor de las desapariciones.

El primer adelantado.

Su tarea se anticipó al golpe de Estado de 1976.

Hasta entonces, en Córdoba, la represión ilegal estaba en poder de las bandas operativas del Departamento de Informaciones (D2) que hacían el trabajo de calle, con el mando del comisario inspector Raúl Telleldín.
Otro de sus jefes operativos era Héctor Vergéz.

Cada noche los "brigadistas" traían secuestrados y luego de algunos días de interrogatorios, notificaban a la justicia o los mataban y tiraban sus cuerpos. La sede del D2 se transformó en una cárcel clandestina. Hasta que llegó el general Menéndez.

"Cuando Menéndez asume como comandante en el III Cuerpo, operaban bandas autónomas del D2. —afirma Camilo Ratti, autor de 'Cachorro'. Vida y muertes de Luciano Benjamín Menéndez, (editorial Raíz de Dos)—. No respondían a una estructura central. Eran un poco lúmpenes. Buscaban plata, extorsionaban, mezclaban represión política con delincuencia. Y actuaban con impunidad: el D2 quedaba en el centro de Córdoba, al lado del Cabildo y la Catedral. Y entraban y salían, llevaban gente. Menéndez agradece todo el servicio de informaciones que venían haciendo –desde 1974- sobre ámbitos obreros y estudiantiles, se nutre de ellos, lo utiliza, pero luego los va apartando. Arma una 'comunidad informativa' que le permite tener un control de la represión y aplicar su plan. Allí surge la idea de los secuestros y el desaparecido, para que no se sepa quiénes son ni dónde están, como un mensaje de terror. Esto sucede después de que (el presidente provisional Italo) Luder firma los decretos de 'aniquilación de la guerrilla' en octubre de 1975. Y ahí surgen los campos de concentración. El primero es 'La Ribera', una vieja cárcel militar para soldados que faltaban al Código Militar. Menéndez lo convierte en un centro de detención ilegal. Después empieza a construir 'La Perla', para detenidos de mayor peso. A 'La Ribera' le decían 'La escuelita' y a 'La Perla', 'la Universidad'".


Luciano Menéndez (Enrique Rosito/Argra)

¿Cómo fue la reacción del poder político y judicial frente a los secuestros?

"El interventor Rodríguez Bercovich no tenía margen de autonomía frente a Menéndez. Y su ministro de Gobierno, Carlos Risso, tampoco. Ellos no provienen del peronismo ultraderechista. Tienen su origen en el peronismo histórico, conservador, digamos, moderado. El único que podía interceder ante Menéndez era el cardenal Primatesta. Y la justicia federal no tenía peso. El juez federal (Adolfo) Zamboni Ledesma se tomó licencia y todas las denuncias le quedaron al juez (Humberto) Vázquez que intenta imponer justicia, pero cuando iba al D2 le escondían los detenidos".

En su entrevista con Ratti, publicada en el libro "Cachorro", Vázquez recuerda: "La mayoría de los detenidos que traía la policía eran por simples sospechas, sin pruebas firmes de su vinculación con la guerrilla o de que hubiera participado en una acción contra el Estado. A cualquier ciudadano se lo acusaba de asociación ilícita o de violar la ley de seguridad nacional. Pero un juez no puede basarse en indicios para procesar ni condenar a una persona, mucho menos en aquella época, cuando la vida de las persona corría serios riesgos. Cuando iba a recorrer las comisarías con Telleldín o a las dependencias de la D2, en busca de detenidos, que él tenía en una lista, no aparecían. Nunca estaban, me lo escondían porque seguro habían sido torturados por grupos de tareas que estaban bajo su órbita y respondían a Menendez".


El general Menéndez es el único de los “señores de la guerra”, con dominio territorial para la represión ilegal que se mantiene vivo

En la madrugada del 24 de marzo de 1976, el general Menéndez, el primer impulsor de las desapariciones, que tenía subordinadas a cargo de 50 unidades militares, con una jurisdicción de mando sobre siete millones de personas, tomó el poder en la Casa de Gobierno de la Provincia de Córdoba. Estaba casi vacía y a oscuras. Menéndez ingresó al frente de su equipo militar y ordenó detener a las dos únicas personas que estaban en el despacho, esperando novedades desde Buenos Aires: el interventor federal Bercovich Rodríguez y su ministro de Gobierno Carlos Risso. Uno de los primeros desaparecidos, esa misma noche, sería su hijo, Fernando Risso.

Lo llevarían a "La Ribera".

Desde entonces, "La Ribera y "La Perla" se comenzarían a utilizarse con mayor libertad.

Y los secuestros y desapariciones dejarían de publicarse en los titulares de los diarios.

Dejarían de publicarse.

Hoy, a sus 90 años, con doce condenas a prisión perpetua, el general Menéndez es el único de los "señores de la guerra", con dominio territorial para la represión ilegal que se mantiene vivo.

Es difícil encontrar motivos para reconciliarse con él.



*Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA). Su último libro es "Primavera Sangrienta. Argentina, 1970-1973. Un país a punto de explotar. Guerrilla, presos políticos y represión ilegal". Ed. Sudamericana.

Bibliografía: "Córdoba, a 40 años del Golpe. Estudios de la dictadura en clave local. Ana Carol Solis y Pablo Ponza (comps), Editorial Filosofía y Humanidades UNC" y artículos de "La Opinión" y "Clarín", diciembre de 1975 y enero de 1975.

jueves, 25 de enero de 2018

Dictadura militar: El golpe a Viola

El otro golpe dentro del golpe

En un gobierno militar, la clave es quién controla "los fierros" (las armas). Cuando el 28/12/1979, Leopoldo Fortunato Galtieri consiguió la Jefatura de Ejército, Roberto Eduardo Viola inició su caída: hubo un golpe dentro del golpe en diciembre de 1981.
Por Urgente 24




En 1976, los militares, apoyados por civiles que agruparon Jaime Perriaux, Armando Braun Menéndez, José Alfredo Martínez de Hoz y los Alemann, desplazaron a María Estela Martínez de Perón del gobierno (ya no tenía poder), la detuvieron durante 5 años y más tarde juzgaron, mientras prometían un 'Proceso de Reorganización Nacional' que cambiaría la historia argentina.

La Junta Militar golpista la integraron Jorge Rafael Videla (en representación del Ejército), Emilio Eduardo Massera (por la Armada) y Orlando Ramón Agosti (por la Fuerza Aérea). Aquel experimento fallido, con cambios de coprotagonistas, duró entre el 24/03/1976 y el 10/12/1983.

La Junta Militar descubrió que habría muchos problemas en la gestión (una obviedad las diferencias entre Videla y Massera). El Ejército consideró un gran triunfo que la Junta Militar aceptara un Presidente, y Jorge Rafael Videla asumió 5 días después del golpe, el 29/03/1976).

Videla designó como su sucesor uniformado a Roberto Eduardo Viola.

Dictadura militar argentina 1976 1983


En agosto de 1975, ya teniente general Videla, lo nombró Jefe del Estado Mayor. El 31/07/1978, Videla lo ascendió a Teniente General y lo hizo Comandante en Jefe del Ejército, en su reemplazo. Así, Viola ingresó a la Junta Militar en reemplazo de Videla, quien continuaba como Presidente hasta cumplir su mandato de 5 años.

Las tensiones entre Videla y Massera habían sido enormes, y el Ejército acusaba a la Armada por varios atentados que habían ocurrido contra integrantes del equipo económico, y otras personas cercanas al Ejecutivo Nacional.

Viola era un personaje curioso, cuyos silencios ponderaba Rosendo Fraga (quien competía con Ricardo Yofre por quién influía más sobre los periodistas políticos. Yofre del lado de Videla y enemistado con Massera, y Fraga buscando atributos en Viola. Joaquín Morales Solá, por entonces columnista político de Clarín, le encontró uno muy curioso: los silencios. El problema era que no eran silencios resultado de la reflexión sino de la ignorancia, pero es tema para otra historia).

Los militares, en conjunto, habían cometido el mismo error que Juan Carlos Onganía en la Revolución Argentina: afirmar que no tenían plazos ni límites ni compasión sino objetivos, tampoco muy nítidos.

Y cometieron diversos excesos (decreto-ley N° 21.256/76): detener personas en forma ilegal, desplazar a la Corte Suprema de Justicia de la Nación y a todos los gobernadores, designar 'de facto' un falso parlamento (Comisión de Asesoramiento Legislativo) y suponer que los 'blindaba' tener el apoyo de la Sociedad Rural Argentina y la Asociación de Bancos, los diarios La Nación y Clarín, Mariano Grondona y Bernardo Neustadt, Mirtha Legrand, 'Chiche' Gelblung y la revista Gente, Mercedes Benz y Ford Motor, entre otros. Nada de todo eso era sólido, todo volátil.

Videla representaba las 'palomas', la 'línea blanda' del Ejército, que podía afrontar una restringida apertura democrática. Los 'halcones' eran conducidos por los ampulosos e irracionales Luciano Benjamín Menéndez y Ramón Genaro Díaz Bessone.

General Viola se despide del periodismo 1979

En tanto, Massera tenía un proyecto político propio muy cercano a un peronismo fascista. Agosti no existía.

La Junta Militar estableció que el Presidente sería un militar y por un plazo máximo de 5 años.

La Junta se reservó -una victoria pírrica de Massera- la atribución de remover y designar otro Presidente cuando quisiera.

El 28/12/1978, Videla designó su sucesor en el Ejército a Viola, otro integrante de la 'línea blanda', quien también imaginaba una progresiva apertura democrática, más popular que la que imaginaban los 'videlistas'. Era casi indiscutible que el jefe del Ejército heredaría la Presidencia de la Nación.

Viola asumió la Presidencia su efímero mandato el 29/03/1981. Su sucesor en el Ejército fue Galtieri, designado teniente general el 28/12/1979.

Entrevista a Viola, designado Presidente, 1981

El 28/12/1979 la Junta Militar quedó integrada por Leopoldo Fortunato Galtieri, el almirante Jorge Isaac Anaya, y el brigadier general Basilio Arturo Ignacio Lami Dozo.

Durante la gestión Viola, Galtieri cobró protagonismo, en especial por vincularse a personajes del gobierno republicano estadounidense, que lo convenció de participar de asistir a militares y paramilitares centroamericanos que libraban guerras civiles anticomunistas. Galtieri llegó a ingresar a la Casa Blanca en días de Ronald Reagan.

Este vínculo confundió a un personaje primario como Galtieri, creyendo que su vínculo con USA forzaría la neutralidad estadounidense en el futuro conflicto con los británicos en Malvinas.

La promoción de Galtieri fue el acto de defunción del gobierno futuro de Viola, lo que formalmente ocurrió el 11/12/1981, cuando Galtieri fue Presidente, ya declarada por la Junta la incapacidad de Viola para ejercer funciones.

Jóvenes entrevistan a Galtieri, 1980

El 'violismo' intentó sobrevivir a través del ministro del Interior, general Horacio Tomás Liendo, pero tuvo vuelo corto. La Junta designó Presidente interino al vicealmirante Carlos Alberto Lacoste, quien estuvo entre el 11/12/1981 y el 22/12/1981.

Entonces llegó Galtieri, reivindicando la 'línea dura' del Ejército, opuesto a cualquier apertura democrática, dispuesto a audacias ilimitadas tales como la guerra en el Atlántico Sur para convocar al nacionalismo argentino a estrechar filas detrás del ya declinante 'Proceso'.

viernes, 19 de enero de 2018

Guerra Antisubversiva: EA homenajeará a muertos en el copamiento a Azul



El Ejército recordará a militares muertos por ataques guerrilleros en democracia

Mariano de Vedia || La Nación

Con un homenaje al coronel Camilo Arturo Gay, al teniente coronel Jorge Roberto Ibarzábal y al conscripto Daniel González, que murieron durante el intento de copamiento de la guarnición militar de Azul perpetrado por el ERP en 1974, el Ejército iniciará mañana una serie de actos para reconocer públicamente a los caídos en defensa de las unidades castrenses en períodos constitucionales.

Se trata de una decisión del jefe del Ejército, teniente general Diego Suñer, que encabezará el homenaje de mañana, a las 19, pero también dispuso organizar actos similares a lo largo del año en reconocimiento a otros militares y civiles ultimados en distintas acciones guerrilleras.

El soldado Daniel González también será homenajeado. Foto: Gentileza Frente de la Guarnición Militar de Azul


El ataque a la guarnición de Azul constituye un caso paradigmático. Allí cayeron los dos jefes de la unidad, que enfrentaron la ofensiva del ERP para secuestrar armamentos el 19 de enero de 1974, tres meses después de que Juan Domingo Perón asumiera su tercera presidencia.

Al ingresar a la guarnición, los atacantes asesinaron al soldado conscripto González y luego al coronel Gay, jefe del regimiento de Caballería de Tanques 10. Su esposa, Norma Ilda Casaux, fue tomada de rehén junto a sus dos hijos y murió al recibir una ráfaga de ametralladora de uno de los guerrilleros. Uno de los hijos de Gay estará presente en el homenaje. Su hermana, que no pudo superar la tragedia, se arrojó al vacío años después.

Entrada del Frente de la Guarnición Militar de Azul. Foto: Gentileza Frente de la Guarnición Militar de Azul

Ibarzábal fue secuestrado y mantenido cautivo durante diez meses, hasta que fue ejecutado por sus captores cuando lo trasladaban y se encontraron ante un control policial en San Francisco Solano.

Como es habitual en estos casos, ambos oficiales y el conscripto González fueron ascendidos post mortem por el Ejército al grado inmediatamente superior.

La secuencia de actos seguirá el 28 de mayo, con el recuerdo del combate de Manchalá, cerca de la localidad tucumana de Río Colorado. En ese enfrentamiento con más de cien combatientes del ERP, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, en 1975, el Ejército recuperó documentación del ataque planificado para el día siguiente en el puesto de comando táctico de Famaillá, incluida una maqueta de la unidad.
La entrada del Frente de la Guarnición Militar de Azul luego del ataque del 19 de enero de 1974. Foto: Gentileza Frente de la Guarnición Militar de Azul


El caso Larrabure y la Operación Primicia


Los homenajes seguirán el 11 de agosto para recordar al coronel Argentino del Valle Larrabure, secuestrado en agosto de 1974 durante el copamiento de la Fábrica Militar de Villa María, también planificado por el ERP para hacerse de armas y municiones.

Larrabure era el subdirector de la unidad y fue retenido en una "cárcel del pueblo" durante 372 días, en una superficie de dos metros de largo por uno de ancho. El cadáver apareció en agosto de 1975, tras ser mantenido en cautiverio, cerca de Rosario.

Recientemente, el juez federal Nº 4 de Rosario, Marcelo Bailaque, denegó el pedido del hijo del militar, Arturo Larrabure, para considerar el caso crimen de lesa humanidad, tal como lo había sostenido en su dictamen el fiscal general Claudio Palacín.

El Ejército rendirá homenaje el 6 de septiembre al teniente coronel Raúl Juan Duarte Ardoy segundo jefe del Regimiento de Infantería Nº 1 Patricios, ultimado durante un ataque al Comando de Sanidad organizado por el ERP, en el barrio de Parque Patricios, durante el gobierno constitucional de Raúl Lastiri. El militar murió de un disparo mientras se producía la rendición del grupo guerrillero.

El último homenaje previsto será el 5 de octubre, para recordar a un subteniente, un sargento, ocho soldados y un agente de la policía de la provincia muertos en el ataque al Regimiento de Infantería 29 de Formosa, por parte de Montoneros. Se trata de la llamada Operación Primicia, que incluyó el secuestro de un avión de pasajeros.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Conquista del desierto: El robo de los blancos de Villegas

Robo de los Blancos de Villegas


Los blancos de Villegas

De todos los episodios que integran la vasta y heroica tradición de la conquista del Desierto, uno de los más conocidos es el robo de los caballos del coronel Conrado Villegas, que fue relatado por el comandante Manuel Prado en su “Guerra al malón”.  Fue un golpe de audacia ejemplar de los indios, respondido por un acto de arrojo y sacrificio por parte de los soldados fronterizos que conmueve y asombra.  El solo episodio da para una película, tan vivaz y dinámica como la del mejor “western” norteamericano, pero con una ventaja en su favor: es auténtica.

En el año 1874, el general Bartolomé Mitre se había alzado contra el gobierno constituido aduciendo que se había hecho fraude en las elecciones presidenciales.  La Revolución mitrista alzó al interior bonaerense y contaba con el apoyo de estancieros que proveyeron de buen grado sus caballadas.  Pero la revolución fracasó con la derrota sufrida en los campos de La Verde, los revolucionarios depusieron sus armas, y el gobierno les confiscó las caballadas.  Las tropas gubernistas que sofocaron el alzamiento estaban integradas principalmente por efectivos avanzados de la frontera, y sus jefes se repartieron las numerosas caballadas.

El coronel Villegas, Jefe del Regimiento de Caballería Nº 3, había comprendido, tiempo atrás, que no habría victoria posible y duradera sobre los indios si no se contaban con buenos caballos.  Aprovechó entonces y reunió para su regimiento seis mil animales de silla.  De ellos, tras lentas y personales selecciones, se quedó con lo mejor.  Luego, de ese lote apartó 600 pingos blancos, tordillos y bayos claros, destinados exclusivamente a servir como reserva para el combate o para una retirada imprevista.

Villegas transformó a los caballos blancos en una obsesión, y finalmente en un mito.  Recibieron instrucción especial, y eran mejor cuidados que los soldados.  Estos, hasta llegaban a despojarse de su poncho si no tenían manta para cubrirlo en las noches de helada, y resignarse a pasar hambre, en tanto su flete blanco recibía ración de forraje -¡todo un milagro en la precaria economía militar de entonces!.  Cuando los soldados se adaptaron a las posibilidades que por fin tenían al alcance de sus riendas, el 3º de Caballería adquirió fama legendaria, y aún entre los indios se revistió de contornos fantasmales, de leyenda.

La caballería blanca de Villegas caía como un aluvión de nieve sobre las huestes pampas.  Y Villegas y sus hombres, curtidos en todos los extremos del coraje, daban pábulo a los más increíbles actos de heroísmo, validos de la fortaleza que daba semejante montura.  Los blancos de Villegas eran un azote para el indio y un orgullo para los soldados de la frontera.

En la noche del 21 de octubre de 1877, un grupo de indios concibió dar un golpe de audacia al campamento del 3º de Caballería, en Trenque Lauquen: robarle los caballos blancos al coronel Villegas.

Esa noche, como otras, los blancos habían sido encerrados en un corral, a pocas cuadras del campamento.  El corral estaba delimitado únicamente por una zanja bastante profunda y ancha, que las caballadas no podían cruzar.  Ocho soldados, al mando del sargento Francisco Carranza, quedaron comisionados para cuidar la puerta del corral.

La noche era tranquila.  Nada indicaba la proximidad de los indios.  La modorra fue aconándose en los párpados de los rudos hombres de Carranza, y con el primer frescor de la noche quedaron dormidos sobre sus carabinas.

Esta fue la oportunidad aguardada por los indios.  Practicaron un portillo en el fondo del corral, rellenando la zanja.  Con sus ojos, que penetraban la noche más cerrada,  distinguieron en las sombras a las madrinas.  Las tomaron sin que se espantaran, y las fueron sacando de a una.  Tras ellas, dócilmente, siguieron los caballos de cada tropilla.  Así, los seiscientos….

Cuando con la diana, la guardia despertó, se halló con la novedad: ¡Los blancos habían sido robados!….

La palidez con que Villegas recibió la noticia indicó que una tormenta de ira iba a estallar.  Mando buscar al segundo jefe del Regimiento, el mayor Germán Sosa.

La orden fue tajante: armar una dotación de 50 hombres, incluir en ella al sargento Carranza, y en media hora salir en persecución de los indios ladrones.  Si Carranza no se comportaba a la altura de las circunstancias, debía recibir cuatro tiro por la espalda.

Entre los cincuenta individuos había tres cadetes: Prado, Supiche y Villamayor.  Marchaban también el mayor Rafael Solís, el capitán Julio Morosini (el mismo que recibiera, años más tarde, la rendición de Manuel Namuncurá en Fuerte General Roca) y los tenientes Spikerman y Alba.

Se los racionó con una porción de charqui como para cuatro días, y cien balas por hombre.

Villegas los vio partir, con la mirada sombría, desde la puerta del rancho que oficiaba de comandancia, y le dijo al mayor Sosa, cuando pasaba frente a él:

- No se animen a volver sin los blancos.

Marcharon cuatro horas.  Cuando el solazo pampeano del mediodía comenzó a morderles la nuca y el cansancio pesaba como una mochila sobre las espaldas, acamparon a orillas de la laguna Mari Lauquen.

El mayor Sosa dispuso una guardia porque se hallaban ya en territorio dominado por los indígenas.  Durmieron hasta el atardecer, y reanudaron la marcha no bien entró la noche.  A las diez de la mañana del día siguiente, hicieron alto para acampar.

Sosa había marchado silencioso durante toda la noche.  Cuando detuvieron la marcha ya había tomado una resolución.  Llamó a Solís y se la explicó brevemente: continuar esa expedición era conducir el medio centenar de hombres a la muerte, sin beneficio alguno.  Por consiguiente, acamparían.  Luego Sosa saldría durante la noche con el sargento Carranza.  Irían los dos en dereceras a alguna patrulla de indios con la que se trabarían en lucha hasta caer muertos.  A la mañana siguiente, al percibir Solís la ausencia de Sosa y Carranza, debía despachar descubiertas para buscarlos.  Volverían sin encontrarlos, o con sus cadáveres, y entonces Solís debía disponer el regreso al campamento.

En tanto, debía salir ahora con el cabo Pardiñas a reconocer un monte, y un bajo que se hallaban próximos, y en los que Sosa pensaba establecer el campamento desde el que ejecutaría su plan suicida para salvar a sus demás hombres de las iras de Villegas.

Pero estaba de Dios, que Sosa no iría a terminar sus días en las trágicas circunstancias que había elegido.  Media hora más tarde, regresaba el cabo Pardiñas, haciendo señas desde lejos.  El propio mayor Sosa le salió al encuentro.  Dios había puesto en el camino de esos soldados la posibilidad de salvarse, a punta de coraje.

En el monte que desde la distancia Sosa había elegido para acampar, había precisamente unos toldos.  Y en el bajo de la laguna, ¡los caballos blancos robados!…. Con ellos, una gran caballada que pastoreaba sin vigilancia a la vista.

Cambiaron los caballos de marcha por los de reserva en un santiamén.  Y en el silencio más absoluto se acercaron, al paso.  El mayor Solís en tanto, había estado observándolo todo.  La mayoría de los indios de pelea -83 en total-, dormían en los toldos, o jugaba a los naipes.  Con ellos estaban 129 mujeres, niños y ancianos.  Confiados en exceso por la fortuna del golpe dado contra el cuartel de Villegas, no habían puesto custodia; ni siquiera atado sus caballos.  La forma de atacarlos podía ser ésta: Unos veinte hombres debían atropellar hacia el bajo y arrear las caballadas.  El resto cargaría sobre los toldos para aplastar cualquier intento de reacción.  Había que actuar rápidamente para que nadie del grupo pudiera dar aviso a otras tolderías.

El teniente Alba descargó su ataque con los veinte hombres hacia las caballadas.  Solís encabezó la carga a los toldos.  Los caballos blancos, no bien sintieron el ruido familiar de los sables y los gritos de sus antiguos dueños, arremolináronse e hicieron punta hacia el camino y el resto de la caballada los siguió.  Nunca arreo tan grande fue reunido en menos tiempo.

Sosa y Solís redujeron a la impotencia a la indiada.  Cayeron sobre ellos como una centella.  El trompa de órdenes tocó llamada y el pelotón al mando de Alba enderezó con los caballos hacia los toldos.  Mudaron caballos e iniciaron el regreso.


La furia en las lanzas

La retirada se dispuso de inmediato.  Una fina columna de humo elevándose en el horizonte indicaba el peligro.  Era la que había encendido el tropillero de la tolda, el único que alcanzara a escaparse del aluvión mortal del mayor Sosa.  Seguramente estaría llamando a otros indios en su auxilio.  ¡Pero los blancos se habían recuperado!.

La marcha iba a ser lenta.  Había que empujar un arreo importante, y la chusma prisionera.  Por eso, 30 hombres se pusieron detrás de la tropa como escolta.  Y encima de ellos, una nueva orden terrible: matar al animal que se cansara.  Y seguir adelante.

Promediaba la tarde cuando comenzaron a ver, a sus espaldas, los primeros contingentes indígenas, convocados por la llamada de humo.  Para los soldados, el recurso era acercarse lo más posible al campamento, y si era factible, atravesar la famosa zanja de defensa, que mandara construir por esos años el Ministro de Guerra y Marina,  Adolfo Alsina.  Es decir, dar tiempo al Regimiento a que saliera a defenderlos.  Los indios, que también habían comprendido, querían cortar a cualquier precio la marcha.

Caía la tarde cuando una numerosa columna les dio alcance.  Corrían de flanco para interponérseles.  El comandante Prado –que dejó relatado este episodio en su libro “La guerra al malón”- así describe el episodio:

“Nahuel Payun en persona –el capitanejo más valiente de Pincén- nos salía a la cruzada.  Reunió cincuenta o sesenta indios y se precipitó sobre las caballadas, resuelto a dispersarlas.  Antes de llegar tropezó con un  grupo que mandaba Sosa y al pretender desviarse cayó bajo los sables del pelotón de Morosini.  El espectáculo debió ser magnífico, imponente.  Nosotros huyendo en una nube de polvo, mezcladas mujeres y caballos, arreando las chinas y los animales a punta de lanza, gritando como locos, y allá un poco a la izquierda, la fuerza de Morosini, entreverada a sable con el malón, en un infierno de alaridos, en medio del estruendo de las armas, pretendiendo los unos a arrollar al puñado de bravos que se levantaba como inquebrantable barrera, entre el furor del bárbaro y la presa del cristiano; forcejeando los milicos por contener la horda ciega de ira y sedienta de venganza”.

Cuando el ataque fue rechazado, mudaron los caballos.  Y luego apretaron la marcha, ya con desesperación.  Un nuevo ataque fue rechazado.  A medianoche hicieron una hora de alto, y luego continuaron la marcha.  Los indios, en tanto, los seguían a prudente distancia, pero no atinaban a cargarlos nuevamente.

Poco antes de llegar al campamento, Sosa dispuso cambiar caballos.  Los soldados montaron los blancos.  Y así, con grave aire de compadres, como una palpitante masa fantasmal, entraron a Trenque Lauquen.

Marchaban alineados, al tranco.  Y Sosa pasó con la columna, polvorienta y victoriosa, frente a la comandancia.  Desde el vano de la puerta Villegas, con el chambergo sobre la nuca, según su costumbre paisana, los vio pasar.  Silencioso.  Todavía enculado….  Cuentan que estaba tan pálido como sus caballos.  Sin duda presentía que, a pesar de haber sido vengada la audacia de los indios, el episodio del robo de sus blancos correría por toda la pampa como una burla gritada, como el alarido del salvaje golpeándose la boca, como una basureada más, acaso una de las últimas que se permitía la indiada y como tal, todavía más sabrosa…

Fuente


  • Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
  • Nario, Hugo I. – Basuriando al cristiano!
  • Portal www.revisionistas.com.ar
  • Prado, Manuel – La guerra al malón – EUDEBA, Buenos Aires (1960).
  • Todo es Historia – Año II – Nº 14. Junio 1968.
  • Turone, Gabriel O. – El robo de los blancos de Villegas


• Los Blancos de Villegas (video)