Mostrando entradas con la etiqueta línea defensiva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta línea defensiva. Mostrar todas las entradas

sábado, 30 de abril de 2016

Conquista del desierto: La vida en la frontera

La vida de frontera



Regimiento 2 de Caballería


Ustedes que creen que el militar en la frontera pasa una vida napolitana, tendido panza abajo o panza arriba, rascándose la punta de la nariz, no tendrían, para desengañarse, más que asomar la nariz por la frontera en una de esas madrugadas afeitadoras.  Allí verían que el soldado como el oficial son dignos de todo cariño y respeto, y apreciarían la diferencia que hay en dejar la buena cama abrigada y limpia a las nueve de la mañana y salir entre los pobres ponchos al primer vislumbre del día sobre una escarcha tremenda y bajo un rocío glacial.

Allí no hay placeres, no hay dulzuras, no hay nada que pueda halagar el corazón o el espíritu.  Se vive lejos de toda caricia, como un parásito, sin más mañana que la lanza de un indio, ni más ayer que el hambre pasado o continuado.

El perro mismo del campamento es más feliz que el hombre; él duerme siquiera tranquilo cuando el cuerpo necesita reposo, y no hay quien le arranque el bocado de la boca para enviarlo al combate.  Sin enemigo al frente, parece que su vida fuera lo más desconsolada de este mundo, y sin embargo, vive siempre como si tuviera a su frente el ejército más respetable.  Se levanta a la diana, haga el tiempo que haga, limpia sus armas y sus correajes, hace su ejercicio, pasa sus revistas y hace el servicio más penoso y completo.

La alimentación es poca y mala, la leña escasea, el proveedor especula con los estómagos de la tropa, y el sueldo no lo recibe el soldado, sino el pulpero que le fía con vale del oficial y a veinte veces el precio de cada cosa.

En las noches tremendas de junio y julio, cuando el frío hiela los huesos, el servicio de imaginarias y guardias es necesario hacerlo con relevos de cuarto de hora, muchas veces cada diez minutos.  Estando más tiempo, los centinelas morirían de frío.  Esto sin contar con que el traje de invierno es de brin, porque la comisaría ha demorado el envío del uniforme, o porque este se ha quedado en los lodazales del camino.

Parece que no hubiera nada más penoso ni nada más ingrato que el servicio de fronteras, y sin embargo hay algo más terrible aún.  Y este algo es el servicio de fortines, donde hay momentos en que la vida se hace positivamente inaguantable.  Allí va un oficial con cuatro o más soldados, según la importancia del fortín que ha de guarnecer, y pasa un mes o sus dos meses en aquel verdadero presidio, donde no ve más cara humana que la de sus cuatro soldados.

Aquel ranchito mezquino, con un foso por toda defensa y un cañón de señales por todo aparato, es la cárcel de aquel quinteto de seres humanos, condenados por tiempo fijo a pasar una vida completamente animal y peligrosa.  Como los cuerpos de línea son remontados con pampas y vagos, cuando no con criminales, el oficial no tiene confianza en sus cuatro o seis soldados, porque teme que lo asesinen para desertar, y no se atreve a dormir sino a intervalos irregulares y llenos de sobresaltos.  ¡Cuántos desventurados como el ayudante Petit del 3 de Caballería no han sido asesinados durante el sueño por la guarnición del fortín!  Y el mismo sargento o cabo que lo acompaña se alterna para dormir, porque tampoco tiene confianza en su tropa y él sería responsable de la vida de su oficial.

La ración no la recibe durante su estada en el fortín, porque no se la mandan, en razón del mal estado de los caminos o de que no ha habido reses.  Y el oficial se ve en la alternativa durísima de morir de hambre con sus soldados o enviar a éstos para que marchen a bolear algo en el campo, a riesgo de que deserten y lo dejen con la responsabilidad más dura.

Y tiene que velar día y noche por la seguridad de su fortín y sus alrededores, enviando las descubiertas necesarias, porque una sorpresa o un golpe de mano de los indios importaría para él no sólo la pérdida de la vida, sino de su honor y su reputación.  Y hace personalmente el servicio más penoso para estar bien a cubierto de todo peligro.

Las marchas se hacen en la frontera a cuerpo gentil y bajo la inclemencia del tiempo, sea cual fuere.  El soldado de Caballería no conoce lo que es el sibaritismo de una carpa, ni ha experimentado nunca el placer infinito de pasar bajo techo un aguacero.  El sol del día siguiente secará la ropa sobre su cuerpo y estamos del otro lado, aunque una pulmonía se encargue bien pronto de secar la carne sobre sus huesos.  Para eso están en la brecha, y como ellos dicen pintorescamente, ninguno tiene el cuero para negocio.

Todo su equipaje, tanto el oficial como el soldado, está en el recao donde va montado.  Esa es su cama, que tiende indistintamente sobre la laguna o sobre el pajonal; esa es su mesa, en las caronas pica tabaco, con las mantas improvisa un capote, y el freno acomodado sobre los bastos o el lomillo le sirve de la mejor almohada.  Y duerme así bajo la lluvia más torrencial y cubierto sólo por el poncho patrio, como duerme sobre el caballo durante la marcha y apoyado en el cañón de la carabina cuando queda a pie firme.  La cuestión es disminuir un poco la deuda contraída con el sueño, y todas las posiciones son para él igualmente plácidas.

Hace fuego sobre los cañadones, haciendo nadar un pedazo de palo o sosteniendo cualquier pedazo de piedra y es capaz de hacer un churrasco bajo el mismo diluvio universal.  Si se trata de pelear, sonríe alegremente, porque saldrá por un momento de aquella monotonía espantosa.  Atrás del regimiento o escuadrón que marcha, viene la caballada de refresco, que es rodeada en el acto de avistarse el enemigo.  Allí cada soldado y cada oficial toma un caballo sin averiguar las condiciones, y sin tener derecho de elección ensilla y salta en él en pelos y forma atento a la primera voz de mando.  El caballo puede corcovear o hacer lo que quiera por desembarazarse del jinete.  Pero éste, siempre firme y siempre atento, lo domina, lo guía y lo lleva al combate, porque el caballo no ha sido nunca para nuestro soldado el menor inconveniente.

Recordamos entre mil otros, uno de los episodios más curiosos de la vida de frontera.  El Regimiento 2 de Caballería, a órdenes del coronel Lagos, había hecho una persecución al enemigo al extremo de postrar sus caballos.  Y era una lástima que llevando aquél sus caballos igualmente postrados, no pudiera alcanzársele por esta mis causa.  Al pasar por los toldos de Coliqueo, en la Tapera de Díaz (hoy Los Toldos), el coronel pidió a este cacique le facilitara caballos para que mudase el regimiento.  Coliqueo no tuvo inconveniente, e hizo acercar una caballada magnífica y gorda como pocas veces la había tenido.

Alborozados los milicos con aquellos fletes, desensillaron, dejaron allí sus patrios extenuados y empezaron a ensillar los de los indios.  Estos no se prestaban muy gustosos a la operación; pero ¿qué caballo, por brioso que sea, puede resistirse a un soldado de línea?.  Una vez que con más o menos trabajo hubieron ensillado milicos y oficiales, atribuyendo los bríos a la gordura de los caballos, se tocó a caballo y en seguida marcha y galope.  ¡Nunca se hubiera escuchado semejante toque!

Apurados por el rebenque de los soldados, salieron los mancarrones como una manada de diablos, corcoveando el uno, dándose contra el suelo el otro y queriéndose empacar los demás.  Cada pingo salió por un lado como si llevara una gruesa de cohetes a la cola, sin poder guardar la menor formación.  ¡El indio maldito les había hecho ensillar potros, de los cuales los más mansos eran redomones de rienda!.

No era posible recambiar los caballos, porque hubiera sido perder todo el éxito de la operación, y se mandó seguir adelante.  Y aquel regimiento, domando, y sin que hubiera caído un solo soldado, al otro día alcanzaba al enemigo, llevando caballos hechos de los que la tarde anterior eran potros.

Esto es un ligero bosquejo de la vida militar en la frontera, que recomendamos a los que creen que aquellos milicos son unos rascapanzas.

Fuente
Gutiérrez, Eduardo – Croquis y siluetas militares – Ed. Edivérn – Buenos Aires (2005)

jueves, 12 de febrero de 2015

Heroísmo: 21 Sijs contra 10.000 afganos

Las Termópilas de Pakistán: 21 Sijs contra 10.000 afganos
Javier Sanz - Historias de la Historia


Todos conocemos la gesta de las Termópilas donde Leónidas y sus 300 espartanos -además de los 700 tespios y 400 tebanos olvidados- hicieron frente al innumerable ejército de Jerjes -innumerable porque las cifras van desde 100.000 a un millón- pero hubo otra gesta similar que tuvo lugar en el hoy territorio de Pakistán donde 21 sijs hicieron frente a 10.000 pastunes.

De los inicios meramente comerciales de la Compañía Británica de las Indias Orientales, se pasó al control civil y militar de los territorios en los que se establece: India, Birmania, Singapur, Pakistán… Incluso llegó a tener un poderoso ejército formado por 40.000 británicos y 200.000 cipayos (soldados locales hindúes y musulmanes), con potestad para declarar la guerra. Por si fuera poco este expolio económico, se aplicó la ”Doctrina del Lapso“, mediante la cual aquellos territorios cuyo regente fallecía sin un heredero masculino pasaban al control de la Compañía Británica. Pero tras la Rebelión de los Cipayos (1857-1858) todo se desmoronó: todas las posesiones de la Compañía Británica de las Indias Orientales pasaron a manos de la Corona Británica.


Sijs del British Indian Army

Para sofocar esta rebelión, los británicos tiraron del manual de “represión brutal” y, además, tuvieron la suerte de contar con el apoyo de los sijs que aunque en los años cuarenta se habían enfrentado a los británicos en las llamadas guerras Anglo-Sikh, todavía estaban más resentidos por el desprecio de hindúes y musulmanes. Aquella muestra de lealtad sirvió para que el Regimiento Sij ganase prestigio y reconocimiento dentro del British Indian Army y, además, se le reconociesen ciertos privilegios respecto del resto de soldados nativos. Los regimientos sijs fueron utilizados para tareas de seguridad interna y en la protección de las fronteras frente a los pastunes (hoy la frontera entre Pakistán y Afganistán). En agosto de 1897, cinco compañías del 36º Regimiento de Sijs, al mando del Teniente Coronel John Haughton, fueron enviadas para detener las incursiones de los pastunes estableciéndose en las fortificaciones de Fort Lockhart y Fort Gulistan. Aunque situadas a pocos kilómetros de distancia, las dificultades orográficas de la zona impedían la visibilidad de una a otra. Así que, a mitad de camino, se estableció Saragarhi, una torre con una pequeña muralla de piedra y alguna edificación que serviría como centro de comunicaciones entre ambas mediante un heliógrafo (sistema de señales mediante el reflejo de rayos del sol en espejos). La guarnición de Saragarhi estaba compuesta por 21 sijs al mando del sargento Ishar.


Heliógrafo

El 3 y 9 de septiembre de 1897, miles de miembros de las tribus pastunes orakzai y afridi intentaron asaltar Fort Gulistan pero británicos y sijs consiguieron aguantar sin mayor problema. Los pastunes seguían en al zona y un contingente de 10.000 se dirigió a Saragarhi para cortar la comunicación entre ambas fortificaciones y que no pudiesen recibir refuerzos. El 12 de septiembre, y ante la inminente amenaza, Havildar Ishar reunió a todos los hombres para informarles de su situación: 10.000 enemigos se dirigían hacia ellos y John Haughton les había comunicado que no podrían enviar refuerzos. Sabiendo que iban a morir, nadie protestó o intentó huir. A pesar de la brutal diferencia numérica -500 a 1- rechazaron los ataques uno tras otro. Durante todo este tiempo, Gurmukh, el encargado del heliógrafo, estuvo en contacto con Fort Lockhart y Fort Gulistan comunicando cada detalle. Después de siete horas resistiendo, los pastunes lograron derribar una parte de la muralla… la escasez de municiones hizo el resto. Cuando sólo quedaba con vida Gurmukh, emitió este comunicado:

Este es mi último mensaje. Voy a coger mi fusil…
Según fuentes pastunes, se cuenta que al grito de “Bole Así Nihal… Sat Sri Akal” (el grito de guerra sij que se podría traducir, más o menos, por “lo cumpliré… Dios es la verdad última“), Gurmukh mató a más de 20 enemigos antes de caer. Aquellas 7 horas que consiguieron aguantar y el hecho de haber mantenido abiertas las comunicaciones, permitieron a Fort Gulistan recibir los refuerzos de Fort Lockhart y repeler completamente el ataque. Cuando los británicos consiguieron llegar a Saragarhi encontraron los cadáveres de los 21 sijs… y de más de 500 pastunes.


Ruinas de Saragarhi el 14 de septiembre

Los 21 sijs fueron galardonados con la Indian Order of Merit, el más alto galardón otorgado a un soldado del British Indian Army por su valor y sacrificio. En aquel lugar se erigió un monumento al valor de los sijs en el que hay una placa con el nombre de todos los héroes. Además, según la UNESCO, la batalla en Saragarhi es una de las ocho historias de mayor valentía colectiva de la humanidad. El 12 de septiembre es un día de orgullo para los sijs.


martes, 6 de agosto de 2013

PGM: La línea Hindenburg

La “inexpugnable” Línea Hindenburg
Por Rafael Mariotti

La línea Hindenburg era un vasto sistema de defensas en el noreste francés durante la Primera Guerra Mundial. Fue construido por los alemanes durante el invierno de 1916-1917 (diciembre 1916-marzo 1917). La línea se extendía por cerca de 160 kilómetros desde Lens cerca de Arras hasta el río Aisne cerca de Soissons.

La decisión de construir la línea fue tomada por los generales Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff durante las fases finales de la Primera Batalla del Somme. La línea fue construida a lo largo de una saliente en el frente alemán, de tal manera que al retirarse a esta línea, el ejército alemán en realidad estaba acortando su frente. La longitud total del frente se redujo en 50 kilómetros y permitió a los alemanes liberar 13 divisiones del frente y pasarlas a la reserva.

La retirada a la línea comenzó en febrero de 1917, y el territorio entre la vieja línea del frente y la nueva fue devastado a mediada que el ejercito alemán empleaba la táctica de tierra arrasada. Las fortificaciones comprendían casamatas de hormigón y nidos de ametralladoras, densos anillos de alambradas de púas, túneles para el movimiento de tropas, trincheras profundas, reductos y puestos de mando. A una distancia de 1 kilómetro en frente a las fortificaciones existían puestos de vigilancia ligeramente ocupados, que servían como una línea de escaramuzas: retrasando y molestando el avance enemigo.

La línea estaba dividida en cinco sectores, denominados de norte a sur:

Wotan Stellung
Siegfried Stellung
Alberich Stellung
Brunhilde Stellung
Kriemhilde Stellung

De estas, se consideraba como a la más fuerte a la línea Siegfried.

El Alto Mando Alemán consideraba la nueva línea como inexpugnable. Sin embargo fue rota durante la batalla de Cambrai en 1917 por un ejército ingles que incluía tanques, y fue exitosamente atravesada en la Batalla de la Línea Hindenburg durante la Ofensiva Aliada de los Cien Días en septiembre de 1918.


La linea Hindenburg cerca de Bullecurt

La línea Hindenburg en el bosque de Argonne.