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domingo, 7 de mayo de 2017

SGM: Un caso de espionaje en USA

La obra maestra del espionaje alemán 

por J. Edgar Hoover 


En la cubierta de uno de los buques que entran en la bahía de Nueva York, una mañana de Enero de 1940, hay un viajero acodado sobre la barandilla. Acaban de subir el práctico y los encargados del arribo. Uno de ellos, acercándose al viajero cuando nadie los observa, le susurra: 
-«Usted debe ser S.T. Jenkins... Apenas desembarque, vaya directamente al Hotel Belvoir y espere en su cuarto»- 
Ya había caído la noche cuando Jenkins, que llevaba largas horas de espera, oyó que alguien daba vuelta la llave de la puerta que comunicaba con el cuarto contiguo. Aquella se abrió sigilosamente para dar paso a dos agentes del F.B.I. Los tres hombres se estrecharon la mano y Jenkins, que era miembro de la organización, dió este desconcertante informe: 
-«He sido alumno de la escuela de espionaje nazi instalada en la pensión Klopstock en Hamburgo. Mi clase se graduó hace dos semanas. En el discurso de despedida, el Dr. Hugo Sebold, director de la escuela, nos dijo lo siguiente:»-La mayor dificultad con que tropezarán los agentes del Führer en América, será mantenerse en comunicación con nosotros. Los norteamericanos nos están dando mucho que hacer. Pero en breve plazo, lograremos comunicarnos en todo el mundo con entera seguridad. Todavía no puedo explicarles el sistema que emplearemos, pero estén ustedes alertas para descubrir las motas, gran número de motas pequeñísimas. 
-«Me han enviado a los Estados Unidos con órdenes concretas de aguardar. No me han dicho nada más»- concluyó Jenkins. 
Hasta aquel entonces, habíamos contrarrestado las maniobras del espionaje japonés y alemán, gracias al incesante descubrimiento de todas las nuevas técnicas de comunicación que pusieron en práctica. Esta fue una de las causas de que no ocurrieran, dentro de los Estados Unidos, catástrofes como la de «Black Tom» (1), durante la Primera Guerra Mundial. 
Habíamos identificado a los corresponsales nazis y japoneses, rastreado sus cartas, descifrado sus claves, resuelto el misterio de sus tintas «simpáticas» (2) y dado con los escondrijos de sus transmisores de radio, con los cuales habíamos logrado, a veces, transmitir noticias que el enemigo creyó enviada por sus propios agentes. En una ocasión, quitamos del bolsillo a un espía, una cajita de fósforos. Cuatro de estos, que en nada parecían diferenciarse de los demás, eran, en realidad, lápices diminutos para escritura invisible. Asimismo, descubrimos cartas fotografiadas en micropelículas que venían enrolladas bajo el hilo de seda de un carrete o cosidas en el lomo de una revista. Una de estas micropelículas estaba dentro de una pluma fuente (lapicera estilográfica), que fue necesario romper para sacarla. En la costa del Atlántico, desembarcaron ocho saboteadores cuyos pañuelos de bolsillo contenían, escrita en tinta invisible, una lista de simpatizantes nazis en los Estados Unidos, preparada por el alto mando alemán. Del tacón de caucho del zapato de otro agente enemigo, sacamos la reproducción fotográfica del plano de cierto mecanismo destinado a eludir el ataque de los submarinos. Habíamos descubierto estas maquinaciones y muchas otras, pero... ¿qué querría decir eso de «motas, gran número de motas pequeñísimas»? 
La primera medida fue llamar a un joven físico que había realizado, en nuestros laboratorios, notables trabajos sobre microfotografía de color. Se le encargó hacer ciertos experimentos, en base al significado que nos figurábamos pudiera tener la afirmación de Sebold. Entretanto, hasta el último agente buscaba febrilmente una huella que revelase la existencia de las hasta entonces inhallables motitas. 
Un día de Agosto de 1941 llegó a los Estados Unidos, procedente de los Balcanes, cierto individuo, hijo disoluto de un padre millonario. Existían razones para sospechar que pudiera ser agente alemán y, en consecuencia, examinamos con minucioso cuidado sus efectos personales, desde el cepillo de dientes a los zapatos, sin olvidar la ropa y los papeles. Observando uno de los sobres del joven viajero, uno de nuestros agentes de laboratorio vio algo que brillaba cuando la luz se proyectaba oblicuamente sobre el papel. Una motita había despedido un reflejo. Era una motita, un punto final en la parte anterior del sobre. Una partícula negra no mayor que la cabeza de un alfiler. Con infinita precaución, el agente introdujo la punta de una aguja en el borde del círculo negro y desprendió la mota. Era una partícula de materia extraña, incrustada en la fibra de papel y que parecía un punto escrito a máquina. Ampliado 200 veces en el microscopio, resultó ser la fotografía de toda una página mecanografiada, una carta de espionaje, cuyo texto nos dejó pasmados: 

«Existen razones para creer que los trabajos científicos de los Estados Unidos para la utilización de energía atómica están haciendo algunos progresos, debidos en parte al empleo del helio. Necesitamos informes continuos sobre los experimentos hechos en el asunto y más en particular sobre estos puntos: 
1 - ¿Qué procedimiento se emplea en los Estados Unidos para transportar el uranio? 
2 - ¿Dónde se están haciendo los experimentos con uranio (universidades, laboratorios industriales, etc.)? 
3 - ¿Qué otras materias primas se utilizan en esos experimentos? Confíese este trabajo solamente a los mejores peritos». 
 
¡Por fin habíamos descubierto las motitas! El servicio de espionaje alemán había encontrado la manera de fotografiar una carta normal en reducidísimo espacio. Aquello era precisamente lo que habíamos sospechado. En nuestros laboratorios habíamos logrado obtener fotografías muy pequeñas; pero el éxito sólo era completo en teoría por falta de la emulsión que los alemanes habían conseguido perfeccionar. El mecanismo productor de las motas microscópicas era increíblemente ingenioso y eficaz. Falsificaba con la mayor perfección un punto de mecanografía. El joven agente traía en su bolsillo cuatro impresos telegráficos en blanco, en los cuales había once puntos que eran otras tantas liliputienses órdenes de espionaje. ¡Pegada debajo de un sello de correos, encontramos una pequeñísima tira de película, con la reproducción de 25 cartas de una página, escritas a máquina! Entonces supimos que el espía balcánico tenía órdenes de hacer indagaciones, no sólo sobre nuestros trabajos relativos a la energía atómica, sino de informar cuál era la producción mensual de aviones, qué número de ellos se enviaban a Gran Bretaña, Canadá y Australia, y cuántos pilotos norteamericanos estaban recibiendo instrucción. Sometido a interrogatorio, respondió con afable cortesía y, cuando vió que conocíamos el secreto de las motitas, hizo prolijas declaraciones. 
Había estudiado bajo la dirección del famoso profesor Zapp, inventor del sistema de motas microscópicas, en la Escuela de Altos Estudios de Dresden. Las órdenes de espionaje comenzaban por escribirse a máquina en hojas cuadradas de papel y luego se fotografiaban con una cámara miniatura de alta precisión. Esta primera reducción tenía el tamaño de un sello de correos. Luego, volvía a fotografiarse, en esta oportunidad, a través de un microscopio invertido. La imagen, infinitamente pequeña, se fijaba en una placa de vidrio cubierta por una gruesa capa de la emulsión secreta. Una vez obtenido el negativo se pintaba con colodión para poder quitar libremente la emulsión del cristal. El técnico recurría, entonces, a una curiosa adaptación de la aguja hipodérmica con la punta cortada y los bordes del orificio afilados. Este orificio se aplicaba después a la micromota, como un pastelero aplica moldes a la masa, y la motita quedaba desprendida. A continuación, se raspaba ligeramente con una aguja el lugar de la carta donde iba a colocarse la mota, levantando minúsculas fibras de papel. El émbolo de la jeringa servía para impulsar e incrustar la mota en la urdimbre. Con otra aguja muy pequeña se colocaban las fibras levantadas sobre la mota y, finalmente, se daba una pincelada de colodión para fijar las fibras de papel. 
Más adelante, Zapp simplificó mucho su invento y casi todas estas operaciones se hacían mecánicamente en un armarito del tamaño de un cajón de escritorio. Estas máquinas se fabricaron en cantidades considerables y fueron enviadas a los agentes de América de Sur. También se les hacían envíos de la emulsión a intervalos regulares. Los agentes nazis en Hispanoamérica disponían de un ingenioso microscopio plegable para leer las misivas. No sé si podremos revelar alguna vez el método de que nos valimos para descubrir e interceptar centenares de mensajes en micromotas. Gracias a su estudio constante pudimos seguir las intrigas de diversos agentes que se informaban del movimiento de barcos en el Canal de Panamá, el mal estado de una de las exclusas y la extensión de los daños sufridos en los depósitos de gasolina norteamericanos a consecuencia del ataque a Pearl Harbor. Berlín pedía con urgencia nuevos detalles. Uno de los espías que sometimos a registro llevaba un telefonema, al parecer inocente, en arrugado papel de la oficina telefónica de cierto hotel. Pero la parte impresa del telefonema tenía dos puntos que, una vez ampliados, se descubrió que contenían varios mensajes, entre los cuales se hallaba el siguiente: 

«Estas órdenes son especiales. Se nos informa que los Estados Unidos están fabricando una pólvora de cartucho que es prácticamente sin humo y despide escasa llama en la boca del arma. Deseamos nuevos detalles sobre el color de la llama, el color del humo y, si es posible, la composición de la pólvora» 

También los japoneses hacían uso de las motas. El 12 de Febrero de 1942, la mota número 90 de una serie que habíamos estado observando, convenientemente incrustada en el sobre de una carta enviada a cierta dirección en Brasil, contenía un mensaje de Tokio al agregado naval de una embajada en Sudamérica, que decía así: 

«Si la comunicación con Q. fuese imposible, envíe a I. o a un representante a la Argentina, para establecer comunicación con el agregado naval de dicho país». 

Q. era un conocido espía naval japonés. El secreto de las micromotas dio la clave para detener a muchos espías y deshacer varias de sus organizaciones. Cierto mensaje secreto, mencionó casualmente el nombre de una señora residente en Madrid. Realizamos una investigación en nuestros voluminosos archivos y encontramos que la señora en cuestión había hecho, hacía algunos años, un giro cablegráfico a un hombre que vivía en los Estados Unidos. Buscamos al hombre y averiguamos que vivía en Washington, sin ocupación conocida y que, tiempo atrás, había tenido muchas atenciones con una señorita norteamericana. Posteriormente, la señorita ingresó en el Ejército y se hallaba, a la sazón, sirviendo en la Costa del Pacífico. El Ejército nos prestó su acostumbrada cooperación y la joven fue destinada a Washington. Un cuarto de hora después de su llegada entraba en nuestras oficinas. Cuando le preguntamos si conocía bien al hombre en cuestión, manifestó que hubo un tiempo en que recibió de él muchas atenciones, pero que, habiéndosele hecho antipático por su actitud turbada y misteriosa, dejó que se enfriaran las relaciones. Entonces le planteamos francamente el problema. Necesitábamos que alguien nos hiciese conocer los pensamientos íntimos de aquel hombre y pensábamos que tal vez ella, que pertenecía a las fuerzas armadas, quisiera prestarse a sondearlo y descubrir si se trataba de un enemigo. Nos dió su asentimiento y combinamos el encuentro «casual», en plena calle, de la muchacha con su admirador. Cayó éste en la trampa y se mostró encantado de ver nuevamente a su amiga que, al mes, desempeñaba a la perfección el papel de Dalila. El admirador resultó ser un espía que, creyéndose intensamente amado, habló a la «novia» de sus trabajos de espionaje y le propuso que fuera su cómplice. Actualmente está pagando con varios años de cárcel la indiscreción a que le condujo su crédula vanidad. Este suceso da la pauta de nuestro modo de operar. Tenemos que estar al acecho de que el enemigo caiga en un descuido. El enamorado de Washington nunca debió mencionar el nombre de la dama de Madrid en la carta secreta que fue el principio de su ruina. 
El ardid más importante que conseguimos desbaratar, gracias a las micromotas, fue urdido en un país sudamericano, donde habíamos estado encontrando cartas escritas por toda clase de personas, e invariablemente cargadas de motitas para Berlín. Cartas de amor, de familia, de comercio, todas ellas de aspecto inofensivo, pero que contenían mensajes secretos. Las cartas escritas a mano eran de diversos tipos de letra y las mecanografiadas procedían de máquinas diferentes, pero las motitas que llevaban estaban hechas por las mismas máquinas. Procedían, por consiguiente, de una sola organización. Por fin llegó un día en que las autoridades sudamericanas, auxiliadas por nuestros agentes, consiguieron detener en tiendas, fábricas y talleres de bastantes ciudades, a los miembros de una numerosa organización de espionaje nazi. 
Todas estas sorpresas no pasan de ser muestras de los proyectos enemigos que desbaratamos, gracias a la información de las motitas, que nos proporcionó un agente colocado en las mismas narices del Dr. Sebold. 


Fuente: Historias Secretas de la Última Guerra. 

Notas: 
(1) En agosto de 1914, concluyó la inmigración a América por razones de «seguridad nacional». La Isla Ellis, donde se encuentra emplazada la Estatua de la Libertad, se transformó en el lugar de residencia de aquellos a quienes no se les permitió el ingreso a los Estados Unidos, pero tampoco se admitió la posibilidad de que pudieran regresar a sus países de origen. La isla se transformó en una suerte de «internado obligatorio». Entre otros, marinos alemanes y gran cantidad de personas sospechosas de ser espías. 





El 30 de julio de 1916, toda construcción y habitantes en la Isla Ellis estuvieron cerca de desaparecer. Un área de carga del ferrocarril, localizada en el puerto de Nueva Jersey, a unos pocos cientos de metros de la Isla de Ellis y de la Estatua, llamada Black Tom Wharf fue objeto de un sabotaje. Aproximadamente a las 2,00 hs. de la madrugada, 14 lanchas cargadas de dinamita y municiones fueron detonadas en dos atentados consecutivos, con efectos en unas 90 millas a la redonda. Nunca pudieron descubrir a los saboteadores. 

(2) Las tintas llamadas «simpáticas» son tintas invisibles que sirven para escribir sobre papel, generalmente entre las líneas de la escritura normal, y se emplean para redactar mensajes secretos, que aparecen a la vista únicamente por la aplicación de un reactivo químico.

jueves, 27 de abril de 2017

SGM: La red Gehlen (Parte 1)

La Red Gehlen 

(Primera Parte) 

«La esencia de los servicios secretos, aparte de la obligación de conocer el máximo de los hechos, consiste en saber discernir las tendencias históricas pasadas y prever su evolución futura.»
Reinhardt Gehlen
 


Reinhardt Gehlen 
 

Berna: Enero de 1972. Una lluvia helada me acoge al bajar del avión que me trae de París. Al dirigirme al centro de la capital helvética, intento imaginarme cómo va a desarrollarse mi entrevista con este hombre que, veintiocho años después de la caída del Reich, ha aceptado finalmente hablar... Retrocedo mentalmente en el tiempo. Pienso en ese notorio mes de Mayo de 1945. ¿Cuál fue la reacción de Erich Sauber, el hombre que vengo a ver, al enterarse de la muerte de su Führer y de la rendición de su país? ¿Qué va a revelarme sobre la desaparición de los fieles servidores del régimen nazi, sobre los falsos suicidas y sobre la caza de los criminales de guerra organizada por los aliados, sobre la «extraordinaria reconversión» de algunos de ellos? Es la primera vez que voy a encontrarme con Erich Sauber, este antiguo adjunto de Walter Schellenberg. 

Walter Schellenberg 
 
Estrechamente ligado a todos los contactos que se establecieron entre ciertos jefes nazis y los aliados durante los últimos meses de la guerra, Sauber participó especialmente en las primeras conversaciones con los servicios secretos suizos y, por medio de ellos, con el norteamericano Allen Welsh Dulles, por ese entonces, jefe de la O.S.S. (Office of Strategic Services - Oficina de Servicios Estratégicos), en Berna, Suiza. 

Allen Welsh Dulles 
 
Schellenberg, jefe de los servicios de contraespionaje del R.S.H.A. (Reichssicherheitshauptamt – Oficina Central de Seguridad del Reich), quería proteger sus relaciones con la Abwehr, servicio de contraespionaje que reportaba directamente al O.K.W. (Oberkommando der Wehrmacht - Estado Mayor de las Fuerzas Armadas), dirigido durante mucho tiempo por el almirante Wilhelm Walter Canaris. 

Almirante Canaris 
 
Erich Sauber ha sido, también, testigo de las horas críticas de la Abwehr y de la caída de Canaris. El sucesor de Canaris, después de la guerra, Reinhardt Gehlen, no le es desconocido. Se ha encontrado con él a menudo, mucho antes de que ocupara sus altas funciones para los aliados y para el gobierno de Bonn. Gehlen ha sido siempre un funcionario brillante y eficaz. Se mantenía a la sombra de Canaris y esperaba su suerte. El nombre de Gehlen aparece a menudo en la correspondencia que he intercambiado con Erich Sauber a lo largo de estos últimos meses. Sauber no me ha ocultado la fascinación que ejercía sobre él, en la época, el joven coronel. Su testimonio es uno de los más sinceros y también de los más sorprendentes que he oído, durante esta encuesta, sobre una de las redes de inteligencia nazi: la Red Gehlen. 
Erich Sauber empieza su narración. Habla muy lentamente, sopesando cada palabra. Intenta acordarse con exactitud de lo que pasó hace casi treinta años. «Hace tanto tiempo», me dice a lo largo de la conversación. Le pregunto si conocía bien a Reinhardt Gehlen. –Si usted quiere decir con eso: «¿Era usted amigo de Gehlen?», puedo contestarle sin vacilar: no. Y nadie, que yo sepa, en mi medio de contraespionaje, puede enorgullecerse de haberlo sido. Era muy frío. Las relaciones con él se limitaban a las cuestiones estrictas del servicio. Me intimidaba mucho y estaba deslumbrado por su brillante capacidad de síntesis. Con él ningún problema era insuperable. En esa época yo trabajaba en el fichero central del Amt VI (seguridad exterior) del R.S.H.A. Gehlen dependía de la Abwehr, es decir, de los servicios de información del estado mayor general. Por eso estaba directamente a las órdenes del almirante Canaris. Las tensiones entre el R.S.H.A. y la Abwehr, entre Canaris y Himmler, creaban una competencia cerrada entre los agentes de ambas organizaciones. Himmler se volvía loco de rabia cada vez que la Abwehr lograba una operación exitosa. El habría deseado que los dos servicios se fusionaran y se pusieran bajo su dirección, ¡por supuesto! Nos prohibía todo contacto con los colaboradores de Canaris. Yo tenía algunos amigos que trabajaban en la Abwehr. Me acuerdo de una historia que estuvo a punto de provocar mi traslado al frente ruso. Conocía desde hacía tiempo a un oficial superior de la Abwehr. Una noche nos reunimos en un restaurante berlinés para cenar. De repente, reconocí en una mesa vecina a uno de los «soplones» de Heydrich, el teniente de Himmler. Dos días más tarde fui convocado al despacho del Reichsführer. Recorría la habitación completamente encolerizado. ¡Me hizo sufrir un interrogatorio en regla sobre mis relaciones con este oficial y terminó acusándome de develar secretos del servicio! Le cito este ejemplo para demostrarle hasta qué punto eran tensas las relaciones entre los dos servicios. En 1944, después del atentado del 20 de Julio contra Hitler, Himmler, con razón o sin ella, pensó que podría sacar partido de la situación. El almirante Canaris fue, de este modo, una de las víctimas de la gran purga que diezmó al estado mayor alemán, fue incluso acusado falsamente de colaboración con el enemigo. Ya sabe usted lo que le ocurrió a Canaris. Después de su destitución, su servicio fue reorganizado y más tarde integrado al R.S.H.A. Himmler triunfaba. Mi despacho, el Amt VI, absorbió al servicio de información de la Abwehr. Entonces veía más a menudo a Reinhardt Gehlen. Tenía cuarenta y dos años. Era coronel responsable del F.H.O (Fremde Heere Ost – Armadas Extranjeras del Este), el servicio de espionaje y contraespionaje dirigido contra la Unión Soviética- 
-A partir del momento en que la derrota de Alemania parecía inminente, la actitud de Gehlen debió cambiar sin duda- le pregunto. 

Reinhardt Gehlen 
 
-Gehlen había previsto indudablemente esta eventualidad –responde Erich Sauber-. Gehlen había sido siempre de un anticomunismo virulento. Todas sus acciones contra la Unión Soviética eran cuidadosamente preparadas. Daba siempre la impresión de que estaba saldando una antigua cuenta con los rusos. El odio de Gehlen contra este régimen era muy profundo. Un día me confió que estaba convencido de que íbamos a perder la guerra. Me sorprendió mucho que Gehlen me participara su pesimismo de esta manera. «Estoy al corriente de todos los trámites iniciados por nuestros dirigentes para salvar el pellejo –insistió Gehlen-. ¿Por qué el Reichsführer S.S. Himmler se ve tan a menudo con el conde Bernadotte? ¿Sabe usted que Kaltenbrunner se sirve del Sturmbannführer Wilhem Höttl como mediador con los norteamericanos, y que nuestro Reichsmarschall Hermann Goering busca el modo de entrar en contacto con los ingleses? No creo decirle nada nuevo, ¿no es verdad Sauber? Usted es sin duda una de las personas mejor informadas dentro de este servicio. Y usted ha participado de conversaciones con los suizos con conocimiento y por indicación de Schellenberg». Gehlen no ignoraba nada de las tentativas hechas por nuestros dirigentes para ponerse en contacto con los norteamericanos y los ingleses. Me pregunto cómo podía estar tan bien informado de todos estos tratos secretos. Yo no había hablado a nadie de mi misión y estaba seguro que Schellenberg tampoco. A finales de Febrero –continúa Sauber- Gehlen había enviado al teniente coronel Gerhard Wessel, que en aquella época era responsable de una de las secciones del F.H.O., a Bad Reichenhall con una parte de los archivos. Había instalado allí un despacho que fue incluso adherido al cuartel general del grupo de ejércitos del Sur. Supongo que los documentos importantes no se encontraban en Bad Reichenhall, pero este despacho era una buena tapadera. Así Gehlen tenía las manos libres para poder esconder sus expedientes en otra parte- 

Bad Reichenhall 
 
Sauber se detiene unos instantes; después me confía las confidencias que le ha hecho Gehlen sobre la manera como él preveía la posguerra. 
-A partir del mes de Abril –continúa Sauber-, nuestros servicios estaban completamente desorganizados. Las órdenes y contraórdenes se sucedían a un ritmo infernal. La última vez que he visto a Gehlen fue durante la primera semana de Abril: «Dentro de poco seremos detenidos por los aliados –me dijo-. ¿Ha pensado ya usted en lo que puede ocurrirnos entonces, Sauber? Yo, sí. Quiero una rendición honorable y tengo un instrumento formidable que ofrecerles. Es absolutamente necesario que me entregue a los americanos. Tengo un plan dispuesto para la posguerra. Sauber, si tiene problemas con los aliados, piense en mí. Quizá podría ayudarle». –No sabía bien lo que quería decir. ¿Cuál era este plan? El instrumento era evidentemente su servicio de información sobre la U.R.S.S. y comprendía que esto pudiera interesar enormemente a los norteamericanos. ¿Pero esto era lo que él llamaba una «rendición honorable»? ¡Vender sus servicios a los norteamericanos! Sobre todo no veía de qué modo podría ayudarme. Antes de salir de mi despacho dijo: «Intente de todos modos evitar a los rusos, Sauber. ¡Podría arriesgarme a no volver a verle!» Tres días después supe que Gehlen había sido relevado del mando del F.H.O. y había sido jubilado. Era el 10 de Abril- 
En realidad, el viejo corso que es Reinhardt Gehlen no ha esperado al 10 de Abril para comenzar su plan de repliegue. «Lo más tarde a mediados de 1944 –refiere el historiador alemán Jürgen Thorwald-, Gehlen ha comenzado a reunir los informes, actas, estudios y archivos sobre la Unión Soviética en sus expedientes particulares y a ocultarlos en distintos lugares de los Alpes bávaros. De este modo, los archivos del servicio F.H.O. no pueden ser destruidos nunca». El 4 de Abril de 1945 tiene lugar en Bad Elster, en Sajonia, la última puesta a punto entre Gehlen y dos de sus ayudantes, Wessel y Baun. 

Bad Elster 
 
 
La cita ha sido concertada en el Kurhous Hotel. Los tres hombres se registran con nombres falsos. Las bases de la futura organización alemana de espionaje se van a establecer en una modesta habitación de hotel. De este modo, Wessel se encargará, junto con Gehlen, de asegurar el personal y los archivos del F.H.O. en la Alpenfestung (la Fortaleza Alpina). 

Alpenfestung 
 
Allí esperarán la llegada de los norteamericanos. Baun debe continuar ocupándose de los grupos Walli (nombre en código de los oficiales de información encargados de la «recuperación» de los prisioneros rusos y de la instalación de antenas de radio en la U.R.S.S., cuyos operadores eran desertores de la armada soviética), que él había dirigido sucesivamente para la Abwehr y para el R.S.H.A. Baun propone a Gehlen cortar temporalmente el contacto con los hombres de la armada Vlassov (general de la armada soviética, hecho prisionero por los alemanes en Mayo de 1942), que trabajaban en Moscú y en los estados mayores militares soviéticos. Gehlen le pide dar las órdenes para que todos los agentes diseminados en Silesia y entre el Oder y el Elba recorran los Alpes bávaros. En los días siguientes a esta conferencia secreta, reina una intensa actividad en los servicios de Gehlen. Se queman toneladas de papel, todos los documentos importantes son pasados a microfilmes en triple ejemplar y después colocados en cajas de hierro. Una de las series es enviada a Naumburgo en Turingia, y ocultada en casa de unos amigos de la familia Gehlen. Wessel vuelve a su despacho en Bad Reichenhall y Baun se instala en Baden. El 10 de Abril, el jefe del servicio F.H.O. dicta las últimas instrucciones a sus subordinados. Algunos reciben simplemente la orden de rendirse en el frente Oeste y de hacerse tranquilamente prisioneros de los americanos. A sus colaboradores más próximos les recomienda no decir nada, una vez hechos prisioneros. Al mismo tiempo, el servicio se valía de una particular «hecatombe». Comunicaciones de «fallecimientos» legan a los domicilios de algunos agentes de Gehlen, anunciando a sus familias que han muerto «por el Führer, el pueblo y la patria». Un complejo sistema de pistas es puesto a punto por Gehlen para poder tomar contacto con sus colaboradores prisioneros o «muertos». Establece un código especial de palabras y mensajes cifrados. Wessel se convierte en «W», Gehlen ofrece una «X», a Baun se le denomina «Y». Termina así la ejecución de la primera fase de su plan. 
Se trata ahora de salvaguardar al estado mayor del F.H.O., los archivos y a su propio jefe. Desde hace varias semanas, Gehlen ha escogido su lugar de refugio. En un principio, ha pensado que llegar al reducto alpino sería empeorar las cosas. Pero se ha dado cuenta en seguida de que la campaña de intoxicación llevada a cabo por los servicios de propaganda de Goebbels y el R.S.H.A., iba a ayudarle considerablemente. Porque, al hacer pasar el reducto alpino por una fortaleza inexpugnable, Goebbels va a transformar la estrategia militar norteamericana. Esta falsa noticia es, además, confirmada por los rusos, que piensan de este modo desviar de Berlín a las fuerzas norteamericanas. Estas van a dar máxima prioridad al reducto alpino. De este modo, Gehlen, al refugiarse en esta región, tiene garantizado el caer en sus manos. Todo el estado mayor del F.H.O. inicia entonces el largo trayecto que debe llevarle al refugio secreto. Para más seguridad, los oficiales se dividen en tres grupos y deciden llegar separadamente a la Alpenfestung. Gehlen y su familia forman parte del primer grupo y llevan con ellos los archivos que han ido a buscar a Naumburgo. El viaje se efectúa en condiciones deplorables: las carreteras están sobrecargadas de convoyes militares y de columnas de refugiados que huyen ante el avance del Ejército Rojo, y los bombardeos son continuos. El grupo, de hecho, corre un peligro muchos más grave, el de ser detenido por las patrullas S.S. En efecto, unos días antes, Hitler ha nombrado al almirante Doenitz como comandante en jefe de la zona norte, y ha ordenado a todos los oficiales que abandonan Berlín que se dirijan con sus hombres a Flensburg, donde se encuentra el cuartel general de Doenitz. Esta orden se aplica, naturalmente, también al estado mayor del F.H.O. Si Gehlen y sus hombres son detenidos en la carretera que lleva al Sur, les será difícil dar una explicación aceptable, y se arriesgan a ser fusilados por deserción. 
«En las orillas del Lena –refiere Gehlen en sus Memorias- dos camiones escaparon milagrosamente a una incursión aérea y más tarde, por la noche, fueron detenidos en Hof por elementos de las S.S., que los obligaron a entrar en un caserón: los S.S. deseaban examinar sus documentos. Este incidente exponía a los hombres a un peligro más grande que los bombardeos. Afortunadamente, los dos conductores, de los cuales uno era hijo de mi colaborador el mayor Baun, encontraron una verja sin el cerrojo por la que ellos pudieron escapar con los vehículos. Dejaron a mi familia en casa de unos amigos cerca de Cham y siguieron su camino hacia el Sur, hasta Bad Reichenhall, donde estaba replegado la mayor parte de mi servicio». 
Aquí, Wessel y algunos de sus oficiales se dispusieron a ayudar a Gehlen a ocultar las cajas. Decide distribuirlas en tres partes: una es depositada en Reit-in-Winkel, al sur del lago Chiem; la segunda en Wildermohalm, cerca de Kufstein; y la última se oculta en las montañas junto al pequeño pueblo de Valepp. Se da la orden de dispersión a Miesbach. Es preciso evitar a toda costa llamar la atención, porque Miesbach y sus alrededores, están llenos de oficiales nazis y S.S. Gehlen juzga preferible no permanecer personalmente en este lugar. Da la orden a treinta y ocho de sus oficiales de buscar un alojamiento cerca de ella y esperar su aviso. Sus hombres se dispersan por los pueblos vecinos: Achliersee, Fischhausen y Losefsthal. 
 
Acompañado de nueve de sus más fieles colaboradores, entre los que se encuentran tres jóvenes secretarias, Gehlen abandona Miesbach con los documentos ultrasecretos del F.H.O. Todos los hombres van vestidos como auténticos montañeses. Las cajas son llevadas en carretillas a lo largo de los senderos forestales. El ascenso les lleva varias horas. Finalmente, a la salida del bosque, llegan ante una gran explanada de nieve. En medio de una pendiente poco acentuada, Gehlen y sus compañeros descubren un pequeño chalet. El paraje lleva un nombre siniestro: Elendsalm, el «Pasto de la Miseria». Al anochecer, los hombres entierran profundamente las cajas en el límite del bosque. Gehlen está satisfecho. Tiene en su poder documentos de tal importancia que puede enfrentarse tranquilamente con el porvenir. 
«Para el éxito de nuestro plan –dice Gehlen en sus Memorias- era indispensable no dejarnos atrapar demasiado pronto. Una parte de nuestro grupo se iba todas las mañanas, al amanecer, a lo alto de la montaña, mientras que las tres chicas y dos de mis oficiales heridos se quedaban abajo resguardando el chalet. Escalábamos generalmente hasta la cresta del Auer y montábamos allí la tienda, en terreno cubierto parcialmente por los árboles. Pasábamos la jornada contemplando el paisaje y observando los primeros signos de vegetación que surgían poco a poco de la nieve. Al atardecer bajábamos y, antes de llegar al refugio, nos asegurábamos que nuestros compañeros habían colgado el mantel en un alambre para indicarnos que no había peligro». Gehlen teme mucho más las acciones de los grupos S.S. que a las tropas regulares aliadas. El 28 de Abril escucha por la radio que el Ejército Rojo ha entrado en Berlín. Al día siguiente se entera por uno de sus oficiales de reserva, Weck, que los americanos están en Munich y que han abierto las puertas del campo de concentración de Dachau. El 1º de Mayo la radio anuncia la muerte del Führer. Gehlen está cada vez más nervioso. Los S.S. rondan las montañas. «Weck no había permanecido inactivo –cuenta-. Gracias al Servicio de Aguas y Bosques de la región, había conseguido la llave de un refugio casi inaccesible, cerca de la cumbre del Maroldschneid. 

 


Era la tercera semana de Mayo. Consideré que había llegado el momento de pasar a la acción, de bajar al valle y de entregarse a la unidad americana más próxima. Los padres de uno de mis colaboradores, el mayor Schoeller, vivían en Fischausen, a orillas del Schliersee. Nos propuso pasar en su casa las vacaciones de Semana Santa, antes de entregarnos a los norteamericanos. No queríamos ser capturados: deseábamos entregarnos voluntariamente, y esto es lo que hicimos». 
En la mañana del 19 de Mayo, Gehlen y cuatro de sus oficiales bajan al valle. El día anterior, por la noche, han descosido las insignias de su graduación, se han quitado sus pantalones con franjas rojas –distintivo exclusivo de los oficiales del estado mayor general- y se han vestido con uniformes ordinarios de combate, de tal forma que ya no se distinguen de los miembros del ejército alemán que se repliegan hacia el Este. Tres días más tarde se entregan a los americanos. En una Alemania en plena derrota, Gehlen, con un orden perfecto, ha llevado a cabo su plan hasta el final. 
Reinhardt Gehlen ha dejado una parte de su equipo en el «Pasto de la Miseria» para recibir los mensajes de radio de los otros miembros del servicio. Ahora que su jefe ya no está con ellos, la vigilancia alrededor del chalet puede relajarse. Los oficiales del F.H.O. no desconfían de los montañeses, y menos aún de los pastores que ven pasar de vez en cuando. Uno de ellos, sin embargo, va a denunciarles. Rudi Kreidl sospecha mucho, en efecto, de esos hombres que le han dicho un día que son investigadores científicos. Los ha visto enterrar uniformes e insignias nazis. No le gustan nada los nazis. Mutilado de guerra, no perdona a Hitler el haber llevado a Alemania a un conflicto tan largo y tan mortífero. 

sábado, 22 de abril de 2017

GCE: Kim Philby, el agente doble con misión de matar a Franco

El mejor agente doble solo falló una misión: asesinar a Franco
Enrique Bocanegra gana el premio Comillas de biografía con la primera investigación sobre Kim Philby en la Guerra Civil española

GUILLERMO ALTARES - El País



A la derecha de la imagen, Philby herido durante la Guerra Civil.

Kim Philby, un inglés de clase alta, estudiante de Cambridge, renunció a todo para convertirse en un agente soviético en los años treinta. Una de las primeras misiones que recibió fue viajar a España durante la Guerra Civil y, utilizando la tapadera de periodista en el bando fascista, asesinar a Franco. No se sabe por qué nunca llevó a cabo esta misión, ni siquiera si llegó a recibir la orden, sólo que Franco sobrevivió al conflicto y que Philby se convertiría en el mejor agente doble de todos los tiempos, también en el topo más dañino que haya tenido nunca el servicio secreto exterior británico, el MI6. El periodista Enrique Bocanegra (Sevilla, 1973) ha rastreado durante cuatro años todos los documentos posibles para tratar de seguir los pasos de este espía en España, un territorio que sus biógrafos apenas habían explorado hasta ahora. Su ensayo, titulado Un espía en la trinchera. Kim Philby en la Guerra Civil española, ha recibido el premio Comillas de historia y biografía, que otorga la editorial Tusquets, y saldrá a la venta este martes.


"No sabemos lo que pasó", explica Bocanegra en una cafetería madrileña cerca de la Academia de Cine, donde trabaja desde hace diez años como coordinador de actividades culturales. "Sabemos que a principios de marzo de 1937, el controlador de Philby en Londres recibió la orden de enviar a alguien a España para espiar en el bando nacional, sobre todo la actividad de los militares alemanes e italianos; pero también debía matar a Franco. ¿Tenía Philby la capacidad para cometer el magnicidio? No había recibido ningún entrenamiento militar, no sabía manejar un arma, además de toda la protección que rodeaba a Franco", prosigue. No se sabe si lo intentó y no pudo; si no se atrevió o si, como sospecha el autor, nunca llegó a recibir la orden. Es uno de los muchos puntos oscuros del paso de Philby por España.

Mientras que en Inglaterra pudo encontrar muchos documentos, recuperar todas las crónicas que publicó en The Times –no era una misión sencilla porque no estaban firmadas y los documentalistas del diario británico tuvieron que cotejarlas una a una con los cables originales que todavía conservaban–, en los archivos españoles no queda prácticamente ningún papel, solamente algún telegrama. Otro misterio, porque Philby llegó a ser un periodista muy conocido, enviado de uno de los diarios más influyentes del mundo en ese momento, The Times, y, lo que es todavía más importante, fue condecorado por Franco. "¿Se quemaron en los años sesenta cuando se descubrió que Philby trabajaba para los soviéticos?", se pregunta el historiador.

Philby llegó a España en febrero de 1937, después de que en ocho meses de guerra The Times hubiese tenido cuatro corresponsales diferentes, que acabaron enfrentándose a los jefes de prensa del bando franquista. Como en la vida de todo espía, una serie de golpes de suerte le permitieron cumplir su misión. Por un lado, gracias a los contactos de su padre, un aventurero, diplomático y escritor llamado St John Philby, logró que el diario conservador británico le fichase –luego quedó muy contento con su cobertura–. Otro golpe de suerte evitó que le pillasen el papel donde escondía los códigos durante un registro y un tercero le convirtió en el único superviviente del impacto de un obús contra el coche en el que viajaba con otros tres colegas en Caudé, en el frente de Teruel. La propaganda fascista utilizó la muerte de los periodistas extranjeros y convirtió a Philby en un héroe, que fue recibido y condecorado por Franco. Eso le permitió moverse con toda la libertad posible –que tampoco era mucha– dentro de las filas de los golpistas.

Bocanegra contó con la ayuda de dos biógrafos de Philby, dos clásicos del periodismo británico, Patrick Seale y Phillip Knightley. Ambos fallecieron mientras estaba escribiendo el libro. Los dos, relata, fueron muy generosos con su tiempo, con sus conocimientos, pero también con sus documentos. En el caso de Seale, que fue amigo de Philby cuando ambos se encontraban en Beirut, mientras estaba entrevistándole en su casa de Londres, le confesó al autor que estaba muy enfermo. "Me dijo que tenía que ir al hospital y me dejó solo en su casa con una maleta en la que ponía Philby y que contenía numerosos documentos sobre él. Allí me quedé todo el día, fotografiando papeles como había hecho el espía tantas veces durante su vida".

El libro no sólo sigue los pasos de Philby durante la Guerra Civil, sino que traza un retrato del espionaje comunista en los años treinta cuando agentes de Stalin como Alexander Orlov trataban de extender, sin piedad, la dominación soviética sobre el bando republicano. Al final, ellos mismos se encontraron amenazados por las mismas purgas que habían ayudado a desatar. Sin embargo, nada de eso, ni siquiera el pacto entre la Alemania nazi y la URSS, hicieron que Philby rompiese su compromiso con el comunismo. España fue solo el principio.

EL ÚLTIMO VIAJE
"Normalmente los agentes dobles aguantan cinco años, diez como mucho. Él sobrevivió 30", explica Enrique Bocanegra sobre la extraordinaria carrera en el espionaje de Kim Philby (1912-1988). Como no podía ser de otra forma con alguien que basó toda su existencia en la mentira y el engaño, los misterios en torno a su vida son todavía numerosos, pese a que se han escrito muchos libros sobre él, entre ellos el excelente Un espía entre amigos (Crítica), de Ben Macintyre. Philby formó parte del círculo de Cambridge, un grupo de jóvenes que, por idealismo, decidieron espiar para Moscú. Fue el más hábil de todos ellos, el último en ser descubierto, que logró esquivar a los interrogadores del MI6 cuando todo indicaba que era un traidor y escabullirse finalmente a la URSS.
Cuando fue despedido del servicio secreto británico, en 1951, por las sospechas que pesaban sobre él tras la fuga de dos de sus colegas de Cambridge, Guy Burgess y Donald MacLean. Quedó libre porque Londres no encontró pruebas de que era un agente doble y entonces, en mayo de 1952, realizó un viaje de mes a España que sigue siendo un misterio. "¿Con quién mantuvo contactos? ¿Dónde se alojó? ¿Qué lugares visitó? ¿Por qué alguien en su situación, sin trabajo, sin dinero, sospechoso de ser un comunista, viajó a la España de Franco, el país más pobre y atrasado de Europa? ¿Fue una operación de inteligencia?". Otro misterio dentro de un enigma.

martes, 22 de noviembre de 2016

"La Cosa", el micrófono pasivo de la KGB en la embajada americana

'La Cosa', el ingenioso micrófono ruso
Escondido en el interior de la madera de madera de un Gran Sello de Estados Unidos, 'La cosa' era el sistema secreto de la escucha soviética que funcionó durante siete años.

María Fernández Rei - Muy Interesante



El 4 de agosto de 1945, los niños de una escuela soviética le regalaron como embajador norteamericano en la URSS una talla en madera del Gran Sello de Estados Unidos, como 'gesto de amistad' entre las dos naciones.

El embajador colgó la talla en la pared de su propio despacho en Casa Spaso (la Embajada americana en Moscú) y allí permaneció durante años. En 1952, un operario de radio británico escuchó accidentalmente las conversaciones que resultaron de la Embajada de EE UU y alertó de este hecho MI-5 (los servicios secretos británicos).

Pronto descubrieron una señal que provenía del despacho del embajador y se sospechó que había un transmisor en la pared, detrás del Sello tallado en madera, pero no encontraron cables ni evidencias de ninguna instalación.

Se examinó todo el despacho palmo un palmo hasta que el final se descubrió que el dispositivo se encontraba dentro de la propia talla.

El Gran Sello representa un águila, bajo cuyo pico los soviéticos han perforado unos agujeros para permitir que el sonido alcanzara el dispositivo, conocido durante mucho tiempo como 'The Thing' (La Cosa) porque los expertos occidentales se encontraban confundidos acerca de su funcionamiento, Ya que aquello no tiene pilas ni circuitos eléctricos.

En realidad, 'La Cosa' utilizaba la inducción electromagnética para transmitir un señal de audio, siendo activada por las ondas electromagnéticas (microondas) de una fuente externa al edificio (una furgoneta aparcada frente a la Embajada).

El Consejo de Seguridad de la ONU aprobado por siete votos a la censura a la URSS por el uso del artefacto de la escucha apodado La Cosa, escondido en el interior del Gran Sello.

Si el dispositivo no ha sido descubierto, se estima que podría haber continuado en funcionamiento 50 años más.

Algunas fuentes afirman que más de 100 de estos dispositivos escondidos dentro de las réplicas de madera del Gran Sello fueron encontrados en las embajadas y consultados de EE UU en el Bloque Oriental.

viernes, 11 de noviembre de 2016

SGM: Tres mujeres espías en Francia

Estas 3 mujeres británicas del SOE ayudaron a ganar la SGM - 2 sobrevivieron, 1 fue cremada viva

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los hombres estaban peleando en primera línea, las mujeres estaban realizando algunos actos bastante heroicos por su cuenta. Estas mujeres eran parte del Ejecutivo de Operaciones Especiales, o SOE, y eran conocidas como Mujeres SOE. La SOE era una red secreta de inteligencia y espionaje que operaba desde la famosa calle Baker en Londres, Inglaterra.

War History Online


Las mujeres de SOE constituyeron 3.200 de los 13.000 o más agentes del Ejecutivo de Operaciones Especiales. Echemos un vistazo a tres de sus historias.

Lise de Baissac



Nacido el 11 de mayo de 1905, Lise de Baissac era un maestro del disfraz. Durante la Segunda Guerra Mundial fue reclutada en la organización de espionaje de guerra de Inglaterra, el Ejecutivo de Operaciones Especiales (SOE). En 1942, Lise fue una de las primeras mujeres en paracaídas en Francia, donde se disfrazó de arqueóloga y viuda.


Ella estuvo allí durante 11 meses, y su misión era explorar zonas de caída convenientes y pistas de aterrizaje. Los contenedores de armas le fueron lanzados en paracaídas y los pasó a los agricultores locales en preparación para el sabotaje. La SOE tuvo que recordar su regreso a Inglaterra cuando se dieron cuenta de que la Gestapo había volado su cubierta. En 1944 Baissac regresó a Francia en una nueva misión, esta vez disfrazada de refugiado parisino.

Baissac y su hermano establecieron varios grupos de resistencia en Normandía, enviando mensajes en bicicleta. Juntos organizaron sabotajes y ataques para retrasar los refuerzos alemanes dirigidos hacia el frente de Normandía.

Baissac vivió una vida plena y murió a los 98 años en 2004.

Cecile Pearl Witherington




Nació en Francia en 1914. Cuando Alemania comenzó a invadir Europa occidental en la primavera de 1940, Pearl logró ayudar a su familia a escapar a Inglaterra (sus padres eran ingleses). En Inglaterra, comenzó a trabajar para el Ministerio del Aire y debido a su fluidez en francés fue aceptada en la SOE. En 1943, se lanzó en paracaídas a Francia, donde se disfrazó de representante de la compañía de cosméticos.

Durante un período de ocho meses, entregó mensajes codificados a los operadores de radio. El líder de la SOE fue capturado, así que Pearl asumió y comandó una unidad de 1.500 combatientes de la resistencia nombrados código "luchador." Esta unidad era responsable de soplar para arriba 800 estiramientos de líneas de ferrocarril y de rutas de suministro, que dio lugar a 18.000 alemanes que rendían a Los aliados, que estaban en el proceso de avanzar fuera de Normandía.

Perla tenía 91 años cuando le concedieron sus alas del paracaídas en 2006. Ella murió dos años más adelante el 24 de febrero de 2008.

La heroína francesa Andree Borrel




Borrel nació el 18 de noviembre de 1919. Entre julio y diciembre de 1941 logró organizar y operar el primer ferrocarril subterráneo de Francia a España. Su amigo Maurice Sufour estaba a su lado durante este tiempo y la pareja usó la línea de escape para evacuar a los aviadores aliados de la Francia ocupada. La red subterránea fue descubierta, por lo que Andrea no tuvo más remedio que huir a Portugal. Una vez allí, se unió a la SOE.

Andrée fue una de las primeras mujeres en paracaídas en París, y se unió a la resistencia y logró convertirse en segundo al mando. Fue arrestada junto con otros tres miembros de la resistencia por su ataque contra una central eléctrica y otros edificios. Ella se negó a cooperar durante el interrogatorio y así fue llevada a un campo de concentración.

Tristemente, Andrée murió una muerte cruel. Increíblemente, logró sobrevivir a la inyección letal que estaba destinada a matarla y en su lugar despertó justo cuando estaban a punto de comenzar con su cremación. Trató de escapar, pero no pudo dominar a los médicos y fue cruesomely cremado vivo.

Tanto el médico que administró la inyección como el ejecutor del campo fueron ejecutados posteriormente por los Aliados por crímenes de guerra.

viernes, 28 de octubre de 2016

SGM: Un caso de neutralidad

Un caso de neutralidad 

por el comandante John Hereward Allix 

Tras la actividad febril de la invasión de Normandía en 1944, vino el anticlímax con el traslado de nuestra escuadrilla de bombarderos, de Inglaterra a las orillas del estuario Lough Foyle, en el norte de Irlanda. Nuestra misión (excursiones nocturnas, de largo radio, a la caza de submarinos) prometía ser monótona: las probabilidades de encontrar un submarino alemán que hubiera salido a la superficie eran mínimas. 

 
Estuario de Lough Foyle: 

A poco de llegar al nuevo aeródromo se nos puso en guardia, lo cual significaba dormir en traje de vuelo y estar preparados para despegar con media hora de aviso. Una noche, a eso de las tres de la madrugada, el ordenanza de la sala de maniobras me despertó. El enemigo nos había atacado, como quien dice, en nuestras propias barbas. A los cinco minutos mi tripulación y yo (seis hombres bostezando), nos hallábamos reunidos en la sala de mando. A los 20 minutos ya estábamos volando. Me dirigía hacia alta mar con mi Vickers Wellington, cuando percibí un resplandor hacia el Oeste, seguido del fulgor rojo característico de un buque incendiado por un torpedo. En rápida sucesión fueron torpedeados tres barcos. Mi único pensamiento era destruir aquel submarino. 


Bombardero Vickers Wellington: 
 
Desgraciadamente, ni por un instante se lo vió en la superficie. Una nave de la Armada Inglesa percibió su eco y comenzó a perseguirlo, hasta que el submarino se internó en aguas neutrales de la República de Irlanda, cerca de la desembocadura del Lough Swilly, largo brazo de mar que se adentra profundamente por el condado de Donegal. Después de aquello, aún con patrullaje incesante de la zona, el submarino atacó una y otra vez, y siempre lograba perderse en su refugio neutral. 

Condado de Donegal: 


 
Unas semanas después mi dotación se dispersó, habiendo cumplido algunos de sus miembros su turno de operaciones. Yo quedé, temporalmente, franco de servicios de vuelo. Conseguí dos días de licencia y, cruzando la frontera, entré en la República de Irlanda y me dirigí a Buncrana, pueblo a orillas del Lough Swilly. Para un oficial de las fuerzas de Su Majestad Británica, no era sin duda lo indicado ingresar en Irlanda, pero lo veníamos haciendo (vestidos de civil) casi todos los soldados ingleses acampados cerca de la frontera, con el tácito consentimiento de los guardias de ambos lados. En Irlanda la comida era abundante, no había racionamiento y la bebida era barata. Resultaba muy agradable el cambio. 

Buncrana hoy: 
 
 

Ya en Buncrana me fui al bar de la hostería para tomarme un trago, antes de la cena. El local estaba vacío, con la excepción de un hombre rubio, que fumaba su pipa ante una botella doble de cerveza. Pedí para mí otra cerveza y trabamos conversación. Debía uno tener cuidado con lo que decía, pues nos podían internar si éramos descubiertos. El rubio se mostraba cauteloso también, y así evadíamos toda mención de nuestras respectivas unidades, de las operaciones de guerra, de temas que pudiesen ponernos en evidencia. Era fácil, instructivo y grato charlar con aquel sujeto. Pero había en su persona alguna cosa indefiniblemente singular. De modo instintivo, percibía que el rubio no tenía nada que ver con la Real Fuerza Aérea. Tampoco me era posible imaginármelo como un oficial de la Armada o del Ejército ingleses. Bebimos unas cervezas y jugamos a tirar dados. Entretanto, el problema de la identificación de aquel hombre latía en el fondo de mi pensamiento. Su inglés era el que se estila en Oxford y en Cambridge, y sus modales, los de un caballero. Me fijé en su indumentaria. La chaqueta deportiva de lana y los pantalones de franela eran de buen corte. Ahora bien, yo no podía imaginarme a nadie en Inglaterra que llevase prendas semejantes. De todos modos, era buena compañía. Lo invité a cenar conmigo. Aceptó. 
-A propósito- le señalé –no nos hemos presentado. Me llamo John- 
Vaciló un segundo antes de tenderme la mano. Dijo que se llamaba Charles. Durante la comida le formulé varias preguntas capciosas, que contestó con bastante naturalidad. Desde luego, parecía conocer bien el Londres central, y aún mejor la ciudad de Oxford. Su conocimiento de Inglaterra no parecía, sin embargo, ser reciente, y las referencias a los cambios en tiempo de guerra lo ponían un tanto nervioso. A estas alturas, ya estaba yo convencido de que había algo raro en este tipo. De pronto, mi sospecha se definió en un especulación concreta: ¿Podría ser?...¡Sí, «debía» ser alemán! Las deducciones siguientes se sucedieron una tras otra: podía pertenecer al personal de la embajada alemana en Dublín; pero, en tal supuesto, ¿qué hacía en Buncrana? Pensé en el submarino. ¡Desde luego! ¡Aquí estaba el secreto! ¿Un empleado subalterno de la embajada, enviado a intercambiar señales con el sumergible? ¿Acaso un miembro de la dotación? ¿O su propio comandante? De pronto, me di cuenta de que Charles me miraba de un modo extraño. La verdad era que yo había dejado de escucharle. 
Entonces exclamé: -Perdóneme, ¿qué decía usted, «Karl»?- 
En rigor, no tuve la intención expresa de hacer nada tan tosco, pero el efecto de la traducción al alemán del nombre Charles fue como una descarga eléctrica. Perdió el color, se le demudó el semblante. Yo mismo quedé tan sorprendido que mi pensamiento, momentáneamente, rehusaba aceptar esta loca conjetura como una realidad, y debía de aparecer tan alarmado como mi interlocutor. Me di cuenta de que me había quedado mirándole con una sonrisa estúpida. Fue, de seguro, lo mejor que pude hacer, porque recobró el color y logró sonreír. Con la voz más natural que pude, murmuré: -Me he permitido una broma completamente tonta. ¡Lo siento mucho!- 
-Está bien. Usted gana. Es cierto, soy alemán –replicó- ¿Y qué piensa hacer ahora?- 
En verdad, no se me ocurría solución alguna. Me mantuve en silencio. Mi compañero recobró la compostura más pronto que yo y, sin darme tiempo a ordenar mis enredadas ideas, afirmó despacio: -Empiezo a comprender, John. ¡Usted también!- 
-Sí- repuse –mi posición no es mejor que la de usted. Nos pueden internar a ambos- 
La situación parecía tan ridícula que me eché a reír y le dije: -Supongo que será usted el comandante del submarino escondido ahí, en el Lough- 
Como si le chocasen mis palabras, replicó: 
-¿De qué está usted hablando? 
-La cosa es obvia. Yo soy miembro de una escuadrilla de bombarderos antisubmarinos. Hace ya semanas que venimos buscando la manera de enviarlos a ustedes al infierno- 
-Tiene toda la razón- dijo, tranquilizado de nuevo –Soy el comandante del submarino. Mire, voy a echarme otro trago, amigo. ¿Y usted?- 
Me hacía falta pensar lo que debía hacer, y así, mientras los tragos venían, di unos pasos hacia la chimenea y aparenté contemplar el cuadro que colgaba sobre ella, mientras cargaba la pipa. ¿Debía llamar a la policía y hacer que arrestaran a Karl? En tal caso, me pedirían mis papeles de identidad y probablemente nos meterían a los dos en la cárcel por la duración de la guerra, con lo que ambos dejaríamos de servir a nuestras respectivas patrias. ¿Debía, en cambio, aceptar la tesis de que este territorio neutral nos daba a ambos inmunidad temporal, tal como la daban las iglesias en los tiempos antiguos? Me decidí por lo segundo, es decir, respetar este asilo neutral que se nos presentaba. 
Volviéndome a Karl, le manifesté que no veía ninguna necesidad de adoptar una actitud beligerante, sólo por el hecho de que a pocos kilómetros de distancia, en circunstancias diferentes, tuviéramos que intentar matarnos el uno al otro. Se mostró de acuerdo. 
Tomamos nuestros vasos de cerveza en el jardín, sentados sobre un banquillo, bajo las ramas de un castaño. Allí supe de qué modo Karl aprendió a hablar tan buen inglés. Su padre había sido jefe de la sucursal de una compañía alemana que comerciaba en Londres, y Karl se había educado en un colegio particular inglés y en la Universidad de Oxford. Había regresado a su país sólo un año antes del comienzo de las hostilidades. Le pregunté cómo había venido a tierra. Me explicó que el submarino había salido a la superficie la noche anterior, y dos miembros de su tripulación lo trajeron a tierra, en un bote de goma, remando desde una distancia de dos millas de la costa. Los marineros volverían por él después de la medianoche. 
-He aprovechado la mañana –me dijo- comprando huevos por las granjas. La comida se vuelve bien insulsa en el submarino, y los tripulantes no han comido huevos frescos desde hace meses. Tengo unas buenas provisiones escondidas en un helechal camino abajo- 
Cuando ya anochecía, Karl me dijo que debía irse. Caminé con él hasta la salida del pueblo. Pasada la última casa, me detuve. 
-Confío en que escape usted con vida de esta guerra, Karl- 
-Yo también... y le deseo lo mismo- 
-Lo mejor que puede hacer es quitarse de mi camino. Sentiría tener que reventarle con una de mis bombas- 
-No se preocupe- me respondió- No le daré ocasión- 
Y se fue alejando lentamente. 
Yo me quedé allí, atrapado por una mezcla de sentimientos dispares, mientras oía cómo las pisadas crujientes de Karl se iban extinguiendo en el arenoso camino irlandés. 

Fuente: Historias Secretas de la Última Guerra.