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martes, 26 de junio de 2018

España: El equipamiento y tácticas de los Tercios españoles

Así iba equipado un arcabucero de los Tercios españoles

Ni llevaban botas, ni usaban casco. Por el contrario, solían portar un equipo ligero para poder «saquear» al enemigo y se costeaban sus propios proyectiles

Manuel P. Villatoro | ABC


  • Ni llevaban botas, ni usaban casco. Por el contrario, solían portar un equipo ligero para poder «saquear» al enemigo y se costeaban sus propios proyectiles

El arcabucero y su funciónLos arcabuceros fueron una pieza esencial de los Tercios - Archivo ABC


Si por algo son recordados los míticos Tercios españoles (herederos para muchos de las disciplinadas legiones romanas) es por haber luchado hasta la extenuación pica y espada ropera en mano. Sin embargo, y a pesar de que tradicionalmente la valentía se suele medir atendiendo a los mandobles que se reparten, también contaban en sus filas con una parte considerable de soldados que se dedicaban a hacer que cayera sobre el enemigo un torrente de plomo. Estos combatientes podían ser arcabuceros o mosqueteros (dependiendo del arma que portasen) y, a pesar de que en la época no llevaban ningún uniforme, contaban con una serie de equipo común que les convertía en inconfundibles mientras repartían plomo entre los enemigos de la Cruz de Borgoña.

Para entender la importancia de los resueltos arcabuceros y mosqueteros que formaban una parte esencial de los Tercios, es necesario retroceder en el tiempo hasta el S.XVI. Fue en esta época cuando Carlos I (V para los alemanes, más prolíficos según parece en reyes con este nombre) creó tres unidades militares para proteger las comarcas de Nápoles, Sicilia y Milán de sus enemigos. No era para menos, pues los franceses andaban por entonces enfrascados hasta el corvejón en la santa y puñetera misión de quitarnos esas regiones o, al menos, darnos algún que otro susto espada en mano.


«En mi opinión, Carlos V creó los tercios para resolver el problema administrativo de gestionar su instrumento militar: El número siempre creciente de compañías sueltas que necesitaba para defender a sus vasallos, primero de los franceses y luego contra los turcos. El cuándo es la pregunta del millón. Al parecer existe una especie de instrucción del Tesoro de 1537 que explica cómo se ha de pagar a cada hombre de los Tercios. También se dice que una disposición imperial de 1534 redistribuyó las fuerzas españolas destacadas desde antiguo en Italia en tres tercios»», explica en declaraciones a ABC el general de Infantería e historiador José María Sánchez de Toca y Catalá, coautor de «Tercios de España. La infantería legendaria.


El combate y la función del arcabucero


Los famosos Tercios luchaban en grupos considerables. En su mayoría, las unidades estaban formadas por piqueros -combatientes ataviados con una extensa lanza de entre cuatro y seis metros- apoyados por tropas de disparo. Su forma de darse de mamporros contra el enemigo era sencilla. En primer lugar, los mosqueteros arrojaban a una distancia de entre 50 y 60 metros su munición contra el enemigo.

Posteriormente, y según se acercaban los contrarios, los arcabuceros (equipados con un arma considerablemente menos potente) salían de entre las filas y les disparaban varias andanadas a unos 20 metros. Una vez realizadas todas las bajas posibles a distancia, era el momento de que compañeros demostraran su destreza en el cara a cara, acero mediante, eso sí.

La importancia de los arcabuceros dentro de los Tercios españoles era vital, pues se correspondían con uno de los elementos más ofensivos y que más bajas podían causar (a nivel de infante) dentro de la gigantesca maquinaria de combate. Tal era su efectividad que, aunque en principio su número era la tercera parte del total de las unidades, este terminó aumentado hasta el 80% en su última época.

Su importancia era vital, tanto para desmoralizar al enemigo mediante continuas descargas de pólvora, como para acabar con él. «Arcabuceros y mosqueteros señorearon los campos de batalla hasta que fueron sustituidos en el S.XVIII por los fusileros, que tenían un arma de menor calibre y más fácil de disparar», explican Fernando Martínez Laínez y Sánchez de Toca en su obra conjunta «Tercios de España. La infantería legendaria».


Batalla de Rocroi

Por otro lado, su trabajo no acababa cuando empezaba el cruce de aceros. Y es que, una vez que las picas caían sobre el enemigo, los arcabuceros se aunaban en pequeños grupos (llamados «mangas») que defendían los flancos del cuadro de piqueros. Estos grupos se destacaban por su gran movilidad.

«Aunque el ejército español podía parecer muy monolítico, pues combatían en grupos de infantería, tenían una capacidad táctica considerable, pues las mangas podían disgregarse y actuar de forma independiente, más móvil», explica, en declaraciones a ABC José Miguel Alberte, presidente de la Asociación Española de Recreación Histórica «Imperial Service» (una de las más grandes de nuestro país y colaboradora activa en la exposición itinerante del Ejército de Tierra «El Camino Español. Una cremallera en la piel de Europa»).


Bondades y sufrimientos del arcabucero


A pesar de que estos soldados eran de los combatientes mejor considerados por su utilidad y versatilidad, su vida estaba llena de oscuros y claros. Bondades y sufrimientos con los que tenían que convivir en los páramos de Flandes. Entre las desventajas de ser un arcabucero se encontraba, en primer lugar, adquirir un arma, pues en el ejército de entonces cada soldado debía costearse sus propios pertrechos.

«Las armas eran propiedad del soldado y las compraba él, Eso era un problema para los arcabuceros, que tenían que gastarse un buen dinero. Con todo, hay que tener en cuenta que los rangos y los sueldos en los Tercios se conseguían dependiendo del equipo y de lo que se aportaba al ejército. Un pica seca (el rango más bajo) no cobraba lo mismo que un coselete (equipado con armadura). Éste, por su parte, era superado por el arcabucero y, en última instancia, estaba el mosquetero», añade Alberte.

Al pagar la pólvora, los arcabuceros evitaban disparar. Este hecho provocaba que los soldados le diesen un par de vueltas a la testa antes de abrir la bolsa y soltar una considerable cantidad de monedas a cambio de un arcabuz. Era una reacción lógica, pues, como bien señala el recreador histórico, los armeros de la época hacían todas las piezas de estas armas a mano y no solían desprenderse de ellas a cambio de poco dinero. De hecho, el precio rondaba la friolera de entre 30 y 80 ducados, una inmensa cantidad para la época si se considera lo que cobraban por combatir los soldados del escalafón más bajo. «El sueldo de un pica seca [armado únicamente con una pica y un casco] era de dos ducados, mientras que el del arcabucero era de ocho», añade Alberte.

Por otro lado, el Ejército español no se rascaba precisamente el bolsillo a la hora de equipar a los arcabuceros, lo que daba lugar a situaciones absurdas (y muy españolas) en el campo de batalla. «Los mandos de los Tercios no pagaban ni alojamiento, ni comida, ni mecha, ni balas. ¿Qué sucedía? Pues lo que sucede en la actualidad, que si en tu trabajo pagas la impresión de los informes, no utilizas la impresora. Muchas veces preferían no disparar. La falta de fuego costó muchos disgustos al Ejército Español, por lo que los oficiales usaron un sistema muy nuestro: premiar a aquellos arcabuceros que disparasen más con otros dos ducados. Sin embargo, como seguían sin hacer fuego, se estableció que se daría uno más a aquellos que los responsables considerasen que disparaban más que el resto. Esto ponía sus sueldos en 11 ducados», añade el recreador.

Por otro lado, los arcabuceros carecían de un equipo defensivo pesado como el de los piqueros más veteranos, los que hacía que tuviesen muchas más posibilidades de marcharse al otro barrio si entraban en combate cuerpo a cuerpo. No obstante, contaban con poco equipaje y una mayor libertad para desplazarse en las «mangas» a través del campo de batalla, lo que hacía que tuviesen también más capacidad de rebuscar entre los cadáveres enemigos y marcharse con un buen botín (ya fuera en dinero, o en botas y ropajes –todo muy codiciado en aquellos tiempos en los que las pagas llegaban con meses de retraso). Por el contrario, los piqueros no podían disgregarse, pues su fuerza radicaba en que el enemigo no superase la barrera de filos que le ponían frente a sus narices.

martes, 5 de julio de 2016

Prótesis de hierro de un caballero alemán del siglo 16

La mano de hierro de un mercenario fue hecha para un caballero alemán del siglo 16 ...

The Vintage News

Götz von Berlichingen, también conocido como Götz de la Mano de Hierro, fue un famoso caballero mercenario alemán empleado por los señores y reyes de la hora de cumplir sus órdenes. Fue activo en numerosas campañas durante un período de 47 años (1498-1544), incluyendo la guerra de los campesinos alemanes, además de numerosos feudos; en su autobiografía él estima que luchó 15 peleas en su propio nombre, además de muchos casos en los que se prestó asistencia a los amigos, incluyendo peleas contra las ciudades de Colonia, Ulm, Augsburgo y la Liga de Suabia, así como el obispo de Bamberg.


Götz von Berlichingen, del siglo 17 grabado. fuente
En 1504, mientras combatía en el sitio de la ciudad alemana sureste de Landshut en el nombre de Albert IV, duque de Baviera, de 23 años de edad, Berlichingen fue alcanzado por una bala de cañón enemigo. Tenía dos reemplazos de hierro prótesis mecánicas hechas, que son hoy en exhibición en el Castillo Jagsthausen.


primera mano de hierro de Berlichingen (circa 1504). fuente
La mayoría de manos de hierro se basan en los mismos principios constructivos, aunque hay diferencias considerables en la complejidad. Los dedos pueden ser flexionados de forma pasiva (por ejemplo, usando la mano sana) y se bloquean en su lugar por un mecanismo de trinquete, similar a los de los fusiles de chispa contemporáneos. Extensión de los dedos funciona mediante la presión del muelle.



La primera parte tenía dos bisagras en la parte superior de la palma permitió a los cuatro dedos en forma de gancho para ser llevados hacia el interior para fines de espada que sostiene. fuente
La primera parte fue un asunto básico. Dos bisagras en la parte superior de la palma permitió a los cuatro dedos en forma de gancho para ser llevados hacia el interior para fines de espada que sostiene, pero que era la medida de su movimiento. Había un poco de atención que se presta a los detalles estéticos, sin embargo, incluyendo las uñas esculpidas y arrugas en los nudillos.


Mecanismo de la segunda mano de hierro de Götz von Berlichingen. fuente
La segunda más famosa mano, prótesis era capaz de contener objetos de un escudo o riendas a una pluma de la pluma. La mano extendida hacia el final de su antebrazo y se aseguró con una correa de cuero, era "una estructura torpe, pero un ingenioso uno", según la revista American Journal of Surgery.



La segunda prótesis de mano de hierro, usado por Götz von Berlichingen. fuente



Un grabado del siglo 19 muestra el funcionamiento interno de la segunda mano de hierro. fuente



La segunda parte es un raro ejemplo de una prótesis del siglo 16. fuente



La segunda mano de hierro alrededor del año 1514. fuente



La segunda mano en exhibición en el Castillo Jagsthausen.

La segunda parte fue equipado con articulaciones en cada nudillo y mecanismos de resorte para bloquear los dedos en su lugar. fuente
A pesar de esta lesión ", Götz de la Mano de Hierro" continuó sus actividades militares. En los años posteriores, se vio involucrado en numerosas batallas, tanto de su propia y en apoyo de los amigos y los empleadores.

Götz dejó una autobiografía en forma de manuscrito (Rossacher Handschrift). El texto fue publicado en 1731 como Lebens-Beschreibung des Herrn Gözens von Berlichingen y reeditado en 1843 como mit der Ritterliche Thaten Götz von Berlichingen eisernen Mano (ed. M. A. Gessert). Una edición académica del texto manuscrito fue publicado en 1981 por Helgard Ulmschneider como Mein FEHD und Handlungen.