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jueves, 30 de abril de 2026

España Colonial: La heroica Cartagena

Cartagena, la heroica 


REVISTA GUARDACOSTA

Fuente: Revista GUARDACOSTA- N°   Año 19    Autor: Gabriel Porras Troconis



El 20 de enero de 1533 echó el madrileño Pedro do Heredia, en la amplia bahía denominada Cartagena por el experimentado marino y cartógrafo Juan de la Cosa, los fundamentos de la ciudad que después habría de tomar ese nombro. La fundación la narra Juan de Castellanos y la confirma Gonzalo Fernández do Oviedo cuando dice: "Primero de junio de aquel año de mil ó quinientos treinta y tres años, nombró el gobernador por primeros alcaldes ó regidores para el pueblo de Calamar, donde hizo su asiento, é mandó que se llamase la ciudad de Cartagena". En efecto, Castellanos, en el relato que hace de la fundación, reconoce que en ese momento no se dio a la nueva población nombre alguno, sino que lo adquirió más tarde. En el primer Congreso Hispano Americano de Historia reunido en Cartagena a fines de diciembre de 1933, después de cinco sesiones dedicadas a dilucidar cuidadosamente la fecha de la fundación, la opinión de los congresistas unificada aceptó como indiscutible, la dicha fecha del 20 de enero. El propio Oviedo en el capítulo VII de la obra ya citada, enfáticamente reconoce que "Calamar es Cartagena". Pueden releerse los relatos citados.

Fundada la población española y denominada Cartagena como lo dice Oviedo, inicia el reconocimiento del territorio, conforme a las capitulaciones por él firmadas, le correspondía, y halla que en él hay oro en tanta abundancia, que pudo decirse con fundamento: "Pobre el Perú si se descubre el Sinú". Con la riqueza, el desarrollo de la población aumentó con rapidez inusitada, llegaron de la Península las primeras mujeres españolas y el modesto caserío fue cobrando contornos de auténtica urbe civilizada.

No descuidaban los reyes las necesidades espirituales de sus subditos ultramarinos y así un año después, en 1534, la corte de Madrid solicitó y obtuvo del papa Clemente VII, por mediación de su embajador ante la' Santa Sede, el marqués de Dosfuentes, la erección del obispado y el nombramiento de fray Tomás de Toro, como primer obispo. Fue éste protector constante y misericordioso de los indios "varón no menos santo que letrado", al decir de Castellanos; pero no tuvo la dicha de poder erigir su catedral.  Una modesta construcción pajiza, al estilo de los bohíos indígenas, sirvió para la celebración de los oficios divinos y las festividades de San Sebastián. Un incendio que arrasó con la mayor parte del poblado consumió aquel primer esfuerzo de la religiosidad de los habitantes de Cartagena, el año de 1552.

Los conquistadores y colonizadores españoles tenían en mucho los títulos y dignidades para sus personas, como para sus familias y las poblaciones por ellos fundadas. Los cartageneros no fueron excepción de aquella regla general, sino que la siguieron y acataron. Por eso algunos vecinos no descuidaron estas, al parecer, minucias, que en verdad no lo eran en aquella época caballeresca y batalladora. Insistentes fueron sus solicitudes ante Felipe II, quien al cabo concedió a Cartagena títulos de ciudad, escudo de armas y calidad de nobleza y lealtad, por reales cédulas de 1574 y 1575. El escudo debía ostentar, en campo de oro una cruz natural, con dos leones levantados, tan altos como la cruz y sobre el conjunto una corona, con su correspondiente timbre y follaje. Con estas donaciones Cartagena se ponía ya al nivel de otras ciudades del Nuevo y Viejo Mundo.

Al finalizar el siglo XVI, la nueva urbe americana gozaba de cuanto en materia de honores y distinciones oficiales podía aspirar a poseer una ciudad tan reciente.

Mas tampoco habían faltado los sufrimientos. Los mares del Nuevo Mundo se hallaban ya cruzados en todas direcciones por hábiles y arrojados marinos ingleses, franceses, holandeses y escoceses, acechando los navios españoles transportadores del oro, la plata, maderas de tinte y otros productos del territorio sujeto a los dominios de los reyes de España, que sus bravos y audaces colonizadores enviaban a su patria. La piratería era una actividad reprobable pero productiva. La fama de las riquezas de Cartagena andaba de boca en boca y muchos eran tentados por ellas. En 1544 la venganza de un piloto castigado por mandato del teniente de gobernador Alonso Vejines facilitó la entrada a la bahía al pirata Roberto Baal.


Detalle de la fachada de la iglesia de Santo Domingo, construida en el siglo XVI. La concha marina simboliza a los peregrinos. Actualmente las efigies ya no están... ladrones...

 Del tranquilo sueño con perspectivas de grandes fiestas de bodas para el día siguiente, despertaron los vecinos a los estampidos del cañón del pirata. Por suerte para ellos si padecieron un saqueo que no perdonó los bienes materiales, las mujeres fueron preservadas de violencias, porque el vencedor no se olvidó que procedía de la patria de Bayardo. Doscientos mil pesos de buen oro, gruesa copia de paños y otros objetos de valor, se llevaron como botín los asaltantes.

Pasados apenas diez y seis años de aquella ruina de Cartagena, se tomaron sorpresivamente la indefensa ciudad los piratas Martín Cote y Juan Buen Tiempo, quienes entraron a la bahía con siete gruesos navios, la saquearon e impusieron fuerte rescate para no reducirla a cenizas. El obispo Juan de Simancas pudo negociar con los asaltantes, y salvar de total destrucción a Cartagena. Los vecinos, alentados por los capitanes Ñuño de Castro y Alvaro de Mendoza, acompañados por el cacique Marídalo, postraron en la lucha a numerosos piratas.

Pasada la tormenta, prosiguió el desarrollo de la ciudad: se construyeron los primeros fuertes llamados la Tranchera de la Caleta, el Boquerón, el de San Matías y la plataforma de Santángel. Se iniciaron las edificaciones dé la' iglesia catedral en el sitio en que ahora se halla, el convento e iglesia de San Francisco en el arrabal de Getsemaní. En la Machina, frente al castillo primitivo del Boquerón, se reparaban los navios de las averías sufridas en la larga navegación desde la Península. El tráfico de esclavos negros, en manos de ingleses, portugueses y genoveses, daba fisonomía mercantil al puerto. Menudeaban asimismo las reales cédulas para el fomento de las obras públicas, la protección militar de la ciudad y la seguridad de los vecinos. La sociedad cobraba buen aspecto urbano, numerosas iban siendo las edificaciones particulares, como lo comprueba el inventario hecho al finalizar el siglo por el pirata Francisco Drake. Pero en la historia de los pueblos las bonanzas alternan con las amarguras.

Este audaz, experto e implacable corsario inglés, protegido por la reina Isabel de Inglaterra, el miércoles de ceniza, 9 de abril de 1586, con velas enlutadas, anunciadoras de sus proditorias intenciones, se presentó frente a Playa' Grande, o sea la de Santo Domingo, y echando su gente a tierra comenzó el ataque. Aún no poseía Cartagena suficientes defensas militares para resistir la acometida de un marino tan atrevido y formidable como Drake, así que, convencido el gobernador Pedro Fernández de Bustos y sus principales tenientes de la inutilidad de la resistencia, abandonaron la ciudad, y aunque Pedro Mexia de Mirabal quiso mantenerse en el pequeño castillete del Boquerón, llamado Pastelito, hubo de retirarse para no sacrificar sin fortuna a sus compañeros de armas. Nombrados negociadores por el gobernador, el obispo Juan de Montalvo, Juan de Fernández, Francisco de Carvajal, Pedro Mexia de Mirabal, José Barros, Tris-tán' de Uribe Salazar, Esteban Fernández, Pedro López Triviño y Juan Manuel, se concertó el rescate, en pesos 463.915 de plata, para que no se prosiguiese la destrucción, comenzada por el interior de la iglesia catedral. Pero la soldadesca tuvo libertad para adelantar el saqueo. Drake estaba furioso por haber hallado una comunicación de la corte española en que se le anunciaba al gobernador la venida suya, mencionándolo como pirata. Trabajo costó al obispo calmarlo.

Duro fue aquel golpe para Cartagena pero no se abatieron sus vecinos ni lloraron como mujeres los que estuvieron incapacitados para defenderse como hombres. El siglo XVII es período de intensa y variada actividad constructiva y de realizaciones. Durante él la ciudad adquiere carácter externo de tal  su sociedad alcanza a equipararse con cualquiera otra de las más antiguas de América. Ya no es el poblado indígena con injertos españoles, sino bien encarada urbe en camino de llegar a ser de las mejores del Nuevo Mundo. Ingenieros como Cristóbal de Rodas, Juan Bautista Antonelli, Juan de Semovilla Texada, José de Lara, Francisco Ficardo, Juan de Hita y Ledesma, Luis de Venegas, Juan de Herrera y Sotomayor y el holandés Ricardo Car, autor de los planos del castillo deSan Felipe de Barajas, tienen a su cargo las múltiples obras materiales que por doquiera se adelantaban en esos cien años de la vida de la ciudad de Heredia. Aún resisten la demoledora acción del tiempo muchas de ellas, para honra de quienes las realizaron y grandeza histórica de la ciudad.
Dentro de las enormes murallas de Cartagena hay veintitrés bóvedas de doce metros de altura y de un ancho de quince a dieciocho metros, construidas en 1789 para resguardo de la tropa y almacén de víveres y municiones. Posteriormente fueren usadas como cárcel para presos políticos. Vista de la muralla desde el interior.

La iglesia catedral quedó concluida en sus obras principales el año 1612; a los conventos de Santo Domingo, San Francisco y San Agustín siguieron el de la Candelaria de la Popa, las iglesias de la Trinidad, de San Roque y Santo Toribio, el convento e iglesia de Santa Teresa, el convento e iglesia de la Merced, los de la Compañía de Jesús, los conventos e iglesias de Santa Clara y recoleta de San Diego. En 1610 se estableció el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, tan condenado por quienes en realidad desconocen cómo fue su funcionamiento en Cartagena, y cuyo edificio es uno de los más hermosos y artísticos de dicha ciudad.

Entre las edificaciones oficiales para servicio público figuran la Casa de la Moneda (destruida por un incendió en este siglo), las Casas reales, o sea las ahora denominadas de la Aduana, la Casa de la Isla para el cobro de ciertos impuestos reales, demolida en mala hora para erigir allí el edificio de la Andian, y la casa del Ayuntamiento, hoy Palacio de Gobierno departamental.

Las edificaciones castrenses se prosiguieron con no menor interés, actividad y eficacia. Bajo el gobierno de Diego de Acuña (1611-1613), se comenzó con gran solemnidad el baluarte que se llamó de San Felipe. Se puso bajo tierra una lámina metálica con la fecha y el año (8 de setiembre de 1614), acompañada por una medalla de la Virgen y varias monedas de las circulantes en ese tiempo. Ese baluarte es el llamado hoy de Santo Domingo. Los planos fueron de Cristóbal de Roda. Se prosiguieron los tramos de muralla o baluartes hacia el Oriente bajo los gobiernos de García Girón de Loayza (1618-1626), de gloriosa memoria por su persecución a los piratas, y de Francisco de Murga (1629-1626).

En 1654, un temporal que amenazó inundar la ciudad destruyó gran parte de la llamada Muralla de la Marina, o sea el baluarte de Santa Clara, y la parte posterior del convento de ese nombre. El resto de las construcciones en esa direccióncorresponde al siglo XVIII. El naufragio, ocurrido el 17 de marzo de 1640, de la nave capitana y dos navios más de la escuadra portuguesa de Rodrigo Labod de  Silva, a la entrada del canal de Bocagrande, entonces de acceso a la bahía, produjo allí una acumulación de arena en forma tan excesiva que terminó por cerrar del todo dicha entrada, uniéndose así la península de Bocagrande con la isla fronteriza de Codego. Se comentó si debería abrirse de nuevo ese canal o dejarlo cerrado y despejar el de Bocachica para que sirviese de entrada a los navios que viniesen a la ciudad. Se decidió esto último y entonces se hizo fortificar esta nueva entrada, comenzándose la construcción de San Luis de Bocachica y una plataforma fronteriza, que vino a ser el castillo de San José. Estas obras fueron terminadas por Pedro Zapata de Mendoza, constructor también del castillo de San Felipe de Barajas.

Cartagena iba a grandes pasos recorriendo la vía de su engrandecimiento y fortificación y motivando a los pregones de la fama para hacer sonar su nombre en los ámbitos del mundo. Pero de nuevo vendría el infortunio a torturarla. En 1689 se había desatado en Europa la guerra de la última coalición de naciones contra Luis XIV dé Francia, por causa de la sucesión del Palatinado. Del Viejo pasó la contienda al Nuevo Mundo.

Una escuadra a las órdenes de Jean Bernard Janes,  barón de Pointis, fue despachada por el Rey Sol, para que con la cooperación de Juan Bautista Ducasse, gobernador de Petit-Goave y de los bucaneros de Tortuga, se apoderase de Cartagena de Indias. Gobernaba en ésta don Diego de los Ríos y Quesada, mandatario de notoria incapacidad e indecisión, circunstancias que facilitaron la toma de la ciudad por el marino francés. El honor de las armas españolas quedó, sin embargo, a salvo con la tenaz y prolongada defensa que del castillo de San Luis de Bocachica hizo Sancho Jimeno de Orozco y por la lucha cuerpo a cuerpo librada por una parte de la tropa y algunos vecinos notables y valerosos que cerraba el paso de los invasores en la brecha abierta al baluarte de la Media Luna.

Tristes y duros los días de permanencia de los franceses en Cartagena, por los desmanes de los bucaneros que la saquearon a despecho de la oposición de Pointis. En la relación de la toma de la plaza hecha por el coronel José Valle jo,' dice éste que en París vio pesar en la Casa de Moneda el oro, la plata, y avaluar las joyas y piedras preciosas' del botín" por la toma de Cartagena, lo cual se elevó a siete millones de pesos plata.

De los castillos y baluartes se llevaron noventa y ocho cañones de grueso calibre y todos los pertrechos existentes en los almacenes de guerra. Pointis mandó volar algunas porciones de las fortalezas y quemar las estacadas de las orillas del mar e hizo otros desperfectos en las fortificaciones, actos de destrucción inaceptables entre ejércitos regulares de naciones civilizadas. Luego que Pointis evacuó la ciudad, los bucaneros volvieron sobre ella y de nuevo se produjeron, y con mayor saña ahora, las escenas de violencia anteriores.

A la catedral fueron llevadas cuantas personas notables pudieron hallar a mano, y colocándolas entre barriles de pólvora destapados, las amenazaban con hacerlas volar si no denunciaban las riquezas que tuvieran escondidas. Nunca antes, ni después, Cartagena estuvo tan entregada a la violencia como en esta ocasión de la vuelta de los bucaneros. Durante muchos años se conservó el recuerdo angustioso de aquellos días entre las familias principales de la ciudad. El autor de este trabajo oyó, de niño, referencias trasmitidas por sus antepasados a sus padres y abuelos.

Pero Cartagena, como el Ave Fénix de los helenos, renació de sus cenizas. No vale ella tanto en sus días de prosperidad y gloria, como en los de postración y vencimiento. Y así la vemos, en la aurora del siglo XVIII, bajo la enérgica conducta de Juan Díaz Pimienta y Zaldívar, acometer la singular hazaña de expulsar del itsmo de Panamá a los escoceses conducidos y establecidos allí por la aventurera personalidad de William Paterson y comandados ahora por Alejandro Campbell. En las inmediaciones del sitio en donde estuvo la antigua Acia, los escoceses habían levantado una ciudad llamada Nueva Edimburgo, un fuerte con título de San Andrés, dominando un territorio apellidado Nueva Caledonia.

Aquella parecía una conquista definitiva. Pero de Cartagena zarpó su gobernador Díaz Pimienta el 12 de febrero del año 1700, con una pequeña escuadra al mando del almirante Salomón, y tropas criollas de la ciudad, de la villa de Santiago de Tolú y de la comarca del Sinú, dispuesto a arrojar de allí a los invasores. El 22 de abril del mismo año entró Díaz Pimienta a Nueva Edimburgo, después de otorgar una honrosa capitulación a los escoceses! Las almas nobles son siempre generosas. Los vencidos salieron con armas y banderas para no volver.

Páginas inolvidables en la historia de Cartagena fueron las de las vidas esclarecidas de fray Alonso de Sandoval y el padre Pedro Claver, en la empresa de redimir las almas de los esclavos negros. Los capitanes negreros que saqueaban las costas de África para proveer de esclavos a los explotadores de las minas y de las plantaciones de caña de azúcar en los territorios del Nuevo Mundo y llegaban con su mercancía al puerto de Cartagena de Indias, allí topaban con Sandoval, el Precursor, primero, y luego con Pedro Claver, el Apóstol, enseñando al mundo cómo debe practicarse la doctrina de Cristo. Nunca en ningún otro lugar de la tierra y en ningún tiempo se ha llevado a cabo una empresa más hermosa, más justiciera ni más noble que la de aquellos dos santos varones. Las modernas campañas en pro de las clases obreras son grotescas caricaturas de la magnífica labor de auténtica caridad de Sandoval y Claver. Su labor iba dirigida no sólo al cuerpo, sino principalmente al alma.

Torre de la Iglesia de San Pedro Claver. Llamado "el esclavo de los esclavos", Claver evangelizó y protegió a los esclavos africanos que construyeron las fortificaciones de la ciudad.
 
Fortaleza de San Felipe de Barajas, diseñada por el holandés Richard Car y construida par Pedro Zapata de Mendoza, fortificación clave de la heroica defensa de Cartagena contra los ingleses en 1741.

El hombre no podrá nunca despojarse de sus pasiones ni substraerse a las flaquezas de la naturaleza orgánica. La adquisición de la santidad atempera, mas no suprime los impulsos de la materia. Las consecuencias de tales fallas de la voluntad causan a veces sorpresas dolorosas. En el siglo XVII, un sonado escándalo religioso sembró en Cartagena la intranquilidad y desorientó las conciencias de los cartageneros. Las monjas adoratrices del convento de Santa Clara de Asís de Cartagena elevaron al obispo Antonio de Benavides y Piérola (1681-1712) una queja razonada contra los padres franciscanos, a quienes estaban espirítualmente sujetas. El prelado halló justas las quejas y desligó al monasterio de la dirección de los padres franciscanos, tomándolo a su cuidado personal.

Mas pasados algunos días, veleidades femeninas muy humanas, habiendo tenido noticia las monjas de que sería electo provincial de los franciscanos fray Antonio Chávez, hermano de cinco de las monjas clarisas, pidieron al prelado que volviese las cosas a su primitivo estado. El señor Benavides no era hombre que atendiese caprichos mujeriles y negó la petición.

De acuerdo ahora franciscanos y clarisas, se revelaron contra el obispo y acudieron a la Audiencia de Santafé en queja contra su diocesano. Los oidores, hombres también sujetos a pasiones y flaquezas, invadiendo jurisdicción que no les correspondía, decretaron conforme se les pedía. El prelado reclamó para ante el rey y mantuvo las cosas como estaban. Prodújose la escisión. Apoyaron a los frailes y monjas rebeldes otros conventos de la ciudad, excepto los jesuitas. Toda la población se dividió, según sus simpatías, por el obispo o por los frailes y monjas.

El gobernador Rafael Capsir y Sanz, el obispo de Santa Marta Diego de Baños y Sotomayor, comisionado por la Audiencia, los gobernadores siguientes, Juan de Pando y Estrada, Francisco de Castro y Martín de Pardo y Cevallos, y hasta el Tribunal de la Inquisición, abrazaron el partido de los rebeldes. El señor Benavides hubo de salir de Cartagena para Turbaco y después para la Península, y sólo al cabo de años fallaron el rey y el papa en favor del perseguido prelado; pero cuando se disponía a regresar a su grey, postrado por las amarguras soportadas, falleció en Sevilla, en 1712. En la historia de Cartagena hay esta sombra de ofuscación y pecado.

La política de extensión comercial instaurada en Inglaterra por el primer ministro Walpole en el siglo XVIII llevó al país a fuertes choques con el gobierno español. Llegó un momento en que el Parlamento estuvo por la guerra y se preparó una expedición como antes no había sido vista, al mando del marino y parlamentario Sir Edward Vernon para que viniese a la América a apoderarse de Cartagena. Aproximadamente 115 navios de combate, entre los cuales se contaban 34 de línea con 9.000 marinos y 14.569 hombres de desembarco y 2.070 cañones, y abundancia de pertrecho constituían la expedición. La plaza sólo tenía 1.774 hombres de tropa, 150 marinos armados y 500 milicianos, con 369 cañones de grueso calibre. La inferioridad numérica era notoria, no así el potencial humano y las formidables fortalezas castrenses. El asedio se prolongó desde el 13 de marzo, fecha en la cual se vieron las primeras naves enemigas acercándose desde Punta de Canoas hacia la plaza, hasta el 8 de mayo, que salieron de la bahía los últimos navios ingleses.

Blas de Lezo, comandante de la marina, resistió en el castillo de San Luis de Bocachica desde el 14 de marzo hasta el 9 de abril. La acción de armas más violenta fue el asalto al castillo de San Felipe de Barajas, el 20 de abril conforme al calendario gregoriano (9 de marzo para los ingleses). Los héroes de la defensa fueron el virrey Sebastián de Eslava, Blas de Lezo, el gobernador Melchor de Navarreta, el ingeniero Carlos de Noux, el comandante Pedro Casellas, el ayudante mayor Francisco Piñeiro, los capitanes Pedro Mur, Nicolás Carrillo, Lorenzo Alderete, Miguel Pedrol, Juan Jordán, Félix Celdrán, Bernardo Fuentes, Francisco Obando, Baltasar de Ortega, el edecán Manuel Briceño, los tenientes José Campuzano, Joaquín Andrade, Carlos Gil Frontín, Jerónimo Loayzaga, Manuel Moreno y E. Conni y el vecino Andrés de Madariaga. De Londres enviaron, creyendo asegurada la toma de Cartagena, un variado surtido de medallas conmemorativas, en las cuales se exaltaba la supuesta victoria, con frases elogiosas para los imaginarios vencedores y ridiculizantes de Eslava y Lezo. Triste despertar de un sueño ilusorio.

Monumento d Blas de Lezo, frente al castillo de San Luis

Los acontecimientos políticos y militares que se sucedían en Europa tenían necesaria repercusión en la América. Napoleón había cambiado la división política del Viejo Mundo en los quince primeros años del siglo XIX. España estuvo a punto de sucumbir. Las posesiones españolas, inspiradas por un sentimiento de lealtad a su metrópoli, se alistaron para la defensa. Pero mal comprendidas en la Península, intuyeron que había llegado la hora de constituirse en estados libres e independientes y surgió así la prolongada guerra de emancipación Cartagena realiza entonces la parte más gloriosa de su historia. Se declara independiente, se constituye en estado libre y adelanta campañas llenas de gloria y heroísmo, como la de la reconquista de Venezuela bajo el mando de Simón Bolívar y la resistencia al Pacificador Pablo Morillo en 1815. Se defiende denodadamente hasta el límite de la resistencia humana, agotando cuantos recursos le fue posible obtener y, antes que rendirse o capitular, se embarcan sus defensores en los pocos navios con que contaban, y pasando a velas desplegadas por en medio de la escuadra española, partieron el exilio llevando las banderas de la libertad, para regresar vencedores a recuperar la ciudad y entrar triunfantes en ella el 10 de octubre de 1821, después de conceder una honrosa capitulación al gobernador español Gabriel de Torres.

Muchos de sus hijos prosiguieron tras el penacho blanco del Libertador Simón Bolívar, oyendo las dianas victoriosas de Pantano de Vargas, Boyacá, Carabobo segundo, Pichincha, Junín, batalla naval del Lago de Maracaibo y Ayacucho. Ninguna otra ciudad de América ha hecho tanta historia como ella, ni ha padecido más que ella por la causa de la independencia y la libertad. Los sufrimientos, la miseria, los sacrificios, la despoblación y la muerte han sido ofrendas en los altares de la patria, soportadas con decisión, entereza y constancia. Bolívar, cambiándole los títulos de muy noble y muy leal que le otorgara Felipe II, dijo: "Salve Cartagena Redentora", y la apellidó "Heroica".

Ahora, Cartagena, bajo el tricolor colombiano y persuadida de que sólo la democracia es fuente de bienestar para las naciones, libra las campañas del trabajo, ufana y confiada en su porvenir.

Ha desbordado los viejos muros que la Circundan y se extiende con ritmo acelerado por la campiña circundante en nuevos barrios industriales y residenciales, para albergar una población que en breve superará el medio millón. Las fábricas más variadas en ella hallan favorable acogida, el mar la provee de toda clase de productos agrícolas o fabriles y la navegación aérea la mantiene en comunicación con el mundo entero con la brevedad del sonido. Edificaciones modernas la embellecen y a la sombra de la paz y de la libertad va triunfadora hacia el porvenir.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

Independencia de España: Batalla de Bailén

Batalla de Bailén






El 19 de julio del año 1808 tuvo lugar  la batalla de Bailén, cerca de Despeñaperros y entrada natural a Andalucía desde Castilla (España), el ejército español al mando del general Castaños, derrota al ejército francés, considerado el mejor de Europa, a cuyo mando se encuentra el general Dupont, lo que provoca la retirada general de las tropas napoleónicas de la Península. Esta importante victoria carga de moral a los españoles e impulsa con brío la lucha por su independencia. José I, hermano de Napoleón, huye. Este gran revés decidirá a Napoleón a intervenir de nuevo en España hacia donde pronto se encaminará y acabará ocupando toda la Península excepto Cádizy la Real Isla de León.

Hace 217 años daba comienzo la importante batalla de Bailén. Dupont, ante el peligro de que sus fuerzas quedasen cercadas en Andújar, intentó dirigirse hacia Despeñaperros por Bailén para encontrarse con las tropas de refuerzo de Vedel. Sería a las 4.00 h de la madrugada del 19 de julio cuando la vanguardia de Dupont se encontrase con los primeros destacamentos españoles. Tras desplegar el general Reding sus tropas en torno a Bailén, controlando los principales puntos en altura, el grueso de las fuerzas de Dupont llegó a las cercanías de la población jiennense. La refriega comenzaba en torno a las 5.00 o 6.00 h de la mañana, con una carga de caballería francesa que puso en fuga a la española, alcanzando a la artillería española, salvada in extremis por la infantería. Consciente de que sus fuerzas aún estaban llegando a Bailén, pero perseguidas por el ejército del general Castaños, Dupont decidió atacar en torno a las 8.00 h de la mañana: cuatro columnas de infantería apoyadas en los flancos por sendos cuerpos de caballería. El ataque de los jinetes franceses fue arrollador, pero el fuego artillero de las tropas españolas los obligó a retroceder. La infantería francesa, sobrepasada por el fuego que recibía, se repliega ante la carga de la caballería española. Dupont, agotado, comenzaba a temer que Vedel no llegaría a tiempo. En torno a las 10.00 h el resto de fuerzas de Dupont había llegado al campo de batalla, comenzando a desplegarse en orden de ataque, pero pese a estar frescos no fueron capaces de hacer retroceder a los de Reding. En un último esfuerzo por romper la línea española, Dupont ordenó un ataque general contra el centro de Reding, siendo frenado en seco por fuertes y constantes descargas de fuego artillero y de fusilería. La línea francesa no aguantó, y el ataque fracasó. Pasado el mediodía las esperanzas de Dupont de cruzar Bailén y unirse a Vedel se habían esfumado, y en torno a las 14.00 h apareció el general Castaños con sus tropas. Para Dupont, la guerra había acabado, y comenzaba un nuevo periodo en la Guerra de Independencia española.
Fuente Despierta Ferro.

domingo, 6 de julio de 2025

Virreinato del Río de la Plata: Fuga de amor en Carmen de Patagones

Planes de fuga y amor en la frontera

La antropóloga Lidia Nacuzzi reconstruye una historia de amor registrada en los documentos

Fuente



Autos contra Ana María Castellanos, “la más mala yerba o cizaña, capaz de infestalo y perderlo todo”. Archivo General de la Nación, fondo Secretaria de la Gobernación y Gobernación Intendencia. ID: AR-AGN-SGGI01-1428


En marzo de 1780, el fuerte de Carmen de Patagones estaba llegando a su primer año de existencia, su construcción avanzaba lentamente después de una relocalización desde la margen sur a la norte del río Negro. Se iban completando los muros de su planta cuadrada, la estacada y los bastiones; en su interior se habían ubicado la vivienda del superintendente Francisco de Viedma, la capilla, los almacenes, el cuerpo de guardia y los calabozos. Por fuera del fuerte se diseñaron nueve manzanas para las casas de los pobladores que fueron convocados desde Galicia, Asturias y Castilla. Las primeras familias comenzaron a llegar en octubre de 1779 y se agregaron al contingente inicial de oficiales, tropa, peones y presidiarios. La documentación de los legajos de Costa Patagónica da cuenta, casi día por día, de los sucesos de esta empresa colonizadora española que se inició en un lugar tan alejado de los otros centros urbanos de la época, solo accesible por vía marítima. El superintendente se ocupaba tanto de las cuestiones civiles de gobierno como de las militares, desde la administración de justicia al abastecimiento de alimentos, herramientas y materiales, incluyendo las negociaciones con los caciques indígenas de la región. Con ellos, que rápidamente se convirtieron en proveedores indispensables, acordaba el intercambio de bayetas, aguardiente, harina y yerba por vacas y caballos. Suponemos que, además, decenas de interacciones personales o negociaciones de diverso tipo, de las que no han quedado registros, deben haber sucedido entre los pobladores y los “indios” y “chinas” que integraban las comitivas indígenas. En uno de esos encuentros, el poblador Juan Domingo Basiga dio muerte al Capitán Chiquito, pariente de unos de los caciques. Tres días después se inició una información sumaria porque Basiga había intentado fugarse del bergantín en el que estaba preso, en la boca del río. La prueba de ese intento eran unas cartas que le fueron enviadas, estimadas como “un asunto que debía considerarse con mucho sigilo” y dieron origen a otra “sumaria” que se formó a nombre de su autora, Ana María Castellanos.

Los legajos mencionados están repletos de cartas que van dando cuenta de los avatares del fuerte y de su población. Son piezas cortas, con un formato muy estandarizado en cuanto a la redacción y la distribución del escrito en el folio, en ellas los escribientes tienen gran protagonismo como productores de los textos. Judy Kalman ha señalado que la injerencia de esos intermediarios a menudo da lugar a escrituras en colaboración. En este contexto, la carta de Ana es disruptiva. Hay otras voces de mujeres en estos papeles, pero nunca una expresándose por sí misma. Ella escribe sin intermediarios, rompe con los cánones epistolares y el formato establecido, aunque se vale de la pluma y usa cuartillas, un “recado de escribir” que le tuvieron que prestar. Utiliza el lenguaje corriente para convencer a su amado de fugarse “por tierra”, le hace llegar nombres de quienes lo ayudarán, le indica un lugar de reunión, propone unirse a la fuga (“quiero ir contigo”), cansada de su marido, “este borracho”. Puede ser que exagerara los argumentos (“soy capaz de tirar la cabeza al agua”, “los indios me quieren matar”) que se mezclan con frases apasionadas (“no puedo descansar este corazón de suspirar”, “me falta la prenda en que yo me miro”), en algunos pasajes enlaza ambos recursos: “dicen que te van para ahorcar por dios te lo pido que no me dejes que quiero morir contigo”. De las declaraciones de Ana y de sus supuestos cómplices, aunque todos niegan y se contradicen, queda claro que el deseo de huir no era exclusivo de ella, que muchos deseaban escapar de los duros trabajos o de las penas por cumplir, aún a costa de enfrentar el peligro de internarse en territorio indígena por rutas inexistentes.

Al cerrar el expediente, Viedma concluye que “la fuga es ilusoria”, “dimanada de la pasión” que dominaba a Ana y ordena liberar a los detenidos. Parece un final feliz para el momento folletinesco que nos hizo descansar de la monotonía burocrática de estos papeles. Sin embargo, su última línea nos repone a los prejuicios que todavía hoy combatimos: recomienda recluir a Ana a la “casa de la Residencia” en Buenos Aires.

Publicado originalmente en 2021, en Inspiraciones: pensamientos desde archivos.


Versión original

Como viene

Muy Sr mio: Remito à V.S. unos autos contra Ana
Maria Castellanos muger de Matias Legarreta para q
instruido delo que resulta dellos se digne V.S. decirme desseo
Destino ala citada muger como la mas mala yerua,
ò cizaña, capaz à infernar, y pereserse todo. El marido
es tan inutil enla vida, que por maravilla se halla
en su entero juicio, me ha dado infinito que hacer. El
mes pasado hizo à una puñalada aunque levemente
à Fran.co Xaviera niño de Silbaril, por cuyo motivo
le puse à trabajar de León con un grillete en la clace
de Reclusorio, se deserto y se iba à parar à otros Vicios: in­
mediatamente despaché por él, y me le trageron; le puse
preso enel cepo donde le he tenido mas de 8 dias, lo bolví
à sacar para el trabajo en la misma forma y al mismo
destinado, pero él continua embriagarse, y las locuras
de su muger le tienen como pasivo: estas circunstancias
reunio, y torpe sujeto son mis opniones à la de Deveren
mediar en qualquiera familia Poblazona pues la hon­
raze aze assegurar los primeros cimientos de la pobla­
cion; en cuya atencion espero de la Justifica V.S.
determinara lo justo, que enel interin que viene la
solucion de V.S. permanezca presa la d.na Maria
Castellanos enla forma que se halla por q no buelva...


Versión en castellano moderno (actualizado)

Cómo viene

Muy señor mío: Remito a usted unos autos (expedientes) contra Ana María Castellanos, mujer de Matías Legarreta, para que, instruido de lo que resulta de ellos, se digne usted decirme qué destino dar a la citada mujer, pues es como la peor mala hierba o cizaña, capaz de dañar y corromperlo todo. Su marido es tan inútil en la vida que por milagro conserva la razón. Me ha dado muchísimo trabajo.

El mes pasado apuñaló, aunque levemente, a Francisco Xaviera, un niño de Silbaril. Por ese motivo lo puse (al marido) a trabajar con grillete en la clase de Reclusorio. Se fugó y se iba a caer en otros vicios. Inmediatamente mandé traerlo y lo trajeron. Lo puse preso en el cepo, donde lo he tenido más de ocho días. Luego lo volví a sacar para el trabajo en la misma forma y lugar que antes, pero continúa embriagándose, y las locuras de su mujer lo tienen completamente anulado.

Estas circunstancias, y lo torpe del sujeto, son mis razones para opinar que deben evitarse en cualquier familia que forme parte de un pueblo, pues la honradez debe ser el primer cimiento de toda población.

En atención a lo anterior, espero que la justicia de usted determine lo justo, y que mientras llega la resolución, permanezca presa la dicha Ana María Castellanos en la forma en que se halla, para que no vuelva...


Versión explicativa (resumen interpretativo)

Este documento es una carta o informe oficial del siglo XVIII dirigida a una autoridad judicial o administrativa. En ella, el remitente solicita instrucciones sobre qué hacer con Ana María Castellanos, una mujer acusada de mala conducta grave. La describe como una persona destructiva, comparable con una “mala hierba” o “cizaña”, y responsabiliza en parte a su comportamiento de la decadencia de su esposo, Matías Legarreta, a quien también describe como incapaz y dado a los vicios.

Se menciona que ella apuñaló levemente a un niño (Francisco Xaviera), lo que llevó a que su esposo fuera puesto a trabajar en una especie de prisión o correccional con grillete, pero este se fugó. Tras su captura, fue castigado y regresado al trabajo forzado, aunque siguió emborrachándose. La situación familiar es vista como un ejemplo de desorden social, y el remitente opina que personas así no deben vivir en comunidades “poblazonas” (en desarrollo), ya que representan un mal ejemplo y un obstáculo para establecer una sociedad honrada.

Finalmente, se pide que, mientras se toma una decisión judicial, Ana María Castellanos permanezca detenida para evitar que cause más problemas.


miércoles, 2 de julio de 2025

Malvinas: En junio de 1770, España bombardea Puerto Egmont

Malvinas, junio de 1770. Los españoles desalojan a cañonazos a la guarnición inglesa de Puerto Egmont

La Voz del Chubut



Batalla de las Malvinas entre las fuerzas al mando de Juan Ignacio de Madariaga Aróstegui y las inglesas

El Combate de Puerto Egmont (o Puerto de la Cruzada) se produjo el 10 de junio de 1770 cuando una expedición española al mando de Juan Ignacio de Madariaga, intimó a la guarnición británica establecida en la isla Trinidad al norte de la isla Gran Malvina desde 1765 a abandonar el territorio. La negativa británica de salir fue respondida por la fuerza española conformada por unos 1.500 soldados en cuatro buques enviados desde el actual territorio continental argentino.​ El contingente británico no pudo resistir una fuerza tal, por lo que después de disparar sus armas, capitularon en términos, realizaron un inventario de sus tiendas tomadas y se les permitió regresar a su propio país en el buque HMS Favourite.​

Tras esta acción militar, el Reino de España efectivizó su control del archipiélago malvinense,​ quedando bajo soberanía española el único establecimiento poblado del archipiélago: Puerto Soledad.

El establecimiento y la posterior rendición de la colonia británica desencadenó la crisis diplomática por las islas Malvinas de 1770, que estuvo a punto de enfrentar a España y Francia con el Reino Unido.​ Las consecuencias de la crisis y su resolución aún son objeto de debate en relación con la disputa de soberanía que existe entre la Argentina y el Reino Unido.

jueves, 12 de junio de 2025

Guerra de Chinchas: El combate del 2 de Mayo

Combate del 2 de Mayo, el conflicto con participación civil: la historia detrás del enfrentamiento resuelto en pocas horas

Los antecedentes de este enfrentamiento se remontan a 1862, cuando la Corona española envió a las costas sudamericanas una flotilla naval bajo el pretexto de realizar una misión científica
Por Rafael Montoro || Infobae



Tras la batalla de Ayacucho en 1824, que dejó claro a España y al mundo que el dominio colonial había terminado, el Perú comenzó a forjar, no sin tropiezos, su incierta pero decidida identidad republicana. Pero como suele ocurrir con los imperios heridos, el país europeo no supo retirarse con dignidad y, décadas después, volvió a tocar la puerta —esta vez con cañones— pretendiendo recuperar lo que ya no le pertenecía.

Fue entonces, en 1866, que el puerto del Callao se convirtió en el escenario de una respuesta categórica: el combate del 2 de Mayo fue un grito de soberanía. A pesar de las divisiones políticas internas y la fragilidad institucional del país, distintos sectores sociales se unieron para resistir el bombardeo de la escuadra europea.

Los antecedentes de este enfrentamiento se remontan a 1862, cuando la Corona española envió a las costas sudamericanas una flotilla naval bajo el pretexto de realizar una misión científica. Pero, ¿qué ocurría en el Perú en ese año y en los siguientes hasta el inicio del conflicto bélico contra los españoles? Es sabido que, en ese entonces, la exportación de guano desde las islas del litoral transformó la economía y la política nacional.



El enfrentamiento entre Perú y España en el combate del 2 de Mayo de 1866 representó un acto de resistencia decisiva. (Marina de Guerra del Perú)

Antes del fuego: los hechos previos al combate del 2 de Mayo

A mediados del siglo XIX, el Perú atravesaba una etapa de prosperidad impulsada por la explotación del guano, un recurso natural altamente valorado en los mercados europeos. Durante años, este negocio fue administrado por firmas extranjeras, siendo la británica Antony Gibbs & Sons una de las más influyentes.


“Con una casa comercial como la de Gibbs manejando la mayor parte del comercio del guano que llegaba al Reino Unido, al Imperio Británico y a Europa, parecerían existir pocas dudas de que el Perú sería un excelente ejemplo de cómo trabajaba ese ‘imperio informal’”, escribió el historiador escocés William M. Mathew en su libro ‘La firma inglesa Gibbs y el monopolio del guano en el Perú’. 


Este dominio extranjero en el comercio del guano comenzó a debilitarse en 1862, cuando el Estado peruano promulgó una ley que priorizaba la participación de empresarios locales en la gestión del negocio. Esta medida permitió a los llamados ‘hijos del país’ retomar el control de una de las principales fuentes de ingreso nacional.


A unas 100 millas al sur del Callao, frente a la costa de Pisco, se ubican las famosas islas de Chincha. (Revista de Marina)

Mientras tanto, en Europa, España intentaba reafirmar su presencia en el ámbito internacional. Tras haber perdido la mayor parte de su imperio en América, emprendió diversas acciones militares, como la ocupación de territorios en Marruecos. Es sabido que aún mantenía posesiones en el Caribe, Asia y Oceanía. En ese contexto, volvió su mirada hacia Sudamérica, región donde había tenido dominio colonial.

En 1862, la monarquía española envió una escuadra al Pacífico sudamericano con el pretexto de realizar una expedición científica. No obstante, el verdadero propósito era establecer presencia en la región y velar por los derechos de sus súbditos. Entre los integrantes de la misión figuraba Marcos Jiménez de la Espada, reconocido por su labor en la recopilación de documentos históricos.

España también tenía entre sus objetivos instalar bases navales a lo largo de la costa del Pacífico. Al conocerse la partida de la escuadra, el entonces presidente peruano Miguel de San Román solicitó al Congreso poderes especiales para fortalecer la Marina. Sin embargo, el Legislativo le negó el respaldo.

San Román había asumido el cargo luego del mandato de Ramón Castilla, pero falleció en 1863, dejando la presidencia temporalmente en manos del propio Castilla. Poco después, Pedro Diez Canseco fue designado presidente interino, hasta que Juan Antonio Pezet asumió la conducción del país ese mismo año.


Juan Antonio Pezet fue presidente del Perú de 1863 a 1865. (afsdp.org.pe)

La flota española, al mando del almirante Luis Hernández-Pinzón, llegó a Valparaíso, donde fue recibida con desconfianza debido a sus aires de superioridad. Desde allí, se dirigió al Callao, arribando en julio de 1863. Aunque las relaciones entre Perú y España eran nulas desde la independencia, los oficiales españoles fueron atendidos en Perú durante su breve estadía.

Tras su paso por el puerto peruano, la expedición continuó su ruta. No obstante, un hecho en el norte del país provocó su regreso. En la hacienda Talambo, cerca de Chiclayo, donde vivían colonos vascos dedicados al cultivo del algodón, ocurrió una pelea con vecinos locales. El altercado dejó un español y un peruano muertos. Este episodio fue aprovechado políticamente por el diplomático Eusebio Salazar y Mazarredo, quien formaba parte de la expedición.

Salazar presentó reclamos en nombre de la Corona española. Alegaba representar directamente al rey con el título de comisario regio, una figura propia del periodo virreinal, lo cual fue rechazado por las autoridades peruanas. Su indignación creció y, en coordinación con Hernández-Pinzón, ocuparon las islas de Chincha, ricas en guano. Este acto fue considerado una agresión directa contra la soberanía del Perú.


Imagen de las islas de Chincha durante el siglo XIX, perteneciente a la colección Cisneros Sánchez.

En diálogo con TV Perú, el historiador Juan Luis Orrego Penagos dijo que los españoles tomaron las islas de Chincha “porque eran los principales yacimientos del guano”. “Al ocupar las islas, de algún modo estaban embargando el guano y ejerciendo presión sobre el Perú”, agregó.

La cancillería peruana informó a los gobiernos del continente sobre la ocupación extranjera. Es preciso señalar que el presidente Pezet no declaró la guerra a España, dado que el país no estaba preparado militarmente.

Respecto a la actitud del presidente, el historiador John Rodríguez dijo lo siguiente en el programa Sucedió en el Perú: “Habría que ponernos un poco en el lugar de Pezet. El problema que enfrentaba el Perú en ese momento era que, desde el punto de vista militar, no representábamos una fuerza disuasiva. Al gobierno peruano no le quedaba otra opción que intentar una salida diplomática”. 


Pese a su postura conciliadora, Pezet envió a Francisco Bolognesi a Europa en misión de compra de armamento. En paralelo, oficiales peruanos como Miguel Grau impulsaron la construcción del monitor Huáscar y la fragata Independencia en astilleros británicos. También se adquirieron otras naves como La Unión y La América, que ya estaban operativas.


La Unión fue una corbeta peruana.

En diciembre de 1864, el almirante José Manuel Pareja reemplazó a Hernández-Pinzón, y la escuadra española recibió refuerzos, incluyendo el acorazado Numancia. Ante esta situación, Pezet aceptó iniciar negociaciones. En representación del Perú, Manuel Ignacio de Vivanco firmó un tratado con Pareja el 27 de enero de 1865, a bordo de la fragata Villa de Madrid. En este documento, el Perú aceptaba pagar una deuda de tres millones de pesos a España y los españoles se comprometían a retirarse de las islas ocupadas.

El acuerdo fue mal recibido por la opinión pública y desató una ola de indignación. En Arequipa comenzó una rebelión que fue respaldada por oficiales como Lizardo Montero, quien ofreció su embarcación al general Mariano Ignacio Prado. Las fuerzas insurrectas marcharon hacia Lima y forzaron la salida de Pezet del poder. Tras ello, Prado asumió la presidencia en 1865.

Con Prado en la presidencia, el gobierno peruano comenzó a coordinar esfuerzos para hacer frente a la amenaza española. Manuel Pardo se ocupó de reunir recursos para la guerra; José María Quimper asumió funciones en materia de orden interno; y José Gálvez, figura del gabinete, lideró los esfuerzos políticos. Finalmente, el Perú declaró la guerra a España en enero de 1866.


El Tratado Vivanco-Pareja fue uno de los factores que impulsaron la revolución de corte nacionalista liderada por Manuel Ignacio Prado. (Borka Kiss)

Desarrollo del combate del 2 de Mayo

Chile reaccionó ante la toma de las islas guaneras de Chincha por parte de los españoles. Había cerrado sus puertos a la armada enemiga y, como represalia, la escuadra comandada por Pareja bombardeó el puerto de Valparaíso el 31 de marzo de 1866. Desde las colinas, los chilenos vieron la destrucción de su ciudad.

Tras el bombardeo al puerto chileno de Valparaíso, la escuadra española, comandada por el almirante Casto Méndez Núñez, se dirigió hacia el Callao. Antes de alcanzar su objetivo, hizo escala en la isla San Lorenzo, ubicada frente a la costa central del Perú.

Si bien estaban preparados para atacar desde el 1 de mayo, los comandantes decidieron esperar un día más, ya que el 2 de mayo tenía un significado histórico para España: conmemoraba el levantamiento popular de Madrid contra la invasión napoleónica en 1808.

En tierra, la ciudad del Callao mostraba señales claras de preparación: las casas mantenían sus puertas cerradas, banderas del Perú ondeaban por todas partes y los batallones se mantenían alertas cerca de las fortificaciones. También los bomberos, tanto de Lima como del Callao, se habían posicionado en los últimos edificios entre el puerto y Bellavista, listos para asistir en cualquier emergencia.


Las fuerzas peruanas emplazaron diversas baterías en el puerto del Callao. (Andina)

La escuadra española contaba con seis fragatas, una corbeta y algunas embarcaciones de apoyo, con alrededor de 300 cañones a disposición. Por su parte, los defensores peruanos habían instalado numerosas baterías y convocado a soldados y civiles. Muchos de los cañones eran nuevos, y sus operadores apenas habían tenido tiempo de entrenarse. La defensa estuvo organizada por José Gálvez, secretario de Guerra.

Alrededor de las 11 de la mañana del 2 de mayo, comenzó el enfrentamiento. Las naves españolas se colocaron en forma de V y avanzaron peligrosamente cerca de la costa. El fuego se abrió simultáneamente en todos los sectores. En el norte, los ataques fueron repelidos con eficacia, y los barcos enemigos sufrieron daños importantes. En el centro, los civiles habían instalado a última hora el llamado ‘cañón del pueblo’, que también entró en acción.

El sector sur fue el más golpeado. Allí operaba el imponente acorazado Numancia, que provocó serias bajas en las líneas peruanas. En esa parte del puerto se encontraba el Torreón de La Merced, una estructura aún inconclusa que parecía una torre sin terminar. Desde un nivel elevado, José Gálvez dirigía la defensa. Sin embargo, una explosión causada por una bomba alcanzó los sacos de pólvora usados como protección. El lugar estalló al instante, cobrándose la vida de Gálvez y de quienes lo acompañaban.


José Gálvez murió heroicamente durante el combate del 2 de Mayo. (Difusión)

Durante todo el combate, las bandas de música mantuvieron el ritmo con marchas militares, intentando elevar el espíritu de los defensores. Si bien la pérdida de Gálvez significó un duro golpe, la resistencia no se quebró. Sin un comando claro, la lucha se prolongó hasta el final de la tarde. A las cinco p.m., aproximadamente, cuando el sol empezaba a ocultarse, se ordenó cesar el fuego. Todavía en ese momento, el Fuerte Santa Rosa lanzaba sus últimos disparos.

Los daños en la ciudad no fueron tan graves como se temía. Además del colapso del Torreón de La Merced y algunos incendios menores, las pérdidas materiales fueron limitadas y la población civil apenas sufrió consecuencias.

Los españoles, convencidos de haber cumplido con su misión, se retiraron hacia la isla San Lorenzo. Allí atendieron a sus heridos, enterraron a sus muertos y repararon sus embarcaciones. Poco después iniciaron el regreso a su país. Su presencia en aguas sudamericanas había durado casi cuatro años, y el viaje de vuelta por el Cabo de Hornos durante el crudo invierno fue trágico: muchos tripulantes murieron por enfermedades como el escorbuto.





martes, 13 de mayo de 2025

Invasiones Inglesas: Batallón Buenos Ayres del Ejército de Galicia

La increíble historia del Batallón de Buenos Ayres del Ejercito de Galicia






La primera invasión inglesa a la ciudad de Buenos Aires en 1806 encontró muy poca oposición; las defensas porteñas fueron sobrepasadas rápidamente y apenas tres días después del desembarco, las tropas británicas hacían flamear su bandera triunfalmente. Dos meses más tarde, los criollos al mando de Santiago de Liñiers avanzaron hacia el viejo parque de artillería y derrotaron al destacamento rival. Desde allí siguieron combatiendo hacia la Plaza Mayor, de donde expulsan a los ingleses y logran recuperar el control de la ciudad.
Luego de la Reconquista, el Virreinato del Río de la Plata volvió a enviar tropas a la Banda Oriental del Uruguay para fortalecer las defensas en caso de otro ataque inglés, que sucedió rápidamente.
A principios de 1807, iniciando la Segunda Invasión, pero esta vez con mayor armamento, los británicos bombardearon Montevideo varios días y tomaron la ciudad. Los oficiales de mayor rango fueron capturados y ante la negativa a ser intercambiados por presos ingleses, los enviaron a Londres para ser encarcelados.
La guerra continuó en tierras argentinas, pero la resistencia del pueblo local hacia una nueva invasión y las milicias mejor organizadas lograron vencer al enemigo invasor. En este contexto es donde sobresale la actuación de la tropa del “Tercio de Gallegos”, un grupo de soldados voluntarios nacidos en Galicia que ejecutó las acciones más gloriosas de la batalla, como lo explica Manuel Mera en su excelente artículo “Galegos na defensa de Bos Aires”.
Tras la rendición definitiva del general Whitelocke ambos bandos acuerdan devolverse recíprocamente a sus prisioneros. Luego de varios meses en prisión, los oficiales rioplatenses capturados en Montevideo recuperaron su libertad. Pero en vez de devolverlos al sitio donde los secuestraron, fueron conducidos en buques desde Plymouth a diversos puertos de la península ibérica: Así comenzaba a gestarse un sorprendente “intercambio de favores”.
Las tropas liberadas habían quedado dispersas en distintas zonas del norte de España, principalmente en Galicia y Asturias. No tenían ni ropa; así consta en un comunicado firmado en Oviedo el 4 de febrero de 1808 que reza “Debido a la falta de fondos para adquirir vestuarios, se ha visto en la necesidad de tomar 18 camisas de los despojos que aún quedaban del Regimiento de Nobles, ya que es voluntad del Rey que se vistan estos soldados”.
Mientras esperaban el regreso a su patria, con mucho esfuerzo lograron reunirse todos en La Coruña, cuando el 2 de mayo de 1808 el pueblo se levanta contra Napoleón. Las provincias comienzan a gobernar en nombre del Rey y forman unidades militares propias para la Guerra de la Independencia. Es entonces cuando la Junta Gubernativa de Galicia crea el “Ejército de Galicia” y convoca a las tropas liberadas, ya que en ese momento hubiera sido imposible transportar un regimiento desde América debido al mencionado bloqueo.
Los casi mil soldados veteranos provenientes de nueve unidades del Virreinato del Río de la Plata que habían sido tomados prisioneros por el ejército británico durante la conquista de Montevideo, se unieron a la infantería del Ejército de Galicia recibiendo el nombre de “Batallón de Buenos Aires”. Si bien en el grupo había integrantes de Uruguay y Paraguay, el nombre del batallón abrazaba el recuerdo de la tierra de donde provenían la gran mayoría de ellos.
También llamados “Colorados de Buenos Aires”, por utilizar uniformes ingleses de guerras anteriores (tomados en 1782 al capturar una fragata que llevaba vestimenta para tres regimientos en Gibraltar), se incorporaron bajo las órdenes del General Blake, destacándose por su experiencia en momentos en que España tenía disponible muy pocos soldados, ya que la mayor parte del ejército formal permaneció en el exterior durante las guerras napoleónicas.
Los integrantes del Batallón Buenos Aires además fueron elegidos para formar diversas unidades de combate, principalmente en el Escuadrón de Dragones del General y el Regimiento de Infantería de Mondoñedo. También fueron incorporados al célebre Regimiento “El Inmemorial del Rey”: Desde el 8 de junio de 1808 hasta 1811, se enfrentaron a los ejércitos napoleónicos en más de una docena de batallas por todo el noroeste español.
En el asedio de Astorga se da una de las grandes paradojas de esta historia: Los integrantes del Batallón de Buenos Aires, que habían sido prisioneros de los ingleses, fueron los encargados de defender la retirada de sus ex captores, que enfermos y agotados huyeron a Inglaterra desde el puerto de La Coruña. Una de las tantas acciones heroicas que los llevó a recibir media docena de distinciones, entre ellas la de “Beneméritos de la Patria”.
Luego de muchas bajas e incorporados en otros regimientos, varios miembros del Batallón aún permanecían a fines de 1810 formando parte del Ejército de Galicia, asentados en las bases de Puebla de Trives, La Coruña y Ferrol, que incluyó una nueva campaña hacia las costas cantábricas. Un año después, por los procesos de independencia de las colonias, España desmovilizó el Batallón Buenos Aires definitivamente, siendo la primera y única tropa española de América que luchó en suelo europeo.
Poco más de 20 soldados lograron volver al Río de la Plata, donde varios de ellos volvieron a destacarse. A Argentina regresaron, entre los más reconocidos, José Rondeau y Antonio Balcarce, que llegaron a ocupar los máximos cargos nacionales; ambos fueron elegidos Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata con un año de diferencia. Y a Paraguay retornó Fulgencio Yegros, quien fue el primer presidente de su país.
Hombres de Argentina, Uruguay y Paraguay, unidos para enfrentar a un invasor pirata colonialista. (como lo fueron durante toda su historia).

sábado, 5 de abril de 2025

domingo, 9 de marzo de 2025

San Martín: Condarco, nuestro hombre en Chile

El hombre clave del ejército de San Martín que se infiltró en Chile para hacer el mapa del Cruce de Los Andes

Se cumple un aniversario de la muerte de José Älvarez Condarco, estrecho colaborador del Libertador. La misión de recordar de memoria los pasos de montaña y cómo terminó sus días en el olvido

Por Adrián Pignatelli || Infobae

José de San Martín preparaba a contrarreloj la campaña del cruce y debía conocer los detalles de los pasos cordilleranos

En la previa del cruce de los Andes, los dos lados de la cordillera eran un hervidero de espías, de fingidos desertores que brindaban datos falsos, vecinos respetables que no lo eran tanto, y traidores a la orden del día. Los españoles se veían venir al ejército libertador que se armaba en Mendoza, pero ignoraban por dónde. José de San Martín se propuso confundirlos para que dividiesen sus fuerzas y colocarlos en inferioridad de condiciones. Para eso echó mano a distintos recursos, entre ellos el dato falso. Además, necesitaba saber si los pasos cordilleranos habían sido fortificados.

San Martín contaba con espías del otro lado de la cordillera, como era el caso de Juan Pablo Ramírez, que le informaba todo lo que pasaba en Concepción y en Talcahuano. También estaba Diego Guzmán, Ramón Picarte y Manuel Fuentes en la capital chilena, y Manuel Rodríguez en la región del Aconcagua. Además, envió distintos supuestos desertores, entre ellos dos sargentos de su confianza, que proporcionaron datos falsos a los españoles.

Alvarez de Condarco era un ingeniero tucumano, con conocimientos de física y de química. Además, tenía una memoria prodigiosa

En busca de los espías españoles

De la misma forma, el jefe del ejército libertador debía cuidarse de los espías que rondaban por Cuyo. Para eso, había implementado un sistema para identificarlos. Si lo supo fray Bernardo López, agente secreto del gobernador español de Chile, el mariscal Casimiro Marcó del Pont. El religioso fue apresado ni bien llegó a Mendoza. Cuando San Martín ordenó fusilarlo en 24 horas, el fraile dejó de lado su discurso de inocencia, reveló todo lo que sabía y entregó las cartas que llevaba escondidas en el forro de su sombrero, que debía entregar a diversos vecinos españoles que vivían en Mendoza.

A Pedro Vargas le ordenó simular que se había pasado a los españoles, lo hizo encarcelar a propósito, y así ganarse la confianza de los europeos. Dicen que tan bien interpretó su papel que hasta su propia esposa estuvo por romper el matrimonio con su marido traidor.

Pero San Martín planeaba una arriesgada misión. Debía conocer al dedillo los distintos pasos por la cordillera, y alguien debía relevarlos con la mayor precisión posible. Eligió para semejante tarea a Alvarez Condarco. Este tucumano, nacido en 1780, que había estudiado ingeniería, se las arreglaba con la física y con la química.

Casimiro Marcó del Pont era el jefe español que gobernaba Chile desde 1815

Estaba a cargo de la fábrica de pólvora que se había instalado en los terrenos que la cordobesa Tiburcia Haedo -la mamá del futuro general José María Paz- tenía entre la quinta de Allende y el pueblo de La Toma. Tuvo la idea de construir un molino que salió de su cabeza, y así se dejó de hacer la pólvora a mano. De dos quintales diarios, se la llevó a cerca de 400 libras, y resultó ser de mejor calidad que la que se compraba a otros países.

El hombre clave del ejército de San Martín

Era un hombre con experiencia. En 1813 manejó el arsenal del batallón de Auxiliares Cordobeses que estaba al mando del coronel Juan Gregorio de Las Heras. Cuando San Martín lo conoció, no lo dejó ir: lo nombró su ayudante de campo, también fue su secretario privado y como era un ingeniero con amplios conocimientos, fue el director de los talleres militares y el subdirector de la fábrica de pólvora.

Habría sido el autor de la orden de que nadie con espuelas podía ingresar al depósito de pólvora, a riesgo que el roce del metal provocase una chispa que hiciese volar todo por los aires. Y que por esa orden un centinela le había prohibido la entrada al propio San Martín, quien acató la disposición y además felicitó, en plena formación, al centinela en cuestión.

En los talleres del Plumerillo, manejado con el incansable espíritu de fray Luis Beltrán, se fabricaron fusiles, se forjaron cañones, bayonetas y se hicieron miles de proyectiles

Lo que José de San Martín conocía de este ingeniero era su memoria prodigiosa. Lo desvelaba reconocer al dedillo los distintos pasos para cruzar esa tremenda mole que es la cordillera de los Andes. El mismo hizo varias incursiones y mandó a diversos oficiales con el mismo propósito. Sin embargo, sabía que alguien haría el trabajo a la perfección.

A Álvarez Condarco le encargó que atravesase la cordillera, memorizase todos los detalles, llegase a Chile y regresase a Mendoza, donde debía volcar en papel lo que había visto.

Iría bajo el paraguas de una misión parlamentaria. La orden era que fuera a Santiago de Chile y entregase a Marcó del Pont un mensaje, en el que San Martín lo invitaba a reconocer la declaración de independencia.

Detalles de la misión

Debía ir por el camino de Los Patos, que era el más largo. San Martín sabía que el jefe español, si es que no lo mandaba a fusilar, lo haría regresar por el paso más corto, que era el de Uspallata. De esta forma, podría reconstruir dos caminos.

“Quiero que me levante en su cabeza un plano de los pasos de Los Patos y de Uspallata, sin hacer ningún apunte, pero sin olvidarse ni de una piedra”, le ordenó el jefe.

Cuando San Martín cruzó la cordillera, ya contaba con la invaluable información relevada por Alvarez Condarco

Vestido de paisano, y sin portar ninguna documentación que lo pudiera comprometer, se puso en marcha. Cuando llegó al primer puesto español, al oeste de Los Patos, el oficial a cargo lo hizo seguir. Pero como estaba anocheciendo y no podría registrar las características del camino, se hizo el enfermo, pernoctó en el lugar y así lo recorrió a plena luz del día.

Todo salió según lo previsto. Llevado en presencia de Marcó del Pont, el español se ofuscó de tal manera, que ordenó que al día siguiente el verdugo quemase en la plaza la declaración de la independencia que le había entregado Condarco.

Marcó del Pont le había puesto precio a la cabeza de San Martín. A fines de 1815 se había hecho cargo de Chile, reemplazando a Mariano Osorio, y había implementado diversas medidas, como el toque de queda o el decomiso de armas en manos de particulares. Era un militar que había sido prisionero de Napoleón y que había rechazado su ofrecimiento de sumarse a su ejército. Perteneciente a una respetable familia, era devoto de la Virgen María.

Mientras tanto, el mensajero fue alojado en la casa del coronel Antonio Morgado, jefe del Regimiento de Dragones de Concepción. Marcó del Pont lo tenía entre ceja y ceja, olía algo sospechoso y sus oficiales debieron convencerlo para que el tucumano no terminase en el paredón de fusilamiento. Antes de dejarlo ir, el mariscal le advirtió que cualquier otro parlamentario que enviase San Martín “no merecerá la inviolabilidad y atención con que dejo regresar al de esta misión”. Y sentenció: “Yo firmo con mano blanca y no como lo de su general que es negra”, aludiendo a su traición al rey de España.

El mapa del Cruce de Los Andes

Al otro día fue despachado, y por el camino más corto. A su regreso, Condarco volcó en papel las características de ambos pasos, que sirvieron para el cruce del ejército libertador.

En 1817 participó en la batalla de Chacabuco: fue el que llevó a orden de San Martín a Soler que apurase su ataque por el flanco para que O’Higgins no recibiese todo el fuego. Cuando Marcó del Pont fue apresado luego de Chacabuco, al intentar escapar en barco, lo llevaron a la presencia de San Martín. Cuando el jefe español intentó entregar su espada, aquel le respondió: “Venga esa mano blanca, mi general”.

Luego de Chacabuco, Marcó del Pont intentó escapar, pero en el buque que pensaba hacerlo zarpó sin él. Fue apresado y remitido a San Luis junto a los prisioneros tomados en ese combate, donde permaneció encerrado. Fiel a su palabra de no volver a tomar las armas contra los patriotas, no participó de la sublevación de enero de 1819 y fue trasladado a otro campo en el interior puntano. Ya estaba enfermo y el 11 de mayo de 1821 falleció.

Condarco también peleó en Maipú y en 1818 lo mandaron a Gran Bretaña para negociar la compra de buques para la campaña libertadora del Perú. Contrató para jefe de esa flota al controvertido almirante Thomas Cochrane.

Ya retirado, Chile lo empleó un tiempo en el departamento de Ingenieros y Caminos, y se las arreglaba dando clases de matemática. Cuando quiso regresar al país, no pudo hacerlo porque era antirrosista. Vivió en el país vecino donde murió el 17 de diciembre de 1855 en la miseria, al punto de no dejar testamento porque no disponía de bienes, y sus amigos debieron costear su sepelio.

En la década de 1980 en Tucumán surgió el proyecto de repatriar sus restos y rendirle el homenaje correspondiente. Pero ya era tarde. Su tumba, abandonada por décadas ya no existía y sus huesos fueron a parar al anonimato eterno en el fondo de una fosa común.