Fotografía que retrata al general Julio Argentino Roca, visiblemente emocionado y con un pañuelo en su mano derecha, en el cementerio de la Recoleta durante el día del entierro de su edecán y amigo el coronel Artemio Gramajo, el 12 de enero de 1914.
Ese día muchos se asombraron de que Roca pidiera la palabra para despedir a su amigo, ya que no era buen orador y no le gustaba hablar. Nunca se había visto al general llorando en público como esa vez. Roca diría con voz entrecortada: “Para mí, portar los restos mortales del coronel Artemio Gramajo es como adelantar mi propio funeral”. Sólo nueve meses más tarde Roca moriría y desde entonces están enterrados en mausoleos cercanos dentro del cementerio de la Recoleta.
Roca y Gramajo se conocieron en el año 1869 cuando el tucumano fue nombrado como jefe del Regimiento 7 con asiento en la provincia de Tucumán, mientras Gramajo se desempeñaba como su ayudante. A partir de ese momento, Roca y Gramajo estuvieron juntos en todas las campañas militares y hechos que sucedieron en los siguientes años: las batallas de Ñaembé y Santa Rosa, sería su edecán cuando Roca accediera al Ministerio de Guerra en 1878 y lo acompañaría durante la Conquista del Desierto. Gramajo seguiría siendo su edecán durante su primera presidencia y lo acompañaría en todos los viajes realizados por Roca al exterior.
La muerte de Gramajo profundizaría el estado emocional melancólico que invadía al expresidente en su último año de vida, reflejado en las cartas enviadas a su amigo Eduardo Wilde a mediados de 1913, donde Roca escribía: “¿Qué es de mi vida? Hago, mi querido doctor, lo que hace usted: vivir sobre las cenizas de nuestras cosas muertas, sin el recurso de una pasión absorbente, o de la vanidad intensa, de esas que animan a algunos hombres viejos, que viven y mueren contentos de sí mismos y a quienes la muerte sorprende en ese estado inconsciente de beatitud. ¡Cuánto misterio! A ti que eres profundo analizador del alma humana y gran filósofo, puedo hacerte la pregunta que se vienen haciendo los hombres desde que la humanidad existe: ¿Qué es la vida?”. Finalizaba la misma escribiendo: “Es difícil adivinar el mañana. Lo que sea, será. Yo me voy esta noche a ‘La Larga’, a hundirme en el silencio y la soledad de la pampa. Feliz tú, que puedes hacerte una pampa en tu escritorio”.
En otra carta del mismo año destinada a Wilde, Roca escribía: “Los años van pasando y destruyendo todo a su paso. Felizmente a mí no me han carcomido del todo. Mal que mal, voy aún conservándome de pie. ¿Por cuánto tiempo? Sólo Dios lo sabe”.
Argentina y Chile: la disputa por la Patagonia, 1843–1881
Richard O. Perry
The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363
La estatua del Cristo de los Andes conmemora la finalización de una controversia limítrofe de sesenta años que, en varias ocasiones, llevó a la Argentina y a Chile al borde de la guerra.¹ El conflicto, resuelto amistosamente por el rey Eduardo VII de Inglaterra en 1902, se originó en el Tratado de 1881, por el cual ambas naciones acordaron por primera vez los límites en la Patagonia, en el Estrecho de Magallanes y en Tierra del Fuego, tal como hoy los damos por sentados. La disputa previa al Tratado de 1881 fue larga y amarga. Si bien la Patagonia y las áreas adyacentes eran, sin dudas, posesiones de la Corona española, la desatención oficial durante todo el período colonial impidió que cualquiera de los Estados sucesores contara con un título claro sobre ellas con base en el uti possidetis.²
El Tratado de 1881, que reconoció la soberanía argentina sobre prácticamente toda la Patagonia, es objeto de recriminaciones por parte de historiadores chilenos nacionalistas del siglo XX, con Francisco Encina a la cabeza.³ Ellos sostienen que Chile tenía derecho legal sobre la Patagonia y que, además, contaba con el poder para hacer valer ese reclamo. Al contrastar el Chile del siglo XX —limitado en recursos, cercado por la cordillera y opacado por el enorme potencial de su vecino del este— con la primacía que habría disfrutado en el siglo XIX, argumentan que fue el Tratado de 1881 el que alteró el equilibrio de poder en Sudamérica. En consecuencia, caracterizan ese tratado como una rendición, con la connotación de que allí se habría traicionado el “derecho de nacimiento” de Chile.
Examinar la validez de los reclamos históricos respectivos, basados en el uti possidetis, excede el alcance de este trabajo. Baste decir que ninguno de los dos países tenía un título tan claro como para estar dispuesto a arriesgar un arbitraje. El propósito aquí es, más bien, analizar si Chile realmente quería toda la Patagonia y si tomarla estaba dentro de sus capacidades. El tema fue sugerido inicialmente por un estudio que mostró que, para los líderes argentinos del siglo XIX, la “Conquista del Desierto” de 1878 y 1879 de Julio A. Roca —que puso fin a la lucha secular con los pueblos indígenas por la posesión de la pampa— tenía una significación estratégica como culminación de un concurso imperial con Chile, cuyo premio era la Patagonia.
La Constitución chilena de 1833 estableció como límites nacionales el Cabo de Hornos al sur y la cordillera de los Andes al este. Hacia el sur, Chile en la práctica ocupaba solo hasta el río Bío-Bío, en Concepción, y algunos puntos fuertes como Valdivia más allá. Los araucanos (mapuches) permanecían virtualmente soberanos al sur del Bío-Bío, bloqueando la expansión como lo habían hecho sus antepasados durante tres siglos. El gobierno tenía pocos incentivos para desplazarlos, y el sentimiento popular —alimentado por la epopeya de Ercilla— reforzaba esa reticencia. Hacia el este, la pampa y la Patagonia, pobladas por indígenas considerados feroces, eran poco conocidas y se tenían por poco valiosas. La atención chilena, como desde los primeros días de la colonia, se dirigía hacia el norte: Panamá, todavía un foco importante del comercio internacional, y Perú, al que Chile buscaba disputar la hegemonía comercial de la costa pacífica sudamericana.
La atención chilena se desplazó hacia el sur, al Estrecho, y hacia el este, a la Patagonia, con la llegada de la navegación a vapor. Los dos primeros vapores de la Pacific Steamship Navigation Company, el Chile y el Peru, navegaron desde Inglaterra a Valparaíso en 1840. En vez de seguir la ruta de vela por el Cabo de Hornos, pasaron por el Estrecho de Magallanes, transformándolo de manera dramática en una vía acuática internacional importante por primera vez. Pronto el vapor desviaría hacia Valparaíso gran parte del tráfico que entonces pasaba por Panamá, ofreciendo a Chile la supremacía comercial a la que aspiraba. El control del Estrecho se volvió de repente vital, económica y estratégicamente, para Chile. Su importancia también fue advertida por otros: en las décadas de 1820 y 1830 expediciones inglesas y francesas estudiaron la zona y, dado que ni Argentina ni Chile ocupaban el Estrecho —ni Patagonia ni Tierra del Fuego— se consideraba inminente una ocupación europea.
Por eso, Chile fundó el Fuerte Bulnes en la península de Brunswick en 1843 para afirmar su reclamo sobre el Estrecho y territorios adyacentes en la Patagonia. El gobierno del presidente Manuel Bulnes no dudaba de su derecho a ejercer soberanía en las inmediaciones del fuerte o de Punta Arenas, a cuyo entorno trasladó la colonia en 1849. Pero específicamente negaba tener derecho a ejercer soberanía sobre la porción oriental del Estrecho. Su acción precipitada buscaba impedir una intervención europea, no provocar una disputa con Argentina.
Buenos Aires protestó tardíamente en 1847. Siguió un debate intermitente que culminó en 1853 con la publicación de Miguel Luis Amunátegui, Títulos de la República de Chile a la soberanía y dominio del extremo sur del continente americano, que, apartándose de la posición tradicional chilena y de la Constitución de 1833, sostuvo que Chile tenía un reclamo válido —basado en documentos de la Corona— no solo sobre el Estrecho cerca de su colonia, sino también sobre toda la Patagonia. Sobre esa base, el territorio de Magallanes —con capital en Punta Arenas— se amplió para incluir el río Santa Cruz sobre el Atlántico. Los reclamos chilenos se extendieron al norte hasta el río Negro en el Atlántico y el río Diamante, a la latitud de Buenos Aires, en la cordillera. La evidencia histórica y los argumentos de Amunátegui se convirtieron en la base de la controversia posterior.
Sea cual fuere la validez legal de esos reclamos, la Constitución de 1833, al fijar la cordillera como límite, y el gobierno chileno, al renunciar en 1843 a la mitad oriental del Estrecho, los habían abandonado. Por eso, Chile utilizó el Tratado de 1856 —básicamente un acuerdo comercial entre Argentina y Chile— para intentar reactivar derechos. En su artículo 39, ambos países acordaron reconocer como fronteras las que cada uno poseía al separarse de España en 1810; resolver pacíficamente los litigios; y, si no lograban acuerdo, someterlos al arbitraje de una potencia amiga. Pero no se definió cuáles eran esos límites en 1810 ni qué reclamaba cada uno en 1856. Chile, así, obtenía un nuevo punto de partida para su estrategia de expansión. Las negociaciones se postergaron hasta la década de 1870, cuando el canciller chileno Adolfo Ibáñez impulsó conversaciones con el ministro argentino en Santiago, Félix Frías. Ambos atribuían gran importancia a la Patagonia, y a medida que avanzaba la década las discusiones se volvieron más amargas, llevando a ambos países al borde de la guerra en 1878.
Sin embargo, pese a reclamos ambiciosos, Chile mostró sorprendentemente poco interés por la Patagonia. Punta Arenas —su instrumento de ocupación efectiva del Estrecho— tenía apenas 202 habitantes en 1861. Además, era una colonia penal: una base frágil para un proyecto “imperial”. Recién en la década de 1870 se estabilizó con la introducción de ovinos desde las islas Malvinas. Aun así, sufrió tanto abandono que su guarnición se sublevó en noviembre de 1877 al grito de “¡Viva los argentinos!”. Chile no ocupó el río Santa Cruz, pese a reclamarlo como límite norte de Magallanes sobre el Atlántico, aunque la desatención argentina pudo haberlo permitido. Tampoco ocupó el extremo atlántico del Estrecho, que consideraba vital para su seguridad y desarrollo y que se volvió un punto central en las disputas de los años setenta.
En contraste con la precaria colonia del Estrecho, para la década de 1870 los chilenos habían ocupado claramente las laderas orientales de los Andes. La cordillera a la latitud de Buenos Aires, aislada físicamente por la aridez pampeana y por los indígenas hostiles del lado argentino, era geográfica y económicamente parte de Chile, y lo siguió siendo hasta fines del siglo XIX. Del mismo modo que los asentamientos del piedemonte oriental de Cuyo habían sido poblados desde Chile en tiempos coloniales, continuaron las migraciones cuando el lado oriental pasó a manos del Virreinato del Río de la Plata y luego de la República Argentina. El flujo anual oscilaba entre 800 y 1.000 personas incluso hacia 1879, y para ese año la población total sería de unos 30.000. Inicialmente concentrados a la latitud de Buenos Aires, se desplazaron progresivamente hacia el sur y finalmente ingresaron en el valle del Neuquén, frente al corazón araucano de Chile. Allí establecieron estancias de ganado vacuno y ovino conocidas como “Chilecitos”. Funcionarios chilenos residían entre ellos, y tanto los chilenos como los indígenas cordilleranos reconocían su autoridad.
Al sur del valle del Neuquén se encuentra el otro gran afluente del río Negro, el Limay, y el lago Nahuel Huapi, de donde nace. El lago está en el extremo norte de un gran corredor natural —la Depresión Preandina— que corre al pie de los Andes hasta el Estrecho. Descrito por primera vez por George Musters (que lo recorrió en 1869–70), era la única ruta terrestre hacia el Estrecho desde Chile o desde Buenos Aires. Es la parte más hospitalaria de la Patagonia; allí y en los valles fértiles que se abren hacia el desierto vivía la mayor parte de la población indígena. La Depresión Preandina, y no la costa atlántica, era la gran vía norte-sur y la clave para el control de la Patagonia por cualquiera de los dos Estados. Pero el flujo espontáneo de colonos desde Chile hacia ese corredor —que habría permitido a Chile controlar la Patagonia— fue bloqueado por las tribus araucanas al sur del Bío-Bío. Las comunicaciones chilenas con los Andes orientales no se extendían más allá del alto valle del Neuquén.
En la vasta región entre la cordillera y el Atlántico, hacia el sur hasta Punta Arenas, Chile procuró sostener su “ocupación efectiva” obteniendo reconocimiento de soberanía por parte de los indígenas. A los caciques se les otorgaban rangos militares, sueldos y regalos a cambio. Pero Argentina competía por esa lealtad, y los pueblos indígenas, defendiendo sus intereses, jugaban a uno contra otro.
Argentina tampoco evidenció mayor interés por la Patagonia que Chile. Hubo una colonia argentina en el río Negro en la década de 1840. Pero más al sur, la costa atlántica inhóspita había sido descuidada por el gobierno de Buenos Aires incluso en tiempos del Imperio español. Observadores del primer tercio del siglo XIX describían a la Argentina como delimitada por el Río de la Plata, la cordillera y el río Negro. El Estrecho parecía quedar fuera de su horizonte en los años 1840. Incluso Domingo Faustino Sarmiento —futuro presidente argentino, entonces exiliado en Santiago— había aconsejado al gobierno chileno fundar la colonia en el Estrecho y negado en 1847 que su país tuviera fundamentos para impugnarla. Sin embargo, las ambiciones argentinas hacia el sur se reflejan en un estudio de Pedro de Angelis (1852) que expone la pretensión argentina sobre la Patagonia, el Estrecho y Tierra del Fuego. El trabajo de Amunátegui al año siguiente fue la respuesta chilena.
El foco de la atención argentina hasta los años 1870 estuvo en el escenario internacional del Río de la Plata. Aun así, Argentina empezó a hacer valer sus reclamos patagónicos desde la década de 1860: se fundó una colonia en el río Chubut (costa central) y se instaló un puesto en el río Santa Cruz para comerciar con los indígenas. En los años 1870 se exploró sistemáticamente desde el río Negro al Santa Cruz y desde el Atlántico a la cordillera. Las expediciones más extensas y famosas fueron las de Francisco Moreno, cuyos informes publicados en Buenos Aires en 1878 —en plena tensión por la disputa limítrofe— reforzaron la decisión argentina de poseer la Patagonia.
En la práctica, sin embargo, Argentina no ocupó efectivamente ni siquiera hasta el río Negro hasta que se completó la Conquista del Desierto en 1879. La frontera pampeana se expandía y contraía según la fortuna de la guerra indígena. Hasta los años 1870 nunca se extendió más de cien millas desde el Río de la Plata; más al oeste, el límite sur estaba aproximadamente en la latitud de Buenos Aires. La pampa más allá de la frontera estaba dominada por indígenas a caballo que mantenían guerra constante contra sus vecinos argentinos y un comercio ganadero lucrativo con sus vecinos chilenos.
Estos indígenas eran araucanos cuyos antepasados —o ellos mismos— habían sido atraídos hacia el este desde la cordillera y desde Chile por los enormes rodeos de la pampa oriental. Esos rodeos eran el centro de su vida. El caballo era tan vital en la pampa como en las Grandes Llanuras de Estados Unidos. El ganado vacuno, en cambio, tenía importancia comercial: desde mediados del siglo XVIII se vendía en Chile a curtidores y a los saladeros que producían carne salada y charqui para los puertos del Pacífico. En los años 1870 el volumen anual del comercio se estimaba en 40.000 cabezas. Algunos observadores sostenían que era tan grande que perjudicaba el comercio legítimo entre provincias argentinas y Chile, y parece fuera de duda que afectaba el precio de la carne en el sur chileno.
El ganado ofrecido por los indígenas pampeanos se obtenía asaltando estancias de la frontera argentina. Durante el siglo previo a la Conquista del Desierto, la frontera fue escenario de un conflicto sangriento continuo: los indígenas buscaban participar de la riqueza animal de las llanuras orientales. Columnas guerreras provenientes de las tierras araucanas de Chile, que miraban hacia el este como una oportunidad de enriquecimiento, reforzaban a sus aliados de la pampa; los malones se parecían a una guerra sin cuartel. Atacaban sin aviso desde el desierto para arrear vacunos, caballos e incluso ovejas. Capturaban mujeres y niños cuando podían y luego se desvanecían hacia el desierto con el botín, dejando destrucción, muerte y terror. Las fuerzas militares argentinas parecían impotentes: las columnas montadas que perseguían en la pampa volvían a pie, derrotadas no por los indígenas —que solían eludirlas— sino por un adversario igualmente formidable: el desierto desconocido.
Los indígenas conducían el ganado hacia el oeste por una red de rastrilladas bien establecidas, marcadas por incontables cascos durante largos períodos. Las conocían como Caminos de los Chilenos; enlazaban las fronteras de las provincias argentinas con los pasos cordilleranos hacia Chile, ofreciendo pasturas, leña y agua en el trayecto. La mayoría cruzaba el río Neuquén e ingresaba en la actual provincia argentina del Neuquén. Hacia el oeste, la cordillera que hoy es frontera con Chile es relativamente baja, con varios pasos abiertos todo el año. Del otro lado estaban las tierras de los araucanos no sometidos y las provincias chilenas, principales mercados del ganado robado. Ese comercio de ganado sustraído, realizado con comerciantes chilenos, fue la causa más importante de la guerra que devastó la frontera argentina. Orientó vastas áreas hacia el Pacífico, en lugar de hacia el Río de la Plata, pese a las barreras de la pampa árida y los Andes. Y, a juicio de autoridades argentinas, le daba a Chile control e influencia sobre la pampa y un eventual medio militar para hacer valer su reclamo sobre la Patagonia.
En 1774 el jesuita inglés Thomas Falkner había llamado la atención sobre la desatención española de la Patagonia y sobre la factibilidad de conquistar Chile desde el Atlántico avanzando por el río Negro y cruzando la cordillera con tropas indígenas auxiliares. Un siglo después, autoridades argentinas creían que la desatención pampeana volvía a la Argentina vulnerable a un ataque similar desde Chile. Desde 1849, expediciones chilenas habían reconocido esa ruta “al revés”, desde Valdivia a las nacientes del Limay, afluente sur del río Negro. En 1862, el chileno Guillermo Cox, probando específicamente la hipótesis de Falkner sobre el río Negro como vía de comunicación entre Valdivia y el Atlántico, debió regresar por presión indígena en el Limay. Los indígenas pampeanos constituían una fuerza auxiliar potencial, como la que Falkner había imaginado; y había refuerzos disponibles en la cordillera y en Chile.
Autoridades argentinas sostenían que una guerra con Chile por la Patagonia no se libraría en la Patagonia ni en sus aguas, sino a lo largo del borde norte y este de la pampa. Indígenas reforzados por pocos regulares llevarían la guerra a la frontera argentina, mientras el ejército chileno cruzaría la baja cordillera neuquina y tomaría el río Negro y toda la Patagonia hacia el sur. Los indígenas servirían de “colchón” para asegurar la nueva frontera chilena en el río Negro frente a ataques argentinos por tierra, mientras la marina chilena garantizaría la seguridad patagónica por mar. Los argentinos creían factible esa estrategia: se decía que indígenas cordilleranos habían ofrecido asistencia militar a Chile cuando la crisis alcanzó el umbral de guerra en 1878.
El peligro se agravaba por las relaciones argentinas con sus vecinos platenses. Argentina estuvo en la Guerra del Paraguay (1865–1869), durante la cual los indígenas devastaron la frontera. Al terminar la guerra y poder volver la atención al oeste y al sur, pareció inminente un conflicto con Brasil por el Chaco paraguayo. Incluso cuando ese riesgo cedió, Argentina debió ponderar la actitud brasileña ante cualquier decisión que pudiera llevarla a un conflicto con Chile. Una alianza chileno-brasileña, o un ataque chileno coincidente con una crisis en el Plata, incrementaría la vulnerabilidad de la frontera pampeana a un asalto con auxiliares indígenas.
Las actividades argentinas para fortalecer su reclamo patagónico en las décadas de 1860 y 1870 fueron acompañadas por acciones para arrebatar el control de la pampa a sus dueños indígenas. La estrategia básica era interponer un cordón militar entre indígenas y estancias para negarles el acceso a los rodeos del este y, así, privarlos no solo del ganado sino de los caballos de los que dependía su existencia. La estrategia se volvió más eficaz con el correr de la década. Las campañas de Roca en 1878 y 1879 buscaban establecer la frontera militar sobre los ríos Negro y Neuquén, creando una barrera natural, defendible, que terminara de manera permanente con el comercio ganadero y trajera paz a la pampa. Pero, desde la mirada argentina, Chile no podía permitirlo. Los incidentes jurisdiccionales en el lejano sur, cada vez más frecuentes, se interpretaron como parte de una maniobra chilena para desviar la atención nacional de la frontera pampeana y, sobre todo, forzar la postergación de la campaña de Roca, para que los indígenas conservaran su predominio y su potencial como auxiliares en una futura guerra por la Patagonia.
Dos semanas después de que Chile declarara la guerra a Bolivia y Perú (Guerra del Pacífico) en abril de 1879, Roca inició la campaña final de la Conquista del Desierto. La frontera argentina se estableció sobre los ríos Negro y Neuquén. Por primera vez, la autoridad nacional se ejerció sobre toda la pampa. La cordillera y sus habitantes chilenos también quedaron bajo control argentino. Además, la nación obtuvo bases avanzadas para proyectar su poder hacia el sur por la Depresión Preandina, por diplomacia o por la fuerza. Pero para Roca lo decisivo fue que la Conquista del Desierto terminó con el comercio ganadero y, con él, la influencia chilena en la pampa, negándole a Chile el medio militar para hacer valer su reclamo patagónico. Desde entonces, las autoridades argentinas consideraron que un tratado fronterizo satisfactorio era cuestión de tiempo.
Para los revisionistas del siglo XX, Chile “perdió su cita con el destino” al no presionar su reclamo patagónico cuando habría podido hacerlo con éxito. Sin embargo, cabe preguntarse si los líderes chilenos del siglo XIX alguna vez tuvieron la ambición de toda la Patagonia. La navegación a vapor, que volcó a Chile hacia el Estrecho, coincidió con el descubrimiento del valor comercial del guano como fertilizante, que reforzó simultáneamente su preocupación por el norte. Chile competía con Perú por la hegemonía pacífica y disputaba con Bolivia los derechos minerales en Antofagasta, lo que culminó en la Guerra del Pacífico. Además, muchos líderes chilenos no estaban convencidos por los argumentos de Amunátegui. Y existía una creencia extendida —basada en parte en Darwin— de que la Patagonia era inútil. Era evidente que Argentina pelearía por retenerla, y había consenso en Chile en que, si bien el Estrecho era vital para su futuro, el resto de la Patagonia no valía una guerra.
En 1865 Chile envió a Buenos Aires su primera misión diplomática desde el inicio del conflicto limítrofe, con el objetivo de resolverlo. La prensa porteña, que sostuvo con combatividad la posición argentina, acusó a Chile de querer la guerra para tomar la Patagonia. Pero el enviado chileno José Lastarria era escéptico tanto sobre el valor de la Patagonia como sobre el reclamo chileno. Ignorando instrucciones de sostener los reclamos sobre Patagonia además del Estrecho, insistió en que la Patagonia era posesión argentina y no estaba en discusión. Propuso un arreglo por el cual Chile recibiría toda Tierra del Fuego, la mayor parte del Estrecho y territorio al norte suficiente para seguridad y desarrollo. En Patagonia sugirió una frontera por las bases orientales de la cordillera aproximadamente hasta la latitud del Nahuel Huapi.
Los intereses de Lastarria se limitaban claramente al Estrecho: buscaba asegurar su porción occidental y garantizar comunicación terrestre entre Punta Arenas y Chile vía Nahuel Huapi y la Depresión Andina. Mientras negociaba, el ejército chileno avanzaba contra los araucanos, lo que podía volver accesible esa ruta. Pero su propuesta abandonaba a Argentina la cordillera oriental al norte del lago, precisamente el único sector de “Patagonia” que Chile ocupaba efectivamente. Se ha especulado que incluso al sur del lago Lastarria habría aceptado la cresta andina como frontera, dejando toda la cordillera oriental a Argentina, si con ello lograba sus objetivos en el Estrecho. En definitiva, su posición se parecía a la del gobierno de Bulnes en 1843: no aseguraba siquiera el Estrecho completo, mucho menos la Patagonia. El gobierno chileno desaprobó su propuesta, pero no la desautorizó. Argentina, concentrada en la Guerra del Paraguay, no insistió y el tema quedó estancado el resto de los años sesenta.
La disputa se reactivó en serio cuando el canciller chileno Adolfo Ibáñez la retomó en 1872. Ibáñez estaba convencido de los derechos chilenos sobre la Patagonia y era de los pocos en Chile que consideraba el área importante. Previendo la futura grandeza argentina, creía que solo la Patagonia permitiría a Chile mantener el equilibrio. La incomodidad argentina de comienzos de los años 1870, con riesgo de guerra con Brasil por las secuelas de la Guerra del Paraguay, pareció ofrecer una oportunidad. Pero la pugna por Patagonia se desarrolló bajo la sombra de rivalidades más antiguas en el Pacífico y también en el Plata.
Ibáñez buscó aprovechar la situación; Perú y Bolivia firmaron un pacto secreto contra Chile e invitaron a Argentina a sumarse. Sarmiento llevó el tema al Congreso. Sin embargo, el peligro para los intereses chilenos en los yacimientos salitreros de Antofagasta limitó las ambiciones de Ibáñez en Patagonia. En la retórica de la disputa, podía afirmar que toda la Patagonia pertenecía a Chile, pero en la práctica buscaba el Estrecho y una porción de la costa atlántica, y retener los valles de la cordillera oriental ocupados por ganaderos chilenos, considerados indispensables como complemento de la limitada agricultura del Chile central. A medida que avanzaban negociaciones, moderó su posición y ofreció dividir la Patagonia a lo largo del paralelo 45, aproximadamente por la mitad. Estaba dispuesto a ceder pasturas de las laderas orientales e incluso la comunicación terrestre con Punta Arenas a cambio del Estrecho y una frontera sobre el Atlántico. La Patagonia tenía un valor meramente potencial; las campañas chilenas contra los araucanos se habían cancelado en 1870 y los accesos terrestres al sur seguían cerrados. El Estrecho, en cambio, era la principal ruta del comercio europeo al Pacífico y su posesión era vital. Ibáñez se lo explicó al ministro argentino Félix Frías: la posesión del Estrecho en toda su extensión era tan importante para Chile que de ella dependían no solo su progreso, sino su existencia como nación independiente.
Para los chilenos, “todo el Estrecho” implicaba una frontera sobre el Atlántico. Argentina concedía la porción occidental del Estrecho y la mitad de Tierra del Fuego, pero no aceptaba un enemigo potencial en su flanco sur y buscaba impedir que Chile ocupara cualquier porción de la costa atlántica, ya fuera en Patagonia o en Tierra del Fuego. Ese punto —y no la posesión de toda la Patagonia— fue el núcleo del conflicto durante el resto de la década. En el Tratado de 1881, cuando Argentina cedió a Chile el Estrecho entero, trazó la frontera de modo de excluir a Chile del Atlántico y obtuvo el compromiso de que el Estrecho no sería fortificado.
El debate Ibáñez–Frías continuó tres años. Sin acuerdo, la acción pasó a Buenos Aires: el canciller argentino Carlos Tejedor y el ministro chileno Guillermo Blest Gana acordaron en 1874 someter el tema a arbitraje, el primero de tres intentos infructuosos. Ninguno quiso arriesgar un fallo. Avellaneda anuló el acuerdo en 1875. En 1876 Chile reabrió negociaciones y envió a Diego Barros Arana como ministro, con instrucciones conciliadoras. Chile ya no pedía el paralelo 45, sino el río Santa Cruz o, como mínimo, el río Gallegos: en los hechos, pretendía el Estrecho y el límite natural más cercano al norte, lo que igual le daba presencia atlántica.
Hacia 1876, los problemas argentinos con Brasil y Paraguay se encaminaban a cerrarse y la actitud argentina se endureció. En el área disputada entre el Santa Cruz y el Estrecho, ambos Estados comenzaron a ejercer soberanía otorgando licencias para cargar guano y sal, expulsando buques autorizados por el otro. En 1876, Chile capturó el buque francés Jeanne Amelie que cargaba guano con licencia argentina: la prensa argentina clamó por guerra. Barros Arana firmó luego nuevos acuerdos de arbitraje con Irigoyen (mayo de 1877) y Elizalde (enero de 1878). En ambos, Chile aceptó las cumbres más altas de los Andes como frontera, reconociendo así que la Patagonia pertenecía a Argentina. Lo que quedaba por arbitrar era dónde trazar la línea en el Estrecho. Mientras tanto, se acordó jurisdicción interina: Argentina en todo el Atlántico hasta la boca del Estrecho; Chile en todo el Estrecho. Los negociadores sabían que esa delimitación interina influiría en el árbitro y que, en los hechos, estaban dibujando la frontera futura.
Chile volvía a su posición tradicional de la cordillera como límite oriental. La única herencia de Amunátegui y del Tratado de 1856 era su ambición por la porción oriental del Estrecho. Con modificaciones menores, esos acuerdos serían el Tratado de 1881 y el mapa actual. Pero en 1878 ninguno estaba listo: Chile quería un límite natural en el Atlántico (al menos el Gallegos) y Barros Arana había ido más allá de sus instrucciones; fue llamado en mayo de 1878.
Entretanto, la relación se deterioró. Argentina exigía cooperación chilena para terminar con el comercio ganadero entre indígenas y comerciantes chilenos; la negación y la falta de ayuda aumentaron el resentimiento. A la vez, incidentes entre Santa Cruz y el Estrecho elevaron la tensión: Chile capturó la Jeanne Amelie (1876), Argentina expulsó a la estadounidense Thomas Hunt (1877), y el buque argentino Fulminante explotó misteriosamente en Buenos Aires ese mismo año, desatando acusaciones y gritos de guerra. En Chile, donde la opinión pública había sido relativamente indiferente a los incidentes patagónicos, estallaron manifestaciones contra Argentina en Santiago en 1878. En ese clima, Chile apresó otra nave licenciada por Argentina, la Devonshire (registro estadounidense), y una escuadra argentina zarpó al sur mientras ambos se preparaban para la guerra.
Para Chile, la Guerra del Pacífico estaba a meses; para Argentina, al umbral del crecimiento extraordinario de los años 1880, la prioridad era la paz y el desarrollo. En Argentina se sentía que en una década el país sería lo bastante poderoso para tomar el territorio en disputa sin las incertidumbres de una guerra. El peligro de un conflicto que ninguno deseaba llevó a un nuevo acuerdo de arbitraje: el tercero, firmado en Santiago en diciembre de 1878 por el canciller chileno Alejandro Fierro y el cónsul argentino Mariano de Sarratea. Como antes, jurisdicción interina: Argentina en el Atlántico, Chile en el Estrecho. Aunque se estipuló que no influiría en el árbitro, implicaba que Chile abandonaba su posición atlántica; hubo oposición en su prensa. Pero la inminente guerra con Perú y Bolivia hacía deseable la paz con Argentina y Chile ratificó en enero de 1879. Argentina, ya aliviada por el estallido del conflicto en el Pacífico, rechazó oficialmente el pacto en julio de 1879 y, tras la partida del ministro chileno José Balmaceda, las relaciones quedaron casi cortadas.
En Argentina, el sentimiento anti-chileno era tan intenso que hubo apoyo para aliarse con Perú. Pero no convenía entrar. Se esperaba que incluso un Chile victorioso quedara debilitado, permitiendo a Argentina imponer un arreglo. Sin embargo, cuando Chile, tras victorias sorprendentes, anunció que retendría permanentemente Antofagasta y Tarapacá, Argentina temió que el arreglo pudiera ser dictado por Chile y reconoció la ventaja de negociar mientras Chile seguía en guerra. Al mismo tiempo, las ambiciones territoriales de Chile generaron una ofensiva diplomática en su contra por parte de no beligerantes opuestos a la expansión por guerra. Argentina, sin sumarse al conflicto, adoptó una actitud benevolente hacia los aliados y jugó un papel importante en maniobras diplomáticas para contener a Chile. Chile empezó a advertir que un acuerdo patagónico satisfactorio podía inducir a Argentina a darle “mano libre” para cerrar la Guerra del Pacífico.
La expectativa de que incidentes como el de la Devonshire se repitieran llevó al secretario de Estado James G. Blaine a alentar a los representantes estadounidenses en ambos países a facilitar una solución. Con relaciones casi cortadas desde mediados de 1879, los ministros de Estados Unidos en Chile (Thomas A. Osborn) y en Argentina (Thomas O. Osborn) mediaron aprovechando el cambio de actitudes. El Tratado de 1881, firmado en julio y ratificado en octubre, reprodujo los acuerdos que Barros Arana había alcanzado con Irigoyen (1877) y Elizalde (1878). Estableció los límites actuales en Patagonia y Tierra del Fuego: Chile recibió el Estrecho de Magallanes íntegro; Argentina recibió la Patagonia y logró impedir que un enemigo potencial se asentara en su flanco sur; Chile quedó excluido de la costa atlántica y, aunque avanzó hasta la entrada al Atlántico, aceptó que el Estrecho no fuese fortificado.
El Tratado de 1881 contenía los gérmenes de una controversia posterior. La cláusula que fijaba la frontera en “las cumbres más elevadas que dividen las aguas” asumía que la cresta más alta coincide con la divisoria de aguas; en realidad, no siempre. Al sur del paralelo 41, la cresta más alta estaba de un lado y la divisoria del otro. Con Argentina reclamando la primera y Chile la segunda, y sin concesiones, la disputa volvió al borde de la guerra hasta resolverse por arbitraje en 1902.
Pero así como el tratado ignoró realidades geográficas, las recriminaciones de historiadores nacionalistas chilenos también suelen ignorar la realidad de las relaciones internacionales del siglo XIX. Para Chile eran vitales la riqueza mineral del Atacama al norte y el Estrecho al sur. Pese a la visión de Amunátegui de una “Patagonia chilena” y a la importancia estratégica que líderes argentinos atribuían a la Conquista del Desierto, Chile mostró consistentemente disposición a conformarse con el Estrecho y solo la porción de Patagonia necesaria para asegurarlo. Incluso Ibáñez estaba dispuesto a canjear los valles andinos por el Estrecho. La cuestión real era si debía existir una presencia chilena en el Atlántico. No hay evidencia de que Chile realmente quisiera toda la Patagonia, pese a sus reclamos, ni parece que tomarla estuviera dentro de sus capacidades. Chile no podía obtener Patagonia sin guerra con Argentina, porque Argentina no aceptaría a Chile como vecino meridional. Pero un conflicto así habría empujado a Argentina a la alianza ofrecida por Perú y Bolivia, poniendo en riesgo intereses chilenos vitales en el norte y en el sur. Que la riqueza del Atacama resultara efímera y que el potencial agropecuario de la Patagonia se volviera un complemento necesario para las tierras restringidas de la vertiente pacífica son hechos del siglo XX. En la perspectiva del siglo XIX, entre la certeza mineral del norte y las posibilidades vagas de una tierra desconocida, poblada por “salvajes” hostiles, solo podía haber una elección.
Argentina and Chile: The Struggle for Patagonia 1843-1881
Source: The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363 Published by: Academy of American Franciscan History Stable URL: http://www.jstor.org/stable/981291. Accessed: 21/11/2014 18:17
El 17 de febrero de 1883, en las cercanías de la laguna Aluminé, en lo que entonces era el Territorio Nacional de Río Negro (actual provincia de Neuquén, Argentina), ocurrió un incidente armado conocido como el Combate de Laguna Aluminé, durante el contexto de la Conquista del Desierto argentina y la Ocupación de la Araucanía chilena. Una patrulla de exploración del Ejército Argentino, compuesta por tres oficiales y 33 soldados al mando del sargento mayor Juan Gabriel Díaz, se vio reducida a 19 hombres efectivos tras enviar dos grupos en reconocimiento. Esta fuerza fue rodeada por un grupo de aproximadamente 100 a 150 indígenas (principalmente araucanos, autodenominados mapuches), quienes amenazaban con atacar.
En ese momento, un infante chileno se acercó al flanco izquierdo argentino portando una bandera de parlamento. Al detectar que detrás de él avanzaba una compañía de infantería ocultándose, Díaz ordenó abrir fuego. Los atacantes cargaron a bayoneta, pero fueron repelidos por los argentinos. Según el parte oficial argentino, resultaron siete chilenos muertos en el campo, mientras que los heridos fueron evacuados por los indígenas. Se capturaron seis fusiles Martini-Henry, que eran de dotación estándar en el Ejército de Chile durante ese período (ver), habiendo sido adoptados alrededor de la Guerra del Pacífico (1879-1884).
Las fuentes argentinas describen el episodio como un enfrentamiento con tropas chilenas, enfatizando el heroísmo de la patrulla local. Sin embargo, versiones chilenas o neutrales aclaran que los involucrados chilenos podrían no haber sido soldados regulares del Ejército de Chile, sino posiblemente desertores, colonos o individuos aliados con los mapuches en un contexto de fronteras difusas y tensiones territoriales. El incidente, uno de varios roces menores en la Patagonia, no escaló a un conflicto mayor y se resolvió mediante vías diplomáticas entre Argentina y Chile. Personalmente, y conociendo la historia de la intervención subrepticia y reptil del Ejército de Chile en la Patagonia argentina a través de sus subsidiarios araucanos, lo que se combatió fue a tropas regulares. La historia de nuestros lamentables vecinos está siempre llena de mentiras y encubrimientos.
El Tratado Machaín-Irigoyen: su firma en 1876, la definición de la frontera y su impacto duradero entre Argentina y Paraguay
El acuerdo, firmado el 3 de febrero de 1876 en Buenos Aires, descartó cualquier cesión territorial. A partir de ese entendimiento quedó ratificada la soberanía argentina sobre Misiones y Chaco. Perfil
El Chaco Boreal se resolvió después; nunca hubo cesión de Misiones ni Bermejo-Pilcomayo al Paraguay | Collage
El 3 de febrero de 1876 marcó un punto de inflexión irreversible para la geopolítica del Cono Sur. En Buenos Aires, el canciller argentino Bernardo de Irigoyen y el representante paraguayo Facundo Machaín estamparon sus firmas en el documento que pondría fin a una de las disputas territoriales más tensas y prolongadas de la región: el Tratado de Límites que cerraba las heridas administrativas de la Guerra de la Triple Alianza.
A un siglo y medio de aquel evento, la configuración actual de las provincias del noreste argentino y la fisonomía de la soberanía paraguaya no pueden entenderse sin desglosar los términos de este acuerdo, que fue tanto un ejercicio de diplomacia pragmática como un alivio para una nación paraguaya que luchaba por su supervivencia tras el conflicto.
El acuerdo establece el límite oeste por el canal principal del río Paraguai hasta el Pilcomayo
La consolidación de Misiones y el Chaco Central
Uno de los pilares fundamentales del tratado fue la resolución del destino de la Provincia de Misiones. El acuerdo ratificó de manera definitiva la soberanía argentina sobre este territorio, extinguiendo las antiguas pretensiones paraguayas que se remontaban a la época colonial y la etapa de la independencia.
Sin embargo, el punto de mayor fricción se encontraba en el Gran Chaco. El tratado estableció una división clara basada en los cursos de agua:
-Franja Bermejo-Pilcomayo: El Paraguay renunció a toda reclamación sobre el territorio comprendido entre los ríos Bermejo y Pilcomayo. Esta franja quedó bajo dominio argentino, integrando lo que hoy conocemos como parte de las provincias de Formosa y Chaco.
-El arbitraje de Hayes: El área situada entre el río Pilcomayo y el río Verde fue sometida al arbitraje del presidente de los Estados Unidos, Rutherford Hayes, quien fallaría a favor de Paraguay en 1878. Un contexto de pragmatismo y presión
El tratado de 1876 no surgió de un vacío. Argentina, que había mantenido la tesis de que "la victoria no da derechos" —frase acuñada por el propio Mariano Varela años antes—, tuvo que equilibrar sus intereses territoriales con la necesidad de evitar la absorción total de Paraguay por parte de las ambiciones del Imperio del Brasil.
Un correntino, eslabón clave de una banda narco, fue procesado en Córdoba tras 13 años prófugo
Para Paraguay, la firma representó una cesión dolorosa. Con la capital aún bajo ocupación de las tropas aliadas y una economía devastada, la definición de fronteras le permitió iniciar un proceso de reconstrucción institucional y soberana.
La Compañía Leopardo (EA) desembarca en la isla Deceit.
Asalto helitransportado a las islas del Beagle
Por Esteban McLaren Para FDRA
Pocas epopeyas de nuestra historia nacional han sido tan silenciadas y olvidadas como la crisis del Beagle de 1978. Un episodio que movilizó a miles de argentinos, desde soldados hasta
civiles, y que estuvo a punto de convertirse en uno de los capítulos más
decisivos de nuestra soberanía. Poco y nada se menciona del mismo y solo renglones sueltos en biografías o relatos personales han emergido a lo largo de los años. No es que no se hayan publicado libros al respecto, pero si que no se recuerda en términos generales qué realmente pasó desde este lado de la cordillera. Muchos argentinos se terminaron enterando por la televisión trasandina de estos eventos. Documentales regulares se generaron con el natural punto de vista local respecto al conflicto. A pesar de la magnitud de los eventos y de la gigantesca movilización de
recursos humanos y materiales, esta historia se ha diluido con los
años, eclipsada por otros episodios como la Guerra de Malvinas y la
lucha antisubversiva. Pero el Beagle fue mucho más que una crisis
diplomática: fue un momento de unión patriótica, de preparación
estratégica y de defensa de los derechos nacionales.
Compañía Leopardo desembarcando en isla Deceit
El artículo de hoy se enfoca en los grupos de tareas convocados a operar en la ciudad de Ushuaia, para realizar el desembarco para la toma de las islas. Fue una operación combinada, como nunca antes se había formado entre las fuerzas militares y de seguridad de la Nación. Por un lado, la Prefectura Naval Argentina acercó sus helicópteros y grupo especial Albatros. Luego, la Armada Argentina acercó sus Alouettes 316 equipados con misiles SS.11 y SS.12, unidos a helicópteros Huey y Puma del Ejército Argentino así como helicópteros Sikorsky S-58 Choctaw y S-61 de la Fuerza Aérea Argentina. Se destinaron como tropas las ya ambientadas del Batallón de Infantería de Marina Nro. 4 (BIM 4) así como una compañía L del Ejército Argentino, primera colaboración entre estas fuerzas que se repetiría 4 años después en Tumbledown. Esta última unidad merece un análisis particular por su especial composición.
El asalto sería una combinación de desembarco anfibio en la isla Nueva, apoyado por bombardeo aéreo y naval, y asalto helitransportado a las islas del cabo de Hornos más al sur. Este relato es un homenaje a quienes, con profesionalidad y patriotismo, formaron parte de esa preparación, sabiendo que se encontraban al borde de un conflicto armado con Chile. La Operación Tronador, planeada con una meticulosidad sin precedentes, representó un esfuerzo conjunto de las fuerzas armadas y de seguridad argentinas, y marcó un hito en la historia de la cooperación militar de nuestro país. Fue un ensayo de valor, sacrificio y unidad que merece ser contado con orgullo.
El Teatro de Operaciones Austral (TOA)
En el contexto del Teatro de Operaciones Austral (TOA) durante los años 1978-1979, la Prefectura Naval Argentina jugó un papel clave ante la posibilidad de un conflicto armado con Chile, principalmente debido a la disputa sobre las islas ubicadas al sur del Canal de Beagle. La tensión escaló tras el rechazo argentino al laudo arbitral de 1977, que favorecía a Chile en la soberanía de las islas Picton, Lennox, y Nueva, entre otras. Ante la inminente posibilidad de guerra, ambos países se prepararon militarmente.
Personal del BIPNA Albatros y del COAN en el helipuerto de campaña Albatros
Creación del BIPNA Albatros
La ciudad de Ushuaia se transformó en el corazón del despliegue operativo, el punto de reunión para las fuerzas que se preparaban para defender la soberanía nacional sobre las islas en disputa. Desde este lugar estratégico, se planificó y organizó uno de los mayores esfuerzos combinados entre fuerzas militares y de seguridad de la historia argentina. Los organigramas están basados en Aguirre (2013) y Gianola Otamendi (2022).
Organización General del COZI FT 42 (CLNA Juan C. Malugani)
Unidad
Responsable
Detalles
Grupo Naval GT 42.1
CFNA Ricardo Hermelo
Ver detalles abajo
Agrupación IM GT 42.2
CNIM Carlos Valenti
Ver detalles abajo
Agrupación Defensa USU
CCIM Jorge Sáenz
Ver detalles abajo
Aviación Naval no embarcada GT 42.3
CNAV Roberto B. Moya
Ver siguiente organigrama más abajo
Grupo Naval GT 42.1
Sección
Responsable
Notas
AVCS
CCNA Marcelo Revilla Cornejo
-
AVAS
CCNA Jorge Nogueira
-
LRIT
CCNA Carlos Spini Slocker
-
LRID
CCNA Horacio Reyser
-
Grupo de Lanchas Torpederas (GRULA)
Ver tabla específica
-
Grupo Logístico
TN Vicente Palumbo
-
Agregados al GT 42.1
Ver tabla específica
-
Grupo de Lanchas Torpederas (GRULA)
Lancha
Responsable
Notas
LT Towwora
TNNA Carlos Oliveira
(* A cargo de las LLIT)
LT Alakush
TNNA Julio Vara
-
LPBD
TFNA Marcelo Ricardez
-
Torpederas LT y LLPP en los canales fueguinos
Agregados al GT 42.1
Sección
Responsable
Notas
APBT
CFNA Rafael Guiñazú
(** Relevo del Comandante del Grupo).
Destacamento Naval de Playas
CCIM Juan M. Gutiérrez
-
Grupo de Minado
CCNA Enrique Molina Pico y TN José Sciotti
Responsable en zona.
Agrupación IM GT 42.2
Sección
Responsable
Notas
BIM 4
CCIM Antonio Mocellini
-
Cía. EA Leopardo
Cap. EA Mario Fragni
-
Sec. VAR de BIVH
-
-
Agrupación Defensa USU
Sección
Responsable
Notas
Cía. Seg. IM
CCIM Jorge Sáenz
-
TNIM Marín
-
-
Batería Libertad
-
-
Batería Independencia
-
-
Batería AA
-
-
PNA Sec. Albatros
-
-
Notas:
(*) A cargo de las Lanchas Ligeras de Torpederas (LLIT).
(**) APBT: Relevo del Comandante del Grupo por parte del CFNA Rafael Guiñazú.
Ver glosario de siglas de rangos militares al final del artículo.
La Prefectura Naval Argentina aportó sus helicópteros con el Batallón de Infantería PNA Albatros, una unidad de élite que simbolizaba el compromiso con la soberanía nacional. La Armada Argentina desplegó sus helicópteros Alouette III, equipados con misiles antitanque SS.11 y SS.12, tecnología avanzada que garantizaba el apoyo aéreo preciso en un eventual enfrentamiento. El Ejército Argentino sumó sus helicópteros Huey y Puma, mientras que la Fuerza Aérea Argentina añadió los robustos Sikorsky S-58 Choctaw y S-61, aeronaves que personificaban el alcance de nuestra aviación militar. De todos modos, los S-58 y Huey aparentemente no estarían presentes en Tierra del Fuego sino en Río Gallegos.
Para apoyar a la Armada Argentina en la preparación para el posible conflicto, se creó el Batallón de Infantería Prefectura Naval Argentina Albatros (BIPNA Albatros). Este batallón fue establecido en septiembre de 1978 en la Escuela de Suboficiales Coronel Martín Jacobo Thompson, en Zárate, provincia de Buenos Aires. Se estructuró en cinco compañías, cuatro de tiradores y una de comando y servicio, con personal de diferentes destinos de la Prefectura Naval Argentina.
Los Alouette III del COAN operando desde Ushuaia
La 3ª Compañía estaba conformada principalmente por personal de la Agrupación Albatros, una unidad especializada en operaciones terrestres, mientras que el resto de las compañías de tiradores fueron integradas por personal en formación (aspirantes a cabos 2º y cabos 1º cursantes). A medida que se incrementaba la tensión, se organizó una 5ª Compañía y se inició el alistamiento de una 6ª, que funcionaría como una unidad de reserva.
Organización General del GT 42.3 (CNAV Roberto B. Moya)
Unidad
Responsable
Equipamiento
Esc. Aeronaval de Helicópteros
CCAV Emilio J. Del Real
Sea King y Alouette III (*). Ver detalles abajo
Esc. Aeronaval de Ataque
CCAV Aníbal Malnatti
Aermacchi MB 326 GB
Escuela de Aviación Naval
CCAV Roberto Crivellini
Ver detalles abajo
Aviones de Apoyo
Ver detalles abajo
Los Alouette estaban en el helipuerto de campaña Andorra, a cargo del TNAV Carlos A. Espilondo. Otros Sea King estaban embarcados en el ARA 25 de Mayo.
Escuadrón Aeronaval de Helicópteros
Categoría
Modelo
Cantidad
Notas
Helicópteros EA
Aerospatiale Puma
1
# - Ver detalles abajo
Helicópteros FAA
Sikorsky S-61
7
# - Ver detalles abajo
Helicóptero S-61 de la FAA.
Escuela de Aviación Naval
Modelo
Cantidad
Notas
NA T-28 Fennec
14/15
Escuadrilla al mando del CCAV Roberto Crivellini
Mentor T34C
15
-
Aviones de Apoyo
Modelo
Cantidad
Notas
C45, C45 F
2/3 (C45)/2 C45F)
-
B80, B80 F
2 (B80), 1 (B80 F)
-
B80, SA22 DC3 C47, Skyvan (PNA)
1 B80-1 C47 -2/3 Skyvan
-
Pilatus Porter (ARA)
-
-
Notas:
(*) Los Alouette que se encontraban en la isla estaban a cargo del TNAV Carlos A. Espilondo, en un aeródromo auxiliar en el Valle de Andorra. Recordemos que había otros helicópteros Sea King (en configuración antisubmarina) y Alouette de rescate, pero estaban embarcados en el portaviones ARA 25 de Mayo (POMA). Al menos 12 Alouette se encontraban en Tierra del Fuego equipados con misiles SS.11 y SS.12, con posibilidad de añadir ametralladoras o cañón de 20mm de modo alternativo. Su misión era vigilar el lago Fagnano y el canal Beagle, alertar sobre incursiones aéreas y neutralizar el uso enemigo del área por unidades navales chilenas, apoyando al GT 42.1.
(**) Esta escuadrilla fue disuelta en 1978 e integrada a la Escuela de Aviación Naval como refuerzo para el conflicto con sus viejas aeronaves norteamericanas, también conocidas como North American T28P Fennec.
(#) Asignados solo para el helidesembarco
En cuanto a las tropas, el Batallón de Infantería de Marina N° 4 (BIM 4), una unidad acostumbrada al clima hostil de Tierra del Fuego, fue la fuerza principal en tierra. A ellos se unió una compañía L del Ejército Argentino, en lo que sería la primera colaboración operativa significativa entre estas dos fuerzas, un antecedente de lo que se repetiría años después en las colinas de Tumbledown, en Malvinas. Esta unidad mixta destacaba por su especial composición y por el coraje de sus integrantes, quienes sabían que el destino de la soberanía nacional dependía de ellos.
Despliegue al TOA
El despliegue del BIPNA Albatros comenzó el 8 de diciembre de 1978. Las compañías 1ª, 2ª y 4ª fueron trasladadas a Río Grande, en Tierra del Fuego, mientras que la 3ª Compañía y la 5ª fueron desplegadas en Ushuaia, para tareas de defensa urbana. Las operaciones del batallón se centraron en la defensa y preparación para el combate, posicionándose estratégicamente en el sur argentino mientras las tensiones con Chile aumentaban.
Despliegue de helicópteros en el helipuerto de campaña Andorra
El batallón recibió su bandera de guerra en Río Grande, en una ceremonia encabezada por altos mandos de la Prefectura, lo que reforzó el compromiso y el estado de alerta de la unidad. La "Operación Soberanía", planeada por Argentina para recuperar las islas en disputa, estuvo muy cerca de ejecutarse en diciembre de 1978, cuando la Flota de Mar navegaba hacia el Pacífico. Sin embargo, las condiciones climáticas y la intervención diplomática del Papa Juan Pablo II lograron evitar el conflicto bélico.
Despliegue de helicópteros Alouette III en el helipuerto de campaña Andorra
El planeamiento de los asaltos a las islas
La ejecución de la Operación Tronador fue un ejemplo de coordinación táctica y determinación estratégica. El plan contemplaba un asalto anfibio sobre la isla Nueva, apoyado por un bombardeo aéreo y naval de precisión. Posteriormente, se planificó también un audaz asalto helitransportado para tomar las islas del Cabo de Hornos, ubicadas aún más al sur, en una maniobra que aseguraría el control sobre las zonas más críticas de la región. La idea sería dominar todas las costas hacia el Atlántico, un reclamo mucho mayor al original.
Este plan no solo exigía valentía, sino también precisión y disciplina. Las fuerzas argentinas, conscientes de que cada paso sería determinante, se entrenaron con rigor extremo. Los pilotos se familiarizaron con los peligrosos vientos fueguinos, los artilleros ajustaron sus cálculos para operar en condiciones extremas, y los infantes de marina y soldados practicaron maniobras de desembarco en terrenos hostiles y helados. La Operación Tronador era más que una estrategia militar: era un acto de patriotismo en su forma más pura.
El despliegue final se realizaría con aproximadamente nueve aeronaves medianas y grandes de las tres fuerzas, distribuidas de la siguiente manera: helicópteros Sikorsky S-61 Sea King de la Armada, uno o dos SA-330 Puma del Ejército y siete Sikorsky S-61 de la Fuerza Aérea, bajo el mando unificado del CFAV Raúl Rivero.
Especificaciones técnicas de los helicópteros argentinos del TOA
Sikorsky S-61
Capacidad de transporte: Aproximadamente 24 a 28 soldados equipados, dependiendo de la configuración y el peso de la carga. Es un helicóptero de transporte mediano utilizado principalmente para tareas de búsqueda, rescate y transporte.
Aquí vemos un S-61 junto a CH-47 Chinook de la FAA SA-330 Puma Capacidad de transporte: Aproximadamente 16 a 20 soldados equipados. El SA-330 Puma es un helicóptero de transporte táctico diseñado para misiones de asalto aéreo, evacuación médica y transporte de tropas.
Huey UH-1 Autores como Sapienza Fracchia (2017) consideran que este helicóptero
estuvo disponible en las fuerzas argentinas. Seguramente si lo estuvo,
pudo haber sido en el área de Río Gallegos acompañando el asalto blindado a Punta Arenas, no en la isla grande de
Tierra del Fuego. Capacidad de transporte: Aproximadamente 8 a 10
soldados equipados.
Sikorsky S-58 Choctaw Al igual que el Huey, Sapienza Fracchia (2017) considera que este helicóptero estuvo disponible en las fuerzas argentinas. Nuevamente, si lo estuvo, pudo haber sido en el área de Río Gallegos, no en la isla grande de Tierra del Fuego (el S-58 se visualiza en la foto doble debajo, a la derecha, el helicóptero de la izquierda es un Hughes 500). Capacidad de transporte: Aproximadamente 12 a 18 soldados equipados, dependiendo de la configuración interna y el equipo. Es un helicóptero utilizado en diversas funciones, incluyendo transporte de tropas, carga y evacuación médica.
En pista: de izquierda a derecha, Sikorsky S-61, Hugues 500, Ch-47 Chinook y, al final, Bell 212, todos de la FAA
Aerospatiale SA-316 Alouette III Capacidad de transporte: Helicóptero artillado con 4 misiles aire-superficie SS-11/SS-12 antitanques filoguiados con mecanismo MLOS. El término MLOS hace referencia a "Manual Line-Of-Sight", o en castellano, "Línea de Mira Manual", un método de guiado utilizado principalmente en sistemas de misiles guiados. Este sistema implica que el operador controla manualmente el misil mientras mantiene contacto visual con el objetivo durante toda la trayectoria.
SA-316 Alouette III con S-11 en sus portantes laterales
Si tomamos en cuenta que los 2 Super Puma/Puma (16/20 soldados) del CAE junto con 7 S-61 (24/28 soldados) de la FAA estarían a cargo del asalto helitransportado, cada salida podrían llevar 200 y 236 tropas. El número final dependería del equipamiento adicional necesario para el asentamiento. Asimismo, los Alouette III del COAN iban equipados con misiles filoguiados SS-11 y SS-12 y con cañón de 20mm en algunos casos. ¿Cómo se verían esas acciones? Podemos ayudar a la imaginación ayudados por fragmentos de la obra fílmica francesa Attention !... Hélicoptères (1963).
Transporte y desembarco de tropas en las islas
Los
helicópteros accederían rápidamente a una zona de aterrizaje,
desembarcarían las tropas rápidamente para luego replegarse de nuevo a
la base Andorra o Bahía Aguirre para cargar más tropas para la siguiente oleada.
Ataque a torpederas o posiciones fortificadas chilenas
Una
vez detectado puntos fortificados con ametralladoras o cañones, el
punto fuerte sería atacada a la distancia con misiles SS-11/SS-12
franceses. Para ello, se utilizarían los Aerospatiale SA.316 Alouette
III armados adecuadamente con sensores ópticos y de guiado.
Las operaciones helitransportadas
Los hombres que participaron en estas maniobras eran jóvenes en su mayoría, provenientes de diferentes rincones del país, unidos por un mismo objetivo: defender la soberanía argentina en el fin del mundo. Cada uno de ellos estaba dispuesto a enfrentarse a las adversidades del clima, la geografía y el enemigo. Los helicópteros, barcos y tropas simbolizaban la voluntad de un país de no ceder ni un centímetro de su territorio sin luchar.
BIM 4 desembarcando en las isla Nueva
Los entrenamientos y las maniobras realizadas en Ushuaia durante la crisis del Beagle demostraron que Argentina poseía no solo los recursos, sino también la voluntad de defender su territorio y proyectar poder hacia su vecino. En el caso de las operaciones helitransportadas sobre las islas, diversas alturas en los destinos habían sido investigados por reconocimiento aéreo y para realizar asentamientos desde los cuales sostener la posición.
S-61 y Bell 212 de la FAA
En definitiva, los S-61 y Puma transportarían tropas a las islas de acuerdo al cronograma y las locaciones acompañados por un B-200 del COAN. Los Alouette III artillados tenían como misión original atacar blancos sobre el Lago Fagnano y activos navales chilenos en el Canal (torpederas, sobre todo) aunque podrían desplazarse para atacar posiciones fortificadas durante el desembarco y brindarle protección al avance de las tropas.
Rutas aéreas hacia las islas
Se supone que el despegue de las unidades partiría desde la base Andorra, al norte de la ciudad de Ushuaia. A fin de mantener la sorpresa, las unidades volarían a lo largo de la costa para reaprovisionarse en una base de dispersión en Bahía Aguirre. De allí saldrían al sur a los objetivos asignados (Evout, Hornos, Barnevelt y Deceit). Un Beechcraft B-200 del COAN, que ya había realizado en días previos un reconocimientos por las islas identificando lugares aptos para el aterrizaje, acompañaría a las unidades en sus trayectos a las islas del Sur en modo de avión guía. El despegue era anunciado a las 4AM del 23 de Diciembre, siendo casi 200 km hasta el objetivo, el tiempo de vuelo sin percances rondaría poco más de una hora. Debido a las capacidades de transporte, deberían ser varios vuelos para terminar de desembarcar todas las tropas. Hay que destacar que toda la operación, como ya se analizó en otra nota del blog, se realizaría bajo superioridad aérea argentina.
Aproximación elegida según Gianola Otamendi (2022)
Los helicópteros de mayor tamaño de las tres fuerzas se mantuvieron en reserva en Río Gallegos hasta el último momento, para luego desplegarse a Río Grande y sus pistas auxiliares cercanas. Con estas aeronaves, se proporcionaría apoyo a la Infantería de Marina en ambos frentes y, en particular, se realizaría el transporte del GT 42.2 durante su avance hacia sus objetivos marítimos.
Aproximación más corta pero en la que se perdería el efecto sorpresa. Una vez iniciadas las hostilidades probablemente sería ésta la ruta elegida para el reabastecimiento y recuperación de las dotaciones.
Como ya mencionó, la primera ola de esta operación partiría en helicópteros de transporte desde un vivac ubicado en las orillas del lago Fagnano, donde la unidad se había establecido antes del día "D". Posteriormente, el grupo reabastecería combustible en el aeródromo naval de campaña Frutilla, situado en la Bahía Aguirre, y desde allí volaría hacia sus objetivos, guiado por un Beechcraft B200 naval. Este B200, enviado desde el norte del país, realizaba un reconocimiento aéreo previo de la zona de desembarco, aprovechando la visibilidad del crepúsculo.
Para esta misión, el escuadrón de helicópteros formaba parte del Grupo Aeronaval Insular GT 42.3, despegando desde Río Grande y desde las estancias donde se habían establecido otros campos auxiliares. Estos campos, preparados y equipados, estaban ubicados en lago Fagnano, lago Yehuin, Bahía Aguirre, Puerto Español y varios puestos ganaderos, además de adaptar sectores pavimentados de la ruta Nº 3 como pistas temporales. En cada una de estas bases secundarias, se desplegaron secciones de aviones T28P Fennec, T34 Turbo Mentor y Aermacchi MB 326, junto con mecánicos, repuestos, combustible y equipos de seguridad.
BIM 4 embarcado en los S-61 de la FAA yendo a ocupar las islas Wollaston
Una unidad de helicópteros de ataque ligera y polivalente, compuesta por 12 aeronaves SA 316 B Alouette III de la Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros, fue desplegada rápidamente en una base establecida en el valle de Andorra. Su objetivo principal consistía en monitorear la costa sur del lago Fagnano, alertar sobre posibles incursiones aéreas desde el noroeste hacia Ushuaia y realizar patrullajes en el canal Beagle para evitar su uso por parte de unidades chilenas, ya sean lanchas torpederas o embarcaciones de superficie, mientras brindaba apoyo a las operaciones navales del Grupo de Tareas 42.1.
Previo al ataque del Grupo de Tareas 42.2 contra las defensas insulares, estas serían debilitadas mediante bombardeos realizados desde el portaaviones por el grupo aeronaval embarcado, complementados con acciones de las fuerzas especiales asignadas al Grupo de Tareas 42.1 (la Agrupación de Buzos Tácticos [APBT]) y el fuego naval proporcionado por lanchas rápidas equipadas con cañones de 76 mm.
El transporte de las siguientes oleadas de tropas y refuerzos se realizaría por mar, utilizando avisos y embarcaciones de desembarco del tipo EDPV del Destacamento Naval de Playas. A continuación, se presentan imágenes de las lanchas Higgins argentinas empleadas durante el conflicto en Malvinas.
Las 2 lanchas EDPV del Apostadero Naval Malvinas, en el muelle principal de la capital (1982)Fuente: Ricardo Vélez y Gustavo Bonaudo Una embarcación de desembarco de personal y vehículos (EDPV) transportando a integrantes del Apostadero Naval Malvinas por la rada de la capital, con Puerto Argentino detrás (1982)
En este breve relato, se puede apreciar la planificación de una operación anfibia con helicópteros que, aunque fue interrumpida por la mediación papal y el desenlace político de la escalada, contaba con todos los elementos del poder militar nacional.
Participación de la Aviación de la Prefectura Naval
Además del BIPNA, la Prefectura también movilizó su Grupo Aéreo, compuesto por aviones y helicópteros (Aguirre, 2013). Dos aviones Short SC.7 Skyvan 3M-400 y dos helicópteros Hughes 369HS fueron desplegados a Tierra del Fuego bajo el mando del Comando de Aviación Naval (COAN) de la Armada Argentina. Los Skyvan operaron desde Río Grande, cumpliendo misiones de transporte, mientras que los helicópteros Hughes fueron asignados al helipuerto de campaña "Andorra" cerca de Ushuaia, preparados para misiones de apoyo táctico, exploración y alerta temprana.
Oficiales de la Prefectura Naval Argentina pasan revista y saludan a sus subalternos desplegados en Tierra del Fuego durante 1978. En el fondo, se puede observar un helicóptero ligero Hughes PA-30 de la fuerza, integrado al Grupo Aeronaval Insular bajo el mando de la Armada Argentina. (Agostini, 2013)
Fuerzas de desembarco
El Conflicto del Canal de Beagle de 1978 entre Argentina y Chile,
por la soberanía de las islas Picton, Lennox y Nueva, llevó a la
planificación y movilización de fuerzas militares en ambos lados. Dentro
de este contexto, Argentina lanzó una serie de preparativos bajo la
llamada Operación Soberanía, con el objetivo de tomar las islas en disputa en caso de que las negociaciones diplomáticas fallaran. La infantería que sería destacada en las operaciones de asalto helitransportado y anfibio comprendían al Batallón de Infantería de Marina No. 4 (BIM 4) que, para esta operación en particular, contaba con el añadido de una compañía del Ejército Argentino (EA), la Compañía Leopardo. Esta compañía, a su vez, tenía la particularidad de estar compuesta por jóvenes oficiales, suboficiales y soldados de la clase, con los primeros provenientes de casi todas las Escuelas de especialidades del EA (Escuela de Infantería, Escuela de Caballería, Intendencia, Escuela de Comunicaciones y Escuela de Ingenieros). Veamos un poco a este personal.
El Batallón de Infantería de Marina 4
Se
creó por Decreto Nº 84.283 del 13 de febrero de 1941 y por resolución
Nº 74 C/68 CEJA (Armada) se trasladó la unidad a la Base Aeronaval
Almirante Zar, en la ciudad de Trelew. En 1978 y 1982 el Batallón de
Infantería de Marina No. 4 (BIM 4) se desplegó, junto al resto de la
Infantería de Marina, a la Isla Grande de Tierra del Fuego y en 1988 se
trasladó a la ciudad de Río Gallegos, para finalmente en 2002 instalarse
en su asiento actual en la ciudad de Ushuaia.
Plana Mayor del BIM Nº 4 en el Lago Fagnano, previo al helitransporte.
El asalto anfibio a las islas en disputa quedaría exclusivamente a cargo del BIM 4, realizado en lanchas de desembarco tipo EDPV previo bombardeo aéreo por parte del Grupo Aéreo Embarcado (GAE) del POMA "25 de Mayo". Las tropas se hallaban embarcadas en el ARA "Cabo San Antonio", parte del GT 42.2.
Precisamente
el BIM 4 (CFIM Antonio Mocellini, Comandante; TNIM Raúl A. Herrera,
Segundo Comandante) era la unidad anfibia designada para ejecutar la
operación en el sur. Estuvo formado inicialmente por dos compañías de
tiradores (Kaiken, con el TNIM Silvio E. Galíndez como jefe, y Jaguar, a
cargo del TNIM Marcos Moral), más la de comando y apoyos, un Estado
Mayor y una fracción sanitaria. Los objetivos para este batallón eran las islas Evout,
Hornos y Barnevelt.
Infantes de marina del BIM 4 sosteniendo una posición en Isla Nueva
El asalto helitransportado del BIM 4 (con el agregado de la Compañía
Leopardo) se realizaría con una agrupación de helicópteros medianos y
grandes de
las fuerzas armadas y de seguridad, guiados por un B200 de la Aviación
Naval.
Antes que Tumbledown, estuvo la Compañía Leopardo
En
Trelew, el BIM 4 recibiría la adición de una tercera compañía de
tiradores, muy peculiar en su orgánica, del Ejército Argentino (la
compañía L, bautizada internamente como Leopardo), conformada por
personal del Comando de Institutos Militares, al mando del Capitán
Mario Fragni. Aparte de las fracciones de tiradores, tenía un grupo de
ametralladoras, otro de cañones sin retroceso de 75 mm. y otro de
lanzacohetes como apoyos de fuego, además de uno de demoliciones. La
totalidad de los hombres era del orden de 124.
Oficiales de la Compañía Leopardo: de izquierda a derecha, Tenientes Silvestre y Merlo, Teniente Primero Daniel Stella, Capitán Mario Fragni, Tenientes Gorriz, Fernando Díaz Bessone, Abel Catuzzi y Torre.
Esta
compañía había sido denominada Sección Especial Acto de Soberanía eran
grupos asentamiento, secciones de infantería aerotransportada (operaciones aeromóviles, como se denominaban en esa época) destinadas a ocupar posiciones específicas durante la operación Tronador.
La compañía estaba compuesta por oficiales de las Escuelas de
Infantería, Caballería, Ingenieros y Comunicaciones junto a suboficiales y soldados.
Existía una composición de miembros provenientes de las diversas
escuelas de armas incluyendo la Escuela de Caballería
(Silvestri, Catuzzi, Diaz Bessone, Gorriz) pese a que no contarían con vehículos para operar en el terreno.
Desembarcando en isla Deceit desde un Puma del CAE
Estaban en el organigrama los miembros de la Escuela de Ingenieros como el Teniente Merlo; y el oficial Torres de Intendencia del Colegio Militar de la Nación (CMN). Durante el mes de octubre de 1978 se realizó la integración entre armas y actividades en Campo de Mayo. Todos los miembros de esta compañía eran la élite de la formación del Ejército Argentino. En definitiva, la Compañía Leopardo, estaba integrada por los siguientes oficiales: Jefe C.I.O. Capitán César A. Fragni, Jefes de sección: Teniente 1º Daniel Stella y Teniente Gustavo Gorriz de la Escuela de Infantería. De la Escuela de Caballería, Tenientes Carlos Silvestre, Fernando Díaz Bessone y Abel Catuzzi. De la Escuela de Ingenieros, Teniente Carlos Merlo. Del Colegio Militar de la Nación, el Teniente de Intendencia Ángel Torre. Quienes provenían de la Escuela de Infantería, entre ellos Fragni, Stella y Gorriz, habían realizado entrenamiento de paracaidismo y comandos y algunos ya eran veteranos del Operativo Independencia. La edad del grupo rondaba los 22 años.
Miembros de la Compañía Leopardo
Los miembros integraron las fracciones en Campo de Mayo durante el mes de Octubre. Como ya se hizo referencia, el grado de preparación de los oficiales era muy alto, exhibiendo variadas especialidades ofrecidas en el contexto de su preparación. La integración era necesaria dado que los jóvenes oficiales habían egresado de distintas escuelas del arma. Para el 24 de Noviembre las tropas ya habían arribado a Trelew para plegarse a la formación del BIM 4, integrándose y completando su instrucción conjunta en Campo de Instrucción del BIM. El objetivo inicial para el helidesembarco de esta sección era la isla Nueva y luego fue cambiado a la isla Deceit.
Los S-61 sobrevuela isla Wollaston
Las
tres fuerzas armadas, y la adición de la PNA, se encontraban sumamente preparadas, diversos elementos
con experiencia en combate en el monte por el Operativo Independencia.
Inicialmente el plan era destinar al BIM 4, con la Compañía Leopardo integrada
que realizara un desembarco vertical sobre las islas en disputa.
Específicamente, a la Compañía Leopardo le correspondería inicialmente un desembarco helitransportado en isla Nueva. Estos planes cambiaron a principios de diciembre.
En la zona de entrenamiento de Trelew, durante más de un mes, se llevó a cabo un proceso conjunto que combinó el adiestramiento y la estandarización de procedimientos en áreas clave como comunicaciones, coordinación de apoyos de fuego y maniobras. Este trabajo fue facilitado por el hecho de que la Infantería de Marina utiliza, desde hace tiempo, manuales de instrucción y doctrinas operativas del Ejército Argentino para los niveles tácticos. Existían, sin embargo, leves diferencias entre el trato entre suboficiales y tropa dentro de la IMARA y el EA que debieron ser compatibilizados. Como parte de este esfuerzo, la compañía Leopardo quedó finalmente integrada dentro de la logística naval del BIM 4.
En el caso de esta tercera subunidad, el Ejército seleccionó cuidadosamente a su personal y asignó a oficiales destacados provenientes de las escuelas de capacitación militar.
Posteriormente, las órdenes cambiaron: los nuevos objetivos a tomar eran las islas más al sur, cercanas al área del Cabo de Hornos. El helidesembarco en la Isla Deceit sería comandado por el Teniente Primero Daniel Stella (futuro comandante del Regimiento de Infantería 5 en Puerto Howard en Malvinas) y como segundo el Teniente Abel Catuzzi. Ambos decidieron combinar elementos de infantería e ingenieros para esta operación. A disposición de la Compañía Leopardo, el EA había dispuestos dos helicópteros Aeropastiale AS332 Super Puma perfectamente equipados. Al final de este informe se pueden apreciar simulaciones de la isla Deceit. Para ajustar los planes operacionales para la conquista de las islas más al Sur, los jefes de compañía y jefes de sección y sus suboficiales encargados de la Compañía Leopardo (isla Deceit para la Compañía Leopardo y el resto de islas para el BIM 4) realizaron varios reconocimientos aéreos a baja altura, tomando fotografías de las islas hasta el Cabo de Hornos, con un avión Douglas D-C3 del COAN con salida desde el Aeronaval Ushuaia. Esto permitió confrontar con la cartografía que se disponía.
Fennecs sobre Isla Nueva
Las
operaciones se habían ahora reconfigurado para un asalto anfibio a isla
Nueva, el lugar más fuertemente defendido por el Cuerpo de Infantería
de Marina (CIM) trasandino. Las operaciones comprendían una avanzada de
fuerzas especiales (Agrupación Buzos Tácticos) para el reconocimiento y
marcación del lugar de desembarco, así como identificación de posiciones
defensivas enemigas. Luego, sería seguido de un bombardeo aéreo y naval
del Comando de Aviación Naval (COAN). Posterior a esta tarea de
ablandamiento de las posiciones defensivas provendría el desembarco
anfibio y luego venia el desembarco anfibio por parte de fuerzas del BIM 4.
Operación Conjunta Planificada
Una operación se considera conjunta cuando participan componentes de más de una fuerza armada, con una colaboración desde el proceso de planeamiento hasta la ejecución. En este caso, la operación anfibia helitransportada planificada en 1978 fue una clara manifestación de esta cooperación entre el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea de Argentina.
Contexto Estratégico
El Teatro de Operaciones Austral (TOA), que incluía el sur de Argentina y las islas del Canal de Beagle, fue dividido en dos áreas de operaciones:
Área Norte de la Isla Grande de Tierra del Fuego: Bajo el control de la Infantería de Marina Argentina (IMARA), que debía ejecutar maniobras ofensivas para dominar esta zona. Estarían asignadas los BIM 1 (base de origen Misiones), BIM 3 (Ensenada), BIM 6 (Río Gallegos)y BIM 7 (en Chubut).
Área al Sur del Lago Fagnano: Enfocada en las islas australes y el Canal de Beagle, con operaciones que involucraban proyecciones anfibias y helitransportadas.
El Comando de la Zona Insular (COZI), liderado por el contralmirante Juan Carlos Malugani, asumió el control de las operaciones en la zona sur de Tierra del Fuego y el Canal de Beagle. Para este sector, se creó la Fuerza de Tareas 42 (FT 42), que integraba medios anfibios, lanchas rápidas, buzos tácticos y un grupo de tareas aeronaval con helicópteros.
T-28P Fennec del COAN volando sobre isla Nueva
Operación anfibia y helitransportada
El Batallón de Infantería de Marina N.º 4 (BIM 4) fue designado como la principal fuerza de combate anfibia. Su misión era proyectarse hacia las islas del Canal de Beagle. El BIM 4 fue reforzado con una compañía del Ejército Argentino, la Compañía Leopardo, compuesta por personal del Comando de Institutos Militares. Esta unidad mixta, con unos 600 hombres, formó un equipo conjunto entre Ejército y Marina, equipado con ametralladoras, cañones sin retroceso y lanzacohetes.
El asalto a las islas en litigio sería realizado mediante una operación anfibia helitransportada, en la que se planeaba utilizar helicópteros medianos y grandes de las tres fuerzas armadas argentinas, incluyendo Sikorsky H-61 y Sea King de la Armada, Puma del Ejército y helicópteros de la Fuerza Aérea.
El despliegue aéreo se realizaría en múltiples olas, con la primera ola saliendo desde un vivac en las orillas del Lago Fagnano. La aviación naval se encargaría de realizar un reconocimiento aéreo y guiar a las unidades de helicópteros hasta las islas objetivo, donde se realizarían los desembarcos.
Objetivos de la operación
Inicialmente, las islas Picton, Lennox y Nueva eran los principales objetivos de la operación. Sin embargo, debido a cambios en el plan de operaciones y consideraciones tácticas, las islas menores como Evout, Hornos, Barnevelt y Deceit fueron seleccionadas para el desembarco, por su valor estratégico en la proyección de líneas marítimas futuras.
Isla Nueva
Otras
dos pequeñas playas encerradas podrían ser Playa del Jote (300 metros de
extensión) y otra muy pequeña sin nombre a 3,7km al NE (menos de 200
metros), seguramente ya fortificadas por fuerzas chilenas.
El Grupo de Tareas Anfibio (GT 42.2), compuesto por el BIM 4 y los refuerzos del Ejército, sería el encargado de tomar estas islas. El Grupo de Tareas Aeronaval (GT 42.3) proporcionaría apoyo logístico y táctico con sus helicópteros, mientras que la Flota de Mar y las unidades navales más grandes, como el ARA General Belgrano y el portaaviones ARA. 25 de Mayo, brindarían cobertura y apoyo a las operaciones anfibias.
En este punto hago una salvedad que el objetivo de la Armada de Chile (ACh) era, precisamente, evitar que se produjera el desembarco. Para ello implicaría a su "escuadra" en atacar a la FLOMAR. Es probable que los activos del Grupo Aéreo Embarcado (GAE) se encontraran en las primeras horas del 23 de Diciembre abocados a realizar tareas antibuque contra los combatientes de superficie chilenos.
Desembarco en Caleta Carlos, Isla Nueva.
Como puede apreciarse, los planes de Argentina descartaron a nivel
estratégico operacional la conquista de las islas Nueva, Picton y Lennox
y planificaron la toma de las islas más al Sur hasta el Cabo de Hornos.
Caleta Carlos en la isla Nueva, con una playa relativamente larga, apta para desembarco.
El objetivo original de la Compañía Leopardo era isla Nueva, posteriormente fue delegada completamente a tropas de
la IMARA. Los objetivos cambiaron para el BIM 4 y su compañía Leopardo: Ahora asaltarían por vía
aérea las islas del sur cercanas al Cabo de Hornos. Específicamente, el grupo del EA
estaba destinado a tomar y asentarse (es decir, ocupar y fortalecer la posición) en la isla Deceit.
Isla Deceit
Desenlace
La operación nunca se llevó a cabo debido a la mediación papal que evitó el conflicto armado en el último momento, en diciembre de 1978. La intervención del Papa Juan Pablo II permitió que ambas naciones suspendieran sus acciones militares y buscaran una solución pacífica.
Impacto en operaciones posteriores
A pesar de que la Operación Soberanía no se ejecutó, los preparativos realizados durante el conflicto del Beagle tuvieron un impacto significativo en el desarrollo de las fuerzas armadas argentinas. La experiencia adquirida en la planificación conjunta, movilización de tropas y despliegue logístico fue fundamental para las operaciones militares que Argentina realizaría más tarde en la Guerra de las Malvinas en 1982.
Infantería de marina chilena iza su bandera en 1977 en la isla Nueva
De acuerdo a Sanchez Urra (2020), un resumen de los principales destacamentos de la Infantería de Marina chilena en las islas del Canal de Beagle durante el período crítico de la crisis del Beagle era el siguiente:
Isla Picton – La Infantería de Marina trasandina estableció un puesto para diciembre de 1978. Formaban parte de las posiciones defensivas destinadas a observar el avance argentino.
Isla Nueva – Esta isla también fue ocupada por la Infantería de Marina chilena en 1978 como parte de la defensa contra posibles incursiones argentinas durante la crisis del Beagle. Aquí se hallaba el dispositivo con más tropas de todas las islas. Sería el objetivo de la operación anfibia a cargo del BIM 4.
Isla Lennox – Otra isla clave donde Chile posicionó a la Infantería de Marina durante el mismo período, contribuyendo a la red general de puestos defensivos.
Isla Deceit – Se estableció un puesto aquí con posiciones defensivas como parte de la estrategia de defensa general del Canal de Beagle. Este destacamento se enfrentaría a la Compañía Leopardo que se asentaría en las cumbres de la misma.
Bahía Nassau e Isla Hornos – Destacamentos de infantes de marina chilenos fueron desplegados en esta zona como parte de la red de defensa más amplia durante la crisis. Estas tropas enfrentarían a secciones de tropas helitransportadas del BIM 4.
Este despliegue de la Infantería de Marina chilena fue un elemento clave de la estrategia defensiva de Chile durante la crisis del Canal de Beagle, con el objetivo de evitar cualquier ocupación argentina en las islas en disputa.
El contexto de la operación combinada anfibia/helitransportada
Siempre es difícil anticipar un futuro que nunca se realizó. El ejercicio contrafáctico tiene sus bemoles pero algunos rasguños al espacio-tiempo se pueden explorar. En principio, uno puede ver ejemplos en conflictos más cercanos como Malvinas de la interacción de infantería y helicópteros en un ámbito austral que serán mencionados al final.
El caso más complejo habría sido el desembarco en Isla Nueva, donde las fuerzas chilenas se encontraban atrincheradas con sistemas defensivos previamente establecidos, incluyendo pozos de zorro, trincheras y nidos de ametralladoras estratégicamente ubicados. La operación anfibia planificada por Argentina contemplaba un bombardeo previo para debilitar las defensas enemigas, utilizando medios aéreos como los T-28 Fennec, MB-326 y Turbo Mentor del COAN, además de la posible participación de los A-4Q del portaaviones 25 de Mayo. Este ataque podría ser complementado por el fuego de precisión de helicópteros artillados SA.316 Alouette III equipados con misiles SS-11 y SS-12, y el apoyo naval proporcionado por las torpederas de Ushuaia y el crucero ARA General Belgrano.
En este contexto, es previsible anticipar un intenso fuego cruzado que habría generado una elevada tasa de bajas tanto para los infantes de marina argentinos como para las fuerzas chilenas. Sin embargo, incluso si el desembarco anfibio en Isla Nueva hubiera sido rechazado, Argentina contaba con la posibilidad de ejecutar un desembarco helitransportado en la retaguardia enemiga, nuevamente apoyado por fuego naval y aéreo. Es relevante destacar que la Infantería de Marina argentina se encontraba altamente entrenada, como quedó demostrado posteriormente en el conflicto de Malvinas. Por otra parte, aunque se podría suponer un nivel similar de preparación por parte de las fuerzas chilenas, no existe evidencia documentada de acciones de combate realizadas por Chile desde los años de la implementación del telégrafo.
Un escenario diferente puede haberse esperado de las islas del Cabo de Hornos, que poseían dotaciones más pequeñas de tropas chilenas las que serían sorprendidas, junto con gran parte de su mando general, al recibir una invasión vertical sobre la que no tenían respuesta alguna: las fuerzas trasandinas en la zona no contaban con un componente de alas rotativas equivalente. Estas islas es más probable que hubiesen sido conquistadas y asentadas con combates y escaramuzas de menor dimensión que las anticipadas para isla Nueva. En este contexto, la moral elevada y la profesionalidad de las tropas argentinas, fundidas en un profundo patriotismo, habrían contrastado con una resistencia chilena donde, paradójicamente, el patriotismo y el conocimiento del terreno parecía ser la principal —y única— carta a jugar... como los japoneses en Iwo Jima.
¿Qué tenía Chile para oponerse a esta operación de desembarco combinado? La Escuadra chilena, liderada por el muy limitado Contraalmirante López Silva, adoptó una estrategia que algunos especialistas consideran cuestionable. El plan consistía en desbaratar el desembarco en un ataque frontal a una flota con portaaviones: se atacaría de forma secuencial y en mar abierto a los Grupos de Tareas (GT) de la FLOMAR, bajo el supuesto de que estos no responderían eficazmente, confiando además en condiciones climáticas adversas que dificultaran las operaciones aéreas argentinas (Arancibia Clavel y Bulnes Serrano, 2017). En este proceso estaban incluso dispuestos a exponer diversas unidades para su sacrificio luego de simular esta maniobra en un sótano de Valparaíso (Arancibia Clavel y Bulnes Serrano, 2017). Sin embargo, esta estrategia subestimaba la capacidad de la ARA, que había diseñado un plan centrado en un ataque helitransportado a las islas del Cabo de Hornos, conjuntamente con un desembarco anfibio directo, luego de deshabilitar a la flota trasandina. Este enfoque, además, contemplaba el uso estratégico del portaaviones ARA 25 de Mayo (POMA) y su ala aérea para ataques persistentes que debilitaran las defensas chilenas antes de un eventual enfrentamiento de superficie.
La ARA dividió la FLOMAR en tres grupos operativos debido a las limitaciones del portaaviones, que debía mantenerse a una distancia segura del combate directo mientras sus A-4 ejecutaban misiones de ataque naval o interceptación de aviones "Maritime Patrol Aircraft" (eran simples transportes C-212 con radar Thomson operando desde Puerto Williams) chilenos. La vulnerabilidad operativa del portaaviones, junto con alguna limitación a su velocidad máxima, requería un despliegue cuidadoso. El grupo del POMA se apoyaba principalmente en el destructor Tipo 42 ARA Hércules (único en el TOA con verdadera capacidad antiaérea) junto a las corbetas A69, mientras los otros dos grupos cumplían roles complementarios. Uno de ellos simulaba una fuerza con capacidad anfibia para atraer a la Escuadra hacia un enfrentamiento directo, el anzuelo que ingenuamente picó López Silva, y alejarla del portaaviones, mientras que el grupo de destructores debía interceptar cualquier intento de acercamiento al POMA y, de ser posible, atacar desde el flanco.
La estrategia argentina resultaba lógica, especialmente porque las fuerzas chilenas habían concentrado tropas y equipamiento en las islas en disputa: Picton, Lennox y Nueva. Esto inmovilizó a dichas fuerzas, dejándolas expuestas a ser aisladas y desgastadas mediante bombardeos aéreos antes de un eventual ataque directo (desembarco). Este enfoque buscaba optimizar el uso de los recursos argentinos y minimizar las pérdidas propias, asegurando la efectividad de las operaciones aeronavales mientras se neutralizaban las defensas chilenas de manera progresiva.
Considerando las eventos, es altamente probable que la ACh hubiese sido derrotada o puesta en fuga
luego del primer encuentro con la FLOMAR y su Grupo Aéreo Embarcado
(GAE) a la vez sería acosada por los cuatro submarinos del Comando de la
Fuerza de Submarinos (CFS) en todas los canales de escape. Aquí los textos señalan que para el desembarco anfibio en la isla Nueva se contaría con el apoyo aéreo del GAE (compuesto por ocho A-4Q Skyhawks) de la FLOMAR. Ello sería posible luego de haberlos empeñado en la deshabilitación de la "Escuadra" como fuerza naval con capacidad de daño. Una vez desafectada la formación chilena,
las operaciones sobre las islas alcanzarían otra dimensión.
Entonces en las islas del canal de Beagle, se encontraban apostados destacamentos del Cuerpo de Infantería de Marina (CIM) chileno desde, al menos, un año antes del posible conflicto. Estos destacamentos contaban con trincheras, depósitos de municiones y emplazamientos defensivos ya establecidos. El comandante de estas fuerzas, Wunderlich, expresó en varias ocasiones que confiaba en causar un alto número de bajas ("un carnicería"), posiblemente miles ("había encargado miles de bolsas de cadáveres... no para nosotros, sino para los argentinos"), a las tropas argentinas. No obstante, sus declaraciones, a menudo ufanas y cargadas de retórica al estilo de Pinochet, escondían cierto tono de bravata, aunque generalmente eran respaldadas con medidas defensivas concretas pero por sobretodo por repetidas y agotadoras promesas de valentía.
En particular, Isla Nueva representaba una posición crítica, dado que albergaba una mayor concentración de infantes en comparación con otros sectores del canal de Beagle. Esto habría derivado en combates cuerpo a cuerpo y un fuego cruzado constante debido a la misma densidad de tropas enfrentadas. Sin lugar a dudas, ambos bandos habrían enfrentado una realidad de guerra extremadamente ardua, con elevados costos humanos y materiales para ambos lados.
Por su parte, ya hemos analizado los escenarios aéreos de este conflicto, y para el día 24, la Fuerza Aérea de Chile hubiese dejado de existir como fuerza operativa
(si es que realmente lo fue en algún momento en el TOA; ver también Zamora y Carrera, 2008). Casi todos los análisis chilenos convenientemente evitan tomar en cuenta el estado de la FACh o el estado del GAE en este conflicto, ambas variables claves de todo el teatro. El impacto de la FACh ya era limitado, y la supremacía aérea argentina habría sido
inevitable por preparación, cantidad y calidad de las aeronaves y, por sobre todo, de los pilotos. Este evento es fundamental para la toda estrategia argentina y para la probabilidad de éxito de cada una de las acciones militares emprendidas en el TOA (asalto combinado a las islas del canal, captura de la isla Grande de Tierra del Fuego, asalto blindado a Punta Arenas).
Y aquí conviene recordar como una limitación a la operación helitransportada ciertos eventos que ocurrirían en el futuro: Cuando los británicos desembarcaron en San Carlos enviaron a sus helicópteros Gazelle y Scout a sobrevolar la zona del desembarco y estas aeronaves fueron recibidas con fuego nutrido del Equipo de Combate Güemes. El resultado fue el derribo de dos unidades. Asimismo, en Wireless Rigde, tropas de la IMARA en repliegue dieron cuenta de al menos un Sea King con el fuego de una MAG. Ergo, los helidesembarcos en zonas con mucha infantería enemiga corrían obvios el riesgo de sufrir bajas. Quedará como una duda eterna cómo iba a reaccionar la tropa chilena ante esto.
Asimismo, la existencia de posiciones fortificadas en las islas (sobretodo las tres en disputa) merecía un mapeado lo más preciso posible de estas posiciones. Esta tarea estuvo a cargo, como se mencionó, de Douglas DC-3 del COAN los cuales fotografiaron las islas a baja altura para actualizar la cartografía ya existente.
Un adversario que iba a ser molesto serían sin dudas las torpederas chilenas en el canal que buscarían impedir el desembarco argentino. En ese sentido, existía una contraparte de torpederas propias en el Grupo de Lanchas Torpederas (GRULA) que por la organización estarían destinadas, entre otras tareas, a apoyar con fuego de cañones de 76 mm el desembarco del BIM 4. Aún así, se engrandecían las enormes ansias de los pilotos aeronavales argentinos a bordo de sus Fennec, Aermacchis y Turbo Mentor que no perderían la oportunidad de pintar siluetas de barcos en sus fuselajes. Nuevamente para recalcar, la superioridad aérea era segura pero hasta que no se anulase la amenaza naval de la ACh cualquier operación de desembarco anfibio implicaba demasiados riesgos.
He dado toda esta vuelta simplemente para remarcar que la infantería de marina trasandina, de prolongarse el conflicto por solo unos días más, quedaría completamente aislada del resto de sus fuerzas, sin reaprovisionamiento ni de tropas, ni municiones ni evacuación médica. Con islas deshabitadas, tampoco contaría con el apoyo de ninguna población local. Nuevamente, la superioridad aérea argentina, condicionaría cualquier accionar trasandino tanto naval como terrestre. Sobre el accionar a nivel de sección o compañía, obviamente, es imposible predecir conductas individuales contingentes. Sin embargo, las continuas operaciones aéreas y navales sobre las mismas menguarían sus capacidades de combate. Más allá de estas afirmaciones, creo que es arriesgado, como mencioné, intentar anticipar más que ocurriría con las tropas y sus acciones. Asimismo, tal como sugiere Helmuth von Moltke, el contacto con el enemigo desbarata (la mayor parte de) los planes. En todo caso esto funciona en ambos sentidos: ninguna de las defensas soñadas como inexpugnables del lado chileno lo eran.
Retiro del TOA
Con la aceptación de la mediación y el inicio de las negociaciones diplomáticas, el repliegue de las fuerzas comenzó en febrero de 1979. El batallón, junto con sus compañías, regresó gradualmente a sus destinos habituales. El BIPNA Albatros fue desmovilizado, y su personal retornó a sus funciones regulares dentro de la Prefectura Naval Argentina. El BIM 4 siguió ese camino también. Las últimas fuerzas en retirarse fueron las de la Compañía Leopardo del Ejército Argentino, que permanecieron desplegadas hasta finales de febrero de ese año.
Este repliegue marcó el cierre de una operación en la que la Compañía Leopardo con integrantes de la élite del EA demostró una integración ejemplar al sumarse al BIM 4, consolidando una coordinación entre las fuerzas de Infantería de Marina y del Ejército que, hasta entonces, había sido inexplorada. Fue una prueba contundente de que ambas fuerzas podían operar conjuntamente con resultados sobresalientes, una lección de trabajo en equipo que reafirma la necesidad de una mayor integración entre las instituciones encargadas de la defensa nacional.
Este tipo de cooperación no sería un caso aislado. Poco más de tres años después, estas mismas sinergias serían replicadas en algunos de los episodios más heroicos de la historia argentina. En Monte Longdon y Tumbledown, la coordinación entre la IMARA y el EA resultó crucial, mostrando el poder de la unidad táctica conjunta en el campo de batalla. Pero quizás el ejemplo más glorioso fue la operación aeronaval coordinada entre la Fuerza Aérea Argentina (FAA) y el COAN, cuyo ataque contra el HMS Invincible pasaría a la historia como una de las gestas más audaces y épicas de la guerra moderna.
La filosofía de defensa adoptada por países como Israel o Suiza enfatiza la integración total entre las distintas ramas de sus fuerzas armadas, fomentando un enfoque de trabajo conjunto que elimina barreras y distinciones rígidas entre ellas. Este modelo promueve una cooperación fluida y efectiva, maximizando recursos y capacidades mediante una estructura operativa unificada, donde cada componente contribuye al objetivo común de la defensa nacional. En este enfoque, la interoperabilidad y la cohesión no son solo aspiraciones, sino principios fundamentales para enfrentar desafíos estratégicos de manera eficiente y coordinada.
Este episodio es un recordatorio de que, cuando las fuerzas argentinas trabajan en conjunto, no solo maximizan su eficacia, sino que también reflejan el verdadero espíritu de defensa nacional: un esfuerzo colectivo, donde cada elemento, sin importar su origen, se alinea con el propósito común de proteger a la Nación.
Fennec y Turbo Mentor del COAN sobre Isla Nueva
El legado
Hoy, la Operación Tronador permanece relegada al rincón de los episodios olvidados, ensombrecida por otras gestas más visibles y por relatos politizados que intentaron restarle importancia. Sin embargo, este episodio no solo es un capítulo de nuestra historia militar, sino un símbolo de unión nacional y del heroísmo silencioso de nuestras fuerzas armadas y de seguridad. El Beagle no fue simplemente una crisis; fue un momento de afirmación colectiva, una muestra contundente de que, cuando la Patria llama, los argentinos responden con determinación y profesionalismo. Era la guerra para que siempre se estuvieron preparando las tropas argentinas.
La operación fue mucho más que un despliegue de fuerza; fue una lección de creatividad estratégica y de innovación doctrinaria, que dejó claro que cada centavo invertido en la preparación de nuestras tropas había dado frutos. Fue un ejercicio de ingenio militar, donde la planificación meticulosa y la adaptación a un entorno desafiante mostraron lo mejor de nuestra capacidad operativa. Se iba a atacar por tierra, mar y aire. Se iba a atacar desde el frente y desde la retaguardia. Se planeaban asaltos aerotransportados en Punta Arenas y asaltos helitransportados desde el Beagle hasta Cabo de Hornos. Los medios aéreos, no solo de combate sino de transporte y de infiltración iban a debutar puestos claramente en el mapa de operaciones. Al otro lado de la cordillera, en contraste, el escenario era muy diferente: ni en escala, ni en innovación, ni mucho menos en creatividad estratégica, se pudo apreciar una respuesta que estuviera a la altura de la preparación argentina.
En un mundo donde los desafíos a la soberanía son constantes, recordar el espíritu del Beagle es vital. No se trató solo de una preparación militar, sino de un compromiso colectivo con los valores que nos definen como Nación. A esos hombres que se entrenaron en Ushuaia y a todos los que participaron en la defensa del Beagle: gracias por recordarnos lo que significa amar y servir a la Patria.
Fuentes
Mariano Agostini, Prefectura Naval Argentina en el Teatro de Operaciones Austral (TOA) 1978-1979, Patrulleras Argentinas. 2013
Arancibia Clavel, Patricia y Bulnes Serrano, Francisco. La escuadra en acción. 1978: el conflicto Chile-Argentina visto a través de sus protagonistas, Santiago, Chile: Catalonia, 2017 (ISBN: 978-956-324-298-0)
Documentales de la TVN chilena.
Documentales de la TV argentina.
Alberto Gianola Otamendi, Preludios de Acción Militar Conjunta - Conflicto de 1978, Defensa y Seguridad 16/02/2022
Sánchez Urra, Francisco, Los soldados del mar en acción (1958-1978), Colección Historia Militar y Pensamiento Estratégico, 2020. ISBN 978-956-9839-08-5
Sapienza Fracchia, Antonio Luis (2017), The Beagle Conflict: Argentina
and Chile on the Brink of War, Volume 2. 1978-1984. Latin America@War
Entrevista con Coronel (RE) VGM Daniel Stella.
Addedum del Coronel (RE) Mario Fragni.
Zamora, Raúl y Carrera, Javier “La Fuerza Aérea de Chile en la Crisis del Beagle”, Revista Enfoque Estratégico, Santiago, 22 de febrero de 2008. Link original
Glosario de siglas de rangos militares
CCAV: Capitán de Corbeta (Aviador) TNAV: Teniente de Navío (Aviador) CFIM: Capitán de Fragata (Infantería de Marina) TNIM: Teniente de Navío (Infantería de Marina) CCNA: Capitán de Corbeta (Naval) TNNA: Teniente de Navío (Naval)