Marinos de origen británico muertos bajo bandera argentina
A mediados de 1955, la Argentina era un país profundamente fracturado. La figura de Juan Domingo Perón dominaba la escena desde hacía casi una década, con un gobierno que había transformado radicalmente el país desde su llegada al poder en 1946. Desde el punto de vista de los sectores populares y del movimiento obrero, el país vivía una etapa de inédita inclusión social. Perón había institucionalizado los derechos laborales o, mejor presentado, había logrado hacer creer a la población que las leyes laborales provenían de su mano y obra. Así, se había creado una red de seguridad social robusta y empoderado a los trabajadores como actores políticos fundamentales. La Fundación Eva Perón, aún tras la muerte de Evita, mantenía su impronta asistencial en los sectores más humildes. La economía, sin embargo, atravesaba turbulencias: el agotamiento del modelo industrialista de sustitución de importaciones, las restricciones externas, la galopante inflación y la caída de las reservas comenzaban a generar tensiones. Aun así, el aparato sindical y la maquinaria peronista mantenían una fuerte capacidad de movilización y resistencia. Para millones, Perón era el líder legítimo que había dignificado al pueblo y encarnaba una nueva forma de justicia social.
En el otro extremo del escenario, una parte significativa de la sociedad —compuesta por sectores de las clases medias, la cúpula empresarial, amplios sectores de la Iglesia, la intelectualidad liberal y buena parte de las Fuerzas Armadas— consideraba al peronismo un régimen autoritario, populista y corrupto. Acusaban al gobierno de haber cooptado el aparato del Estado para consolidar un culto personalista, perseguir a opositores, controlar la prensa y degradar las instituciones republicanas. La educación había sido subvertida para convertirse desde el jardín de infantes hasta la escuela secundaria en un culto pleno la personalidad del líder. Los únicos que resistían era la universidad, la intelectualidad y los científicos. Las tensiones con la Iglesia, particularmente tras la supresión de feriados religiosos y la legalización del divorcio, escalaron al punto de romper una relación que había sido aliada en los primeros años. El clima político se tornó asfixiante: clausuras de diarios, censura, proscripción de partidos y creciente militarización del discurso. Para la oposición, la defensa de la "República" justificaba el uso de medios extremos, y los sectores más conservadores veían con creciente simpatía la idea de un golpe militar como única salida al “atropello peronista”.
En ese contexto crispado y polarizado, el bombardeo del 16 de junio de 1955 marcó un punto de no retorno. El fallido intento de magnicidio, que dejó más de 300 civiles muertos en Plaza de Mayo, evidenció que la lucha política había cruzado el umbral hacia la violencia. Tres meses más tarde, con una sublevación militar consolidándose desde Córdoba y el país al borde de una guerra civil, Perón entendió que la continuidad de su figura solo significaría más sangre. El 19 de septiembre presentó su renuncia y partió al exilio, dejando un vacío de poder que la Revolución Libertadora se apuraría en llenar con proscripciones, persecuciones en forma de búsqueda de justicia por los abusos y una promesa incierta de “republicanismo recuperado”.
La huida de Juan Domingo Perón en septiembre de 1955 fue tan dramática como reveladora del colapso político que vivía el país. Tras semanas de creciente inestabilidad, con alzamientos militares desde el interior y un respaldo cada vez más debilitado dentro de las propias Fuerzas Armadas, Perón comprendió que su permanencia en el poder podía desencadenar una guerra civil abierta. El 19 de septiembre, presentó su renuncia en una carta dirigida al general Franklin Lucero, ministro de Ejército, invocando su deseo de evitar una “catástrofe fratricida”. A partir de ese momento, comenzó una retirada silenciosa pero cuidadosamente ejecutada.
El general fusilador al final era Perón, como lo dice claramente acá.
Perón pasó esa noche en el Palacio Unzué, su residencia oficial, desde donde partió en secreto al amanecer del 20 de septiembre. En otra carta, a su edecán, le pide traer una lista de objetos de su casa, incluyendo fotos de su amante de 15 años. Fue trasladado al arsenal de la Marina en Río Santiago, donde permaneció oculto bajo protección naval, disfrazado con uniforme de marinero para no ser reconocido. Desde allí, fue llevado en una lancha hasta un buque paraguayo anclado en el Río de la Plata —el Paraguay, una cañonera diplomática— que lo trasladó bajo asilo político a Asunción, con el visto bueno del presidente paraguayo Alfredo Stroessner.
Paraguay fue apenas una escala. Perón pasó unos días allí en condiciones precarias y con la permanente amenaza de ser entregado a los nuevos mandos militares argentinos. Decidido a evitar esa posibilidad, buscó rápidamente un destino más seguro. Viajó primero a Panamá, país que tradicionalmente ofrecía asilo a exiliados latinoamericanos, y desde allí comenzaría un largo periplo que lo llevaría luego a Nicaragua, Venezuela, y finalmente a su exilio más duradero en España, bajo el régimen franquista.
En esos primeros días, sin embargo, el exilio de Perón no fue ni cómodo ni seguro. Viajaba con documentación provisoria, sin garantías de protección diplomática estable, y en muchos casos debió depender del auxilio de amigos personales, contactos del movimiento peronista y gobiernos latinoamericanos afines. En paralelo, en Argentina comenzaba la llamada Revolución Libertadora, que prometía restaurar la “república” pero que rápidamente adoptó una política sistemática de proscripción, persecución y represión contra el peronismo, lo que sellaría la fractura política del país por décadas.
Alejandro Corbacho
Redacción Clarín

En ocasiones, los líderes políticos recurren a las lecciones de la historia para justificar o defender sus acciones. La presidente Cristina Fernández de Kirchner no es ajena a esta práctica. Especialistas han estudiado este fenómeno y concluyen que no está mal usar la historia, el problema es caer en el abuso. En cadena nacional del 15 de agosto pasado, la presidente explicó que Hitler no había llegado por la inflación, sino “porque habían humillado a Alemania” y agregó que “el nazismo fue la consecuencia de las condiciones que los aliados impusieron a la Alemania vencida de la Primera Guerra Mundial a través del Tratado de Versalles”. Se trata de un argumento utilizado por los defensores de las políticas agresivas y expansionistas que siguió ese país a partir del ascenso del nazismo. La historia académica lo superó al demostrar claramente su insuficiencia para explicar la tragedia que asoló a Alemania y luego al mundo en los años treinta.
Se sabe que la inflación que se disparó en la primera posguerra hasta 1926, como un impuesto invisible, terminó debilitando a las nuevas democracias. Dañó la moral del trabajo y de su corolario, el ahorro; puso en duda el ascenso social, reafirmó las desigualdades y estableció una diferencia entre los que la supieron aprovechar y los que la padecieron. Ante la crisis monetaria, se abrió el camino a la aventura. La democracia parlamentaria fue reemplazada por el mito y el culto al hombre providencial, el Jefe, capaz de acabar con la inflación por su carisma. El ascenso del nazismo se debió a un proceso más largo y complejo en el que el pueblo alemán y sus líderes pudieron haber tomado otro camino.
Cuando los líderes apelan al pasado sin fundamento de investigación histórica se comportan como “historiadores prácticos-intuitivos”. Lo utilizan en base a una percepción subjetiva, imágenes y conocimiento selectivo. En muchos casos, sus explicaciones pueden llegar a ser suficientemente precisas en un nivel muy general pero son muy imprecisas en los detalles. Los expertos sostienen que aquellos que recurren a contar la historia con esa perspectiva muestran una gran confianza en sus afirmaciones y carecen de inhibición para utilizar el pasado en formas diferentes, aunque sepan poco del tema. Al abusar de este recurso pueden terminar en desvíos o falacias o corren el peligro de presentar los hechos como inevitables. Recurrir a la historia de manera ligera podría llevar también al orador a sostener posiciones que en realidad no son las propias pero que dejan la percepción equivocada sobre dónde están sus valores y prioridades. La humillación no explica la violencia electoral y el empleo de grupos de choque para acallar a los opositores de esa época. A fin de no repetir la historia, lo importante es reconocer por qué la democracia sucumbió para defenderla hoy plenamente.
Alejandro Corbacho
Director del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales (UCEMA)

“No igualo la gravedad del terrorismo de Estado con los crímenes cometidos por la guerrilla —aclara el director de No matar, Juan Villegas, en diálogo con Infobae—. Pero el lugar de las víctimas de la guerrilla es todavía un tabú”.
Este director, guionista y productor de cine de 54 años reivindica “la valentía y claridad de Sergio Bufano y Aldo Duzdevich”, dos de los intervinientes en este documental. Una honestidad intelectual de la que carecen por completo los jefes supérstites de la guerrilla que en los últimos años se han refugiado en un rol de víctimas, al amparo de un relato falaz y maniqueo.
Con tres voces de ex militantes de aquellas experiencias —el tercero es Emilio del Guercio—, Villegas arma un relato bien estructurado que va marcando las etapas de cómo se fue gestando la llamada “violencia de abajo”, la opción por la lucha armada, y cómo se posicionaron esos grupos ante el regreso de Perón y el restablecimiento de la democracia.
También hablan familiares de víctimas del accionar de la guerrilla: gerentes de fábrica, empleados de multinacionales, transeúntes ocasionales, etcétera.
Por caso, Luis Giovanelli, gerente de Finanzas de Ford, asesinado en un intento de secuestro. Su hijo, de apenas 4 años al momento del crimen, dice: “Mi padre fue asesinado en el 73. La dictadura empezó en el 76. No avalo lo que hizo la dictadura. Cuando cuento lo de mi padre, me dicen: ‘¿pero viste lo que pasó después?’”
En los años 80 y 90, había un consenso entre los sobrevivientes de la experiencia de las luchas de los 70: tomar las armas en democracia, declararle la guerra al gobierno de Perón y luego al de Isabel, matar para “agudizar las contradicciones”; todo eso estuvo mal y no era reivindicable.
Ese consenso fue roto por el advenimiento de una política de derechos humanos que instaló un relato parcial, exculpatorio de la violencia armada. Al amparo del paso del tiempo, la historia se fue simplificando, con un enfoque maniqueo y un retroceso a posiciones sectarias y a la reivindicación acrítica de la lucha armada con el falso argumento de la “resistencia”, puesto que se tomaba las armas para implantar el socialismo. A la fuerza, ya que la representatividad de grupos que pretendían hablar en nombre del “pueblo” era escasísima.
El ERP declaró de entrada en el 73 que no respetaría la democracia: “Seguimos con la lucha armada hasta derrotar al capitalismo e instaurar el socialismo revolucionario”.
FAR y Montoneros actuaron con más disimulo; o mejor dicho con más doblez. Decían respetar la democracia mientras seguían matando. El asesinato del secretario general de la CGT José Ignacio Rucci fue la cumbre de esta estategia; el grupo se colocó abiertamente contra el pueblo.
La confirmación se dio en abril de 1975, cuando Misiones llamó a elecciones debido a la muerte del gobernador. Montoneros compitió con la etiqueta de Partido Auténtico. El resultado fue lapidario: 5,62% de los votos, contra 46,52 del Frejuli, es decir del PJ oficial.
Estas cifras mostraban dos cosas: la irrepresentatividad de los grupos armados y la vigencia electoral del justicialismo, anticipo de lo que podía suceder en las siguientes elecciones y dato determinante para acelerar el Golpe.
La estrategia real de las organizaciones armadas es una de las cosas que emerge de este documental, entre otras conclusiones sorprendentes solo para quienes en los últimos años fueron adoctrinados en el blanqueo —cuando no la apología— del accionar guerrillero.
Otra verdad que deja establecida la película es que Mario Eduardo Firmenich era cualquier cosa menos peronista y no por la opinión de los intervinientes sino por un documento de su puño y letra leído en el film, escrito luego de un encuentro con Perón, que merece una mayor difusión para seguir disipando equívocos.
No matar es también una condena a los que se escudan en la represión ilegal para eludir la reflexión crítica que le deben a la historia y a las próximas generaciones. “La dictadura transformó a los victimarios en víctimas”, dice alguien. “Si decías que también hubo víctimas de la subversión, inmediatamente te acusaban de defender a la dictadura. Y se terminaba el debate”, es otra relfexión.
El reproche de las víctimas se dirige también a las respectivas empresas: Renault, Ford y Bunge y Born. Ni en esos lugares hay memoria de lo que pasó.
Juan Villegas es también crítico de cine, docente universitario, coordinador de talleres de guion y escritor. “Pero por sobre todo me considero director de cine. Dirigí algunas películas de ficción y documentales. Mis preferidas tal vez sean Sábado, Las Vegas y Victoria. Este año estoy estrenando dos nuevas: Jota Urondo, un cocinero impertinente y No matar”.
— ¿Cuál fue tu motivación para incursionar en este tema?
— En el prólogo digo que el lugar de las víctimas de la guerrilla es todavía un tabú. Parece una exageración, porque la realidad es que sus historias se han contado, más de una vez y desde hace mucho. Pero en general esos relatos fueron usados para reivindicar la dictadura o minimizar o justificar el terrorismo de Estado. De ninguna manera esa es mi intención. Los crímenes de la dictadura no fueron “excesos”, fueron atrocidades y violaciones a los derechos humanos; no igualo la gravedad del terrorismo de Estado con los crimenes cometidos por la guerrilla; no avalo de ningún modo la idea de que el terrorismo de Estado haya sido una “reacción” necesaria ante acciones violentas de la guerrilla.
— Sí, pero esos crímenes atroces desde el Estado fueron usados para exculpar por completo el accionar de las organizaciones armadas.
— Por eso quise hacer una película que narrase el dolor de los familiares de estas víctimas sin que eso signifique romper el consenso del “Nunca más”. Esa era mi motivación inicial. Desde el principio de mi investigación, percibí que era un tema incómodo. Cuando contaba que mi película iba a incluir testimonios de familiares de víctimas de la guerrilla, muchos me decían “no te metas con eso”, “¿estás seguro?” Esa incomodidad me hizo pensar que sí había un tabú y que precisamente por eso tenía sentido hacer esta película.
— La película incluye también el testimonio de ex guerrilleros.
— Sí, esta es la historia de las víctimas pero también la de algunos que participaron en la guerrilla y hoy tienen una mirada crítica y reflexiva respecto a lo que hicieron. En las últimas décadas, en el periodismo, en muchos ensayos y también en la literatura de ficción, hubo muchos textos que incluyeron una mirada crítica acerca de las organizaciones armadas. Pero eso ha estado ausente en el cine argentino. De hecho, había una mirada más honesta y compleja en documentales más viejos: Montoneros, de Andrés Di Tella, del año 1994; Los Rubios. de Albertina Carri, en 2003; Los malditos caminos, de Luis Barone, del 2002, o Papá Iván, de María Inés Roqué, en 2004, entre otras. Luego, hubo algunos pocos documentales en los últimos años que se enfocaron en el tema de las víctimas de la guerrilla, pero me parecieron o muy precarios cinematográficamente, o con un objetivo de reivindicación de la dictadura, o muy poco valiosos en términos de discusión política. Entonces surgió en mí la motivación de hacer una película que nunca se había hecho. Una que incluyera las dos cosas: una historia lo más honesta posible acerca de lo que fue la guerrilla y también los testimonios de las víctimas.

— ¿Fue difícil encontrar gente dispuesta a reconocer errores?
— En un principio quería incluir más entrevistados que hubieran participado en la guerrilla, pero no abundan los que se atreven a hablar con la valentía y claridad que sí demuestran Sergio Bufano y Aldo Duzdevich. Al menos, yo no los encontré. Por ejemplo, quería incluir a alguien del ERP, pero en mi investigación solo me topaba con gente que reconocía errores estratégicos pero que no se permitía una autocrítica más profunda. Podían reconocer que haber asesinado al Capitán Viola y a su hija estuvo mal, pero no tanto por el daño irreparable ocasionado a esa familia, sino más que nada por lo que significó negativamente para la legitimidad de la lucha del ERP.
— ¿Refleja la película tu pensamiento sobre esa etapa?
— Mi voz no aparece en el documental; yo hablo a través de los entrevistados. Eso no significa que esté de acuerdo con cada cosa que dicen, pero la suma de sus testimonios conforma de cierta manera mi visión. Me costó mucho encontrar ese punto justo en el que se pudieran incluir varias voces, a veces no concordantes, y que al mismo tiempo el conjunto me representara. Pero lo que no quise hacer fue incluir testimonios de gente que no estaba dispuesta a repudiar claramente el uso de la violencia. Hablé con un ex-militante del PST. Me interesaba incluirlo en el documental, porque esta organización, aun perteneciendo a la izquierda marxista, priorizó el trabajo sindical por sobre la violencia política. Le pregunté por qué habían rechazado la lucha armada. Me dijo: “No, no la rechazábamos. Solo creíamos que en ese momento no era viable.” Luego le pregunté si, más allá de eso, condenaba a la violencia desde una concepción ética. Le conté la historia de Delia Lozano, cuyo padre, gerente de Renault, fue asesinado a balazos, delante de ella, al salir de una iglesia. Me respondió: “Ningún gerente de una multinacional era inocente en esa época.” Yo no podía creer lo que este tipo me decía. Le seguí discutiendo: “¿Sabés que incluso hubo niños que murieron por acciones de la guerrilla?” Me respondió: “¿Cuántos? ¿Cuatro, cinco? ¿Cuánto es eso al lado de la cantidad de bebés apropiados?” Obviamente, no me interesaba incluir en la película a alguien que piense así.
— ¿Y Emilio del Guercio? Él no perteneció a las organizaciones armadas.
— En el caso de Del Guercio, buscaba la mirada de alguien de esa misma generación, que también tuviera una visión crítica de la sociedad, pero que había elegido el camino del arte para plantear su rebeldía frente al mundo que lo rodeaba. Lo pensé como una forma de desactivar la idea de que la violencia era el único camino posible en esa época. La idea de que para esa juventud rebelde la lucha armada era una fatalidad, algo de lo que no podían escapar, y no una elección, me parece una idea falsa, una mentira.

— ¿Cuál fue el criterio para la selección de los familiares de las víctimas de la guerrilla?
— En el caso de los familiares de las víctimas, decidí que solo fuesen víctimas civiles. No me interesa la forma en que se suele instrumentar el concepto de “memoria completa”, como una contraposición de unas víctimas frente a otras, que lleva implícita más la idea de anular las otras muertes que la de sumar las que han sido silenciadas. Y sentía que incluir a las víctimas militares o de las fuerzas de seguridad podía llevar el relato hacia ese lugar. Además, creo que no es tan sabido que muchas de las víctimas fueron civiles. Mucha gente, no informada, todavía cree que la guerrilla solo mataba militares.
— ¿Hubo cosas que te sorprendieron en los relatos?
— Algo que me pasó haciendo la película fue mi revisión acerca del rol de Perón en esos años. En ese sentido, también fue importante leer el libro de Juan Manuel Abal Medina: Conocer a Perón. La película le dedica mucho a la tensión entre Montoneros y Perón, desde el asesinato de Aramburu hasta la muerte de Perón. Hay una suerte de reivindicación del rol de Perón en esos años, de su vocación por pacificar el país. Obviamente, cometió errores y fue en parte responsable de la escalada de violencia que terminó estallando en el 76 con el golpe. Pero es indudable que hubo en él una intención sincera, y hasta diría patriótica, de terminar con la violencia y que se pudiera construir un país en paz. Es curioso que la crítica al rol de Perón durante su último gobierno haya venido al mismo tiempo desde los sectores de izquierda del propio peronismo y desde la derecha más pro-dictadura. La idea de que el terrorismo de Estado empezó en el 73 y que el golpe del 76 fue solo un cambio formal, cosmético, para seguir la misma política represiva previa, fue lo que sostenían, por ejemplo, los abogados de Massera para justificar sus crímenes, pero también lo que quiso imponer como relato parte de la izquierda peronista, tal vez para de esa manera justificar el uso de la violencia por parte de Montoneros entre el 73 y el 76, durante gobiernos democráticos.
— ¿De quién o de quiénes creés que es la responsabilidad por el relato parcial y simplificado de los últimos tiempos?
— Hay algo que es una especie de mal de esta época, que no nos permite discutir honestamente las cosas, que nos hace acomodar los hechos según nuestra conveniencia circunstancial. Tal vez por eso mi película es tan larga, porque necesita trabajar mucho el contexto para entender de lo que se está hablando. Es una película contra la idea de los slogans simplificadores. Como dice Claudia Hilb, “no hay verdades sencillas para pasados complejos.” No me interesa buscar culpables con nombre y apellido. Ni siquiera ubicar responsabilidades en determinados sectores políticos por sobre otros. Obviamente, tengo mis opiniones, pero en este momento me interesa abrir la discusión, que la película sea un disparador para que quien quiera pueda revisar una vez más sus ideas y salir de posiciones cómodas y tranquilizadoras.

— ¿Qué impacto esperás que tenga este documental?
— No soy un sociólogo ni un historiador ni un periodista; soy un director de cine. Lo que me propuse es hacer una película, en la que está implícita fuertemente la idea de narración. Me interesa contar una historia de los 70, un punto de vista que obviamente es parcial pero que pretende ser honesto. Por eso la película elige ser fiel a la cronología. Me gustaría que sirva para entender mejor aquellos años. Que se pueda reflexionar sobre el hecho de que las organizaciones armadas no sólo fracasaron en lo militar, en lo político y en lo estratégico. También fallaron en lo ético y en lo ideológico. El hecho de que gran parte de los militantes revolucionarios hayan terminado torturados, asesinados o desaparecidos de una forma brutal, no convierte a las organizaciones armadas en un modelo político que hoy debamos reivindicar. El proyecto de país que tenían era violento, poco democrático, sectario, alejado del pueblo. Yo entiendo que hubo una mística revolucionaria que buscaba sinceramente liberar a los oprimidos y crear una sociedad mejor y más igualitaria, pero tanto la forma como el contenido de lo que se llamó “lucha armada” nunca lo iba a conseguir, porque la violencia ya estaba en el germen, en su razón de ser. Bueno, y además de la “gran” historia, la película está llena de relatos más íntimos, las historias personales de cada uno de los entrevistados. Esas historias nutren a la historia central pero también funcionan como relatos autónomos, en los que apunto a lo que se busca en casi cualquier relato: la reflexión, la empatía y la emoción.
— Te iba a preguntar cómo te preparaste para hacer esto pero vi al final de la película la bibliografía que usaste, que responde eso en parte. Pero tal vez quieras agregar algo.
— El proceso de investigación y selección de los entrevistados lo llevé adelante en total soledad. La película se hizo de una forma muy artesanal, con muy pocos recursos económicos. Me dediqué a leer y releer lo más que pudiera. Y fui descubriendo que la cantidad de bibliografía existente es inagotable. Hay mucho escrito (y mucho muy bueno) acerca de las organizaciones armadas de los 70. De hecho, ya se escribía críticamente sobre la guerrilla en forma simultánea a los propios hechos. Y se siguió escribiendo y publicando sin interrupciones luego de la recuperación de la democracia. Lo que contrasta con lo poco que se han narrado estos temas en el cine argentino post-dictadura. Porque hay muchas películas acerca de la militancia, acerca de las víctimas del terrorismo de Estado, pero muy pocas que se animan a narrar la lucha armada. Ni siquiera para reivindicarla. También me resultó muy útil pasar horas mirando y leyendo archivos: revistas partidarias de las organizaciones, artículos periodísticos de ese tiempo, noticieros de la época en youtube, extractos de discursos, documentales militantes, incluso películas de ficción. Nada de eso quedó en mi película, pero me sirvió para empaparme del espíritu de la época. Para mí era importante tratar de entender por qué gran parte de esa generación eligió la violencia como camino, aun cuando no comparta esa decisión.
— ¿Imaginás que, como a algunas de las víctimas que dieron testimonio, a vos también te van a acusar de defender a la dictadura?
— Si ven la película, no creo que nadie pueda acusarme de defender a la dictadura. Apelo a la inteligencia de los espectadores. Frente al prejuicio irracional, frente a la pereza intelectual, no puedo hacer mucho.
— Mientras hablan los entrevistados, no hay imágenes alusivas. ¿Tiene eso algún motivo?
— Como dije, investigué mucho con archivos y evalué en algún momento la posibilidad de incluir imágenes de la época que acompañen los testimonios. Pero rápidamente descarté la idea. Me parece algo muy impresionante la forma en que el relato oral construye el pasado y, a la vez, da un testimonio sobre el presente. Porque esas personas nos están hablando ahora. Y se trata de cine. Es un relato sobre el pasado, pero está sucediendo frente a nosotros, a través del registro de la cámara. Creo que hay un valor cinematográfico en reivindicar la imagen de gente contando cosas dolorosas y al mismo tiempo teniendo la capacidad para reflexionar. Sentí que la inclusión de archivos no iba a servir más que como meras ilustraciones y que siempre iban a ser menos interesantes que los propios relatos. O peor aún: esas imágenes de archivos no me iban a servir para contar la época con mayor precisión sino que se iban a convertir en algo más ligado a lo espectacular, al impacto fácil.
— Salvo el final de cada capítulo, en lo que hay imágenes y canciones.
— Sí, las excepciones son los finales de capítulos, que están pensados como breves piezas de respiro, acompañadas con música de la época, para permitir que el espectador se tome un tiempo para reflexionar sobre lo que ha estado viendo. Y luego está el fragmento del programa de Mariano Grondona [N. de la R: un cruce entre un cuadro montonero y la hija de una víctima], en el que el archivo me pareció que sumaba mucho, porque no funciona como ilustración sino que se construye una escena muy tensa y compleja, que además posiblemente resuma el concepto general de la película.

FICHA TÉCNICA
Duración: 225′
Dirección de fotografía: Gaspar Chaves
Edición: Miguel de Zuviría
Sonido: Valeria Fernández
Producción: Juan Villegas, Mariana Erijimovich
Compañía productora: Al trote films
Participantes: Aldo Duzdevich, Sergio Bufano, Delia Lozano, Emilio del Guercio, Esteban Giovanelli, Claudia y Cristina Muscat, Delia Lozano, Ariel Lombardero, David Barrios
¿Qué se esconde detrás de la persistente hostilidad del pueblo mexicano hacia los argentinos?
El chisporroteo suscitado recientemente a propósito de la gripe sirvió para sacar a la luz el profundo sentimiento de animadversión hacia los argentinos existente en el pueblo mexicano, algo bien conocido por quienes residen, han residido, o tienen contacto frecuente con el país norteamericano, pero más bien ignorado o desestimado por la opinión pública en su conjunto.
Éste, por supuesto, no es un problema de la Argentina ni de los argentinos. Es un problema de México y de los mexicanos, especialmente de quienes desde la esfera pública o la privada tienen la responsabilidad de formar opinión, y que con demasiada frecuencia alientan esos sentimientos negativos hasta convertirlos en una especie de misión nacional.
Para la Argentina y los argentinos esa enemistad ha de ser tomada simplemente como un dato de la realidad e incorporado al análisis a la hora de definir estrategias geopolíticas, buscar socios comerciales o seleccionar destinos turísticos. Sin embargo, una pregunta queda en pie: ¿por qué esa actitud de parte de un pueblo al que casi no conocemos y apenas nos interesa?
Mi trabajo me llevó a residir, o pasar algún tiempo, en diversos países de América y Europa. Conocía desde la distante cordialidad de los anglosajones, que es la misma que se dispensan entre ellos, hasta la efusiva hospitalidad de los centroamericanos, también propia de su carácter y prodigada con amplia generosidad.
Pero cuando llegué a México, en 1987, por primera vez me sentí -me hicieron sentir- extranjero. Mi condición de argentino se convirtió en una cualidad de mi persona, como mi nombre o mi cuerpo, y de la cual tenía que hacerme cargo. Por primera vez, también, tomé conciencia de ser blanco, y de que eso me aseguraba ciertas prerrogativas.
De a poco fui advirtiendo la duplicidad esencial de los mexicanos, o al menos de los chilangos, los habitantes de la capital. El trato explícito era cordial: “ay, qué rico que hablan”, “mi casa es su casa”, etc. Pero tan pronto me detectaban el acento en una comunicación ligada, escuchaba el clásico “vuélvete a tu país”. Detrás de las sonrisas acechaba la inquina.
La animosidad contra los argentinos es en México casi una política de estado.
Y me dí cuenta de que esa animosidad era casi una política de estado. Todos los lunes la agencia noticiosa oficial Notimex emitía un despacho en el que comparaba las actuaciones dominicales en Europa de Maradona y … ¡Hugo Sánchez! En el canal de dibujos animados, unas ratitas de inconfundible acento argentino le hacían la vida imposible a un sufrido gato mexicano. A través de una emisora cultural, probablemente estatal, un esforzado erudito procuraba desmontar la superchería de que el tango era una creación argentina.
Uno podía pensar que la animosidad contra nosotros era un pasatiempo arrojado por un régimen autoritario para entretener al populacho, dándole un punto de referencia desde el cual comparar favorablemente a México, aún a costa de la verdad y las estadísticas. Y algo de eso había, si se tomaba como muestra la política informativa de la entonces monopólica Televisa, la misma que ahora sigue puntualmente CNN en Español.
Pero el prejucio antiargentino impregna incluso a los sectores más empinados de la sociedad mexicana. Uno de mis primeros objetivos periodísticos al llegar a México fue el de entrevistar a Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del ex presidente Lázaro Cárdenas, y que en ese entonces asomaba como campeón de la disidencia dentro del PRI. Su primera reacción al recibirme en su oficina de las Lomas fue preguntar por qué la organización noticiosa internacional para la que yo trabajaba no le había “mandado” a un mexicano.
El escritor Carlos Fuentes, que frecuentemente es acogido con beneplácito en la Argentina, como disertante o colaborador de los medios locales, ha hecho de la denigración (sutil, maliciosa) de nuestro país un tópico reiterado de sus artículos periodísticos, muchas veces -es cierto- con “letra” prestada por su amigo, el sinuoso progresista Tomás Eloy Martínez. Y Fuentes no es el único intelectual mexicano que contribuye a la “misión nacional” antiargentina.
Hace un par de años me tocó tratar con un consultor de empresas mexicano, un hombre con buenos contactos en el gobierno y que había viajado bastante por el mundo. Mientras caminábamos por el centro de Buenos Aires, notó que locales cuyo alquiler era presumiblemente elevado alojaban librerías, indicador de que el público local seguía siendo tan buen lector como para que esos comercios continuasen siendo rentables.
Seguimos andando y se quedó en silencio, como si algo en el fondo de la conciencia le recordase su “misión nacional” tras una inesperada distracción. “¿Sabías -me espetó, sin que el tema viniera al caso- que muchos vienen a Buenos Aires a hacer turismo sexual?” Y se explayó sobre sus (tristes) experiencias personales en ese campo. La agresividad implícita, la falta de cortesía de su comentario me hizo acordar a la que su compatriota Cárdenas exhibiera veinte años atrás. (Cuando nos reencontramos un mes más tarde en la ciudad de México el consultor de marras trató de ocultar las tarjetitas que los “servicios de acompañantes” habían dejado en el parabrisas de su camioneta).
“Lo que se siente es: violencia. Violencia a punto de estallar, violencia que estalla”.
Conduciendo años antes por la avenida Horacio, en el barrio de Polanco, mi esposa tuvo la osadía muy porteña de reclamar con la bocina a un conductor que había hecho una mala maniobra. El hombre le cruzó el auto, se bajó y se lanzó hacia ella. Al verla, contuvo como pudo su furia. “¿Por qué hizo eso?”, le gritó. “¿No se da cuenta de que se arriesga a que yo la lastime?”. Mi esposa -que no abrió la boca para no delatar el acento- cree que la salvó su piel blanca, y el pelo de nuestro hijo que la acompañaba, del color del trigo al sol.
Veinte años antes de mi llegada a México, H. A. Murena, que dedicó buena parte de sus ensayos a interpretar la realidad americana, había volcado en un artículo sus impresiones sobre ese país: “Lo que se siente es: violencia. Violencia a punto de estallar, violencia que estalla; también el anverso de la violencia, la extremada amabilidad de los que conocen el peligro del estallido en un medio violento. (Se) descubre que en esta ciudad no conviene sostenerle la mirada a la gente”.
Esa violencia sorda, contenida, está en el fondo del carácter mexicano, y rara vez se expresa abiertamente: espera agazapada el momento de reparar el agravio, probablemente imaginario y del que el presunto agraviador tal vez sea absolutamente ignorante. La frontalidad con que los argentinos suelen expresar sus opiniones o sus desacuerdos es lo que en México se percibe como arrogancia o soberbia.
Esa violencia mexicana refleja una serie de profundas contradicciones, que nacen de su condición de mestizos y se expresan en complejos de inferioridad y resentimientos contra lo extranjero que no acaban de resolverse, y que por el contrario parecen ser realimentados deliberadamente como si fueran parte de un imaginario carácter nacional.
Los mexicanos se declaran orgullosos de su pasado indígena, pero a la vez se avergüenzan de él.
“Si un extranjero pudo escribir un buen libro sobre México, este libro es Vecinos distantes y ese extranjero es Alan Riding”, escribió Jorge Castañeda, quien más tarde sería canciller de la república, cuando apareció ese libro en 1985. Repárese en la duplicación del adjetivo “extranjero” que Castañeda, un intelectual de relieve, se sintió obligado a estampar en su comentario. El libro de Riding, efectivamente, me ayudó a encontrar explicaciones para los interrogantes que me planteaba el país donde estaba trabajando.
“A más de 460 años de la Conquista, no se ha asimilado el triunfo de Cortés ni la derrota de Cuauhtémoc, y aún se sienten repercusiones de aquel sangriento atardecer en Tlatelolco. Hoy día, 90 por ciento de los mexicanos son mestizos, en términos estrictamente étnicos, aunque como individuos sigan atrapados en las contradicciones de su ascendencia. Son tanto hijos de Cortés como de Cuauhtémoc, no son españoles ni indígenas, son mestizos, aunque no admitan su mestizaje”, escribió Riding.
“También como país, México busca interminablemente una identidad y oscila, en forma ambivalente, entre lo antiguo y lo moderno, lo tradicional y lo de moda, lo indígena y lo español, lo oriental y lo occidental. La complejidad de México radica tanto en el enfrentamiento como en la fusión de estas raíces”.
Ambivalencia, enfrentamiento y fusión, son, me parece, las palabras clave en este texto. Los mexicanos se declaran orgullosos de su pasado indígena, pero a la vez se avergüenzan de él. La historia oficial disimula cuidadosamente la despótica crueldad que caracterizaba a las mayores culturas precolombinas del área. Los mestizos tratan con desdén a los indios puros, y las señoras de las Lomas de Chapultepec describen despectivamente como “inditas” a sus empleadas.
Aunque sólo lo declaren abiertamente respecto de los argentinos (y por esa razón ésto lo iba a descubrir más tarde), los mexicanos odian por igual a todos los extranjeros, pero al mismo tiempo quieren imitarlos, jugar en sus mismas ligas, ser reconocidos como iguales. Y experimentan una fascinación hipnótica frente a la piel blanca. “Así de güera (blanca), aquí tendrías todos los caminos abiertos”, le dijo a mi hija adolescente Irma Carranza, nieta del ex presidente Venustiano Carranza, jefe de una de las facciones surgidas tras la revolución.
Los argentinos (como yo y mi familia descubrimos en México) somos blancos, y por eso caemos en el rango de los odios de los mexicanos, que se encarnizan porque también somos latinoamericanos, y ellos entienden que con nosotros pueden medirse. Pero también, por las mismas razones, caemos en el rango de sus fascinaciones. Ciertamente, las clases medias mexicanas conocen mucho más acerca de la Argentina que a la inversa.
Más allá de los exilios políticos, los argentinos empezaron a viajar a México a mediados de la década de 1990. Pero su conocimiento de ese país se reduce a una recorrida apurada por la capital y estadías en los centros turísticos, que son lugares anónimos acondicionados principalmente para una audiencia estadounidense. Las visitas a los sitios arqueológicos no aportan nada porque los mexicanos ocultan el sentido y función de esos lugares (vacío informativo que vino a llenar la película Apocalypto).
Muchos argentinos han encontrado en México los caminos abiertos, sea por güeros, como decía Irma Carranza, o por sus capacidades profesionales o empresariales. Desde Arnaldo Orfila Reynal, el editor infatigable que puso al Fondo de Cultura Económica en el primer nivel de las editoriales en castellano y fundó otra casa encomiable como Siglo XXI, hasta Gustavo Santaolalla, artífice en las sombras de muchas de las bandas de rock mexicanas. México siempre supo beneficiarse de las sucesivas diásporas argentinas.
Pero esto no lo sabe la mayoría del pueblo mexicano, como no sabe que buena parte de sus programas de televisión preferidos nacen de guiones o formatos comprados en Argentina, ni sabe que nuevas publicaciones como El Gráfico y Gente son réplicas de las creadas en Buenos Aires por Editorial Atlántida y adquiridas por Televisa.
México está enfermo, pero no de gripe sino de xenofobia.
Una joven mexicana, de razonable nivel de educación, me preguntó un día si Mafalda era conocida en la Argentina. El diario Excelsior publicaba la tira, pero eliminando todos los “vos”, los “che” y cualquier cosa que la identificara como argentina. Como si nosotros hubiésemos llamado “Pibe” al Chavo, y lo hubiésemos doblado al argentino … La ignorancia es la materia prima del fanatismo, el prejuicio y la discriminación.
No se crea que estas reflexiones son el efecto de una mala experiencia durante mi estadía en México o en los múltiples contactos con ciudadanos mexicanos que mantuve posteriormente. Por el contrario, tanto mi familia como yo pudimos vivir allí una vida normal, aunque tolerando el reiterado “Ustedes no parecen argentinos” que supuestamente debíamos recibir como un elogio. En realidad, lo que nos querían decir es que no nos ajustábamos al estereotipo del argentino que ellos mismos habían creado.
Nuestra permanencia en México coincidió en parte con el período en que Jorge Abelardo Ramos fue el embajador argentino allí. Pocas personas han sostenido, como intelectuales y como políticos, el ideal latinoamericanista como lo hizo Ramos a lo largo de su vida, y por lo tanto pocos mejor dispuestos y más abiertos que él a un buen entendimiento con los mexicanos.
Pero en un encuentro casual mantenido años después, cuando ya todos estábamos de vuelta en Buenos Aires, Ramos le comentó a mi esposa que planeaba escribir un libro sobre su experiencia en México, “ese país oscuro y hostil”. Los acontecimientos de las últimas semanas revelan que esa oscuridad y esa hostilidad no se han disipado. Por el contrario, la canciller Patricia Espinosa y el presidente Felipe Calderón se encargaron de atizarlos.
A propósito de la cancelación de vuelos mexicanos que provocó todo este encono, recordemos que fue dispuesta por el gobierno argentino cuando el gobierno mexicano, responsablemente, avisó al mundo que padecía de una epidemia de gripe desconocida, con más de un centenar de muertos, y la Organización Mundial de la Salud alertó sobre el riesgo de una pandemia de grado cinco sobre seis. Irritarse después porque la gente reacciona sobre la base de la información que uno mismo provee parece poco serio.
La ministra de salud argentina Graciela Ocaña, por su parte, se equivocó dos veces al describir a México como el “hermano enfermo”. En primer lugar, México no es hermano de la Argentina: poco tenemos en común con ese país más allá de la lengua, y eso apenas en parte. Entre los países no hay lazos de parentesco sino una compleja red de intereses, comunes y divergentes.
En segundo lugar, México sí está enfermo, pero no de gripe como sugiere la ministra, sino de xenofobia, una enfermedad mucho más grave, que empieza con las descortesías verbales, sigue con los escupitajos a la cara en un estadio de fútbol, y continúa de forma seguramente peor. Las autoridades mexicanas, los responsables de sus medios de comunicación y de su sistema educativo debieran hacer algo al respecto.
–Santiago González
Esas marcas genéticas todavía están presentes en la población actual. El hallazgo representa un aporte a la historia evolutiva de la población humana y, en especial, de Sudamérica
Rodrigo Nores y Nicolás Pastor, en el Museo de Antropología de Córdoba, Argentina.
RAMIRO PEREYRA
Mariana Otero || El País
Una investigación bioantropológica realizada por expertos argentinos, en colaboración con la Universidad de Harvard, reveló la existencia de un nuevo linaje genético desconocido hasta el momento, el cual identifica una ancestría propia del centro de Argentina. Estos resultados, publicados recientemente por la revista Nature, constituyen un aporte significativo a los campos de la paleogenómica, la bioantropología y la historia evolutiva de las poblaciones humanas.
Rodrigo Nores, biólogo, doctor en Ciencias Químicas e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) en el Instituto de Antropología de Córdoba, junto a casi 70 autores (la mitad, argentinos), determinaron una ancestría con 8.500 años de antigüedad que persiste hasta la actualidad en el sur del continente americano.
Durante mucho tiempo, el mapa de la historia evolutiva en Sudamérica se dividió en tres grandes componentes genéticos: andino, amazónico y patagónico. El centro del actual territorio argentino permanecía en una zona gris en los registros del ADN antiguo.
“De esta área que quedaba al medio de esos tres grandes componentes, no se sabía nada. Ahora estamos caracterizando un cuarto componente genético para Sudamérica”, subraya Nores. Nicolás Pastor, biólogo y profesional de apoyo del Conicet, destaca que la investigación “completa una región que estaba subrepresentada o vacía en cuanto a este tipo de estudios paleogenéticos”.
Tortero de hueso hallado en el sitio arqueológico Los Molinos. RAMIRO PEREYRA
El hallazgo se produjo a partir del análisis de ADN de individuos de contextos arqueológicos del centro y norte de Argentina, lo que permitió identificar el nuevo linaje y comprender mejor la historia de estos pueblos.
Ahora se conoce que en esta región no hubo reemplazos ni extinciones poblacionales sino una asombrosa continuidad genética. Es decir, que el linaje detectado en los primeros habitantes de las sierras y llanuras centrales no desapareció con la llegada de otros grupos ni se desplazó de manera drástica sino que evolucionó localmente y adquirió características genéticas propias que se mantienen desde hace más de ocho milenios.
“Esta investigación permite la reconstrucción del pasado que no está escrito, la historia previa a la conquista hispana”, explica Nores. Para ello se empleó un enfoque metodológico complementario a la información arqueológica.
El trabajo se basó en el análisis de 344 muestras (de dientes y huesos) de 310 individuos de 133 lugares arqueológicos ubicados en el norte, este y centro del país. El proceso comenzó en 2017 en el marco de una iniciativa de la National Geographic Society -Ancient DNA: The Americas Project-, a partir de una muestra inicial conformada por 29 dientes recuperados en sitios arqueológicos de la provincia de Córdoba.
“Analizamos las muestras biológicas, dientes o huesos de esqueletos, que aparecen en las excavaciones arqueológicas y también trabajamos con colecciones de museos en donde hay repositorios de cuerpos humanos que han sido encontrados en los últimos 100 años”, explica el investigador.
Arqueología serrana de 8000 años atrás, expuesta en el Museo de Antropología de Córdoba.
RAMIRO PEREYRA
El trabajo de búsqueda de muestras, el de laboratorio y el de análisis biocomputacional de datos se extendió durante siete años y contó con el aval de las comunidades de pueblos originarios y la participación de más de 20 equipos de investigación de universidades públicas argentinas.
“Para recuperar el ADN antiguo de dientes o huesos hay que pulverizar la muestra y utilizar procesos químicos reactivos sobre ese polvillo. De esta manera se recupera el material genético”, sintetizan los expertos.
Nicolás Pastor destaca que trabajar con ADN antiguo es complejo debido a la degradación de la molécula por el paso del tiempo y las condiciones ambientales. “El ADN de una persona viva es muy fácil de obtener, pero el antiguo es muy esquivo”, subraya.
Para obtener la información genética se secuenciaron cientos de miles de marcadores presentes en el genoma de cada muestra que permitieron reconstruir la historia poblacional de la región. “Eso genera un volumen de datos gigante y ahí empieza un gran proceso bioinformático y análisis estadísticos”, explica Pastor, quien participó activamente en el análisis de datos.
El biólogo precisó que no se analizan las características físicas externas de las personas, sino variables genómicas que hablan de la historia de los pueblos: sus orígenes, migraciones y mestizajes.
Un punto clave de la investigación fue el análisis de un individuo de 8.500 años de antigüedad hallado en el área de Jesús María, hoy una próspera zona agrícola ganadera de la provincia de Córdoba. Su ADN reveló un linaje desconocido y diferente.
Este componente genético aparece también en muestras de entre 4.600 y 150 años de antigüedad del centro de Argentina, y fue detectado en habitantes actuales de la región, lo que habla de una continuidad a lo largo del tiempo hasta el presente.
Lo que el ADN cuenta es una historia de estabilidad y arraigo, donde los grupos originarios no fueron desplazados por oleadas migratorias, sino que permanecieron en sus territorios, transformándose pero manteniendo su esencia biológica. Este patrón difiere de lo que ocurrió en otras partes del mundo, como Europa, donde los desplazamientos migratorios resultaron en un recambio poblacional.
“El hallazgo de un linaje genético sudamericano previamente desconocido demuestra que nuestra comprensión del poblamiento de América sigue siendo limitada en comparación con otras regiones”, sostiene Nores.
Los investigadores Rodrigo Nores y Nicolás Pastor en el Museo de Antropología de Córdoba.
RAMIRO PEREYRA
La investigación aporta información sobre la identidad de la población de este territorio. Estudios previos ya habían identificado que alrededor del 70% de la población del centro y norte del país posee ancestría indígena por vía materna. Ahora se conoce el origen de ese componente genético que se arrastra desde hace ocho milenios.
“Esto contrarresta la idea de que todos venimos de los barcos”, señala Nores en relación a la masiva inmigración europea de los siglos XIX y XX. Esta expresión popular, apunta el investigador, indica de manera errónea que hubo un reemplazo poblacional completo, como si los grupos originarios se hubieran extinguido tras la conquista y antes de la llegada de los inmigrantes. “Muchos vinieron de los barcos, se mezclaron con los que estaban acá y lo que somos es el producto de esa mezcla”, apunta Nores. Ese mestizaje entre los ancestros americanos y los migrantes euroasiáticos y africanos, es lo que define el mapa genómico actual de Argentina.
Ella se rebeló contra sus padres y hasta le pidió al virrey de turno que intercediera por ellos, él recibiría un merecido homenaje 200 años después. Luces y sombras de una historia que terminó de la peor manera.
Por Yasmin Ali || Canal 26
La historia de amor más escandalosa de la época colonial Foto: Archivo
Antes de que prestara su casa, más precisamente su piano, para que sonara por primera vez lo que conocemos como himno nacional, Mariquita Sánchez de Thompson fue protagonista de uno de los amores más escandalosos de la Buenos Aires colonial.
Martín Thompson no solo fue su primer esposo, era su primo, y la historia para lograr formalizar su amor es tan fascinante como el relato que conocemos, casi de memoria, sobre cómo su figura fue clave para que suene la canción patria más importante. Mariquita y Martín, un romance de 15 años que solo pudo vencer la locura y la muerte.
Para los 14 años de Mariquita sus papás, Cecilio y Magdalena, ya le habían elegido al candidato “ideal”: el español Diego del Arco. Ella se negó, su corazón ya tenía dueño y era su primo segundo Martín Jacobo Thompson, pero había un problema: sus progenitores lo consideraban “indigno” por no pertenecer a su misma clase social.
Su papá intentó por cualquier vía que ella lo olvide, incluso logró que el virrey Joaquín del Pino lo traslade a la ciudad de Montevideo y luego a Cádiz para trabajar en el puerto. Ella seguía negada y recluida en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales. Los años pasaron, su padre murió en 1802 y doña Magdalena estaba decidida a que se cumpla la voluntad de su difunto esposo.
Mariquita Sánchez de Thompson y Martín, su primer esposo
Pero parecía que el destino tenía otros planes porque en 1804 Martín regresó al Río de la Plata, más precisamente a Montevideo, para poner en orden la herencia familiar. Los tórtolos se cansaron de estar a escondidas y él recurrió a la Justicia utilizando la “Pragmática Sanción para evitar el abuso de contraer matrimonios desiguales” que se aplicaba cuando el padre no quería que su hija se case al ver la unión como “desigual”.
El hombre llevó a su ¿futura? suegra a juicio, ella afirmaba que se oponía al casamiento porque veía a Thompson como un cazafortunas. Del Pino, quien debía decidir, fue reemplazado por Rafael de Sobremonte y el 20 de julio de 1804 falló a favor del Romeo versión Virreinato.
Cuando Mariquita tenía 18 años le envió una carta al virrey Sobremonte para explicarle por qué debía permitir su casamiento con Thompson:
“Me es preciso defender mis derechos: casarme con mi primo, porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen. Nuestra causa es demasiado justa”. Vivió como quiso.
Mariquita Sánchez de Thompson
Los enamorados se casaron en 1805 y tuvieron cinco hijos entre 1807 y 1815: Clementina, Juan, Magdalena, Florencia, y Albina. Para esa época Mariquita se encargaba de organizar tertulias en su casa, en una de ellas se dice que sonó el himno por primera vez, y se consolidó como una de las “damas patricias” más importantes de la época.
Su matrimonio fue feliz, pero el tiempo siempre tiene reservada una última carcajada. En 1815 su esposo fue enviado a una misión diplomática a Estados Unidos para dar a conocer la causa independentista del Río de La Plata y conseguir dinero. Pero su visita a esas tierras fue un desastre y el director supremo Juan Martín de Pueyrredón lo echó dos años después.
Martín Thompson, primer Prefecto Nacional Naval
Thompson estaba enfermo, perdió la razón y cuentan que por las calles de Washington y Nueva York gritaba y decía cosas sin sentido a quienes pasaban, nunca se confirmó pero podría haber manifestado síntomas de sífilis. Terminó internado en un lugar para enfermos mentales y Mariquita, enterada de su situación, le envió dinero para que regrese en un barco donde recibió un pésimo trato.
No se sabe el día exacto, pero murió en altamar. Su cuerpo fue arrojado al agua el 23 de octubre de 1819 y recién meses después se sabría de su trágico desenlace.
Ella volvió a casarse, pero nada fue igual y su segundo matrimonio fue un desastre que terminó en separación en 1837. Ya lo había dicho la misma Mariquita de joven, en una carta dirigida a su primer y único amor: “Seré suya o de nadie”.
MEMORANDUM N.S. [ilegible] 29
Para información del
señor Ministro de Marina
Producido por
Prefectura General Marítima
Buenos Aires, 24 de julio de 19 45
ASUNTO: Avistaje submarino.-
INFORMACION: A horas 1520 el subprefecto inspector Demetrio Vergara de
la Prefectura de Zona de la Costa Sud, informa telefónicamente que sien-
do las 1400 horas del día de la fecha se presentó el señor Alfaro, pes-
cador, conocido de aquella autoridad marítima en razón de sus activida-
des y expresó:
Que siendo las horas 18 del día 23 del corriente, avistó a
la altura de la estación Copetonas del F.C.S., un submarino que se en-
contraba como a 10 millas de la costa; que no pudo distinguir ninguna
característica y que apreció su eslora en 70 metros más o menos, tenien-
do la torre pintada de gris. Que en momentos de avistarlo se ocupaba
en faenas propias de su profesión en el lugar de la costa mencionado.-
La Prefectura de Zona ha informado de la novedad a la Base Na-
val de Puerto Belgrano.
FRANCISCO J. CLARIZZA
CONTRALMIRANTE
PREFECTO GENERAL MARITIMO
[Sello ovalado: REPUBLICA ARGENTINA – PREFECTURA GENERAL MARITIMA]
[Sello: ES COPIA FIEL DEL ORIGINAL]
[Sello inferior derecho: ES COPIA FIEL DEL ORIGINAL]
EXPTE. M.D. Nº 35275/07
Hay una anotación manuscrita en la parte superior junto a “MEMORANDUM” que no se distingue bien. Si quieres, puedo hacerte una segunda versión en formato diplomático, respetando exactamente saltos de línea, mayúsculas y cortes de palabra del original.
Cuando alguno se pregunte por qué Brasil tiene cazas supersónicos e Irán tiene misiles hipersónicos y la Argentina no, hay que leer las memorias del ministro peronista Domingo Cavallo donde cuenta con orgullo cómo destruyó a la industria de defensa nacional... y dejó a la armada sin portaaviones
Cinta cinematográfica que ilustra al general Bartolomé Mitre, charlando con el diputado nacional Belisario Roldán y con su hijo Emilio Mitre, durante su visita a la estancia Santa Catalina de Mariano Unzué, ubicada en Mercedes, provincia de Buenos Aires, en 1902.
Durante los primeros pasos de la cinematografía en la Argentina, el general Mitre fue retratado en varias ocasiones durante esas películas, como los festejos por su cumpleaños 80, y sus visitas al Museo Histórico Nacional y a la Casa Lepage en 1901, su cumpleaños número 84 en 1905, y su funeral en 1906.

Los submarinos argentinos operaron en un entorno muy hostil (aguas frías, fuertes corrientes, canales estrechos con poco espacio para maniobrar sumergidos, y riesgo constante de detección por aviones chilenos o buques de superficie). En cualquier caso, del lado argentino se contaba con apoyo técnico especializado para el apoyo ASW. El Comando de Aviación Naval operaba desde hacía años activos específicos como los S-2 Tracker, P-2 Neptune y Sea King que limitaba la libertad de acción chilena, pero también enfrentaba problemas operativos como las averías reales (ej. el San Luis con motor diésel al 50%, lo que lo relegó a zona segura).
Los submarinos clase Balao y los modelos GUPPY (Greater Underwater Propulsion Power Program) fueron dos generaciones de submarinos que desempeñaron papeles cruciales en las armadas de varios países, especialmente en América Latina.
Los submarinos clase Balao fueron diseñados y construidos durante la Segunda Guerra Mundial por la Armada de los Estados Unidos. Se trataba de una mejora de los submarinos clase Gato, con mayor resistencia y una profundidad operativa mejorada. Alcanzaban una profundidad de prueba de 120 metros (400 pies) y tenían un desplazamiento de aproximadamente 1,500 toneladas. Con una autonomía considerable, su velocidad máxima sumergida era de alrededor de 9 nudos, y en superficie alcanzaban hasta 20 nudos. Eran conocidos por su robustez y eficacia en operaciones de guerra en el Pacífico durante la guerra.
El programa GUPPY surgió después de la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de modernizar los submarinos clase Balao y otros de su generación para hacerlos más eficaces en la guerra antisubmarina y permitirles competir con submarinos más modernos, como los alemanes tipo XXI. El programa GUPPY se centraba en mejorar la velocidad sumergida, la capacidad de la batería y el rendimiento hidrodinámico. Los submarinos modernizados bajo este programa tenían perfiles más hidrodinámicos, mejores sistemas de sonar y equipos de radar, así como motores eléctricos más potentes para aumentar la capacidad de maniobra bajo el agua. Aunque mantenían muchas características de los Balao originales, se convirtieron en submarinos más aptos para la guerra submarina en la era de la Guerra Fría.
En común, ambos modelos compartían la estructura base de los submarinos diésel-eléctricos y su diseño estaba orientado a maximizar la capacidad de realizar patrullas prolongadas bajo el agua. Además, las dos clases participaron en importantes conflictos y fueron transferidos a armadas extranjeras.
Lo que los diferenciaba principalmente era el programa de actualización GUPPY, que incorporó tecnologías de postguerra, especialmente en lo referente a sistemas de propulsión, reducción de ruido y diseño aerodinámico, lo que aumentó la capacidad de operación sumergida.
Los submarinos enfrentados:
Aspecto | ARA (GUPPY II / Type 209) | ACh (Balao no modernizado, Simpson) |
|---|---|---|
Velocidad sumergida | 17-18 nudos (209) / ~15 nudos (GUPPY) | ~9 nudos |
Snorkel | Sí (209 y GUPPY) | No (o muy limitado) |
Sonar | Modernizado (BQR-2/7 en GUPPY, CSU-83 en 209) | Anticuado (JT/QC) |
Torpedos | Mk 14/37, SST-4 (en 209) | Mk 14/27 (vetustos) |
Profundidad operativa | ~200-250 m | ~120-150 m |
Ruido | Reducido post-GUPPY | Alto (diseño de la SGM) |
Varios países latinoamericanos operaron submarinos clase Balao y GUPPY en sus armadas. Argentina y Chile fueron dos de los principales usuarios de estos submarinos.
Durante la crisis del Beagle a fines de la década de 1970, Argentina operaba submarinos de la clase GUPPY II, que eran el ARA Santa Fe y el ARA Santiago del Estero. Ambos eran modernizaciones de los Balao adquiridos a los Estados Unidos. Estos submarinos jugaban un papel esencial en las capacidades de patrullaje y disuasión del país.

Submarino clase IKL-209 ARA Salta (S-31) de la Armada de la República Argentina
Chile también contaba con submarinos clase Balao, uno ya dado de baja y otro que terminó siendo el que quedó remanente con capacidad de combate que era el ACh Simpson. Sin embargo, este no había sido modernizados bajo el programa GUPPY. Más aún, hasta pocos meses antes del conflicto, el Simpson (S-31) todavía montaba un cañón a popa de 127mm para atacar blancos no defendidos.

Imagen de un Grumman S-2E Tracker, similar al mencionado en esta entrada, tomada desde el periscopio de un submarino. Chile no tenía ningún un avión ASW equivalente. (Fuente: http://www.nuestromar.org/)

El submarino clase Balao ACh Simpson (SS-21) de la ACH. Al fondo se ve un crucero clase Brooklyn.
Durante la crisis entre Argentina y Chile en 1978, tras el fallo arbitral que otorgaba a Chile las islas Picton, Lennox y Nueva, la Junta Militar Argentina rechazó la decisión, lo que llevó a una escalada de tensiones entre ambos países. Ante la posibilidad de un conflicto bélico, las Fuerzas Armadas de Argentina planearon el “Operativo Soberanía” con el objetivo de invadir Chile y tomar las islas en disputa. La intervención del papa Juan Pablo II y un temporal en diciembre de 1978 evitaron la guerra, pero ambas armadas se prepararon intensamente para un posible enfrentamiento.
IKL-209 ARA "Salta"
En este contexto, el 8 de diciembre de 1978, cuatro submarinos argentinos zarparon de la Base Naval de Puerto Belgrano: los veteranos ARA Santa Fe (S-21) y ARA Santiago del Estero (S-22), junto con los modernos submarinos IKL-209 ARA Salta y ARA San Luis. Mientras tanto, la Marina Chilena, con una fuerza submarina en desventaja, solo tenía operativo el ACh Simpson, ya que el resto de sus submarinos estaba fuera de servicio.
El ARA Santa Fe fue asignado a patrullar la Bahía Cook, una posición estratégica para controlar el acceso al Canal de Beagle. Durante su patrulla, detectó la presencia de buques chilenos sin ser detectado, y aunque estuvo listo para el combate, cumplió con la orden de no atacar a menos que fuera agredido primero. Luego de la tensa situación, el submarino se replegó para informar a sus superiores y fue dirigido a la Isla de los Estados.
Esta imagen correspondería a la fotografía obtenida a través del periscopio por el ARA Santiago del Estero, del ACh Simpson navegando en superficie para recargar baterías. Nótese que si bien se observa el pequeño domo del sonar WFA a mitad de proa característico de los Balao chilenos, no se observa a popa de la vela el cañón de 127mm, que podría haber sido removido para esa campaña (Fuente: nuestromar.org)
Tripulación del ARA Salta
La necesidad del submarino chileno de navegar en superficie se debía a
su antigüedad, ya que al carecer de snorkel, debía emerger para recargar
sus baterías. A pesar de esto, el Capitán de Navío Rubén Scheihing,
comandante del “Simpson” durante ese período, niega haber tenido
contacto alguno con submarinos argentinos durante sus casi 70 días de
patrulla, a pesar de la evidencia fotográfica que parece contradecirlo. En parte es lógico ese alegato porque cómo haría para ver a quién lo observa desde la profundidad a través de un periscopio. Por otro lado, jamás se hubiese enterado cuando muriese al ser impactado por un torpedo argentino.
Por su parte, el ARA Santiago del Estero patrullaba cerca del Cabo de Hornos. Durante su misión, su sonar detectó al submarino chileno ACh Simpson navegando en superficie para recargar sus baterías. Aunque el Santiago del Estero estuvo preparado para lanzar un ataque, su comandante optó por no hacerlo debido a la falta de hostilidad por parte del submarino chileno, limitándose a tomar una fotografía del Simpson antes de retirarse.
Ambos submarinos argentinos completaron exitosamente sus misiones sin entrar en combate, demostrando el profesionalismo de sus tripulaciones bajo condiciones adversas. Su cautela evitó el inicio de una guerra que habría tenido consecuencias impredecibles.

Tras informar las novedades a su Comando, el Capitán de Fragata Carlos Sala recibió la orden de replegarse a la Isla de los Estados. Durante su patrulla, el ARA Santiago del Estero recorrió 4012 millas náuticas (7430 km) en 36 extenuantes días de navegación, del 8 de diciembre de 1978 al 13 de enero de 1979.

El pesquero Aracena que requisado por la Armada Argentina sirvió las veces de buque nodriza de la Fuerza de Submarinos en 1978 (Fuente: http://www.histarmar.com.ar/)
Durante la crisis de 1978 entre Argentina y Chile, la Armada Argentina desplegó sus submarinos IKL 209, ARA Salta (S-31) y ARA San Luis (S-32), ambos de tecnología avanzada. Aunque eran submarinos modernos, los altos mandos los asignaron a zonas de patrulla más seguras en comparación con los veteranos GUPPY. El ARA San Luis, bajo el mando del Capitán de Fragata Félix Bartolomé, sufrió la avería de uno de sus motores diésel durante su navegación hacia el sur, lo que redujo su capacidad en un 50%. A pesar de los esfuerzos de la tripulación, el problema no pudo solucionarse, y el submarino fue reasignado a una zona de patrulla más cercana a territorio argentino, completando su misión sin novedades. El San Luis recorrió 6.270 kilómetros en 876 horas de navegación, y tres años más tarde participaría activamente en la Guerra de Malvinas.
Los tres submarinos chilenos en servicio activo en 1978. Los modernos Oberon de origen britanico "Hyatt" y "O'Brien" con el característico domo de proa, y el antiguo sumergible clase Balao de origen norteamericano, "Simpson". Observe como curiosidad en este último, que a popa de la vela, todavía subsiste el montaje de cañón de 127mm (Fuente: nuestromar.org)
Por su parte, el ARA Salta, comandado por el Capitán de Fragata Eulogio Moya, se dirigió hacia el Cabo de Hornos. Durante su travesía, el Salta fue detectado accidentalmente por un avión Grumman S-2E Tracker argentino, que lo confundió con un submarino chileno. Tras una maniobra evasiva exitosa, el Salta continuó su misión. En una patrulla posterior, el Salta detectó un submarino chileno en superficie, identificándolo como el ACH Simpson. Aunque las condiciones estaban dadas para un enfrentamiento, el comandante Moya decidió no atacar, siguiendo las órdenes de no iniciar hostilidades. El Salta luego recibió un mensaje informando la suspensión de las operaciones debido a la mediación del Papa.
El ARA Santa Fe (S-21) en inmersión deja asomar sobre la superficie del mar sus mástiles. De izquierda a derecha: 1º periscopio y carenado de antena RWR AT-222, 2º periscopio, mástil de comunicaciones VLF, AN/BLR-1, snorkel con luz de navegación y antenas AS-1198 y AS-1287 (Fuente: www.harpoondatabase.com)
Ambos submarinos completaron patrullas exitosas sin entrar en combate, evitando un conflicto bélico que podría haber tenido consecuencias impredecibles.
Especificación | Detalle |
|---|---|
Longitud | 6.25 m (20 ft 6 in) |
Diámetro | 533 mm (21 in) |
Peso | Aprox. 1,361-1,490 kg (3,000-3,280 lb), dependiendo de la modificación |
Alcance/Velocidad | 4,100 m (4,500 yd) a 85 km/h (46 nudos); 8,200 m (9,000 yd) a 57 km/h (31 nudos) |
Cabeza de guerra | 230-303 kg (507-668 lb) de TNT o Torpex |
Propulsión | Turbina de vapor alimentada por alcohol |
Guía | Giroscópica (recta, no homing en versiones base) |
Especificación | Detalle |
|---|---|
Longitud | 3.4-4.1 m (135-161 in), dependiendo de la variante (Mod 0 vs. Mod 1) |
Diámetro | 483 mm (19 in), con rieles de guía de 533 mm (21 in) |
Peso | 650-766 kg (1,430-1,690 lb) |
Alcance/Velocidad | 21 km (23,000 yd) a 31 km/h (17 nudos); 9.1 km (10,000 yd) a 48 km/h (26 nudos) |
Cabeza de guerra | 150 kg (330 lb) de HBX |
Propulsión | Eléctrica (batería) |
Guía | Homing acústico activo/pasivo; variantes con guía por cable hasta 9 km |
Especificación | Detalle |
|---|---|
Longitud | 6.08 m (239 in) |
Diámetro | 533 mm (21 in) |
Peso | 1,414 kg (3,116 lb) |
Alcance/Velocidad | 11 km (12,000 yd) a 65 km/h (35 nudos); 20 km (22,000 yd) a 52 km/h (28 nudos); 37 km (40,000 yd) a 43 km/h (23 nudos) |
Cabeza de guerra | 260 kg (573 lb) de alto explosivo |
Propulsión | Batería de plata-zinc |
Guía | Guiado por cable y homing pasivo acústico |
Especificación | Detalle |
|---|---|
Longitud | 2.3-3.2 m (90-125 in), dependiendo de la variante (Mod 0 vs. Mod 4) |
Diámetro | 483 mm (19 in), con rieles de guía de 533 mm (21 in) |
Peso | 327-534 kg (720-1,174 lb) |
Alcance/Velocidad | Aprox. 5.5 km (6,000 yd) a 22 km/h (12 nudos) en Mod 0; variantes posteriores hasta 11 km a velocidades similares |
Cabeza de guerra | 43 kg (95 lb) de HBX en Mod 0; hasta 49 kg (107 lb) en otras |
Propulsión | Eléctrica (batería) |
Guía | Homing acústico pasivo |