Haber dejado firme la amnistía a guerrilleros terroristas y no a soldados, policías y magistrados que los combatieron o juzgaron constituyó un lamentable mensaje
El juez Jorge Vicente Quiroga, asesinado el 28 de abril de 1974 en Viamonte y Paraná por guerrilleros del ERP Archivo
Miles de crónicas periodísticas, cientos de libros y sentencias judiciales, entre las que cabe destacar la de la Cámara Federal en la causa 13/84 contra los comandantes de las Fuerzas Armadas, nos ilustran sobre los asesinatos, atentados y secuestros realizados por las organizaciones terroristas que, con apoyo y financiamiento cubano y soviético, atacaron al país a partir de los años 60. El tratamiento que le dio y le sigue dando la política y la Justicia Federal a estos crímenes constituye una de las aberraciones más relevantes de la historia argentina.
El presidente Héctor Cámpora, al regreso de la democracia en 1973, dictó un indulto y el Congreso de la Nación una amnistía que alcanzó a centenares de guerrilleros que habían sido procesados y condenados por la Justicia Federal mediante procesos judiciales inobjetables. De este modo, integrantes de Montoneros, el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y otras organizaciones terroristas recuperaron la libertad solo para multiplicar su accionar en la guerra revolucionaria tal, como lo señaló la sentencia de la causa 13/84 en pasajes que algunos no quieren recordar. Una vez en libertad, fueron por quienes los habían combatido y por quienes los habían condenado: el juez federal Jorge Vicente Quiroga, de 48 años de edad, fue asesinado mediante una ráfaga de 14 balazos por la espalda, mientras otros magistrados y sus familias fueron atacados y debieron marchar al exilio.
Esos indultos y esa amnistía siguen vigentes para sus autores y amparan miles de asesinatos, de personas notables como Oberdan Sallustro, presidente de Fiat, o del almirante Hermes Quijada, comandante del primer anevizaje en el polo Sur, así como muchos otros nunca homenajeados como el conscripto Hugo Vacca, conductor de un camión del Ejército que en 1971 sufrió un atentado terrorista en el que murió el teniente Mario Casúa y Vacca quedó parapléjico antes de fallecer cuatro años después.
Tapas de matutinos italianos donde se le da un amplio espacio a la noticia del asesinato del ejecutivo de Fiat Oberdan Sallustro en Buenos Aires el 11 de abril de 1972 AP
La sentencia de la causa 13/84 identifica, entre 1969 y 1979, un total de 21.462 delitos cometidos por las organizaciones guerrilleras; 1501 asesinatos; 5215 atentados con explosivos; 1748 secuestros; 65 copamientos de regimientos, comisarías y localidades; 215 atentados contra medios de comunicación y otros graves crímenes.
Todos esos asesinatos y mutilaciones que tienen nombre y apellido de víctimas y victimarios, fueron amnistiados por aquellos indultos y amnistías del 73 y luego por la ley de punto final, dictada por el Congreso Nacional durante la presidencia de Raúl Alfonsín, mientras que el presidente Carlos Menem indultaría luego a las jerarquías de las Fuerzas Armadas y de la guerrilla. En enero de 1989, vendría el cobarde copamiento del Regimiento 3 de La Tablada, en el cual otro movimiento guerrillero, Todos por la Patria, desprendimiento del PRT, asesinaría a nueve militares y dos policías y dejaría más de 50 heridos. Todos los guerrilleros, incluido un sacerdote que eligió matar a sus semejantes, fueron indultados por el presidente Eduardo Duhalde.
Con la presidencia de Néstor Kirchner volverían los juicios de la mano de los familiares de los guerrilleros y organizaciones de izquierda, a quienes Kirchner, para lograr su apoyo, les cedería el diseño de la política de derechos humanos, en la cual se embarcaría el Poder Judicial mediante el desatino de una flamante mayoría de la Corte Suprema, que declararía la invalidez de aquella ley de punto final, pero solo respecto de las fuerzas del orden. A partir de esa doctrina que inauguraría la era de los llamados “juicios de lesa humanidad” por hechos ocurridos 30, 40 o 50 años atrás, los familiares de los guerrilleros y las organizaciones de izquierda irían por quienes los combatieron y quienes los juzgaron desde 1973 en adelante. Más de tres mil hombres y mujeres de todas las jerarquías de las tres fuerzas armadas, de seguridad y de servicios penitenciarios nacionales y provinciales, y más de 35 jueces y fiscales federales fueron detenidos. Entre las notables asimetrías cabe destacar que en la causa 13/84 el comandante de la Fuerza Aérea y miembro de la Junta Militar, brigadier Orlando Ramón Agosti, fue condenado a cuatro años y medio de prisión. En 2022, el excabo de la Fuerza Aérea Julio Narciso Flores, que en el momento de los hechos tenía 18 años y ahora es un anciano, fue condenado a 25 años de prisión. El exterrorista Raúl Argemí, considerado autor del asesinato del doctor Quiroga, fue apresado, juzgado y condenado, pero se le conmutó la pena y se lo indemnizó con 209.409 dólares por los 11 años que pasó en la cárcel.
Dejar firme la amnistía para los guerrilleros y revocarla para soldados, policías, jueces y fiscales que los combatieron o juzgaron fue el mensaje más contundente que podía darse para asegurar la impunidad de la delincuencia y una advertencia para quienes la combatan en el futuro.
En estos procesos se ha llegado incluso a inventar casos indemostrables cincuenta años después de los hechos, para continuar el escarnio, el odio y multiplicar indemnizaciones y beneficiarios. Las amnistías, tradición de la historia parlamentaria argentina cada vez que se suscitaron graves conflictos que dividieron la sociedad ha dejado, por esta nefasta política y perversa doctrina, de ser instrumento de pacificación. A partir de una ilegal “política de Estado” que no varía, constituyen solo una demostración de impunidad de unos, para asegurar la venganza sobre los otros.
El mapa muestra la distribución aproximada de pueblos indígenas en la región de Tierra del Fuego. Se identifican los alakalufes en los canales occidentales, los yámanas en el sur insular, los selk’nam en la parte norte de la isla grande y los haush en el sector oriental. Cada grupo ocupaba distintos ambientes (marítimos o terrestres) y desarrolló formas de vida adaptadas a ellos.
Introducción – Argentina, 1955: un país al borde del abismo
A mediados de 1955, la Argentina era un país profundamente fracturado. La figura de Juan Domingo Perón dominaba la escena desde hacía casi una década, con un gobierno que había transformado radicalmente el país desde su llegada al poder en 1946. Desde el punto de vista de los sectores populares y del movimiento obrero, el país vivía una etapa de inédita inclusión social. Perón había institucionalizado los derechos laborales o, mejor presentado, había logrado hacer creer a la población que las leyes laborales provenían de su mano y obra. Así, se había creado una red de seguridad social robusta y empoderado a los trabajadores como actores políticos fundamentales. La Fundación Eva Perón, aún tras la muerte de Evita, mantenía su impronta asistencial en los sectores más humildes. La economía, sin embargo, atravesaba turbulencias: el agotamiento del modelo industrialista de sustitución de importaciones, las restricciones externas, la galopante inflación y la caída de las reservas comenzaban a generar tensiones. Aun así, el aparato sindical y la maquinaria peronista mantenían una fuerte capacidad de movilización y resistencia. Para millones, Perón era el líder legítimo que había dignificado al pueblo y encarnaba una nueva forma de justicia social.
En el otro extremo del escenario, una parte significativa de la sociedad —compuesta por sectores de las clases medias, la cúpula empresarial, amplios sectores de la Iglesia, la intelectualidad liberal y buena parte de las Fuerzas Armadas— consideraba al peronismo un régimen autoritario, populista y corrupto. Acusaban al gobierno de haber cooptado el aparato del Estado para consolidar un culto personalista, perseguir a opositores, controlar la prensa y degradar las instituciones republicanas. La educación había sido subvertida para convertirse desde el jardín de infantes hasta la escuela secundaria en un culto pleno la personalidad del líder. Los únicos que resistían era la universidad, la intelectualidad y los científicos. Las tensiones con la Iglesia, particularmente tras la supresión de feriados religiosos y la legalización del divorcio, escalaron al punto de romper una relación que había sido aliada en los primeros años. El clima político se tornó asfixiante: clausuras de diarios, censura, proscripción de partidos y creciente militarización del discurso. Para la oposición, la defensa de la "República" justificaba el uso de medios extremos, y los sectores más conservadores veían con creciente simpatía la idea de un golpe militar como única salida al “atropello peronista”.
En ese contexto crispado y polarizado, el bombardeo del 16 de junio de 1955 marcó un punto de no retorno. El fallido intento de magnicidio, que dejó más de 300 civiles muertos en Plaza de Mayo, evidenció que la lucha política había cruzado el umbral hacia la violencia. Tres meses más tarde, con una sublevación militar consolidándose desde Córdoba y el país al borde de una guerra civil, Perón entendió que la continuidad de su figura solo significaría más sangre. El 19 de septiembre presentó su renuncia y partió al exilio, dejando un vacío de poder que la Revolución Libertadora se apuraría en llenar con proscripciones, persecuciones en forma de búsqueda de justicia por los abusos y una promesa incierta de “republicanismo recuperado”.
La huida y después
La huida de Juan Domingo Perón en septiembre de 1955 fue tan dramática como reveladora del colapso político que vivía el país. Tras semanas de creciente inestabilidad, con alzamientos militares desde el interior y un respaldo cada vez más debilitado dentro de las propias Fuerzas Armadas, Perón comprendió que su permanencia en el poder podía desencadenar una guerra civil abierta. El 19 de septiembre, presentó su renuncia en una carta dirigida al general Franklin Lucero, ministro de Ejército, invocando su deseo de evitar una “catástrofe fratricida”. A partir de ese momento, comenzó una retirada silenciosa pero cuidadosamente ejecutada.
El general fusilador al final era Perón, como lo dice claramente acá.
Perón pasó esa noche en el Palacio Unzué, su residencia oficial, desde donde partió en secreto al amanecer del 20 de septiembre. En otra carta, a su edecán, le pide traer una lista de objetos de su casa, incluyendo fotos de su amante de 15 años. Fue trasladado al arsenal de la Marina en Río Santiago, donde permaneció oculto bajo protección naval, disfrazado con uniforme de marinero para no ser reconocido. Desde allí, fue llevado en una lancha hasta un buque paraguayo anclado en el Río de la Plata —el Paraguay, una cañonera diplomática— que lo trasladó bajo asilo político a Asunción, con el visto bueno del presidente paraguayo Alfredo Stroessner. Paraguay fue apenas una escala. Perón pasó unos días allí en condiciones precarias y con la permanente amenaza de ser entregado a los nuevos mandos militares argentinos. Decidido a evitar esa posibilidad, buscó rápidamente un destino más seguro. Viajó primero a Panamá, país que tradicionalmente ofrecía asilo a exiliados latinoamericanos, y desde allí comenzaría un largo periplo que lo llevaría luego a Nicaragua, Venezuela, y finalmente a su exilio más duradero en España, bajo el régimen franquista. En esos primeros días, sin embargo, el exilio de Perón no fue ni cómodo ni seguro. Viajaba con documentación provisoria, sin garantías de protección diplomática estable, y en muchos casos debió depender del auxilio de amigos personales, contactos del movimiento peronista y gobiernos latinoamericanos afines. En paralelo, en Argentina comenzaba la llamada Revolución Libertadora, que prometía restaurar la “república” pero que rápidamente adoptó una política sistemática de proscripción, persecución y represión contra el peronismo, lo que sellaría la fractura política del país por décadas.
En esta hosteria "La Peninsula" su dueño, otro alemán P. Schulte, comentaba q los marinos del Graf Spee venian a tocar su música, tomar cerveza e interactuar con las chicas de origen germán de la zona, de La Comarca Serrana y de Coronel Suarez, etc.
En una de las fotos de puede ver un Mercedez Bend propiedad del cónsul Alemán en Argentina.
[La hosteria La Península con su restaurant y parrilla aún esta abierta al público]
En ocasiones, los líderes políticos recurren a las lecciones de la historia para justificar o defender sus acciones. La presidente Cristina Fernández de Kirchner no es ajena a esta práctica. Especialistas han estudiado este fenómeno y concluyen que no está mal usar la historia, el problema es caer en el abuso. En cadena nacional del 15 de agosto pasado, la presidente explicó que Hitler no había llegado por la inflación, sino “porque habían humillado a Alemania” y agregó que “el nazismo fue la consecuencia de las condiciones que los aliados impusieron a la Alemania vencida de la Primera Guerra Mundial a través del Tratado de Versalles”. Se trata de un argumento utilizado por los defensores de las políticas agresivas y expansionistas que siguió ese país a partir del ascenso del nazismo. La historia académica lo superó al demostrar claramente su insuficiencia para explicar la tragedia que asoló a Alemania y luego al mundo en los años treinta. Se sabe que la inflación que se disparó en la primera posguerra hasta 1926, como un impuesto invisible, terminó debilitando a las nuevas democracias. Dañó la moral del trabajo y de su corolario, el ahorro; puso en duda el ascenso social, reafirmó las desigualdades y estableció una diferencia entre los que la supieron aprovechar y los que la padecieron. Ante la crisis monetaria, se abrió el camino a la aventura. La democracia parlamentaria fue reemplazada por el mito y el culto al hombre providencial, el Jefe, capaz de acabar con la inflación por su carisma. El ascenso del nazismo se debió a un proceso más largo y complejo en el que el pueblo alemán y sus líderes pudieron haber tomado otro camino. Cuando los líderes apelan al pasado sin fundamento de investigación histórica se comportan como “historiadores prácticos-intuitivos”. Lo utilizan en base a una percepción subjetiva, imágenes y conocimiento selectivo. En muchos casos, sus explicaciones pueden llegar a ser suficientemente precisas en un nivel muy general pero son muy imprecisas en los detalles. Los expertos sostienen que aquellos que recurren a contar la historia con esa perspectiva muestran una gran confianza en sus afirmaciones y carecen de inhibición para utilizar el pasado en formas diferentes, aunque sepan poco del tema. Al abusar de este recurso pueden terminar en desvíos o falacias o corren el peligro de presentar los hechos como inevitables. Recurrir a la historia de manera ligera podría llevar también al orador a sostener posiciones que en realidad no son las propias pero que dejan la percepción equivocada sobre dónde están sus valores y prioridades. La humillación no explica la violencia electoral y el empleo de grupos de choque para acallar a los opositores de esa época. A fin de no repetir la historia, lo importante es reconocer por qué la democracia sucumbió para defenderla hoy plenamente.
Alejandro Corbacho Director del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales (UCEMA)
“No matar”: un film expone los estragos de la violencia guerrillera previa a 1976 en las voces de protagonistas y víctimas
Se
estrena el lunes 20 en el Bafici esta película documental de Juan
Villegas. En sus palabras, “una película que nunca se había hecho, una
que incluye las dos miradas: una historia lo más honesta posible acerca
de lo que fue la guerrilla y también los testimonios de sus
daminificados”
Testimonios de ex guerrilleros y de víctimas civiles de la violencia de las organizaciones armadas en los años 70
“No igualo la gravedad del terrorismo de Estado con los crímenes cometidos por la guerrilla —aclara el director de No matar, Juan Villegas, en diálogo con Infobae—. Pero el lugar de las víctimas de la guerrilla es todavía un tabú”.
Este director, guionista y productor de cine de 54 años reivindica “la valentía y claridad de Sergio Bufano y Aldo Duzdevich”, dos de los intervinientes en este documental. Una honestidad intelectual de la que carecen por completo los jefes supérstites de la guerrilla que en los últimos años se han refugiado en un rol de víctimas, al amparo de un relato falaz y maniqueo.
Con tres voces de ex militantes de aquellas experiencias —el tercero es Emilio del Guercio—, Villegas arma un relato bien estructurado que va marcando las etapas de cómo se fue gestando la llamada “violencia de abajo”,
la opción por la lucha armada, y cómo se posicionaron esos grupos ante
el regreso de Perón y el restablecimiento de la democracia.
También hablan familiares de víctimas del accionar de la guerrilla:gerentes de fábrica, empleados de multinacionales, transeúntes ocasionales, etcétera.
Por caso, Luis Giovanelli, gerente de Finanzas de Ford, asesinado en un intento de secuestro. Su hijo, de apenas 4 años al momento del crimen, dice: “Mi padre fue asesinado en el 73. La dictadura empezó en el 76. No avalo lo que hizo la dictadura. Cuando cuento lo de mi padre, me dicen: ‘¿pero viste lo que pasó después?’”
En los años 80 y 90, había un consenso entre los sobrevivientes de la experiencia de las luchas de los 70: tomar las armas en democracia, declararle la guerra al gobierno de Perón y luego al de Isabel, matar para “agudizar las contradicciones”; todo eso estuvo mal y no era reivindicable.
Ese consenso fue roto por el advenimiento de una política de derechos humanos que instaló un relato parcial, exculpatorio de la violencia armada. Al amparo del paso del tiempo, la historia se fue simplificando, con un enfoque maniqueo y un retroceso a posiciones sectarias y a la reivindicación acrítica de la lucha armada con el falso argumento de la “resistencia”, puesto que se tomaba las armas para implantar el socialismo. A la fuerza, ya que la representatividad degrupos que pretendían hablar en nombre del “pueblo” era escasísima.
El ERP declaró de entrada en el 73 que no respetaría la democracia: “Seguimos con la lucha armada hasta derrotar al capitalismo e instaurar el socialismo revolucionario”.
Sergio Bufano es uno de los entrevistados por Juan Villegas en "No matar"
FAR y Montoneros actuaron con más disimulo; o mejor dicho con más doblez. Decían respetar la democracia mientras seguían matando. El asesinato del secretario general de la CGT José Ignacio Rucci fue la cumbre de esta estategia; el grupo se colocó abiertamente contra el pueblo.
La confirmación se dio en abril de 1975, cuando Misiones llamó a elecciones debido a la muerte del gobernador. Montoneros compitió con la etiqueta de Partido Auténtico. El resultado fue lapidario: 5,62% de los votos, contra 46,52 del Frejuli, es decir del PJ oficial.
Estas cifras mostraban dos cosas: la irrepresentatividad de los grupos armados y la vigencia electoral del justicialismo, anticipo de lo que podía suceder en las siguientes elecciones y dato determinante para acelerar el Golpe.
La
estrategia real de las organizaciones armadas es una de las cosas que
emerge de este documental, entre otras conclusiones sorprendentes solo
para quienes en los últimos años fueron adoctrinados en el blanqueo —cuando no la apología— del accionar guerrillero.
Otra verdad que deja establecida la película es que Mario Eduardo Firmenich era cualquier cosa menos peronista y
no por la opinión de los intervinientes sino por un documento de su
puño y letra leído en el film, escrito luego de un encuentro con Perón,
que merece una mayor difusión para seguir disipando equívocos.
No matar es también una condena a los que se escudan en la represión ilegal para eludir la reflexión crítica que le deben a la historia y a las próximas generaciones. “La dictadura transformó a los victimarios en víctimas”, dice alguien. “Si decías que también hubo víctimas de la subversión, inmediatamente te acusaban de defender a la dictadura. Y se terminaba el debate”, es otra relfexión.
El reproche de las víctimas se dirige también a las respectivas empresas: Renault, Ford y Bunge y Born. Ni en esos lugares hay memoria de lo que pasó.
Juan
Villegas es también crítico de cine, docente universitario, coordinador
de talleres de guion y escritor. “Pero por sobre todo me considero
director de cine. Dirigí algunas películas de ficción y documentales.
Mis preferidas tal vez sean Sábado, Las Vegas y Victoria. Este año estoy estrenando dos nuevas: Jota Urondo, un cocinero impertinente y No matar”.
Juan Villegas, director de "No matar"
— ¿Cuál fue tu motivación para incursionar en este tema?
— En
el prólogo digo que el lugar de las víctimas de la guerrilla es todavía
un tabú. Parece una exageración, porque la realidad es que sus
historias se han contado, más de una vez y desde hace mucho. Pero en
general esos relatos fueron usados para reivindicar la dictadura o
minimizar o justificar el terrorismo de Estado. De ninguna manera esa es
mi intención. Los crímenes de la dictadura no fueron “excesos”, fueron
atrocidades y violaciones a los derechos humanos; no igualo la gravedad del terrorismo de Estado con los crimenes cometidos por la guerrilla;
no avalo de ningún modo la idea de que el terrorismo de Estado haya
sido una “reacción” necesaria ante acciones violentas de la guerrilla.
—
Sí, pero esos crímenes atroces desde el Estado fueron usados para
exculpar por completo el accionar de las organizaciones armadas.
— Por eso quise hacer una película que narrase el dolor de los familiares de estas víctimas sin que eso signifique romper el consenso del “Nunca más”. Esa
era mi motivación inicial. Desde el principio de mi investigación,
percibí que era un tema incómodo. Cuando contaba que mi película iba a
incluir testimonios de familiares de víctimas de la guerrilla, muchos me
decían “no te metas con eso”, “¿estás seguro?” Esa incomodidad me hizo pensar que sí había un tabú y que precisamente por eso tenía sentido hacer esta película.
— La película incluye también el testimonio de ex guerrilleros.
— Sí, esta es la historia de las víctimas pero también la de algunos que participaron en la guerrilla y hoy tienen una mirada crítica y reflexiva
respecto a lo que hicieron. En las últimas décadas, en el periodismo,
en muchos ensayos y también en la literatura de ficción, hubo muchos
textos que incluyeron una mirada crítica acerca de las organizaciones
armadas. Pero eso ha estado ausente en el cine argentino. De hecho, había una mirada más honesta y compleja en documentales más viejos: Montoneros, de Andrés Di Tella, del año 1994; Los Rubios. de Albertina Carri, en 2003; Los malditos caminos, de Luis Barone, del 2002, o Papá Iván, de
María Inés Roqué, en 2004, entre otras. Luego, hubo algunos pocos
documentales en los últimos años que se enfocaron en el tema de las
víctimas de la guerrilla, pero me parecieron o muy precarios cinematográficamente, o con un objetivo de reivindicación de la dictadura, o muy poco valiosos en términos de discusión política. Entonces surgió en mí la motivación de hacer una película que nunca se había hecho.
Una que incluyera las dos cosas: una historia lo más honesta posible
acerca de lo que fue la guerrilla y también los testimonios de las
víctimas.
Aldo Duzdevich, autor de "La lealtad, los Montoneros que se quedaron con Perón", es otro de los entrevistados por Juan Villegas
— ¿Fue difícil encontrar gente dispuesta a reconocer errores?
— En un principio quería incluir más entrevistados que hubieran participado en la guerrilla, pero no abundan los que se atreven a hablar con la valentía y claridad que sí demuestran Sergio Bufano y Aldo Duzdevich.
Al menos, yo no los encontré. Por ejemplo, quería incluir a alguien del
ERP, pero en mi investigación solo me topaba con gente que reconocía
errores estratégicos pero que no se permitía una autocrítica más
profunda. Podían reconocer que haber asesinado al Capitán Viola y a su
hija estuvo mal, pero no tanto por el daño irreparable ocasionado a esa
familia, sino más que nada por lo que significó negativamente para la legitimidad de la lucha del ERP.
— ¿Refleja la película tu pensamiento sobre esa etapa?
—
Mi voz no aparece en el documental; yo hablo a través de los
entrevistados. Eso no significa que esté de acuerdo con cada cosa que
dicen, pero la suma de sus testimonios conforma de cierta manera mi
visión. Me costó mucho encontrar ese punto justo en el que se pudieran
incluir varias voces, a veces no concordantes, y que al mismo tiempo el
conjunto me representara. Pero lo que no quise hacer fue incluir testimonios de gente que no estaba dispuesta a repudiar claramente el uso de la violencia. Hablé
con un ex-militante del PST. Me interesaba incluirlo en el documental,
porque esta organización, aun perteneciendo a la izquierda marxista,
priorizó el trabajo sindical por sobre la violencia política. Le
pregunté por qué habían rechazado la lucha armada. Me dijo: “No, no la
rechazábamos. Solo creíamos que en ese momento no era viable.” Luego le
pregunté si, más allá de eso, condenaba a la violencia desde una
concepción ética. Le conté la historia de Delia Lozano, cuyo padre, gerente de Renault, fue asesinado a balazos, delante de ella, al salir de una iglesia. Me respondió: “Ningún gerente de una multinacional era inocente en esa época.”
Yo no podía creer lo que este tipo me decía. Le seguí discutiendo:
“¿Sabés que incluso hubo niños que murieron por acciones de la
guerrilla?” Me respondió: “¿Cuántos? ¿Cuatro, cinco? ¿Cuánto es eso al
lado de la cantidad de bebés apropiados?” Obviamente, no me interesaba
incluir en la película a alguien que piense así.
— ¿Y Emilio del Guercio? Él no perteneció a las organizaciones armadas.
—
En el caso de Del Guercio, buscaba la mirada de alguien de esa misma
generación, que también tuviera una visión crítica de la sociedad, pero
que había elegido el camino del arte para plantear su rebeldía frente al
mundo que lo rodeaba. Lo pensé como una forma de desactivar la idea de que la violencia era el único camino posible en esa época.
La idea de que para esa juventud rebelde la lucha armada era una
fatalidad, algo de lo que no podían escapar, y no una elección, me
parece una idea falsa, una mentira.
Emilio
del Guercio. Villegas incluyó su testimonio "como una forma de
desactivar la idea de que la violencia era el único camino posible en
esa época"
— ¿Cuál fue el criterio para la selección de los familiares de las víctimas de la guerrilla?
— En el caso de los familiares de las víctimas, decidí que solo fuesen víctimas civiles. No
me interesa la forma en que se suele instrumentar el concepto de
“memoria completa”, como una contraposición de unas víctimas frente a
otras, que lleva implícita más la idea de anular las otras muertes
que la de sumar las que han sido silenciadas. Y sentía que incluir a las
víctimas militares o de las fuerzas de seguridad podía llevar el relato
hacia ese lugar. Además, creo que no es tan sabido que muchas de las víctimas fueron civiles. Mucha gente, no informada, todavía cree que la guerrilla solo mataba militares.
— ¿Hubo cosas que te sorprendieron en los relatos?
— Algo que me pasó haciendo la película fue mi revisión acerca del rol de Perón en esos años. En ese sentido, también fue importante leer el libro de Juan Manuel Abal Medina: Conocer a Perón.
La película le dedica mucho a la tensión entre Montoneros y Perón,
desde el asesinato de Aramburu hasta la muerte de Perón. Hay una suerte
de reivindicación del rol de Perón en esos años, de su vocación por pacificar el país. Obviamente,
cometió errores y fue en parte responsable de la escalada de violencia
que terminó estallando en el 76 con el golpe. Pero es indudable que hubo
en él una intención sincera, y hasta diría patriótica, de terminar con
la violencia y que se pudiera construir un país en paz. Es curioso que la crítica al rol de Perón durante su último gobierno haya venido al mismo tiempo desde los sectores de izquierda del propio peronismo y desde la derecha más pro-dictadura. La
idea de que el terrorismo de Estado empezó en el 73 y que el golpe del
76 fue solo un cambio formal, cosmético, para seguir la misma política
represiva previa, fue lo que sostenían, por ejemplo, los abogados de
Massera para justificar sus crímenes, pero también lo que quiso imponer
como relato parte de la izquierda peronista, tal vez para de esa
manera justificar el uso de la violencia por parte de Montoneros entre
el 73 y el 76, durante gobiernos democráticos.
— ¿De quién o de quiénes creés que es la responsabilidad por el relato parcial y simplificado de los últimos tiempos?
—
Hay algo que es una especie de mal de esta época, que no nos permite
discutir honestamente las cosas, que nos hace acomodar los hechos según
nuestra conveniencia circunstancial. Tal vez por eso mi película es tan
larga, porque necesita trabajar mucho el contexto para entender de lo
que se está hablando. Es una película contra la idea de los slogans
simplificadores. Como dice Claudia Hilb, “no hay verdades
sencillas para pasados complejos.” No me interesa buscar culpables con
nombre y apellido. Ni siquiera ubicar responsabilidades en determinados
sectores políticos por sobre otros. Obviamente, tengo mis opiniones,
pero en este momento me interesa abrir la discusión, que la película sea un disparador para que quien quiera pueda revisar una vez más sus ideas y salir de posiciones cómodas y tranquilizadoras.
Conocer a Perón, el libro de Juan Manuel Abal Medina, cambió la percepción que tenía Juan Villegas sbre el rol de Perón en 1973
— ¿Qué impacto esperás que tenga este documental?
—
No soy un sociólogo ni un historiador ni un periodista; soy un director
de cine. Lo que me propuse es hacer una película, en la que está
implícita fuertemente la idea de narración. Me interesa contar una historia de los 70,
un punto de vista que obviamente es parcial pero que pretende ser
honesto. Por eso la película elige ser fiel a la cronología. Me gustaría
que sirva para entender mejor aquellos años. Que se pueda
reflexionar sobre el hecho de que las organizaciones armadas no sólo
fracasaron en lo militar, en lo político y en lo estratégico. También fallaron en lo ético y en lo ideológico.
El hecho de que gran parte de los militantes revolucionarios hayan
terminado torturados, asesinados o desaparecidos de una forma brutal, no
convierte a las organizaciones armadas en un modelo político que hoy
debamos reivindicar. El proyecto de país que tenían era violento, poco
democrático, sectario, alejado del pueblo. Yo entiendo que hubo una
mística revolucionaria que buscaba sinceramente liberar a los oprimidos y
crear una sociedad mejor y más igualitaria, pero tanto la forma como el
contenido de lo que se llamó “lucha armada” nunca lo iba a conseguir,
porque la violencia ya estaba en el germen, en su razón de ser. Bueno, y
además de la “gran” historia, la película está llena de relatos más
íntimos, las historias personales de cada uno de los entrevistados.
Esas historias nutren a la historia central pero también funcionan como
relatos autónomos, en los que apunto a lo que se busca en casi
cualquier relato: la reflexión, la empatía y la emoción.
—
Te iba a preguntar cómo te preparaste para hacer esto pero vi al final
de la película la bibliografía que usaste, que responde eso en parte.
Pero tal vez quieras agregar algo.
—
El proceso de investigación y selección de los entrevistados lo llevé
adelante en total soledad. La película se hizo de una forma muy artesanal, con muy pocos recursos económicos. Me dediqué a leer y releer lo más que pudiera. Y fui descubriendo que la cantidad de bibliografía existente es inagotable. Hay mucho escrito (y mucho muy bueno) acerca
de las organizaciones armadas de los 70. De hecho, ya se escribía
críticamente sobre la guerrilla en forma simultánea a los propios
hechos. Y se siguió escribiendo y publicando sin interrupciones luego de
la recuperación de la democracia. Lo que contrasta con lo poco que se han narrado estos temas en el cine argentino post-dictadura.
Porque hay muchas películas acerca de la militancia, acerca de las
víctimas del terrorismo de Estado, pero muy pocas que se animan a narrar
la lucha armada. Ni siquiera para reivindicarla. También me resultó muy
útil pasar horas mirando y leyendo archivos: revistas partidarias de
las organizaciones, artículos periodísticos de ese tiempo, noticieros de
la época en youtube, extractos de discursos, documentales militantes,
incluso películas de ficción. Nada de eso quedó en mi película, pero me
sirvió para empaparme del espíritu de la época. Para mí era importante
tratar de entender por qué gran parte de esa generación eligió la violencia como camino, aun cuando no comparta esa decisión.
— ¿Imaginás que, como a algunas de las víctimas que dieron testimonio, a vos también te van a acusar de defender a la dictadura?
—
Si ven la película, no creo que nadie pueda acusarme de defender a la
dictadura. Apelo a la inteligencia de los espectadores. Frente al
prejuicio irracional, frente a la pereza intelectual, no puedo hacer
mucho.
— Mientras hablan los entrevistados, no hay imágenes alusivas. ¿Tiene eso algún motivo?
—
Como dije, investigué mucho con archivos y evalué en algún momento la
posibilidad de incluir imágenes de la época que acompañen los
testimonios. Pero rápidamente descarté la idea. Me parece algo muy
impresionante la forma en que el relato oral construye el pasado y, a la
vez, da un testimonio sobre el presente. Porque esas personas nos están
hablando ahora. Y se trata de cine. Es un relato sobre el pasado, pero
está sucediendo frente a nosotros, a través del registro de la cámara.
Creo que hay un valor cinematográfico en reivindicar la imagen de gente
contando cosas dolorosas y al mismo tiempo teniendo la capacidad para
reflexionar. Sentí que la inclusión de archivos no iba a servir más que
como meras ilustraciones y que siempre iban a ser menos interesantes que los propios relatos.
O peor aún: esas imágenes de archivos no me iban a servir para contar
la época con mayor precisión sino que se iban a convertir en algo más
ligado a lo espectacular, al impacto fácil.
— Salvo el final de cada capítulo, en lo que hay imágenes y canciones.
—
Sí, las excepciones son los finales de capítulos, que están pensados
como breves piezas de respiro, acompañadas con música de la época, para
permitir que el espectador se tome un tiempo para reflexionar sobre lo
que ha estado viendo. Y luego está el fragmento del programa de Mariano
Grondona [N. de la R: un cruce entre un cuadro montonero y la hija de una víctima], en el que el archivo me pareció que sumaba mucho, porque no funciona como ilustración sino que se construye una escena muy tensa y compleja, que además posiblemente resuma el concepto general de la película.
Delia
Lozano, hija de un civil asesinado por la guerrilla, durante un debate
con un montonero en el programa de Mariano Grondona. Años después,
vuelve a contar su historia en "No matar"
FICHA TÉCNICA
Duración: 225′
Dirección de fotografía: Gaspar Chaves
Edición: Miguel de Zuviría
Sonido: Valeria Fernández
Producción: Juan Villegas, Mariana Erijimovich
Compañía productora: Al trote films
Participantes:
Aldo Duzdevich, Sergio Bufano, Delia Lozano, Emilio del Guercio,
Esteban Giovanelli, Claudia y Cristina Muscat, Delia Lozano, Ariel
Lombardero, David Barrios
El chisporroteo suscitado recientemente a propósito de la gripe
sirvió para sacar a la luz el profundo sentimiento de animadversión
hacia los argentinos existente en el pueblo mexicano, algo bien conocido
por quienes residen, han residido, o tienen contacto frecuente con el
país norteamericano, pero más bien ignorado o desestimado por la opinión
pública en su conjunto.
Éste, por supuesto, no es un problema de la Argentina ni de los
argentinos. Es un problema de México y de los mexicanos, especialmente
de quienes desde la esfera pública o la privada tienen la
responsabilidad de formar opinión, y que con demasiada frecuencia
alientan esos sentimientos negativos hasta convertirlos en una especie
de misión nacional.
Para la Argentina y los argentinos esa enemistad ha de ser tomada
simplemente como un dato de la realidad e incorporado al análisis a la
hora de definir estrategias geopolíticas, buscar socios comerciales o
seleccionar destinos turísticos. Sin embargo, una pregunta queda en pie:
¿por qué esa actitud de parte de un pueblo al que casi no conocemos y
apenas nos interesa?
Mi trabajo me llevó a residir, o pasar algún tiempo, en diversos
países de América y Europa. Conocía desde la distante cordialidad de los
anglosajones, que es la misma que se dispensan entre ellos, hasta la
efusiva hospitalidad de los centroamericanos, también propia de su
carácter y prodigada con amplia generosidad.
Pero cuando llegué a México, en 1987, por primera vez me sentí -me
hicieron sentir- extranjero. Mi condición de argentino se convirtió en
una cualidad de mi persona, como mi nombre o mi cuerpo, y de la cual
tenía que hacerme cargo. Por primera vez, también, tomé conciencia de
ser blanco, y de que eso me aseguraba ciertas prerrogativas.
De a poco fui advirtiendo la duplicidad esencial de los mexicanos, o al menos de los chilangos,
los habitantes de la capital. El trato explícito era cordial: “ay, qué
rico que hablan”, “mi casa es su casa”, etc. Pero tan pronto me
detectaban el acento en una comunicación ligada, escuchaba el clásico
“vuélvete a tu país”. Detrás de las sonrisas acechaba la inquina.
La animosidad contra los argentinos es en México casi una política de estado.
Y me dí cuenta de que esa animosidad era casi una política de estado. Todos los lunes la agencia noticiosa oficial Notimex
emitía un despacho en el que comparaba las actuaciones dominicales en
Europa de Maradona y … ¡Hugo Sánchez! En el canal de dibujos animados,
unas ratitas de inconfundible acento argentino le hacían la vida
imposible a un sufrido gato mexicano. A través de una emisora cultural,
probablemente estatal, un esforzado erudito procuraba desmontar la
superchería de que el tango era una creación argentina.
Uno podía pensar que la animosidad contra nosotros era un pasatiempo
arrojado por un régimen autoritario para entretener al populacho,
dándole un punto de referencia desde el cual comparar favorablemente a
México, aún a costa de la verdad y las estadísticas. Y algo de eso
había, si se tomaba como muestra la política informativa de la entonces
monopólica Televisa, la misma que ahora sigue puntualmente CNN en
Español.
Pero el prejucio antiargentino impregna incluso a los sectores más
empinados de la sociedad mexicana. Uno de mis primeros objetivos
periodísticos al llegar a México fue el de entrevistar a Cuauhtémoc
Cárdenas, hijo del ex presidente Lázaro Cárdenas, y que en ese entonces
asomaba como campeón de la disidencia dentro del PRI. Su primera
reacción al recibirme en su oficina de las Lomas fue preguntar por qué
la organización noticiosa internacional para la que yo trabajaba no le
había “mandado” a un mexicano.
El escritor Carlos Fuentes, que frecuentemente es acogido con
beneplácito en la Argentina, como disertante o colaborador de los medios
locales, ha hecho de la denigración (sutil, maliciosa) de nuestro país
un tópico reiterado de sus artículos periodísticos, muchas veces -es
cierto- con “letra” prestada por su amigo, el sinuoso progresista Tomás
Eloy Martínez. Y Fuentes no es el único intelectual mexicano que
contribuye a la “misión nacional” antiargentina.
Hace un par de años me tocó tratar con un consultor de empresas
mexicano, un hombre con buenos contactos en el gobierno y que había
viajado bastante por el mundo. Mientras caminábamos por el centro de
Buenos Aires, notó que locales cuyo alquiler era presumiblemente elevado
alojaban librerías, indicador de que el público local seguía siendo tan
buen lector como para que esos comercios continuasen siendo rentables.
Seguimos andando y se quedó en silencio, como si algo en el fondo de
la conciencia le recordase su “misión nacional” tras una inesperada
distracción. “¿Sabías -me espetó, sin que el tema viniera al caso- que
muchos vienen a Buenos Aires a hacer turismo sexual?” Y se explayó sobre
sus (tristes) experiencias personales en ese campo. La agresividad
implícita, la falta de cortesía de su comentario me hizo acordar a la
que su compatriota Cárdenas exhibiera veinte años atrás. (Cuando nos
reencontramos un mes más tarde en la ciudad de México el consultor de
marras trató de ocultar las tarjetitas que los “servicios de
acompañantes” habían dejado en el parabrisas de su camioneta).
“Lo que se siente es: violencia. Violencia a punto de estallar, violencia que estalla”.
Conduciendo años antes por la avenida Horacio, en el barrio de
Polanco, mi esposa tuvo la osadía muy porteña de reclamar con la bocina a
un conductor que había hecho una mala maniobra. El hombre le cruzó el
auto, se bajó y se lanzó hacia ella. Al verla, contuvo como pudo su
furia. “¿Por qué hizo eso?”, le gritó. “¿No se da cuenta de que se
arriesga a que yo la lastime?”. Mi esposa -que no abrió la boca para no
delatar el acento- cree que la salvó su piel blanca, y el pelo de
nuestro hijo que la acompañaba, del color del trigo al sol.
Veinte años antes de mi llegada a México, H. A. Murena, que dedicó
buena parte de sus ensayos a interpretar la realidad americana, había
volcado en un artículo sus impresiones sobre ese país: “Lo que se siente
es: violencia. Violencia a punto de estallar, violencia que
estalla; también el anverso de la violencia, la extremada amabilidad de
los que conocen el peligro del estallido en un medio violento. (Se)
descubre que en esta ciudad no conviene sostenerle la mirada a la
gente”.
Esa violencia sorda, contenida, está en el fondo del carácter
mexicano, y rara vez se expresa abiertamente: espera agazapada el
momento de reparar el agravio, probablemente imaginario y del que el
presunto agraviador tal vez sea absolutamente ignorante. La frontalidad
con que los argentinos suelen expresar sus opiniones o sus desacuerdos
es lo que en México se percibe como arrogancia o soberbia.
Esa violencia mexicana refleja una serie de profundas
contradicciones, que nacen de su condición de mestizos y se expresan en
complejos de inferioridad y resentimientos contra lo extranjero que no
acaban de resolverse, y que por el contrario parecen ser realimentados
deliberadamente como si fueran parte de un imaginario carácter nacional.
Los mexicanos se declaran orgullosos de su pasado indígena, pero a la vez se avergüenzan de él.
“Si un extranjero pudo escribir un buen libro sobre México, este libro es Vecinos distantes y
ese extranjero es Alan Riding”, escribió Jorge Castañeda, quien más
tarde sería canciller de la república, cuando apareció ese libro en
1985. Repárese en la duplicación del adjetivo “extranjero” que
Castañeda, un intelectual de relieve, se sintió obligado a estampar en
su comentario. El libro de Riding, efectivamente, me ayudó a encontrar
explicaciones para los interrogantes que me planteaba el país donde
estaba trabajando.
“A más de 460 años de la Conquista, no se ha asimilado el triunfo de
Cortés ni la derrota de Cuauhtémoc, y aún se sienten repercusiones de
aquel sangriento atardecer en Tlatelolco. Hoy día, 90 por ciento de los
mexicanos son mestizos, en términos estrictamente étnicos, aunque como
individuos sigan atrapados en las contradicciones de su ascendencia. Son
tanto hijos de Cortés como de Cuauhtémoc, no son españoles ni
indígenas, son mestizos, aunque no admitan su mestizaje”, escribió
Riding.
“También como país, México busca interminablemente una identidad y
oscila, en forma ambivalente, entre lo antiguo y lo moderno, lo
tradicional y lo de moda, lo indígena y lo español, lo oriental y lo
occidental. La complejidad de México radica tanto en el enfrentamiento
como en la fusión de estas raíces”.
Ambivalencia, enfrentamiento y fusión, son, me parece, las palabras
clave en este texto. Los mexicanos se declaran orgullosos de su pasado
indígena, pero a la vez se avergüenzan de él. La historia oficial
disimula cuidadosamente la despótica crueldad que caracterizaba a las
mayores culturas precolombinas del área. Los mestizos tratan con desdén a
los indios puros, y las señoras de las Lomas de Chapultepec describen
despectivamente como “inditas” a sus empleadas.
Aunque sólo lo declaren abiertamente respecto de los argentinos (y
por esa razón ésto lo iba a descubrir más tarde), los mexicanos odian
por igual a todos los extranjeros, pero al mismo tiempo quieren
imitarlos, jugar en sus mismas ligas, ser reconocidos como iguales. Y
experimentan una fascinación hipnótica frente a la piel blanca. “Así de
güera (blanca), aquí tendrías todos los caminos abiertos”, le dijo a mi
hija adolescente Irma Carranza, nieta del ex presidente Venustiano
Carranza, jefe de una de las facciones surgidas tras la revolución.
Los argentinos (como yo y mi familia descubrimos en México) somos
blancos, y por eso caemos en el rango de los odios de los mexicanos, que
se encarnizan porque también somos latinoamericanos, y ellos entienden
que con nosotros pueden medirse. Pero también, por las mismas razones,
caemos en el rango de sus fascinaciones. Ciertamente, las clases medias
mexicanas conocen mucho más acerca de la Argentina que a la inversa.
Más allá de los exilios políticos, los argentinos empezaron a viajar a
México a mediados de la década de 1990. Pero su conocimiento de ese
país se reduce a una recorrida apurada por la capital y estadías en los
centros turísticos, que son lugares anónimos acondicionados
principalmente para una audiencia estadounidense. Las visitas a los
sitios arqueológicos no aportan nada porque los mexicanos ocultan el
sentido y función de esos lugares (vacío informativo que vino a llenar
la película Apocalypto).
Muchos argentinos han encontrado en México los caminos abiertos, sea
por güeros, como decía Irma Carranza, o por sus capacidades
profesionales o empresariales. Desde Arnaldo Orfila Reynal, el editor
infatigable que puso al Fondo de Cultura Económica en el primer nivel de
las editoriales en castellano y fundó otra casa encomiable como Siglo
XXI, hasta Gustavo Santaolalla, artífice en las sombras de muchas de las
bandas de rock mexicanas. México siempre supo beneficiarse de las
sucesivas diásporas argentinas.
Pero esto no lo sabe la mayoría del pueblo mexicano, como no sabe que
buena parte de sus programas de televisión preferidos nacen de guiones o
formatos comprados en Argentina, ni sabe que nuevas publicaciones como El Gráfico y Gente son réplicas de las creadas en Buenos Aires por Editorial Atlántida y adquiridas por Televisa.
México está enfermo, pero no de gripe sino de xenofobia.
Una joven mexicana, de razonable nivel de educación, me preguntó un día si Mafalda era conocida en la Argentina. El diario Excelsior
publicaba la tira, pero eliminando todos los “vos”, los “che” y
cualquier cosa que la identificara como argentina. Como si nosotros
hubiésemos llamado “Pibe” al Chavo, y lo hubiésemos doblado al argentino
… La ignorancia es la materia prima del fanatismo, el prejuicio y la
discriminación.
No se crea que estas reflexiones son el efecto de una mala
experiencia durante mi estadía en México o en los múltiples contactos
con ciudadanos mexicanos que mantuve posteriormente. Por el contrario,
tanto mi familia como yo pudimos vivir allí una vida normal, aunque
tolerando el reiterado “Ustedes no parecen argentinos” que supuestamente
debíamos recibir como un elogio. En realidad, lo que nos querían decir
es que no nos ajustábamos al estereotipo del argentino que ellos mismos
habían creado.
Nuestra permanencia en México coincidió en parte con el período en
que Jorge Abelardo Ramos fue el embajador argentino allí. Pocas personas
han sostenido, como intelectuales y como políticos, el ideal
latinoamericanista como lo hizo Ramos a lo largo de su vida, y por lo
tanto pocos mejor dispuestos y más abiertos que él a un buen
entendimiento con los mexicanos.
Pero en un encuentro casual mantenido años después, cuando ya todos
estábamos de vuelta en Buenos Aires, Ramos le comentó a mi esposa que
planeaba escribir un libro sobre su experiencia en México, “ese país
oscuro y hostil”. Los acontecimientos de las últimas semanas revelan que
esa oscuridad y esa hostilidad no se han disipado. Por el contrario, la
canciller Patricia Espinosa y el presidente Felipe Calderón se
encargaron de atizarlos.
A propósito de la cancelación de vuelos mexicanos que provocó todo
este encono, recordemos que fue dispuesta por el gobierno argentino
cuando el gobierno mexicano, responsablemente, avisó al mundo que
padecía de una epidemia de gripe desconocida, con más de un centenar de
muertos, y la Organización Mundial de la Salud alertó sobre el riesgo de
una pandemia de grado cinco sobre seis. Irritarse después porque la
gente reacciona sobre la base de la información que uno mismo provee
parece poco serio.
La ministra de salud argentina Graciela Ocaña, por su parte, se
equivocó dos veces al describir a México como el “hermano enfermo”. En
primer lugar, México no es hermano de la Argentina: poco tenemos en
común con ese país más allá de la lengua, y eso apenas en parte. Entre
los países no hay lazos de parentesco sino una compleja red de
intereses, comunes y divergentes.
En segundo lugar, México sí está enfermo, pero no de gripe como
sugiere la ministra, sino de xenofobia, una enfermedad mucho más grave,
que empieza con las descortesías verbales, sigue con los escupitajos a
la cara en un estadio de fútbol, y continúa de forma seguramente peor.
Las autoridades mexicanas, los responsables de sus medios de
comunicación y de su sistema educativo debieran hacer algo al respecto.
Identifican un nuevo linaje genético del centro de Argentina que persiste desde hace 8.500 años
Esas marcas genéticas todavía están presentes en la población actual. El hallazgo representa un aporte a la historia evolutiva de la población humana y, en especial, de Sudamérica
Rodrigo Nores y Nicolás Pastor, en el Museo de Antropología de Córdoba, Argentina. RAMIRO PEREYRA
Una investigación bioantropológica realizada por expertos argentinos, en colaboración con la Universidad de Harvard, reveló la existencia de un nuevo linaje genético desconocido hasta el momento, el cual identifica una ancestría propia del centro de Argentina. Estos resultados, publicados recientemente por la revista Nature, constituyen un aporte significativo a los campos de la paleogenómica, la bioantropología y la historia evolutiva de las poblaciones humanas.
Rodrigo Nores, biólogo, doctor en Ciencias Químicas e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) en el Instituto de Antropología de Córdoba, junto a casi 70 autores (la mitad, argentinos), determinaron una ancestría con 8.500 años de antigüedad que persiste hasta la actualidad en el sur del continente americano.
Durante mucho tiempo, el mapa de la historia evolutiva en Sudamérica se dividió en tres grandes componentes genéticos: andino, amazónico y patagónico. El centro del actual territorio argentino permanecía en una zona gris en los registros del ADN antiguo.
“De esta área que quedaba al medio de esos tres grandes componentes, no se sabía nada. Ahora estamos caracterizando un cuarto componente genético para Sudamérica”, subraya Nores. Nicolás Pastor, biólogo y profesional de apoyo del Conicet, destaca que la investigación “completa una región que estaba subrepresentada o vacía en cuanto a este tipo de estudios paleogenéticos”.
Tortero de hueso hallado en el sitio arqueológico Los Molinos.RAMIRO PEREYRA
El hallazgo se produjo a partir del análisis de ADN de individuos de contextos arqueológicos del centro y norte de Argentina, lo que permitió identificar el nuevo linaje y comprender mejor la historia de estos pueblos.
Ahora se conoce que en esta región no hubo reemplazos ni extinciones poblacionales sino una asombrosa continuidad genética. Es decir, que el linaje detectado en los primeros habitantes de las sierras y llanuras centrales no desapareció con la llegada de otros grupos ni se desplazó de manera drástica sino que evolucionó localmente y adquirió características genéticas propias que se mantienen desde hace más de ocho milenios.
“Esta investigación permite la reconstrucción del pasado que no está escrito, la historia previa a la conquista hispana”, explica Nores. Para ello se empleó un enfoque metodológico complementario a la información arqueológica.
La investigación
El trabajo se basó en el análisis de 344 muestras (de dientes y huesos) de 310 individuos de 133 lugares arqueológicos ubicados en el norte, este y centro del país. El proceso comenzó en 2017 en el marco de una iniciativa de la National Geographic Society -Ancient DNA: The Americas Project-, a partir de una muestra inicial conformada por 29 dientes recuperados en sitios arqueológicos de la provincia de Córdoba.
“Analizamos las muestras biológicas, dientes o huesos de esqueletos, que aparecen en las excavaciones arqueológicas y también trabajamos con colecciones de museos en donde hay repositorios de cuerpos humanos que han sido encontrados en los últimos 100 años”, explica el investigador.
Arqueología serrana de 8000 años atrás, expuesta en el Museo de Antropología de Córdoba. RAMIRO PEREYRA
El trabajo de búsqueda de muestras, el de laboratorio y el de análisis biocomputacional de datos se extendió durante siete años y contó con el aval de las comunidades de pueblos originarios y la participación de más de 20 equipos de investigación de universidades públicas argentinas.
“Para recuperar el ADN antiguo de dientes o huesos hay que pulverizar la muestra y utilizar procesos químicos reactivos sobre ese polvillo. De esta manera se recupera el material genético”, sintetizan los expertos.
Nicolás Pastor destaca que trabajar con ADN antiguo es complejo debido a la degradación de la molécula por el paso del tiempo y las condiciones ambientales. “El ADN de una persona viva es muy fácil de obtener, pero el antiguo es muy esquivo”, subraya.
Para obtener la información genética se secuenciaron cientos de miles de marcadores presentes en el genoma de cada muestra que permitieron reconstruir la historia poblacional de la región. “Eso genera un volumen de datos gigante y ahí empieza un gran proceso bioinformático y análisis estadísticos”, explica Pastor, quien participó activamente en el análisis de datos.
El biólogo precisó que no se analizan las características físicas externas de las personas, sino variables genómicas que hablan de la historia de los pueblos: sus orígenes, migraciones y mestizajes.
El hallazgo
Un punto clave de la investigación fue el análisis de un individuo de 8.500 años de antigüedad hallado en el área de Jesús María, hoy una próspera zona agrícola ganadera de la provincia de Córdoba. Su ADN reveló un linaje desconocido y diferente.
Este componente genético aparece también en muestras de entre 4.600 y 150 años de antigüedad del centro de Argentina, y fue detectado en habitantes actuales de la región, lo que habla de una continuidad a lo largo del tiempo hasta el presente.
Lo que el ADN cuenta es una historia de estabilidad y arraigo, donde los grupos originarios no fueron desplazados por oleadas migratorias, sino que permanecieron en sus territorios, transformándose pero manteniendo su esencia biológica. Este patrón difiere de lo que ocurrió en otras partes del mundo, como Europa, donde los desplazamientos migratorios resultaron en un recambio poblacional.
“El hallazgo de un linaje genético sudamericano previamente desconocido demuestra que nuestra comprensión del poblamiento de América sigue siendo limitada en comparación con otras regiones”, sostiene Nores.
Los investigadores Rodrigo Nores y Nicolás Pastor en el Museo de Antropología de Córdoba. RAMIRO PEREYRA
La investigación aporta información sobre la identidad de la población de este territorio. Estudios previos ya habían identificado que alrededor del 70% de la población del centro y norte del país posee ancestría indígena por vía materna. Ahora se conoce el origen de ese componente genético que se arrastra desde hace ocho milenios.
“Esto contrarresta la idea de que todos venimos de los barcos”, señala Nores en relación a la masiva inmigración europea de los siglos XIX y XX. Esta expresión popular, apunta el investigador, indica de manera errónea que hubo un reemplazo poblacional completo, como si los grupos originarios se hubieran extinguido tras la conquista y antes de la llegada de los inmigrantes. “Muchos vinieron de los barcos, se mezclaron con los que estaban acá y lo que somos es el producto de esa mezcla”, apunta Nores. Ese mestizaje entre los ancestros americanos y los migrantes euroasiáticos y africanos, es lo que define el mapa genómico actual de Argentina.
Una de las historias de amor más rebeldes de la Buenos Aires colonial: eran primos y debió intervenir el virrey para poder estar juntos
Ella se rebeló contra sus padres y hasta le pidió al virrey de turno que intercediera por ellos, él recibiría un merecido homenaje 200 años después. Luces y sombras de una historia que terminó de la peor manera.
La historia de amor más escandalosa de la época colonial Foto: Archivo
Antes de que prestara su casa, más precisamente su piano, para que sonara por primera vez lo que conocemos como himno nacional, Mariquita Sánchez de Thompson fue protagonista de uno de los amores más escandalosos de la Buenos Aires colonial.
Martín Thompson no solo fue su primer esposo, era su primo, y la historia para lograr formalizar su amor es tan fascinante como el relato que conocemos, casi de memoria, sobre cómo su figura fue clave para que suene la canción patria más importante. Mariquita y Martín, un romance de 15 años que solo pudo vencer la locura y la muerte.
El candidato que no quería
Para los 14 años de Mariquita sus papás, Cecilio y Magdalena, ya le habían elegido al candidato “ideal”: el español Diego del Arco. Ella se negó, su corazón ya tenía dueño y era su primo segundo Martín Jacobo Thompson, pero había un problema: sus progenitores lo consideraban “indigno” por no pertenecer a su misma clase social.
Su papá intentó por cualquier vía que ella lo olvide, incluso logró que el virrey Joaquín del Pino lo traslade a la ciudad de Montevideo y luego a Cádiz para trabajar en el puerto. Ella seguía negada y recluida en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales. Los años pasaron, su padre murió en 1802 y doña Magdalena estaba decidida a que se cumpla la voluntad de su difunto esposo.
Mariquita Sánchez de Thompson y Martín, su primer esposo
Pero parecía que el destino tenía otros planes porque en 1804 Martín regresó al Río de la Plata, más precisamente a Montevideo, para poner en orden la herencia familiar. Los tórtolos se cansaron de estar a escondidas y él recurrió a la Justicia utilizando la “Pragmática Sanción para evitar el abuso de contraer matrimonios desiguales” que se aplicaba cuando el padre no quería que su hija se case al ver la unión como “desigual”.
El hombre llevó a su ¿futura? suegra a juicio, ella afirmaba que se oponía al casamiento porque veía a Thompson como un cazafortunas. Del Pino, quien debía decidir, fue reemplazado por Rafael de Sobremonte y el 20 de julio de 1804 falló a favor del Romeo versión Virreinato.
Cuando Mariquita tenía 18 años le envió una carta al virrey Sobremonte para explicarle por qué debía permitir su casamiento con Thompson:
“Me es preciso defender mis derechos: casarme con mi primo, porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen. Nuestra causa es demasiado justa”. Vivió como quiso.
Mariquita Sánchez de Thompson
¿Triunfó el amor?
Los enamorados se casaron en 1805 y tuvieron cinco hijos entre 1807 y 1815: Clementina, Juan, Magdalena, Florencia, y Albina. Para esa época Mariquita se encargaba de organizar tertulias en su casa, en una de ellas se dice que sonó el himno por primera vez, y se consolidó como una de las “damas patricias” más importantes de la época.
Su matrimonio fue feliz, pero el tiempo siempre tiene reservada una última carcajada. En 1815 su esposo fue enviado a una misión diplomática a Estados Unidos para dar a conocer la causa independentista del Río de La Plata y conseguir dinero. Pero su visita a esas tierras fue un desastre y el director supremo Juan Martín de Pueyrredón lo echó dos años después.
Martín Thompson, primer Prefecto Nacional Naval
Thompson estaba enfermo, perdió la razón y cuentan que por las calles de Washington y Nueva York gritaba y decía cosas sin sentido a quienes pasaban, nunca se confirmó pero podría haber manifestado síntomas de sífilis. Terminó internado en un lugar para enfermos mentales y Mariquita, enterada de su situación, le envió dinero para que regrese en un barco donde recibió un pésimo trato.
No se sabe el día exacto, pero murió en altamar. Su cuerpo fue arrojado al agua el 23 de octubre de 1819 y recién meses después se sabría de su trágico desenlace.
Ella volvió a casarse, pero nada fue igual y su segundo matrimonio fue un desastre que terminó en separación en 1837. Ya lo había dicho la misma Mariquita de joven, en una carta dirigida a su primer y único amor: “Seré suya o de nadie”.