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lunes, 20 de enero de 2014

Argentina: Un criollo británico llamado Fotheringham

Argentina e Inglaterra: cruce de influencias 
Por Rolando Hanglin | Para LA NACION 

El cruce de influencias entre la Argentina e Inglaterra ha sido muy intenso, en diversos períodos históricos. Sobre todo, entre las invasiones inglesas y la Revolución de Mayo, durante toda la gesta de San Martín, y también en tiempos de Rosas. Según el autor británico H.S. Ferns, la alianza comercial entre Inglaterra y la Argentina en el siglo XIX es la más íntima y persistente entre dos naciones en toda la historia. Ferns se basa, para su estudio "Inglaterra y Argentina en el Siglo XIX", exclusivamente en fuentes británicas relacionadas con negocios financieros, comercio de carnes, cueros y granos, inversiones, radicaciones de capital, construcción de puertos y ferrocarriles, etcétera. 

Ignacio Fotheringham es un prócer argentino nacido en Southampton, así como Juan Manuel de Rosas es un prócer argentino fallecido en Southampton, donde vivió 25 años y condujo su propia granja, la Burgess Farm de Swaithling. 

Ignacio Fotheringham es un prócer argentino nacido en Southampton, así como Juan Manuel de Rosas es un prócer argentino fallecido en Southampton. 
Ignacio Hamilton Fotheringham nació el 11 de septiembre de 1842, de familia militar. Su padre fue el coronel don Roberto Fotheringham, de actuación en la India, y su madre Inés María Huddleston. Familia católica que concurría a misa en la parroquia del R.P. Mount. Todos estos datos figuran en la obra "Memorias de un soldado" (900 páginas, dos tomos, agotado) donde Ignacio se queja francamente de su familia, en especial por el trato frío y distante. Muy al estilo británico, internaron a sus hijos en colegios de Bélgica y la propia Gran Bretaña. Siempre lejos. 

Ignacio se inicia como guardiamarina y lo envían a India Oriental. Allí se producen inconvenientes y el muchacho queda boyando, de regreso en Southampton, sin destino cierto. La muerte de su madre le brinda una pequeña herencia y el chico decide emigrar a Australia. Estaba muy solo, sin novia, amigos ni parientes, pues todos andaban diseminados por el vasto imperio británico. De modo que, a los 20 años, recorre la ciudad saludando a sus amistades para despedirse. Así es que visita a Manuelita Rosas y su marido Máximo Terrero, vecinos de la familia. 

- ¿Australia?- le dice Manuelita- ...¿Por qué no viaja a nuestro lindo país, Argentina? ¡Allí será feliz! 

Ignacio no lo piensa mucho: se embarca rumbo a Buenos Aires, con cartas de recomendación para don Carlos Keen, los señores Terrero y Dorrego (antiguos socios de Rosas) y otros hacendados británicos, que eran muchos y de gran predicamento en el país. 

¿Quién era Rosas para Ignacio Fotheringham, en aquella época? Una suerte de militar español, exilado por razones de alta política. 

El caso es que Ignacio, ya en Buenos Aires, se conchaba como puestero en el campo que había sido reducto de Rosas, "Los Cerrillos" y allí trabaja durante tres años, aprendiendo el idioma, las costumbres paisanas y las mañas de los caballos. Se hace criollo. Tanto es así que, ya en 1865, se engancha como soldado para la guerra del Paraguay. Sin saber muy bien por qué, lo hacen subteniente a los quince días. De ahí en adelante, Fotheringham sirvió durante cuarenta años al Ejército argentino. Nunca obtuvo la ciudadanía: era inglés. Combatió en la guerra del Paraguay, realizó una expedición a Leuvucó (capital de los ranqueles) con Roca en 1872, participó de la Campaña al Desierto de 1879 y fue gobernador militar del Chaco en 1894. 

Le dolía profundamente que lo llamaran gringo, y recomendó a sus hijos nunca emigrar, no ser extranjeros 
Fotheringham se casó en 1873 con Adela Ordóñez, una señorita de Río Cuarto, ciudad entonces cercada por los indios. El inglés tuvo un batallón de hijos y nietos. Viajó varias veces a Europa y a los Estados Unidos, incluso a su ciudad natal de Southampton. Se retiró en 1905. Su casa en Río IV era una quinta rodeada por las calles Alsina, General Paz, Pedernera y Sobre Monte (así, separado en dos vocablos, se escribía entonces este apellido). Actualmente, en ese solar se alza el Concejo Deliberante de la ciudad. Vivió también en una casona de la calle Tucumán (hoy Fotheringham) 176-78. Fue sede de la Comandancia de Fronteras, cargo que supo ocupar el propio Ignacio, y hoy Museo Histórico Regional. 

Fotheringham fue compañero de armas de Bartolomé Mitre, el propio Roca, Racedo, Dardo Rocha. Valiente soldado y delicado escritor, también merece el título de criollo macanudísimo. Le dolía profundamente que lo llamaran "gringo", y recomendó a sus hijos "nunca emigrar, no ser extranjeros". Cosas del destino: antes de morir en 1925, Ignacio visitó un par de veces la ciudad de Southampton y conversó con el Padre Mount, que había sido confesor de su familia y también párroco de Rosas. Cuando mencionaron a este último, Fotheringham lo calificó tal cual había oído en la Argentina antirrosista de 1863, a la que llegara diez años después de Caseros. 

- ¡Ah ese tirano sangriento!- le dijo al Padre Mount. 
Ignacio Fotheringham

- ¡Calle, no diga usted eso! El general Rosas fue uno de los hombres más bondadosos que he conocido en mi vida. 

Un poco desconcertado, Fotheringham averiguó algo más sobre Rosas. Por ejemplo, que era un sobresaliente jinete. En las cabalgatas y cacerías a que lo invitaba su amigo Lord Palmerston (ex premier inglés) asombraba con su destreza, aunque ya era hombre mayor. Cierta vez, el caballo rodó y Rosas "cayó parado" como se estilaba en el campo argentino. Digamos: el montado se le escurrió entre las piernas y él siguió caminando. Otra vez sacó el lazo del recado y enlazó a un ciervo por las astas. Detalle estrambótico: en su casa de Southampton, Rosas tenía un despachito donde escribía sus rabiosas memorias de exilado y expropiado, que nunca publicó: se sentaba en un silloncito colorado y tenía otro igual, para las visitas. Pero cuando alguien pasaba a verlo y amagaba con sentarse en el sillón, lo atajaba: "¡No por favor, no ocupe ese asiento que estoy esperando al General Urquiza!". Obviamente, Urquiza nunca llegaba. 

En su tierra adoptiva, aquel vecino de Rosas encontró el calor afectivo que es nuestro patrimonio 
Don Ignacio encontró en Río IV su hogar y formó su familia, que sin duda perdura en Córdoba. Conservó para siempre su gratitud por los Terrero, los Dorrego y Manuelita Rosas, que le dieron su primer empleo en la remota Argentina. Consideraba que Rosas debía ser analizado sin fanatismo. 

Curiosa anécdota: a los 15 años, cuando el joven Ignacio fue a despedirse de su padre para viajar a la India, armó solito su bolso y golpeó la puerta del dormitorio de "El Viejo", como él lo llamaba en criollo. 

- Me despido, padre. ¡Me voy! 

- ¡Adiós hijo, que Dios te bendiga!- respondió el padre, sin siquiera abrir la puerta para darle un abrazo. Los dos Fotheringham no volvieron a verse. 

Entendemos que la madre de Ignacio ya había muerto, por aquel entonces. Y deducimos que, en su tierra adoptiva, aquel vecino de Rosas encontró el calor afectivo que es nuestro patrimonio..

sábado, 11 de enero de 2014

Argentina: Parish y Rosas

Rosas y uno 
Por Rolando Hanglin | Para LA NACION 

Esta columna no debería pertenecer a la serie de los "pensamientos" sino, más bien, a la de las "confesiones". Cuando uno llega a cierta edad, tiende a decir su verdad profunda, por lo menos hasta donde la conoce, ya sin ánimo de impresionar a nadie. Es hora de mostrarse. 

Fui educado en la línea "San Martín-Rosas-Perón". Mi madre, la profesora de Historia Salomé Unia, contaba los acontecimientos argentinos desde 1810 como una atrayente novela, y en esa trama había tres héroes, todos generales del Ejército: San Martín, Rosas y Perón. Mi padre Roddy (más completo: Rowland Ruddock Hanglin) era anglo-argentino. Para algunos sonará raro, pero mi padre fue fervoroso peronista y, con el correr de los años, se hizo partidario de Arturo Frondizi. 

Estas son las ideas que uno ha mamado y que forman el pavimento de su propia mentalidad. Por aquel entonces, Rosas era sinónimo de anti-británico, y conviene recordar que, hasta los años 30-40, toda la política argentina estaba marcada por dicho tema. Desde 1770 en adelante, los ingleses tuvieron una intervención muy intensa en Argentina, Chile, Uruguay y Brasil. No hablemos ya de la India, Pakistan, Africa. El "anticolonialismo" fue una bandera de las naciones postergadas, en la primera mitad del Siglo XX. Después de la caída de Perón, en 1955, empezó a hablarse del imperialismo yanqui. Ya Perón había construido su gran movimiento social demonizando al influyente embajador americano en Buenos Aires, Mr. Spruille Braden. El slogan victorioso fue "Braden o Perón", y con esa consigna el coronel venció a todos los partidos políticos sumados, desde el conservador hasta el comunista. A partir de los años 60, en Argentina se entendió que el Reino Unido había pasado a la historia, y que el presente estaba dividido en dos mitades: el área USA y el dominio URSS. 

Por eso, los militares argentinos creyeron que "el viejo león apolillado" no reaccionaría si le quitábamos las Malvinas de un manotazo, y lo intentaron. Lo que siguió fue una cruel lección sobre las realidades de la vida. 

De todos modos: cuando yo tenía diez años (hace 55) todavía se juzgaba a Rosas como antibritánico, a primera vista, y la vuelta de Obligado se veía como una batalla heroica contra la prepotencia de Londres. 

Con los anglo-argentinos ocurre algo raro. Somos muchísimos, y muy variados: los chacareros de origen irlandés, los galeses de la Patagonia desde Arnold hasta Johnston, los escoceses de la Provincia de Buenos Aires, los ingleses que se adueñaron del comercio de la Capital a partir de 1806. Los de Temperley, los de Hurlingham, los de Belgrano, los de Luján, los de Lomas, los de Río Gallegos, los de Rawson, etc. Pero los intelectuales o dirigentes que se han hecho notar pertenecen a la izquierda, al nacionalismo, al peronismo o a la poesía independiente. Digamos: no tienen nada de probritánicos. Podemos contar a John William Cooke, William Patrick Kelly, Mario "Pacho" O´Donnell, Rodolfo J. Walsh, Rodolfo Fogwill, María Elena Walsh, y hasta Peter Campbell ("Peidro Canbél") que llegó con las invasiones inglesas y se quedó a vivir en las pampas, convirtiéndose en un gaucho colorado de bota de potro, coleta y dos aritos. Porque, señores, los gauchos usaban arito. No uno, sino dos. Casi estamos tentados de mencionar a Guillermo Brown y a Raúl Alfonsín Foulkes. La historia de nuestro país está llena de ingleses y anglos. Sin embargo, casi ninguno de ellos fue "pro-británico", en sus ideas y proclamas. Más bien, lo contrario. 

Cuando cursé mi secundario en el Colegio Nacional de Buenos Aires, los grandes referentes eran Domingo Faustino Sarmiento, Amadeo Jacques, Florencio Varela, Salvador María del Carril, Bernardino Rivadavia, Mariano Moreno, Manuel Belgrano. Todos liberales europeístas. Me sentía un poco incómodo frente a mi condiscípulo de primer año, "Charly" Ortiz de Rosas, rubio y de ojos celestes como el Restaurador. Rosas estaba descripto, en la historia oficial de aquellos días, como un Monstruo en su Orgía de Sangre. 

Cabe acotar que, en estas circunstancias, uno comprende que la línea San Martín-Rosas-Perón no existe como continuidad de personas afines, ni tampoco la línea Mayo-Caseros (1810-1852) sino que todo está mezclado, de manera que no es posible formar una guerra entre Buenos y Malos. 

El lector de temas históricos siente el impulso de investigar. Conocer, descubrir, entender. Naturalmente, es imposible investigar si uno tiene resuelta la sentencia desde el comienzo. Si ya conocés el resultado: ¿Para qué averiguar más? 

Yo también tuve 20 años. En aquella época, creía que lo mejor que podía pasarle a nuestro país era elegir presidente a don Arturo Jauretche. Fundador de FORJA, crítico de los alvearistas y rebelde ante los chupamedias de Perón, fue eyectado del peronismo en 1950. Permaneció como referente de los revisionistas y los nacional-populares con arraigo en la provincia de Buenos Aires, el territorio propio de Rosas. Más adelante, lo substituyó en la moda intelectual don Jorge Abelardo Ramos, un gran escritor de temas históricos y políticos. Y hoy parece estar de actualidad (otra vez) el Sr. Jauretche, mi favorito de los 20 años, cuando no había elecciones en nuestro país. Jauretche nunca tuvo la menor chance de subir al poder. No anduvo ni cerca. 

Cuando uno se encuentra con las cosas raras de la vida y la historia, entiende que debe empezar a estudiar. Porque todo, absolutamente todo, está en los libros. Y nada, absolutamente nada, hay en los foros de internet, más que insultos, exclamaciones, orgasmos de 4 letras y frases sueltas. 

Buscando, buscando, buscando, me encontré con el libro del señor Raed. 

¿ROSAS, CONDECORANDO AL EMBAJADOR INGLES? 

En mi adolescencia, lo normal era atribuirle al brigadier general Juan Manuel de Rosas la condición de caudillo bonaerense, jefe de los estancieros y dictador absoluto de la Nación, con el rótulo formal de gobernador de Buenos Aires, entre los años 1830 y 1852. Nos enseñaron que fue derrocado por Justo José de Urquiza en la batalla de Caseros, que luego se exilió en Inglaterra, y punto. Fue un nacionalista cabal, católico, patriota, duro con los indios y -sobre todo- enemigo de los ingleses. Hoy día lo reivindican todos los nacionalistas, de izquierda y de derecha. 

Al cabo de los años, uno se encuentra con el libro de José Raed: "Rosas y el cónsul general Inglés, las condecoraciones". ¿Qué condecoraciones? ¿Para los piratas que nos robaron las Malvinas? 

Mr. Parish

Y bien: hubo condecoraciones, no una sino tres. 

El condecorado fue Mr. Woodbine Parish, nacido en Londres el 14 de septiembre de 1786, hijo de Mr. Woodbine Parish y de Mrs. Elizabeth Headley. Este hombre perteneció al servicio exterior británico, revistando en Paris, Sicilia y Nápoles. Colaboró también con Mr. Thomas Maitland, quien -para los lectores que hemos seguido las publicaciones de Rodolfo Terragno y Juan Baustista Sejean- ostenta un nombre familiar, ya que presentó a la Corona Británica un plan estratégico destinado a conquistar Buenos Aires, luego Santiago de Chile, invadiendo después Lima por el Pacífico, y así arrebatar a los españoles el corazón monárquico de Hispanoamérica. ¡Exactamente lo que hizo San Martín! Ya estaba escrito y planeado por los ingleses antes del año 1800. 

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Toda nuestra historia huele a tweed, a puerto, a cuero, a foot-ball, a scotch-whisky. 

Seguramente, Mr. Parish prestó servicios discretos pero importantes a la Confederación Argentina que conducía Rosas. Estoy seguro de que el Restaurador no les regaló nada a los ingleses, y también estoy seguro de que lo recibieron con toda cordialidad en Southampton, porque el amor con amor se paga. Más que eso, no sé. 

Existen otros vasos comunicantes entre San Martín y Rosas. El Libertador mantuvo una cálida correspondencia con el Restaurador de las Leyes (es decir, el hombre del Orden) y le legó su famoso sable corvo, hoy custodiado por los Granaderos. En todos estos vasos intervienen los ingleses. 

El Sr. Woodbine Parish, cónsul general del Reino Británico en el Río de la Plata, recibió de Rosas, a través de su canciller don Felipe Arana: la condición de ciudadano honorario de la Confederación Argentina, el título de coronel de Caballería de la misma y el derecho a utilizar la bandera argentina, sus colores y escarapelas, en el escudo de armas de su familia. 

Todo esto: ¿A cambio de qué favores? 

Repito, no sabemos. Pero, Inglaterra nos había arrebatado las Islas Malvinas en una operación pirata, que aún pervive y, tal como van las cosas, puede durar un par de siglos más. Por otra parte, si los porteños no nos hicimos problemas al perder el Uruguay, el Paraguay, el Alto Perú, y hoy discutimos al general Roca porque cometió el atropello de salvar la Patagonia para nosotros... ¿Estamos tan dolidos por la pérdida de las Malvinas, cuando sólo hemos retenido el 40 por ciento del Virreinato del Río de la Plata? ¿O fingimos un patriotismo ensangrentado cuando las grandes derrotas nos resbalaron sobre la piel? ¿Somos patriotas o bufones? Y no se trata de que esos territorios fueran "propiedad" de Buenos Aires, sino de la integridad de una gran nación hispana-sudamericana equivalente al Brasil, cuya capital podía estar en Montevideo, La Paz o Río Cuarto. 

Rosas, después de la gesta de Obligado y los enfrentamientos con Francia e Inglaterra, fue derrocado por los unitarios y sus amigos (liberales europeístas) en 1852. Como él mismo lo testimonia, tenía todo organizado para subir -si Caseros resultaba adverso- a una chalupa inglesa y abandonar Buenos Aires, con destino a Londres. Con la ayuda del cónsul británico, Mr. William Gore, así lo hizo con sus 17 cajones de archivo y sus enormes baúles. En Inglaterra fue recibido con honores (una salva de 21 cañonazos en el puerto de Southampton, para escándalo de "The Times", que censuró a las numerosas personalidades de la nobleza y el funcionariado que acudieron a estrechar la mano del general Rosas, una mano "manchada de sangre") y luego administró su propia chacra inglesa durante 25 años. Había gobernado la provincia con mano de hierro, por 20 años. Manejó su "farm", cerca de Southampton, hasta su muerte, antes de cumplir 84. 

Su último amigo, en aquellos tristes años de exilio, fue el Sr. Justo José de Urquiza. El mismo que lo había depuesto, y que lamentó en sus cartas el "maldito día" en que se le ocurrió voltear a don Juan Manuel. 

PROGRAMA DE ESTUDIOS 

Estas noticias concernientes al Sr. Parish nos dejan estupefactos. Porque, además, los sobrinos del cónsul, señores John y William Parish Robertson, vivieron en estas tierras desde 1806 hasta 1830, y presenciaron toda la época de Rosas. Más aún: el señor Parish Robertson fue testigo privilegiado de la batalla de San Lorenzo (única librada por San Martín en nuestro territorio) y terminó comprando un campo en esa localidad, que finalmente... vendió a ¡los socios de Rosas, la familia Terrero! 

Dice, en su libro sobre Rosas-Parish, el Sr. Raed: "El obsequio efectuado por Rosas es de una gravedad sin precedentes que ningún otro gobernante, por obsecuente que fuera con alguna potencia extranjera, llegó a hacer como expresión de servilismo... 

Rosas estuvo íntimamente ligado a los intereses ingleses, mercantiles y comerciales, representando los objetivos de su clase, ganadera y terrateniente de la provincia de Buenos Aires, a veces coincidiendo con el Litoral...Las fuerzas de la revolución necesitaban imperiosamente el apoyo internacional de Inglaterra. Pero eso no significaba ponerse de rodillas". 

Agregamos algunos detalles: Rosas no participó de la revolución de mayo. Su ídolo y protector personal fue el virrey Santiago de Liniers, un monárquico francés, partidario del Ancien Régime, fusilado por orden de Moreno y/o Monteagudo. Juan Manuel se arrimó a Buenos Aires hacia 1820, para restaurar el orden, la ley, el respeto por la propiedad, la religión y la familia. 

En otras palabras: fue un caudillo español, precursor de Francisco Franco y del General Perón, que también fueron admiradores de Mussolini. 

¿Hay que enojarse? No, hay que estudiar un poco más. 

Si el lector encuentra que nuestra historia, según estas breves líneas que escribe un simple periodista, historiador aficionado si se quiere, está llena de paradojas, hasta el punto de que todo parece una cadena de mentiras e imposturas...le recuerdo que la Revolución Libertadora de 1955, como primera medida, prohibió que se pronunciara el nombre de Juan Perón. No sus ideas, no su historia, no su movimiento. No: su nombre. Surgieron así mil maneras de nombrarlo: "el tirano prófugo, el dictador depuesto, el canalla, el líder, el que te dije, el macho, el jefe, Pocho". 

En fin. Si esto es una revolución "libertadora", yo soy el Papa de Roma.