Marinos de origen británico muertos bajo bandera argentina
En marzo de 1980, cuando el ZANU-PF de Robert Mugabe arrasó en las elecciones y quedó claro que él lideraría el pronto independiente Zimbabwe (todavía llamado Rodesia en ese momento), la comunidad blanca quedó atónita. La mayoría esperaba un resultado moderado o una coalición; pocos creían que Mugabe pudiera ganar directamente.
La mañana que llegaron los resultados, el pánico se extendió rápidamente por Harare y los distritos agrícolas: la gente corrió a los bancos para retirar sus ahorros, se formaron largas colas en las gasolineras, aparecieron carteles de "Se vende" en casas y granjas durante la noche y las familias empezaron a hacer las maletas. Miles de personas se marcharon en cuestión de semanas, dirigiéndose principalmente a Sudáfrica o al extranjero, genuinamente temerosos de represalias o políticas marxistas.

Como contrapartida estaban los intereses de estancieros británicos, dueños de la mayoría de los campos sureños e influyentes en la economía y en la política porteña.
Para soliviantar a los peones apareció en escena el chileno Antonio
Soto, quien llegó a Río Gallegos con una compañía de teatro en 1919.
Allí conoció al abogado José María Borrero que dirigía el periódico La
Verdad.
Antonio Soto, en 1920
Soto cambió el teatro por la política trabajando como estibador y fue elegido secretario general de la Unión Obrera, exhortando a sus seguidores a abandonar el trabajo y presionando a los comerciantes para levantar el boicot. Atacaron las estancias saqueándolas y poco pudo hacer la policía para detenerlos.
El 28/01/1921, el Regimiento de Caballería del Ejército Argentino zarpó de Buenos Aires con la orden de pacificar el territorio, a cargo del oficial Héctor B. Varela, un militar de ilimitado patriotismo, estudioso de la disciplina prusiana, que quería que sus hombres se comportaran como tales.
Al principio, Varela contrarió a los terratenientes extranjeros, porque su programa de pacificación consistía en indultar a todos los huelguistas que entregaran las armas. Pero cuando Soto proclamó la victoria total sobre la propiedad privada, el ejército y el Estado, Varela se sintió ridiculizado y reaccionó con la mayor dureza.
Ese invierno, los huelguistas cometieron vejaciones a lo largo de toda la costa con Soto al frente. En su segunda campaña empezaron a tomar rehenes en las estancias, elucubrando Soto una revolución que se extendería al resto del país. Borrero desertó pagado por los estancieros Braun y Menéndez.
El presidente Yrigoyen autorizó a Varela a utilizar “medidas extremas” para doblegar a los huelguistas. Desembarcó en Punta Loyola el 11/11/1921. Ambos grupos extremistas y exacerbados se enfrentaron con consecuencias que debieron ser previsibles para los políticos de entonces. Los huelguistas se dispersaron sin combatir, mientras el ejército difundía comunicados sobre enfrentamientos armados y arsenales capturados. En cinco oportunidades, los soldados lograron que los huelguistas capitularan, tras la promesa de respetarles la vida. En todas, los fusilamientos comenzaron después. Centenares de hombres cayeron en las tumbas cavadas por ellos mismos o los acribillaban y apilaban los cadáveres sobre hogueras alimentadas por arbustos “mata negra”.
El ensueño de Soto terminó en la estancia La Anita, establecimiento
de los Menéndez, cuando sus hombres comenzaron a fugarse al acercarse el
ejército.
Última foto de Facón Grande, horas antes de ser fusilado por Varela
El 07/12/1921, Varela envió a uno de sus hombres con la propuesta de rendición incondicional y que se respetarían las vidas. Aquella noche, Soto y algunos de los cabecillas escaparon a Puerto Natales. Los chilotes esperaron a los soldados creyendo que los expulsarían a Chile, pero la orden de Varela fue igual a las anteriores. De los 300 hombres que se rindieron, algunos se salvaron por ser mano de obra calificada. Los demás, unos 120, murieron allí.
El resultado regocijó a la comunidad inglesa. El coronel Varela, sobre el que habían recaído sospechas de cobardía, se había redimido con creces. El Magellan Times alabó su “espléndido coraje, en virtud del cual había circulado por la línea de fuego como quien participa en una parada militar (…) Los habitantes de la Patagonia deberían sacarse el sombrero ante el 10 de Caballería, ante esos valerosos caballeros”.
La gente resentida tomó este acto mostrando la hilacha marxista. Siempre se recuerda, según el escrito comunista de origen alemán, Oswald Bayer, que durante un banquete, que se celebró en Río Gallegos con miembros de la Liga Patriótica Argentina, los veinte británicos presentes, poco versados en la lengua castellana, rompieron a cantar: For he’s a jolly good fellow (Porque es un buen compañero), ante el estupor del patriota Varela. A su regreso, este oficial se encontró con leyendas de anarquistas terroristas que rezaban: “Muera el caníbal del Sur”.
El Congreso estaba conmocionado porque la orden de represión fue dada por el propio Yrigoyen, y porque Varela había cometido el error de matar a un funcionario socialista. Entonces se lo designó como director de una escuela de caballería para que se calmaran los ánimos. El 27/01/1923, Kurt Wilkens, un anarquista tolstoiano, mató cobardemente a tiros al coronel Varela en las calles de Buenos Aires luego de haberlo dejado inhabilitado con una granada. Un mes más tarde, el 26 de febrero, Wilkens fue ajusticiado a su vez en la Cárcel de Encausados por su guardián. Antonio Soto murió impune de trombosis cerebral el 11/05/1963 y Borrero en 1930 en Santiago del Estero.
La Voz de Chubut

Escuela de Drofa Gabets, 1910.
Desde la escuela dominical, que no se había interrumpido a bordo del “Mimosa”, se evidenció el interés de los colonos por la educación, tanto religiosa como cultural. Desde el inicio mismo de su instalación en 1865, entre las chozas de madera levantadas en el “Fuerte Viejo”, (restos de la fortaleza construida por Henry Libanus Jones), unos días antes se dispuso un aula donde el pastor Lewis Humphreys impartió la enseñanza. La noticia se conoció en Gales en el periódico “Baner ac Amserau Cymru” en su edición del 10 de febrero de 1866, por lo que se puede deducir que la tarea educativa comenzó apenas se instalaron en tierra chubutense. Al ausentarse el Pastor Humphreys en 1867 fue reemplazado por el Pastor Robert Meirion Williams por un breve lapso ya que pronto se alejó de la Colonia.
Finalmente, en el mes de octubre de 1868, Richard Jones Berwyn respondió al pedido de los vecinos y resolvió habilitar una escuela. Las carencias no fueron obstáculo ya que a falta de papel y tiza se emplearon piedras planas y trozos de greda que se recogían en las lomas cercanas. A falta de edificio se instaló la escuela al abrigo de los molles y los fumes que abundaban y a falta de libros se usó la Biblia para practicar las letras y para la formación del temple de la nueva generación que crecía en el desierto. A medida que se avanzó en el tiempo se complementó la lectura con las páginas ideadas por el maestro. El libro de Berwyn se empleó por varios años en las escuelas de la Colonia. El texto manuscrito en un principio fue impreso en dos ediciones posteriores.
Se estima que esas páginas escolares fueron las primeras que se editaron en idioma galés en una imprenta sudamericana.
El infortunio de un barco que naufragó dos millas al norte de la desembocadura del río Chubut, en 1871, proporcionó material para el refugio escolar. La cabina del capitán, arrastrada hacia una elevación del terreno en TreRawson, funcionó como aula durante varios años.
En ese tramo inicial del poblamiento, las escuelas eran organizadas y sostenidas por los vecinos. El idioma empleado en la enseñanza era el galés, lengua en la que se expresaban los niños en sus hogares y en la comunidad.
A medida que se extendía la ocupación en el valle, se levantaban las capillas y las escuelas, que en la mayoría de los casos funcionaban en el mismo edificio. Después de la escuela de Rawson, fueron surgiendo otras, en Glyn Du, en Gaiman, en Rhandir, en Bryn Gwyn con el nombre de “Cefn Hir”, en Moriah, otra en Bryn Gwyn “Llwyn Onn”, en Drofa Dulog, en Treorki, en Maesteg, en Tair Helygen (Tres Sauces), en Casablanca, en Trelew, en Bryn Crwn, en la Colonia 16 de Octubre, en 28 de Julio, en Ebenezer, en Drofa Gabets y en Las Margaritas (paraje cordillerano). La Escuela para Señoritas en Trelew y la Escuela Intermedia de Gaiman dieron inicio a la educación en el nivel secundario.
Por más de diez años y mucho tiempo después, aquel puñado colonizador en las soledades del sur de la República, no fue considerado para nada. Transcurrió largo tiempo antes de que el Gobierno Nacional comenzara a interesarse por la educación en la Colonia Galesa. Aún después de la sanción de la Ley de Educación Común, en 1884, la Patagonia permanecía al margen. Mientras tanto, se regía por sus propias leyes y en junio de 1877 se resolvió formar la primera Comisión Escolar. Inició su gestión solicitando el apoyo del Consejo Nacional de Educación para la designación de un maestro bilingüe (galés – castellano) con el propósito de integrar a los niños al idioma del país. En adelante se procedió a crear comisiones en los distintos distritos.
Al quedar establecido el Municipio de Gaiman, se aprobó rápidamente la Ordenanza para otorgar un subsidio a las llamadas un subsidio a las llamadas “Escuelas Voluntarias” de su jurisdicción.
Varias de las escuelas actuales en la provincia del Chubut, tienen su origen en aquellas humildes aulas del inicio, donde los maestros eran galeses. En ocasiones, cuando la necesidad era apremiante y los maestros escasos, un vecino con cierta ilustración, era invitado por los colonos para hacerse cargo de la enseñanza.
La nacionalización fue llegando de a poco:
Por Arie Lloyd de Lewis, del libro “Chubut, tierra de arraigos”.

Llegó como muchos con un espíritu aventurero a estas tierras del fin del continente americano desde Europa y su vida de lucha y aventuras lo dejó en la historia de Santa Cruz. Al contrario de otros venidos desde lejos no se dedicó al exterminio de los habitantes originarios.
Al contrario, Santiago Radboone formó familia con Juana, una originaria tehuelche, sobrina del cacique Mulato quien sería el último gran jefe de los nativos afincados entre Santa Cruz y Magallanes en Chile.
Y pobló los campos del paradisíaco Lago San Martín en la cordillera santacruceña. Sus ocho hijos paridos por la noble Juana entregaron descendencia de llega a nuestros días. Pero vamos a conocer en detalle la vida y andanzas del “Jimmy”, como quedara inmortalizado.
El primero que hizo conocer la vida de Santiago fue un periodista y literato norteamericano Herbert Childs. Para él, camino a ser un consagrado profesional de las letras y a punto de contraer matrimonio con Majorie, en plena depresión económica de los años 30, una luna de miel en la Patagonia no era parte de sus planes.
Pero recibió una intrigante carta de un amigo propio y de su futura esposa, en la que le proponía indagar en la vida de un exótico personaje de la frontera argentino chilena en el Territorio de Santa Cruz, en el muy sur de la Argentina.
Las imágenes de peligro, los entreveros con la policía y bandidos, las aventuras amorosas, las adversidades climáticas, el romanticismo que rodea la vida de los pioneros en el imaginario del norteamericano medio y la posibilidad de escribir sobre un tema original, fueron estímulos suficientes para ambos y, sin pensarlo demasiado, reemplazaron la prevista corta estadía en un área rural cercana a sus domicilios, por un viaje en un carguero noruego por las costas americanas del Pacífico y, dando la vuelta por el Cabo de Hornos, hasta la ciudad de Buenos Aires.
Una vez en Buenos Aires volvieron a embarcarse, esta vez doblando sobre sus pasos con rumbo sur, hasta Puerto de San Julián. Allí se trasladaron en automóvil, avanzando por las escalonadas planicies desérticas hasta llegar al lago San Martín. Y desde ese lugar se internaron en la cordillera a caballo, pues se habían terminado los caminos.
De esta manera llegaron a la Estancia La Nana, donde vivía Santiago (James) Radboone. En el jardín de su casa acamparon durante los tres meses del verano de 1933.
Esta larga estadía les permitió mantener ricas conversaciones con quien sería el protagonista de su libro y con su familia, haciendo amistad con la esposa, cabalgando con los hijos y participando en general de las tareas y penurias de la vida de campo, en la aislada y lejana cordillera austral.
El resultado del trabajo periodístico vio la luz gracias a J.B. Lippincott Co., editora que lo publicó en formato de libro, en 1936. El título: “El Jimmy, Outlaw of Patagonia”, alude a su protagonista.
Santiago Radboone, apodado “El Jimmy” por los tehuelches con quien convivió largos años, había nacido en Inglaterra, en el año 1873. Hijo de una familia de escasos recursos y muchos miembros, decidió emigrar acosado por su situación económica, por la policía, y por la madre de una jovencita que declaraba estar embarazada.
Puesto en contacto con Waldron y Woods, propietarios de tierras en Tierra del Fuego, Santa Cruz y la zona de 25 de Mayo en La Pampa, se embarcó rumbo a la ciudad chilena de Punta Arenas, en el año 1.888. Desde allí pasó a la isla de Tierra del Fuego y aprendió con rapidez, el duro oficio de ovejero y domador.
Pero no había llegado al fin del mundo para seguir obedeciendo las órdenes de un patrón. Con espíritu aventurero y ganas de respirar libertad, mandó adelante una pequeña tropilla de parejeros que había logrado ganar, en búsqueda de un pedazo de tierra que pudiera declarar suya, en la región que media entre el Puerto de Río Gallegos y el de Punta Arenas.
Con esta búsqueda se enredaron demasiadas cosas: mujeres, caballos de carrera, bebida, juego y cierto coraje irresponsable que lo llevaba a no eludir peleas, sean estas con civiles o con la policía.
En una ocasión ganó una apuesta y le pagaron con un cheque a cobrar en Punta Arenas, Chile, que era robado. Fue así como terminó en la cárcel. Pero esta historia no termina aquí. Resulta que al tiempo logró escaparse y en su calidad de prófugo tanto para la ley chilena como argentina, recuperó sus caballos.
Refugiado de la justicia chilena y de la argentina, en la toldería de Mulato, cacique tehuelche de la zona de Ultima Esperanza, se enamora de una sobrina de éste. Con ritmo de novela, pierde a quien quiere hacer su esposa en una carrera de caballos, para sólo recuperarla años más tarde. Con ella y evitando futuros conflictos con la ley, se interna en la cordillera argentina, en la zona del Lago San Martín, y coloniza una tierra, a orillas del agua y lejos de la civilización.
Su lucha por la tierra incluye un viaje en barco a Bs. As. para agilizar los trámites de obtención de sus soñados campos. Al respecto, en un principio, se entregaban entre 4 y 8 leguas cuadradas lo que significaba de 10.000 a 20.000 has. Un 50% de esa superficie podía comprarse luego de 5 años de ocupación continua con mejoras incluidas. Política de tierras que cambió a sólo un contrato de arrendamiento sin posibilidad de venta para acceder a la propiedad. Pasaron muchos años de su afincamiento en Estancia “La Nana” cuando recién en 1930 los Radboone pasaron a tener estas tierras a su nombre y libres de deuda. Sus dominios incluían la península Mackenna hasta la misma frontera con Chile.
Las construcciones de La Nana se componían de corral de postes para el encierre del ganado, galpón para esquila y depósito, baño de ovejas y una muy austera casa de barro, paja y madera donde siempre el fuego permanecía encendido para recibir al forastero. Contaba con piezas dormitorio y depósito. Los muebles eran de madera, cubiertos con cuero de potrillo algunos y todos de construcción casera. Para dormir empleaba cueros de oveja como mullido colchón. El casco se completaba con una generosa huerta y una producción propia de grosellas, frambuesas y frutillas para las tortas y budines que tenían a Jimmy como autor. Todavía hoy se observan los viejos arbustos de fruta fina alrededor de la vivienda fundacional. Consumían preferentemente carne lanar alternando con vacunos, yeguarizos y el producido de la caza de cauquenes y choiques que abundaban.
Unidos inicialmente por el ritual Tehuelche, que reconocía la entrega de caballos a cambio, llega el año 1913 que encuentra a Jimmy y Juana casados ante el Juez de Paz de Puerto Santa Cruz. Tuvieron ocho hijos Nana, Juana, Santiago, Arturo, Miguel, Enrique, María y Catalina. Cinco de los cuales fueron atendidos en el parto por el mismo Jimmy. Incluso, alguno de sus nietos vivieron en La Nana. Sus hijos alternaron la educación en la estancia con la recibida en colegios de Puerto Santa Cruz. A esta localidad concurrían ante la enfermedad cuando necesitaban curarse con el médico que llegaba periódicamente de la lejana Buenos Aires. En tales circunstancias su hija Juana casi pierde la vida por una fuerte neumonía.
En cuanto al ganado llegó a tener 6.500 lanares que le reportaron hasta 13.000 Kg. de lana. Producía leche, manteca y quesos que maduraban colgando en la cocina. Para ello encerraban las lecheras “guampudas” y semisalvajes con el auxilio de perros que las traían mordisqueando sus garrones. Diestro en esquilar a tijera y pelar los ojos, el record personal de Jimmy fue de 236 animales esquilados en el día. Gran corredor de carreras, criaba su caballada amansando los potros con tres años cumplidos. Sus caballos de uso diario pastaban en un pequeño potrero anexo al casco. Vendía su lana en Puerto Santa Cruz y los corderos gordos en el Frigorífico Armour. Esta localidad de la costa Atlántica, estaba separada de la estancia por una huella que se transcurría luego de 30 días de carreta. Sus ocho hijos ayudaban en las tareas cotidianas. Siendo Radboone un gran cocinero, entrenó a las niñas en el arte de la cocina. Nana se destacaba en el encierre de las lecheras a las que ataba por los cuernos a postes, sujetaba por las patas y ordeñaba.
Fue la Comisión de Límites en 1903, quien exploró estas tierras colocando el hito de piedra limítrofe hasta donde llegaron los dominios de Jimmy. Tierras pisadas por los huelguistas del año 1922 en su huida a Chile; por el inquieto padre de Agostini en su exploración de los Andes Australes y por distintas expediciones al hielo continental patagónico.
Relatos de historias que se pueden acceder consultando la biblioteca en el actual casco o vivirlos en cercanías de la vieja casa de Jimmy. Allí respetando el estilo arquitectónico de Patagonia Sur se ha construido uno nuevo que lleva el nombre de la vieja estancia, Puesto “La Nana”, en reconocimiento al noble espíritu de sus fundadores.
Retazos de la rica historia de la joven provincia de Santa Cruz. Si que se quiere también, otra forma de entender la integración entre los que llegaron de otros lugares al continente americano, sin provocar un destino de muerte y expoliación de las poblaciones originarias.
Historias de Patagonia :
Por: Mario Novack
Domingo, 3 de noviembre de 2019
Fuentes: Diario Río Negro - Pedro Dobreé
El Chaltén Hoy – Alejandro Serret.
Fotos de la zona del campo "La Nana" donde vivió Jimmy Radboone....y el paisaje del lugar...
La voz del Chubut

Reservas indígenas en el Departamento Río Senguer. En la actualidad solo perduran las de Quilchamal y Tramaleo
El período 1885-1890 merece un tratamiento diferenciado, ya que durante ese tiempo todas las expediciones y viajeros que recorrieron Chubut (Fontana, Steinfeld-Botello, Moyano, etc) sólo encontraron vestigios de asentamientos de tribus, o individuos que vagaban separados de sus tribus. Es decir que durante ese período Chubut se presenta como un territorio despojado de presencia de los pueblos originarios. Ese vacío humano fue consecuencia de la Conquista del Desierto. Entre 1883 y 1885, las tribus tehuelches que habitaban el sur de Río Negro y Chubut fueron concentradas en Valcheta de modo voluntario o bien llevadas prisioneras.
Una nota publicada en 1937 en la revista Argentina Austral, dice al respecto:
“Cuando el Comandante Lino Oris de Roa, fue a Deseado con el Villarino, comisionado por Winter, para despejar de indios la costa e instalar en Valcheta las tolderías que hallara sobre el litoral, por más de índole mansa que aquellos fuesen, imposibilitando así que las tribus alzadas se respaldasen sobre ellas, el General Villegas se encargó de dar el último golpe al salvaje que aún señoreaba en las cordilleras”. (Argentina Austral, abril 1937)
La voz de Chubut
Estancia Leleque, en 1889, cuando fue fundada por la Argentine Southern Land Company Ltd
Hemos podido encontrar en la Escribanía General de la Nación el Acta de Donación original de 1896, por la cual se efectiviza la entrega a la Compañía de Tierras Sud Argentina Limitada. La escritura final tiene fecha en 1897, es decir: diez años después de realizada la primera donación de estas tierras de Eduardo Castro a Asahel P. Bell.
Esto tiene una explicación: hacer la escritura de todos estos latifundios acogiéndose a las posibilidades que les otorgó la Ley de 1891, llamada Ley de Poblamiento N° 2875, que anuló la obligación de colonizar de la ley N° 817, -conocida como ley Avellaneda-, y de la Ley del Hogar, para que los concesionarios pudieran quedarse con las tierras sólo a condición de devolver la cuarta parte al Estado.
De esta manera quedaba sin efecto la cláusula de la necesaria “colonización de estas cesiones”, y abrió así la puerta al acaparamiento de los terratenientes.
Un artilugio legal que el propio Estado puso en letra de Ley, en representación de las clases dominantes, cerrando las puertas de las mejores tierras a cientos de miles de pobladores originarios desarraigados mediante la conquista; y de las masas inmigrantes que venían en busca de trabajo para ellos y sus familias.
Se selló así el pacto oligárquico que cruzaba los intereses de los funcionarios y los empresarios, que en muchos casos se encontraban a ambos lados del mostrador, con objetivos de capitalización y acaparamiento de tierras para avanzar en la explotación de zonas mineras, madereras, ganaderas y comerciales. Por otra parte, muchos de esos funcionarios, civiles y militares, accedieron a buenas tierras mediante la posibilidad que daba la “Ley de Premios Militares N° 1628”, de 1885, destinada a la “compensación” de quienes participaron de la Conquista. Cuando no las ocuparon, estas tierras fueron a parar a la bolsa y rematadas a otros particulares que aprovechaban su capital para acceder a ellas a bajo costo.
El Estado argentino no sólo se encargó de la administración de los nuevos territorios (gobernadores, jueces, policía, etc.), sino que dispuso de las nuevas tierras, expropiadas a los pueblos indígenas a favor de supuestos agentes de colonización, que eran en realidad testaferros que luego cedieron sus derechos a las grandes compañías y empresas de colonización; y de capitales sobre todo ingleses, como la famosa Compañía de Tierras ASLCO (Argentine Southern Land Company Ltd).
Tierras de Argentine Southern Land Company Ltd en Chubut, según el expediente del IAC de 1921
El 14 de agosto de 1899 la compañía ASLCO terminó haciéndose dueña de estas concesiones: un total de trescientas veintidós leguas en el contrafuerte andino, al Noroeste del Territorio del Chubut, Río Negro y sur de Neuquén.
Reproducimos aquí la primera parte de dicha donación:
“Acta de donación”
República Argentina, año 1896.
Donación. El Gobierno Nacional a la Compañía de Tierras Sud Argentina Limitada. [Escritura número ciento ochenta y ocho].
En la Capital de la República Argentina a veinte y cuatro de abril, de mil ochocientos noventa y seis, hallándose en su despacho el Excelentísimo Señor Presidente de la República, Doctor José Evaristo Uriburu de cuyo conocimiento doy fe; ante mí Escribano General del Gobierno de la Nación y testigos al final firmados, digo:
Que de las actuaciones producidas en el expediente número doscientos treinta y cuatro, y noventa y cuatro, resultaba comprobado:
Primero: Que los señores Eduardo Castro y Compañía fueron concesionarios de una superficie de terreno compuesta de ochenta mil hectáreas para Colonizar en el Territorio del Chubut bajo las condiciones establecidas en la escritura otorgada con fecha veinte y dos de julio de mil ochocientos ochenta y siete por ante mi antecesor Don Félix Romero y al diecinueve vuelto de este mismo Registro de Gobierno, luego a mi cargo la que original he tenido a la folio cuatrocientos vista doy fe:
Segundo: Que Don Eduardo Castro transfirió a favor de su único socio Asahel P. Bell todos los derechos y acciones que tenía a la concesión de que se trata según así también consta de la escritura otorgada con fecha diez y nueve de noviembre de dicho año mil ochocientos ochenta y siete ante el mismo escribano y al folio seiscientos cincuenta de este mismo folio registro la que originalmente también tengo a la vista doy fe:
Tercero: Que con anuencia del Poder Ejecutivo y por cuenta y orden del Señor Bell, el agrimensor Pablo Gorostiaga practicó la mensura, subdivisión y amojonamiento de dichas ochenta mil hectáreas que sometió a la aprobación del Gobierno, quien lo aprobó previo los trámites de estilo por decreto de fecha treinta de septiembre de mil ochocientos noventa y dos.
Cuarto: que resultando de dicha operación un exceso de superficie de cinco mil seiscientas treinta y ocho hectáreas, ochenta y ocho aéreas, ochenta centenares cincuenta y seis decímetros cuadrados, el Poder Ejecutivo concedió dicho exceso al Señor Bell bajo las mismas condiciones en que le acordó las ochenta mil al principio referidas como así también consta de la escritura otorgada por ante mí con fecha ocho de octubre de mil ochocientos noventa y dos y al folio seiscientos veinte y ocho vuelta del registro de Gobierno a mi cargo lo que en testimonio tengo a la vista doy fe.
Quinto: Que sancionada por el honorable Congreso la ley número dos mil ochocientos setenta y cinco (Ley 2875) y promulgada por el Poder Ejecutivo con fecha veinte y uno de Noviembre de 1891, la Compañía de Tierras Sud Argentina en representación del finado Don Asahel P. Bell se acogió a los beneficios que acuerda dicha ley a los concesionarios de tierras para colonias cuyos contratos estuvieran subsistentes. Optando por la compra de la parte que de acuerdo con el artículo seguido de dicha ley debía devolver al Estado el Señor Bell y posteriormente por la devolución de la cuarta parte de la concesión referida.
Sexta: Que por cuerda separada la Compañía de Tierras Sud Argentina inició el expediente número mil ochocientos cuarenta y seis y noventa y cuatro en el cual a fojas una corre el escrito que copio a continuación y en tenor es como sigue: “Buenos Aires, diciembre cuatro de mil ochocientos noventa y cuatro. Exmo. Ministro de Justicia Culto e Instrucción Pública Don José S. Zapata, Señor Ministro: La Compañía de Tierras Sud Argentina en representación de los concesionarios A. P. Bell, Carlos H. Krabe, E. R. Rodger, C. Lockwood, Wilson Bell, J. H. Higgins, J. Best y hermanos, Compañía del Chubut, J. D. Rodger y A. Elderale a su excelencia informa:
Primero: Los diez concesionarios indicados poseen las siguientes concesiones acordadas por el Excelentísimo Gobierno con sujeción a las leyes de la materia:
-A. P. Bell; Fofo Cahuel, ochenta y cinco mil seiscientas treinta y ocho has. (85.638 ha),
-C. H Krabe; Cholila ochenta y ocho mil novecientas treinta y nueve hectáreas (88.939 ha.);
-C. Lockwood, Teca, veinte y cinco mil hectáreas (25.000 ha.),
-Wilson Bell; Nahuel Huapi, ochenta y cuatro mil ciento trece (84.113 ha.),
-J. H. Higgins; Tromeney y Ne Luan, ochenta mil hectáreas. (80.000 ha.),
-J. Best y hermanos; Ruen Luan y Sierra, ochenta mil hectáreas (80.000 ha),
-Compañía del Chubut: Hauslafquen y Renañeu, ochenta mil hectáreas (80.000 ha.),
-J. D. Rodger; Epulafquen y Mari Lafquen, ochenta mil hectáreas (80.000 ha.),
-A. Elderale: Huanuluan y Peleañeu, ochenta mil hectáreas (80.000 ha.).
Fragmento del libro “Lelek Aike, del destierro a la comunidad”, de Liliana E. Pérez
La Voz de Chubut

Molino de Antonio Merino, El Bolsón
En El Bolsón, localidad que no contaba con el ferrocarril, el molino de Antonio Merino, abrió en 1926. Trabajó con un molino hidráulico con cilindros de porcelana (no se desgastaban como los de piedra ni se recalentaban como los de acero), con lo que se lograba una mejor calidad de la harina. Llegó a moler de 500 a 800 kilogramos diarios de trigo, cerró en 1947 por culpa de Juan Domingo Perón.
Un poco más al sur funcionaron los molinos de las familias Hube y Don Otto, en El Hoyo, y de Breide, en Epuyén. Concentraban el reducido volumen de trigo de sus respectivas zonas y comercializaban harinas en circuitos locales.
En Cholila, región que recibió desde Chile, a partir de fines del siglo pasado, un aporte inmigratorio que impuso prácticas agrarias, la producción cerealera justificó la instalación del molino, que comercializaba su producción en esa localidad, hacia Chile y hasta El Maitén. Era de la familia de Raúl Cea.
Todos cerraron alrededor de 1947, por varias causas: delimitación de ejidos urbanos más extensos, nuevas leyes de control bromatológico que perjudicaron las harinas locales, ciertas malas administraciones, algún juicio costoso por indemnización a un empleado, problemas climáticos y la llegada de harinas más baratas desde Buenos Aires, distribuidas desde El Maitén, donde estaba la punta de rieles a mediados de la década del 30.
El aislamiento, la falta de caminos transitables, los rigores climáticos acentuaban las distancias. Las necesidades locales y las posibilidades cerealeras favorecieron el desarrollo de la agricultura y por ende, la instalación de molinos rústicos o de tecnología sencilla, con fuerza motriz variada. La producción, en general, alcanzaba a cubrir las demandas. Habiendo excedentes, se extendía la comercialización en la región, incluso a zonas vecinas de Chile. Cuando hubo escasez, aparecieron los conflictos. La llegada del ferrocarril acentuó las contradicciones, ya que llegaban harinas desde el norte y se las traía en carros desde las distintas puntas de rieles. En 1945, Molinos Río de la Plata terminó con este circuito cerealero, por lo que los productores se vieron obligados a diversificar su trabajo rural.
Pero la región no fue exclusivamente agrícola y mucho menos básicamente cerealera. Siempre contó con la producción de ganado. Un vecino relata: “Generalmente venían los compradores y mucho se llevaba a Chile.” “Mi abuelo, por ejemplo, Thomas Austin, llevaba arriba de cinco mil animales a Chile; ése era su trabajo, compraba y vendía…” y “tenía en Cochamó una fábrica de jabón y frigorífico (y) todos los años (arreaba) cinco o seis mil vacunos” con grandes ganancias.
A esta actividad ganadera, crianza y venta de miles de reses a Chile, se agregaban las actividades de granja: cerdos, ovejas, vacas lecheras, abejas huerta y frutales, especialmente manzanos. Uno de los memoriosos dice que en las chacras se producía de todo: “…carne de vaca, capón, cerdo, manteca, hacían el pan, el queso, había leche, trigo, dulces, arvejas, habas, todo lo que la tierra produce.”
También fue intensa la actividad comercial: casas de ramos generales, hoteles, bares, un cine, tiendas, fondas y hasta una sucursal del Banco Nación, radicado en Esquel en 1925. Había pocos automotores y un transporte de pasajeros en coche, casi legendario, mantenido por pioneros de la zona, los Hermanos Paredes. Sin embargo, siendo el transporte de cargas básico los carros y carretones, había herrerías, talleres de reparación y construcción, venta de pastaje y forraje para los caballos, talabarterías y posadas baratas para quienes trabajaban en las tropas.
Por otra parte, la edición 25º aniversario del Diario Esquel, presentaba una larga lista de estancias de la zona, cargada de datos y nombres, y que representaban en 1950 el “orgullo” de la producción de ganado bovino y lanar de la región, actividad que incluía haras y la introducción de animales premiados y muy aptos para nuevas cruzas.
Textos del libro “Esquel…del telégrafo al pavimento”, de Jorge Oriola
George Albert Cameron
nació en Buenos Aires en 1915. Creció y se crio junto a su familia en
la localidad de Hurlingham. Era egresado del colegio St. George de
Quilmes, donde también participó con gran desempeño en el equipo de
rugby de esa institución, el Old Georgians. Pero un día del año 1941,
cuando tenía 26 años, sintió el llamado de sus raíces anglosajonas y
marchó hacia Europa para enrolarse en el ejército británico y combatir
bajo esa bandera en la Segunda Guerra Mundial.
Si bien fueron miles los argentinos que se embarcaron para participar en la contienda bélica, lo que distingue la experiencia de Cameron es que él luchó como tanquista. Y lo hizo en escenarios clave del conflicto como el norte de África, donde llegó a enfrentar nada menos que a las tropas del general Rommel.
Alejandro
Prina, estudioso de la Segunda Guerra Mundial investigó el recorrido
como soldado de este argentino y en diálogo con LA NACION cuenta los
riesgos, victorias y desventuras que vivió el exalumno del St. George durante sus sacrificados años dentro de un tanque de guerra.
El nombre de Cameron como soldado en la Segunda Guerra Mundial figura en el Hall of Honour del Colegio Saint George, de Quilmes Gza. Alejandro Prina
–Alejandro, vos que investigaste la historia de Cameron, ¿cómo es que un joven de Hurlingham termina peleando como tanquista en la Segunda Guerra Mundial?
–Cameron nació en Buenos Aires, pero era hijo de un padre escocés y de una madre neocelandesa. Su linaje se mezclaba en la Argentina con mates, asados y amigos. Su papá, Alexander, había llegado a fines del 1800 y fue administrador de estancias en Tierra del Fuego. De hecho, hoy una localidad de esa isla se llama Villa Cameron como reconocimiento a su tarea como pionero. A Albert y sus hermanos les inculcaron mucho la cultura de sus antepasados.
–En ese sentido, también iba a un colegio que tenía que ver con sus raíces.
–Claro,
hizo la escuela en el St. George School de Quilmes y también allí
desarrolló su pasión por el rugby. Después de egresar, incluso, continuó
jugando en el equipo del colegio, el Old Georgians. Dicen que era muy
buen jugador y quizás hasta le hubiese gustado vivir del rugby, pero era
un deporte amateur.
George Albert Cameron con el uniforme de su regimiento de tanquistas del Royal Armoured Corps (RAC) Gza. Alejandro Prina
–¿Cómo fue que se sumó a la Guerra?
-En 1941, Cameron estaba hojeando el Buenos Aires Herald y leyó un anuncio que cambiaría su vida: “El Reino Unido acepta voluntarios”, decía el aviso en inglés. Entonces, sin darle muchas vueltas, se dirigió al Consjeo de la Comunicad Británica -en Reconquista al 300- para completar los papeles de enrolamiento.
–¿Qué lo motivó a unirse al ejército en una empresa que podría costarle la vida?
–Creo que el llamado a la guerra en el Viejo Continente era sinónimo de aventura, algo que lo atrajo a él como a otros tantos jóvenes de su edad. También había un sentido patriótico. Por eso, semanas más tarde, se embarcó en el Highland Monarch rumbo a Londres. Era un buque de pasajeros, pero le habían sacado las comodidades para que entraran más personas y se movía como los mil demonios. Las náuseas y los mareos eran permanentes. No fue nada placentero el viaje. A lo que hay que sumarle que estaba el temor de ser atacados por submarinos alemanes, que por esa época andaban rondando el Atlántico. Finalmente, el 19 de noviembre de 1941 él arribó a las costas británicas.
–¿Cómo llegó a convertirse en tanquista?
–Recién
llegado al país, fue asignado al 61° Regimiento de Infantería ubicado
en Bovington, condado de Dorset, en Inglaterra. Si bien Cameron había
hecho ya el servicio militar en la Argentina, allí recibiría el
entrenamiento básico como soldado y unos meses más tarde lo trasladarían
al Regimiento 52° de Entrenamiento de Infantería Mecanizada, donde se
iba a convertir en tanquista o, como dicen coloquialmente, “Tankie”. En
su duro entrenamiento aprendió que ese puesto tiene como pilares la
camaradería y el trabajo en equipo. Además, en la ceremonia que
oficializó su ingreso al universo de los tanques, internalizó una frase
de oro: “Once a tankie, always a tankie”, es decir, una vez que sos tanquista, sos tanquista para toda la vida. Allí es asignado al Segundo Regimiento Real de Tanques, quienes son conocidos coloquialmente como “las ratas del desierto”.
Una
imagen de los tanques y uniformes que utilizaba el ejército británico,
la división "ratas del desierto", en el norte de África. Imperial War Museum
–¿Cuál es su primer destino como tanquista?
–A Cameron lo mandan al norte de África para enfrentar allí a los Afrika Korps, las tropas de (Erwin) Rommel, el temible general alemán conocido como “el zorro del desierto”. Las “ratas del desierto” no tenían tanques muy buenos allá, eran tanques ligeros M3 Stuart, obsoletos por el poco blindaje y su armamento. En una de las batallas en las que participa en el norte de Egipto, creemos que en la segunda batalla del Alamein -entre el 23 de octubre hasta el 11 de noviembre de 1942-, Cameron cae herido.
–¿Qué pasó?
–Su tanque fue impactado por artillería enemiga, un ataque que mata a la tripulación del vehículo y a él lo lastiman muy feo en un brazo y la cara. Lo sacan de ahí, él no sabe cómo ni cuánto tiempo pasó. Cuando se recupera para volver al campo de batalla había terminado la guerra en el norte de África y Rommel había sido derrotado.
–¿Quién más iba con él cuando estalló la bomba? ¿Cómo es la tripulación de un tanque?
–Depende
del tanque, pero suelen ser cuatro personas. El comandante, el
conductor, el radioperador y el artillero. Él era artillero. Estaba
cargando el cañón con una munición de 37 mm cuando fue la explosión que
lo dejó fuera de combate y acabó con la vida de sus camaradas. Eso es lo
poco que le contó el propio Cameron a su hijo.
Cameron enfrentó a los Afrika Korps de Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, en el norte de África Archivo
Alejandro Prina es un apasionado investigador, divulgador y educador en temas de la Segunda Guerra Mundial. Parte de sus indagaciones sobre hechos, combates y personajes de ese momento histórico están volcadas en su cuenta de Instagram segundaguerramundial_oficial, donde también integra en sus posteos sus habilidades como diseñador gráfico. Además, él es Magíster en Historia Militar recibido en el Iniseg (Instituto Internacional de Estudios en Seguridad Global) y miembro del Grupo de Investigación de Historia Militar de la misma entidad. “Lo que más me gusta de todo es la investigación -dice-, me gusta descubrir estas historias pequeñas de la guerra”.
Como hace cada vez que
intenta conocer la biografía de alguien que batalló en aquella
contienda, Prina se encarga de buscar las fuentes más directas. Para el
caso de George Albert Cameron, este investigador hurgó (siempre con permiso) en los archivos del St. George, donde corroboró, en el Hall of Honour de
ese colegio, la participación de este exalumno en la conflagración
mundial. Prina también pidió documentación en organismos oficiales
relacionados con las Fuerzas Armadas Británicas donde pudo hallar el
tracer (recorrido) de este soldado porteño (”aunque no siempre los datos
son exactos, especialmente al no tratarse de un oficial”, aclara) y las
hojas de ruta de los batallones que integró.
Además, en este caso, el investigador contó con el inestimable aporte de los familiares de Cameron, especialmente su hijo Ronald. Ellos suministraron testimonios, fotografías y hasta le mostraron valiosas pertenencias del soldado, como sus medallas de identificación, una cruz que cargaba siempre con él que era de un compañero fallecido y hasta su uniforme. Sin embargo, los familiares del excombatiente argentino aclararon que tenían “baches” en relación al itinerario y actuación de Albert, básicamente porque “él no quería hablar de la guerra”.
–Más allá de los combates en el norte de África, sería también difícil pasar los días en esos espacios desérticos
–Terrible.
Las noches eran frías y los días de un calor abrasador, que era un
enemigo constante. Las tormentas de arena, además, eran regulares y lo
más difícil era enfrentar la escasez de agua, no solo para tomar sino
también para asearse. Si bien Cameron no hablaba mucho de la guerra, una
de sus hijas recuerda que Daddy -así lo llamaban- contaba que en el
desierto no se veía un solo insecto, pero cuando había heridas abiertas,
o se llagaba la piel por la sequedad del ambiente, aparecían moscas por
todas partes. Comer también era difícil porque venían nubes de moscas y
si una mosca te toca la comida te podías agarrar disentería, que
causaba fiebres, diarreas y vómitos.
Una foto de Cameron en su estadía en la India. Gza. Alejandro Prina
George
Cameron falleció en 1973, pero su familia conserva su uniforme de la
Segunda Guerra y otros objetos de gran valor histórico y sentimental. Gza. Alejna
–Y el calor dentro del tanque sería tremendo, ¿no?
–Sí, irónicamente para él y sus compañeros el mejor refugio durante la batalla era el más caluroso y pequeño. Imaginate además ahí adentro el olor a pólvora, aceite quemado, nafta y transpiración que se llegaba a concentrar.
–Dijiste que cuando Cameron se recuperó de las heridas la guerra en el norte de África había terminado... ¿Hacia dónde se fueron después las ratas del desierto?
–Meses después, Cameron y su regimiento parten en convoy cruzando el Canal de Suez con rumbo a Malasia, pero los desvían y llegan finalmente a la ciudad de Rangún, en Burma (actual Myanmar). Allí arribaron con el objetivo de frenar el avance de los japoneses, enemigos de los aliados, que querían hacerse de los pozos de petróleo de ese país. Otra vez las condiciones climáticas y el terreno fueron un enemigo silencioso para los tanquistas. La jungla densa, la humedad, los pantanos, lugares donde los tanques se atoraban, tenían fallas mecánicas. En cambio, los japoneses se adaptaban al terreno de manera alucinante. Como dato anecdótico, al llegar a Burma, las ratas del desierto se transformaron en las “green rats” (ratas verdes).
–¿Y cómo se dio la contienda en Burma?
–El
avance japonés fue avasallador. Los hicieron pelota. Era como una
guerra de guerrillas, no era a campo abierto. Solían atacar por la noche
con una variedad de armas. Tenían desde bombas adhesivas, que era una
mina magnetizada que se pegaba al blindaje del tanque, hasta las bombas Tich,
que era una bola de vidrio o cerámica que se rompía al impactar contra
el tanque y despedía un líquido tóxico que se gasificaba y mataba a los
que estaban en el interior del vehículo. En casos extremos, también
hacían ataques suicidas: el soldado japonés se sentaban en un hoyo de la
carretera sosteniendo una bomba, esperando a que pasara un tanque.
Las
medallas de identificación que lelvaba consigo George Cameron en la
Segunda Guerra Mundial, junto a la cruz de un compañero fallecidoGza. Alejandro Prina
Una foto de las "green rats" con la medalla que representa a los tanquistas británicos arriba y los logos de esa compañía abajoGza. Alejandro Prina
–¿Cómo terminó?
-Después de tres meses de lucha agotadora y ya viéndose superados por el enemigo las green rats debieron emprender la retirada. En un momento se vieron obligados a abandonar los tanques, porque tenían que cruzar numerosos ríos. Su objetivo ahora era alcanzar la frontera de la India, con los japoneses pisándoles los talones. Cada soldado llevaba todo el armamento que podía cargar. Hicieron un recorrido de 140 kilómetros hasta llegar a la India. El mal tiempo los ayudó esta vez, ya que cuando andaban por colinas y montañas, las nubes bajas los ocultaron de la Fuerza Aérea Japonesa. En el camino volvieron a sufrir disentería y malaria. En este caso, George también cayó enfermo. Una vez arribados a la India, diezmados y exhaustos, las tropas se instalaron allí para recuperar fuerzas.
–¿Qué pasó después?
–Poco más tarde, George y su regimiento fueron enviados a campamentos aliados en Irak, después a Siria, Palestina y finalmente Egipto para reequiparse y realizar ejercicios y entrenamientos con los nuevos suministros y armamentos que fueron recibiendo, entre ellos el famoso tanque norteamericano Sherman y también los Stuart.
–Se preparaban para su próximo objetivo. ¿Cuál era?
-Italia. Desde Alejandría, en Egipto, el Segundo Regimiento Real de Tanques se embarca hacia Taranto (hoy, Tarento), en el sur italiano, donde llegaron el 4 de mayo de 1944. Las tropas de los tanquistas avanzan hacia el norte, conquistando pueblo por pueblo del poder alemán con el objetivo final de liberar Roma. El 3 de septiembre de ese año, George y su unidad llegaron al pequeño pueblo de Tavoletto, que formaba parte de la famosa línea Gótica Alemana, una de las barreras defensivas que iba de una costa a la otra de Italia que trazaron los alemanes para frenar el avance aliado. En este combate, Cameron es herido por una explosión de mortero, pero no debió haber sido muy grave, porque el 6 de ese mismo mes vuelve a estar presente en otra batalla, la de Gemmano.
–¿En todos lo pueblos que mencionás estaban los nazis?
–Sí,
generalmente eran paracaidistas de tropas muy especializadas y tropas
de montaña que los mandaban y los tipos tenían la misión de defender esa
línea Gótica. En Gemmano los alemanes tenían la ventaja de que estaban
esperando a los aliados en un lugar estratégico de altura y los aliados
subestimaron la situación y dijeron que no había nadie, cuando los
esperaban unos 4500 alemanes súper entrenados. En esta cruenta batalla,
también conocida como “mini Montecassino” o “la Montecassino del
Adriático”, George volvió a ser herido. Pero no algo grave. El 9 de
septiembre, finalmente, el pueblo es recuperado por los aliados.
–¿Cómo siguió la guerra para Cameron?
–Siguieron avanzando hacia el norte. En mayo de 1945, cuando los alemanes se rinden, George y su unidad están en la ciudad de Padua. Ahí es donde se termina la guerra para él.
–¿Entonces regresa a la Argentina?
–En
1946, ya nuevamente en Londres le dan de baja en el ejército con el
grado de Sargento y el tanquista argentino regresa a su país.
–¿Qué fue de su vida en la Argentina?
–En 1948 se casó, un año después tuvo a su primera hija, trabajó un tiempo en el London Bank y después en la empresa Alpargatas. Vivió alternativamente en Hurlingham, en el Palomar y se estableció dos veces en Montevideo, Uruguay. Una vez en 1953 y luego en el año 1970, por su trabajo relacionado a una compañía de seguros británica. En la capital de Uruguay vuelve a retomar su pasión por el rugby. Juega en el Club Trouville de esa ciudad, equipo en el que, en 1954, obtuvo los tres lauros posibles en una misma temporada.
–¿Hablaba de la guerra con su familia?
–No,
no quería comentar nada. Tiraba esas anécdotas medio simplonas como las
moscas del desierto, pero no hablaba. Lo que sí, te puedo contar una
anécdota. Decían que George no faltaba nunca al trabajo. Nunca. Un día
vuelve la hija del colegio y le dice: “Silencio que está Daddy en el
living. No pases, está tranquilo”. Entonces ella se asoma y lo ve a su
papá con una bolsa de hielo en la cara, con gesto de dolor. Después se
enteran que él tenía muchos dolores, va al médico y le encuentran muchas
esquils de metal producto de la explosión del tanque que le habían
quedado en el paladar y el maxilar, y tuvieron que operarlo y sacarle
todo. Muchos años después.
George Albert Cameron falleció en 1973. En diálogo con Alejandro Prina, Ronnie, uno de los cuatro hijos del extanquista recuerda cuando su padre le regaló una guinda de cuero roja con la que solían practicar rugby juntos. Y también rememoró los días festivos en que su padre lo llevaba ver desfiles de bandas de gaitas escocesas.
–Alejandro, ¿Qué te queda a vos cada vez que recuperás o descubrís una de estas historias como la de Cameron, que desde la Argentina llegó combatir contra las tropas del mismísimo Rommel?
–Lo que me queda y el objetivo de lo que hago es que estas personas no queden en el olvido. Quiero investigar a esta gente para rescatarla de olvido. Sobre todo como en el caso de George, que deja un legado de valentía y un ejemplo de los sacrificios realizados por aquellos que sirvieron durante el mayor conflicto bélico de la historia.

Es increíble, original ¡fantástico! la cantidad de localidades con nombres llamativos que existen en nuestro país. El primero que me asiste es “Venado Tuerto”, en Santa Fe, fácil de suponer el porqué. Es simpático “Salsipuedes”, en Córdoba, pero me parece que el que lleva la delantera es “Cajón de Ginebra Grande” … ¡sí, sí aunque no lo crea! Doy las razones porque, sinceramente, hasta que por curiosidad casualmente encontré la histria, ni idea tenía de su existencia.
“Cajón de Ginebra Grande” es una localidad del departamento Paso de Indios, Provincia del Chubut. Se encuentra sobre la Ruta Nacional 25 a unos 7 km al oeste, de su casi homónima “Cajón de Ginebra Chico”. El paisaje se distingue por el cordón montañoso y un manantial del departamento “Languiñeo”. 
Según la historia, entre los años 1880 y 1890, eran comunes los viajes entre los valles 16 de Octubre y el inferior del río Chubut. En uno de esos trayectos, con carros cargados para las viviendas que se estaban levantando en el valle de los Andes, cayó un cajón de ginebra. Con los años, si algo ocurría cerca de allí, se decía que había pasado más acá o más allá del “cajón de ginebra”. Un tiempo después ocurrió otro hecho similar: otro cajón de ginebra, más grande, fue a dar al suelo. Así los parajes pasaron a denominarse, el primero, “Cajón de Ginebra Chico”, y el otro “Cajón de Ginebra Grande”. 
La abundante colonia galesa de la región llamaba a la zona “Bocs Gin”, que traducido a nuestro idioma es “Ginebra triste”. En enero de 1897, “Francisco Pietrobelli”, en su recorrido por el territorio del Chubut pasó por este lugar. 11 años después, en 1908, se estableció en la localidad un Almacén de Ramos Generales llamado "Los Mellizos" y, 14 años más tarde, se inauguró la Escuela Nacional N° 64, a la que llegaron asistir unos 20 alumnos de la zona.
Con el paso del tiempo, “Cajón de Ginebra Grande” se fue despoblando y actualmente está casi totalmente deshabitado. Se mantienen las calles y algunas construcciones abandonadas. Es lo que habitualmente llamamos un pueblo fantasma.