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martes, 18 de julio de 2017

SS: "Intelectuales comprometidos" con el modelo criminal

Asesinos de las SS con doctorado
El historiador francés Christian Ingrao subraya en un estudio monumental el papel decisivo de los intelectuales en la élite de la Orden Negra de Himmler
JACINTO ANTÓN
El País


Oficial del SD en Ucrania en 1941 VÍDEO: EPV

La imagen que se tiene popularmente de un oficial de las SS es la de un individuo cruel hasta el sadismo, corrupto, cínico, arrogante, oportunista y no muy cultivado. Alguien que inspira (aparte de miedo) una repugnancia instantánea y una tranquilizadora sensación de que es un ser muy distinto, un verdadero monstruo. El historiador francés especializado en el nazismo Christian Ingrao (Clermont-Ferrand, 1970) nos ofrece ahora un perfil muy diferente, y desasosegante. Hasta el punto de identificar a un alto porcentaje de los mandos de las SS y de su servicio de seguridad, el temido SD, como verdaderos "intelectuales comprometidos".

El término, que ha escandalizado en el mundo intelectual francés, resulta escalofriante cuando se piensa que esos son los hombres que estuvieron a la cabeza de las unidades de exterminio. En su libro de reciente aparición en castellano Creer y destruir, los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado, 2017) Ingrao analiza pormenorizadamente la trayectoria y las experiencias de ochenta de esos individuos que eran académicos —juristas, economistas, filólogos, filósofos e historiadores— y a la vez criminales. Hay un fuerte contraste entre ellos y el cliché del oficial de las SS. Asesinos de masas en uniforme con un doctorado en el bolsillo, como describe el propio autor. Lo que hicieron los "intelectuales comprometidos" , teóricos y hombres de acción, de las SS fue espantoso. Ingrao cita el caso del jurista y oficial de la SD Bruno Müller, a la cabeza de una de las secciones del Einsatzgruppe D, una de las unidades móviles de asesinato en el Este, que la noche del 6 de agosto de 1941 al transmitir a sus hombres la nueva consigna de exterminar a todos los judíos de la ciudad de Tighina, en Ucrania, se hizo traer una mujer y a su bebé y los mató él mismo con su arma para dar ejemplo de cuál iba a ser la tarea.


Christian Ingrao, retratado en Barcelona. MASSIMILIANO MINOCRI

"Resulta curioso que Müller y otros como él, gente muy formada, pudieran meterse así en la práctica genocida", dice Ingrao que ha presentado su libro en Barcelona, "pero el nazismo es un sistema de creencias que genera mucho fervor, que cristaliza esperanzas y que funciona como una droga cultural en la psique de los intelectuales".

LA BASE DE ‘LAS BENÉVOLAS’
Ingrao y Littell. Cualquiera que lea Creer y destruir percibirá los paralelismos con la novela de Jonathan Littell Las benévolas (2006).Ingrao la describe como “una réplica temática en ficción” de su trabajo, y recuerda que éste, que fue su tesis, circuló ampliamemente antes de la publicación de Las benévolas.
¿Max creíble? Max Aue, el protagonista de Las benévolas guarda muchos parecidos con los intelectuales del SD de Ingrao. “Excepto en lo de la homosexualidad y el incesto. Pero, claro, es un personaje de novela”. ¿No es demasiado refinado y esteticista para ser un SS? “Bueno, Heydrich leía mucho y tocaba el violín. Y no olvides que Eichmann leía a Kant”, responde.
También otro nazi tomado por Littell, Leon Degrelle (en su ensayo Lo seco y lo húmedo) presenta paralelismos con otro estudiado por Ingrao en su libro Les chasseurs noirs: Oskar Dirlewanger. El primero era favorito de Hitler y el segundo de Himmler.
El historiador recalca que el hecho es menos excepcional de lo que parece. "En realidad, si examinamos las masacres de la historia reciente veremos que hay intelectuales bajo el felpudo. En Ruanda, por ejemplo, los teóricos de la supremacía hutu, los ideólogos del Hutu Power, eran diez geógrafos de la Universidad de Lovaina. Casi siempre que hay asesinatos de masas hay intelectuales detrás". Pero, uno no espera eso de los intelectuales alemanes. Ingrao ríe amargamente. "Es cierto que eran los grandes representantes de la intelectualidad europea, pero la generación de intelectuales que nos ocupa experimentó en su juventud la radicalización política hacia la extrema derecha con marcado énfasis en el imaginario biológico y racial que se produjo masivamente en las universidades alemanas tras la Gran Guerra. Y entraron de manera generalizada en el nazismo a partir de 1925". Las SS, explica, a diferencia de las vocingleras SA, ofrecían a los intelectuales un destino mucho más elitistas.
¿Pero el nazismo no les inspiraba repugnancia moral? "Desgraciadamente, la moral es una construcción social y política para estos intelectuales. La Primera Guerra Mundial ya los había marcado: aunque la mayoría eran demasiado jóvenes para haber luchado, el duelo por la muerte generalizada de parientes y la sensación de que se libraba un combate defensivo por la supervivencia de Alemania, de la civilización contra la barbarie, prendieron en ellos. La invasión de la URSS en 1941 significó el retorno a una guerra total aún más radicalizada por el determinismo racial. Hasta entonces había sido una guerra de venganza, pero a partir de 1941 se convirtió en una gran guerra racial, y una cruzada. Era la confrontación decisiva frente a un enemigo eterno que tenía dos caras: la del judío bolchevique y la del judío plutócrata de la Bolsa de Londres y Wall Street. Para los intelectuales de las SS, no había diferencia entre la población civil judía que exterminaban al frente de los Einsatzgruppen y las tripulaciones de bombarderos que lanzaban sus bombas sobre Alemania. En su lógica, parar a los bombarderos implicaba matar a los judíos de Ucrania. Y si no sería el final de Alemania. Ese imperativo construyó la legitimidad del genocidio. Era 'o ellos o nosotros".

Así se explican casos como el de Müller. "Antes de matar a la mujer y el niño habló a sus hombres del peligro mortal que afrontaba Alemania. Era un teórico de la germanización que trabajaba para crear una nueva sociedad, así que el asesinato era una de sus responsabilidades para crear la utopía. Curiosamente Había que matar a los judíos para cumplir los sueños nazis".

Ingrao sostiene que los intelectuales de las SS no eran oportunistas, sino personas ideológicamente muy comprometidas, activistas con una cosmovisión en la que se daban la mano el entusiasmo, la angustia y el pánico, y que, paradójicamente, abominaban de la crueldad. "Las SS era un asunto de militantes. Gente muy convencida de lo que decía y hacía, y muy preparada". Pues resulta más preocupante aún. "Por supuesto. Hay que aceptar la idea de que el nazismo era atractivo y que atrajo como moscas a las élites intelectuales del país”.



LA BRIGADA DE CAZADORES SALVAJES DE DIRLEWANGER
Christian Ingrao es el autor también de un apasionante estudio sobre la Brigada Dirlewanger, la unidad de siniestra reputación que creó el comandante de las SS (ascendido luego a general) Oskar Dirlewanger para luchar contra los partisanos y que se nutrió inicialmente de delincuentes convictos de delitos relacionados con la caza. Les chasseurs noirs (Perrin, 2006) es un libro más asequible para un lector generalista que Creer y destruir aunque los dos tienen muchas cosas en común, y desde luego Dirlewanger es un buen ejemplo de la formación ideológica de un mando nazi. La brigada, denostada por muchos mandos del Ejército, participó en numerosas operaciones en el Este contra los partisanos granjeándose una reputación de brutalidad incluso en el marco de las unidades de las SS, que ya es decir. Ingrao apunta que combatía al estilo despiadado de la Guerra de los Treinta Años. Realizó acciones de exterminio de población civil y judíos e intervino en el aplastamiento de la sublevación de Varsovia de manera especialmente vil. Finalmente incorporó ¡presos políticos de izquierdas!, los únicos antifascistas que vistieron uniformes de las SS (la cosa no funcionó). Ingrao resigue la historia de la brigada (que acabó en fantasmagórica división de las Waffen SS) y la de su líder (que iba singularmente por libre en el ejército alemán). “El personaje es abyecto, por supuesto, pero fascinante”, señala. “Todos los testimonios coinciden en señalar que era un hombre carismático y valiente, casi estúpidamente intrépido". De sus 32 años de adulto, el "lansquenete nazi" pasó 19 en guerra. Capturado por los franceses al acabar la guerra, murió en junio de 1945 a causa de las palizas que le propinaron guardianes polacos.

viernes, 14 de julio de 2017

SGM: La feroz resistencia paracaidista en Monte Cassino

La batalla de Monte Cassino - un monumento a la valentía de los soldados alemanes ordinarios


Ivano Massari | War History Online


Fg 42 en Monte Cassino

El 15 de febrero de 1944, 1400 toneladas de explosivos fuertes fueron derribadas por las fuerzas aliadas avanzando sobre Roma, en el monasterio benedictino de Monte Cassino. El bombardeo aéreo marcó el comienzo de uno de los más episodios de la Segunda Guerra Mundial: la defensa de Monte Cassino por una fuerza numéricamente y tecnológicamente inferior contra el poder de fuego y la mano de obra enemiga masiva.


Después del bombardeo aliado.

A medida que el polvo se asentaba en las ruinas de lo que una vez había sido uno de los mayores puntos de referencia culturales y religiosos en el paisaje europeo, los Fallschirmjäger (paracaidistas alemanes) empezaron a moverse en la cubierta perfecta convenientemente creada para ellos por el ataque aéreo. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Fallschirmjäger había sido prominente en muchos compromisos notables con las fuerzas aliadas. Desde el asalto al fuerte Eben-Emael hasta la invasión de Noruega y la batalla de Creta, los paracaidistas alemanes habían jugado un papel importante en las victorias alemanas y habían alcanzado una reputación de valentía y fortaleza que tenían pocos iguales.

Estas campañas se ganaron durante los primeros años de la guerra, cuando Alemania estaba a la altura de su poder. En 1944, durante la agonía del poder del Eje en Europa, los Fallschirmjäger lograron su más notable acción, en Monte Cassino. Mientras que no hay nada admirable sobre el régimen fascista que condujo a la lucha, es innegable que los hombres jóvenes en el terreno lucharon con la valentía extrema en la cara de las probabilidades abrumadoras.


Los paracaidistas alemanes convierten cada ruina de Cassino en una fortaleza. Defendiéndolo con ametralladoras MG-42, morteros e incluso tanques.

Aprovechando las ruinas que lo rodeaban, los paracaidistas alemanes pudieron ocultar la artillería, los emplazamientos de ametralladoras y los morteros que causaron un duro golpe en los asaltos enemigos.

El 15 de febrero, las tropas británicas avanzaron en Monte Cassino y sufrieron un revés decisivo cuando se encontraron con una fuerte resistencia del Fallschirmjäger, con una compañía del 1r Batallón del Royal Sussex Regiment asumiendo más del 50% de bajas. El 16 de febrero, el Royal Sussex Regiment avanzó al asalto con un regimiento entero de hombres. Una vez más los británicos recibieron una resistencia decidida de los Fallschirmjäger y volvieron a sus propias líneas.



Un equipo de mortero alemán, foto presumida tomada en las ruinas de la Abadía

La noche siguiente, el 1ro y 9ro Rifleros Gurkha y los 4tos y 6tos Rifleros de Rajputana intentaron asaltar Monte Cassino pero se retiraron después de sufrir pérdidas espantosas. También el 17 de febrero, el batallón maorí 28 logró avanzar hasta el ferrocarril en Cassino Town, pero fueron desalojados por un contraataque blindado alemán.

El 15 de marzo, un asalto a gran escala a las posiciones alemanas fue señalado por la caída de 750 toneladas de explosivos y un aluvión de artillería masiva que representó la pérdida de 150 paracaidistas alemanes. Soldados de Nueva Zelanda y Rajputana fueron enviados al asalto con la esperanza de que el efecto paralizante del enorme bombardeo les permitiera apoderarse de Monte Cassino mientras los alemanes todavía estaban en estado de shock.

Para la consternación del comando aliado, el Fallschirmjäger luchó con tal determinación que el asalto tuvo que ser cancelado. Un sorprendente asalto blindado contra Cassino cuatro días después también fue repelido por un agresivo contraataque alemán que logró destruir todos los tanques que los Aliados habían cometido al asalto. En esta etapa, los Aliados habían perdido más de 4600 hombres muertos o heridos.


Las tropas alemanas capturadas por los neozelandeses en Cassino alineadas junto a un tanque Sherman.

Otros ataques contra Monte Cassino se retrasaron mientras los aliados reunían tropas para lo que se esperaba sería una ofensiva imparable. El 11 de mayo, más de 1600 piezas de artillería comenzaron un aluvión masivo sobre las posiciones alemanas.

Las tropas marroquíes, polacas y estadounidenses se alzaron por las laderas de Monte Cassino con los paracaidistas sosteniendo sus posiciones y forzándolos a una brutal lucha por cada yarda de terreno disputado. Pronto, sin embargo, quedó claro que el avance aliado amenazaba con cortar las líneas de abastecimiento alemanas, y se ordenó a los Fallschirmjäger que se retiraran a la línea fortificada de Hitler. Cuando el ataque final se produjo el 18 de mayo, sólo 30 soldados alemanes, demasiado heridos para ser removidos, fueron encontrados en las ruinas.

Monte Cassino había caído finalmente en manos de los aliados victoriosos, pero el costo en hombres y en material había sido prodigioso. La batalla por Monte Cassino será recordada en los anales de la historia como un testamento a la valentía y la determinación de los soldados ordinarios de los Fallschirmjäger alemanes.

jueves, 13 de julio de 2017

BNPB: El mito del barco alemán hundido en Colina Doble

Colina Doble: la leyenda del barco alemán hundido
El mito dice que el cementerio militar se originó a partir de la llamativa presencia de dos sepulcros con las inscripciones en el citado idioma.
La Nueva



Colina Doble: la leyenda del barco alemán hundido. Punta Alta. La Nueva. Bahía Blanca
Las tumbas serían del capitán y un oficial del "Patagonia", en el cementerio. Las cruces, de los marineros.
Claudio Falzoni



El mito del naufragio de la nave alemana tiene una íntima relación con el cementerio de Colina Doble.

Quizá por ser de difícil acceso, en una zona militar, y por las particulares características de la uniformidad de las tumbas, el camposanto fue objeto de numerosas leyendas que trataron de explicar su origen y el de algunos enterramientos.

"El mito dice que el cementerio se originó para enterrar a todos los tripulantes fallecidos del barco o el submarino alemán hundido en la Primera Guerra Mundial, frente a las costas rosaleñas", manifestó el profesor Luciano Izarra.

El responsable del Archivo Histórico Municipal expresó a que las cruces blancas serían de los marineros.

"Las dos tumbas que se destacan pertenecerían al capitán y otro oficial".

Consideró que posiblemente el mito se originó a partir de la llamativa presencia de dos sepulcros con las inscripciones en alemán.

"Ambas llaman la atención, dado que son visibles desde el exterior del cementerio, y rompen la uniformidad general del resto de las sepulturas".

Dijo que una lápida ostenta la cruz imperial alemana,

"Se lee ‘Hier ruht Joh Koldewey’: ‘Aquí se encuentra Joh(annes) Koldewey’. Debajo se lee ‘Kapt.d.H.A.L.’, abreviaturas de ‘Kapitän’ (capitán en castellano), de la Hamburg America Line".

"Cerca de esta tumba se encuentra otra, con una lápida de forma similar, en la cual se lee “Hier ruht Dr. Th. Walter aus Karlsruhe”, que traducido al castellano significa `Aquí se encuentra el Dr. TH(eodore). Walter de Karlsruhe´".

"¿Quiénes fueron estos hombres? ¿Cómo llegaron sus restos al cementerio de Colina Doble si no hubo ningún naufragio?".

El profesor Izarra sostuvo que, como sucede con la mayor parte de los mitos urbanos, éste tiene un lejano eco de los diferentes acontecimientos ocurridos en épocas más o menos distantes.

"Durante la I Guerra Mundial (1914-1918). la Argentina declaró su neutralidad y prosiguió con sus relaciones amistosas con todos los beligerantes. A fin de reforzar su neutralismo, en agosto de 1914, el Ministerio de Marina dispuso la prohibición de la navegación por las aguas argentinas de los barcos mercantes extranjeros que estuvieran armados como cruceros auxiliares: aquellos barcos de pasajeros o mercantes a los que se los dota de armamento para cumplir misiones de escolta, control o vigilancia)".

Dijo que Alemania violó reiteradamente esta política.

"Por ello, varios de sus barcos fueron internados en puertos argentinos. Uno de ellos fue el vapor ‘Patagonia’. A mediados de diciembre de 1914, luego de la Batalla de Malvinas, fue interceptado por el crucero ‘Pueyrredón’ y escoltado a Puerto Madryn".

"Se decidió que el `Patagonia´ debía enviarse al Puerto Militar y permanecer allí hasta el fin de las hostilidades".

La verdad detrás de los mitos

El "Patagonia", finalizada la guerra en noviembre de 1918, fue cedido por Alemania a Gran Bretaña como reparación de guerra. "Rebautizado `Valdivia`, terminó encallado en las costas chilenas en 1933. Como se aprecia, no hubo buque alemán hundido ni las cruces blancas corresponden a su tripulación. Pero muchas veces detrás de las leyendas o mitos urbanos se esconde una realidad histórica que el tiempo y el pasaje de boca en boca agiganta o deforma".

En las próximas notas continuaremos descubriendo la verdad detrás de los mitos que rodean al cementerio de Colina Doble. Entre ellos, el de la epidemia (que trata de justificar el origen de la necrópolis a causa de una gran epidemia en la ciudad) y el de la vacuna fallida (cuya aplicación habría matado a las personas enterradas en el camposanto de Colina Doble).

domingo, 9 de julio de 2017

PGM: Los piratas del Kaiser

Cómo una banda de piratas alemanes capturó 15 naves durante la Primera Guerra Mundial



Gabe Christy | War History Online

El día de Navidad, 1916, un barco noruego clipper, el Irma, fue abordado por el crucero británico, Avenger. No había nada particularmente inusual, el capitán hablaba el inglés roto de una vieja sal noruega, el barco entero estaba húmedo de los últimos cuatro días de fuertes lluvias, y la esposa del capitán se sentó en la cabina, con un dolor de muelas. Los oficiales británicos se peinaron a través de cada trozo de papel, encontraron todo en orden, y luego regresaron a su crucero, diciendo a los noruegos que continuaran su viaje.

Pero el Irma no existía. En realidad, era la SMS Seeadler, un crucero auxiliar alemán destinado a cazar barcos británicos. La esposa del capitán era marinera alemana con un vestido y una peluca. Y el capitán era el conde Félix von Luckner, el oficial de la marina alemana, descarado y amante del mar.


El conde Felix von Luckner huyó de casa a las 13, y devolvió un teniente en la Marina Imperial Alemana a los 21 años. En 1916 estaba al mando de SMS Seeadler, un velero de veleros. Él la utilizó para asaltar el comercio británico en todo el Atlántico y en el Pacífico, hasta que finalmente fue varada en 1917. Fuente: wiki / CC-BY-SA-3.0

Von Luckner nació en Dresde en 1881, hijo del Conde Heinrich von Luckner. La familia von Luckner había hecho un nombre para sí mismos, 100 años antes, como oficiales de caballería expertos. El bisabuelo de Felix, Nicolás Von Luckner, había formado su propia unidad de caballería, y luchado notablemente durante las guerras napoleónicas, ganando eventual el título del mariscal de Francia. Con este pedigrí, es comprensible lo confundido Heinrich von Luckner debe haber sido cuando su hijo mal comportado le dijo que quería poner al mar.



El bisabuelo de Felix von Luckner, Nicolas Luckner, que obtuvo el título de Mariscal de Francia.

Felix siempre había sido un estudiante terrible y, a menudo, se metió en peleas durante su escolaridad. Sus padres se molestaron cada vez más con él hasta que a los 13 años salió corriendo de su casa y se dirigió al mar. Su carrera de vela comenzó con el peor viaje de su vida, a bordo de un carguero ruso. A menudo golpeado y forzado a limpiar la pocilga Felix prometió que su vida mejoraría, y él volvería a casa como oficial en la marina de guerra imperial alemana.

Él siguió muchas carreras diferentes mientras que en el extranjero, del encargado del faro al cazador del canguro. El primero fracasó cuando fue descubierto cortejando a la hija del maestro del faro, y este último cuando se dio cuenta de que tenía poca idea de cómo cazar. Finalmente, regresó a Alemania y se ganó el derecho de ser un Oficial Naval, que rápidamente se alzaba por las filas, gracias en parte al favor del propio Kaiser.

En 1916 von Luckner era un Kapitan Leutnant, y fue seleccionado para dirigir una misión especial. El Almirantazgo alemán tenía varios barcos de vela en su poder y quería utilizarlos para romper el bloqueo británico que había estado hambriento de la nación desde 1914. Von Luckner era el único oficial alemán que tenía experiencia real de la navegación, y él con impaciencia accedió a Tomar la posición. El Seeadler, originalmente el Puerto de Balmaha, era muy remodelado, con trampillas, escondites y habitaciones secretas. Todo esto fue diseñado para confundir, atrapar, o escabullirse más allá de cualquier partido de embarque británico o la tripulación del premio. Ella zarpó el 21 de diciembre de 1916.

El Pass of Balmaha, el Windjammer destinado a convertirse en uno de los más famosos incursores del comercio en la historia moderna.

Su equipo fue seleccionado tanto para la habilidad de navegación, como para la fluidez en noruego, y se hizo pasar por la nave Irma, que afirmaba transportar madera a Australia. Como se explicó anteriormente, en su primer intento el ardid inteligente funcionó. La tripulación estaba lista y emocionada para jugar al pirata; Navegaron hacia el sur para buscar buques británicos.

No tuvieron que viajar mucho antes de encontrarse con un buque de vapor sin nombre, que parecía de construcción británica, y carecía de nombre, una señal segura de que era inglesa. El Seeadler le preguntó por el tiempo, y como el barco se retrasó para responder, la tripulación alemana cayó su bandera noruega, e izó a la bandera de batalla alemana. Una sección de la barandilla de la cubierta se abrió, revelando un cañón que disparó un disparo de advertencia a través del arco inglés. Después de tres disparos más, el capitán británico llegó a bordo, completamente desconcertado por lo que acababa de suceder. Había estado navegando con pereza por un puerto neutral, y de repente un viejo velero había cometido un acto de guerra contra su barco. Estas tácticas ganarían a la tripulación del Seeadler el apodo "Piraten des Kaisers" (Los piratas del Kaiser).


El Charles Gounod, uno de los 15 barcos que los Piratas del Kaiser capturaron durante su crucero de 255 días en el Atlántico y el Pacífico.

Durante los meses siguientes, la tripulación del Seeadler causó estragos en el transporte marítimo británico en el Atlántico, capturando y hundiendo 15 naves. Pero había un código de conducta entre este equipo bucanero de marineros piratas: pelear una guerra sin muerte. Al capturar un buque, se asegurarían de que toda la tripulación había descargado antes de hundirla. E incluso hundir una embarcación era una experiencia sombría, estos hombres eran marineros a través de, y sabía que un barco era la casa de un hombre, no sólo un trozo de metal o madera. Cada captura era tan diferente como cada barco en el mar, pero uno se destacó como su verdadera prueba de habilidad.

El 11 de marzo de 1917, el buque británico Horngarth entró en la visión del Seeadler. Tenía más de 3.600 toneladas, rápido y listo para una pelea. En su cubierta delantera se encontraba un cañón de 5 pulgadas, que podía destruir completamente a los alemanes en su antiguo velero. Para empeorar las cosas, tenía un aparato de radio a bordo, el cual podía transmitir una llamada de socorro, y su posición, al resto de la flota británica, explicando fácilmente el final para el Seeadler.


Una pintura de SMS Seeadler a toda vela en el Atlántico. Su despreciable aparición como sólo otro barco de vela le permitió engañar a otros buques en entrar lo suficientemente cerca como para ser abordado y capturado.

Horngarth claramente superó al buque alemán, pero von Luckner no fue disuadido. Él le señaló como de costumbre, pidiendo el tiempo. Ella lo ignoró; Algo no raro entre los vapores británicos. Pero el Seeadler tenía otro truco en la manga. Habían aparejado la casa de la cocina para que apareciera como si estuviera en llamas. Utilizando un pedazo de magnesio y humo, pusieron un fuego falso en el centro de la nave. La tripulación se apresuró a parecer que lo estaban sacando, mientras que el marinero Schmitt, salió jugando el papel de la esposa del capitán Josefina de nuevo.

El barco británico se acercó para prestar ayuda, pero cuando se acercaron a la escena frente a ellos, cambió por completo. En la orden de von Luckner, la bandera de batalla alemana fue llevada por el asta de la bandera, el fuego fue apagado, y los riflemen que se habían ocultado debajo del carril de la nave aparecieron. Josefina se quitó el vestido y la peluca, y el marinero Schmitt reapareció, corriendo hacia su estación. Una vez más, el carril de cubierta se cayó, revelando su cañón. Un disparo rugió de la nave alemana, sacando la antena de radio. Los riflemen guardaron sus armas entrenadas en el cañón británico de 5 pulgadas, listo para disparar a cualquier marinero que se acercó a él.


Uno de los dos cañones ocultos a bordo del Seeadler. Usted puede ver la sección de la barandilla de la cubierta que se desplegaría, permitiendo que el arma completa el movimiento, mientras que lo oculta cuando no está en uso. Este ingenio les permitió aparecer y no amenazante como sea posible, hasta el último momento cuando la tripulación entera golpearía su objetivo.

El equipo británico corrió en total confusión, ellos, como los barcos antes de ellos, estaban desconcertados por el repentino cambio de velero noruego, al crucero alemán en un abrir y cerrar de ojos. Pero el capitán pudo calmar a sus hombres hasta que un ruido aterrador vino del arco de Seeadler. Von Luckner había puesto tres hombres con trompetas en el bauprés, que habían estado esperando la señal para actuar. Entonces rugieron en inglés "torpedos claro!".

Los rostros británicos se pusieron blancos y de repente todo el barco se rindió, sin querer enfrentarse a la posibilidad de un torpedo. Por supuesto, Seeadler no tenía medios para disparar un torpedo, pero el farol funcionó, y capturaron su mayor premio, sin una sola muerte.


El eventual naufragio del Seeadler. La tripulación la destruyó después de tomar todos los materiales y provisiones que pudieron.

Pero la reputación de los piratas del Kaiser había llegado antes de ellos, y fueron perseguidos por los cruceros americanos y británicos. Perseguida por el Cabo de Hornos, se encontró en el Pacífico. Ella encalló en Mopelia, un atolón coralino, y la tripulación estableció una colonia alemana allí. Más tarde Von Luckner trató de escapar, robando una lancha rápida, y más tarde una goleta, pero fue capturado por el barco de Nueva Zelanda Iris. El resto de la tripulación capturó la goleta francesa Lutece y navegó en aguas chilenas.

Allí fueron capturados por las autoridades y recluidos en un campo de internamiento hasta 1919. Von Luckner y su equipo de bucaneros regresaron a Alemania como héroes y sus hazañas han caído en la historia como materia de leyenda y mito. La era de la vela militar terminó con la adopción del vapor en el siglo XIX, pero el Seeadler y el Piraten des Kaisers demostraron que los barcos de vela no caerían sin una pelea.

jueves, 6 de julio de 2017

Arqueología: La causa de muertes de soldados en una batalla en la guerra de los 30 años

Tumba en masa de la batalla de la guerra de treinta años revela heridas mortales de los soldados
Por Megan Gannon, Life Science



El 16 de noviembre de 1632, el ejército imperial protestante sueco y el Imperio Romano Católico Romano se enfrentaron durante la batalla de Lützen en Alemania.
Crédito: J. Lipták, O. Schröder

En noviembre de 1632, los habitantes de Lützen, Alemania, se vieron obligados a enterrar a unos 9.000 soldados que quedaron muertos en un campo de batalla después de una sangrienta pelea durante la Guerra de los Treinta Años.

Los arqueólogos recientemente desecharon parte de ese trabajo.

Hace unos años, los investigadores descubrieron una fosa común en el sitio de la Batalla de Lützen. Al analizar los huesos, ahora han aprendido más sobre las vidas violentas y las muertes de soldados de esta época. [Ver imágenes de la tumba de guerra y lesiones de batalla]

La Guerra de los Treinta Años fue uno de los acontecimientos más sangrientos de la historia europea, más mortal que la Muerte Negra y la Segunda Guerra Mundial, en términos de la proporción de la población perdida. Luchó entre 1618 y 1648, el conflicto comenzó como una lucha entre católicos y protestantes dentro del Sacro Imperio Romano. Los enfrentamientos brutales tocaron gran parte de Europa central, pero la mayoría de las batallas se libraron en lo que hoy es Alemania.

Fuera de la matanza en los campos de batalla, el hambre y los brotes de la enfermedad devastaron poblaciones. Ambas partes en el conflicto dependían en gran medida de los mercenarios extranjeros que buscan riquezas (cuyas lealtades podrían cambiar en base a quién pagaba más), y los ejércitos de ocupación aterrorizaban a los civiles en las ciudades y aldeas.

Un momento decisivo en la guerra llegó cuando Suecia intervinió en 1630, prestando apoyo a las fuerzas protestantes. El rey sueco Gustav II Adolf lideró una serie de batallas victoriosas, hasta que fue asesinado en una pelea contra el general Albrecht von Wallenstein, comandante de las tropas imperiales del Santo Imperio Romano, durante la batalla de Lützen, al suroeste de Leipzig, el 16 de noviembre, 1632.

Heridas de guerra

Los arqueólogos localizaron el sitio de la batalla de Lützen en 2006 después de que una investigación del detector del metal levantara cerca de 3.000 proyectiles, municiones y otros objetos de la lucha. Una trinchera excavada en 2011 reveló entonces una fosa común. Para evitar que el sitio de entierro sea saqueado por los cazadores de tesoros y erosionado por el mal tiempo, los científicos no excavaron los esqueletos en el sitio. En su lugar, levantaron los restos del suelo en un bloque de 55 toneladas de suelo, dividido en dos.

Dirigido por Nicole Nicklisch, de la Oficina Estatal de Gestión del Patrimonio y Arqueología Sajonia-Anhalt, un equipo de bioarqueólogos analizó los 47 esqueletos en este bloque de tierra, buscando las lesiones mortales que los hombres sufrieron durante la batalla.

Según sus resultados, publicados en la revista PLOS ONE el 22 de mayo, la mayoría de los hombres ya estaban en mal estado cuando se dirigieron a su batalla final. Dieciséis habían experimentado lesiones en la cabeza; Un hombre había sufrido incluso cuatro heridas en la cabeza en conflictos anteriores antes de morir. Veintiún tenían otras lesiones óseas cicatrizadas o curativas, como fracturas en los brazos, piernas y costillas.

Al mirar las heridas no cicatrizadas, los investigadores pudieron ver lo que los hombres sufrieron en el campo de batalla. Aunque algunos hombres habían cortado las marcas y cortado heridas en sus huesos, las armas de la lámina parecían desempeñar un papel secundario en las muertes de estos soldados. En cambio, más de la mitad de los hombres habían sido golpeados por disparos. Veinte y uno sufrieron heridas de bala en la cabeza, y 11 de ellos tenían balas todavía alojadas en sus cráneos.

Ataque de caballería

El alto número de heridas de bala era inusual para el tiempo - por lo menos comparado con otras fosas comunes de la Guerra de los Treinta Años encontró sitios alemanes como Wittstock y Alerheim. Las espadas y los cuchillos eran todavía "las armas elegidas para el combate cuerpo a cuerpo", escribieron los investigadores. [Fotos: Los Túmulos de Masas Mantienen Prisioneros de Guerra del Siglo XVII]

Este tiroteo inusual en Lützen podría coincidir con un relato de la batalla. Los registros históricos sugieren que una unidad de élite (en su mayoría compuesta por soldados alemanes contratados) del ejército sueco llamó a la Brigada Azul una derrota mortal en la zona donde se encontró la tumba, después de que fueron atacados por sorpresa por una unidad de caballería del Imperio Católico Ejército, dijeron los investigadores.

Los restos de balas revelan que los soldados habían sido atacados con pistolas, mosquetes y carabinas, armas que los caballeros usaban para distancias cortas. Los registros históricos mencionan que los soldados guardaban balas en la boca para que pudieran recargar rápidamente sus armas durante la batalla, y dos de los esqueletos en la tumba todavía tenían balas de plomo en su cavidad oral.

miércoles, 5 de julio de 2017

SGM: Los diarios del hijo de puta de Himmler

Extractos de enfriamiento de los diarios de Himmler encontrados en Rusia

George Winston | War History Online



El "Reichsführer-SS" Himmler inspecciona voluntarios en Neuhammer, Alemania (hoy en Polonia) 1944.

"Es una de esas cosas que se dice fácilmente. "El pueblo judío está siendo exterminado", todos los miembros del Partido le dirán, "perfectamente claro, es parte de nuestros planes, estamos eliminando a los judíos, exterminándolos, un asunto pequeño".

"En conjunto podemos decir: Hemos llevado a cabo esta tarea más difícil por el amor de nuestro pueblo. Y no hemos sufrido ningún defecto dentro de nosotros, en nuestra alma, o en nuestro carácter. "
Estos dos comentarios horripilantes son del diario de Heinrich Himmler, que recientemente se ha revelado en un archivo militar, en Podolsk, cerca de Moscú, en Rusia. El arquitecto de los campos de la muerte nazi estaba tomando notas después de un discurso a los líderes del grupo de SS, en la Polonia ocupada el 4 de octubre de 1943. Las notas escalofriantes exponen claramente la preocupación nazi con el exterminio de la nación judía, junto con Todos los demás que no cumplieron con su visión de la pureza aria, y horriblemente indican que la jerarquía nazi no sentía remordimiento por lo que estaban haciendo.

Las notas continúan, como si nada de gran importancia hubiera sido dicho, para describir cómo regresó a Berlín en su tren privado. La liberación de estos documentos, tras la revelación de fotografías y otros documentos personales pertenecientes a Himmler y encontrados en Israel, se suma a la sombría imagen de este hombre y su perspectiva psicótica. Estos diarios, capturados por las fuerzas rusas al final de la Segunda Guerra Mundial, han estado olvidados en el archivo durante más de 70 años. Eran el diario personal de Himmler para los años 1938, 1943 y 1944.

Todos los libros hacen lectura estomacal, con el volumen de 1938 que contiene los detalles de un almuerzo "de camaradería" celebrado el 9 de marzo en el Campo de Concentración de Dachau. El 10 de marzo, visitó el campo de concentración de Sachsenhausen cerca de Berlín en compañía de Joseph Goebbels y el 14 de marzo volvió a disfrutar del almuerzo en el campo de concentración de Buchenwald.

El mismo día, escribe en su diario, "Tea y acuerdo para ser padrino de su hijo", después de cenar con Fritz Sauckel, un líder nazi local que sería condenado a colgar por el Tribunal de Nuremberg por organizar el trabajo de esclavos.

Himmler evitó ser juzgado en Nuremberg cuando se suicidó antes de ser juzgado. Había sido capturado por una patrulla británica el 21 de mayo de 1945 después de ser despojado de sus títulos y ser arrancado de la parte nazi por participar en conversaciones secretas con los aliados. Himmler está enterrado en una tumba sin marcar en el brezo de Luneburg.

lunes, 26 de junio de 2017

SGM: Costosa invasión nazi a Yugoslavia (1/2)

La invasión nazi de los Balcanes y Yugoslavia - Una costosa victoria
Parte 1
Colin Fraser


Artillería alemana disparando durante el avance a través de Grecia. 

A principios de 1941, Adolf Hitler podía mirar un mapa de Europa del Este y pensar que sus planes estaban progresando muy bien. La invasión de la Unión Soviética, la Operación Barbarroja, venía en pocos meses, Hungría, Rumania y Bulgaria se habían unido al Pacto Tripartito, y el gobierno de Yugoslavia firmó el mismo el 25 de marzo de 1941.

Tal vez el único problema fue la invasión de los italianos a Grecia desde Albania, que comenzó en octubre de 1940. De hecho, el ejército griego había contraatacado y empujaba a los italianos de nuevo a Albania. Pero ya había planes para que los militares alemanes arrastraran desde Bulgaria y se encargaran de lo que los italianos no podían. Hitler sabía que necesitaba controlar los puertos del Mediterráneo para ganar la Campaña del Norte de África.


Líneas alemanas de ataque a Yugoslavia y Grecia, 6 de abril de 1941.

Pero dos días después de que Yugoslavia firmara el Pacto Tripartito, hubo un golpe de estado por parte de los militares en su mayoría serbios que favorecían la solidaridad con Grecia y lazos más estrechos con el resto de las naciones aliadas. Ahora, Hitler se sintió personalmente mal y comenzó un nuevo plan para una invasión simultánea de Yugoslavia y Grecia, que comenzó el 6 de abril de 1941.


Conocida como la Campaña de los Balcanes, la invasión alemana de estos dos países sucedió con relativa rapidez y con gran éxito. Sin embargo, Hitler llegó a culpar a la necesidad de estas acciones, porque los italianos no podían conquistar a Grecia sola, por el fracaso de la Operación Barbarroja y la pérdida de Rusia.

Tanque yugoslavo Renault NC destruido 

Yugoslavia, aunque dominado gobierno y militar por el pueblo de Serbia también estaba compuesto por el pueblo esloveno y croata. Todas estas personas tienen ahora sus propias naciones, así como las demás naciones pequeñas de la antigua Yugoslavia. Incluso antes de la invasión alemana, los croatas y los eslovenos comenzaron a rebelarse contra el gobierno serbio. Croacia formó su propio gobierno y se alineó con los nazis. Enormes porciones del ejército de Yugoslavia se amotinaron cuando comenzó la invasión.

La invasión comenzó con un bombardeo aéreo masivo de Belgrado en el que decenas de miles de civiles fueron asesinados.

Muy poca resistencia organizada encontró a los alemanes fuera de serbios étnicos que luchaban en Serbia. Así, a pesar de tener 700.000 soldados, aunque muchos estaban mal entrenados y equipados, antes de la invasión, la resistencia yugoslava se derrumbó muy rápidamente y terminó en sólo 12 días.

Panzer IV alemán de la undécima División Panzer avanzando en Yugoslavia desde Bulgaria como parte del Duodécimo Ejército. 

Yugoslavia tenía una estrategia convincente si se enfrentaba a una abrumadora invasión alemana: retirarse de todos los frentes excepto el Sur, avanzando sobre las posiciones italianas en Albania, reunirse con el ejército griego y construir un frente meridional sustancial. Pero debido a la rápida caída del país ya las ganancias inadecuadas contra el ejército italiano, este movimiento falló y Yugoslavia se rindió a Alemania.


Los griegos tuvieron algo mejor debido en gran parte a un reino mucho menos dividido, ya un apoyo sustancial de las fuerzas imperiales británicas, incluso de Australia, Nueva Zelanda, Palestina y Chipre.

War History Online

miércoles, 21 de junio de 2017

Batalla de Nicópolis: Los otomanos se cargan una cruzada europea

Batalla de Nicopolis - la cruzada fallada contra los otomanos

Yulia.Dzhak | War History Online




Batalla de Nicópolis. Fuente: Wikipedia


Veinticinco años después de la matanza en Chernomen en 1371, tuvo lugar una batalla épica. El ejército del sultán otomano Bayezid el rayo derrotó a las fuerzas de los cruzados. Esas fuerzas eran los ejércitos aliados de Hungría, Alemania y Croacia, todos dirigidos por su rey Sigismund de Luxemburgo.

Es el comienzo del otoño de 1396. Cerca de la ciudad de Nicópolis, un conflicto armado de dos creencias determinará el futuro del Segundo Imperio Búlgaro. Después de esta batalla, los otomanos consolidarían su posición en Europa y un año más tarde los búlgaros sufrirían quinientos años de horrenda esclavitud. La coalición anti-otomana costaría la vida de Ivan Strazimir, el último emperador búlgaro.

Para Occidente, la derrota en Nicópolis sería enormemente significativa. Durante casi 50 años el viejo continente no podría hacer una nueva cruzada contra los otomanos. La batalla de Ankara en 1402 y las guerras entre 1419-1437 impedirían los esfuerzos de las mayores fuerzas militares en el sudeste de Europa para luchar entre sí a un resultado permanente.

La amenaza del Oriente

El apetito por una tierra de los turcos otomanos era enorme. Su mirada se centró en el corazón de Europa. El éxito de los otomanos durante las últimas décadas del siglo XIV fue alarmante. Los estados católicos en las fronteras de la Península estaban sinceramente preocupados. Después de la caída de las principales ciudades de Edirne, Sofía y Plovdiv, los otomanos fueron los nuevos gobernantes de las tierras orientales.

La batalla de Chernomen dibujó las tierras de los déspotas macedonios justo al lado del imperio en expansión. Las tierras búlgaras se convirtieron en estados vasallos. La futura conquista de las tierras en Mizia sería devastadora para todo el continente.

La alianza



Retrato del emperador Sigismund. Fuente: Wikipedia

La amenaza proveniente del este exigía medidas drásticas. La calma después de la Guerra de los Cien Años también tuvo un impacto. Francia y Borgoña decidieron ayudar al rey húngaro y ganar cierto prestigio entre los países vecinos. La tregua entre Inglaterra y Francia permitió a Carlos VI destacar su amor por el cristianismo. También envió refuerzos al rey húngaro para ayudar a la cruzada.

El gobernante borgoñón también envió un contingente, dirigido por su propio hijo. Venetia y Génova también tenían interés en detener la conquista otomana. Sus beneficios eran puramente económicos, ya que los otomanos eran una amenaza para sus acuerdos comerciales con los Balcanes. El rey húngaro Sigismund de Luxemburgo (futuro emperador del Sacro Imperio Romano) comenzó a organizar una cruzada contra los infieles. El futuro de todo el continente y de los Balcanes dependía del resultado de la cruzada. En el año 1394, el Papa Bonifacio IX hizo un anuncio oficial y bendición para la Santa Cruzada.

Mitos en los números

Cuando se trata de números, el tamaño del ejército está abierto a debate. Con la condición de los países en ese momento, las pérdidas de guerreros experimentados durante la Guerra de los Cien Años, y todas las demás rivalidades y enfrentamientos, podríamos asumir con seguridad que el ejército no era enorme. Algunas fuentes asumirían alrededor de 40.000-100.000, pero la logística, las provisiones y los gastos que cada país tenía que pagar por mercenarios sugieren un número mucho menor. El ejército cruzado reunido no fue posiblemente mayor de 15 a 17.000. No tan grande como declarado, pero enorme para este tiempo y lugar.

El conteo de los conquistadores otomanos también es discutible. A menudo considerado como una horda incontable, su tamaño es más bien una exageración romántica. Después de todo, para sus historiógrafos contemporáneos, los otomanos eran los malos. Por lo tanto, sólo tenían que ser incalculablemente numerosos. Sin embargo, es cierto que el ejército de los conquistadores fue uno de los más fuertes para su tiempo y un enemigo temido, que aplastó cualquier cosa en su camino. Fueron casi imposibles de detener, pero el hecho de que los Balcanes resistieron su marcha durante tantas décadas es digno de admiración.

A juzgar por todo esto, podríamos calcular de nuevo sus números a más como 20-25,000, por la misma razón - finanzas, logística y enfrentamientos previos. Y tampoco debemos descuidar el hecho de que parte de la fuerza del sultán Bayezid estaba ocupada en Asia Menor. Además, parte de la fuerza era la del rey serbio Stefan Lazarevic, cuñado del sultán.

Inicio de la Cruzada

El movimiento de los ejércitos de las fuerzas cristianas aliadas iba acompañado de toda la vanidad de la Europa medieval. Los primeros meses fue más como un carnaval. Cada señor se sentía obligado a dar una bienvenida generosa a los cruzados que pasaban. Por lo tanto, les tomó meses moverse por los territorios, con todas las cacerías, celebraciones y actividades aristocráticas. Habían pasado tres meses antes de que la fuerza se uniera al ejército de Segismundo en Buda.

Fue en el medio del verano, en julio. El plan de Sigismund era esperar el avance de los otomanos hacia Buda, en lugar de dirigir un ataque. Sin embargo, los líderes occidentales, todos jóvenes comandantes de Caballeros, insistieron en marchar hacia adelante. Con su sangre joven hirviendo tan caliente como el verano, soñaron con el honor y la gloria y declararon que era cobarde esperar al enemigo. Al final, hicieron cumplir su voluntad, y los cruzados continuaron marchando.

Después de cruzar el río Danubio, los cruzados llegaron a la ciudad de Vidin. Allí, la última realeza búlgara restante se unió rápidamente con ellos. Antes de eso, había sido obligado a convertirse en un vasallo para los otomanos, por lo que estaba verdaderamente aliviado de traicionar a los turcos guarnecidos a los cruzados. El 12 de septiembre, los cruzados llegaron a la fortaleza de Nicópolis. La asediaron, pero como carecían de armas de asedio, sus tácticas debían agotar y matar de hambre a los enemigos detrás de las paredes. Una docena de días más tarde recibieron noticias inquietantes. Las fuerzas del sultán Bayezid se estaban cerrando, y una batalla pronto remojaría la tierra con sangre.

Los caballeros franceses, como antes, insistieron en encontrar al enemigo en el campo de batalla. Estaban decididos a ser los primeros en atrapar a los infieles. Podríamos notar una vez más que los caballeros franceses sin experiencia con sus sueños de honor y gloria, no vieron ninguna amenaza real. Estaban cegados por su propia apariencia maravillosa. Para ellos, los otomanos eran presas fáciles. Salvajes, que no tenían ninguna posibilidad contra los brillantes caballeros de armadura. Y también podríamos concluir que este comportamiento y ceguera a la verdad fue una de las principales razones por las que la Cruzada fracasó. La principal desventaja del carnaval pomposo fue que ninguno de los aliados se lo tomó en serio. Se olvidaron del interés común que compartían al detener el Imperio Otomano.

La batalla de Nicopolis


Rojo - Cruzados; Verde - Otomanos. (Wikipedia)

El 25 de septiembre de 1396, las dos fuerzas se enfrentaron. Las líneas de Caballeros constituían el centro, y las caballerías húngara y Vlach se desplegaban en los flancos. Los cruzados estaban listos para enfrentar a su mortal enemigo. Los otomanos también desplegaron sus fuerzas en varias líneas subsiguientes. La primera fila era de jenízaros, seguida de una caballería rumeliana. Los flancos eran de caballos anatolios.

Bayezid sospechaba que los caballeros estarían ansiosos por atacar primero y ordenó a las filas delanteras tomar una postura defensiva y construir una fila de estacas para empalar a la caballería. Como era de esperar, los valientes caballeros lanzaron un ataque y cargaron al centro. Desafortunadamente para ellos, cuando se acercaron y vieron las estacas, tuvieron que abandonar los caballos y continuar a pie. Los jenízaros lograron soportar el ataque de sus atacantes blindados durante el tiempo suficiente, y Bayezid envió a su caballería para rodear a los confundidos caballeros franceses.

Fueron asesinados. Los famosos fueron capturados para pedir rescate, y quien no logró retirarse fue asesinado.


Titus Fay salva al rey Sigismundo de Hungría en la Batalla de Nicópolis. Pintura en el Castillo de Vaja, creación de Ferenc Lohr, 1896. (Wikipedia)

La caballería otomana acusó a los húngaros, que fueron abandonados por sus aliados Vlach. Sigismund se escapó al pueblo más cercano, donde algunas galeras venecianas estaban ancladas. El ejército húngaro se rindió. Los aristócratas fueron cambiados por rescates y los prisioneros fueron vendidos como esclavos. Algunos se ahogaron en el Danubio mientras huían, y algunos murieron en el camino a casa. Sólo unos pocos lograron regresar a Hungría.

El resultado

El rey Sigismund volvió a casa vivo después de viajar por mar durante algún tiempo. El rey Carlos se enteró de la derrota, en algún momento alrededor de Navidad. Los Caballeros franceses perdieron su apetito por las Cruzadas. Los búlgaros perdieron toda esperanza de repeler a los otomanos y hacia finales de 1396 su último reino cayó, y el Imperio búlgaro dejó de existir durante cinco siglos. Hasta mediados del siglo XV, no se intentó detener la expansión otomana. La captura siguiente de Bayezid por Tamerlane en 1402 inhabilitó el imperio otomano para un pedacito, así que dio una ocasión para que los húngaros reorganizan. Pero fueron derrotados nuevamente en Varna.

La victoria en Nicópolis, en realidad, abrió la península y Europa a los otomanos. Desalentaba cualquier deseo de unificación contra el enemigo común. Después de tomar Constantinopla en 1453, el Imperio Otomano se convirtió en la mayor amenaza para Europa Central.

Bibliografía:


  • Andreev, Bulgarian Khans and Kings, 1994
  • Bozhilov and Vasilev, History of Medieval Bulgaria, 1999, Publisher: “Anubis.”
  • Acad. K. Irechek, History of the Bulgarians, Edit: P.Petrov, 1978, Nauka i Izkustvo


lunes, 19 de junio de 2017

SGM: Operación Nordwind - Parte 2

Operación Nordwind 1945: 
La última ofensiva occidental de Hitler

Parte 2
Viene de Parte 1

Después de la pérdida de Estrasburgo el 23 de noviembre, el punto focal de las acciones alemanas a finales de noviembre y principios de diciembre fue la defensa de la bolsa de Colmar, que fue el último punto de apoyo importante alemán en la orilla oeste del Rin, en Alsacia. La campaña de noviembre separó al AOK 1 del AOK 19, que se había internado en la bolsa de Colmar. 
El 24 de noviembre, General Rundstedt y General Balck recomendaron que se retirará AOK 19 sobre el Rin a una nueva línea defensiva en el Bosque Negro, Hitler se enfureció con la idea de que una parte importante de Alsacia se devolviera a los franceses sin oponer resistencia y tristemente dio instrucciones para que las fuerzas atrapadas alrededor de Colmar que lucharan o murieran en la llanura de Alsacia. 

 
El avance de la 2e División de Blindee de Leclerc fue tan repentino e inesperado que cuando los tanques franceses irrumpieron en Estrasburgo el 23 de noviembre, los ciudadanos iban a sus negocios sin ninguna expectativa del drama que se estaba desarrollando. Esta foto fue tomada unos días después de la liberación con la dañada catedral de Notre Dame en el fondo. (NARA) 
 
Un tanque M4A2 de la 5e División Blindee francesa con movimientos de apoyo de infantería en las afueras de Belfort el 20 de noviembre de 1944 durante los esfuerzos para penetrar en la brecha de Belfort en la llanura de Alsacia a lo largo del Rhin. (NARA) 
 
El apoyo de los Panzer del AOK 19 en la Brecha de Belfort fue escaso. Los mal desplegados Panzer Brigada 106 Feldherrnhalle se desempeñó como su cuerpo de bomberos, corriendo de un lugar a otro con la esperanza de evitar una catástrofe. Uno de sus tanques PzKpfw IV que se ve en el fuego después de haber sido alcanzado por fuego de bazuca durante una escaramuza con la 4e división de Montaña Marroquí francesa en los bosques de Hardt cerca de Pont-du-Bouc, al norte de Mulhouse, en la lucha por la brecha de Belfort, en los primeros días de diciembre de 1944. (NARA) 

Hitler colocó la defensa de este sector en SS-Reichsführer Heinrich Himmler, y bajo un nuevo Comando de Oberrhein (Alto Rin) como un reproche a el derrotismo del ejército. 
Con la alta barrera de los Vosgos penetrada, Devers comenzó los preparativos para cruzar el Rin, a pesar de que todavía no había recibido permiso formal de Eisenhower para hacerlo. El avance espectacular del Grupo 6 º Ejército en noviembre de 1944 planteó la cuestión del papel que podría desempeñar en las próximas operaciones en Alemania. Eisenhower había aceptado en general el punto de vista británico que el énfasis debe estar en el ala norte, y en especial la misión 21a Montgomery grupo del ejército para apoderarse de la región industrial del Ruhr de vital importancia en Alemania, con el Grupo 12 del Ejército Bradley proporcionó una función de apoyo en contra de la Cuenca industrial del Sarre. Bajo este esquema, el sexto Grupo de Devers "El Ejército no tiene un papel importante, además de una parte imprecisa de la estrategia de un "frente amplio" de Eisenhower. Parte del problema era los detalles geográficos de Alsacia y el terreno correspondiente en la parte alemana del Rhin. Más allá de la llanura del Rin, Alsacia es el Bosque Negro de Alemania, una extensión montañosa y boscosa que no parece ser especialmente adecuada para las operaciones ofensivas móviles. El sexto grupo del ejército, con su larga experiencia en operaciones de montaña, no se dejó intimidar por tales perspectivas, que acaba de superar el obstáculo de montaña más importante en el ETO en una impresionante campaña de dos semanas. Sin embargo, Eisenhower estaba inmerso todavía en la desastrosa campaña de bosques Hürtgen en el primer sector del Ejército de los EE.UU., una sangrienta batalla de desgaste, con pocos signos de progreso. Como resultado de ello, la idea de que se repita el potencial de esta campaña en el Bosque Negro dio una larga pausa de Eisenhower. 

Además de la cuestión de la idoneidad del Bosque Negro como un quirófano en el comienzo del invierno de 1944, Eisenhower fue también provisionalmente el compromiso de apoyar una operación proyectada por el Tercer Ejército de Patton en el Sarre, dirigida hacia Frankfurt. Campanilla operación, programada para comenzar el 19 de diciembre, no sería posible a menos que las defensas alemanas en el Palatinado en la orilla oeste del Rin se soltaron. Como resultado de estas consideraciones, vetó el plan de Eisenhower de atacar Devers a través del Rin a finales de noviembre o principios de diciembre. En cambio, el sexto grupo del ejército se le dio un papel de apoyo. El ala norte del Séptimo Ejército de Patch EE.UU. fue asignado para empujar hacia el norte en los Vosgos baja para ayudar a Tercer Ejército de Patton en su asalto al Rhin. En el sur, los franceses Lere Armée fue dirigida a eliminar la bolsa de Colmar. 

Nuevas directivas de Eisenhower llevaron a una serie de ofensivas brutales de montaña a principios de diciembre. El ataque desde el Norte por el XV Cuerpo de los EE.UU. hacia el Sarre se enfrentó a una fuerte concentración de las defensas de la Línea Maginot alrededor de la ciudad antigua fortaleza de Bitche, mientras que el VI Cuerpo hacia el este ante el bosque Hagenau seguido por el Westwall (Línea Sigfrido). La penetración de la selva Hagenau fue un éxito suficiente como para que el VI Cuerpo compromete su fuerza de la explotación mecanizada, la División Blindada 14. Por el contrario, XV Cuerpo tenía un tiempo duro en los accesos a Bitche y no habían capturado la ciudad en la tercera semana de diciembre, cuando las operaciones fueron suspendidas por la ofensiva de las Ardenas. Más lejos al sur, la bolsa de Colmar fue asaltado por tres lados, pero la Wehrmacht mantuvo un control firme hasta el final de diciembre. 

El evento más influyente en la lucha contra Alsacia ocurrió más al norte, en las Ardenas belgas, donde Grupo de Ejércitos B lanzó su ofensiva por sorpresa el 16 de diciembre. La ferocidad de este ataque sorprendió a Eisenhower y Bradley, y dio lugar a una lucha para montar un contraataque. El Tercer Ejército de Patton, que ya a punto de poner en marcha la Operación Campanita hacia Frankfurt, en lugar envió a dos de sus cuerpos hacia el norte, para ayudar a aliviar Bastogne. Esto tuvo implicaciones inmediatas para el vecino del Séptimo Ejército de los EE.UU., que se esperaba ahora para cubriera los 27 millas (43km) del vacío creado por el cambio de Patton, sin refuerzos adicionales. Como resultado, el Séptimo Ejército de los EE.UU. tuvo que cubrir 126 millas (203 kms) de la parte delantera con seis divisiones de infantería, demasiado delgadas una línea defensiva de los Estados Unidos las normas habituales del Ejército. A modo de comparación, el sector VIII del Cuerpo en las Ardenas, que los alemanes habían encontrado tan atractivo para su ofensiva con cuatro divisiones de infantería sobre un frente de 60 millas (96km) de largo, una concentración de un denso tercero que frente al Séptimo Ejército en Alsacia. Al 19 de diciembre, todas las operaciones ofensivas aliadas en Alsacia se paralizó y comenzó una nueva orientación a la defensiva. 

Después de haber sido objeto de implacables contratado por el Grupo de Ejército 6º durante cinco meses de lucha continua, Grupo de Ejércitos G fue en busca de venganza. Los altos mandos alemanes en Alsacia había sido mantenido en la oscuridad acerca de la ofensiva de las Ardenas. Cuando las noticias de los éxitos iniciales alemanes llegaron, hubo cierto optimismo de que la marea podría dar vuelta en Alsacia con un audaz ataque. Estos planes finalmente cristalizaron en la Operación Nordwind a finales de diciembre de 1944.

 
El 1ere Armée intentó romper la Brecha de Belfort, en noviembre y diciembre tanto en la llanura de Alsacia, así como a través de los Vosgos de alta como se ve aquí. Se trata de una patrulla de la División de 3e d'lnfanterie Algerienne, una división argelina que había visto anteriormente en combate en Italia. (NARA) 
 
En 23 de noviembre de 1944, la Panzer-Lehr-Division entró en escena con un contraataque de Sarre-Unión en contra del Séptimo Ejército, llegando a dos regimientos de la 44ª División. Este Panther Ausf G fue eliminado durante los combates contra el 114a de Infantería cerca Schalbach el 25 de noviembre, con un golpe de bazooka evidente en el lado del casco inmediatamente debajo de la torreta. La División Panzer-Lehr se vio obligado a abandonar el ataque al Comando de Combate B, cuarta División Blindada lanzó un ataque por el flanco de la Fénétrange. (NARA) 
 
Durante diciembre, la principal tarea del Séptimo Ejército fue penetrando en los Vosgos baja y el acceso a la llanura de Alsacia. Esta es la entrada a la brecha de Saverne mirando hacia el oeste, una de las principales vías de acceso de las montañas hacia el Rhin. (NARA) 
 
A mediados de diciembre, el Séptimo Ejército fue a chocar con la traza de la Línea Maginot alrededor de Bitche. En este caso, GIs del 71ª de Infantería, de la 44ª División inspeccionando el Ouvrage du Simsershof en las afueras de Bitche después de la guarnición de la 25. Panzergrenadier-Division se había retirado finalmente en la noche de diciembre 18/19 después de días de intenso bombardeo de artillería. (NARA) 
 
Devers y Patch planearon asaltar el Rin cerca de Rastatt a principios de diciembre para rodar detrás de la Westwall. A pesar de que las unidades de la la Séptima del Ejército comenzaron a entrenarse para el cruce de ríos a fines de noviembre, Eisenhower vetó el plan. El Séptimo Ejército tuvo la oportunidad de los próximos tres meses más tarde y esta fotografía muestra un ejercicio de entrenamiento de la 157a de Infantería de la 45 ª División moviendo un cañón antitanque de 57mm en un camión anfibio DUKW el 11 de marzo de 1945. (NARA)

domingo, 18 de junio de 2017

SGM: El intento de asesinato de Hitler

El intento de asesinato de Hitler

William L. Shirer

Un coronel del ejército alemán penetra en el cuartel general de Hitler; coloca una bomba a menos de dos metros del Führer y se retira. Una explosión, llamas, gritos. En este fragmento extraído y traducido de su libro, «The rise and fall of the Third Reich», publicado en 1960, el periodista norteamericano William L. Shirer, analiza las fases del atentado del 20 de Julio de 1944, explicando las razones de su fracaso.


Coronel Klaus von Stauffenberg


El coronel Klaus von Stauffenberg era hombre de una amplitud de espíritu rara en un militar de carrera. Había nacido en 1907 y descendía de una vieja familia aristocrática del sur de Alemania, profundamente católica y muy cultivada. Dotado de una magnífica salud física, von Stauffenberg se forjó un pensamiento brillante, curioso y admirablemente equilibrado. Durante cierto tiempo había acariciado la idea de dedicarse a la música, luego a la arquitectura, pero, a los diecinueve años, entró como cadete en el ejército y, en 1936, fue admitido en la Escuela de Guerra de Berlín. Monárquico de corazón, como la mayoría de los hombres de su clase, no se opuso, por entonces, al régimen nacionalsocialista. Fueron, al parecer, los «pogroms» de 1938 los que sembraron en su espíritu las primeras dudas, que aumentaron cuando vio al Führer, en el verano de 1939, empujar a Alemania a una guerra que podía ser larga y terriblemente costosa en vidas humanas. No obstante, cuando llegó la guerra, se lanzó a ella con su energía característica. Pero en Rusia perdió von Stauffenberg sus últimas ilusiones sobre el Tercer Reich. El inútil desastre de Stalingrado le hizo caer enfermo. Inmediatamente después, en Febrero de 1943, solicitó ser enviado al frente de Túnez. Pero el 7 de Abril, su automóvil voló en un campo de minas y von Stauffenberg resultó gravemente herido. Perdió el ojo izquierdo, la mano derecha y dos dedos de la mano izquierda. Durante su larga convalecencia tuvo tiempo para reflexionar y llegar a la conclusión, a pesar de su estado, que tenía una misión que cumplir en bien de la patria. «Creo que debo hacer algo para salvar a Alemania» –dijo a su mujer, la condesa Nina, que había ido a verle al hospital- «Nosotros, oficiales del Alto Estado Mayor, tenemos todos que asumir nuestra parte de responsabilidad».


von Stauffenberg y su esposa Nina

A fines de Septiembre de 1943, estaba de vuelta en Berlín, en la comandancia general del ejército. Empezó a ejercitarse, valiéndose de pinzas, en la tarea de activar una bomba con los tres dedos de la mano que le quedaban. Hizo mucho más aún. Su personalidad dinámica, la claridad de su inteligencia y su notable talento de organizador, infundieron en los conspiradores una mayor resolución. Los conspiradores, sin embargo, no tenían en sus filas a ningún mariscal en actividad. Se hizo una propuesta al mariscal von Rundstedt, que mandaba las tropas del sector occidental, pero rehusó faltar a su juramento de fidelidad al Führer. El mariscal von Manstein dio una respuesta idéntica. Tal era la situación a comienzos de 1944, cuando un mariscal, muy activo y muy popular, prestó oídos a los conspiradores, sin que von Stauffenberg lo supiera al principio. Era Rommel, y su participación en el complot contra Hitler sorprendió mucho a los jefes de la conspiración. Pero, en Francia, Rommel se había dedicado a frecuentar a dos de sus viejos amigos, el general von Falkenhausen, gobernador militar de Bélgica y del Norte de Francia, y el general Karl Heinrich von Stülpnagel, gobernador militar de Francia. Estos dos generales formaban parte ya de la conspiración antihitleriana y, poco a poco, lo pusieron al corriente de sus actividades en este terreno.


General von Falkenhausen

General Karl Heinrich von Stülpnagel

Después de algunas vacilaciones, Rommel aceptó: «Creo –les dijo- que es mi deber acudir en socorro de Alemania». Y ahora que se acercaba el verano decisivo de 1944, los conspiradores comprendían la necesidad de actuar con urgencia. El ejército ruso estaba casi en las fronteras de Alemania. Los Aliados se disponían a lanzar una operación de gran envergadura en las costas francesas del Canal. En Italia, la resistencia alemana se derrumbaba. Si querían obtener una paz inmediata, que ahorrase a Alemania un aplastamiento y una ruina totales, tenían que desembarazarse lo más pronto posible de Hitler y del régimen nazi. En Berlín, von Stauffenberg y sus conjurados tenían, al fin, sus planes a punto. Los habían reunido bajo el nombre convencional de «Operación Valkiria», término apropiado, ya que las valkirias eran, según la mitología escandinava, cada una de las divinidades con forma de mujer, que se precipitaban sobre los campos de batalla, para designar a los héroes que debían morir en los combates. En el caso presente, era Adolf Hitler quien debía desaparecer. Resulta irónico que el almirante Canaris, antes de su caída, hubiera dado al Führer la idea de un plan Valkiria, destinado a garantizar, por el ejército del interior, la seguridad de Berlín y de las demás grandes ciudades, en caso de una insurrección de los millones de trabajadores extranjeros que vivían maltratados en estos centros. Semejante insurrección era muy improbable –en realidad era imposible-, pues los trabajadores no estaban armados ni organizados, pero el Führer, muy suspicaz en aquella época, veía acechar el peligro por todas partes y, como casi todos los soldados útiles estaban ausentes del país (ya en el frente o ya de guarnición), aceptó fácilmente la idea de que el ejército del interior garantizase la seguridad del Reich contra las “hordas” de los trabajadores forzados. De este modo, el plan Valkiria de Canaris llegó a ser una perfecta tapadera para los conspiradores militares, permitiéndoles elaborar casi a la luz del día unos planes para que el ejército del interior cercara la capital y algunas ciudades como Viena, Munich y Colonia, en el momento mismo en que Hitler fuese asesinado.
En Berlín, la principal dificultad residía en el hecho de que disponían de muy pocas tropas y las formaciones S.S. eran mucho más numerosas. Había también un número considerable de unidades de la Luftwaffe, en el interior mismo de la ciudad y en sus alrededores, que servían las defensas antiaéreas. Estas tropas, a menos que el ejército obrara rápidamente, seguirían fieles a Goering y lucharían por salvar el régimen nazi y colocarlo bajo la autoridad de su jefe, aun cuando Hitler hubiera muerto. Frente a las fuerzas de las S.S. y de las tropas de aviación, von Stauffenberg sólo contaba con la rapidez de las operaciones para asegurar el control de la capital. Las dos primeras horas serían las más críticas. En este breve tiempo, las tropas sublevadas deberían ocupar y defender la central de radio y las dos emisoras de la ciudad, las centrales telegráficas y telefónicas, la cancillería del Reich, los ministerios y los cuarteles generales de la Gestapo. Goebbels, el único alto dignatario nazi que salía raras veces de Berlín, debería ser detenido con los oficiales S.S. En cuanto Hitler hubiera muerto, su cuartel general de Rastenburg se aislaría de Alemania, para que ni Goering, ni Himmler, ni ninguno de los generales nazis, como Keitel y Jodl, pudieran tomar el mando y tratar de incorporar a las tropas y a la policía a un régimen nazi del que tan sólo el jefe habría cambiado. El general Fellgiebel, jefe de transmisiones, cuyas oficinas se hallaban en el cuartel general, se encargó de esta misión. Los planes, pues, estaban listos. A finales de Junio, los conspiradores tuvieron una baza a su favor. Klaus von Stauffenberg fue ascendido a coronel y nombrado jefe de estado mayor del general Fromm, general en jefe del ejército del interior. Este puesto no sólo le ponía en posición de dar órdenes a aquel ejército en nombre de Fromm, sino que le permitía acercarse a Hitler.


General Fellgiebel

Este último, en efecto, había adquirido la costumbre de convocar al jefe del ejército del interior, o a su ayudante, a su cuartel general, dos o tres veces por semana, para pedirle nuevos refuerzos para las divisiones diezmadas que luchaban en el frente ruso. En una de estas entrevistas pensaba von Stauffenberg hacer explotar su bomba.
En la tarde del 19 de Julio, Hitler convocó a von Stauffenberg en Rastenburg. Debía hacer su informe para la primera conferencia cotidiana, que tendría lugar en el cuartel general del Führer, al día siguiente, 20 de Julio, a la una de la tarde. Los oficiales que ocupaban los puestos más importantes en la guarnición de Berlín y sus alrededores recibieron aviso de que el 20 de Julio sería «Der Tag», el gran día. Poco después de las 6,00 hs. de la cálida y soleada mañana del 20 de Julio de 1944, el coronel von Stauffenberg, acompañado de su ayudante el teniente von Haeften, se dirigió hacia Rangsdorf, el aeropuerto de Berlín. En su cartera atestada, entre sus documentos, y envuelta en una camisa, llevaba una bomba con detonador retardado. El aparato despegó y, poco después de las 10,00 hs., aterrizaba en Rastenburg. El teniente von Haeften dio al piloto la orden de que estuviera listo para emprender el vuelo de regreso, en cualquier momento después del mediodía. Un coche del estado mayor condujo al grupo al cuartel general de «Wolfsschanze» (cubil del lobo), situado en un rincón sombrío, húmedo y muy boscoso de Prusia Oriental. No era fácil ni la entrada ni la salida, observó von Stauffenberg. El cuartel general se componía de tres recintos, protegidos cada uno de ellos por campos de minas, reductos de hormigón y una alambrada electrificada; día y noche hacían la ronda patrullas de S.S. Para penetrar en el recinto interior, donde vivía y trabajaba Hitler, hasta el general de mayor graduación tenía que presentar un salvoconducto especial, valedero para una sola visita, y sufrir una inspección individual. No obstante, ellos franquearon fácilmente los tres controles. Una vez en su interior, von Stauffenberg se dirigió en seguida a ver al general Fellgiebel, jefe de transmisiones en el O.K.W., uno de los ejes principales del complot, con el propósito de asegurarse de que el general estaba dispuesto a transmitir sin demora las noticias del atentado a los conspiradores de Berlín, para que entraran inmediatamente en acción. En tal momento, Fellgiebel aislaría al cuartel general del Führer, cortando todas las comunicaciones telefónicas, telegráficas y radiofónicas. Luego von Stauffenberg se encaminó a las oficinas de Keitel, colgó su gorra y su cinturón en la antesala, y entró en el despacho del jefe del O.K.W. Supo por él que tendría que actuar más rápidamente de lo proyectado. Ya era algo más del mediodía cuando Keitel le informó de la llegada de Mussolini en el tren de las 2,30 hs. de la tarde, por lo cual se había adelantado la conferencia cotidiana del Führer, que se celebraría a las 12,30 hs. en vez de a la 1,00 hs. A continuación, von Stauffenberg resumió a Keitel lo que se proponía decir a Hitler y, hacia el final, notó que el jefe del O.K.W. miraba su reloj con impaciencia. Unos minutos antes de las 12,30 hs., Keitel se levantó diciendo que debían dirigirse inmediatamente a la conferencia si no querían llegar con retraso. Salieron de su despacho, pero von Stauffenberg dijo que había olvidado su gorra y su cinturón en la antesala, y dio rápidamente media vuelta antes de que Keitel tuviese tiempo de enviar a su ayudante por ellos. En la antesala, von Stauffenberg abrió con celeridad su cartera, tomó una pinza con los tres dedos que le quedaban y rompió la cápsula del detonador de tiempo. Si no se producía una falla en el mecanismo, diez minutos después exactamente la bomba estallaría. Keitel, se irritó por este retraso y se volvió para gritar a von Stauffenberg que se apresurara. No obstante, como Keitel temía, llegaron con demora. La conferencia había empezado. En el momento en que Keitel y von Stauffenberg entraban en el barracón, el segundo se detuvo un instante en el vestíbulo de entrada para decir, al sargento jefe encargado de la central telefónica, que esperaba una llamada urgente de su despacho de Berlín, de donde tenían que transmitirle una información absolutamente necesaria para su exposición (esto lo dijo por Keitel, que estaba escuchando). Por lo tanto, había que avisarle en cuanto le llamaran. Los dos hombres entraron en la sala. Habían pasado ya cuatro minutos desde que von Stauffenberg rompió la cápsula. Quedaban seis minutos. La habitación era relativamente pequeña, de unos 9 metros de largo por 4,50 metros de ancho, y tenía diez ventanas, abiertas todas de par en par para dejar entrar un poco de aire. Todas aquellas ventanas abiertas iban a reducir, sin duda, el efecto de la explosión. En medio de ese cuarto había una mesa ovalada, de roble macizo, de unos 5 metros de largo. Esta mesa tenía la particularidad de que no descansaba sobre patas, sino sobre dos peanas (bases o soportes) grandes y pesadas, colocadas en sus extremos y casi tan anchas como ella. Este detalle iba a influir notablemente en el desarrollo de los sucesos. Cuando von Stauffenberg penetró en la estancia, Hitler estaba sentado en el centro del lado más largo de la mesa, de espaldas a la puerta. A su derecha estaban el general Heusinger, jefe de operaciones y jefe del estado mayor adjunto del ejército; el general Korten, jefe de estado mayor del Aire; y el coronel Heinz Brandt, jefe de estado mayor de Heusinger. Keitel tomó asiento a la izquierda del Führer; a su lado se hallaba el general Jodl. Había alrededor de la mesa dieciocho oficiales más, de los tres ejércitos y de las S.S. El coronel von Stauffenberg se sentó entre Korten y Brandt, a la derecha del Führer. Puso su cartera en el suelo y la empujó bajo la mesa para apoyarla contra la pared «interior» del pesado soporte de roble. Se hallaba de este modo, a unos dos metros de las piernas del Führer. Eran las 12,37 hs. Quedaban aún cinco minutos. Heusinger continuó hablando, refiriéndose constantemente al mapa desplegado sobre la mesa. Cuando von Stauffenberg salió de la habitación, parece que nadie se dio cuenta, con excepción quizá del coronel Brandt. Este oficial, absorto en lo que decía Heusinger, se inclinó sobre la mesa para ver mejor el mapa, y descubrió que la abultada cartera de von Stauffenberg le estorbaba, probó de empujarla con el pie y, finalmente, la tomó por el asa, la levantó y la apoyó sobre el lado «exterior» del soporte de la mesa, que ahora se interponía entre la bomba y Hitler. Esta circunstancia insignificante, salvó probablemente la vida del Führer y costó la suya a Brandt. «Los rusos –concluía Heusinger- se dirigen con fuerzas importantes desde el oeste del Dvina hacia el norte. Si nuestro grupo de ejércitos que opera alrededor del lago Peipus no se repliega inmediatamente, una catástrofe…». No pudo acabar la frase: en ese momento exacto, 12,42 hs., la bomba hizo explosión; von Stauffenberg estaba a 200 metros de allí, en compañía del general Fellgiebel, ante la mesa de trabajo de este último en el bunker 88. Mientras pasaban lentamente los segundos, su mirada iba ávidamente de su reloj al barracón de la conferencia. De repente, saltó de su asiento, una llamarada y una humareda se elevaron rugiendo –contó después- como si el sitio hubiera sido alcanzado de lleno por un proyectil de 155. Salían cuerpos proyectados por las ventanas y volaban escombros por el aire. En la imaginación sobreexcitada de von Stauffenberg, todos los que se hallaban en la sala de conferencias debían estar muertos o moribundos. Lanzó un rápido adiós a Fellgiebel, que debía telefonear a los conspiradores de Berlín para anunciarles que el atentado había salido bien, y luego cortar todas las comunicaciones hasta que los conspiradores se apoderaran de Berlín, proclamando el nuevo gobierno. Pero von Stauffenberg tenía ahora por objetivo inmediato salir del cuartel general con vida y lo más pronto posible. En los puntos de control, los centinelas habían visto y oído la explosión y habían cerrado inmediatamente todas las salidas. En la primera barrera, situada a unos metros del bunker de Fellgiebel, detuvieron el coche de von Stauffenberg. Este se bajó y solicitó hablar con el oficial de servicio del cuerpo de guardia. En su presencia, telefoneó a alguien –se ignora a quien-, habló brevemente, colgó y volviéndose hacia el oficial le dijo: «Teniente, estoy autorizado para salir». Era un «bluff», pero dio resultado y, según parece, después de haber anotado cuidadosamente en su registro: «12,44 hs. El coronel von Stauffenberg ha franqueado el control», el teniente ordenó a los controles siguientes que le dejaran pasar. A toda velocidad, el automóvil se dirigió al aeródromo, cuyo comandante aún no había recibido la alarma. El piloto tenía en marcha el motor cuando los dos hombres llegaron al campo. Un minuto después, el avión despegaba. Era un poco más de la 1,00 h. de la tarde. Las tres horas siguientes debieron parecer a von Stauffenberg las más largas de su vida. En aquel avión no podía hacer nada, sino tener la esperanza de que Fellgiebel hubiera transmitido a Berlín la importantísima señal, y que sus camaradas de conspiración se hubieran apoderado de la ciudad y enviado los mensajes, previamente redactados, a los comandantes militares en funciones en Alemania y en el oeste. Su avión aterrizó en Rangsdorf a las 3,45 hs. y von Stauffenberg, lleno de confianza, se precipitó hacia el teléfono más próximo para llamar al general Olbricht y saber exactamente lo que había sucedido en el curso de aquellas tres horas de las que todo dependía. Con gran consternación supo que no se había hecho nada. Inmediatamente después de la explosión recibieron una llamada telefónica de Fellgiebel, pero la comunicación era tan mala que los conspiradores no habían entendido si Hitler había muerto o no había muerto. En consecuencia, no se hizo nada.
Pero Hitler no había muerto como pensaba von Stauffenberg. Lo había salvado, sin sospecharlo, el coronel Brandt, al desplazar la cartera al otro lado del pesado soporte de la mesa. Sus heridas no eran graves, aunque se hallaba fuertemente conmocionado. Como un testigo diría más tarde, apenas se le reconocía cuando salió del edificio destrozado y en llamas, del brazo de Keitel, con el rostro ennegrecido, el pelo echando humo y el pantalón hecho jirones. Keitel, milagrosamente salió ileso. Pero la mayor parte de los que se hallaban sentados en el extremo de la mesa, cerca de lugar donde estalló la bomba, estaban gravemente heridos; sólo murió Brandt. En la confusión y alboroto reinantes, nadie se acordó, al principio, de que von Stauffenberg se había escabullido de la sala de conferencias poco antes de la explosión. Se creyó, en los primeros momentos, que se encontraba en el barracón y que debía figurar entre los heridos graves que habían sido trasladados rápidamente al hospital. Hitler, que no sospechaba de él todavía, ordenó que se pidiera información sobre los heridos. Unas dos horas después de la explosión comenzaron a conocerse indicios sospechosos. El sargento primero encargado del teléfono, se presentó para declarar que «el coronel tuerto», que le había dicho que esperaba una llamada de Berlín, había salido de la sala de conferencias y, sin aguardar esta comunicación, abandonó el barracón a toda prisa. Algunos oficiales asistentes a la conferencia se acordaron de que von Stauffenberg había dejado su cartera de mano bajo la mesa. En los puestos de control, los centinelas manifestaron que von Stauffenberg y su ayudante habían salido del campo inmediatamente después de la explosión. Hitler comenzó a sospechar. Una llamada telefónica al aeródromo de Rastenburg aportó un informe interesante: el coronel von Stauffenberg había tomado el avión precipitadamente después de la 1,00 h. de la tarde, indicando como destino el aeródromo de Rangsdorf. Hasta ese momento, nadie había sospechado en el cuartel general, que en Berlín se estaban desarrollando graves acontecimientos. Todos creían que von Stauffenberg había actuado solo. No sería difícil capturarlo, a menos que, como algunos sospechaban, hubiera aterrizado detrás del frente ruso. Hitler, que mostró mucha serenidad todo ese tiempo, tenía otra preocupación inmediata, la de recibir a Mussolini, cuya llegada estaba prevista para las 4,00 hs. de la tarde, por haberse retrasado su tren. Escena rara y grotesca la de ese último encuentro entre los dos dictadores, aquella tarde del 20 de Julio de 1944, contemplando las ruinas de la sala de conferencias, y tratando de persuadirse de que, el Eje que habían formado y que había dominado el continente, no estaba también en ruinas. Aquel Duce, anteriormente tan altivo, aquel hombre a quien gustaba pavonearse, ya era un simple «Gauleiter» (representante del partido nazi) en Lombardía, evadido de su prisión con la ayuda de comandos alemanes, y apoyado únicamente por Hitler y las S.S. Sin embargo, la amistad y la estimación que el Führer sentía por él, nunca se desmintieron, y le recibió con todo el entusiasmo que su estado físico le permitía. Hacia las 5,00 hs. de la tarde empezaron a llegar los primeros informes de Berlín, indicando que había estallado una sublevación militar, la cual posiblemente se extendía al frente del Oeste. Hitler tomó el teléfono y ordenó a las S.S. de Berlín que exterminaran hasta el menor sospechoso. Esta rebelión de Berlín, tan larga y meticulosamente preparada, se había iniciado con mucha lentitud. Entre la 1,15 hs. y las 3,45 hs. no se había hecho nada. Y cuando el general Thiele fue a avisar a los conspiradores que las emisoras de radio iban a lanzar la noticia que Hitler había escapado con vida a un atentado, no se les ocurrió aún que lo primero que había que hacer –y con toda urgencia- era apoderarse de la emisora nacional, impedir a los nazis servirse de ella, y difundir sus proclamas anunciando la formación de un nuevo gobierno. En lugar de ocuparse de ello inmediatamente, von Stauffenberg llamó al cuartel general de von Stülpnagel para que los conspiradores entrasen en acción en París, luego trató de convencer a su superior, el general Fromm (a quien Keitel acababa de comunicar que Hitler estaba vivo), cuya obstinada negativa a unirse a los rebeldes amenazaba seriamente con comprometer el éxito de la operación. Tras una violenta discusión, Fromm fue arrestado en el despacho de su ayudante. Los rebeldes tomaron la precaución de cortar los cables telefónicos de ese cuarto. Poco después de las 4,00 hs. de la tarde, después del regreso de von Stauffenberg, el general von Hase, que mandaba la plaza de Berlín, telefoneó al comandante del batallón escogido de la guardia Grossdeutschland, en Doeberitz, para ordenarle que tuviese preparada su unidad y que se presentara inmediatamente en la Kommandantur de la avenida Unter den Linden. El comandante del batallón, recientemente nombrado, se llamaba Otto Remer e iba a jugar un papel primordial en aquella jornada, aunque no el que esperaban los conjurados. Estos lo habían sondeado, puesto que iban a confiar a su batallón una misión muy importante, pero se contentaron con saber que era un militar sin opiniones políticas y que ejecutaría sin discutir las órdenes que le dieran sus superiores. Remer alertó a su batallón, de acuerdo con las instrucciones recibidas, y se dirigió apresuradamente a Berlín para recibir las órdenes particulares de von Hase. El general le anunció el asesinato de Hitler, la inminencia de un «putsch» S.S., y le dio instrucciones para que aislara totalmente los ministerios de la Wilhelmstrasse y la Oficina central de seguridad S.S. situada en el mismo sector, en el barrio de la estación de Anhalt. A las 5,30 hs., Remer, actuando con gran celeridad, ya había cumplido su misión y se presentó en la Kommandantur para recibir nuevas instrucciones. Pero en el Ministerio de Propaganda, Goebbels acababa de recibir una llamada telefónica de Hitler, informándole del atentado de que había sido víctima, y ordenándole que difundiera, lo antes posible, un comunicado anunciando que dicho atentado había fracasado. En ese mismo momento, advirtió que las tropas se apostaban alrededor del ministerio. Goebbels, entonces, llamó con urgencia a Remer, quien, por su parte, había recibido la orden de detener al ministro de propaganda. Así pues tenía la orden de apresar a Goebbels y el ministro se lo había facilitado, pidiéndole que fuera a verlo. Remer fue con veinte hombres al Ministerio de Propaganda y a continuación, revólver en mano, su ayudante y él entraron en el despacho del más alto dignatario nazi que estaba entonces en Berlín, para arrestarlo. Goebbels sabía hacer frente a las situaciones críticas; recordó al joven comandante el juramento de fidelidad que había prestado a Hitler. Remer replicó secamente que Hitler había muerto. Goebbels le respondió que el Führer estaba vivo, pues acababa de hablar con él por teléfono, y podía demostrarlo. Pidió una conferencia urgente con Rastenburg. El error cometido por los conspiradores al no apoderarse de la red telefónica de Berlín, iba a conducirlos al desastre. En un minuto estaba Hitler al aparato. Goebbels tendió el auricular a Remer: -«¿Reconoce usted mi voz?»-, preguntó el Führer. ¿Quién no iba a reconocer en Alemania aquella voz ronca, oída centenares de veces por la radio? Dicen que el comandante, al escucharlo, se cuadró en el acto. Hitler le ordenó reprimir la rebelión, y obedecer únicamente las órdenes de Goebbels y de Himmler, a quien enviaba a Berlín para que tomara el mando del ejército del interior. El Führer ascendió a Remer a coronel. Esto fue suficiente. Remer acababa de recibir órdenes de arriba y se apresuró a ejecutarlas con una energía de que carecían los conspiradores. Retiró su batallón de la Wilhelmstrasse, ocupó la Kommandantur de la avenida Unter den Linden, envió patrullas a detener a las unidades que pudieran estar en marcha hacia la capital y se encargó personalmente de descubrir el cuartel general de los conjurados, para detener a sus jefes.


Mayor Otto Remer

Comenzaba el último acto. Poco después de las 9,00 hs. de la noche, los conspiradores, defraudados en sus esperanzas, escucharon estupefactos por la radio que el Führer se dirigiría al pueblo alemán. Unos minutos después, se enteraban de que el general von Hase, que mandaba la plaza de Berlín, había sido detenido, y que el general nazi Reinecke, apoyado por las S.S., se había puesto al frente de todas las tropas de Berlín, para asaltar el puesto de mando de los rebeldes situado en la calle Bendlerstrasse. La enérgica acción emprendida inmediatamente en Rastenburg; lo rápido de la reacción de Goebbels; la movilización de las S.S. en Berlín, debido en gran parte a la sangre fría de Otto Skorzeny; la confusión y la inacción increíbles de los rebeldes de la Bendlerstrasse; hicieron que gran número de oficiales, a punto de unir su suerte con los conspiradores, cambiaran de opinión. Hacia las 8,00 hs. de la noche, después de cuatro horas de reclusión en el despacho de su ayudante, el general Fromm pidió autorización para retirarse a su propio despacho, situado en el piso inferior. Dio su palabra de honor de no intentar huir ni establecer ningún contacto con el exterior. El general Hoepner accedió a ello y, además, como Fromm se quejara de tener hambre y sed, hizo que le llevasen unos sandwiches y una botella de vino. Poco antes habían llegado tres generales de estado mayor, que se negaron a unirse a la rebelión, pero que solicitaron hablar con su jefe, el general Fromm. Inexplicablemente fueron llevados ante su presencia, aunque seguía arrestado. Fromm les dijo, inmediatamente, que había una puertecita de salida en la parte posterior del edificio y, faltando a la palabra dada a Hoepner, ordenó a los generales que fueran en busca de refuerzos, se apoderaran del edificio y reprimiesen la rebelión. Lo generales así lo hicieron. Asimismo, un grupo de oficiales del estado mayor de Olbricht había empezado a sospechar que la rebelión corría hacia el fracaso, y comprendieron que si ésta realmente fracasaba, a ellos los colgarían sin darles tiempo a cambiar de idea. A las 10,30 hs. de la noche estos oficiales solicitaron hablar con el general Olbricht. Querían saber exactamente lo que él y sus amigos pensaban hacer. El general se los dijo y se marcharon sin discutir. Veinte minutos más tarde, volvieron a presentarse seis u ocho de ellos y, con las armas en la mano, pidieron a Olbricht más explicaciones. Cuando von Stauffenberg acudió ante el escándalo, lo arrestaron. Como intentara escapar, echando a correr hacia el pasillo, dispararon sobre él, hiriéndolo en un brazo. Luego cercaron la parte del edificio que había servido de cuartel general a los conspiradores. Beck, Hoepner, Olbricht, von Stauffenberg, von Haeften y Mertz fueron metidos a empujones en el despacho vacío de Fromm, donde éste no tardó en aparecer, empuñando un revólver: -¡Muy bien, señores! –dijo-. Ahora voy a tratarlos como ustedes me han tratado- Pero no lo hizo.
-Depongan las armas –ordenó-. Están ustedes arrestados-
-No se atreverá usted a arrestar a su antiguo jefe –respondió tranquilamente Beck echando mano a su revólver-. Esto es cosa mía-
Beck apretó el gatillo para suicidarse, pero la bala no hizo más que rozarle la cabeza. Se desplomó en un sillón, sangrando ligeramente. -¡Ayuden a ese anciano!- ordenó Fromm a dos oficiales jóvenes, pero cuando quisieron quitarle el revólver, Beck protestó, pidiendo que le dieran otra oportunidad. Fromm accedió. Luego, volviéndose hacia los otros conspiradores, les dijo: -Señores, si ustedes tienen que escribir alguna carta, les concedo aún unos minutos- Olbricht y Hoepner se sentaron a escribir unas palabras de despedida para sus esposas. Mertz, von Stauffenberg, von Haeften y los demás, permanecieron en silencio. Fromm salió de la estancia. Volvió al cabo de cinco minutos para anunciar que, «en nombre del Führer», había formado un «tribunal militar» (no existen pruebas de que lo hiciera) y que éste había sentenciado a muerte al coronel del Alto Estado Mayor, Mertz; al general Olbricht; al general Hoepner; a ese coronel cuyo nombre no quiero acordarme (von Stauffenberg) y al teniente von Haeften. Los dos generales, Olbricht y Hoepner, estaban aún ocupados en escribir a sus mujeres. El general Beck yacía desplomado en su sillón, con el rostro manchado de sangre. -¡Y bien, señores! –dijo Fromm, dirigiéndose a Olbricht y Hoepner-, ¿están ustedes listos?- Hoepner y Olbricht terminaron sus cartas. Beck, que empezaba a recobrar el ánimo, pidió otro revólver. Se llevaron a von Stauffenberg y a los restantes «sentenciados». En el patio, a la luz de los faros oscurecidos de un coche militar, los oficiales «condenados» fueron rápidamente fusilados por un pelotón de ejecución. El coronel Klaus von Stauffenberg murió gritando: «¡Viva nuestra sagrada Alemania!».
Había pasado la media noche. La única rebelión importante que hubo contra Hitler, en los once años y medio transcurridos desde el advenimiento del Tercer Reich, fue sofocada en once horas y media. Otto Skorzeny llegó a la Bendlerstrasse al frente de un grupo S.S., prohibiendo inmediatamente que se procediera a nuevas ejecuciones (como buen policía quería someter a los detenidos a tortura para conocer la ramificación del complot). Esposó a los conspiradores, enviándolos a la prisión de la Gestapo, y dio orden de recoger los papeles que los conspiradores no hubieran destruido. Himmler, llegado de Berlín poco antes, había establecido temporalmente su cuartel general en el ministerio de Goebbels, y telefoneó a Hitler para anunciarle que la rebelión había sido reprimida. En Prusia Oriental un camión-radio rodaba a toda velocidad por la carretera de Königsberg a Rastenburg para que el Führer pronunciase por radio aquel mensaje que el «Deutschlandsender» anunciaba incesantemente de las nueve:

«¡Camaradas alemanes! Si me dirijo hoy a vosotros, es para que oigáis mi voz y sepáis que no estoy herido y también para que os enteréis que acaba de cometerse un crimen sin precedente en la historia. Una camarilla de militares ambiciosos, irreflexivos, estúpidos e insensatos, ha urdido un complot para eliminarme, y conmigo al estado mayor del alto mando de la Wehrmacht. La bomba colocada por el coronel conde von Stauffenberg ha estallado a dos metros de mí, hiriendo gravemente a varios de mis fieles y leales colaboradores y ha matado a uno de ellos. Yo sólo he sufrido algunos arañazos, contusiones y quemaduras superficiales. Este suceso es para mí la confirmación de la misión que me ha confiado la Providencia. Los conspiradores no constituyen más que un pequeño grupo que no representa a la Wehrmacht, y mucho menos al pueblo alemán. Se trata de una banda de criminales, y todos serán exterminados implacablemente. Los trataremos de la forma en que nosotros, nacionalsocialistas, hemos tratado siempre a nuestros enemigos».
Hitler cumplió su palabra. Una oleada de persecuciones asoló al país. El Tribunal del Pueblo se mantuvo en sesión permanente durante seis meses. Fueron ejecutadas cerca de 5.000 personas. Rommel fue el único de todos los conspiradores que tuvo derecho a un trato especial. Hitler, a pesar de su furor, se daba cuenta de que la detención del más popular de sus mariscales, causaría agitación y malestar en el país. El 14 de Octubre, dos generales, Burgdorf y Maisel, fueron a ver a Rommel, convaleciente en su casa de Herrlingen de la grave herida que había sufrido en Normandía. Una hora después, el mariscal se reunió con su mujer y le expresó lo siguiente: -«He venido a decirte adiós. Dentro de un cuarto de hora habré muerto. Sospechan que he tomado parte en la tentativa de asesinato contra Hitler. El Führer me deja escoger entre el veneno o el juicio por el Tribunal del Pueblo. Han traído el veneno. Dicen que obrará en tres segundos. No temo ser juzgado públicamente, pues puedo justificar todos mis actos. Pero sé que no llegaré vivo a Berlín»-. Eligiendo el suicidio, sabía que su mujer y su hijo no serían molestados. Un cuarto de hora después, el mariscal Erwin Rommel había dejado de existir.

Fuente
Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial