Mostrando entradas con la etiqueta vida civil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vida civil. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Argentina: La masacre de judíos en la Semana Trágica

La feroz masacre contra los judíos en la Semana Trágica

Nacionalistas y antisemitas del Partido Radical, el Ejército, la marina y las organizaciones ultra aprovecharon los disturbios en los Talleres Vasena y cayeron a odio, sangre y fuego sobre los barrios hebreos

Por Alfredo Serra | Especial para Infobae



Según la historia oficial, la Semana Trágica (Buenos Aires, enero de 1919, primer gobierno de Hipólito Yrigoyen) fue una represión contra los obreros de la fábrica metalúrgica Talleres Vasena con el objetivo de talar de cuajo un presunto movimiento extremista de comunistas y anarquistas llegado desde Europa "y atentar contra el estilo de vida argentina": lugar común que en el futuro serviría para justificar otros crímenes y vandalismos.

El mismo terror y la misma torpeza que, en la década 1919-1929, y también en los años 50, agitó a las buenas –e ingenuas–almas norteamericanas, que creyeron ver destruida su democracia por "el gran espantajo rojo", como bautizó al comunismo, irónicamente, el periodista Lewis Frederick Allen en su libro "Only Yesterday".

Sin embargo, ese episodio, investigado y publicado hasta la saciedad, ocultó deliberadamente la barbarie desatada contra la comunidad judía, camuflada durante las batallas campales de la policía y el ejército contra los huelguistas. Ni siquiera el periodismo y sus constantes prédicas a favor de la libertad, la democracia y el pluralismo se levantó contra el salvaje pogrom.

Fueron necesarios casi treinta años de silencio hipócrita antes de que un judío, Pablo Fishman, entregara una tarde de agosto en la fundación socialista Juan B. Justo su trabajo "El grito olvidado": la documentación clave de la barbarie lanzada en los barrios Once y Villa Crespo.

En ese largo y revelador informe figura, entre muchos testimonios, un memorándum del embajador francés a su cancillería, que dice: "La policía masacró de una manera salvaje a todo lo que era o pasaba por ruso". Salvedad importante: entonces y hasta hoy, en la Argentina, ruso y judío son la misma cosa. Ridículo error que ignora la bestial persecución sufrida por los judíos en la Madre Rusia.

Pero no es todo. El embajador francés escribió también que "… un delegado del Comité Capital del Partido Radical se ufanaba de haber matado, en un solo día, cuarenta rusos judíos", mientras que su par de la embajada norteamericana informó a su gobierno que entre los 1.365 muertos en la Semana Trágica había encontrado en el Arsenal de Guerra "179 cadáveres de rusos judíos".

Tristemente, la mayoría de los testimonios acusaba del pogrom a esbirros del mismo comité radical: un partido de esencia democrática que, contra el viento de la historia, habría coincidido con las peores lacras antisemitas de la ultraderecha nacionalista porteña.

Fishman no era investigador, historiador ni periodista. Era apenas un ciudadano argentino de religión judía que durante años oyó hablar en su casa de aquellos hechos; más que hablar, murmurar, por miedo…

Leyó cuanto había sobre el tema, pero los autores eludían, por sistema, referirse a la cuestión central: el judío como enemigo universal y chivo expiatorio; prejuicio criminal que llegaría a su diabólico desiderátum bajo Hitler y el Tercer Reich.

Recién hacia los años 50, en un texto del médico y político entrerriano Juan Carulla (1888-1968), nacionalista de pasado anarquista, Fishman halló una pista.

El autor, al saber que estaban incendiando el barrio judío, caminó hasta Viamonte, a la altura de la Facultad de Medicina, y vio que "en medio de la calle ardían pilas de libros y trastos viejos entre los cuales podían reconocerse sillas, mesas y otros enseres domésticos, y las llamas iluminaban, tétricas, la noche, destacando con rojizo resplandor los rostros de una multitud gesticulante y estremecida. Se luchaba dentro y fuera de los edificios. El cruel castigo se extendía a otros hogares hebreos. El ruido de los muebles y cajones violentamente arrojados a la calle se mezclaba con gritos horrendos: ¡Mueran los judíos! Cada tanto pasaban a mi lado viejos barbudos y mujeres desgreñadas. Nunca olvidaré el rostro cárdeno y la mirada suplicante de uno de ellos, al que arrastraban un par de mozalbetes, así como el de un niño sollozante que se aferraba a la vieja levita negra, ya desgarrada… El disturbio provocado por el ataque a los negocios y hogares hebreos se había propagado a varias manzanas a la redonda. El comité radical se había reunido el dos de enero. Siete días después, sus miembros tomaban como profesión la de vejar judíos…"

Otro testimonio inapelable, el de José Mendelson –inmigrante que llegó a ser gran figura de su comunidad–, citado en la revista "Hechos de la historia judía", arriesga que "las matanzas antijudías en Europa Oriental fueron un juego de niños. Pamplinas son todos los pogroms al lado de lo que hicieron con ancianos judíos en las comisarías séptima y novena, y en el Departamento Central de Policía… Jinetes arrastraban por las calles a viejos judíos desnudos, les tiraban de las barbas, y cuando ya no podían correr, su piel se desgarraba contra los adoquines, mientras los golpeaban con sables y latigazos…"

Años después, Arturo Cancela, en su libro "Tres relatos porteños", escribió: "… jóvenes con brazaletes, armados de palos y carabinas, detienen a todos los individuos que llevan barba. Los de la carabina les pinchan el vientre o se cuelgan de las barbas, y otros apedrean los vidrios de las casas de comercio, cuyos propietarios abundan en consonantes".

El periodista Juan José de Soiza Reilly (estrella de su oficio en aquellos días) denunció en la revista "Popular", número 45, tres de febrero de 1919, que vio "ancianos judíos cuyas barbas fueron arrancadas. Uno de ellos levantó su camiseta para mostrarnos dos sangrantes costillas que salían de la piel como dos agujas. Dos niñas de catorce o quince años contaron llorando que habían perdido entre las fieras el tesoro santo –clara metáfora de violación–. A una que se había resistido le partieron la mano derecha de un hachazo. He visto obreros judíos con ambas piernas en astillas: rotas a patadas contra el cordón de la vereda… Todo esto hecho por pistoleros llevando la bandera argentina".

No fueron ajenos a la barbarie los asesinos de la siniestra Liga Patriótica Argentina liderada por el ultranacionalista Manuel Carlés, en cuyas filas militaban oficiales del ejército, la marina, y los matones de las bandas Orden Social y Guardia Blanca.

Y apenas unos días después de aquella orgía de sangre y odio, el pesado manto de la complicidad no ahorró munición: "La Época", órgano oficial del partido radical, acusó de los disturbios de la Semana Trágica… ¡a los judíos!, y el diario católico "El Pueblo", en sólo tres meses… ¡publicó doce editoriales antisemitas!

¿Queda algo más por decir?

Sí: en la Morgue, más de 700 cadáveres de judíos esperaban ser identificados para alcanzar su último lugar: un hoyo en la tierra, y la lápida con su nombre un año después, como lo exige su rito religioso.

Mientras, en el invierno europeo, algunas familias patricias en vacaciones temblaban ante el rugido de los cañones de la Primera Gran Guerra, y otras ya habían huido del fragor de la Semana Trágica y del asfixiante enero porteño: eran felices en su feudo privado. En Mar del Plata, caminando por la rambla de madera…

martes, 29 de agosto de 2017

Guerra del Pacífico: Restos de casas de la guerra

Brigada Naval Combatientes del Pacífico

Identifica casas sobrevivientes a la destrucción de Chorrillos en 1881 por el Ejército chileno. Casas tendrían más de 120 años.

brigadanaval@mail.com

Chorrillos 7 de abril del 2001, Lima Perú

Casa identificadaLa Brigada Naval Combatientes del Pacífico, grupo de entusiastas de los temas históricos militares, nos brinda otra primicia para WAR BOOK. Nos cuenta Reynaldo Pizarro que tratando de ubicar la posición de la antigua glorieta del malecón de Chorrillos, usando fotografías de la época y con la colaboración del pueblo chorrillano; no sólo encontraron la posible ubicación de la Glorieta, si no la existencia de 2 casas que aparecen en las fotos de 1881. Estas casas sobrevivieron a la destrucción del pueblo de Chorrillos y una de ellas todavía está en uso y mantenida con mucho esmero por sus habitantes.



Foto original tomada por Couret, 1881  Choriilos Lima Perú


Clara Garcia, Angela Garcia, Carola Rivas, nos muestran una foto de Chorrilos que tiene mas de 100 añosLos pobladores de los alrededores de estas casas y sus moradores, participaron entusiastamente con los de la Brigada Naval, mostrándole fotos de fines del siglo XIX y contándoles anécdotas de la ocupación chilena en esa zona.


Fachada en peligro



Fachada a punto de desplomarse

Fachada de casa que habría presenciado la destrucción de Chorrillos, está a punto de desprenderse de su precario soporte.
La propiedad está deshabitada y pasa desavertida por las autoridades.

Cabe resaltar que la Brigada Naval es una de dos agrupaciones que se dedica seriamente a la investigación sobre temas histórico-militares.

Entre las anteriores actividades de la Brigada Naval, está la restauración de dos cañones Voruz de la Corbeta Unión, un Cañón de bronce perteneciente al Navío San Martín hundido en aguas chorrillanas y recolección y restauración de material de artillería de diferentes embarcaciones y fortificaciones.

War book 2000 (C)

martes, 15 de agosto de 2017

Biografía: Hitler y los autos

Hitler sobre ruedas: no sabía manejar y otras anécdotas automovilísticas del Führer
El Führer no tenía licencia para conducir. La personalidad más terrorífica del siglo XX debía recurrir a sus choferes para el más mínimo desplazamiento. Sus tres autos más distinguidos y la tarea asignada a su conductor predilecto: historias secundarias de Adolf Hitler
Infobae



Adolf Hitler era un apasionado de la industria automotriz: amaba los deportivos italianos y los muscle cars estadounidenses, pero prefería los modelos de Mercedes-Benz

Erich Kempka murió en 1975. Catorce años antes, en 1951, publicó sus memorias con un título sugerente: Ich habe Adolf Hitler verbrannt ("Yo quemé a Hitler"). "No he omitido nada ni nada he añadido, sino que he relatado los hechos históricos tal y como yo mismo los he vivido", pronunció en su declaración jurada. Había incinerado los restos del más temido dictador, luego de que éste se suicidara la tarde del 30 de abril de 1945. Kempka colaboró: transportó los barriles de gasolina hasta la salida de emergencia del Führerbunker, el búnker de Berlín donde Hitler prefirió morir, y ejecutó la cremación.


 Adolf Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945, hace exactamente 72 años

Erich Kempka había sido su chofer. Desde 1932 hasta el día de su deceso lo acompañó por más de 120 mil kilómetros de viaje. El Führer seleccionaba metódicamente a su personal. "Muchas veces le oí decir que sus conductores y sus aviadores éramos sus mejores amigos y que en nuestras manos confiaba su vida", publicó. Integró su séquito más íntimo. Con Hitler al poder, fue designado jefe del parque automotor del Führer y ascendido a Sturmbannführer. Supervisaba una flota de cuarenta vehículos y un cuerpo de sesenta operarios, entre conductores y mecánicos. Bajo su dirección se fabricaron decenas de automóviles, en colaboración con la casa Daimler Benz. Pero nunca dejó de ser su chofer personal. Es la historia del hombre que personifica la admiración y pasión de Adolf Hitler por la industria automotriz.

Erich Kempka, a la izquierda del Führer, fue su chofer personal durante trece años y el encargado de incinerar su cadáver
Erich Kempka, a la izquierda del Führer, fue su chofer personal durante trece años y el encargado de incinerar su cadáver
La leyenda reza que contrató a Kempka porque respondió con sabiduría su rigurosa encuesta: "¿Qué marcas de coches ha conducido hasta ahora? ¿Conoce el Mercedes-Benz con motor de compresor de ocho litros? ¿Sabe cuántos caballos tiene? ¿Cómo procedería en una curva en 'ese', sin visibilidad, cuando el cuentakilómetros marca ochenta y aparece otro vehículo en dirección contraria?". Luego supervisó cada elección que agrandara su parque móvil. Amaba los deportivos italianos y los musculosos americanos. Sentía idolatría por Mercedes-Benz. Era un "buen" compañero de viaje y planificaba los traslados con precisión militar. Pero nunca manejó: no tenía licencia de conducir -¿la necesitaba?- y toda su vida se valió de sus conductores para cualquier tipo de desplazamiento.

El primero


Una fotografía de un joven Adolf Hitler junto a su primer automóvil, un Benz 11/40 de 1923

Tipo familiar de 4,6 metros de largo, motor V6 de 2860 cc y 40 CV de potencia, el Benz 11/40 de 1923 fue su primer automóvil. Era un modelo elegante, distinguido, pero lejos de los lujos automovilísticos de la era. No podía superar los 80 kilómetros por hora por una razón sorprendente. En una carta que le escribió a Jakob Ferlin -judío y dueño del concesionario- Hitler evidenció su predilección por el gris y que dudaba de la fiabilidad del motor por las altas revoluciones que alcanza. Explicó en el manifiesto que se conserva hasta la actualidad por qué necesitaba un propulsor modelos: "No podría pagar ninguna reparación grave en dos o tres años".

El modelo costó 18.000 marcos de la época, con el descuento que aprovechó a solicitar en la carta. En aquellos años, Hitler estaba penando una condena por encabezar un frustrado golpe de Estado en la prisión de Landsberg. Allí pasó 264 días, en condiciones ciertamente confortables. Aprovechó para escribir Mein Kampf ("Mi lucha"). "Siempre fue razonable, frugal, modesto y amable con todos, especialmente con los funcionarios. El prisionero no fuma ni bebe, respeta voluntariamente todas las restricciones", escribió el 18 de septiembre de 1924 Otto Leybold, director de la prisión: hablaba de un incipiente político en versión agitador. Hitler posó orgulloso con el modelo a la salida del establecimiento penitenciario.

El preferido



El Mercedes-Benz Grosser 770K model 150 Offener Tourenwagen fue conocido como el “gran Mercedes”

Su máquina preferida. Un Mercedes-Benz Grosser 770K model 150 Offener Tourenwagen, el automóvil alemán más caro de la época, que sólo se fabricaba por encargo. Era una máquina de miedo y poder. Dueña de una belleza siniestra y una figura majestuosa. Fue caratulada como Die Grosser Mercedes ("El Gran Mercedes") por su imponencia y su trascendencia: en él viajaba la personalidad política más transversal del siglo. El modelo escondía compartimentos en los que guardaba decenas de armas y municiones. Era una fabricación artesanal de la compañía Mercedes Benz en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial, y en sus principios había sido destinada como elemento propagandístico.

Su motorización estaba comprometida a su peso. Su carrocería, blindada, incrementó el peso total del vehículo. Su motor de ocho cilindros en línea de 7.700 cc con pistones de aluminio y doble compresor volumétrico, era capaz de erogar una potencia total de 400 CV y viajar a una velocidad máxima de 160 kilómetros por hora. Debieron montar un depósito de gasolina de 300 litros porque su consumo era extremo: demandaba 60 litros a los 100 kilómetros por hora. Por eso sus ingenieros debieron limitar la velocidad a 80 kilómetros por hora, la misma competencia y margen de capacidad de su primer Benz 11/40, aunque con razones de tope sensiblemente diferentes.

El vehículo oficial de Adolf Hitler, testigo mudo de la historia más macabra de la modernidad, se convirtió en una ambigua reliquia del nazismo. El auto fue confiscado, intervino en una subasta, lució como pieza de museo e inspiró The Devil's Mercedes: The Bizarre and Disturbing Adventures of Hitler's Limousine in America, un libro escrito por Robert Klara que narra lo que reza su título: las bizarras y morbosas aventuras de la limusina del Führer.

El elegido



Herman Goering a bordo de un Mercedes 540K Roadster, uno de los modelos más bellos de la firma germana

Según los anales de la historia automotriz, el Mercedes 540K Roadster es uno de los modelos más distinguidos y bellos fabricados jamás por la firma de la estrella. Adolf Hitler, admirador del espíritu de la marca, coincidía: regalaba uno cuando quería galardonar al destinatario. Herman Goering, destacado político y militar alemán y próximo al Fürher, y Eva Braun, amante, novia y esposa de Hitler, recibieron unidades del exclusivo modelo.

Sólo se fabricaron 350 Mercedes 540K Roadster. Pocos pudieron sobrevivir a los saqueos posguerra. Presumía de un capó que cuidaba de un motor de 5.4 litros y ocho cilindros en línea que desarrollaba 180 CV de potencia y propulsaba el vehículo a circular a 180 kilómetros por hora de velocidad punta.

domingo, 23 de julio de 2017

Unión Soviética: Propaganda infantil en la entreguerra

La Propaganda Artística de la Literatura Infantil Soviética
En la década de 1920 en Rusia, los niños leían sobre remolacha azucarera, plantas hidroeléctricas y planes quinquenales.

Por Anika Burguess | Atlas Obscura


 Las páginas iniciales de ¿Qué estamos construyendo ?: Un libro con imágenes, un libro sobre la industria, la agricultura y los recursos naturales de Rusia, 1930.


"Tal vez ningún libro infantil del siglo XX borre las fronteras entre el arte y la propaganda de manera tan convincente" como la literatura infantil soviética temprana, dice Andrea Immel, curadora de la Cotsen Children's Library en la Universidad de Princeton. El Cotsen tiene cerca de 1.000 de estos libros, publicados entre 1917 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La colección demuestra cómo las nuevas ideologías soviéticas fueron comunicadas a la generación más joven, aunque la idea de adoctrinar a los niños con libros coloridos no fuera nueva.

"Si bien es tentador imaginar que la experiencia soviética no tuvo precedentes debido al derrocamiento del zar, es posible encontrar otros momentos históricos en los que los reformadores o radicales creían que la clave para un futuro mejor era proporcionar a los niños libros que comunicaran valores superiores" Dice Immel, citando a John Newbery, conocido como el Padre de la Literatura Infantil. "En la década de 1760, publicó a partir de la convicción de que la sociedad inglesa era corrupta y que una de las mejores maneras de cambiar la tendencia era educar a los niños de manera diferente".

Sin embargo, señala Immel, hubo una diferencia crucial. "Los soviéticos eran muy conscientes de la necesidad de saltar lo más rápido posible, creando al mismo tiempo una nueva raza de hombres", dice. "De modo que el tremendo poder de fuego artístico que podía ser aprovechado en la Unión Soviética de los años veinte hizo brillantemente el trabajo duro y poco glorioso de la agricultura o la electrificación heroica y patriótica".


80.000 caballos, una historia rimada sobre la central hidroeléctrica Volkhov, 1925.

El alejamiento de llenar libros infantiles con cuentos de hadas no fue un accidente. En su lugar, la literatura para niños se centró en las preocupaciones prácticas y la industria. El libro de 1930 Kak svekla sakharom stala (Cómo la remolacha se convirtió en azúcar) ilustra y describe el proceso de producción de azúcar: "El trabajo está sucediendo noche y día. En 80.000 loshadeĭ (80.000 caballos), la historia de la central hidroeléctrica Volkhov -la primera en Rusia y el nombre de Lenin- se cuenta en rima. Algunos de los libros incluso crearon el trabajo ellos mismos. El título 1930 Shimpanze i martyshka (chimpancé y Marmoset) proporciona instrucciones sobre cómo el lector puede hacer un mono de juguete.


Ilustraciones de cómo la remolacha se convirtió en azúcar, 1930.

Los lectores de estos libros no se limitaban a la Unión Soviética tampoco. Immel se correspondía con un escritor de Calcuta que recuerda con cariño los libros de la editora infantil soviética Raduga. En el archivo Immel descubrió Millionnyĭ Lenin, de Lev Zilov, en el que dos muchachos de la India participan en un levantamiento contra el Raj. Huyen del país y tienen una serie de aventuras que los llevan a la Unión Soviética. Allí, miran un desfile ante la tumba de Lenin y ponen ropa de abrigo (mientras conservan sus turbantes). "Nunca se me había ocurrido que los libros de Raduga hubieran sido traducidos a idiomas del sur de Asia o que el pueblo de Asia Meridional estuviera representado en los libros infantiles soviéticos", dice Immel.


Las páginas finales de The Millionth Lenin, que representan a dos niños de la India que se convierten en soviéticos, 1926.

También hay libros sobre logros gloriosos, como el vuelo sin escalas del piloto Georgiĭ Baĭdukov sobre el Polo Norte a mediados de la década de 1930. Pero para entonces, había habido un cambio político que cambió la manera que los libros de los niños miraron. A lo largo de la década de 1920, la estética de los libros fue diversa e incluyó la influencia de la vanguardia rusa, incluyendo el trabajo de escritores y artistas conocidos. En 1934, el Congreso Soviético de Escritores de toda la Unión declaró que el realismo socialista era el único estilo artístico aceptable. Con los años, algunos escritores y artistas escaparon al exilio. Otros no.


Mochin el heroísmo del pionero, una historia sobre un joven pionero que ayuda al ejército rojo, ilustrado por Vera Ermolaeva, 1931.

En 1931, la artista Vera Ermolaeva ilustró el libro Podvig pionera Mochina (Mochin el heroísmo del pionero). En la historia, un joven pionero -la respuesta más militarista de la Unión Soviética a los Boy Scouts- ayuda al Ejército Rojo en Tayikistán. Pero a finales de la década, Ermolaeva y el autor del libro, Aleksandr Ivanovich Vvedenskiĭ, fueron víctimas de una de las purgas de Stalin.

Los recuerdos de la literatura infantil soviética permanecen hoy. Immel relata la historia de un colega ruso que la visitó y descubrió algunos folletos de Raduga. "Sabía exactamente lo que eran, siendo viejos amigos de su infancia", dice. "Recogió la copia de Barmelai de Kornei Chukovsky, ilustrada por Mstislav Dobuzhinski, y comenzó a recitarla de memoria".

Atlas Obscura ahondó en las posesiones de la literatura soviética de los Cotsen para una selección de títulos para niños de los años 1920 y 1930.

martes, 18 de julio de 2017

SS: "Intelectuales comprometidos" con el modelo criminal

Asesinos de las SS con doctorado
El historiador francés Christian Ingrao subraya en un estudio monumental el papel decisivo de los intelectuales en la élite de la Orden Negra de Himmler
JACINTO ANTÓN
El País


Oficial del SD en Ucrania en 1941 VÍDEO: EPV

La imagen que se tiene popularmente de un oficial de las SS es la de un individuo cruel hasta el sadismo, corrupto, cínico, arrogante, oportunista y no muy cultivado. Alguien que inspira (aparte de miedo) una repugnancia instantánea y una tranquilizadora sensación de que es un ser muy distinto, un verdadero monstruo. El historiador francés especializado en el nazismo Christian Ingrao (Clermont-Ferrand, 1970) nos ofrece ahora un perfil muy diferente, y desasosegante. Hasta el punto de identificar a un alto porcentaje de los mandos de las SS y de su servicio de seguridad, el temido SD, como verdaderos "intelectuales comprometidos".

El término, que ha escandalizado en el mundo intelectual francés, resulta escalofriante cuando se piensa que esos son los hombres que estuvieron a la cabeza de las unidades de exterminio. En su libro de reciente aparición en castellano Creer y destruir, los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado, 2017) Ingrao analiza pormenorizadamente la trayectoria y las experiencias de ochenta de esos individuos que eran académicos —juristas, economistas, filólogos, filósofos e historiadores— y a la vez criminales. Hay un fuerte contraste entre ellos y el cliché del oficial de las SS. Asesinos de masas en uniforme con un doctorado en el bolsillo, como describe el propio autor. Lo que hicieron los "intelectuales comprometidos" , teóricos y hombres de acción, de las SS fue espantoso. Ingrao cita el caso del jurista y oficial de la SD Bruno Müller, a la cabeza de una de las secciones del Einsatzgruppe D, una de las unidades móviles de asesinato en el Este, que la noche del 6 de agosto de 1941 al transmitir a sus hombres la nueva consigna de exterminar a todos los judíos de la ciudad de Tighina, en Ucrania, se hizo traer una mujer y a su bebé y los mató él mismo con su arma para dar ejemplo de cuál iba a ser la tarea.


Christian Ingrao, retratado en Barcelona. MASSIMILIANO MINOCRI

"Resulta curioso que Müller y otros como él, gente muy formada, pudieran meterse así en la práctica genocida", dice Ingrao que ha presentado su libro en Barcelona, "pero el nazismo es un sistema de creencias que genera mucho fervor, que cristaliza esperanzas y que funciona como una droga cultural en la psique de los intelectuales".

LA BASE DE ‘LAS BENÉVOLAS’
Ingrao y Littell. Cualquiera que lea Creer y destruir percibirá los paralelismos con la novela de Jonathan Littell Las benévolas (2006).Ingrao la describe como “una réplica temática en ficción” de su trabajo, y recuerda que éste, que fue su tesis, circuló ampliamemente antes de la publicación de Las benévolas.
¿Max creíble? Max Aue, el protagonista de Las benévolas guarda muchos parecidos con los intelectuales del SD de Ingrao. “Excepto en lo de la homosexualidad y el incesto. Pero, claro, es un personaje de novela”. ¿No es demasiado refinado y esteticista para ser un SS? “Bueno, Heydrich leía mucho y tocaba el violín. Y no olvides que Eichmann leía a Kant”, responde.
También otro nazi tomado por Littell, Leon Degrelle (en su ensayo Lo seco y lo húmedo) presenta paralelismos con otro estudiado por Ingrao en su libro Les chasseurs noirs: Oskar Dirlewanger. El primero era favorito de Hitler y el segundo de Himmler.
El historiador recalca que el hecho es menos excepcional de lo que parece. "En realidad, si examinamos las masacres de la historia reciente veremos que hay intelectuales bajo el felpudo. En Ruanda, por ejemplo, los teóricos de la supremacía hutu, los ideólogos del Hutu Power, eran diez geógrafos de la Universidad de Lovaina. Casi siempre que hay asesinatos de masas hay intelectuales detrás". Pero, uno no espera eso de los intelectuales alemanes. Ingrao ríe amargamente. "Es cierto que eran los grandes representantes de la intelectualidad europea, pero la generación de intelectuales que nos ocupa experimentó en su juventud la radicalización política hacia la extrema derecha con marcado énfasis en el imaginario biológico y racial que se produjo masivamente en las universidades alemanas tras la Gran Guerra. Y entraron de manera generalizada en el nazismo a partir de 1925". Las SS, explica, a diferencia de las vocingleras SA, ofrecían a los intelectuales un destino mucho más elitistas.
¿Pero el nazismo no les inspiraba repugnancia moral? "Desgraciadamente, la moral es una construcción social y política para estos intelectuales. La Primera Guerra Mundial ya los había marcado: aunque la mayoría eran demasiado jóvenes para haber luchado, el duelo por la muerte generalizada de parientes y la sensación de que se libraba un combate defensivo por la supervivencia de Alemania, de la civilización contra la barbarie, prendieron en ellos. La invasión de la URSS en 1941 significó el retorno a una guerra total aún más radicalizada por el determinismo racial. Hasta entonces había sido una guerra de venganza, pero a partir de 1941 se convirtió en una gran guerra racial, y una cruzada. Era la confrontación decisiva frente a un enemigo eterno que tenía dos caras: la del judío bolchevique y la del judío plutócrata de la Bolsa de Londres y Wall Street. Para los intelectuales de las SS, no había diferencia entre la población civil judía que exterminaban al frente de los Einsatzgruppen y las tripulaciones de bombarderos que lanzaban sus bombas sobre Alemania. En su lógica, parar a los bombarderos implicaba matar a los judíos de Ucrania. Y si no sería el final de Alemania. Ese imperativo construyó la legitimidad del genocidio. Era 'o ellos o nosotros".

Así se explican casos como el de Müller. "Antes de matar a la mujer y el niño habló a sus hombres del peligro mortal que afrontaba Alemania. Era un teórico de la germanización que trabajaba para crear una nueva sociedad, así que el asesinato era una de sus responsabilidades para crear la utopía. Curiosamente Había que matar a los judíos para cumplir los sueños nazis".

Ingrao sostiene que los intelectuales de las SS no eran oportunistas, sino personas ideológicamente muy comprometidas, activistas con una cosmovisión en la que se daban la mano el entusiasmo, la angustia y el pánico, y que, paradójicamente, abominaban de la crueldad. "Las SS era un asunto de militantes. Gente muy convencida de lo que decía y hacía, y muy preparada". Pues resulta más preocupante aún. "Por supuesto. Hay que aceptar la idea de que el nazismo era atractivo y que atrajo como moscas a las élites intelectuales del país”.



LA BRIGADA DE CAZADORES SALVAJES DE DIRLEWANGER
Christian Ingrao es el autor también de un apasionante estudio sobre la Brigada Dirlewanger, la unidad de siniestra reputación que creó el comandante de las SS (ascendido luego a general) Oskar Dirlewanger para luchar contra los partisanos y que se nutrió inicialmente de delincuentes convictos de delitos relacionados con la caza. Les chasseurs noirs (Perrin, 2006) es un libro más asequible para un lector generalista que Creer y destruir aunque los dos tienen muchas cosas en común, y desde luego Dirlewanger es un buen ejemplo de la formación ideológica de un mando nazi. La brigada, denostada por muchos mandos del Ejército, participó en numerosas operaciones en el Este contra los partisanos granjeándose una reputación de brutalidad incluso en el marco de las unidades de las SS, que ya es decir. Ingrao apunta que combatía al estilo despiadado de la Guerra de los Treinta Años. Realizó acciones de exterminio de población civil y judíos e intervino en el aplastamiento de la sublevación de Varsovia de manera especialmente vil. Finalmente incorporó ¡presos políticos de izquierdas!, los únicos antifascistas que vistieron uniformes de las SS (la cosa no funcionó). Ingrao resigue la historia de la brigada (que acabó en fantasmagórica división de las Waffen SS) y la de su líder (que iba singularmente por libre en el ejército alemán). “El personaje es abyecto, por supuesto, pero fascinante”, señala. “Todos los testimonios coinciden en señalar que era un hombre carismático y valiente, casi estúpidamente intrépido". De sus 32 años de adulto, el "lansquenete nazi" pasó 19 en guerra. Capturado por los franceses al acabar la guerra, murió en junio de 1945 a causa de las palizas que le propinaron guardianes polacos.

lunes, 17 de julio de 2017

Corea del Norte: Las castas medievales del régimen

El fatídico destino de los "beulsun", la clase social más baja de Corea del Norte
Alrededor de un 70% de la población norcoreana vive sometida a un anticuado sistema social bizantino que los excluye de Pyongyang, donde solo viven los "elegidos" por el régimen. Cómo es ser miembro de la "clase hostil" del régimen y quiénes la componen
Infobae





Aunque frecuentemente escuchamos hablar de Pyongyang, que hasta hace pocos años era la única ciudad que se les permitía visitar a los turistas que viajan a Corea del Norte (de 4.000 a 6.000 por año), el sitio no ofrece una fiel representación de la sociedad norcoreana, cuyos miembros viven sometidos a un anticuado sistema social bizantino que los excluye de la capital. Allí sólo viven los "elegidos" por el régimen comunista.

Los demás miembros de la población fueron desplazados en distintos puntos del país de acuerdo a su puesto o rol correspondiente dentro del sistema vertical y jerárquico bajo el cual está organizada la República Popular Democrática de Corea desde su fundación, en 1948.


Kim Il-sung (izquierda), el fundador de Corea del Norte y su hijo, Kim Jong-Il (derecha), su sucesor

Por entonces, el creador del estado socialista, Kim Il-sung, se encargó de asesinar a todas las personas que desafiaban su poder luego de la guerra, incluyendo a varios de sus aliados que habían sido indispensables para expulsar a los japoneses de Manchuria. Tras cumplir su misión, podían ser descartados. También ordenó la detención de los miembros fundadores del Partido Comunista de Corea del Sur y a lo largo de la década del cincuenta persiguió a varios individuos que potencialmente amenazaban su dominio absoluto del nuevo país.


Kim Il-sung junto a Fidel Castro

La clasificación social

En 1958, los esfuerzos de Kim Il-sung tornaron hacia la gente común. Ese año puso en marcha un proyecto ambicioso denominado 'songbun' que pretendía clasificar a todos los norcoreanos dentro de distintas clases sociales de acuerdo a su confiabilidad política, su línea ancestral y el comportamiento de sus parientes.


Los inminban de un vecindario norcoreano

El songbun culminó en un reino de terror a gran escala dentro del cual los ciudadanos denunciaban a sus propios vecinos por presuntos delitos contra el régimen. De esta práctica surgen los inminban ("unides vecinales"), u organizaciones locales que consisten de más de veinte familias cuyo trabajo es vigilar el vecindario con la obligación de reportar cualquier conducta sospechosa de sus vecinos a las autoridades a cambio de una pequeña ración de arroz.

El proceso de organización social comenzado en 1958 continuó como política del Partido Central bien hacia la década del setenta bajo distintas fases y nombres. Entre 1972 y 1974, la purga se llevó a cabo con el nombre "Proyecto de Comprensión de las Personas", que según la periodista estadounidense Barbara Demick, tomó los elementos más inhumanos del confucianismo y los combinó con prácticas estalinistas.


Joseph Stalin (izquierda), líder de la USSR entre 1922-1952 y Confucio (derecha), fundador de la doctrina ‘confucianismo’

Confucio fue un influyente pensador chino en la segunda mitad del siglo VI a.C. cuya doctrina enseñaba que las personas encajaban estrictamente dentro de una estructura social piramidal. En la cima del poder, la figura del emperador fue reemplazada por Kim Il-sung y su familia.

De ahí para abajo, el "Proyecto de Comprensión de las Personas" dividió a los demás norcoreanos en 51 categorías que fueron agrupadas dentro de tres clases sociales principales: la clase central y "amigable", la clase neutral y "vacilante" y la clase hostil y "enemiga". Según el mismo Kim Il-sung en un discurso de 1958, la primera clase estaba constituida por el 25% de la población del país, la segunda por el 55% y la clase hostil por el 20%.


Imagen representativa del ‘songbun’

Una vez establecido el songbun de cada individuo, no existe el ascenso social. Por otro lado, sí es posible ser degradado a una categoría más baja, lo cual quiere decir que un miembro de la clase enemiga, que puede serlo por razones hereditarias ya que en Corea del Norte los hijos heredan los pecados de sus padres, está condenado a ese estatus desde el momento en que nace hasta su muerte.

Los miembros de la clase hostil con antecedentes indeseables son conocidos también como beulsun, que significa "sangre contaminada", y dicha etiqueta permanece en la familia, por ley, a lo largo de tres generaciones. Sin embargo, ni los beulsun ni los ciudadanos ordinarios del país son informados de la categoría a la cual pertenecen oficialmente, por lo cual un miembro de esta clase puede pertenecer a ella sin realmente saberlo.


Un grupo de kiaseng surcoreanas entretienen a un público masculino a comienzos del siglo XX

Dentro de la clase hostil de la sociedad se encuentran las pitonisas, las mudang, o chamanes espirituales y las kisaeng, o animadoras femeninas que, aunque no siempre son prostituídas, pueden ser utilizadas para proveer servicios sexuales a ciertos clientes.


Una kisaeng de Corea del Sur

Además, son considerados enemigos los sospechosos políticos, que según un libro blanco sobre los derechos humanos en Corea del Norte basado en testimonios de desertores del régimen viviendo en Corea del Sur, incluye a una variedad de identidades:

"Gente de familias de ricos agricultores, comerciantes, industriales, terratenientes o aquellos cuyos bienes privados han sido completamente confiscados; Gente pro-Japón y pro-EEUU; Burócratas reaccionarios; desertores del Sur … budistas, católicos, funcionarios públicos expulsados, aquellos que ayudaron a Corea del Sur durante la Guerra de Corea…".


Una ‘mudang’, o chamana coreana que actúa de intermediaria entre el mundo espiritual y el plano humano

En ocasiones, quedan atrapados dentro de esta casta hasta las personas que menos lo merecen, como los padres de Jun-sang, un desertor del país actualmente viviendo en Corea del Sur. Según relata, sus padres eran de etnia coreana pero habían nacido en Japón porque sus padres habían sido desplazados a la isla para apoyar la causa japonesa en la Segunda Guerra Mundial. Al término de la guerra, el abuelo de Jun-sang, ya muy viejo para trasladarse él mismo pero con ansias de que su familia regrese a su país natal y miembro del Partido Comunista Japonés, envió a su hijo mayor (el padre de Jun-sang) a Corea del Norte en 1962 para servir a la causa del nuevo país "libre" del colonialismo japonés (a diferencia del gobierno pro-EEUU de Syngman Rhee en Corea del Sur, que había elevado al poder a varios colaboradores japoneses).

A pesar de ser un auténtico comunista y haber dejado a su familia atrás para regresar a su país y servir al régimen de Kim Il-sung, Jun-sang fue denominado un kitachosenjin, o japonés-coreano, que automáticamente ocupaban un bajo nivel dentro de la clase hostil de Corea del Norte. Para un gobierno cuyo poder depende de su capacidad de aislar a los ciudadanos completamente, el contacto con el exterior que habían gozado los kitachosenjin a través de su país de nacimiento planteaba una grave amenaza para el régimen que justificaba la vigilancia del grupo.


El Campo 14, un campo de concentración al norte de Pyongyang, según el recuerdo de Shin Dong-hyuk, la única persona que se conoce que nació y escapó de allí.

Solamente existe una categoría, que compone el 1% de la población, o alrededor de 200.000 personas, inferior a los beulsun. Son aquellos que han nacido dentro de o fueron expulsados permanentemente a uno de los campos de concentración del territorio modelados al estilo de los gulags soviéticos. Los relatos que han surgido de la vida dentro de ellos son historias de infiernos sobre la tierra.

martes, 20 de junio de 2017

India: Un crimen pasional de un oficial naval

Un "delito de pasión" que la India nunca olvidó
Por Bachi Karkaria
Mumbai | BBC


Sylvia y Kawas Nanavati, poco después de que se casaron en 1949
Captura de imagen
Sylvia y Kawas Nanavati, poco después de que se casaron en 1949
En la bochornosa tarde del 27 de abril de 1959, en un elegante barrio de Bombay (ahora Bombay), un oficial naval indio decorado entró en el dormitorio del amante de su esposa inglesa y lo mató a tiros.
El comandante Kawas Maneckshaw Nanavati le disparó a Prem Ahuja, un hombre de negocios, con un arma tomada de su barco, y luego fue a la comisaría para confesar su crimen.
Su juicio de alto perfil capturó la imaginación del público.
Las mujeres desmayadas lanzaban notas de billetes con lápiz de labios en el oficial de la marina cuando llegaba cada día para el juicio con uniforme completo, acompañado por una intermitente escolta naval.
Los frenéticos partidarios del oficial gritaron "¡Siéntate!" ¡y callate!" A los testigos de cargo. Las multitudes llenaban las calles de los alrededores, en ocasiones necesitaban a la policía antidisturbios.

El juicio de Nanavati


  • 27 de abril de 1959: Kawas Nanavati es arrestado por disparar a los muertos Prem Ahuja en Bombay
  • 23 de septiembre de 1959: Un jurado del tribunal de primera instancia condena a Nanavati. Veredicto declarado "perverso" por el juez y remitido al Tribunal Superior de Bombay
  • 11 de marzo de 1959: Tribunal Supremo de Bombay considera culpable a Nanavati de asesinar a Ahuja y lo condena a cadena perpetua
  • En el plazo de cuatro horas, el gobernador del estado de Bombay emite la orden sin precedente que suspende la sentencia hasta que el recurso de Nanavati al Tribunal Supremo se elimine
  • 5 de septiembre de 1960: La Corte Suprema concluye que el gobernador "sobrepasó" sus poderes y deroga su suspensión de la sentencia de Nanavati
  • 8 de septiembre de 1960: Nanavati es transferido de la custodia naval a una prisión civil
  • Oct 1963: Nanavati obtiene libertad condicional por razones de salud y es trasladado a un bungalow en una colina
  • 16 de marzo de 1964: Nanavati es indultado por el gobernador del nuevo estado de Maharashtra, Vijaylakshmi Pandit
  • 1968: Nanavati y su familia - esposa y tres hijos - emigran a Canadá

Dentro de la corte, la fiscalía argumentó que el Sr. Ahuja acababa de salir de su baño, con sólo una toalla alrededor de su cintura, cuando le dispararon. La defensa dijo que el arma se disparó accidentalmente durante una pelea entre los dos hombres.
Pero la fiscalía preguntó claramente cómo la toalla podría haber permanecido firmemente en su lugar cuando el Sr. Ahuja fue encontrado muerto en el suelo.
Fuera de la cancha, los vendedores callejeros vendieron armas de juguete y toallas reales, gritando en hindi, "Nanavati ka pistoll! Bang, bang, bang! Ahuja ka towliya! Marega toh bhi nahin girega !!" (La pistola de Nanavati, la toalla de Ahuja, no caerá ni siquiera si caes muerto).

El juicio del primer "delito de pasión" de la clase alta de la India -una emocionante historia de amor y honor- tuvo bastantes giros y giros, lo que condujo a un perdón inesperado para el oficial naval. También resultó ser el último juicio de India por el jurado.


El caso se convirtió en una embriagadora mezcla de moralidad, patriotismo y orgullo comunitario
Por un lado, la defensa, una colección de los mejores abogados de la ciudad, retrató al acusado como un héroe y la víctima como un villano.
Dijeron que Nanavati era un alto oficial de la marina que estuvo en el mar durante meses y meses al servicio de su país, dejando a su esposa "solitaria y vulnerable".
Pintaron al Sr. Ahuja como un rico hombre de negocios sin ningún compromiso con la moralidad o el nacionalismo. Un supuesto asunto con la esposa de un oficial naval no sólo era inmoral, sino casi anti-nacional, argumentó la defensa.
También ayudó en el caso de la defensa que Nanavati era un Parsi, uno de los zoroastrianos de la India, una rica comunidad de negocios que había creado empleos y contribuido con instituciones públicas a Bombay. La imagen de la comunidad era de alta mentalidad, integridad y ilimitada filantropía.

Mezcla emocionante

El Sr. Ahuja, por el contrario, era un Sindhi, una comunidad de refugiados partición, y fue interpretado por la defensa y los medios sensacionalistas como uno interesado sólo en hacer dinero por medios justos o foul. La defensa también señaló el licor encontrado en su casa en lo que entonces era una prohibición de la era de Bombay y las cartas de amor de otras mujeres, para sugerir un carácter libertino.
Así que el caso se convirtió en una embriagadora mezcla de moralidad, patriotismo y orgullo y prejuicio comunales.
También fue el tema de varias películas de Bollywood, libros e incluso una tesis doctoral.
El caso llevó a la Corte Suprema a examinar nuevamente las leyes constitucionales que definían los poderes del gobernador -el gobernador del estado había promulgado una orden sin precedentes que suspendía la sentencia de culpabilidad dictada por el Tribunal Supremo, que luego fue revocada por el Tribunal Supremo.
Más importante aún, el caso escribió la orden de muerte de los juicios por jurado en la India.


Los Nanavatis eran parte de una próspera comunidad de Parsis en Mumbai

Sin dar ninguna razón, el jurado de nueve miembros había encontrado a Nanavati inocente. El juez declaró el veredicto "perverso" porque, a su juicio, todas las pruebas admisibles presentadas señalaban la culpabilidad del funcionario.
Había editoriales mordaces en los periódicos, que también informaron de un "furor en el parlamento" que cuestiona el desvío del proceso judicial para "favorecer a un hombre con amigos influyentes".
Cuatro meses más tarde, frente a las críticas, el gobierno puso fin a los juicios por jurado, o lo que se llama "justicia laical".
Nanavati fue enviado a la prisión en septiembre de 1960. Se le concedió libertad condicional por razones de salud en octubre de 1963 y se le permitió vivir en un bungalow en la localidad costera de Lonavala. Allí se le dio noticias de su indulto en marzo de 1964.

Estado mítico

El nuevo gobernador del estado Vijaylakshmi Pandit indultó a Nanavati sobre la base de una petición de misericordia y "en vista de las circunstancias del caso".
Cuatro años más tarde, Nanavati y su familia salieron de Mumbai y emigraron a Canadá donde murió en 2003, un anciano venerado de la floreciente diáspora zoroastrista de Ontario. Sylvia sigue siendo la madre amorosa y una abuela cariñosa.
Cada década posterior ha visto "crímenes de celebridad" de alto perfil desencadenados por la pasión romántica o la codicia prosaica. Ninguno logró o puede llegar al estatus mítico de la saga Nanavati.

sábado, 3 de junio de 2017

SGM: Casamiento y suicidio de Hitler

Casamiento, cianuro y dos tiros: a 72 años del final de Adolf Hitler y Eva Braun
Se conocieron en una escena de comedia de Hollywood y murieron juntos como en una ópera de Wagner. Él le llevaba más de veinte años. Lo acosaba la oscura historia de otra amante que se suicidó a los 23, pero de la que se sospecha que él pudo ser el asesino. Eva también intentó suicidarse por celos
Por Alfredo Serra | Especial para Infobae




"Mis ojos cayeron primero sobre Eva. Estaba sentada, con las piernas estiradas y la cabeza inclinada hacia Hitler. Sus zapatos estaban debajo del sofá. Junto a ella, Hitler, muerto. Sus ojos estaban abiertos. Su cabeza se había inclinado levemente hacia delante".
(Testimonio de Rochus Misch, guardaespaldas del füher, en su libro "El último testigo de Hitler")

La última escena: 30 de abril de 1945, mientras el Ejército Rojo estaba apenas a trescientos metros del impenetrable bunker, y los soldados rusos esperaban cobrarse con sangre su millón de muertos en la batalla de Stalingrado.

Pero la primera escena de esa historia estuvo muy lejos de la última, digna de una ópera de Wagner. Como un clishé de una comedia romántica de Hollywood: una chica subida a una escalera y un hombre mirando con codicia sus piernas. Fue una tarde de 1929, en Múnich. La chica, en la escalera, archivaba unos papeles, cuando entró un hombre e hizo lo mismo que el galán del film: quedó estático mirando las blancas y bien formadas piernas.

Él es Adolf Hitler, 40 años, austríaco, pintor fracasado. Sus infantiles acuarelas no pasaron el examen de la academia de arte. Pero imagina un futuro colosal. Ya lidera el Partido nacionalsocialista (o Partido nazi), aspira a ser Canciller de Alemania –lo logrará en 1933–, y se siente amo absoluto de un mundo que hará volar en pedazos para instalar la dictadura de la raza aria. Nada menos.

Ella es Eva Anna Paula Braun, nacida en Baviera, hija de una familia católica de clase media. Padres: Friedrich y Margarete Franciska. Un matrimonio casi perfecto, de novela rosa: el género literario preferido de Eva –también las novelas del Lejano Oeste–, que además intenta tener el cuerpo de una walkiria, una de las doce diosas de la guerra que servían a Odín, amo del Universo, según la mitología nórdica. Esforzada nadadora, también esquía, patina, hace gimnasia, alpinismo, ciclismo. Pero su intelecto no crece: hoy sería juzgada como una rubia tonta. Completa su educación en un colegio de monjas. En Baviera, ninguna joven es bien mirada, una dama, si no ha pasado por esos claustros. A los 17 busca trabajo. Empieza como mecanógrafa, y poco después entra al taller y estudio fotográfico de un tal Heinrich Hoffmann, donde aprende a usar cámaras de fotos y filmadoras. Algo que al final del camino será clave para una reconstrucción de su vida íntima con Hitler.



Poco después de la escena de la escalera, Eva le escribe a una prima: "Y de pronto apareció un señor de cierta edad –tenía 40–, con un gracioso bigotito y un gran sombrero de fieltro, que se presentó como `el señor Wolf´". En alemán, "lobo".

Lobo que se obstina en conquistar, como al mundo, a Eva.

Lobo que viene de una relación muy oscura con su media sobrina Angela María (Geli) Raubal, hija del ama de llaves de Hitler.

Empieza a vivir con ella en 1925. La obliga a dejar sus estudios de Medicina. Descubre que tiene una relación con su chofer, Emil Maurice, y los celos lo transfiguran. La convierte en una prisionera. Ella, en cartas, denuncia que Hitler es "un perverso sexual que me obliga a hacer cosas repugnantes". En 1931, a sus 23 años, la encuentran muerta: balazo en el pulmón disparado por la pistola Whalter de su tío. La policía dictamina "suicidio". Pero su familia jamás creyó en esa versión. ¿La hizo matar Hitler, o fue él quien apretó el gatillo? ¿Lo hicieron sicarios de nazis que la odiaban porque alejaba al führer de la política?

El enigma jamás se aclaró.



La obsesión del "tío Wolf" por Eva es de ida y vuelta. Hitler le lleva más de treinta años, pero ella decide ser su amante casi de inmediato. Al principio, sus encuentros son furtivos: los jerarcas del partido la detestan porque aparta al jefe de su trono político. Y, para colmo, saben que a ella le repugna la política. Nada sabe del tema, no tolera charlas ni discusiones de ese tenor en su presencia, y esa actitud se mantendrá hasta el final de los dieciséis años que pasaron juntos… hasta cierto punto. Antes y después de 1939, año en que tropas nazis invaden Polonia y siguen su monstruoso avance sobre toda Europa, Eva vive casi en soledad, leyendo novelas baratas y fascinada con el cine romántico.

Modelo tomado de su familia, es la perfecta ama de casa –con Hitler y sin él– en el departamento de Berlín y en el Berghof (Nido del Águila), la magnífica casa en las montañas de Berchtesgaden que su amante hace construir para vivir sus últimos años, cuando la cruz esvástica flameara en todo el vasto mundo…



Eva, su amante y su esclava, recién describió su fanático amor por Hitler después del fallido atentado contra él en la Guarida del Lobo, un lugar secreto en el bosque urdido para las reuniones con su Estado Mayor.
El coronel y conde Claus von Stauffenberg planeó matarlo –decisión compartida por altísimos oficiales ante la inminente derrota– el 20 de julio de 1944 (Operación Valquiria) con una bomba oculta en un portafolio, pero Hitler, segundos antes, se alejó hasta un extremo del salón, y quedó ileso.

Al enterarse, y en su diario, confesó: "Desde nuestro primer encuentro juré seguirte a donde fueras, aún hasta la muerte. Sólo vivo para ti, mi amor". Pasión que, al principio de la relación y ante el desfile de mujeres que acosaban a su amante, la arrastró a un intento de suicidio. Pero el siniestro galán del bigotito la consoló comprándole un lujoso departamento amueblado a toda vela.

En el corazón de Berlín, Hitler hizo construir un bunker de cemento armado y acero. Refugio inexpugnable, servía de iglesia, salón de banquetes y hotel para Eva y Adolf. Pero los días del Tercer Reich, aquella locura de poder y muerte, empezaban su cuenta regresiva.

Desde el 14 de abril, el avance del Ejército Rojo sobre Berlín fue a tambor batiente: los cohetes Katyusha llovían sobre Berlín, la ciudad que el führer soñó como la futura capital del mundo. Salvo sus íntimos, como Joseph Goebbels, refugiados en el bunker hasta el final, la mayoría de generales y coroneles huyó en estampida.

Mientras, Eva escribía cartas… "Se oye el tronar de los cañones, no hay teléfono, no es posible huir en coche, hay bombardeos continuos. Pero estoy feliz por estar junto a él, y cada día que pasamos juntos es una victoria".

El 26 de abril, desde las hilachas del Alto Mando, el führer recibe la noticia fatal: no llegarán los refuerzos que esperaba. El Tercer Reich ha caído.
Le ofrece a Eva una escapatoria: el sur de Alemania o la embajada de Italia. Pero ella se niega. Si hay que morir, morirán juntos.

Hitler redacta su testamento, y dicta un párrafo inesperado: "Puesto que creí durante los años de lucha que no podía asumir la responsabilidad de formar un matrimonio, he decidido ahora, al fin de mi tránsito por el mundo terrestre, convertir en mi esposa a la mujer que, después de años de fiel amistad, llegó por su propia voluntad a la casi cercada ciudad para compartir su destino con el mío. Por deseo mío, se dirige a la muerte siendo mi esposa".

En el ocaso del 28 de abril, un servidor de Hitler le anuncia que fue imposible encontrar un funcionario del Registro Civil para concretar la ceremonia. "Encontramos uno, pero no tenía formularios", dice. En el derrumbe, no llega ni siquiera un mísero papel.



Sin embargo, antes de la medianoche los casa un jefe menor del Ministerio de Propaganda al que mandaron buscar en un auto blindado.

Los novios salen de su cuarto tomados de la mano. Hitler está pálido. Su mirada, perdida. Viste un traje arrugado: el mismo con el que durmió algunas horas durante el día. Lleva la Cruz de Oro del Partido nazi, la Cruz de Hierro de primera clase, y la insignia de los heridos en la Primera Guerra Mundial. Eva, demacrada, viste un traje azul marino y un sombrero gris. Se sientan. La sala –paradoja– es uno de los lugares de reunión donde se decidía el destino del planeta. Martin Borman, lugarteniente y perro fiel de su führer, preparó la sala para el acto corriendo algunos muebles. Alguien presta dos alianzas. Les quedan grandes. Pero es el único símbolo que tienen.

La ceremonia no pasa de los diez minutos.

El 29, las tropas rusas están a cien metros del bunker. La resistencia nazi es mínima. Disparan hasta unos niños con sus escopetas para matar pájaros.

Adolf y Eva no vuelven a salir de su cuarto. El 30, a las tres de la tarde, se oyen dos disparos. La pareja está muerta. Primero han tomado una pastilla de cianuro –método de Hitler para que se suicidaran los militares que creía traidores– y después se han pegado un tiro en la cabeza.

Seis soldados cumplen la última voluntad del jefe. Llevan los cuerpos a los jardines de la Cancillería (el palacio donde Hitler alcanzó la cumbre política en enero de 1933), los tiran a una fosa, los empapan con cien litros de gasolina, y una enorme hoguera los vuelve cenizas.

Sobre las ruinas de la calle resuenan las botas de los soldados rusos. Cae el telón sobre cincuenta millones de muertos.

sábado, 29 de abril de 2017

SGM: El nazi (otro más) que vivió en Argentina y murió en Paraguay

La asombrosa historia del criminal nazi que acabó bajo el bisturí de estudiantes de medicina paraguayos
Eduard Roschmann, alias Federico Wegener, vivió en Argentina y murió en Paraguay después de una larga fuga y con un periodista pisándole los talones. El tercer capítulo de los nazis que se escondieron en Sudamérica, en la pluma y el recuerdo de Alfredo Serra
Por Alfredo Serra | Especial para Infobae




Eduard Roschmann, comandante del campo de concentración en la capital de Letonia y responsable de la muerte de 40.000 judíos, terminó en una morgue paraguaya como objeto de estudio de aprendices de medicina

"En los ómnibus que oficiaban como cámaras de gas, Roschmann había ordenado pintar en los vidrios las figuras de seres humanos sonriendo. El que los veía pensaba, tal vez, que era gente feliz camino a su weekend. Pero en ese mismo momento, morían asfixiados adentro". (Frederick Forsyth, testimonio de 1977)

De cuantos sucesos extraños me ha deparado mi oficio, éste es el mayor. En 1972, Forsyth escribió uno de sus grandes best-sellers: "Odessa", basado en la organización del mismo nombre que protegió a criminales nazis del derrotado Tercer Reich. Eligió como protagonista a Eduard Roschmann, un SS que huyó de Alemania sin dejar rastros.


La primera mitad del libro es real: una biografía del SS hasta su desaparición. La segunda, ficción: un periodista lo busca para vengarse porque Roschmann asesinó a su padre. Pero esa segunda parte -la real- es la que yo investigué hasta su muerte siguiendo cada uno de sus pasos. Completé lo que para Forsyth hubiera sido imposible…

Lo que sigue es la exacta verdad.


Eduard Roschmann también fue protagonista de la novela best seller “Odessa”, del británico Frederick Forsyth, y del film del mismo nombre

Casi todos los pasajeros que iban en el ómnibus sonreían. Casi todos. El único gesto hosco, huidizo, era el del hombre del asiento número 23 -izquierda, ventanilla-: un hombre gordo, de cara roja y espeso bigote negro. A las ocho en punto de la noche del 6 de julio de 1977, el ómnibus de la compañía La Internacional -gris, con los colores de la bandera paraguaya pintados a lo largo- salió de Buenos Aires rumbo a Puerto Falcón, a 15 kilómetros de Asunción del Paraguay.

Un cuarto de hora antes, el hombre había llegado en un taxi a la estación terminal, jadeante, y se había desplomado en su asiento. Vestía pantalón negro, saco sport gris muy grueso, camisa blanca, corbata azul, y un sombrero brilloso por el uso y algo echado hacia delante le tapaba la cara. Mientras aseguraba su equipaje, su compañero de asiento bajó la vista: el hombre, a pesar de su sombrero y de su severa ropa, llevaba zapatillas deportivas blancas. Más tarde, en la primera parada, cuando el hombre bajó para tomar un café, su compañero de asiento notó que rengueaba.

A lo largo del viaje, el hombre se mantuvo despierto. Mientras pudo se sumergió en las páginas de un libro escrito en alemán. Cuando el chofer apagó las luces, guardó el libro en uno de los bolsillos de su saco y se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el vidrio, como si quisiera descifrar el paisaje borrado por la noche.

El ómnibus llegó a Puerto Falcón el 7 de julio a las tres de la tarde. Asunción gemía bajo 32 grados y 90 de humedad. Unas nubes oscuras con borde violeta estaban a punto de estallar en diluvio.

El hombre bajó del ómnibus y se mezcló entre la gente, en la ruidosa terminal Brújula: una confusa geografía en la esquina de Presidente Franco y Colón. Adormilado, entró a una de las casas de cambio y metió un billete de 100 dólares por el hueco abierto en el vidrio blindado de la ventanilla. El empleado le dio 11.300 guaraníes.


Eduard Roschmann, “el carnicero de Riga”, vivió en Olivos, Buenos Aires, con documentos argentinos a nombre de Federico Wegener

A las tres y veinte se sentó en una mesa de la Pez Mar, una antigua taberna, y pidió una gaseosa de cualquier marca, "pero bien helada", exigió. Le sirvieron Guaraná, y se la tomó de un golpe. Mientras pagaba le preguntó al mozo si conocía alguna pensión tranquila. El mozo anotó en una servilleta: "Señora Ríos, Iturbe 859".

A las cuatro de la tarde, Juana Echagüe de Ríos, flaca, morena, de 65 años, tomaba tereré en el ancho patio de su pensión de la calle Iturbe, sentada en un sillón de mimbre, cuando un taxi celeste frenó delante de la puerta. El hombre, con el pesado saco colgado del brazo, cruzó el angosto pasillo de entrada y saludó. Juana Echagüe lo miró de arriba abajo: un hábito que después de cuarenta años de oficio le bastaba para aprobar o rechazar al cliente.

-Necesito una pieza. ¿Tiene algo?

-Tengo.

-¿Cuál es el precio?

-Cuatrocientos guaraníes por día con pensión completa.

Aceptó sin mirar siquiera el lugar. Pagó diez días por adelantado. Puso su cédula de identidad en la rugosa mano de la mujer y se hundió en la pieza: un cuadrado de cinco por cinco pintado de rosa furioso, con puerta y ventana verdes, cinco camas de una plaza (una, coronada por un enorme mosquitero), dos roperos que conocieron tiempos mejores y una mesa cubierta por hule deshilachado, albergue de botellas de vino vacías, fruta, remedios y revistas deshojadas.


El hombre no abrió la valija. Colgó el sombrero en un clavo y se tiró en la cama. Sus cuatro compañeros dormían la siesta con los pies desnudos y la cara tapada con revistas. Cuando se despertaron los saludó apenas con un gesto. Los cuatro eran chinos y sólo hablaban chino. Esa noche, mientras devoraba un guiso de fideos en la mesa común, instalada en el patio, se enteró de que los chinos trabajaban como vendedores ambulantes.

En los días que siguieron, Juana Echagüe trató de arrancarle algunas confesiones. Inútil. Se estrelló contra un pétreo silencio. Pero, como una araña en su tela, la dueña de la pensión esperaba su oportunidad. "En algún momento –pensaba–, este hombre me contará su historia". Acaso con la complicidad de la noche, o el café, que tanto le gustaba.


Eduard Roschmann era austríaco y había nacido en 1908. Pero, según el documento argentino, se llamaba Federico Wegener, y era un checo nacido en junio de 1914 (Nazis en las sombras, Atlántida)

Pero el hombre no se rendía. Se levantaba al amanecer. Desayunaba -pan, manteca, dulce, mucho café- y volvía a la miserable pieza. No se levantaba de la cama ni siquiera cuando limpiaban. Respiraba con dificultad y se agitaba por nada. Leía revistas (siempre las mismas), y el libro escrito en alemán. No hablaba por teléfono ni recibía llamadas. Jamás le llegó una carta. Una vez, ella lo sorprendió mientras quemaba en el baño una de las revistas que guardaba debajo del colchón…

A la hora del almuerzo se sentaba, puntual, en la cabecera. Oía la charla de todos, pero no abría la boca. Comía con avidez. Casi con ferocidad. Con el último bocado volvía a la pieza. Salía otra vez para tomar la merienda y esperaba en la cama, alumbrado por una lámpara sin pantalla, las palmadas que anunciaban la comida de la noche. Aceptaba cualquier menú. Luego, vuelta a la cama. No intentaba hablar con los chinos ni los chinos se esforzaban por hablar con él. Vivían juntos. Los unía la promiscuidad. Pero no había entre ellos siquiera una precaria forma de comunicación.

El día número diez, la dueña de la pensión le preguntó a quemarropa qué hacía en Asunción. El hombre le dijo que había ido a visitar a una amiga alemana, pero que no podía encontrarla. Ella advirtió que mentía: nunca había salido de la pensión… Pero aprovechó la brecha para preguntarle algunas cosas más.

El hombre le dijo que nació en Checoslovaquia. Hablaba con fuerte acento alemán y no entendía bien el español. Había que repetirle frases, ya que preguntaba con muletillas: "¿Cómo dice? ¿Dice usted?". También reveló no tener familia y trabajar como empleado. Pero el undécimo día rompió la reclusión.

Salió a las cinco de la tarde y volvió tres horas después con un paquete en la mano. Un pantalón que compró en la casa Monarca, en pleno centro, y que pagó 1.500 guaraníes. Cuando la dueña estaba a punto de darse por vencida empezaron a suceder cosas extrañas.

El día decimoquinto, por la mañana, uno de los chinos abandonó la pensión. Una hora después ocupó la cama libre un uruguayo joven, de pobrísimo aspecto. Al otro día, cuando Juana asomó su cabeza para anunciar que el desayuno estaba servido descubrió que el uruguayo había desaparecido. En ese momento, su enigmático cliente salía del baño.

-Me robó. El uruguayo me robó cinco mil guaraníes y dos camisas.

-Ya mismo llamo a la policía.

-No, por favor. No llame a nadie. No importa.

Ella insistió. Y por primera vez, el hombre perdió la calma.

–¡La policía no! ¡La policía no! ¡Deje todo como está!


El terrible hacinamiento en los campos de concentración. Así dormían los prisioneros judíos del régimen nazi (Archivo)

Tres días más tarde empezó el final de la historia. La noche del 25 de julio comió con brutalidad. Después del postre -dos enormes pedazos de mamón en almíbar- rechazó el café, dijo que estaba muy fatigado y se acostó vestido. A las seis de la mañana del otro día, uno de los chinos se despertó sobresaltado por unos ronquidos.

Saltó de la cama. El hombre estaba violeta. Tenía los ojos abiertos, y su boca dejaba escapar algo parecido a la espuma. Los gritos del chino alertaron a toda la pensión.

Epifanio Ríos, hijo de la dueña, salió a la calle y llamó un taxi. Lo envolvieron en una frazada, lo metieron en el taxi y lo llevaron al Hospital de Clínicas, a unos tres kilómetros del centro. Félix Motta, uno de los médicos residentes, ordenó que lo internaran en la sala B de la primera cátedra de Clínica Médica: un rectángulo de quince por siete casi centenario y recién pintado de verde claro. Lo acostaron en la cama número 16, debajo de una repisa llena de flores de material plástico.

Motta, después de revisarlo, informó que estaba en coma. Sin embargo, no murió. Resistió ese día, el otro, el tercero. Los médicos le hicieron una traqueotomía.

El primer día de agosto se levantó de la cama. El 4 pidió permiso para volver a la pensión y sacar su equipaje. Tomó un taxi en la puerta del hospital, entró en la pensión, hizo su valija en cinco minutos y se despidió de la dueña.

-¿No va a volver?

-No sé. Pero me espera un tratamiento muy largo. No vale la pena que pierda un cliente por guardarme la pieza…

Al otro día, 5 de agosto, la enfermera Mirtha Rodríguez no lo encontró en su cama. Temprano, mezclado entre los otros enfermos y las visitas, bajó por la escalera (la sala B está en el primer piso), atravesó el enorme patio y salió a la calle. Volvió cinco horas después. Le preguntaron adónde había ido, pero se encerró en un terco silencio: como en sus días en la pensión.

El día 10 a las siete de la mañana, la misma enfermera se acercó a la cama 16 con el termómetro en la mano. El hombre tenía los ojos abiertos. El brazo derecho colgaba fuera de la cama. La sábana, retorcida, dejaba sus pies al descubierto. Pies mutilados. Un solo dedo en el derecho y cuatro en el izquierdo.


A Roschmann le faltaba un dedo del izquierdo y tres del derecho, amputados después de su fuga por la nieve tras el suicidio de Hitler (Nazis en las sombras, Atlántida)

Estaba muerto. Hora del final: 0.45. Causa: infarto de miocardio. Cerca de la medianoche del mismo día 10, uno de los secretarios de redacción del diario ABC Color revisaba las últimas pruebas de la edición. Sonó el teléfono. Una voz de una mujer dijo: "Esta mañana murió un hombre en el Hospital de Clínicas, Federico Wegener. Investiguen. Ese hombre es Eduard Roschmann, el criminal de guerra".

Una hora más tarde, la morgue del Hospital de Clínicas se iluminó con el resplandor de los flashes. Federico Wegener, el pensionista silencioso de la calle Iturbe, estaba sobre una gastada mesa de mármol. Su cara, su bigote, las cicatrices de su cuerpo, sus pies mutilados, eran pistas. Pero no definitivas.

Al amanecer del 11 de agosto, el comisario de la primera sección de Asunción revisó todos los papeles del muerto. Entre ellos, una libreta de enrolamiento argentina número 8209470 a nombre de Federico Wegener, nacido el 21 de junio de 1914 en Eger, Sudeti, Checoslovaquia. Y una cédula de identidad argentina, Policía Federal, número 7.550.943, del 9 de noviembre de 1967. Fecha de entrada a la Argentina: 2 de octubre de 1948.

"No es Roschmann. Alguien murió por él", dijo Simón Wiesenthal en su bunker: el Centro de Documentación Judía de Viena. Acababa de recibir un cable con la noticia de la muerte de Federico Wegener. Con esa misma frase empezó, dos horas más tarde, esta conversación telefónica con él.

-Insisto. No es Roschmann. Alguien murió por él. La organización es tan grande que puede disponer de cadáveres de reemplazo. Según mis informantes, Roschmann está en Bolivia.

-Pero hay muchas coincidencias, Wisenthal. Los dedos de los pies cortados, por ejemplo.

-Sí, lo leí en un cable. Eso me confunde. No tengo ese dato.

-Sin embargo, Forsyth asegura que sí. (Nota: un mes antes, el escritor le dijo a una enviada especial que Roschmann perdió los dedos de los pies por congelamiento. A fines del invierno de 1948, mientras lo llevaban detenido de Graz a Dacha, saltó del tren por la ventanilla del baño. Había mucha nieve, y caminó varios kilómetros hasta una población. Se le congelaron los pies. La gangrena obligó a un médico a cortarle los dedos).

-¿Qué archivos consultó Forsyth para lograr sacar esos datos?

-Los archivos británicos.

-Entonces es posible que sea Roschmann. Mi ficha sobre él no es demasiado completa.


Roschmann en la camilla de la morgue de Asunción, Paraguay. Murió en julio de 1977 de un ataque al corazón. Nadie sabía su nombre: era un NN (Nazis en las sombras, Atlántida)

Emilio Wolf es un fiambrero próspero. Su negocio, La Alemana número 1, está en la calle Yegros, centro de Asunción. Cuando vio la fotografía de Wegener en los diarios no pudo reprimir el grito: "Ese hombre es Roschmann! No puedo equivocarme. Si lo hubiera encontrado por la calle, yo mismo lo habría matado!

Ese mismo día lo entrevistó un periodista del ABC Color. Y veinticuatro horas después, siete balas se clavaron en el frente de la fiambrería. Crucé la calle -yo vivía en el hotel de enfrente-.

-¿Qué pasó?

-Lo que tenía que pasar. Ayer, después de la nota en el diario, recibí cuarenta amenazas de muerte. Pero no le tengo miedo ni a un batallón de nazis.

-¿Por qué está tan seguro de que el muerto es Roschmann?

-Estuve en siete campos de concentración. En tres estuvo Roschmann. Pasaron muchos años. Pero cuando alguien te da una paliza todos los días, no te olvidás de él aunque engorde, se quede pelado o se haga cirugía estética. La mirada de su fotografía es la misma del hombre que gozaba castigando a los prisioneros con un látigo de alambre.

Doce del mediodía del sábado 13 en Asunción. Estoy a punto de partir. Bajo la luz agónica de una lámpara, sobre una mesa de mármol, veo por última vez el cadáver de Federico Wegener o Eduardo Roschmann. Afuera, 160 estudiantes del primer curso de Anatomía ríen, hablan, cantan. Salgo. Uno de ellos me pregunta.

-¿Nadie reclamó el cadáver?

-Nadie.

-Qué bien.

-¿Por qué?

-Somos futuros médicos. Necesitamos cadáveres para estudiar, y no tenemos muchos. Podemos usar su cuerpo para las clases prácticas.

En 1944, ese hombre que está tapado con una lona verde sobre una mesa de mármol, mandó a la muerte a 80 mil judíos. Y ahora, mediodía del sábado, es apenas un despojo que espera el bisturí.

Su fuga duró 34 días: su infierno privado. No lo alcanzó el castigo: extradición, juicio, condena, horca. Caso cerrado. Me voy. Lo último que veo y oigo es un grupo de muchachos con guardapolvo blanco celebrando la llegada de un cadáver sin dueño. Como un acto de justicia. Como una sinfonía.

martes, 25 de abril de 2017

Nazismo: La educación y la juventud

La juventud alemana y la educación nazi
Javier Sanz - Historias de la Historia





La juventud comenzó a experimentar una revalorización a comienzos del siglo XX. Hasta entonces, se había tomado como un periodo en tierra de nadie. Se deja de ver a la persona como un niño pero no se le daba un estatus o trabajo de adulto. Sin embargo, a partir de la regulación del acceso al mercado laboral, del establecimiento de un periodo de educación obligatorio, de la creación de ejércitos nacionales y de la regulación del derecho a voto se favoreció el desarrollo de la juventud como un grupo social definido. En Europa en general, y en Alemania en particular, la primera gran oleada de movilización juvenil apareció tras la Gran Guerra, la cual tuvo un especial impacto en los jóvenes: muchos se quedaron huérfanos y asumieron responsabilidades que antes no tenían, numerosas familias quedaron completamente desestructuradas, lo que aumentó el nivel de autonomía de la juventud y, en consecuencia, el acrecentado interés de los grupos políticos en ella.

Durante aquellos años, la programación tanto de actuaciones como de publicaciones o discursos políticos iban a ir dirigidos, en su mayoría, a captar jóvenes desencantados de la posguerra que buscaban nuevos caminos y soluciones. Habían escarmentado y abandonado, casi por completo, los valores sociales tradicionales defendidos por sus mayores que habían sido aplastados por la Primera Guerra Mundial. Esta crisis ideológica y social comenzó a manifestarse a partir de 1919. El descontento juvenil fue aumentando durante el periodo de la República de Weimar debido a las consecuencias del Tratado de Versalles, a la hiperinflación que tuvo lugar entre 1921 y 1924 y a la Gran Depresión económica de 1929, cuya consecuencia más significativa fue el aumento de la tasa de desempleo: de 1.320.000 parados en septiembre de 1929 se pasó a unos 6.000.000 a comienzos de 1932.


Niños alemanes jugando con fajos de marcos

¿Qué más podía pasar? Solo faltaba que se pusiera a llover…y así fue. Las dificultades económicas que atravesaba la sociedad alemana junto a la incertidumbre política y a la baja moral de los adolescentes tuvieron un efecto devastador: la tasa de suicidios entre los estudiantes universitarios era tres veces más alta que la de la población en general. El suicidio pasó a convertirse en un acto extremo de protesta social. En definitiva, los alemanes nacidos entre 1903 y 1915 -que tendrían entre 18 y 30 años cuando Hitler llegó al poder en 1933– estuvieron afectados por problemas psicológicos, políticos, sociales y económicos.

Hitler entró en escena en medio de este panorama de malestar, la situación de inestabilidad que se respiraba en la sociedad facilitó su trabajo. El Führer dio un paso al frente y se presentó como una nueva fuerza y esperanza de cambio para el futuro. Así mismo, la gente joven veía en él un hermano mayor, una figura de referencia en la que confiar. Al César lo que es del César, Hitler tuvo el mérito de saber aprovechar la situación y sacarle el mayor partido posible a lo que estaba sucediendo. Los jóvenes, con su energía, sus ideales e inquietudes, fueron especialmente vulnerables a sus propósitos. Por ello, fueron tomados como pilares fundamentales de la política nacionalsocialista. Antes de llegar al poder, Adolf Hitler ya había dejado muy claro en Mein Kampf cuáles eran sus intenciones respecto a la juventud:

habrá que atender antes que a ninguna otra cosa, a la formación del carácter, al fomento de la fuerza de voluntad […] El Estado debe actuar en la presunción de que un hombre educado, sano de cuerpo, firme de carácter y lleno de confianza en sí mismo es más valioso para la comunidad que el poseedor de una alta cultura pero encanijado y pusilánime
Un alto número de niños y jóvenes fueron cautivados por el sentimiento de comunidad, de fe nacional y de odio racial que profesaba el régimen nazi. Esta nueva educación buscaba dar un mayor énfasis al entrenamiento, la disciplina y el ordenamiento… el sistema escolar fue suplantado por un entrenamiento, a todas luces, militar.



Por supuesto, el factor clave en el moldeamiento de los jóvenes fue el control del sistema educativo. Se creó un instrumento de regulación social para moldear a las juventudes dependiendo del objetivo que en ese momento persiguiera el gobierno. Los nazis estaban tan obsesionados con el control que crearon el Servicio de Patrulla de la Juventud Hitleriana para vigilar y combatir tanto la delincuencia como la mala conducta de los adolescentes. Como vemos utilizaban también a los jóvenes como un mecanismo de control y de guía para con sus iguales. Para Hitler el destino estaba en manos de la sangre de la raza, los jóvenes encontrarían la felicidad plena cuando adquiriesen conciencia de que era la sangre nórdica, única y exclusivamente, la que creaba unión entre los distintos individuos, formando así un sentimiento de comunidad. Este declive del individualismo -propio del siglo XIX- hizo su aparición en la educación.



Los elementos de mayor atracción para el ingreso en las Juventudes Hitlerianas (Hitlerjugend o HJ) fueron la naturaleza autoritaria del régimen nazi, la ideología despiadada de la supervivencia del más fuerte, el uso de armas y uniformes, las altas posibilidades de movilidad social o de estudiar una carrera y de conseguir estabilidad a partir de la educación. Quizás, otro motivo de atracción fue la edad de los dirigentes nazis, la mayoría eran jóvenes, lo que les hacía identificarse con la gente adolescente. Hitler era el mayor, contaba con 44 años en 1933, al frente de las HJ estaba Baldur Von Schirach con apenas 26, Himmler tenía 33 y Goebbels 36. No hay que olvidar que algunas adhesiones fueron obligadas mediante miedos y amenazas.

Con la llegada de Hitler al poder se produjeron cambios en la educación escolar. Las asignaturas de educación física -en la que si sacabas calificaciones bajas suponía la expulsión inmediata de la escuela- historia, alemán y biología -para el estudio de la raza y de la exclusión judía- tendrían mayor importancia. Además, la práctica del boxeo sería obligatoria porque aumentaba la obediencia, la coordinación, la camaradería, el espíritu varonil, la capacidad de autocontrol, una mayor disciplina y un desarrollo del carácter (casi ná). También se organizaban excursiones por la naturaleza para conocer mejor su patria y a los compañeros de otras partes del Reich.



Con el paso del tiempo, la formación intelectual pasó a un segundo plano en beneficio del fortalecimiento del carácter y el aumento de autoestima para los jóvenes. En 1938 el régimen nazi llevó a cabo una reorganización de la educación: ahora las lecciones debían ir dirigidas al desarrollo de la fortaleza, del sacrificio, de la lealtad y del silencio antes que al desarrollo intelectual. El nuevo rol que estaban adquiriendo los jóvenes en Alemania produjo una separación de la familia todavía mayor a la existente hasta 1933. Ahora los hijos debían ser los faros de sus padres, seres inadaptados de la época que estaban viviendo.

Hemos hablado de los alumnos pero ¿qué hay de los profesores? Cuando Hitler llega al poder, el 97% de ellos estaban enrolados en la Unión Nacionalsocialista de Profesores (Nationalsozialistische Lehrerbund). En 1936, el 32% de esta unión pertenecía al partido nazi y el 14% de este último porcentaje pertenecía al cuerpo de la dirección política del partido. En el caso de que los profesores no fueran simpatizantes del ideal nazi podían ser condenados, excluidos de su trabajo o formados para simpatizar con el régimen.



Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial muchos alumnos e integrantes de las juventudes, sobre todo los más competentes y comprometidos, tuvieron que alistarse y combatir. A medida que la guerra avanzaba se iban alistando sin apenas entrenamiento militar, lucharon de manera desigual los últimos meses de la guerra y sufrieron elevadísimas bajas: el 30 de enero de 1945, en la localidad de Gotenhafen, perdieron la vida cerca de 8.000 jóvenes. Parece clara la finalidad del sistema educativo nazi: formar jóvenes para que estuvieran preparados para morir y luchar por la nación. Al final de la guerra, la imagen de la HJ cambió. Pasaron a ser jóvenes desencantados, a sentirse abandonados y comenzaron a realizar actividades más solidarias como la identificación y el enterramiento de cadáveres o la extinción de incendios. Algunos historiadores han llegado a afirmar que Hitler renegaba de la HJ, así como que sus muertes le importaban más bien poco. Sin embargo, dejó escrito en su testamento político lo siguiente: “muero con el corazón feliz, consciente de los incalculables legados y logros de nuestros soldados en el frente, nuestras mujeres en casa, los logros de nuestros campesinos y obreros en su trabajo, únicos en la historia, y de las juventudes que llevan mi nombre”

Si queremos buscar una evidencia más reciente de lo decisiva que fue la educación del régimen nacionalsocialista podemos tomar como referencia un estudio realizado por la Universidad de California entre 1996 y 2006. Se realizaron 5.300 entrevistas a alemanes nacidos entre los años 20 y 30 y se llegó a la conclusión de que la propaganda y el adoctrinamiento tuvo un resultado espectacular, sobre todo, aquel que se centraba en fomentar el odio racial: los jóvenes alemanes nacidos entre esas fechas eran mucho más antisemitas que los nacidos antes o después. ¡Qué sencillo resulta cambiar las creencias e ideales a través de la política!