
El intento de atentado contra Rosas en 1841




Alejandro Corbacho
Redacción Clarín

En ocasiones, los líderes políticos recurren a las lecciones de la historia para justificar o defender sus acciones. La presidente Cristina Fernández de Kirchner no es ajena a esta práctica. Especialistas han estudiado este fenómeno y concluyen que no está mal usar la historia, el problema es caer en el abuso. En cadena nacional del 15 de agosto pasado, la presidente explicó que Hitler no había llegado por la inflación, sino “porque habían humillado a Alemania” y agregó que “el nazismo fue la consecuencia de las condiciones que los aliados impusieron a la Alemania vencida de la Primera Guerra Mundial a través del Tratado de Versalles”. Se trata de un argumento utilizado por los defensores de las políticas agresivas y expansionistas que siguió ese país a partir del ascenso del nazismo. La historia académica lo superó al demostrar claramente su insuficiencia para explicar la tragedia que asoló a Alemania y luego al mundo en los años treinta.
Se sabe que la inflación que se disparó en la primera posguerra hasta 1926, como un impuesto invisible, terminó debilitando a las nuevas democracias. Dañó la moral del trabajo y de su corolario, el ahorro; puso en duda el ascenso social, reafirmó las desigualdades y estableció una diferencia entre los que la supieron aprovechar y los que la padecieron. Ante la crisis monetaria, se abrió el camino a la aventura. La democracia parlamentaria fue reemplazada por el mito y el culto al hombre providencial, el Jefe, capaz de acabar con la inflación por su carisma. El ascenso del nazismo se debió a un proceso más largo y complejo en el que el pueblo alemán y sus líderes pudieron haber tomado otro camino.
Cuando los líderes apelan al pasado sin fundamento de investigación histórica se comportan como “historiadores prácticos-intuitivos”. Lo utilizan en base a una percepción subjetiva, imágenes y conocimiento selectivo. En muchos casos, sus explicaciones pueden llegar a ser suficientemente precisas en un nivel muy general pero son muy imprecisas en los detalles. Los expertos sostienen que aquellos que recurren a contar la historia con esa perspectiva muestran una gran confianza en sus afirmaciones y carecen de inhibición para utilizar el pasado en formas diferentes, aunque sepan poco del tema. Al abusar de este recurso pueden terminar en desvíos o falacias o corren el peligro de presentar los hechos como inevitables. Recurrir a la historia de manera ligera podría llevar también al orador a sostener posiciones que en realidad no son las propias pero que dejan la percepción equivocada sobre dónde están sus valores y prioridades. La humillación no explica la violencia electoral y el empleo de grupos de choque para acallar a los opositores de esa época. A fin de no repetir la historia, lo importante es reconocer por qué la democracia sucumbió para defenderla hoy plenamente.
Alejandro Corbacho
Director del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales (UCEMA)
A comienzos de la década de 1940, los ingenieros Ed Heinemann, Robert Donovan y Ted Smith, de la compañía Douglas, diseñaron el avión de ataque A-26 Invader. Difícilmente podrían haber anticipado la longeva y versátil trayectoria operativa que tendría su creación. Esto resulta aún más sorprendente considerando que, durante sus primeras misiones en la Segunda Guerra Mundial, el A-26 mostró un rendimiento insatisfactorio y requirió modificaciones sustanciales en su diseño.
Sin embargo, en el teatro europeo, el avión demostró rápidamente su eficacia. Tras la guerra, el A-26 fue reclasificado como B-26 (en su versión de bombardeo) y RB-26 (en su variante de reconocimiento), permaneciendo en servicio activo. En 1950, volvió a destacar en combate durante la Guerra de Corea, donde fue empleado en gran escala con notable éxito.
Finalizado el conflicto en 1953, muchos en la Fuerza Aérea de Estados Unidos consideraron que la era de los bombarderos a pistón había llegado a su fin. Como resultado, el B-26 fue relegado a unidades de segunda línea, fuerzas auxiliares, la Guardia Nacional de distintos estados, o directamente almacenado. Numerosos ejemplares fueron vendidos o transferidos a países aliados.
En el contexto de la emergente era atómica y del desarrollo de misiles, parecía no haber lugar para un avión diseñado en los primeros años de la década de 1940 y cuyos ejemplares operativos ya mostraban un importante desgaste. Todo indicaba que su ciclo de vida estaba concluido.

Por supuesto, varios aliados de Estados Unidos continuaron utilizando masivamente los B-26 en combate, desde el régimen de Batista en Cuba hasta las fuerzas francesas en Indochina. Sin embargo, para la Fuerza Aérea de los EE. UU., que avanzaba hacia sistemas de alta tecnología, estos aviones parecían haber quedado relegados al pasado.
Pero la historia tomaría otro rumbo.
En 1950, la CIA organizó unidades de pilotos mercenarios destinadas a apoyar a fuerzas anticomunistas en el sudeste asiático. Estas operaciones se encubrieron bajo el nombre de la aerolínea ficticia Air America y fueron empleadas en múltiples misiones secretas. Inicialmente, Laos fue el centro de estas actividades, pero a partir de 1954, con la división de Vietnam en dos Estados (aun cuando la legitimidad del Sur era cuestionada), la preocupación de Washington se desplazó también hacia ese país.
En marzo de 1961, ante el avance de los insurgentes comunistas, el presidente John F. Kennedy aprobó un plan del Estado Mayor para el uso encubierto de la aviación. Así nació la Operación Millpond, que consistía en desplegar medios aéreos en Tailandia, concretamente en la base de Takhli, en un plazo de 40 días. El contingente incluía 16 bombarderos B-26 Invader, 14 helicópteros Sikorsky H-34, tres transportes S-47 y un DC-4.
La operación preveía que el ejército tailandés, con apoyo estadounidense, combatiría en tierra junto a las fuerzas monárquicas laosianas, mientras los B-26 y otros medios aéreos realizarían ataques, reconocimiento y transporte. Sin embargo, la operación fue cancelada cuando surgió una necesidad urgente en otro frente: Cuba, donde se planeaba una invasión mercenaria. En ese escenario, los B-26 sí entrarían en combate, e incluso estaban presentes también en el bando cubano.
El B-26 fue elegido para operaciones encubiertas por varias razones:
Estaba disponible en grandes cantidades.
Su adquisición y mantenimiento eran económicos.
Había muchos pilotos entrenados para operarlo.
En ausencia de defensas aéreas avanzadas, era un sistema de ataque eficaz: podía cargar napalm, bombas, cohetes y hasta ocho ametralladoras calibre .50 montadas en el morro, más armamento adicional bajo las alas. Su potencia de fuego era devastadora.
Además, sus características lo hacían apto para detectar y atacar blancos pequeños desde el aire. En contraste, la Fuerza Aérea de EE. UU. se enfocaba en desarrollar aviones supersónicos diseñados para ataques nucleares, que resultaban inadecuados para conflictos de guerrilla en la jungla. Un avión a pistón con alas rectas, como el B-26, era mucho más útil para ese tipo de guerra.
La Guerra de Vietnam expuso una debilidad estratégica de la Fuerza Aérea de EE. UU., que —a diferencia de la Armada, equipada con aviones de ataque como el A-4 Skyhawk, el A-6 Intruder y el A-7 Corsair II— no contaba con un avión de apoyo cercano eficaz. Así, el uso de aparatos antiguos como el B-26 se volvió indispensable.
Otro factor fue el acuerdo internacional que desde 1954 prohibía el envío de aviones a reacción a Vietnam. Los aviones a pistón no estaban cubiertos por esa restricción.
Además, el uso del B-26 facilitaba el encubrimiento: como era un modelo ampliamente distribuido y vendido por EE. UU., su empleo permitía negar oficialmente la responsabilidad de las acciones.
Aunque la Operación Millpond no llegó a ejecutarse, los Invader no tardaron en llegar al sudeste asiático, esta vez a Vietnam.
Incluso antes de concluir Millpond, Kennedy firmó el Memorando de Acción de Seguridad Nacional N.º 2 (NSAM-2), que ordenaba la creación de fuerzas capaces de contrarrestar el respaldo soviético y norvietnamita al Viet Cong. Como respuesta, el general Curtis LeMay, figura central de los bombardeos estratégicos en la Segunda Guerra Mundial y entonces Jefe Adjunto del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, instruyó al Comando Aéreo Táctico a formar una unidad de élite que pudiera apoyar a Vietnam del Sur.
Así nació la Operación Farm Gate ("Puerta de la granja"). El 14 de abril de 1961, se constituyó el 4400th Combat Crew Training Squadron (CCTS), con 352 hombres (124 oficiales), al mando del coronel Benjamin King, veterano de la Segunda Guerra Mundial. Aunque oficialmente se presentaba como una unidad de entrenamiento para pilotos sudvietnamitas, su verdadero propósito era llevar a cabo operaciones de combate. En los documentos logísticos fue identificada como "Jungle Jim", apodo que pronto adoptaría la unidad.
La escuadra recibió:
16 aviones SC-47 (versión SAR del C-47),
8 T-28 Trojan (entrenadores armados),
8 bombarderos B-26 Invader.
Todos los aparatos portaban insignias de la Fuerza Aérea de Vietnam del Sur, y los tripulantes volaban sin emblemas, documentos o uniformes oficiales. Cada integrante debía aceptar por adelantado que no representaría oficialmente a Estados Unidos, no portaría uniforme nacional, y que el gobierno podría negarse a reconocerlo si era capturado.
Se informó a los miembros que la unidad formaría parte de las fuerzas de operaciones especiales bajo el nombre de "comandos aéreos", y comenzaron entrenamientos en tareas de ataque, apoyo nocturno y operaciones conjuntas con fuerzas especiales terrestres. La mayoría de los efectivos creía que se estaban preparando para una invasión a Cuba.
Pero el 11 de octubre de 1961, mediante el NSAM-104, Kennedy ordenó oficialmente desplegar el escuadrón en Vietnam. El comando aéreo encubierto había comenzado.
Su destino fue la base aérea de Bien Hoa, a 32 km de Saigón, una antigua instalación francesa en mal estado. El primer grupo, con SC-47 y T-28, llegó en noviembre de 1961. El segundo, con los B-26, lo hizo en diciembre. Todos los aviones llevaban distintivos sudvietnamitas, ocultando la participación directa de Estados Unidos en la guerra.

El personal del escuadrón pronto adoptó como uniforme un atuendo no reglamentario: sombreros tipo panamá sin insignias, similares a los usados por las fuerzas australianas. Incluso el coronel Benjamin King, comandante de la unidad, vestía de esta manera, reforzando la imagen de una fuerza no oficial.
El 26 de diciembre, el Secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert McNamara, quien jugaría un papel clave (y controvertido) en la escalada de la guerra, emitió una orden que establecía que un cadete de la Fuerza Aérea de Vietnam del Sur debía acompañar todos los vuelos operados por estadounidenses. En apariencia, esto debía reforzar la idea de que la unidad solo cumplía funciones de entrenamiento. Inicialmente, se cumplió la orden, pero los vietnamitas a bordo no recibían formación real: su presencia era meramente decorativa. Más adelante comenzó un proceso formal de instrucción, aunque desde el principio las misiones eran de combate y los "cadetes" eran solo una cobertura legal.
El capitán Bill Brown, comandante de un SC-47, declaró posteriormente en conversaciones privadas que a los tripulantes vietnamitas se les prohibía expresamente tocar los controles del avión. Su presencia no tenía ningún rol operativo.
A finales de 1961 comenzaron oficialmente los vuelos de la unidad "comando aéreo". Los B-26 y T-28 realizaron misiones de reconocimiento, patrullaje aéreo, vigilancia y apoyo aéreo cercano a las tropas en tierra. Por su parte, los SC-47 ejecutaban operaciones psicológicas, como el lanzamiento de folletos propagandísticos o la difusión de mensajes por altavoces desde el aire. También transportaban a miembros de las fuerzas especiales estadounidenses encargadas de organizar y entrenar unidades paramilitares irregulares anti-Viet Cong, cuyo número aumentaba rápidamente en esa etapa inicial del conflicto.

A comienzos de 1962, el coronel King recibió la orden de iniciar operaciones nocturnas para mantener la discreción de las misiones. Aunque los aviones disponibles no estaban originalmente adaptados para combate nocturno, King poseía una vasta experiencia en este tipo de operaciones y sabía cómo implementarlas eficazmente. Bajo su liderazgo, todas las tripulaciones comenzaron a recibir entrenamiento especializado para vuelos nocturnos, y en poco tiempo se iniciaron misiones de combate durante la noche.
La táctica habitual de estos ataques consistía en lanzar bengalas desde los aviones —tanto desde las bodegas del SC-47 como desde soportes externos en el B-26— para iluminar las posiciones enemigas. A continuación, se procedía al ataque de los blancos visibles, generalmente combatientes del Viet Cong. Según informes estadounidenses, los guerrilleros tendían a dispersarse en cuanto se encendía la iluminación, ya que, poco armados, no podían enfrentar eficazmente a los aviones, y la única respuesta viable era huir.
Sin embargo, no todos los enfrentamientos fueron tan simples. En numerosas ocasiones, los vietnamitas respondieron con fuego, y muchas misiones del supuesto "escuadrón de entrenamiento" fueron tan exigentes como las de cualquier unidad de combate convencional.
Con el tiempo, el uso de bengalas fue reemplazado por bombas de napalm, lo que ofrecía una mayor efectividad destructiva. No obstante, investigaciones estadounidenses señalaron que estas tácticas rudimentarias solo eran viables gracias al altísimo nivel de entrenamiento de las tripulaciones, que compensaba las carencias técnicas.
A partir de ese mismo año, el grupo "Jungle Jim" pasó a estar subordinado al comando de la 2.ª División Aérea de la Fuerza Aérea de EE. UU., dentro de la cual era la única unidad de combate activa, ya que oficialmente Estados Unidos aún no reconocía su participación directa en la guerra.
El comandante de esa división, el brigadier general Rollin Anthis, observó con preocupación que las fuerzas terrestres de Vietnam del Sur no podían contener al Viet Cong sin apoyo aéreo, y que la Fuerza Aérea sudvietnamita, por su escasa preparación y limitado número de pilotos, no estaba en condiciones de brindar ese respaldo. Por ello, el trabajo del escuadrón aéreo estadounidense se intensificó, y se acondicionaron aeródromos avanzados más cercanos a la línea del frente. Aun así, los recursos eran insuficientes.
Anthis solicitó entonces refuerzos, tanto en personal como en material. En la segunda mitad de 1962, pidió específicamente 10 B-26, 5 T-28 y 2 SC-47 adicionales. Esta solicitud fue revisada personalmente por el secretario Robert McNamara, quien, si bien era contrario a una expansión directa de la presencia militar estadounidense en Vietnam, autorizó el envío de dichos refuerzos, junto con un par de aviones U-10 ligeros, destinados a tareas de enlace y vigilancia.

A comienzos de 1963, las fuerzas armadas de Vietnam del Sur sufrieron varias derrotas significativas a manos del Viet Cong. Esta situación dejó claro, tanto para el mando militar como para los responsables políticos estadounidenses, que los sudvietnamitas no estaban dispuestos —ni eran capaces— de defender por sí solos al régimen de Saigón. Se volvió evidente la necesidad de reforzar el compromiso militar de EE. UU.
En ese momento, el número de efectivos de la Fuerza Aérea estadounidense en Vietnam superaba los 5.000 hombres, siendo los comandos aéreos los más activos en combate. Ante esta realidad, la USAF dejó de ocultar su intervención directa y creó una nueva unidad formal: el 1st Air Commando Squadron. Esta nueva estructura absorbió al personal, aviones y equipos del anterior 4400th CCTS (“Jungle Jim”), el cual permaneció en EE. UU. como unidad de entrenamiento. En la práctica, lo que cambió fue la escala de las operaciones de combate, no su naturaleza.
La situación en el terreno se volvió más peligrosa. El Viet Cong ya no temía a los aviones: ahora contaban con ametralladoras pesadas DShK, de origen soviético o chino, que empleaban con eficacia. En febrero de 1962 se produjo la primera pérdida: un SC-47 fue derribado durante el lanzamiento de una carga en paracaídas, lo que provocó la muerte de seis tripulantes estadounidenses, dos asesores y un militar sudvietnamita.
Las pérdidas se acumularon. Para julio de 1963, se habían perdido:
4 B-26
4 T-28
1 SC-47
1 U-10
Total de bajas: 16 efectivos.
La calidad del material en uso era un problema crítico. Todos los aviones utilizados derivaban de modelos diseñados en la Segunda Guerra Mundial. El B-26, en particular, había combatido en esa guerra, en Corea y en otras operaciones posteriores, antes de pasar años almacenado en Davis-Monthan AFB. A pesar de haber sido reacondicionados antes de su despliegue en Vietnam, muchos presentaban condiciones mecánicas deficientes.
El capitán Roy Dalton, piloto de B-26, describió el estado de las aeronaves:
“Todos estos aviones fueron utilizados en la Segunda Guerra Mundial y en Corea. Acumulaban entre 1.800 y 4.000 horas de vuelo. Cada uno había sido reparado varias veces y no existían dos aviones técnicamente idénticos. Las modificaciones acumuladas afectaban el cableado, los instrumentos, los controles y los sistemas de comunicación. Ninguno tenía un esquema eléctrico correcto.”
El equipo era primitivo. En ocasiones, las radios no funcionaban y los navegantes debían comunicarse mediante golpecitos en el hombro del piloto.
Algunos B-26 incluso provenían de operaciones encubiertas de la CIA en Indonesia, sin haber sido mantenidos desde 1957. Su estado era aún peor.
El índice de disponibilidad operativa del B-26 nunca superó el 54,5%, lo cual ya se consideraba un resultado aceptable. La Fuerza Aérea barrió todos sus depósitos en busca de repuestos para mantenerlos volando.
Dalton también documentó las fallas que sufrió su avión en apenas dos meses de operaciones en 1962. Entre ellas:
Bombas que no se liberaban (16 y 20 de agosto).
Pérdidas de presión de combustible.
Fugas en frenos.
Fallos en los magnetos y generadores.
Fallos en misiles, ametralladoras y frenos durante el aterrizaje.
A pesar de ello, las tripulaciones continuaron operando durante años en estas condiciones.
Algunos aviones sí fueron completamente reacondicionados antes de su entrega y presentaban mejor desempeño. Entre ellos, un modelo de reconocimiento RB-26 fue equipado con un sistema de mapeo infrarrojo, una rareza para una aeronave cuyo diseño inicial databa de 1942. Aunque el sistema no funcionaba del todo bien, se empleó en misiones nocturnas para rastrear embarcaciones del Viet Cong. Esta versión recibió la designación RB-26L.
Sin embargo, la edad de los aparatos pasó factura. Desde 1962 se instalaron sensores de sobrecarga en todos los B-26 para vigilar la integridad estructural. El 16 de agosto de 1963, un avión perdió parte de un ala durante una misión; los pilotos lograron eyectarse. Peor aún, el 11 de febrero de 1964, durante una demostración en la base aérea de Eglin (EE. UU.), un B-26 perdió el ala izquierda en pleno vuelo. El accidente fue provocado por el retroceso de las ametralladoras durante un disparo. Ambos tripulantes murieron.
En ese momento, un B-26 del 1st Air Commando Squadron estaba en vuelo en Vietnam. Se le ordenó regresar inmediatamente, y se suspendieron todos los vuelos de B-26.
Tras revisar la flota, la Fuerza Aérea decidió retirar del servicio todos los B-26 que no hubieran sido modernizados. Solo se hicieron excepciones con los B-26K, una versión profundamente actualizada por la empresa On Mark Engineering. Este modelo incorporaba importantes mejoras estructurales, en aviónica y armamento, aumentando considerablemente su capacidad de combate y fiabilidad.
No obstante, al inicio de 1964, no había B-26K desplegados en Vietnam, y el 1st Air Commando Squadron suspendió sus operaciones con el modelo original. Los B-26K serían incorporados más adelante y operarían desde Tailandia, atacando convoyes enemigos en el Camino Ho Chi Minh, pero eso ya sería bajo otras unidades de la Fuerza Aérea.

Junto con la retirada del B-26 en 1964, el 1st Air Commando Squadron también tuvo que dejar de operar varios de sus T-28 Trojan, debido a problemas estructurales similares: fallas críticas en los elementos de las alas. Como resultado, el escuadrón quedó temporalmente limitado a misiones de transporte y rescate utilizando sus SC-47.
A pesar de operar con aviones anticuados, sin mejoras sustanciales desde la Segunda Guerra Mundial, el escuadrón logró hazañas notables. Sus tripulaciones realizaron evacuaciones de combate en condiciones extremas: aterrizaban en zonas de fuego enemigo, de noche, con mal tiempo y sin ayudas modernas de navegación, para extraer a soldados estadounidenses y sudvietnamitas en situaciones críticas.
Sin embargo, hacia finales de 1964, también estas operaciones fueron suspendidas. En diciembre, el escuadrón recibió un nuevo avión que marcaría una etapa decisiva en la guerra: el A-1 Skyraider, un avión de ataque monomotor a pistón, de gran resistencia y potencia de fuego. Este modelo se convertiría en el eje de sus operaciones durante el resto del conflicto.
Además, el 1st Air Commando Squadron fue pionero en el uso experimental de una nueva clase de aeronaves: los "gunships", aviones de transporte reconvertidos en plataformas de fuego lateral. Su primer modelo fue el AC-47 "Spooky", armado con ametralladoras montadas en el costado del fuselaje. Más adelante, cerca del final de la guerra, operaron también el más avanzado AC-130 "Spectre".
No obstante, la mayoría de las misiones del escuadrón se realizaron con A-1 Skyraider. Estos aviones no solo ejecutaban ataques contra objetivos terrestres, sino que escoltaban helicópteros de rescate y protegían a pilotos derribados hasta que podían ser evacuados. Con el tiempo, estas misiones de cobertura se convirtieron en una de sus funciones principales.
El 20 de septiembre de 1965, el escuadrón fue trasladado a Tailandia, a la base aérea de Nakhon Phanom. Desde allí, condujeron operaciones a lo largo del Camino Ho Chi Minh, con el objetivo de interrumpir el flujo logístico del Viet Cong desde Vietnam del Norte.
Finalmente, el 1 de agosto de 1968, la unidad recibió su designación definitiva: 1st Special Operations Squadron (1st SOS), nombre que aún conserva en la actualidad.

Pero a partir del incidente del Golfo de Tonkin, todo cambió: Estados Unidos entró abiertamente en la Guerra de Vietnam, y la actividad del 1st Air Commando Squadron pasó a ser solo una pieza más —ya no central— en el amplio despliegue militar estadounidense. A partir de ese momento, ya no era necesario ocultar su participación, y los aviones comenzaron a llevar nuevamente insignias oficiales de la Fuerza Aérea de EE. UU. (USAF). Sin embargo, incluso después de esta autorización, muchos de sus A-1 Skyraider continuaron operando durante bastante tiempo sin marcas visibles, manteniendo cierto grado de discreción táctica.
La historia del 1st Air Commando Squadron marca el origen de las unidades modernas de operaciones especiales de la Fuerza Aérea, que hoy operan como parte integral de misiones especiales en todo el mundo. Y la operación "Farm Gate" representa para Estados Unidos el primer paso hacia la implicación directa y sostenida en el conflicto de Vietnam, que se prolongaría durante una década.
Resulta especialmente llamativo el papel decisivo que desempeñaron antiguos bombarderos de la Segunda Guerra Mundial, como el B-26, en los primeros compases de una guerra moderna, marcada por nuevos retos estratégicos, políticos y tecnológicos. Una prueba más de cómo los recursos del pasado —bien utilizados— pueden influir en conflictos del presente.









Nota. Un ambicioso estudio sobre los orígenes vikingos analizó el ADN de 442 esqueletos descubiertos en más de 80 yacimientos vikingos del norte de Europa y Groenlandia. Estos genomas se compararon con una base de datos genética existente que contenía información sobre miles de individuos modernos para intentar determinar quiénes eran realmente los vikingos. Resultó que estas bandas nómadas de asaltantes y comerciantes, tradicionalmente consideradas originarias únicamente de Noruega, Dinamarca y Suecia, eran mucho más diversas genéticamente de lo que se creía. Uno de los hallazgos más sorprendentes fue que la Era Vikinga pudo haber sido impulsada por extranjeros. Por lo tanto, los vikingos no se limitaban a escandinavos genéticamente puros, sino que representaban un grupo diverso de pueblos con una amplia gama de orígenes. Y aquellos que adoptaron los atributos de la identidad vikinga no eran escandinavos en absoluto …

“No igualo la gravedad del terrorismo de Estado con los crímenes cometidos por la guerrilla —aclara el director de No matar, Juan Villegas, en diálogo con Infobae—. Pero el lugar de las víctimas de la guerrilla es todavía un tabú”.
Este director, guionista y productor de cine de 54 años reivindica “la valentía y claridad de Sergio Bufano y Aldo Duzdevich”, dos de los intervinientes en este documental. Una honestidad intelectual de la que carecen por completo los jefes supérstites de la guerrilla que en los últimos años se han refugiado en un rol de víctimas, al amparo de un relato falaz y maniqueo.
Con tres voces de ex militantes de aquellas experiencias —el tercero es Emilio del Guercio—, Villegas arma un relato bien estructurado que va marcando las etapas de cómo se fue gestando la llamada “violencia de abajo”, la opción por la lucha armada, y cómo se posicionaron esos grupos ante el regreso de Perón y el restablecimiento de la democracia.
También hablan familiares de víctimas del accionar de la guerrilla: gerentes de fábrica, empleados de multinacionales, transeúntes ocasionales, etcétera.
Por caso, Luis Giovanelli, gerente de Finanzas de Ford, asesinado en un intento de secuestro. Su hijo, de apenas 4 años al momento del crimen, dice: “Mi padre fue asesinado en el 73. La dictadura empezó en el 76. No avalo lo que hizo la dictadura. Cuando cuento lo de mi padre, me dicen: ‘¿pero viste lo que pasó después?’”
En los años 80 y 90, había un consenso entre los sobrevivientes de la experiencia de las luchas de los 70: tomar las armas en democracia, declararle la guerra al gobierno de Perón y luego al de Isabel, matar para “agudizar las contradicciones”; todo eso estuvo mal y no era reivindicable.
Ese consenso fue roto por el advenimiento de una política de derechos humanos que instaló un relato parcial, exculpatorio de la violencia armada. Al amparo del paso del tiempo, la historia se fue simplificando, con un enfoque maniqueo y un retroceso a posiciones sectarias y a la reivindicación acrítica de la lucha armada con el falso argumento de la “resistencia”, puesto que se tomaba las armas para implantar el socialismo. A la fuerza, ya que la representatividad de grupos que pretendían hablar en nombre del “pueblo” era escasísima.
El ERP declaró de entrada en el 73 que no respetaría la democracia: “Seguimos con la lucha armada hasta derrotar al capitalismo e instaurar el socialismo revolucionario”.
FAR y Montoneros actuaron con más disimulo; o mejor dicho con más doblez. Decían respetar la democracia mientras seguían matando. El asesinato del secretario general de la CGT José Ignacio Rucci fue la cumbre de esta estategia; el grupo se colocó abiertamente contra el pueblo.
La confirmación se dio en abril de 1975, cuando Misiones llamó a elecciones debido a la muerte del gobernador. Montoneros compitió con la etiqueta de Partido Auténtico. El resultado fue lapidario: 5,62% de los votos, contra 46,52 del Frejuli, es decir del PJ oficial.
Estas cifras mostraban dos cosas: la irrepresentatividad de los grupos armados y la vigencia electoral del justicialismo, anticipo de lo que podía suceder en las siguientes elecciones y dato determinante para acelerar el Golpe.
La estrategia real de las organizaciones armadas es una de las cosas que emerge de este documental, entre otras conclusiones sorprendentes solo para quienes en los últimos años fueron adoctrinados en el blanqueo —cuando no la apología— del accionar guerrillero.
Otra verdad que deja establecida la película es que Mario Eduardo Firmenich era cualquier cosa menos peronista y no por la opinión de los intervinientes sino por un documento de su puño y letra leído en el film, escrito luego de un encuentro con Perón, que merece una mayor difusión para seguir disipando equívocos.
No matar es también una condena a los que se escudan en la represión ilegal para eludir la reflexión crítica que le deben a la historia y a las próximas generaciones. “La dictadura transformó a los victimarios en víctimas”, dice alguien. “Si decías que también hubo víctimas de la subversión, inmediatamente te acusaban de defender a la dictadura. Y se terminaba el debate”, es otra relfexión.
El reproche de las víctimas se dirige también a las respectivas empresas: Renault, Ford y Bunge y Born. Ni en esos lugares hay memoria de lo que pasó.
Juan Villegas es también crítico de cine, docente universitario, coordinador de talleres de guion y escritor. “Pero por sobre todo me considero director de cine. Dirigí algunas películas de ficción y documentales. Mis preferidas tal vez sean Sábado, Las Vegas y Victoria. Este año estoy estrenando dos nuevas: Jota Urondo, un cocinero impertinente y No matar”.
— ¿Cuál fue tu motivación para incursionar en este tema?
— En el prólogo digo que el lugar de las víctimas de la guerrilla es todavía un tabú. Parece una exageración, porque la realidad es que sus historias se han contado, más de una vez y desde hace mucho. Pero en general esos relatos fueron usados para reivindicar la dictadura o minimizar o justificar el terrorismo de Estado. De ninguna manera esa es mi intención. Los crímenes de la dictadura no fueron “excesos”, fueron atrocidades y violaciones a los derechos humanos; no igualo la gravedad del terrorismo de Estado con los crimenes cometidos por la guerrilla; no avalo de ningún modo la idea de que el terrorismo de Estado haya sido una “reacción” necesaria ante acciones violentas de la guerrilla.
— Sí, pero esos crímenes atroces desde el Estado fueron usados para exculpar por completo el accionar de las organizaciones armadas.
— Por eso quise hacer una película que narrase el dolor de los familiares de estas víctimas sin que eso signifique romper el consenso del “Nunca más”. Esa era mi motivación inicial. Desde el principio de mi investigación, percibí que era un tema incómodo. Cuando contaba que mi película iba a incluir testimonios de familiares de víctimas de la guerrilla, muchos me decían “no te metas con eso”, “¿estás seguro?” Esa incomodidad me hizo pensar que sí había un tabú y que precisamente por eso tenía sentido hacer esta película.
— La película incluye también el testimonio de ex guerrilleros.
— Sí, esta es la historia de las víctimas pero también la de algunos que participaron en la guerrilla y hoy tienen una mirada crítica y reflexiva respecto a lo que hicieron. En las últimas décadas, en el periodismo, en muchos ensayos y también en la literatura de ficción, hubo muchos textos que incluyeron una mirada crítica acerca de las organizaciones armadas. Pero eso ha estado ausente en el cine argentino. De hecho, había una mirada más honesta y compleja en documentales más viejos: Montoneros, de Andrés Di Tella, del año 1994; Los Rubios. de Albertina Carri, en 2003; Los malditos caminos, de Luis Barone, del 2002, o Papá Iván, de María Inés Roqué, en 2004, entre otras. Luego, hubo algunos pocos documentales en los últimos años que se enfocaron en el tema de las víctimas de la guerrilla, pero me parecieron o muy precarios cinematográficamente, o con un objetivo de reivindicación de la dictadura, o muy poco valiosos en términos de discusión política. Entonces surgió en mí la motivación de hacer una película que nunca se había hecho. Una que incluyera las dos cosas: una historia lo más honesta posible acerca de lo que fue la guerrilla y también los testimonios de las víctimas.

— ¿Fue difícil encontrar gente dispuesta a reconocer errores?
— En un principio quería incluir más entrevistados que hubieran participado en la guerrilla, pero no abundan los que se atreven a hablar con la valentía y claridad que sí demuestran Sergio Bufano y Aldo Duzdevich. Al menos, yo no los encontré. Por ejemplo, quería incluir a alguien del ERP, pero en mi investigación solo me topaba con gente que reconocía errores estratégicos pero que no se permitía una autocrítica más profunda. Podían reconocer que haber asesinado al Capitán Viola y a su hija estuvo mal, pero no tanto por el daño irreparable ocasionado a esa familia, sino más que nada por lo que significó negativamente para la legitimidad de la lucha del ERP.
— ¿Refleja la película tu pensamiento sobre esa etapa?
— Mi voz no aparece en el documental; yo hablo a través de los entrevistados. Eso no significa que esté de acuerdo con cada cosa que dicen, pero la suma de sus testimonios conforma de cierta manera mi visión. Me costó mucho encontrar ese punto justo en el que se pudieran incluir varias voces, a veces no concordantes, y que al mismo tiempo el conjunto me representara. Pero lo que no quise hacer fue incluir testimonios de gente que no estaba dispuesta a repudiar claramente el uso de la violencia. Hablé con un ex-militante del PST. Me interesaba incluirlo en el documental, porque esta organización, aun perteneciendo a la izquierda marxista, priorizó el trabajo sindical por sobre la violencia política. Le pregunté por qué habían rechazado la lucha armada. Me dijo: “No, no la rechazábamos. Solo creíamos que en ese momento no era viable.” Luego le pregunté si, más allá de eso, condenaba a la violencia desde una concepción ética. Le conté la historia de Delia Lozano, cuyo padre, gerente de Renault, fue asesinado a balazos, delante de ella, al salir de una iglesia. Me respondió: “Ningún gerente de una multinacional era inocente en esa época.” Yo no podía creer lo que este tipo me decía. Le seguí discutiendo: “¿Sabés que incluso hubo niños que murieron por acciones de la guerrilla?” Me respondió: “¿Cuántos? ¿Cuatro, cinco? ¿Cuánto es eso al lado de la cantidad de bebés apropiados?” Obviamente, no me interesaba incluir en la película a alguien que piense así.
— ¿Y Emilio del Guercio? Él no perteneció a las organizaciones armadas.
— En el caso de Del Guercio, buscaba la mirada de alguien de esa misma generación, que también tuviera una visión crítica de la sociedad, pero que había elegido el camino del arte para plantear su rebeldía frente al mundo que lo rodeaba. Lo pensé como una forma de desactivar la idea de que la violencia era el único camino posible en esa época. La idea de que para esa juventud rebelde la lucha armada era una fatalidad, algo de lo que no podían escapar, y no una elección, me parece una idea falsa, una mentira.

— ¿Cuál fue el criterio para la selección de los familiares de las víctimas de la guerrilla?
— En el caso de los familiares de las víctimas, decidí que solo fuesen víctimas civiles. No me interesa la forma en que se suele instrumentar el concepto de “memoria completa”, como una contraposición de unas víctimas frente a otras, que lleva implícita más la idea de anular las otras muertes que la de sumar las que han sido silenciadas. Y sentía que incluir a las víctimas militares o de las fuerzas de seguridad podía llevar el relato hacia ese lugar. Además, creo que no es tan sabido que muchas de las víctimas fueron civiles. Mucha gente, no informada, todavía cree que la guerrilla solo mataba militares.
— ¿Hubo cosas que te sorprendieron en los relatos?
— Algo que me pasó haciendo la película fue mi revisión acerca del rol de Perón en esos años. En ese sentido, también fue importante leer el libro de Juan Manuel Abal Medina: Conocer a Perón. La película le dedica mucho a la tensión entre Montoneros y Perón, desde el asesinato de Aramburu hasta la muerte de Perón. Hay una suerte de reivindicación del rol de Perón en esos años, de su vocación por pacificar el país. Obviamente, cometió errores y fue en parte responsable de la escalada de violencia que terminó estallando en el 76 con el golpe. Pero es indudable que hubo en él una intención sincera, y hasta diría patriótica, de terminar con la violencia y que se pudiera construir un país en paz. Es curioso que la crítica al rol de Perón durante su último gobierno haya venido al mismo tiempo desde los sectores de izquierda del propio peronismo y desde la derecha más pro-dictadura. La idea de que el terrorismo de Estado empezó en el 73 y que el golpe del 76 fue solo un cambio formal, cosmético, para seguir la misma política represiva previa, fue lo que sostenían, por ejemplo, los abogados de Massera para justificar sus crímenes, pero también lo que quiso imponer como relato parte de la izquierda peronista, tal vez para de esa manera justificar el uso de la violencia por parte de Montoneros entre el 73 y el 76, durante gobiernos democráticos.
— ¿De quién o de quiénes creés que es la responsabilidad por el relato parcial y simplificado de los últimos tiempos?
— Hay algo que es una especie de mal de esta época, que no nos permite discutir honestamente las cosas, que nos hace acomodar los hechos según nuestra conveniencia circunstancial. Tal vez por eso mi película es tan larga, porque necesita trabajar mucho el contexto para entender de lo que se está hablando. Es una película contra la idea de los slogans simplificadores. Como dice Claudia Hilb, “no hay verdades sencillas para pasados complejos.” No me interesa buscar culpables con nombre y apellido. Ni siquiera ubicar responsabilidades en determinados sectores políticos por sobre otros. Obviamente, tengo mis opiniones, pero en este momento me interesa abrir la discusión, que la película sea un disparador para que quien quiera pueda revisar una vez más sus ideas y salir de posiciones cómodas y tranquilizadoras.

— ¿Qué impacto esperás que tenga este documental?
— No soy un sociólogo ni un historiador ni un periodista; soy un director de cine. Lo que me propuse es hacer una película, en la que está implícita fuertemente la idea de narración. Me interesa contar una historia de los 70, un punto de vista que obviamente es parcial pero que pretende ser honesto. Por eso la película elige ser fiel a la cronología. Me gustaría que sirva para entender mejor aquellos años. Que se pueda reflexionar sobre el hecho de que las organizaciones armadas no sólo fracasaron en lo militar, en lo político y en lo estratégico. También fallaron en lo ético y en lo ideológico. El hecho de que gran parte de los militantes revolucionarios hayan terminado torturados, asesinados o desaparecidos de una forma brutal, no convierte a las organizaciones armadas en un modelo político que hoy debamos reivindicar. El proyecto de país que tenían era violento, poco democrático, sectario, alejado del pueblo. Yo entiendo que hubo una mística revolucionaria que buscaba sinceramente liberar a los oprimidos y crear una sociedad mejor y más igualitaria, pero tanto la forma como el contenido de lo que se llamó “lucha armada” nunca lo iba a conseguir, porque la violencia ya estaba en el germen, en su razón de ser. Bueno, y además de la “gran” historia, la película está llena de relatos más íntimos, las historias personales de cada uno de los entrevistados. Esas historias nutren a la historia central pero también funcionan como relatos autónomos, en los que apunto a lo que se busca en casi cualquier relato: la reflexión, la empatía y la emoción.
— Te iba a preguntar cómo te preparaste para hacer esto pero vi al final de la película la bibliografía que usaste, que responde eso en parte. Pero tal vez quieras agregar algo.
— El proceso de investigación y selección de los entrevistados lo llevé adelante en total soledad. La película se hizo de una forma muy artesanal, con muy pocos recursos económicos. Me dediqué a leer y releer lo más que pudiera. Y fui descubriendo que la cantidad de bibliografía existente es inagotable. Hay mucho escrito (y mucho muy bueno) acerca de las organizaciones armadas de los 70. De hecho, ya se escribía críticamente sobre la guerrilla en forma simultánea a los propios hechos. Y se siguió escribiendo y publicando sin interrupciones luego de la recuperación de la democracia. Lo que contrasta con lo poco que se han narrado estos temas en el cine argentino post-dictadura. Porque hay muchas películas acerca de la militancia, acerca de las víctimas del terrorismo de Estado, pero muy pocas que se animan a narrar la lucha armada. Ni siquiera para reivindicarla. También me resultó muy útil pasar horas mirando y leyendo archivos: revistas partidarias de las organizaciones, artículos periodísticos de ese tiempo, noticieros de la época en youtube, extractos de discursos, documentales militantes, incluso películas de ficción. Nada de eso quedó en mi película, pero me sirvió para empaparme del espíritu de la época. Para mí era importante tratar de entender por qué gran parte de esa generación eligió la violencia como camino, aun cuando no comparta esa decisión.
— ¿Imaginás que, como a algunas de las víctimas que dieron testimonio, a vos también te van a acusar de defender a la dictadura?
— Si ven la película, no creo que nadie pueda acusarme de defender a la dictadura. Apelo a la inteligencia de los espectadores. Frente al prejuicio irracional, frente a la pereza intelectual, no puedo hacer mucho.
— Mientras hablan los entrevistados, no hay imágenes alusivas. ¿Tiene eso algún motivo?
— Como dije, investigué mucho con archivos y evalué en algún momento la posibilidad de incluir imágenes de la época que acompañen los testimonios. Pero rápidamente descarté la idea. Me parece algo muy impresionante la forma en que el relato oral construye el pasado y, a la vez, da un testimonio sobre el presente. Porque esas personas nos están hablando ahora. Y se trata de cine. Es un relato sobre el pasado, pero está sucediendo frente a nosotros, a través del registro de la cámara. Creo que hay un valor cinematográfico en reivindicar la imagen de gente contando cosas dolorosas y al mismo tiempo teniendo la capacidad para reflexionar. Sentí que la inclusión de archivos no iba a servir más que como meras ilustraciones y que siempre iban a ser menos interesantes que los propios relatos. O peor aún: esas imágenes de archivos no me iban a servir para contar la época con mayor precisión sino que se iban a convertir en algo más ligado a lo espectacular, al impacto fácil.
— Salvo el final de cada capítulo, en lo que hay imágenes y canciones.
— Sí, las excepciones son los finales de capítulos, que están pensados como breves piezas de respiro, acompañadas con música de la época, para permitir que el espectador se tome un tiempo para reflexionar sobre lo que ha estado viendo. Y luego está el fragmento del programa de Mariano Grondona [N. de la R: un cruce entre un cuadro montonero y la hija de una víctima], en el que el archivo me pareció que sumaba mucho, porque no funciona como ilustración sino que se construye una escena muy tensa y compleja, que además posiblemente resuma el concepto general de la película.

FICHA TÉCNICA
Duración: 225′
Dirección de fotografía: Gaspar Chaves
Edición: Miguel de Zuviría
Sonido: Valeria Fernández
Producción: Juan Villegas, Mariana Erijimovich
Compañía productora: Al trote films
Participantes: Aldo Duzdevich, Sergio Bufano, Delia Lozano, Emilio del Guercio, Esteban Giovanelli, Claudia y Cristina Muscat, Delia Lozano, Ariel Lombardero, David Barrios