sábado, 23 de marzo de 2019

Buenos Aires: Visiones de un general británico en 1906

Buenos Aires en 1906, bajo la mirada de un general inglés


Daniel Balmaceda | La Nación







La Argentina de comienzos del siglo XX despertaba interés en los extranjeros. Para muchos, se encaminaba a ser potencia mundial. Aun lejos de parecer un paraíso en aspectos sociales y económicos, atraía grupos de inmigrantes que confiaban en su propia dedicación al trabajo y sacrificio personal para apuntar a un mejor destino que el que avizoraban en sus países de origen.

Pero también estaban los turistas (también llamados excursionistas), es decir, los que visitaban el país en viaje de placer. Entre ellos, el general Alexander Bruce Tulloch, un prestigioso militar británico que paseó por Brasil, la Argentina y Chile, a mediados de 1906. La casualidad hizo que este soldado inglés arribara a Buenos Aires cuando se cumplían cien años de la invasión de Beresford. Impresionado por la ciudad, a su regreso a Londres, dio una conferencia en el Royal United Services Institute (RUSI), entidad en donde aún se debaten cuestiones de defensa, seguridad y estrategia.


Alexander Bruce Tulloch, el militar que visitó la Argentina en 1906, cien años después de las Invasiones Inglesas, y quedó maravillado. Fuente: Archivo

Bajo el título "La República Argentina y sus vecinas", la exposición no abordó esos tópicos, pero dejó varias impresiones sobre aquella Buenos Aires de 1906 que conoció en su viaje.
Acerca del puerto (nuestro Puerto Madero), dijo:

Los diques de Buenos Aires, en los que entran todos los vapores, son la primera prueba tangible de la riqueza y prosperidad extraordinarias de la Argentina. Hay cuatro grandes diques en fila, paralelos a la línea del estuario, que se comunican entre sí y también, en los extremos, con el agua libre. Dos filas de vapores, y a veces tres, están amarrados a lo largo y a ambos lados de los diques. Los grandes depósitos en los muelles están provistos de todos los aparatos modernos para la carga y descarga de las mercaderías. Pero estas operaciones, o la administración del puerto, no se hacen con suficiente rapidez, porque, de otra manera, no habría allí semejante cantidad de vapores esperando el turno de cargar o descargar.

La Iglesia de San Ignacio, a metros de la Plaza de Mayo. Una reliquia de Buenos Aires, con el reloj que originalmente se instaló en la torre del Cabildo. Fuente: Archivo


Las calles de Buenos Aires también merecieron su comentario:

Al trasladarse en carruaje del vapor al hotel, se forja uno la idea de lo realmente magnífica que es la ciudad con su millón de habitantes. Después de comer, salí a dar un paseo a pie por la calle Florida, en la que estaba situado el hotel. El espectáculo era sencillamente sorprendente. No sólo estaba esa calle provista de luces eléctricas de arco, con soportes aéreos que atraviesan la calzada, sino que las tiendas y sus vidrieras estaban profusamente iluminadas también; y esas tiendas habrían hecho honor, por cierto, a la Rue de Rivoli parisina.

Algunas de las calles principales, asfaltadas en toda su extensión, están libres de las líneas de tranvías eléctricos, que forman una inmensa red de comunicaciones en toda la ciudad y sus suburbios. Aunque la mayor parte de las líneas de tranvías de la Argentina, así como las de ferrocarriles son de capital inglés, la fuerza eléctrica está en manos de un sindicato alemán. Los grandes edificios de los bancos, llenos de empleados y de clientes que entran y salen, dan también una idea de la prosperidad mercantil de la Argentina.

El general Tulloch hizo una curiosa aclaración: "Debo decir que, en todo tiempo que estuve en la República Argentina nunca vi un ebrio en las calles, y solo una media docena de mendigos, aparte de los discapacitados que frecuentan las aceras de la gran arteria principal, la Avenida de Mayo". En cuanto al hotel (cuyo nombre no ha brindado), aclaró que "las piezas y el servicio eran excelentes: pero la cocina o despensa era susceptible de mejoras". Y agregó: "En la Avenida de Mayo, la gente sentada por la tarde en los aceras casi le hace creer a uno que está en París y no en Buenos Aires".

Conceptos acerca de la población:

En la capital argentina los hombres y las mujeres son de raza europea, en lo que esta ciudad se diferencia de Río de Janeiro. Desde hace un tiempo, están llegando al país, grandes multitudes de inmigrantes del norte de Italia y corpulentos vascos de España y algunos de Francia. El año pasado su numero fue de 134.000 almas; entre ellos había 10.000 rusos y 7000 sirios. Gente fuerte, frugal y dura para el trabajo, que formará con el tiempo, una raza particularmente fina de argentinos. Un sitio tan bueno como cualquier otro para apreciar los habitantes de Buenos Aires es un asiento en el plaza de Palermo, el Hyde Park de Buenos Aires, desde el que puede observarse la fila de los carruajes que pasan.


En las estadísticas de todos los años, el Jardín Zoológico de Palermo figuraba entre los paseos públicos más visitados de la ciudad. Fuente: Archivo 

Opinión acerca de la mujer argentina:

Los carruajes no vuelven de Palermo a la ciudad sino muy tarde; pero como el resplandor de las luces eléctricas ilumina las calles entonces tanto como si fuera de día, uno puede apreciar allí, no solo la belleza fisonómica de las damas, sino también sus finos vestidos y sus joyas. Juzgando por estos dos últimos detalles, se diría que en Buenos Aires un hombre casado tiene que ser también un hombre rico.


Sin ser majestuosa a los ojos del visitante, la Catedral Metropolitana era muy concurrida en los Tedeum y en los aniversarios relacionados con San Martín. Fuente: Archivo

Pero el mejor sitio para tener oportunidad de admirar a las bellas argentinas de ojos pardos, de las que con razón puede decirse: "¡verlas y morir!", es la Ópera. Desgraciada o afortunadamente para mí tal vez, la Ópera no estaba abierta cuando llegué a Buenos Aires [se refiere al Teatro Colón que estaba en el tramo final de su construcción y recién abriría sus puertas en 1908]. No solo se dice que el edificio es, en su género, el tercero del mundo, sino que las damas, y sus perfectos trajes parisienses y sus joyas, dejan en la sombra a nuestro Covent Garden.

Durante los meses de verano, una gran parte de los habitantes pudientes de Buenos Aires, con sus esposas e hijas, se trasladan a una aristocrática estación veraniega llamada Mar de Plata, donde hay hoteles de primera clase y donde la gente joven, con sus bailes, sus partidas de recreo y otros entretenimientos por el estilo, pasan, como mis amigas americanas dicen, "un buen rato".
Acerca de la buena producción del país, señaló:

No se tiene idea en Inglaterra de lo mucho que dependemos de la República Argentina en materia de provisión de carne fresca. Ese país nos envió el año pasado 262.023 toneladas de carne vacuna congelada, por valor de 3.812.376 libras esterlinas y 1.7.692 toneladas de carnero congelado: por valor de 2.567.322, libras esterlinas, lo que hace un total de 6.379.698 libras esterlinas. En el mismo período, el valor de la carne recibida de Australia fue: buey, 239.740 libras y carnero 4.152.761 libras; total, libras 4.392.501. También los Estados Unidos envían menos carne fresca a Inglaterra que la República Argentina. Las cosechas de toda clase de cereales son maravillosas. En un campo de avena recogí una paja tan gruesa como mi dedo meñique.
El turista inglés también le dijo a sus compatriotas:

A no haber sido por la incapacidad completa de un general inglés que causó una terrible derrota al ejército británico, ese espléndido país sería ahora, no en teoría, sino positivamente, una parte del imperio británico. Aun cuando fuimos vergonzosamente batidos en 1806, cuando quisimos quitar Buenos Aires a los españoles, y las banderas de regimiento y reales que nos tomaron entonces pueden verse todavía en la iglesia principal de esa ciudad [se refiere a la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, conocida como Santo Domingo, situada en el barrio de Monserrat], cuya torre presenta, clavadas en ella algo que se dice que son balas de los cañones ingleses [en realidad fueron disparadas por los defensores], no hay gente más respetada y mejor considerada allí que la inglesa, cuyo número es de veinte mil almas.


La torre de Santo Domingo, a la que hace referencia el visitante británico. Por error, el disertante sostenía que las balas que dañaron la torre habían sido disparadas por los ingleses. Fuente: Archivo


Tulloch recomendó a su audiencia británica que en cuanto surgieran los primeros fríos, lo mejor que podrían hacer era tomar un barco y llegar al puerto de Buenos Aires. Así eran los tiempos en que parte del mundo miraba a la Argentina con admiración.

Por: Daniel Balmaceda

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