Napoleón y la disolución del Sacro Imperio
El 6 de agosto de 1806, ”El Reich de los mil años” llegó a su fin.
Conocido como el Sacro Imperio Romano Germánico, la monarquía federalista elegida había existido desde que el papa León III coronó al rey franco, Carlomagno, como emperador en el año 800 d. C. Este monarca y sus sucesores fueron los herederos del legado revivido y transformado del Imperio Romano cristiano, de ahí el nombre del Imperio Germánico.
En la historia, el Sacro Imperio ha sufrido mucho por la memorable, aunque engañosa, broma de Voltaire de que no era santo, no era romano y tampoco era un imperio. Al permitir que los príncipes, duques, electores y obispos locales mantuvieran el estatus de semisoberanos, el Imperio había sido uno de los primeros y más duraderos experimentos federales.
Durante gran parte de su historia, los príncipes llamados a servir como electores del imperio habían votado la corona al jefe de la Casa de Habsburgo. El último emperador de esa dinastía coronado en Frankfurt fue Leopoldo II en 1792, un año antes de que su hermana María Antonieta fuera guillotinada en el apogeo del “Reino del Terror” de la Revolución Francesa. Esa revolución, más que cualquier otra cosa, aceleró la desintegración del Sacro Imperio Romano Germánico. El hijo de Leopoldo, Francisco II, luchó contra la Francia revolucionaria, especialmente después de que esta fuera gobernada por el extraordinario estratega Napoleón Bonaparte.
Desde el Tratado de Presburgo, ratificado a finales de 1805 por Francia y Austria, Napoleón reorganizó los estados alemanes para crear una zona de amortiguación entre él y sus enemigos. Su victoria en Austerlitz le permitió así crear la Confederación del Rin, a expensas del Sacro Imperio Romano Germánico. El Emperador, considerando que el Sacro Imperio ya estaba obsoleto, decidió no avergonzarse con un título inútil y abdicó. Además existía la posibilidad de que el propio Napoleón le quitase ese título.
Entonces para salvar el núcleo de los Habsburgo, Francisco II decidió reagruparse con la monarquía en Austria y los reinos hereditarios, a diferencia de los elegidos, aún controlados por los Habsburgo. Actuó siguiendo el consejo de su brillante confidente, el príncipe Clement von Metternich, un diplomático y aristócrata visto retrospectivamente como uno de los padres fundadores del conservadurismo moderno. Von Metternich estaba, emocionalmente, angustiado por el fin del imperio: creía que Europa se hundiría o saldría adelante como colectivo y que la tolerancia del Sacro Imperio por las costumbres y necesidades locales bajo una autoridad central era preferible a la era del nacionalismo y el expansionismo aparentemente personificados por Bonaparte. Sin embargo, von Metternich y Francisco II eran ambos pragmáticos de corazón y para salvar la vida de la monarquía, entendieron que se requería una amputación brutal. A través de ese proceso, los Habsburgo dieron origen al Imperio Austríaco, que luego pasó a llamarse Imperio Austro-Húngaro, que duró hasta el caos aún mayor de la Primera Guerra Mundial.
Gareth Russell - Historiador/Autor
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