jueves, 3 de septiembre de 2026

Revolución Americana: La maravillosa inmigración alemana


La enorme minoría de alemanes en la guerra revolucionaria





El grupo inmigrante más influyente de la historia de Estados Unidos es ese del que nadie discute demasiado, básicamente porque casi nadie se acuerda de que fueron ellos.

Arranquemos por el principio. El Ejército Continental era un quilombo a medio entrenar hasta que apareció el barón von Steuben, un oficial prusiano, en Valley Forge, y lo convirtió a fuerza de instrucción en una fuerza de combate de verdad. La libertad de prensa que hoy das por sentada tiene una raíz directa en John Peter Zenger, un impresor inmigrante alemán cuyo juicio de 1735 dejó instalado que no te pueden meter preso por imprimir la verdad. Los germano-estadounidenses ya estaban moldeando ese país antes de que existiera como país.

Después mirá un poco tu propia vida. El arbolito de Navidad es alemán. El pancho —Frankfurt—, la hamburguesa —Hamburgo—, el pretzel, la fiambrería tipo delicatessen: todo alemán. El jardín de infantes también: la palabra y la idea. La trajo Margarethe Schurz. Los blue jeans vinieron de Levi Strauss, nacido en Baviera. El ketchup Heinz, los pianos Steinway, Oscar Mayer y las cuatro grandes cervezas —Budweiser, Pabst, Miller y Schlitz— fueron todas fundadas por inmigrantes alemanes.

El puente de Brooklyn lo diseñó John Roebling, nacido en Prusia. El Papá Noel que te imaginás cada diciembre, más el elefante republicano, los dibujó Thomas Nast, otro inmigrante alemán. Pfizer la fundó Charles Pfizer, que llegó desde Alemania en 1848. Boeing fue levantada por el hijo de un inmigrante alemán. John Jacob Astor cayó desde Alemania con casi nada y terminó siendo el primer multimillonario de Estados Unidos. Charles Steinmetz, un inmigrante discapacitado al que casi rebotan en la frontera, terminó haciendo posible la electricidad moderna.

Y la cosa siguió. Wernher von Braun diseñó el cohete que puso a Estados Unidos en la Luna. Einstein era alemán. Carl Schurz, un refugiado, llegó a general de la Unión y fue el primer senador estadounidense nacido en Alemania. Eisenhower comandó el Día D y llegó a la Casa Blanca con un apellido que alguna vez se escribió Eisenhauer. Babe Ruth era un pibe germano-estadounidense de Baltimore.

Y acá viene el remate. La ascendencia alemana es la más numerosa de todo Estados Unidos: unos 44 millones de personas, más que los irlandeses, los ingleses o los italianos. El hilo más grande de todo el tejido norteamericano y, de alguna manera, el más silencioso.

Nunca pidieron desfiles. Simplemente entrenaron al ejército, liberaron la prensa, diseñaron los puentes, fundaron las empresas, construyeron los cohetes e iluminaron las mañanas de Navidad. Después se mezclaron tan bien que te olvidaste de que alguna vez habían sido “los otros”. Y capaz que esa sea la historia más estadounidense de todas.

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